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Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee diciembre Ee 2019 a las 11:45

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE ADVIENTO


1 de Diciembre del 2019




“Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo"


Is 2,1-5: “Hacia Él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos”


Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:

Al final de los días estará firmemente establecido el monte de la casa del Señor en la cumbre de las montañas, se elevará por encima de las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos. Dirán:

«Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor»

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

¡Ven, casa de Jacob, caminemos a la luz del Señor!


Sal 121,1-9: “Vamos alegres a la casa del Señor”


¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

Deseen la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo». Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.


Rom 13,11-14: “Ya es hora que despierten del sueño: nuestra salvación está ya cerca.”


Hermanos:

Dense cuenta del momento en que viven; ya es hora que despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, se acerca el día: dejemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni envidias. Al contrario, revístanse del Señor Jesucristo.


Mt 24,37-44: “Estén preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre.”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.

Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:

Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Estén, pues, vigilantes, porque no saben qué día vendrá su Señor.

Entiendan bien que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa.

Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre».


NOTA IMPORTANTE


El profeta Isaías habla en nombre de Dios y denuncia una grave situación: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1,2). Israel se ha apartado de los caminos de Dios: «¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa, semilla de malvados, hijos de perdición! Han dejado a Yahveh, han despreciado al Santo de Israel, se han vuelto de espaldas» (Is 1,4). En Jerusalén ya no se encuentra justicia ni equidad. Asesinatos, robos, alianzas con los bandidos, sobornos, búsqueda deventajas, injusticias con los huérfanos y las viudas parecen ser el pan de cada día en esta sociedad que al dar la espalda al Dios único se ha llenado de ídolos, de adivinos y evocadores. Rebeldes a Dios se han vuelto altaneros y altivos. Su sacrificio se ha vuelto detestable porque mezclan falsedad y solemnidad y aunque menudean en la plegaria sus manos están manchadas de sangre inocente (ver Is 2,6-17).


En este contexto Dios invita a su pueblo a la conversión, al cambio de conducta: «lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,16-17). Con el recto obrar es como han de purificarse de todo pecado, es por la obediencia a Dios como alcanzarán su bendición (ver Is 1,18-19).


En medio de esta situación dolorosa, fruto del rechazo de Dios y del abandono de sus leyes, la mirada del profeta se dirige esperanzada hacia los “días futuros”. Isaías ve cómo “al final de los días” confluirán hacia Jerusalén los gentiles y pueblos numerosos, reconociendo a Dios como Dios único, acudiendo a Él para ser instruidos en sus caminos, para marchar por sus sendas, sometiéndose a su señorío y reinado, haciendo de Él el juez de pueblos numerosos. Entonces habrá paz, las armas se transformarán en herramientas para el progreso humano y también la casa de Jacob caminará finalmente «a la luz del Señor». Aquel día sería anhelado por generaciones.


Contrasta esta mirada esperanzada de la ciudad santa con el anuncio devastador del Señor Jesús sobre la destrucción de Jerusalén y su Templo: «¿Ven todo esto? Yo les aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (Mt 24,2). Los discípulos entonces le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo» (Mt 24,3). En su mente la destrucción física de Jerusalén y del Templo esta asociada al fin del mundo y a la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos, es decir, al momento en que terminará un período de la historia para comenzar uno nuevo con la venida gloriosa del Mesías de Dios y la restauración definitiva del Reino de Israel.


En este diálogo y contexto introduce el Señor la comparación con los días de Noé: «Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Su última venida tendrá un carácter repentino y tomará por sorpresa a muchos por la despreocupación en la que viven con respecto a Dios, a sus leyes y a su venidafinal. Sin embargo, el Señor que ya vino al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo, volverá nuevamente al final de los tiempos para un juicio y para instaurar la nueva Jerusalén, objeto de las promesas divinas: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios… Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres”. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y Él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21,1-3).


Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.


También el apóstol Pablo (2ª. lectura) invita a los creyentes a estar preparados. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«El número de los días del hombre mucho será si llega a los cien años. Como gota de agua del mar, como grano de arena, tan pocos son sus años frente a la eternidad» (Eclo 18,9-10). Así medita y reflexiona quien es verdaderamente sabio y sensato.


Quienes creemos en Dios y en su Hijo, el Señor Jesús, no podemos tener una mirada miope, de corto alcance, una mirada que se enfoque solamente en este mundo y en esta vida. Nuestra mirada tiene que ir más allá de lo pasajera que es nuestra vida en este mundo presente (ver 1Cor 7,31), tiene que fijarse en lo que viene después de nuestra muerte y no pasará jamás (ver 2Cor 4,1), tiene que fijarse en la ETERNIDAD. ¡Eso es lo que no puedo perder de vista mientras voy de peregrino en este mundo, porque eso es lo que debo conquistar! ¿De qué me servirá ganar el mundo entero, si al hacerlo, pierdo la vida eterna?

Esta eternidad ciertamente es un don de Dios, un regalo que brota del amor que Él me tiene y de su deseo de hacerme partícipe de su misma vida y felicidad. Mas como todo don y regalo he de acogerlo libremente. En efecto, de que yo le diga “sí” al Señor y del consecuente recto ejercicio que haga día a día de mi libertad, orientando mi vida y mis obras según Dios y sus leyes, depende que alcance la vida eterna que Dios me ofrece y promete: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).


En este nuestro peregrinar conviene recordar que cada cual recibirá «conforme a lo que hizo durante su vida mortal» (2Cor 5,10; ver Mt 25,31ss; Mt 10,39; Lc 9,25). Lo que yo merezca quedará sellado y definido en el momento de mi muerte. El día de mi muerte, desconocido para mí, el Señor vendrá a mí. Detrás de mi muerte me encontraré con Cristo. Con Él me encontraré cara a cara para un juicio, que será un juicio sobre el amor. Si soy hallado semejante a Él en el amor, entraré en eterna comunión de amor con Él, junto con el Padre y el Espíritu, y con todos los santos. Si no soy hallado semejante a Él escucharé aquellas terribles palabras: «no te conozco» (ver Mt 25,12), y seré echado fuera de su Presencia. No es castigo, sino consecuencia de la propia opción de rechazar a Dios en mi vida presente.


El no saber en qué momento será la “venida final” (Mc 13,33) o el encuentro definitivo con el Señor a la hora de mi muerte, debe llevarme a estar preparado en todo momento, para que no llegue de improviso y me encuentre “dormido” (ver Mc 13,35-37). La viva conciencia de que llegará ese momento y el no saber ni el día ni la hora es razón poderosa para mantenerme siempre alerta, vigilante, en vela, buscando aprovechar el tiempo presente para despojarme de «las obras de las tinieblas» y revestirme «con las armas de la luz», como recomienda el Apóstol San Pablo (Rom 13,12).


El tiempo de Adviento es un tiempo privilegiado para, de cara al Señor que viene, renovarme en un espíritu de conversión que me lleve a estar preparado cada día, porque hoy mismo puede ser ese día. Atendiendo a la exhortación del Apóstol, esforcémonos por despojarnos de algún vicio y practicar la templanza o moderación al tomar los alimentos o bebidas alcohólicas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1809), la castidad y pureza en nuestra relación con las personas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2345; 2348-2356), el perdón y la caridad frente a las injurias recibidas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1970-1972; 2302-2303), entre otras prácticas apropiadas para este tiempo.


Recordemos que este espíritu de conversión y diaria vigilancia no debe estar motivado tanto por temor sino más bien por amor al Señor que viene. Quien anhelaintensamente la llegada de Aquel a quien ama mucho, quien inflamado de amor ansía el Encuentro y Comunión con el Amado, se mantiene esperando, despierto y preparado para cuando Él venga.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Quiere, pues, que los discípulos siempre anden solícitos. Por esto les dice: “Velad”». San Juan Crisóstomo


«Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia». San Gregorio Magno


«No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquellos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido». San Agustín


«El ladrón mina la casa sin saberlo el padre de familia, porque mientras el espíritu duerme sin tener cuidado de guardarla, viene la muerte repentina y penetra violentamente en la morada de nuestra carne, y mata al Señor de la casa, a quien halló durmiendo. Porque mientras el espíritu no prevé los daños futuros, la muerte, sin él saberlo, le arrastra al suplicio. Mas resistiría al ladrón, si velase, porque precaviendo la venida del Juez, que insensiblemente arrebata a las almas, le saldría al encuentro por medio del arrepentimiento, para no morir impenitente. Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla». San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


El adviento es un tiempo de esperanza


1817: La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Heb 10,23).


1818: La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los Cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.


1821: Podemos, por tanto, esperar la gloria del Cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con lagracia de Dios, «perseverar hasta el fin» (ver Mt 10,22) y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que «todos los hombres se salven» (1Tim 2,4). Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo:

Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (Sta. Teresa de Jesús).


CONCLUSION

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»


Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento.

Ciclo A – 1 de diciembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 24,37- 44


El Señor volverá, esto es una certeza que proviene de las mismas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio. Sin embargo, no conocemos ni la hora ni el día de su llegada, por eso la actitud propia del cristiano es la de una amorosa vigilancia (San Mateo 24,37- 44). Más aún, ante el Señor que se avecina hay que salir a su encuentro llenos de entusiasmo, hay que despertarse del sueño, sacudirse de la modorra y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz (Romanos 13,11-14a). La visión del profeta Isaías (Isaías 2, 1- 5) resume espléndidamente la actitud propia para este Adviento: estamos invitados a salir al encuentro del Señor que nos instruye en sus caminos. Salir iluminados por la luz que irradia el amor de Dios por cada uno de nosotros los hombres.


Un nuevo Año Litúrgico


La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Adviento, con el cual comienza un nuevo Año Litúrgico. Esto no debe ser para un cristiano un mero dato cultural o una información ajena a su vida concreta. Un cristiano podría, tal vez, ignorar queestamos en el mes de diciembre o que estamos en primavera, pero no puede ignorar que estamos en el tiempo litúrgico del Adviento. El tiempo litúrgico consiste en hacer presente «ahora» el misterio de Cristo en sus distintos aspectos. Es, por tanto, el tiempo concreto, el tiempo real, es el tiempo que acoge en sí la eternidad, pues «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre» Hb 13,8 En la revelación bíblica se considera que el correr del tiempo tiene un origen sagrado; de lo contrario sería puramente efímero. Ignorar esta dimensión del tiempo es un signo más del secularismo que nos envuelve. En efecto, en su relación con el tiempo, el secularismo es la mentalidad que prescinde de la eternidad.

Para comprender cuál es el aspecto del misterio de Cristo que celebra el Adviento, conviene saber el origen de esta palabra. La palabra «Adviento» es una adaptación a nuestro idioma de la palabra latina «adventus» que significa «venida». En este tiempo se celebra entonces la «venida de Cristo». Pero la «venida» de Cristo es doble. Entre una y otra se desarrolla la historia presente. Una antigua catequesis de San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) explica: «Os anunciamos la venida de Cristo; pero no una sola, sino también una segunda, que será mucho más gloriosa que la primera. Aquella se realizó en el sufrimiento; ésta traerá la corona del Reino de Dios. Doble es la venida de Cristo: una fue oculta, como el rocío en el vellón de lana; la otra, futura, será manifiesta. En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá revestido de luz. En la primera sufrió la cruz y no rehuyó la ignominia; en la segunda vendrá escoltado por un ejército de ángeles y lleno de gloria. Por tanto, no detenemos nuestra atención solamente en la primera venida, sino que esperamos ansiosos la segunda».


Caminando hacia la Casa de Dios…


La visión del Profeta Isaías nos presenta en la plenitud de los tiempos mesiánicos («al final de los días») a Jerusalén como el centro religioso al cual atraerá el Señor a todas las naciones. Todos los pueblos, todos los hombres serán invitados a subir al monte del Señor, a la casa de Dios. Es difícil imaginar una esperanza mesiánica en medio de épocas tan adversas como la del profeta Isaías, sin embargo, la Palabra de Dios es eficaz y nunca defrauda. Dios, fiel a sus promesas, será quien nos instruirá por sus caminos y a una época de guerra y desazón, sucederá una época de paz y concordia. Al final de los tiempos el Señor reinará como soberano, Rey de Universo. Al final de los tiempos vencerá el bien sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre las tinieblas. Dios mismo será el árbitro y juez de las naciones. Maravillosa visión del futuro que nos debe de llenar de esperanza rumbo a la Casa del Padre.


¿De qué manera debemos de ir al encuentro del Señor?


Sin duda no se puede caminar de cualquier modo cuando hacia Dios se va. No se puede seguir un camino distraído cuando al final del sendero se nos juzgará sobre el amor. El Salmo responsorial (Sal 121) expresa adecuadamente los sentimientos del pueblo que va al encuentro del Señor: «¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!». Nuestro caminar, pues, será un caminar en la luz, un caminar en el que nos revestimos de las armas de la luz. La antítesis luz-tinieblas es una metáfora común en el Antiguo Testamento: las tinieblas son el símbolo de la incontinencia, de la debilidad de alma, de la falta de esperanza; el día, por el contrario, simboliza la toma de conciencia, la posibilidad de avanzar y el inicio de una nueva situación que vendrá a culminar en el éxito. Caminar en la luz es caminar en la nueva vida que nos ofrece el Señor por la redención de nuestros pecados.

«El día se avecina» nos dice San Pablo en su carta a los romanos escrita en el año 57 después de haber realizado sus tres grandes viajes misioneros y preparando su primera visita a la ciudad de Roma. La misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada momento que pasa nos acerca más al encuentro con «el sol de justicia», con la luz indefectible, con «el día que no conoce ocaso». Es decir, cada vez estamos más cerca de la salvación. La vigilia que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño, una quimera, una ilusión. Es decir, olvidarnos de Dios…


¡Estad preparados!


El Evangelio de hoy repite como un estribillo: «Así será la venida del Hijo del hombre» y las imágenes que usa nos invitan a estar alertas y preparados. Jesús ilustra este aspecto de su venida con dos imágenes: será como el diluvio en tiempos de Noé, que vino sin que nadie se diera cuenta y los arrastró a todos; será como el ladrón nocturno que viene cuando nadie sabe. Estas comparaciones podrían sugerir un acontecimiento terrible, como fue el diluvio, o un hecho poco grato, como sería la visita de un ladrón. El objetivo de estas imágenes es doble. En primer lugar, se trata de ilustrar lo «imprevisto» de la venida de Cristo y mover a la vigilancia. No hay que tener la actitud de los que despreocupados, comen, beben ytoman mujer o marido, pues a éstos los cogerá cuando menos lo esperan. Por eso concluye Jesús: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


Pero también es cierto que la venida de Cristo operará una división: habrá una gran diferencia entre los que se encuentren vigilantes y los que sean sorprendidos despreocupados. Para los primeros la venida de Cristo colmará sus anhelos de unión con Dios, para éstos será la salvación definitiva, será un acontecimiento gozoso: éstos son los que están continuamente diciendo: «Ven, Señor Jesús». En cambio, para los que comen, beben, se divierten y gozan de este mundo la venida de Cristo será terrible como fue el diluvio para los del tiempo de Noé o como es la visita nocturna de ladrón. Esta diferencia es la que expresa Jesús cuando advierte: «Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada, la otra dejada». Esta primera parte del Adviento nos invita a vivir siempre en la certeza de que para cada uno de nosotros la venida de Cristo ocurrirá en el espacio de su vida y a esperarlo vigilantes, pero al mismo tiempo alegres, según la exhortación de San Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres… ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4-5).


Una palabra del Santo Padre:


«La primera es la parábola de los hombres que esperan en la noche el regreso de su señor. Esto es importante: la vigilancia, estar atentos, el ser vigilantes en la vida. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (v.37): es la alegría de atender con fe al Señor, del estar preparados en una actitud de servicio. Se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será beato quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más el Señor mismo se hará siervo de sus siervos- es una bonita recompensa- en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada de noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, que anuncia el día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparados, despiertos y comprometidos en el servicio a los demás, en la consolante perspectiva que “desde allí”, no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede hoy, cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.


La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; es más Jesús exhorta: “Ustedes también esténpreparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (v.40). El discípulo es aquel que espera al Señor y a su Reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la partida del señor. En la primera imagen, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda imagen, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por ello, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación que sucede frecuentemente también en nuestros días: tantas injusticias, violencias y maldades cotidianas que nacen de la idea de comportarse como señores en la vida de los demás. Tenemos un solo señor a quien no le gusta hacerse llamar “señor” sino Padre”. Todos nosotros somos siervos, pecadores e hijos: Él es el único Padre».


Papa Francisco. Ángelus, domingo 7 de agosto de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Decía Carlos Manrique cuando compuso unas «Coplas» a la muerte de su padre: «Esta vida es el camino, para el otro que es morada sin pesar. Mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar». Hagamos un buen examen de conciencia sobre “nuestro andar” al inicio de nuestro Adviento.

2. ¿Cómo puedo estar realmente bien preparado? Jesús mismo nos responde: «Están preparados los que cumplen la voluntad de mi Padre». ¿Busco cumplir lo que Dios quiere para mí y mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817- 1821. 2849.


SEGUNDO GRUPO DE LAS LECTURAS DEL DOMINGO I DE ADVIENTO


DOMINGO I DE ADVIENTO


1 de Diciembre del 2019


“Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo”


Jer 33, 14-16: “Haré brotar para David legítimo descendiente”


«Miren ustedes que llegan días —Oráculo del Señor— en que cumpliré la promesa que hice a los habitantes de Israel y de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, haré brotar para David un legítimo descendiente que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia”».


Sal 24, 4-5.8-10.14: “A Tí, Señor, levanto mi alma”


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.


1Tes 3, 12-4, 2: “Que Él fortalezca sus corazones, para cuando Jesús vuelva”


Hermanos:

Que el Señor los colme y los haga crecer y progresar en el amor mutuo y en el amor a todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes.

Que Él fortalezca sus corazones para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, ustedes se presenten ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios; procedan así y sigan adelante.

Ya conocen las instrucciones que les hemos dado, en nombre del Señor Jesús.


Lc 21, 25-28. 34-36: “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan”


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, pues los astros temblarán.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación.

Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre ustedes; ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo, para escapar de todo lo que ha de ocurrir y puedan mantenerse en pie ante el Hijo del hombre.


NOTA IMPORTANTE


La promesa de un Mesías que traerá la reconciliación y la paz a la humanidad es de muy antiguo. La primera promesa la encontramos ya en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3, 15). A este pasaje se le ha llamado el proto-evangelio, es decir, el primer anuncio de la Buena Nueva.


Para cumplir aquella antigua promesa Dios se formó y preparó un pueblo en el transcurso de la historia. Por medio del profeta Jeremías (n. aprox. 650 a.C.) anunció que haría brotar de este pueblo un “Germen justo” (1ª. lectura), descendiente de David, el gran rey de Israel (aprox. 1010-970 a.C.). Él habría de ejercer «la justicia y el derecho en la tierra», trayendo la salvación a Judá y la seguridad a Jerusalén.


En el Señor Jesús se cumplen estas profecías. Él es el descendiente de la Mujer, Aquel que por su Cruz y Resurrección ha pisado la cabeza de la serpiente, ha vencido al Demonio y quebrantado su dominio, recreando y reconciliando al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con toda la creación. Él es aquel “Germen justo” de la descendencia de David que en su primera venida trajo la salvación a la humanidad entera.


En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús anuncia a sus discípulos que al final de los tiempos volverá nuevamente con gloria: «verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». En espera de este acontecimiento final en la historia de la humanidad, de cuyo momento afirma rotundamente que nadie sabe el día o la hora, el Señor exhorta a estar siempre vigilantes y perseverantes en oración para no desfallecer, para poder soportar el rigor de aquel día, poder permanecer «en pie ante el Hijo del hombre» y ser hallados justos en su presencia.


Esta perspectiva puede inspirar terror. Sin embargo, las palabras del Señor son también sumamente alentadoras: «Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación». Por liberación o redención quiere indicar el Señor la acción poderosa de Dios en la historia de la humanidad para rescatar a sus elegidos. Se acerca, pues, el triunfo definitivo de Dios, la liberación final y el rescate de todos sus elegidos.


Luego de este anuncio el Señor exhorta también a la vigilancia: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida». El discípulo debe ejercer una continua vigilancia sobre sí mismo, sobre su “corazón”, sobre sus conductas morales. Para ejercer esta vigilancia es necesario examinarse continuamente, aplicarse a uno mismo sin desmayo. ¿A qué hay que estar atentos? A que el propio corazón no se embote y se haga pesado. Por “corazón” en la mentalidad hebrea se entendía la sede de todos los pensamientos y sentimientos, centro o núcleo de todo aquello que la persona es, de su ser y de sus facultades. Hay que cuidar que la persona no se haga pesada por la craipalé, por la méthe y por las merímnais biótikais. Antes que por “exceso de comida” craipalé se traduce por crápula, es decir, una vida disipada, libertina, dada al vicio, disoluta e inmoral. Ciertamente las comilonas o exceso de comida forman parte de esa vida disoluta, pero no engloban todo lo que esta expresión quiere decir. Methé se traduce bien por borracheras, así como merímnais biótikais por preocupaciones de la vida, aunque preocupación acá tiene la carga de ansiedad, es decir, una preocupación excesiva y acaso única por todo lo que pertenece a la vida y sus asuntos.


Dado que el Señor vendrá de improviso, como una trampa que de un momento a otro cae inesperadamente sobre quien anda desprevenido, es necesario “despertar” y mantenerse en vela, atentos y preparados en todo momento. El Apóstol Pablo exhorta en ese sentido a los cristianos de Tesalónica a que progresen y sobreabunden «en el amor mutuo y en el amor a todos los demás» (2ª. lectura). De ese modo estarán preparados para presentarse «ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables», cuando el Señor venga con todos sus santos. Asimismo exhorta a los cristianos a que, en vistas a la última Venida del Señor, vivan como conviene vivir «para agradar a Dios», y que progresen siempre más, según las enseñanzas del Señor ya recibidas.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Estoy preparado si hoy sobreviniese aquel día grande y terrible que anuncia el Señor al fin de los tiempos, aquel día en que Él vendrá glorioso entre las nubes? El fin del mundo, meditábamos hace dos Domingos, es muy probable que sea para mí la hora de mi muerte. ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad?


El Señor mismo nos da una clave fundamental en el Evangelio del Domingo: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida» (Lc 21, 34). Conviene revisarnos:

¿Se ha entorpecido mi corazón por el “libertinaje”? ¿Es mi regla hacer “lo que me da la gana”, dejándome llevar adonde mis pasiones o impulsos me lleven? ¿Tomo mi libertad como un «pretexto para la carne» (Gál 5, 13), despreciando la virtud de la castidad que todo cristiano está llamado a vivir? ¿Hago de mi libertad «un pretexto para la maldad» (1 Pe 2, 16)? ¿Digo “soy libre de hacer lo que quiero” para justificar cualquier vicio o conducta que va contra cualquiera de los mandamientos divinos?


¿Se ha entorpecido mi corazón por la “embriaguez”? El beber alcohol en exceso es un camino fácil para olvidar las penas, evadir la realidad dolorosa que no queremos afrontar. ¿Cuántas veces asumo una actitud de evasión frente al Señor que toca a la puerta de mi corazón? ¿Cuántas veces sencillamente “no quiero” encontrarme con el Señor y huyo de su Presencia, huyo de la oración profunda, porque sé que el verdadero encuentro con Cristo exige cambios o renuncias que no estoy dispuesto a asumir, que demanda despojarme de ciertas “riquezas” o “seguridades” que no quiero soltar? ¿Busco pasarla bien con alegrías y gozos superficiales y pasajeros, o con vicios y compensaciones que al pasar su efecto no hacen sino evidenciarme más aún el vacío en el que vivo?


¿Se ha vuelto pesado mi corazón por las preocupaciones de la vida cotidiana? ¿Cuánto me dejo absorber por las preocupaciones diarias que terminan ahogando la Palabra y su eficacia en mí? El Señor advierte claramente sobre el efecto de esas preocupaciones de la vida cotidiana sobre su Palabra sembrada en mi corazón: «El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero lospreocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13, 22; ver Mc 4, 19). ¡Cuántas cosas nos preocupan, acaso muy lícitamente, preocupaciones que sin duda debo atender! Pero el corazón se hace pesado cuando nos dejamos agobiar o absorber por estas preocupaciones de tal modo que perdemos de vista el horizonte de eternidad y dejamos de lado lo más importante: buscar el Reino de Dios y su justicia (ver Mt 6, 33-34).


El Adviento es un tiempo que nos invita a aligerar nuestros corazones de todo aquello que ha hecho pesada nuestra marcha hacia el encuentro definitivo con el Señor. Él viene y yo finalmente me encontraré con Él. Vivir de cara al Señor que viene no significa de ningún modo desentenderse de las realidades de este mundo, sino darles su justo valor y peso, así como trabajar por instaurarlo todo en Cristo, para construir una Civilización del Amor en la que todos los seres humanos caminen hacia el encuentro definitivo con su Señor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman». San Gregorio Magno


«En cuanto a ti, hijo mío, ¿hasta cuándo serás negligente? ¿Cuál es el límite de tu negligencia? Este año es como el año pasado y hoy es como ayer. Mientras seas negligente, no habrá ningún progreso para ti. Sé sobrio, eleva tu corazón. Deberás comparecer delante del tribunal de Dios y rendir cuentas de lo que has hecho en lo secreto y de lo que has hecho públicamente. Si vas a un lugar donde se combate la guerra, la guerra de Dios, y si el Espíritu de Dios te exhorta: “No te duermas en este lugar, porque hay insidias”, y el diablo por su parte te susurra: “Cualquier cosa que te suceda, es la primera vez, o si has visto esto o aquello, no te aflijas”; no escuches sus astutos discursos... He aquí que has aprendido que Dios no les ha ahorrado (pruebas) a los santos. Vigila, entonces, sabes las promesas que has hecho, huye de la arrogancia, arranca de ti mismo al diablo para que él no te arranque los ojos de tu inteligencia y te deje ciego, de modo que no conozcas más el camino de la ciudad, el lugar donde vives. Reconoce de nuevo la ciudad de Cristo, dale gloria porque ha muerto por ti». San Pacomio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27, 8.


2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil» (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


2863: Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.


CONCLUSION


«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»


Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento.

Ciclo A – 1 de diciembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 24,37- 44


El Señor volverá, esto es una certeza que proviene de las mismas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio. Sin embargo, no conocemos ni la hora ni el día de su llegada, por eso la actitud propia del cristiano es la de una amorosa vigilancia (San Mateo 24,37- 44). Más aún, ante el Señor que se avecina hay que salir a su encuentro llenos de entusiasmo, hay que despertarse del sueño, sacudirse de la modorra y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz (Romanos 13,11-14a). La visión del profeta Isaías (Isaías 2, 1- 5) resume espléndidamente la actitud propia para este Adviento: estamos invitados a salir al encuentro del Señor que nos instruye en sus caminos. Salir iluminados por la luz que irradia el amor de Dios por cada uno de nosotros los hombres.


Un nuevo Año Litúrgico


La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Adviento, con el cual comienza un nuevo Año Litúrgico. Esto no debe ser para un cristiano un mero dato cultural o una información ajena a su vida concreta. Un cristiano podría, tal vez, ignorar que estamos en el mes de diciembre o que estamos en primavera, pero no puede ignorar que estamos en el tiempo litúrgico del Adviento. El tiempo litúrgico consiste en hacer presente «ahora» el misterio de Cristo en sus distintos aspectos. Es, por tanto, el tiempo concreto, el tiempo real, es el tiempo que acoge en sí la eternidad, pues «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre» Hb 13,8. En la revelación bíblica se considera que el correr del tiempo tiene un origen sagrado; de lo contrario sería puramente efímero. Ignorar esta dimensión del tiempo es un signo más del secularismo que nos envuelve. En efecto, en su relación con el tiempo, el secularismo es la mentalidad que prescinde de la eternidad.

Para comprender cuál es el aspecto del misterio de Cristo que celebra el Adviento, conviene saber el origen de esta palabra. La palabra «Adviento» es una adaptación a nuestro idioma de la palabra latina «adventus» que significa «venida». En este tiempo se celebra entonces la «venida de Cristo». Pero la «venida» de Cristo es doble. Entre una y otra se desarrolla la historia presente. Una antigua catequesis de San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) explica: «Os anunciamos la venida de Cristo; pero no una sola, sino también una segunda, que será mucho más gloriosa que la primera. Aquella se realizó en el sufrimiento; ésta traerá la corona del Reino de Dios. Doble es la venida de Cristo: una fue oculta, como el rocío en el vellón de lana; la otra, futura, será manifiesta. En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá revestido de luz. En la primera sufrió la cruz y no rehuyó la ignominia; en la segunda vendrá escoltado por un ejército de ángeles y lleno de gloria. Por tanto, no detenemos nuestra atención solamente en la primera venida, sino que esperamos ansiosos la segunda».


Caminando hacia la Casa de Dios…


La visión del Profeta Isaías nos presenta en la plenitud de los tiempos mesiánicos («al final de los días») a Jerusalén como el centro religioso al cual atraerá el Señor a todas las naciones. Todos los pueblos, todos los hombres serán invitados a subir al monte del Señor, a la casa de Dios. Es difícil imaginar una esperanza mesiánica en medio de épocas tan adversas como la del profeta Isaías, sin embargo, la Palabra de Dios es eficaz y nunca defrauda. Dios, fiel a sus promesas, será quien nos instruirá por sus caminos y a una época de guerra y desazón, sucederá una época de paz y concordia. Al final de los tiempos el Señor reinará como soberano, Rey de Universo. Al final de los tiempos vencerá el bien sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre las tinieblas. Dios mismo será el árbitro y juez de las naciones. Maravillosa visión del futuro que nos debe de llenar de esperanza rumbo a la Casa del Padre.

¿De qué manera debemos de ir al encuentro del Señor?


Sin duda no se puede caminar de cualquier modo cuando hacia Dios se va. No se puede seguir un camino distraído cuando al final del sendero se nos juzgará sobre el amor. El Salmo responsorial (Sal 121) expresa adecuadamente los sentimientos del pueblo que va al encuentro del Señor: «¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!». Nuestro caminar, pues, será un caminar en la luz, un caminar en el que nos revestimos de las armas de la luz. La antítesis luz-tinieblas es una metáfora común en el Antiguo Testamento: las tinieblas son el símbolo de la incontinencia, de la debilidad de alma, de la falta de esperanza; el día, por elcontrario, simboliza la toma de conciencia, la posibilidad de avanzar y el inicio de una nueva situación que vendrá a culminar en el éxito. Caminar en la luz es caminar en la nueva vida que nos ofrece el Señor por la redención de nuestros pecados.


«El día se avecina» nos dice San Pablo en su carta a los romanos escrita en el año 57 después de haber realizado sus tres grandes viajes misioneros y preparando su primera visita a la ciudad de Roma. La misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada momento que pasa nos acerca más al encuentro con «el sol de justicia», con la luz indefectible, con «el día que no conoce ocaso». Es decir, cada vez estamos más cerca de la salvación. La vigilia que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño, una quimera, una ilusión. Es decir, olvidarnos de Dios…


¡Estad preparados!


El Evangelio de hoy repite como un estribillo: «Así será la venida del Hijo del hombre» y las imágenes que usa nos invitan a estar alertas y preparados. Jesús ilustra este aspecto de su venida con dos imágenes: será como el diluvio en tiempos de Noé, que vino sin que nadie se diera cuenta y los arrastró a todos; será como el ladrón nocturno que viene cuando nadie sabe. Estas comparaciones podrían sugerir un acontecimiento terrible, como fue el diluvio, o un hecho poco grato, como sería la visita de un ladrón. El objetivo de estas imágenes es doble. En primer lugar, se trata de ilustrar lo «imprevisto» de la venida de Cristo y mover a la vigilancia. No hay que tener la actitud de los que despreocupados, comen, beben y toman mujer o marido, pues a éstos los cogerá cuando menos lo esperan. Por eso concluye Jesús: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


Pero también es cierto que la venida de Cristo operará una división: habrá una gran diferencia entre los que se encuentren vigilantes y los que sean sorprendidos despreocupados. Para los primeros la venida de Cristo colmará sus anhelos de unión con Dios, para éstos será la salvación definitiva, será un acontecimiento gozoso: éstos son los que están continuamente diciendo: «Ven, Señor Jesús». En cambio, para los que comen, beben, se divierten y gozan de este mundo la venidade Cristo será terrible como fue el diluvio para los del tiempo de Noé o como es la visita nocturna de ladrón. Esta diferencia es la que expresa Jesús cuando advierte: «Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada, la otra dejada». Esta primera parte del Adviento nos invita a vivir siempre en la certeza de que para cada uno de nosotros la venida de Cristo ocurrirá en el espacio de su vida y a esperarlo vigilantes, pero al mismo tiempo alegres, según la exhortación de San Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres… ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4-5).


Una palabra del Santo Padre:


«La primera es la parábola de los hombres que esperan en la noche el regreso de su señor. Esto es importante: la vigilancia, estar atentos, el ser vigilantes en la vida. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (v.37): es la alegría de atender con fe al Señor, del estar preparados en una actitud de servicio. Se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será beato quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más el Señor mismo se hará siervo de sus siervos- es una bonita recompensa- en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada de noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, que anuncia el día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparados, despiertos y comprometidos en el servicio a los demás, en la consolante perspectiva que “desde allí”, no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede hoy, cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.


La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; es más Jesús exhorta: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (v.40). El discípulo es aquel que espera al Señor y a su Reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la partida del señor. En la primera imagen, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda imagen, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por ello, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación que sucede frecuentemente también en nuestros días: tantas injusticias, violencias y maldades cotidianas que nacen de la idea de comportarse como señores en la vida de los demás. Tenemos un soloseñor a quien no le gusta hacerse llamar “señor” sino Padre”. Todos nosotros somos siervos, pecadores e hijos: Él es el único Padre».


Papa Francisco. Ángelus, domingo 7 de agosto de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Decía Carlos Manrique cuando compuso unas «Coplas» a la muerte de su padre: «Esta vida es el camino, para el otro que es morada sin pesar. Mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar». Hagamos un buen examen de conciencia sobre “nuestro andar” al inicio de nuestro Adviento.

2. ¿Cómo puedo estar realmente bien preparado? Jesús mismo nos responde: «Están preparados los que cumplen la voluntad de mi Padre». ¿Busco cumplir lo que Dios quiere para mí y mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817- 1821. 2849.


!GLORIA A DIOS!


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1 Comment

Responder Grervierb
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