Articulos


ver:  todos / resumen

El que busca su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee junio Ee 2020 a las 11:55 Comments comentarios (1)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


28 de junio al 3 de Julio 2020


“El que busca su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”


 

 

 

2Re 4,8-11.14-16: “¿Qué podemos hacer por ella?”

 

Un día pasaba Eliseo por Sunam, y una mujer distinguida lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que Eliseo pasaba por allí, se detenía a comer en su casa. Ella dijo a su marido:

 

-“Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí”.

 

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó.

 

Dijo a su criado Guejazí:

 

-¿Qué podemos hacer por ella?”.

 

Guejazí comentó:

 

-“Mira, no tiene hijos, y su marido es ya viejo”.

 

Eliseo dijo:

 

-“Llámala”.

 

La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo:

 

-“El año que viene, por estas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”.


 

Sal 88,2-3.16-17.18-19: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”


Rom 6,3-4.8-11: “Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte para que andemos en una vida nueva”

 

Hermanos:

 

¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?

 

Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

 

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios.

 

Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.


 

Mt 10,37-42: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”

 

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

 

-“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.

 

El que trate de salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que recibe a mí recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá recompensa de justo.

 

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa”.


 

NOTA IMPORTANTE

 

El Evangelio de este Domingo es continuación del discurso que el Señor dirige a sus apóstoles luego de llamarlos a sí para enviarlos a anunciar la cercanía del Reino de los Cielos a las ovejas descarriadas de Israel. El Señor les había advertido ya que en el cumplimiento de su misión encontrarían una fuerte oposición e incluso la muerte misma, y los había alentado a no tener miedo a sus perseguidores.

 

Prosigue el discurso y el Señor Jesús les plantea ahora a los doce apóstoles condiciones tremendas: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.” “No es digno de mí” es otra manera de decir “no puede ser discípulo mío”. Quien de los doce no está dispuesto a amar al Señor más que a su padre o madre, más que a su hijo o hija, más que a su propia vida, no puede ser verdaderamente un apóstol de Cristo. El amor a Él debe estar por encima del amor a quienes naturalmente más aman en la vida así como también por encima del amor a la propia vida. ¿No son desproporcionadas estas exigencias?

 

Estas fueron las condiciones dirigidas en aquella ocasión a los doce apóstoles, pero ¿son también válidas para los demás discípulos? La respuesta es afirmativa, si consideramos que en otros momentos el Señor planteó las mismas exigencias tanto a los todos los discípulos como a la gente que caminaba con Él. (ver Lc 14,25-27; Mt 16,24-25; Mc 8,34-35; Lc 9,23-24)

 

Todo aquél o aquella que quiera ser discípulo de Cristo ha de cumplir con la tremenda exigencia de amarlo por sobre todas las cosas y personas, de tal modo que por Él esté siempre dispuesto a posponer y sacrificar los vínculos humanos más sagrados. ¿Arrogancia inadmisible por parte de Jesús? ¿Deben sus seguidores ser considerados por ello una banda de fanáticos? Sólo a Dios se debe un amor supremo, y así lo manda el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» Mt 22,37-3 El amor a Dios, fuente de todo amor humano, debe estar por encima de todo otro amor. Sólo amando a Dios y abriéndose a Dios que es comunión de Amor, el ser humano puede llegar a amar con la plenitud del amor con que está llamado a amar.

 

Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios, uno con el Padre, de su misma naturaleza divina, es Dios-hecho-hombre, por ello puede pedir y pide este amor mayor a Él. Amándolo a Él es al verdadero y único Dios a quien ama­mos. No es fanatismo amar al Señor Jesús por encima incluso de la propia vida, sino que es poner las cosas en su recto lugar para poder desplegar cada cual toda la capacidad de amar que posee por don de Dios. Anteponer el amor a las personas al Señor Jesús es cerrarse finalmente al amor de Dios mismo, es limitar la propia capacidad de amar, es empobrecer el propio amor. Anteponer el amor al Señor Jesús a cualquier otro amor es abrirse al Amor, participar plenamente de ese Amor, es disponerse a amar como Jesucristo mismo ama, es amar más y para toda la eternidad a quienes más se ama en esta vida. Así se resuelve esta paradoja que parece imponer al discípulo exigencias inhumanas. Al pedir que se le ame más a Él el Señor Jesús no pide amar menos a quienes tanto se quiere, sino que los introduce en un dinamismo de amor que le llevará a amarlos más aún, amarlos como sólo Dios mismo es capaz de amar.

 

Por ese amor mayor y radical al Señor Jesús el apóstol ha de tomar asimismo su propia cruz –como un condenado por el mundo– y seguirlo hasta la donación total de la propia vida.

 

La cruz, por un lado, es el peso que el mundo echa encima a los verdaderos discípulos —calumnias, toda clase de mentiras, burlas, desprecios, persecuciones, golpes y la muerte misma— cuando por su palabra y sobre todo por el coherente testimonio de su vida reflejan en sí a Cristo.

 

Puede entenderse también la cruz como un signo de participación en la muerte reconciliadora del Señor Jesús. En efecto, Cristo, y sólo Él, ha trasformado lo que antes había sido sólo un instrumento de público escarnio, de tortura y de muerte afrentosa, en el lugar de la reconciliación entre lo humano —representado por el leño horizontal— y lo divino —representado por el leño vertical—. Quien toma su cruz, quien asume con coraje y valor el dinamismo cruciforme en su propia vida, aprende a morir a todo lo que en él lleva a la muerte, a morir a sus pecados clavándolos en la Cruz con Cristo, experimenta que ante sí se abre el inmenso horizonte de la vida y de la plenitud humana. ¡Morir para vivir! Todo aquél que toma su cruz se hace «una misma cosa con Él [el Señor Jesús] por una muerte semejante a la suya», para participar también de una resurrección semejante a la suya: «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él… Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (2ª. Lectura; Rom 6,4-11).

 

A la exigencia de tomar la cruz va unida la exigencia del seguimiento: «el que no toma su cruz y me sigue», dice el Señor. Seguir al Señor quiere decir andar tras sus pasos, todos los días de la vida, hasta el Gólgota, hasta el momento de la entrega de la propia vida al Padre. Es un seguimiento en el camino de la plena y amorosa obediencia a los designios del Padre, de un amor total que llega al extremo de dar la propia vida por el Amigo y los amigos. Mas la cruz conduce al discípulo a la plenitud de la vida y de la felicidad. Quien sigue al Señor Jesús hasta la cruz, se en­contrará a sí mismo plenamente.

 

El amor al Señor Jesús no se demuestra únicamente mediante la difusión valiente de su enseñanza. También se demuestra acogiendo a sus enviados y discípulos. La primera lectura de este Domingo presenta un episodio que ejemplifica la afirmación del Señor Jesús: «el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta» (Mt 10,41). Una mujer de Sunem acoge a Eliseo, heredero del espíritu del gran profeta Elías. Le brinda una cordial hospitalidad al reconocer que aquél hombre de Dios «es un santo» (2 Re 4,9). «¿Qué podemos hacer por ella?», pregunta Eliseo a su criado. La mujer recibirá como recompensa la promesa de un hijo que no había podido concebir, siendo su marido ya muy viejo. Dios no deja de “hacer algo” por todos aquellos que acogen a quienes son enviados por su Hijo, Jesucristo, a quienes son sus discípulos. En ellos, es al mismo Señor a quien acogen: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado». (Mt 10,40)


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

Al tomar la cruz en su sentido figurado, como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extra­ño para la vida de todo hombre y mujer, de cualquier edad, pueblo y condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto mo­do, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condi­ción humana. ¡Es así! Hemos sido crea­dos para la vida y, sin embargo, no po­demos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).

 

Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una en­fermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!

 

Al mirarnos y mirar a nuestro alrededor, descubrimos que toda existencia humana tiene el sello del sufrimiento. No hay nadie que no sufra, que no muera. Pero vemos también cómo sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, es estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, endurece el corazón.

 

El Señor, lejos de liberarnos de la cruz, la ha cargado sobre sí, haciendo de ella el lugar de la redención de la humanidad, uniendo y reconciliando en ella, por su Sangre, lo que el pecado había dividido: a Dios y al hombre (ver 2Cor 5,19). Él mismo, en la Cruz, cambió la maldición en bendición, la muerte en vida. Resuci­tando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida.

 

Quien con el Señor sabe abrazarse a Su Cruz, experimenta cómo su propio sufrimiento, sin desaparecer, adquiere sentido, se transforma en un dolor salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros. No hay cristianismo sin cruz porque con Cristo la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena comunión y participación de la gloria del Señor.

 

¡Cuántas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir! La fuga se da de muchos modos: evadir las propias responsabilidades y cargas pesadas, ocultar mi identidad cristiana para no exponerme a la burla y el rechazo de los demás, no defender o asistir a quien me necesita por “no meterme en problemas” o hacerme de una “carga”, no asumir tal apostolado que me cuesta, no perdonar a quien me ha ofendido porque me cuesta vencer mi orgullo, etc.

 

Otras veces, al no poder evadir el sufrimiento, no queremos sino deshacernos de la cruz, arrojarla lejos, más aún cuando la cruz la llevamos por mucho tiempo o alcanza niveles insoportables: “¡hasta cuando, Señor! ¡Basta ya!” Hay quien perdiendo el aguante y con rebelde actitud frente Dios opta por apartarse se Él.

 

La actitud adecuada ante la cruz es asumirla plenamente, con paciencia, confiando plenamente en que Dios sabrá sacar bienes de los males, buscando en Él la fuerza necesaria para soportar todo su peso y llevar a pleno cumplimiento en nosotros sus amorosos designios. El mismo Señor nos ha enseñado a acudir incesantemente a la oración para ser capaces de beber el cáliz amargo de la cruz (ver Mc 14,32-42).

 

Asimismo hemos de pedir a Dios la gracia para vivir la virtud de la mortificación, entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.

 

LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

Aquel que había dicho antes: "No he venido a traer la paz sino la espada y a separar al hombre de su padre, de su madre y de su suegra", añade a fin de que nadie anteponga el sentimiento a la fe, lo siguiente: "El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí". También en el "Cantar de los cantares" se dice: "Él ordenó en mí el amor" (Cant 2,4). En todo amor es indispensable este orden: Ama, después de Dios, al padre, a la madre y a los hijos. Y si fuere necesario elegir entre el amor de los padres y de los hijos y el de Dios y no se pudiese amar al mismo tiempo a todos, el abandono de los primeros no es más que una piedad para con Dios. No prohibió, pues, amar al padre, a la madre y a los hijos, pero añade de una manera significativa "más que a Mí".

 

San Jerónimo

 

En seguida, con el objeto de que no tuvieran pena alguna aquellos a quienes debe ser preferido el amor de Dios, los eleva Él a pensamientos más sublimes. Nada verdaderamente hay más querido en el hombre que su vida y sin embargo, si no la abandonáis, tendréis adversidades. Y no sólo mandó simplemente el abandonarla, sino hasta entregarla a la muerte y a los tormentos sangrientos, enseñándonos que no sólo debemos estar preparados a morir, esto es, a sufrir cualquier clase de muerte, sino hasta la muerte más violenta y deshonrosa, es decir, hasta la muerte de cruz. Por eso dice: "Y el que no toma su cruz, etc". Aun no les había hablado acerca de su pasión, pero los va preparando entretanto, a fin de que acepten mejor sus palabras cuando trate de ella.

 

San Juan Crisóstomo

 

Nuestro Señor Jesucristo ha dicho a todos, en diferentes ocasiones y dando diversas pruebas: “Si alguno quiere venir detrás de mi, que se renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”; y además: “El que de entre vosotros no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo”. Nos parece, pues, exigir la renuncia más completa… “Donde está tu tesoro, dice en otra parte, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Si nosotros, pues, nos reservamos bienes terrestres o algo perecedero, nuestro espíritu permanece atascado en ellos como en el barro. Entonces es inevitable que nuestra alma sea incapaz de contemplar a Dios y se vuelve insensible a los deseos y fulgores del Cielo y de los bienes que se nos han prometido. No podremos obtener estos bienes más que si los pedimos sin cesar, con un ardiente deseo que, por otra parte, hará ligero el esfuerzo necesario para alcanzarlos.

 

Renunciarse es, pues, desatar los lazos que nos atan a esta vida terrestre y pasajera, liberarse de las contingencias humanas, a fin de hacernos más aptos para caminar por el camino que conduce a Dios. Es liberarse de los impedimentos a fin de poseer y usar los bienes que son “mucho más preciosos que el oro y la plata” (Sal 18,11). Y para decirlo del todo, renunciarse es transportar el corazón humano a la vida del cielo, de tal manera que se pueda decir: “Nuestra patria está en el cielo” (Flp 3,20). Y, sobre todo, es empezar a ser semejante a Cristo, que por nosotros se hizo pobre, él que era rico (2Cor 8,9). Debemos asemejarnos a él si queremos vivir según el Evangelio.

 

San Basilio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La cruz es camino a la luz

 

2015: El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (ver 2 Tim 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

 

La muerte y la vida en Cristo

 

1010: Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. «Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia» (Flp 1, 21). «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente «muerto con Cristo», para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este «morir con Cristo» y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor.

 

1011: En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de S. Pablo: «Deseo partir y estar con Cristo» (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (ver Lc 23, 46).

 

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí…»

 

2232: Los vínculos familiares, aunque son muy impor­tantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la voca­ción singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favore­cer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la voca­ción primera del cristiano es seguir a Jesús.

 

2233: Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 49).

 

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.


 

GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC


Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee junio Ee 2020 a las 17:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


21 - 27 de junio, 2020


“Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea”


 

 

Jer 20,10-13: “El Señor está conmigo, mis enemigos no podrán conmigo.”

 

Dijo Jeremías:

 

“Yo oía la murmuración de la gente:

‘Hay terror por todas partes;

denunciemos a Jeremías”.

Hasta mis amigos esperan que yo dé un paso en falso:

‘A ver si se deja engañar, y entonces lo venceremos,

Nos vengaremos de él’.

Pero el Señor está conmigo,

como un guerrero poderoso;

mis enemigos caerán y no podrán conmigo.

Se avergonzarán de su fracaso

sufrirán una humillación eterna que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo

y sondeas lo íntimo del corazón,

hazme ver cómo castigas a esa gente,

porque a ti he confiado mi causa.

Canten al Señor, alaben al Señor,

que libró la vida del pobre de manos de los malvados”.


 

Sal 68,8-10.14 y 17.33-35: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”


Rom 5,12-15: “Por el delito de uno murieron todos, mas por Jesucristo la gracia se ha desbordado sobre todos.”

 

Hermanos:

 

Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

 

Porque, antes que hubiera la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

 

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.


 

Mt 10,26-33: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre”

 

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

 

“No tengan miedo a los hombres, porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

 

Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea.

 

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unas moneditas? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que el Padre de ustedes lo disponga. En cuanto a ustedes hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones.

 

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre que está en el cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo”.


 

NOTA IMPORTANTE


 

El Evangelio de este Domingo comienza con una firme exhortación del Señor a sus apóstoles: «No tengan miedo a los hombres…». Busca afirmar su espíritu porque poco antes les había dicho: «Miren que yo os envío como ovejas en medio de lobos», anunciándoles que por su causa los entregarían a los tribunales y los azotarían en las sinagogas, que serían llevados ante gobernadores y reyes, que entregaría a la muerte «hermano a hermano y padre a hijo», en resumen, que serían odiados de todos y perseguidos por ser sus discípulos (ver Mt 10,16-25).

 

Si ampliamos el contexto, el fragmento que escuchamos este Domingo está enmarcado en un conjunto de instrucciones que el Señor Jesús da a sus apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Reino a «las ovejas descarriadas de Israel» (ver Mt 10,5). Sin embargo hay que decir que varias instrucciones y advertencias trascienden esa misión inmediata y más bien apuntan a la misión univer­sal que los apóstoles y discípulos deberán realizar una vez que el Señor Resucitado ascienda a los Cielos y envíe el Espíritu Santo sobre ellos el día de Pentecostés (ver Mt 28,19).

 

El Señor anuncia y advierte a sus apóstoles que en el fiel cumplimiento de su misión recibirán el mismo maltrato que Él sufrirá (ver Mt 10, 24-25). Lo que harán con el Maestro lo harán con los discípulos. Como testigos de Cristo, serán rechazados por aquel “mundo” que se opone a Dios y rechaza sus amorosos designios. ¿Cómo no temblar ante el anuncio de la oposición, del maltrato y de la muerte violenta que sufrirán muchos a manos de sus furiosos opositores y perseguidores? Evidentemente tal panorama asusta a cualquiera y por ello el Señor Jesús, viendo despertar el temor en sus corazones y sabiendo del miedo que experimentarían llegado el momento, los exhorta vivamente a no temer ni siquiera a la muerte misma pues si bien serán capaces de destrozar el cuerpo no podrán matar el “alma”.

 

Por alma, en griego psijé, ha de entenderse el ser en sí, la vida interior. Su vida quedará guardada por Dios, que resucitará para la vida eterna —con un cuerpo glorioso como el de Cristo— a quienes dan valiente testimonio del Señor en esta vida. Será en el día del Juicio final cuando el Señor ante su Padre se ponga de parte de aquellos que en esta vida se pusieron de su parte ante los hombres, garantizándoles de esa manera la entrada en el gozo eterno de Dios (ver Mt 25,34).

 

Mas a quien conociéndolo lo niega y reniega de Él, también el Señor le negará su intercesión ante el Padre. En efecto, el Señor advierte que a quien hay que temer es a aquél que puede “destruir con el fuego alma y cuerpo”. El texto griego dice literalmente: “destruir tanto el alma como el cuerpo en la Gehenna”. Gehenna era el nombre del valle que se hallaba al sur de Jerusalén, lugar donde se arrojaba la basura de la ciudad, así como los cadáveres de los animales muertos para ser incinerados. Un vertedero de desperdicios y despojos de animales es usado por el Señor como un símbolo muy fuerte para referirse a otro lugar al que sí hay que temer ir a parar en cuerpo y alma por negar al Señor ante los hombres.

 

El miedo natural a la muerte no debe detener a los apóstoles en la misión de dar testimonio del Señor y propagar sus enseñanzas y su Evangelio. El Señor los invita a superar el miedo mediante la confianza en Dios: Él, que cuida de cada uno, estará con ellos en la hora de la prueba, en el momento en que tengan que dar testimonio del Señor, incluso cuando tengan que arrostrar la muerte por su causa. Esta confianza es la que muestra Jeremías, el profeta, ante el acecho que experimenta también él por ser portador del mensaje divino para su pueblo: “el Señor está conmigo, como un guerrero poderoso; mis enemigos caerán y no podrán conmigo” (1ª. Lectura).

 

La misión, lo que deberán llevar a cabo enfrentando y superando todo miedo y temor, es ésta: «Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea». En los tiempos de Cristo los pueblos de Tierra Santa tenían sus pregoneros. Los techos de las casas eran planos y las órdenes de los gobiernos locales eran proclamadas desde las casas más altas, convirtiendo así la azotea en lugar de proclamas públicas. Tales proclamas se hacían por lo general por las tardes, cuando los hombres retornaban de sus labores campestres. Una llamada larga, ahogada, invitaba a los residentes a escuchar lo que el pregonero posteriormente comunicaba a todos. El Señor, que sin duda había escuchado con frecuencia las proclamas del pregonero del pueblo, hace uso de esta realidad de la vida cotidiana para dar a entender a sus apóstoles que deberán ellos proclamar a viva voz y a los cuatro vientos todo lo que Él les enseñó, incluso en la mayor intimidad o de forma velada. Su doctrina, lejos de ser una doctrina secreta reservada a un grupo de “iniciados”, es para todos y está destinada a ser conocida universalmente.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Es posible que exista una lámpara encendida que no alumbre? ¿Puede existir un pregonero mudo? Si callase, ¡dejaría de ser pregonero! Tampoco un cristiano puede dejar de irradiar a Cristo o callar su anuncio. Un cristiano que no irradia a Cristo, un cristiano que no anuncia a Cristo y su Evangelio, ¿es verdaderamente cristiano? Aquel o aquella que en verdad se ha encontrado con Cristo, aquel o aquella que le ha abierto las puertas de su casa (ver Ap 3,20; Lc 19,9), aquel o aquella en quien Él habita y permanece (ver Jn 15,4-5), necesariamente irradia y refleja a Cristo. No puede ser de otro modo.

 

El que es de Cristo anuncia a Cristo. Lo hace con el testimonio de su propia vida, de una vida cristiana intensa, coherente, comprometida, que aspira a vivir la caridad de Cristo en todo lo que hace, que aspira a la santidad haciendo las cosas ordinarias de la vida de modo extraordinario, de todo corazón, como para el Señor (ver Col 3,23). Lo hace también con su palabra, hablando a otros de Cristo y de su Evangelio. ¡Nadie se sienta tranquilo si no anuncia a Cristo, si no lo da a conocer a los demás con sus labios! Pues no es suficiente “ser buenos” pero mudos cristianos: es necesario, es urgente ser también apóstoles, ser pregoneros de su mensaje. «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16), decía San Pablo, experimentando esa enorme urgencia y necesidad de comunicar a otros el don de la reconciliación, la salvación traída por el Señor Jesús. ¿Cuántos quedarán sin oír la buena Nueva si yo no le presto mis labios y mi corazón al Señor en la tarea evangelizadora que Él ha confiado a Su Iglesia, de la que todos los bautizados formamos parte? (ver Mt 28, 19-20; Rom 10,14-15)

 

El anuncio de Cristo y de su Evangelio, que hay que proclamar abiertamente “desde la azotea”, no siempre goza de popularidad. Cualquier cristiano al anunciar el Evangelio se encontrará con reacciones favorables como también adversas. La oposición, el rechazo, la burla, el desprecio, la calumnia, la difamación, la persecución, son experiencias que forman parte de la vida del discípulo de Cristo, como formaron y forman parte de la vida de tantos apóstoles y cristianos a lo largo de la historia, como formaron parte de la vida de Cristo mismo.

 

Al sobrevenir estas pruebas, ¿cómo no experimentar el temor? ¿Cuántas veces el miedo al “qué dirán”, a la burla, al rechazo, nos ha llevado a esconder y ocultar nuestra fe, nuestra condición de cristianos católicos? Si nos dejamos vencer por el miedo o la vergüenza, negamos a Cristo, abierta o encubiertamente. Por ello es tan importante vencer los miedos y temores que experimentamos en la vida cristiana: miedo de seguir al Señor, miedo de no saber adónde nos llevará, miedo a que nos pida dar más, miedo a la oposición y rechazo que encontraré en el camino, incluso en la propia familia o en el círculo de amigos más cercanos.

 

Ante la oposición o dificultades que encontraremos en el camino el Señor nos invita a confiar en Él, a vencer nuestros temores, a lanzarnos sin miedo: «¡No tengan miedo a los hombres!» La confianza en Dios, en su Presencia, en su providencia y acción, nos da mucha seguridad y es el mejor remedio contra el miedo que paraliza o lleva a huir. El miedo se diluye en la medida en que la confianza en Dios se hace fuerte. El Señor nos ha garantizado Él que estará siempre con nosotros en la adversidad. (ver Mt 28,20; Jn 16,33; Jer 1,8.  Si Él está con nosotros, nadie podrá contra nosotros (ver Rom 8,31; Jer 20, 11).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Les aconseja que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas».

 San Hilario


 

«“Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos”, esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero».

 San Jerónimo


 

«Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu».

 San Hilario


 

«Observad que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad».

 San Juan Crisóstomo


 

«Para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: “No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros”».

 San Hilario


 

«Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”».

 San Juan Crisóstomo


 

«Ésta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios».

 San Hilario


 

«Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles».

 San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).

 

2145: El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe sin ceder al temor (ver Mt 10, 32; 1 Tim 6, 12.). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

 

2471: Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor» 2 Tim 1,  En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres» (Hech 24, 16).

 

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

 

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (Ad gentes, 11).

 

2473: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

 

2474: Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.


 

GLORIA A DIOS

RCC-DRVC


El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee junio Ee 2020 a las 20:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


10 - 20 de Junio 2020


“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”



 

 

Dt 8,2-3.14-16: “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”

 

Moisés habló al pueblo, diciendo:

 

— «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus mandamientos o no.

 

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.

 

No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes venenosas y alacranes, que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».


 

Sal 147,12-15.19-20: “Glorifica al Señor, Jerusalén”

 

Glorifica al Señor, Jerusalén;

alaba a tu Dios, Sión:

que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,

y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

 

Ha puesto paz en tus fronteras,

te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,

y su palabra corre veloz.

 

Anuncia su palabra a Jacob,

sus decretos y mandatos a Israel;

con ninguna nación obró así,

ni les dio a conocer sus mandatos.


 

1Cor 10,16-17: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”

 

Hermanos:

 

El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

 

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.


 

Jn 6,51-59: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

 

— «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

 

Los judíos se pusieron a discutir entre sí:

 

— «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

 

Entonces Jesús les dijo:

 

— «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

 

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

 

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no es como el maná que comieron sus padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre».


 

NOTA IMPORTANTE

 

En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

 

Por el contexto sabemos que hacía referencia clara y directa al maná con que Dios alimentó a su pueblo por el desierto en su camino a la tierra prometida. Es lo que leemos en la primera lectura. Moisés invita al pueblo de Israel a recordar cómo Dios había conducido a su pueblo por el desierto de la purificación, proveyéndole siempre del agua y del alimento necesario para su subsistencia. En aquel periodo hizo “llover pan del cielo” para mostrarle a su pueblo que «no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

 

Aquel pan no era sino una prefiguración de otro pan que Dios daría a todo aquel que quisiese alcanzar la vida eterna. El Señor Jesús anuncia que Él es ese nuevo «pan que ha bajado del cielo» (Jn 6,58) y junto con la similitud establece también una diferencia sustancial entre uno y otro pan enviado por Dios. A diferencia del maná, un alimento inerte que servía para sostener en la vida física a quienes comían de él, el Señor afirma que Él es el pan vivo o pan viviente, un pan que en sí mismo es vida. Ya en otras circunstancias el Señor afirma que Él mismo es la vida (ver Jn 14,6). Trasformándose en pan para ser comido por el hombre llega a ser pan que da vida a todo aquel que lo coma: «El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

 

Es claro que no se refiere el Señor a que no morirán en la vida presente quienes coman de este pan. La vida a la que se refiere el Señor es la vida eterna, la vida resucitada que Él garantiza a todo aquél que en el peregrinar de esta vida permanece en comunión con Él al comer su carne y beber su sangre: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Quien rechaza comer su carne y beber su sangre, se priva a sí mismo de esta vida que Él ofrece, vida que sólo Dios puede dar al ser humano, vida que se prolongará por toda la eternidad en la plenitud de la felicidad: «si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes».

 

La afirmación del Señor causó estupor entre quienes lo oían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» ¿Comer carne humana? ¿Comer la carne de Cristo? ¿Cómo es esto posible? ¿No había que entender de modo figurativo aquellas palabras? ¿Pero cómo?

 

Sin embargo, ni los desconcertados discípulos ni los demás estupefactos oyentes escuchan una explicación o mitigación de tal afirmación. Al contrario, el Señor reafirma vigorosamente sus palabras, dando a entender que deben ser comprendidas de manera literal: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

 

En su respuesta el Señor añade ya no sólo la necesidad de comer su carne sino también de beber su sangre, haciendo más difícil aún para los judíos aceptar las palabras del Maestro. En efecto, para los judíos la sangre contenía la vida que sólo pertenece a Dios, y por lo mismo tenían prohibido beber cualquier sangre. El desconcierto ante las primeras palabras, que hasta ese momento acaso podían tener una interpretación simbólica, dan pie a la repugnancia total que muchos de sus discípulos y seguidores incluso experimentaron ante la dureza de tales afirmaciones: «desde entonces… se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66).

 

Así pues, no puede entenderse que se trate de una comida puramente espiritual, en que las expresiones «comer la carne» de Cristo y «beber su sangre», tendrían un sentido metafórico. No. Sus palabras quieren decir lo que dicen. El pan que Él dará es en verdad su carne, la bebida que Él dará es en verdad su sangre, porque «mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Él no estaba dispuesto a cambiar o matizar ninguna de sus afirmaciones. Quien quería seguir siendo su discípulo debía aceptar sus palabras por más duras que fueran. Es por ello que a sus mismos apóstoles les pregunta: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67).

 

Es importante tener en cuenta que la expresión “cuerpo y sangre” es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona humana. Por tanto, al decir que dará de comer su cuerpo y de beber su sangre, el Señor Jesús afirma que no es “simplemente” un pedazo de carne o un poco de sangre lo que dará, sino que se dará Él mismo, íntegramente, en toda su Persona.

 

Sólo la noche de la Última Cena los discípulos comprenderían que la literalidad de la afirmación del Señor no consistía en que se cortaría en pedazos para darles de comer su carne o se cortaría las venas para darles de beber su sangre, sino que eran un anuncio del gran milagro de la Eucaristía. La Eucaristía es una actualización incruenta del sacrificio cruento del Señor en la Cruz, Altar en el que Él realmente ofreció su cuerpo y derramó su sangre «para la vida del mundo», para reconciliar a los hombres con Dios.

 

Esa carne y sangre ofrecidas en el Altar de la Cruz se convierten en verdadera comida y bebida cada vez que un sacerdote, haciendo memoria de la Última Cena y en representación de Cristo, realiza lo que Él mismo realizó aquella memorable noche: «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”» (Mt 26,26-28).

 

La Eucaristía es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo verdadera y realmente presente, todo Él, bajo el velo y la apariencia del pan y del vino. Una vez consagrados el pan y el vino, se han transformado substancialmente en Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta es la comida y la bebida que transforma la vida del hombre y le abre el horizonte de la participación en la vida eterna. Al comulgar el Pan eucarístico el creyente come verdaderamente el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo, es decir, recibe a Cristo mismo y entra en comunión con Él. De ese modo Cristo, muerto y resucitado, es para el creyente Pan de Vida.

 

La Eucaristía, en cuanto que une íntimamente a Cristo por la recepción de su Cuerpo y Sangre, ha sido siempre considerada en la tradición de la Iglesia como sacramento por excelencia de la unidad entre los creyentes: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan» (2ª. lectura). Quien come de este Pan, se hace uno con Cristo y en Él con todos aquellos que participan de este mismo Pan.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: «si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿porqué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aún sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”... ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15,8-9)».

 

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?

 

Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar asemejarme más a El en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquél que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.

 

¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.

 

Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53). Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros».

 

San Juan Crisóstomo


 

«Después manifiesta en qué consiste comer su Cuerpo y beber su Sangre, diciendo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí».

 

San Agustín


 

«Sin duda, el texto: “Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre” (Jn 6,56) encuentra su total aplicación en el Misterio Eucarístico... Cuando acudimos a los sagrados Misterios, si cae una partícula, nos inquietamos... La Carne del Señor es verdadero manjar y su Sangre verdadera bebida. Nuestro único bien consiste en comer su Cuerpo y beber su Sangre».

 

San Jerónimo


 

«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas».

 

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La presencia real de Cristo en la Eucaristía


 

1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34), esta presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos (Ver Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que El es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).

 

1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (S. Tomas de A.). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a titulo exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente».

 

1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.

 

1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».

 

1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.


El culto de la Eucaristía


 

1378: En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión».

 

1379: El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomo conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

 

1380: Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13, 1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (Ver Gal 2, 20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

 

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (S.S. Juan Pablo II).

 

1381: La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22, 19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, S. Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente”».


 

CONCLUSION


‘’Yo soy el pan vivo que descendió del cielo’’. –Juan 6, 51

 

Jesús es nuestra comida. Sea cual sea el vacío, Él se puede sentir en nuestras vidas, Él solo puede completar la misma. Si un vacío existe en cualquier lugar, en la necesidad de justicia, de paz, de caridad, de compasión, de comprensión, de perdón o simplemente de respeto, Jesús es la falta de ese elemento. El pan vivo desde el cielo es lo que sostiene la esperanza en este planeta. Dios está con nosotros. Dios es la vida que se ofrece para nosotros. La unidad de la humanidad y la divinidad expresados en Jesús es el modelo de la unidad que buscamos como Iglesia.

 

Cuando hablamos de Jesús como alimento, naturalmente tienden a centrarse en los elementos de nuestra Eucaristía. La unidad de Dios con nosotros se inicia allí, pero no puede ser el final en la mesa del Señor. Si Dios es la vida en nosotros, debe ser parte integral de nuestra sangre y pensamientos, en nuestras acciones y decisiones, en nuestros anhelos y relaciones. Unidad significa la unidad. No puede haber esquina de nuestras vidas, en donde nos reservemos para ser egoístas y tener amargos resentimientos. Si llegamos a esta mesa, estamos pidiendo incondicionalmente la unidad con la vida de Dios.

 

Es esto realmente lo que queremos? ¿Cuánto de tu vida pertenece a Dios? ¿Y cuánto reserva para otros, tal vez en conflictos o contradictorios objetivos?

 

OREMOS… Gracias Espíritu Santo, por los frutos que tenemos en nuestras vidas, como son amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, generosidad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo, lo que nos ayudará a fomentar en los demás el mismo ejercicio, de modo que este mundo podrá ver su reino. Amén.

 

 

GLORIA A DIOS

RCC-DRVC


La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee junio Ee 2020 a las 20:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


07 - 13 de Junio 2020


“La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana”


 

 Éxodo 34:4-6, 8-9:

 

Labró Moisés dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose de mañana, subió al monte Sinaí como le había mandado Yahveh, llevando en su mano las dos tablas de piedra. Descendió Yahveh en forma de nube y se puso allí junto a él. Moisés invocó el nombre de Yahveh. Yahveh pasó por delante de él y exclamó: «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad. Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró, diciendo: «Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnese mi Señor venir en medio de nosotros, aunque sea un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya».

 

Daniel 3:52-55:

 

«Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, loado, exaltado eternamente.

 

Bendito el santo nombre de tu gloria, loado, exaltado eternamente.

 

Bendito seas en el templo de tu santa gloria, cantado, enaltecido eternamente.

 

Bendito seas en el trono de tu reino, cantado, exaltado eternamente.

 

Bendito tú, que sondas los abismos, que te sientas sobre querubines, loado, exaltado eternamente».


 

II Corintios 13:11-13:

 

Por lo demás, hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Todos los santos os saludan. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.


 

Juan 3:16-18:

 

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.


 

NOTA IMPORTANTE


 

«El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 234)

 

Al acercamos al misterio de la Santísima Trinidad nos encontramos ante el pri¬mero de los «misterios escondidos en Dios de los que, de no haber sido divi¬namente revelados, no se pudiera tener noticia» (Concilio Vaticano I). En efecto, Dios mismo quiso a lo largo de la historia ir revelando este misterio escondido, el misterio de su vida íntima, el misterio de su identidad más profunda: Dios no es una energía impersonal, Dios no es soledad, Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas pero un solo Dios, Dios es Comunión de Amor.

 

Es el Señor Jesús quien nos ha hablado de Dios, es el Hijo quien nos ha hablado del Padre y del Espíritu: Jesucristo es la plenitud de la revelación (Ver Heb 1,1-2). ¿Quién otro conoce la intimidad de Dios sino Él? ¿Quién otro puede hablar autorizadamente del misterio que es Dios? «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.» (Jn 1,1) Si, sólo Aquél que está “en el seno del Padre” puede hablar de Dios, y Él ha dado a conocer al hombre este misterio insondable de Dios.

 

Por lo que Cristo ha revelado y por la luz del Espíritu de la verdad que llevó a los apóstoles a la verdad completa, los cristianos confesamos que el Padre es Dios, que el Hijo es el mismo y único Dios y que el Espíritu Santo es el mismo y único Dios, aún cuando son tres Personas distintas. Dios es Comunión de Amor, y aunque tres personas, un solo Dios.

 

El mundo visible procede del acto creador de Dios (1ª. lectura). La personificación de la sabiduría, engendrada antes de la creación del mundo, presente y actuante en el momento mismo de la creación, hace pensar en la Palabra que existía ya «en el principio», antes de la creación del mundo, la Palabra que estaba con Dios y era Dios y por la que «todo se hizo» y sin la cual «no se hizo nada de cuanto existe» (Ver Jn 1,1-3). En este mismo proceso de la creación el Espíritu de Dios «aleteaba por encima de las aguas» (Gén 1,2). Toda la creación es obra de la Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Brota de la sobreabundancia de su amor y tiene su culmen en la criatura humana, creada a imagen y semejanza de Dios (Ver Gen 1,26), creada poco inferior a los ángeles, coronada de gloria y dignidad y a quien Dios le entrega el mando sobre las obras de sus manos. (Salmo responsorial)

 

También la nueva creación es obra de la Santísima Trinidad. Esta se inicia con la encarnación del Verbo divino gracias al Hágase generoso de María Virgen, encuentra su punto culminante en la muerte reconciliadora y resurrección del Señor Jesús, y se realiza finalmente por el amor divino derramado en los corazones humanos gracias al Don del Espíritu Santo. (2ª. lectura)

 

La revelación de este misterio fue obra de Jesucristo; pero no lo reveló dandonos una formulación como la expesada más arriba (eso es una conclusión teológica), sino por medio de su palabra y su actuación. Jesús se reveló como Dios verdadero hecho hombre; reveló al Padre por medio de su actuación filial respecto de Dios; y reveló al Espíritu Santo como el único capaz de introducirnos en el sentido verdadero de su enseñanza.

 

Uno de esas palabras de revelación es el Evangelio de hoy que nos entrega parte de la conversación de Jesús con Nicodemo, el magistrado judío que fue a verlo de noche. Jesús dice a Nicodemo algo asombroso, absolutamente nuevo para él: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. De pronto cobra sentido para Nicodemo el Salmo que él bien conocía, en el cual, hablando el Mesías, dice: “Haré público el decreto de Yahvé: Él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy»” (Sal 2,7). Nicodemo comprende que Dios tiene un Hijo único y que, por consiguiente, Dios es Padre. Pero ese Hijo único tiene que poseer la misma naturaleza divina que su Padre, pues todo padre engendra a un hijo de su misma naturaleza. Con estas palabras Jesús está revelando que el Hijo único es Dios verdadero y que es una Persona divina distinta que el Padre. No sabemos si Nicodemo entendió esto en ese momento. Pero ciertamente lo entendieron más tarde los judíos, como se deduce de estas palabras del evangelista: “Los judíos trataban con mayor empeño de matarlo, porque... llamaba a Dios su propio Padre, haciendose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5,1). No es que Jesús quisiera hacerse “igual a Dios”; lo que Jesús enseñaba es que él es el único Dios.

 

En el Antiguo Testamento, cuando Dios mandaba un profeta, a menudo era para pronunciar un juicio sobre su generación. La visita de un profeta era temida. Es así que cuando llega Samuel a Belén, los ancianos temen y le preguntan: “¿Es de paz tu venida, vidente? (1Sam 16,4). La viuda de Sarepta a la cual Elías visitó, cuando murió su hijo, dice al profeta: “¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?” (1Re 17,1). Son famosas las sentencias de condena que fulmina Elías contra el rey Ajab. Jesús también ha sido enviado por Dios, pero no para echarnos en cara nuestros pecados y juzgarnos: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo”; el objeto de su misión es este otro: “para que el mundo se salve por él". La misión del Hijo único de Dios es la salvación del mundo, es decir, “que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Del mundo se exige solamente una condición: la fe en él. La condenación consiste en no creer en la oferta de salvación que Dios nos hace: “El que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios”.

 

En la última cena Jesús enseñará que la fe en él nace del testimonio que el Espíritu Santo da a favor de él en el corazón de los discípulos: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15,26). Así revela que el Espíritu Santo es una Persona divina, que es Dios verdadero, y como tal puede infundirnos la fe en Cristo.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es al quedarnos solos a lo que más le tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación nos inunda cuando nos falta alguien que nos ame y a quien podamos amar, cuando nos falta alguien que nos conozca y a quien podamos conocer de verdad, cuando nos falta esa presencia.

 

Mientras que la tristeza acompaña a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad inunda el corazón de quien experimenta la comunión, la presencia del ser amado, la comunicación de las existencias. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede ser feliz, porque no puede realizarse verdaderamente como persona humana.

 

Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que busca y está llamado a vivir. Quienes siguen este camino, lamentablemente, terminan frustrados y amargados en su búsqueda, concluyendo equivocadamente que la felicidad en realidad no existe, que es una bella pero inalcanzable ilusión para el ser humano. A quienes así piensan hay que decirles que la felicidad sí existe, que el ser humano está hecho para la felicidad –es por ello que la anhela tanto y la busca con intensidad–, pero que han equivocado el camino.

 

¿Y por qué el Señor Jesús nos habló de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿De verdad podemos comprender que Dios sea uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza.» El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer el misterio de Dios, Comunión de Amor, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado por Dios-Comunión de Amor como persona humana invitada a participar de la comunión de Personas que es Él mismo, invitada a participar de la misma felicidad que Dios vive en sí mismo.

 

Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz muy poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. Creados a imagen y semejanza de Dios, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro sino el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo (En Catecismo de la Iglesia Católica, 256)».

S. Gregorio Nacianceno, «el Teólogo»


 

«Es necesario que nosotros, viendo al Creador a través de las obras que ha realizado, nos elevemos a la contemplación de la Trinidad, de la cual lleva la huella la creación en cierta y justa proporción».

San Agustín


 

«También el catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la que ha sido marcado, pero si no fuere bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir el perdón de los pecados ni el don de la gracia espiritual. Por eso el sirio Naamán, en la ley antigua, se bañó siete veces, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has profesado —no lo olvides— tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. (…) Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús».

San Ambrosio


EL CATECISMO


El misterio de la Santísima Trinidad

 

234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».

 

237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

 

238: La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. (…)

 

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

 

242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con El. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».

 

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

 

244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

 

253: La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina».

 

254: Las personas divinas son realmente distintas entre sí. «Dios es único pero no solitario». «Padre», «Hijo», «Espíritu Santo» no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: «El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo». Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: «El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede». La Unidad divina es Trina.

 

255: Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: «En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia». En efecto, «todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación». «A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo».


GLORIA A DIOS

RCC-DRVC


Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee junio Ee 2020 a las 20:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE PENTECOSTÉS


31 de mayo al 6 de junio del 2020


“Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”


 

 Hech 2, 1-11: “Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”


 

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

 

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

 

— «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra propia lengua?

 

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».


 

Sal 103,1.24.29-31.34: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”


 

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Cuántas son tus obras, Señor,

la tierra está llena de tus criaturas.

 

Les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y renuevas la faz de la tierra.

 

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

 

1Cor 12,3-7.12-13: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”

 

Hermanos:

 

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

 

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

 

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

 

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.


 

Jn 20,19-23: “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”


 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

 

— «Paz a ustedes».

 

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

 

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

 

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

 

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».


 

NOTA IMPORTANTE


 

La palabra griega pentecostés traducida literalmente quiere decir fiesta del día cincuenta.


 

Antes de ser una fiesta cristiana era una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también fiesta de las semanas o fiesta de las primicias (ver Éx 23,16; 34,22), pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha.


 

Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.


 

San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.


 

Análogamente podemos decir que el Don del Espíritu al hombre es “la primicia de la cosecha”, el fruto primero y precioso de la Pascua. Por medio del Espíritu Santo Dios finalmente realiza la promesa de la nueva creación: «Les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Por el Don del Espíritu el creyente no sólo recibe un nuevo corazón, sino que además el mismo amor de Dios es derramado en su corazón por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5). De este modo el hombre nuevo, fruto de una nueva creación realizada por el Señor Resucitado, es capaz de amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.

 

Por otro lado, la irrupción del Espíritu Santo en forma de viento y fuego remiten al momento en que Dios se manifestó al pueblo de Israel en el Sinaí, para otorgarle su Ley y sellar su alianza con él (ver Ex 19,3ss). Pentecostés se presenta como un nuevo Sinaí, como la fiesta de un nuevo Pacto, una Alianza que Dios extiende a partir de ese momento a todos los hombres de todos los pueblos y naciones de la tierra. El alcance universal de la nueva Alianza sellada por el Señor Jesús con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (ver Hech 2,9-11). El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura. Este pueblo es la Iglesia, que es católica (palabra de origen griego, que significa “universal”;) y evangelizadora desde su nacimiento.


 

Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección (Evangelio). En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados al mundo entero con la misión de participar a todos los hombres los frutos de su obra reconciliadora.


 

Esta misión la ratificó el Señor antes de ascender al Cielo, cuando les dijo a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo» (Mc 16,15) y «hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20).


 

Para poder llevar a cabo esta misión evangelizadora contarían con una ayuda muy particular: «recibirán la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,5.8; ver Lc 24,49). El Espíritu los trasformará en valientes y audaces apóstoles, testigos del Señor ante todos los hombres, así como en maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Es únicamente con la fuerza del Espíritu como los Apóstoles podrían cumplir con la misión evangelizadora, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades humanas.


 

Siguiendo las instrucciones del Señor los Apóstoles permanecieron en el Cenáculo de Jerusalén, orando en torno a Santa María, hasta el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2,2-4). El Espíritu Santo es sin lugar a duda el gran protagonista de la evangelización.


 

Finalmente, si en Babel todos quedaron confundidos, sin poder comprenderse los unos a los otros por hablar de pronto en distintas lenguas (ver Gén 11,1-9), en Pentecostés quienes hablaban distintas lenguas de pronto eran capaces de comprender a Pedro, escuchándolo hablar cada cual en su propia lengua. El Espíritu Santo transforma la antigua confusión en comunión. Él es la Persona divina que reconcilia, que une a quienes son tan diversos entre sí (2ª. lectura).



 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? ¡Sí! ¡Con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!


 

¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es acaso por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de Amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Ésa es la experiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).


 

Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.


 

En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de lenguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con parresía, con ardor y coraje, la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado cada día en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con sólo tocarlos con esas como llamas en forma de lenguas de fuego!

 

¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con nuevos métodos y medios, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!

 

En este empeño por evangelizar el mundo entero no olvidemos que no podemos dejar de lado una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón primero, cada día y con ardor incontenible, ¿cómo voy a comunicar ese fuego y encender otros corazones? El primer campo de apostolado soy yo mismo, por tanto, ocupémonos seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en nuestros corazones ese fuego que impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la perseverante lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo e implorarle allí que nos renueve y fortalezca interiormente con la fuerza divina de su Espíritu! ¡No dejemos de encontrarnos con Él cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella y dejándonos educar por su ejemplo tengamos siempre las disposiciones interiores necesarias para poder acoger al Espíritu en nosotros!


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Todo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la Buena Nueva. Pero, si no predica, ¿no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón el Espíritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido».

 San Gregorio Magno


 «Ahora bien, (los Apóstoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrección del Señor nuestro Jesucristo y reafirmados en la Palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Espíritu Santo a dar la buena nueva de que el Reino de Dios estaba por llegar. Y así, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, probándolos en el espíritu, como obispos y diáconos de los que habrían de creer».

 Clemente Romano


 «Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros un nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue necesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede».

 San Cirilo de Alejandría


 «¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno».

 San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los Apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María


 965: Después de la Ascensión de su Hijo, María «estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones». Reunida con los Apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra».


 2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

 

726: Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la «Mujer», nueva Eva «madre de los vivientes», Madre del «Cristo total». Así es como ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hch 1,14), en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.


 El día de Pentecostés


 731: El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.


 767: «Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia» (LG 4). Es entonces cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación» (AG 4). Como ella es «convocatoria» de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (ver Mt 28,19-20; AG 2,5-6).


 2625: El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hech 2,1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1,14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (ver Lc 24,27.44), será también quien la instruya en la vida de oración.

 

El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego


 696: El fuego. […] el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48,1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3,16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12,49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2,3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1Tes 5,19).


 

El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia


 

1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida» (Jn 3,34).


 1287: Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera mas manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar «las maravillas de Dios» (Hech 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo.


 1288: «Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (Heb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (S.S. Pablo VI)..

 

CONCLUSION


Testigos del Espíritu, testigos del amor


 En nuestro mundo se hablan muchos idiomas. Muchas veces no nos entendemos. Seguro que en nuestra ciudad también nos encontramos por la calle con personas que hablan otras lenguas. Quizá nosotros mismos hemos pasado por la experiencia de no encontrar a nadie que entendiese nuestro idioma cuando necesitábamos ayuda o de no poder ayudar adecuadamente a alguien porque sencillamente no le entendíamos.

 

Hoy celebramos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre aquel primer grupo de apóstoles y discípulos que, después de la muerte y resurrección de Jesús se seguían reuniendo para orar y recordar al maestro. La venida del Espíritu Santo tuvo un efecto maravilloso. De repente, los que habían estado encerrados y atemorizados se atrevieron a salir a la calle y a hablar de Jesús a todos los que se encontraron. En aquellos días Jerusalén era un hervidero de gente de diversos lugares y procedencias. Por sus calles pasaban gentes de todo el mundo conocido de aquellos tiempos. Lo sorprendente es que todos escuchaban a los apóstoles hablar en su propio idioma de las maravillas de Dios, del gran milagro que Dios había hecho en Jesús resucitándolo de entre los muertos.

 

Desde entonces el Evangelio ha saltado todas las fronteras de las naciones, de las culturas y de las lenguas. Ha llegado hasta los más recónditos rincones de nuestro mundo, proclamando siempre las maravillas de Dios de forma que todos lo han podido entender. Junto con el Evangelio ha llegado también la paz a muchos corazones y la capacidad de perdonar, tal y como Jesús en el Evangelio les dice a los apóstoles.

 

Hoy son muchos los que se siguen dejando llevar por el Espíritu y con sus palabras y con su forma de comportarse dan testimonio de las maravillas de Dios. Con su amor por todos y su capacidad de servir a los más pobres y necesitados hacen que todos comprendan el amor con que Dios nos ama en Jesús. Con su capacidad de perdonar van llenando de paz los corazones de todos. El Espíritu sigue alentando en nuestro mundo. Hay testigos que comunican el mensaje por encima de las barreras del idioma o las culturas. ¿No ha sido la madre Teresa de Calcuta un testigo de dimensiones universales? Su figura pequeña y débil era un signo viviente de la preferencia de Dios por los más débiles, por los últimos de la sociedad.


 Hoy el Espíritu nos llama a nosotros a dejarnos llevar por él, a proclamar las maravillas de Dios, a amar y a perdonar a los que nos rodean como Dios nos ama y perdona, a encontrar nuevos caminos para proclamar el Evangelio de Jesús en nuestra comunidad. Hoy es día de fiesta porque el Espíritu está con nosotros, ha llegado a nuestro corazón. ¡Aleluya!

 

 Para la reflexión

 

¿Qué me llamaba más la atención de la madre Teresa de Calcuta? ¿Qué otras personas me parece que son hoy testigos del amor de Dios en nuestro mundo? ¿Cómo podría yo ser testigo del amor y perdón de Dios para los que me rodean?


 

 

!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


ALELUYA Ha resucitado el Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee abril Ee 2020 a las 21:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RESURRECCIÓN


“¡ALELUYA! ¡Ha resucitado el Señor!”


 



  

Hech 10,34.37-43: “Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”


 

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

 

—«Ustedes bien saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.

 

Nosotros somos testigos de lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección.

 

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


 

Sal 117,1-2.16-17.22-23: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”


 

Den gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

 

La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.


 

Col 3,1-4: “Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo”


 

Hermanos:

 

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

 

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él.


 

Jn 20,1-9: “Entró en el sepulcro, vio y creyó”


 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro.

 

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

 

—«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

 

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

 

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

 

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

 

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.


 

NOTA IMPORTANTE


 

La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).


 

Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó con sobresalto. Entonces se quedaron paralizados y “como muertos” (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.


 

En aquel mismo momento llegaban algunas piadosas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro porque “ya estaba encima” el sábado cuando descendieron de la Cruz el cuerpo inerte de Jesús. Según la costumbre judía el nuevo día empezaba no a medianoche, tampoco al amanecer, sino al atardecer o anochecer de lo que para nosotros es aún el día anterior, en el momento en que ya se hacía necesario encender luces. Al decir que “ya estaba encima el sábado” quiere decir que ya era la tarde del viernes. No había tiempo suficiente para embalsamar el cuerpo del Señor porque una vez encendidas las lámparas se debía guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).


 

Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. Es la raíz de la palabra “Domingo”, el primero y a la vez el “octavo” día de la semana, porque es considerado un “nuevo día”. El Domingo es el Día del Señor porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.


 

Grande fue la sorpresa de María Magdalena, una de las mujeres que formaban la pequeña comitiva, al llegar al sepulcro del Señor, ver la piedra movida y el sepulcro vacío. Instintivamente echó a correr para comunicarles a Pedro y a Juan lo sucedido. Al encontrarlos les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). Pedro y a Juan fueron corriendo al sepulcro para ver por sí mismos lo sucedido. Juan, que corría más rápido, llegó primero. Al llegar «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Esperó a que llegase Pedro para que entre él primero, lo que se considera una señal de respeto y reconocimiento de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles. Al entrar en el sepulcro, se dice de Juan que «vio y creyó» (Jn 20,8). ¿Qué vio Juan? Que el cuerpo de su Señor no estaba allí. ¿Qué creyó? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, lo que el Señor había anunciado repetidas veces: que luego de morir «debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).


 

Este acto de fe en la Resurrección del Señor será confirmado inmediatamente después tanto por el anuncio del ángel a las mujeres como por las mismas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos.


 

En el grupo de las mujeres que van al sepulcro muy de madrugada llama la atención una ausencia: no se encuentra entre ellas la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba presente? ¿No sería natural que quien más que nadie amaba a Jesús se hiciese presente para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La razón de su ausencia hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que sí van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Madre no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a su Hijo, creyó que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, Santa María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección de su Hijo. Análogamente a como el sepulcro vacío se constituye en una fuerte proclamación de la Resurrección de Cristo, la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en las palabras y promesa de su Hijo.


 

Por otro lado, aun cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que el Señor Resucitado ya se le había aparecido a ella primero. Ésta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza que recoge una antiquísima tradición, aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!

¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!


 

Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp 2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!


 

Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Podré yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento en que pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?


 

Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27). Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.


 

Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!


 

Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

San Gregorio Magno: «Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.»


 

San Agustín: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (…;) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.»


 

San Gregorio Magno: «Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.»


 

San Agustín: «Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.»


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Al tercer día resucitó de entre los muertos


 

638: “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13,32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz.


 

El sepulcro vacío: “vio y creyó”


 

640: “El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20,6) “vio y creyó” (Jn 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro”.


 

La Resurrección de Cristo, “signo” de que es quien dice ser


 

651: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor 15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.


 

652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.


 

653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros… al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13,32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.


 

Sentido y alcance salvífico de la Resurrección


 

654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom 6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.


 

655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1Cor 15,20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2Cor 5,15).


 

El Domingo, día del Señor


 

1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso» (Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Ver Jn 21,12; Lc 24,30):

 

El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).


 

1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC 106):

Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación… la salvación del mundo… la renovación del género humano… en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1ª parte del verano, p. 193 b).


 

REFLEXION FINAL


 

La Resurrección de Jesús no es como algunos pretenden un invento de la fe subjetiva de los primeros cristianos, sino que es un hecho histórico. La fe en el Resucitado es la fe en algo que realmente ha sucedido. Cristo realmente resucitó de entre los muertos, y se apareció a los apóstoles y a cientos de testigos, quienes han dado testimonio —muchos de ellos con su sangre- de la Resurrección del Señor. […]


 

La fe es necesaria para reconocer a Jesús Resucitado. Sabemos que la fe es un don de Dios, que como todo don, supone también una respuesta libre de parte del hombre. Es el mismo Jesús Resucitado el que suscita la fe y enciende el corazón de aquellos a quienes desea manifestarse, disipando sus dudas y convirtiéndolos en testigos de su Resurrección. El cardenal Ratzinger, antes de ser elegido como Sucesor de Pedro, enseñaba: “El Resucitado solo puede ser visto por las personas a quienes Él se revela. Y solo se revela a aquellos a quienes les confía una misión. No se revela a sí mismo para satisfacer la curiosidad humana, sino para responder al amor. Para verlo y reconocerlo, el órgano indispensable es el amor” (Joseph Ratzinger, Seek that which is above, p. 63-65).


 

Cada uno de nosotros está llamado a tener un encuentro personal con Cristo muerto y resucitado. Podríamos preguntarnos, ¿Cómo encontrarnos hoy con Jesús Resucitado? ¿Cómo experimentar en nuestras vidas ese poder de su Resurrección?


 

Lo podemos hacer a través de la fe, entendida en su integralidad. La fe no es un acto meramente intelectual o volitivo, o una actividad meramente emocional, sino que es un acto de todo el ser, de toda la persona en su unidad indivisa (Joseph Ratzinger, Gospel, Catechesis, Catechism, p. 25-26). La fe es un don de Dios, que ilumina la mente, enciende el corazón y mueve la acción. La fe nos permite reconocer a Jesús presente hoy en la vida de la Iglesia, especialmente en la fracción del pan. Por la fe, podemos tocar hoy al resucitado y reconocerlo vivo y actuante en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, adorándolo como el apóstol Santo Tomás: “Señor mío y Dios mío (Jn 20,28). (Camino hacia Dios #194)


 

!GLORIA A DIOS!!!


!QUE VIVA CRISTO!


!QUE VIVA EL REY!!!


Bendito el que viene en nombre del Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee abril Ee 2020 a las 19:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE RAMOS


05-11 de Abril del 2020




“¡Hosanna!... ¡Crucifícalo!”

 

 Procesión de Ramos: Mt 21,1-11: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”


 

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

 

— «Vayan al poblado de enfrente; encontrarán enseguida una burra atada con su pollino, desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les dice algo, contéstenle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».

 

Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:

 

«Digan a la hija de Sión:

 

“Mira a tu rey, que viene a ti,

 

humilde, montado en un asno,

 

en un pollino, cría de un animal de carga”».

 

Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Je­sús: trajeron la burra y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús montó encima. La multitud extendió sus mantos por el camino, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban el camino. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:

 

— «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!».

 

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:

 

— «¿Quién es éste?».

 

La gente que venía con Él decía:

 

— «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea».


 

 

Is 50, 4-7: “Yo no me resistí, ni me hice atrás”


 

Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.

 

El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

 

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.


 

 

Sal 21, 8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


 

Al verme, se burlan de mí,

hacen muecas, menean la cabeza:

«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre, si tanto lo quiere».

 

 

Me acorrala una jauría de mastines,

me cerca una banda de malhechores;

me taladran las manos y los pies,

puedo contar mis huesos.

 

 

Se reparten mi ropa,

echan a suertes mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

 

 

Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

Fieles del Señor, alábenlo;

linaje de Jacob, glorifíquenlo;

témanlo, linaje de Israel.


 

 

Flp 2, 6-11: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”


 

 

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

 

 

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

 

 

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


 

 

Mt 26, 14-27, 66: Pasión de nuestro Señor Jesucristo


 

 

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Isca­riote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

 

— «¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?».

 

Ellos acordaron darle treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

 

El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

 

— «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

 

Él contestó:

 

— «Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maes­tro dice: Mi hora está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

 

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

 

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

 

— «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar».

 

Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

 

— «Señor, ¿acaso seré yo?».

 

Él respondió:

 

— «El que ha mojado su pan en el mismo plato que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».

 

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

 

— «¿Soy yo acaso, Maestro?».

 

Él respondió:

 

— «Tú lo has dicho».

 

Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

 

— «Tomen y coman: esto es mi cuerpo».

 

Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio, diciendo:

 

— «Beban todos de ella; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y les digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».

 

Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.

 

Entonces Jesús les dijo:

 

— «Esta noche van a caer todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré antes que ustedes a Galilea».

 

Pedro replicó:

 

— «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

 

Jesús le dijo:

 

— «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».

 

Pedro le replicó:

 

— «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

 

Y lo mismo decían los demás discípulos.

 

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:

 

— «Siéntense aquí, mientras yo voy allá a orar».

 

Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse.

 

Entonces dijo:

 

— «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo».

 

Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

 

— «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

 

Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

 

— «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil».

 

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

 

— «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo be­ba, hágase tu voluntad».

 

Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:

 

— «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

 

Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tumulto de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

 

— «Al que yo bese, ése es; deténganlo».

 

Después se acercó a Jesús y le dijo:

 

— «¡Te saludo, Maestro!».

 

Y lo besó. Pero Jesús le dijo:

 

— «Amigo, ¿a qué vienes?».

 

Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desen­vainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

 

— «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría ense­guida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar».

 

Entonces dijo Jesús a la gente:

 

— «¿Han salido ustedes a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvieron».

 

Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribie­ron los profetas. En aquél momento todos los discípulos lo abando­naron y huyeron.

 

Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancia­nos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, entró y se sentó con los criados para ver en que terminaría todo aquello.

 

Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontra­ban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Final­mente, comparecieron dos, que dijeron:

 

— «Éste ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

 

El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

 

— «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?».

 

Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

 

— «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

 

Jesús le respondió:

 

— «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: Desde ahora ustedes verán que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo».

 

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

 

— «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?».

 

Y ellos contestaron:

 

— «Es reo de muerte».

 

Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:

 

— «Adivina, Mesías; ¿quién te ha pegado?».

 

Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:

 

— «También tú andabas con Jesús el Galileo».

 

Él lo negó delante de todos, diciendo:

 

— «No sé qué quieres decir».

 

Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

 

— «Este andaba con Jesús el Nazareno».

 

Otra vez negó él con juramento:

 

— «No conozco a ese hombre».

 

Poco después se acercaron las que estaban allí y dijeron a Pedro:

 

— «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento».

 

Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:

 

— «No conozco a ese hombre».

 

Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

 

Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancia­nos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gober­nador.

 

Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:

 

— «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente».

 

Pero ellos dijeron:

 

— «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

 

Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:

 

— «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

 

Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:

 

«Y tomaron las treinta monedas de plata, precio que le pusieron los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

 

Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

 

— «¿Eres tú el rey de los judíos?».

 

Jesús respondió:

 

— «Tú lo dices».

 

Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los an­cianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

 

— «¿No oyes cuantos cargos presentan contra ti?».

 

Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:

 

— «¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

 

Pues sabía que lo habían entregado por envidia. Y, mien­tras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

 

— «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».

 

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.

 

El gobernador preguntó:

 

— «¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad?».

 

Ellos dijeron:

 

— «A Barrabás».

 

Pilato les preguntó:

 

— «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

 

Contestaron todos:

 

— «Crucifícalo».

 

Pilato insistió:

 

— «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

 

Pero ellos gritaban más fuerte:

 

— «¡Crucifícalo!».

 

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se es­taba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:

 

— «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».

 

Y el pueblo entero contestó:

 

— «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

 

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

 

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pre­torio y reunieron alrededor de Él a toda la tropa: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de Él, di­ciendo:

 

— «¡Salve, rey de los judíos!».

 

Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusie­ron su ropa y lo llevaron a crucificar.

 

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

 

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»;), le dieron a beber vino mezclado con hiel; Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Enci­ma de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

 

Los que pasaban lo injuriaban y decían, moviendo la cabeza:

 

— «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

 

Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:

 

— «A otros ha salvado, y Él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?».

 

Hasta los bandidos que estaban crucificados con Él lo insultaban.

 

Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron las tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

 

— «Elí, Elí, lamá sabaktaní».

 

Lo que quiere decir:

 

— «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:

 

— «A Elías llama éste».

 

Uno de ellos fue corriendo; enseguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:

 

— «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

 

Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu.

 

 

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

 

 

En esto, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba aba­jo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que Él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos.

 

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

 

— «Verdaderamente éste era Hijo de Dios».

 

Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.

 

Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

 

María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.

 

A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

 

— «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. El último engaño sería peor que el primero».

 

Pilato contestó:

 

— «Ahí tienen ustedes la guardia: vayan y aseguren el sepul­cro lo mejor que puedan».

 

Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.


 

NOTA IMPORTANTE


 

Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2,41), junto con sus apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.


 

 

Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11,3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba al borde de la muerte. El Señor, en cambio, hace todo lo contrario: espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). Terminada su espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un hombre que yacía ya cuatro días en el sepulcro, cuyo cadáver se encontraba ya en estado de descomposición (ver Jn 11,39-40).


 

 

El desconcierto inicial daba lugar a un indescriptible estado de euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba. Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11,45). La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro. ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante el pueblo, ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado? No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Probablemente pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría finalmente el Reino de los Cielos en la tierra.


 

 

Algunos corrieron a toda prisa a Jerusalén llevando la noticia, comunicándosela a los fariseos, quienes reuniéndose en consejo se preguntaban: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» (Jn 11,47-48). Con tal argumento finalmente «decidieron darle muerte» (Jn 11,53).


 

 

Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12,9) los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,11). ¿Cómo podía llegar a tanto la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos? Lo cierto es que mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos endurecían más y más el corazón.


 

 

Hasta entonces el Señor había insistido en que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8,56; 9,20-21). Sin embargo, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11,4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cambia su actitud. Esta vez, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud, da instrucciones a sus discípulos para que le traigan un borrico para realizar, montado en él, el último trecho y la entrada a la Ciudad Santa. Les dice dónde encontrarán al joven animal que aún no había sido montado por nadie, y los discípulos hacen exactamente lo que el Señor les pide (Evangelio antes de iniciar la procesión de ramos).


 

 

No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22,21ss). ¿Y qué importancia tiene el que nadie lo hubiese montado aún? Los antiguos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos no era idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2; Dt 15,19; 21,3; 1Sam 6,7). Un pollino que no hubiese sido montado anteriormente era, pues, lo indicado para transportar por primera vez a una persona sagrada, al mismo Mesías enviado por Dios.


 

 

¿Y qué significado tenía esta entrada a Jerusalén montado en un asnillo? El Señor tiene en mente una antigua profecía: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna… Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10). El mensaje que quería dar el Señor era muy claro: Él era el rey de la descendencia de David, el Mesías prometido por Dios para salvar a su pueblo; en Él se cumplía la antigua profecía.


 

 

El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y los admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre el pollino algunos tendían sus mantos en el suelo como alfombras para que pasase sobre ellos, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo. Era la manera popular de proclamar que reconocían en Él al rey-Mesías que traería la victoria a su pueblo.


 

 

Mientras tanto, llevados por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Los términos empleados son típicos. Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David (ver Mc 11,9-10) se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David. Más ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina.


 

 

Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria, se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte. La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio). Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16,21; Lc 9,22), Él no se resiste ni se echa atrás. (1ª. lectura) Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para nuestra reconciliación. De este modo Dios exaltó y glorificó al Hijo que por amorosa obediencia, siendo de condición divina, se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (2ª. lectura). Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa. Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” con los saludos desbordantes de júbilo y el “¡crucifícalo!” con los improperios cargados de desprecio.


 

 

Acaso nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo? ¿Por qué este cambio radical de actitud? ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos”;) y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, golpes, burlas, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no! ¡A Barrabás!... a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?


 

 

Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre. Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa o hace. ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente “crucifíquenlo” y “crucifiquen a Su Iglesia”? En el caso de Jesús, como en muchos otros casos, la “opinión pública” es continuamente manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19,47; Jn 5,18; 7,1; Hech 9,23).


 

 

Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto a Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a la masa para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia. ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogemos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero poco después con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!”, porque preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?


 

 

También yo me dejo manipular fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe. También yo me dejo influenciar fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal. También yo me dejo seducir fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener. Y así, ¡cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito cada vez que dedico hacer el mal que se presenta como “bueno para mí”: “¡A ése NO! ¡A ése CRUCIFÍCALO! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡Elijo a Barrabás! ”!


 

 

Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras! ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles! ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él! ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante! De lo contrario, en el momento de la prueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traidor “crucifícalo”.


 

 

¿Qué elijo yo? ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte? ¿O cobarde como tantos, me conformo en señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de un mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquéllos que son de Cristo?


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Venid subamos juntos al monte de los Olivos y sal­gamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Be­tania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación. Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados. Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Es­critura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa. Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro».

 

San Andrés de Creta


 

 

«Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado».

 

San Ambrosio


 

 

«No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder».

 

San Beda


 

 

«Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron».

 

San Beda


 

 

«Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron».

 

San Ambrosio


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La subida de Jesús a Jerusalén


 

 

557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección. Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).


 

 

558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 41-42).


 

 

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


 

 

559: ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»;). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.


 

 

560: La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.


 

!GLORIA A DIOS!!!


El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee marzo Ee 2020 a las 18:55 Comments comentarios (0)

 

 DISCIPUALDO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


15 - 21 de Marzo del 2020




“El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

 


 

Ex 17,3-7: “Danos agua para beber”


 

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:

 

— «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

 

Clamó Moisés al Señor y dijo:

 

— «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen».

 

Respondió el Señor a Moisés:

 

— «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los an­cianos de Israel; lleva también en tu mano el bastón con que gol­peaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la roca, en Ho­reb; golpearás la roca, y saldrá de ella agua para que beba el pue­blo».

 

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la rebelión de los hi­jos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:

 

— «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».


 

 

Sal 94,1-2.6-9: “Escucharemos tu voz, Señor”


Vengan, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Entren, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque Él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que Él guía.

 

Ojalá escuchen hoy su voz:

«No endurezcan el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando sus padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras».


 

 

Rom 5,1-2.5-8: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”


 

Hermanos:

 

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en la cual nos encontramos: y por Él nos gloriamos, apoyados en la es­peranza de alcanzar la gloria de Dios.

 

Y esta esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

 

En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza para salvarnos, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado; en verdad, a duras penas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.


 

 

Jn 4,5-42: “Señor, dame de esa agua”


 

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

 

— «Dame de beber».

 

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:

 

— «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?».

 

Porque los judíos no tienen trato con los samaritanos. Jesús le contestó:

 

— «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo, ¿de dónde vas a sacar esa agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

 

Jesús le contestó:

 

— «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que be­ba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota hasta la vida eterna».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

 

Él le dice:

 

— «Anda, llama a tu marido y vuelve».

 

La mujer le contesta:

 

— «No tengo marido».

 

Jesús le dice:

 

— «Tienes razón, de que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

 

La mujer le dice:

 

— «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto a Dios en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lu­gar donde se debe dar culto está en Jerusalén».

 

Jesús le dice:

 

— «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén darán ustedes culto al Padre. Ustedes dan culto a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad».

 

La mujer le dice:

 

— «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

 

Jesús le dice:

 

«Soy yo, el que habla contigo».

 

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estu­viera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo:

 

— «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

 

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:

 

— «Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que hice; ¿será éste el Mesías?».

 

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba Él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:

 

— «Maestro, come».

 

Él les dijo:

 

— «Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen».

 

Los discípulos comentaban entre ellos:

 

— «¿Le habrá traído alguien de comer?».

 

Jesús les dice:

 

— «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No dicen ustedes que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo les digo esto: Levanten los ojos y contemplen los cam­pos, que están ya maduros para la cosecha; el que trabaja en la cosecha ya está recibiendo su salario y almacenando fruto para la vida eterna: de modo que el que siembra y el que cosecha se ale­gran. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro cosecha. Yo los envié a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros fueron los que trabajaron y ustedes son los que se han beneficiado del trabajo de ellos».

 

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en Él por el tes­timonio que había dado la mujer:

 

— «Me ha dicho todo lo que hice».

 

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

 

— «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

Ya desde los primeros siglos del cristianismo las lecturas dominicales de los evangelios del tercer, cuarto y quinto Domingo de Cuaresma obedecían a un deseo de acompañar en la etapa final de su itinerario a los catecúmenos, próximos ya al Bautismo que se llevaría a cabo durante la Vigilia pascual. En estas sucesivas lecturas el Señor Jesús promete a la samaritana el agua viva (III Domingo de Cuaresma), da la vista al ciego de nacimiento (IV Domingo de Cuaresma) y resucita a Lázaro (V Domingo de Cuaresma). Agua, luz y vida son claves fundamentales para comprender lo que el sacramento del Bautismo realiza en quien es bautizado.


 

Este Domingo escuchamos el largo relato del encuentro y diálogo del Señor Jesús con una samaritana. El Señor había decidido abandonar Judea y volver a Galilea luego de enterarse de que había llegado a oídos de los fariseos que Él —junto con sus discípulos— «bautizaba más que Juan» (Jn 4,1). Para llegar a Galilea tenía que pasar por Samaria. Llega a una ciudad llamada Sicar y fatigado del camino se sienta junto al pozo, mientras sus discípulos van a la ciudad en busca de comida.


 

El Señor Jesús como cualquier hombre está cansado de tanto caminar (ver Jn 4,6). Comenta San Agustín que «el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed» (Serm. 78, 6). La sobreabundancia de amor le ha movido a ponerse en marcha por los caminos de los hombres para salir en busca de ellos y llevarlos de vuelta a la casa del Padre.


 

El evangelista menciona que «era alrededor de la hora sexta» (Jn 4,6), es decir, cerca de mediodía, cuando el sol cae a plomo, cuando el calor y la luz solar alcanzan su máxima intensidad y esplendor, el momento en el que una mujer se acerca al pozo para extraer agua. Él mismo es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9), sin embargo, esta Luz no brilla aún en el interior de aquella mujer que está sumida en las tinieblas del pecado. Mas esta situación justamente es la que ha de cambiar en la medida en que el Señor mismo se revela a esta mujer mediante una espléndida catequesis. Poco a poco la luz del Señor irá penetrando en su interior, disipando las tinieblas hasta vencerlas finalmente en el enfrentamiento directo con el pecado. Entonces la Luz del Mediodía, que es Cristo mismo, brillará también en todo su esplendor en la mente y corazón de esta mujer, produciéndose el encuentro pleno con el Mesías Reconciliador.


 

Al acercarse la samaritana al pozo Jesús se dirige a ella para pedirle: «Dame de beber» (Jn 4,7). La samaritana se sorprende: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Jn 4,9). El evangelista explica la causa de su sorpresa: «porque los judíos no tienen trato con los samaritanos». En realidad, judíos y samaritanos se odiaban, de modo que entre ellos había un trato sumamente hostil y agresivo. El Señor responde: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva». Todo ser humano necesita del agua para vivir. El agua que la samaritana encuentra en el pozo es un agua que saciará su sed de momento, más no es una agua que la apagará definitivamente. Una y otra vez tendrá que volver al pozo para buscar esa agua que necesita para vivir. El Señor le promete en cambio un agua viva, que apagará definitivamente su sed: «el que be­ba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que brota hasta la vida eterna». ¿De qué agua se trata? «El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4,14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2652).


 

El Señor Jesús es la Fuente de esta Agua viva, es la nueva «roca que nos salva» (Sal 94,1; ver también Sal 88,27; 18,15), roca de la cual ha brotado “el agua” para que bebiese el nuevo pueblo elegido. En efecto, «“bautizados en un solo Espíritu”, también “hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12, 13): el Espíritu es, pues, también personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna» (Catecismo de la Iglesia Católica, 694).


 

Esta Roca, que es Cristo el Señor, fue golpeada ya no con el cayado de Moisés (1ª. lectura), sino con la lanza de un soldado: «El agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo», que brotaron para toda la humanidad de su amoroso corazón como de una nueva fuente.


 

Mediante el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (2ª. lectura) el Reconciliador del mundo sacia verdaderamente la sed de Infinito que inquieta el corazón de todo ser humano.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Quién de nosotros no le teme y huye a la soledad, a la tristeza, al vacío, al sufrimiento y dolor? ¿Quién no anhela ser feliz? Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, nos vemos impulsados por ese anhelo de felicidad que nos lanza a buscar incesantemente por aquí y por allá, probando de esto o lo otro, para encontrar aquella fuente en la que podamos apagar nuestra sed de felicidad. Todos nosotros podemos reconocer en este ir y venir de la samaritana al pozo en busca de un poco de agua, cómo en nuestra propia vida buscamos incesantemente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.


 

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmarla de momento. Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su anhelo de ser felices, con la compañía, la seguridad, el afecto o incluso la satisfacción sensual que le producen ciertas relaciones. Si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscarán saciar su sed en otro “pozo”. Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad. No hacen sino vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, procurando llenar ese vacío de infinito con experiencias que lejos de apagar la sed la agudizan cada vez más, la hacen cada vez más cruel.


 

¿Cómo saciar definitivamente mi sed de felicidad? Cristo nos invita a acudir a Él. Él no solo tiene la respuesta: ¡Él es La Respuesta! Sí, el Señor Jesús nos permite comprender el origen de esta sed así como también el modo de saciarla definitivamente: «el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás» (Jn 4,14). Y es que la sed de felicidad que experimenta todo ser humano, que experimentamos tú y yo en lo más profundo de nuestro ser, es en realidad una sed de Dios, y como tal, no podrá ser saciada finalmente sino solamente por Él.


 

En este acudir a Cristo no se trata de renunciar a las fuentes de alegría de las que Dios lícitamente ha querido que gocemos en nuestro terreno peregrinar. Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de aferrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. Son una invitación a volver nuestros ojos a Dios mismo, la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, para darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, y por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Los judíos no usa­ban en modo alguno de sus vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se ad­mira de que un judío le pida de beber [a ella, que era samaritana y mujer], cosa que no so­lían hacer los judíos. Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de aquella mujer… Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella mujer de un modo encubierto, y va en­trando paulatinamente en su corazón. Seguramente em­pieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la pedirías tú a Él y Él te daría agua viva».

 

San Agustín


 

«Nosotros nos alimentamos, como de un manjar de vida, y deleitamos siempre nuestra alma con la sangre preciosa de Cristo, como de una fuente; y, con todo, siempre estamos se­dientos de esa Sangre, siempre sentimos un ardiente de­seo de recibirla. Pero nuestro Salvador está siempre a disposición de los sedientos y, por su benignidad, atrae a la celebración del gran día a los que tienen sus entra­ñas sedientas, según aquellas palabras suyas: El que tenga sed que venga a mí y que beba».

 

San Atanasio


 

«Descansar en Dios y contemplar su felicidad es algo digno de ser celebrado, algo lleno de felicidad y de tranquilidad. Huyamos, como ciervos, a la fuente de las aguas; que nuestra alma experimente aquella misma sed del salmista. ¿De qué fuente se trata? Escucha su respuesta: En ti está la fuente viva. Digámosle a esta fuente: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Pues la fuente es el mismo Dios».

 

San Ambrosio


 

«“El agua que yo le dé se convertirá en él en manantial de agua viva, que brota para comunicar vida eterna”. Se nos habla aquí de un nuevo género de agua, un agua viva y que brota; pero que brota sólo sobre los que son dig­nos de ella. Mas, ¿por qué el Señor da el nombre de agua a la gracia del Espíritu? Porque el agua es condi­ción necesaria para la pervivencia de todas las cosas, porque el agua es el origen de las plantas y de los seres vivos, porque el agua de la lluvia baja del cielo, porque, deslizándose en un curso siempre igual, produce efectos diferentes. Diversa es, en efecto, su virtualidad en una palmera o en una vid, aunque en todos es ella quien lo hace todo; ella es siempre la misma, en cualquiera de sus manifestaciones, pues la lluvia, aunque cae siempre del mismo modo, se acomoda a la estructura de los se­res que la reciben, dando a cada uno de ellos lo que necesitan. De manera semejante el Espíritu Santo, siendo uno solo y siempre el mismo e indivisible, reparte a cada uno sus gracias según su beneplácito. Y, del mismo modo que el árbol seco, al recibir el agua, germina, así también el alma pecadora, al recibir del Espíritu Santo el don del arrepentimiento, produce frutos de justicia. Siendo él, pues, siempre igual y el mismo, produce di­versos efectos, según el beneplácito de Dios y en el nombre de Cristo».

 

San Cirilo de Jerusalén


 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La “sed” de Dios


 

27: El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” (GS 19,1).


 

28: De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso Ver Hech 17, 26-28.


 

29: Pero esta «unión íntima y vital con Dios» (GS 19,2) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos: la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (Ver Mt 13,22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (Ver Gen 3,8-10) y huye ante su llamada (Ver Jon 1,3).


 

30: «Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, «un corazón recto», y también el Testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

 

«…nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín).


 

La oración, encuentro de dos sedientos


 

2560: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (San Agustín).


 

 

 

CONCLUSION


 

 

En espíritu y en verdad


 

¿Quién no ha recibido una carta de esas que dicen que haciendo esto o lo otro se consigue automáticamente que te suceda algo bueno, un milagro para ser exactos, que te dará la felicidad? O quizá se trata de esos predicadores que nos anuncian que haciendo esto o lo otro es como lograremos la salvación de una forma absolutamente segura. Hay quien entiende así las devociones. Hay que hacer los nueve primeros viernes de mes al Corazón de Jesús o la novena a tal santo para salvarse o para alcanzar eso que deseamos. O rezar el rosario todos los días. O peregrinar a tal santuario o a tal otro. O... Siempre parece que es una condición, más o menos difícil de cumplir, que se nos pone por delante como una especie de prueba necesaria para conseguir la salvación, para ir al cielo.


 

La samaritana también andaba con esos problemas. Entre samaritanos y judíos había un contencioso. Unos decían que el culto a Yahvé sólo se podía celebrar en el monte Garizím y los otros que en Jerusalén. Unos que había que cumplir unas normas y otros que otras. Conclusión: que no se hablaban. De repente, aparece Jesús, un judío, y pide agua a la mujer, una samaritana. Tiene sed y pide agua. Es un ser humano que expone su necesidad. Sin más. A Jesús no le preocupa que aquella mujer sea samaritana. Es una hermana más. Es hija de Dios.


 

Ahí comienza un diálogo en el que Jesús va a invitar a la samaritana a ir más allá de las normas y los cultos. Como dice Jesús, se acerca la hora en que los que adoran a Dios lo harán en “espíritu y en verdad” y no en este monte o en el otro, o cumpliendo unas leyes u otras. Entonces se abre la mente de la samaritana y no puede menos que anunciar lo que ha “visto y oído” a los otros samaritanos.


 

Pero, ¿qué significa ese “en espíritu y en verdad”? Quizá tendríamos que poner en contacto este relato de la samaritana con la parábola del buen samaritano. Quizá ahí encontramos la clave de lo que significa adorar a Dios para Jesús. No es algo que se hace en el templo –recordemos que en la parábola se reprueba precisamente la actitud del sacerdote y del levita– porque a Dios se le adora allá donde se le encuentra. Y se le encuentra en el prójimo. Más específicamente, en el prójimo necesitado y sufriente. A este punto se nos viene a la memoria la cita de San Ireneo: “La gloria de Dios es la vida del hombre”. La propuesta de Jesús para judíos y samaritanos es la misma: el culto no pasa de ser un folklore si no se fundamenta en un real amor a Dios que se manifieste primeramente en el amor a nuestros prójimos, sobre todo a los que sufren. Es de esperar que esta Cuaresma nos convirtamos a adorar a Dios en espíritu y en verdad, en nuestros hermanos y hermanas que sufren.


 

 

Para la reflexión

 

¿Me hago alguna vez preguntas al estilo de la Samaritana? ¿Vivo preocupado por el cumplimiento de las normas y me olvido de amar y servir a mi prójimo? ¿Qué hago para adorar a Dios en mis hermanos y hermanas que sufren?


 

 

DIOS DE INMENSA BONDAD

 

Se transfiguró delante de ellos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee marzo Ee 2020 a las 14:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE CUARESMA


08 - 14 de Marzo del 2020




“Se transfiguró delante de ellos”


  

Gen 12,1-4: “De ti haré una nación grande y te bendeciré.”

 

«Yahveh dijo a Abram: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra”. Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot.»


 

Sal 32,4-5.18-20.22: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.”


2Tim 1,8-10: “Cristo ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.”

 

«Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio.»


 

Mt 17,1-9: “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”


 

«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.»


 

NOTA IMPORTANTE


«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto.»

 

San Mateo establece un vínculo entre el episodio de la transfigura­ción del Señor en el monte con un episodio ocurrido seis días antes. Lo sucedido en aquella ocasión sin duda causó un impacto muy profundo en los discípulos, quedando fuertemente grabado en sus memorias. ¿Qué tuvo lugar seis días antes de la transfiguración? Un diálogo muy intenso, iniciado con una pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Luego de la respuesta de los discípulos la pregunta se tornaría más personal: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15), a lo que contestó Simón Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». En respuesta el Señor dijo a Simón, manifestándole su identidad y misión: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…».

 

Pedro había reconocido en Jesús al Cristo, el Mesías prometido por Dios a su Pueblo. El Señor lo admite, pero inmediatamente «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.» (Mt 16,20) ¿Por qué? Porque todos esperaban que el Mesías sería un caudillo glorioso que con la fuerza de Dios liberaría a Israel de toda dominación extranjera e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, glorioso, sometiendo a todas las naciones extranjeras al poder de este Reino. Pero Él no había venido a armar una revuelta política, esos no eran los planes de Dios. Él en cambio anunciaba que Él, el Cristo, sería próximamente condenado y ejecutado, y que al tercer día resucitaría.

 

¿Cómo se le ocurría decir al Ungido de Dios semejante disparate? ¿Un Mesías derrotado antes de la primera batalla? ¿Un Cristo rechazado por los líderes religiosos de su Pueblo y ejecutado? Si Dios estaba con Él, ¿cómo podía ser derrotado? Pedro toma nuevamente la iniciativa, esta vez para reprender al Señor por lo que considera un absurdo, un disparate, algo que sencillamente no puede ser y no puede aceptar: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» (Mt 16, 22) La respuesta del Señor es inmediata y durísima: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23) Dios tiene otros caminos para su Mesías, un camino que difiere totalmente de los pensamientos y expectativas de los hombres, un camino radicalmente opuesto.

 

Finalmente el Señor aclara a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» No promete el Señor la gloria humana a quien quiera seguirlo, sino la cruz. Quien con Él quiera participar de su gloria, con Él ha de pasar por la cruz. La cruz es el camino obligado a la gloria verdadera, la gloria que Dios ofrece.

 

Seis días después, el Señor toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y sube a lo alto de un monte, donde se transfigura ante ellos.

 

En su transfiguración el Señor Jesús manifiesta su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. ¿Quién es Él? Pedro había dicho de Él: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» (Mt 16,16) Ahora el Señor se transfiguraba delante de ellos, les mostraba algo que cotidianamente quedaba oculto bajo el velo de su carne, se revelaba ante ellos. Lo sucedido tiene todos los rasgos de una teofanía, de una manifestación divina: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».

 

La imagen del rostro brillante de Dios era para los hebreos un signo de la benevolencia divina para con el ser humano: «El Señor haga brillar su rostro sobre ti y te sea propicio» (Num 6,25), rezaban para implorar la bendición divina sobre alguien. Para implorar el perdón de Dios y su favor rezaban también: «Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga; haga brillar su rostro sobre nosotros» (Sal 67,2; ver también Sal 119,135). En Cristo transfigurado es el rostro mismo de Dios que brilla y se manifiesta a los hombres. Mas no sólo mediante el brillo de su rostro se manifiesta la divinidad de Jesucristo, sino también por el resplandor de sus vestiduras, que se pusieron tan blancas como la luz. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104,1-2)? Jesús, el Cristo, hace brillar su divinidad ante los asombrados apóstoles. El Mesías no es sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.

 

Luego de transfigurarse ante ellos «se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.» San Lucas es el único que especifica en su Evangelio: «hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.» (Lc 9,31) Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro, el Señor aparece en relación con quienes representan la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías), pero Él está por encima de ellos. El Cristo es ya no un caudillo, un legislador o un profeta como los anteriores, sino que es el mismo Hijo de Dios, de la misma naturaleza divina del Padre.

 

Mientras Pedro ofrecía al Señor construir tres tiendas, una para Jesús y las otras para sus ilustres acompañantes, «una nube luminosa los cubrió con su sombra.» «La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Papa Benedicto XVI)

 

De esta nube «salía una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”.» Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo suyo y manda a los discípulos escucharlo. Jesucristo es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios. Cristo es aquél que en nombre de Dios ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (Ver Mt 5,17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» (Heb 1,1-3) Así, pues, es a Él a quien en adelante hay que escuchar y obedecer.

 

Al oír la voz de la nube los discípulos «cayeron rostro en tierra llenos de miedo.» Es el temor que experimenta el ser humano cuando le es concedido tener una experiencia de Dios mismo. Captaron quién era verdaderamente Jesús y temieron.

 

La transfiguración del Señor en el monte Tabor, más allá de ser una manifestación momentánea de la gloria de su divinidad, quiso ser un anticipo de su propia Resurrección así como también una pregustación de la gloria de la que participarían aquellos que tomando su propia cruz lo siguiesen (Ver Mt 16,24). El Señor enseñaba a sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).

 

«En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo… Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz.»

 

«En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14).»

 

«…aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús… La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.»

 

« Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.»

 

« Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perciben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «... no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).»

 

« Pedro querría aquí dar un carácter estable al evento de la aparición levantando también tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo.»

 

««La epifanía de la gloria de Jesús —dice Daniélou— es interpretada por Pedro como el signo de que ha llegado el tiempo mesiánico. Y una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en las tiendas, cuya figura era la fiesta de las Tiendas» (p. 459). … La escena de la transfiguración indica la llegada del tiempo mesiánico» (p. 459). »

 

« En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Díos. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.»

 

«Este «poder» (dýnamis) del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús.»

Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y a su misión (Ver Lc 9,18-26). Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Luego de su respuesta, el Señor quiere saber lo que ellos piensan: «y voso­tros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro entonces toma la palabra y responde: «El Ungido de Dios» (Lc 9,20), es decir, el Mesías prometido por Dios a Israel, el descendiente de David, el caudillo que habría de liberar a Israel del poder de sus enemigos (Ver Lc 1,71) para instaurar definitivamente en la tierra el Reino de Dios. En esa ocasión el Señor manifiesta que el Mesías que Él era no era el Mesías político victorioso que ellos se imaginaban: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» (Lc 9,22) Finalmente advertía: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.» (Lc 9,23)


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

¿Puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin asumir las diarias exigencias de la vida cristiana, sin morir a los propios vicios y pecados para renacer diariamente a la vida en Cristo, sin abrazar con paciencia el dolor y el sufrimiento que también nosotros encontramos en nuestro caminar? ¡No! El Señor nos ha enseñado claramente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mt 16,24)

 

Cristo cargó su Cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡todo te va a ir bien!” Todo lo contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones, y se nos dice: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclo 2,1; ver Mt 10,22; 24,9; Jn 15,18; 17,14). La vida cristiana no es fácil, no está exenta de pruebas a veces muy duras. ¡Cuántos sucumben a las pruebas apenas el camino se torna “cuesta arriba”, apenas experimentan oposición, apenas se les exigen ciertas renuncias! El cristianismo no es para débiles, ni pusilánimes, ni cobardes, ni para aquellos que buscan un refugio.

 

Pero, ¿quién será capaz de resistir la prueba, alcanzar la paciencia en el sufrimiento y en la adversidad, soportar el peso de la cruz y dejarse crucificar en ella sin una esperanza que lo sostenga, sin un premio que lo estimule? Por ello, antes de cargar con su propia Cruz hasta el Calvario, antes de dejarse crucificar Él mismo para reconciliarnos, quiso el Señor mostrar un breve destello de su gloria a tres de sus apóstoles, para hacernos entender que si bien “no hay cristianismo sin cruz”, la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena y gozosa participación de su gloria.

 

Así, pues, cada vez que las cosas se tornan difíciles en tu vida cristiana, cada vez que experimentes la prueba, la dificultad, la tribulación, cualquier sufrimiento, ¡mira el horizonte luminoso que se halla detrás de la tiniebla pasajera! Y si experimentas un sufrimiento intenso, que tu alma se desgarra y se hunde bajo el peso de una cruz que te resulta muy pesada de cargar, no desesperes, no te rebeles, mira al Señor Jesús en el monte de la transfiguración, pero míralo también en otro monte, en Getsemaní. Allí Él te ha dado ejemplo para que también tú en esos momentos duros aprendas a rezar desde lo más profundo de tu corazón angustiado y atribulado: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Pídele al Señor un corazón valiente como el Suyo, pídele la fuerza interior necesaria para cargar tu propia cruz, y abrázate a ella con paciencia, con amor incluso y con mucha esperanza. Mira la cruz del Señor, a la que Él se abrazó por amor a ti, donde Él aceptó el sufrimiento para reconciliarte con Dios, pero mira también más allá de la Cruz, mira al Señor glorioso, transfigurado por su Resurrección, al Señor victorioso, para que te experimentes alentado a cargar tu propia cruz y seguir al Señor hasta la gloria. En momentos como eso recuerda especialmente la enseñanza del apóstol Pablo: «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» Rom 8,1.

 

Asi, pues, cuando te toque asumir el sufrimiento en la vida, especialmente aquél que nos viene por ser discípulos del Señor, ¡mira la gloria y el gozo que Él te promete! ¡Mira la Luz, para abrazarte con paciencia a su Cruz! De ese modo recibirás en la vida eterna el premio a tu fidelidad y perseverancia (ver Mc 13,13).


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era.»

 

«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido.»

 

San Juan Crisóstomo


 

«Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio.»

 

San Beda


 

«Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían con­tar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre. (Mt 13,43) Cosa que el mismo apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá Rom 8,1; y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces tam­bién vosotros apareceréis juntamente con él en gloria. (Col 3,3-4)»

 

San León Magno


 

«“A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas.»

 

San Cirilo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz


 

554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le «hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).


 

555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».

 

«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).


 

556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).


 

«Éste es mi Hijo amado…»


 

444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» Jn 3, 1. Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».


 

«…escuchadle»


 

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


 

GLORIA A DIOS

RCC-DRVC

APARTATE SATANAS

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee marzo Ee 2020 a las 13:40 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DEL 1-7 DE MARZO 2020




"APARTATE SATANAS"!

 


 Gén 2,7-9; 3,1-7: “Tomó del fruto, comió y ofreció a su ma­rido”


 

El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.

 

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y colocó en él al hombre que había formado.

 

El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles her­mosos a la vista y buenos para comer; además, en medio del jardín, puso también el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

 

La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer:

 

— «¿Así que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?».

 

La mujer respondió a la serpiente:

 

— «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; sola­mente del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: “No coman de él ni lo toquen, bajo pena de muerte”».

 

La serpiente replicó a la mujer:

 

— «No morirán. Bien sabe Dios que cuando ustedes coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

 

La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su ma­rido, el cual comió.

 

Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se cu­brieron con ellas.


 

Sal 50,3-6.12-14.17: “Misericordia, Señor: hemos pecado”


 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

 

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

 

lava del todo mi delito,

 

limpia mi pecado.

 

 

Pues yo reconozco mi culpa,

 

tengo siempre presente mi pecado:

 

contra ti, contra ti solo pequé,

 

cometí la maldad que aborreces.

 

 

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,

 

renuévame por dentro con espíritu firme;

 

no me arrojes lejos de tu rostro,

 

no me quites tu santo espíritu.

 

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

 

afiánzame con espíritu generoso.

 

Señor, me abrirás los labios,

 

y mi boca proclamará tu alabanza.


 

Rom 5,12-19: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”


 

Hermanos:

 

Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

 

Porque, antes que hubiera Ley había pecado en el mundo, pues el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

 

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.

 

Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un so­lo delito, terminó en condenación, mientras la gracia, a partir de muchos delitos, terminó en absolución.

 

Si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido mi derroche de gracia y el don de la salvación.

 

En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, tam­bién la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

 

Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en peca­dores, así por la obediencia de uno todos recibirán la salvación.


 

Mt 4,1-11: “Fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”


 

En aquel tiempo, Jesús, fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

 

El tentador se le acercó y le dijo:

 

— «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

 

Pero Él le contestó, diciendo:

 

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

 

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la par­te más alta del templo y le dijo:

 

— «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “En­cargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

 

Jesús le dijo:

 

— «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

 

Después el diablo lo llevó a una montaña altísima y, mostrán­dole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

 

— «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

 

Entonces le dijo Jesús:

 

— «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adora­rás y a Él solo darás culto”».

 

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le ser­vían.


 

NOTA IMPORTANTE


 

El evangelista relata cómo después de recibir el bautismo por parte de Juan el Señor Jesús fue conducido o «llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo». La tentación en sentido amplio es una prueba. Tentar es someter a alguien a prueba, y de este modo quedará determinada su consistencia o inconsistencia. La tentación ciertamente busca encontrar en quien es sometido a la prueba una fisura, una debilidad, una fragilidad, con la intención de quebrar su fidelidad a Dios y a sus Planes. En el desierto el Señor Jesús, antes de iniciar su ministerio público, será sometido a esta durísima y exigente prueba por el Demonio mismo, el tentador por excelencia.


 

«Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre». Los cuarenta días de ayuno que el Señor pasó en el desierto remiten a los cuarenta años que Israel pasó en el desierto del Sinaí. También Israel experimentó la prueba en el desierto, una prueba que serviría para «conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,1ss).


 

No es extraño que el Señor no haya sentido hambre sino hasta el final. Cuando alguien inicia un ayuno el hambre desaparece pronto, para volver luego de muchos días con una intensidad inusitada. Este es un fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis.


 

Es en esta situación de fragilidad y debilidad que aparece el tentador con la primera sugestión: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Por la fuerza del hambre la tentación de saciarla inmediatamente debe haber sido terrible.


 

La tentación se plantea como un desafío: «Si eres Hijo de Dios…». Jesús es verdaderamente Hijo de Dios. Satanás lo reta a demostrar su identidad realizando un milagro que sirva para calmar su hambre y quebrar el ayuno propuesto. Como muchas tentaciones, la sugestión invita a responder a una urgente necesidad o pasión inmediatamente, sin alargar más la espera. Es como si dijera: “¿Por qué esperar, si tienes el poder para saciar tu hambre en este mismo instante?” Mas el Señor responde: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Tanto a esta como a las sucesivas tentaciones responderá no con argumentos propios, sino citando la Escritura. La respuesta del Señor opone a la tentación una enseñanza divina, es cortante, y no da pie a ningún tipo de diálogo posterior. En este caso toma una cita del Deuteronomio: «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh» (8,3). El Señor Jesús afirma que más importante que el pan o la demostración de su identidad por medio del milagro es la Palabra de Dios, su Ley, su Plan divino. Convertir milagrosamente piedras en pan para saciar su hambre sería dejar de confiar en Dios o en su Plan de dar el pan a su tiempo y a su manera. Con su respuesta el Señor Jesús afirma que su alimento, antes que el pan material, es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (ver Jn 4,34). Es al Padre a quien Él escucha y obedece, a nadie más.


 

La segunda tentación hace recordar las muchas ocasiones en que los israelitas pusieron a Dios a prueba en el desierto. No fueron pocas las veces en las que tentaron a Dios pidiendo una manifestación divina. Astutamente el Demonio se reviste en esta nueva tentación con un manto de autoridad divina haciendo uso de la Escritura, para confundir al Señor. Cita una promesa divina para invitar al Señor a tirarse del alero del Templo: «está escrito: “En¬cargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”» (Sal 90,11-12). Nuevamente está el desafío: “Si eres Hijo de Dios”, “demuestra lo que eres haciendo gala de tu poder, brindando un espectáculo ante nuestros ojos”. La respuesta nuevamente es tajante. El padre de la mentira no puede confundir al Señor con su retorcida y malintencionada interpretación bíblica. Él también echa mano de la Escritura para rechazar la tentación: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Dt 6, 16)». Con ello alude al episodio del Deuteronomio en que Israel se encontraba sin agua en el desierto. Entonces se levantó una rebelión contra Moisés que en realidad era una rebelión contra Dios: «¿Está el Señor entre nosotros o no?» (Ex 17, 7). Jesús sabía que el Padre estaba con Él y vivía de esa confianza que no necesita pruebas. A nadie tenía que demostrarle que Dios estaba con Él. Arrojarse deliberadamente del alero del Templo para someter a Dios a una prueba hubiera significado una falta de confianza en Él.


 

La tercera tentación trae a la mente la caída de los israelitas en el culto idolátrico del becerro de oro, al pie del Monte Sinaí (ver Ex 32, 1-10). En esta ocasión el demonio lleva a Jesús a un lugar alto, le muestra todo el poder y la gloria del mundo y le dice: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». El Señor Jesús rechaza la tentación tomando nuevamente un texto de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adora¬rás y a Él solo darás culto» (Dt 6, 13). En este caso no se niega a aceptar la plenitud del poder y de la gloria, pues en realidad a Él le pertenece y le está destinada Mt 28,1. Pero se niega a recibirla de modo diverso al que ha determinado su Padre en sus amorosos designios reconciliadores, es decir, mediante la aceptación obediente de la muerte en Cruz (Flp 2, 8-9). Aceptar el poder mundano y la gloria vana ofrecida por Satanás sería dejar de confiar en que el Plan del Padre conduce a la verdadera gloria.


 

Las tres tentaciones del desierto fueron intentos de Satanás para lograr que el Señor Jesús abandonara su confianza en Dios y confiase tan sólo en sus propios planes, en sus propias fuerzas, en Satanás. En el desierto, Jesús vence al tentador por su confianza total y por su dependencia constante de Dios. Si el núcleo de toda tentación consiste en prescindir de Dios, el Señor Jesús manifiesta en que en su vida Dios tiene el primado absoluto.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

La primera gran lección del pasaje evangélico del Domingo es ésta: no podemos olvidar que tenemos un adversario invisible, el Diablo, que «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» 1Pe 5,8. De él enseñaba el Papa Pablo VI: «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y que causa miedo». Él busca tu ruina, y no descansa en su intento.


 

La segunda gran lección es ésta: es por medio de la tentación como el Demonio busca apartarnos de Dios, fuente de nuestra vida y felicidad. La tentación es una sugerencia a obrar en contra de lo que Dios enseña (verGén 3,3). Por la tentación el Diablo introduce en el corazón del hombre el veneno de la desconfianza en Dios, haciéndolo aparecer como enemigo de su felicidad y realización: “¿Cómo es posible que Dios te haya prohibido…?” (ver Gén 3,4). Al mismo tiempo la tentación aparece como confiable, y se hace tremendamente atractiva porque promete a la criatura humana “ser como dios”, es decir, alcanzar el poder, la gloria y la felicidad si en vez de Dios adora a otros “dioses”, a los ídolos del poseer-placer, del tener o del poder, o adorando incluso al mismo Satanás (ver Mt 4,9).


 

Cristo al ser tentado en el desierto nos enseña cómo podemos también nosotros desbaratar la fuerza seductora de las tentaciones: oponer a la sugestión del Maligno la enseñanza divina. A diferencia de Eva el Señor Jesús no entra en diálogo con el tentador buscando “aclararle” el malentendido (ver Gén 3,1ss). En vez de presentarle sus propios razonamientos, el Señor responde a cada una de las sugestiones del Diablo oponiendo la Palabra divina que Él ha acogido en su mente y corazón. Su método es contundente. No da pie a que la tentación siga avanzando. La enseñanza divina, la Palabra de Dios, se convierte ante la tentación en un escudo que permite detener y apagar los dardos encendidos del Maligno (ver Ef, 6,16). Sólo el criterio objetivo que ofrece la enseñanza divina nos libra del subjetivismo en el que busca enredarnos la tentación para llevarnos a optar finalmente por el mal, que por arte de la seducción del maligno el ingenuo termina viendo como un “bien para mí”: “¡serás como dios!”


 

En este sentido enseñaba Lorenzo Scupoli: «Las sentencias de la sagrada Escritura pronunciadas con la boca o con el corazón, como se debe, tienen virtud y fuerza maravillosa para ayudarnos en este santo ejercicio, por esta causa conviene que tengas muchas en la memoria, que se ordenen a la virtud que desees adquirir, y que las repitas muchas veces al día, particularmente cuando se excita y mueve la pasión contraria. Como por ejemplo, si deseas adquirir la virtud de la paciencia, podrás servirte de las palabras siguientes o de otras semejantes: “Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades” (Prov 16,32)».

 

Al mirar a Cristo entendemos que las enseñanzas divinas son armas necesarias para luchar y vencer en el combate espiritual. Quien se nutre «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt8,3; Mt 4,4), quien la medita y guarda haciendo de ella su norma de vida, se reviste de las «armas de Dios» (ver Ef 6,11.13) necesarias para vencer al Maligno y sus astutas tentaciones.


 

Por otro lado, para no dejarnos engañar por el Maligno es necesario habituarnos a examinar todo pensamiento que viene a nuestra mente, aprender a discernir bien es esencial, pues como escribe San Juan: «no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1Jn 4,1; ver Lam 3,40).


 

No toda “idea mía” es necesariamente “mía”, ni es necesariamente buena por ser mía, y aunque tenga la apariencia de buena, me puede conducir al mal, apartándome de Dios, haciéndome daño a mí mismo y a otros. Por ello es bueno desconfiar sanamente de nosotros mismos, de nuestros propios juicios y criterios, mantener siempre una sana actitud crítica frente a nuestros propios pensamientos. Un criterio muy sencillo para este discernimiento de espíritus es éste: “si esto que se me viene a la mente me aparta de lo que Dios me enseña, no viene de Dios, por tanto, debo rechazarlo de inmediato; pero si objetivamente me acerca a Dios, entonces viene de Dios y debo actuar en esa línea”.


 

Así, en vez de actuar porque “se me ocurre”, o “porque me gusta/disgusta”, o “porque así soy yo”, o por dejarme llevar por un fuerte impulso pasional o inclinación interior, hemos de actuar de acuerdo a lo que Dios nos enseña.


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA


 

«Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir. Por esto, Dios no impide las tentaciones que os acechan. Primero para enseñaros que habéis adquirido más fortaleza. Luego, para que guardéis la modestia y no os enorgullezcáis de los grandes dones que habéis recibido, ya que las tentaciones tienen el poder de humillaros. Además, sois tentados para que el espíritu del mal se convenza de que realmente habéis renunciado a sus insinuaciones. También sois tentados para que adquiráis una solidez mayor que el acero. Finalmente, sois tentados para que os convenzáis de los tesoros que os han sido dados. Porque el demonio no os asaltaría si no viera que recibís un honor mayor.»

San Juan Crisóstomo


 

«Nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser corona¬do si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.»

San Agustín


 

«Es preciso hacer resaltar una cosa en la tentación del Señor: tentado por el diablo, el Señor le ha replicado con textos de la Santa Escritura. Hubiera podido echar a su tentador al abismo sólo con la Palabra que él mismo era. Y sin embargo no recurrió a su poder poderoso, tan sólo le puso delante los preceptos de la Santa Escritura. Es así como nos enseña soportar la prueba».

San Gregorio Magno


 

«Fiel es Dios—dice el Apóstol—,y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas…No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas».


San Agustín

 

«El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8, 31)».


San Ambrosio

 

«Preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de El, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. El venció a su adversario con las palabras de la Escritura. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de El. Ha vencido para que seamos también vencedores. No hay virtud sin tentaciones, ni fe sin pruebas, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas y sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón: “Si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación” (Eclo 2,1)».

San León Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


 

1707: «El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia» (GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error.

 

De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS 13, 2).


 

Las Tentaciones de Jesús


 

538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).


 

539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.


 

540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.


 

“¡No nos dejes caer en la tentación!”


 

2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (Stgo 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.


 

2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gen 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.


 

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).


 

2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Col 10, 13).


 

2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Ver Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (Ver Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (Ver Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40). La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


 

 

 

. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Ver Mt 4, 11) y en el último combate



RCC-DRVC


Rss_feed