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El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 23:20

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


16 - 22 de Septiembre del 2018


"El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"





Is 50, 5-9: “El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás”


El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.

Mi defensor está cerca: ¿quién me denunciará? Comparezcamos juntos: ¿quién me va a acusar? ¡Que venga y me lo diga!

Sepan que el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme?


Sal 114, 1-9: “Caminaré en presencia del Señor”


Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y en angustia. Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida”.

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Stgo 2, 14-18: “La fe, si no tiene obras, está muerta”

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?

Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de ustedes les dice: «Dios los ampare; abríguense y llénense el estómago», y no les da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?

Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe».


Mc 8, 27-35: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pueblos de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos:

— «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron:

— «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».

Él les preguntó:

— «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?»

Pedro le contestó:

— «Tú eres el Mesías».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos:

— «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro:

— «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:

— «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».


NOTA IMPORTANTE


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor pregunta a los Apóstoles sobre lo que piensa la gente sobre su identidad. ¿Quién es Jesús? Los discípulos habían recogido algunas de las opiniones más comunes: «Unos [dicen que tú eres] Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».


Los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar al común de la gente que se trataba de «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24, 19). Sin embargo, hay confusión en cuanto a su identidad, y al tratar de precisar quién es se equivocan completamente.


El Señor pregunta entonces a quienes lo conocen de cerca, a sus Apóstoles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Pedro, en nombre de todos, responde: «Tú eres el Mesías», aquel Ungido por excelencia que Dios había prometido a su pueblo Israel, el descendiente de David, esperado por siglos, que vendría a restaurar el reinado definitivo de Dios en la tierra.


Admitida la respuesta como acertada, el Señor insta a sus Apóstoles a guardar su identidad en el más absoluto secreto. ¿Por qué? Porque si bien es cierto que Él era el Mesías, no se trataba de un Mesías político nacionalista que los judíos y también ellos, los Apóstoles, se habían imaginado y esperaban. Hacer público este anuncio sólo habría entorpecido la misión del Señor. Por tanto, antes de proclamar públicamente que Él era el Mesías, debía corregir la idea equivocada que del Mesías se habían hecho todos, debía instruirlos para que pudiesen despojarse de su idea profundamente enraizada sobre aquel Mesías poderoso y triunfante para reemplazarla por el Mesías humilde, que más bien se identificaba con el Siervo sufriente de Dios anunciado por Isaías (1ª. lectura). Así, pues, una vez que el Señor confirma que Él es el Mesías, empieza a enseñarles que tendrá que «padecer mucho… ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».


Ante este inesperado y sorpresivo anuncio Pedro, llevándoselo a un lado, se puso a increparlo. También el pensaba como todos los judíos de su tiempo: el Mesías traerá consigo la victoria política y la gloria para su pueblo, ¿cómo puede ahora Jesús decir que va a morir en manos de los dirigentes religiosos de su mismo pueblo, si Dios está con Él? ¡Eso no le puede suceder a Él! ¿Por qué anuncia tal cosa? Pedro, desconcertado, se cree con el deber de reprochar semejante disparate, y así lo hace discretamente, llevando a Jesús aparte.


El Señor, en respuesta, lo llama Satanás, el gran enemigo de Dios y de su Mesías. El término Satanás proviene del término bíblico hebreo satán que significa “enemigo”, “opositor”, “adversario”. Pedro, al censurar al Señor y mostrarse contrario a la realización de semejante anuncio, se convierte en portavoz y colaborador de Satanás, se convierte él mismo en adversario y enemigo de Dios, opositor a sus designios reconciliadores. En respuesta merece el más enérgico rechazo y corrección por parte del Señor, que en frente de todos le advierte que en vez de constituirse en obstáculo en su camino, debe ponerse detrás de Él como su seguidor.


Esta última enseñanza es para todos, por eso llama también a la gente y a sus discípulos para presentarles las exigencias del discipulado: quien quiera ser su seguidor debe renunciar a sí mismo, cargar su cruz y andar detrás de Él.


La imagen de cargar la cruz evocaba en sus oyentes una escena habitual: la de los condenados y sentenciados a morir por crucifixión. Era el método preferido que aplicaban los romanos para ejecutar la pena de muerte. Sin duda los judíos veían desfilar cortejos como éste con cierta frecuencia, filas más o menos largas de hombres que marchaban a su propia muerte cargando sobre sí sus propios instrumentos de tortura y ejecución. Se cuenta, por ejemplo, que al morir Herodes el Grande, Varo había hecho crucificar a dos mil judíos. La marcha de estos condenados a muerte era, pues, una imagen conocida. El discípulo de Cristo debía considerarse no un hombre destinado a la gloria humana y mundana, sino un condenado a muerte, un hombre que con su propia cruz a cuestas va siguiendo a Cristo que va a la cabeza de aquel cotejo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En nuestra sociedad occidental se ha puesto muy de moda todo lo que es “light”. Se producen y ofrecen productos o servicios que brindan una cada vez mayor comodidad, diversión, entretenimiento, placer. Los admirables avances tecnológicos han liberado poco a poco al hombre de muchos esfuerzos y sacrificios, haciendo todo más fácil, más cómodo y menos doloroso, para quienes tienen acceso a ellos, claro está. La “cruz”, en cambio, se rechaza cada vez más: «la corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado… pensando que la Cruz no puede abrir ni perspectivas ni esperanzas» (S.S. Juan Pablo II). ¡Cuántas veces, influidos por esta mentalidad, nos tornamos evasivos al sacrificio personal, a la entrega generosa, a la renuncia costosa con la mirada puesta en un bien mayor, cuando es arduo y difícil de conquistar!


Pero, ¿puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin cargar su propia cruz, es decir, sin asumir las exigencias radicales de la vida cristiana, sin asumir la muerte personal como camino a la plenitud y gloria? «El que no carga su cruz y me sigue detrás, no puede ser mi discípulo».


Al pensar en la cruz como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño a la vida del hombre o mujer, de cualquier edad, época, pueblo o condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita enla vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).


Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡Cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!


Muchas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir. Fugamos de muchos modos, a veces al punto de refugiamos en el alcohol, la droga, los placeres ilícitos, el juego, la pornografía, etc. Estos “refugios” nos ofrecen mitigar el dolor o cancelarlo, pero como sólo lo hacen de momento, requieren de nuevas “dosis”, cada vez más fuertes, que terminan sujetándonos a una dura esclavitud que lleva a nuestra lenta pero inexorable destrucción.


Lo cierto es que, sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, se torna estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, no tiene solución. De allí que tantos no busquen sino evadirlo. En cambio, quien mira a Cristo en la Cruz, quien entiende que por su pasión Él nos estaba reconciliando, experimenta cómo su propio sufrimiento, cuando se asocia a la Cruz del Señor, adquiere un sentido tremendo, se transforma en un dolor fecundo, salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros.


La actitud adecuada ante la cruz es asumirla con coraje, buscando en el Señor la fuerza necesaria para llevarla con dignidad. En los momentos de dolor y sufrimiento pidamos intensamente a Dios la gracia para aprender a vivir la mortificación, virtud entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«¿Cómo es, pues, que gozando de una revelación de Dios, cayó tan pronto San Pedro y perdió su estabilidad? Pero diremos que no es de admirar que ignorase esto, no habiendo recibido revelación sobre la pasión. Sabía por revelación que Cristo era Hijo de Dios vivo pero aún no le había sido revelado el misterio de la Cruz y de la Resurrección. Para manifestar, pues, queconvenía que Él llegase a la pasión, increpó a Pedro». San Juan Crisóstomo


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Parece duro y gravoso este precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es duro ni gravoso lo que Él manda, ya que Él mismo nos ayuda también a cumplirlo. (…;) El amor hace que sea leve lo que hay de duro en el precepto». San Agustín


«¿Qué significa: Tome su cruz? Equivale a decir: soporte todo lo molesto; así podrá seguirme. Pues así que empiece a seguirme en mis ejemplos y mandamientos, hallará muchos contradictores, muchos que querrán impedírselo, disuadirlo, y ello entre los mismos que parecen acompañar a Cristo. Iban con Cristo aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguir a Cristo, tu cruz serán las amenazas, las seducciones, los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, mantente firme». San Agustín


«Todos los miembros, cada uno según el lugar y función que tiene en el cuerpo, cada cual a su manera, han de seguir a Cristo; niéguense a sí mismos, esto es, no se busquen a sí mismos; tomen su cruz, esto es, soporten por Cristo en el mundo todo lo que les inflija el mundo. Que amen al único que no defrauda, al único que no se engaña, al único que no engaña; que lo amen, porque es verdad lo que promete. Tu fe vacila, porque sus promesas tardan. Mantente firme, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Tú eres el Mesías”


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en laidentidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el Pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 36).


El anhelo de Cristo: cumplir el Plan de Dios fielmente


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


607: Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).


CONCLUSION


«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»


Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 16 de setiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8,27-35


Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo (San Marcos 8,27-35). La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).


Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Santiago 2,14-18): «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Isaías 50,5-9a).


«He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»


En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.


El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17) ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.


Los criterios buenos


La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.


Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.


«¿Quién dicen los hombres que yo soy?»


El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado… ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.


Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.


«Tú eres el Cristo»


Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo, es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido» .


El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».


Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo». En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.


«¡Quítate de mi vista, Satanás!»


Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado…ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se loesperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.


Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere decir «adversario» en hebreo, porque, así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.


Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).


Una palabra del Santo Padre:


«En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, tras verificar que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (16, 21). Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Pedro, incluso, siente el deber de reprender al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final tan infame. Entonces Jesús, a su vez, reprende duramente a Pedro, lo pone «a raya», porque no piensa «como Dios, sino como los hombres» (cf. v. 23) y sin darse cuenta hace las veces de Satanás, el tentador.


Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, quien, al escribir a los cristianos de Roma, les dice: «No os amoldéis a este mundo —no entrar en los esquemas de este mundo—, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).


En efecto, nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús (cf. Mt 5, 13), es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor ydel Espíritu Santo. En cambio, tendría que ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ella puede transformar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 19). Es triste encontrar cristianos «aguados», que se parecen al vino diluido, y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino diluido no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrar cristianos que ya no son la sal de la tierra, y sabemos que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Su sal perdió el sabor porque se entregaron al espíritu del mundo, es decir, se convirtieron en mundanos.


Por ello es necesario renovarse continuamente recurriendo a la savia del Evangelio. ¿Cómo se puede hacer esto en la práctica? Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, de modo que la Palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida. Recordadlo: os ayudará llevar siempre el Evangelio con vosotros: un pequeño Evangelio, en el bolsillo, en la cartera, y leer un pasaje durante el día. Pero siempre con el Evangelio, porque así se lleva la Palabra de Jesús y se la puede leer. Además, participando en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y además son muy importantes para la renovación espiritual las jornadas de retiro y de ejercicios espirituales. Evangelio, Eucaristía y oración. No lo olvidéis: Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo (v. 25). «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.


La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella».


Papa Francisco. Ángelus domingo 31 de agosto de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.



1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?

2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 – 440. 1814-1816. 1886-1889.



!GLORIA A DIOS!


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