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He venido a prender fuego sobre la tierra

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee agosto Ee 2019 a las 18:00

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XX ORDINARIO


18-24 de agosto del 2019




“He venido a prender fuego sobre la tierra”



Jer 38, 4-6.8-10: “Se apoderaron de Jeremías y lo echaron a la cisterna”


En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: — «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia». Respondió el rey Sedecías: — «Lo dejo en sus manos, pues el rey no puede oponerse a los deseos de ustedes». Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo del príncipe Malquías, ubicado en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Ebedmelek salió del palacio y habló al rey:


— «Mi rey y señor, esos hombres han tratado muy mal al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de hambre, porque no queda pan en la ciudad». Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: — «Toma tres hombres a tu mando, y saquen al profeta Jeremías del pozo, antes de que muera»


Sal 39, 2-4.18: “Señor, date prisa en socorrerme”


Yo esperaba con ansia al Señor; y Él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación; Dios mío, no tardes. Heb 12, 1-4: “Jesús soportó la Cruz sin miedo a la ignominia” Hermanos: Ya que estamos rodeados de una innumerable nube de testigos, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos con perseverancia la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de nuestra fe; el cual, renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz, sin tener en cuenta la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

Recuerden al que soportó tanta oposición de los pecadores y no se cansen ni se dejen vencer por el desaliento. Ustedes no han llegado todavía a derramar la sangre en la lucha contra el pecado.


Lc 12, 4912, 49--53:53: “No he venido a traer paz, sino división”


“No he venido a traer paz, sino división” En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».


NOTA IMPORTANTE


El Señor sigue su marcha decidida a Jerusalén, y en el camino comparte con sus discípulos el vivo anhelo que arde en su corazón: «He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!».


El Señor esplenamente consciente de su identidad y de su misión, de dónde viene y para qué ha venido al mundo. Él es Jesús, es decir, Dios que salva al pueblo de sus pecados, el Verbo encarnado que procede del Padre y que por obra del Espíritu divino se encarnó de María Virgen para la reconciliación del ser humano. «He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De qué fuego se trata? ¿Es un fuego real, un fuego que consume, calcina y destruye todo, tal y como lo desearon Santiago y Juan al verse rechazados por los samaritanos (Ver Lc 9, 54)? Ese, ciertamente, no es ese el fuego que Él anhela que encienda el mundo (Ver Lc 9, 55).


El fuego real es liberación de energía, quema, consume, se expande, transforma en fuego lo que toca. El fuego del que habla el Señor expresa una realidad espiritual, invisible. Lo experimenta análogamente aquél que ve encenderse su corazón en el amor de Dios: «Ardo en celo por el Señor» (1 Re 19, 9), afirma el profeta Elías. Del mismo profeta leemos en la Escritura: «surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha» (Eclo 48, 1). El profeta Jeremías utiliza también la imagen del fuego al narrar la experiencia de su propia vocación y misión: «había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9).


El fuego del amor divino arde intenso en el corazón del Señor Jesús. Es ese fuego con el que Él anhela vivamente encender “el mundo”, es decir, otros corazones. Mas para lograr su cometido y anhelo sabe que tiene que pasar primero por un “bautismo”: debe ser “sumergido” (la palabra griega baptizein significa sumergir) en la muerte para resurgir victorioso de ella por su Resurrección. Pasado este “bautismo” el Señor podrá derramar el fuego del amor divino en los corazones humanos (Ver Rom 5, 5). Es así como llevará a cabo su más vivo anhelo. En una segunda parte del Evangelio el Señor anuncia que no ha venido a traer paz a la tierra, sino división. «¿Qué dices, Señor? —comenta San Cirilo— ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el Cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)?». ¿Cómo hay que entender este anuncio del Señor?


La división que trae es real, es una división que se dará incluso en el seno de las mismas familias: «una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra». Mas este conflicto y división no se debe a que Él quiera sembrarla, sino a que ante Él nadie podrá quedar indiferente: o se está con Él, o se está en contra de Él (Ver Lc 11, 23). La división se produce por la guerra que harán a sus discípulos los “enemigos de la Cruz”, aquellos que rechazan a Cristo y su Evangelio. Los apóstoles y discípulos de Cristo deben estar preparados para soportar la guerra que les harán, deben estar dispuestos incluso a morir por el Señor (Ver Mt 10, 16-36).


Este rechazo no era novedad. También los profetas enviados lo habían experimentado antes de la llegada del Mesías, al cumplir fielmente con su misión. Jeremías (1ª. lectura), por anunciar aquello que Dios le mandaba proclamar a su pueblo, termina siendo arrojado en un pozo para que muera allí. Por ser incómoda, su voz busca ser acallada. Todo discípulo de Cristo debe estar dispuesto a experimentar el odio, el rechazo, la oposición del mundo e incluso de sus propios familiares. El discípulo de Cristo debe tener los ojos fijos en el Señor Jesús (Ver 2ª. lectura), quien «soportó la Cruz» y «soportó tanta oposición de los pecadores», de modo que alentado por tal ejemplo él mismo no desfallezca falto de ánimo en la prueba y permanezca fiel al Señor y al anuncio de Su Evangelio, hasta derramar su sangre si es preciso.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lc 12, 49), había dicho el Señor a sus discípulos en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. Ese fuego que habría de arrojar sobre la tierra, ¿no era acaso el don del Espíritu, Fuego del Divino Amor? ¡Sí, con ese Fuego se encienden y arden los corazones humanos en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor con que Cristo amó! Recordamos que en Pentecostés los apóstoles y discípulos reunidos en torno a Santa María recibieron el Espíritu que descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, encendiendo sus propios corazones y«mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones» (San Francisco de Sales). Así, encendidos con ese Fuego divino, con ardiente corazón, inmediatamente se pusieron a predicar la Buena Nueva a todos los pueblos, con el anhelo de encender también ellos el fuego en el mundo entero. ¡A mí me toca hoy acoger ese Fuego del divino Amor en mi corazón! ¡A mí me toca dejarme enardecer totalmente por él, para que transformándome en amor yo mismo, cada vez más y completamente, pueda encender otros corazones humanos por el anuncio del Evangelio, tocándolos con esas como “lenguas de fuego” que brotan de todo aquél o aquella en quien arde fuerte el amor a Dios! El Señor, nuestro Amigo, nos invita a compartir también hoy sus anhelos, nos alienta prender fuego en el mundo entero con una vida encendida en el amor a Él, con una vida santa y luminosa por las obras. ¡Seamos como antorchas ardientes que disipen las tinieblas de muchas mentes y enciendan el amor a Dios en muchos corazones! ¡Con ardor anunciemos a Cristo y su Evangelio, a tiempo y destiempo!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«En algunas ocasiones en la Sagrada Escritura se acostumbra llamar fuego a la palabra sagrada y divina, porque, así como los que quieren purificar el oro y la plata les quitan toda la escoria con el fuego, así el Salvador, por la palabra evangélica en la virtud del Espíritu, purifica la inteligencia de los que creen en El. Este es el fuego saludable y útil por el cual los moradores de la tierra, de algún modo fríos y endurecidos por el pecado, se calientan y enardecen por la vida santa». San Cirilo


«Ahora llama tierra no precisamente a la que pisamos con los pies, sino a la que El formó con sus manos, es decir el hombre, en quien Dios infunde su fuego para consumir el pecado y renovar su alma». San Juan Crisóstomo «“Con bautismo es menester que yo sea bautizado”; esto es, primero debo ser bañado con la propia sangre que yo he de derramar y así he de inflamar los corazones de los que creen con el fuego del Espíritu Santo». San Beda


«¿Qué dices, Señor? ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)? Pero es bien sabido que la paz es útil, como también puede ser dañosa y separar del amor divino, que es por lo que toleramos a los que se alejan de Dios y por lo cual se enseñó a los fieles que evitasen el trato con los mundanos». San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra…»


696: El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12, 49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1 Tes 5, 19). «Con un bautismo tengo que ser bautizado…»


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (Ver Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (Ver Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él.

De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1214: Bautizar (baptizein en griego) significa «sumergir», «introducir dentro del agua»; la «inmersión» en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como «nueva criatura» (2 Cor 5, 17; Gal 6, 15).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado (Ver Lc 12, 50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (Ver Jn 19, 34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios (Ver Jn 3, 5). Considera dónde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la Cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí esta todo el misterio: Él padeció por ti. En Él eres rescatado, en Él eres salvado (San Ambrosio).


CONCLUSION


«TAMBIÉN VOSOTROS, ESTAD PREPARADOS»


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 12, 32-48 «En confiada y vigilante espera», así podemos resumir el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (Sabiduría 18, 6-9). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (Hebreos 11,1-2. 8-19). Ésta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (San Lucas 12, 32-48).


La misteriosa solidaridad


La exhortación que Jesús al inicio del Evangelio, continúa y se relaciona con la lectura del Domingo pasado: el desprendimiento de los bienes materiales en aras de la solidaridad fraterna: «Vended vuestros bienes y dad limosna…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Así lo resalta fuertemente la primera lectura que es una evocación «sapiensal» y agradecida de la primera pascua a la salida de los israelitas de Egipto: «Porque los justos, hijos de los santos, te ofrecían en secreto el sacrificio, y concordes establecieron esta ley de justicia, que los justos se ofrecían a recibir igualmente los bienes como los males». Sin duda nos llama poderosamente la atención la misteriosa solidaridad que une a toda la humanidad en un mismo destino. ¡Cuánto más deberíamos de tenerla en cuenta al ser todos miembros de un mismo Cuerpo en Cristo Jesús! «La seguridad de lo que se espera» La Segunda Lectura comienza con una definición teológica de la fe: «es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve». La palabra griega «seguridad», etimológicamente quiere decir «sub-stancia», lo que está debajo, lo que sirve de base y fundamento, significa que es lo que le da base y realidad subsistente a las cosas que esperamos. Podemos afirmar que la fe es la «convicción» de que existen las cosas que esperamos; o si se quiere, la «garantía» de que existen las cosas celestiales. Tan ciertas y seguras son las realidades que indica la fe que «los antiguos o mayores», nuestros modelos de virtud y personas prudentes, se acreditaron de ella y la cultivaron con esmero. Estos «antiguos» son los antepasados de Israel; son los «padres»; es decir los patriarcas en general, los antecesores de los judíos, de los cuales contarán en este capítulo de la carta a los Hebreos, sus hazañas por la fe. La lectura de este Domingo nos lleva directamente al versículo octavo que se refiere a la fe de Abraham: modelo y padre de los creyentes. En la segunda parte de la lectura se acentúa la actitud de provisionalidad que mantuvo en tensión la fe de los patriarcas en camino hacia la patria definitiva. Vieron de lejos la tierra prometida y la saludaron, confesando y reconociendo que en esta tierra eran extranjeros y peregrinos.


El pequeño rebaño de Dios El Evangelio de este Domingo comienza con unas palabras extraordinariamente consoladoras de Jesús. Ellas son la conclusión de su enseñanza acerca de la confianza en su amorosa Providencia: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino». Jesús llama al grupo de sus discípulos «pequeño rebaño». Esta es la única vez que se usa esta metáfora en el Evangelio de Lucas. Por eso para entender su sentido, como ocurre con muchos temas del Evangelio, es necesario recurrir al antecedente del Antiguo Testamento. Allí esta metáfora es corriente: el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sl 23,1.4). Se entiende que el pastor es Dios. Con este pastor el rebaño no tiene nada que temer. Jesús llama a sus discípulos de «pequeño rebaño» no sólo porque son poco numerosos, sino, sobre todo, porque está compuesto por gente sencilla, por gente de poco peso en el mundo. Es claro que Jesús en su vida no fue seguido por la gente importante (ver Jn 7,47-48). Es más, si alguien se tiene por «importante», tiene que hacerse pequeño para entrar en este rebaño: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3; cf. Lc 18,17). Las cosas que pasan… Cada persona maneja un volumen más o menos grande de información para su vida en esta tierra. Y esto es verdad a todo nivel. Por decir lo menos, todos conocen los precios de los artículos de consumo habitual, el recorrido de los autobuses de la ciudad, los programas de televisión o de radio que le interesan, los equipos de fútbol y su formación, los entrenadores, etc. Pero toda esa información se refiere a cosas que van cambiando: manejamos un cúmulo inmenso de información acerca de cosas que envejecen, se deterioran y pasan. Acerca de todo eso, nos dice «la Imitación de Cristo» con incuestionable verdad: «Todas las cosas pasan, y tú con ellas».


Es oportuno examinarnos para ver cuánta dedicación y tiempo le damos aquellas otras cosas que no pasan, porque son eternas. ¿Leemos el Evangelio cada día un tiempo equivalente al que destinamos a leer el diario o a ver las noticias en TV? ¿Qué es más importante para nosotros, los bienes de esta tierra o los bienes eternos? ¿Dónde está nuestro tesoro? Estas mismas preguntas hacía Jesús a los hombres de su tiempo ofreciéndonos un criterio que es sumamente claro: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón». Dicho en otras palabras: aquello que ocupa tu atención, eso es tu tesoro. Si nuestra vida es gobernada por información banal y superflua, quiere decir que nuestro tesoro son los bienes de esta tierra, aunque digamos otra cosa, o queramos engañarnos. Escuchemos la recomendación del Señor: «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla». Los bienes de esta tierra son caducos, duran poco, se deterioran y defraudan; en el contexto del destino eterno del hombre son menos que nada. Atesorar esos bienes, diría el sabio Qohelet, es esfuerzo inútil, es como «atrapar vientos» (Ecle1,14). San Pablo nos dice: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura» (Fil 3,7-8). ¡Estar preparados…! En seguida Jesús nos exhorta a estar vigilantes, como están los siervos que esperan a su señor para abrirle apenas llegue. La venida del Hijo del hombre puede considerarse bajo un doble aspecto y ambas exigen estar bien preparados. Una se refiere a su venida al fin del tiempo, para poner fin a la historia. Entonces «vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». De ésta no sabemos «ni el día ni la hora». Por eso la actitud cristiana es vivir en permanente espera. Sin embargo, muchos pensarán: «para esa última venida de Cristo falta mucho». Admitamos que sea así. En todo caso, podemos acotar con bastante precisión el momento de su otra venida, la que pondrá fin a mi propia vida en esta tierra. Ocurrirá en cualquier momento. La actitud que Jesús reprueba es la del que dice: «Mi señor tarda en venir» y, por eso, se despreocupara y dejara de vigilar.

Todo esto se aclara más si se considera que está dicho por Jesús como un comentario a la parábola sobre aquel hombre que había atesorado riquezas para disfrutar «muchos años». La conclusión de esa parábola era ésta: «Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán?» (Lc 12,20). El mayor desastre sería que llegara el Hijo del hombre y nos encontrara distraídos y despreocupados, demasiado absorbidos por las cosas de esta tierra. Al que se encuentre en ese caso, dice Jesús, «lo separará y le señalará su suerte entre los infieles». En cambio, para el que tiene su tesoro en el cielo y espera con gozo la venida del Señor, dice esta bienaventuranza: «Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentra así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de toda su hacienda». ¿Para nosotros o para todos? Ante la parábola sobre la vigilancia, Pedro interviene para preguntar a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Pedro establece una diferencia entre ellos -se refiere a los Doce- que estaban siempre con Jesús, que habían sido instruidos por Él y que recibirían la responsabilidad de continuar su misión salvífica, y todos los demás hombres. Jesús en su respuesta alude directamente a Pedro y a los demás apóstoles hablando del «administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre», y reconoce que hay una diferencia. Si son fieles recibirán mayor recompensa; pero si son infieles recibirán mayor castigo. En efecto, el siervo que desobedece, conociendo la voluntad de su señor, «recibirá muchos azotes»; en cambio, el que obra contra la voluntad de su señor, sin conocerla, “recibirá pocos azotes”. Jesús concluye advirtiendo: «A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más». Una palabra del Santo Padre: «Este Evangelio quiere decirnos que el cristiano es alguien que lleva dentro de sí un deseo grande, un deseo profundo: el de encontrarse con su Señor junto a los hermanos, a los compañeros de camino. Y todo esto que Jesús nos dice se resume en un famoso dicho de Jesús: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34). El corazón que desea. Pero todos nosotros tenemos un deseo. La pobre gente es laque no tiene deseo; el deseo de seguir adelante, hacia el horizonte; y para nosotros cristianos este horizonte es el encuentro con Jesús, el encuentro precisamente con Él, que es nuestra vida, nuestra alegría, lo que nos hace felices. Pero yo os haría dos preguntas. La primera: todos vosotros, ¿tenéis un corazón deseoso, un corazón que desea? Pensad y responded en silencio y en tu corazón: tú, ¿tienes un corazón que desea, o tienes un corazón cerrado, un corazón adormecido, un corazón anestesiado por las cosas de la vida? El deseo: seguir adelante hacia el encuentro con Jesús. Y la segunda: ¿dónde está tu tesoro, aquello que tú deseas? —porque Jesús nos dijo: Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón—. Y yo pregunto: ¿dónde está tu tesoro? ¿Cuál es para ti la realidad más importante, más valiosa, la realidad que atrae mi corazón como un imán? ¿Qué es lo que atrae tu corazón? ¿Puedo decir que es el amor de Dios? ¿Están las ganas de hacer el bien a los demás, de vivir para el Señor y para nuestros hermanos? ¿Puedo decir esto? Cada uno responda en su corazón. Pero alguien puede decirme: Padre, pero yo soy uno que trabaja, que tiene familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante a mi familia, el trabajo… Cierto, es verdad, es importante. Pero, ¿cuál es la fuerza que mantiene unida a la familia? Es precisamente el amor, y quien siembra el amor en nuestro corazón es Dios, el amor de Dios, es precisamente el amor de Dios quien da sentido a los pequeños compromisos cotidianos e incluso ayuda a afrontar las grandes pruebas. Este es el verdadero tesoro del hombre. Seguir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico. El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Jesús. El amor de Dios se manifiesta en Jesús. Porque nosotros no podemos amar el aire… ¿Amamos el aire? ¿Amamos el todo? No, no se puede, amamos a personas, y la persona que nosotros amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad humana. Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, alhorizonte final de nuestra peregrinación. Así, incluso las fatigas y las caídas encuentran un sentido. También nuestros pecados encuentran un sentido en el amor de Dios, porque este amor de Dios en Jesucristo nos perdona siempre, nos ama tanto que nos perdona siempre». Papa Francisco. Ángelus 11 de agosto de 2013. Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es imprevisible. El meteorólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante el mes de mayo o el próximo año, con mayor o menor aproximación. Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios. 2. La imprevisibilidad del futuro reclama vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar es mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, «cuando Él venga» o cuando nosotros vayamos a Él. La vigilancia no es una opción, es una necesidad vital. ¿Cómo vivo la sana vigilancia en mi vida? 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1006- 1014.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


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