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Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú eres atormentado

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee septiembre Ee 2019 a las 13:45

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXVI ORDINARIO


29 de septiembre - 05 de octubre del 2019



“Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú eres atormentado”


Am 6, 1.4-7: “¡Ay de los que se sienten seguros en Sión!”


Así dice el Señor todopoderoso:

«¡Ay de los que se sienten seguros en Sión y ponen su confianza en el monte de Samaria!

Ustedes duermen en camas de marfil; se recuestan en lujosos sillones, comen los corderos del rebaño y los terneros del establo; canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; beben vino en elegantes copas, se ungen con perfumes exquisitos sin apenarse por la ruina de José.

Por eso irán al destierro a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los libertinos».


Sal 145, 7-10: “Alaba alma mía, al Señor”


Él mantiene su fidelidad perpetuamente, Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


1Tim 6,11-16: “Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado”


Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza.

Pelea el buen combate de la fe.

Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste solemne confesión ante muchos testigos.

En presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio solemne testimonio ante Poncio Pilato con tan noble confesión: te insisto en que

guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que a su debido tiempo mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.

¡A Él sea el honor y el poder para siempre! Amén.


Lc 16,19-31: “Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”


En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

— «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado junto a la puerta, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia ustedes, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”.

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento”.

Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.

El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”.

Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”».


NOTA IMPORTANTE


Luego de proponer a sus discípulos la parábola del administrador infiel e invitar a usar las “riquezas injustas” para ganar amigos en el Cielo, el Señor sentencia: «No pueden servir a Dios y al Dinero» (Lc 16,13). El apego a las riquezas necesariamente conduce a un desprecio de Dios, muchas veces sutil e inconsciente.


En seguida el evangelista comenta que al escuchar aquella enseñanza algunos fariseos «se burlaban de Él» (Lc 16,14). ¿Por qué reaccionan de ese modo? Porque, según explica San Lucas, ellos «eran amigos del dinero» (allí mismo). Como son “amigos del dinero” consideran que es un disparate total la oposición que el Señor establece entre Dios y el dinero. Además, como hombres dedicados al estudio de la Ley, probablemente fundamentan su amor a las riquezas con la misma Escritura: en el libro de Moisés estaba escrito que la prosperidad material era una bendición de Dios, un premio en la vida terrena a quien observaba fielmente los mandamientos divinos (ver Lev 26,3-5). Por tanto, ¿no era absurdo afirmar que el dinero era “injusto” y que la acumulación de las riquezas lo hacía a uno enemigo de Dios? Aquellos fariseos pensaban sin duda que el Señor desvariaba al enseñar semejante oposición.


La respuesta del Señor será dura: «Ustedes son los que se la dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,15). ¿Qué es estimable para los hombres? La riqueza, así como el hacerse amigo de hombres ricos. ¿Qué es abominable para Dios? La riqueza que se convierte en un ídolo para el hombre, volviéndose “injusta”.


El Señor afianza esta enseñanza con una parábola, que habla del destino final de un rico y de un pobre que está a su puerta. Ambos son hijos de Abraham, ambos son miembros de un mismo pueblo. Mientras el judío opulento no parece encontrar mejor uso para su dinero que banquetearse regaladamente todos los días con sus amigos, su hermano está echado a la puerta de su casa anhelando saciar su hambre con las sobras de la mesa del rico. Su situación de abandono y miseria absoluta no despiertan la atención ni la compasión del rico, que preocupado tan sólo de gozar de sus riquezas permanece indiferente e insensible ante el sufrimiento de Lázaro. El contraste que plantea el Señor en su parábola es muy fuerte.


Entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. Esto queda claramente indicado en la parábola ya desde el mismo nombre que el Señor le pone al pobre: Lázaro. Este “detalle” es tremendamentesignificativo, más aún cuando es la única parábola en la que el Señor pone nombre a alguno de sus personajes. En la mentalidad oriental el nombre era un elemento esencial de la personalidad del portador. El nombre expresa una realidad. Lo que no tiene nombre no existe. Un hombre sin nombre es insignificante y despreciable. El hombre es lo que su nombre significa (ver 1Sam 25,25). Lázaro es la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa “Dios es (su) auxilio”. Así el pobre Lázaro, despreciado e innominado para los hombres poderosos, es para Dios una persona que merece su amor, su compasión y su auxilio. En cambio, el rico que cierra sus entrañas a Lázaro carece para Él de nombre.


Este auxilio de Dios a favor del pobre quedará de manifiesto definitivamente a la hora de la muerte: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces». Mientras que Lázaro es acogido en el seno de Abraham porque encontró en Dios su auxilio, el rico se encuentra lejos del “seno de Abraham” por usar sus riquezas de un modo mezquino y egoísta, por negar compartir aunque sea las migajas de su mesa opulenta con quien hundido en la más absoluta miseria suplicaba un poco de alivio y auxilio echado a la puerta de su casa. Lázaro por la fe en Dios habrá ganado la vida eterna (ver 2ª. lectura), mientras que el rico epulón la habrá perdido. Por no escuchar rectamente a Moisés y a los profetas se encontrará en un lugar de eterno tormento. El abismo que existe entre ambos es símbolo de una situación o estado que no puede cambiar, que es eterno.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En la parábola vemos que se condena el hombre que en vida posee riquezas no por la posesión de las mismas, sino en cuanto que, disponiendo de medios en abundancia, los derrocha para su deleite personal sin darle siquiera las sobras al indigente que está sentado a la puerta de su casa. Totalmente cerrado en sí mismo, absorto en el disfrute de sus bienes, permanece insensible e indiferente ante las necesidades del pobre Lázaro. Su hambre no le interesa, sus heridas no despiertan su compasión, su sufrimiento no lo conmueve, su dolor no le duele. El corazón de este rico está totalmente endurecido.


Y yo, ¿soy rico? Quizá sí, quizá no. Quizá vivo ajustado, o quizá vivo con cierta holgura, o quizá sin ser muy rico tengo alguna abundancia de bienes. Sea como fuere, ¿puedo excusarme y decir: “esta parábola no se aplica a mí porque yo no soy rico”? De ninguna manera. Y es que la pregunta que debo hacerme no es si soy rico o no, sino: ¿descubro en mí las mismas actitudes de aquel rico? ¿Pienso quecada cual se las tiene que arreglar en la vida como pueda, y que no me atañe el destino del pobre? ¿Me quejo de que los pobres no hacen sino pedir y pedir?


La lección de esta parábola está dirigida ciertamente a los ricos, especialmente a aquellos que carecen de toda conciencia social, pero también va para todos aquellos que aunque no sean ricos de hecho lo son “de corazón”, pues viven tan apegados a los bienes que poseen y tan concentrados en mantener su propia “seguridad económica” o “estatus de vida” que se vuelven ciegos y sordos a las urgentes necesidades de aquellos que están sentados “a la puerta de su casa”. El Señor advierte que el egoísmo, el apego al dinero y riquezas, la avaricia, la mezquindad, la indiferencia ante las necesidades de los demás, el desinterés por el destino de los demás, el desprecio del pobre, traen consigo gravísimas consecuencias para toda la eternidad. Quien no abre su corazón al amor, a sí mismo se excluirá de la comunión de amor que Dios le ofrece más allá de esta vida, un estado de eterna soledad y ausencia de amor que se llama infierno.


El Señor nos invita a ser buenos administradores de los bienes que poseemos, sean muchos o pocos, haciéndonos sensibles al sufrimiento de los menos favorecidos, cultivando actitudes de generosidad, de caridad y de solidaridad cristiana hacia todos aquellos que en su indigencia material o espiritual tocan a la puerta de nuestros corazones. Así estaremos ganando para nosotros la vida eterna, así estaremos preparándonos a participar de la comunión de Amor con Dios y con todos los santos de Dios, por los siglos de los siglos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«A propósito de esta parábola, conviene preguntarnos por qué el rico ve a Lázaro en el seno de Abrahán y no en compañía de otro justo. Es porque Abrahán había sido hospitalario. Aparece pues, al lado de Lázaro para acusar al rico epulón de haber despreciado la hospitalidad. En efecto, el patriarca incluso invitó a unos simples peregrinos y los hizo entrar en su tienda (Gén 18,15). El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. Tenía medios, con todo el dinero que poseía, para dar seguridad al pobre. Pero él continuaba, día tras día, ignorando al pobre y privándole de su ayuda que tanto necesitaba». San Crisóstomo


«¿Qué responderás al soberano juez, tú que revistes tus muros y no cubres a tu semejante que anda desnudo, tú que luces suntuosos peinados y no tienes una mirada de compasión para el que está en la miseria, tú que entierras tu oro y noacudes a socorrer al necesitado?». San Basilio


«Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo el manto que tú guardas, celoso, en tus arcas». San Basilio


«¿Es que Dios es injusto al repartir con desigualdad los bienes necesarios para la vida? ¿Por qué tú nadas en abundancia mientras que el otro vive en la miseria? ¿No es para que un día, gracias a tu bondad y administración desinteresada, recibas la recompensa, mientras que el pobre obtendrá la corona prometida a la paciencia?». San Basilio


«¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me disteis de comer”, y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” (...). ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Todos mereceremos el destino eterno que hemos construido en esta vida


1021: La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros.


También hoy hay muchos “lázaros” a las puertas de los ricos


2463: En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25, 45).


2831: Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición [danos hoy nuestro pan de cada día]. El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro y del juicio final.


La diferencia entre pobres y ricos llama a la justa distribución de las riquezas…


1936: Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas. Los «talentos» no están distribuidos por igual.


1937: Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras.


1938: Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio:

La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional (GS 29).

…y a la solidaridad


1939: El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de «amistad» o «caridad social», es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana:


Un error, «hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora» (S.S. Pío XII).


1940: La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.


1941: Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.


1942: La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,33):


Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (S.S. Pío XII).


CONCLUSION


«Tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»


Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario.

Ciclo C – 29 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,19-31


Tiempo y eternidad; recompensa y castigo: son como que dos antípodas que nos pueden servir para aproximarnos a los textos de este Domingo. Esto es evidente en el texto evangélico que sitúa a un rico en la bonanza temporal y a Lázaro sufriendo desgracias en este mundo ( San Lucas 16,19-31). También vemos en la Primera Lectura (Amós 6,1a. 4-7) a los ricos samaritanos que viven en orgías y lujo, seguros de sí mismos y olvidan así «el desastre de José». ¿Cómo ganar la vida eterna? San Pablo nos hablará de cómo la fe exige vivir el buen combate en Cristo Jesús para así ganar la vida eterna (primera carta de San Pablo a Timoteo 6,11-16).


Parábola del rico derrochador y del pobre Lázaro


En el Evangelio de este Domingo Jesús propone una parábola para enseñar de manera viva y radical algunas verdades que resultan incómodas al mundo moderno y que nuestra sociedad de consumo no quiere de ninguna manera oír. Pero, oigan o no oigan, la palabra de Jesús es la verdad: el cielo y la tierra pasarán pero sus palabras no dejarán de cumplirse. Se trata de la parábola del pobre Lázaro y del rico derrochador. Su finalidad es precisamente enseñar qué es lo que ocurrirá a quien, gozando de manera egoísta sus riquezas, no quiera escuchar la palabra que es Verdad y Vida.


La parábola presenta tres cuadros sucesivos. Primero la situación del rico y del pobre Lázaro; luego vemos la escena de ambos después de la muerte; finalmente el diálogo del rico con Abrahán pidiendo clemencia por sus cinco hermanos. El rico, sin nombre en la parábola, es conocido comúnmente con el nombre funcional de «Epulón» que proviene de la raíz latina «epulae» que quiere decir comida, banquete, festín y aplicándola al personaje podemos entenderla como comilón o sibarita. El pobre de la parábola se llama «Lázaro». Nombre que proviene del hebreo «Eleazar» o «Eliezer» que significa «Dios ayuda». Es la única vez que aparece un nombre propio en una parábola de Jesús.


La escena sobre esta tierra presenta a los actores con rasgos incisivos: «había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas; y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su puerta, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico». En esta tierra el contraste entre uno y otro es total. Esta situación se da hoy: se da entre individuos, entre grupos, entre países. ¡No es una situación irreal! El rico se divierte, goza con los gustos que le proporcionan sus riquezas, es totalmente insensible a las necesidades de los pobres, para él es como si no existieran. Vive como que encerrado en una burbuja alienado a la realidad de la pobreza. Es una descripciónde nuestra sociedad de consumo, donde la ley suprema es la comodidad, el placer y el afán de “pasarlo bien” sin preocuparse de nada más.


Pero sucede que «un día el pobre murió… y murió también el rico». Finalmente hay plena igualdad. La muerte es una ley pareja e imperturbable, afecta a todos por igual. El rico puede hacerlo todo con sus riquezas, pero no puede escapar a la muerte. Y entonces comienza la segunda escena de la parábola, que se introduce así: «el pobre fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; el rico fue sepultado». El seno de Abraham es el símbolo de la felicidad, allí podemos imaginar a Lázaro finalmente sonriendo. En cambio, el rico fue a dar al hades, lugar de tormentos. Aunque un abismo infranqueable los separa el rico puede ver al pobre. Ahora, el rico se contenta con muy poco: «Gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». La situación de ambos se ha invertido. Es lo que hace notar Abraham: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado». Esta nueva situación en que cada uno se encuentra, es eterna.


La eternidad y la libertad


La palabra «eternidad» debería darnos vértigo. Nunca acabaremos de comprender su inmensidad. La eternidad del destino del hombre pone en evidencia la dimensión de esta otra palabra: libertad. La libertad del hombre significa que tiene en sus manos la responsabilidad de su destino eterno. En esta breve vida nos jugamos la vida eterna. El diálogo entre el rico y Abraham expresa la irreversibilidad de esa situación final: «Entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros». ¡No es posible ni siquiera recibir una gota de agua en los labios resecos! Hasta aquí la parábola ha enseñado la responsabilidad en el uso de los bienes de esta tierra. La tierra con todos sus bienes, fueron creados para todos los hombres y nadie puede banquetear y consumir cosas lujosas o superfluas mientras haya quien carece de lo necesario. La parábola enseña el destino que le espera después de la muerte al que hace aquello.


Pero la parábola agrega una tercera parte, y ésta es un aviso para nosotros que toda¬vía estamos sobre esta tierra y que tal vez no pensamos en estas cosas. En un gesto imposible en un condenado, el rico suplica a Abraham: «Te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham contesta,con razón, que ya tienen quien les advierta: «Tienen a Moisés y los profetas, que los oigan».


«¡Ay de aquellos que se sienten seguros y confiados!»


Los escritos proféticos ya nos hablan sobre estas verdades. Bastaría repasar la Primera Lectura de este Domingo, tomada del profeta Amós: «Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… acostados en camas de marfil… beben vino en anchas copas… irán al exilio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas» (Amós 6,1.4-6).La denuncia del profeta Amós se dirige contra el sibaritismo de los habitantes de Samaría que no les interesa más «el destino de José», es decir el fin eminente del Reino de Israel. Su denuncia es contundente: «se acabó la orgía de los disolutos». Iréis al destierro bajo los asirios, encabezando la caravana de cautivos.


Hecho que sucedió treinta años después de haberlo anunciado. Escuchar la Palabra de Dios y abandonar las falsas seguridades que ofrece los bienes materiales es una de las lecciones de la parábola de este Domingo. Notemos que pobreza y riqueza no son conceptos meramente cuantitativos; pesa sobretodo la actitud de apego o desapego de lo que uno tiene. El hombre que pone su confianza y seguridad en Dios es aquel que escucha y vive de acuerdo a plan espiritual que traza San Pablo en la Segunda Lectura. Es el anverso a la «orgía de los sibaritas».


La exhortación de San Pablo a su querido discípulo Timoteo es valedera para todo cristiano: «practica la justicia, la piedad, la fe. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…Guarda el mandamiento sin mancha y sin reproche». El «mandamiento» se refiere a todo el depósito de la fe confiado a Timoteo para su anuncio y testimonio. Precisamente a continuación del texto que hemos leído viene una exhortación dirigida a los cristianos ricos que hubiera casado perfectamente como comentario de nuestras lecturas dominicales: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19).


Finalmente…ni aunque resucite un muerto


Volvamos a la lectura del Evangelio. Ante la respuesta dada por Abraham, el rico sabe que, lamentablemente, esto no va a impresionar a sus hermanos y por eso insiste: «No, padre Abraham, sino que, si alguno de entre los muertos va dondeellos, se convertirán». Sigue la sentencia conclusiva de Abraham: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, no se convertirán aunque resucite un muer¬to». Nosotros no sólo tenemos a Moisés y a los profetas, que ciertamente haríamos bien en escucharlos, sino que tenemos la enseñan¬za del Hijo de Dios mismo: «en estos últimos tiempos Dios nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,2).


Por eso más eficaz que todos los proyectos -ciertamente necesarios- que se puedan desarrollar en nuestro país para «superar la pobreza» sería que cada uno, antes de hacer un gasto superfluo y lujoso, se sentara a leer antes esta parábola atentamente. Si esto no surte efecto, para inducir a una vida más fraterna, solidaria y reconciliada; no hay más que hacer ya lamentablemente «no se convencerán ni aunque resucite un muerto».


Una palabra del Santo Padre:


Se preguntó el Papa, «¿por qué es maldito el hombre que confía en el hombre, en sí mismo? Porque —fue su respuesta— esa confianza le hace mirar sólo a sí mismo; lo cierra en sí mismo, sin horizontes, sin puertas abiertas, sin ventanas».


El Pontífice hizo referencia luego al pasaje evangélico de Lucas (16, 19-31), que cuenta la historia de «un hombre rico que tenía todo, llevaba vestimenta de púrpura, comía todos los días grandes banquetes, y se daba a la buena vida». Y «estaba tan contento que no se daba cuenta de que, en la puerta de su casa, lleno de llagas, estaba un tal Lázaro: un pobrecito, un vagabundo, y como un buen vagabundo con los perros». Lázaro «estaba allí, hambriento, y comía sólo lo que caía de la mesa del rico: las migajas».

El pasaje del Evangelio, dijo el Santo Padre, propone una reflexión: «Nosotros sabemos el nombre del vagabundo: se llamaba Lázaro. Pero, ¿cómo se llamaba este hombre, el rico? ¡No tiene nombre!». Precisamente «esta es la maldición más fuerte» para la persona que «confía en sí mismo o en las fuerzas o en las posibilidades de los hombres y no en Dios: ¡perder el nombre!».


Y «mirando a estas dos personas» propuestas en el Evangelio —«el pobre que tiene nombre y confía en el Señor y el rico que ha perdido el nombre y confía en sí mismo»— «decimos: es verdad, debemos confiar en el Señor». En cambio, «todos nosotros tenemos esta debilidad, esta fragilidad de poner nuestras esperanzas en nosotros mismos o en los amigos o en las posibilidades humanas solamente. Y nos olvidamos del Señor». Es una actitud que nos lleva lejos del Señor, «por el camino de la infelicidad», como el rico del Evangelio que «al final es un infeliz porque se condenó por sí mismo».


Se trata de una meditación especialmente en consonancia con la Cuaresma, dijo el Papa. Así, «hoy nos hará bien preguntarnos: ¿dónde está mi confianza? ¿Está en el Señor o soy un pagano que confío en las cosas, en los ídolos que yo he hecho? ¿Tengo aún un nombre o he comenzado a perder el nombre y me llamo “yo”?», con todas las varias declinaciones: “mi, conmigo, para mí, sólo yo: siempre en el egoísmo, yo”». Esto, afirmó, es un modo de vivir que ciertamente «no nos da salvación».


Refiriéndose una vez más al Evangelio, el Papa Francisco indicó que, a pesar de todo, «hay una puerta de esperanza para todos los que se arraigaron en la confianza en el hombre o en sí mismos, que perdieron el nombre». Porque «al final, al final, al final siempre hay una posibilidad». Y lo testimonia precisamente el rico, que «cuando se da cuenta que ha perdido el nombre, ha perdido todo, eleva los ojos y dice una sola palabra: “¡Padre!”. La respuesta de Dios es una sola palabra: “¡Hijo!”». Y, así, es también para todos los que en la vida se inclinan por «poner la confianza en el hombre, en sí mismos, terminando por perder el nombre, por perder esta dignidad: existe aún la posibilidad de decir esta palabra que es más que mágica, es más, es fuerte: “¡Padre!”». Y sabemos que «Él siempre nos espera para abrir una puerta que nosotros no vemos. Y nos dirá: “¡Hijo!”».


Como conclusión, el Pontífice pidió «al Señor la gracia de que a todos nosotros nos dé la sabiduría de tener confianza sólo en Él y no en las cosas, en las fuerzas humanas: sólo en Él». Y a quien pierde esta confianza, que Dios conceda «al menos la luz» de reconocer y de pronunciar «esta palabra que salva, que abre una puerta y le hace escuchar la voz del Padre que lo llama: hijo».


Papa Francisco. Misa en Domus Santae Marthae. Jueves 20 de marzo de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Nos dice San Juan Crisóstomo que Abrahán aparece junto a Lázaro porque había sido hospitalario con unos simples peregrinos y hasta los hizo entrar en su tienda. Por ello recibió la bendición de Dios (ver Gn 18,15). El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. ¿Enseño a los miembros de mi familia a que sean generosos y solidarios? ¿Predico con mi ejemplo?

2. En la situación concreta en que vive nuestro país, ¿por qué no colaborar activamente en alguna campaña de solidaridad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2419- 2425. 2443-2449.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


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