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DOMINGO DE RAMOS

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee abril Ee 2019 a las 22:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RAMOS


14 - 20 de abril del 2019



“¡Hosanna!... ¡Crucifícalo!”



Procesión de Ramos:

Lc 19, 28-40: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”


En aquel tiempo Jesús acompañado de sus discípulos caminaba adelante, subiendo a Jerusalén.

Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— «Vayan al pueblo que está enfrente; al entrar, encontrarán un burrito atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, contéstenle: “El Señor lo necesita”».

Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el burrito, los dueños les preguntaron:

— «¿Por qué lo desatan?»

Ellos contestaron:

— «El Señor lo necesita».

Luego llevaron el burrito adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, le ayudaron a montar.

Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos.

Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo:

— «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:

— «Maestro, reprende a tus discípulos».

Él replicó:

— «Les aseguro que, si éstos callan, gritarán las piedras».


Is 50, 4-7: “Yo no me resistí, ni me eché atrás”


Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.


Sal 21, 8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Al verme, se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere».

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.


Flp 2, 6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”


Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


Lc 22,14 - 23,56: Pasión del Señor Jesucristo según San Lucas (Por la extensión del pasaje, no lo publicamos acá;)


NOTA IMPORTANTE


Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2, 41), junto con sus Apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.


Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11, 3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba en peligro de muerte. El Señor, en vez de apresurarse, espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11, 4). Terminada la espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un cadáver que yacía ya cuatro días en el sepulcro, y por tanto se encontraba en un estado avanzado de descomposición (ver Jn 11, 39-40).


El desconcierto inicial daba lugar a la intensa euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba. Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11, 45). La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro. ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado? No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los Apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Sin duda pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría al fin el anhelado Reino de los Cielos en la tierra.


Al llegar la espectacular noticia a los oídos de los fariseos en Jerusalén, éstos se reunieron en consejo y se preguntaban: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» Jn 11, 47-48. Alparecer, más que la posible destrucción del Lugar Santo, les interesaba no perder su propio prestigio y poder ante el pueblo. Es entonces cuando «decidieron darle muerte» (Jn 11, 53). Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12, 9), los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12, 11). Impresiona la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos y sumos sacerdotes: mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos no hacían sino endurecer más el corazón y negar la evidencia de los signos que señalaban a Jesús como el Mesías.


Hasta ese momento el Señor había insistido que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8, 56; 9, 20-21). Mas ahora, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11, 4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud da instrucciones a sus discípulos y organiza su entrada mesiánica a la Ciudad Santa: el Mesías, como había sido anunciado por los profetas, entraría a Jerusalén montado sobre un pollino, un joven burro que aún no había sido montado por nadie: «Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo» (Mt 21, 5; ver Is 62, 11; Zac 9, 9-10).


No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22, 21ss). El Señor pide un borrico que nadie ha montado aún, y es que los judíos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos era menos idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2 ; Dt 15, 19; 21, 3; 1 Sam 6, 7). Sólo un pollino que no hubiese sido montado aún era lo propio para transportar al mismo Mesías enviado por Dios.


El mensaje que daba el Señor era muy claro: Él era el Rey de la descendencia de David, el Mesías que debía salvar a su pueblo. En Él finalmente se cumplían las promesas divinas.


El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre aquel pollino algunos tendían sus mantos en el suelo para que pasase sobre ellos como sobre alfombras, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo. Con estos gestos la enfervorizada multitudexpresaba su reconocimiento de que Jesús era el Mesías que traería la victoria a su pueblo.


Durante la marcha, encendidos por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11, 9-10). Los términos empleados son típicos. Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David.


Mas ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina. Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria y ciertamente se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte. La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio).


Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16, 21; Lc 9, 22), Él no se resiste ni se echa atrás (ver primera lectura). Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para la reconciliación de toda la humanidad.


Dios exaltó y glorificó al Hijo que siendo de condición divina se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (ver la segunda lectura). Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa. Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” desbordante de fervor y el despiadado “¡crucifícalo!”.


Nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo? ¿Por qué este cambio radical de actitud? ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos”;) y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, burlas, golpes, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no! ¡A Barrabás!... a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?


Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre. Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa, dice o hace. ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente: “crucifíquenlo” y “crucifiquen a su Iglesia”? Como en aquel tiempo, también hoy la “opinión pública” es manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19, 47; Jn 5, 18; 7, 1; Hech 9, 23).


Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto al Señor Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a ciertos grupos de poder para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia. ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogimos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero pocos días después lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!” con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas? ¿Cuántas veces preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?


¡También yo me dejo manipular tan fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe! ¡También yo me dejo influenciar tan fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal! ¡También yo me dejo seducir tan fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener! Y así, ¿cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito con mi pecado: “¡A ése NO! ¡Elijo a Barrabás! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡A ése CRUCIFÍCALO!”?


¡Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras! ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles! ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él! ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante! De lo contrario, en el momento de laprueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traicionero “crucifícalo”.


¿Qué elijo yo? ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte? ¿O, cobarde como tantos, me conformo con señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de este mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquellos que son de Cristo?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Venid subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación. Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados. Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa. Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro». San Andrés de Creta


«Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado». San Ambrosio


«No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder». San Beda


«Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló,las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron». San Beda


«Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La subida de Jesús a Jerusalén


557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección. Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).


558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23, 37). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 41-42).


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


559: ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»;). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.


560: La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.


CONCLUSION


«¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»


Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo C – 14 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 22, 14 -23, 56


El Dios que se hace Hombre y nos salva. El Siervo de Yahveh (Isaías 50, 4-7) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los Filipenses (Filipenses 2, 6-11), canta a Cristo que «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo». En la narración de la Pasión según San Lucas (San Lucas 22, 14 -23, 56), Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su Espíritu. Su abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la Resurrección. La exaltación de los Ramos y la Pasión (San Lucas 19, 28-40) están en mutua referencia, aunque el primer paso suene a triunfo y el segundo a humillación. Las lecturas de la Misa que median entre el Evangelio de losRamos y la lectura de la Pasión hacen como un puente que une los dos misterios de la vida de Jesús.


La Semana Santa


En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma y se da comienzo a la Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual: desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrección. En los países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para destinarlos a la contemplación de los misterios que nos dieron la salvación. El que los considera simplemente un “fin de semana largo” no ha entendido nada del misterio cristiano y demuestra que no tiene interés en Cristo.


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en Jerusalén adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51 hasta el capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando empezó a moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La «asunción» de Jesús es el conjunto de su Pasión, Muerte y Resurrección. La expresión textual dice: «endureció su rostro para dirigirse a Jerusalén». Indica una resolución firme con un propósito deliberado. Jesús sabía bien a qué iba a Jerusalén. Sucesivamente, el Evangelio recordará a menudo este movimiento hacia la ciudad santa.


Gran parte de la lectura que relata la entrada en Jerusalén se concentra sobre el hecho de que Jesús entró en la ciudad montado en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con conocidos suyos. Por eso bastaría decir a los dueños del asno: «El Señor lo necesita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadura entró en Jerusalén.


¿Por qué reviste tanta importancia esta circunstancia? Es que así estaba anunciado que entraría en Jerusalén el Rey de Israel. El profeta Zacarías lo ve ocurrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cumple eso y «todo lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado. Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino… y llenos de alegría se pusieron a alabar a Dios a grandes voces: ‘¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!».


Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser aclamado como Rey y Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro, reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad, llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús responde: «Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras». Jesús, no obstante, su humildad, responde reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía pronunciar. En efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesisde que la multitud callara, gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «estaba el pueblo mirando» (Lc 23,35), en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió, «tembló la tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).


La Pasión del Señor según San Lucas


El relato de la Pasión según San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no judíos provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con el ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia, subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el relato de Lucas es el de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son pronunciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio de su propio dolor: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.


El Misterio de la Cruz de Cristo


En la Pasión del Señor Jesús se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y violenta? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable del Plan amoroso de la redención realizada por Jesucristo. Sin embargo, si es importante que entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento, la Pasión dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas sin valor autónomo. Eso hubiera sido un sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús. El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Reconciliador de Dios.


Nos consta la repugnancia natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión, tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como síquicos (traición de Judas, negaciones de Pedro, deserción de discípulos, etc.). No obstante…«no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres por el amor que le tiene.


Jesús carga la Cruz de su Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento y del dolor productos del pecado. El maldel sufrimiento, en el misterio redentor de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien.


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responde: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’ (Lc 19,40).


Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta ‘new age’, un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano. Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas…, y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.


Él lo dijo claramente a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga’ (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.


Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el ‘crucifícalo’, no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por lasenfermedades… Sufren a causa de la guerra y del terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados… Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le reconozca, que se le ame No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.


Papa Francisco. Homilía Domingo de Ramos. 9 de abril de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? No han descubierto el tesoro escondido en el dolor. Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor redentor. San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida cotidiana?

2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana Santa? ¿Qué esfuerzos voy a hacer para vivir con el Señor y desde el corazón de la Madre, los misterios centrales de mi fe?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 599- 623


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más

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DOMINGO V DE CUARESMA


7 - 13 de abril del 2019


“Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”



Is 43, 16-21: “Voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?”


Así dice el Señor, que abrió un camino a través del mar y una senda en las aguas impetuosas; el que hizo salir a batalla carros y caballos, con poderoso ejército; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue:

«No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan? Abriré un camino por el desierto, ríos en la llanura. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque haré brotar agua en el desierto, ríos en la llanura, para apagar la sed de mi pueblo, mi elegido, el pueblo que yo formé para que proclamara mi alabanza».


Sal 125, 1-6: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”


Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

Hasta los paganos decían:

«El Señor ha estado grande con ellos».

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

Al ir, iban llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelven cantando,

trayendo sus gavillas.


Flp 3, 8-14: “Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta”

Hermanos:

Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él, no con mi propia justicia, la que procede de la ley, sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.

Así podré conocerlo a Él, conocer la fuerza de su resurrección, y participar de sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba me llama en Cristo Jesús.


Jn 8, 1-11: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

— «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

— «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E, inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron retirando uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que permanecía allí frente a Él. Jesús se incorporó y le preguntó:

— «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?»

Ella contestó:

— «Ninguno, Señor».

Jesús le dijo:

— «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba.»


De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal.» (Dt 22, 22;

Ver también Lev 20, 10) La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.


Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios.» (Ver Hech 6, 11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.


El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?


Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entrahasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido. (Ver Heb 4, 12) No un largo discurso, sino tan solo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.


Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”» Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (Ver Jn 3, 17), que yo he venido a hacer todo nuevo (Ver la primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (Ver segunda lectura).”


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo.» (Prov 24, 16) No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4, 6-7; ver 1 Pe 5, 8-9).


Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.


Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.


El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (Ver Gen 3, 8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.


El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (Ver Jn 8, 34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (Ver Ez 33, 10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1, 13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.


Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7, 24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7, 24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestrospasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.


Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33, 11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1 Pe 2, 24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (Ver Mt 26, 41).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“...se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos y dejaron solo a Jesús con la mujer.” (Jn 8, 9) Se quedaron sólo dos, la miserable y la Misericordia. Pero el Señor, después de haberlos rebatido con la justicia, no quería ver su derrota. Apartando su mirada de ellos “Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en el suelo.” (Jn 8, 6)» San Agustín


«Jesús miró a esta mujer que se había quedado sola después de haberse marchado todos. Hemos escuchado la voz de la justicia, ¡escuchemos ahora también la de la bondad!... Esta mujer esperaba el castigo de aquel que era sin pecado. Pero él, que había rechazado con la justicia a sus enemigos, mirándola a ella con ojos de misericordia la interroga: “¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte? Ella responde: “Ninguno, Señor. Entonces Jesús añadió: Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar.” (Jn 8, 10-11)» San Agustín


«“Ni yo tampoco te condenaré”. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: “Vete, y no peques ya más”. Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al pecador. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: “vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho”. Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez (Sal 24 ).» San Agustín


«El Señor es bueno, el Señor es lento a la cólera, el Señor es misericordioso, pero el Señor es justo y el Señor es la misma verdad (Sal 85, 15) El te concede un tiempo para corregirte mientras que tú prefieres aprovecharte de esta demora en lugar de convertirte. Fuiste malo ayer, sé bueno hoy. ¡Has pasado el día haciendo el mal, mañana cambia de conducta! Este es el sentido de las palabras que Jesús dirige a esta mujer: “Yo tampoco te condenaré, pero, libre del pasado, ten cuidado en el futuro. Yo tampoco te condenaré, he borrado tu culpa. ¡Observa lo que mando para recibir lo que prometo!”» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Fue hallada en flagrante adulterio


2380: El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio. El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio. Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría.


2381: El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.


2384: El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra.El sacramento de la reconciliación


1442: Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» 2 Cor 5, 1*. El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor 5, 20).


1446: Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia».


982: No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero» (Catecismo Romano). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.


CONCLUSION


«El que esté sin pecado que tire la primera piedra»


Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo C – 7 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 8, 1-11


El Domingo pasado hemos conocido el corazón del Padre misericordioso. Este Domingo la Iglesia nos invita a meditar sobre el perdón y el amor reconciliador que Dios regala al pecador para que se convierta en una criatura nueva; para que recupere su dignidad perdida por el pecado. Esto lo vemos en el hermoso pasaje de la mujer adúltera (San Juan 8, 1-11) o del pueblo israelita, sumido en el desierto de Babilonia (Isaías 43,16-21).


Este horizonte plenificador que el Señor nos ofrece nos debe de impulsar a trabajar día a día, colaborando con la gracia de Dios, en favor de nuestra santificación personal. Nada se compara con la felicidad que el Señor nos ofrece o como leemos en la carta a los Filipenses; «todo es basura para ganar a Cristo» (Filipenses 3, 8-14).


La hipocresía de los fariseos

A medida que Jesús cumplía con la misión encomendada por su Padre, el pueblo sencillo comenzaba a darle crédito y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales que las que ha hecho éste?» (Jn 7,31). Los fariseos, en cambio, cuando se enteraron de que la gente hacía esos comentarios acerca de Él, «enviaron guardias para detenerlo» (Jn 7, 32). Los guardias partieron con el propósito de traerlo detenido; pero debieron volver sin él y, a la pregunta de los sumos sacerdotes y fariseos sobre los motivos de su fracaso, no pudieron dar más explicación que ésta: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).


En el Evangelio de este Domingo vemos cómo los fariseos comprobarán «cómo habla este hombre» y así alejarse de Él derrotados. El hecho ocurrió al día siguiente en el Templo cuando predicaba nuevamente a todo el pueblo. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio de todos y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». El título de «Maestro» que dan a Jesús pone en evidencia su hipocresía. Poco antes, los fariseos reprochan a los guardias no haber detenido a Jesús, diciéndoles: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esta gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-4). ¡Ellos no están dispuestos a dejarse embaucar! Ellos no consultan a Jesús porque aprecien su opinión, como se hace con un maestro, sino para tenderle una trampa.


La trampa: el dilema planteado…


¿En qué consiste la trampa que han tendido al «Maestro Bueno»? El hecho en sí mismo no se discute para nada: la mujer había cometido adulterio. Que la Ley de Moisés ordenaba apedrear a la adúltera, era cosa sabida; en efecto, la Ley dice: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). En el Pentateuco se prescribía la muerte de ambos sin especificar la manera que sería la de la lapidación en caso que la mujer sea virgen (ver Dt 22,23s) pero prometida con un hombre. Sin embargo ¿dónde estaba su cómplice en todo el pasaje? ¿El hombre implicado desapareció? ¿No es un poco raro y discriminatorio que solamente llevan a la mujer ante Jesús? Se presentan ante Jesús con un dilema . Evidentemente no podía decretar la muerte de la mujer, pues en Él actúa la misericordia del Padre «que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18,23). Pero tampoco podía decir: «Dejadla ir», porque entonces lo habrían acusado de estar contra la Ley de Moisés.


Recordemos además que Jesús, estaba lejos de ser laxo en este punto. Al joven rico que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otras cosas, Jesús le responde: «No cometas adulterio» (Mc 10,19).


Ante esta disyuntiva y sorprendiendo a todos, «Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra». Y la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que Jesús escribía? La verdad es que no lo sabemos. Tal vez escribía lo que iba a servir como fundamento para la respuesta que daría. Y así como la respuesta tardaba y los fariseos insistían; Jesús se levanta y dice una de esas frases que al leerla uno se siente inmediatamente cuestionado: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Recordemos que Él había declarado «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento» (Mt 5,17). Por eso, decreta: «¡Que se cumpla la Ley también en este caso; pero que comience a arrojarle piedras el que esté libre de pecado, es decir, el que nunca ha merecido él mismo ser apedreado por faltar a la Ley!». Y dicho esto, casi podemos decir con indiferencia, «inclinándose de nuevo, escribía en la tierra». ¿Quién podría haber dicho tal sentencia? ¿Qué juez dictaría tal sentencia? A ningún juez en la historia se le había ocurrido semejante dictamen. Es que en el fondo para emitir esta sentencia hay que conocer las conciencias de todos los hombres. Conocemos lo que sucede luego: «Ellos, los acusadores, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos». Ante la mirada amorosa de Jesús el hombre siente que se verifica lo que dice el Salmo 139: «Señor, tú me escrutas y me conoces… mi pensamiento calas desde lejos… no está aún en mi lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces toda».


«El que esté libre de pecado». ¿De qué pecado? De cualquier pecado; pues los mismos escribas y fariseos debían reconocer ante Dios que tampoco estaban libres de pecado, de un pecado tan grave como el adulterio , y ¡también flagrante! En efecto, es un gravísimo pecado instrumentalizar a una persona, aunque sea pecadora, con el fin de «tentar a Jesús y tener de qué acusarlo». El que comete adulterio igualmente instrumentaliza a una persona, la explota y la trata como un objeto. Por último, ellos no están libres de pecado, pues su pretendido celo por la ley de Moisés no es porque les interese la castidad, sino para poner una trampa a Jesús. La castidad no les interesa para nada. En cam¬bio, la virtud de la pureza del corazón sí le interesa a Jesús, que afirma: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» Mt 5,8. Esto es lo que Jesús desea para la mujer, que recupere la pureza del corazón para que pueda ver nuevamente a Dios.


Una vida nueva


Al final quedan solos Jesús y la mujer. San Agustín es magistral en el comentario de la escena: «Quedaron solos ellos dos, la miseria y la misericordia». Jesús dice una palabra que restituye completamente a la mujer en su dignidad, perdida por el pecado: «Vete, y en adelante no peques más». Los escribas y fariseos habrían podido destruir a la mujer, pero redimirla no, por más que trataran. A Jesús, en cambio, le bastó mostrar misericordia para hacer de ella una mujer nueva; le bastó decirle una palabra para encender en ella el amor a la castidad. Aquí se revela plenamente su identidad de Dios y Hombre, pues esto puede hacerlo sólo Dios, como lo dice una hermosa oración litúrgica: «Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia, sobre todo, perdonando y teniendo misericordia, infunde tu gracia sobre nosotros sin cesar…» (Oración Colecta del Domingo XVI del tiempo ordinario).


«Todo lo tengo por basura para ganar a Cristo»


La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en este episodio, más que un juez castigador, es la del Dios Padre, como el de la parábola del hijo pródigo. Un Dios que acepta al hombre en su fragilidad, tal cual es, lo comprende y lo perdona porque lo ama. La única condición es que el hombre reconozca su situación y quiera cambiarla. Así Dios lo restaura a su antigua dignidad de hijo y lo invita a compartir su pan (ver Ap 3,20). Dios nos regenera con su perdón y nos justifica ante Él, como vemos en la Segunda Lectura.


Recordemos que esta carta fue escrita por San Pablo desde su prisión (posiblemente en Roma en los años 61- 63) y, cómo a pesar de su situación presente, la carta está llena de alegría, confianza y esperanza. Esa vida y condición nueva proviene de Dios y se apoyan en la fe; dándonos un conocimiento más profundo de Cristo y de su misterio pascual. El apóstol Pablo lo estima todo como pérdida y basura comparándolo con el conocimiento de Cristo y se siente impulsado a correr hacia la meta. No interesa lo que quedó atrás; ya ha sido perdonado y regenerado por Dios Misericordioso.


Lo nuevo también es el tema de la Primera Lectura. «Mirad que realzo algo nuevo…ofreceré agua en el desierto». Así habla Dios a los israelitas desterrados en Babilonia, anunciándoles la vuelta a la tierra prometida (VI a.C.). La salida de Babilonia y el regreso a la patria serán como un nuevo y mayor Éxodo. Devueltos de la cautividad del pecado a la dignidad de hijos de Dios, la expresión de alabanza brota de los labios agradecidos como leemos en el Salmo Responsorial: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres…Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Salmo 126).


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».


La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».


Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús». Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».


Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con undecreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».


Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos».


Papa Francisco. Homilía en la Casa Santa Marta. Lunes 7 de abril de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Blas Pascal escribió: «Hay dos clases de hombres: los unos, pecadores que se creen justos; y los otros, justos que se creen pecadores». Dios es quien conoce a cada uno y quiere que nos convirtamos. ¿Me he acercado a Dios en esta Cuaresma? ¿De qué manera concreta lo he hecho?

2. La Cuaresma es un momento adecuado para meditar sobre nuestra propia necesidad de conversión personal.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1420 -1498


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee marzo Ee 2019 a las 14:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO IV DE CUARESMA


31 de marzo al 6 de Abril del 2019


“Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”




Jos 5, 9-12: “Hoy les he quitado de encima el oprobio que sufrieron en Egipto”


En aquellos días, el Señor dijo a Josué:

— «Hoy les he quitado de encima el oprobio que sufrieron en Egipto».

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la llanura de Jericó.

Al día siguiente de la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: pan sin levadura y trigo tostado.

Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, dejó de caer el maná. Los israelitas ya no tuvieron más el maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.


Sal 33, 2-7: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contémplenlo, y quedarán radiantes su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias.


2 Cor 5, 17-21: “Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo”


Hermanos:

El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros.

En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.

Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a Él, recibamos la salvación de Dios.


Lc 15, 1-3. 11-32: “Padre, he Pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

— «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

— «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes.

Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y comenzó a pasar necesidad.

Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer.

Entonces recapacitó y se dijo:

“¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”.

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado”.

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar, para él, el ternero más gordo”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado”».


NOTA IMPRTANTE


Este Domingo escuchamos la parábola del hijo pródigo, aunque quizá podría llamarse más propiamente la parábola del Padre misericordioso dado que su finalidad es revelar las entrañas misericordiosas de Dios.


Las primeras líneas del Evangelio nos ponen en contexto: «solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos”» (Lc 15, 1).


De los fariseos podemos decir que formaban un cuerpo, que procuraban observar la pureza legal y mantenerse separados de los “impuros”, como eran los publicanos y pecadores que se acercaban a Jesús. Un fariseo, término que significa justamente “separado”, consideraba como “malditos” a los que no conocían la Ley y por tanto no la ponían en práctica (ver Jn 7, 49). Comenta G. Ricciotti en su erudita obra “Vida de Jesucristo” que «todos cuantos judíos no pertenecían a la “coalición” farisaica eran llamados por los fariseos “el pueblo de la tierra” (am ha’ares). El término era despectivo, pero aún más despectivo era el comportamiento que observaban los fariseos hacia esos connacionales suyos». Prosigue diciendo que «un verdadero fariseo no debía tener contacto con el “pueblo de la tierra”, sino mostrarse fariseo, esto es, “separado” respecto a aquella gente. Por eso sentenciaba un rabino: participar en una asamblea del pueblo de la tierra produce la muerte». El fariseo tenía prohibido, entre otras cosas, dar hospitalidad o recibirla de alguno que perteneciese al “pueblo de la tierra”. Se entiende entonces el criterio que provocaba la murmuración contra Jesús: según los principios fariseos, ningún “rabbí” o maestro que conocía y practicaba la Ley, podía acoger a los publicanos y pecadores, y menos aún participar con ellos en sus banquetes.


Los evangelios engloban frecuentemente a escribas y fariseos en una sola definición, aún cuando no todos los escribas eran fariseos. Los escribas eran por antonomasia los hombres estudiosos y conocedores de la Ley, expertos en ella, independientemente de sus principios saduceos o fariseos. Pero dado que en la época de Jesús la gran mayoría de escribas eran hombres de principios fariseos, es común que en los evangelios escribas y fariseos aparezcan como formando una unidad.


Consciente de las críticas y murmuraciones de los fariseos y escribas, el Señor Jesús propone tres parábolas o comparaciones a sus oyentes: la historia de la oveja perdida (ver Lc 15, 4-7), la historia de la moneda perdida (ver Lc 15, 8-10) y la historia del “hijo pródigo” y del padremisericordioso. Todas expresan la alegría enorme que Dios experimenta cuando un pecador se convierte y “es hallado” nuevamente.


En la parábola del hijo pródigo el hijo mayor representa a los fariseos y escribas, mientras que el hijo rebelde representa a los publicanos y pecadores. El padre es Dios.


El hijo menor exige la parte de la herencia que le corresponde para marcharse luego a un país lejano. Quiere independizarse, ser “libre”, vivir su vida a su manera, sin que nadie le diga cómo tiene que vivirla. Al reclamar su independencia reniega de su condición de hijo. El padre respeta su opción y obedece a sus demandas, dándole aún en vida la parte de la herencia que le corresponde y dejándolo partir.


Este hijo, en tierra extraña, derrocha toda su fortuna viviendo como un libertino. Le va “bien” mientras le duran sus bienes, pero cuando se le acaba la herencia, todos lo abandonan y lo dejan solo. A la experiencia de abandono y soledad se añade la del hambre, que le lleva no sólo a asumir un trabajo que para los judíos era el más degradante de todos, sino incluso a querer alimentarse de la misma comida que le daba a los cerdos. No podía caer en una situación más baja ni deshumanizante.


Tengamos en cuenta que el cerdo en la época de Jesús era —y aún lo es hoy en día para lo judíos ortodoxos— el animal “impuro” por antonomasia. Por ello enseñaban los fariseos y escribas que no había que tocarlos y menos aún comer su carne. Y era considerado tan impuro que para ellos un porquero valía menos que un puerco. No hay duda que el Señor escoge esta comparación a propósito por lo especialmente chocante que resultaría a los fariseos y escribas que lo escuchaban. Para un judío no había trabajo más denigrante que ése, y no había miseria peor que la de querer incluso alimentarse de la comida misma de los puercos. Es como si el Señor dijera: miren a qué punto se deshumaniza todo aquel que arrebatado por un ilusorio ideal de libertad reniega de su condición de hijo de Dios, reniega de su identidad más profunda de ser criatura de Dios, reniega de sí mismo.


Hasta este punto la historia que propone el Señor Jesús expone figurativamente las terribles y tremendas consecuencias que trae al propio ser humano el pecado, el rechazo de Dios y de sus amorosos designios. Es lo que el Papa Juan Pablo II describía sintéticamente de este modo: «En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que, al menos implícitamente, rechaza a Aquél de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior.» (Reconciliatio et paenitentia, 15)


El camino de retorno se inicia con un acto de humildad, de reconocimiento de su situación miserable así como de toma de conciencia de su propia identidad de hijo. “Entrando en sí mismo”, recapacitando y volviendo en sí luego de estar tanto tiempo alienado, enajenado, alejadode su propia identidad, decide buscar a su padre para pedirle perdón y ser admitido como un jornalero más. Sabía que nada más merecía.


La reacción del padre al ver venir al hijo es muy diversa a la de la justicia humana. Queda evidente que Dios no trata al pecador como merecen sus culpas y rebeldías. El padre nunca ha dejado de amar al hijo. Por eso al verlo a lo lejos sale corriendo a su encuentro, lo abraza, lo besa, manda que lo revistan nuevamente con trajes que van de acuerdo a su dignidad de hijo y lo admite nuevamente a la comunión mandando hacer fiesta, matando al ternero cebado para celebrar un banquete.


El Señor Jesús proclama que en Él la misericordia del Padre sale al encuentro de la miseria humana, proclamándose así el triunfo del Amor sobre el pecado y la muerte. Dios, que es Padre «rico en misericordia» (ver Ef 2, 4), no quiere la muerte del pecador, sino que abandone su mala conducta y que viva (ver Ez 33, 11) una vida digna de su condición de hijo de Dios. Ésta es la razón de por qué el Señor Jesús no rechaza a publicanos y pecadores, ésta es la verdad de Dios que aquellos fariseos y escribas se resisten a ver y aceptar: para Dios también esos hombres “impuros” son sus hijos y lo que más anhela es recobrarlos, ganarlos para la vida, no castigarlos ni rebajarlos, como reclama el hijo mayor.


En Cristo, Dios Padre ha salido a buscar a unos y otros: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Muchas personas tienen una imagen deformada de Dios. Acaso nosotros mismos no terminamos de comprender que Dios no es un dios vengador, justiciero, castigador, o un dios que “me rechaza porque soy indigno o indigna, porque lo he negado y traicionado tantas veces con mis pecados”. No pocas veces nos encontramos con comentarios de personas que piensan que “lo que estoy sufriendo es un castigo divino por el mal que he hecho”. ¡Cuántas personas, avergonzadas por graves pecados, creen que Dios ya no puede o no quiere perdonarlas, creen que no merecen el perdón divino y terminan diciéndole al Señor en su corazón: «¡apártate de mí que soy un pecador!» Lc 5, 8. Pensando así, terminan por hundirse en la más absoluta soledad, tristeza e incluso degradación: porque creen que ya no hay salida para ellos, sin esperanza alguna de hallar misericordia, no hacen sino hundirse más y más en su miseria, buscando saciar cada día su hambre de Dios con algarrobas para cerdos, es decir, con más pecado.


Incluso los fariseos y escribas a los que se refiere el Evangelio, los especialistas de la Escritura, tenían una visión equivocada de Dios, una “teología errada”: estaban convencidos de que Dios rechazaba a los pecadores. Según esta concepción, sólo los justos, los puros, los que hacían méritos cumpliendo estrictamente la Ley y todas las normativas impuestas por los fariseos, podían ser admitidos por Dios como miembros de su pueblo. De allí que con desprecio murmuraban de Jesús diciendo: «este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1), pues —así pensaban ellos— si era Él el enviado de Dios, ¿cómo podía juntarse con los pecadores? Así, pues, a los fariseos y escribas no les cabía en mente que Dios pudiese ser un Dios demisericordia, que no quería la muerte del pecador sino en cambio «que el malvado se convierta de su conducta y viva» (Ez 33, 11).


El Señor Jesús, dirigiendo su parábola tanto a fariseos como a pecadores, busca corregir toda imagen distorsionada de Dios para revelar su verdadero rostro: Él es Padre de verdad, un Padre lleno de misericordia y ternura, que se preocupa por la vida y el destino de cada uno de sus hijos, pero respeta inmensamente su libertad cuando opta por el mal, por apartarse de su casa. Dios es un Padre clemente que está siempre dispuesto al perdón, que sale corriendo al encuentro del hijo cuando vuelve arrepentido, un Padre que acoge y abraza con emoción y ternura al hijo que retorna, que perdona al más pecador de los pecadores, porque su amor es más grande que el más grande de sus pecados y que todos sus pecados juntos, porque su misericordia sobrepasa y cubre la miseria del hijo. Dios no rechaza a nadie, sino que al contrario, busca con más vehemencia la vida del hijo que por sus pecados se halla muerto.


¡Sí, Dios me ama tanto que ha hecho todo lo posible, incluso entregarme a su propio Hijo, y entregarlo en la Cruz cargado con mis pecados, para reconciliarme con Él, para darme la Vida: una vida nueva, la vida eterna (ver 2 Cor 5, 17-19)! A mí me toca comprender el amor que Dios me tiene, abrirme a ese amor día a día, acogerlo en mi vida, vivirlo de acuerdo a mi condición y dignidad de hijo o hija de Dios y, finalmente, reflejarlo a los demás con mis palabras y actitudes. Quien verdaderamente se ha encontrado con el amor y la misericordia del Padre, se convierte él mismo o ella misma en un icono vivo del amor misericordioso del Padre, en un apóstol de la reconciliación.


Quien se ha encontrado verdaderamente con Dios, Padre rico en misericordia, y quien ha experimentado su misericordia en su propia vida, no puede actuar como el hermano mayor de la parábola, como aquellos fariseos que cierran su corazón a la compasión, que sin dar lugar a la misericordia quieren el castigo sin miramientos para aquellos a quienes ellos juzgan como pecadores dignos de desprecio. ¿Cuántas veces nos falta esa misericordia y compasión con el pecador, sin recordar que tampoco nosotros estamos libres de pecados?


¿O cuántas veces nos falta la misericordia con nosotros mismos y nos juzgamos tan indignos de Dios que nos castigamos a nosotros mismos y nos apartamos de Él? Que si pecaste, y que si volviste a pecar luego de ser perdonado… ¡Ciertamente hay que evitar el pecado a como dé lugar! Pero si en medio de la lucha vuelves a caer, lo que el Padre quiere es que con mucha humildad vuelvas a Él a pedirle perdón, una y mil veces si es necesario, y que jamás cedas al desaliento o la desesperanza. Él quiere que comprendas que su amor es más grande que tus pecados, quiere que experimentes su ternura, su inmensa misericordia, porque solamente ese encuentro con el amor del Padre, la experiencia de ese abrazo de perdón, es capaz de transformar tu vida. ¿No decía el Señor que mucho amor muestra aquel o aquella a quien mucho se le perdona? Sí, sólo la experiencia del Amor de Dios transforma verdaderamente nuestras vidas. Y ésa es la pedagogía de Dios con nosotros: mostrarnos incansablemente el inmenso amor que nos tiene, un amor verdadero, real, que brota de sus entrañas de misericordia, de su corazón de Padre, para que tarde o temprano nos dejemos inundar y transformar por ese amor, viviéndolo para siempre con Él.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«San Lucas expone sucesivamente tres parábolas: la de la oveja que se había perdido y se encontró; la de la dracma que también se había perdido y se halló y la del hijo que había muerto y resucitó, para que estimulados por estos tres remedios curemos las heridas de nuestra alma. Jesucristo, como pastor, te lleva sobre su cuerpo. Te busca la Iglesia, como la mujer. Te recibe Dios, que es tu padre. La primera es la misericordia, la segunda los sufragios y la tercera la reconciliación». San Ambrosio


«Después que sufrió en una tierra extraña el castigo digno de sus faltas, obligado por la necesidad de sus males, esto es, del hambre y la indigencia, conoce que se ha perjudicado a sí mismo, puesto que por su voluntad dejó a su padre por los extranjeros; su casa por el destierro; las riquezas por la miseria; la abundancia por el hambre, lo que expresa diciendo: “Pero yo aquí me muero de hambre”. Como si dijese: yo, que no soy un extraño, sino hijo de un buen padre y hermano de un hijo obediente; yo, libre y generoso, me veo ahora más miserable que los mercenarios, habiendo caído de la más elevada altura de la primera nobleza, a lo más bajo de la humillación». San Juan Crisóstomo«No volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras de arrepentimiento que sigue: “Me levantaré”». San Gregorio Niceno


«Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados; por eso, sólo a Él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil... así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre... La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido». Beato Isaac de Stella


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Tiempo de conversión


1434: La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad «que cubre multitud de pecados» 1 Pe 4, 8.


1435: La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia.


1436: Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; «es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales».


1437: La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados.


1438: Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).


1439: El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.


El sacramento de la reconciliación


1442: Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 1). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor 5, 20).


1446: Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayanperdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia».


982: No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero» (Catecismo Romano). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.


Conclusion


«Padre he pecado contra el cielo y contra ti»


Domingo de la Semana 4ª de Cuaresma. Ciclo C – 31 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15, 1-3.11-32


«Dejaos reconciliar con Dios», he aquí una clave de lectura de las lecturas de este cuarto Domingo de Cuaresma. En la Primera Lectura (Josué 5, 9a.10-12) Dios ofrece su reconciliación a su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica (San Lucas 15, 1-3.11-32) el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la Segunda Lectura (Segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 17-21), San Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.


«Hoy nos ha quitado la deshonra de Egipto»


Josué es el sucesor de Moisés como caudillo de los israelitas. Su nombre era Hoseas hasta que Moisés le cambió de nombre a Josué que significa «Dios es salvación» (ver Nm 13,16). Josué fue elegido para comandar el ejercito mientras el pueblo atravesaba el desierto. El «libro de Josué» nos refiere a la invasión de Canaán y la distribución de la tierra entre las doce tribus.


El oprobio (vergüenza, deshonra) de Egipto termina al entrar el pueblo elegido en la tierra prometida y al renovar la circuncisión (Jos 5,2-3). La circuncisión era el signo externo de la alianza de Abraham con Dios (ver Eclo 44,20). La palabra «Guilgal» significa «círculo de piedra» y se ha convertido en el nombre propio de varias localidades. El Guilgal de Josué se encuentra entre el Jordán y Jericó pero su lugar exacto es desconocido. El maná será la comida del desierto, alimento maravilloso que Dios ha dado a su pueblo hasta entregarle la tierra prometida (ver Ex 16).


¿A quiénes dirige esta parábola?


Para entender la intención de la parábola del padre misericordioso y descubrir quiénes son sus destinatarios, es necesario tener en cuenta la ocasión en que Jesús la dijo. En este caso la situación concreta de los oyentes está indicada en los primeros versículos del capítulo 15 deLucas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’. Entonces les dijo esta parábola…». El auditorio está compuesto por dos grupos de personas bien caracterizadas: por un lado, los publicanos y pecadores, que se acercan a Jesús y son acogidos por Él, hasta el punto que come con ellos; por otro lado, los fariseos y escribas que censuraban la actuación de Jesús.


Antes que nada hay que decir que, si los pecadores se acercaban a Jesús y querían oírlo, es porque estaban bien dispuestos hacia Él y esto significa que ya habían emprendido el camino de la conversión. En efecto, nadie se acerca a la «fuente de toda santidad» y escucha con ánimo positivo sus «palabras de vida eterna», si a continuación quiere seguir pecando. En ese caso no se habrían acercado a Jesús, pues «todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras» (Jn 3,20). Podemos imaginar entonces que Jesús estaba contento de verse rodeado de todas esas personas que estaban dispuestas a cambiar de vida. Los fariseos, en cambio, «que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9), no creen que sea posible la conversión de los pecadores y reprochan a Jesús que, acogiéndolos y comiendo con ellos, está aprobando su pecado.


El hijo más joven se va de la casa…


El hijo menor despreciando abiertamente el amor del padre toma la parte de la herencia que le pertenece y se va a un país lejano donde derrocha toda su fortuna viviendo como un libertino. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos explica cómo «el hombre – todo hombre – es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre» .


La parábola se detiene a describir con detalles la miseria en que cayó el hijo lejos de su padre. Dos rasgos interesantes «país (o región) lejano» a un judío le podía sonar como región pagana. De hecho así se deduce por la finca donde se criaban puercos, prohibido entre los judíos. Los cerdos eran considerados impuros y comer su carne era censurado como odiosa abominación idolátrica (ver Lv11,7. Dt 14,8. Is 65,4). La carne del cerdo simbolizaba suciedad y corrupción oponiéndola a lo santo y puro (ver Prv 11,22. Mt 7,6).


Para este hijo pródigo era imposible no comparar la miseria que sufría, aun siendo hijo, con la felicidad de que gozaba el último de los jornaleros en la casa de su padre. Comienza así su proceso de conversión: «entrando en sí mismo…» Era plenamente consciente de haber faltado al amor del padre y tenía listo el discurso que le diría para implorar su misericordia. Con tal de estar de nuevo en la casa del padre, le bastaba con ser tratado como uno de sus jornaleros. Es cierto que quiere volver al padre; pero algo no nos agrada. Es que este hijo está movido por el interés y no por el amor. Lo que lo hace volver es el recuerdo de la vida regalada que tenía junto a su padre -«pan en abundancia»-, y no el dolor de haberlo ofendido. Si, en lugar de haberle ido mal, hubiera tenido éxito, no habría vuelto a su padre. Está movido por una motivación imperfecta. Y, sin embargo, hay que ver cómo lo recibe el padre; a él ¿qué le importa la motivación? El padre está movido por puro amor hacia el hijo y no hay en él nada de amorpropio ofendido; está movido por pura misericordia: «Estando el hijo toda¬vía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió hacia él, se echó a su cuello y lo besó efusivamente». Y ordena: «Celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta».


El hijo mayor


La parábola ya habría estado completa hasta aquí sin embargo se prolonga en un segundo acto a causa de la dificultad del hombre para comprender la misericordia divina. Entra ahora en escena el hijo mayor. No comprende al padre y no acepta que goce por la vuelta de su hermano. Cuando oyó el sonido de la música y las danzas «el hijo mayor se irritó y no quería entrar». Reprocha la actitud del padre sin embargo él se muestra grande también con este hijo. Esperaba de él plena adhesión en su alegría, y se encuentra con la murmuración. Pero no repara en sus propios sentimientos, sino en el malestar del hijo. Por eso, olvidado de sí mismo, «sale a suplicarle». Le dice: «Hijo, tú estás siempre conmigo». Tiene la esperanza de que esto le baste. Si el hijo hubiera estado movido por el amor, la compañía del padre le habría bastado. Se habría alegrado con lo que se alegra el padre y se habría adherido plenamente también a la decisión de celebrar la vuelta del hermano. Pero no estaba movido por el amor. La parábola termina aquí. No nos dice cuál fue la reacción del hermano mayor: ¿Entró a la fiesta, o se obstinó en su rechazo?


Dios es Amor


Que Dios es omnipotente y puede hacerlo todo, esto todos lo comprenden; que Dios es infinitamente sabio y todo lo sabe, también lo aceptan todos; pero que «Dios es Amor» y que es misericordioso, esto difícilmente lo comprende el hombre. Y, sin embargo, es en esto que debemos imitarlo y no en aquello. En efecto, Jesús nos dice: «Sed vosotros misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre» (Lc 6,36). Este es el núcleo de la revelación bíblica: Dios es Amor.


San Pablo nos dice en la carta a los Corintios, que todo hombre muerto y resucitado con Cristo adquiere ontológica y espiritualmente un nuevo ser, es una «nueva criatura» en Cristo, en cuanto que el hombre viejo desaparece. Una renovación o transformación no puede ser el resultado del esfuerzo humano. Dios, mediante el don de la reconciliación, abre de par en par la puerta para que el hombre pueda reconciliarse con Dios Padre, consigo mismo y con sus hermanos. Dios confía a sus apóstoles el deber de continuar la obra de Jesucristo: ser artesanos de la reconciliación.


Una palabra del Santo Padre:


«Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).


Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, las sandalias. Jesús nodescribe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.


La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.


Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad.


Esta palabra de Jesús nos anima a no desesperar nunca. Pienso en las madres y a los padres aprensivos cuando ven a los hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien está en la cárcel, y les parece que su vida ha terminado; en los que han tomado decisiones equivocadas y no consiguen mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen que no lo merecen… En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, de un Padre que me ama y espera mi regreso. También en la situación más fea en mi vida Dios me espera, quiere abrazarme.


En la parábola hay otro hijo, el mayor; también él necesita descubrir la misericordia del padre. Él siempre se ha quedado en casa, ¡pero es muy distinto al padre! A sus palabras les falta ternura: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes… Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto…” (vv. 29-30). Habla con desprecio. No dice nunca “padre”, “hermano”. Presume de haberse quedado siempre junto al padre y haberle servido; y aún así no ha vivido nunca con alegría esta cercanía. Y ahora acusa al padre de no haberle dado nunca un ternero para hacer fiesta. ¡Pobre padre! ¡Un hijo se había ido, y el otro no ha estado nunca cercano realmente! El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios y de Jesús, cuando nos alejamos o cuando pensamos estar cerca y sin embargo no lo estamos.


El hijo mayor, también él tiene necesidad de misericordia. Los justos, esos que se creen justos, tienen también necesidad de misericordia. Este hijo nos representa cuando nos preguntamos si vale la pena trabajar tanto si luego no recibimos nada a cambio. Jesús nos recuerda que en la casa del Padre no se permanece para recibir una recompensa, sino porque se tiene la dignidad de hijos corresponsables. No se trata de canjear con Dios, sino de seguir a Jesús que se ha donado a sí mismo en la cruz y esto sin medidas».


Papa Francisco. Audiencia del miércoles 11 de mayo de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Todos somos pecadores y tenemos algo de ambos hijos. ¿Actualmente, con qué hijo me identifico más? ¿Por qué?

2. Acerquémonos confiadamente, en estos días de Cuaresma, al sacramento del «amor misericordioso del Padre»: el sacramento de la reconciliación.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1425 -1426. 1440 -1470

Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee marzo Ee 2019 a las 15:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


24-30 de marzo del 2019


“Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto.”




Ex 3, 1-8. 13-15: “He bajado para librarle de la mano de los egipcios”

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño más allá del desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego que ardía en medio de una zarza.

Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó:

— «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, y ver por qué no se consume la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

— «Moisés, Moisés».

Respondió él:

— «Aquí estoy».

Dijo Dios:

— «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el lugar que estás pisando es tierra santa».

Y añadió:

— «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo:

— «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

— «Mira, yo iré a los israelitas y les diré: “El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes”. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

— «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía a ustedes».

Dios añadió:

— «Esto dirás a los israelitas: “El Señor Dios, Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi nombre para siempre: así me llamarán de generación en generación”».


Sal 102, 1-8 y 11: “El Señor es compasivo y misericordioso”


Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos; enseñó su camino a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles.


1 Cor 10, 1-6. 10-12: “El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”


Hermanos:

No quiero que ignoren que nuestros antepasados estuvieron todos guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y, para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar fue un bautismo que los unió a Moisés; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y esa roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos.

No protesten, como protestaron algunos de ellos y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedió como un ejemplo para nosotros y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.


Lc 13, 1-9: “Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”


En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les comentó:

— «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

— «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».


NOTA IMPORTANTE


Historiadores de la época dan cuenta de que Poncio Pilato, siendo procurador romano de Judea, en no pocas ocasiones se mostró prepotente y violento con los judíos. El evangelista menciona que fue él quien ordenó matar a algunos galileos mientras ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén.


La noticia de la brutal masacre en el Templo llega al Señor Jesús en el preciso momento en el que exhortaba a sus oyentes a saber discernir los signos de los tiempos para comprender que ante la inminente llegada del Reino de los Cielos urgía el cambio, la conversión del corazón. Con este fin había puesto el Señor una comparación: «Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura arreglarte con él por el camino. De lo contrario, te arrastrará al juez, el juez te entregará al alguacil y el alguacil te meterá en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo» (Lc 12, 58-59). Del mismo modo, en el camino de la vida, cuyo fin puede llegar inesperadamente, urge “arreglarse” con Dios y estar bien con Él en todo momento. El tiempo propicio para la conversión por tanto es ahora, hoy, y no “mañana”, porque mañana diremos nuevamente “mañana... mañana”, hasta que llegue el día en que ya no habrá otro “mañana” y entonces no habrá más oportunidades para arreglarse con Dios.


Decíamos que es en medio de aquel diálogo con sus discípulos que algunos traen la dramática noticia de la masacre de los galileos en el Templo. El Señor sale inmediatamente al paso de lo primero que se les puede venir a la mente: la muerte violenta de aquellos hombres se trataría de un “castigo divino”, debido a la maldad de sus pecados. El Señor afirma categóricamente que aquellos galileos no eran «más pecadores que los demás galileos» por haber padecido esa muerte terrible, y advierte a sus oyentes: «si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».


La misma advertencia la hace por segunda vez a propósito del accidente en el que dieciocho hombres murieron aplastados al desplomarse la torre de Siloé: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Así pues, a decir del Señor, si de justicia pura se tratase, incluso aquellos que se creían buenos merecerían igual muerte, dado que todos eran igualmente pecadores. Por tanto, la muerte violenta sufrida por aquellos hombres no era un castigo divino.


La grave y repetida advertencia del Señor: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera», es una seria invitación al cambio. Quien se obstina en el mal camino y no se convierte al Señor de corazón camina hacia la propia y definitiva destrucción, a la muerte eterna. Es de esta “segunda muerte” (ver Ap 20, 6.13-15; 21) de la que advierte el Señor.


Y aunque su amonestación es severa, no puede inferirse de esa severidad o amenaza con un fin semejante que Dios sea el dios de la venganza que muchos imaginan, un dios castigador que se complace en la muerte y el castigo del pecador. Dios no se complace «en la muerte del malvado, sino en que el malvadose convierta de su conducta y viva» (Ez 33, 11). Y tanto no quiere el castigo del pecador sino rescatarlo de la muerte que Él mismo, por esa misma misericordia que mostró al librar de la mano de los egipcios a su pueblo elegido, ha “bajado” a reconciliar y liberar a la humanidad entera del pecado y de la muerte.


Que Dios es «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 6) lo expresaba el Señor Jesús mediante la parábola de la higuera estéril a la que el dueño de la viña le concede un tiempo, una oportunidad para dar fruto. Como dirá el Apóstol Pedro: el Señor «usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). Dios espera paciente e invita a su criatura humana, por medio de su Hijo, a aprovechar el tiempo presente, que es un tiempo de gracia, para dar frutos de conversión. Esta conversión, para que sea auténtica, ha de florecer en abundantes frutos de caridad para con el prójimo. La omisión, el no dar frutos buenos, la esterilidad de las buenas obras, lleva a que el árbol se condene a sí mismo a ser arrancado del suelo que lo sostiene en la Vida.


Finalmente, a aquellos que ya están salvados y reconciliados por Cristo, aquellos que ya han entrado en este proceso de conversión bebiendo del agua viva que el Señor ofrece, el Apóstol Pablo (ver la segunda lectura) los exhorta a estar atentos para que no caigan, para no codiciar nuevamente lo malo, para no volver atrás, para no apartarse jamás del Señor de la Vida.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En este tiempo de Cuaresma no podemos perder de vista que además de esforzarnos por abandonar nuestros vicios y rechazar el pecado, la conversión que el Señor quiere de nosotros consiste asimismo en dar fruto: «La gloria de mi Padre —dice el Señor— está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» Jn 15, 8. Esos frutos son las obras buenas.


Así como los frutos de una higuera son concretos, visibles, así también deben ser los frutos en nuestra vida cristiana: deben ser concretos, visibles a los demás. No se trata ciertamente de buscar ser reconocidos, apreciados, aplaudidos, enaltecidos por los frutos de las buenas obras, sino que se trata de que muchos al ver tus buenas obras «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). No se trata de alimentar tu vanidad buscando que por tus obras seas alabado, sino de señalar siempre humildemente el origen de todo lo bueno que tú puedes hacer: Dios.


Usando la imagen agrícola del Señor, podemos decir que todo esfuerzo por despojarnos de los vicios (ver Col 3, 9-10) y cortar las conductas pecaminosas que nos impiden dar frutos de santidad se compara a la poda. Al podar un árbol se le despoja de todo aquello que consume inútilmente el vigor que necesita para dar mucho y buen fruto. Podar un árbol es quitarle algo que no sirve para que dé más de lo que verdaderamente sirve (ver Jn 15, 2). En este sentido, la «conversión significa eliminar los obstáculos que se interponen entre Él y nosotros, entre su gracia y nosotros, y permitir que Su vida se instaure en nosotros. Convertirse quiere decir adquirir una mentalidad nueva, por la que vemos como ve Jesús, queremos como quiere Jesús y vivimos como vivió Jesús. Vivir de Él y como Él es el fin del cristiano, hasta el punto de que puede decir con San Pablo: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20)» (S.S. Juan Pablo II).


Dios, que es «rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó» (Ef 2, 4), ha hecho y hace todo lo que está de su parte para que podamos responder a nuestros anhelos de plenitud, de felicidad, de amor, de Infinito: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?» (Is 5, 4). ¡Dios ha hecho hasta lo impensable, lo inaudito! ¡Dios nos ha entregado a su propio Hijo! Por Él nos ha dado a la Iglesia y por ella ha puesto a nuestro alcance los medios necesarios para poder vivir la vida en Cristo: los sacramentos. Ahora implora nuestra respuesta generosa y nos alienta a que acojamos la gracia derramada en nuestros corazones (ver Rom 5, 5), que no la tornemos estéril sino que con nuestra decidida cooperación produzcamos en la vida cotidiana frutos de conversión (ver 1 Cor 15, 10; 2 Cor 6, 1-3).


¿Y qué frutos concretos espera el Señor de mí? Frutos de servicio y atención a los miembros de mi propia familia; frutos de perdón y reconciliación con quienes me han o he ofendido; frutos de solidaridad y caridad con los necesitados; frutos de generosidad con quien me pide cualquier tipo de ayuda; frutos de estudio y conocimiento de la propia fe para poder dar razón de ella a muchos; frutos de un apostolado irradiante; etc.


Demos, pues, los frutos que el Señor espera de nosotros, fuertemente adheridos al Señor, nutriéndonos de la savia viva de su amor y de su gracia, con la conciencia de que sin Él no podemos dar fruto (ver Jn 15, 4-5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Pero debe oírse con gran temor lo que dice: “Córtala, pues, ¿para qué ha de ocupar aún la tierra?”. En efecto, teniendo cada uno a su modo un lugar en la vidapresente, si no da frutos de buenas obras, ocupa la tierra como árbol infructuoso. Porque en el sitio en que él se encuentra impide que trabajen otros». San Gregorio


«Es propio de la divina misericordia no imponer castigos en silencio, sino publicar primero sus amenazas excitando a penitencia, así como hizo con los ninivitas y ahora con el labrador, diciendo “Córtala”, estimulándolo a que la cuide y excitando al alma estéril a que produzca los debidos frutos». San Basilio


«Por tanto, no nos apresuremos a herir, sino dejemos crecer por misericordia; no sea que cortemos la higuera que aún puede dar fruto y que aún puede curar el celo de su inteligente cultivador». San Gregorio


«También el colono que intercede representa a todo santo que dentro de la Iglesia ruega por el que está fuera de ella, diciendo: “Señor, perdónala por este año (esto es, en este tiempo con vuestra gracia), hasta que yo cave alrededor de ella”». San Agustín


«“Y si no, la cortarás después”, esto es, cuando vengas en el día del juicio a juzgar a los vivos y a los muertos. Hasta entonces, por ahora perdona». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a dar fruto, por la acción del Espíritu en nosotros


736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gál 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más «obramos también según el Espíritu» (Gál 5, 25).


1098: La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.


1695: «Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11), «santificados y llamados a ser santos» (1 Cor 1, 2), loscristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» (Gál 5, 22) por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz» Ef 5, 8, «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo (Ef 5, 9).


1724: Avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.


CONCLUSION


«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»


Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo C – 24 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13,1-9


A partir de este tercer Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra se centra abiertamente en el tema de la conversión de vida como preparación para la renovación de nuestras promesas bautismales. La conversión, antes que sea demasiado tarde, es la respuesta adecuada al amor de Dios (San Lucas 13,1-9). Así habremos aprendido la lección del pueblo de Israel (Primera carta de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12), a quien Dios reveló su nombre y lo liberó de la esclavitud de Egipto por medio de Moisés (Éxodo 3,1-8ª 13- 15).


¡El que se crea estar de pie…cuidado que no se caiga!


El posible error de leer el Evangelio de este Domingo es creernos seguros, condenando fácilmente la conducta del pueblo judío. Pero San Pablo en su carta a los Corintios nos avisa: «¡cuidado no te caigas!» Y desarrolla todo un análisis del Antiguo Testamento iluminado por la luz del Nuevo Testamento. Es decir, la historia del pueblo de Israel sucedió como ejemplo y fue escrita para escarmiento nuestro. Sin embargo, leemos en el siguiente versículo: «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10,13).


Recordemos que la ciudad de Corinto era una ciudad griega abarrotada de gentes de muy distintas nacionalidades y era famosa por su comercio, su cultura, por las numerosas religiones que en ella se practicaban y, lamentablemente famosa, por su bajo nivel moral. La iglesia en Corinto había sido fundada por el mismo Pablo en su segundo viaje misionero (entre los años 50- 52) y ahora recibía malas noticias sobre ella. Al encontrarse con algunos miembros de la iglesia de Corintio que habían venido a verlo para pedirle consejo sobre la comunidad, Pablo escribe esta importante carta.


¿Pensáis que ellos eran más culpables que los demás?


El Evangelio de hoy nos revela el método que tenía Jesús para exponer su enseñanza. A partir de una situación real concreta que está viviendo el pueblo lo instruye en las verdades de la fe. En ese momento todos estaban impactados por dos hechos sangrientos y fuera de lo común. El primero se refiere a la extrema crueldad de Pilato, agravada por la profanación del culto. El incidente debe de haber transcurrido en la Pascua, cuando los laicos podían tomar parte del sacrificio. Pilato los mandó matar cuando ofrecían los sacrificios, así pudo mezclar la sangre humana con la de las víctimas. El hecho de que ahora le den la noticia a Jesús, prueba que no distaba mucho del suceso. El segundo, es un hecho fortuito: en esos días se había desplomado la torre de Siloé y había aplastado a dieciocho personas inocentes. Reducidos a escala, estos hechos se asemejan a los que diariamente golpean al mundo de hoy y de los cuales tenemos noticia a diario. Con su enseñanza Jesús nos ayuda a leer e interpretar esos hechos.


Ante ambos hechos Jesús repite el mismo comentario: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque padecieron estas cosas?… ¿pensáis que esos dieciocho eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?» La mentalidad primitiva, presente también hoy en algunas personas, habría afirmado que ellos habían sufrido esa muerte tan trágica como castigo por su excesiva maldad. «Eso te lo ha mandado Dios, ¡algo habrás hecho!», solemos escuchar ante una enfermedad o una desgracia. Pero Jesús rechaza esa mentalidad y responde Él mismo a su pregunta: «No, os lo aseguro». Las víctimas de los desastres naturales, de los accidentes y de la maldad del hombre mismo no han padecido eso porque sean «más pecadores que los demás». Esta es la primera enseñanza de Jesús. Su pregunta contiene, sin embargo, la afirmación del pecado de todos los hombres; es decir, «las víctimas son tan pecadores como los demás». Así resulta reafirmada la enseñanza de que todos los males son siempre consecuencia del pecado y de la ruptura del hombre, de todos los hombres. Noexiste ningún mal, ni natural, ni accidental, ni intencional, que no sea consecuencia del pecado del hombre.


«Si no os convertís…todos pereceréis del mismo modo»


La atención ahora es trasladada desde las víctimas a los oyentes y, en último término, a cada uno de nosotros. En otras palabras, Jesús nos dice: «Vosotros sois igualmente pecadores, o más pecadores, que esos galileos y que esos dieciocho que murieron aplastados, y si no os convertís -lo repite dos veces-, todos pereceréis del mismo modo». El único modo de escapar a un fin tan trágico es convertirse. Muchas veces pensamos: ¿De qué tengo que convertirme yo? ¿Qué tengo que cambiar…si no soy malo? Y esta pregunta nos lleva a formularnos la siguiente pregunta… ¿en qué consiste la conversión?


Las facultades superiores del ser humano son la inteligencia y la voluntad. Estas son las facultades que lo distinguen como ser racional y libre, es decir, dueño de sus actos. El término «conversión» toca a ambas facultades, pero más directamente a la inteligencia. Lo dice claramente el término griego «metanóia». El prefijo «meta» significa «cambio», y el sustantivo «nous» significa «inteligencia, mente». El concepto se traduce por «cambio de mente, cambio de percepción de las cosas». Y en esto consiste principalmente la conversión. Nosotros, en cambio, cuando nos preguntamos de qué tenemos que convertirnos, examinamos a menudo nuestra voluntad, es decir, las culpas cometidas por debilidad, por falta de una voluntad más firme. ¡Y muchas veces no descubrimos ninguna falta en este rubro! Por eso, aunque hace diez años que uno no se confiesa, se pregunta: ¿de qué me voy a confesar? ¿Yo no he hecho cosas tan malas? No he matado…no he robado…no he sido infiel a mi pareja… Sin embargo, si examináramos nuestros criterios y nuestro modo de ver las cosas y la conducta consecuente a ellos, y la comparamos con los criterios de Cristo, encontraríamos muchas cosas de qué confesarnos.


Cuando alguien cambia de modo de pensar y adopta los criterios de Cristo, entonces ha tenido una verdadera conversión. Entonces entra el segundo aspecto del concepto de «metanoia»: el dolor por la conducta anterior y el arrepentimiento. El apóstol San Pablo ofrece un ejemplo magnífico de auténtica y profunda conversión. Mientras vivía en el judaísmo, en lo que respecta al cumplimiento, es decir, a la voluntad, era irreprochable. El mismo lo dice: «Yo era hebreo e hijo de hebreos… en cuanto al cumplimiento de la ley, intachable» (Fil 3,5-6). En cuanto a la voluntad, no tenía nada que reprocharse. Pero luego agrega: «Todo lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» Fil 3,7-8. Ahora puede asegurar: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16). La conversión verdadera consiste en buscar tener los mismos criterios de Cristo.


La parábola de la viña estéril


En su primera predicación Jesús había agregado una nota de urgencia: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: Convertíos…». Esta misma urgencia es la que imprime Jesús a su llamado a la conversión con la parábola que constituye la segunda parte del Evangelio de hoy. Accediendo a los ruegos del viñador, el Señor consiente en tener paciencia y esperar aún otro año para que la viña dé su fruto. Queda así fijado un día perentorio: «Si dentro de ese plazo no da fruto, la cortas». Esta parábola está ciertamente dirigida al pueblo de Israel al cual Dios había mandado sin cesar sus profetas sin embargo también en la predicación a los gentiles se les advierte que se ha acabado ya el tiempo de la conversión. Recordamos la predicación de Pablo ante los intelectuales griegos cuando fue invitado a hablar en el Areópago de Atenas: «Dios, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia…» (Hech 17,30-31).


Una palabra del Santo Padre:


«En el período de la Cuaresma, la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia» (1 Jn 1, 8-9). Es lo que sucede también en esta celebración y en toda esta jornada penitencial. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos introduce en dos elementos esenciales de la vida cristiana.


El primero: Revestirnos del hombre nuevo. El hombre nuevo, «creado a imagen de Dios» (Ef 4, 24), nace en el Bautismo, donde se recibe la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos y nos incorpora a Cristo y a su Iglesia. Esta vida nueva permite mirar la realidad con ojos distintos, sin dejarse distraer por las cosas que no cuentan y que no pueden durar mucho, por las cosas que se acaban con el tiempo. Por eso estamos llamados a abandonar los comportamientos del pecado y fijar lamirada en lo esencial. «El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35). He aquí la diferencia entre la vida deformada por el pecado y la vida iluminada de la gracia. Del corazón del hombre renovado según Dios proceden los comportamientos buenos: hablar siempre con verdad y evitar toda mentira; no robar, sino más bien compartir lo que se posee con los demás, especialmente con quien pasa necesidad; no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser dóciles, magnánimos y dispuestos al perdón; no caer en la murmuración que arruina la buena fama de las personas, sino mirar en mayor medida el lado positivo de cada uno. Se trata de revestirnos del hombre nuevo, con estas actitudes nuevas.


El segundo elemento: Permanecer en el amor. El amor de Jesucristo dura para siempre, jamás tendrá fin porque es la vida misma de Dios. Este amor vence el pecado y dona la fuerza de volver a levantarse y recomenzar, porque con el perdón el corazón se renueva y rejuvenece. Todos lo sabemos: nuestro Padre no se cansa jamás de amar y sus ojos no se cansan de mirar el camino que conduce a casa, para ver si regresa el hijo que se marchó y se perdió. Podemos hablar de la esperanza de Dios: nuestro Padre nos espera siempre, no nos deja sólo la puerta abierta, sino que nos espera. Él está implicado en este esperar a los hijos. Y este Padre no se cansa ni siquiera de amar al otro hijo que, incluso permaneciendo siempre en casa con él, no es partícipe, sin embargo, de su misericordia, de su compasión. Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En la medida en que los cristianos viven este amor, se convierten en el mundo en discípulos creíbles de Cristo. El amor no puede soportar el hecho de permanecer encerrado en sí mismo. Por su misma naturaleza es abierto, se difunde y es fecundo, genera siempre nuevo amor».


Papa Francisco. Celebración de la Penitencia y Reconciliación. Viernes 28 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón», nos dice San Agustín. ¿He buscado al Señor en la oración diaria?

2. ¿Cuáles son los criterios que debo de cambiar? ¿Qué criterios tiene Jesús que yo no tengo? Haz una lista.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1427 – 1433.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!



La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias

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DOMINGO II DE CUARESMA


17-23 de marzo del 2019


“La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias”



Gen 15, 5-12. 17-18: “El Señor hizo una alianza con Abram”


En aquellos días, Dios sacó afuera a Abram y le dijo:

— «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes».

Y añadió:

— «Así será tu descendencia».

Abram creyó al Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta. El Señor le dijo:

— «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:

— «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»

Respondió el Señor:

— «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón».

Abram los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó a las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abram los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abram, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los animales descuartizados.

Aquel día el Señor hizo una alianza con Abram en estos términos:

— «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates».


Sal 26, 1.7-9.13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”


El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Busquen mi rostro».

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


Flp 3, 17-4, 1: “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”


Hermanos:

Sean todos ustedes imitadores míos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado.

Porque, como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, lo vergonzoso. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.

Así, pues, hermanos míos muy queridos y añorados, mi alegría y mi corona, perseveren firmemente en el Señor.


Lc 9, 28-36: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos eran de una blancura fulgurante”


En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo revestidos de gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

— «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

— «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo».

Cuando se oyó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


NOTA IMPORTANTE


San Lucas, al introducir el relato del episodio de la transfiguración en su Evangelio, establece un vínculo con otro episodio ocurrido previamente: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar» Lc 9, 28. Esta referencia se ha omitido en la lectura del Evangelio de este Domingo, siendo sustituidas con las palabras “en aquel tiempo”.


¿Cuáles son aquellas “palabras” a las que hace referencia San Lucas, pronunciadas ocho días antes del acontecimiento de la transfiguración del Señor en el monte? Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos sobre su identidad y misión (ver Lc 9, 18-26). En aquella ocasión había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Luego el Señor les preguntó sobre lo que ellos pensaban: «y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro tomó entonces la palabra y dijo: «El Ungido de Dios» (Lc 9, 20), esto quiere decir, el Mesías prometido por Dios a Israel, el descendiente de David, el caudillo que habría de liberar a Israel del poder de sus enemigos (ver Lc 1, 71) e instaurar definitivamente el Reino de Dios en la tierra.


En aquella misma ocasión el Señor revelaba a sus Apóstoles que Él, el Ungido de Dios, el Mesías esperado de Israel, distaba lejos de ser el Mesías político que ellos se imaginaban. Él, en vez de imponerse triunfante sobre sus enemigos, debía «sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y losescribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9, 22). Asimismo les advertía que si querían ser sus discípulos y seguidores, debían estar dispuestos a participar de su destino ignominioso: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quería ser su discípulo debía renunciar a buscar tal gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución.


«Unos ocho días después de estas palabras» el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.


En el momento de su transfiguración aparecieron dos hombres, Elías y Moisés, conversando con Jesús: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro. Él está muy por encima de sus dos importantes acompañantes.


En cuanto al contenido del diálogo San Lucas especifica que «hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9, 31).


El momento que viven los tres apóstoles es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres carpas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en carpas o tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación.


Mas en el momento en que Pedro se hallaba aún hablando «llegó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Benedicto XVI)


De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).


La Transfiguración del Señor en el monte Tabor, más allá de ser una manifestación momentánea de la gloria de su divinidad, quiso ser como un anticipo de su propia Resurrección así como también una pregustación de la gloria de la que participarán aquellos que tomando su propia cruz sigan al Señor (ver Lc 9, 23). El Señor enseñaba a sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es, por tanto, «el sacramento de la segunda regeneración», signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (ver la segunda lectura; también el Catecismo de la Iglesia Católica, 556).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Recordemos las tentaciones a las que el Señor Jesús fue sometido por Satanás en el desierto. En una de ellas el Demonio le prometía la gloria del mundo entero, con una sola condición: «Te daré el poder y la gloria de todo eso... si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). Sin mucho esfuerzo, tan sólo adorándolo, tendrá en un instante: poder, riqueza, fama.


Como al Señor Jesús, también a nosotros el Diablo nos ofrece “la gloria del mundo” con sólo adorarlo: fama, reconocimiento, poder, dominio, riquezas, placer sin límites morales. ¡Cuántos buscan esa gloria cada día! Mas la gloria que ofrece el Príncipe de este mundo es engañosa, no sacia el anhelo de infinito, de felicidad y plenitud del ser humano. La gloria que ofrece a quien se arrodille ante él es vana. Hoy son muchos los que inconsciente o conscientemente, de una o de otra manera, “venden su alma” al Demonio para gozar un tiempo fugaz de “gloria”. Son los que hincan sus rodillas ante los ídolos del poder, del placer, del tener, ofreciéndoles como sacrificio su propia vida. Procediendo de este modo, ciertamente ganan «el mundo entero», pero ellos mismos se pierden y arruinan (ver Lc 9, 25).


El Señor ha venido a salvar al ser humano, a reconciliarlo. No quiere que nadie se pierda. Él conoce los más profundos anhelos del corazón humano y sabe cómo saciar verdaderamente sus anhelos de gloria, de grandeza. A diferencia del padre de la mentira que ofrece una gloria vana, pasajera, el Señor ofrece a todo el que crea en Él la gloria auténtica, la que verdaderamente realiza al ser humano. Un destello de esa gloria es la que muestra cuando en el monte Tabor se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Es ésa la gloria de la que Dios ha querido y quiere hacer partícipe a su criatura humana.


Como vemos por el testimonio de Pedro, la participación de esa gloria llena de gozo el corazón humano: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9, 33). Es como si dijera: “¡Quedémonos aquí! ¡Que esto no pase nunca! ¡Lo que ahora experimentamos nos llena de una felicidad total!”. Estaba totalmente sobrepasado por la intensidad de aquella experiencia.


La de Pedro, Santiago y Juan es una experiencia anticipada de la gloria que Dios ofrece a todo ser humano, para que también nosotros la deseemos intensamente. ¿No quiero yo también esa felicidad para mí? Sin embargo, para alcanzar aquella felicidad plena en la participación de la gloria divina, todavía —y mientras dure nuestra peregrinación en esta vida— hemos de “bajar del monte” como aquellos apóstoles, hemos de volver a lo rutinario de cada día, hemos de volver a la lucha continua contra el mal, hemos de “cargar con nuestra cruz cada día” y “ser crucificados con Cristo”, hasta que por fin, terminada nuestra peregrinación en esta tierra, podamos alcanzar la corona prometida a quienes perseveren en la lucha hasta el fin.


Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 1). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era. De donde se dice, según San Mateo: “Que se transfiguró delante de ellos”, y que “su rostro brilló como el sol” (Mt 17). Porque Dios es en las cosas espirituales, lo que el sol en las cosas sensibles. Así como el sol —que es la fuente de la luz— no puede ser visto fácilmente, mientras que la luz, derramada sobre la tierra, puede contemplarse, así el semblante de Cristo es deslumbrador como el sol, mientras que sus vestidos son blancos como la nieve». San Juan Damasceno


«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido. Igualmente, con dicha aparición manifestó las virtudes de aquellos dos hombres, pues uno y otro se expusieron muchas veces a la muerte por guardar los preceptos divinos. Quería también que sus discípulos los imitasen en el gobierno de los pueblos, para que fuesen humildes como Moisés y celosos como Elías. Los hizo venir también con objeto de hacerles ver la gloria de la Cruz para consolar a Pedro y a otros que temían la Pasión». San Juan Crisóstomo


«Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio. El vestido del Señor representa el coro de sus santos, el cual parecía despreciado mientras el Señor estuvo en la tierra. Pero dirigiéndose Él al monte, brilla con nuevo fulgor. Así ahora somos los hijos de Dios, pero lo que un día seremos, no parece todavía; mas sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él (1 Jn 3,2)». San Beda


«Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13, 43). Cosa que el mismo Apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rom 8,1); y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida enDios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él en gloria (Col 3, 3-4)». San León Magno


«¿Cómo, pues, podría creerse que el que es verdaderamente el Hijo sea hecho o creado cuando Dios el Padre tronó desde arriba: “Éste es mi Hijo”? Como si dijere: No uno de los hijos, sino el que verdadera y naturalmente es Hijo, a semejanza del cual otros son adoptivos. Así manda obedecerlo, cuando añade: “A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas. Por lo que el Evangelista prosigue: “Y al salir esta voz, hallaron solo a Jesús”». San Cirilo


«Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la Cruz de Cristo, gracias a la cual quedó redimido. Que nadie tema tampoco sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida, pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que Él venció, y recibiremos lo que prometió». San León Magno


«El camino que conduce a Dios es una cruz cada día. Nunca nadie ha subido al Cielo confortablemente; sabemos donde lleva este camino confortable. Jamás deja Dios sin preocupación al que se consagra a Él de todo corazón; le da la preocupación por la verdad. Por otra parte con ello se conoce que Dios vela por un tal hombre: le conduce a través de aflicciones... El que quiere estar sin preocupaciones en el mundo, el que tiene este deseo y busca al mismo tiempo andar sobre el camino de la virtud, ha dejado el camino». San Isaac el Siríaco


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz


554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le«hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).


555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).


556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).


«Éste es mi Hijo amado…»


444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».«…escuchadle»


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


CONCLUSION


«Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió»


Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo C – 17 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 28b-36


Jesucristo en el Evangelio (San Lucas 9, 28b-36) revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los discípulos entre Moisés y Elías. Revela igualmente su propia plenitud que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega también a su plenitud el pacto, la promesa extraordinaria, hecha a Abraham Génesis 15, 5-12.17-18. En la carta a los Filipenses , San Pablo (Filipenses 3, 17-4,1) nos enseña que la plenitud de Cristo es comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que «transformará nuestro miserable cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo». La fe de Abraham «Muchas obras buenas había hecho Abraham más no por ellas fue llamado amigo de Dios, sino después que creyó, y que toda su obra fue perfeccionada por la fe», nos dice San Cirilo. Tan grande fue su fe, que Abraham creyó contra toda esperanza que Dios le daría una descendencia numerosa. Por la fe había abandonado su patria, por la fe había soportado las más grandes aflicciones y penalidades; por la fe estaría dispuesto a renunciar a todo y hasta de sacrificar su único hijo. Por eso es llamado, como leemos en el Catecismo, de «padre de todos los creyentes» .


El singular ritual que hemos leído en la Primera Lectura se trata de un rito común entre los pueblos antiguos (ver Jer 34,18s). Al celebrar un pacto, los contrayentes pasaban por entre los animales sacrificados, dando con ello a entender que en caso de quebrantar uno el pacto, merecía la suerte de aquellos animales. Este rito era común también en Roma y en Grecia. «La antorcha de fuego» que recorre elespacio intermedio entre las víctimas es símbolo de la presencia de Dios que cumple y sella el pacto.


Ante todo… ¿qué significa «transfiguración»?


La palabra «transfiguración», que da el nombre a este episodio, es la traducción de la palabra griega «metamorfosis», que significa «transformación». Los relatos que leemos en los Evangelios de San Marcos y San Mateo, no sabiendo cómo expresar lo que ocurrió, dicen literalmente que Jesús «se metamorfoseó ante ellos». Pero San Lucas prefiere evitar la expresión para que no se piense que Jesús se transformó en otro; es lo que podría sugerir la palabra «metamorfosis». Lucas dice simplemente que «el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos se volvieron de un blanco fulgurante». Por ese mismo motivo, cuando traducimos esa expresión de los relatos de Marcos y Mateo, decimos que Jesús «se transfiguró ante ellos». De aquí el nombre Transfiguración.


«Ocho días después de estas palabras…»


Lo primero que nos llama la atención es que la lectura comience con la segunda parte del versículo 28, y se nos despierta la curiosidad por saber qué dice la primera parte. El versículo completo dice: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar». Ahora mayor es nuestra curiosidad por saber qué ocurrió ocho días antes y cuáles fueron las palabras que dijo Jesús en esa ocasión. Por medio de esta cronología tan precisa, el mismo evangelista sugiere vincular la Transfiguración con lo ocurrido antes.


Ocho días antes había tenido lugar el episodio de la profesión de fe de Pedro (ver Lc 9, 18-21). Es interesante ver cómo el relato mencionado es introducido por San Lucas de manera análoga: «Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?». Los apóstoles citan diversas opiniones que flotaban en el ambiente; sin embargo Pedro, en representación de todos dice: «El Cristo de Dios». Dicho en castellano habría que leerlo: «El Ungido de Dios». Lo que Pedro quiere decir es que, según ellos, Jesús es el «Ungido » (Mesías), el hijo de David prometido por Dios a Israel para salvar al pueblo.


«Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»


Sin embargo esa noción era insuficiente ya que «ocho días después…» los apóstoles van a escuchar ¡qué dice Dios mismo sobre Jesús! Esta es la idea centralde la Transfiguración. «Y vino una voz desde la nube que decía: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle’». Con estas palabras -corroboradas por el hecho mismo de la Transfiguración de Jesús- Dios nos revela la identidad de Jesús. La nube nos hace recordar otra gran manifestación de Dios a su pueblo, esa vez en el monte Sinaí cuando les dio el decálogo. Dios dijo a Moisés: «Mira: voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre» (Ex 19,9).


El título «mi Elegido», dado por Dios, informa a los apóstoles que Jesús es el hijo de David, el Salvador que esperaban. En efecto, Dios usa los términos del Salmo 89 que, aunque dichos en tiempos verbales pretéritos, se entendían referidos a un David futuro, a un Ungido (Mesías) por venir (ver Sal 89,4.21). La voz de la nube declara que ese Elegido es Jesús. Por otro lado, la voz ha declarado que éste mismo es su Hijo. Quiere decir que ha sido engendrado por Dios y posee en plenitud su misma naturaleza divina, es decir, que es Dios verdadero. Por tanto, sólo en Jesús todo otro hombre o mujer puede ser «elegido» y sólo en él puede ser adoptado como hijo de Dios. Nosotros estamos llamados a ser hijos de Dios en el Hijo; somos hijos de Dios en la medida en que estemos incorporados a Cristo por el Bautismo y los demás sacramentos, sobre todo, por nuestra participación en la Eucaristía.


La alegría de la oración


El relato se abre diciendo que «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió…». El evangelista quiere subrayar que el hecho ocurrió dentro de la oración de Jesús. Él subió al monte para orar. Y en medio de la oración fue rodeado de una luz fulgurante. Viendo los apóstoles a Jesús orar y revelar ante ellos su gloria exclaman: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para tí, otra para Moisés y otra para Elías». El Evangelio agrega que Pedro «no sabía lo que decía». Pero una cosa él sabía bien: que era bueno estar allí ante esa visión de Cristo. Podemos concluir que, si al revelar Jesús un rayo de su divinidad nos entusiasma de esa manera y nos llena de una alegría tan total, ¡qué será cuando lo veamos cara a cara! (ver 1Cor 13,12; 1Jn 3,2).


«Ciertas palabras…»


No nos hemos olvidado que hemos mencionado que la Transfiguración ocurrió ocho días después de la profesión de Pedro y de «ciertas palabras…» de Jesús. Esas palabras fueron el primer anuncio de su pasión. Inmediatamente después de laprofesión de Pedro, Jesús comenzó a decir: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado… ser matado, y al tercer día resucitar» (Lc 9,22). Estas palabras tienen relación estrecha con la Transfiguración, pues enuncian el tema que trataban Moisés y Elías con Jesús: «Conversaban con él… Moisés y Elías, los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén». Los apóstoles eran reacios a enfrentar el tema de la pasión, pues no concebían que Jesús, reconocido como «la fuerza salvadora» suscitada por Dios, tuviera que sufrir y ser muerto; Moisés y Elías, en cambio, hablaban del desenlace que tendría el camino de Jesús en Jerusalén como de su mayor título de gloria. Ellos comprendían que por medio de su pasión Jesús llevaría hasta el extremo el amor a su Padre y a los hombres, pues por su muerte en la cruz daría la gloria debida a su Padre y obtendría para los hombres la redención del pecado.


Una palabra del Santo Padre:


«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.


Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestroshermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.


En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 6 de agosto de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo estoy viviendo mi vida de oración en esta Cuaresma? ¿Qué medio he colocado para mejorarla?

2. ¿Qué voy hacer para acoger la invitación del Santo Padre a ser «hombres y mujeres transfigurados»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 – 556.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Cristo se dejó tentar, para que de El aprendamos a vencer la tentación

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DISCPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE CUARESMA


10-16 de marzo del 2019


“Cristo se dejó tentar, para que de Él aprendamos a vencer la tentación”




Dt 26, 4-10: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido”


Moisés habló al pueblo diciendo:

Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor tu Dios para constituirlo morada de su nombre.

El sacerdote tomará de tu mano la canasta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios.

Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

— «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impu-

sieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado».

Tú depositarás las primicias ante el Señor tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».


Sal 90, 1-2.10-15: “Estás conmigo, Señor, en la tribulación”


Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, baluarte mío, Dios mío, confío en ti».

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré».


Rom 10, 8-13: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”


Hermanos:

La Escritura dice:

«La palabra está cerca de ti: la tienes en tus labios y en tu corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que nosotros anunciamos.

Porque, si tus labios confiesan que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás.

Pues con el corazón se cree para conseguir la justificación, y por la profesión de los labios se obtiene la salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en Él quedará defraudado».

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan.

Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».


Lc 4, 1-13: “Fue tentado por el diablo”


En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

No comió nada durante esos días, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

— «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan».

Jesús le contestó:

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”».

Después, llevándole a un lugar más alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

— «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».

Jesús le contestó:

«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en la parte más alta del templo y le dijo:

— «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».

Jesús le contestó:

— «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.


NOTA IMPORTANTE

Luego de ser bautizado por Juan en las aguas del Jordán, el Señor fue llevado al desierto por el Espíritu Santo. Allí permanecería cuarenta días en soledad, oración y estricto ayuno. De este modo quiso el Señor prepararse para dar inicio a su vida pública, para anunciar el Evangelio a todos los hombres, para fundar Su Iglesia y llevar a cabo la reconciliación de la humanidad mediante su muerte en cruz y resurrección.


Hacia el final de esta cuarentena de días el Señor «sintió hambre». Es sabido que el hambre desaparece al poco tiempo de empezar un ayuno, para retornar con una fuerza feroz aproximadamente a los cuarenta días. Se trata de un fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis. Que el Señor Jesús haya “sentido hambre” luego de cuarenta días quiere decir que sintió volver el hambre de una manera brutal.


Es en esta situación de tremenda necesidad física, así como de fragilidad y debilidad por el largo ayuno, que el Señor es tentado por Satanás. Precisamente el hambre intenso que experimenta el Señor será ocasión para proponer su primera tentación: «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan» (Lc4, 3). Quien hizo que el agua se convirtiese en vino, tenía ciertamente el poder de convertir una piedra en pan. Sin embargo, no está dispuesto a hacer milagro alguno para responder a una provocación del adversario de Dios. No es al demonio a quien el Señor presta oídos aún en una situación tan extrema, sino sólo a su Padre. Es Su voz la que Él escucha y obedece. Son Sus enseñanzas las que Él hace su criterio de acción, es por ello que a ésta y a las siguientes tentaciones el Señor responderá no argumentando, no arguyendo o dialogando con el tentador, sino cortando radicalmente toda posibilidad de diálogo al oponer una sentencia divina a cada sugestión del Maligno. En respuesta a la primera tentación dirá: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”» (Lc 4, 4), «sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Para el Señor Jesús la palabra divina debidamente acogida, meditada, interiorizada y apropiada, es criterio de conducta acertada frente a toda sugestión o tentación del Maligno, quien es padre de la mentira, maestro del engaño y de la ilusión, “pésimo consejero” (San Cirilo de Jerusalén). Oponer una sentencia divina a la tentación es el método inteligente que el Señor Jesús aplica para derrotar a Satanás.


En la siguiente tentación el Diablo le hace vislumbrar al Señor todos los reinos del mundo y le ofrece: «Te daré el poder y la gloria de todo eso… si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). La insidiosa tentación corresponde a la vocación propia del Mesías: a Él le está reservado el poder y la gloria, todo será sometido bajo su dominio. El tentador usa la misma estrategia que utilizó para seducir a Eva: «seréis como dioses» (Gén 3, 5). Y es que en realidad Dios ha invitado a su criatura humana a “ser como Dios”, pero no separado de Él, sino participando de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4), en la eterna comunión con Él. Es con Dios como el ser humano está llamado a “ser como Dios”. Y ese deseo está puesto por Dios mismo en el corazón del hombre para que aspire a ello. Ahora bien, el Diablo propone al ser humano responder a ese anhelo y vocación de un modo inmediato, sin mucho esfuerzo, tan sólo con rechazar a Dios y su consejo y haciendo en cambio lo que él propone.


Siguiendo esta misma estrategia el Diablo le promete al Señor Jesús el dominio total sobre el mundo entero, el poder y la gloria, en ese mismo instante, con tan arrodillarse ante él y adorarlo. La tentación de la gloria y del poder siempre es grande, sobre todo para quien tiene capacidades y dones para ello, para quien está llamado a ejercer la autoridad servicial sobre los demás. El Señor Jesús rechaza la tentación del poder y la gloria del modo como Satanás la propone recurriendo nuevamente a las palabras inspiradas por Dios: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”» Lc 4, 8. Es del Padre de quien Él espera recibirel poder y la gloria para someterlo todo (ver Flp 3, 21; 1Cor 15, 27-28; Ef 1, 22; Heb 2, 8-9), no del diablo.


Para someterlo a una tercera tentación Satanás lleva al Señor Jesús a Jerusalén y lo pone en el alero del templo, proponiéndole: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”» (Lc 4, 9-11). Para inducir al Señor Jesús a caer en esta nueva tentación, el Diablo echa mano de toda su astucia y cita tendenciosamente las palabras de la Escritura, tomadas del Salmo 90. A su tentación le da un “fundamento bíblico”, usando la misma técnica que el Señor ha utilizado hasta entonces para rechazar sus tentaciones: el recurso a la enseñanza divina. Satanás intenta servirse de la Escritura para confundir y engañar al Señor y así apartarlo de la obediencia a Dios. La réplica del Señor es nuevamente lapidaria, contundente: «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (Lc 4, 12).


El Señor Jesús en ninguno de los casos ha presentado a Satanás su propia opinión o razonamiento, por más inteligente que sea. En medio de la tentación, de la debilidad, de la prueba, el Señor sabe bien que no debe entablar diálogo alguno, que la única manera de vencer la tentación y responder al tentador es con la enseñanza divina, con el criterio objetivo que Dios da al ser humano para que no equivoque el camino, para que alcance su verdadera realización haciendo un recto uso de su libertad.


El Maestro, que se dejó tentar en el desierto, enseña con la fuerza de su ejemplo que la tentación sólo se derrota confiando en Dios y adhiriéndose mental y cordialmente a sus enseñanzas, a los criterios objetivos que Él da al ser humano para que pueda, y abriéndose a la gracia divina, seguir el camino que conduce a su verdadera realización.


Dios, quien ha creado al ser humano, quiere su realización, no su destrucción. Obedecer a la tentación y seducción del Maligno (ver Gén 3, 1ss) trajo el mal y la muerte al mundo, trae la destrucción sobre uno mismo. El pecado es por eso mismo un acto suicida. Dios, como vemos en la primera lectura y en el salmo, es quien libera y salva a su criatura humana de la muerte que es consecuencia del pecado del hombre. Lo hace finalmente por medio de su Hijo Jesucristo. Él trae la salvación y reconciliación al mundo entero, liberando al hombre del dominio del pecado y de la muerte, del dominio de Satanás. Quien cree que Cristo es el Hijo de Dios, quien cree que Él es el Salvador y Reconciliador del mundo, quien cree queDios le resucitó verdaderamente, como afirma San Pablo en la segunda lectura, ese «se salvará».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pasaje evangélico de este Domingo nos recuerda que tenemos un enemigo invisible, espiritual, que busca apartarnos de Dios, que por envidia busca destruir la obra de Dios que somos cada uno de nosotros. El Papa Pablo VI decía al respecto que «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor».


Ante esta realidad, el mayor triunfo del demonio es hacernos pensar que no existe. Quien en la vida cotidiana olvida o desprecia esta presencia activa y actuante, se parece a un soldado que en medio de la batalla “se olvida” que tiene un enemigo: rápidamente será aniquilado. Por ello San Pedro nos invita a estar alertas, pues «vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5, 8-9). El olvido, la inconsciencia, el no creer en la existencia del demonio y su acción en nuestras vidas lleva a bajar la guardia en la lucha. Quien se descuida, será sorprendido como lo es el centinela que en su puesto de vigilancia se queda dormido y no advierte la llegada del enemigo que sigiloso se acerca para tomar por asalto la ciudad.


Como lo intentó con el Señor Jesús, el Diablo busca apartarnos también a nosotros de Dios y de nuestra felicidad. Para ello utiliza la tentación, que es una sugerencia a obrar de un modo contrario a lo que Dios enseña. Sólo puede sugerir, nunca podrá obligarnos, o mover nuestra voluntad en contra de nuestra libertad.


Para lograr convencernos de obrar el mal, el Demonio miente y engaña (ver Jn 8, 44). Nunca te va a presentar el mal objetivo como algo que es malo para ti, nunca te va a decir: “esto que te propongo te va a hacer daño, te va a hacer infeliz, te va a llevar a tu ruina”. ¡Todo lo contrario! Te presentará como muy bueno para ti, como algo “excelente para lograr sabiduría” (ver Gén 3, 6), como algo que te traerá la felicidad, lo que objetivamente es un mal y te llevará a la muerte espiritual (ver Gén 3, 3). El Demonio es muy astuto, tiene la habilidad de envolvernos en la confusión y engañarnos de tal manera que terminamos viendo en un poco de agua sucia y envenenada el agua más pura del mundo.


Para que su tentación tenga acogida busca hacerte desconfiar de Dios y de la bondad de su Plan para contigo, pues mientras te aferres a la palabra y consejo divino tal como lo hizo el Señor Jesús en el desierto, no podrá vencerte. ¡Cuántasveces el Demonio te sugiere que Dios en realidad no quiere tu bien (ver Gén 3, 2-5), que es un egoísta, que no te escucha, que seguir su Plan es renunciar a tu propia felicidad, condenarte a una vida oscura, triste e infeliz! Y una vez que siembra en ti esa desconfianza en Dios y en sus amorosos designios para contigo, él mismo se presenta como aquel que es digno de ser creído, y su tentación como “la verdad” que conduce a tu felicidad, a tu realización, a tu vida plena: “¡serás como dios!”


Conscientes de la existencia y acción del Demonio en nuestras vidas lo primero que debemos hacer es estar vigilantes, alertas, atentos, para no dejarnos sorprender por el enemigo, por sus seducciones disfrazadas de miles de formas bellas para atrapar a los incautos. Como dice San Pablo, Satanás incluso se disfraza de «ángel de la luz» (2 Cor 11, 2).


No que todo sea tentación en la vida diaria, pero hay sugestiones, pensamientos, ideas, propuestas abiertas o encubiertas que sí lo son. Por eso es importante adquirir el hábito del “discernimiento de espíritus”. Se trata de un ejercicio espiritual muy antiguo. Ya San Juan recomendaba a los primeros cristianos: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios» (1 Jn 4, 1). De eso se trata: de no creerme y hacer lo primero que se me viene a la mente, sino de examinarlo a la luz del Evangelio: esto que pienso, esto que viene a mi mente, ¿viene de Dios, o no? El criterio para discernir es muy sencillo: si me lleva a Dios y a permanecer en comunión con Él, viene de Dios. Entonces debo obrar en ese sentido. Pero si veo que eso no me va a acercar a Dios sino que me va a apartar de Él, no viene de Dios (puede venir del demonio mismo, o del mundo, o de mi propia inclinación al pecado). En ese caso, debo rechazarlo con toda firmeza.


Cuando habiendo examinado una sugerencia advierto que es una tentación, debo aplicar esta regla del buen combate: “Con la tentación no se dialoga”. Es decir, no acojas la idea, no le des vueltas y vueltas en la mente. Quien consiente “dialogar” con la tentación en su mente, es muy probable que pierda la batalla. Entre el diálogo con la tentación y la caída hay una mínima distancia. Por ello, como nos enseña el Señor en el desierto, a la tentación se la vence con un rotundo ¡No!, oponiéndole un “criterio evangélico”, una enseñanza divina. Supuesta la gracia o fuerza divina, que Dios derrama abundantemente en nuestros corazones y sin la cual nada podemos, en cada uno está el vencer la tentación. Como dice Santiago: «resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros» (Stgo 4, 7-8).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba” (Mt 4, 1)... Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir». San Juan Crisóstomo


«Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones… ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de Él a vencerla». San Agustín


«Mira cómo el Señor no se turbó, sino que disputa humildemente con el inicuo [el diablo] acerca de las Escrituras, para que te conformes con Cristo en lo que puedas. Conoce el diablo las armas con las que le venció Jesucristo; con la mansedumbre luchó, con la humildad le venció. Tú también cuando vieres a un hombre, hecho un diablo, venir contra ti, lo vencerás del mismo modo. Que tu alma aprenda a conformar sus palabras con las de Jesucristo; porque del mismo modo que el juez romano, sentado en su tribunal, no escucha la respuesta del que no sabe hablar como él, tampoco Jesucristo te escuchará ni asistirá si no hablas como Él». San Juan Crisóstomo


«El que pelea con valor, llega al término de sus combates, o porque el adversario cede espontáneamente al vencedor, o porque a la tercera derrota deponga las armas, según las leyes de la guerra. Por lo que sigue: “Concluidas las tentaciones, se retiró”». San Gregorio Niceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las Tentaciones de Jesús


538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).


539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.


540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.


“No nos dejes caer en la tentación”


2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.


2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre«ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gén 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.


2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21.24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13).


2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


“Y líbranos del mal”


2851: En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos»] es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.


2852: «Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquel por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será «liberada del pecado y de la muerte». «Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19).


«El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras fue tentado»


Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo C – 10 de marzo de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 4, 1-13


La mejor (y por qué no decir la única) manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios (San Lucas 4, 1-13). Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana (Romanos 10, 8-13). Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo (Deuteronomio 26, 4-10), y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación» (Rom 10,10).


La Cuaresma


En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.


Así vemos en algunos pasajes como: la duración del diluvio, permanencia de Moisés antes de recibir las tablas de la Ley, la marcha de Israel por el desierto, el camino de Elías hasta el Horeb, el plazo de Jonás a los ninivitas para su conversión, el lapso para las apariciones de Jesús Resucitado antes de su Ascensión y, ahora, ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto.


Al iniciarse la Cuaresma, nuevamente nos concede Dios un tiempo de gracia y de conversión. La Cuaresma es uno de los tiempos fuertes de la vida de un cristiano; es un tiempo que se nos ofrece para detenernos a considerar cuáles son los valores que mueven nuestra vida, cuáles son las cosas que nos afanan. El precepto principal del cristiano, el que resume toda la ley de Dios, dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt 22,37); y Jesús nos dio un criterio claro para examinar el cumplimiento de ese precepto principal: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón» (Mt 6,21). Debemos preguntarnos entonces dónde está nuestro tesoro, qué es lo que acapara nuestra atención, lo que consume nuestro tiempo y nuestrasenergías; y si, como consecuencia de este examen, descubriéramos que esa realidad es algo distinto que Jesucristo entonces debemos iniciar un proceso de conversión, de cambio de rumbo.


Las obras cuaresmales (limosna, ayuno y oración) son las que demuestran que nuestro corazón es todo de Dios; pues consisten en rechazar la seducción de las riquezas por medio de la limosna, en rechazar los placeres ilícitos y comodidades de esta vida por medio del ayuno y de la moderación en el uso de los bienes materiales, y en rechazar nuestro espíritu de suficiencia y autonomía por medio de la oración. Así demostramos que amamos a Dios más que el dinero, más que nuestra propia vida y que Él ocupa todo nuestro pensamiento y mundo interior.


Las tres tentaciones


Observemos más de cerca cada una de las tentaciones y veamos en qué forma nos enseña Jesús a vencer nuestras propias tentaciones. Pero…¿qué tentación podía sufrir Jesús? No necesitamos hacer profundas elucubraciones para responder a esta pregunta, pues la respuesta está explícita en el Evangelio. Al cabo de los cuarenta días sin comer nada, tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Jesús es el Hijo de Dios y tenía poder para convertir esa piedra en pan; pero si lo hubiera hecho, habría sido infiel a su misión de abrazar verdaderamente la condición humana con sus carencias y limitaciones, siendo una de las más evidentes precisamente el hambre. Jesús sentía el grito de su naturaleza humana que lo urgía a apagar el hambre.


Pero en esa circunstancia no había más modo de hacerlo que faltar a la misión encomendada por su Padre. Y esto fue lo que le sugirió el diablo. Dejando en evidencia que ama a Dios con todo su corazón de hombre, Jesús acepta padecer el hambre antes que desobedecer a Dios. Hace propia la voluntad de Dios y rechaza la sugerencia del diablo, citando la Escritura: «No sólo de pan vive el hombre».


En seguida el diablo tienta a Jesús con la posesión de las riquezas. Le muestra todos los reinos de esta tierra y le dice: «…porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si me adoras todo será tuyo». En algo tiene razón el diablo – como en toda seducción- en que la gloria de este mundo es suya. Quien ambiciona la gloria de este mundo, para poseerla, tiene que, olvidándose de Dios, abrirse a la acción del diablo, pues a él pertenece esta gloria y él la da a quien él quiere. Por eso Jesús lo llama el «príncipe de este mundo». Jesús rechazó la tentación citando el primer mandamiento de la ley de Dios: «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Eldarás culto». ¡El diablo quiere hacerse adorar por Jesús! ¡Hay que ser muy atrevido para esto!


En la tercera tentación nuevamente el diablo sugiere a Jesús hacer alarde de su condición divina. Lo lleva al alero del templo y le dice que se tire porque «…A sus ángeles te encomendará para que te guarden…». Jesús rechaza la tentación, pero deja en claro, de todas maneras, que Él es el Señor Dios. En efecto, responde al diablo: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios».


Jesús nos enseña el modo de resistir las tentaciones y de cumplir con el Plan de Dios. Si somos dóciles, como fue Jesús, y nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, seremos verdaderamente «hijos de Dios». San Pablo ciertamente tenía en mente este episodio cuando escribe: «Todos lo que se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios». Y agrega: «Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados» (Rom 8,14.17).


¿Quién es el tentador y que puede hacernos?


Tal vez uno de las verdades de fe que confunde a mucha gente es la existencia del demonio y su acción en el mundo. El demonio es un ser real y concreto, creado bueno por Dios, de naturaleza real y espiritual e invisible, que por su pecado se apartó de Dios y se convirtió en un ser «perverso y pervertidor» en su misma esencia.


¿Qué nos puede hacer el demonio? Lo primero que hay que tener en cuenta es que el demonio puede perturbarnos con las limitaciones (y capacidades) que tiene por ser una criatura angelical. Como dice San Agustín, el demonio es como un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado. Sin embargo, el demonio sí puede tener un cierto poder sobre nosotros que puede ser fatal. No puede alcanzar directamente nuestra inteligencia y voluntad, facultades completamente espirituales y accesible sólo a Dios, pero puede, con sus poderes, afectar nuestros sentidos externos como la vista, el tacto, el oído, y nuestros sentidos internos como la memoria, la fantasía y la imaginación.


Ninguna muralla, ninguna puerta blindada, ningún guardaespaldas es capaz de impedir la influencia de Satanás sobre la memoria o la fantasía de un hombre. Sin embargo, la sugestión del demonio nunca alcanzará, solamente de modo indirecto, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Es decir tener dominio y control sobre lamemoria e imaginación es guardar «la puerta y la entrada del alma» . Es tener en jaque al demonio.


Una palabra del Santo Padre:


«La Iglesia nos hace recordar ese misterio al inicio de la Cuaresma, porque nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate —en Cuaresma se debe combatir—, un tiempo de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el «desierto» cuaresmal, mantengamos la mirada dirigida a la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús, la senda que conduce a la vida. Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.


Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar donde se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión esto no se puede hacer; se oyen sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por eso es importante conocer las Escrituras, porque de otro modo no sabremos responder a las asechanzas del maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo, un poco, diez minutos; y llevarlo incluso siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera… Pero tener el Evangelio al alcance de la mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los «ídolos», nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.


Entonces entramos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como lo fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo quien nos guía por el camino cuaresmal, el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que recibimos en el Bautismo. La Cuaresma, por ello, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar cada vez más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, obró y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia pascual, podremos renovar con mayor consciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan. Que la Virgen santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una “nueva creatura”».


Papa Francisco. Ángelus 12 de febrero de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo voy a vivir lo que la Santa Madre Iglesia recomienda para este tiempo: la limosna el ayuno y la oración? Pongamos medios muy concretos.

2. ¿Cómo puedo vivir la Cuaresma en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 386 – 395. 1168-1173.


DIOS NOS AMA ETERNAMENTE


Podrá un ciego guiar a otro ciego

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee marzo Ee 2019 a las 22:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VIII ORDINARIO


3-9 de marzo del 2019


“¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?”




Eclo 27, 4-7: “No alabes a nadie antes de que razone”


Al agitar el cernidor, quedan los desechos;

cuando el hombre habla se descubren sus defectos.

El horno prueba la vasija del alfarero,

el hombre se prueba en su razonar.

El fruto muestra el cultivo de un árbol,

la palabra, la mentalidad del hombre.

No alabes a nadie antes de que razone,

porque ésa es la prueba del hombre.


Sal 91, 2-3.13-16: “Es bueno darte gracias, Señor”


1 Cor 15, 54-58: “Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por Jesucristo”


Hermanos:

Cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita:

«La muerte ha sido absorbida en la victoria.

¿Dónde está, muerte, tu victoria?

¿Dónde está, muerte, tu aguijón?».

El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecad es la Ley.

¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

Así, pues, hermanos míos queridos, manténganse firmes constantes.

Trabajen siempre por el Señor, sin reservas, convencido de que su fatiga por el Señor no quedará sin recompensa.


Lc 6, 39-45: “De la abundancia del corazón habla la boca”


En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

—«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la astillita que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la astillita del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la astillita del ojo de tu hermano.

No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian uvas de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal. Porque de la abundancia del corazón habla la boca».



CONCLUSION


¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?»


Domingo de la Semana 8ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de marzo 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 39 – 45


Uno de los títulos que tanto los discípulos como sus enemigos solían dar a Jesús es el de Maestro . En la lectura del Evangelio (San Lucas 6, 39 – 45) veremos claramente cómo Jesús se hace merecedor de este título ya que conoce profundamente lo que está dentro del corazón del hombre. Podríamos decir que penetra en las honduras más recónditas del alma y del espíritu para explicar de manera sencilla una verdad difícil de negar: es más fácil reconocer los defectos del otro que los propios y «de lo que rebosa el corazón habla la boca». El libro del Eclesiástico (Eclesiástico 27, 4-7), en su milenaria sabiduría, nos hablará del mismo tema: la palabra manifiesta el pensamiento del hombre. La carta a los Corintios es una exhortación a mantenerse firmes en la Palabra de Dios que ha tenido pleno cumplimiento en Jesucristo: vencedor del pecado y de la muerte (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 54 – 58).


La brizna y la viga


El Evangelio de este Domingo debemos de ubicarlo en lo que se llama «el sermón de la llanura» ya que hace parte del ministerio de Jesús en Galilea. Este pasaje es eminentemente kerigmático y nos revela la agudeza, profundidad y claridad del «Maestro Bueno». Jesús conoce y observa la conducta del hombre y descubre la incoherencia cuando se trata de juzgar las acciones del prójimo en relación a las propias. Hacia el otro usamos una medida estricta y rígida; pero cuando se trata de juzgar las propias acciones sacamos un metro flexible y elástico. Y esto resulta tan evidente que a menudo raya en lo ridículo. Somos severos para juzgar a los demás y benevolentes para juzgar nuestra propia conducta. Cualquier pequeña falta del prójimo la declaramos grave e imperdonable y hasta nos horrorizamos de su maldad; pero cuando nosotros hacemos lo mismo, podemos citar inmediatamente mil disculpas de manera que nos resulta siempre explicable y comprensible.


Cambiar esta aproximación hacia nosotros y hacia el prójimo es lo que se llama «convertirse». En efecto, el Evangelio nos enseña a ser severos en juzgar nuestras propias faltas y pecados; y nos invita a reconocerlos con humildad y sin atenuantes en el sacramento de la Reconciliación. Por otro lado, nos llama a ser tolerantes y comprensivos con las faltas del prójimo. ¿Quién no recuerda la bella descripción que hace San Pablo de la caridad, como la virtud fundamental cristiana? «La caridad todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Cr 13,7).


Esta enseñanza la presenta Jesús de manera viva e imaginativa por medio de una parábola. Jesús sabe que en pocas palabras puede desnudar lo más profundo que existe en el corazón del hombre. «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’ no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo?». Antes de entrar a juzgar una pequeña falta en la conducta de nuestro prójimo -una brizna- conviene examinarse a sí mismo para corregir nuestros graves pecados -sacar la viga- que nos impiden ver la verdad. Y «el que dice que no tiene pecado -nos advierte San Juan- se engaña y la verdad no está en él» (1Jn 1,8). Precisamente el que dice que no tiene pecado, es porque la inmensa viga que tiene en su ojo le impide ver y se cree libre de culpa.


Llegado a este punto de su discurso, Jesús parece dejar la parábola para dirigirse a su auditorio y, por qué no decirlo, a nosotros mismos, para decir: «¡Hipócrita !, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano». Hipócrita es una calificación muy fuerte, pero fue usadapor Jesús con aquellos que aparentan lo que no son para usurpar la admiración y la alabanza de los hombres. A continuación, Jesús nos da un criterio para no dejarnos engañar por las apariencias y conocer el fondo de una persona. Lo hace también a través de una comparación irrefutable: «Cada árbol se conoce por su fruto». Si queremos conocer el fondo bueno o malo de una persona o de una obra hay que examinar los frutos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno». Y como si fuera poco, Jesús todavía agrega: «No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas».


El corazón del hombre


En las Sagradas Escrituras el fondo de una persona, ese núcleo íntimo de donde nacen sus decisiones y se fraguan sus proyectos y acciones, es el corazón. Allí están sus valores, sus intereses, sus motivaciones ocultas, sus tesoros. El corazón del hombre lo ve sólo Dios; ante Dios el corazón del hombre está al descubierto. Ya desde antiguo la Escritura nos enseña que «la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (1S 16,7). Sabemos que ante Dios no podemos aparentar, que Él nos juzga según lo que somos. Cada uno es lo que es ante Dios, por más que los hombres tengan acerca de uno un concepto distinto. La persona es buena o mala según como sea su corazón. De ahí brotan los pecados y los malos deseos.


Por eso Jesús concluye: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, del tesoro malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». La conversión del hombre será cambiar su corazón. El Espíritu Santo se derrama en el corazón y allí lo transforma. Por eso San Pablo nos propone este criterio: «Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5,22). Esta es la radiografía infalible de un corazón bueno. Con manifiesto aburrimiento San Pablo enumera también los frutos del árbol malo: «Los obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, odios, discordias, celos, iras, divisiones, embriagueces, orgías y cosas semejantes» (Ga 5,19-20). Por los frutos se conoce el árbol, sobre todo, de esta manera nos podemos conocer a nosotros mismos, que es lo más difícil.


La palabra manifiesta el pensamiento del hombre


El libro del Eclesiástico se denomina también Sirácida por su autor «Jesús, hijo de Sirá, hijo de Eleazar, de Jerusalén» (Eclo 50,27). Por la misma razón se le conoce también como el libro de Ben Sirá o del hijo de Sirá. El nombre de «Eclesiástico»deriva de la tradición latina y son las enseñanzas de un maestro de sabiduría que enseñó en Jerusalén a finales del siglo III y principios del II A.C.


Los consejos del libro del Eclesiático en relación a las habladurías, no por elementales, dejan de ser valiosos, más aún, teniendo en cuenta que todo el mundo ha prestado atención a lo que puedan haber dicho terceras personas en relación a un ser querido. Por otro lado, debemos de preguntarnos con sinceridad: «¿quién no ha pecado con su lengua?» (Eclo 19,16). Justamente la senda que nos coloca la lectura es la pedagogía del silencio y de la escucha; para así poder conocer de verdad al otro. San Juan Crisóstomo nos dice: «No juzguéis por las sospechas; no juzguéis antes de estar seguros si lo que se refiere es real; no condenéis a nadie antes de imitar a Dios, que dice ‘bajaré y veré’ (Gn 18,21)».


Una palabra del Santo Padre:


El pasaje evangélico de la liturgia (Mateo 7, 1-5), hizo notar el Pontífice, presenta precisamente a Jesús que «quiere convencernos de que no juzguemos»: un mandamiento que repite muchas veces». En efecto, «juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía». Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar. Porque, explicó el Papa, «la persona que juzga se equivoca, se confunde y se convierte en una persona derrotada».


Quien juzga «se equivoca siempre». Y se equivoca, afirmó, «porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». En práctica, cree tener «el poder de juzgar todo: las personas, la vida, todo». Y «con la capacidad de juzgar» considera que tiene «también la capacidad de condenar». El Evangelio refiere que «juzgar a los demás era una de las actitudes de esos doctores de la ley a quienes Jesús llama «hipócritas». Se trata de personas que «juzgaban todo». Pero lo más «grave» es que obrando así, «ocupan el lugar de Dios, que es el único juez». Y «Dios, para juzgar, se toma tiempo, espera». En cambio estos hombres «lo hacen inmediatamente: por eso el que juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él».


Pero, precisó el Papa, «no sólo se equivoca; también se confunde». Y «está tan obsesionado de eso que quiere juzgar, de esa persona —tan, tan obsesionado— que esa pajilla no le deja dormir». Y repite: «Pero yo quiero quitarte esa pajilla». Sin darse cuenta, sin embargo, de la viga que tiene él» en su propio ojo. En este sentido se «confunde» y «cree que la viga sea esa pajilla». Así que quien juzga es un hombre que «confunde la realidad», es un iluso.


No sólo. Para el Pontífice el que juzga, «se convierte en un derrotado» y no puede no terminar mal, «porque la misma medida se usará para juzgarle a él», como dice Jesús en el Evangelio de Mateo. Por lo tanto, «el juez soberbio y suficiente que se equivoca de lugar, porque toma el lugar de Dios, apuesta por una derrota». Y ¿cuál es la derrota? «La de ser juzgado con la misma medida con la que él juzga», recalcó el obispo de Roma. Porque el único que juzga es Dios y aquellos a quienes Dios les da el poder de hacerlo. Los demás no tienen derecho de juzgar: por eso hay confusión, por eso existe la derrota».


Aún más, prosiguió el Pontífice, «también la derrota va más allá, porque quien juzga acusa siempre». En el «juicio contra los demás —el ejemplo que pone el Señor es la «pajilla en tu ojo»— siempre hay una acusación». Exactamente lo opuesto de lo que «Jesús hace ante el Padre». En efecto, Jesús «jamás acusa» sino que, al contrario, defiende. Él «es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu». Jesús es «el defensor: está ante el Padre para defendernos de las acusaciones».


Pero si existe un defensor, hay también un acusador. «En la Biblia —explicó el Pontífice— el acusador se llama demonio, satanás». Jesús «juzgará al final de los tiempos, pero en el ínterin intercede, defiende». Juan, señaló el Papa, «lo dice muy bien en su Evangelio: no pequéis, por favor, pero si alguno peca, piense que tenemos a uno que abogue ante el Padre».


Así, afirmó, «si queremos seguir el camino de Jesús, más que acusadores debemos ser defensores de los demás ante el Padre». De aquí la invitación a defender a quien sufre «algo malo»: sin pensarlo demasiado, aconsejó, «ve a rezar y defiéndelo delante del Padre, como hace Jesús. Reza por él».


Pero sobre todo, repitió el Papa, «no juzgues, porque si lo haces, cuando tú hagas algo malo, serás juzgado». Es una verdad, sugirió, que es bueno recordar «en la vida de cada día, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los demás, de criticar a los demás, que es una forma de juzgar».En fin, reafirmó el Pontífice, «quien juzga se equivoca de lugar, se confunde y se convierte en un derrotado». Y obrando así «no imita a Jesús, que siempre defiende ante el Padre: es un abogado defensor». Quienjuzga, más bien, «es un imitador del príncipe de este mundo, que va siempre detrás de las personas para acusarlas ante el Padre».


Papa Francisco. Homilía en la Capilla de Domus Santae Marthae. 23 de junio de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Que fácil se nos hace juzgar al otro y, por otro lado, difícil juzgarnos objetivamente. Hagamos un sincero examen de conciencia sobre este punto. ¿Qué tan rápido soy para juzgar y etiquetar al prójimo?

2. Sin duda el himno de la caridad es una clara norma para vivir mi relación con el prójimo. Leamos de la primera carta a los Corintios todo el capítulo 13.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1822- 1829


!GLORIA A DIOS!


La única auténtica revolución es la revolución del amor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee marzo Ee 2019 a las 21:55 Comments comentarios (0)



DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VII ORDINARIO


24 de febrero al 2 Marzo del 2019


“La única auténtica revolución es la revolución del amor”





1 Sam 26, 2.7-9,12-13. 22-23: “No he querido alzar mi mano contra el ungido de Yahveh”


«Se levantó Saúl y bajó al desierto de Zif, con tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif… David y Abisay se dirigieron de noche hacia la tropa. Saúl dormía acostado en el centro del campamento, con su lanza, clavada en tierra, a su cabecera; Abner y el ejército estaban acostados en torno a él. Dijo entonces Abisay a David: “Hoy ha copado Dios a tu enemigo en tu mano. Déjame que ahora mismo lo clave en tierra con la lanza de un solo golpe. No tendré que repetir”. Pero David dijo a Abisay: “No lo mates. ¿Quién atentó contra el ungido de Yahveh y quedó impune?”… Tomó David la lanza y el jarro de la cabecera de Saúl y se fueron. Nadie los vio, nadie se enteró, nadie se despertó. Todos dormían porque se había abatido sobre ellos el sopor profundo de Yahveh. Pasó David al otro lado y se colocó lejos, en la cumbre del monte, quedando un gran espacio entre ellos… Respondió David: “Aquí está la lanza del rey. Que pase uno de los servidores y la tome. Yahveh devolverá a cada uno según su justicia y su fidelidad; pues hoy te ha entregado Yahveh en mis manos, pero no he querido alzar mi mano contra el ungido de Yahveh.”»


Sal 102, 1-2.3-4.8 y 10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso


1 Cor 15, 45-49: “Del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste


«En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste.»


Lc 6, 27-38: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”


«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»


NOTA IMPORTANTE


Una interesante clave de lectura para aproximarnos al Evangelio de este Domingo nos la da la primera lectura. David, teniendo la ventaja y oportunidad para eliminar al rey de Israel, quien inflamado por la envidia y el odio se había convertido en su enconado perseguidor, decide guardar su vida. David expone la razón de su proceder: «¿Quién atentó contra el ungido de Yahveh y quedó impune?» ¿Puede él levantar la mano contra el ungido del Señor, por más que éste se haya apartado de sus caminos?


David supera el impulso de la venganza, de querer tomar la justicia por sus propias manos. ¿No es lo justo devolver mal por mal, ojo por ojo, diente por diente? (Ex 21,23-24; Lev 24,19-21; Dt 19,21; Mt 5,38-39) Más allá del odio que ha envenenado su espíritu, más allá de sus intentos de asesinarlo, Saúl es un ungido del Señor. David ve su dignidad más allá del pecado cometido.


El que es de Cristo debe reconocer asimismo la dignidad de toda persona humana, que estriba en el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Tal es la enorme dignidad de todo ser humano, más allá de que su rostro haya quedado desfigurado por el mal o por cualquiera sea su pecado!

 

De esta visión profunda del hombre y de su dignidad nace la actitud reverente y misericordiosa del discípulo de Cristo hacia todo ser humano. Él ha aprendido a amar en toda persona humana lo que Dios ama en ella. Porque ama al pecador pero odia el pecado, procura levantarlo de su miseria, en todo sentido: material, moral, espiritual. El creyente está invitado, en esta perspectiva, a «vencer el mal a fuerza de bien».


Es de acuerdo a esta visión que el Señor Jesús plantea a sus discípulos exigencias inesperadas, que chocan frontalmente con las actitudes y reacciones 'normales' (Evangelio): amar a los enemigos, hacer el bien a quienes los odien, bendecir a los que los maldigan, orar por quienes los difamen, etc. ¿Quién antes que Él se había atrevido a proponer algo semejante? Estas exigencias de la vida cristiana brotan de la vocación del ser humano de ser misericordioso como el Padre es misericordioso, es decir, de amar como Dios ama a los hombres.


Pero, ¿cómo es posible vivir las tremendas exigencias que plantea Cristo, si a semejanza del primer Adán todos nacemos como hombres terrenales? (2ª. lectura) Por el Bautismo cristiano el ser humano se abre a la vida del hombre nuevo porque es transformado en una nueva criatura. Habiendo recibido el Espíritu por el que Dios derrama el amor divino en su corazón (ver Rom 5,5), es capaz de amar con ese mismo amor de caridad, que aprende en la escuela del Señor Jesús. De todo bautizado en Cristo se puede afirmar con toda propiedad que habiéndose revestido de Cristo, ha adquirido una condición semejante a la del Hijo de Dios. En Él no solo recobra la semejanza perdida por el pecado original, sino que también recibe la capacidad de amar como Él mismo nos ha amado, amar con sus mismos amores: a Dios Padre en el Espíritu Santo, a Santa María su Madre, a todos sus hermanos humanos, peregrinos en esta tierra o que ya partieron a la presencia del Señor.

 Por este don, por la gracia recibida y con por su decidida cooperación, todo bautizado está llamado a "cristificar" su propia vida reproduciendo en sí mismo la imagen del hombre celeste. Es el camino de la vida cristiana, un proceso de transformación y santificación cuya meta final es la resurrección de los muertos, momento en el que transformado plenamente por y en Cristo, será hecho partícipe de la gloria eterna por la participación en la comunión divina de amor.


El Señor Jesús enseña el camino de cristificación, el camino que lleva a la plena semejanza con Él: dar, darse uno mismo, amar sin límites, amar no sólo a los amigos sino inclusive a los enemigos, a los que nos persiguen e intentan el propio daño o muerte. Se trata de ser magnánimos haciendo el bien siempre, a todos, se trata de ser generosos compartiendo los propios bienes con quienes los necesitan, se trata de no juzgar, de no condenar, sino de perdonar e invitar siempre a "volver a la Casa del Padre". En resumen, se trata de ser misericordiosos, como lo es nuestro Padre celestial, se trata de ser perfectos en la caridad como Dios es perfecto (ver Mt 5,4)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Son muchas y muy radicales las enseñanzas que este Domingo el Señor propone a aquellos que lo escuchan, es decir, a aquellos y aquellas que verdaderamente están dispuestos a acoger sus enseñanzas para ponerlas por obra, a aquellos que quieran ser verdaderamente sus discípulos, cristianos no sólo de nombre sino también de hecho.

 

Al escuchar sus enseñanzas podemos preguntarnos: ¿quién puede amar a sus enemigos? ¿Quién puede hacer bien a quien lo odia, bendecir a quien lo maldiga, rezar por quien le desea el mal? ¿Quién puede perdonar a quien le ha ofendido gravemente o le ha causado un enorme sufrimiento y un daño irreparable, sea físico, psíquico, moral o espiritual? ¿Quién puede recibir un golpe sin enfurecerse, sin devolver inmediatamente el golpe con otro golpe, el insulto con otro insulto, la ofensa con otra ofensa? ¿No es utópico pedir algo así? ¿No es pretender demasiado? ¡Cuántas veces perdemos la paciencia, agredimos, insultamos, nos es tan difícil controlar la ira incluso con aquellos a quienes amamos, con aquellos con quienes vivimos!

 

Sólo quien se abre al amor de Dios, sólo quien aspira a vivir la perfección de la caridad, sólo quien es misericordioso como misericordioso es el Padre celestial, sólo quien ama como Cristo mismo nos ha amado, es capaz de cumplir semejantes exigencias, que causan un profundo rechazo en aquellos o aquellas en quienes prima el "hombre terreno" y no el "celeste".



Nuestra vocación, recordábamos la semana pasada, es un llamado a la felicidad, a la plenitud, al gozo inacabable. Mas el camino es arduo y exigente: vivir el amor, no un amor cualquiera, sino el que viene de Dios, el amor-caridad. Dios nos ha creado por amor y para el amor. La felicidad la alcanzaremos viviendo la perfección de la caridad. Sólo nos realizaremos en la medida en que aprendemos a amar correctamente, en la medida en que amemos como Cristo mismo. No otra cosa promete el Señor cuando nos dice: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). Quien ama como Cristo, con el amor de Cristo (ver Jn 15,12), alcanzará la dicha plena, la paz del corazón y la felicidad tan anhelada.

 

¿Quieres para ti esa felicidad y dicha perpetua? Ábrete cada día al amor del Señor y ama cada día más como Cristo nos ha amado. La santidad consiste en responder a ese llamado al amor, en aspirar a vivir la perfección de la caridad, en abrirse a la gracia y al amor de Dios para dejarse "amorizar" uno mismo, en expresar ese amor en actitudes y conductas concretas de perdón, de comprensión, de solidaridad, de compasión, de paciencia, de generosidad, de donación, no sólo con quienes nos sentimos afectivamente vinculados, sino también con los extraños o incluso enemigos, que no por ello dejan de ser hijos de nuestro mismo Padre, hombres y mujeres por quienes Cristo ha derramado su Sangre en la Cruz, sujetos de redención como cada uno de nosotros.

 

Si queremos amar como Cristo, empecemos por perdonar de todo corazón a aquellos que nos han ofendido o causado algún daño, limpiemos nuestros corazones de todo resentimiento, amargura u odio que hayamos consentido y guardamos aún contra algún hermano o hermana. Si es posible, pidamos humildemente perdón a quienes nosotros hayamos ofendido o causado algún daño. Recemos por quienes no nos ven bien o nos tratan con desdeño o desprecio. Seamos pacientes y no devolvamos a nadie insulto con insulto, ofensa con ofensa, golpe con golpe, y desterremos de nuestra mente todo deseo de venganza. Avancemos, pues, cada día, nutridos del amor del Señor y fortalecidos por su gracia, hacia ese ideal de la caridad perfecta que el Señor nos señala, y seamos así verdaderamente discípulos de Cristo.



LOS PADRES DE LA IGLESIA



«Los que hieren sus propias almas son dignos de lágrimas y de suspiros, no de maldiciones, porque no hay cosa más detestable que un alma maldiciente, ni nada más inmundo que una lengua que maldice. Eres hombre, no vomites el veneno del áspid, ni te conviertas en bestia feroz. Se te ha dado una boca no para que muerdas, sino para que cures la herida de los demás. El Señor manda que trates a tus enemigos lo mismo que a tus amigos; no de cualquier modo, sino como a los más íntimos, por quienes acostumbras a orar.»

San Juan Crisóstomo


«Hay muchos que, por el contrario, mientras se postran en tierra y arrastran su frente por el suelo, hiriendo sus pechos y levantando sus manos al cielo, no piden a Dios el perdón de sus pecados, sino que piden contra sus enemigos, lo cual no es otra cosa que hincarse a sí mismos el puñal. Cuando pides al que prohibió las imprecaciones contra los enemigos que escuche tus maldiciones contra ellos, ¿cómo puedes ser oído cuando provocas al que ha de oírte, castigando a tu enemigo en presencia de su Rey, si no con las manos, al menos con las palabras? ¿Qué haces, hombre? Estás pidiendo el perdón de tus pecados, y a la vez llenas tu boca de amargura. Es el tiempo del perdón, de la oración, del llanto, no del furor.»

San Juan Crisóstomo


«Todo aquél que nos arrebata cualquier cosa nuestra, es nuestro enemigo; mas si empezamos a tenerle odio, dentro esta lo que perdemos. Por tanto, cuando suframos alguna falta en lo exterior por parte de nuestro prójimo, estemos alerta interiormente contra el ladrón oculto, el cual en ninguna ocasión es vencido mejor sino cuando amamos a nuestro ladrón exterior. La única y mejor prueba que se puede hacer de nuestra caridad es amar al que nos aborrece. De aquí que la Verdad misma sufrió el suplicio de la Cruz, y, no obstante, manifestó en amor que tenía a sus perseguidores diciendo: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. (Lc 23,34)»

San Gregorio Magno


«En lo cual más bien te favoreces a ti que a él [al cumplir el mandato de amar al enemigo]. Porque él sólo es amado por un compañero suyo, pero tú te haces semejante a Dios. Es un acto grande de virtud colmar de beneficios a los que quieren hacernos daño, por lo que sigue: “Y haced bien”. Así como el agua apaga el fuego de un horno encendido, así también la razón, con su calma, apaga los furores de los demás. Lo que es el agua respecto del fuego, esto es, la humildad y la mansedumbre respecto de la ira; y así como el fuego no se apaga por medio del fuego, así la ira no se apaga por medio de la ira.»

San Juan Crisóstomo



«Tal es la recompensa de la misericordia, que da el derecho de la adopción divina. Pues sigue: “Y seréis hijos del Altísimo”. Practica, pues, la misericordia para que merezcas la gracia. Inmensa es la benignidad de Dios: llueve sobre los ingratos; y la tierra fecunda no rehúsa sus frutos a los malos. Por lo que prosigue, “Porque Él es benigno para los ingratos y malos”.»

San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

 

«Dios misericordioso y clemente»



210: Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro, Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor. A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH» (Ex 33, 18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: «YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (Ver Ex 34, 9).

 

211: El Nombre divino «Yo soy» o «El es» expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34, 7). Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2, 4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que El mismo lleva el Nombre divino: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8, 2).


Dios es amor


218: A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (Ver Dt 4, 37; 7, 8; 10, 15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (Ver Is 43, 1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (Ver Os 2).

 

219: El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Ver Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (Ver Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Ver Is 62, 4-5); este amor vencerá incluso laspeores infidelidades (Ver Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16).


220: El amor de Dios es «eterno» (Is 54) «Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará» (Is 54, 10). «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31, 3).


221: Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (Ver 1 Co 2, 7-16; Ef 3, 9-12). El mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en El.

 

Llamados a ser misericordiosos, como Dios es misericordioso:


2842: ...como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 4); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (Ver Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).


CONCLUSION


«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»


Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 24 de febrero de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 27-38


El discurso de Jesús en la montaña es profundo y novedoso: invita a sus discípulos a amar a los enemigos (San Lucas 6, 27-3). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el profundo amor con el que Dios ama a los hombres. La Primera Lectura (primer libro de Samuel 26, 2.7-9,12-13. 22-23) nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo. David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte San Pablo, en la Segunda Lectura (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 45-49), nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo, una nueva criatura, en Cristo Jesús.


Perdonar a los enemigos


Samuel era hijo de Elcaná y Ana y fue el último gran juez que tuvo Israel y uno de los primeros profetas. Ya anciano nombró jueces a sus hijos y les encargó que continuaran su labor, pero el pueblo no estaba contento y quería tener un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente Rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (ver 1sam 1-4). Los dos libros de Samuel narran justamente la historia de Israel; desde el último de los jueces hasta los postreros años del rey David. El primer libro nos cuenta cómo Israel pasó a ser regido por reyes.


David, el más joven de los ocho hijos de Jesé, andaba cuidando de los rebaños cuando el profeta Samuel lo ungió como «elegido». La destreza de David en tocar el arpa lo lleva a la corte de Saúl para tranquilizar los ataques de nervios del rey. Más tarde aceptó el reto de desafiar y matar al filisteo Goliat. Desde ese momento Saúl se llenó de envidia e intentó matarlo varias veces. Jonathan, hijo de Saúl e íntimo amigo de David le advirtió que escapara. David se convierte entonces en un proscrito. Saúl lo persigue despiadadamente y David le perdonará dos veces la vida. La Primera Lectura nos narra el pasaje cuando David le perdona, por segunda vez, la vida al rey Saúl. Llama la atención, por un lado, la generosidad de David y, por otro, su profundo respeto religioso por el carácter sagrado del rey: «el ungido de Yahveh».



Un Evangelio sublime pero incómodo…casi imposible…


«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente… Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio…»


Honestamente, ¿quién ha visto a alguien cumplir lo que Señor nos pide? Desgraciadamente lo que vemos a diario en las calles, en los medios de comunicación, en los negocios, en la política, es exactamente lo contrario: combatir a los enemigos, hacer el mal a los que nos odian, maldecir a los que nos maldicen, difamar a los que nos difaman, devolver el doble al que se atreva a golpearnos en una mejilla, pelearnos con el que quiera quitarnos algo que nos pertenece, nos vengarnos ante cualquier agravio. Cuando vemos este modo de actuar no nos llama la atención; es lo que se espera. Es el comportamiento al que ya estamos acostumbrados y sabemos que “todo el mundo” va a reaccionar de esa manera. Pero si sucediera, en cambio, ver a alguien practicar alguno de aquellos preceptos de la ley de Cristo, podemos estar seguros que estaríamos ante un santo, ¡y no uno cualquiera, sino uno de los grandes!


Sin embargo, creo que todos recordamos un hecho verdaderamente singular, del cual todo el mundo fue testigo a través de los medios de comunicación. La actitud de San Juan Pablo II en amigable conversación con Ali Agca en su misma celda es un testimonio de este precepto de Cristo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Después de disparar sobre el Santo Padre a quemarropa, cuando fue detenido y debió reconocer el hecho, Ali Agca preguntó sorprendido: «¿Cómo?, ¿no lo maté?» No sabemos lo que conversaron en ese encuentro en que el Papa fue hasta su celda, pero ciertamente Juan Pablo II le habrá dicho que lo perdonaba y que lo amaba. No estaremos lejos de la verdad si suponemos que el Santo Padre habrá orado muchas veces: «Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace». Justamente es la gracia de Dios la que nos concede la fuerza para poder amar a los enemigos y practicar los preceptos que el mismo Cristo nos ha dejado.


La verdadera ley y la verdadera felicidad


Las máximas o criterios que rigen entre nosotros y que consideramos normales son muy diferentes a las que nos ha dejado Jesús: «perdonar, sí; pero olvidar, jamás»; «está bien ser humilde, pero no perder la dignidad»; «ser bueno, pero no tanto…»; etc. Comparadas con la ley de Cristo, estas máximas resultan perfectamente antievangélicas. La objeción que a todos nos asalta, se puede formular así: «Si yo vivo según la ley de Cristo, entonces todos se aprovecharán de mí» o como se dice popularmente «me agarrarán de bobo». Y eso a nadie le gusta. Ese es nuestro modo de razonar, porque no creemos suficientemente en la Palabra de Dios. Según la Palabra de Dios el resultado sería este otro: «vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo». Nadie puede negar la verdad de esta promesa, si no ha hecho la prueba de cumplir los preceptos de Cristo al pie de la letra.

 

El espectáculo normal es ver que la gente sirve por interés. Los establecimientos comerciales, las agencias de turismo, los grifos, los bancos sirven a sus clientes con exquisita y delicada atención; pero es porque esperan de ellos un beneficio comercial. Ese servicio no nos impresiona, porque no tiene nada de extraordinario. Era así también en el tiempo de Cristo: «Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente». La recompensa de ese servicio es algo cuantificable, tiene un precio de esta tierra y, por tanto, es limitado.


La ley de Cristo en cambio es: «Haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio». Y el que hace esto recibe una recompensa que no tiene precio, porque no es de esta tierra. Es lo que relata Santa Teresa del Niño Jesús en su «Historia de un Alma» (Ms. C; Cap. XI). Cuenta que cuando era aún novicia -ella entró a un convento de clausura a los quince años- se ofrecía para conducir a una hermana anciana lisiada, a la cual no era fácil contentar. Pero lo hacía con tanta caridad que Dios le dio la recompensa prometida. Un día de invierno en que cumplía esta misión, escuchó a lo lejos una música bailable y se imaginó «un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él jóvenes elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y delicadezas mundanas». El contraste con su situación era total. Pero allí Dios le hizo sentir la verdadera felicidad: «No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales superaron de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad. ¡Ah! No habría cambiado los diez minutos empleados en cumplir mi humilde tarea por gozar mil años de fiestas mundanas». Para gozar de esta misma felicidad en esta tierra no hay otro medio que cumplir los preceptos de Cristo.

 

La vocación del hombre


El amor que es la esencia de Dios, es también el principio de vida de la actuación de quien ha aceptado vivir las bienaventuranzas del Reino, la impronta del hombre nuevo en Cristo, del «hombre celeste» del que se habla en la Segunda Lectura. En ella San Pablo continúa el tema de la Resurrección corporal contraponiendo el orden de la creación (Adán) al nuevo orden inaugurado por Jesucristo. «Nosotros, que somos imagen del hombre terreno (Adán), seremos también imagen del hombre celestial (Cristo)».


Una palabra del Santo Padre:

 

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo, es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio el Pontífice recordó que la liturgia propone estos días reflexionar sobre los paralelismos entre «la ley antigua y la ley nueva, la ley del monte Sinaí y la ley del monte de las Bienaventuranzas». Entrando en las lecturas —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (8, 1-9) y del Evangelio de Mateo (5, 43-4)—, el Santo Padre se detuvo en la dificultad del amor a los enemigos, preguntándose cómo es posible perdonar: «También nosotros, todos nosotros, tenemos enemigos, todos. Algunos enemigos débiles, algunos fuertes. También nosotros muchas veces nos convertimos en enemigos de otros; no les queremos. Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos».



«Jesús nos dice dos cosas —expresó el Papa afrontando la cuestión de cómo amar a los enemigos—: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”». Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en «la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos», cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza.

 

«Jesús nos pide amar a los enemigos -insistió-. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos». La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, «alguna pequeña enemistad».


Es cierto: «el amor a los enemigos nos empobrece, nos hace pobres, como Jesús, quien, cuando vino, se abajó hasta hacerse pobre». Tal vez no es un «buen negocio» —agregó el Pontífice—, o al menos no lo es según la lógica del mundo. Sin embargo «es el camino que recorrió Dios, el camino que recorrió Jesús» hasta conquistarnos la gracia que nos ha hecho ricos.

 

Papa Francisco. Homilía del 18 de junio de 2014. Capilla de la Domus Sanctae Marthae.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿En qué ocasiones concretas puedo ejercitarme en la vivencia del perdón y del amor misericordioso? Hagamos una lista de esos momentos. ¡Seamos realistas!


2. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos o nietos en la vivencia del perdón, del amor y del respeto a la verdad? ¿Soy ejemplo para ellos en mi vida cotidiana?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-284




!GLORIA A DIOS!


Dichosos ustedes... porque su recompensa será grande en el Cielo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee febrero Ee 2019 a las 23:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VI ORDINARIO


17 - 23 de febrero del 2019


“Dichosos ustedes... porque su recompensa será grande en el Cielo”






Jer 17,5-8: “Bendito quien confía en el Señor”


Así dice el Señor:

«Maldito quien pone su confianza en el hombre, y en él busca su fuerza, apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en el desierto, que no disfruta del agua cuando llueve; habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.

Será como un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el calor no lo sentirá, sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto».


Sal 1, 1-4 y 6: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”


Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


1Cor 15, 12.16-20: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”


Hermanos:

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de ustedes que los muertos no resucitan?

Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen con sus pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.

¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.


Lc 6, 17.20-26: “Su recompensa será grande en el Cielo”


En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:

— «Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.

Dichosos los que ahora lloran, porque reirán.

Dichosos ustedes, cuando los hombres los odien, y los excluyan, y los insulten, y desprecien el nombre de ustedes como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque la recompensa de ustedes será grande en el Cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo.

¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre.

¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y llorarán.

¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas».


NOTA IMPORTANTE


“Maldito” y “bendito” son categorías que definen dos maneras de vivir, ya sea en este mundo o también después de esta vida.


Es calificado como “maldito” quien marginando totalmente a Dios se fía de su propio ingenio, de su capacidad y de sus solas fuerzas, o de las de otros. Se hace “maldito” quien espera encontrar su seguridad y significación en lo pasajero, en la vanidad del mundo, quien busca en sí mismo su grandeza y su realización. Se torna en un “maldito” porque en su egocentrismo se hace a sí mismo dios cuando no lo es. La maldición que en este proceso de rechazo de Dios y de endiosamiento de sí mismo trae sobre sí es la aridez del espíritu, el sinsentido de su existencia, el corazón inhóspito y vacío, solo, roto y dividido. La negación de Dios y de sus designios, abierta en el caso del rechazo frontal, o solapada en el caso de la indiferencia o del agnosticismo funcional, lleva inexorablemente al ser humano a su propia destrucción, a su muerte.


“Bendito” en cambio es aquél o aquella que confiando en Dios entra en contacto con la fuente de su vida, de su amor y felicidad. El ser humano, porque es criatura de Dios, no puede vivir sin Dios. Sólo en Dios puede realizarse, llegar a ser quien está llamado a ser, llegar a amar como está llamado a amar. Al reconocer humildemente esta dependencia, su ser permanece en Dios, se abre a su fuerza y amor divino, y se despliega poco a poco hasta alcanzar su plenitud humana. Es entonces cuando la persona encuentra su máxima felicidad o bienaventuranza.


Quien confía en Dios se asemeja así a un árbol que permanece «plantado al borde de la acequia»: arraigado en Dios, permanece firme en los momentos más arduos y difíciles de la existencia, incluso en momentos de “sequía” «da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Salmo responsorial). Esta imagen del árbol plantado al borde del arroyo es clásica en la Sagrada Escritura. Expresa que el ser humano se desarrolla plenamente cuando se arraiga en Dios, en su Ley y en su Palabra. Lo que el agua es para la planta, eso es Dios y su Palabra para el ser humano. Separarse de Dios es condenarse no sólo a la esterilidad, sino a la sequedad y a la muerte lenta. En cambio, la aceptación de losdesignios divinos trae consigo el pleno despliegue de todo lo que él es y le conduce a la “bienaventuranza”, es decir, la máxima felicidad posible para el ser humano: «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, [es] lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).


Dios, por sobreabundancia de amor, ha creado al ser humano a su imagen y semejanza, con el fin de que participe de su misma comunión divina de amor y comparta con Él la misma felicidad y gozo que Dios vive en sí mismo, por toda la eternidad. Pero el amor no puede ser impuesto, ni obligado. Por ello Dios crea al ser humano libre: cada cual debe responder a la invitación divina desde su propia libertad. Cada cual es libre para decirle “sí” o “no”. Dios respetará la respuesta libre de cada cual, pero advierte y aconseja: «te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él; pues en eso está tu vida» (Dt 30,19-20).


El “no” dado a Dios tiene consecuencias terribles para la criatura humana: trae sobre sí la muerte, porque Él es la vida misma y la fuente de toda vida y felicidad. Para el ser humano apartarse de Dios equivale al suicidio, es traer sobre sí mismo la muerte, la maldición, la infelicidad.


Ante el “no” dado por nuestros primeros padres y las terribles consecuencias que ese “no” trajo sobre toda la humanidad, Dios preparó en la historia el envío de su propio Hijo «para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Jesucristo, el Señor, es para todo ser humano «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Él es quien ha venido a reconciliar al ser humano y a abrir para él nuevamente el camino a la bienaventuranza, a la felicidad plena que deriva de la comunión con Dios y de la participación de su misma naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).


Es al Señor Jesús a quien escuchamos en el Evangelio de este Domingo proclamar un elenco de “bienaventuranzas” junto con un elenco de “ayes”, “bienaventuranzas” y “ayes” que equivalen a aquellos “benditos” y “malditos” de Jeremías. El pasaje invita a considerar el contraste entre dos escalas de valores completamente opuestas: la del mundo y la de Dios. Las “bienaventuranzas” y los “ayes” propuestos por el Señor chocan frontalmente con la visión del mundo, tan llevada por la apariencia y la vanidad de las cosas, y descubren la jerarquía de valores a los ojos de Dios.


¿Qué garantiza que la promesa de la bienaventuranza para el ser humano se va a realizar en quienes confían en Dios? El acontecimiento histórico e incontestable de la Resurrección de Cristo, del que nos habla el apóstol Pablo en la segunda lectura. Cristo verdaderamente ha resucitado, y en su resurrección se fundamenta la esperanza del creyente de poder participar un día de aquella plenitud de gozo y felicidad que Dios le tiene prometida, pues en Cristo resucitarán para la Vida los que en Él vivan y mueran.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Dios, que te ha creado, quiere para ti tu máximo bien, tu vida, tu felicidad. ¡Para eso te ha creado! Y te ha creado libre para que haciendo un recto uso de tu libertad puedas elegir bien y así participar ya ahora y luego de tu muerte por toda la eternidad de su misma vida y felicidad, en la comunión divina de su amor. ¿No consiste en esto la felicidad de todo ser humano: poder amar y ser amado sin límites ni medida? Es en la comunión con Dios y con todos los santos como este anhelo profundamente inscrito en el corazón humano será plenamente saciado.


El mundo, cuando opta por apartar a Dios del camino para erigirse a sí mismo como dios, trae sobre sí mismo su propia maldición. Las sociedades en las que vivimos, sociedades de raíces cristianas aunque cada vez más enemigas de Cristo y de su Iglesia, son sociedades signadas por el materialismo, el consumismo, el hedonismo, sociedades en las que se impone cada vez más el relativismo moral, ofrecen seductoras propuestas de felicidad, alternativas a la felicidad que Dios ofrece al ser humano. Así, según los criterios del mundo, será feliz aquel que pueda gozar de salud, de dinero, de bienes, de fama, éxito y reconocimiento, de poder, de placeres sin restricción o límite moral. Yendo tras esos ídolos ciertamente se experimentan intensos gozos, emociones y placeres, pero que al estar marcados por la fugacidad se parecen a lindas burbujas de jabón: nos fascinan por sus cambiantes colores pero de pronto estallan y desaparecen para no dejar sino un enorme vacío y tristeza, vacío que buscará llenarse con más experiencias similares, cada vez más intensas, para nunca jamás salir de un círculo vicioso que hunde cada vez más en el abismo del sinsentido y de la desesperanza a quien se deja esclavizar por su dinamismo. ¡Qué vacíos nos descubrimos, luego de alcanzar todo aquello que el mundo ofrece y promete que nos hará “grandes”, que nos llevará a sentirnos “como dioses”!


Dios conoce bien el camino que debes recorrer para alcanzar tu felicidad. Por el amor que te tiene, Dios envió a su propio Hijo para mostrarte en Él el Camino que has de recorrer para alcanzar tu felicidad. El Señor Jesús, que te conoce mejor quetú mismo, que tú misma, sabe bien de ese anhelo que palpita intensamente en lo profundo de tu ser. Él ha venido justamente a responder a esa ansia de felicidad y te ofrece también a ti esa «agua viva» (Jn 4,10) que apagará tu sed de infinito, regalándote una felicidad que nada ni nadie podrá arrebatarte jamás (ver Jn 16,22). Él mismo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6): Camino y Verdad sobre ti mismo que te conducirá a tu plena realización, a la felicidad y gozo que tanto buscas y anhelas. Por medio de Él el Padre te irá mostrando el Plan que Él tiene para ti, es decir, el camino que recorrido con fidelidad te llevará a la plena felicidad, a la bienaventuranza total.


Así, pues, ¿quieres ser feliz? No te dejes engañar por las seductoras pero falsas promesas de felicidad: si el mundo te ofrece riquezas, placeres, fama y poder con la condición de que te olvides de Dios, de sus promesas y de sus mandamientos, ten la certeza de que por una gloria vana y furtiva estarás trayendo sobre ti la “maldición”, la desgracia, la soledad y la muerte eterna.


Si verdaderamente quieres ser feliz confía en el Señor y sigue el camino que Él te señala, aunque a primera vista parezca contradictorio y arduo de seguir, aunque lo que aparezca ante ti sólo sea la cruz. Recorrido con el Señor, ese Camino te llevará a la alegría presente y luego a la bienaventuranza eterna. ¡Confía plenamente en Él y haz lo que Él te diga (ver Jn 2,5), hoy y siempre!


Y si por creer en Dios y mostrarte cristiano sufres pruebas o experimentas situaciones adversas y difíciles, abrázate firmemente a la Cruz del Señor y ejercítate en la virtud de la paciencia, es decir, en la vigorosa disposición de ánimo que no sucumbe ante el sufrimiento, sino que sabe esperar en el Señor y en la realización de sus promesas. Nunca permitas que las pruebas o dificultades sufridas por Cristo, experimentadas en tu esfuerzo diario de vivir según las enseñanzas de Cristo, te aparten del Señor. Tú, repite siempre como San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rom 8,35-37).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada enel libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo, quien quiso sufrir la pobreza por nuestro bien; porque el mismo Señor todo lo hacía para manifestarse como nuestro modelo y podernos conducir a la eterna salvación.» San Basilio


«Sigue a la pobreza, no sólo la falta de las cosas deleitables, sino también la depresión del semblante por la tristeza. Por lo que sigue: “Bienaventurados los que lloráis”. Considera como bienaventurados, no precisamente a los que derraman lágrimas —porque esto es propio de todos, tanto fieles como infieles, cuando experimentan alguna contrariedad— sino solamente a aquellos que hacen una vida mortificada, se preservan de los vicios y de las afecciones carnales.» San Cirilo


«Es bienaventurado el que por las riquezas de la herencia celestial, por el pan de la vida eterna, por la esperanza de las alegrías celestiales, desea sufrir el llanto, el hambre y la pobreza, y aun mucho más bienaventurado aquel que no teme guardar estas virtudes en medio de la adversidad. Por ello sigue: “Seréis bienaventurados, cuando os aborreciesen los hombres”. Aun cuando aborrezcan los hombres con un corazón malvado, no pueden hacer daño al que es amado por Cristo. Prosigue: “Y cuando os apartaren de sí, apartarán también al Hijo del hombre”. Porque Él resucita para sí a los que mueren con Él, y les hace descansar en la eterna bienaventuranza. Prosigue: “Y cuando desecharen vuestro nombre como malo”. En esto se refiere al nombre de cristiano, que fue tan ultrajado por los judíos y por los gentiles, cuantas veces se acordaron de Él, y también fue despreciado por los hombres, sin que para ello hubiese otro motivo que el odio que tenían al Hijo de Dios, a saber, porque los fieles quisieron tomar su nombre de Cristo. Luego enseña que habrán de ser perseguidos por los hombres, pero que serán bienaventurados, como más que hombres. De aquí prosigue: “Gozaos en aquel día y regocijaos: porque vuestro galardón grande es en el Cielo.”» San Beda


«Los que dicen la verdad son ordinariamente perseguidos; no obstante, los antiguos profetas no dejaban de predicar la verdad por temor a la persecución.» San Beda


«Aun cuando en la abundancia de las riquezas hay muchos alicientes para pecar, también hay muchos medios para practicar la virtud. Aunque la virtud no necesita opulencia, y la largueza del pobre es más laudable que la liberalidad del rico, sin embargo la autoridad de la sentencia celeste no condena a los que tienen riquezas, sino a los que no saben usar de ellas. Porque así como el pobre es tanto máslaudable cuanto más pronto es el afecto con que da, así es tanto más culpable el rico que tarda en dar gracias a Dios por lo que ha recibido, y se reserva sin utilidad la fortuna que le ha sido dada para el uso de todos. Luego no es la fortuna, sino el afecto a la fortuna, el que es criminal; y aunque no hay mayor tormento que amontonar con inquietud lo que ha de aprovechar a los herederos, sin embargo, como los deseos de amontonar de la avaricia se alimentan de cierta complacencia, los que tienen el consuelo de la vida presente pierden el premio eterno.» San Ambrosio


«Si son bienaventurados aquellos que tienen hambre de obras justas, deben por el contrario considerarse como desgraciados aquellos que, satisfaciendo todos sus deseos, no padecen hambre del verdadero bien.» San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Dios nos ha creado para participar de su misma felicidad: nuestra vocación es a la bienaventuranza


1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.


1718: Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

– Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín).

– ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S. Agustín).


1719: Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.


Cristo, modelo y maestro de las bienaventuranzas


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9,7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


1716: Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos…


1717: Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.


¿En qué consiste la bienaventuranza prometida?


1720: El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios, la visión de Dios: «Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), la entrada en el gozo del Señor, la entrada en el Descanso de Dios:


Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin (S. Agustín)?


1721: Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al Cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina y de la Vida eterna (ver Jn 17,3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (ver Rom 8,18) y en el gozo de la vida trinitaria.


1722: Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.


1723: La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:


El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Card. Newman).


1724: El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.


La “maldición”: eterna separación de Dios, fuente de la felicidad


1035: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno». La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios enquien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.


CONCLUSION


«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»


Domingo de la Semana 6ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 17 de febrero de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 17.20-26


Las lecturas de este Domingo nos muestran el único y el auténtico camino para la verdadera felicidad que el hombre busca infatigablemente a lo largo de toda su vida. La ruta, que no es la que el “mundo” ofrece, sigue este itinerario: las bienaventuranzas de Jesús (San Lucas 6, 17.20-26). Ellas proclaman la dicha del Reino para aquellos que son pobres porque han puesto en Dios su única riqueza confiando plenamente en Él (Jeremías 17, 5-8) y confirman así su esperanza en Jesucristo resucitado (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 12.16-20).


Las bienaventuranzas


Las bienaventuranzas son una de las enseñanzas más conocidas del Evangelio de Jesucristo, y también una de las más impactantes. Nadie que se ponga sinceramente ante estas sentencias puede dejar de sentirse interpelado, más aún si el que las lee es un cristiano y, por tanto, cree que el Evangelio es la misma Palabra de Dios. Hay sólo dos reacciones posibles: o se da crédito a estas palabras y se toman actitudes consecuentes que cambien nuestra vida; o se despachan con cinismo, como hicieron los oyentes de San Pablo en el areópago de Atenas: «Sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hech 17,32).


Las bienaventuranzas se encuentran en los Evangelios de Mateo y Lucas. Pero ambas versiones difieren. En Mateo las bienaventuranzas son nueve, están dichas en tercera persona (salvo la última) y tienen la finalidad de exponer un programa de vida conforme con el Reino de los cielos (ver Mt 5,3.10). En Lucas, en cambio, son sólo cuatro, están dichas en segunda persona («bienaventurados vosotros»;) y, sobre todo, Lucas transmite además las correspondientes cuatro maldiciones.


¿A quiénes se dirige Jesús con el pronombre «vosotros»?


En el episodio precedente Jesús ha elegido los doce apóstoles. Bajando con ellos, se detuvo en un paraje llano donde estaba una multitud de discípulos suyos y una gran muchedumbre del pueblo, que habían venido para oírlo y ser curados de sus enfermedades. Era cierto que la fama de Jesús y de sus milagros se había difundido como el fuego. Lo escuchaban, entonces, tres categorías de personas: los doce, los demás discípulos y el pueblo. Entre estos últimos había todo tipo de personas, rico y pobre; hambriento y satisfecho; afligido y gozador. Todos nos podemos reconocer en este heterogéneo auditorio.


¡Un mensaje paradojal!


Si en el tiempo de Jesús esta enseñanza ya tenía toda su fuerza paradojal, ¡qué decir hoy día en que estamos sumidos y agobiados por el consumismo y en que la felicidad de una persona se mide por su poder adquisitivo! Hoy día todo parece decir: «Dichosos los que pueden comprar muchos bienes y gozar mucho de los placeres que ofrece este mundo». Toda la publicidad nos quiere convencer de que en eso consiste la felicidad. Y desde pequeños vamos poco a poco cediendo a estos “falsos criterios”. Jesús, en cambio, nos advierte: «¡Ay de ellos!, porque ya han recibido su consuelo». No se nos dice qué les espera después, pero su destino será tal, que hay que compadecerse de ellos, a pesar de sus efímeras alegrías actuales: «¡Ay de ellos!».


La principal de las bienaventuranzas es la primera, con su opuesta maldición. En ellas se establece un claro contraste entre los pobres y los ricos: «Bienaventurados vosotros, los pobres… ¡Ay de vosotros, los ricos!». No se puede negar que ésta es una afirmación insólita y muy opuesta, como ya hemos dicho a los criterios que hoy rigen. Si Jesús se hubiera detenido allí, su afirmación habría sido inexplicable; pero Él sigue adelante indicando por qué unos son dichosos y otros desgraciados.


Igualmente descubrimos en la Primera Lectura del profeta Jeremías una contraposición de sabor sapiencial que plantea la antítesis entre el hombre que confía totalmente en Dios y el que se fía solamente de los hombres, apartando su corazón de Dios. El primero es árbol fecundo, plantado junto al agua, y el segundo es cardo árido en la estepa del desierto. Estas ideas también las tenemos presentes en el bello salmo responsorial: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, más se complace en la ley de Yahveh, su ley susurra día y noche! Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien» (Salmo 1, 1- 3).


¿Cuándo cambiará la situación presente?


Muchas veces, viendo el mal que va ganando espacio en el mundo, nos hemos preguntado: ¿Cuándo cambiará esta situación? ¿Es que Dios cierra su oído y su vista al mal en el mundo? La respuesta la encontramos en la última bienaventuranza: «Grande será vuestra recompensa en el cielo». La situación futura tendrá lugar después de la muerte y será eterna. Esta enseñanza es formulada aquí por medio de proposiciones universales; pero Jesús también la expuso de manera más viva y dramática por medio de una parábola: la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (ver Lc 16,19-31). Esto es exactamente lo que promete Dios a los hombres. Esta es la promesa que nosotros debemos de acoger. ¡Y no nos hagamos vanas ilusiones!


Esto queda más claro en las dos siguientes bienaventuranzas -sobre los que padecen hambre y los que lloran – que son una formulación más concreta de la primera, pues aquí resuena como un campanazo el adverbio de tiempo «ahora»: los que padecen hambre y lloran ahora, por este breve tiempo presente, serán saciados y reirán por toda la eternidad; en cambio, los que están saciados y ríen ahora, por este breve tiempo presente, padecerán hambre y llorarán por toda la eternidad ¡y sin remedio! Por eso los primeros son dichosos y los segundos desgraciados.


San Pablo estaba bien asentado en esta enseñanza de las bienaventuranzas de Jesús como lo revela esta certeza que expresa en su segunda carta a los Corintios: «No desfallecemos, aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando… En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4,16-17). La tribulación presente es leve y dura un momento; la gloria futura es un pesado caudal que supera toda medida y dura eternamente. Esta certeza se fundamenta, justamente, en la resurrección de Jesucristo ya que: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana» (1Cor 15,17).


¿La pobreza es querida por Dios?


Hay que enfrentar un problema y deshacer una crítica que muchos en la historia superficialmente han hecho al cristianismo. Se le acusa de que con esta doctrina los cristianos se evaden de la realidad histórica actual y piensan solamente en el cielo. Alguno se preguntará: ¿En qué quedan todos los esfuerzos por superar la pobreza si Cristo enseña: «bienaventurados los pobres»?


En realidad, el cristianismo es la única religión que no se evade de la historia y por lo tanto no es «escapista»; justamente porque su Dios, siendo eterno e inmutable, entró en la historia y se hizo hombre, dando a la dignidad del hombre toda sugrandeza. Y para responder a la segunda pregunta, debemos reconocer que no hay un camino más seguro para superar la pobreza que, precisamente, amar la pobreza. Éste es el único camino eficaz. Si todos, escuchando la enseñanza de Cristo, amáramos la pobreza siendo Dios nuestra única y verdadera riqueza, entonces habría, tal vez, una mejor y más justa distribución de los bienes materiales entre los hombres.


La Iglesia desde su Enseñanza Social nos enseña, nos guía y nos ilumina de manera clara y concreta sobre la postura que debemos tener ante los problemas sociales que ciertamente existen y ante los cuales hay que tener una clara postura: ser solidarios, buscar el bien común, buscar y respetar a la persona humana (desde la concepción hasta su muerte natural) y vivir la subsidiariedad. El cristiano no es el que cree en «fuerzas cósmicas», en «piedras filosofales», en «otras vidas»; no. El cristiano es el que vive el amor y caridad aquí y ahora. El que entendió esto más profundamente fue San Francisco de Asís, que en su testamento breve escribía: «Que los hermanos se amen siempre entre sí como yo los he amado y los amo; que siempre amen y observen a nuestra Señora de la Santa Pobreza y que sean siempre fieles súbditos de los prelados de la santa Madre Iglesia».


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de Mateo coloca el texto del «Padre nuestro» en un punto estratégico, en el centro del discurso de la montaña (cf. 6, 9-13). Mientras tanto, observemos la escena: Jesús sube la colina, cerca del lago, se sienta; a su alrededor tiene a su círculo de sus discípulos más íntimos y después una gran multitud de rostros anónimos. Es esta asamblea heterogénea la que recibe por primera vez la consigna del «Padre nuestro».


La colocación, como se ha mencionado, es muy significativa; porque en esta larga enseñanza, que lleva el nombre de «discurso de la montaña» (cf. Mateo 5, 1-7, 27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje. La introducción es como un arco decorado para la fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona con felicidad una serie de categorías de personas que en su tiempo, —¡pero también en el nuestro!— no fueron muy considerados. Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los humildes del corazón… Esta es la revolución del Evangelio. Donde está el Evangelio, hay revolución. El Evangelio no deja quietud, nos empuja: es revolucionario. Todas las personas capaces de amor, los operadores de paz que hasta entonces habían terminado en los márgenes de la historia, son, en cambio, los constructores del Reino de Dios. Es como si Jesúsdijera: adelante vosotros, que lleváis en el corazón el misterio de un Dios que ha revelado su omnipotencia en el amor y en el perdón.


Desde este portal de entrada, que revierte los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida, sino que necesita una nueva interpretación, lo que lo lleva de nuevo a su significado original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces entiende que cada palabra de Dios debe encarnarse hasta sus últimas consecuencias. La ley no debe abolirse, pero necesita una nueva interpretación que la reconduzca a su sentido original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces comprende que cada palabra de Dios debe estar encarnada hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene confines: se puede amar al propio cónyuge, al propio amigo y hasta al propio enemigo con una perspectiva completamente nueva. Dice Jesús: «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mateo 5, 44-45)


He aquí el gran secreto que está en la base de todo el discurso de la montaña: sed hijos del Padre vuestro que está en los cielos. Aparentemente estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ética tan exigente que parece impracticable, y, en cambio, descubrimos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no es alguien que se compromete a ser mejor que los demás: sabe que es pecador como todos. El cristiano sencillamente es el hombre que descansa frente al nuevo Arbusto Ardiente, a la revelación de un Dios que lo lleva el enigma de un nombre impronunciable, sino que pide a sus hijos que lo invoquen con el nombre de «Padre», que se dejen renovar por su poder y que reflejen un rayo de su bondad para este mundo tan sediento de bien, así en espera de buenas noticias.


He aquí, por lo tanto, cómo Jesús introduce la enseñanza de la oración del «Padre nuestro». Lo hace distanciándose de dos grupos de su tiempo. En primer lugar, los hipócritas: «No seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados, para ser vistos de los hombres» (Mateo 6, 5). Hay personas que pueden tejer oraciones ateas, sin Dios y lo hacen para ser admirados por los hombres. Y cuántas veces vemos el escándalo de aquellas personas que van a la iglesia y se quedan allí todo el día o van todos los días y luego viven odiando a los demás o hablando mal de la gente. ¡Esto es un escándalo! Mejor no ir a la Iglesia: vive así, como si fueras ateo. Pero si tú vas a la iglesia, vive como hijo de Dios, como hermano y da un verdadero testimonio, no un contratestimonio. La oración cristiana, en cambio, no tiene otro testigo máscreíble que la propia conciencia, donde se entrecruza, intenso, un diálogo continuo con el Padre: «Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu padre, que está allí en lo secreto» (Mateo 6, 6)».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 2 de enero de 2019.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo vivo el mensaje de las bienaventuranzas en mi vida cotidiana?

2. ¿Vivo realmente el espíritu de pobreza? ¿Cuáles son mis riquezas, ya que «dónde está mi tesoro ahí estará mi corazón» (ver Mt 6,21)?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716- 1724.


!GLORIA A DIOS!


No temas, desde ahora serás pescador de hombres

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee febrero Ee 2019 a las 23:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO V ORDINARIO


10 - 16 de febrero del 2019


“No temas, desde ahora serás pescador de hombres.”



Is 6, 1-2. 3-8: “Aquí estoy, envíame”


El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: el borde de su manto llenaba el templo. Y vi serafines de pie junto a él. Y se decían el uno al otro:

— «¡Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!»

Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije:

— «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos».

Y voló hacia mí uno de los serafines. Llevaba en la mano una brasa, que había tomado del altar con unas tenazas; tocó con ella mi boca y me dijo:

— «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».

Entonces, escuché la voz del Señor, que decía:

— «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí?»

Contesté:

— «Aquí estoy, envíame».


Sal 137, 1-8: “Delante de los ángeles tocaré para ti, Señor”


Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tocaré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, aumentaste el valor en mi alma.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar las palabras de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


1Cor 15, 1-11: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy”


Les recuerdo, hermanos, el Evangelio que les proclamé y que ustedes aceptaron, en el que están fundados, y que los está salvando, si es que conservan el Evangelio que les proclamé; de lo contrario, habrán creído en vano.

Porque lo primero que yo les transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Pues bien; tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que ustedes han creído.


Lc 5, 1-11: “Dejándolo todo, lo siguieron”


En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando Él a orillas del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de la orilla. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

— «Rema mar adentro, y echen las redes para pescar».

Simón contestó:

— «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hun-dían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:

— «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador».

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

— «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguier


NOTA IMPORTANTE


La escena del Evangelio se desarrolla a orillas del lago de Genesaret, probablemente en las proximidades de Cafarnaúm, puesto que es allí donde residía Pedro y donde por lo mismo es de suponer que ejercía su oficio de pescador.


Se llamaba a este lago “de Genesaret” o también lago “de Tiberíades” por su proximidad a estas ciudades. Se le llamaba también “mar” de Galilea debido a sus amplias dimensiones: 21 kilómetros de norte a sur y 12 de este a oeste.


Una mañana el Señor Jesús va en busca de Pedro, que con sus compañeros se ha pasado la noche pescando. Ése era su oficio. El Señor y Pedro ya se conocían de antes. Andrés, su hermano, se lo había presentado cuando estaban en Judea. Andrés era discípulo del Bautista y un buen día se atrevió a seguir al Señor cuando Juan lo señaló como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Señor lo invitó junto con Juan a pasar una tarde inolvidable con Él, y de regreso buscaron a Pedro para compartirle su gran experiencia y descubrimiento: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1, 41). Cuando lo llevaron a conocer a Jesús Él le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» (Jn 1, 42). Es de suponer que Pedro, Andrés, Juan, Felipe y otros lo acompañaron luego a Caná, allí donde realizó su primer milagro, «manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2, 11). Por tanto, podemos suponer que Pedro era ya discípulo del Señor, aunque no de un modo muy comprometido.


Por ello, cuando el Señor se acerca aquella mañana a la orilla luego de que Pedro y sus compañeros han pasado toda la noche bregando infructuosamente, no tiene reparo en permitirle subir a su barca para predicar desde allí a la muchedumbre que había seguido al Señor. Tampoco tiene dificultad en obedecerle cuando el Señor, una vez culminada su predicación, se dirige a él para pedirle que reme mar adentro y eche nuevamente las redes. Llamándolo “Maestro”, hace lo que Jesús le dice a pesar de que su experiencia frustrante le dice que no hay pescado: «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».


Por su obediencia se produce una pesca inesperada y tan sobreabundante que reventaba la red. Al llegar a la orilla Simón Pedro no hace sino arrojarse a los pies de Jesús: el asombro se ha apoderado de él y de sus compañeros. El signo realizado por Jesús hace que de Maestro pase a llamarlo “Señor”, título que en el nuevo Testamento se emplea como reconocimiento de la divinidad de Jesucristo. Ante esta manifestación de la gloria del Señor Pedro le suplica que se aparte de él, puesto que él es un hombre impuro, pecador.


La experiencia de Pedro guarda una profunda semejanza con la del profeta Isaías, descrita en la primera lectura. En una visión Isaías se encuentra cara a cara con Dios, el Santo. Ante el Señor percibe con intensidad la realidad de su propio pecado, su impureza y su indignidad ante la elección divina: «¡Ay de mí, estoy perdido!», exclama Isaías. El temor se apodera de él. ¡La santidad de Dios denuncia su impureza, su pecado! ¿Cómo puede lo impuro mantenerse en la presencia del Santo? Mas Dios procede a retirar su culpa y purificar sus labios con una brasa ardiente. Si bien Isaías no es digno, Dios lo hace digno, lo purifica para que pueda responder al llamado y a la misión de hablar en su Nombre.


Tampoco Pedro se considera digno de estar en la presencia del Señor Jesús, de seguirlo. Pero el Señor Jesús no se detiene ante el pecado de Pedro. Él conoce bien de qué barro está hecho, conoce sus pecados, sus miserias y debilidades, sabe perfectamente que no es digno de Él, incluso sabe que lo va a negar y traicionar, pero su mirada va más allá de todo eso: el Señor Jesús mira su corazón, sabe que ha sido formado desde el seno materno para ser “pescador de hombres”, para ser apóstol de las naciones, para ser “Pedro”, la roca sobre la que va a construir su Iglesia, y teniendo todo ello en mente lo alienta a no tener miedo de mirar el horizonte y asumir la grandeza de su vocación y misión.


Vencidos sus temores por la confianza en el Señor, Pedro respondió con generosidad al llamado del Señor: dejándolo todo, lo siguió. Dejando su oficio depescadores y a sus padres lo siguieron también los demás apóstoles allí presentes. También Isaías, vencidos sus temores y obstáculos, mostró esa disponibilidad total para hacer lo que Dios le pedía: «Aquí estoy, envíame».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La respuesta que el Señor Jesús ofrece a Pedro parece no responder a su confesión y petición: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». No le dice el Señor: “tus pecados son perdonados”, como lo hará con otros, sino que le dice: «No temas».


¿Por qué le dice “no temas”, sino porque ve miedo en el corazón de Pedro? ¿Pero a qué le tiene miedo? ¿Es el temor que experimenta el hombre ante la santidad infinita de Dios? ¿O es el miedo a un seguimiento más radical? ¿Intuye acaso Pedro que el Señor “lo persigue” porque quiere pedirle una mayor entrega? ¿Es miedo a que el Señor le pida dejarlo todo por Él?


La respuesta del Señor, aquel “no tengas miedo”, busca infundir en él el coraje y la confianza necesarios para vencer ese miedo. Es como si le dijera: “¡Confía en Mí! ¡Yo he venido a mostrarte tu vocación profunda, el sentido de tu vida y tu misión en el mundo! ¡Yo estaré contigo para enseñarte y ayudarte a desplegar eso que tú estás llamado a ser: pescador de hombres! ¡No tengas miedo de responder a lo que yo te pida!”


Ese miedo que experimentó Pedro está también muy presente en nuestras vidas. El seguimiento del Señor causa temor: el temor de comprometerse hasta el fondo y de por vida con Él, el miedo de no saber por dónde nos puede llevar ese compromiso o cuánto nos va a exigir, el miedo de no ser yo quien controle mi propia vida según mis planes, el miedo enorme de dar ese “salto al vacío” que tantas veces exige la fe, de ese decirle al Señor, “aquí me tienes, hágase en mí según tu palabra”. ¡Cuántos siguen al Señor “de lejos”, y cuántos se echan atrás cuando el Señor les muestra un horizonte más grande, cuando los invita a renunciar a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, para lanzarse a la gran aventura de seguir lo que Dios les pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso, para cooperar con Él a cambiar el mundo, según su Evangelio!


También a nosotros el Señor, profundo conocedor del corazón humano, nos dice: “¡No tengas miedo! ¡No tengas miedo a la verdad sobre ti mismo, esa verdad que requiere que mires cara a cara y aceptes con humildad tu propia debilidad, tu miseria e incluso tus pecados más vergonzosos y terribles, pero verdad que va más allá de tu “soy pecador”! ¡No tengas miedo de descubrir en Mí tu propia grandezay dignidad, tu verdadera identidad, el sentido de tu vida, tu vocación y tu hermosa misión en el mundo!”


El Señor te alienta a no tener miedo de la verdad de ti mismo, pero de la verdad completa, íntegra, aquella que sólo Él puede revelarnos en toda su altura y profundidad, en toda su grandeza y plenitud. Y sí, descubrir la propia grandeza da miedo porque trae consigo una serie de exigencias, trae consigo la necesidad de responder a esa grandeza. Da miedo ser lo que uno está llamado a ser, da miedo quebrar todo límite mezquino, romper las barreras que uno mismo se ha impuesto por largo tiempo y despojarse de toda falsa seguridad para lanzarse a conquistar día a día, con entusiasmo y coraje, el horizonte de santidad y plenitud humana que el Señor Jesús nos propone a cada uno.


Ante el miedo que podemos experimentar se nos invita a confiar en Dios y lanzarnos hacia adelante para conquistar el horizonte que el Señor nos propone: el horizonte de la propia grandeza, el horizonte de ser también nosotros pescadores de hombres, según la vocación particular a la que el Señor te llame: el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. El miedo se resuelve en un profundo acto de confianza en Dios: «En la confianza estará vuestra fortaleza» (Is 30, 15). «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 40, 5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Acomodándose a las circunstancias de los hombres, así como llamó a los magos por medio de una estrella, llama ahora a los pescadores por medio del arte de pescar». San Juan Crisóstomo


«[Pedro] trayendo a la memoria todos los pecados que había cometido, tiembla y se estremece, como sucede generalmente que el que está manchado no cree que pueda ser aceptable delante del que está limpio». San Cirilo


«“…en adelante serás pescador de hombres”. Esto se refería a San Pedro de una manera especial, porque así como entonces cogía los peces por medio de sus redes, más adelante habría de coger a los hombres por medio de la palabra». San Beda


«Observa también la fe y la obediencia de los Apóstoles. Teniendo entre manos el trabajo de la apetecida pesca, no se detuvieron en cuanto oyeron la voz del Señor que les mandaba sino que, abandonadas todas las cosas, lo seguían. Una obedienciaigual exige Jesucristo de nosotros. Y debemos dejar todas las cosas cuando nos llama, aun cuando nos apremie algo muy necesario». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La vocación de María: por la gracia de Dios es lo que es.


490: Para ser la Madre del Salvador, María fue «dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante». El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como «llena de gracia» (Lc 1, 2) En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.


491: A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María «llena de gracia» por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX.


492: Esta «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción», le viene toda entera de Cristo: ella es «redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo». El Padre la ha «bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él la ha «elegido en Él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4).


La respuesta generosa de María


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 37-3). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.


CONCLUSION


«Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo lo siguieron»


Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 10 de febrero de 2019


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 5,1-11


Sin duda el mensaje de este quinto Domingo del tiempo ordinario es muy claro: la libre elección de Dios y la respuesta generosa del hombre. El profeta Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: «Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré?» Isaías 6,1-2a.3-8. San Pedro, por su parte, percibe la elección divina después de haber obedecido al Maestro de «bregar mar adentro» y echar nuevamente las redes. «No temas – le dice Jesús a un Pedro que reconoce a su Señor- desde ahora serás pescador de hombres» (San Lucas 5,1-11). Finalmente, San Pablo evoca el llamado personal que Jesús resucitado le hace, camino de Damasco. A él, el que perseguía cristianos; «el menor de los apóstoles…pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11).


Estremecimiento, asombro y temor reverencial


Destaquemos los elementos comunes de las tres lecturas bíblicas y veamos como el esquema vocacional en el llamado a los primeros apóstoles de Jesús, es habitual en la Biblia. La primera reacción ante el encuentro con Dios es el miedo y estremecimiento. La criatura ante una manifestación del Creador no puede sino experimentar su infinita limitación. El contraste mayor entre la criatura y el Creador es el contraste entre el pecado y la santidad. Por eso vemos a Simón Pedro que exclama: «Aléjate de mí, que soy un pecador». Sigue la palabra, dicha por Jesús, con la que el hombre es tranquilizado y habilitado para recibir la palabra de Dios: «No temas».


Igualmente, Isaías al contemplar la gloria de Dios exclama: «Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros» (Is 6,5). Sin embargo, es Dios quien escoge, llama, elige a su profeta. Es Dios quien le da los medios proporcionables y necesarios para que pueda cumplir su misión: «Yo he retirado la culpa de tus labios». Recordemos que Isaías, el gran profeta del siglo VIII a. C., fue un hombre influyente en la corte de los reyes de Judá. Su actividad profética coincide con los reyes Ozías, Jotán y Ezequías de Judá. Los cuarenta años de su ministerio profético estuvieron dominados por la constante amenaza del imperio asirio y la constante tentación de la infidelidad a la amorosa Voluntad de Dios.


Asimismo, San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, refiriéndose al encuentro con Jesús camino a Damasco no olvida nunca quien ha sido: «Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de losapóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 11, 8 – 9). Nuevamente vemos como la gracia (la fuerza) del Señor (semejante a lo que hemos visto del profeta Isaías) sale al encuentro y transforma completamente ese corazón.


Sabemos que Pablo nació en Tarso de Cilicia (Asia Menor). Tenía la ciudadanía romana, pero era de padres judíos. Al igual que su padre, se adhirió a la corriente farisea y fue a Jerusalén, con 15 años, para formarse a los pies del maestro Gamaliel. Cuando fue lapidado Esteban, Saulo era «joven» todavía (ver Hch 7,5) y se encaminaba a Damasco para perseguir a «los seguidores del Camino» y llevarlos presos a Jerusalén para matarlos (ver Hch 9,1ss).


La misión


Los llamados por Dios, que es quien siempre toma iniciativa, reciben siempre una misión concreta «No temas desde ahora serás pescador de hombres». Igualmente en la Primera Lectura, después que el serafín purifica los labios de Isaías, el Señor pregunta: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá de parte nuestra?». La respuesta ante el llamado del Señor es la disponibilidad total y el seguimiento incondicional: «Aquí estoy mándame». Pablo confiesa «la gracia del Señor, no se ha frustrado en mí». Él ha sido fiel a la misión de anunciar íntegro el Evangelio de Jesús. Pedro, Juan y Santiago; dejándolo todo también le siguieron. En las Sagradas Escrituras vemos cómo en el momento en que alguien es llamado por Dios tiene una experiencia marcante que transforma toda su vida. En este llamado inicial está contenido todo lo que será su misión. Ese núcleo, que se capta en el momento de la vocación, se despliega y se desarrolla durante toda su vida.


Serás pescador de hombres


Veamos ahora la vocación de Simón Pedro. Jesús se presenta a la orilla del lago de Genesaret, mientras la gente se agolpaba para escuchar la Palabra de Dios. Jesús entonces vio dos barcas cuyos tripulantes habían bajado a tierra y lavaban las redes. Una de ellas era la barca de Pedro. A ella subió Jesús y pidiéndo-le que la alejara un poco, desde ella enseñaba a la multitud. Cuando acabó de hablar, dice a Pedro: «Boga mar adentro y echa las redes para pescar». Pedro le responde: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y pescaron una gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazan con romperse. Llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.


Pedro comprendió que este resultado era un milagro y que había acontecido en virtud de la palabra de Jesús. Es la misma palabra que arroja endemoniados y cura enfermos. «Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: “¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen» (Lc 4,36). Más aún, había curado, poco antes, a la suegra de Simón Pedro (ver Lc 4, 38.39). Entonces lo invadió un temor reverencial y cayendo a los pies de Jesús exclamó: «Aléja¬te de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Lucas comen¬ta que el asombro se había apoderado de todos ellos. Estamos ante una teofanía , es decir, ante uno de esos momentos en que Jesús manifiesta su divinidad y así lo sintió Pedro.


Jesús al llamar a Pedro hace de esa pesca milagrosa un signo de lo que será la vida entera de Pedro: «Desde ahora serás pescador de hombres». Ya no será más pescador de peces, porque él deja atrás las redes, las barcas, el mar y todo, y sigue a Jesús. Lo que quiere decir Jesús es que en adelante Pedro deberá cambiar el objeto de sus preocupaciones y afanes: será pescador de hombres. Y ¿cómo ocurrirá esta nueva pesca? Esta nueva pesca deberá ser igual que aquella paradigmática: será igualmente abundante y, sobre todo, se producirá en virtud de la misma palabra. Para esta nueva pesca Pedro deberá siempre decir: «En tu palabra echaré las redes». Esta nueva pesca nunca deberá emprenderse confiando solamente en las propias fuerzas y en los propios medios humanos, pues en este nuevo género de pesca, si el hombre se fía de sus capacidades, al final el resultado será cero y deberá reconocer: «Hemos trabajado toda la noche (algunos deberán decir: toda la vida) sin pescar nada». Sin embargo, es el mismo Pablo que nos dice: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Para esta nueva pesca Jesús va siempre en la barca de Simón Pedro. Por eso cuando manda a los apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos -a pescar hombres-, les asegura: «Yo estaré con vosotros todos los días» (Mt 28,20).


Una palabra del Santo Padre:


El Pontífice, para su homilía, se inspiró en el Evangelio del día, el de Lucas (5, 1-11), donde se invita a Pedro a tirar las redes tras una noche de pesca infructuosa. «Es la primera vez que sucede eso, esa pesca milagrosa. Pero después de la resurrección habrá otra, con características semejantes», destacó. Y ante el gesto de Simón Pedro, que se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador», el Papa Francisco inició una meditación sobre cómo «Jesús encontraba a la gente y cómo la gente encontraba a Jesús».


Ante todo, Jesús iba por las calles, «la mayor parte de su tiempo lo pasaba por las calles, con la gente; luego, ya tarde, se retiraba solo para rezar». Así, pues, Él «iba al encuentro de la gente», la buscaba. Pero la gente, se preguntó el Papa, ¿cómo iba al encuentro de Jesús? Esencialmente, de «dos formas». Una es precisamente la que vemos en Pedro, y que es también la misma «que tenía el pueblo». El Evangelio, destacó el Pontífice, «usa la misma palabra para esta gente, para el pueblo, para los apóstoles, para Pedro»: o sea que ellos, al encontrarse con Jesús, «quedaron “asombrados”». Pedro, los apóstoles, el pueblo, manifiestan «este sentimiento de asombro» y dicen: «Pero este habla con autoridad».


Por otro lado, en los Evangelios se lee sobre «otro grupo que se encontraba con Jesús» pero que «no permitía que entrase el asombro en su corazón». Son los doctores de la Ley, quienes escuchaban a Jesús y hacían sus cálculos: «Es inteligente, es un hombre que dice cosas verdaderas, pero a nosotros no nos convienen esas cosas». En realidad, «tomaban distancia». Había también otros «que escuchaban a Jesús», y eran los «demonios», como se deduce del pasaje evangélico de la liturgia del miércoles 2, donde está escrito que Jesús «al imponer sus manos sobre cada uno los curaba, y de muchos salían también demonios, gritando: “Tu eres el Hijo de Dios”». Explicó el Papa: «Tanto los demonios como los doctores de la Ley o los malvados fariseos, no tenían capacidad de asombro, estaban encerrados en su suficiencia, en su soberbia».


En cambio, el pueblo y Pedro contaban con el asombro. «¿Cuál es la diferencia?», se preguntó el Papa Francisco. De hecho, explicó, Pedro «confiesa» lo que confiesan los demonios. «Cuando Jesús en Cesarea de Filipo pregunta: “¿Quién soy yo?”» y él responde «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Mesías», Pedro «hace su confesión, dice quién es Él». Y también los demonios hacen lo mismo, reconocen que Jesús es el Hijo de Dios. Pero Pedro añade «otra cosa que no dicen los demonios». Habla de sí mismo y dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Ni los fariseos ni los doctores de la Ley ni los demonios «pueden decir esto», no son capaces de hacerlo. «Los demonios —explicó el Papa Francisco— llegan a decir la verdad acerca de Él, pero acerca de ellos mismos no dicen nada», porque «la soberbia es tan grande que les impide decirlo».


También los doctores de la Ley reconocen: «Este es inteligente, es un rabino capaz, hace milagros». Pero no son capaces de añadir: «Nosotros somos soberbios, no somos suficientes, somos pecadores».


He aquí, entonces, la enseñanza válida para cada uno: «La incapacidad de reconocernos pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo». Precisamente esta «es la diferencia». Lo da a entender Jesús mismo «en esa hermosa parábola del publicano y el fariseo en el templo», donde se encuentra «la soberbia del fariseo ante el altar». El hombre habla de sí mismo, pero nunca dice: «Yo soy pecador, me he equivocado». Frente a él se contrapone «la humildad del publicano que no se atreve a levantar los ojos», y sólo dice: «Piedad, Señor, soy pecador». Y es precisamente «esta capacidad de decir que somos pecadores» la que nos abre «al asombro del encuentro de Jesús, el verdadero encuentro».


Papa Francisco. Misa en la capilla Domus Marthae. Jueves 3 de septiembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo vivo mi vocación cristiana? ¿Me descubro llamado por Jesús? ¿Sé cuál es mi misión en el mundo? ¿Hago lo necesario para descubrirla?

2. Es necesario como católico rezar siempre por las vocaciones para la vida consagrada. ¿Rezo por ellas?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 294. 1533, 1962, 2566- 2567


!GLORIA A DIOS!



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