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ALELUYA Ha resucitado el Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee abril Ee 2020 a las 21:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RESURRECCIÓN


“¡ALELUYA! ¡Ha resucitado el Señor!”


 



  

Hech 10,34.37-43: “Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”


 

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

 

—«Ustedes bien saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.

 

Nosotros somos testigos de lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección.

 

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


 

Sal 117,1-2.16-17.22-23: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”


 

Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

 

La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.


 

Col 3,1-4: “Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo”


 

Hermanos:

 

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

 

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él.


 

Jn 20,1-9: “Entró en el sepulcro, vio y creyó”


 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro.

 

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

 

—«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

 

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

 

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

 

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

 

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.


 

NOTA IMPORTANTE


 

La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).


 

Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó con sobresalto. Entonces se quedaron paralizados y “como muertos” (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.


 

En aquel mismo momento llegaban algunas piadosas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro porque “ya estaba encima” el sábado cuando descendieron de la Cruz el cuerpo inerte de Jesús. Según la costumbre judía el nuevo día empezaba no a medianoche, tampoco al amanecer, sino al atardecer o anochecer de lo que para nosotros es aún el día anterior, en el momento en que ya se hacía necesario encender luces. Al decir que “ya estaba encima el sábado” quiere decir que ya era la tarde del viernes. No había tiempo suficiente para embalsamar el cuerpo del Señor porque una vez encendidas las lámparas se debía guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).


 

Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. Es la raíz de la palabra “Domingo”, el primero y a la vez el “octavo” día de la semana, porque es considerado un “nuevo día”. El Domingo es el Día del Señor porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.


 

Grande fue la sorpresa de María Magdalena, una de las mujeres que formaban la pequeña comitiva, al llegar al sepulcro del Señor, ver la piedra movida y el sepulcro vacío. Instintivamente echó a correr para comunicarles a Pedro y a Juan lo sucedido. Al encontrarlos les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). Pedro y a Juan fueron corriendo al sepulcro para ver por sí mismos lo sucedido. Juan, que corría más rápido, llegó primero. Al llegar «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Esperó a que llegase Pedro para que entre él primero, lo que se considera una señal de respeto y reconocimiento de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles. Al entrar en el sepulcro, se dice de Juan que «vio y creyó» (Jn 20,8). ¿Qué vio Juan? Que el cuerpo de su Señor no estaba allí. ¿Qué creyó? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, lo que el Señor había anunciado repetidas veces: que luego de morir «debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).


 

Este acto de fe en la Resurrección del Señor será confirmado inmediatamente después tanto por el anuncio del ángel a las mujeres como por las mismas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos.


 

En el grupo de las mujeres que van al sepulcro muy de madrugada llama la atención una ausencia: no se encuentra entre ellas la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba presente? ¿No sería natural que quien más que nadie amaba a Jesús se hiciese presente para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La razón de su ausencia hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que sí van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Madre no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a su Hijo, creyó que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, Santa María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección de su Hijo. Análogamente a como el sepulcro vacío se constituye en una fuerte proclamación de la Resurrección de Cristo, la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en las palabras y promesa de su Hijo.


 

Por otro lado, aun cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que el Señor Resucitado ya se le había aparecido a ella primero. Ésta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza que recoge una antiquísima tradición, aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!

¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!


 

Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp 2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!


 

Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Podré yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento en que pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?


 

Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27). Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.


 

Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!


 

Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

San Gregorio Magno: «Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.»


 

San Agustín: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (…;) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.»


 

San Gregorio Magno: «Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.»


 

San Agustín: «Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.»


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Al tercer día resucitó de entre los muertos


 

638: “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13,32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz.


 

El sepulcro vacío: “vio y creyó”


 

640: “El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20,6) “vio y creyó” (Jn 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro”.


 

La Resurrección de Cristo, “signo” de que es quien dice ser


 

651: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor 15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.


 

652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.


 

653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros… al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13,32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.


 

Sentido y alcance salvífico de la Resurrección


 

654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom 6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.


 

655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1Cor 15,20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2Cor 5,15).


 

El Domingo, día del Señor


 

1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso» (Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Ver Jn 21,12; Lc 24,30):

 

El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).


 

1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC 106):

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación… la salvación del mundo… la renovación del género humano… en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p. 193 b).


 

REFLEXION FINAL


 

La Resurrección de Jesús no es como algunos pretenden un invento de la fe subjetiva de los primeros cristianos, sino que es un hecho histórico. La fe en el Resucitado es la fe en algo que realmente ha sucedido. Cristo realmente resucitó de entre los muertos, y se apareció a los apóstoles y a cientos de testigos, quienes han dado testimonio —muchos de ellos con su sangre- de la Resurrección del Señor. […]


 

La fe es necesaria para reconocer a Jesús Resucitado. Sabemos que la fe es un don de Dios, que como todo don, supone también una respuesta libre de parte del hombre. Es el mismo Jesús Resucitado el que suscita la fe y enciende el corazón de aquellos a quienes desea manifestarse, disipando sus dudas y convirtiéndolos en testigos de su Resurrección. El cardenal Ratzinger, antes de ser elegido como Sucesor de Pedro, enseñaba: “El Resucitado solo puede ser visto por las personas a quienes Él se revela. Y solo se revela a aquellos a quienes les confía una misión. No se revela a sí mismo para satisfacer la curiosidad humana, sino para responder al amor. Para verlo y reconocerlo, el órgano indispensable es el amor” (Joseph Ratzinger, Seek that which is above, p. 63-65).


 

Cada uno de nosotros está llamado a tener un encuentro personal con Cristo muerto y resucitado. Podríamos preguntarnos, ¿Cómo encontrarnos hoy con Jesús Resucitado? ¿Cómo experimentar en nuestras vidas ese poder de su Resurrección?


 

Lo podemos hacer a través de la fe, entendida en su integralidad. La fe no es un acto meramente intelectual o volitivo, o una actividad meramente emocional, sino que es un acto de todo el ser, de toda la persona en su unidad indivisa (Joseph Ratzinger, Gospel, Catechesis, Catechism, p. 25-26). La fe es un don de Dios, que ilumina la mente, enciende el corazón y mueve la acción. La fe nos permite reconocer a Jesús presente hoy en la vida de la Iglesia, especialmente en la fracción del pan. Por la fe, podemos tocar hoy al resucitado y reconocerlo vivo y actuante en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, adorándolo como el apóstol Santo Tomás: “Señor mío y Dios mío (Jn 20,28). (Camino hacia Dios #194)


 

!GLORIA A DIOS!!!


!QUE VIVA CRISTO!


!QUE VIVA EL REY!!!


Bendito el que viene en nombre del Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee abril Ee 2020 a las 19:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RAMOS


05-11 de Abril del 2020




“¡Hosanna!... ¡Crucifícalo!”

 

 Procesión de Ramos: Mt 21,1-11: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”


 

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

 

— «Vayan al poblado de enfrente; encontrarán enseguida una burra atada con su pollino, desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les dice algo, contéstenle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».

 

Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:

 

«Digan a la hija de Sión:

 

“Mira a tu rey, que viene a ti,

 

humilde, montado en un asno,

 

en un pollino, cría de un animal de carga”».

 

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Je­sús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús montó encima. La multitud extendió sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban el camino. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:

 

— «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!».

 

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:

 

— «¿Quién es éste?».

 

La gente que venía con Él decía:

 

— «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».


 

 

Is 50, 4-7: “Yo no me resistí, ni me hice atrás”


 

Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.

 

El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

 

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.


 

 

Sal 21, 8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


 

Al verme, se burlan de mí,

hacen muecas, menean la cabeza:

«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre, si tanto lo quiere».

 

 

Me acorrala una jauría de mastines,

me cerca una banda de malhechores;

me taladran las manos y los pies,

puedo contar mis huesos.

 

 

Se reparten mi ropa,

echan a suertes mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

 

 

Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

Fieles del Señor, alábenlo;

linaje de Jacob, glorifíquenlo;

témanlo, linaje de Israel.


 

 

Flp 2, 6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”


 

 

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

 

 

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

 

 

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


 

 

Mt 26, 14-27, 66: Pasión de nuestro Señor Jesucristo


 

 

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Isca­riote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

 

— «¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?».

 

Ellos acordaron darle treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

 

El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

 

— «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

 

Él contestó:

 

— «Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maes­tro dice: Mi hora está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

 

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

 

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

 

— «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar».

 

Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

 

— «Señor, ¿acaso seré yo?».

 

Él respondió:

 

— «El que ha mojado su pan en el mismo plato que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».

 

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

 

— «¿Soy yo acaso, Maestro?».

 

Él respondió:

 

— «Tú lo has dicho».

 

Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

 

— «Tomen y coman: esto es mi cuerpo».

 

Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio, diciendo:

 

— «Beban todos de ella; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y les digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».

 

Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

 

Entonces Jesús les dijo:

 

— «Esta noche van a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré antes que ustedes a Galilea».

 

Pedro replicó:

 

— «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

 

Jesús le dijo:

 

— «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».

 

Pedro le replicó:

 

— «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

 

Y lo mismo decían los demás discípulos.

 

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

 

— «Siéntense aquí, mientras yo voy allá a orar».

 

Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.

 

Entonces dijo:

 

— «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo».

 

Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

 

— «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

 

Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

 

— «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil».

 

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

 

— «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo be­ba, hágase tu voluntad».

 

Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

 

— «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

 

Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tumulto de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

 

— «Al que yo bese, ése es; deténganlo».

 

Después se acercó a Jesús y le dijo:

 

— «¡Te saludo, Maestro!».

 

Y lo besó. Pero Jesús le dijo:

 

— «Amigo, ¿a qué vienes?».

 

Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desen­vainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

 

— «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría ense­guida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar».

 

Entonces dijo Jesús a la gente:

 

— «¿Han salido ustedes a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvieron».

 

Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribie­ron los profetas. En aquél momento todos los discípulos lo abando­naron y huyeron.

 

Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancia­nos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, entró y se sentó con los criados para ver en que terminaría todo aquello.

 

Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontra­ban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Final­mente, comparecieron dos, que dijeron:

 

— «Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

 

El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

 

— «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?».

 

Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

 

— «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

 

Jesús le respondió:

 

— «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: Desde ahora ustedes verán que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo».

 

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

 

— «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?».

 

Y ellos contestaron:

 

— «Es reo de muerte».

 

Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:

 

— «Adivina, Mesías; ¿quién te ha pegado?».

 

Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:

 

— «También tú andabas con Jesús el Galileo».

 

Él lo negó delante de todos, diciendo:

 

— «No sé qué quieres decir».

 

Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

 

— «Este andaba con Jesús el Nazareno».

 

Otra vez negó él con juramento:

 

— «No conozco a ese hombre».

 

Poco después se acercaron las que estaban allí y dijeron a Pedro:

 

— «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento».

 

Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:

 

— «No conozco a ese hombre».

 

Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

 

Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancia­nos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gober­nador.

 

Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:

 

— «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».

 

Pero ellos dijeron:

 

— «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

 

Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:

 

— «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

 

Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:

 

«Y tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

 

Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

 

— «¿Eres tú el rey de los judíos?».

 

Jesús respondió:

 

— «Tú lo dices».

 

Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los an­cianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

 

— «¿No oyes cuantos cargos presentan contra ti?».

 

Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:

 

— «¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

 

Pues sabía que lo habían entregado por envidia. Y, mien­tras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

 

— «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».

 

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.

 

El gobernador preguntó:

 

— «¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad?».

 

Ellos dijeron:

 

— «A Barrabás».

 

Pilato les preguntó:

 

— «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

 

Contestaron todos:

 

— «Crucifícalo».

 

Pilato insistió:

 

— «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

 

Pero ellos gritaban más fuerte:

 

— «¡Crucifícalo!».

 

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se es­taba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:

 

— «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».

 

Y el pueblo entero contestó:

 

— «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

 

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

 

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pre­torio y reunieron alrededor de Él a toda la tropa: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de Él, di­ciendo:

 

— «¡Salve, rey de los judíos!».

 

Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusie­ron su ropa y lo llevaron a crucificar.

 

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

 

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»;), le dieron a beber vino mezclado con hiel; Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Enci­ma de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

 

Los que pasaban lo injuriaban y decían, moviendo la cabeza:

 

— «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

 

Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:

 

— «A otros ha salvado, y Él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?».

 

Hasta los bandidos que estaban crucificados con Él lo insultaban.

 

Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron las tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

 

— «Elí, Elí, lamá sabaktaní».

 

Lo que quiere decir:

 

— «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:

 

— «A Elías llama éste».

 

Uno de ellos fue corriendo; enseguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:

 

— «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

 

Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu.

 

 

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

 

 

En esto, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba aba­jo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que Él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.

 

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

 

— «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».

 

Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

 

Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

 

María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.

 

A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

 

— «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. El último engaño sería peor que el primero».

 

Pilato contestó:

 

— «Ahí tienen ustedes la guardia: vayan y aseguren el sepul­cro lo mejor que puedan».

 

Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


 

NOTA IMPORTANTE


 

Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2,41), junto con sus apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.


 

 

Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11,3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba al borde de la muerte. El Señor, en cambio, hace todo lo contrario: espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). Terminada su espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un hombre que yacía ya cuatro días en el sepulcro, cuyo cadáver se encontraba ya en estado de descomposición (ver Jn 11,39-40).


 

 

El desconcierto inicial daba lugar a un indescriptible estado de euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba. Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11,45). La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro. ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante el pueblo, ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado? No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Probablemente pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría finalmente el Reino de los Cielos en la tierra.


 

 

Algunos corrieron a toda prisa a Jerusalén llevando la noticia, comunicándosela a los fariseos, quienes reuniéndose en consejo se preguntaban: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» (Jn 11,47-48). Con tal argumento finalmente «decidieron darle muerte» (Jn 11,53).


 

 

Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12,9) los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,11). ¿Cómo podía llegar a tanto la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos? Lo cierto es que mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos endurecían más y más el corazón.


 

 

Hasta entonces el Señor había insistido en que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8,56; 9,20-21). Sin embargo, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11,4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cambia su actitud. Esta vez, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud, da instrucciones a sus discípulos para que le traigan un borrico para realizar, montado en él, el último trecho y la entrada a la Ciudad Santa. Les dice dónde encontrarán al joven animal que aún no había sido montado por nadie, y los discípulos hacen exactamente lo que el Señor les pide (Evangelio antes de iniciar la procesión de ramos).


 

 

No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22,21ss). ¿Y qué importancia tiene el que nadie lo hubiese montado aún? Los antiguos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos no era idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2; Dt 15,19; 21,3; 1Sam 6,7). Un pollino que no hubiese sido montado anteriormente era, pues, lo indicado para transportar por primera vez a una persona sagrada, al mismo Mesías enviado por Dios.


 

 

¿Y qué significado tenía esta entrada a Jerusalén montado en un asnillo? El Señor tiene en mente una antigua profecía: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna… Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10). El mensaje que quería dar el Señor era muy claro: Él era el rey de la descendencia de David, el Mesías prometido por Dios para salvar a su pueblo; en Él se cumplía la antigua profecía.


 

 

El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y los admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre el pollino algunos tendían sus mantos en el suelo como alfombras para que pasase sobre ellos, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo. Era la manera popular de proclamar que reconocían en Él al rey-Mesías que traería la victoria a su pueblo.


 

 

Mientras tanto, llevados por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Los términos empleados son típicos. Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David (ver Mc 11,9-10) se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David. Más ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina.


 

 

Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria, se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte. La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio). Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16,21; Lc 9,22), Él no se resiste ni se echa atrás. (1ª. lectura) Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para nuestra reconciliación. De este modo Dios exaltó y glorificó al Hijo que por amorosa obediencia, siendo de condición divina, se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (2ª. lectura). Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa. Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” con los saludos desbordantes de júbilo y el “¡crucifícalo!” con los improperios cargados de desprecio.


 

 

Acaso nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo? ¿Por qué este cambio radical de actitud? ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos”;) y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, golpes, burlas, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no! ¡A Barrabás!... a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?


 

 

Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre. Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa o hace. ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente “crucifíquenlo” y “crucifiquen a Su Iglesia”? En el caso de Jesús, como en muchos otros casos, la “opinión pública” es continuamente manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19,47; Jn 5,18; 7,1; Hech 9,23).


 

 

Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto a Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a la masa para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia. ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogemos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero poco después con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!”, porque preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?


 

 

También yo me dejo manipular fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe. También yo me dejo influenciar fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal. También yo me dejo seducir fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener. Y así, ¡cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito cada vez que dedico hacer el mal que se presenta como “bueno para mí”: “¡A ése NO! ¡A ése CRUCIFÍCALO! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡Elijo a Barrabás! ”!


 

 

Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras! ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles! ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él! ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante! De lo contrario, en el momento de la prueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traidor “crucifícalo”.


 

 

¿Qué elijo yo? ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte? ¿O cobarde como tantos, me conformo en señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de un mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquéllos que son de Cristo?


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Venid subamos juntos al monte de los Olivos y sal­gamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Be­tania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación. Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados. Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Es­critura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa. Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro».

 

San Andrés de Creta


 

 

«Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado».

 

San Ambrosio


 

 

«No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder».

 

San Beda


 

 

«Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron».

 

San Beda


 

 

«Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron».

 

San Ambrosio


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La subida de Jesús a Jerusalén


 

 

557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección. Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).


 

 

558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 41-42).


 

 

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


 

 

559: ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»;). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.


 

 

560: La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.


 

!GLORIA A DIOS!!!


El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee marzo Ee 2020 a las 18:55 Comments comentarios (0)

 

 DISCIPUALDO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


15 - 21 de Marzo del 2020




“El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

 


 

Ex 17,3-7: “Danos agua para beber”


 

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:

 

— «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

 

Clamó Moisés al Señor y dijo:

 

— «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen».

 

Respondió el Señor a Moisés:

 

— «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los an­cianos de Israel; lleva también en tu mano el bastón con que gol­peaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la roca, en Ho­reb; golpearás la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pue­blo».

 

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la rebelión de los hi­jos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:

 

— «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».


 

 

Sal 94,1-2.6-9: “Escucharemos tu voz, Señor”


Vengan, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Entren, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque Él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que Él guía.

 

Ojalá escuchen hoy su voz:

«No endurezcan el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando sus padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras».


 

 

Rom 5,1-2.5-8: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”


 

Hermanos:

 

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en la cual nos encontramos: y por Él nos gloriamos, apoyados en la es­peranza de alcanzar la gloria de Dios.

 

Y esta esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

 

En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza para salvarnos, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado; en verdad, a duras penas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.


 

 

Jn 4,5-42: “Señor, dame de esa agua”


 

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

 

— «Dame de beber».

 

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:

 

— «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?».

 

Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos. Jesús le contestó:

 

— «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo, ¿de dónde vas a sacar esa agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

 

Jesús le contestó:

 

— «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que be­ba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota hasta la vida eterna».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

 

Él le dice:

 

— «Anda, llama a tu marido y vuelve».

 

La mujer le contesta:

 

— «No tengo marido».

 

Jesús le dice:

 

— «Tienes razón, de que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lu­gar donde se debe dar culto está en Jerusalén».

 

Jesús le dice:

 

— «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén darán ustedes culto al Padre. Ustedes dan culto a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad».

 

La mujer le dice:

 

— «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

 

Jesús le dice:

 

«Soy yo, el que habla contigo».

 

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estu­viera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo:

 

— «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

 

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:

 

— «Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que hice; ¿será éste el Mesías?».

 

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba Él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:

 

— «Maestro, come».

 

Él les dijo:

 

— «Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen».

 

Los discípulos comentaban entre ellos:

 

— «¿Le habrá traído alguien de comer?».

 

Jesús les dice:

 

— «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No dicen ustedes que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo les digo esto: Levanten los ojos y contemplen los cam­pos, que están ya maduros para la cosecha; el que trabaja en la cosecha ya está recibiendo su salario y almacenando fruto para la vida eterna: de modo que el que siembra y el que cosecha se ale­gran. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros fueron los que trabajaron y ustedes son los que se han beneficiado del trabajo de ellos».

 

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en Él por el tes­timonio que había dado la mujer:

 

— «Me ha dicho todo lo que hice».

 

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

 

— «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

Ya desde los primeros siglos del cristianismo las lecturas dominicales de los evangelios del tercer, cuarto y quinto Domingo de Cuaresma obedecían a un deseo de acompañar en la etapa final de su itinerario a los catecúmenos, próximos ya al Bautismo que se llevaría a cabo durante la Vigilia pascual. En estas sucesivas lecturas el Señor Jesús promete a la samaritana el agua viva (III Domingo de Cuaresma), da la vista al ciego de nacimiento (IV Domingo de Cuaresma) y resucita a Lázaro (V Domingo de Cuaresma). Agua, luz y vida son claves fundamentales para comprender lo que el sacramento del Bautismo realiza en quien es bautizado.


 

Este Domingo escuchamos el largo relato del encuentro y diálogo del Señor Jesús con una samaritana. El Señor había decidido abandonar Judea y volver a Galilea luego de enterarse de que había llegado a oídos de los fariseos que Él —junto con sus discípulos— «bautizaba más que Juan» (Jn 4,1). Para llegar a Galilea tenía que pasar por Samaria. Llega a una ciudad llamada Sicar y fatigado del camino se sienta junto al pozo, mientras sus discípulos van a la ciudad en busca de comida.


 

El Señor Jesús como cualquier hombre está cansado de tanto caminar (ver Jn 4,6). Comenta San Agustín que «el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed» (Serm. 78, 6). La sobreabundancia de amor le ha movido a ponerse en marcha por los caminos de los hombres para salir en busca de ellos y llevarlos de vuelta a la casa del Padre.


 

El evangelista menciona que «era alrededor de la hora sexta» (Jn 4,6), es decir, cerca de mediodía, cuando el sol cae a plomo, cuando el calor y la luz solar alcanzan su máxima intensidad y esplendor, el momento en el que una mujer se acerca al pozo para extraer agua. Él mismo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9), sin embargo, esta Luz no brilla aún en el interior de aquella mujer que está sumida en las tinieblas del pecado. Mas esta situación justamente es la que ha de cambiar en la medida en que el Señor mismo se revela a esta mujer mediante una espléndida catequesis. Poco a poco la luz del Señor irá penetrando en su interior, disipando las tinieblas hasta vencerlas finalmente en el enfrentamiento directo con el pecado. Entonces la Luz del Mediodía, que es Cristo mismo, brillará también en todo su esplendor en la mente y corazón de esta mujer, produciéndose el encuentro pleno con el Mesías Reconciliador.


 

Al acercarse la samaritana al pozo Jesús se dirige a ella para pedirle: «Dame de beber» (Jn 4,7). La samaritana se sorprende: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Jn 4,9). El evangelista explica la causa de su sorpresa: «porque los judíos no tienen trato con los samaritanos». En realidad, judíos y samaritanos se odiaban, de modo que entre ellos había un trato sumamente hostil y agresivo. El Señor responde: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva». Todo ser humano necesita del agua para vivir. El agua que la samaritana encuentra en el pozo es un agua que saciará su sed de momento, más no es una agua que la apagará definitivamente. Una y otra vez tendrá que volver al pozo para buscar esa agua que necesita para vivir. El Señor le promete en cambio un agua viva, que apagará definitivamente su sed: «el que be­ba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota hasta la vida eterna». ¿De qué agua se trata? «El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4,14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2652).


 

El Señor Jesús es la Fuente de esta Agua viva, es la nueva «roca que nos salva» (Sal 94,1; ver también Sal 88,27; 18,15), roca de la cual ha brotado “el agua” para que bebiese el nuevo pueblo elegido. En efecto, «“bautizados en un solo Espíritu”, también “hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna» (Catecismo de la Iglesia Católica, 694).


 

Esta Roca, que es Cristo el Señor, fue golpeada ya no con el cayado de Moisés (1ª. lectura), sino con la lanza de un soldado: «El agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo», que brotaron para toda la humanidad de su amoroso corazón como de una nueva fuente.


 

Mediante el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (2ª. lectura) el Reconciliador del mundo sacia verdaderamente la sed de Infinito que inquieta el corazón de todo ser humano.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Quién de nosotros no le teme y huye a la soledad, a la tristeza, al vacío, al sufrimiento y dolor? ¿Quién no anhela ser feliz? Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, nos vemos impulsados por ese anhelo de felicidad que nos lanza a buscar incesantemente por aquí y por allá, probando de esto o lo otro, para encontrar aquella fuente en la que podamos apagar nuestra sed de felicidad. Todos nosotros podemos reconocer en este ir y venir de la samaritana al pozo en busca de un poco de agua, cómo en nuestra propia vida buscamos incesantemente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.


 

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmarla de momento. Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su anhelo de ser felices, con la compañía, la seguridad, el afecto o incluso la satisfacción sensual que le producen ciertas relaciones. Si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscarán saciar su sed en otro “pozo”. Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad. No hacen sino vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, procurando llenar ese vacío de infinito con experiencias que lejos de apagar la sed la agudizan cada vez más, la hacen cada vez más cruel.


 

¿Cómo saciar definitivamente mi sed de felicidad? Cristo nos invita a acudir a Él. Él no solo tiene la respuesta: ¡Él es La Respuesta! Sí, el Señor Jesús nos permite comprender el origen de esta sed así como también el modo de saciarla definitivamente: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás» (Jn 4,14). Y es que la sed de felicidad que experimenta todo ser humano, que experimentamos tú y yo en lo más profundo de nuestro ser, es en realidad una sed de Dios, y como tal, no podrá ser saciada finalmente sino solamente por Él.


 

En este acudir a Cristo no se trata de renunciar a las fuentes de alegría de las que Dios lícitamente ha querido que gocemos en nuestro terreno peregrinar. Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de aferrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. Son una invitación a volver nuestros ojos a Dios mismo, la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, para darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, y por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Los judíos no usa­ban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se ad­mira de que un judío le pida de beber [a ella, que era samaritana y mujer], cosa que no so­lían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer… Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va en­trando paulatinamente en su corazón. Seguramente em­pieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a Él y Él te daría agua viva».

 

San Agustín


 

«Nosotros nos alimentamos, como de un manjar de vida, y deleitamos siempre nuestra alma con la sangre preciosa de Cristo, como de una fuente; y, con todo, siempre estamos se­dientos de esa Sangre, siempre sentimos un ardiente de­seo de recibirla. Pero nuestro Salvador está siempre a disposición de los sedientos y, por su benignidad, atrae a la celebración del gran día a los que tienen sus entra­ñas sedientas, según aquellas palabras suyas: El que tenga sed que venga a mí y que beba».

 

San Atanasio


 

«Descansar en Dios y contemplar su felicidad es algo digno de ser celebrado, algo lleno de felicidad y de tranquilidad. Huyamos, como ciervos, a la fuente de las aguas; que nuestra alma experimente aquella misma sed del salmista. ¿De qué fuente se trata? Escucha su respuesta: En ti está la fuente viva. Digámosle a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues la fuente es el mismo Dios».

 

San Ambrosio


 

«“El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna”. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dig­nos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condi­ción necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas y de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los se­res que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan. De manera semejante el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce di­versos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo».

 

San Cirilo de Jerusalén


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La “sed” de Dios


 

27: El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19,1).


 

28: De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso Ver Hech 17, 26-28.


 

29: Pero esta «unión íntima y vital con Dios» (GS 19,2) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (Ver Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (Ver Gen 3,8-10) y huye ante su llamada (Ver Jon 1,3).


 

30: «Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, «un corazón recto», y también el Testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

 

«…nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín).


 

La oración, encuentro de dos sedientos


 

2560: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (San Agustín).


 

 

 

CONCLUSION


 

 

En espíritu y en verdad


 

¿Quién no ha recibido una carta de esas que dicen que haciendo esto o lo otro se consigue automáticamente que te suceda algo bueno, un milagro para ser exactos, que te dará la felicidad? O quizá se trata de esos predicadores que nos anuncian que haciendo esto o lo otro es como lograremos la salvación de una forma absolutamente segura. Hay quien entiende así las devociones. Hay que hacer los nueve primeros viernes de mes al Corazón de Jesús o la novena a tal santo para salvarse o para alcanzar eso que deseamos. O rezar el rosario todos los días. O peregrinar a tal santuario o a tal otro. O... Siempre parece que es una condición, más o menos difícil de cumplir, que se nos pone por delante como una especie de prueba necesaria para conseguir la salvación, para ir al cielo.


 

La samaritana también andaba con esos problemas. Entre samaritanos y judíos había un contencioso. Unos decían que el culto a Yahvé sólo se podía celebrar en el monte Garizím y los otros que en Jerusalén. Unos que había que cumplir unas normas y otros que otras. Conclusión: que no se hablaban. De repente, aparece Jesús, un judío, y pide agua a la mujer, una samaritana. Tiene sed y pide agua. Es un ser humano que expone su necesidad. Sin más. A Jesús no le preocupa que aquella mujer sea samaritana. Es una hermana más. Es hija de Dios.


 

Ahí comienza un diálogo en el que Jesús va a invitar a la samaritana a ir más allá de las normas y los cultos. Como dice Jesús, se acerca la hora en que los que adoran a Dios lo harán en “espíritu y en verdad” y no en este monte o en el otro, o cumpliendo unas leyes u otras. Entonces se abre la mente de la samaritana y no puede menos que anunciar lo que ha “visto y oído” a los otros samaritanos.


 

Pero, ¿qué significa ese “en espíritu y en verdad”? Quizá tendríamos que poner en contacto este relato de la samaritana con la parábola del buen samaritano. Quizá ahí encontramos la clave de lo que significa adorar a Dios para Jesús. No es algo que se hace en el templo –recordemos que en la parábola se reprueba precisamente la actitud del sacerdote y del levita– porque a Dios se le adora allá donde se le encuentra. Y se le encuentra en el prójimo. Más específicamente, en el prójimo necesitado y sufriente. A este punto se nos viene a la memoria la cita de San Ireneo: “La gloria de Dios es la vida del hombre”. La propuesta de Jesús para judíos y samaritanos es la misma: el culto no pasa de ser un folklore si no se fundamenta en un real amor a Dios que se manifieste primeramente en el amor a nuestros prójimos, sobre todo a los que sufren. Es de esperar que esta Cuaresma nos convirtamos a adorar a Dios en espíritu y en verdad, en nuestros hermanos y hermanas que sufren.


 

 

Para la reflexión

 

¿Me hago alguna vez preguntas al estilo de la Samaritana? ¿Vivo preocupado por el cumplimiento de las normas y me olvido de amar y servir a mi prójimo? ¿Qué hago para adorar a Dios en mis hermanos y hermanas que sufren?


 

 

DIOS DE INMENSA BONDAD

 

Se transfiguró delante de ellos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee marzo Ee 2020 a las 14:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE CUARESMA


08 - 14 de Marzo del 2020




“Se transfiguró delante de ellos”


  

Gen 12,1-4: “De ti haré una nación grande y te bendeciré.”

 

«Yahveh dijo a Abram: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”. Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot.»


 

Sal 32,4-5.18-20.22: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.”


2Tim 1,8-10: “Cristo ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.”

 

«Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.»


 

Mt 17,1-9: “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”


 

«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.»


 

NOTA IMPORTANTE


«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto.»

 

San Mateo establece un vínculo entre el episodio de la transfigura­ción del Señor en el monte con un episodio ocurrido seis días antes. Lo sucedido en aquella ocasión sin duda causó un impacto muy profundo en los discípulos, quedando fuertemente grabado en sus memorias. ¿Qué tuvo lugar seis días antes de la transfiguración? Un diálogo muy intenso, iniciado con una pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Luego de la respuesta de los discípulos la pregunta se tornaría más personal: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15), a lo que contestó Simón Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». En respuesta el Señor dijo a Simón, manifestándole su identidad y misión: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».

 

Pedro había reconocido en Jesús al Cristo, el Mesías prometido por Dios a su Pueblo. El Señor lo admite, pero inmediatamente «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.» (Mt 16,20) ¿Por qué? Porque todos esperaban que el Mesías sería un caudillo glorioso que con la fuerza de Dios liberaría a Israel de toda dominación extranjera e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, glorioso, sometiendo a todas las naciones extranjeras al poder de este Reino. Pero Él no había venido a armar una revuelta política, esos no eran los planes de Dios. Él en cambio anunciaba que Él, el Cristo, sería próximamente condenado y ejecutado, y que al tercer día resucitaría.

 

¿Cómo se le ocurría decir al Ungido de Dios semejante disparate? ¿Un Mesías derrotado antes de la primera batalla? ¿Un Cristo rechazado por los líderes religiosos de su Pueblo y ejecutado? Si Dios estaba con Él, ¿cómo podía ser derrotado? Pedro toma nuevamente la iniciativa, esta vez para reprender al Señor por lo que considera un absurdo, un disparate, algo que sencillamente no puede ser y no puede aceptar: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» (Mt 16, 22) La respuesta del Señor es inmediata y durísima: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23) Dios tiene otros caminos para su Mesías, un camino que difiere totalmente de los pensamientos y expectativas de los hombres, un camino radicalmente opuesto.

 

Finalmente el Señor aclara a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» No promete el Señor la gloria humana a quien quiera seguirlo, sino la cruz. Quien con Él quiera participar de su gloria, con Él ha de pasar por la cruz. La cruz es el camino obligado a la gloria verdadera, la gloria que Dios ofrece.

 

Seis días después, el Señor toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y sube a lo alto de un monte, donde se transfigura ante ellos.

 

En su transfiguración el Señor Jesús manifiesta su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. ¿Quién es Él? Pedro había dicho de Él: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» (Mt 16,16) Ahora el Señor se transfiguraba delante de ellos, les mostraba algo que cotidianamente quedaba oculto bajo el velo de su carne, se revelaba ante ellos. Lo sucedido tiene todos los rasgos de una teofanía, de una manifestación divina: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».

 

La imagen del rostro brillante de Dios era para los hebreos un signo de la benevolencia divina para con el ser humano: «El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te sea propicio» (Num 6,25), rezaban para implorar la bendición divina sobre alguien. Para implorar el perdón de Dios y su favor rezaban también: «Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga; haga brillar su rostro sobre nosotros» (Sal 67,2; ver también Sal 119,135). En Cristo transfigurado es el rostro mismo de Dios que brilla y se manifiesta a los hombres. Mas no sólo mediante el brillo de su rostro se manifiesta la divinidad de Jesucristo, sino también por el resplandor de sus vestiduras, que se pusieron tan blancas como la luz. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104,1-2)? Jesús, el Cristo, hace brillar su divinidad ante los asombrados apóstoles. El Mesías no es sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.

 

Luego de transfigurarse ante ellos «se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.» San Lucas es el único que especifica en su Evangelio: «hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.» (Lc 9,31) Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro, el Señor aparece en relación con quienes representan la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías), pero Él está por encima de ellos. El Cristo es ya no un caudillo, un legislador o un profeta como los anteriores, sino que es el mismo Hijo de Dios, de la misma naturaleza divina del Padre.

 

Mientras Pedro ofrecía al Señor construir tres tiendas, una para Jesús y las otras para sus ilustres acompañantes, «una nube luminosa los cubrió con su sombra.» «La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Papa Benedicto XVI)

 

De esta nube «salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”.» Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo suyo y manda a los discípulos escucharlo. Jesucristo es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios. Cristo es aquél que en nombre de Dios ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (Ver Mt 5,17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» (Heb 1,1-3) Así, pues, es a Él a quien en adelante hay que escuchar y obedecer.

 

Al oír la voz de la nube los discípulos «cayeron rostro en tierra llenos de miedo.» Es el temor que experimenta el ser humano cuando le es concedido tener una experiencia de Dios mismo. Captaron quién era verdaderamente Jesús y temieron.

 

La transfiguración del Señor en el monte Tabor, más allá de ser una manifestación momentánea de la gloria de su divinidad, quiso ser un anticipo de su propia Resurrección así como también una pregustación de la gloria de la que participarían aquellos que tomando su propia cruz lo siguiesen (Ver Mt 16,24). El Señor enseñaba a sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

 

«En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo… Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz.»

 

«En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14).»

 

«…aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús… La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.»

 

« Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.»

 

« Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «... no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).»

 

« Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo.»

 

««La epifanía de la gloria de Jesús —dice Daniélou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas» (p. 459). … La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico» (p. 459). »

 

« En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Díos. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.»

 

«Este «poder» (dýnamis) del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús.»

Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y a su misión (Ver Lc 9,18-26). Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Luego de su respuesta, el Señor quiere saber lo que ellos piensan: «y voso­tros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro entonces toma la palabra y responde: «El Ungido de Dios» (Lc 9,20), es decir, el Mesías prometido por Dios a Israel, el descendiente de David, el caudillo que habría de liberar a Israel del poder de sus enemigos (Ver Lc 1,71) para instaurar definitivamente en la tierra el Reino de Dios. En esa ocasión el Señor manifiesta que el Mesías que Él era no era el Mesías político victorioso que ellos se imaginaban: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» (Lc 9,22) Finalmente advertía: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.» (Lc 9,23)


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin asumir las diarias exigencias de la vida cristiana, sin morir a los propios vicios y pecados para renacer diariamente a la vida en Cristo, sin abrazar con paciencia el dolor y el sufrimiento que también nosotros encontramos en nuestro caminar? ¡No! El Señor nos ha enseñado claramente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24)

 

Cristo cargó su Cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡todo te va a ir bien!” Todo lo contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones, y se nos dice: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclo 2,1; ver Mt 10,22; 24,9; Jn 15,18; 17,14). La vida cristiana no es fácil, no está exenta de pruebas a veces muy duras. ¡Cuántos sucumben a las pruebas apenas el camino se torna “cuesta arriba”, apenas experimentan oposición, apenas se les exigen ciertas renuncias! El cristianismo no es para débiles, ni pusilánimes, ni cobardes, ni para aquellos que buscan un refugio.

 

Pero, ¿quién será capaz de resistir la prueba, alcanzar la paciencia en el sufrimiento y en la adversidad, soportar el peso de la cruz y dejarse crucificar en ella sin una esperanza que lo sostenga, sin un premio que lo estimule? Por ello, antes de cargar con su propia Cruz hasta el Calvario, antes de dejarse crucificar Él mismo para reconciliarnos, quiso el Señor mostrar un breve destello de su gloria a tres de sus apóstoles, para hacernos entender que si bien “no hay cristianismo sin cruz”, la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena y gozosa participación de su gloria.

 

Así, pues, cada vez que las cosas se tornan difíciles en tu vida cristiana, cada vez que experimentes la prueba, la dificultad, la tribulación, cualquier sufrimiento, ¡mira el horizonte luminoso que se halla detrás de la tiniebla pasajera! Y si experimentas un sufrimiento intenso, que tu alma se desgarra y se hunde bajo el peso de una cruz que te resulta muy pesada de cargar, no desesperes, no te rebeles, mira al Señor Jesús en el monte de la transfiguración, pero míralo también en otro monte, en Getsemaní. Allí Él te ha dado ejemplo para que también tú en esos momentos duros aprendas a rezar desde lo más profundo de tu corazón angustiado y atribulado: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Pídele al Señor un corazón valiente como el Suyo, pídele la fuerza interior necesaria para cargar tu propia cruz, y abrázate a ella con paciencia, con amor incluso y con mucha esperanza. Mira la cruz del Señor, a la que Él se abrazó por amor a ti, donde Él aceptó el sufrimiento para reconciliarte con Dios, pero mira también más allá de la Cruz, mira al Señor glorioso, transfigurado por su Resurrección, al Señor victorioso, para que te experimentes alentado a cargar tu propia cruz y seguir al Señor hasta la gloria. En momentos como eso recuerda especialmente la enseñanza del apóstol Pablo: «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» Rom 8,1.

 

Asi, pues, cuando te toque asumir el sufrimiento en la vida, especialmente aquél que nos viene por ser discípulos del Señor, ¡mira la gloria y el gozo que Él te promete! ¡Mira la Luz, para abrazarte con paciencia a su Cruz! De ese modo recibirás en la vida eterna el premio a tu fidelidad y perseverancia (ver Mc 13,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era.»

 

«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido.»

 

San Juan Crisóstomo


 

«Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio.»

 

San Beda


 

«Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían con­tar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre. (Mt 13,43) Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá Rom 8,1; y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces tam­bién vosotros apareceréis juntamente con él en gloria. (Col 3,3-4)»

 

San León Magno


 

«“A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas.»

 

San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz


 

554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).


 

555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».

 

«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).


 

556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).


 

«Éste es mi Hijo amado…»


 

444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» Jn 3, 1. Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».


 

«…escuchadle»


 

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


 

GLORIA A DIOS

RCC-DRVC

APARTATE SATANAS

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee marzo Ee 2020 a las 13:40 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DEL 1-7 DE MARZO 2020




"APARTATE SATANAS"!

 


 Gén 2,7-9; 3,1-7: “Tomó del fruto, comió y ofreció a su ma­rido”


 

El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.

 

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y colocó en él al hombre que había formado.

 

El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles her­mosos a la vista y buenos para comer; además, en medio del jardín, puso también el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

 

La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer:

 

— «¿Así que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?».

 

La mujer respondió a la serpiente:

 

— «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; sola­mente del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: “No coman de él ni lo toquen, bajo pena de muerte”».

 

La serpiente replicó a la mujer:

 

— «No morirán. Bien sabe Dios que cuando ustedes coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

 

La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su ma­rido, el cual comió.

 

Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se cu­brieron con ellas.


 

Sal 50,3-6.12-14.17: “Misericordia, Señor: hemos pecado”


 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

 

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

 

lava del todo mi delito,

 

limpia mi pecado.

 

 

Pues yo reconozco mi culpa,

 

tengo siempre presente mi pecado:

 

contra ti, contra ti solo pequé,

 

cometí la maldad que aborreces.

 

 

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,

 

renuévame por dentro con espíritu firme;

 

no me arrojes lejos de tu rostro,

 

no me quites tu santo espíritu.

 

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

 

afiánzame con espíritu generoso.

 

Señor, me abrirás los labios,

 

y mi boca proclamará tu alabanza.


 

Rom 5,12-19: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”


 

Hermanos:

 

Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

 

Porque, antes que hubiera Ley había pecado en el mundo, pues el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

 

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.

 

Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un so­lo delito, terminó en condenación, mientras la gracia, a partir de muchos delitos, terminó en absolución.

 

Si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido mi derroche de gracia y el don de la salvación.

 

En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, tam­bién la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

 

Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en peca­dores, así por la obediencia de uno todos recibirán la salvación.


 

Mt 4,1-11: “Fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”


 

En aquel tiempo, Jesús, fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

 

El tentador se le acercó y le dijo:

 

— «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

 

Pero Él le contestó, diciendo:

 

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

 

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la par­te más alta del templo y le dijo:

 

— «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “En­cargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

 

Jesús le dijo:

 

— «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

 

Después el diablo lo llevó a una montaña altísima y, mostrán­dole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

 

— «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

 

Entonces le dijo Jesús:

 

— «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adora­rás y a Él solo darás culto”».

 

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le ser­vían.


 

NOTA IMPORTANTE


 

El evangelista relata cómo después de recibir el bautismo por parte de Juan el Señor Jesús fue conducido o «llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo». La tentación en sentido amplio es una prueba. Tentar es someter a alguien a prueba, y de este modo quedará determinada su consistencia o inconsistencia. La tentación ciertamente busca encontrar en quien es sometido a la prueba una fisura, una debilidad, una fragilidad, con la intención de quebrar su fidelidad a Dios y a sus Planes. En el desierto el Señor Jesús, antes de iniciar su ministerio público, será sometido a esta durísima y exigente prueba por el Demonio mismo, el tentador por excelencia.


 

«Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre». Los cuarenta días de ayuno que el Señor pasó en el desierto remiten a los cuarenta años que Israel pasó en el desierto del Sinaí. También Israel experimentó la prueba en el desierto, una prueba que serviría para «conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,1ss).


 

No es extraño que el Señor no haya sentido hambre sino hasta el final. Cuando alguien inicia un ayuno el hambre desaparece pronto, para volver luego de muchos días con una intensidad inusitada. Este es un fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis.


 

Es en esta situación de fragilidad y debilidad que aparece el tentador con la primera sugestión: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Por la fuerza del hambre la tentación de saciarla inmediatamente debe haber sido terrible.


 

La tentación se plantea como un desafío: «Si eres Hijo de Dios…». Jesús es verdaderamente Hijo de Dios. Satanás lo reta a demostrar su identidad realizando un milagro que sirva para calmar su hambre y quebrar el ayuno propuesto. Como muchas tentaciones, la sugestión invita a responder a una urgente necesidad o pasión inmediatamente, sin alargar más la espera. Es como si dijera: “¿Por qué esperar, si tienes el poder para saciar tu hambre en este mismo instante?” Mas el Señor responde: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Tanto a esta como a las sucesivas tentaciones responderá no con argumentos propios, sino citando la Escritura. La respuesta del Señor opone a la tentación una enseñanza divina, es cortante, y no da pie a ningún tipo de diálogo posterior. En este caso toma una cita del Deuteronomio: «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh» (8,3). El Señor Jesús afirma que más importante que el pan o la demostración de su identidad por medio del milagro es la Palabra de Dios, su Ley, su Plan divino. Convertir milagrosamente piedras en pan para saciar su hambre sería dejar de confiar en Dios o en su Plan de dar el pan a su tiempo y a su manera. Con su respuesta el Señor Jesús afirma que su alimento, antes que el pan material, es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (ver Jn 4,34). Es al Padre a quien Él escucha y obedece, a nadie más.


 

La segunda tentación hace recordar las muchas ocasiones en que los israelitas pusieron a Dios a prueba en el desierto. No fueron pocas las veces en las que tentaron a Dios pidiendo una manifestación divina. Astutamente el Demonio se reviste en esta nueva tentación con un manto de autoridad divina haciendo uso de la Escritura, para confundir al Señor. Cita una promesa divina para invitar al Señor a tirarse del alero del Templo: «está escrito: “En¬cargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”» (Sal 90,11-12). Nuevamente está el desafío: “Si eres Hijo de Dios”, “demuestra lo que eres haciendo gala de tu poder, brindando un espectáculo ante nuestros ojos”. La respuesta nuevamente es tajante. El padre de la mentira no puede confundir al Señor con su retorcida y malintencionada interpretación bíblica. Él también echa mano de la Escritura para rechazar la tentación: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Dt 6, 16)». Con ello alude al episodio del Deuteronomio en que Israel se encontraba sin agua en el desierto. Entonces se levantó una rebelión contra Moisés que en realidad era una rebelión contra Dios: «¿Está el Señor entre nosotros o no?» (Ex 17, 7). Jesús sabía que el Padre estaba con Él y vivía de esa confianza que no necesita pruebas. A nadie tenía que demostrarle que Dios estaba con Él. Arrojarse deliberadamente del alero del Templo para someter a Dios a una prueba hubiera significado una falta de confianza en Él.


 

La tercera tentación trae a la mente la caída de los israelitas en el culto idolátrico del becerro de oro, al pie del Monte Sinaí (ver Ex 32, 1-10). En esta ocasión el demonio lleva a Jesús a un lugar alto, le muestra todo el poder y la gloria del mundo y le dice: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». El Señor Jesús rechaza la tentación tomando nuevamente un texto de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adora¬rás y a Él solo darás culto» (Dt 6, 13). En este caso no se niega a aceptar la plenitud del poder y de la gloria, pues en realidad a Él le pertenece y le está destinada Mt 28,1. Pero se niega a recibirla de modo diverso al que ha determinado su Padre en sus amorosos designios reconciliadores, es decir, mediante la aceptación obediente de la muerte en Cruz (Flp 2, 8-9). Aceptar el poder mundano y la gloria vana ofrecida por Satanás sería dejar de confiar en que el Plan del Padre conduce a la verdadera gloria.


 

Las tres tentaciones del desierto fueron intentos de Satanás para lograr que el Señor Jesús abandonara su confianza en Dios y confiase tan sólo en sus propios planes, en sus propias fuerzas, en Satanás. En el desierto, Jesús vence al tentador por su confianza total y por su dependencia constante de Dios. Si el núcleo de toda tentación consiste en prescindir de Dios, el Señor Jesús manifiesta en que en su vida Dios tiene el primado absoluto.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

La primera gran lección del pasaje evangélico del Domingo es ésta: no podemos olvidar que tenemos un adversario invisible, el Diablo, que «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» 1Pe 5,8. De él enseñaba el Papa Pablo VI: «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y que causa miedo». Él busca tu ruina, y no descansa en su intento.


 

La segunda gran lección es ésta: es por medio de la tentación como el Demonio busca apartarnos de Dios, fuente de nuestra vida y felicidad. La tentación es una sugerencia a obrar en contra de lo que Dios enseña (verGén 3,3). Por la tentación el Diablo introduce en el corazón del hombre el veneno de la desconfianza en Dios, haciéndolo aparecer como enemigo de su felicidad y realización: “¿Cómo es posible que Dios te haya prohibido…?” (ver Gén 3,4). Al mismo tiempo la tentación aparece como confiable, y se hace tremendamente atractiva porque promete a la criatura humana “ser como dios”, es decir, alcanzar el poder, la gloria y la felicidad si en vez de Dios adora a otros “dioses”, a los ídolos del poseer-placer, del tener o del poder, o adorando incluso al mismo Satanás (ver Mt 4,9).


 

Cristo al ser tentado en el desierto nos enseña cómo podemos también nosotros desbaratar la fuerza seductora de las tentaciones: oponer a la sugestión del Maligno la enseñanza divina. A diferencia de Eva el Señor Jesús no entra en diálogo con el tentador buscando “aclararle” el malentendido (ver Gén 3,1ss). En vez de presentarle sus propios razonamientos, el Señor responde a cada una de las sugestiones del Diablo oponiendo la Palabra divina que Él ha acogido en su mente y corazón. Su método es contundente. No da pie a que la tentación siga avanzando. La enseñanza divina, la Palabra de Dios, se convierte ante la tentación en un escudo que permite detener y apagar los dardos encendidos del Maligno (ver Ef, 6,16). Sólo el criterio objetivo que ofrece la enseñanza divina nos libra del subjetivismo en el que busca enredarnos la tentación para llevarnos a optar finalmente por el mal, que por arte de la seducción del maligno el ingenuo termina viendo como un “bien para mí”: “¡serás como dios!”


 

En este sentido enseñaba Lorenzo Scupoli: «Las sentencias de la sagrada Escritura pronunciadas con la boca o con el corazón, como se debe, tienen virtud y fuerza maravillosa para ayudarnos en este santo ejercicio, por esta causa conviene que tengas muchas en la memoria, que se ordenen a la virtud que desees adquirir, y que las repitas muchas veces al día, particularmente cuando se excita y mueve la pasión contraria. Como por ejemplo, si deseas adquirir la virtud de la paciencia, podrás servirte de las palabras siguientes o de otras semejantes: “Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades” (Prov 16,32)».

 

Al mirar a Cristo entendemos que las enseñanzas divinas son armas necesarias para luchar y vencer en el combate espiritual. Quien se nutre «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt8,3; Mt 4,4), quien la medita y guarda haciendo de ella su norma de vida, se reviste de las «armas de Dios» (ver Ef 6,11.13) necesarias para vencer al Maligno y sus astutas tentaciones.


 

Por otro lado, para no dejarnos engañar por el Maligno es necesario habituarnos a examinar todo pensamiento que viene a nuestra mente, aprender a discernir bien es esencial, pues como escribe San Juan: «no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1Jn 4,1; ver Lam 3,40).


 

No toda “idea mía” es necesariamente “mía”, ni es necesariamente buena por ser mía, y aunque tenga la apariencia de buena, me puede conducir al mal, apartándome de Dios, haciéndome daño a mí mismo y a otros. Por ello es bueno desconfiar sanamente de nosotros mismos, de nuestros propios juicios y criterios, mantener siempre una sana actitud crítica frente a nuestros propios pensamientos. Un criterio muy sencillo para este discernimiento de espíritus es éste: “si esto que se me viene a la mente me aparta de lo que Dios me enseña, no viene de Dios, por tanto, debo rechazarlo de inmediato; pero si objetivamente me acerca a Dios, entonces viene de Dios y debo actuar en esa línea”.


 

Así, en vez de actuar porque “se me ocurre”, o “porque me gusta/disgusta”, o “porque así soy yo”, o por dejarme llevar por un fuerte impulso pasional o inclinación interior, hemos de actuar de acuerdo a lo que Dios nos enseña.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir. Por esto, Dios no impide las tentaciones que os acechan. Primero para enseñaros que habéis adquirido más fortaleza. Luego, para que guardéis la modestia y no os enorgullezcáis de los grandes dones que habéis recibido, ya que las tentaciones tienen el poder de humillaros. Además, sois tentados para que el espíritu del mal se convenza de que realmente habéis renunciado a sus insinuaciones. También sois tentados para que adquiráis una solidez mayor que el acero. Finalmente, sois tentados para que os convenzáis de los tesoros que os han sido dados. Porque el demonio no os asaltaría si no viera que recibís un honor mayor.»

San Juan Crisóstomo


 

«Nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser corona¬do si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.»

San Agustín


 

«Es preciso hacer resaltar una cosa en la tentación del Señor: tentado por el diablo, el Señor le ha replicado con textos de la Santa Escritura. Hubiera podido echar a su tentador al abismo sólo con la Palabra que él mismo era. Y sin embargo no recurrió a su poder poderoso, tan sólo le puso delante los preceptos de la Santa Escritura. Es así como nos enseña soportar la prueba».

San Gregorio Magno


 

«Fiel es Dios—dice el Apóstol—,y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas…No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas».


San Agustín

 

«El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8, 31)».


San Ambrosio

 

«Preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de El, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. El venció a su adversario con las palabras de la Escritura. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de El. Ha vencido para que seamos también vencedores. No hay virtud sin tentaciones, ni fe sin pruebas, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas y sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón: “Si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación” (Eclo 2,1)».

San León Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

1707: «El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia» (GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error.

 

De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13, 2).


 

Las Tentaciones de Jesús


 

538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).


 

539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.


 

540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.


 

“¡No nos dejes caer en la tentación!”


 

2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (Stgo 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.


 

2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gen 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.


 

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).


 

2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Col 10, 13).


 

2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Ver Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (Ver Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (Ver Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40). La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


 

 

 

. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Ver Mt 4, 11) y en el último combate



RCC-DRVC

Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VII ORDINARIO


23-29 de Febrero del 2020




“Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”



Lev 19, 1-2. 17-18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

 

El Señor dijo a Moisés:

 

— «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles:

 

“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano, en tu corazón. Deberás reprenderlo convenientemente para que no cargues tú con su pecado.

 

No te vengarás ni guardarás rencor a tus compatriotas, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

 

Yo soy el Señor”».


 

Sal 102, 1-4. 8 y 10. 12-13: “El Señor es compasivo y misericordioso”


 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y todo mi ser a su santo nombre.

 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y no olvides sus beneficios.

 

 

Él perdona todas tus culpas

 

y cura todas tus enfermedades;

 

Él rescata tu vida de la fosa

 

y te colma de gracia y de ternura.

 

 

El Señor es compasivo y misericordioso,

 

lento a la ira y rico en clemencia;

 

no nos trata como merecen nuestros pecados

 

ni nos paga según nuestras culpas.

 

 

Como dista el oriente del ocaso,

 

así aleja de nosotros nuestros delitos;

 

como un padre siente ternura por sus hijos,

 

siente el Señor ternura por sus fieles.


 

1Cor 3, 16-23: “Todo es de ustedes, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios”


 

Hermanos:

 

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?

 

Si alguno de ustedes destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo son ustedes.

 

Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.

 

Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».

 

Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muer­te, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios.


 

Mt 5, 38-48: “Amen a sus enemigos”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, les digo: No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.

 

Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

 

Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».


 

NOTA IMPORTANTE


 

“Ojo por ojo, diente por diente”. Así rezaba la conocida “ley del talión”, vigente entonces no sólo para el pueblo judío, sino en todo Oriente. Por este principio jurídico se imponía una pena idéntica o proporcionada a quien cometía un crimen. Esta ley, aunque pueda parecer en primera instancia cruel, era un primer intento por establecer una proporcionalidad entre daño recibido y el castigo aplicado, y evitar una escalada de violencia típica de la venganza. Es a estos excesos comunes a los que se quería poner un límite que obligara a todos.


 

Esta ley se aplicaba ya en culturas tan antiguas como la Babilonia, mediante el Código de Hammurabi (1760 a. C.), uno de los conjuntos de leyes mas antiguos que se conocen y que se basa en la aplicación de la Ley del Talión a casos concretos.


 

Se entiende que para aplacar la ira de una persona que ha recibido un daño lo mínimo que se puede ofrecer es resarcir el daño recibido con un daño igual. Pero para que la justicia no dé pie a la venganza descontrolada, era necesario establecer una ley que limitase la retribución a la equivalencia del daño recibido. La ley buscaba, pues, prevenir los excesos que son típicos de la ira, y que en vez de resarcir el daño recibido, generaban una escalada de violencia difícil de contener.


 

A cambio del daño recibido, la Ley de Moisés admitía también la sustitución del castigo idéntico por una compensación en especie o dinero (Éx 21,26-35).


 

A partir de este principio jurídico por entonces vigente y ampliamente aceptado, el Señor Jesús proclama para sus discípulos otro principio, el de la caridad suprema: «No hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».


 

Este principio enseñado por Cristo no anula aquel principio de la justa retribución por el daño recibido, sino que introduce el espíritu generoso de caridad que han de tener sus discípulos en la práctica misma de sus derechos de justicia.


 

Frente al principio del “Ojo por ojo, diente por diente”, que no es sino un esfuerzo de las leyes humanas para limitar la venganza y el odio, el Señor propone la purificación del corazón de todo odio y resentimiento y, en consecuencia, la erradicación total de toda reacción de venganza, de devolver el mal con otro mal. Por ello propone: «No hagan frente al que los agravia», o según la traducción literal: «no resistan al mal», es decir, al hombre malo, al que les hace mal. El discípulo no debe dar lugar a la cólera, no debe tomar la venganza por su cuenta, debe vencer el mal con el bien (ver Rom 12,17-21)


 

Para proclamar su enseñanza el Señor hace uso de la forma oriental, de estilo extremista y paradójico. Así, descendiendo a lo concreto, propone cuatro casos para ilustrar el principio de no resistencia al mal, de no responder al mal con cólera, odio, ira, de vencer el mal con el bien, toda forma de egoísmo con la generosidad: «si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».


 

La doctrina de Cristo contenida en esos ejemplos es la siguiente: la caridad del cristiano debe ser tal que, incluso en los casos de ofensa o abuso de los que es víctima, y en los que tiene la justicia a su favor, su respuesta jamás debe estar movida por la cólera sino que su ánimo debe estar siempre dispuesto al perdón de quien lo agravia y a la generosidad con su prójimo. La expresión del Señor de poner la otra mejilla para recibir otra bofetada debe ser entendida en ese sentido y no de modo literal, pues tampoco se trata de provocar una nueva injuria sobre uno. De lo contrario, el mismo Señor habría presentado la otra mejilla al ser abofeteado por uno de los guardias del Sumo Sacerdote (ver Jn 18,22-23). Quiere expresar esta forma paradójica de hablar que el cristiano no sólo debe perdonar una primera injuria, sino estar preparado para perdonar nuevas ofensas. Su perdón o paciencia ante quien le ofende o causa algún daño no debe tener límite.


 

Prosigue el Señor diciendo: «Han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen…». El amor al prójimo era un precepto de la Ley Lev 19,1. Por prójimo, sin embargo, se entendía principalmente el judío (ver Éx 23,4,Prov 25,21s), a veces el “peregrino” Lev 19,1, en realidad, un extranjero establecido habitualmente entre el pueblo judío e incorporado a él. Los no judíos estaban excluidos del precepto de amar al prójimo, es más, debían ser odiados positivamente y en casos exterminados sin piedad los enemigos de Dios y de su pueblo (ver Sal 139,21s). En la época de Jesús, por ejemplo, los samaritanos estaban excluidos absolutamente de la categoría de “prójimos”. Éstos eran considerados como enemigos, dignos de ser aborrecidos. Entre judíos y samaritanos había un odio y rivalidad muy fuerte: no se podían ni tratar (ver Jn 4,9). Por tanto, contra ellos se podía ejercer la venganza y el odio (ver Lc 9,53s).


 

La enseñanza del Señor, que busca perfeccionar la Ley, da un paso inesperado: ya no sólo deben mostrar amor al prójimo, sino también a los enemigos, es decir, a todos los no judíos, a todos los hombres sin exclusión. El Señor pide —y de eso es ejemplo Él mismo en la Cruz— rezar por quienes los persiguen y buscarán dar muerte.


 

Quien así obra, dice el Señor, será verdaderamente hijo de su mismo Padre que está en el Cielo, cuya bondad se manifiesta tanto con los buenos como con los malos. Por otro lado, nada tiene de virtuoso o de superior amar a quienes lo aman a uno. La caridad cristiana debe superar ese amor natural y elevarse a un amor divino, el mismo amor que vive el Padre, que no excluye de su misericordia a ningún ser humano sino que busca la salvación de todos. Por tanto, al discípulo de Cristo le toca ser perfecto «como su Padre celestial es perfecto», es decir, amar a todos los hombres con la misma benevolencia y caridad del Padre. El cristiano, como el Padre celestial y como Cristo mismo, debe aspirar a vivir la perfección en la caridad.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Día a día vemos cómo la ira, el odio, el deseo de venganza, el deseo de tomar la justicia por las propias manos, lleva a la agresión verbal o física entre las personas, a riñas y peleas, venganzas, asesinatos, luchas fratricidas, guerras, conflictos interminables, escaladas de violencia que parecen nunca acabar. ¿No ha causado esa violencia, ese odio, ese rencor, ese deseo de venganza, más muertes que cualquier desastre natural? ¿No parece ser el hombre el peor y más cruel enemigo del hombre? ¡No pocas veces la paz se hace tan esquiva, tan difícil de alcanzar! Pareciera imposible que el buen entendimiento y la pacífica convivencia entre los seres humanos perdure.


 

Sin necesidad de tener que ver los noticieros o leer los periódicos para encontrarnos con esa agresiva realidad, descubrimos que la ira —y las reacciones agresivas que produce— está presente en nosotros mismos, en las personas que forman parte de mi familia, en las personas que comparten mi día a día. ¿Cuántas veces no ocasiona la ira pleitos entre esposos, riñas y rencillas entre hermanos, discusiones acaloradas en las que nos faltamos el respeto los unos a los otros, en las que nos decimos palabras o expresiones que como dagas punzantes son capaces de causar heridas sicológicas o emocionales que perduran por años, muy difíciles de olvidar y reconciliar, o llegamos finalmente a la agresión física?


 

¿No se enciende la cólera en mí cuando alguien me hace algún daño o me siento agredido, cuando experimento que se me hace una injusticia? ¿No me mueve la ira a responder agresivamente, o a querer devolver el mal recibido causando un mal semejante o mayor a quien me ha injuriado o hecho daño, “para que pague por lo que me hizo”, “para que sufra él mismo lo que me hizo sufrir”? ¿Cuántas veces, llevado por la ira, no he pensado para mis adentros: “Voy a devolverle el mal que me hizo” (ver Prov 20,22)? ¿No se manifiesta mi ira en actitudes de impaciencia, de arrebato, de violencia, de furor, deseo de venganza? ¿No me alegro en lo secreto cuando me entero que a mi enemigo le sucede un mal y exclamo: “¡bien hecho, se lo merecía!”?


 

Por otro lado, ¿no se transforma esa ira en odio cuando es continua? ¿Cuántas veces he pensado o dicho: “No lo puedo perdonar, me ha hecho sufrir demasiado”? ¿Cuántas veces guardo, acumulo y/o alimento el resentimiento en mi corazón contra la persona que me hizo daño? ¿Cuántas veces castigo con mi indiferencia a quien me ofende, o lo hiero donde sé que más le duele? ¿Cuántas veces insultamos, gritamos más fuerte, proferimos amenazas, en vez de ser pacientes, de perdonar, de ceder? ¿Cuántas veces “perdonamos” pero no olvidamos? ¿Cuántas veces volvemos a echar en cara al esposo todo lo que nos hizo, aunque haya pedido perdón, aunque haya cambiado?


 

En fin, larga es la lista de actitudes que reflejan en nuestra vida una falta de dominio sobre la pasión de la ira, la facilidad con que nos dejamos llevar por la cólera sin oponerle resistencia alguna. Y ante lo que parece normal, nuevamente nos podemos preguntar: ¿por qué el Señor nos pide reaccionar ante el mal no con la cólera o la ira, sino con una caridad extrema, incluso con los enemigos? ¿Por qué nos pide una perfección tan alta que parece inalcanzable: «sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto»?


 

En primer lugar, si nos pide aspirar a esa perfección es porque es posible, porque al menos podemos acercarnos cada día más a ella, con su ayuda y con nuestro empeño. En segundo lugar, si nos pide dominar nuestra cólera, refrenar la ira, no reaccionar devolviendo el mal con mal, purificar el corazón de toda amargura, resentimiento y odio mediante el perdón, es porque es esencial para nuestra propia paz interior y felicidad. ¿Conoces a alguna persona amargada que experimente la paz en su corazón, la alegría y felicidad? La amargura, el odio, excluyen del propio corazón esa paz y alegría. No pueden convivir en un mismo corazón. En cambio, quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón, así como la alegría y serenidad que vienen junto con ella. El Señor sabe bien que quien consiente la ira, la amargura, la falta de perdón, quien sólo piensa en vengarse para compensar su pérdida, su dolor, puede sentirse “mejor” en el momento en que ve sufrir o morir ejecutado a su enemigo, pero jamás podrá ser feliz. La amargura es un veneno que termina volviéndose siempre contra uno mismo. Cree uno que con su odio le hace daño al otro, y puede que de verdad lo haga o puede que no, pero mayor daño se hace uno a sí mismo, puesto que se incapacita para amar y para ser amado. ¡Y es esencial al ser humano amar, ser amado, para ser feliz! Por tanto, si el Señor pide una exigencia tan alta, vivir un amor que va más allá del amor a quienes te aman, es porque ése es el camino que conduce a tu propia felicidad: es necesario expulsar de tu corazón toda raíz de odio, de resentimiento, de amargura, para poder amar más, para amar hasta el extremo, para amar como Dios mismo, y participar así finalmente de su mismo Amor, por toda la eternidad.


 

Domina, pues, tu cólera. Purifica tu corazón de todo resentimiento. Perdona, perdona a quien te ha ofendido o causado un daño irreparable. Y si se te hace difícil perdonar, mira a Cristo en la Cruz, en medio de tanto sufrimiento, dolor, rechazo, odio de quienes lo crucifican: Él no se deja vencer por el odio, no devuelve un insulto con otro, no profiere amenazas o palabras llenas de violencia y amargura. En cambio, desde la Cruz reza por quienes lo han crucificado: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Y no saben lo que hacen porque el pecado los vuelve ciegos, estúpidos, lerdos para comprender el daño terrible que están causándole y causándose a sí mismos. Así, al mirar al Señor cada vez que experimentes que eres crucificado, crucificada, con palabras hirientes, con expresiones duras, con algún daño, injuria o injusticia en tu contra, no te dejes vencer por la cólera, no devuelvas mal por mal, abrázate a la Cruz del Señor y con Él reza por quien te ofende: “Padre, perdónalo, perdónala...”. Implora la fuerza de lo Alto para que el Señor te conceda la fuerza y grandeza de alma para que puedas perdonar tú también en lo profundo de tu corazón a quien te injuria o causa algún daño. De ese modo podrás asemejarte cada vez más al divino Modelo, el Señor Jesús, y con la gracia de Dios llegarás a ser perfecto, como el Padre Celestial es perfecto.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«“Al que te quite la túnica, dice Cristo, dale también el manto; a quien te pide, dale; y al que te pide prestado, no lo rehúyas; tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Mt 5,40; Lc 6,30-31). De esta manera no nos entristeceremos como aquellos que han sido desposeídos contra su voluntad, sino que, por el contrario, nos alegraremos como los que dan de todo corazón, puesto que haremos una donación gratuita al prójimo más grande que si lo damos a la fuerza. Y dice: “a quien te requiera para caminar una milla, acompáñalo dos”. De esta manera no le servimos como si fuéramos esclavos sino que nos adelantamos a servirle como hombres libres que somos. En todas las cosas Cristo te invita a ser útil a tu prójimo, no teniendo en cuenta su maldad, sino poniendo tu bondad al máximo. De esta manera nos invita a hacernos semejantes a nuestro Padre “que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45)».

San Ireneo


 

«Él lo ha terminado todo en la perfección de la bondad. En efecto, la Ley obligaba al amor al prójimo y concedía la libertad de odiar al enemigo. En cambio la fe manda amar a los enemigos y mediante el sentimiento universal vence los impulsos de violencia en el espíritu humano no solamente al impedir a la cólera la venganza, sino también aplacándola hasta amar a los que nos han causado perjuicio. Amar a los que nos aman es propio de paganos y es normal querer a los que nos aman. De una parte, pues, Él nos llama a la herencia de Dios, y de otra también a la imitación de aquel que dispensa a buenos y malos, con la venida de su Cristo, el sol y la lluvia en los sacramentos del Bautismo y del Espíritu. Así nos forma Él a la vida perfecta con este lazo de bondad para con todos, puesto que tenemos en el cielo un Padre perfecto a quien imitar».

San Hilario


 

«Muestra el Señor que no podemos poseer el mérito del amor perfecto si amamos sólo a quienes sabemos que nos devolverán en pago el amor mutuo, porque sabemos que este tipo de amor es común también a los gentiles y pecadores. Por eso quiere el Señor que superemos la ley común del amor humano con la ley del amor evangélico; de modo que no sólo mostremos el afecto de nuestro amor hacia los que nos aman, sino también hacia los enemigos y los que nos odian, para que imitemos en esto el ejemplo de la verdadera piedad y bondad paternas».

San Cromacio de Aquileya


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Cristo nos llama a ser “perfectos como el Padre celestial es perfecto”


 

1693: Cristo Jesús hizo siempre lo que agradaba al Padre. Vivió siempre en perfecta comunión con Él. De igual modo sus discípulos son invitados a vivir bajo la mirada del Padre «que ve en lo secreto» para ser «perfectos como el Padre celestial es perfecto» Mt 5,4


 

1694: Incorporados a Cristo por el Bautismo, los cristianos están «muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,11), participando así en la vida del Resucitado. Siguiendo a Cristo y en unión con Él, los cristianos pueden ser «imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor» (Ef 5,1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con «los sentimientos que tuvo Cristo» (Flp 2,5) y siguiendo sus ejemplos.


 

1695: «Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1Cor 6,11), «santificados y llamados a ser santos» (1Cor 1,2), los cristianos se convierten en «el templo del Espíritu Santo». Este «Espíritu del Hijo» les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar «los frutos del Espíritu» (Gál 5,22) por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como «hijos de la luz» Ef 5,8, «por la bondad, la justicia y la verdad» en todo (Ef 5,9).


 

2013: «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» Mt 5,4:

 

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos.


 

Gracias al Espíritu podemos alcanzar tal perfección


 

2842: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» Mt 5,4; «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Gál 5,25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).


 

!GLORIA ADIOS!


RCC-DRVC


No he venido a abolir la Ley, sino a dar pleno cumplimiento

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee febrero Ee 2020 a las 0:20 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VI ORDINARIO


16-22 de Febrero del 2020




“No he venido a abolir la Ley, sino a dar pleno cumplimiento”


 

Eclo 15, 16-21: “A nadie mandó pecar”


 

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; fuego y agua he puesto ante ti: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.

 

Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; a nadie mandó pecar, ni deja sin castigo a los mentirosos.


 

Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34: “Dichoso el que camina en la voluntad del Señor”


 

Dichoso el que, con vida intachable,

camina en la voluntad del Señor;

dichoso el que, guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón.

 

Tú promulgas tus decretos

para que se observen exactamente.

Ojalá esté firme mi camino,

para cumplir tus consignas.

 

Haz bien a tu siervo: viviré

y cumpliré tus palabras;

ábreme los ojos, y contemplaré

las maravillas de tu voluntad.

 

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,

y lo seguiré puntualmente;

enséñame a cumplir tu voluntad

y a guardarla de todo corazón.


 

1Cor 2, 6-10: “Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria”


 

Hermanos:A los que han alcanzado la madurez en su fe, les proponemos una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

 

Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.

 

Más bien, como dice la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

 

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo explora todo, incluso las profundidades de Dios.


 

Mt 5, 17-37: “Se dijo a los antiguos, pero yo les digo”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento.

 

Les aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.

 

El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el Reino de los Cielos.

 

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro: Si no son mejores que los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

 

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado.

 

Pero yo les digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.

 

Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

 

Con tu adversario, llega a un acuerdo, mientras van de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

 

Han oído ustedes el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo les digo: El que mira a una mujer y la desea, ya ha cometi­do adulterio con ella en su corazón.

 

Si tu ojo derecho te hace caer en pecado, córtatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno.

 

Si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.

 

Está mandado: “El que se separe de su mujer, que le dé acta de divorcio”.

 

Pues yo les digo: El que se divorcie de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.

 

Han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás lo que hayas prometido al Señor bajo juramento”.

 

Pues yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. A ustedes les basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».


 

NOTA IMPORTANTE


 

Los mandamientos dados por Dios a su pueblo proceden de su sabiduría y de su amor para con el ser humano. No son fruto de una arbitrariedad o capricho divino. Buscan mostrar el camino que el ser humano, única criatura visible que Dios ha creado libre, ha de recorrer —mediante el uso prudente y responsable de su libertad— para alcanzar su pleno desarrollo y realización, para participar finalmente de la misma naturaleza divina, en la comunión de amor con Dios.


 

Cumplir la voluntad de Dios expresada en los mandamientos de la Antigua Ley, obedecerle a Él, no es inclinar la cerviz, dejarse esclavizar y someterse a una humillación, sino que es “prudencia”, es obrar con sabiduría: Dios conoce al ser humano, lo ha creado para la felicidad, quiere su máximo bien, que consiste en participar de su misma vida, amor y felicidad. Los mandamientos conducen al ser humano a la vida plena, a su felicidad. Quien los rechaza, en cambio, se degrada como ser humano y se dirige a su propia destrucción, al más terrible fracaso existencial. En otras palabras, no llegará a ser lo que está llamado a ser, no alcanzará la grandeza para la que fue creado, y se hundirá en la miseria más absoluta sin Dios. El proyecto divino en él quedará eternamente frustrado. Y no se trata de que Dios lleno de ira lo castigará por haberlo rechazado, sino de que el hombre, plenamente advertido, habrá escogido él mismo un destino eterno sin Dios, un destino de muerte: «delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja» (1ª. lectura). Dios, en respeto a la libertad que le ha regalado a su criatura humana, respetará también su opción.


 

Será dichoso quien «camina en la voluntad del Señor… el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón» (Salmo responsorial). O, como dirá san Pablo citando la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (2ª. lectura). Es decir, a quien ama a Dios, y a quien expresa ese amor a Dios en la adhesión fiel a sus consignas o mandamientos, Dios le tiene prometida la vida plena en la que la dicha es humanamente indescriptible. Quien comprende que los mandamientos son el camino hacia esa dicha plena y a la plena realización humana no cesa de rezar como el salmista y de comprometerse en un “sí” que se traduce en la vida cotidiana: «Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón» (Salmo responsorial).


 

Jesucristo, el Hijo del Padre, ha venido a reconciliar al hombre, a abrir a la humanidad caída el camino de vuelta a la casa del Padre, camino que había sido cerrado por el pecado del hombre. Él mismo se ha hecho Camino para el hombre (ver Jn 14,6). Y en ese hacerse y mostrar el camino a todo hombre, el camino hacia su propia “bienaventuranza”, afirma: «No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar pleno cumplimiento».


 

La Ley y los Profetas eran las dos secciones principales de la sagrada Escritura judía. La Ley o Torá era la parte principal. En cuanto revelación divina se la consideraba eterna e irrevocable. Los demás libros, englobados bajo el término de “Profetas”, no tenían el mismo carácter al tratarse de una explicación de la Ley. Se consideraba que al llegar el tiempo mesiánico éstos no tendrían ya razón de ser.


 

Que la Ley era eterna era un dogma rabínico. Existen textos rabínicos que hablan de la “Ley del Mesías”, entendida esta Ley no como algo nuevo sino como una profunda y definitiva interpretación de la Ley de Moisés. El Mesías, se pensaba en el judaísmo, aportaría la luz para comprender finalmente toda la riqueza de los pensamientos ocultos de la Torá, la solución de todos sus enigmas (ver Jn 4,25; Jer 31,31ss; Is 2,3; 60,21; Ez 36,25ss).


 

El Señor Jesús proclama que Él no vino a abolir o abrogar ni la Ley ni los Profetas, sino a llevar lo que aún es imperfecto a su estado de perfección, de plenitud. ¿De qué manera? Proponiendo nuevamente el verdadero sentido de prescripciones deformadas por una mala interpretación, o añadiendo nuevas enseñanzas o prescripciones, o anulando la fase temporal o intermedia de muchas cosas para dar paso a su pleno desarrollo: lo que se hallaba en bosquejo, debía convertirse ahora en un hermoso cuadro.


 

Debido a este perfeccionamiento la Ley y los Profetas se convierten en «ley de Cristo». Como Él la interpreta es como sus discípulos han de observarla en adelante, sin “saltarse” o descuidar «uno sólo de los preceptos menos importantes».


 

A continuación el Maestro da ejemplos concretos para que sus discípulos entiendan en qué consiste la perfección o plenitud de la Ley: «Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado». Se trata del quinto mandamiento del Decálogo, es decir, los Diez Mandamientos dados por Dios a su pueblo y promulgados por Moisés en el Sinaí. Ante todo es de notar que al decir Jesús: «Han oído ustedes… Pero yo les digo», se declara implícitamente superior al máximo legislador de Israel: Moisés. Él se presenta a sí mismo como el supremo Legislador de Israel. Pero Él enseña en esta ocasión no sólo como quien tiene una autoridad suprema, sino también con toda su autoridad divina.


 

En cuanto al quinto mandamiento, “no matarás”, los judíos entendían que todo homicida debía ser procesado y sentenciado a muerte por un tribunal: «El que hiera mortalmente a otro, morirá» (Ex 21,12; Lev 24,17). Desde ahora, según la ley de Cristo, el Mesías, ya la sola ira desatada contra el hermano a través de palabras de desprecio, duras o hirientes, es tan condenable como el homicidio mismo. Y es que esa ira es la misma que se encuentra en la raíz de todo acto homicida, es el mismo odio que lleva a quitarle la vida a un semejante. La Ley vivida en toda su perfección lleva a eliminar no sólo la ira que se expresa en atentados contra la vida de otros seres humanos, sino también en otras expresiones que pueden parecernos aceptables porque se han hecho costumbre, como descargar la propia ira insultando o maltratando verbalmente al prójimo. Quien no domina la ira que se enciende en el corazón, por más que no lleve a ejecución sus inicuos propósitos contra el hermano y se limite tan sólo al insulto, a la palabra venenosa y mordaz, será procesado ante el tribunal de Dios, y la condena puede parecernos desproporcionada: quien llame a su hermano “renegado”, es decir, rebelde contra Dios, impío o ateo, «merece la condena del fuego», es decir, el infierno. Tal es la seriedad de la falta.


 

Mas este mandamiento exige una perfección aún mayor: no sólo llama a contener toda expresión verbal agresiva, sino a dar el paso exigente de buscar la reconciliación con aquel que tiene quejas contra uno. El corazón debe ser purificado de todo odio, rencor, resentimiento. A cambio, debe estar dispuesto a salir al paso del hermano para ofrecer el perdón y tener un corazón magnánimo para perdonar toda ofensa, a fin de alcanzar el supremo don de la reconciliación. En este empeño por vivir la reconciliación, la perfección del quinto mandamiento, uno debe dar siempre el primer paso en vez de esperar a que el otro lo haga primero.


 

Luego de este ejemplo vendrán otros, de no menor exigencia: «El que mira a una mujer y la desea, ya ha cometi¬do adulterio con ella en su corazón»; «El que se divorcie de su mujer, salvo en caso de unión ilegítima, la expone al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio»; «No juren en absoluto»; etc.


 

No podemos perder de vista que el Señor Jesús, al perfeccionar la Ley y desarrollar sus exigencias radicales, enseña que el centro de la Ley es el precepto del amor (ver Jn 15,12). La Ley se transforma y se profundiza como Ley del amor.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Muchas veces basta que nos prohíban algo para que se despierte en nosotros la curiosidad y el deseo de “hacer lo prohibido”. No pocas veces “el fruto prohibido” aparece más apetecible a la vista que todos los demás frutos de todos los árboles que se encuentran en el paraíso. Pareciera que somos rebeldes por naturaleza, sobre todo en la juventud, cuando queremos afirmar nuestra personalidad y no queremos que nadie nos imponga lo que tenemos que hacer, cuando queremos hacer lo que nos viene en gana, lo que se nos antoja, cuando bullen las pasiones, cuando la vitalidad nos hace creer que somos autosuficientes, que debemos valernos por nosotros mismos y podemos vivir sin límites, libres de toda normatividad o barrera moral. Toda ley nos parece limitante, opresiva, una restricción que constriñe nuestras energías, nuestra vitalidad. Queremos ser como potros salvajes, andar libres por la pradera. Nos resistimos cuando alguien quiere domar nuestras fuerzas para orientarlas debidamente. Sólo queremos galopar loca y descontroladamente por la pradera, sin importarnos nada, creyendo que vamos a alcanzar las más altas cumbres cuando en realidad nos estamos dirigiendo ciegamente hacia el abismo.


 

Cuando nos encontramos ante la Ley de Dios nos comportamos todos como aquellos adolescentes rebeldes, como aquel joven que le pide a su padre que le adelante la herencia porque está harto de vivir con él en su casa sin poder gozar de la vida y construir su propio destino (ver Lc 15,11-13): su Ley nos parece una intromisión inaceptable en nuestras vidas y una restricción abusiva a nuestra libertad. Creemos que Dios nos pone demasiados “no”, que todo es prohibición. En cambio, aunque digamos que creemos en Dios, no permitimos que nos diga nada: queremos ser dueños de nuestra propia vida, vivir como a nosotros nos parece mejor, o como le parece mejor a la mayoría. Pensamos que nuestra libertad está por encima de todo, y ciertamente es sagrada, pero tristemente olvidamos que esa libertad es un don de Dios mismo, que es Él quien nos la ha regalado para que haciendo un responsable y recto uso de la misma podamos realizarnos verdaderamente y alcanzar el fin último para el cual Él nos ha creado: la dicha, la felicidad.


 

Lamentablemente no llegamos a comprender que su Ley, sus Mandamientos, no buscan limitarnos, sino todo lo contrario, buscan señalarnos el camino para llegar finalmente al destino que todos anhelamos: la plenitud humana, la felicidad, la dicha que no acabe nunca. Es como cuando emprendemos viaje en automóvil por una carretera riesgosa: los carteles nos van indicando, señalando cuándo hay una curva peligrosa, cuándo hay que disminuir la velocidad, cuándo hay que parar, cuándo hay que tomar precauciones porque pasamos por una zona de derrumbes, cuándo la pista se torna resbalosa, cuándo debemos estar atentos para no desbarrancarnos por un precipicio. Todas esas señales restrictivas están puestas allí como advertencia, buscan cuidar nuestra vida para que lleguemos felizmente a nuestro destino. Necio será aquel que en vez de seguir la indicación de doblar a la derecha se le antoje doblar a la izquierda, por pura rebeldía, por pensar que él tiene un camino mejor. Lo único que hace es dirigirse al abismo. Él mismo se destruye, destruye su vida y la de aquellos que lo acompañan.


 

Así es la Ley de Dios: contiene restricciones, ciertamente, pero son advertencias para el ser humano, para que no se destruya a sí mismo y no haga daño a otros haciendo un uso caprichoso de su libertad. Son señales para que puedas llegar a tu feliz destino, mereciendo finalmente «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9). Sin embargo, las restricciones no lo son todo, antes de aquellos múltiples “no” está el gran “sí” del primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,5). Todos los mandamientos conducen al amor, y en primer lugar al amor a Dios que está llamado a nutrir todos nuestros amores humanos, llevándolos así a su auténtico despliegue y plenitud. En resumen: ¿Quieres amar y ser amado, ser amada de verdad? Dios, que te ha creado para el amor, que te ama hasta el extremo más asombroso e inconcebible, que te ama hasta la locura de la Cruz, quiere enseñarte cómo amar, y a eso se reducen todos sus mandamientos, llevados a su plenitud por el Señor Jesús: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,10-12).


 

Habiendo comprendido esto, conviene preguntarnos: ¿Cuánta importancia le damos a los Mandamientos? ¿Los puedo enumerar en este momento? ¿Los recuerdo bien todos? ¿Los tengo en mente en mi diario accionar? ¿Hago de ellos mi norma de conducta, luz que guíe mis pasos? ¿Hago del mandamiento del Señor Jesús mi norma suprema? ¿Procuro cada día, en cada momento, amar como Él me ha amado? ¿No es hora de volver a asumir los mandamientos divinos como norma de conducta, como criterio moral para mi diario actuar?


 

Por otro lado, seguramente nos preguntamos: ¿es posible cumplir los mandamientos, más aún, cuando han sido llevados por el Señor Jesús “a su plenitud”, a una exigencia tal que parece ir más allá de todas nuestras humanas posibilidades? ¿Quién puede dominar su lengua, de tal modo que no profiera insulto alguno contra su prójimo? ¿Quién es capaz de buscar a quien lo ha ofendido y perdonarlo sin más? ¿Qué hombre, en esta sociedad tan erotizada, es capaz de mirar a una mujer hermosa, atractiva, provocativamente vestida, sin experimentar en lo secreto de su corazón algún tipo de deseo? ¿No es pedirle ir en contra de su naturaleza humana? ¿No es demasiado lo que el Señor pide? ¿No es poco realista? Así, ¿quién podrá salvarse? ¿Quién?


 

Ante esto sólo podemos decir que, sin el Señor, es imposible, pero con Él, amándolo a Él sobre todo, todo lo podemos (ver Flp 4,13). Que si Él eleva tanto la varilla, que si Él nos exige una perfección tan alta, Él nos da las fuerzas necesarias para vivir las exigencias de los mandamientos. Concientes de esto, no dejemos de acudir a Él en los sacramentos que nos ha dejado en su Iglesia: la confesión sacramental y la Eucaristía. Y poniendo todo lo que está de nuestra parte, mantengámonos tercamente perseverantes en la oración, confiados en que Él nos dará la fuerza de su Espíritu toda vez que se lo pidamos con fe (ver Lc 11,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«No vino el Hijo de Dios a abolir la Ley y los Profetas, Él que es el autor de la Ley y los Profetas; porque Él mismo entregó por medio de Moisés la Ley que habría de transmitir al pueblo e inundó de Espíritu Santo a los profetas para que anunciaran las cosas futuras: “No he venido —dice— a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles cumplimiento”».

San Cromacio


 

«Cuando leo el evangelio y encuentro testimonios de la Ley y de los Profetas, no considero en ello otra cosa que a Cristo. Cuando contemplo a Moisés, cuando leo a los profetas es para comprender lo que dicen de Cristo. El día que habré llegado a entrar en el resplandor de la luz de Cristo y brille en mis ojos como la luz del sol, ya no seré capaz de mirar la luz de una lámpara. Si alguien enciende una lámpara en pleno día, la luz de la lámpara se desvanece. Del mismo modo, cuando uno goza de la presencia de Cristo, la Ley y los Profetas desaparecen. No quito nada a la gloria de la Ley y de los Profetas; al contrario, los enaltezco como mensajeros de Cristo. Porque cuando leo la Ley y los Profetas, mi meta no es la Ley y los Profetas sino, por la Ley y los Profetas quiero llegar a Cristo».

San Jerónimo


 

«Ésta es una manera magnífica de introducir la superación de las obras de la Ley, superación que, sin abolirla, constituye un mejoramiento progresivo».

San Hilario


 

«¿Qué haremos? “El que dijere a su hermano necio será reo del fuego del infierno”. Ningún hombre puede dominar su lengua. ¿Irán, pues, todos al fuego del infierno? De ningún modo. “Señor, te has convertido en nuestro refugio de generación en generación” (Sal 89,1). Tu ira es justa y a nadie envías injustamente al infierno. “¿Adónde iré que me aleje de tu Espíritu? ¿Adónde huiré que me aleje de ti?” (Sal 138,7). ¿Adónde, sino a ti? Por tanto, hermanos, si ningún hombre puede dominar su lengua, acudamos a Dios para que la domine. Si quieres dominarla tú sólo, no podrás, porque eres hombre. “Ningún hombre puede dominar su lengua” Stgo 3,8. Pon atención a una semejanza tomada de las mismas fieras que domamos. El caballo no se doma a sí mismo, ni el camello, ni el elefante, ni el áspid, ni el león. Tampoco el hombre se doma a sí mismo. Más para domar al caballo, al buey, al camello, al elefante, al león, al áspid, se requiere el hombre. Por tanto, busquemos a Dios para que dome al hombre».

San Agustín


 

«Porque no dijo absolutamente: “El que codicie...” —aun habitando en las montañas se puede sentir la codicia o concupiscencia—, sino: “El que mire a una mujer para codiciarla”. Es decir, el que busca excitar su deseo, el que sin necesidad ninguna mete a esta fiera en su alma, hasta entonces tranquila. Esto ya no es obra de la naturaleza, sino efecto de la desidia y tibieza. Esto hasta la antigua ley lo reprueba de siempre cuando dice: “No te detengas a mirar la belleza ajena” Ecle 9,8. Y no digas: ¿Y qué si me detengo a mirar y no soy prendido? No. También esa mirada la castiga el Señor, no sea que fiándote de esa seguridad, vengas a caer en el pecado. ¿Y qué si miro —me dirás— y tengo, sí, deseo, pero nada malo hago? Pues aun así estás entre los adúlteros. Lo dijo el Legislador, y no hay que averiguar más. Mirando así una, dos y hasta tres veces, pudiera ser que te contengas; pero, si lo haces continuadamente, y así enciendes el horno, absolutamente seguro que serás atrapado, pues no estás tú por encima de la naturaleza humana. Nosotros, si vemos a un niño que juega con una espada, aun cuando no lo veamos ya herido, lo castigamos y le prohibimos que la vuelva a tocar más. Así también Dios, aun antes de la obra, nos prohíbe la mirada que pueda conducirnos a la obra. Por¬que el que una vez ha encendido el fuego, aun en la ausencia de la mujer que lascivamente ha mirado, se forja mil imágenes de cosas vergonzosas, y de la imagen pasa muchas veces a la obra. De ahí que Cristo elimina incluso el abrazo que se da con solo el corazón».

San Juan Crisóstomo


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús y la Ley


 

577: Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza:


 

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una "i" o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos» (Mt 5,17-19).


 

578: Jesús, el Mesías de Israel, por lo tanto el más grande en el Reino de los Cielos, se debía sujetar a la Ley cumpliéndola en su totalidad hasta en sus menores preceptos, según sus propias palabras. Incluso es el único en poderlo hacer perfectamente. Los judíos, según su propia confesión, jamás han podido cumplir la Ley en su totalidad, sin violar el menor de sus preceptos. Por eso, en cada fiesta anual de la Expiación, los hijos de Israel piden perdón a Dios por sus transgresiones de la Ley. En efecto, la Ley constituye un todo y, como recuerda Santiago, «quien observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos» (Stgo 2, 10).


 

580: El cumplimiento perfecto de la Ley no podía ser sino obra del divino Legislador que nació sometido a la Ley en la persona del Hijo. En Jesús la Ley ya no aparece grabada en tablas de piedra sino «en el fondo del corazón» (Jer 31, 33) del Siervo, quien, por «aportar fielmente el derecho» (Is 42, 3), se ha convertido en «la Alianza del pueblo» (Is 42, 6). Jesús cumplió la Ley hasta tomar sobre sí mismo «la maldición de la Ley» (Gál 3, 13) en la que habían incurrido los que no «practican todos los preceptos de la Ley» (Gál 3, 10) porque «ha intervenido su muerte para remisión de las transgresiones de la Primera Alianza» (Heb 9, 15).


 

581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» Mc 7, 8 de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7, 13).


 

582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro… —así declaraba puros todos los alimentos—… Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.


 

!Gloria a Dios!


Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 22:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


ALIMENTO PARA HOY Y SIEMPRE,DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO V ORDINARIO


09-15 de febrero del 2020




“Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”


Is 58,7-10: “Surgirá tu luz como la aurora”


 

Así dice el Señor:

 

— «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no dejes de socorrer a tus semejantes.

 

Entonces surgirá tu luz como la aurora, y tus heridas sanarán rápidamente; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor.

 

Entonces clamarás al Señor, y te responderá, gritarás, y te dirá: “Aquí estoy”.

 

Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la calumnia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía».


 

 

Sal 111,4-9: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”


 

En las tinieblas brilla como una luz

el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,

y administra rectamente sus asuntos.

 

El justo jamás vacilará,

su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,

su corazón está firme en el Señor.

 

Su corazón está seguro, sin temor.

Reparte limosna a los pobres;

su caridad es constante, sin falta,

y alzará la frente con dignidad.


 

 

1Cor 2,1-5: “Les anuncié el misterio de Cristo crucificado”


 

Yo, hermanos, cuando vine a ustedes para anunciarles el mis­terio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesu­cristo, y a éste crucificado.

 

Me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


 

 

Mt 5,13-16: “Alumbre su luz delante de los hombres”


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán?

 

No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

 

Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, y así alumbre a todos los de la casa.

 

Del mismo modo, alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

El Señor Jesús, comparando a los discípulos con la sal y con la luz, les explica que son dos cosas las que deben tener en cuenta para cumplir con su misión en el mundo: 1) ser fieles a su identidad; y 2) la necesidad de “ubicarse” en un lugar apropiado desde el cual su luz pueda iluminar a los que se encuentran “en la casa”.


 

La sal, para “dar sabor” a los alimentos, debe mantener su fuerza o virtud, es decir, su capacidad de salar. De modo análogo el discípulo, para ser sal de la tierra, debe ser lo que está llamado a ser,debe ser verdaderamente cristiano, acogiendo en sí mismo la fuerza transformante del Señor, viviendo como el Señor enseña.


 

Por otro lado el Señor Jesús compara la misión de sus discípulos con la función que desempeña una lámpara puesta en un lugar oscuro (Mt 9,15-16): de ellos ha de brotar una luz que debe iluminar a todos los hombres que vienen a este mundo. ¿Es ésta una luz propia? No, la luz que ha de difundir el discípulo es la Luz que él mismo recibe del Maestro, del Señor: Él mismo es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9), Luz que viene de Dios.


 

Es decir, el modo ordinario como Dios ha pensado en sus amorosos designios hacer brillar su Luz en el mundo —aquella que es la vida de los hombres, aquella que los arranca de las tinieblas del pecado y de la muerte— es por su Hijo: «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas» (Jn 12,46). Pero también ha querido hacer brillar su Luz asociando a esta misión de su Hijo a sus discípulos, quienes congregados en su Iglesia —desde que el Señor Resucitado ascendió a los cielos hasta que Él vuelva— han de hacer brillar “en su rostro”, es decir, en sí mismos la luz de Cristo para reflejarla al mundo entero: «Luz de los Pueblos es Cristo. Por eso, este Sagrado Concilio, congregado bajo la acción del Espíritu Santo, desea ardientemente que su claridad, que brilla sobre el rostro de la Iglesia, ilumine a todos los hombres por medio del anuncio del Evangelio a toda criatura» (Lumen gentium, 1).


 

Al percibir aquella luz —luz que viene de Dios y que es “hecha propia”— que emana del ser del discípulo (cual luz que arde en una lámpara, y que puesta sobre la mesa ilumina a todos los que están en la casa), luz que se hace visible a todos particularmente en sus buenas obras (las obras de la caridad que corresponden perfectamente a las enseñanzas del Señor Jesús), muchos —conociendo la misericordia del Padre por la fuerza irradiativa de la caridad— se verán impulsados a volverse a Dios y a darle gloria ellos mismos.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Todo hombre o mujer que consciente o inconscientemente rechaza a Dios, que lo desplaza de su vida cotidiana, que no admite sus leyes y las transgrede, queda sumergido en las tinieblas. Las tinieblas que inundan la mente y corazón del ser humano no se quedan en él: se difunden, avanzan sobre otros corazones y sobre la sociedad entera, alimentando progresivamente una cultura sin Dios, opuesta a Dios, sumergida en la confusión y espesa oscuridad.


 

Hay quienes enceguecidos y transformados totalmente en tinieblas, aborrecen la Luz y la rechazan (ver Jn 1,9-11), odiando a todo aquel que viene de la luz. Pero hay tantos otros que, aunque sumidos en las tinieblas y el mar de confusión, andan buscando ansiosos que alguien ilumine sus ojos y disipe sus tinieblas.


 

¡Dichosos nosotros, que hemos sido iluminados por Cristo! Es a nosotros, a quienes Él ha sacado de las tinieblas por medio de hombres o mujeres que han sabido transmitirnos esa luz de Cristo. También a nosotros nos llama ahora el Señor a ser “luz del mundo”, lámparas que con la Luz de Cristo brillen disipando las tinieblas de muchos corazones. En efecto, eres luz cuando acoges en ti a Aquel que es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Si Cristo habita en ti, tú serás como una lámpara que irradia a Cristo, disipando muchas tinieblas con su presencia, testimonio y palabras.


 

Sin embargo, hemos de reconocer que también nosotros necesitamos ser iluminados continuamente por Cristo, que tampoco nosotros estamos totalmente libres de las tinieblas. Hay tinieblas en mí cuando el pecado habita en mí. Hay tinieblas en mí cuando algunos de mis modos de pensar, sentir y actuar obedecen a los criterios del mundo. ¿No descubres en ti alguna tiniebla que aún necesita ser iluminada y disipada? ¡Sin duda! Por eso humildemente reconocemos que necesitamos de una mayor conversión: necesito asemejarme a Cristo cada vez más, para que sea Él quien viva plenamente en mí (ver Gál 2,20), y sea esa Luz en mí la que pase a través de mí como por un cristal puro y limpio para iluminar a muchos, liberándolos de las tinieblas en las que se hallan sumidos. Si tú y yo no brillamos intensamente con esa Luz, que es Cristo, ¿cuántos quedarán sumergidos en las tinieblas por nuestra culpa?


 

Así, pues, ¡aparta de ti toda tiniebla, para que seas todo luz! ¡Libérate de todo obstáculo, de toda opacidad, para transparentar una plena y total adhesión al Señor, para mostrar el fuego de amor que arde en tu corazón, para irradiar el entusiasmo que significa seguir plenamente al Señor Jesús! ¡Deja que la luz de Cristo inunde todo tu ser, tu mente y corazón, para que seas tú también “luz del mundo”!


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras».

San Gregorio de Nisa


 

«Seguir al Salvador es beneficiarse de la salvación, y seguir la Luz es recibir la luz. Pues los que están en la luz no son los que iluminan a la luz, sino que la luz los ilumina y esclarece a ellos, ya que ellos nada le añaden, sino que son ellos los que se benefician de la luz».

San Ireneo


 

«Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumen¬to. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salva¬ción del hombre, ya que para Él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la pre¬sencia de aquella gran Luz, impregnados de sus resplan¬dores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la úni¬ca Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».

San Gregorio de Nacianzo


 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: «El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo por cierto muy mal dispuesto». Porque al decir: Vosotros sois la sal de la tierra, enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás. En efecto, la mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia son unas virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del que las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho de los demás. Lo mismo podemos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a la verdad, ya que el que posee estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos».

San Juan Crisóstomo


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

El Pueblo de Dios, sal de la tierra y luz del mundo


 

782: El Pueblo de Dios tiene características que le distinguen claramente de todos los grupos religiosos, étnicos, políticos o culturales de la historia:

 

– Es el Pueblo de Dios: Dios no pertenece en propiedad a ningún pueblo. Pero Él ha adquirido para sí un pueblo de aquellos que antes no eran un pueblo: «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa» (1 P 2, 9).

 

– Se llega a ser miembro de este cuerpo no por el nacimiento físico, sino por el «nacimiento de arriba», «del agua y del Espíritu» (Jn 3, 3-5), es decir, por la fe en Cristo y el Bautismo.

 

– Este pueblo tiene por jefe [cabeza] a Jesús el Cristo [Ungido, Mesías]: porque la misma Unción, el Espíritu Santo fluye desde la Cabeza al Cuerpo, es «el Pueblo mesiánico».

 

– «La identidad de este Pueblo, es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo».

 

– «Su ley, es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo nos amó» (Jn 13,34). Esta es la ley «nueva» del Espíritu Santo (ver Rom 8,2; Gál 5,25).

 

– Su misión es ser la sal de la tierra y la luz del mundo (ver Mt 5,13-16). «Es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano».

 

– «Su destino es el Reino de Dios, que él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que él mismo lo lleve también a su perfección» (Lumen gentium, 9).

 

La luz del mundo significada en el Bautismo


 

1243: La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha «revestido de Cristo» (Gál 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el cirio pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son «la luz del mundo» (Mt 5, 4; ver Flp 2,15).

 

El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro.


 

La fidelidad de los bautizados, fundamento de la evangelización


 

2044: La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos. «El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios» (Apostolicam actuositatem, 6).

 

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (ver Mt 18,16):

 

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación(Ad gentes, 11).


 

El testimonio cristiano


 

736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gál 5,22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (ver Mt 16,24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Gál 5,25):

 

Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria eterna (San Basilio, Spir., 15,36).

 

 

“SIN LUZ NO HAY DIRECCCION Y SEGURIDAD,POR MAS QUE SE ABRAN LOS OJOS SU ALCANCE ES BORROSO Y LIMITADO,JESUS LUZ QUE NUNCA SE APAGA….


RCC-DRVC

FIESTA DE LA PRESENTACION DEL SENOR

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 22:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


02-08 de Febrero del 2020

 

 Primera lectura

 

Lectura del libro de Malaquías 3,1-4

 

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar –dice el Señor de los ejércitos–. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

 

Salmo responsorial

 

Sal 23

R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.


 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R/.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra. R/.

 

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R/.

 

¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria. R/.


 

Segunda lectura

 

Lectura de la carta a los Hebreos 2,14-18


 

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.


 

Evangelio

 

+ Lectura del santo evangelio según San Lucas 2,22-40


 

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.


Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»


Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.


Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»


Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.


 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO - 02/02/19


 

La liturgia de hoy nos muestra a Jesús que va al encuentro de su pueblo. Es la fiesta del encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y Ana, ancianos. Todo se encuentra, en definitiva, cuando llega Jesús.


 

¿Qué nos enseña esto? En primer lugar, que también nosotros estamos llamados a recibir a Jesús que viene a nuestro encuentro. Encontrarlo: al Dios de la vida hay que encontrarlo cada día de nuestra existencia; no de vez en cuando, sino todos los días. Seguir a Jesús no es una decisión que se toma de una vez por todas, es una elección cotidiana. Y al Señor no se le encuentra virtualmente, sino directamente, descubriéndolo en la vida, en lo concreto de la vida. De lo contrario, Jesús se convierte en un hermoso recuerdo del pasado. Pero cuando lo acogemos como el Señor de la vida, el centro de todo, el corazón palpitante de todas las cosas, entonces él vive y revive en nosotros. Y nos sucede lo mismo que pasó en el templo: alrededor de él todo se encuentra, la vida se vuelve armoniosa. Con Jesús hallamos el ánimo para seguir adelante y la fuerza para estar firmes. El encuentro con el Señor es la fuente. Por tanto, es importante volver a las fuentes: retornar con la memoria a los encuentros decisivos que hemos tenido con él, reavivar el primer amor, tal vez escribir nuestra historia de amor con el Señor. Le hará bien a nuestra vida consagrada, para que no se convierta en un tiempo que pasa, sino que sea tiempo de encuentro.


 

Si recordamos nuestro encuentro decisivo con el Señor, nos damos cuenta de que no surgió como un asunto privado entre Dios y nosotros. No, germinó en el pueblo creyente, en medio de tantos hermanos y hermanas, en tiempos y lugares precisos. El Evangelio nos lo dice, mostrando cómo el encuentro tiene lugar en el pueblo de Dios, en su historia concreta, en sus tradiciones vivas: en el templo, según la Ley, en clima de profecía, con los jóvenes y los ancianos juntos (cf. Lc 2,25-28.34). Lo mismo en la vida consagrada: germina y florece en la Iglesia; si se aísla, se marchita. Madura cuando los jóvenes y los ancianos caminan juntos, cuando los jóvenes encuentran las raíces y los ancianos reciben los frutos. En cambio, se estanca cuando se camina solo, cuando se queda fijo en el pasado o se precipita hacia adelante para intentar sobrevivir. Hoy, fiesta del encuentro, pidamos la gracia de redescubrir al Señor vivo en el pueblo creyente, y de hacer que el carisma recibido se encuentre con la gracia de hoy.


 

El Evangelio también nos dice que el encuentro de Dios con su pueblo tiene un principio y una meta. Se parte de la llamada al templo y se llega a la visión en el templo. La llamada es doble. Hay una primera llamada «según la Ley» (v. 22). Es la de José y María, que van al templo para cumplir lo que la ley prescribe. El texto lo subraya casi como un estribillo, cuatro veces (cf. vv. 22.23.24.27). No es una constricción: los padres de Jesús no van a la fuerza o para realizar un mero cumplimiento externo; van para responder a la llamada de Dios. Luego hay una segunda llamada, según el Espíritu. Es la de Simeón y Ana. También esta está resaltada con insistencia: tres veces, refiriéndose a Simeón, se habla del Espíritu Santo (cf. vv. 25.26.27) y concluye con la profetisa Ana que, inspirada, alaba a Dios (cf. v. 38). Dos jóvenes van presurosos al templo llamados por la Ley; dos ancianos movidos por el Espíritu. Esta doble llamada, de la Ley y del Espíritu, ¿qué nos enseña para nuestra vida espiritual y nuestra vida consagrada? Que todos estamos llamados a una doble obediencia: a la ley —en el sentido de lo que da orden bueno a la vida—, y al Espíritu, que hace todo nuevo en la vida. Así es como nace el encuentro con el Señor: el Espíritu revela al Señor, pero para recibirlo es necesaria la constancia fiel de cada día. Sin una vida ordenada, incluso los carismas más grandes no dan fruto. Por otro lado, las mejores reglas no son suficientes sin la novedad del Espíritu: la ley y el Espíritu van juntos.


 

Para comprender mejor esta llamada que vemos hoy en el templo, en los primeros días de la vida de Jesús, podemos ir al comienzo de su ministerio público, a Caná, donde convierte el agua en vino. También hay allí una llamada a la obediencia, cuando María dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Lo que él diga. Y Jesús pide una cosa particular; no hace una cosa nueva de inmediato, no saca de la nada el vino que falta —podía haberlo hecho—, sino que pide algo concreto y exigente. Pide llenar seis grandes ánforas de piedra para la purificación ritual, que recuerdan la Ley. Significaba verter unos seiscientos litros de agua del pozo: tiempo y esfuerzo, que parecían inútiles, porque lo que faltaba no era agua, sino vino. Y, sin embargo, precisamente de esas ánforas bien llenas, «hasta el borde» (v. 7), Jesús saca el vino nuevo. Lo mismo para nosotros, Dios nos llama a que lo encontremos a través de la fidelidad en las cosas concretas —a Dios se le encuentra siempre en lo concreto—: oración diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera, la Palabra de Dios de cada día, la proximidad, sobre todo a los más necesitados, en el cuerpo o en el espíritu. Son cosas concretas, como en la vida consagrada la obediencia al Superior y a las Reglas. Si esta ley se practica con amor —con amor—, el Espíritu viene y trae la sorpresa de Dios, como en el templo y en Caná. El agua de la vida cotidiana se transforma entonces en el vino de la novedad y la vida, que pareciendo más condicionada, en realidad se vuelve más libre. En este momento viene a mi mente una monja, humilde, que tenía el carisma de estar cerca de los sacerdotes y seminaristas. Anteayer, su causa de beatificación fue introducida aquí en la Diócesis [de Roma]. Una monja sencilla: no tenía grandes luces, pero tenía la sabiduría de la obediencia, de la fidelidad y no tenía miedo de las novedades. Pedimos que el Señor, a través de la hermana Bernardetta, nos conceda a todos nosotros la gracia de seguir este camino.


 

El encuentro, que nace de la llamada, culmina en la visión. Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde (cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos: «Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29). Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y profética en su humildad, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él cf. v. 3. Me gusta considerar que esta mujer “murmuraba bien”, y contra el mal de murmurar, esta sería una buena patrona para convertirnos, porque fue de un lado para otro diciendo solamente: “¡Es aquel! ¡Es aquel niño! ¡Id a verlo!”. Me gusta verla así, como una mujer de barrio.


 

Esto es la vida consagrada: alabanza que da alegría al pueblo de Dios, visión profética que revela lo que importa. Cuando es así, florece y se convierte en un reclamo para todos contra la mediocridad: contra el descenso de altitud en la vida espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una vida cómoda y mundana, contra el lamento —las lamentaciones—, la insatisfacción y el llanto, contra la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así»: estas frases no se acomodan a Dios. La vida consagrada no es supervivencia, no es prepararse para el “ars bene moriendi”: esta es la tentación de hoy ante la disminución de las vocaciones. No, no es supervivencia, es vida nueva. “Pero, somos pocos…”; es vida nueva. Es un encuentro vivo con el Señor en su pueblo. Es llamada a la obediencia fiel de cada día y a las sorpresas inéditas del Espíritu. Es visión de lo que importa abrazar para tener la alegría: Jesús.


 

Reflexion final


Todos lo esperaban, solo Ana y Simeón lo reconocieron


 

Han pasado cuarenta días desde la Navidad y, quizás con un poco de nostalgia, recordamos aún las emociones que experimentamos en esos días, sobre todo por el gozoso mensaje que nos trajo el Niño, astro venido del cielo para iluminar nuestras noches: “nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79). ¿A qué se debe que la Iglesia nos invite a contemplar de nuevo al Niño Jesús?


 

La fiesta de la Presentación del Señor tiene orígenes muy antiguos. En Oriente ya se celebraba en el siglo IV con el nombre y el significado de Fiesta del Encuentro: porque evocaba el encuentro de Jesús en el tempo con el Padre, con Simeón y Ana, representantes del resto de Israel que permaneció fiel a Dios como Abrahán.


 

Cuando en el siglo VII fue introducida en Roma, recibió el nombre de Fiesta de la purificación de María y, como se caracterizaba por una procesión nocturna con candelas, tomó también el nombre de la Candelaria.

 

El rito de la luz la asociaba a la Navidad, fiesta de Cristo-luz.


 

En Belén la gloria del Señor envolvió de luz a los pastores; en los lejanos países de Oriente la estrella brilló para los Magos; en el templo de Jerusalén ha aparecido la luz para iluminar a la gente.


 

Han pasado ya cuarenta días desde Navidad y pudiera ser que la luz de Belén que “habíamos visto surgir” se haya ofuscado un poco, que no nos parezca tan fascinante como entonces o que no sea ya la única en captar nuestra atención. Quizás nos hayamos dejado deslumbrar por otras estrellas fugaces y más concretas, por otros “astros” que reflejan mejor nuestros sueños y expectativas. He aquí por qué la Iglesia nos invita a encontrarnos de nuevo con el Niño: nos invita a recibirlo en los brazos como lo han hecho Simeón y Ana, los pobres de Israel, personas atentas a la voz del Espíritu.


 

!Gloria A Dios!


RCC-DRVC

Entonces comenzó Jesús a predicar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee febrero Ee 2020 a las 21:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III ORDINARIO


26 -31 de Enero del 2020


“Entonces comenzó Jesús a predicar”


 

Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”


 

En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.

 

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.


 

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”


 

El Señor es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?

 

Una cosa pido al Señor,

eso buscaré:

habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;

gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

 

Espero gozar de la dicha del Señor

en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,

ten ánimo, espera en el Señor.


 

1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”


 

Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.

 

Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».

 

¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?

 

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.


 

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”


 

Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

 

«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

 

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

 

— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».

 

Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:

 

— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».

 

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

 

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.


 

NOTA IMPORTANTE


 

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.

 

En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla¬mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen¬cias del pueblo».

 

Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.

 

Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.

 

En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.

 

Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.

 

El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra... Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).

 

Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.

 

La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.

 

Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Reconocemos y creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, el enviado del Padre a quien hay que escuchar para alcanzar la vida eterna (ver Lc 9,35). ¿Y cuál es la primera palabra que brota de sus labios al iniciar su ministerio público? «¡Conviértanse!». ¡Ésa es también la primera palabra que el Señor nos dirige a cada uno, que te dirige a ti y a mí hoy! ¡Conviértete!


 

El imperativo “conviértanse” es la traducción usual del término griego metanoéite, que se traduce literalmente por: cambien de mente. ¿Es que puede haber un verdadero y duradero cambio de vida si no nos despojamos de la forma de pensar, si no abandonamos los criterios y juicios que nos llevan a obrar de un modo muy distinto al que Dios nos enseña? Un auténtico cambio de conducta y de vida requiere desde el inicio de un cambio de mentalidad, de forma de pensar. Uno vive como piensa. Si pienso “como todo el mundo piensa”, actuaré “como todo el mundo actúa”. Y aunque muchos viven de acuerdo a lo que “sienten”, también bajo esos sentimientos o emociones subyacen ciertos modos de pensar.


 

El Señor a todos nos invita a la metanoia, a un cambio radical de vida que hunde sus raíces en un cambio de mente, al abandono de ciertos criterios o modos de pensamiento propios de un mundo que vive de espaldas a Dios para sustituirlos por los criterios divinos. La conversión no es tan sólo hacer un esfuerzo esporádico por cambiar ciertas conductas pecaminosas, por evitar hacer lo que “está prohibido”. Si no vamos a la raíz, si no vamos al origen de nuestro actuar vicioso y pecaminoso, fracasaremos en el intento por cambiar la conducta equivocada. Un cambio de vida implica reformar los pensamientos o procesos mentales que nos llevan a obrar el pecado, implica al mismo tiempo “tener la misma mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), implica llegar a pensar como Cristo mismo pensó o pensaría en la circunstancia concreta en la que me encuentro. Si pienso como Cristo piensa, me iré educando a tener los mismos sentimientos de Cristo y obraré como Cristo mismo obraría. De ese modo tendré una total sintonía con Él, una comunión de mente, corazón y acción. De nada servirá cambiar de conducta si no cambio de forma de pensar, si no adquiero una unidad de mente con Cristo.


 

¿Pero quién puede asemejarse de este modo al Señor Jesús? Alcanzar esa meta evidentemente no es tarea fácil, pero tampoco es imposible. Esta transformación es ante todo obra del Espíritu en nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1989). Sin embargo, la Gracia, sin la cual nada podemos, necesita ser acogida, requiere de nuestra continua y decidida acogida y cooperación (ver 1Cor 15,10).Continua, porque la conversión nunca termina, es un empeño de toda la vida. En esta vida nadie podrá decir jamás: “ya estoy convertido del todo”. Por ello, es importante que en respuesta al llamado que el Señor me hace a cambiar de mente y a la consecuente conversión, me pregunte cada día: ¿Qué criterios subsisten en mí que debo cambiar? ¿Pienso como Cristo, o pienso como el mundo? Unido a estas preguntas, el examen de conciencia diario es y será siempre un instrumento fundamental de transformación para quien quiera tomarse en serio el llamado a la santidad.


 

Finalmente, aunque a todos el Señor nos invita a esta conversión y a una conversión continua a lo largo de toda nuestra vida, a algunos les pide más: «Ven conmigo». Como al inicio, Cristo sigue llamando a algunos a dejarlo todo para seguirlo de cerca, para ser de sus íntimos, para anunciar su Evangelio, para hacerlos «pescadores de hombres». Por ello, todo joven que verdaderamente cree en Dios y en su enviado Jesucristo, tiene el deber y necesidad de ponerse ante el Señor y preguntarle sin miedo: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga? ¿Es mi vocación la vida matrimonial? ¿O me llamas a la vida consagrada, a dejarlo todo para que siendo libre de todo y de todos pueda ganar a los más que pueda (ver 1Cor 9,19) mediante el anuncio de tu Evangelio? Si el Señor te llama, si toca fuerte a la puerta de tu corazón, no le des la espalda, no te marches como el joven rico. Tampoco dilates tu respuesta. Alentado por el ejemplo de los primeros apóstoles, dile tú también: “aquí estoy Señor, aquí me tienes, para hacer tu voluntad”.


 

Si eres padre o madre, y si alguno de tus hijos te confía que experimenta el llamado, el Señor te pide que lo apoyes y alientes a responder, que no que te conviertas tú en obstáculo a su llamado. No te niegues a entregarle al Señor un hijo o una hija. No les obligues a diferir su respuesta imponiéndoles condiciones. ¡Cuántas vocaciones se pierden de este modo! Recuerda que tus hijos son un Don de Dios, no una pertenencia tuya. Él te los ha confiado, de ellos deberás responder ante Dios mismo. Entrégaselos cada día al Señor, y no te aferres a ellos si Él te los pide.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó Luz grande a la que, en otro lugar, se llama Luz verdadera y, hablando de las tinieblas, las llama sombra de muerte. Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: Que la luz les había nacido y brillaba. No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo; y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados; así como los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie; llama aquí tinieblas al error y a la impiedad».

San Juan Crisóstomo


 

«La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en Él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».

San Hipólito


 

«San Juan evangelista, antes que Jesús fuese a Galilea, habló acerca de Pedro, de Andrés y Natanael y del milagro de Caná de Galilea, cuyas cosas callaron los demás evangelistas, refiriendo sólo en sus narraciones que Jesús volvió a Galilea. De donde se entiende que pasaron algunos días en que se produjeron aquellas cosas acerca de los discípulos y que son incluidas por San Juan».

San Agustín


 

«Los llamó [A Pedro, Andrés, Juan y Santiago] cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones».

San Juan Crisóstomo


 

«Se nos enseña, pues, en éstos que dejan su oficio, su patria y su casa por seguir a Jesucristo, a no detenernos por las preocupaciones de la vida secular ni por la costumbre de vivir en la casa paterna».

San Hilario


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”



 

748: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas». Con estas palabras comienza la «Constitución dogmática sobre la Iglesia» del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.


 

“Convertíos…”


1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.


 

1428: Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.


 

1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.

 

“…porque el Reino de los Cielos ha llegado”


541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1,15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».


 

542: Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.


 

 

REFLEXION FINAL


¿Cuánto durará la noche?


 

 

 

Introducción

 

"Judas comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche " (Jn 13,30). Pocas palabras para describir una escena dramática; un hombre, a merced ya de sus proyectos de locura, abandona a Cristo-luz y viene devorado por la obscuridad.

 

La gente teme la obscuridad de la noche y se anima cuando comienzan las primeras luces del alba. Los centinelas escrutan el horizonte, esperando la aurora (Sal 130,6). Largas son las noches de quien, ardiendo de fiebre y presa de pesadillas, gira y da vueltas esperando la mañana (cf. Job 7,3-4).

 

Quien se ha precipitado en las tinieblas del vicio, de la mentira y de la injusticia espera también un rayo de luz que le anuncie el fin de la noche y el comienzo de un nuevo día.

 

Centinela ¿cuánto queda de la noche?, pregunta el profeta (cf. Is 21,11). ¿Cuánto durará todavía en el mundo la obscuridad, el mal y el pecado? ¿Cuándo serán "liberados los hombres del poder de las tinieblas"? (Col 1,13).

 

Pablo invita a la esperanza: "Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe, La noche está avanzada, el día se acerca" (Rom 13,11-12).

 

El conflicto luz-tinieblas continua a la espera del día sin fin, cuando "allí no habrá noche. No les hará falta ni luz de lámpara ni luz del sol, porque los ilumina el Señor Dios" (Ap 22,5).


 

 

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:


“Estábamos en tinieblas, ahora somos luz. Haz, Oh Señor, que nos comportemos como hijos de la luz”.

 

El evangelio de hoy tiene tres partes. Con una cita del profeta Isaías viene introducida la actividad de Jesús en Galilea (vv. 12-17); a continuación, sigue el relato de la vocación de los primeros discípulos (vv. 18-22); finalmente, la actividad de Jesús queda resumida en una frase (v.23).

 

Después de concluir la misión del Bautista, Jesús se traslada a Cafarnaún que se convierte en el centro de su actividad por casi tres años.

 

Cafarnaún era un pueblo de pescadores y agricultores que se extendía a lo largo de trescientos metros a orillas del lago de Genesaret. No era famoso como la ciudad de Tiberías –donde residía el tetrarca Herodes Antipas– o como la rica y próspera Magdala, famosa por sus florecientes industrias de salazón del pescado y el tinte. Cafarnaúm gozaba, no obstante, de un cierto prestigio: se encontraba a lo largo de la "Vía del mar" –la célebre carretera imperial que, desde Egipto, pasando por Damasco, conducía a Mesopotamia– y señalaba el confín entre Galilea y el Golán, territorio que pertenecía a Filipo (otro hijo de Herodes el Grande). Era un lugar de frontera, con una aduana donde se pagaba un tanto por todas las mercancías.

 

Mateo no se limita a anotar el cambio de residencia de Jesús, acompaña la cita con una referencia a la Escritura. Para comprender el significado hay que tener en cuenta que Galilea estaba habitada por israelitas considerados por todos como casi-paganos o medio-paganos por haber nacido del cruce de varios pueblos. Los judíos de Jerusalén los despreciaban porque los tenían por poco instruidos, desconocedores de la ley, de costumbres corrompidas y poco observantes de las disposiciones rabínicas. Tampoco se fiaban de ellos por sus tendencias subversivas en campo político (fueron los galileos los que iniciaron el movimiento zelota, responsable de sanguinarias revueltas contra el imperio romano).

 

En esta región situada en la periferia de la tierra santa, en esta "Galilea de los paganos" (v. 15), Jesús inicia su misión y con esta elección indica quiénes son los primeros destinatarios de su luz: no son los judíos puros, sino los excluidos, los alejados.

 

Admirado ante a la fe del centurión –jefe del destacamento de soldados destacados en Cafarnaún– un día exclamará: "en verdad les aseguro que no he encontrado en todo Israel una fe tan grande. Ahora les digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos mientras los que debían entrar en él serán echados a las tinieblas de afuera" (Mt 8,10-11). También les hará notar a los sumos sacerdotes y a los ancianos el sorprendente cambio: "En el camino al Reino de los Cielos los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes" (Mt 21,31).

 

El cambio de residencia –un hecho bastante banal en sí mismo– ha sido leído por Mateo en su significado teológico, como el cumplimiento de la profecía de Isaías: "La gente que vivía en la obscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte" (v. 16). Con el inicio de la actividad pública de Jesús, ha brillado entre los montes de Galilea la aurora de un nuevo día, ha surgido la luz de la que hablaba el profeta.

 

El último versículo de esta primera parte presenta la proclamación de Jesús: "Conviértanse porque el Reino de Dios está cerca" (v. 17).

 

Conviértanse no significa “hacerse un poco mejor, rezar mejor, hacer alguna obra buena extra”, sino "cambiar radicalmente de modo de pensar y de actuar". Quienes han estado cultivando proyectos de muerte deben abrirse a decisiones de vida, quienes se han movido en tinieblas deben dirigirse hacia la luz. Solo quien está dispuesto a llevar a cabo este cambio puede entrar en el reino de los cielos (no en el paraíso, sino en la nueva condición de quien ha escogido jugarse la vida según la palabra de Cristo).


 

En la segunda parte del pasaje se cuenta la vocación de los primeros cuatro discípulos. No se trata del relato de la llamada a los primeros apóstoles (los cuatro evangelistas narran el hecho de manera bastante diferente el uno del otro), sino de una catequesis que quiere hacer comprender lo que significa para el discípulo decir sí a Cristo que invita a seguirlo. Es un ejemplo, una ilustración de lo que quiere decir convertirse.

Hay que señalar la insistencia de verbos de movimiento. Jesús no se detiene ni un instante: "Caminaba junto al mar.…Yendo más allá...Recorría toda la Galilea" (vv. 18.21.23).

Quien ha sido llamado debe comprender que no se le concederá ningún reposo, que no habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere ser seguido noche y día y por toda la vida, no existen momentos que serán dispensados de los compromisos adquiridos.

La respuesta debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Juan y Santiago quienes "inmediatamente abandonan las redes, la barca y al padre, lo siguieron" (vv. 20.22).

No hay que interpretar mal el "abandono" del propio padre. No significa que quien se convierta en cristiano (o escoja la vida religiosa) debe desinteresarse de sus padres. En el pueblo judío el padre era el símbolo del lazo con los antepasados, del apego a la tradición. Es esta dependencia del pasado la que debe ser rota cuando se convierte en un impedimento para acoger la novedad del evangelio. La historia, las tradiciones, la cultura de cada pueblo deben ser respetadas y valorizadas, pero sabemos que no todos los usos, costumbres, estilos de vida recibidos son conciliables con el mensaje de Cristo.

La exigencia de Jesús hace referencia a la elección dramática que los primeros cristianos estaban llamados a hacer: si decidían hacerse cristianos eran rechazados por la familia, repudiados por los padres, expulsados de la sinagoga y excluidos del propio pueblo.

También hoy los hay quienes tienen que enfrentarse con la ineludible alternativa entre el amor por el "padre" y la elección de Cristo. Baste pensar lo que significa para un musulmán, para un judío, para un pagano, para un budista la adhesión al cristianismo.

Para todos, no obstante, dejar al padre implica el abandono de todo lo que es incompatible con el evangelio. A la invitación a seguirlo, Jesús añade la tarea: "Les haré pescadores de hombres" (v. 19).

La imagen está tomada de la actividad desarrollada por los primeros apóstoles. No estaban pescando con cebo sino con red y su trabajo consistía en sacar peces fuera del mar (así se llamada inapropiadamente el lago de Galilea).

En el simbolismo bíblico, el mar era la morada del demonio, de las enfermedades, de todo lo que se oponía a la vida. El mar es profundo, obscuro, peligroso, misterioso, terrible. En el mar viven los monstruos y en él, ni los más hábiles marineros se sientes seguros.

Pescar hombres significa sacarlos fuera de la condición de muerte en que se encuentran, quiere decir arrancarlos de las fuerzas del mar que como aguas impetuosas, los dominan, los arrastran y los sumergen.

El discípulo de Cristo no teme a las olas y las afronta valientemente aun cuando sean borrascosas. No desespera en el afán de salvar a un hermano aunque se encuentre en situaciones humanamente desesperadas por ser esclavo de la droga, del alcohol, de pasiones desenfrenadas o por tener un carácter irascible, agresivo, intratable...No existe ninguna situación que no pueda ser recuperada por el discípulo de Cristo.

La tercera parte (v. 23) resume con tres verbos lo que Jesús hace en favor de los hombres: enseña y, por tanto, es luz para todo hombre; predica la Buena Noticia, es decir, anuncia a todos una palabra de esperanza, asegura que el amor de Dios es más fuerte que el mal del hombre, y cura a los enfermos. No se limita a proclamar la salvación, sino que la lleva a cabo con hechos concretos, mostrando a los discípulos lo que están llamados a hacer: deben crear, a través del anuncio del evangelio, hombres nuevos, una sociedad nueva, un mundo nuevo.


 

!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC



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