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He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee enero Ee 2020 a las 16:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II ORDINARIO


19 - 25 de Enero del 2020




“He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”


Is 49,5-6: “Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”


El Señor me dijo:

— «Tú eres mi siervo, Israel, en quien me gloriaré».

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel —tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza—:

— «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra».


Sal 39,2-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”


Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy».

Como está escrito en mi libro: «Para hacer tu voluntad». Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios: Señor, tú lo sabes.


1Cor 1,1-3: “Gracia y paz a ustedes de parte de Dios”


Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús y llamados a formar su pueblo santo, junto a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Jn 1,29-34: “Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios”


En aquel tiempo, Juan vio a Jesús que se acercaba a él y exclamó:

— «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería yo cuando dije: “Detrás de mí viene uno que es superior a mí, porque existía antes que

yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que el pueblo de Israel lo conozca».

Y Juan dio testimonio diciendo:

— «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre Él.

Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Él es el Hijo de Dios».


NOTA IMPORTANTE


En el Antiguo Testamento es frecuente designar al pueblo de Israel como “siervo de Dios” y a sus miembros como “siervos de Dios”. Israel ha sido liberado por Dios de la servidumbre y esclavitud y ha sido invitado a servirlo libremente: «si no os parece bien servir a Dios, elegid hoy a quién habéis de servir, o a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora» (Jos 24,15). De este modo increpa Josué a los israelitas una vez que entran finalmente en la tierra prometida, luego de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto y marchar cuarenta años por el desierto. Hacerse siervo de Dios implicaba ser fiel a la Alianza sellada por Dios con Israel, ser fiel a la Ley dada por Dios a Moisés, aceptar libre y amorosamente su divino Plan.


El profeta Isaías (1ª. lectura) se reconoce a sí mismo como siervo de Dios. Ésa es su identidad más profunda, una realidad grabada por Dios en lo más profundo de su ser en el momento mismo de su concepción: «desde el vientre me formó siervo suyo». Identidad y vocación (del latín “vocare”, que se traduce como “llamado”;) van de la mano. El haber sido hecho por Dios para ser su siervo implica un llamado por parte de Dios para cumplir una misión. El elegido es libre de aceptar o rechazar ese llamado, para bien de muchos o para perdición del pueblo. Ese llamado Isaías lo aceptó con docilidad y generosidad: «Percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra”? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6,8). De la aceptación y fiel cumplimiento de su misión depende la reconciliación del Israel con Dios. Más aún, de la fidelidad a su vocación —que no es otra cosa que la fidelidad a su propia y más profunda identidad— y a su misión depende también que la salvación de Dios «alcance hasta el último extremo de la tierra».


En este importante pasaje aparece clara una teología de la vocación: cada cual nace con una vocación, sellada por Dios en lo más profundo de su ser. Esta vocación, este “estar hecho por Dios para algo”, implica una misión y tarea que cumplir en el mundo. Su aceptación trae la realización humana al llamado y la salvación para todos lo que dependen de su fiel respuesta al Plan de Dios. En cambio, la rebeldía y rechazo de la propia vocación y misión dada por Dios traen al llamado un profundo desgarro interior, falta de paz, sufrimiento, así como un vacío que nadie podrá llenar en el mundo.


Además del llamado particular que Dios hace a cada uno, existe un llamado universal: todo ser humano es el llamado a ser santo (2ª. lectura). La santidad es realizar en sí mismo el amoroso proyecto divino que es cada cual. Dios crea al ser humano en vistas a su propia realización, que se da en la participación de su comunión divina de amor. Mas cada cual debe responder desde su libertad si acepta o no esta invitación de Dios, si confía en Él o prefiere confiar en ídolos vacíos, si lo sirve a Él y su amoroso Plan de Reconciliación o si prefiere servir a los ídolos del poder, del placer y del tener. Estos ídolos, aunque prometen la felicidad al ser humano, no hacen sino llevarlo al fracaso existencial, a la propia destrucción. La santidad es respuesta afirmativa a Dios y a su amor, es un “sí” dado por la criatura al Creador, pero también y ante todo es un don recibido por Cristo: quienes están llamados a ser santos han sido también «santificados en Cristo Jesús». Es a ese don al que cada cristiano deberá responder desde la propia libertad rectamente ejercida.


También el Señor Jesús tiene una vocación y misión que cumplir en el mundo. Él está llamado a realizar plenamente aquello que Dios revela a Isaías: «No basta que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el último extremo de la tierra». Él, el Hijo del Padre, es el Siervo de Dios por excelencia que proclama con toda su vida y su ser: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad» (Salmo), para cumplir tu Plan, para llevar a cumplimiento tus amorosos designios reconciliadores.


Juan el Bautista da testimonio de Jesús y lo presenta ante el pueblo de Israel como Aquel que es el Cordero de Dios que ha venido a quitar el pecado del mundo. Juan revela de este modo Su identidad y misión. Al señalar al Señor Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo trae a la memoria aquel macho cabrío que luego de ser “cargado” con los pecados de Israel debía ser enviado a morir al desierto, expiando de ese modo los pecados del pueblo (ver Lev 16,21-22). También hace referencia a los corderos que eran continuamente ofrecidos como expiación por los pecados cometidos por los israelitas contra la Ley de Dios (ver Lev 4,27ss).


Por otro lado es interesante notar que la palabra hebrea usada para designar a un cordero puede significar también “siervo”. El Cordero de Dios es también el Siervo de Dios por excelencia, y justamente en la medida en que como Siervo responde a su vocación y cumple amorosamente con la misión confiada por su Padre llega a ser el Cordero que se inmola a sí mismo en el Altar de la Cruz para quitar el pecado del mundo, para reconciliar a la humanidad entera con Dios (ver 2Cor 5,19). De este modo la salvación de Dios alcanza «hasta el último extremo de la tierra», a los hombres y mujeres de todos los pueblos y tiempos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Ha pasado ya el tiempo intenso de Navidad. Empezamos un nuevo tiempo litúrgico llamado “tiempo ordinario”. El cambio en el color de la casulla que utiliza el sacerdote lo indica visiblemente. La casulla blanca usada en el tiempo de Navidad quiere simbolizar la luz radiante que brota del Niño, «Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). En el “tiempo ordinario” se utiliza la casulla verde, color que significa esperanza y vida, porque las enseñanzas del Señor que escucharemos Domingo a Domingo son justamente fuente de esperanza y vida eterna para nosotros.


Al decir tiempo ordinario no hay que entender que se trata de un tiempo común y corriente, sino de un tiempo en el que Domingo a Domingo se va avanzando ordenadamente en la lectura del Evangelio correspondiente (este año es el de San Mateo) para meditar en las enseñanzas y obras del Señor Jesús a lo largo su ministerio público. Quien va acompañando al Señor en su predicación y lo escucha para procurar poner en práctica sus enseñanzas en la vida cotidiana, descubrirá en Él la fuente de una profunda esperanza y de la vida verdadera, vida que se prolongará por toda la eternidad: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).


Este Domingo escuchamos a Juan dar testimonio del Señor Jesús, que luego de ser bautizado se dispone a iniciar su ministerio público. El Bautista presenta al Señor Jesús como el Mesías prometido por Dios para que sea acogido y escuchado por todos aquellos que anhelantes esperaban su venida.


También a mí en el hoy de mi historia y en las circunstancias concretas de mi vida Juan el Bautista me señala al Señor Jesús como el Enviado del Padre, Aquel que Dios ha enviado para perdonar mis pecados y reconciliarme con Él, conmigo mismo, con mis hermanos humanos y con toda la creación. El Señor Jesús no es un profeta más, un gran sabio como otros: Él es el Hijo del Padre, Dios de Dios, Dios que por nosotros se hizo hombre para reconciliarnos y elevarnos a nuestra verdadera grandeza humana. En Él el ser humano se comprende a sí mismo, su misterio, su grandioso origen y su glorioso destino. Es, por tanto, a Él a quien hay que conocer y escuchar, a Él a quien hay que amar y seguir confiada y decididamente.


El Señor nunca tendrá un lugar central en mi vida si no lo amo con todo mi ser, incluso más que a mi propia vida y más que a los que más amo (ver Dt 6,5; Mt 10,37). Este amor al Señor se nutre, crece y madura en el trato diario con Él, en la oración perseverante, y se expresa en los sacrificios que estoy dispuesto a asumir por Él.


Por otro lado, nadie ama a quien no conoce. Para amar al Señor es necesario conocerlo, y para ello la Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo” Flp 3,8» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2653). No podemos olvidar que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo» (San Jerónimo).


Quien conoce y ama a Jesucristo verdaderamente, quien lo escucha, quien le cree y confía en Él, quien se abre a la fuerza transformante de su Espíritu, buscará en lo cotidiano hacer lo que Él le diga (ver Jn 2,5), buscará ser siervo o sierva de Dios, buscará responder a su llamado a la santidad, buscará responder a su vocación particular cumpliendo la misión que Dios le encomienda realizar en el mundo, para bien de muchos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se llama pecado del mundo al pecado original, que es el pecado común a todos los hombres, cuyo pecado, como todos los demás que a éste pueden añadirse, los quita Jesucristo por medio de su gracia». San Beda


«Cuando el Señor fue conocido, en vano se le preparaba camino, porque Él mismo se ofrece como camino a los que le conocen. Y así no duró por mucho tiempo el bautismo de San Juan sino hasta que se dio a conocer el Dios de la humildad. Y, además, para darnos ejemplo de esta virtud y enseñarnos a obtener la salvación por medio del bautismo, recibió Él el bautismo del siervo. Y para que no fuese preferido el bautismo del siervo al bautismo del Señor, fueron bautizados otros con el mismo bautismo del siervo. Mas los que fueron bautizados con el bautismo del siervo, convenía también que fuesen bautizados con el bautismo del Señor. Porque los que son bautizados con el bautismo del Señor no necesitan del bautismo del siervo». San Agustín


«San Juan había dicho cosas grandes del Salvador, lo que era muy suficiente para que se asombrasen cuantos oían (como aquello de que Él solo podría quitar todos los pecados del mundo entero). Queriendo hacer esto más creíble, lo refería a Dios y al Espíritu Santo. Y como alguno podría preguntar a San Juan, ¿cómo has conocido tú a éste?, le responde que por la venida del Espíritu Santo». San Juan Crisóstomo


«Y para que no se crea que Jesucristo necesitó que viniese el Espíritu Santo, como nos sucede a nosotros, destruye también esta sospecha, dando a conocer que la venida del Espíritu Santo únicamente tiene por objeto la manifestación de Jesucristo. Por esto dice: “Y yo no le conocía; mas Aquél que me envió a bautizar con agua, me dijo: sobre Aquél que tú vieres descender el Espíritu Santo, y reposar sobre Él, Éste es”». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Cristo es el Cordero que quita el pecado del mundo


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6,3), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10,5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2,2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10,17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14,31).


607: Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18,11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19,30), dice: «Tengo sed» (Jn 19,2).


608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53,7) y carga con el pecado de las multitudes (ver Is 53,12), y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12,3-14) (ver Jn 19,36; 1Cor 5,7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).


Reflexión Final


“Es tan manso como un cordero”, solemos decir con cierta frecuencia. Y, en efecto, el cordero es como el símbolo de la mansedumbre, de la bondad y de la paz. Es un animalito inocuo y totalmente indefenso; más aún, cuando es todavía pequeño, nos despierta sentimientos de viva simpatía por su candor e inocencia. Pues Jesucristo nuestro Señor no rehusó adjudicarse a sí mismo el título de “Cordero de Dios”. Es verdad que fue Juan Bautista el que se lo aplicó, pero Jesús no lo rechaza. Es más, lo acepta de buen grado. Fue el Papa san Sergio I quien introdujo el “Agnus Dei” en el rito de la Misa, justo antes de la Comunión. Y, desde entonces, todos los fieles cristianos recordamos diariamente aquellas palabras del Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Desde los primerísimos siglos de la Iglesia, la imagen del cordero ha sido un símbolo tradicional en la iconografía y en la liturgia católica. Con frecuencia lo vemos grabado o pintado en los lugares y objetos de culto, bordado en los ornamentos sagrados o esculpido en el arte sacro. Pronto esta figura, junto con la del pez, fue un signo común entre los cristianos. Y, para comprenderlo mejor, tratemos de ver brevemente la rica simbología bíblica que está detrás. El profeta Jeremías, perseguido por sus enemigos por predicar en el nombre de Dios, se compara a sí mismo como “a un cordero llevado al matadero” (Jer 11, 19). Poco más tarde, el profeta Isaías retoma esta misma imagen en el famoso cuarto canto del Siervo de Yahvé, que debe morir por los pecados del mundo y que no abre la boca para protestar, a pesar de todas las injurias e injusticias que se cometen contra él, manso e indefenso como un “cordero llevado al matadero” (Is 53, 7).


En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que el eunuco de Etiopía iba leyendo este texto en su carroza y que el apóstol Felipe le explicó quién era ese Siervo doliente de Yahvé descrito por el profeta: Jesús, nuestro Mesías, que nos redimió con los dolores y quebrantos de su pasión. Pero, además, el tema del cordero se remonta hasta la época de Moisés y a la liberación de Israel de manos del faraón. El libro del Éxodo nos narra que, cuando Dios decidió liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, ordenó que cada familia sacrificase un cordero sin defecto, macho, de un año, que lo comiesen por la noche y que con su sangre untaran las jambas de las puertas en donde se encontraban. Con este gesto fueron salvados todos los israelitas de la plaga exterminadora que asoló aquella noche al país de Egipto, matando a todos sus primogénitos (Ex 12, 1-14). Unos días más tarde, en el monte Sinaí, Dios consumía su alianza con Israel sellando su pacto con la sangre del cordero pascual (Ex 24, 1-11). Es entonces cuando Israel queda convertido en el pueblo de la alianza, de la propiedad de Dios, en pueblo sacerdotal, elegido y consagrado a Dios con un vínculo del todo singular (Ex 19, 5-6).


En el Nuevo Testamento, la tradición cristiana ha visto en el cordero, con toda razón, la imagen de Cristo mismo. San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, les dice que les transmite una tradición que él, a su vez, ha recibido y procede de manos delSeñor: “Que el Señor Jesús, en la noche que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Y lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (I Cor 11, 23-26). Cristo, “nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado”, decía Pablo a la comunidad de Corinto (I Cor 5, 7). Y Pedro, en su primera epístola, invitaba a los fieles a recordar que “habían sido rescatados de su vano vivir no con oro o plata, que son bienes corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin defecto ni mancha” (I Pe 1, 18-19). Y también en el libro del Apocalipsis encontraremos esta imagen en diversos momentos.


Aparece con tonos solemnes y dramáticos un cordero, como degollado, rodeado de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, y es el único capaz de presentarse ante el trono de la Majestad de Dios y abrir los sellos del libro sagrado. Entonces todos los ancianos y miles y miles de la corte celestial se postran delante del cordero para tributarle honor, gloria y adoración por los siglos (Ap 5, 2-9.13). Y al final del Apocalipsis –que es también la conclusión de toda la Biblia— se nos presentan, en todo su espendor y belleza, las bodas místicas del Cordero con su Iglesia, que aparece toda hermosa y ricamente ataviada, como una novia que se engalana para su esposo (Ap 19, 6-9; 21, 9). A esta luz, el símbolo del cordero se nos ha llenado de sentido y de una riqueza teológica y espiritual fuera de serie. Ese cordero pascual es Jesucristo mismo. Es el verdadero cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora hasta el final de los tiempos. Gracias a esto, hoy todos los católicos del mundo repetimos diariamente en el santo sacrificio eucarístico esas mismas palabras, por labios del sacerdote: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ¡Dichosos los invitados al banquete del Señor!”. Ojalá que, a partir de hoy, cada vez que digamos estas palabras, lo hagamos con todo el fervor de nuestra fe, de nuestro amor y adoración, pidiendo a Dios por la salvación de toda la humanidad. ¡Éstos son los deseos de Jesucristo, el gran Cordero y Pastor de nuestras almas!


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee enero Ee 2020 a las 0:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


12 - 18 de Enero del 2020




“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”


Is 42,1-4.6-7: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo”


Así dice el Señor:

«Miren a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña resquebrajada no la quebrará, ni apagará la mecha que apenas arde. Promoverá fielmente el derecho, y no se debilitará ni se cansará, hasta implantarlo en la tierra, los pueblos lejanos anhelan su enseñanza. Yo, el Señor, te he llamado según mi plan salvador, te he cogido de la mano, te he formado, y te hice mediador de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y del calabozo a los que habitan las tinieblas».


Sal 28,1-4.9-10: “El Señor bendice a su pueblo con la paz”


Hijos de Dios, aclamen al Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor, póstrense ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.


Hech 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

— «Ahora comprendo que Dios no hace distinciones; acepta al que lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Ustedes saben lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, comenzando por Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él».


Mt 3,13-17: “Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre Él”


En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba impedírselo, diciéndole:

— «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:

— «Déjalo así por ahora. Está bien que cumplamos todo lo que Dios quiere».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía:

— «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».


NOTA IMPORTANTE


Juan invitaba a un bautismo, distinto de las habituales abluciones religiosas destinadas a la purificación de las impurezas contraídas de diversas maneras. Su bautismo era un bautismo «de conversión para perdón de los pecados» (Mc 1,4). Debía marcar un fin y un nuevo inicio, el cambio de conductas pecaminosas enconductas virtuosas, el abandono de una vida alejada de los mandamientos divinos para asumir una vida “justa”, santa, conforme a las enseñanzas divinas. Su bautismo implicaba una confesión de los propios pecados y un propósito decidido de dar «frutos dignos de conversión» ver Mt 3,6-8.


El simbolismo del ritual hablaba de esta realidad: el penitente era sumergido completamente en el agua del Jordán (el término bautismo viene del griego baptizein y significa «sumergir», «introducir dentro del agua» significando un sepultar a la persona que en cierto sentido ha muerto por la renuncia a la vida pasada de pecado, para resurgir luego del agua como una persona distinta, purificada. Era, pues, el símbolo del nacimiento para una vida nueva.


Con su bautismo Juan hacía realidad ya cercana las antiguas promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Allánenle los caminos!”» (Is 40,3). Juan reconocía que su bautismo era pasajero. Él no hacía sino preparar el camino a quien detrás de él vendría con un Bautismo muy superior: «Yo los bautizo en agua para conversión… Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).


Estaba Juan bautizando cuando llega Jesús a pedirle que también a Él lo bautice. ¿Necesitaba Jesús este bautismo? ¿Necesitaba Él renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Juan lo sabe y se resiste a bautizarlo. Jesús no tiene pecado, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y dice ser él quien necesita ser bautizado por Jesús. Aún así, el Señor insiste: «Déjalo así por ahora. Está bien que cumplamos todo lo que Dios quiere» Así la traducción litúrgica. La traducción literal del griego dice: «conviene que así cumplamos toda justicia».


Comenta el Papa Benedicto XVI: «No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Jesús de Nazaret, Planeta, Bogotá 2007, p. 39).


Él no necesita ciertamente este bautismo, sin embargo, obedeciendo a los designios amorosos de su Padre, se hace solidario con los pecadores: «Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento… Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores… El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado” (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (verMc 10,38; Lc 12,50)» (allí mismo, p. 40).


Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Esta obra la llevaría a su pleno cumplimiento en la Cruz, el momento al que el Señor mismo se referirá como el “bautismo” con el que tiene que ser bautizado (ver Lc 12,50). Es muriendo como se “sumerge” en el amor del Padre y difunde el Espíritu Santo para que los que crean en Él renazcan de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna que es el Bautismo cristiano. Así, por su muerte y resurrección, y haciéndonos partícipes de su misma Pascua por el baño bautismal, Cristo nos libró de la esclavitud de la muerte y nos “abrió el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Un día fui bautizado. Por la efusión del agua y el Don del Espíritu Santo, aquel día recibí una nueva identidad: desde entonces no sólo me llamo, sino que verdaderamente soy cristiano.

Pero, ¿qué quiere decir que soy cristiano? ¿Cuál es el alcance y contenido de esta afirmación?


Cristiano identifica no sólo al seguidor de la doctrina de Cristo, sino que más aún, significa que le pertenece a Cristo en virtud de una transformación interior realizada por el Bautismo. En efecto, por la efusión del agua y el Don del Espíritu Santo (ver Rom 8,9-10) hemos llegado a ser una nueva creatura, hijos de Dios en el Hijo único (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 537 y 1997), miembros de Cristo y de su Cuerpo místico, que es la Iglesia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1213): «Mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565). Por tanto, cristiano es un nombre que «expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida» (Catecismo de la Iglesia Católica, 203).


Y así como podemos afirmar que el nombre de Jesús «expresa a la vez su identidad y su misión» (Catecismo de la Iglesia Católica, 430), el nombre de cristiano expresa asimismo nuestra profunda identidad y misión: “cristiano” significa “ungido” y «tiene su origen en el nombre de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1289), el Ungido por excelencia porque fue ungido por Dios «con el Espíritu Santo» Hech 10,3.


El bautizado pasa a ser de Cristo porque, como el Señor Jesús, recibe esta unción que es el don de lo Alto, el Espíritu Santo derramado en su corazón: por este Don «ha llegado a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1241). Esta Unción da al bautizado no sólo un nombre, sino que aporta un cambio ontológico a la persona que lo recibe, dándole una nueva identidad y una propia misión, que es la identidad y misión propia de la Iglesia: «llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213).


De la claridad y de la certeza de la propia identidad bautismal (soy cristiano) nace la conciencia de la propia misión y del papel insustituible que cada uno de nosotros tiene en la Iglesia y en el mundo. Todo bautizado, cual luz que brilla en medio de las tinieblas, está llamado a irradiar a Cristo cooperando con el anuncio de su Evangelio y viviendo una vida que se empeña en amar a los demás como Cristo mismo nos ha amado.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vistas a obtener el perdón, no a darlo». San Pedro Crisólogo


«Fue bautizado el Señor, no para purificarse, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas por la carne de Jesucristo, que no conoció el pecado, tuviesenvirtud para bautizar a los demás». San Ambrosio


«Cristo es hoy iluminado, dejemos que esta luz divina nos penetre también a nosotros; Cristo es bautizado, bajemos con Él al agua, para luego subir también con Él... Honremos hoy, pues, el bautismo de Cristo y celebremos como es debido esta festividad. Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre, ya que para él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la presencia de aquella gran luz, impregnados de sus resplan-dores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la única Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén». San Gregorio de Nacianceno


«Me dirijo a vosotros, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor. Os hablo con palabras del Apóstol: Revestíos de Jesucristo, el Señor, y no os entreguéis a satisfacer las pasiones de esta vida mortal, para que os revistáis de la vida que habéis revestido en el sacramento. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo». San Agustín


«El bautismo tiene una doble finalidad: la destrucción del cuerpo de pecado, para que no fructifiquemos ya más para la muerte, y la vida en el Espíritu, que tiene por fruto la santificación; por esto el agua, al recibir nuestro cuerpo como en un sepulcro, suscita la imagen de la muerte; el Espíritu, en cambio, nos infunde una fuerza vital y renueva nuestras almas, pasándolas de la muerte del pecado a la vida original. Esto es lo que significa renacer del agua y del Espíritu, ya que en el agua se realiza nuestra muerte y el Espíritu opera nuestra vida». San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El bautismo de Jesús


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1224: Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (ver Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.


El Bautismo cristiano


1267: El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto... somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Cor 12,13).


1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.


1270: Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.


REFLEXION FINAL


Jesús vino de Galilea al Jordán donde estaba Juan, para ser bautizado»


Hoy contemplamos al Mesías —el Ungido— en el Jordán «para ser bautizado» (Mt 3,13) por Juan. Y vemos a Jesucristo como señalado por la presencia en forma visible del Espíritu Santo y, en forma audible, del Padre, el cual declara de Jesús: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). He aquí un motivo maravilloso y, a la vez, motivador para vivir una vida: ser sujeto y objeto de la complacencia del Padre celestial. ¡Complacer al Padre! De alguna manera ya lo pedimos en la oración colecta de la misa de hoy: «Dios todopoderoso y eterno (...), concede a tus hijos adoptivos, nacidos del agua y del Espíritu Santo, llevar siempre una vida que te sea grata».


Dios, que es Padre infinitamente bueno, siempre nos “quiere bien”. Pero, ¿ya se lo permitimos?; ¿somos dignos de esta benevolencia divina?; ¿correspondemos a esta benevolencia? Para ser dignos de la benevolencia y complacencia divina, Cristo ha otorgado a las aguas fuerza regeneradora y purificadora, de tal manera que cuando somos bautizados empezamos a ser verdaderamente hijos de Dios. «Quizá habrá alguien que pregunte: ‘¿Por qué quiso bautizarse, si era santo?’. ¡Escúchame! Cristo se bautiza no para que las aguas lo santifiquen, sino para santificarlas Él» (San Máximo de Turín). Todo esto —inmerecidamente— nos sitúa como en un plano de connaturalidad con la divinidad. Pero no nos basta a nosotros con esta primera regeneración: necesitamos revivir de alguna manera el Bautismo por medio de una especie de continuo “segundo bautismo”, que es la conversión. Paralelamente al primer Misterio de la Luz del Rosario —el Bautismo del Señor en el Jordán— nos conviene contemplar el ejemplo de María en el cuarto de los Misterios de Gozo: la Purificación. Ella, Inmaculada, virgen pura, no tiene inconveniente en someterse al proceso de purificación. Nosotros le imploramos la sencillez, la sinceridad y la humildad que nos permitirán vivir de manera constante nuestra purificación a modo de “segundo bautismo”.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!

Solemnidad de la Epifanía del Señor

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


5 - 11 De Enero 2020



Solemnidad de la Epifanía del Señor



Primera lectura Is 60, 1-6


Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora.

Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos.

Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor.



Salmo Responsorial

Salmo 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13


R. (cf. 11) Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Comunica, Señor, al rey tu juicio y tu justicia, al que es hijo de reyes; así tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, ere tras era. De mar a mar se extenderá su reino y de un extremo al otro de la tierra. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Los reyes de occidente y de las islas le ofrecerán sus dones. Ante el se postrarán todos los reyes y todas las naciones. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos. Al débil librará del poderoso y ayudara al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado. R. R. Que te adoren, Señor, todos los pueblos.


Segunda lectura

Ef 3, 2-3a. 5-6


Hermanos: Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: es decir, que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.


Aclamación antes del Evangelio

Mt 2, 2

R. Aleluya, aleluya. Hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido a adorar al Señor. R. Aleluya.


Evangelio

Mt 2, 1-12


Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.


Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.


Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y, cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.


Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.


NOTA IMPORTANTE


Oración introductoria Jesús, vengo a este rato de meditación para contemplarte y adorarte, como aquellos magos de Oriente. Ayúdame a encontrarte, como ellos lo hicieron, en los brazos de María. Petición Jesús, dame la gracia de buscarte siempre. Que seas Tú la causa de todas mis alegrías. Meditación del Papa Francisco Los Magos consiguieron superar aquel momento crítico de oscuridad en el palacio de Herodes, porque creyeron en las Escrituras, en la palabra de los profetas que señalaba Belén como el lugar donde había de nacer el Mesías. Así escaparon al letargo de la noche del mundo, reemprendieron su camino y de pronto vieron nuevamente la estrella, y el Evangelio dice que se llenaron de “inmensa alegría”. Esa estrella que no se veía en la oscuridad de la mundanidad de aquel palacio.


Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es también una virtud, la santa “astucia”. Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los Magos supieron usar esta luz de “astucia” cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino. (S.S. Francisco, 6 de enero de 2014).


Reflexión Hoy es uno de esos días en que todos quisiéramos de nuevo ser niños. ¡Qué alegría y qué ilusión al habernos ido a la cama pensando: "Esta noche pasarán por casa los Magos de Oriente y dejarán en ella muchos regalos para mí" El ejemplo de estos "magos" (en la actualidad equivaldrían a una especie de astrónomos y no a aquellos que aparecen y desaparecen un conejo de su sombrero) es un ejemplo de fe y de sencillez. Su vida estaba resuelta. Eran felices. Tenían una familia maravillosa. ¿Para qué despeinarse? ¡Vaya ganas de complicarse la vida! Y sin embargo, ven la estrella y no tardan en seguirla. Tenían fe y supieron descubrir en el brillo de esa estrella diminuta, que a ratos se les escabullía, el paso de Dios por sus vidas. Y es que, hace falta tener los oídos interiores bien limpios para escuchar la voz de Dios. El rey Herodes, a través de estos magos, recibió también una invitación de Dios para sumarse a los que adorarían al Niño. Pero la basura del egoísmo y el ruido del poder acumulado en sus oídos, no le permitieron escuchar. Se quedó en su palacio y se ensució el alma con la muerte de tantos inocentes. La sencillez de los magos, se nos presenta unida a su fe, en el momento del encuentro con el Niño: Y de hinojos le adoraron, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones de oro, incienso y mirra... Unos hombres venían de oriente. Ellos habían visto una estrella diferente a las demás. Una estrella nacida hacía unos días, lo que equivaldría a un fenómeno extraordinario. Lo comentan con todos los habitantes de la ciudad en donde están. La ciudad se sobresalta por tal anuncio. ¿Qué harías si hoy te preguntaran si has visto la estrella que acaba de nacer? Al menos yo me sentiría confuso, dado que no soy un astrónomo, además las noches las ocupo en otras cosas que en estar mirando el cielo. Estos hombres los recordamos hoy.


Hace más de dos mil años que observaron el fenómeno de la estrella, y aún hoy se observa este milagro. Una estrella ha nacido, y nace en esta Navidad, y nacerá en las siguientes navidades. Esa Estrella la llamamos Jesús. Un Niñito nacido un lejano 24 de diciembre, y que sigue recibiendo la visita de unos magos cada año. Unos magos que eran de oriente y que hoy los niños del mundo quieren muchísimo. Esos magos le llevaron unos regalos al Niño Dios, pero no se dieron cuenta de que ellos fueron quienes recibieron el mayor regalo, el conocimiento de Dios a través de la Fe. Ojalá que en este día, escuchemos la voz del recién nacido. Y si no la percibimos, lavémonos los oídos, curemos nuestra sordera de alma y no nos quedemos solos y tristes como Herodes. Propósito Vayamos al portal de Belén y con fe y sencillez, desde lo más profundo de nuestro corazón, adoremos a Jesús, prometiéndole que seguiremos siempre su estrella. Diálogo con Cristo La adoración de los magos me recuerda lo cerca que estás siempre, esperando que me dé el tiempo para contemplar y apreciar el infinito amor que me ofreces. Mi entorno social ofrece tantas falsas alegrías que necesito, como los magos, seguir tu estrella que muestra el camino, que aunque a veces parezca difícil, es el único donde podré encontrar la felicidad verdadera. Señor, ayúdame a salir a predicar tu mensaje de amor, dame la gracia de salir de mí para ejercer una labor de fermento dentro de mi familia y en el círculo de mis amigos, para comenzar a vivir un cristianismo militante, dinámico, lleno de celo, que nunca pierde de vista la estrella de tu amor.


Luces para la vida cristiana


Lectura, ¿Qué dice el texto?


«En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel»

Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones.

Siguiendo este texto, ¿Cuáles son las palabras o frases o actitudes que atraen tu atención, tu interés?


 Meditación, ¿Qué nos dice Dios en el texto?



Ciertamente en el texto de ayer nos referíamos al menosprecio, a lo pequeño, a lo que creemos que no significa nada o no tiene importancia o no tiene valor, también a la incredulidad y la fe. Y aquí en este texto vemos a un niño, al Señor, al Salvador del mundo, junto con su madre y padre, en un lugar que ni siquiera era de ellos y no en las condiciones propias y también a unos Reyes que tenían mucho y ofrecen sus dones con alegría. Los dones de los magos son muy significativos: el oro simboliza la realeza; el incienso, la divinidad; la mirra, la humanidad. Se trata, pues, de una pública confesión de la divinidad del Hijo del hombre y de la realeza que había sido anunciada por el ángel. ¿Creo en la humildad y misericordia que se manifiesta tanto en lo pequeño, como en lo grande?, ¿Al igual que los Reyes busco al Señor con fe y pongo a sus pies mis dones con alegría?, ¿Creo y afirmó que el Señor es la realeza, la divinidad que vino a salvar a la humanidad?


Siguiendo el mensaje de este texto, ¿Cuál es tu meditación, tu reflexión personal?


 Oración, ¿Qué le decimos a Dios? 


Niño Jesús, tú que viniste desde lo más pequeño, desde lo más humilde, siendo el hijo del Todopoderoso, que por Amor y fe en nosotros cumpliste la voluntad del Padre, quiero decirte, gracias por mostrarte al mundo así como lo hiciste, porque nos has enseñado el camino para llegar al Reino de Dios, ayúdame a ser como tu, humilde, con alegría para servir, para guiar, para amar; ayúdame a poner mis dones a tu servicio y al servicio de mis hermanos porque creo en ti mi Señor.


!GLORIA A DIOS!

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José, tomando consigo al Niño y a su Madre, fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee diciembre Ee 2019 a las 14:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


LA SAGRADA FAMILIA


29 de Diciembre del 2019 al 4 Enero 2020


“José, tomando consigo al Niño y a su Madre, fue a vivir en

una ciudad llamada Nazaret”


Eclo 3,3-7.14-17: «Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre»


Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre sus hijos.

El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él, no lo desprecies mientras vivas.

La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Sal 127,1-5: «Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos»

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


Col 3,12-21: «Esposas, respeten a sus maridos. Maridos, amen a sus esposas»


Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sopórtense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo perfecto.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella han sido convocados, para formar un solo cuerpo.

Y sean agradecidos. La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza; instrúyanse unos a otros con toda sabiduría; corríjanse mutuamente. Canten a Dios, denle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicen, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él.

Esposas, respeten a sus maridos, como creyentes en el Señor. Maridos, amen a sus esposas, y no sean duros con ellas.

Hijos, obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desalienten.


Mt 2,13-15.19-23: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto»


Cuando se fueron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:

— «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó de noche, tomó al niño y a su madre, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:

— «Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño».

Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel.

Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.


NOTA IMPORTANTE


La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres: es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.


En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse «de sentimientos de misericordia entrañable», es decir, a acoger y vivir la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este trabajo y esfuerzo antecede, sin embargo, un don: haber sido amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de nuestra parte una respuesta afirmativa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales, que han de estar regidas —como enseña San Pablo— por la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el saber soportarse unos a otros y perdonarse mutuamente cuando alguno tiene alguna queja contra el otro.


De este esfuerzo por revestirse de sentimientos de misericordia derivan también el respeto de las esposas con respecto a sus maridos, el amor de los maridos a sus mujeres, amor que debe expresarse en un trato digno, amable y respetuoso. En lo que toca a los hijos, se expresa en la obediencia a sus padres. Por su parte, los padres no han de exasperar a sus hijos.


En un hogar en el que Cristo habita, en el que el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, no hay dominadores ni dominados, no hay abusos e imposición de unos sobre otros, no hay maltratos. Hay en cambio unidad de mente, de corazón y de acción en Cristo. La caridad tiene la primacía entre cada uno de los miembros de la familia, empezando por los esposos de quienes los hijos han de aprender. Ese amor se expresa en el respeto y servicio mutuo, en buscar siempre y en primer lugar el bien del otro antes que el propio, venciendo todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por revestirse de la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae la paz y la alegría a todos.


Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la Sagrada Familia, aquella que luego de algunas iniciales travesías finalmente se ubicó en una ciudad de Galilea llamada Nazaret (Evangelio).


José, luego de las indicaciones iniciales recibidas del Ángel (ver Mt 1,24), asumió su misión de esposo de María y padre putativo de Jesús, cuidando del Niño y de su madre. De este modo los tres formaron una pequeña comunidad de vida y de amor, núcleo familiar que participó en todo de las mismas preocupaciones, sufrimientos, esperanzas y gozos que experimentan las familias humanas más humildes y frágiles.


Luego de la visita de los magos venidos de oriente para adorar al Niño-Rey (ver Mt 2,9-12), el Ángel del Señor se aparece a José en sueños para mandarle: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». José no espera “hasta mañana”, sino que de inmediato «se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel».


Desde el primer momento el Hijo de Dios, nacido en nuestra carne mortal, pequeño, débil y pobre, verá su existencia amenazada por los poderes de este mundo. El rey Herodes, apodado “el grande”, se había enterado por labios de los magos de que le había nacido un rey a Israel. Les pidió que terminada su búsqueda volviesen para avisarle donde encontrarlo e ir también él a adorarlo  Mt 2,8, cuando en realidad su intención era matar al Niño. Herodes, aferrado al poder, no quería que nadie le arrebatase su reino. Este Niño resultaba ser una amenaza para él, y había que eliminarlo sin importarle si tenía que atropellar la vida de los más débiles e indefensos para cumplir su cometido. Su crueldad no tendría límite alguno (ver Mt 2,16).


Al morir Herodes y pasar el peligro, José nuevamente recibe un aviso del Ángel: «Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel». Él obedece nuevamente con prontitud.


Ni en el relato de la “anunciación a José” (Mt 1,20-21) ni en las siguientes manifestaciones del Ángel a José escuchamos respuesta alguna. Sin embargo, José, sin mediar palabra, puso inmediatamente por obra lo que el ángel del Señor le había mandado. Él responde también con un fiat silencioso pero elocuente, un fiat manifestado una y otra vez en aquel poner por obra de inmediato lo que el ángel del Señor le decía. En esta respuesta pronta y obediente, fruto de su amor a Dios y confianza en sus planes, se revela un rasgo esencial de la personalidad del Santo Custodio de la Sagrada Familia. Él, como María, se considera a sí mismo un siervo del Señor, que no busca otra cosa sino que en él se haga según su Palabra (ver Lc 1,3).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.


Preguntémonos ahora: ¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?


«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados…». La voz del Apóstol les recuerda a los padres, aunque no sólo a ellos, sino también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son hijos de Dios, por quienes el Señor Jesús ha dado su sangre. Por ello, su primera y principal tarea es la de reconocer su dignidad y la de trabajar por ser santos (ver Lumen gentium, 40), procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Como amados de Dios, los esposos han sido elegidos por Dios (ver Ef 1,5-6) para una misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de comunión que se nutre del amor que viene de Dios.


En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que ante todo es un don de Dios derramado en sus corazones (ver Rom 5,5) y que han de vivir entre sí “como Cristo nos ha enseñado” (ver Jn 15,12), amor por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, «que hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (allí mismo).


La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, viviendo como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3,12), haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (Gaudium et spes, 52) en donde los hijos aprenden a vivir el amor en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.


Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios, y han de educarlos, con la palabra y el ejemplo, «en la auténtica libertad, (aquella) que se realiza en la entrega sincera de sí». De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (Evangelium vitae, 92). Por último, tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 142-144), por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice.


También han de recordar vivamente que por el ejercicio constante de su fe, están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio, 17).


Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir «su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa» (S.S. Pablo VI). De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Antes, para dar a entender que ella estaba desposada con un justo, la llamó su esposa, pero ahora, después del nacimiento de Jesús, [el evangelista San Mateo] no le da otro título que el de madre, y esto porque así como el casamiento con José se presenta como garantía de la virginidad de María, así la maternidad divina nos ofrece la prueba más irrecusable de esta misma virginidad». San Hilario


«Ved al tirano llenarse de furor apenas nace este Niño, y ved también a la Madre huir con el Hijo a tierra extranjera, y sirva esto de ejemplo para que cuando comencéis alguna obra espiritual y os sintáis afligidos por la tribulación, no os turbéis ni dejéis llevar del abatimiento sino soportéis con valor y heroísmo todas las contradicciones». San Juan Crisóstomo


«El Salvador, conducido a Egipto por sus padres, nos enseña que muchas veces los buenos se ven obligados a huir de sus hogares por la perversidad de los malos, y aun también condenados a un destierro. El que había de decir a los suyos: “Cuando os persiguiesen en una ciudad huid a la otra”, nos dio primero el ejemplo, huyendo como un hombre delante de otro hombre después que había sido adorado por los magos y anunciado por una estrella». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La familia cristiana, “iglesia doméstica”


1655: Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían deseaban también que se salvase «toda su casa». Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.


1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (LG 11). En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (LG 11).


1657: Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS, 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.


1658: Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están “fatigados y agobiados” (Mt 11,2)».


REFLEXION FINAL


Pan de cada día

Cuando leemos los libros de historia se nos puede quedar la impresión de que todo se centra en algunos grandes acontecimientos: el día en que se libró una batalla, el día en que se firmó un tratado de paz o el día en que tuvo lugar un descubrimiento científico. Pero la historia real no es eso. No es sólo eso. La historia se hace en el día a día de muchas personas que se esfuerzan, que luchan, que se alegran, que disfrutan, que enferman... La vida de una familia no se puede centrar sólo en la celebración de los cumpleaños, de las vacaciones o en algunos otros acontecimientos especiales. La vida de una familia se hace en el día a día, en la limpieza de la casa, en el esfuerzo por levantarse y hacer que todos estén a tiempo para ir a sus trabajos, en la contribución diaria para que todos sean felices y se sientan bien en casa. La vida de una familia se hace en el amor, el respeto, la paciencia y el diálogo. La vida de una familia se juega en el pan de cada día y no en el banquete del día de la fiesta.


Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Fueron una familia normal y corriente. María y José tuvieron que trabajar duramente (no se trabajaba de otra forma en aquellos tiempos). Su vida de familia se compuso de muchos días de semana, llenos de trabajo, de preocupaciones, de alegrías y penas compartidas, de paciencia, amor, diálogo y respeto mutuo. Días en que no se celebraba nada especial, simplemente se vivía. Pero precisamente ahí en ese día a día fue donde se fraguó la santidad de aquella familia. Hoy se convierte para nosotros en signo del amor de Dios en nuestro mundo y modelo de nuestra vida de familia. Modelo de los días de fiesta y modelo de los días de diario


Hoy nuestras familias se tienen que mirar en aquel espejo. El objetivo no es vivir como vivieron Jesús, José y María. La vida ha cambiado mucho desde entonces. Los problemas que tenemos que enfrentar nosotros no son los mismos que los que tuvo que enfrentar aquella familia. Sin duda que la relación entre los esposos ha cambiado, también la relación de los hijos con los padres y de estos con los hijos. Pero hay algo que no puede cambiar: la vida de una familia se construye sobre la base del amor y el respeto mutuo con grandes dosis de paciencia y diálogo. La violencia, la rigidez, la incomunicación llevan con seguridad a la destrucción del hogar y a la larga a la destrucción de las personas que lo forman. Amor, respeto, paciencia y diálogo son la base segura sobre la que podemos afianzar la vida de nuestras familias. De ese modo, como la familia que fueron Jesús, María y José, nuestras familias serán también un signo de la presencia amorosa de Dios en medio de nuestro mundo.


Para la reflexión


¿En qué podemos mejorar la vida de nuestra familia? Sería bueno que la familia al completo se reuniese para dialogar sobre ello, señalar 2 ó 3 puntos concretos y hacer algún compromiso concreto. La reunión podría terminar con un momento de acción de gracias por la vida y el amor compartidos.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


La Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee diciembre Ee 2019 a las 20:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO IV DE ADVIENTO


22 - 28 de Diciembre del 2019




“La Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”


Is 7,10-14: “Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo”


En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz:

— «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz:

— «No la pediré: no quiero tentar al Señor».

Isaías dijo:

— «Escucha, casa de David: ¿No les basta cansar a los hombres, que cansan incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, les dará una señal: Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».


Sal 23,1-6: “Va a entrar el Señor, Él es el Rey de la Gloria”


Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Rom 1,1-7: “Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios”


Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol y escogido para anunciar el Evangelio de Dios.

Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las santas Escrituras, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de entre los muertos: Jesucristo, Señor nuestro.

Por Él hemos recibido la gracia de ser apóstoles, a fin de que todos los pueblos paganos respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos están también ustedes, llamados por Cristo Jesús.

A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, les deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.


Mt 1,18-24: “Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David”


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:

Estando María, su madre, desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Pero, apenas había tomado esta decisión, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

— «José, hijo de David, no temas aceptar a María por esposa, pues la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta:

«Miren: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo

y le pondrá por nombre Emmanuel,

que significa “Dios-con-nosotros”».

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a María como esposa.


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio dirige la mirada a Aquella de cuyo seno nacerá el Reconciliador y Salvador del mundo: Santa María, la madre del Señor.


En esta Mujer se cumple aquella promesa que Dios había hecho a los primeros padres, en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3,15). Este anuncio es conocido como el “protoevangelio”, es decir, del primer anuncio de la buena nueva del triunfo de Dios sobre el demonio, sobre el poder del mal y de la muerte. Dios enviará un reconciliador, que nacerá de una misteriosa mujer.


«Al llegar la plenitud de los tiempos —dirá San Pablo—, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gál 4,4-5). Aquel que habría de pisar la cabeza de la antigua serpiente es el Hijo mismo de Dios, y María es aquella mujer pensada desde antiguo y elegida por Dios para ser la madre de su Hijo. El Hijo de María, Jesucristo, tiene la misión de rescatar, de salvar y de elevar a la filiación divina a todo ser humano.


Faltando ya pocos días para celebrar el nacimiento de Jesucristo, la Iglesia fija su mirada en Aquella que está pronta a dar a luz, Aquella que como una bella aurora anuncia el ya cercano nacimiento del Sol de Justicia.


¿Pero cómo se hizo hombre el Verbo divino? ¿Cómo llegó a ser “linaje de mujer” Aquel que desde toda la eternidad era ya Hijo de Dios? San Mateo en su evangelio afirma que el Verbo divino se encarnó no por obra o intervención de varón, es decir, por contacto sexual alguno, sino «por obra del Espíritu Santo». San Lucas, que probablemente escuchó el relato de la milagrosa concepción de labios de la misma Virgen, describe detalladamente cómo sucedió esto (ver Lc 1,26-38). De la dificultad que María ofrece al ángel ante el anuncio de que ella concebirá y dará a luz a un Hijo a quien habrá de poner por nombre Jesús, «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34), se deduce que María tenía el propósito de guardar su virginidad aún estando casada con José. No se entiende cómo pudiese plantear tal dificultad quien pronto pasaría a vivir con él (ver Mt 1,18). El término griego que se traduce como “no conozco varón”, abarca también el pasado y el futuro, de modo que debe entenderse así: “no he conocido, no conozco actualmente ni tampoco tengo intención de conocer a varón”, significando este “conocer a varón” el mantener relaciones conyugales.


Los primeros cristianos, que se encontraron ante el hecho milagroso de la concepción virginal del Señor Jesús, descubrieron que estaba ya anunciado desde antiguo en las Escrituras (1ª. lectura). El evento les permitió comprender que el signo ofrecido por Dios a Acaz, a través de su profeta Isaías, constituía una profecía que se realizó en María: «Miren: la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». La versión de la Escritura usada por el evangelista Mateo, usada también por el Señor Jesús y los demás apóstoles, es la traducción griega llamada de los Setenta. Allí se utiliza explícitamente el término “virgen” (ver Mt 1,23). El hecho extraordinario de que una mujer conciba permaneciendo virgen es justamente el signo que confirma que Jesucristo es el Emmanuel.


El título Emmanuel coincide con el nombre que llevará el Hijo de María, nombre que expresa su ser y manifiesta su misión: Jesús significa “Dios salva” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). El Emmanuel, Dios-con-nosotros, es Dios que viene en persona a salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt 1,21).


¿Y cuál es el papel reservado a José en los designios divinos de reconciliación? Aquel signo divino por Isaías a Acaz quería asegurarle al rey de Israel que la descendencia de David no sería exterminada, como era su temor. Más aún, Dios le promete a Acaz, y con ello a todo Israel, que de la descendencia de David nacería un gran Rey, el caudillo de Israel, el Mesías. El Cristo sería «hijo de David» (Mt 1,1). José, siendo de la descendencia de David (Mt 1,20), debía asegurar la descendencia davídica a este Niño mediante una paternidad legal.


Ante la noticia que le da María a José de que estaba encinta, dice la traducción literal del texto griego: él «resolvió repudiarla en secreto». Repudiarla es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio. A diferencia de lo que se interpreta comúnmente, que José decidió repudiar a María en secreto por dudar de su integridad, sostiene Ignace de la Potterie que José le creyó a María, y creyó que el Niño que había concebido venía de Dios. Su confusión obedecería más bien a un temor reverencial: dado que el hijo de María era el Hijo de Dios, pensaba que lo propio era hacerse a un lado, separarse de María, para no apropiarse de una descendencia sagrada que no era suya, sino de Dios. De allí que el ángel le dijese en sueños: «no temas tomar contigo a María, tu mujer, aunque [que es la traducción precisa del original griego] lo engendrado en ella es del Espíritu Santo». Entonces José permanece al lado de María, porque Dios mismo le pide asumir la paternidad del Niño, dándole así la descendencia davídica.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Llamada a ser la Madre de Dios, María vivió plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el Calvario a los pies de la Cruz» (S.S. Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, 14).


María culmina su maternidad en el Calvario a los pies de la Cruz. No quiere esto decir que allí su maternidad toca a su fin, sino que al pie de la Cruz su amor es abierto a una nueva maternidad: «cuando Jesús dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, abrió de un modo nuevo el corazón de su Madre, el Corazón Inmaculado, y le reveló la nueva dimensión y el nuevo alcance del amor al que era llamada en el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de la Cruz. (...) El corazón de María ha sido abierto por el mismo amor al hombre y al mundo, con el que Cristo amó al hombre y al mundo, ofreciéndose a Sí mismo por ellos en la Cruz» (S.S. Juan Pablo II).


Relacionando la Anunciación-Encarnación con el Calvario, el Beato Guillermo Chaminade dice: «Ella se convierte en Madre de los cristianos en el sentido de que los engendra al pie de la Cruz, aunque ya era su Madre por la Maternidad Divina... Oh, cuánta fortuna para nosotros que el golpe que hiere su alma con la espada del dolor dé nacimiento a la familia de los elegidos». Es así que María no sólo dio a luz a Jesús: el Calvario fue para Ella el tiempo de darnos a luz a cada uno de nosotros. Dentro de los amorosos designios divinos su vocación a lamaternidad divina es al mismo tiempo una vocación a la maternidad espiritual: en Cristo, somos también nosotros hijos de María. María es la Madre del Cristo Total: de la Cabeza, el Señor Jesús, y del Cuerpo, su descendencia, “la descendencia de mujer”.


En obediencia a este Plan divino, los cristianos «sentimos la necesidad de poner de relieve la presencia singular de la Madre de Cristo en la historia» (S.S. Juan Pablo II), así como también en nuestras propias vidas. Ella, la mujer elegida por Dios para tomar un lugar preciso dentro de su Plan de reconciliación, cooperando desde su libertad plenamente poseída, llegó a ser la Madre de Cristo y devino en Madre de todos los que somos de Cristo. Su función maternal dentro de los designios divinos sigue vigente hoy y es eminentemente dinámica. Por tanto, amar a María no es una opción, sino una necesidad para todo buen cristiano. Amar a María con el mismo amor de Jesús es un deber filial y una tarea para cada uno de nosotros, es obedecer a Dios y adherirnos con fe a su divino Plan.


¿Me esfuerzo en amar a María como Jesús mismo la amó? ¿Acudo a Ella como madre mía que es? ¿Le rezo? ¿Imploro su intercesión? ¿Me esfuerzo en conocerla cada día un poco más, para dejarme educar por ella, para aprender de su amor a Dios, de su fidelidad a prueba de todo, de su humildad, de su pureza, de su reverencia para con las necesidades de los demás, de su generosidad para darse, etc.?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Le explica luego lo admirable de este nacimiento, porque Dios es quien envía desde el cielo, por ministerio de un ángel, el nombre que había de ponerse al Niño. Y éste no es un nombre cualquiera, sino un nombre tesoro de bienes infinitos. Y así lo interpreta el ángel y funda en él las mejores esperanzas, induciéndole con esto a la fe de lo que le decía, pues para creer otras cosas solemos ser más dóciles». San Juan Crisóstomo


«Jesús en hebreo significa Salvador. Luego da a entender la etimología del nombre, cuando dice: “Porque Él salvará a su pueblo de los pecados de ellos”». San Jerónimo


«A las palabras aducidas del profeta, preceden estas otras: “El mismo Señor os dará una señal”. Esta señal debe ser cosa nueva y admirable. Ahora bien, si —como pretenden los judíos—, quien ha de parir es una muchacha, una jovencita, no una virgen, ¿qué señal puede llamarse tal suceso, cuando el nombre de jovencita o muchacha no indica más que la edad y no integridad? Cierto que la palabra virgen se expresa en hebreo por la de bethula, y que no está consignada en la profecía, sino que se pone la de almah, que las versiones —con excepción de los Setenta— han vertido por la de “jovencita”. Pero la voz almah entre los hebreos tiene dos significaciones “jovencita” y “ocultada”, luego la voz almah no sólo expresa una muchacha o virgen cualquiera, sino una virgen escondida y retirada, jamás expuesta a las miradas de los hombres, antes bien, guardada por sus padres con el mayor cuidado. Además, la lengua fenicia, derivada del hebreo, da con propiedad a la voz almah el significado de virgen, y nuestro idioma el de santa. A pesar de que los hebreos emplean en su lengua vocablos de casi todas las otras no recuerdo, por más que torturo mi memoria, haber leído jamás la palabra almah para expresar una mujer casada, sino siempre la que es virgen. Y no simplemente virgen, sino en los años de la adolescencia, porque también una vieja puede ser virgen; una virgen en los años de la pubertad, no una muchacha incapaz todavía de conocer varón». San Jerónimo


«Fue, sin duda, concebido del Espíritu Santo, dentro del útero de su Madre Virgen, que lo dio a luz, salvando su virginidad, igual como concibió sin detrimento de ésta». San León Magno


«En realidad aquí se pone nombre a un hecho. Acostumbra la Escritura poner por nombre los hechos mismos que se verifican. Así, al decir: “Llamarán su nombre Emmanuel”, es como si dijera: “Verán a Dios entre los hombres”. Por eso no dice “lo llamarás”, sino “lo llamarán”, es decir, así lo llamarán las gentes y así lo confirmarán los hechos». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


437: El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Desde el principio él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10,36), concebido como «santo» (Lc 1,35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1,20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1,16).


La predestinación de María


488: «Dios envió a su Hijo» (Gal 4,4), pero para «formarle un cuerpo» quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc l,26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida.


«Hágase en mí según tu palabra...»


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1,5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención:


Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar: «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG 56).


La virginidad de María


496: Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido «absque semine ex Spiritu Sancto», esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:

Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne, Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente».


497: Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: «Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo», dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1,20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14 según la traducción griega de Mt 1,23).


498: A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos; no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese «nexo que reúne entre sí los misterios», dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. S. Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: «El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios».


María, la «siempre Virgen»


499: La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo «lejos de disminuir consagró la integridad virginal» de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la «Aeiparthenos», la «siempre-virgen».


REFLEXION FINAL


«Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel»


Una frase que podría sintetizar las lecturas de este cuarto Domingo de Adviento podría ser: «Emmanuel- que traducido significa- Dios con nosotros». La Primera Lectura ( Isaías 7, 10-14) expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Ajaz o Acaz desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yahveh. El rey Ajaz debía confiar en el Señor y no aliarse con ningún otro rey. Sin embargo, el rey Ajaz ve las cosas desde un punto de vista terreno y desea aliarse con el más fuerte, el rey de Asiria. Isaías sale a su encuentro y le dice: «pide un signo y Dios te lo dará. Ten confianza en Él». Sin embargo, el rey Ajaz teme abandonarse en las manos de Dios y se excusa diciendo: «no pido ningún signo». En su interior había decidido la alianza con los hombres despreciando el precepto de Dios. Isaías se molesta y le ofrece el signo: «la virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros». La tradición cristiana siempre ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María.


Así lo interpreta el Evangelio de San Mateo (San Mateo 1, 18-24) cuando considera la concepción virginal y el nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la Carta a los Romanos (Romanos 1, 1- 7). San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Jesucristo, el Señor. Nacido del linaje de la familia de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios. San Pablo subraya elorigen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana: «nacido de la estirpe de David». Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.


La genealogía de Jesús


Cuando leemos las Sagradas Escrituras, vemos que la identidad de una persona queda establecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso la historia de los grandes personajes comienza con su genealogía. Esto lo que ocurre también con Jesús. En efecto, el Evangelio según San Mateo comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Y sigue el detalle de las generaciones desde Abraham, pasando por David, hasta Cristo. Se repite el verbo «engendró» treinta y nueve veces, siempre con la misma fórmula (A engendró a B; B engendró a C; C engendró a D…;), con la única excepción de la última, donde se produce una llamativa disonancia evitando cuidadosamente decir: «José engendró a Jesús», porque esto habría sido falso.


Veamos también que son cuatro las mujeres que se mencionan en la genealogía de Jesús, cinco con María. Pero siempre según esta fórmula: «Judá engendró, de Tamar, a Fares… Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut…. David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón». En el caso de María no es ésa la fórmula sino: «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús». Se debe concluir que «José no engendró a Jesús, pues éste nació virginalmente de María». Aun a riesgo de poner en cuestión la descendencia davídica de Jesús -lo único claro es que el hijo de David es José-, el Evangelio afirma la concepción virginal de Jesús porque esto es lo único coherente con su identidad. Justamente lo que el Evangelio de este Domingo quiere explicar es cómo llegó José a ser padre de Jesús, para que esa genealogía pueda realmente llamarse: «Libro de la generación de Jesús Cristo»


Aproximándonos al texto…


El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras: «La génesis de Jesús Cristo fue así: concedida en matrimonio su madre María a José, antes que ellos comenzaran a estar juntos, se encontró encinta del Espíritu Santo». Ya está afirmado lo principal: el niño fue concebido por obra del Espíritu Santo; no es hijo de José, sino que es Hijo de Dios. Así lo confirma la citación que aporta Mateo como explicación del retorno de la Sagrada Familia de Egipto, cuando se refugiaron allá huyendo de Herodes: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2,15). Según la genealogía, como hemos visto, el que es «hijo de David» es José. Y así lo proclama el ángel cuando se le aparece en sueños: «José, hijo de David». Perohasta aquí resulta claro que José no es el padre de Jesús. Para responder a esta cuestión debemos examinar detenidamente el texto: «José, su marido, siendo justo y no queriendo denunciarla, resolvió repudiarla en secreto».


Según la interpretación frecuente de este texto, José, al ver a María esperando un hijo, habría sospechado de su fidelidad y la habría juzgado culpable; pero, siendo justo y no queriendo dañarla, decidió dejar la cosa en secreto. Pero, en realidad, esta interpretación es extraña al texto. Si José hubiera sospechado que su esposa era culpable de infidelidad, el hecho de ser justo, le exigía aplicar la ley, y ésta ordenaba al esposo entregar a la mujer una escritura de repudio (ver Dt 22,20s). En ningún caso la ley permite dejar la cosa en secreto. Esto es lo que observaba San Jerónimo: «¿Cómo podría José ser calificado de justo, si esconde el crimen de su esposa?» Si, sospechando el adulterio, José hubiera querido evitar un daño a su esposa, su actitud habría sido caracterizada por la mansedumbre, no por la justicia.


¿Cómo supo José que María estaba encinta?


Esta pregunta es bastante importante y la respuesta obvia es: María se lo dijo tan pronto como lo supo ella . Hay que tener en cuenta que José era su esposo y que, como explicaremos a continuación, estaba en la víspera de llevarla a vivir consigo. El Evangelio dice: «Antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta». Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo antes? Si todos pensaban que Jesús era hijo de José , eso quiere decir que José empezó a vivir junto con María en los mismos días de la concepción de Jesús, de manera que vivieran juntos los nueve meses del embarazo. En cualquier otra hipótesis, se habría arrojado una sombra sobre la generación de Jesús: se habría pensado que sus padres habían tenido relaciones antes de convivir o, lo que es peor, que el Niño era hijo de otro. Ambas cosas repelen a la santidad de María y también de José. Por último, si María no hubiera dicho a José lo que ocurría en ella, habría faltado de honestidad, cosa imposible en ella. En efecto, su identidad había cambiado, y su esposo tenía derecho a saberlo. Más aun, tenemos que considerar que ambos ya habían decidido mantenerse vírgenes por la sencilla razón de que la decisión de María necesariamente ha tenido que ser compartida por José.


La reacción de José


Analicemos ahora lo que José ha decido hacer ante la información dada por María: el texto nos dice que como era justo, decidió repudiarla; y, como no quería ponerla en evidencia, decidió hacerlo en secreto. Examinemos lo primero: José no podía pretender ser el esposo de esta Virgen que llevaba en su seno a un Hijo concebidopor obra del Espíritu Santo, y sobre todo, no podía pretender ser el padre de semejante Hijo. No cabe otra reacción sino considerarse indigno. Por eso decide repudiarla (esta es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio). Pero no quiere poner en evidencia los motivos, porque esto pertenecía a la intimidad de María con Dios. Por eso decide proceder privadamente e interrumpir su desposorio con María en secreto. De hecho, después que José tomó a su esposa y nació el Niño, todos estos hechos siguieron siendo secretos. Son un misterio admirable y no pudo revelarlos nadie sino Jesús mismo.


Hay que tener en cuenta que hasta ahora nadie había pedido a José que él fuera el padre de ese Niño. Entonces el Ángel de Dios se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque, aunque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, tú le pondrás por nombre Jesús…». Esta traducción es perfectamente correcta . El ángel está confirmándole algo que José ya sabe y cree – lo sabe porque María se lo dijo y lo cree -, pero ahora le comunica su vocación: tú le pondrás por nombre Jesús . Esto quiere decir: tú estás llamado a ser el padre del Niño. Y José reaccionó según su justicia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer». Si María, al recibir el anuncio de su vocación de Virgen Madre de Dios, respondió: «He aquí la esclava del Señor», José, su casto esposo, respondió igual. Al asumir la paternidad de Jesús, José no está sustituyendo a nadie (como ocurre en las adopciones nuestras), porque Jesús no tiene padre biológico. Su Padre es Dios, pero es precisamente Dios quien encomienda a José la misión de ser su padre en la tierra. A él Dios le encomienda la paternidad de esa manera; a todos los demás padres Dios se la encomienda por vía de la generación biológica. ¡Ojalá todos los padres fueran tan fieles como José! Por esto Jesús es verdaderamente «hijo de José e hijo de David»: él es el «Dios con nosotros» de quien celebraremos el nacimiento.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy quiero desarrollar la segunda parte de la reflexión sobre la figura del padre en la familia. La vez pasada hablé del peligro de los padres «ausentes», hoy quiero mirar más bien el aspecto positivo. También san José fue tentado de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángel del Señor que le reveló el designio de Dios y su misión de padre putativo; y José, hombre justo, «acogió a su esposa» (Mt 1, 24) y se convirtió en el padre de la familia de Nazaret.


Cada familia necesita del padre. Hoy nos centramos en el valor de su papel, y quisiera partir de algunas expresiones que se encuentran en el libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige al propio hijo, y dice así: «Hijo mío, si se hace sabio tu corazón, también mi corazón se alegrará. Me alegraré de todo corazón si tus labios hablan con acierto» (Pr 23, 15-16). No se podría expresar mejor el orgullo y la emoción de un padre que reconoce haber transmitido al hijo lo que importa de verdad en la vida, o sea, un corazón sabio. Este padre no dice: «Estoy orgulloso de ti porque eres precisamente igual a mí, porque repites las cosas que yo digo y hago». No, no le dice sencillamente algo. Le dice algo mucho más importante, que podríamos interpretar así: «Seré feliz cada vez que te vea actuar con sabiduría, y me emocionaré cada vez que te escuche hablar con rectitud. Esto es lo que quise dejarte, para que se convirtiera en algo tuyo: el hábito de sentir y obrar, hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que pudieras ser así, te enseñé lo que no sabías, corregí errores que no veías. Te hice sentir un afecto profundo y al mismo tiempo discreto, que tal vez no has reconocido plenamente cuando eras joven e incierto. Te di un testimonio de rigor y firmeza que tal vez no comprendías, cuando hubieses querido sólo complicidad y protección. Yo mismo, en primer lugar, tuve que ponerme a la prueba de la sabiduría del corazón, y vigilar sobre los excesos del sentimiento y del resentimiento, para cargar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender. Ahora —sigue el padre—, cuando veo que tú tratas de ser así con tus hijos, y con todos, me emociono. Soy feliz de ser tu padre». Y esto lo que dice un padre sabio, un padre maduro.


Un padre sabe bien lo que cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta dulzura y cuánta firmeza. Pero, cuánto consuelo y cuánta recompensa se recibe cuando los hijos rinden honor a esta herencia. Es una alegría que recompensa toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura cada herida.


La primera necesidad, por lo tanto, es precisamente esta: que el padre esté presente en la familia. Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos, no los dejan crecer.


El Evangelio nos habla de la ejemplaridad del Padre que está en el cielo —el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente «Padre bueno» (cf. Mc 10, 18). Todos conocen esa extraordinaria parábola llamada del «hijo pródigo», o mejor del «padre misericordioso», que está en el Evangelio de san Lucas en el capítulo 15 (cf. 15, 11-32). Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de ese padre que está en la puerta de casa esperando que el hijo regrese. Los padres deben ser pacientes. Muchas veces no hay otra cosa que hacer más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad y misericordia».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 4 de febrero de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Vivamos estos últimos días de espera cerca de la Virgen Santa y de San José. Preparemos nuestro hogar para que en él nazca el «Emmanuel». ¿Qué vamos hacer en estos últimos días del Adviento?

2. A todos nos gusta recibir regalos y eso está muy bien. Pero al dueño del “santo”, ¿qué regalo le voy a dar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 437- 439. 496- 507. 1846.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca.

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee diciembre Ee 2019 a las 23:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE ADVIENTO


15-21 de Diciembre del 2019



“Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca.”


Is 35,1-6.10: “Dios viene en persona y los salvará”


Saltarán de alegría el desierto y la tierra reseca, la llanura se regocijará y florecerá, florecerá como el lirio, se regocijará y dará gritos de alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los cobardes de corazón: «Sean fuertes, no teman».


Miren a su Dios, que trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvarlos. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas; gozo y alegría les acompañarán. La pena y la aflicción se alejarán.


Sal 145,6-10: “Ven, Señor, ven a salvarnos”


El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Stgo 5,7-10: “Manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca”


Hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor.

El campesino aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía.

Así también ustedes tengan paciencia, manténganse firmes, porque la venida del Señor está cerca.

No se quejen, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Miren que el juez está ya a la puerta.

Tomen, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.


Mt 11,2-11: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”


En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:

— «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».

Jesús les respondió:

— «Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!».

Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar con la gente sobre Juan:

— «¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salieron?, ¿a ver a un profeta? Sí, les digo, y mucho más que a un profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti”.

Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; y sin embargo el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».


NOTA IMPORTANTE


El Bautista proclama en el desierto de Judea: «ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2). Prepararse para este gran acontecimiento requería una conversión, arrepentirse del mal cometido y enmendar toda conducta inicua. El signo visible de ese arrepentimiento y deseo de llevar una vida nueva era el bautismo que él ofrecía en las aguas del río Jordán. El bautismo de Juan simbolizaba sepultar la vida antigua de pecado para renacer a una vida de justicia. Muchos, movidos por la prédica ardorosa de Juan y llevados por un deseo sincero de conversión, acudían a él para recibir este “bautismo de conversión”.


En su prédica Juan no dudaba en denunciar abiertamente el pecado y el mal que veía en el pueblo de Israel. De esta denuncia no se libró ni siquiera Herodes Antipas, hijo de Herodes “el Grande”. Su padre había mandado construir el fastuoso templo de Jerusalén, cuyas piedras y exvotos admirarán los discípulos de Jesús. Era también su padre quien había mandado matar a todos los niños de Belén, menores de dos años, a fin de eliminar al Niño Jesús. Tenía por hermano a Arquelao, y por medio hermano a Herodes Filipo. Al morir su padre, el emperador Augusto le otorgó la tetrarquía de Galilea y Perea.


El tetrarca Herodes, para escándalo público, repudiando a su esposa legítima había tomado por mujer a Herodías, la mujer de su medio hermano Herodes Filipo. Juan no calló. Le decía: «No te es lícito tenerla» (Mt 14,4; ver Mc 6,18, Lc 3,19). Por instigación de Herodías (ver Mt 14,3) y para acallar su incómoda voz, Herodes mandó prenderlo. Y aunque él hubiese preferido matarlo, no lo hacía por temor a la sublevación de la gente que lo tenía por profeta (ver Mt 14,15). Herodías, que también quería verlo muerto por el odio que le tenía, no podía cumplir su inicuo deseo. Imaginamos que de muchos modos y maneras le habría insistido a Herodes para que lo mate, pero a él le bastaba tenerlo encarcelado (ver Mc 6,20).


Es durante este encarcelamiento que Juan, al oír hablar «de las obras del Mesías», «mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”».


Llama la atención que quien manda a sus discípulos a hacer esta pregunta es el mismo que poco antes, cuando bautizaba en el Jordán, había dicho de Él: «Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel». Es de Él de quien había dado incluso testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él» (Jn 1,30-32; Mt 3,16-17; Mc 1,9-11) y también: «Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,34). ¿Por qué entonces manda a preguntar ahora a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”».


Conviene entender que para ese momento Juan tenía muchos discípulos y ejercía una fuerte influencia sobre multitudes, y «como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Mesías» (Lc 3,15). Juan, no cabe duda, era un personaje muy importante. Pero, ¿era él el enviado de Dios? Juan sabía perfectamente que Jesús era el Mesías, ¿pero cómo hacer para que sus discípulos y seguidores entendiesen que el Señor Jesús, y no él, era en realidad el Cristo? ¿Cómo “disminuir” él para que Jesús creciese? (ver Jn 3,30)


Coinciden los Padres de la Iglesia en afirmar que si Juan envía a sus discípulos con esta pregunta no es porque él dude, sino para que sus discípulos crean que Jesús es el Mesías esperado por Israel. ¿Y qué mejor que el testimonio de las mismas obras? Por ello el Señor Jesús responde: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio». En Él se cumple lo que Isaías había anunciado: «Miren a su Dios… viene en persona a salvarlos. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará». Él es el Mesías, es Dios mismo que viene a salvar a su pueblo, y con Él ha llegado eltiempo de una nueva creación caracterizada por el reflorecimiento exuberante de todo aquello que se encontraba muerto, seco y estéril.

«¡Dichoso el que no se escandalice de mí!», dirá el Señor. Dichoso el que acepta que Él es verdaderamente el Mesías, el Cristo, el único Salvador del mundo, y que fuera de Él no hay otro salvador.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En el tercer Domingo de Adviento la Iglesia, tomando las palabras del Apóstol Pablo, nos invita a llenarnos de gozo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres... El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). ¿No es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan esa cercanía y presencia del Señor?


A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. Está terriblemente vacío, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15,4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.

Y aunque el cristiano en algunos momentos experimente también la natural tristeza por los problemas, las pruebas o sufrimientos que forman parte de esta vida, la confianza en el Señor, la serena alegría de saber que está cumpliendo el Plan de Dios y la paz interior no lo abandonan (ver 2Cor 7,4).


Habría que preguntarnos y cuestionarnos si al vernos sin esta alegría que brota de andar en la presencia del Señor muchos se hacen la idea de que la vida del cristiano es una vida triste, aburrida, y que el cristianismo sólo produce personas amargadas. No son pocos los que por otro lado se sorprenden tanto cuando se encuentran con un cristiano feliz. Se impresionan profundamente ante tanta alegría que una persona o una comunidad de creyentes irradia y se cuestionan profundamente al no encontrar en otro lado una alegría tan auténtica y profunda. Al toparse con esta alegría se dicen a sí mismos: “¡yo también quiero esa alegría para mí!”. El encuentro con un cristiano que irradia la alegría que encuentra en el Señor es no pocas veces el inicio de una conversión, pues es una alegría que cuestiona a quienes en el mundo buscan tanto y no hallan esa verdadera alegría que colme susanhelos más profundos. ¡Sí! ¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído!


Consciente de esta verdad, procura mostrarte siempre alegre (ver 1Tes 5,16, 2Cor 6,10). Cuanto hagas, hazlo por el Señor y por amor a Él (ver Col 3,23), hazlo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. ¡Aparta todo eso de ti! A veces tendrás que hacerte un poco de violencia, porque no estás con el mejor de los ánimos. Pero si haces ese esfuerzo y se lo pides al Señor, tu disposición interior irá cambiando y verás que incluso lo que te molesta e impacienta, lo que se te hace pesado, se te hará más ligero y llevadero. Claro que no se trata de fingir la alegría. Pero tampoco podemos consentir estados de ánimo que se reflejen en actitudes cansinas, tristes, desesperanzadas, amargadas. Así, pues, el empeño será doble, tanto externo como interno: mientras procuro mostrarme siempre alegre he de procurar también que el Señor esté en mí para que esa alegría brote de mi corazón con naturalidad. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No pregunta, pues, [“¿Eres Tú el que has de venir o esperamos a otro?”] como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “En dónde está Lázaro” (Jn 11), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen». San Jerónimo


«Mientras Juan estuvo con los suyos les hablaba continuamente de todo lo relativo a Cristo, esto es, les recomendaba la fe en Cristo y cuando estuvo próximo a la muerte aumentaba su celo, porque no quería dejar a sus discípulos ni el más insignificante error ni que estuvieran separados de Cristo, a quien procuró desde el principio llevar a los suyos». San Ireneo


«Miró, pues, en esto Juan, no a su propia ignorancia, sino a la de sus discípulos, y los envía a ver sus obras y sus milagros, a fin de que comprendan que no era distinto de Aquel a quien él les había predicado y para que la autoridad de sus palabras fuese revelada con las obras de Cristo y para que no esperasen otro Cristo distinto de Aquel de quien dan testimonio sus propias obras». San Hilario


«Pero Cristo, conociendo las intenciones de Juan no dijo: “Yo soy”, porque esto hubiera sido oponer una nueva dificultad a los que le oían; hubieran pensado, aun cuando no lo hubieran dicho, lo que dijeron los judíos de Él mismo: “Tú das testimonio de Ti mismo por Ti mismo” (Jn 8,13). Por esa razón los instruye con los milagros y con una doctrina incontestable y muy clara, porque el testimonio de las realidades tiene más fuerza que el de las palabras; por eso Él curó enseguida a los ciegos, a los cojos y a otros muchos, no para enseñar a Juan, que no lo ignoraba, sino a aquellos que le ponían en duda. Respondiendo Jesús, les dice: “Id y decid a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados”». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«¿Eres tú el que ha de venir?»


711: «He aquí que yo lo renuevo» (Is 43,19): dos líneas proféticas se van a perfilar, una se refiere a la espera del Mesías, la otra al anuncio de un Espíritu nuevo, y las dos convergen en el pequeño Resto, el pueblo de los Pobres (ver Sof 2,3), que aguardan en la esperanza la «consolación de Israel» y «la redención de Jerusalén» (Lc 2,25.38). Ya se ha dicho cómo Jesús cumple las profecías que a él se refieren. A continuación se describen aquellas en que aparece sobre todo la relación del Mesías y de su Espíritu.


712: Los rasgos del rostro del Mesías esperado comienzan a aparecer en el Libro del Emmanuel (ver Is 6,12), en particular en Is 11,1-2:

Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.


713: Los rasgos del Mesías se revelan sobre todo en los Cantos del Siervo (ver Is 42,1-9; ver Mt 12,18-21; Jn 1,32-34; después Is 49,1-6; ver Mt 3,17; Lc 2,32, y en fin Is 50,4-10 y 52,13-53,12). Estos cantos anuncian el sentido de la Pasión de Jesús, e indican así cómo enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud: no desde fuera, sino desposándose con nuestra «condición de esclavos» (ver Flp 2,7). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida.


714: Por eso Cristo inaugura el anuncio de la Buena Nueva haciendo suyo este pasaje de Isaías (Lc 4,18-19):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.


715: Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del «amor y de la fidelidad». Según estas promesas, en los «últimos tiempos», el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.


744: En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, «Dios con nosotros» (Mt 1,23).


A continuación ponemos a su disposición otras reflexiones:A continuación ponemos a su disposición otras reflexiones:


«¿Eres tú el que ha de venir?»


Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A – 15 de diciembre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 11,2-11


La liturgia del tercer Domingo de Adviento destaca de manera particular la alegría por la llegada tan esperada del Mesías. Se trata de una cordial invitación para que nadie desespere por su situación, por difícil que ésta sea, ya que la salvación definitiva ya se ha dado con Jesucristo. El profeta Isaías (Isaías 35, 1-6a.10), en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. Santiago (Santiago 5,7-10), constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener esperanza y paciencia.


El Evangelio (San Mateo 11,2-11) destaca la figura de San Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión dirige a Jesús una pregunta fundamental: «¿Eres tú el que estamos esperando?». Todas las expectativas de Juan descansan en la respuesta que Jesús le da: «Vayan a contar a Juan lo que ven y lo que oyen…».

¡Encendamos nuestra tercera vela!


Ya estamos en el corazón del Adviento y la liturgia de este tercer Domingo del tiempo de espera está llena del gozo de la Navidad que ya está próxima. En efecto, la antí¬fona que introduce la liturgia eucarística de este día es un llamado a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4.5). La primera palabra de esta invitación, traducida al latín, ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo: «Gaude¬te!». Y si el color del Adviento es el morado, en este Domingo, para indi¬car que la espera pronto será colmada es el rosado.


«¿Tú eres el que ha de venir?»


El Evangelio de hoy contiene uno de los puntos más difíciles de interpretar. Juan había sido arrojado en la cárcel por Herodes . Habiendo oído de las obras de Jesús, desde la cárcel, manda preguntar acerca de su identidad. El mismo que había saltado de gozo en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del Señor encarnado en el seno de la Virgen María, el mismo que predicando un bautismo de conversión había preparado el camino para la venida del Señor, el mismo que lo había anunciado entre los hombres y esperaba su inminente manifestación, el mismo que lo había identificado con la persona concreta de Jesús de Nazaret, ahora parece dudar.


Y para complicar aún más las cosas notemos que el Evangelio dice: «Juan había oído hablar de las obras del Cristo». Después del título del Evangelio de Mateo y de sus relatos sobre el origen de Jesús, ésta es la primera vez que se habla de «el Cristo». Si lo que Juan ha oído es que las obras que Jesús hace son las «obras del Cristo», entonces no se entiende por qué luego pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir?», es decir: «¿Eres tú el Cristo – el Mesías?», pues las obras mismas le estaban dando una respuesta afirmativa. En el resto del relato ya no se habla más de Cristo, sino sólo de Jesús. El reconocimiento de que Jesús es el Cristo se narra solamente en el capítulo 16. Justamente la pregunta que Jesús dirige a los Doce sobre sí mismo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,15-16).


Lo que Juan ha oído


¿Cuáles son las obras de Jesús que el Evangelio ha narrado hasta ahora? Ha transmitido dos discursos de Jesús: el sermón de la montaña y el discurso apostólico, y varios milagros obrados por él: la curación de un leproso, del criado del centurión, de la suegra de Pedro; ha calmado la tempestad en el lago; ha liberado a dos endemoniados de la posesión del demonio; ha curado a un paralítico y a la mujer con flujo de sangre; ha resucitado a la hija de Jairo, ha devuelto la vista a dos ciegos, ha hecho hablar a un mudo. Después de este elenco impresionante de obras, el Evangelio hace un resumen: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Esto es lo que Juan ha oído y que él reconoce como las «obras de Cristo».


A la pregunta de Juan Jesús responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Pero justamente esto es lo que Juan ya había oído. Por eso debemos concluir que esa respuesta de Jesús no va dirigida a Juan sino a sus enviados y a los demás presentes. A ellos también va dirigida la frase: «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». Juan ya reconocía que quien hacía esas obras era el Cristo, mientras tanto los mismos apóstoles, es posible, aún no habían llegado a esa conclusión.


Solamente así se puede explicar por qué Jesús hace un impresionante reconocimiento de Juan: «Os digo que él es un profeta, y más que un profeta… En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Es un testimonio impactante y que no deja duda de lo que Jesús pensaba acerca de su primo.


San Jerónimo nos ayuda a entender mejor el sentido de la pregunta del Bautista. «No pregunta, pues, como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “¿En dónde está Lázaro?” (Jn 11, 34), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen. Que efectivamente los discípulos de Juan habían tenido cierta envidia contra Cristo, lo demuestra la pregunta siguiente, de que ya se ha hablado: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y tus discípulos no ayunan?” (Mt 9,14)».


«Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán…»


La respuesta que Jesús da a los discípulos de Juan condensa un grupo de citas del profeta Isaías (ver Is 35,5-6; 61,1…;) El primero de estos textos es justamente la Primera Lectura de este Domingo. La visión esperanzadora del profeta que consuela al pueblo oprimido se sirve de imágenes que desbordan alegría para la naturaleza hostil del desierto y para las caravanas de los repatriados que la cruzan. La esperanza de un nuevo éxodo hacia la patria alentó la fe de la generación del destierro. Unas cincuenta mil personas regresaron a Palestina cuando el edicto liberador de Ciro, rey de Persia (538 a.C.). Por otro lado, leemos cómo, en la Segunda Lectura, Santiago exhorta a los fieles de esas primeras comunidades cristianas, y a nosotros, a la fortaleza evangélica en la espera paciente y activa de la venida del Señor, imitando la esperanza del que siembra y el aguante de los profetas.


«¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»


En la última parte de la respuesta a los discípulos de Juan, Jesús agrega a los enviados de Juan esta frase enigmática que es una bienaventuranza; pero en su contexto suena a reproche. ¿Para quién ha sido Jesús escándalo? Es decir, un obstáculo en su camino: ¿para Juan, para los enviados de Juan, para la gente que lo escuchaba entonces, o para nosotros que estamos ahora escuchando su palabra? Jesús está seguro de que él no es escándalo para Juan, quien se encontraba en la cárcel y habría de sufrir el martirio por su defensa de la pureza de la unión conyugal. En efecto, había sido encarcelado porque decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» y sufrió el martirio a instigación de la adúltera (ver Mt 14,3-12). ¿No habría de enseñar también Jesús: «El que repudia a su mujery se casa con otra comete adulterio» y «no separe el hombre lo que Dios ha unido» (ver Mt 19,6-9)? Ambos poseían el mismo Espíritu, tanto que cuando Jesús pregunta qué dice la gente acerca de él, la primera respuesta es: «Dicen que eres Juan el Bautista» (Mt 16,14).


Por eso las palabras más elogiosas de Jesús en todo el Evangelio están dichas acerca de Juan. «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Pero Jesús agrega: «Sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él». Este es un modo metafórico para expresar la diferencia entre dos tiempos: el tiempo en que el Reino de los cielos era futuro, aunque estuviera cerca, y el tiempo en que el Reino de los cielos está presente entre nosotros. Este último tiempo es infinita-mente superior, pues contiene en su seno la eternidad. Juan pertenece al tiempo anterior. A él llegó solamente noticia de lo que Jesús enseñó e hizo; en cambio, a los de este tiempo se dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe¬tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). La desgracia mayor es pertenecer a este tiempo y así y todo no ser capaces de ver ni de oír, ni de reconocer al Mesías, el Cristo.


Una palabra del Santo Padre:


«La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta expande esa voz, preanunciando que «toda carne verá la salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros puede decir: «Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado». No. Siempre debemos acoger este ofrecimiento de la salvación. Y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en este camino de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos los hombres se salven por medio de Jesucristo, el único mediador (cf. 1 Tim 2, 4-6).

Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. Y esto no es hacer proselitismo. No, es abrir una puerta.


«¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el edificio, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos».


Papa Francisco. Ángelus 6 de diciembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Este es el domingo de la alegría. ¿Cómo puedo vivir la alegría en mi familia ante la cercanía de la Navidad?

2. La carta de Santiago es una invitación a vivir con generosidad la paciencia. ¿Soy paciente especialmente en las dificultades cotidianas?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 274.1717. 1817-1821. 2657.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


PreParen el camino del Señor, allanen SuS SenderoS

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee diciembre Ee 2019 a las 22:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE ADVIENTO


8-14 de Diciembre del 2019



“¡PreParen el camino del Señor, allanen SuS SenderoS!”


Is 11,1-10: “Sobre él se posará el espíritu del Señor”


Aquel día, saldrá un brote del tronco de Jesé, un retoño brotará de sus raíces.

Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor, —y lo inspirará el temor del Señor—.

No juzgará por apariencias ni sentenciará fundándose en rumores; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados.

Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus caderas, y la lealtad, correa de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará junto al cabrito, el ternero y el león comerán juntos: un muchacho pequeño los pastoreará. La vaca pastará con el oso, sus crías reposarán juntas; el león comerá paja con el buey.

El niño jugará junto al escondite de la víbora, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.

No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.

Aquel día, la raíz de Jesé se alzará como estandarte de los pueblos: la buscarán todas las naciones, y será gloriosa su morada.


Sal 71,2.7-8.12-13.17: “Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”


Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol: que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Rom 15,4-9: “Cristo salva a todos los hombres”


Hermanos:

Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, a fin de que, entre la paciencia y el consuelo que nos dan las Escrituras, mantengamos la esperanza.

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, alaben al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Por tanto, acójanse mutuamente, como también Cristo los acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los paganos para que alaben a Dios por su misericordia. Así, dice la Escritura:

«Te alabaré en medio de las naciones y cantaré a tu nombre».


Mt 3,1-12: “Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos”


Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando:

— «Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos».

De él anunció el profeta Isaías, diciendo:

— «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:

— «¡Raza de víboras!, ¿quién les ha enseñado a escapar del castigo inminente? Den los frutos que pide una sincera conversión. Y no se hagan ilusiones, pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues les digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene la horquilla en la mano: separará el trigo de la paja, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga»


NOTA IMPORTANTE


San Juan Bautista es el personaje central en el Evangelio de este Domingo. El profeta que aparece en el desierto proclamando el ya próximo advenimiento del Reino de Dios e invitando a todos a recibir un bautismo para el perdón de los pecados era el hijo de Isabel, parienta de Santa María. Él es aquel que en el seno materno saltó de gozo en el encuentro de las dos madres (ver Lc 1,44).


Este niño milagrosamente concebido (ver Lc 1,5-7) estaba llamado a cumplir una singular misión: «a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,15-17). Zacarías, su padre, inspirado por el Espíritu Santo anunció: «serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos» (Lc 1,76).


Con el tiempo «el niño crecía y su espíritu se fortalecía». Vivió en el desierto hasta que llegó «el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). «En el año quince del imperio de Tiberio César... fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3,1ss). Es así como lo vemos en el Evangelio de este Domingo, proclamando a viva voz: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos».


Del mismo modo que se nivelaban los caminos cuando llegaba el rey a visitar una ciudad, hay que nivelar y preparar ahora el camino al Señor que viene. Es abandonando toda senda torcida y enmendando las conductas equivocadas como se hace transitable el camino del Señor al corazón del hombre. El Bautista llama a laconversión, a un cambio de vida radical, a abandonar el mal y asumir la Ley divina como norma última de la propia conducta.


Para hacer este fuerte llamado a la conversión, el Bautista usa algunas imágenes familiares en el lenguaje sapiencial del Antiguo Testamento. Primero compara al hombre que obra el mal con el árbol que da fruto malo. Usando esta figura Juan exhorta y advierte: «Den los frutos que pide una sincera conversión». Da buen fruto el hombre que se aparta del mal y se vuelve a Dios, se “arraiga” en Él, hace de sus mandamientos la luz de sus pasos. Todo aquel que confía en Dios y vive de acuerdo a sus enseñanzas es como «un árbol plantado junto a las aguas y que extiende sus raíces a la corriente... no temerá cuando venga el calor, sus hojas se mantendrán verdes. En el año de sequía no se inquietará, ni dejará de dar fruto» (Jer 17,8). Quien en cambio se separa de Dios por sus malas obras se condena él mismo a la esterilidad, a la sequedad y a la muerte (ver Jn 15,1ss).


Una segunda imagen la toma el Bautista de la habitual tarea campesina de separar el trigo de la paja: «Él tiene la horquilla en la mano: separará el trigo de la paja, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga», dice el precursor.


Esta imagen es también muy usada en la Escritura. Cuando llegaba la recolección de las mieses, segado el trigo se llevaba en gavillas a una explanada donde se la trituraba para desgranar el trigo. Una vez trillado el trigo el labrador tomaba la horquilla y lanzaba al aire la paja revuelta con el trigo. El viento suave se llevaba la paja junto con una nube de polvo mientras el grano, por su peso, caía a los pies del labrador formando poco a poco un cúmulo de trigo limpio. La paja en la Escritura viene a ser símbolo de inconsistencia, de sequedad y esterilidad. No sirve más que para ser arrojada al fuego. El grano en cambio es símbolo de consistencia y de fecundidad.


El hombre que sigue el camino del mal y del pecado se asemeja a la paja: su vida se vuelve inconsistente, se seca, se marchita, se vuelve estéril. Finalmente, el que obstinadamente sigue el mal camino se condena a sí mismo a una muerte eterna. Pero quien humildemente toma conciencia que va rumbo al abismo, está a tiempo de evitar el dramático desenlace de su vida dando frutos de conversión, preparando el camino al Señor.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Adviento es un tiempo en el que la Iglesia nos invita a una mayor conversión. A través de aquel que es la “voz que clama en el desierto” nos urge a preparar elcamino del Señor, enderezar las sendas y permitir así que Él venga y permanezca en nosotros.


El Señor no viene ni permanece en un corazón que se aferra al pecado. ¿Cuántas veces nos quejamos porque “no sentimos la presencia del Señor”? Lo experimentamos tan lejano, distante, ausente, que llegamos a dudar de su cercanía, de su preocupación y amor por nosotros, o de su existencia incluso. ¿Dónde está Dios? El Señor no está lejos, Él se ha hecho uno como nosotros y ha habitado en nuestro suelo. Él viene cada día a nosotros en su Iglesia, en los sacramentos. Él nos ha dicho: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). No es Dios quien está lejos, sino que somos nosotros quienes le cerramos el corazón, quienes huimos de su presencia y lo mantenemos a la distancia. No es el Señor quien no nos escucha o no nos habla, somos nosotros quienes no escuchamos al Señor cuando nos habla, quienes somos sordos a sus constantes llamadas, ciegos e insensibles a las continuas manifestaciones de su amor para con nosotros. Él no deja de estar allí, tocando y tocando insistentemente a la puerta de tu corazón para que le abras, para poder entrar en tu casa y permanecer contigo (ver Ap 3,20).


No te sorprendas, pues, si no experimentas la presencia suave del Señor en tu interior, si te sientes lejos de Él, insensible a sus llamadas. Tu corazón se ha endurecido. Por ello, antes de acusar al Señor por su aparente ausencia, pregúntate humildemente: ¿Qué obstáculo le pongo yo en el camino? ¿A qué pecado o vicio me aferro?


Una vez descubierto el obstáculo, trabaja seriamente por quitarlo de en medio. ¡Endereza el mal camino! ¡Renuncia al pecado! ¡Rechaza con firmeza toda tentación! Si implorando continuamente la gracia del Señor te esfuerzas en purificar tu corazón, si te esfuerzas en amar más al Señor que a tu propio pecado, ten la certeza de que el Señor no tardará en visitar tu humilde morada con su amorosa presencia: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).


.EL PADRES DE LA IGLESIA


«Como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor.” La voz del que

clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre”». San Agustín


«A propósito de Juan el Bautista, leemos en Lucas: “Será grande a los ojos del Señor: convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,15s). ¿Por quién ha preparado un pueblo, y ante quién ha sido grande? Sin duda alguna ante aquel que ha dicho que Juan era algo “más que profeta” y que “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista” (Mt 11,9.11). Porque Juan preparaba un pueblo anunciando por adelantado a sus compañeros de servidumbre la venida del Señor y predicándoles la penitencia, para que, cuando el Señor esté presente estén preparados para recibir su perdón, que vuelvan a aquel de quien se alejaron por sus pecados y transgresiones... Por eso, llevándolos a su Señor, Juan preparaba para el Señor un pueblo bien dispuesto, en el espíritu y el poder de Elías».. San Ireneo


«¿Qué significa: Preparad el camino, sino: “Rogad insistentemente”? ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: “Sed humildes en vuestros pensamientos”? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen. Si hubiera dicho: “Soy Cristo”, con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló. Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los preparativos


522: La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Heb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3,29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (ver Ap 22,17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).


Juan el Bautista, el Precursor del Señor


717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1,6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1,68).


718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17,10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,17).


719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7,26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1,23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1,7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1,33-36).


720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento.


CONCLUSION

«He aquí la esclava del señor; hágase en mí según tu palabra»


Inmaculada Concepción de la Virgen María – 8 de diciembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 26-38


La Sagrada Escritura está llena de anuncios, de mensajes de parte de Dios a los hombres. Desde aquel que recibió Abraham, para salir de su tierra o el de la concepción de Isaac por parte de su estéril mujer Sara. Con el pasar del tiempo, a través de la historia de los Patriarcas y los Profetas y hasta el último de los profetas, que será San Juan Bautista; se diría que Dios nunca ha dejado de comunicarse con los hombres. El diálogo entre una humilde doncella de Nazaret y el Arcángel Gabriel cierran y abren una etapa en las relaciones entre Dios y su criatura más amada.

La Anunciación – Encarnación del Verbo en el seno de nuestra Santa Madre es sin lugar a dudas el acontecimiento más importante de toda historia ya que la Redención es el anhelado más profundo de la humanidad desde la caída primigenia (Génesis 3, 9 – 15.20). San Pablo hace explícito el don que acontece cuando el Verbo asume nuestra naturaleza humana: somos ahora verdaderamente hijos en el Hijo por excelencia (Efesios 1, 3-6. 11-12 ).


¿Qué celebramos?


El Evangelio de esta Solemnidad nos relata el momento de la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Pero esto no nos debe llevar a confusión: lo que se celebra hoy es la concepción inmaculada de María en el seno de su madre, Santa Ana. Es dogma de fe cristiana, definido por el Beato Papa Pío IX en 1854, que «la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano». Este hecho tiene importantes consecuencias. La más grande la expresa el Catecismo así: «Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida» . En esto ella es del todo singular ya que como leemos en la Sagrada Escritura «el justo cae siete veces al día» (Prv 24,16); es decir todos tenemos sufrimos las consecuencias del pecado original .


El Arcángel Gabriel, que fue enviado por Dios a esta humilde virgen de Nazaret llamada María, sabía el contenido del anuncio que le traía y, por tanto, sabía quién era ella; sabía que estaba destinada a ser la Madre de Dios. Por eso, la saluda con veneración y de una manera única en toda la Historia de la Salvación : «llena de gracia». Nosotros no tenemos experiencia de ninguna persona «llena de gracia», es decir, “pura de todo pecado personal”, porque no tenemos experiencia de ninguna persona que haya sido concebida sin el pecado original.


El pecado original es el estado privado de la gracia divina en que es concebido y nace todo ser humano hijo de Adán. Si la persona llega el uso de la razón en este estado, a este pecado se agregan los pecados personales que comete. Esta situación se revierte por el bautismo en el cual se infunde la gracia divina por el don del Espíritu Santo y se perdona todo otro pecado personal que se haya cometido. La persona queda santificada y adoptada como hijo de Dios. Pero el hecho de haber estado privada de la gracia y bajo el dominio del pecado tiene consecuencias. La principal de estas consecuencias recibe el nombre de «concupiscencia». El Catecismo la describe así: «Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados» .


La Virgen María estaba libre de la concupiscencia. Por eso ella siempre cumplía con perfección el Plan amoroso del Padre. Puesta ante diversas alternativas ella siempre optaba por lo más perfecto viviendo de una manera excelsa un verdadero y ejemplar señorío sobre sí misma. Así pues, su «hágase» responde a lo que ella es; toda pura e Inmaculada. Nosotros, en cambio, sentimos el peso de la concupiscencia y puestos ante diversas alternativas, en nuestra opción influye el propio interés, lo más placentero, las envidias, los celos, la mentalidad permisiva que nos rodea y otras pasiones que nos impiden reconocer y actuar según el Plan de Dios. Necesitamos pues colaborar activamente con «la gracia» que se nos da en abundancia para sí poder transformarnos mediante la renovación de nuestra mente, de forma que podamos discernir cuál es el Plan de Dios: «lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (ver Rm 12,2).


«Hágase en mí según tu palabra»


Cuando el Arcángel Gabriel trajo a María el anuncio de que ella concebiría en el seno y daría a luz un hijo y que éste sería «Hijo del Altísimo» e «hijo de David», ciertamente esto cambiaba radicalmente todo lo que ella habría podido imaginar sobre su vida. Ella estaba dispuesta a hacer inmediatamente todo lo que Dios le pidiera. Pero se le presentaba un conflicto: el mismo Dios le inspiraba su estado de virginidad perpetua. Según dice San Pablo, «la mujer virgen se preocupa de lascosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu» (1Cor 7,34). Este estado convenía a ella. Ella fue la primera mujer en asumirlo deliberadamente.


Por eso es muy importante pregunta que le hace al Arcángel: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?», que significa: «tengo propósito de virginidad». Su pregunta tiene como finalidad discernir cuál es el Plan de Dios, lo más perfecto. Cuando el Arcángel le explica que no hay conflicto, diciéndole: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», entonces ella responde inmediatamente: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Como siempre, opta sin reservas por el Plan de Dios. Nadie ha respondido con más prontitud y generosidad que María al llamado que Dios le hizo a colaborar en la salvación del género humano.


«Elegidos para ser santos e imaculados»


Es muy significativo que la Segunda Lectura de esta Solemnidad nos remita inmediatamente al Plan Dios tiene para toda la humanidad: «Dios Padre nos ha elegido en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor». Es decir, todos y cada uno estamos llamados a ser santos e inmaculados; ese nuestro verdadero destino; ese el proyecto de Dios sobre nosotros. Poco más adelante, en la misma Carta a los Efesios, San Pablo contempla este Plan refiriéndolo no ya a los hombres singularmente considerados, cada uno por su cuenta, sino a la Iglesia Universal, Esposa de Cristo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).


Una legión de santos y santas en el Señor: este es el maravilloso proyecto de Dios al crear a su hombre a su imagen y semejanza. Una humanidad que pueda, como hijos queridos, estar ante Él sin miedo ni vergüenza; sino confiando plenamente en el designio del Padre. Una humanidad plenamente reconciliada gracias al generoso don que hizo el Hijo al Padre por el Espíritu Santo.


¿Que representa, en este proyecto universal de Dios, la Inmaculada Concepción de María que celebramos? Fundamentalmente que ella es la adelantada, la primera criatura en la cual se ha realizado plenamente el designio amoroso de nuestro Creador. En la liturgia del día se resalta de bellamente lo que María es: «comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura… Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad». Ella nos abre el camino y nos garantiza el cumplimiento del Plan de Dios. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, serefleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada «Madre de la Iglesia». Ella intercede amorosamente por cada uno de nosotros para que crezcamos «conformes a su imagen (Jesucristo)» (Rm 8, 29) y seamos así hijos en el Hijo.


Una palabra del Santo Padre:


«¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, desgraciadamente, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve algunos lados oscuros. También los santos más grandes eran pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, están tocadas por el mal: todas, menos María. Ella es el único «oasis siempre verde» de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su «sí» a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva. Cada vez que la reconocemos llena de gracia, le hacemos el cumplido más grande, el mismo que le hizo Dios. Un hermoso cumplido para una señora es decirle con amabilidad, que parece joven. Cuando le decimos a María llena de gracia, en cierto sentido también le decimos eso, a nivel más alto.


En efecto, la reconocemos siempre joven, nunca envejecida por el pecado. Sólo hay algo que hace envejecer, envejecer interiormente: no es la edad, sino el pecado. El pecado envejece porque esclerotiza el corazón. Lo cierra, lo vuelve inerte, hace que se marchite. Pero la llena de gracia está vacía de pecado. Entonces es siempre joven «más joven que el pecado» es «la más joven del género humano» (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p 175). Hoy la Iglesia felicita a María llamándola toda bella, tota pulchra. Así como su juventud no está en su edad, tampoco su belleza consiste en lo exterior.


María, como muestra el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia: de familia sencilla, vivía humildemente en Nazaret, una aldea casi desconocida. Y no era famosa: incluso cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había allí ningún reportero. La Virgen no tuvo tampoco una vida acomodada, sino preocupaciones y temores: «se turbó» (v. 29), dice el Evangelio, y, cuando el ángel «dejándola se fue» (v. 38), los problemas aumentaron.


Sin embargo, la llena de gracia vivió una vida hermosa. ¿Cuál era su secreto? Nos damos cuenta si miramos otra vez la escena de la Anunciación. En muchos cuadros, María está representada sentada ante el ángel con un librito en susmanos. Este libro es la Escritura. María solía escuchar a Dios y transcurrir su tiempo con Él. La Palabra de Dios era su secreto: cercana a su corazón, se hizo carne luego en su seno. Permaneciendo con Dios, dialogando con Él en toda circunstancia, María hizo bella su vida. No la apariencia, no lo que pasa, sino el corazón tendido hacia Dios hace bella la vida. Miremos hoy con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer jóvenes, diciendo «no» al pecado, y a vivir una vida bella, diciendo «sí» a Dios».


Papa Francisco. Ángelus 8 de diciembre de 2017


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. A cada uno de nosotros nos toca decir «sí» a lo largo de nuestra vida. Cada día se nos presenta como una oportunidad para abrirnos al Plan de Dios, aceptarlo y colaborar para que pueda así expandirse su Reino de Amor entre los hombres. María nos enseña con su magnífico ejemplo.

2. Nuestra Madre María nos ayuda a acercarnos confiadamente a su Hijo Jesús. ¿Cuántas veces lo hacemos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 484- 511. 964- 970


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee diciembre Ee 2019 a las 11:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE ADVIENTO


1 de Diciembre del 2019




“Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo"


Is 2,1-5: “Hacia Él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos”


Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:

Al final de los días estará firmemente establecido el monte de la casa del Señor en la cumbre de las montañas, se elevará por encima de las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos. Dirán:

«Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor»

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

¡Ven, casa de Jacob, caminemos a la luz del Señor!


Sal 121,1-9: “Vamos alegres a la casa del Señor”


¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

Deseen la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo». Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.


Rom 13,11-14: “Ya es hora que despierten del sueño: nuestra salvación está ya cerca.”


Hermanos:

Dense cuenta del momento en que viven; ya es hora que despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, se acerca el día: dejemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni envidias. Al contrario, revístanse del Señor Jesucristo.


Mt 24,37-44: “Estén preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre.”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.

Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:

Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

Estén, pues, vigilantes, porque no saben qué día vendrá su Señor.

Entiendan bien que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa.

Por eso, también ustedes estén preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre».


NOTA IMPORTANTE


El profeta Isaías habla en nombre de Dios y denuncia una grave situación: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1,2). Israel se ha apartado de los caminos de Dios: «¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa, semilla de malvados, hijos de perdición! Han dejado a Yahveh, han despreciado al Santo de Israel, se han vuelto de espaldas» (Is 1,4). En Jerusalén ya no se encuentra justicia ni equidad. Asesinatos, robos, alianzas con los bandidos, sobornos, búsqueda deventajas, injusticias con los huérfanos y las viudas parecen ser el pan de cada día en esta sociedad que al dar la espalda al Dios único se ha llenado de ídolos, de adivinos y evocadores. Rebeldes a Dios se han vuelto altaneros y altivos. Su sacrificio se ha vuelto detestable porque mezclan falsedad y solemnidad y aunque menudean en la plegaria sus manos están manchadas de sangre inocente (ver Is 2,6-17).


En este contexto Dios invita a su pueblo a la conversión, al cambio de conducta: «lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,16-17). Con el recto obrar es como han de purificarse de todo pecado, es por la obediencia a Dios como alcanzarán su bendición (ver Is 1,18-19).


En medio de esta situación dolorosa, fruto del rechazo de Dios y del abandono de sus leyes, la mirada del profeta se dirige esperanzada hacia los “días futuros”. Isaías ve cómo “al final de los días” confluirán hacia Jerusalén los gentiles y pueblos numerosos, reconociendo a Dios como Dios único, acudiendo a Él para ser instruidos en sus caminos, para marchar por sus sendas, sometiéndose a su señorío y reinado, haciendo de Él el juez de pueblos numerosos. Entonces habrá paz, las armas se transformarán en herramientas para el progreso humano y también la casa de Jacob caminará finalmente «a la luz del Señor». Aquel día sería anhelado por generaciones.


Contrasta esta mirada esperanzada de la ciudad santa con el anuncio devastador del Señor Jesús sobre la destrucción de Jerusalén y su Templo: «¿Ven todo esto? Yo les aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (Mt 24,2). Los discípulos entonces le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo» (Mt 24,3). En su mente la destrucción física de Jerusalén y del Templo esta asociada al fin del mundo y a la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos, es decir, al momento en que terminará un período de la historia para comenzar uno nuevo con la venida gloriosa del Mesías de Dios y la restauración definitiva del Reino de Israel.


En este diálogo y contexto introduce el Señor la comparación con los días de Noé: «Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Su última venida tendrá un carácter repentino y tomará por sorpresa a muchos por la despreocupación en la que viven con respecto a Dios, a sus leyes y a su venidafinal. Sin embargo, el Señor que ya vino al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo, volverá nuevamente al final de los tiempos para un juicio y para instaurar la nueva Jerusalén, objeto de las promesas divinas: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios… Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres”. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y Él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21,1-3).


Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.


También el apóstol Pablo (2ª. lectura) invita a los creyentes a estar preparados. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«El número de los días del hombre mucho será si llega a los cien años. Como gota de agua del mar, como grano de arena, tan pocos son sus años frente a la eternidad» (Eclo 18,9-10). Así medita y reflexiona quien es verdaderamente sabio y sensato.


Quienes creemos en Dios y en su Hijo, el Señor Jesús, no podemos tener una mirada miope, de corto alcance, una mirada que se enfoque solamente en este mundo y en esta vida. Nuestra mirada tiene que ir más allá de lo pasajera que es nuestra vida en este mundo presente (ver 1Cor 7,31), tiene que fijarse en lo que viene después de nuestra muerte y no pasará jamás (ver 2Cor 4,1), tiene que fijarse en la ETERNIDAD. ¡Eso es lo que no puedo perder de vista mientras voy de peregrino en este mundo, porque eso es lo que debo conquistar! ¿De qué me servirá ganar el mundo entero, si al hacerlo, pierdo la vida eterna?

Esta eternidad ciertamente es un don de Dios, un regalo que brota del amor que Él me tiene y de su deseo de hacerme partícipe de su misma vida y felicidad. Mas como todo don y regalo he de acogerlo libremente. En efecto, de que yo le diga “sí” al Señor y del consecuente recto ejercicio que haga día a día de mi libertad, orientando mi vida y mis obras según Dios y sus leyes, depende que alcance la vida eterna que Dios me ofrece y promete: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).


En este nuestro peregrinar conviene recordar que cada cual recibirá «conforme a lo que hizo durante su vida mortal» (2Cor 5,10; ver Mt 25,31ss; Mt 10,39; Lc 9,25). Lo que yo merezca quedará sellado y definido en el momento de mi muerte. El día de mi muerte, desconocido para mí, el Señor vendrá a mí. Detrás de mi muerte me encontraré con Cristo. Con Él me encontraré cara a cara para un juicio, que será un juicio sobre el amor. Si soy hallado semejante a Él en el amor, entraré en eterna comunión de amor con Él, junto con el Padre y el Espíritu, y con todos los santos. Si no soy hallado semejante a Él escucharé aquellas terribles palabras: «no te conozco» (ver Mt 25,12), y seré echado fuera de su Presencia. No es castigo, sino consecuencia de la propia opción de rechazar a Dios en mi vida presente.


El no saber en qué momento será la “venida final” (Mc 13,33) o el encuentro definitivo con el Señor a la hora de mi muerte, debe llevarme a estar preparado en todo momento, para que no llegue de improviso y me encuentre “dormido” (ver Mc 13,35-37). La viva conciencia de que llegará ese momento y el no saber ni el día ni la hora es razón poderosa para mantenerme siempre alerta, vigilante, en vela, buscando aprovechar el tiempo presente para despojarme de «las obras de las tinieblas» y revestirme «con las armas de la luz», como recomienda el Apóstol San Pablo (Rom 13,12).


El tiempo de Adviento es un tiempo privilegiado para, de cara al Señor que viene, renovarme en un espíritu de conversión que me lleve a estar preparado cada día, porque hoy mismo puede ser ese día. Atendiendo a la exhortación del Apóstol, esforcémonos por despojarnos de algún vicio y practicar la templanza o moderación al tomar los alimentos o bebidas alcohólicas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1809), la castidad y pureza en nuestra relación con las personas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2345; 2348-2356), el perdón y la caridad frente a las injurias recibidas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1970-1972; 2302-2303), entre otras prácticas apropiadas para este tiempo.


Recordemos que este espíritu de conversión y diaria vigilancia no debe estar motivado tanto por temor sino más bien por amor al Señor que viene. Quien anhelaintensamente la llegada de Aquel a quien ama mucho, quien inflamado de amor ansía el Encuentro y Comunión con el Amado, se mantiene esperando, despierto y preparado para cuando Él venga.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Quiere, pues, que los discípulos siempre anden solícitos. Por esto les dice: “Velad”». San Juan Crisóstomo


«Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia». San Gregorio Magno


«No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquellos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido». San Agustín


«El ladrón mina la casa sin saberlo el padre de familia, porque mientras el espíritu duerme sin tener cuidado de guardarla, viene la muerte repentina y penetra violentamente en la morada de nuestra carne, y mata al Señor de la casa, a quien halló durmiendo. Porque mientras el espíritu no prevé los daños futuros, la muerte, sin él saberlo, le arrastra al suplicio. Mas resistiría al ladrón, si velase, porque precaviendo la venida del Juez, que insensiblemente arrebata a las almas, le saldría al encuentro por medio del arrepentimiento, para no morir impenitente. Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla». San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


El adviento es un tiempo de esperanza


1817: La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Heb 10,23).


1818: La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los Cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.


1821: Podemos, por tanto, esperar la gloria del Cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con lagracia de Dios, «perseverar hasta el fin» (ver Mt 10,22) y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que «todos los hombres se salven» (1Tim 2,4). Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo:

Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin (Sta. Teresa de Jesús).


CONCLUSION

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»


Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento.

Ciclo A – 1 de diciembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 24,37- 44


El Señor volverá, esto es una certeza que proviene de las mismas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio. Sin embargo, no conocemos ni la hora ni el día de su llegada, por eso la actitud propia del cristiano es la de una amorosa vigilancia (San Mateo 24,37- 44). Más aún, ante el Señor que se avecina hay que salir a su encuentro llenos de entusiasmo, hay que despertarse del sueño, sacudirse de la modorra y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz (Romanos 13,11-14a). La visión del profeta Isaías (Isaías 2, 1- 5) resume espléndidamente la actitud propia para este Adviento: estamos invitados a salir al encuentro del Señor que nos instruye en sus caminos. Salir iluminados por la luz que irradia el amor de Dios por cada uno de nosotros los hombres.


Un nuevo Año Litúrgico


La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Adviento, con el cual comienza un nuevo Año Litúrgico. Esto no debe ser para un cristiano un mero dato cultural o una información ajena a su vida concreta. Un cristiano podría, tal vez, ignorar queestamos en el mes de diciembre o que estamos en primavera, pero no puede ignorar que estamos en el tiempo litúrgico del Adviento. El tiempo litúrgico consiste en hacer presente «ahora» el misterio de Cristo en sus distintos aspectos. Es, por tanto, el tiempo concreto, el tiempo real, es el tiempo que acoge en sí la eternidad, pues «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre» Hb 13,8 En la revelación bíblica se considera que el correr del tiempo tiene un origen sagrado; de lo contrario sería puramente efímero. Ignorar esta dimensión del tiempo es un signo más del secularismo que nos envuelve. En efecto, en su relación con el tiempo, el secularismo es la mentalidad que prescinde de la eternidad.

Para comprender cuál es el aspecto del misterio de Cristo que celebra el Adviento, conviene saber el origen de esta palabra. La palabra «Adviento» es una adaptación a nuestro idioma de la palabra latina «adventus» que significa «venida». En este tiempo se celebra entonces la «venida de Cristo». Pero la «venida» de Cristo es doble. Entre una y otra se desarrolla la historia presente. Una antigua catequesis de San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) explica: «Os anunciamos la venida de Cristo; pero no una sola, sino también una segunda, que será mucho más gloriosa que la primera. Aquella se realizó en el sufrimiento; ésta traerá la corona del Reino de Dios. Doble es la venida de Cristo: una fue oculta, como el rocío en el vellón de lana; la otra, futura, será manifiesta. En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá revestido de luz. En la primera sufrió la cruz y no rehuyó la ignominia; en la segunda vendrá escoltado por un ejército de ángeles y lleno de gloria. Por tanto, no detenemos nuestra atención solamente en la primera venida, sino que esperamos ansiosos la segunda».


Caminando hacia la Casa de Dios…


La visión del Profeta Isaías nos presenta en la plenitud de los tiempos mesiánicos («al final de los días») a Jerusalén como el centro religioso al cual atraerá el Señor a todas las naciones. Todos los pueblos, todos los hombres serán invitados a subir al monte del Señor, a la casa de Dios. Es difícil imaginar una esperanza mesiánica en medio de épocas tan adversas como la del profeta Isaías, sin embargo, la Palabra de Dios es eficaz y nunca defrauda. Dios, fiel a sus promesas, será quien nos instruirá por sus caminos y a una época de guerra y desazón, sucederá una época de paz y concordia. Al final de los tiempos el Señor reinará como soberano, Rey de Universo. Al final de los tiempos vencerá el bien sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre las tinieblas. Dios mismo será el árbitro y juez de las naciones. Maravillosa visión del futuro que nos debe de llenar de esperanza rumbo a la Casa del Padre.


¿De qué manera debemos de ir al encuentro del Señor?


Sin duda no se puede caminar de cualquier modo cuando hacia Dios se va. No se puede seguir un camino distraído cuando al final del sendero se nos juzgará sobre el amor. El Salmo responsorial (Sal 121) expresa adecuadamente los sentimientos del pueblo que va al encuentro del Señor: «¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!». Nuestro caminar, pues, será un caminar en la luz, un caminar en el que nos revestimos de las armas de la luz. La antítesis luz-tinieblas es una metáfora común en el Antiguo Testamento: las tinieblas son el símbolo de la incontinencia, de la debilidad de alma, de la falta de esperanza; el día, por el contrario, simboliza la toma de conciencia, la posibilidad de avanzar y el inicio de una nueva situación que vendrá a culminar en el éxito. Caminar en la luz es caminar en la nueva vida que nos ofrece el Señor por la redención de nuestros pecados.

«El día se avecina» nos dice San Pablo en su carta a los romanos escrita en el año 57 después de haber realizado sus tres grandes viajes misioneros y preparando su primera visita a la ciudad de Roma. La misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada momento que pasa nos acerca más al encuentro con «el sol de justicia», con la luz indefectible, con «el día que no conoce ocaso». Es decir, cada vez estamos más cerca de la salvación. La vigilia que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño, una quimera, una ilusión. Es decir, olvidarnos de Dios…


¡Estad preparados!


El Evangelio de hoy repite como un estribillo: «Así será la venida del Hijo del hombre» y las imágenes que usa nos invitan a estar alertas y preparados. Jesús ilustra este aspecto de su venida con dos imágenes: será como el diluvio en tiempos de Noé, que vino sin que nadie se diera cuenta y los arrastró a todos; será como el ladrón nocturno que viene cuando nadie sabe. Estas comparaciones podrían sugerir un acontecimiento terrible, como fue el diluvio, o un hecho poco grato, como sería la visita de un ladrón. El objetivo de estas imágenes es doble. En primer lugar, se trata de ilustrar lo «imprevisto» de la venida de Cristo y mover a la vigilancia. No hay que tener la actitud de los que despreocupados, comen, beben ytoman mujer o marido, pues a éstos los cogerá cuando menos lo esperan. Por eso concluye Jesús: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


Pero también es cierto que la venida de Cristo operará una división: habrá una gran diferencia entre los que se encuentren vigilantes y los que sean sorprendidos despreocupados. Para los primeros la venida de Cristo colmará sus anhelos de unión con Dios, para éstos será la salvación definitiva, será un acontecimiento gozoso: éstos son los que están continuamente diciendo: «Ven, Señor Jesús». En cambio, para los que comen, beben, se divierten y gozan de este mundo la venida de Cristo será terrible como fue el diluvio para los del tiempo de Noé o como es la visita nocturna de ladrón. Esta diferencia es la que expresa Jesús cuando advierte: «Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada, la otra dejada». Esta primera parte del Adviento nos invita a vivir siempre en la certeza de que para cada uno de nosotros la venida de Cristo ocurrirá en el espacio de su vida y a esperarlo vigilantes, pero al mismo tiempo alegres, según la exhortación de San Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres… ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4-5).


Una palabra del Santo Padre:


«La primera es la parábola de los hombres que esperan en la noche el regreso de su señor. Esto es importante: la vigilancia, estar atentos, el ser vigilantes en la vida. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (v.37): es la alegría de atender con fe al Señor, del estar preparados en una actitud de servicio. Se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será beato quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más el Señor mismo se hará siervo de sus siervos- es una bonita recompensa- en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada de noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, que anuncia el día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparados, despiertos y comprometidos en el servicio a los demás, en la consolante perspectiva que “desde allí”, no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede hoy, cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.


La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; es más Jesús exhorta: “Ustedes también esténpreparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (v.40). El discípulo es aquel que espera al Señor y a su Reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la partida del señor. En la primera imagen, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda imagen, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por ello, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación que sucede frecuentemente también en nuestros días: tantas injusticias, violencias y maldades cotidianas que nacen de la idea de comportarse como señores en la vida de los demás. Tenemos un solo señor a quien no le gusta hacerse llamar “señor” sino Padre”. Todos nosotros somos siervos, pecadores e hijos: Él es el único Padre».


Papa Francisco. Ángelus, domingo 7 de agosto de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Decía Carlos Manrique cuando compuso unas «Coplas» a la muerte de su padre: «Esta vida es el camino, para el otro que es morada sin pesar. Mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar». Hagamos un buen examen de conciencia sobre “nuestro andar” al inicio de nuestro Adviento.

2. ¿Cómo puedo estar realmente bien preparado? Jesús mismo nos responde: «Están preparados los que cumplen la voluntad de mi Padre». ¿Busco cumplir lo que Dios quiere para mí y mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817- 1821. 2849.


SEGUNDO GRUPO DE LAS LECTURAS DEL DOMINGO I DE ADVIENTO


DOMINGO I DE ADVIENTO


1 de Diciembre del 2019


“Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo”


Jer 33, 14-16: “Haré brotar para David legítimo descendiente”


«Miren ustedes que llegan días —Oráculo del Señor— en que cumpliré la promesa que hice a los habitantes de Israel y de Judá.

En aquellos días y en aquella hora, haré brotar para David un legítimo descendiente que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra.

En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “El Señor es nuestra justicia”».


Sal 24, 4-5.8-10.14: “A Tí, Señor, levanto mi alma”


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.


1Tes 3, 12-4, 2: “Que Él fortalezca sus corazones, para cuando Jesús vuelva”


Hermanos:

Que el Señor los colme y los haga crecer y progresar en el amor mutuo y en el amor a todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes.

Que Él fortalezca sus corazones para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, ustedes se presenten ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables.

Por lo demás, hermanos, les rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios; procedan así y sigan adelante.

Ya conocen las instrucciones que les hemos dado, en nombre del Señor Jesús.


Lc 21, 25-28. 34-36: “Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan”


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, pues los astros temblarán.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación.

Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida, porque entonces ese día caerá de improviso sobre ustedes; ese día será como una trampa en la que caerán atrapados todos los habitantes de la tierra.

Estén siempre vigilantes y oren en todo tiempo, para escapar de todo lo que ha de ocurrir y puedan mantenerse en pie ante el Hijo del hombre.


NOTA IMPORTANTE


La promesa de un Mesías que traerá la reconciliación y la paz a la humanidad es de muy antiguo. La primera promesa la encontramos ya en la escena misma de la caída original: «Enemistad pondré entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje: Él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar» (Gén 3, 15). A este pasaje se le ha llamado el proto-evangelio, es decir, el primer anuncio de la Buena Nueva.


Para cumplir aquella antigua promesa Dios se formó y preparó un pueblo en el transcurso de la historia. Por medio del profeta Jeremías (n. aprox. 650 a.C.) anunció que haría brotar de este pueblo un “Germen justo” (1ª. lectura), descendiente de David, el gran rey de Israel (aprox. 1010-970 a.C.). Él habría de ejercer «la justicia y el derecho en la tierra», trayendo la salvación a Judá y la seguridad a Jerusalén.


En el Señor Jesús se cumplen estas profecías. Él es el descendiente de la Mujer, Aquel que por su Cruz y Resurrección ha pisado la cabeza de la serpiente, ha vencido al Demonio y quebrantado su dominio, recreando y reconciliando al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con toda la creación. Él es aquel “Germen justo” de la descendencia de David que en su primera venida trajo la salvación a la humanidad entera.


En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús anuncia a sus discípulos que al final de los tiempos volverá nuevamente con gloria: «verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria». En espera de este acontecimiento final en la historia de la humanidad, de cuyo momento afirma rotundamente que nadie sabe el día o la hora, el Señor exhorta a estar siempre vigilantes y perseverantes en oración para no desfallecer, para poder soportar el rigor de aquel día, poder permanecer «en pie ante el Hijo del hombre» y ser hallados justos en su presencia.


Esta perspectiva puede inspirar terror. Sin embargo, las palabras del Señor son también sumamente alentadoras: «Cuando empiece a suceder esto, levántense, alcen la cabeza, porque se acerca su liberación». Por liberación o redención quiere indicar el Señor la acción poderosa de Dios en la historia de la humanidad para rescatar a sus elegidos. Se acerca, pues, el triunfo definitivo de Dios, la liberación final y el rescate de todos sus elegidos.


Luego de este anuncio el Señor exhorta también a la vigilancia: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por el exceso de comida, por las borracheras y las preocupaciones de la vida». El discípulo debe ejercer una continua vigilancia sobre sí mismo, sobre su “corazón”, sobre sus conductas morales. Para ejercer esta vigilancia es necesario examinarse continuamente, aplicarse a uno mismo sin desmayo. ¿A qué hay que estar atentos? A que el propio corazón no se embote y se haga pesado. Por “corazón” en la mentalidad hebrea se entendía la sede de todos los pensamientos y sentimientos, centro o núcleo de todo aquello que la persona es, de su ser y de sus facultades. Hay que cuidar que la persona no se haga pesada por la craipalé, por la méthe y por las merímnais biótikais. Antes que por “exceso de comida” craipalé se traduce por crápula, es decir, una vida disipada, libertina, dada al vicio, disoluta e inmoral. Ciertamente las comilonas o exceso de comida forman parte de esa vida disoluta, pero no engloban todo lo que esta expresión quiere decir. Methé se traduce bien por borracheras, así como merímnais biótikais por preocupaciones de la vida, aunque preocupación acá tiene la carga de ansiedad, es decir, una preocupación excesiva y acaso única por todo lo que pertenece a la vida y sus asuntos.


Dado que el Señor vendrá de improviso, como una trampa que de un momento a otro cae inesperadamente sobre quien anda desprevenido, es necesario “despertar” y mantenerse en vela, atentos y preparados en todo momento. El Apóstol Pablo exhorta en ese sentido a los cristianos de Tesalónica a que progresen y sobreabunden «en el amor mutuo y en el amor a todos los demás» (2ª. lectura). De ese modo estarán preparados para presentarse «ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables», cuando el Señor venga con todos sus santos. Asimismo exhorta a los cristianos a que, en vistas a la última Venida del Señor, vivan como conviene vivir «para agradar a Dios», y que progresen siempre más, según las enseñanzas del Señor ya recibidas.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Estoy preparado si hoy sobreviniese aquel día grande y terrible que anuncia el Señor al fin de los tiempos, aquel día en que Él vendrá glorioso entre las nubes? El fin del mundo, meditábamos hace dos Domingos, es muy probable que sea para mí la hora de mi muerte. ¿Soy consciente de que detrás de mi muerte está Cristo? ¿Cómo me presentaré ante Él? ¿Cómo estar preparado para ese momento crucial en el que se define mi eternidad?


El Señor mismo nos da una clave fundamental en el Evangelio del Domingo: «Tengan cuidado: que sus corazones no se entorpezcan por la vida libertina, por las borracheras y las preocupaciones de la vida» (Lc 21, 34). Conviene revisarnos:

¿Se ha entorpecido mi corazón por el “libertinaje”? ¿Es mi regla hacer “lo que me da la gana”, dejándome llevar adonde mis pasiones o impulsos me lleven? ¿Tomo mi libertad como un «pretexto para la carne» (Gál 5, 13), despreciando la virtud de la castidad que todo cristiano está llamado a vivir? ¿Hago de mi libertad «un pretexto para la maldad» (1 Pe 2, 16)? ¿Digo “soy libre de hacer lo que quiero” para justificar cualquier vicio o conducta que va contra cualquiera de los mandamientos divinos?


¿Se ha entorpecido mi corazón por la “embriaguez”? El beber alcohol en exceso es un camino fácil para olvidar las penas, evadir la realidad dolorosa que no queremos afrontar. ¿Cuántas veces asumo una actitud de evasión frente al Señor que toca a la puerta de mi corazón? ¿Cuántas veces sencillamente “no quiero” encontrarme con el Señor y huyo de su Presencia, huyo de la oración profunda, porque sé que el verdadero encuentro con Cristo exige cambios o renuncias que no estoy dispuesto a asumir, que demanda despojarme de ciertas “riquezas” o “seguridades” que no quiero soltar? ¿Busco pasarla bien con alegrías y gozos superficiales y pasajeros, o con vicios y compensaciones que al pasar su efecto no hacen sino evidenciarme más aún el vacío en el que vivo?


¿Se ha vuelto pesado mi corazón por las preocupaciones de la vida cotidiana? ¿Cuánto me dejo absorber por las preocupaciones diarias que terminan ahogando la Palabra y su eficacia en mí? El Señor advierte claramente sobre el efecto de esas preocupaciones de la vida cotidiana sobre su Palabra sembrada en mi corazón: «El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero lospreocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto» (Mt 13, 22; ver Mc 4, 19). ¡Cuántas cosas nos preocupan, acaso muy lícitamente, preocupaciones que sin duda debo atender! Pero el corazón se hace pesado cuando nos dejamos agobiar o absorber por estas preocupaciones de tal modo que perdemos de vista el horizonte de eternidad y dejamos de lado lo más importante: buscar el Reino de Dios y su justicia (ver Mt 6, 33-34).


El Adviento es un tiempo que nos invita a aligerar nuestros corazones de todo aquello que ha hecho pesada nuestra marcha hacia el encuentro definitivo con el Señor. Él viene y yo finalmente me encontraré con Él. Vivir de cara al Señor que viene no significa de ningún modo desentenderse de las realidades de este mundo, sino darles su justo valor y peso, así como trabajar por instaurarlo todo en Cristo, para construir una Civilización del Amor en la que todos los seres humanos caminen hacia el encuentro definitivo con su Señor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Los que aman a Dios se regocijan al ver llegar el fin del mundo, porque encontrarán pronto aquella patria que aman, cuando haya pasado aquel mundo al que no se sienten apegados. Quiera Dios que ningún fiel que desea ver a Dios se queje de las pruebas de este mundo, ya que no ignora la caducidad de este mundo. En efecto, está escrito: “El que ama a este mundo es enemigo de Dios”. Aquel, pues, que no se alegra de ver llegar el fin de este mundo es su amigo y por lo tanto, enemigo de Dios. No será así entre los fieles, entre aquellos que creen que hay otra vida y que manifiestan por sus obras que la aman». San Gregorio Magno


«En cuanto a ti, hijo mío, ¿hasta cuándo serás negligente? ¿Cuál es el límite de tu negligencia? Este año es como el año pasado y hoy es como ayer. Mientras seas negligente, no habrá ningún progreso para ti. Sé sobrio, eleva tu corazón. Deberás comparecer delante del tribunal de Dios y rendir cuentas de lo que has hecho en lo secreto y de lo que has hecho públicamente. Si vas a un lugar donde se combate la guerra, la guerra de Dios, y si el Espíritu de Dios te exhorta: “No te duermas en este lugar, porque hay insidias”, y el diablo por su parte te susurra: “Cualquier cosa que te suceda, es la primera vez, o si has visto esto o aquello, no te aflijas”; no escuches sus astutos discursos... He aquí que has aprendido que Dios no les ha ahorrado (pruebas) a los santos. Vigila, entonces, sabes las promesas que has hecho, huye de la arrogancia, arranca de ti mismo al diablo para que él no te arranque los ojos de tu inteligencia y te deje ciego, de modo que no conozcas más el camino de la ciudad, el lugar donde vives. Reconoce de nuevo la ciudad de Cristo, dale gloria porque ha muerto por ti». San Pacomio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27, 8.


2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil» (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


2863: Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.


CONCLUSION


«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»


Domingo de la Semana 1ª del Tiempo de Adviento.

Ciclo A – 1 de diciembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 24,37- 44


El Señor volverá, esto es una certeza que proviene de las mismas palabras de Jesús que leemos en el Evangelio. Sin embargo, no conocemos ni la hora ni el día de su llegada, por eso la actitud propia del cristiano es la de una amorosa vigilancia (San Mateo 24,37- 44). Más aún, ante el Señor que se avecina hay que salir a su encuentro llenos de entusiasmo, hay que despertarse del sueño, sacudirse de la modorra y ver que el día está por despuntar. Así como al amanecer todo se despierta y se llena de nueva esperanza, así la vida del cristiano es un continuo renacer a una nueva vida en la luz (Romanos 13,11-14a). La visión del profeta Isaías (Isaías 2, 1- 5) resume espléndidamente la actitud propia para este Adviento: estamos invitados a salir al encuentro del Señor que nos instruye en sus caminos. Salir iluminados por la luz que irradia el amor de Dios por cada uno de nosotros los hombres.


Un nuevo Año Litúrgico


La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Adviento, con el cual comienza un nuevo Año Litúrgico. Esto no debe ser para un cristiano un mero dato cultural o una información ajena a su vida concreta. Un cristiano podría, tal vez, ignorar que estamos en el mes de diciembre o que estamos en primavera, pero no puede ignorar que estamos en el tiempo litúrgico del Adviento. El tiempo litúrgico consiste en hacer presente «ahora» el misterio de Cristo en sus distintos aspectos. Es, por tanto, el tiempo concreto, el tiempo real, es el tiempo que acoge en sí la eternidad, pues «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre» Hb 13,8. En la revelación bíblica se considera que el correr del tiempo tiene un origen sagrado; de lo contrario sería puramente efímero. Ignorar esta dimensión del tiempo es un signo más del secularismo que nos envuelve. En efecto, en su relación con el tiempo, el secularismo es la mentalidad que prescinde de la eternidad.

Para comprender cuál es el aspecto del misterio de Cristo que celebra el Adviento, conviene saber el origen de esta palabra. La palabra «Adviento» es una adaptación a nuestro idioma de la palabra latina «adventus» que significa «venida». En este tiempo se celebra entonces la «venida de Cristo». Pero la «venida» de Cristo es doble. Entre una y otra se desarrolla la historia presente. Una antigua catequesis de San Cirilo de Jerusalén (siglo IV) explica: «Os anunciamos la venida de Cristo; pero no una sola, sino también una segunda, que será mucho más gloriosa que la primera. Aquella se realizó en el sufrimiento; ésta traerá la corona del Reino de Dios. Doble es la venida de Cristo: una fue oculta, como el rocío en el vellón de lana; la otra, futura, será manifiesta. En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá revestido de luz. En la primera sufrió la cruz y no rehuyó la ignominia; en la segunda vendrá escoltado por un ejército de ángeles y lleno de gloria. Por tanto, no detenemos nuestra atención solamente en la primera venida, sino que esperamos ansiosos la segunda».


Caminando hacia la Casa de Dios…


La visión del Profeta Isaías nos presenta en la plenitud de los tiempos mesiánicos («al final de los días») a Jerusalén como el centro religioso al cual atraerá el Señor a todas las naciones. Todos los pueblos, todos los hombres serán invitados a subir al monte del Señor, a la casa de Dios. Es difícil imaginar una esperanza mesiánica en medio de épocas tan adversas como la del profeta Isaías, sin embargo, la Palabra de Dios es eficaz y nunca defrauda. Dios, fiel a sus promesas, será quien nos instruirá por sus caminos y a una época de guerra y desazón, sucederá una época de paz y concordia. Al final de los tiempos el Señor reinará como soberano, Rey de Universo. Al final de los tiempos vencerá el bien sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre las tinieblas. Dios mismo será el árbitro y juez de las naciones. Maravillosa visión del futuro que nos debe de llenar de esperanza rumbo a la Casa del Padre.

¿De qué manera debemos de ir al encuentro del Señor?


Sin duda no se puede caminar de cualquier modo cuando hacia Dios se va. No se puede seguir un camino distraído cuando al final del sendero se nos juzgará sobre el amor. El Salmo responsorial (Sal 121) expresa adecuadamente los sentimientos del pueblo que va al encuentro del Señor: «¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!». Nuestro caminar, pues, será un caminar en la luz, un caminar en el que nos revestimos de las armas de la luz. La antítesis luz-tinieblas es una metáfora común en el Antiguo Testamento: las tinieblas son el símbolo de la incontinencia, de la debilidad de alma, de la falta de esperanza; el día, por elcontrario, simboliza la toma de conciencia, la posibilidad de avanzar y el inicio de una nueva situación que vendrá a culminar en el éxito. Caminar en la luz es caminar en la nueva vida que nos ofrece el Señor por la redención de nuestros pecados.


«El día se avecina» nos dice San Pablo en su carta a los romanos escrita en el año 57 después de haber realizado sus tres grandes viajes misioneros y preparando su primera visita a la ciudad de Roma. La misma certeza que tiene el vigía nocturno de que el día llegará, la tiene el cristiano de que el Señor volverá y no tardará. Cada momento que pasa nos acerca más al encuentro con «el sol de justicia», con la luz indefectible, con «el día que no conoce ocaso». Es decir, cada vez estamos más cerca de la salvación. La vigilia que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño, una quimera, una ilusión. Es decir, olvidarnos de Dios…


¡Estad preparados!


El Evangelio de hoy repite como un estribillo: «Así será la venida del Hijo del hombre» y las imágenes que usa nos invitan a estar alertas y preparados. Jesús ilustra este aspecto de su venida con dos imágenes: será como el diluvio en tiempos de Noé, que vino sin que nadie se diera cuenta y los arrastró a todos; será como el ladrón nocturno que viene cuando nadie sabe. Estas comparaciones podrían sugerir un acontecimiento terrible, como fue el diluvio, o un hecho poco grato, como sería la visita de un ladrón. El objetivo de estas imágenes es doble. En primer lugar, se trata de ilustrar lo «imprevisto» de la venida de Cristo y mover a la vigilancia. No hay que tener la actitud de los que despreocupados, comen, beben y toman mujer o marido, pues a éstos los cogerá cuando menos lo esperan. Por eso concluye Jesús: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


Pero también es cierto que la venida de Cristo operará una división: habrá una gran diferencia entre los que se encuentren vigilantes y los que sean sorprendidos despreocupados. Para los primeros la venida de Cristo colmará sus anhelos de unión con Dios, para éstos será la salvación definitiva, será un acontecimiento gozoso: éstos son los que están continuamente diciendo: «Ven, Señor Jesús». En cambio, para los que comen, beben, se divierten y gozan de este mundo la venidade Cristo será terrible como fue el diluvio para los del tiempo de Noé o como es la visita nocturna de ladrón. Esta diferencia es la que expresa Jesús cuando advierte: «Dos estarán en el campo: uno será tomado, el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será tomada, la otra dejada». Esta primera parte del Adviento nos invita a vivir siempre en la certeza de que para cada uno de nosotros la venida de Cristo ocurrirá en el espacio de su vida y a esperarlo vigilantes, pero al mismo tiempo alegres, según la exhortación de San Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres… ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4-5).


Una palabra del Santo Padre:


«La primera es la parábola de los hombres que esperan en la noche el regreso de su señor. Esto es importante: la vigilancia, estar atentos, el ser vigilantes en la vida. “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” (v.37): es la alegría de atender con fe al Señor, del estar preparados en una actitud de servicio. Se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será beato quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: es más el Señor mismo se hará siervo de sus siervos- es una bonita recompensa- en el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada de noche, Jesús presenta la vida como una vigilia de espera laboriosa, que anuncia el día luminoso de la eternidad. Para poder participar se necesita estar preparados, despiertos y comprometidos en el servicio a los demás, en la consolante perspectiva que “desde allí”, no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino que será Él mismo quien nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede hoy, cada vez que encontramos al Señor en la oración, o también sirviendo a los pobres y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos de su Palabra y de su Cuerpo.


La segunda parábola tiene como imagen la llegada imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; es más Jesús exhorta: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (v.40). El discípulo es aquel que espera al Señor y a su Reino. El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la partida del señor. En la primera imagen, el administrador sigue fielmente sus deberes y recibe su recompensa. En la segunda imagen, el administrador abusa de su autoridad y golpea a los siervos, por ello, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación que sucede frecuentemente también en nuestros días: tantas injusticias, violencias y maldades cotidianas que nacen de la idea de comportarse como señores en la vida de los demás. Tenemos un soloseñor a quien no le gusta hacerse llamar “señor” sino Padre”. Todos nosotros somos siervos, pecadores e hijos: Él es el único Padre».


Papa Francisco. Ángelus, domingo 7 de agosto de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Decía Carlos Manrique cuando compuso unas «Coplas» a la muerte de su padre: «Esta vida es el camino, para el otro que es morada sin pesar. Mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar». Hagamos un buen examen de conciencia sobre “nuestro andar” al inicio de nuestro Adviento.

2. ¿Cómo puedo estar realmente bien preparado? Jesús mismo nos responde: «Están preparados los que cumplen la voluntad de mi Padre». ¿Busco cumplir lo que Dios quiere para mí y mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817- 1821. 2849.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC

Este es el Rey de los judíos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee noviembre Ee 2019 a las 15:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIV ORDINARIO


24 - 30 de Noviembre del 2019


“Este es el Rey de los judíos”


2Sam 5,1-3: “Ungieron a David como rey de Israel”


En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a presentarse a David y le dijeron:

—«Nosotros somos de tu misma sangre; hace ya mucho tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú el que conducía a Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”».

Todos los ancianos de Israel se presentaron ante el rey en Hebrón, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


Sal 121,1-5: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”


¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


Col 1,12-20: “Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación”


Hermanos:

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.

Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.

Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz por su sangre derramada en la cruz.


Lc 23,35-43: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”


Cuando Jesús estaba ya crucificado, el pueblo estaba allí mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo:

— «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

— «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había encima de Él una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

— «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro le increpaba:

— «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Nosotros la sufrimos justamente porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, Él no ha hecho nada malo».

Y decía:

— «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».

Jesús le respondió:

— «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».


NOTA IMPORTANTE


El pasaje del Evangelio nos sitúa en el momento de la crucifixión del Señor Jesús. En este marco dramático el Crucificado es objeto de burla de los magistrados judíos, quienes le invitan a demostrar que Él es quien dice ser, el Mesías enviado de Dios, salvándose a sí mismo. También los soldados romanos se burlan de aquel “Rey de los judíos” que carece de ejércitos o huestes que luchen por Él. Asimismo uno de los dos malhechores crucificados con Él le increpa diciéndole: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».


¿Pero era o no era Rey el Señor Jesús? Y si lo era, ¿en qué sentido?


Israel a lo largo de su historia fue gobernado por numerosos reyes. El primero de ellos fue Saúl. A él le sucedió David, considerado en la historia de Israel como el más importante de todos los reyes. La primera lectura relata el momento en el que los ancianos de Israel se dirigieron al Hebrón para ungir a David como rey de Israel.


El rey era considerado en Israel como un elegido de Dios. Signo de esa elección y consagración era la unción, mediante la cual el profeta echaba con un cuerno abundante aceite sobre la cabeza del elegido. El rey por tanto era un ungido, que equivale a decir mesías en hebreo y cristo en griego. Estos tres términos son, pues, sinónimos.


Junto con la unción se consideraba que el Espíritu de Dios venía sobre el elegido. Lleno del Espíritu divino el rey participaba de la santidad de Dios y se convertía en una persona sagrada, intocable y asimismo habilitada para ciertos actos religiosos. En su calidad de ungido y elegido de Dios para el gobierno de su pueblo el rey era considerado también un salvador, pues de él dependía la prosperidad y salud de todo su pueblo. Esos elementos se combinarán en la expectativa de un Salvador futuro, que será el Rey-Mesías por excelencia, prometido por Dios y esperado por Israel durante siglos. Él sería aquél que finalmente habría de restablecer el Reino de Israel (ver Hech 1,6).


¿Era Jesús ese Rey-Mesías, el Ungido o Cristo que Dios había prometido por medio de sus profetas? Ni los magistrados judíos ni los soldados romanos creían que Él fuese rey y se burlaban de su pretensión. Por otro lado, en diversas ocasiones, las multitudes habían querido aclamarlo como el Rey-Salvador prometido a Israel al ver los signos que hacía. El Señor Jesús rechazó siempre aquellos propósitos populares, dado que su reinado no era de orden político. Solamente aceptaría ser aclamado como Mesías y Rey prometido por Dios y esperado por Israel cuando estaba ya cerca la hora de su Pasión. Entonces, para dar cumplimiento a las antiguas profecías que hablaban del Mesías prometido, hizo su entrada triunfal en Jerusalén montado sobre un pollino, permitiendo ser aclamado sin restricción alguna con aquel jubiloso «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel!» (Jn 12,13; ver también Lc 19,38; Mt 21,5; Zac 9,9). En efecto, sólo en vísperas de su muerte en Cruz se proclama a sí mismo Rey, aunque aclare también que su Reino que no es de este mundo (ver Jn 18,36-37).


De este reino puede participar todo aquel que acoge el anuncio del Evangelio y se abre al don de la Reconciliación. Todo el que es librado del poder de las tinieblas por la redención y el perdón de los pecados es trasladado «al Reino del Hijo» (2ª. lectura). El Apóstol permite entender de qué orden es el “reinado” de Jesucristo: «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él». Ante una semejante descripción ciertamente la imagen de un rey temporal se queda muy corta. Jesucristo es mucho más que rey, es SEÑOR de todo (ver Flp 2,11).


De entre todos aquellos personajes que en el momento del tormento someten al Señor a las burlas hay otro que, crucificado con Él, logra reconocer su verdadera naturaleza y ruega al Señor Jesús que se acuerde de él cuando esté en su Reino (ver Lc 23,42). En la Cruz, oculta bajo este desecho humano, resplandece su misteriosa realeza a los ojos de quien sabe ver las cosas con una mirada de fe.

La gloria del Señor Jesús, Rey del Universo, se manifestará plenamente el día de su gloriosa venida (ver 2Tim 4,1).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, es una fiesta litúrgica instituida por el Papa Pío XI, el año 1925. Eran los tiempos posteriores a la llamada primera guerra mundial 1914-1918.


En su encíclica Quas primas, en la que decretó la celebración de esta fiesta, el Sumo Pontífice juzgaba que el rechazo del señorío de Cristo y de su Evangelio en la propia vida y costumbres, en la vida familiar y social, era la causa última de tantas calamidades que afligían al género humano. Siguiendo la línea de su predecesor el Papa San Pío X, cuyo lema pontificio era “instaurarlo todo en Cristo”, el deseo del Papa Pío XI era que el Señor Jesús volviese a tener la primacía en los corazones, familias y sociedades de todo el mundo. La institución de esta fiesta buscaba ser un recordatorio para todos los cristianos, un llamado y estímulo a trabajar comprometidamente en alcanzar ese objetivo.


Pasado ya casi un siglo podemos preguntarnos: ¿Está Cristo en el centro de más personas? ¿Están nuestras sociedades y nuestras familias más cristianizadas que cuando se instituyó aquella fiesta? Con tristeza debemos decir que el Señor Jesús no sólo se ha hecho más presente en los corazones, familias y sociedades modernas, sino que ha sido cada vez más relegado y rechazado, incluso en las naciones de antiguo cuño católico.


Ante esta dolorosa realidad la fiesta de “Cristo Rey” sigue llamándonos hoy como ayer a trabajar por poner al Señor Jesús en el centro de nuestras vidas, familias y sociedades.


Y dado que todo cambio en la familia o sociedad necesariamente pasa por el tema de mi propia conversión, debo preguntarme: ¿Reina Cristo verdaderamente en mí? ¿Es Él el centro de mi vida? ¿Se refleja su señorío en mi vida, en mi modo de pensar y de actuar? ¿Me esfuerzo por ser un hombre o mujer de oración, medito continuamente las enseñanzas del Señor, busco en Él las fuerzas necesarias a través de los sacramentos de su Iglesia y pongo todo empeño en poner en práctica mi fe? ¿Hago del Domingo verdaderamente el “Día del Señor”, dándole la centralidad a la Misa? ¿Quiero dar la vida por Cristo y por la proclamación de su Evangelio? ¿Procuro dar un valiente testimonio del Señor aun cuando sólo encuentre burla y oposición?


Consideremos las palabras del Señor, que afirma de sí mismo: «Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Si en eso consiste su reinado, preguntémonos sinceramente: ¿Soy yo “de la Verdad”, es decir, escucholas palabras de Cristo, las atesoro y guardo en mi memoria y corazón y vivo de acuerdo a la Verdad que Él me enseña? ¿Procuro obrar de acuerdo a lo que Él me enseña en el Evangelio? ¿Obedezco a las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, conforme a lo que Él mismo dijo: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza» (Lc 10,16)? ¿O escucho antes las seducciones del mal, haciéndome eco de las consignas anticatólicas y anticristianas de un mundo cada día más descristianizado y enemigo de la Cruz (ver Flp 3,1)? ¿Quién ‘reina’ en mi corazón en el día a día?


Recordemos las palabras del Apóstol Pablo: «¡No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias!» (Rom 6,12). ¡Que en cambio reine el Señor en nuestros corazones! ¡Vivamos según la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Pongamos por obra sus palabras! ¡Hagamos lo que Él nos dice! Y así, perteneciéndole totalmente a Él, con la fuerza de su gracia y de su amor, luchemos y trabajemos infatigablemente por instaurarlo todo en Cristo, bajo la guía de Santa María.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, Él solo” (Jn 6,15). ¿Por qué hacerle rey? ¿No era rey, Él que se dio cuenta de que le querían hacer rey? Sí, era rey. Pero no un rey como los hacen los hombres. Era un rey que da el poder a los hombres para reinar. Quizá Jesús nos quiere dar aquí una lección, Él que suele convertir sus acciones en enseñanzas... Tal vez este “pretender proclamarlo rey” era adelantar el momento de su reino. En efecto, Jesús no había venido para reinar en este momento, lo hará en el momento que nosotros invocamos al decir: “que venga a nosotros tu reino”. Como Hijo de Dios, como Verbo de Dios, el Verbo por quien todo fue hecho, reina siempre con el Padre. Pero los profetas anunciaron también su reino como Cristo hecho hombre que reúne a sus fieles. Habrá, pues, un reino de cristianos, el reino que está establecido actualmente, que se prepara, que ha sido comprado con la sangre de Cristo. Más tarde este reino se manifestará, cuando resplandecerá en sus santos, después del juicio pronunciado por Cristo». San Agustín


«Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos». San Cipriano


«¡Curémonos, hermanos, corrijámonos! El Señor va a venir. Como no se manifiesta todavía, la gente se burla de Él. Con todo, no va a tardar y entonces no será ya tiempo de burlarse. Hermanos, ¡corrijámonos! Llegará un tiempo mejor, aunque no para los que se comportan mal. El mundo envejece, vuelve hacia la decrepitud. Y nosotros ¿nos volvemos jóvenes? ¿Qué esperamos, entonces? Hermanos ¡no esperemos otros tiempos mejores sino el tiempo que nos anuncia el Evangelio. No será malo porque Cristo viene. Si nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús, el rey esperado por Israel


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3,13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,2). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2,36).


El reinado de Cristo ya se ha inaugurado, y no tendrá fin


664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».

Al Señor Jesús le ha sido dado todo dominio y potestad


447: [Jesús] Es SEÑOR en este sentido [divino] porque tiene «dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado».


449: Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo...


450: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12), sino el nombre de JESÚS.


CONCLUSION


«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»


Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C – 24 de noviembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 23,35-43


«Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo» son las expresiones con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, Rey del universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres era el siguiente: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Lucas 23,35-43). Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (segundo libro de Samuel 5,1-3), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les escribe: «El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Colosenses 1,12-20).


 David, el rey de Israel


Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus del Norte y las del Sur.


Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) reinando siete años en Hebrón . La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle también su rey. «El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel». Fue un paso decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá. El pacto entre rey y pueblo tenía consecuencias legales ya que implicaba un juramento de lealtad mutua, así como una serie de cláusulas. Los ancianos son los responsables de todo el pueblo y hacen de intermediarios en la unción.


«Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!»


Como ya hemos mencionado, este Domingo celebramos a Jesucristo como Rey del universo. Pero el Evangelio parece ser el menos adecuado para celebrar la realeza de Jesús ya que nos presenta a Jesús crucificado en medio de dos malhechores y siendo objeto de burla. ¡Nada más opuesto a nuestra imagen de lo que debería ser un rey! El pueblo estaba mirando este dantesco espectáculo mientras los magistrados lo despreciaban diciendo: «Que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido», y los soldados se burlaban de Él diciendo: «Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!».


Aunque lo hacen por burla, es interesante notar los títulos que le asignan: Cristo de Dios, Elegido, Rey de los Judíos. Todos esos títulos evocan a David, el gran rey de Israel. Justamente para entender el significado de éstos títulos hay que saber que Dios había elegido a David, que había mandado a Samuel a «ungirlo» rey y le había prometido: «Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente».» (2Sam 7,12.16). David fue el último rey que tuvo todas las tribus de Israel unidas bajo su mando. A medida que el tiempo pasaba, se recordaba el reinado de David como un tiempo paradigmático de prosperidad, de independencia de la nación, de fidelidad a las leyes de Dios. Se esperaba para el futuro un tiempo semejante, que sería el tiempo del «hijo de David», del «ungido de Dios» que daría cumplimiento a todas las profecías.


«Hoy estarás conmigo en el paraíso…»


Pero lo que ocurre a continuación nos revela a Cristo en toda su grandeza y en plena posesión de su realeza. Él es Rey al modo de Dios y no al de los hombres. Entre los hombres el Rey está del lado de los grandes y poderosos del mundo; según la expectativa de Israel, en cambio, que es la de Dios, el Rey tiene la misión de hacer justicia al pobre y al desvalido, y su oficio propio es la misericordia. Este oficio es imposible que puedan cumplirlo los reyes que ha conocido la historia humana, salvo escasas excepciones, porque ellos no tienen experiencia del sufrimiento humano, ni han sido víctimas de la injusticia de los poderosos. Cristo, en cambio, es el «varón de dolores conocedor de dolencias» (Is 53,3); «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados» (Hb 2,1).


Ante la cruz de Jesús se produce una divergencia entre los malhechores. Uno lo insultaba y se burlaba de Él; el otro hace esta magnífica declaración: «Nosotros somos condenados con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y agregaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Y recibe esta respuesta: «Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Tal vez nunca ha resultado más claro el misterio de la absoluta gratuidad de la salvación. ¿Por qué un ladrón rechazó a Cristo y el otro lo confesó y fue salvado? ¿Qué mérito previo tenía uno u otro? Si algo merecían ambos por sus hechos era la condenación y la muerte. Ésta es la historia de todos los hombres.


En efecto, una verdad esencial de la fe cristiana es que todos los hombres somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios. Ante Dios todos somos igual que los ladrones. Nadie puede argüir mérito alguno para merecer la salvación. La salvación es puro don gratuito conquistado al precio de la sangre de Cristo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Pero, el misterio de la libertad humana hace que se repita siempre la historia de los dos ladrones y en la misma proporción, tal como lo anunció Jesús: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34).


¿Qué vio el buen ladrón en Jesús para reconocerlo como rey?


¿Qué vio el buen ladrón en este hombre crucificado ya próximo a la muerte para reconocerlo como Rey y rogarle que se acuerde de él? El poder humano nunca ha convertido a nadie. En cambio, el testimonio de amor y de serenidad de los mártires es algo superior a todo lo humano, es una demostración clara del poder de Dios. Y esto sí que convierte. Ningún ser humano condenado injustamente a una muerte tan cruel e ignominiosa puede decir: «Padre, perdónalos, porque no sabenlo que hacen» (Lc 23,34), a menos que actúe el poder de Dios en él. De lo contrario, es absolutamente imposible. Y esto es lo que vio el buen ladrón, y de golpe supo quién era Jesús y comprendió que su palabra era la verdad. Por eso, mientras los otros se burlan de su realeza, él lo reconoce realmente como Rey. También fue fecunda la sangre de Cristo en el centurión, quien al ver lo sucedido, «glorificaba a Dios diciendo: ‘Ciertamente este hombre era justo’». Y es fecunda en todos los que han de ser reconciliados.


Esa misma fecundidad es comunicada a la sangre de los mártires. Por eso un antiguo axioma afirma: «Sangre de mártires, semilla de cristianos». Un ejemplo notable se registra en el martirio del sacerdote jesuita, Edmund Campion, quien fue condenado a la horca y el descuartizamiento en la persecución de la reina Isabel de Inglaterra en 1581. Asistía a este espectáculo un joven de nombre Henry Walpole, hombre de buena familia, poeta satírico de cierto genio, superficial, interesado en mantener buenas relaciones con el régimen. En el momento en que fueron arrancadas las entrañas del sacerdote mártir, una gota de sangre salpicó su manto. Él mismo confiesa que en ese instante fue arrebatado a una vida nueva. Cruzó el canal para entrar al Seminario y hacerse sacerdote; volvió a la misión en Inglaterra y después de trece años sufrió el mismo martirio que Edmund Campion en la cárcel de York.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca 1 Co 13,8. Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza. Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.


En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo está lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación detomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».


Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.


Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.


En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Estapersona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que, con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo».


Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. 20 de noviembre del 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. «Es necesario que Él reine» (1Cor 15, 25), escribió San Pablo refiriéndose a Cristo. ¿Qué tanta importancia le doy a mi relación con Jesús? ¿Qué espacio ocupa en mi vida, en mi familia?

2. «No ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» Mt 20, 28. ¿Yo entiendo que debo de ejercer la autoridad como un puesto de servicio?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446- 483.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


El que persevere hasta el fin se salvará

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee noviembre Ee 2019 a las 15:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXIII ORDINARIO


17-23 de Noviembre del 2019



“El que persevere hasta el fin se salvará”


Mal 3,19-20: “Los iluminará un sol de justicia”


Miren que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos arderán como paja, y los quemará el día que ha de venir —dice el Señor de los ejércitos—, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salvación en las alas.


Sal 97,5-9: “El Señor llega para regir los pueblos con rectitud”


Toquen la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamen al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.


2Tes 3,7-12: “Trabajen en paz para ganarse el pan”


Hermanos:

Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre ustedes sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Porque cuando vivimos con ustedes les dimos esta norma: El que no quiera trabajar, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, sin hacer nada, y entrometiéndose en todo. Pues a estos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen en paz para ganarse el pan.


Lc 21,5-19: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”


En aquel tiempo, algunos hablaban del templo, admirados de la belleza de sus piedras y de las ofrendas que lo adornaban. Jesús les dijo:

— «Esto que ustedes contemplan, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».

Ellos le preguntaron:

— «Maestro, ¿cuándo será eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contestó:

— «Cuidado con que nadie los engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca”. No vayan tras ellos. Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida».

Luego les dijo:

— «Se alzará nación contra nación y reino contra reino, habrá grandes terremotos y, en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también cosas espantosas y grandes señales en el cielo.

Pero, antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Así tendrán ocasión de dar testimonio de mí.

Hagan el propósito de no preocuparse por su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ninguno de sus adversarios.

E incluso serán traicionados por sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos. Y a algunos de ustedes los matarán, y todos los odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de su cabeza se perderá. Gracias a la constancia salvarán sus vidas».


NOTA IMPORTANTE


La construcción del segundo Templo de Jerusalén había sido iniciada el año 19 a.C. por Herodes el Grande. Se alzaba sobre las ruinas del primer Templo, construido por el rey Salomón casi diez siglos antes sobre la colina más alta de Jerusalén, el monte Moria, y destruido en el siglo VI a.C. por los babilonios. Para el momento en que los discípulos de Jesús comentan sobrecogidos de asombro la grandiosidad y belleza de este edificio, el imponente Templo llevaba ya 46 años en construcción.


Pero más allá del espectáculo impresionante que a la vista ofrecía el Templo, su significado para el pueblo de Israel era de una trascendencia tremenda. El Templo de Jerusalén era considerado la “casa del Señor”, el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo, y como tal, era el centro del culto divino para Israel, lugar de peregrinación de todo judío fiel que con su familia acudía «todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua» (Lc 2,41).


En aquel Templo el Señor Jesús cuando niño fue presentado y consagrado a Dios por sus padres, cuarenta días después de su nacimiento (ver Lc 2,22s). Con Él iban anualmente al Templo para la fiesta de la Pascua judía (ver Lc 2,41). Fue allí, en la «casa de mi Padre» (Lc 2,49), donde María y José lo encontraron luego de perderse cuando tenía doce años, rodeado de doctores de la ley que alababan su precoz sabiduría (ver Lc 2,42ss).


Para cuando ya adulto el Señor se encuentra en el mismo Templo seguido de sus discípulos, aquella obra maestra de arquitectura arranca palabras de encomio y admiración de algunos. Mas el Señor no responde como uno podría esperar, alabando también Él la majestuosidad del Templo, sino que en cambio lanza su mirada al futuro y anuncia su completa y total destrucción: «Esto que ustedes contemplan, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido».


Esta dura e inesperada predicción la lanza el Señor en el contexto de su ya próxima Pascua. En efecto, “su hora”, el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección, se hallaba ya cercano. No es de sorprender, pues, que el pensamiento del Señor estuviese puesto en las cosas que habían de venir.


El anuncio del Señor produjo una evidente inquietud: «¿Cuándo será eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?» La pregunta de los discípulos es doble. En primer lugar preguntan cuándo tendrá lugar la destrucción del Templo, e inmediatamente añaden la pregunta sobre el fin del mundo. La importancia del Templo para los judíos era tal que en la mente de los discípulos su destrucción era la antesala del fin del mundo y del advenimiento final del Mesías.


La respuesta del Señor no implicaba que uno y otro acontecimiento estuviesen estrechamente unidos en el tiempo, pero tampoco excluía la posibilidad. En su respuesta hace una distinción entre el momento de la destrucción del Templo y el fin del mundo: «eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida» (Lc 21,9). Y si para la destrucción del Templo el Señor anunciaba que «no pasará esta generación hasta que todo esto suceda» (Lc 21,32), para el fin del mundo y su vuelta gloriosa el Señor afirmaba: «de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32).


El primero de los sucesos anunciados ocurrió el año 70 d.C., durante la primera generación de cristianos, tal y como lo había anunciado el Señor. Guerras y revoluciones precedieron a la destrucción del Templo. En Jerusalén se encendieron muchas agitaciones internas, azuzadas por mesías políticos que prometían liberar al pueblo elegido del dominio extranjero. Cansados de las continuas sediciones judías los romanos decidieron arrasar la ciudad santa de Jerusalén y destruir el Templo. Desde entonces en el judaísmo ya no hay Templo, ni holocausto, ni sacrificio. Lo único que subsistió a aquella terrible devastación fue una parte del fundamento de aquel magnífico edificio, conocido hoy como “el muro de los lamentos”.


Otros serán los signos que precedan el fin del mundo: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,25-27).


Finalmente advierte el Señor a sus discípulos que antes de sobrevenir el fin del mundo sufrirán una fuerte persecución por causa de su Nombre. La perseverancia será decisiva en medio de las duras pruebas: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Ser cristiano o cristiana en el mundo de hoy no es cosa fácil. Quienes quieren ser de Cristo, quienes optan por tomar en serio sus enseñanzas y buscan instaurarlo todo en Él, experimentan inmediatamente la oposición, la burla, el desprecio, el rechazo o la persecución no sólo de los enemigos de Cristo, sino incluso de amigos y familiares.

A quien tiene el coraje de profesar su fe viviendo una vida coherente con el Evangelio de Jesucristo se le acusa no pocas veces de “tomarse las cosas demasiado en serio”, invitándosele a no ser “tan fanático”. La presión recibida por los cristianos para que se acomoden al estilo de vida mundana que “todos” llevan es fuerte y persistente, más aún cuando se busca ser coherente. Un cristiano así será perseguido, pues «es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas» (Sab 2,14-15).

A nuestros hijos se les invita continuamente a pensar y actuar “como todos los demás”, a seguir “las modas”, a confundirse con el montón, a traicionar sus anhelos más profundos de felicidad, a silenciarlos llevando una vida superficial o inmoral, a vivir sumergidos en la borrachera que producen los placeres, o el poder o el tener.


Ante la abierta o también sutil pero intensa e incesante persecución que sufrimos y sufriremos los católicos, tenemos dos posibilidades: o nos amoldamos al mundo y a sus criterios, haciendo lo que todos hacen y pensando como todos piensan para pasar desapercibidos, o perseveramos firmes en la fe, confiados en el Señor, aunque ello nos cueste “sangre, sudor y lágrimas”, aunque nos cueste de momento la dolorosa incomprensión de nuestros familiares o amigos, con la conciencia de que con nuestra perseverancia estaremos ganando la vida eterna que el Señor nos tiene prometida (ver Lc 21,19).


¿Cuál es mi opción? ¿Estoy dispuesto a perseverar en la vida cristiana contra viento y marea?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Era muy cierto que había de ser destruido el templo construido por los hombres; porque nada hay de lo hecho por los hombres que no sea destruido por la vejez, o derribado por la fuerza, o consumido por el fuego. Sin embargo, hay otro templo, a saber, la sinagoga, cuya obra antigua se destruyó al levantarse la Iglesia. También hay un templo en cada uno de nosotros, que se destruye cuando falta la fe y principalmente cuando alguno invoca en falso el nombre de Jesucristo, lo que violenta su conciencia». San Ambrosio


«El Señor dice los males que habrán de ocurrir antes del fin del mundo para que, anunciados así, se inquieten menos los hombres en lo futuro. Hieren menos las flechas que se previenen… Las guerras son propias de los enemigos, y las sediciones de los ciudadanos, para que sepamos, pues, que seremos turbados exterior e interiormente, dice que tendremos que sufrir de nuestros enemigos y de nuestros hermanos». San Gregorio


«Éste es el precepto de nuestro Señor y Maestro: El que persevere hasta el fin se salvará… Es necesario, hermanos muy queridos, tener paciencia y perseverar, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar esa misma verdad y libertad; porque el hecho de ser cristianos nos exige la fe y la esperanza; pero, para que esta fe y esta esperanza puedan obtener su fruto, nos es necesaria la paciencia. Pues nosotros no buscamos la gloria presente, sino la futura... La esperanza y la paciencia son necesarias para llevar a buen término lo que hemos empezado, y para alcanzar lo que esperamos y creemos apoyados en la promesa divina». San Cipriano


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús y el templo


583: Como los profetas anteriores a Él, Jesús profesó el más profundo respeto al Templo de Jerusalén. Fue presentado en él por José y María cuarenta días después de su nacimiento. A la edad de doce años, decidió quedarse en el Templo para recordar a sus padres que se debía a los asuntos de su Padre. Durante su vida oculta, subió allí todos los años al menos con ocasión de la Pascua; su ministerio público estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén con motivo de las grandes fiestas judías.


584: Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado. Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: «No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará”» (Jn 2,16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo.


585: Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra. Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua. Pero esta profecía pudo ser deformada por falsos testigos en su interrogatorio en casa del sumo sacerdote y serle reprochada como injuriosa cuando estaba clavado en la cruz.


REFLEXION FINAL

con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»


Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 17 de noviembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 5-19


El presente y el futuro son dos categorías que de alguna manera marcan las lecturas en este penúltimo Domingo del ciclo litúrgico. Los «arrogantes y malvados» del presente serán arrancados de raíz el Día de Yahveh, mientras que los que «teméis mi Nombre» serán iluminados por el sol de justicia (Malaquías 3, 19-20 (4,1-2). Las tribulaciones y las desgracias del presente no deben perturbar la paz de los cristianos, porque, mediante su perseverancia en la fe, recibirán la salvación futura (San Lucas 21, 5-19). San Pablo invita a los tesalonicenses a imitarle en su dedicación al trabajo, aquí en la tierra, para recibir luego en el mundo futuro la corona que no se marchita (segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12).


He aquí que viene el Día…


Malaquías es el último de los profetas, de quien sólo conocemos el nombre «ángel, mensajero de Dios, mi mensajero». ¿Cuándo profetizó Malaquías? Por las alusiones a los matrimonios y a los diezmos, podemos ubicarlo en el tiempo de Esdras y de Nehemías, los grandes restauradores políticos y religiosos del Nuevo Israel después del exilio (hacía mediados del siglo V a.C.). Malaquías que es tan puntual en exigir la observancia de varios preceptos, abre su profecía a una visión más universalista de la salvación.


El capítulo tercero comienza y concluye con el anuncio de un mensajero que vendría, por delante del Señor. El texto hebreo incorpora los últimos seis versículos a este tercer capítulo con los números 19-24, sin embargo, en algunas versiones se colocan estos versículos en un capítulo nuevo (4,1-6). Cuando llegue el Día del Señor, entonces se verá la diferencia entre justos e impíos, diferencia que la situación terrena encubre. Para los arrogantes y los que cometen impiedad será como un fuego devorador. Para los justos, en cambio, nacerá el «sol de justicia» que la exégesis católica siempre ha identificado con el mismo Jesucristo. Es interesante notar como el último de los profetas concluya su profecía anunciando al primero de ellos: Elías, que vendrá a preparar la venida del Mesías. «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). Ese Elías que retorna será, en palabras del mismo Jesús, Juan Bautista. «Elías vino ya, pero no lo reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron» (Mt 17,12. Ver Lc 1,17).


El segundo Templo de Jerusalén


Uno de los misterios de la historia de Israel rodea a la destrucción del templo de Jerusalén. Es el templo que Jesús conoció y admiró, como todo judío de su tiempo. San Lucas comprendió que el templo era tan fundamental en la vida de un judío, que todo su Evangelio comienza en el templo y termina en el templo. En el tiempo de Jesús el templo de Jerusalén presentaba un aspecto imponente después de cuarenta y seis años de construcción (ver Jn 2,20). Las obras comenzaron durante el reinado de Herodes el Grande el año 19 a.C. Debió estar bastante concluido y ya en funciones, cuando Jesús, recién nacido (aprox. año 6 a.C.), fue presentado al templo por sus padres. Pero no cesó de ser acrecentado y embellecido, de modo que cuando Jesús llega a Jerusalén para enfrentar su pasión y muerte, se decía con orgullo: «El que no conoce el templo de Jerusalén no sabe lo que es bello». Esto explica que algunos hicieran notar a Jesús la belleza del templo, esperando de Él un comentario de encomio; pero el comentario que Jesús hace debió dejarlos desconcertados: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Esta es una sentencia profética que recuerda la destrucción del primer templo, el templo de Salomón, y por eso, causará tanta indignación de las autoridades judías.


Todos sabían en Israel que el primer templo había sido destruido cuando Dios lo abandonó a causa de la infidelidad de su pueblo. En ese tiempo correspondió al profeta Jeremías, parado en el patio del templo, hacer el anuncio profético: «Así dice el Señor: Si no me oís para caminar según mi ley que os propuse… entonces haré con esta Casa como hice con Silo y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la tierra» (Jer 26,4.6). Este oráculo trajo a Jeremías graves problemas: «Oyeron los sacerdotes y profetas y todo el pueblo a Jeremías decir estas palabras en la Casa del Señor… y lo prendieron diciendo: ‘¡Vas a morir! ¿Por qué has profetizado en nombre del Señor, diciendo: Como Silo quedará esta Casa…?»”. La destrucción del lugar santo de Silo era proverbial. La profecía de Jeremías se verificó y el templo de Salomón fue destruido en el año 587 a.C. por las tropas de Babilonia que arrasaron con Jerusalén y llevaron el pueblo al exilio . Ahora Jesús anunciaba la misma suerte para este segundo templo . Poco antes, llorando sobre Jerusalén, había indicado el motivo: «Vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán…y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19,43.44). Los oyentes debieron haber quedado estupefactos ante estas palabras y, seguramente, también llenos de escepticismo. ¡Imposible que sea destruido el templo de Jerusalén! ¡Eso sería el fin del mundo! Por eso, preguntan: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Jesús indica una serie de eventos que ocurrirán; pero ellos pensaban que se refería más bien al fin de la historia que a la destrucción del templo. Por eso Jesús termina con estas palabras: «Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27).


La destrucción del Templo de Jerusalén


La destrucción del templo de Jerusalén ocurrió en el año 70 d.C. cuando Tito, el jefe de las tropas romanas, quiso reducir al último bastión de la resistencia judía. Cuando Jesús predijo su destrucción faltaban aún 30 años para llevarlo a término. Cuando se terminó de construir completamente, en el año 64 d.C., quedaron sin trabajo 18.000 obreros. ¡Seis años después sería reducido a cenizas!


Todos los intentos sucesivos de la historia por reconstruirlo han fracasado; hoy día ya es imposible, porque en la explanada del templo, construyeron los musulmanes en el siglo VIII la mezquita de Omar y poco después la mezquita de Al Aqsa, haciendo de esa explanada el segundo lugar sagrado del Islam, después de La Meca. Si ya la tensión entre judíos y musulmanes es grande, ¿qué no sería si los judíos intentaran reconstruir allí el templo? Pero tampoco pueden, aunque quisieran. Ningún judío puede poner pie allí. Es que no se sabe cuál era la ubicación exacta del Sancta Sanctorum, es decir, del lugar más sagrado donde nadie, fuera del Sumo Sacerdote, podía entrar una vez al año. Subir a la explanada sería exponerse a pisar ese lugar. Por eso hoy día se cumple otra de las profecías pronunciadas por Jesús: «Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» (Lc 21,24). Esta profecía ciertamente se refiere a la destrucción del templo. Ese lugar no lo pisa hoy ningún judío.


«Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?»


En la pregunta a Jesús acerca de las señales se pasa imperceptiblemente de la destrucción del Templo a los acontecimientos finales. Por eso se pide una señal «de todas estas cosas». Y Jesús indica algunas señales que serán previas al fin. En primer lugar, dice: «Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les creáis». La señal es la usurpación, pero los fieles no se dejarán engañar, porque la venida final del Hijo del hombre no se compara con nada de esta historia: «Os dirán: ‘Vedlo aquí, vedlo allá’. No vayáis ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día» (Lc 17,23-24). Su venida será inconfundible.


La segunda señal es ésta: «Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo». Pero antes que esto debe verificarse la tercera señal: «Os echarán mano y os perseguirán… seréis odiados por todos a causa de mi nombre». La persecución sufrida por Cristo será fuente de alegría: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien… por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6,22-23). Jesús promete el premio de la vida eterna al que persevere en medio de la prueba: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». En realidad, son signos imprecisos que han estado en acción desde que Jesús dejó la escena de este mundo. Por eso el fin puede acontecer ya en cualquier momento. Lo que es firme es que ese Día será dulce y vendrá como algo largamente anhelado por los que aman a Cristo y repiten continuamente: «Ven, Señor Jesús». Y será terrible para los que viven ajenos a Dios y despreocupados gozan de este mundo.


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) consiste en la primera parte de un discurso de Jesús: sobre los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, en las inmediaciones del templo; y la ocasión se la dio precisamente la gente quehablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida» (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención de estos aspectos secundarios —¿cuándo será? ¿cómo será?—, la desplaza a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor.


Este discurso de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el siglo XXI. Él nos repite: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre» (v. 8). Es una invitación al discernimiento, esta virtud cristiana de comprender dónde está el espíritu del Señor y dónde está el espíritu maligno. También hoy, en efecto, existen falsos «salvadores», que buscan sustituir a Jesús: líder de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: «¡No vayáis tras ellos!». «¡No vayáis tras ellos!».


El Señor nos ayuda incluso a no tener miedo: ante las guerras, las revoluciones, pero también ante las calamidades naturales, las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas. El segundo aspecto nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús anuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán sufrir, por su causa. Pero asegura: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios. Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más a Él, a la fuerza de su Espíritu y de su gracia.


En este momento pienso, y pensamos todos. Hagámoslo juntos: pensemos en los muchos hermanos y hermanas cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. Son muchos. Tal vez muchos más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos. También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto; tenemos admiración por su valentía y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas, que en muchas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Les saludamos de corazón y con afecto». Papa Francisco. Ángelus.


Domingo 17 de noviembre de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», nos dice San Pablo. ¿Trabajo realmente por el Reino? ¿De qué manera concreta?

2. «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre» es una frase muy fuerte. ¿Soy coherente con mis opciones de fe? ¿Soy perseverante o me acomodo a la opinión de los demás?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988- 1019.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!



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