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Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca.

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee diciembre Ee 2019 a las 23:35

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE ADVIENTO


15-21 de Diciembre del 2019



“Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca.”


Is 35,1-6.10: “Dios viene en persona y los salvará”


Saltarán de alegría el desierto y la tierra reseca, la llanura se regocijará y florecerá, florecerá como el lirio, se regocijará y dará gritos de alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los cobardes de corazón: «Sean fuertes, no teman».


Miren a su Dios, que trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvarlos. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas; gozo y alegría les acompañarán. La pena y la aflicción se alejarán.


Sal 145,6-10: “Ven, Señor, ven a salvarnos”


El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Stgo 5,7-10: “Manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca”


Hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor.

El campesino aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía.

Así también ustedes tengan paciencia, manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca.

No se quejen, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Miren que el juez está ya a la puerta.

Tomen, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.


Mt 11,2-11: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”


En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

— «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».

Jesús les respondió:

— «Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!».

Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar con la gente sobre Juan:

— «¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salieron?, ¿a ver a un profeta? Sí, les digo, y mucho más que a un profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti”.

Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; y sin embargo el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».


NOTA IMPORTANTE


El Bautista proclama en el desierto de Judea: «ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2). Prepararse para este gran acontecimiento requería una conversión, arrepentirse del mal cometido y enmendar toda conducta inicua. El signo visible de ese arrepentimiento y deseo de llevar una vida nueva era el bautismo que él ofrecía en las aguas del río Jordán. El bautismo de Juan simbolizaba sepultar la vida antigua de pecado para renacer a una vida de justicia. Muchos, movidos por la prédica ardorosa de Juan y llevados por un deseo sincero de conversión, acudían a él para recibir este “bautismo de conversión”.


En su prédica Juan no dudaba en denunciar abiertamente el pecado y el mal que veía en el pueblo de Israel. De esta denuncia no se libró ni siquiera Herodes Antipas, hijo de Herodes “el Grande”. Su padre había mandado construir el fastuoso templo de Jerusalén, cuyas piedras y exvotos admirarán los discípulos de Jesús. Era también su padre quien había mandado matar a todos los niños de Belén, menores de dos años, a fin de eliminar al Niño Jesús. Tenía por hermano a Arquelao, y por medio hermano a Herodes Filipo. Al morir su padre, el emperador Augusto le otorgó la tetrarquía de Galilea y Perea.


El tetrarca Herodes, para escándalo público, repudiando a su esposa legítima había tomado por mujer a Herodías, la mujer de su medio hermano Herodes Filipo. Juan no calló. Le decía: «No te es lícito tenerla» (Mt 14,4; ver Mc 6,18, Lc 3,19). Por instigación de Herodías (ver Mt 14,3) y para acallar su incómoda voz, Herodes mandó prenderlo. Y aunque él hubiese preferido matarlo, no lo hacía por temor a la sublevación de la gente que lo tenía por profeta (ver Mt 14,15). Herodías, que también quería verlo muerto por el odio que le tenía, no podía cumplir su inicuo deseo. Imaginamos que de muchos modos y maneras le habría insistido a Herodes para que lo mate, pero a él le bastaba tenerlo encarcelado (ver Mc 6,20).


Es durante este encarcelamiento que Juan, al oír hablar «de las obras del Mesías», «mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”».


Llama la atención que quien manda a sus discípulos a hacer esta pregunta es el mismo que poco antes, cuando bautizaba en el Jordán, había dicho de Él: «Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel». Es de Él de quien había dado incluso testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él» (Jn 1,30-32; Mt 3,16-17; Mc 1,9-11) y también: «Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,34). ¿Por qué entonces manda a preguntar ahora a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”».


Conviene entender que para ese momento Juan tenía muchos discípulos y ejercía una fuerte influencia sobre multitudes, y «como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Mesías» (Lc 3,15). Juan, no cabe duda, era un personaje muy importante. Pero, ¿era él el enviado de Dios? Juan sabía perfectamente que Jesús era el Mesías, ¿pero cómo hacer para que sus discípulos y seguidores entendiesen que el Señor Jesús, y no él, era en realidad el Cristo? ¿Cómo “disminuir” él para que Jesús creciese? (ver Jn 3,30)


Coinciden los Padres de la Iglesia en afirmar que si Juan envía a sus discípulos con esta pregunta no es porque él dude, sino para que sus discípulos crean que Jesús es el Mesías esperado por Israel. ¿Y qué mejor que el testimonio de las mismas obras? Por ello el Señor Jesús responde: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio». En Él se cumple lo que Isaías había anunciado: «Miren a su Dios… viene en persona a salvarlos. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará». Él es el Mesías, es Dios mismo que viene a salvar a su pueblo, y con Él ha llegado eltiempo de una nueva creación caracterizada por el reflorecimiento exuberante de todo aquello que se encontraba muerto, seco y estéril.

«¡Dichoso el que no se escandalice de mí!», dirá el Señor. Dichoso el que acepta que Él es verdaderamente el Mesías, el Cristo, el único Salvador del mundo, y que fuera de Él no hay otro salvador.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En el tercer Domingo de Adviento la Iglesia, tomando las palabras del Apóstol Pablo, nos invita a llenarnos de gozo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres... El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). ¿No es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan esa cercanía y presencia del Señor?


A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. Está terriblemente vacío, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15,4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.

Y aunque el cristiano en algunos momentos experimente también la natural tristeza por los problemas, las pruebas o sufrimientos que forman parte de esta vida, la confianza en el Señor, la serena alegría de saber que está cumpliendo el Plan de Dios y la paz interior no lo abandonan (ver 2Cor 7,4).


Habría que preguntarnos y cuestionarnos si al vernos sin esta alegría que brota de andar en la presencia del Señor muchos se hacen la idea de que la vida del cristiano es una vida triste, aburrida, y que el cristianismo sólo produce personas amargadas. No son pocos los que por otro lado se sorprenden tanto cuando se encuentran con un cristiano feliz. Se impresionan profundamente ante tanta alegría que una persona o una comunidad de creyentes irradia y se cuestionan profundamente al no encontrar en otro lado una alegría tan auténtica y profunda. Al toparse con esta alegría se dicen a sí mismos: “¡yo también quiero esa alegría para mí!”. El encuentro con un cristiano que irradia la alegría que encuentra en el Señor es no pocas veces el inicio de una conversión, pues es una alegría que cuestiona a quienes en el mundo buscan tanto y no hallan esa verdadera alegría que colme susanhelos más profundos. ¡Sí! ¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído!


Consciente de esta verdad, procura mostrarte siempre alegre (ver 1Tes 5,16, 2Cor 6,10). Cuanto hagas, hazlo por el Señor y por amor a Él (ver Col 3,23), hazlo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. ¡Aparta todo eso de ti! A veces tendrás que hacerte un poco de violencia, porque no estás con el mejor de los ánimos. Pero si haces ese esfuerzo y se lo pides al Señor, tu disposición interior irá cambiando y verás que incluso lo que te molesta e impacienta, lo que se te hace pesado, se te hará más ligero y llevadero. Claro que no se trata de fingir la alegría. Pero tampoco podemos consentir estados de ánimo que se reflejen en actitudes cansinas, tristes, desesperanzadas, amargadas. Así, pues, el empeño será doble, tanto externo como interno: mientras procuro mostrarme siempre alegre he de procurar también que el Señor esté en mí para que esa alegría brote de mi corazón con naturalidad. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No pregunta, pues, [“¿Eres Tú el que has de venir o esperamos a otro?”] como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “En dónde está Lázaro” (Jn 11), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen». San Jerónimo


«Mientras Juan estuvo con los suyos les hablaba continuamente de todo lo relativo a Cristo, esto es, les recomendaba la fe en Cristo y cuando estuvo próximo a la muerte aumentaba su celo, porque no quería dejar a sus discípulos ni el más insignificante error ni que estuvieran separados de Cristo, a quien procuró desde el principio llevar a los suyos». San Ireneo


«Miró, pues, en esto Juan, no a su propia ignorancia, sino a la de sus discípulos, y los envía a ver sus obras y sus milagros, a fin de que comprendan que no era distinto de Aquel a quien él les había predicado y para que la autoridad de sus palabras fuese revelada con las obras de Cristo y para que no esperasen otro Cristo distinto de Aquel de quien dan testimonio sus propias obras». San Hilario


«Pero Cristo, conociendo las intenciones de Juan no dijo: “Yo soy”, porque esto hubiera sido oponer una nueva dificultad a los que le oían; hubieran pensado, aun cuando no lo hubieran dicho, lo que dijeron los judíos de Él mismo: “Tú das testimonio de Ti mismo por Ti mismo” (Jn 8,13). Por esa razón los instruye con los milagros y con una doctrina incontestable y muy clara, porque el testimonio de las realidades tiene más fuerza que el de las palabras; por eso Él curó enseguida a los ciegos, a los cojos y a otros muchos, no para enseñar a Juan, que no lo ignoraba, sino a aquellos que le ponían en duda. Respondiendo Jesús, les dice: “Id y decid a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados”». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«¿Eres tú el que ha de venir?»


711: «He aquí que yo lo renuevo» (Is 43,19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (ver Sof 2,3), que aguardan en la esperanza la «consolación de Israel» y «la redención de Jerusalén» (Lc 2,25.38). Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.


712: Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (ver Is 6,12), en particular en Is 11,1-2:

Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.


713: Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (ver Is 42,1-9; ver Mt 12,18-21; Jn 1,32-34; después Is 49,1-6; ver Mt 3,17; Lc 2,32, y en fin Is 50,4-10 y 52,13-53,12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (ver Flp 2,7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.


714: Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4,18-19):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.


715: Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la fidelidad». Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.


744: En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, «Dios con nosotros» (Mt 1,23).


A continuación ponemos a su disposición otras reflexiones:A continuación ponemos a su disposición otras reflexiones:


«¿Eres tú el que ha de venir?»


Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A – 15 de diciembre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 11,2-11


La liturgia del tercer Domingo de Adviento destaca de manera particular la alegría por la llegada tan esperada del Mesías. Se trata de una cordial invitación para que nadie desespere por su situación, por difícil que ésta sea, ya que la salvación definitiva ya se ha dado con Jesucristo. El profeta Isaías (Isaías 35, 1-6a.10), en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. Santiago (Santiago 5,7-10), constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener esperanza y paciencia.


El Evangelio (San Mateo 11,2-11) destaca la figura de San Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión dirige a Jesús una pregunta fundamental: «¿Eres tú el que estamos esperando?». Todas las expectativas de Juan descansan en la respuesta que Jesús le da: «Vayan a contar a Juan lo que ven y lo que oyen…».

¡Encendamos nuestra tercera vela!


Ya estamos en el corazón del Adviento y la liturgia de este tercer Domingo del tiempo de espera está llena del gozo de la Navidad que ya está próxima. En efecto, la antí¬fona que introduce la liturgia eucarística de este día es un llamado a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4.5). La primera palabra de esta invitación, traducida al latín, ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo: «Gaude¬te!». Y si el color del Adviento es el morado, en este Domingo, para indi¬car que la espera pronto será colmada es el rosado.


«¿Tú eres el que ha de venir?»


El Evangelio de hoy contiene uno de los puntos más difíciles de interpretar. Juan había sido arrojado en la cárcel por Herodes . Habiendo oído de las obras de Jesús, desde la cárcel, manda preguntar acerca de su identidad. El mismo que había saltado de gozo en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del Señor encarnado en el seno de la Virgen María, el mismo que predicando un bautismo de conversión había preparado el camino para la venida del Señor, el mismo que lo había anunciado entre los hombres y esperaba su inminente manifestación, el mismo que lo había identificado con la persona concreta de Jesús de Nazaret, ahora parece dudar.


Y para complicar aún más las cosas notemos que el Evangelio dice: «Juan había oído hablar de las obras del Cristo». Después del título del Evangelio de Mateo y de sus relatos sobre el origen de Jesús, ésta es la primera vez que se habla de «el Cristo». Si lo que Juan ha oído es que las obras que Jesús hace son las «obras del Cristo», entonces no se entiende por qué luego pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir?», es decir: «¿Eres tú el Cristo – el Mesías?», pues las obras mismas le estaban dando una respuesta afirmativa. En el resto del relato ya no se habla más de Cristo, sino sólo de Jesús. El reconocimiento de que Jesús es el Cristo se narra solamente en el capítulo 16. Justamente la pregunta que Jesús dirige a los Doce sobre sí mismo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,15-16).


Lo que Juan ha oído


¿Cuáles son las obras de Jesús que el Evangelio ha narrado hasta ahora? Ha transmitido dos discursos de Jesús: el sermón de la montaña y el discurso apostólico, y varios milagros obrados por él: la curación de un leproso, del criado del centurión, de la suegra de Pedro; ha calmado la tempestad en el lago; ha liberado a dos endemoniados de la posesión del demonio; ha curado a un paralítico y a la mujer con flujo de sangre; ha resucitado a la hija de Jairo, ha devuelto la vista a dos ciegos, ha hecho hablar a un mudo. Después de este elenco impresionante de obras, el Evangelio hace un resumen: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Esto es lo que Juan ha oído y que él reconoce como las «obras de Cristo».


A la pregunta de Juan Jesús responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Pero justamente esto es lo que Juan ya había oído. Por eso debemos concluir que esa respuesta de Jesús no va dirigida a Juan sino a sus enviados y a los demás presentes. A ellos también va dirigida la frase: «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». Juan ya reconocía que quien hacía esas obras era el Cristo, mientras tanto los mismos apóstoles, es posible, aún no habían llegado a esa conclusión.


Solamente así se puede explicar por qué Jesús hace un impresionante reconocimiento de Juan: «Os digo que él es un profeta, y más que un profeta… En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Es un testimonio impactante y que no deja duda de lo que Jesús pensaba acerca de su primo.


San Jerónimo nos ayuda a entender mejor el sentido de la pregunta del Bautista. «No pregunta, pues, como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “¿En dónde está Lázaro?” (Jn 11, 34), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen. Que efectivamente los discípulos de Juan habían tenido cierta envidia contra Cristo, lo demuestra la pregunta siguiente, de que ya se ha hablado: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y tus discípulos no ayunan?” (Mt 9,14)».


«Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán…»


La respuesta que Jesús da a los discípulos de Juan condensa un grupo de citas del profeta Isaías (ver Is 35,5-6; 61,1…;) El primero de estos textos es justamente la Primera Lectura de este Domingo. La visión esperanzadora del profeta que consuela al pueblo oprimido se sirve de imágenes que desbordan alegría para la naturaleza hostil del desierto y para las caravanas de los repatriados que la cruzan. La esperanza de un nuevo éxodo hacia la patria alentó la fe de la generación del destierro. Unas cincuenta mil personas regresaron a Palestina cuando el edicto liberador de Ciro, rey de Persia (538 a.C.). Por otro lado, leemos cómo, en la Segunda Lectura, Santiago exhorta a los fieles de esas primeras comunidades cristianas, y a nosotros, a la fortaleza evangélica en la espera paciente y activa de la venida del Señor, imitando la esperanza del que siembra y el aguante de los profetas.


«¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»


En la última parte de la respuesta a los discípulos de Juan, Jesús agrega a los enviados de Juan esta frase enigmática que es una bienaventuranza; pero en su contexto suena a reproche. ¿Para quién ha sido Jesús escándalo? Es decir, un obstáculo en su camino: ¿para Juan, para los enviados de Juan, para la gente que lo escuchaba entonces, o para nosotros que estamos ahora escuchando su palabra? Jesús está seguro de que él no es escándalo para Juan, quien se encontraba en la cárcel y habría de sufrir el martirio por su defensa de la pureza de la unión conyugal. En efecto, había sido encarcelado porque decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» y sufrió el martirio a instigación de la adúltera (ver Mt 14,3-12). ¿No habría de enseñar también Jesús: «El que repudia a su mujery se casa con otra comete adulterio» y «no separe el hombre lo que Dios ha unido» (ver Mt 19,6-9)? Ambos poseían el mismo Espíritu, tanto que cuando Jesús pregunta qué dice la gente acerca de él, la primera respuesta es: «Dicen que eres Juan el Bautista» (Mt 16,14).


Por eso las palabras más elogiosas de Jesús en todo el Evangelio están dichas acerca de Juan. «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Pero Jesús agrega: «Sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él». Este es un modo metafórico para expresar la diferencia entre dos tiempos: el tiempo en que el Reino de los cielos era futuro, aunque estuviera cerca, y el tiempo en que el Reino de los cielos está presente entre nosotros. Este último tiempo es infinita-mente superior, pues contiene en su seno la eternidad. Juan pertenece al tiempo anterior. A él llegó solamente noticia de lo que Jesús enseñó e hizo; en cambio, a los de este tiempo se dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe¬tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). La desgracia mayor es pertenecer a este tiempo y así y todo no ser capaces de ver ni de oír, ni de reconocer al Mesías, el Cristo.


Una palabra del Santo Padre:


«La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta expande esa voz, preanunciando que «toda carne verá la salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros puede decir: «Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado». No. Siempre debemos acoger este ofrecimiento de la salvación. Y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en este camino de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos los hombres se salven por medio de Jesucristo, el único mediador (cf. 1 Tim 2, 4-6).

Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. Y esto no es hacer proselitismo. No, es abrir una puerta.


«¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el edificio, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos».


Papa Francisco. Ángelus 6 de diciembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Este es el domingo de la alegría. ¿Cómo puedo vivir la alegría en mi familia ante la cercanía de la Navidad?

2. La carta de Santiago es una invitación a vivir con generosidad la paciencia. ¿Soy paciente especialmente en las dificultades cotidianas?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 274.1717. 1817-1821. 2657.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


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Responder Grervierb
11:07 Eel 28 Ee junio Ee 2020 
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