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El Verbo se hizo hombre

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee diciembre Ee 2018 a las 15:15 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

NATIVIDAD DEL SEÑOR

25 de Diciembre del 2018

FELIZ NAVIDAD!!!

“El Verbo se hizo hombre”

Is 52, 7-10: «Toda la tierra contemplará la victoria de nuestro Dios.»

¡Qué hermosos son sobre los montes

los pies del mensajero que anuncia la paz,

que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria,

que dice a Sión: «Tu Dios es rey»!

Escucha: tus centinelas alzan la voz,

cantan a coro,

porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión.

Estallen en gritos de alegría,

ruinas de Jerusalén,

que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén;

el Señor manifiesta su poder

a la vista de todas las naciones,

y toda la tierra contemplará

la victoria de nuestro Dios.

Sal 97, 1-6: «Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.»

Canten al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

griten, vitoreen, toquen.

Toquen la cítara para el Señor,

suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas,

aclamen al Rey y Señor.

Heb 1, 1-6: «Dios nos ha hablado por medio de su Hijo.»

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios anti¬guamente a nuestros padres por medio de los profetas.

Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual hizo el universo.

Él es resplandor de la gloria del Padre e imagen perfecta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, ha¬biendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; y ha venido a ser tanto mayor que los ángeles, cuanto más excelente es el título que ha heredado.

Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, ¿y él será para mí un hijo»?

Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios».

Jn 1, 1-18: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.»

En el principio ya existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo,

y sin ella no se hizo nada de todo lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en la tiniebla,

y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:

éste venía como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que por él todos creyeran.

No era él la luz,

sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera,

que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba;

el mundo se hizo por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron,

les da poder para ser hijos de Dios,

si creen en su nombre.

Éstos no han nacido de sangre,

ni de amor carnal,

ni de amor humano,

sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria,

gloria propia del Hijo único del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él,

y grita diciendo:

«Éste es de quien dije:

"El que viene detrás de mí

es superior a mí,

porque existía antes que yo"».

Pues de su plenitud

todos hemos recibido

gracia tras gracia.

Porque la Ley se dio por medio de Moisés,

la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás:

el Hijo único, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha dado a conocer.

NOTA IMPORTANTE

En la Misa del día escuchamos proclamar el llamado “prólogo de san Juan”, que abarca los versículos 1 al 18 del capítulo primero.

El prólogo en relación íntima con el texto del evangelio. Un prólogo es siempre una introducción a toda una obra. Esta va a presentar la obra del Verbo encarnado y probar con su desarrollo la divinidad de Cristo, fin directo del cuarto evangelio. Toda esta obra teándrica de Cristo queda iluminada al descubrir el evangelista en su "prólogo" la vida de ese Verbo que va a encarnarse, al remontarse sobre el tiempo, al seno mismo de la Divinidad, donde El está. Es el Verbo-Dios que se encarna y comienza su obra de de bendiciones para todos los seres humanos. Así "el prólogo explica y eleva el evangelio, como el evangelio explica y desenvuelve históricamente el prólogo."

Varios autores sostienen que tiene una forma rítmica propia de la poesía semítica; y que constituye un "himno" al Logos de Dios. Sería un himno a Dios encarnado.

Himnos de este tipo se usaron en la Iglesia desde la primera época, y algunos se cantaban en la liturgia. (ver Flp 2,6-11; Heb 1:2-4.) Eusebio de Cesárea cita un texto de Hipólito de Roma que dice: "Cuántos salmos y cánticos, compuestos desde el principio por hermanos en la fe ensalzan a Cristo, el Logos de Dios, llamándolo Dios" (H. E. V 28). Y Plinio el Joven (Epist. X 96), siendo gobernador de Bitinia, consultan Trajano, en carta escrita en 112/113, diciendo que los cristianos "cantan himnos a Cristo como Dios."

El "prólogo" puede dividirse en dos partes generales: el Verbo en sí mismo y el Verbo encarnado.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

De pronto viene el sobresalto: una noche, mientras unos duermen al raso y otros vigilan cuidando a su rebaño del ataque de los lobos, un ángel se presenta. De pronto irrumpe en sus vidas lo extraordinario, lo sobrenatural, la gloria del Señor los envuelve en su luz, son arrancados de la cotidianeidad, de lo rutinario, del ritmo normal de sus vidas... “se les mueve el piso” ¡porque Dios se manifiesta inesperadamente! ¿Quién no se asustaría?

Y he allí la reacción de los pastores, que confundidos despiertan ante lo inesperado que irrumpe en sus vidas, que los arranca de la rutina cotidiana, de ese “tener todo controlado”: ¡el miedo! ¡Miedo a lo desconocido! ¡Miedo a lo que escapa al control de sus manos! ¡Miedo a la luz que los envuelve! ¿Miedo a Dios que se manifiesta?

¡Cómo nos habla esto de una realidad cotidiana! ¡El miedo a Dios, miedo a su luz cuando nos envuelve, miedo porque esa luz nos arranca de nuestras tinieblas en las que cómodamente nos hemos instalado! Alguna vez alguien me decía: Padre «me llegue a acostumbrar tanto a esa oscuridad que ya me había empezado a parecer claridad». ¿No nos pasa eso también a nosotros, muchas veces?

Y es que, a quien está acostumbrado a “vivir de noche”, se le dilatan las pupilas, ¡de modo que la luz imprevista le hiere los ojos!

¿Cuándo estamos en tinieblas? ¿Cuándo hay todavía tinieblas en nuestro corazón? Cuando obramos el mal y nos ocultamos; cuando mentimos, y peor aún, cuando llevamos una doble vida; cuando despreciamos al Señor porque Él no tiene nada que decirnos; cuando la soberbia y la vanidad hinchan nuestra mente; cuando consentimos el odio en nuestros corazones, la amargura y el resentimiento, el deseo de venganza; cuando no hay amor en nuestros corazones, ni nos experimentamos amados; cuando no conocemos quienes somos, nuestra identidad, nuestro origen, el sentido de nuestras vidas, nuestro destino... entonces experimentamos: confusión, intranquilidad, angustia, soledad, vacío...

¡Cuánto miedo hay de dejar que la luz del Señor nos envuelva, nos inunde, ilumine la realidad de nuestra vida! No sólo porque la claridad exige conocer, aceptar y enfrentar-cambiar todo lo que en nosotros está mal, sino más aún, porque la luz que viene del Señor nos revela NUESTRA GRANDEZA. ¡Y cuánto miedo hay en nosotros de ser lo que estamos llamados a ser! Sí, porque descubrir tu grandeza, exige responder a esa grandeza, exige despojarte de todo harapo que te parece regia vestidura, de toda cadena o lazo que te parece la más exquisita de las libertades para lanzarte a la gran aventura de conquistar tu verdadera grandeza, ¡de conquistar el Infinito! Pero cuántas veces prefiere el hombre o la mujer de hoy aferrarse a sus tinieblas, aspirar a falsas “grandezas” (poder, tener, placer), incapaces de darle la plenitud a la que aspira con tanta intensidad. ¡Y SIENTE MIEDO CUANDO LA LUZ LO INUNDA, CUANDO VE CON CLARIDAD! Y por ello prefiere vivir en sus tinieblas, donde a él/ella las cosas le parecen claridad.

¿Por qué el Señor Jesús es la luz? Porque ese Niño nos revela quienes somos, disipa las tinieblas de nuestro pecado enseñándonos qué es el bien y qué el mal; Él nos permite llevar una vida limpia, sincera, veraz, luminosa. Su luz vence por el poder de la resurrección...

NO temáis, NO TEMÁIS, son las palabras que el ángel dirige a los pastores, y son las palabras que la Iglesia nos dirige también hoy a cada uno de nosotros: ¡No temas! ¡No le temas a este Niño! ¡No le temas a DIOS que se manifiesta en este Niño! ¡Él es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo! ¿Se le puede tener miedo a un niño? ¿No es un niño lo más frágil del mundo? ¿No necesita cuidado, protección? ¿No se pone totalmente en nuestras manos? ¿No inspira nuestra ternura y amor? ¡Pues Dios se ha hecho Niño, para que desaparezca todo temor de tu corazón! Ésta es la señal: “encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. No temas: Él no viene a destruir lo que eres, o a quitarte lo poco que tienes. Él viene a sanar, a reconciliar, a salvar, a elevar, a darte más, ¡a darte TODO lo que Él es y posee! Y para eso se hace pequeñito, se hace hombre como nosotros, sin dejar de ser Dios se hace totalmente solidario con nuestra naturaleza humana: para elevarte a su altura, para que tú te hagas grande como Él, tan grande que puedas llegar a participar de la misma naturaleza de Dios, de su amor y felicidad, ¡por toda la eternidad! ¡No temas acoger a este Niño en tu vida, en tu casa, en tu hogar! ¡No temas ponerlo a Él en el centro de tu existencia, así como una lámpara se coloca en el centro de un cuarto oscuro, para que ilumine todo el interior!

No temas buscar al Señor como lo buscaron los humildes pastores, para abrirle de par en par las puertas y de acunarlo en tu pobre corazón, haciendo de él un humilde pesebre... ¡No tengas miedo! No temas abrirle tu mente, dejar que su luz te ilumine, para que retroceda toda tiniebla que hay en ti, ¡y todo en ti se convierta en luz! ¡No temas! Si le abres, ¡la paz inundará tu corazón y tú te harás luz para tantos otros que en el mundo mueren por falta de luz y calor!

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.»

»Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos, nuestro Se¬ñor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido pare salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es lla¬mado a la vida.»

San León Magno

«Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Des¬pierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.»

»Estarías muerto para siempre, si Él no hubiera naci¬do en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si Él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hu¬bieras vuelto a la vida, si Él no se hubiera sometido vo¬luntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si Él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si Él no hubiera venido a salvarte.»

»Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal.»

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Se abajó para elevarnos

460: El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Atanasio). «El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres» (S. Tomás de A.).

El Misterio de Navidad

525: Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente. Y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible. Los ángeles y los pastores le alaban. Los magos caminan con la estrella: Porque ha nacido por nosotros, Niño pequeñito el Dios de antes de los siglos» (Contaquio de Romano el Melode).

526: «Hacerse niño» con relación a Dios es la condición para entrar en el Reino; para eso es necesario abajarse, hacerse pequeño; más todavía: es necesario «nacer de lo alto» (Jn 3, 7), «nacer de Dios» (Jn 1, 13) para «hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo «toma forma» en nosotros. Navidad es el Misterio de este «admirable intercambio»: «O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad».

CONCLUSION

«Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros»

Natividad del Señor – 25 de diciembre de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1,1-18

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la Buena Noticia!» Podemos decir que el tema central de todas las lecturas en la Natividad del Señor es el mismo Jesucristo: Palabra eterna del Padre que ha puesto su tienda entre nosotros, que ha acampado entre los hombres. El prólogo del Evangelio de San Juan (San Juan 1,1-18) nos habla de la «Buena Nueva» esperada y anunciada por los profetas (Miqueas 5,1- 4a), nos habla del Hijo por el cual el Padre del Cielo nos ha hablado (Hebreos 1,1- 6) y nos revela la sublime vocación a la que estamos llamados desde toda la eternidad «ser hijos en el Hijo».

«¡Saltad de júbilo Jerusalén!»

El retorno del exilio es inminente y el profeta describe gozoso el mensajero que avanza por los montes como precursor de la «buena noticia» de la liberación del exilio, al mismo tiempo que anuncia la esperada paz y la inauguración del nuevo reinado de Yavheh sobre su pueblo elegido. «Ya reina tu Dios», surge así una nueva teocracia en la que Dios será realmente el Rey de su pueblo y Señor de sus corazones. Los centinelas de Jerusalén son los primeros que perciben la llegada del mensajero con la buena noticia: Dios de nuevo se ha compadecido de su pueblo y «arremangándose las mangas» ha luchado en favor de Israel ante los pueblos gentiles.

«¡Os ha nacido un Salvador!»

En todas las Iglesias del mundo resonó anoche durante la celebración eucarística la voz del Ángel del Señor que dijo a los pastores de la comarca de Belén: «Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es el Cristo, Señor» (Lc 2,10-11). Lo más extraordinario es que este anuncio se ha repetido todos los años, por más de dos mil años, y en todas las latitudes, sin perder nada de su actualidad. ¿Cómo es posible esto? Hay en ese anuncio dos términos que responden a este interrogante: la palabra «hoy» y el nombre «Señor». La primera es una noción temporal, histórica, y en este texto suena como un campanazo. Ese «hoy» fija la atención sobre un punto determinado de la historia humana, que sucesivamente ha sido adoptado con razón como el centro de la historia. El nombre «Señor», en cambio, se refiere a Dios, que es eterno, infinito, ilimitado, sin sucesión de tiempo. El anuncio quiere decir entonces que el Eterno se hizo temporal, que entró en la historia. ¿Para qué?

Para que nuestra historia tuviera una dimensión de eternidad. Por eso es que los acontecimientos salvíficos, los que se refieren a la persona del Señor, son siempre presente. Ese «hoy» es siempre ahora. Es lo mismo que expresa San Juan en el Prólogo de su Evangelio, que hoy leemos en la Misa del día. Esta solemnidad, dada su importancia, tiene una Misa propia de la vigilia, otra Misa de media noche y otra Misa del día.

«La Palabra habitó entre nosotros»

El Prólogo del cuarto Evangelio parte del origen mismo, pone como sujeto la Palabra y, en frases sucesivas, aclara su esencia: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Este «principio» no hace alusión a ningún tiempo, porque se ubica antes del tiempo y está perpetuamente fuera del tiempo. El sujeto al que se refiere todo el texto de San Juan es «la Palabra» que es mencionado otras dos veces: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (v. 9). Y en el v. 14, el punto culminante de todo el desarrollo, el que explica todo, porque todo conduce hacia allí: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros». La Palabra, que es la Luz verdadera y cuya esencia es divina, es decir, espiritual, se encarnó. El intangible, invisible, impasible, atemporal se hizo, tangible, visible, sometido a padecimientos y temporal. Para decirlo breve: Dios se hizo hombre.

Es Jesús, quien es la Palabra del Padre. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se comprende y llega a plenitud toda la revelación. Por eso leemos en la Constitución Dei Verbum: «La economía cristiana, por ser alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor» . Es decir todo lo que el Padre quería revelarnos para nuestra salvación ya lo ha realizado en Jesucristo.

El hombre por su propia naturaleza está afectado por el tiempo, es decir, participa de esa característica que posee todo ser temporal: nacer, desarrollarse y, finalmente, fenecer. ¿Cómo puede hacer el hombre para entrar en la eternidad? El hombre vive de una vida natural cuyos procesos son el objeto de las ciencias naturales, la biología, la psicología, la sociología, etc. ¿Cómo puede hacer para poseer la vida divina y eterna sin que quede anulada su vida natural? Esto lo consigue el hombre mediante un acto que se cumple en el tiempo, pero le obtiene la eternidad. Este acto es la fe en Cristo, la fe en su identidad de Dios y Hombre, de eterno y temporal, de Hijo de Dios e Hijo de María.

«Vino a su casa y los suyos no la acogieron»

El texto continúa refiriéndose a «la Palabra» y menciona que los suyos no la acogieron, pero aquellos que sí lo hicieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. El nombre, en la Sagrada Escritura, está en el lugar de la identidad personal. Y esto lo repitió Jesús muchas veces en su vida. Citemos al menos una: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Y el mismo Juan en su carta explica: «Os he escrito estas cosas para que sepáis que tenéis vida eterna, vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios» (1Jn 5,13).

Jesucristo, en quien concurren la humanidad y la divinidad, es el único camino por el cual el hombre puede alcanzar a Dios. Lo enseñó Él mismo cuando dijo: «Yo soy el Camino… Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). No hay otro camino pues en ningún otro se juntan la naturaleza humana y la naturaleza divina, el tiempo y la eternidad; ningún otro es verdadero Dios y verdadero hombre. Y la aparición de esta posibilidad en el mundo es lo que celebramos hoy.

Es una posibilidad que está abierta también hoy y lo estará siempre pues «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre» (Heb 13,8). También hoy está abierta la opción de acogerlo o no acogerlo, de creer o no creer en Él. Si Jesús nació en un pesebre, «porque no había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,7), es porque quiso ubicarse en el grado más bajo de la escala humana, a nivel infrahumano. Lo hizo para que nadie se sienta excluido, ni siquiera el hombre más miserable, y todos tengan abierto el camino de la salvación. A todos, como a los pastores, se les anuncia: «Hoy os ha nacido un Salvador». ¡Acogedlo!

Una palabra del Santo Padre:

«“María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). De esta manera, simple pero clara, Lucas nos lleva al corazón de esta noche santa: María dio a luz, María nos dio la Luz. Un relato sencillo para sumergirnos en el acontecimiento que cambia para siempre nuestra historia. Todo, en esa noche, se volvía fuente de esperanza.

Vayamos unos versículos atrás. Por decreto del emperador, María y José se vieron obligados a marchar. Tuvieron que dejar su gente, su casa, su tierra y ponerse en camino para ser censados. Una travesía nada cómoda ni fácil para una joven pareja en situación de dar a luz: estaban obligados a dejar su tierra. En su corazón iban llenos de esperanza y de futuro por el niño que vendría; sus pasos en cambio iban cargados de las incertidumbres y peligros propios de aquellos que tienen que dejar su hogar.

Y luego se tuvieron que enfrentar quizás a lo más difícil: llegar a Belén y experimentar que era una tierra que no los esperaba, una tierra en la que para ellos no había lugar.

Y precisamente allí, en esa desafiante realidad, María nos regaló al Emmanuel. El Hijo de Dios tuvo que nacer en un establo porque los suyos no tenían espacio para él. «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Y allí…, en medio de la oscuridad de una ciudad, que no tiene ni espacio ni lugar para el forastero que viene de lejos, en medio de la oscuridad de una ciudad en pleno movimiento y que en este caso pareciera que quiere construirse de espaldas a los otros, precisamente allí se enciende la chispa revolucionaria de la ternura de Dios. En Belén se generó una pequeña abertura para aquellos que han perdido su tierra, su patria, sus sueños; incluso para aquellos que han sucumbido a la asfixia que produce una vida encerrada.

En los pasos de José y María se esconden tantos pasos. Vemos las huellas de familias enteras que hoy se ven obligadas a marchar. Vemos las huellas de millones de personas que no eligen irse sino que son obligados a separarse de los suyos, que son expulsados de su tierra. En muchos de los casos esa marcha está cargada de esperanza, cargada de futuro; en muchos otros, esa marcha tiene solo un nombre: sobrevivencia. Sobrevivir a los Herodes de turno que para imponer su poder y acrecentar sus riquezas no tienen ningún problema en cobrar sangre inocente.

María y José, los que no tenían lugar, son los primeros en abrazar a aquel que viene a darnos carta de ciudadanía a todos. Aquel que en su pobreza y pequeñez denuncia y manifiesta que el verdadero poder y la auténtica libertad es la que cubre y socorre la fragilidad del más débil.

Esa noche, el que no tenía lugar para nacer es anunciado a aquellos que no tenían lugar en las mesas ni en las calles de la ciudad. Los pastores son los primeros destinatarios de esta buena noticia. Por su oficio, eran hombres y mujeres que tenían que vivir al margen de la sociedad. Las condiciones de vida que llevaban, los lugares en los cuales eran obligados a estar, les impedían practicar todas las prescripciones rituales de purificación religiosa y, por tanto, eran considerados impuros. Su piel, sus vestimentas, su olor, su manera de hablar, su origen los delataba. Todo en ellos generaba desconfianza. Hombres y mujeres de los cuales había que alejarse, a los cuales temer; se los consideraba paganos entre los creyentes, pecadores entre los justos, extranjeros entre los ciudadanos. A ellos (paganos, pecadores y extranjeros) el ángel les dice: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11).

Esa es la alegría que esta noche estamos invitados a compartir, a celebrar y a anunciar. La alegría con la que a nosotros, paganos, pecadores y extranjeros Dios nos abrazó en su infinita misericordia y nos impulsa a hacer lo mismo.

La fe de esa noche nos mueve a reconocer a Dios presente en todas las situaciones en las que lo creíamos ausente. Él está en el visitante indiscreto, tantas veces irreconocible, que camina por nuestras ciudades, en nuestros barrios, viajando en nuestros metros, golpeando nuestras puertas.

Y esa misma fe nos impulsa a dar espacio a una nueva imaginación social, a no tener miedo a ensayar nuevas formas de relación donde nadie tenga que sentir que en esta tierra no tiene lugar. Navidad es tiempo para transformar la fuerza del miedo en fuerza de la caridad, en fuerza para una nueva imaginación de la caridad. La caridad que no se conforma ni naturaliza la injusticia sino que se anima, en medio de tensiones y conflictos, a ser «casa del pan», tierra de hospitalidad. Nos lo recordaba san Juan Pablo II: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!» (Homilía en la Misa de inicio de Pontificado, 22 octubre 1978)».

Papa Francisco. Homilía de Misa de Nochebuena. Domingo 24 de diciembre de 2017

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos dice el gran Papa San León Magno: «Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa. Que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos, nuestro Se¬ñor, en efecto, vencedor del pecado y de la muerte, así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido para salvarnos a todos. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca a la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es lla¬mado a la vida». ¡Vivamos hoy la alegría por el nacimiento de nuestro Reconciliador! Compartamos esta alegría en nuestra familia, en nuestro trabajo, con nuestros amigos, con las personas necesitadas.

2. Volvamos a lo esencial de la Navidad. Todo el resto se subordina a la gran verdad de nuestra fe: Navidad es Jesús. ¿Qué voy hacer en mi familia para que éste sea el mensaje central en estos días?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525-526.

Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

DOMINGO IV DE ADVIENTO

23 -29 de Diciembre del 2018

“Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”

Miq 5, 2-5: «El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh»

Así dice el Señor:

“Y tú, Belén de Efrata, aunque eres la más pequeña de todos los pueblos de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen se remonta a los tiempos antiguos, a los días pasados. Por eso, el Señor los abandonará hasta el momento en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y Él mismo será nuestra paz”.

Sal 79, 2-3.15-16.18-19: «Oh Dios, restáuranos; que brille tu rostro y nos salve»

Pastor de Israel, escucha,

tú que te sientas sobre querubines, resplandece.

Despierta tu poder

y ven a salvarnos.


Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó,

y que tú hiciste vigorosa.


Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tú fortaleciste.

No nos alejaremos de ti:

danos vida para que invoquemos tu nombre.

Heb 10, 5-10: «He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad»

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”».

Primero dice: “No quieres ni aceptas sacrificios, ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias”, que se ofrecen según la Ley. Después añade: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.

Con esto, Cristo suprime los antiguos sacrificios, para establecer el nuevo.

Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lc 1, 39-45: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y exclamó con voz fuerte:

— «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

NOTA IMPORTANTE

El pasaje evangélico narra el episodio de la visita de Santa María a Isabel. ¿Qué motivó a María a realizar este viaje imprevisto? Gabriel, el arcángel, le había manifestado que Isabel había concebido un hijo en su vejez, estando ya en el sexto mes de su embarazo «aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 36-37).

Enterada del embarazo de Isabel y en estado de buena esperanza ella misma, María se pone inmediatamente en camino y recorre «aprisa» los más de cien kilómetros de distancia que separaban Nazaret de la ciudad de Ain Carim, al noroeste de Jerusalén, donde vivían Isabel y Zacarías, su marido.

No mueve a María la incredulidad, es decir, el deseo de cerciorarse del milagro ocurrido a Isabel, sino la fe en el anuncio del arcángel, la certeza de que Isabel está ya en el sexto mes de su embarazo. Asimismo la impulsa en su marcha celera el natural deseo de querer compartir su desbordante alegría con quien sabe que podrá comprenderla. La impulsa también, y sobre todo, su deseo de servirla con un doble servicio: el servicio solidario de la atención solícita a quien necesita de su ayuda, y el servicio evangelizador, el deseo de anunciarle y transmitirle la Buena Nueva de la que Ella es portadora.

Isabel es extraordinariamente sensible a lo que ha sucedido. Tan pronto ve a María percibe que ella es Portadora de un Hijo excepcional, percibe que es «la Madre de mi Señor». En esta humilde Virgen de Nazaret se cumple así la antigua profecía de Miqueas, recogida en la primera lectura: ha llegado el tiempo en que «la madre dé a luz». Es su Hijo quien «en pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios». Más aún, el profeta anuncia que «Él mismo será nuestra paz», una Paz que procede de la cuádruple reconciliación que ha venido a obrar: la reconciliación del ser humano con Dios, consigo mismo, con los otros hermanos humanos y con la creación toda.

«¡Dichosa tú, que has creído!», exclama Isabel en una de las múltiples alabanzas que brotan espontáneamente de sus labios. Dichosa y feliz porque verdaderamente cree en Dios. María, plena de dicha y felicidad, es modelo de una fe madura, una fe que es asentimiento de la mente a lo que Dios revela, una fe que es adhesión cordial a Dios mismo, una fe que se transforma en acción decidida, según los designios manifestados por Dios. La fe de la Madre se expresa en la obras, en un “Sí” comprometido y sin reservas dado a Dios al servicio de sus designios reconciliadores.

En la segunda lectura la carta a los Hebreos nos habla de otro “Sí”, el “Sí” de la plena disponibilidad que pronuncia el Hijo, el “Sí” del Verbo divino que precede a su encarnación para cumplir el Plan salvífico y reconciliador del Padre. El Señor Jesús, el Verbo divino encarnado de María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Hijo de Santa María, ha venido a este mundo para llevar a cabo una misión reconciliadora. El modo como «entró en el mundo» fue encarnándose, asumiendo plenamente nuestra naturaleza humana, haciéndose uno como nosotros, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. De este modo Dios le “preparó un cuerpo” para poder ofrecerse a sí mismo como sacrificio expiatorio en el Altar de la Cruz.

El “Sí” del Hijo encontró en el “Sí” libre de la Madre la necesaria correspondencia y cooperación, haciendo posible la “entrada” del Hijo de Dios en el mundo.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hay diversos tipos de “prisa”. Por un lado está la prisa de María quien apenas tiene conocimiento del embarazo de su pariente Isabel se pone en marcha presurosa. La mueve el amor, el deseo de servir, y también el deseo de compartir con alguien que sabrá comprender muy bien su inmensa y desbordante alegría, el gozo exultante que experimenta por la Presencia encarnada del Verbo divino en su seno virginal. La prisa de María está llena del Señor y tiene presente lo esencial.

Miremos ahora a nuestro alrededor: vivimos en un mundo sumamente agitado, cada vez más “estresado”. Nosotros mismos participamos de esa vorágine que no se detiene, vivimos “aprisa”, con miles de cosas que hacer, con muchos “pendientes”, pero que a diferencia de la prisa de María nos despojan de lo esencial y nos arrojan a una vida superficial, epidérmica. Cada uno lleva su prisa, su propia premura. Más aún estos días, faltando ya poco para la celebración de la Navidad, parece que falta el tiempo para todo lo que hay que preparar: los regalos que hay que comprar, la cena que hay que preparar, las actividades en las que hay que participar, incluso las campañas de solidaridad, etc. Toda esta agitación puede arrebatarnos el espacio necesario para reflexionar, para meditar, para rezar, para no perder de vista lo esencial. No podemos olvidar que lo esencial es acoger al Señor que viene y llevarlo muy dentro, no podemos olvidar que la NAVIDAD ES JESÚS, no los regalos, la cena, ni siquiera la reunión familiar. ¿Puede haber Navidad si Cristo no nace en nosotros, si no hacemos silencio en el interior para acogerlo en el pesebre de nuestras mentes y corazones?

En lo que queda de este tiempo de Adviento procuremos acercarnos más a María, procuremos hacerlo con la misma sensibilidad de Isabel, para acompañarla en su espera y para aprender de las enormes lecciones que Ella nos da. Imitemos su prisa, esa que está llena del Señor y que se expresa en el deseo de servir a los demás con la misma caridad de Cristo, así como de anunciar al Señor Jesús y su Evangelio con una vida cristiana coherente, que irradia la luz de Cristo con sus buenas obras. ¿Cómo no vivir la misma prisa de María día a día, la prisa por anunciar a Cristo y difundir su Luz en medio de nuestros familiares, en medio de los hombres y mujeres de nuestra sociedad? Hagamos nuestra la prisa de saber que tenemos a Cristo y que necesitamos comunicarlo a cuantos más podamos, para que también, como Juan en el seno de su madre, muchos salten de gozo en el encuentro con el Hijo de Santa María.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Y no debe llamar la atención que el Señor —que había de redimir al mundo— empezase su obra por su propia Madre, a fin de que aquella, por la que se preparaba la salvación a todos, recibiese en prenda —la primera— el fruto de salvación».

San Beda

«Cuando María tiene noticia de la maternidad de su prima Isabel, ya anciana y estéril, se pone en camino. No por falta de fe en la profecía ni por dudar del anuncio, ni por dudar de los signos que le fueron dados, sino llena de alegría para cumplir un servicio entrañable. En la prontitud de la alegría, María se dirige hacia las montañas. Llena de Dios ¿podía no ir de prisa hacia las alturas? Los cálculos lentos no corresponden a la gracia del Espíritu Santo».

San Ambrosio

«Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras.

»Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios».

San Ambrosio

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El primer “encuentro” entre Juan y Jesús

717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» ( Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» ( Lc 1, 68).

Las palabras de Isabel a María

148: La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» ( Lc 1, 37) y dando su asentimiento: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» ( Lc 1, 38). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» ( Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (ver Lc 1, 48).

2676: «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. «Llena del Espíritu Santo» ( Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: «Bienaventurada la que ha creído...» ( Lc 1, 45): María es «bendita entre todas las mujeres» porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las «naciones de la tierra» ( Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

2677: Con Isabel, nos maravillamos y decimos: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» ( Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su Hijo, María es Madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como ella oró por sí misma: «Hágase en mí según tu palabra» ( Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: «Hágase tu voluntad».

CONCLUSION

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo C – 23 de diciembre de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,39-45

Cristo es el centro de toda la liturgia eclesial ya que celebramos su Misterio a lo largo de todo el año. Esta centralidad va adquiriendo acentos y matices según los tiempos y los momentos litúrgicos. Ya cercanos al nacimiento de Jesús, la figura de la Virgen María va adquiriendo un acento relevante en este Domingo. Ella es reconocida por su prima Isabel como la Madre del Señor (Lucas 1,39-45). La cuarta semana de Adviento nos recuerda la profecía de Miqueas (Miqueas 5,1- 4a) así como la disposición fundamental con la que el Verbo Divino entra al mundo: «he aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Hebreos 10,5-10).

La pequeña Belén

El profeta Miqueas, uno de los llamados profetas menores, fue contemporáneo de Isaías, Amós y Oseas (s. VII A.C.). Anunció sus mensajes tanto para Israel (Norte) como para Judá (Sur). Lo mismo que Amós; él acuso a los dirigentes, a los sacerdotes y a los profetas. Los recriminó por ser hipócritas y explotadores de sus hermanos; anunciando un eminente juicio de Dios. Sin embargo, también anunció un mensaje de esperanza y reconciliación. Prometió que Dios daría la paz deseada y que haría surgir, de la familia de David, un gran rey (5,3). Este nacería en la misma pequeña ciudad donde Samuel eligió a David para que sea el rey sucesor de Saúl: Belén de Efratá. En un solo versículo, Miqueas resume el mensaje fundamental del discurso profético: «Lo que Dios nos pide es que hagamos lo que es justo; que mostremos amor constantemente y que vivamos en humilde comunión con Dios» (6,8).

«He aquí que vengo hacer tu voluntad»

Jesús es el sumo sacerdote, perfecto y eterno según el orden de Melquisedec: santo sin pecado, garantiza el nuevo orden de Dios y nos trae la reconciliación definitiva. Él es constituido sumo sacerdote por su sacrificio irrepetible, de una vez para siempre. Como tal se sella la nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres. Su sacrificio reemplaza los sacrificios en el templo terrenal, porque su sangre realiza una salvación eternamente válida. Su sacrifico irrepetible era necesario ya que quitará los pecados que el culto imperfecto -de la antigua alianza- no podía quitar. Realizado año tras año el sacrificio del Antiguo Testamento era un recuerdo constante de que el pecado está siempre ahí, impidiendo el acceso a Dios.

En cambio, Jesucristo sabe que lo que agrada a Dios, el único homenaje que Él acepta es la obediencia plena a su Plan Amoroso (Hb 10,5). Por eso, al entrar en el mundo por la Encarnación y por su Muerte-Resurrección (Hb 1,6); hace ofrenda de su propio cuerpo y de su existencia mortal al Padre en el Espíritu Santo. Esta ofrenda sí es agradable a Dios, porque es el homenaje de la obediencia plena. Su eficacia redentora se manifiesta en que ha logrado el acceso a Dios como lo muestra el hecho de estar sentado a su derecha (Hb 10,12) legándonos así el don de la reconciliación. Por tanto, es necesario asirse de este Sumo Sacerdote, garantía de la esperanza cristiana.

El encuentro de dos mujeres

El Evangelio de hoy comienza con esta frase: «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá». Este comienzo necesita una explicación. Nadie se levanta y se dirige con prontitud a alguna parte a menos que haya un motivo que determine esa acción. En este caso, la actitud de María es la continuación natural y espontánea de algo que le dijo el ángel Gabriel cuando le anunció el nacimiento de Jesús acerca de su prima Isabel (ver Lc 1,36-37). María va porque siente la necesidad de congratularse con su pariente por tan feliz noticia. La mujer joven y llena de vida se alegra con la anciana porque también ésta ha sido hecha fecunda. El encuentro de María con Isabel tiene algo de singular. Las dos mujeres se encuentran por razón de los respectivos hijos que cada una lleva en su seno: Jesús recién concebido en el seno de María y Juan el Bautista ya de seis meses en el seno de Isabel.

Lo extraordinario es que uno es hijo de una joven «virgen» y el otro es hijo de una anciana «estéril». Como había dicho el ángel, «ninguna cosa es imposible para Dios». Se puede hablar de un auténtico encuentro de los dos niños aún no nacidos. De ambos celebrará la Iglesia el nacimiento . En Israel las personas mayores debían ser honradas por los jóvenes, según esta ley: «Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano» (Lev 19,32). En la visitación, en cambio, la mujer anciana y venerable no se siente digna ni siquiera de ser visitada por la joven: porque ¡esta joven es la «Madre de Dios»!

No conocemos el contenido del misterioso saludo de María, pero sí conocemos la respuesta de Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?». Ya entonces María es llamada Madre. Quiere decir que ya lleva en su seno a su hijo Jesús, el que había sido anunciado por el ángel. Podemos preguntar¬nos: ¿Cómo lo sabe Isabel? Y sobre todo, ¿cómo sabe Isabel la identidad del Niño concebido en María? Ella misma responde: «Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno». ¿Y esto le bastó para saber que María es la Madre del Señor? Y más aún, Isabel formula esta bienaventuranza: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». ¿De manera que sabe también las cosas que le fueron anunciadas a María?

Para responder a estas preguntas tenemos que fijarnos en la identidad de su propio hijo, de Juan. Cuando el ángel anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo Juan, le dijo: «Será grande ante el Señor…; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, los convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él» (Lc 1,13-18). Todo esto lo sabía muy bien Isabel. También sabía que Dios había prometido a su pueblo un salvador y que un mensajero iba a preparar el camino (ver Mal 3,1). Isabel comprendía que su hijo era ese mensajero enviado a preparar el camino del Señor. Por eso cuando siente que el niño salta de gozo en su vientre concluye: «Aquí está presente el Señor; viene en el seno de su Madre» y, movida por el Espíritu Santo, alaba a María llamándola «la Madre de mi Señor». Sabemos que tanto Zacarías como Isabel eran profundos conocedores de la Palabra de Dios. Ese conocimiento, fecundado por la acción del Espíritu Santo, es el que permite a Isabel percibir la acción de Dios y conocer la identidad de María y de su Hijo.

Llena del Espíritu Santo…

«Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamando con gran voz dijo…». Esta introducción a las palabras de Isabel nos invita a estar extraordinariamente atentos a lo que diga y a concederle todo su peso. En efecto, ella habla «llena de Espíritu Santo» y «a gran voz». Esto quiere decir que pronunciará palabras inspiradas. Deberemos analizarlas con mucha atención. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». Esta es la alabanza que los católicos repetimos innumerables veces al día cada vez que recitamos el Ave María. ¿Cómo es posible que Isabel bendiga primero a María y después a Jesús, el fruto de su vientre? Es que esta alabanza quiere evocar la que dirigió el sacerdote Ozías a Judit, después que ella le cortó la cabeza a Holofernes, el jefe de las tropas enemigas, y así salvó a Israel. Ozías dice a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra!» (Jud 13,18). El paralelismo es perfecto: María está en el lugar de Judit y el fruto de su vientre, en el de Dios, el Señor, Creador del cielo y la tierra.

Madre de Dios

Isabel agrega: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» Isabel no se considera digna de esta visita, precisamente porque la que viene es «la madre de mi Señor». Este es el título que Isabel, llena del Espíritu Santo, da a María. Esta expresión, ubicada en su contexto y traducida según su sentido, significa: «la Madre de Dios». El nombre de Dios, «Yahweh», con el cual Dios se reveló a Moisés, era inefable para un judío, es decir, por respeto, no se pronunciaba nunca. Cuando un escriba copiaba el texto bíblico y llegaba al nombre de Dios, que sin las vocales consta de cuatro letras, YHWH, debía dejar la pluma y lavarse las manos, en seguida escribir el tetragrama sagrado, y luego lavarse las manos de nuevo. Todo esto por respeto al nombre divino. Pero, al mismo tiempo, escribía un pequeño círculo sobre el tetragrama, que quiere decir: en la lectura sustituya esta palabra por la que se encuentra al margen. Y al margen escribía la palabra: «Adonai», que se traduce al griego «Kyrios» y al castellano «Señor».

Es más, Adonai tiene la terminación del posesivo: «Mi Señor». Este es el modo como se hablaba de Dios. Por eso en el Nuevo Testamento no aparece nunca el nombre divino Yahweh. Aparece siempre Kyrios, Señor. «La Madre de mi Señor» en boca de Isabel quiere decir, por tanto, la Madre de Dios. Una confirmación de esto se encuentra en la continuación de lo dicho por Isabel: «Bienaventurada tú que has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor».

El dogma de la maternidad divina de María fue definido en el Concilio Ecuménico de Éfeso (año 431). Allí se declaró que en Cristo, nuestro Señor, la naturaleza divina y la naturaleza humana concurrían sin confusión ni separación en la unidad de la Persona divina del Verbo, que es la segunda Persona de la Trinidad. Siendo María la madre de la Persona es y debe ser llamada «Madre de Dios». El Concilio continúa: «No es que primero haya nacido de la santa Virgen un hombre corriente sobre el cual después haya descendido el Verbo, sino que unido a la carne desde el mismo vientre, se sometió al nacimiento carnal, siendo el sujeto del nacimiento de su propia carne».

Una palabra del Santo Padre:

«Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, la liturgia quiere prepararnos para la Navidad que ya está a la puerta invitándonos a meditar el relato del anuncio del Ángel a María. El arcángel Gabriel revela a la Virgen la voluntad del Señor de que ella se convierta en la madre de su Hijo unigénito: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc1, 31-32). Fijemos la mirada en esta sencilla joven de Nazaret, en el momento en que acoge con docilidad el mensaje divino con su «sì»; captemos dos aspectos esenciales de su actitud, que es para nosotros modelo de cómo prepararnos para la Navidad.

Ante toda su fe, su actitud de fe, que consiste en escuchar la Palabra de Dios para abandonarse a esta Palabra con plena disponibilidad de mente y de corazón. Al responder al Ángel, María dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (v. 38). En su «heme aquí» lleno de fe, María no sabe por cuales caminos tendrá que arriesgarse, qué dolores tendrá que sufrir, qué riesgos afrontar. Pero es consciente de que es el Señor quien se lo pide y ella se fía totalmente de Él, se abandona a su amor. Esta es la fe de María.

Otro aspecto es la capacidad de la Madre de Cristo de reconocer el tiempo de Dios. María es aquella que hizo posible la encarnación del Hijo de Dios, «la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos» (Rm16, 25). Hizo posible la encarnación del Verbo gracias precisamente a su «sí» humilde y valiente. María nos enseña a captar el momento favorable en el que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta disponible y generosa. Y Jesús pasa. En efecto, el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, que tuvo lugar históricamente hace más de dos mil años, se realiza, como acontecimiento espiritual, en el «hoy» de la Liturgia. El Verbo, que encontró una morada en el seno virginal de María, en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de cada cristiano: pasa y llama. Cada uno de nosotros está llamado a responder, como María, con un «sí» personal y sincero, poniéndose plenamente a disposición de Dios y de su misericordia, de su amor. Cuántas veces pasa Jesús por nuestra vida y cuántas veces nos envía un ángel, y cuántas veces no nos damos cuenta, porque estamos muy ocupados, inmersos en nuestros pensamientos, en nuestros asuntos y, concretamente, en estos días, en nuestros preparativos de la Navidad, que no nos damos cuenta que Él pasa y llama a la puerta de nuestro corazón, pidiendo acogida, pidiendo un «sí», como el de María. Un santo decía: «Temo que el Señor pase». ¿Sabéis por qué temía? Temor de no darse cuenta y dejarlo pasar. Cuando nosotros sentimos en nuestro corazón: «Quisiera ser más bueno, más buena… Estoy arrepentido de esto que hice…». Es precisamente el Señor quien llama. Te hace sentir esto: las ganas de ser mejor, las ganas de estar más cerca de los demás, de Dios. Si tú sientes esto, detente. ¡El Señor está allí! Y vas a rezar, y tal vez a la confesión, a hacer un poco de limpieza…: esto hace bien. Pero recuérdalo bien: si sientes esas ganas de mejorar, es Él quien llama: ¡no lo dejes marchar!».

Papa Francisco. Ángelus IV Domingo de Adviento, 21 de diciembre de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Nos dice Orígenes: «”Bendita tú entre las mujeres”. Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino». ¿Qué voy a hacer para vivir estos días más cerca de María? Una forma podría ser leer y rezar los pasajes referidos a la Anunciación-Encarnación.

2. Recemos en familia el rosario en estos últimos días de nuestro Adviento.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 148-149. 2676-2679.

Estén alegres, el Señor está cerca

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee diciembre Ee 2018 a las 19:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE ADVIENTO


16-22 de Diciembre del 2018


“Estén alegres, el Señor está cerca”





Sof 3, 14-18: «El Señor se alegra con júbilo en ti»


Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha retirado la sentencia contra ti, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán a Jerusalén:

“No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”.


Is 12, 2-6: «Griten jubilosos: “Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”»


El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Den gracias al Señor, invoquen su nombre, cuenten a los pueblos sus hazañas, proclamen que su nombre es excelso.

Canten para el Señor, que hizo maravillas, anúncienlas a toda la tierra; griten jubilosos, habitantes de Sión: “Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”.


Flp 4, 4-7: «Estén alegres, el Señor está cerca»


Hermanos:

Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. Que todo el mundo los conozca a ustedes por su bondad. El Señor está cerca.

Que nada los preocupe; al contrario, en toda ocasión presenten sus peticiones a Dios, orando, suplicando y dando gracias.

Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.


Lc 3, 10-18: «¿Qué debemos hacer?»


En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

— «¿Entonces, qué hacemos?»

Él les contestó:

— «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

— «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?»

Él les respondió:

— «No exijan más de lo establecido».

A su vez algunos soldados le preguntaron.

— «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»

Juan les respondió:

— «A nadie extorsionen ni denuncien falsamente y conténtense con su sueldo».

Como el pueblo estaba a la expectativa, y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y dijo a todos:

— «Yo los bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano la horquilla para separar el trigo de la paja y recoger el trigo en su granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.


NOTA IMPORTANTE


El Adviento invita a todos los bautizados a la vigilancia, a preparar el camino al Señor, a una mayor conversión porque Él viene, porque «el Señor está cerca». La presencia ya cercana del Señor ha de ser al mismo tiempo la causa de una alegría creciente, de una alegría intensa para el creyente. Es a esa alegría a la que invita el apóstol Pablo cuando escribe a los filipenses: «Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres... El Señor está cerca».


La invitación al gozo exultante por la presencia próxima de Dios la encontramos también en la primera lectura: «Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén... El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva» (Sof 3, 14.17). El profeta Sofonías invitaba a los habitantes de Jerusalén al júbilo exultante porque Dios mismo con su visita traería pronto la salvación a su pueblo. En este llamado la tradición cristiana reconoce el anuncio profético de una presencia y acción salvadora de Dios de muchísima mayor trascendencia. Se trata del anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios, el Señorque viene a salvar y reconciliar a la humanidad entera. En la Virgen María, la hija de Sión por excelencia, encuentra especial eco aquella invitación de Sofonías, pues aquella misma invitación a exultar de gozo por la cercanía y presencia salvadora del Señor es la que ella escuchó al recibir el saludo del arcángel enviado por Dios en el momento de la Anunciación-Encarnación: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 2).


Tomar conciencia de la venida y presencia ya cercana del Señor no sólo es causa de una alegría creciente, sino que mueve espontáneamente a la preparación: quien espera, al tiempo que se alegra pensando ya en el momento del encuentro, dispone todo para que ese encuentro se dé plenamente, para que sea un momento intenso. El Bautista era aquella “voz del desierto” que llamaba a sus contemporáneos a preparar el camino al Señor, a cambiar de conducta, a convertirse del mal. Con su predicación movía los corazones al arrepentimiento, suscitando el deseo de cambio en sus vidas. Muchos, al escuchar su encendida prédica, se acercaban a él para preguntarle: “¿Qué hemos de hacer?” (Lc 3, 10). ¿Qué acciones concretas debemos realizar? La conversión exige obras justas según la condición de cada cual, su propia función en la sociedad.


A “la gente” en general el Bautista recomienda compartir sus bienes con los necesitados, vestidos o alimentos. Era la misma antigua recomendación de los profetas (ver Is 58, 6-7). Es la exigencia de la caridad que lleva a vivir la solidaridad con quien carece de lo básico. Lleva a acciones concretas como partir el pan con el hambriento y a cubrir a quien ve desnudo. Todo aquel que quiere recibir adecuadamente al Señor debe obrar de este modo, debe vivir la solidaridad con el prójimo en necesidad, pues «si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de ustedes les dice: “Vayan en paz, caliéntense y hártense”, pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Stgo 2, 15-17; ver también: Mt 25, 34-36; 41-43).


A los publicanos les recomienda no exigir más de lo debido. Los publicanos eran los cobradores de impuestos. Los judíos que prestaban este servicio eran especialmente odiados por los suyos, puesto que trabajaban para los romanos, constituyéndose por ello en colaboradores de un pueblo pagano que tenía sometido al Pueblo de Dios. La gravedad de su pecado los hacía “impuros”. Los publicanos se enriquecían cobrando normalmente “más de lo establecido”, es decir, ellos cobraban más de la cantidad que los romanos les exigían para tener un margen de ganancia, muchas veces abusivo.


A los soldados les recomienda no abusar de su fuerza, tentación propia de aquellos que se apoyan en sus músculos y en el poder de las armas. Cada soldado es responsable de poner su fuerza al servicio del bien y de la justicia, no de la injusticia, de la extorsión, del chantaje, del mal. “Contentarse con su paga” puede acaso referirse también a aquellos soldados o elementos del orden que debido a una paga a veces insuficiente aceptan sobornos con el fin de encubrir, proteger o defender a quienes corrompen la sociedad.


El Bautista causó una fuerte conmoción en Israel con su figura profética así como por el anuncio de la cercanía del Reino de Dios. Su autoridad era grande, al punto que muchos se preguntaban si él no sería el Mesías (ver Lc 3, 5ss). Él responderá con toda humildad, muy consciente de su propia identidad y misión: «Yo los bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo… Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3, 16). No es Él el Mesías, sino el precursor, aquel que va preparando el camino a Aquel que viene.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Juan llama a la conversión, al cambio de vida, a abandonar el sendero que conduce a la muerte y recorrer el camino que conduce a la Vida. Muchos al escucharlo se estremecen y profundamente cuestionados por su predicación acogen su llamado y le preguntan: “¿qué debemos hacer?”. El reconocimiento humilde de los pecados cometidos, el verdadero arrepentimiento lleva a un serio propósito de enmienda, a querer cambiar de conducta y poner medios concretos y proporcionados. Quien se toma en serio la invitación a la conversión se dispone con todo su ser a la acción en la línea del recto obrar, a procurar seriamente la adquisición de las virtudes que resplandecen en el Señor Jesús y en su Santa Madre.


“¿Qué debo hacer?”. Esa es también la pregunta que continuamente debemos dirigirle al Señor y a aquellos que el Señor pone en nuestro camino para ayudarnos a preparar el camino del corazón al Señor. ¡Qué importante es escuchar al Señor, sus enseñanzas! ¡Que importante también es buscar el consejo de personas experimentadas en el camino de la vida cristiana, de hombres o mujeres sabios y prudentes, llenos de Dios e inspirados por el Espíritu!


Recurrir a buenos consejeros es fundamental en el propio caminar para no tropezar o desviarnos del recto camino. Y es que muchas veces nuestras propias pasiones, afectos desordenados, caprichos, la soberbia de creer que “yo sé mejor qué camino debo recorrer”, la influencia de los criterios mundanos, los apegos a propios planes y demás, nos vuelven ciegos para reconocer y recorrer sin tropiezos el camino que conduce a la verdadera vida y felicidad. Para que eso no ocurra, son necesarios los guías que con sus consejos nos devuelven la vista y nos ayudan a caminar por el camino que conduce a la Vida.


Así, pues, el Evangelio de este Domingo nos deja como lección para la vida cristiana la necesidad de escuchar al Señor para hacer lo que Él nos diga, así como de buscar las orientaciones de un buen consejero a fin de obrar rectamente. De ese modo preparamos el camino al Señor para que venga y habite en nuestros corazones: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«La verdadera alegría se encuentra donde dijo San Pablo: En el Señor. Las demás cosas, a parte de ser mudables, no nos proporcionan tanto gozo que puedan impedir la tristeza ocasionada por otros avatares. En cambio, el temor de Dios la produce indeficiente porque quien teme a Dios como se debe a la vez que teme confía en Él y adquiere la fuente del placer y el manantial de toda la alegría». San Juan Crisóstomo


«Como acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en aquellas perseveren. Por ello, añade el Apóstol: Os lo repito, estad alegres.


»Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El precursor


717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 6).


718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).


719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).


720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo Nacimiento


CONCLUSION


«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo»


Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento.


Ciclo C – 16 de diciembre de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 3,10-18


Las lecturas en este tercer Domingo de Adviento son un adelanto a la alegría que vamos a vivir el día de Navidad. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el dominio asirio y la idolatría y podrán así rendir culto a Yahveh con libertad Sofonías 3,14-1. Alegría constante y desbordante de los cristianos de Filipo porque la paz de Dios «custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4, 4-7). Alegría y esperanza que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías Salvador, que instaurará con su venida el reino de justicia y amor prometido al pueblo elegido y a toda la humanidad (San Lucas 3,10-1).


«Como el pueblo estaba a la espera…»


Cuando Juan el Bautista comenzó su predicación se respiraba en el ambiente la convicción de que la Salvación de Dios estaba a punto de revelarse. Lo dice el Evangelio de hoy: «El pueblo estaba a la espera…» (Lc 3, 15). Es más, se pensaba que el Cristo, el Ungido de Dios enviado para salvar a su pueblo, ya estaba vivo en alguna parte y bastaba que comenzara a manifestarse. Lucas anota con precisión un dato que ha determinado toda la cronología: «Jesús, al comenzar, tenía unos treinta años» (Lc 3,23). Los mayores tenían que recordar aquel rumor que se había difundido treinta años antes sobre ciertos pastores que aseguraban haber oído este anuncio: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). El anciano Simeón debió ser un personaje conocido en los ambientes del templo. Y bien, de él se recordaba que antes de morir había dicho que había visto al Salvador (ver Lc 2,29-30). Había también una profetisa, Ana, que no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día. Ella tuvo ocasión de ver al niño Jesús, recién nacido, cuando fue presentado por sus padres en el Templo ver Lc 2,3. Los que la habían oído tenían que recordar a ese niño.


Sin embargo, la situación no podía ser peor ya que Israel estaba bajo dominio extranjero y era obligado a pagar un pesado tributo. Roma entraba en todo y controlaba todo, incluso las finanzas del templo y hasta el culto judío. La fortaleza Antonia estaba edificada adyacente al templo y desde sus murallas se mantenía estrecha vigilancia de todo lo que ocurría en los atrios del lugar sagrado; en la fortaleza se conservaba bajo custodia del comandante romano la costosa estola del Sumo Sacerdote y su uso era permitido sólo cuatro veces al año en las grandes fiestas; dos veces al día se debía ofrecer en el templo un sacrificio «por el César ypor la nación Romana». Dios había prometido a Israel un rey ungido como David (Christós), que los salvaría de la situación a que estaban reducidos. Si alguien esperaba el cumplimiento de esa promesa, era éste el momento. En el Evangelio de hoy distinguimos claramente tres partes: la orientación de Juan a tres grupos muy bien diferenciados (10-14); la presentación que Juan hace de sí mismo ante la expectativa del pueblo (15 -16a) y el explícito anuncio del Mesias 16b-1.


«¿Qué debemos hacer?»


La pregunta obvia de la gente que rodeaba al Bautista es: «¿Qué debemos hacer?». Juan da instrucciones para cada categoría de personas ya que los intereses eran muy diferentes. La respuesta de Juan no es un altisonante discurso, pero tampoco es una “recetita” de agua tibia para tranquilizar la conciencia. En los tres casos la catequesis tiene un denominador común: el amor solidario y la justicia. Todos estamos llamados a practicar la solidaridad: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo». A los publicanos o recaudadores de impuestos les dice: «no exijáis más de lo debido». Por lo tanto, justicia y equidad. A los soldados: «no hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias falsas, sino contentaos con la paga».


Consejos que, sin duda, tienen una tremenda actualidad. Ambas profesiones tenían muy mala fama en Israel y eran objeto del desprecio religioso por parte de los puritanos fariseos. Los publicanos recaudaban los impuestos para los romanos, y tendían a exigir más de lo debido en beneficio propio. Los soldados solían abusar de su poder buscando dinero por medios ilícitos y extorsionando a la gente. Pues bien, sorprendentemente el Bautista no les dice que, para convertirse, han de abandonar la profesión, sino que la ejerciten honradamente. Para ellos la conversión efectiva será pasar de la injusticia y del dominio al amor a los demás, expresado en el servicio y la justicia.


¿Eres tú el Cristo…?


El pueblo estaba realmente expectante y todos se preguntaban si Juan no sería el mesías. La figura «heterodoxa» del profeta en el desierto, que no frecuentaba el templo de Jerusalén ni la sinagoga en día sábado; suscitó un fuerte movimiento religioso. Para unos el mesías esperado debía de implantar un nuevo ordenamiento religioso y social; para otros, era el profeta Elías redivivo, quien según la tradición judía volvería al comienzo de los tiempos mesiánicos (ver Mal 3,23; Eclo 48,10); y todavía para unos terceros era el profeta por antonomasia, es decir Moisés reencarnado. Pero Juan les declara a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene elque es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Era propio de los esclavos el quitar y poner el calzado a sus señores. Y así lo que Juan nos dice es que él ni siquiera es digno de desatar la correa de los zapatos al Señor, ni aún como esclavo.


Juan se puso entonces a bautizar invitando a la conversión. Y lo hacía en términos un tanto alarmantes: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego». Esto provocó en los oyentes la reacción que era de esperar y de ahí la pregunta sobre que deberían hacer. Notemos que aunque esté en el umbral del Nuevo Testamento, Juan todavía pertenece al Antiguo Testamento y, por tanto, la norma de conducta que enseña no es aún la norma evangélica. Y, sin embargo, debemos reconocer que nosotros ni siquiera observamos esa norma, pues aún hay muchos que no tienen con qué vestirse ni qué comer, mientras a otros les sobra. Si no observamos la norma de Juan, ¿qué decir de la norma de Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»? Ésta es la norma que tenemos nosotros para que la segunda venida de Cristo nos encuentre velando y preparados. Para cumplirla debemos examinar «cómo nos amó Jesús» y vivir de acuerdo a su ejemplo. Pero esto es imposible a las fuerzas humanas abandonadas a sí mismas; es necesaria la acción del Espíritu Santo, el mismo que Juan vio descender sobre Jesús y que le permitió reconocerlo como el que ahora iba a bautizar con Espíritu Santo.


¡Alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén!


En la Primera Lectura leemos una invitación al gozo y la alegría mesiánica. Sofonías es un profeta durante el reinado del rey Josías que después de los tristes años de decadencia religiosa, bajo el reinado de Manasés (693-639 A.C.), es reconocido como el continuador de las reformas religiosas de su bisabuelo Ezequías. Sin embargo, el rey en su intento de detener las tropas del Faraón, que corría en auxilio de Asiría, fue muerto en el combate. El pueblo, escandalizado por aquel aparente abandono de Dios, vuelve a las prácticas paganas. Sofonías siente acercarse el día de la «gran cólera» pero concluye con una profecía de esperanza y anuncia una edad de oro para Israel. El Señor se hace presente en medio de su pueblo porque lo ama, por eso invita al pueblo que grite de alegría y de júbilo. El texto que hemos leído es aplicado a nuestra Madre María, la «hija de Sión» por excelencia; cuyo eco repite el saludo del ángel Gabriel en la Anunciación: «! Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!» (Lc 1.


Un mandamiento de alegría


En el pasaje de la carta a los filipenses vemos como se une la mesura a la serenidad y a la paz; y como todas ellas se fundamentan en el cercano encuentro con el Señor Jesús. Es probable que, en el momento de escribir y recibir la carta, tanto San Pablo como los filipenses pensasen en una proximidad cronológica, es decir, en que la venida gloriosa de Jesucristo para clausurar la historia, la llamada “parusía” del Señor, estaba realmente cercana. A nosotros, por otro lado, nos bastaría pensar en la real presencia del Señor ya que Él «está con nosotros todos los días hasta el final del mundo» (Mt 28,20); para que de este modo nuestra existencia esté llena de esperanza y de alegría. La tristeza no nos podrá dominar si sabemos dar razón de nuestra esperanza y vivir de acuerdo a ella. «La alegría es el gigantesco secreto del cristiano» nos decía G.K. Chesterton.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, caracterizado por la invitación de san Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres» (Fil 4, 4-5). No es una alegría superficial o puramente emotiva a la que nos exhorta el apóstol, y ni siquiera una mundana o la alegría del consumismo. No, no es esa, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la cual estamos llamados a redescubrir su sabor. El sabor de la verdadera alegría. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras que esperamos a Jesús, que ya ha venido a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María. La liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría. Isaías habla de desierto, de tierra árida, de estepa (cf. 35, 1); el profeta tiene ante sí manos débiles, rodillas vacilantes, corazones perdidos, ciegos, sordos y mudos (cf. vv. 3-6). Es el cuadro de una situación de desolación, de un destino inexorable sin Dios.


Pero finalmente la salvación es anunciada: «¡Ánimo, no temáis! —dice el profeta— […] Mirad que vuestro Dios, […] Él vendrá y os salvará» (cf. Is 35, 4). Y enseguida todo se transforma: el desierto florece, la consolación y la alegría inundan los corazones (cf. vv. 5-6). Estos signos anunciados por Isaías como reveladores de la salvación ya presente, se realizan en Jesús. Él mismo lo afirma respondiendo a los mensajeros enviados por Juan Bautista. ¿Qué dice Jesús a estos mensajeros? «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Mt 11, 5). No son palabras, son hechos que demuestran cómo la salvación traída por Jesús, aferra a todo el ser humano y le regenera. Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestraexistencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y donarnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esta intervención de salvación y de amor de Dios.


Estamos llamados a dejarnos llevar por el sentimiento de exultación. Este júbilo, esta alegría… Pero un cristiano que no está alegre, algo le falta a este cristiano, ¡o no es cristiano! La alegría del corazón, la alegría dentro que nos lleva adelante y nos da el valor. El Señor viene, viene a nuestra vida como libertador, viene a liberarnos de todas las esclavitudes interiores y exteriores. Es Él quien nos indica el camino de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia porque, a su llegada, nuestra alegría será plena».


Papa Francisco. Ángelus en el III domingo de Adviento. 11 de diciembre de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Nos dice Santo Tomás de Aquino: «El amor produce en el hombre la perfecta alegría. En efecto, sólo disfruta de veras el que vive la caridad». ¿Soy una persona alegre?


2. El mensaje de Juan el Bautista es muy claro. ¿Soy una persona justa? ¿Soy solidario con mis hermanos o encuentro en mi corazón resquicios de discriminación hacia mis hermanos?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 30. 673-674. 840. 1084-1085. 2853.


!GLORIA A DIOS!

Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee noviembre Ee 2018 a las 20:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE ADVIENTO


2-8 de Diciembre del 2018


“Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo”




Jer 33, 14-16: “Haré brotar para David legítimo descendiente”


«Miren ustedes que llegan días —Oráculo del Señor— en que cumpliré la promesa que hice a los habitantes de Israel y de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, haré brotar para David un legítimo descendiente que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia”».


Sal 24, 4-5.8-10.14: “A Tí, Señor, levanto mi alma”


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.


1Tes 3, 12-4, 2: “Que Él fortalezca sus corazones, para cuando Jesús vuelva”

Hermanos:

Que el Señor los colme y los haga crecer y progresar en el amor mutuo y en el amor a todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes.

Que Él fortalezca sus corazones para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, ustedes se presenten ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios; procedan así y sigan adelante.

Ya conocen las instrucciones que les hemos dado, en nombre del Señor Jesús.


Lc 21, 25-28. 34-36: “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan”


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, pues los astros temblarán.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación.

Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre ustedes; ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo, para escapar de todo lo que ha de ocurrir y puedan mantenerse en pie ante el Hijo del hombre.


NOTA IMPORTANTE


La promesa de un Mesías que traerá la reconciliación y la paz a la humanidad es de muy antiguo. La primera promesa la encontramos ya en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3, 15). A este pasaje se le ha llamado el proto-evangelio, es decir, el primer anuncio de la Buena Nueva.


Para cumplir aquella antigua promesa Dios se formó y preparó un pueblo en el transcurso de la historia. Por medio del profeta Jeremías (n. aprox. 650 a.C.) anunció que haría brotar de este pueblo un “Germen justo” (1ª. lectura), descendiente de David, el gran rey de Israel (aprox. 1010-970 a.C.). Él habría de ejercer «la justicia y el derecho en la tierra», trayendo la salvación a Judá y la seguridad a Jerusalén.


En el Señor Jesús se cumplen estas profecías. Él es el descendiente de la Mujer, Aquel que por su Cruz y Resurrección ha pisado la cabeza de la serpiente, ha vencido al Demonio y quebrantado su dominio, recreando y reconciliando al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con toda la creación. Él es aquel “Germen justo” de la descendencia de David que en su primera venida trajo la salvación a la humanidad entera.


En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús anuncia a sus discípulos que al final de los tiempos volverá nuevamente con gloria: «verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». En espera de este acontecimiento final en la historia de la humanidad, de cuyo momento afirma rotundamente que nadie sabe el día o la hora, el Señor exhorta a estar siempre vigilantes y perseverantes en oración para no desfallecer, para poder soportar el rigor de aquel día, poder permanecer «en pie ante el Hijo del hombre» y ser hallados justos en su presencia.


Esta perspectiva puede inspirar terror. Sin embargo, las palabras del Señor son también sumamente alentadoras: «Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación». Por liberación o redención quiere indicar el Señor la acción poderosa de Dios en la historia de la humanidad para rescatar a sus elegidos. Se acerca, pues, el triunfo definitivo de Dios, la liberación final y el rescate de todos sus elegidos.


Luego de este anuncio el Señor exhorta también a la vigilancia: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida». El discípulo debe ejercer una continua vigilancia sobre sí mismo, sobre su “corazón”, sobre sus conductas morales. Para ejercer esta vigilancia es necesario examinarse continuamente, aplicarse a uno mismo sin desmayo. ¿A qué hay que estar atentos? A que el propio corazón no se embote y se haga pesado. Por “corazón” en la mentalidad hebrea se entendía la sede de todos los pensamientos y sentimientos, centro o núcleo de todo aquello que la persona es, de su ser y de sus facultades. Hay que cuidar que la persona no se haga pesada por la craipalé, por la méthe y por las merímnais biótikais. Antes que por “exceso de comida” craipalé se traduce por crápula, es decir, una vida disipada, libertina, dada al vicio, disoluta e inmoral. Ciertamente las comilonas o exceso de comida forman parte de esa vida disoluta, pero no engloban todo lo que esta expresión quiere decir. Methé se traduce bien por borracheras, así como merímnais biótikais por preocupaciones de la vida, aunque preocupación acá tiene la carga de ansiedad, es decir, una preocupación excesiva y acaso única por todo lo que pertenece a la vida y sus asuntos.


Dado que el Señor vendrá de improviso, como una trampa que de un momento a otro cae inesperadamente sobre quien anda desprevenido, es necesario “despertar” y mantenerse en vela, atentos y preparados en todo momento. El Apóstol Pablo exhorta en ese sentido a los cristianos de Tesalónica a que progresen y sobreabunden «en el amor mutuo y en el amor a todos los demás» (2ª. lectura). De ese modo estarán preparados para presentarse «ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables», cuando el Señor venga con todos sus santos. Asimismo exhorta a los cristianos a que, en vistas a la última Venida del Señor, vivan como conviene vivir «para agradar a Dios», y que progresen siempre más, según las enseñanzas del Señor ya recibidas.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Estoy preparado si hoy sobreviniese aquel día grande y terrible que anuncia el Señor al fin de los tiempos, aquel día en que Él vendrá glorioso entre las nubes? El fin del mundo, meditábamos hace dos Domingos, es muy probable que sea para mí la hora de mi muerte. ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad?


El Señor mismo nos da una clave fundamental en el Evangelio del Domingo: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida» (Lc 21, 34). Conviene revisarnos:

¿Se ha entorpecido mi corazón por el “libertinaje”? ¿Es mi regla hacer “lo que me da la gana”, dejándome llevar adonde mis pasiones o impulsos me lleven? ¿Tomo mi libertad como un «pretexto para la carne» (Gál 5, 13), despreciando la virtud de la castidad que todo cristiano está llamado a vivir? ¿Hago de mi libertad «un pretexto para la maldad» (1 Pe 2, 16)? ¿Digo “soy libre de hacer lo que quiero” para justificar cualquier vicio o conducta que va contra cualquiera de los mandamientos divinos?


¿Se ha entorpecido mi corazón por la “embriaguez”? El beber alcohol en exceso es un camino fácil para olvidar las penas, evadir la realidad dolorosa que no queremos afrontar. ¿Cuántas veces asumo una actitud de evasión frente al Señor que toca a la puerta de mi corazón? ¿Cuántas veces sencillamente “no quiero” encontrarme con el Señor y huyo de su Presencia, huyo de la oración profunda, porque sé que el verdadero encuentro con Cristo exige cambios o renuncias que no estoy dispuesto a asumir, que demanda despojarme de ciertas “riquezas” o “seguridades” que no quiero soltar? ¿Busco pasarla bien con alegrías y gozos superficiales y pasajeros, o con vicios y compensaciones que al pasar su efecto no hacen sino evidenciarme más aún el vacío en el que vivo?


¿Se ha vuelto pesado mi corazón por las preocupaciones de la vida cotidiana? ¿Cuánto me dejo absorber por las preocupaciones diarias que terminan ahogando la Palabra y su eficacia en mí? El Señor advierte claramente sobre el efecto de esas preocupaciones de la vida cotidiana sobre su Palabra sembrada en mi corazón: «El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13, 22; ver Mc 4, 19). ¡Cuántas cosas nos preocupan, acaso muy lícitamente, preocupaciones que sin duda debo atender! Pero el corazón se hace pesado cuando nos dejamos agobiar o absorber por estas preocupaciones de tal modo que perdemos de vista el horizonte de eternidad y dejamos de lado lo más importante: buscar el Reino de Dios y su justicia (ver Mt 6, 33-34).


El Adviento es un tiempo que nos invita a aligerar nuestros corazones de todo aquello que ha hecho pesada nuestra marcha hacia el encuentro definitivo con el Señor. Él viene y yo finalmente me encontraré con Él. Vivir de cara al Señor que viene no significa de ningún modo desentenderse de las realidades de este mundo, sino darles su justo valor y peso, así como trabajar por instaurarlo todo en Cristo, para construir una Civilización del Amor en la que todos los seres humanos caminen hacia el encuentro definitivo con su Señor.


EL PADRES DE LA IGLESIA


«Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman». San Gregorio Magno


«En cuanto a ti, hijo mío, ¿hasta cuándo serás negligente? ¿Cuál es el límite de tu negligencia? Este año es como el año pasado y hoy es como ayer. Mientras seas negligente, no habrá ningún progreso para ti. Sé sobrio, eleva tu corazón. Deberás comparecer delante del tribunal de Dios y rendir cuentas de lo que has hecho en lo secreto y de lo que has hecho públicamente. Si vas a un lugar donde se combate la guerra, la guerra de Dios, y si el Espíritu de Dios te exhorta: “No te duermas en este lugar, porque hay insidias”, y el diablo por su parte te susurra: “Cualquier cosa que te suceda, es la primera vez, o si has visto esto o aquello, no te aflijas”; no escuches sus astutos discursos... He aquí que has aprendido que Dios no les ha ahorrado (pruebas) a los santos. Vigila, entonces, sabes las promesas que has hecho, huye de la arrogancia, arranca de ti mismo al diablo para que él no te arranque los ojos de tu inteligencia y te deje ciego, de modo que no conozcas más el camino de la ciudad, el lugar donde vives. Reconoce de nuevo la ciudad de Cristo, dale gloria porque ha muerto por ti». San Pacomio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» (Sal 27, 8).


2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil» (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


2863: Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.


CONCLUSION


Estad en vela, pues, orando en todo tiempo»


Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento.

Ciclo C – 2 de diciembre de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 25-28.34-36


Con el primer Domingo de Adviento iniciamos un nuevo año litúrgico (ciclo C). El Adviento es el tiempo que nos hace vivir la venida de Cristo y nos recuerda que estamos en la «plenitud de los tiempos» . El primer Domingo de Adviento en los tres ciclos litúrgicos pone ante nuestros ojos la venida gloriosa de Cristo al final delos tiempos, y así se relaciona con los últimos Domingos del año, en que meditábamos sobre el fin de la historia y su recapitulación en Jesucristo. «Vienen días», leemos en la Jeremías 33, 14-16 , «en que haré brotar para David un Germen justo». Jesús, en el discurso escatológico de San Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses, San Pablo les exhorta a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos (Tesalonicenses 3,12- 4,2).


«Motus in finem velocior»


El tiempo parece adquirir mayor celeridad a medida que pasan los años. Es opinión común que el correr del tiempo lo percibe más claramente un adulto o un anciano que un niño. En ciertos momentos en que las circunstancias obligan a recapacitar sobre el tiempo, por ejemplo, cuando recurre el aniversario de un hecho, es frecuente escuchar a las personas mayores decir: «Parece que fue ayer cuando ocurrió ese hecho». Es porque cuando falta poco para llegar al fin de una cosa el movimiento parece precipitarse hacia él. Esto lo expresaba magistralmente Santo Tomás de Aquino en una de sus frases lapidarias: «Motus in finem velocior» (el movimiento en la proximidad del fin se hace más veloz). En estos últimos años, en el espacio de nuestra vida, los cambios en el mundo se han vuelto vertiginosos. Ya casi no se puede imaginar una velocidad mayor. Es oportuno pensar en la aceleración que precede al fin.


Justamente el Evangelio nos indica las «señales» que anticiparán ese fin: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas… morirán los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas». Podemos decir: no sólo sacudidas, sino que pasarán. Entonces ocurrirá el hecho asombroso: «Verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran fuerza y gloria». Vendrá una fuerza mayor que las fuerzas de los cielos. Es la Parusía , la venida final de Cristo. Este hecho será horroroso para unos, y será gozoso para otros. Entre éstos últimos se cuentan los apóstoles y los que creen en Jesús y lo aman. A éstos les dice: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación (redención)». El hombre, aun el más fiel a Dios, vive herido por el pecado y sometido a diversas influencias y poderes terrenos. Entonces será liberado y podrá vivir plenamente en la libertad de los hijos de Dios. Todo esto ocurrirá cuando vuelva Cristo, cuya venida anhelamos con intenso amor. El tiempo de Adviento tiene la finalidad de mantener viva esta esperanza.


El Señor indica en seguida cuál debe ser el espíritu en que hay que vivir el Adviento. Todo debe estar marcado por la expectativa de Cristo. Por eso advierte: «Que no se hagan pesados vuestros corazones». Y enumera tres cosas que distraen de la espera del Señor: «el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida». Quien vive en el libertinaje, en la disolución de las costumbres y en la promiscuidad sexual, quien vive enajenado por el alcohol, la droga, la pornografía o cualquier otra adicción, quien vive preocupado por adquirir siempre más bienes de esta tierra encandilado por el espejismo del consumismo y de los negocios de este mundo, está distraído y no espera la venida del Señor. Sobre éstos «vendrá el Día de improviso, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra». Jesús habla de un momento de la historia, un momento preciso que vendrá y que Él llama simplemente «el Día». Ese Día tiene una sola característica cronológica cierta: ¡está cada vez más cerca!


Por eso Jesús propone otra serie de advertencias, esta vez en modo positivo: «estad en vela, orando en todo momento». Esta es la actitud propia del Adviento. El tiempo del Adviento debe ser un tiempo de penitencia y de sobriedad en el uso de los bienes de este mundo para que no nos distraigan con su engañador brillo y se vuelva pesado nuestro corazón. Debe ser un tiempo de oración en que digamos constantemente a Cristo: «¡Ven, Señor Jesús!». Jesús no se contenta con recomendarnos la oración en algunos momentos del día, sino «en todo momento». El Adviento debe despertar en nosotros esta expectativa con respecto a Cristo y a su venida. Si lo esperamos de esta manera -nos dice Jesús- «podréis estar en pie delante del Hijo del hombre».


«El amor de unos con otros»


Termina San Pablo su primera carta a los hermanos de Tesalónica con una reiterada acción de gracias, un deseo y una súplica. Acción de gracias porque está completamente seguro de que las buenas noticias que le han hecho vivir de nuevo no serían tales sin la intervención de Dios. Un deseo ardiente de volver a verlos porque, a pesar de que la comunidad se mantiene en la fe y progresa en el amor, resta aún mucha tarea por hacer. Y una súplica en la que San Pablo, ya desde su primera carta, quiere dejar bien claro cuál es lo más importante en la vida cristiana: no otra cosa sino «progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros».


Para Pablo le queda absolutamente claro que ese amor bebe directamente del amor de Jesús por nosotros. Un amor desinteresado, comprometido y práctico que no suponga en ningún caso una huida de los problemas concretos del mundo presente, sino que los asuma plenamente. Es, en última instancia, el amor vivido en obras(ver Mt 25,31-46) y que en el día del encuentro final se constituirá en juez único e inapelable del hombre y de la historia. Solamente la sobreabundancia del amor fraterno podrá hacer fuerte «el corazón» de aquellos que serán encontrados santos e irreprochables (intachables, impecables, probos, limpios) ante Dios.


GLORIA A DIOS!!!


Todo el que es de la verdad, escucha mi voz

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee noviembre Ee 2018 a las 0:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIV ORDINARIO JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO


25 de Noviembre al 1 de Diciembre del 2018


“Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”




Dan 7, 13-14: “Su dominio es eterno y no pasa.”


Yo Daniel, tuve una visión nocturna: vi venir en las nubes del cielo alguien semejante a un Hijo de hombre, que se acercó al Anciano y se presentó ante él.

Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasará y su reino no tendrá fin.


Sal 92, 1-2.5: “El Señor reina sobre toda la tierra”


El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder.

Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno.

Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término.


Ap 1, 5-8: “Él ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre.”


Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra.

Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.

A Él la gloria y el poder por los siglos. Amén.

Miren: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén.

Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso».


Jn 18, 33-37: “Soy rey, más mi Reino no es de este mundo.”


En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:

— «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó:

— «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó:

— «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó:

— «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Pilato le dijo:

— «Con que, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó:

— «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».


NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura el profeta Daniel en unas visiones ve venir como un «Hijo de hombre» entre las nubes del cielo. Con este título parece designar a un hombre que supera misteriosamente la condición humana. Es a Él a quien Dios le da el imperio sobre todos los pueblos. Su imperio nunca pasará, será eterno, estable. No será destruido jamás.


El Señor Jesús es aquel misterioso «Hijo de hombre» vislumbrado por el profeta. Él se aplica a sí mismo aquel título (ver Mt 20, 28; 25, 31; Mc 2, 10.28; 8, 31; 9, 9-31; 10, 34; Jn 3, 13; 6, 53; 8, 28). Él es aquel que llegado el momento vendrá «en las nubes», el «Príncipe de los reyes de la tierra», a quien le está reservado aquel dominio eterno, «la gloria y el poder por los siglos» (2ª. lectura).


Mas su imperio no es de este mundo, ni de este siglo. En el tiempo presente su reinado ya ha comenzado, mas espera aún su plena realización: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31). Ante el cuestionamiento insistente de Pilato, el Señor afirma que Él en efecto es rey, pero también añade inmediatamente: «mi reino no es de este mundo». Se equivocaban aquellos que esperaban de Él un liderazgo nacionalista e intramundano. Él es rey, pero su reinado no consiste en un dominio que se impone a la fuerza. No será el suyo un gobierno político.


El verdadero sentido de su realeza se manifiesta desde lo alto de la Cruz. El reinado que ejerce el Señor Jesús es un servicio al hombre. Para Jesús reinar es servir, dar la vida, establecer el amor como principio y fundamento de su gobierno.


Su reinado es además un servicio de la Verdad: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la Verdad». El ser humano necesita de esta verdad para realizarse él mismo como persona humana, necesita conocer y comprender la verdad sobre Dios y sobre sí mismo para llegar a ser lo que está llamado a ser, para llevar a su perfección el hermoso proyecto divino que es él mismo, para realizar en su existencia su llamado a la grandeza, al infinito, a la plenitud y felicidad. Y ésa es la verdad que el Señor Jesús ha venido a revelarle a todo aquel que quiera escuchar su voz: la verdad sobre sí mismo, sobre su origen, sobre el sentido de su existencia, sobre la grandeza de su vida y vocación, sobre su destino definitivo.


¿Por qué era necesario que viniese el Hijo de Dios para ser testigo de la verdad? Porque tal verdad estaba oculta a su criatura humana como consecuencia del pecado. No cualquier verdad, sino la verdad que Él revela es la que hace verdaderamente libre a quien la acoge: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Todo aquel que mediante el recto ejercicio de su libertad “escucha su voz” y acoge la verdad revelada por el Señor, «es de la verdad» y pasa a formar ya parte de su reino.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, es una fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XI, el año 1925. Eran los tiempos posteriores a la llamada primera guerra mundial (1914-191).


En su encíclica Quas primas, en la que decretó la celebración de esta fiesta, el Sumo Pontífice juzgaba que el rechazo del señorío de Cristo y de su Evangelio en la propia vida y costumbres, en la vida familiar y social, era la causa última de tantas calamidades que afligían al género humano. Siguiendo en la línea de su predecesor el Papa San Pío X, cuyo lema pontificio había sido “instaurarlo todo en Cristo”, el deseo del Papa Pío XI era que el Señor Jesús volviese a tener la primacía en los corazones, familias y sociedades de todo el mundo. He allí la razón y el sentido por el que instituyó esta fiesta.


Conocida esta intención del Papa Pío XI, podemos preguntarnos ahora: ¿se ha progresado en este objetivo? ¿Están nuestras sociedades y nuestras familias más cristianizadas que hace unas décadas? Con tristeza debemos admitir que, al contrario, Cristo ha sido cada vez más rechazado en las naciones de antiguo cuño católico y relegado en millones de hogares católicos. Es la dolorosa realidad.


Ante esta realidad, la fiesta de “Cristo Rey” sigue llamándonos hoy como ayer a trabajar por poner al Señor Jesús en el centro de nuestras familias y sociedades. Y ya que todo cambio en la familia o sociedad necesariamente pasa por el tema de mi propia conversión, debo preguntarme: ¿Reina Cristo verdaderamente en mí? ¿Se refleja ese reinado del Señor en mi vida, en mi modo de pensar y actuar? ¿O soy de aquellos católicos bautizados que no practican su fe y se acuerdan de Dios sólo cuando lo necesitan?


Consideremos las palabras del Señor, quien afirma de sí mismo: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37), y preguntémonos sinceramente, humildemente: ¿soy yo “de la Verdad”, es decir, escucho las palabras de Cristo, las atesoro y guardo en mi memoria y corazón, y vivo de acuerdo a la Verdad que Él me enseña? ¿Se refleja esto en mi vida cotidiana? ¿Procuro obrar de acuerdo a lo que Él me enseña en el Evangelio? ¿Obedezco a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia? ¿O escucho antes las seducciones del mal, haciéndome eco de las consignas anticatólicas y anticristianas de un mundo cada día más descristianizado y enemigo de la Cruz (ver Flp 3, 1) ¿Quién ‘reina’ en mi corazón en el día a día?


Recordemos las palabras del Apóstol Pablo: «¡No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias!» (Rom 6, 12). ¡Que en cambio reine el Señor en nuestros corazones! ¡Vivamos según la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Pongamos por obra sus palabras! ¡Hagamos lo que Él nos dice! Y así, perteneciéndole totalmente a Él, con la fuerza de su gracia y de su amor, luchemos y trabajemos infatigablemente por instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de Santa María.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, Él solo” (Jn 6, 15). ¿Por qué hacerle rey? ¿No era rey, Él que se dio cuenta de que le querían hacer rey? Sí, era rey. Pero no un rey como los hacen los hombres. Era un rey que da el poder a los hombres para reinar. Quizá Jesús nos quiere dar aquí una lección, Él que suele convertir sus acciones en enseñanzas... Tal vez este “pretender proclamarlo rey” era adelantar el momento de su reino. En efecto, Jesús no había venido para reinar en este momento, lo hará en el momento que nosotros invocamos al decir: “que venga a nosotros tu reino”. Como Hijo de Dios, como Verbo de Dios, el Verbo por quien todo fue hecho, reina siempre con el Padre. Pero los profetas anunciaron también su reino como Cristo hecho hombre que reúne a sus fieles. Habrá, pues, un reino de cristianos, el reino que está establecido actualmente, que se prepara, que ha sido comprado con la sangre de Cristo. Más tarde este reino se manifestará, cuando resplandecerá en sus santos, después del juicio pronunciado por Cristo». San Agustín


«Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos». San Cipriano


«¡Curémonos, hermanos, corrijámonos! El Señor va a venir. Como no se manifiesta todavía, la gente se burla de Él. Con todo, no va a tardar y entonces no será ya tiempo de burlarse. Hermanos, ¡corrijámonos! Llegará un tiempo mejor, aunque no para los que se comportan mal. El mundo envejece, vuelve hacia la decrepitud. Y nosotros, ¿nos volvemos jóvenes? ¿Qué esperamos, entonces? Hermanos ¡no esperemos otros tiempos mejores sino el tiempo que nos anuncia el Evangelio. No será malo porque Cristo viene. Si nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús, el rey esperado por Israel


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho,pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 36).

El reinado de Cristo ya se ha inaugurado, y no tendrá fin


664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».


Al Señor Jesús le ha sido dado todo dominio y potestad


447: [Jesús] Es SEÑOR en este sentido [divino] porque tiene «dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado».


449: Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo...


450: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12), sino el nombre de JESÚS.


CONCLUSION


Sí, como dices, soy Rey


Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo B – 25 de noviembre de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 18, 33b- 37


Con la solemnidad de Jesucristo Rey del universo concluye nuestro año litúrgico. Así esta celebración, que exalta a Cristo como Señor del tiempo y del espacio es una recapitulación de todo el misterio cristiano que durante el año hemos contemplado y celebrado, en sus distintos aspectos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, tiempo ordinario y solemnidades especiales.


En este día, como punto culminante del año, contemplamos a Jesucristo en su condición de Rey de reyes, y Señor de señores. Esta realeza ya la vemos prefigurada en el texto del profeta Daniel: «Le dieron poder, honor y reino… su reino no será destruido» (Daniel 7, 13-14). En el Evangelio la realeza de Jesús viene afirmada en términos categóricos: «Pilatos le dijo: ¿Luego tú eres rey? Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey». La Segunda Lectura, tomada del libro del Apocalipsis, confirma y canta la realeza de Jesús por toda la eternidad: «A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» Apocalipsis 1, 5-8.


«Un hijo de hombre»


La lectura del profeta Daniel se da en el contexto de «sueños y visiones» (Dn 7, 1) sobre el juicio de Dios sobre los hombres. Dios es representado como un solemne Anciano de vestidura blanca. Es difícil precisar el origen de esta imagen de Dios como un «viejo juez»; posiblemente encuentre antecedentes en algunas expresiones usadas para referirse al contraste que existe entre la caducidad de la vida del hombre y la perennidad de Dios (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26). Daniel describe la apertura de la sesión indicando que «los libros se abrieron». Imagen del Antiguo Testamento que suele referirse a todos aquellos que tendrán acceso a la vida eterna (ver Dn 12,1; Éx 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Entonces cuando todos esperan la proclamación solemne de la sentencia del Anciano, inesperadamente Daniel pasa a relatar el terrible destino de las bestias que se someten al designio divino.


La segunda parte de la visión es muy importante ya que hace referencia a «alguien semejante a un Hijo de hombre (que) viene entre las nubes del cielo». El origen y la actividad de este misterioso personaje es trascendente (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el Anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara así como lasacciones del Anciano en relación a ambos: uno es arrojado al fuego, el otro es eternamente bendecido. Esta sección del sueño de Daniel encuentra su paralelo en la piedra del sueño de Nabucodonosor que, después de haber destruido la estatua, se convierte en una montaña que llena toda la tierra (Dn 2,35.44-45a) ya que «Dios hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo» (Dn 2, 44).


«Yo soy el Alfa y la Omega»


El libro del Apocalipsis de San Juan se inicia con un diálogo litúrgico entre el lector y la comunidad cristiana. Bajo la mención de las siete iglesias de Asia es preciso considerar la universalidad de la Iglesia, aquí vista idealmente en el simbólico número de siete, que indica plenitud. A toda la Iglesia cristiana, pues, se dirige este saludo. En el saludo inicial podemos distinguir el misterio de Dios, como Trinidad Santa. Dios Padre es considerado como «El que es, El que era y El que está a punto de llegar»; es decir es el Dueño y Señor de la historia. Los siete espíritus no denotan siete ángeles sino la presencia viva del Espíritu Santo: un solo Espíritu en su realidad personal y esencial.


Jesucristo es recordado con tres atributos principales, que provienen del Salmo 89, interpretado en clave mesiánica. Los tres títulos mencionados corresponden respectivamente a una confesión de fe y hacen directa referencia al misterio de la Pasión-Muerte-Resurrección-Ascensión del Señor Jesús. Es testigo fidedigno, porque con una vida culminada en la muerte, y con perseverancia mantenida hasta la cruz, ha expresado perfectamente cuanto Dios quiso revelarnos. Ha surgido victorioso de entre los muertos, como primicia de los resucitados inaugurando con su Resurrección una nueva forma de ser y un reino nuevo.


La comunidad cristiana responde agradecida por el sacrificio reconciliador de Jesús ya que se sabe y se siente amada por Él. Gracias a Él se constituye así en «un Reino de Sacerdotes»; es decir participa de las prerrogativas propias del Único Sumo Sacerdote: Jesucristo. Entonces será también capaz de ofrecerse como «víctima agradable» al Padre y así poder participar del «reino que no tiene fin».


«¿Eres tú el Rey de los judíos?»


El Evangelio de hoy contiene una clara afirmación de la realeza de Jesús: «Yo soy rey». Todo va conduciendo hacia esta afirmación que, podemos decir, constituye la conclusión del diálogo con Poncio Pilato. Es interesante analizar detenidamente el movimiento de dicho diálogo y las circunstancias en que se produce. Jesús había sido considerado reo de muerte por los judíos y había sido llevado a Pilato para queél, en su calidad de gobernador romano de la Judea, dictara la sentencia de muerte. Los romanos habían privado al tribunal máximo judío – el Sanedrín – del poder de dar la muerte a un condenado y esta sentencia se reservaba al gobernador romano, tal como reconocen los mismos judíos: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie» (Jn 18,31). Cuando Pilato sale fuera y pregunta la causa de la acusación, los judíos responden: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado» (Jn 18,30).


Jesús es entregado como un malhechor, pero Pilato en ningún momento sabe cuál es el motivo por el cual quieren crucificarlo. Aquí es donde comienza el diálogo que nos transmite el Evangelio de hoy. Pilato pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». La pregunta es extraña, dada la situación ya que Jesús no tenía poder humano y no representaba ningún peligro para el enorme poder romano. Ahora, tampoco los judíos lo habían condenado por esto. Más adelante ellos mismos van a decir: «Debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7) y no: «porque se tiene por Rey de los judíos». El decir «Rey de los judíos» hacía directa referencia a un cargo político ya que era el título que Roma había dado al sanguinario de Herodes que era morbosamente celoso de su poder. Ya sabemos lo que hizo cuando, nacido Jesús en Belén de Judea, llegaron unos magos de oriente y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Un judío habría formulado la pregunta de Pilato de la siguiente manera: «¿Eres tú el Cristo, el Mesías, el Hijo del Bendito?» (Mc 14,61. Ver Mt 26, 63).


Jesús habría podido responder inmediatamente a Pilato para tranquilizarlo: «Mi reino no es de este mundo». Pero sin embargo quiere informarse, quién está al origen de esta pregunta: «¿Dices esto por tu cuenta o es que otros te lo han dicho de mí?» La expresión «Rey de los judíos», usada por Pilato, induce a pensar que él lo dijera por su cuenta, pues un judío no se hubiese expresado así. Pero declararse «Rey de los judíos» era un atentado contra el poder romano; ante un poder totalitario como el de Roma, habría sido causa suficiente de muerte. Pilato no era tan ingenuo como para pensar que Jesús pudiera representar un peligro en este sentido. Por eso responde: «¿Es que soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Es como decir: «No soy yo el que lo dice; los tuyos lo han dicho de ti». Ya sabemos por qué los sumos sacerdotes piden su muerte: es por un motivo religioso; no tiene nada que ver con el poder de este mundo. También Pilato sabe que han entregado a Jesús no por declararse «Rey». Por eso pregunta: «¿Qué has hecho?».


«Mi Reino no es de este mundo»


Ahora Jesús responde a la pregunta original acerca de su realeza. Esta respuesta está dirigida a Pilato y también a su pueblo y a los sumos sacerdotes, que con mentira han referido eso acerca de Él: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí». Pilato, que pensaba haber dicho algo absurdo, cuando preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», se encuentra con una respuesta afirmativa de Jesús. Pilato no puede creer lo que está oyendo e incrédulo pregunta: «¿Luego, tú eres Rey?». Y aquí tenemos la culminación de la escena: «Sí, como dices, soy Rey». Pero Jesús aclara en qué sentido: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Jesús formula el criterio de discernimiento entre los que lo reconocen como Rey y los que lo rechazan. Lo reconocen como Rey los que son de la verdad; lo rechazan los que son de la mentira. Jesús nunca había dicho antes: «Yo soy rey»; pero sí había dicho: «Yo soy la verdad». Los que son de la verdad lo reconocen como Rey.


Tal vez ningún episodio evangélico nos enseña tanto sobre la verdad. La verdad es el camino que conduce al ser humano a su felicidad eterna, hacia esa situación de total plenitud que todos los hombres y mujeres, sin excepción, anhelan. Pero esa verdad se identifica con Jesús, que había definido su identidad así: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Es lo mismo que dice ante Pilato. Pero no eran muchos los que escuchaban su voz: Jesús estaba allí solo y rechazado por su pueblo. No eran muchos «los que son de la verdad».


Este episodio de la condena de Jesús por parte de su pueblo nos revela que la verdad, aunque es el único camino de salvación del ser humano, suele ser rechazada por la mayoría. La escena del Evangelio lamentablemente se repite hoy con suma frecuencia. Los sumos sacerdotes, que rechazaron a Cristo y no lo reconocieron como Rey, terminaron afirmando lo que ellos mismos aborrecían: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15); y ellos mismos sabían que eso era mentira, porque abominaban del poder romano. No oyeron la voz de Cristo porque no eran de la verdad y se creyeron «su mentira».


Una palabra del Santo Padre:


«La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se muestra sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.


Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo…


Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época».


Papa Francisco. Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. Domingo 20 de noviembre de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Tengo consciencia que el Reino que Jesús me ofrece no es de este mundo? ¿Que no se rige por los criterios del mundo? ¿Qué debo de ser amigo de la verdad para poder acceder al Reino de Dios?


2. La lectura del Apocalipsis me recuerda mi vocación: estoy llamado a ser de Jesús. ¿Vivo de acuerdo a mi llamado?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446-451.526. 543-544. 1852. 1861.


GLORIA A DIOS


El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIII ORDINARIO


18 -24 de Noviembre del 2018


“El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”




Dan 12, 1-3: “Entonces se salvará tu pueblo”

Por aquel tiempo surgirá el arcángel Miguel, el gran Príncipe protector de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no hubo otros desde que existen las naciones.

Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro.

Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para el castigo eterno.

Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia resplandecerán como estrellas, por toda la eternidad.


Sal 15, 5 y 8-11: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”


El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, Con Él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


Heb 10, 11-14.18: “Cristo ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre”


Hermanos:

Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que de ningún modo pueden borrar los pecados.

Pero Cristo ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.

Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados a Dios.

Ahora bien, cuando los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de ofrenda por el pecado.


Mc 13, 24-32: “Cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.

Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprendan de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducen ustedes que el verano está cerca; pues cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».


NOTA IMPORTANTE


El profeta Daniel (1ª. lectura) anticipa los tiempos finales de la presente historia humana, el “fin del mundo”. Serán tiempos difíciles, dice el profeta, tiempos de angustia como nunca antes ha habido en la historia de la humanidad. Aún así, será un tiempo de salvación: «se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro». Daniel asegura que entonces muchos despertarán de la muerte, «unos para vida eterna, otros para el castigo eterno». Quienes resuciten para la vida, brillarán por toda la eternidad como las estrellas en el firmamento, es decir, participarán de la misma gloria y fulgor divino.


De aquél «libro» mencionado por Daniel habla también San Juan en el Apocalipsis (ver Ap 3.15; 5, 9-10; 13, 8; 17, 8; 20, 12.15; 21, 27). Se trata del «Libro de la Vida» en el que están inscritos los nombres de aquellos que han de salvarse y participar de la vida eterna, en la comunión con Dios. Se trata de aquellos que han sido comprados para Dios por la sangre del Cordero degollado (ver Ap 5, 9-10), es decir, por la sangre de Cristo derramada en la Cruz para el perdón de los pecados (2ª. lectura). Ese sacrificio único ha cancelado los antiguos sacrificios: ya no hay necesidad de otra ofrenda, pues esa sola ofrenda «ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados a Dios.» Inscritos en el Libro de la Vida están aquellos que, habiendo sido redimidos y reconciliados por la sangre del Cordero, responden a ese Don y cooperan con la gracia recibida, dando frutos de conversión y santidad.


También el Señor Jesús habla de “aquellos días” que vendrán al final de los tiempos. Utilizando un lenguaje propio de la apocalíptica judía anuncia un cataclismo cósmico que evidencia la inestabilidad de todo aquello que parece ser tan firme y estable. Si el sol se apaga, si el universo entero “se desmorona”, ¿qué podrá permanecer en pie y con vida en la tierra?


Mas aquellos días terriblemente angustiosos no serán sino la antesala de la venida triunfal del «Hijo del hombre», Cristo mismo. Él entonces volverá «con gran poder y gloria». Su poder está por encima de las fuerzas del cosmos.


El Señor Jesús es Dios, es Señor de todo lo creado y permanece más allá de la inestabilidad de las cosas visibles, por ello afirma: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.» Frente a la fugacidad de todo lo creado sólo permanecerán sus palabras, porque Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, permanece para siempre. Como Cristo, tampoco “pasará” o dejará de existir quien cree en Él y guarda fielmente su palabra. Éste nada tiene que temer cuando venga el fin del mundo, pues su nombre está inscrito en el Libro de la Vida.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuándo será el fin del mundo? Siempre han mentido y mienten o desvarían aquellos que anuncian el fin del mundo “para tal día”. Jamás podrán ser dignos de crédito. Es al Señor a quien nosotros escuchamos y creemos. Él ha dicho que «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».


¿Y por qué Dios no ha querido revelar cuándo será aquél momento? Si tenemos la certeza de que aquél día llegará, pero también la absoluta incertidumbre del momento preciso, ¿no será lo sensato vivir en un estado de continua vigilancia, un estar preparados en todo momento y no adormecerse nunca? Ciertamente.


Ahora bien, quizá no nos toque ver el fin del mundo, como no les tocó vivirlo a las generaciones de cristianos que nos han antecedido. Quizá la muerte nos llegue antes, por ello, es conveniente que consideremos que si el fin del mundo anunciado por el Señor no llega primero, para nosotros el fin del mundo será el momento de nuestra propia muerte.


Conviene, pues, meditar en aquello a lo que tanto tememos y evadimos, en aquél acontecimiento último de nuestro peregrinar en la tierra: nuestro morir. Nada hay más cierto que el hecho futuro de mi muerte. Ese momento llegará, es absolutamente ineludible, aunque busquemos estar tan ocupados o divertidos en el día a día para olvidarnos de ella, aunque pensemos que es “para los demás”, para los ancianos, y no para mí. Nada hay mas cierto que la muerte, y a la vez, nada hay más incierto que la hora de mi muerte. ¿Quién viene al mundo sabiendo a qué día y a qué hora morirá? Sólo los condenados a muerte conocen el día de su ejecución. Más, salvo algunas raras excepciones como esas, el momento de nuestra muerte es absolutamente desconocido. Y si eres joven, no debes llevarte a engaño. También existe “la muerte joven”, la que por una u otra razón llega en la juventud, en la edad vigorosa, llena de vida, sorpresiva, inesperada totalmente. ¿Quién, conociendo la fragilidad humana, puede decir que vivirá por largos años? La certeza de que moriremos y la incertidumbre del momento en que moriremos no debe llevarnos a la angustia, sino a asumir nuestra vida de cara a lo que viene: ¡detrás de la muerte está Cristo! ¡Detrás de la muerte viene Él a mi encuentro! Por tanto, mi vida debe ser un caminar hacia Él viviendo una vida como la suya, pues «todo el que tiene puesta su esperanza en Él se purifica a sí mismo, como él es puro.» (1Jn 3,3) Quien así vive, quien vive como Cristo, será hallado finalmente semejante a Cristo, y nada tiene que temer. El momento de la muerte pierde entonces su carga de angustia para convertirse en el momento anhelado en el que finalmente Él viene a nosotros para hacernos partícipes de su misma vida y amor.


En el camino hacia nuestro destino glorioso, para recorrer esta vida con sensatez y tino, es esencial cultivar la visión de eternidad, es decir, juzgar y valorar todo lo presente desde lo que va a permanecer para siempre.


La visión de eternidad es magnífica consejera, un catalejo que permite ver a la distancia para saber hacia dónde dirigir el navío de nuestra frágil existencia y llevarlo a su feliz destino. La visión de eternidad es la clave de discernimiento que permite ubicar y valorar rectamente todos los acontecimientos de nuestra vida presente, del día a día, clave que permite darle a cada cosa o acontecimiento sus justas dimensiones, su justo peso y valor.


La visión de eternidad nos permite tener una mirada profunda y serena sobre la realidad y sus diversas circunstancias, es medio excelente que nos permite redimensionar lo que exageramos o disminuimos, contribuyendo así al realismo necesario para recorrer el sendero sin equivocar el camino y perder el rumbo. Ella lleva a trascender la imagen de este mundo que pasa pero que a tantos ingenuos seduce, diluye la ilusión pasajera que de lo contrario tiene la fuerza de fascinarnos y anclarnos en lo finito, haciendo que pongamos en riesgo nuestra vida eterna.


La visión de eternidad, necesaria en nuestra vida cristiana, nos permite asimismo hacer un recto uso de las diversas realidades temporales en vistas a conquistar las eternas, y nos impulsa a buscar transformar las diversas realidades humanas con la fuerza del Evangelio, cooperando así decididamente con Dios para la realización de su designio divino: «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 9-10).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Cristo, Dios nuestro e Hijo de Dios, la primera venida la hizo sin aparato; pero en la segunda vendrá de manifiesto. Cuando vino callando, no se dio a conocer más que a sus siervos; cuando venga de manifiesto, se mostrará a buenos y malos. Cuando vino de incógnito, vino a ser juzgado; cuando venga de manifiesto, ha de ser para juzgar. Cuando fuereo, guardó silencio, tal como anunció el profeta: “No abrió la boca como cordero llevado al matadero”. Pero no ha de callar así cuando venga a juzgar. A decir verdad, ni ahora mismo está callado para quien quiera oírle». San Agustín


«Para que los discípulos no le preguntaran sobre el tiempo de su venida, Cristo les dijo: Por lo que se refiere a aquella hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni siquiera el Hijo. No toca a vosotros conocer el tiempo y la ocasión. Lo ocultó para que estemos prevenidos y para que cada uno de nosotros piense que ello puede tener lugar en su propio tiempo. Pues si Cristo hubiera revelado el día de su venida, ésta se hubiera tornado un acontecimiento indiferente y ya no sería un objeto de esperanza para los hombres de los distintos siglos. Dijo que vendría, pero no dijo cuándo, y por eso todas las generaciones y épocas lo esperan ansiosamente »Aunque el Señor estableció las señales de su venida, sin embargo, en modo alguno conocemos con exactitud su término; pues estas señales aparecen de muy distintas maneras y pasan, y algunas de ellas todavía perduran. Con la última venida pasará algo semejante a lo que pasó con la primera». San Efrén


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los signos que preceden al fin del mundo


672: Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel que, según los profetas, debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tribulación» (1 Cor 7, 2) y la prueba del mal (Ver Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (Ver 1 Pe 4, 17) e inaugura loscombates de los últimos días (Ver 1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tim 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia.


673: «Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hech 1, 7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios»


La última prueba de la Iglesia


675: Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.


CONCLUSION


«Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»


Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 18 de noviembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13, 24-32


El fiel que acompaña semanalmente la liturgia dominical, sabe bien que, en los últimos Domingos, cuando ya el año litúrgico llega a su fin, corresponde meditar los hechos finales de la historia. En efecto, después de iluminar, Domingo a Domingo, el misterio de Cristo en sus diversas facetas, en este Domingo, que es el penúltimo del año litúrgico, laliturgia nos pone ante el misterio de la venida final de Jesucristo y nos invita a considerar la incidencia de este hecho en nuestra vida (San Marcos 13, 24-32). En el Antiguo Testamento, vemos como Daniel nos dirá en una visión profética: «Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro» (Daniel 12,1-3). En la carta a los Hebreos, contemplamos a Cristo sentado a la derecha de Dios Padre, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (Hebreos 10, 11-14).


El fin de los tiempos


El libro de Daniel nos remite a la época en que el pueblo judío se encontraba oprimido durante la persecución de Antíoco IV en el año 168 a.C. Era un «tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones» y el deseo de poner fin a la opresión suscitaba en el pueblo una profunda confianza en el amor protector de Dios. En medio de la persecución Daniel proclama proféticamente la salvación que Dios traerá a su pueblo. Miguel, jefe del ejército celestial y protector de Israel, se levantará para ejercer su misión de defender al pueblo judío. En los escritos apocalípticos, la liberación final viene precedida de una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos.


El hombre «vestido con túnica de lino» y encargado de comunicar la revelación a Daniel (ver Dn 10,5.11-12) proclama que Dios salvará a los que estén «inscritos en el libro» (Dn 12, 1), resucitará incluso a los muertos y tendrá lugar el juicio divino que será definitivo: castigo eterno para unos, vida eterna para otros. Daniel nos presenta la intervención divina como castigo de los que tramaron la ruina de sus fieles y salvación de los que confiaron y esperaron en ella (ver Dn 3,22.48; 6,24-25). La salvación luminosa proclamada para los «doctos o sabios» y para los que «enseñaron a la multitud por el buen camino» es una imagen de la salvación eterna concedida a los fieles. Los sabios no constituyen un grupo especial dentro del mismo pueblo, sino aquella parte de la comunidad judía que permaneció fiel al cumplimiento de la ley de Moisés en medio de las persecuciones.


La venida del Hijo del hombre


El Evangelio de hoy comienza con las palabras de Jesús: «Más por esos días…». Con esta expresión quiere decir que comenzará a tratar de acontecimientos que pertenecen a la historia. Es más; los hechos de los cuales tratará son el desenlace de la historia, son los últimos, son los que dan sentido a toda la historia y al tiempo. Y esto es lo principal; su ubicación precisa, «el día y la hora», es menos importante y resulta indeterminado. De todas maneras, Jesús ofrece algunas pistas. Ante todo, sucederá «después de aquella tribulación». No es una indicación precisa, pues el mismo Evangelio de San Marcos da una definición de esta expresión en la cual se superponen dos cosas. En un momento parece estar hablando de la destrucción del templo de Jerusalén y la dispersión de los judíos ; pero en otro momento la descripción supera ese hecho, por muy tremendo que haya sido: «Aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber» (Mc 13,19).


Los signos que Jesús indica son sobrecogedores: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Jesús se acomoda a las nociones de astronomía de su tiempo, en que se creía que el sol y la luna son luminarias de tamaño menor que la tierra, que las estrellas cuelgan del firmamento sobre la superficie de la tierra y que ésta está sostenida por columnas sobre el abismo inferior. Pero, si éstos no son más que signos, ¿cuál es entonces el hecho último de que se trata? Jesús responde: «Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes con gran poder y gloria».


Este es el hecho principal. Pero el segundo está asociado a éste y afecta a todos los hombres: «Entonces enviará a los ángeles y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Esta expresión abarca todo el espacio y todo el tiempo: serán reunidos los elegidos que todavía peregrinen en la tierra y también los que ya hayan concluido su curso terreno. Este hecho finaldejará en evidencia una división definitiva de los seres humanos entre elegidos y reprobados, es decir, entre los que serán reunidos con Cristo y los que serán apartados. Por eso éste es el hecho que da peso y sentido a toda la historia y a todo acto del hombre.


La parábola de la higuera


Jesús agrega una parábola para indicar la relación entre el tiempo presente y ese hecho final que nos implicará de manera tan radical. Así como sabemos percibir la cercanía del verano por el aspecto que adoptan las ramas de la higuera. Los signos son tales que siempre se debe sentir que Cristo está cerca, que su venida es inminente. Ésta es una dimensión permanente de la vida cristiana. En efecto, Jesús agrega: «Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda». Difícilmente ha dado Jesús más firmeza a una enseñanza suya: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Sus palabras son la verdad, ellas son eternas, son más estables que el cielo y la tierra.


En este caso nos invitan a vivir en la certeza de que Él está cerca, que su venida es inminente, que para cada uno ocurrirá en el espacio de su vida. Y esto es así porque la venida final de Cristo da sentido a nuestra vida y a cada uno de nuestros actos, cualquiera que sea el momento de la historia en que nos toque vivir. Por eso no interesa tanto saber el cuándo. El día del juicio final versará sobre los actos que hayamos hecho, cada uno en su propio momento histórico.


El Evangelio de este Domingo concluye con una frase de Jesús que es difícil de interpretar: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Antes que nada debemos observar que éste es el único caso en el Evangelio de Marcos en que Jesús, hablando de sí mismo, se da el nombre de «Hijo» sin más. Y lo hace en relación al Padre. Afirma que hay algo -«un día y una hora»- que sólo el Padre conoce. En esta expresión el Padre no puede ser más que Dios mismo. Éste es un importante texto que revela que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Cada uno es el mismo y único Dios, pero son dos Personas distintas. La dificultad del texto está en ladiferencia que introduce entre el Padre y el Hijo. Entre los que ignoran «aquel día y hora» hay una progresión. Cuando Jesús dice: «Nadie sabe nada», se refiere a todos los hombres. Esto es obvio. Ningún hombre ha pretendido saber el día y la hora en que ocurrirán los eventos futuros, tanto menos si éstos son los eventos finales.


Pero luego Jesús da un paso hacia el mundo trascendente: «ni los ángeles en el cielo». Los ángeles no pueden revelar a los hombres ese momento porque tampoco ellos saben nada «sobre aquel día y hora». La dificultad está en que también el Hijo se incluye en el lado de los que no saben, mientras que el único que sabe es el Padre. Pero esta diferencia entre el Padre y el Hijo es imposible: no hay nada que el Padre sepa que el Hijo no sepa. Por eso cuando Jesús dice: «Nadie sabe… ni el Hijo», este «no saber» del Hijo es, en realidad, un «no querer revelar». No lo quiere revelar para que los hombres estén siempre vigilantes. La frase siguiente es precisamente un llamado a la vigilancia: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento» (Mc 13,33). Esta interpretación está confirmada por el libro de los Hechos de los Apóstoles donde se enfrenta el mismo tema.


Los apóstoles preguntan a Jesús resucitado: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hch 1,6). Ellos están hablando de un reino de Israel terreno y piensan que ya es tiempo de restablecer el esplendor que tenía en el tiempo del rey David. Jesús, en cambio, se refiere a un Reino eterno, aquél sobre el cual el Credo de nuestra fe dice: «De nuevo vendrá con gloria… y su Reino no tendrá fin». En su respuesta Jesús se refiere al momento de su venida final: «A vosotros no os corresponde conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad…» (Hch 1,7). En esta respuesta Jesús da a entender que Él conoce ese momento; pero no lo revela a los apóstoles porque a ellos «no corresponde conocerlo».


El nuevo sacerdote y la nueva alianza.


La carta a los Hebreos es muy tajante y clara al afirmar que el sacrificio de Jesús deroga de una vez por todas la ley como institución de

salvación (ver Heb 10,1), y nos proporciona, de una parte, la santificación, es decir, el paso al modo de existencia y vida propias de Dios, el único Santo. La misma perfección obtenida por Jesucristo, la transformación de su humanidad en una humanidad divinizada, ha sido obtenida y conseguida también para nosotros (Heb 2,10; 5,9; 7,2). En Él hemos sido santificados, consagrados, hechos sacerdotes. A esta nueva condición accedemos por la fe. Y con ella se obtiene, de una vez por todas, la reconciliación definitiva y el perdón de los pecados.


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.


Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener estaconfianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo».


Papa Francisco. Domingo 19 de enero de 2014. Homilía en la parroquia romana “Sacro Cuore di Gesú a Castro Pretorio”


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Las lecturas de este Domingo son un auténtico llamado a tener una visión sobrenatural y llena de esperanza en mi vida. ¿Confío en las promesas del Señor? ¿Estoy preparado para su venida o para mi encuentro con Él?


2. El ser humano desde siempre ha sido muy sensible al misterio del tiempo. Es por eso que los hechos relativos al futuro y al fin del tiempo suscitan tanto interés. ¿Me doy cuenta que creer en horóscopos, lecturas de las cartas o en algún tipo de explicación esotérica sobre mi futuro va directamente contra mi fe en el Señor Jesús?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1020-1060.


!GLORIA DIOS!


Ha dado todo lo que tenía para vivir

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee noviembre Ee 2018 a las 22:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXII ORDINARIO


11-17 de Noviembre del 2018


“Ha dado todo lo que tenía para vivir”




1Re 17, 10-16: “La viuda hizo un pan y lo llevó a Elías”

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:

— «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba».

Mientras iba a buscarla, le gritó:

— «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan».

Respondió ella:

— «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo pan cocido; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en una vasija, y ahora estaba

recogiendo un poco de leña, para ir a prepararlo para mi hijo y para mí; comeremos y luego moriremos».

Respondió Elías:

— «No temas. Prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un pan pequeño y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después.

Porque así dice el Señor, Dios de Israel:

“El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”».

Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo.

Ni el cántaro de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.


Sal 145, 7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”


Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Heb 9, 24-28: “Cristo destruyó el pecado con el sacrificio de sí mismo”


Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres —imagen del auténtico—, sino en el mismo Cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.

Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces —como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo—. De hecho, Él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.

De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

Después aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.


Mc 12, 38-44: “Esa viuda pobre ha dado todo lo que tenía para vivir”


En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la gente y les decía:

— «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y puso dos monedas de poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo:

— «Les aseguro que esa pobre viuda ha puesto en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir».


NOTA IMPORTANTE


Elías, el más grande profeta de Israel, le pid e de comer y beber a una viuda pobre de Sarepta (1ª. lectura). La mujer se encuentra en una situación en extremo desesperada, pues en medio de la carestía general no le queda más que un puñado de harina y un poco de aceite para hacer un pan para ella y para su hijo: «comeremos y luego moriremos», le dice al profeta. El profeta Elías la invita a confiar en Dios, pues Él ha dicho: «El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará». La viuda responde con un acto de enorme generosidad,desprendimiento y confianza en Dios: «hizo lo que le había dicho Elías». Dios, por su parte, no defraudó la confianza de aquella mujer y cumplió su promesa tal y como lo había dicho Elías.


Este episodio del Antiguo Testamento encuentra un paralelo en el Evangelio de este Domingo. El Señor Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén. Allí solía ir a enseñar. En una ocasión se puso a observar a la gente que iba echando sus óbolos en los cepillos.


Dentro del gran Templo, en el atrio de las mujeres, se encontraba la sala del tesoro. A la entrada de esta sala había colocados trece cepillos, llamados “trompas” por la forma de su abertura exterior. Las ofrendas se hacían más numerosas cuando los judíos acudían a Jerusalén con ocasión de alguna fiesta importante, como por ejemplo en la Pascua. Los peregrinos aprovechaban la visita a la ciudad santa para pagar también el tributo del Templo, obligatorio para los judíos.


El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos. Aquellas moneditas eran dos “leptá”. Si queremos hacernos una idea del valor aproximado de su ofrenda, dieciséis leptá equivalían a un denario, que es lo que recibía un obrero por un día de trabajo (ver Mt 20,2). Su ofrenda equivale, pues, a la octava parte de un jornal.


De las viudas en Israel sabemos que se encontraban en una situación bastante precaria, por estar jurídicamente desprotegidas. Al casarse la mujer se separaba de su propia familia. Si enviudaba, perdía el vínculo con la familia del difunto. Podía volver a la familia de sus padres, pero ésta no tenía obligación de mantenerla. Con el tiempo muchas viudas terminaban pobres y abandonadas.


El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, «ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 43-44). La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianzade que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.


La confianza en Dios y la generosidad mostrada por aquellas dos mujeres tan dignas de alabanza es mostrada también por el Señor mismo. Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios de Dios que por amor al hombre se ha hecho hombre encarnándose de María Virgen por obra del Espíritu Santo: no sólo da todo de sí, sino que Él mismo se entrega totalmente por nosotros en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). Él ha ofrecido este sacrificio «una sola vez para quitar los pecados de todos». Por el don total de sí mismo nos ha reconciliado definitivamente con Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Y yo, cuánto le doy al Señor? ¿Le doy todo de mí? ¿O le doy sólo de lo que me sobra? La generosidad con el Señor no se mide sólo en cuánta limosna doy, cuánto colaboro económicamente con el sostenimiento de la Iglesia, sino más aún en cuanto le entrego de mi tiempo, para rezar, para encontrarme con Él, para dedicarme a obras sociales en nombre del Señor. Así, por ejemplo, puedo preguntarme: ¿Cuántas veces he dejado de ir a Misa los Domingos y le he dicho al Señor “hoy no tengo tiempo para Ti”, “hoy prefiero mi descanso”? ¿Le he dado “más” cuando experimentaba que me pedía más, o le he dicho “hasta aquí no más”, “no me pidas más”? ¿Qué tan generoso he sido con Él ofreciéndole mi tiempo, dones, talentos, ofreciéndome yo mismo para lo que Él quiera?


Podemos hacernos esta otra pregunta también: ¿Es posible que ame a Dios con todo mi ser, si no estoy dispuesto a darle todo lo que Él me pide, a darle todo de mí, a darle mi propia vida incluso? Muchas veces ponemos límites a nuestro amor. Limitamos nuestro amor a Dios cuando nos dejamos vencer por el miedo y la desconfianza, cuando nos apegamos a nuestras seguridades materiales, a las personas, a los puestos de importancia, a nuestra fama, etc. Limitamos nuestro amor y lo dañamos cuando preferimos nuestros vicios y pecados como la pereza, la lujuria, la vanagloria, la ira, la soberbia, o cuando antes que buscar cumplir el Plan de Dios anteponemos nuestros propios planes.


La experiencia humana nos enseña que aquel o aquella que ama de verdad, está dispuesto a darlo todo por aquel a quien ama, está dispuesto incluso a sacrificar la propia vida por el amado. No otra cosa decía el Señor del amor pleno: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Ama a Dios verdaderamente quien no se reserva nada para sí mismo. Así, dándose, asumiendouna actitud oblativa en su vida, el ser humano experimenta aquello que enseñaba también el Señor: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hech 20, 35). Es en ese darse totalmente a Dios, en ese confiar plenamente en Él, aunque cueste, aunque duela, cuando experimenta la profunda alegría del corazón, cuando se realiza verdaderamente.


El egoísta cree que no puede haber alegría alguna en dar. Se resiste a compartir. Cree que la alegría la encontrará únicamente aferrándose a lo que tiene, recibiendo y poseyendo cada vez más. Sin embargo, al vivir de ese modo sólo crece la angustia de su corazón por la preocupación de no perder lo que tiene. Y si lo pierde, le invade una inmensa desolación, una tristeza y depresión tal que incluso su propia vida pierde sentido. ¡Qué triste y pobre es la vida de quien cierra su corazón por el egoísmo y la mezquindad! Aferrándose a sus riquezas y bienes, cae en la mayor pobreza, la pobreza de aquel a quien le falta amor.


En cambio, quien como la viuda pobre o como el Señor mismo aprende a hacer de la generosidad y magnanimidad la ley de su vida, aunque no tenga mucho o se encuentre en la indigencia, posee una riqueza enorme, una riqueza que nadie le podrá quitar, es la riqueza de poder vivir el amor verdadero, no sólo en esta vida, sino para toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Entonces convocando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros”. Porque Dios no valora la ofrenda en sí, sino la intención del que la hace. Tampoco considera tanto la cantidad que se da, sino la parte que de todo lo poseído se separa». San Beda


«Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La pobreza de corazón o el desprendimiento de riquezas


2544: Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.


2545: «Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (LG 42).


2546: «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6, 20):

El Verbo llama «pobreza en el Espíritu» a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: «Se hizo pobre por nosotros» (2 Cor 8, 9) (S. Gregorio de Nisa).


2547: El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos» (San Agustín). El abandono en la providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (ver Mt 6, 25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.


CONCLUSION


Esa pobre viuda ha echado más que nadie»


Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 11 de noviembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44


Una actitud de generosidad disponible y confianza en el Señor; es lo que nos transmiten los textos de este Domingo. Generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta , que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (primer libro de los Reyes 17, 10-16). Ésta es también la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo lo que tenía en el arca del Tesoro del Templo por más que fuera para muchos una insignificancia (San Marcos 12, 38-44). Finalmente es la misma actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de Salvación y Reconciliación por todos (primer libro de los Reyes 17, 10-16).


La generosa viuda de Sarepta


En las lecturas de este Domingo, dos mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que eso traíaya en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y en los de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta, que no era judía sino pagana, le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo. En esta situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable y hasta heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno.


La mujer accede. Ese es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su suerte en primer lugar; sino piensa sólo en obedecer la voz de Dios que la bendecirá por medio del profeta Elías: ni la tinaja de harina se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará hasta que pase la sequía. Además Elías reavivará a su hijo que, cayendo enfermo, morirá (ver 17,12ss). La viuda entonces exclamará: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh» (17,24). Es interesante destacar que lo que está en juego en este milagro es la supremacía entre el Dios de Israel y Baal (dios fenicio de las cosechas y la fertilidad, de ámbito agrícola).


El milagro en cuestión es un anticipo de la victoria de Yahveh que da el trigo (harina) y el aceite, dones atribuidos a Baal, incluso en el territorio donde éste reina y entre sus propios “súbditos” (ver Os 2,10). Más tarde, Jesús alabará la actitud de esta viuda y se referirá a este episodio como ejemplo del rechazo de Israel a sus profetas y de la gracia universal de Dios, destinada también a los gentiles (ver Lc 4,25-26).


GLORIA A DIOS


Amarás a Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC NOV 4-10 /2018

DOMINGO XXXI ORDINARIO

“¡Amarás a Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo!


Dt 6, 2-6: “Escucha, Israel: cuida de practicar lo que te hará feliz”

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo:

— «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos los mandamientos, leyes y preceptos que te manda, a ti, a tus hijos y tus nietos, todos los días de tu vida, y así se prolongarán tus días. Escúcha¬lo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel”.

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.

Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria».


Sal 17, 2-4.47.51: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío,

escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,

sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Tú diste gran victoria a tu rey,

tuviste misericordia de tu Ungido.


Heb 7, 23-28: “Cristo es el Sumo Sacerdote que nos convenía”

Durante la antigua alianza hubo muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía perdurar. Jesús, en cambio, permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasa. De ahí que pue¬de salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.

Él es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocen¬te, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo.

Él no necesita ofrecer sacrificios cada día, como aquellos su¬mos sacerdotes, que ofrecían primero por sus propios pecados, después por los del pueblo; y esto lo realizó una vez para siem¬pre, ofreciéndose a sí mismo.

En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes lle¬nos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, pos¬terior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.


Mc 12, 28-34: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

— «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Respondió Jesús:

— «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segun¬do es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

El escriba replicó:

— «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Se¬ñor es uno solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

— «No estás lejos del reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


NOTA IMPORTANTE


Por medio de Moisés (1ª. lectura) Dios sella una Alianza con su pueblo elegido y le ofrece un código de conducta moral, «mandamientos, preceptos y normas» que ha de poner en práctica. Una y otra vez nos encontramos con la insistencia de aprender y poner en práctica estos mandamientos (Dt 4,1.5.13-14; 5,1.31; 6,1.24-25; 7,11; 11,32; 12,1; etc.). ¿Pero por qué Dios tanta insistencia en ello? ¿Para quién es el beneficio? ¿Para Dios? Pues no, lo es para su criatura humana, creada libre, pero con necesidad de una orientación para que haciendo un recto uso de su libertad, y desde el pleno ejercicio de la misma, pueda elegir el bien y llegar así a ser lo que está llamada a ser, pueda en ese despliegue orientar todo el mundo hacia Dios y pueda finalmente participar plena y definitivamente de la comunión de amor con su Creador. Los mandamientos divinos no son, pues, una limitación o imposición ajena a la naturaleza humana, todo lo contrario, son el camino que el hombre ha de seguir para llegar a ser feliz, para realizarse verdaderamente, para alcanzar su máxima y verdadera grandeza: «cuida de practicar lo que te hará feliz.» Hacer lo que Dios manda trae la felicidad al propio hombre.

El Señor Jesús jamás trasgredió los mandamientos, los cumplió todos perfectamente amando a Dios por sobre todo, con todo su ser, su mente y corazón. En Él no se halló pecado alguno. Obedeciendo fielmente a su Padre y llevando a cabo la misión reconciliadora encomendada por Él, llegó a ser el Sumo Sacerdote que nos convenía: «santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos» (2ª. lectura). Como tal no tuvo necesidad de ofrecer innumerables sacrificios, como hacían los sacerdotes de la antigua Alianza, sino que realizó un sólo sacrificio, de una vez para siempre, «ofreciéndose a sí mismo» por nosotros en el Altar de la Cruz.

En el Evangelio vemos que se acerca un escriba, supuestamente un gran estudioso y conocedor de la Ley, y le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» La pregunta se debe al hecho de que la Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos. De estos 248 eran positivos, es decir, ordenaban determinadas acciones, mientras 365 eran negativos, ya que eran prohibiciones. Unos y otros se dividían en preceptos leves y preceptos graves, según la importancia que se les atribuía. Entre estos mismos preceptos podía existir también una jerarquía. De allí la pregunta a Jesús, cuál consideraba Él como el más importante de todos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es el “Shemá Israel”, que todo israelita sabía de memoria.

Pero como si tal mandamiento no fuese por sí sólo íntegro y completo, al menos en el campo práctico, añadió este otro mandamiento que también se encontraba en la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» En esto consiste la gran novedad que aporta el Señor Jesús: Él enlaza ambos preceptos para formar uno sólo, el “máximo” mandamiento. Y aunque establece una jerarquía poniendo en primer lugar el amor a Dios, establece también un nexo inquebrantable entre este amor y los otros dos amores: al prójimo y a uno mismo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Sufre quien no es correspondido en su amor. Se queda solo quien se niega a amar o no logra ser amado. ¿Y no es espantosa y angustiante esa soledad? ¿No es a quedarnos sin nadie a lo que más le tememos y huimos? ¿No hemos sido alguna vez o somos acaso ahora infinitamente tristes cuando experimentamos la ausencia de alguien que nos ame, de alguien a quien amar? ¿Quién resiste la soledad, ese sentirse “sólo en esta vida”, no tener a nadie que se preocupe por uno? En la soledad la alegría por la vida se extingue poco a poco, el sufrimiento se hace a veces insoportable.

¡Y es que necesitamos de otros “tú” humanos, necesitamos de la comunión profunda con esos otros seres semejantes a nosotros, necesitamos amar y ser amados para ser felices! Llámese amor paternal o filial, amor fraternal, amor de enamorados o esposos, amor de amistad… necesitamos amar, y nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido cuando amamos y somos amados. Es entonces cuando descubrimos que nuestra felicidad finalmente no depende de cuánto dinero tengamos, de cuántos éxitos en la vida logremos o de cuánta fama y poder alcancemos, tampoco de cuántos placeres gocemos y disfrutemos, sino de cuánto amemos y seamos amados de verdad.

¿Pero por qué es ésta una necesidad para nosotros? Es porque hemos sido creados por Dios-Amor (Ver 1Jn 4,8.16), para el amor, que experimentamos en nosotros esa profunda “hambre” de amor y comunión. ¿Pero es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente mi corazón? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, dejándonos amar por Él, amándolo a Él sobre todo y con todo nuestro ser. De ese modo entramos en comunión con aquél “Tú” por excelencia que responde verdaderamente a nuestros profundos anhelos de amor, y nutridos de ese amor divino, nos hacemos capaces al mismo tiempo de amar como Él a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

En efecto, quien pone a Dios en el centro de sus amores, no limita su amor a sólo Dios, no ama menos a los demás, no “pierde”, sino que experimenta que su corazón se ensancha cada vez más, que su amor se purifica, crece, madura y se expresa en lazos de una verdadera amistad, de un auténtico amor y comunión que nunca pasarán, porque Dios no pasa nunca y quien lo ama a Él y en Él ama a todos, jamás perderá a quienes ama sino que los ganará en Él por toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Dice: “semejante al primero”, porque estos dos mandamientos están vinculados el uno con el otro, y pueden intercambiarse entre sí, puesto que el que ama a Dios ama sus obras, y debe por consiguiente amar a todos los hombres. Recíprocamente, el que ama al prójimo, que con frecuencia es causa de tropiezo, con mucha más razón debe amar a Aquél de quien siempre está recibiendo beneficios. Por tanto, y a causa de la correspondencia de estos mandamientos, añade: “No hay otro mandamiento que sea mayor que éstos”».

Teofilacto

«La caridad en sentido propio, es decir, en cuanto amistad del hombre, en primer lugar, para con Dios, y, como consecuencia, para con todo lo de Dios, incluye también al mismo hombre que tiene caridad. Así, entre lo que ama con caridad, en cuanto es de Dios, está que se ame a sí mismo por caridad».

Santo Tomás de Aquino

«Recordad conmigo, hermanos, cuales sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos. Éste debe ser el objeto continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. (…;) Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquél que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a Aquél con quien deseas permanecer eternamente».

San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La caridad


2055: Cuando le hacen la pregunta: «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22, 36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:


En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Rom 13, 9-10).

2093: La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por El y a causa de El.

2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.

La Ley nueva, ley del amor:

1972: La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), o también a la condición de hijo heredero.

Conclusion

«¿Cuál es el mandamiento más importante?»

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 4 de noviembre de 2018

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

«Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo»: ésta es la esencia y el fundamento del mensaje que Dios mismo ha manifestado al ser humano. No existe mandamiento más importante porque éste engloba todos los demás mandamientos ya que no existe nada más exigente para el ser humano que amar (San Marcos 12, 28b-34). En la Primera Lectura (Deuteronomio 6, 2-6), el pueblo de Israel renueva su amor total y exclusivo en Yahveh. Jesucristo es el Sumo Sacerdote que nos hacía falta ya que Él mismo es quien se ofrece, en un acto sublime de amor, al Padre para la reconciliación de los hombres e intercede en el cielo por cada uno de nosotros (Hebreos 7, 23-28

«Escúchalos y cúmplelos con cuidado para que seas feliz»

El texto del Dt 6,4-9, juntamente con Dt 11,13-21 y Nm 15,38-44, integran el conocido «Shemá» denominado así por la primera palabra hebrea de Dt 6,4: «Escucha» y que desde finales del siglo I de nuestra era, no ha dejado de rezarse mañana y tarde por los judíos observantes. De todos los textos que componen el «Shemá»; Dt 6,4-9 es el más importante por contener la proclamación por excelencia de la fe judía: «El Señor es uno». Tras la palabra «Shemá», con que se invita a Israel a ponerse en actitud de escucha, se proclama solemnemente la unidad de Yahveh-el Señor, de donde se hace derivar la unión plena y total de Israel con Él. Constituye así el «mandamiento principal» de Israel.

La triple expresión de Dt 6,5 (con todo tu corazón, alma y fuerzas) insiste en el amor total y sin reservas al Señor. El corazón y el alma, generalmente considerados como sede de toda la vida interior (psíquica y espiritual) del hombre. A estas facultades interiores se han de asociar las exteriores: las manos y los ojos (Dt 6,8 Toda la persona tiene que guardar cuidadosamente todas estas palabras del Señor en su corazón .

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?»

El Evangelio de hoy nos presenta la tercera de las preguntas que se hacen a Jesús para ponerlo a prueba. Hay una suerte de «ir en aumento» en el grado de dificultad que alcanzará su punto máximo con la pregunta de nuestro texto. La primera tiene una dimensión política y se la hacen los fariseos y herodianos (amigos del poder de Roma) para «cazarlo en alguna palabra» que pudiera comprometerlo ante el poder temporal: «¿Es lícito pagar el tributo al César o no?» (Mc 12,14).

La segunda pregunta se la hacen los saduceos «esos que niegan la resurrección» y se refiere a una verdad acerca del destino final del hombre: ¿Una mujer que ha tenido siete maridos, «en la resurrección, cuando resuciten, de cual de los siete será la esposa»? (Mc 12, 23). La intención de esta pregunta es ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Jesús responde a cada una de estas preguntas como un auténtico «maestro». Finalmente se acerca un escriba que había estado acompañando el diálogo y aprovecha de formularle una pregunta que era una auténtica preocupación entre los doctores de la ley: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos ?».

Para un israelita la justificación ante Dios consistía en cumplir fielmente los mandamientos y preceptos de la ley de Moisés. Así había escrito Moisés: «El Señor se complacerá en tu felicidad, si tú escuchas la voz del Señor tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley» (Deut 30,9-10). Pero en la Ley de Moisés había cientos de mandamientos, preceptos y prohibiciones . ¿Cuando se produce un conflicto entre dos preceptos, cuál se debe observar; cuál es el primero de todos los mandamientos? Todos recordamos los conflictos que tuvo Jesús con los escribas y fariseos por este motivo.

Por ejemplo, respecto a la ley del reposo sabático, Jesús se vio enfrentado a este conflicto: ¿qué prevalece el sábado, observar el reposo o salvar una vida? Cuando Jesús encuentra en la sinagoga a un hombre con la mano seca y todos lo acechan para ver si lo curaba en sábado y tener de qué acusarlo, Él les pregunta: «¿En sábado, es lícito hacer el bien en vez del mal, es lícito salvar una vida en vez de destruirla?» (Mc 3,4). En el fondo se trata de tener claro, cuál es el mayor de los mandamientos y por lo tanto, prevalece sobre los otros.

GLORIA A DIOS !

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC-DRVC

Señor, haz que pueda ver

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

28 de Octubre al 3 Noviembre del 2018

Tema “¡Señor, haz que pueda ver!”

Jer 31, 7-9: “El Señor ha salvado a su pueblo”

Así dice el Señor:

«Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan:

El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel.

Yo los traeré del país del norte, los reuniré desde los confines de la tierra.

Entre ellos hay ciegos y cojos, mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz:

una gran multitud retorna.

Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua,

por un camino llano en que no tropezarán.

Seré un padre para Israel, Efraím será mi primogénito».

Sal 125, 1-6: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

Hasta los paganos decían:

«El Señor ha estado grande con ellos».

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelve cantando,

trayendo sus gavillas.

Heb 5, 1-6: “Cristo, Sumo Sacerdote, fue puesto por Dios en favor de los hombres”

Hermanos:

Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.

A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón.

Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sa¬cerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engen¬drado hoy», o como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacer¬dote eterno, según el rito de Melquisedec».

Mc 10, 46-52: “Maestro, haz que pueda ver”

En aquel tiempo, cuando salía Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de mucha gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

— «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí».

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

— «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí».

Jesús se detuvo y dijo:

— «Llámenlo».

Llamaron al ciego, diciéndole:

— «Ánimo, levántate, que te llama».

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

— «¿Qué quieres que haga por ti?»

El ciego le contestó:

— «Maestro, que pueda ver».

Jesús le dijo:

— «Anda, tu fe te ha curado».

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

NOTA IMPORTANTE

Dios realiza grandes hazañas en favor de la descendencia de Jacob, liberándola de la esclavitud de Egipto y haciéndola entrar en la tierra prometida. Luego de afrontar una nueva esclavitud a causa de su infidelidad, Dios liberó nuevamente a Israel del exilio babilónico y lo volvió a guiar a la tierra de sus padres (1ª. lectura). El Salmo responsorial proclama, a causa de este gran acontecimiento liberador: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares» (Sal 125, 1 2). Es la alegría desbordante que experimentan quienes retornan a Jerusalén luego del largo exilio.

Como culmen de las antiguas liberaciones realizadas por Dios a favor de su pueblo, el Señor Jesús viene a realizar la gran y definitiva liberación, la de la esclavitud del pecado y de la muerte, que es su fruto. Jesucristo es “Dios que salva” al pueblo de sus pecados (ver Mt 1, 21). Él es el Hijo unigénito de Dios que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, asumiendo plenamente la naturaleza humana para obrar la redención. Él es el Sumo Sacerdote (2ª. lectura) elegido por Dios para reconciliar a todos los seres humanos con su Padre.

En el Evangelio vemos al Señor Jesús camino a Jerusalén, donde se ofrecerá Él mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de reconciliación para el perdón de los pecados (ver 2 Cor 5, 18-19). El camino que recorre pasa por Jericó, una ciudad que distaba unos treinta kilómetros de Jerusalén.

A la salida de Jericó se encontraba sentado a la vera del camino un ciego pidiendo limosna. El evangelista da razón de su nombre: Bartimeo, es decir, el hijo de Timeo. Él, al enterarse que era el Señor quien pasaba por el camino, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Al dirigirse al Señor con este título lo reconoce como Aquel que habría de nacer de la descendencia de David, el Mesías esperado (ver 2 Sam 7, 12.16). Evidentemente ya se había difundido entre la gente del pueblo la creencia de que Jesús era el Cristo.

Es interesante notar que en el Evangelio de Marcos diversos episodios se abren presentando a Jesús en camino a Jerusalén (ver Mc 8, 27; 9, 33-34; 10, 17; 10, 32). El evangelista parece sugerir de este modo que la vida cristiana es un ir de camino con Jesús, que ser discípulo es seguir a Jesús por el camino que, pasando por la Cruz, le llevará a participar de la gloria de su Resurrección.

Bartimeo estaba sentado a la vera del cami¬no, como simbolizando su estado de marginación de la Vida verdadera debido a su ceguera, concebida como manifestación visible de algún pecado invisible. El Señor escucha la súplica de aquel que implora piedad y le concede el milagro que le pide. Atendiendo a su súplica no sólo cura su ceguera física, liberándolo así de su estado de miseria y postración, sino que también lo libera de su pecado: «tu fe te ha salvado».

La alegría y gratitud del ciego curado se expresa en el seguimiento comprometido: «lo siguió por el camino».

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Fruto del pecado es la escotosis. ¿Qué quiere decir esta extraña palabra? Este término procede del griego skotos, que se traduce como oscuridad, tinieblas. Por escotosis nos referimos a la oscuridad en la que se ve sumergida la razón humana como consecuencia del pecado. Es por tanto una ceguera mental y espiritual que nos impide ver la realidad con objetividad, tal y como es verdaderamente, tal y como Dios la ve.

La escotosis produce en nosotros una visión equivocada y distorsionada de la propia identidad. Por esta ceguera u oscurecimiento pierdo de vista “quién soy yo”, dejo de reconocerme y de reconocer a los demás como criaturas de Dios. Asimismo pierdo de vista quién es Dios y por ello dejo de glorificarlo como es debido (ver Rom 1, 21-22).

Quien es presa de esta ceguera crea su propio mundo a base de fantasías e ilusiones, vive en el autoengaño y el subjetivismo. La escotosis nos impide también ver con claridad hacia dónde nos orientan los profundos anhelos que anidan en nuestro corazón, así como el modo adecuado de responder a ellos. En medio de esta ceguera, seducidos por las ilusiones, caemos en una lectura equivocada de esos anhelos que podemos llamar también dinamismos fundamentales. Esta errada lectura o decodificación nos lleva a creer que podemos saciar nuestra sed de Infinito y nuestra nostalgia de Dios ya sea con el placer (como le sucedió a la samaritana: Jn 4, 18), o con el tener (como le sucedió al joven rico: Mc 10, 17-22) o con el poder (como les sucedió a Santiago y Juan: Mc 10, 35-45).

¡Cuántas veces obramos movidos o seducidos por los ídolos del poseer-placer, del tener y del poder! En esas situaciones somos como ciegos sentados al borde del Camino de la Vida verdadera, ciegos que preferimos tristemente vivir de limosnas, de migajas que nunca nos saciarán, dejando que las “voces” del mundo callen el clamor del corazón en vez de “gritar más fuerte” para pedirle al Señor que nos cure de nuestra “ceguera”, que nos dé su luz y su misma mirada para poder vernos a nosotros mismos, ver a los demás y ver todas las cosas como Él las ve!

En efecto, esta ceguera sólo podemos curarla acudiendo al Señor, quien ha dicho de sí: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Sólo acogiendo al Señor y la luz que Él derrama en nuestras mentes podemos ver con claridad sin engañarnos a nosotros mismos autoconvenciéndonos de que “está bien” algo que en realidad no lo está, sin andar “razonando” y actuando bajo el impulso e imperio de las pasiones desordenadas.

El Señor Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), luz que nos ilumina a ti y a mí. Si quieres ver con la luz del Señor, si quieres comprender realmente el misterio que eres tú, así como el sentido hermosísimo de tu existencia, si quieres responder a las ansias profundas de Infinito que con fuerza experimentas palpitar en tu corazón, si quieres responder a tu hambre y nostalgia de Dios, no te canses de buscar en Él esa luz y de pedirle insistentemente como Bartimeo: «Maestro, ¡que vea!» (Mc 10, 51). Así, renovando día a día esta humilde súplica, haciendo que ese grito sea más fuerte que las “voces” de la ilusión, de la mentira y del engaño que buscan seducirte, procura nutrirte de las enseñanzas del Señor Jesús, asimilando y haciendo propios los criterios de Jesús para iluminar así todos tus pasos, tus opciones y decisiones de la vida cotidiana.

Y como Bartimeo, una vez curado o curada de tu ceguera por la luz que el Señor derrama en tu mente y corazón, no dejes de seguirlo cada día, con perseverancia y gratitud, por el camino que conduce a la Vida plena y eterna.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Habiéndose hecho famoso el nombre de Cristo, el pueblo de los gentiles trataba de unirse a Él a pesar de la oposición de muchos: primero de los judíos y luego también de los gentiles, quienes no querían que el mundo una vez iluminado invocase al Señor. Sin embargo, su furiosa oposición no podía apartar de la salvación a los que estaban destinados a la Vida. Al pasar Jesús oyó al ciego que gritaba, porque se compadecía por su humanidad, como por el poder de su divinidad disipa las tinieblas de nuestro entendimiento: por nosotros es por quienes nació y padeció Jesús, como quien está de paso porque esta acción es temporal, así como es atributo de Dios el disponerlo todo de un modo inmutable. El Señor llama al ciego que gritaba cuando manda la palabra de la fe al pueblo de las naciones por medio de sus ministros, quienes llamando al ciego le ordenan que se levante y se acerque al Señor, esto es, predicando a los ignorantes les mandan que tengan esperanza de su salvación, que se levanten del fango de los vicios y que se dispongan al estudio de las virtudes. Arrojando su manto, al instante se pone en pie, como el que liberado de los obstáculos que ofrece el mundo, se adelanta con paso ligero hacia el dador de la luz eterna».

San Beda

«Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones».

San Teófilo de Antioquia

«Y es precisamente la humanidad la que queda representada por este ciego sentado al borde del camino y mendigando, porque la Verdad dice de ella misma: “Yo soy el camino” (Jn 14, 6). El que no conoce el resplandor de la luz eterna, ciertamente es ciego, pero si comienza a creer en el Redentor, entonces “está sentado al borde del camino”. Si creyendo en Él, descuida de pedir el don de la luz eterna, si rechaza pedírselo, permanece al borde del camino; y no se cree necesitado de pedir... Que todo el que reconoce que las tinieblas hacen de él un ciego, que todo el que comprende que le falta la luz eterna, clame del fondo de su corazón, con todo su espíritu: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”».

San Gregorio Magno

«Mis parientes, vecinos y amigos comenzaron a bullir. Los que aman sigilo se me ponen enfrente. ¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería, es una locura. Y cosas tales grita la turba para que no clamemos los ciegos».

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús es Señor

448: Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).

Jesús escucha nuestra oración

2616: La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su Muerte y de su Resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras, o en silencio. La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27) o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

La oración a Jesús

2665: La oración de la Iglesia, alimentada por la Palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos, según su actualización en la oración de la Iglesia, y el Nuevo Testamento ponen en nuestros labios y graban en nuestros corazones las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres.

2666: Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: «Jesús», «YHWH salva». El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir «Jesús» es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

2667: Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria y del monte Athos es la invocación: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores». Conjuga el himno cristológico de Flp 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego. Mediante ella, el corazón se abre a la miseria de los hombres y a la misericordia de su Salvador.

CONCLUSION

Ver para creer

Los que viven en situaciones de pobreza, de opresión e injusticia son los que saben apreciar de verdad la liberación. En eso se parecen al ciego del que hoy nos habla el Evangelio. No es un ciego como los demás. Hay una diferencia clave: es consciente de su ceguera. Por eso es capaz de gritar al paso de Jesús y pedirle que tenga compasión de él. Quizá podríamos aventurar la idea de que este ciego no lo era de nacimiento, como algún otro que aparece en los Evangelios. Sabía lo que era ver las cosas, el mundo, las personas. Cuando se quedó ciego, se dio cuenta de lo que perdió. Por eso su sufrimiento era mayor. O simplemente sus familiares le habían hablado de lo que era ver las cosas y los rostros de las personas, los atardeceres y amaneceres con todos sus colores. Por eso grita al paso de Jesús. Y cuanto más le dicen que se calle, más grita. Es su oportunidad. Con su grito, está llamando la atención sobre su limitación, sobre su pobreza. Pero el grito no es educado. Es molesto. Impide que los discípulos escuchen la voz de Jesús. Por eso le piden que se calle.

En nuestra sociedad a veces también resulta de poca educación poner al descubierto nuestras pobrezas, nuestras limitaciones. Pero los pobres, los oprimidos, los que sufren la injusticia y el dolor están siempre ahí. Por más que les echemos de nuestro barrio o miremos a otra parte cuando pasan cerca de nosotros. Pienso ahora en los jóvenes delincuentes. Viven en medio de la violencia. Hacen ruido, nos quitan la paz. Pero tengo la impresión de que todas esas cosas que hacen que tanto nos molestan y que ponen auténtica violencia en nuestros barrios no son más que una forma de gritar su miseria, su necesidad de cariño. En el fondo no son más que niños necesitados de una familia que les apoye, que les defienda, que les haga sentirse seguros.

Jesús devuelve la vista al ciego. Pero el milagro físico de devolverle la vista nos habla de otro milagro más profundo. Parece que el ciego empieza a ver no sólo con los ojos sino también con el corazón. Dice el Evangelio al final que “al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Quizá haya pocos ciegos en el sentido físico entre nosotros. Pero es posible que haya muchas maneras de ser ciego, muchas clases de ceguera. Y que algunos de nosotros ni siquiera tengamos el privilegio, como aquel ciego, de darnos cuenta de que estamos ciegos.

Ése es el milagro que hoy le tenemos que pedir a Jesús con todas las fuerzas. Que nos cure el corazón, que nos abra los ojos, para creer, para levantarnos y caminar mano a mano con nuestros hermanos y hermanas, construyendo fraternidad, construyendo reino, trabajando para que nadie se quede a la vera del camino, marginado, abandonado, para que los gritos de los que, cerca de nosotros, nos piden ayuda no nos resulten molestos sino que sean llamadas a vivir la fraternidad tal y como Jesús quería. Jesús nos dará la fuerza y la gracia que necesitamos.

Para la reflexión

¿Qué gritos escuchamos en nuestra sociedad? ¿Cómo gritan los pobres de nuestro tiempo? ¿Qué dicen? ¿Cómo podemos ayudarles a encontrar el camino? ¿Puede ser Jesús una ayuda en ese camino? ¿Cómo?

Ministerio de Comunicación RCC-DRVC

 

El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee octubre Ee 2018 a las 17:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

21 -27de Octubre del 2018

“El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos”

 

Is 53, 10-11: “Mi Siervo justificará a muchos; Él cargará con sus culpas”

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años, y por medio de él triunfará el plan del Señor.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimientos.

Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.

Sal 32, 4-5.18-20.22: “El Señor es compasivo y misericordioso”

La palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:

Él es nuestro auxilio y escudo.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

Heb 4, 14-16: “Ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”

Hermanos:

Puesto que tenemos un gran Sumo Sacerdote, que ha penetrado en los Cielos, Jesús, Hijo de Dios, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.

Pues no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Mc 10, 35-45: “El Hijo del Hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

— «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».

Les preguntó:

— «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Contestaron:

— «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».

Jesús les contestó:

— «Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?»

Ellos contestaron:

— «Sí, podemos».

Jesús les dijo:

— «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y recibirán el bautismo que yo voy a recibir, pero el sentarse a mi derecha o mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo:

— «Ustedes saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y les hacen sentir su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así: el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».


NOTA IMPORTANTE

Por amor al Padre y por amor a cada ser humano el Hijo eterno de Dios, asumiendo plenamente nuestra naturaleza humana, aceptó entregarse a sí mismo en expiación por nuestros pecados. En su pasión y muerte, Él fue quebrantado con dolencias inmerecidas. A fin de reconciliarnos con Dios, cargó sobre sí nuestras culpas. Por su muerte, nos justificó. Ofreciéndose a sí mismo, nos ha redimido y reconciliado (1ª. lectura).

Cristo, la Víctima expiatoria, es al mismo tiempo el Sumo Sacerdote que ofrece por toda la humanidad el sacrificio de su propio cuerpo en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). En Él tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, aunque en Él no hubo pecado alguno. Él, el Cordero inmaculado, cargó sobre sí los pecados de toda la humanidad para reconciliarla con el Padre.

El Evangelio de este Domingo se ubica inmediatamente luego del renovado anuncio del cómo sucederá aquello que fue anunciado por los profetas: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará» (Mc 10, 33-34). Los discípulos siguen sin querer entender, siguen tercamente aferrados a su idea del Mesías entendido como un glorioso y poderoso liberador político. Interpretan las palabras del Señor como el anuncio de su cercana manifestación gloriosa, el anuncio de la inminente instauración del Reino de Dios en la tierra mediante la restauración del dominio de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas (ver Hech 1, 5). Ante esa perspectiva y creciente expectativa, se avivan las ambiciones de algunos Apóstoles. Dos de ellos, Santiago y Juan, se acercan al Señor para expresarle su ambición: «concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda», cuando con el poder de Dios hayas instaurado tu Reino y sometido a todas las naciones.

El Señor, lejos de escandalizarse ante la ambición mostrada por sus discípulos, se muestra comprensivo de la fragilidad humana y de las distorsiones introducidas en el corazón humano por el pecado. Ante tal petición y ante la indignación que genera entre los demás Apóstoles, Él los reúne en torno a sí y les enseña a interpretar rectamente el deseo de grandeza que mueve sus corazones: «el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Es por el servicio y la humildad como ellos están llamados a ser auténticamente grandes, a ser “los primeros” entre todos. Ése, y no el de la gloria humana y el dominio abusivo sobre los demás, es el camino por el que responderán acertadamente a sus anhelos de grandeza y gloria.

El Señor se pone a sí mismo como modelo y ejemplo a seguir: Él, siendo Dios, se ha hecho hombre, y no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la propia vida como rescate por todos. Él no se impuso mediante su poder, sino que hizo de su propia vida un don para los demás. Es bebiendo de su mismo cáliz, abajándose con Cristo por la humildad, como sus discípulos serán elevados con Él hasta lo más alto, hasta la participación en la misma gloria divina. Siguiendo sus huellas el discípulo puede responder acertadamente a su legítima aspiración a la grandeza humana.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Puede el mundo cambiar, si no se entiende la lógica del servicio, de la donación de sí mismo a los demás? ¿Puede el mundo volverse más humano, más fraternal y reconciliado, mientras la lógica que impere entre los hombres sea la de la imposición del más fuerte sobre el más débil, la violencia para someter a los demás, la explotación del otro para el propio beneficio, la utilización del otro para mis propios intereses personales?

La ambición que anida en el corazón del hombre lleva muchas veces a actitudes como: ponerse por encima de los demás, verse superiores a ellos, buscar dominar a otros, etc. Lo vemos tanto en la política, pero se da también en el trabajo o en el hogar, en nuestro trato diario con los demás.

¿Pero es mala la ambición? La ambición, si la entendemos como un fuerte anhelo de grandeza, una aspiración a la gloria, ha sido puesta por Dios mismo en el corazón humano, a fin de que aspire a alcanzar las cumbres más elevadas, a fin de que aspire incluso a querer “ser como Dios” y a realizar así su vocación a la participación de la misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Pero por el pecado esa ambición se orienta a satisfacer el propio egoísmo en una lucha despiadada con los demás para obtener los primeros puestos y buscar en ellos el poder y la vanagloria.

El Señor no se escandaliza ni rechaza la ambición que muestran sus Apóstoles, incluso se podría decir que cuenta con ella. ¿No los ha elegido, conociéndolos de antemano? ¿No ha elegido hombres ambiciosos para llevar a cabo una misión de alcances insospechados? ¿No necesita el Señor de hombres que ambicionen la gloria, para conquistar el mundo entero? Por ello el Señor no recrimina a sus Apóstoles por su ambición ni les pide que la sofoquen; al contrario, los estimula a ser los primeros, a ser grandes, pero les muestra el camino que deben seguir: «el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10, 43-45).

Y tú, ¿quieres ser grande de verdad? ¿Quieres la auténtica gloria para ti, aquella que responderá a los anhelos de grandeza que palpitan fuertes en tu corazón? El Señor Jesús, con su propia vida, te muestra el camino: que tu ambición, el deseo de ser de los primeros, de alcanzar honor y gloria, te lleve no a servirte de los demás, a pisotearlos para ejercer sobre ellos un dominio despótico, a aprovecharte de sus debilidades, a manipularlos para tus fines, sino a servirlos, a hacer de tu propia vida un don para los demás, para que otros crezcan humana y espiritualmente. Así experimentarás un gozo profundo en esta vida y participarás de la misma gloria del Señor, una gloria que no es vana y pasajera, sino que será eterna.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«“El discípulo no es más que el maestro” (Mt 10, 24)... Y no obstante, los hijos de Zebedeo, antes de haber sufrido la humillación, en conformidad con la pasión del Señor, ya se habían escogido sus puestos, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Querían levantarse “antes de la aurora”. Por esto caminaban en vano. El Señor les recordó la humildad preguntándoles: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” Seguidme, dijo, por el camino que voy yo. Porque si queréis llegar por un camino diferente, caminaréis en vano».

San Agustín

«Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios».

San Gregorio de Nisa

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús es el Siervo sufriente, servidor de todo ser humano

440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del Cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28).

608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).

623: Por su obediencia amorosa a su Padre, “hasta la muerte de Cruz” (Flp 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria del Siervo doliente que “justifica a muchos cargando con las culpas de ellos” (Is 53, 11).

María, Sierva de Dios y de sus designios reconciliadores

494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con Él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Llamados a seguir el ejemplo de Cristo

786: El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección. Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir es reinar» particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente». El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

CONCLUSION

El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 21 de octubre de 2018

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 35-45

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio (San Marcos 10, 35-45). Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Isaías 53, 2a.3a.10-11). Justamente asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Hebreos 4, 14-16).

«Despreciable y desecho de hombres»

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento.

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25) ; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24) . Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel, así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo respondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC-DRVC

GLORIA A DIOS!



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