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Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee marzo Ee 2019 a las 15:30

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


24-30 de marzo del 2019


“Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto.”




Ex 3, 1-8. 13-15: “He bajado para librarle de la mano de los egipcios”

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño más allá del desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego que ardía en medio de una zarza.

Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó:

— «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, y ver por qué no se consume la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

— «Moisés, Moisés».

Respondió él:

— «Aquí estoy».

Dijo Dios:

— «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el lugar que estás pisando es tierra santa».

Y añadió:

— «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo:

— «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

— «Mira, yo iré a los israelitas y les diré: “El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes”. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

— «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía a ustedes».

Dios añadió:

— «Esto dirás a los israelitas: “El Señor Dios, Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi nombre para siempre: así me llamarán de generación en generación”».


Sal 102, 1-8 y 11: “El Señor es compasivo y misericordioso”


Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos; enseñó su camino a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles.


1 Cor 10, 1-6. 10-12: “El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”


Hermanos:

No quiero que ignoren que nuestros antepasados estuvieron todos guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y, para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar fue un bautismo que los unió a Moisés; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y esa roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos.

No protesten, como protestaron algunos de ellos y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedió como un ejemplo para nosotros y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.


Lc 13, 1-9: “Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”


En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les comentó:

— «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

— «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».


NOTA IMPORTANTE


Historiadores de la época dan cuenta de que Poncio Pilato, siendo procurador romano de Judea, en no pocas ocasiones se mostró prepotente y violento con los judíos. El evangelista menciona que fue él quien ordenó matar a algunos galileos mientras ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén.


La noticia de la brutal masacre en el Templo llega al Señor Jesús en el preciso momento en el que exhortaba a sus oyentes a saber discernir los signos de los tiempos para comprender que ante la inminente llegada del Reino de los Cielos urgía el cambio, la conversión del corazón. Con este fin había puesto el Señor una comparación: «Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura arreglarte con él por el camino. De lo contrario, te arrastrará al juez, el juez te entregará al alguacil y el alguacil te meterá en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo» (Lc 12, 58-59). Del mismo modo, en el camino de la vida, cuyo fin puede llegar inesperadamente, urge “arreglarse” con Dios y estar bien con Él en todo momento. El tiempo propicio para la conversión por tanto es ahora, hoy, y no “mañana”, porque mañana diremos nuevamente “mañana... mañana”, hasta que llegue el día en que ya no habrá otro “mañana” y entonces no habrá más oportunidades para arreglarse con Dios.


Decíamos que es en medio de aquel diálogo con sus discípulos que algunos traen la dramática noticia de la masacre de los galileos en el Templo. El Señor sale inmediatamente al paso de lo primero que se les puede venir a la mente: la muerte violenta de aquellos hombres se trataría de un “castigo divino”, debido a la maldad de sus pecados. El Señor afirma categóricamente que aquellos galileos no eran «más pecadores que los demás galileos» por haber padecido esa muerte terrible, y advierte a sus oyentes: «si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».


La misma advertencia la hace por segunda vez a propósito del accidente en el que dieciocho hombres murieron aplastados al desplomarse la torre de Siloé: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Así pues, a decir del Señor, si de justicia pura se tratase, incluso aquellos que se creían buenos merecerían igual muerte, dado que todos eran igualmente pecadores. Por tanto, la muerte violenta sufrida por aquellos hombres no era un castigo divino.


La grave y repetida advertencia del Señor: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera», es una seria invitación al cambio. Quien se obstina en el mal camino y no se convierte al Señor de corazón camina hacia la propia y definitiva destrucción, a la muerte eterna. Es de esta “segunda muerte” (ver Ap 20, 6.13-15; 21) de la que advierte el Señor.


Y aunque su amonestación es severa, no puede inferirse de esa severidad o amenaza con un fin semejante que Dios sea el dios de la venganza que muchos imaginan, un dios castigador que se complace en la muerte y el castigo del pecador. Dios no se complace «en la muerte del malvado, sino en que el malvadose convierta de su conducta y viva» (Ez 33, 11). Y tanto no quiere el castigo del pecador sino rescatarlo de la muerte que Él mismo, por esa misma misericordia que mostró al librar de la mano de los egipcios a su pueblo elegido, ha “bajado” a reconciliar y liberar a la humanidad entera del pecado y de la muerte.


Que Dios es «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 6) lo expresaba el Señor Jesús mediante la parábola de la higuera estéril a la que el dueño de la viña le concede un tiempo, una oportunidad para dar fruto. Como dirá el Apóstol Pedro: el Señor «usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). Dios espera paciente e invita a su criatura humana, por medio de su Hijo, a aprovechar el tiempo presente, que es un tiempo de gracia, para dar frutos de conversión. Esta conversión, para que sea auténtica, ha de florecer en abundantes frutos de caridad para con el prójimo. La omisión, el no dar frutos buenos, la esterilidad de las buenas obras, lleva a que el árbol se condene a sí mismo a ser arrancado del suelo que lo sostiene en la Vida.


Finalmente, a aquellos que ya están salvados y reconciliados por Cristo, aquellos que ya han entrado en este proceso de conversión bebiendo del agua viva que el Señor ofrece, el Apóstol Pablo (ver la segunda lectura) los exhorta a estar atentos para que no caigan, para no codiciar nuevamente lo malo, para no volver atrás, para no apartarse jamás del Señor de la Vida.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En este tiempo de Cuaresma no podemos perder de vista que además de esforzarnos por abandonar nuestros vicios y rechazar el pecado, la conversión que el Señor quiere de nosotros consiste asimismo en dar fruto: «La gloria de mi Padre —dice el Señor— está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» Jn 15, 8. Esos frutos son las obras buenas.


Así como los frutos de una higuera son concretos, visibles, así también deben ser los frutos en nuestra vida cristiana: deben ser concretos, visibles a los demás. No se trata ciertamente de buscar ser reconocidos, apreciados, aplaudidos, enaltecidos por los frutos de las buenas obras, sino que se trata de que muchos al ver tus buenas obras «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). No se trata de alimentar tu vanidad buscando que por tus obras seas alabado, sino de señalar siempre humildemente el origen de todo lo bueno que tú puedes hacer: Dios.


Usando la imagen agrícola del Señor, podemos decir que todo esfuerzo por despojarnos de los vicios (ver Col 3, 9-10) y cortar las conductas pecaminosas que nos impiden dar frutos de santidad se compara a la poda. Al podar un árbol se le despoja de todo aquello que consume inútilmente el vigor que necesita para dar mucho y buen fruto. Podar un árbol es quitarle algo que no sirve para que dé más de lo que verdaderamente sirve (ver Jn 15, 2). En este sentido, la «conversión significa eliminar los obstáculos que se interponen entre Él y nosotros, entre su gracia y nosotros, y permitir que Su vida se instaure en nosotros. Convertirse quiere decir adquirir una mentalidad nueva, por la que vemos como ve Jesús, queremos como quiere Jesús y vivimos como vivió Jesús. Vivir de Él y como Él es el fin del cristiano, hasta el punto de que puede decir con San Pablo: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20)» (S.S. Juan Pablo II).


Dios, que es «rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó» (Ef 2, 4), ha hecho y hace todo lo que está de su parte para que podamos responder a nuestros anhelos de plenitud, de felicidad, de amor, de Infinito: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?» (Is 5, 4). ¡Dios ha hecho hasta lo impensable, lo inaudito! ¡Dios nos ha entregado a su propio Hijo! Por Él nos ha dado a la Iglesia y por ella ha puesto a nuestro alcance los medios necesarios para poder vivir la vida en Cristo: los sacramentos. Ahora implora nuestra respuesta generosa y nos alienta a que acojamos la gracia derramada en nuestros corazones (ver Rom 5, 5), que no la tornemos estéril sino que con nuestra decidida cooperación produzcamos en la vida cotidiana frutos de conversión (ver 1 Cor 15, 10; 2 Cor 6, 1-3).


¿Y qué frutos concretos espera el Señor de mí? Frutos de servicio y atención a los miembros de mi propia familia; frutos de perdón y reconciliación con quienes me han o he ofendido; frutos de solidaridad y caridad con los necesitados; frutos de generosidad con quien me pide cualquier tipo de ayuda; frutos de estudio y conocimiento de la propia fe para poder dar razón de ella a muchos; frutos de un apostolado irradiante; etc.


Demos, pues, los frutos que el Señor espera de nosotros, fuertemente adheridos al Señor, nutriéndonos de la savia viva de su amor y de su gracia, con la conciencia de que sin Él no podemos dar fruto (ver Jn 15, 4-5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Pero debe oírse con gran temor lo que dice: “Córtala, pues, ¿para qué ha de ocupar aún la tierra?”. En efecto, teniendo cada uno a su modo un lugar en la vidapresente, si no da frutos de buenas obras, ocupa la tierra como árbol infructuoso. Porque en el sitio en que él se encuentra impide que trabajen otros». San Gregorio


«Es propio de la divina misericordia no imponer castigos en silencio, sino publicar primero sus amenazas excitando a penitencia, así como hizo con los ninivitas y ahora con el labrador, diciendo “Córtala”, estimulándolo a que la cuide y excitando al alma estéril a que produzca los debidos frutos». San Basilio


«Por tanto, no nos apresuremos a herir, sino dejemos crecer por misericordia; no sea que cortemos la higuera que aún puede dar fruto y que aún puede curar el celo de su inteligente cultivador». San Gregorio


«También el colono que intercede representa a todo santo que dentro de la Iglesia ruega por el que está fuera de ella, diciendo: “Señor, perdónala por este año (esto es, en este tiempo con vuestra gracia), hasta que yo cave alrededor de ella”». San Agustín


«“Y si no, la cortarás después”, esto es, cuando vengas en el día del juicio a juzgar a los vivos y a los muertos. Hasta entonces, por ahora perdona». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a dar fruto, por la acción del Espíritu en nosotros


736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gál 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más «obramos también según el Espíritu» (Gál 5, 25).


1098: La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.


1695: «Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11), «santificados y llamados a ser santos» (1 Cor 1, 2), loscristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» (Gál 5, 22) por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz» Ef 5, 8, «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo (Ef 5, 9).


1724: Avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.


CONCLUSION


«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»


Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo C – 24 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13,1-9


A partir de este tercer Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra se centra abiertamente en el tema de la conversión de vida como preparación para la renovación de nuestras promesas bautismales. La conversión, antes que sea demasiado tarde, es la respuesta adecuada al amor de Dios (San Lucas 13,1-9). Así habremos aprendido la lección del pueblo de Israel (Primera carta de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12), a quien Dios reveló su nombre y lo liberó de la esclavitud de Egipto por medio de Moisés (Éxodo 3,1-8ª 13- 15).


¡El que se crea estar de pie…cuidado que no se caiga!


El posible error de leer el Evangelio de este Domingo es creernos seguros, condenando fácilmente la conducta del pueblo judío. Pero San Pablo en su carta a los Corintios nos avisa: «¡cuidado no te caigas!» Y desarrolla todo un análisis del Antiguo Testamento iluminado por la luz del Nuevo Testamento. Es decir, la historia del pueblo de Israel sucedió como ejemplo y fue escrita para escarmiento nuestro. Sin embargo, leemos en el siguiente versículo: «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10,13).


Recordemos que la ciudad de Corinto era una ciudad griega abarrotada de gentes de muy distintas nacionalidades y era famosa por su comercio, su cultura, por las numerosas religiones que en ella se practicaban y, lamentablemente famosa, por su bajo nivel moral. La iglesia en Corinto había sido fundada por el mismo Pablo en su segundo viaje misionero (entre los años 50- 52) y ahora recibía malas noticias sobre ella. Al encontrarse con algunos miembros de la iglesia de Corintio que habían venido a verlo para pedirle consejo sobre la comunidad, Pablo escribe esta importante carta.


¿Pensáis que ellos eran más culpables que los demás?


El Evangelio de hoy nos revela el método que tenía Jesús para exponer su enseñanza. A partir de una situación real concreta que está viviendo el pueblo lo instruye en las verdades de la fe. En ese momento todos estaban impactados por dos hechos sangrientos y fuera de lo común. El primero se refiere a la extrema crueldad de Pilato, agravada por la profanación del culto. El incidente debe de haber transcurrido en la Pascua, cuando los laicos podían tomar parte del sacrificio. Pilato los mandó matar cuando ofrecían los sacrificios, así pudo mezclar la sangre humana con la de las víctimas. El hecho de que ahora le den la noticia a Jesús, prueba que no distaba mucho del suceso. El segundo, es un hecho fortuito: en esos días se había desplomado la torre de Siloé y había aplastado a dieciocho personas inocentes. Reducidos a escala, estos hechos se asemejan a los que diariamente golpean al mundo de hoy y de los cuales tenemos noticia a diario. Con su enseñanza Jesús nos ayuda a leer e interpretar esos hechos.


Ante ambos hechos Jesús repite el mismo comentario: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque padecieron estas cosas?… ¿pensáis que esos dieciocho eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?» La mentalidad primitiva, presente también hoy en algunas personas, habría afirmado que ellos habían sufrido esa muerte tan trágica como castigo por su excesiva maldad. «Eso te lo ha mandado Dios, ¡algo habrás hecho!», solemos escuchar ante una enfermedad o una desgracia. Pero Jesús rechaza esa mentalidad y responde Él mismo a su pregunta: «No, os lo aseguro». Las víctimas de los desastres naturales, de los accidentes y de la maldad del hombre mismo no han padecido eso porque sean «más pecadores que los demás». Esta es la primera enseñanza de Jesús. Su pregunta contiene, sin embargo, la afirmación del pecado de todos los hombres; es decir, «las víctimas son tan pecadores como los demás». Así resulta reafirmada la enseñanza de que todos los males son siempre consecuencia del pecado y de la ruptura del hombre, de todos los hombres. Noexiste ningún mal, ni natural, ni accidental, ni intencional, que no sea consecuencia del pecado del hombre.


«Si no os convertís…todos pereceréis del mismo modo»


La atención ahora es trasladada desde las víctimas a los oyentes y, en último término, a cada uno de nosotros. En otras palabras, Jesús nos dice: «Vosotros sois igualmente pecadores, o más pecadores, que esos galileos y que esos dieciocho que murieron aplastados, y si no os convertís -lo repite dos veces-, todos pereceréis del mismo modo». El único modo de escapar a un fin tan trágico es convertirse. Muchas veces pensamos: ¿De qué tengo que convertirme yo? ¿Qué tengo que cambiar…si no soy malo? Y esta pregunta nos lleva a formularnos la siguiente pregunta… ¿en qué consiste la conversión?


Las facultades superiores del ser humano son la inteligencia y la voluntad. Estas son las facultades que lo distinguen como ser racional y libre, es decir, dueño de sus actos. El término «conversión» toca a ambas facultades, pero más directamente a la inteligencia. Lo dice claramente el término griego «metanóia». El prefijo «meta» significa «cambio», y el sustantivo «nous» significa «inteligencia, mente». El concepto se traduce por «cambio de mente, cambio de percepción de las cosas». Y en esto consiste principalmente la conversión. Nosotros, en cambio, cuando nos preguntamos de qué tenemos que convertirnos, examinamos a menudo nuestra voluntad, es decir, las culpas cometidas por debilidad, por falta de una voluntad más firme. ¡Y muchas veces no descubrimos ninguna falta en este rubro! Por eso, aunque hace diez años que uno no se confiesa, se pregunta: ¿de qué me voy a confesar? ¿Yo no he hecho cosas tan malas? No he matado…no he robado…no he sido infiel a mi pareja… Sin embargo, si examináramos nuestros criterios y nuestro modo de ver las cosas y la conducta consecuente a ellos, y la comparamos con los criterios de Cristo, encontraríamos muchas cosas de qué confesarnos.


Cuando alguien cambia de modo de pensar y adopta los criterios de Cristo, entonces ha tenido una verdadera conversión. Entonces entra el segundo aspecto del concepto de «metanoia»: el dolor por la conducta anterior y el arrepentimiento. El apóstol San Pablo ofrece un ejemplo magnífico de auténtica y profunda conversión. Mientras vivía en el judaísmo, en lo que respecta al cumplimiento, es decir, a la voluntad, era irreprochable. El mismo lo dice: «Yo era hebreo e hijo de hebreos… en cuanto al cumplimiento de la ley, intachable» (Fil 3,5-6). En cuanto a la voluntad, no tenía nada que reprocharse. Pero luego agrega: «Todo lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» Fil 3,7-8. Ahora puede asegurar: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16). La conversión verdadera consiste en buscar tener los mismos criterios de Cristo.


La parábola de la viña estéril


En su primera predicación Jesús había agregado una nota de urgencia: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: Convertíos…». Esta misma urgencia es la que imprime Jesús a su llamado a la conversión con la parábola que constituye la segunda parte del Evangelio de hoy. Accediendo a los ruegos del viñador, el Señor consiente en tener paciencia y esperar aún otro año para que la viña dé su fruto. Queda así fijado un día perentorio: «Si dentro de ese plazo no da fruto, la cortas». Esta parábola está ciertamente dirigida al pueblo de Israel al cual Dios había mandado sin cesar sus profetas sin embargo también en la predicación a los gentiles se les advierte que se ha acabado ya el tiempo de la conversión. Recordamos la predicación de Pablo ante los intelectuales griegos cuando fue invitado a hablar en el Areópago de Atenas: «Dios, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia…» (Hech 17,30-31).


Una palabra del Santo Padre:


«En el período de la Cuaresma, la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia» (1 Jn 1, 8-9). Es lo que sucede también en esta celebración y en toda esta jornada penitencial. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos introduce en dos elementos esenciales de la vida cristiana.


El primero: Revestirnos del hombre nuevo. El hombre nuevo, «creado a imagen de Dios» (Ef 4, 24), nace en el Bautismo, donde se recibe la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos y nos incorpora a Cristo y a su Iglesia. Esta vida nueva permite mirar la realidad con ojos distintos, sin dejarse distraer por las cosas que no cuentan y que no pueden durar mucho, por las cosas que se acaban con el tiempo. Por eso estamos llamados a abandonar los comportamientos del pecado y fijar lamirada en lo esencial. «El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35). He aquí la diferencia entre la vida deformada por el pecado y la vida iluminada de la gracia. Del corazón del hombre renovado según Dios proceden los comportamientos buenos: hablar siempre con verdad y evitar toda mentira; no robar, sino más bien compartir lo que se posee con los demás, especialmente con quien pasa necesidad; no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser dóciles, magnánimos y dispuestos al perdón; no caer en la murmuración que arruina la buena fama de las personas, sino mirar en mayor medida el lado positivo de cada uno. Se trata de revestirnos del hombre nuevo, con estas actitudes nuevas.


El segundo elemento: Permanecer en el amor. El amor de Jesucristo dura para siempre, jamás tendrá fin porque es la vida misma de Dios. Este amor vence el pecado y dona la fuerza de volver a levantarse y recomenzar, porque con el perdón el corazón se renueva y rejuvenece. Todos lo sabemos: nuestro Padre no se cansa jamás de amar y sus ojos no se cansan de mirar el camino que conduce a casa, para ver si regresa el hijo que se marchó y se perdió. Podemos hablar de la esperanza de Dios: nuestro Padre nos espera siempre, no nos deja sólo la puerta abierta, sino que nos espera. Él está implicado en este esperar a los hijos. Y este Padre no se cansa ni siquiera de amar al otro hijo que, incluso permaneciendo siempre en casa con él, no es partícipe, sin embargo, de su misericordia, de su compasión. Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En la medida en que los cristianos viven este amor, se convierten en el mundo en discípulos creíbles de Cristo. El amor no puede soportar el hecho de permanecer encerrado en sí mismo. Por su misma naturaleza es abierto, se difunde y es fecundo, genera siempre nuevo amor».


Papa Francisco. Celebración de la Penitencia y Reconciliación. Viernes 28 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón», nos dice San Agustín. ¿He buscado al Señor en la oración diaria?

2. ¿Cuáles son los criterios que debo de cambiar? ¿Qué criterios tiene Jesús que yo no tengo? Haz una lista.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1427 – 1433.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!



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