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Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 24 Ee febrero Ee 2020 a las 18:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VII ORDINARIO


23-29 de Febrero del 2020




“Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”



Lev 19, 1-2. 17-18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

 

El Señor dijo a Moisés:

 

— «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles:

 

“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano, en tu corazón. Deberás reprenderlo convenientemente para que no cargues tú con su pecado.

 

No te vengarás ni guardarás rencor a tus compatriotas, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

 

Yo soy el Señor”».


 

Sal 102, 1-4. 8 y 10. 12-13: “El Señor es compasivo y misericordioso”


 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y todo mi ser a su santo nombre.

 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y no olvides sus beneficios.

 

 

Él perdona todas tus culpas

 

y cura todas tus enfermedades;

 

Él rescata tu vida de la fosa

 

y te colma de gracia y de ternura.

 

 

El Señor es compasivo y misericordioso,

 

lento a la ira y rico en clemencia;

 

no nos trata como merecen nuestros pecados

 

ni nos paga según nuestras culpas.

 

 

Como dista el oriente del ocaso,

 

así aleja de nosotros nuestros delitos;

 

como un padre siente ternura por sus hijos,

 

siente el Señor ternura por sus fieles.


 

1Cor 3, 16-23: “Todo es de ustedes, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios”


 

Hermanos:

 

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?

 

Si alguno de ustedes destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.

 

Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.

 

Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».

 

Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muer­te, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios.


 

Mt 5, 38-48: “Amen a sus enemigos”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, les digo: No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

 

Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

 

Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».


 

NOTA IMPORTANTE


 

“Ojo por ojo, diente por diente”. Así rezaba la conocida “ley del talión”, vigente entonces no sólo para el pueblo judío, sino en todo Oriente. Por este principio jurídico se imponía una pena idéntica o proporcionada a quien cometía un crimen. Esta ley, aunque pueda parecer en primera instancia cruel, era un primer intento por establecer una proporcionalidad entre daño recibido y el castigo aplicado, y evitar una escalada de violencia típica de la venganza. Es a estos excesos comunes a los que se quería poner un límite que obligara a todos.


 

Esta ley se aplicaba ya en culturas tan antiguas como la Babilonia, mediante el Código de Hammurabi (1760 a. C.), uno de los conjuntos de leyes mas antiguos que se conocen y que se basa en la aplicación de la Ley del Talión a casos concretos.


 

Se entiende que para aplacar la ira de una persona que ha recibido un daño lo mínimo que se puede ofrecer es resarcir el daño recibido con un daño igual. Pero para que la justicia no dé pie a la venganza descontrolada, era necesario establecer una ley que limitase la retribución a la equivalencia del daño recibido. La ley buscaba, pues, prevenir los excesos que son típicos de la ira, y que en vez de resarcir el daño recibido, generaban una escalada de violencia difícil de contener.


 

A cambio del daño recibido, la Ley de Moisés admitía también la sustitución del castigo idéntico por una compensación en especie o dinero (Éx 21,26-35).


 

A partir de este principio jurídico por entonces vigente y ampliamente aceptado, el Señor Jesús proclama para sus discípulos otro principio, el de la caridad suprema: «No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».


 

Este principio enseñado por Cristo no anula aquel principio de la justa retribución por el daño recibido, sino que introduce el espíritu generoso de caridad que han de tener sus discípulos en la práctica misma de sus derechos de justicia.


 

Frente al principio del “Ojo por ojo, diente por diente”, que no es sino un esfuerzo de las leyes humanas para limitar la venganza y el odio, el Señor propone la purificación del corazón de todo odio y resentimiento y, en consecuencia, la erradicación total de toda reacción de venganza, de devolver el mal con otro mal. Por ello propone: «No hagan frente al que los agravia», o según la traducción literal: «no resistan al mal», es decir, al hombre malo, al que les hace mal. El discípulo no debe dar lugar a la cólera, no debe tomar la venganza por su cuenta, debe vencer el mal con el bien (ver Rom 12,17-21)


 

Para proclamar su enseñanza el Señor hace uso de la forma oriental, de estilo extremista y paradójico. Así, descendiendo a lo concreto, propone cuatro casos para ilustrar el principio de no resistencia al mal, de no responder al mal con cólera, odio, ira, de vencer el mal con el bien, toda forma de egoísmo con la generosidad: «si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».


 

La doctrina de Cristo contenida en esos ejemplos es la siguiente: la caridad del cristiano debe ser tal que, incluso en los casos de ofensa o abuso de los que es víctima, y en los que tiene la justicia a su favor, su respuesta jamás debe estar movida por la cólera sino que su ánimo debe estar siempre dispuesto al perdón de quien lo agravia y a la generosidad con su prójimo. La expresión del Señor de poner la otra mejilla para recibir otra bofetada debe ser entendida en ese sentido y no de modo literal, pues tampoco se trata de provocar una nueva injuria sobre uno. De lo contrario, el mismo Señor habría presentado la otra mejilla al ser abofeteado por uno de los guardias del Sumo Sacerdote (ver Jn 18,22-23). Quiere expresar esta forma paradójica de hablar que el cristiano no sólo debe perdonar una primera injuria, sino estar preparado para perdonar nuevas ofensas. Su perdón o paciencia ante quien le ofende o causa algún daño no debe tener límite.


 

Prosigue el Señor diciendo: «Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen…». El amor al prójimo era un precepto de la Ley Lev 19,1. Por prójimo, sin embargo, se entendía principalmente el judío (ver Éx 23,4,Prov 25,21s), a veces el “peregrino” Lev 19,1, en realidad, un extranjero establecido habitualmente entre el pueblo judío e incorporado a él. Los no judíos estaban excluidos del precepto de amar al prójimo, es más, debían ser odiados positivamente y en casos exterminados sin piedad los enemigos de Dios y de su pueblo (ver Sal 139,21s). En la época de Jesús, por ejemplo, los samaritanos estaban excluidos absolutamente de la categoría de “prójimos”. Éstos eran considerados como enemigos, dignos de ser aborrecidos. Entre judíos y samaritanos había un odio y rivalidad muy fuerte: no se podían ni tratar (ver Jn 4,9). Por tanto, contra ellos se podía ejercer la venganza y el odio (ver Lc 9,53s).


 

La enseñanza del Señor, que busca perfeccionar la Ley, da un paso inesperado: ya no sólo deben mostrar amor al prójimo, sino también a los enemigos, es decir, a todos los no judíos, a todos los hombres sin exclusión. El Señor pide —y de eso es ejemplo Él mismo en la Cruz— rezar por quienes los persiguen y buscarán dar muerte.


 

Quien así obra, dice el Señor, será verdaderamente hijo de su mismo Padre que está en el Cielo, cuya bondad se manifiesta tanto con los buenos como con los malos. Por otro lado, nada tiene de virtuoso o de superior amar a quienes lo aman a uno. La caridad cristiana debe superar ese amor natural y elevarse a un amor divino, el mismo amor que vive el Padre, que no excluye de su misericordia a ningún ser humano sino que busca la salvación de todos. Por tanto, al discípulo de Cristo le toca ser perfecto «como su Padre celestial es perfecto», es decir, amar a todos los hombres con la misma benevolencia y caridad del Padre. El cristiano, como el Padre celestial y como Cristo mismo, debe aspirar a vivir la perfección en la caridad.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Día a día vemos cómo la ira, el odio, el deseo de venganza, el deseo de tomar la justicia por las propias manos, lleva a la agresión verbal o física entre las personas, a riñas y peleas, venganzas, asesinatos, luchas fratricidas, guerras, conflictos interminables, escaladas de violencia que parecen nunca acabar. ¿No ha causado esa violencia, ese odio, ese rencor, ese deseo de venganza, más muertes que cualquier desastre natural? ¿No parece ser el hombre el peor y más cruel enemigo del hombre? ¡No pocas veces la paz se hace tan esquiva, tan difícil de alcanzar! Pareciera imposible que el buen entendimiento y la pacífica convivencia entre los seres humanos perdure.


 

Sin necesidad de tener que ver los noticieros o leer los periódicos para encontrarnos con esa agresiva realidad, descubrimos que la ira —y las reacciones agresivas que produce— está presente en nosotros mismos, en las personas que forman parte de mi familia, en las personas que comparten mi día a día. ¿Cuántas veces no ocasiona la ira pleitos entre esposos, riñas y rencillas entre hermanos, discusiones acaloradas en las que nos faltamos el respeto los unos a los otros, en las que nos decimos palabras o expresiones que como dagas punzantes son capaces de causar heridas sicológicas o emocionales que perduran por años, muy difíciles de olvidar y reconciliar, o llegamos finalmente a la agresión física?


 

¿No se enciende la cólera en mí cuando alguien me hace algún daño o me siento agredido, cuando experimento que se me hace una injusticia? ¿No me mueve la ira a responder agresivamente, o a querer devolver el mal recibido causando un mal semejante o mayor a quien me ha injuriado o hecho daño, “para que pague por lo que me hizo”, “para que sufra él mismo lo que me hizo sufrir”? ¿Cuántas veces, llevado por la ira, no he pensado para mis adentros: “Voy a devolverle el mal que me hizo” (ver Prov 20,22)? ¿No se manifiesta mi ira en actitudes de impaciencia, de arrebato, de violencia, de furor, deseo de venganza? ¿No me alegro en lo secreto cuando me entero que a mi enemigo le sucede un mal y exclamo: “¡bien hecho, se lo merecía!”?


 

Por otro lado, ¿no se transforma esa ira en odio cuando es continua? ¿Cuántas veces he pensado o dicho: “No lo puedo perdonar, me ha hecho sufrir demasiado”? ¿Cuántas veces guardo, acumulo y/o alimento el resentimiento en mi corazón contra la persona que me hizo daño? ¿Cuántas veces castigo con mi indiferencia a quien me ofende, o lo hiero donde sé que más le duele? ¿Cuántas veces insultamos, gritamos más fuerte, proferimos amenazas, en vez de ser pacientes, de perdonar, de ceder? ¿Cuántas veces “perdonamos” pero no olvidamos? ¿Cuántas veces volvemos a echar en cara al esposo todo lo que nos hizo, aunque haya pedido perdón, aunque haya cambiado?


 

En fin, larga es la lista de actitudes que reflejan en nuestra vida una falta de dominio sobre la pasión de la ira, la facilidad con que nos dejamos llevar por la cólera sin oponerle resistencia alguna. Y ante lo que parece normal, nuevamente nos podemos preguntar: ¿por qué el Señor nos pide reaccionar ante el mal no con la cólera o la ira, sino con una caridad extrema, incluso con los enemigos? ¿Por qué nos pide una perfección tan alta que parece inalcanzable: «sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto»?


 

En primer lugar, si nos pide aspirar a esa perfección es porque es posible, porque al menos podemos acercarnos cada día más a ella, con su ayuda y con nuestro empeño. En segundo lugar, si nos pide dominar nuestra cólera, refrenar la ira, no reaccionar devolviendo el mal con mal, purificar el corazón de toda amargura, resentimiento y odio mediante el perdón, es porque es esencial para nuestra propia paz interior y felicidad. ¿Conoces a alguna persona amargada que experimente la paz en su corazón, la alegría y felicidad? La amargura, el odio, excluyen del propio corazón esa paz y alegría. No pueden convivir en un mismo corazón. En cambio, quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón, así como la alegría y serenidad que vienen junto con ella. El Señor sabe bien que quien consiente la ira, la amargura, la falta de perdón, quien sólo piensa en vengarse para compensar su pérdida, su dolor, puede sentirse “mejor” en el momento en que ve sufrir o morir ejecutado a su enemigo, pero jamás podrá ser feliz. La amargura es un veneno que termina volviéndose siempre contra uno mismo. Cree uno que con su odio le hace daño al otro, y puede que de verdad lo haga o puede que no, pero mayor daño se hace uno a sí mismo, puesto que se incapacita para amar y para ser amado. ¡Y es esencial al ser humano amar, ser amado, para ser feliz! Por tanto, si el Señor pide una exigencia tan alta, vivir un amor que va más allá del amor a quienes te aman, es porque ése es el camino que conduce a tu propia felicidad: es necesario expulsar de tu corazón toda raíz de odio, de resentimiento, de amargura, para poder amar más, para amar hasta el extremo, para amar como Dios mismo, y participar así finalmente de su mismo Amor, por toda la eternidad.


 

Domina, pues, tu cólera. Purifica tu corazón de todo resentimiento. Perdona, perdona a quien te ha ofendido o causado un daño irreparable. Y si se te hace difícil perdonar, mira a Cristo en la Cruz, en medio de tanto sufrimiento, dolor, rechazo, odio de quienes lo crucifican: Él no se deja vencer por el odio, no devuelve un insulto con otro, no profiere amenazas o palabras llenas de violencia y amargura. En cambio, desde la Cruz reza por quienes lo han crucificado: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Y no saben lo que hacen porque el pecado los vuelve ciegos, estúpidos, lerdos para comprender el daño terrible que están causándole y causándose a sí mismos. Así, al mirar al Señor cada vez que experimentes que eres crucificado, crucificada, con palabras hirientes, con expresiones duras, con algún daño, injuria o injusticia en tu contra, no te dejes vencer por la cólera, no devuelvas mal por mal, abrázate a la Cruz del Señor y con Él reza por quien te ofende: “Padre, perdónalo, perdónala...”. Implora la fuerza de lo Alto para que el Señor te conceda la fuerza y grandeza de alma para que puedas perdonar tú también en lo profundo de tu corazón a quien te injuria o causa algún daño. De ese modo podrás asemejarte cada vez más al divino Modelo, el Señor Jesús, y con la gracia de Dios llegarás a ser perfecto, como el Padre Celestial es perfecto.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«“Al que te quite la túnica, dice Cristo, dale también el manto; a quien te pide, dale; y al que te pide prestado, no lo rehúyas; tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Mt 5,40; Lc 6,30-31). De esta manera no nos entristeceremos como aquellos que han sido desposeídos contra su voluntad, sino que, por el contrario, nos alegraremos como los que dan de todo corazón, puesto que haremos una donación gratuita al prójimo más grande que si lo damos a la fuerza. Y dice: “a quien te requiera para caminar una milla, acompáñalo dos”. De esta manera no le servimos como si fuéramos esclavos sino que nos adelantamos a servirle como hombres libres que somos. En todas las cosas Cristo te invita a ser útil a tu prójimo, no teniendo en cuenta su maldad, sino poniendo tu bondad al máximo. De esta manera nos invita a hacernos semejantes a nuestro Padre “que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45)».

San Ireneo


 

«Él lo ha terminado todo en la perfección de la bondad. En efecto, la Ley obligaba al amor al prójimo y concedía la libertad de odiar al enemigo. En cambio la fe manda amar a los enemigos y mediante el sentimiento universal vence los impulsos de violencia en el espíritu humano no solamente al impedir a la cólera la venganza, sino también aplacándola hasta amar a los que nos han causado perjuicio. Amar a los que nos aman es propio de paganos y es normal querer a los que nos aman. De una parte, pues, Él nos llama a la herencia de Dios, y de otra también a la imitación de aquel que dispensa a buenos y malos, con la venida de su Cristo, el sol y la lluvia en los sacramentos del Bautismo y del Espíritu. Así nos forma Él a la vida perfecta con este lazo de bondad para con todos, puesto que tenemos en el cielo un Padre perfecto a quien imitar».

San Hilario


 

«Muestra el Señor que no podemos poseer el mérito del amor perfecto si amamos sólo a quienes sabemos que nos devolverán en pago el amor mutuo, porque sabemos que este tipo de amor es común también a los gentiles y pecadores. Por eso quiere el Señor que superemos la ley común del amor humano con la ley del amor evangélico; de modo que no sólo mostremos el afecto de nuestro amor hacia los que nos aman, sino también hacia los enemigos y los que nos odian, para que imitemos en esto el ejemplo de la verdadera piedad y bondad paternas».

San Cromacio de Aquileya


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Cristo nos llama a ser “perfectos como el Padre celestial es perfecto”


 

1693: Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre «que ve en lo secreto» para ser «perfectos como el Padre celestial es perfecto» Mt 5,4


 

1694: Incorporados a Cristo por el Bautismo, los cristianos están «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,11), participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con Él, los cristianos pueden ser «imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor» (Ef 5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con «los sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2,5) y siguiendo sus ejemplos.


 

1695: «Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1Cor 6,11), «santificados y llamados a ser santos» (1Cor 1,2), los cristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» (Gál 5,22) por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz» Ef 5,8, «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo (Ef 5,9).


 

2013: «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» Mt 5,4:

 

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.


 

Gracias al Espíritu podemos alcanzar tal perfección


 

2842: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» Mt 5,4; «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Gál 5,25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).


 

!GLORIA ADIOS!


RCC-DRVC


No he venido a abolir la Ley, sino a dar pleno cumplimiento

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee febrero Ee 2020 a las 0:20 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VI ORDINARIO


16-22 de Febrero del 2020




“No he venido a abolir la Ley, sino a dar pleno cumplimiento”


 

Eclo 15, 16-21: “A nadie mandó pecar”


 

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; fuego y agua he puesto ante ti: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.

 

Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; a nadie mandó pecar, ni deja sin castigo a los mentirosos.


 

Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34: “Dichoso el que camina en la voluntad del Señor”


 

Dichoso el que, con vida intachable,

camina en la voluntad del Señor;

dichoso el que, guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón.

 

Tú promulgas tus decretos

para que se observen exactamente.

Ojalá esté firme mi camino,

para cumplir tus consignas.

 

Haz bien a tu siervo: viviré

y cumpliré tus palabras;

ábreme los ojos, y contemplaré

las maravillas de tu voluntad.

 

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,

y lo seguiré puntualmente;

enséñame a cumplir tu voluntad

y a guardarla de todo corazón.


 

1Cor 2, 6-10: “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria”


 

Hermanos:A los que han alcanzado la madurez en su fe, les proponemos una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

 

Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.

 

Más bien, como dice la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

 

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo explora todo, incluso las profundidades de Dios.


 

Mt 5, 17-37: “Se dijo a los antiguos, pero yo les digo”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento.

 

Les aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.

 

El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el Reino de los Cielos.

 

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro: Si no son mejores que los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

 

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado.

 

Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.

 

Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

 

Con tu adversario, llega a un acuerdo, mientras van de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

 

Han oído ustedes el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo les digo: El que mira a una mujer y la desea, ya ha cometi­do adulterio con ella en su corazón.

 

Si tu ojo derecho te hace caer en pecado, córtatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno.

 

Si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.

 

Está mandado: “El que se separe de su mujer, que le dé acta de divorcio”.

 

Pues yo les digo: El que se divorcie de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.

 

Han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás lo que hayas prometido al Señor bajo juramento”.

 

Pues yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. A ustedes les basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».


 

NOTA IMPORTANTE


 

Los mandamientos dados por Dios a su pueblo proceden de su sabiduría y de su amor para con el ser humano. No son fruto de una arbitrariedad o capricho divino. Buscan mostrar el camino que el ser humano, única criatura visible que Dios ha creado libre, ha de recorrer —mediante el uso prudente y responsable de su libertad— para alcanzar su pleno desarrollo y realización, para participar finalmente de la misma naturaleza divina, en la comunión de amor con Dios.


 

Cumplir la voluntad de Dios expresada en los mandamientos de la Antigua Ley, obedecerle a Él, no es inclinar la cerviz, dejarse esclavizar y someterse a una humillación, sino que es “prudencia”, es obrar con sabiduría: Dios conoce al ser humano, lo ha creado para la felicidad, quiere su máximo bien, que consiste en participar de su misma vida, amor y felicidad. Los mandamientos conducen al ser humano a la vida plena, a su felicidad. Quien los rechaza, en cambio, se degrada como ser humano y se dirige a su propia destrucción, al más terrible fracaso existencial. En otras palabras, no llegará a ser lo que está llamado a ser, no alcanzará la grandeza para la que fue creado, y se hundirá en la miseria más absoluta sin Dios. El proyecto divino en él quedará eternamente frustrado. Y no se trata de que Dios lleno de ira lo castigará por haberlo rechazado, sino de que el hombre, plenamente advertido, habrá escogido él mismo un destino eterno sin Dios, un destino de muerte: «delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja» (1ª. lectura). Dios, en respeto a la libertad que le ha regalado a su criatura humana, respetará también su opción.


 

Será dichoso quien «camina en la voluntad del Señor… el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón» (Salmo responsorial). O, como dirá san Pablo citando la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (2ª. lectura). Es decir, a quien ama a Dios, y a quien expresa ese amor a Dios en la adhesión fiel a sus consignas o mandamientos, Dios le tiene prometida la vida plena en la que la dicha es humanamente indescriptible. Quien comprende que los mandamientos son el camino hacia esa dicha plena y a la plena realización humana no cesa de rezar como el salmista y de comprometerse en un “sí” que se traduce en la vida cotidiana: «Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón» (Salmo responsorial).


 

Jesucristo, el Hijo del Padre, ha venido a reconciliar al hombre, a abrir a la humanidad caída el camino de vuelta a la casa del Padre, camino que había sido cerrado por el pecado del hombre. Él mismo se ha hecho Camino para el hombre (ver Jn 14,6). Y en ese hacerse y mostrar el camino a todo hombre, el camino hacia su propia “bienaventuranza”, afirma: «No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».


 

La Ley y los Profetas eran las dos secciones principales de la sagrada Escritura judía. La Ley o Torá era la parte principal. En cuanto revelación divina se la consideraba eterna e irrevocable. Los demás libros, englobados bajo el término de “Profetas”, no tenían el mismo carácter al tratarse de una explicación de la Ley. Se consideraba que al llegar el tiempo mesiánico éstos no tendrían ya razón de ser.


 

Que la Ley era eterna era un dogma rabínico. Existen textos rabínicos que hablan de la “Ley del Mesías”, entendida esta Ley no como algo nuevo sino como una profunda y definitiva interpretación de la Ley de Moisés. El Mesías, se pensaba en el judaísmo, aportaría la luz para comprender finalmente toda la riqueza de los pensamientos ocultos de la Torá, la solución de todos sus enigmas (ver Jn 4,25; Jer 31,31ss; Is 2,3; 60,21; Ez 36,25ss).


 

El Señor Jesús proclama que Él no vino a abolir o abrogar ni la Ley ni los Profetas, sino a llevar lo que aún es imperfecto a su estado de perfección, de plenitud. ¿De qué manera? Proponiendo nuevamente el verdadero sentido de prescripciones deformadas por una mala interpretación, o añadiendo nuevas enseñanzas o prescripciones, o anulando la fase temporal o intermedia de muchas cosas para dar paso a su pleno desarrollo: lo que se hallaba en bosquejo, debía convertirse ahora en un hermoso cuadro.


 

Debido a este perfeccionamiento la Ley y los Profetas se convierten en «ley de Cristo». Como Él la interpreta es como sus discípulos han de observarla en adelante, sin “saltarse” o descuidar «uno sólo de los preceptos menos importantes».


 

A continuación el Maestro da ejemplos concretos para que sus discípulos entiendan en qué consiste la perfección o plenitud de la Ley: «Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado». Se trata del quinto mandamiento del Decálogo, es decir, los Diez Mandamientos dados por Dios a su pueblo y promulgados por Moisés en el Sinaí. Ante todo es de notar que al decir Jesús: «Han oído ustedes… Pero yo les digo», se declara implícitamente superior al máximo legislador de Israel: Moisés. Él se presenta a sí mismo como el supremo Legislador de Israel. Pero Él enseña en esta ocasión no sólo como quien tiene una autoridad suprema, sino también con toda su autoridad divina.


 

En cuanto al quinto mandamiento, “no matarás”, los judíos entendían que todo homicida debía ser procesado y sentenciado a muerte por un tribunal: «El que hiera mortalmente a otro, morirá» (Ex 21,12; Lev 24,17). Desde ahora, según la ley de Cristo, el Mesías, ya la sola ira desatada contra el hermano a través de palabras de desprecio, duras o hirientes, es tan condenable como el homicidio mismo. Y es que esa ira es la misma que se encuentra en la raíz de todo acto homicida, es el mismo odio que lleva a quitarle la vida a un semejante. La Ley vivida en toda su perfección lleva a eliminar no sólo la ira que se expresa en atentados contra la vida de otros seres humanos, sino también en otras expresiones que pueden parecernos aceptables porque se han hecho costumbre, como descargar la propia ira insultando o maltratando verbalmente al prójimo. Quien no domina la ira que se enciende en el corazón, por más que no lleve a ejecución sus inicuos propósitos contra el hermano y se limite tan sólo al insulto, a la palabra venenosa y mordaz, será procesado ante el tribunal de Dios, y la condena puede parecernos desproporcionada: quien llame a su hermano “renegado”, es decir, rebelde contra Dios, impío o ateo, «merece la condena del fuego», es decir, el infierno. Tal es la seriedad de la falta.


 

Mas este mandamiento exige una perfección aún mayor: no sólo llama a contener toda expresión verbal agresiva, sino a dar el paso exigente de buscar la reconciliación con aquel que tiene quejas contra uno. El corazón debe ser purificado de todo odio, rencor, resentimiento. A cambio, debe estar dispuesto a salir al paso del hermano para ofrecer el perdón y tener un corazón magnánimo para perdonar toda ofensa, a fin de alcanzar el supremo don de la reconciliación. En este empeño por vivir la reconciliación, la perfección del quinto mandamiento, uno debe dar siempre el primer paso en vez de esperar a que el otro lo haga primero.


 

Luego de este ejemplo vendrán otros, de no menor exigencia: «El que mira a una mujer y la desea, ya ha cometi¬do adulterio con ella en su corazón»; «El que se divorcie de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio»; «No juren en absoluto»; etc.


 

No podemos perder de vista que el Señor Jesús, al perfeccionar la Ley y desarrollar sus exigencias radicales, enseña que el centro de la Ley es el precepto del amor (ver Jn 15,12). La Ley se transforma y se profundiza como Ley del amor.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Muchas veces basta que nos prohíban algo para que se despierte en nosotros la curiosidad y el deseo de “hacer lo prohibido”. No pocas veces “el fruto prohibido” aparece más apetecible a la vista que todos los demás frutos de todos los árboles que se encuentran en el paraíso. Pareciera que somos rebeldes por naturaleza, sobre todo en la juventud, cuando queremos afirmar nuestra personalidad y no queremos que nadie nos imponga lo que tenemos que hacer, cuando queremos hacer lo que nos viene en gana, lo que se nos antoja, cuando bullen las pasiones, cuando la vitalidad nos hace creer que somos autosuficientes, que debemos valernos por nosotros mismos y podemos vivir sin límites, libres de toda normatividad o barrera moral. Toda ley nos parece limitante, opresiva, una restricción que constriñe nuestras energías, nuestra vitalidad. Queremos ser como potros salvajes, andar libres por la pradera. Nos resistimos cuando alguien quiere domar nuestras fuerzas para orientarlas debidamente. Sólo queremos galopar loca y descontroladamente por la pradera, sin importarnos nada, creyendo que vamos a alcanzar las más altas cumbres cuando en realidad nos estamos dirigiendo ciegamente hacia el abismo.


 

Cuando nos encontramos ante la Ley de Dios nos comportamos todos como aquellos adolescentes rebeldes, como aquel joven que le pide a su padre que le adelante la herencia porque está harto de vivir con él en su casa sin poder gozar de la vida y construir su propio destino (ver Lc 15,11-13): su Ley nos parece una intromisión inaceptable en nuestras vidas y una restricción abusiva a nuestra libertad. Creemos que Dios nos pone demasiados “no”, que todo es prohibición. En cambio, aunque digamos que creemos en Dios, no permitimos que nos diga nada: queremos ser dueños de nuestra propia vida, vivir como a nosotros nos parece mejor, o como le parece mejor a la mayoría. Pensamos que nuestra libertad está por encima de todo, y ciertamente es sagrada, pero tristemente olvidamos que esa libertad es un don de Dios mismo, que es Él quien nos la ha regalado para que haciendo un responsable y recto uso de la misma podamos realizarnos verdaderamente y alcanzar el fin último para el cual Él nos ha creado: la dicha, la felicidad.


 

Lamentablemente no llegamos a comprender que su Ley, sus Mandamientos, no buscan limitarnos, sino todo lo contrario, buscan señalarnos el camino para llegar finalmente al destino que todos anhelamos: la plenitud humana, la felicidad, la dicha que no acabe nunca. Es como cuando emprendemos viaje en automóvil por una carretera riesgosa: los carteles nos van indicando, señalando cuándo hay una curva peligrosa, cuándo hay que disminuir la velocidad, cuándo hay que parar, cuándo hay que tomar precauciones porque pasamos por una zona de derrumbes, cuándo la pista se torna resbalosa, cuándo debemos estar atentos para no desbarrancarnos por un precipicio. Todas esas señales restrictivas están puestas allí como advertencia, buscan cuidar nuestra vida para que lleguemos felizmente a nuestro destino. Necio será aquel que en vez de seguir la indicación de doblar a la derecha se le antoje doblar a la izquierda, por pura rebeldía, por pensar que él tiene un camino mejor. Lo único que hace es dirigirse al abismo. Él mismo se destruye, destruye su vida y la de aquellos que lo acompañan.


 

Así es la Ley de Dios: contiene restricciones, ciertamente, pero son advertencias para el ser humano, para que no se destruya a sí mismo y no haga daño a otros haciendo un uso caprichoso de su libertad. Son señales para que puedas llegar a tu feliz destino, mereciendo finalmente «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9). Sin embargo, las restricciones no lo son todo, antes de aquellos múltiples “no” está el gran “sí” del primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,5). Todos los mandamientos conducen al amor, y en primer lugar al amor a Dios que está llamado a nutrir todos nuestros amores humanos, llevándolos así a su auténtico despliegue y plenitud. En resumen: ¿Quieres amar y ser amado, ser amada de verdad? Dios, que te ha creado para el amor, que te ama hasta el extremo más asombroso e inconcebible, que te ama hasta la locura de la Cruz, quiere enseñarte cómo amar, y a eso se reducen todos sus mandamientos, llevados a su plenitud por el Señor Jesús: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,10-12).


 

Habiendo comprendido esto, conviene preguntarnos: ¿Cuánta importancia le damos a los Mandamientos? ¿Los puedo enumerar en este momento? ¿Los recuerdo bien todos? ¿Los tengo en mente en mi diario accionar? ¿Hago de ellos mi norma de conducta, luz que guíe mis pasos? ¿Hago del mandamiento del Señor Jesús mi norma suprema? ¿Procuro cada día, en cada momento, amar como Él me ha amado? ¿No es hora de volver a asumir los mandamientos divinos como norma de conducta, como criterio moral para mi diario actuar?


 

Por otro lado, seguramente nos preguntamos: ¿es posible cumplir los mandamientos, más aún, cuando han sido llevados por el Señor Jesús “a su plenitud”, a una exigencia tal que parece ir más allá de todas nuestras humanas posibilidades? ¿Quién puede dominar su lengua, de tal modo que no profiera insulto alguno contra su prójimo? ¿Quién es capaz de buscar a quien lo ha ofendido y perdonarlo sin más? ¿Qué hombre, en esta sociedad tan erotizada, es capaz de mirar a una mujer hermosa, atractiva, provocativamente vestida, sin experimentar en lo secreto de su corazón algún tipo de deseo? ¿No es pedirle ir en contra de su naturaleza humana? ¿No es demasiado lo que el Señor pide? ¿No es poco realista? Así, ¿quién podrá salvarse? ¿Quién?


 

Ante esto sólo podemos decir que, sin el Señor, es imposible, pero con Él, amándolo a Él sobre todo, todo lo podemos (ver Flp 4,13). Que si Él eleva tanto la varilla, que si Él nos exige una perfección tan alta, Él nos da las fuerzas necesarias para vivir las exigencias de los mandamientos. Concientes de esto, no dejemos de acudir a Él en los sacramentos que nos ha dejado en su Iglesia: la confesión sacramental y la Eucaristía. Y poniendo todo lo que está de nuestra parte, mantengámonos tercamente perseverantes en la oración, confiados en que Él nos dará la fuerza de su Espíritu toda vez que se lo pidamos con fe (ver Lc 11,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«No vino el Hijo de Dios a abolir la Ley y los Profetas, Él que es el autor de la Ley y los Profetas; porque Él mismo entregó por medio de Moisés la Ley que habría de transmitir al pueblo e inundó de Espíritu Santo a los profetas para que anunciaran las cosas futuras: “No he venido —dice— a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles cumplimiento”».

San Cromacio


 

«Cuando leo el evangelio y encuentro testimonios de la Ley y de los Profetas, no considero en ello otra cosa que a Cristo. Cuando contemplo a Moisés, cuando leo a los profetas es para comprender lo que dicen de Cristo. El día que habré llegado a entrar en el resplandor de la luz de Cristo y brille en mis ojos como la luz del sol, ya no seré capaz de mirar la luz de una lámpara. Si alguien enciende una lámpara en pleno día, la luz de la lámpara se desvanece. Del mismo modo, cuando uno goza de la presencia de Cristo, la Ley y los Profetas desaparecen. No quito nada a la gloria de la Ley y de los Profetas; al contrario, los enaltezco como mensajeros de Cristo. Porque cuando leo la Ley y los Profetas, mi meta no es la Ley y los Profetas sino, por la Ley y los Profetas quiero llegar a Cristo».

San Jerónimo


 

«Ésta es una manera magnífica de introducir la superación de las obras de la Ley, superación que, sin abolirla, constituye un mejoramiento progresivo».

San Hilario


 

«¿Qué haremos? “El que dijere a su hermano necio será reo del fuego del infierno”. Ningún hombre puede dominar su lengua. ¿Irán, pues, todos al fuego del infierno? De ningún modo. “Señor, te has convertido en nuestro refugio de generación en generación” (Sal 89,1). Tu ira es justa y a nadie envías injustamente al infierno. “¿Adónde iré que me aleje de tu Espíritu? ¿Adónde huiré que me aleje de ti?” (Sal 138,7). ¿Adónde, sino a ti? Por tanto, hermanos, si ningún hombre puede dominar su lengua, acudamos a Dios para que la domine. Si quieres dominarla tú sólo, no podrás, porque eres hombre. “Ningún hombre puede dominar su lengua” Stgo 3,8. Pon atención a una semejanza tomada de las mismas fieras que domamos. El caballo no se doma a sí mismo, ni el camello, ni el elefante, ni el áspid, ni el león. Tampoco el hombre se doma a sí mismo. Más para domar al caballo, al buey, al camello, al elefante, al león, al áspid, se requiere el hombre. Por tanto, busquemos a Dios para que dome al hombre».

San Agustín


 

«Porque no dijo absolutamente: “El que codicie...” —aun habitando en las montañas se puede sentir la codicia o concupiscencia—, sino: “El que mire a una mujer para codiciarla”. Es decir, el que busca excitar su deseo, el que sin necesidad ninguna mete a esta fiera en su alma, hasta entonces tranquila. Esto ya no es obra de la naturaleza, sino efecto de la desidia y tibieza. Esto hasta la antigua ley lo reprueba de siempre cuando dice: “No te detengas a mirar la belleza ajena” Ecle 9,8. Y no digas: ¿Y qué si me detengo a mirar y no soy prendido? No. También esa mirada la castiga el Señor, no sea que fiándote de esa seguridad, vengas a caer en el pecado. ¿Y qué si miro —me dirás— y tengo, sí, deseo, pero nada malo hago? Pues aun así estás entre los adúlteros. Lo dijo el Legislador, y no hay que averiguar más. Mirando así una, dos y hasta tres veces, pudiera ser que te contengas; pero, si lo haces continuadamente, y así enciendes el horno, absolutamente seguro que serás atrapado, pues no estás tú por encima de la naturaleza humana. Nosotros, si vemos a un niño que juega con una espada, aun cuando no lo veamos ya herido, lo castigamos y le prohibimos que la vuelva a tocar más. Así también Dios, aun antes de la obra, nos prohíbe la mirada que pueda conducirnos a la obra. Por¬que el que una vez ha encendido el fuego, aun en la ausencia de la mujer que lascivamente ha mirado, se forja mil imágenes de cosas vergonzosas, y de la imagen pasa muchas veces a la obra. De ahí que Cristo elimina incluso el abrazo que se da con solo el corazón».

San Juan Crisóstomo


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús y la Ley


 

577: Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza:


 

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una "i" o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos» (Mt 5,17-19).


 

578: Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino de los Cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente. Los judíos, según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus preceptos. Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, «quien observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos» (Stgo 2, 10).


 

580: El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo. En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra sino «en el fondo del corazón» (Jer 31, 33) del Siervo, quien, por «aportar fielmente el derecho» (Is 42, 3), se ha convertido en «la Alianza del pueblo» (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo «la maldición de la Ley» (Gál 3, 13) en la que habían incurrido los que no «practican todos los preceptos de la Ley» (Gál 3, 10) porque «ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la Primera Alianza» (Heb 9, 15).


 

581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» Mc 7, 8 de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7, 13).


 

582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro… —así declaraba puros todos los alimentos—… Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.


 

!Gloria a Dios!


Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 22:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


ALIMENTO PARA HOY Y SIEMPRE,DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO V ORDINARIO


09-15 de febrero del 2020




“Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”


Is 58,7-10: “Surgirá tu luz como la aurora”


 

Así dice el Señor:

 

— «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no dejes de socorrer a tus semejantes.

 

Entonces surgirá tu luz como la aurora, y tus heridas sanarán rápidamente; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.

 

Entonces clamarás al Señor, y te responderá, gritarás, y te dirá: “Aquí estoy”.

 

Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la calumnia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía».


 

 

Sal 111,4-9: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”


 

En las tinieblas brilla como una luz

el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,

y administra rectamente sus asuntos.

 

El justo jamás vacilará,

su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,

su corazón está firme en el Señor.

 

Su corazón está seguro, sin temor.

Reparte limosna a los pobres;

su caridad es constante, sin falta,

y alzará la frente con dignidad.


 

 

1Cor 2,1-5: “Les anuncié el misterio de Cristo crucificado”


 

Yo, hermanos, cuando vine a ustedes para anunciarles el mis­terio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesu­cristo, y a éste crucificado.

 

Me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


 

 

Mt 5,13-16: “Alumbre su luz delante de los hombres”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán?

 

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

 

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, y así alumbre a todos los de la casa.

 

Del mismo modo, alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

El Señor Jesús, comparando a los discípulos con la sal y con la luz, les explica que son dos cosas las que deben tener en cuenta para cumplir con su misión en el mundo: 1) ser fieles a su identidad; y 2) la necesidad de “ubicarse” en un lugar apropiado desde el cual su luz pueda iluminar a los que se encuentran “en la casa”.


 

La sal, para “dar sabor” a los alimentos, debe mantener su fuerza o virtud, es decir, su capacidad de salar. De modo análogo el discípulo, para ser sal de la tierra, debe ser lo que está llamado a ser,debe ser verdaderamente cristiano, acogiendo en sí mismo la fuerza transformante del Señor, viviendo como el Señor enseña.


 

Por otro lado el Señor Jesús compara la misión de sus discípulos con la función que desempeña una lámpara puesta en un lugar oscuro (Mt 9,15-16): de ellos ha de brotar una luz que debe iluminar a todos los hombres que vienen a este mundo. ¿Es ésta una luz propia? No, la luz que ha de difundir el discípulo es la Luz que él mismo recibe del Maestro, del Señor: Él mismo es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9), Luz que viene de Dios.


 

Es decir, el modo ordinario como Dios ha pensado en sus amorosos designios hacer brillar su Luz en el mundo —aquella que es la vida de los hombres, aquella que los arranca de las tinieblas del pecado y de la muerte— es por su Hijo: «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas» (Jn 12,46). Pero también ha querido hacer brillar su Luz asociando a esta misión de su Hijo a sus discípulos, quienes congregados en su Iglesia —desde que el Señor Resucitado ascendió a los cielos hasta que Él vuelva— han de hacer brillar “en su rostro”, es decir, en sí mismos la luz de Cristo para reflejarla al mundo entero: «Luz de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo la acción del Espíritu Santo, desea ardientemente que su claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura» (Lumen gentium, 1).


 

Al percibir aquella luz —luz que viene de Dios y que es “hecha propia”— que emana del ser del discípulo (cual luz que arde en una lámpara, y que puesta sobre la mesa ilumina a todos los que están en la casa), luz que se hace visible a todos particularmente en sus buenas obras (las obras de la caridad que corresponden perfectamente a las enseñanzas del Señor Jesús), muchos —conociendo la misericordia del Padre por la fuerza irradiativa de la caridad— se verán impulsados a volverse a Dios y a darle gloria ellos mismos.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Todo hombre o mujer que consciente o inconscientemente rechaza a Dios, que lo desplaza de su vida cotidiana, que no admite sus leyes y las transgrede, queda sumergido en las tinieblas. Las tinieblas que inundan la mente y corazón del ser humano no se quedan en él: se difunden, avanzan sobre otros corazones y sobre la sociedad entera, alimentando progresivamente una cultura sin Dios, opuesta a Dios, sumergida en la confusión y espesa oscuridad.


 

Hay quienes enceguecidos y transformados totalmente en tinieblas, aborrecen la Luz y la rechazan (ver Jn 1,9-11), odiando a todo aquel que viene de la luz. Pero hay tantos otros que, aunque sumidos en las tinieblas y el mar de confusión, andan buscando ansiosos que alguien ilumine sus ojos y disipe sus tinieblas.


 

¡Dichosos nosotros, que hemos sido iluminados por Cristo! Es a nosotros, a quienes Él ha sacado de las tinieblas por medio de hombres o mujeres que han sabido transmitirnos esa luz de Cristo. También a nosotros nos llama ahora el Señor a ser “luz del mundo”, lámparas que con la Luz de Cristo brillen disipando las tinieblas de muchos corazones. En efecto, eres luz cuando acoges en ti a Aquel que es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Si Cristo habita en ti, tú serás como una lámpara que irradia a Cristo, disipando muchas tinieblas con su presencia, testimonio y palabras.


 

Sin embargo, hemos de reconocer que también nosotros necesitamos ser iluminados continuamente por Cristo, que tampoco nosotros estamos totalmente libres de las tinieblas. Hay tinieblas en mí cuando el pecado habita en mí. Hay tinieblas en mí cuando algunos de mis modos de pensar, sentir y actuar obedecen a los criterios del mundo. ¿No descubres en ti alguna tiniebla que aún necesita ser iluminada y disipada? ¡Sin duda! Por eso humildemente reconocemos que necesitamos de una mayor conversión: necesito asemejarme a Cristo cada vez más, para que sea Él quien viva plenamente en mí (ver Gál 2,20), y sea esa Luz en mí la que pase a través de mí como por un cristal puro y limpio para iluminar a muchos, liberándolos de las tinieblas en las que se hallan sumidos. Si tú y yo no brillamos intensamente con esa Luz, que es Cristo, ¿cuántos quedarán sumergidos en las tinieblas por nuestra culpa?


 

Así, pues, ¡aparta de ti toda tiniebla, para que seas todo luz! ¡Libérate de todo obstáculo, de toda opacidad, para transparentar una plena y total adhesión al Señor, para mostrar el fuego de amor que arde en tu corazón, para irradiar el entusiasmo que significa seguir plenamente al Señor Jesús! ¡Deja que la luz de Cristo inunde todo tu ser, tu mente y corazón, para que seas tú también “luz del mundo”!


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras».

San Gregorio de Nisa


 

«Seguir al Salvador es beneficiarse de la salvación, y seguir la Luz es recibir la luz. Pues los que están en la luz no son los que iluminan a la luz, sino que la luz los ilumina y esclarece a ellos, ya que ellos nada le añaden, sino que son ellos los que se benefician de la luz».

San Ireneo


 

«Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumen¬to. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salva¬ción del hombre, ya que para Él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la pre¬sencia de aquella gran Luz, impregnados de sus resplan¬dores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la úni¬ca Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».

San Gregorio de Nacianzo


 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: «El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo por cierto muy mal dispuesto». Porque al decir: Vosotros sois la sal de la tierra, enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás. En efecto, la mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia son unas virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del que las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho de los demás. Lo mismo podemos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a la verdad, ya que el que posee estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos».

San Juan Crisóstomo


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

El Pueblo de Dios, sal de la tierra y luz del mundo


 

782: El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:

 

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa» (1 P 2, 9).

 

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el «nacimiento de arriba», «del agua y del Espíritu» (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

 

– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es «el Pueblo mesiánico».

 

– «La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo».

 

– «Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo nos amó» (Jn 13,34). Esta es la ley «nueva» del Espíritu Santo (ver Rom 8,2; Gál 5,25).

 

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (ver Mt 5,13-16). «Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano».

 

– «Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección» (Lumen gentium, 9).

 

La luz del mundo significada en el Bautismo


 

1243: La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha «revestido de Cristo» (Gál 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son «la luz del mundo» (Mt 5, 4; ver Flp 2,15).

 

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.


 

La fidelidad de los bautizados, fundamento de la evangelización


 

2044: La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. «El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios» (Apostolicam actuositatem, 6).

 

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (ver Mt 18,16):

 

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación(Ad gentes, 11).


 

El testimonio cristiano


 

736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gál 5,22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (ver Mt 16,24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Gál 5,25):

 

Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir., 15,36).

 

 

“SIN LUZ NO HAY DIRECCCION Y SEGURIDAD,POR MAS QUE SE ABRAN LOS OJOS SU ALCANCE ES BORROSO Y LIMITADO,JESUS LUZ QUE NUNCA SE APAGA….


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FIESTA DE LA PRESENTACION DEL SENOR

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 22:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


02-08 de Febrero del 2020

 

 Primera lectura

 

Lectura del libro de Malaquías 3,1-4

 

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

 

Salmo responsorial

 

Sal 23

R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.


 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R/.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra. R/.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R/.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria. R/.


 

Segunda lectura

 

Lectura de la carta a los Hebreos 2,14-18


 

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.


 

Evangelio

 

+ Lectura del santo evangelio según San Lucas 2,22-40


 

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.


Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»


Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.


Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»


Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.


 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO - 02/02/19


 

La liturgia de hoy nos muestra a Jesús que va al encuentro de su pueblo. Es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús.


 

¿Qué nos enseña esto? En primer lugar, que también nosotros estamos llamados a recibir a Jesús que viene a nuestro encuentro. Encontrarlo: al Dios de la vida hay que encontrarlo cada día de nuestra existencia; no de vez en cuando, sino todos los días. Seguir a Jesús no es una decisión que se toma de una vez por todas, es una elección cotidiana. Y al Señor no se le encuentra virtualmente, sino directamente, descubriéndolo en la vida, en lo concreto de la vida. De lo contrario, Jesús se convierte en un hermoso recuerdo del pasado. Pero cuando lo acogemos como el Señor de la vida, el centro de todo, el corazón palpitante de todas las cosas, entonces él vive y revive en nosotros. Y nos sucede lo mismo que pasó en el templo: alrededor de él todo se encuentra, la vida se vuelve armoniosa. Con Jesús hallamos el ánimo para seguir adelante y la fuerza para estar firmes. El encuentro con el Señor es la fuente. Por tanto, es importante volver a las fuentes: retornar con la memoria a los encuentros decisivos que hemos tenido con él, reavivar el primer amor, tal vez escribir nuestra historia de amor con el Señor. Le hará bien a nuestra vida consagrada, para que no se convierta en un tiempo que pasa, sino que sea tiempo de encuentro.


 

Si recordamos nuestro encuentro decisivo con el Señor, nos damos cuenta de que no surgió como un asunto privado entre Dios y nosotros. No, germinó en el pueblo creyente, en medio de tantos hermanos y hermanas, en tiempos y lugares precisos. El Evangelio nos lo dice, mostrando cómo el encuentro tiene lugar en el pueblo de Dios, en su historia concreta, en sus tradiciones vivas: en el templo, según la Ley, en clima de profecía, con los jóvenes y los ancianos juntos (cf. Lc 2,25-28.34). Lo mismo en la vida consagrada: germina y florece en la Iglesia; si se aísla, se marchita. Madura cuando los jóvenes y los ancianos caminan juntos, cuando los jóvenes encuentran las raíces y los ancianos reciben los frutos. En cambio, se estanca cuando se camina solo, cuando se queda fijo en el pasado o se precipita hacia adelante para intentar sobrevivir. Hoy, fiesta del encuentro, pidamos la gracia de redescubrir al Señor vivo en el pueblo creyente, y de hacer que el carisma recibido se encuentre con la gracia de hoy.


 

El Evangelio también nos dice que el encuentro de Dios con su pueblo tiene un principio y una meta. Se parte de la llamada al templo y se llega a la visión en el templo. La llamada es doble. Hay una primera llamada «según la Ley» (v. 22). Es la de José y María, que van al templo para cumplir lo que la ley prescribe. El texto lo subraya casi como un estribillo, cuatro veces (cf. vv. 22.23.24.27). No es una constricción: los padres de Jesús no van a la fuerza o para realizar un mero cumplimiento externo; van para responder a la llamada de Dios. Luego hay una segunda llamada, según el Espíritu. Es la de Simeón y Ana. También esta está resaltada con insistencia: tres veces, refiriéndose a Simeón, se habla del Espíritu Santo (cf. vv. 25.26.27) y concluye con la profetisa Ana que, inspirada, alaba a Dios (cf. v. 38). Dos jóvenes van presurosos al templo llamados por la Ley; dos ancianos movidos por el Espíritu. Esta doble llamada, de la Ley y del Espíritu, ¿qué nos enseña para nuestra vida espiritual y nuestra vida consagrada? Que todos estamos llamados a una doble obediencia: a la ley —en el sentido de lo que da orden bueno a la vida—, y al Espíritu, que hace todo nuevo en la vida. Así es como nace el encuentro con el Señor: el Espíritu revela al Señor, pero para recibirlo es necesaria la constancia fiel de cada día. Sin una vida ordenada, incluso los carismas más grandes no dan fruto. Por otro lado, las mejores reglas no son suficientes sin la novedad del Espíritu: la ley y el Espíritu van juntos.


 

Para comprender mejor esta llamada que vemos hoy en el templo, en los primeros días de la vida de Jesús, podemos ir al comienzo de su ministerio público, a Caná, donde convierte el agua en vino. También hay allí una llamada a la obediencia, cuando María dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Lo que él diga. Y Jesús pide una cosa particular; no hace una cosa nueva de inmediato, no saca de la nada el vino que falta —podía haberlo hecho—, sino que pide algo concreto y exigente. Pide llenar seis grandes ánforas de piedra para la purificación ritual, que recuerdan la Ley. Significaba verter unos seiscientos litros de agua del pozo: tiempo y esfuerzo, que parecían inútiles, porque lo que faltaba no era agua, sino vino. Y, sin embargo, precisamente de esas ánforas bien llenas, «hasta el borde» (v. 7), Jesús saca el vino nuevo. Lo mismo para nosotros, Dios nos llama a que lo encontremos a través de la fidelidad en las cosas concretas —a Dios se le encuentra siempre en lo concreto—: oración diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera, la Palabra de Dios de cada día, la proximidad, sobre todo a los más necesitados, en el cuerpo o en el espíritu. Son cosas concretas, como en la vida consagrada la obediencia al Superior y a las Reglas. Si esta ley se practica con amor —con amor—, el Espíritu viene y trae la sorpresa de Dios, como en el templo y en Caná. El agua de la vida cotidiana se transforma entonces en el vino de la novedad y la vida, que pareciendo más condicionada, en realidad se vuelve más libre. En este momento viene a mi mente una monja, humilde, que tenía el carisma de estar cerca de los sacerdotes y seminaristas. Anteayer, su causa de beatificación fue introducida aquí en la Diócesis [de Roma]. Una monja sencilla: no tenía grandes luces, pero tenía la sabiduría de la obediencia, de la fidelidad y no tenía miedo de las novedades. Pedimos que el Señor, a través de la hermana Bernardetta, nos conceda a todos nosotros la gracia de seguir este camino.


 

El encuentro, que nace de la llamada, culmina en la visión. Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde (cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos: «Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29). Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y profética en su humildad, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él cf. v. 3. Me gusta considerar que esta mujer “murmuraba bien”, y contra el mal de murmurar, esta sería una buena patrona para convertirnos, porque fue de un lado para otro diciendo solamente: “¡Es aquel! ¡Es aquel niño! ¡Id a verlo!”. Me gusta verla así, como una mujer de barrio.


 

Esto es la vida consagrada: alabanza que da alegría al pueblo de Dios, visión profética que revela lo que importa. Cuando es así, florece y se convierte en un reclamo para todos contra la mediocridad: contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento —las lamentaciones—, la insatisfacción y el llanto, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así»: estas frases no se acomodan a Dios. La vida consagrada no es supervivencia, no es prepararse para el “ars bene moriendi”: esta es la tentación de hoy ante la disminución de las vocaciones. No, no es supervivencia, es vida nueva. “Pero, somos pocos…”; es vida nueva. Es un encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es llamada a la obediencia fiel de cada día y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es visión de lo que importa abrazar para tener la alegría: Jesús.


 

Reflexion final


Todos lo esperaban, solo Ana y Simeón lo reconocieron


 

Han pasado cuarenta días desde la Navidad y, quizás con un poco de nostalgia, recordamos aún las emociones que experimentamos en esos días, sobre todo por el gozoso mensaje que nos trajo el Niño, astro venido del cielo para iluminar nuestras noches: “nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79). ¿A qué se debe que la Iglesia nos invite a contemplar de nuevo al Niño Jesús?


 

La fiesta de la Presentación del Señor tiene orígenes muy antiguos. En Oriente ya se celebraba en el siglo IV con el nombre y el significado de Fiesta del Encuentro: porque evocaba el encuentro de Jesús en el tempo con el Padre, con Simeón y Ana, representantes del resto de Israel que permaneció fiel a Dios como Abrahán.


 

Cuando en el siglo VII fue introducida en Roma, recibió el nombre de Fiesta de la purificación de María y, como se caracterizaba por una procesión nocturna con candelas, tomó también el nombre de la Candelaria.

 

El rito de la luz la asociaba a la Navidad, fiesta de Cristo-luz.


 

En Belén la gloria del Señor envolvió de luz a los pastores; en los lejanos países de Oriente la estrella brilló para los Magos; en el templo de Jerusalén ha aparecido la luz para iluminar a la gente.


 

Han pasado ya cuarenta días desde Navidad y pudiera ser que la luz de Belén que “habíamos visto surgir” se haya ofuscado un poco, que no nos parezca tan fascinante como entonces o que no sea ya la única en captar nuestra atención. Quizás nos hayamos dejado deslumbrar por otras estrellas fugaces y más concretas, por otros “astros” que reflejan mejor nuestros sueños y expectativas. He aquí por qué la Iglesia nos invita a encontrarnos de nuevo con el Niño: nos invita a recibirlo en los brazos como lo han hecho Simeón y Ana, los pobres de Israel, personas atentas a la voz del Espíritu.


 

!Gloria A Dios!


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Entonces comenzó Jesús a predicar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 21:50 Comments comentarios (0)

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DOMINGO III ORDINARIO


26 -31 de Enero del 2020


“Entonces comenzó Jesús a predicar”


 

Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”


 

En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.

 

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.


 

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”


 

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

 

Una cosa pido al Señor,

eso buscaré:

habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

 

Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor.


 

1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”


 

Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.

 

Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».

 

¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?

 

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.


 

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”


 

Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

 

«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

 

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

 

— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».

 

Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:

 

— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».

 

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

 

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.


 

NOTA IMPORTANTE


 

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.

 

En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla¬mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen¬cias del pueblo».

 

Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.

 

Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.

 

En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.

 

Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.

 

El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).

 

Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.

 

La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.

 

Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Reconocemos y creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, el enviado del Padre a quien hay que escuchar para alcanzar la vida eterna (ver Lc 9,35). ¿Y cuál es la primera palabra que brota de sus labios al iniciar su ministerio público? «¡Conviértanse!». ¡Ésa es también la primera palabra que el Señor nos dirige a cada uno, que te dirige a ti y a mí hoy! ¡Conviértete!


 

El imperativo “conviértanse” es la traducción usual del término griego metanoéite, que se traduce literalmente por: cambien de mente. ¿Es que puede haber un verdadero y duradero cambio de vida si no nos despojamos de la forma de pensar, si no abandonamos los criterios y juicios que nos llevan a obrar de un modo muy distinto al que Dios nos enseña? Un auténtico cambio de conducta y de vida requiere desde el inicio de un cambio de mentalidad, de forma de pensar. Uno vive como piensa. Si pienso “como todo el mundo piensa”, actuaré “como todo el mundo actúa”. Y aunque muchos viven de acuerdo a lo que “sienten”, también bajo esos sentimientos o emociones subyacen ciertos modos de pensar.


 

El Señor a todos nos invita a la metanoia, a un cambio radical de vida que hunde sus raíces en un cambio de mente, al abandono de ciertos criterios o modos de pensamiento propios de un mundo que vive de espaldas a Dios para sustituirlos por los criterios divinos. La conversión no es tan sólo hacer un esfuerzo esporádico por cambiar ciertas conductas pecaminosas, por evitar hacer lo que “está prohibido”. Si no vamos a la raíz, si no vamos al origen de nuestro actuar vicioso y pecaminoso, fracasaremos en el intento por cambiar la conducta equivocada. Un cambio de vida implica reformar los pensamientos o procesos mentales que nos llevan a obrar el pecado, implica al mismo tiempo “tener la misma mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), implica llegar a pensar como Cristo mismo pensó o pensaría en la circunstancia concreta en la que me encuentro. Si pienso como Cristo piensa, me iré educando a tener los mismos sentimientos de Cristo y obraré como Cristo mismo obraría. De ese modo tendré una total sintonía con Él, una comunión de mente, corazón y acción. De nada servirá cambiar de conducta si no cambio de forma de pensar, si no adquiero una unidad de mente con Cristo.


 

¿Pero quién puede asemejarse de este modo al Señor Jesús? Alcanzar esa meta evidentemente no es tarea fácil, pero tampoco es imposible. Esta transformación es ante todo obra del Espíritu en nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1989). Sin embargo, la Gracia, sin la cual nada podemos, necesita ser acogida, requiere de nuestra continua y decidida acogida y cooperación (ver 1Cor 15,10).Continua, porque la conversión nunca termina, es un empeño de toda la vida. En esta vida nadie podrá decir jamás: “ya estoy convertido del todo”. Por ello, es importante que en respuesta al llamado que el Señor me hace a cambiar de mente y a la consecuente conversión, me pregunte cada día: ¿Qué criterios subsisten en mí que debo cambiar? ¿Pienso como Cristo, o pienso como el mundo? Unido a estas preguntas, el examen de conciencia diario es y será siempre un instrumento fundamental de transformación para quien quiera tomarse en serio el llamado a la santidad.


 

Finalmente, aunque a todos el Señor nos invita a esta conversión y a una conversión continua a lo largo de toda nuestra vida, a algunos les pide más: «Ven conmigo». Como al inicio, Cristo sigue llamando a algunos a dejarlo todo para seguirlo de cerca, para ser de sus íntimos, para anunciar su Evangelio, para hacerlos «pescadores de hombres». Por ello, todo joven que verdaderamente cree en Dios y en su enviado Jesucristo, tiene el deber y necesidad de ponerse ante el Señor y preguntarle sin miedo: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga? ¿Es mi vocación la vida matrimonial? ¿O me llamas a la vida consagrada, a dejarlo todo para que siendo libre de todo y de todos pueda ganar a los más que pueda (ver 1Cor 9,19) mediante el anuncio de tu Evangelio? Si el Señor te llama, si toca fuerte a la puerta de tu corazón, no le des la espalda, no te marches como el joven rico. Tampoco dilates tu respuesta. Alentado por el ejemplo de los primeros apóstoles, dile tú también: “aquí estoy Señor, aquí me tienes, para hacer tu voluntad”.


 

Si eres padre o madre, y si alguno de tus hijos te confía que experimenta el llamado, el Señor te pide que lo apoyes y alientes a responder, que no que te conviertas tú en obstáculo a su llamado. No te niegues a entregarle al Señor un hijo o una hija. No les obligues a diferir su respuesta imponiéndoles condiciones. ¡Cuántas vocaciones se pierden de este modo! Recuerda que tus hijos son un Don de Dios, no una pertenencia tuya. Él te los ha confiado, de ellos deberás responder ante Dios mismo. Entrégaselos cada día al Señor, y no te aferres a ellos si Él te los pide.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó Luz grande a la que, en otro lugar, se llama Luz verdadera y, hablando de las tinieblas, las llama sombra de muerte. Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: Que la luz les había nacido y brillaba. No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo; y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados; así como los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie; llama aquí tinieblas al error y a la impiedad».

San Juan Crisóstomo


 

«La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en Él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».

San Hipólito


 

«San Juan evangelista, antes que Jesús fuese a Galilea, habló acerca de Pedro, de Andrés y Natanael y del milagro de Caná de Galilea, cuyas cosas callaron los demás evangelistas, refiriendo sólo en sus narraciones que Jesús volvió a Galilea. De donde se entiende que pasaron algunos días en que se produjeron aquellas cosas acerca de los discípulos y que son incluidas por San Juan».

San Agustín


 

«Los llamó [A Pedro, Andrés, Juan y Santiago] cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones».

San Juan Crisóstomo


 

«Se nos enseña, pues, en éstos que dejan su oficio, su patria y su casa por seguir a Jesucristo, a no detenernos por las preocupaciones de la vida secular ni por la costumbre de vivir en la casa paterna».

San Hilario


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”



 

748: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas». Con estas palabras comienza la «Constitución dogmática sobre la Iglesia» del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.


 

“Convertíos…”


1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.


 

1428: Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.


 

1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.

 

“…porque el Reino de los Cielos ha llegado”


541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1,15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».


 

542: Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.


 

 

REFLEXION FINAL


¿Cuánto durará la noche?


 

 

 

Introducción

 

"Judas comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche " (Jn 13,30). Pocas palabras para describir una escena dramática; un hombre, a merced ya de sus proyectos de locura, abandona a Cristo-luz y viene devorado por la obscuridad.

 

La gente teme la obscuridad de la noche y se anima cuando comienzan las primeras luces del alba. Los centinelas escrutan el horizonte, esperando la aurora (Sal 130,6). Largas son las noches de quien, ardiendo de fiebre y presa de pesadillas, gira y da vueltas esperando la mañana (cf. Job 7,3-4).

 

Quien se ha precipitado en las tinieblas del vicio, de la mentira y de la injusticia espera también un rayo de luz que le anuncie el fin de la noche y el comienzo de un nuevo día.

 

Centinela ¿cuánto queda de la noche?, pregunta el profeta (cf. Is 21,11). ¿Cuánto durará todavía en el mundo la obscuridad, el mal y el pecado? ¿Cuándo serán "liberados los hombres del poder de las tinieblas"? (Col 1,13).

 

Pablo invita a la esperanza: "Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe, La noche está avanzada, el día se acerca" (Rom 13,11-12).

 

El conflicto luz-tinieblas continua a la espera del día sin fin, cuando "allí no habrá noche. No les hará falta ni luz de lámpara ni luz del sol, porque los ilumina el Señor Dios" (Ap 22,5).


 

 

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:


“Estábamos en tinieblas, ahora somos luz. Haz, Oh Señor, que nos comportemos como hijos de la luz”.

 

El evangelio de hoy tiene tres partes. Con una cita del profeta Isaías viene introducida la actividad de Jesús en Galilea (vv. 12-17); a continuación, sigue el relato de la vocación de los primeros discípulos (vv. 18-22); finalmente, la actividad de Jesús queda resumida en una frase (v.23).

 

Después de concluir la misión del Bautista, Jesús se traslada a Cafarnaún que se convierte en el centro de su actividad por casi tres años.

 

Cafarnaún era un pueblo de pescadores y agricultores que se extendía a lo largo de trescientos metros a orillas del lago de Genesaret. No era famoso como la ciudad de Tiberías –donde residía el tetrarca Herodes Antipas– o como la rica y próspera Magdala, famosa por sus florecientes industrias de salazón del pescado y el tinte. Cafarnaúm gozaba, no obstante, de un cierto prestigio: se encontraba a lo largo de la "Vía del mar" –la célebre carretera imperial que, desde Egipto, pasando por Damasco, conducía a Mesopotamia– y señalaba el confín entre Galilea y el Golán, territorio que pertenecía a Filipo (otro hijo de Herodes el Grande). Era un lugar de frontera, con una aduana donde se pagaba un tanto por todas las mercancías.

 

Mateo no se limita a anotar el cambio de residencia de Jesús, acompaña la cita con una referencia a la Escritura. Para comprender el significado hay que tener en cuenta que Galilea estaba habitada por israelitas considerados por todos como casi-paganos o medio-paganos por haber nacido del cruce de varios pueblos. Los judíos de Jerusalén los despreciaban porque los tenían por poco instruidos, desconocedores de la ley, de costumbres corrompidas y poco observantes de las disposiciones rabínicas. Tampoco se fiaban de ellos por sus tendencias subversivas en campo político (fueron los galileos los que iniciaron el movimiento zelota, responsable de sanguinarias revueltas contra el imperio romano).

 

En esta región situada en la periferia de la tierra santa, en esta "Galilea de los paganos" (v. 15), Jesús inicia su misión y con esta elección indica quiénes son los primeros destinatarios de su luz: no son los judíos puros, sino los excluidos, los alejados.

 

Admirado ante a la fe del centurión –jefe del destacamento de soldados destacados en Cafarnaún– un día exclamará: "en verdad les aseguro que no he encontrado en todo Israel una fe tan grande. Ahora les digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos mientras los que debían entrar en él serán echados a las tinieblas de afuera" (Mt 8,10-11). También les hará notar a los sumos sacerdotes y a los ancianos el sorprendente cambio: "En el camino al Reino de los Cielos los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes" (Mt 21,31).

 

El cambio de residencia –un hecho bastante banal en sí mismo– ha sido leído por Mateo en su significado teológico, como el cumplimiento de la profecía de Isaías: "La gente que vivía en la obscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte" (v. 16). Con el inicio de la actividad pública de Jesús, ha brillado entre los montes de Galilea la aurora de un nuevo día, ha surgido la luz de la que hablaba el profeta.

 

El último versículo de esta primera parte presenta la proclamación de Jesús: "Conviértanse porque el Reino de Dios está cerca" (v. 17).

 

Conviértanse no significa “hacerse un poco mejor, rezar mejor, hacer alguna obra buena extra”, sino "cambiar radicalmente de modo de pensar y de actuar". Quienes han estado cultivando proyectos de muerte deben abrirse a decisiones de vida, quienes se han movido en tinieblas deben dirigirse hacia la luz. Solo quien está dispuesto a llevar a cabo este cambio puede entrar en el reino de los cielos (no en el paraíso, sino en la nueva condición de quien ha escogido jugarse la vida según la palabra de Cristo).


 

En la segunda parte del pasaje se cuenta la vocación de los primeros cuatro discípulos. No se trata del relato de la llamada a los primeros apóstoles (los cuatro evangelistas narran el hecho de manera bastante diferente el uno del otro), sino de una catequesis que quiere hacer comprender lo que significa para el discípulo decir sí a Cristo que invita a seguirlo. Es un ejemplo, una ilustración de lo que quiere decir convertirse.

Hay que señalar la insistencia de verbos de movimiento. Jesús no se detiene ni un instante: "Caminaba junto al mar.…Yendo más allá...Recorría toda la Galilea" (vv. 18.21.23).

Quien ha sido llamado debe comprender que no se le concederá ningún reposo, que no habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere ser seguido noche y día y por toda la vida, no existen momentos que serán dispensados de los compromisos adquiridos.

La respuesta debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Juan y Santiago quienes "inmediatamente abandonan las redes, la barca y al padre, lo siguieron" (vv. 20.22).

No hay que interpretar mal el "abandono" del propio padre. No significa que quien se convierta en cristiano (o escoja la vida religiosa) debe desinteresarse de sus padres. En el pueblo judío el padre era el símbolo del lazo con los antepasados, del apego a la tradición. Es esta dependencia del pasado la que debe ser rota cuando se convierte en un impedimento para acoger la novedad del evangelio. La historia, las tradiciones, la cultura de cada pueblo deben ser respetadas y valorizadas, pero sabemos que no todos los usos, costumbres, estilos de vida recibidos son conciliables con el mensaje de Cristo.

La exigencia de Jesús hace referencia a la elección dramática que los primeros cristianos estaban llamados a hacer: si decidían hacerse cristianos eran rechazados por la familia, repudiados por los padres, expulsados de la sinagoga y excluidos del propio pueblo.

También hoy los hay quienes tienen que enfrentarse con la ineludible alternativa entre el amor por el "padre" y la elección de Cristo. Baste pensar lo que significa para un musulmán, para un judío, para un pagano, para un budista la adhesión al cristianismo.

Para todos, no obstante, dejar al padre implica el abandono de todo lo que es incompatible con el evangelio. A la invitación a seguirlo, Jesús añade la tarea: "Les haré pescadores de hombres" (v. 19).

La imagen está tomada de la actividad desarrollada por los primeros apóstoles. No estaban pescando con cebo sino con red y su trabajo consistía en sacar peces fuera del mar (así se llamada inapropiadamente el lago de Galilea).

En el simbolismo bíblico, el mar era la morada del demonio, de las enfermedades, de todo lo que se oponía a la vida. El mar es profundo, obscuro, peligroso, misterioso, terrible. En el mar viven los monstruos y en él, ni los más hábiles marineros se sientes seguros.

Pescar hombres significa sacarlos fuera de la condición de muerte en que se encuentran, quiere decir arrancarlos de las fuerzas del mar que como aguas impetuosas, los dominan, los arrastran y los sumergen.

El discípulo de Cristo no teme a las olas y las afronta valientemente aun cuando sean borrascosas. No desespera en el afán de salvar a un hermano aunque se encuentre en situaciones humanamente desesperadas por ser esclavo de la droga, del alcohol, de pasiones desenfrenadas o por tener un carácter irascible, agresivo, intratable...No existe ninguna situación que no pueda ser recuperada por el discípulo de Cristo.

La tercera parte (v. 23) resume con tres verbos lo que Jesús hace en favor de los hombres: enseña y, por tanto, es luz para todo hombre; predica la Buena Noticia, es decir, anuncia a todos una palabra de esperanza, asegura que el amor de Dios es más fuerte que el mal del hombre, y cura a los enfermos. No se limita a proclamar la salvación, sino que la lleva a cabo con hechos concretos, mostrando a los discípulos lo que están llamados a hacer: deben crear, a través del anuncio del evangelio, hombres nuevos, una sociedad nueva, un mundo nuevo.


 

!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee enero Ee 2020 a las 16:30 Comments comentarios (1)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II ORDINARIO


19 - 25 de Enero del 2020




“He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


Is 49,5-6: “Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”


El Señor me dijo:

— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:

— «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».


Sal 39,2-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”


Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy».

Como está escrito en mi libro: «Para hacer tu voluntad». Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.


1Cor 1,1-3: “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”


Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Jn 1,29-34: “Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”


En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:

— «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es superior a mí, porque existía antes que

yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca».

Y Juan dio testimonio diciendo:

— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».


NOTA IMPORTANTE


En el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como “siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.


El profeta Isaías (1ª. lectura) se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como “llamado”;) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».


En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación: cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío que nadie podrá llenar en el mundo.


Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en vistas a su propia realización, que se da en la participación de su comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también «santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.


También el Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios reconciliadores.


Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de Dios (ver Lev 4,27ss).


Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Ha pasado ya el tiempo intenso de Navidad. Empezamos un nuevo tiempo litúrgico llamado “tiempo ordinario”. El cambio en el color de la casulla que utiliza el sacerdote lo indica visiblemente. La casulla blanca usada en el tiempo de Navidad quiere simbolizar la luz radiante que brota del Niño, «Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). En el “tiempo ordinario” se utiliza la casulla verde, color que significa esperanza y vida, porque las enseñanzas del Señor que escucharemos Domingo a Domingo son justamente fuente de esperanza y vida eterna para nosotros.


Al decir tiempo ordinario no hay que entender que se trata de un tiempo común y corriente, sino de un tiempo en el que Domingo a Domingo se va avanzando ordenadamente en la lectura del Evangelio correspondiente (este año es el de San Mateo) para meditar en las enseñanzas y obras del Señor Jesús a lo largo su ministerio público. Quien va acompañando al Señor en su predicación y lo escucha para procurar poner en práctica sus enseñanzas en la vida cotidiana, descubrirá en Él la fuente de una profunda esperanza y de la vida verdadera, vida que se prolongará por toda la eternidad: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).


Este Domingo escuchamos a Juan dar testimonio del Señor Jesús, que luego de ser bautizado se dispone a iniciar su ministerio público. El Bautista presenta al Señor Jesús como el Mesías prometido por Dios para que sea acogido y escuchado por todos aquellos que anhelantes esperaban su venida.


También a mí en el hoy de mi historia y en las circunstancias concretas de mi vida Juan el Bautista me señala al Señor Jesús como el Enviado del Padre, Aquel que Dios ha enviado para perdonar mis pecados y reconciliarme con Él, conmigo mismo, con mis hermanos humanos y con toda la creación. El Señor Jesús no es un profeta más, un gran sabio como otros: Él es el Hijo del Padre, Dios de Dios, Dios que por nosotros se hizo hombre para reconciliarnos y elevarnos a nuestra verdadera grandeza humana. En Él el ser humano se comprende a sí mismo, su misterio, su grandioso origen y su glorioso destino. Es, por tanto, a Él a quien hay que conocer y escuchar, a Él a quien hay que amar y seguir confiada y decididamente.


El Señor nunca tendrá un lugar central en mi vida si no lo amo con todo mi ser, incluso más que a mi propia vida y más que a los que más amo (ver Dt 6,5; Mt 10,37). Este amor al Señor se nutre, crece y madura en el trato diario con Él, en la oración perseverante, y se expresa en los sacrificios que estoy dispuesto a asumir por Él.


Por otro lado, nadie ama a quien no conoce. Para amar al Señor es necesario conocerlo, y para ello la Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo” Flp 3,8» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2653). No podemos olvidar que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo» (San Jerónimo).


Quien conoce y ama a Jesucristo verdaderamente, quien lo escucha, quien le cree y confía en Él, quien se abre a la fuerza transformante de su Espíritu, buscará en lo cotidiano hacer lo que Él le diga (ver Jn 2,5), buscará ser siervo o sierva de Dios, buscará responder a su llamado a la santidad, buscará responder a su vocación particular cumpliendo la misión que Dios le encomienda realizar en el mundo, para bien de muchos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se llama pecado del mundo al pecado original, que es el pecado común a todos los hombres, cuyo pecado, como todos los demás que a éste pueden añadirse, los quita Jesucristo por medio de su gracia». San Beda


«Cuando el Señor fue conocido, en vano se le preparaba camino, porque Él mismo se ofrece como camino a los que le conocen. Y así no duró por mucho tiempo el bautismo de San Juan sino hasta que se dio a conocer el Dios de la humildad. Y, además, para darnos ejemplo de esta virtud y enseñarnos a obtener la salvación por medio del bautismo, recibió Él el bautismo del siervo. Y para que no fuese preferido el bautismo del siervo al bautismo del Señor, fueron bautizados otros con el mismo bautismo del siervo. Mas los que fueron bautizados con el bautismo del siervo, convenía también que fuesen bautizados con el bautismo del Señor. Porque los que son bautizados con el bautismo del Señor no necesitan del bautismo del siervo». San Agustín


«San Juan había dicho cosas grandes del Salvador, lo que era muy suficiente para que se asombrasen cuantos oían (como aquello de que Él solo podría quitar todos los pecados del mundo entero). Queriendo hacer esto más creíble, lo refería a Dios y al Espíritu Santo. Y como alguno podría preguntar a San Juan, ¿cómo has conocido tú a éste?, le responde que por la venida del Espíritu Santo». San Juan Crisóstomo


«Y para que no se crea que Jesucristo necesitó que viniese el Espíritu Santo, como nos sucede a nosotros, destruye también esta sospecha, dando a conocer que la venida del Espíritu Santo únicamente tiene por objeto la manifestación de Jesucristo. Por esto dice: “Y yo no le conocía; mas Aquél que me envió a bautizar con agua, me dijo: sobre Aquél que tú vieres descender el Espíritu Santo, y reposar sobre Él, Éste es”». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Cristo es el Cordero que quita el pecado del mundo


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6,3), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10,5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2,2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10,17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14,31).


607: Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19,30), dice: «Tengo sed» (Jn 19,2).


608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53,7) y carga con el pecado de las multitudes (ver Is 53,12), y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12,3-14) (ver Jn 19,36; 1Cor 5,7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).


Reflexión Final


“Es tan manso como un cordero”, solemos decir con cierta frecuencia. Y, en efecto, el cordero es como el símbolo de la mansedumbre, de la bondad y de la paz. Es un animalito inocuo y totalmente indefenso; más aún, cuando es todavía pequeño, nos despierta sentimientos de viva simpatía por su candor e inocencia. Pues Jesucristo nuestro Señor no rehusó adjudicarse a sí mismo el título de “Cordero de Dios”. Es verdad que fue Juan Bautista el que se lo aplicó, pero Jesús no lo rechaza. Es más, lo acepta de buen grado. Fue el Papa san Sergio I quien introdujo el “Agnus Dei” en el rito de la Misa, justo antes de la Comunión. Y, desde entonces, todos los fieles cristianos recordamos diariamente aquellas palabras del Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Desde los primerísimos siglos de la Iglesia, la imagen del cordero ha sido un símbolo tradicional en la iconografía y en la liturgia católica. Con frecuencia lo vemos grabado o pintado en los lugares y objetos de culto, bordado en los ornamentos sagrados o esculpido en el arte sacro. Pronto esta figura, junto con la del pez, fue un signo común entre los cristianos. Y, para comprenderlo mejor, tratemos de ver brevemente la rica simbología bíblica que está detrás. El profeta Jeremías, perseguido por sus enemigos por predicar en el nombre de Dios, se compara a sí mismo como “a un cordero llevado al matadero” (Jer 11, 19). Poco más tarde, el profeta Isaías retoma esta misma imagen en el famoso cuarto canto del Siervo de Yahvé, que debe morir por los pecados del mundo y que no abre la boca para protestar, a pesar de todas las injurias e injusticias que se cometen contra él, manso e indefenso como un “cordero llevado al matadero” (Is 53, 7).


En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que el eunuco de Etiopía iba leyendo este texto en su carroza y que el apóstol Felipe le explicó quién era ese Siervo doliente de Yahvé descrito por el profeta: Jesús, nuestro Mesías, que nos redimió con los dolores y quebrantos de su pasión. Pero, además, el tema del cordero se remonta hasta la época de Moisés y a la liberación de Israel de manos del faraón. El libro del Éxodo nos narra que, cuando Dios decidió liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, ordenó que cada familia sacrificase un cordero sin defecto, macho, de un año, que lo comiesen por la noche y que con su sangre untaran las jambas de las puertas en donde se encontraban. Con este gesto fueron salvados todos los israelitas de la plaga exterminadora que asoló aquella noche al país de Egipto, matando a todos sus primogénitos (Ex 12, 1-14). Unos días más tarde, en el monte Sinaí, Dios consumía su alianza con Israel sellando su pacto con la sangre del cordero pascual (Ex 24, 1-11). Es entonces cuando Israel queda convertido en el pueblo de la alianza, de la propiedad de Dios, en pueblo sacerdotal, elegido y consagrado a Dios con un vínculo del todo singular (Ex 19, 5-6).


En el Nuevo Testamento, la tradición cristiana ha visto en el cordero, con toda razón, la imagen de Cristo mismo. San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les dice que les transmite una tradición que él, a su vez, ha recibido y procede de manos delSeñor: “Que el Señor Jesús, en la noche que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Y lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (I Cor 11, 23-26). Cristo, “nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado”, decía Pablo a la comunidad de Corinto (I Cor 5, 7). Y Pedro, en su primera epístola, invitaba a los fieles a recordar que “habían sido rescatados de su vano vivir no con oro o plata, que son bienes corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha” (I Pe 1, 18-19). Y también en el libro del Apocalipsis encontraremos esta imagen en diversos momentos.


Aparece con tonos solemnes y dramáticos un cordero, como degollado, rodeado de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, y es el único capaz de presentarse ante el trono de la Majestad de Dios y abrir los sellos del libro sagrado. Entonces todos los ancianos y miles y miles de la corte celestial se postran delante del cordero para tributarle honor, gloria y adoración por los siglos (Ap 5, 2-9.13). Y al final del Apocalipsis –que es también la conclusión de toda la Biblia— se nos presentan, en todo su espendor y belleza, las bodas místicas del Cordero con su Iglesia, que aparece toda hermosa y ricamente ataviada, como una novia que se engalana para su esposo (Ap 19, 6-9; 21, 9). A esta luz, el símbolo del cordero se nos ha llenado de sentido y de una riqueza teológica y espiritual fuera de serie. Ese cordero pascual es Jesucristo mismo. Es el verdadero cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora hasta el final de los tiempos. Gracias a esto, hoy todos los católicos del mundo repetimos diariamente en el santo sacrificio eucarístico esas mismas palabras, por labios del sacerdote: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¡Dichosos los invitados al banquete del Señor!”. Ojalá que, a partir de hoy, cada vez que digamos estas palabras, lo hagamos con todo el fervor de nuestra fe, de nuestro amor y adoración, pidiendo a Dios por la salvación de toda la humanidad. ¡Éstos son los deseos de Jesucristo, el gran Cordero y Pastor de nuestras almas!


!GLORIA A DIOS!


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Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


12 - 18 de Enero del 2020




“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”


Is 42,1-4.6-7: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo”


Así dice el Señor:

«Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña resquebrajada no la quebrará, ni apagará la mecha que apenas arde. Promoverá fielmente el derecho, y no se debilitará ni se cansará, hasta implantarlo en la tierra, los pueblos lejanos anhelan su enseñanza. Yo, el Señor, te he llamado según mi plan salvador, te he cogido de la mano, te he formado, y te hice mediador de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y del calabozo a los que habitan las tinieblas».


Sal 28,1-4.9-10: “El Señor bendice a su pueblo con la paz”


Hijos de Dios, aclamen al Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor, póstrense ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.


Hech 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

— «Ahora comprendo que Dios no hace distinciones; acepta al que lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Ustedes saben lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, comenzando por Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él».


Mt 3,13-17: “Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre Él”


En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba impedírselo, diciéndole:

— «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:

— «Déjalo así por ahora. Está bien que cumplamos todo lo que Dios quiere».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía:

— «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».


NOTA IMPORTANTE


Juan invitaba a un bautismo, distinto de las habituales abluciones religiosas destinadas a la purificación de las impurezas contraídas de diversas maneras. Su bautismo era un bautismo «de conversión para perdón de los pecados» (Mc 1,4). Debía marcar un fin y un nuevo inicio, el cambio de conductas pecaminosas enconductas virtuosas, el abandono de una vida alejada de los mandamientos divinos para asumir una vida “justa”, santa, conforme a las enseñanzas divinas. Su bautismo implicaba una confesión de los propios pecados y un propósito decidido de dar «frutos dignos de conversión» ver Mt 3,6-8.


El simbolismo del ritual hablaba de esta realidad: el penitente era sumergido completamente en el agua del Jordán (el término bautismo viene del griego baptizein y significa «sumergir», «introducir dentro del agua» significando un sepultar a la persona que en cierto sentido ha muerto por la renuncia a la vida pasada de pecado, para resurgir luego del agua como una persona distinta, purificada. Era, pues, el símbolo del nacimiento para una vida nueva.


Con su bautismo Juan hacía realidad ya cercana las antiguas promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Allánenle los caminos!”» (Is 40,3). Juan reconocía que su bautismo era pasajero. Él no hacía sino preparar el camino a quien detrás de él vendría con un Bautismo muy superior: «Yo los bautizo en agua para conversión… Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).


Estaba Juan bautizando cuando llega Jesús a pedirle que también a Él lo bautice. ¿Necesitaba Jesús este bautismo? ¿Necesitaba Él renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Juan lo sabe y se resiste a bautizarlo. Jesús no tiene pecado, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y dice ser él quien necesita ser bautizado por Jesús. Aún así, el Señor insiste: «Déjalo así por ahora. Está bien que cumplamos todo lo que Dios quiere» Así la traducción litúrgica. La traducción literal del griego dice: «conviene que así cumplamos toda justicia».


Comenta el Papa Benedicto XVI: «No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Jesús de Nazaret, Planeta, Bogotá 2007, p. 39).


Él no necesita ciertamente este bautismo, sin embargo, obedeciendo a los designios amorosos de su Padre, se hace solidario con los pecadores: «Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento… Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores… El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado” (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (verMc 10,38; Lc 12,50)» (allí mismo, p. 40).


Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Esta obra la llevaría a su pleno cumplimiento en la Cruz, el momento al que el Señor mismo se referirá como el “bautismo” con el que tiene que ser bautizado (ver Lc 12,50). Es muriendo como se “sumerge” en el amor del Padre y difunde el Espíritu Santo para que los que crean en Él renazcan de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna que es el Bautismo cristiano. Así, por su muerte y resurrección, y haciéndonos partícipes de su misma Pascua por el baño bautismal, Cristo nos libró de la esclavitud de la muerte y nos “abrió el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Un día fui bautizado. Por la efusión del agua y el Don del Espíritu Santo, aquel día recibí una nueva identidad: desde entonces no sólo me llamo, sino que verdaderamente soy cristiano.

Pero, ¿qué quiere decir que soy cristiano? ¿Cuál es el alcance y contenido de esta afirmación?


Cristiano identifica no sólo al seguidor de la doctrina de Cristo, sino que más aún, significa que le pertenece a Cristo en virtud de una transformación interior realizada por el Bautismo. En efecto, por la efusión del agua y el Don del Espíritu Santo (ver Rom 8,9-10) hemos llegado a ser una nueva creatura, hijos de Dios en el Hijo único (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 537 y 1997), miembros de Cristo y de su Cuerpo místico, que es la Iglesia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1213): «Mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565). Por tanto, cristiano es un nombre que «expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida» (Catecismo de la Iglesia Católica, 203).


Y así como podemos afirmar que el nombre de Jesús «expresa a la vez su identidad y su misión» (Catecismo de la Iglesia Católica, 430), el nombre de cristiano expresa asimismo nuestra profunda identidad y misión: “cristiano” significa “ungido” y «tiene su origen en el nombre de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1289), el Ungido por excelencia porque fue ungido por Dios «con el Espíritu Santo» Hech 10,3.


El bautizado pasa a ser de Cristo porque, como el Señor Jesús, recibe esta unción que es el don de lo Alto, el Espíritu Santo derramado en su corazón: por este Don «ha llegado a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1241). Esta Unción da al bautizado no sólo un nombre, sino que aporta un cambio ontológico a la persona que lo recibe, dándole una nueva identidad y una propia misión, que es la identidad y misión propia de la Iglesia: «llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213).


De la claridad y de la certeza de la propia identidad bautismal (soy cristiano) nace la conciencia de la propia misión y del papel insustituible que cada uno de nosotros tiene en la Iglesia y en el mundo. Todo bautizado, cual luz que brilla en medio de las tinieblas, está llamado a irradiar a Cristo cooperando con el anuncio de su Evangelio y viviendo una vida que se empeña en amar a los demás como Cristo mismo nos ha amado.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vistas a obtener el perdón, no a darlo». San Pedro Crisólogo


«Fue bautizado el Señor, no para purificarse, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas por la carne de Jesucristo, que no conoció el pecado, tuviesenvirtud para bautizar a los demás». San Ambrosio


«Cristo es hoy iluminado, dejemos que esta luz divina nos penetre también a nosotros; Cristo es bautizado, bajemos con Él al agua, para luego subir también con Él... Honremos hoy, pues, el bautismo de Cristo y celebremos como es debido esta festividad. Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre, ya que para él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la presencia de aquella gran luz, impregnados de sus resplan-dores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la única Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén». San Gregorio de Nacianceno


«Me dirijo a vosotros, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor. Os hablo con palabras del Apóstol: Revestíos de Jesucristo, el Señor, y no os entreguéis a satisfacer las pasiones de esta vida mortal, para que os revistáis de la vida que habéis revestido en el sacramento. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo». San Agustín


«El bautismo tiene una doble finalidad: la destrucción del cuerpo de pecado, para que no fructifiquemos ya más para la muerte, y la vida en el Espíritu, que tiene por fruto la santificación; por esto el agua, al recibir nuestro cuerpo como en un sepulcro, suscita la imagen de la muerte; el Espíritu, en cambio, nos infunde una fuerza vital y renueva nuestras almas, pasándolas de la muerte del pecado a la vida original. Esto es lo que significa renacer del agua y del Espíritu, ya que en el agua se realiza nuestra muerte y el Espíritu opera nuestra vida». San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El bautismo de Jesús


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1224: Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (ver Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.


El Bautismo cristiano


1267: El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto... somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Cor 12,13).


1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.


1270: Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.


REFLEXION FINAL


Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado»


Hoy contemplamos al Mesías —el Ungido— en el Jordán «para ser bautizado» (Mt 3,13) por Juan. Y vemos a Jesucristo como señalado por la presencia en forma visible del Espíritu Santo y, en forma audible, del Padre, el cual declara de Jesús: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). He aquí un motivo maravilloso y, a la vez, motivador para vivir una vida: ser sujeto y objeto de la complacencia del Padre celestial. ¡Complacer al Padre! De alguna manera ya lo pedimos en la oración colecta de la misa de hoy: «Dios todopoderoso y eterno (...), concede a tus hijos adoptivos, nacidos del agua y del Espíritu Santo, llevar siempre una vida que te sea grata».


Dios, que es Padre infinitamente bueno, siempre nos “quiere bien”. Pero, ¿ya se lo permitimos?; ¿somos dignos de esta benevolencia divina?; ¿correspondemos a esta benevolencia? Para ser dignos de la benevolencia y complacencia divina, Cristo ha otorgado a las aguas fuerza regeneradora y purificadora, de tal manera que cuando somos bautizados empezamos a ser verdaderamente hijos de Dios. «Quizá habrá alguien que pregunte: ‘¿Por qué quiso bautizarse, si era santo?’. ¡Escúchame! Cristo se bautiza no para que las aguas lo santifiquen, sino para santificarlas Él» (San Máximo de Turín). Todo esto —inmerecidamente— nos sitúa como en un plano de connaturalidad con la divinidad. Pero no nos basta a nosotros con esta primera regeneración: necesitamos revivir de alguna manera el Bautismo por medio de una especie de continuo “segundo bautismo”, que es la conversión. Paralelamente al primer Misterio de la Luz del Rosario —el Bautismo del Señor en el Jordán— nos conviene contemplar el ejemplo de María en el cuarto de los Misterios de Gozo: la Purificación. Ella, Inmaculada, virgen pura, no tiene inconveniente en someterse al proceso de purificación. Nosotros le imploramos la sencillez, la sinceridad y la humildad que nos permitirán vivir de manera constante nuestra purificación a modo de “segundo bautismo”.


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Solemnidad de la Epifanía del Señor

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5 - 11 De Enero 2020



Solemnidad de la Epifanía del Señor



Primera lectura Is 60, 1-6


Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor.



Salmo Responsorial

Salmo 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13


R. (cf. 11) Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Comunica, Señor, al rey tu juicio y tu justicia, al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, ere tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante el se postrarán todos los reyes y todas las naciones. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Al débil librará del poderoso y ayudara al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos.


Segunda lectura

Ef 3, 2-3a. 5-6


Hermanos: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: es decir, que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.


Aclamación antes del Evangelio

Mt 2, 2

R. Aleluya, aleluya. Hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido a adorar al Señor. R. Aleluya.


Evangelio

Mt 2, 1-12


Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.


Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.


Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.


Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.


NOTA IMPORTANTE


Oración introductoria Jesús, vengo a este rato de meditación para contemplarte y adorarte, como aquellos magos de Oriente. Ayúdame a encontrarte, como ellos lo hicieron, en los brazos de María. Petición Jesús, dame la gracia de buscarte siempre. Que seas Tú la causa de todas mis alegrías. Meditación del Papa Francisco Los Magos consiguieron superar aquel momento crítico de oscuridad en el palacio de Herodes, porque creyeron en las Escrituras, en la palabra de los profetas que señalaba Belén como el lugar donde había de nacer el Mesías. Así escaparon al letargo de la noche del mundo, reemprendieron su camino y de pronto vieron nuevamente la estrella, y el Evangelio dice que se llenaron de “inmensa alegría”. Esa estrella que no se veía en la oscuridad de la mundanidad de aquel palacio.


Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es también una virtud, la santa “astucia”. Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los Magos supieron usar esta luz de “astucia” cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino. (S.S. Francisco, 6 de enero de 2014).


Reflexión Hoy es uno de esos días en que todos quisiéramos de nuevo ser niños. ¡Qué alegría y qué ilusión al habernos ido a la cama pensando: "Esta noche pasarán por casa los Magos de Oriente y dejarán en ella muchos regalos para mí" El ejemplo de estos "magos" (en la actualidad equivaldrían a una especie de astrónomos y no a aquellos que aparecen y desaparecen un conejo de su sombrero) es un ejemplo de fe y de sencillez. Su vida estaba resuelta. Eran felices. Tenían una familia maravillosa. ¿Para qué despeinarse? ¡Vaya ganas de complicarse la vida! Y sin embargo, ven la estrella y no tardan en seguirla. Tenían fe y supieron descubrir en el brillo de esa estrella diminuta, que a ratos se les escabullía, el paso de Dios por sus vidas. Y es que, hace falta tener los oídos interiores bien limpios para escuchar la voz de Dios. El rey Herodes, a través de estos magos, recibió también una invitación de Dios para sumarse a los que adorarían al Niño. Pero la basura del egoísmo y el ruido del poder acumulado en sus oídos, no le permitieron escuchar. Se quedó en su palacio y se ensució el alma con la muerte de tantos inocentes. La sencillez de los magos, se nos presenta unida a su fe, en el momento del encuentro con el Niño: Y de hinojos le adoraron, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones de oro, incienso y mirra... Unos hombres venían de oriente. Ellos habían visto una estrella diferente a las demás. Una estrella nacida hacía unos días, lo que equivaldría a un fenómeno extraordinario. Lo comentan con todos los habitantes de la ciudad en donde están. La ciudad se sobresalta por tal anuncio. ¿Qué harías si hoy te preguntaran si has visto la estrella que acaba de nacer? Al menos yo me sentiría confuso, dado que no soy un astrónomo, además las noches las ocupo en otras cosas que en estar mirando el cielo. Estos hombres los recordamos hoy.


Hace más de dos mil años que observaron el fenómeno de la estrella, y aún hoy se observa este milagro. Una estrella ha nacido, y nace en esta Navidad, y nacerá en las siguientes navidades. Esa Estrella la llamamos Jesús. Un Niñito nacido un lejano 24 de diciembre, y que sigue recibiendo la visita de unos magos cada año. Unos magos que eran de oriente y que hoy los niños del mundo quieren muchísimo. Esos magos le llevaron unos regalos al Niño Dios, pero no se dieron cuenta de que ellos fueron quienes recibieron el mayor regalo, el conocimiento de Dios a través de la Fe. Ojalá que en este día, escuchemos la voz del recién nacido. Y si no la percibimos, lavémonos los oídos, curemos nuestra sordera de alma y no nos quedemos solos y tristes como Herodes. Propósito Vayamos al portal de Belén y con fe y sencillez, desde lo más profundo de nuestro corazón, adoremos a Jesús, prometiéndole que seguiremos siempre su estrella. Diálogo con Cristo La adoración de los magos me recuerda lo cerca que estás siempre, esperando que me dé el tiempo para contemplar y apreciar el infinito amor que me ofreces. Mi entorno social ofrece tantas falsas alegrías que necesito, como los magos, seguir tu estrella que muestra el camino, que aunque a veces parezca difícil, es el único donde podré encontrar la felicidad verdadera. Señor, ayúdame a salir a predicar tu mensaje de amor, dame la gracia de salir de mí para ejercer una labor de fermento dentro de mi familia y en el círculo de mis amigos, para comenzar a vivir un cristianismo militante, dinámico, lleno de celo, que nunca pierde de vista la estrella de tu amor.


Luces para la vida cristiana


Lectura, ¿Qué dice el texto?


«En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel»

Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones.

Siguiendo este texto, ¿Cuáles son las palabras o frases o actitudes que atraen tu atención, tu interés?


 Meditación, ¿Qué nos dice Dios en el texto?



Ciertamente en el texto de ayer nos referíamos al menosprecio, a lo pequeño, a lo que creemos que no significa nada o no tiene importancia o no tiene valor, también a la incredulidad y la fe. Y aquí en este texto vemos a un niño, al Señor, al Salvador del mundo, junto con su madre y padre, en un lugar que ni siquiera era de ellos y no en las condiciones propias y también a unos Reyes que tenían mucho y ofrecen sus dones con alegría. Los dones de los magos son muy significativos: el oro simboliza la realeza; el incienso, la divinidad; la mirra, la humanidad. Se trata, pues, de una pública confesión de la divinidad del Hijo del hombre y de la realeza que había sido anunciada por el ángel. ¿Creo en la humildad y misericordia que se manifiesta tanto en lo pequeño, como en lo grande?, ¿Al igual que los Reyes busco al Señor con fe y pongo a sus pies mis dones con alegría?, ¿Creo y afirmó que el Señor es la realeza, la divinidad que vino a salvar a la humanidad?


Siguiendo el mensaje de este texto, ¿Cuál es tu meditación, tu reflexión personal?


 Oración, ¿Qué le decimos a Dios? 


Niño Jesús, tú que viniste desde lo más pequeño, desde lo más humilde, siendo el hijo del Todopoderoso, que por Amor y fe en nosotros cumpliste la voluntad del Padre, quiero decirte, gracias por mostrarte al mundo así como lo hiciste, porque nos has enseñado el camino para llegar al Reino de Dios, ayúdame a ser como tu, humilde, con alegría para servir, para guiar, para amar; ayúdame a poner mis dones a tu servicio y al servicio de mis hermanos porque creo en ti mi Señor.


!GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC

José, tomando consigo al Niño y a su Madre, fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


LA SAGRADA FAMILIA


29 de Diciembre del 2019 al 4 Enero 2020


“José, tomando consigo al Niño y a su Madre, fue a vivir en

una ciudad llamada Nazaret”


Eclo 3,3-7.14-17: «Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre»


Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre sus hijos.

El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él, no lo desprecies mientras vivas.

La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Sal 127,1-5: «Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos»

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


Col 3,12-21: «Esposas, respeten a sus maridos. Maridos, amen a sus esposas»


Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sopórtense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo perfecto.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella han sido convocados, para formar un solo cuerpo.

Y sean agradecidos. La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza; instrúyanse unos a otros con toda sabiduría; corríjanse mutuamente. Canten a Dios, denle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicen, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.

Esposas, respeten a sus maridos, como creyentes en el Señor. Maridos, amen a sus esposas, y no sean duros con ellas.

Hijos, obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desalienten.


Mt 2,13-15.19-23: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto»


Cuando se fueron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:

— «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:

— «Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño».

Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel.

Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.


NOTA IMPORTANTE


La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres: es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.


En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse «de sentimientos de misericordia entrañable», es decir, a acoger y vivir la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este trabajo y esfuerzo antecede, sin embargo, un don: haber sido amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de nuestra parte una respuesta afirmativa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales, que han de estar regidas —como enseña San Pablo— por la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el saber soportarse unos a otros y perdonarse mutuamente cuando alguno tiene alguna queja contra el otro.


De este esfuerzo por revestirse de sentimientos de misericordia derivan también el respeto de las esposas con respecto a sus maridos, el amor de los maridos a sus mujeres, amor que debe expresarse en un trato digno, amable y respetuoso. En lo que toca a los hijos, se expresa en la obediencia a sus padres. Por su parte, los padres no han de exasperar a sus hijos.


En un hogar en el que Cristo habita, en el que el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, no hay dominadores ni dominados, no hay abusos e imposición de unos sobre otros, no hay maltratos. Hay en cambio unidad de mente, de corazón y de acción en Cristo. La caridad tiene la primacía entre cada uno de los miembros de la familia, empezando por los esposos de quienes los hijos han de aprender. Ese amor se expresa en el respeto y servicio mutuo, en buscar siempre y en primer lugar el bien del otro antes que el propio, venciendo todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por revestirse de la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae la paz y la alegría a todos.


Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la Sagrada Familia, aquella que luego de algunas iniciales travesías finalmente se ubicó en una ciudad de Galilea llamada Nazaret (Evangelio).


José, luego de las indicaciones iniciales recibidas del Ángel (ver Mt 1,24), asumió su misión de esposo de María y padre putativo de Jesús, cuidando del Niño y de su madre. De este modo los tres formaron una pequeña comunidad de vida y de amor, núcleo familiar que participó en todo de las mismas preocupaciones, sufrimientos, esperanzas y gozos que experimentan las familias humanas más humildes y frágiles.


Luego de la visita de los magos venidos de oriente para adorar al Niño-Rey (ver Mt 2,9-12), el Ángel del Señor se aparece a José en sueños para mandarle: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». José no espera “hasta mañana”, sino que de inmediato «se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel».


Desde el primer momento el Hijo de Dios, nacido en nuestra carne mortal, pequeño, débil y pobre, verá su existencia amenazada por los poderes de este mundo. El rey Herodes, apodado “el grande”, se había enterado por labios de los magos de que le había nacido un rey a Israel. Les pidió que terminada su búsqueda volviesen para avisarle donde encontrarlo e ir también él a adorarlo  Mt 2,8, cuando en realidad su intención era matar al Niño. Herodes, aferrado al poder, no quería que nadie le arrebatase su reino. Este Niño resultaba ser una amenaza para él, y había que eliminarlo sin importarle si tenía que atropellar la vida de los más débiles e indefensos para cumplir su cometido. Su crueldad no tendría límite alguno (ver Mt 2,16).


Al morir Herodes y pasar el peligro, José nuevamente recibe un aviso del Ángel: «Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel». Él obedece nuevamente con prontitud.


Ni en el relato de la “anunciación a José” (Mt 1,20-21) ni en las siguientes manifestaciones del Ángel a José escuchamos respuesta alguna. Sin embargo, José, sin mediar palabra, puso inmediatamente por obra lo que el ángel del Señor le había mandado. Él responde también con un fiat silencioso pero elocuente, un fiat manifestado una y otra vez en aquel poner por obra de inmediato lo que el ángel del Señor le decía. En esta respuesta pronta y obediente, fruto de su amor a Dios y confianza en sus planes, se revela un rasgo esencial de la personalidad del Santo Custodio de la Sagrada Familia. Él, como María, se considera a sí mismo un siervo del Señor, que no busca otra cosa sino que en él se haga según su Palabra (ver Lc 1,3).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.


Preguntémonos ahora: ¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?


«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados…». La voz del Apóstol les recuerda a los padres, aunque no sólo a ellos, sino también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son hijos de Dios, por quienes el Señor Jesús ha dado su sangre. Por ello, su primera y principal tarea es la de reconocer su dignidad y la de trabajar por ser santos (ver Lumen gentium, 40), procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Como amados de Dios, los esposos han sido elegidos por Dios (ver Ef 1,5-6) para una misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de comunión que se nutre del amor que viene de Dios.


En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que ante todo es un don de Dios derramado en sus corazones (ver Rom 5,5) y que han de vivir entre sí “como Cristo nos ha enseñado” (ver Jn 15,12), amor por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, «que hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (allí mismo).


La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, viviendo como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3,12), haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (Gaudium et spes, 52) en donde los hijos aprenden a vivir el amor en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.


Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios, y han de educarlos, con la palabra y el ejemplo, «en la auténtica libertad, (aquella) que se realiza en la entrega sincera de sí». De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (Evangelium vitae, 92). Por último, tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 142-144), por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice.


También han de recordar vivamente que por el ejercicio constante de su fe, están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio, 17).


Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir «su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa» (S.S. Pablo VI). De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Antes, para dar a entender que ella estaba desposada con un justo, la llamó su esposa, pero ahora, después del nacimiento de Jesús, [el evangelista San Mateo] no le da otro título que el de madre, y esto porque así como el casamiento con José se presenta como garantía de la virginidad de María, así la maternidad divina nos ofrece la prueba más irrecusable de esta misma virginidad». San Hilario


«Ved al tirano llenarse de furor apenas nace este Niño, y ved también a la Madre huir con el Hijo a tierra extranjera, y sirva esto de ejemplo para que cuando comencéis alguna obra espiritual y os sintáis afligidos por la tribulación, no os turbéis ni dejéis llevar del abatimiento sino soportéis con valor y heroísmo todas las contradicciones». San Juan Crisóstomo


«El Salvador, conducido a Egipto por sus padres, nos enseña que muchas veces los buenos se ven obligados a huir de sus hogares por la perversidad de los malos, y aun también condenados a un destierro. El que había de decir a los suyos: “Cuando os persiguiesen en una ciudad huid a la otra”, nos dio primero el ejemplo, huyendo como un hombre delante de otro hombre después que había sido adorado por los magos y anunciado por una estrella». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La familia cristiana, “iglesia doméstica”


1655: Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían deseaban también que se salvase «toda su casa». Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.


1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (LG 11). En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (LG 11).


1657: Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS, 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.


1658: Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están “fatigados y agobiados” (Mt 11,2)».


REFLEXION FINAL


Pan de cada día

Cuando leemos los libros de historia se nos puede quedar la impresión de que todo se centra en algunos grandes acontecimientos: el día en que se libró una batalla, el día en que se firmó un tratado de paz o el día en que tuvo lugar un descubrimiento científico. Pero la historia real no es eso. No es sólo eso. La historia se hace en el día a día de muchas personas que se esfuerzan, que luchan, que se alegran, que disfrutan, que enferman... La vida de una familia no se puede centrar sólo en la celebración de los cumpleaños, de las vacaciones o en algunos otros acontecimientos especiales. La vida de una familia se hace en el día a día, en la limpieza de la casa, en el esfuerzo por levantarse y hacer que todos estén a tiempo para ir a sus trabajos, en la contribución diaria para que todos sean felices y se sientan bien en casa. La vida de una familia se hace en el amor, el respeto, la paciencia y el diálogo. La vida de una familia se juega en el pan de cada día y no en el banquete del día de la fiesta.


Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Fueron una familia normal y corriente. María y José tuvieron que trabajar duramente (no se trabajaba de otra forma en aquellos tiempos). Su vida de familia se compuso de muchos días de semana, llenos de trabajo, de preocupaciones, de alegrías y penas compartidas, de paciencia, amor, diálogo y respeto mutuo. Días en que no se celebraba nada especial, simplemente se vivía. Pero precisamente ahí en ese día a día fue donde se fraguó la santidad de aquella familia. Hoy se convierte para nosotros en signo del amor de Dios en nuestro mundo y modelo de nuestra vida de familia. Modelo de los días de fiesta y modelo de los días de diario


Hoy nuestras familias se tienen que mirar en aquel espejo. El objetivo no es vivir como vivieron Jesús, José y María. La vida ha cambiado mucho desde entonces. Los problemas que tenemos que enfrentar nosotros no son los mismos que los que tuvo que enfrentar aquella familia. Sin duda que la relación entre los esposos ha cambiado, también la relación de los hijos con los padres y de estos con los hijos. Pero hay algo que no puede cambiar: la vida de una familia se construye sobre la base del amor y el respeto mutuo con grandes dosis de paciencia y diálogo. La violencia, la rigidez, la incomunicación llevan con seguridad a la destrucción del hogar y a la larga a la destrucción de las personas que lo forman. Amor, respeto, paciencia y diálogo son la base segura sobre la que podemos afianzar la vida de nuestras familias. De ese modo, como la familia que fueron Jesús, María y José, nuestras familias serán también un signo de la presencia amorosa de Dios en medio de nuestro mundo.


Para la reflexión


¿En qué podemos mejorar la vida de nuestra familia? Sería bueno que la familia al completo se reuniese para dialogar sobre ello, señalar 2 ó 3 puntos concretos y hacer algún compromiso concreto. La reunión podría terminar con un momento de acción de gracias por la vida y el amor compartidos.


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!GLORIA A DIOS!


La Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee diciembre Ee 2019 a las 20:50 Comments comentarios (0)

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DOMINGO IV DE ADVIENTO


22 - 28 de Diciembre del 2019




“La Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”


Is 7,10-14: “Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo”


En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz:

— «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz:

— «No la pediré: no quiero tentar al Señor».

Isaías dijo:

— «Escucha, casa de David: ¿No les basta cansar a los hombres, que cansan incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, les dará una señal: Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».


Sal 23,1-6: “Va a entrar el Señor, Él es el Rey de la Gloria”


Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Rom 1,1-7: “Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios”


Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol y escogido para anunciar el Evangelio de Dios.

Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las santas Escrituras, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de entre los muertos: Jesucristo, Señor nuestro.

Por Él hemos recibido la gracia de ser apóstoles, a fin de que todos los pueblos paganos respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos están también ustedes, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, les deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Mt 1,18-24: “Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David”


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

Estando María, su madre, desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Pero, apenas había tomado esta decisión, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

— «José, hijo de David, no temas aceptar a María por esposa, pues la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta:

«Miren: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo

y le pondrá por nombre Emmanuel,

que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a María como esposa.


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio dirige la mirada a Aquella de cuyo seno nacerá el Reconciliador y Salvador del mundo: Santa María, la madre del Señor.


En esta Mujer se cumple aquella promesa que Dios había hecho a los primeros padres, en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3,15). Este anuncio es conocido como el “protoevangelio”, es decir, del primer anuncio de la buena nueva del triunfo de Dios sobre el demonio, sobre el poder del mal y de la muerte. Dios enviará un reconciliador, que nacerá de una misteriosa mujer.


«Al llegar la plenitud de los tiempos —dirá San Pablo—, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gál 4,4-5). Aquel que habría de pisar la cabeza de la antigua serpiente es el Hijo mismo de Dios, y María es aquella mujer pensada desde antiguo y elegida por Dios para ser la madre de su Hijo. El Hijo de María, Jesucristo, tiene la misión de rescatar, de salvar y de elevar a la filiación divina a todo ser humano.


Faltando ya pocos días para celebrar el nacimiento de Jesucristo, la Iglesia fija su mirada en Aquella que está pronta a dar a luz, Aquella que como una bella aurora anuncia el ya cercano nacimiento del Sol de Justicia.


¿Pero cómo se hizo hombre el Verbo divino? ¿Cómo llegó a ser “linaje de mujer” Aquel que desde toda la eternidad era ya Hijo de Dios? San Mateo en su evangelio afirma que el Verbo divino se encarnó no por obra o intervención de varón, es decir, por contacto sexual alguno, sino «por obra del Espíritu Santo». San Lucas, que probablemente escuchó el relato de la milagrosa concepción de labios de la misma Virgen, describe detalladamente cómo sucedió esto (ver Lc 1,26-38). De la dificultad que María ofrece al ángel ante el anuncio de que ella concebirá y dará a luz a un Hijo a quien habrá de poner por nombre Jesús, «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34), se deduce que María tenía el propósito de guardar su virginidad aún estando casada con José. No se entiende cómo pudiese plantear tal dificultad quien pronto pasaría a vivir con él (ver Mt 1,18). El término griego que se traduce como “no conozco varón”, abarca también el pasado y el futuro, de modo que debe entenderse así: “no he conocido, no conozco actualmente ni tampoco tengo intención de conocer a varón”, significando este “conocer a varón” el mantener relaciones conyugales.


Los primeros cristianos, que se encontraron ante el hecho milagroso de la concepción virginal del Señor Jesús, descubrieron que estaba ya anunciado desde antiguo en las Escrituras (1ª. lectura). El evento les permitió comprender que el signo ofrecido por Dios a Acaz, a través de su profeta Isaías, constituía una profecía que se realizó en María: «Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». La versión de la Escritura usada por el evangelista Mateo, usada también por el Señor Jesús y los demás apóstoles, es la traducción griega llamada de los Setenta. Allí se utiliza explícitamente el término “virgen” (ver Mt 1,23). El hecho extraordinario de que una mujer conciba permaneciendo virgen es justamente el signo que confirma que Jesucristo es el Emmanuel.


El título Emmanuel coincide con el nombre que llevará el Hijo de María, nombre que expresa su ser y manifiesta su misión: Jesús significa “Dios salva” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). El Emmanuel, Dios-con-nosotros, es Dios que viene en persona a salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt 1,21).


¿Y cuál es el papel reservado a José en los designios divinos de reconciliación? Aquel signo divino por Isaías a Acaz quería asegurarle al rey de Israel que la descendencia de David no sería exterminada, como era su temor. Más aún, Dios le promete a Acaz, y con ello a todo Israel, que de la descendencia de David nacería un gran Rey, el caudillo de Israel, el Mesías. El Cristo sería «hijo de David» (Mt 1,1). José, siendo de la descendencia de David (Mt 1,20), debía asegurar la descendencia davídica a este Niño mediante una paternidad legal.


Ante la noticia que le da María a José de que estaba encinta, dice la traducción literal del texto griego: él «resolvió repudiarla en secreto». Repudiarla es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio. A diferencia de lo que se interpreta comúnmente, que José decidió repudiar a María en secreto por dudar de su integridad, sostiene Ignace de la Potterie que José le creyó a María, y creyó que el Niño que había concebido venía de Dios. Su confusión obedecería más bien a un temor reverencial: dado que el hijo de María era el Hijo de Dios, pensaba que lo propio era hacerse a un lado, separarse de María, para no apropiarse de una descendencia sagrada que no era suya, sino de Dios. De allí que el ángel le dijese en sueños: «no temas tomar contigo a María, tu mujer, aunque [que es la traducción precisa del original griego] lo engendrado en ella es del Espíritu Santo». Entonces José permanece al lado de María, porque Dios mismo le pide asumir la paternidad del Niño, dándole así la descendencia davídica.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Llamada a ser la Madre de Dios, María vivió plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el Calvario a los pies de la Cruz» (S.S. Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, 14).


María culmina su maternidad en el Calvario a los pies de la Cruz. No quiere esto decir que allí su maternidad toca a su fin, sino que al pie de la Cruz su amor es abierto a una nueva maternidad: «cuando Jesús dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, abrió de un modo nuevo el corazón de su Madre, el Corazón Inmaculado, y le reveló la nueva dimensión y el nuevo alcance del amor al que era llamada en el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de la Cruz. (...) El corazón de María ha sido abierto por el mismo amor al hombre y al mundo, con el que Cristo amó al hombre y al mundo, ofreciéndose a Sí mismo por ellos en la Cruz» (S.S. Juan Pablo II).


Relacionando la Anunciación-Encarnación con el Calvario, el Beato Guillermo Chaminade dice: «Ella se convierte en Madre de los cristianos en el sentido de que los engendra al pie de la Cruz, aunque ya era su Madre por la Maternidad Divina... Oh, cuánta fortuna para nosotros que el golpe que hiere su alma con la espada del dolor dé nacimiento a la familia de los elegidos». Es así que María no sólo dio a luz a Jesús: el Calvario fue para Ella el tiempo de darnos a luz a cada uno de nosotros. Dentro de los amorosos designios divinos su vocación a lamaternidad divina es al mismo tiempo una vocación a la maternidad espiritual: en Cristo, somos también nosotros hijos de María. María es la Madre del Cristo Total: de la Cabeza, el Señor Jesús, y del Cuerpo, su descendencia, “la descendencia de mujer”.


En obediencia a este Plan divino, los cristianos «sentimos la necesidad de poner de relieve la presencia singular de la Madre de Cristo en la historia» (S.S. Juan Pablo II), así como también en nuestras propias vidas. Ella, la mujer elegida por Dios para tomar un lugar preciso dentro de su Plan de reconciliación, cooperando desde su libertad plenamente poseída, llegó a ser la Madre de Cristo y devino en Madre de todos los que somos de Cristo. Su función maternal dentro de los designios divinos sigue vigente hoy y es eminentemente dinámica. Por tanto, amar a María no es una opción, sino una necesidad para todo buen cristiano. Amar a María con el mismo amor de Jesús es un deber filial y una tarea para cada uno de nosotros, es obedecer a Dios y adherirnos con fe a su divino Plan.


¿Me esfuerzo en amar a María como Jesús mismo la amó? ¿Acudo a Ella como madre mía que es? ¿Le rezo? ¿Imploro su intercesión? ¿Me esfuerzo en conocerla cada día un poco más, para dejarme educar por ella, para aprender de su amor a Dios, de su fidelidad a prueba de todo, de su humildad, de su pureza, de su reverencia para con las necesidades de los demás, de su generosidad para darse, etc.?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Le explica luego lo admirable de este nacimiento, porque Dios es quien envía desde el cielo, por ministerio de un ángel, el nombre que había de ponerse al Niño. Y éste no es un nombre cualquiera, sino un nombre tesoro de bienes infinitos. Y así lo interpreta el ángel y funda en él las mejores esperanzas, induciéndole con esto a la fe de lo que le decía, pues para creer otras cosas solemos ser más dóciles». San Juan Crisóstomo


«Jesús en hebreo significa Salvador. Luego da a entender la etimología del nombre, cuando dice: “Porque Él salvará a su pueblo de los pecados de ellos”». San Jerónimo


«A las palabras aducidas del profeta, preceden estas otras: “El mismo Señor os dará una señal”. Esta señal debe ser cosa nueva y admirable. Ahora bien, si —como pretenden los judíos—, quien ha de parir es una muchacha, una jovencita, no una virgen, ¿qué señal puede llamarse tal suceso, cuando el nombre de jovencita o muchacha no indica más que la edad y no integridad? Cierto que la palabra virgen se expresa en hebreo por la de bethula, y que no está consignada en la profecía, sino que se pone la de almah, que las versiones —con excepción de los Setenta— han vertido por la de “jovencita”. Pero la voz almah entre los hebreos tiene dos significaciones “jovencita” y “ocultada”, luego la voz almah no sólo expresa una muchacha o virgen cualquiera, sino una virgen escondida y retirada, jamás expuesta a las miradas de los hombres, antes bien, guardada por sus padres con el mayor cuidado. Además, la lengua fenicia, derivada del hebreo, da con propiedad a la voz almah el significado de virgen, y nuestro idioma el de santa. A pesar de que los hebreos emplean en su lengua vocablos de casi todas las otras no recuerdo, por más que torturo mi memoria, haber leído jamás la palabra almah para expresar una mujer casada, sino siempre la que es virgen. Y no simplemente virgen, sino en los años de la adolescencia, porque también una vieja puede ser virgen; una virgen en los años de la pubertad, no una muchacha incapaz todavía de conocer varón». San Jerónimo


«Fue, sin duda, concebido del Espíritu Santo, dentro del útero de su Madre Virgen, que lo dio a luz, salvando su virginidad, igual como concibió sin detrimento de ésta». San León Magno


«En realidad aquí se pone nombre a un hecho. Acostumbra la Escritura poner por nombre los hechos mismos que se verifican. Así, al decir: “Llamarán su nombre Emmanuel”, es como si dijera: “Verán a Dios entre los hombres”. Por eso no dice “lo llamarás”, sino “lo llamarán”, es decir, así lo llamarán las gentes y así lo confirmarán los hechos». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


437: El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10,36), concebido como «santo» (Lc 1,35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1,20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1,16).


La predestinación de María


488: «Dios envió a su Hijo» (Gal 4,4), pero para «formarle un cuerpo» quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc l,26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida.


«Hágase en mí según tu palabra...»


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1,5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención:


Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar: «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG 56).


La virginidad de María


496: Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido «absque semine ex Spiritu Sancto», esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne, Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente».


497: Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo», dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1,20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14 según la traducción griega de Mt 1,23).


498: A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos; no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese «nexo que reúne entre sí los misterios», dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: «El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios».


María, la «siempre Virgen»


499: La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo «lejos de disminuir consagró la integridad virginal» de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la «Aeiparthenos», la «siempre-virgen».


REFLEXION FINAL


«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel»


Una frase que podría sintetizar las lecturas de este cuarto Domingo de Adviento podría ser: «Emmanuel- que traducido significa- Dios con nosotros». La Primera Lectura ( Isaías 7, 10-14) expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Ajaz o Acaz desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yahveh. El rey Ajaz debía confiar en el Señor y no aliarse con ningún otro rey. Sin embargo, el rey Ajaz ve las cosas desde un punto de vista terreno y desea aliarse con el más fuerte, el rey de Asiria. Isaías sale a su encuentro y le dice: «pide un signo y Dios te lo dará. Ten confianza en Él». Sin embargo, el rey Ajaz teme abandonarse en las manos de Dios y se excusa diciendo: «no pido ningún signo». En su interior había decidido la alianza con los hombres despreciando el precepto de Dios. Isaías se molesta y le ofrece el signo: «la virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros». La tradición cristiana siempre ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María.


Así lo interpreta el Evangelio de San Mateo (San Mateo 1, 18-24) cuando considera la concepción virginal y el nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la Carta a los Romanos (Romanos 1, 1- 7). San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Jesucristo, el Señor. Nacido del linaje de la familia de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios. San Pablo subraya elorigen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana: «nacido de la estirpe de David». Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.


La genealogía de Jesús


Cuando leemos las Sagradas Escrituras, vemos que la identidad de una persona queda establecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso la historia de los grandes personajes comienza con su genealogía. Esto lo que ocurre también con Jesús. En efecto, el Evangelio según San Mateo comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Y sigue el detalle de las generaciones desde Abraham, pasando por David, hasta Cristo. Se repite el verbo «engendró» treinta y nueve veces, siempre con la misma fórmula (A engendró a B; B engendró a C; C engendró a D…;), con la única excepción de la última, donde se produce una llamativa disonancia evitando cuidadosamente decir: «José engendró a Jesús», porque esto habría sido falso.


Veamos también que son cuatro las mujeres que se mencionan en la genealogía de Jesús, cinco con María. Pero siempre según esta fórmula: «Judá engendró, de Tamar, a Fares… Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut…. David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón». En el caso de María no es ésa la fórmula sino: «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús». Se debe concluir que «José no engendró a Jesús, pues éste nació virginalmente de María». Aun a riesgo de poner en cuestión la descendencia davídica de Jesús -lo único claro es que el hijo de David es José-, el Evangelio afirma la concepción virginal de Jesús porque esto es lo único coherente con su identidad. Justamente lo que el Evangelio de este Domingo quiere explicar es cómo llegó José a ser padre de Jesús, para que esa genealogía pueda realmente llamarse: «Libro de la generación de Jesús Cristo»


Aproximándonos al texto…


El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras: «La génesis de Jesús Cristo fue así: concedida en matrimonio su madre María a José, antes que ellos comenzaran a estar juntos, se encontró encinta del Espíritu Santo». Ya está afirmado lo principal: el niño fue concebido por obra del Espíritu Santo; no es hijo de José, sino que es Hijo de Dios. Así lo confirma la citación que aporta Mateo como explicación del retorno de la Sagrada Familia de Egipto, cuando se refugiaron allá huyendo de Herodes: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2,15). Según la genealogía, como hemos visto, el que es «hijo de David» es José. Y así lo proclama el ángel cuando se le aparece en sueños: «José, hijo de David». Perohasta aquí resulta claro que José no es el padre de Jesús. Para responder a esta cuestión debemos examinar detenidamente el texto: «José, su marido, siendo justo y no queriendo denunciarla, resolvió repudiarla en secreto».


Según la interpretación frecuente de este texto, José, al ver a María esperando un hijo, habría sospechado de su fidelidad y la habría juzgado culpable; pero, siendo justo y no queriendo dañarla, decidió dejar la cosa en secreto. Pero, en realidad, esta interpretación es extraña al texto. Si José hubiera sospechado que su esposa era culpable de infidelidad, el hecho de ser justo, le exigía aplicar la ley, y ésta ordenaba al esposo entregar a la mujer una escritura de repudio (ver Dt 22,20s). En ningún caso la ley permite dejar la cosa en secreto. Esto es lo que observaba San Jerónimo: «¿Cómo podría José ser calificado de justo, si esconde el crimen de su esposa?» Si, sospechando el adulterio, José hubiera querido evitar un daño a su esposa, su actitud habría sido caracterizada por la mansedumbre, no por la justicia.


¿Cómo supo José que María estaba encinta?


Esta pregunta es bastante importante y la respuesta obvia es: María se lo dijo tan pronto como lo supo ella . Hay que tener en cuenta que José era su esposo y que, como explicaremos a continuación, estaba en la víspera de llevarla a vivir consigo. El Evangelio dice: «Antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta». Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo antes? Si todos pensaban que Jesús era hijo de José , eso quiere decir que José empezó a vivir junto con María en los mismos días de la concepción de Jesús, de manera que vivieran juntos los nueve meses del embarazo. En cualquier otra hipótesis, se habría arrojado una sombra sobre la generación de Jesús: se habría pensado que sus padres habían tenido relaciones antes de convivir o, lo que es peor, que el Niño era hijo de otro. Ambas cosas repelen a la santidad de María y también de José. Por último, si María no hubiera dicho a José lo que ocurría en ella, habría faltado de honestidad, cosa imposible en ella. En efecto, su identidad había cambiado, y su esposo tenía derecho a saberlo. Más aun, tenemos que considerar que ambos ya habían decidido mantenerse vírgenes por la sencilla razón de que la decisión de María necesariamente ha tenido que ser compartida por José.


La reacción de José


Analicemos ahora lo que José ha decido hacer ante la información dada por María: el texto nos dice que como era justo, decidió repudiarla; y, como no quería ponerla en evidencia, decidió hacerlo en secreto. Examinemos lo primero: José no podía pretender ser el esposo de esta Virgen que llevaba en su seno a un Hijo concebidopor obra del Espíritu Santo, y sobre todo, no podía pretender ser el padre de semejante Hijo. No cabe otra reacción sino considerarse indigno. Por eso decide repudiarla (esta es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio). Pero no quiere poner en evidencia los motivos, porque esto pertenecía a la intimidad de María con Dios. Por eso decide proceder privadamente e interrumpir su desposorio con María en secreto. De hecho, después que José tomó a su esposa y nació el Niño, todos estos hechos siguieron siendo secretos. Son un misterio admirable y no pudo revelarlos nadie sino Jesús mismo.


Hay que tener en cuenta que hasta ahora nadie había pedido a José que él fuera el padre de ese Niño. Entonces el Ángel de Dios se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque, aunque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, tú le pondrás por nombre Jesús…». Esta traducción es perfectamente correcta . El ángel está confirmándole algo que José ya sabe y cree – lo sabe porque María se lo dijo y lo cree -, pero ahora le comunica su vocación: tú le pondrás por nombre Jesús . Esto quiere decir: tú estás llamado a ser el padre del Niño. Y José reaccionó según su justicia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer». Si María, al recibir el anuncio de su vocación de Virgen Madre de Dios, respondió: «He aquí la esclava del Señor», José, su casto esposo, respondió igual. Al asumir la paternidad de Jesús, José no está sustituyendo a nadie (como ocurre en las adopciones nuestras), porque Jesús no tiene padre biológico. Su Padre es Dios, pero es precisamente Dios quien encomienda a José la misión de ser su padre en la tierra. A él Dios le encomienda la paternidad de esa manera; a todos los demás padres Dios se la encomienda por vía de la generación biológica. ¡Ojalá todos los padres fueran tan fieles como José! Por esto Jesús es verdaderamente «hijo de José e hijo de David»: él es el «Dios con nosotros» de quien celebraremos el nacimiento.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy quiero desarrollar la segunda parte de la reflexión sobre la figura del padre en la familia. La vez pasada hablé del peligro de los padres «ausentes», hoy quiero mirar más bien el aspecto positivo. También san José fue tentado de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángel del Señor que le reveló el designio de Dios y su misión de padre putativo; y José, hombre justo, «acogió a su esposa» (Mt 1, 24) y se convirtió en el padre de la familia de Nazaret.


Cada familia necesita del padre. Hoy nos centramos en el valor de su papel, y quisiera partir de algunas expresiones que se encuentran en el libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige al propio hijo, y dice así: «Hijo mío, si se hace sabio tu corazón, también mi corazón se alegrará. Me alegraré de todo corazón si tus labios hablan con acierto» (Pr 23, 15-16). No se podría expresar mejor el orgullo y la emoción de un padre que reconoce haber transmitido al hijo lo que importa de verdad en la vida, o sea, un corazón sabio. Este padre no dice: «Estoy orgulloso de ti porque eres precisamente igual a mí, porque repites las cosas que yo digo y hago». No, no le dice sencillamente algo. Le dice algo mucho más importante, que podríamos interpretar así: «Seré feliz cada vez que te vea actuar con sabiduría, y me emocionaré cada vez que te escuche hablar con rectitud. Esto es lo que quise dejarte, para que se convirtiera en algo tuyo: el hábito de sentir y obrar, hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que pudieras ser así, te enseñé lo que no sabías, corregí errores que no veías. Te hice sentir un afecto profundo y al mismo tiempo discreto, que tal vez no has reconocido plenamente cuando eras joven e incierto. Te di un testimonio de rigor y firmeza que tal vez no comprendías, cuando hubieses querido sólo complicidad y protección. Yo mismo, en primer lugar, tuve que ponerme a la prueba de la sabiduría del corazón, y vigilar sobre los excesos del sentimiento y del resentimiento, para cargar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender. Ahora —sigue el padre—, cuando veo que tú tratas de ser así con tus hijos, y con todos, me emociono. Soy feliz de ser tu padre». Y esto lo que dice un padre sabio, un padre maduro.


Un padre sabe bien lo que cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta dulzura y cuánta firmeza. Pero, cuánto consuelo y cuánta recompensa se recibe cuando los hijos rinden honor a esta herencia. Es una alegría que recompensa toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura cada herida.


La primera necesidad, por lo tanto, es precisamente esta: que el padre esté presente en la familia. Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos, no los dejan crecer.


El Evangelio nos habla de la ejemplaridad del Padre que está en el cielo —el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente «Padre bueno» (cf. Mc 10, 18). Todos conocen esa extraordinaria parábola llamada del «hijo pródigo», o mejor del «padre misericordioso», que está en el Evangelio de san Lucas en el capítulo 15 (cf. 15, 11-32). Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de ese padre que está en la puerta de casa esperando que el hijo regrese. Los padres deben ser pacientes. Muchas veces no hay otra cosa que hacer más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad y misericordia».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 4 de febrero de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Vivamos estos últimos días de espera cerca de la Virgen Santa y de San José. Preparemos nuestro hogar para que en él nazca el «Emmanuel». ¿Qué vamos hacer en estos últimos días del Adviento?

2. A todos nos gusta recibir regalos y eso está muy bien. Pero al dueño del “santo”, ¿qué regalo le voy a dar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 437- 439. 496- 507. 1846.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC



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