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DOMINGO DE PENTECOSTES

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee junio Ee 2019 a las 15:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE PENTECOSTES



9-15 de Junio del 2019


"Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar"


Hech 2, 1-11: “Unas lenguas como de fuego se posaron sobre ellos, quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”


«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios”.»


Sal 103, 1 y 24.29-30.31 y 34: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”


1 Cor 12, 3-7. 12-13: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”


«Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común… Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.»


Jn 20, 19-23: “Como el Padre me envió, así también yo os envío”


«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.» NOTA IMPORTANTENOTA IMPORTANTE


La palabra griega pentecostés, traducida literalmente, quiere decir: «fiesta del día cincuenta».


Antes de ser una fiesta cristiana, “pentecostés” se celebraba como una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también «fiesta de las semanas» o «fiesta de las primicias» (Ver Ex 23,16; 34,22), pues en ella, siete semanas después de haberse iniciado la siega, se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados. Era una fiesta de acción de gracias a Dios por las bendiciones recibidas a través de los frutos del campo. Con el tiempo se conviertió en una fiesta histórica que conmemoraba la promulgación de la Ley sobre el Sinaí.


Como toda fiesta debía expresar una exultante alegría y regocijo: «En presencia de Yahveh tu Dios te regocijarás... porque Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y serás plenamente feliz.» (Ver Dt 16,9-15; Is 9,2)


San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en esta fiesta cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.» Los cristianos llamamos asimismo Pentecostés a esta fiesta, porque el envío del Espíritu sobre todos los apóstoles reunidos en torno a Santa María tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.


De este modo se establece una íntima relación entre uno y otro acontecimiento: el don del Espíritu al hombre es la primicia de la cosecha, el fruto precioso de la Pascua. Este Don divino realiza la nueva creación, es Don para la reconciliación del ser humano, para el perdón de sus pecados, para su transformación interior, para su conformación con el Hijo, para que con un nuevo corazón (Ver Ez 36,26) pueda amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.


La Primicia de la Pascua, el don del Espíritu, había sido entregado a sus discípulos ya la primera vez en que el Señor resucitado se aparecía en medio de ellos (Evangelio). En aquella ocasión el Señor solemnemente los hizo partícipes de su misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» El Espíritu, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con este poder de lo Alto, son los llamados a llevar los frutos de su obra reconciliadora a toda la humanidad.


Esta misión la confiaba definitivamente a Su Iglesia antes de ascender al Cielo, cuando dijo a sus Apóstoles: «Id por todo el mundo» (Mc 16, 15) y «haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Son palabras de envío las últimas palabras que el Señor dirige a sus apóstoles antes de desaparecer definitivamente de su vista.


Para poder llevar a cabo esta fundamental misión el Señor antes de su Ascensión había dado a los Once instrucciones precisas de que esperaran en Jerusalén el Don de lo Alto. Les dijo: «Recibiréis la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrásobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza prometida por el Señor los trasformará en valientes y audaces apóstoles y testigos del Señor, así como en Maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Los apóstoles no podrían cumplir con esta misión, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, mientras no recibieran esta “fuerza de lo Alto”.


Según sus instrucciones permanecieron en Jerusalén, reunidos en el Cenáculo, perseverando en la oración en compañía de Santa María, hasta que llegó el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2, 2-4). El Espíritu Santo se presenta así como el gran protagonista de la evangelización.


Y si antes la diversidad de lenguas había dividido a los hombres (Ver Gen 11,1-9), ahora el don del Espíritu permitía que quienes hablaban diversas lenguas escuchasen proclamar a los apóstoles las maravillas de Dios en su propia lengua. El Espíritu Santo es el Don que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes lo reciben y son tan diversos entre sí. (2ª. lectura)


Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo —el viento y el fuego— aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19, 3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se pone significativamente de relieve mediante la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (cf. Hch 2, 9-11).


El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9), cuando los hombres, que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo, habían acabado por destruir su misma capacidad de comprenderse recíporcamente, en Pentecostés el Espíritu, con el don de la lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión.


El Espíritu Santo, fuente de comunión


Catequesis del 29 de julio de 1998


1. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la primera comunidad cristiana unida por un fuerte vínculo de comunión fraterna: «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). No cabe duda de que el Espíritu Santo está en el origen de esta manifestación de amor. Su efusión en Pentecostés pone las bases de la nueva Jerusalén, la ciudad construida sobre el amor, completamente opuesta a la vieja Babel.

Según el texto del capítulo 11 del Génesis, los constructores de Babel habían decidido edificar una ciudad con una gran torre, cuya cima llegara hasta el cielo. El autor sagrado ve en ese proyecto un orgullo insensato, que lleva a la división, a la discordia y a la incomunicabilidad.

Por el contrario, en Pentecostés los discípulos de Jesús no quieren escalar orgullosamente el cielo, sino que se abren humildemente al Don que desciende de lo alto. Si en Babel todos hablan la misma lengua, pero terminan por no entenderse, en Pentecostés se hablan lenguas diversas, y, sin embargo todos se entienden muy bien. Este es un milagro del Espíritu Santo.

2. La operación propia y específica del Espíritu Santo ya en el seno de la santísima Trinidad es la comunión. (…;)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima pasión, muerte y resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? Sí, ¡con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!


¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Esa es laexperiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).


Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.


En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de leguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con ‘parresía’ la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con solo tocarlos con esas como “llamas en forma de lenguas de fuego”!


¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!


Mas en este empeño por evangelizar no podemos dejar de lado jamás una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón, ¿cómo voy a encender otros corazones? Mi primer “campo de apostolado” soy yo mismo, por tanto, debo preocuparme seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en mi corazón ese fuego que me impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo! ¡No dejemos de participar de su sacrificio reconciliador cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella tengamos las necesarias disposiciones para poder acoger al Espíritu en nosotros!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Todo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la buena Nueva. Pero, si no predica, ¿no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón el EspírituSanto quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido». San Gregorio Magno


«Ahora bien, (los apóstoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrección del Señor nuestro Jesucristo y reafirmados en la palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Espíritu Santo a dar la buena nueva de que el reino de Dios estaba por llegar. Y así, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, probándolos en el espíritu, como obispos y diáconos de los que habrían de creer.» Clemente Romano


«Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue ne-cesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede.» San Cirilo de Alejandría


«¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lollena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno.» San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María


965: Después de la Ascensión de su Hijo, María «estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones». Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra».


2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.


726: Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la «Mujer», nueva Eva «madre de los vivientes», Madre del «Cristo total». Así es como ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hch 1, 14), en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.


El día de Pentecostés


731: El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.


767: «Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia» (LG 4). Es entonces cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación» (AG 4). Como ella es «convocatoria» de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (Ver Mt 28, 19-20; AG 2, 5-6).


2625: El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hech 2, 1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (Ver Lc 24, 27. 44), será también quien la instruya en la vida de oración.


El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego


696: El fuego. …el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12, 49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5, 19).


El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia


1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que El era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida» (Jn 3, 34).


1287: Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20, 22) y luego, de manera mas manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los apóstoles comienzan a proclamar «las maravillas de Dios» (Hech 2, 11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo.


1288: «Desde aquel tiempo, los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el dondel Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (Heb 6, 2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Conformación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (S.S. Pablo VI)


«Recibid el Espíritu Santo»


Solemnidad de Pentecostés. Ciclo C – 9 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19-23


Con esta solemne festividad se cierra la cincuentena pascual en la que hemos celebrado el misterio de Cristo Resucitado y Glorioso y se inicia nuevamente el Tiempo Ordinario. No es que el Espíritu Santo aparezca por primera vez al fin del tiempo Pascual, su presencia es notoria ya desde la Pascua de Resurrección, como vemos en el Evangelio de este Domingo. Antes de su Ascensión, el Señor había preparado a sus discípulos más cercanos: «les conviene que me vaya, porque si no lo hago, no podré enviarles al Espíritu Paráclito », es decir, al defensor y consolador. Con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos alrededor de María, comienza un tiempo nuevo, el que se extenderá hasta la segunda venidadel Señor. Se inaugura la acción y la misión de la Iglesia (Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11). El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, es el principio de unidad que edifica la comunidad creyente en un solo Cuerpo, el de Cristo, con la pluralidad de carismas y funciones (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 3b- 7. 12-13).


La Promesa del Padre


Poco antes de ascender al cielo, Jesús había mandado a sus discípulos «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que esperasen la Promesa del Padre». Ciertamente los apóstoles se habrán preguntado: ¿Cuál promesa? Por eso Jesús continúa: «Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». Y aclara más aún: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» Hch 1,4.5.8. Y luego Jesús fue llevado al cielo. Después de esta precisa instrucción de Jesús, nadie se atrevió a moverse de Jerusalén. La «Promesa del Padre» había de ser un don de valor incalculable que nadie se quería perder. Es así que cuando volvieron del monte de la Ascensión, los apóstoles subieron a la estancia superior, donde vivían, y allí se dispusieron a esperar.


El relato continúa nombrando a todos los apóstoles, uno por uno; a esta cita no falta ninguno, ni siquiera Tomás: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo sentir, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14). Allí estaba congregada la Iglesia fundada por Jesús alrededor de la Madre del Maestro Bueno: María de Nazaret. La naciente Iglesia estaba a la espera de algo que no conocía y que vendría en fecha incierta. Mientras no llegara, no podía moverse. La Promesa del Padre llegó el día de Pentecostés, que era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua de los judíos. Entonces comenzaron a moverse…


La fiesta de Pentecostés


Tres eran las principales fiestas judías antiguas que perduraban en el tiempo de Jesús. Provenían de tiempo inmemorial, cuando Israel no existía aún como nación. Más tarde, habían sido asumidas como una disposición divina y codificadas en la ley dada a Moisés. Allí se establece: «Tres veces al año me celebrarás fiesta. Guardarás la fiesta de los Ázimos… en el mes de Abib, pues en él saliste de Egipto… También guardarás la fiesta de la Siega de las primicias de lo que hayas sembrado en el campo. Y la fiesta de la Recolección al término del año» (Ex 23,14-17). La primera de estas fiestas consistía en el sacrificio de un cordero y su comida, según un determinado ritual.


Esta fiesta coincidió con la salida de Israel de su cautiverio en Egipto, ocasión en que la sangre del cordero tuvo un rol tan determinante en la salvación del Pueblo de Dios. Esta fiesta adquirió el nombre hebreo “pésaj” que se tradujo al latín “pascha” y al castellano “pascua”. En el tiempo de Cristo, la «pascua de los judíos» consistía en el sacrificio y comida del cordero pascual en memoria del gran hecho salvífico del éxodo (la liberación de Israel de su exilio en Egipto). El Evangelio es constante en afirmar que Jesucristo murió en la cruz cuando se celebraba la pascua de los judíos y se sacrificaba el cordero pascual. A Jesucristo se le llamó el «Cordero de Dios» porque su muerte en la cruz fue un sacrificio ofrecido a Dios por el perdón de los pecados.


La segunda de las fiestas judías, llamada también la fiesta de las semanas, debía celebrarse siete semanas después de la Pascua (ver Lev 23,15-16). En la traducción griega de la Biblia, ese espacio de tiempo de cincuenta días, dio origen al nombre «Pentecostés», que significa literalmente «quincuagésimo». Originalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud se transmite la sentencia del Rabi Eleazar: «Pentecostés es el día en que fue dada la Torah (la ley)». Este término también sufrió una reinterpretación cristiana y hoy día Pentecostés conmemora la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, porque este hecho fundacional de la Iglesia coincidió con ese día. De esta manera Dios, en su divina pedagogía, nos enseña que por el don del Espíritu Santo nace el Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia; así como la entrega de la ley mosaica había constituido el antiguo pueblo de Israel.


El Viento: signo del Espíritu Santo


Y ocurrió en esta forma: «Ese día vino de repente un ruido del cielo, como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban… y quedaron todos llenos de Espíritu Santo» (Hech 2,2.4). El viento impetuoso es un signo del Espíritu de Dios , que, llenando el corazón de cada uno de los fieles, dio vida a la Iglesia. La Iglesia es una nueva creación de Dios y fue animada por el soplo de Dios. El poder creador del Espíritu de Dios está afirmado en la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión… y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1,1-2). Por la acción de este Espíritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparición de la tierra seca, la generación de los vegetales, plantas y árboles, los astros, el hombre. Nos recuerdatambién, el episodio de la creación del hombre. El libro del Génesis relata este hecho maravilloso en forma escueta: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, y sopló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2,7).


Es el mismo gesto de Cristo Resucitado que nos relata el Evangelio de hoy. Apareciendo ante sus apóstoles congregados aquel día primero de la semana, después de saludarlos Jesús «sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». El soplo de Cristo es el Espíritu Santo y tiene el efecto de dar vida a la Iglesia naciente. En esta forma, Jesús reivindica para sí una propiedad divina: su soplo es soplo divino, su soplo es el Espíritu de Dios. Un soplo que produce tales efectos lo puede emitir sólo Dios mismo.


El perdón de los pecados


Después de darles el Espíritu Santo, Jesús agrega estas palabras: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El perdón de los pecados es una prerrogativa exclusiva de Dios. Tenían razón los fariseos cuando en cierta ocasión protestaron: «¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» (Mc 2,7). En esa ocasión Jesús demostró que Él puede perdonar los pecados; y aquí nos muestra que puede también conferir este poder a los apóstoles y a sus sucesores. Y lo hace comunicándoles su Espíritu. Es que el perdón de los pecados es como una nueva creación; es un paso de la muerte a la vida , y ya hemos visto que Dios da vida infundiendo su Espíritu. El pecado destruye el amor en el corazón del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perdón del pecado no es solamente una declaración que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el corazón del hombre infundiéndole el amor. Pero esto sólo el Espíritu puede hacerlo, pues «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).


«Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados»


La Segunda Lectura realiza el paso del primer Pentecostés a la perenne asistencia del Espíritu Santo en la vida cotidiana de la Iglesia, donde el Espíritu actúa mediante los carismas y los ministerios. El contexto previo es la consulta que los corintios habían hecho a Pablo sobre los criterios para distinguir los carismas auténticos de los falsos. El Apóstol establece dos criterios de autenticidad; uno es doctrinal y el otro comunitario. El doctrinal es la confesión de Jesús como el Señor. El que hace está confesión está animado por el Espíritu Santo. El segundocriterio es que en todo carisma que sirve al bien común del grupo creyente se manifiesta la acción del Espíritu que es riqueza y vida. La diversidad de los carismas auténticos en los miembros de la comunidad no obsta a la unidad dentro de la misma. Su origen es el Espíritu de Dios, en el que todos hemos sido bautizados para construir un solo Cuerpo: la Iglesia.


Una palabra del Santo Padre:


«A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.


1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo.

La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.


2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene unaexpresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?


3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión».


Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés. 19 de mayo de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El Espíritu actúa en lo más íntimo del ser humano, actúa iluminando la inteligencia para que pueda conocer a Cristo y habilitando la voluntad para que pueda amar a Dios y al prójimo. Esta misma es la situación del cristiano que desdeña de recibir el sacramento de la Confirmación. ¿Cómo vivo y valoro el Sacramento de la Confirmación? ¿Tengo consciencia de lo que me he comprometido?

2. ¿Cómo es mi relación con el Espíritu Santo? ¿Soy dócil a sus mociones (movimientos interiores) en mi vida?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 683- 701. 731- 741


!GLORIA A DIOS!

ASCENSION DEL SENOR

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee junio Ee 2019 a las 15:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


ASCENSIÓN DEL SEÑOR



02-08 de junio del 2019


“Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo”


Hech 1, 1-11: “Lo vieron elevarse”


En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los Apóstoles que había elegido. Se les presentó

después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apare-ciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios.

Mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó:

— «No se alejen de Jerusalén; aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo les he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días ustedes serán bautizados con Espíritu Santo».

Ellos lo rodearon preguntándole:

— «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

Jesús contestó:

— «No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».

Dicho esto, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de la vista de ellos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

— «Galileos, ¿porqué permanecen mirando al cielo? El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto partir».


Sal 46, 2-3.6-9: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”


Aplaudan pueblos todos, aclamen a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; toquen para Dios, toquen, toquen para nuestro Rey, toquen.

Porque Dios es el rey del mundo; toquen con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado.


Ef 1, 17-23: “Lo sentó a su derecha”


Hermanos:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo plenamente. Ilumine los ojos de su corazón, para que comprendan ustedes cuál es la esperanza a la que los llama, la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y la extraordinaria grandeza de su poder con que Él obra en nosotros, los que creemos, por la eficacia de su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, constituyéndolo cabeza suprema de la Iglesia. Ella es su cuerpo, plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas.


Lc 24, 46-53: “Mientras los bendecía iba subiendo al Cielo”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Ustedes son testigos de todo esto. Yo les enviaré lo que mi Padre ha prometido; permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo Alto».

Después los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo.

Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo.

Ellos se postraron ante Él y volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.


NOTA IMPORTANTE


En la Solemnidad de la Ascensión del Señor leemos los últimos versículos del Evangelio según San Lucas. Los Apóstoles se encuentran reunidos en Jerusalén cuando el Señor resucitado se presenta a ellos por última vez. En aquella ocasión el Señor encomendó a los Apóstoles la misión de anunciar la salvación y reconciliación «a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 47; ver Mt 28, 19-20). La salvación traída por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, es para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas.


Para poder cumplir esta misión el Señor les anuncia que enviará sobre ellos «lo que mi Padre ha prometido». Ellos deberán permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos con la fuerza que viene de lo Alto» (ver Hech 1, 4-5). ¿A qué promesa se refiere el Señor? ¿Qué es esta “fuerza que viene de lo Alto”? Se trata del Espíritu Santo, que Él mismo junto con el Padre enviará sobre sus Apóstoles y discípulos. La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podrán realizar solos, sino con la fuerza del Espíritu divino. La evangelización tiene como protagonista no a los Apóstoles sino sobre todo al Espíritu Santo, que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. El Espíritu del Señor será el que encienda los corazones en el fuego del divino amor y los lanzará al anuncio audaz, decidido, valiente. Con esta fuerza del Espíritu los Apóstoles serán capaces de ser testigos veraces de Aquel a quien han visto con sus propios ojos, oído con sus propios oídos y tocado con sus propias manos (ver 1 Jn 1, 1) para encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo es el que animará y conducirá a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.


Una vez que les ha dado las necesarias instrucciones a sus Apóstoles, el Señor «los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo». De este modo su presencia visible en este mundo «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659).


La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre ver Jn 16, 28, se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo. Aquel que se ha abajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.


Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.


Si en su Evangelio San Lucas recoge «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que... fue levantado a lo Alto» (Hech 1, 1.2), en los Hechos de los Apóstoles relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Es en los Hechos de los Apóstoles que este evangelista comienza relatando nuevamente el acontecimiento de la Ascensión (1ª. lectura), ya que junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés marcan el inicio de la acción evangelizadora de la Iglesia.


San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2 Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).


Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.


Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.


La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.


Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus Apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al Cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre». San León Magno


«Cristo, el primogénito de entre los muertos, quien con su resurrección ha destruido la muerte, quien mediante la reconciliación y el soplo de su Espíritu ha hecho de nosotros nuevas criaturas, dice hoy: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza». San Gregorio de Nisa


«El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. El fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: “ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne” (Heb 10, 20)». San Cirilo de Alejandría


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«Jesucristo subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso»


659: «Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios. Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» 1 Cor 15, 8 en una última aparición que constituye a éste en Apóstol.


660: El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: «Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y trascendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.


661: Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el Cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que «salió del Padre»puede «volver al Padre»: Cristo. «Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre» (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino».


662: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al Cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no «penetró en un Santuario hecho por mano de hombre..., sino en el mismo Cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Heb 9, 24). En el Cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Heb 7, 25). Como «Sumo Sacerdote de los bienes futuros» (Heb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los Cielos.


663: Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: «Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada».


664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».


668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación, su cumplimiento trascendente.


669: Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al Cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia. «La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio», «constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra».


CONCLUSION


«Mientras los bendecía, fue llevado al cielo»


La Ascensión del Señor. Ciclo C – 2 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24, 46 -53


La Ascensión de Jesucristo (Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11 y San Lucas 24, 46 -53) es una síntesis de la fe cristiana y la culminación del ministerio de Cristo, quien después de abajarse es glorificado y constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad y de la Iglesia. Por eso el Padre «lo sienta a su diestra» y «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1,17- 23). Podemos también decir que en la solemnidad de la Ascensión el conjunto de toda la liturgia nos parece decir: «He cumplido misión, pero todavía hay mucho que hacer…». Justamente vemos como en el Evangelio de San Lucas se resalta el cumplimiento de la misión y se envía a los apóstoles a la evangelización de todos los pueblos «hasta los confines de la tierra».


La Ascensión en el Evangelio de San Lucas y en Hechos de los Apóstoles


Leemos este Domingo los últimos versículos del Evangelio de San Lucas. Este evangelista se caracteriza por su conciencia de autor y por su intención expresa de componer un escrito bien ordenado. Recordemos que San Lucas, que era gentil y es el único escritor no judío entre los autores del Nuevo Testamento. Según la tradición nació en Siria de Antioquía y, en efecto, el libro de los «Hechos de los Apóstoles» vemos una enorme cantidad de datos acerca de la comunidad antioqueña. Era heleno de origen y de cultura pagana hasta su conversión al cristianismo. Fue médico y compañero íntimo de San Pablo (ver Col 4,11-14). La tradición afirma que murió a los 84 años en la ciudad de Boecia.


San Lucas mismo hace su intención explícita en el prólogo de su obra: «He decidido, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo» (Lc 1,3). En la medida que sus fuentes selo permiten, hace un relato ordenado y sistemático. Este orden le exigía dividir su obra en dos partes bien diferenciadas: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El primer tomo trata sobre la misión de Jesús en la región de Palestina (ver Hch 1,1.2). El segundo tomo trata sobre la misión de los apóstoles en toda la tierra ver Hch 1,8. La Ascensión es el umbral entre la vida terrena de Jesús, que es el tema del Evangelio de Lucas; y la vida de su Iglesia, que es el tema de los Hechos de los Apóstoles. A Jesús correspondió la misión de anunciar el Evangelio solamente en la región de Palestina, en fidelidad a la promesa de Dios a su pueblo escogido; a la Iglesia corresponde la misión de anunciar el Evangelio «a todos los pueblos», en fidelidad al mandato de su Señor. No podía comenzar la misión de los apóstoles sin que hubiera concluido la misión terrena de Jesús. El punto de partida para esta misión universal fue precisamente la Ascensión de Jesucristo al cielo.


«Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra»


En los Hechos de los Apóstoles vemos como la acción, sobre todo el trabajo evangelizador de San Pablo, se traslada de Asia Menor a Grecia y Roma, es decir, hasta «los confines de la tierra» de aquella época. Cada una de las misiones de San Pablo parte de Jerusalén, como en sucesivas oleadas cada vez de mayor radio. Se trataba de dar cumplimiento al mandato que deja Jesús a su Iglesia en el momento de la Ascensión: «Recibiréis fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» Hech 1,8. En el relato evangélico leemos exactamente lo mismo acerca de la misión de Jesús que es ahora encomendada a los apóstoles: «y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas» Lc 24,46-4.


«La promesa de mi Padre…»


Un punto fundamental de ambos textos es la instrucción de Jesús de esperar la venida del Espíritu Santo sobre ellos antes de empezar la misión encomendada. Este punto reviste tal importancia que la última instrucción de Jesús no se refiere a algún punto importante de su doctrina, que Él quisiera recalcar en ese último momento, sino que se refiere precisamente a esta espera: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Observemos el modo cómo es mencionado el Espíritu Santo. Jesús lo llama «la Promesa de mi Padre» y el «poder de lo alto». Los mismos términos se repiten en el relato de los Hechos delos Apóstoles. El Espíritu Santo, el poder que viene de lo alto, es el que concede a los apóstoles la certeza de una nueva presencia de Jesucristo en su Iglesia y esta certeza es la que les permite ser testigos del Resucitado: «Seréis mis testigos». Podemos imaginar que ante el mandato de la misión universal – «a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra»- los apóstoles habrán preguntado: «¿Cómo será esto?». Ellos eran judíos y no entraba en su mentalidad la inclusión de todos los pueblos paganos como parte fundamental de la misión encomendada. La respuesta de Jesús es ésta: «El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros, el poder (dynamis) de lo alto os revestirá». Abriendo cualquier página de los Hechos de los Apóstoles vemos que ellos actúan con el poder del Espíritu.


Pero… ¿cómo será esto?


En el Evangelio de Lucas hay una admirable analogía entre la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María y su presencia sacramental en su Iglesia, que por eso es el «Cuerpo de Cristo». Cuando el ángel Gabriel anunció a María la concepción de Cristo, a su pregunta: «¿Cómo será esto?», el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder (dymanis) del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Es la misma promesa que recibieron los apóstoles. Podemos imaginar que los apóstoles habrán preguntado a Jesús, cuando partía al cielo y les encomendaba la misión universal: «¿Cómo será esto; cómo lo haremos nosotros solos?». Jesús responde lo mismo que el ángel dijo a María: «Recibiréis la Promesa del Padre y seréis revestidos del poder de lo alto». Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés y la Iglesia quedó constituida en sacramento de salvación para todos los hombres. Entre la Ascensión y Pentecostés transcurre la primera novena: la Iglesia naciente queda a la espera de ser vivificada por el don del Espíritu Santo prometido.


La bendición de Jesús


Luego Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Es el único caso en que Jesús bendice a alguien; bendice a sus apóstoles precisamente porque se está separando de ellos. Se habría esperado que ellos quedaran sumidos en la tristeza, como quedó María Magdalena al no saber dónde estaba su Señor (ver Jn 20,13). En cambio, la reacción de ellos es ésta: «Se volvieron a Jerusalén con gran gozo». Quedan con gran gozo porque Jesús los ha bendecido, porque les ha prometido enviarles la Promesa del Padre y el Padre no puede prometer más que lo máximo, es decir, el Espíritu Santo que les aseguraría una nueva presencia de Jesús; finalmente, quedan llenos de alegría porque Jesús «fue llevado al cielo», y Él les había dicho: «Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo» Jn 14,2. Ellos aman a Jesús y por eso, aunque Él es llevado, se alegran porque es llevado al cielo.


«Sometió todo bajo sus pies»


La ciudad de Éfeso era la ciudad más importante de la provincia romana de Asia (en la parte occidental de la moderna Turquía). Éfeso era la cabeza de puente entre el oriente y el occidente. Constituía el terminal de una de las rutas comerciales de las caravanas que cruzaban el Asia y se situaba en la desembocadura del río Caistro. Era una ciudad espléndida con calles pavimentadas de mármol, con baños, bibliotecas, mercado y un teatro con capacidad para 2,500 personas. Éfeso se convirtió muy pronto en un importante centro de irradiación del cristianismo. Pablo hizo una breve visita a Éfeso, durante su segundo viaje apostólico, y sus amigos Aquila y Prisca se quedaron a residir en aquella ciudad. En su tercer viaje, Pablo pasó más de dos años en Éfeso. Aquí él escribe sus famosas cartas a los Corintios. La carta que dirige a los Efesios es más que una epístola ya que este escrito es considerado un verdadero tratado epistolar, quizá dirigido a los creyentes de toda Asia Menor, especialmente a los gentiles. A diferencia de las otras cartas de San Pablo, no contiene exhortaciones personales. Pablo escribió esta carta desde la prisión (Roma) en los años sesenta. El gran tema de la carta «el Plan de Dios…es reunir toda la creación, todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra bajo Cristo como cabeza» (1,10).


Una palabra del Santo Padre:


«Al final de su Evangelio, san Lucas narra el acontecimiento de la Ascensión de modo muy sintético. Jesús llevó a los discípulos «hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (24, 50-53). Así dice san Lucas. Quisiera destacar dos elementos del relato. Ante todo, durante la Ascensión Jesús realiza el gesto sacerdotal de la bendición y con seguridad los discípulos expresan su fe con la postración, se arrodillan inclinando la cabeza. Este es un primer punto importante: Jesús es el único y eterno Sacerdote que, con su Pasión, atravesó la muerte y el sepulcro y resucitó y ascendió al Cielo; está junto a Dios Padre, donde intercede para siempre en nuestro favor (cf. Hb 9, 24).


Como afirma san Juan en su Primera Carta, Él es nuestro abogado: ¡qué bello es oír esto! Cuando uno es llamado por el juez o tiene un proceso, lo primero quehace es buscar a un abogado para que le defienda. Nosotros tenemos uno, que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados. Queridísimos hermanos y hermanas, contamos con este abogado: no tengamos miedo de ir a Él a pedir perdón, bendición, misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado: nos defiende siempre. No olvidéis esto. La Ascensión de Jesús al Cielo nos hace conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada junto a Dios; Él nos abrió el camino; Él es como un jefe de cordada cuando se escala una montaña, que ha llegado a la cima y nos atrae hacia sí conduciéndonos a Dios. Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos ciertos de hallarnos en manos seguras, en manos de nuestro salvador, de nuestro abogado.


Un segundo elemento: san Lucas refiere que los Apóstoles, después de haber visto a Jesús subir al cielo, regresaron a Jerusalén «con gran alegría». Esto nos parece un poco extraño. Generalmente cuando nos separamos de nuestros familiares, de nuestros amigos, por un viaje definitivo y sobre todo con motivo de la muerte, hay en nosotros una tristeza natural, porque no veremos más su rostro, no escucharemos más su voz, ya no podremos gozar de su afecto, de su presencia. En cambio, el evangelista subraya la profunda alegría de los Apóstoles. ¿Cómo es esto? Precisamente porque, con la mirada de la fe, ellos comprenden que, si bien sustraído a su mirada, Jesús permanece para siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 17 de abril de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Como expresa la liturgia de este Domingo, éste es un día de alegría y de alabanza a Dios «porque la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria; donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo» (Oración colecta de la misa de la Ascensión de Jesús). Cristo asumió plenamente la naturaleza humana, y al acceder a la exaltación a la gloria es glorificada también su naturaleza humana, igual en todo a la nuestra. ¿Soy consciente de mi propia dignidad? ¿Respeto la dignidad de mis hermanos? ¿Soy consciente de mi vocación última?

2. «Vosotros sois testigos de estas cosas». ¿Cómo vivo esta tensión apostólica por ser testigo del Señor Resucitado? ¿En qué situaciones concretas (dónde, a quién o a quiénes) transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 659 – 667.


!GLORIA A DIOS!


Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a ustedes

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE PASCUA


28 de Abril al 4 de Mayo del 2019


“Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘Paz a ustedes”




Hech 5, 12-16: “Crecía cada vez más el número de los creyentes que se adherían al Señor”


Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a unírseles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos; y crecía cada vez más el número de los creyentes, tanto hombres como mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cubriese a alguno de ellos.

Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos quedaban sanos.


Sal 117, 2-4. 22-24.25-27: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”


Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, los bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, Él nos ilumina.


Ap 1, 9-13. 17-19: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades”


Yo, Juan, hermano de ustedes y compañero en la tribulación, el reino y la espera perseverante en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.

Caí en éxtasis en el Día del Señor y oí a mis espaldas una voz potente, como de trompeta, que decía:

— «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíalo a las siete Iglesias que están en Asia».

Me di vuelta para ver quién me hablaba, y, al hacerlo, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, y llevaba cinturón de oro a la altura del pecho.

Al verlo, caí a sus pies como muerto.

Él puso la mano derecha sobre mí y dijo:

— «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo para siempre, y tengo las llaves de la muerte y del abismo

Escribe, pues, lo que has visto, lo que está sucediendo y lo que ha de suceder en el futuro».


Jn 20, 19-31: “¡Señor mío y Dios mío!”


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos».

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

— «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

— «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

— «Paz a ustedes».

Luego dijo a Tomás:

— «Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás:

— «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo:

— «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio de este Domingo habla de dos apariciones del Señor Resucitado, en ambos casos, estando sus discípulos reunidos en un cuarto a puertas cerradas. La primera es al atardecer de «aquel día», es decir, el mismo día en que el Señor había resucitado.


Según la tradición judía el shabbat es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de su obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante un descanso absoluto (ver Éx 20, 9-11). El día que seguía al sábado iniciaba una nueva semana y era considerado por tanto “el primer día de la semana”. Ése fue el día en que Cristo resucitó, el día que por tanto remite al día en que Dios iniciaba la obra de la creación (ver Gén 1, 1-5), el día en que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas. El simbolismo y paralelismo permite comprender que en «aquel día», el día primero de la semana, Dios iniciaba una nueva creación en Cristo, por su resurrección. Cristo resucitado, vencedor de la muerte, es la luz del mundo, el Sol de Justicia que disipa las tinieblas que el pecado del hombre había cernido sobre el mundo entero. Éste es el día en que Dios todo lo hace nuevo (ver Is 43, 19s).


La siguiente aparición del Señor resucitado a sus discípulos, relatada por el evangelista San Juan, se producía «ocho días después» (Jn 20, 26) en aquel mismo lugar en el que se encontraban reunidos (ver Jn 20, 19.26). «Ocho días después» quiere decir, según la costumbre judía de incluir el día presente al hacer el conteo de los días, una semana después. Por tanto, aquel “octavo día” coincide nuevamente con “el primer día de la semana”.


Estas apariciones del Señor en medio de la “ekklesia” o “asamblea” de discípulos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 751) se constituyeron en el origen de la tradición de reunirse los cristianos “el primer día de la semana” para celebrar la Cena del Señor, la Eucaristía, en la que el Señor, muerto y resucitado, luego de la consagración del pan y del vino, se hace realmente presente (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1374-77). Por todo esto muy pronto a este día se le denominó Día del Señor, en latín “Dies Domini” o “Dominica dies”, de donde proviene nuestra palabra “Domingo”.


«El Domingo es el día de la fe por excelencia, día en que los creyentes, contemplando el rostro del Resucitado, están llamados a repetirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 2), y a revivir en la Eucaristía la experiencia de los Apóstoles, cuando el Señor se presentó en el cenáculo y les comunicó su Espíritu» (S. S. Juan Pablo II).


En cuanto a la primera aparición recuerda San Juan que «estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”» (Jn 20, 19). La paz es un don divino para el ser humano que brota de la obra reconciliadora realizada por el Señor Jesús en el Altar de la Cruz (ver 2 Cor 5, 19) Por su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo ha reconciliado al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Esta reconciliación pasa por el perdón de los pecados, causa justamente de la cuádruple ruptura que Cristo ha venido a reconciliar.


Mediante su sacrificio reconciliador el Señor Jesús ha obtenido para el ser humano el perdón de los pecados, y soplando sobre sus Apóstoles el Espíritu les transmitió el poder de perdonar los pecados en su nombre haciéndolos ministros del don de la reconciliación: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn 20, 23). Es así como «en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1441; ver también n. 1442). Aquí encontramos el fundamento del Sacramento de la Reconciliación, el perdónde los pecados que el penitente obtiene mediante la confesión de los pecados hecha ante un sacerdote, ministro del Señor. Ningún católico, salvo que quiera ir en contra de la voluntad de Cristo mismo, puede rechazar este sacramento argumentando que “yo me confieso directamente con Dios”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, psicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos y temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?


Muchos, al no saber dónde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas fáciles no traen sino una falsa paz, una efímera euforia. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, de soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral desgastante, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.


Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste y paradójico es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo —fuente última de la paz verdadera— y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2, 13)!


Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sinuosamente había sugerido la antigua serpiente (ver Gén 3, 5)— se volvió contra él mismo, hundiéndolo en el abismo de la muerte. En efecto, al romper con la Fuente de su misma vida y amor la criatura humana se quebró interiormente ella misma, ingresando de este modo en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompiendo asimismo la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. Frutos amargos de esta cuádruple ruptura son la pérdida de la paz y armonía interior, que se expresan en la experiencia de vacío, soledad, tristeza, infelicidad, amargura, ansiedades, etc. De esa falta de paz y armonía en el corazón humano surgen todas las contiendas, rencillas, divisiones e incluso guerras entre los pueblos.


¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2, 14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.


«¡La paz contigo!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su Pasión, Muerte y Resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas y convertirnos también nosotros en agentes de reconciliación en nuestra familia, en nuestros círculos de amigos y ambientes en los que trabajamos o estudiamos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Espíritu Santo nos hace esta advertencia: “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33, 12). El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, lavíspera de su pasión, añadió lo siguiente: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Ésta es la herencia que nos ha legado: todos sus dones, todas sus recompensas que nos ha prometido tienden a la conservación de la paz que nos promete. Si somos los herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios tenemos que ser pacíficos: “Dichosos los pacíficos, se llamarán hijos de Dios” (Mt 5, 9). Los hijos de Dios son pacíficos, humildes de corazón, sencillos en sus palabras, de acuerdo entre sí por el afecto sincero, unidos fielmente por los lazos de la unanimidad». San Cipriano


«Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?


Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.


Palpó y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto?”. Como sea que el Apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo lo que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada. Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta». San Gregorio Magno


«Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. La misma creación ¿no es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees.» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las apariciones del Resucitado


641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).


642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección deCristo» (ver Hech 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles ver 1 Cor 15, 4-8.


643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).


644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.


El estado de la humanidad resucitada de Cristo


645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (ver Lc 24, 30.41-43; Jn 21, 9.13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24,40; Jn 20, 20.27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (ver Mt 28, 9.16-17; Lc 24, 15.36; Jn 20, 14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (ver Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (ver Jn 20, 14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (ver Jn 20, 14.16; 21, 4.7).


CONCLUSION


«¡Señor mío y Dios mío!»


Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo C – 28 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 – 31


Las apariciones que nos remiten las lecturas de este Domingo nacen de los encuentros personales que los discípulos tienen con el mismo Señor Jesús Resucitado, vivo y en persona. Son experiencias de fe que tienen como base un hecho que se da en la realidad; no son alucinaciones ni mucho menos inventos. Del encuentro con Jesucristo Resucitado (San Juan 20,19 – 31) se sigue, como fruto inmediato, la fe y la total transformación personal de los discípulos y de la comunidad de creyentes que iba aumentando día a día (Hechos de los Apóstoles 5,12-16). Cristo ha resucitado; Él es nuestro Dios, Señor y Salvador que murió y que ahora vive por los siglos de los siglos (Apocalipsis 1,9-11ª. 12-13.17-19).


«Este es el día en que actuó el Señor»


El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas claramente distinguidas por las dos apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles; la primera ocurre al atardecer del mismo Domingo de la Resurrección del Señor («el primer día de la semana»;) y la segunda ocho días después, es decir, en un Domingo como hoy ya que también se contaba el día vigente. Por este motivo este Evangelio se lee en este Domingo en los tres ciclos litúrgicos, A, B y C. El Evangelio atestigua que los discípulos de Jesús eran extremadamente observantes de la ley judía que mandaba mantener absoluto reposo el sábado: «Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado… El sábado descansaron, según el precepto» (Lc 23,54.56). De aquí el apuro por ir al sepulcro apenas hubiera pasado el sábado, es decir, en la madrugada del primer día. Ese mismo día al atardecer se presenta Jesús por primera vez a los Doce, menos Tomás que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». La segunda aparición de Jesús, que nos relata el Evangelio de hoy, ocurrió también el primer día de la semana como ya hemos visto. Por ser éste el día de la Resurrección del Señor, fue llamado día del Señor, «dominica dies», que en castellano se traduce por Domingo. Muy prontofue éste el día en que la comunidad cristiana se reunía para la celebración del culto «en memoria de su Señor».


Hemos querido llamar la atención sobre un hecho que tal vez pasa inadvertido: para que un grupo de fieles judíos, que se distinguían por su fidelidad a la ley, cambiara el «día del Señor» del sábado al Domingo, es decir, del séptimo al primer día de la semana; tuvo que haber ocurrido en este día un hecho real histórico en que reconocieran la actuación de Dios de manera mucho más clara que en las antiguas intervenciones de Dios en la historia del pueblo. Tuvo que mediar un hecho superior a los de este mundo, pues nada de este mundo habría sido suficiente para que un judío cambiara una de sus tradiciones, y ¡qué tradición!, nada menos que la del sábado. El único hecho histórico capaz de explicar satisfactoriamente este cambio es la Resurrección de Cristo, que aconteció en Domingo: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24). Los cristianos reconocemos en este hecho el acontecimiento fundamental de nuestra fe: la muerte fue vencida con todo su cortejo de males y al hombre se le ofrece poder compartir la vida divina.


«¡Paz con vosotros!»


Una expresión de Jesús resucitado que llama inmediatamente la atención pues se repite con insistencia en el pasaje de San Juan es: «¡Paz a vosotros!». Apenas Jesús dice estas palabras, los que estaban llenos de temor, se alegraron de ver a Jesús. El Evangelio hace notar que los discípulos se encontraban reunidos «a puertas cerradas por miedo a los judíos». Pero sobre todo, tenían necesidad de la paz de Cristo, pues habían dudado de él, lo habían abandonado, no habían creído en su resurrección. Sentían que no estaban en paz con Jesús y cuando falta esta paz entra el temor y la desconfianza. Estaban a puertas cerradas, pero no hay puerta que nos sustraiga del amor de Dios. Por eso, Jesús, aunque estén cerradas las puertas, se presenta en medio de ellos. Los apóstoles tenían necesidad de este encuentro con Jesús para volver a su amistad, tenían urgencia de darle tantas explicaciones por su conducta, pero Jesús antes de preguntar nada los tranquiliza: «¡Paz a vosotros!»


El mismo que les había dicho: «Os he llamado amigos», ahora los confirma en su amistad dándoles la paz. «Dicho esto les mostró las manos y el costado», como para indicar a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios. El Evangelio afirma que, después de comprender esto, «los apóstoles se alegraron de ver al Señor». Vuelve a ellos el gozo y no tienen ya miedo porque han sido relevados de un peso inmenso, tan grande que es imposible para el hombre cargar con él, han sido aliviados de un peso que oprime y destruye al hombre: el pecado. Ahora no tienen miedo a nada y pueden decir: «Este Jesús a quien vosotros habéiscrucificado, Dios lo resucitó y nosotros somos testigos de su resurrección» (Hechos 2,32). Solamente después de haber vivido la experiencia del perdón ya pueden recibir los apóstoles el poder de perdonar los pecados.


«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…»


La frase de Jesús: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…», sería una pura tautología , si no tuviera un doble plano. Para decir simplemente que los apóstoles pueden perdonar a quienes los ofendan a ellos, no se necesita toda la solemnidad de la escena. Eso ya lo había enseñado Jesús durante su vida (ver Mt 18,21-22). El sentido de la frase es otro ya que se trata de un «poder» que consiste en dar validez ante Dios a una sentencia emitida por estos sencillos hombres en la tierra. Es un poder enorme que da Jesús a Pedro personalmente y también a la comunidad como tal (ver Mt 18,1). Pero sólo a Pedro dice: «A tí te daré las llaves del Reino de los cielos». Sabemos que empuñar la llave de una ciudad significa tener el poder.


Por más que busquemos en todo el Antiguo Testamento no encontraremos nunca un hombre que posea este poder. Es más, en Israel era dogma que sólo Dios puede perdonar los pecados, pues son una ofensa contra Él. Es un dogma obvio y verdadero. Por eso cuando en una ocasión Jesús dijo a un paralítico: «“Hijo, tus pecados te son perdonados”, todos se escandalizaron pensando: “Este blasfema; ¿quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?”» (Mc 2,5.7). Y sin embargo, Cristo demuestra que Él posee este poder: «”Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “Toma tu camilla y echa a andar”» (Mc 2,10-11). La novedad del Evangelio está en que Cristo, que con¬quistó el perdón de los pecados con su muerte, concede este poder a unos hombres elegidos por Él: les garantiza que Dios perdona a quienes ellos perdonen y no perdona a quienes ellos retengan los pecados.


«Vio y creyó>


Luego viene el relato de lo ocurrido ocho días después. Los «otros Doce» daban testimonio de la resurrección de Jesús diciéndole a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero él, que no estuvo en la primera aparición, no creyó en el testimonio de sus hermanos porque la resurrección del Señor era algo que no entraba en su campo mental. Podemos imaginar que durante toda esa semana Tomás estuvo negando la verdad de sus hermanos que ya creían. En la segunda aparición de Jesús, las circunstancias son las mismas que la primera, solo que esta vez está allí Tomás. Jesús se dirige inmediatamente a él y le dice: «Acerca aquí tu dedo y miramis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». No sólo se aparece Jesús y exhibe las señas de su Pasión, sino que sabe cuál es la prueba exigida por Tomás y pide al discípulo incrédulo que se acerque y verifique. Pero no fue necesario, pues Tomás ya ha sentido nacer en él la fe y exclama: «¡Señor mío y Dios mío!».


El comentario que Jesús agrega es una de las frases del Evangelio que más conocemos y citamos, porque suele aplicarse a nuestra situación: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que no han visto y han creído». Tomás había dicho: «Si no veo… no creeré». Podemos decir entonces que él «vio y creyó». Pero Jesús llama bienaventurados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testimonio de otros. Y ésta sí que es nuestra situación. Nosotros creemos en la Resurrección del Señor por el testimonio de la Iglesia y de sus apóstoles. ¡Este es el origen de nuestra fe!


En cambio, Tomás no creyó al testimonio de esos mismos apóstoles que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero hay al menos uno de los apóstoles que creyó sin haber visto al Señor resucitado. Y ése es el autor de este Evangelio: Juan. Ante el sepulcro abierto y vacío, las mujeres aseguraban que se habían llevado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan van corrieron al sepulcro a verificar el hecho. Entonces, Juan, habiendo llegado primero al sepulcro no entra sino después de Pedro: «entonces… el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» Jn 20,8. En realidad, no vio más que los lienzos (la sábana y las vendas) con que se habían envuelto el cuerpo sin vida de Jesús. Pero de ello no dedujo que se «habían llevado el cuerpo del Señor», sino que «creyó» que había resucitado. Este discípulo «creyó sin haber visto» y a él se aplica, en primer lugar, la bienaventuranza de Jesús. Pero Jesús también piensa en nosotros en la medida en que, por el testimonio de la Iglesia, creemos.


Una palabra del Santo Padre:


«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos» (Jn 20,30). El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios, para leer y releer, porque todo lo que Jesús ha dicho y hecho es expresión de la misericordia del Padre. Sin embargo, no todo fue escrito; el Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia. Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Lo podemos hacer realizando las obras de misericordia corporales y espirituales, queson el estilo de vida del cristiano. Por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios. Se sigue así aquello que cumplió Jesús en el día de Pascua, cuando derramó en los corazones de los discípulos temerosos la misericordia del Padre, exhaló sobre ellos el Espíritu Santo que perdona los pecados y da la alegría.


Sin embargo, en el relato que hemos escuchado surge un contraste evidente: está el miedo de los discípulos que cierran las puertas de la casa; por otro lado, la misión de parte de Jesús, que los envía al mundo a llevar el anuncio del perdón. Este contraste puede manifestarse también en nosotros, una lucha interior entre el corazón cerrado y la llamada del amor a abrir las puertas cerradas y a salir de nosotros mismos. Cristo, que por amor entró a través de las puertas cerradas del pecado, de la muerte y del infierno, desea entrar también en cada uno para abrir de par en par las puertas cerradas del corazón. Él, que con la resurrección venció el miedo y el temor que nos aprisiona, quiere abrir nuestras puertas cerradas y enviarnos. El camino que el Maestro resucitado nos indica es de una sola vía, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, salir para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado. Vemos ante nosotros una humanidad continuamente herida y temerosa, que tiene las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. Ante el sufrido grito de misericordia y de paz, escuchamos hoy la invitación esperanzadora que Jesús dirige a cada uno de nosotros: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21).


Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como «Señor y Dios» cf. v. 28, como hizo el apóstol Tomás. Esta es la misión que se nos confía. Muchas personas piden ser escuchadas y comprendidas. El Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, “buenos samaritanos” que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio». Papa Francisco. Jubileo de la Divina

Misericordia. Domingo 3 de abril de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. ¿De qué manera puedo vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

2. Seamos particularmente conscientes al pronunciar «Señor mío y Dios mío» en la liturgia eucarística, del peso de nuestras palabras.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 638 – 644


!GLORIA ADIOS!


¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO EL SENOR!

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RESURRECIÓN


21-26 de abril del 2019


“¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO EL SEÑOR!”



Hech 10, 34. 37-43: “Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

— «Ustedes bien saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.

Nosotros somos testigos de lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


Sal 117, 1-2.16-17.22-23: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”


Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.


Col 3, 1-4: “Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo”


Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él.


Jn 20, 1-9: “Entró en el sepulcro, vio y creyó”


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

— «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.


NOTA IMPORTANTE


La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc 15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).


Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó con sobresalto. Entonces se quedaron paralizados y “como muertos” (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.


En aquel mismo momento llegaban algunas piadosas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro porque “ya estaba encima” el sábado cuando descendieron de la Cruz el cuerpo inerte de Jesús. Según la costumbre judía el nuevo día empezaba no a medianoche, tampoco al amanecer, sino al atardecer o anochecer de lo que para nosotros es aún el díaanterior, en el momento en que ya se hacía necesario encender luces. Al decir que “ya estaba encima el sábado” quiere decir que ya era la tarde del viernes. No había tiempo suficiente para embalsamar el cuerpo del Señor porque una vez encendidas las lámparas se debía guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).


Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. Es la raíz de la palabra “Domingo”, el primero y a la vez el “octavo” día de la semana, porque es considerado un “nuevo día”. El Domingo es el Día del Señor porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.


Grande fue la sorpresa de María Magdalena, una de las mujeres que formaban la pequeña comitiva, al llegar al sepulcro del Señor, ver la piedra movida y el sepulcro vacío. Instintivamente echó a correr para comunicarles a Pedro y a Juan lo sucedido. Al encontrarlos les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). Pedro y a Juan fueron corriendo al sepulcro para ver por sí mismos lo sucedido. Juan, que corría más rápido, llegó primero. Al llegar «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Esperó a que llegase Pedro para que entre él primero, lo que se considera una señal de respeto y reconocimiento de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles. Al entrar en el sepulcro, se dice de Juan que «vio y creyó» Jn 20,8. ¿Qué vio Juan? Que el cuerpo de su Señor no estaba allí. ¿Qué creyó? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, lo que el Señor había anunciado repetidas veces: que luego de morir «debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).


Este acto de fe en la Resurrección del Señor será confirmado inmediatamente después tanto por el anuncio del ángel a las mujeres como por las mismas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos.


En el grupo de las mujeres que van al sepulcro muy de madrugada llama la atención una ausencia: no se encuentra entre ellas la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba presente? ¿No sería natural que quien más que nadie amaba a Jesús se hiciese presente para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La razón de su ausencia hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que sí van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Madre no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a suHijo, creyó que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, Santa María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección de su Hijo. Análogamente a como el sepulcro vacío se constituye en una fuerte proclamación de la Resurrección de Cristo, la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en las palabras y promesa de su Hijo.


Por otro lado, aún cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que el Señor Resucitado ya se le había aparecido a ella primero. Ésta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza que recoge una antiquísima tradición, aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!


¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!


Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!


Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Podré yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento enque pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?


Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27). Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.


Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!


Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.» San Gregorio Magno


«Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.» San Agustín


«Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.» San Gregorio Magno


«Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Al tercer día resucitó de entre los muertos


638: “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13,32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz.


El sepulcro vacío: “vio y creyó”


640: “El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba'' (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo'' (Jn 20,6) “vio y creyó'' Jn 20,8. Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro”.


La Resurrección de Cristo, “signo” de que es quien dice ser


651: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.


652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.


653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,2). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo míoeres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13,32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.


Sentido y alcance salvífico de la Resurrección


654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.


655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Cor 15,20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,15).


El Domingo, día del Señor


1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso» (Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Ver Jn 21,12; Lc 24,30):

El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subióvictorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).


1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC106):

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación... la salvación del mundo... la renovación del género humano... en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1.ª parte del verano, p. 193 b).


CONCLUSION


«Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto»


Domingo de la Resurrección del Señor


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,1-9


«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Este es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Esta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostración empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.


Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científicas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cualquier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiritual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verdades de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.


Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Este es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Colosenses 3,1-4).


«Se han llevado del sepulcro al Señor…»


El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difuntos «conforme a la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día deestricto reposo: también en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdalena junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.


Esta premura de la Magdalena es expresión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abierto. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’» (Jn 20,1).


«Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…»


Lo que sigue es el relato de un testigo presencial. Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delante, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar». En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.


Pero llama inmediatamente la atención que no dice nada acerca de lo más importante. ¿Qué pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han llevado del sepulcro al Señor»? El discípulo amado comunica entonces su propia experiencia con dos importantes palabras: «Vio y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteligencia es proporcional a lo que vio empíricamente, como ocurre con las verdades naturales y científicas. No es así,porque en ese caso habría dicho: «Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y creyó», porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejo el viernes de la Pasión. Lo explica él mismo cuando dice que: «Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resucitar de entre los muertos».


Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos» aplicada a Jesús. Esta es la certeza que se abrió camino en la mente del discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobrenatural. Por eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que transformó su vida y no vaciló en morir por ella.


La Resurrección de Jesús


Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Esta, no obstante ser un hecho histórico, permanece un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse… a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10,40-41). Por tanto, la resurrección de Jesucristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Esta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resucitado.


«Nosotros somos testigos de todo lo que hizo»


El discurso kerigmático que Pedro realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo…» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,2). La conversión de este «temeroso de Dios » se destaca repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las visiones simultaneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la relación entre judíos y gentiles, que quedará aclarada en el Concilio de Jerusalén (ver Hech 15,7-11).


«Aspirad las cosas de arriba…»


En este breve texto San Pablo coloca como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él. Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el cielo donde están los bienes definitivos y eternos.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy la Iglesia repite, canta, grita: “¡Jesús ha resucitado!”. ¿Pero cómo? Pedro, Juan, las mujeres fueron al Sepulcro y estaba vacío, Él no estaba. Fueron con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: el Maestro, su Maestro, el que amaban tanto fue ejecutado, murió. Y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el sepulcro. Pero el ángel les dice: “No está aquí, ha resucitado”. Es el primer anuncio: “Ha resucitado”. Y después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones. Pero los discípulos permanecieron encerrados todo el día en el Cenáculo, porque tenían miedo de que les ocurriera lo mismo que le sucedió a Jesús. Y la Iglesia no cesa de decir anuestras derrotas, a nuestros corazones cerrados y temerosos: “Parad, el Señor ha resucitado”.


Pero si el Señor ha resucitado, ¿cómo están sucediendo estas cosas? ¿Cómo suceden tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, trata de personas, guerras, destrucciones, mutilaciones, venganzas, odio? ¿Pero dónde está el Señor? Ayer llamé a un chico con una enfermedad grave, un chico culto, un ingeniero y hablando, para dar un signo de fe, le dije: “No hay explicaciones para lo que te sucede. Mira a Jesús en la Cruz, Dios ha hecho eso con su Hijo, y no hay otra explicación”. Y él me respondió: “Sí, pero ha preguntado al Hijo y el Hijo ha dicho sí. A mí no se me ha preguntado si quería esto”.


Esto nos conmueve, a nadie se nos pregunta: “¿Pero estás contento con lo que sucede en el mundo? ¿Estás dispuesto a llevar adelante esta cruz?”. Y la cruz va adelante, y la fe en Jesús cae. Hoy la Iglesia sigue diciendo: “Párate, Jesús ha resucitado”. Y esta no es una fantasía, la Resurrección de Cristo no es una fiesta con muchas flores. Esto es bonito, pero no es esto, es más; es el misterio de la piedra descartada que termina siendo el fundamento de nuestra existencia. Cristo ha resucitado, esto significa. En esta cultura del descarte donde eso que no sirve toma el camino del usar y tirar, donde lo que no sirve es descartado, esa piedra —Jesús— es descartada y es fuente de vida. Y también nosotros, guijarros por el suelo, en esta tierra de dolor, de tragedias, con la fe en el Cristo Resucitado tenemos un sentido, en medio de tantas calamidades.


El sentido de mirar más allá, el sentido de decir: “Mira no hay un muro; hay un horizonte, está la vida, la alegría, está la cruz con esta ambivalencia. Mira adelante, no te cierres. Tú guijarro, tienes un sentido en la vida porque eres un guijarro en esa piedra, esa piedra que la maldad del pecado ha descartado”. ¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? Esto, sencillamente. La piedra descartada no resulta realmente descartada. Los guijarros que creen y se unen a esa piedra no son descartados, tienen un sentido y con este sentimiento la Iglesia repite desde lo profundo del corazón: “Cristo ha resucitado”. Pensemos un poco, que cada uno de nosotros piense, en los problemas cotidianos, en las enfermedades que hemos vivido o que alguno de nuestros familiares tiene; pensemos en las guerras, en las tragedias humanas y, simplemente, con voz humilde, sin flores, solos, ante de Dios, ante de nosotros decimos: “No sé cómo va esto, pero estoy seguro de que Cristo ha resucitado y yo he apostado por esto”. Hermanos y hermanas, esto es lo que he querido deciros. Volved a casa hoy, repitiendo en vuestro corazón: “Cristo ha resucitado”».


Papa Francisco. Homilía Domingo de Resurrección 16 de abril de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Estamos llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de arriba»: lo antiguo ya ha pasado. Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús Resucitado.

2. Vivamos con María la verdadera alegría que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el Santo Rosario.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 647 – 655. 1166-1167.


!GLORIA A DIOS!!!

DOMINGO DE RAMOS

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RAMOS


14 - 20 de abril del 2019



“¡Hosanna!... ¡Crucifícalo!”



Procesión de Ramos:

Lc 19, 28-40: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”


En aquel tiempo Jesús acompañado de sus discípulos caminaba adelante, subiendo a Jerusalén.

Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— «Vayan al pueblo que está enfrente; al entrar, encontrarán un burrito atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: “¿Por qué lo desatan?”, contéstenle: “El Señor lo necesita”».

Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el burrito, los dueños les preguntaron:

— «¿Por qué lo desatan?»

Ellos contestaron:

— «El Señor lo necesita».

Luego llevaron el burrito adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, le ayudaron a montar.

Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos.

Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo:

— «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas».

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:

— «Maestro, reprende a tus discípulos».

Él replicó:

— «Les aseguro que, si éstos callan, gritarán las piedras».


Is 50, 4-7: “Yo no me resistí, ni me eché atrás”


Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.


Sal 21, 8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Al verme, se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere».

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.


Flp 2, 6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”


Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


Lc 22,14 - 23,56: Pasión del Señor Jesucristo según San Lucas (Por la extensión del pasaje, no lo publicamos acá;)


NOTA IMPORTANTE


Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2, 41), junto con sus Apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.


Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11, 3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba en peligro de muerte. El Señor, en vez de apresurarse, espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11, 4). Terminada la espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un cadáver que yacía ya cuatro días en el sepulcro, y por tanto se encontraba en un estado avanzado de descomposición (ver Jn 11, 39-40).


El desconcierto inicial daba lugar a la intensa euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba. Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11, 45). La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro. ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado? No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los Apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Sin duda pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría al fin el anhelado Reino de los Cielos en la tierra.


Al llegar la espectacular noticia a los oídos de los fariseos en Jerusalén, éstos se reunieron en consejo y se preguntaban: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» Jn 11, 47-48. Alparecer, más que la posible destrucción del Lugar Santo, les interesaba no perder su propio prestigio y poder ante el pueblo. Es entonces cuando «decidieron darle muerte» (Jn 11, 53). Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12, 9), los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12, 11). Impresiona la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos y sumos sacerdotes: mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos no hacían sino endurecer más el corazón y negar la evidencia de los signos que señalaban a Jesús como el Mesías.


Hasta ese momento el Señor había insistido que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8, 56; 9, 20-21). Mas ahora, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11, 4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud da instrucciones a sus discípulos y organiza su entrada mesiánica a la Ciudad Santa: el Mesías, como había sido anunciado por los profetas, entraría a Jerusalén montado sobre un pollino, un joven burro que aún no había sido montado por nadie: «Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo» (Mt 21, 5; ver Is 62, 11; Zac 9, 9-10).


No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22, 21ss). El Señor pide un borrico que nadie ha montado aún, y es que los judíos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos era menos idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2 ; Dt 15, 19; 21, 3; 1 Sam 6, 7). Sólo un pollino que no hubiese sido montado aún era lo propio para transportar al mismo Mesías enviado por Dios.


El mensaje que daba el Señor era muy claro: Él era el Rey de la descendencia de David, el Mesías que debía salvar a su pueblo. En Él finalmente se cumplían las promesas divinas.


El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre aquel pollino algunos tendían sus mantos en el suelo para que pasase sobre ellos como sobre alfombras, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo. Con estos gestos la enfervorizada multitudexpresaba su reconocimiento de que Jesús era el Mesías que traería la victoria a su pueblo.


Durante la marcha, encendidos por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11, 9-10). Los términos empleados son típicos. Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David.


Mas ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina. Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria y ciertamente se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte. La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio).


Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16, 21; Lc 9, 22), Él no se resiste ni se echa atrás (ver primera lectura). Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para la reconciliación de toda la humanidad.


Dios exaltó y glorificó al Hijo que siendo de condición divina se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (ver la segunda lectura). Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa. Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” desbordante de fervor y el despiadado “¡crucifícalo!”.


Nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo? ¿Por qué este cambio radical de actitud? ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos”;) y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, burlas, golpes, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no! ¡A Barrabás!... a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?


Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre. Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa, dice o hace. ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente: “crucifíquenlo” y “crucifiquen a su Iglesia”? Como en aquel tiempo, también hoy la “opinión pública” es manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19, 47; Jn 5, 18; 7, 1; Hech 9, 23).


Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto al Señor Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a ciertos grupos de poder para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia. ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogimos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero pocos días después lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!” con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas? ¿Cuántas veces preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?


¡También yo me dejo manipular tan fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe! ¡También yo me dejo influenciar tan fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal! ¡También yo me dejo seducir tan fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener! Y así, ¿cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito con mi pecado: “¡A ése NO! ¡Elijo a Barrabás! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡A ése CRUCIFÍCALO!”?


¡Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras! ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles! ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él! ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante! De lo contrario, en el momento de laprueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traicionero “crucifícalo”.


¿Qué elijo yo? ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte? ¿O, cobarde como tantos, me conformo con señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de este mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquellos que son de Cristo?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Venid subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación. Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados. Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa. Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro». San Andrés de Creta


«Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado». San Ambrosio


«No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder». San Beda


«Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló,las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron». San Beda


«Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La subida de Jesús a Jerusalén


557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección. Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).


558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23, 37). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 41-42).


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


559: ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»;). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.


560: La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.


CONCLUSION


«¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»


Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo C – 14 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 22, 14 -23, 56


El Dios que se hace Hombre y nos salva. El Siervo de Yahveh (Isaías 50, 4-7) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los Filipenses (Filipenses 2, 6-11), canta a Cristo que «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo». En la narración de la Pasión según San Lucas (San Lucas 22, 14 -23, 56), Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su Espíritu. Su abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la Resurrección. La exaltación de los Ramos y la Pasión (San Lucas 19, 28-40) están en mutua referencia, aunque el primer paso suene a triunfo y el segundo a humillación. Las lecturas de la Misa que median entre el Evangelio de losRamos y la lectura de la Pasión hacen como un puente que une los dos misterios de la vida de Jesús.


La Semana Santa


En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma y se da comienzo a la Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual: desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrección. En los países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para destinarlos a la contemplación de los misterios que nos dieron la salvación. El que los considera simplemente un “fin de semana largo” no ha entendido nada del misterio cristiano y demuestra que no tiene interés en Cristo.


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en Jerusalén adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51 hasta el capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando empezó a moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La «asunción» de Jesús es el conjunto de su Pasión, Muerte y Resurrección. La expresión textual dice: «endureció su rostro para dirigirse a Jerusalén». Indica una resolución firme con un propósito deliberado. Jesús sabía bien a qué iba a Jerusalén. Sucesivamente, el Evangelio recordará a menudo este movimiento hacia la ciudad santa.


Gran parte de la lectura que relata la entrada en Jerusalén se concentra sobre el hecho de que Jesús entró en la ciudad montado en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con conocidos suyos. Por eso bastaría decir a los dueños del asno: «El Señor lo necesita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadura entró en Jerusalén.


¿Por qué reviste tanta importancia esta circunstancia? Es que así estaba anunciado que entraría en Jerusalén el Rey de Israel. El profeta Zacarías lo ve ocurrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cumple eso y «todo lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado. Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino… y llenos de alegría se pusieron a alabar a Dios a grandes voces: ‘¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!».


Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser aclamado como Rey y Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro, reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad, llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús responde: «Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras». Jesús, no obstante, su humildad, responde reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía pronunciar. En efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesisde que la multitud callara, gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «estaba el pueblo mirando» (Lc 23,35), en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió, «tembló la tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).


La Pasión del Señor según San Lucas


El relato de la Pasión según San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no judíos provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con el ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia, subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el relato de Lucas es el de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son pronunciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio de su propio dolor: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.


El Misterio de la Cruz de Cristo


En la Pasión del Señor Jesús se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y violenta? La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable del Plan amoroso de la redención realizada por Jesucristo. Sin embargo, si es importante que entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento, la Pasión dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas sin valor autónomo. Eso hubiera sido un sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús. El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Reconciliador de Dios.


Nos consta la repugnancia natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión, tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como síquicos (traición de Judas, negaciones de Pedro, deserción de discípulos, etc.). No obstante…«no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres por el amor que le tiene.


Jesús carga la Cruz de su Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento y del dolor productos del pecado. El maldel sufrimiento, en el misterio redentor de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien.


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responde: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’ (Lc 19,40).


Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta ‘new age’, un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano. Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas…, y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.


Él lo dijo claramente a sus discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga’ (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.


Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el ‘crucifícalo’, no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por lasenfermedades… Sufren a causa de la guerra y del terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados… Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le reconozca, que se le ame No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.


Papa Francisco. Homilía Domingo de Ramos. 9 de abril de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? No han descubierto el tesoro escondido en el dolor. Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor redentor. San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida cotidiana?

2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana Santa? ¿Qué esfuerzos voy a hacer para vivir con el Señor y desde el corazón de la Madre, los misterios centrales de mi fe?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 599- 623


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 6 Ee abril Ee 2019 a las 22:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO V DE CUARESMA


7 - 13 de abril del 2019


“Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”



Is 43, 16-21: “Voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?”


Así dice el Señor, que abrió un camino a través del mar y una senda en las aguas impetuosas; el que hizo salir a batalla carros y caballos, con poderoso ejército; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue:

«No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan? Abriré un camino por el desierto, ríos en la llanura. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque haré brotar agua en el desierto, ríos en la llanura, para apagar la sed de mi pueblo, mi elegido, el pueblo que yo formé para que proclamara mi alabanza».


Sal 125, 1-6: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”


Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

Hasta los paganos decían:

«El Señor ha estado grande con ellos».

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

Al ir, iban llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelven cantando,

trayendo sus gavillas.


Flp 3, 8-14: “Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta”

Hermanos:

Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él, no con mi propia justicia, la que procede de la ley, sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe.

Así podré conocerlo a Él, conocer la fuerza de su resurrección, y participar de sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba me llama en Cristo Jesús.


Jn 8, 1-11: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

— «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

— «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E, inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron retirando uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que permanecía allí frente a Él. Jesús se incorporó y le preguntó:

— «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?»

Ella contestó:

— «Ninguno, Señor».

Jesús le dijo:

— «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén. Un día, después de pasar la noche en oración en el Monte de los Olivos, se dirige al Templo. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba.»


De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que se acercan al Señor Jesús con mala intención. Traen a rastras a una mujer, imaginamos sumida en llanto y desesperación. Ha sido sorprendida en flagrante adulterio y, según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal.» (Dt 22, 22;

Ver también Lev 20, 10) La sentencia era clara e inapelable. La mujer había cometido un pecado gravísimo y debía pagar por su ello con su vida. Sobre el hombre que con ella había pecado pesaba igual sentencia, mas probablemente había logrado huir abandonando a su cómplice a su suerte. Se aprovechó de ella, la utilizó para satisfacer su placer venéreo, acaso le juró amor, pero no estaba dispuesto a morir por ella y con ella. Finalmente, sólo la había usado como un objeto de placer, y probablemente ella también lo había usado a él para llenar un vacío.


Los fariseos y escribas, antes de llevar a la adúltera ante el Sanedrín, la arrastran a los pies del Señor Jesús para someterlo a prueba. Una vez más, buscan una excusa «para comprometerlo y poder acusarlo». Utilizan a una persona, se valen del drama de esta mujer adúltera para tenderle una trampa y poder tener algo de qué acusarlo. En no pocas oportunidades el Señor les había echado en cara su falta de misericordia y su excesivo apego a las normas morales de la ley, muchas de ellas elaboradas en el tiempo por los mismos fariseos. Llenos de amargura querían deshacerse de Él de alguna manera. Pensaban que podrían lograrlo si lo ponían en un callejón sin salida. Estaban convencidos que aquél que se había mostrado tan indulgente y misericordioso con los pecadores se opondría a la lapidación de la mujer, oponiéndose de este modo a la Ley misma. Si públicamente se oponía a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios.» (Ver Hech 6, 11). Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador.


El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente. Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto. De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. Carecía de todo interés. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?


Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento. Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» Cristo no arroja piedras, pero arroja estas tremendas palabras contra aquellos hipócritas guardianes de la moral que están prontos a lanzar piedras contra la pecadora, cuando ellos mismos cargan en sus conciencias pecados graves. La sentencia del Señor, cual espada afilada, entrahasta lo más profundo de sus conciencias y penetra el corazón más endurecido. (Ver Heb 4, 12) No un largo discurso, sino tan solo unas agudas palabras bastan para invitar a los acusadores a mirarse a sí mismos antes de reclamar el castigo para aquella pecadora y ejecutar la sentencia de muerte. La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado. Comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro.


Cuando todos sus acusadores se han marchado, le pregunta «“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”» Al decir «tampoco yo te condeno» le estaba diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (Ver Jn 3, 17), que yo he venido a hacer todo nuevo (Ver la primera lectura). Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más. Así pues, conviértete del mal camino que había emprendido y vive en adelante de acuerdo a tu condición y dignidad de hija amada del Padre. Olvida lo que ha quedado atrás y lánzate ahora a conquistar lo que está por delante, corriendo hacia la meta para alcanzar el premio que Dios te tiene prometido para la vida eterna (Ver segunda lectura).”


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El pecado, el hacer el mal que no queríamos, la caída en el peregrinar, es parte de nuestra experiencia cotidiana. ¿Quién de nosotros está libre de pecado? Nadie. En la Escritura leemos: «siete veces —es decir: innumerables veces— cae el justo.» (Prov 24, 16) No podemos olvidar jamás que todos somos pecadores y frágiles, y que «si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia» (Gén 4, 6-7; ver 1 Pe 5, 8-9).


Muchas de las caídas que experimentamos serán más o menos leves, como tropezones en el andar. Sin embargo, éstas no son despreciables sobre todo cuando se repiten con frecuencia, pues nos vuelven cada vez más torpes para caminar. Las pequeñas infidelidades abren el camino para caídas más fuertes, esas que hacen que de pronto nos estrellemos de cara al suelo, a veces sin podernos o querernos ya levantar.


Los pecados fuertes, como es el caso del adulterio de aquella mujer, cuando se cometen por primera vez producen una experiencia interior tremenda: confusión en la mente, así como sentimientos entremezclados de dolor de corazón, pérdida de paz interior, vacío, soledad, tristeza, amargura, angustia y mucha vergüenza. Cuando se repiten, violentando una y otra vez la voz de la propia conciencia y haciendo caso omiso a las enseñanzas divinas, vuelven el corazón cada vez más duro, insensible y cínico.


El pecado grave también trae consigo un distanciamiento de Dios. La vergüenza, el sentimiento de indignidad o suciedad, el pensamiento de haber traicionado o defraudado al Señor y todo lo que Él hizo por mí, lleva a “esconderse de Dios” (Ver Gen 3, 8-10), a huir de su Presencia, a apartarse de la oración, de la Iglesia y de todo y de todos aquellos que nos recuerdan a Dios.


El pecado grave, cuando se repite algunas veces, termina por someternos a una durísima esclavitud de la que es muy difícil liberarse (Ver Jn 8, 34). Nos hunde asimismo en un dinamismo perverso de auto-castigo y auto-destrucción que dificulta enormemente el que volvamos a ponernos de pie, que nos perdonemos lo pasado y nos lancemos nuevamente hacia delante, a conquistar la meta, que es la santidad. Las caídas graves nos llevan a tener pensamientos recurrentes de desesperanza: “no hay pecado tan grande como el mío, ni Dios me puede perdonar, para mí ya no hay salida”. El peso del pecado se hace demasiado grande y nos va hundiendo en la muerte espiritual (Ver Ez 33, 10). En efecto, «el pecado, cuando madura, engendra muerte» (Stgo 1, 13-15). El pecado, que al principio pensábamos nos iba a traer la felicidad y plenitud humana, termina siendo un acto suicida. Quien peca termina destruyéndose y degradándose a sí mismo, seducido por la ilusión de obtener un bien aparente.


Ante la realidad de nuestro pecado podemos preguntarnos como San Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7, 24). Con él también podemos responder: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7, 24). Sí, el Señor Jesús nos libera del pecado y sus efectos. El encuentro del pecador con el Señor es un encuentro de nuestra miseria con quien es la Misericordia misma: cuando nos acercamos a Él como el hijo pródigo, o incluso cuando somos “arrastrados a su Presencia por nuestros acusadores”, descubrimos sorprendidos que Él no nos condena por nuestras caídas, por más vergonzosas o abominables que éstas hayan sido, sino que Él nos perdona, nos libera del yugo de nuestros pecados cargándolos sobre sí, nos levanta de nuestro estado de postración, abre ante nosotros nuevamente un horizonte de esperanza y fortalece nuestrospasos para avanzar por el camino que conduce a la Vida plena: “anda, y no peques más”.


Una vez más el Evangelio del Domingo nos invita a comprender que «Dios no quiere la muerte del pecador, sino que éste se convierta y viva» (Ez 33, 11). Por ello el Padre ha enviado a su Hijo: Él cargó sobre sí nuestros pecados, «llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que muertos al pecado, vivamos una vida santa» (1 Pe 2, 24). Acudamos humildes al Señor de la Misericordia para pedirle perdón por nuestros pecados y hagámosle caso cuando nos dice: “anda, y no peques más”, es decir, lucha decididamente para no caer nuevamente en los graves pecados que has cometido y reza con terca perseverancia para encontrar en el Señor la fuerza para levantarte y para perseverar en la lucha cada día (Ver Mt 26, 41).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“...se marcharon uno tras otro, comenzando por los más viejos y dejaron solo a Jesús con la mujer.” (Jn 8, 9) Se quedaron sólo dos, la miserable y la Misericordia. Pero el Señor, después de haberlos rebatido con la justicia, no quería ver su derrota. Apartando su mirada de ellos “Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en el suelo.” (Jn 8, 6)» San Agustín


«Jesús miró a esta mujer que se había quedado sola después de haberse marchado todos. Hemos escuchado la voz de la justicia, ¡escuchemos ahora también la de la bondad!... Esta mujer esperaba el castigo de aquel que era sin pecado. Pero él, que había rechazado con la justicia a sus enemigos, mirándola a ella con ojos de misericordia la interroga: “¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte? Ella responde: “Ninguno, Señor. Entonces Jesús añadió: Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar.” (Jn 8, 10-11)» San Agustín


«“Ni yo tampoco te condenaré”. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: “Vete, y no peques ya más”. Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al pecador. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: “vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho”. Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez (Sal 24 ).» San Agustín


«El Señor es bueno, el Señor es lento a la cólera, el Señor es misericordioso, pero el Señor es justo y el Señor es la misma verdad (Sal 85, 15) El te concede un tiempo para corregirte mientras que tú prefieres aprovecharte de esta demora en lugar de convertirte. Fuiste malo ayer, sé bueno hoy. ¡Has pasado el día haciendo el mal, mañana cambia de conducta! Este es el sentido de las palabras que Jesús dirige a esta mujer: “Yo tampoco te condenaré, pero, libre del pasado, ten cuidado en el futuro. Yo tampoco te condenaré, he borrado tu culpa. ¡Observa lo que mando para recibir lo que prometo!”» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Fue hallada en flagrante adulterio


2380: El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio. El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio. Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría.


2381: El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.


2384: El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente:Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra.El sacramento de la reconciliación


1442: Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» 2 Cor 5, 1*. El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor 5, 20).


1446: Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia».


982: No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero» (Catecismo Romano). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.


CONCLUSION


«El que esté sin pecado que tire la primera piedra»


Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo C – 7 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 8, 1-11


El Domingo pasado hemos conocido el corazón del Padre misericordioso. Este Domingo la Iglesia nos invita a meditar sobre el perdón y el amor reconciliador que Dios regala al pecador para que se convierta en una criatura nueva; para que recupere su dignidad perdida por el pecado. Esto lo vemos en el hermoso pasaje de la mujer adúltera (San Juan 8, 1-11) o del pueblo israelita, sumido en el desierto de Babilonia (Isaías 43,16-21).


Este horizonte plenificador que el Señor nos ofrece nos debe de impulsar a trabajar día a día, colaborando con la gracia de Dios, en favor de nuestra santificación personal. Nada se compara con la felicidad que el Señor nos ofrece o como leemos en la carta a los Filipenses; «todo es basura para ganar a Cristo» (Filipenses 3, 8-14).


La hipocresía de los fariseos

A medida que Jesús cumplía con la misión encomendada por su Padre, el pueblo sencillo comenzaba a darle crédito y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más señales que las que ha hecho éste?» (Jn 7,31). Los fariseos, en cambio, cuando se enteraron de que la gente hacía esos comentarios acerca de Él, «enviaron guardias para detenerlo» (Jn 7, 32). Los guardias partieron con el propósito de traerlo detenido; pero debieron volver sin él y, a la pregunta de los sumos sacerdotes y fariseos sobre los motivos de su fracaso, no pudieron dar más explicación que ésta: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).


En el Evangelio de este Domingo vemos cómo los fariseos comprobarán «cómo habla este hombre» y así alejarse de Él derrotados. El hecho ocurrió al día siguiente en el Templo cuando predicaba nuevamente a todo el pueblo. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio de todos y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». El título de «Maestro» que dan a Jesús pone en evidencia su hipocresía. Poco antes, los fariseos reprochan a los guardias no haber detenido a Jesús, diciéndoles: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esta gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-4). ¡Ellos no están dispuestos a dejarse embaucar! Ellos no consultan a Jesús porque aprecien su opinión, como se hace con un maestro, sino para tenderle una trampa.


La trampa: el dilema planteado…


¿En qué consiste la trampa que han tendido al «Maestro Bueno»? El hecho en sí mismo no se discute para nada: la mujer había cometido adulterio. Que la Ley de Moisés ordenaba apedrear a la adúltera, era cosa sabida; en efecto, la Ley dice: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). En el Pentateuco se prescribía la muerte de ambos sin especificar la manera que sería la de la lapidación en caso que la mujer sea virgen (ver Dt 22,23s) pero prometida con un hombre. Sin embargo ¿dónde estaba su cómplice en todo el pasaje? ¿El hombre implicado desapareció? ¿No es un poco raro y discriminatorio que solamente llevan a la mujer ante Jesús? Se presentan ante Jesús con un dilema . Evidentemente no podía decretar la muerte de la mujer, pues en Él actúa la misericordia del Padre «que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (Ez 18,23). Pero tampoco podía decir: «Dejadla ir», porque entonces lo habrían acusado de estar contra la Ley de Moisés.


Recordemos además que Jesús, estaba lejos de ser laxo en este punto. Al joven rico que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otras cosas, Jesús le responde: «No cometas adulterio» (Mc 10,19).


Ante esta disyuntiva y sorprendiendo a todos, «Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra». Y la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que Jesús escribía? La verdad es que no lo sabemos. Tal vez escribía lo que iba a servir como fundamento para la respuesta que daría. Y así como la respuesta tardaba y los fariseos insistían; Jesús se levanta y dice una de esas frases que al leerla uno se siente inmediatamente cuestionado: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Recordemos que Él había declarado «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento» (Mt 5,17). Por eso, decreta: «¡Que se cumpla la Ley también en este caso; pero que comience a arrojarle piedras el que esté libre de pecado, es decir, el que nunca ha merecido él mismo ser apedreado por faltar a la Ley!». Y dicho esto, casi podemos decir con indiferencia, «inclinándose de nuevo, escribía en la tierra». ¿Quién podría haber dicho tal sentencia? ¿Qué juez dictaría tal sentencia? A ningún juez en la historia se le había ocurrido semejante dictamen. Es que en el fondo para emitir esta sentencia hay que conocer las conciencias de todos los hombres. Conocemos lo que sucede luego: «Ellos, los acusadores, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos». Ante la mirada amorosa de Jesús el hombre siente que se verifica lo que dice el Salmo 139: «Señor, tú me escrutas y me conoces… mi pensamiento calas desde lejos… no está aún en mi lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces toda».


«El que esté libre de pecado». ¿De qué pecado? De cualquier pecado; pues los mismos escribas y fariseos debían reconocer ante Dios que tampoco estaban libres de pecado, de un pecado tan grave como el adulterio , y ¡también flagrante! En efecto, es un gravísimo pecado instrumentalizar a una persona, aunque sea pecadora, con el fin de «tentar a Jesús y tener de qué acusarlo». El que comete adulterio igualmente instrumentaliza a una persona, la explota y la trata como un objeto. Por último, ellos no están libres de pecado, pues su pretendido celo por la ley de Moisés no es porque les interese la castidad, sino para poner una trampa a Jesús. La castidad no les interesa para nada. En cam¬bio, la virtud de la pureza del corazón sí le interesa a Jesús, que afirma: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» Mt 5,8. Esto es lo que Jesús desea para la mujer, que recupere la pureza del corazón para que pueda ver nuevamente a Dios.


Una vida nueva


Al final quedan solos Jesús y la mujer. San Agustín es magistral en el comentario de la escena: «Quedaron solos ellos dos, la miseria y la misericordia». Jesús dice una palabra que restituye completamente a la mujer en su dignidad, perdida por el pecado: «Vete, y en adelante no peques más». Los escribas y fariseos habrían podido destruir a la mujer, pero redimirla no, por más que trataran. A Jesús, en cambio, le bastó mostrar misericordia para hacer de ella una mujer nueva; le bastó decirle una palabra para encender en ella el amor a la castidad. Aquí se revela plenamente su identidad de Dios y Hombre, pues esto puede hacerlo sólo Dios, como lo dice una hermosa oración litúrgica: «Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia, sobre todo, perdonando y teniendo misericordia, infunde tu gracia sobre nosotros sin cesar…» (Oración Colecta del Domingo XVI del tiempo ordinario).


«Todo lo tengo por basura para ganar a Cristo»


La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en este episodio, más que un juez castigador, es la del Dios Padre, como el de la parábola del hijo pródigo. Un Dios que acepta al hombre en su fragilidad, tal cual es, lo comprende y lo perdona porque lo ama. La única condición es que el hombre reconozca su situación y quiera cambiarla. Así Dios lo restaura a su antigua dignidad de hijo y lo invita a compartir su pan (ver Ap 3,20). Dios nos regenera con su perdón y nos justifica ante Él, como vemos en la Segunda Lectura.


Recordemos que esta carta fue escrita por San Pablo desde su prisión (posiblemente en Roma en los años 61- 63) y, cómo a pesar de su situación presente, la carta está llena de alegría, confianza y esperanza. Esa vida y condición nueva proviene de Dios y se apoyan en la fe; dándonos un conocimiento más profundo de Cristo y de su misterio pascual. El apóstol Pablo lo estima todo como pérdida y basura comparándolo con el conocimiento de Cristo y se siente impulsado a correr hacia la meta. No interesa lo que quedó atrás; ya ha sido perdonado y regenerado por Dios Misericordioso.


Lo nuevo también es el tema de la Primera Lectura. «Mirad que realzo algo nuevo…ofreceré agua en el desierto». Así habla Dios a los israelitas desterrados en Babilonia, anunciándoles la vuelta a la tierra prometida (VI a.C.). La salida de Babilonia y el regreso a la patria serán como un nuevo y mayor Éxodo. Devueltos de la cautividad del pecado a la dignidad de hijos de Dios, la expresión de alabanza brota de los labios agradecidos como leemos en el Salmo Responsorial: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres…Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Salmo 126).


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».


La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».


Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús». Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».


Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con undecreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».


Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos».


Papa Francisco. Homilía en la Casa Santa Marta. Lunes 7 de abril de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Blas Pascal escribió: «Hay dos clases de hombres: los unos, pecadores que se creen justos; y los otros, justos que se creen pecadores». Dios es quien conoce a cada uno y quiere que nos convirtamos. ¿Me he acercado a Dios en esta Cuaresma? ¿De qué manera concreta lo he hecho?

2. La Cuaresma es un momento adecuado para meditar sobre nuestra propia necesidad de conversión personal.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1420 -1498


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee marzo Ee 2019 a las 14:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO IV DE CUARESMA


31 de marzo al 6 de Abril del 2019


“Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”




Jos 5, 9-12: “Hoy les he quitado de encima el oprobio que sufrieron en Egipto”


En aquellos días, el Señor dijo a Josué:

— «Hoy les he quitado de encima el oprobio que sufrieron en Egipto».

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la llanura de Jericó.

Al día siguiente de la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: pan sin levadura y trigo tostado.

Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, dejó de caer el maná. Los israelitas ya no tuvieron más el maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.


Sal 33, 2-7: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contémplenlo, y quedarán radiantes su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias.


2 Cor 5, 17-21: “Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo”


Hermanos:

El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación.

Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación.

Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros.

En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.

Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a Él, recibamos la salvación de Dios.


Lc 15, 1-3. 11-32: “Padre, he Pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

— «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

— «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes.

Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y comenzó a pasar necesidad.

Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer.

Entonces recapacitó y se dijo:

“¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”.

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado”.

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar, para él, el ternero más gordo”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado”».


NOTA IMPRTANTE


Este Domingo escuchamos la parábola del hijo pródigo, aunque quizá podría llamarse más propiamente la parábola del Padre misericordioso dado que su finalidad es revelar las entrañas misericordiosas de Dios.


Las primeras líneas del Evangelio nos ponen en contexto: «solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos”» (Lc 15, 1).


De los fariseos podemos decir que formaban un cuerpo, que procuraban observar la pureza legal y mantenerse separados de los “impuros”, como eran los publicanos y pecadores que se acercaban a Jesús. Un fariseo, término que significa justamente “separado”, consideraba como “malditos” a los que no conocían la Ley y por tanto no la ponían en práctica (ver Jn 7, 49). Comenta G. Ricciotti en su erudita obra “Vida de Jesucristo” que «todos cuantos judíos no pertenecían a la “coalición” farisaica eran llamados por los fariseos “el pueblo de la tierra” (am ha’ares). El término era despectivo, pero aún más despectivo era el comportamiento que observaban los fariseos hacia esos connacionales suyos». Prosigue diciendo que «un verdadero fariseo no debía tener contacto con el “pueblo de la tierra”, sino mostrarse fariseo, esto es, “separado” respecto a aquella gente. Por eso sentenciaba un rabino: participar en una asamblea del pueblo de la tierra produce la muerte». El fariseo tenía prohibido, entre otras cosas, dar hospitalidad o recibirla de alguno que perteneciese al “pueblo de la tierra”. Se entiende entonces el criterio que provocaba la murmuración contra Jesús: según los principios fariseos, ningún “rabbí” o maestro que conocía y practicaba la Ley, podía acoger a los publicanos y pecadores, y menos aún participar con ellos en sus banquetes.


Los evangelios engloban frecuentemente a escribas y fariseos en una sola definición, aún cuando no todos los escribas eran fariseos. Los escribas eran por antonomasia los hombres estudiosos y conocedores de la Ley, expertos en ella, independientemente de sus principios saduceos o fariseos. Pero dado que en la época de Jesús la gran mayoría de escribas eran hombres de principios fariseos, es común que en los evangelios escribas y fariseos aparezcan como formando una unidad.


Consciente de las críticas y murmuraciones de los fariseos y escribas, el Señor Jesús propone tres parábolas o comparaciones a sus oyentes: la historia de la oveja perdida (ver Lc 15, 4-7), la historia de la moneda perdida (ver Lc 15, 8-10) y la historia del “hijo pródigo” y del padremisericordioso. Todas expresan la alegría enorme que Dios experimenta cuando un pecador se convierte y “es hallado” nuevamente.


En la parábola del hijo pródigo el hijo mayor representa a los fariseos y escribas, mientras que el hijo rebelde representa a los publicanos y pecadores. El padre es Dios.


El hijo menor exige la parte de la herencia que le corresponde para marcharse luego a un país lejano. Quiere independizarse, ser “libre”, vivir su vida a su manera, sin que nadie le diga cómo tiene que vivirla. Al reclamar su independencia reniega de su condición de hijo. El padre respeta su opción y obedece a sus demandas, dándole aún en vida la parte de la herencia que le corresponde y dejándolo partir.


Este hijo, en tierra extraña, derrocha toda su fortuna viviendo como un libertino. Le va “bien” mientras le duran sus bienes, pero cuando se le acaba la herencia, todos lo abandonan y lo dejan solo. A la experiencia de abandono y soledad se añade la del hambre, que le lleva no sólo a asumir un trabajo que para los judíos era el más degradante de todos, sino incluso a querer alimentarse de la misma comida que le daba a los cerdos. No podía caer en una situación más baja ni deshumanizante.


Tengamos en cuenta que el cerdo en la época de Jesús era —y aún lo es hoy en día para lo judíos ortodoxos— el animal “impuro” por antonomasia. Por ello enseñaban los fariseos y escribas que no había que tocarlos y menos aún comer su carne. Y era considerado tan impuro que para ellos un porquero valía menos que un puerco. No hay duda que el Señor escoge esta comparación a propósito por lo especialmente chocante que resultaría a los fariseos y escribas que lo escuchaban. Para un judío no había trabajo más denigrante que ése, y no había miseria peor que la de querer incluso alimentarse de la comida misma de los puercos. Es como si el Señor dijera: miren a qué punto se deshumaniza todo aquel que arrebatado por un ilusorio ideal de libertad reniega de su condición de hijo de Dios, reniega de su identidad más profunda de ser criatura de Dios, reniega de sí mismo.


Hasta este punto la historia que propone el Señor Jesús expone figurativamente las terribles y tremendas consecuencias que trae al propio ser humano el pecado, el rechazo de Dios y de sus amorosos designios. Es lo que el Papa Juan Pablo II describía sintéticamente de este modo: «En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que, al menos implícitamente, rechaza a Aquél de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior.» (Reconciliatio et paenitentia, 15)


El camino de retorno se inicia con un acto de humildad, de reconocimiento de su situación miserable así como de toma de conciencia de su propia identidad de hijo. “Entrando en sí mismo”, recapacitando y volviendo en sí luego de estar tanto tiempo alienado, enajenado, alejadode su propia identidad, decide buscar a su padre para pedirle perdón y ser admitido como un jornalero más. Sabía que nada más merecía.


La reacción del padre al ver venir al hijo es muy diversa a la de la justicia humana. Queda evidente que Dios no trata al pecador como merecen sus culpas y rebeldías. El padre nunca ha dejado de amar al hijo. Por eso al verlo a lo lejos sale corriendo a su encuentro, lo abraza, lo besa, manda que lo revistan nuevamente con trajes que van de acuerdo a su dignidad de hijo y lo admite nuevamente a la comunión mandando hacer fiesta, matando al ternero cebado para celebrar un banquete.


El Señor Jesús proclama que en Él la misericordia del Padre sale al encuentro de la miseria humana, proclamándose así el triunfo del Amor sobre el pecado y la muerte. Dios, que es Padre «rico en misericordia» (ver Ef 2, 4), no quiere la muerte del pecador, sino que abandone su mala conducta y que viva (ver Ez 33, 11) una vida digna de su condición de hijo de Dios. Ésta es la razón de por qué el Señor Jesús no rechaza a publicanos y pecadores, ésta es la verdad de Dios que aquellos fariseos y escribas se resisten a ver y aceptar: para Dios también esos hombres “impuros” son sus hijos y lo que más anhela es recobrarlos, ganarlos para la vida, no castigarlos ni rebajarlos, como reclama el hijo mayor.


En Cristo, Dios Padre ha salido a buscar a unos y otros: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Muchas personas tienen una imagen deformada de Dios. Acaso nosotros mismos no terminamos de comprender que Dios no es un dios vengador, justiciero, castigador, o un dios que “me rechaza porque soy indigno o indigna, porque lo he negado y traicionado tantas veces con mis pecados”. No pocas veces nos encontramos con comentarios de personas que piensan que “lo que estoy sufriendo es un castigo divino por el mal que he hecho”. ¡Cuántas personas, avergonzadas por graves pecados, creen que Dios ya no puede o no quiere perdonarlas, creen que no merecen el perdón divino y terminan diciéndole al Señor en su corazón: «¡apártate de mí que soy un pecador!» Lc 5, 8. Pensando así, terminan por hundirse en la más absoluta soledad, tristeza e incluso degradación: porque creen que ya no hay salida para ellos, sin esperanza alguna de hallar misericordia, no hacen sino hundirse más y más en su miseria, buscando saciar cada día su hambre de Dios con algarrobas para cerdos, es decir, con más pecado.


Incluso los fariseos y escribas a los que se refiere el Evangelio, los especialistas de la Escritura, tenían una visión equivocada de Dios, una “teología errada”: estaban convencidos de que Dios rechazaba a los pecadores. Según esta concepción, sólo los justos, los puros, los que hacían méritos cumpliendo estrictamente la Ley y todas las normativas impuestas por los fariseos, podían ser admitidos por Dios como miembros de su pueblo. De allí que con desprecio murmuraban de Jesús diciendo: «este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1), pues —así pensaban ellos— si era Él el enviado de Dios, ¿cómo podía juntarse con los pecadores? Así, pues, a los fariseos y escribas no les cabía en mente que Dios pudiese ser un Dios demisericordia, que no quería la muerte del pecador sino en cambio «que el malvado se convierta de su conducta y viva» (Ez 33, 11).


El Señor Jesús, dirigiendo su parábola tanto a fariseos como a pecadores, busca corregir toda imagen distorsionada de Dios para revelar su verdadero rostro: Él es Padre de verdad, un Padre lleno de misericordia y ternura, que se preocupa por la vida y el destino de cada uno de sus hijos, pero respeta inmensamente su libertad cuando opta por el mal, por apartarse de su casa. Dios es un Padre clemente que está siempre dispuesto al perdón, que sale corriendo al encuentro del hijo cuando vuelve arrepentido, un Padre que acoge y abraza con emoción y ternura al hijo que retorna, que perdona al más pecador de los pecadores, porque su amor es más grande que el más grande de sus pecados y que todos sus pecados juntos, porque su misericordia sobrepasa y cubre la miseria del hijo. Dios no rechaza a nadie, sino que al contrario, busca con más vehemencia la vida del hijo que por sus pecados se halla muerto.


¡Sí, Dios me ama tanto que ha hecho todo lo posible, incluso entregarme a su propio Hijo, y entregarlo en la Cruz cargado con mis pecados, para reconciliarme con Él, para darme la Vida: una vida nueva, la vida eterna (ver 2 Cor 5, 17-19)! A mí me toca comprender el amor que Dios me tiene, abrirme a ese amor día a día, acogerlo en mi vida, vivirlo de acuerdo a mi condición y dignidad de hijo o hija de Dios y, finalmente, reflejarlo a los demás con mis palabras y actitudes. Quien verdaderamente se ha encontrado con el amor y la misericordia del Padre, se convierte él mismo o ella misma en un icono vivo del amor misericordioso del Padre, en un apóstol de la reconciliación.


Quien se ha encontrado verdaderamente con Dios, Padre rico en misericordia, y quien ha experimentado su misericordia en su propia vida, no puede actuar como el hermano mayor de la parábola, como aquellos fariseos que cierran su corazón a la compasión, que sin dar lugar a la misericordia quieren el castigo sin miramientos para aquellos a quienes ellos juzgan como pecadores dignos de desprecio. ¿Cuántas veces nos falta esa misericordia y compasión con el pecador, sin recordar que tampoco nosotros estamos libres de pecados?


¿O cuántas veces nos falta la misericordia con nosotros mismos y nos juzgamos tan indignos de Dios que nos castigamos a nosotros mismos y nos apartamos de Él? Que si pecaste, y que si volviste a pecar luego de ser perdonado… ¡Ciertamente hay que evitar el pecado a como dé lugar! Pero si en medio de la lucha vuelves a caer, lo que el Padre quiere es que con mucha humildad vuelvas a Él a pedirle perdón, una y mil veces si es necesario, y que jamás cedas al desaliento o la desesperanza. Él quiere que comprendas que su amor es más grande que tus pecados, quiere que experimentes su ternura, su inmensa misericordia, porque solamente ese encuentro con el amor del Padre, la experiencia de ese abrazo de perdón, es capaz de transformar tu vida. ¿No decía el Señor que mucho amor muestra aquel o aquella a quien mucho se le perdona? Sí, sólo la experiencia del Amor de Dios transforma verdaderamente nuestras vidas. Y ésa es la pedagogía de Dios con nosotros: mostrarnos incansablemente el inmenso amor que nos tiene, un amor verdadero, real, que brota de sus entrañas de misericordia, de su corazón de Padre, para que tarde o temprano nos dejemos inundar y transformar por ese amor, viviéndolo para siempre con Él.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«San Lucas expone sucesivamente tres parábolas: la de la oveja que se había perdido y se encontró; la de la dracma que también se había perdido y se halló y la del hijo que había muerto y resucitó, para que estimulados por estos tres remedios curemos las heridas de nuestra alma. Jesucristo, como pastor, te lleva sobre su cuerpo. Te busca la Iglesia, como la mujer. Te recibe Dios, que es tu padre. La primera es la misericordia, la segunda los sufragios y la tercera la reconciliación». San Ambrosio


«Después que sufrió en una tierra extraña el castigo digno de sus faltas, obligado por la necesidad de sus males, esto es, del hambre y la indigencia, conoce que se ha perjudicado a sí mismo, puesto que por su voluntad dejó a su padre por los extranjeros; su casa por el destierro; las riquezas por la miseria; la abundancia por el hambre, lo que expresa diciendo: “Pero yo aquí me muero de hambre”. Como si dijese: yo, que no soy un extraño, sino hijo de un buen padre y hermano de un hijo obediente; yo, libre y generoso, me veo ahora más miserable que los mercenarios, habiendo caído de la más elevada altura de la primera nobleza, a lo más bajo de la humillación». San Juan Crisóstomo«No volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras de arrepentimiento que sigue: “Me levantaré”». San Gregorio Niceno


«Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados; por eso, sólo a Él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil... así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre... La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido». Beato Isaac de Stella


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Tiempo de conversión


1434: La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad «que cubre multitud de pecados» 1 Pe 4, 8.


1435: La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho, por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia.


1436: Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; «es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales».


1437: La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados.


1438: Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras).


1439: El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.


El sacramento de la reconciliación


1442: Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 1). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Cor 5, 20).


1446: Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayanperdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia».


982: No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero» (Catecismo Romano). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.


Conclusion


«Padre he pecado contra el cielo y contra ti»


Domingo de la Semana 4ª de Cuaresma. Ciclo C – 31 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15, 1-3.11-32


«Dejaos reconciliar con Dios», he aquí una clave de lectura de las lecturas de este cuarto Domingo de Cuaresma. En la Primera Lectura (Josué 5, 9a.10-12) Dios ofrece su reconciliación a su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica (San Lucas 15, 1-3.11-32) el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la Segunda Lectura (Segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 17-21), San Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.


«Hoy nos ha quitado la deshonra de Egipto»


Josué es el sucesor de Moisés como caudillo de los israelitas. Su nombre era Hoseas hasta que Moisés le cambió de nombre a Josué que significa «Dios es salvación» (ver Nm 13,16). Josué fue elegido para comandar el ejercito mientras el pueblo atravesaba el desierto. El «libro de Josué» nos refiere a la invasión de Canaán y la distribución de la tierra entre las doce tribus.


El oprobio (vergüenza, deshonra) de Egipto termina al entrar el pueblo elegido en la tierra prometida y al renovar la circuncisión (Jos 5,2-3). La circuncisión era el signo externo de la alianza de Abraham con Dios (ver Eclo 44,20). La palabra «Guilgal» significa «círculo de piedra» y se ha convertido en el nombre propio de varias localidades. El Guilgal de Josué se encuentra entre el Jordán y Jericó pero su lugar exacto es desconocido. El maná será la comida del desierto, alimento maravilloso que Dios ha dado a su pueblo hasta entregarle la tierra prometida (ver Ex 16).


¿A quiénes dirige esta parábola?


Para entender la intención de la parábola del padre misericordioso y descubrir quiénes son sus destinatarios, es necesario tener en cuenta la ocasión en que Jesús la dijo. En este caso la situación concreta de los oyentes está indicada en los primeros versículos del capítulo 15 deLucas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’. Entonces les dijo esta parábola…». El auditorio está compuesto por dos grupos de personas bien caracterizadas: por un lado, los publicanos y pecadores, que se acercan a Jesús y son acogidos por Él, hasta el punto que come con ellos; por otro lado, los fariseos y escribas que censuraban la actuación de Jesús.


Antes que nada hay que decir que, si los pecadores se acercaban a Jesús y querían oírlo, es porque estaban bien dispuestos hacia Él y esto significa que ya habían emprendido el camino de la conversión. En efecto, nadie se acerca a la «fuente de toda santidad» y escucha con ánimo positivo sus «palabras de vida eterna», si a continuación quiere seguir pecando. En ese caso no se habrían acercado a Jesús, pues «todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras» (Jn 3,20). Podemos imaginar entonces que Jesús estaba contento de verse rodeado de todas esas personas que estaban dispuestas a cambiar de vida. Los fariseos, en cambio, «que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9), no creen que sea posible la conversión de los pecadores y reprochan a Jesús que, acogiéndolos y comiendo con ellos, está aprobando su pecado.


El hijo más joven se va de la casa…


El hijo menor despreciando abiertamente el amor del padre toma la parte de la herencia que le pertenece y se va a un país lejano donde derrocha toda su fortuna viviendo como un libertino. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos explica cómo «el hombre – todo hombre – es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre» .


La parábola se detiene a describir con detalles la miseria en que cayó el hijo lejos de su padre. Dos rasgos interesantes «país (o región) lejano» a un judío le podía sonar como región pagana. De hecho así se deduce por la finca donde se criaban puercos, prohibido entre los judíos. Los cerdos eran considerados impuros y comer su carne era censurado como odiosa abominación idolátrica (ver Lv11,7. Dt 14,8. Is 65,4). La carne del cerdo simbolizaba suciedad y corrupción oponiéndola a lo santo y puro (ver Prv 11,22. Mt 7,6).


Para este hijo pródigo era imposible no comparar la miseria que sufría, aun siendo hijo, con la felicidad de que gozaba el último de los jornaleros en la casa de su padre. Comienza así su proceso de conversión: «entrando en sí mismo…» Era plenamente consciente de haber faltado al amor del padre y tenía listo el discurso que le diría para implorar su misericordia. Con tal de estar de nuevo en la casa del padre, le bastaba con ser tratado como uno de sus jornaleros. Es cierto que quiere volver al padre; pero algo no nos agrada. Es que este hijo está movido por el interés y no por el amor. Lo que lo hace volver es el recuerdo de la vida regalada que tenía junto a su padre -«pan en abundancia»-, y no el dolor de haberlo ofendido. Si, en lugar de haberle ido mal, hubiera tenido éxito, no habría vuelto a su padre. Está movido por una motivación imperfecta. Y, sin embargo, hay que ver cómo lo recibe el padre; a él ¿qué le importa la motivación? El padre está movido por puro amor hacia el hijo y no hay en él nada de amorpropio ofendido; está movido por pura misericordia: «Estando el hijo toda¬vía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió hacia él, se echó a su cuello y lo besó efusivamente». Y ordena: «Celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta».


El hijo mayor


La parábola ya habría estado completa hasta aquí sin embargo se prolonga en un segundo acto a causa de la dificultad del hombre para comprender la misericordia divina. Entra ahora en escena el hijo mayor. No comprende al padre y no acepta que goce por la vuelta de su hermano. Cuando oyó el sonido de la música y las danzas «el hijo mayor se irritó y no quería entrar». Reprocha la actitud del padre sin embargo él se muestra grande también con este hijo. Esperaba de él plena adhesión en su alegría, y se encuentra con la murmuración. Pero no repara en sus propios sentimientos, sino en el malestar del hijo. Por eso, olvidado de sí mismo, «sale a suplicarle». Le dice: «Hijo, tú estás siempre conmigo». Tiene la esperanza de que esto le baste. Si el hijo hubiera estado movido por el amor, la compañía del padre le habría bastado. Se habría alegrado con lo que se alegra el padre y se habría adherido plenamente también a la decisión de celebrar la vuelta del hermano. Pero no estaba movido por el amor. La parábola termina aquí. No nos dice cuál fue la reacción del hermano mayor: ¿Entró a la fiesta, o se obstinó en su rechazo?


Dios es Amor


Que Dios es omnipotente y puede hacerlo todo, esto todos lo comprenden; que Dios es infinitamente sabio y todo lo sabe, también lo aceptan todos; pero que «Dios es Amor» y que es misericordioso, esto difícilmente lo comprende el hombre. Y, sin embargo, es en esto que debemos imitarlo y no en aquello. En efecto, Jesús nos dice: «Sed vosotros misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre» (Lc 6,36). Este es el núcleo de la revelación bíblica: Dios es Amor.


San Pablo nos dice en la carta a los Corintios, que todo hombre muerto y resucitado con Cristo adquiere ontológica y espiritualmente un nuevo ser, es una «nueva criatura» en Cristo, en cuanto que el hombre viejo desaparece. Una renovación o transformación no puede ser el resultado del esfuerzo humano. Dios, mediante el don de la reconciliación, abre de par en par la puerta para que el hombre pueda reconciliarse con Dios Padre, consigo mismo y con sus hermanos. Dios confía a sus apóstoles el deber de continuar la obra de Jesucristo: ser artesanos de la reconciliación.


Una palabra del Santo Padre:


«Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).


Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, las sandalias. Jesús nodescribe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.


La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.


Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad.


Esta palabra de Jesús nos anima a no desesperar nunca. Pienso en las madres y a los padres aprensivos cuando ven a los hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien está en la cárcel, y les parece que su vida ha terminado; en los que han tomado decisiones equivocadas y no consiguen mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen que no lo merecen… En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, de un Padre que me ama y espera mi regreso. También en la situación más fea en mi vida Dios me espera, quiere abrazarme.


En la parábola hay otro hijo, el mayor; también él necesita descubrir la misericordia del padre. Él siempre se ha quedado en casa, ¡pero es muy distinto al padre! A sus palabras les falta ternura: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes… Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto…” (vv. 29-30). Habla con desprecio. No dice nunca “padre”, “hermano”. Presume de haberse quedado siempre junto al padre y haberle servido; y aún así no ha vivido nunca con alegría esta cercanía. Y ahora acusa al padre de no haberle dado nunca un ternero para hacer fiesta. ¡Pobre padre! ¡Un hijo se había ido, y el otro no ha estado nunca cercano realmente! El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios y de Jesús, cuando nos alejamos o cuando pensamos estar cerca y sin embargo no lo estamos.


El hijo mayor, también él tiene necesidad de misericordia. Los justos, esos que se creen justos, tienen también necesidad de misericordia. Este hijo nos representa cuando nos preguntamos si vale la pena trabajar tanto si luego no recibimos nada a cambio. Jesús nos recuerda que en la casa del Padre no se permanece para recibir una recompensa, sino porque se tiene la dignidad de hijos corresponsables. No se trata de canjear con Dios, sino de seguir a Jesús que se ha donado a sí mismo en la cruz y esto sin medidas».


Papa Francisco. Audiencia del miércoles 11 de mayo de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Todos somos pecadores y tenemos algo de ambos hijos. ¿Actualmente, con qué hijo me identifico más? ¿Por qué?

2. Acerquémonos confiadamente, en estos días de Cuaresma, al sacramento del «amor misericordioso del Padre»: el sacramento de la reconciliación.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1425 -1426. 1440 -1470

Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee marzo Ee 2019 a las 15:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


24-30 de marzo del 2019


“Abonaré la higuera, a ver si comienza a dar fruto.”




Ex 3, 1-8. 13-15: “He bajado para librarle de la mano de los egipcios”

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño más allá del desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego que ardía en medio de una zarza.

Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó:

— «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, y ver por qué no se consume la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

— «Moisés, Moisés».

Respondió él:

— «Aquí estoy».

Dijo Dios:

— «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el lugar que estás pisando es tierra santa».

Y añadió:

— «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

El Señor le dijo:

— «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel».

Moisés replicó a Dios:

— «Mira, yo iré a los israelitas y les diré: “El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes”. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?»

Dios dijo a Moisés:

— «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía a ustedes».

Dios añadió:

— «Esto dirás a los israelitas: “El Señor Dios, Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi nombre para siempre: así me llamarán de generación en generación”».


Sal 102, 1-8 y 11: “El Señor es compasivo y misericordioso”


Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos; enseñó su camino a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles.


1 Cor 10, 1-6. 10-12: “El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”


Hermanos:

No quiero que ignoren que nuestros antepasados estuvieron todos guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y, para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar fue un bautismo que los unió a Moisés; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y esa roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos.

No protesten, como protestaron algunos de ellos y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedió como un ejemplo para nosotros y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga.


Lc 13, 1-9: “Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”


En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les comentó:

— «¿Piensan ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y, si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

— «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?”

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no da, la cortas”».


NOTA IMPORTANTE


Historiadores de la época dan cuenta de que Poncio Pilato, siendo procurador romano de Judea, en no pocas ocasiones se mostró prepotente y violento con los judíos. El evangelista menciona que fue él quien ordenó matar a algunos galileos mientras ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén.


La noticia de la brutal masacre en el Templo llega al Señor Jesús en el preciso momento en el que exhortaba a sus oyentes a saber discernir los signos de los tiempos para comprender que ante la inminente llegada del Reino de los Cielos urgía el cambio, la conversión del corazón. Con este fin había puesto el Señor una comparación: «Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura arreglarte con él por el camino. De lo contrario, te arrastrará al juez, el juez te entregará al alguacil y el alguacil te meterá en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo» (Lc 12, 58-59). Del mismo modo, en el camino de la vida, cuyo fin puede llegar inesperadamente, urge “arreglarse” con Dios y estar bien con Él en todo momento. El tiempo propicio para la conversión por tanto es ahora, hoy, y no “mañana”, porque mañana diremos nuevamente “mañana... mañana”, hasta que llegue el día en que ya no habrá otro “mañana” y entonces no habrá más oportunidades para arreglarse con Dios.


Decíamos que es en medio de aquel diálogo con sus discípulos que algunos traen la dramática noticia de la masacre de los galileos en el Templo. El Señor sale inmediatamente al paso de lo primero que se les puede venir a la mente: la muerte violenta de aquellos hombres se trataría de un “castigo divino”, debido a la maldad de sus pecados. El Señor afirma categóricamente que aquellos galileos no eran «más pecadores que los demás galileos» por haber padecido esa muerte terrible, y advierte a sus oyentes: «si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».


La misma advertencia la hace por segunda vez a propósito del accidente en el que dieciocho hombres murieron aplastados al desplomarse la torre de Siloé: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera». Así pues, a decir del Señor, si de justicia pura se tratase, incluso aquellos que se creían buenos merecerían igual muerte, dado que todos eran igualmente pecadores. Por tanto, la muerte violenta sufrida por aquellos hombres no era un castigo divino.


La grave y repetida advertencia del Señor: «si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera», es una seria invitación al cambio. Quien se obstina en el mal camino y no se convierte al Señor de corazón camina hacia la propia y definitiva destrucción, a la muerte eterna. Es de esta “segunda muerte” (ver Ap 20, 6.13-15; 21) de la que advierte el Señor.


Y aunque su amonestación es severa, no puede inferirse de esa severidad o amenaza con un fin semejante que Dios sea el dios de la venganza que muchos imaginan, un dios castigador que se complace en la muerte y el castigo del pecador. Dios no se complace «en la muerte del malvado, sino en que el malvadose convierta de su conducta y viva» (Ez 33, 11). Y tanto no quiere el castigo del pecador sino rescatarlo de la muerte que Él mismo, por esa misma misericordia que mostró al librar de la mano de los egipcios a su pueblo elegido, ha “bajado” a reconciliar y liberar a la humanidad entera del pecado y de la muerte.


Que Dios es «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 6) lo expresaba el Señor Jesús mediante la parábola de la higuera estéril a la que el dueño de la viña le concede un tiempo, una oportunidad para dar fruto. Como dirá el Apóstol Pedro: el Señor «usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3, 9). Dios espera paciente e invita a su criatura humana, por medio de su Hijo, a aprovechar el tiempo presente, que es un tiempo de gracia, para dar frutos de conversión. Esta conversión, para que sea auténtica, ha de florecer en abundantes frutos de caridad para con el prójimo. La omisión, el no dar frutos buenos, la esterilidad de las buenas obras, lleva a que el árbol se condene a sí mismo a ser arrancado del suelo que lo sostiene en la Vida.


Finalmente, a aquellos que ya están salvados y reconciliados por Cristo, aquellos que ya han entrado en este proceso de conversión bebiendo del agua viva que el Señor ofrece, el Apóstol Pablo (ver la segunda lectura) los exhorta a estar atentos para que no caigan, para no codiciar nuevamente lo malo, para no volver atrás, para no apartarse jamás del Señor de la Vida.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En este tiempo de Cuaresma no podemos perder de vista que además de esforzarnos por abandonar nuestros vicios y rechazar el pecado, la conversión que el Señor quiere de nosotros consiste asimismo en dar fruto: «La gloria de mi Padre —dice el Señor— está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» Jn 15, 8. Esos frutos son las obras buenas.


Así como los frutos de una higuera son concretos, visibles, así también deben ser los frutos en nuestra vida cristiana: deben ser concretos, visibles a los demás. No se trata ciertamente de buscar ser reconocidos, apreciados, aplaudidos, enaltecidos por los frutos de las buenas obras, sino que se trata de que muchos al ver tus buenas obras «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). No se trata de alimentar tu vanidad buscando que por tus obras seas alabado, sino de señalar siempre humildemente el origen de todo lo bueno que tú puedes hacer: Dios.


Usando la imagen agrícola del Señor, podemos decir que todo esfuerzo por despojarnos de los vicios (ver Col 3, 9-10) y cortar las conductas pecaminosas que nos impiden dar frutos de santidad se compara a la poda. Al podar un árbol se le despoja de todo aquello que consume inútilmente el vigor que necesita para dar mucho y buen fruto. Podar un árbol es quitarle algo que no sirve para que dé más de lo que verdaderamente sirve (ver Jn 15, 2). En este sentido, la «conversión significa eliminar los obstáculos que se interponen entre Él y nosotros, entre su gracia y nosotros, y permitir que Su vida se instaure en nosotros. Convertirse quiere decir adquirir una mentalidad nueva, por la que vemos como ve Jesús, queremos como quiere Jesús y vivimos como vivió Jesús. Vivir de Él y como Él es el fin del cristiano, hasta el punto de que puede decir con San Pablo: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20)» (S.S. Juan Pablo II).


Dios, que es «rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó» (Ef 2, 4), ha hecho y hace todo lo que está de su parte para que podamos responder a nuestros anhelos de plenitud, de felicidad, de amor, de Infinito: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?» (Is 5, 4). ¡Dios ha hecho hasta lo impensable, lo inaudito! ¡Dios nos ha entregado a su propio Hijo! Por Él nos ha dado a la Iglesia y por ella ha puesto a nuestro alcance los medios necesarios para poder vivir la vida en Cristo: los sacramentos. Ahora implora nuestra respuesta generosa y nos alienta a que acojamos la gracia derramada en nuestros corazones (ver Rom 5, 5), que no la tornemos estéril sino que con nuestra decidida cooperación produzcamos en la vida cotidiana frutos de conversión (ver 1 Cor 15, 10; 2 Cor 6, 1-3).


¿Y qué frutos concretos espera el Señor de mí? Frutos de servicio y atención a los miembros de mi propia familia; frutos de perdón y reconciliación con quienes me han o he ofendido; frutos de solidaridad y caridad con los necesitados; frutos de generosidad con quien me pide cualquier tipo de ayuda; frutos de estudio y conocimiento de la propia fe para poder dar razón de ella a muchos; frutos de un apostolado irradiante; etc.


Demos, pues, los frutos que el Señor espera de nosotros, fuertemente adheridos al Señor, nutriéndonos de la savia viva de su amor y de su gracia, con la conciencia de que sin Él no podemos dar fruto (ver Jn 15, 4-5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Pero debe oírse con gran temor lo que dice: “Córtala, pues, ¿para qué ha de ocupar aún la tierra?”. En efecto, teniendo cada uno a su modo un lugar en la vidapresente, si no da frutos de buenas obras, ocupa la tierra como árbol infructuoso. Porque en el sitio en que él se encuentra impide que trabajen otros». San Gregorio


«Es propio de la divina misericordia no imponer castigos en silencio, sino publicar primero sus amenazas excitando a penitencia, así como hizo con los ninivitas y ahora con el labrador, diciendo “Córtala”, estimulándolo a que la cuide y excitando al alma estéril a que produzca los debidos frutos». San Basilio


«Por tanto, no nos apresuremos a herir, sino dejemos crecer por misericordia; no sea que cortemos la higuera que aún puede dar fruto y que aún puede curar el celo de su inteligente cultivador». San Gregorio


«También el colono que intercede representa a todo santo que dentro de la Iglesia ruega por el que está fuera de ella, diciendo: “Señor, perdónala por este año (esto es, en este tiempo con vuestra gracia), hasta que yo cave alrededor de ella”». San Agustín


«“Y si no, la cortarás después”, esto es, cuando vengas en el día del juicio a juzgar a los vivos y a los muertos. Hasta entonces, por ahora perdona». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a dar fruto, por la acción del Espíritu en nosotros


736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gál 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más «obramos también según el Espíritu» (Gál 5, 25).


1098: La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir.


1695: «Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6, 11), «santificados y llamados a ser santos» (1 Cor 1, 2), loscristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» (Gál 5, 22) por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz» Ef 5, 8, «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo (Ef 5, 9).


1724: Avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.


CONCLUSION


«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»


Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo C – 24 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13,1-9


A partir de este tercer Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra se centra abiertamente en el tema de la conversión de vida como preparación para la renovación de nuestras promesas bautismales. La conversión, antes que sea demasiado tarde, es la respuesta adecuada al amor de Dios (San Lucas 13,1-9). Así habremos aprendido la lección del pueblo de Israel (Primera carta de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12), a quien Dios reveló su nombre y lo liberó de la esclavitud de Egipto por medio de Moisés (Éxodo 3,1-8ª 13- 15).


¡El que se crea estar de pie…cuidado que no se caiga!


El posible error de leer el Evangelio de este Domingo es creernos seguros, condenando fácilmente la conducta del pueblo judío. Pero San Pablo en su carta a los Corintios nos avisa: «¡cuidado no te caigas!» Y desarrolla todo un análisis del Antiguo Testamento iluminado por la luz del Nuevo Testamento. Es decir, la historia del pueblo de Israel sucedió como ejemplo y fue escrita para escarmiento nuestro. Sin embargo, leemos en el siguiente versículo: «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10,13).


Recordemos que la ciudad de Corinto era una ciudad griega abarrotada de gentes de muy distintas nacionalidades y era famosa por su comercio, su cultura, por las numerosas religiones que en ella se practicaban y, lamentablemente famosa, por su bajo nivel moral. La iglesia en Corinto había sido fundada por el mismo Pablo en su segundo viaje misionero (entre los años 50- 52) y ahora recibía malas noticias sobre ella. Al encontrarse con algunos miembros de la iglesia de Corintio que habían venido a verlo para pedirle consejo sobre la comunidad, Pablo escribe esta importante carta.


¿Pensáis que ellos eran más culpables que los demás?


El Evangelio de hoy nos revela el método que tenía Jesús para exponer su enseñanza. A partir de una situación real concreta que está viviendo el pueblo lo instruye en las verdades de la fe. En ese momento todos estaban impactados por dos hechos sangrientos y fuera de lo común. El primero se refiere a la extrema crueldad de Pilato, agravada por la profanación del culto. El incidente debe de haber transcurrido en la Pascua, cuando los laicos podían tomar parte del sacrificio. Pilato los mandó matar cuando ofrecían los sacrificios, así pudo mezclar la sangre humana con la de las víctimas. El hecho de que ahora le den la noticia a Jesús, prueba que no distaba mucho del suceso. El segundo, es un hecho fortuito: en esos días se había desplomado la torre de Siloé y había aplastado a dieciocho personas inocentes. Reducidos a escala, estos hechos se asemejan a los que diariamente golpean al mundo de hoy y de los cuales tenemos noticia a diario. Con su enseñanza Jesús nos ayuda a leer e interpretar esos hechos.


Ante ambos hechos Jesús repite el mismo comentario: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque padecieron estas cosas?… ¿pensáis que esos dieciocho eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?» La mentalidad primitiva, presente también hoy en algunas personas, habría afirmado que ellos habían sufrido esa muerte tan trágica como castigo por su excesiva maldad. «Eso te lo ha mandado Dios, ¡algo habrás hecho!», solemos escuchar ante una enfermedad o una desgracia. Pero Jesús rechaza esa mentalidad y responde Él mismo a su pregunta: «No, os lo aseguro». Las víctimas de los desastres naturales, de los accidentes y de la maldad del hombre mismo no han padecido eso porque sean «más pecadores que los demás». Esta es la primera enseñanza de Jesús. Su pregunta contiene, sin embargo, la afirmación del pecado de todos los hombres; es decir, «las víctimas son tan pecadores como los demás». Así resulta reafirmada la enseñanza de que todos los males son siempre consecuencia del pecado y de la ruptura del hombre, de todos los hombres. Noexiste ningún mal, ni natural, ni accidental, ni intencional, que no sea consecuencia del pecado del hombre.


«Si no os convertís…todos pereceréis del mismo modo»


La atención ahora es trasladada desde las víctimas a los oyentes y, en último término, a cada uno de nosotros. En otras palabras, Jesús nos dice: «Vosotros sois igualmente pecadores, o más pecadores, que esos galileos y que esos dieciocho que murieron aplastados, y si no os convertís -lo repite dos veces-, todos pereceréis del mismo modo». El único modo de escapar a un fin tan trágico es convertirse. Muchas veces pensamos: ¿De qué tengo que convertirme yo? ¿Qué tengo que cambiar…si no soy malo? Y esta pregunta nos lleva a formularnos la siguiente pregunta… ¿en qué consiste la conversión?


Las facultades superiores del ser humano son la inteligencia y la voluntad. Estas son las facultades que lo distinguen como ser racional y libre, es decir, dueño de sus actos. El término «conversión» toca a ambas facultades, pero más directamente a la inteligencia. Lo dice claramente el término griego «metanóia». El prefijo «meta» significa «cambio», y el sustantivo «nous» significa «inteligencia, mente». El concepto se traduce por «cambio de mente, cambio de percepción de las cosas». Y en esto consiste principalmente la conversión. Nosotros, en cambio, cuando nos preguntamos de qué tenemos que convertirnos, examinamos a menudo nuestra voluntad, es decir, las culpas cometidas por debilidad, por falta de una voluntad más firme. ¡Y muchas veces no descubrimos ninguna falta en este rubro! Por eso, aunque hace diez años que uno no se confiesa, se pregunta: ¿de qué me voy a confesar? ¿Yo no he hecho cosas tan malas? No he matado…no he robado…no he sido infiel a mi pareja… Sin embargo, si examináramos nuestros criterios y nuestro modo de ver las cosas y la conducta consecuente a ellos, y la comparamos con los criterios de Cristo, encontraríamos muchas cosas de qué confesarnos.


Cuando alguien cambia de modo de pensar y adopta los criterios de Cristo, entonces ha tenido una verdadera conversión. Entonces entra el segundo aspecto del concepto de «metanoia»: el dolor por la conducta anterior y el arrepentimiento. El apóstol San Pablo ofrece un ejemplo magnífico de auténtica y profunda conversión. Mientras vivía en el judaísmo, en lo que respecta al cumplimiento, es decir, a la voluntad, era irreprochable. El mismo lo dice: «Yo era hebreo e hijo de hebreos… en cuanto al cumplimiento de la ley, intachable» (Fil 3,5-6). En cuanto a la voluntad, no tenía nada que reprocharse. Pero luego agrega: «Todo lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» Fil 3,7-8. Ahora puede asegurar: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1Cor 2,16). La conversión verdadera consiste en buscar tener los mismos criterios de Cristo.


La parábola de la viña estéril


En su primera predicación Jesús había agregado una nota de urgencia: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: Convertíos…». Esta misma urgencia es la que imprime Jesús a su llamado a la conversión con la parábola que constituye la segunda parte del Evangelio de hoy. Accediendo a los ruegos del viñador, el Señor consiente en tener paciencia y esperar aún otro año para que la viña dé su fruto. Queda así fijado un día perentorio: «Si dentro de ese plazo no da fruto, la cortas». Esta parábola está ciertamente dirigida al pueblo de Israel al cual Dios había mandado sin cesar sus profetas sin embargo también en la predicación a los gentiles se les advierte que se ha acabado ya el tiempo de la conversión. Recordamos la predicación de Pablo ante los intelectuales griegos cuando fue invitado a hablar en el Areópago de Atenas: «Dios, pasando por alto los tiempos de la ignorancia, anuncia ahora a los hombres que todos y en todas partes deben convertirse, porque ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia…» (Hech 17,30-31).


Una palabra del Santo Padre:


«En el período de la Cuaresma, la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un período del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Nadie. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia» (1 Jn 1, 8-9). Es lo que sucede también en esta celebración y en toda esta jornada penitencial. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos introduce en dos elementos esenciales de la vida cristiana.


El primero: Revestirnos del hombre nuevo. El hombre nuevo, «creado a imagen de Dios» (Ef 4, 24), nace en el Bautismo, donde se recibe la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos y nos incorpora a Cristo y a su Iglesia. Esta vida nueva permite mirar la realidad con ojos distintos, sin dejarse distraer por las cosas que no cuentan y que no pueden durar mucho, por las cosas que se acaban con el tiempo. Por eso estamos llamados a abandonar los comportamientos del pecado y fijar lamirada en lo esencial. «El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35). He aquí la diferencia entre la vida deformada por el pecado y la vida iluminada de la gracia. Del corazón del hombre renovado según Dios proceden los comportamientos buenos: hablar siempre con verdad y evitar toda mentira; no robar, sino más bien compartir lo que se posee con los demás, especialmente con quien pasa necesidad; no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser dóciles, magnánimos y dispuestos al perdón; no caer en la murmuración que arruina la buena fama de las personas, sino mirar en mayor medida el lado positivo de cada uno. Se trata de revestirnos del hombre nuevo, con estas actitudes nuevas.


El segundo elemento: Permanecer en el amor. El amor de Jesucristo dura para siempre, jamás tendrá fin porque es la vida misma de Dios. Este amor vence el pecado y dona la fuerza de volver a levantarse y recomenzar, porque con el perdón el corazón se renueva y rejuvenece. Todos lo sabemos: nuestro Padre no se cansa jamás de amar y sus ojos no se cansan de mirar el camino que conduce a casa, para ver si regresa el hijo que se marchó y se perdió. Podemos hablar de la esperanza de Dios: nuestro Padre nos espera siempre, no nos deja sólo la puerta abierta, sino que nos espera. Él está implicado en este esperar a los hijos. Y este Padre no se cansa ni siquiera de amar al otro hijo que, incluso permaneciendo siempre en casa con él, no es partícipe, sin embargo, de su misericordia, de su compasión. Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En la medida en que los cristianos viven este amor, se convierten en el mundo en discípulos creíbles de Cristo. El amor no puede soportar el hecho de permanecer encerrado en sí mismo. Por su misma naturaleza es abierto, se difunde y es fecundo, genera siempre nuevo amor».


Papa Francisco. Celebración de la Penitencia y Reconciliación. Viernes 28 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón», nos dice San Agustín. ¿He buscado al Señor en la oración diaria?

2. ¿Cuáles son los criterios que debo de cambiar? ¿Qué criterios tiene Jesús que yo no tengo? Haz una lista.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1427 – 1433.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!



La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee marzo Ee 2019 a las 15:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE CUARESMA


17-23 de marzo del 2019


“La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias”



Gen 15, 5-12. 17-18: “El Señor hizo una alianza con Abram”


En aquellos días, Dios sacó afuera a Abram y le dijo:

— «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes».

Y añadió:

— «Así será tu descendencia».

Abram creyó al Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta. El Señor le dijo:

— «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:

— «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»

Respondió el Señor:

— «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón».

Abram los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó a las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abram los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abram, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los animales descuartizados.

Aquel día el Señor hizo una alianza con Abram en estos términos:

— «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates».


Sal 26, 1.7-9.13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”


El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Busquen mi rostro».

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


Flp 3, 17-4, 1: “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”


Hermanos:

Sean todos ustedes imitadores míos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado.

Porque, como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, lo vergonzoso. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.

Así, pues, hermanos míos muy queridos y añorados, mi alegría y mi corona, perseveren firmemente en el Señor.


Lc 9, 28-36: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos eran de una blancura fulgurante”


En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo revestidos de gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

— «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

— «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo».

Cuando se oyó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


NOTA IMPORTANTE


San Lucas, al introducir el relato del episodio de la transfiguración en su Evangelio, establece un vínculo con otro episodio ocurrido previamente: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar» Lc 9, 28. Esta referencia se ha omitido en la lectura del Evangelio de este Domingo, siendo sustituidas con las palabras “en aquel tiempo”.


¿Cuáles son aquellas “palabras” a las que hace referencia San Lucas, pronunciadas ocho días antes del acontecimiento de la transfiguración del Señor en el monte? Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos sobre su identidad y misión (ver Lc 9, 18-26). En aquella ocasión había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Luego el Señor les preguntó sobre lo que ellos pensaban: «y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro tomó entonces la palabra y dijo: «El Ungido de Dios» (Lc 9, 20), esto quiere decir, el Mesías prometido por Dios a Israel, el descendiente de David, el caudillo que habría de liberar a Israel del poder de sus enemigos (ver Lc 1, 71) e instaurar definitivamente el Reino de Dios en la tierra.


En aquella misma ocasión el Señor revelaba a sus Apóstoles que Él, el Ungido de Dios, el Mesías esperado de Israel, distaba lejos de ser el Mesías político que ellos se imaginaban. Él, en vez de imponerse triunfante sobre sus enemigos, debía «sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y losescribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9, 22). Asimismo les advertía que si querían ser sus discípulos y seguidores, debían estar dispuestos a participar de su destino ignominioso: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quería ser su discípulo debía renunciar a buscar tal gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución.


«Unos ocho días después de estas palabras» el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.


En el momento de su transfiguración aparecieron dos hombres, Elías y Moisés, conversando con Jesús: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro. Él está muy por encima de sus dos importantes acompañantes.


En cuanto al contenido del diálogo San Lucas especifica que «hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9, 31).


El momento que viven los tres apóstoles es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres carpas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en carpas o tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación.


Mas en el momento en que Pedro se hallaba aún hablando «llegó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Benedicto XVI)


De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).


La Transfiguración del Señor en el monte Tabor, más allá de ser una manifestación momentánea de la gloria de su divinidad, quiso ser como un anticipo de su propia Resurrección así como también una pregustación de la gloria de la que participarán aquellos que tomando su propia cruz sigan al Señor (ver Lc 9, 23). El Señor enseñaba a sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es, por tanto, «el sacramento de la segunda regeneración», signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (ver la segunda lectura; también el Catecismo de la Iglesia Católica, 556).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Recordemos las tentaciones a las que el Señor Jesús fue sometido por Satanás en el desierto. En una de ellas el Demonio le prometía la gloria del mundo entero, con una sola condición: «Te daré el poder y la gloria de todo eso... si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). Sin mucho esfuerzo, tan sólo adorándolo, tendrá en un instante: poder, riqueza, fama.


Como al Señor Jesús, también a nosotros el Diablo nos ofrece “la gloria del mundo” con sólo adorarlo: fama, reconocimiento, poder, dominio, riquezas, placer sin límites morales. ¡Cuántos buscan esa gloria cada día! Mas la gloria que ofrece el Príncipe de este mundo es engañosa, no sacia el anhelo de infinito, de felicidad y plenitud del ser humano. La gloria que ofrece a quien se arrodille ante él es vana. Hoy son muchos los que inconsciente o conscientemente, de una o de otra manera, “venden su alma” al Demonio para gozar un tiempo fugaz de “gloria”. Son los que hincan sus rodillas ante los ídolos del poder, del placer, del tener, ofreciéndoles como sacrificio su propia vida. Procediendo de este modo, ciertamente ganan «el mundo entero», pero ellos mismos se pierden y arruinan (ver Lc 9, 25).


El Señor ha venido a salvar al ser humano, a reconciliarlo. No quiere que nadie se pierda. Él conoce los más profundos anhelos del corazón humano y sabe cómo saciar verdaderamente sus anhelos de gloria, de grandeza. A diferencia del padre de la mentira que ofrece una gloria vana, pasajera, el Señor ofrece a todo el que crea en Él la gloria auténtica, la que verdaderamente realiza al ser humano. Un destello de esa gloria es la que muestra cuando en el monte Tabor se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Es ésa la gloria de la que Dios ha querido y quiere hacer partícipe a su criatura humana.


Como vemos por el testimonio de Pedro, la participación de esa gloria llena de gozo el corazón humano: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9, 33). Es como si dijera: “¡Quedémonos aquí! ¡Que esto no pase nunca! ¡Lo que ahora experimentamos nos llena de una felicidad total!”. Estaba totalmente sobrepasado por la intensidad de aquella experiencia.


La de Pedro, Santiago y Juan es una experiencia anticipada de la gloria que Dios ofrece a todo ser humano, para que también nosotros la deseemos intensamente. ¿No quiero yo también esa felicidad para mí? Sin embargo, para alcanzar aquella felicidad plena en la participación de la gloria divina, todavía —y mientras dure nuestra peregrinación en esta vida— hemos de “bajar del monte” como aquellos apóstoles, hemos de volver a lo rutinario de cada día, hemos de volver a la lucha continua contra el mal, hemos de “cargar con nuestra cruz cada día” y “ser crucificados con Cristo”, hasta que por fin, terminada nuestra peregrinación en esta tierra, podamos alcanzar la corona prometida a quienes perseveren en la lucha hasta el fin.


Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 1). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era. De donde se dice, según San Mateo: “Que se transfiguró delante de ellos”, y que “su rostro brilló como el sol” (Mt 17). Porque Dios es en las cosas espirituales, lo que el sol en las cosas sensibles. Así como el sol —que es la fuente de la luz— no puede ser visto fácilmente, mientras que la luz, derramada sobre la tierra, puede contemplarse, así el semblante de Cristo es deslumbrador como el sol, mientras que sus vestidos son blancos como la nieve». San Juan Damasceno


«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido. Igualmente, con dicha aparición manifestó las virtudes de aquellos dos hombres, pues uno y otro se expusieron muchas veces a la muerte por guardar los preceptos divinos. Quería también que sus discípulos los imitasen en el gobierno de los pueblos, para que fuesen humildes como Moisés y celosos como Elías. Los hizo venir también con objeto de hacerles ver la gloria de la Cruz para consolar a Pedro y a otros que temían la Pasión». San Juan Crisóstomo


«Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio. El vestido del Señor representa el coro de sus santos, el cual parecía despreciado mientras el Señor estuvo en la tierra. Pero dirigiéndose Él al monte, brilla con nuevo fulgor. Así ahora somos los hijos de Dios, pero lo que un día seremos, no parece todavía; mas sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él (1 Jn 3,2)». San Beda


«Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13, 43). Cosa que el mismo Apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rom 8,1); y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida enDios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él en gloria (Col 3, 3-4)». San León Magno


«¿Cómo, pues, podría creerse que el que es verdaderamente el Hijo sea hecho o creado cuando Dios el Padre tronó desde arriba: “Éste es mi Hijo”? Como si dijere: No uno de los hijos, sino el que verdadera y naturalmente es Hijo, a semejanza del cual otros son adoptivos. Así manda obedecerlo, cuando añade: “A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas. Por lo que el Evangelista prosigue: “Y al salir esta voz, hallaron solo a Jesús”». San Cirilo


«Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la Cruz de Cristo, gracias a la cual quedó redimido. Que nadie tema tampoco sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida, pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que Él venció, y recibiremos lo que prometió». San León Magno


«El camino que conduce a Dios es una cruz cada día. Nunca nadie ha subido al Cielo confortablemente; sabemos donde lleva este camino confortable. Jamás deja Dios sin preocupación al que se consagra a Él de todo corazón; le da la preocupación por la verdad. Por otra parte con ello se conoce que Dios vela por un tal hombre: le conduce a través de aflicciones... El que quiere estar sin preocupaciones en el mundo, el que tiene este deseo y busca al mismo tiempo andar sobre el camino de la virtud, ha dejado el camino». San Isaac el Siríaco


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz


554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le«hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).


555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).


556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).


«Éste es mi Hijo amado…»


444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».«…escuchadle»


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


CONCLUSION


«Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió»


Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo C – 17 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 28b-36


Jesucristo en el Evangelio (San Lucas 9, 28b-36) revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los discípulos entre Moisés y Elías. Revela igualmente su propia plenitud que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega también a su plenitud el pacto, la promesa extraordinaria, hecha a Abraham Génesis 15, 5-12.17-18. En la carta a los Filipenses , San Pablo (Filipenses 3, 17-4,1) nos enseña que la plenitud de Cristo es comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que «transformará nuestro miserable cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo». La fe de Abraham «Muchas obras buenas había hecho Abraham más no por ellas fue llamado amigo de Dios, sino después que creyó, y que toda su obra fue perfeccionada por la fe», nos dice San Cirilo. Tan grande fue su fe, que Abraham creyó contra toda esperanza que Dios le daría una descendencia numerosa. Por la fe había abandonado su patria, por la fe había soportado las más grandes aflicciones y penalidades; por la fe estaría dispuesto a renunciar a todo y hasta de sacrificar su único hijo. Por eso es llamado, como leemos en el Catecismo, de «padre de todos los creyentes» .


El singular ritual que hemos leído en la Primera Lectura se trata de un rito común entre los pueblos antiguos (ver Jer 34,18s). Al celebrar un pacto, los contrayentes pasaban por entre los animales sacrificados, dando con ello a entender que en caso de quebrantar uno el pacto, merecía la suerte de aquellos animales. Este rito era común también en Roma y en Grecia. «La antorcha de fuego» que recorre elespacio intermedio entre las víctimas es símbolo de la presencia de Dios que cumple y sella el pacto.


Ante todo… ¿qué significa «transfiguración»?


La palabra «transfiguración», que da el nombre a este episodio, es la traducción de la palabra griega «metamorfosis», que significa «transformación». Los relatos que leemos en los Evangelios de San Marcos y San Mateo, no sabiendo cómo expresar lo que ocurrió, dicen literalmente que Jesús «se metamorfoseó ante ellos». Pero San Lucas prefiere evitar la expresión para que no se piense que Jesús se transformó en otro; es lo que podría sugerir la palabra «metamorfosis». Lucas dice simplemente que «el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos se volvieron de un blanco fulgurante». Por ese mismo motivo, cuando traducimos esa expresión de los relatos de Marcos y Mateo, decimos que Jesús «se transfiguró ante ellos». De aquí el nombre Transfiguración.


«Ocho días después de estas palabras…»


Lo primero que nos llama la atención es que la lectura comience con la segunda parte del versículo 28, y se nos despierta la curiosidad por saber qué dice la primera parte. El versículo completo dice: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar». Ahora mayor es nuestra curiosidad por saber qué ocurrió ocho días antes y cuáles fueron las palabras que dijo Jesús en esa ocasión. Por medio de esta cronología tan precisa, el mismo evangelista sugiere vincular la Transfiguración con lo ocurrido antes.


Ocho días antes había tenido lugar el episodio de la profesión de fe de Pedro (ver Lc 9, 18-21). Es interesante ver cómo el relato mencionado es introducido por San Lucas de manera análoga: «Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?». Los apóstoles citan diversas opiniones que flotaban en el ambiente; sin embargo Pedro, en representación de todos dice: «El Cristo de Dios». Dicho en castellano habría que leerlo: «El Ungido de Dios». Lo que Pedro quiere decir es que, según ellos, Jesús es el «Ungido » (Mesías), el hijo de David prometido por Dios a Israel para salvar al pueblo.


«Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»


Sin embargo esa noción era insuficiente ya que «ocho días después…» los apóstoles van a escuchar ¡qué dice Dios mismo sobre Jesús! Esta es la idea centralde la Transfiguración. «Y vino una voz desde la nube que decía: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle’». Con estas palabras -corroboradas por el hecho mismo de la Transfiguración de Jesús- Dios nos revela la identidad de Jesús. La nube nos hace recordar otra gran manifestación de Dios a su pueblo, esa vez en el monte Sinaí cuando les dio el decálogo. Dios dijo a Moisés: «Mira: voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre» (Ex 19,9).


El título «mi Elegido», dado por Dios, informa a los apóstoles que Jesús es el hijo de David, el Salvador que esperaban. En efecto, Dios usa los términos del Salmo 89 que, aunque dichos en tiempos verbales pretéritos, se entendían referidos a un David futuro, a un Ungido (Mesías) por venir (ver Sal 89,4.21). La voz de la nube declara que ese Elegido es Jesús. Por otro lado, la voz ha declarado que éste mismo es su Hijo. Quiere decir que ha sido engendrado por Dios y posee en plenitud su misma naturaleza divina, es decir, que es Dios verdadero. Por tanto, sólo en Jesús todo otro hombre o mujer puede ser «elegido» y sólo en él puede ser adoptado como hijo de Dios. Nosotros estamos llamados a ser hijos de Dios en el Hijo; somos hijos de Dios en la medida en que estemos incorporados a Cristo por el Bautismo y los demás sacramentos, sobre todo, por nuestra participación en la Eucaristía.


La alegría de la oración


El relato se abre diciendo que «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió…». El evangelista quiere subrayar que el hecho ocurrió dentro de la oración de Jesús. Él subió al monte para orar. Y en medio de la oración fue rodeado de una luz fulgurante. Viendo los apóstoles a Jesús orar y revelar ante ellos su gloria exclaman: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para tí, otra para Moisés y otra para Elías». El Evangelio agrega que Pedro «no sabía lo que decía». Pero una cosa él sabía bien: que era bueno estar allí ante esa visión de Cristo. Podemos concluir que, si al revelar Jesús un rayo de su divinidad nos entusiasma de esa manera y nos llena de una alegría tan total, ¡qué será cuando lo veamos cara a cara! (ver 1Cor 13,12; 1Jn 3,2).


«Ciertas palabras…»


No nos hemos olvidado que hemos mencionado que la Transfiguración ocurrió ocho días después de la profesión de Pedro y de «ciertas palabras…» de Jesús. Esas palabras fueron el primer anuncio de su pasión. Inmediatamente después de laprofesión de Pedro, Jesús comenzó a decir: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado… ser matado, y al tercer día resucitar» (Lc 9,22). Estas palabras tienen relación estrecha con la Transfiguración, pues enuncian el tema que trataban Moisés y Elías con Jesús: «Conversaban con él… Moisés y Elías, los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén». Los apóstoles eran reacios a enfrentar el tema de la pasión, pues no concebían que Jesús, reconocido como «la fuerza salvadora» suscitada por Dios, tuviera que sufrir y ser muerto; Moisés y Elías, en cambio, hablaban del desenlace que tendría el camino de Jesús en Jerusalén como de su mayor título de gloria. Ellos comprendían que por medio de su pasión Jesús llevaría hasta el extremo el amor a su Padre y a los hombres, pues por su muerte en la cruz daría la gloria debida a su Padre y obtendría para los hombres la redención del pecado.


Una palabra del Santo Padre:


«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.


Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestroshermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.


En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 6 de agosto de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo estoy viviendo mi vida de oración en esta Cuaresma? ¿Qué medio he colocado para mejorarla?

2. ¿Qué voy hacer para acoger la invitación del Santo Padre a ser «hombres y mujeres transfigurados»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 – 556.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Cristo se dejó tentar, para que de El aprendamos a vencer la tentación

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee marzo Ee 2019 a las 19:15 Comments comentarios (0)

DISCPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE CUARESMA


10-16 de marzo del 2019


“Cristo se dejó tentar, para que de Él aprendamos a vencer la tentación”




Dt 26, 4-10: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido”


Moisés habló al pueblo diciendo:

Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor tu Dios para constituirlo morada de su nombre.

El sacerdote tomará de tu mano la canasta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios.

Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

— «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impu-

sieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado».

Tú depositarás las primicias ante el Señor tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».


Sal 90, 1-2.10-15: “Estás conmigo, Señor, en la tribulación”


Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, baluarte mío, Dios mío, confío en ti».

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré».


Rom 10, 8-13: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”


Hermanos:

La Escritura dice:

«La palabra está cerca de ti: la tienes en tus labios y en tu corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que nosotros anunciamos.

Porque, si tus labios confiesan que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás.

Pues con el corazón se cree para conseguir la justificación, y por la profesión de los labios se obtiene la salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en Él quedará defraudado».

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan.

Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».


Lc 4, 1-13: “Fue tentado por el diablo”


En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

No comió nada durante esos días, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

— «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan».

Jesús le contestó:

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”».

Después, llevándole a un lugar más alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

— «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».

Jesús le contestó:

«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en la parte más alta del templo y le dijo:

— «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».

Jesús le contestó:

— «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.


NOTA IMPORTANTE

Luego de ser bautizado por Juan en las aguas del Jordán, el Señor fue llevado al desierto por el Espíritu Santo. Allí permanecería cuarenta días en soledad, oración y estricto ayuno. De este modo quiso el Señor prepararse para dar inicio a su vida pública, para anunciar el Evangelio a todos los hombres, para fundar Su Iglesia y llevar a cabo la reconciliación de la humanidad mediante su muerte en cruz y resurrección.


Hacia el final de esta cuarentena de días el Señor «sintió hambre». Es sabido que el hambre desaparece al poco tiempo de empezar un ayuno, para retornar con una fuerza feroz aproximadamente a los cuarenta días. Se trata de un fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis. Que el Señor Jesús haya “sentido hambre” luego de cuarenta días quiere decir que sintió volver el hambre de una manera brutal.


Es en esta situación de tremenda necesidad física, así como de fragilidad y debilidad por el largo ayuno, que el Señor es tentado por Satanás. Precisamente el hambre intenso que experimenta el Señor será ocasión para proponer su primera tentación: «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan» (Lc4, 3). Quien hizo que el agua se convirtiese en vino, tenía ciertamente el poder de convertir una piedra en pan. Sin embargo, no está dispuesto a hacer milagro alguno para responder a una provocación del adversario de Dios. No es al demonio a quien el Señor presta oídos aún en una situación tan extrema, sino sólo a su Padre. Es Su voz la que Él escucha y obedece. Son Sus enseñanzas las que Él hace su criterio de acción, es por ello que a ésta y a las siguientes tentaciones el Señor responderá no argumentando, no arguyendo o dialogando con el tentador, sino cortando radicalmente toda posibilidad de diálogo al oponer una sentencia divina a cada sugestión del Maligno. En respuesta a la primera tentación dirá: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”» (Lc 4, 4), «sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Para el Señor Jesús la palabra divina debidamente acogida, meditada, interiorizada y apropiada, es criterio de conducta acertada frente a toda sugestión o tentación del Maligno, quien es padre de la mentira, maestro del engaño y de la ilusión, “pésimo consejero” (San Cirilo de Jerusalén). Oponer una sentencia divina a la tentación es el método inteligente que el Señor Jesús aplica para derrotar a Satanás.


En la siguiente tentación el Diablo le hace vislumbrar al Señor todos los reinos del mundo y le ofrece: «Te daré el poder y la gloria de todo eso… si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). La insidiosa tentación corresponde a la vocación propia del Mesías: a Él le está reservado el poder y la gloria, todo será sometido bajo su dominio. El tentador usa la misma estrategia que utilizó para seducir a Eva: «seréis como dioses» (Gén 3, 5). Y es que en realidad Dios ha invitado a su criatura humana a “ser como Dios”, pero no separado de Él, sino participando de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4), en la eterna comunión con Él. Es con Dios como el ser humano está llamado a “ser como Dios”. Y ese deseo está puesto por Dios mismo en el corazón del hombre para que aspire a ello. Ahora bien, el Diablo propone al ser humano responder a ese anhelo y vocación de un modo inmediato, sin mucho esfuerzo, tan sólo con rechazar a Dios y su consejo y haciendo en cambio lo que él propone.


Siguiendo esta misma estrategia el Diablo le promete al Señor Jesús el dominio total sobre el mundo entero, el poder y la gloria, en ese mismo instante, con tan arrodillarse ante él y adorarlo. La tentación de la gloria y del poder siempre es grande, sobre todo para quien tiene capacidades y dones para ello, para quien está llamado a ejercer la autoridad servicial sobre los demás. El Señor Jesús rechaza la tentación del poder y la gloria del modo como Satanás la propone recurriendo nuevamente a las palabras inspiradas por Dios: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”» Lc 4, 8. Es del Padre de quien Él espera recibirel poder y la gloria para someterlo todo (ver Flp 3, 21; 1Cor 15, 27-28; Ef 1, 22; Heb 2, 8-9), no del diablo.


Para someterlo a una tercera tentación Satanás lleva al Señor Jesús a Jerusalén y lo pone en el alero del templo, proponiéndole: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”» (Lc 4, 9-11). Para inducir al Señor Jesús a caer en esta nueva tentación, el Diablo echa mano de toda su astucia y cita tendenciosamente las palabras de la Escritura, tomadas del Salmo 90. A su tentación le da un “fundamento bíblico”, usando la misma técnica que el Señor ha utilizado hasta entonces para rechazar sus tentaciones: el recurso a la enseñanza divina. Satanás intenta servirse de la Escritura para confundir y engañar al Señor y así apartarlo de la obediencia a Dios. La réplica del Señor es nuevamente lapidaria, contundente: «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (Lc 4, 12).


El Señor Jesús en ninguno de los casos ha presentado a Satanás su propia opinión o razonamiento, por más inteligente que sea. En medio de la tentación, de la debilidad, de la prueba, el Señor sabe bien que no debe entablar diálogo alguno, que la única manera de vencer la tentación y responder al tentador es con la enseñanza divina, con el criterio objetivo que Dios da al ser humano para que no equivoque el camino, para que alcance su verdadera realización haciendo un recto uso de su libertad.


El Maestro, que se dejó tentar en el desierto, enseña con la fuerza de su ejemplo que la tentación sólo se derrota confiando en Dios y adhiriéndose mental y cordialmente a sus enseñanzas, a los criterios objetivos que Él da al ser humano para que pueda, y abriéndose a la gracia divina, seguir el camino que conduce a su verdadera realización.


Dios, quien ha creado al ser humano, quiere su realización, no su destrucción. Obedecer a la tentación y seducción del Maligno (ver Gén 3, 1ss) trajo el mal y la muerte al mundo, trae la destrucción sobre uno mismo. El pecado es por eso mismo un acto suicida. Dios, como vemos en la primera lectura y en el salmo, es quien libera y salva a su criatura humana de la muerte que es consecuencia del pecado del hombre. Lo hace finalmente por medio de su Hijo Jesucristo. Él trae la salvación y reconciliación al mundo entero, liberando al hombre del dominio del pecado y de la muerte, del dominio de Satanás. Quien cree que Cristo es el Hijo de Dios, quien cree que Él es el Salvador y Reconciliador del mundo, quien cree queDios le resucitó verdaderamente, como afirma San Pablo en la segunda lectura, ese «se salvará».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pasaje evangélico de este Domingo nos recuerda que tenemos un enemigo invisible, espiritual, que busca apartarnos de Dios, que por envidia busca destruir la obra de Dios que somos cada uno de nosotros. El Papa Pablo VI decía al respecto que «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor».


Ante esta realidad, el mayor triunfo del demonio es hacernos pensar que no existe. Quien en la vida cotidiana olvida o desprecia esta presencia activa y actuante, se parece a un soldado que en medio de la batalla “se olvida” que tiene un enemigo: rápidamente será aniquilado. Por ello San Pedro nos invita a estar alertas, pues «vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5, 8-9). El olvido, la inconsciencia, el no creer en la existencia del demonio y su acción en nuestras vidas lleva a bajar la guardia en la lucha. Quien se descuida, será sorprendido como lo es el centinela que en su puesto de vigilancia se queda dormido y no advierte la llegada del enemigo que sigiloso se acerca para tomar por asalto la ciudad.


Como lo intentó con el Señor Jesús, el Diablo busca apartarnos también a nosotros de Dios y de nuestra felicidad. Para ello utiliza la tentación, que es una sugerencia a obrar de un modo contrario a lo que Dios enseña. Sólo puede sugerir, nunca podrá obligarnos, o mover nuestra voluntad en contra de nuestra libertad.


Para lograr convencernos de obrar el mal, el Demonio miente y engaña (ver Jn 8, 44). Nunca te va a presentar el mal objetivo como algo que es malo para ti, nunca te va a decir: “esto que te propongo te va a hacer daño, te va a hacer infeliz, te va a llevar a tu ruina”. ¡Todo lo contrario! Te presentará como muy bueno para ti, como algo “excelente para lograr sabiduría” (ver Gén 3, 6), como algo que te traerá la felicidad, lo que objetivamente es un mal y te llevará a la muerte espiritual (ver Gén 3, 3). El Demonio es muy astuto, tiene la habilidad de envolvernos en la confusión y engañarnos de tal manera que terminamos viendo en un poco de agua sucia y envenenada el agua más pura del mundo.


Para que su tentación tenga acogida busca hacerte desconfiar de Dios y de la bondad de su Plan para contigo, pues mientras te aferres a la palabra y consejo divino tal como lo hizo el Señor Jesús en el desierto, no podrá vencerte. ¡Cuántasveces el Demonio te sugiere que Dios en realidad no quiere tu bien (ver Gén 3, 2-5), que es un egoísta, que no te escucha, que seguir su Plan es renunciar a tu propia felicidad, condenarte a una vida oscura, triste e infeliz! Y una vez que siembra en ti esa desconfianza en Dios y en sus amorosos designios para contigo, él mismo se presenta como aquel que es digno de ser creído, y su tentación como “la verdad” que conduce a tu felicidad, a tu realización, a tu vida plena: “¡serás como dios!”


Conscientes de la existencia y acción del Demonio en nuestras vidas lo primero que debemos hacer es estar vigilantes, alertas, atentos, para no dejarnos sorprender por el enemigo, por sus seducciones disfrazadas de miles de formas bellas para atrapar a los incautos. Como dice San Pablo, Satanás incluso se disfraza de «ángel de la luz» (2 Cor 11, 2).


No que todo sea tentación en la vida diaria, pero hay sugestiones, pensamientos, ideas, propuestas abiertas o encubiertas que sí lo son. Por eso es importante adquirir el hábito del “discernimiento de espíritus”. Se trata de un ejercicio espiritual muy antiguo. Ya San Juan recomendaba a los primeros cristianos: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios» (1 Jn 4, 1). De eso se trata: de no creerme y hacer lo primero que se me viene a la mente, sino de examinarlo a la luz del Evangelio: esto que pienso, esto que viene a mi mente, ¿viene de Dios, o no? El criterio para discernir es muy sencillo: si me lleva a Dios y a permanecer en comunión con Él, viene de Dios. Entonces debo obrar en ese sentido. Pero si veo que eso no me va a acercar a Dios sino que me va a apartar de Él, no viene de Dios (puede venir del demonio mismo, o del mundo, o de mi propia inclinación al pecado). En ese caso, debo rechazarlo con toda firmeza.


Cuando habiendo examinado una sugerencia advierto que es una tentación, debo aplicar esta regla del buen combate: “Con la tentación no se dialoga”. Es decir, no acojas la idea, no le des vueltas y vueltas en la mente. Quien consiente “dialogar” con la tentación en su mente, es muy probable que pierda la batalla. Entre el diálogo con la tentación y la caída hay una mínima distancia. Por ello, como nos enseña el Señor en el desierto, a la tentación se la vence con un rotundo ¡No!, oponiéndole un “criterio evangélico”, una enseñanza divina. Supuesta la gracia o fuerza divina, que Dios derrama abundantemente en nuestros corazones y sin la cual nada podemos, en cada uno está el vencer la tentación. Como dice Santiago: «resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros» (Stgo 4, 7-8).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba” (Mt 4, 1)... Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir». San Juan Crisóstomo


«Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones… ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de Él a vencerla». San Agustín


«Mira cómo el Señor no se turbó, sino que disputa humildemente con el inicuo [el diablo] acerca de las Escrituras, para que te conformes con Cristo en lo que puedas. Conoce el diablo las armas con las que le venció Jesucristo; con la mansedumbre luchó, con la humildad le venció. Tú también cuando vieres a un hombre, hecho un diablo, venir contra ti, lo vencerás del mismo modo. Que tu alma aprenda a conformar sus palabras con las de Jesucristo; porque del mismo modo que el juez romano, sentado en su tribunal, no escucha la respuesta del que no sabe hablar como él, tampoco Jesucristo te escuchará ni asistirá si no hablas como Él». San Juan Crisóstomo


«El que pelea con valor, llega al término de sus combates, o porque el adversario cede espontáneamente al vencedor, o porque a la tercera derrota deponga las armas, según las leyes de la guerra. Por lo que sigue: “Concluidas las tentaciones, se retiró”». San Gregorio Niceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las Tentaciones de Jesús


538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).


539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.


540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.


“No nos dejes caer en la tentación”


2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.


2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre«ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gén 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.


2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21.24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13).


2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


“Y líbranos del mal”


2851: En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos»] es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.


2852: «Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquel por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será «liberada del pecado y de la muerte». «Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19).


«El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras fue tentado»


Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo C – 10 de marzo de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 4, 1-13


La mejor (y por qué no decir la única) manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios (San Lucas 4, 1-13). Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana (Romanos 10, 8-13). Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo (Deuteronomio 26, 4-10), y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación» (Rom 10,10).


La Cuaresma


En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.


Así vemos en algunos pasajes como: la duración del diluvio, permanencia de Moisés antes de recibir las tablas de la Ley, la marcha de Israel por el desierto, el camino de Elías hasta el Horeb, el plazo de Jonás a los ninivitas para su conversión, el lapso para las apariciones de Jesús Resucitado antes de su Ascensión y, ahora, ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto.


Al iniciarse la Cuaresma, nuevamente nos concede Dios un tiempo de gracia y de conversión. La Cuaresma es uno de los tiempos fuertes de la vida de un cristiano; es un tiempo que se nos ofrece para detenernos a considerar cuáles son los valores que mueven nuestra vida, cuáles son las cosas que nos afanan. El precepto principal del cristiano, el que resume toda la ley de Dios, dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt 22,37); y Jesús nos dio un criterio claro para examinar el cumplimiento de ese precepto principal: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón» (Mt 6,21). Debemos preguntarnos entonces dónde está nuestro tesoro, qué es lo que acapara nuestra atención, lo que consume nuestro tiempo y nuestrasenergías; y si, como consecuencia de este examen, descubriéramos que esa realidad es algo distinto que Jesucristo entonces debemos iniciar un proceso de conversión, de cambio de rumbo.


Las obras cuaresmales (limosna, ayuno y oración) son las que demuestran que nuestro corazón es todo de Dios; pues consisten en rechazar la seducción de las riquezas por medio de la limosna, en rechazar los placeres ilícitos y comodidades de esta vida por medio del ayuno y de la moderación en el uso de los bienes materiales, y en rechazar nuestro espíritu de suficiencia y autonomía por medio de la oración. Así demostramos que amamos a Dios más que el dinero, más que nuestra propia vida y que Él ocupa todo nuestro pensamiento y mundo interior.


Las tres tentaciones


Observemos más de cerca cada una de las tentaciones y veamos en qué forma nos enseña Jesús a vencer nuestras propias tentaciones. Pero…¿qué tentación podía sufrir Jesús? No necesitamos hacer profundas elucubraciones para responder a esta pregunta, pues la respuesta está explícita en el Evangelio. Al cabo de los cuarenta días sin comer nada, tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Jesús es el Hijo de Dios y tenía poder para convertir esa piedra en pan; pero si lo hubiera hecho, habría sido infiel a su misión de abrazar verdaderamente la condición humana con sus carencias y limitaciones, siendo una de las más evidentes precisamente el hambre. Jesús sentía el grito de su naturaleza humana que lo urgía a apagar el hambre.


Pero en esa circunstancia no había más modo de hacerlo que faltar a la misión encomendada por su Padre. Y esto fue lo que le sugirió el diablo. Dejando en evidencia que ama a Dios con todo su corazón de hombre, Jesús acepta padecer el hambre antes que desobedecer a Dios. Hace propia la voluntad de Dios y rechaza la sugerencia del diablo, citando la Escritura: «No sólo de pan vive el hombre».


En seguida el diablo tienta a Jesús con la posesión de las riquezas. Le muestra todos los reinos de esta tierra y le dice: «…porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si me adoras todo será tuyo». En algo tiene razón el diablo – como en toda seducción- en que la gloria de este mundo es suya. Quien ambiciona la gloria de este mundo, para poseerla, tiene que, olvidándose de Dios, abrirse a la acción del diablo, pues a él pertenece esta gloria y él la da a quien él quiere. Por eso Jesús lo llama el «príncipe de este mundo». Jesús rechazó la tentación citando el primer mandamiento de la ley de Dios: «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Eldarás culto». ¡El diablo quiere hacerse adorar por Jesús! ¡Hay que ser muy atrevido para esto!


En la tercera tentación nuevamente el diablo sugiere a Jesús hacer alarde de su condición divina. Lo lleva al alero del templo y le dice que se tire porque «…A sus ángeles te encomendará para que te guarden…». Jesús rechaza la tentación, pero deja en claro, de todas maneras, que Él es el Señor Dios. En efecto, responde al diablo: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios».


Jesús nos enseña el modo de resistir las tentaciones y de cumplir con el Plan de Dios. Si somos dóciles, como fue Jesús, y nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, seremos verdaderamente «hijos de Dios». San Pablo ciertamente tenía en mente este episodio cuando escribe: «Todos lo que se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios». Y agrega: «Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados» (Rom 8,14.17).


¿Quién es el tentador y que puede hacernos?


Tal vez uno de las verdades de fe que confunde a mucha gente es la existencia del demonio y su acción en el mundo. El demonio es un ser real y concreto, creado bueno por Dios, de naturaleza real y espiritual e invisible, que por su pecado se apartó de Dios y se convirtió en un ser «perverso y pervertidor» en su misma esencia.


¿Qué nos puede hacer el demonio? Lo primero que hay que tener en cuenta es que el demonio puede perturbarnos con las limitaciones (y capacidades) que tiene por ser una criatura angelical. Como dice San Agustín, el demonio es como un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado. Sin embargo, el demonio sí puede tener un cierto poder sobre nosotros que puede ser fatal. No puede alcanzar directamente nuestra inteligencia y voluntad, facultades completamente espirituales y accesible sólo a Dios, pero puede, con sus poderes, afectar nuestros sentidos externos como la vista, el tacto, el oído, y nuestros sentidos internos como la memoria, la fantasía y la imaginación.


Ninguna muralla, ninguna puerta blindada, ningún guardaespaldas es capaz de impedir la influencia de Satanás sobre la memoria o la fantasía de un hombre. Sin embargo, la sugestión del demonio nunca alcanzará, solamente de modo indirecto, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Es decir tener dominio y control sobre lamemoria e imaginación es guardar «la puerta y la entrada del alma» . Es tener en jaque al demonio.


Una palabra del Santo Padre:


«La Iglesia nos hace recordar ese misterio al inicio de la Cuaresma, porque nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate —en Cuaresma se debe combatir—, un tiempo de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el «desierto» cuaresmal, mantengamos la mirada dirigida a la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús, la senda que conduce a la vida. Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.


Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar donde se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión esto no se puede hacer; se oyen sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por eso es importante conocer las Escrituras, porque de otro modo no sabremos responder a las asechanzas del maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo, un poco, diez minutos; y llevarlo incluso siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera… Pero tener el Evangelio al alcance de la mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los «ídolos», nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.


Entonces entramos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como lo fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo quien nos guía por el camino cuaresmal, el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que recibimos en el Bautismo. La Cuaresma, por ello, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar cada vez más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, obró y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia pascual, podremos renovar con mayor consciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan. Que la Virgen santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una “nueva creatura”».


Papa Francisco. Ángelus 12 de febrero de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo voy a vivir lo que la Santa Madre Iglesia recomienda para este tiempo: la limosna el ayuno y la oración? Pongamos medios muy concretos.

2. ¿Cómo puedo vivir la Cuaresma en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 386 – 395. 1168-1173.


DIOS NOS AMA ETERNAMENTE



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