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Venimos de Oriente para adorar al Rey

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee enero Ee 2021 a las 10:45 Comments comentarios (0)

EPIFANÍA DEL SEÑOR


03 - 09 de Enero 2021


“Venimos de Oriente para adorar al Rey”


Is 60,1-6: «La gloria del Señor amanece sobre ti»

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira: todos se han reunido, vienen hacia ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Al ver esto, te pondrás radiante de alegría; palpitará y se emocionará tu corazón, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.


Sal 71,1-2.7-8.10-13: «Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra»

Dios mío, confía tu juicio al rey, justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.


Ef 3,2-3.5-6: «Ahora ha sido revelado que también los paganos son coherederos»

Hermanos:

Seguramente han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor de ustedes.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus apóstoles y profetas: que también los otros pueblos

comparten la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por medio del Evangelio.


Mt 2,12,1--12:12: ««Vieron al niVieron al niñño con Maro con Maríía su madre y, posa su madre y, postrtráándose, lendose, le adoraronadoraron»»

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

— «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

— «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

— «Vayan y averigüen cuidadosamente acerca del niño y, cuando lo encuentren, avísenme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo sido advertidos en sueños, para que no volvieran adonde estaba Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.


NOTA IMPORTANTE


Epifanía se traduce literalmente por “manifestación”. En el griego profano epifaneia y los términos afines significaban, en su sentido religioso, la aparición inesperada, pero bienhechora, de una divinidad que traía consigo la salud para el pueblo. Los cristianos lo aplicaron a la manifestación o “aparición teofánica” de Dios y su presentación ante el mundo como un rey-salvador. El modo de esta manifestación fue por la encarnación y nacimiento del Verbo divino. En Cristo, Dios se ha manifestado al mundo entero, por Él ha traído la reconciliación y salvación a todos los seres humanos.


Las lecturas de este Domingo nos muestran que desde el Oriente hasta el Occidente (Sal 49,1-2) resplandece una gran luz que anuncia el nacimiento de un Rey: «de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Num 24,17). Esta luz brilla sobre Israel, pero su resplandor alcanza al orbe entero (1ª. lectura: Is 60,1-6). Su brillo es un silencioso pero potente pregón que anuncia la salvación que Dios traerá no sólo a su pueblo elegido, sino también a todos los pueblos de la tierra. En efecto, esta salvación, esta luz que manifiesta la gloria de Dios y disipa la oscuridad que cubre la tierra como espesa nube, tiene un carácter universal, se abre a todos los pueblos, a todas las culturas y a todas las naciones del mundo. Nadie quedará excluido de esta salvación.


Isaías anuncia con júbilo que el brillo de esta estrella reunirá a los hijos de Israel, atraerá a muchos, las naciones caminarán a su luz y los reyes al resplandor de su alborada. Son atraídos por esta luz a la presencia de aquel cuyo nacimiento anuncia: «las riquezas de las naciones vendrán a ti». Junto con estas riquezas y regalos, oro e incienso, traen sus alabanzas a Dios.


El antiguo y sugestivo oráculo de Isaías encuentra su realización en la estrella que brilló sobre Belén (Evangelio), anunciando el nacimiento del Rey-Salvador, del Reconciliador del mundo. Al ver aquel signo luminoso en el cielo, dice el evangelista, unos “Magos” de Oriente se pusieron en marcha cargados de regalos para ofrecerlos a este Rey. Obedece a la profecía de Isaías el hecho de que la tradición considere que los magos venidos de Oriente eran tres reyes.


Por “magos” no hay que pensar en hombres que se dedican a la magia o a la prestidigitación. “Mago” era el nombre dado por los orientales a los hombres sabios de su tiempo, físicos, astrólogos, maestros, sacerdotes o también videntes. Un pequeño grupo de estos sabios orientales reconoce en la aparición de una gran estrella en el cielo el signo del nacimiento «del rey de los judíos». Pero entienden ellos que no se trata de un rey cualquiera, pues en el antiguo Oriente la estrella era el signo que anunciaba el nacimiento de un rey divinizado. De allí se entiende que decidan acudir de tan lejos “para adorarlo”.


Los Magos representan a los pueblos de toda la tierra que, a la luz de la Navidad del Señor, avanzan por el camino que lleva a Jesús y constituyen, en cierto sentido, los primeros destinatarios de la salvación inaugurada por el nacimiento del Salvador y llevada a plenitud en el misterio pascual de su muerte y resurrección.


Al llegar a Belén, los Magos adoran al divino Niño y le ofrecen dones simbólicos, convirtiéndose en precursores de los pueblos y de las naciones que, a lo largo de los siglos, no cesan de buscar y encontrar a Cristo para adorarlo también ellos.


Será por medio de los apóstoles que la reconciliación y salvación anunciada por el brillo de aquella singular estrella y traída por el Niño Jesús sea llevada hasta los confines de la tierra. Porque así le fue revelado, San Pablo comprende esta gran novedad: que también los gentiles, es decir, todos aquellos que no participan de la Alianza primera sellada por Dios con Abraham, son «coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Creemos firmemente con la fe de la Iglesia que Santa María, por ser la madre de Cristo-Cabeza, lo es también de cada uno de los miembros de Su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Por tanto, María en el orden espiritual es madre de todos los que por la fe se acercan a Cristo, es Madre nuestra.


Esta maternidad espiritual, cuyo principio se remonta al momento de la concepción virginal, fue hecha explícita por Cristo mismo al pronunciar su testamento espiritual desde la Cruz, en el momento en que refiriéndose a Juan dijo a su Madre: “Mujer, he allí a tu hijo”. Y a Juan: “he allí a tu madre” (ver Jn 19,25-27). La Iglesia ha afirmado siempre que las palabras de Cristo trascienden a la persona misma de Juan, y que en él estábamos representados todos los discípulos.


Esta maternidad espiritual la ejerce ya María cuando presenta a Cristo a unos humildes pastores, quienes avisados por un ángel se acercan con prontitud al portal a adorar al Niño que ha nacido. Posteriormente la ejerce también con la llegada de unos misteriosos personajes que atraídos por una singular estrella vienen desde muy lejos a adorar al Rey de Israel que ha nacido. Con la sorpresiva aparición de estos sabios de Oriente la reflexiva María, considerando todo a la luz de los designios divinos, comprende que su maternidad espiritual no se limita a los hijos e hijas de Israel, sino que se abre a todos los hombres y mujeres que con fe se acercan a su Hijo, así como a toda la humanidad se abre el Don de la Salvación que el Hijo de Dios ha venido a traer al mundo: es universal.


Hoy como ayer, María sigue ejerciendo activamente su maternidad espiritual sobre todos los que nos acercamos a su Hijo con fe. Madre que da a luz al Niño-Dios, Ella nos lo presenta y hace cercano también a nosotros, procurando por su intercesión y cuidado maternal que en nosotros la vida divina que hemos recibido el día de nuestro Bautismo crezca y se fortalezca cada vez más, hasta que también nosotros, cooperando activamente con el don y la gracia recibidas, alcancemos “la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13; ver Gál 2,20).


Por ello acudamos confiadamente a nuestra Madre. Miremos sin cesar el brillo de esta Estrella y poniéndonos en marcha cada día dejémonos guiar por Ella al encuentro pleno con su Hijo, el Señor Jesús, para adorarlo también nosotros y entregarle toda nuestra vida y corazón.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy los magos encuentran llorando en la cuna al que buscaban resplandeciente en las estrellas. Hoy los magos contemplan claramente entre pañales al que larga y resignadamente buscaban en los astros, en la oscuridad de las señales. Hoy los magos revuelven en su mente con profundo estupor lo que allí han visto: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, Dios en el hombre, y a aquel a quien no puede contener el universo encerrado en un pequeño cuerpecillo. Y, al verlo, lo aceptan sin discusión, como lo demuestran sus dones simbólicos: el incienso, con el que profesan su divinidad; el oro, expresión de la fe en su realeza; la mirra, como signo de su condición mortal. Así los gentiles, que eran los últimos, llegan a ser los primeros, ya que la fe de los magos inaugura la creencia de toda la gentilidad». San Pedro Crisólogo


«Levantémonos, siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se desconcierte; nosotros corramos hacia donde está el Niño. Que los reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en barrarnos el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor. Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen visto al Niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al Niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO


528: La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná, la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente. En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para «rendir homenaje al rey de los judíos» (Mt 2,2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David, al que será el rey de las naciones. Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento. La Epifanía manifiesta que «la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas» y adquiere la «israelitica dignitas» (la dignidad israelítica).


1171: El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.


NOTA DE NUEVO AŇO 2021


Si te encuentras entre nosotros,eso significa que estas llenos de nuevas oportunidades……Aprovechalas y dale gracias a Dios


!GLORIA A DIOS!

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee diciembre Ee 2020 a las 16:10 Comments comentarios (0)

DOMINGO IV DE ADVIENTO


20 - 26 de Diciembre, 2020


“Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”


2Sam 7, 1-5.8-11.16: “El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor”

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán:

— «Mira, yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca del Señor está en una tienda de campaña».

— «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo».

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

— «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?

Yo te saqué del redil, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.

Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo. Tu dinastía y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”».


Sal 88, 2-5.27.29: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».

«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades”».

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora». Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.

Rom 16, 25-27: “Se ha manifestado el misterio, mantenido en secreto durante siglos”

Hermanos:

Al Dios que puede fortalecerlos según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe.

¡A Dios, el único sabio, sea la gloria para siempre por medio de Jesucristo! Amén.


Lc 1, 26-38: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”

En aquel tiempo, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El Ángel, entrando en su presencia, dijo:

— «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El Ángel le dijo:

— «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la descendencia de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al Ángel:

— «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El Ángel le contestó:

— «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

— «Aquí está la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el Ángel.


NOTA IMPORTANTE


La primera palabra de saludo del mensajero divino a María, “jaire” en griego, es una invitación a la alegría mesiánica. Su contenido podríamos expresarlo de este modo: ¡Alégrate sobremanera, alégrate con un gozo incontenible, desbordante, porque Dios viene a visitar a su pueblo y por ti quiere dar cumplimiento a su promesa de enviar al Mesías esperado a su pueblo, el Salvador!


En este saludo resuena fuerte el eco de la invitación hecha por los antiguos profetas: «alégrate y exulta de todo corazón» (Sof 3,14; ver también Zac 9,9-10), «grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti» (Zac 2,14). “Jaire” es, pues, un saludo que va abriendo el horizonte del misterio que va a tener lugar: ha llegado la plenitud de los tiempos (ver Gál 4,4) y Dios, para reconciliar y elevar a la humanidad caída, quiere hacerse Hijo de Mujer.


Aquel saludo anuncia la definitiva realización de las promesas hechas no sólo a Israel sino también a la humanidad entera. Allí está la promesa del descendiente de la misteriosa Mujer que traería consigo la victoria definitiva sobre la serpiente antigua (ver Gén 3,15), así como también la promesa del Emmanuel, Dios-con-nosotros, que habría de nacer de una virgen (ver Is 7,14; Mt 1,23).


La causa de la alegría exultante que la joven virgen de Nazaret está llamada a experimentar se debe, pues, al cumplimiento de las promesas divinas, a la ya próxima presencia salvadora y reconciliadora de Dios en medio de su pueblo, presencia que tomará de sus entrañas virginales un rostro concreto, plenamente humano: Jesucristo, el Reconciliador de la humanidad.


Pero esta alegría procede también de la singular comunión vivida con quien es en sí mismo Comunión de Amor. Y es que por su “sí” generoso, una respuesta libre al amor que Dios le manifiesta, el Verbo eterno del Padre se encarna en sus entrañas purísimas por obra del Espíritu Santo, sin intervención alguna de varón. María entra en una comunión intensa con las tres Personas de la Trinidad, y ésa es la fuente última de la alegría cristiana. Cristiana, decimos, porque por Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres, Santa María se inserta plenamente en la alegría que Dios vive en sí mismo, y es que «en el mismo Dios, todo es alegría, porque todo es un Don» (S.S. Pablo VI, Gaudete in Domino, 76).


Así pues, si hay alguien que mejor que nadie comprendió lo que significa esta presencia reconciliadora de Dios en el mundo, y si hay alguien en quien no cabe mayor gozo posible por esa cercanía de Dios, esa es la Mujer bendita que fue pensada, amada y elegida por Dios desde todos los siglos para ser la Madre del Emmanuel, Dios-con-nosotros.


La alegría inefable que la Virgen experimenta en el momento de la Anunciación-Encarnación de su Hijo, y que estalla en presencia de Isabel haciéndose intenso cántico de alabanza y gratitud a Dios, procede de la presencia real de Dios en sus entrañas maternales y de la comunión total con Aquél de quien Ella, como una nueva arca de la Alianza, se ha convertido en singular portadora.


El nombre que ha de ponerle a su Hijo ha de ser Jesús, según le comunica el mismo Arcángel. Este nombre es expresión de su identidad divina y de su misión como Salvador y Reconciliador del mundo. En efecto, Jesús quiere decir “Dios salva” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 432), «porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).


Al finalizar el diálogo con el Arcángel Gabriel, María se califica a sí misma como la doule Kyriou, la esclava del Señor, como se ha traducido comúnmente del griego. Sin embargo, el término doule admite otra traducción: sierva. Por el contexto y la situación particular de esta joven virgen, hija predilecta de Israel, y según el excelente estudio hecho por el P. Sabugal en su libro La Iglesia, Sierva de Dios, la traducción “sierva del Señor” parece ser más apropiada. Y es que el término “esclava” se aplica a una mujer no libre, sin voluntad propia, incluso sin dignidad, lo mismo que se puede decir de una cosa. En efecto, en el contexto del medio-oriente antiguo, donde Israel surgió y se desarrolló, el esclavo era considerado no más que un perro despreciable, indigno de ser considerado humano y por lo mismo, sin el más mínimo derecho a un trato humano. Era “algo”, era como una pieza más del ganado, y con él su señor podía hacer lo que caprichosamente se le antojaba, incluso disponer de su vida sin la más mínima consideración. La relación del esclavo para con su señor estaba marcada, como es de comprender, por el temor y servilismo. Una realidad tal repugna a nuestra mentalidad hodierna, en la que tanto se ha logrado en el reconocimiento de los derechos humanos de cada persona.


¿Es así como se consideraba María a sí misma en su relación con Dios? ¿Renunció María a su voluntad o hizo más bien un recto uso de ella, poniéndola libremente y movida por el amor al servicio del Plan divino? ¿Al pronunciar su “sí”, estaba María renunciando a su libertad o la estaba ejercitando plenamente para responder a la invitación que Dios le hacía? Y Dios, ¿la estaba obligando, mandando a hacer algo que no quería, o estaba pidiendo su libre consentimiento?


Por otro lado, en el Antiguo Testamento era «frecuente la designación de Israel como libre “siervo de Dios”, siendo asimismo los israelitas designados reiteradamente como libres “siervos suyos”» (Santos Sabugal), pues habían sido liberados reiteradamente de las esclavizantes servidumbres para pasar, por libre decisión y opción, al libre servicio de Dios y de su Plan. Ser siervo de Dios implicaba, por tanto, un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado, servicio que dependía de un continuo ejercicio de la propia libertad. Un servicio semejante «no es esclavizante sino liberador y libre».


El de siervos, no el de esclavos, sería asimismo el título que los cristianos asumieron desde el inicio. En efecto, una vez reconocida la divinidad de Jesús, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Rom 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6), así como los israelitas por siglos se habían calificado de siervos de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Faltando ya pocos días para la gran celebración de la Navidad, este cuarto Domingo de Adviento el Evangelio nos recuerda que el nacimiento de Cristo estuvo precedido por el “sí” libre y generoso de una Mujer. Ante el anuncio del Arcángel resuena fuerte y decidida la respuesta de aquella joven virgen, en cuyo corazón ardía intensísima la llama del amor a Dios: “¡Sí! ¡Hágase! (Lc 1,3) ¡Lo que más quiero es que tu Plan, Dios mío, se realice plenamente en mi vida! ¡Lo que tú me propones lo acojo libremente, renunciando a mis propios planes, a mis propias seguridades! Dios mío, te amo con todo mi ser, te he entregado la vida que Tú mismo me has regalado, soy tu sierva, quiero cooperar decididamente con tus designios reconciliadores porque sé que de lejos es lo mejor, para que al fin se realice en el mundo aquello que la creación entera aguardaba expectante: tu venida, la redención prometida a tu pueblo, el triunfo sobre el mal y la muerte, la llegada de tu Reino. ¡Aquí me tienes! Y aunque tenga que sufrir la incomprensión o el rechazo, aunque no sepa cómo será mi vida en adelante, aunque una espada tenga que atravesar mi propio corazón, yo confío plenamente en Ti: ¡Hágase en mí según tu palabra!”


Esta semana queremos acercarnos al Corazón de Aquella Mujer valiente que pronunció su “sí” a Dios, un “sí” fuerte, audaz, generoso, ejemplar, fecundo, consistente, fiel. En este itinerario espiritual queremos acompañar con ternura y amor de hijos a la Virgen Madre que se halla ya próxima al parto. Y mientras crece el júbilo por la celebración del nacimiento de su Hijo, el Salvador del mundo, crece también en nosotros la necesidad de expresarle desde lo más profundo de nuestros corazones una inmensa gratitud: ¡Gracias María! ¡Gracias por tu “hágase” fecundo, radical, tan pleno de amor a Dios y a todos los hombres, tan desprendido de todo egoísmo! ¡Gracias porque por tu “sí” Dios se ha acercado a nosotros de un modo inaudito! ¡Gracias por tu generosa cooperación con Dios y con sus designios reconciliadores! ¡Gracias, Madre y Virgen tierna, por traernos al Reconciliador!


Al mismo tiempo, al acercarnos a ti Madre, al contemplarte, queremos que seas el modelo y ejemplo que inspire nuestro propio proceder. De ti queremos aprender a decirle siempre “sí” al Señor, tanto en las circunstancias más sencillas y ordinarias de la vida cotidiana, como también en las circunstancias más exigentes, adversas o dolorosas, o en aquellas en las que Dios me pueda pedir incluso abandonar mis propios planes y proyectos para abrazar los suyos.


De ti, Madre tierna y Mujer fuerte, queremos aprender a jamás permitir que nuestros temores e inseguridades, nuestros apegos a propios planes o visión de las cosas, o incluso a nuestros vicios y pecados, sean más grandes que nuestro amor a Dios y nuestro deseo de cumplir su Plan.

De ti queremos aprender a decirle al Señor cada día y en cada momento de nuestra vida: “¡Hágase en mí según tu palabra!"

María, Sierva del Señor por excelencia, de ti queremos aprender a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2,5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ved la humildad de la Virgen, ved su devoción. Prosigue, pues: “Y dijo María: He aquí la sierva del Señor”. Se llama sierva la que es elegida como Madre, y no se enorgullece con una promesa tan inesperada. Porque la que había de dar a luz al manso y al humilde, debió ella misma manifestarse humilde. Llamándose también a sí misma sierva, no se apropió la prerrogativa de una gracia tan especial, porque hacía lo que se le mandaba. Por ello sigue: “Hágase en mí según tu palabra”. Tienes el obsequio, ves el voto. “He aquí la sierva del Señor”, es su disposición a cumplir con su oficio. “Hágase en mí según tu palabra”, es el deseo que concibe». San Ambrosio


«Por un misterio profundo, a causa de su concepción santa y su parto inefable, la misma Virgen fue Sierva del Señor y Madre, según la verdad de las dos naturalezas». San Gregorio


«El Verbo de Dios tomó la descendencia de Abraham, como dice el Apóstol; por eso debía ser semejante en todo a sus hermanos, asumiendo un cuerpo semejante al nuestro. Por eso María está verdaderamente presente en este misterio, porque de ella el Verbo asumió como propio aquel cuerpo que ofreció por nosotros. La Escri¬tura recuerda este nacimiento, diciendo: Lo envolvió en pañales; alaba los pechos que amamantaron al Señor y habla también del sacrificio ofrecido por el nacimiento de este primogénito. Gabriel había ya predicho esta con¬cepción con palabras muy precisas; no dijo en efecto: “Lo que nacerá en ti”, como si se tratara de algo extrín¬seco, sino de ti, para indicar que el fruto de esta concep¬ción procedía de María». San Atanasio


NUESTRO CATECISMO

Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…


484: La anunciación a María inaugura la plenitud de «los tiempos» (Gál 4,4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a Aquel en quien habitará «corporalmente la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). La respuesta divina a su «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34) se dio mediante el poder del Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1,35).


485: La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, Él que es «el Señor que da la vida», haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.


486: El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María, es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista, a los discípulos. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará «cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hech 10,3).


…nació de santa María Virgen


487: Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.


488: «Dios envió a su Hijo» (Gál 4,4), pero para «formarle un cuerpo» quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56).


489: A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser la Madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras mujeres. María «sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación».


«Hágase en mí según tu palabra»


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1,5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,37-3). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención: Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar: «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María».


!GLORIA A DIOS!!!


Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee diciembre Ee 2020 a las 19:00 Comments comentarios (0)

DOMINGO II DE ADVIENTO


Semana del 06 - 12 de Diciembre 2020


“¡Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos!"


Is 40, 1-5.9-11: “Preparen un camino al Señor”

«Consuelen, consuelen a mi pueblo, —dice su Dios— háblenle al corazón de Jerusalén, grítenle que se ha cumplido su condena, y que está perdonada su culpa, pues de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados».

Una voz grita: «En el desierto prepárenle un camino al Señor; tracen en la llanura una senda para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos —ha hablado la boca del Señor—».

Súbete a un monte elevado, tú que llevas buenas noticias a Sión; alza fuerte la voz, alegre mensajero de Jerusalén; álzala, no temas; di a las ciudades de Judá: «Aquí está el Dios de ustedes. El Señor Dios llega con

poder, y su brazo le asegura el dominio; viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, toma en sus brazos a los corderos y hace recostar a las madres».


Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


2Pe 3, 8-14: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”

Queridos hermanos:

No pierdan de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos serán destruidos por el fuego y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todas las cosas se van a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser la vida de ustedes, mientras esperan y apresuran la venida del día de Dios!

Ese día en que se desintegrarán los cielos consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del

Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.


Mc 1, 1-8: “Allanen los senderos del Señor”

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el profeta Isaías:

«Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Apareció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

— «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo».


NOTA IMPORTANTE


La Iglesia propone este segundo Domingo de Adviento el inicio del Evangelio según San Marcos: «Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Con este brevísimo enunciado, el evangelista nos introduce en un compendio de la persona, enseñanzas y obras realizadas por el Señor Jesús.


En primer lugar, Evangelio procede de una palabra griega que literalmente traducida significa buena nueva o mejor aún, excelente noticia, a saber, que «Dios ha visitado (y rescatado) a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; (y) lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su “Hijo amado”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 422).


Jesús en hebreo quiere decir «Dios salva» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). En el caso particular del Hijo de Santa María este nombre expresa adecuadamente su identidad y su misión: Él verdaderamente es Dios que ha venido a rescatar a su pueblo, tomando de una Mujer la naturaleza humana. Jesús es en el pleno sentido de la palabra «Dios-con-nosotros» (Is 7,14; Mt 1,23), y únicamente Él, de modo admirable e insospechado, ha realizado las promesas de salvación hechas desde antiguo a Israel y a la humanidad entera (ver Gén 3,15). La misión que Él llevó a término fue la de rescatar definitivamente a toda criatura humana del pecado y de la muerte.


Este Jesús es el «Cristo», «Mesías» en hebreo, y que traducido quiere decir «Ungido» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 727). Y si bien no consta que fuese ungido con óleo sagrado, sí consta que fue ungido con el mismo Espíritu Santo, que en forma de paloma descendió visiblemente sobre Él al ser bautizado por Juan en el Jordán (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 504). Así se cumplía lo del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» Lc 4,18. Ver Is 61,1 y Mt 12,18.


Asimismo, como sello de su origen divino, San Marcos atribuye a Jesucristo el título de Hijo de Dios. Con ello expresa que por su presencia humano-divina el Señor Jesús ha instaurado ya el Reino de Dios en la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha traído a todos el perdón de los pecados y ha abierto a todos las puertas de la vida eterna, prometida a los que en Él esperan.


Así, pues, «comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», y comienza —según el Evangelio de San Marcos— con el anuncio del Precursor, quien invita a todos a allanar el camino para la llegada de este Rey-Mesías. La voz de Juan Bautista es la voz potente del heraldo que anuncia a Israel: «Aquí está vuestro Dios... el Señor llega con poder» (1ª. lectura), viene para rescatar y reunir a las ovejas dispersas de su rebaño.


La imagen del precursor o heraldo usada por Isaías tenía indudablemente una honda resonancia para sus contemporáneos, pues evocaba la costumbre existente en el poderoso imperio babilónico de preparar el camino cuando el rey retornaba victorioso de una campaña militar. La procesión marchaba triunfal hasta llegar a la ciudad y en ella se iniciaban las jubilosas y fastuosas celebraciones. Isaías echa mano de esta realidad humana para anunciar la futura victoria de Dios: Israel, que por aquel entonces sufría el destierro babilónico a causa de su infidelidad a Dios y su Alianza, vería nuevamente la luz y la salvación. Isaías es enviado por Dios a consolar a su pueblo y a anunciarle el retorno a la tierra prometida. La gran celebración de este triunfo se daría en Jerusalén y estaría precedida por un retorno glorioso, por una marcha triunfal hasta la ciudad. Entonces un pregonero iría por delante, exhortando a todos a allanar los caminos para el paso triunfal del Señor. Ya cerca de Jerusalén, tal heraldo anunciaría la buena noticia a todos sus habitantes: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor vuestro Dios llega con poder, y su brazo manda».


El anuncio hecho por Isaías se complementa con el Salmo 84. En la primera parte de este salmo (Salmo responsorial), describe la situación de los primeros exiliados que han vuelto a su patria: el pueblo ha sido perdonado, la cautividad en Babilonia ha quedado atrás, el consuelo ha llegado para Jerusalén. Sin embargo, aún no se ven cumplidas todas las realidades anunciadas por los antiguos profetas. Si bien es cierto que Dios ha perdonado la culpa de su pueblo, la restauración aún no se ha realizado completamente. Por eso el salmista, testigo de esta salvación que se ha dado, pero que no ha llegado aún a su expresión más gloriosa, insiste en su oración: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Responde el Señor anunciando que la salvación está ya cerca, y que cuando llegue, la gloria habitará en nuestra tierra.


Todo lo dicho hasta aquí nos hace comprender mejor el contexto en el que la Iglesia se sitúa en el tiempo de Adviento: es Dios quien, en marcha triunfal, se acerca a su pueblo; por delante su heraldo y pregonero, anuncia con potente voz a toda Judea y Jerusalén la proximidad del Rey-Mesías. Él exhorta a todos a hacer transitables los caminos, pues detrás de él viene Aquel en quien todas las antiguas promesas hallan su cumplimiento, Aquel «que es más que yo». Lo que Juan anuncia se realizará a la vista de todos: su proclamación es el anuncio de una nueva realidad mesiánica que se inicia y que con incomparable vigor se proyecta hacia un nuevo futuro.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Él nos invita también con potente y penetrante voz: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!”


Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia, y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. También hoy Él nos dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).


¡Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor, impidiéndole acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra morada interior! Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en Él y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo “a una prudente distancia”.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta y acciones pecaminosas, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien, el sendero que conduce a la Vida.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “abajar los montes y colinas”, quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “rellenar los valles y abismos”, quien con sistemático trabajo se empeña en adquirir las virtudes que apresuran la venida del Señor a su corazón.


Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirte de un habla reverente, que busca la edificación de los demás! ¡Despójate de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirte de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien te ha ofendido! ¡Despójate de la mentira y revístete de la verdad! ¡Despójate del robo, del fraude, de la usura, del soborno, del mal uso del dinero para corromper a otros y revístete de honradez! ¡Despójate de las borracheras, del consumo de drogas o del vicio del cigarrillo y revístete de sobriedad y autodominio! ¡Despójate de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral —ya sea de mirada, de pensamiento o física— que hacen de la persona un mero objeto de placer y revístete de virtudes de pureza, de autodominio y castidad! ¡Despójate del vicio “de las maquinitas” y revístete de un buen uso de tu tiempo y dinero!


Quien ama de verdad no soporta esperar, quisiera “ya” la presencia del amado. ¿Quieres que el Señor venga a ti, no mañana, sino hoy y cada día? Si amas al Señor con todo tu corazón, “abaja los montes y colinas”, quita todo obstáculo, limpia tu corazón de todo pecado, vicio o mal hábito que impide que Él venga y permanezca en ti. Al mismo tiempo, “rellena los vales y abismos”, revístete de Cristo y de sus virtudes, esfuérzate en pensar, amar y vivir como Él.

No olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si no acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor mismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él hará fecundos todos tus esfuerzos, si acudes incesantemente a Él y si luchas con paciencia y terca perseverancia. Así pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Por esto se dice “en el desierto”. Manifiestamente significa en la profecía que la doctrina divina no ha de predicarse en Jerusalén, sino en el desierto. Juan Bautista lo cumplía a la letra anunciando en el desierto del Jordán la saludable aparición del Verbo de Dios. Enseña también el pasaje profético que, además del desierto que mostró Moisés, en donde abría sus senderos, había otro desierto, en el cual se halla la salvación de Cristo». San Juan Crisóstomo


«Qué clamaría, pues, se anuncia cuando dice: “Preparad el camino del Señor, haced rectos sus senderos”. Pues todo el que predica la recta fe y las buenas obras, ¿qué otra cosa prepara sino el camino del Señor, que va a los corazones de sus oyentes, para penetrarlos verdaderamente con la fuerza de su gracia e ilustrarlos con la luz de la verdad? Hace rectos los senderos, formando por la palabra de la predicación pensamientos puros en el alma». San Beda


«“Preparad el camino del Señor”, esto es, haced penitencia y predicad. “Haced rectos sus senderos”, para que, andando solemnemente el camino real, amemos a nuestros prójimos como a nosotros, y a nosotros mismos como a nuestros prójimos. Pues el que se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino por la derecha, porque muchos obran bien y no corrigen bien, como fue Heli. Y aquel que ama al prójimo pero tiene aversión de sí mismo, se sale del camino hacia la izquierda, pues muchos corrigen bien, pero no obran bien, como fueron los escribas y fariseos. Mas los senderos siguen después del camino, porque los mandatos morales se explanan después de la penitencia». San Jerónimo


EL CATECISMO


Los preparativos para la primera venida del Cristo


522: La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Heb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3,29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida. Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).


535: (…) Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él.(…)


!GLORIA A DIOS!


Estén despiertos y vigilantes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee noviembre Ee 2020 a las 15:30 Comments comentarios (0)

DOMINGO I DE ADVIENTO


29 de Noviembre al 5 de Diciembre 2020


“Estén despiertos y vigilantes”


Is 63, 16-17.19; 64, 2-7: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”

Tú, Señor, eres nuestro padre, desde siempre te invocamos como «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué permites que nos desviemos de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te respetemos? Cambia de actitud, por amor a tus siervos y a las tribus que te pertenecen.

¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia y se acuerda de tus caminos.

Estabas enojado, porque habíamos pecado: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era como paño inmundo. Todos nos marchitábamos como si fuéramos hojas: nuestras culpas nos arrastraban como el viento.

Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor; tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.


Sal 79, 2-3.15-19: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre.


I Cor 1, 3-9: “Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”

Hermanos:

A ustedes gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

En mi acción de gracias a Dios los tengo siempre presentes, por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús. Pues por medio de Él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber.

El testimonio sobre Cristo se ha confirmado en ustedes, hasta el punto de que no les falta ningún don a los que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro.


Mc 13, 33-37: “Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara. Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos.

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!»


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús, haciendo uso de una brevísima parábola, exhorta a sus discípulos a mantenerse «despiertos y vigilantes».

Velar, literalmente, significa no dormir, mantenerse despiertos, luchar contra el sueño y el adormecimiento que sobreviene al hombre cuando se hace entrada la noche y está cansado. Vigilar significa estar constantemente atento, tener todos los sentidos despiertos para no dejarse sorprender por un peligro, por un enemigo que se acerca, por un ladrón que quiera asaltar la casa, etc.


Mantenerse despierto y estar vigilante son actitudes fundamentales en las que se debe ejercitar el discípulo de Cristo ante su retorno glorioso al final de los tiempos. Espera y no se cansa de esperar aquel que cree en Él y confía en sus promesas: Él prometió volver, aunque no precisó cuando.


La exhortación a la vigilancia continua obedece justamente a la incertidumbre de aquella hora en que el Señor vendrá al final de los tiempos (ver 2ª. lectura): «pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento».


El Señor en la parábola se compara a sí mismo con el dueño de la casa que «se fue de viaje», dejando «a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara». El dueño de la casa «es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la Resurrección, dejó corporalmente la Iglesia» (San Beda). El tiempo de su ausencia es el tiempo presente, el tiempo que la humanidad vive actualmente.


El momento de su retorno permanecerá desconocido para todos: «no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». El desconocimiento del día y de la hora de su venida, así como la advertencia de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Cristo a permanecer siempre en espera, a estar preparado ahora y en todo momento.


Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que asume las responsabilidades a él encomendadas por su señor, que no descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tarda en llegar y que “habrá tiempo” para prepararse más adelante. Quien no se encuentra preparado en todo momento se parece a aquel que se queda dormido: será sorprendido por la llegada de su Señor. De este modo él mismo se pone en situación de ser despedido, lo que en términos de la parábola significa autoexcluirse por toda la eternidad de la Presencia del Señor.


El creyente, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra (ver 1ª. lectura), anhela, espera y se prepara para la segunda venida de su Señor. Quien vendrá al final de los tiempos es el Emmanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Hijo de la Virgen cuyo nombre es Jesús, Dios que salva (Ver Mt 1,21). Dios, que ya ha venido a nosotros haciéndose hijo de Mujer, volverá glorioso al fin de los tiempos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo. Ayuda ciertamente la preparación exterior: adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos navideños y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor.


Es importante recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco es solamente una ocasión para reunirse en familia. ¡Navidad es Jesús! Y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, pues, que la preocupación por comprar regalos, por preparar la cena familiar, por la cercanía de la fiesta de fin de año, la invasión de comerciales, la tristeza por la ausencia de algún o algunos miembros queridos, etc., nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias, de nuestras sociedades todavía cristianas.


Pero no bastan los símbolos externos y adornos, el armado del Nacimiento o el canto de los villancicos para prepararnos para la celebración jubilosa de la Navidad. El sentido del Adviento es llevarnos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el hoy de cada día así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada vez que alguien anuncia el año del fin del mundo. Nada tiene que ver con coincidencia de números en el calendario, o supuestas fechas indicadas en calendarios mayas. Nunca debemos prestar oídos a quienes aseguran saber la fecha del fin del mundo.


Por otro lado, lo más probable es que el día de su última venida «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida» (San Agustín). Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que de lo que se trata es de conquistar la vida eterna.


Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, “aprovechando” mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se les avecina.


Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique “para siempre” sino “mientras dure el amor”, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.


¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?


Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.


En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza para vivir de esa esperanza, siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia, así como también para saber dar razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior». San Máximo de Turín


«Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia». San Gregorio Magno


«No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido». San Agustín


NUESTRO CATECISMO


Adviento, actualización de la espera del Mesías


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.


¡Estad en vela, vigilantes!

2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


NOTA REFLEXIVA Y PROGRESIVA


La verdadera sabiduria y Valentia viene de Dios

Nota como vives,détente has una pause y enfrentate a tu realidad.

Despues has lo que lo tienes hacer antes que se termine tu turno ……Nunca se olvide tu meta es ir al cielo .


!GLORIA A DIOS!!!


Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee noviembre Ee 2020 a las 10:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SEMANA DEL 15 - 21 DE NOVIEMBRE 2020


XXXIII Domingo del tiempo ordinario


Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)


“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”


Introducción


El Señor nos ha creado, capacitado y quiere que seamos y actuemos como personas adultas, activas, confiables, responsables. La pasividad culpable, la parálisis ante los riesgos, la fatiga del emprender y gestionar, el miedo al fracaso, inutilizan y destruyen no solo los resultados de nuestra acción, sino también a los demás y a mí mismo y obstaculizan el desarrollo del Reino de Dios.

Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades.


Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Su marido se fía de ella, pues no le faltan riquezas.

Le trae ganancias, no pérdidas, todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público.


Sal 127, 1-2. 3. 4-5 R/. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R/.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sion, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R/.


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14--3030

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.


Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».


NOTA IMPORTATE BIBLICA


Este “penúltimo” domingo del año litúrgico nos mete de lleno en la esfera religiosa escatológica; nos instruye y nos motiva a pensar en las últimas cosas de la vida, esas sobre las que no queremos hablar casi nunca, porque nos parece que no forman parte de nosotros mismos; como si fueran de otro mundo. Sin embargo, la liturgia nos recuerda que son del nuestro, de nuestra intimidad más profunda a la que debemos asomarnos con fe y esperanza. Existen las últimas cosas, que llegan cuando nuestra vida, aquí, ya se ha agotado. Por ello, nos permitimos una reflexión de más alcance sobre el concepto bíblico de “parusía” que impregna el sentido de las lecturas de este día:


1) La palabra griega que sustenta este concepto no es directamente bíblica, sino que está tomada del helenismo donde significaba la «visita» o la «presencia» del rey en una ciudad. Si un rey o un gran mandatario visitaba una ciudad, se hacían grandes obras para el momento, se preparaban fiestas con alabanzas y sacrificios en los templos; a esto se le llamaba «parusía». E incluso viene a simbolizar una nueva era para la ciudad o para la provincia o territorio. De ahí la tomaron los cristianos, sin duda, ya que aparece muy poco en el AT (cuatro veces en la Biblia griega de los LXX). Su sentido técnico es manifiesto, pero mucho más su sentido religioso. De esa manera se aplicó a la venida de Cristo, a su vuelta al final de los tiempos, para llevar a cabo el triunfo sobre este mundo y manifestar la grandeza y el poderío del reinado de Dios. Esta vuelta, tal como creían los primeros cristianos, no estaba lejos (así en 1Tes 2,19; 3,13; 4,15; 5,23; 2Tes 2,9; 1Cor 15,23). Sin embargo, un cambio de actitud se va imponiendo poco a poco hasta ir desapareciendo paulatinamente de la visión escatológica y de las ideas del cristianismo. En los evangelios, ni el mismo Hijo del hombre conoce la fecha (Mc 13,32; Mt 24,36); y en la 2Tes se intenta justificar el retraso de la parusía por algo que escapa a los cristianos. En realidad era una forma de curar cierta fiebre apocalíptica ante dificultades y persecuciones. Ello fue beneficioso para valorar mucho más la transformación que el Reino de Dios debía tener en la historia actual, según el mensaje del mismo Jesús.


2) Sin embargo, hay que decir que el cristianismo no bebe exclusivamente en el helenismo su visión de lo que conocemos técnicamente como «parusía», sino que en el fondo es más fuerte un concepto bíblico de carácter profético que se conoce como el «día de Yahvé», el «día del Señor» y así lo usa también San Pablo 1Tes 4,18. Eso supone que los cristianos han reinterpretado un antiguo concepto bíblico de carácter escatológico y apocalíptico.


3) ¿Qué es el día del Señor? Como en casi todas las culturas religiosas, el día del Señor tiene dos aspectos: uno positivo, de salvación, de liberación, de triunfo de Dios sobre el mal y sobre los enemigos; por otra, desde la perspectiva de la predicación profética monoteísta, es el día del juicio, por ejemplo, contra todo orgullo humano (Is 2,6-22). Numerosos textos proféticos y apocalípticos apoyarían este doble sentido (cf Am 5,18-20; Jl 4,12ss; Sof 1,7-14 de donde se toman la expresión «dies irae, dies illa»; Ez 7,7-27).

 

4) ¿Qué sentido, pues, tiene la parusía? Reinterpretando todo lo que el AT y el NT nos sugieren, debemos tratar de entender que el día del Señor, el día de la parusía, no es un tiempo cronológico de un momento, o una fecha del calendario. Es una nueva situación que hay que aceptar por la fe y la esperanza en Dios. Es un concepto de excelencia en el que la salvación de Dios anunciada por los profetas y manifestada en la vida de Jesucristo es una realidad sin vuelta atrás. Por eso no es cuestión de ajustar el día de la parusía, o el día del Señor, o el día de la salvación, a un momento, a una hora, a un día, a un año. Se trata de reconocer la acción de Dios por los hombres. E incluso podemos afirmar que, desde la fe cristiana, supone reconocer la acción por la que Dios transformará la historia. De ahí que debamos entender y aceptar que la parusía ha comenzado en la Resurrección de Jesús y no terminará hasta que todos los hombres que existen y existirán serán resucitados como Jesús (así lo ve ya Pablo en 1Tes 4,13 y en 1Cor 15). Y eso será el signo definitivo, el día por excelencia, en el que la historia, es decir, la creación de Dios habrá llegado a su plenitud.


Iª Lectura: Proverbios (31,10…31): La sabiduría de las grandes decisiones


I.1.El ejemplo del libro de los Proverbios (31, 10...31) nos presenta precisamente a una mujer, la “mujer fuerte”, hija, hermana o madre en la que se puede confiar. Como la Biblia no es antifeminista, aunque su cultura esté impregnada por una mentalidad patriarcal, sí acierta en ver a la mujer como más abierta a lo escatológico, a lo espiritual, al amor por los pobres. Por eso, esta lectura, justamente, propone desde dónde se deben afrontar las últimas cosas de la vida. No conviene, de ninguna manera, hacer una lectura “contracultural”. La mujer no está reducida al hogar, a la casa, a los hijos… Lo importante en esta lectura es la gran capacidad de “decisión”.


I.2.La mujer judía, encargada de mantener el fuego en el hogar, y de encender las luces del shabat, experimentó desde muy pronto lo que significó su llamado al Reino. Ella encarnaba en Israel la sofía de Dios y, por lo tanto, debe enseñarla, iniciar a sus hijos en su camino. En el hebreo bíblico espíritu (ruah) y sabiduría, (hokma), son términos femeninos. Sofía, como una niña que danza ante Dios, (Prov 8,22ss), es el rostro humano del pensamiento divino y por lo tanto es a la madre a quien corresponde la iniciación de sus hijos en la prudencia. Israel valoró a la mujer como a una perla, desde su escondimiento e invisibilidad, pero también la apreció como profetisa, guerrera y reina. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, sus autores no callaron totalmente nombres como el de Myriam, Débora, Judith, Ester, Ana... Ellas y muchas otras mujeres encarnaron el ideal de Israel, quien llegó a identificarse como nación con la "amada" del Cantar. La amada de Yahvé a quien profetas y sabios dieron nombres y destinos femeninos, al reprender en sus desvíos la respuesta del pueblo a un amor de Alianza. Israel fue la elegida, la virgen, la esposa, la ramera... Oseas, Jeremías y Ezequiel vituperaron las infidelidades de Israel con nombres femeninos.


I.3.La mujer es más religiosa que el hombre; siempre lo ha sido. Y el elogio de la mujer en el capítulo último de los Proverbios es toda una analogía (y subrayo “analogía) para que demos importancia a lo que no queremos darle, como si eso fuera cosa de mujeres. Las cosas que merecen la pena, y especialmente las cosas de Dios, deben tener en nosotros la gran oportunidad que “la mujer”, la madre, la hija, la hermana, da a los suyos. Y todos, varones o mujeres, tenemos que tomar grandes decisiones. En realidad aquí se habla de la mujer como si se tratara de la “sabiduría”. Esa sabiduría bíblica, que es una sabiduría práctica, es la que se propone aquí en la imagen de la mujer.


II Lectura: Tesalonicenses (5,1-6): Esperar en la luz, sin miedo


II.1. La segunda lectura, en continuación con la del domingo pasado, nos muestra al Pablo primitivo al que la comunidad de Tesalónica le plantea grandes cuestiones y, concretamente, en lo que se refiere a la venida del Señor. Los primeros cristianos estuvieron obsesionados con ello. Esta es la segunda instrucción del apóstol sobre dicho acontecimiento. Para su enseñanza se vale del lenguaje profético veterotestamentario, de la literatura apocalíptica (mucho de ello lo encontramos en los textos de Qumrán): vendrá como cuando una mujer da a luz, que casi siempre es un momento inoportuno, entre la luz y las tinieblas, entre el velar y el dormir.


II.2. Pero el objetivo de Pablo es liberar la tensión que pesa sobre el momento y la hora de la venida e incidir en la actitud que hay que tener, como lo más importante: ese debe ser un instante de luz porque es evento de salvación, para lo cual se debe estar preparado. Por eso, el falso problema de cuándo, con su angustia e incerteza, se cambia por el cómo: desde la luz, desde la praxis del amor, la justicia, la solidaridad y el perdón. Así viviremos con Cristo.


Evangelio: Mateo (25,14-30): No «enterrar» el futuro


III.1. El evangelio de Mateo (25,14-30) nos muestra, tal como lo ha entendido el evangelista, una parábola de "parusía" sobre la venida del Señor. Es la continuación inmediata del evangelio que se leía el domingo pasado y debemos entenderlo en el mismo contexto sobre las cosas que forman parte de la escatología cristiana. La parábola es un tanto conflictiva en los personajes y en la reacciones. Los dos primeros están contentos porque “han ganado”; el último, que es el que debe interesar (por eso de las narraciones de tres), ¿qué ha hecho? :“enterrar”.


III.2.Los hombres que han recibido los talentos deben prepararse para esa venida. Dos los han invertido y han recibido recompensa, pero el tercero los ha cegado y la reacción del señor es casi sanguinaria. El siervo último había recibido menos que los otros y obró así por miedo, según su propia justificación. ¿Cómo entendieron estas palabras los oyentes de Jesús? ¿Pensaron en los dirigentes judíos, en los saduceos, en los fariseos que no respondieron al proyecto que Dios les había confiado? ¿Qué sentido tiene esta parábola hoy para nosotros? Es claro que el señor de esta parábola no quiere que lo entierren, ni a él, ni lo que ha dado a los siervos. El siervo que “entierra” los talentos, pues, es el que interesa.


III.3. Parece que la recompensa divina, tal como la Iglesia primitiva pudo entender esta parábola, es injusta: al que tiene se le dará, y al que tiene poco se le quitará. Pero se le quitará si no ha dado de sí lo que tiene. Y es que no vale pensar que en el planteamiento de la salvación, que es el fondo de la cuestión, se tiene más o menos; se es rico o pobre; sino que la respuesta a la gracia es algo personal que no permite excusas. La diferencia de talentos no es una diferencia de oportunidades. Cada uno, desde lo que es, debe esperar la salvación como la mujer fuerte de los Proverbios que se ha leído en primer lugar. Tampoco el señor de la parábola es una imagen de Dios, ni de Cristo, porque Dios no es así con sus hijos y Cristo es el salvador de todos. Es una parábola, pues, sobre la espera y la esperanza de nuestra propia salvación. No basta asegurarse que Dios nos va a salvar; o aunque fuera suficiente: ¿es que no tiene sentido estar comprometido con ese proyecto? La salvación llega de verdad si la esperamos y si estamos abiertos a ella.


LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Estas palabras del tercer criado de la parábola reflejan bien la actitud de muchos cristianos ante Dios y su responsabilidad en el Reino de Dios a favor de la humanidad. Para ellos, el Señor es un amo exigente y arbitrario, que exige agobiantemente y sin medida, y nos hace sentir esclavos uncidos a un yugo insoportable de mandatos y culpabilidad.


Sin embargo, según la Biblia, Dios no quiere esclavos, sino colaboradores libres y responsables que se comprometen con el plan de promoción y salvación de lo humano, con su ser y su hacer, porque, en definitiva, no se trata de un capricho suyo, sino del propio beneficio de la humanidad.


Ya desde la imagen de Adán en el Génesis (Gen 1,26.28; 2,15), este aparece como persona que cuida la tierra, su tierra. Y esto corresponde a la realidad y vocación más profunda del ser humano: se hace, haciendo –porque no nace “hecho”-. Se reconoce, tiene conciencia de su identidad, haciendo, a través de su actividad consciente y efectiva. Se encuentra pleno, útil, realizado, haciendo. Y en su hacer, “da de sí”, es decir: se descubre más grande que sus propios límites o miedos, y “se da”, porque al hacer, se entrega a sí mismo en beneficio de los demás.


Ser llamado, pues, a la colaboración con Dios en la obra de la creación y la salvación es un privilegio para el ser humano: encuentra en ello, su dignidad (colaborador de Dios), su contribución al bien de las personas y de la creación, su vocación y puesto en la vida.


Quien no vive así, en laboriosidad consciente, filial y fraterna, es, como dice la segunda lectura, un “ser durmiente”, una vida vegetativa.


Los talentos son nuestras cualidades, habilidades, experiencias… pero sobre todo, nuestra propia persona como creyentes. Por lo cual, incluso en las circunstancias de enfermedad o disminución, cuando parece que ya no podemos aportar nada práctico, nuestra manera de ser en fe, esperanza y amor, es una contribución esencial y necesaria.


Esta colaboración responsable e ilusionante, a pesar de las dificultades, no conoce el fracaso. Puede ser que no consigamos resultados visibles, pero sí frutos. El resultado es exterior al trabajador y depende mucho de las circunstancias sobre las que no tiene ningún control. El fruto, nace de dentro, tiene una eficacia misteriosa y transforma, en primer lugar, al que se ha entregado personalmente, a través de su labor, su ingenio y su tiempo. Lo ha hecho más persona y más hermano; más imagen e un Dios “que está siempre obrando” (Jn 5, 17) en favor nuestro.


E!sta llamada se dirige a todos y no solo a los que tienen grandes responsabilidades. Es en lo gris de lo cotidiano, donde hay que invertir los talentos. Incluso cuando Dios parezca estar, como el señor de la parábola, tan lejos, que nos ha dejado solos e indefensos en nuestros riesgos. Por ejemplo, en la primera lectura se nos habla de un modelo de mujer que emplea sus talentos. No se puede quedar en referente de la esposa y madre. Abarca a toda actividad realizada por mujeres (y también por varones): el rasgo más importante es que “sabe hacer hogar”, con los de dentro y los de fuera. Igualmente, el salmo nos habla de un modelo masculino (que sirve también para las mujeres), de un hombre que ha sabido hacer familia, hogar y ciudad. Necesitamos de hombres y mujeres así: contemplativos “los que “temen” a Dios”, que en la acción cotidiana van trasformando nuestro mundo en hogar con Dios en el centro, como Dios mismo lo hace, y gracias a Dios, que nos da recursos, horizontes y ganas para hacerlo.


!GLORIA A DIOS!

Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee noviembre Ee 2020 a las 21:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO CARISMATICO DRVC


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO


08 - 14 de Noviembre 2020


“Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”


 

 

Sab 6, 13-17: “Encuentran la sabiduría los que la buscan”

 

La sabiduría es radiante y no se marchita, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean.

 

Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta.

 

Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado para otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.


 

Sal 63, 2-3.5-7: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”

 

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, sedienta, sin agua.

 

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

 

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

 

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo.


 

1Tes 4, 12-18: “A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él”

 

Hermanos, no queremos que ustedes ignoren la suerte de los difuntos para que no se aflijan como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él.

 

Les decimos esto basados en la palabra del Señor. Los que quedemos vivos hasta la venida del Señor no tendremos ventaja sobre los que han muerto. Pues Él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

 

Consuélense, pues, mutuamente con estas palabras.


 

Mt 25, 1-13: “Que llega el esposo, salgan a recibirlo”.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

 

— «Se parecerá el Reino de los Cielos a diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al novio. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes.

 

Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes llevaron consigo frascos de aceite con las lámparas.

 

El novio tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: “¡Ya viene el novio, salgan a recibirlo!”.

 

Entonces se despertaron todas aquellas muchachas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”.

 

Pero las prudentes contestaron: “No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras, mejor es que vayan a la tienda y lo compren”.

 

Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y sé cerró la puerta.

 

Más tarde llegaron también las otras muchachas, diciendo: “Señor, Señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

 

Por tanto, estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


 

NOTA IMPORTANTE


 

La parábola de las cinco vírgenes necias y de las cinco vírgenes sabias está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico”, que abarca los capítulos 24 y 25. La palabra griega ésjatos significa “lo último”. La escatología es el tratado de “las cosas últimas”, es decir, lo que viene después de la muerte, el fin último del hombre y de la historia de la humanidad, tal y como la conocemos en el tiempo presente. En estos capítulos el Señor Jesús instruye a sus discípulos sobre estas “realidades últimas”.


 

Para ubicarnos en el contexto, hagamos un breve resumen de dicho discurso. En el capítulo 24 Mateo describe aquella ocasión en la que, al salir del Templo de Jerusalén, los discípulos le comentan extasiados sobre la majestuosidad y belleza del edificio. El sólido e imponente Templo parecía indestructible. El Señor Jesús aprovecha la ocasión para hacer un sorpresivo y dramático anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (v. 2).


 

El anuncio probablemente causó un impacto tremendo en los discípulos. ¿Cómo era posible que de la Casa de Dios no quedara piedra sobre piedra? De momento quedarían atónitos y sólo más tarde, estando el Señor Jesús enseñando en el Monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (v. 3).


 

Es entonces que el Señor habla de los últimos tiempos: los discípulos serán sometidos a la confusión, se desatará una terrible persecución cuando llegue aquél día; algunos signos cósmicos impactantes precederán la inminente venida del “Hijo del hombre”. Con su venida gloriosa al final de los tiempos, también conocida como la parusía del Señor, terminará la historia humana tal y como la conocemos actualmente, se dará la resurrección de los muertos y el juicio universal.


 

Sobre el cuándo sucederá todo esto el Señor no da fecha alguna y, más allá de hablar de los signos previos al final, se limita a pronunciar algunas parábolas cuya lección fundamental es una misma: lo que debe preocupar al discípulo no es el momento preciso, sino el estar preparado en todo momento, siempre en vela, ya que nadie sabe ni el día ni la hora.

 

El discípulo debe permanecer vigilante tal y como vigila un hombre para que el ladrón no robe su casa, debe velar como vela en el cumplimiento de sus deberes un administrador fiel en ausencia de su señor (24, 45ss), o como vela una virgen que se provee de suficiente aceite para su lámpara en caso tarde en llegar el esposo a recoger a la esposa, o como vela un siervo hacendoso que multiplica los talentos que le han sido confiados por su señor mientras este se ausenta.


 

Todos estos son relatos que insisten en la necesidad de la “vigilancia” en la que debe permanecer el cristiano, en espera de la parusía.


 

En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús, para elaborar su parábola, echa mano de una escena de la vida cotidiana: la boda judía. «Entre los judíos, el matrimonio legal se realizaba, después de algunas gestiones preparatorias, mediante dos procedimientos sucesivos, que eran los desposorios y las nupcias. Los desposorios no eran, como hoy entre nosotros, la simple promesa de matrimonio futuro, sino el perfecto contrato legal de matrimonio, o sea el verdadero matrimonium ratum. Por lo tanto, la mujer desposada era esposa ya, podía recibir el acta de divorcio de su desposado-marido, a la muerte de éste pasaba a ser viuda en regla, y en caso de infidelidad era castigada como verdadera adúltera conforme a las normas del Deuteronomio (22, 23-24). Esta situación jurídica es definida con exactitud por Filón cuando afirma que entre los judíos, contemporáneos de él y de Jesús, el desposorio valía tanto como el matrimonio. Cumplido este desposorio-matrimonio, los dos desposados-cónyuges permanecían algún tiempo todavía con sus respectivas familias. Semejante tiempo, habitual¬mente, se extendía hasta un año si la desposada era virgen y hasta un mes si viuda, y se empleaba en los preparativos de la nueva casa y del equipo familiar. (…) Las nupcias se celebraban una vez transcurrido el tiempo susodicho y consistían en la introducción solemne de la esposa en casa del esposo. Empezaba entonces la convivencia pública y con esto las formalidades legales del matrimonio estaban cumplidas» (G. Ricciotti).

 

Según la misma costumbre judía las nupcias comenzaban al ponerse el sol. Acompañada por sus amigas y por un cotejo de vírgenes, es decir, jóvenes aún no desposadas, la esposa esperaba en su casa la llegada del esposo. Estas iban a casa de la esposa con una lámpara encendida, no tanto para alumbrarse en el camino como para aumentar la alegría de la fiesta.


 

El esposo, acompañado por un grupo de amigos y familiares, venía a casa de la esposa para llevarla a su casa. El traslado se realizaba en medio de un cotejo festivo. La esposa, hermosamente vestida y engalanada, era llevada en una litera. Los cantos jubilosos acompañaban al cotejo a lo largo del camino. Ya en la casa de los esposos se celebraba el banquete de bodas.


 

Esta estampa de la vida cotidiana la utiliza el Señor para aplicarla a su propia venida al final de los tiempos.


 

El esposo que tarda en llegar es el mismo Señor Jesucristo (ver Ap 19, 6ss). Su venida, entrada ya la noche, es su venida al final de los tiempos, su parusía.


 

Las diez vírgenes que estaban en casa de la esposa a la espera del esposo, con sus lámparas de barro encendidas de acuerdo al uso, representan a los discípulos y la necesidad de las obras para poder entrar en el gozo de su Señor. «La espera, al prolongarse, se torna insidiosa, porque hace descuidar la preparación que eventual¬mente existía en un principio y olvidar la realidad de la “venida”. Además, el haber estado preparado sólo al principio no sirve de nada a quien no se encuentre preparado también en el último minuto, el de la “venida”» (Ricciotti).


 

De estas diez vírgenes cinco son calificadas por el Señor de “necias”. El término griego morai puede traducirse también por embotadas (de mente), estúpidas, tontas, imprevisoras, imprudentes. Estas jóvenes no esperaban que el esposo podía demorar tanto, y al hacerse larga la espera, ya no les quedaba suficiente aceite para mantener encendida la lámpara. La lámpara sin aceite es la fe muerta, una fe que no ha sabido mantenerse viva por las obras de la caridad. Las vírgenes necias representan a aquellos que no se encuentran preparados para cuando llegue el Señor.


 

En contraposición están aquellas que el Señor califica de “prudentes”, del griego fronimoi, que también puede traducirse por inteligentes, sabias, previsoras. Son las que llevaron aceite extra para rellenar sus lámparas en caso demorase el esposo. Estas vírgenes representan a aquellos que se encuentran preparados para cuando llegue el Señor, preparados porque han sabido perseverar en las obras de caridad que nutren y mantienen viva la fe y esperanza en el Señor.


 

La puerta cerrada, la súplica de las vírgenes necias para que les abran y dejen entrar, y el rechazo definitivo del esposo expresado con aquella durísima fórmula de excomunión: «Les aseguro que no las conozco», preceden a la moraleja de la parábola que concluye con la seria admonición: «estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


 

La tardanza, la demora, así como el desconocimiento del día y la hora, pero la certeza de que viene, deben alentar a una vigilancia incesante, ininterrumpida, a estar preparados en todo momento, a toda hora. El tiempo presente es «un tiempo de espera y de vigilia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 672).


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

«Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora». Ésta es la gran lección que el Señor nos da también a nosotros, sus discípulos, con la parábola de las vírgenes prudentes y las necias.


 

Pero, ¿a qué “día y hora” se refiere el Señor? Si bien en el Evangelio se refiere a su venida gloriosa al final de los tiempos, lo más probable es que ese momento sea para nosotros el momento de nuestra propia muerte.


 

Pensar en la propia muerte no es algo que hagamos con frecuencia. Al contrario, lo normal es procurar evadir ese pensamiento por la inseguridad, por la angustia o miedo que nos produce. Muchos preferimos vivir el día a día “protegidos” por la ilusión de que la muerte nos llegará un día demasiado lejano, acaso ya de viejos, si no lo somos aún.


 

Pero lo cierto es que no sabemos cuándo la muerte tocará a nuestra puerta, y ese cuándo puede ser hoy mismo (Ver Lc 12,20). Por más jóvenes que seamos, o saludables que estemos, un accidente inesperado puede acabar con nuestra frágil existencia de un momento para otro.


 

Steve Jobs, fundador de Apple, compartía en el 2005 su propia experiencia con un numeroso grupo de jóvenes egresados de la Universidad de Stanford. Entonces les decía: «Cuando tenía 17 años, leí una sentencia que decía algo así como “si vives cada día como si fuera tu último, algún día ciertamente acertarás”. Esta sentencia causó una fuerte impresión en mí, y desde entonces, en los últimos 33 años, me miro al espejo cada mañana y me pregunto a mí mismo: ¿si hoy fuera el último día de mi vida, querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy día? Y cada vez que la respuesta era un “no”, por muchos días consecutivos, sabía que necesitaba cambiar algo. Recordar que todos moriremos pronto, es la herramienta más importante que jamás haya encontrado para hacer las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo, todas las expectativas externas, todo orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso, todo eso desaparece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón». Steve Jobs, luego de una larga lucha contra el cáncer, falleció el 5 de octubre del 2011. Para él llegó ya aquél “ultimo día”.


 

¿Recordamos nosotros que algún día moriremos? ¿Hago yo del “recuerdo de la muerte” un instrumento poderoso para tomar decisiones importantes en mi vida con el fin de cambiar el mundo según el Evangelio? ¿Hago yo de la “memoria de la muerte” un incentivo poderoso para hacer esos cambios necesarios en mi propia vida, pequeños o grandes, para ganar el Cielo y conquistar la eternidad?


 

Quienes no vivimos como aquellos «hombres sin esperanza» (1Tes 4, 13), quienes «creemos que Jesús ha muerto y resucitado» (1Tes 4, 14), creemos también que «Dios… nos resucitará también a nosotros mediante su poder» (1Cor 6,14). Los cristianos sabemos que la muerte es una “pascua”, un paso de esta vida a la Presencia del Señor. Los cristianos creemos que luego de la muerte seremos juzgados (ver Heb 9, 27), y que ese juicio será un juicio sobre el amor: ¿cuánto he amado? ¿Cuánto me he hecho semejante a Jesús por el amor, por la caridad? Quien sea hallado “revestido de Cristo” por la caridad, pasará a esa fiesta que jamás tendrá fin (ver Mt 22,1-14). Si en cambio vamos pasando la vida “adormilados”, “dormidos”, sin aprovisionarnos del “aceite” de las buenas obras necesario para mantener encendida la lámpara de la fe, nos exponemos a nosotros mismos a escuchar aquellas terribles palabras del Señor: «En verdad te digo que no te conozco».


 

La memoria de la muerte, así como pensar en el Encuentro que viene después de ese tránsito, debe ser para todo cristiano un estímulo constante para vivir de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo, para amar más, para amar como Jesús y para, desde ese amor, ayudar a la transformación de muchos corazones y del mundo entero.


 

Así pues, recuerda que un día morirás, y que ese día puede ser hoy mismo. Un día sin duda acertarás tú también. Procura tú también hacer de ese recuerdo un fuerte estímulo para vivir con sensatez, con la lámpara de la fe encendida y nutrida por el aceite de las obras de la caridad. No dejes pasar este día para convertirte más al Amor. No te acostumbres a decir: “¡mañana!”, para mañana decir nuevamente: “¡mañana, mañana!”. ¡Hoy es el día favorable! ¡Hoy es día de misericordia! Sí, Dios te ha prometido misericordia, pero no te ha prometido el mañana.


LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

«Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias».

San Gregorio Magno


 

«Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: “No sea que falte para nosotras y para vosotras”, etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas».

San Juan Crisóstomo


 

«Mas los que estamos siempre en Cris¬to, esto es en la luz, ni de noche abando¬nemos la plegaria. Así Ana la viuda perseveraba orando a Dios siempre y vigilando sin cesar, como está escrito en el Evangelio: No se apartaba del templo, sirviendo día y noche en ayunos y oraciones (Lc 2, 37). (…) Nosotros, hermanos carísimos, que siempre estamos en la luz del Señor, que recordamos y retenemos qué es lo que hemos empezado a ser por la gracia recibida, consideremos la noche como si fuera el día, tengamos la confianza de que caminamos siempre en la Luz, no nos dejemos invadir de nuevo por las tinieblas que hemos ahuyentado».

San Cipriano


 

«El Señor hizo a sus discípulos muchas advertencias y recomendaciones para que su espíritu se liberara como del polvo todo lo que es terreno en la naturaleza y se elevara al deseo de las realidades sobrenaturales. Según una de estas advertencias, los que se vuelven hacia la vida de arriba tienen que ser más fuertes que el sueño y estar constantemente en vela. (…) Hablo de aquel sopor suscitado en aquellos que se hunden en la mentira de la vida por los sueños ilusorios, como los honores, las riquezas, el poder, el fasto, la fascinación de los placeres, la ambición, la sed de disfrute, la vanidad de todo lo que la imaginación puede presentar a los hombres superficiales para correr locamente tras ello. Todas estas cosas se desvanecen con el tiempo efímero; son de la naturaleza del aparentar; apenas existen, desaparecen como las olas del mar. (…) Por esto, nuestro espíritu se desembaraza de estas representaciones e ilusiones gracias al Verbo que nos invita a sacudir de los ojos de nuestras almas este sopor profundo para no apartarnos de las realidades auténticas, apegándonos a lo que no tiene consistencia. Por esto nos propone la vigilancia, diciendo: “Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas” (Lc 12,35). Porque la luz que ilumina nuestros ojos, aparta el sueño y la cintura ceñida impide al cuerpo caer en el sopor. (…) El que tiene ceñida la cintura por la temperancia vive en la luz de una conciencia pura. La confianza filial ilumina su vida como una lámpara».

San Gregorio de Nisa


EL CATECISMO


Es tiempo de espera y de vigilia

 

672: Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel que, según los profetas, debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tribulación» (1 Cor 7, 28) y la prueba del mal que afecta también a la Iglesia e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia (Ver Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).


 

En la oración, el discípulo espera atento

2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


 

2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» (Sal 27, 8).


 

“Velad y orad para no caer en la tentación”

2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito»


 

!GLORIA A DIOS!

Saber ser hijos de Dios como programa de santidad

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 1 Ee noviembre Ee 2020 a las 19:20 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA HOY Y SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


"Saber ser hijos de Dios como programa de santidad"


Semana del 1 al 7 de Noviembre 2020


 Celebramos hoy la Fiesta de todos los Santos. Pero, ¿de qué fiesta se trata? ¿Cuál es su mensaje? ¿Qué alcance tiene para el cristiano de hoy? Estas cuestiones son eco de otras que me han dirigido muchos cristianos en un diálogo de discernimiento cristiano: ¿No es la santidad una palabra extraña en nuestro lenguaje actual?.¿A quién y a qué la podemos referir para que nos sirva en la vida de la fe? ¿No nos sitúa en un ámbito de perfectos, héroes y superdotados, de los cuales nosotros nos sentimos muy distantes? De momento, esta Fiesta nos da la oportunidad de reflexionar sobre el alcance de la Santidad en la vida, que no nos centre tanto en nuestras obras, cuanto en lo que Dios viene haciendo en nosotros.


 

La Palabra de Dios nos presenta hoy la realidad de una multitud de santos anónimos, plenos de vida evangélica, de experiencia de Dios, de sentimientos y obras de caridad. (Apoc 7,2-4-9-14). Y esto, porque el genotipo divino que marca su vida, no es otro que el ser Hijos de Dios. (1Jn 3,1-3). Haciendo esto más concreto, podemos decir con el evangelio de hoy, que la santidad vivida por Jesús, es un Camino de Bondad y Felicidad. (Bienaventuranzas y obras de Misericordia. Mt 5,1-12; 25). Esta es la Santidad: un Camino y una Meta de Bondad, Felicidad y Comunión.


 

Lo que hoy celebramos es el Amor de Dios, que ya ha acogido a los que nos han precedido y nos esperan a los que todavía estamos en camino. Santidad es “Comunión feliz entre todos los hijos de Dios.. Lo más importante de la vida cristiana es ser y no perder nunca la imagen de hijo de Dios, como hicieron y vivieron los santos.


 

 Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14


 

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles:

«No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».

Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:

«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:

«Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».

Y uno de los ancianos me dijo:

«Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».

Yo le respondí:

«Señor mío, tú lo sabrás».

Él me respondió:

«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».


 Salmo

 

Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 R/. Esta es la generación que busca tu rostro, Señor.


 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos. R/.

 

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos. R/.

 

Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor,

que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.


 

 

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 3, 1-3


 

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

 

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

 

Saber ser hijos de Dios como programa de santidad

 

La liturgia de este día nos brinda la celebración de una de las fiestas más populares y entrañables: la festividad de todos los Santos y , a la vez, la ocasión para reconsiderar nuestra vida cristiana mirando hacia adelante, hacia el final de la historia de cada uno y de la humanidad.


 Iª Lectura: Apocalipsis (7,2-4.9-14):El canto de los redimidos

 

I.1. En la primera lectura, en dos visiones, se nos muestra la apertura del misterio de la historia con la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser liberados de la destrucción. El libro del Apocalipsis, como sucede en la literatura de este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica, necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos. Este tipo de literatura se produce en tiempos de crisis y debemos estar atentos a no confundir simbolismo con realidad. El sello sobre los siervos de Dios sella su pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la multitud inmensa, incontable, es un paso más en este simbolismo y probablemente propone algo que se relaciona con las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza. Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable” representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero sacrificado, con su sangre. Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los israelitas en el momento de la Pascua de Egipto. Estamos, pues, ante una famosa liturgia Pascual, del día del Señor, en la que el autor nos ha querido situar al principio de su obra.


 

I.2. En el texto se nos quiere hablar de mártires, pero también de todos aquellos que han pasado por la tribulación de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad, son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo que son los auténticos vencedores de la historia. El tema que se propone es el de la salvación (aparece aquí y en Ap 12,10 y 19,1). Se insinúa algo de los Salmos 118,25, 3,9. El sentido es que Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.


 

I.3. Pero la “palma” se la lleva el himno que es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan pasado por la muerte. Lavar sus vestiduras en la sangre del Cordero es una teología bautismal, también eucarística, inspirada en algunos textos del AT (Ex 19,10.14).


 

I.4. La muerte y la resurrección de Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía. La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios, como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación. Ahora es cuando se cumple la profecía del Enmanuel verdaderamente, porque Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre, ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva. Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte según muchas expresiones que podemos encontrar en los textos del AT (v.g. Is 25) y de la teología joánica Jn 4,14; 7,38, que son las fuentes de la revelación.


 

IIª Lectura: Iª de Juan (3,1-3): La imagen de hijos de Dios


 

II.1. Este texto es una teología sobre la vida cristiana que se representa bajo la imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. Se trata de una alta teología como corresponde al círculo de las comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.


 

II.2. Si el título cristológico más coherente de la teología joánica, justamente, es lo que afecta a la filiación divina de Jesús, también para sus seguidores debe existir una posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él. Muchos santos ,desconocidos para nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y “hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para eso hemos nacido. ¡Vivamos con esperanza!


 

 

Evangelio: Mateo (5,1-12): Las opciones del Reino


 

III.1. El evangelio de esta fiesta es ya proverbial; se trata de las bienaventuranzas de Mateo, cuyo texto, además, tiene la solemnidad de una proclamación, sobre un monte (de ahí el Sermón de la Montaña en que está contextualizado), y para toda la multitud, como sería la multitud incontable del texto de Apocalipsis ( primera lectura). Es la carta magna del discipulado, de la vida cristiana, del seguimiento de Jesús, de la salvación futura. Las bienaventuranzas son creativas, no cuantitativas. Son los puntos más determinantes con los cuales Jesús ha pretendido una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano. No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la lucha por la justicia, porque Dios es justo. Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige, simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida. Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.


 

III.2. Se ha insistido mucho en los aspectos literarios y exegéticos de las bienaventuranzas de Mateo (5,1-12) y de Lucas (6,20-22) sobre el tenor original, es decir, aquellas que están más cerca de las palabras de Jesús. Sin duda, todo tiene su sentido, pero quedan muchas preguntas sobre la mesa, porque se permiten diferentes interpretaciones. El texto original que se tomó del texto de Q (sea simplemente Documento o Evangelio como algunos defienden hoy) podría estar bien representado en Lucas, pero no es algo absoluto. Sabemos que las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida. Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico” (no necesariamente apocalíptico), que quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.


 

III.3. Algunos especialistas han hecho una traducción sobre las bienaventuranzas en las que siempre es determinante el verbo “elegir”. Considero que puede ser discutible, pero es esclarecedor. Eso significa que proclamar bienaventurado (makários) a alguien no es porque sí, por su cara bonita, porque es un desgraciado o porque es o ha nacido en esta o aquella situación. En las bienaventuranzas, por su tono sapiencial, son muy importante las opciones: elegir ser pobre y no rico en este mundo; elegir la justicia y no otra cosa; elegir la paz. Aquí están representados los valores del reino, los valores de la vida ante Dios. Esto, independientemente de las bienaventuranzas auténticas de Jesús o las añadidas por la tradición catequética de la comunidad de Mateo. Es verdad que el término “elegir” no está en el texto, pero lo implica necesariamente. ¿Por qué? Porque no se trata de una proclamación sin contar con la voluntad soberana del hombre que vive y hace la historia.


 

III.4. Un factor muy importante de lectura e interpretación sería hacer el intento de traducir a un lenguaje de hoy el texto de las bienaventuranzas; teniendo en cuenta ese sentido sapiencial del que hemos hablado y esa “opción” o “elección” que hemos planteado como necesaria. Debemos conservar las palabras del evangelio, de Mateo o de Lucas, si es posible en su tenor y en su sentido original. Pero hoy debemos enriquecer nuestra comprensión de las mismas con el “espíritu” que emana de ellas. Es como cuando hemos vivido y atravesado un puente romano durante todo la vida, pero ahora, sin destruir ese puente, porque la ciudad ha crecido, hacemos uno nuevo, con tecnología punta. Subsisten los dos, pero quizás por el romano no pueden pasar todos los vehículos pesados de hoy. Los limpios de corazón, por ejemplo, son dichosos porque están abiertos a los demás y los valoran como hijos de Dios. Es decir, seamos creativos y proféticos al interpretar las bienaventuranzas del Reino.


 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

SANTIDAD es aprender a ser Hijos felices de Dios, acogiendo su Obra en nosotros


 Sed santos (buenos), como vuestro Padre, que hacer salir el sol sobre buenos y malos(Mt, 5, 48;Lev 19,2). No es tanto lo que yo hago o tengo que hacer, sino lo que El hace, y de lo que yo me puedo hacer consciente. Pero, ¿cómo es esa Obra de Dios en mí?

 

a) Por Amor, Dios crea un ser con capacidad de ser bueno y feliz con El.El amor de Dios comienza a manifestarse en la creación. El Dios que es Amor, Comunión, y Entrega, encuentra su reflejo e imagen, en la apertura y receptividad, capacidad del ser humano. Por eso dice Santo Tomás: Por ser imagen de Dios, el hombre tiene capacidad para la gracia, o sea, para acoger el Amor de Dios, y al acogerlo, realizar el encuentro que nos transforma-


 

b) Por Amor Dios crea un ser que no puede estar sin Él, y sin los demás.Eso es santidad. Desde siempre, Dios ha creado al ser humano como ser de comunión y le ha llamado a responder al amor que le ha otorgado Desde siempre hay en el hombre una “capacidad de Dios” y un “deseo natural de ver a Dios. Fue Dios quien sembró en el corazón humano el anhelo del Infinito de amarlo y contemplarlo cara a cara. Por eso hay en el hombre un vacío que sólo se colma cuando se encuentra con Dios.


 

c) Por amor Dios va más allá de la justicia.En Dios, la bondad es lo condicionante de todo su ser y obrar. Dios manifiesta su justicia no condenando, sino salvando. Dios manifiesta su justicia, (Rm 3, 24-26) justificando, o sea, haciendo justo al pecador y teniendo misericordia de todos. Esta justicia es una buena noticia, pues no se trata de la justicia retributiva, por la que Dios premia o castiga según los merecimientos de cada uno, sino de la justicia que justifica (hace justo) al impío.


 

d) Por amor Dios perdona y no condena.“No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón” (Juan Pablo II). Mostrar misericordia significa vivir plenamente la verdad de nuestra vida”. “El Dios que nos redime es un Dios de misericordia y de perdón; “el perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón lleva a una humanidad más plena, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador.


 

f) La verdadera santidad es una gracia, es la obra que Dios hace gratuitamente en mí.Una existencia vivida con mucha fe y mucha humanidad. Una vida que expresa sentimientos y actitudes de bondad y compasión, que se concreta en obras de justicia, caridad y solidaridad. Porque así es el Dioscristiano, así actúa Dios y así quiere que sean y actúen sus hijos. Así es la santidad de Dios y así se refleja en sus santos. A estas personas están dirigidas las bienaventuranzas. Para que esta acción gratuita de Dios opere la santidad en nosotros, es preciso acogerla agradecidamente y ejercitarla responsablemente. La santidad de Dios es ser bueno con todas sus criaturas y hacerlas buenas. Nuestra santidad es el resultado de la benevolencia de Dios hacia nosotros. No hallamos gracia a sus ojos por nuestros méritos, sino por su benevolencia y mirada misericordiosa. Esta mirada es lo que pone en nosotros santidad Y. lo más que nosotros podemos hacer es dejar que esa bondad de Dios se refleje y actúe en nosotros. Pero en todo caso, la santidad es gratuita, como don de Dios, y obra del Espíritu Santo en las personas.


 

¡SANTOS, SÍ!, y por ello, “Buenos” y “Felices”


 

Podemos decir, pues, que la santidad es Un camino de Bondad, Felicidad y Comuniónque Dios realiza en nosotros. En realidad, un santo no es otra cosa que una buena persona.Porque ser santo no es más que ser lo que tenemos que ser, pero siempre con la ayuda de la gracia.

 

El Papa Francisco, en su exhortación sobre la Santidad en el momento actual,“Alegraos y regocijaos”,pone la santidad en el horizonte de la bondad (Mt 25) y la Felicidad (Mt 5, 5-15)

 

Las Bienaventuranzas son como el carnet de identidad del cristiano. ¿Cómo se hace para llegar a ser buen cristiano?'. Es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en las Bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro que estamos llamados a transparentar en la vida cotidiana. (.G.E. 63). ¡Feliz o bienaventurado es sinónimo de santo!

 

Por eso, la Santidad es un proyecto de felicidad y a la vez un programa de cómo ser lo que debemos ser. Con deficiencias y pecados, muchos han buscado la felicidad en la santidad. Estas confesiones de hombres buenos y felices pueden acercarnos a la santidad de Jesús, y hacer más humana la nuestra.

 

“En la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos”. (Leon Bloy)

 

«Ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno.»(Unamuno)

 

“En todo hombre bueno habita Dios.» (L A. Séneca)

 

«No denomino héroes a aquellos que han triunfado por sus ideas o por la fuerza. Sólo considero héroes a aquellos que fueron grandes por su bondad (Tolstoi)

 

«Sólo los que son verdaderamente buenos y santos son felices.»(Pablo VI).

 

“La bondad es el único Evangelio que muchos leerán.»(Helder Cámara)

 

“Miúnica misión en la vida era ser bueno.(C. Foucauld)


 

Conclusión

 

Ahora puedo aportar yo mi propia experiencia de Santidad por la Bondad, Felicidad y Comunión, preguntándome: ¿Cómo es la obra que Dios viene realizando en mi según su propia Santidad Bondadosa?


 

 

!GLORIA A DIOS!


LA VIRGEN MARIA, MAESTRA DE ORACION

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 24 Ee octubre Ee 2020 a las 21:55 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


4. LA VIRGEN MARÍA, MAESTRA DE ORACION


Entre el pueblo judío, a temprana edad, los padres iniciaban a sus hijos en la oración: los salmos, las

grandes oraciones del pueblo, la suplica, la alabanza, la intersección. Nos impresiona pensar que fue la

Virgen María la que le ensena a orar a Jesús. El niño Jesús tuvo que aprender algunos salmos, se quedaría

mirando la piedad con que su madre María, hablaba con Dios. La vería, acercarse a la Escritura y escrutarla.

La casita de Nazaret fue una escuela de oración.


Al ascender Jesús al cielo, la Virgen María continúo como maestra del Cuerpo de Jesús, la Iglesia. En esa

actitud la observamos en el libro de Los Hechos de Los Apóstoles, allí se encuentra congregada la Iglesia, los

apóstoles, los discípulos; allí esta ella que ya había sido llenada por el Espíritu Santo, ayudándose a abrirse

al Poder del Santo Espíritu. ‘Perseveraban unánimes en la oración”, dice el texto bíblico. En la actualidad la

Virgen María continua como maestra de oración, para los que se acercan a ella.

Contemplemos algunas facetas de la vida de oración de la Virgen María.


LA ORACION EN SILENCIO


Jesús advertía que la oración no debía caracterizarse por una “palabrería inútil”. Muchas de nuestras fallas

en la Oracion consisten en hablar más de la cuenta y en olvidarnos de que Dios quiere que lo escuchemos.

Quiere que hagamos silencio respetuoso y paciente para poderlo oír a Él. María esta en silencio humilde y se

esfuerza por escuchar lo que Dios quiere decirle. Es durante ese momento de silencio cuando por medio del

ángel, Dios le revela su misión: Dara a luz al Mesías, todo será por obra del Espíritu Santo, de una manera

anormal.


El evangelio habla de la “turbación” de la Virgen María, no está casada y ya le hablan de quedar

embarazada. Como es eso? En el mismo silencio de su oración recibe la respuesta enigmática de Dios. Ella

no comprende, pero su respuesta es definitiva. “Soy esclava del Señor, que se haga en mi según su

Palabra”. Lc 1,38.

La Virgen María es nuestra maestra en la oración del silencio, en la que buscamos la voluntad de Dios y

pedimos las fuerzas para decirle Si a Dios, en sus desconcertantes directivas, que nos turban.


LA ORACION DE ADORACION


Toda madre “adora” a su hijo en sentido figurado. La Virgen María, no en sentido figurado, sino en realidad,

“adoro” a su hijo apenas nació. Allí frente a ella, estaba el Mesías. Se le había dicho que sería EMMANUEL,

Dios con nosotros. Se le había advertido que se llamaría Jesús, es decir Salvador. Por eso Ella lo adoro, no

solo con el corazón, sino con los ojos de la Fe.


Hincados en nuestro cuarto o ante el Sagrario, o bajo el cielo azul, adoramos a Dios. Solo lo podemos hacer

con los ojos de la Fe.


La Virgen María tenía que avivar su fe, Era posible que ese niñito lloriqueante fuera Dios? En nuestra oración

le rogamos a María que nos acompañe para saber adorar a Dios en todas partes, en todas las circunstancias.

Se trata del Dios Vivo que se nos revela por medio del Espíritu Santo. Como Tomas, caemos de rodillas y

decimos: “Señor mío y Dios mío”.


LA ORACION DE LA ENTREGA


Orar no quiere decir forzar la mano de Dios para que se haga nuestra voluntad. Parece que así lo

entendemos con demasiada frecuencia. María lleva al Templo a su hijo, se lo va a ofrecer a Dios para que se

cumpla en EL, no lo que ella quiere y suena, sino lo que Dios ha determinado. El anciano Simeón le sale al

paso y le profetiza que su hijo será “signo de contradicción”; debido a ese misterioso hijo una “espada de

dolor” le atravesara el corazón. En oportunidades como estas, a las madres se les deseaba

bienaventuranzas, felicidad. A la Virgen María se le señalaba un horizonte rojo en el que se yergue una

amenazante espada.

Maria no pronuncia palabra, en lo profundo de su corazón, repitió su HAGASE. Recordó que era la esclava

del Señor.


María nos ensena a no torcer el sentido de la oración. Rezamos, no para que se cumpla nuestro sonado

plan, sino para que se haga lo que Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros. Le pedimos en nuestra

oración, no tener miedo de decir: “Hágase”.


LA ORACION CON LA BIBLIA EN LA MANO


Los niños se especializan en plantearles difíciles preguntas a sus papas. Cuando Jesús se quedo en el

Templo, le hizo a María una complicadísima pregunta: “Porque me buscaban; no sabían que yo debía estar

en la casa de mi padre?” Lc 2,49. Claramente afirma el evangelista que la Virgen no comprendió nada de

todo esto. Enseguida el evangelista describe a María, que regresa a su casa de Nazaret –su casa de oracióny

que “guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” Lc 2,51.


La Virgen María se acerca a la Palabra, a Jesús; no entiende muchas de las palabras de Jesús. Su actitud es

la de permanecer rumiando esas enigmáticas palabras. Según la afirmación de Jesús, María es la que

“guarda las palabras y las pone en práctica”. Lc 11,28.


La Virgen María nos ensena a orar con la Biblia en la mano. A saber escudriñar la palabra y esperar que esa

palabra dentro de nosotros, nos vaya guiando y se vaya convirtiendo en luz. Ella nos ensena a guardar la

palabra y luego ponerla en práctica. “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en

práctica”. Lc 11,28.


LA ORACION DE INTERSECCION


Si la Virgen María en Cana, no hubiera tenido bien abiertos los ojos y el corazón, no se hubiera dado cuenta,

de los apuros en los que se encontraba la familia. Muchos otros, en la fiesta, se preocupaban solamente de

divertirse. María, estaba atenta para servir, y por eso capto el momento, la pena que estaban por pasar los

nuevos esposos. No se pudo quedar tranquila y acudió a Jesús.


La Virgen nos ensena que para ser buenos intercesores en la oración, hay que tener bien abiertos los ojos

para ver la necesidad ajena. También nos ensena que hay que tener muy abierto el corazón para saber “reír

con los que ríen y llorar con los que lloran”. Rom 15,15.


María sabia que ella no podía remediar esta situación, y acudió a su hijo. Nos ensena a acudir a Jesús. Ella

se une a nosotros en nuestra oración de intersección ante Jesús. Jesús nos lleva hacia el Padre.

La oración de Intersección de María ante Jesús fue poderosísima en las Bodas de Cana, cuando todavía no

había sido glorificada junto a Dios. Ahora que está en el cielo, su oración de intersección por nosotros es

mucho más poderosa. Por eso en nuestras suplicas, la llamamos a nuestro lado para que nos lleve a Jesús y

ruegue por nosotros.


LA ORACION ANTE LA CRUZ


San Juan la describe “al pie de la cruz”. No le podía fallar en ese momento a su hijo. Allí estaba. Su mirada

no se apartaba del rostro de Jesús. Oraba junto a su hijo. Intercedía por su hijo Jesús, el único Intercesor

ante el Padre. 1 Tm 2,5.


La mirada de la Virgen María, se deslizaba desde la frente ensangrentada de su hijo hacia los clavos en las

manos y los pies, hacia la herida del costado…hacia su mirada enturbiada, hacia sus labios orantes.

María nos ensena como centrar nuestra oración en la pasión de Cristo. Nos ensena a ir repasando todos los

detalles de su martirio, a mover nuestros labios en agradecimiento a Dios que “tanto amo al mundo que

envió a su hijo para que todo el que crea en El, no se condene, sino que tenga vida eterna” Jn 3,16.

Abraham para obedecer a Dios, llevo un día a su hijo hasta el monte para sacrificarlo. María para que se

cumpliera el plan de Dios, acompañó a su hijo al calvario, para que fuera sacrificado. A Abraham un ángel le

detuvo la mano. Nadie detuvo la mano del mundo al crucificar a Jesús. María nos ensena que la meditación

en la pasión de Cristo, nos fortalece en la Fe y nos ayuda a aceptar mejor nuestra propia cruz.

LA ORACION DE LA NOCHE DE LA MUERTE

Jesús fue sepultado. María veía como fracasaba la fe de los apóstoles y discípulos. Ellos se encontraban

desalentados en el Aposento Alto; los de Emaus iban de regreso hacia su pueblo. Tomas se había alejado.

Las luces se habían apagado. La fe ya no brillaba en la Iglesia. Solo ella, la madre, seguía como candelita,

brillando en medio de la oscuridad. No sabía explicarse todo lo que había sucedido, pero seguía confiando en

las palabras de su hijo, que le había recomendado que supiera esperar, pues al tercer día, resucitaría. No

comprendía nada, seguía en su noche oscura, brillando con la luz de su confianza en Jesús.

La Virgen María nos ensena la oración de la Fe en medio de la oscuridad; ante la muerte de los seres

queridos, ante nuestras tragedias. Nos ensena a no cesar en la oración…a seguir esperando hasta que se

desentrañe el secreto.


LA ORACION EN LA IGLESIA


La última estampa que la Biblia nos presenta de la vida de María es en el Cenáculo. María se sentía Iglesia y

no podía faltar a aquella asamblea eclesial, en donde “unánimes perseveraban en la oración”. Hch 1,14.

Conocía perfectamente las promesas de Jesús de que donde estuvieran reunidos dos o tres en su nombre,

allí estaría El. Mt 18,20. María permaneció como la madre de la Iglesia, al pie de la cruz, había recibido ese

encargo, cuando Jesús le dijo: “Mujer, he ahí a tu hijo” Jn 19,26.


Ella ya había recibido la plenitud del Espíritu Santo el día de la anunciación. Su “protopentecostes” como lo

llama René Laurentin. Allí estaba la madre ensenando a orar a la Iglesia naciente, allí estaba ella

ensenándoles a unirse con Dios por medio del Espíritu Santo. Esa es la autentica oración.

La Virgen María no debe faltar en todo cenáculo en donde se persevere en la oración y en donde se busca la

presencia del Espíritu Santo. Por eso la llamamos a nuestro lado, por eso insistimos en que nos acompañe,

porque ella es Maestra de Oracion y nos ensena a HACER LO QUE EL DIGA.


Maria un día, enseno a rezar a su niño Jesús. Más tarde enseno a rezar al “nuevo” Jesús, la Iglesia de

Pentecostés. Ahora está junto a nosotros, para ensenarnos a escuchar la voz de Dios en la oración y a

abandonarnos a su voluntad con un HAGASE. Ella nos muestra la manera de adorar al “Emmanuel”, a Jesús

nuestro Salvador. Nos muestra como aceptar la cruz que El ha permitido para nosotros. Ella, la madre nos

ayuda a acercarnos a la Palabra y a irla devorando en el silencio del corazón. Nos da ejemplo de cómo tener

los ojos siempre abiertos para ver las necesidades de los otros e interceder por ellos. La vemos de pie, junto

a la cruz, repasando, con los ojos y el corazón cada una de las llagas de Jesús. Como veladora brillante, nos

acompaña en las noches oscuras de nuestra fe. Y como madre amorosa, persevera junto a nosotros, en

Iglesia y nos acompaña para que, nuevamente tengamos una nueva efusión del Espíritu Santo. Por eso, con

cariño, no nos desprendemos de esa admirable maestra de oración!


LA MADRE QUE NOS SIGUE MIRANDO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 20 Ee octubre Ee 2020 a las 14:25 Comments comentarios (0)

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DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


LA MADRE QUE NOS SIGUE MIRANDO


Los arquitectos de la catedral de Reims, en Francia, colocaron un enorme vitral en el ábside de esa bella

Iglesia. El día de la Asunción cuando sale el sol, ilumina el vitral y luce radiante la escena de la ASUNCION

DE MARÍA AL CIELO.


De nuestros antepasados queremos conocer los datos más importantes acerca de su vida, abuelos,

bisabuelos, parientes. De María quisiéramos conocer muchos más detalles de los que encontramos en el

Evangelio. Lastimosamente, la última vez que el Nuevo Testamento se refiere a la vida de María en la tierra,

es el día de Pentecostés, cuando la presenta en el Cenáculo en compañía de los Apóstoles y discípulos.

De aquí que tenemos que acudir a urgar la tradición de nuestros escritores de los primeros siglos: de los

Padres de la Iglesia; de los que estuvieron más cerca de los Apóstoles.


San Juan Damasceno nos narra que María murió más o menos a los 72 anos, cuando la sepultaron, faltaba

el Apóstol Tomas. Cuando llego Tomas fueron al sepulcro y no encontraron el cadáver. Todos aceptaron

pacíficamente que María había sido llevada al cielo. El mismo Santo afirma que fue enterrada en el Huerto

de Getsemaní. Esto lo confirma San Dionisio, un testigo presencial en su carta a su amigo Timoteo.

La fiesta de la Asunción de María se celebra desde hace unos 1500 anos, desde el siglo V. En la tradición de

la Iglesia, se ha sostenido que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Algunas tumbas de apóstoles

fueron veneradas. Ningún lugar del mundo, reclamo tener los restos mortales de la Virgen María. La

tradición de la Iglesia ha aceptado, desde hace siglos, que la Virgen María fue llevada al cielo en cuerpo y

alma.


LA PAGA DEL PECADO


Dice la carta a los Romanos, “La muerte es la paga del pecado” Rom 6,23. Todos los que hemos pecado, un

día tendremos que morir. Nuestro cuerpo de descompondrá en el tumba. Es la ley humana.

La Virgen María a la luz de la Biblia, es la “llena de Gracia”, la “bendita entre todas las mujeres”. Es un caso

totalmente aparte. Dios decide enviar a Jesús para redimir a los hombres, entonces prepara a una mujer

para que sea el vehículo por medio del cual llegue Jesús al mundo. A la llena de Gracia, la redime

anticipadamente, caso único, irrepetible en la historia. Dios la dispuso para que fuera la guardadora en su

seno de la misma divinidad. En esto, no tuvo ningún merito la Virgen María, ella fue la agraciada de Dios. Su

merito consiste en haberle dicho SI en todo a Dios.


Por voluntad de Dios, María fue redimida anticipadamente, fue preservada del virus del pecado original. Por

eso la llamamos CONCEBIDA SIN PECADO ORIGINAL, Inmaculada Concepción. La muerte de la Virgen María

fue como la de Jesús; algo momentáneo para resucitar inmediatamente. San Juan Damasceno decía: “Como

iba a gustar la corrupción de la muerte, aquella de quien broto la vida?”.


En el Antiguo Testamento, lo mas santo que tenía el pueblo lo guardaban en el Arca de la Alianza: Las tablas

de la Ley, el Mana, la Vara de Aarón. El Arca de la Alianza por orden de Dios, estaba fabricada con madera

incorruptible. María no guardo un símbolo, sino a la misma divinidad. Fue Arca del Nuevo Testamento de

Jesús, Dios, que se encarno en su seno. No fue tocada ni un solo instante por el Espíritu del mal, porque su

cuerpo debía contener a la misma divinidad.


Esto llevo a las primeras generaciones de cristianos a no hablar propiamente de la muerte de María, sino de

su “dormición”. La fiesta de la Dormición de la Virgen María es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia.

En la Biblia se describe magníficamente el momento solemne en que Salomón preparo un trino junto al suyo

para su madre. El rey sabio, salió al encuentro de su madre y le puso sobre la cabeza una diadema,

mientras todo el pueblo la ovacionaba. Esta estampa bíblica no es sino un pálido reflejo de lo que fue la

glorificación de la Virgen María.


La que le había dado su cuerpo a Jesús, no iba a sufrir la lobreguez de una tumba. San Agustín decía: “Una

misma carne es la de Jesús y María; glorificada una, tenía que ser también glorificada la otra.”


EL DOGMA


Los padres de la Iglesia desde remotos tiempos comenzaron a referirse a la Virgen María, como la nueva

Eva. La antigua Eva colaboro con Adán para traer muerte; la raza humana fue dominada por el Espíritu del

mal. María es la nueva Eva, a la par de Jesús, a quien la Biblia llama el nuevo Adán. María es la principal

colaboradora de Jesús en la lucha contra el espíritu del mal. Jesús en su cruz vence al mal y al pecado y es

glorificado. Maria por ser la principal colaboradora, anticipadamente, es glorificada. Todos nosotros los que

estamos en Cristo, esperamos lo mismo que María, ser glorificados en cuerpo y alma, al final de los tiempos.

Esa es la promesa de Jesús para todos sus seguidores.


“La Asunción de María no se menciona en la Biblia”, alegan algunos no católicos. Tampoco en la Escritura se

hallaba lo que se debía hacer respecto a la circuncisión, en el caso de los paganos que se convertían al

cristianismo. La Iglesia tuvo que reunirse en el Concilio de Jerusalén para resolver este problema. La Iglesia

estaba segura de que Jesús la había prometido la asistencia del Espíritu Santo en los asuntos concernientes

a la Fe. Después de intensa oración y un dialogo bastante caldeado, llegaron a un acuerdo. “Le ha parecido

bien al Espíritu Santo, y a nosotros” fue la expresión que empleo la Iglesia primitiva para dar a entender que

se sentía guiada por el Espíritu Santo al definir que la circuncisión no era indispensable para la salvación.

Con relación a la Asunción, se siguió el mismo proceso. Desde un principio la Iglesia no hablo de la muerte,

sino de la dormición de María. La tradición hablo de la Asunción de María. Fue la creencia firme de la Iglesia

a través de los siglos, hasta que la Iglesia se sintió preparada para declarar el dogma, después de consultar

a teólogos, universidades, obispos, sacerdotes y laicos. Fue el Papa Pio XII a quien le toco recoger el

discernimiento de la Iglesia a través de los siglos. La declaración dogmatica afirma que María después de su

vida mortal fue llevada en cuerpo y alma al cielo. No se especifica nada acerca de la manera como María fue

Asunta al cielo.


MAS CERCA DE NOSOTROS


Las primeras comunidades cristianas cada día se fueron encontrando más y más, con María. En el Cenáculo,

María acompaño a la Iglesia que se manifestó en Pentecostés. Para los primeros cristianos María era la

representación más viva de lo que debía ser un seguidor de Jesús. Fueron descubriendo su Santidad, como

nosotros vamos descubriendo a Santos que viven entre nosotros. Asunción no indica que María ya no está

con nosotros, que se alejo de la Iglesia que Jesús le encomendó como madre. Cuando Jesús había ascendido

a los cielos, los apóstoles y discípulos, nunca en sus escritos se lamentaron de que Jesús no estuviera con

ellos. Lo sentían más presente que antes por medio del Espíritu Santo. Ahora, tenían, como nunca, poder

para predicar y hacer milagros. Expulsaban demonios y curaban enfermos, creían fielmente que Jesús

permanecía entre ellos.


María, ahora que está junto a Jesús, glorificada, se encuentra más cerca de nosotros; como la madre que ha

muerto y que desde el cielo ruega por sus hijos. Así le debemos sentir y experimentar.

Las imágenes de María, curiosamente casi nunca miran hacia el hijo que lleva en brazos. Nos miran a

nosotros. Su hijo ya esta glorificado; no necesita cuidado. Su mirada va hacia nosotros, sus hijos todavía

peregrinos. Nos mira, nos cuida.


Las imágenes de María, son testimonio del sentir popular y teológico. La madre que nos mira, cumple su

oficio de madre de La Iglesia, que le encomendó Jesús.


EL CUERPO MISTICO DE CRISTO


Pablo describe a la Iglesia como cuerpo de Jesús. Todos ocupamos un lugar; somos miembros. Todos los

que estamos en Cristo, nos intercambiamos nuestros tesoros espirituales. Nuestros difuntos están con

Cristo; oran por nosotros. Nosotros oramos por ellos.


Es inconcebible que una madre que ha pasado a la eternidad y esta con el Señor, se olvide de sus hijos de la

tierra. Más que nunca, ora por ellos. Esa es la comunión de los Santos. Maria, glorificada, ora por nosotros.

La carta a los Hebreos describe a Jesús como sacerdote que ora por nosotros ante el Padre. María siempre

está junto a Jesús. Ella se une a la oración suplicante de Jesús por nosotros. Por eso le pedimos que nos

acompañe con su oración. María está unida a la oración de la Iglesia, como en Pentecostés.


NOS ENSEÑA A IMITAR A JESÚS


El poeta Dante escribió que el rostro de María es el que más se asemeja al de Jesús. Por ser su madre, su

mejor imitadora. La Santidad consiste en que la imagen de Jesús vaya apareciendo en nosotros. María es la

que mejor imito a Jesús.


San Juan, en el Apocalipsis, cuenta una visión que tuvo. Contemplo a una mujer vestida de sol. La luna a

sus pies, doce estrellas como corona. Ap 12. Esa mujer representa a la Iglesia glorificada en el cielo. La

representante típica de la Iglesia es María, la mejor seguidora de Jesús, el miembro más eminente del

cuerpo de Jesús.


María esta vestida de sol. Ella no tiene luz propia, Toda su gloria le viene de la luz de Dios, que la lleno de

gracia y la hizo bendita entre todas las mujeres.


María tiene a sus pies la luna, símbolo de la variable, de lo pasajero. Luzbel se creyó luz, y no reconoció que

su luz venia de Dios. María no se cree la luz, ella es la esclava del Señor. Su luz viene de Dios, por eso

glorifica a Dios. Ella nos ensena a escuchar la palabra, a guardarla y vivirla, a dejarnos guiar por el Espíritu

Santo.


Invitamos a María a nuestras vidas en momentos de alegría, como en las Bodas de Cana, en nuestras

fiestas, en nuestros gozos. En los momentos de tribulación, la queremos junto a nosotros, como Cristo la

tuvo junto a su Cruz. En momentos de oración, ella esta como en el Cenáculo, en medio de nosotros,

animándonos, acompañándonos en nuestra alabanza a Dios. María que nos mira desde sus imágenes, es la

madre que desde el cielo, piensa y ruega siempre por sus hijos.

LA IGLESIA TIENE UNA MAMA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee octubre Ee 2020 a las 15:10 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


2. LA IGLESIA TIENE UNA MAMA


 

En ambientes no católicos, causa escándalo que nosotros llamemos a María, “Madre de Dios”. Lo interpretan mal.

Como que afirmáramos que María engendra a la Divinidad o que Jesús pasara a ocupar un segundo plano con respecto

a su madre. Nada de eso. Algo muy simple: San Juan, en su evangelio, escribe: “La palabra estaba con Dios y era

Dios”...”Y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” Jn 1,1-14. Un ángel también indico el nombre del

Mesías: “Sera llamado Emmanuel, Dios con nosotros” Mt 1,23.


Jesús es la palabra que viene a vivir entre nosotros. Jesús es Dios y hombre a la vez. No deja de ser Dios al vivir

entre nosotros. María es la madre de Jesús, que es Dios y hombre. Eso entendemos cuando llamamos a María “Madre

de Dios”.


Santa Isabel inspirada por el Espíritu Santo lo comprendió muy bien cuando llamo a María, “La madre de mi

Señor” Lc 1,43, es decir la “Madre de mi Dios”, según el estilo de la Biblia.


El pueblo sencillo, antes del siglo V, ya tenía una oración muy bella a María, la más antigua que se conoce en

honor de la Virgen, que dice: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras suplicas en

nuestras necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, Oh Virgen siempre gloriosa y bendita”. El pueblo

sencillo sin complicaciones de tipo teológico, llamaba a María “Madre de Dios”.


Fue también en el Siglo V, cuando Nestorio, que era Patriarca de Constantinopla, suscito una crisis de tipo

teológico dentro de la Iglesia. Nestorio se oponía rotundamente a que se llamara Madre de Dios. La Iglesia se reunió

en concilio en Efeso. Allí se estudio este caso y se termino por declarar el dogma en que se afirmaba que María es

Madre de Dios. Desde aquellos lejanos días de Efeso, la Iglesia con sencillez, sin complejos teológicos, sigue rezando:

“Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte, Amen”.


LA MAYOR INTIMIDAD CON LA DIVINIDAD


De Moisés afirma la Biblia que tenía tanta intimidad con Dios que hablaba cara a cara con él. Ex 33,11. Sin

embargo la misma Biblia narra que Moisés le pidió a Dios ver su rostro. Se le contesto que no podía, porque era

humano. Dios accedió a darle nada más, una señal de su presencia. La Biblia simbólicamente afirma que Moisés vio a

Dios “de espaldas”. Ex 33,23.


María no vio “de espaldas” a Dios. María fue una sola carne con Jesús, el Verbo que era Dios. Cuando el Verbo se

hizo carne y puso su tienda de campaña entre nosotros, fue María esa purísima tienda Altar, en donde se poso la

Divinidad. Por eso Dios adelanto la redención de María, para que no fuera tocada en ningún instante, por el pecado de

origen. La hizo inmaculada.


La Encarnación del Verbo es la humillación de Dios, que se despoja de sus privilegios de Dios y se cubre con los

harapos del hombre. Bien lo describió San Pablo cuando escribió: “Se despojo de su categoría de Dios y se hizo como

uno de tantos”. Flp 2,7.


En su humillación Dios se sometió a tener una madre que le lavara los panales, que le ensenara a hablar, a rezar,

a leer las Escrituras, que lo reganara, que lo acompañara durante toda su vida.


A la Virgen María la encontramos en el Nuevo Testamento, en los momentos claves de la vida de Jesús. Está en la

Encarnación. Aparece cuando Jesús a los 12 anos, llega a la mayoría de edad religiosa y recibe la Tora. María interviene

en Cana, cuando Jesús realiza su primer milagro. María no se despega de la Cruz. María esta en el Cenáculo cuidando

de la Iglesia que nace.


 

Dos madres expresaron originalmente su admiración por el papel que Dios le asigno a María en la historia de la

Salvación. Una madre del pueblo le grito a Jesús: “Bienaventurado el seno que te llevo y los pechos que te

alimentaron” Lc 11,27. Santa Isabel al recibir a María en su casa, le dijo: ‘De donde a mí, que venga a visitarme la

Madre de mi Señor?”. Lc 1,43. Ambas madres externaron su admiración por María como madre del Señor, es decir de

Dios.


María no intento exponer falsas excusas. Acepto con humildad y dijo: “Me llamaran bienaventurada todas las

generaciones” Lc 1,48. Entre esas generaciones, que reconocen lo que significa ser madre de Jesús, que era Dios y

hombre, estamos nosotros que, sin complejos, la seguimos llamando Santa Madre de Dios.


MADRE DE LA IGLESIA


Fue San Pablo el que describió a la Iglesia como el “Cuerpo de Jesús”. Jesús es la cabeza, nosotros somos los

miembros. Los teólogos a la Iglesia la llaman el “Cuerpo Místico de Cristo”. María es la madre de la cabeza, es también

la madre de todo el cuerpo. Es la madre del Jesús Místico, que es la Iglesia. En el Nuevo Testamento a la Virgen María

se le encuentra constantemente en actitud de Madre de la Iglesia. En Belén, María presenta a Jesús. Lo muestra a los

Pastores y a los Magos de Oriente. A todos les ayuda a descubrir al Mesías. María en la Iglesia, esta para mostrar a

Jesús; para acercarnos a Él.


En Cana, María se muestra como la Madre que no soporta ver a sus hijos en aflicción. Inmediatamente acude con

confianza a su hijo: “No tienen vino” Jn 2,3. María continúa en la Iglesia con su papel de Auxiliadora. Siempre ruega

para que no falte el vino de la Gracia, del amor, de la confianza, del pan de cada día.

En el Cenáculo, el día de Pentecostés, María es la madre que ocupa un lugar destacado: ayuda a la Iglesia

naciente a abrirse al Espíritu Santo. Es la madre que está rodeada de sus hijos. Hch 1,14.


Todos de alguna manera, intentamos exteriorizar lo que tenemos dentro del corazón. Los hombres cavernarios,

en las rocas, comenzaron a representar, toscamente, las figuras de animales. En las catatumbas de Roma, lugares

subterráneos, en donde los primeros cristianos se reunían para celebrar la liturgia, aparecen en las paredes, los dibujos

de una Señora con el Nino en brazos. Los primeros cristianos dejaron testimonio de su descubrimiento de María, Madre

de Jesús y de la Iglesia.


Las apariciones de María a través de los siglos, han sido intervenciones de la Madre, mensajera de Dios, para

rogarles a los hijos que cambien de vida, que se conviertan. Ella propone como medio para el cambio de vida, la

oración constante. Quiere que la inviten para orar, por eso propone el Rezo del Rosario. En las apariciones de la Virgen

María siempre se deja ver el signo de Dios, su firma que da realze a su mensajera. En Lourdes, repentinamente, brota

una fuente en un lugar árido. En Fátima, el sol comienza a danzar vertiginosamente ante unas sesenta mil personas.


En Siracusa, Italia, la Virgen no habla. Únicamente se muestra llorando a través de una imagen. Se examinan las

lágrimas, tienen todos los elementos químicos propios de una lágrima humana. La Virgen María quiere que sus hijos la

vean llorar, quiere conmoverlos y llamarlos a la conversión. En Guadalupe, México, hay un mensaje directo para

América Latina. María se presenta como una joven embarazada. Tiene una mona alrededor de la cintura. Es un

momento decisivo para Latinoamérica, se están fundiendo dos razas. Esta por nacer el cristianismo. María viene

embarazada. Trae una navidad para Latinoamérica. Se presenta con su piel morena, como el hombre latinoamericano,

tostado por el sol tropical. Al indiecito Juan Diego, que se encuentra afligido por la grave enfermedad de su tío, le dice:

“Porque temes, no estoy yo aquí que soy tu madre?”. Ese es el mensaje de María para Latinoamérica: Quiere que la

encuentren como una madre que continúa rezándole a su Hijo para que no falte el vino del gozo, de la salud, de la

Gracia, del Pan cotidiano.


San Juan De Ávila le aplica a la Virgen María unos adjetivos muy atinados: “Esta piadosa Señora esta DIPUTADA

por Dios, para socorro de los Atribulados y es universal LIMOSNERA de todas las misericordias que Dios hace a los

hombres, y en lo que se ocupa es en tener las manos hacia arriba para recibir mercedes de Dios y luego volverlas

hacia abajo para darnos lo que ha recibido”.


 

Antiguamente los reyes tenían su limosnero. Era el encargado de repartir entre los pobres el dinero del Rey. María

no es la dueña de la Gracia. Ella reparte entre sus hijos – como en Cana- el vino que Jesús nos regala. El diputado es el

que ha sido nombrado para intervenir a favor de las necesidades del pueblo. María constantemente está elevando sus

manos hacia Dios, junto al intercesor Jesús, para implorar gracias para sus hijos necesitados. Por eso al pueblo le

encanta llamar a María su “Auxiliadora”. La madre con cuya oración intercesora, siempre cuenta en sus necesidades.


¿UNA IGLESIA SIN MADRE?


Jesús, la palabra hecha carne, que viene a vivir entre nosotros, quiso tener una madre a su lado que lo

acompañara siempre. Supo lo que era tener esas manos maternales que le enjugaran las lágrimas y el sudor. Dedos

finos sobre su corazón agobiado. Jesús también quiso una madre para su iglesia. “He ahí a tu hijo” Jn 19,26, le dijo a

María. En la persona de Juan, el apóstol, le encomendó a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros.


Es inexplicable como el protestantismo se alejo de la devoción filial a María, como ha llegado a privarse de ese

regalo precioso que Jesús entrego a su Iglesia. Lutero era devoto de María. Escribió bellas páginas sobre la Virgen

María y nunca se atrevió a eliminar el culto de veneración a la Virgen.


Los reformadores Zuinglio y Calvino también retuvieron el culto a María. Lastimosamente en medio de la

acalorada polémica, el protestantismo la emprendió contra lo que era característico de los católicos: la devoción a

María. Por rechazar lo católico, rechazaron lo mariano, y se quedaron sin el calor de la Madre en su Iglesia.

En la actualidad hay hechos que nos llaman poderosamente la atención. En Alemania una religiosa protestante, ha

fundado una Congregación que ha bautizado con el nombre “Congregación de María”. Basilea Schlink se llama la

religiosa, que en su bello libro “María, el camino de la Madre del Señor” nos da fe de su encuentro con María.


El Padre Darío Betancourt, narra que después de haber predicado en una Universidad Protestante de los Estados

Unidos, se le acerco un Pastor Protestante y le pregunto: “Padre usted reza el Rosario?”. El Padre Darío creyó que le

quería gastar una broma. El Pastor saco de su bolsillo el Rosario y le dijo: “Con que sangre fuimos redimidos? con la

sangre de Jesús, María le dio esa sangre. Jesús fue concebido sin concurso de varón, por eso Padre Yo rezo el Rosario

todos los días”


También nos impresiona el bello libro que escribió sobre la Virgen María, el teólogo protestante Max Turian. Este

escritor, mas tarde, se convirtió al catolicismo. Todo nos está señalando que entre el protestantismo, muchos están

redescubriendo el valioso regalo que Jesús nos entrego, cuando nombro a María como Madre de la Iglesia.


MADRE DE NUESTROS HOGARES


Es característico de todo hogar católico que no falten allí dos imágenes. Una, es de Jesús. Otra es de María. Ambos

presiden y custodian nuestros hogares. Fue Santa Isabel la primera en experimentar lo que significa la presencia de

María en la propia casa. Dice el Evangelio que apenas puso pie María en la casa de Isabel, se sintió la invasión del

Espíritu Santo. Isabel quedo llena del Espíritu de Dios, el niño que llevaba en sus entrañas, también quedo lleno del

Espíritu Santo. A donde llega María, llega Jesús. María es como un Juan Bautista, que se adelanta para prepararle el

camino. También San Juan supo lo que significa tener a María en su casa. Del calvario bajo Juan, con un inigualable

legado: María. Se la llevo a su casa. La casa de Juan comenzó a ser lugar de encuentro para las primeras comunidades

que querían conocer más acerca de Jesús. María fue una evangelizadora inigualable para los primeros cristianos.

Donde entra María, aletea el Espíritu Santo; se hace patente la bendición de Dios.


Como en el Cenáculo el Día de Pentecostés, así esta María en la Iglesia, en el lugar de madre, que Jesús quiso

para ella. Nada de Diosa. Nada de heroína de película. Simplemente la madre que esta siempre junto a sus hijos para

ensenarles a “escuchar la palabra y ponerla en práctica”. Para rogar a Jesús, que no les falte el vino de su bendición a

sus hijos, para ser la madre firme que exija a sus hijos lo mismo que ordeno a los sirvientes en Cana: “HAGAN LO QUE

EL, LES DIGA”. Ese es el papel de María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia.


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