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Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 22 Ee julio Ee 2019 a las 0:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XVI ORDINARIO


21-19 de julio del 2019



“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas.”


Gen 18, 1-10: “Señor, no pases de largo junto a tu siervo.”

En aquellos días, el Señor se apareció a Abraham junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de su carpa, porque hacía calor.

Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al ver¬los, corrió a su encuentro desde la puerta de su carpa y, pos¬trándose en tierra, dijo:

— «Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que se laven los pies y descansen junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que recobren fuerzas antes de seguir, ya que han juzgado opor¬tuno pasar junto a su siervo».

Contestaron:

— «Está bien. Puedes hacer lo que dijiste».

Abraham entró corriendo en la carpa donde estaba Sara y le dijo:

— «Date prisa, toma tres medidas de flor de harina, amásala y haz unos panes».

Luego fue corriendo donde estaba el ganado, escogió un ter¬nero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también queso fresco, leche, el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron:

— «¿Dónde está Sara, tu mujer?»

Contestó:

— «Aquí, en la carpa».

Añadió uno:

— «Cuando vuelva a ti, pasado el tiempo de su embarazo, Sara habrá tenido un hijo».


Sal 14, 2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”


El que procede honradamente

y practica la justicia,

el que tiene intenciones leales

y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo

ni difama al vecino,

el que considera despreciable al impío

y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura

ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra

nunca fallará.


Col 1, 24-28: “Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria”


Hermanos:

Me alegro de sufrir por ustedes; así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciarles a ustedes su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.

A este pueblo ha querido Dios dar a conocer la gloria y ri¬queza que este misterio encierra para los paganos: es decir, que Cristo es para ustedes la esperanza de la gloria.

Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con lo mejor que sabemos, para que todos alcancen su madurez en Cristo.


Lc 10, 38-42: “María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”


En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo, y una mujer lla¬mada Marta lo recibió en su casa.

Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

En cambio, Marta estaba atareada con todo el servicio de la casa; hasta que se paró y dijo:

— «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude».

Pero el Señor le contestó:

— «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas co¬sas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán»


NOTA IMPORTANTE


 Camino a Jerusalén el Señor Jesús se detiene en Betania, en casa de Lázaro y de sus hermanas. San Juan nos hace saber que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5): eran sus amigos (ver Jn 11, 11) y los tenía muy cerca de su corazón.


Marta, como era propio de las mujeres en el pueblo de Israel, se dedica enteramente a atender a sus huéspedes (ver Mt 8, 15; Lc 4, 38; Jn 12, 1-2). Como ama de casa, ella es la responsable de disponer todo lo necesario para alimentar y hospedar al Señor y a sus Apóstoles.


Y mientras Marta se desvive en el servicio, María, su hermana, se sienta a los pies del Señor a escuchar las enseñanzas del Maestro. Es la posición de un discípulo sentarse a los pies del Maestro cuando éste enseña.


Sin la ayuda de María, Marta debía multiplicarse para dar abasto con el servicio. Es, en este sentido, justo el reclamo que Marta dirige al Amigo, teniendo en cuenta la gran cantidad de personas que debían ser atendidas: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me ayude». Es como si le dijera, en un tono muy cercano: “¡Señor, dile a María que no se quede ahí, que no sea floja, que en vez de escucharte venga a ayudarme, pues no puedo sola!”.


La queja brota de la incomprensión, fruto de su propia situación interior de ruptura. El Señor no responde como ella quisiera, pidiéndole a María que la ayude, sino que con la agudeza de quien sabe ver la profundidad de los corazones le hace notar que está dividida interiormente: «andas dividida y turbada por muchas cosas». En su corazón no hay paz ni unidad, las múltiples ocupaciones hacen que termine cayendo en un activismo por el que termina perdiendo de vista lo esencial para darle más atención a lo innecesario e incluso superfluo. En esa situación la primacía ya no la tiene el ser, sino el quehacer, lo que trae consigo una ruptura interior que la aparta de su identidad más profunda.


El Señor se dirige a Marta con inmensa dulzura repitiendo dos veces su nombre, como quien trata de despertarla y hacerle tomar conciencia de que la que la que debe corregirse no es María, sino ella en cuanto que su excesiva preocupación por atenderlos la ha llevado a estar inquieta por demasiadas cosas, cuando sólo pocas son suficientes. Cumplido esto, también ella debería como su hermana dedicarse a lo que en ese momento es lo más importante, «la mejor parte», cual es escuchar sus enseñanzas, acoger a quien es la Palabra viva ya no sólo en su casa, sino también en su mente y corazón, para que en su vida cotidiana se convierta en criterio de acción.


A pesar de la diferencia de actitudes podemos decir que tanto Marta como María son mujeres de fe profunda, intensa. Ambas creen que el Señor es el Mesías Salvador y Reconciliador. Creen en Jesús y le creen a Jesús. Tienen una piedad fuerte, un amor grande e intenso y ambas, cada una a su modo y según su personalidad, actúan movidas por su amor al Señor. Marta, una mujer eminentemente activa, muestra este amor sirviendo al Señor y a sus discípulos, desviviéndose por atenderlos de la mejor manera posible, hasta en los pequeños detalles. Toda su actividad está orientada al Señor, su servicio está centrado en Él. María, de carácter dulce, apacible y de mirada profunda, sabe ir a lo esencial y discernir lo más importante, de modo que movida asimismo por su amor al Señor elige lo mejor, que es sentarse a sus pies para escuchar sus enseñanzas, para acoger esas palabras de vida que como semillas buscan ser acogidas en un corazón puro y abierto para su posterior floración y fructificación en una vida conforme a las enseñanzas del Maestro.


Marta y María representan también dos dimensiones de la vida de todo discípulo de Cristo: la dimensión contemplativa de oración en María y la dimensión activa de servicio concreto y específico en Marta. Pero hay que decir que la acción no está ausente en María ni la oración en Marta. Al centrar su servicio en el Señor, toda la actividad de Marta se hace oración. Su trabajo es una forma de oración, mientras no pierda de vista lo esencial. El problema surge cuando dividida interiormente y agitada por muchas cosas pretende excluir los momentos fuertes de oración, los momentos de estarse a los pies del Señor en actitud de reverente escucha. Sin esos momentos fuertes de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2697) su acción corre el peligro de convertirse en un activismo que roba a la acción de su capacidad de realizar a la persona dando con sus actos gloria a Dios.


María por su parte mantiene un silencio activo escuchando al Señor, en lo que podemos llamar momento fuerte de oración que la prepara para la acción, que sostiene y hace fecunda la vida activa. Lejos, pues, de ver una oposición entre la vida contemplativa y la vida activa, Marta y María muestran un camino de síntesis concreto para la realidad personal de todo discípulo del Señor. El Señor al corregir a Marta no establece una oposición, sino una prioridad de momentos fuertes de oración que nutren y fecundan la vida activa, invitando a que ésta se convierta al mismo tiempo en una liturgia continua, en oración sin interrupción en la medida en que busca cumplir el Plan de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra.


Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (ver Jn 2, 5).


En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aún cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: «te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.


También nosotros debemos aprender a dar un lugar prioritario en nuestra jornada al encuentro con el Señor, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: «La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2572).


Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre, una liturgia continua. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Las palabras del Señor nos advierten que, en medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no deje¬mos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término».

San Agustín


«No se dice simplemente de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo de oírlo y el gran respeto que profesaba al Señor».

San Juan Crisóstomo


«¿Cómo podría Jesús dirigir un reproche a Marta, contenta por recibir a tan excelente huésped? Si eso fuera un reproche, no habría nadie para cuidar de los necesitados. Todos escogerían la mejor parte para decir: “empleemos todo nuestro tiempo en escuchar la palabra de Dios”. Pero si esto ocurriera, no habría nadie para atender al forastero en la ciudad, al necesitado de alimento o vestido, nadie para visitar los enfermos, nadie para liberar a los cautivos, nadie para enterrar a los muertos. Las obras de misericordia practicadas en favor de los necesitados son imprescindibles aquí en la tierra».

San Agustín


«Con su ejemplo enseña a sus discípulos cómo deben portarse en las casas de aquellos que los reciben; para que cuando vayan a alguna casa no estén allí ociosos, sino dando santas y divinas enseñanzas a quienes los reciben. En cuanto a los que preparan la casa, éstos deben salir a su encuentro con fervor y alegría por dos razones: primera, porque serán edificados por aquellos que reciben, y segunda, porque recibirán el premio de su caridad».

San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La hospitalidad de Abraham


2571: Habiendo creído en Dios, marchando en su presencia y en alianza con él, el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa. Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza.


La oración es “sentarse a los pies del Señor” para escucharlo


2697: La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra Vida y nuestro Todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un frecuente despertar la «memoria del corazón»: «Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar» (S. Gregorio de Nisa). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.


2698: La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El Domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.


2699: El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales de su oración. No obstante, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.


La oración ante todo lo que hay por hacer


2726: En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración… En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo…


2727: También tenemos que hacer frente a mentalidades de «este mundo» que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); ... y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).


 CONCLUSION


«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 21 de julio de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 38- 42


Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a la Primera Lectura (Génesis 18,1-10a) y al Evangelio (San Lucas 10, 38- 42), se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.


En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado, acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colosenses (Colosenses 1, 24-2) presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.


«Señor, no pases de largo junto a tu siervo»


Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero ciertamente difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.


Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, como su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vio a tres y adoró a uno sólo» (San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.


«Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»


Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importancia estar siempre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntarle: «¿Mucho trabajo?». Como Marta, también nosotros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindibles.


Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.


Los amigos de Jesús


Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relación más o menos cercana con grandes personajes; ¿quién puede pretender una recomendación mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obsequiar con alojamiento y alimento; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obsequiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estando Él presente y pronunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta? «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hombre moderno; por eso los hombres importantes suelen ser llamados «ejecutivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.


Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa necesaria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es detenerse a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Palabra de Dios. Y es necesario para alcanzar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirmación de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescindir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!


En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedido al Señor, una sola cosa estoy buscando: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzura del Señor» (Sal 27,4). Pero llegada la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).


¡No tengo tiempo…!


Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo…no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús. Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samaritana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la consideró capaz de entender y le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmente necesario.


«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros…»


Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiánica que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violencia» (Mt 11, 12) .


Una palabra del Santo Padre:


«El pasaje de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulas del Señor, que vivían en Betania. San Lucas las describe de este modo: María, a los pies de Jesús, «escuchaba su palabra», mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano» (v. 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria» (v. 41).


¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que «hacer». En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se reprende a Marta.


Que también en nuestra vida cristiana oración y acción estén siempre profundamente unidas. Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del mismo modo, cuando en el servicio eclesial se está atento sólo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: «ora et labora», reza y trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos precisamente al Señor en el hermano y en la hermana necesitados».


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

2. Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar responde a mi encuentro con el Señor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031.2074. 2180- 2188. 2725 – 2728


!GLORIA A DIOS


Amarás al Señor con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee julio Ee 2019 a las 11:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO  DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XV ORDINARIO


14-19 DE JULIO 2019


“Amarás al Señor con todo tu corazón, y a tu prójimo como a ti mismo”



Dt 30, 10-14: “La palabra está muy cerca de ti, para que la cumplas”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandamientos, lo que está escrito en el libro de esta ley; conviértete al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma.

Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni inalcanzable; no está en el cielo, para que digas: “¿Quién de nosotros subirá al cielo para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos?”; ni está más allá del mar, para que digas: “¿Quién de nosotros cruzará el mar para traerlo y nos lo enseñará, para que lo cumplamos?”

Pues, la palabra está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Para que la cumplas».

Sal 68: “Humildes, busquen al Señor, y revivirá su corazón”

Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión, vuélvete hacia mí.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Mírenlo, los humildes, y alégrense, busquen al Señor, y revivirá su corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá. La estirpe de sus siervos la heredará, los que aman su nombre vivirán en ella.


Col 1, 15-20: “Todo fue creado por Él y para Él”


Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: las del cielo y las de la tierra, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él. Él es también la cabeza del cuerpo: es decir, de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, restableciendo la paz con su sangre derramada en la cruz.


Lc 10, 25-37: “¿Quién es mi prójimo?”


En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

— «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?»

Él le dijo:

— «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

Él contestó:

— «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo».

Él le dijo:

— «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna».

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

— «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo:

— «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo asaltaron, lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo se desvió y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, sintió compasión, se le acercó, le vendó las heridas, después de habérselas limpiado con aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al encargado, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó:

— «El que practicó la misericordia con él».

Jesús le dijo:

— «Vete, y haz tú lo mismo».


NOTA IMPORTANTE


Los maestros de la Ley, también conocidos como escribas o legistas y llamados con el título de Rabbí —que traducido significa “maestro grande”—, eran varones judíos que por amor a Dios consagraban su vida al estudio, conservación, aplicación y transmisión de la Ley mosaica. Eran, por tanto, hombres muy instruidos en esta materia.


En el Evangelio de Lucas leemos que uno de estos maestros de la Ley «se levantó» (según la traducción literal del texto griego) para hacerle una pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Probablemente estaba sentado entre sus discípulos, escuchando a Jesús, su doctrina y enseñanza. Con esta pregunta, según anota el evangelista, el legista tenía la intención de probar a Jesús.


El Señor responde al experto en la Ley con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la Ley?». El cuerpo de la Ley contenía más de 600 mandamientos, positivos o negativos, leves o graves. El legista entiende que el Señor le está preguntando por el más importante de todos y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». El Señor entonces da por concluida la cuestión: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida eterna».


Quizá más de uno se habría preguntado por qué este hombre instruido hace una pregunta cuya respuesta es tan evidente y que él mismo ya conoce. El legista buscajustificarse y justificar su pregunta planteando otra cuestión, al parecer bastante discutida entre los maestros de la Ley: «¿Quién es mi prójimo?». Los más radicales sostenían que sólo había que considerar como prójimos a los hijos de Abraham y herederos de la Alianza, mas no a los miembros de otros pueblos, como por ejemplo los samaritanos, quienes merecían más bien el odio y desprecio por parte de los judíos. Tampoco entrarían dentro de la categoría de “prójimos” los publicanos y las gentes de mala vida. Por tanto, el mandamiento del amor al prójimo no obligaría sino tan solo para con todo judío que no fuese un pecador público.


La respuesta del Señor vendrá mediante una parábola. La escena propuesta por el Señor se desarrolla en algún lugar del camino de Jerusalén a Jericó. Para llegar a Jericó desde la Ciudad santa había que recorrer unos veinticuatro kilómetros de distancia y descender unos mil metros de altura. Las muchas montañas y lugares escarpados en el trayecto permitían a los ladrones emboscar fácilmente a los viajeros. Esta escena debió entonces sonar muy familiar a sus oyentes: un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue emboscado, asaltado y dejado medio muerto a la vera del camino.


El Señor no especifica si el hombre asaltado y malherido es un judío o no, por tanto, podría representar a cualquier persona. Sin embargo, al decir que venía de Jerusalén, nadie pensaría que se trataba de un samaritano, sino más bien de un judío, y que por lo tanto debía ser considerado como “prójimo” por los judíos.


El sacerdote y el levita que pasan por el camino son ambos judíos al servicio del Templo, hombres que pensaban que dedicándole sus vidas amaban a Dios por sobre todas las cosas. Dicho sea de paso, el culto en el Templo de Jerusalén lo ejercían exclusivamente los miembros de la tribu de Leví, tribu separada por Dios para su servicio. Bajo la dirección del Sumo Sacerdote estos servidores se dividían en dos categorías: sacerdotes y levitas. Los sacerdotes ejecutaban los sacrificios de animales, los derramamientos de sangre y las quemas de incienso que Dios mismo había prescrito para el perdón de los pecados y purificación del pueblo. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones litúrgicas, haciéndose cargo asimismo de los servicios secundarios del Templo. Era común, además, que los sacerdotes y levitas “bajasen de Jerusalén” dado que muchos residían en ciudades vecinas. Luego de desempeñar sus funciones sagradas a lo largo de una semana, regresaban a sus pueblos.


El Señor no ha podido escoger mejor a sus personajes para proponer su parábola. Un sacerdote y un levita, al ver al malherido, dan un rodeo y pasan de largo. ¿Noera éste su prójimo? ¿No debía esperar de ellos compasión y auxilio? Es paradójico que sean justamente ellos, quienes se dedican al servicio de Dios, los que dan un rodeo y pasan de largo sin ofrecer auxilio alguno al prójimo malherido.


Más paradójico aún resulta que sea un samaritano quien se compadece de él y lo auxilia, dedicándole su tiempo y gastando todo lo necesario para ayudarlo en su recuperación. Recordemos que entre judíos y samaritanos había una fuerte hostilidad. Y es precisamente un samaritano el que, en vez de endurecer el corazón y pasar de largo, se conmueve ante el sufrimiento y abandono de aquel hombre.


Más que discutir a quién ayudar y a quién no, quién es el prójimo a quien hay que amar o quién no, la parábola es una invitación al legista y a todos sus discípulos a hacerse próximo de todos aquellos a quienes ve en necesidad, a no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno, sino a vivir con todos la compasión y misericordia. Queda claro que para el Señor no cabe distinción alguna: todo ser humano debe ser considerado como prójimo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La parábola del buen samaritano está situada en el contexto de una pregunta trascendental: «¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10, 25). La cuestión es esencial a todo ser humano. Se la hace toda persona que viene a este mundo y que toma conciencia de la finitud de su existencia: ¿no dura nuestra vida en la tierra unos pocos años? Sabemos que en un momento moriremos, ¿y luego qué? ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mis seres queridos? La pregunta crea angustia, y por eso muchos prefieren evadirla “viviendo el momento” y “gozando de la vida” (ver Sab 2, 1ss), o sumergiéndose en un activismo desenfrenado, o persiguiendo espejismos que al desaparecer los dejan cada vez más vacíos, tristes, desilusionados, o dejándose arrastrar por la vorágine de un mundo en cambio, o sucumbiendo a las falsas promesas de felicidad que ofrecen los ídolos del poder, placer y tener. Otros buscan hallar respuestas en tantas ofertas seudo-religiosas o filosóficas. Otros sencillamente ya no esperan nada después de la muerte, claudicando a toda esperanza de vida eterna.


Mas nosotros, hombres y mujeres de fe, creemos en Dios, creemos que todo proviene de Él y a Él todo se dirige. Y creemos también que Él en su Hijo nos ofrece a cada uno de nosotros la vida eterna (ver Jn 3, 16), mediante la participación de su misma vida y naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Nosotros esperamos confiadamente «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2, 9).


Pero esta vida eterna que Dios nos ofrece y promete, hay que conquistarla. Dios nos ha dado el don de la libertad para acoger este regalo inaudito o para rechazarlo. ¿Cómo conquistar la vida eterna? ¿Qué debo hacer? Dios mismo nos enseña qué hacer, sus mandamientos son la clave: alcanzaremos la vida eterna amándolo a Él sobre todas las cosas y nutriendo en ese Amor un recto amor a nosotros mismos y al prójimo. El amor, vivido en todas sus dimensiones, es la clave para conquistar la vida eterna. Si amas, si abres tu corazón a Dios que es Amor (ver 1 Jn 4, 8.16), si acoges en tu corazón ese amor que Él derrama en ti por su Espíritu (ver Rom 5, 5) y lo expresas en tu vida diaria haciéndote prójimo, es decir, próximo y cercano a quienes necesitan de ti, el Señor te garantiza la vida eterna: «Haz esto y tendrás la vida eterna».


«Si una cosa hay que siempre nos asegurará el Cielo —decía la Madre Teresa de Calcuta—, son los actos de caridad y de generosidad con los que habremos llenado nuestra existencia. ¿Acaso sabremos jamás cuál es el bien que nos puede acarrear una simple sonrisa? Proclamamos como Dios acoge, comprende, perdona. Pero, ¿acaso somos nosotros la prueba viviente de ello? ¿Ven en nuestras vidas que esta acogida, esta comprensión, este perdón, son verdaderos? Seamos sinceros en nuestras mutuas relaciones; tengamos el valor de acogernos unos a otros tal como somos. No estemos sorprendidos o preocupados por nuestros fracasos ni por los de los demás; sino que procuremos antes ver el bien que hay en cada uno de nosotros; busquémosle, porque cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios», y porque Cristo derramó su Sangre por cada uno de nosotros.


¿Cómo puedo amar al prójimo concretamente? El amor al prójimo se expresa especialmente con las obras de misericordia que «son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447).


¡Hagamos también nosotros lo mismo que aquel buen samaritano! ¡Vivamos también la misericordia, no endurezcamos el corazón y hagámonos prójimos de quienes nos necesitan! Así estaremos amando verdaderamente a Dios y ganando para nosotros y para otros la vida eterna.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se te manda que ames a Dios de todo corazón, para que le consagres todos tus pensamientos; con toda tu alma, para que le consagres tu vida; con toda tu inteligencia, para que consagres todo tu entendimiento a Aquel de quien has recibido todas estas cosas. No deja parte alguna de nuestra existencia que deba estar ociosa, y que dé lugar a que quiera gozar de otra cosa. Por lo tanto, cualquier otra cosa que queramos amar, conságrese también hacia el punto donde debe fijarse toda la fuerza de nuestro amor. Un hombre es muy bueno, cuando con todas sus fuerzas se inclina hacia el bien inmutable». San Agustín


«Hemos recibido el precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero Dios ¿no nos ha dado también una disposición natural para cumplirlo?... No hay nada más conforme a nuestra naturaleza que vivir unidos, buscarnos mutuamente y amar a nuestros semejantes. El Señor pide, pues, los frutos de la semilla que ya había puesto en nuestro interior, cuando dice: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros” (Jn 13, 34)». San Basilio Magno


«El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo. Pero piensa que tú, que aún no ves a Dios, merecerás contemplarlo si amas al prójimo, pues amando al prójimo purificas tu mirada para que tus ojos puedan contemplar a Dios; así lo atestigua expresamente san Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. … Empieza, por tanto, amando al prójimo: Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen techo, cuando veas a alguien desnudo cúbrelo, y no desprecies a tu semejante». San Agustín


«El Señor Jesús declara que da a sus discípulos un mandato nuevo por el que les prescribe que se amen mutuamente unos a otros: Os doy —dice—el mandato nuevo: que os améis mutuamente. ¿Es que no existía ya este mandato en la ley antigua, en la que hallamos escrito: Amarás a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, llama nuevo el Señor a lo que nos consta que es tan antiguo? ¿Quizá la novedad de este mandato consista en el hecho de que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo? Porque renueva en verdad al que lo oye, mejor dicho, alque lo cumple, teniendo en cuenta que no se trata de un amor cualquiera, sino de aquel amor acerca del cual el Señor, para distinguirlo del amor carnal, añade: Como yo os he amado. Éste es el amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, capaces de cantar el cántico nuevo». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


2196: En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: «El primero es: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31).

El apóstol S. Pablo lo recuerda: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13, 8-10).


El mandamiento de la caridad


1822: La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.


1823: Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo. Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).


La caridad efectiva


2447: Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo aquien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.


CONCLUSION


Nuestro Evangelio comienza cuando los discípulos se reúnen alrededor de Jesús para escuchar sus enseñanzas. Jesús está sentado junto a un «maestro de la ley», un experto en la ley de Dios. Como figuras sentadas son iguales y estarían rodeados de estudiantes permanentes. Este maestro se pone de pie para hacerle una pregunta a Jesús, asumiendo así la posición de un estudiante. Una pregunta pública de este tipo sería percibida como una amenaza. ¿Está tratando de hacer tropezar a Jesús? Esto explica por qué Jesús responde con una pregunta propia, y su respuesta revela su propio genio como maestro.


El hombre pregunta: «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Jesús responde con su propia pregunta. «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué es lo que lees [o interpretas]?». El experto responde con un resumen de la ley que refleja la propia respuesta de Jesús (véase Mateo 22:37–40), y Jesús le dice: «Ha contestado bien. Si haces eso, tendrás la vida». Pero el intercambio no ha terminado. El experto plantea un seguimiento para tratar de reclamar su propio honor. «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús ahora plantea su siguiente pregunta al maestro con una parábola: la famosa parábola del buen samaritano.


Las parábolas de Jesús son historias, no referencias a eventos arrancados de los titulares locales. Cada una pretende revelar un elemento sorpresa que deja al oyente en duda en cuanto a su significado preciso. Las parábolas son abiertas, con la aplicación de la enseñanza dejada al oyente. Nuestra parábola se abre con la introducción de algunos personajes de la narración judía. Estas historias generalmente involucran a un sacerdote, a un levita y luego a un laico judío que se lanzará y salvará el día.


La parábola se abre siniestramente. Un hombre que viaja de Jerusalén a Jericó es asaltado por ladrones, golpeado y dejado medio muerto en la carretera. Está desnudo e inconsciente. La escena está preparada para el fracaso del sacerdote, y el público que escucha no está decepcionado. En la historia aparece un sacerdote, ve al hombre tendido en la zanja y pasa por el lado opuesto. En la Torá, un medio principal de impureza ritual es el contacto con un cadáver, y en la ley oral judíaesto se amplió para que los sacerdotes incluyeran la impureza por cualquier contacto con un no judío. ¡Este sacerdote debía ser muy cuidadoso! No quería arriesgarse a una posible contaminación, lo que requeriría un viaje caro de regreso a Jerusalén y un retraso de dos semanas en su regreso a su aldea natal.


La siguiente persona que aparece en la historia es un levita, miembro de una familia sacerdotal. Sigue el ejemplo del primer personaje. Si se detiene para ayudar al hombre herido, estaría criticando la interpretación de la ley por parte del sacerdote. Él también pasa por el otro lado de la carretera. Finalmente, aparece el esperado héroe de la historia; el laico judío piadoso y cariñoso. Aquí es donde Jesús sorprende a la audiencia. El laico judío es reemplazado por un samaritano. Los samaritanos eran judíos renegados que negaban la legitimidad del templo en Jerusalén. ¡Habían compartido animosidad mutua con los judíos de Judea y Galilea durante más de 700 años! Recuerda que en Lucas 9:52–56 Santiago y Juan quieren «que baje fuego del cielo» para acabar con una aldea de Samaria. El público esperaría que un samaritano en la historia acabara con el hombre herido. En su lugar, ofrece ayuda y asistencia.


El samaritano demuestra ser «prójimo» de esta víctima no identificable. Los samaritanos y los judíos procedían de la misma comunidad religiosa y compartían la misma Torá. Cada uno tenía que responder a la pregunta: «¿quién es mi prójimo?». ¿Mi prójimo es solo mi compañero israelita o su compañero samaritano, o el mandamiento se extiende a los herejes, o incluso a los gentiles? El samaritano en la parábola actúa como un agente de Dios. Llega a la escena e inmediatamente siente compasión por el herido. De una manera similar a Dios en Oseas 6:1, él cierra las heridas usando vino y aceite para medicina. Luego transporta al hombre a una posada en Jericó, donde puede proporcionarle atención adicional y prevé tratamientos futuros que pagará por adelantado. Promete al posadero que regresará y luego cubrirá cualquier otra deuda en la que pueda incurrir su «prójimo».


Cuando termina la parábola, Jesús le pregunta al maestro de la ley cuál de los tres personajes de la historia resultó ser un prójimo de la víctima. El maestro responde correctamente. Es el personaje que lo trató con piedad, con ternura y cuidado. «Ve y haz tú lo mismo» es el último consejo de Jesús.


Meditación


«¿Y quién es mi prójimo?» es una pregunta que sigue requiriendo la interpretación por parte de los estudiantes de la ley. ¿Tu prójimo es solo alguien como tú, o hay

una interpretación más amplia que exige que los actos de amor y servicio se extiendan a todos los necesitados? Jesús nos apunta hacia la última interpretación. Tu prójimo no es solo tu compañero israelita, sino que también puede ser un enemigo odiado. El personaje samaritano altera las expectativas y desafía a aquellos que escuchan a reconsiderar sus suposiciones históricas.

¿Cómo respondes a la pregunta? ¿Quién es tu prójimo? ¿Qué límites has puesto en la categoría de prójimo en tu vida? ¿Qué se necesitaría para romper esos límites? ¿Qué tipo de oportunidades de servicio funcionarían mejor hacia esta meta?

Oración

La oración de san Francisco nos servirá bien como respuesta al Evangelio esta semana.

Hazme instrumento de tu paz, que donde haya odio ponga yo amor, donde haya ofensa ponga yo perdón, y donde haya duda ponga yo la fe

.

Contemplación


«Pues ve y haz tú lo mismo». Jesús dirige al maestro de la ley para que vaya y actúe. No debe esperar, reflexionar y hacer una pausa antes de actuar para ayudar a otro. En la teología judía los hechos siempre triunfan sobre los credos. Lo que dices que crees debe verse en la forma en que vives. La evidencia de tu fe son tus acciones; la forma en que vives tu vida es tu testimonio de Dios al mundo.


Jesús usa esta parábola para enseñar a los discípulos a seguir el ejemplo del odiado samaritano. Aparece en escena y siente compasión por la persona lesionada. Lo que los ladrones le hicieron al hombre, este enemigo aparente lo deshace por su voluntad de ir más allá en el servicio. Ese será nuestro reto esta semana. Ora por la oportunidad de hacer un esfuerzo adicional para servir a un destinatario inesperado. Sigue el ejemplo del samaritano y «ve y haz tú lo mismo»


!GLORIA A DIOS!

Designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió delante de dos en dos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee julio Ee 2019 a las 0:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XIV ORDINARIO


07 - 13 de julio del 2019


“Designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió delante de dos en dos"


Is 66, 10-14: “Yo haré derivar hacia Jerusalén, como un río, la paz”


Alégrense con Jerusalén y regocíjense con ella, todos los que la aman, salten de gozo con ella, los que estaban de luto por ella. Se alimentarán ustedes de sus

pechos y se saciarán de sus consuelos, y saborearán el deleite de sus senos generosos. Porque así dice el Señor:

«Yo haré correr hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así les consolaré yo, y en Jerusalén ustedes serán consolados. Al verlo, su corazón se alegrará, y sus huesos florecerán como un prado; y los siervos del Señor conocerán su poder».


Sal 65, 1-7.16.20: “Aclama al Señor, tierra entera”


Aclama al Señor, tierra entera; toquen en honor de su nombre; canten himnos a su gloria; digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!».

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Vengan a ver las obras de Dios, sus temibles proezas a favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, vengan a escuchar, les contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor.


Gal 6, 14-18: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo!”


Hermanos:

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Pues lo que importa no es el estar circuncidado o no estarlo, sino el ser una nueva criatura.

La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios.

En adelante, que nadie me venga con molestias, porque ya llevo en mi cuerpo los estigmas de Jesús.

Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo permanezca con ustedes. Amén.


Lc 10, 1-12, 17-20: “Vayan y anuncien: ‘Está cerca de ustedes el reino de Dios’”


En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía:

— «La cosecha es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la cosecha que mande obreros a recogerla.

¡Pónganse en camino! Miren que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos la paz; si no, volverá a ustedes.

Quédense en la misma casa, coman y beban de lo que tengan, porque el obrero merece su salario.

No anden cambiando de casa. Si entran en un pueblo y los reciben bien, coman lo que les pongan, curen a los enfermos que haya, y digan: “Está cerca de ustedes el reino de Dios”.

Cuando entren en un pueblo y no los reciban, salgan a la plaza y digan: “Hasta el polvo de esta ciudad, que se nos ha pegado a los pies, lo sacudimos sobre ustedes. De todos modos, sepan que está cerca el reino de Dios”.

Yo les digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron:

— «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».

Él les contestó:

— «He visto a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar todo poder del enemigo. Y nada les hará daño alguno.

Sin embargo, no estén alegres porque se les sometan los espíritus; alégrense más bien de que sus nombres estén inscritos en el Cielo».


NOTA IMPORTANTE


En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús designa «a otros setenta y dos» para enviarlos «por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él». Dice «otros» porque el Señor ya había enviado anteriormente a los doce Apóstoles en una misión semejante (ver Lc 9, 1-2). Las instrucciones dadas tanto a los Apóstoles como a los setenta y dos son iguales (ver Lc 9, 3-5 y 10, 4ss). También lo es el contenido del anuncio: proclamar el Reino de Dios (ver Lc 9, 2 y 10, 9.11).


Al enviar a sus doce Apóstoles los instruyó a dirigirse no a los pueblos gentiles o samaritanos sino «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6). Doce era el número de las tribus de Israel. Es un signo evidente de que la misión primaria de Jesús y la proclamación de su Evangelio se dirige en primer lugar al pueblo de Israel (ver Mt 15, 24), porque a ellos había sido prometida la salvación por medio de los profetas.


¿Y por qué el Señor en un segundo momento envió a setenta y dos discípulos? En este caso el número elegido por el Señor significa la totalidad de las naciones de la tierra. El origen de esta relación la encontramos en el capítulo diez del Génesis. Allí se dice que cada uno de los hijos de Sem, Cam y Jafet, hijos a su vez de Noé, dio origen a una nación de la tierra.


Según la versión de los Setenta, antigua traducción de la Escritura hebrea al griego, conocida y utilizada por el Señor Jesús y los Apóstoles, el número de estos hijos era de setenta y dos. El envío de setenta y dos discípulos significa por lo mismo que el anuncio del Reino de Dios se dirige ya no sólo a Israel sino también a todas las naciones de la tierra, y es por tanto universal.


Los envió el Señor delante de sí, «a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él». La misión de éstos discípulos es la de preparar el camino (ver Lc 7, 27), disponer los corazones para el encuentro pleno con el Señor Jesús. Para demostrar la verdad de su anuncio el Señor les confiere el poder de curar enfermos, arrojar demonios y hasta resucitar muertos. Por Él son revestidos de autoridad, para actuar en su Nombre.


Antes de ponerse en marcha el Señor les advierte que no siempre serán bien recibidos. Él los envía «como corderos en medio de lobos». Mediante esta comparación los prepara para encarar la extrema hostilidad y el rechazo de muchos.


Asimismo les da instrucciones precisas: «No lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no se detengan a saludar a nadie por el camino…». No saludar a nadie por el camino implica la urgencia del anuncio. En oriente el saludo entre caminantes podía prolongarse por horas, considerándose incluso un acto de buena educación. El enviado no tiene tiempo que perder, se ve urgido a dedicar todo su tiempo al cumplimiento de la misión.


En caso de no ser acogidos por los habitantes de algún pueblo, debían sacudir públicamente el polvo de los pies. Ni siquiera el polvo de ese pueblo merecía ser llevado en sus pies, pues era el polvo de una tierra pagana, habitada por hombres que rechazan la salvación que Dios les ofrece, que rechazan a Dios mismo.


Finalmente el Señor les especifica su misión: anunciar a todos el Reino de Dios.


El Evangelio relata también el retorno de los setenta y dos: éstos volvieron gozosos de su experiencia apostólica. Mas antes que alegrarse por la espectacularidad de los signos realizados, el Señor los invita a alegrarse de que sus nombres estén inscritos en el Cielo. No es el poder someter al demonio lo que debe ser causa de gozo, sino el hecho de estar destinados a participar de la vida y comunión divina gracias a la «nueva creación» que el Señor Jesús ha venido a realizar por su Cruz y Resurrección (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Señor Jesús asocia a sus discípulos a su propia misión (ver Jn 20, 21). Para ello desde el inicio de su predicación llamó a algunos a seguirlo de cerca, para enviarlos luego a anunciar el Evangelio, revistiéndolos de su mismo poder. Los apóstoles son invitados a dejarlo todo para hacerse plenamente disponibles para el anuncio del Evangelio.


Pero, si bien es cierto que había un grupo selecto, lo que hoy podríamos decir hombres “consagrados” para el anuncio del Evangelio, también es cierto que nadie que lleva el nombre de cristiano se puede excluir de esta misión. En realidad, todo bautizado está llamado a “ir por delante para preparar el camino” al Señor (ver Mt 3, 3; 4, 17; Jn 1, 22-23).


Al enviar ya no sólo a doce (ver Lc 9, 1-6) sino a setenta y dos discípulos para anunciar la cercanía del Reino de Dios, podemos entender que la tarea de evangelizar no es tarea exclusiva de los pastores del Pueblo de Dios, ni monopolio de los sacerdotes, religiosos y religiosas, o de los misioneros, sino que es toda la comunidad eclesial la que es enviada a anunciar a Cristo y su Evangelio. Todos los discípulos de Cristo podemos y debemos ser evangelizadores, pues por el Bautismo participamos de la misma misión de Cristo: anunciar la salvación de Dios a los hombres.


Pero no podemos olvidar que para poder evangelizar a los demás los primeros a quienes debemos evangelizar es a nosotros mismos. ¿Qué significa “evangelizarme a mí mismo”? Acercarme yo mismo al Señor, abrirle cada día las puertas de mi corazón, hacer silencio en mi interior para escuchar sus palabras, para acogerlas, meditarlas de continuo y procurar en la vida diaria adecuar mi conducta al Evangelio. Así soy yo mismo evangelizado y me convierto cada vez más en un “evangelio vivo” que anuncia a Cristo con sus palabras pero sobre todo con el testimonio de una vida coherente, santa, radiante por la caridad y el amor a Dios.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Había dicho el Señor, por medio de sus profetas, que la predicación del Evangelio no sólo se extendería a todos los pueblos de Israel, sino también a todos los gentiles. Por esto el Señor no sólo escogió doce Apóstoles, sino que instituyó también otros setenta y dos». San Cirilo


«Se añade muy oportunamente: “Delante de Él, a toda ciudad y lugar, a donde Él había de venir”. El Señor sigue a sus predicadores. La predicación prepara y entonces el Señor viene a vivir en nuestra alma, cuando preceden las palabras de la exhortación y la verdad se recibe así en la mente. Por esto dice Isaías a los predicadores (Is 40, 3): “Preparad los caminos del Señor, enderezad las sendas que a Él conducen”». San Gregorio


«La paz es la madre de todos los bienes; sin ella todos los demás bienes son inútiles. Por ello el Señor mandó a sus discípulos que cuando entrasen en alguna casa, inmediatamente invocasen la paz sobre ella, como señal de los demás beneficios que venían a traer». San Juan Crisóstomo


«Por esto el Pontífice le da a la Iglesia diciendo: “La paz sea con vosotros”. Los santos imploran la paz, no sólo la que existe entre los hombres, sino la que debe existir dentro de nosotros mismos. Porque muchas veces llevamos la guerra en nuestro corazón, nos afligimos sin que nadie nos ofenda y se levantan contra nosotros los malos deseos». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La misión de los Apóstoles


551: Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con Él y participar en su misión; les hizo partícipes de su autoridad «y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9, 2). Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia.


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2 Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2 Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1).


860: En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos. «Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir... sucesores».


El apostolado


863: Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de S. Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es «enviada» al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado». Se llama «apostolado» a «toda la actividad del Cuerpo Místico» que tiende a «propagar el Reino de Cristo por toda la tierra».


CONCLUSION


«Alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos»


Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 7 de julio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 1-12.17-20


¿Qué es la alegría? ¿Cuál es la verdadera alegría y de qué depende? ¿Sabemos dónde encontrarla? El fin de la misión de los setenta y dos discípulos no es el éxito conseguido, sino el que «sus nombres estén escritos en el cielo» y eso es lo que debe realmente alegrarlos (San Lucas 10, 1-12.17-20). Isaías ve anticipadamente el fin de todos sus sueños: la ciudad de Jerusalén que reúne a todos sus hijos, como una madre y eso llenará su corazón de alegría (Isaías 66, 10- 14c). La existencia cristiana no tiene otro fin sino encarnar en sí mismo la vida de Cristo, especialmente en el misterio de la muerte para la vida. Esto es lo que nos enseña San Pablo con su palabra y con su vida (Gálatas 6, 14-1).


La misión de los Doce y de los setenta y dos…


Leemos en el comienzo del Evangelio de hoy: «Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades ysitios a donde iba a ir Él». El pasaje sucede inmediatamente después de haber dejado en claro Jesús cuáles son las exigencias que él pide para seguirlo (Ver 9, 57-62). San Lucas habla de «otros setenta y dos». ¿«Otros» respecto de quiénes? Una primera respuesta es que éstos son «otros» respecto de los doce apóstoles, a quienes Jesús ya había designado y enviado. En efecto, al comienzo del capítulo 9 leemos: «Convocando a los Doce, Jesús les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,1-2).


Pero es muy interesante resaltar que las instrucciones que da a los Doce y a los setenta y dos son las mismas: «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias… Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan… no vayáis de casa en casa… En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: ‘Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos»”. Y el contenido del mensaje también es el mismo. En el caso de los Doce, Jesús los mandó cuando aún estaba en Galilea y no había comenzado su ascensión a Jerusalén. A éstos «los envió a proclamar el Reino de Dios» (Lc 9,2). A los setenta y dos, en cambio, los mandó delante de sí cuando ya iba camino de Jerusalén, y les encomendó esta misión: «Curad los enfermos… y decid¬les: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’». Incluso allí donde no fueran recibidos, y tuvieran que marcharse sacudiéndose el polvo de los pies, debían agregar: «Sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca». El contenido del mensaje es siempre el mismo: «el Reino de Dios ya está cerca».


¿Cuál es la misión que Jesús encomienda a sus enviados? «Curar enfermos, expulsar demonios y anunciar el Reino de Dios». Y para esta misión Jesús los proveyó de «poder». Respecto de los Doce Jesús les da autoridad y poder sobre todos los demonios. Respecto de los setenta y dos, cuando volvieron donde Jesús, alegres, Él les dice: «Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño». La misión y el poder confiado a los discípulos son la misión y el poder del Señor Jesús. Ellos, dondequiera que llegaran, deberían ser «otros cristos». Ya en vida de Jesús, los apóstoles y los setenta y dos se habían ejercitado en lo que deberían continuar haciendo una vez que Jesús hubiera ascendido al cielo. Esta es la misión que Jesús mismo ha encomendado a la Iglesia y así lo ha hecho hasta los días de hoy. Gradualmente el anuncio del Reino de Dios, se transformó en un anuncio de Jesús mismo, de su vida, de sus milagros y de sus palabras. Sucesivamente todo eso se puso por escrito y así nacieron nuestros cuatro Evangelios.


¿Por qué setenta y dos mensajeros?


Hemos dicho que los «otros setenta y dos» son «otros» respecto de los doce apóstoles; pero deben entenderse también como «otros» en relación a las tres vocaciones inmediatamente precedentes. Allí se habla con más detención de esos tres; pero «el Señor designó a otros setenta y dos». Y éstos están dispuestos a seguir a Jesús dondequiera que vaya, aunque, al igual que su Maestro, no tengan donde reclinar la cabeza; éstos dejan que los muertos entierren a sus muertos, pero ellos se van a anunciar el Reino de Dios; éstos son los que ponen la mano en el arado y no miran hacia atrás y por eso son aptos para anunciar el Reino de Dios. ¿Por qué envió Jesús precisamente 72 mensajeros y no otro número? La pregunta es válida porque este número es fluctuante; entre los antiguos códices que contienen el Evangelio de San Lucas unos dicen 72 y otros igualmente numerosos dicen 70. Si buscamos otro lugar de la Biblia donde exista igual fluctuación entre estos mismos números, lo encontramos en Gen 10.


Allí se trata de las naciones que pueblan toda la tierra: «Esta es la descendencia de los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, a quienes les nacieron hijos después del diluvio» (Gen 10,1). Cada uno de esos hijos da origen a una nación. Según la Biblia hebrea, el número de todos esos hijos es 70; según la versión griega que circulaba en el tiempo de Jesús (la versión de los LXX ), el número de ellos es 72. Por otro lado, el episodio de los 72 enviados aparece sólo en el Evangelio de San Lucas que, como sabemos, no era judío y, por eso es más sensible a la evangelización de naciones paganas . Todo esto nos permite concluir que el número 72 ha sido elegido por su valor simbólico; significa que la misión encomendada por Jesús a sus discípulos es universal, debe alcanzar a todas las naciones de la tierra.


«¡Alegraos de que vuestros nombres estén inscritos en los cielos!»


Los setenta y dos mensajeros de Jesús están contentos de la misión cumplida y vuelven donde Jesús para contarle sus proezas misioneras. Jesús les escucha con paciencia, pero a la vez les hace caer en la cuenta de algo importante: las hazañas misioneras de las cuales han sido protagonistas no tienen valor en sí mismas; lo que realmente vale y nos debe alegrar profundamente es nuestro destino eterno con el Dios de la vida. Esta búsqueda gozosa del verdadero fin de la existencia explica y da sentido a la alegría, en sí legítima y razonable, por los éxitos apostólicos, al igual que a las penalidades y adversidades propias de vida cristiana.


El discípulo de Jesús, en efecto, no predica realidades sensiblemente captables y atractivas. Predica que el Reino de Dios ya ha llegado, predica la paz y la reconciliación a los corazones sedientos de amor, predica en medio de un mundono pocas veces hostil y reacio a los valores del Reino, predica valiéndose y poniendo su confianza más que en los medios humanos en la fuerza que viene de lo alto. Indudablemente, «el éxito» como parámetro del trabajo apostólico no es un elemento esencial. ¡Qué diferente de los criterios del mundo!


La madre de la consolación, de la paz y de la reconciliación


Cuando Isaías, después del exilio, escribe este bellísimo texto, los judíos se encontraban dispersos por todo el imperio persa y por el Mediterráneo. El profeta, bajo la acción del Espíritu de Dios, sueña con un pueblo unido y unificado en la ciudad mística de Jerusalén. Con ojo avizor mira hacia el futuro y prevé poéticamente el momento gozoso de la reunificación. Lo hace recurriendo a la imagen de una madre de familia que reúne en torno a sí a todos sus hijos. Tiene tiernamente en sus brazos al más pequeño y lo alimenta de su propio pecho.


Todos, al reunirse de nuevo con la madre, se llenan de consuelo y se sienten inundados por una grande paz. Esta Jerusalén, madre de la consolación y de la paz; simboliza al Dios del consuelo, simboliza a Cristo, que es nuestra paz y reconciliación, simboliza a la Iglesia en cuyo seno todos somos hermanos y de cuyo amor brota la paz de Cristo que dura para siempre. La Iglesia, la de hoy y la de siempre, es en su esencia, la madre de la paz y de la reconciliación y anhela que todos seamos nuevamente «uno en el Señor».


«Llevo en mí las señales de Cristo»


Para un cristiano, nos dice San Pablo, carece de valor estar o no circuncidado, lo único valedero es ser una «criatura nueva» en Cristo Jesús. Todo ha de estar subordinado a la consecución de este fin. San Pablo es consciente de haberlo conseguido, pues lleva en su cuerpo las señales de Jesús.


Es decir, lleva en todo su ser una señal de pertenecer a Jesús, como el esclavo llevaba una señal de pertenencia a su patrón, o, como en las religiones mistéricas, el iniciado llevaba en sí una señal de pertenencia a su dios. Como San Pablo, así debemos ser todos los cristianos, por eso puede decirnos: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo». Este es, además, el fin de la misión de Jesucristo: que el hombre haga suya la reconciliación que nos ha traído y a manifestar a los demás con nuestros actos y palabras que «somos de Dios».


Una palabra del Santo Padre:


«Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone.


Todo esto nos hace pensar. Nos dice, por ejemplo, la importancia que, también para Jesús, tuvo la conciencia: escuchar en su corazón la voz del Padre y seguirla. Jesús, en su existencia terrena, no estaba, por así decirlo, «telemandado»: era el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre, y en cierto momento tomó la firme decisión de subir a Jerusalén por última vez; una decisión tomada en su conciencia, pero no solo: ¡junto al Padre, en plena unión con Él! Decidió en obediencia al Padre, en escucha profunda, íntima, de su voluntad. Y por esto la decisión era firme, porque estaba tomada junto al Padre. Y en el Padre Jesús encontraba la fuerza y la luz para su camino. Y Jesús era libre; en aquella decisión era libre. Jesús nos quiere a los cristianos libres como Él, con esa libertad que viene de este diálogo con el Padre, de este diálogo con Dios. Jesús no quiere ni cristianos egoístas —que siguen el propio yo, no hablan con Dios— ni cristianos débiles —cristianos que no tienen voluntad, cristianos «telemandados», incapaces de creatividad, que buscan siempre conectarse a la voluntad de otro y no son libres—. Jesús nos quiere libres, ¿y esta libertad dónde se hace? Se hace en el diálogo con Dios en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a Dios en la propia conciencia, no es libre, no es libre.


Por ello debemos aprender a oír más nuestra conciencia. Pero ¡cuidado! Esto no significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo que me apetece… ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel.


Hemos tenido un ejemplo maravilloso de cómo es esta relación con Dios en la propia conciencia; un ejemplo reciente maravilloso. El Papa Benedicto XVI nos dio este gran ejemplo cuando el Señor le hizo entender, en la oración, cuál era el paso que debía dar. Con gran sentido de discernimiento y valor, siguió su conciencia, esto es, la voluntad de Dios que hablaba a su corazón. Y este ejemplo de nuestro padre nos hizo mucho bien a todos nosotros, como un ejemplo a seguir.


La Virgen, con gran sencillez, escuchaba y meditaba en lo íntimo de sí misma la Palabra de Dios y lo que sucedía a Jesús. Siguió a su Hijo con íntima convicción,con firme esperanza. Que María nos ayude a ser cada vez más hombres y mujeres de conciencia, libres en la conciencia, porque es en la conciencia donde se da el diálogo con Dios; hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios y de seguirla con decisión».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 30 de junio de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» (Código de Derecho Canónico, 863). Todos estamos llamados a ser apóstoles y mensajeros del Señor. ¿En mi familia, en el trabajo, en qué situaciones concretas soy «enviado del Señor»?

2. Santo Tomás de Aquino define la alegría como el primer efecto del amor y, por lo tanto, de la entrega. Se podría decir que existen tantas clases de alegría como clases de amor. Sin embargo, la alegría de amar a Dios no puede compararse con ninguna otra. San Atanasio nos dice que: «los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si estuvieran celebrando la Pascua». ¿Cómo vivo yo la verdadera alegría en mi vida cotidiana?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 543-556. 858-860.


GLORIA A DIOS


Sígueme

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee julio Ee 2019 a las 23:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


30 de junio al 6 de Julio del 2019




“Sígueme”


1 Re 19, 16.19-21: “Se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio”


En aquellos días, el Señor dijo a Elías:

— «Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Abelmejolá».

Elías partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas de bueyes en fila, él llevaba la última. Elías pasó a su lado y le puso su manto encima.

Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:

— «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo».

Elías le dijo:

— «Vete, pero regresa; ¿quién te lo impide?»

Eliseo dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con la madera del arado, asó la carne y se la dio a su gente para que comieran.

Luego se levantó, y siguió a Elías y se puso a su servicio.


Sal 15, 1-2 y 5.7-11: “Tú, Señor, eres la parte de mi herencia”


Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


Gál 4, 31 - 5, 1.13-18: “Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado”

Hermanos:

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado.

Por tanto, manténganse firmes, y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud.

Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad: pero no tomen la libertad como pretexto para satisfacer los deseos carnales; al contrario, háganse servidores los unos de los otros por amor.

Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo».

Pero, atención: que si se muerden y devoran unos a otros, terminarán por destruirse mutuamente.

Yo, por tanto, les pido: caminen según el Espíritu y no se dejen arrastrar por los deseos de la carne, porque la carne actúa contra el espíritu y el espíritu contra la carne.

Ambos luchan entre sí, de suerte que ustedes no pueden obrar como quisieran.

En cambio, si los guía el Espíritu, no están bajo el dominio de la Ley.


Lc 9, 51-62: “Te seguiré adonde vayas”


Cuando ya se acercaba el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino, entraron en un pueblo de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:

— «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»

Él se volvió y les regañó. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban de camino, le dijo uno:

— «Te seguiré adonde vayas».

Jesús le respondió:

— «Los zorros tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

A otro le dijo:

— «Sígueme».

Él respondió:

— «Déjame primero ir a enterrar a mi padre».

Le contestó:

— «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».

Otro le dijo:

— «Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia».

Jesús le contestó:

— «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el reino de Dios».


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio de este Domingo comienza diciendo literalmente: «Como iban cumpliéndose los días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén».


Esta «asunción» de Jesús es el proceso que abarca su muerte, resurrección y ascensión al Cielo, proceso que dentro de los divinos designios debía realizarse en Jerusalén (ver Lc 13, 33). En cuanto a la expresión “to prosopon esterasen”, que literalmente se traduce como “endureció el rostro”, algunas versiones la traducen por «se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén», «emprendió resueltamente el camino a Jerusalén», «tomó la firme resolución de ir a Jerusalén». “Endurecer el rostro” es una frase idiomática semita para expresar una decisión firme y enérgica.


En esta última marcha hacia Jerusalén el Señor Jesús «envió mensajeros por delante». Su misión es la de preparar el camino al Señor (ver Lc 7,27), es decir, predicar la Buena Nueva y disponer a las gentes al encuentro pleno con el Señor Jesús.


En su camino a Jerusalén Jesús decide pasar por la región de Samaria, aun cuando entre judíos y samaritanos existiese una fuerte enemistad (ver Jn 4,9). El origen delmutuo odio se remontaba a la conquista de Samaria por parte de los asirios, el siglo VIII a.C. Luego de la conquista los asirios introdujeron muchos colonos asiáticos, de modo que los samaritanos terminaron por contaminarse con el culto a otros dioses e ídolos. Aquel sincretismo religioso con el tiempo se fue purificando y para el siglo IV tenían los samaritanos un templo construido en el monte Garizim para adorar al Dios único. Además llegaron a considerarse los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. Los judíos rechazaban esta pretensión y afirmaban que sólo en el templo de Jerusalén se podía adorar al Padre (ver Jn 4,20ss).


Es por este antagonismo que los samaritanos se mostraron especialmente hostiles con el Señor. «Porque se dirigía a Jerusalén», no lo le dieron posada a Jesús ni a sus discípulos. Santiago y Juan, furiosos por la actitud de los samaritanos, quieren lanzar una imprecación contra ellos, para que el «fuego del cielo» los consuma. El Señor reprime la ira de sus discípulos y los reprende severamente.


Prosiguiendo su camino a Jerusalén, uno se acerca al Señor para decirle: «Te seguiré adonde vayas». Encendido por la prédica del Señor, atraído por su personalidad, le promete un seguimiento incondicional. Mas el Señor sabe que el entusiasmo efervescente suele desvanecerse ante las primeras dificultades y pruebas, por ello le advierte que si quiere seguirlo no debe esperar la gloria humana, sino que debe estar dispuesto a seguirlo hasta la Cruz, lugar en el que no podrá reclinar la cabeza.


Luego el Señor, tomando Él la iniciativa, dice a otro: «sígueme». Ese llamado al seguimiento implica un cambio de vida radical, exige dejar atrás su oficio y familia (ver 1ª. lectura). El convocado pide poder «primero ir a enterrar a mi padre». No es que su padre ya hubiese muerto, sino que lo que le pide es poder estar con su padre hasta su muerte. Esta respuesta implica, por tanto, aplazar su respuesta al llamado hasta un futuro indefinido. Es un “te seguiré, pero todavía no”. La respuesta del Señor ante esta respuesta es dura y enfática, no da lugar a aplazamientos: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Ante el llamado sólo cabe la respuesta inmediata, pues urge el anuncio del Evangelio. La caridad y el respeto debido a los padres no puede oponerse o anteponerse al llamado del Señor. El convocado debe responder “hoy”, no “mañana”.


Un tercero le responde: «déjame primero despedirme de mi familia». Ante una petición igual, el profeta Elías le dice a Eliseo: «Vete, pero regresa; ¿quién te lo impide?» (1ª lectura). El Señor no le dice ni sí ni no, pero le advierte: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el reino de Dios». “Poner lamano en el arado” significa decirle sí al Señor, significa incluso haber recorrido ya un trecho en ese seguimiento. “Mirar hacia atrás” habla de un estar apegado aún a lo que se ha dejado atrás, de una añoranza que impide la renuncia total, que impide avanzar hacia el horizonte con decisión y libertad. La respuesta al llamado del Señor requiere de un corazón totalmente entregado a Él, indiviso en sus afectos, fiel no sólo por un día, por un mes, por un año o diez, sino por todos los días de su vida.


Ante el llamado del Señor sólo una respuesta es la adecuada: «Dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 11). Como Cristo mismo, el convocado debe “endurecer el rostro”, responder con decisión y firmeza al llamado, asumir con coraje la misión que Dios le confía y llevarla a su pleno cumplimiento con el don total de su propia vida.


Si bien es cierto que sólo algunos son llamados por el Señor a un seguimiento más radical en la vida consagrada, todo bautizado, liberado del yugo del mal y de la esclavitud del pecado (2ª. lectura), está llamado a vivir en la libertad de los hijos de Dios mediante el seguimiento decidido de Cristo. Es en esta sequela Christi como todo discípulo está llamado a asemejarse al Señor Jesús y a ser su apóstol: «Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a Él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la Cruz» (S.S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 21).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Si quieres seguir al Señor para conquistar la vida eterna que Él te ofrece, es necesario que “afirmes el rostro”, es decir, que tomes una firme decisión, como Él nos enseña con su ejemplo: «afirmó su rostro para ir a Jerusalén» (ver Lc 9, 51). Si no hay en ti esa decisión, y si no la sostienes con firmeza en el caminar de cada día, en medio de las múltiples contradicciones, de la oposición de muchos, del rechazo e incomprensión de tantos, de las pruebas o tentaciones que te invitan a abandonar el camino de la Vida cuando se hace “demasiado difícil”, ¿cómo llegarás a la meta anhelada? La firme decisión, renovada cada día, sostenida con terca perseverancia en medio de las batallas diarias, es condición indispensable para alcanzar la vida eterna.


Ahora bien, aunque todos estamos llamados a seguir al Señor viviendo de acuerdo a sus enseñanzas, aspirando a vivir la santidad en la vida cotidiana, hay algunos a los que Él llama a seguirlo “más de cerca” para enviarlos a anunciar el Evangelio (Lc 9, 60; ver Mc 10, 29). Se trata del llamado a la vida consagrada o sacerdotal.


Ante este llamado a la vida consagrada, diversas pueden ser las reacciones por parte del elegido, dada la exigencia y radicalidad que implica esa vocación.


Algunos, renunciando a todo tipo de comodidades y seguridades humanas, con coraje y enorme generosidad responden: «¡te seguiré adonde quiera que vayas!». Y así lo hacen.


Otros, en cambio, ponen condiciones: “está bien, pero déjame primero...”. Los invade el miedo, los vence el temor y la desconfianza en Dios, se aferran a falsas seguridades y huyen como pueden, dilatando interminablemente su respuesta o acaso pronunciando un rotundo “no”, como en el caso del joven rico (ver Lc 18, 22-23). A aquellos que le ponen condiciones al Señor, Él responde: “el momento de responder es ahora, no ‘mañana’; yo te llamo hoy, no te llamo ‘para mañana’, para cuando hayas ‘conocido’ mejor el mundo, para cuando seas ‘más maduro’, para cuando tengas una carrera; te llamo cuando para ti es el momento de responder”.


El Señor, que nos conoce a cada uno, sabe cuál es el momento apropiado. Así, cuando también hoy Él pronuncia ese “sígueme” en el corazón de su elegido, de su elegida, cuando Él le muestra con claridad aquello para lo que ha nacido, es que ha llegado el momento de responder, aunque ello traiga consigo múltiples y dolorosas renuncias y separaciones.


Quien es llamado por el Señor no debe quedarse mirando “hacia atrás”, considerar todo lo que deja, todo aquello a lo que tiene que renunciar, sino que confiando en el Señor ha de mirar el horizonte, ha de considerar todo lo que va a ganar: «Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10, 29-30).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor tiene buen cuidado de llamar a los que quiere». San Ambrosio


«El padre ya era anciano, y creía que haría algo laudable proponiéndose observar con él la debida piedad, según aquellas palabras: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx 20, 12). Por lo que, al ser llamado al ministerio evangélico, diciéndole el Señor: “Sígueme”, buscaba una tregua que fuese bastante para sostener a su padre decrépito. Por lo que dice: “Déjame antes ir a sepultar a mi padre”. No porquerogase enterrar a su difunto padre, ni Cristo, queriendo hacer esto, se lo hubiese impedido, sino que dijo sepultar, esto es, sustentar en la vejez hasta la muerte. Pero el Señor le dijo: “Deja a los muertos que entierren a los muertos”. Es decir, había otros en su familia que podrían desempeñar estos deberes; pero me parece que muertos, porque no habían creído aun en Cristo. Aprende de ahí que la piedad para con Dios debe ser preferida al amor de los padres, a quienes reverenciamos, porque por ellos hemos sido engendrados. Pero Dios nos ha dado la existencia a todos cuando no éramos todavía, mientras que nuestros padres sólo son los instrumentos de nuestra entrada a la vida». San Cirilo


«Querer despedirse de los que estaban en su casa, para renunciar a ellos, muestra que uno está dividido en el servicio de Dios, hasta que se decida firmemente a la renuncia. Porque el querer consultar a sus parientes, que no han de consentir con este propósito, es mostrarse vacilante. Por esto el Señor desaprueba su ofrecimiento. Y prosigue: “Ninguno, que pone la mano en el arado y mira atrás, es apto para el reino de Dios”. Pone la mano en el arado quien se encuentra dispuesto a seguir al Señor; pero mira hacia atrás el que pide tiempo para encontrar ocasión de volver a casa». San Cirilo


«Ahora que hemos hecho un comienzo y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos aún más para alcanzar lo que tenemos delante (Flp 3, 13). No miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gén 19, 26), porque sobre todo el Señor ha dicho: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos” (Lc 9, 62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano». San Atanasio de Alejandría


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El llamamiento


3: Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a Él, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva.


La vida consagrada al Señor


916: El estado de vida consagrada aparece… como una de las maneras de vivir una consagración «más íntima» que tiene su raíz en el Bautismo y se dedica totalmentea Dios. En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro.


932: En la Iglesia que es como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de la vida de Dios, la vida consagrada aparece como un signo particular del misterio de la Redención. Seguir e imitar a Cristo «desde más cerca», manifestar «más claramente» su anonadamiento, es encontrarse «más profundamente» presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos. Porque los que siguen este camino «más estrecho» estimulan con su ejemplo a sus hermanos; les dan este testimonio admirable de «que sin el espíritu de las bienaventuranzas no se puede transformar este mundo y ofrecerlo a Dios».


Los padres ante el llamado de algún hijo


1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica». En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada».


2232: Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).


2233: Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.


CONCLUSION


Te seguiré adondequiera que vayas»


Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 30 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 51-62


«Llamado y respuesta»: dos palabras que resumen el contenido sustancial de las lecturas del presente Domingo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta inmediata (Evangelio). En esto Jesús supera las exigencias del llamado y del seguimiento que vemos en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (primer libro de los Reyes 19,16b-21). San Pablo recuerda a los miembros de la comunidad de Galacia que todos los cristianos hemos sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tenemos que responder con un comportamiento de acuerdo a nuestra nueva condición de «hombres libres» viviendo el mandamiento del amor, que exige servir y preocuparse por el otro; antes que dejarse llevar por las apetencias desordenadas de la carne evitando caer otra vez en la esclavitud del pecado. Gálatas 4,31b-5,1.13-18


La vocación de Eliseo


Jesús exige a sus seguidores más que el profeta Elías a su discípulo y sucesor Eliseo, como leemos en la Primera Lectura. Al pasar Elías junto a Eliseo , que está arando con doce yuntas de bueyes, le echa su manto encima. El manto simboliza la personalidad y los derechos de su dueño. Además de manera particular el manto de Elías tiene una eficacia milagrosa ver 2Re 2,8. Elías adquiere así un derecho sobre Eliseo, al que Eliseo no puede sustraerse. Elías accede al deseo de su futuro discípulo: despedirse de los suyos. A continuación, renunciando a todo aquello que lo vincula a su vida pasada, Eliseo destruye el yugo de los bueyes y servirá como criado a Elías por ocho años. Eliseo completa la obra iniciada por Elías destruyendo en esa época el culto pagano a Baal. Finalmente morirá durante el reinado de Joás siendo llorado por el pueblo y por el rey (ver 2Re 13,14-20). Sin duda la vocación de Eliseo nos recuerda mucho la vocación de los apóstoles (ver Mt 9,9; Jn 1,35ss).


La vida nueva en el Espíritu


La vocación cristiana, como leemos en la carta a los Gálatas, es un llamado a la libertad. «Para ser libres nos libertó Cristo». El discípulo de Cristo, liberado del pecado, de la ley mosaica y de toda ley que tiene como fin ella misma; no tiene más límites a su libertad que la que señala el Espíritu: el amor y el servicio fraterno. Estos son irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y la vida sin Dios. La vida nueva de los creyentes alcanza su plenitud en el amor que es presentado por Cristo como una ley nueva. Los frutos del Espíritu son: «amor, alegría, paz,paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5, 22); opuesto a las obras de la carne (ver Rom 13,8.12). Conducidos por el Espíritu, el cristiano vive espontáneamente donándose a los demás y alejándose así de las apetencias o concupiscencias de la carne . «Servíos por amor los unos a los otros» (Gál 4,13) ¡Todo un programa social! Vivir amándonos y sirviéndonos libremente por el amor de Aquel que nos amó antes y que nos muestra con su ejemplo cómo debemos servir (ver Jn 13,4ss). El verbo «servir» podemos entenderlo como el «ser siervo de otro». El hombre que no es capaz de hacer un servicio a otro, es sin duda un hombre que no sirve para nada. Nos dice el Papa León XII en su Carta Encíclica Sapientia Christianae, acerca de las obras de la caridad: «No sería tan grande la osadía de los malos, ni habría sembrado tantas ruinas, si hubiese estado más firme y arraigada en el pecho de muchos la fe que obra por medio de la caridad ni habría caído tan generalmente la observancia de las leyes dadas al hombre por Dios».


«Decidió firmemente ir a Jerusalén»


El Evangelio de hoy comienza con una frase oscura, cuya traducción literal es la siguiente: «Y sucedió que como iban cumpliéndose los días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén ». A partir de 9,51, todo lo que Lucas relata en los diez capítulos siguientes ocurre de camino hacia Jerusalén. Y siempre reaparece la misma resolución que guía a Jesús. Cuando le advierten que Herodes quiere matarlo, no logran disuadirlo de su propósito, sino que responde: «Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Y ya cerca de la ciudad, el Evangelista observa que «Jesús marchaba por delante, subiendo a Jerusalén» (Lc 19,2). La subida de Jesús a Jerusalén, desde la Galilea, fue pasando a través de Samaría. Existían hostilidades entre judíos y samaritanos, porque éstos tenían su propio culto considerado cismático por parte de los judíos. Por eso los samaritanos no daban facilidades a los peregrinos que pasaban por su territorio para ir a adorar a Jerusalén.


Una vez llegado a Jerusalén, no entra de cualquier manera; sino que entra, premeditadamente, montado en un pollino para pasar el mensaje de que es Él quien da cumplimiento a aquella antigua profecía mesiánica: «¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey… humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Su destino final es el Templo de Jerusalén, el mismo lugar al que había sido presentado por sus padres cuarenta días después de su nacimiento y donde se había quedado instruyendo a los doctores de la ley a los doce años. Llegado al Templo, su destino, dice: «Entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían». Jesús ya no saldrá de Jerusalén, pues allí será sumuerte, su resurrección y las apariciones a los discípulos. La «asunción» de Jesús es el proceso que abraza su muerte, resurrección, ascensión al cielo y sesión a la derecha del Padre. El Evangelio subraya a menudo que este hecho salvífico tendría lugar en el «tiempo establecido» por Dios. El tiempo va fluyendo hasta que llega a su plenitud y alcanza el momento culminante en la muerte de Jesús. La cruz de Jesús se alza para indicar el centro de la historia. La misma idea se expresa en el Evangelio de Juan con los conceptos de «la hora» de Jesús y de su «glorificación». A esto se refiere la precisión cronológica: «Cuando se cumplían los días de su asunción».


«Te seguiré adondequiera que vayas…»


«Endureció el rostro» es una frase idiomática semita para expresar firme y enérgica decisión. Él que pone esa expresión del rostro denota una determinación tal que nada puede disuadirlo. Sabemos que cuando Pedro quiso hacerlo reconsiderar su decisión de ir a Jerusalén, Jesús lo rechazó severamente diciéndole: «¡Apártate Satanás, porque eres obstáculo para mí!» (Mt 16,23). Se trataba de cumplir su misión, de abrazar la cruz para llevar hasta el extremo su amor al Padre y su amor a los hombres y nada podía detenerlo. Y en esto consiste también la vocación cristiana. Para seguir a Cristo hay que «endurecer el rostro» es decir «mostrar el semblante decidido » y actuar como Él cuando se encaminó a Jerusalén. La esencia del seguimiento de Cristo es una determinación al amor y nada más. Cualquiera otra motivación es inaceptable. El resto del Evangelio nos narra, por medio del relato de tres vocaciones reales, en qué consiste en concreto «negarse a sí mismo y seguir a Jesús».


En el primer caso, a uno que expresa su intención de seguirlo, Jesús lo llama a moderar el falso entusiasmo, advirtiéndole que hay que estar dispuesto a privarse de todas las comodidades, porque «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza». A un segundo, que pide licencia para enterrar a su padre, Jesús le dice que para este seguimiento hay que estar dispuesto a abandonar todos los afectos, incluso los afectos familiares: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». «Muertos» son los que han preferido salvar su vida en este mundo, porque ellos la perderán.


Por último, a uno que pide un tiempo para despedirse de los suyos, Jesús le expresa la urgencia y radicalidad exigidas: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Cuando Cristo llama, Él exige la misma disponibilidad que admiramos en sus apóstoles: «Dejándolo todo, lo siguieron». Ninguno de estos tres episodios tiene desenlace. El Evangelio no nos dice si esostres se alejaron «tristes porque tenían muchos bienes» o si «dejándolo todo, llenos de gozo, lo siguieron». Pero no hace falta que se nos diga el desenlace, pues en la vida real, en nuestro mismo tiempo, vemos casi a diario la reacción de diversos jóvenes ante el llamado de Dios: algunos, dispuestos a sufrir la misma suerte que Cristo, lo siguen; otros, muchos, prefieren tener asegurado un lugar dónde reclinar la cabeza y gozar del afecto de los suyos y se alejan de Cristo tristes.


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de este domingo (Lc 9, 51-62) muestra un paso muy importante en la vida de Cristo: el momento en el que —como escribe san Lucas— «Jesús tomó la firme decisión de caminar a Jerusalén» (9, 51). Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa «firme decisión», Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado.


Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone. Todo esto nos hace pensar. Nos dice, por ejemplo, la importancia que, también para Jesús, tuvo la conciencia: escuchar en su corazón la voz del Padre y seguirla. Jesús, en su existencia terrena, no estaba, por así decirlo, «telemandado»: era el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre, y en cierto momento tomó la firme decisión de subir a Jerusalén por última vez; una decisión tomada en su conciencia, pero no solo: ¡junto al Padre, en plena unión con Él! Decidió en obediencia al Padre, en escucha profunda, íntima, de su voluntad. Y por esto la decisión era firme, porque estaba tomada junto al Padre. Y en el Padre Jesús encontraba la fuerza y la luz para su camino. Y Jesús era libre; en aquella decisión era libre. Jesús nos quiere a los cristianos libres como Él, con esa libertad que viene de este diálogo con el Padre, de este diálogo con Dios. Jesús no quiere ni cristianos egoístas —que siguen el propio yo, no hablan con Dios— ni cristianos débiles —cristianos que no tienen voluntad, cristianos «telemandados», incapaces de creatividad, que buscan siempre conectarse a la voluntad de otro y no son libres—. Jesús nos quiere libres, ¿y esta libertad dónde se hace? Se hace en el diálogo con Dios en la propiaconciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a Dios en la propia conciencia, no es libre, no es libre.


Por ello debemos aprender a oír más nuestra conciencia. Pero ¡cuidado! Esto no significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo que me apetece… ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel».


Papa Francisco. Ángelus, 30 de junio de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. «Servíos por amor los unos a los otros» ¿En qué situaciones concretas vivo mi llamado a servir a mis hermanos? ¿Me cuesta servir? ¿Qué voy hacer para poder servir a mis hermanos?

2. ¿Soy consciente del llamado que Jesús me hace a vivir con «radicalidad» y «coherencia» mi fe?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 897 – 913. 1730- 1784. 1939- 1942.


!GLORIA A DIOS!


Este es mi Cuerpo; este es el caliz de mi Sangre

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 22 Ee junio Ee 2019 a las 21:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI



23-29 de junio del 2019


“Éste es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre”



Gen 14, 18-20: “Melquisedec ofreció pan y vino”

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abraham, diciendo:

— «¡Bendito sea Abraham de parte de Dios el altísimo, crea¬dor de cielo y tierra; bendito sea Dios el altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!»

Y Abraham le dio el diezmo de todo.


Sal 109, 1-4: “Tú eres sacerdote eterno, Señor Jesús”


Oráculo del Señor a mi Señor:

«Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies».

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora».

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

«Tú eres sacerdote eterno,

según el rito de Melquisedec».


1 Cor 11, 23-26: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”


Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez les he transmitido:

Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo:

— «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en conmemoración mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

— «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; ha¬gan esto cada vez que lo beban, en conmemoración mía».

Por eso cada vez que comen de este pan y beben de este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que vuelva.


Lc 9, 11-17: “Comieron todos hasta saciarse, y sobraron doce canastos”


En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la multitud del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

— «Despide a la gente; que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado».

Él les contestó:

— «Denles ustedes de comer».

Ellos replicaron:

— «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente».

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

— «Háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta».

Lo hicieron así, y todos se sentaron.

Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Todos co¬mieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce ca¬nastas.


NOTA IMPORTANTE


Desde hace siete siglos el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad ha sido dedicado a una especial veneración de la Santísima Eucaristía. Es el día en que se celebra la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se celebra el jueves, por ser éste el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía la noche de la Última Cena. Por razones pastorales, esta fiesta en algunos lugares se traslada al siguiente Domingo.


El día que celebramos la fiesta del Corpus Christi el Señor realmente Presente en el pan y vino consagrados no permanece en nuestras iglesias, «sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena. Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la vida» (S.S. Juan Pablo II, Homilía en la fiesta del Corpus Christi, 8/6/1980).


La multiplicación milagrosa de los panes (Evangelio) es una prefiguración de otro Milagro muchísimo más asombroso: anuncia el don salvífico de la Eucaristía, inaudito Milagro del Amor divino por el cual el pan y el vino que consagra el sacerdote en la santa Misa se transforman verdaderamente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, haciéndose el Señor Jesús realmente presente en medio de la asamblea y ofreciéndose al peregrino en la fe como comida y bebida para la vida eterna. De este modo el Señor mismo se constituye, para quien lo come debidamente preparado (ver 1 Cor 11, 29), garantía de resurrección: «Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este Pan, vivirá para siempre; y el Pan que yo le voy a dar, es mi Carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).


La expresión cuerpo y sangre es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. En las especies eucarísticas, el Señor Jesús está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas.


Este Milagro de amor lo realizó el Señor por primera vez la noche de la Última Cena, antes de ofrecer su Cuerpo y Sangre en el Altar de la Cruz reconciliadora. Un breve relato de la institución de este Sacramento lo trae San Pablo en su carta a los corintios (2ª. lectura): «el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre”».


No faltan en la antigua Alianza pre¬figuraciones significativas de la Eucaristía, entre las cuales es muy elocuente la que se refiere al sacerdocio de Melquise¬dec, cuya misteriosa figura y sacerdocio singular evoca la primera lectura. «Melquisedec, “sacerdote del Altísimo”, es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único “Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Heb 5, 10; 6, 20), “santo, inocente, inmaculado” (Heb 7, 26), que, “mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Heb 10, 14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1544). Como ésta, «todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, “único mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2, 5)» (allí mismo).


Y como hemos dicho ya, el milagro de la multiplicación de los panes encuentra su cumplimiento en el Sacrificio, único y realizado una vez por todas, que el Señor Jesús, sumo y eterno Sacerdote, ofreció en el Altar de la Cruz para la reconciliación de toda la humanidad con Dios (ver 2 Cor 5, 19). De esta reconciliación fundamental procede también la reconciliación del hombre consigo mismo, con los demás hermanos humanos y con la creación entera. Aquel sacrificio cruento ofrecido por Cristo en el Altar de la Cruz «se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1545). Desde la noche de la Última Cena la celebración de cada Eucaristía obedece al deseo y mandato del Señor: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19).


Además del milagro de la multiplicación de los panes el discurso de Cristo en la sinagoga de Cafarnaúm (ver Jn 6, 51ss) representa la culmina¬ción de las profecías del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, anuncia su cumplimiento, que se realizará en la Úl¬tima Cena. En aquella ocasión las palabras del Señor constituyeron una dura prueba de fe para quienes las escucharon, e incluso para los Após¬toles, pues les resultaba demasiado duro creer aquello: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: “si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿por qué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aun sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”. ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15, 8-9)”.


Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?


Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por tu presencia en mí, procurar asemejarme más a Él en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquel que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.


¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.


Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se los da a la muchedumbre por medio de sus discípulos, honrándolos así, para que no olviden el milagro que se ha verificado. No hizo de la nada aquellos alimentos para dar de comer a la muchedumbre, a fin de cerrar la boca del maniqueo, el cual dice que es ajena a Él toda criatura. Y también para demostrar que Él es quien da de comer y el mismo que dijo: “Produzca la tierra” (Gén 1, 11). Multiplica también los peces, para dar a entender que no sólo se extiende su dominio a la tierra, sino que también a los mares. Ya había hecho milagros en beneficio de los enfermos, ahora los hace en beneficio de los que no están enfermos, pero que necesitan alimento».

San Juan Crisóstomo


«El Señor saciaba la gran necesidad de aquellos para quienes ni el cielo llovía maná, ni la tierra, según su naturaleza en aquel sitio, producía qué comer. Pero el beneficio afluía de los graneros inagotables del divino poder. El pan se prepara y se hace en las manos de los ministros y además se multiplica, saciando el hambre de los que lo comen. Tampoco el mar administraba a la necesidad de ellos el alimento de sus peces, sino el que puso los peces en el mar».

San Gregorio Niceno


«Aunque esta muchedumbre no es alimentada todavía con los manjares más nutritivos. Porque el primer alimento, a manera de leche, son cinco panes; el segundo siete; el tercero el Cuerpo de Cristo, que es el alimento más sólido. Si alguno se avergüenza de pedir pan, que deje todas sus cosas y acuda a la palabra de Dios. Pues cuando alguno empieza a oír la Palabra de Dios, empieza a tener hambre. Empiezan los Apóstoles viendo de qué tiene hambre. Y si aquellos que tienen hambre aún no entienden de qué lo tienen, Cristo lo sabe: sabe que no tienen hambre de alimento temporal, sino del alimento de Cristo. Los Apóstoles aún no habían comprendido que el alimento del pueblo fiel no era venal; pero Cristo sabía que nosotros seríamos redimidos y que sus banquetes serían gratuitos».

San Ambrosio


«Sin duda, el texto: “Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre” (Jn 6, 56) encuentra su total aplicación en el Misterio Eucarístico... Cuando acudimos a los sagrados Misterios, si cae una partícula, nos inquietamos... La Carne del Señor es verdadero manjar y su Sangre verdadera bebida. Nuestro único bien consiste en comer su Cuerpo y beber su Sangre».

San Jerónimo


«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas».

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La presencia real de Cristo en la Eucaristía


1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos (ver Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).


1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (S. Tomás de A.). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente».


1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.


1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».


1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.


El culto de la Eucaristía


1378: En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia Católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión».


1379: El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.


1380: Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13, 1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (ver Gál 2, 20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (S.S. Juan Pablo II).


1381: La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22, 19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, S. Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente”».


REFLEXION FINAL


Comieron todos y se saciaron»


Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C – 23 de junio de 2019


Lectura del Evangelio según San Lucas 9, 11b-17


En la lectura del Evangelio, San Lucas (San Lucas 9, 11b-17) describe la multiplicación de los panes de un modo que deja transparentar un milagro más grande: la Santa Eucaristía. La lectura del Antiguo Testamento (Génesis 14, 18-20) muestra la misteriosa figura del rey-sacerdote Melquisedec que ofrece a Abrahán pan y vino como signo de hospitalidad, de generosidad y de amistad. La Segunda Lectura (primera carta a los Corintios 11, 23-26) contiene un valioso testimonio ya que es el relato más antiguo sobre la institución de la Eucaristía.


¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?


El origen de esta Solemnidad que se celebra el jueves o el Domingo posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, se remonta a la devoción al Santísimo Sacramento que se dio en el siglo XII en la cual se resaltaba de manera particular la presencia real de «Cristo total» en el pan consagrado. Este movimiento estaba también vinculado al deseo, propio de la época, de «ver» las especies eucarísticas. Esto llevó, entre otras cosas, a comenzar a elevar la hostia y el cáliz después de la consagración. Esta práctica se inició en la ciudad de Paris alrededor del año 1200.


En medio de este ambiente, una serie de visiones de una religiosa cisterciense, Santa Juliana (priora de la abadía de Mont Cornillón que quedaba a las afueras de Lieja en Bélgica), en el año 1209, dio un fuerte estímulo a la introducción de una fiesta especial al Sacramento de la Eucaristía. Juliana habría tenido la visión de un disco lunar en el cual había una parte negra. Eso fue interpretado como la falta de una fiesta eucarística en el ciclo litúrgico. Por su intercesión y la de sus consejeros espirituales, el obispo de Lieja, Roberto de Thorete, introdujo esta fiesta, por primera vez en su diócesis en el año 1246.


El año 1264, el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón), que en la época de las visiones era archidiácono de Lieja, estableció la solemnidad para la Iglesia universal. Los textos litúrgicos fueron redactados por Santo Tomás de Aquino. Sin embargo, la causa inmediata que determinó a Urbano IV establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Bolsena, cerca de Orvieto, donde se encontraba ocasionalmente el Santo Padre. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales – donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa – en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.


«Dadles vosotros de comer…»


Se ha elegido para esta solemnidad el Evangelio de la multiplicación de los panes por su relación con el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En efecto, el Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan como alimento, alimento de vida eterna, para nutrir la vida divina a la cual hemos nacido en el Bautismo. Así como Jesús nutrió a la multitud en el desierto, así nos nutre con el pan de vida eterna. El hecho evoca fuertemente ese otro momento de la historia, que estaba siempre vivo en la memoria del pueblo, en que Dios, después del éxodo, «en el desierto» , nutrió a su pueblo con el pan del cielo. Ese pan del desierto era pan milagroso, pero material; este pan de la Eucaristía es pan milagroso, pero celestial. Observemos el episodio evangélico más de cerca.


Seguía a Jesús una multitud de cinco mil hombres «sin contar mujeres y niños» (ver Mt 14,21). Él «los acogía, les hablaba acerca del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados». Pero comenzó a declinar el día, y se acercan los Doce a decirle que despida de una vez a la gente para que «vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar desierto». La sugerencia de los Doce es de lo más sensata, pues para cualquiera era obvio que allí no había alimento para toda esa multitud. Jesús les dice con toda naturalidad: «Dadles vosotros de comer». ¡¿Cómo?! ¿Lo dice en serio? ¿Acaso no se da cuenta de la situación? Nada indica que Jesús esté «bromeando». Por otro lado, es imposible que Él no capte la situación. La única alternativa que queda en pie es que lo diga en serio y con perfecta conciencia de lo que está diciendo: ¡Los apóstoles tienen que dar de comer ellos mismos a los cinco mil! Eso es exactamente lo que ha pedido el Maestro.


Ellos, en cambio, al oír el mandato de Jesús, se quedan con la idea de que él no capta la situación y tratan de hacerle comprender: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». ¡No es suficiente! Y ponen una alternativa imposible para hacer ver lo absurda que es la orden de Jesús: «A no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». ¿Cuánto se habría necesitado para alimentar no menos de ocho mil personas? Da entonces esta otra orden a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Esta orden no les parece absurda y la obedecen. Aunque ciertamente seguirán preguntándose: ¿Qué va a hacer? El relato sigue: «Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente». Y no tocó a cada uno un pedacito minúsculo de pan, como si Jesús hubiera partido cada pan en mil pedazos. No, el resultado es éste: «Comieron todos hasta saciarse y de los trozos que sobraron se recogieron doce canastos».


Jesús hizo un milagro admirable que es figura de la Eucaristía. Pero nos queda dando vueltas la pregunta: ¿Por qué dijo a los apóstoles: «Dadles vosotros de comer»? Es porque Él tenía decidido que el milagro se obrara por manos de sus apóstoles. Si ellos hubieran obedecido su mandato y hubieran empezado a partir los cinco panes, el milagro de la multiplicación lo habrían hecho ellos. Esto es lo que Jesús había dispuesto. Cuando, más tarde en la última cena, la víspera de su pasión, Jesús les da esta otra orden: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19), ellos le obedecieron y obtuvieron el resultado magnífico de hacer presente a Cristo mismo. Esto es lo que renueva cada sacerdote en la Eucaristía y es lo que celebra la Iglesia en este día.


Para una celebración más auténtica y digna


San Pablo busca corregir los abusos del ágape que precedía a la Eucaristía de la comunidad de Corinto, y eso fue lo que motivó el tema eucarístico de su carta. Recordemos que Corinto era la capital de la provincia romana de Acaya, situada en el istmo de Corinto y con sendos puertos a los golfos de Corinto y de Salónica. Fue un importante centro comercial y cultural. También era famosa por la inmoralidad que allí reinaba. Pablo reside en la ciudad alrededor de 18 meses por los años 50 y 52 fundando así una comunidad en esa ciudad. Luego al dejar la ciudad se entera de algunos problemas que busca aclarar en su carta. Los capítulos 11 al 14 asientan los principios para celebrar debidamente el culto divino en la Iglesia, especialmente con ocasión de la Cena del Señor. La carta ofrece una imagen clara de cómo los primeros cristianos se reunían en las reuniones.


Pero… ¿qué significa transubstanciación?


Manteniendo firme la fe en que la Eucaristía es Cristo mismo, la teología tiene la tarea de explicar cómo es que la vista, el tacto, el gusto y el olfato nos informan de que es pan y vino. La única explicación satisfactoria que hasta ahora se ha dado se expresa con la palabra «transubstanciación». Al decir el sacerdote: «Esto es mi Cuerpo», la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo y al decir: «Este es el cáliz de mi Sangre», la sustancia del vino se convierte en la sustancia de la Sangre de Cristo. Pero los accidentes del pan y el vino –color, tamaño, contextura, sabor, olor, etc.- permanecen y éstos son los que captan nuestros sentidos, excepto el oído, que es el único que nos informa con verdad. La sustancia de una cosa es lo que la cosa es; pero no se llega a ella sino a través de sus accidentes que informan a nuestros sentidos. Así es como sabemos que esto es pan y no otra cosa. En el caso de la Eucaristía, la sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo, pero los accidentes del pan permanecen. Los accidentes del pan permanecen sin ninguna sustancia que los sustente; los sustenta el poder divino. Este es el milagro de la Eucaristía. Con su acostumbrada precisión, refiriéndose a la Eucaristía, Santo Tomás dice: «En ti la vista, el tacto y el gusto nos engañan; sólo al oído se puede creer con seguridad» (Himno “Adoro te devote”. El mismo Santo exclama: «Oh cosa admirable: come a su Señor el pobre, el siervo y el más humilde» Himno “Panis angelicus”.

Una palabra del Santo Padre:


«Ante todo: ¿a quiénes hay que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la atiende, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de un modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, bendice a Dios.


Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.


Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos para que sacien ellos mismos a la multitud? Nace de dos elementos: ante todo de la multitud, que, siguiendo a Jesús, está a la intemperie, lejos de lugares habitados, mientras se hace tarde; y después de la preocupación de los discípulos, que piden a Jesús que despida a la muchedumbre para que se dirija a los lugares vecinos a hallar alimento y cobijo (cf. Lc 9, 12). Ante la necesidad de la multitud, he aquí la solución de los discípulos: que cada uno se ocupe de sí mismo; ¡despedir a la muchedumbre! ¡Cuántas veces nosotros cristianos hemos tenido esta tentación! No nos hacemos cargo de las necesidades de los demás, despidiéndoles con un piadoso: «Que Dios te ayude», o con un no tan piadoso: «Buena suerte», y si no te veo más… Pero la solución de Jesús va en otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros quienes demos de comer a una multitud? «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente» (Lc 9, 13). Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan (cf. Lc 9, 16). Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron, apunta el Evangelista (cf. Lc 9, 17).


Esta tarde, también nosotros estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio eucarístico, en la que Él nos dona de nuevo su Cuerpo, hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, alimentándonos de su Cuerpo y de su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Entonces todos deberíamos preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo de modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y las hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?


Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta está en la invitación de Jesús a los discípulos: «Dadles vosotros…», «dar», compartir. ¿Qué comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son precisamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud. Y son justamente los discípulos, perplejos ante la incapacidad de sus medios y la pobreza de lo que pueden poner a disposición, quienes acomodan a la gente y distribuyen —confiando en la palabra de Jesús— los panes y los peces que sacian a la multitud. Y esto nos dice que en la Iglesia, pero también en la sociedad, una palabra clave de la que no debemos tener miedo es «solidaridad», o sea, saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto. Solidaridad: ¡una palabra malmirada por el espíritu mundano!»


Papa Francisco. Solemnidad del Corpus Christi. 30 de mayo de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El Cuerpo y la Sangre de Cristo es la presencia real y sustancial de Cristo mismo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Si alguien pudiera estimar el valor de Dios –cosa, por cierto, imposible-, podría estimar el valor del misterio que celebramos hoy. ¿Cómo me aproximo al misterio de Dios – Hombre que se da como alimento a cada uno de nosotros?

2. ¿Fomento el ir a a misa los Domingos en familia buscando vivir de verdad el «día del Señor»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1373 – 1380.


!GLORIA A DIOS!



SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee junio Ee 2019 a las 22:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD




16-22 de Junio 2019


“Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y se lo anunciará



Prov 8, 22-31: “Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada”


Así dice la sabiduría de Dios:

— «El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui formada, desde el principio, antes del origen de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban asentados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no desbordan sus orillas; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la esfera de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres».


Sal 8, 4-9: “Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”


Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado,

¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,

el ser humano para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,

lo coronaste de gloria y dignidad,

le diste el mando sobre las obras de tus manos.

Todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,

y hasta las bestias del campo,

las aves del cielo, los peces del mar,

que trazan sendas por el mar.


Rom 5, 1-5: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo”


Hermanos:

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Por Él hemos obtenido mediante la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y por Él nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.

Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.


Jn 16, 12-15: “El Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora; cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y les comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes».



NOTA IMPORTANTE


Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).


Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses. Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un sólo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina. Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor.


Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo misterio que, «de no haber sido divinamente revelado, no se pudiera tener noticia» (Concilio Vaticano I)? Es el Hijo, Jesucristo, quien nos lo ha revelado: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1, 1). Es Él, que conoce la intimidad de Dios, quien ha revelado el misterio de Dios al hombre, quien ha revelado la unidad y comunión existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.


El Evangelio de este Domingo trae un pasaje en el que habla de este misterio divino. Dice el Señor Jesús a sus Apóstoles la noche de la Última Cena: «Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora». Más que a cosas nuevas, se refiere el Señor a la iluminada y progresiva comprensión de todo lo que Él les había enseñado mientras estuvo con ellos. Para ello recibirán un Don de lo Alto, por lo que añade: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena». ¿Quién es este misterioso “Espíritu de la verdad”, prometido por el Señor? El Señor habla de Él como de una Persona enviada, del mismo modo que Él fue enviado por el Padre: «No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga… Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes». En efecto, el Señor mismo proclamó que Él no hablaba por su cuenta, «sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar… Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí» (Jn 12, 49-50). El Señor cumplió su misión de hablar lo que había escuchado del Padre, mas sería otro el que luego de su partida ayudase a sus discípulos a comprender lo que Él les había enseñado: el Espíritu los guiará hasta la verdad completa.


Concluye el Señor diciendo: «Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes». De este modo habla de una íntima unidad, comunión y comunicación existente entre las tres divinas Personas. La divinidad del Padre pertenece también al Hijo, así como la divinidad del Hijo pertenece al Espíritu Santo.


Por lo que Cristo ha revelado y por la luz del Espíritu que llevó a los Apóstoles a la verdad completa, los cristianos profesamos que el Padre es Dios, que el Hijo es el mismo y único Dios y que el Espíritu Santo es el mismo y único Dios. Y aún cuando son tres Personas distintas, es un solo Dios.


En la primera lectura vemos que el mundo visible procede del acto creador de Dios. La personificación de la sabiduría, engendrada antes de la creación del mundo, presente y actuante en el momento mismo de la creación, hace pensar en la Palabra que existía ya «en el principio», antes de la creación del mundo, la Palabra que estaba con Dios y era Dios y por la que «todo se hizo» y sin la cual «no se hizo nada de cuanto existe» (ver Jn 1, 1-3). En este mismo proceso de la creación el Espíritu de Dios «aleteaba por encima de las aguas» (Gén 1, 2). Toda la creación es obra de la Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Brota de la sobreabundancia de su amor y tiene su culmen en la criatura humana, creada a imagen y semejanza de Dios (ver Gén 1, 26), creada poco inferior a los ángeles, coronada de gloria y dignidad y a quien Dios le entrega el mando sobre las obras de sus manos. (Salmo responsorial)


También la nueva creación es obra de la Santísima Trinidad. Ésta se inicia con la encarnación del Verbo divino gracias al Hágase generoso de María Virgen, encuentra su punto culminante en la muerte y resurrección del Señor Jesús, y se realiza finalmente por el amor divino derramado en los corazones humanos gracias al Don del Espíritu Santo. (2ª. lectura)



LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que más le tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación nos inunda cuando nos falta alguien que nos ame y a quien podamos amar, cuando nos falta alguien que nos conozca y a quien podamos conocer de verdad, cuando nos falta esa presencia.


Mientras que la tristeza acompaña a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad inunda el corazón de quien experimenta la comunión, la presencia del ser amado, la comunicación de las existencias. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede ser feliz, porque no puede realizarse verdaderamente como persona humana.


Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que busca y está llamado a vivir. Quienes siguen este camino, lamentablemente, terminan frustrados y amargados en su búsqueda, concluyendo equivocadamente que la felicidad en realidad no existe, que es una bella pero inalcanzable ilusión para el ser humano. A quienes así piensan hay que decirles que la felicidad sí existe, que el ser humano está hecho para la felicidad —es por ello que la anhela tanto y la busca con intensidad—, pero que han equivocado el camino.


¿Y por qué el Señor Jesús nos habló de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿De verdad podemos comprender que Dios sea uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza». El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer el misterio de Dios, Comunión de Amor, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado por Dios-Comunión de Amor como persona humana invitada a participar de la comunión de Personas que es Él mismo, invitada a participar de la misma felicidad que Dios vive en sí mismo.


Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz muy poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. Creados a imagen y semejanza de Dios, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro sino el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15, 12).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Esta palabra es semejante a la que dijo de sí mismo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino que como oigo juzgo” (Jn 5, 30); pero decimos que esto puede entenderse respecto a su naturaleza humana. Pero, como el Espíritu Santo no ha venido a ser creatura asumiendo la naturaleza humana, ¿de qué modo hemos de entender esto? Debemos entender que Él no existe por sí mismo. Pues, el Hijo es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede. Pero la diferencia entre engendrar y proceder, en este asunto, sería demasiado larga de explicar, y de dar ahora alguna definición ésta podría ser juzgada de precipitada. “Hablará todo lo que oyere”. Pues, para el Espíritu Santo oír es saber; y saber es ser. Puesto que no es por sí mismo, sino que es por quien procede y le viene la esencia. De ese mismo modo tiene la ciencia, y la capacidad de oír, que es nada menos que la ciencia que posee. El Espíritu Santo, pues, siempre oye porque la ciencia que posee es eterna. Así, pues, de quien Él procede, oyó, oye y oirá». San Agustín


«El Espíritu Santo no es, como afirman ciertos herejes, menor que el Hijo, porque el Hijo reciba del Padre y el Espíritu Santo del Hijo, como naturaleza de diferente grado. Resolviendo, pues, la cuestión, añade: “Todo lo que tiene el Padre es mío”».San Agustín


«El Señor no nos dejó en la duda de si el Espíritu Paráclito procedía del Padre o del Hijo. Pues, recibe del Hijo aquel que es por Él enviado, y procede del Padre. Y preguntó: ¿es lo mismo recibir del Hijo que proceder del Padre? Ciertamente que se considerará una misma cosa recibir del Hijo como si se recibiese del Padre, porque el mismo Señor dijo que todo lo que tenía el Padre era suyo. Al afirmar esto y añadir que ha de recibir de lo suyo, enseñó que las cosas recibidas venían del Padre, y que eran dadas, sin embargo, por Él, porque todas las cosas que son de su Padre son suyas. Esta unión no admite diversidad ni diferencia alguna de origen entre lo que ha sido dado por el Padre y lo que ha sido dado por el Hijo».San Hilario


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El misterio de la Santísima Trinidad


234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».


237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.


238: La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. (…;)


240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).


242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con El. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».


243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.


244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.


253: La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina».


254: Las personas divinas son realmente distintas entre sí. «Dios es único pero no solitario». «Padre», «Hijo», «Espíritu Santo» no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: «El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo». Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: «El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede». La Unidad divina es Trina.


255: Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: «En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia». En efecto, «todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación». «A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo».


REFLEXION FINAL


«Cuando venga el Espíritu de la verdad os guiará a la verdad completa»


Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C – 16 de junio de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 16, 12-15


¿Podemos, por la razón humana, conocer y entender plenamente el misterio central de la fe y de la vida cristiana? «Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios» .


Las lecturas bíblicas de este Domingo nos introducen, poco a poco, en el misterio de la Santísima Trinidad. En el Evangelio vemos como se acentúan claramente la acción y guía del Espíritu Santo, que Jesús llama Espíritu de la verdad, en el camino de nuestra vida cristiana hacia el Padre en la fe, la esperanza y el amor (Romanos 5, 1-5). Vemos también como la sublime revelación de la vida íntima de Dios se muestra anticipadamente en el Antiguo Testamento (Proverbios 8, 22-31).


¿Un anticipo de la Trinidad en el Antiguo Testamento?


El texto de la Primera Lectura del libro de los Proverbios forma parte de un canto poético en que se describe una personificación literaria de la Sabiduría de Dios. Este proceso de personificación en la literatura sapiencial culmina con el libro de la Sabiduría 7,22-8,1 donde aparece la Sabiduría como atributo divino y colaborando con Dios en la obra de la creación (ver Eclo 24,1ss). En algunos comentarios bíblicos leemos que este pasaje puede entenderse como un anticipo y un puente tendido a la revelación trinitaria del Nuevo Testamento donde Cristo es llamado de Palabra de Dios (Logos) en el prólogo de San Juan (ver 1 Cor 1, 23-30 ). Es la gran verdad que expresa San Agustín diciendo que el Nuevo Testamento se esconde en el Antiguo y que éste se manifiesta en el Nuevo (ver Mt 5,17).


El misterio de Dios


El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana porque es el más cercano a Dios mismo. Con la formulación del misterio de la Trinidad la Iglesia osa expresar la verdad acerca de la intimidad de Dios siendo éste inaccesible por la sola luz de la razón humana. Es un dogma de la religión bíblica que Dios es infinitamente perfecto y trascendente y que ningún hombre lo puede ver: «Y añadió: “Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo”» (Ex 33,20). Pero no es porque sea oscuro, ajeno o lejano de los hombres; sino todo lo contrario. Nadie puede verlo porque es demasiado luminoso y está demasiado cerca de nosotros.


Para expresar a los paganos la cercanía del Dios que él anunciaba, San Pablo dice en el Areópago de Atenas: «(Dios) no se encuentra lejos de cada uno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,27- 2¬8). Y de Él nos dice San Agustín: «Es más íntimo a mí que yo mismo». Dios nos es desconocido, no por defecto, como sería una cosa oscura, sino por exceso: nuestra vista queda enceguecida por su excesiva luz; nuestra inteligencia no es capaz de entender su excesiva verdad. San Pablo en su carta a Timoteo prorrumpe en esta alabanza: «Al Bienaventurado y único Soberano, al Rey de reyes y Señor de los señores, al único que posee inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver, a Él el honor y el poder por siempre» (1Tim 6,15-16).


«Señor, muéstranos al Padre…»


Podemos pensar con qué entusiasmo habrá hablado Jesús de su Padre, ya que tenía la misión de anunciarlo (ver Jn 1,1); pero que no resultaba tan claro lo que provoca en el apóstol Felipe el ruego de: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» Jn 14,8. El apóstol revela suficiente comprensión como para afirmar con razón: «eso basta»; pero, por otro lado, revela poca comprensión, como se deduce de la respuesta de Jesús: « ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?» (Jn 14,9-10). Nosotros hemos conocido a Dios como Padre en Cristo, en su actitud filial y en su enseñanza. Uno de los puntos centrales de la revelación cristiana es que Dios es Padre. Es Padre de Cristo y es Padre nuestro. Pero resulta claro en el Evangelio que Dios es Padre de Cristo en un sentido y es Padre nuestro en otro sentido, ambos igualmente verdaderos, pero infinitamente distintos.


Por eso no hay ningún texto en el cual Jesús se dirija a Dios diciendo: «Padre nuestro», incluyéndonos a nosotros. Cuando enseña la oración del cristiano dice: «Vosotros orad así: Padre nuestro…». Por el contrario, es constante e intencional su modo de llamar a Dios: «Padre mío» o «mi Padre». Incluso hace la distinción explícitamente, cuando dice a María Magdalena: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20,17). De esta manera nos enseña que Dios es Padre suyo por naturaleza y es Padre nuestro por adopción. El Padre y el Hijo poseen la misma naturaleza divina, ambos son la misma sustancia divina. Por eso en el Credo profesamos la fe en el Hijo, «engendrado no creado, de la misma naturaleza (de la misma sustancia) que el Padre».


Somos hijos en el Hijo


El Evangelio de hoy es la última de las cinco promesas del Espíritu Santo que hizo Jesús a sus discípulos durante la última cena. Ya hemos visto cómo había dicho a sus apósto¬les: «El que me ve a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Jesucristo hace visi¬ble al Padre. Pero esto no lo experimentaban los apóstoles en ese momento. Era necesa¬rio que viniera el Espíritu Santo. Por eso Jesús dice: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad com¬pleta». El Espíritu Santo hará que los apóstoles crean que Cristo es el Hijo de Dios; de esta manera, podrán ellos, viendo a Cristo, ver al Padre. Eso es todo. Por eso Jesús repite dos veces: «El Espíritu Santo tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Pero precisamente en este anuncio de Cristo como Hijo consiste la revelación del Padre. En efecto, Cristo lo dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío». Por eso, toman¬do lo de Cristo y anunciándolo a nosotros, el Espíritu Santo revela al mismo tiempo al Padre y al Hijo. Así alcanzamos el conocimiento del Dios verdadero. Al asumir la naturaleza humana, sin dejar la divina, el Hijo de Dios dio al ser humano acceso a la filiación divina. Por eso se dice que los bautizados somos «hijos en el Hijo». Pero todo esto sería externo a nosotros y nadie podría vivir como hijo de Dios si no fuera habilitado por el Espíritu Santo. Lo más propio de Cristo es su condición de Hijo de Dios y es precisamente esto lo que el Espíritu Santo debe tomar de Él y comunicarlo a nosotros.


¿Por qué es importante conocer la Santísima Trinidad?


En este Domingo de la Santísima Trinidad cada uno debe verificar si sabe formular este misterio tal como es revelado por Cristo y enseñado por la Iglesia. Los cristianos adoramos un sólo y único Dios, pero este Dios no es una sola Persona, sino tres Personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de única naturaleza divina e iguales en la divinidad. Esto significa que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios, y que el Espíritu Santo es Dios. Dirigiéndonos en la oración o en el culto cristiano a cada una de estas Personas divinas nos dirigimos al mismo y único Dios. Conocer al Dios verdadero no es algo indiferente o que dé lo mismo, pues de esto depende la vida eterna. Así lo declara Jesús en la oración sacerdotal, dirigiéndose al Padre: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado Jesucristo» (Jn 17,3). Jesús formula su misión en este mundo de esta manera: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Eso equivale a decir: «He venido para dar al mundo el conocimiento del Dios verdadero».


Esto es lo que encontramos en la Segunda Lectura: toda nuestra vida cristiana es enteramente trinitaria y consiste en caminar hacia el Padre por medio de Jesucristo y guiados por el Espíritu Santo. Puesto que «no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor» (Dei Verbum 4,2), es nuestra misión vivir de acuerdo a nuestra dignidad de ser «hijos en el Hijo». No se trata de una verdad meramente especulativa sino de una realidad viva, dinámica, operante y reconciliadora del hombre. Toda la vida cristiana es vida de filiación adoptiva, fruto gratuito del amor que Él nos tiene. De Él hemos recibido la fe y el acceso a la gracia que alimenta nuestra esperanza en medio de las tribulaciones presentes. Esta esperanza se alimenta del «amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». ¡Pidamos constantemente el don de la esperanza en nuestras vidas!


Una palabra del Santo Padre:


«La comunidad cristiana, aun con todos los límites humanos, puede convertirse en un reflejo de la comunión de la Trinidad, de su bondad, de su belleza. Pero esto —como el mismo Pablo testimonia— pasa necesariamente a través de la experiencia de la misericordia de Dios, de su perdón.


Es lo que le ocurre a los judíos en el camino del éxodo. Cuando el pueblo infringió la alianza, Dios se presentó a Moisés en la nube para renovar ese pacto, proclamando el propio nombre y su significado. Así dice: «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Este nombre expresa que Dios no está lejano y cerrado en sí mismo, sino que es Vida y quiere comunicarse, es apertura, es Amor que rescata al hombre de la infidelidad. Dios es «misericordioso», «piadoso» y «rico de gracia» porque se ofrece a nosotros para colmar nuestros límites y nuestras faltas, para perdonar nuestros errores, para volver a llevarnos por el camino de la justicia y de la verdad. Esta revelación de Dios llegó a su cumplimiento en el Nuevo Testamento gracias a la palabra de Cristo y a su misión de salvación. Jesús nos ha manifestado el rostro de Dios, Uno en la sustancia y Trino en las personas; Dios es todo y solo amor, en una relación subsistente que todo crea, redime y santifica: Padre e Hijo y Espíritu Santo.


Y el Evangelio de hoy «nos presenta» a Nicodemo, el cual, aun ocupando un lugar importante en la comunidad religiosa y civil del tiempo, no dejó de buscar a Dios. No pensó: «He llegado», no dejó de buscar a Dios; y ahora ha percibido el eco de su voz en Jesús. En el diálogo nocturno con el Nazareno, Nicodemo comprende finalmente ser ya buscado y esperado por Dios, ser amado personalmente por Él. Dios siempre nos busca antes, nos espera antes, nos ama antes. Es como la flor del almendro; así dice el Profeta: «florece antes» (cf. Jeremías 1,11-12). Así efectivamente habla Jesús: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16). ¿Qué es esta vida eterna? Es el amor desmesurado y gratuito del Padre que Jesús ha donado en la cruz, ofreciendo su vida por nuestra salvación. Y este amor con la acción del Espíritu Santo ha irradiado una luz nueva sobre tierra y en cada corazón humano que le acoge; una luz que revela los rincones oscuros, las durezas que nos impiden llevar los frutos buenos de la caridad y de la misericordia».


Papa Francisco. Ángelus Domingo 11 de junio de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Recemos en familia el Salmo 8 que es el salmo responsorial de este Domingo y agradezcamos a Dios por su infinita misericordia al habernos llamado a la vida.

2. «La gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios»: San Ireneo de Lyon. ¿Qué quiere decir que el hombre viva? Que sea lo que tiene que ser. Que sea plenamente hombre de acuerdo a su fe cristiana.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 232- 267.


!GLORIA A DIOS!!!



DOMINGO DE PENTECOSTES

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee junio Ee 2019 a las 15:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE PENTECOSTES



9-15 de Junio del 2019


"Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar"


Hech 2, 1-11: “Unas lenguas como de fuego se posaron sobre ellos, quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”


«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios”.»


Sal 103, 1 y 24.29-30.31 y 34: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”


1 Cor 12, 3-7. 12-13: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”


«Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común… Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.»


Jn 20, 19-23: “Como el Padre me envió, así también yo os envío”


«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.» NOTA IMPORTANTENOTA IMPORTANTE


La palabra griega pentecostés, traducida literalmente, quiere decir: «fiesta del día cincuenta».


Antes de ser una fiesta cristiana, “pentecostés” se celebraba como una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también «fiesta de las semanas» o «fiesta de las primicias» (Ver Ex 23,16; 34,22), pues en ella, siete semanas después de haberse iniciado la siega, se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados. Era una fiesta de acción de gracias a Dios por las bendiciones recibidas a través de los frutos del campo. Con el tiempo se conviertió en una fiesta histórica que conmemoraba la promulgación de la Ley sobre el Sinaí.


Como toda fiesta debía expresar una exultante alegría y regocijo: «En presencia de Yahveh tu Dios te regocijarás... porque Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y serás plenamente feliz.» (Ver Dt 16,9-15; Is 9,2)


San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en esta fiesta cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.» Los cristianos llamamos asimismo Pentecostés a esta fiesta, porque el envío del Espíritu sobre todos los apóstoles reunidos en torno a Santa María tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.


De este modo se establece una íntima relación entre uno y otro acontecimiento: el don del Espíritu al hombre es la primicia de la cosecha, el fruto precioso de la Pascua. Este Don divino realiza la nueva creación, es Don para la reconciliación del ser humano, para el perdón de sus pecados, para su transformación interior, para su conformación con el Hijo, para que con un nuevo corazón (Ver Ez 36,26) pueda amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.


La Primicia de la Pascua, el don del Espíritu, había sido entregado a sus discípulos ya la primera vez en que el Señor resucitado se aparecía en medio de ellos (Evangelio). En aquella ocasión el Señor solemnemente los hizo partícipes de su misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» El Espíritu, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con este poder de lo Alto, son los llamados a llevar los frutos de su obra reconciliadora a toda la humanidad.


Esta misión la confiaba definitivamente a Su Iglesia antes de ascender al Cielo, cuando dijo a sus Apóstoles: «Id por todo el mundo» (Mc 16, 15) y «haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Son palabras de envío las últimas palabras que el Señor dirige a sus apóstoles antes de desaparecer definitivamente de su vista.


Para poder llevar a cabo esta fundamental misión el Señor antes de su Ascensión había dado a los Once instrucciones precisas de que esperaran en Jerusalén el Don de lo Alto. Les dijo: «Recibiréis la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrásobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza prometida por el Señor los trasformará en valientes y audaces apóstoles y testigos del Señor, así como en Maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Los apóstoles no podrían cumplir con esta misión, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, mientras no recibieran esta “fuerza de lo Alto”.


Según sus instrucciones permanecieron en Jerusalén, reunidos en el Cenáculo, perseverando en la oración en compañía de Santa María, hasta que llegó el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2, 2-4). El Espíritu Santo se presenta así como el gran protagonista de la evangelización.


Y si antes la diversidad de lenguas había dividido a los hombres (Ver Gen 11,1-9), ahora el don del Espíritu permitía que quienes hablaban diversas lenguas escuchasen proclamar a los apóstoles las maravillas de Dios en su propia lengua. El Espíritu Santo es el Don que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes lo reciben y son tan diversos entre sí. (2ª. lectura)


Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo —el viento y el fuego— aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19, 3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se pone significativamente de relieve mediante la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (cf. Hch 2, 9-11).


El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9), cuando los hombres, que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo, habían acabado por destruir su misma capacidad de comprenderse recíporcamente, en Pentecostés el Espíritu, con el don de la lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión.


El Espíritu Santo, fuente de comunión


Catequesis del 29 de julio de 1998


1. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la primera comunidad cristiana unida por un fuerte vínculo de comunión fraterna: «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). No cabe duda de que el Espíritu Santo está en el origen de esta manifestación de amor. Su efusión en Pentecostés pone las bases de la nueva Jerusalén, la ciudad construida sobre el amor, completamente opuesta a la vieja Babel.

Según el texto del capítulo 11 del Génesis, los constructores de Babel habían decidido edificar una ciudad con una gran torre, cuya cima llegara hasta el cielo. El autor sagrado ve en ese proyecto un orgullo insensato, que lleva a la división, a la discordia y a la incomunicabilidad.

Por el contrario, en Pentecostés los discípulos de Jesús no quieren escalar orgullosamente el cielo, sino que se abren humildemente al Don que desciende de lo alto. Si en Babel todos hablan la misma lengua, pero terminan por no entenderse, en Pentecostés se hablan lenguas diversas, y, sin embargo todos se entienden muy bien. Este es un milagro del Espíritu Santo.

2. La operación propia y específica del Espíritu Santo ya en el seno de la santísima Trinidad es la comunión. (…;)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima pasión, muerte y resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? Sí, ¡con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!


¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Esa es laexperiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).


Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.


En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de leguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con ‘parresía’ la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con solo tocarlos con esas como “llamas en forma de lenguas de fuego”!


¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!


Mas en este empeño por evangelizar no podemos dejar de lado jamás una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón, ¿cómo voy a encender otros corazones? Mi primer “campo de apostolado” soy yo mismo, por tanto, debo preocuparme seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en mi corazón ese fuego que me impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo! ¡No dejemos de participar de su sacrificio reconciliador cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella tengamos las necesarias disposiciones para poder acoger al Espíritu en nosotros!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Todo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la buena Nueva. Pero, si no predica, ¿no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón el EspírituSanto quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido». San Gregorio Magno


«Ahora bien, (los apóstoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrección del Señor nuestro Jesucristo y reafirmados en la palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Espíritu Santo a dar la buena nueva de que el reino de Dios estaba por llegar. Y así, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, probándolos en el espíritu, como obispos y diáconos de los que habrían de creer.» Clemente Romano


«Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue ne-cesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede.» San Cirilo de Alejandría


«¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lollena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno.» San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María


965: Después de la Ascensión de su Hijo, María «estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones». Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra».


2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.


726: Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la «Mujer», nueva Eva «madre de los vivientes», Madre del «Cristo total». Así es como ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hch 1, 14), en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.


El día de Pentecostés


731: El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.


767: «Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia» (LG 4). Es entonces cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación» (AG 4). Como ella es «convocatoria» de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (Ver Mt 28, 19-20; AG 2, 5-6).


2625: El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hech 2, 1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (Ver Lc 24, 27. 44), será también quien la instruya en la vida de oración.


El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego


696: El fuego. …el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12, 49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5, 19).


El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia


1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que El era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida» (Jn 3, 34).


1287: Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20, 22) y luego, de manera mas manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los apóstoles comienzan a proclamar «las maravillas de Dios» (Hech 2, 11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo.


1288: «Desde aquel tiempo, los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el dondel Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (Heb 6, 2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Conformación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (S.S. Pablo VI)


«Recibid el Espíritu Santo»


Solemnidad de Pentecostés. Ciclo C – 9 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19-23


Con esta solemne festividad se cierra la cincuentena pascual en la que hemos celebrado el misterio de Cristo Resucitado y Glorioso y se inicia nuevamente el Tiempo Ordinario. No es que el Espíritu Santo aparezca por primera vez al fin del tiempo Pascual, su presencia es notoria ya desde la Pascua de Resurrección, como vemos en el Evangelio de este Domingo. Antes de su Ascensión, el Señor había preparado a sus discípulos más cercanos: «les conviene que me vaya, porque si no lo hago, no podré enviarles al Espíritu Paráclito », es decir, al defensor y consolador. Con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos alrededor de María, comienza un tiempo nuevo, el que se extenderá hasta la segunda venidadel Señor. Se inaugura la acción y la misión de la Iglesia (Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11). El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, es el principio de unidad que edifica la comunidad creyente en un solo Cuerpo, el de Cristo, con la pluralidad de carismas y funciones (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 3b- 7. 12-13).


La Promesa del Padre


Poco antes de ascender al cielo, Jesús había mandado a sus discípulos «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que esperasen la Promesa del Padre». Ciertamente los apóstoles se habrán preguntado: ¿Cuál promesa? Por eso Jesús continúa: «Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». Y aclara más aún: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» Hch 1,4.5.8. Y luego Jesús fue llevado al cielo. Después de esta precisa instrucción de Jesús, nadie se atrevió a moverse de Jerusalén. La «Promesa del Padre» había de ser un don de valor incalculable que nadie se quería perder. Es así que cuando volvieron del monte de la Ascensión, los apóstoles subieron a la estancia superior, donde vivían, y allí se dispusieron a esperar.


El relato continúa nombrando a todos los apóstoles, uno por uno; a esta cita no falta ninguno, ni siquiera Tomás: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo sentir, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14). Allí estaba congregada la Iglesia fundada por Jesús alrededor de la Madre del Maestro Bueno: María de Nazaret. La naciente Iglesia estaba a la espera de algo que no conocía y que vendría en fecha incierta. Mientras no llegara, no podía moverse. La Promesa del Padre llegó el día de Pentecostés, que era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua de los judíos. Entonces comenzaron a moverse…


La fiesta de Pentecostés


Tres eran las principales fiestas judías antiguas que perduraban en el tiempo de Jesús. Provenían de tiempo inmemorial, cuando Israel no existía aún como nación. Más tarde, habían sido asumidas como una disposición divina y codificadas en la ley dada a Moisés. Allí se establece: «Tres veces al año me celebrarás fiesta. Guardarás la fiesta de los Ázimos… en el mes de Abib, pues en él saliste de Egipto… También guardarás la fiesta de la Siega de las primicias de lo que hayas sembrado en el campo. Y la fiesta de la Recolección al término del año» (Ex 23,14-17). La primera de estas fiestas consistía en el sacrificio de un cordero y su comida, según un determinado ritual.


Esta fiesta coincidió con la salida de Israel de su cautiverio en Egipto, ocasión en que la sangre del cordero tuvo un rol tan determinante en la salvación del Pueblo de Dios. Esta fiesta adquirió el nombre hebreo “pésaj” que se tradujo al latín “pascha” y al castellano “pascua”. En el tiempo de Cristo, la «pascua de los judíos» consistía en el sacrificio y comida del cordero pascual en memoria del gran hecho salvífico del éxodo (la liberación de Israel de su exilio en Egipto). El Evangelio es constante en afirmar que Jesucristo murió en la cruz cuando se celebraba la pascua de los judíos y se sacrificaba el cordero pascual. A Jesucristo se le llamó el «Cordero de Dios» porque su muerte en la cruz fue un sacrificio ofrecido a Dios por el perdón de los pecados.


La segunda de las fiestas judías, llamada también la fiesta de las semanas, debía celebrarse siete semanas después de la Pascua (ver Lev 23,15-16). En la traducción griega de la Biblia, ese espacio de tiempo de cincuenta días, dio origen al nombre «Pentecostés», que significa literalmente «quincuagésimo». Originalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud se transmite la sentencia del Rabi Eleazar: «Pentecostés es el día en que fue dada la Torah (la ley)». Este término también sufrió una reinterpretación cristiana y hoy día Pentecostés conmemora la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, porque este hecho fundacional de la Iglesia coincidió con ese día. De esta manera Dios, en su divina pedagogía, nos enseña que por el don del Espíritu Santo nace el Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia; así como la entrega de la ley mosaica había constituido el antiguo pueblo de Israel.


El Viento: signo del Espíritu Santo


Y ocurrió en esta forma: «Ese día vino de repente un ruido del cielo, como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban… y quedaron todos llenos de Espíritu Santo» (Hech 2,2.4). El viento impetuoso es un signo del Espíritu de Dios , que, llenando el corazón de cada uno de los fieles, dio vida a la Iglesia. La Iglesia es una nueva creación de Dios y fue animada por el soplo de Dios. El poder creador del Espíritu de Dios está afirmado en la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión… y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1,1-2). Por la acción de este Espíritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparición de la tierra seca, la generación de los vegetales, plantas y árboles, los astros, el hombre. Nos recuerdatambién, el episodio de la creación del hombre. El libro del Génesis relata este hecho maravilloso en forma escueta: «El Señor Dios formó al hombre con polvo del suelo, y sopló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2,7).


Es el mismo gesto de Cristo Resucitado que nos relata el Evangelio de hoy. Apareciendo ante sus apóstoles congregados aquel día primero de la semana, después de saludarlos Jesús «sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». El soplo de Cristo es el Espíritu Santo y tiene el efecto de dar vida a la Iglesia naciente. En esta forma, Jesús reivindica para sí una propiedad divina: su soplo es soplo divino, su soplo es el Espíritu de Dios. Un soplo que produce tales efectos lo puede emitir sólo Dios mismo.


El perdón de los pecados


Después de darles el Espíritu Santo, Jesús agrega estas palabras: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El perdón de los pecados es una prerrogativa exclusiva de Dios. Tenían razón los fariseos cuando en cierta ocasión protestaron: «¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» (Mc 2,7). En esa ocasión Jesús demostró que Él puede perdonar los pecados; y aquí nos muestra que puede también conferir este poder a los apóstoles y a sus sucesores. Y lo hace comunicándoles su Espíritu. Es que el perdón de los pecados es como una nueva creación; es un paso de la muerte a la vida , y ya hemos visto que Dios da vida infundiendo su Espíritu. El pecado destruye el amor en el corazón del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perdón del pecado no es solamente una declaración que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el corazón del hombre infundiéndole el amor. Pero esto sólo el Espíritu puede hacerlo, pues «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).


«Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados»


La Segunda Lectura realiza el paso del primer Pentecostés a la perenne asistencia del Espíritu Santo en la vida cotidiana de la Iglesia, donde el Espíritu actúa mediante los carismas y los ministerios. El contexto previo es la consulta que los corintios habían hecho a Pablo sobre los criterios para distinguir los carismas auténticos de los falsos. El Apóstol establece dos criterios de autenticidad; uno es doctrinal y el otro comunitario. El doctrinal es la confesión de Jesús como el Señor. El que hace está confesión está animado por el Espíritu Santo. El segundocriterio es que en todo carisma que sirve al bien común del grupo creyente se manifiesta la acción del Espíritu que es riqueza y vida. La diversidad de los carismas auténticos en los miembros de la comunidad no obsta a la unidad dentro de la misma. Su origen es el Espíritu de Dios, en el que todos hemos sido bautizados para construir un solo Cuerpo: la Iglesia.


Una palabra del Santo Padre:


«A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.


1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad —Dios ofrece siempre novedad—, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo.

La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.


2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene unaexpresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v. 9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?


3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión».


Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés. 19 de mayo de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El Espíritu actúa en lo más íntimo del ser humano, actúa iluminando la inteligencia para que pueda conocer a Cristo y habilitando la voluntad para que pueda amar a Dios y al prójimo. Esta misma es la situación del cristiano que desdeña de recibir el sacramento de la Confirmación. ¿Cómo vivo y valoro el Sacramento de la Confirmación? ¿Tengo consciencia de lo que me he comprometido?

2. ¿Cómo es mi relación con el Espíritu Santo? ¿Soy dócil a sus mociones (movimientos interiores) en mi vida?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 683- 701. 731- 741


!GLORIA A DIOS!

ASCENSION DEL SENOR

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee junio Ee 2019 a las 15:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


ASCENSIÓN DEL SEÑOR



02-08 de junio del 2019


“Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo”


Hech 1, 1-11: “Lo vieron elevarse”


En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los Apóstoles que había elegido. Se les presentó

después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apare-ciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios.

Mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó:

— «No se alejen de Jerusalén; aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo les he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días ustedes serán bautizados con Espíritu Santo».

Ellos lo rodearon preguntándole:

— «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

Jesús contestó:

— «No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».

Dicho esto, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de la vista de ellos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

— «Galileos, ¿porqué permanecen mirando al cielo? El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto partir».


Sal 46, 2-3.6-9: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”


Aplaudan pueblos todos, aclamen a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; toquen para Dios, toquen, toquen para nuestro Rey, toquen.

Porque Dios es el rey del mundo; toquen con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado.


Ef 1, 17-23: “Lo sentó a su derecha”


Hermanos:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo plenamente. Ilumine los ojos de su corazón, para que comprendan ustedes cuál es la esperanza a la que los llama, la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y la extraordinaria grandeza de su poder con que Él obra en nosotros, los que creemos, por la eficacia de su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, constituyéndolo cabeza suprema de la Iglesia. Ella es su cuerpo, plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas.


Lc 24, 46-53: “Mientras los bendecía iba subiendo al Cielo”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Ustedes son testigos de todo esto. Yo les enviaré lo que mi Padre ha prometido; permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo Alto».

Después los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo.

Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo.

Ellos se postraron ante Él y volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.


NOTA IMPORTANTE


En la Solemnidad de la Ascensión del Señor leemos los últimos versículos del Evangelio según San Lucas. Los Apóstoles se encuentran reunidos en Jerusalén cuando el Señor resucitado se presenta a ellos por última vez. En aquella ocasión el Señor encomendó a los Apóstoles la misión de anunciar la salvación y reconciliación «a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 47; ver Mt 28, 19-20). La salvación traída por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, es para todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas.


Para poder cumplir esta misión el Señor les anuncia que enviará sobre ellos «lo que mi Padre ha prometido». Ellos deberán permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos con la fuerza que viene de lo Alto» (ver Hech 1, 4-5). ¿A qué promesa se refiere el Señor? ¿Qué es esta “fuerza que viene de lo Alto”? Se trata del Espíritu Santo, que Él mismo junto con el Padre enviará sobre sus Apóstoles y discípulos. La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podrán realizar solos, sino con la fuerza del Espíritu divino. La evangelización tiene como protagonista no a los Apóstoles sino sobre todo al Espíritu Santo, que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. El Espíritu del Señor será el que encienda los corazones en el fuego del divino amor y los lanzará al anuncio audaz, decidido, valiente. Con esta fuerza del Espíritu los Apóstoles serán capaces de ser testigos veraces de Aquel a quien han visto con sus propios ojos, oído con sus propios oídos y tocado con sus propias manos (ver 1 Jn 1, 1) para encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo es el que animará y conducirá a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.


Una vez que les ha dado las necesarias instrucciones a sus Apóstoles, el Señor «los llevó hacia Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el Cielo». De este modo su presencia visible en este mundo «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659).


La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre ver Jn 16, 28, se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo. Aquel que se ha abajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.


Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.


Si en su Evangelio San Lucas recoge «todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que... fue levantado a lo Alto» (Hech 1, 1.2), en los Hechos de los Apóstoles relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Es en los Hechos de los Apóstoles que este evangelista comienza relatando nuevamente el acontecimiento de la Ascensión (1ª. lectura), ya que junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés marcan el inicio de la acción evangelizadora de la Iglesia.


San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2 Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).


Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.


Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.


La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.


Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus Apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al Cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre». San León Magno


«Cristo, el primogénito de entre los muertos, quien con su resurrección ha destruido la muerte, quien mediante la reconciliación y el soplo de su Espíritu ha hecho de nosotros nuevas criaturas, dice hoy: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza». San Gregorio de Nisa


«El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. El fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: “ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne” (Heb 10, 20)». San Cirilo de Alejandría


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«Jesucristo subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso»


659: «Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios. Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» 1 Cor 15, 8 en una última aparición que constituye a éste en Apóstol.


660: El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: «Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y trascendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.


661: Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el Cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que «salió del Padre»puede «volver al Padre»: Cristo. «Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre» (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino».


662: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al Cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no «penetró en un Santuario hecho por mano de hombre..., sino en el mismo Cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Heb 9, 24). En el Cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Heb 7, 25). Como «Sumo Sacerdote de los bienes futuros» (Heb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los Cielos.


663: Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: «Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada».


664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7, 14). A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».


668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación, su cumplimiento trascendente.


669: Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al Cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia. «La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio», «constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra».


CONCLUSION


«Mientras los bendecía, fue llevado al cielo»


La Ascensión del Señor. Ciclo C – 2 de junio de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24, 46 -53


La Ascensión de Jesucristo (Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11 y San Lucas 24, 46 -53) es una síntesis de la fe cristiana y la culminación del ministerio de Cristo, quien después de abajarse es glorificado y constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad y de la Iglesia. Por eso el Padre «lo sienta a su diestra» y «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1,17- 23). Podemos también decir que en la solemnidad de la Ascensión el conjunto de toda la liturgia nos parece decir: «He cumplido misión, pero todavía hay mucho que hacer…». Justamente vemos como en el Evangelio de San Lucas se resalta el cumplimiento de la misión y se envía a los apóstoles a la evangelización de todos los pueblos «hasta los confines de la tierra».


La Ascensión en el Evangelio de San Lucas y en Hechos de los Apóstoles


Leemos este Domingo los últimos versículos del Evangelio de San Lucas. Este evangelista se caracteriza por su conciencia de autor y por su intención expresa de componer un escrito bien ordenado. Recordemos que San Lucas, que era gentil y es el único escritor no judío entre los autores del Nuevo Testamento. Según la tradición nació en Siria de Antioquía y, en efecto, el libro de los «Hechos de los Apóstoles» vemos una enorme cantidad de datos acerca de la comunidad antioqueña. Era heleno de origen y de cultura pagana hasta su conversión al cristianismo. Fue médico y compañero íntimo de San Pablo (ver Col 4,11-14). La tradición afirma que murió a los 84 años en la ciudad de Boecia.


San Lucas mismo hace su intención explícita en el prólogo de su obra: «He decidido, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo» (Lc 1,3). En la medida que sus fuentes selo permiten, hace un relato ordenado y sistemático. Este orden le exigía dividir su obra en dos partes bien diferenciadas: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El primer tomo trata sobre la misión de Jesús en la región de Palestina (ver Hch 1,1.2). El segundo tomo trata sobre la misión de los apóstoles en toda la tierra ver Hch 1,8. La Ascensión es el umbral entre la vida terrena de Jesús, que es el tema del Evangelio de Lucas; y la vida de su Iglesia, que es el tema de los Hechos de los Apóstoles. A Jesús correspondió la misión de anunciar el Evangelio solamente en la región de Palestina, en fidelidad a la promesa de Dios a su pueblo escogido; a la Iglesia corresponde la misión de anunciar el Evangelio «a todos los pueblos», en fidelidad al mandato de su Señor. No podía comenzar la misión de los apóstoles sin que hubiera concluido la misión terrena de Jesús. El punto de partida para esta misión universal fue precisamente la Ascensión de Jesucristo al cielo.


«Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra»


En los Hechos de los Apóstoles vemos como la acción, sobre todo el trabajo evangelizador de San Pablo, se traslada de Asia Menor a Grecia y Roma, es decir, hasta «los confines de la tierra» de aquella época. Cada una de las misiones de San Pablo parte de Jerusalén, como en sucesivas oleadas cada vez de mayor radio. Se trataba de dar cumplimiento al mandato que deja Jesús a su Iglesia en el momento de la Ascensión: «Recibiréis fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» Hech 1,8. En el relato evangélico leemos exactamente lo mismo acerca de la misión de Jesús que es ahora encomendada a los apóstoles: «y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas» Lc 24,46-4.


«La promesa de mi Padre…»


Un punto fundamental de ambos textos es la instrucción de Jesús de esperar la venida del Espíritu Santo sobre ellos antes de empezar la misión encomendada. Este punto reviste tal importancia que la última instrucción de Jesús no se refiere a algún punto importante de su doctrina, que Él quisiera recalcar en ese último momento, sino que se refiere precisamente a esta espera: «Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). Observemos el modo cómo es mencionado el Espíritu Santo. Jesús lo llama «la Promesa de mi Padre» y el «poder de lo alto». Los mismos términos se repiten en el relato de los Hechos delos Apóstoles. El Espíritu Santo, el poder que viene de lo alto, es el que concede a los apóstoles la certeza de una nueva presencia de Jesucristo en su Iglesia y esta certeza es la que les permite ser testigos del Resucitado: «Seréis mis testigos». Podemos imaginar que ante el mandato de la misión universal – «a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra»- los apóstoles habrán preguntado: «¿Cómo será esto?». Ellos eran judíos y no entraba en su mentalidad la inclusión de todos los pueblos paganos como parte fundamental de la misión encomendada. La respuesta de Jesús es ésta: «El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros, el poder (dynamis) de lo alto os revestirá». Abriendo cualquier página de los Hechos de los Apóstoles vemos que ellos actúan con el poder del Espíritu.


Pero… ¿cómo será esto?


En el Evangelio de Lucas hay una admirable analogía entre la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María y su presencia sacramental en su Iglesia, que por eso es el «Cuerpo de Cristo». Cuando el ángel Gabriel anunció a María la concepción de Cristo, a su pregunta: «¿Cómo será esto?», el ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder (dymanis) del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35). Es la misma promesa que recibieron los apóstoles. Podemos imaginar que los apóstoles habrán preguntado a Jesús, cuando partía al cielo y les encomendaba la misión universal: «¿Cómo será esto; cómo lo haremos nosotros solos?». Jesús responde lo mismo que el ángel dijo a María: «Recibiréis la Promesa del Padre y seréis revestidos del poder de lo alto». Esta promesa se cumplió el día de Pentecostés y la Iglesia quedó constituida en sacramento de salvación para todos los hombres. Entre la Ascensión y Pentecostés transcurre la primera novena: la Iglesia naciente queda a la espera de ser vivificada por el don del Espíritu Santo prometido.


La bendición de Jesús


Luego Jesús «los sacó hasta cerca de Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Es el único caso en que Jesús bendice a alguien; bendice a sus apóstoles precisamente porque se está separando de ellos. Se habría esperado que ellos quedaran sumidos en la tristeza, como quedó María Magdalena al no saber dónde estaba su Señor (ver Jn 20,13). En cambio, la reacción de ellos es ésta: «Se volvieron a Jerusalén con gran gozo». Quedan con gran gozo porque Jesús los ha bendecido, porque les ha prometido enviarles la Promesa del Padre y el Padre no puede prometer más que lo máximo, es decir, el Espíritu Santo que les aseguraría una nueva presencia de Jesús; finalmente, quedan llenos de alegría porque Jesús «fue llevado al cielo», y Él les había dicho: «Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo» Jn 14,2. Ellos aman a Jesús y por eso, aunque Él es llevado, se alegran porque es llevado al cielo.


«Sometió todo bajo sus pies»


La ciudad de Éfeso era la ciudad más importante de la provincia romana de Asia (en la parte occidental de la moderna Turquía). Éfeso era la cabeza de puente entre el oriente y el occidente. Constituía el terminal de una de las rutas comerciales de las caravanas que cruzaban el Asia y se situaba en la desembocadura del río Caistro. Era una ciudad espléndida con calles pavimentadas de mármol, con baños, bibliotecas, mercado y un teatro con capacidad para 2,500 personas. Éfeso se convirtió muy pronto en un importante centro de irradiación del cristianismo. Pablo hizo una breve visita a Éfeso, durante su segundo viaje apostólico, y sus amigos Aquila y Prisca se quedaron a residir en aquella ciudad. En su tercer viaje, Pablo pasó más de dos años en Éfeso. Aquí él escribe sus famosas cartas a los Corintios. La carta que dirige a los Efesios es más que una epístola ya que este escrito es considerado un verdadero tratado epistolar, quizá dirigido a los creyentes de toda Asia Menor, especialmente a los gentiles. A diferencia de las otras cartas de San Pablo, no contiene exhortaciones personales. Pablo escribió esta carta desde la prisión (Roma) en los años sesenta. El gran tema de la carta «el Plan de Dios…es reunir toda la creación, todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra bajo Cristo como cabeza» (1,10).


Una palabra del Santo Padre:


«Al final de su Evangelio, san Lucas narra el acontecimiento de la Ascensión de modo muy sintético. Jesús llevó a los discípulos «hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (24, 50-53). Así dice san Lucas. Quisiera destacar dos elementos del relato. Ante todo, durante la Ascensión Jesús realiza el gesto sacerdotal de la bendición y con seguridad los discípulos expresan su fe con la postración, se arrodillan inclinando la cabeza. Este es un primer punto importante: Jesús es el único y eterno Sacerdote que, con su Pasión, atravesó la muerte y el sepulcro y resucitó y ascendió al Cielo; está junto a Dios Padre, donde intercede para siempre en nuestro favor (cf. Hb 9, 24).


Como afirma san Juan en su Primera Carta, Él es nuestro abogado: ¡qué bello es oír esto! Cuando uno es llamado por el juez o tiene un proceso, lo primero quehace es buscar a un abogado para que le defienda. Nosotros tenemos uno, que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados. Queridísimos hermanos y hermanas, contamos con este abogado: no tengamos miedo de ir a Él a pedir perdón, bendición, misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado: nos defiende siempre. No olvidéis esto. La Ascensión de Jesús al Cielo nos hace conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada junto a Dios; Él nos abrió el camino; Él es como un jefe de cordada cuando se escala una montaña, que ha llegado a la cima y nos atrae hacia sí conduciéndonos a Dios. Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos ciertos de hallarnos en manos seguras, en manos de nuestro salvador, de nuestro abogado.


Un segundo elemento: san Lucas refiere que los Apóstoles, después de haber visto a Jesús subir al cielo, regresaron a Jerusalén «con gran alegría». Esto nos parece un poco extraño. Generalmente cuando nos separamos de nuestros familiares, de nuestros amigos, por un viaje definitivo y sobre todo con motivo de la muerte, hay en nosotros una tristeza natural, porque no veremos más su rostro, no escucharemos más su voz, ya no podremos gozar de su afecto, de su presencia. En cambio, el evangelista subraya la profunda alegría de los Apóstoles. ¿Cómo es esto? Precisamente porque, con la mirada de la fe, ellos comprenden que, si bien sustraído a su mirada, Jesús permanece para siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 17 de abril de 2013


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Como expresa la liturgia de este Domingo, éste es un día de alegría y de alabanza a Dios «porque la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria; donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo» (Oración colecta de la misa de la Ascensión de Jesús). Cristo asumió plenamente la naturaleza humana, y al acceder a la exaltación a la gloria es glorificada también su naturaleza humana, igual en todo a la nuestra. ¿Soy consciente de mi propia dignidad? ¿Respeto la dignidad de mis hermanos? ¿Soy consciente de mi vocación última?

2. «Vosotros sois testigos de estas cosas». ¿Cómo vivo esta tensión apostólica por ser testigo del Señor Resucitado? ¿En qué situaciones concretas (dónde, a quién o a quiénes) transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 659 – 667.


!GLORIA A DIOS!


Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a ustedes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 28 Ee abril Ee 2019 a las 18:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE PASCUA


28 de Abril al 4 de Mayo del 2019


“Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘Paz a ustedes”




Hech 5, 12-16: “Crecía cada vez más el número de los creyentes que se adherían al Señor”


Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a unírseles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos; y crecía cada vez más el número de los creyentes, tanto hombres como mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cubriese a alguno de ellos.

Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos quedaban sanos.


Sal 117, 2-4. 22-24.25-27: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”


Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, los bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, Él nos ilumina.


Ap 1, 9-13. 17-19: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades”


Yo, Juan, hermano de ustedes y compañero en la tribulación, el reino y la espera perseverante en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.

Caí en éxtasis en el Día del Señor y oí a mis espaldas una voz potente, como de trompeta, que decía:

— «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíalo a las siete Iglesias que están en Asia».

Me di vuelta para ver quién me hablaba, y, al hacerlo, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, y llevaba cinturón de oro a la altura del pecho.

Al verlo, caí a sus pies como muerto.

Él puso la mano derecha sobre mí y dijo:

— «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo para siempre, y tengo las llaves de la muerte y del abismo

Escribe, pues, lo que has visto, lo que está sucediendo y lo que ha de suceder en el futuro».


Jn 20, 19-31: “¡Señor mío y Dios mío!”


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos».

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

— «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

— «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

— «Paz a ustedes».

Luego dijo a Tomás:

— «Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás:

— «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo:

— «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.


NOTA IMPORTANTE


El Evangelio de este Domingo habla de dos apariciones del Señor Resucitado, en ambos casos, estando sus discípulos reunidos en un cuarto a puertas cerradas. La primera es al atardecer de «aquel día», es decir, el mismo día en que el Señor había resucitado.


Según la tradición judía el shabbat es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de su obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante un descanso absoluto (ver Éx 20, 9-11). El día que seguía al sábado iniciaba una nueva semana y era considerado por tanto “el primer día de la semana”. Ése fue el día en que Cristo resucitó, el día que por tanto remite al día en que Dios iniciaba la obra de la creación (ver Gén 1, 1-5), el día en que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas. El simbolismo y paralelismo permite comprender que en «aquel día», el día primero de la semana, Dios iniciaba una nueva creación en Cristo, por su resurrección. Cristo resucitado, vencedor de la muerte, es la luz del mundo, el Sol de Justicia que disipa las tinieblas que el pecado del hombre había cernido sobre el mundo entero. Éste es el día en que Dios todo lo hace nuevo (ver Is 43, 19s).


La siguiente aparición del Señor resucitado a sus discípulos, relatada por el evangelista San Juan, se producía «ocho días después» (Jn 20, 26) en aquel mismo lugar en el que se encontraban reunidos (ver Jn 20, 19.26). «Ocho días después» quiere decir, según la costumbre judía de incluir el día presente al hacer el conteo de los días, una semana después. Por tanto, aquel “octavo día” coincide nuevamente con “el primer día de la semana”.


Estas apariciones del Señor en medio de la “ekklesia” o “asamblea” de discípulos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 751) se constituyeron en el origen de la tradición de reunirse los cristianos “el primer día de la semana” para celebrar la Cena del Señor, la Eucaristía, en la que el Señor, muerto y resucitado, luego de la consagración del pan y del vino, se hace realmente presente (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1374-77). Por todo esto muy pronto a este día se le denominó Día del Señor, en latín “Dies Domini” o “Dominica dies”, de donde proviene nuestra palabra “Domingo”.


«El Domingo es el día de la fe por excelencia, día en que los creyentes, contemplando el rostro del Resucitado, están llamados a repetirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 2), y a revivir en la Eucaristía la experiencia de los Apóstoles, cuando el Señor se presentó en el cenáculo y les comunicó su Espíritu» (S. S. Juan Pablo II).


En cuanto a la primera aparición recuerda San Juan que «estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”» (Jn 20, 19). La paz es un don divino para el ser humano que brota de la obra reconciliadora realizada por el Señor Jesús en el Altar de la Cruz (ver 2 Cor 5, 19) Por su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo ha reconciliado al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Esta reconciliación pasa por el perdón de los pecados, causa justamente de la cuádruple ruptura que Cristo ha venido a reconciliar.


Mediante su sacrificio reconciliador el Señor Jesús ha obtenido para el ser humano el perdón de los pecados, y soplando sobre sus Apóstoles el Espíritu les transmitió el poder de perdonar los pecados en su nombre haciéndolos ministros del don de la reconciliación: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn 20, 23). Es así como «en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1441; ver también n. 1442). Aquí encontramos el fundamento del Sacramento de la Reconciliación, el perdónde los pecados que el penitente obtiene mediante la confesión de los pecados hecha ante un sacerdote, ministro del Señor. Ningún católico, salvo que quiera ir en contra de la voluntad de Cristo mismo, puede rechazar este sacramento argumentando que “yo me confieso directamente con Dios”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, psicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos y temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?


Muchos, al no saber dónde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas fáciles no traen sino una falsa paz, una efímera euforia. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, de soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral desgastante, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.


Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste y paradójico es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo —fuente última de la paz verdadera— y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2, 13)!


Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sinuosamente había sugerido la antigua serpiente (ver Gén 3, 5)— se volvió contra él mismo, hundiéndolo en el abismo de la muerte. En efecto, al romper con la Fuente de su misma vida y amor la criatura humana se quebró interiormente ella misma, ingresando de este modo en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompiendo asimismo la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. Frutos amargos de esta cuádruple ruptura son la pérdida de la paz y armonía interior, que se expresan en la experiencia de vacío, soledad, tristeza, infelicidad, amargura, ansiedades, etc. De esa falta de paz y armonía en el corazón humano surgen todas las contiendas, rencillas, divisiones e incluso guerras entre los pueblos.


¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2 Cor 5, 19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2, 14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.


«¡La paz contigo!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su Pasión, Muerte y Resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas y convertirnos también nosotros en agentes de reconciliación en nuestra familia, en nuestros círculos de amigos y ambientes en los que trabajamos o estudiamos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Espíritu Santo nos hace esta advertencia: “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33, 12). El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, lavíspera de su pasión, añadió lo siguiente: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Ésta es la herencia que nos ha legado: todos sus dones, todas sus recompensas que nos ha prometido tienden a la conservación de la paz que nos promete. Si somos los herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios tenemos que ser pacíficos: “Dichosos los pacíficos, se llamarán hijos de Dios” (Mt 5, 9). Los hijos de Dios son pacíficos, humildes de corazón, sencillos en sus palabras, de acuerdo entre sí por el afecto sincero, unidos fielmente por los lazos de la unanimidad». San Cipriano


«Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?


Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.


Palpó y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto?”. Como sea que el Apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo lo que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada. Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta». San Gregorio Magno


«Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. La misma creación ¿no es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees.» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las apariciones del Resucitado


641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).


642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección deCristo» (ver Hech 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles ver 1 Cor 15, 4-8.


643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).


644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.


El estado de la humanidad resucitada de Cristo


645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (ver Lc 24, 30.41-43; Jn 21, 9.13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24,40; Jn 20, 20.27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (ver Mt 28, 9.16-17; Lc 24, 15.36; Jn 20, 14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (ver Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (ver Jn 20, 14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (ver Jn 20, 14.16; 21, 4.7).


CONCLUSION


«¡Señor mío y Dios mío!»


Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo C – 28 de abril de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 – 31


Las apariciones que nos remiten las lecturas de este Domingo nacen de los encuentros personales que los discípulos tienen con el mismo Señor Jesús Resucitado, vivo y en persona. Son experiencias de fe que tienen como base un hecho que se da en la realidad; no son alucinaciones ni mucho menos inventos. Del encuentro con Jesucristo Resucitado (San Juan 20,19 – 31) se sigue, como fruto inmediato, la fe y la total transformación personal de los discípulos y de la comunidad de creyentes que iba aumentando día a día (Hechos de los Apóstoles 5,12-16). Cristo ha resucitado; Él es nuestro Dios, Señor y Salvador que murió y que ahora vive por los siglos de los siglos (Apocalipsis 1,9-11ª. 12-13.17-19).


«Este es el día en que actuó el Señor»


El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas claramente distinguidas por las dos apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles; la primera ocurre al atardecer del mismo Domingo de la Resurrección del Señor («el primer día de la semana»;) y la segunda ocho días después, es decir, en un Domingo como hoy ya que también se contaba el día vigente. Por este motivo este Evangelio se lee en este Domingo en los tres ciclos litúrgicos, A, B y C. El Evangelio atestigua que los discípulos de Jesús eran extremadamente observantes de la ley judía que mandaba mantener absoluto reposo el sábado: «Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado… El sábado descansaron, según el precepto» (Lc 23,54.56). De aquí el apuro por ir al sepulcro apenas hubiera pasado el sábado, es decir, en la madrugada del primer día. Ese mismo día al atardecer se presenta Jesús por primera vez a los Doce, menos Tomás que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». La segunda aparición de Jesús, que nos relata el Evangelio de hoy, ocurrió también el primer día de la semana como ya hemos visto. Por ser éste el día de la Resurrección del Señor, fue llamado día del Señor, «dominica dies», que en castellano se traduce por Domingo. Muy prontofue éste el día en que la comunidad cristiana se reunía para la celebración del culto «en memoria de su Señor».


Hemos querido llamar la atención sobre un hecho que tal vez pasa inadvertido: para que un grupo de fieles judíos, que se distinguían por su fidelidad a la ley, cambiara el «día del Señor» del sábado al Domingo, es decir, del séptimo al primer día de la semana; tuvo que haber ocurrido en este día un hecho real histórico en que reconocieran la actuación de Dios de manera mucho más clara que en las antiguas intervenciones de Dios en la historia del pueblo. Tuvo que mediar un hecho superior a los de este mundo, pues nada de este mundo habría sido suficiente para que un judío cambiara una de sus tradiciones, y ¡qué tradición!, nada menos que la del sábado. El único hecho histórico capaz de explicar satisfactoriamente este cambio es la Resurrección de Cristo, que aconteció en Domingo: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24). Los cristianos reconocemos en este hecho el acontecimiento fundamental de nuestra fe: la muerte fue vencida con todo su cortejo de males y al hombre se le ofrece poder compartir la vida divina.


«¡Paz con vosotros!»


Una expresión de Jesús resucitado que llama inmediatamente la atención pues se repite con insistencia en el pasaje de San Juan es: «¡Paz a vosotros!». Apenas Jesús dice estas palabras, los que estaban llenos de temor, se alegraron de ver a Jesús. El Evangelio hace notar que los discípulos se encontraban reunidos «a puertas cerradas por miedo a los judíos». Pero sobre todo, tenían necesidad de la paz de Cristo, pues habían dudado de él, lo habían abandonado, no habían creído en su resurrección. Sentían que no estaban en paz con Jesús y cuando falta esta paz entra el temor y la desconfianza. Estaban a puertas cerradas, pero no hay puerta que nos sustraiga del amor de Dios. Por eso, Jesús, aunque estén cerradas las puertas, se presenta en medio de ellos. Los apóstoles tenían necesidad de este encuentro con Jesús para volver a su amistad, tenían urgencia de darle tantas explicaciones por su conducta, pero Jesús antes de preguntar nada los tranquiliza: «¡Paz a vosotros!»


El mismo que les había dicho: «Os he llamado amigos», ahora los confirma en su amistad dándoles la paz. «Dicho esto les mostró las manos y el costado», como para indicar a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios. El Evangelio afirma que, después de comprender esto, «los apóstoles se alegraron de ver al Señor». Vuelve a ellos el gozo y no tienen ya miedo porque han sido relevados de un peso inmenso, tan grande que es imposible para el hombre cargar con él, han sido aliviados de un peso que oprime y destruye al hombre: el pecado. Ahora no tienen miedo a nada y pueden decir: «Este Jesús a quien vosotros habéiscrucificado, Dios lo resucitó y nosotros somos testigos de su resurrección» (Hechos 2,32). Solamente después de haber vivido la experiencia del perdón ya pueden recibir los apóstoles el poder de perdonar los pecados.


«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…»


La frase de Jesús: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…», sería una pura tautología , si no tuviera un doble plano. Para decir simplemente que los apóstoles pueden perdonar a quienes los ofendan a ellos, no se necesita toda la solemnidad de la escena. Eso ya lo había enseñado Jesús durante su vida (ver Mt 18,21-22). El sentido de la frase es otro ya que se trata de un «poder» que consiste en dar validez ante Dios a una sentencia emitida por estos sencillos hombres en la tierra. Es un poder enorme que da Jesús a Pedro personalmente y también a la comunidad como tal (ver Mt 18,1). Pero sólo a Pedro dice: «A tí te daré las llaves del Reino de los cielos». Sabemos que empuñar la llave de una ciudad significa tener el poder.


Por más que busquemos en todo el Antiguo Testamento no encontraremos nunca un hombre que posea este poder. Es más, en Israel era dogma que sólo Dios puede perdonar los pecados, pues son una ofensa contra Él. Es un dogma obvio y verdadero. Por eso cuando en una ocasión Jesús dijo a un paralítico: «“Hijo, tus pecados te son perdonados”, todos se escandalizaron pensando: “Este blasfema; ¿quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?”» (Mc 2,5.7). Y sin embargo, Cristo demuestra que Él posee este poder: «”Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados”, dice al paralítico: “Toma tu camilla y echa a andar”» (Mc 2,10-11). La novedad del Evangelio está en que Cristo, que con¬quistó el perdón de los pecados con su muerte, concede este poder a unos hombres elegidos por Él: les garantiza que Dios perdona a quienes ellos perdonen y no perdona a quienes ellos retengan los pecados.


«Vio y creyó>


Luego viene el relato de lo ocurrido ocho días después. Los «otros Doce» daban testimonio de la resurrección de Jesús diciéndole a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero él, que no estuvo en la primera aparición, no creyó en el testimonio de sus hermanos porque la resurrección del Señor era algo que no entraba en su campo mental. Podemos imaginar que durante toda esa semana Tomás estuvo negando la verdad de sus hermanos que ya creían. En la segunda aparición de Jesús, las circunstancias son las mismas que la primera, solo que esta vez está allí Tomás. Jesús se dirige inmediatamente a él y le dice: «Acerca aquí tu dedo y miramis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». No sólo se aparece Jesús y exhibe las señas de su Pasión, sino que sabe cuál es la prueba exigida por Tomás y pide al discípulo incrédulo que se acerque y verifique. Pero no fue necesario, pues Tomás ya ha sentido nacer en él la fe y exclama: «¡Señor mío y Dios mío!».


El comentario que Jesús agrega es una de las frases del Evangelio que más conocemos y citamos, porque suele aplicarse a nuestra situación: «Porque me has visto has creído. Bienaventurados los que no han visto y han creído». Tomás había dicho: «Si no veo… no creeré». Podemos decir entonces que él «vio y creyó». Pero Jesús llama bienaventurados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testimonio de otros. Y ésta sí que es nuestra situación. Nosotros creemos en la Resurrección del Señor por el testimonio de la Iglesia y de sus apóstoles. ¡Este es el origen de nuestra fe!


En cambio, Tomás no creyó al testimonio de esos mismos apóstoles que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero hay al menos uno de los apóstoles que creyó sin haber visto al Señor resucitado. Y ése es el autor de este Evangelio: Juan. Ante el sepulcro abierto y vacío, las mujeres aseguraban que se habían llevado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan van corrieron al sepulcro a verificar el hecho. Entonces, Juan, habiendo llegado primero al sepulcro no entra sino después de Pedro: «entonces… el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» Jn 20,8. En realidad, no vio más que los lienzos (la sábana y las vendas) con que se habían envuelto el cuerpo sin vida de Jesús. Pero de ello no dedujo que se «habían llevado el cuerpo del Señor», sino que «creyó» que había resucitado. Este discípulo «creyó sin haber visto» y a él se aplica, en primer lugar, la bienaventuranza de Jesús. Pero Jesús también piensa en nosotros en la medida en que, por el testimonio de la Iglesia, creemos.


Una palabra del Santo Padre:


«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos» (Jn 20,30). El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios, para leer y releer, porque todo lo que Jesús ha dicho y hecho es expresión de la misericordia del Padre. Sin embargo, no todo fue escrito; el Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia. Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Lo podemos hacer realizando las obras de misericordia corporales y espirituales, queson el estilo de vida del cristiano. Por medio de estos gestos sencillos y fuertes, a veces hasta invisibles, podemos visitar a los necesitados, llevándoles la ternura y el consuelo de Dios. Se sigue así aquello que cumplió Jesús en el día de Pascua, cuando derramó en los corazones de los discípulos temerosos la misericordia del Padre, exhaló sobre ellos el Espíritu Santo que perdona los pecados y da la alegría.


Sin embargo, en el relato que hemos escuchado surge un contraste evidente: está el miedo de los discípulos que cierran las puertas de la casa; por otro lado, la misión de parte de Jesús, que los envía al mundo a llevar el anuncio del perdón. Este contraste puede manifestarse también en nosotros, una lucha interior entre el corazón cerrado y la llamada del amor a abrir las puertas cerradas y a salir de nosotros mismos. Cristo, que por amor entró a través de las puertas cerradas del pecado, de la muerte y del infierno, desea entrar también en cada uno para abrir de par en par las puertas cerradas del corazón. Él, que con la resurrección venció el miedo y el temor que nos aprisiona, quiere abrir nuestras puertas cerradas y enviarnos. El camino que el Maestro resucitado nos indica es de una sola vía, va en una única dirección: salir de nosotros mismos, salir para dar testimonio de la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado. Vemos ante nosotros una humanidad continuamente herida y temerosa, que tiene las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. Ante el sufrido grito de misericordia y de paz, escuchamos hoy la invitación esperanzadora que Jesús dirige a cada uno de nosotros: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v. 21).


Toda enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios una ayuda eficaz. De hecho, su misericordia no se queda lejos: desea salir al encuentro de todas las pobrezas y liberar de tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere llegar a las heridas de cada uno, para curarlas. Ser apóstoles de misericordia significa tocar y acariciar sus llagas, presentes también hoy en el cuerpo y en el alma de muchos hermanos y hermanas suyos. Al curar estas heridas, confesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo; permitimos a otros que toquen su misericordia y que lo reconozcan como «Señor y Dios» cf. v. 28, como hizo el apóstol Tomás. Esta es la misión que se nos confía. Muchas personas piden ser escuchadas y comprendidas. El Evangelio de la misericordia, para anunciarlo y escribirlo en la vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, “buenos samaritanos” que conocen la compasión y el silencio ante el misterio del hermano y de la hermana; pide siervos generosos y alegres que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio». Papa Francisco. Jubileo de la Divina

Misericordia. Domingo 3 de abril de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. ¿De qué manera puedo vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

2. Seamos particularmente conscientes al pronunciar «Señor mío y Dios mío» en la liturgia eucarística, del peso de nuestras palabras.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 638 – 644


!GLORIA ADIOS!


¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO EL SENOR!

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 20 Ee abril Ee 2019 a las 23:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RESURRECIÓN


21-26 de abril del 2019


“¡ALELUYA! ¡HA RESUCITADO EL SEÑOR!”



Hech 10, 34. 37-43: “Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

— «Ustedes bien saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.

Nosotros somos testigos de lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


Sal 117, 1-2.16-17.22-23: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”


Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.


Col 3, 1-4: “Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo”


Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él.


Jn 20, 1-9: “Entró en el sepulcro, vio y creyó”


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

— «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.


NOTA IMPORTANTE


La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc 15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).


Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó con sobresalto. Entonces se quedaron paralizados y “como muertos” (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.


En aquel mismo momento llegaban algunas piadosas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro porque “ya estaba encima” el sábado cuando descendieron de la Cruz el cuerpo inerte de Jesús. Según la costumbre judía el nuevo día empezaba no a medianoche, tampoco al amanecer, sino al atardecer o anochecer de lo que para nosotros es aún el díaanterior, en el momento en que ya se hacía necesario encender luces. Al decir que “ya estaba encima el sábado” quiere decir que ya era la tarde del viernes. No había tiempo suficiente para embalsamar el cuerpo del Señor porque una vez encendidas las lámparas se debía guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).


Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. Es la raíz de la palabra “Domingo”, el primero y a la vez el “octavo” día de la semana, porque es considerado un “nuevo día”. El Domingo es el Día del Señor porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.


Grande fue la sorpresa de María Magdalena, una de las mujeres que formaban la pequeña comitiva, al llegar al sepulcro del Señor, ver la piedra movida y el sepulcro vacío. Instintivamente echó a correr para comunicarles a Pedro y a Juan lo sucedido. Al encontrarlos les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). Pedro y a Juan fueron corriendo al sepulcro para ver por sí mismos lo sucedido. Juan, que corría más rápido, llegó primero. Al llegar «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Esperó a que llegase Pedro para que entre él primero, lo que se considera una señal de respeto y reconocimiento de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles. Al entrar en el sepulcro, se dice de Juan que «vio y creyó» Jn 20,8. ¿Qué vio Juan? Que el cuerpo de su Señor no estaba allí. ¿Qué creyó? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, lo que el Señor había anunciado repetidas veces: que luego de morir «debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).


Este acto de fe en la Resurrección del Señor será confirmado inmediatamente después tanto por el anuncio del ángel a las mujeres como por las mismas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos.


En el grupo de las mujeres que van al sepulcro muy de madrugada llama la atención una ausencia: no se encuentra entre ellas la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba presente? ¿No sería natural que quien más que nadie amaba a Jesús se hiciese presente para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La razón de su ausencia hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que sí van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Madre no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a suHijo, creyó que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, Santa María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección de su Hijo. Análogamente a como el sepulcro vacío se constituye en una fuerte proclamación de la Resurrección de Cristo, la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en las palabras y promesa de su Hijo.


Por otro lado, aún cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que el Señor Resucitado ya se le había aparecido a ella primero. Ésta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza que recoge una antiquísima tradición, aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!


¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!


Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!


Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Podré yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento enque pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?


Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27). Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.


Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!


Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.» San Gregorio Magno


«Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.» San Agustín


«Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.» San Gregorio Magno


«Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Al tercer día resucitó de entre los muertos


638: “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13,32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz.


El sepulcro vacío: “vio y creyó”


640: “El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba'' (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo'' (Jn 20,6) “vio y creyó'' Jn 20,8. Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro”.


La Resurrección de Cristo, “signo” de que es quien dice ser


651: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.


652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.


653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,2). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo míoeres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13,32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.


Sentido y alcance salvífico de la Resurrección


654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.


655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Cor 15,20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,15).


El Domingo, día del Señor


1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso» (Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Ver Jn 21,12; Lc 24,30):

El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subióvictorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).


1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC106):

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación... la salvación del mundo... la renovación del género humano... en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1.ª parte del verano, p. 193 b).


CONCLUSION


«Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto»


Domingo de la Resurrección del Señor


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,1-9


«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Este es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Esta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostración empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.


Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científicas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cualquier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiritual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verdades de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.


Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Este es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Colosenses 3,1-4).


«Se han llevado del sepulcro al Señor…»


El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difuntos «conforme a la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día deestricto reposo: también en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdalena junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.


Esta premura de la Magdalena es expresión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abierto. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’» (Jn 20,1).


«Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…»


Lo que sigue es el relato de un testigo presencial. Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delante, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar». En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.


Pero llama inmediatamente la atención que no dice nada acerca de lo más importante. ¿Qué pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han llevado del sepulcro al Señor»? El discípulo amado comunica entonces su propia experiencia con dos importantes palabras: «Vio y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteligencia es proporcional a lo que vio empíricamente, como ocurre con las verdades naturales y científicas. No es así,porque en ese caso habría dicho: «Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y creyó», porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejo el viernes de la Pasión. Lo explica él mismo cuando dice que: «Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resucitar de entre los muertos».


Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos» aplicada a Jesús. Esta es la certeza que se abrió camino en la mente del discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobrenatural. Por eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que transformó su vida y no vaciló en morir por ella.


La Resurrección de Jesús


Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Esta, no obstante ser un hecho histórico, permanece un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse… a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10,40-41). Por tanto, la resurrección de Jesucristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Esta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resucitado.


«Nosotros somos testigos de todo lo que hizo»


El discurso kerigmático que Pedro realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo…» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,2). La conversión de este «temeroso de Dios » se destaca repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las visiones simultaneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la relación entre judíos y gentiles, que quedará aclarada en el Concilio de Jerusalén (ver Hech 15,7-11).


«Aspirad las cosas de arriba…»


En este breve texto San Pablo coloca como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él. Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el cielo donde están los bienes definitivos y eternos.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy la Iglesia repite, canta, grita: “¡Jesús ha resucitado!”. ¿Pero cómo? Pedro, Juan, las mujeres fueron al Sepulcro y estaba vacío, Él no estaba. Fueron con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: el Maestro, su Maestro, el que amaban tanto fue ejecutado, murió. Y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el sepulcro. Pero el ángel les dice: “No está aquí, ha resucitado”. Es el primer anuncio: “Ha resucitado”. Y después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones. Pero los discípulos permanecieron encerrados todo el día en el Cenáculo, porque tenían miedo de que les ocurriera lo mismo que le sucedió a Jesús. Y la Iglesia no cesa de decir anuestras derrotas, a nuestros corazones cerrados y temerosos: “Parad, el Señor ha resucitado”.


Pero si el Señor ha resucitado, ¿cómo están sucediendo estas cosas? ¿Cómo suceden tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, trata de personas, guerras, destrucciones, mutilaciones, venganzas, odio? ¿Pero dónde está el Señor? Ayer llamé a un chico con una enfermedad grave, un chico culto, un ingeniero y hablando, para dar un signo de fe, le dije: “No hay explicaciones para lo que te sucede. Mira a Jesús en la Cruz, Dios ha hecho eso con su Hijo, y no hay otra explicación”. Y él me respondió: “Sí, pero ha preguntado al Hijo y el Hijo ha dicho sí. A mí no se me ha preguntado si quería esto”.


Esto nos conmueve, a nadie se nos pregunta: “¿Pero estás contento con lo que sucede en el mundo? ¿Estás dispuesto a llevar adelante esta cruz?”. Y la cruz va adelante, y la fe en Jesús cae. Hoy la Iglesia sigue diciendo: “Párate, Jesús ha resucitado”. Y esta no es una fantasía, la Resurrección de Cristo no es una fiesta con muchas flores. Esto es bonito, pero no es esto, es más; es el misterio de la piedra descartada que termina siendo el fundamento de nuestra existencia. Cristo ha resucitado, esto significa. En esta cultura del descarte donde eso que no sirve toma el camino del usar y tirar, donde lo que no sirve es descartado, esa piedra —Jesús— es descartada y es fuente de vida. Y también nosotros, guijarros por el suelo, en esta tierra de dolor, de tragedias, con la fe en el Cristo Resucitado tenemos un sentido, en medio de tantas calamidades.


El sentido de mirar más allá, el sentido de decir: “Mira no hay un muro; hay un horizonte, está la vida, la alegría, está la cruz con esta ambivalencia. Mira adelante, no te cierres. Tú guijarro, tienes un sentido en la vida porque eres un guijarro en esa piedra, esa piedra que la maldad del pecado ha descartado”. ¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? Esto, sencillamente. La piedra descartada no resulta realmente descartada. Los guijarros que creen y se unen a esa piedra no son descartados, tienen un sentido y con este sentimiento la Iglesia repite desde lo profundo del corazón: “Cristo ha resucitado”. Pensemos un poco, que cada uno de nosotros piense, en los problemas cotidianos, en las enfermedades que hemos vivido o que alguno de nuestros familiares tiene; pensemos en las guerras, en las tragedias humanas y, simplemente, con voz humilde, sin flores, solos, ante de Dios, ante de nosotros decimos: “No sé cómo va esto, pero estoy seguro de que Cristo ha resucitado y yo he apostado por esto”. Hermanos y hermanas, esto es lo que he querido deciros. Volved a casa hoy, repitiendo en vuestro corazón: “Cristo ha resucitado”».


Papa Francisco. Homilía Domingo de Resurrección 16 de abril de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Estamos llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de arriba»: lo antiguo ya ha pasado. Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús Resucitado.

2. Vivamos con María la verdadera alegría que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el Santo Rosario.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 647 – 655. 1166-1167.


!GLORIA A DIOS!!!


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