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LA IGLESIA TIENE UNA MAMA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee octubre Ee 2020 a las 15:10

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


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2. LA IGLESIA TIENE UNA MAMA


 

En ambientes no católicos, causa escándalo que nosotros llamemos a María, “Madre de Dios”. Lo interpretan mal.

Como que afirmáramos que María engendra a la Divinidad o que Jesús pasara a ocupar un segundo plano con respecto

a su madre. Nada de eso. Algo muy simple: San Juan, en su evangelio, escribe: “La palabra estaba con Dios y era

Dios”...”Y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” Jn 1,1-14. Un ángel también indico el nombre del

Mesías: “Sera llamado Emmanuel, Dios con nosotros” Mt 1,23.


Jesús es la palabra que viene a vivir entre nosotros. Jesús es Dios y hombre a la vez. No deja de ser Dios al vivir

entre nosotros. María es la madre de Jesús, que es Dios y hombre. Eso entendemos cuando llamamos a María “Madre

de Dios”.


Santa Isabel inspirada por el Espíritu Santo lo comprendió muy bien cuando llamo a María, “La madre de mi

Señor” Lc 1,43, es decir la “Madre de mi Dios”, según el estilo de la Biblia.


El pueblo sencillo, antes del siglo V, ya tenía una oración muy bella a María, la más antigua que se conoce en

honor de la Virgen, que dice: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras suplicas en

nuestras necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, Oh Virgen siempre gloriosa y bendita”. El pueblo

sencillo sin complicaciones de tipo teológico, llamaba a María “Madre de Dios”.


Fue también en el Siglo V, cuando Nestorio, que era Patriarca de Constantinopla, suscito una crisis de tipo

teológico dentro de la Iglesia. Nestorio se oponía rotundamente a que se llamara Madre de Dios. La Iglesia se reunió

en concilio en Efeso. Allí se estudio este caso y se termino por declarar el dogma en que se afirmaba que María es

Madre de Dios. Desde aquellos lejanos días de Efeso, la Iglesia con sencillez, sin complejos teológicos, sigue rezando:

“Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte, Amen”.


LA MAYOR INTIMIDAD CON LA DIVINIDAD


De Moisés afirma la Biblia que tenía tanta intimidad con Dios que hablaba cara a cara con él. Ex 33,11. Sin

embargo la misma Biblia narra que Moisés le pidió a Dios ver su rostro. Se le contesto que no podía, porque era

humano. Dios accedió a darle nada más, una señal de su presencia. La Biblia simbólicamente afirma que Moisés vio a

Dios “de espaldas”. Ex 33,23.


María no vio “de espaldas” a Dios. María fue una sola carne con Jesús, el Verbo que era Dios. Cuando el Verbo se

hizo carne y puso su tienda de campaña entre nosotros, fue María esa purísima tienda Altar, en donde se poso la

Divinidad. Por eso Dios adelanto la redención de María, para que no fuera tocada en ningún instante, por el pecado de

origen. La hizo inmaculada.


La Encarnación del Verbo es la humillación de Dios, que se despoja de sus privilegios de Dios y se cubre con los

harapos del hombre. Bien lo describió San Pablo cuando escribió: “Se despojo de su categoría de Dios y se hizo como

uno de tantos”. Flp 2,7.


En su humillación Dios se sometió a tener una madre que le lavara los panales, que le ensenara a hablar, a rezar,

a leer las Escrituras, que lo reganara, que lo acompañara durante toda su vida.


A la Virgen María la encontramos en el Nuevo Testamento, en los momentos claves de la vida de Jesús. Está en la

Encarnación. Aparece cuando Jesús a los 12 anos, llega a la mayoría de edad religiosa y recibe la Tora. María interviene

en Cana, cuando Jesús realiza su primer milagro. María no se despega de la Cruz. María esta en el Cenáculo cuidando

de la Iglesia que nace.


 

Dos madres expresaron originalmente su admiración por el papel que Dios le asigno a María en la historia de la

Salvación. Una madre del pueblo le grito a Jesús: “Bienaventurado el seno que te llevo y los pechos que te

alimentaron” Lc 11,27. Santa Isabel al recibir a María en su casa, le dijo: ‘De donde a mí, que venga a visitarme la

Madre de mi Señor?”. Lc 1,43. Ambas madres externaron su admiración por María como madre del Señor, es decir de

Dios.


María no intento exponer falsas excusas. Acepto con humildad y dijo: “Me llamaran bienaventurada todas las

generaciones” Lc 1,48. Entre esas generaciones, que reconocen lo que significa ser madre de Jesús, que era Dios y

hombre, estamos nosotros que, sin complejos, la seguimos llamando Santa Madre de Dios.


MADRE DE LA IGLESIA


Fue San Pablo el que describió a la Iglesia como el “Cuerpo de Jesús”. Jesús es la cabeza, nosotros somos los

miembros. Los teólogos a la Iglesia la llaman el “Cuerpo Místico de Cristo”. María es la madre de la cabeza, es también

la madre de todo el cuerpo. Es la madre del Jesús Místico, que es la Iglesia. En el Nuevo Testamento a la Virgen María

se le encuentra constantemente en actitud de Madre de la Iglesia. En Belén, María presenta a Jesús. Lo muestra a los

Pastores y a los Magos de Oriente. A todos les ayuda a descubrir al Mesías. María en la Iglesia, esta para mostrar a

Jesús; para acercarnos a Él.


En Cana, María se muestra como la Madre que no soporta ver a sus hijos en aflicción. Inmediatamente acude con

confianza a su hijo: “No tienen vino” Jn 2,3. María continúa en la Iglesia con su papel de Auxiliadora. Siempre ruega

para que no falte el vino de la Gracia, del amor, de la confianza, del pan de cada día.

En el Cenáculo, el día de Pentecostés, María es la madre que ocupa un lugar destacado: ayuda a la Iglesia

naciente a abrirse al Espíritu Santo. Es la madre que está rodeada de sus hijos. Hch 1,14.


Todos de alguna manera, intentamos exteriorizar lo que tenemos dentro del corazón. Los hombres cavernarios,

en las rocas, comenzaron a representar, toscamente, las figuras de animales. En las catatumbas de Roma, lugares

subterráneos, en donde los primeros cristianos se reunían para celebrar la liturgia, aparecen en las paredes, los dibujos

de una Señora con el Nino en brazos. Los primeros cristianos dejaron testimonio de su descubrimiento de María, Madre

de Jesús y de la Iglesia.


Las apariciones de María a través de los siglos, han sido intervenciones de la Madre, mensajera de Dios, para

rogarles a los hijos que cambien de vida, que se conviertan. Ella propone como medio para el cambio de vida, la

oración constante. Quiere que la inviten para orar, por eso propone el Rezo del Rosario. En las apariciones de la Virgen

María siempre se deja ver el signo de Dios, su firma que da realze a su mensajera. En Lourdes, repentinamente, brota

una fuente en un lugar árido. En Fátima, el sol comienza a danzar vertiginosamente ante unas sesenta mil personas.


En Siracusa, Italia, la Virgen no habla. Únicamente se muestra llorando a través de una imagen. Se examinan las

lágrimas, tienen todos los elementos químicos propios de una lágrima humana. La Virgen María quiere que sus hijos la

vean llorar, quiere conmoverlos y llamarlos a la conversión. En Guadalupe, México, hay un mensaje directo para

América Latina. María se presenta como una joven embarazada. Tiene una mona alrededor de la cintura. Es un

momento decisivo para Latinoamérica, se están fundiendo dos razas. Esta por nacer el cristianismo. María viene

embarazada. Trae una navidad para Latinoamérica. Se presenta con su piel morena, como el hombre latinoamericano,

tostado por el sol tropical. Al indiecito Juan Diego, que se encuentra afligido por la grave enfermedad de su tío, le dice:

“Porque temes, no estoy yo aquí que soy tu madre?”. Ese es el mensaje de María para Latinoamérica: Quiere que la

encuentren como una madre que continúa rezándole a su Hijo para que no falte el vino del gozo, de la salud, de la

Gracia, del Pan cotidiano.


San Juan De Ávila le aplica a la Virgen María unos adjetivos muy atinados: “Esta piadosa Señora esta DIPUTADA

por Dios, para socorro de los Atribulados y es universal LIMOSNERA de todas las misericordias que Dios hace a los

hombres, y en lo que se ocupa es en tener las manos hacia arriba para recibir mercedes de Dios y luego volverlas

hacia abajo para darnos lo que ha recibido”.


 

Antiguamente los reyes tenían su limosnero. Era el encargado de repartir entre los pobres el dinero del Rey. María

no es la dueña de la Gracia. Ella reparte entre sus hijos – como en Cana- el vino que Jesús nos regala. El diputado es el

que ha sido nombrado para intervenir a favor de las necesidades del pueblo. María constantemente está elevando sus

manos hacia Dios, junto al intercesor Jesús, para implorar gracias para sus hijos necesitados. Por eso al pueblo le

encanta llamar a María su “Auxiliadora”. La madre con cuya oración intercesora, siempre cuenta en sus necesidades.


¿UNA IGLESIA SIN MADRE?


Jesús, la palabra hecha carne, que viene a vivir entre nosotros, quiso tener una madre a su lado que lo

acompañara siempre. Supo lo que era tener esas manos maternales que le enjugaran las lágrimas y el sudor. Dedos

finos sobre su corazón agobiado. Jesús también quiso una madre para su iglesia. “He ahí a tu hijo” Jn 19,26, le dijo a

María. En la persona de Juan, el apóstol, le encomendó a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros.


Es inexplicable como el protestantismo se alejo de la devoción filial a María, como ha llegado a privarse de ese

regalo precioso que Jesús entrego a su Iglesia. Lutero era devoto de María. Escribió bellas páginas sobre la Virgen

María y nunca se atrevió a eliminar el culto de veneración a la Virgen.


Los reformadores Zuinglio y Calvino también retuvieron el culto a María. Lastimosamente en medio de la

acalorada polémica, el protestantismo la emprendió contra lo que era característico de los católicos: la devoción a

María. Por rechazar lo católico, rechazaron lo mariano, y se quedaron sin el calor de la Madre en su Iglesia.

En la actualidad hay hechos que nos llaman poderosamente la atención. En Alemania una religiosa protestante, ha

fundado una Congregación que ha bautizado con el nombre “Congregación de María”. Basilea Schlink se llama la

religiosa, que en su bello libro “María, el camino de la Madre del Señor” nos da fe de su encuentro con María.


El Padre Darío Betancourt, narra que después de haber predicado en una Universidad Protestante de los Estados

Unidos, se le acerco un Pastor Protestante y le pregunto: “Padre usted reza el Rosario?”. El Padre Darío creyó que le

quería gastar una broma. El Pastor saco de su bolsillo el Rosario y le dijo: “Con que sangre fuimos redimidos? con la

sangre de Jesús, María le dio esa sangre. Jesús fue concebido sin concurso de varón, por eso Padre Yo rezo el Rosario

todos los días”


También nos impresiona el bello libro que escribió sobre la Virgen María, el teólogo protestante Max Turian. Este

escritor, mas tarde, se convirtió al catolicismo. Todo nos está señalando que entre el protestantismo, muchos están

redescubriendo el valioso regalo que Jesús nos entrego, cuando nombro a María como Madre de la Iglesia.


MADRE DE NUESTROS HOGARES


Es característico de todo hogar católico que no falten allí dos imágenes. Una, es de Jesús. Otra es de María. Ambos

presiden y custodian nuestros hogares. Fue Santa Isabel la primera en experimentar lo que significa la presencia de

María en la propia casa. Dice el Evangelio que apenas puso pie María en la casa de Isabel, se sintió la invasión del

Espíritu Santo. Isabel quedo llena del Espíritu de Dios, el niño que llevaba en sus entrañas, también quedo lleno del

Espíritu Santo. A donde llega María, llega Jesús. María es como un Juan Bautista, que se adelanta para prepararle el

camino. También San Juan supo lo que significa tener a María en su casa. Del calvario bajo Juan, con un inigualable

legado: María. Se la llevo a su casa. La casa de Juan comenzó a ser lugar de encuentro para las primeras comunidades

que querían conocer más acerca de Jesús. María fue una evangelizadora inigualable para los primeros cristianos.

Donde entra María, aletea el Espíritu Santo; se hace patente la bendición de Dios.


Como en el Cenáculo el Día de Pentecostés, así esta María en la Iglesia, en el lugar de madre, que Jesús quiso

para ella. Nada de Diosa. Nada de heroína de película. Simplemente la madre que esta siempre junto a sus hijos para

ensenarles a “escuchar la palabra y ponerla en práctica”. Para rogar a Jesús, que no les falte el vino de su bendición a

sus hijos, para ser la madre firme que exija a sus hijos lo mismo que ordeno a los sirvientes en Cana: “HAGAN LO QUE

EL, LES DIGA”. Ese es el papel de María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

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