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No pueden servir a Dios y al dinero

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee septiembre Ee 2019 a las 13:30

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXV ORDINARIO


22-28 de septiembre del 2019


“No pueden servir a Dios y al dinero"


Am 8, 4-7: “¡Escuchen esto, los que oprimen al pobre!”


Escuchen esto, los que oprimen al pobre, y tratan de eliminar a la gente humilde, diciendo: «¿Cuándo pasará la fiesta de la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Disminuyen ustedes la medida, aumentan el precio, usan balanzas con trampa, compran por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. El Señor lo ha jurado por el honor de Jacob: nunca olvidaré lo que han hecho.


Sal 112, 1-2.4-8: “Alaben al Señor, que alza de la miseria al pobre”


Alaben, siervos del Señor, alaben el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se inclina para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.


1 Tim 2, 1-8: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven.


Querido hermano: Te ruego, ante todo, que se hagan oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todas las autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica, religiosa y digna.


Eso es bueno y grato ante los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó en rescate por todos: éste es el testimonio dado a su debido tiempo, del cual he sido yo constituido mensajero y apóstol ―digo la verdad, no miento―, y maestro de las naciones en la fe y en la verdad. Por lo tanto, quiero que sean los hombres los que oren en cualquier lugar, alzando las manos limpias, sin ira ni divisiones.


Lc 16, 116, 1--13:13: “Ningún siervo puede servir a dos “Ningún siervo puede servir a dos señores”señores”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante su señor de malgastar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Es cierto lo que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. El administrador se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para trabajar la tierra no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.


Fue llamando uno a uno a los deudores de su señor y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Éste respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo; date prisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego le dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien sacos de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta”. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Y es que los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Por eso les digo: Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas. El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho; el que no es honrado en lo mínimo tampoco en lo importante es honrado. Si no fueron de confianza con el injusto dinero, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no fueron fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero».


NOTA IMPORATNTE


El Evangelio de este Domingo trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo un mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, esinstado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión. Una cosa le preocupa a quien ha vivido regaladamente a expensas de un hombre rico, aprovechándose de sus bienes para beneficio personal: ¿qué hacer para no quedar en la miseria, si no puede ya trabajar como un joven y si mendigar le da vergüenza? Una idea astuta le viene a la mente: granjearse la amistad y gratitud de los deudores de su antiguo señor, rebajándoles significativamente la cantidad de lo debido. Llamándolos uno por uno hace que escriban recibos con cantidades inferiores a las realmente debidas: cincuenta medidas de aceite en vez de cien, ochenta cargas de trigo en vez de cien, y así sucesivamente. Él calcula que la condonación de una parte significativa de la deuda será retribuida posteriormente por las personas favorecidas. Es una manera muy astuta de hacer uso de los bienes materiales para granjearse amigos que luego puedan ayudarlo cuando se encuentre desempleado. Sin hacer una evaluación moral de la acción del administrador el Señor Jesús alaba su sagacidad y alienta a los “hijos de la luz”, es decir, a sus discípulos, a imitar la astucia —no los métodos deshonestos— de “los hijos de este mundo”, aquellos que viven y luchan buscando grandezas humanas, puestos importantes, éxitos mundanos, quienes para alcanzar sus propios fines son siempre tan sagaces.


El Señor Jesús pronuncia finalmente la enseñanza central de esta parábola: «Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas». ¿Por qué califica el Señor el dinero de “injusto”? San Cirilo decía al respecto: Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados». Es decir, por “dinero injusto” no sólo hay que entender la riqueza que se obtiene o aumenta pormedios injustos (ver 1ª. lectura) sino también aquella riqueza a la que uno incluso habiéndola obtenido honestamente se aferra egoístamente, negándole su carácter social. Una excesiva abundancia de dinero o bienes se torna injusta cuando no se usa en favor de aquellos que viven de modo infrahumano por carecer de ellos. El Señor invita a un cambio de conducta cuando declara que «de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el Padre» (San Cirilo). De este modo uno tendrá amigos «cuando [el dinero] llegue a faltar», es decir, en el momento de la muerte, cuando las riquezas ya no acompañarán más al rico ni podrán salvarlo, cuando sólo lo acompañarán sus buenas obras y la caridad que haya podido hacer con aquel dinero durante su peregrinación por este mundo. Entonces los amigos que habrá ganado lo recibirán en las moradas eternas. Luego de exponer la parábola, el Señor enuncia una serie de sentencias sobre las riquezas. Entre otras dirá: «No pueden servir a Dios y a Mamón».


Normalmente el término griego mammonas se traduce por dinero. Procede del arameo mamón, que en sentido amplio significa riqueza y posesión. En la sentencia mencionada el Señor habla de Mamón casi como si fuese una persona real, opuesta a Dios. Se convierte en su servidor el hombre codicioso, aquel que permite que su corazón se apegue a las riquezas y bienes materiales, haciendo que sirvan sólo a sus intereses personales. Un hombre así se engaña a sí mismo si cree que puede al mismo tiempo amar a Dios. La verdad es que «ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro». Entre Dios y Mamón, hay que elegir a quién quiere uno servir, porque no se puede estar bien con los dos al mismo tiempo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Los bienes materiales son necesarios a todos. Son queridos por Dios mismo para el hombre, para su subsistencia, su desarrollo y pacífica convivencia. ¿Quién puede subsistir sin ellos? Por tanto, es lícito a todo hombre procurar, poseer, administrar y aumentar, para sí mismo y para sus seres queridos, los bienes materiales: dinero, bienes muebles o inmuebles. Sin embargo, hay también un enorme peligro con respecto a los bienes materiales, en sí mismos útiles y necesarios como hemos dicho. La posesión de riquezas o la aspiración a poseerlas es capaz de trastornar completamente al ser humano, de volverlo avaro, egoísta, insensible a las necesidades de sus hermanos humanos, astuto para el mal, implacable y cruel. Por dinero, por el afán de “tener”, el ser humano es capaz de robar, engañar, traicionar, cometer fraudes, ir a la guerra, asesinar. En efecto, «por amor a la ganancia han pecado muchos» (Eclo 27, 1). Pero si las riquezas no son malas en sí mismas y si su posesión es lícita al hombre, ¿en qué consiste su peligro? La ruina para el hombre está en entregarles el corazón, en hacer del dinero un ídolo ante el cual se es capaz de ofrecer cualquier sacrificio. De allí que aconseja el salmista: «A las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón» (Sal 62[61], 11). Quien es seducido por el dinero, ya no es él quien posee las riquezas, sino las riquezas que lo poseen a él. Cree que es su dueño y seño, cuando en realidad no es sino su esclavo. El apego del corazón o amor a las riquezas trae consigo al mismo tiempo un ‘aborrecimiento’ de Dios, aún cuando quien padece el yugo de esta esclavitud esté convencido de que ama a Dios. Se engaña a sí mismo quien dice amar a Dios cuando tiene el corazón apegado a los bienes materiales. El amor a las riquezas divide interiormente a la persona, la aparta de Dios y se expresa en la injusticia que vive con respecto a sus hermanos humanos,tanto a nivel personal como también social, generando estructuras injustas, sistemas en los que se explota a los demás en beneficio de unos pocos. La codicia es un acto que va contra el amor de Dios y por lo tanto es una idolatría. Por ello el desapego del dinero (ver 1 Tim 3, 3; Heb 13, 5-6), el no poner la confianza en él y más bien hacer un sabio uso de él para beneficiar a los demás es una condición fundamental en la vida cristiana. Es por lo tanto esencial que nos preguntemos con toda sinceridad: ¿Está mi corazón apegado a los bienes materiales que poseo, sean muchos o pocos? ¿Le pertenece mi corazón verdaderamente a Dios? ¿O hago del dinero un ídolo, el fin último de mi vida? ¿Comprendo que soy administrador de los bienes que poseo, aún cuando los haya conseguido con mi solo esfuerzo? ¿Soy consciente de que tengo una responsabilidad social mayor, mientras más bienes poseo? San Francisco de Sales, «para impedir que te engañe y que este cuidado de los bienes temporales degenere en avaricia», recomienda al alma amiga de Dios «practicar con mucha frecuencia la pobreza real y efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios nos haya dado». Así por ejemplo recomienda: «Despréndete siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de corazón a los pobres… Es cierto que Dios te lo devolverá, no sólo en el otro mundo, sino también en éste, porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna… Ama a los pobres y a la pobreza… complácete en hablarles; no te enfades de que se acerquen a ti en las iglesias, en las calles y en todas partes. Sé con ellos pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero sé rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que eres poseedora de riquezas».


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ya había el Señor refrenado la tiranía de la avaricia con muchas y grandes razones pero ahora añade otras más amplias. Las riquezas no nos dañan precisamente porque arman a los ladrones contra nosotros y porque oscurecen nuestra inteligencia, sino porque también nos separan de Dios. Y esto lo prueba con una razón muy fácil de comprender: “Ninguno puede servir a dos señores”. Dice dos, porque mandan cosas contrarias. Si se entendiesen no serían dos sino uno». San Juan Crisóstomo «Oiga esto el avaro y vea que no puede servir a la vez a Jesucristo y a las riquezas. Sin embargo, no dijo: quien tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas, porque el que está esclavizado por ellas las guarda como su siervo, y el que sacude el yugo de esta esclavitud, las distribuye como señor. Pero el que sirve a las riquezas sirve también a aquel que por su perversidad es llamado con razón dueño de las cosas terrenas y el príncipe de este siglo (Jn 12; 2 Cor 4)». San Beda «Sufre un duro dominio todo el que sirve a las riquezas. Cegado por su codicia, vive sometido al diablo, y no lo quiere. Como aquel que está unido a la sierva de otro por la concupiscencia, sufriendo una dura esclavitud, aun cuando no ame a aquel cuya sierva ama. Obsérvese que ha dicho: “Y despreciará al otro”, y no: “Le aborrecerá”, porque apenas hay conciencia que pueda aborrecer a Dios. Mas se le puede despreciar, esto es, no temerle a causa de la confianza que inspira su bondad». San Agustín Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados; pero declara también que de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el


Padre… Ten en cuenta, en primer lugar, que él no te ha ordenado hacerte de rogar o esperar a recibir una súplica, sino que tienes que buscar tú mismo a quienes son dignos de ser escuchados, en cuanto que son discípulos del Salvador. Por tanto, es bello lo que dice el Apóstol: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7), al que disfruta dando y no siembra parcamente, para no cosechar del mismo modo, Dios ama al que comparte sin lamentarse, sin distinciones ni pesar, y esto es hacer el bien auténticamente». San Clemente de Alejandría EL CATECISMO DE LA IGLESIA La idolatría 2112: El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los «ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres», que «tienen boca y no hablan, ojos y no ven...» Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: «Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza» (Sal 115, 4-5.8). Dios, por el contrario, es el «Dios vivo» (Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia. 2113: La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. «No podéis servir a Dios y al dinero», dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a «la Bestia», negándose incluso a simular su culto.


La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina. 2114: La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que «aplica a cualquier cosa más bien que a Dios su indestructible noción de Dios». Sobre los sistemas que tienen el lucro como fin último… 2424: Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social. Un sistema que «sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción» es contrario a la dignidad del hombre. Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios con vistas al lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24; Lc 16,


CONCLUSION


«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO» Domingo de la Semana 25ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 22 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,1-13 En el fondo vemos como en los textos litúrgicos se plantea la pregunta: ¿dónde está la verdadera riqueza? Ciertamente no puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados, leemos en la Primera Lectura (Amós 8,4-7). Tampoco reside en la habilidad para hacerse «amigos» con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz ya que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo. En el fondo lo que está en juego es el ser recibidos o rechazados en las «moradas eternas» (San Lucas 16,1-13). Esta manera de entender las cosas sólo la podremos conseguir en la medida que seamos realmente «amigos de Jesús» y esto se logra en el ámbito de la oración (primera carta de San Pablo a Timoteo 2,1-8).


Una parábola desconcertante El Domingo pasado hemos leído todo el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas y hemos visto que su finalidad es mostrar que en la actitud de Jesús se revela la misericordia de Dios, que «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». Este Domingo comenzamos a leer el capítulo 16, que reúne sentencias de Jesús sobre el uso de los bienes materiales. Jesús ilustra su enseñanza por medio de dos parábolas: la del administrador astuto y la del rico y Lázaro. Este Domingo veremos la primera de estas parábolas y la conclusión de Jesús. Jesús expone el caso de «un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda». El señor lo llama para pedirle cuenta de su administración y le anuncia que será despedido. En ese momento el administrador comienza a sentirse en dificultad, porque su situación actual termina y el tiempo urge. Se pregunta: «¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración?» Entonces diseña un plan y convoca a los deudores de su señor, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. Él le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Le dice: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’». Nadie se puede quedar sin reaccionar ante esta conducta del administrador despedido. También reacciona el señor. Pero lo hace de manera desconcertante: mientras se esperaría que lo hiciera con indignación, «el señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente ». Una interpretación de la parábola La mayor dificultad de la parábola está en la felicitación que el amo dirige a su administrador al conocer las rebajas a sus acreedores de sus propias deudas. Jesús parece sumarse a tal alabanza, pues lopone como ejemplo para los hijos de la luz. Aclaremos el malentendido.


El amo no aprueba la gestión anterior de su mayordomo , al que precisamente despide por fraude, sino que alaba su previsión del futuro, queriendo granjearse amigos para los tiempos malos que se le avecinan. En tiempo de Jesús, los administradores podían disponer de los bienes del señor y prestarlos libremente, exigiendo de los acreedores la devolución de una cantidad mayor para hacerse, en esta forma, un salario. El administrador habría prestado 50 barriles de aceite y habría exigido la devolución de 100 (un interés del 100% es usurario, y en esto consistiría su injusticia); habría prestado 80 cargas de trigo y habría exigido la devolución de 100 (25% de interés). En este sentido, su decisión consiste en no exigir más que lo prestado, es decir, en renunciar a su parte, para suscitar la gratitud de los acreedores. La conclusión es entonces comprensible cuando: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». El administrador era injusto y abusador porque en su gestión siempre había aplicado intereses usurarios; pero, en este momento, renunció a esa ganancia injusta esperando el beneficio mayor de ser acogido por los deudores favorecidos, cuando se viera privado de su cargo. Por otro lado, es difícil pensar que un propietario alabe a su propio administrador porque éste le roba y regala sus bienes para granjearse amigos. Siguiendo esta interpretación se explica mejor la conclusión de Jesús: «Haceos amigos con el dinero injusto, para que cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas». Recordemos que el dinero es llamado de «injusto» porque suele impulsar a las personas hacia la falta de honradez. Jesús, por otro lado, quiere enseñar que nuestra vida también tendrá un fin y que, en comparación con la eternidad, ese fin es inminente. Nuestra situación ante Dios es como la del administrador: poseemos «dinero injusto». Por eso, en el breve tiempo que nos queda de vida, antes de que se nos pida cuentade nuestra administración, debemos usar el dinero que poseemos para hacer el bien a los demás.


El tiempo urge. Por tanto, la decisión debe ser ahora; mañana será demasiado tarde… La parábola está dicha para fundamentar esta observación de Jesús: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». No es algo que Jesús apruebe; es algo que Jesús lamenta. Lo dice como un reproche para interpelarnos y hacernos reaccionar. A menudo quedamos sorprendidos por la habilidad y la decisión con que actúan los obradores del mal para alcanzar sus objetivos perversos. Los hijos de la luz deberían ser más astutos, más decididos y más generosos en la promoción del bien, porque el bien es más apetecible. Esto es lo que desea Jesús; por eso, manda a sus discípulos con estas instrucciones: «Sed astutos como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). El uso adecuado de las riquezas Sigue una serie de sentencias acerca del buen uso de las riquezas. Llama la atención la triple repetición de la palabra Dinero (con mayúscula, como un nombre propio). Es que traduce la palabra «mamoná» que en el texto griego original del Evangelio se conserva sin traducir. Ésta fue ciertamente la palabra usada por el mismo Jesús en arameo. Es una palabra de origen incierto. Algunos especialistas sostienen que proviene de la raíz «amén» y, por tanto, significa: «aquello en lo cual se confía». En la lengua original de Jesús hay entonces un juego de palabras, porque la misma raíz tienen los adjetivos «fiel» y «verdadero» y también el verbo “confiar”: «Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero?». El «mamoná» es injusto, porque siempre engaña. Su mismo nombre es un engaño: se ofrece como algo en lo cual se puede confiar; pero defrauda. Así lo muestra Jesús en la parábola del hombre cuyo campo produjo mucho fruto. Pensó que podía confiar


en sus riquezas y que ellas le darían seguridad por muchos años: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años…”. Pero, esos bienes no le pudieron asegurar ni siquiera un día: “Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma’» (Lc 12,19-20). La mejor inversión… El dinero tiene que usarse con una sola finalidad: hacerse amigos en las «moradas eternas», es decir, entre los ángeles y santos del cielo. Y ¿cómo se logra esto? ¿Cómo se puede lograr que el dinero de esta tierra rinda en el cielo? Esto se logra de una sola manera: liberándonos de él. Es lo que Jesús enseña: «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos» (Lc 12, 33). Y una aplicación concreta de esta enseñanza está en la invitación que hace Jesús al joven rico: «Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos» (Lc 18,22). Pero él prefirió sus bienes de esta tierra, dejando así en evidencia lo que Jesús concluye: «No podéis servir a Dios y al Dinero”. Jesús exige que toda la confianza se ponga en Él solo. Si se confía en “mamoná”, no se puede ser discípulo suyo: “El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mio» (Lc 14,33). El dinero es una espada de dos filos, según se use para el bien o el mal, es decir para Dios y los demás o solamente para sí excluyendo a los otros. Para vivir como hijos de la luz tenemos que vivir el mandamiento del amor y servicio a los hermanos; algo imposible para aquel que vive al servicio del dinero. Si no convertimos nuestro corazón a los criterios de Jesús, no podemos ser de los suyos. De nada serviría llevar una vida piadosa y observante, como los mercaderes a quienes fustiga el profeta Amós en la Primera Lectura, que esperaban impacientes el cese del descanso sabático para seguir aprovechándose del pobre.


En cambio, San Pablo, en su carta a Timoteo, habla de hacer oración «alzando santas manos, limpias de ira y divisiones», como prueba de fiel servicio a Dios y comunión con todos los hombres por quienes rezamos en la oración de los fieles. Timoteo era un cristiano de Listra y fue amigo y colaborador de Pablo. Su madre era judeocristiana; su padre, griego. Pablo le elige como colaborador durante su segundo viaje misionero. Después que Pablo hubo partido de Tesalónica, Timoteo regresó a aquella ciudad para animar a los cristianos de allí. Más tarde, Pablo lo envió de Éfeso a Corinto para que instruyera a los cristianos de esa ciudad. Finalmente, Timoteo llegó a ser dirigente de la ciudad de Éfeso. A veces tenía poca confianza en sí mismo, y necesitaba de los alientos de su padre espiritual, Pablo, de quien fue siempre leal y fiel colaborador. Las dos cartas de San Pablo a éste joven están llenas de sabios consejos sobre cómo dirigir una comunidad cristiana. Una palabra del Santo Padre: «Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra —esta palabra solidaridad— a menudo olvidada u omitida, porque es incomoda. Casi da la impresión de una palabra rara… solidaridad. Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es, no es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable; no es ésta, sino la cultura de la solidaridad; la cultura de la solidaridad no es ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano. Y todos nosotros somos hermanos.


Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. No dejemos, no dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte. No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en laconvicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano». Papa Francisco. Visita a la Comunidad de Varginha. Río de Janeiro. Jueves 25 de julio de 2013. Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. ¿Cuál es mi actitud ante los bienes materiales? ¿Pongo en ellos mi corazón? 2. ¿Soy generoso y solidario con mis hermanos? ¿De qué manera concreta? 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2401-2418. 2443 -2449


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