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El seguimiento liberador de Jesús

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee agosto Ee 2020 a las 0:55 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA HOY Y SIEMPRE


XXII Domingo del tiempo ordinario


Semana del 30 de Agosto al 5 de Septiembre 2020


Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)


El seguimiento liberador de Jesús


 

Una lectura atenta y receptiva de las lecturas de este domingo nos confronta de lleno con nuestra condición cristiana de discípulos de Cristo Jesús. Sus textos nos adentran en ese mundo interior de las pulsaciones del espíritu para reclamarnos mayor atención y diligencia. Nos alertan sobre desajustes que no encajan, sobre desvíos direccionales que requieren ser reconducidos al verdadero camino discipular del seguimiento cristiano.

 

Y es que nuestros criterios y formas de pensar no se corresponden en ocasiones con la lógica de los designios de Dios, con los sorprendentes caminos del Espíritu. Unas veces inconscientemente, otras por falta de decisión y coraje, resulta más cómodo rehuir el camino ascendente de Jesús hacia Jerusalén. ¿Nos haremos merecedores, como Pedro, del duro reproche que recibió el apóstol de labios de Jesús?


 

 

Primera lectura

 

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

 

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir;

has sido más fuerte que yo y me has podido.

He sido a diario el hazmerreír,

todo el mundo se burlaba de mí.

Cuando hablo, tengo que gritar,

proclamar violencia y destrucción.

La palabra del Señor me ha servido

de oprobio y desprecio a diario.

Pensé en olvidarme del asunto y dije:

«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;

pero había en mis entrañas como fuego,

algo ardiente encerrado en mis huesos.

Yo intentaba sofocarlo, y no podía.


 

Salmo

 

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

 

Oh, Dios, tú eres mi Dios,

por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua. R/.

 

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios. R/.

 

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos. R/.

 

Porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene. R/.


 

Segunda lectura

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 1-2

 

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual.

Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.


 

Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

«Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

 


NOTA IMPORTANTE

Iª Lectura: Jeremías (20,7-9): la seducción de Dios

 

I.1. La Iª Lectura de este domingo es la última y más famosa "confesión" del profeta Jeremías. Los textos de las «confesiones» son verdaderamente reveladores de unas experiencias proféticas que determinan la psicología del hombre de Dios, que escucha la palabra en su interior y no puede resistirse a callar (el conjunto de las mismas es éste: Jr 11,18-23; 12,1-5; 15,10-21; 17,14-18; 18,18-23; 20,10-13.14-18). ¿Son palabra de Dios o sedimentación de un diálogo radical entre el profeta y Dios? Mucho se ha discutido sobre ello. Pero en el texto de nuestra lectura aparece la actitud provocativa de Dios que no le deja al profeta posibilidad de elegir: como una mujer violada por el que es más fuerte. Uno de los verbos más famosos del lenguaje profético "seducir" (patáh) está presente en esta confesión, que en el fondo, es un canto de amor inigualable a la "palabra de Dios". El profeta, confiesa, que él se dejó seducir.

 

I.2. ¿Es Dios un seductor de personas? No olvidemos que los seducidos son siempre enamorados, apasionados, fascinados. Todo esto sucede en la mente y en el corazón del profeta. En realidad, el profeta siente así a Dios: no puede resistirse. Pero por mucho que quisiera hablar de Dios, de su proyecto, de sus planes, el pueblo busca otros dioses y otros señores. En realidad es el profeta quien quiere seducir al pueblo con su Dios. El es el que lo tiene que vivir primeramente en su corazón y anunciarlo al pueblo; y no siempre es posible que lo entiendan y que lo acepten. La "palabra de Yahvé" lo ha herido, lo ha fecundado como a una madre y ya no puede olvidar el mensaje de Dios, el juicio radical, pero especialmente el amor que Dios tiene al pueblo.

 

I.3. Jeremías analiza aquí las consecuencias de su vocación: el profeta no tiene esa vocación por capricho, porque le guste, sino porque Dios se lo pide. Y el mensaje del profeta, que tiene que ver mucho con su vocación, no agrada a los que buscan otros dioses y otros señores más caprichosos. Dios, que aparentemente calla, es como un fuego devorador que inunda todo su ser. Es, desde luego, una experiencia psicológica, pero intensamente espiritual. Y así se fragua verdaderamente la "pasión" del profeta. Está herido de amor, seducido y quiere que todos sientan lo que él siente; pero es imposible. Los otros no se dejan vencer por el amor divino: quieren otras cosas, otros dioses, otras inmediateces. Por ello, pues, no matemos a los profetas que nos son enviados.

 

 

IIª Lectura: Romanos (12,1-2):El discernimiento cristiano

 

II.1. El apóstol Pablo, ahora, comienza lo que se llama la parte parenética (de praxis) de la carta a los Romanos, aquello que afecta al comportamiento de la vida cristiana, después de haber planteado a la comunidad de Roma la alta teología del la justificación, de la redención, de la gracia, del bautismo y de los dones espirituales. Esta exhortación se apoya en la misericordia de Dios (en este caso se usa el sustantivo oiktirmos), porque en toda la carta y especialmente en los cc. 9-11 se ha querido plantear la salvación de todos los hombres desde la misericordia divina. Dios no tiene otra razón para salvar a la humanidad que sus entrañas de misericordia. De la misma manera, las interpelaciones a la actuación cristiana están motivadas en que Dios ha sido y es misericordioso con nosotros.

 

II.2. Pide, primeramente, que dediquemos nuestra vida a Dios como ofrenda y sacrificio: ese debe ser el verdadero culto. Pide discernimiento en medio de este mundo. El cristiano debe vivir en este mundo y debe amarlo, porque es obra de Dios; pero debe tener la capacidad de discernimiento, que es algo interior, para no acomodarse a este mundo en lo que podamos encontrar de perverso e inhumano. Debemos actuar siempre, pues, tratando de discernir la voluntad de Dios. Cada uno desde su oficio, desde su misión en la vida, tiene que elegir los compromisos cristianos que revelan la voluntad de Dios. Ese es el verdadero culto que califica como razonable (logikos).

 

II.3. Se ha discutido mucho por qué Pablo ha usado este adjetivo, y no, en su caso, "espiritual" que sería más adecuado. Desde luego, el culto divino debe ser razonable, no ciego; ni puro sentimentalismo, ni demasiado estético: debe proceder de lo más valioso del hombre que es su inteligencia. Porque a veces los cultos, en el ámbito de lo religioso-popular, pueden tener mucho de irracional. El culto a Dios debe estar enraizado en una vida con sentido, hasta el punto de que eso es lo que debe transformar el mundo y la historia. Por tanto, el culto no aparece aquí simplemente como "adoración", ya que Dios no la necesita como la necesitan los "dioses" que no son nada. Pablo es sumamente razonable en su propuesta. El culto verdadero es hacer presente la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es la felicidad de la humanidad.

 

 

Evangelio: Mateo (16,21-27): El seguimiento liberador de Jesús

 

III.1. El evangelio de hoy, de Mateo, es la continuación de lo que se nos narraba el domingo pasado sobre la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Las cosas cambian mucho desde aquella confesión de fe, aunque el texto del evangelio las presenta sin solución de continuidad. Jesús comienza a anunciar lo que le lleva a Jerusalén y la previsión de lo que allí ha de suceder, como le había sucedido a todos los profetas; como Jeremías, estaba decidido a proclamar la Palabra de Dios por encima de todas las cosas. Jesús ve claro, porque a un profeta como él no se le escapa nada, aunque la formulación de este anuncio de su pasión se haya formulado así, después de los acontecimientos.

 

III.2. Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Entonces recibe de Jesús uno de los reproches más duros que hay en el evangelio: el Señor quiere decirle que tiene la misma mentalidad de los hombres, de la teología de siempre, pero no piensa como Dios. Y entonces Jesús mirando a los que le siguen les habla de la cruz, de nuestra propia cruz, la de nuestra vida, la de nuestras miserias, que debemos saber llevarla, como él lleva su cruz de ser profeta del Reino hasta las última consecuencias. No es una llamada al sufrimiento ciego, sino al seguimiento verdadero, el que da identidad a los que no se acomodan a los criterios de este mundo.

 

III.3.Pedro quiere corregir al profeta con un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. Y Jesús le exige que se comporte como verdadero discípulo. La expresión "detrás -opísô- de mí, Satanás", (vendría a significa algo así como: “no estés detrás de mi como Satanás”) es decir, que no lleve la iniciativa de su vida. Es una expresión que se puede traducir con toda la energía de un rechazo: “¡Vete! y no vengas conmigo como si fueras Satanás”; “¡quítate de mi vista!”.Pero también ven algunos que el rechazo de Pedro “vete de mi vista” (hýpage: expresión semejante a la de las tentaciones Mt 4,10), estaría “compensado” en este texto con una invitación a ir detrás, a seguirle (el opísô moû). En la mentalidad de la época Satanás representa lo contrario del proyecto de Dios, el Reino, predicado por Jesús, que es, a su vez, causa de su vida y de su entrega.

 

III.4. Jesús, en nombre de Dios, quiere llevar la iniciativa de su vida, de su entrega y caminar hasta Jerusalén. Y eso es lo que pide también a sus discípulos: seguirle y que tomen la iniciativa de su propia vida (el texto dice, con razón, "su cruz"). No es la cruz de Jesús la que hay que llevar, sino nuestra propia cruz. Jesús está decidido a llevar la “cruz” del Reino de Dios como causa liberadora para el mundo. Pedro, y todos nosotros, estamos invitados a asumir “nuestra cruz” en este proceso de identificación con la vida y la causa de Jesús. El reproche a Pedro, como si sus ideas fueran las de Satanás, se explicitan en la expresión dialéctica “las cosas de Dios versus las cosas de los hombres” (tà toû theoû allà tà tôn anthôpôn). Porque Pedro, al rechazar la “pasión” de quien consideraba el Mesías, estaba mostrando los mismos intereses nacionalistas de la religiosidad judía de la época (esas son las ideas de los hombres). La cruz de Jesús era llevar a cabo la voluntad de Dios con todas sus consecuencias (esas son las cosas de Dios en el texto).

 

III.5.La identificación, en el texto, entre cruz y vida personal es indiscutible. La cruz es signo de lo ignominioso y de crueldad para los hombres. Pero desde una perspectiva de “martirio”, de radicalidad y de consecuencia de vida, la cruz es el signo de la libertad suprema. Lo fue para Jesús en su causa de Dios y de su Reino y los es para el cristiano en su opción evangélica y sus consecuencias de vida. Y muchas veces, nuestra vida, es una cruz, sin duda. Pero se ha de aseverar con firmeza que la vida cristiana no es estar llamados a "sacrificarse" tal como se entiende ordinariamente, sino a ser felices en nuestra propia vida, que es un don de Dios y como tal hay que aceptarla. Y si en esa vida no es oro todo lo que reluce, también hay que amarla y transformarla con decisión profética. No basta con afirmar que el discípulo está llamado a sacrificarse y martirizarse como ideal supremo, porque tampoco Jesús deseó y buscó su muerte en la cruz que le dieron, sino que le vino como consecuencia de una vida radicalmente de amor y de entrega a los demás. Pues de la misma manera deben ser sus discípulos. El ideal supremo es amar la vida como don de Dios y llevarla a plenitud. Pero por medio “está siempre Satanás” (expresión mítica, sin duda) que nos aleja del don de la vida verdadera.


 

 

LAS LUCES PARA VIDA DEL CREYENTE DE HOY

Ponte detrás de mí, Satanás

 

Esta llamada de atención de Jesús sigue siendo de actualidad para todos sus seguidores en cualquier lugar y momento de su vida. Acabamos de rubricar en la celebración del domingo anterior las palabras de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” y, sin embargo, la voz increpante de Jesús sigue resonando con fuerza en nuestros oídos: “¡Ponte detrás de mí, Satanás!”; asume y acoge tu condición de discípulo; no me sigas tentando como el Maligno.

 

En momentos de prueba y de aprieto, cuando irrumpe la adversidad y se hace la vida cuesta arriba, renunciamos con facilidad a la confesión de fe que habían profesado alegremente nuestros labios. Son situaciones que nos delatan la práctica religiosa, rutinaria y cómoda, a la que podemos estar acostumbrados. Que muestran a las claras la incongruencia personal de una fe endeble, por lo general bastante superficial y egoísta, incapaz de acoger con entereza los contratiempos inherentes al mensaje evangélico de la cruz. Nos convertimos de esta manera en destinatarios directos del duro reproche dirigido por Jesús a Pedro, cuya reacción recriminatoria, más bien inconsciente y narcisista, se interponía sin el menor rubor en el camino de su Maestro entorpeciendo y hasta contrariando su llamada radical al seguimiento.

 

En proceso permanente de conversión

 

El comienzo del relato evangélico de hoy remite curiosamente a la misma frase utilizada por el evangelista al presentar el inicio de la predicación de Jesús en Cafarnaúm, poco antes de la elección de los discípulos para acompañarle en su misión: “Desde entonces comenzó Jesús…” (4,17). Eran muchos los días y las noches compartidas con él desde “aquel entonces”, cuando Jesús presentaba novedosamente su programa de vida: “Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielos”. ¿No fueron ellos los primeros en acogerlo? ¿Habían comprendido realmente lo que Jesús quería y esperaba de ellos?

 

Ahora retoma san Mateo el recuerdo de aquella primera llamada: “desde entonces comenzó Jesús” para manifestarles la nueva situación, cómo habían tramado las autoridades civiles y religiosas de Jerusalén para acabar con su vida. Obediente a la voluntad del Padre, en quien confiaba plenamente como valedor de su proyecto de vida, afrontaba Jesús de forma decidida y responsable su papel en el plan salvífico de Dios. ¿No era también el momento oportuno para presentar claramente a sus seguidores más fieles cuáles eran las condiciones para seguirle hasta el final? “Si alguien quiere venir en pos de mí…”. En lugar de ser piedra de escándalo, estaban llamados a asumir con entereza el “escándalo de la cruz” (1 Cor 1,23). No había sido otra la razón de su elección como testigos del Reino que ya estaba operando en su persona.

 

Comenzaba así para ellos una etapa nueva y decisiva en su aprendizaje discipular. ¿Cómo resonaban ahora en sus oídos aquellas palabras? ¿No defraudaban todas sus expectativas? ¿No echaban por tierra el entusiasmo e ilusión con que se habían acogido a su persona? ¿Seguían dispuestos a acompañarle? Después de todo, no era otro el camino de la fe seguido por muchos de sus antepasados. El pequeño fragmento de las así llamadas “Confesiones” del profeta Jeremías constituye en este sentido una pequeña muestra de esa alargada nube de testigos. ¿Cuál es el trasfondo vital que trasluce su predicación? Jeremías hubo de violentar su temperamento natural para ser fiel a su ministerio; se quejaba por ello amargamente de tener que predicar lo que no le gustaba: “destruir para edificar” (1,10), anunciar la inesperada deportación de su pueblo al destierro, ser el “hazmerreír” de todos… Y, sin embargo, no lograba apagar en sus entrañas el fuego ardiente de la Palabra de Dios. Esa fue la verdadera y permanente conversión que le pedía su misión profética.

 

Aprendizaje y discernimiento cristiano

 

El camino de Jesús, como el del profeta, es el que espera también a sus discípulos. De ahí el paciente y sinuoso camino de aprendizaje que hubo de compartir con ellos para ir discerniendo y valorando sus motivaciones y actitudes más personales. Eran vulnerables y les aguardaban duras pruebas, momentos delicados de desorientación y de crisis. Iban a necesitar de apoyo, pero también de su implicación y fortaleza de ánimo para no desdecirse de su vocación apostólica.

 

La dinámica de la fe, si quiere madurar, requiere un largo recorrido de sincera introspección y lúcido discernimiento. No basta con dejar pasar el tiempo, ha de ir acompañada de reflexión e interiorización personal. Es Pablo, el gran Apóstol, quien nos deja en la segunda lectura las pautas a seguir: “no os acomodéis a los criterios del mundo presente; distinguid más bien cuál es la voluntad de Dios: lo justo, lo agradable, lo perfecto”.

 

Volviendo a nuestra vida: ¿tiempos de crisis, acentuada por la pandemia?; ¿tiempos propicios para aprender a discernir y redimensionar los auténticos valores del Reino de Dios?; ¿tiempo oportuno para tomarnos el pulso y dar un salto cualitativo en el aprendizaje de la fe?

 

 

!GLORIA A DIOS!!!

CONFESION DE FE VIVA Y VERDADERA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 24 Ee agosto Ee 2020 a las 21:10 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


SEMANA DEL 23-29 DE AGOSTO 2020


“CONFESION DE FE VIVA Y VERDADERA”

 

 

Primera lectura

 

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23

 

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:

«Te echaré de tu puesto,

te destituirán de tu cargo.

Aquel día llamaré a mi siervo,

a Eliaquín, hijo de Esquías,

le vestiré tu túnica,

le ceñiré tu banda,

le daré tus poderes;

será padre para los habitantes de Jerusalén

y para el pueblo de Judá.

Pongo sobre sus hombros

la llave del palacio de David:

abrirá y nadie cerrará;

cerrará y nadie abrirá.

Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,

será un trono de gloria para la estirpe de su padre».


 

Salmo

 

Sal 137, 1-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,

porque escuchaste las palabras de mi boca;

delante de los ángeles tañeré para ti;

me postraré hacia tu santuario. R/.

 

Daré gracias a tu nombre:

por tu misericordia y tu lealtad,

porque tu promesa supera a tu fama.

Cuando te invoqué, me escuchaste,

acreciste el valor en mi alma. R/.

 

El Señor es sublime, se fija en el humilde

y de lejos conoce al soberbio.

Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos. R/.

 


Segunda lectura

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36

 

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!

En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?

Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

 


Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20

 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».

Ellos contestaron:

«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Él les preguntó:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Jesús le respondió:

«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.


 

 

NOTA IMPORTANTE

 

Iª Lectura: Isaías (22,19-23): La autoridad de la justicia

 

I.1.La Iª Lectura se refiere probablemente a una serie de acontecimientos políticos y de la corte del rey Ezequías, que tienen conexión, de alguna manera, con el momento en que Senaquerib, emperador de Asiria, invadió la tierra santa (701 a. C.). Jerusalén estuvo a punto de caer, pero algo sucedió que impidió la conquista de la ciudad de Sión. Se han dado distintas opiniones al respecto, siendo la más probable una rebelión de Babilonia… y esto era más urgente que la caída de Jerusalén. El profeta Isaías siempre entendió que eso se debía a la acción de Dios que conduce todos los momentos de la historia. El pueblo, sin embargo, parece que se lo agradeció más al rey que a Dios. Todo esto se cuenta en 2Re 18-20. El reino quedó totalmente destruido, aunque Jerusalén no cayera en manos asirias.

 

I.2. En este oráculo de hoy, bajo el simbolismo de las llaves, que aparecerá en el evangelio, se quiere mostrar la actuación de Dios con el secretario Sobná, hombre rico y ambicioso, que se estaba construyendo un mausoleo que escandaliza al profeta frente a la situación de tributos, injusticias y pobreza que vive el pueblo. El profeta anuncia su destitución por Eliaquín, el mayordomo, que debía ser un hombre más consecuente con la situación posbélica.

 

I.3. El oráculo lo dice todo: un padre para el pueblo y en sus manos estarán las llaves del reino de David; era el hombre de confianza que necesitaba Ezequías en aquellos momentos, quien fue un rey reformador. Con las llaves se cierra y se abre. Será un administrador de justicia para un pueblo destrozado, donde los pobres son más pobres y los ricos más ricos. Esa es la situación que debe cambiar. Quien tiene las llaves, debe saber que es el administrador de Dios. Y que no tiene derecho a coartar libertades ni a permitir miserias.

 

 

II.ª Lectura: Romanos (11,33-36): Himno a la Sabiduría

 

II.1. El c. 11 de Romanos termina con un maravilloso himno a la sabiduría divina. Viene a cerrar los cc. 9-11, en los que el apóstol se ha planteado en profundidad el misterio del pueblo de Israel, su destino, su futuro. Y esto lo hace porque a través de toda la carta ha venido hablando de un pueblo nuevo, de una comunidad nueva, que no se fundamenta en otra cosa que en la fe en Jesucristo, quien ha dado su vida por toda la humanidad. Pero Pablo era judío, su raza no era determinante, pero en la lectura que hace del Antiguo Testamento lo ve como el pueblo que recibió las promesas de Dios, con un papel histórico y teológico que no se puede olvidar. Con este himno, Pablo concluye la parte doctrinal de la carta a los Romanos, y deja en manos del misterio de Dios, de su divina sabiduría, el destino de su pueblo por el que siente una cierta fascinación.

 

II.2. Algunos apuntan a que Rom 11,33-36 sería el himno conclusivo de la parte doctrinal de la carta (Rom 1-11). Pero no debemos olvidar la famosa y discutida doxología de Rom 16,25-27, también en forma de himno, que algunos manuscritos desplazan a Rom 14,23 o a Rom 15,33 y que ha dado lugar a la polémica sobre la autenticidad de Rom 16. ¿Pertenece Rom 16 a la carta dirigida a los Romanos? No es necesario entrar en esa discusión crítica de manuscritos. Podemos suponer, pues, que piezas como éstas se creaban o recreaban en las comunidades paulinas, para la liturgia, en las que no falta cierta influencia del judaísmo helenista. Pablo, por su parte, las aprovecha en momentos bien señalados para cerrar o rematar ciertas ideas decisivas. Este es uno de ellos, porque debemos estar de acuerdo que Rom 9-11 es una sección reflexionada y de largo alcance.

 

II.3. El himno pone de manifiesto algo que debemos tener muy presente. Desde luego, es un himno a Dios y nos recuerda mucho lo que podemos leer en el libro de Job (35,7;41,1-3), es decir, la impotencia del hombre frente al misterioso designio de la historia que no la podemos abarcar en profundidad, por muy alto que haya volado la humanidad. Encontrarse con Dios es “un misterio” y nadie puede exigirle algo, porque nadie le ha dado nada. Al contrario, todo lo hemos recibido de Él. Y resuena explícitamente la grandeza de la fidelidad de Dios al hombre, a la humanidad entera, no solamente a Israel.

 

II.4. En Rom 9-11 ni Israel ni los paganos, que ahora forman parte del proyecto salvador, son los verdaderos protagonistas de las afirmaciones y de los argumentos que se ponen sobre la mesa. Consideramos que el verdadero protagonista es Dios que quiere salvar a todos los hombres sin que eso sea faltar a su fidelidad a la alianza con Israel. Pero su fidelidad salvadora con Israel forma parte de este mismo proyecto. De ahí que este himno final venga a ponerse en el centro de todo esta acción salvadora de Dios como una decisión de su sabiduría. Tanto los paganos como Israel deben admirar la sabiduría divina. Las preguntas sapienciales de los vv. 34-35, inspiradas en dos textos de la Escritura (Is 40,13; Job 41,3) son suficientemente elocuentes al respecto. Nadie puede ni debe discutir la soberana libertad de Dios para salvar a todos los hombres y a Israel. Los pueblos han sido llamados a la salvación porque Dios lo quiere así. Israel será salvado, porque Dios así lo ha decidido.

 

 

Evangelio: Mateo (16,13-20): Confesión de fe viva y verdadera

 

III.1. El evangelio de hoy es uno de los textos más específicos de la teología de este evangelista. El simbolismo de las llaves, de atar y desatar, se aplica ahora a Pedro, el apóstol que habría de negar a Jesús. ¿De dónde nacen estas palabras, cuyo fondo arameo es innegable? Mc 8,27-29 no contiene las palabras sobre las llaves, lo cual resulta ciertamente extraño. Mateo nos ofrece una verdadera confesión de fe de Pedro en sentido pospascual y unas palabras de Jesús otorgándole un poder precisamente por esa confesión de fe. Por lo tanto, ese poder, en lo que se refiere a la comunidad de Mateo, tiene que ver con una promesa y función en la Iglesia. Este es uno de los textos más discutidos en torno al «primado» de Pedro y sus sucesores.

 

III.2. El texto de la confesión mesiánica de Pedro nos ofrece una de las lecturas más discutidas de la exégesis de Mateo. En su probable fuente, Mc 8,27ss, la confesión es de otro tono y, además, no están presentes las palabras sobre el “primado”. Es evidente que la tradición “católica” ha hecho un tipo de lectura que viene marcada por la sucesión apostólica de Pedro. Es, desde luego, de valor histórico que Simón, uno de los Doce, recibió el sobrenombre o apodo de Kefa (en arameo; kephas, en griego) y que sería traducido como Petros en griego, que significa “roca”. El que haya sido en este momento o en otro todo lo que se explica del sobrenombre en Mateo, no es relevante históricamente (pudo ser en otro momento cf Jn 1,42; Mt 4,18; 10,2), pero sí es significativo. Pedro pudo recibir este sobrenombre del mismo Jesús y haber sido llamado de esa manera durante su ministerio. Se seguirá discutiendo si las palabras de Jesús sobre la “piedra” se refieren a la persona de Pedro, o a la confesión que Pedro proclama (no olvidemos que es una confesión pospascual en toda regla). Pero aquí se funda, en la tradición católica, el primado y la misma “infalibilidad” papal. Pero ¿de qué valdría la "infalibilidad" si solamente se tiene en cuenta lo doctrinal?, porque la doctrina cambia con el tiempo en expresiones y en comprensión. Esta "vexata quaestio" no debería ser el fondo del texto de Mateo, sino precisamente la necesidad que tenemos de vivir en la "comunión" de la fe que nos salva, más que en la afinidad doctrinal. La Iglesia, pues, no se fundamenta sobre la doctrina, sino sobre la fe de Pedro, que es un misterio de confianza (emunah) en la palabra de Jesús, quien nos ha revelado la salvación de Dios. Ni el mismo Pedro sería nada sin la confesión de su fe en Cristo e Hijo de Dios (con todo lo que ello implica), ni la Iglesia tendría sentido sin el Cristo e Hijo de Dios confesado por Pedro. Pedro, por ello, no está situado por encima de la Iglesia, sino que recibe esa misión y lleva a cabo ese servicio en el seno de la misma comunidad a la que sirve con la confesión de su fe.

 

III.3.El texto de Mt 16,13-20 es campo de batalla entre católicos y protestantes y no lo debemos ignorar. Todavía en ello debemos tener grandes expectativas ecuménicas, con la esperanza de los pasos que hemos de dar con las respectivas interpretaciones que corresponden a las “tradiciones” cristianas de unos y de otros. Los católicos siempre interpretarán que “piedra” (petra) se refiere a Pedro (petros); los protestantes afirmarán que petra, por ser femenino, no se refiere a Pedro, sino a la confesión anterior: “tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. ¿Qué nos está permitido interpretar exegéticamente? La verdad es que las dos cosas son posibles. Pero hay muchos problemas por medio: ¿es una tradición unitaria? ¿son dos tradiciones unidas por el redactor de Mateo? Todas estas cosas quedan para un análisis crítico-literario-exegético de envergadura. En principio, nos parece más razonable interpretar que “sobre esta roca” ha de referirse a la confesión que Pedro acaba de pronunciar. Vendría a ser como decir que Simón recibe un nombre nuevo Petros, porque ha hecho una confesión decisiva y fundamental sobre la que ha de construirse (petra) la Iglesia.

 

III.4.Cada evangelista ha redactado la confesión de Pedro según sus preocupaciones teológicas y eclesiales. Las de Mateo están bien claras por el conjunto del texto de hoy. El problema, pues, sería si las palabras laudatorias de Jesús, después de la confesión de Pedro, son del mismo Jesús o de la Iglesia primitiva. Esto, desde luego, tiene divididos a los especialistas, aunque es más coherente pensar que la Iglesia posterior necesitó reivindicar la figura de Pedro como testigo cualificado y como “primero” entre los Doce. No deberíamos exagerar, como se hace frecuentemente, sobre los arameismos de las palabras laudatorias de Jesús, como si estas nos llevaran directamente a las mismas palabras de Jesús. De hecho, otros autores dan a entender que la construcción griega de estas palabras es más armónica de lo que parece; que no hay tanto arameismo en las mismas y que estamos ante la teología de un autor (en este caso Mateo) más que ante una “profecía” del Jesús histórico. Y eso sin entrar en la discusión, hoy no tan relevante, de si las palabras del “tu es petrus” son una interpolación posterior como defienden algunos especialistas.

 

III.5.Estas palabras, pues, significan que Pedro ha de ser el defensor de la Iglesia contra todas las asechanzas a las que está y estará sometida. La pregunta es ¿dónde está fundamentada la Iglesia, en Pedro o en Cristo? En Cristo, claro está (cf 1Cor 3,11; Ef 2,20), y es eso lo que confiesa Pedro en el evangelio de Mateo. Por lo mismo, no se puede echar sobre las espaldas del pescador de Galilea todo el peso de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo con su vida, con su entrega y su resurrección. Y otro tanto habría que decir de los sucesores de Pedro. De la misma manera, pues, la metáfora de “atar y desatar” se ha de interpretar en este tenor de defensa de la comunidad, del nuevo pueblo, de la Iglesia. Porque no debemos olvidar que esa misma metáfora la usará después Mt 18,15-20 para aplicarla a los responsables de la comunidad ante el pecado de los que son recalcitrantes y rompen la comunión.


III.6. En definitiva, el texto de Mateo, la fuerza del “tu es petrus” no debe hacernos olvidar que Pedro fue elegido por Jesús no para ser Papa, que es una institución posterior, reafirmada con la “infalibilidad” doctrinal, sino al servicio de la salvación de los hombres; aunque será inevitable tenerlo en cuenta en la historia de la interpretación del papado. Pero no podemos echar encima del texto de Mateo más de lo que dice y de lo que afirma; sin olvidar, además, la Iglesia o comunidad en la que aparece, una comunidad judeo-cristiana que necesitó de transformaciones muy radicales en confrontación con el judaísmo tradicional. Desde luego, los seguidores de Jesús que aceptamos el evangelio tenemos como “roca” de salvación la confesión de fe que hace Pedro. Pero no es la confesión de un hombre solitario y cargado de responsabilidad personal para “atar y desatar”, porque tiene las “llaves” del Reino de los cielos. Es la confesión de una Iglesia a la que él representa. Porque la salvación de cada uno de los cristianos o de cualquier hombre o mujer, no dependen de Pedro tampoco, sino de la gracia y la misericordia de Dios, revelada en Jesucristo, y a quien Pedro confiesa.


 

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El poder de las llaves

 

Quien tiene las llaves de una casa tiene el pode sobre ella. Entra, sale, hace y deshace. Es el caso de Sobná, mayordomo real, que se aprovecha en beneficio propio de su situación privilegiada como encargado del palacio. Dios va a intervenir restituyendo el orden, destituyendo a este mayordomo y “colgará la llave” sobre el hombro de alguien fiel: Eliacín, su siervo. La llave es signo, más que de poder, de una responsabilidad muy grande que hay que cumplir con auténtica fidelidad. El texto profético enlaza con el Evangelio, donde Jesús otorga a Pedro una gran responsabilidad: “te daré las llaves del Reino de los Cielos”. Tener las llaves no es un privilegio sino una responsabilidad de servicio que Pedro tendrá que ir aprendiendo y que le llevará a entregar la vida como su Maestro y Señor, “Mesías Hijo de Dios vivo”. El poder reflejado en las llaves, conferido por Jesús a su Iglesia en la persona de Pedro, “piedra”, es el de abrir, “dar acceso”, al camino y al proyecto del Reino de Dios, así como “cerrarlo” a todo aquello que se aviene mal o lucha denodadamente contra este proyecto de vida nueva y plenitud que Dios nos ofrece.

 

Misericordia eterna y humildad

 

Estos versículos del salmo 137, que nos sirven como Responsorial de este domingo, subrayan la actitud reverente y agradecida del salmista ante el Dios de “misericordia y lealtad”. El salmista se ha visto agraciado por esa misericordia: “cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor en mi alma”, por ello alaba y agradece desde un sentimiento profundo de humildad y es que “el Señor de fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio”. El humilde reconoce la bondad de Dios, no ve los dones de Dios como privilegios para el disfrute propio sino más bien como beneficios de su misericordia. Esto es lo que no ha entendido el mayordomo Sobná y lo que Pedro aprenderá junto a Jesús para desempeñar bien la alta misión encomendada.

 

Abismo insondable

 

La segunda lectura nos ofrece un breve texto de la carta a los Romanos, una especie de pequeño himno con el que concluye el capítulo 11, dedicado a reflexionar sobre el pueblo de Israel, del cual el Apóstol espera la conversión porque Dios no ha rechazado a su pueblo de elección. Todo el plan de Dios, todo su proyecto de salvación en favor de todos es lo que hace a Pablo expresar admiración por el conocimiento de Dios, “abismo de generosidad y sabiduría… insondable en sus decisiones, irrastreable en sus caminos”… Imposible conocer la mente de Dios pero todo lo que sale de ella es bueno para el mundo y para el ser humano, pues Dios es “origen, guía y meta del universo”… Todo lo ha hecho bien y bueno para nosotros. Dios, “abismo insondable de amor”, al que solo cabe glorificar.

 

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

 

En el evangelio de este domingo Jesús lanza a los discípulos la pregunta “¿quién dice la gente que soy yo?” para llegar a la pregunta que a él le interesa formular: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La gente ya tiene una opinión formada sobre Jesús: Juan Bautista resucitado, Elías, que precede a la llegada del Mesías, o un profeta. Estas opiniones apuntan desde luego a la singularidad de la persona de Jesús, es alguien especial, pero ¿y para los discípulos?... Pedro se adelanta y responde afirmando que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Se trata de una respuesta “inspirada”. Pedro no sabe en realidad su significado como mostrará el evangelio del próximo domingo, continuación de éste. Esta respuesta de Pedro obedece a una inspiración de lo Alto, no viene “de la carne y de la sangre”. Esta respuesta confirma a Pedro en una misión que se le encomienda y que, para llevarla adelante, necesitará saber el verdadero significado de la misma y no lo que él se imagina. Siguiendo a Jesús, día a día, irá comprendiendo el sentido de su respuesta inspirada y la responsabilidad de su misión de ser “piedra” de la Iglesia de Jesús, representada en ciernes en los apóstoles testigos de estas cosas. Entendiendo poco a poco el mesianismo de Jesús como entrega y servicio estará preparado para desempeñar su propia entrega y servicio. Llaves, atar y desatar: poder responsable que se traduce en un servicio eclesial a todos como primado en el orden de la fe, de la verdad, de la integridad evangélica y la caridad solícita, velando por el bien del rebaño del Buen Pastor.

 

REFLEXION FINAL


«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

 

Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

 

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana.

 

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.

 

ATENDIENDO AL LLAMADO DEL SEŃOR

 

!GLORIA A DIOS!


LA FE DE LOS QUE ESTAN FUERA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee agosto Ee 2020 a las 16:20 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


SEMANA 16-21 DE AGOSTO 2020


“LA FE DE LOS QUE ESTAN FUERA”

 

 

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

 

Esto dice el Señor:

«Observad el derecho, practicad la justicia,

porque mi salvación está por llegar,

y mi justicia se va a manifestar.

A los extranjeros

que se han unido al Señor para servirlo,

para amar el nombre del Señor

y ser sus servidores,

que observan el sábado sin profanarlo

y mantienen mi alianza,

los traeré a mi monte santo,

los llenaré de júbilo en mi casa de oración;

sus holocaustos y sacrificios

serán aceptables sobre mi altar;

porque mi casa es casa de oración,

y así la llamarán todos los pueblos».


 

Salmo

 

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

 

Que Dios tenga piedad y nos bendiga,

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación. R/.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

y gobiernas las naciones de la tierra. R/.

 

Oh, Dios, que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

Que Dios nos bendiga; que le teman

todos los confines de la tierra. R/.


 

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32

 

Hermanos:

A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.

Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?

Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

 


Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

 

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.


 

 

 

 

UNA MIRADA DE REFLEXION A LAS LECTURAS

 

 

Iª Lectura: Isaías (56,1. 6-7): Algo nuevo está por llegar

 

I.1. El "Trito Isaías" (56-66) es un conjunto literario-profético que ha dado mucho que hablar entre los especialistas, porque se presta a numerosas hipótesis. Este conjunto podría atribuirse a uno de los discípulos del "Deuteroisaías" (40-55), o podría aceptarse como un conjunto de oráculos de distintos personajes de la "escuela isaiana". Algunos piensan que son del s. V a. C., cuando la situación ha cambiado. La lectura de hoy está tomada del primer oráculo en el que después de promover el derecho y la justicia propone, incluso, que los extranjeros, los que no pertenecen al pueblo, también tendrán acogida en la casa del Señor. Se superará eso de ser hijo o hijas. Es decir, ese nombre quedará un poco obsoleto si ese nombre se entiende exclusivamente desde el nacionalismo religioso. He aquí la clave de las lecturas bíblicas de este domingo.

 

I.2. La exigencia del derecho y la justicia es como el frontispicio de un templo, y todo el que entre en él, sea de la raza que sea y de la religión que sea, está invitado a sentirse en su casa y en su mundo. Este proyecto utópico es social y religioso a la vez, porque la religión debe estar en el corazón de la vida. Y esa es una de las claves de la salvación que Dios quiere llevar a cabo, aunque la lleva acabo por medio de los hombres, que son los que también ponen todos los obstáculos e impedimentos para que esto no se cumpla de hecho. El profeta, sin embargo, confía en la palabra de Dios que siente en su corazón. Es un reto, un desafío y toda una provocación, porque lo que propone no es normal, ni para Israel, ni para los otros pueblos.

 

I.3.Esa es la victoria de Yahvé, el derecho y la justicia; lo que más anhelan los pueblos, los pobres, los parias, los desasistidos. Identificar justicia y salvación no es normal, porque los estereotipos religiosos no lo permiten. Diríamos que el signo de la nueva alianza, en la que se mueve el profeta, es la práctica de la justicia. Esa es la nueva situación que en este conjunto de oráculos del Trito-Isaías se va a poner de manifiesto. Por tanto aquí están insinuadas muchas cosas, que van mucho más allá de texto y que requieren su actualización.

 

I.4.La casa de Dios ya no será un monumento, un templo hecho por manos humanas, sino el mundo y la historia de todos aquellos que se dedican al Señor y que recibirán un nombre nuevo, más expresivo y radical que el de hijos e hijas. Todos los hombres que practican el derecho y la justicia están construyendo el "mundo nuevo", la casa de la salvación, porque no hay cosa que más anhele Dios que todos vivamos en la justicia y en la paz. Ese es el principio fundamental de la salvación y del universalismo.


 

 

IIª Lectura: Romanos (11,13-15. 29-32): Comunión con nuestros “hermanos mayores”

 

II.1. Del conjunto de Rom 9-11 del que ya leíamos algo el domingo pasado se han entresacado estos versículos que interpelan a los cristianos (que son como el acebuche injertado en el olivo) para que comprendan que la gracia que han recibido es a causa del pueblo judío que no ha sido fiel a Dios, ni a su alianza. No obstante en esa infidelidad judía, Pablo ve, como los profetas, un "resto" que hace posible que también los judíos puedan ser salvados en Cristo.

 

II.2. Sobre la teología del resto, pues, se quiere llamar la atención de los que ahora, con pleno derecho, han heredado la salvación y han sido injertados en las raíces santas. Esto es lo que se pone de manifiesto en Rom 11, 16-24 con la alegoría de los dos olivos. Es como si Pablo estuviera desmontando ciertas cosas que se han afirmado en los cc. 9-10, aunque son irrenunciables. Eso no puede llevar al nuevo Israel, el de la salvación - aquellos que han aceptado la gracia de la salvación por la fe y no por las obras-, a olvidar que antes de ellos ha existido y existe el pueblo de las promesas que no lo ha perdido todo, a pesar de su "infidelidad". Esa infidelidad de ellos es la que se convierte en causa de que otros puedan heredar, porque han sido injertados sobre "raíces santas".

 

II.3. Aquí es donde se debe fundamentar toda una interpretación ecuménica en la que se ponga de manifiesto que los cristianos no pueden nunca ignorar a los judíos, que son los hermanos mayores de un proyecto de gracia y de salvación de parte de Dios en Cristo. No se trata simplemente a una actitud que condene el antisemitismo ideológica y prácticamente. Hay más en juego: debemos asumir toda una teología y espiritualidad del judaísmo, aunque transformadas y purificadas de todo aquello que signifique particularismo y vanagloria.

 

II.4. Lo que todo esto revela, no es otra cosa que la bondad (chrestotes) de Dios que es la que ha hecho posible que un olivo salvaje (acebuche) haya sido injertado en un olivo cultivado. Si los judíos han buscado ardientemente encontrar su propia justicia, en la nueva situación no es esto lo que cuenta. Lo que cuenta es aceptar la bondad con todas sus consecuencias. El espléndido intento de Pablo de relacionar el destino de Israel con la misión de los paganos (Rom 11,11-24), pone de manifiesto que ese destino depende de la gracia y de la misericordia de Dios. Porque ha sido por gracia y misericordia por lo que los paganos han heredado lo que estaba destinado a Israel. Ahora el nuevo pueblo de la gracia debe ser generoso con Israel.

 

II.5. De esa manera, Pablo se atreve a dar un paso, que si se nos hubiera dicho al comienzo de conjunto de Rom 9-10 nos parecería escandaloso. El apóstol, con Rom 11,25-32, parece que se quita un peso de encima. Lo llama "misterio", ¡nada más y nada menos!. Ese misterio consiste en que todo Israel se salvará (Rom 11,26). Y es misterio porque, según el evangelio que ellos han rechazado, no deberían esperar la salvación de Dios al haber rechazado lo que han rechazado... a Cristo ¿Cómo, pues, es posible? Porque, sin embargo, Dios no ha revocado su alianza ni ha disertado de su pueblo, por razón de los mismos Patriarcas. Así quedan las cosas de una forma definitiva. Al comienzo de Rom 11,1 se preguntaba el apóstol ¿acaso Dios ha rechazado a su pueblo? ¡Desde luego que no!


 

 

Evangelio: Mateo 15, 21-28: La fe de los que están fuera

 

III.1. El evangelio de hoy es como el reverso de la lectura de la carta a los Romanos, porque Jesús está representando un papel. Vemos el caso de una mujer fenicia, cananea, que se acerca a Jesús, aunque en territorio pagano (Tiro y Sidón). Jesús, al principio, está escenificando miméticamente, la actitud de un judío ortodoxo y exigente. Se ha dicho que es un evangelio difícil, pero no lo es tanto. Ya que las palabras de Jesús, duras al principio como el pedernal, no son suyas, sino de la teología oficial judía. Los discípulos quieren quitarse de encima a la mujer que inoportuna y Jesús quiere darles una lección majestuosa.

 

III.2.La mujer no es hija de Israel y no tiene derecho a pedir lo que pide y a decir lo que dice. Esta mujer cananea ha sido alabada por su coraje y por su fuerza maternal, por la que quiere echar fuera de su hija a todos los "demonios" de su vida (un demonio muy malo). No olvidemos que el relato está enhebrado con mentalidad de la época. Jesús quiere decir que a él, siendo judío, no le está permitido "oficialmente" hacer el bien a una mujer pagana, a una cananea, que es como los perros o como los cerdos. Eso es importante para entender el texto y la propuesta de Jesús. Un judío no debe hacer lo que la mujer cananea le pide. Jesús lo recalca para dejar más en evidencia la “oficialidad” de la ortodoxia judía. Como decimos, pues, todo es una representación, porque ni Jesús pensaba así, ni estaba de acuerdo con la mentalidad oficial que no le permitía ni siquiera acercarse a los paganos, y menos a una mujer.

 

III.3. La lección es para sus discípulos: esta mujer se comporta mejor que los judíos, es más que una hija de Israel, es capaz de mover el mundo y llegarse al corazón de Dios por tal de "desdemonizar", de liberar,a su hija. Jesús sabe, como experiencia personal que en realidad "ha sido enviado para salvar a todos" ("no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"). Y una vez que queda en evidencia toda la "oficialidad" teológica y religiosa del judaísmo de su tiempo, Jesús muestra quién es y qué ha venido a hacer: llamar a todos, salvar a todos, "desdemonizar" a todos, liberarlos.

 

III.4. Esto era lo que se podía contemplar como lejano, pero real, en el oráculo de Is. 56,1.5-6 (nuestra Iª Lectura del día). Jesús no había ido al territorio de Tiro y Sidón, país pagano, por miedo o por cobardía, sino para poner de manifiesto que "algo nuevo había llegado". No quiere despedir a la mujer porque le inoportuna, como piden los discípulos, sino que pretendía algo más grande de ella. Al principio se siente como un "perro" con sus amos, pero Jesús quiere elevar su categoría de mujer pagana y de madre. Su fe es capaz de mover montañas y eso, precisamente, no ocurría ni en la religión ni en la patria de Jesús. La lección está dada. El demonio de la incomprensión, de la incomunicación, de la inhumanidad entre pueblos y religiones ha sido expulsado. La suerte está echada: el reino de la salvación llega para todos.


 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

Vivimos malos tiempos para la universalidad. La crisis ha cerrado parte de nuestras puertas, nos ha hecho mirar con recelo a los que no son de aquí. Las palabras de Isaías no son solo una denuncia, sino también una exigencia. Es la justicia la medida de nuestra propia vida y la medida de nuestras relaciones sociales, pero una justicia justa, que dé a todos lo que necesitan.

 

A veces invertimos el sentido de la justicia para hacer pasar como justo lo que a nosotros nos favorece. Para el cada pueblo la justicia es ser como ellos.

 

Pero para nosotros, nuestra indignación debería surgir por no usar los mismos parámetros para analizar a todos los pueblos. Nuestras mejoras sociales no son un invento exclusivo de nuestro mundo occidental, sino que deberían ser un reto para todos los pueblos.

 

Quién duda que todos los seres humanos necesitan agua, pan, techo, medicinas, paz, concordia, justicia y todas estas cosas no son elementos culturales sino humanizadores.

 

¿A quién podemos excluir de esos logros y porque no los exigimos para todos los demás? Porqué no nos preguntamos la razón por la cual el resto de la humanidad no goza de esos elementos que nos dan vida.

 

¿Quién se ha preguntado cuanto ganan los que cultivan el algodón, lo hilan, lo tejen, lo cortan y los cosen para nosotros? Sabemos su precio final y buscamos el más barato, lo usaremos una temporada y lo tiraremos.

 

Jesús piensa en su misión de anunciar el Reino de Dios a su pueblo, pero ante que la misión están los hombres, las mujeres que sufren, que piden porque la necesidad se lo exige, y sobre todo que buscan con fe la salvación.

 

El rostro de la mujer hizo a Jesús bajar la cabeza para comprender que hasta en las migajas había vida. Comer las migajas que caen de la mesa no es un desprecio ni una minusvaloración de la propia persona, es la constatación de que siempre sobra, que siempre hay más de lo que necesitamos, que las cosas siempre dan para más, y que empeñarse en guardar, en cerrar, va en contra de nuestra propia vida, que se hace más estrecha y más pequeña.

 

Jesús ante el rostro que sufre solo puede hacer una cosa encarnarse, hacerse compasión con la mujer y su dolor, con una madre y su hija

 

El evangelio más que darnos la razón debe hacernos interrogantes:

 

¿Cuánto consumimos, mejor, tiramos, sin caer en la cuenta que muchos no tiene lo necesario?

 

Nuestras montañas de residuos ¿No son una injusticia?

 

¿Cuánto necesitamos realmente para vivir? ¿Cuánto guardamos para por si acaso?

 

Y si ahorramos ¿para qué lo hacemos? ¿Nos preguntamos por el precio justo de la cosas? ¿Buscamos lo más barato sin preguntarnos por los derechos de los que lo han fabricado?

 

¿Cuántas migajas tiramos cada día, tirando la vida de los demás al suelo?

 

Solidaridad y justicia son nuestras dos manos. No podemos quedar impasibles ante los ojos de quien no tiene lo necesario para vivir.

 

Ten compasión de nosotros, Jesús, Hijo de David, que no sabemos creer, que no sabemos pedir, que queremos a Dios solo para nosotros, que pedimos justicia y no la vivimos.

 

!GLORIA A DIOS!


Por qué dudaste

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee agosto Ee 2020 a las 18:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DEL 9-15 DE AGOSTO 2020


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO


“¿Por qué dudaste?”

 

 

1Re 19, 9.11-13: “Ponte de pie en el monte ante el Señor”

 

En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo:

 

— «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!».

 

Vino un huracán tan violento que hacía temblar las montañas y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.

 

Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se quedó de pie a la entrada de la cueva.


 

 

Sal 84, 9-13: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

 

Voy a escuchar lo que dice el Señor:

 

“Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”.

 

La salvación está ya cerca de sus fieles,

 

y la gloria habitará en nuestra tierra.

 

La misericordia y la fidelidad se encuentran,

 

la justicia y la paz se besan;

 

la fidelidad brota de la tierra,

 

y la justicia mira desde el cielo.

 

El Señor nos dará la lluvia,

 

y nuestra tierra dará su fruto.

 

La justicia marchará ante él,

 

la salvación seguirá sus pasos.


 

Rom 9, 1-5: “El Mesías está por encima de todo”

 

Hermanos:

 

Les hablo con toda verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un excluido de la compañía de Cristo.

 

Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la Ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.


 

Mt 14,22-33: “Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”

 

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús ordenó a sus discípulos que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente.

 

Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

 

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

 

Jesús les dijo en seguida:

 

— «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

 

Pedro le contestó:

 

— «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

 

Él le dijo:

 

— «Ven».

 

Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

 

— «Señor, sálvame».

 

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

 

— «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

 

En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento. Los de la barca se postraron ante Él, diciendo:

 

— «Verdaderamente eres Hijo de Dios».


 

NOTA IMPORTANTE

 

Aquella tarde el Señor Jesús había realizado un signo asombroso al multiplicar cinco panes y dos peces para dar de comer a miles. Este signo había encendido los entusiasmos mesiánicos de la multitud, tanto que se proponían hacerle rey (ver Jn 6,14-15). ¿Acaso no serían sus mismos Apóstoles, testigos privilegiados de aquel milagro asombroso, los primeros en experimentar un intenso entusiasmo? ¿Cuál no sería su asombro, luego de este espectacular signo realizado, signo que confirmaba a todas luces que Él era el Mesías esperado? Con la multitud enfervorizada, luego de correrse la noticia como reguero de pólvora, es de suponer que el Señor Jesús quisiese en primer lugar asegurar a sus discípulos obligándoles a subir a las barcas para ir delante de Él a Cafarnaum y quedar Él solo con la multitud para “despedir” a la gente, para calmar a la multitud enfervorizada. En efecto, podemos suponer que ante el alboroto suscitado el Señor con todo el peso de su autoridad obligó (que eso significa el verbo utilizado por el evangelista: enagkrasen) a sus Apóstoles a separarse de la multitud y marchar en la barca «a la otra orilla».

 

Luego de obligar a sus Apóstoles a apartarse del lugar de la escena el Señor Jesús «despide» a la gente. El mismo verbo griego que se traduce por “despedir”, apolysas, lo utiliza Mateo también cuando habla de «cualquiera que despide a su mujer» (Mt 5,31; 19,9), en otras palabras, cuando “se divorcia” de ella. No necesariamente es, pues, un despedirse de buenas maneras, ni en buenos términos, sino que entraña más una separación forzosa que implica un rechazo, un firme y decidido “no” a los excitados mesianistas políticos que quieren proclamarlo rey (ver Mt 16,23).

 

Al caer la noche el Señor sube a solas al monte a orar. Era usual que el Señor Jesús se retirase a orar de noche, y ya en otras ocasiones el Señor había elegido un monte como lugar de oración  Lc 6,12; 9,28. El monte era el lugar típico en el que Dios se manifestaba a sus elegidos, como es el caso del profeta Elías (ver 1ª. lectura) o de Moisés. También el Hijo de Dios se dirige a la montaña para el diálogo íntimo con su Padre.

 

El Señor es un hombre de oración. Y si bien dedicaba largas horas a los momentos fuertes de oración, su oración no se interrumpía pasados esos momentos: su oración se prolongaba en la medida en que permanecía siempre en presencia de su Padre, en sintonía y profunda comunión con Él. Toda su acción era sin duda una oración incesante, un acto de alabanza ininterrumpido al Padre, en la medida en que no buscaba sino llevar a cabo su obra, cumplir fielmente sus designios reconciliadores (ver Jn 4,32).

 

Mientras Él rezaba, la barca con los discípulos avanzaba con dificultad en el Mar de Galilea. Aquella noche el viento era fuerte y las aguas estaban agitadas. Relata G. Ricciotti que «ya entrada la primavera, es frecuente en el lago de Tiberiades que, después de un día caluroso y sereno, hacia el declinar del sol, sobrevenga desde las montañas dominantes un viento frío y fuerte en dirección sur, viento que continúa y crece más cada vez hasta la mañana, haciendo la navegación bastante difícil».

 

Ya de madrugada, cuando la luz empezaba a disipar las tinieblas, una figura humana se acerca a ellos caminando sobre el mar. Los discípulos «se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma». ¿Quién en su sano juicio podría pensar que era un hombre de carne y hueso quien se acercaba caminando tranquilamente sobre las aguas? Los seres humanos, los vivos, no caminan sobre las aguas. Es comprensible que pensaran que se trataba de un fantasma, considerando además que este tipo de creencias, como en nuestros días, también eran comunes entre las gentes de entonces.

 

En la concepción judía de aquella época las aguas eran consideradas como el dominio de la muerte, símbolo de inestabilidad. Dios es reconocido como dueño de los cielos, aquel que «anda sobre las olas del mar» Job 9,8. Asimismo, para la mentalidad oriental y judía, caminar sobre algo (un país, por ejemplo) o pisarlo significaba ejercer pleno dominio sobre ello. Al caminar sobre las aguas el Señor Jesús expresaba claramente su señorío y soberanía sobre el mar, símbolo del caos y del dominio de la muerte. En clave religiosa, este hecho era una afirmación de su divinidad, otra manera de decir que Él es verdaderamente Dios.

 

A los asustados discípulos el Señor les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». La expresión griega ego eimí, que en esta versión litúrgica se traduce por “soy yo”, debe entenderse más bien como un “Yo soy”. Al decir “Yo soy” se identifica no sólo como Jesús, sino que de este modo, como dice San Jerónimo, «podían conocer [los discípulos] que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos: “Dirás esto a los hijos de Israel: Yo soy me ha mandado a ustedes” (Ex 3,14)». La expresión del Señor Jesús puede entenderse entonces como un “no teman, soy Jesús, tengan confianza en mí, porque Yo soy Dios que está con ustedes”.

 

A esto Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Las palabras de Pedro traducidas como «si eres tú», en griego ei su ei, no tienen un sentido condicional, como quien pone en duda que se trate verdaderamente del Señor Jesús y por ello exige una demostración. En caso de duda, ¿quién en su sano juicio pediría poder caminar sobre el agua como señal de que verdaderamente es quien dice ser? Las palabras de Pedro, en el original griego, expresan en cambio absoluta certeza. El sentido de sus palabras es este: «ya que eres tú, puesto que eres tú, mándame ir hacia ti». Pedro no pide una señal que demuestre que Jesús es verdaderamente quien dice ser, sino que pide ir hacia Él. ¿Le atrae acaso un deseo de participar de su poder, de su señorío sobre el dominio de la muerte y los elementos del caos?

 

Invitado por el Señor, Pedro se puso a andar sobre las aguas. Mas al sentir la fuerza del viento se llenó de miedo y empezó a hundirse. En su angustia gritó al Señor para que lo salve. Él «extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”».

 

El Señor relaciona el hundimiento de Pedro con un momento de duda, de poca fe y confianza en Él. Al experimentar el ímpetu de las olas y la fuerza del viento, Pedro se deja vencer por el miedo que lo lleva a desconfiar en el Señor. Entonces, de un momento para otro, todo lo que era firme y sólido bajo sus pies deja de serlo, la seguridad que se tenía desaparece para dar paso a una experiencia de total inseguridad y “hundimiento”, de no tener dónde afirmarse, de ahogarse en medio de las aguas turbulentas. Para Pedro, llamado a hallar su consistencia en el Señor Jesús, esta duda significa hundirse en las profundidades del mar, de la muerte, a menos que acuda nuevamente al Señor implorando humildemente su auxilio. Sólo la fe y confianza en Dios le devuelven la solidez y consistencia.

 

Luego de rescatar el Señor a Pedro, «en cuanto subieron a la barca, se calmó el viento». Se trata de una nueva manifestación del señorío del Señor Jesús sobre las fuerzas de la naturaleza. Él somete los elementos del caos como el viento fuerte y el mar agitado.

 

Ante tantos signos realizados por el Señor, sobre todo por aquellos que manifestaban un dominio total sobre la naturaleza, «los de la barca se postraron ante Él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”». La acción de arrodillarse ante el Señor unida a la confesión “tú eres el Hijo de Dios” obedece indudablemente a que ven en Jesús un poder omnipotente y divino. Más que mostrar un profundo respeto a quien se reconoce como Mesías, se trata de una confesión de su divinidad.

 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

Nuestra vida es como una pequeña barca en medio de la inmensidad del mar, pequeña, frágil, zarandeada a veces por fuertes vientos y tempestades, las pruebas de la vida que nos hacen percibir nuestra inconsistencia. Sin embargo, como no nos gusta sentirnos ni mostrarnos frágiles, y porque tenemos una como “necesidad de seguridad”, hacemos todo lo posible para olvidar esa realidad, aprendemos a ser autosuficientes y a manejarnos en la vida de tal manera que tengamos todo bajo control. Incluso llegamos a manipular situaciones y/o personas para que todo salga “como yo lo he planeado”. Así nos sentimos seguros, tranquilos, dueños de los diversos acontecimientos de la vida.

 

¿Y cuando las cosas escapan de mi control? ¿Cuando las cosas no suceden como yo esperaba? ¿Cuando inesperadamente muere un ser querido? ¿Cuando fracasa mi negocio o mi matrimonio? ¿Cuando tenía mis planes hechos y percibo el llamado del Señor que cambia todos mis planes? ¿Cuando me toca una durísima prueba? Entonces parece que el suelo bajo nuestros pies se abre, parece que caemos al vacío, el miedo nos invade, queremos pisar firme y no encontramos dónde. ¡Cuánta inseguridad y miedo experimentamos en esos momentos! Y aunque nos esforcemos en demostrar que todo está bien, que somos fuertes, inquebrantables, interiormente sentimos que todo se desmorona.

 

Es cuando experimentamos las dificultades, la inseguridad, la fragilidad, cuando debemos aprender a mantenernos firmes en la fe. Es entonces cuando hemos de decirle al Señor: “¡Ya que eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”! Que pueda yo también caminar sobre el mar embravecido de las pruebas que experimento en mi vida. Que pueda, apoyado en ti, sostenido por tu fuerza, caminar con firmeza en medio de todo lo inseguro, de todo lo inestable. Que pueda, hasta llegar a ti definitivamente, afrontar con confianza y sin miedo los vientos más fuertes y las olas más encrespadas de esta vida! Señor, ¡hazme firme en la fe, para que en ti encuentre siempre la seguridad y firmeza que tanto necesito!

 

En los momentos más difíciles de tu vida, eleva tu mirada al Señor, busca en Él tu fortaleza. Implora el auxilio divino, suplica a tu Padre que te libre de la prueba, pero añade siempre a tu súplica esta otra: «pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Así, manifestando tu disposición a abrazarte firmemente a la Cruz, serás fiel discípulo de Cristo. Recuerda que el Señor Jesús, en la oración insistente, encontró la fuerza para abrazarse a la Cruz con valentía y serenidad.

 

Y si no sabes cómo rezar en esos momentos, recuerda que los Salmos son escuela de oración. En ellos aprendemos a rezar como Dios mismo ha querido que recemos, y es que Dios ha inspirado estas bellas poesías-oraciones para enseñarnos a dirigirnos a Él en las diversas circunstancias de nuestra vida. María y Jesús también aprendieron a rezar con los Salmos. El Señor incluso en medio del tormento de la Cruz rezaba con el salmista: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Sal 22[21],2ss), y también: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46; Sal 31[30],6). Ambos salmos manifiestan en medio de la prueba una profunda confianza en Dios. Así tú también, cuando pases por momentos de prueba y tribulación, cuando te experimentes frágil y débil, pon las palabras del salmista en tu mente y en tu corazón, recitándolos incesantemente con tus labios. (ver Sal 18[17],3-7.32.47; 19[18],15; 27[26],5; 31[30],3-4; 40[39],3; 61[60], 3; 62[61], 3; 7-8; 71[70],3; 94[93],22)


 

 

LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

 

«Cuando dice: “Yo soy”, no añade quién es Él; ya porque por el timbre de la voz tan conocida a ellos, podían comprender quién les hablaba en medio de las tinieblas de una noche tan oscura; o ya porque podían conocer que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos (Ex 3,14): “Dirás esto a los hijos de Israel: Yo soy, me ha mandado a vosotros”. Pedro dio pruebas en todas las ocasiones de una fe grandísima y con esta fe tan ardiente, creyó (mientras los demás se callaban) que con el poder de su Maestro podría hacer lo que no podía con sus fuerzas naturales».

San Jerónimo

 

«Ved cómo el Señor va enseñando poco a poco a todos hasta en las cosas más elevadas. Antes reprende al mar y ahora demuestra más su poder andando sobre el mar, mandando a otro andar también y salvándolo cuando peligraba. Por eso decían de Él: “Verdaderamente Hijo de Dios es”, cosa que hasta entonces no habían dicho».

San Juan Crisóstomo

 

«En un sólo apóstol (esto es, en Pedro, el primero del colegio apostólico y su cabeza y en quien estaba representada la Iglesia), se nos significan las dos cosas, esto es, la fuerza cuando andaba sobre las aguas y la debilidad cuando dudó. Cada uno tiene su tempestad en la pasión que lo domina. ¿Amas a Dios? Andas sobre las aguas y tienes a tus pies el temor del mundo. ¿Amas al mundo? Él te sumergirá; pero cuando tu corazón esté agitado por el placer, invoca la divinidad de Cristo, a fin de vencer las pasiones».

San Agustín


EL CATECISMO

La fe

 

157: La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humana, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural». «Diez mil dificultades no hacen una sola duda».

 

506: María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe «no adulterada por duda alguna» y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la Madre del Salvador: «Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo».

 

2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, «todo es posible para quien cree» (Mc 9, 23), con una fe «que no duda» (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la «falta de fe» de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la «poca fe» de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la «gran fe» del centurión romano y de la cananea.

 

Las dudas de fe

 

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

 

2088: El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia


 

 

!GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC

Denles ustedes de comer

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee agosto Ee 2020 a las 0:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DEL 2 - 8 DE AGOSTO


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO


“Denles ustedes de comer”


 

 

Is 55, 1-3: “Escúchenme atentos, y comerán bien, saborearán platos sustanciosos”

 

Así dice el Señor:

 

«Todos los que tengan sed, vengan a beber agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren trigo, coman gratuitamente vino y leche sin pagar nada. ¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no deja satisfecho? Escúchenme atentos, y comerán bien, saborearán platos sustanciosos. Inclinen el oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza eterna, la promesa que aseguré a David».


 

 

Sal 144, 8-9.15-17: “Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores”

 

El Señor es clemente y misericordioso,

 

lento a la cólera y rico en piedad;

 

el Señor es bueno con todos,

 

es cariñoso con todas sus criaturas.

 

 

Los ojos de todos te están aguardando,

 

tú les das la comida a su tiempo;

 

abres tú la mano,

 

y sacias de favores a todo viviente.

 

 

El Señor es justo en todos sus caminos,

 

es bondadoso en todas sus acciones;

 

cerca está el Señor de los que lo invocan,

 

de los que lo invocan sinceramente.


 

 

Rom 8, 35.37-39: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”

 

Hermanos:

 

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?

 

Pero en todo esto salimos vencedores fácilmente gracias a Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.


 

 

Mt 14, 13-21: “Partió los panes y se los dio”

 

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en una barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.

 

Al desembarcar, vio Jesús la muchedumbre, sintió compasión de ellos y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:

 

— «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer».

 

Jesús les replicó:

 

— «No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».

 

Ellos le replicaron:

 

— «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces».

 

Les dijo:

 

— «Tráiganmelos».

 

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce canastos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


 

NOTA IMPORTANTE

 

Luego de aquella memorable jornada en la que usando parábolas instruyó a sus oyentes sobre los misterios del Reino de los Cielos, el Señor abandonaba Cafarnaúm para dirigirse «a su tierra» (Mt 13,54), a Nazaret. También allí, como era su costumbre, “enseñaba en la sinagoga». Más a pesar de la admiración que suscitaba por sus enseñanzas, no pudo hacer allí muchos milagros «por su incredulidad» (v. 5).

 

Aunque el evangelista no lo indica claramente, es de suponer que al culminar su predicación en Nazaret el Señor retornó a Cafarnaúm. Es entonces cuando un día le llegan noticias de la muerte de Juan, el Bautista. Herodes lo había mandado decapitar por honrar la promesa hecha a Salomé, hija de Herodías. Tanto le gustó el baile que le ofreció en el día de su cumpleaños, «que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese» (Mt 14,7).

 

La noticia de la muerte del Bautista causó un impacto muy profundo en el alma del Señor, de modo que quiso pasar un tiempo en soledad, apartado de la muchedumbre que lo buscaba incesantemente. Con sus apóstoles subió a una barca para dirigirse a un sitio tranquilo y deshabitado.

 

Mas las ovejas abandonadas de Israel no dejan de buscar al Señor. Atraídos por su personalidad, por su doctrina, por su modo de enseñar, pero sobre todo por el deseo de ser curados de sus males y enfermedades, muchos lo siguen por tierra hasta el lugar de su desembarco. Cuando el Señor llega a la orilla, mucha gente lo esperaba. Al ver el hambre y la necesidad que tenían de Él se conmovió interiormente y se puso a curarlos hasta que se hizo tarde. Los discípulos le sugirieron entonces: «despide a la multitud para que vayan a los poblados y compren algo de comer». Su respuesta fue desconcertante: «No hace falta que vayan, denles ustedes de comer». ¿Cómo iban a dar de comer a una inmensa muchedumbre con tan sólo cinco panes y dos peces?

 

El Señor manda traer lo que tienen, toma los panes y los peces y procede a pronunciar la bendición elevando la mirada al cielo. Esta bendición de alimentos era costumbre entre los judíos. Los rabinos enseñaban que comer los alimentos sin bendecirlos constituía un pecado de infidelidad. Mientras los rabinos hacían esta oración mirando al suelo, el Señor eleva la mirada a lo Alto. Luego de la bendición el Señor partió los alimentos y se los daba a sus discípulos para que ellos diesen de comer a la muchedumbre. Todos estos eran gestos típicos de la comida judía, en la que el jefe de familia hacía la bendición, partía el pan y se lo entregaba a todos, recogiendo finalmente las sobras.

 

Es entonces cuando el Señor realizó un milagro impresionante: «Comieron todos hasta quedar satisfechos».

 

El hecho evocaba por un lado a Moisés, por medio de quien Dios había enviado el “maná” o “pan del cielo” a su pueblo para alimentarlo en su marcha por el desierto (ver Ex 16,1ss; Jn 6,31-32). En la época de Jesús los judíos esperaban que el Mesías prometido por Dios vendría del desierto. Allí obraría grandes prodigios, con los que manifestaría la inauguración y presencia del Reino de los Cielos. Los tiempos mesiánicos estarían caracterizados por la sobreabundancia de bienes y bendiciones para todo el pueblo de Israel (ver Zac 1,17). Una de las señales que haría para ser reconocido como el Mesías enviado por Dios sería una “lluvia perpetua” de maná. De allí que le preguntan a Jesús: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer». (Jn 6,30-31) El Señor, a quienes así le preguntan, no les promete una nueva lluvia de maná, sino que se presenta a sí mismo como «el verdadero Pan del Cielo», «el Pan vivo» (ver Jn 6,35.41.48-51), el Pan que Dios da, «el que baja del Cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33): «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51).

 

Por otro lado, el milagro de la multiplicación de los panes no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro semejante había sido realizado por el profeta Eliseo, cuando alimentó milagrosamente a un grupo de cien hombres con sólo veinte panes de cebada. El diálogo entre Eliseo y su servidor se asemeja al diálogo entre el Señor y sus Apóstoles, y es por tanto una clave importante para comprender la respuesta que el Señor da sus Apóstoles: «Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: “Dáselo a la gente para que coman”. Su servidor dijo: “¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?” El dijo: “Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará”. Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh» (2Re 4,42-44).

 

El milagro del Señor Jesús sobrepasa con creces la multiplicación obrada por medio del profeta Eliseo. La admirable sobreabundancia —dio de comer a unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños— indicaba que se trataba no sólo de un gran profeta enviado por Dios, sino del Mesías esperado. Por este milagro los presentes reconocieron en Él al «profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,14). Pero el Señor Jesús, lejos de permitir que esta señal se constituyese en el inicio de un mesianismo político (ver Jn 6,14-16), hace de este milagro el signo de otro milagro mayor: la futura transformación del pan y del vino en su propia carne y sangre, para ser comida y bebida para los creyentes. El pan que multiplica milagrosamente en el desierto es figura y preparación de la Eucaristía. Esa era la intención con que el Señor presentaba su milagro, y así lo entendieron los Evangelistas, cosa que se descubre al comparar los términos con los que los sinópticos describen esta distribución solemne y los de la Cena: «tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomen, coman, éste es mi cuerpo”» (Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19). San Juan, por su parte, lo hace evidente uniendo el milagro de la multiplicación de los panes con el discurso del “Pan de vida” (Jn 6).


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

El Señor Jesús, «tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente».

 

Con aquella milagrosa multiplicación prefiguraba lo que iba a realizar la noche de la Última Cena cuando «tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomen, coman, éste es mi cuerpo”» (Mt 26,26).

 

Desde entonces, fiel al mandato del Señor que dijo «hagan esto en memoria mía», también la Iglesia parte y reparte a todos sus hijos lo que le ha sido transmitido. Ciertamente, a ella le ha sido confiado el poder de perpetuar en el tiempo y en el espacio el único Sacrificio verdadero y santo, aquel que en el hoy de la historia realiza el milagro por el que real y misteriosamente el Señor “se multiplica” en el Pan de la Eucaristía. En efecto, por medio de sus ministros —quienes por la imposición de manos y el don del Espíritu Santo participan del mismo y único sacerdocio de Jesucristo—, «el pan y el vino, (son) convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1357). De este modo quiso el Señor que se prolongase esta admirable multiplicación hasta que Él vuelva glorioso en su última venida.

 

¡Y verdaderamente es admirable esta nueva multiplicación! Por ella el Señor Jesús viene alimentando a ingentes multitudes a lo largo del tiempo y en diversos lugares del orbe con la fracción y multiplicación de un solo y único Pan: su propio Cuerpo. Esta es la multiplicación que a través de los siglos se sigue realizando hoy, este es el Pan que sigue siendo distribuido por los discípulos que por la Iglesia han recibido el encargo del Señor: «¡Denles ustedes de comer!» (Mt 14,16).

 

Es así que en cada Eucaristía alcanza su realización lo que aquella figura anunciaba: en el Sacrificio Eucarístico es Cristo, el Hijo de María, el único Pan vivo que se parte y reparte para alimento nuestro. De este modo el Señor Jesús, en diversos lugares y diversos tiempos, multiplica su Presencia hasta que vuelva, y pronuncia en el hoy de nuestra historia aquella promesa que nos llena de confianza: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

 

En Él encontramos el verdadero Pan que se multiplica por su amor infinito hacia nosotros, el Pan Vivo que sacia el hambre de vida eterna que hay en cada uno de nosotros, Pan sobreabundante que aún después de repartido entre tantos sobra y se recoge «para que nada se desperdicie» y pueda ser distribuido a todos los que tengan necesidad de Él.

 

También hoy Él nos conduce a praderas de hierba fresca, enseñándonos con su Palabra de vida y fortaleciendo nuestra fragilidad con un alimento singular: ¡Ésta es la mesa que Él ha preparado para nosotros, una mesa cuya comida es su Cuerpo y cuya bebida es su Sangre, alimento que nos nutre y sostiene en el largo caminar y que es para nosotros prenda de vida eterna! ¡Éste es el Cordero de Dios! ¡Dichosos los llamados a la Cena del Señor! De este modo maravilloso Él ha querido acompañarnos siempre, guiarnos por senderos de justicia, de bondad y de misericordia, por todos los días de nuestra vida, hasta que por años sin término podamos habitar en su casa.

 

También hoy Él nos invita por medio del profeta: «¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David» (Is 55,1-3). Y ésta es la Nueva y definitiva Alianza que Él ha sellado con su Sangre: ya no nos da a beber agua, sino su propia Sangre, que es bebida de salvación. ¡Y qué manjar más sustancioso que el de su Cuerpo mismo, que nos da la Vida eterna!


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

«Él incita a los Apóstoles a que partan el pan, a fin de hacer más patente a aquellos que atestiguaban que no tenían qué comer, la grandeza del milagro».

San Jerónimo

 

«¿Y por qué alzó los ojos al cielo y bendijo? Porque quiso hacernos ver que Él venía del Padre y era igual a Él, demostraba que era igual al Padre por el poder, y que venía del Padre refiriéndolo todo a Él e invocándolo en todas sus obras. Y para demostrar las dos cosas, unas veces obra los milagros con poder y otras con súplicas. Es de advertir, que para las cosas pequeñas alza los ojos al cielo, y en las cosas mayores obra con su poder; así cuando perdonó pecados, resucitó muertos, dio vista a ciegos de nacimiento (obras todas propias de Dios), no lo hizo con súplicas; pero en la multiplicación de los panes (obra menor que todas las anteriores) alzó los ojos al cielo, a fin de enseñarnos que su poder, aun en las cosas pequeñas, le viene únicamente del Padre. También nos enseña que antes de ponernos a comer debemos dar gracias a Dios que nos da la comida, y por esta razón levantó los ojos al cielo».

San Juan Crisóstomo

 

«Pero les respondió el Señor: “No tienen necesidad de marcharse”, manifestando de esta manera, que no tenían necesidad aquellos a quienes había curado, ni de alimentarse de una comida venal, ni de volver a Judea para comprarla; y manda a los Apóstoles, que les den de comer. Mas ¿ignoraba acaso, que no había cosa alguna que se les pudiese dar? Pero todo esto debía tener una aplicación típica: los Apóstoles no habían recibido aún el don de confeccionar el pan del Cielo y distribuirlo, y su respuesta debe entenderse completamente en un sentido espiritual».

San Hilario


 

EL CATECISMO


La milagrosa multiplicación de los panes prefigura el milagro de la Eucaristía

 

1333: En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: «Tomó pan...», «tomó el cáliz lleno de vino...». Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación.

 

1334: En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del mana del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios. Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El «cáliz de bendición» (1 Cor 10, 16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

 

1335: Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía.

 

1336: El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo El tiene «palabra de vida eterna>.

 

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GLORIA A DIOS


EL REINO DE LOS CIELO SE PARECE A UN TESORO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee agosto Ee 2020 a las 0:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


JULIO 26-31 2020


“EL REINO DE LOS CIELO SE PARECE A UN TESORO”

 

Primera lectura

 

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

 

En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:

«Pídeme lo que deseas que te dé».

Salomón respondió:

«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».

Agradó al Señor esta súplica de Salomón.

Entonces le dijo Dios:

«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti».


 

Salmo

 

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 R/. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

 

Mi porción es el Señor;

he resuelto guardar tus palabras.

Más estimo yo la ley de tu boca

que miles de monedas de oro y plata. R/.

 

Que tu bondad me consuele,

según la promesa hecha a tu siervo;

cuando me alcance tu compasión,

viviré, y tu ley será mi delicia. R/.

 

Yo amo tus mandatos

más que el oro purísimo;

por eso aprecio tus decretos

y detesto el camino de la mentira. R/.

 

Tus preceptos son admirables,

por eso los guarda mi alma;

la explicación de tus palabras ilumina,

da inteligencia a los ignorantes. R/.

 

Segunda lectura

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

 

Hermanos:

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.

Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

 


Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?».

Ellos le responden:

«Sí».

Él les dijo:

«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

 

 

“ El reino de los cielos se parece a un tesoro... ”


 

NOTA IMPORTANTE

 

En lenguaje coloquial solemos decir: esta mujer es un tesoro; o le decimos al matrimonio: tenéis un hijo que es un tesoro. Son expresiones con las que intentamos mostrar nuestro aprecio y estima por una persona. A veces dicen los Padres de su hijo pequeño: este es nuestro tesoro.

 

Así manifestamos que esa persona lo es todo para nosotros en la vida. No nos referimos a un valor económico o material sino a lo vital.

 

Con estas expresiones manifestamos que: La estima, el amor que sentimos por esa persona merece todo nuestro esfuerzo, nuestra entrega, porque nos llena de felicidad.

 

Desde la sabiduría del espíritu hoy se nos invita a descubrir cuál es el tesoro de nuestras vidas; cual es la perla preciosa por la cual estaríamos dispuestos a venderlo todo.

 

Así hacemos referencia al valor por el cual merece la pena vivir.

 

Siguiendo con un lenguaje coloquial, en nuestra vida, llamamos sabio a la persona que tiene muchos conocimientos intelectuales, científicos, culturales…

 

En la Biblia el sabio es el que sabe escuchar a Dios y a los demás en su vida; el que por experiencia de la vida, se sabe humilde, sabe que él no es más que los demás.

 

Es sabio el que sabe vivir la vida con acierto. El que sabe enjuiciar lo bueno frente a lo malo en cada circunstancia.

 

Sabio es el que sabe discernir unos valores de otros y acierta a vivir desde el Valor fundamental de la existencia.

 

Para vivir con acierto, no basta saber cuál es el Valor fundamental sino que es necesario tomar la decisión de vender todo para quedarnos con lo que realmente hace vivir. Con lo que realmente da plenitud y felicidad a la vida.

 

Sería una necedad encontrar el tesoro, tener delante de ti la perla de tu vida, y dejar pasar la oportunidad de adquirirla.

 

La liturgia de este día nos invita desde la sabiduría del espíritu (primera lectura) a: encontrar en Cristo resucitado la persona desde la que desarrollar tu vida con plenitud, acierto, alegría y felicidad. (Segunda lectura)

 

Desde la sabiduría del espíritu la Buena Noticia de parte de Dios (Evangelio) invita a encontrar el reino de Dios que es encontrar el tesoro que te hará feliz, el tesoro y la perla por la cual merece la pena vender todo lo demás.


 

REFLEXION BIBLICA


Iª Lectura: 1Reyes(3, 5.7-12): Sólo se es grande por la sabiduría

 

I.1. Dicen los especialistas que este c. 3 de 1º de los Reyes es un texto auténticamente "deuteronomista" que refleja el pensamiento y la teología de esa escuela que habría de encargarse de redactar y poner los fundamentos "espirituales" de la historia pura y dura -y a veces perversa-,del pueblo de Israel, de sus reyes y magistrados. Una escuela llena de sabiduría y de carisma profético. Esta oración de Salomón en Gabaón, como un sueño, bien puede ser el modelo teológico de la "reforma" que buscó dicha escuela que se amparaba en el libro del Deuteronomio.

 

I.2. La petición del Salomón del v. 9 es verdaderamente estimulante: "un corazón que escuche" (leb shomea), como escuchan los sabios a Dios, para hacer justicia al pueblo. Recién elegido rey de Judá e Israel, los deuteronomistas han sabido plasmar en la figura de Salomón lo que entonces necesitaba el pueblo y el reino. Después de las guerras y batallas de David, era necesaria un "etapa de sabiduría" para atender al pueblo mismo, a los pequeños, a los huérfanos y a las viudas. Porque un verdadero rey tiene su poder en esta sabiduría, que muchos reyes y magistrados han despreciado.

 

I.3.Un corazón que escuche, es decir, sabio, para poder discernir entre lo malo y lo bueno. El sabio, sin duda, es como el profeta que está abierto a la voz de Dios y a su voluntad. No es profeta el que anuncia el futuro como un adivino que echa las cartas, sino quien sabe escuchar la voz o los silencios de Dios para entregarlo todo después a los hombres. La escuela de la sabiduría es, como muy bien lo expresa nuestro texto, un "corazón escuchante", que quiere aprender a impartir justicia y a conceder lo necesario a los que han sido desposeídos de casi todo.

 

 

IIª Lectura: Romanos (8,28-30): El designio de salvación divino para el hombre nuevo

 

II.1. El texto de la "predestinación", como se conoce esta pequeña perícopa del c. 8 de la carta a los Romanos se presta a muchas lecturas y de hecho así ha sucedido a lo largo de la interpretación de esta carta paulina. Es un texto que parece estar imbuido de un carácter bautismal para comentar el sentido de la elección que Dios hace de aquellos que le aman. Quiere decir que probablemente se comentaba algo así a los bautizados que habían optado por ser cristianos, es decir, semejantes al Hijo, a Cristo.

 

II.2. Pero ¿verdaderamente estamos predestinados unos y otros a la salvación o a la condenación? No olvidemos que en el texto se está hablando única y exclusivamente del "designio"(próthesis) de Dios; pero Dios no tiene para la humanidad más que un proyecto de salvación que ha revelado en su Hijo Jesucristo. Porque Cristo no ha venido a otra cosa que a salvar a los hombres. En el mismo texto esto se expresa magistralmente en el sentido de que nos ha predestinado a "ser semejantes a la imagen de su Hijo", que no es otra cosa que la "glorificación" (edóxasen). Esto significa que Dios tiene sobre toda la humanidad el designio de lo que ha realizado ya en su Hijo: la resurrección, la vida nueva, que se expresa mediante ese término de la "glorificación".

 

II.3. El uso de la forma verbal(proôrisein) indica que se trata del inalterable plan de salvación trazado por Dios en favor de sus criaturas, gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesús nuestro Salvador. El destino o la suerte de cada uno o de los nuestros (el fatum para los romanos; para los griegos están los vocablos moira y eimarmene) no es lo que está contemplado aquí directamente, aunque no podemos olvidar que para construir este hermoso capítulo, Pablo ha debido estar en esa sintonía inculturada. Pero lo que nuestro texto expresa es el plan salvador de Dios, en el que no quedan las cosas al azar, ni siquiera a un libre albedrío barato. Lo que se quiere afirmar rotundamente es que Dios tiene un designio de glorificación del que nadie podría apartarlo («nadie podrán apartarnos del amor de Dios», dirá al final Rom 8,39).


 

Evangelio: Mateo (13,44-52): El tesoro de la sabiduría del Reino

 

III.1. El texto evangélico de hoy es el final del c.13 de Mateo, el capítulo de las parábolas por antonomasia, en que una y otra vez se compara el "Reino de los cielos" con las cosas de este mundo, de la tierra, del campo, de la cizaña. En este caso, nos hemos de fijar en el tesoro del campo y la perla (vv. 44-46). Son como dos parábolas en una, aunque pudieran ser independientes en su momento. Las dos parábolas, tras una introducción idéntica, narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas (un hombre cualquiera y un comerciante) no dudan ni un instante en vender todo lo que tienen para adquirirlo; lo hallado es tan extraordinario que están dispuestos a desprenderse de cuanto poseen con tal de apropiárselo. No todos los días tiene uno la suerte de descubrir un tesoro o una perla de inmenso valor. Cualquier hombre sería feliz con un descubrimiento semejante. Por eso, haría todo lo posible por obtenerlo, aunque para ello tuviera que pagar un alto precio. En las dos parábolas, los bienes que poseen los protagonistas del relato, pocos o muchos, son suficientes para que con su totalidad puedan adquirir lo que han encontrado. En ambos casos, el acento recae sobre el descubrimiento y sobre la decisión que toman los dos protagonistas.

 

III.2. Efectivamente, la decisión que toman parece desproporcionada o, al menos, arriesgada. Pero hemos de considerar que tienen una seguridad en esa decisión que les lleva hasta ese destino. ¿Es sabiduría o coraje (parresía)? Las dos cosas. Los elementos secundarios de las narraciones -si entendemos que son dos-, no dejan de tener sentido, aunque ya sabemos que en la interpretación de los parábolas no debemos exagerar o alegorizar cada una de las cosas que aparecen. Bien es verdad que en la primera hay un elemento sorpresa, porque es como el hombre que está en el campo, muy probablemente contratado, y encuentra el tesoro por casualidad. En el caso del mercader que recorre los bazares, sin duda, que siempre espera encontrar algo extraordinario y por eso porfía.

 

III.3. Como en los dos casos la comparación es con el “reino de los cielos” (bien en el caso del tesoro, bien en el caso del mercader) entonces el sentido no puede ser otro que este: cuando uno encuentra el Reino de Dios, bien porque ha tenido la suerte inesperada de encontrarse un tesoro o bien porque lo iba buscando habiendo oído hablar de él, entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello.

 

III.4. ¿Es que el reino de Dios es un tesoro? Naturalmente que sí. Porque es el acontecimiento de un tiempo nuevo de gracia y salvación, de felicidad y amor que Jesús ha predicado y que ha convertido en causa de su vida y de su entrega. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas y más todavía la alegría de esta decisión en el caso de tesoro en el campo (extraña que el mercader de perlas no tenga esta reacción primera, aunque sea la misma decisión). No he encontrado mejor conclusión que esta: «El Reino aparece así como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo se lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (cf. F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002).


 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

 Jesus nos habla en parábolas de comprar y vender, de tesoro y perla preciosa, para que intuyamos lo que es el Reino de los cielos. En el relato evangélico vemos que uno habiendo encontrando un tesoro en un campo, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

 

Vemos que un comerciante en perlas finas al encontrar una de gran Valor vende todo lo que tiene y la compra.

 

Con parábolas, dice Jesús que el Reino de los cielos se parece a un tesoro que aparece de manera imprevista ante el que está en el campo, no dice el texto que haya ido a buscar un tesoro, nos dice que estaba ahí escondido y lo encuentra… al encontrarlo hace cuanto está en su mano: esconderlo (protegerlo) vender lo que tiene, para comprar el campo (que no es suyo) y así hacerse con el tesoro.

 

También dice el Evangelio que el Reino de los cielos, se parece a un comerciante en perlas finas, que como fruto de una actividad, encuentra una perla de gran valor; vende cuanto tiene y la compra.

 

Las dos parábolas tienen en común que:

 

Los que han encontrado, se llenan de alegría.

 

En los dos casos se da la sorpresa ante lo encontrado

 

Ambos se deciden inmediatamente por vender todo para comprar el tesoro o la perla

 

Tanto el que está en el campo como el comerciante están en su trabajo diario

 

La diferencia entre una y otra es que:

 

El tesoro lo encuentra sin haber ido a buscarlo

 

El comerciante, si busca perlas finas y encuentra una perla de gran valor

 

¿A qué pude orientarnos el mensaje con el tesoro y la perla?

 

Para un judío la Torá (los cinco primeros libros de la Biblia) son la perla que encierra la luz de la sabiduría, el tesoro de la vida

 

Las parábolas son semejanzas para intuir lo que es el reino: la Vida nueva por la que merece la pena entregarlo todo.

 

La vida como el tesoro es regalo del cielo, que lo encuentra sin haber ido a buscarlo. Es el modo en parábolas, de decirnos que la vida es regalo del cielo, que viene a nuestra existencia.

 

Pero la Vida verdadera también hay que buscarla, como la busca y la encuentra el comerciante en perlas finas. Tenemos que esforzarnos para hacer nuestro, el tesoro hacer nuestra la perla, es decir, hacer nuestra la Vida del resucitado que se nos ofrece en nuestra existencia y que no es equiparable a ningún otro valor,

 

El tesoro no es tuyo, la perla no es tuya, tienes que comprarla. Tienes que saber invertir, tienes que vender todo y negociar. Conseguir el tesoro a cambio de lo que sea. Si no renuncias a nada, si no vendes; nunca tendrás Vida plena. Entre tantas perlas finas, entre tantas cosas buenas que tiene la vida tienes que buscar, discernir, prestar tu esfuerzo, por encontrar lo definitivo.

 

La felicidad del reino es la del ser, frente al tener. Por eso la opción por el reino es radical, y el encuentro, altera todos los cálculos de la persona humana.


 

El encuentro es también un factor sorpresa que nos sitúa ante la Vida o la ausencia de vida.

 

El encuentro es: Alegría por el descubrimiento de la Vida nueva, que nos hace decir esto sí es Vida, esto sí merece la pena; es descubrir a Cristo como fuente de vida, a Dios como padre-mama que te ama, descubrir ese tesoro escondido en el campo de la Iglesia. En tu vida llamada a la plenitud y felicidad.

 

Se sabio, descubre el gran tesoro de tu vida que en el Evangelio se llama Reino.

 

También narra Jesús la parábola de la red, donde cabe toda clase de peces (todos cabemos) y nos pregunta: "¿Entendéis bien todo esto?¨ pregunta que parece invitación a discernir para:

 

-Apostar por El Reino; es lo único que puede dar Vida plena y salvar la vida del riesgo de malograrla para siempre (para no vivir en el llanto permanente de haber perdido la oportunidad).

 

Hablo de la pesca, juicio de Dios... al final saldrán los ángeles discernirán que no todo vale. Dios que es sabio al final separará al malo del bueno.

 

La parábola apunta a la necesaria convivencia aquí de personas buenas y malas,

 

A nivel personal, la selección equivale a evaluar, a revisión de vida, a saber elegir, a discernir y quedarnos con lo bueno que tenemos cada uno, con todo lo que ayude a vivir y dar vida.

 

Los escribas se aferran a lo viejo Antiguo Testamento, mientras que los discípulos se atienen a lo nuevo (Nuevo Testamento). Con la clave del reino debe entenderse lo nuevo y lo viejo.

 

Entender desde la sabiduría del Espíritu y el cariño de un padre, que en Jesús nos ha llegado gratuitamente la salvación, por iniciativa de Dios, que en Él tenemos una Vida nueva y plena. Es el tiempo de la decisión, aprovechad la oportunidad, no dejéis que se os escape.


 

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!GLORIA A DIOS!

El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee julio Ee 2020 a las 16:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO


Julio 19 - 25, 2020


“El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto”


 

Is 55, 10-11: “La palabra, que sale de mi boca, no volverá a mí vacía”

 

Así dice el Señor:

 

“Como bajan la lluvia y la nieve del cielo,

 

y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,

 

de fecundarla y hacerla germinar,

 

para que dé semilla al sembrador y pan al que come,

 

así será mi palabra, que sale de mi boca:

 

no volverá a mí vacía,

 

sino que hará mi voluntad

 

y cumplirá mi encargo”.


 

 

Sal 64, 10-13: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”

 

Tú cuidas de la tierra,

 

la riegas y la enriqueces sin medida;

 

la acequia de Dios va llena de agua,

 

preparas los trigales.

 

 

Riegas los surcos,

 

igualas los terrones,

 

la ablandas con tu lluvia,

 

bendices sus brotes.

 

 

Coronas el año con tus bienes,

 

tus caminos, derraman abundancia;

 

germinan los pastos del desierto,

 

y las colinas se engalanan de alegría.

 

 

Las praderas se cubren de rebaños,

 

y los valles se visten de trigales,

 

que aclaman y cantan.


 

 

Rom 8, 18-23: “Los sufrimientos no pueden compararse con la gloria futura”

 

Hermanos:

 

Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vea liberada de esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

 

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.

 

Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.


 

 

Mt 13, 1-23: “Salió el sembrador a sembrar”

 

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

 

Les habló mucho rato en parábolas.

 

Les decía:

 

— «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.

 

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se marchitaron y por falta de raíz se secaron.

 

Otras cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron.

 

El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras, treinta.

 

¡El que tenga oídos, que oiga!»

 

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

 

— «¿Por qué les hablas en parábolas?»

 

El les contestó:

 

— «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:

 

“Oirán con los oídos sin entender;

 

mirarán con los ojos sin ver;

 

porque está endurecido el corazón de este pueblo,

 

son duros de oído, han cerrado los ojos;

 

para no ver con los ojos,

 

ni oír con los oídos,

 

ni entender con el corazón,

 

ni convertirse para que yo los cure”.

 

¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen! Yo les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

 

Escuchen, pues, lo que significa la parábola del sembrador:

 

Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

 

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.

 

Lo sembrado entre espinos significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.

 

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».


 

Nota importante

 

El Señor se encuentra en Cafarnaúm, ciudad ubicada en la orilla noroccidental del Mar de Galilea, también llamado Mar o Lago de Tiberíades o Lago de Genesaret. Cafarnaúm era, podríamos decir, la base de operaciones del Señor. En ella realizó muchos de los milagros narrados en los evangelios, y desde ella partía a otras ciudades para anunciar la Buena Nueva (ver Mt 9,35). Mateo la designa como “su ciudad [de Jesús]” (Mt 9,1). También Pedro vivía en Cafarnaúm. En su casa acogió al Señor muchas veces (ver Mt 8,14). Asimismo vivía allí Mateo (ver Mt 9,10), que se desempeñaba como cobrador de impuestos (ver Mt 9,9).

 

Un día «salió Jesús de casa» y se dirigió a las orillas del lago. Refiere el evangelista que lo seguía tanta gente, que al llegar a la orilla del lago subió a una barca y se alejó un poco para poder desde allí predicar a todos sin ser impedido por la muchedumbre. Este modo de predicar ya lo había utilizado en otras ocasiones (ver Lc 5,3).

 

Desde la barca se puso a hablarles «mucho rato» en parábolas. Nuestro término “parábola” procede del griego parabolé, que significa yuxtaposición o comparación. Se trata de una comparación desarrollada al modo de una narración ficticia, tomada de lo que suele suceder en la vida o sociedad humana, por medio de la cual Cristo propone verdades de orden sobrenatural. Hay por tanto en toda parábola una imagen y una enseñanza espiritual fundada en alguna semejanza que se encuentra entre una y otra.

 

La primera parábola de aquel día fue la del sembrador. Era una imagen muy familiar en aquella región de Galilea, tierra accidentada y llena de colinas, en la que pequeñas extensiones de terreno se destinaban a la siembra. El Señor describe lo que cualquier observador atento podía ver en el proceso de la siembra, desde que el sembrador salía a sembrar hasta el momento de la cosecha. No todas las semillas llegan a dar fruto, sino sólo las que caen en tierra buena. Las que caen en suelo apisonado, son arrebatadas por los pájaros; las que caen en tierra poco profunda y pedregosa, apenas brotan se marchitan por el calor; otras que caen entre espinos logran crecer más, pero finalmente son ahogadas por éstos.

 

Una vez pronunciada la parábola del sembrador el Señor añadía: «¡El que tenga oídos, que oiga!» Con esta expresión invitaba a sus oyentes a abrirse al sentido profundo de la parábola, a ser como aquella tierra fértil que acoge a Cristo y su palabra.

 

Luego de esta primera parábola el evangelista inserta la respuesta del Señor a los discípulos, quienes le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?» (ver Mc 4,10-12; Lc 8,9-10) Al iniciarse la enseñanza por medio de parábolas, la respuesta del Señor proyecta luz sobre todas.

 

La respuesta a primera vista es desconcertante: «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no». ¿Es acaso la enseñanza del Señor una doctrina secreta reservada sólo para un grupo de elegidos o iniciados? ¿No tenían las parábolas más bien la finalidad pedagógica de ayudar a entender a los oyentes, de un modo sencillo y didáctico, realidades de orden sobrenatural? En el evangelio de San Marcos leemos que las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica. Por ello «les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas» (Mc 4,33-34). No hay que ver en los «secretos del Reino de los Cielos» una doctrina secreta, reservada únicamente para un grupo selecto de iniciados. Los Apóstoles tendrán la misión de «proclamar desde las azoteas» todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar las enseñanzas de Jesús a los cuatro vientos.

 

Pero no todos tienen oídos para oír. La doctrina del Reino de los Cielos es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. Jesucristo es esa Palabra del Padre que «sale de su boca», baja a la tierra como la lluvia, la fecunda y hace germinar, para volver al Padre cargada de frutos de salvación (1ª. Lectura). Tal fecundidad, que se debe a su obediencia al Plan del Padre, se ve lastimosamente comprometida por la dureza de corazón del soberbio e incrédulo.

 

Así como antes muchos endurecieron el corazón desoyendo la enseñanza de los profetas, ahora también muchos endurecían el corazón y rechazaban al mismo Hijo de Dios y sus enseñanzas (ver Mt 21,33-46). Las parábolas, por su lenguaje velado, se constituían en un signo de esa incomprensión. La falta de penetración, sin embargo, no se debe a la parábola misma, sino a la cerrazón de corazón. Las parábolas del Reino resultan incomprensibles tan sólo para aquellos que no acogen al Señor, para aquellos que se resisten a ver en Él al enviado divino. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.


 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

¿Cuántas veces en medio de duras pruebas o dificultades nos hemos preguntado: «¿Está Dios entre nosotros o no?» (Ex 17,7)? ¿Cuántas veces hemos querido o quisiéramos que Dios nos hable, cuando por ejemplo buscamos una luz para orientar nuestra vida, para tomar una decisión importante? Y si nada “escuchamos”, pensamos que Dios no nos habla, o que nos ha abandonado.

 

¿Pero es verdad que Dios no nos habla? ¿O somos nosotros quienes “teniendo oídos no oímos”, “teniendo ojos no vemos”, porque nuestro corazón está embotado y endurecido? (ver Mt 13,14-15). ¡Cuántas veces Dios arroja su semilla en nuestros corazones, encontrando sólo una tierra endurecida y estéril! ¡Cuántas veces nos pasa lo que dice aquel aforismo: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”! Dios habla, y habla fuerte en su Hijo Jesucristo, pero no pocas veces le cerramos los oídos porque lo que nos dice no siempre es lo que nosotros quisiéramos escuchar. Sí, la Palabra de Dios incomoda mucho porque exige cambios radicales, porque nos desinstala diariamente, porque sacude nuestra mediocridad, porque en momentos críticos exige opciones radicales y renuncias que no siempre estamos dispuestos a realizar, porque exige abrazarnos a la cruz cuando quisiéramos que nos libre del sufrimiento, porque quisiéramos ganar la gloria eterna pero sin asumir el combate, sin seguir al Señor hasta la cruz.

 

Sí, en su Hijo Jesucristo Dios ha hablado a la humanidad entera con fuerte clamor y nos sigue hablando también hoy, habla a quien está dispuesto a escuchar. Sus palabras son esas semillas que Dios nos pide acoger dócilmente en nuestros corazones: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Por ello, ante esta “sordera” que de una u otra forma a todos nos afecta, querámoslo admitir o no, conviene preguntarnos con toda humildad y honestidad: ¿Cómo acojo yo a Cristo, Palabra viva enviada por el Padre para mi salvación y reconciliación? ¿Cómo acojo yo sus palabras y enseñanzas? ¿Hago todo lo posible por hacer fructificar las enseñanzas de Cristo en mi vida mediante obras concretas, asumiendo los cambios necesarios en mi comportamiento, perseverando en ellos? ¿O ahogo acaso el dinamismo de su Palabra en mi corazón (ver Heb 4,12), cerrándome con autosuficiencia a lo que me enseña, siendo inconstante cuando el camino se torna difícil, dejándome arrastrar por poder seductor del poder, del placer o del tener?

 

En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).


 

CATECISMO

El anuncio del Reino de Dios

 

543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

 

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

 

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde.…

 

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» Mt 26, 2.


546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera», la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

 

Es necesario acoger la semilla mediante la meditación perseverante

2707: Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador. Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.


 

 

Gloria a Dios

RCC-DRVC


El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO


12 - 18 de Julio 2020


“El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto”

 



Is 55, 10-11: “La palabra, que sale de mi boca, no volverá a mí vacía”

 

Así dice el Señor:

 

“Como bajan la lluvia y la nieve del cielo,

 

y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,

 

de fecundarla y hacerla germinar,

 

para que dé semilla al sembrador y pan al que come,

 

así será mi palabra, que sale de mi boca:

 

no volverá a mí vacía,

 

sino que hará mi voluntad

 

y cumplirá mi encargo”.


 

 

Sal 64, 10-13: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”

 

Tú cuidas de la tierra,

 

la riegas y la enriqueces sin medida;

 

la acequia de Dios va llena de agua,

 

preparas los trigales.

 

 

Riegas los surcos,

 

igualas los terrones,

 

la ablandas con tu lluvia,

 

bendices sus brotes.

 

 

Coronas el año con tus bienes,

 

tus caminos, derraman abundancia;

 

germinan los pastos del desierto,

 

y las colinas se engalanan de alegría.

 

 

Las praderas se cubren de rebaños,

 

y los valles se visten de trigales,

 

que aclaman y cantan.


 

 

Rom 8, 18-23: “Los sufrimientos no pueden compararse con la gloria futura”

 

Hermanos:

 

Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vea liberada de esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

 

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.

 

Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.


 

 

Mt 13, 1-23: Salió el sembrador a sembrar”

 

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

 

Les habló mucho rato en parábolas.

 

Les decía:

 

— «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.

 

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se marchitaron y por falta de raíz se secaron.

 

Otras cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron.

 

El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras, treinta.

 

¡El que tenga oídos, que oiga!»

 

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

 

— «¿Por qué les hablas en parábolas?»

 

El les contestó:

 

— «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:

 

“Oirán con los oídos sin entender;

 

mirarán con los ojos sin ver;

 

porque está endurecido el corazón de este pueblo,

 

son duros de oído, han cerrado los ojos;

 

para no ver con los ojos,

 

ni oír con los oídos,

 

ni entender con el corazón,

 

ni convertirse para que yo los cure”.

 

¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen! Yo les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

 

Escuchen, pues, lo que significa la parábola del sembrador:

 

Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

 

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.

 

Lo sembrado entre espinos significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.

 

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».


 

NOTA IMPORTANTE

 

El Señor se encuentra en Cafarnaúm, ciudad ubicada en la orilla noroccidental del Mar de Galilea, también llamado Mar o Lago de Tiberíades o Lago de Genesaret. Cafarnaúm era, podríamos decir, la base de operaciones del Señor. En ella realizó muchos de los milagros narrados en los evangelios, y desde ella partía a otras ciudades para anunciar la Buena Nueva (ver Mt 9,35). Mateo la designa como “su ciudad [de Jesús]” (Mt 9,1). También Pedro vivía en Cafarnaúm. En su casa acogió al Señor muchas veces (ver Mt 8,14). Asimismo vivía allí Mateo (ver Mt 9,10), que se desempeñaba como cobrador de impuestos (ver Mt 9,9).

 

Un día «salió Jesús de casa» y se dirigió a las orillas del lago. Refiere el evangelista que lo seguía tanta gente, que al llegar a la orilla del lago subió a una barca y se alejó un poco para poder desde allí predicar a todos sin ser impedido por la muchedumbre. Este modo de predicar ya lo había utilizado en otras ocasiones (ver Lc 5,3).

 

Desde la barca se puso a hablarles «mucho rato» en parábolas. Nuestro término “parábola” procede del griego parabolé, que significa yuxtaposición o comparación. Se trata de una comparación desarrollada al modo de una narración ficticia, tomada de lo que suele suceder en la vida o sociedad humana, por medio de la cual Cristo propone verdades de orden sobrenatural. Hay por tanto en toda parábola una imagen y una enseñanza espiritual fundada en alguna semejanza que se encuentra entre una y otra.

 

La primera parábola de aquel día fue la del sembrador. Era una imagen muy familiar en aquella región de Galilea, tierra accidentada y llena de colinas, en la que pequeñas extensiones de terreno se destinaban a la siembra. El Señor describe lo que cualquier observador atento podía ver en el proceso de la siembra, desde que el sembrador salía a sembrar hasta el momento de la cosecha. No todas las semillas llegan a dar fruto, sino sólo las que caen en tierra buena. Las que caen en suelo apisonado, son arrebatadas por los pájaros; las que caen en tierra poco profunda y pedregosa, apenas brotan se marchitan por el calor; otras que caen entre espinos logran crecer más, pero finalmente son ahogadas por éstos.

 

Una vez pronunciada la parábola del sembrador el Señor añadía: «¡El que tenga oídos, que oiga!» Con esta expresión invitaba a sus oyentes a abrirse al sentido profundo de la parábola, a ser como aquella tierra fértil que acoge a Cristo y su palabra.

 

Luego de esta primera parábola el evangelista inserta la respuesta del Señor a los discípulos, quienes le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?» (ver Mc 4,10-12; Lc 8,9-10) Al iniciarse la enseñanza por medio de parábolas, la respuesta del Señor proyecta luz sobre todas.

 

La respuesta a primera vista es desconcertante: «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no». ¿Es acaso la enseñanza del Señor una doctrina secreta reservada sólo para un grupo de elegidos o iniciados? ¿No tenían las parábolas más bien la finalidad pedagógica de ayudar a entender a los oyentes, de un modo sencillo y didáctico, realidades de orden sobrenatural? En el evangelio de San Marcos leemos que las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica. Por ello «les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas» (Mc 4,33-34). No hay que ver en los «secretos del Reino de los Cielos» una doctrina secreta, reservada únicamente para un grupo selecto de iniciados. Los Apóstoles tendrán la misión de «proclamar desde las azoteas» todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar las enseñanzas de Jesús a los cuatro vientos.

 

Pero no todos tienen oídos para oír. La doctrina del Reino de los Cielos es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. Jesucristo es esa Palabra del Padre que «sale de su boca», baja a la tierra como la lluvia, la fecunda y hace germinar, para volver al Padre cargada de frutos de salvación (1ª. Lectura). Tal fecundidad, que se debe a su obediencia al Plan del Padre, se ve lastimosamente comprometida por la dureza de corazón del soberbio e incrédulo.

 

Así como antes muchos endurecieron el corazón desoyendo la enseñanza de los profetas, ahora también muchos endurecían el corazón y rechazaban al mismo Hijo de Dios y sus enseñanzas (ver Mt 21,33-46). Las parábolas, por su lenguaje velado, se constituían en un signo de esa incomprensión. La falta de penetración, sin embargo, no se debe a la parábola misma, sino a la cerrazón de corazón. Las parábolas del Reino resultan incomprensibles tan sólo para aquellos que no acogen al Señor, para aquellos que se resisten a ver en Él al enviado divino. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

¿Cuántas veces en medio de duras pruebas o dificultades nos hemos preguntado: «¿Está Dios entre nosotros o no?» (Ex 17,7)? ¿Cuántas veces hemos querido o quisiéramos que Dios nos hable, cuando por ejemplo buscamos una luz para orientar nuestra vida, para tomar una decisión importante? Y si nada “escuchamos”, pensamos que Dios no nos habla, o que nos ha abandonado.

 

¿Pero es verdad que Dios no nos habla? ¿O somos nosotros quienes “teniendo oídos no oímos”, “teniendo ojos no vemos”, porque nuestro corazón está embotado y endurecido? (ver Mt 13,14-15). ¡Cuántas veces Dios arroja su semilla en nuestros corazones, encontrando sólo una tierra endurecida y estéril! ¡Cuántas veces nos pasa lo que dice aquel aforismo: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”! Dios habla, y habla fuerte en su Hijo Jesucristo, pero no pocas veces le cerramos los oídos porque lo que nos dice no siempre es lo que nosotros quisiéramos escuchar. Sí, la Palabra de Dios incomoda mucho porque exige cambios radicales, porque nos desinstala diariamente, porque sacude nuestra mediocridad, porque en momentos críticos exige opciones radicales y renuncias que no siempre estamos dispuestos a realizar, porque exige abrazarnos a la cruz cuando quisiéramos que nos libre del sufrimiento, porque quisiéramos ganar la gloria eterna pero sin asumir el combate, sin seguir al Señor hasta la cruz.

 

Sí, en su Hijo Jesucristo Dios ha hablado a la humanidad entera con fuerte clamor y nos sigue hablando también hoy, habla a quien está dispuesto a escuchar. Sus palabras son esas semillas que Dios nos pide acoger dócilmente en nuestros corazones: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Por ello, ante esta “sordera” que de una u otra forma a todos nos afecta, querámoslo admitir o no, conviene preguntarnos con toda humildad y honestidad: ¿Cómo acojo yo a Cristo, Palabra viva enviada por el Padre para mi salvación y reconciliación? ¿Cómo acojo yo sus palabras y enseñanzas? ¿Hago todo lo posible por hacer fructificar las enseñanzas de Cristo en mi vida mediante obras concretas, asumiendo los cambios necesarios en mi comportamiento, perseverando en ellos? ¿O ahogo acaso el dinamismo de su Palabra en mi corazón (ver Heb 4,12), cerrándome con autosuficiencia a lo que me enseña, siendo inconstante cuando el camino se torna difícil, dejándome arrastrar por poder seductor del poder, del placer o del tener?

 

En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

«En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué más puedo hacer que no haya hecho?” (ver Is 5,4)».

 

San Juan Crisóstomo

 

«Pero, me dirás, ¿a qué sirve sembrar entre espinas, en terreno pedregoso o sobre el camino? Si se tratara de una semilla terrena, de una tierra material, realmente no tendría sentido. Pero cuando se trata de las almas y de la Palabra, hay que elogiar al sembrador. Se reprocharía con razón a un agricultor de actuar de esta manera. La piedra no puede convertirse en tierra, el camino no puede dejar de ser camino y las espinas no dejan de ser espinas. Pero en el terreno espiritual las cosas no son así. La piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino se puede convertir en un campo donde no pisan los viandantes, las espinas pueden ser arrancadas y permitir al grano fructificar libremente. Si esto no fuera posible, el sembrador no hubiera sembrado su grano como, de hecho, lo hizo».

 

San Juan Crisóstomo

 

«Fíjate bien en que hay muchas maneras de perder la semilla... Una cosa es dejar secar la semilla de la palabra de Dios sin preocuparse ni poco ni mucho; otra cosa es verla perecer bajo el choque de las tentaciones... Para que no nos ocurra cosa semejante, grabemos profundamente y con ardor la palabra en nuestra memoria. El diablo querrá arrancar el bien alrededor nuestro, pero nosotros tendremos suficiente fuerza para que no pueda arrancar nada en nosotros».

 

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El anuncio del Reino de Dios

 

543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

 

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

 

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. …

 

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

 

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera», la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

 

Es necesario acoger la semilla mediante la meditación perseverante

 

2707: Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador. Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.


GLORIA A DIOS

RCC-DRVC


El que busca su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee junio Ee 2020 a las 11:55 Comments comentarios (1)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


28 de junio al 3 de Julio 2020


“El que busca su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”


 

 

 

2Re 4,8-11.14-16: “¿Qué podemos hacer por ella?”

 

Un día pasaba Eliseo por Sunam, y una mujer distinguida lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que Eliseo pasaba por allí, se detenía a comer en su casa. Ella dijo a su marido:

 

-“Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí”.

 

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó.

 

Dijo a su criado Guejazí:

 

-¿Qué podemos hacer por ella?”.

 

Guejazí comentó:

 

-“Mira, no tiene hijos, y su marido es ya viejo”.

 

Eliseo dijo:

 

-“Llámala”.

 

La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo:

 

-“El año que viene, por estas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”.


 

Sal 88,2-3.16-17.18-19: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”


Rom 6,3-4.8-11: “Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte para que andemos en una vida nueva”

 

Hermanos:

 

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?

 

Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

 

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

 

Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.


 

Mt 10,37-42: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”

 

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

 

-“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.

 

El que trate de salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que recibe a mí recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo.

 

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa”.


 

NOTA IMPORTANTE

 

El Evangelio de este Domingo es continuación del discurso que el Señor dirige a sus apóstoles luego de llamarlos a sí para enviarlos a anunciar la cercanía del Reino de los Cielos a las ovejas descarriadas de Israel. El Señor les había advertido ya que en el cumplimiento de su misión encontrarían una fuerte oposición e incluso la muerte misma, y los había alentado a no tener miedo a sus perseguidores.

 

Prosigue el discurso y el Señor Jesús les plantea ahora a los doce apóstoles condiciones tremendas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.” “No es digno de mí” es otra manera de decir “no puede ser discípulo mío”. Quien de los doce no está dispuesto a amar al Señor más que a su padre o madre, más que a su hijo o hija, más que a su propia vida, no puede ser verdaderamente un apóstol de Cristo. El amor a Él debe estar por encima del amor a quienes naturalmente más aman en la vida así como también por encima del amor a la propia vida. ¿No son desproporcionadas estas exigencias?

 

Estas fueron las condiciones dirigidas en aquella ocasión a los doce apóstoles, pero ¿son también válidas para los demás discípulos? La respuesta es afirmativa, si consideramos que en otros momentos el Señor planteó las mismas exigencias tanto a los todos los discípulos como a la gente que caminaba con Él. (ver Lc 14,25-27; Mt 16,24-25; Mc 8,34-35; Lc 9,23-24)

 

Todo aquél o aquella que quiera ser discípulo de Cristo ha de cumplir con la tremenda exigencia de amarlo por sobre todas las cosas y personas, de tal modo que por Él esté siempre dispuesto a posponer y sacrificar los vínculos humanos más sagrados. ¿Arrogancia inadmisible por parte de Jesús? ¿Deben sus seguidores ser considerados por ello una banda de fanáticos? Sólo a Dios se debe un amor supremo, y así lo manda el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» Mt 22,37-3 El amor a Dios, fuente de todo amor humano, debe estar por encima de todo otro amor. Sólo amando a Dios y abriéndose a Dios que es comunión de Amor, el ser humano puede llegar a amar con la plenitud del amor con que está llamado a amar.

 

Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, uno con el Padre, de su misma naturaleza divina, es Dios-hecho-hombre, por ello puede pedir y pide este amor mayor a Él. Amándolo a Él es al verdadero y único Dios a quien ama­mos. No es fanatismo amar al Señor Jesús por encima incluso de la propia vida, sino que es poner las cosas en su recto lugar para poder desplegar cada cual toda la capacidad de amar que posee por don de Dios. Anteponer el amor a las personas al Señor Jesús es cerrarse finalmente al amor de Dios mismo, es limitar la propia capacidad de amar, es empobrecer el propio amor. Anteponer el amor al Señor Jesús a cualquier otro amor es abrirse al Amor, participar plenamente de ese Amor, es disponerse a amar como Jesucristo mismo ama, es amar más y para toda la eternidad a quienes más se ama en esta vida. Así se resuelve esta paradoja que parece imponer al discípulo exigencias inhumanas. Al pedir que se le ame más a Él el Señor Jesús no pide amar menos a quienes tanto se quiere, sino que los introduce en un dinamismo de amor que le llevará a amarlos más aún, amarlos como sólo Dios mismo es capaz de amar.

 

Por ese amor mayor y radical al Señor Jesús el apóstol ha de tomar asimismo su propia cruz –como un condenado por el mundo– y seguirlo hasta la donación total de la propia vida.

 

La cruz, por un lado, es el peso que el mundo echa encima a los verdaderos discípulos —calumnias, toda clase de mentiras, burlas, desprecios, persecuciones, golpes y la muerte misma— cuando por su palabra y sobre todo por el coherente testimonio de su vida reflejan en sí a Cristo.

 

Puede entenderse también la cruz como un signo de participación en la muerte reconciliadora del Señor Jesús. En efecto, Cristo, y sólo Él, ha trasformado lo que antes había sido sólo un instrumento de público escarnio, de tortura y de muerte afrentosa, en el lugar de la reconciliación entre lo humano —representado por el leño horizontal— y lo divino —representado por el leño vertical—. Quien toma su cruz, quien asume con coraje y valor el dinamismo cruciforme en su propia vida, aprende a morir a todo lo que en él lleva a la muerte, a morir a sus pecados clavándolos en la Cruz con Cristo, experimenta que ante sí se abre el inmenso horizonte de la vida y de la plenitud humana. ¡Morir para vivir! Todo aquél que toma su cruz se hace «una misma cosa con Él [el Señor Jesús] por una muerte semejante a la suya», para participar también de una resurrección semejante a la suya: «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (2ª. Lectura; Rom 6,4-11).

 

A la exigencia de tomar la cruz va unida la exigencia del seguimiento: «el que no toma su cruz y me sigue», dice el Señor. Seguir al Señor quiere decir andar tras sus pasos, todos los días de la vida, hasta el Gólgota, hasta el momento de la entrega de la propia vida al Padre. Es un seguimiento en el camino de la plena y amorosa obediencia a los designios del Padre, de un amor total que llega al extremo de dar la propia vida por el Amigo y los amigos. Mas la cruz conduce al discípulo a la plenitud de la vida y de la felicidad. Quien sigue al Señor Jesús hasta la cruz, se en­contrará a sí mismo plenamente.

 

El amor al Señor Jesús no se demuestra únicamente mediante la difusión valiente de su enseñanza. También se demuestra acogiendo a sus enviados y discípulos. La primera lectura de este Domingo presenta un episodio que ejemplifica la afirmación del Señor Jesús: «el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Una mujer de Sunem acoge a Eliseo, heredero del espíritu del gran profeta Elías. Le brinda una cordial hospitalidad al reconocer que aquél hombre de Dios «es un santo» (2 Re 4,9). «¿Qué podemos hacer por ella?», pregunta Eliseo a su criado. La mujer recibirá como recompensa la promesa de un hijo que no había podido concebir, siendo su marido ya muy viejo. Dios no deja de “hacer algo” por todos aquellos que acogen a quienes son enviados por su Hijo, Jesucristo, a quienes son sus discípulos. En ellos, es al mismo Señor a quien acogen: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado». (Mt 10,40)


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

Al tomar la cruz en su sentido figurado, como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extra­ño para la vida de todo hombre y mujer, de cualquier edad, pueblo y condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto mo­do, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condi­ción humana. ¡Es así! Hemos sido crea­dos para la vida y, sin embargo, no po­demos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).

 

Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una en­fermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!

 

Al mirarnos y mirar a nuestro alrededor, descubrimos que toda existencia humana tiene el sello del sufrimiento. No hay nadie que no sufra, que no muera. Pero vemos también cómo sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, es estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, endurece el corazón.

 

El Señor, lejos de liberarnos de la cruz, la ha cargado sobre sí, haciendo de ella el lugar de la redención de la humanidad, uniendo y reconciliando en ella, por su Sangre, lo que el pecado había dividido: a Dios y al hombre (ver 2Cor 5,19). Él mismo, en la Cruz, cambió la maldición en bendición, la muerte en vida. Resuci­tando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida.

 

Quien con el Señor sabe abrazarse a Su Cruz, experimenta cómo su propio sufrimiento, sin desaparecer, adquiere sentido, se transforma en un dolor salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros. No hay cristianismo sin cruz porque con Cristo la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena comunión y participación de la gloria del Señor.

 

¡Cuántas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir! La fuga se da de muchos modos: evadir las propias responsabilidades y cargas pesadas, ocultar mi identidad cristiana para no exponerme a la burla y el rechazo de los demás, no defender o asistir a quien me necesita por “no meterme en problemas” o hacerme de una “carga”, no asumir tal apostolado que me cuesta, no perdonar a quien me ha ofendido porque me cuesta vencer mi orgullo, etc.

 

Otras veces, al no poder evadir el sufrimiento, no queremos sino deshacernos de la cruz, arrojarla lejos, más aún cuando la cruz la llevamos por mucho tiempo o alcanza niveles insoportables: “¡hasta cuando, Señor! ¡Basta ya!” Hay quien perdiendo el aguante y con rebelde actitud frente Dios opta por apartarse se Él.

 

La actitud adecuada ante la cruz es asumirla plenamente, con paciencia, confiando plenamente en que Dios sabrá sacar bienes de los males, buscando en Él la fuerza necesaria para soportar todo su peso y llevar a pleno cumplimiento en nosotros sus amorosos designios. El mismo Señor nos ha enseñado a acudir incesantemente a la oración para ser capaces de beber el cáliz amargo de la cruz (ver Mc 14,32-42).

 

Asimismo hemos de pedir a Dios la gracia para vivir la virtud de la mortificación, entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.

 

LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

Aquel que había dicho antes: "No he venido a traer la paz sino la espada y a separar al hombre de su padre, de su madre y de su suegra", añade a fin de que nadie anteponga el sentimiento a la fe, lo siguiente: "El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí". También en el "Cantar de los cantares" se dice: "Él ordenó en mí el amor" (Cant 2,4). En todo amor es indispensable este orden: Ama, después de Dios, al padre, a la madre y a los hijos. Y si fuere necesario elegir entre el amor de los padres y de los hijos y el de Dios y no se pudiese amar al mismo tiempo a todos, el abandono de los primeros no es más que una piedad para con Dios. No prohibió, pues, amar al padre, a la madre y a los hijos, pero añade de una manera significativa "más que a Mí".

 

San Jerónimo

 

En seguida, con el objeto de que no tuvieran pena alguna aquellos a quienes debe ser preferido el amor de Dios, los eleva Él a pensamientos más sublimes. Nada verdaderamente hay más querido en el hombre que su vida y sin embargo, si no la abandonáis, tendréis adversidades. Y no sólo mandó simplemente el abandonarla, sino hasta entregarla a la muerte y a los tormentos sangrientos, enseñándonos que no sólo debemos estar preparados a morir, esto es, a sufrir cualquier clase de muerte, sino hasta la muerte más violenta y deshonrosa, es decir, hasta la muerte de cruz. Por eso dice: "Y el que no toma su cruz, etc". Aun no les había hablado acerca de su pasión, pero los va preparando entretanto, a fin de que acepten mejor sus palabras cuando trate de ella.

 

San Juan Crisóstomo

 

Nuestro Señor Jesucristo ha dicho a todos, en diferentes ocasiones y dando diversas pruebas: “Si alguno quiere venir detrás de mi, que se renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”; y además: “El que de entre vosotros no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo”. Nos parece, pues, exigir la renuncia más completa… “Donde está tu tesoro, dice en otra parte, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Si nosotros, pues, nos reservamos bienes terrestres o algo perecedero, nuestro espíritu permanece atascado en ellos como en el barro. Entonces es inevitable que nuestra alma sea incapaz de contemplar a Dios y se vuelve insensible a los deseos y fulgores del Cielo y de los bienes que se nos han prometido. No podremos obtener estos bienes más que si los pedimos sin cesar, con un ardiente deseo que, por otra parte, hará ligero el esfuerzo necesario para alcanzarlos.

 

Renunciarse es, pues, desatar los lazos que nos atan a esta vida terrestre y pasajera, liberarse de las contingencias humanas, a fin de hacernos más aptos para caminar por el camino que conduce a Dios. Es liberarse de los impedimentos a fin de poseer y usar los bienes que son “mucho más preciosos que el oro y la plata” (Sal 18,11). Y para decirlo del todo, renunciarse es transportar el corazón humano a la vida del cielo, de tal manera que se pueda decir: “Nuestra patria está en el cielo” (Flp 3,20). Y, sobre todo, es empezar a ser semejante a Cristo, que por nosotros se hizo pobre, él que era rico (2Cor 8,9). Debemos asemejarnos a él si queremos vivir según el Evangelio.

 

San Basilio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La cruz es camino a la luz

 

2015: El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (ver 2 Tim 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

 

La muerte y la vida en Cristo

 

1010: Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. «Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia» (Flp 1, 21). «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente «muerto con Cristo», para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este «morir con Cristo» y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor.

 

1011: En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de S. Pablo: «Deseo partir y estar con Cristo» (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (ver Lc 23, 46).

 

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí…»

 

2232: Los vínculos familiares, aunque son muy impor­tantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la voca­ción singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favore­cer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la voca­ción primera del cristiano es seguir a Jesús.

 

2233: Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49).

 

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.


 

GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC


Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee junio Ee 2020 a las 17:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


21 - 27 de junio, 2020


“Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea”


 

 

Jer 20,10-13: “El Señor está conmigo, mis enemigos no podrán conmigo.”

 

Dijo Jeremías:

 

“Yo oía la murmuración de la gente:

‘Hay terror por todas partes;

denunciemos a Jeremías”.

Hasta mis amigos esperan que yo dé un paso en falso:

‘A ver si se deja engañar, y entonces lo venceremos,

Nos vengaremos de él’.

Pero el Señor está conmigo,

como un guerrero poderoso;

mis enemigos caerán y no podrán conmigo.

Se avergonzarán de su fracaso

sufrirán una humillación eterna que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo

y sondeas lo íntimo del corazón,

hazme ver cómo castigas a esa gente,

porque a ti he confiado mi causa.

Canten al Señor, alaben al Señor,

que libró la vida del pobre de manos de los malvados”.


 

Sal 68,8-10.14 y 17.33-35: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”


Rom 5,12-15: “Por el delito de uno murieron todos, mas por Jesucristo la gracia se ha desbordado sobre todos.”

 

Hermanos:

 

Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

 

Porque, antes que hubiera la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

 

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.


 

Mt 10,26-33: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre”

 

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

 

“No tengan miedo a los hombres, porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

 

Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea.

 

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unas moneditas? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que el Padre de ustedes lo disponga. En cuanto a ustedes hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones.

 

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre que está en el cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo”.


 

NOTA IMPORTANTE


 

El Evangelio de este Domingo comienza con una firme exhortación del Señor a sus apóstoles: «No tengan miedo a los hombres…». Busca afirmar su espíritu porque poco antes les había dicho: «Miren que yo os envío como ovejas en medio de lobos», anunciándoles que por su causa los entregarían a los tribunales y los azotarían en las sinagogas, que serían llevados ante gobernadores y reyes, que entregaría a la muerte «hermano a hermano y padre a hijo», en resumen, que serían odiados de todos y perseguidos por ser sus discípulos (ver Mt 10,16-25).

 

Si ampliamos el contexto, el fragmento que escuchamos este Domingo está enmarcado en un conjunto de instrucciones que el Señor Jesús da a sus apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Reino a «las ovejas descarriadas de Israel» (ver Mt 10,5). Sin embargo hay que decir que varias instrucciones y advertencias trascienden esa misión inmediata y más bien apuntan a la misión univer­sal que los apóstoles y discípulos deberán realizar una vez que el Señor Resucitado ascienda a los Cielos y envíe el Espíritu Santo sobre ellos el día de Pentecostés (ver Mt 28,19).

 

El Señor anuncia y advierte a sus apóstoles que en el fiel cumplimiento de su misión recibirán el mismo maltrato que Él sufrirá (ver Mt 10, 24-25). Lo que harán con el Maestro lo harán con los discípulos. Como testigos de Cristo, serán rechazados por aquel “mundo” que se opone a Dios y rechaza sus amorosos designios. ¿Cómo no temblar ante el anuncio de la oposición, del maltrato y de la muerte violenta que sufrirán muchos a manos de sus furiosos opositores y perseguidores? Evidentemente tal panorama asusta a cualquiera y por ello el Señor Jesús, viendo despertar el temor en sus corazones y sabiendo del miedo que experimentarían llegado el momento, los exhorta vivamente a no temer ni siquiera a la muerte misma pues si bien serán capaces de destrozar el cuerpo no podrán matar el “alma”.

 

Por alma, en griego psijé, ha de entenderse el ser en sí, la vida interior. Su vida quedará guardada por Dios, que resucitará para la vida eterna —con un cuerpo glorioso como el de Cristo— a quienes dan valiente testimonio del Señor en esta vida. Será en el día del Juicio final cuando el Señor ante su Padre se ponga de parte de aquellos que en esta vida se pusieron de su parte ante los hombres, garantizándoles de esa manera la entrada en el gozo eterno de Dios (ver Mt 25,34).

 

Mas a quien conociéndolo lo niega y reniega de Él, también el Señor le negará su intercesión ante el Padre. En efecto, el Señor advierte que a quien hay que temer es a aquél que puede “destruir con el fuego alma y cuerpo”. El texto griego dice literalmente: “destruir tanto el alma como el cuerpo en la Gehenna”. Gehenna era el nombre del valle que se hallaba al sur de Jerusalén, lugar donde se arrojaba la basura de la ciudad, así como los cadáveres de los animales muertos para ser incinerados. Un vertedero de desperdicios y despojos de animales es usado por el Señor como un símbolo muy fuerte para referirse a otro lugar al que sí hay que temer ir a parar en cuerpo y alma por negar al Señor ante los hombres.

 

El miedo natural a la muerte no debe detener a los apóstoles en la misión de dar testimonio del Señor y propagar sus enseñanzas y su Evangelio. El Señor los invita a superar el miedo mediante la confianza en Dios: Él, que cuida de cada uno, estará con ellos en la hora de la prueba, en el momento en que tengan que dar testimonio del Señor, incluso cuando tengan que arrostrar la muerte por su causa. Esta confianza es la que muestra Jeremías, el profeta, ante el acecho que experimenta también él por ser portador del mensaje divino para su pueblo: “el Señor está conmigo, como un guerrero poderoso; mis enemigos caerán y no podrán conmigo” (1ª. Lectura).

 

La misión, lo que deberán llevar a cabo enfrentando y superando todo miedo y temor, es ésta: «Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea». En los tiempos de Cristo los pueblos de Tierra Santa tenían sus pregoneros. Los techos de las casas eran planos y las órdenes de los gobiernos locales eran proclamadas desde las casas más altas, convirtiendo así la azotea en lugar de proclamas públicas. Tales proclamas se hacían por lo general por las tardes, cuando los hombres retornaban de sus labores campestres. Una llamada larga, ahogada, invitaba a los residentes a escuchar lo que el pregonero posteriormente comunicaba a todos. El Señor, que sin duda había escuchado con frecuencia las proclamas del pregonero del pueblo, hace uso de esta realidad de la vida cotidiana para dar a entender a sus apóstoles que deberán ellos proclamar a viva voz y a los cuatro vientos todo lo que Él les enseñó, incluso en la mayor intimidad o de forma velada. Su doctrina, lejos de ser una doctrina secreta reservada a un grupo de “iniciados”, es para todos y está destinada a ser conocida universalmente.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Es posible que exista una lámpara encendida que no alumbre? ¿Puede existir un pregonero mudo? Si callase, ¡dejaría de ser pregonero! Tampoco un cristiano puede dejar de irradiar a Cristo o callar su anuncio. Un cristiano que no irradia a Cristo, un cristiano que no anuncia a Cristo y su Evangelio, ¿es verdaderamente cristiano? Aquel o aquella que en verdad se ha encontrado con Cristo, aquel o aquella que le ha abierto las puertas de su casa (ver Ap 3,20; Lc 19,9), aquel o aquella en quien Él habita y permanece (ver Jn 15,4-5), necesariamente irradia y refleja a Cristo. No puede ser de otro modo.

 

El que es de Cristo anuncia a Cristo. Lo hace con el testimonio de su propia vida, de una vida cristiana intensa, coherente, comprometida, que aspira a vivir la caridad de Cristo en todo lo que hace, que aspira a la santidad haciendo las cosas ordinarias de la vida de modo extraordinario, de todo corazón, como para el Señor (ver Col 3,23). Lo hace también con su palabra, hablando a otros de Cristo y de su Evangelio. ¡Nadie se sienta tranquilo si no anuncia a Cristo, si no lo da a conocer a los demás con sus labios! Pues no es suficiente “ser buenos” pero mudos cristianos: es necesario, es urgente ser también apóstoles, ser pregoneros de su mensaje. «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16), decía San Pablo, experimentando esa enorme urgencia y necesidad de comunicar a otros el don de la reconciliación, la salvación traída por el Señor Jesús. ¿Cuántos quedarán sin oír la buena Nueva si yo no le presto mis labios y mi corazón al Señor en la tarea evangelizadora que Él ha confiado a Su Iglesia, de la que todos los bautizados formamos parte? (ver Mt 28, 19-20; Rom 10,14-15)

 

El anuncio de Cristo y de su Evangelio, que hay que proclamar abiertamente “desde la azotea”, no siempre goza de popularidad. Cualquier cristiano al anunciar el Evangelio se encontrará con reacciones favorables como también adversas. La oposición, el rechazo, la burla, el desprecio, la calumnia, la difamación, la persecución, son experiencias que forman parte de la vida del discípulo de Cristo, como formaron y forman parte de la vida de tantos apóstoles y cristianos a lo largo de la historia, como formaron parte de la vida de Cristo mismo.

 

Al sobrevenir estas pruebas, ¿cómo no experimentar el temor? ¿Cuántas veces el miedo al “qué dirán”, a la burla, al rechazo, nos ha llevado a esconder y ocultar nuestra fe, nuestra condición de cristianos católicos? Si nos dejamos vencer por el miedo o la vergüenza, negamos a Cristo, abierta o encubiertamente. Por ello es tan importante vencer los miedos y temores que experimentamos en la vida cristiana: miedo de seguir al Señor, miedo de no saber adónde nos llevará, miedo a que nos pida dar más, miedo a la oposición y rechazo que encontraré en el camino, incluso en la propia familia o en el círculo de amigos más cercanos.

 

Ante la oposición o dificultades que encontraremos en el camino el Señor nos invita a confiar en Él, a vencer nuestros temores, a lanzarnos sin miedo: «¡No tengan miedo a los hombres!» La confianza en Dios, en su Presencia, en su providencia y acción, nos da mucha seguridad y es el mejor remedio contra el miedo que paraliza o lleva a huir. El miedo se diluye en la medida en que la confianza en Dios se hace fuerte. El Señor nos ha garantizado Él que estará siempre con nosotros en la adversidad. (ver Mt 28,20; Jn 16,33; Jer 1,8.  Si Él está con nosotros, nadie podrá contra nosotros (ver Rom 8,31; Jer 20, 11).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Les aconseja que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas».

 San Hilario


 

«“Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos”, esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero».

 San Jerónimo


 

«Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu».

 San Hilario


 

«Observad que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad».

 San Juan Crisóstomo


 

«Para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: “No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros”».

 San Hilario


 

«Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”».

 San Juan Crisóstomo


 

«Ésta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios».

 San Hilario


 

«Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles».

 San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).

 

2145: El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe sin ceder al temor (ver Mt 10, 32; 1 Tim 6, 12.). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

 

2471: Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor» 2 Tim 1,  En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres» (Hech 24, 16).

 

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

 

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (Ad gentes, 11).

 

2473: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

 

2474: Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.


 

GLORIA A DIOS

RCC-DRVC



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