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Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee septiembre Ee 2018 a las 22:45

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


23-29 de Septiembre del 2018


"Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos"




Sab 2, 12.17-20: “Lo condenaremos a muerte humillante.”


Los malvados dijeron entre sí:

— «Tendamos una trampa al justo, veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si el justo es hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a humillación y tortura, para comprobar su resistencia y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte humillante, pues, según dice, Dios lo protegerá».


Sal 53, 3-6.8: “El Señor sostiene mi vida”


Oh Dios, sálvame por tu nombre,

sal por mí con tu poder.

Oh Dios, escucha mi súplica,

atiende mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,

y hombres violentos me persiguen a muerte,

sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,

el Señor sostiene mi vida.

Te ofreceré un sacrificio voluntario,

dando gracias a tu nombre, que es bueno.


Stgo 3, 16-4, 3: “Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia”


Queridos hermanos:

Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva,

dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

¿De dónde proceden las guerras y las peleas entre ustedes? ¿No es precisamente de esas pasiones

que luchan en su interior? Ustedes ambicionan, y no obtienen, matan y sienten envidia pero no

pueden conseguir nada y entonces combaten y hacen la guerra.

No obtienen lo que quieren porque no se lo piden a Dios; y si se lo piden, no lo reciben porque lo

piden mal, pues lo quieren para derrocharlo en sus placeres.


Mc 9, 30-37: “Si quieres ser el primero, sé el servidor de todos”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no

quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía:

— «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de

muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaum, y, una vez en

casa, les preguntó:

— «¿De qué discutían por el camino?»

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se

sentó, llamó a los Doce y les dijo:

— «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

— «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no

me recibe a mí, sino al que me ha enviado».


NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura escuchamos un discurso confabulatorio entre hombres inicuos que, cegados

por su odio, traman el mal contra un hombre justo. Deciden someterlo al tormento y a una

muerte afrentosa, porque les incomoda que les eche en cara su maldad. Su ensañamiento contra

el justo es, además, un desafío a Dios mismo, pues dicen con sorna: «según él, Dios le salvará».

Imposible no pensar en la confabulación que llevó a la crucifixión al Señor Jesús. Él, el Justo por

excelencia, es sometido al ultraje, al tormento y a la muerte afrentosa por quienes no resisten que

repruebe su modo de obrar. También de Él dirán con sorna al pie de la Cruz: «Ha puesto su

confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de

Dios”» (Mt 27, 43).


En la raíz del odio, de todo espíritu de contienda, de los deseos de venganza, de la violencia

contra los inocentes, de las envidias y rivalidades, están «esas pasiones que luchan en el interior»

de cada uno (2ª. lectura). Las luchas externas son consecuencia y manifestación de una lucha

invisible, que se libra en el interior de la persona misma. Toda falta de armonía y reconciliación

personal se exterioriza en una actitud agresiva y conflictiva para con los demás. Ante esta

realidad, que es fruto del pecado, el apóstol invita a abandonar cualquier espíritu de contienda

abriéndose a «la sabiduría que viene de arriba». Vivir de acuerdo a los criterios del “mundo”

lleva a guerras y divisiones. En cambio, vivir de acuerdo a las enseñanzas divinas trae la paz y

lleva a una convivencia pacífica, que deviene en frutos buenos. Un cambio de mentalidad es

necesario para la conversión.


Nadie está libre de esta lucha interior, alentada por las pasiones desordenadas. También los

apóstoles experimentan las «pasiones que luchan en su interior», la ambición que lleva a querer

ser “el primero” en lo que se refiere a puestos de honor, de poder, de dignidad. La ambición de la

primacía, el deseo de querer estar por encima de los demás, entrampa a los discípulos en una

poco fraternal discusión: ¿quién de ellos es el más importante? Llegados a casa, el Señor les

pregunta sobre lo que andaban discutiendo por el camino. El Señor lo sabe, pero quiere que ellos

mismos expongan a la luz lo que pretendían discutir “entre ellos”. Ninguno responde. Todos

callan por vergüenza. Entonces el Señor convoca a sus apóstoles, une en torno a sí a quienes la

discusión por los primeros puestos ha dividido, atrae a aquellos que necesitan aprender a

dominar y encauzar rectamente aquella pasiones que, de lo contrario, servirán tan solo para

encender envidias y promover rivalidades y divisiones entre ellos.


Una vez reunidos en torno a Él, los invita a una profunda conversión mediante el “cambio de

mente”: deben despojarse de criterios que responden a pasiones desordenadas y revestirse de “la

sabiduría que viene de arriba”. Según esta sabiduría, tan opuesta a la mentalidad del mundo,

«quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». A quienes Él

llama y destina a asumir los “primeros puestos” en su Iglesia, los invita a comprender que este

puesto de gobierno es ante todo un puesto de servicio. Deben cuidarse muy bien de no tomar

estos puestos como una ocasión para alimentar su orgullo y vanidad, para sentirse superiores a

los demás, para someter a los demás. Una vez revestidos del poder de Cristo, habrán de ser

servidores de todos, imitando al Maestro que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida en

rescate por todos.

Con un gesto el Señor refuerza su enseñanza: llamando a un niño y poniéndolo en medio,

abrazándolo con ternura para luego decir: «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me

recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado».

El niño, en términos sociales, no tenía valor alguno en la sociedad judía. Mas Dios no rechaza a

los pequeños, a los insignificantes, a los que “no tienen poder alguno” ni disfrutan de primeros

puestos, honores y grandezas humanas. Recibir a un niño “sin valor” es recibir a Cristo mismo, y

con Él al Padre. Los Apóstoles no sólo deberán hacerse como niños, sino acoger y proteger a los

“niños” o pequeños como lo hace el mismo Señor.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Las pasiones son fuerzas interiores que Dios mismo puso en su criatura humana, fuerzas que le

mueven a conquistar el bien o a apartarse del mal. El pecado introduce un serio desorden en el

ser humano, por el que las pasiones son puestas a su servicio al punto que pareciera que son ellas

las que arrastran al ser humano al mal.


El ser humano buscará siempre su bien y en cambio se apartará de lo que entiende es malo para

él. Mas las pasiones ‘arrastran’ al mal cuando éste se presenta al entendimiento como un bien, en

cambio apartan del bien objetivo cuando éste aparece al entendimiento como un mal. Esta

confusión y cambio, que lleva a ver el mal objetivo como algo “bueno para mí” o el bien

objetivo como algo “malo para mí”, es posible por el “entenebrecimiento de nuestra mente” (ver

Rom 1, 21) o “escotosis” producida por el pecado.


Cuando debido a este proceso de ilusión y auto-engaño el mal aparece ante mi propio

entendimiento como “bueno para mi”, la voluntad y las fuerzas pasionales se despiertan con el

fin de obtenerlo. De este modo las pasiones son puestas muchas veces al servicio del pecado y

nos llevan a nuestra propia destrucción (Ver Eclo 19, 4), cuando Dios las ha puesto en nosotros

para servir a nuestra auténtica realización humana, servir a nuestro perfeccionamiento para llegar

a ser lo que Él nos ha llamado a ser: hijos suyos, partícipes de su misma naturaleza divina (Ver 2

Pe 1, 4).


Detrás de nuestras pasiones desordenadas que nos llevan al mal hay que buscar el criterio

equivocado. «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes?», pregunta

Santiago, y responde: de la codicia y envidia, de pensar que es un mal para mí que el otro posea

un bien que yo no tengo, y que me hará feliz si lo despojo y me apodero de lo que él tiene y yo

ambiciono. Pensar que el bien del otro es un mal para mí es un criterio equivocado, un

pensamiento errado, que lleva a la división, a las peleas, discordias, y es generador de todo tipo

de males.


También los discípulos del Señor Jesús fueron víctimas de un criterio equivocado que despertó

en ellos la pasión, que suscitó el deseo y la ambición de alcanzar los primeros puestos para “ser

superiores a los demás”. Pensaban acaso: “eres más si gozas de fama, de honor, de poder, si

alcanzas los primeros puestos, si los demás están al servicio de tus caprichos personales”. ¿No es

éste el criterio del ‘mundo’, que alienta la ambición? “Para ser ‘alguien’ en la vida tienes que

triunfar, tienes que alcanzar los primeros puestos, tienes que ejercer dominio sobre los demás…

así serás feliz.”


El Señor nos invita a cambiar este y cualquier otro criterio equivocado y sustituirlo por “la

sabiduría que viene de lo Alto”: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el

servidor de todos». No enseña a huir de los puestos de importancia, o a no buscarlos, pero invita

a purificar la motivación, a no buscar los primeros puestos con el fin de enaltecerse uno a sí

mismo. El Señor enseña la necesidad de vivir la humildad, e invita a buscar hacer de los

“primeros puestos” un puesto de servicio, a valerse de ellos para elevar a los demás.

Quien piensa como el Señor, que siendo Dios no ha venido a ser servido sino a servir, quien

descubre que el bien propio está en buscar el bien de los demás, podrá reordenar sus pasiones y

encontrará en ellas una fuerza extraordinaria para trabajar al servicio de los demás, para construir

la paz, para ser artesano de reconciliación en el mundo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Parece que la disputa de los Apóstoles sobre la primacía surgió de haber visto que Pedro,

Santiago y Juan habían sido llevados con preferencia al monte, y que allí se les había confiado

algo en secreto; y que a Pedro según refiere San Mateo (cap. 16) le habían sido prometidas las

llaves del reino de los cielos. Viendo, pues, el Señor el pensamiento de sus discípulos, cuida de

corregir con la humildad el deseo de gloria, enseñando con autoridad que no debe buscarse la

primacía sino por el ejercicio de una sencilla humildad».

San Beda


«Los discípulos ambicionaban alcanzar honores del Señor y deseaban ser enaltecidos por Cristo,

porque cuanto más elevado está el hombre, es más digno de ser honrado. Por esto el Señor no

puso obstáculo al deseo de sus discípulos, sino que los condujo a la humildad».

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El sacerdocio ministerial es para el servicio


894: «Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se

les han confiado no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con

su autoridad y potestad sagrada», que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de

servicio que es el de su Maestro.


1551: “Esta función (del sacerdocio ministerial), que el Señor confió a los pastores de su pueblo,

es un verdadero servicio” (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende

totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la

comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica “un poder sagrado”, que no es otro

que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de

Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos.


La autoridad es para el servicio


1917: Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza

en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La

participación comienza por la educación y la cultura. «Podemos pensar, con razón, que la suerte

futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las

generaciones venideras razones para vivir y para esperar» (GS 31, 3).


2235: Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. «El que quiera llegar a

ser grande entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20, 26). El ejercicio de una autoridad está

moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico. Nadie

puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.


2236: El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de

facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer

la justicia distributiva con sabiduría, teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada

uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar por que las normas y disposiciones que

establezcan no induzcan a tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad.


CONCLUSION


«El que quiera ser el primero, sea el servidor de todos»


Domingo de la Semana 25ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 23 de setiembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 30-37


Sin duda, Jesucristo ha traído una verdadera revolución al hombre ya sea por su persona, sus

enseñanzas y, sin duda, por su propia vida. Este auténtico cambio nace de una aproximación

diferente a la vida y es lo que leemos en los textos de las lecturas dominicales. Por un lado, el

injusto se cuestiona por el testimonio de aquel que coloca su fortaleza y su confianza en el Señor.

Leemos que nada malo le va a pasar pues Dios «le librará de las manos de sus enemigos…y le

visitará» (Sabiduría 2, 12.17-20).


Los discípulos del Maestro Bueno son constantemente educados para que entiendan que «quien

quiera ser el primero tiene que ser el último y el servidor de todos» (San Marcos 9, 30-37),

escribe Santiago, qué nos tiene ya acostumbrados a sus afirmaciones claras y directas. Ahora nos

propone un verdadero programa de renovación personal que implica un verdadero cambio de

mentalidad y de vida. Las guerras, la violencia, las contiendas y toda clase de maldad; nunca

pueden provenir de la Sabiduría que vienen de lo alto sino de las pasiones desordenadas que

encontramos en nuestro interior (Santiago 3, 16 – 4,3).


El justo perseguido


La primera lectura del libro de la Sabiduría es un fragmento del discurso de los malvados

enjuiciando y condenando al «justo». ¿Quién es ese justo perseguido? ¿A quién se refiere? A

semejanza del «Siervo de Dios» que leemos en el profeta Isaías; la situación y cualidades de este

«justo, hijo de Dios» se pueden verificar, sobre todo, en la persona de Jesús de Nazaret.


El libro de la Sabiduría debió de ser escrito por un judío familiarizado con la cultura helénica del

siglo I a.C. De modo que podemos afirmar que es, cronológicamente, el último libro del Antiguo

Testamento. Todo el libro fue escrito en griego y el autor debió haber vivido en Alejandría que

era la capital del helenismo bajo la dinastía de los Ptolomeos donde había una importante y

fuerte colonia judía. El autor se dirige en primer lugar a los judíos, sus compatriotas, cuya

fidelidad está en peligro por el prestigio de la civilización alejandrina.


La cuestión de la retribución, que tanto preocupaba a los sabios, recibe en él la solución

afirmando que Dios ha creado al hombre para la incorruptibilidad y que «el amor es la

observancia de las leyes» (Sab 6,18). Esto será lo que garantizará la incorruptibilidad que no es

sino «estar cerca de Dios» (Sab 6,19). Es interesante destacar que él no alude a una resurrección

corporal pero ya introduce la idea de una resurrección de los cuerpos en forma espiritualizada.


La sabiduría que viene de lo alto


Nadie está exento de caer en envidias, contiendas y en rivalidad. Ni siquiera los cristianos a los

que el Apóstol Santiago dirige su carta. En ella, en cadencia sapiencial y veterotestamentaria, va

exponiendo dichos, exhortaciones y normas de ética general que tienen su origen en la fe en

Jesucristo. En el texto vemos como primero se contrapone la sabiduría de arriba a la terrena, la

verdadera a la falsa. La primera genera envidia y peleas; la segunda paz, misericordia y

sinceridad.


Como hemos estado leyendo en los domingos anteriores, para Santiago la fe, la religión y la

sabiduría cristianas deben de vivirse en la vida cotidiana. La vida coherente es la que demuestra

que un cristiano es sabio, lo demás puede ser pura apariencia. Lamentablemente las apariencias

fácilmente engañan. El saber entre cristianos no se mide principalmente por la locuacidad, la

facilidad de palabra o la inteligencia, sino por vivir en concreto las actitudes que emanan del

misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo (ver 1 Cor 1,24).


El segundo anuncio de la Pasión


La enseñanza acerca del destino de Jesús, que comenzó después de la confesión de Pedro: «Tú

eres el Cristo…», se reanuda ahora. El Evangelio dice que Jesús iba de camino enseñando a sus

discípulos. Vemos cómo el contenido de esa enseñanza es exactamente el mismo. Este es el

segundo anuncio de su Pasión. La insistencia revela el valor que Jesús le atribuye. Salvo la

expresión «Hijo del hombre», todas las demás palabras usadas por Jesús en esa enseñanza son

del vocabulario común y de fácil comprensión para todos. «Hijo del hombre» es una expresión

idiomática hebrea. Puede significar simplemente «hombre»; pero es evidente que, usada por

Jesús, significa algo más que eso; evoca la visión del profeta Daniel, donde se habla de un Hijo

del hombre al cual «se dio imperio, honor y reino…su imperio es un imperio que nunca pasará»

(ver Dan 7,13-14).


Lo que interesa destacar aquí es que no es una expresión oscura para los apóstoles, pues ellos

sabían que Jesús la usaba para hablar de sí mismo. La situación es ésta: Jesús, a solas con sus

discípulos les explica largamente durante el camino algo que Él considera de fundamental

importancia; lo hace en términos fáciles de entender; y ya no es la primera vez.


¿Por qué ellos no lo entienden? ¿Qué es lo que no entienden? En realidad, es un «no entender»

que significa «no aceptar», «no reconocer» y hasta podría significar «rechazar lo que decía» ver

1Cor 14,38. Ellos prefieren no seguir haciendo preguntas. No quieren aceptar eso de tener que

sufrir, no aceptan que a la vida se llegue por el camino de la cruz y la muerte. A esto se refería

Jesús cuando, en la última cena, les dice: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no

podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa»

(Jn 16,12-13). Cuando vino el Espíritu Santo, entonces lo entendieron bien y, por eso, nos

dejaron los Evangelios, que fueron escritos por quienes saben lo que dicen.


¿Qué discutían por el camino?


La continuación del relato nos muestra cómo los discípulos aún permanecían aferrados a sus

criterios «mundanos». Cuando llegan a Cafarnaúm, Jesús les pregunta sobre lo que discutían en

el camino, perciben que la preocupación de ellos contrasta con la de Jesús, y callan. En efecto,

«por el camino entre sí habían discutido quién era el mayor». Jesús aprovecha la ocasión para

presentar la misma enseñanza que les había dicho pero de otra manera. Esta vez la solemnidad de

la enseñanza está indicada por la posición que asume: «se sienta y llama a los Doce». Es la

actitud del maestro que enseña desde la cátedra (de aquí la expresión «ex cathedra» porque lo

que va a decir reviste de gran importancia. Dos condiciones se deben de cumplir quien quiera ser

el primero: «ser el último de todos y ser servidor de todos».


El Evangelio de hoy nos ofrece uno de los argumentos más claros de la historicidad del mismo.

El autor sagrado – en este caso San Marcos – escribe su Evangelio después de la Resurrección de

Cristo y bajo la inspiración del Espíritu Santo que le concedió una comprensión plena del

misterio de Cristo. Pero eso no le impidió referir con veracidad los hechos de la vida de Cristo.

Vemos cómo los únicos testigos de los hechos narrados son los apóstoles, sin embargo ¿por qué

registran aspectos tan negativos de ellos mismos? Ellos son los jefes y responsables de una

comunidad y como tales, a ellos no les favorecía aparecer ante los fieles como incapaces de

comprender, desentendidos de la misión de Cristo y ambiciosos.


La única explicación razonable de la inclusión de estos episodios en el Evangelio es la absoluta

seriedad y responsabilidad con que los apóstoles transmitieron la verdad acerca de toda la vida

de Jesús, incluso de aquellos episodios en que ellos quedaban mal. Prefirieron la verdad antes

que su propio prestigio. Esto nos garantiza a nosotros, que estamos leyendo hechos realmente

históricos, transmitidos por aquellos que tenían la verdad como máxima preocupación.


Una palabra del Santo Padre:


«En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de vida, hemos sido

totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no

se ahorró este paso. Es el misterio que contemplamos cada año en Navidad. El belén es el icono

que nos comunica esta realidad del modo más sencillo y directo. Pero es curioso: Dios no tiene

dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas para comprender

a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bonitas y fuertes de Jesús

sobre los «pequeños». Este término «pequeños» se refiere a todas las personas que dependen de

la ayuda de los demás, y en especial a los niños. Por ejemplo, Jesús dice: «Te doy gracias,

Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos,

y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25). Y dice también: «Cuidado con despreciar a

uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el

rostro de mi Padre celestial» (Mt 18, 10).


Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la

Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de

Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos

necesitamos ayuda, amor y perdón.


Los niños nos recuerdan otra cosa hermosa, nos recuerdan que somos siempre hijos: incluso

cuando se llega a la edad de adulto, o anciano, también si se convierte en padre, si ocupa un

sitio de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos

hijos. Y esto nos reconduce siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros

mismos, sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que nos ha sido

dado. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuésemos nosotros los

dueños de nuestra existencia y, en cambio, somos radicalmente dependientes. En realidad, es

motivo de gran alegría sentir que, en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición

social, somos y permanecemos hijos. Este es el principal mensaje que nos dan los niños con su

presencia misma: sólo con ella nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos

hijos.

Y son numerosos los dones, muchas las riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré

sólo algunos.


Portan su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza

espontánea en el papá y en la mamá; y tiene una confianza natural en Dios, en Jesús, en la

Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún no está contaminada por la malicia, la

doblez, las «incrustaciones» de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los

niños tienen el pecado original, sus egoísmos, pero conservan una pureza y una sencillez

interior. Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven,

directamente. Y muchas veces ponen en dificultad a los padres, manifestando delante de otras

personas: «Esto no me gusta porque es feo». Pero los niños dicen lo que ven, no son personas

dobles, no han cultivado aún esa ciencia de la doblez que nosotros adultos lamentablemente

hemos aprendido.


Los niños —en su sencillez interior— llevan consigo, además, la capacidad de recibir y dar

ternura. Ternura es tener un corazón «de carne» y no «de piedra», come dice la Biblia (cf. Ez

36, 26). La ternura es también poesía: es «sentir» las cosas y los acontecimientos, no tratarlos

como meros objetos, sólo para usarlos, porque sirven…


Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos, cuando los tomo para abrazarlos,

sonríen; otros me ven vestido de blanco y creen que soy el médico y que vengo a vacunarlos, y

lloran… pero espontáneamente. Los niños son así: sonríen y lloran, dos cosas que, en nosotros,

los grandes, a menudo «se bloquean», ya no somos capaces… Muchas veces nuestra sonrisa se

convierte en una sonrisa de cartón, algo sin vida, una sonrisa que no es alegre, incluso una

sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.

Depende siempre del corazón, y con frecuencia nuestro corazón se bloquea y pierde esta

capacidad de sonreír, de llorar. Entonces, los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y a

llorar. Pero, nosotros mismos, tenemos que preguntarnos: ¿sonrío espontáneamente, con

naturalidad, con amor, o mi sonrisa es artificial? ¿Todavía lloro o he perdido la capacidad de

llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todos estos motivos Jesús invita a sus discípulos a «hacerse como niños», porque «de los

que son como ellos es el reino de Dios» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14)».


Papa Francisco. Audiencia General 18 de marzo de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Para nosotros también se nos hace «difícil de entender» el mensaje de Jesús. En efecto vemos

cómo muchas veces queremos ser los primeros y difícilmente entendemos que todo puesto de

autoridad tiene que ser un puesto de servicio. ¿Cómo vivo yo esta realidad? ¿Me cuesta servir?

¿Me cuesta ser el último?


2. Leamos con calma la Segunda Lectura y hagamos un verdadero examen de conciencia a partir

de los «criterios evangélicos» que coloca Santiago.


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817 – 1829. 2546. 2631. 2713.


GLORIA A DIOS!

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