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Sígueme

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee julio Ee 2019 a las 23:30

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


30 de junio al 6 de Julio del 2019




“Sígueme”


1 Re 19, 16.19-21: “Se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio”


En aquellos días, el Señor dijo a Elías:

— «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abelmejolá».

Elías partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas de bueyes en fila, él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le puso su manto encima.

Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:

— «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo».

Elías le dijo:

— «Vete, pero regresa; ¿quién te lo impide?»

Eliseo dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con la madera del arado, asó la carne y se la dio a su gente para que comieran.

Luego se levantó, y siguió a Elías y se puso a su servicio.


Sal 15, 1-2 y 5.7-11: “Tú, Señor, eres la parte de mi herencia”


Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


Gál 4, 31 - 5, 1.13-18: “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”

Hermanos:

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado.

Por tanto, manténganse firmes, y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud.

Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad: pero no tomen la libertad como pretexto para satisfacer los deseos carnales; al contrario, háganse servidores los unos de los otros por amor.

Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo».

Pero, atención: que si se muerden y devoran unos a otros, terminarán por destruirse mutuamente.

Yo, por tanto, les pido: caminen según el Espíritu y no se dejen arrastrar por los deseos de la carne, porque la carne actúa contra el espíritu y el espíritu contra la carne.

Ambos luchan entre sí, de suerte que ustedes no pueden obrar como quisieran.

En cambio, si los guía el Espíritu, no están bajo el dominio de la Ley.


Lc 9, 51-62: “Te seguiré adonde vayas”


Cuando ya se acercaba el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino, entraron en un pueblo de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:

— «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»

Él se volvió y les regañó. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban de camino, le dijo uno:

— «Te seguiré adonde vayas».

Jesús le respondió:

— «Los zorros tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

A otro le dijo:

— «Sígueme».

Él respondió:

— «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».

Le contestó:

— «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».

Otro le dijo:

— «Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia».

Jesús le contestó:

— «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el reino de Dios».


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio de este Domingo comienza diciendo literalmente: «Como iban cumpliéndose los días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén».


Esta «asunción» de Jesús es el proceso que abarca su muerte, resurrección y ascensión al Cielo, proceso que dentro de los divinos designios debía realizarse en Jerusalén (ver Lc 13, 33). En cuanto a la expresión “to prosopon esterasen”, que literalmente se traduce como “endureció el rostro”, algunas versiones la traducen por «se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén», «emprendió resueltamente el camino a Jerusalén», «tomó la firme resolución de ir a Jerusalén». “Endurecer el rostro” es una frase idiomática semita para expresar una decisión firme y enérgica.


En esta última marcha hacia Jerusalén el Señor Jesús «envió mensajeros por delante». Su misión es la de preparar el camino al Señor (ver Lc 7,27), es decir, predicar la Buena Nueva y disponer a las gentes al encuentro pleno con el Señor Jesús.


En su camino a Jerusalén Jesús decide pasar por la región de Samaria, aun cuando entre judíos y samaritanos existiese una fuerte enemistad (ver Jn 4,9). El origen delmutuo odio se remontaba a la conquista de Samaria por parte de los asirios, el siglo VIII a.C. Luego de la conquista los asirios introdujeron muchos colonos asiáticos, de modo que los samaritanos terminaron por contaminarse con el culto a otros dioses e ídolos. Aquel sincretismo religioso con el tiempo se fue purificando y para el siglo IV tenían los samaritanos un templo construido en el monte Garizim para adorar al Dios único. Además llegaron a considerarse los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. Los judíos rechazaban esta pretensión y afirmaban que sólo en el templo de Jerusalén se podía adorar al Padre (ver Jn 4,20ss).


Es por este antagonismo que los samaritanos se mostraron especialmente hostiles con el Señor. «Porque se dirigía a Jerusalén», no lo le dieron posada a Jesús ni a sus discípulos. Santiago y Juan, furiosos por la actitud de los samaritanos, quieren lanzar una imprecación contra ellos, para que el «fuego del cielo» los consuma. El Señor reprime la ira de sus discípulos y los reprende severamente.


Prosiguiendo su camino a Jerusalén, uno se acerca al Señor para decirle: «Te seguiré adonde vayas». Encendido por la prédica del Señor, atraído por su personalidad, le promete un seguimiento incondicional. Mas el Señor sabe que el entusiasmo efervescente suele desvanecerse ante las primeras dificultades y pruebas, por ello le advierte que si quiere seguirlo no debe esperar la gloria humana, sino que debe estar dispuesto a seguirlo hasta la Cruz, lugar en el que no podrá reclinar la cabeza.


Luego el Señor, tomando Él la iniciativa, dice a otro: «sígueme». Ese llamado al seguimiento implica un cambio de vida radical, exige dejar atrás su oficio y familia (ver 1ª. lectura). El convocado pide poder «primero ir a enterrar a mi padre». No es que su padre ya hubiese muerto, sino que lo que le pide es poder estar con su padre hasta su muerte. Esta respuesta implica, por tanto, aplazar su respuesta al llamado hasta un futuro indefinido. Es un “te seguiré, pero todavía no”. La respuesta del Señor ante esta respuesta es dura y enfática, no da lugar a aplazamientos: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Ante el llamado sólo cabe la respuesta inmediata, pues urge el anuncio del Evangelio. La caridad y el respeto debido a los padres no puede oponerse o anteponerse al llamado del Señor. El convocado debe responder “hoy”, no “mañana”.


Un tercero le responde: «déjame primero despedirme de mi familia». Ante una petición igual, el profeta Elías le dice a Eliseo: «Vete, pero regresa; ¿quién te lo impide?» (1ª lectura). El Señor no le dice ni sí ni no, pero le advierte: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el reino de Dios». “Poner lamano en el arado” significa decirle sí al Señor, significa incluso haber recorrido ya un trecho en ese seguimiento. “Mirar hacia atrás” habla de un estar apegado aún a lo que se ha dejado atrás, de una añoranza que impide la renuncia total, que impide avanzar hacia el horizonte con decisión y libertad. La respuesta al llamado del Señor requiere de un corazón totalmente entregado a Él, indiviso en sus afectos, fiel no sólo por un día, por un mes, por un año o diez, sino por todos los días de su vida.


Ante el llamado del Señor sólo una respuesta es la adecuada: «Dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 11). Como Cristo mismo, el convocado debe “endurecer el rostro”, responder con decisión y firmeza al llamado, asumir con coraje la misión que Dios le confía y llevarla a su pleno cumplimiento con el don total de su propia vida.


Si bien es cierto que sólo algunos son llamados por el Señor a un seguimiento más radical en la vida consagrada, todo bautizado, liberado del yugo del mal y de la esclavitud del pecado (2ª. lectura), está llamado a vivir en la libertad de los hijos de Dios mediante el seguimiento decidido de Cristo. Es en esta sequela Christi como todo discípulo está llamado a asemejarse al Señor Jesús y a ser su apóstol: «Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la Cruz» (S.S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 21).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Si quieres seguir al Señor para conquistar la vida eterna que Él te ofrece, es necesario que “afirmes el rostro”, es decir, que tomes una firme decisión, como Él nos enseña con su ejemplo: «afirmó su rostro para ir a Jerusalén» (ver Lc 9, 51). Si no hay en ti esa decisión, y si no la sostienes con firmeza en el caminar de cada día, en medio de las múltiples contradicciones, de la oposición de muchos, del rechazo e incomprensión de tantos, de las pruebas o tentaciones que te invitan a abandonar el camino de la Vida cuando se hace “demasiado difícil”, ¿cómo llegarás a la meta anhelada? La firme decisión, renovada cada día, sostenida con terca perseverancia en medio de las batallas diarias, es condición indispensable para alcanzar la vida eterna.


Ahora bien, aunque todos estamos llamados a seguir al Señor viviendo de acuerdo a sus enseñanzas, aspirando a vivir la santidad en la vida cotidiana, hay algunos a los que Él llama a seguirlo “más de cerca” para enviarlos a anunciar el Evangelio (Lc 9, 60; ver Mc 10, 29). Se trata del llamado a la vida consagrada o sacerdotal.


Ante este llamado a la vida consagrada, diversas pueden ser las reacciones por parte del elegido, dada la exigencia y radicalidad que implica esa vocación.


Algunos, renunciando a todo tipo de comodidades y seguridades humanas, con coraje y enorme generosidad responden: «¡te seguiré adonde quiera que vayas!». Y así lo hacen.


Otros, en cambio, ponen condiciones: “está bien, pero déjame primero...”. Los invade el miedo, los vence el temor y la desconfianza en Dios, se aferran a falsas seguridades y huyen como pueden, dilatando interminablemente su respuesta o acaso pronunciando un rotundo “no”, como en el caso del joven rico (ver Lc 18, 22-23). A aquellos que le ponen condiciones al Señor, Él responde: “el momento de responder es ahora, no ‘mañana’; yo te llamo hoy, no te llamo ‘para mañana’, para cuando hayas ‘conocido’ mejor el mundo, para cuando seas ‘más maduro’, para cuando tengas una carrera; te llamo cuando para ti es el momento de responder”.


El Señor, que nos conoce a cada uno, sabe cuál es el momento apropiado. Así, cuando también hoy Él pronuncia ese “sígueme” en el corazón de su elegido, de su elegida, cuando Él le muestra con claridad aquello para lo que ha nacido, es que ha llegado el momento de responder, aunque ello traiga consigo múltiples y dolorosas renuncias y separaciones.


Quien es llamado por el Señor no debe quedarse mirando “hacia atrás”, considerar todo lo que deja, todo aquello a lo que tiene que renunciar, sino que confiando en el Señor ha de mirar el horizonte, ha de considerar todo lo que va a ganar: «Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10, 29-30).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor tiene buen cuidado de llamar a los que quiere». San Ambrosio


«El padre ya era anciano, y creía que haría algo laudable proponiéndose observar con él la debida piedad, según aquellas palabras: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx 20, 12). Por lo que, al ser llamado al ministerio evangélico, diciéndole el Señor: “Sígueme”, buscaba una tregua que fuese bastante para sostener a su padre decrépito. Por lo que dice: “Déjame antes ir a sepultar a mi padre”. No porquerogase enterrar a su difunto padre, ni Cristo, queriendo hacer esto, se lo hubiese impedido, sino que dijo sepultar, esto es, sustentar en la vejez hasta la muerte. Pero el Señor le dijo: “Deja a los muertos que entierren a los muertos”. Es decir, había otros en su familia que podrían desempeñar estos deberes; pero me parece que muertos, porque no habían creído aun en Cristo. Aprende de ahí que la piedad para con Dios debe ser preferida al amor de los padres, a quienes reverenciamos, porque por ellos hemos sido engendrados. Pero Dios nos ha dado la existencia a todos cuando no éramos todavía, mientras que nuestros padres sólo son los instrumentos de nuestra entrada a la vida». San Cirilo


«Querer despedirse de los que estaban en su casa, para renunciar a ellos, muestra que uno está dividido en el servicio de Dios, hasta que se decida firmemente a la renuncia. Porque el querer consultar a sus parientes, que no han de consentir con este propósito, es mostrarse vacilante. Por esto el Señor desaprueba su ofrecimiento. Y prosigue: “Ninguno, que pone la mano en el arado y mira atrás, es apto para el reino de Dios”. Pone la mano en el arado quien se encuentra dispuesto a seguir al Señor; pero mira hacia atrás el que pide tiempo para encontrar ocasión de volver a casa». San Cirilo


«Ahora que hemos hecho un comienzo y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos aún más para alcanzar lo que tenemos delante (Flp 3, 13). No miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gén 19, 26), porque sobre todo el Señor ha dicho: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos” (Lc 9, 62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano». San Atanasio de Alejandría


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El llamamiento


3: Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a Él, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva.


La vida consagrada al Señor


916: El estado de vida consagrada aparece… como una de las maneras de vivir una consagración «más íntima» que tiene su raíz en el Bautismo y se dedica totalmentea Dios. En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro.


932: En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo «desde más cerca», manifestar «más claramente» su anonadamiento, es encontrarse «más profundamente» presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino «más estrecho» estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de «que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios».


Los padres ante el llamado de algún hijo


1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica». En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada».


2232: Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).


2233: Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.


CONCLUSION


Te seguiré adondequiera que vayas»


Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 30 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 51-62


«Llamado y respuesta»: dos palabras que resumen el contenido sustancial de las lecturas del presente Domingo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta inmediata (Evangelio). En esto Jesús supera las exigencias del llamado y del seguimiento que vemos en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (primer libro de los Reyes 19,16b-21). San Pablo recuerda a los miembros de la comunidad de Galacia que todos los cristianos hemos sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tenemos que responder con un comportamiento de acuerdo a nuestra nueva condición de «hombres libres» viviendo el mandamiento del amor, que exige servir y preocuparse por el otro; antes que dejarse llevar por las apetencias desordenadas de la carne evitando caer otra vez en la esclavitud del pecado. Gálatas 4,31b-5,1.13-18


La vocación de Eliseo


Jesús exige a sus seguidores más que el profeta Elías a su discípulo y sucesor Eliseo, como leemos en la Primera Lectura. Al pasar Elías junto a Eliseo , que está arando con doce yuntas de bueyes, le echa su manto encima. El manto simboliza la personalidad y los derechos de su dueño. Además de manera particular el manto de Elías tiene una eficacia milagrosa ver 2Re 2,8. Elías adquiere así un derecho sobre Eliseo, al que Eliseo no puede sustraerse. Elías accede al deseo de su futuro discípulo: despedirse de los suyos. A continuación, renunciando a todo aquello que lo vincula a su vida pasada, Eliseo destruye el yugo de los bueyes y servirá como criado a Elías por ocho años. Eliseo completa la obra iniciada por Elías destruyendo en esa época el culto pagano a Baal. Finalmente morirá durante el reinado de Joás siendo llorado por el pueblo y por el rey (ver 2Re 13,14-20). Sin duda la vocación de Eliseo nos recuerda mucho la vocación de los apóstoles (ver Mt 9,9; Jn 1,35ss).


La vida nueva en el Espíritu


La vocación cristiana, como leemos en la carta a los Gálatas, es un llamado a la libertad. «Para ser libres nos libertó Cristo». El discípulo de Cristo, liberado del pecado, de la ley mosaica y de toda ley que tiene como fin ella misma; no tiene más límites a su libertad que la que señala el Espíritu: el amor y el servicio fraterno. Estos son irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y la vida sin Dios. La vida nueva de los creyentes alcanza su plenitud en el amor que es presentado por Cristo como una ley nueva. Los frutos del Espíritu son: «amor, alegría, paz,paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5, 22); opuesto a las obras de la carne (ver Rom 13,8.12). Conducidos por el Espíritu, el cristiano vive espontáneamente donándose a los demás y alejándose así de las apetencias o concupiscencias de la carne . «Servíos por amor los unos a los otros» (Gál 4,13) ¡Todo un programa social! Vivir amándonos y sirviéndonos libremente por el amor de Aquel que nos amó antes y que nos muestra con su ejemplo cómo debemos servir (ver Jn 13,4ss). El verbo «servir» podemos entenderlo como el «ser siervo de otro». El hombre que no es capaz de hacer un servicio a otro, es sin duda un hombre que no sirve para nada. Nos dice el Papa León XII en su Carta Encíclica Sapientia Christianae, acerca de las obras de la caridad: «No sería tan grande la osadía de los malos, ni habría sembrado tantas ruinas, si hubiese estado más firme y arraigada en el pecho de muchos la fe que obra por medio de la caridad ni habría caído tan generalmente la observancia de las leyes dadas al hombre por Dios».


«Decidió firmemente ir a Jerusalén»


El Evangelio de hoy comienza con una frase oscura, cuya traducción literal es la siguiente: «Y sucedió que como iban cumpliéndose los días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén ». A partir de 9,51, todo lo que Lucas relata en los diez capítulos siguientes ocurre de camino hacia Jerusalén. Y siempre reaparece la misma resolución que guía a Jesús. Cuando le advierten que Herodes quiere matarlo, no logran disuadirlo de su propósito, sino que responde: «Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Y ya cerca de la ciudad, el Evangelista observa que «Jesús marchaba por delante, subiendo a Jerusalén» (Lc 19,2). La subida de Jesús a Jerusalén, desde la Galilea, fue pasando a través de Samaría. Existían hostilidades entre judíos y samaritanos, porque éstos tenían su propio culto considerado cismático por parte de los judíos. Por eso los samaritanos no daban facilidades a los peregrinos que pasaban por su territorio para ir a adorar a Jerusalén.


Una vez llegado a Jerusalén, no entra de cualquier manera; sino que entra, premeditadamente, montado en un pollino para pasar el mensaje de que es Él quien da cumplimiento a aquella antigua profecía mesiánica: «¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey… humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Su destino final es el Templo de Jerusalén, el mismo lugar al que había sido presentado por sus padres cuarenta días después de su nacimiento y donde se había quedado instruyendo a los doctores de la ley a los doce años. Llegado al Templo, su destino, dice: «Entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían». Jesús ya no saldrá de Jerusalén, pues allí será sumuerte, su resurrección y las apariciones a los discípulos. La «asunción» de Jesús es el proceso que abraza su muerte, resurrección, ascensión al cielo y sesión a la derecha del Padre. El Evangelio subraya a menudo que este hecho salvífico tendría lugar en el «tiempo establecido» por Dios. El tiempo va fluyendo hasta que llega a su plenitud y alcanza el momento culminante en la muerte de Jesús. La cruz de Jesús se alza para indicar el centro de la historia. La misma idea se expresa en el Evangelio de Juan con los conceptos de «la hora» de Jesús y de su «glorificación». A esto se refiere la precisión cronológica: «Cuando se cumplían los días de su asunción».


«Te seguiré adondequiera que vayas…»


«Endureció el rostro» es una frase idiomática semita para expresar firme y enérgica decisión. Él que pone esa expresión del rostro denota una determinación tal que nada puede disuadirlo. Sabemos que cuando Pedro quiso hacerlo reconsiderar su decisión de ir a Jerusalén, Jesús lo rechazó severamente diciéndole: «¡Apártate Satanás, porque eres obstáculo para mí!» (Mt 16,23). Se trataba de cumplir su misión, de abrazar la cruz para llevar hasta el extremo su amor al Padre y su amor a los hombres y nada podía detenerlo. Y en esto consiste también la vocación cristiana. Para seguir a Cristo hay que «endurecer el rostro» es decir «mostrar el semblante decidido » y actuar como Él cuando se encaminó a Jerusalén. La esencia del seguimiento de Cristo es una determinación al amor y nada más. Cualquiera otra motivación es inaceptable. El resto del Evangelio nos narra, por medio del relato de tres vocaciones reales, en qué consiste en concreto «negarse a sí mismo y seguir a Jesús».


En el primer caso, a uno que expresa su intención de seguirlo, Jesús lo llama a moderar el falso entusiasmo, advirtiéndole que hay que estar dispuesto a privarse de todas las comodidades, porque «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza». A un segundo, que pide licencia para enterrar a su padre, Jesús le dice que para este seguimiento hay que estar dispuesto a abandonar todos los afectos, incluso los afectos familiares: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». «Muertos» son los que han preferido salvar su vida en este mundo, porque ellos la perderán.


Por último, a uno que pide un tiempo para despedirse de los suyos, Jesús le expresa la urgencia y radicalidad exigidas: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Cuando Cristo llama, Él exige la misma disponibilidad que admiramos en sus apóstoles: «Dejándolo todo, lo siguieron». Ninguno de estos tres episodios tiene desenlace. El Evangelio no nos dice si esostres se alejaron «tristes porque tenían muchos bienes» o si «dejándolo todo, llenos de gozo, lo siguieron». Pero no hace falta que se nos diga el desenlace, pues en la vida real, en nuestro mismo tiempo, vemos casi a diario la reacción de diversos jóvenes ante el llamado de Dios: algunos, dispuestos a sufrir la misma suerte que Cristo, lo siguen; otros, muchos, prefieren tener asegurado un lugar dónde reclinar la cabeza y gozar del afecto de los suyos y se alejan de Cristo tristes.


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de este domingo (Lc 9, 51-62) muestra un paso muy importante en la vida de Cristo: el momento en el que —como escribe san Lucas— «Jesús tomó la firme decisión de caminar a Jerusalén» (9, 51). Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa «firme decisión», Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado.


Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone. Todo esto nos hace pensar. Nos dice, por ejemplo, la importancia que, también para Jesús, tuvo la conciencia: escuchar en su corazón la voz del Padre y seguirla. Jesús, en su existencia terrena, no estaba, por así decirlo, «telemandado»: era el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre, y en cierto momento tomó la firme decisión de subir a Jerusalén por última vez; una decisión tomada en su conciencia, pero no solo: ¡junto al Padre, en plena unión con Él! Decidió en obediencia al Padre, en escucha profunda, íntima, de su voluntad. Y por esto la decisión era firme, porque estaba tomada junto al Padre. Y en el Padre Jesús encontraba la fuerza y la luz para su camino. Y Jesús era libre; en aquella decisión era libre. Jesús nos quiere a los cristianos libres como Él, con esa libertad que viene de este diálogo con el Padre, de este diálogo con Dios. Jesús no quiere ni cristianos egoístas —que siguen el propio yo, no hablan con Dios— ni cristianos débiles —cristianos que no tienen voluntad, cristianos «telemandados», incapaces de creatividad, que buscan siempre conectarse a la voluntad de otro y no son libres—. Jesús nos quiere libres, ¿y esta libertad dónde se hace? Se hace en el diálogo con Dios en la propiaconciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a Dios en la propia conciencia, no es libre, no es libre.


Por ello debemos aprender a oír más nuestra conciencia. Pero ¡cuidado! Esto no significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo que me apetece… ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel».


Papa Francisco. Ángelus, 30 de junio de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «Servíos por amor los unos a los otros» ¿En qué situaciones concretas vivo mi llamado a servir a mis hermanos? ¿Me cuesta servir? ¿Qué voy hacer para poder servir a mis hermanos?

2. ¿Soy consciente del llamado que Jesús me hace a vivir con «radicalidad» y «coherencia» mi fe?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 897 – 913. 1730- 1784. 1939- 1942.


!GLORIA A DIOS!


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