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Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños que creen

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee octubre Ee 2018 a las 23:25

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


30 de Septiembre al 6 DE OCTUBRE del 2018


“¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños que creen!”




Núm 11, 25-29: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”


En aquellos días, el Señor bajó en la nube y habló con Moisés; tomó parte del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida.

Habían quedado en el campamento dos hombres del grupo, llamados Eldad y Medad, habían sido escogidos entre los setenta, pero no habían acudido a la tienda. Sin embargo, el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento.

Un muchacho corrió a contárselo a Moisés:

— «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».

Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino:

— «Señor mío, Moisés, prohíbeselo».

Moisés le respondió:

— «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»


Sal 18, 8.10.12-14: “Los mandatos del Señor alegran el corazón”


La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel

e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura

y eternamente estable;

los mandamientos del Señor

son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila

para guardarlos con cuidado,

¿quién conoce sus faltas?

Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia,

para que no me domine:

así quedaré libre e inocente

del gran pecado.


Stgo 5, 1-6: “El salario que no les dieron a los obreros está clamando contra ustedes”


Ustedes los ricos, lloren y laméntense ante las desgracias que se les avecinan.

Sus riquezas están podridas y sus vestidos están apolillados.

Su oro y su plata están enmohecidos y ese moho será una prueba contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego.

¡Han amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final!

El salario que no les dieron a los obreros que han cosechado sus campos está clamando contra ustedes; y el clamor de los que cosecharon ha llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos.

Ustedes han vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado y matado a los inocentes sin que ellos opusieran resistencia.


 

Mc 9, 38-43.45.47-48: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua no se quedará sin recompensa”


En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:

— «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros».

Jesús respondió:

— «No se lo impidan, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a nuestro favor.

Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua, por ser ustedes de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga.

Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno.

Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».


NOTA IMPORTANTE



Dios habla a su siervo Moisés (1ª. lectura) para que transmita al pueblo sus palabras. En una ocasión reúne a setenta ancianos alrededor de la Tienda. Al recibir también ellos el espíritu de Dios se ponen a profetizar. Otros dos ancianos, no presentes en aquél lugar, se ponen también a profetizar en el pueblo. Un joven escandalizado acude a Moisés para pedirle que les prohíba profetizar. Mas él le responde: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»


Una respuesta semejante es la que da el Señor a Juan, que quiere impedir que un hombre expulse demonios en nombre de Cristo porque «no es de los nuestros». El Señor responde: «No se lo impidan, porque… el que no está contra nosotros está a nuestro favor». No es por eso por lo que deben escandalizarse los discípulos, no es a quienes predican en nombre del Señor a quien hay que impedir que hable o realice milagros incluso por no pertenecer al grupo de los Apóstoles.


Es por otras cosas por las que sí hay que escandalizarse, son otras cosas las que sí hay que cambiar o impedir, por ejemplo, la injusticia cometida por quienes se enriquecen explotando a sus semejantes. En la segunda lectura el Apóstol Santiago se dirige en términos muy enérgicos a aquellos ricos que habiendo endurecido el corazón frente a sus semejantes han amasado una fortuna “podrida”, acumulada a base de injusticias. A éstos los acusa asimismo de vivir disolutamente, entregándose a los placeres. La pasan bien en esta vida, pero su destino será terrible. Las desgracias que caerán sobre ellos deberían espantarlos, deberían hacerlos llorar y dar alaridos. Un comportamiento como el de ellos sí es absolutamente escandaloso.


En el Evangelio el Señor advierte con dureza a aquellos que escandalizan «a uno de estos pequeños que creen». Afirma que sería mejor que le pongan al cuello una piedra de molino «y lo echasen al mar.» La afirmación puede sonar exagerada o excesiva. Mas el uso de esta hipérbole tiene la intención de hacer tomar conciencia a sus oyentes de la gravedad enorme que tiene el escándalo a los ojos de Dios.


La voz escándalo viene de la palabra griega skandalon, que denomina el gatillo movible de una trampa o la trampa misma. Por extensión se aplica a cualquier obstáculo situado en el camino y que es causa de tropiezo y caída para el caminante. El Señor aplica el término escándalo en su sentido moral: escandaliza al prójimo quien con su mal ejemplo, su acción pecaminosa o sus consejos u opiniones inmorales lleva al error o pecado a otra persona, apartándola del camino del bien que conduce a la vida.


Cada uno puede convertirse en causa de escándalo para los demás, pero también puede ser causa de escándalo para sí mismo en la medida en que se sirve de sus miembros para pecar, o se pone en situaciones de riesgo que son ocasión de pecado, o admite ciertas ‘amistades’ o relaciones que lo arrastran al mal. Contra este tipo de escándalo el Señor recomienda la radicalidad: apartar o arrancar de raíz, cortar con todo aquello que sin ser malo en sí mismo se constituye en causa de pecado para uno: «Si tu mano te hace caer, córtatela… si tu pie te hace caer, córtatelo… si tu ojo te hace caer, sácatelo». Evidentemente no hay que entender estas expresiones en sentido literal. El Señor nuevamente echa mano de la hipérbole para señalar la actitud interior de radicalidad y firmeza que el discípulo debe tener para apartar de su vida todo aquello o aquellas personas que nos llevan a pecar, aún cuando implique un sacrificio doloroso.


Esta radicalidad la sustenta el Señor con un argumento contundente: «más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno». El Señor habla de la existencia del infierno, y aunque Dios no lo quiere para nadie, es el destino posible para quien se obstina en rechazar a Dios para aferrarse al pecado. Quien quiera ganar la Vida eterna, debe despojarse de todo lastre o esclavitud de pecado.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Alguna vez nos hemos preguntado a cuántos escandalizamos con nuestras conductas pecaminosas, con nuestras acciones cotidianas que desdicen de nuestra condición de bautizados, de cristianos, de católicos? ¿Acaso por nuestra causa, por nuestras incoherencias, no terminan apartándose muchos de la Iglesia? ¿No me he apartado acaso alguna vez yo mismo de la Iglesia por los escándalos producidos por algún mal sacerdote, o por la incoherencia que veo entre los católicos? ¿A cuántos hemos escuchado decir: “no voy a la Iglesia porque no me junto con hipócritas”? ¿Cuántos desprecian la fe al ver a tantos “beatos” y “cucufatas” que se proclaman muy creyentes, que van a Misa los Domingos, se golpean el pecho, pero al salir de Misa ofenden y maltratan a los demás, fomentan rencillas, odios, divisiones, se emborrachan, cometen injusticias, fraudes, adulterios, fornicaciones, asesinatos, robos, calumnias y tantas otras maldades? ¿A cuántos hemos escuchado justificar su apartamiento de la Iglesia y de la fe aduciendo que “creo en Cristo pero no en la Iglesia”? Lo cierto es que al apartarse de la Iglesia, al desconfiar de ella por la conducta escandalosa de alguno o algunos de sus miembros, terminan apartándose de Dios mismo y de su enviado Jesucristo (ver Rom 2, 18-24).


Es por nuestra falta de compromiso con el Señor, por nuestras incoherencias entre lo que decimos creer y lo que hacemos, que Cristo es rechazado, que la Iglesia es despreciada. Debemos tomar conciencia de que el pecado que yo cometo, grande o “pequeño”, aunque sea escondido, abaja a todos los miembros de la Iglesia, y cuando es público, se convierte en “piedra de tropiezo” para quien nos ve o escucha. Con mi mal ejemplo o enseñanzas induzco a los más débiles a cometer el mal. Con mi pecado, con mis incoherencias, con mi mal testimonio, aparto a las personas de Dios en vez de acercarlas a Él.


Ante la responsabilidad enorme que cada cual tiene frente a los “pequeños” nadie puede repetir las palabras de Caín: «¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?» (Gén 4, 9). “Si otro se escandaliza (justamente) por lo que yo hago, no es mi problema.” ¡No! Somos responsables de la edificación de nuestros hermanos humanos, es nuestra obligación moral ser buen ejemplo para el prójimo. Los “pequeños”, los frágiles y débiles en la fe, deben poder encontrar en nosotros un referente, personas cristianas de verdad, personas ejemplares que por su conducta irreprochable y una vida de fe coherente los acerquen al Señor Jesús y a su Iglesia.


Finalmente, no olvidemos que el primer “prójimo”, el más “próximo” a mí, soy yo mismo. Por tanto, el primero a quien debo evitar escandalizar es a mí mismo. En ese sentido, el Señor me invita a apartar radicalmente de mi vida todo aquello que es para mí causa de tropiezo, todo aquello que me lleva a pecar, pues «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Nos hemos prometido a nosotros mismos ser discípulos de Cristo; mortifiquémonos, porque la mortificación maltrata a la impureza. Ésta es la hora de la lucha. No nos retiremos, por el temor de devenir esclavos del pecado. Hemos sido constituidos luz del mundo; que nadie se escandalice por causa nuestra».

San Pacomio


«Con razón se llama pequeñito al que puede ser escandalizado, porque el que es grande aunque tenga que padecer, no abandonará su fe, mientras que el pequeño y pobre de espíritu busca ocasiones de escándalo. Por tanto debemos ocuparnos principalmente de los que son pequeños en la fe, para que por causa nuestra no se ofendan y se aparten de la fe, perdiendo la salvación».

San Beda


«Es de notar, sin embargo, que en nuestras buenas obras a veces debemos tener en cuenta el escándalo del prójimo, aunque a veces no debemos tampoco pararnos en esto, porque debemos evitar el escándalo cuando podemos hacerlo sin pecar, mas cuando el escándalo nace de la verdad, es más conveniente permitirle que abandonar ésta».

San Gregorio Magno


«Después de enseñarnos el Señor que no debemos escandalizar a los que creen en Él, nos advierte con cuánto cuidado debemos evitar a los que nos escandalizan, esto es, que nos llevan con su palabra y su ejemplo a la ruina del pecado».

San Beda


«No habla de nuestros miembros sino de los amigos íntimos, de los que nos servimos como de los miembros, no habiendo nada tan perjudicial como una mala compañía».

San Juan Crisóstomo


«Llama nuestra mano al amigo necesario, de quien nos valemos diariamente, pero si el tal quisiera dañar nuestro espíritu, deberemos excluirle de nuestra compañía, porque si queremos tener parte en esta vida con un ser perdido, juntamente con él pereceremos en la otra».

San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«El que escandalice a uno de estos pequeños…»


2284: El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave si, por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.


2285: El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen. Inspiró a nuestro Señor esta maldición: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar» (Mt 18, 6) (ver 1 Cor 8, 10-13). El escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo reprocha a los escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de corderos (ver Mt 7, 15).


2286: El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda o por la opinión.


Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a «condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos» (S.S. Pío XII). Lo mismo ha de decirse de los empresarios que imponen procedimientos que incitan al fraude, de los educadores que «exasperan» a sus alumnos (ver Ef 6, 4; Col 3, 21), o de los que, manipulando la opinión pública, la desvían de los valores morales.


2287: El que usa los poderes de que dispone en condiciones que arrastren a hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable del mal que directa o indirectamente ha favorecido (ver Lc 17, 1).


2326: El escándalo constituye una falta grave cuando por acción u omisión se induce deliberadamente a otro a pecar.


1789: La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: «Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo» (1 Cor 8, 12). «Lo bueno es... no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad» (Rom 14, 21).


Conclusion


«Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros»


Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 30 de setiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 38- 43.45.47- 48



Los textos de este Domingo tienen como telón de fondo la necesidad de tener un recto discernimiento cristiano. El intento de querer monopolizar el uso carismático del nombre de Jesús por parte de sus discípulos San Marcos 9, 38- 43.45.47- 4, o el espíritu de profecía por parte de Josué (Números 11, 25 -29), tiene su respuesta en las palabras de Jesús: «El que no está contra nosotros, está a nuestro favor», y en las de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!». El Apóstol Santiago (Santiago 5, 1-6) se dirige, ya en el final de su carta, a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta en relación al justo, al que han condenado y matado; y así hacerles reflexionar sobre el día del juicio final.


¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara!


La Primera Lectura hace parte de los lamentos de Moisés ante las constantes quejas del pueblo, que siente nostalgia por la abundancia de alimentos que tenían en Egipto. Moisés, que se siente abrumado con tantos problemas, clama a Dios: «No puedo cargar yo sólo con este pueblo: es demasiado pesado para mí» (Nm 11,14). Dios responde a Moisés diciendo que tomaría su Espíritu para ponerlo sobre setenta ancianos a fin de que lleven juntos la carga del pueblo. Moisés nos dice cómo «el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen alguna querella vienen a mí y yo me pronuncio entre ellos, haciéndoles saber los mandatos de Dios y sus leyes» (Ex 18,15s). Esto mismo es lo que aquellos ancianos van a realizar movidos por el Espíritu que Dios les otorgará, y que en la Biblia se denominará «profetizar». Da ahí comenzaron su actividad ayudando a Moisés en el gobierno del pueblo. La institución de «los setenta ancianos» se mantuvo hasta los tiempos de Jesús, aunque en forma modificada. En tiempos de Jesús, el Sanhedrín o Gran Concilio se componía de los «jefes principales, los escribas y los ancianos» y tiene su origen en la elección de Moisés.


En nuestro pasaje dominical vemos como el incidente de Eldad y Medad sirve para introducir en la historia a un muchacho llamado Josué, que va a ser el sucesor de Moisés, y también para sentar la tesis, que viene a ser como la culminación de todo el pasaje: «¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!» (Nm 11,29). Joel se hará portavoz de estos mismos deseos (Jl 3,1-2), y Pedro los verá cumplidos el día de Pentecostés Hch 2,16-1. Josué quisiera monopolizar el espíritu solamente en Moisés Nm 11,28 Lo mismo vemos que hará Juan en el Evangelio (Mc 9,38-40). Pero éste no es el paecer de Moisés (Nm 11,29), ni el de San Pablo (1 Tes 5,19-20), ni tampoco el de Jesús (Mc 9,38-40) ya que «el viento sopla donde quiere» (Jn 3,.


«¡Vosotros, ricos, llorad y dad alaridos!»


La carta de Santiago concluye con dos series de exhortaciones. Esta primera se centra en algunos aspectos negativos que ya han merecido anteriormente la atención del autor sagrado; destaca en especial la denuncia de la situación injusta creada por los ricos que explotan a sus hermanos los pobres. La dimensión social del mensaje de Santiago es evidente y realmente cuestionadora. Es posible y probable que en estos pasajes de la carta reflejen la situación concreta de la comunidad de Jerusalén, en la que abundaban los necesitados. Pero en la comunidad hay también ricos que no parecen prestar demasiada atención a los pobres, y por ello son denunciados con palabras que recuerdan el tono condenatorio de los antiguos profetas y del mismo Jesús (ver Lc 6,24-26).


Sin duda, el pasaje debe de ser entendido en una dimensión escatológica; las calamidades que aguardan a los ricos se sitúan en la perspectiva del Juicio Final (ver Mt 6, 19; Is 5,8-10; Am 2,6-7). Vemos cómo, en una visión profética, se contempla el final negativo de las riquezas acumuladas a costa de «condenar y matar al justo». Entonces serán el oro y la plata los que gritarán contra los ricos (St 5,3) ya que «cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,45).


«El que no está contra vosotros, está por vosotros»


El Evangelio comienza abruptamente sin introducción, ni presentaciones y habla de un extraño que expulsa demonios en nombre de Jesús pero que no anda con ellos. Según el Apóstol Juan, nadie puede invocar el nombre de Jesús, si no pertenece al círculo de los discípulos: por dos veces repite la circunstancia «no viene con nosotros». Comentando este punto, nos dice el Pseudo-Crisóstomo: «No era, pues, por envidia o celo por lo que quería San Juan impedir que lanzase aquel hombre los demonios, sino porque deseaba que todos los que invocaban el nombre del Señor siguiesen a Cristo y formasen como un solo cuerpo con sus discípulos. Pero el Señor por medio de éstos que hacen milagros, aunque sean indignos de ello, llama a otros a la fe, y por esta inefable gracia los induce a hacerse mejores. “No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús”».


Ciertamente lo que ese hombre anónimo hacía era expulsar demonios. Esto fue lo que hizo Jesús desde el primer momento de su ministerio público; y también a sus apóstoles les dio poder sobre los demonios (ver Mc 3,14-15). Para expulsar demonios era necesario poseer un poder que venía de lo alto. Por eso a la expulsión del demonio Jesús la llama: «obrar un milagro invocando mi nombre». La condición esencial para que un milagro se realice es que quien lo realiza no crea que se da por su virtud o en mérito propio sino exclusivamente por gracia (regalo, don) de Dios. Lo que el hombre consigue por su propia virtud no es un milagro; es un logro humano. Los milagros no se conceden sino por la fe, y no cualquier fe sino «aquella que mueve las montañas».


Quien tiene esta fe, y por eso obra milagros, obviamente reconoce a Cristo como Dios. Este no puede «hablar mal de Cristo». De su boca no puede salir más que alabanzas y agradecimientos hacia Jesús. Como conclusión de este episodio, notemos cómo Jesús pasa del trato que recibe Él – «no puede hablar mal de mí» – al trato que reciben los apóstoles – «no está contra vosotros», expresando una identificación con ellos. Recordemos que ya lo había dicho de manera explícita: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). No estar contra significa estar a favor. No hay opción intermedia. Respecto a Jesucristo todos tenemos que optar y esa opción es radical: en contra o a favor. Finalmente aprendemos de este episodio que la gracia de Cristo es absolutamente libre y gratuita ya que también puede actuar fuera de los cauces ordinarios.


Lo que está en juego…


La segunda idea que vemos en el Evangelio es: Jesús anuncia la recompensa o el castigo según la actitud de los discípulos. Jesús describe a sus discípulos por medio de dos expresiones «los que son de Cristo» y «estos pequeños que creen». Si el apóstol Juan parecía entender que Jesús era propiedad de los Doce, ahora Jesús dice que, en realidad, ellos son de Cristo. Y Cristo agradece incluso un vaso de agua dado a uno de ellos y promete recompensa. Vemos como Jesús considera gravísimo quien ponga un obstáculo y haga caer – que esto es lo que significa «escándalo» – a uno de sus pequeños discípulos como cariñosamente los llama. El «escándalo», en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. La responsabilidad es inmensa ya que la figura utilizada por Jesús es extrema: «mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar». La comparación puede sonar extraña en los labios de Jesús pero expresa toda la gravedad que atribuye al escándalo.


Por último, hay una tercera parte del Evangelio en que Jesús advierte a sus discípulos contra el pecado grave, el pecado que priva de la vida divina a quien lo comete. «Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela…». La frase tiene una lógica implacable. Si el pecado trae la muerte entera al hombre entero, ciertamente antes de cometer un acto de tan graves consecuencias, más vale perder una mano. Y para que se entienda claramente el mensaje el Señor lo va a repetir por tres veces. ¿Cómo describe Jesús la gehena? Es un lugar donde «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» .


Nos dice nuevamente el Pseudo – Crisóstomo: «He aquí el testimonio profético de Isaías: “Cuyo gusano no muere nunca, y cuyo fuego jamás se apagará” (Is 66,24). Pero no es del gusano material del que habla, sino del gusano de la conciencia que remuerde al que no ha obrado el bien. Cada cual será su propio acusador, recordando lo que hizo en la vida mortal, y por eso su gusano no morirá nunca». Que el fuego no se apague significa que el tormento físico causado por la sensación del calor abrasador no acaba nunca y no hay posible refresco. Así describe Jesús la pena eterna debido al pecado.


Una palabra del Santo Padre:


«Segunda palabra: Pequeñez. En el Evangelio, Jesús alaba al Padre porque ha revelado los misterios de su Reino a los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños que saben cómo acoger los secretos de Dios? Los pequeños son aquellos que necesitan a los grandes, que no son autosuficientes, que no creen que pueden bastarse a sí mismos. Pequeños son aquellos que tienen el corazón humilde y abierto, pobre y necesitado, que sienten la necesidad de orar, de confiarse y de dejarse acompañar. El corazón de estos pequeños es como una antena, capta la señal de Dios, inmediatamente, se da cuenta enseguida. Porque Dios busca el contacto con todos, pero el que se hace grande crea una interferencia enorme, no llega el deseo de Dios: Cuando uno está lleno de sí mismo, no hay lugar para Dios. Por lo tanto, Él prefiere a los pequeños, se revela a ellos, y la forma de encontrarse con Él es bajarse, encogerse dentro, reconocerse necesitado. El misterio de Jesucristo es misterio de pequeñez: Él se bajó, se aniquiló. El misterio de Jesús como vemos en la Hostia en cada misa, es un misterio de pequeñez: de amor humilde, y solo se puede comprender siendo pequeño y frecuentando a los pequeños.


Y ahora podemos preguntarnos: ¿sabemos cómo buscar a Dios allí dónde está? Aquí hay un santuario especial donde está presente, porque hay tantos de los pequeños que Él prefiere. San Pío lo llamó «templo de oración y ciencia», donde todos están llamados a ser «reservas de amor» para los demás (Discurso por el I aniversario de la inauguración, 5 de mayo de 1957): es la Casa de reposo del sufrimiento. En el enfermo se encuentra Jesús, y en el amoroso cuidado de aquellos que se inclinan sobre las heridas del prójimo, está el camino para encontrar a Jesús. Quien cuida a los niños está del lado de Dios y vence a la cultura del descarte, que, por el contrario, prefiere a los poderosos y considera inútiles a los pobres. Los que prefieren a los pequeños proclaman una profecía de vida contra los profetas de muerte de todos los tiempos, también de hoy, que descartan a la gente, descartan a los niños, a los ancianos, porque no sirven.


De pequeño, en la escuela, nos enseñaban la historia de los espartanos. A mí siempre me llamaba la atención lo que nos decía la maestra, que cuando nacía un niño o una niña con malformaciones lo llevaban a la cima del monte y lo arrojaban desde allí para que no hubiera niños como ellos. Nosotros, los niños, decíamos: «¡Pero que crueldad!». Hermanos y hermanas, nosotros hacemos lo mismo, con más crueldad, con más ciencia. Lo que no sirve, lo que no produce, se descarta. Esta es la cultura del descarte; hoy no se quiere a los pequeños. Por eso Jesús se deja de lado.


Finalmente, la tercera palabra. En la primera lectura, Dios dice: «No se alabe el sabio por su sabiduría, ni se alabe el valiente por su valentía» (Jeremías 9, 22). La verdadera sabiduría no estriba en tener grandes cualidades y la verdadera fuerza no está en la potencia. Los que se muestran fuertes y los que responden al mal con el mal no son sabios. La única arma sabia e invencible es la caridad animada por la fe, porque tiene el poder de desarmar a las fuerzas del mal. San Pío luchó contra el mal durante toda su vida y luchó con sabiduría, como el Señor: con humildad, con obediencia, con la cruz, ofreciendo el dolor por amor. Y todos están admirados; pero pocos hacen lo mismo. Todos hablan bien, pero ¿cuántos imitan? Muchos están dispuestos a poner un «me gusta» en la página de los grandes santos, pero ¿quién hace cómo ellos? Porque la vida cristiana no es un «me gusta»; es un «me consagro». La vida perfuma cuando se ofrece como un don; se vuelve insípida cuando se guarda para uno mismo.


Y en la primera lectura, Dios también explica de dónde sacar la sabiduría de la vida: «se alabe quien se alabare: en tener seso y conocerme, porque yo soy Yahveh, que hago merced, derecho y justicia sobre la tierra» (v. 23). Conocerle, es decir encontrarlo, como Dios que salva y perdona: este es el camino de la sabiduría. En el Evangelio, Jesús reafirma: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados» Mateo 11, 2. ¿Quién de nosotros puede sentirse excluido de la invitación? ¿Quién puede decir: «No lo necesito»? San Pío ofreció su vida y sus innumerables sufrimientos para hacer que los hermanos se encontrasen con el Señor. Y el medio decisivo para encontrarlo era la Confesión, el sacramento de la Reconciliación».


Papa Francisco. Homilía en San Giovanni Rotondo. Sábado 17 de marzo de 2018.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Nosotros podemos escandalizar a muchas personas con nuestra propia incoherencia o mal ejemplo. ¿Soy verdadero testimonio de mi amor a Dios y a su Iglesia? ¿En qué actitudes podría ser escándalo para los pequeños del Señor?


2. A la luz de la Carta del Apóstol Santiago, ¿soy una persona justa y generosa? ¿De qué manera concreta vivo la caridad?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2258- 2262. 2284 – 2326


!GLORIA A DIOS!



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