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QUE VIVA SAN OSCAR ARNULFO ROMERO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee octubre Ee 2018 a las 11:10

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

14-20 de Octubre del 2018

“Anda, vende todo lo que tienes y luego sígueme”

QUE VIVA !"SAN OSCAR ARNULFO ROMERO"

Sab 7, 7-11: “Con la sabiduría me vinieron a la vez todos los bienes”

Supliqué, y se me concedió la prudencia;

invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.

La preferí a cetros y tronos,

y, en comparación con ella,

tuve en nada la riqueza.

No le igualé la piedra más preciosa,

porque todo el oro, a su lado,

es un puñado de arena,

y, ante ella, la plata es como el barro.

La quise más que a la salud y a la belleza,

y preferí tenerla como luz,

porque su resplandor no tiene ocaso.

Con ella me vinieron todos los bienes juntos,

en sus manos había riquezas incontables.

Sal 89, 12-17: “Sácianos, Señor, de tu misericordia”

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?

Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Heb 4, 12-13: “La Palabra de Dios es viva y eficaz”

La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, articulaciones y médulas. Juzga los deseos e intenciones del corazón.

No hay criatura que escape a su mirada. Todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Mc 10, 17-30: “Vende todo lo que tienes y sígueme”

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:

— «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

Jesús le contestó:

— «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».

Él replicó:

— «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño».

Jesús lo miró con cariño y le dijo:

— «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme».

Pero él, abatido por estas palabras, se fue entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:

— «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:

— «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Ellos se espantaron y comentaban:

— «Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Jesús, mirándolos fijamente, les dijo:

— «Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Dios lo puede todo».

Pedro entonces le dijo:

— «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús dijo:

— «Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en el mundo futuro, vida eterna».

NOTA IMPORTANTE

Salomón, hijo del Rey David, pide a Dios sabiduría en vez de riquezas (1ª. lectura). Renunciando a las riquezas por preferir el espíritu de sabiduría que viene de Dios, encuentra que finalmente con ella le vienen todos los bienes, riquezas incluidas. La renuncia inicial dio paso a una ganancia mucho mayor, en todo sentido.

La sabiduría de Dios se expresa en su Palabra, que es viva y eficaz (2ª. lectura). Cristo es la Palabra viva del Padre. Su palabra penetra hasta lo más profundo del ser. Él ve lo que hay en los corazones humanos, escruta y conoce sus sentimientos y pensamientos, todo está patente a sus ojos.

En el Evangelio escuchamos cómo al Señor «se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» Mateo y Lucas especifican que era un joven. De él dicen que «tenía muchos bienes», es decir, era rico. Pero a pesar de tenerlo todo, experimenta que algo le falta: «¿qué haré para heredar la vida eterna?». Experimenta en sí un hambre de infinito, quiere alcanzar la vida eterna, y con esta inquietud profunda se acerca al Señor Jesús. Busca la respuesta que sacie su anhelo de eternidad, busca el camino que tiene que seguir.

Aquel joven no se da por satisfecho ante la respuesta del Señor. Cuando le señala los mandamientos como camino para alcanzar la vida eterna, él responde como suplicante: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Experimenta que tampoco eso le basta, tiene necesidad de algo más: «¿Qué más me falta?» (Mt 19, 20).

Entonces la mirada del Señor penetra hasta lo más profundo de aquel inquieto corazón. Él, que ve lo profundo, conoce la respuesta, sabe que ese joven ha nacido para seguirlo. El Señor ha conducido a aquel joven a hacer explícita toda su inquietud, a que tome conciencia y exprese que necesita más, que nada de lo que tiene o ha hecho lo satisface: su corazón sigue reclamándole ese “qué más”. Es entonces cuando la mirada del Señor se carga de un amor intenso, un amor de predilección, un amor que sólo puede venir de Dios: «mirándolo lo amó», dice literalmente el texto griego. Es mucho más que mirarlo «con cariño». El Señor le permite experimentar en ese instante, a través de su mirada, todo el amor con que Él lo ama: «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jer 31, 3). Aquel joven debió experimentar cómo el amor del Señor lo inundaba, buscando despertar en él una respuesta de amor. Sólo ese amor sería capaz de saciar el hambre de infinito que experimentaba su corazón con tanta vehemencia, lanzándolo a la búsqueda.

La historia de toda vocación es una historia de amor, del encuentro con la mirada del Señor que penetra hasta lo más profundo, que inunda, que enciende el amor en uno, un amor tan fuerte e intenso que no se puede apagar, que queda prendido en los huesos: «Yo decía: “No volveré a recordarlo…”. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9). Sólo al experimentar ese amor del Señor y al experimentar encenderse el amor en su corazón, el elegido será capaz de dejarlo todo para ganarlo a Él y junto con Él la vida eterna.

Luego de mostrarle ese amor, luego de buscar seducirlo por esa mirada plena del amor de Dios, el Señor le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme». El llamado es claro, explícito. Ante las palabras del Señor aquel joven deberá tomar una decisión y realizar una opción: dejarlo todo, renunciar a las propias riquezas para ir en pos de Aquel que trae la Vida eterna, de Aquel con quien vienen al ser humano todos los bienes anhelados, o aferrarse a sus seguridades humanas, a las riquezas que posee, riquezas que jamás podrán comprarle la vida eterna.

El llamado del Señor, que sale al encuentro de los anhelos de aquel joven, ha penetrado hasta las coyundas de su alma. Al joven le toca responder desde su libertad. Mas en aquel joven pudo más el amor por la riqueza que el amor al Señor, que el amor a Dios. La riqueza se ha convertido para él en la fuente de una seguridad sicológica de la que no está dispuesto a desprenderse para encontrar en el Señor su única seguridad y felicidad.

El resultado de la negativa al llamado del Señor, que es asimismo una negativa a los reclamos vehementes de su propio corazón, es la frustración profunda que se expresa en la tristeza.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Riqueza es aquello a lo que le damos valor, aquello que es lo más importante para uno, aquello que creemos que nos hace valiosos e importantes ante los demás. El corazón se apega a lo que uno considera su riqueza, por ello dice el Señor: «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21). Cuando uno considera el dinero su riqueza, apegándose su corazón al dinero, mal puede amar a Dios: «nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6, 24).

Se suele considerar la riqueza sólo en su sentido material, pero hay riquezas que no son materiales. Hay también riquezas de otro orden. El que considera que sus riquezas son sus bienes materiales, quedará pobre y vacío interiormente. Si la riqueza en cambio la encuentra en los valores morales y espirituales, quedará enriquecido interiormente. Así pues, mientras hay riquezas que empobrecen y degradan al ser humano, hay otras riquezas que lo enriquecen y elevan inmensamente en su humanidad, o incluso “más allá” de su humanidad, lanzándolo al infinito. Cada cual quedará finalmente enriquecido o empobrecido por lo que considere sus riquezas.

Quien en Cristo encuentra su riqueza, considera todo lo demás como “basura”. No que lo desprecie, sino que aprende a darle a cada cosa su justo valor. Y la riqueza que Cristo ofrece, la riqueza que Él mismo es para todo ser humano que anhela alcanzar la vida eterna y la plenitud humana, con nada se compara, nada ni nadie más puede ofrecerla. Quien lo posee a Él, quien por Él es poseído, se hace partícipe de una riqueza incalculable, que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4, 17). ¿Quién sino Él puede ofrecernos la vida eterna? Las “riquezas” de este mundo no sólo no pueden comprar esa vida eterna, sino que pueden llevarnos a perderla.

Ser sensato es dar a cada cosa su valor real en vistas a la realización del ser humano, en vistas a su plenitud y felicidad eterna. Mientras vamos de peregrinos en este mundo tan lleno de ilusiones, es necesario aprender a estimar el valor real de cada cosa, con la misma sagacidad con que un negociante de joyas sabe distinguir entre una joya verdadera y una falsa, entre una joya de gran valor y otra de menor valor. A él no se le puede engañar. En cambio, ¡pobre de aquel tonto que toma por un diamante fino un pedazo de vidrio!

La realización de la persona humana pasa por la valoración objetiva que haga de los bienes que se presentan ante él y de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. La Palabra divina es criterio objetivo para tal discernimiento, nos da la sabiduría necesaria para hacer opciones acertadas en la vida. Prescindir de las enseñanzas divinas lleva a despreciar lo verdaderamente valioso y considerar como riqueza lo que no es sino vanidad de vanidades.

Junto con la sabiduría divina que nos ayude a discernir en el caminar debemos implorar incesantemente el coraje necesario para abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para nuestra propia realización, a fin de alcanzar en Cristo, cuando acabe nuestra peregrinación en este mundo, la vida resucitada que no tendrá fin.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Ama el Señor a los que guardan los mandamientos de la Ley aunque son menores que los que buscan la perfección. Pero no por eso deja de manifestar que no es suficiente la observancia de la Ley para los que desean ser perfectos, puesto que no vino para abolir la Ley sino para darle plenitud. “Una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo, y ven después, y sígueme”. Por tanto el que está llamado a ser así perfecto debe vender lo que tiene, no sólo parte de ello, como hicieron Ananías y Safira, sino todo».

San Beda

«Es mucha la diferencia que hay entre tener riquezas y amarlas, y es por ello que no dijo Salomón “que el que tiene las riquezas, no saca fruto de ellas, sino el que las ama” (ver Ecle 5, 9). Expone el Señor a sus asombrados discípulos el sentido de las palabras antedichas de este modo: “Pero Jesús, volviendo a hablar, les añadió: ¡Ay, hijitos míos, cuán difícil cosa es que los que ponen su confianza en las riquezas entren en el Reino de Dios!”. En donde es de notar que no dice: ¡Cuán imposible es! sino ¡cuán difícil es! Porque lo que es imposible no se puede hacer de ningún modo, mientras que lo difícil sí, aunque cueste mucho trabajo».

San Beda

«No sin motivo hizo mención del tesoro del Cielo y no de la Vida eterna, diciendo: “Que así tendrás un tesoro en el Cielo”, porque, hablando de riquezas y de la renuncia de todo, manifiesta que da a quienes ordena que renuncien a todo, tanto más, cuanto mayor es el Cielo que la tierra».

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

«Maestro, ¿qué he de hacer...?»

2052: «Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19).

2053: A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad. Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

2054: Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5, 20), así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás... Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5, 21-22).

Los padres ante la vocación de un hijo o hija

2232: Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).

2233: Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.

CONCLUSION

«Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 14 de octubre 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 17 – 30

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pasado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (San Marcos 10, 17 – 30). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Sabiduría 7, 7-11). Por otro lado, la Palabra es viva y eficaz y es «más cortante que espada de dos filos» ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Hebreos 4,12 – 13).

«Maestro bueno…»

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola» , sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presentación todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado, todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de nosotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22). Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos…» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo».

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado , porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).

Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo (escándalo). Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue. ¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo. ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo? Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).

«Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo, la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».

La verdadera riqueza está en Dios

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría». Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible.

De la Sabiduría hecha carne dirá San Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino también como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios» , a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.

«Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.

Una palabra del Santo Padre:

«¡Contento, Señor, contento!»: el rostro sonriente de un santo contemporáneo, el chileno Alberto Hurtado, quien también en la dificultad y en las diferencias asegura al Señor ser «feliz», se contrapone al «entristecido» del «joven rico» evangélico en la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta, el martes 28 de febrero. Son las dos formas de responder al don y a la propuesta de vida que Dios hace al hombre y que el Pontífice sintetizó con una expresión: «Todo y nada»…

El lunes, sin embargo, «fue proclamada la historia de ese joven rico, que quería seguir al Señor pero al final era tan rico que eligió las riquezas». Un pasaje evangélico (Marcos, 10, 17-27) en el que se subraya el lema de Jesús: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja», y la reacción de los discípulos «un poco asustados: “Pero ¿quién se podrá salvar?”».

El martes la liturgia continúa proponiendo el pasaje de Marcos examinando la reacción de Pedro (10, 28-31), que dice a Jesús: «De acuerdo ¿y nosotros?». Parece casi, comentó el Papa, que Pedro con su pregunta —«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos toca a nosotros?»— presentara «las cuentas al Señor», como en una «negociación comercial». En realidad, explicó el Pontífice, probablemente no era «esa la intención de Pedro», el cual, evidentemente, «no sabía qué decir: “Sí, este se ha ido, ¿pero nosotros?”». En cualquier caso, «la respuesta de Jesús es clara: “Yo os digo: no hay ninguno que haya dejado todo sin recibir todo”». No hay término medio: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo», «recibiréis todo».

Hay sin embargo «esa medida desbordante con la que Dios da sus dones: “recibiréis todo. Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madres, padres, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, que no reciba ya ahora en este tiempo quedará sin recibir cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, campos, y la vida eterna que vendrá”. Todo».

Esta es la respuesta, dijo el Pontífice: «El Señor no sabe dar menos de todo. Cuando Él dona algo, se dona a sí mismo, que es todo». Una respuesta, sin embargo, donde emerge una palabra que «nos hace reflexionar». Jesús de hecho afirma que si «recibe ya ahora en este tiempo cien veces en casas, hermanos, junto a persecuciones». Por tanto «todo y nada». Explicó el Papa: «todo en cruz, todo en persecuciones, junto a las persecuciones». Porque se trata de «entrar en otra forma de pensar, en otra forma de actuar». De hecho, «Jesús se da todo Él mismo, porque la plenitud, la plenitud de Dios es una plenitud aniquilada en la cruz». Aquí está por tanto el «don de Dios: la plenitud aniquilada». Y aquí está entonces también «el estilo del cristiano: buscar la plenitud, recibir la plenitud aniquilada y seguir por ese camino». Ciertamente un compromiso que «no es fácil».

Pero el Papa, siguiendo su meditación, fue más allá y se preguntó: «¿cuál es el signo, cuál es la señal de que yo voy adelante en este dar todo y recibir todo?». ¿Qué hace entender que se está en el camino adecuado? La respuesta, dijo, se encuentra en la primera lectura del día (Siracida 35, 1-15), donde está escrito: «Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con ojo generoso, con arreglo a tus medios». Por tanto, «ojos generosos, rostro alegre, alegría…». Explicó el Pontífice: «El signo que nosotros vamos en este camino del todo y nada, de la plenitud aniquilada, es la alegría».

No por casualidad «al joven rico se le ensombreció el rostro y se fue entristecido». No había sido «capaz de recibir, de acoger esta plenitud aniquilada». Sin embargo, explicó el Papa, «los santos, el mismo Pedro, la han acogido. Y en medio de las pruebas, de las dificultades tenían el rostro alegre, el ojo generoso y la alegría del corazón. Este es el signo».

Y es en este punto que el Papa recurrió a un ejemplo tomado de la vida de la Iglesia contemporánea: «Me viene a la mente —dijo— una pequeña frase de un santo, san Alberto Hurtado, chileno. Trabajaba siempre, dificultad tras dificultad, tras dificultad… Trabajaba para los pobres». Es un santo que «fue perseguido» y tuvo que afrontar «muchos sufrimientos». Pero «cuando él estaba precisamente ahí, aniquilado en la cruz» decía: «Contento, Señor, contento». Que san Alberto, concluyó el Pontífice, «nos enseñe a ir sobre este camino, nos dé la gracia de ir por este camino un poco difícil del todo y nada, de la plenitud aniquilada de Jesucristo y decir siempre, sobre todo en las dificultades: “Contento, Señor, contento”».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de la Domus Santae Marthae. Martes 28 de febrero de 2017

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cuántos jóvenes que están llamados a seguir al Maestro Bueno tienen su corazón amarrado a las riquezas de este mundo? Recemos para que más jóvenes puedan escuchar y responder el llamado del Señor a seguirlo. Recemos también por las familias de estos jóvenes para que sean generosas y desprendidas.

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965 – 1974. 2052-2055.

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC-DRVC

GLORIA A DIOS!

 

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