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Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee septiembre Ee 2019 a las 23:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXIV ORDINARIO


15 - 21 DE SEPTIEMBRE DEL 2019



“¡Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado!”


Ex 32, 7-11.13-14: “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”


En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

— «Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que yo les había señalado. Se han

hecho un becerro de metal fundido, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».

Y el Señor añadió a Moisés:

— «Veo que este pueblo es un pueblo terco. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

— «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a sus descendientes para que la posean por siempre”».

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.


Sal 50, 3-4.12-13.17.19: “Me pondré en camino, volveré a mi padre”


Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


1 Tim 1, 12-17: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”


Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me ha fortalecido y me consideró digno de confianza al encomendarme este ministerio, a pesar de que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente.

Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.

Pueden fiarse y aceptar sin reserva lo que les digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en Él y tendrán vida eterna.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por siempre. Amén. LcLc 15, 115, 1--32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador 32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”que se convierta”

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

— «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

— «Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y va a los vecinos para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la oveja que se me había perdido”.

Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la moneda que se me había perdido”.

Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo:

— «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes.

Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer.

Entonces recapacitó y se dijo:

“¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino, e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”.

Se puso en camino hacia donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

El hijo empezó a decirle:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado”.

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba convencerlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar para él el ternero más gordo”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».


NOTA IMPORTANTE


Los fariseos se entregaban totalmente al estudio de la Ley dada por Dios a Moisés así como de las “tradiciones de los padres”. Sus miembros se daban al riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley, especialmente en lo tocante al descanso sabático, a la pureza ritual y a los diezmos. El nombre con el que conocemos a esta facción religiosa de los judíos procede del arameo “perissayya” y del hebreo “perusim”, que se traduce literalmente por “los separados”. Este calificativo, impuesto probablemente por sus adversarios, refleja el hecho de la separación radical de la muchedumbre a la que les llevó su estricta observancia de la Ley, pues consideraban “impuros” a todos aquellos que a diferencia de ellos incumplían la Ley, especialmente a quienes vivían en pecado público, como las prostitutas y los recaudadores de impuestos, también llamados “publicanos”. En resumen, los fariseos no se juntaban con “los pecadores”, y menos aún comían con ellos.


Se entiende entonces por qué se escandalizan ante la actitud del Señor Jesús: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1), murmuraban entre ellos. ¿No era Él también un maestro? ¿Cómo podía permitir que se le acercasen «los publicanos y los pecadores a escucharle»? Peor aún, ¿cómo podía compartir con ellos la mesa, signo de acogida, de comunión?


El Señor Jesús quiere hacer entender una vez más a aquellos fariseos y escribas de duro corazón que Dios es un Padre misericordioso que se preocupa por la vida y eldestino de todos sus hijos, no sólo de los fariseos. Quiere hacerles entender que Dios es un Padre clemente que, porque para Él lo más importante es recuperar cada hijo perdido, está siempre dispuesto al perdón. Y porque es Padre que ama, es capaz de abrazar y acoger al más pecador de los pecadores, cuando vuelve arrepentido a Él. Lejos del corazón de Dios Padre está tratar al hijo como merecen sus culpas, con un castigo proporcionado a sus pecados, con el rechazo, con el desprecio, despojándolo de su dignidad de hijo. Todo lo contrario, el amor del Padre es tan grande que no duda en enviar a su propio Hijo para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). Es por ese amor que «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (2ª. lectura).


Las dos primeras parábolas presentadas por San Lucas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.


El proceso de ruptura, la posterior conversión y reconciliación de un pecador es descrito magníficamente con la parábola llamada del “hijo pródigo”, aunque más propiamente debería llamarse parábola del Padre misericordioso.


En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13; ver también: Mt 12, 7; 23, 23; Lc 10, 37).


La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7, 1ss), a los samaritanos (Lc 10, 33ss;


17, 16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5, 32; 15, 1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4, 18; 6, 20; 7, 22; 14, 13; 18, 22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).


¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.


El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.


¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana eldon de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.


Por el Sacramento del Bautismo el Don de la Reconciliación alcanza a todo ser humano: «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405; ver 1263-1265). De este modo hemos sido reconciliados con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con toda la creación.


Pero además de este sacramento «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1446). En el sacramento también llamado de la reconciliación se da verdaderamente el encuentro de nuestra miseria con la misericordia del Padre, el abrazo entre el hijo pródigo y el Padre misericordioso. Allí todos nuestros pecados, incluso los más vergonzosos o graves, los que ni otros ni nosotros mismos nos perdonamos, encuentran verdaderamente el perdón de Dios. ¡El amor de Dios es siempre más grande que nuestros pecados!


¿Soy consciente del regalo inmenso que significa este sacramento? ¿O desprecio yo el modo como Dios mismo ha querido que su misericordia llegue a mí, pensando que “yo no necesito contarle mis pecados a un cura”, y que “yo me confieso directamente con Dios”? La confesión no es invento de los curas. Cristo mismo quiso que el perdón ofrecido por Dios fuese administrado por sus ministros: «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). La costumbre protestante de confesarse “directamente con Dios” despreciando el sacramento de la reconciliación, va en contra de la voluntad misma del Señor Jesús.

Y tú, ¿cargas con algún pecado vergonzoso o “imperdonable” en tu consciencia? ¿No quieres volver al Padre, humilde y arrepentido? ¿No quieres alcanzar el perdón y la paz de tu corazón? ¿Te retiene el miedo o la vergüenza? ¡Vence tu vergüenza, tu miedo o tu inercia! ¡Busca humilde y arrepentido el perdón de Dios en el Sacramento de la Misericordia del Padre, el Sacramento de la Reconciliación! Para que una vez perdonado y reconciliado, fortalecido por la gracia divina, puedas nuevamente vivir día a día conforme a tu dignidad de hijo o hija amada del Padre.


Perdonado y reconciliado, ¡haz brillar en ti, mediante una conducta santa, la Imagen de quien es el Hijo por excelencia, la Imagen de Cristo mismo!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No carece de significado que Lucas nos haya presentado tres parábolas seguidas: La oveja perdida se había descarriado y fue recobrada, la dracma perdida fue hallada; el hijo pródigo que daban por muerto lo recobraron con vida, para que, solicitados por este triple remedio, nosotros curásemos nuestras heridas. ¿Quién es este padre, este pastor, esta mujer? ¿No es Dios Padre, Cristo, la Iglesia? Cristo que ha cargado con tus pecados te lleva en su cuerpo; la Iglesia te busca; el Padre te acoge. Como un pastor, te conduce; como una madre, te busca; como un padre te viste de gala. Primero la misericordia, después la solicitud, luego la reconciliación». San Ambrosio


«Alegrémonos, pues, que esta oveja que había perecido en Adán sea recogida en Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la cruz; aquí he clavado mis pecados, aquí, en el abrazo de este patíbulo he descansado». San Ambrosio


«El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. “He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. “Aunque culpable, yo iré donde mi padre”». San Pedro Crisólogo


«“Lo abrazó y lo cubrió de besos” (Lc 15, 20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra. “Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado”. (Sal 31, 1)» San Pedro Crisólogo


«No volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras de arrepentimiento que siguen: “Me levantaré”». San Gregorio Niceno


«Levántate, ven corriendo a la Iglesia: aquí está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo. Te sale al encuentro, pues te escucha mientras estás reflexionando dentro de ti, en el secreto del corazón. Y, cuando todavía estás lejos, te ve y se pone a correr. Ve en tu corazón, corre para que nadie te detenga, y por si fuera poco, te abraza... Se echa a tu cuello para levantarte a ti, que yacías en el suelo, y para hacer que, quien estaba oprimido por el peso de los pecados y postrado por lo terreno, vuelva a dirigir su mirada al cielo, donde debía buscar al propio Creador. Cristo se echa al cuello, pues quiere quitarte de la nuca el yugo de la esclavitud y ponerte en el cuello su dulce yugo». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


604: Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal; Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; ver Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» Rom 5, 8.


605: Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» Mt 20, 28; este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (ver Rom 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (ver 2 Cor 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc. Quiercy, año 853: DS 624).


1439: El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentarcerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.


1465: Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.


2839: Perdona nuestras ofensas... Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a El, como el hijo pródigo (ver Lc 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores ante El como el publicano (ver Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una «confesión» en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (ver Mt 26, 28; Jn 20, 23).


CONCLUSION


«Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta»


Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 15 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15,1-32


El corazón misericordioso del Dios resuena en el conjunto de las lecturas dominicales. En la Primera Lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14) escuchamos la música de la misericordia de Dios para con su pueblo, gracias a la intervención intercesora

de Moisés. En la primera carta de Pablo a Timoteo sentimos una cierta conmoción al oír la confesión que Pablo hace de la misericordia de Jesucristo hacia él (primera carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17). Pero descubrimos de manera elevada el amor de Dios por nosotros en las tres parábolas que recoge el Evangelio de San Lucas que se sintetizan en la parábola del Padre bondadoso (San Lucas 15,1-32).


El corazón compasivo de Dios


La misericordia de Dios es una de las constantes bíblicas y resumen de toda la historia de la salvación. Tal es el corazón de Dios que vemos en la Primera Lectura. Moisés, solidario con su pueblo, intercede ante el Señor por el pueblo que, infiel a la Alianza recién estrenada, ya había incurrido en la idolatría del becerro de oro. Moisés anticipa la figura de Jesucristo, nuestro Reconciliador ante el Padre.


El apóstol San Pablo es testigo excepcional de esta compasión, misericordia y perdón de Dios. En Pablo, que primero fue blasfemo y perseguidor de la Iglesia, se realizó plenamente lo que él afirma: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, siendo él el primero de todos. El amor que Dios ha derramado en el corazón de Pablo a hecho de él una «nueva criatura».


«Acoge a los pecadores y come con ellos…»


Para comprender el sentido de las parábolas descritas por San Lucas, es necesario observar la situación en que fueron dichas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él (a Jesús) para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’. Entonces Jesús les dijo esta parábola». Y siguen las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la de los dos hermanos. La murmuración es una crítica malévola e insidiosa. Es lo que hacen los escribas y fariseos en este caso. Jesús simplemente hablaba y exponía el camino de Dios, como solía hacerlo, y mientras Él hablaba, se acercaban a oírlo «todos» los publicanos y los pecadores. De comer no se dice nada. Pero la murmuración objeta que Él «acoge a los pecadores y que come con ellos».


Jesús no se detiene a discutir sobre un asunto que es cierto. Al contrario, reconoce la crítica como verdadera, y propone las parábolas para explicar su conducta. Es cierto que Jesús no desdeñaba comer con publicanos. En efecto, el mismo Evangelio de Lucas ha relatado antes la vocación de Leví, que era un publicano (ver Lc 5,27). Tal vez nunca cumple Jesús su misión con más fidelidad que asumiendo justamente esa conducta.


Al ver a Jesús acoger a los publicanos y pecadores y comer con ellos, tenemos que concluir, entonces: así es Dios. Esto se ve corroborado con las palabras del mismo Cristo: «Yo no hago nada por mi cuenta, sino que, lo que el Padre me ha enseñado; eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,28-29). Por lo tanto, que Jesús coma con publicanos y pecadores para procurar su conversión, eso agrada al Padre; aunque no agrade a los fariseos y escribas. La conducta de Jesús es la conducta de Dios, que «no se complace en la muerte del malva¬do, sino en que el malvado se convierta y viva» (Ez 33,11). A los fariseos y escribas, en cambio, no les interesa la conversión del pecador, ellos se complacen en la muerte del pecador y por eso murmuran.


Entre Jesús y los fariseos hay un cambio total de mentalidad. Ambos se aproximan a los pecadores y publicanos de manera distinta. Para unos se trata de unos infractores de la ley, para Jesús sin embargo son hermanos que necesitan que alguien les dé esperanza de una vida nueva. La conversión al cristianismo consiste en pasar de la mentalidad farisaica a la mentalidad de Cristo. Según los fariseos, para alcanzar a Dios, que es santo y trascendente, había que separarse del mundo profano, ignorar las relaciones humanas, sobre todo, evitar todo contacto con los pecadores.


La palabra «fariseo» significa precisamente eso: «separado». Cristo, en cambio, instituye una santificación que se alcanza haciendo el camino opuesto: el camino de la Encarnación y de la comunión con los hombres. Este dinamismo de comunión es el que llevaba a Jesús a hacerse solidario con los pequeños, los necesita-dos, los pecadores; es el que lo llevó a abajarse y a humillarse hasta la muerte, y muerte de cruz. Un «Cristo- Mesías -Ungido crucificado» era el escándalo máximo para los fariseos (ver 1Cor 1,23).


Las parábolas de la misericordia


El extenso Evangelio de hoy nos propone tres parábolas conocidas como «las tres parábolas de la misericordia». Ellas no sólo afirman que Dios perdona al pecador arrepentido, sino que tratan de enseñarnos que, en realidad, la conversión del pecador es ante todo obra de Dios mismo, que se afana -si puede decirse esto- y hace todo lo posible para que el pecador se convierta y vuelva a Él y una vez que lo ha conseguido se alegra Él y todos los ángeles con Él. La misericordia de Dios será siempre un misterio superior a nuestra limitada capacidad de comprensión. Sólo se puede contemplar y adorar. La primera parábola nos muestra la escena familiar de un pastor que, cuando pierde una de sus cien ovejas, deja las otrasnoventa y nueve y va en busca de la perdida. Hasta aquí llega la parábola. Ahora viene la enseñanza de Jesús: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».


La segunda parábola es semejante a ésta. Tiene la finalidad de reafirmar la misma enseñanza, proponiéndola con algún matiz diverso. Nos muestra otra escena familiar: una mujer que habiendo perdido una de sus diez dracmas (la dracma es una moneda griega equivalente a un denario, el salario diario de un obrero), enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra. Jesús explica: «Del mismo modo, os digo, se produce alegría ente los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


En estas dos parábolas ni la oveja perdida ni la dracma perdida hacen nada. Es el pastor y la mujer los que hacen el esfuerzo de buscarlos hasta encontrarlos. Cuando se trata del hombre, su situación de perdición, la desgracia en que se encuentran los perdidos, suscita la preocupación y la tristeza del pastor que no descansa hasta recuperarlos. Lo hace porque son suyos y porque los ama. Y los ama hasta el extremo de dejar solos a los que están bien. Es lo que hizo Dios: «Tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él» (ver Jn 3,16-17). Todo el esfuerzo de la recuperación del hombre perdido lo hizo Cristo, pagando la deuda del pecado con su propia sangre.


La tercera parábola es la conocida parábola del hijo pródigo o el padre misericordioso. Observaremos sólo la actitud del hermano mayor. Mientras todos se alegran y hacen fiesta -más que todos se alegra el Padre-, el hijo mayor se niega a participar en la fiesta y dice al Padre: «Hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya… y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El hijo mayor se considera justo; a él no hay nada que perdonarle, porque nunca ha dejado de cumplir una orden del Padre. Por eso se irrita de que el Padre pueda perdonar y acoger a su herma¬no, y él no lo perdona. La reconciliación entre hermanos exige que todos se reconozcan peca¬dores ante el único que nos ofrece gratuitamente su gracia reconciliadora: el mismo Dios.


Por eso no hay ninguno que no se encuentre, de una u otra forma, en la situación de la oveja perdida. No hay ninguno que no deba su salvación eterna a la muerte de Jesucristo en la cruz; no hay ninguno que no haya debido ser encontrado por Cristo y no haya sido llevado sobre sus hombros con alegría. «Todos nosotros como ovejas perdidas errábamos», dice el profeta Isaías (Is 53,6). Por eso no hay ningúnjusto -tanto menos noventa y nueve- que no tenga necesidad de conversión. El que se tiene a sí mismo por justo y considera que no tiene nada de qué pedir perdón a Dios, ése se excluye de la salvación de Dios obrada en Cristo y ése rehúsa el perdón al herma¬no. Pero ése es un soberbio que dice a Dios: «No tengo necesidad de tí para salvarme y estar bien». No existe nadie que no necesite conversión; por eso, todos estamos siempre en situación de producir alegría en el cielo. Un cristiano que conduce una vida buena, regular, pero plana y sin progreso, es un cristiano mediocre. Éste no produce ninguna alegría en el cielo. La vida cristiana debe ir en permanente progreso, de conversión en conversión, tendiendo siempre a la santidad (perfección del amor), es decir, a ese límite inalcanzable fijado por Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,4).


Una palabra del Santo Padre:


«Queremos reflexionar hoy sobre la parábola del padre misericordioso. Esta habla de un padre y de sus dos hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de Dios. Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).


Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, la sandalias. Jesús no describe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.


La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.


Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón delpadre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad».


Papa Francisco. Audiencia miércoles 11 de mayo de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. A la luz de la Segunda lectura, ¿soy consciente que debo de convertirme todos los días de mi vida?

2. Leamos detenidamente y hagamos un momento de oración sobre la parábola del padre misericordioso.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2341


GLORIA A DIOS


RCC-DRVC


El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

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DISCIPULADO DE LA RCC - DRVC


DOMINGO XXIII ORDINARIO


08 -14 de setiembre del 2019


“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”


Sab 9, 13-19: “¿Qué hombre conoce los proyectos de Dios?”


¿Qué hombre conoce los proyectos de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?

Los pensamientos de los mortales son frágiles, e inseguras nuestras reflexiones; porque el cuerpo mortal es un peso para el alma, y esta morada terrena oprime a la mente que medita. Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a nuestro alcance, pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?

Sólo así se enderezaron los caminos de quienes habitan la tierra, los hombres aprendieron lo que te agrada, y la sabiduría los salvó.


Sal 89, 3-6.12-14 y 17: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”


Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornen, hijos de Adán». Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde se marchita y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


Fil 9-10. 12-17: “Por el Evangelio sufro la prisión”


Querido hermano:

Yo, Pablo, ya anciano y ahora también prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como si te enviara mi propio corazón.

Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad.

Quizá él te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano muy querido.

Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como si me recibieras a mí.


Lc 14, 25-33: “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”


En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo:

— «Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, una vez puestos los cimientos, no pueda acabarla y se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de terminar”.

¿O qué rey, si va a dar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, envía delegados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo ustedes: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús es acompañado por mucha gente: «grandes multitudes iban con Él», dice el texto griego, literalmente traducido.


Es de notar que el Evangelista no dice que estas multitudes «lo seguían». Este término San Lucas lo reserva exclusivamente para los discípulos, y establece una diferencia entre quienes solamente acompañan al Señor Jesús sin comprometerse radicalmente con Él y quienes “lo siguen” o “caminan detrás de Él”, es decir, quienes lo toman como guía y maestro, quienes viven de acuerdo a sus enseñanzas y ejemplo. Si los primeros son multitud, los más comprometidos suelen ser tan sólo unos pocos.


¿A qué se debe que sean tan pocos los seguidores comprometidos del Señor? Ser discípulo de Cristo es sumamente exigente. El Señor habla con claridad de las exigencias de este seguimiento y afirma que no puede ser su discípulo quien no “odia” o “aborrece” a quienes más debería amar, es decir, a «su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas». Utilizamos el término “odiar” pues es la traducción literal de la palabra griega misei, utilizada por el Evangelista.


Sin embargo, no hay que entender esta expresión en sentido literal, como si el Señor Jesús exigiese un sentimiento de odio hacia las personas más queridas. Se trata, en cambio, de un modo de expresión hebreo para significar que el amor a Él debe estar por encima de todo otro amor o afecto humano, por más fuerte que ese amor sea. Por tanto, el Señor Jesús exige hacia su persona un amor supremo por el que el discípulo debe estar dispuesto a sacrificar incluso los vínculos más sagrados.


Pero las exigencias para el discípulo no se detienen allí: el que quiera seguir al Señor Jesús debe estar dispuesto asimismo a posponerse «incluso a sí mismo», es decir, a renunciar a su propia vida antes que negar al Señor. En resumen, el discípulo debe estar dispuesto a renunciar a lo que uno más se apega por amor a Él.


¿Pero cómo puede exigir el Señor Jesús un amor semejante? ¿No es esto una arrogancia inaudita, puro fanatismo? ¿En qué se diferencian sus exigencias de las de muchos exaltados caudillos que a lo largo de la historia han exigido a sus seguidores sacrificarlo todo y sacrificarse por ellos? Ciertamente sería puro fanatismo si Jesucristo fuese un hombre más, pero no lo es si Él verdaderamente es Dios. En este caso la exigencia del Señor Jesús coincide plenamente con el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma ycon toda tu fuerza» (Dt 6, 4-5; ver Lc 10,27). Quien ama al Señor Jesús sobre todo, no hace otra cosa que amar a Dios sobre todo y sobre todos.


Este amor supremo exigido por el Señor Jesús no se opone al recto amor debido a los padres, mujer, hijos, hermanos, o hacia sí mismo, sino que al contrario reordena esos amores y los lleva a su plenitud. Quien ama al Señor sobre todo, aprende a amar como Él y con sus mismos amores. Quien ama a Dios sobre todo y se nutre de ese amor divino, llega a amar plenamente como ser humano, con un amor que viene de Dios mismo. Quien en cambio no ama a Dios sobre todo, sino que antepone cualquier amor humano o amor egoísta al amor a Dios, manifestado en Cristo Jesús, queda vaciado del amor verdadero, quedará finalmente solo, defraudado, vacío.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Como entonces, también hoy los que “van con Cristo” por el camino son una muchedumbre. ¡Los católicos somos más de mil millones en el mundo entero! ¿Pero cuántos de entre esos millones de católicos bautizados son verdaderamente discípulos de Cristo?


En su Evangelio Lucas marca una diferencia fundamental entre “seguir” al Señor e “ir con Él de camino”. El que “va de camino” con Cristo lo ve como un gran hombre, un maestro sabio, alguien que acaso tiene que resolver inmediatamente sus problemas cuando sufre, pero que no se compromete con Él a fondo. ¡Cuántos lo siguen sólo mientras todo va bien, pero dejan de acompañarlo cuando sienten cansancio y fatiga, o cuando tienen otros asuntos “más importantes” que atender (ver Mt 22, 3-5), o cuando el lenguaje del Señor se torna “demasiado duro” (ver Jn 6, 60.66), cuando las exigencias y renuncias que propone son demasiado costosas (ver Mc 10, 21-22)! Sí, son muchedumbre los que acompañan al Señor un trecho, mientras no les pida sino aquello que están dispuestos a darle, mientras no les pida cargar sino la cruz que ellos quieren elegir y están dispuestos a cargar. En realidad, lo buscan y lo acompañan mientras algo puedan obtener de Él: una milagrosa curación (ver Mc 1, 32-37), un bien material (ver Lc 12, 13), la pronta solución de un problema, etc.


El seguimiento del Señor implica, en cambio, estar con Él siempre, implica seguirlo adonde Él vaya, permanecer junto a Él en las buenas y en las malas, no sólo cuando todo resulta fácil sino también cuando la cuesta se hace empinada. Y yo, ¿abandono al Señor cuando me pide “demasiado”? ¿Lo abandono por aferrarme a mis bienes materiales? ¿Antepongo el amor humano al amor al Señor?


¿Prefiero “sentirme querida”, consintiendo una situación de pecado, en vez de vivir como Él me enseña?


El Señor Jesús amó a María tanto como ningún hijo podrá jamás amar a su madre. Sin embargo, su amor al Padre lo llevó a cumplir fielmente su misión, aunque ello significase separarse de su Madre totalmente y verla sufrir tanto al pie de la Cruz. Su inmenso amor a María no fue un obstáculo para dar la vida, para sacrificarse Él mismo en favor de la humanidad entera. Al contrario, el amor a su Madre y a cada uno de nosotros lo impulsó a entregarse totalmente al cumplimiento de su misión reconciliadora.


Seguir verdaderamente al Señor Jesús implica necesariamente hacerse su discípulo, es decir, tomarlo como Maestro, ponerse a la escucha de sus enseñanzas, aprender de su estilo de vida, asumir sus criterios de juicio, su visión de la realidad, su aproximación a las cosas y a las personas. Ser discípulo de Cristo implica por sobre todo entrar en un proceso de transformación interior, sólo posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, proceso por el que nos vamos asemejando cada vez más a Él (ver Ef 4, 13; Gál 2, 20).


A quien quiera ser cristiano no sólo de nombre sino también de hecho, el Señor le pide amarlo a Él por sobre todas las cosas y personas, por más sagrados e intensos que sean los vínculos que nos unen a ellas. Al amarlo a Él sobre todo y sobre todos, el Señor Jesús nos enseña que el amor a nuestros padres, parientes, amigos y a todos los seres humanos se purifica, se eleva, adquiere finalmente una dimensión divina. Ese amor durará por toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El alma se enardece cuando oye hablar de los premios de la gloria y quisiera encontrarse allí, en donde espera gozar eternamente. Pero los grandes premios no pueden alcanzarse sino por medio de grandes trabajos». San Gregorio


«No manda el Señor desconocer la naturaleza, ni ser cruel e inhumano, sino condescender con ella, de modo que veneremos a su autor y que no nos separemos de Dios por amor de nuestros padres». San Ambrosio


«Aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora,puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio». San Gregorio


«Hay diferencia entre renunciar a todas las cosas y dejarlas, porque es de un pequeño número de perfectos el dejarlas —esto es, posponer los cuidados del mundo— mientras que es de todos los fieles el renunciarlas —esto es, tener las cosas del mundo de tal modo que por ellas no estemos ligados al mundo—». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a ser discípulos de Cristo


520: Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (ver Rom 15, 5; Flp 2, 5): Él es el «hombre perfecto» que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (ver Mt 5, 11-12).


562: Los discípulos de Cristo deben asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos (ver Gál 4, 19).


618: Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor:


Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa de Lima).


1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42).


2544: Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su Pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.


CONCLUSION


«El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío»


Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 8 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14,

25-33


¿Cómo ser discípulo del Señor? A lo largo de las lecturas veremos, cada vez con más claridad, cómo los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre: «la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1Cor 1,25). Los pensamientos del hombre se muestran, muchas veces, tímidos e inseguros ya que provienen de «un cuerpo corruptible» abrumado por las preocupaciones y marcado, no determinado, por el pecado (Sabiduría 9, 13-18). Es la sabiduría de Dios la que lleva a Jesús a manifestar claramente las condiciones para seguirlo y así ser un «verdadero discípulo» (San Lucas 14, 25-33). Finalmente vemos en la Segunda Lectura una bella expresión del discipulado, que nace de la fe y del amor, que lleva a Pablo a interceder por Onésimo ante Filemón (Filemón 1, 9b-10.12-17).


La Sabiduría de Dios


El libro de la Sabiduría, considerado el último del Antiguo Testamento (escrito alrededor del año 50 A.C.), es de corte humanista al estilo griego, cuyo influjo se hace notar, por ejemplo, en la distinción que establece entre el cuerpo y el alma (ver Sb 9,15). No obstante la sabiduría que vemos aquí no es la gnosis de la filosofía griega, sino es el conocimiento que se adquiere como don del Espíritu Santo que nos ayuda a entender los designios de Dios. La Primera Lectura hace parte de una oración para alcanzar la Sabiduría y viene a propósito del hechocontado en 1 Re 3,4-16; el sueño en que Salomón le pide a Dios sabiduría: «Concede a tu siervo un corazón atento para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal» (1Re 3,9). La condición indispensable para adquirir la sabiduría es tener un corazón humilde y sencillo. A los que aceptan cooperar con Él, Dios les concede la rectitud, la prudencia e incluso la autoridad para dirigir al Pueblo de Dios. Abraham, Moisés y sin duda la Virgen María; fueron llamados a realizar grandes obras (ver Lc 1, 49) porque pusieron toda su confianza en las promesas de Dios.


Pablo intercede por Onésimo


Filemón era un cristiano de una buena posición social, quizá convertido por el mismo San Pablo. Su esclavo Onésimo se había escapado, por alguna culpa, y había ido a parar a Roma, donde Pablo le ofreció refugio y lo convirtió. La fuga de Onésimo era delito por el que incurría en graves penas, y Pablo podría resultar cómplice. Pablo no intenta resolver el problema por la vía legal, aunque sugiere estar dispuesto a compensar a Filemón, más bien traslada el problema y su resolución al gran principio cristiano del amor y la fraternidad, más fuertes que la relación jurídica de amo y esclavo. Si es que Filemón ha perdido un esclavo, puede ganar un hermano; y Pablo será agente de reconciliación en este delicado caso (ver 2Cor 5,17-21). La carta debió ser escrita desde la prisión de Roma alrededor del 61-63.


«Caminaba con Él mucha gente…»


El Evangelio de hoy se abre con un cambio de escena. Estábamos, en la lectura del Domingo pasado, en una comida ofrecida en sábado por uno de los jefes de los fariseos, a la cual había sido invitado también Jesús. Allí, aprovechando esa situación, Jesús había dado diversas enseñanzas que tienen relación con un banquete. El Evangelio de hoy lo presenta en el camino seguido por una multitud: «Caminaba con Él mucha gente». Es difícil hacerse una idea de cuántos eran los que caminaban con Jesús. En otra ocasión el mismo evangelista dice que se reunieron para escuchar a Jesús «miríadas de personas hasta pisarse unos a otros» (Lc 12,1).


La palabra «miríada» es una transcripción de la palabra griega «myriás» que significa diez mil. Pero también se usa para designar un número indefinido muy grande, como usamos nosotros la palabra «millones». En todo caso, la imagen que se transmite es la de un gran número de personas que iban con Jesús por el camino. Es de notar que el evangelista evita cuidadosamente decir que esas numerosaspersonas «lo seguían», porque este término se reserva a sus discípulos. Y aquí se trata precisamente de discernir quiénes de entre esa multitud pueden llamarse «discípulos» de Jesús. Justamente en el Evangelio de hoy contiene la definición de lo que Jesús entiende por un discípulo suyo. Y esa definición no es puramente teórica, sino que tiene el valor particular de surgir de un hecho concreto de vida. Tres veces repite Jesús la misma fórmula, que parece desalentar a quien piense que seguirlo es algo bien visto, cómodo y placentero: el que no cumpla con tal cosa, «no puede ser discípulo mío».


¿Y cuál es el hecho concreto de vida del cual surgen esas tres expresiones? El Evangelio dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío… El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío… El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». A Jesús no le interesa tanto el número de los que lo acompañan; sino la radicalidad del seguimiento. Y por eso pone esas condiciones que son de una inmensa exigencia. Para ser discípulo de Jesús se exige una adhesión total. El que lee esas condiciones puestas por Jesús debe examinarse a sí mismo seriamente para ver si merece el nombre de cristiano.


En todo caso este nombre hay que usarlo con mucha mayor cautela. Los métodos de Jesús parecen ser diametralmente opuestos a los modernos sistemas de «marketing», donde se adopta todo tipo de técnicas y argucias para conseguir un adepto o un comprador. Jesús aparece también atentando contra la popularidad de la que necesitan los políticos para hacer prevalecer sus posturas. Sin embargo, la garantía de la verdad del mensaje de Jesucristo; es que Él mismo con su Muerte y Resurrección, la ratificó. «Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1Cor 15,14). Y afortunadamente tampoco la Iglesia de Cristo tiene la preocupación de la popularidad, pues no se empeña en complacer a los hombres, sino sólo a Dios. Por eso la Iglesia, aunque parezca incómoda e impopular, lo que nos enseña es la verdad. Precisamente la garantía de que su doctrina es la verdad es que no busca complacer los oídos de los hombres y mujeres.


¿Odiar a su padre o su madre, hermanos y hermanas…?


«Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío…». Ésta es la primera condición: «odiar» a los de la propia casa y hasta la propia vida. ¿Cómo se entiende esto? En realidad, Jesús nos manda «honrar padrey madre», como se lo dijo claramente al joven rico cuando le expuso los mandamientos que eran necesarios cumplir para alcanzar la vida eterna (ver Lc 18,20). El original griego «misei», de «odiar»; tiene el sentido de posponer, descuidar o amar menos. Es decir, debe entenderse en sentido relativo; quiere decir: «en la escala de valores no tenerlos en el primer lugar», o más precisamente, en una situación de conflicto entre el amor a Cristo y el amor a esas otras personas, hay que preferir a Cristo.


«Quien no carga su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío»


Aquí Jesús pone una condición ulterior. No se trata de amar a Cristo solamente, sino amarlo en su situación de total abajamiento, es decir, en la cruz, en ese estado en que todos lo abandonaron. La fidelidad a Jesús hasta este extremo es la prueba del verdadero discípulo. Tal vez nadie ha expresado mejor que San Pablo esta centralidad de la cruz. Por eso escribe a los Corintios: «Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1Cor 1,22-23). La cruz es para ellos (judíos y griegos) un obstáculo insuperable (escándalo), o bien, una demostración de insensatez. El discípulo de Cristo, en cambio, ve en Cristo crucificado la «fuerza de Dios y la sabiduría de Dios» (1Cor 1,24), y por eso, abraza su cruz con alegría y desea compartir con Cristo la ignominia de la cruz.


¿Renunciar a todos los bienes?


La fuerza de la tercera condición está en la expresión «renunciar a todos sus bienes», no sólo se trata de unos pocos bienes. Y para ilustrar esta condición, Jesús propone dos pequeñas parábolas: nadie se pone a construir una torre si no tiene con qué terminarla; nadie sale a combatir si sus tropas son insuficientes para hacer frente al enemigo. Asimismo, que nadie pretenda seguir a Cristo y ser discípulo suyo si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes. Tarde o temprano esos bienes le significarán un estorbo, como ocurrió con el joven rico: «se alejó de Jesús triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19,22). El Evangelio de hoy nos invita a examinar la radicalidad y la coherencia de nuestra adhesión a Jesús. El mártir San Ignacio de Antioquía en el siglo II conocía bien esta definición de discípulo de Cristo. Por eso cuando era llevado bajo custodia a Roma donde había de sufrir el martirio como pasto de las fieras, escribe a los cristianos de Roma para suplicarles que no hagan ninguna gestión que pueda evitarle el martirio, pues teme que para eso haya que transigir en algo de su adhesión a Cristo. Y agrega: «Más bien convenced a las fieras que ellas sean mi tumba y que no dejen nada de mi cuerpo…


Cuando el mundo ya no vea ni siquiera mi cuerpo, entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo».


Una palabra del Santo Padre:


Al inicio de la Cuaresma, la Iglesia «nos hace leer, nos hace escuchar este mensaje», dijo el Pontífice. Un mensaje que –afirmó– «podríamos titularlo el estilo cristiano: “Si alguien quiere seguirme, es decir, ser cristiano, ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Porque Él, Jesús, fue el primero en recorrer este camino». El obispo de Roma volvió a proponer las palabras del evangelio de Lucas: «El Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Nosotros «no podemos pensar en la vida cristiana —especificó— fuera de este camino, de este camino que Él recorrió primero». Es «el camino de la humildad, incluso de la humillación, de la negación de sí mismo», porque «el estilo cristiano sin cruz no es de ninguna manera cristiano», y «si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana».


Asumir un estilo de vida cristiano significa, pues, «tomar la cruz con Jesús e ir adelante». Cristo mismo nos mostró este estilo negándose a sí mismo. Él, aun siendo igual a Dios —observó el Pontífice—, no se glorió de ello, no lo consideró «un bien irrenunciable, sino que se humilló a sí mismo» y se hizo «siervo por todos nosotros».


Este es el estilo de vida que «nos salvará, nos dará alegría y nos hará fecundos, porque este camino que lleva a negarse a sí mismo está hecho para dar vida; es lo contrario del camino del egoísmo», es decir, «el que lleva a sentir apego a todos los bienes solo para sí». En cambio, este es un camino «abierto a los demás, porque es el mismo que recorrió Jesús». Por lo tanto, es un camino «de negación de sí para dar vida. El estilo cristiano está precisamente en este estilo de humildad, de docilidad, de mansedumbre. Quien quiera salvar su vida, la perderá. En el Evangelio, Jesús repite esta idea. Recordad cuando habla del grano de trigo: si esta semilla no muere, no puede dar fruto» (cf. Jn 12, 24).


Se trata de un camino que hay que recorrer «con alegría, porque —explicó el Papa— Él mismo nos da la alegría. Seguir a Jesús es alegría». Pero es necesario seguirlo con su estilo –insistió–, «y no con el estilo del mundo», haciendo lo que cada uno puede: lo que importa es hacerlo «para dar vida a los demás, no para dar vida a uno mismo. Es el espíritu de generosidad». Entonces, el camino a seguir es éste: «Humildad, servicio, ningún egoísmo, sin sentirse importante oadelantarse a los demás como una persona importante. ¡Soy cristiano…!». Con este propósito, el Papa Francisco citó la imitación de Cristo, subrayando que «nos da un consejo bellísimo: ama nesciri et pro nihilo reputari, “ama pasar desapercibido y ser considerado una nulidad”». Es la humildad cristiana. Es lo que Jesús hizo antes».


«Pensemos en Jesús que está delante de nosotros —prosiguió—, que nos guía por ese camino. Ésta es nuestra alegría y ésta es nuestra fecundidad: ir con Jesús. Otras alegrías no son fecundas, piensan solamente, como dice el Señor, en ganar el mundo entero, pero al final se pierde y se arruina a sí mismo».


Papa Francisco. Homilía del jueves 6 de marzo de 2014. Domus Sanctae Marthae.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Amo a Jesús realmente en primer lugar? ¿Qué me impide amarlo más? ¿A qué debo de renunciar?

2. Vivir el amor fraterno exige ver en el otro a mi hermano. ¿Hablemos en familia, cómo puedo hacer concreto mi amor solidario por mis hermanos, especialmente a los más necesitados?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 520. 562. 618.1506.1816.1823.1929-1948


GLORIA A DIOS


RCC-DRVC


El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXII ORDINARIO


01-07 de setiembre del 2019


“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido"


Ecl 3, 17-18. 20. 28-29: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad.”


Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes.

No corras a curar la herida del orgulloso, pues la maldad echó raíz en él.

El hombre inteligente medita los proverbios y el sabio anhela tener oídos atentos.


Sal 67, 4-7.10-11: “Preparaste, oh Dios, casa para los pobres”


Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Canten a Dios, toquen en su honor; su nombre es el Señor.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

Derramaste en tu herencia, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.


Heb 12, 18-19. 22-24: “Se han acercado a Dios y a Jesús, mediador de la nueva Alianza.”


Hermanos:

Ustedes no se han acercado a un monte que se puede tocar, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando.

En cambio ustedes se han acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial; a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos que han llegado ya a su perfección, y a Jesús, Mediador de la nueva Alianza. LcLc 14, 1.714, 1.7--14:14: “Cuando te inviten a una boda, no te si“Cuando te inviten a una boda, no te sientes entes en el puesto principal”en el puesto principal”

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer; y ellos lo observaban atentamente.

Notando que los invitados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

— «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan invitado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que los invitó a ti y al otro y te dirá: “Cédele a éste tu sitio”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga quien te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Y dijo al que lo había invitado:

— «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».


NOTA IMPORTANTE


Es sábado, día del descanso judío. El Señor Jesús sigue su marcha a Jerusalén. En algún pueblo del camino es invitado a su casa por «uno de los principales fariseos para comer». No es explícito el Evangelista sobre el motivo de la invitación, pero sí nos dice que ya en casa del fariseo «ellos lo observaban atentamente». ¿Quién es éste que alborota a las gentes con sus enseñanzas y sus milagros? ¿Es un enviado de Dios, o un impostor? Sin duda querían saber de Él, conocer su doctrina, examinarla a fondo.


Pero los fariseos no son los únicos que observan. También el Señor observa. Observa no para criticar o descalificar, sino para educar, para enseñar, para ayudar, para amonestar. ¿Qué observa? Que a los fariseos que iban llegando a la comida les gustaba colocarse en los puestos de mayor honor. Observa, en el fondo, su afán por ser tenidos como importantes, de ser enaltecidos, de ser reconocidos por los demás y tratados con privilegios.


La escena da pie al Señor a pronunciar una parábola con una doble finalidad: invitar a la humildad y advertir sobre el criterio que Dios usará al final de los tiempos para determinar quienes merecerán los puestos de mayor honor.


Propone el Señor el siguiente criterio: «Cuando te inviten a una boda, no te sientes en el puesto principal». Y es que quien busca sentarse en el puesto principal sin que le corresponda, se expone a ser avergonzado públicamente cuando el anfitrión le pida ceder su puesto a un huésped de más categoría que él. Para colmo de la vergüenza, tendrá que ir a «ocupar el último puesto», ya que todos los demás puestos están ya ocupados.


El Señor, a quienes se mueven por la vanidad y soberbia, los invita a ser modestos y humildes proponiéndoles un argumento de sensatez. Si son inteligentes, no deben exponerse a aquello que tanto temen: ser avergonzados y humillados públicamente. Lo sabio es escoger un puesto humilde, o más bien, lo sabio es ser humildes. Parece contradictorio, pero es justamente quien no busca la grandeza quien será enaltecido por aquél que lo ha invitado. Exaltarse uno a sí mismo, arrogarse puestos importantes y privilegiados pisando incluso a los demás, es pura ilusión de grandeza. Tarde o temprano quien acostumbra exaltarse a sí mismo quedará terriblemente humillado.


También en esta parábola el banquete de bodas representa el Reino de Dios. El Señor da a entender a los fariseos que los puestos de honor en el Reino de los Cielos no son para los que creen tener privilegios, para los soberbios y vanidosos, sino para los humildes y sencillos de corazón. Si quieren entrar en el Reino de los Cielos y alcanzar puestos de honor, deben cambiar de mentalidad y actitud.


Culminada la parábola y lección primera, el Señor propone a su anfitrión algo sumamente radical: preparar un banquete e invitar no a quienes le puedan retribuir con otro banquete, sino a quienes serán incapaces de hacerlo: pobres, ciegos, lisiados. Si obra así, ciertamente quedará sin retribución en esta vida, pero el Señor le garantiza que estos mismos le pagarán «cuando resuciten los justos». La retribución, en realidad, la recibirá de Dios mismo, quien lo hará ingresar al banquete del Reino eterno y quien finalmente dará a cada cual el puesto que merece. Él es quien, finalmente, derribará a los potentados de sus tronos y exaltará a los humildes (Ver Lc 1, 52).


El Señor Jesús invita a quien lo escuche a acercarse a Dios y a acercarse a también a su Enviado, el «Mediador de una nueva Alianza» entre Dios y los hombres (2ª. lectura). Él es el Modelo de cómo hacerse el último y servidor de todos (Ver Mt20, 26-28). Quien como Él se “abaja” para servir y elevar a los demás, no sólo alcanzará «el favor de Dios» en la resurrección futura, sino que también será querido en esta vida «más que al hombre generoso» (1ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Suele suceder que en nuestras relaciones con los demás entra en juego aquél mismo mecanismo que motivó a algunos invitados a la cena a buscar los primeros puestos: nos ponemos “máscaras”, fingimos cosas que no somos, exageramos cosas que hemos hecho o inventamos otras para llamar la atención, exaltamos nuestras virtudes y escondemos nuestros defectos, cedemos y hacemos cosas que sabemos que van en contra de nuestra consciencia y principios tan sólo para ser aceptados por los demás, llamamos la atención con gestos o formas de vestir, ostentamos vanidosamente nuestra apariencia o los bienes que tenemos para sentirnos “más”, buscamos tener éxito y sobresalir en todo lo que podamos para cosechar la gloria humana, o también nos callamos cuando tenemos que defender la verdad por temor a “perder el puesto”. En fin, cada cual, consciente o inconscientemente, actúa en no pocas ocasiones movido por ese afán de ser enaltecido, de ser bien considerado por lo demás, de estar cerca de personas importantes para sentirse importante uno mismo, de “escalar un puesto”.


Es interesante observar que el Señor no niega la aspiración a la grandeza, a ser enaltecidos, y es que Dios mismo ha puesto en el corazón humano ese deseo para que luche por conquistar la verdadera gloria y grandeza. Lo que hace el Señor es mostrar el camino por el que cada cual será verdaderamente enaltecido, “elevado”, engrandecido. La verdadera grandeza humana la alcanza no el vanidoso, no el soberbio, no el que se cree más que los demás por ser importante o tan sólo por estar cerca de personas importantes, sino el humilde, el que en todo procede con sencillez, el que incluso siendo una persona muy importante se abaja para servir y elevar a los demás.


Para alcanzar la verdadera grandeza humana, para ser enaltecidos auténticamente, la virtud de la humildad es esencial en nuestras vidas. La humildad es el fundamento de todas las demás virtudes, ella es la más importante de todas. “Humildad es andar en verdad”, es decir, no creerte más pero tampoco menos de lo que verdaderamente eres, pues así como no debes aparentar ser más o creerte superior a los demás, tampoco debes aparentar ser menos o pensar que nada vales.


Para descubrir quién soy y cuál es mi verdadero valor es necesario conocerme a mí mismo a la luz del Señor Jesús, aprender a mirarme con los ojos con que Él memira. Sólo se conoce y se valora rectamente a sí mismo quien conoce y ama al Señor, porque Él «revela el hombre al propio hombre» (Gaudium et spes, 22). En Cristo descubrimos la verdad sobre nosotros mismos y de Él podemos aprender a ser verdaderamente humildes.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Si supiéramos con claridad cuál es el lugar que Dios tiene para cada uno, deberíamos asentir a esa verdad, sin colocarnos nunca jamás ni por encima ni por debajo de este lugar. Pero en el estado en que nos encontramos, los decretos de Dios se nos presentan envueltos en tinieblas, y su voluntad permanece oculta. Es pues, según el consejo del que es la misma Verdad, mucho más seguro escoger el último lugar de donde se nos sacará, acto seguido, honrándonos con otro mejor. Si pretendes pasar por una puerta, cuyo dintel es excesivamente bajo, en nada te perjudicará por más que te inclines; te perjudicará, en cambio, si te yergues aun cuando no sea más que un dedo sobre la altura de la puerta, de suerte que te arrearás un coscorrón y te romperás la cabeza. Por ello, no hay que temer en absoluto una humillación por grande que sea, pero hemos de tener gran horror y temor al más mínimo movimiento de temeraria presunción». San Bernardo


«No te atrevas a compararte con los que son superiores o inferiores a ti, no te compares con algunos ni siquiera con uno sólo. Porque ¿qué sabes tú, oh hombre, si aquel uno, a quien consideras como el más vil y miserable de todos, qué sabes, insisto, si, merced a un cambio operado por la diestra del Altísimo, no llegará a ser mejor que tú y que otros en sí, o si lo es ya a la mirada de Dios? Por eso el Señor quiso que eligiéramos no un puesto mediano, ni el penúltimo, ni siquiera uno de los últimos, sino que dijo: “Vete a sentarte en el último puesto” de modo que sólo tú seas el último de los comensales, y no te prefieras, ni aun oses compararte, a ninguno». San Bernardo


«Era conveniente a todos ocupar el último lugar en los convites, según lo que manda el Señor. Pero querer volver con obstinación al mismo es digno de reprensión, porque altera el orden y produce tumulto. Por lo que una cuestión sobre esto os igualará con los que se disputan el primer lugar. Por tanto, como aquí dice el Señor, conviene que el que da un convite establezca el orden que cada uno debe guardar en la mesa. Y así nos soportaremos mutuamente con paciencia o con caridad, obrando honestamente en todo y según el orden, no según la apariencia o la ostentación de muchos. Ni debemos manifestar que practicamos la humildad oque la afectamos por violenta contradicción, sino más bien que la practicamos por condescendencia o por paciencia. Mayor indicio de soberbia es la repugnancia o la contradicción que ocupar el primer sitio cuando lo hacemos por obediencia». San Basilio


«No prohíbe como un delito que se convide a los hermanos, a los amigos y a los ricos, pero manifiesta que, como los otros comercios de la necesidad humana, de nada nos aprovecha para obtener la salvación. Por esto añade: “No sea que te vuelvan ellos a convidar y te lo paguen”. No dice que se pecará. Y esto se parece a lo que dice en otro lugar (Lc 6, 36): “¿Y si hacéis beneficios a los que os los hacen, en qué consistirán vuestros méritos?” Hay también ciertos convites de hermanos y de vecinos, que no sólo no producen beneficio en la presente vida, sino que exponen a la condenación en la otra. Aquellos, por ejemplo, que se celebran contribuyendo todos a los gastos, o que paga cada cual con otro convite y en los cuales se conviene en hacer algo malo, excitándose muchas veces las pasiones por el exceso en la bebida». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a vivir la humildad


2540: La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad.


2559: «La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes». ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (Ver Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. «Nosotros no sabemos pedir como conviene» (Rom 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (S. Agustín).


CONCLUSION


«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»


Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 1 de septiembre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14, 1.7-14


El vínculo que podemos encontrar entre los textos litúrgicos de este Domingo es la humildad. Es la actitud del hombre ante las riquezas del mundo material o espiritual (Eclesiástico 3,19-21.30-31). Es y debe ser la actitud correcta de todo hombre, y particularmente del cristiano, en las relaciones con los demás (San Lucas 14, 1.7-14). Y, sobre todo, debe ser la actitud propia del hombre en su relación con Dios; una actitud en la que descubre su propia pequeñez ante la magnanimidad de Dios (Hebreos 12,18-19.22-24a).


Entendiendo el contexto


El Evangelio de hoy comienza ubicando el contexto de lo que va a acontecer: «Sucedió que habiendo ido Jesús en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos lo estaban observando» (Lc 14,1). Tres cosas podemos destacar en esta introducción: el tiempo: día sábado; el lugar: la casa de un fariseo; la ocasión: un banquete con varios otros invitados. Después de esta introducción sigue un episodio, que no hace parte de la lectura dominical: «Había allí, delante de Jesús, un hombre hidrópico». Seguramente este hombre se había enterado de que Jesús estaba allí y había venido a postrarse ante él suplicándole que lo sanara. ¿Qué hacer?


Por un lado, es claro que la Ley prohíbe hacer cualquier trabajo en sábado, y Jesús declaró que Él había venido a «dar cumplimiento a la Ley» (Mt 5,17). Por otro lado, es claro que este hombre está privado de la salud. Jesús opta por curar al enfermo y lo despide. De esta manera enseña que la vida humana tiene un valor sagrado e inviolable y que la Ley, incluido el precepto del sábado, está formulada por Dios «para que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia». El respeto de la vida humana y el cuidado de ella, desde su concepción hasta su fin natural, está en el centro de la enseñanza de Cristo.


En seguida el Evangelio se centra en el banquete. Jesús se fija en la conducta de los invitados y, notando cómo elegían los primeros puestos, les dice una parábola: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto…». En realidad, más que una parábola en sentido estricto, ésta es una enseñanza de sabiduría humana. Y, aunque sea una norma de la más elemental prudencia humana, los invitados que Jesús observaba no la cumplían.


La literatura sapiencial


Con estas recomendaciones de sabiduría humana y de sana convivencia, Jesús adopta el estilo de la literatura sapiencial. Sabemos que varios libros de la Biblia pertenecen a este género: Job, Proverbios, Cohelet (Eclesiastés), Sirácida (Eclesiástico) y Sabiduría. También se encuentra el género sapiencial en parte de otros libros. Jesús revela tener conocimiento de esta literatura, pues la parábola que propone toma su enseñanza del libro de los Proverbios. Allí se hace la misma recomendación: «No te des importancia ante el rey, no te coloques en el sitio de los gran¬des; porque es mejor que te digan: ‘Sube acá’, que ser humillado delante del príncipe» (Prov. 25,6-7). Es la misma enseñanza que, para hacerla más incisiva, Jesús la propone en forma de parábola, según su estilo propio y característico de enseñar.


La literatura sapiencial floreció en el Antiguo Oriente, especialmente en Egipto y Mesopotamia, donde se componían proverbios, fábulas y poemas para enseñar el arte del bien vivir, conforme al orden del universo. De allí fue tomada por Israel, pero mirada bajo el prisma de su propia fe en un Dios creador y salvador que dirige todo el universo. Y en esta forma fue adoptada como parte de los libros sagrados. Pero la canonización mayor de estos libros les viene por el hecho de que Jesús los conozca y los cite. Tan sólo del libro de los Proverbios, el Nuevo Testamento tiene catorce citas textuales y una veintena de alusiones. Justamente en el Evangelio de hoy encontramos una de éstas.


Sin embargo alguien podría preguntar: ¿Qué tiene que ver este tipo de consideraciones de prudencia y sabiduría humana con las virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, que constituyen la perfección de la vida cristiana? ¿Por qué se ocupa Jesús de estas cuestiones de vida social? Él se ocupa de las virtudes humanas naturales, porque ellas son el terreno fértil en que pueden echar raíces las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad. Donde faltan las virtudes humanas de la honestidad, la lealtad, el amor a la verdad, la fidelidad a la palabra empeñada y a los compromisos asumidos, etc., y las virtudes cristianas naturales de la humildad, la paciencia, la mansedumbre, la modestia, la tolerancia, la generosidad, etc., es imposible que florezcan las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad.


Cuando alguien, por ejemplo, es deshonesto, o mentiroso, o mantiene negocios turbios y fraudulentos, no se puede pretender que sobre salga en la caridad; cuando alguien es vanidoso y soberbio y ambiciona los primeros lugares para alcanzar gloria humana, es imposible que brille por la fe y la esperanza sobrenaturales. Porotro lado, donde las virtudes sobrenaturales han encontrado un terreno apto para florecer, ellas perfeccionan ulteriormente al hombre en las virtudes naturales. Por eso, las virtudes humanas y cristianas naturales resplandecen con mayor brillo en los santos.


La reina de las virtudes


La parábola es de mera sabiduría humana y como tal contiene una sabia enseñanza para el diario vivir. Pero es claro que Jesús no se queda sólo en este nivel. Él no sólo está dando una norma de elemental buena educación. Lo que Jesús quiere enseñar es la virtud de la humildad. Por eso la sentencia conclusiva: «El que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado», se refiere, en primer lugar, a nuestra relación con Dios. «Será humillado» y «será ensalzado» por Dios. La humildad es la reina de las virtudes. Ella hace resplandecer todas las demás virtudes y sin ella todas las demás virtudes perecen.


«Humilde» se deriva de la palabra latina «humilis», que a su vez proviene de «humus» (tierra). Humilde es el que está al ras del suelo o se mueve cerca del suelo. Algo que responde exactamente a nuestra condición de criatura ya que humilde es el que, con sabiduría y realismo, reconoce la distancia que le separa de su Creador. Santa Teresa de Ávila, sin apelar a latines, dio una certera definición de humildad, quizás la mejor que existe: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se me puso delante…esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (Moradas sextas 10,8).


Más aún podemos decir que toda la historia de la salvación es el cumplimiento de esa sentencia luminosa de Jesús. En efecto, si todo el género humano se vio comprometido y sometido a la muerte, fue por el orgullo de nuestros primeros padres. Dios les había dado todos los bienes, incluido el más grande de todos que es su propia amistad e intimidad. El único límite que les puso fue el de su propia humanidad. Bastaba que el hombre reconociera su condición de ser humano. El único precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» equivale a éste otro: «Conténtate con ser hombre y no quieras ser Dios». Pero no. El ser humano quiso traspasar también este límite y cedió a la tentación de ser dios: «El día que comiereis se os abrirán los ojos y seréis como dioses» (Gen 3,5). Y comió. Pero no fue dios, sino que volvió al polvo de donde había sido tomado: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Gen 3,19). El hombre se exaltó y fue humillado. Ésta es la eterna historia del hombre autosuficiente que quiere realizarse al margen de Dios.


Cristo, en cambio, para redimirnos hizo el camino contrario, como lo dice hermosamente el himno de la carta a los Filipenses 2,6-11: «Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Ésta es también la historia de la bienaventurada Virgen María que es capaz de decir: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu – se alegra en Dios mi salvador – porque – ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, – por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada».


¿A quién invitar?


Aprovechando de que estaba en un banquete, Jesús siguió dando un criterio sobre la elección de los invitados: «Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos». ¡Qué distinto es este criterio del que se usa en la vida corriente! Las listas de invitados parten siempre por los más poderosos y precisamente en vista de la retribución que ellos puedan ofrecer. Jesús dice: «Ellos te invitarán a su vez, y tendrás ya tu recompensa», quedarás pagado en esta tierra.


En cambio, si se invita a los que no pueden corresponder, la recompensa no será de ellos, ¡será de Dios! Y no será en bienes de esta tierra. Por eso dice: «Se te recompensará en la resurrección de los justos», es decir, eternamente en el cielo. ¡Qué extraño poder de retribución tienen los pobres! Es que Jesús se identificó con ellos de la manera más plena: «Tuve hambre y me disteis de comer… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,35.40). La recompensa será ésta: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34).


Una palabra del Santo Padre:


«En la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe de Dios «poder, honor y reino» (Dn 7,14). Jesús da un nuevo sentido a esta imagen y señala que él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida. En efecto, con su pasión y muerte él conquista el último puesto, alcanza su mayor grandeza con el servicio, y la entrega como don a su Iglesia.


Hay una incompatibilidad entre el modo de concebir el poder según los criterios mundanos y el servicio humilde que debería caracterizar a la autoridad según la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Incompatibilidad entre las ambiciones, el carrerismo y el seguimiento de Cristo; incompatibilidad entre los honores, el éxito, la fama, los triunfos terrenos y la lógica de Cristo crucificado. En cambio, sí que hay compatibilidad entre Jesús «acostumbrado a sufrir» y nuestro sufrimiento. Nos lo recuerda la Carta a los Hebreos, que presenta a Cristo como el sumo sacerdote que comparte totalmente nuestra condición humana, menos el pecado: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (4,15). Jesús realiza esencialmente un sacerdocio de misericordia y de compasión. Ha experimentado directamente nuestras dificultades, conoce desde dentro nuestra condición humana; el no tener pecado no le impide entender a los pecadores. Su gloria no está en la ambición o la sed de dominio, sino en el amor a los hombres, en asumir y compartir su debilidad y ofrecerles la gracia que restaura, en acompañar con ternura infinita, acompañar su atormentado camino.


Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo; los fieles laicos del sacerdocio común, los sacerdotes del sacerdocio ministerial. Así, todos podemos recibir la caridad que brota de su Corazón abierto, tanto por nosotros como por los demás: llegando a ser «canales» de su amor, de su compasión, especialmente con los que sufren, los que están angustiados, los que han perdido la esperanza o están solos». Papa Francisco. Homilía 18 de octubre de 2015 en la misa de canonización de Vicente Grossi, María de la Inmaculada Concepción y Luis Martín y María Azelia Guérin.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Humildad es andar en verdad. ¿Cómo vivo la humildad en mi vida cotidiana? ¿Soy humilde? ¿Qué me falta para vivir esta virtud?

2. ¿A quién invitaría a un banquete? ¿Cuándo ayudo a alguien, busco que ella me retribuya el favor? ¿Soy generoso y desinteresado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1803-1804. 1810-1813. 2779


RCC-DRVC


GLORIA A DIOS


Luchen por entrar por la puerta estrecha

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee agosto Ee 2019 a las 16:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC - DRVC


Domingo XXI Ordinario


25-31 de agosto del 2019


“Luchen por entrar por la puerta estrecha”


Is 66, 18-21: “Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas.”


Así dice el Señor:

— «Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, pondré en medio de ellos una señal, y mandaré algunos de sus sobrevivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones.

Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos sus hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén —dice el Señor— como los israelitas, en vasos purificados, traen

ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas» ―dice el Señor―.


Sal 116, 1.2: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”


Alaben al Señor, todas las naciones, aclámenlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.


Heb 12, 5-7. 11-13: “El Señor reprende a los que ama”


Hermanos:

Ustedes han olvidado la exhortación paternal que les dieron:

— «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».

Acepten la corrección, porque Dios los trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?

Ninguna corrección nos gusta cuando la recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por ella, nos da como fruto una vida honrada y en paz.

Por eso, fortalezcan sus manos cansadas, robustezcan las rodillas temblorosas, y caminen por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.


Lc 13, 22-30: “Vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”


En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y pueblos enseñando.

Uno le preguntó:

— «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»

Jesús les dijo:

— «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán afuera y llamarán a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él les contestará: “No sé quiénes son ustedes”.

Entonces comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.

Pero él contestará: “No sé quiénes son ustedes. Aléjense de mí, malvados”.

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras ustedes habrán sido echados fuera. Y vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.

Miren: hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».


NOTA IMPORTANTE


El Señor va de camino a Jerusalén.


En el camino alguien se le acerca con una inquietud: «¿serán pocos los que se salven?». La pregunta implica, evidentemente, la posibilidad de quedar excluidos de la salvación. Pero, ¿qué hay que entender por “salvación”? ¿Salvarse de qué? ¿De la muerte? ¿O de algo que está más allá de la muerte? ¿No termina todo con la muerte? ¿Hay esperanza de vida más allá de la muerte? ¿Hay posibilidad de “perder” esa vida después de la muerte? El tema que plantea es ciertamente inquietante. Es una pregunta universal: se la hacen todos los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos.


Los judíos creían en la existencia luego de la muerte. Para el Señor Jesús esa salvación consiste en ser admitidos al Reino de Dios. De acuerdo a la pregunta de aquél judío, y de acuerdo a la respuesta del Señor, no todos serán admitidos al Reino de Dios.


Acaso él ya tenía una respuesta y pensaba, como era creencia común entre los judíos, que únicamente se salvarían los hijos de Abraham, los circuncidados, los miembros del Pueblo elegido por Dios. De la salvación estarían excluidos todos los demás, los miembros de los pueblos llamados “gentiles”, pues ellos adoraban aídolos incapaces de salvarlos. No queda claro si la pregunta obedece a un deseo de escuchar la opinión del Maestro en torno a una cuestión discutida entre las diferentes escuelas rabínicas o a un deseo de satisfacer una simple curiosidad personal.


El Señor Jesús no responde a la inquietante pregunta. No responde si se salvarán pocos o muchos. Sin embargo, aprovecha la pregunta para hacer una fuerte exhortación a cada uno de sus oyentes a mirar cada cual por su propia salvación y esforzarse decididamente por entrar por la puerta estrecha. Por qué entretenerse en si se salvarán muchos o pocos, cuando de lo que se trata es de mirar cada uno por su propia salvación?


La palabra griega agonizesthe, que se traduce literalmente por luchen, es una invitación al combate, a hacer el máximo esfuerzo por entrar por la puerta estrecha, es decir, por conquistar un bien que, aunque difícil y arduo de alcanzar, es posible. El mismo término lo utiliza San Pablo cuando exhorta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1 Tim 6, 12). Es un esfuerzo que implica un celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, que no se doblega ante las dificultades que se pueden presentar en la lucha. Implica también un entrar en competencia o luchar decididamente contra todo adversario.


El esfuerzo que hay que hacer es para «entrar por la puerta estrecha». Sobre esto San Mateo recoge una explicación más extensa que la de San Lucas: «porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7, 13-14). Mientras la puerta estrecha lleva a la vida eterna, la puerta ancha lleva a la perdición, a la exclusión del Reino de los Cielos. El Señor advierte de la posibilidad de quedar fuera y dar a parar en el lugar donde «será el llanto y el rechinar de dientes», el lugar de la eterna ausencia de Dios, de la eterna “excomunión” de su amor.


Cuando el Señor invita a la lucha por entrar por la puerta estrecha, ¿debe entenderse que la salvación depende única y exclusivamente del esfuerzo personal? No. El Señor ciertamente acentúa en esta respuesta el hecho de la responsabilidad de cada cual, sin embargo, sería un gravísimo error leer este pasaje aisladamente. Siempre hay que tener en mente el conjunto de las enseñanzas del Señor. Así, en otro momento, ante la pregunta: «¿y quién se podrá salvar?», el Señor responde: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios» (Mc 10, 26-27; Lc 18, 26-27). La salvación es ante todo un don de Dios, pero requiere ser acogido. Dios espera la respuesta y cooperación humana. Acogeel don de la salvación y reconciliación quien permanece unido al Señor (ver Jn 15, 4-5), quien desde su insuficiencia coopera decididamente con la gracia divina, quien se empeña en pasar día a día por la “puerta estrecha”, que es Cristo mismo: «yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10, 7).


Luego de exhortar a todos a luchar esforzadamente por pasar por la puerta estrecha, el Señor cuestiona a quienes se creen muy seguros y confían que se encuentran dentro del número de los salvados por pertenecer al pueblo elegido. El Señor advierte que ser hijos de Abraham no es garantía de salvación (ver Mt 3, 9; Lc 3, 8; Jn 8, 33ss). Por otro lado, aquellos a quienes los judíos consideraban excluidos de la salvación por no pertenecer al pueblo de Israel, «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios». La salvación la ofrece Dios a todos los hombres por igual. Es anunciada a todos los pueblos de la faz de la tierra ya desde antiguo por medio del profeta Isaías (ver 1ª. lectura). Dios vendrá «para reunir a las naciones de toda lengua».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Hoy en día muchos católicos creen que alcanzarán la vida eterna viviendo en esta vida “sin hacer mal a nadie”, viviendo una vida cristiana acomodada a su medida, un catolicismo “light”.


Muchos otros están convencidos de que, en contra de lo que enseña Cristo y su Iglesia, luego de esta vida vendrán sucesivas reencarnaciones, y que habrán muchísimas oportunidades para ir purificando sus almas hasta llegar a ser como dioses. Según esta doctrina tan de moda hoy en día, nadie se condenará. Para ellos y para muchos otros “católicos”, el infierno no es sino una invención de la Iglesia, una doctrina creada para infundir el miedo en los creyentes y tenerlos sometidos a su dominio.


Suelen argumentar quienes niegan la existencia del infierno o se resisten a creer en él: “si Dios es amor, ¿cómo puede existir el infierno? ¿Cómo puede Dios-Amor querer que alguno de sus hijos se condene por toda la eternidad? Un padre nunca puede querer la infelicidad para sus hijos, no puede querer que sufra lo inimaginable por toda la eternidad”.


Quienes así razonan desoyen esta advertencia del Señor: «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán». La enseñanza es clara. No da lugar a suavizaciones ni relativizaciones: quienes no responden a su condición de hijos, serán excluidos de la salvación ofrecida por el Señor Jesús, y eso no porque Dios no los ame, sino porque su amor lo lleva arespetar nuestras decisiones libres. Quien en esta vida no quiere abrirle la puerta de su corazón a Dios, que se inclina a nosotros en su Hijo, que toca y toca a la puerta de nuestros corazones desde su Cruz, implorando que le abramos, se excluye a sí mismo de la Comunión con Dios por toda la eternidad. Dios ha hecho todo lo posible para nuestra salvación. No puede sino respetar nuestra libertad. No puede haber otro lugar para quien insiste en decirle no a Dios que el «estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033; ver números siguientes).


El Señor ha abierto para nosotros las puertas del Reino de los Cielos, pero no nos obliga a entrar. Quien de verdad quiera conquistar la Vida eterna, debe hacerlo con una actitud esforzada, combativa, “violenta” (ver Mt 11, 12). Esa violencia la hemos de ejercer ante todo contra todo lo que en nosotros nos haga desemejantes a Cristo: el pecado, los vicios, los pensamientos, sentimientos y actitudes que no corresponden a los pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor Jesús.


Pero para participar de su comunión y vida eterna el Señor nos llama a mucho más, nos llama a ser perfectos en la caridad (ver Mt 5, 48; Col 3, 14), nos llama a amar como Él nos ha amado (ver Jn 15, 12). Pasar por la puerta estrecha es, en este sentido, “pasar” por Aquel que ha dicho de sí mismo: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 9). En otras palabras, se trata de asemejarnos cada vez más al Señor Jesús en sus pensamientos, sentimientos y actitudes, hasta llegar a la perfección y plenitud de la madurez en Cristo (ver Ef 4, 13).


En esta lucha por conquistar la vida eterna no podemos olvidar que sin el Señor nada podemos hacer (ver Jn 15, 4-5). Nuestros necesarios esfuerzos sólo darán fruto en la medida que sean una decidida cooperación con la gracia divina que Dios derrama en nuestros corazones. Esa gracia hay que implorarla incesantemente y buscarla en los Sacramentos de la Iglesia. Así pues, “¡a Dios rogando, y con el mazo dando!” De ese modo, y sólo de ese modo, estaremos pasando por la puerta estrecha para ingresar al Reino de los Cielos que Dios nos tiene prometido.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No parece que el Salvador satisface al que pregunta si son muchos los que se salvan, cuando dice cuál es el camino por donde cada uno puede justificarse. Pero debe advertirse que el Salvador no acostumbraba a responder a los que le preguntaban, según lo que pensaban, cuando lo hacían sobre cosas sin importancia, sino atendiendo a lo que pudiera ser útil a los que le escuchaban. ¿Qué podría importar a los que oían si eran muchos o pocos los que se salvaban? Más necesarioera saber el modo por el cual podría salvarse cada uno. Así que por su bondad, o contestando a las preguntas vanas directamente, lo hace hablando de lo que es más necesario». San Cirilo


«Así como en la vida humana el camino que se aparta de la rectitud es muy ancho, así el que sale del que conduce al reino de los cielos se encuentra en una gran extensión de errores. El camino recto es estrecho y tiene pendientes peligrosas, tanto a la izquierda como a la derecha; como sucede en un puente, desde el cual se cae al agua inclinándose a un lado o a otro». San Basilio


«La puerta estrecha significa los trabajos y la paciencia de los santos. Así como la victoria atestigua el valor del soldado en las batallas, así también se hace preclaro el que sufre los trabajos y las tentaciones con paciencia inquebrantable». San Cirilo


«¿Cómo, pues, dice el Señor en otro lugar (Mt 11, 30), “mi yugo es suave y mi carga ligera”? No se contradice ciertamente, sino que dice esto por la naturaleza de las tentaciones y aquello por el afecto de los que las sufren. Porque cuando tomamos una cosa con gusto, la consideramos ligera, por muy pesada que sea. Y si bien es verdad que el camino de la salvación es estrecho a la entrada, sin embargo, por él se llega a la mayor anchura. Por el contrario el camino ancho conduce a la perdición». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La Iglesia del Señor es «católica»


830: La palabra «católica» significa «universal» en el sentido de «según la totalidad» o «según la integridad». La Iglesia es católica en un doble sentido:

Es católica porque Cristo está presente en ella. «Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica» (S. Ignacio de Antioquía). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (ver Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él «la plenitud de los medios de salvación» (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (ver AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.


831: Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (ver Mt 28, 19):

Todos los hombres están invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos... Este carácter de universalidad, que distingue al pueblo de Dios, es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu (LG 13).


«Allí será el llanto y el rechinar de dientes»


1036: Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14):

Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde “habrá llanto y rechinar de dientes” (LG 48).


CONCLUSION


«Luchad por entrar por la puerta estrecha»


Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 25 de agosto de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13, 22-30


Los textos litúrgicos se mueven entre dos polos: uno, la llamada universal a la salvación; el otro, el esforzado empeño desde la libertad y cooperación del hombre. El libro de Isaías (Isaías 66, 18-21) termina hablando del designio salvador de Yahveh a todos los pueblos y a todas las lenguas.


El Evangelio (San Lucas 13, 22-30), por su parte, nos indica que la puerta para entrar en el Reino es estrecha y que sólo los esforzados entrarán por ella. En esteesfuerzo de nuestra libertad nos acompaña el Señor, con su pedagogía paterna que no está exenta de corrección, aunque no sea ésta la única forma de pedagogía divina ya que el corrige a los que realmente ama (Hebreos 12, 5-7.11-13).


«Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas»


El interlocutor anónimo que pregunta a Jesús sobre el número de los que se salvarán, está refiriéndose a una cuestión habitual en las escuelas rabínicas y frecuentemente repetida en todos los tiempos. Todos los rabinos en la época de Jesús estaban de acuerdo en afirmar que la salvación era monopolio de los judíos; pero según algunos, no todos los que pertenecían al pueblo elegido se salvarían. Justamente el mensaje de la lectura evangélica, más que el número de los salvados e incluso que la dificultad misma para salvarse, como podría sugerir la imagen de «la puerta estrecha»; es la oferta universal de salvación de parte de Dios donde «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».


Se verifica así en plenitud la visión de la Primera Lectura tomada del libro del profeta Isaías. En un cuadro grandioso se describe la universalidad de la salvación de Dios a partir de Jerusalén, que se convierte simultáneamente en foco de irradiación misionera y de atracción cultual para todas las naciones. En ninguna parte del Antiguo Testamento se yuxtaponen con tal relieve el universalismo de la salvación de Dios y el particularismo judío. El texto nos hace recordar aquel pasaje que dice el Señor: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7 citado en Mt 11,17).


«¿Son pocos los que se salvan?»


El Evangelio de este Domingo nos dice cómo Jesús iba caminando rumbo a Jerusalén, atravesando ciudades y pueblos, e iba enseñando. Podemos imaginar a Jesús proclamando la palabra de Dios como los antiguos profetas de Israel. Donde llegaba, seguramente reunía al pueblo en la plaza y les enseñaba. Su enseñanza era nueva y asombrosa. Jamás alguien había enseñado así. En efecto, los maestros de Israel enseñaban diciendo: «Moisés en la ley dijo…» o «La ley dice…». Jesús, en cambio, enseña diciendo: «Yo os digo». Incluso presentaba su enseñanza de una manera que podía parecer impía a los oídos judíos: «Habéis oído que se dijo: ‘No matarás'; mas yo os digo…» (Mt 5,21s). No es que Jesús derogara el mandamiento de Dios; pero Él con su autoridad es una nueva instancia de voluntad divina; da al mandamiento una mayor profundización. Por eso cuando Jesús terminaba deenseñar, «la gente se quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29).


No es raro, entonces que la gente aprovechara la sabiduría de Jesús para resolver dudas acerca de cuestiones fundamentales sobre la existencia humana. Es así que en uno de esos pueblos, uno se le acercó corriendo y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 18,1). O, como refiere el Evangelio de hoy: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Si alguien hiciera esta pregunta a otra persona, sería objeto de burla. ¿Quién puede responder eso? Lo notable en este caso es que el que pregunta está convencido de que Jesús sabe la respuesta. Podemos calcular la expectativa de todos los presentes que estaban pendientes de los labios de Jesús.


Ahora bien, ¿qué fue lo que enseñó Jesús para motivar semejante pregunta? Y ¿por qué está formulada en esa forma? Jesús tiene que haber dicho algo que llevara a concluir que los que se salvan son pocos. Pudo haber dicho, por ejemplo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,24). Seguramente entre los oyentes había pocos que estuvieran dispuestos a perder la vida por Jesús. O bien, pudo haber dicho: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Tampoco habría muchos que aceptaran ser odiados de todos por causa de Jesús. En otra ocasión, ante las palabras de Jesús, los oyentes concluyeron, no sólo que serían pocos los que se salvarían, sino que nadie podría salvarse: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Lc 18,26).


La respuesta del Maestro…


Algo que no podemos dejar de recordar es que a ningún maestro de este tierra se le podría hacer semejante pregunta ya nadie sería capaz de aventurarse a dar una respuesta. Por eso, la respuesta que Jesús da merece toda nuestra atención. Antes de examinarla aclaremos qué se entiende por «salvación». Es claro que aquí se entiende por salvación aquel estado de felicidad definitiva y eterna que se tiene después de la muerte y que consiste en el conocimiento y el amor de Dios. El nombre «salvación» es exacto, porque el estado en que se encuentran los hombres al venir a este mundo es de pecado, es decir, de privación del amor de Dios. Todos necesitamos ser salvados. Pero, ¿son pocos o muchos los que se salvan?


El que pregunta ciertamente tiene la convicción, al menos, de que no todos se salvan. La duda se refiere a la proporción entre los que se salvan y los que se pierden, y él parece tener la idea de que son menos los que se salvan. Por esoformula la pregunta de esa manera. Lo más grave es que la respuesta de Jesús le da la razón: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán». ¡Muchos no podrán entrar! En la respuesta de Jesús se percibe que para los oyentes es claro que en las ciudades hay una puerta ancha por donde entran los carros y camellos cargados, y otra estrecha, por donde entran los peatones, uno por uno y sin carga. Es por aquí por donde hay que entrar, es decir, todo lo que tengamos de superfluo estorba para entrar a la vida eterna. Tal vez la forma completa de la respuesta de Jesús es la que reproduce Mateo: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha es la puerta y que angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).


Si la carga es tanta y no cabe por la puerta estrecha, mientras se pugna por hacer entrar todo sin decidirse a despojarse, «el dueño de casa se levantará y cerrará la puerta». ¡Cerrará incluso la puerta estrecha! El Señor continúa con esta parábola: «Los que hayáis quedado fuera os pondréis a llamar a la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’ Y os responderá: ‘No sé de dónde sois’» Los de fuera recibirán esta sentencia: «¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!». La situación de los que queden fuera es así descrita: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Cuando se cierre la puerta, los que hayan quedado fuera no podrán argüir excusas ni presentar recomendaciones. Jesús da, como ejemplo, una recomendación particular que no valdrá y que se dirige a los que están allí escuchando su enseñanza. En ese día no podrán decir: «Has enseñado en nuestras plazas… somos tu pueblo. ¡Ábrenos!». A éstos advierte que la salvación no está restringida a Israel sino a todos los pueblos de la tierra.


«Luchad por entrar…»


El término en griego de «luchad» (agonizesthe, de agonizomai) es una fuerte exhortación a luchar, a trabajar fervientemente, hacer el máximo esfuerzo por conquistar un bien que, aunque posible, es difícil y arduo de alcanzar. Se trata de un esfuerzo con celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, sin doblegarse ante las dificultades que se presentan en la lucha. Implica también un entrar en competencia, luchar contra adversarios. El término lo utiliza San Pablo en su carta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1Tim 6,12). Pablo lo alienta a no desistir en el combate excelente de la fe, a esforzarse sin desmayo en una lucha que, porque perfecciona al hombre y porque lo orienta hacia la plenitud de la vida eterna, es hermosa y preciosa. Pablo resalta que es necesario, por parte de quien ha recibido el don de la fe, el esfuerzo sostenido en esa lucha: mediante ladecidida cooperación con el don y la gracia recibidos, se conquista la vida eterna. Y dado que no es fácil acceder a ella, el esfuerzo ha de ser análogo al que realiza un luchador en vistas a conquistar la victoria.

Para pasar por «la puerta estrecha» hay que trabajar esforzadamente, hay que luchar el buen combate de la fe, hay que obrar de acuerdo a la justicia y santidad, de acuerdo a la caridad y a la solidaridad: ¡hay que obrar bien, y ello demanda al cristiano, en un mundo que prefiere la puerta amplia y el camino fácil, un continuo esfuerzo por la santidad!


Una palabra del Santo Padre:


«Y he aquí entonces que, a la pregunta, Jesús responde diciendo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (v. 24). ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? Y, ¿por qué Jesús habla de una puerta estrecha?


La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie. Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.

En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir denuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.


Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida. A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos, la alegría del Evangelio».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 25 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Hagamos un examen y veamos cuáles son las cargas que me impiden entrar por la puerta estrecha.

2. Leamos el pasaje de Hb 12,5-7.11-13 ¿Cuántas veces me resulta difícil entender la pedagogía de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012 – 2016


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC

He venido a prender fuego sobre la tierra

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee agosto Ee 2019 a las 18:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XX ORDINARIO


18-24 de agosto del 2019




“He venido a prender fuego sobre la tierra”



Jer 38, 4-6.8-10: “Se apoderaron de Jeremías y lo echaron a la cisterna”


En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: — «Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia». Respondió el rey Sedecías: — «Lo dejo en sus manos, pues el rey no puede oponerse a los deseos de ustedes». Ellos se apoderaron de Jeremías y lo arrojaron en el pozo del príncipe Malquías, ubicado en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Ebedmelek salió del palacio y habló al rey:


— «Mi rey y señor, esos hombres han tratado muy mal al profeta Jeremías, arrojándolo al pozo, donde morirá de hambre, porque no queda pan en la ciudad». Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: — «Toma tres hombres a tu mando, y saquen al profeta Jeremías del pozo, antes de que muera»


Sal 39, 2-4.18: “Señor, date prisa en socorrerme”


Yo esperaba con ansia al Señor; y Él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación; Dios mío, no tardes. Heb 12, 1-4: “Jesús soportó la Cruz sin miedo a la ignominia” Hermanos: Ya que estamos rodeados de una innumerable nube de testigos, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos con perseverancia la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de nuestra fe; el cual, renunciando al gozo inmediato, soportó la Cruz, sin tener en cuenta la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

Recuerden al que soportó tanta oposición de los pecadores y no se cansen ni se dejen vencer por el desaliento. Ustedes no han llegado todavía a derramar la sangre en la lucha contra el pecado.


Lc 12, 4912, 49--53:53: “No he venido a traer paz, sino división”


“No he venido a traer paz, sino división” En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».


NOTA IMPORTANTE


El Señor sigue su marcha decidida a Jerusalén, y en el camino comparte con sus discípulos el vivo anhelo que arde en su corazón: «He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!».


El Señor esplenamente consciente de su identidad y de su misión, de dónde viene y para qué ha venido al mundo. Él es Jesús, es decir, Dios que salva al pueblo de sus pecados, el Verbo encarnado que procede del Padre y que por obra del Espíritu divino se encarnó de María Virgen para la reconciliación del ser humano. «He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De qué fuego se trata? ¿Es un fuego real, un fuego que consume, calcina y destruye todo, tal y como lo desearon Santiago y Juan al verse rechazados por los samaritanos (Ver Lc 9, 54)? Ese, ciertamente, no es ese el fuego que Él anhela que encienda el mundo (Ver Lc 9, 55).


El fuego real es liberación de energía, quema, consume, se expande, transforma en fuego lo que toca. El fuego del que habla el Señor expresa una realidad espiritual, invisible. Lo experimenta análogamente aquél que ve encenderse su corazón en el amor de Dios: «Ardo en celo por el Señor» (1 Re 19, 9), afirma el profeta Elías. Del mismo profeta leemos en la Escritura: «surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha» (Eclo 48, 1). El profeta Jeremías utiliza también la imagen del fuego al narrar la experiencia de su propia vocación y misión: «había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9).


El fuego del amor divino arde intenso en el corazón del Señor Jesús. Es ese fuego con el que Él anhela vivamente encender “el mundo”, es decir, otros corazones. Mas para lograr su cometido y anhelo sabe que tiene que pasar primero por un “bautismo”: debe ser “sumergido” (la palabra griega baptizein significa sumergir) en la muerte para resurgir victorioso de ella por su Resurrección. Pasado este “bautismo” el Señor podrá derramar el fuego del amor divino en los corazones humanos (Ver Rom 5, 5). Es así como llevará a cabo su más vivo anhelo. En una segunda parte del Evangelio el Señor anuncia que no ha venido a traer paz a la tierra, sino división. «¿Qué dices, Señor? —comenta San Cirilo— ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el Cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)?». ¿Cómo hay que entender este anuncio del Señor?


La división que trae es real, es una división que se dará incluso en el seno de las mismas familias: «una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra». Mas este conflicto y división no se debe a que Él quiera sembrarla, sino a que ante Él nadie podrá quedar indiferente: o se está con Él, o se está en contra de Él (Ver Lc 11, 23). La división se produce por la guerra que harán a sus discípulos los “enemigos de la Cruz”, aquellos que rechazan a Cristo y su Evangelio. Los apóstoles y discípulos de Cristo deben estar preparados para soportar la guerra que les harán, deben estar dispuestos incluso a morir por el Señor (Ver Mt 10, 16-36).


Este rechazo no era novedad. También los profetas enviados lo habían experimentado antes de la llegada del Mesías, al cumplir fielmente con su misión. Jeremías (1ª. lectura), por anunciar aquello que Dios le mandaba proclamar a su pueblo, termina siendo arrojado en un pozo para que muera allí. Por ser incómoda, su voz busca ser acallada. Todo discípulo de Cristo debe estar dispuesto a experimentar el odio, el rechazo, la oposición del mundo e incluso de sus propios familiares. El discípulo de Cristo debe tener los ojos fijos en el Señor Jesús (Ver 2ª. lectura), quien «soportó la Cruz» y «soportó tanta oposición de los pecadores», de modo que alentado por tal ejemplo él mismo no desfallezca falto de ánimo en la prueba y permanezca fiel al Señor y al anuncio de Su Evangelio, hasta derramar su sangre si es preciso.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lc 12, 49), había dicho el Señor a sus discípulos en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. Ese fuego que habría de arrojar sobre la tierra, ¿no era acaso el don del Espíritu, Fuego del Divino Amor? ¡Sí, con ese Fuego se encienden y arden los corazones humanos en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor con que Cristo amó! Recordamos que en Pentecostés los apóstoles y discípulos reunidos en torno a Santa María recibieron el Espíritu que descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, encendiendo sus propios corazones y«mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones» (San Francisco de Sales). Así, encendidos con ese Fuego divino, con ardiente corazón, inmediatamente se pusieron a predicar la Buena Nueva a todos los pueblos, con el anhelo de encender también ellos el fuego en el mundo entero. ¡A mí me toca hoy acoger ese Fuego del divino Amor en mi corazón! ¡A mí me toca dejarme enardecer totalmente por él, para que transformándome en amor yo mismo, cada vez más y completamente, pueda encender otros corazones humanos por el anuncio del Evangelio, tocándolos con esas como “lenguas de fuego” que brotan de todo aquél o aquella en quien arde fuerte el amor a Dios! El Señor, nuestro Amigo, nos invita a compartir también hoy sus anhelos, nos alienta prender fuego en el mundo entero con una vida encendida en el amor a Él, con una vida santa y luminosa por las obras. ¡Seamos como antorchas ardientes que disipen las tinieblas de muchas mentes y enciendan el amor a Dios en muchos corazones! ¡Con ardor anunciemos a Cristo y su Evangelio, a tiempo y destiempo!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«En algunas ocasiones en la Sagrada Escritura se acostumbra llamar fuego a la palabra sagrada y divina, porque, así como los que quieren purificar el oro y la plata les quitan toda la escoria con el fuego, así el Salvador, por la palabra evangélica en la virtud del Espíritu, purifica la inteligencia de los que creen en El. Este es el fuego saludable y útil por el cual los moradores de la tierra, de algún modo fríos y endurecidos por el pecado, se calientan y enardecen por la vida santa». San Cirilo


«Ahora llama tierra no precisamente a la que pisamos con los pies, sino a la que El formó con sus manos, es decir el hombre, en quien Dios infunde su fuego para consumir el pecado y renovar su alma». San Juan Crisóstomo «“Con bautismo es menester que yo sea bautizado”; esto es, primero debo ser bañado con la propia sangre que yo he de derramar y así he de inflamar los corazones de los que creen con el fuego del Espíritu Santo». San Beda


«¿Qué dices, Señor? ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)? Pero es bien sabido que la paz es útil, como también puede ser dañosa y separar del amor divino, que es por lo que toleramos a los que se alejan de Dios y por lo cual se enseñó a los fieles que evitasen el trato con los mundanos». San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra…»


696: El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12, 49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1 Tes 5, 19). «Con un bautismo tengo que ser bautizado…»


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (Ver Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados (Ver Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él.

De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1214: Bautizar (baptizein en griego) significa «sumergir», «introducir dentro del agua»; la «inmersión» en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como «nueva criatura» (2 Cor 5, 17; Gal 6, 15).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado (Ver Lc 12, 50). La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado (Ver Jn 19, 34) son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios (Ver Jn 3, 5). Considera dónde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la Cruz de Cristo, de la muerte de Cristo. Ahí esta todo el misterio: Él padeció por ti. En Él eres rescatado, en Él eres salvado (San Ambrosio).


CONCLUSION


«TAMBIÉN VOSOTROS, ESTAD PREPARADOS»


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 12, 32-48 «En confiada y vigilante espera», así podemos resumir el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (Sabiduría 18, 6-9). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (Hebreos 11,1-2. 8-19). Ésta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (San Lucas 12, 32-48).


La misteriosa solidaridad


La exhortación que Jesús al inicio del Evangelio, continúa y se relaciona con la lectura del Domingo pasado: el desprendimiento de los bienes materiales en aras de la solidaridad fraterna: «Vended vuestros bienes y dad limosna…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Así lo resalta fuertemente la primera lectura que es una evocación «sapiensal» y agradecida de la primera pascua a la salida de los israelitas de Egipto: «Porque los justos, hijos de los santos, te ofrecían en secreto el sacrificio, y concordes establecieron esta ley de justicia, que los justos se ofrecían a recibir igualmente los bienes como los males». Sin duda nos llama poderosamente la atención la misteriosa solidaridad que une a toda la humanidad en un mismo destino. ¡Cuánto más deberíamos de tenerla en cuenta al ser todos miembros de un mismo Cuerpo en Cristo Jesús! «La seguridad de lo que se espera» La Segunda Lectura comienza con una definición teológica de la fe: «es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve». La palabra griega «seguridad», etimológicamente quiere decir «sub-stancia», lo que está debajo, lo que sirve de base y fundamento, significa que es lo que le da base y realidad subsistente a las cosas que esperamos. Podemos afirmar que la fe es la «convicción» de que existen las cosas que esperamos; o si se quiere, la «garantía» de que existen las cosas celestiales. Tan ciertas y seguras son las realidades que indica la fe que «los antiguos o mayores», nuestros modelos de virtud y personas prudentes, se acreditaron de ella y la cultivaron con esmero. Estos «antiguos» son los antepasados de Israel; son los «padres»; es decir los patriarcas en general, los antecesores de los judíos, de los cuales contarán en este capítulo de la carta a los Hebreos, sus hazañas por la fe. La lectura de este Domingo nos lleva directamente al versículo octavo que se refiere a la fe de Abraham: modelo y padre de los creyentes. En la segunda parte de la lectura se acentúa la actitud de provisionalidad que mantuvo en tensión la fe de los patriarcas en camino hacia la patria definitiva. Vieron de lejos la tierra prometida y la saludaron, confesando y reconociendo que en esta tierra eran extranjeros y peregrinos.


El pequeño rebaño de Dios El Evangelio de este Domingo comienza con unas palabras extraordinariamente consoladoras de Jesús. Ellas son la conclusión de su enseñanza acerca de la confianza en su amorosa Providencia: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino». Jesús llama al grupo de sus discípulos «pequeño rebaño». Esta es la única vez que se usa esta metáfora en el Evangelio de Lucas. Por eso para entender su sentido, como ocurre con muchos temas del Evangelio, es necesario recurrir al antecedente del Antiguo Testamento. Allí esta metáfora es corriente: el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sl 23,1.4). Se entiende que el pastor es Dios. Con este pastor el rebaño no tiene nada que temer. Jesús llama a sus discípulos de «pequeño rebaño» no sólo porque son poco numerosos, sino, sobre todo, porque está compuesto por gente sencilla, por gente de poco peso en el mundo. Es claro que Jesús en su vida no fue seguido por la gente importante (ver Jn 7,47-48). Es más, si alguien se tiene por «importante», tiene que hacerse pequeño para entrar en este rebaño: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3; cf. Lc 18,17). Las cosas que pasan… Cada persona maneja un volumen más o menos grande de información para su vida en esta tierra. Y esto es verdad a todo nivel. Por decir lo menos, todos conocen los precios de los artículos de consumo habitual, el recorrido de los autobuses de la ciudad, los programas de televisión o de radio que le interesan, los equipos de fútbol y su formación, los entrenadores, etc. Pero toda esa información se refiere a cosas que van cambiando: manejamos un cúmulo inmenso de información acerca de cosas que envejecen, se deterioran y pasan. Acerca de todo eso, nos dice «la Imitación de Cristo» con incuestionable verdad: «Todas las cosas pasan, y tú con ellas».


Es oportuno examinarnos para ver cuánta dedicación y tiempo le damos aquellas otras cosas que no pasan, porque son eternas. ¿Leemos el Evangelio cada día un tiempo equivalente al que destinamos a leer el diario o a ver las noticias en TV? ¿Qué es más importante para nosotros, los bienes de esta tierra o los bienes eternos? ¿Dónde está nuestro tesoro? Estas mismas preguntas hacía Jesús a los hombres de su tiempo ofreciéndonos un criterio que es sumamente claro: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón». Dicho en otras palabras: aquello que ocupa tu atención, eso es tu tesoro. Si nuestra vida es gobernada por información banal y superflua, quiere decir que nuestro tesoro son los bienes de esta tierra, aunque digamos otra cosa, o queramos engañarnos. Escuchemos la recomendación del Señor: «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla». Los bienes de esta tierra son caducos, duran poco, se deterioran y defraudan; en el contexto del destino eterno del hombre son menos que nada. Atesorar esos bienes, diría el sabio Qohelet, es esfuerzo inútil, es como «atrapar vientos» (Ecle1,14). San Pablo nos dice: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura» (Fil 3,7-8). ¡Estar preparados…! En seguida Jesús nos exhorta a estar vigilantes, como están los siervos que esperan a su señor para abrirle apenas llegue. La venida del Hijo del hombre puede considerarse bajo un doble aspecto y ambas exigen estar bien preparados. Una se refiere a su venida al fin del tiempo, para poner fin a la historia. Entonces «vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». De ésta no sabemos «ni el día ni la hora». Por eso la actitud cristiana es vivir en permanente espera. Sin embargo, muchos pensarán: «para esa última venida de Cristo falta mucho». Admitamos que sea así. En todo caso, podemos acotar con bastante precisión el momento de su otra venida, la que pondrá fin a mi propia vida en esta tierra. Ocurrirá en cualquier momento. La actitud que Jesús reprueba es la del que dice: «Mi señor tarda en venir» y, por eso, se despreocupara y dejara de vigilar.

Todo esto se aclara más si se considera que está dicho por Jesús como un comentario a la parábola sobre aquel hombre que había atesorado riquezas para disfrutar «muchos años». La conclusión de esa parábola era ésta: «Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán?» (Lc 12,20). El mayor desastre sería que llegara el Hijo del hombre y nos encontrara distraídos y despreocupados, demasiado absorbidos por las cosas de esta tierra. Al que se encuentre en ese caso, dice Jesús, «lo separará y le señalará su suerte entre los infieles». En cambio, para el que tiene su tesoro en el cielo y espera con gozo la venida del Señor, dice esta bienaventuranza: «Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentra así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de toda su hacienda». ¿Para nosotros o para todos? Ante la parábola sobre la vigilancia, Pedro interviene para preguntar a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Pedro establece una diferencia entre ellos -se refiere a los Doce- que estaban siempre con Jesús, que habían sido instruidos por Él y que recibirían la responsabilidad de continuar su misión salvífica, y todos los demás hombres. Jesús en su respuesta alude directamente a Pedro y a los demás apóstoles hablando del «administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre», y reconoce que hay una diferencia. Si son fieles recibirán mayor recompensa; pero si son infieles recibirán mayor castigo. En efecto, el siervo que desobedece, conociendo la voluntad de su señor, «recibirá muchos azotes»; en cambio, el que obra contra la voluntad de su señor, sin conocerla, “recibirá pocos azotes”. Jesús concluye advirtiendo: «A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más». Una palabra del Santo Padre: «Este Evangelio quiere decirnos que el cristiano es alguien que lleva dentro de sí un deseo grande, un deseo profundo: el de encontrarse con su Señor junto a los hermanos, a los compañeros de camino. Y todo esto que Jesús nos dice se resume en un famoso dicho de Jesús: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34). El corazón que desea. Pero todos nosotros tenemos un deseo. La pobre gente es laque no tiene deseo; el deseo de seguir adelante, hacia el horizonte; y para nosotros cristianos este horizonte es el encuentro con Jesús, el encuentro precisamente con Él, que es nuestra vida, nuestra alegría, lo que nos hace felices. Pero yo os haría dos preguntas. La primera: todos vosotros, ¿tenéis un corazón deseoso, un corazón que desea? Pensad y responded en silencio y en tu corazón: tú, ¿tienes un corazón que desea, o tienes un corazón cerrado, un corazón adormecido, un corazón anestesiado por las cosas de la vida? El deseo: seguir adelante hacia el encuentro con Jesús. Y la segunda: ¿dónde está tu tesoro, aquello que tú deseas? —porque Jesús nos dijo: Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón—. Y yo pregunto: ¿dónde está tu tesoro? ¿Cuál es para ti la realidad más importante, más valiosa, la realidad que atrae mi corazón como un imán? ¿Qué es lo que atrae tu corazón? ¿Puedo decir que es el amor de Dios? ¿Están las ganas de hacer el bien a los demás, de vivir para el Señor y para nuestros hermanos? ¿Puedo decir esto? Cada uno responda en su corazón. Pero alguien puede decirme: Padre, pero yo soy uno que trabaja, que tiene familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante a mi familia, el trabajo… Cierto, es verdad, es importante. Pero, ¿cuál es la fuerza que mantiene unida a la familia? Es precisamente el amor, y quien siembra el amor en nuestro corazón es Dios, el amor de Dios, es precisamente el amor de Dios quien da sentido a los pequeños compromisos cotidianos e incluso ayuda a afrontar las grandes pruebas. Este es el verdadero tesoro del hombre. Seguir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico. El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Jesús. El amor de Dios se manifiesta en Jesús. Porque nosotros no podemos amar el aire… ¿Amamos el aire? ¿Amamos el todo? No, no se puede, amamos a personas, y la persona que nosotros amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad humana. Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, alhorizonte final de nuestra peregrinación. Así, incluso las fatigas y las caídas encuentran un sentido. También nuestros pecados encuentran un sentido en el amor de Dios, porque este amor de Dios en Jesucristo nos perdona siempre, nos ama tanto que nos perdona siempre». Papa Francisco. Ángelus 11 de agosto de 2013. Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es imprevisible. El meteorólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante el mes de mayo o el próximo año, con mayor o menor aproximación. Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios. 2. La imprevisibilidad del futuro reclama vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar es mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, «cuando Él venga» o cuando nosotros vayamos a Él. La vigilancia no es una opción, es una necesidad vital. ¿Cómo vivo la sana vigilancia en mi vida? 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1006- 1014.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee agosto Ee 2019 a las 16:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XIX ORDINARIO


11-17 de agosto del 2019


“Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas”


Sab 18, 6-9: “Tu pueblo esperaba ya la salvación”


La noche de la liberación se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa en que tenían puesta su esperanza.

Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los enemigos, pues con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honrabas, llamándonos a ti.

Los santos hijos de los justos ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.


Sal 32, 1.12.18-22: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como herencia”


Aclamen, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se escogió como herencia.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


Heb 11, 1-2.8-19: “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”


Hermanos:

La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve.

Por su fe, son recordados nuestros antepasados. Por fe, obedeció Abraham a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en herencia. Salió sin saber adónde iba. Por fe, vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas —y lo mismo Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa—, mientras esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por fe, también Sara, a pesar de su avanzada edad, recibió el poder de concebir, porque confió en quien se lo había prometido. Y así, de un solo hombre, sin vigor ya para engendrar, nacieron hijos numerosos como las estrellas del cielo y como la arena incontable de las playas. Con esa fe murieron todos ellos, sin haber recibido lo pro-metido; pero viéndolo y saludándolo de lejos, confesando que eran huéspedes y peregrinos en la tierra.

Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues, añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo. Por eso Dios no tiene reparo en llamarse su Dios: porque les había preparado una ciudad.

Por fe, Abraham, puesto a prueba, ofreció a Isaac; y era su hijo único lo que ofrecía, el destinatario de la promesa, del cual le había dicho Dios: «Isaac continuará tu descendencia». Pero Abraham pensó que Dios tiene poder hasta para hacer resucitar muertos. Y así, recobró a Isaac como un símbolo y figura del futuro.


Lc 12, 32-48: “Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha tenido a bien darles el Reino.

Vendan sus bienes y den limosna; consíganse bolsas que no se desgasten, y acumulen un tesoro inagotable en el Cielo, donde no se acercan los ladrones ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.

Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre despiertos; les aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprendan que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría asaltar su casa. Lo mismo ustedes, estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre».

Pedro le preguntó:

— «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»

El Señor le respondió:

— «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración de alimentos a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Les aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: “Mi Señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y a las criadas, y se pone a comer y beber y a emborracharse, llegará el Señor de aquel criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, conde-nándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que conoce la voluntad de su señor, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo. En cambio, el que, sin conocer esa voluntad, hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor.

A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más».


NOTA IMPORTANTE


Luego de advertir a sus discípulos que deben cuidarse de toda clase de avaricia, el Señor los exhorta a confiar en la divina Providencia (ver Lc 12, 22-31). Ante la solicitud excesiva por que no les falte nada, o ante una insana preocupación por atesorar bienes y asegurarse con ellos el futuro, los discípulos deben aprender a ponerse confiadamente en las manos de Dios. Dios dará a sus hijos todo aquello de lo que tienen necesidad.


No es ésta ciertamente una invitación a cruzarse de brazos y esperar que todo “caiga del Cielo”, a dejar de trabajar para conseguir el sustento diario y cubrir las necesidades cotidianas, sino a no dejarse dominar por un asfixiante afán de riquezas o un ritmo de trabajo excesivo que termina por excluir a Dios de la vida diaria. Antes que “ganar” el mundo, el discípulo de Cristo debe preocuparse por conquistar el Reino venidero, la vida eterna. Antes que en el dinero o en las riquezas pasajeras, la confianza debe estar puesta en Dios, pues Él cuida de sus hijos. Lo necesario no les faltará jamás. Al buscar en primer lugar el Reino de Dios, todo lo demás Dios lo dará por añadidura.


La exhortación del Señor a confiar en la Providencia divina culmina con unas palabras muy alentadoras: «No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha tenido a bien darles el Reino». En el Antiguo Testamento el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel israelita expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23, 1.4). También invocaba el auxilio de Dios clamando: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño» (Sal 80, 2). Dios es el pastor de su pueblo. Es en estos mismos términos que el Señor Jesús se dirige a sus Apóstoles y discípulos para alentarlos a confiar en Dios a pesar de su pequeñez e insignificancia. No deben temer las dificultades o escasez que puedan encontrar en el camino, nada debe desalentarlos, pues ellos son la porción elegida por Dios, su pequeño rebaño. Él los conducirá a su destino eterno y les concederá finalmente los bienes de su Reino.


Seguidamente el Señor lleva la invitación a confiar en el Padre hasta un extremo radical: en vez de atesorar en esta vida, han de vender sus bienes y distribuir su riqueza entre los necesitados. De ese modo, afirma, estarán acumulando «un tesoro inagotable en el Cielo, donde no se acercan los ladrones ni destruye la polilla». La razón para pedirles este acto de renuncia total a los bienes materiales es ésta: «allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón». Ellos deben tener su corazón puesto únicamente en Él. Jesucristo debe ser para ellos como aquel tesoro que unhombre encuentra en un campo. Por Él el discípulo lo vende todo con alegría para quedarse finalmente con aquél único Tesoro (ver Mt 13, 44).

Ante esta propuesta tan radical cabe preguntarse: ¿se trata tan sólo de una hipérbole o debe ser tomada literalmente? Y en caso de que sea una exigencia real, ¿vale igual para todos los cristianos? ¿O está dirigida sólo a sus Apóstoles?


Consta en los Evangelios que hay uno a quien el Señor le dijo explícitamente: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos». No se trataba en este caso de una hipérbole, sino de una exigencia real. Aquel joven lo entendió así y por ello, dando media vuelta, «se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 21s; Lc 18, 22s). El apego a sus riquezas pudo más que su amor a Dios y su deseo de ganar la vida eterna. Prefirió aferrarse a sus riquezas en la tierra que adquirir un tesoro en los Cielos. Su fe y su amor a Dios se toparon con un límite: sus muchos bienes.


Consta asimismo que la comunidad de los Apóstoles y discípulos más comprometidos «vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hech 2, 44-45; ver Hech 4, 34-37).


Pero por otro lado consta que también personas ricas eran discípulos del Señor. A ellos no les había pedido venderlo todo para seguirlo. Ellos, con sus bienes, ayudaban al Señor en su misión (ver Mt 27, 57; Lc 8, 3).


Podríamos concluir entonces que aquella exigencia del Señor, aunque real, no se aplicaba a todos los discípulos por igual sino tan sólo a aquellos llamados a consagrar sus vidas al Señor y al anuncio de su Evangelio. Esto no exime a quienes no están llamados a este total desprendimiento de vivir la generosa comunicación de sus bienes y de confiar en la Providencia divina. Todo discípulo del Señor debe atesorar en el Cielo viviendo la solidaridad, la caridad y comunicación de bienes con sus hermanos humanos.


No deja el Señor de invitar a sus discípulos a dirigir sus miradas más allá de la vida presente. Esta vida es pasajera, y ninguna riqueza de este mundo es capaz de “comprar” al hombre la vida eterna. Al contrario, las riquezas pueden llevar a quien les entrega el corazón a perder la vida eterna: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Lc 18, 24). ¿Dónde quedarán las riquezas, la fama y el poder que alcanzó en esta vida? «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mt 16, 26) Sólo Dios puede dar al hombre la vida eterna. Sólo quien cree en Él y en su enviado, Jesucristo,tiene la garantía de que heredará la vida eterna. Sólo quien sabe vivir desapegado de lo temporal y sabe usar rectamente de sus bienes, abriéndose a su comunicación generosa, puede “atesorar en el Cielo”.


Quien cree en el Señor, espera también en el cumplimiento de su promesa: mientras este mundo pasa, Él vendrá al final de los tiempos para juzgar a cada uno conforme a sus obras, conforme al amor vivido con sus semejantes (ver Mt 25, 31ss). Y quien espera en el Señor se mantiene vigilante, tiene «ceñida la cintura y encendidas las lámparas». El Señor Jesús invita reiteradamente a sus discípulos a la espera vigilante: «Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame». Esta imagen está tomada de la vida cotidiana. Cuando su señor se iba a una boda, el siervo debía mantenerse en vela, esperando a que llegue para «abrirle apenas venga y llame». Las “lámparas encendidas” simbolizan la actitud de espera durante la noche. El tener “ceñida la cintura” indica tener levantados y ajustados los vestidos para estar pronto para el servicio.


El Señor Jesús promete a sus discípulos que Él mismo se ceñirá, los sentará a su mesa y se pondrá a servirles si al volver los encuentra vigilantes. Su “mesa” es un banquete, imagen que de ordinario significaba el mesiánico Reino de los Cielos.


Insiste el Señor en la necesidad de la vigilancia aún cuando la espera se alargue. Él viene inexorablemente: «estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre». Su venida será inesperada, como inesperada es la venida de un ladrón en la noche.


A la pregunta de Pedro si la parábola la había dicho sólo por ellos o por todos, el Señor responde con otra parábola. En ella se refiere a un administrador. De éste se espera que sea «fiel y solícito», que cumpla cabalmente con lo que su señor le confía mientras éste se ausenta. La finalidad de esta parábola es la misma que la anterior: un llamado a la vigilancia, una vigilancia que implica cumplir fielmente, día a día, con las propias responsabilidades y deberes delegados por su señor. Cuando vuelva el dueño de la hacienda, el administrador deberá responder por la fidelidad con la que cumplió su gestión. Lo mismo hará el Señor con sus apóstoles y con todos aquellos a quienes les confía un puesto de gobierno en su Iglesia: «A quien se le dio mucho, se le exigirá mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá mucho más».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El tesoro simboliza algo de mucho valor. Tras aquello que considera de mucho valor para sí se va el hombre entero: «allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón» (Lc 12, 34). Mi tesoro puede ser el dinero, oro y joyas, o también cualquier otra cosa o persona a la que finalmente mi corazón está totalmente adherido.


Hay, pues, diversos tipos de tesoros. Unos son materiales, otros pueden ser morales o espirituales. Según las riquezas que posea cada cual, quedará enriquecido él mismo. El que halla sus riquezas en cosas vanas, quedará pobre y vacío interiormente. Si la riqueza la halla en lo espiritual, quedará enriquecido en el hombre interior (ver Ef 3, 16).


Hay tesoros que no sólo empobrecen, sino peor aún degradan al ser humano. Son falsos tesoros, perlas falsas. Por otro lado, hay riquezas que elevan al ser humano a su máxima grandeza. Jesucristo es el mayor tesoro para el ser humano. Al conocerlo a Él, nos adentramos en el propio conocimiento, descubrimos nuestra propia identidad, podemos hallar la verdadera respuesta a las preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿Cuál es mi origen, cuál mi destino, cuál el sentido de mi existencia? En la amistad con Él aprendo a vivir la auténtica amistad. Amándolo a Él experimento lo que es verdaderamente el amor, y en la escuela de su Corazón aprendo a vivir ese amor sin el cual la vida del hombre carece de sentido. Él no sólo es la respuesta a todos nuestros anhelos y búsquedas de felicidad, sino que en Él podemos saciar nuestra sed de Infinito. Él es la fuente de nuestra vida, de nuestro amor, de nuestra felicidad. Es decir, en Cristo, al conocerlo, al amarlo, al abrirle las puertas del propio corazón, al “hacerlo nuestro”, podemos proclamar: ¡Vale la pena ser hombre, porque Tú, Señor, te has hecho hombre! ¡Y te has hecho hombre para elevarme a mí a la participación de tu misma naturaleza divina! (ver 2 Pe 1, 4) ¿Puede haber mayor riqueza que esa, una riqueza incalculable que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2 Cor 4, 17)?


Ser sabio y sensato es dar a cada cosa su valor real, en vistas a la propia realización, a alcanzar la propia y eterna felicidad. Como un negociante de joyas: es un buen negociante quien conoce su oficio y por lo tanto difícilmente puede ser engañado con piedras falsas o de poco valor. En cambio, un hombre ingenuo y tonto es capaz de cambiar piedras preciosas por baratijas, oro por espejuelos.



Mi propia realización pasa por la objetiva valoración que haga de los “tesoros” que se presentan ante mí, así como de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. El discípulo del Señor Jesús debe tener siempre el coraje de abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para su verdadera realización y adherir sucorazón, su inteligencia, sus afectos, su voluntad, a lo que es verdaderamente valioso, a lo que finalmente me llevará a “ganar la gloria eterna”.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes». San Gregorio


«Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: “Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas”». San Gregorio


«Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: “Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere”. Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia». San Gregorio


«Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados». San Cirilo


«Quiso el Señor que nos fuese desconocida la última hora [de la muerte], para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella». San Gregorio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La fe es garantía de lo que se espera


145:La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Heb 11, 8).

Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio.


146: Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11, 1). «Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia» (Rom 4, 3). Gracias a esta «fe poderosa» (ver Rom 4, 20), Abraham vino a ser «el padre de todos los creyentes» (Rom 4, 11.18)


147: El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual «fueron alabados» (Heb 11, 2.39). Sin embargo, «Dios tenía ya dispuesto algo mejor»: la gracia de creer en su Hijo Jesús, «el que inicia y consuma la fe» (Heb 11, 40; 12, 2).


La esperanza nos mantiene alertas


706: Contra toda esperanza humana, Dios promete a Abraham una descendencia, como fruto de la fe y del poder del Espíritu Santo. En ella serán bendecidas todas las naciones de la tierra. Esta descendencia será Cristo en quien la efusión del Espíritu Santo formará «la unidad de los hijos de Dios dispersos» (Jn 11, 52). Comprometiéndose con juramento, Dios se obliga ya al don de su Hijo Amado y al don del «Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda... para redención del Pueblo de su posesión» (Ef 1, 13-14).


1817: La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. «Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa» (Heb 10, 23). «El Espíritu Santo que Él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tit 3, 6-7).


1818: La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.


1819: La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac, de las promesas de Dios y purificada por la prueba del sacrificio. «Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rom 4, 18).


1821: Podemos, por tanto, esperar la gloria del Cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, «perseverar hasta el fin» y obtener el gozo del Cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que «todos los hombres se salven» (1 Tim 2, 4). Espera estar en la gloria del Cielo unida a Cristo, su esposo:


«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Sta. Teresa de Jesús).


PUNTO REFLEXIVO FINAL


También vosotros, estad preparados»

Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 11 de agosto de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 12, 32-48


«En confiada y vigilante espera», así podemos resumir el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (Sabiduría 18, 6-9). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (Hebreos 11,1-2. 8-19). Ésta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (San Lucas 12, 32-48).


La misteriosa solidaridad


La exhortación que Jesús al inicio del Evangelio, continúa y se relaciona con la lectura del Domingo pasado: el desprendimiento de los bienes materiales en aras de la solidaridad fraterna: «Vended vuestros bienes y dad limosna…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Así lo resalta fuertemente la primera lectura que es una evocación «sapiensal» y agradecida de la primera pascua a la salida de los israelitas de Egipto: «Porque los justos, hijos de los santos,te ofrecían en secreto el sacrificio, y concordes establecieron esta ley de justicia, que los justos se ofrecían a recibir igualmente los bienes como los males». Sin duda nos llama poderosamente la atención la misteriosa solidaridad que une a toda la humanidad en un mismo destino. ¡Cuánto más deberíamos de tenerla en cuenta al ser todos miembros de un mismo Cuerpo en Cristo Jesús!


«La seguridad de lo que se espera»


La Segunda Lectura comienza con una definición teológica de la fe: «es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve». La palabra griega «seguridad», etimológicamente quiere decir «sub-stancia», lo que está debajo, lo que sirve de base y fundamento, significa que es lo que le da base y realidad subsistente a las cosas que esperamos. Podemos afirmar que la fe es la «convicción» de que existen las cosas que esperamos; o si se quiere, la «garantía» de que existen las cosas celestiales.

Tan ciertas y seguras son las realidades que indica la fe que «los antiguos o mayores», nuestros modelos de virtud y personas prudentes, se acreditaron de ella y la cultivaron con esmero. Estos «antiguos» son los antepasados de Israel; son los «padres»; es decir los patriarcas en general, los antecesores de los judíos, de los cuales contarán en este capítulo de la carta a los Hebreos, sus hazañas por la fe. La lectura de este Domingo nos lleva directamente al versículo octavo que se refiere a la fe de Abraham: modelo y padre de los creyentes. En la segunda parte de la lectura se acentúa la actitud de provisionalidad que mantuvo en tensión la fe de los patriarcas en camino hacia la patria definitiva. Vieron de lejos la tierra prometida y la saludaron, confesando y reconociendo que en esta tierra eran extranjeros y peregrinos.


El pequeño rebaño de Dios


El Evangelio de este Domingo comienza con unas palabras extraordinariamente consoladoras de Jesús. Ellas son la conclusión de su enseñanza acerca de la confianza en su amorosa Providencia: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino». Jesús llama al grupo de sus discípulos «pequeño rebaño». Esta es la única vez que se usa esta metáfora en el Evangelio de Lucas. Por eso para entender su sentido, como ocurre con muchos temas del Evangelio, es necesario recurrir al antecedente del Antiguo Testamento. Allí esta metáfora es corriente: el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vasconmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sl 23,1.4). Se entiende que el pastor es Dios. Con este pastor el rebaño no tiene nada que temer.


Jesús llama a sus discípulos de «pequeño rebaño» no sólo porque son poco numerosos, sino, sobre todo, porque está compuesto por gente sencilla, por gente de poco peso en el mundo. Es claro que Jesús en su vida no fue seguido por la gente importante (ver Jn 7,47-48). Es más, si alguien se tiene por «importante», tiene que hacerse pequeño para entrar en este rebaño: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3; cf. Lc 18,17).


Las cosas que pasan…


Cada persona maneja un volumen más o menos grande de información para su vida en esta tierra. Y esto es verdad a todo nivel. Por decir lo menos, todos conocen los precios de los artículos de consumo habitual, el recorrido de los autobuses de la ciudad, los programas de televisión o de radio que le interesan, los equipos de fútbol y su formación, los entrenadores, etc. Pero toda esa información se refiere a cosas que van cambiando: manejamos un cúmulo inmenso de información acerca de cosas que envejecen, se deterioran y pasan. Acerca de todo eso, nos dice «la Imitación de Cristo» con incuestionable verdad: «Todas las cosas pasan, y tú con ellas».


Es oportuno examinarnos para ver cuánta dedicación y tiempo le damos aquellas otras cosas que no pasan, porque son eternas. ¿Leemos el Evangelio cada día un tiempo equivalente al que destinamos a leer el diario o a ver las noticias en TV? ¿Qué es más importante para nosotros, los bienes de esta tierra o los bienes eternos? ¿Dónde está nuestro tesoro? Estas mismas preguntas hacía Jesús a los hombres de su tiempo ofreciéndonos un criterio que es sumamente claro: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón».


Dicho en otras palabras: aquello que ocupa tu atención, eso es tu tesoro. Si nuestra vida es gobernada por información banal y superflua, quiere decir que nuestro tesoro son los bienes de esta tierra, aunque digamos otra cosa, o queramos engañarnos. Escuchemos la recomendación del Señor: «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla». Los bienes de esta tierra son caducos, duran poco, se deterioran y defraudan; en el contexto del destino eterno del hombre son menos que nada. Atesorar esos bienes, diría el sabio Qohelet, es esfuerzo inútil, es como «atrapar vientos» (Ecle1,14). San Pablo nos dice: «Juzgo que todo es pérdida ante lasublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura» (Fil 3,7-8).


¡Estar preparados…!

En seguida Jesús nos exhorta a estar vigilantes, como están los siervos que esperan a su señor para abrirle apenas llegue. La venida del Hijo del hombre puede considerarse bajo un doble aspecto y ambas exigen estar bien preparados. Una se refiere a su venida al fin del tiempo, para poner fin a la historia. Entonces «vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». De ésta no sabemos «ni el día ni la hora». Por eso la actitud cristiana es vivir en permanente espera. Sin embargo, muchos pensarán: «para esa última venida de Cristo falta mucho». Admitamos que sea así. En todo caso, podemos acotar con bastante precisión el momento de su otra venida, la que pondrá fin a mi propia vida en esta tierra. Ocurrirá en cualquier momento. La actitud que Jesús reprueba es la del que dice: «Mi señor tarda en venir» y, por eso, se despreocupara y dejara de vigilar.


Todo esto se aclara más si se considera que está dicho por Jesús como un comentario a la parábola sobre aquel hombre que había atesorado riquezas para disfrutar «muchos años». La conclusión de esa parábola era ésta: «Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿para quién serán?» (Lc 12,20). El mayor desastre sería que llegara el Hijo del hombre y nos encontrara distraídos y despreocupados, demasiado absorbidos por las cosas de esta tierra. Al que se encuentre en ese caso, dice Jesús, «lo separará y le señalará su suerte entre los infieles». En cambio, para el que tiene su tesoro en el cielo y espera con gozo la venida del Señor, dice esta bienaventuranza: «Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentra así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de toda su hacienda».


¿Para nosotros o para todos?


Ante la parábola sobre la vigilancia, Pedro interviene para preguntar a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Pedro establece una diferencia entre ellos -se refiere a los Doce- que estaban siempre con Jesús, que habían sido instruidos por Él y que recibirían la responsabilidad de continuar su misión salvífica, y todos los demás hombres. Jesús en su respuesta alude directamente a Pedro y a los demás apóstoles hablando del «administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre», y reconoce que hay una diferencia. Si son fieles recibirán mayor recompensa; pero si son infieles recibirán mayor castigo. En efecto, el siervo que desobedece, conociendo la

voluntad de su señor, «recibirá muchos azotes»; en cambio, el que obra contra la voluntad de su señor, sin conocerla, “recibirá pocos azotes”. Jesús concluye advirtiendo: «A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».


Una palabra del Santo Padre:


«Este Evangelio quiere decirnos que el cristiano es alguien que lleva dentro de sí un deseo grande, un deseo profundo: el de encontrarse con su Señor junto a los hermanos, a los compañeros de camino. Y todo esto que Jesús nos dice se resume en un famoso dicho de Jesús: «Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 34). El corazón que desea. Pero todos nosotros tenemos un deseo. La pobre gente es la que no tiene deseo; el deseo de seguir adelante, hacia el horizonte; y para nosotros cristianos este horizonte es el encuentro con Jesús, el encuentro precisamente con Él, que es nuestra vida, nuestra alegría, lo que nos hace felices. Pero yo os haría dos preguntas. La primera: todos vosotros, ¿tenéis un corazón deseoso, un corazón que desea? Pensad y responded en silencio y en tu corazón: tú, ¿tienes un corazón que desea, o tienes un corazón cerrado, un corazón adormecido, un corazón anestesiado por las cosas de la vida? El deseo: seguir adelante hacia el encuentro con Jesús.


Y la segunda: ¿dónde está tu tesoro, aquello que tú deseas? —porque Jesús nos dijo: Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón—. Y yo pregunto: ¿dónde está tu tesoro? ¿Cuál es para ti la realidad más importante, más valiosa, la realidad que atrae mi corazón como un imán? ¿Qué es lo que atrae tu corazón? ¿Puedo decir que es el amor de Dios? ¿Están las ganas de hacer el bien a los demás, de vivir para el Señor y para nuestros hermanos? ¿Puedo decir esto? Cada uno responda en su corazón. Pero alguien puede decirme: Padre, pero yo soy uno que trabaja, que tiene familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante a mi familia, el trabajo… Cierto, es verdad, es importante. Pero, ¿cuál es la fuerza que mantiene unida a la familia? Es precisamente el amor, y quien siembra el amor en nuestro corazón es Dios, el amor de Dios, es precisamente el amor de Dios quien da sentido a los pequeños compromisos cotidianos e incluso ayuda a afrontar las grandes pruebas. Este es el verdadero tesoro del hombre. Seguir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico.


El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Jesús. El amor de Dios se manifiesta en Jesús. Porque nosotros no podemos amar el aire… ¿Amamos elaire? ¿Amamos el todo? No, no se puede, amamos a personas, y la persona que nosotros amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad humana. Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, al horizonte final de nuestra peregrinación. Así, incluso las fatigas y las caídas encuentran un sentido. También nuestros pecados encuentran un sentido en el amor de Dios, porque este amor de Dios en Jesucristo nos perdona siempre, nos ama tanto que nos perdona siempre».


Papa Francisco. Ángelus 11 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es imprevisible. El meteorólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante el mes de mayo o el próximo año, con mayor o menor aproximación. Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios.

2. La imprevisibilidad del futuro reclama vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar es mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, «cuando Él venga» o cuando nosotros vayamos a Él. La vigilancia no es una opción, es una necesidad vital. ¿Cómo vivo la sana vigilancia en mi vida?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1006- 1014.


!GLORIA A DIOS!


Guárdense de toda codicia

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 4 Ee agosto Ee 2019 a las 21:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XVIII ORDINARIO


04 - 10 de agosto del 2019



“Guárdense de toda codicia”



Ecl 1, 2; 2, 21-23: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!”


¡Vanidad de vanidades, dice el sabio Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su herencia

a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.


Sal 94, 1-2.6-9: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”


Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornen, hijos de Adán».

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vela nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde se marchita y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.


Col 3, 1-5. 9-11: “Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra”


Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bie¬nes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque ustedes han muerto, y su vida está con Cristo es¬condida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, enton¬ces también ustedes aparecerán gloriosos, juntamente con Él.

En consecuencia, den muerte a todo lo que hay de terreno en ustedes: la fornicación, la impureza, la pasión desordenada, la codicia y la avaricia, que es una idolatría.

No sigan engañándose los unos a los otros.

Despójense del hombre viejo con sus obras, y revístanse del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento más pro¬fundo, se va renovando a imagen de su Creador.

En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y grie¬gos, circuncisos e incircuncisos, bárbaros e incivilizados, escla¬vos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.


Lc 12, 13-21: “Así le sucede al que amontona riquezas para sí mismo y no es rico a los ojos de Dios”

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:


— «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la he¬rencia».

Él le contestó:

— «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?»

Y dijo a la gente:

— «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Que por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes».

Y les propuso una parábola:

— «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se puso a pensar:

“¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”.

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bie¬nes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”.

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta misma noche vas a morir. Lo que has acumula¬do, ¿para quién será?”

Así le sucede al que amontona riquezas para sí mismo y no es rico a los ojos de Dios».


NOTA IMPORTANTE


De camino a Jerusalén, mientras anuncia a todos la llegada del Reino de los Cielos y proclama la Buena Nueva, uno se le acerca para pedirle que haga de juez en un litigio netamente mundano: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Como lamentablemente sucede tantas veces, la codicia o ambición se convierte en causa de división entre los hermanos.


En la petición de aquel hombre descubrimos un deseo de manipular a Cristo para obtener lo que quiere. Movido por sus intereses personales quiere servirse del Señor, de su fama, de su influencia sobre la gente, para obtener la parte de la herencia que el hermano le niega. Quien se acercaba al Señor con esta petición pensaba que estaba en todo su derecho y que era de justicia que su hermano repartiese la herencia con él. El hermano que se niega a compartir con él la herencia está obrando de un modo injusto, egoísta, codicioso. Sin embargo, también aquel que se acerca al Señor para pedirle que resuelva este conflicto lo hace movido por la codicia: lo que le preocupa es que su hermano le dé su parte y por ello quiere lograr que el Señor, justo juez, sentencie en su favor.


El Señor rechaza una tarea que no le ha sido encomendada: «¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?». Denuncia la actitud de cuantos se acercan a Él más como alguien que debe resolver sus problemas familiares, económicos o de cualquier otra índole, en vez de buscar en Él la Vida que ha venido a traer. Su misión primordial consiste en perdonar los pecados, reconciliar al ser humano con Dios y devolverle la semejanza divina. Es a partir de esa reconciliación fundamental que todo ser humano podrá vivir también una reconciliación consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. Sólo mediante una conversión auténtica los hermanos que ahora se enemistan por la ambición y el egoísmo podrán vivir entre ellos la justicia y la caridad.


Inmediatamente el Señor busca sacar provecho de la situación para educar a sus discípulos: «Miren: guárdense de toda clase de codicia». La codicia es una afición o apego desordenado y desproporcionado a las riquezas y bienes materiales. La codicia, enseña el Apóstol, es una idolatría (ver 2ª. lectura). El codicioso hace del dinero su dios. Su seguridad y su confianza las encuentra en el dinero, se preocupa de tener cada vez más para sí y endurece el corazón a las necesidades del prójimo. El codicioso cree que posee sus riquezas, cuando en realidad es poseído por ellas: es su esclavo, aunque vive en la ilusión de ser su señor. Codicioso puede ser también el que poco o nada tiene, pero que piensa que el dinero lo es todo en la vida y hace lo que sea, de modo honesto o deshonesto, para adquirirlo y llegar algún día a “ser alguien” y experimentar la vana sensación de poder y seguridad que da el dinero. El Señor advierte a sus discípulos contra toda codicia pues el codicioso termina sustituyendo irremediablemente a Dios por Mamón, por el dios-dinero, y termina ofrendando su vida a este “dios”.


La parábola que propone el Señor a raíz de esta situación tiene una clara lección: «por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes». Vive en la ilusión quien pone su confianza en la abundancia de sus bienes. Un hombre que centra su seguridad en sus posesiones y que no tiene en cuenta la caducidad de esta vida sólo puede ser calificado de necio, estúpido, poco inteligente. La expresión usada por el Señor es fuerte, pues busca despertar y hacer salir de la ilusión a quien cree que lo más importante es atesorar para sí, poner en los bienes materiales y riquezas su gozo y confianza, cuando éstos son incapaces de asegurarle la Vida. Pretender lo contrario es pura vanidad y querer atrapar vientos (ver 1ª. lectura). Sólo Dios puede liberar al ser humano de la muerte y garantizarle la Vida eterna.


Es sabio, en cambio, quien pone su confianza en Dios y encuentra su seguridad en Él, consciente de que la muerte le puede sobrevenir en cualquier momento. Para lo que hay que estar preparados es para el encuentro final con Dios, que puede llegar ese mismo día. Entonces cada uno se encontrará cara a cara ante Dios, y la riqueza entonces no se medirá por los bienes temporales que uno haya acumulado en el terreno peregrinar, sino por el amor y la caridad vivida en el compartir.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Hoy mucho parece girar en torno al dios-dinero: se trabaja para tener no sólo una seguridad económica razonable sino para tener la mayor abundancia posible. Por el dinero o la repartición de las herencias surgen tantas desavenencias entre hermanos, conflictos, divisiones, se generan odios y se maquinan venganzas e incluso asesinatos. La ambición se apodera de muchos corazones cuando el dinero está en juego. Normalmente los que más tienen siempre quieren más, y más se aferran a lo que tienen. Cada vez más la vida gira en torno al tener: los que tienen para no perder lo que tienen y para tener más. Los que no tienen o tienen poco, para llegar a tener más. Los hombres o mujeres que se dejan llevar por el ansia del tener, por la codicia, se trastornan y se vuelven cada vez más egoístas e insensibles a las necesidades de los demás. Y aunque se creen dueños de su propio dinero, en realidad son sus esclavos. Se creen ricos, pero viven en la pobreza más espantosa: la del espíritu.


Pero, ¿por qué se ambiciona tanto la riqueza, a veces a niveles obsesivos? El dinero ofrece una sensación de poder y dominio: “poderoso caballero, don dinero”, reza una sentencia popular. ¡Cuántas cosas se pueden alcanzar en este mundo cuando se tiene dinero! Tal es su poder que “hace girar al mundo” en torno a uno. Quien con el dinero “todo lo puede comprar” —cosas lícitas como también ilícitas— experimenta una sensación de seguridad: “mientras tenga dinero, nada me faltará, nada tengo de qué preocuparme; todo está a mi alcance”. El Señor advierte que se trata de una falsa sensación de seguridad, pues la vida de uno no está asegurada por sus bienes. Los bienes nada pueden contra la muerte, que llegará inexorablemente en el momento menos esperado, quizá cuando más seguros nos sintamos.


El Señor nos invita a estar atentos para no ceder a la codicia, que nos lleva a poner nuestra seguridad última en las riquezas. Ellas no podrán comprarte la vida eterna, todo lo contrario, por el apego a ellas, por poner en ellas tu confianza, existe el riesgo de que pierdas la eternidad: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36). Mas esos mismos bienes pueden ayudarte a ganar el Cielo si con actitud desprendida sabes hacer un recto uso de ellos, administrándolos con sabiduría, para beneficio de muchos: «No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonen más bien tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben» (Mt 6, 19-20). Ser generoso y desprendido, ayudar a otros con tus bienes, con obras de caridad o de promoción humana y cristiana, es hacerte rico a los ojos de Dios y atesorar riquezas en el Cielo.


Frente a la codicia, frente a la tendencia a aferrarme a lo que tengo, debo recordar constantemente esta verdad: yo no soy dueño de lo que poseo, sino sólo un administrador. Dios me ha dado todo lo que soy, tengo y puedo alcanzar en la vida. Si todo lo he recibido de Dios, ¿no conviene que también yo aprenda a ser generoso como Él ha sido y es generoso conmigo? ¿Cómo puedo hacer un buen uso de mis bienes, para poder ayudar a otros? No perdamos de vista que sólo somos peregrinos en este mundo, y que el Señor nos pedirá cuentas de lo que hicimos con los bienes y talentos que Él confió a nuestra administración. A quien ha sabido administrar rectamente esos talentos, multiplicándolos para beneficio de todos, el Señor lo premiará con abundancia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Debía haber dicho “abriré mis graneros y convocaré a los pobres”. Pero piensa, no en repartir, sino en amontonar. Continúa, pues: “Y dijo, esto haré; derribaré mis graneros”. Hace bien, porque son dignas de destrucción las adquisiciones de la maldad: destruye tú también tus graneros, porque de ellos nadie ha obtenido consuelo. Añade: “Y los haré mayores”. Y si también llenas éstos, ¿volverás acaso a destruirlos? ¿Qué cosa más necia que trabajar indefinidamente? Los graneros son para ti —si tú quieres— las casas de los pobres; pero dirás: ¿a quién ofendo conservando lo que es mío? Y prosigue: “Y allí recogeré todos mis frutos y mis bienes”. Dime, ¿qué bienes son los tuyos? ¿De dónde los has tomado para llevarlos en la vida? Como los que llegan temprano a un espectáculo, impiden que participen los que llegan después, tomando para sí lo que está ordenado para el uso común de todos, así son los ricos, que apoderándose antes de lo que es común, lo estiman como si fuese suyo. Porque si cualquiera que habiendo recibido lo necesario para satisfacer sus necesidades, dejase lo sobrante para los pobres, no habría ni ricos ni pobres».

San Basilio


«No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: “Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre”. No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad».

San Gregorio de Nacianzo


«No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácil¬mente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ri¬cos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, conside¬rando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bie¬nes del Cielo».

San León Magno


«En vano amontona riquezas el que no sabe si habrá de usar de ellas; ni tampoco son nuestras aquellas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud es la que acompaña a los difuntos. Únicamente nos sigue la caridad, que obtiene la vida eterna a los que mueren».

San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


2259: La Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes.

El noveno mandamiento

«No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Ex 20, 17).

«El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 2).


2514: S. Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (ver 1 Jn 2, 16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

El décimo mandamiento

«No codiciarás... nada que sea de tu prójimo» (Éx 20, 17).

«No desearás... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo» (Dt 5, 21).

«Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21).


2534: El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La «concupiscencia de los ojos» lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto. La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley. El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.


2535: El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona.


2536: El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: «No codiciarás», nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: «El ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14, 9) (Catech. R. 3, 37).


2537: No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos. La catequesis tradicional señala con realismo «quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas» y a los que, por tanto, es preciso «exhortar más a observar este precepto»:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles... Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Catech. R. 3, 37).

 

CONCLUSION


Ser ricos ante Dios


Hay quien piensa que “buscar las cosas de arriba”, como dice san Pablo en la segunda lectura, consiste en pasarse todo el día en la Iglesia, encendiendo velas a todos los santos, rezando novenas y rosarios y arrodillado delante del Santísimo. Todo eso es bueno, pero no viene a ser más que el entrenamiento. Como los deportistas se entrenan para ganar la carrera, nosotros tenemos que entrenarnos también para ganar. ¿Cuál es nuestra carrera? Pues la vida diaria, la vida en familia, la vida en el trabajo. Ahí es donde tenemos que “buscar las cosas de arriba”.


Esas “cosas de arriba” son muy importantes. Son las únicas que nos llevaremos cuando nos vayamos de este mundo. Lo demás es lastre inútil. El Evangelio nos lo deja muy claro. Podemos acumular todas las riquezas que podamos imaginar. Todo será inútil porque lo único que vale la pena es “ser rico ante Dios”. Todo lo demás es “vanidad de vanidades”, como dice la primera lectura. Es decir, que tenemos que “buscar las cosas de arriba” y “ser ricos ante Dios” y lo demás no interesa. Ahí tenemos definido un buen objetivo para nuestra vida. Hay personas que se preocupan de ser famosas, de hacer una buena carrera o de acumular mucho dinero. Pero nosotros, los cristianos, tenemos otro objetivo: “buscar las cosas de arriba” y “ser ricos ante Dios”.


Pero, ¿en qué consiste ese “buscar las cosas de arriba” y “ser ricos ante Dios”? Por lo pronto, tenemos ya una respuesta negativa. No consiste en entregarnos a todas esas inmoralidades de que habla la segunda lectura. Mejor olvidarnos de la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia, la avaricia. Todo eso no tiene nada que ver con “buscar las cosas de arriba”. El Evangelio remacha la idea de que la codicia, vivir sólo tratando de acumular dinero, no vale para nada. Ya sabemos, entonces, lo que no tenemos que hacer.


Pero, ¿qué debemos hacer para “ser ricos ante Dios”? De nuevo la respuesta nos viene de la segunda lectura y del Evangelio. De acuerdo con Pablo, nos tenemos que revestir de la nueva condición del cristiano. Ahí no hay diferencias entre las personas: todos somos hermanos y hermanas. Ahora sabemos que “buscar las cosas de arriba” es buscar la fraternidad y vivirla en el día a día. Somos hermanos y hermanas y Cristo es el hermano mayor que nos convoca a vivir en familia. Por eso decía al principio que lo que hagamos en la Iglesia es sólo un entrenamiento. El amor fraterno hay que vivirlo en la familia, en la calle, en el trabajo. Ahí es donde se hace la fraternidad, donde conseguimos las “cosas de arriba” y nos hacemos “ricos ante Dios”.


Para la reflexión


¿Cuáles son los objetivos de mi vida? ¿Trato de no hacer esas cosas que van en contra de “buscar las cosas de arriba? ¿De qué forma procuro vivir el amor fraterno con mi familia, con mis amigos, en el trabajo? Cuando voy a la Iglesia, ¿le pido a Dios que me ayude a ser más hermano o hermana de mis hermanos?




!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


!QUE VIVA EL DIVINO SALVADOR DEL MUNDO!!!



Señor, enséñanos a Orar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee julio Ee 2019 a las 14:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XVII ORDINARIO


28 de julio al 3 de Agosto del 2019



“Señor, enséñanos a Orar"


Gen 18, 20-32: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza”


En aquellos días, el Señor dijo:

— «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación que contra ellas llega a mí; y si no es así, lo sabré».

Partieron de allí aquellos hombres y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abraham.

Entonces Abraham se acercó y dijo a Dios:

— «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás a la ciudad por los cincuenta inocentes que hay en ella? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente juntamente con el

culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?»

El Señor contestó:

— «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos».

Abraham respondió:

— «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?»

Respondió el Señor:

— «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco».

Abraham insistió:

— «Quizá no se encuentren más que cuarenta».

Le respondió:

— «En atención a los cuarenta, no lo haré».

Abraham siguió:

— «Que no se enoje mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?»

Él respondió:

— «No lo haré, si encuentro allí treinta».

Insistió Abraham:

— «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?»

Respondió el Señor:

— «En atención a los veinte, no la destruiré».

Abraham continuó:

— «Que no se enoje mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?»

Contestó el Señor:

— «En atención a los diez, no la destruiré».


Sal 137, 1-3.6-8: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”


Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tocaré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, aumentaste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


Col 2, 12-14: “Sepultados con Cristo por el Bautismo, han resucitado con Él”


Hermanos:

Por el Bautismo fueron ustedes sepultados con Cristo, y han resucitado con Él, porque han creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos.

Ustedes estaban muertos por sus pecados, porque no estaban circuncidados; pero Dios les dio vida en Él, perdonándoles todos los pecados.

Borró el documento que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.


Lc 11, 1-13: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre…”


Una vez, estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

— «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo:

— «Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación”».

Y les dijo:

— «Si alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”.

Y, desde dentro, el otro le responde:

“No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”.

Si el otro insiste llamando, yo les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

Por eso yo les digo:

Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre ustedes, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús, Hijo de Dios e hijo de Santa María Virgen, es un hombre de acción y oración. El anuncio de la Buena Nueva, sus signos y milagros, la obra de la Reconciliación obrada en su Muerte y Resurrección son ante todo acción, acción que se sustenta en la comunión profunda y en el diálogo continuo con el Padre, acción que es ella misma una acto de ininterrumpida alabanza al Padre porque es fiel cumplimiento de sus amorosos designios divinos: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). En efecto, llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado, el Hijo glorifica al Padre porque hace de su actividad una liturgia continua, una oración que no se interrumpe. El Señor Jesús vive intensamente el binomio de la acción y oración: oración para la vida y apostolado, vida y apostolado hechos oración.


Es en medio de la intensa actividad que realiza en su camino a Jerusalén, actividad que es ella misma oración, que el Señor no deja de buscar los necesarios “momentos fuertes” de diálogo y encuentro íntimo con el Padre. Él estaba «orando en cierto lugar», leemos en el Evangelio de este Domingo. Ésta es una de las tantas ocasiones en las que Jesús busca al Padre en el silencio y la soledad de la oración. En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2599-2606), constituyéndose en modelo que «con su oración atrae a la oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, 520), ya que el discípulo que contempla a su Maestro en oración experimenta él mismo la necesidad de orar, experimenta el deseo de aprender de quien es el Maestro. Por ello que cuando Jesús termina de orar le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar».


Ante la pregunta el Señor no enseña propiamente “cómo” orar, no establece un método de oración, sino que enseña qué decir en el momento de orar y propone una plegaria muy breve y concreta, cuyo contenido va a lo esencial: «Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación”».


En esta oración la primera palabra que debe dirigir el creyente a Dios es la de “Padre”. Es verdaderamente hijo, en Jesucristo y por Jesucristo, quien con Él ha sido sepultado en el Bautismo y quien ha resucitado con Él también a una vidanueva (2ª. lectura). La reconciliación que el Señor ha obrado por su pasión, muerte y resurrección, es perdón de los pecados, cancelación de «la nota de cargo que había contra nosotros». Todo bautizado ha sido vivificado en Cristo y hecho hijo en el Hijo: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Gracias a Jesucristo y en comunión con Él, el creyente es verdaderamente hijo de Dios y se puede dirigir a Él como Padre.


Luego de enseñar a sus discípulos esta fundamental plegaria el Señor continúa su instrucción sobre la oración. La persistencia y la confianza han de ser sus principales características. Con la parábola del amigo importuno enseña cuán insistente debe ser la súplica dirigida al Padre. También Abraham muestra esa terca insistencia al suplicar a Dios que no destruya las ciudades inicuas de Sodoma y Gomorra, en consideración a los pocos justos que allí pudiese haber (1ª. lectura). Jesús por su parte concluye su parábola dándoles la certeza a los discípulos de que serán atendidos por Dios en sus plegarias: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre».


Sin embargo, el Señor deja entrever que si no reciben lo que piden, es porque están pidiendo algo que no conviene. La razón de no recibir lo que se pide hay que buscarla no en que Dios no escucha, sino en que como Padre Él no dará a sus hijos lo que no es conveniente. Y a veces, aunque no se comprenda de momento, lo más conveniente será la Cruz a la que el Padre en sus misteriosos designios invita al discípulo a abrazarse con firmeza. En esas circunstancias el Hijo por excelencia será también Modelo y Maestro de cómo se ha de rezar: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Al ver al maestro en oración, el discípulo experimenta la necesidad de rezar él también. ¿Pero cómo orar? ¿Cuál es la mejor manera o el método seguro para comunicarse con Dios? ¿Y quién mejor que el mismo Jesucristo para enseñarnos a orar? Así, ante la súplica de los discípulos que le dicen “enséñanos a orar”, el Señor les propone una plegaria sencilla y concreta: el “Padrenuestro”.

Muchos hoy hacen una distinción entre “orar” y “rezar”. Definen que “rezar” es tan sólo repetir una fórmula, mientras que “orar” es dialogar espontáneamente con el Señor. A quien corre el riesgo de pensar que el diálogo espontáneo con Dios es superior y preferible a “rezar” con alguna fórmula establecida, conviene recordarleque lo que Jesús enseñó a sus discípulos es justamente una fórmula, que millones de cristianos vienen rezando desde entonces, fieles a la instrucción del Señor. ¡Qué importante es rezar con esta oración que el Señor mismo nos ha dejado como una preciosísima herencia!


Obvio que existe el peligro de la rutina, que lleva a recitar la oración del Padrenuestro como podría repetirla un loro, sin entender el contenido de sus palabras y súplicas. Así terminamos vaciándola de todo contenido y haciendo de ella un puro parloteo. ¡Cuántos creen que rezan porque al final del día balbucean un Padrenuestro apuradamente, antes de acostarse, como si eso fuera rezar!


Sin embargo, bastaría rezar bien esta oración cada día, dándole el verdadero peso y sentido a sus palabras y súplicas, para que nuestra vida quedase transformada. Para ello es necesario profundizar en el sentido de lo que rezamos en esta preciosa oración, elaborada por el Señor mismo para enseñarnos cómo orar.


Con la primera palabra de esta oración el Señor Jesús nos invita a dirigirnos a Dios diciéndole “Padre”. Dios es verdaderamente Padre, un Padre rico en misericordia y ternura, es mi Padre y verdaderamente me ama y como tal quiere mi máximo bien (ver 1 Jn 3, 1; Lc 15, 11-32).


Pero Dios, a quien el Señor Jesús me enseña a dirigirme con confianza filial, no sólo es mi Padre: es también Padre de Jesucristo, Padre mío y tuyo, de todos los que hemos recibido la vida nueva en Cristo, es “Padre nuestro”. Sí, el Señor nos enseña que su Padre es también Padre nuestro y eso nos hace a ti y a mí hermanos, verdaderamente hermanos, unidos por un vínculo más profundo que el de la sangre, el vínculo del Espíritu que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Y si somos hijos de un mismo Padre, no podemos consentir divisiones entre quienes somos de Cristo, más aún, somos responsables los unos de los otros, somos responsables de trabajar por nuestra unidad, por vivir reconciliados en el amor del Señor. No hay fraternidad más profunda y real que ésa: la que se sustenta en la dignidad y condición de ser hijos de un mismo Padre, que es Dios.


Podríamos así profundizar en cada una de las palabras y peticiones que el Señor ha querido poner no sólo en nuestros labios, sino más aún en nuestros corazones. Eso queda como tarea para cada uno, y en esta tarea nos ayudará muchísimo la lectura y meditación del Catecismo de la Iglesia Católica, números 2779 al 2856.


Procuremos además rezar todos los días el Padrenuestro pausadamente, en la mañana antes de empezar nuestra jornada, tomando conciencia de cada una de laspalabras que pronunciamos con nuestros labios y procurando con la gracia de Dios vivirlas intensamente a lo largo de nuestra jornada.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: “Padre mío, que estás en los cielos”, ni: “El pan mío dámelo hoy”, ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo». San Cipriano


«El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos». San Cipriano


«[Decimos] santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es Él mismo quien santifica? Mas, como sea que Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el Bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación». San Cipriano


«Venga a nosotros tu reino. Pedimos que el reino de Dios se realice, en el mismo sentido en que imploramos que su nombre sea santificado en nosotros. En efecto, ¿cuándo es que Dios no reina? ¿Cuándo ha comenzado a ser lo que en Él siempre ha existido y jamás dejará de existir? Pedimos, pues, que venga nuestro reino, el que Dios nos ha prometido, aquel que Cristo nos ha alcanzado por su Pasión y su Sangre. Así, después de haber sido esclavos en este mundo, seremos reyes cuando Cristo será soberano, tal como Él mismo nos lo ha prometido cuando dice: “Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34)». San Cipriano


«[Decimos] hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas». San Cipriano


«Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que Él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios». San Cipriano


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Sobre la oración del Padrenuestro


2761: «La Oración dominical [el Padrenuestro] es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio». «Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: “Pedid y se os dará” (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental».


2764: El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la Oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.


2765: La expresión tradicional «Oración dominical» [es decir «Oración del Señor»] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es «del Señor».

Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: Él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.


2766: Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico. Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también «el que escruta los corazones», el Padre, quien «conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios» (Rom 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.


2767: Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor «tres veces al día», en lugar de las «Dieciocho bendiciones» de la piedad judía.


CONCLUSION


«Señor, enséñanos a orar»


Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 28 de julio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 11, 1-13


Jesús enseñó a sus discípulos a orar, ante todo con su ejemplo, pero también con su palabra. El Evangelio de hoy (San Lucas 11, 1-13) es un verdadero tratado sobre la oración y el Maestro es Jesús mismo. Este hecho debe despertar toda nuestra atención y cuidado. Si ya en el antiguo Israel los sabios atraían la atención de sus discípulos diciendo: «Escucha, hijo, la instrucción de tu padre» Prov 1,8. ¡Cuánto más debemos prestar atención a la Sabiduría misma de Dios que nos instruye! Abraham en la Primera Lectura (Génesis 18, 20- 32) va a recurrir a la intercesiónante Yahveh por el pueblo de Sodoma. En la Segunda Lectura (Colosenses 2,12-14) vemos a Dios que nos ha dado la vida eterna en Cristo, perdonándonos los pecados o deudas, como rezamos en el Padre nuestro.


Negociándole a Dios…


En la Primera Lectura vemos al patriarca Abraham regateando con Dios, como el amigo importuno de la Lectura del Evangelio. Abraham intercede por Sodoma y se nuestra un excelente regateador que consigue rebajar la cifra inicial de cincuenta justos a diez, como condición para el perdón de la ciudad pecadora. Pero lamentablemente Dios no encuentra a esos diez justos: Sodoma y Gomorra serán destruidas sin remedio. El texto deja patente la eficacia de la súplica pertinaz y, sobre todo, la misericordia del Señor, dispuesto siempre a perdonar.


El perdón también es el tema de la Segunda Lectura. San Pablo, en su carta a los colosenses, nos recuerda que Dios nos ha dado la vida nueva en Jesucristo y que nos ha borrado todos los pecados, es decir, se han cancelado todas las deudas adquiridas o heredadas. Todo ha sido restituido a su estado original. Si Dios atendió la mediación de Abraham, cuánto más nos escuchará a nosotros, que somos sus hijos, cuando le pedimos algo en nombre de Jesucristo su Hijo y nuestro Mediador ante el Padre.


«Señor, enséñanos a orar…»


Es significativo que la instrucción que Jesús nos ha dejado en la lectura del Evangelio de este Domingo, siga inmediatamente al episodio de Marta y María, que concluye con la sentencia de Jesús: «Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola». Esa única cosa necesaria es la oración. Jesús nos enseña personalmente que la oración debe ser perseverante y confiada. Las palabras y las instrucciones de Jesús están motivadas por la petición de uno de sus discípulos. Pero esta petición no habría sido formulada si sus discípulos no hubieran visto antes a Jesús mismo orando. En efecto, el Evangelio dice: «Sucedió que, estando él orando en cierto lugar…».


Ver orar a un santo cualquiera o a un hombre de Dios es un espectáculo maravilloso; pero ver orar a Cristo mismo debió ser sobrecogedor. Viendo orar a Jesús, este discípulo ha comprendido algo muy importante: la oración es algo que se aprende y, para hacer progresos en ella, es necesario tener un maestro que tenga experiencia en el tema. Todos hemos oído que multitudes seguían a Santa Bernardita cuando ella, movida por un impulso interior irresistible, corría a la grutacercana a Lourdes a la cita con la celestial Señora. La gente no veía nada. Pero valía la pena levantarse al alba con lluvia y frío tan solo para verla a ella orar.


Cuando Jesús oraba nadie se habría atrevido a interrumpir su diálogo con el Padre. Pero «cuando terminó», los discípulos le expresan su anhelo de compartir esa misma experiencia: «Enséñanos a orar». Y Jesús satisface este deseo enseñándonos su oración: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino…». Muchos santos y místicos han compuesto hermosas oraciones. Para comprender la suprema belleza de ésta, bastaría detener¬se en la primera palabra: «Padre». Aquí está contenida toda la experiencia de Cristo y toda su enseñanza.


Padre Nuestro…


Jesús ora a Dios llamándolo «Padre», como en la oración sacerdotal: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti»” (Jn 17,1). Y nos enseña a nosotros a llamar a Dios de la misma manera: «Padre, santificado sea tu nombre…». El es Hijo de Dios por naturaleza, porque es de la misma sustancia divina que el Padre; pero nos enseña que también nosotros somos hijos de Dios, lo somos por adopción, por gracia. ¡Qué sorpresa para los discípulos! Ellos se esperaban cualquier cosa menos esta enseñanza. Nadie podía enseñar a dirigirse a Dios con ese dulce nombre, sino el Hijo único de Dios, el único que sabe por experiencia que Dios es Padre. Jesús nos enseña que su discípulo también es adoptado como hijo de Dios y que, cuando ora, llamando a Dios «Padre», es incorporado a Cristo, de manera que es Cristo mismo quien ora en él. Esta unión del cristiano con Cristo en la oración la expresa magníficamente San Agustín: «Cristo ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como Cabeza nuestra; es orado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestra voz, y su voz en nosotros» (Ep. 85,1). Si esto es verdad en toda oración cristiana, lo es, sobre todo, en la oración que nos enseñó Jesús.


Además de reconocer nuestra filiación (ser hijos en el Hijo) debemos reconocer la santidad de Dios como expresión de su infinita perfección: «Santificado sea tu Nombre». Debemos anhelar la presencia en el mundo de la acción salvífica de Dios: «Venga tu Reino». Debemos confiar en la Providencia divina: «Danos cada día nuestro pan cotidiano». Debemos reconocernos pecadores ante Dios, pero confiar en su misericordia divina: «Perdónanos nuestros pecados». Debemos tener una actitud de misericordia con el prójimo: «Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe». Finalmente, debemos confiar en que Dios no permitirá que suframos una tentación que, con la gracia divina, no podamos resistir: «No nos dejes caer en la tentación».


El amigo inoportuno


Jesús propone dos parábolas cuya clave de comprensión es precisamente que Dios es Padre. En la parábola del amigo importuno, la conclusión está insinuada: si el dueño de casa accede a la súplica del que acude a él a medianoche, no por ser su amigo, sino por su importunidad, ¡cuánto más responderá Dios, que es Padre! Y si un padre de esta tierra, que siendo hombre es siempre malo, sabe dar cosas buenas a su hijo, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo, que es la suma de todo lo bueno, al que se lo pida! Jesús mediante la parábola del amigo importuno nos enseña que la oración dirigida a Dios con la actitud interior antes descrita debe ser perseverante. La parábola tiene esta conclusión: «Os aseguro que, si no se levanta a dárselos (los tres panes) por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite».


Siguiendo esta enseñanza, San Pablo exhorta: «Orad constantemente» (1Tes 5,17). Si aquel hombre se levanta y da a su importuno amigo «los tres panes» pedidos, Dios «le dará todo cuanto necesite». Así lo asegura el mismo Jesús: «Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis» (Mt 21,22). La condición «con fe» resume aquella actitud interior expresada en la oración enseñada por Jesús.


La segunda parábola está introducida por estas breves sentencias: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, golpead y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que golpea se le abrirá». Ya está aflorando en nuestros labios esta objeción: ¿Por qué, entonces, yo he pedido a Dios algunas cosas y Él no me las ha concedido? Es porque hemos pedido a Dios cosas que Él sabe que no nos convienen. «Si un hijo le pide a su padre un pez ¿le dará acaso una culebra?» ¡Obviamente no! Pero, ¿y si le pide una culebra? Si le pide una culebra, porque el padre lo ama, no le da lo que le pide, sino que le da un pez, que es lo que le conviene. Jesús concluye: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»”. En esta petición no hay engaño, esta petición es irresistible para Dios, porque esta petición es siempre buena para sus hijos.


En la última parte de la lectura Jesús asegura que la oración hecha con actitud de amor filial obtiene siempre de Dios el don óptimo: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan»”. El Espíritu Santo es el bien máximo al que se puede aspirar. En efecto, «fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,22-23).


Una palabra del Santo Padre:


«Los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se sumerge en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles también a ellos a rezar. (Cfr. Lc 11,1). Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la oración cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).


Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión ‘nos atrevemos a decir’. De hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido. Seremos llevados a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cambio, invocarlo como Padre, nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él.


Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, ‘salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí’. Mc 16,8. Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: ‘No tengan miedo’. Pensemos en la parábola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15,11-32). Jesús narra de un padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y dejarlo ir fuera de casa.


Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrío del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo amar. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre. ¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos! Tal vez es por estarazón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de traducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: ‘Abbà’.


En dos ocasiones san Pablo, en su epistolario (Cfr. Rom 8,15; Gal 4,6), toca este tema, y en las dos veces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, ‘abbà’, un término todavía más íntimo respecto a ‘padre’, y que alguno traduce ‘papá’, ‘papito’. Queridos hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”. ¡Es Él quien no puede estar sin nosotros y este es un gran misterio!»


Papa Francisco. Audiencia 7 de junio de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo vivo mi relación con Dios Padre? ¿Es algo cotidiano el rezarle a Dios?

2. Familia que reza unida…permanece unida ¿Cómo vivo la oración en mi familia? ¿Promuevo el rezar en familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2777- 2801

Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XVI ORDINARIO


21-19 de julio del 2019



“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas.”


Gen 18, 1-10: “Señor, no pases de largo junto a tu siervo.”

En aquellos días, el Señor se apareció a Abraham junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de su carpa, porque hacía calor.

Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al ver¬los, corrió a su encuentro desde la puerta de su carpa y, pos¬trándose en tierra, dijo:

— «Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que se laven los pies y descansen junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que recobren fuerzas antes de seguir, ya que han juzgado opor¬tuno pasar junto a su siervo».

Contestaron:

— «Está bien. Puedes hacer lo que dijiste».

Abraham entró corriendo en la carpa donde estaba Sara y le dijo:

— «Date prisa, toma tres medidas de flor de harina, amásala y haz unos panes».

Luego fue corriendo donde estaba el ganado, escogió un ter¬nero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también queso fresco, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron:

— «¿Dónde está Sara, tu mujer?»

Contestó:

— «Aquí, en la carpa».

Añadió uno:

— «Cuando vuelva a ti, pasado el tiempo de su embarazo, Sara habrá tenido un hijo».


Sal 14, 2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”


El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra

nunca fallará.


Col 1, 24-28: “Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria”


Hermanos:

Me alegro de sufrir por ustedes; así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciarles a ustedes su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.

A este pueblo ha querido Dios dar a conocer la gloria y ri¬queza que este misterio encierra para los paganos: es decir, que Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria.

Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con lo mejor que sabemos, para que todos alcancen su madurez en Cristo.


Lc 10, 38-42: “María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”


En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo, y una mujer lla¬mada Marta lo recibió en su casa.

Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo:

— «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude».

Pero el Señor le contestó:

— «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas co¬sas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán»


NOTA IMPORTANTE


 Camino a Jerusalén el Señor Jesús se detiene en Betania, en casa de Lázaro y de sus hermanas. San Juan nos hace saber que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5): eran sus amigos (ver Jn 11, 11) y los tenía muy cerca de su corazón.


Marta, como era propio de las mujeres en el pueblo de Israel, se dedica enteramente a atender a sus huéspedes (ver Mt 8, 15; Lc 4, 38; Jn 12, 1-2). Como ama de casa, ella es la responsable de disponer todo lo necesario para alimentar y hospedar al Señor y a sus Apóstoles.


Y mientras Marta se desvive en el servicio, María, su hermana, se sienta a los pies del Señor a escuchar las enseñanzas del Maestro. Es la posición de un discípulo sentarse a los pies del Maestro cuando éste enseña.


Sin la ayuda de María, Marta debía multiplicarse para dar abasto con el servicio. Es, en este sentido, justo el reclamo que Marta dirige al Amigo, teniendo en cuenta la gran cantidad de personas que debían ser atendidas: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Es como si le dijera, en un tono muy cercano: “¡Señor, dile a María que no se quede ahí, que no sea floja, que en vez de escucharte venga a ayudarme, pues no puedo sola!”.


La queja brota de la incomprensión, fruto de su propia situación interior de ruptura. El Señor no responde como ella quisiera, pidiéndole a María que la ayude, sino que con la agudeza de quien sabe ver la profundidad de los corazones le hace notar que está dividida interiormente: «andas dividida y turbada por muchas cosas». En su corazón no hay paz ni unidad, las múltiples ocupaciones hacen que termine cayendo en un activismo por el que termina perdiendo de vista lo esencial para darle más atención a lo innecesario e incluso superfluo. En esa situación la primacía ya no la tiene el ser, sino el quehacer, lo que trae consigo una ruptura interior que la aparta de su identidad más profunda.


El Señor se dirige a Marta con inmensa dulzura repitiendo dos veces su nombre, como quien trata de despertarla y hacerle tomar conciencia de que la que la que debe corregirse no es María, sino ella en cuanto que su excesiva preocupación por atenderlos la ha llevado a estar inquieta por demasiadas cosas, cuando sólo pocas son suficientes. Cumplido esto, también ella debería como su hermana dedicarse a lo que en ese momento es lo más importante, «la mejor parte», cual es escuchar sus enseñanzas, acoger a quien es la Palabra viva ya no sólo en su casa, sino también en su mente y corazón, para que en su vida cotidiana se convierta en criterio de acción.


A pesar de la diferencia de actitudes podemos decir que tanto Marta como María son mujeres de fe profunda, intensa. Ambas creen que el Señor es el Mesías Salvador y Reconciliador. Creen en Jesús y le creen a Jesús. Tienen una piedad fuerte, un amor grande e intenso y ambas, cada una a su modo y según su personalidad, actúan movidas por su amor al Señor. Marta, una mujer eminentemente activa, muestra este amor sirviendo al Señor y a sus discípulos, desviviéndose por atenderlos de la mejor manera posible, hasta en los pequeños detalles. Toda su actividad está orientada al Señor, su servicio está centrado en Él. María, de carácter dulce, apacible y de mirada profunda, sabe ir a lo esencial y discernir lo más importante, de modo que movida asimismo por su amor al Señor elige lo mejor, que es sentarse a sus pies para escuchar sus enseñanzas, para acoger esas palabras de vida que como semillas buscan ser acogidas en un corazón puro y abierto para su posterior floración y fructificación en una vida conforme a las enseñanzas del Maestro.


Marta y María representan también dos dimensiones de la vida de todo discípulo de Cristo: la dimensión contemplativa de oración en María y la dimensión activa de servicio concreto y específico en Marta. Pero hay que decir que la acción no está ausente en María ni la oración en Marta. Al centrar su servicio en el Señor, toda la actividad de Marta se hace oración. Su trabajo es una forma de oración, mientras no pierda de vista lo esencial. El problema surge cuando dividida interiormente y agitada por muchas cosas pretende excluir los momentos fuertes de oración, los momentos de estarse a los pies del Señor en actitud de reverente escucha. Sin esos momentos fuertes de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2697) su acción corre el peligro de convertirse en un activismo que roba a la acción de su capacidad de realizar a la persona dando con sus actos gloria a Dios.


María por su parte mantiene un silencio activo escuchando al Señor, en lo que podemos llamar momento fuerte de oración que la prepara para la acción, que sostiene y hace fecunda la vida activa. Lejos, pues, de ver una oposición entre la vida contemplativa y la vida activa, Marta y María muestran un camino de síntesis concreto para la realidad personal de todo discípulo del Señor. El Señor al corregir a Marta no establece una oposición, sino una prioridad de momentos fuertes de oración que nutren y fecundan la vida activa, invitando a que ésta se convierta al mismo tiempo en una liturgia continua, en oración sin interrupción en la medida en que busca cumplir el Plan de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra.


Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (ver Jn 2, 5).


En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aún cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: «te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.


También nosotros debemos aprender a dar un lugar prioritario en nuestra jornada al encuentro con el Señor, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: «La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2572).


Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre, una liturgia continua. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no deje¬mos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término».

San Agustín


«No se dice simplemente de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor».

San Juan Crisóstomo


«¿Cómo podría Jesús dirigir un reproche a Marta, contenta por recibir a tan excelente huésped? Si eso fuera un reproche, no habría nadie para cuidar de los necesitados. Todos escogerían la mejor parte para decir: “empleemos todo nuestro tiempo en escuchar la palabra de Dios”. Pero si esto ocurriera, no habría nadie para atender al forastero en la ciudad, al necesitado de alimento o vestido, nadie para visitar los enfermos, nadie para liberar a los cautivos, nadie para enterrar a los muertos. Las obras de misericordia practicadas en favor de los necesitados son imprescindibles aquí en la tierra».

San Agustín


«Con su ejemplo enseña a sus discípulos cómo deben portarse en las casas de aquellos que los reciben; para que cuando vayan a alguna casa no estén allí ociosos, sino dando santas y divinas enseñanzas a quienes los reciben. En cuanto a los que preparan la casa, éstos deben salir a su encuentro con fervor y alegría por dos razones: primera, porque serán edificados por aquellos que reciben, y segunda, porque recibirán el premio de su caridad».

San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La hospitalidad de Abraham


2571: Habiendo creído en Dios, marchando en su presencia y en alianza con él, el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa. Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza.


La oración es “sentarse a los pies del Señor” para escucharlo


2697: La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (S. Gregorio de Nisa). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.


2698: La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El Domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.


2699: El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.


La oración ante todo lo que hay por hacer


2726: En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración… En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo…


2727: También tenemos que hacer frente a mentalidades de «este mundo» que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); ... y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).


 CONCLUSION


«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 21 de julio de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 38- 42


Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a la Primera Lectura (Génesis 18,1-10a) y al Evangelio (San Lucas 10, 38- 42), se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.


En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado, acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colosenses (Colosenses 1, 24-2) presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.


«Señor, no pases de largo junto a tu siervo»


Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero ciertamente difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.


Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, como su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vio a tres y adoró a uno sólo» (San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.


«Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»


Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importancia estar siempre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntarle: «¿Mucho trabajo?». Como Marta, también nosotros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindibles.


Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.


Los amigos de Jesús


Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relación más o menos cercana con grandes personajes; ¿quién puede pretender una recomendación mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obsequiar con alojamiento y alimento; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obsequiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estando Él presente y pronunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta? «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hombre moderno; por eso los hombres importantes suelen ser llamados «ejecutivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.


Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa necesaria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es detenerse a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Palabra de Dios. Y es necesario para alcanzar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirmación de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescindir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!


En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedido al Señor, una sola cosa estoy buscando: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzura del Señor» (Sal 27,4). Pero llegada la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).


¡No tengo tiempo…!


Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo…no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús. Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samaritana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la consideró capaz de entender y le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmente necesario.


«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros…»


Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiánica que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violencia» (Mt 11, 12) .


Una palabra del Santo Padre:


«El pasaje de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulas del Señor, que vivían en Betania. San Lucas las describe de este modo: María, a los pies de Jesús, «escuchaba su palabra», mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano» (v. 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria» (v. 41).


¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que «hacer». En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se reprende a Marta.


Que también en nuestra vida cristiana oración y acción estén siempre profundamente unidas. Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del mismo modo, cuando en el servicio eclesial se está atento sólo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: «ora et labora», reza y trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos precisamente al Señor en el hermano y en la hermana necesitados».


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

2. Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar responde a mi encuentro con el Señor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031.2074. 2180- 2188. 2725 – 2728


!GLORIA A DIOS


Amarás al Señor con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee julio Ee 2019 a las 11:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO  DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XV ORDINARIO


14-19 DE JULIO 2019


“Amarás al Señor con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo”



Dt 30, 10-14: “La palabra está muy cerca de ti, para que la cumplas”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandamientos, lo que está escrito en el libro de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.

Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni inalcanzable; no está en el cielo, para que digas: “¿Quién de nosotros subirá al cielo para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos?”; ni está más allá del mar, para que digas: “¿Quién de nosotros cruzará el mar para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos?”

Pues, la palabra está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Para que la cumplas».

Sal 68: “Humildes, busquen al Señor, y revivirá su corazón”

Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Mírenlo, los humildes, y alégrense, busquen al Señor, y revivirá su corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


Col 1, 15-20: “Todo fue creado por Él y para Él”


Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: las del cielo y las de la tierra, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él. Él es también la cabeza del cuerpo: es decir, de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz con su sangre derramada en la cruz.


Lc 10, 25-37: “¿Quién es mi prójimo?”


En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

— «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?»

Él le dijo:

— «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

Él contestó:

— «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».

Él le dijo:

— «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna».

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

— «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo:

— «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas, después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al encargado, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó:

— «El que practicó la misericordia con él».

Jesús le dijo:

— «Vete, y haz tú lo mismo».


NOTA IMPORTANTE


Los maestros de la Ley, también conocidos como escribas o legistas y llamados con el título de Rabbí —que traducido significa “maestro grande”—, eran varones judíos que por amor a Dios consagraban su vida al estudio, conservación, aplicación y transmisión de la Ley mosaica. Eran, por tanto, hombres muy instruidos en esta materia.


En el Evangelio de Lucas leemos que uno de estos maestros de la Ley «se levantó» (según la traducción literal del texto griego) para hacerle una pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Probablemente estaba sentado entre sus discípulos, escuchando a Jesús, su doctrina y enseñanza. Con esta pregunta, según anota el evangelista, el legista tenía la intención de probar a Jesús.


El Señor responde al experto en la Ley con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la Ley?». El cuerpo de la Ley contenía más de 600 mandamientos, positivos o negativos, leves o graves. El legista entiende que el Señor le está preguntando por el más importante de todos y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». El Señor entonces da por concluida la cuestión: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna».


Quizá más de uno se habría preguntado por qué este hombre instruido hace una pregunta cuya respuesta es tan evidente y que él mismo ya conoce. El legista buscajustificarse y justificar su pregunta planteando otra cuestión, al parecer bastante discutida entre los maestros de la Ley: «¿Quién es mi prójimo?». Los más radicales sostenían que sólo había que considerar como prójimos a los hijos de Abraham y herederos de la Alianza, mas no a los miembros de otros pueblos, como por ejemplo los samaritanos, quienes merecían más bien el odio y desprecio por parte de los judíos. Tampoco entrarían dentro de la categoría de “prójimos” los publicanos y las gentes de mala vida. Por tanto, el mandamiento del amor al prójimo no obligaría sino tan solo para con todo judío que no fuese un pecador público.


La respuesta del Señor vendrá mediante una parábola. La escena propuesta por el Señor se desarrolla en algún lugar del camino de Jerusalén a Jericó. Para llegar a Jericó desde la Ciudad santa había que recorrer unos veinticuatro kilómetros de distancia y descender unos mil metros de altura. Las muchas montañas y lugares escarpados en el trayecto permitían a los ladrones emboscar fácilmente a los viajeros. Esta escena debió entonces sonar muy familiar a sus oyentes: un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue emboscado, asaltado y dejado medio muerto a la vera del camino.


El Señor no especifica si el hombre asaltado y malherido es un judío o no, por tanto, podría representar a cualquier persona. Sin embargo, al decir que venía de Jerusalén, nadie pensaría que se trataba de un samaritano, sino más bien de un judío, y que por lo tanto debía ser considerado como “prójimo” por los judíos.


El sacerdote y el levita que pasan por el camino son ambos judíos al servicio del Templo, hombres que pensaban que dedicándole sus vidas amaban a Dios por sobre todas las cosas. Dicho sea de paso, el culto en el Templo de Jerusalén lo ejercían exclusivamente los miembros de la tribu de Leví, tribu separada por Dios para su servicio. Bajo la dirección del Sumo Sacerdote estos servidores se dividían en dos categorías: sacerdotes y levitas. Los sacerdotes ejecutaban los sacrificios de animales, los derramamientos de sangre y las quemas de incienso que Dios mismo había prescrito para el perdón de los pecados y purificación del pueblo. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones litúrgicas, haciéndose cargo asimismo de los servicios secundarios del Templo. Era común, además, que los sacerdotes y levitas “bajasen de Jerusalén” dado que muchos residían en ciudades vecinas. Luego de desempeñar sus funciones sagradas a lo largo de una semana, regresaban a sus pueblos.


El Señor no ha podido escoger mejor a sus personajes para proponer su parábola. Un sacerdote y un levita, al ver al malherido, dan un rodeo y pasan de largo. ¿Noera éste su prójimo? ¿No debía esperar de ellos compasión y auxilio? Es paradójico que sean justamente ellos, quienes se dedican al servicio de Dios, los que dan un rodeo y pasan de largo sin ofrecer auxilio alguno al prójimo malherido.


Más paradójico aún resulta que sea un samaritano quien se compadece de él y lo auxilia, dedicándole su tiempo y gastando todo lo necesario para ayudarlo en su recuperación. Recordemos que entre judíos y samaritanos había una fuerte hostilidad. Y es precisamente un samaritano el que, en vez de endurecer el corazón y pasar de largo, se conmueve ante el sufrimiento y abandono de aquel hombre.


Más que discutir a quién ayudar y a quién no, quién es el prójimo a quien hay que amar o quién no, la parábola es una invitación al legista y a todos sus discípulos a hacerse próximo de todos aquellos a quienes ve en necesidad, a no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno, sino a vivir con todos la compasión y misericordia. Queda claro que para el Señor no cabe distinción alguna: todo ser humano debe ser considerado como prójimo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La parábola del buen samaritano está situada en el contexto de una pregunta trascendental: «¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10, 25). La cuestión es esencial a todo ser humano. Se la hace toda persona que viene a este mundo y que toma conciencia de la finitud de su existencia: ¿no dura nuestra vida en la tierra unos pocos años? Sabemos que en un momento moriremos, ¿y luego qué? ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mis seres queridos? La pregunta crea angustia, y por eso muchos prefieren evadirla “viviendo el momento” y “gozando de la vida” (ver Sab 2, 1ss), o sumergiéndose en un activismo desenfrenado, o persiguiendo espejismos que al desaparecer los dejan cada vez más vacíos, tristes, desilusionados, o dejándose arrastrar por la vorágine de un mundo en cambio, o sucumbiendo a las falsas promesas de felicidad que ofrecen los ídolos del poder, placer y tener. Otros buscan hallar respuestas en tantas ofertas seudo-religiosas o filosóficas. Otros sencillamente ya no esperan nada después de la muerte, claudicando a toda esperanza de vida eterna.


Mas nosotros, hombres y mujeres de fe, creemos en Dios, creemos que todo proviene de Él y a Él todo se dirige. Y creemos también que Él en su Hijo nos ofrece a cada uno de nosotros la vida eterna (ver Jn 3, 16), mediante la participación de su misma vida y naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Nosotros esperamos confiadamente «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2, 9).


Pero esta vida eterna que Dios nos ofrece y promete, hay que conquistarla. Dios nos ha dado el don de la libertad para acoger este regalo inaudito o para rechazarlo. ¿Cómo conquistar la vida eterna? ¿Qué debo hacer? Dios mismo nos enseña qué hacer, sus mandamientos son la clave: alcanzaremos la vida eterna amándolo a Él sobre todas las cosas y nutriendo en ese Amor un recto amor a nosotros mismos y al prójimo. El amor, vivido en todas sus dimensiones, es la clave para conquistar la vida eterna. Si amas, si abres tu corazón a Dios que es Amor (ver 1 Jn 4, 8.16), si acoges en tu corazón ese amor que Él derrama en ti por su Espíritu (ver Rom 5, 5) y lo expresas en tu vida diaria haciéndote prójimo, es decir, próximo y cercano a quienes necesitan de ti, el Señor te garantiza la vida eterna: «Haz esto y tendrás la vida eterna».


«Si una cosa hay que siempre nos asegurará el Cielo —decía la Madre Teresa de Calcuta—, son los actos de caridad y de generosidad con los que habremos llenado nuestra existencia. ¿Acaso sabremos jamás cuál es el bien que nos puede acarrear una simple sonrisa? Proclamamos como Dios acoge, comprende, perdona. Pero, ¿acaso somos nosotros la prueba viviente de ello? ¿Ven en nuestras vidas que esta acogida, esta comprensión, este perdón, son verdaderos? Seamos sinceros en nuestras mutuas relaciones; tengamos el valor de acogernos unos a otros tal como somos. No estemos sorprendidos o preocupados por nuestros fracasos ni por los de los demás; sino que procuremos antes ver el bien que hay en cada uno de nosotros; busquémosle, porque cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios», y porque Cristo derramó su Sangre por cada uno de nosotros.


¿Cómo puedo amar al prójimo concretamente? El amor al prójimo se expresa especialmente con las obras de misericordia que «son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447).


¡Hagamos también nosotros lo mismo que aquel buen samaritano! ¡Vivamos también la misericordia, no endurezcamos el corazón y hagámonos prójimos de quienes nos necesitan! Así estaremos amando verdaderamente a Dios y ganando para nosotros y para otros la vida eterna.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable». San Agustín


«Hemos recibido el precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero Dios ¿no nos ha dado también una disposición natural para cumplirlo?... No hay nada más conforme a nuestra naturaleza que vivir unidos, buscarnos mutuamente y amar a nuestros semejantes. El Señor pide, pues, los frutos de la semilla que ya había puesto en nuestro interior, cuando dice: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros” (Jn 13, 34)». San Basilio Magno


«El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo. Pero piensa que tú, que aún no ves a Dios, merecerás contemplarlo si amas al prójimo, pues amando al prójimo purificas tu mirada para que tus ojos puedan contemplar a Dios; así lo atestigua expresamente san Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. … Empieza, por tanto, amando al prójimo: Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen techo, cuando veas a alguien desnudo cúbrelo, y no desprecies a tu semejante». San Agustín


«El Señor Jesús declara que da a sus discípulos un mandato nuevo por el que les prescribe que se amen mutuamente unos a otros: Os doy —dice—el mandato nuevo: que os améis mutuamente. ¿Es que no existía ya este mandato en la ley antigua, en la que hallamos escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, llama nuevo el Señor a lo que nos consta que es tan antiguo? ¿Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo? Porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho, alque lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado. Éste es el amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, capaces de cantar el cántico nuevo». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


2196: En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: «El primero es: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31).

El apóstol S. Pablo lo recuerda: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13, 8-10).


El mandamiento de la caridad


1822: La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.


1823: Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo. Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).


La caridad efectiva


2447: Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo aquien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.


CONCLUSION


Nuestro Evangelio comienza cuando los discípulos se reúnen alrededor de Jesús para escuchar sus enseñanzas. Jesús está sentado junto a un «maestro de la ley», un experto en la ley de Dios. Como figuras sentadas son iguales y estarían rodeados de estudiantes permanentes. Este maestro se pone de pie para hacerle una pregunta a Jesús, asumiendo así la posición de un estudiante. Una pregunta pública de este tipo sería percibida como una amenaza. ¿Está tratando de hacer tropezar a Jesús? Esto explica por qué Jesús responde con una pregunta propia, y su respuesta revela su propio genio como maestro.


El hombre pregunta: «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Jesús responde con su propia pregunta. «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué es lo que lees [o interpretas]?». El experto responde con un resumen de la ley que refleja la propia respuesta de Jesús (véase Mateo 22:37–40), y Jesús le dice: «Ha contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida». Pero el intercambio no ha terminado. El experto plantea un seguimiento para tratar de reclamar su propio honor. «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús ahora plantea su siguiente pregunta al maestro con una parábola: la famosa parábola del buen samaritano.


Las parábolas de Jesús son historias, no referencias a eventos arrancados de los titulares locales. Cada una pretende revelar un elemento sorpresa que deja al oyente en duda en cuanto a su significado preciso. Las parábolas son abiertas, con la aplicación de la enseñanza dejada al oyente. Nuestra parábola se abre con la introducción de algunos personajes de la narración judía. Estas historias generalmente involucran a un sacerdote, a un levita y luego a un laico judío que se lanzará y salvará el día.


La parábola se abre siniestramente. Un hombre que viaja de Jerusalén a Jericó es asaltado por ladrones, golpeado y dejado medio muerto en la carretera. Está desnudo e inconsciente. La escena está preparada para el fracaso del sacerdote, y el público que escucha no está decepcionado. En la historia aparece un sacerdote, ve al hombre tendido en la zanja y pasa por el lado opuesto. En la Torá, un medio principal de impureza ritual es el contacto con un cadáver, y en la ley oral judíaesto se amplió para que los sacerdotes incluyeran la impureza por cualquier contacto con un no judío. ¡Este sacerdote debía ser muy cuidadoso! No quería arriesgarse a una posible contaminación, lo que requeriría un viaje caro de regreso a Jerusalén y un retraso de dos semanas en su regreso a su aldea natal.


La siguiente persona que aparece en la historia es un levita, miembro de una familia sacerdotal. Sigue el ejemplo del primer personaje. Si se detiene para ayudar al hombre herido, estaría criticando la interpretación de la ley por parte del sacerdote. Él también pasa por el otro lado de la carretera. Finalmente, aparece el esperado héroe de la historia; el laico judío piadoso y cariñoso. Aquí es donde Jesús sorprende a la audiencia. El laico judío es reemplazado por un samaritano. Los samaritanos eran judíos renegados que negaban la legitimidad del templo en Jerusalén. ¡Habían compartido animosidad mutua con los judíos de Judea y Galilea durante más de 700 años! Recuerda que en Lucas 9:52–56 Santiago y Juan quieren «que baje fuego del cielo» para acabar con una aldea de Samaria. El público esperaría que un samaritano en la historia acabara con el hombre herido. En su lugar, ofrece ayuda y asistencia.


El samaritano demuestra ser «prójimo» de esta víctima no identificable. Los samaritanos y los judíos procedían de la misma comunidad religiosa y compartían la misma Torá. Cada uno tenía que responder a la pregunta: «¿quién es mi prójimo?». ¿Mi prójimo es solo mi compañero israelita o su compañero samaritano, o el mandamiento se extiende a los herejes, o incluso a los gentiles? El samaritano en la parábola actúa como un agente de Dios. Llega a la escena e inmediatamente siente compasión por el herido. De una manera similar a Dios en Oseas 6:1, él cierra las heridas usando vino y aceite para medicina. Luego transporta al hombre a una posada en Jericó, donde puede proporcionarle atención adicional y prevé tratamientos futuros que pagará por adelantado. Promete al posadero que regresará y luego cubrirá cualquier otra deuda en la que pueda incurrir su «prójimo».


Cuando termina la parábola, Jesús le pregunta al maestro de la ley cuál de los tres personajes de la historia resultó ser un prójimo de la víctima. El maestro responde correctamente. Es el personaje que lo trató con piedad, con ternura y cuidado. «Ve y haz tú lo mismo» es el último consejo de Jesús.


Meditación


«¿Y quién es mi prójimo?» es una pregunta que sigue requiriendo la interpretación por parte de los estudiantes de la ley. ¿Tu prójimo es solo alguien como tú, o hay

una interpretación más amplia que exige que los actos de amor y servicio se extiendan a todos los necesitados? Jesús nos apunta hacia la última interpretación. Tu prójimo no es solo tu compañero israelita, sino que también puede ser un enemigo odiado. El personaje samaritano altera las expectativas y desafía a aquellos que escuchan a reconsiderar sus suposiciones históricas.

¿Cómo respondes a la pregunta? ¿Quién es tu prójimo? ¿Qué límites has puesto en la categoría de prójimo en tu vida? ¿Qué se necesitaría para romper esos límites? ¿Qué tipo de oportunidades de servicio funcionarían mejor hacia esta meta?

Oración

La oración de san Francisco nos servirá bien como respuesta al Evangelio esta semana.

Hazme instrumento de tu paz, que donde haya odio ponga yo amor, donde haya ofensa ponga yo perdón, y donde haya duda ponga yo la fe

.

Contemplación


«Pues ve y haz tú lo mismo». Jesús dirige al maestro de la ley para que vaya y actúe. No debe esperar, reflexionar y hacer una pausa antes de actuar para ayudar a otro. En la teología judía los hechos siempre triunfan sobre los credos. Lo que dices que crees debe verse en la forma en que vives. La evidencia de tu fe son tus acciones; la forma en que vives tu vida es tu testimonio de Dios al mundo.


Jesús usa esta parábola para enseñar a los discípulos a seguir el ejemplo del odiado samaritano. Aparece en escena y siente compasión por la persona lesionada. Lo que los ladrones le hicieron al hombre, este enemigo aparente lo deshace por su voluntad de ir más allá en el servicio. Ese será nuestro reto esta semana. Ora por la oportunidad de hacer un esfuerzo adicional para servir a un destinatario inesperado. Sigue el ejemplo del samaritano y «ve y haz tú lo mismo»


!GLORIA A DIOS!


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