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Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 22 Ee julio Ee 2019 a las 0:10

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XVI ORDINARIO


21-19 de julio del 2019



“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas.”


Gen 18, 1-10: “Señor, no pases de largo junto a tu siervo.”

En aquellos días, el Señor se apareció a Abraham junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de su carpa, porque hacía calor.

Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al ver¬los, corrió a su encuentro desde la puerta de su carpa y, pos¬trándose en tierra, dijo:

— «Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que se laven los pies y descansen junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que recobren fuerzas antes de seguir, ya que han juzgado opor¬tuno pasar junto a su siervo».

Contestaron:

— «Está bien. Puedes hacer lo que dijiste».

Abraham entró corriendo en la carpa donde estaba Sara y le dijo:

— «Date prisa, toma tres medidas de flor de harina, amásala y haz unos panes».

Luego fue corriendo donde estaba el ganado, escogió un ter¬nero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también queso fresco, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron:

— «¿Dónde está Sara, tu mujer?»

Contestó:

— «Aquí, en la carpa».

Añadió uno:

— «Cuando vuelva a ti, pasado el tiempo de su embarazo, Sara habrá tenido un hijo».


Sal 14, 2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”


El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra

nunca fallará.


Col 1, 24-28: “Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria”


Hermanos:

Me alegro de sufrir por ustedes; así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciarles a ustedes su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.

A este pueblo ha querido Dios dar a conocer la gloria y ri¬queza que este misterio encierra para los paganos: es decir, que Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria.

Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con lo mejor que sabemos, para que todos alcancen su madurez en Cristo.


Lc 10, 38-42: “María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”


En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo, y una mujer lla¬mada Marta lo recibió en su casa.

Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo:

— «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude».

Pero el Señor le contestó:

— «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas co¬sas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán»


NOTA IMPORTANTE


 Camino a Jerusalén el Señor Jesús se detiene en Betania, en casa de Lázaro y de sus hermanas. San Juan nos hace saber que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5): eran sus amigos (ver Jn 11, 11) y los tenía muy cerca de su corazón.


Marta, como era propio de las mujeres en el pueblo de Israel, se dedica enteramente a atender a sus huéspedes (ver Mt 8, 15; Lc 4, 38; Jn 12, 1-2). Como ama de casa, ella es la responsable de disponer todo lo necesario para alimentar y hospedar al Señor y a sus Apóstoles.


Y mientras Marta se desvive en el servicio, María, su hermana, se sienta a los pies del Señor a escuchar las enseñanzas del Maestro. Es la posición de un discípulo sentarse a los pies del Maestro cuando éste enseña.


Sin la ayuda de María, Marta debía multiplicarse para dar abasto con el servicio. Es, en este sentido, justo el reclamo que Marta dirige al Amigo, teniendo en cuenta la gran cantidad de personas que debían ser atendidas: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Es como si le dijera, en un tono muy cercano: “¡Señor, dile a María que no se quede ahí, que no sea floja, que en vez de escucharte venga a ayudarme, pues no puedo sola!”.


La queja brota de la incomprensión, fruto de su propia situación interior de ruptura. El Señor no responde como ella quisiera, pidiéndole a María que la ayude, sino que con la agudeza de quien sabe ver la profundidad de los corazones le hace notar que está dividida interiormente: «andas dividida y turbada por muchas cosas». En su corazón no hay paz ni unidad, las múltiples ocupaciones hacen que termine cayendo en un activismo por el que termina perdiendo de vista lo esencial para darle más atención a lo innecesario e incluso superfluo. En esa situación la primacía ya no la tiene el ser, sino el quehacer, lo que trae consigo una ruptura interior que la aparta de su identidad más profunda.


El Señor se dirige a Marta con inmensa dulzura repitiendo dos veces su nombre, como quien trata de despertarla y hacerle tomar conciencia de que la que la que debe corregirse no es María, sino ella en cuanto que su excesiva preocupación por atenderlos la ha llevado a estar inquieta por demasiadas cosas, cuando sólo pocas son suficientes. Cumplido esto, también ella debería como su hermana dedicarse a lo que en ese momento es lo más importante, «la mejor parte», cual es escuchar sus enseñanzas, acoger a quien es la Palabra viva ya no sólo en su casa, sino también en su mente y corazón, para que en su vida cotidiana se convierta en criterio de acción.


A pesar de la diferencia de actitudes podemos decir que tanto Marta como María son mujeres de fe profunda, intensa. Ambas creen que el Señor es el Mesías Salvador y Reconciliador. Creen en Jesús y le creen a Jesús. Tienen una piedad fuerte, un amor grande e intenso y ambas, cada una a su modo y según su personalidad, actúan movidas por su amor al Señor. Marta, una mujer eminentemente activa, muestra este amor sirviendo al Señor y a sus discípulos, desviviéndose por atenderlos de la mejor manera posible, hasta en los pequeños detalles. Toda su actividad está orientada al Señor, su servicio está centrado en Él. María, de carácter dulce, apacible y de mirada profunda, sabe ir a lo esencial y discernir lo más importante, de modo que movida asimismo por su amor al Señor elige lo mejor, que es sentarse a sus pies para escuchar sus enseñanzas, para acoger esas palabras de vida que como semillas buscan ser acogidas en un corazón puro y abierto para su posterior floración y fructificación en una vida conforme a las enseñanzas del Maestro.


Marta y María representan también dos dimensiones de la vida de todo discípulo de Cristo: la dimensión contemplativa de oración en María y la dimensión activa de servicio concreto y específico en Marta. Pero hay que decir que la acción no está ausente en María ni la oración en Marta. Al centrar su servicio en el Señor, toda la actividad de Marta se hace oración. Su trabajo es una forma de oración, mientras no pierda de vista lo esencial. El problema surge cuando dividida interiormente y agitada por muchas cosas pretende excluir los momentos fuertes de oración, los momentos de estarse a los pies del Señor en actitud de reverente escucha. Sin esos momentos fuertes de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2697) su acción corre el peligro de convertirse en un activismo que roba a la acción de su capacidad de realizar a la persona dando con sus actos gloria a Dios.


María por su parte mantiene un silencio activo escuchando al Señor, en lo que podemos llamar momento fuerte de oración que la prepara para la acción, que sostiene y hace fecunda la vida activa. Lejos, pues, de ver una oposición entre la vida contemplativa y la vida activa, Marta y María muestran un camino de síntesis concreto para la realidad personal de todo discípulo del Señor. El Señor al corregir a Marta no establece una oposición, sino una prioridad de momentos fuertes de oración que nutren y fecundan la vida activa, invitando a que ésta se convierta al mismo tiempo en una liturgia continua, en oración sin interrupción en la medida en que busca cumplir el Plan de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra.


Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (ver Jn 2, 5).


En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aún cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: «te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.


También nosotros debemos aprender a dar un lugar prioritario en nuestra jornada al encuentro con el Señor, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: «La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2572).


Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre, una liturgia continua. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no deje¬mos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término».

San Agustín


«No se dice simplemente de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor».

San Juan Crisóstomo


«¿Cómo podría Jesús dirigir un reproche a Marta, contenta por recibir a tan excelente huésped? Si eso fuera un reproche, no habría nadie para cuidar de los necesitados. Todos escogerían la mejor parte para decir: “empleemos todo nuestro tiempo en escuchar la palabra de Dios”. Pero si esto ocurriera, no habría nadie para atender al forastero en la ciudad, al necesitado de alimento o vestido, nadie para visitar los enfermos, nadie para liberar a los cautivos, nadie para enterrar a los muertos. Las obras de misericordia practicadas en favor de los necesitados son imprescindibles aquí en la tierra».

San Agustín


«Con su ejemplo enseña a sus discípulos cómo deben portarse en las casas de aquellos que los reciben; para que cuando vayan a alguna casa no estén allí ociosos, sino dando santas y divinas enseñanzas a quienes los reciben. En cuanto a los que preparan la casa, éstos deben salir a su encuentro con fervor y alegría por dos razones: primera, porque serán edificados por aquellos que reciben, y segunda, porque recibirán el premio de su caridad».

San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La hospitalidad de Abraham


2571: Habiendo creído en Dios, marchando en su presencia y en alianza con él, el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa. Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza.


La oración es “sentarse a los pies del Señor” para escucharlo


2697: La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (S. Gregorio de Nisa). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.


2698: La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El Domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.


2699: El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.


La oración ante todo lo que hay por hacer


2726: En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración… En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo…


2727: También tenemos que hacer frente a mentalidades de «este mundo» que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); ... y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).


 CONCLUSION


«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 21 de julio de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 38- 42


Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a la Primera Lectura (Génesis 18,1-10a) y al Evangelio (San Lucas 10, 38- 42), se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.


En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado, acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colosenses (Colosenses 1, 24-2) presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.


«Señor, no pases de largo junto a tu siervo»


Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero ciertamente difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.


Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, como su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vio a tres y adoró a uno sólo» (San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.


«Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»


Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importancia estar siempre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntarle: «¿Mucho trabajo?». Como Marta, también nosotros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindibles.


Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.


Los amigos de Jesús


Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relación más o menos cercana con grandes personajes; ¿quién puede pretender una recomendación mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obsequiar con alojamiento y alimento; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obsequiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estando Él presente y pronunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta? «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hombre moderno; por eso los hombres importantes suelen ser llamados «ejecutivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.


Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa necesaria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es detenerse a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Palabra de Dios. Y es necesario para alcanzar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirmación de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescindir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!


En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedido al Señor, una sola cosa estoy buscando: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzura del Señor» (Sal 27,4). Pero llegada la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).


¡No tengo tiempo…!


Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo…no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús. Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samaritana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la consideró capaz de entender y le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmente necesario.


«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros…»


Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiánica que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violencia» (Mt 11, 12) .


Una palabra del Santo Padre:


«El pasaje de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulas del Señor, que vivían en Betania. San Lucas las describe de este modo: María, a los pies de Jesús, «escuchaba su palabra», mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano» (v. 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria» (v. 41).


¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que «hacer». En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se reprende a Marta.


Que también en nuestra vida cristiana oración y acción estén siempre profundamente unidas. Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del mismo modo, cuando en el servicio eclesial se está atento sólo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: «ora et labora», reza y trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos precisamente al Señor en el hermano y en la hermana necesitados».


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

2. Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar responde a mi encuentro con el Señor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031.2074. 2180- 2188. 2725 – 2728


!GLORIA A DIOS


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