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Es preciso orar siempre, sin desfallecer

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee octubre Ee 2019 a las 20:35

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXX ORDINARIO


27 de Octubre al 2 Noviembre del 2019


"Es preciso orar siempre, sin desfallecer"




Eclo 35,15-17.20-22: “La oración del humilde atraviesa las nubes”


El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no favorece a nadie en perjuicio del pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano ni las quejas insistentes de la viuda; sus penas consiguen su favor, y su grito llega hasta el cielo; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no desiste hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.


Sal 33,2-3.17-19. 23: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”


Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,

para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita,

el Señor lo escucha

y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,

salva a los abatidos.

El Señor redime a sus siervos,

no será castigado quien se acoge a Él.


2Tim 4,6-8.16-18: “Me aguarda la corona merecida”


Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He peleado bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa.

La primera vez que me defendí, nadie me asistió, todos me abandonaron. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar ínte¬gro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los paganos. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino celestial.

¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.



 


Lc 18,9-14: “El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no”


En aquel tiempo, para algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

— «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su inte¬rior:

“¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Oh Dios!, ten compasión de mí que soy un pecador”.

Les digo que este último bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».


NOTA IMPORTANTE


La voz fariseo proviene del hebreo parash que significa separado, segregado. Con este nombre se denominó, probablemente a fines del sigo II a.C., a una secta de origen religioso que se segregó del resto del pueblo de Israel con la finalidad de observar estrictamente la Ley de Moisés. Como se ve en el Evangelio, los fariseos estaban convencidos de que ellos alcanzaban el perdón de Dios y la salvación mediante esta minuciosa observancia de la Ley y de todas las normas y prescripciones derivadas de ella. Su piedad era muy estimada por el pueblo, y se los saludaba con mucho respeto en las plazas. A los más preparados se les llamaba Rabí, es decir, Maestro. En cuanto al estudio de la Torá ampliaban tanto el alcance de las leyes que muchas normas resultaban imposibles de cumplir para los judíos comunes. Entre otras cosas, guardaban escrupulosamente el sábado, insistían en la oración ritual, en el ayuno y el diezmo, en la conservación de la pureza ritual.


No es difícil imaginar que la gran tentación para ellos era la de despreciar a quienes no vivían las exigencias de la Ley y las numerosas normas y observancias que con el tiempo la tradición farisaica había acumulado. Es justamente a los fariseos que «teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás», que el Señor dirige la parábola de la oración del fariseo y del publicano en el Templo.


Los publicanos eran los recaudadores de impuestos y derechos aduaneros con que Roma gravaba a los pueblos sometidos a su dominio. Los tributos no los cobraban empleados romanos. El cobro se arrendaba a pobladores particulares, quienes a su vez subcontrataban a otros empleados a su servicio. Los publicanos eran lógicamente aborrecidos por el pueblo debido a la arbitrariedad y abuso con que procedían en el cobro de los impuestos. Por su oficio eran considerados, además, como hombres “impuros” (ver Mt 18,17). Como tales se les tenía como hombres despreciados y rechazados por Dios mismo. El trato con ellos debía evitarse y era causa de escándalo. A ellos sólo les quedaba rodearse de la compañía de otros “pecadores” como ellos (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1).


Ahora podemos entender mejor el remezón profundo que debió haber ocasionado la parábola del Señor entre sus oyentes. A diferencia de lo que los fariseos pensaban y enseñaban, el Señor Jesús enseña que es el arrepentimiento y la humilde súplica del pecador la que obtiene el perdón de los pecados y la justificación por parte de Dios, no así la “autosalvación” proclamada por los fariseos, la “autojustificación” alcanzada por los propios esfuerzos en el cumplimiento perfecto de las normas de la Ley. El desprecio de todos aquellos que no son “perfectos como él” no hace sino desenmascarar la soberbia que se oculta en semejante actitud y que finalmente impide que el fariseo pueda ser justificado por Dios.

El Señor concluye su parábola con una fuerte lección de humildad: «todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Señor tiene una intención muy clara cuando contrapone la oración del fariseo a la del publicano: educar a quienes se tenían por justos y despreciaban a los demás. Esta actitud la conocemos con el nombre de soberbia.


Si queremos una breve definición de la soberbia podemos decir con San Juan Clímaco que se trata del «amor desordenado de la propia excelencia». Este amor desordenado por uno mismo lleva al desprecio de los demás, y también al desprecio de Dios. El fariseo se considera justo y justificado por sus obras buenas, por cumplir con la Ley. Con su “oración” —que en realidad es un monólogo autosuficiente— se yergue ante Dios y se atribuye a sí mismo el lugar de Dios para juzgarse merecedor de la salvación. Con la intención de vivir una vida muy religiosa ha terminado desplazando a Dios y ocupando su lugar. Y como estima en demasía su propia excelencia, juzga y desprecia a quienes no son como él.


¿Cuántas veces tenemos actitudes semejantes? En efecto, de muchas maneras se manifiesta mi soberbia, por ejemplo, cuando me cuesta ver o reconocer mis propios defectos o pecados, cuando me creo justo porque “no hago mal a nadie”, o acaso porque “cumplo con el precepto dominical de ir a Misa” y rezo de vez en cuando algunas oraciones.


Por otro lado, ¡que fácil me resulta ver los defectos de los demás! Critico, juzgo, me lleno de prejuicios y amarguras contra los que no hacen las cosas como yo exijo, con tanta facilidad hablo mal de los demás condenando sus defectos y errores mientras que con mis propios defectos y equivocaciones soy tan indulgente. Y si alguien se atreve a corregirme por algo que objetivamente he hecho mal, me molesto, reacciono con cólera y rechazo su corrección con el soberbio argumento de “¿y quién eres tú para corregirme a mí?”. ¿Cuántas veces he tomado una necesaria corrección como si fuese un insulto o una grave afrenta? ¡Qué difícil se nos hace reconocer que hemos faltado, que hemos hecho mal! ¿Cuántas veces me niego a pedir perdón pues “sería como rebajarme” o “mostrar un signo de debilidad”, o porque estoy esperando a que el otro “me pida perdón primero”?


Sí, hay en cada uno de nosotros una profunda raíz de soberbia, raíz que debemos arrancar. Y no hay otro modo de vencer la soberbia sino ejercitándonos en la virtud contraria: la humildad.


La humildad es andar en verdad, es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestra absoluta dependencia de Él. La humildad es reconocerme pecador ante Dios, necesitado de su misericordia, de su perdón y de su gracia. En cuanto al prójimo, es no creerme más, ni mejor, ni superior a nadie.


¿Quieres crecer en humildad? No dejes de acudir a Dios para pedirle que perdone tus pecados. Asimismo, procura acoger toda corrección con humildad. No respondas mal a quien te haga ver un error o un defecto tuyo, no te justifiques, guarda silencio y acoge lo que de verdad tiene la corrección. Si has actuado mal, pide perdón con sencillez. Y si alguien te ha ofendido, perdónalo en tu corazón. No te resistas a perdonar a quien te pide perdón. Asimismo proponte no juzgar a nadie, pues sólo el Señor conoce lo que hay en los corazones. Examínate con frecuencia a ti mismo y fíjate en tus propios defectos, para que antes que criticar a los demás por sus defectos busques primero cambiar los tuyos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


San Agustín: «Observa sus palabras [del fariseo] y no encontrarás en ellas ruego alguno dirigido a Dios. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino ensalzarse a sí mismo, e insultar también al que oraba. Entre tanto el publicano, a quien alejaba su propia conciencia, se aproximaba por su piedad».


San Gregorio: «De cuatro maneras suele demostrarse la hinchazón con que se da a conocer la arrogancia. Primero, cuando cada uno cree que lo bueno nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo Alto, cree haberla recibido por los propios méritos; en tercer lugar cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y finalmente cuando se desprecia a los demás queriendo aparecer como que se tiene lo que aquéllos desean. Así se atribuye a sí mismo el fariseo los méritos de sus buenas obras».


San Agustín: «Porque la soberbia nos había herido, nos sana la humildad. Vino Dios humilde para curar al hombre de la tan grave herida de la soberbia, vino el Hijo de Dios en figura de hombre y se hizo humildad. Se te manda, pues, que seas humilde. No que de hombre te hagas bestia; Él, siendo Dios se hizo hombre; tú, siendo hombre, reconoce que eres hombre; toda tu humildad consiste en conocerte a ti mismo... Tú, siendo hombre, quisiste hacerte Dios para perecer; Él siendo Dios, quiso hacerse hombre para buscar lo que había perecido. A ti no se te manda ser menos de lo que eres, sino: “conoce lo que eres”; conócete débil, conócete hombre, conócete pecador; conoce que Él es quien justifica, conoce que estás mancillado. Aparezca en tu confesión la mancha de tu corazón y pertenecerás al rebaño de Cristo».


San Juan Crisóstomo: «Aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios. Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade (Sal 50,19): “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado”».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Tres parábolas del Señor sobre la oración


2613: San Lucas nos ha transmitido tres parábolas principales sobre la oración:

La primera, «el amigo importuno», invita a una oración insistente: «Llamad y se os abrirá». Al que ora así, el Padre del cielo «le dará todo lo que necesite», y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

La segunda, «la viuda importuna», está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿Fechas específicas sobre la tierra?»

La tercera parábola, «el fariseo y el publicano», se refiere a la humildad del corazón que ora. «Oh Dios, diez compasión de mí que soy pecador». La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: «Kyrie eleison!».


Los actos del penitente


1450: «La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción» (Catecismo Romano).


La contrición


1451: Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es «un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar» (Concilio de Trento).


La confesión de los pecados


1455: La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.


La satisfacción


1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».

 


REFLEXION FINAL


«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»



Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 27 de octubre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9 -14


Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado (San Lucas 18, 9 -14). El Sirácida, en la primera lectura Eclesiástico 35, 12-14. 16-18, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» Timoteo 4, 6-8.16-18.


Dos actitudes ante Dios


La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado, ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».


¿Quiénes eran los «fariseos»?


Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo, la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente a fines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús.


El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros). A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.


¿Quién era un «publicano»?


Por otro lado «Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.


Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1). Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación.


¿Qué oración fue escuchada por el Señor?


En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.


El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).


«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes»


Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo.


En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace penitencia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bien, -¡observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la soberbia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los soberbios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez.


Dios, el Juez justo y bueno


Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.


Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, sino de la justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14).


Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. O sea, el fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.


No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón.


El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 1 de junio de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?

2. Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.


!GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC



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