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El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 20 Ee noviembre Ee 2018 a las 23:15

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIII ORDINARIO


18 -24 de Noviembre del 2018


“El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”




Dan 12, 1-3: “Entonces se salvará tu pueblo”

Por aquel tiempo surgirá el arcángel Miguel, el gran Príncipe protector de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no hubo otros desde que existen las naciones.

Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro.

Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para el castigo eterno.

Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia resplandecerán como estrellas, por toda la eternidad.


Sal 15, 5 y 8-11: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”


El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, Con Él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


Heb 10, 11-14.18: “Cristo ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre”


Hermanos:

Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que de ningún modo pueden borrar los pecados.

Pero Cristo ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.

Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados a Dios.

Ahora bien, cuando los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de ofrenda por el pecado.


Mc 13, 24-32: “Cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.

Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

Aprendan de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducen ustedes que el verano está cerca; pues cuando vean ustedes suceder esto, sepan que Él está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».


NOTA IMPORTANTE


El profeta Daniel (1ª. lectura) anticipa los tiempos finales de la presente historia humana, el “fin del mundo”. Serán tiempos difíciles, dice el profeta, tiempos de angustia como nunca antes ha habido en la historia de la humanidad. Aún así, será un tiempo de salvación: «se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro». Daniel asegura que entonces muchos despertarán de la muerte, «unos para vida eterna, otros para el castigo eterno». Quienes resuciten para la vida, brillarán por toda la eternidad como las estrellas en el firmamento, es decir, participarán de la misma gloria y fulgor divino.


De aquél «libro» mencionado por Daniel habla también San Juan en el Apocalipsis (ver Ap 3.15; 5, 9-10; 13, 8; 17, 8; 20, 12.15; 21, 27). Se trata del «Libro de la Vida» en el que están inscritos los nombres de aquellos que han de salvarse y participar de la vida eterna, en la comunión con Dios. Se trata de aquellos que han sido comprados para Dios por la sangre del Cordero degollado (ver Ap 5, 9-10), es decir, por la sangre de Cristo derramada en la Cruz para el perdón de los pecados (2ª. lectura). Ese sacrificio único ha cancelado los antiguos sacrificios: ya no hay necesidad de otra ofrenda, pues esa sola ofrenda «ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados a Dios.» Inscritos en el Libro de la Vida están aquellos que, habiendo sido redimidos y reconciliados por la sangre del Cordero, responden a ese Don y cooperan con la gracia recibida, dando frutos de conversión y santidad.


También el Señor Jesús habla de “aquellos días” que vendrán al final de los tiempos. Utilizando un lenguaje propio de la apocalíptica judía anuncia un cataclismo cósmico que evidencia la inestabilidad de todo aquello que parece ser tan firme y estable. Si el sol se apaga, si el universo entero “se desmorona”, ¿qué podrá permanecer en pie y con vida en la tierra?


Mas aquellos días terriblemente angustiosos no serán sino la antesala de la venida triunfal del «Hijo del hombre», Cristo mismo. Él entonces volverá «con gran poder y gloria». Su poder está por encima de las fuerzas del cosmos.


El Señor Jesús es Dios, es Señor de todo lo creado y permanece más allá de la inestabilidad de las cosas visibles, por ello afirma: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.» Frente a la fugacidad de todo lo creado sólo permanecerán sus palabras, porque Cristo, que es la Palabra eterna del Padre, permanece para siempre. Como Cristo, tampoco “pasará” o dejará de existir quien cree en Él y guarda fielmente su palabra. Éste nada tiene que temer cuando venga el fin del mundo, pues su nombre está inscrito en el Libro de la Vida.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuándo será el fin del mundo? Siempre han mentido y mienten o desvarían aquellos que anuncian el fin del mundo “para tal día”. Jamás podrán ser dignos de crédito. Es al Señor a quien nosotros escuchamos y creemos. Él ha dicho que «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».


¿Y por qué Dios no ha querido revelar cuándo será aquél momento? Si tenemos la certeza de que aquél día llegará, pero también la absoluta incertidumbre del momento preciso, ¿no será lo sensato vivir en un estado de continua vigilancia, un estar preparados en todo momento y no adormecerse nunca? Ciertamente.


Ahora bien, quizá no nos toque ver el fin del mundo, como no les tocó vivirlo a las generaciones de cristianos que nos han antecedido. Quizá la muerte nos llegue antes, por ello, es conveniente que consideremos que si el fin del mundo anunciado por el Señor no llega primero, para nosotros el fin del mundo será el momento de nuestra propia muerte.


Conviene, pues, meditar en aquello a lo que tanto tememos y evadimos, en aquél acontecimiento último de nuestro peregrinar en la tierra: nuestro morir. Nada hay más cierto que el hecho futuro de mi muerte. Ese momento llegará, es absolutamente ineludible, aunque busquemos estar tan ocupados o divertidos en el día a día para olvidarnos de ella, aunque pensemos que es “para los demás”, para los ancianos, y no para mí. Nada hay mas cierto que la muerte, y a la vez, nada hay más incierto que la hora de mi muerte. ¿Quién viene al mundo sabiendo a qué día y a qué hora morirá? Sólo los condenados a muerte conocen el día de su ejecución. Más, salvo algunas raras excepciones como esas, el momento de nuestra muerte es absolutamente desconocido. Y si eres joven, no debes llevarte a engaño. También existe “la muerte joven”, la que por una u otra razón llega en la juventud, en la edad vigorosa, llena de vida, sorpresiva, inesperada totalmente. ¿Quién, conociendo la fragilidad humana, puede decir que vivirá por largos años? La certeza de que moriremos y la incertidumbre del momento en que moriremos no debe llevarnos a la angustia, sino a asumir nuestra vida de cara a lo que viene: ¡detrás de la muerte está Cristo! ¡Detrás de la muerte viene Él a mi encuentro! Por tanto, mi vida debe ser un caminar hacia Él viviendo una vida como la suya, pues «todo el que tiene puesta su esperanza en Él se purifica a sí mismo, como él es puro.» (1Jn 3,3) Quien así vive, quien vive como Cristo, será hallado finalmente semejante a Cristo, y nada tiene que temer. El momento de la muerte pierde entonces su carga de angustia para convertirse en el momento anhelado en el que finalmente Él viene a nosotros para hacernos partícipes de su misma vida y amor.


En el camino hacia nuestro destino glorioso, para recorrer esta vida con sensatez y tino, es esencial cultivar la visión de eternidad, es decir, juzgar y valorar todo lo presente desde lo que va a permanecer para siempre.


La visión de eternidad es magnífica consejera, un catalejo que permite ver a la distancia para saber hacia dónde dirigir el navío de nuestra frágil existencia y llevarlo a su feliz destino. La visión de eternidad es la clave de discernimiento que permite ubicar y valorar rectamente todos los acontecimientos de nuestra vida presente, del día a día, clave que permite darle a cada cosa o acontecimiento sus justas dimensiones, su justo peso y valor.


La visión de eternidad nos permite tener una mirada profunda y serena sobre la realidad y sus diversas circunstancias, es medio excelente que nos permite redimensionar lo que exageramos o disminuimos, contribuyendo así al realismo necesario para recorrer el sendero sin equivocar el camino y perder el rumbo. Ella lleva a trascender la imagen de este mundo que pasa pero que a tantos ingenuos seduce, diluye la ilusión pasajera que de lo contrario tiene la fuerza de fascinarnos y anclarnos en lo finito, haciendo que pongamos en riesgo nuestra vida eterna.


La visión de eternidad, necesaria en nuestra vida cristiana, nos permite asimismo hacer un recto uso de las diversas realidades temporales en vistas a conquistar las eternas, y nos impulsa a buscar transformar las diversas realidades humanas con la fuerza del Evangelio, cooperando así decididamente con Dios para la realización de su designio divino: «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 9-10).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Cristo, Dios nuestro e Hijo de Dios, la primera venida la hizo sin aparato; pero en la segunda vendrá de manifiesto. Cuando vino callando, no se dio a conocer más que a sus siervos; cuando venga de manifiesto, se mostrará a buenos y malos. Cuando vino de incógnito, vino a ser juzgado; cuando venga de manifiesto, ha de ser para juzgar. Cuando fuereo, guardó silencio, tal como anunció el profeta: “No abrió la boca como cordero llevado al matadero”. Pero no ha de callar así cuando venga a juzgar. A decir verdad, ni ahora mismo está callado para quien quiera oírle». San Agustín


«Para que los discípulos no le preguntaran sobre el tiempo de su venida, Cristo les dijo: Por lo que se refiere a aquella hora, nadie sabe nada; ni los ángeles del cielo ni siquiera el Hijo. No toca a vosotros conocer el tiempo y la ocasión. Lo ocultó para que estemos prevenidos y para que cada uno de nosotros piense que ello puede tener lugar en su propio tiempo. Pues si Cristo hubiera revelado el día de su venida, ésta se hubiera tornado un acontecimiento indiferente y ya no sería un objeto de esperanza para los hombres de los distintos siglos. Dijo que vendría, pero no dijo cuándo, y por eso todas las generaciones y épocas lo esperan ansiosamente »Aunque el Señor estableció las señales de su venida, sin embargo, en modo alguno conocemos con exactitud su término; pues estas señales aparecen de muy distintas maneras y pasan, y algunas de ellas todavía perduran. Con la última venida pasará algo semejante a lo que pasó con la primera». San Efrén


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los signos que preceden al fin del mundo


672: Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel que, según los profetas, debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tribulación» (1 Cor 7, 2) y la prueba del mal (Ver Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (Ver 1 Pe 4, 17) e inaugura loscombates de los últimos días (Ver 1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tim 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia.


673: «Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hech 1, 7). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios»


La última prueba de la Iglesia


675: Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.


CONCLUSION


«Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria»


Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 18 de noviembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13, 24-32


El fiel que acompaña semanalmente la liturgia dominical, sabe bien que, en los últimos Domingos, cuando ya el año litúrgico llega a su fin, corresponde meditar los hechos finales de la historia. En efecto, después de iluminar, Domingo a Domingo, el misterio de Cristo en sus diversas facetas, en este Domingo, que es el penúltimo del año litúrgico, laliturgia nos pone ante el misterio de la venida final de Jesucristo y nos invita a considerar la incidencia de este hecho en nuestra vida (San Marcos 13, 24-32). En el Antiguo Testamento, vemos como Daniel nos dirá en una visión profética: «Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro» (Daniel 12,1-3). En la carta a los Hebreos, contemplamos a Cristo sentado a la derecha de Dios Padre, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (Hebreos 10, 11-14).


El fin de los tiempos


El libro de Daniel nos remite a la época en que el pueblo judío se encontraba oprimido durante la persecución de Antíoco IV en el año 168 a.C. Era un «tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones» y el deseo de poner fin a la opresión suscitaba en el pueblo una profunda confianza en el amor protector de Dios. En medio de la persecución Daniel proclama proféticamente la salvación que Dios traerá a su pueblo. Miguel, jefe del ejército celestial y protector de Israel, se levantará para ejercer su misión de defender al pueblo judío. En los escritos apocalípticos, la liberación final viene precedida de una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos.


El hombre «vestido con túnica de lino» y encargado de comunicar la revelación a Daniel (ver Dn 10,5.11-12) proclama que Dios salvará a los que estén «inscritos en el libro» (Dn 12, 1), resucitará incluso a los muertos y tendrá lugar el juicio divino que será definitivo: castigo eterno para unos, vida eterna para otros. Daniel nos presenta la intervención divina como castigo de los que tramaron la ruina de sus fieles y salvación de los que confiaron y esperaron en ella (ver Dn 3,22.48; 6,24-25). La salvación luminosa proclamada para los «doctos o sabios» y para los que «enseñaron a la multitud por el buen camino» es una imagen de la salvación eterna concedida a los fieles. Los sabios no constituyen un grupo especial dentro del mismo pueblo, sino aquella parte de la comunidad judía que permaneció fiel al cumplimiento de la ley de Moisés en medio de las persecuciones.


La venida del Hijo del hombre


El Evangelio de hoy comienza con las palabras de Jesús: «Más por esos días…». Con esta expresión quiere decir que comenzará a tratar de acontecimientos que pertenecen a la historia. Es más; los hechos de los cuales tratará son el desenlace de la historia, son los últimos, son los que dan sentido a toda la historia y al tiempo. Y esto es lo principal; su ubicación precisa, «el día y la hora», es menos importante y resulta indeterminado. De todas maneras, Jesús ofrece algunas pistas. Ante todo, sucederá «después de aquella tribulación». No es una indicación precisa, pues el mismo Evangelio de San Marcos da una definición de esta expresión en la cual se superponen dos cosas. En un momento parece estar hablando de la destrucción del templo de Jerusalén y la dispersión de los judíos ; pero en otro momento la descripción supera ese hecho, por muy tremendo que haya sido: «Aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber» (Mc 13,19).


Los signos que Jesús indica son sobrecogedores: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Jesús se acomoda a las nociones de astronomía de su tiempo, en que se creía que el sol y la luna son luminarias de tamaño menor que la tierra, que las estrellas cuelgan del firmamento sobre la superficie de la tierra y que ésta está sostenida por columnas sobre el abismo inferior. Pero, si éstos no son más que signos, ¿cuál es entonces el hecho último de que se trata? Jesús responde: «Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes con gran poder y gloria».


Este es el hecho principal. Pero el segundo está asociado a éste y afecta a todos los hombres: «Entonces enviará a los ángeles y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Esta expresión abarca todo el espacio y todo el tiempo: serán reunidos los elegidos que todavía peregrinen en la tierra y también los que ya hayan concluido su curso terreno. Este hecho finaldejará en evidencia una división definitiva de los seres humanos entre elegidos y reprobados, es decir, entre los que serán reunidos con Cristo y los que serán apartados. Por eso éste es el hecho que da peso y sentido a toda la historia y a todo acto del hombre.


La parábola de la higuera


Jesús agrega una parábola para indicar la relación entre el tiempo presente y ese hecho final que nos implicará de manera tan radical. Así como sabemos percibir la cercanía del verano por el aspecto que adoptan las ramas de la higuera. Los signos son tales que siempre se debe sentir que Cristo está cerca, que su venida es inminente. Ésta es una dimensión permanente de la vida cristiana. En efecto, Jesús agrega: «Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda». Difícilmente ha dado Jesús más firmeza a una enseñanza suya: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Sus palabras son la verdad, ellas son eternas, son más estables que el cielo y la tierra.


En este caso nos invitan a vivir en la certeza de que Él está cerca, que su venida es inminente, que para cada uno ocurrirá en el espacio de su vida. Y esto es así porque la venida final de Cristo da sentido a nuestra vida y a cada uno de nuestros actos, cualquiera que sea el momento de la historia en que nos toque vivir. Por eso no interesa tanto saber el cuándo. El día del juicio final versará sobre los actos que hayamos hecho, cada uno en su propio momento histórico.


El Evangelio de este Domingo concluye con una frase de Jesús que es difícil de interpretar: «De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». Antes que nada debemos observar que éste es el único caso en el Evangelio de Marcos en que Jesús, hablando de sí mismo, se da el nombre de «Hijo» sin más. Y lo hace en relación al Padre. Afirma que hay algo -«un día y una hora»- que sólo el Padre conoce. En esta expresión el Padre no puede ser más que Dios mismo. Éste es un importante texto que revela que el Padre y el Hijo son dos personas distintas. Cada uno es el mismo y único Dios, pero son dos Personas distintas. La dificultad del texto está en ladiferencia que introduce entre el Padre y el Hijo. Entre los que ignoran «aquel día y hora» hay una progresión. Cuando Jesús dice: «Nadie sabe nada», se refiere a todos los hombres. Esto es obvio. Ningún hombre ha pretendido saber el día y la hora en que ocurrirán los eventos futuros, tanto menos si éstos son los eventos finales.


Pero luego Jesús da un paso hacia el mundo trascendente: «ni los ángeles en el cielo». Los ángeles no pueden revelar a los hombres ese momento porque tampoco ellos saben nada «sobre aquel día y hora». La dificultad está en que también el Hijo se incluye en el lado de los que no saben, mientras que el único que sabe es el Padre. Pero esta diferencia entre el Padre y el Hijo es imposible: no hay nada que el Padre sepa que el Hijo no sepa. Por eso cuando Jesús dice: «Nadie sabe… ni el Hijo», este «no saber» del Hijo es, en realidad, un «no querer revelar». No lo quiere revelar para que los hombres estén siempre vigilantes. La frase siguiente es precisamente un llamado a la vigilancia: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento» (Mc 13,33). Esta interpretación está confirmada por el libro de los Hechos de los Apóstoles donde se enfrenta el mismo tema.


Los apóstoles preguntan a Jesús resucitado: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hch 1,6). Ellos están hablando de un reino de Israel terreno y piensan que ya es tiempo de restablecer el esplendor que tenía en el tiempo del rey David. Jesús, en cambio, se refiere a un Reino eterno, aquél sobre el cual el Credo de nuestra fe dice: «De nuevo vendrá con gloria… y su Reino no tendrá fin». En su respuesta Jesús se refiere al momento de su venida final: «A vosotros no os corresponde conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad…» (Hch 1,7). En esta respuesta Jesús da a entender que Él conoce ese momento; pero no lo revela a los apóstoles porque a ellos «no corresponde conocerlo».


El nuevo sacerdote y la nueva alianza.


La carta a los Hebreos es muy tajante y clara al afirmar que el sacrificio de Jesús deroga de una vez por todas la ley como institución de

salvación (ver Heb 10,1), y nos proporciona, de una parte, la santificación, es decir, el paso al modo de existencia y vida propias de Dios, el único Santo. La misma perfección obtenida por Jesucristo, la transformación de su humanidad en una humanidad divinizada, ha sido obtenida y conseguida también para nosotros (Heb 2,10; 5,9; 7,2). En Él hemos sido santificados, consagrados, hechos sacerdotes. A esta nueva condición accedemos por la fe. Y con ella se obtiene, de una vez por todas, la reconciliación definitiva y el perdón de los pecados.


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús es llamado el Cordero: es el Cordero que quita el pecado del mundo. Uno puede pensar: ¿pero cómo, un cordero, tan débil, un corderito débil, cómo puede quitar tantos pecados, tantas maldades? Con el Amor, con su mansedumbre. Jesús no dejó nunca de ser cordero: manso, bueno, lleno de amor, cercano a los pequeños, cercano a los pobres. Estaba allí, entre la gente, curaba a todos, enseñaba, oraba. Tan débil Jesús, como un cordero. Pero tuvo la fuerza de cargar sobre sí todos nuestros pecados, todos. «Pero, padre, usted no conoce mi vida: yo tengo un pecado que…, no puedo cargarlo ni siquiera con un camión…». Muchas veces, cuando miramos nuestra conciencia, encontramos en ella algunos que son grandes. Pero Él los carga. Él vino para esto: para perdonar, para traer la paz al mundo, pero antes al corazón. Tal vez cada uno de nosotros tiene un tormento en el corazón, tal vez tiene oscuridad en el corazón, tal vez se siente un poco triste por una culpa… Él vino a quitar todo esto, Él nos da la paz, Él perdona todo. «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado»: quita el pecado con la raíz y todo. Ésta es la salvación de Jesús, con su amor y con su mansedumbre. Y escuchando lo que dice Juan Bautista, quien da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús.


Muchas veces tenemos confianza en un médico: está bien, porque el médico está para curarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, las hermanas, nos pueden ayudar. Está bien tener estaconfianza humana, entre nosotros. Pero olvidamos la confianza en el Señor: ésta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor, confiémonos al Señor. «Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…»; todo lo que tenemos: «Mira esto: yo me confío a ti». Y ésta es una apuesta que debemos hacer: confiarnos a Él, y nunca decepciona. ¡Nunca, nunca! Oíd bien vosotros muchachos y muchachas que comenzáis ahora la vida: Jesús no decepciona nunca. Jamás. Éste es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero, muerto. Sin gritar. Él vino para salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo».


Papa Francisco. Domingo 19 de enero de 2014. Homilía en la parroquia romana “Sacro Cuore di Gesú a Castro Pretorio”


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Las lecturas de este Domingo son un auténtico llamado a tener una visión sobrenatural y llena de esperanza en mi vida. ¿Confío en las promesas del Señor? ¿Estoy preparado para su venida o para mi encuentro con Él?


2. El ser humano desde siempre ha sido muy sensible al misterio del tiempo. Es por eso que los hechos relativos al futuro y al fin del tiempo suscitan tanto interés. ¿Me doy cuenta que creer en horóscopos, lecturas de las cartas o en algún tipo de explicación esotérica sobre mi futuro va directamente contra mi fe en el Señor Jesús?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1020-1060.


!GLORIA DIOS!


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