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Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee diciembre Ee 2018 a las 15:15


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

DOMINGO IV DE ADVIENTO

23 -29 de Diciembre del 2018

“Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”

Miq 5, 2-5: «El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh»

Así dice el Señor:

“Y tú, Belén de Efrata, aunque eres la más pequeña de todos los pueblos de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen se remonta a los tiempos antiguos, a los días pasados. Por eso, el Señor los abandonará hasta el momento en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y Él mismo será nuestra paz”.

Sal 79, 2-3.15-16.18-19: «Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve»

Pastor de Israel, escucha,

tú que te sientas sobre querubines, resplandece.

Despierta tu poder

y ven a salvarnos.


Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó,

y que tú hiciste vigorosa.


Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tú fortaleciste.

No nos alejaremos de ti:

danos vida para que invoquemos tu nombre.

Heb 10, 5-10: «He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad»

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”».

Primero dice: “No quieres ni aceptas sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias”, que se ofrecen según la Ley. Después añade: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.

Con esto, Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo.

Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lc 1, 39-45: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y exclamó con voz fuerte:

— «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

NOTA IMPORTANTE

El pasaje evangélico narra el episodio de la visita de Santa María a Isabel. ¿Qué motivó a María a realizar este viaje imprevisto? Gabriel, el arcángel, le había manifestado que Isabel había concebido un hijo en su vejez, estando ya en el sexto mes de su embarazo «aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 36-37).

Enterada del embarazo de Isabel y en estado de buena esperanza ella misma, María se pone inmediatamente en camino y recorre «aprisa» los más de cien kilómetros de distancia que separaban Nazaret de la ciudad de Ain Carim, al noroeste de Jerusalén, donde vivían Isabel y Zacarías, su marido.

No mueve a María la incredulidad, es decir, el deseo de cerciorarse del milagro ocurrido a Isabel, sino la fe en el anuncio del arcángel, la certeza de que Isabel está ya en el sexto mes de su embarazo. Asimismo la impulsa en su marcha celera el natural deseo de querer compartir su desbordante alegría con quien sabe que podrá comprenderla. La impulsa también, y sobre todo, su deseo de servirla con un doble servicio: el servicio solidario de la atención solícita a quien necesita de su ayuda, y el servicio evangelizador, el deseo de anunciarle y transmitirle la Buena Nueva de la que Ella es portadora.

Isabel es extraordinariamente sensible a lo que ha sucedido. Tan pronto ve a María percibe que ella es Portadora de un Hijo excepcional, percibe que es «la Madre de mi Señor». En esta humilde Virgen de Nazaret se cumple así la antigua profecía de Miqueas, recogida en la primera lectura: ha llegado el tiempo en que «la madre dé a luz». Es su Hijo quien «en pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios». Más aún, el profeta anuncia que «Él mismo será nuestra paz», una Paz que procede de la cuádruple reconciliación que ha venido a obrar: la reconciliación del ser humano con Dios, consigo mismo, con los otros hermanos humanos y con la creación toda.

«¡Dichosa tú, que has creído!», exclama Isabel en una de las múltiples alabanzas que brotan espontáneamente de sus labios. Dichosa y feliz porque verdaderamente cree en Dios. María, plena de dicha y felicidad, es modelo de una fe madura, una fe que es asentimiento de la mente a lo que Dios revela, una fe que es adhesión cordial a Dios mismo, una fe que se transforma en acción decidida, según los designios manifestados por Dios. La fe de la Madre se expresa en la obras, en un “Sí” comprometido y sin reservas dado a Dios al servicio de sus designios reconciliadores.

En la segunda lectura la carta a los Hebreos nos habla de otro “Sí”, el “Sí” de la plena disponibilidad que pronuncia el Hijo, el “Sí” del Verbo divino que precede a su encarnación para cumplir el Plan salvífico y reconciliador del Padre. El Señor Jesús, el Verbo divino encarnado de María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Hijo de Santa María, ha venido a este mundo para llevar a cabo una misión reconciliadora. El modo como «entró en el mundo» fue encarnándose, asumiendo plenamente nuestra naturaleza humana, haciéndose uno como nosotros, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. De este modo Dios le “preparó un cuerpo” para poder ofrecerse a sí mismo como sacrificio expiatorio en el Altar de la Cruz.

El “Sí” del Hijo encontró en el “Sí” libre de la Madre la necesaria correspondencia y cooperación, haciendo posible la “entrada” del Hijo de Dios en el mundo.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hay diversos tipos de “prisa”. Por un lado está la prisa de María quien apenas tiene conocimiento del embarazo de su pariente Isabel se pone en marcha presurosa. La mueve el amor, el deseo de servir, y también el deseo de compartir con alguien que sabrá comprender muy bien su inmensa y desbordante alegría, el gozo exultante que experimenta por la Presencia encarnada del Verbo divino en su seno virginal. La prisa de María está llena del Señor y tiene presente lo esencial.

Miremos ahora a nuestro alrededor: vivimos en un mundo sumamente agitado, cada vez más “estresado”. Nosotros mismos participamos de esa vorágine que no se detiene, vivimos “aprisa”, con miles de cosas que hacer, con muchos “pendientes”, pero que a diferencia de la prisa de María nos despojan de lo esencial y nos arrojan a una vida superficial, epidérmica. Cada uno lleva su prisa, su propia premura. Más aún estos días, faltando ya poco para la celebración de la Navidad, parece que falta el tiempo para todo lo que hay que preparar: los regalos que hay que comprar, la cena que hay que preparar, las actividades en las que hay que participar, incluso las campañas de solidaridad, etc. Toda esta agitación puede arrebatarnos el espacio necesario para reflexionar, para meditar, para rezar, para no perder de vista lo esencial. No podemos olvidar que lo esencial es acoger al Señor que viene y llevarlo muy dentro, no podemos olvidar que la NAVIDAD ES JESÚS, no los regalos, la cena, ni siquiera la reunión familiar. ¿Puede haber Navidad si Cristo no nace en nosotros, si no hacemos silencio en el interior para acogerlo en el pesebre de nuestras mentes y corazones?

En lo que queda de este tiempo de Adviento procuremos acercarnos más a María, procuremos hacerlo con la misma sensibilidad de Isabel, para acompañarla en su espera y para aprender de las enormes lecciones que Ella nos da. Imitemos su prisa, esa que está llena del Señor y que se expresa en el deseo de servir a los demás con la misma caridad de Cristo, así como de anunciar al Señor Jesús y su Evangelio con una vida cristiana coherente, que irradia la luz de Cristo con sus buenas obras. ¿Cómo no vivir la misma prisa de María día a día, la prisa por anunciar a Cristo y difundir su Luz en medio de nuestros familiares, en medio de los hombres y mujeres de nuestra sociedad? Hagamos nuestra la prisa de saber que tenemos a Cristo y que necesitamos comunicarlo a cuantos más podamos, para que también, como Juan en el seno de su madre, muchos salten de gozo en el encuentro con el Hijo de Santa María.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Y no debe llamar la atención que el Señor —que había de redimir al mundo— empezase su obra por su propia Madre, a fin de que aquella, por la que se preparaba la salvación a todos, recibiese en prenda —la primera— el fruto de salvación».

San Beda

«Cuando María tiene noticia de la maternidad de su prima Isabel, ya anciana y estéril, se pone en camino. No por falta de fe en la profecía ni por dudar del anuncio, ni por dudar de los signos que le fueron dados, sino llena de alegría para cumplir un servicio entrañable. En la prontitud de la alegría, María se dirige hacia las montañas. Llena de Dios ¿podía no ir de prisa hacia las alturas? Los cálculos lentos no corresponden a la gracia del Espíritu Santo».

San Ambrosio

«Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras.

»Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios».

San Ambrosio

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El primer “encuentro” entre Juan y Jesús

717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» ( Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» ( Lc 1, 68).

Las palabras de Isabel a María

148: La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» ( Lc 1, 37) y dando su asentimiento: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» ( Lc 1, 38). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» ( Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (ver Lc 1, 48).

2676: «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. «Llena del Espíritu Santo» ( Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: «Bienaventurada la que ha creído...» ( Lc 1, 45): María es «bendita entre todas las mujeres» porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las «naciones de la tierra» ( Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

2677: Con Isabel, nos maravillamos y decimos: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» ( Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su Hijo, María es Madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como ella oró por sí misma: «Hágase en mí según tu palabra» ( Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: «Hágase tu voluntad».

CONCLUSION

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 23 de diciembre de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,39-45

Cristo es el centro de toda la liturgia eclesial ya que celebramos su Misterio a lo largo de todo el año. Esta centralidad va adquiriendo acentos y matices según los tiempos y los momentos litúrgicos. Ya cercanos al nacimiento de Jesús, la figura de la Virgen María va adquiriendo un acento relevante en este Domingo. Ella es reconocida por su prima Isabel como la Madre del Señor (Lucas 1,39-45). La cuarta semana de Adviento nos recuerda la profecía de Miqueas (Miqueas 5,1- 4a) así como la disposición fundamental con la que el Verbo Divino entra al mundo: «he aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Hebreos 10,5-10).

La pequeña Belén

El profeta Miqueas, uno de los llamados profetas menores, fue contemporáneo de Isaías, Amós y Oseas (s. VII A.C.). Anunció sus mensajes tanto para Israel (Norte) como para Judá (Sur). Lo mismo que Amós; él acuso a los dirigentes, a los sacerdotes y a los profetas. Los recriminó por ser hipócritas y explotadores de sus hermanos; anunciando un eminente juicio de Dios. Sin embargo, también anunció un mensaje de esperanza y reconciliación. Prometió que Dios daría la paz deseada y que haría surgir, de la familia de David, un gran rey (5,3). Este nacería en la misma pequeña ciudad donde Samuel eligió a David para que sea el rey sucesor de Saúl: Belén de Efratá. En un solo versículo, Miqueas resume el mensaje fundamental del discurso profético: «Lo que Dios nos pide es que hagamos lo que es justo; que mostremos amor constantemente y que vivamos en humilde comunión con Dios» (6,8).

«He aquí que vengo hacer tu voluntad»

Jesús es el sumo sacerdote, perfecto y eterno según el orden de Melquisedec: santo sin pecado, garantiza el nuevo orden de Dios y nos trae la reconciliación definitiva. Él es constituido sumo sacerdote por su sacrificio irrepetible, de una vez para siempre. Como tal se sella la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres. Su sacrificio reemplaza los sacrificios en el templo terrenal, porque su sangre realiza una salvación eternamente válida. Su sacrifico irrepetible era necesario ya que quitará los pecados que el culto imperfecto -de la antigua alianza- no podía quitar. Realizado año tras año el sacrificio del Antiguo Testamento era un recuerdo constante de que el pecado está siempre ahí, impidiendo el acceso a Dios.

En cambio, Jesucristo sabe que lo que agrada a Dios, el único homenaje que Él acepta es la obediencia plena a su Plan Amoroso (Hb 10,5). Por eso, al entrar en el mundo por la Encarnación y por su Muerte-Resurrección (Hb 1,6); hace ofrenda de su propio cuerpo y de su existencia mortal al Padre en el Espíritu Santo. Esta ofrenda sí es agradable a Dios, porque es el homenaje de la obediencia plena. Su eficacia redentora se manifiesta en que ha logrado el acceso a Dios como lo muestra el hecho de estar sentado a su derecha (Hb 10,12) legándonos así el don de la reconciliación. Por tanto, es necesario asirse de este Sumo Sacerdote, garantía de la esperanza cristiana.

El encuentro de dos mujeres

El Evangelio de hoy comienza con esta frase: «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá». Este comienzo necesita una explicación. Nadie se levanta y se dirige con prontitud a alguna parte a menos que haya un motivo que determine esa acción. En este caso, la actitud de María es la continuación natural y espontánea de algo que le dijo el ángel Gabriel cuando le anunció el nacimiento de Jesús acerca de su prima Isabel (ver Lc 1,36-37). María va porque siente la necesidad de congratularse con su pariente por tan feliz noticia. La mujer joven y llena de vida se alegra con la anciana porque también ésta ha sido hecha fecunda. El encuentro de María con Isabel tiene algo de singular. Las dos mujeres se encuentran por razón de los respectivos hijos que cada una lleva en su seno: Jesús recién concebido en el seno de María y Juan el Bautista ya de seis meses en el seno de Isabel.

Lo extraordinario es que uno es hijo de una joven «virgen» y el otro es hijo de una anciana «estéril». Como había dicho el ángel, «ninguna cosa es imposible para Dios». Se puede hablar de un auténtico encuentro de los dos niños aún no nacidos. De ambos celebrará la Iglesia el nacimiento . En Israel las personas mayores debían ser honradas por los jóvenes, según esta ley: «Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano» (Lev 19,32). En la visitación, en cambio, la mujer anciana y venerable no se siente digna ni siquiera de ser visitada por la joven: porque ¡esta joven es la «Madre de Dios»!

No conocemos el contenido del misterioso saludo de María, pero sí conocemos la respuesta de Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?». Ya entonces María es llamada Madre. Quiere decir que ya lleva en su seno a su hijo Jesús, el que había sido anunciado por el ángel. Podemos preguntar¬nos: ¿Cómo lo sabe Isabel? Y sobre todo, ¿cómo sabe Isabel la identidad del Niño concebido en María? Ella misma responde: «Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno». ¿Y esto le bastó para saber que María es la Madre del Señor? Y más aún, Isabel formula esta bienaventuranza: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». ¿De manera que sabe también las cosas que le fueron anunciadas a María?

Para responder a estas preguntas tenemos que fijarnos en la identidad de su propio hijo, de Juan. Cuando el ángel anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo Juan, le dijo: «Será grande ante el Señor…; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, los convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él» (Lc 1,13-18). Todo esto lo sabía muy bien Isabel. También sabía que Dios había prometido a su pueblo un salvador y que un mensajero iba a preparar el camino (ver Mal 3,1). Isabel comprendía que su hijo era ese mensajero enviado a preparar el camino del Señor. Por eso cuando siente que el niño salta de gozo en su vientre concluye: «Aquí está presente el Señor; viene en el seno de su Madre» y, movida por el Espíritu Santo, alaba a María llamándola «la Madre de mi Señor». Sabemos que tanto Zacarías como Isabel eran profundos conocedores de la Palabra de Dios. Ese conocimiento, fecundado por la acción del Espíritu Santo, es el que permite a Isabel percibir la acción de Dios y conocer la identidad de María y de su Hijo.

Llena del Espíritu Santo…

«Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamando con gran voz dijo…». Esta introducción a las palabras de Isabel nos invita a estar extraordinariamente atentos a lo que diga y a concederle todo su peso. En efecto, ella habla «llena de Espíritu Santo» y «a gran voz». Esto quiere decir que pronunciará palabras inspiradas. Deberemos analizarlas con mucha atención. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». Esta es la alabanza que los católicos repetimos innumerables veces al día cada vez que recitamos el Ave María. ¿Cómo es posible que Isabel bendiga primero a María y después a Jesús, el fruto de su vientre? Es que esta alabanza quiere evocar la que dirigió el sacerdote Ozías a Judit, después que ella le cortó la cabeza a Holofernes, el jefe de las tropas enemigas, y así salvó a Israel. Ozías dice a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra!» (Jud 13,18). El paralelismo es perfecto: María está en el lugar de Judit y el fruto de su vientre, en el de Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra.

Madre de Dios

Isabel agrega: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» Isabel no se considera digna de esta visita, precisamente porque la que viene es «la madre de mi Señor». Este es el título que Isabel, llena del Espíritu Santo, da a María. Esta expresión, ubicada en su contexto y traducida según su sentido, significa: «la Madre de Dios». El nombre de Dios, «Yahweh», con el cual Dios se reveló a Moisés, era inefable para un judío, es decir, por respeto, no se pronunciaba nunca. Cuando un escriba copiaba el texto bíblico y llegaba al nombre de Dios, que sin las vocales consta de cuatro letras, YHWH, debía dejar la pluma y lavarse las manos, en seguida escribir el tetragrama sagrado, y luego lavarse las manos de nuevo. Todo esto por respeto al nombre divino. Pero, al mismo tiempo, escribía un pequeño círculo sobre el tetragrama, que quiere decir: en la lectura sustituya esta palabra por la que se encuentra al margen. Y al margen escribía la palabra: «Adonai», que se traduce al griego «Kyrios» y al castellano «Señor».

Es más, Adonai tiene la terminación del posesivo: «Mi Señor». Este es el modo como se hablaba de Dios. Por eso en el Nuevo Testamento no aparece nunca el nombre divino Yahweh. Aparece siempre Kyrios, Señor. «La Madre de mi Señor» en boca de Isabel quiere decir, por tanto, la Madre de Dios. Una confirmación de esto se encuentra en la continuación de lo dicho por Isabel: «Bienaventurada tú que has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor».

El dogma de la maternidad divina de María fue definido en el Concilio Ecuménico de Éfeso (año 431). Allí se declaró que en Cristo, nuestro Señor, la naturaleza divina y la naturaleza humana concurrían sin confusión ni separación en la unidad de la Persona divina del Verbo, que es la segunda Persona de la Trinidad. Siendo María la madre de la Persona es y debe ser llamada «Madre de Dios». El Concilio continúa: «No es que primero haya nacido de la santa Virgen un hombre corriente sobre el cual después haya descendido el Verbo, sino que unido a la carne desde el mismo vientre, se sometió al nacimiento carnal, siendo el sujeto del nacimiento de su propia carne».

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, la liturgia quiere prepararnos para la Navidad que ya está a la puerta invitándonos a meditar el relato del anuncio del Ángel a María. El arcángel Gabriel revela a la Virgen la voluntad del Señor de que ella se convierta en la madre de su Hijo unigénito: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc1, 31-32). Fijemos la mirada en esta sencilla joven de Nazaret, en el momento en que acoge con docilidad el mensaje divino con su «sì»; captemos dos aspectos esenciales de su actitud, que es para nosotros modelo de cómo prepararnos para la Navidad.

Ante toda su fe, su actitud de fe, que consiste en escuchar la Palabra de Dios para abandonarse a esta Palabra con plena disponibilidad de mente y de corazón. Al responder al Ángel, María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (v. 38). En su «heme aquí» lleno de fe, María no sabe por cuales caminos tendrá que arriesgarse, qué dolores tendrá que sufrir, qué riesgos afrontar. Pero es consciente de que es el Señor quien se lo pide y ella se fía totalmente de Él, se abandona a su amor. Esta es la fe de María.

Otro aspecto es la capacidad de la Madre de Cristo de reconocer el tiempo de Dios. María es aquella que hizo posible la encarnación del Hijo de Dios, «la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos» (Rm16, 25). Hizo posible la encarnación del Verbo gracias precisamente a su «sí» humilde y valiente. María nos enseña a captar el momento favorable en el que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta disponible y generosa. Y Jesús pasa. En efecto, el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, que tuvo lugar históricamente hace más de dos mil años, se realiza, como acontecimiento espiritual, en el «hoy» de la Liturgia. El Verbo, que encontró una morada en el seno virginal de María, en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de cada cristiano: pasa y llama. Cada uno de nosotros está llamado a responder, como María, con un «sí» personal y sincero, poniéndose plenamente a disposición de Dios y de su misericordia, de su amor. Cuántas veces pasa Jesús por nuestra vida y cuántas veces nos envía un ángel, y cuántas veces no nos damos cuenta, porque estamos muy ocupados, inmersos en nuestros pensamientos, en nuestros asuntos y, concretamente, en estos días, en nuestros preparativos de la Navidad, que no nos damos cuenta que Él pasa y llama a la puerta de nuestro corazón, pidiendo acogida, pidiendo un «sí», como el de María. Un santo decía: «Temo que el Señor pase». ¿Sabéis por qué temía? Temor de no darse cuenta y dejarlo pasar. Cuando nosotros sentimos en nuestro corazón: «Quisiera ser más bueno, más buena… Estoy arrepentido de esto que hice…». Es precisamente el Señor quien llama. Te hace sentir esto: las ganas de ser mejor, las ganas de estar más cerca de los demás, de Dios. Si tú sientes esto, detente. ¡El Señor está allí! Y vas a rezar, y tal vez a la confesión, a hacer un poco de limpieza…: esto hace bien. Pero recuérdalo bien: si sientes esas ganas de mejorar, es Él quien llama: ¡no lo dejes marchar!».

Papa Francisco. Ángelus IV Domingo de Adviento, 21 de diciembre de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Nos dice Orígenes: «”Bendita tú entre las mujeres”. Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino». ¿Qué voy a hacer para vivir estos días más cerca de María? Una forma podría ser leer y rezar los pasajes referidos a la Anunciación-Encarnación.

2. Recemos en familia el rosario en estos últimos días de nuestro Adviento.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 148-149. 2676-2679.

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