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He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee noviembre Ee 2019 a las 20:45

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXI ORDINARIO


03 - 09 de Noviembre del 2019



“He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”


Sab 11,23-12,2: “Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres”


Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Tú amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no la hubieses llamado?

Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.


Sal 144: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey”


Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.


2Tes 1,11-2,2: “Que Cristo sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él”


Hermanos:

Pedimos continuamente por ustedes a Dios para que los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe; de esta manera el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Les rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor fuera inminente.


Lc 19,1-10: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”


En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:

— «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».

Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:

— «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:

— «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».

Jesús le contestó:

— «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».


NOTA IMPORTANTE


En su camino a Jerusalén el Señor Jesús pasa por Jericó, la capital de la región de Cisjordania, ubicada a unos quince kilómetros del Mar Muerto. Algunos arqueólogos sostienen que Jericó ya estaba habitada hacia el año 8000 a.C. y la consideran como la ciudad más antigua hoy conocida.


En la época del Señor Jesús esta ciudad, como toda la Palestina, se encontraba bajo el dominio del Imperio romano. A los pueblos sometidos los romanos les permitían conservar sus costumbres, siempre y cuando reconociesen algunas leyes supremas del Imperio y pagaran el tributo al César. La recaudación de este tributo la realizaban habitantes nativos, a quienes se les conocía con el nombre de publicanos. Éstos, por sus cobros abusivos y por prestarse a colaborar con una nación pagana, eran aborrecidos por el pueblo y considerados como “pecadores”, hombres impuros, rechazados por Dios.


En Jericó vivía Zaqueo, «un hombre muy rico... jefe de los publicanos». Los “jefes de publicanos” eran aquellos a quienes Roma arrendaba el cobro de los impuestos, y que a su vez subcontrataban a otros publicanos para realizar la tarea específica de la recolección de impuestos. Lo más probable es que Zaqueo ya tuviese cierta riqueza antes de asumir su cargo como jefe de publicanos, y que su patrimonio se viese notablemente incrementado gracias a este cargo.


A Zaqueo nada le faltaba. Gracias a su riqueza, todo lo tenía a su alcance. Aún así abandona sus comodidades para ver al Señor Jesús que pasaba por su pueblo. Su deseo es tan fuerte que olvida su rango y jerarquía: «Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo». Un judío de cierta edad, más aún si era rico, debía asumir una actitud venerable, un caminar pausado. Correr no correspondía a su dignidad, y menos aún subirse a un árbol. A Zaqueo no le importa su imagen personal, no le importa guardar apariencias con tal de ver al Señor. Hay en él un profundo deseo de saciar una sed que las riquezas y el poder no pueden apagar.


El Señor, que conoce los corazones, sale a su encuentro, levanta la mirada y le dice: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».


Que el Señor se haga hospedar por un hombre pecador genera escándalo: ¿cómo podía un hombre santo pedir ser hospedado en casa de un hombre impuro? Más incomprensible se hacía esto cuando en la mentalidad oriental ser hospedado en casa de alguien era no sólo un gesto de cortesía, sino que significaba la acogida en la intimidad de la familia, un gesto de amistad y comunión profunda.


Mas no es el Señor quien queda impuro al ser acogido por los pecadores, sino Él quien purifica a quien se abre a su Presencia y lo acoge en su casa, en la intimidadde su corazón. En el encuentro con el Señor, Zaqueo halla a Aquel único que puede saciar su sed de Infinito, de felicidad, y se convierte a Él.


Este proceso interior de conversión permanece invisible a los ojos humanos, pero se expresa de modo visible en la resolución firme de compartir sus riquezas con los necesitados, así como de restituir cualquier injusticia cometida, mucho más allá de lo exigido por la justicia. Solemnemente se pone de pie para proclamar ante el Señor y todos los amigos y familiares presentes: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».


La conversión de Zaqueo permite al Señor dar a conocer a todos la razón de su comportamiento, que tan escandaloso había resultado para muchos: «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Zaqueo nos muestra un corazón anhelante de encuentro con el Señor. Tiene mucho dinero y poder, pero algo le falta. Él mismo no sabe qué le falta, tampoco sabe qué le puede ofrecer el Señor, pero quiere verlo aunque sea de lejos, quiere encontrarse con Él cara a cara.

Al mismo tiempo se encuentra con una limitación: era pequeño de estatura. Este detalle nos hace pensar en lo “pequeños de estatura” que somos también nosotros muchas veces: por nuestra poca estatura espiritual la turba de pensamientos anti-evangélicos, de tentaciones, de pecados, de aspiraciones egoístas y mezquinas que nos “aprieta por todos lados” es capaz de impedirnos ver al Señor Jesús cuando Él se acerca, cuando Él pasa.


Zaqueo pone los medios adecuados para superar este obstáculo. Se sube a un árbol para elevarse por encima de aquella muchedumbre que le impide ver al Señor. También nosotros hemos de “subir al árbol” de la diaria oración para poder ver al Señor. La oración hace posible ver el rostro del Señor, hace posible encontrarse con su mirada, una mirada penetrante, plena de amor. Es también en la oración cuando escuchamos al Señor que nos dice: «hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). Sí, el Señor sale a nuestro encuentro cuando lo buscamos con sincero corazón, y nos pide llevarlo a nuestra casa, acogerlo en nuestro interior. ¡Cómo resuenan entonces las palabras del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20)!


La respuesta de Zaqueo es inmediata: «bajó en seguida y lo recibió muy contento» (Lc 19,6). ¡Qué diferencia con nuestra actitud muchas veces tan lenta y desconfiada! ¡Cuántas veces tenemos miedo de abrirle al Señor la puerta de nuestro corazón y dejarlo entrar! ¡Cuántas veces, aunque nuestro corazón nos reclama un encuentro mayor, respondemos ante la invitación del Señor: “no Señor, de lejos nomás, porque dejarte entrar a mi casa ya es mucha intimidad y demasiado compromiso”!


Zaqueo no duda ni un instante, inmediatamente lo lleva a su casa y le abre las puertas de su corazón de par en par. Es allí, en su casa, donde se produce el encuentro transformante con el Señor, encuentro que lleva a la conversión profunda, radical, valiente, audaz. ¡Así es el encuentro con el Señor cuando le abrimos de par en par las puertas, cuando lo dejamos entrar a lo más íntimo de nosotros mismos! La conversión, el cambio de vida, es fruto de un encuentro real con Jesucristo: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más» Lc 19,8.


Fruto de la oración, de aquella que es encuentro auténtico con el Señor, es la conversión que se expresa en la acción decidida por cambiar todo aquello que en nosotros se aparta de las enseñanzas del Señor, todo aquello que lleva a defraudar al prójimo y atenta contra la caridad. No se mide una buena oración por la intensidad del sentimiento, sino por cuán decididos estamos a cambiar, a corregirnos, a pedir perdón a quienes hemos ofendido y a “restituir cuatro veces más” a quienes hayamos podido defraudar por nuestro egoísmo. Por una buena oración la mezquindad y el egoísmo ceden para dar paso a la caridad y generosidad multiplicada.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa». San Beda


«Aprendan los ricos que no consiste el crimen en las riquezas, sino en no saber usar de ellas; porque así como las riquezas son impedimentos para los malos, son también un medio de virtud para los buenos». San Ambrosio


«Considera la excesiva bondad del Salvador. El inocente trata con los culpables, la fuente de la justicia con la avaricia, que es fundamento de perversidad; cuando haentrado en la casa del publicano, no sufre ofensa alguna por la nebulosidad de la avaricia; antes al contrario hace desaparecer la avaricia con el brillo de su justicia. Pero los murmuradores y los amantes de censurar, empiezan a tentarle acerca de lo que hacía. Pero Él, acusado como convidado y amigo de los publicanos, despreciaba todas estas cosas, con el fin de llevar adelante su propósito; porque no cura el médico si no soporta la hediondez de las llagas de los enfermos y sigue adelante en su propósito de curarle. Esto mismo sucedió entonces: el publicano se había convertido y se hizo mejor que antes». San Juan Crisóstomo


«¿Por qué me recrimináis si encamino bien a los pecadores? Tan distante está de mí el odio a los pecadores, que si he venido al mundo ha sido por ellos; porque he venido como médico y no como juez; por esto me convido en casa de los enfermos, sufro el mal olor que despiden y les aplico los remedios. Dirá alguno: ¿cómo es que San Pablo manda que si uno de nuestros hermanos es lascivo o avaro no comamos siquiera con él, y Jesucristo se convida en casa de los publicanos? (1Cor 5,11). Pero éstos todavía no habían llegado a ser hermanos, y San Pablo mandó que no se tratase con los hermanos cuando obran mal; pero ahora todos habían cambiado». San Juan Crisóstomo


LOS CATECISMO DE LA IGLESIA


El Señor ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido


545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2,17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» Mt 26,28.


679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.


El deber de reparación


2412: En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: «Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» Lc 19,8. Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente de ese bien. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.


1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.


2487: Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.


CONCLUSION


«Hoy la salvación ha llegado a esta casa»


Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de noviembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 19, 1-10


El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos del presente Domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser y su sentido último (Sabiduría 11, 23-12,2). El amor que Dios tiene por todos, sin distinción alguna, busca salvar a aquellos que están perdidos (San Lucas 19, 1-10). El amor de Dios hacia los cristianos que exige que vivan de acuerdo a lo que son, «para queel nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-2,2).


«Zaqueo era jefe de publicanos y rico»


En el Evangelio del Domingo pasado se hablaba también de un publicano; pero era el personaje de una parábola. En el Evangelio de hoy se trata de un publicano real del cual se nos dice incluso el nombre y hasta su estatura. Zaqueo era «jefe de publicanos y rico». Y si en la parábola Jesús concluía que el publicano «bajó a su casa justificado», aquí podemos ver qué significa en concreto «ser justificado». Todos sabemos que en el tiempo de Jesús la Palestina estaba bajo el dominio de Roma. Pero Roma permitía a los pueblos sometidos bastante libertad para observar sus costumbres, con tal que reconocieran ciertas leyes supremas del Imperio y pagaran el tributo al César. Es así que la Judea, después de haber sido parte del reino de Herodes el Grande, fue gobernada por su hijo Arquelao; y sólo porque éste fue incapaz de mantener el orden, fue nombrado un procurador romano, que durante el ministerio público de Jesús era Poncio Pilato. Incluso para la recaudación del tributo, Roma daba la concesión a personajes del lugar. Tratándose de un impuesto para el Estado (la «res publica» es decir la cosa pública), el nombre griego «telones», que se daba a estos personajes, fue traducido al latín por «publicanus».


Los publicanos estaban investidos de poder para exigir este impuesto a la población. Y muchas veces abusaban exigiendo un pago superior al debido. Después de entregar a Roma el precio de la concesión, se enriquecían ellos con lo defraudado. El mismo Lucas refiere que a algunos publicanos que vinieron donde Juan el Bautista para ser bautiza¬dos con el bautismo de conversión, y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?”, él les respondió: ‘No exijáis más de los que os está fijado’» (Lc 3,12-13). Y a nadie le es agradable pagar impuestos a una potencia extranjera, ¡cuánto más si sabemos que nuestro dinero va a enriquecer a un compatriota colaboracionista que fija la cantidad arbitrariamente! Es entonces comprensible que los publicanos fueran odiados y que tuvieran fama de pecadores. Zaqueo era «jefe de publicanos» y no sólo tenía fama de pecador sino que ciertamente lo era. Lo mismo que el publicano de la parábola que reconocía ante Dios: «¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!»


La salvación: don gratuito de Dios y aceptación libre del hombre


Una de los puntos claros de este episodio es la gratuidad de la salvación. Cuando Jesús llegó a Jericó, «Zaqueo trataba de ver quién era Jesús» ya que era de baja estatura, como coloca puntualmente Lucas. Por aquí comenzó la acción de la gracia. «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verlo, pues Jesús iba a pasar por allí». ¿Quién le inspiró a Zaqueo esta curiosidad tan grande, que, a pesar de su rango, lo llevó a subirse a un sicómoro? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «la preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia» .


Un judío de cierta edad, más aún si es rico, asume una actitud venerable y no se rebaja a correr. En la parábola del hijo pródigo el padre es presentado «corriendo» al encuentro de su hijo perdido que vuelve, pero se describe así precisamente para destacar su inmensa alegría. Zaqueo no sólo corre, sino que se trepa a un árbol como un niño. Para ver a Jesús hace todo lo que puede, incluso pasando por encima de su honor. La humildad de Zaqueo no podía pasar inadvertida ante Dios. Dios premia siempre un gesto de humildad del hombre. El Evangelio continúa y Jesús, alzando la vista, dice: «Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». ¿Qué obra buena había hecho Zaqueo para que mereciera esta gracia, es decir, que Jesús se dirigiera a él y lo distinguiera alojándose en su casa? Al contrario, sus obras habían sido malas, tanto que todos comentaban: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». ¡Y esto, lamentablemente, era verdad!


Hasta aquí todo es don de Dios. Es Dios quien le está dando la posibilidad de cambiar de vida. Pero lo que sigue revela que Zaqueo ya es un hombre nuevo, es decir que está actuando siguiendo las mociones de esa vida nueva que le ha sido dada. Nadie lo obliga, es libre, y libremente dice: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien le devolveré el cuádruplo». Según la ley mosaica estaba obligado a restituir el total sustraído y un quinto más de la suma (ver Lv 5,24; Nm 5,7); si bien la ley romana imponía el cuádruplo. Pero además Zaqueo está dispuesto a repartir entre los pobres la mitad de su hacienda. Si se examina con atención las cifras en juego, veremos que no le iba a quedar nada o, en el mejor de los casos, muy poco. Esta es una obra de amor superior a sus fuerzas naturales; pero le fue posible hacerla porque fue Cristo quien lo habilitó a ella dándole la salvación como un don gratuito. Zaqueo, por su parte, se abre a este don y responde desde su libertad ya que siempre: «la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre» . Esto es lo que comenta Jesús a modo de corolario: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa… porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». La salvación es un don de Dios absolutamente inalcanzable por el propio esfuerzo del hombre «perdido»; peroDios lo da a quien pone todo lo que está de su parte, aunque siempre es mínimo en comparación con el don de Dios. En este caso, Zaqueo puso lo suyo: correr como un niño y subirse a un árbol. Si él hubiera rehusado hacer esta acción humilde, todo se habría frustrado y hoy día no estaríamos leyendo esta hermosa página del Evangelio.


«Señor, que amas la vida»


El libro de la Sabiduría de Salomón apareció en el siglo I a.C. y fue escrito probablemente en Alejandría. Puede ser considerado el libro más helenístico de todos los libros sapiensales y su fin era alejar de la idolatría a los judíos en Egipto, demostrando que la sabiduría de Dios supera ampliamente a la pagana. La omnipotencia de Dios, sola, no explica adecuadamente la creación, entra también el deseo amoroso de crear y conservar todo por amor. «Señor, que amas la vida» (Sb 11,26): ésta es quizás una de las afirmaciones más consoladoras de la Sagrada Escritura. Sabemos, en efecto, que Dios es todopoderoso, eterno y omnisciente. Pero ¿qué sería de nosotros si con todo esto fuera malo y cruel? Más San Juan nos dice que «Dios es amor» ver 1Jn 4,8 y San Pablo no se cansa de destacar el inmenso amor que nos tiene (ver Filp 3,21) y esa infinita bondad lo llevó a dar su Hijo único por nosotros (ver Jn 3,16) para hacernos hijos en el Hijo.


Santo Tomás formula el mismo pensamiento diciendo que Dios está más dispuesto a darnos que nosotros a recibir. Esta Buena Nueva de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no la hubiese revelado. En ella reside nuestra plena alegría, esperanza y reconciliación; porque el hombre que no se sabe amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo.


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús lo miró. Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo. Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselos a los romanos. Los publicanos eran mal vistos, incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados de los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar. Eran traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.


Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza,una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. Aunque no nos atrevemos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. Los invito, que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.


Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.

Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a los otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto».


Papa Francisco. Plaza de la Revolución, Holguín. Lunes 21 de septiembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Comentando este pasaje nos dice Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la

bendición de hospedar al Señor en su casa». ¿Qué estoy dispuesto a dejar para recibir a Jesús en mi casa?

2. Leamos y meditemos el salmo responsorial de este Domingo: Salmo 145 (144).

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1996- 2005.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


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