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Este es el Rey de los judíos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee noviembre Ee 2019 a las 15:15

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIV ORDINARIO


24 - 30 de Noviembre del 2019


“Este es el Rey de los judíos”


2Sam 5,1-3: “Ungieron a David como rey de Israel”


En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a presentarse a David y le dijeron:

—«Nosotros somos de tu misma sangre; hace ya mucho tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú el que conducía a Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”».

Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


Sal 121,1-5: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”


¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


Col 1,12-20: “Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación”


Hermanos:

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.

Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.

Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz por su sangre derramada en la cruz.


Lc 23,35-43: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”


Cuando Jesús estaba ya crucificado, el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo:

— «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

— «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había encima de Él una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

— «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro le increpaba:

— «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, Él no ha hecho nada malo».

Y decía:

— «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».

Jesús le respondió:

— «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».


NOTA IMPORTANTE


El pasaje del Evangelio nos sitúa en el momento de la crucifixión del Señor Jesús. En este marco dramático el Crucificado es objeto de burla de los magistrados judíos, quienes le invitan a demostrar que Él es quien dice ser, el Mesías enviado de Dios, salvándose a sí mismo. También los soldados romanos se burlan de aquel “Rey de los judíos” que carece de ejércitos o huestes que luchen por Él. Asimismo uno de los dos malhechores crucificados con Él le increpa diciéndole: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».


¿Pero era o no era Rey el Señor Jesús? Y si lo era, ¿en qué sentido?


Israel a lo largo de su historia fue gobernado por numerosos reyes. El primero de ellos fue Saúl. A él le sucedió David, considerado en la historia de Israel como el más importante de todos los reyes. La primera lectura relata el momento en el que los ancianos de Israel se dirigieron al Hebrón para ungir a David como rey de Israel.


El rey era considerado en Israel como un elegido de Dios. Signo de esa elección y consagración era la unción, mediante la cual el profeta echaba con un cuerno abundante aceite sobre la cabeza del elegido. El rey por tanto era un ungido, que equivale a decir mesías en hebreo y cristo en griego. Estos tres términos son, pues, sinónimos.


Junto con la unción se consideraba que el Espíritu de Dios venía sobre el elegido. Lleno del Espíritu divino el rey participaba de la santidad de Dios y se convertía en una persona sagrada, intocable y asimismo habilitada para ciertos actos religiosos. En su calidad de ungido y elegido de Dios para el gobierno de su pueblo el rey era considerado también un salvador, pues de él dependía la prosperidad y salud de todo su pueblo. Esos elementos se combinarán en la expectativa de un Salvador futuro, que será el Rey-Mesías por excelencia, prometido por Dios y esperado por Israel durante siglos. Él sería aquél que finalmente habría de restablecer el Reino de Israel (ver Hech 1,6).


¿Era Jesús ese Rey-Mesías, el Ungido o Cristo que Dios había prometido por medio de sus profetas? Ni los magistrados judíos ni los soldados romanos creían que Él fuese rey y se burlaban de su pretensión. Por otro lado, en diversas ocasiones, las multitudes habían querido aclamarlo como el Rey-Salvador prometido a Israel al ver los signos que hacía. El Señor Jesús rechazó siempre aquellos propósitos populares, dado que su reinado no era de orden político. Solamente aceptaría ser aclamado como Mesías y Rey prometido por Dios y esperado por Israel cuando estaba ya cerca la hora de su Pasión. Entonces, para dar cumplimiento a las antiguas profecías que hablaban del Mesías prometido, hizo su entrada triunfal en Jerusalén montado sobre un pollino, permitiendo ser aclamado sin restricción alguna con aquel jubiloso «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel!» (Jn 12,13; ver también Lc 19,38; Mt 21,5; Zac 9,9). En efecto, sólo en vísperas de su muerte en Cruz se proclama a sí mismo Rey, aunque aclare también que su Reino que no es de este mundo (ver Jn 18,36-37).


De este reino puede participar todo aquel que acoge el anuncio del Evangelio y se abre al don de la Reconciliación. Todo el que es librado del poder de las tinieblas por la redención y el perdón de los pecados es trasladado «al Reino del Hijo» (2ª. lectura). El Apóstol permite entender de qué orden es el “reinado” de Jesucristo: «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él». Ante una semejante descripción ciertamente la imagen de un rey temporal se queda muy corta. Jesucristo es mucho más que rey, es SEÑOR de todo (ver Flp 2,11).


De entre todos aquellos personajes que en el momento del tormento someten al Señor a las burlas hay otro que, crucificado con Él, logra reconocer su verdadera naturaleza y ruega al Señor Jesús que se acuerde de él cuando esté en su Reino (ver Lc 23,42). En la Cruz, oculta bajo este desecho humano, resplandece su misteriosa realeza a los ojos de quien sabe ver las cosas con una mirada de fe.

La gloria del Señor Jesús, Rey del Universo, se manifestará plenamente el día de su gloriosa venida (ver 2Tim 4,1).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, es una fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XI, el año 1925. Eran los tiempos posteriores a la llamada primera guerra mundial 1914-1918.


En su encíclica Quas primas, en la que decretó la celebración de esta fiesta, el Sumo Pontífice juzgaba que el rechazo del señorío de Cristo y de su Evangelio en la propia vida y costumbres, en la vida familiar y social, era la causa última de tantas calamidades que afligían al género humano. Siguiendo la línea de su predecesor el Papa San Pío X, cuyo lema pontificio era “instaurarlo todo en Cristo”, el deseo del Papa Pío XI era que el Señor Jesús volviese a tener la primacía en los corazones, familias y sociedades de todo el mundo. La institución de esta fiesta buscaba ser un recordatorio para todos los cristianos, un llamado y estímulo a trabajar comprometidamente en alcanzar ese objetivo.


Pasado ya casi un siglo podemos preguntarnos: ¿Está Cristo en el centro de más personas? ¿Están nuestras sociedades y nuestras familias más cristianizadas que cuando se instituyó aquella fiesta? Con tristeza debemos decir que el Señor Jesús no sólo se ha hecho más presente en los corazones, familias y sociedades modernas, sino que ha sido cada vez más relegado y rechazado, incluso en las naciones de antiguo cuño católico.


Ante esta dolorosa realidad la fiesta de “Cristo Rey” sigue llamándonos hoy como ayer a trabajar por poner al Señor Jesús en el centro de nuestras vidas, familias y sociedades.


Y dado que todo cambio en la familia o sociedad necesariamente pasa por el tema de mi propia conversión, debo preguntarme: ¿Reina Cristo verdaderamente en mí? ¿Es Él el centro de mi vida? ¿Se refleja su señorío en mi vida, en mi modo de pensar y de actuar? ¿Me esfuerzo por ser un hombre o mujer de oración, medito continuamente las enseñanzas del Señor, busco en Él las fuerzas necesarias a través de los sacramentos de su Iglesia y pongo todo empeño en poner en práctica mi fe? ¿Hago del Domingo verdaderamente el “Día del Señor”, dándole la centralidad a la Misa? ¿Quiero dar la vida por Cristo y por la proclamación de su Evangelio? ¿Procuro dar un valiente testimonio del Señor aun cuando sólo encuentre burla y oposición?


Consideremos las palabras del Señor, que afirma de sí mismo: «Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Si en eso consiste su reinado, preguntémonos sinceramente: ¿Soy yo “de la Verdad”, es decir, escucholas palabras de Cristo, las atesoro y guardo en mi memoria y corazón y vivo de acuerdo a la Verdad que Él me enseña? ¿Procuro obrar de acuerdo a lo que Él me enseña en el Evangelio? ¿Obedezco a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, conforme a lo que Él mismo dijo: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza» (Lc 10,16)? ¿O escucho antes las seducciones del mal, haciéndome eco de las consignas anticatólicas y anticristianas de un mundo cada día más descristianizado y enemigo de la Cruz (ver Flp 3,1)? ¿Quién ‘reina’ en mi corazón en el día a día?


Recordemos las palabras del Apóstol Pablo: «¡No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias!» (Rom 6,12). ¡Que en cambio reine el Señor en nuestros corazones! ¡Vivamos según la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Pongamos por obra sus palabras! ¡Hagamos lo que Él nos dice! Y así, perteneciéndole totalmente a Él, con la fuerza de su gracia y de su amor, luchemos y trabajemos infatigablemente por instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de Santa María.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, Él solo” (Jn 6,15). ¿Por qué hacerle rey? ¿No era rey, Él que se dio cuenta de que le querían hacer rey? Sí, era rey. Pero no un rey como los hacen los hombres. Era un rey que da el poder a los hombres para reinar. Quizá Jesús nos quiere dar aquí una lección, Él que suele convertir sus acciones en enseñanzas... Tal vez este “pretender proclamarlo rey” era adelantar el momento de su reino. En efecto, Jesús no había venido para reinar en este momento, lo hará en el momento que nosotros invocamos al decir: “que venga a nosotros tu reino”. Como Hijo de Dios, como Verbo de Dios, el Verbo por quien todo fue hecho, reina siempre con el Padre. Pero los profetas anunciaron también su reino como Cristo hecho hombre que reúne a sus fieles. Habrá, pues, un reino de cristianos, el reino que está establecido actualmente, que se prepara, que ha sido comprado con la sangre de Cristo. Más tarde este reino se manifestará, cuando resplandecerá en sus santos, después del juicio pronunciado por Cristo». San Agustín


«Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos». San Cipriano


«¡Curémonos, hermanos, corrijámonos! El Señor va a venir. Como no se manifiesta todavía, la gente se burla de Él. Con todo, no va a tardar y entonces no será ya tiempo de burlarse. Hermanos, ¡corrijámonos! Llegará un tiempo mejor, aunque no para los que se comportan mal. El mundo envejece, vuelve hacia la decrepitud. Y nosotros ¿nos volvemos jóvenes? ¿Qué esperamos, entonces? Hermanos ¡no esperemos otros tiempos mejores sino el tiempo que nos anuncia el Evangelio. No será malo porque Cristo viene. Si nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús, el rey esperado por Israel


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3,13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,2). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2,36).


El reinado de Cristo ya se ha inaugurado, y no tendrá fin


664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».

Al Señor Jesús le ha sido dado todo dominio y potestad


447: [Jesús] Es SEÑOR en este sentido [divino] porque tiene «dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado».


449: Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo...


450: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12), sino el nombre de JESÚS.


CONCLUSION


«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»


Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C – 24 de noviembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 23,35-43


«Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo» son las expresiones con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, Rey del universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres era el siguiente: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Lucas 23,35-43). Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (segundo libro de Samuel 5,1-3), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les escribe: «El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Colosenses 1,12-20).


 David, el rey de Israel


Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus del Norte y las del Sur.


Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) reinando siete años en Hebrón . La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle también su rey. «El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel». Fue un paso decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá. El pacto entre rey y pueblo tenía consecuencias legales ya que implicaba un juramento de lealtad mutua, así como una serie de cláusulas. Los ancianos son los responsables de todo el pueblo y hacen de intermediarios en la unción.


«Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!»


Como ya hemos mencionado, este Domingo celebramos a Jesucristo como Rey del universo. Pero el Evangelio parece ser el menos adecuado para celebrar la realeza de Jesús ya que nos presenta a Jesús crucificado en medio de dos malhechores y siendo objeto de burla. ¡Nada más opuesto a nuestra imagen de lo que debería ser un rey! El pueblo estaba mirando este dantesco espectáculo mientras los magistrados lo despreciaban diciendo: «Que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido», y los soldados se burlaban de Él diciendo: «Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!».


Aunque lo hacen por burla, es interesante notar los títulos que le asignan: Cristo de Dios, Elegido, Rey de los Judíos. Todos esos títulos evocan a David, el gran rey de Israel. Justamente para entender el significado de éstos títulos hay que saber que Dios había elegido a David, que había mandado a Samuel a «ungirlo» rey y le había prometido: «Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente».» (2Sam 7,12.16). David fue el último rey que tuvo todas las tribus de Israel unidas bajo su mando. A medida que el tiempo pasaba, se recordaba el reinado de David como un tiempo paradigmático de prosperidad, de independencia de la nación, de fidelidad a las leyes de Dios. Se esperaba para el futuro un tiempo semejante, que sería el tiempo del «hijo de David», del «ungido de Dios» que daría cumplimiento a todas las profecías.


«Hoy estarás conmigo en el paraíso…»


Pero lo que ocurre a continuación nos revela a Cristo en toda su grandeza y en plena posesión de su realeza. Él es Rey al modo de Dios y no al de los hombres. Entre los hombres el Rey está del lado de los grandes y poderosos del mundo; según la expectativa de Israel, en cambio, que es la de Dios, el Rey tiene la misión de hacer justicia al pobre y al desvalido, y su oficio propio es la misericordia. Este oficio es imposible que puedan cumplirlo los reyes que ha conocido la historia humana, salvo escasas excepciones, porque ellos no tienen experiencia del sufrimiento humano, ni han sido víctimas de la injusticia de los poderosos. Cristo, en cambio, es el «varón de dolores conocedor de dolencias» (Is 53,3); «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados» (Hb 2,1).


Ante la cruz de Jesús se produce una divergencia entre los malhechores. Uno lo insultaba y se burlaba de Él; el otro hace esta magnífica declaración: «Nosotros somos condenados con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y agregaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Y recibe esta respuesta: «Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Tal vez nunca ha resultado más claro el misterio de la absoluta gratuidad de la salvación. ¿Por qué un ladrón rechazó a Cristo y el otro lo confesó y fue salvado? ¿Qué mérito previo tenía uno u otro? Si algo merecían ambos por sus hechos era la condenación y la muerte. Ésta es la historia de todos los hombres.


En efecto, una verdad esencial de la fe cristiana es que todos los hombres somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios. Ante Dios todos somos igual que los ladrones. Nadie puede argüir mérito alguno para merecer la salvación. La salvación es puro don gratuito conquistado al precio de la sangre de Cristo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Pero, el misterio de la libertad humana hace que se repita siempre la historia de los dos ladrones y en la misma proporción, tal como lo anunció Jesús: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34).


¿Qué vio el buen ladrón en Jesús para reconocerlo como rey?


¿Qué vio el buen ladrón en este hombre crucificado ya próximo a la muerte para reconocerlo como Rey y rogarle que se acuerde de él? El poder humano nunca ha convertido a nadie. En cambio, el testimonio de amor y de serenidad de los mártires es algo superior a todo lo humano, es una demostración clara del poder de Dios. Y esto sí que convierte. Ningún ser humano condenado injustamente a una muerte tan cruel e ignominiosa puede decir: «Padre, perdónalos, porque no sabenlo que hacen» (Lc 23,34), a menos que actúe el poder de Dios en él. De lo contrario, es absolutamente imposible. Y esto es lo que vio el buen ladrón, y de golpe supo quién era Jesús y comprendió que su palabra era la verdad. Por eso, mientras los otros se burlan de su realeza, él lo reconoce realmente como Rey. También fue fecunda la sangre de Cristo en el centurión, quien al ver lo sucedido, «glorificaba a Dios diciendo: ‘Ciertamente este hombre era justo’». Y es fecunda en todos los que han de ser reconciliados.


Esa misma fecundidad es comunicada a la sangre de los mártires. Por eso un antiguo axioma afirma: «Sangre de mártires, semilla de cristianos». Un ejemplo notable se registra en el martirio del sacerdote jesuita, Edmund Campion, quien fue condenado a la horca y el descuartizamiento en la persecución de la reina Isabel de Inglaterra en 1581. Asistía a este espectáculo un joven de nombre Henry Walpole, hombre de buena familia, poeta satírico de cierto genio, superficial, interesado en mantener buenas relaciones con el régimen. En el momento en que fueron arrancadas las entrañas del sacerdote mártir, una gota de sangre salpicó su manto. Él mismo confiesa que en ese instante fue arrebatado a una vida nueva. Cruzó el canal para entrar al Seminario y hacerse sacerdote; volvió a la misión en Inglaterra y después de trece años sufrió el mismo martirio que Edmund Campion en la cárcel de York.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca 1 Co 13,8. Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza. Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.


En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo está lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación detomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».


Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.


Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.


En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Estapersona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que, con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo».


Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. 20 de noviembre del 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. «Es necesario que Él reine» (1Cor 15, 25), escribió San Pablo refiriéndose a Cristo. ¿Qué tanta importancia le doy a mi relación con Jesús? ¿Qué espacio ocupa en mi vida, en mi familia?

2. «No ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» Mt 20, 28. ¿Yo entiendo que debo de ejercer la autoridad como un puesto de servicio?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446- 483.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


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