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Todo lo ha hecho bien

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 22:55

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


9-15 de Septiembre del 2018


"Todo lo ha hecho bien"


Is 35, 4-7: “Dios viene en persona a salvarlos”

Esto dice el Señor:

Digan a los cobardes de corazón:

«Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que trae la venganza y el desquite, viene en persona a salvarlos.»

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la llanura; el desierto se convertirá en un estanque; la tierra reseca, en manantial.


Sal 145, 7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”


Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y transtorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Stgo 2, 1-5: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?”


Hermanos míos:

Que la fe de ustedes en nuestro glorioso Señor Jesucristo no vaya unida a favoritismos.

Por ejemplo: si entran en su asamblea dos hombres, uno con un anillo de oro y un vestido espléndido, y entra también un pobre con vestido andrajoso. Si ustedes se fijan en el que va espléndidamente vestido y dicen: «Siéntate aquí, en el lugar de honor», y al pobre le dicen: «Tú quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»; si hacen eso, ¿no son inconsecuentes y juzgan con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?


Mc 7, 31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”


En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:

— «Effetá», que quiere decir: «Ábrete».

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuando más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

— «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

.

NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías, encontramos una palabra de aliento y ánimo a aquellos que aguardan ansiosos una intervención divina en favor de la restauración de Jerusalén: «Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que… viene en persona a salvarlos». Éstos son los signos acompañarán aquella prometida presencia salvadora: los ciegos verán, los cojos caminarán, los sordos escucharán, los mudos hablarán.


A este anuncio se refiere Cristo mismo para responder a los discípulos del Bautista, a quienes éste había enviado a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». El Señor responde: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 3-5). En el Señor Jesús se realiza la antigua promesa divina. Él es “Dios-con-nosotros”, el Mesías largamente anhelado, que vino al mundo para obrar la restauración no de la Jerusalén física, sino de la humanidad entera.


En el Evangelio, el Señor Jesús realiza justamente uno de los milagros anunciados por Isaías. Usando signos visibles, como lo son el meter sus dedos en los oídos y tocar la lengua con su saliva, «levantando los ojos al cielo» y pronunciando la palabra “¡ábrete!”, cura milagrosa e instantáneamente a un sordomudo. De este hecho palpable y visible debe concluirse: Jesús es el esperado, Él es Dios que ha venido a salvar a su pueblo.


Vale la pena prestar atención a la conclusión a la que llegan los testigos de este milagro: «Todo lo ha hecho bien». Inmediatamente viene a nuestra mente aquella expresión que encontramos en el Génesis, al concluir Dios su obra creadora: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gén 1, 31). En realidad, sólo de Dios, Bien supremo, se puede decir que “todo lo ha hecho bien”. Al crear “todo lo hizo bien”. Mas por el pecado del hombre entró el mal y la muerte en el mundo. Con la presencia de Jesucristo ha llegado el tiempo de restaurar la creación, de hacer nuevamente “todo bien”. Él es “Dios-con-nosotros” (Is 7, 14), Dios que “viene y salva”, Dios que al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo asume la naturaleza humana para reconciliar a la humanidad entera con Dios y realizar una nueva creación. Él, por su muerte y resurrección, y por el don del Espíritu, ha hecho todo nuevo, ha hecho todo bien, ha restaurado lo que el pecado del hombre había dañado.


Dios en Cristo ha venido a salvar y reconciliar a toda la humanidad. Todo ser humano, desde el más culto hasta el más ignorante, desde el concebido no nacido hasta el anciano o enfermo “inútil” a los ojos del mundo, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más famoso hasta el más olvidado, son igualmente amados por Él, valen exactamente el mismo precio que Cristo pagó en la Cruz por todos. Sin embargo, Dios sale al encuentro especialmente del más débil, del abatido. Quiere curar, sanar, rescatar y elevar al hombre de su miseria para hacer que participe de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Se fija especialmente en los pobres que se experimentan necesitados de Dios para enriquecerlos en la fe. Y así como Él no hace acepción de personas, tampoco debe hacerla el creyente. (2ª. lectura)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Al milagro concreto de la curación del sordomudo se le puede dar una interpretación alegórica: el sordomudo es como un signo visible de todo ser humano afectado por el pecado. En efecto, el pecado vuelve al hombre sordo e insensible para escuchar a Dios mismo que le habla de muchas formas y maneras y lo vuelve mudo para proclamar sus maravillas.


Quizá muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperación o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: “¡Dios no me escucha! ¡Quiero que me hable ya!” ¿Es que Dios es sordo a nuestras súplicas? ¿O acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¿No nos habla Dios a través de la creación (ver Rom 1, 20)? ¿No habló a través de los profetas (ver Heb 1, 1)? ¿No habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9, 35)?


Dios también hoy nos habla de muchas maneras: a través de la Iglesia, a través de la Palabra divina leída en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, a través de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a través de una homilía o una plática, a través de una persona, a través de una “coincidencia” (o más bien habría que decir “Diosidencia”;), en la oración, en una visita al Santísimo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios está tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¡A cada uno le toca abrir sus oídos y escuchar cuando Él habla!


Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a Él para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el corazón de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario también hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que Él me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.


Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta cómo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4, 12) y experimenta también como se le suelta “la traba de la lengua” para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar». San Beda


«Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría». Lactancio (autor eclesiástico)


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios


1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de Él unafuerza que los curaba a todos» (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.


1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.


CONCLUSION


«Todo lo ha hecho bien: hace oír a lo s sordos y hablar a los mudos»


Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 9 de septiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37


Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (San Marcos 7, 31-37) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Isaías 35, 4 -7a). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?» (Santiago 2, 1-5).


¡Sé fuerte en el Señor!


La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.


Sin embargo, Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!


«¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»


La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX . El contenido de la carta reduce toda la Ley – Torah – al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).


En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugardel Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).


«Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»


El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).


Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave¬sando la Decápo¬lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo¬rio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.


En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaún le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hech 8,17. 9,17).


Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!”». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.


Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.


Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).


Una palabra del Santo Padre:


«Quisiera realizar con vosotros una breve reflexión a partir del tema «Testigos del Evangelio para una cultura del encuentro». Lo primero que observo es que esta expresión termina con la palabra «encuentro», pero al inicio presupone otro encuentro, el encuentro con Jesucristo. En efecto, para ser testigos del Evangelio, se necesita haberlo encontrado a Él, a Jesús. Quien le conoce de verdad, se convierte en su testigo. Como la samaritana —leímos el domingo pasado—: esa mujer encuentra a Jesús, habla con Él, y su vida cambia; regresa con su gente y dice: «Venid a ver a uno que me ha dicho todo lo que he hecho, ¡quizás es el Mesías!» (cf. Jn 4, 29).


Testigo del Evangelio es aquel que ha encontrado a Jesucristo, que lo ha conocido, o mejor, se ha sentido conocido por Él, re-conocido, respetado, amado, perdonado, y este encuentro lo ha tocado en profundidad, lo ha colmado de una alegría nueva, un nuevo significado para la vida. Y esto trasluce, se comunica, se transmite a los demás.


He recordado a la samaritana porque es un ejemplo claro del tipo de personas que Jesús amaba encontrar, para hacer de ellos testigos: personas marginadas, excluidas, despreciadas. La samaritana lo era en cuanto mujer y en cuanto samaritana, porque los samaritanos eran muy despreciados por los judíos. Pero pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro. Ejemplo típico es la figura del ciego de nacimiento, que se leerá mañana en el Evangelio de la misa (Jn 9, 1-41).


Ese hombre era ciego de nacimiento y era marginado en nombre de una falsa concepción que lo consideraba afectado por un castigo divino. Jesús rechaza radicalmente este modo de pensar —que es un modo verdaderamente blasfemo— y realiza para el ciego «la obra de Dios», donándole la vista. Pero lo significativo es que este hombre, a partir de lo que le sucedió, seconvierte en testigo de Jesús y de su obra, que es la obra de Dios, de la vida, del amor, de la misericordia. Mientras los jefes de los fariseos, desde lo alto de su seguridad, le juzgan a él y a Jesús como «pecadores», el ciego curado, con sencillez desarmante, defiende a Jesús y al final profesa su fe en Él, y comparte también su suerte: Jesús es excluido, y también él es excluido. Pero en realidad, ese hombre entró a formar parte de la nueva comunidad, basada en la fe en Jesús y en el amor fraterno.


Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad».


Papa Francisco. Discurso a los miembros del Movimiento apostólico de Ciegos y la Pequeña Misión para los Sordomudos. Aula Pablo VI. Sábado 29 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado». Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?


2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.


Unidos al Padre,Hijo y Espiritu Santo….Jamas seremos vencidos


!Gloria a Dios!


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