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La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee marzo Ee 2019 a las 15:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II DE CUARESMA


17-23 de marzo del 2019


“La Cruz es el camino a la gloriosa transfiguración de nuestras existencias”



Gen 15, 5-12. 17-18: “El Señor hizo una alianza con Abram”


En aquellos días, Dios sacó afuera a Abram y le dijo:

— «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes».

Y añadió:

— «Así será tu descendencia».

Abram creyó al Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta. El Señor le dijo:

— «Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra».

Él replicó:

— «Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla?»

Respondió el Señor:

— «Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón».

Abram los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó a las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abram los espantaba.

Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abram, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él.

El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los animales descuartizados.

Aquel día el Señor hizo una alianza con Abram en estos términos:

— «A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates».


Sal 26, 1.7-9.13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”


El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Busquen mi rostro».

Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


Flp 3, 17-4, 1: “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso”


Hermanos:

Sean todos ustedes imitadores míos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado.

Porque, como les decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, lo vergonzoso. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.

Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.

Así, pues, hermanos míos muy queridos y añorados, mi alegría y mi corona, perseveren firmemente en el Señor.


Lc 9, 28-36: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos eran de una blancura fulgurante”


En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo revestidos de gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

— «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

— «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo».

Cuando se oyó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


NOTA IMPORTANTE


San Lucas, al introducir el relato del episodio de la transfiguración en su Evangelio, establece un vínculo con otro episodio ocurrido previamente: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar» Lc 9, 28. Esta referencia se ha omitido en la lectura del Evangelio de este Domingo, siendo sustituidas con las palabras “en aquel tiempo”.


¿Cuáles son aquellas “palabras” a las que hace referencia San Lucas, pronunciadas ocho días antes del acontecimiento de la transfiguración del Señor en el monte? Se trata del diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos sobre su identidad y misión (ver Lc 9, 18-26). En aquella ocasión había preguntado a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Luego el Señor les preguntó sobre lo que ellos pensaban: «y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro tomó entonces la palabra y dijo: «El Ungido de Dios» (Lc 9, 20), esto quiere decir, el Mesías prometido por Dios a Israel, el descendiente de David, el caudillo que habría de liberar a Israel del poder de sus enemigos (ver Lc 1, 71) e instaurar definitivamente el Reino de Dios en la tierra.


En aquella misma ocasión el Señor revelaba a sus Apóstoles que Él, el Ungido de Dios, el Mesías esperado de Israel, distaba lejos de ser el Mesías político que ellos se imaginaban. Él, en vez de imponerse triunfante sobre sus enemigos, debía «sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y losescribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9, 22). Asimismo les advertía que si querían ser sus discípulos y seguidores, debían estar dispuestos a participar de su destino ignominioso: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quería ser su discípulo debía renunciar a buscar tal gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución.


«Unos ocho días después de estas palabras» el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.


En el momento de su transfiguración aparecieron dos hombres, Elías y Moisés, conversando con Jesús: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. Toda la escena tiene al Señor Jesús como centro. Él está muy por encima de sus dos importantes acompañantes.


En cuanto al contenido del diálogo San Lucas especifica que «hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9, 31).


El momento que viven los tres apóstoles es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres carpas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en carpas o tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación.


Mas en el momento en que Pedro se hallaba aún hablando «llegó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás.» (S.S. Benedicto XVI)


De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).


La Transfiguración del Señor en el monte Tabor, más allá de ser una manifestación momentánea de la gloria de su divinidad, quiso ser como un anticipo de su propia Resurrección así como también una pregustación de la gloria de la que participarán aquellos que tomando su propia cruz sigan al Señor (ver Lc 9, 23). El Señor enseñaba a sus discípulos que si bien no hay cristianismo sin Cruz, ni tampoco hay Pascua de Resurrección sin Viernes de Pasión, no todo queda en el Viernes de Pasión, sino que éste es camino a la Pascua de Resurrección y a la Ascensión. Para quien sigue al Señor, la Cruz es y será siempre el camino que conduce a la Luz, a la gloriosa transfiguración de su propia existencia. La Transfiguración es, por tanto, «el sacramento de la segunda regeneración», signo visible y esperanzador de nuestra futura resurrección (ver la segunda lectura; también el Catecismo de la Iglesia Católica, 556).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Recordemos las tentaciones a las que el Señor Jesús fue sometido por Satanás en el desierto. En una de ellas el Demonio le prometía la gloria del mundo entero, con una sola condición: «Te daré el poder y la gloria de todo eso... si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). Sin mucho esfuerzo, tan sólo adorándolo, tendrá en un instante: poder, riqueza, fama.


Como al Señor Jesús, también a nosotros el Diablo nos ofrece “la gloria del mundo” con sólo adorarlo: fama, reconocimiento, poder, dominio, riquezas, placer sin límites morales. ¡Cuántos buscan esa gloria cada día! Mas la gloria que ofrece el Príncipe de este mundo es engañosa, no sacia el anhelo de infinito, de felicidad y plenitud del ser humano. La gloria que ofrece a quien se arrodille ante él es vana. Hoy son muchos los que inconsciente o conscientemente, de una o de otra manera, “venden su alma” al Demonio para gozar un tiempo fugaz de “gloria”. Son los que hincan sus rodillas ante los ídolos del poder, del placer, del tener, ofreciéndoles como sacrificio su propia vida. Procediendo de este modo, ciertamente ganan «el mundo entero», pero ellos mismos se pierden y arruinan (ver Lc 9, 25).


El Señor ha venido a salvar al ser humano, a reconciliarlo. No quiere que nadie se pierda. Él conoce los más profundos anhelos del corazón humano y sabe cómo saciar verdaderamente sus anhelos de gloria, de grandeza. A diferencia del padre de la mentira que ofrece una gloria vana, pasajera, el Señor ofrece a todo el que crea en Él la gloria auténtica, la que verdaderamente realiza al ser humano. Un destello de esa gloria es la que muestra cuando en el monte Tabor se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan. Es ésa la gloria de la que Dios ha querido y quiere hacer partícipe a su criatura humana.


Como vemos por el testimonio de Pedro, la participación de esa gloria llena de gozo el corazón humano: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9, 33). Es como si dijera: “¡Quedémonos aquí! ¡Que esto no pase nunca! ¡Lo que ahora experimentamos nos llena de una felicidad total!”. Estaba totalmente sobrepasado por la intensidad de aquella experiencia.


La de Pedro, Santiago y Juan es una experiencia anticipada de la gloria que Dios ofrece a todo ser humano, para que también nosotros la deseemos intensamente. ¿No quiero yo también esa felicidad para mí? Sin embargo, para alcanzar aquella felicidad plena en la participación de la gloria divina, todavía —y mientras dure nuestra peregrinación en esta vida— hemos de “bajar del monte” como aquellos apóstoles, hemos de volver a lo rutinario de cada día, hemos de volver a la lucha continua contra el mal, hemos de “cargar con nuestra cruz cada día” y “ser crucificados con Cristo”, hasta que por fin, terminada nuestra peregrinación en esta tierra, podamos alcanzar la corona prometida a quienes perseveren en la lucha hasta el fin.


Si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar, especialmente en los momentos de dura prueba, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 1). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir fielmente al Señor Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Viendo el diablo que resplandecía en la oración, se acordó de Moisés, cuyo semblante fue también glorificado (Éx 34); pero Moisés era glorificado por una gloria que le venía de fuera, mientras que el Señor brillaba con un resplandor innato de su gloria divina. Porque, se transfigura, no recibiendo lo que no tenía, sino manifestando a sus discípulos lo que era. De donde se dice, según San Mateo: “Que se transfiguró delante de ellos”, y que “su rostro brilló como el sol” (Mt 17). Porque Dios es en las cosas espirituales, lo que el sol en las cosas sensibles. Así como el sol —que es la fuente de la luz— no puede ser visto fácilmente, mientras que la luz, derramada sobre la tierra, puede contemplarse, así el semblante de Cristo es deslumbrador como el sol, mientras que sus vestidos son blancos como la nieve». San Juan Damasceno


«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido. Igualmente, con dicha aparición manifestó las virtudes de aquellos dos hombres, pues uno y otro se expusieron muchas veces a la muerte por guardar los preceptos divinos. Quería también que sus discípulos los imitasen en el gobierno de los pueblos, para que fuesen humildes como Moisés y celosos como Elías. Los hizo venir también con objeto de hacerles ver la gloria de la Cruz para consolar a Pedro y a otros que temían la Pasión». San Juan Crisóstomo


«Cuando el Señor se transfigura, nos da a conocer la gloria de la resurrección suya y de la nuestra. Porque tal y como se presentó a sus discípulos en el Tabor, se presentará a todos los elegidos después del día del juicio. El vestido del Señor representa el coro de sus santos, el cual parecía despreciado mientras el Señor estuvo en la tierra. Pero dirigiéndose Él al monte, brilla con nuevo fulgor. Así ahora somos los hijos de Dios, pero lo que un día seremos, no parece todavía; mas sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a Él (1 Jn 3,2)». San Beda


«Pero con no menor providencia se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia santa, ya que el Cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza. A propósito de lo cual había dicho el mismo Señor, al hablar de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13, 43). Cosa que el mismo Apóstol Pablo corroboró, diciendo: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá (Rom 8,1); y de nuevo: Estáis muertos y vuestra vida está con Cristo escondida enDios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él en gloria (Col 3, 3-4)». San León Magno


«¿Cómo, pues, podría creerse que el que es verdaderamente el Hijo sea hecho o creado cuando Dios el Padre tronó desde arriba: “Éste es mi Hijo”? Como si dijere: No uno de los hijos, sino el que verdadera y naturalmente es Hijo, a semejanza del cual otros son adoptivos. Así manda obedecerlo, cuando añade: “A Él oíd”. Y más que a Moisés y a Elías, porque Cristo es el fin de la Ley y de los Profetas. Por lo que el Evangelista prosigue: “Y al salir esta voz, hallaron solo a Jesús”». San Cirilo


«Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la Cruz de Cristo, gracias a la cual quedó redimido. Que nadie tema tampoco sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida, pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que Él venció, y recibiremos lo que prometió». San León Magno


«El camino que conduce a Dios es una cruz cada día. Nunca nadie ha subido al Cielo confortablemente; sabemos donde lleva este camino confortable. Jamás deja Dios sin preocupación al que se consagra a Él de todo corazón; le da la preocupación por la verdad. Por otra parte con ello se conoce que Dios vela por un tal hombre: le conduce a través de aflicciones... El que quiere estar sin preocupaciones en el mundo, el que tiene este deseo y busca al mismo tiempo andar sobre el camino de la virtud, ha dejado el camino». San Isaac el Siríaco


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El episodio de la transfiguración: por la Cruz a la Luz


554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le«hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle» (Lc 9, 35).


555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para «entrar en su gloria» (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: «Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa».«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre» (Liturgia bizantina).


556: En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el Bautismo de Jesús «fue manifestado el misterio de la primera regeneración»: nuestro bautismo; la Transfiguración «es el sacramento de la segunda regeneración»: nuestra propia resurrección. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hech 14, 22).


«Éste es mi Hijo amado…»


444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios» (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios».«…escuchadle»


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


CONCLUSION


«Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió»


Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo C – 17 de marzo de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 28b-36


Jesucristo en el Evangelio (San Lucas 9, 28b-36) revela la plenitud de la Ley y de la Profecía apareciendo a los discípulos entre Moisés y Elías. Revela igualmente su propia plenitud que resplandece en su ser resplandeciente y transfigurado. En Jesucristo llega también a su plenitud el pacto, la promesa extraordinaria, hecha a Abraham Génesis 15, 5-12.17-18. En la carta a los Filipenses , San Pablo (Filipenses 3, 17-4,1) nos enseña que la plenitud de Cristo es comunicada a los cristianos, ciudadanos del cielo, que «transformará nuestro miserable cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo». La fe de Abraham «Muchas obras buenas había hecho Abraham más no por ellas fue llamado amigo de Dios, sino después que creyó, y que toda su obra fue perfeccionada por la fe», nos dice San Cirilo. Tan grande fue su fe, que Abraham creyó contra toda esperanza que Dios le daría una descendencia numerosa. Por la fe había abandonado su patria, por la fe había soportado las más grandes aflicciones y penalidades; por la fe estaría dispuesto a renunciar a todo y hasta de sacrificar su único hijo. Por eso es llamado, como leemos en el Catecismo, de «padre de todos los creyentes» .


El singular ritual que hemos leído en la Primera Lectura se trata de un rito común entre los pueblos antiguos (ver Jer 34,18s). Al celebrar un pacto, los contrayentes pasaban por entre los animales sacrificados, dando con ello a entender que en caso de quebrantar uno el pacto, merecía la suerte de aquellos animales. Este rito era común también en Roma y en Grecia. «La antorcha de fuego» que recorre elespacio intermedio entre las víctimas es símbolo de la presencia de Dios que cumple y sella el pacto.


Ante todo… ¿qué significa «transfiguración»?


La palabra «transfiguración», que da el nombre a este episodio, es la traducción de la palabra griega «metamorfosis», que significa «transformación». Los relatos que leemos en los Evangelios de San Marcos y San Mateo, no sabiendo cómo expresar lo que ocurrió, dicen literalmente que Jesús «se metamorfoseó ante ellos». Pero San Lucas prefiere evitar la expresión para que no se piense que Jesús se transformó en otro; es lo que podría sugerir la palabra «metamorfosis». Lucas dice simplemente que «el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos se volvieron de un blanco fulgurante». Por ese mismo motivo, cuando traducimos esa expresión de los relatos de Marcos y Mateo, decimos que Jesús «se transfiguró ante ellos». De aquí el nombre Transfiguración.


«Ocho días después de estas palabras…»


Lo primero que nos llama la atención es que la lectura comience con la segunda parte del versículo 28, y se nos despierta la curiosidad por saber qué dice la primera parte. El versículo completo dice: «Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar». Ahora mayor es nuestra curiosidad por saber qué ocurrió ocho días antes y cuáles fueron las palabras que dijo Jesús en esa ocasión. Por medio de esta cronología tan precisa, el mismo evangelista sugiere vincular la Transfiguración con lo ocurrido antes.


Ocho días antes había tenido lugar el episodio de la profesión de fe de Pedro (ver Lc 9, 18-21). Es interesante ver cómo el relato mencionado es introducido por San Lucas de manera análoga: «Sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?». Los apóstoles citan diversas opiniones que flotaban en el ambiente; sin embargo Pedro, en representación de todos dice: «El Cristo de Dios». Dicho en castellano habría que leerlo: «El Ungido de Dios». Lo que Pedro quiere decir es que, según ellos, Jesús es el «Ungido » (Mesías), el hijo de David prometido por Dios a Israel para salvar al pueblo.


«Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle»


Sin embargo esa noción era insuficiente ya que «ocho días después…» los apóstoles van a escuchar ¡qué dice Dios mismo sobre Jesús! Esta es la idea centralde la Transfiguración. «Y vino una voz desde la nube que decía: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle’». Con estas palabras -corroboradas por el hecho mismo de la Transfiguración de Jesús- Dios nos revela la identidad de Jesús. La nube nos hace recordar otra gran manifestación de Dios a su pueblo, esa vez en el monte Sinaí cuando les dio el decálogo. Dios dijo a Moisés: «Mira: voy a presentarme a ti en una densa nube para que el pueblo me oiga hablar contigo, y así te dé crédito para siempre» (Ex 19,9).


El título «mi Elegido», dado por Dios, informa a los apóstoles que Jesús es el hijo de David, el Salvador que esperaban. En efecto, Dios usa los términos del Salmo 89 que, aunque dichos en tiempos verbales pretéritos, se entendían referidos a un David futuro, a un Ungido (Mesías) por venir (ver Sal 89,4.21). La voz de la nube declara que ese Elegido es Jesús. Por otro lado, la voz ha declarado que éste mismo es su Hijo. Quiere decir que ha sido engendrado por Dios y posee en plenitud su misma naturaleza divina, es decir, que es Dios verdadero. Por tanto, sólo en Jesús todo otro hombre o mujer puede ser «elegido» y sólo en él puede ser adoptado como hijo de Dios. Nosotros estamos llamados a ser hijos de Dios en el Hijo; somos hijos de Dios en la medida en que estemos incorporados a Cristo por el Bautismo y los demás sacramentos, sobre todo, por nuestra participación en la Eucaristía.


La alegría de la oración


El relato se abre diciendo que «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Y sucedió que mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió…». El evangelista quiere subrayar que el hecho ocurrió dentro de la oración de Jesús. Él subió al monte para orar. Y en medio de la oración fue rodeado de una luz fulgurante. Viendo los apóstoles a Jesús orar y revelar ante ellos su gloria exclaman: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para tí, otra para Moisés y otra para Elías». El Evangelio agrega que Pedro «no sabía lo que decía». Pero una cosa él sabía bien: que era bueno estar allí ante esa visión de Cristo. Podemos concluir que, si al revelar Jesús un rayo de su divinidad nos entusiasma de esa manera y nos llena de una alegría tan total, ¡qué será cuando lo veamos cara a cara! (ver 1Cor 13,12; 1Jn 3,2).


«Ciertas palabras…»


No nos hemos olvidado que hemos mencionado que la Transfiguración ocurrió ocho días después de la profesión de Pedro y de «ciertas palabras…» de Jesús. Esas palabras fueron el primer anuncio de su pasión. Inmediatamente después de laprofesión de Pedro, Jesús comenzó a decir: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado… ser matado, y al tercer día resucitar» (Lc 9,22). Estas palabras tienen relación estrecha con la Transfiguración, pues enuncian el tema que trataban Moisés y Elías con Jesús: «Conversaban con él… Moisés y Elías, los cuales aparecían en gloria y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén». Los apóstoles eran reacios a enfrentar el tema de la pasión, pues no concebían que Jesús, reconocido como «la fuerza salvadora» suscitada por Dios, tuviera que sufrir y ser muerto; Moisés y Elías, en cambio, hablaban del desenlace que tendría el camino de Jesús en Jerusalén como de su mayor título de gloria. Ellos comprendían que por medio de su pasión Jesús llevaría hasta el extremo el amor a su Padre y a los hombres, pues por su muerte en la cruz daría la gloria debida a su Padre y obtendría para los hombres la redención del pecado.


Una palabra del Santo Padre:


«La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros. En esta perspectiva, el tiempo estivo es momento providencial para acrecentar nuestro esfuerzo de búsqueda y de encuentro con el Señor. En este periodo, los estudiantes están libres de compromisos escolares y muchas familias se van de vacaciones; es importante que en el periodo de descanso y desconexión de las ocupaciones cotidianas, se puedan restaurar las fuerzas del cuerpo y del espíritu, profundizando el camino espiritual.


Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana. Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestroshermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.


En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51). Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida. A Ella encomendamos las vacaciones de todos, para que sean serenas y provechosas, pero sobre todo el verano de los que no pueden tener vacaciones porque se lo impide la edad, por motivos de salud o de trabajo, las limitaciones económicas u otros problemas, para que aun así sea un tiempo de distensión, animado por las amistades y momentos felices».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 6 de agosto de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo estoy viviendo mi vida de oración en esta Cuaresma? ¿Qué medio he colocado para mejorarla?

2. ¿Qué voy hacer para acoger la invitación del Santo Padre a ser «hombres y mujeres transfigurados»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 – 556.


!BENDITO SEA NUESTRO DIOS!


Cristo se dejó tentar, para que de El aprendamos a vencer la tentación

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee marzo Ee 2019 a las 19:15 Comments comentarios (0)

DISCPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO I DE CUARESMA


10-16 de marzo del 2019


“Cristo se dejó tentar, para que de Él aprendamos a vencer la tentación”




Dt 26, 4-10: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido”


Moisés habló al pueblo diciendo:

Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor tu Dios para constituirlo morada de su nombre.

El sacerdote tomará de tu mano la canasta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios.

Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

— «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impu-

sieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado».

Tú depositarás las primicias ante el Señor tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».


Sal 90, 1-2.10-15: “Estás conmigo, Señor, en la tribulación”


Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, baluarte mío, Dios mío, confío en ti».

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré».


Rom 10, 8-13: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”


Hermanos:

La Escritura dice:

«La palabra está cerca de ti: la tienes en tus labios y en tu corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que nosotros anunciamos.

Porque, si tus labios confiesan que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás.

Pues con el corazón se cree para conseguir la justificación, y por la profesión de los labios se obtiene la salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en Él quedará defraudado».

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan.

Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».


Lc 4, 1-13: “Fue tentado por el diablo”


En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

No comió nada durante esos días, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

— «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan».

Jesús le contestó:

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”».

Después, llevándole a un lugar más alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

— «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».

Jesús le contestó:

«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”».

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en la parte más alta del templo y le dijo:

— «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».

Jesús le contestó:

— «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.


NOTA IMPORTANTE

Luego de ser bautizado por Juan en las aguas del Jordán, el Señor fue llevado al desierto por el Espíritu Santo. Allí permanecería cuarenta días en soledad, oración y estricto ayuno. De este modo quiso el Señor prepararse para dar inicio a su vida pública, para anunciar el Evangelio a todos los hombres, para fundar Su Iglesia y llevar a cabo la reconciliación de la humanidad mediante su muerte en cruz y resurrección.


Hacia el final de esta cuarentena de días el Señor «sintió hambre». Es sabido que el hambre desaparece al poco tiempo de empezar un ayuno, para retornar con una fuerza feroz aproximadamente a los cuarenta días. Se trata de un fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis. Que el Señor Jesús haya “sentido hambre” luego de cuarenta días quiere decir que sintió volver el hambre de una manera brutal.


Es en esta situación de tremenda necesidad física, así como de fragilidad y debilidad por el largo ayuno, que el Señor es tentado por Satanás. Precisamente el hambre intenso que experimenta el Señor será ocasión para proponer su primera tentación: «Si Tú eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan» (Lc4, 3). Quien hizo que el agua se convirtiese en vino, tenía ciertamente el poder de convertir una piedra en pan. Sin embargo, no está dispuesto a hacer milagro alguno para responder a una provocación del adversario de Dios. No es al demonio a quien el Señor presta oídos aún en una situación tan extrema, sino sólo a su Padre. Es Su voz la que Él escucha y obedece. Son Sus enseñanzas las que Él hace su criterio de acción, es por ello que a ésta y a las siguientes tentaciones el Señor responderá no argumentando, no arguyendo o dialogando con el tentador, sino cortando radicalmente toda posibilidad de diálogo al oponer una sentencia divina a cada sugestión del Maligno. En respuesta a la primera tentación dirá: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”» (Lc 4, 4), «sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Para el Señor Jesús la palabra divina debidamente acogida, meditada, interiorizada y apropiada, es criterio de conducta acertada frente a toda sugestión o tentación del Maligno, quien es padre de la mentira, maestro del engaño y de la ilusión, “pésimo consejero” (San Cirilo de Jerusalén). Oponer una sentencia divina a la tentación es el método inteligente que el Señor Jesús aplica para derrotar a Satanás.


En la siguiente tentación el Diablo le hace vislumbrar al Señor todos los reinos del mundo y le ofrece: «Te daré el poder y la gloria de todo eso… si tú te arrodillas delante de mí» (Lc 4, 6-7). La insidiosa tentación corresponde a la vocación propia del Mesías: a Él le está reservado el poder y la gloria, todo será sometido bajo su dominio. El tentador usa la misma estrategia que utilizó para seducir a Eva: «seréis como dioses» (Gén 3, 5). Y es que en realidad Dios ha invitado a su criatura humana a “ser como Dios”, pero no separado de Él, sino participando de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4), en la eterna comunión con Él. Es con Dios como el ser humano está llamado a “ser como Dios”. Y ese deseo está puesto por Dios mismo en el corazón del hombre para que aspire a ello. Ahora bien, el Diablo propone al ser humano responder a ese anhelo y vocación de un modo inmediato, sin mucho esfuerzo, tan sólo con rechazar a Dios y su consejo y haciendo en cambio lo que él propone.


Siguiendo esta misma estrategia el Diablo le promete al Señor Jesús el dominio total sobre el mundo entero, el poder y la gloria, en ese mismo instante, con tan arrodillarse ante él y adorarlo. La tentación de la gloria y del poder siempre es grande, sobre todo para quien tiene capacidades y dones para ello, para quien está llamado a ejercer la autoridad servicial sobre los demás. El Señor Jesús rechaza la tentación del poder y la gloria del modo como Satanás la propone recurriendo nuevamente a las palabras inspiradas por Dios: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto”» Lc 4, 8. Es del Padre de quien Él espera recibirel poder y la gloria para someterlo todo (ver Flp 3, 21; 1Cor 15, 27-28; Ef 1, 22; Heb 2, 8-9), no del diablo.


Para someterlo a una tercera tentación Satanás lleva al Señor Jesús a Jerusalén y lo pone en el alero del templo, proponiéndole: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”» (Lc 4, 9-11). Para inducir al Señor Jesús a caer en esta nueva tentación, el Diablo echa mano de toda su astucia y cita tendenciosamente las palabras de la Escritura, tomadas del Salmo 90. A su tentación le da un “fundamento bíblico”, usando la misma técnica que el Señor ha utilizado hasta entonces para rechazar sus tentaciones: el recurso a la enseñanza divina. Satanás intenta servirse de la Escritura para confundir y engañar al Señor y así apartarlo de la obediencia a Dios. La réplica del Señor es nuevamente lapidaria, contundente: «Está mandado: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (Lc 4, 12).


El Señor Jesús en ninguno de los casos ha presentado a Satanás su propia opinión o razonamiento, por más inteligente que sea. En medio de la tentación, de la debilidad, de la prueba, el Señor sabe bien que no debe entablar diálogo alguno, que la única manera de vencer la tentación y responder al tentador es con la enseñanza divina, con el criterio objetivo que Dios da al ser humano para que no equivoque el camino, para que alcance su verdadera realización haciendo un recto uso de su libertad.


El Maestro, que se dejó tentar en el desierto, enseña con la fuerza de su ejemplo que la tentación sólo se derrota confiando en Dios y adhiriéndose mental y cordialmente a sus enseñanzas, a los criterios objetivos que Él da al ser humano para que pueda, y abriéndose a la gracia divina, seguir el camino que conduce a su verdadera realización.


Dios, quien ha creado al ser humano, quiere su realización, no su destrucción. Obedecer a la tentación y seducción del Maligno (ver Gén 3, 1ss) trajo el mal y la muerte al mundo, trae la destrucción sobre uno mismo. El pecado es por eso mismo un acto suicida. Dios, como vemos en la primera lectura y en el salmo, es quien libera y salva a su criatura humana de la muerte que es consecuencia del pecado del hombre. Lo hace finalmente por medio de su Hijo Jesucristo. Él trae la salvación y reconciliación al mundo entero, liberando al hombre del dominio del pecado y de la muerte, del dominio de Satanás. Quien cree que Cristo es el Hijo de Dios, quien cree que Él es el Salvador y Reconciliador del mundo, quien cree queDios le resucitó verdaderamente, como afirma San Pablo en la segunda lectura, ese «se salvará».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El pasaje evangélico de este Domingo nos recuerda que tenemos un enemigo invisible, espiritual, que busca apartarnos de Dios, que por envidia busca destruir la obra de Dios que somos cada uno de nosotros. El Papa Pablo VI decía al respecto que «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor».


Ante esta realidad, el mayor triunfo del demonio es hacernos pensar que no existe. Quien en la vida cotidiana olvida o desprecia esta presencia activa y actuante, se parece a un soldado que en medio de la batalla “se olvida” que tiene un enemigo: rápidamente será aniquilado. Por ello San Pedro nos invita a estar alertas, pues «vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5, 8-9). El olvido, la inconsciencia, el no creer en la existencia del demonio y su acción en nuestras vidas lleva a bajar la guardia en la lucha. Quien se descuida, será sorprendido como lo es el centinela que en su puesto de vigilancia se queda dormido y no advierte la llegada del enemigo que sigiloso se acerca para tomar por asalto la ciudad.


Como lo intentó con el Señor Jesús, el Diablo busca apartarnos también a nosotros de Dios y de nuestra felicidad. Para ello utiliza la tentación, que es una sugerencia a obrar de un modo contrario a lo que Dios enseña. Sólo puede sugerir, nunca podrá obligarnos, o mover nuestra voluntad en contra de nuestra libertad.


Para lograr convencernos de obrar el mal, el Demonio miente y engaña (ver Jn 8, 44). Nunca te va a presentar el mal objetivo como algo que es malo para ti, nunca te va a decir: “esto que te propongo te va a hacer daño, te va a hacer infeliz, te va a llevar a tu ruina”. ¡Todo lo contrario! Te presentará como muy bueno para ti, como algo “excelente para lograr sabiduría” (ver Gén 3, 6), como algo que te traerá la felicidad, lo que objetivamente es un mal y te llevará a la muerte espiritual (ver Gén 3, 3). El Demonio es muy astuto, tiene la habilidad de envolvernos en la confusión y engañarnos de tal manera que terminamos viendo en un poco de agua sucia y envenenada el agua más pura del mundo.


Para que su tentación tenga acogida busca hacerte desconfiar de Dios y de la bondad de su Plan para contigo, pues mientras te aferres a la palabra y consejo divino tal como lo hizo el Señor Jesús en el desierto, no podrá vencerte. ¡Cuántasveces el Demonio te sugiere que Dios en realidad no quiere tu bien (ver Gén 3, 2-5), que es un egoísta, que no te escucha, que seguir su Plan es renunciar a tu propia felicidad, condenarte a una vida oscura, triste e infeliz! Y una vez que siembra en ti esa desconfianza en Dios y en sus amorosos designios para contigo, él mismo se presenta como aquel que es digno de ser creído, y su tentación como “la verdad” que conduce a tu felicidad, a tu realización, a tu vida plena: “¡serás como dios!”


Conscientes de la existencia y acción del Demonio en nuestras vidas lo primero que debemos hacer es estar vigilantes, alertas, atentos, para no dejarnos sorprender por el enemigo, por sus seducciones disfrazadas de miles de formas bellas para atrapar a los incautos. Como dice San Pablo, Satanás incluso se disfraza de «ángel de la luz» (2 Cor 11, 2).


No que todo sea tentación en la vida diaria, pero hay sugestiones, pensamientos, ideas, propuestas abiertas o encubiertas que sí lo son. Por eso es importante adquirir el hábito del “discernimiento de espíritus”. Se trata de un ejercicio espiritual muy antiguo. Ya San Juan recomendaba a los primeros cristianos: «Queridos, no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios» (1 Jn 4, 1). De eso se trata: de no creerme y hacer lo primero que se me viene a la mente, sino de examinarlo a la luz del Evangelio: esto que pienso, esto que viene a mi mente, ¿viene de Dios, o no? El criterio para discernir es muy sencillo: si me lleva a Dios y a permanecer en comunión con Él, viene de Dios. Entonces debo obrar en ese sentido. Pero si veo que eso no me va a acercar a Dios sino que me va a apartar de Él, no viene de Dios (puede venir del demonio mismo, o del mundo, o de mi propia inclinación al pecado). En ese caso, debo rechazarlo con toda firmeza.


Cuando habiendo examinado una sugerencia advierto que es una tentación, debo aplicar esta regla del buen combate: “Con la tentación no se dialoga”. Es decir, no acojas la idea, no le des vueltas y vueltas en la mente. Quien consiente “dialogar” con la tentación en su mente, es muy probable que pierda la batalla. Entre el diálogo con la tentación y la caída hay una mínima distancia. Por ello, como nos enseña el Señor en el desierto, a la tentación se la vence con un rotundo ¡No!, oponiéndole un “criterio evangélico”, una enseñanza divina. Supuesta la gracia o fuerza divina, que Dios derrama abundantemente en nuestros corazones y sin la cual nada podemos, en cada uno está el vencer la tentación. Como dice Santiago: «resistid al Diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros» (Stgo 4, 7-8).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba” (Mt 4, 1)... Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir». San Juan Crisóstomo


«Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones… ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de Él a vencerla». San Agustín


«Mira cómo el Señor no se turbó, sino que disputa humildemente con el inicuo [el diablo] acerca de las Escrituras, para que te conformes con Cristo en lo que puedas. Conoce el diablo las armas con las que le venció Jesucristo; con la mansedumbre luchó, con la humildad le venció. Tú también cuando vieres a un hombre, hecho un diablo, venir contra ti, lo vencerás del mismo modo. Que tu alma aprenda a conformar sus palabras con las de Jesucristo; porque del mismo modo que el juez romano, sentado en su tribunal, no escucha la respuesta del que no sabe hablar como él, tampoco Jesucristo te escuchará ni asistirá si no hablas como Él». San Juan Crisóstomo


«El que pelea con valor, llega al término de sus combates, o porque el adversario cede espontáneamente al vencedor, o porque a la tercera derrota deponga las armas, según las leyes de la guerra. Por lo que sigue: “Concluidas las tentaciones, se retiró”». San Gregorio Niceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las Tentaciones de Jesús


538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).


539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.


540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.


“No nos dejes caer en la tentación”


2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.


2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre«ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gén 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.


2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21.24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13).


2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16, 15).


“Y líbranos del mal”


2851: En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos»] es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.


2852: «Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquel por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será «liberada del pecado y de la muerte». «Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19).


«El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras fue tentado»


Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo C – 10 de marzo de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 4, 1-13


La mejor (y por qué no decir la única) manera de superar la prueba del desierto de la vida y las tentaciones del demonio es no apartarse de Dios (San Lucas 4, 1-13). Es confesar y creer en Jesús con el corazón y con los labios, en nuestro interior y en nuestra vida cotidiana (Romanos 10, 8-13). Jesucristo es la imagen fiel del Padre e Hijo del único Dios verdadero que liberó de la esclavitud a su pueblo (Deuteronomio 26, 4-10), y que salva a todo aquel que invoca su nombre. Pues: «con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación» (Rom 10,10).


La Cuaresma


En el Evangelio de este Domingo, Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto. La figura de Jesús que vuelve de su bautismo en el Jordán y durante cuarenta días es conducido por el Espíritu a través del desierto inhóspito sin probar alimento, abre el pórtico del tiempo litúrgico de la Cuaresma o cuarentena que hemos iniciado el miércoles de Ceniza. El número cuarenta (40) tiene un fuerte significado simbólico ya que sirve para expresar un periodo (días, noches o años) de presencia, de acción y revelación de Dios en la vida y en el mundo de los hombres.


Así vemos en algunos pasajes como: la duración del diluvio, permanencia de Moisés antes de recibir las tablas de la Ley, la marcha de Israel por el desierto, el camino de Elías hasta el Horeb, el plazo de Jonás a los ninivitas para su conversión, el lapso para las apariciones de Jesús Resucitado antes de su Ascensión y, ahora, ayuno y tentaciones de Jesús en el desierto.


Al iniciarse la Cuaresma, nuevamente nos concede Dios un tiempo de gracia y de conversión. La Cuaresma es uno de los tiempos fuertes de la vida de un cristiano; es un tiempo que se nos ofrece para detenernos a considerar cuáles son los valores que mueven nuestra vida, cuáles son las cosas que nos afanan. El precepto principal del cristiano, el que resume toda la ley de Dios, dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt 22,37); y Jesús nos dio un criterio claro para examinar el cumplimiento de ese precepto principal: «Donde está tu tesoro allí está tu corazón» (Mt 6,21). Debemos preguntarnos entonces dónde está nuestro tesoro, qué es lo que acapara nuestra atención, lo que consume nuestro tiempo y nuestrasenergías; y si, como consecuencia de este examen, descubriéramos que esa realidad es algo distinto que Jesucristo entonces debemos iniciar un proceso de conversión, de cambio de rumbo.


Las obras cuaresmales (limosna, ayuno y oración) son las que demuestran que nuestro corazón es todo de Dios; pues consisten en rechazar la seducción de las riquezas por medio de la limosna, en rechazar los placeres ilícitos y comodidades de esta vida por medio del ayuno y de la moderación en el uso de los bienes materiales, y en rechazar nuestro espíritu de suficiencia y autonomía por medio de la oración. Así demostramos que amamos a Dios más que el dinero, más que nuestra propia vida y que Él ocupa todo nuestro pensamiento y mundo interior.


Las tres tentaciones


Observemos más de cerca cada una de las tentaciones y veamos en qué forma nos enseña Jesús a vencer nuestras propias tentaciones. Pero…¿qué tentación podía sufrir Jesús? No necesitamos hacer profundas elucubraciones para responder a esta pregunta, pues la respuesta está explícita en el Evangelio. Al cabo de los cuarenta días sin comer nada, tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Jesús es el Hijo de Dios y tenía poder para convertir esa piedra en pan; pero si lo hubiera hecho, habría sido infiel a su misión de abrazar verdaderamente la condición humana con sus carencias y limitaciones, siendo una de las más evidentes precisamente el hambre. Jesús sentía el grito de su naturaleza humana que lo urgía a apagar el hambre.


Pero en esa circunstancia no había más modo de hacerlo que faltar a la misión encomendada por su Padre. Y esto fue lo que le sugirió el diablo. Dejando en evidencia que ama a Dios con todo su corazón de hombre, Jesús acepta padecer el hambre antes que desobedecer a Dios. Hace propia la voluntad de Dios y rechaza la sugerencia del diablo, citando la Escritura: «No sólo de pan vive el hombre».


En seguida el diablo tienta a Jesús con la posesión de las riquezas. Le muestra todos los reinos de esta tierra y le dice: «…porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si me adoras todo será tuyo». En algo tiene razón el diablo – como en toda seducción- en que la gloria de este mundo es suya. Quien ambiciona la gloria de este mundo, para poseerla, tiene que, olvidándose de Dios, abrirse a la acción del diablo, pues a él pertenece esta gloria y él la da a quien él quiere. Por eso Jesús lo llama el «príncipe de este mundo». Jesús rechazó la tentación citando el primer mandamiento de la ley de Dios: «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Eldarás culto». ¡El diablo quiere hacerse adorar por Jesús! ¡Hay que ser muy atrevido para esto!


En la tercera tentación nuevamente el diablo sugiere a Jesús hacer alarde de su condición divina. Lo lleva al alero del templo y le dice que se tire porque «…A sus ángeles te encomendará para que te guarden…». Jesús rechaza la tentación, pero deja en claro, de todas maneras, que Él es el Señor Dios. En efecto, responde al diablo: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios».


Jesús nos enseña el modo de resistir las tentaciones y de cumplir con el Plan de Dios. Si somos dóciles, como fue Jesús, y nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, seremos verdaderamente «hijos de Dios». San Pablo ciertamente tenía en mente este episodio cuando escribe: «Todos lo que se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios». Y agrega: «Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados» (Rom 8,14.17).


¿Quién es el tentador y que puede hacernos?


Tal vez uno de las verdades de fe que confunde a mucha gente es la existencia del demonio y su acción en el mundo. El demonio es un ser real y concreto, creado bueno por Dios, de naturaleza real y espiritual e invisible, que por su pecado se apartó de Dios y se convirtió en un ser «perverso y pervertidor» en su misma esencia.


¿Qué nos puede hacer el demonio? Lo primero que hay que tener en cuenta es que el demonio puede perturbarnos con las limitaciones (y capacidades) que tiene por ser una criatura angelical. Como dice San Agustín, el demonio es como un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado. Sin embargo, el demonio sí puede tener un cierto poder sobre nosotros que puede ser fatal. No puede alcanzar directamente nuestra inteligencia y voluntad, facultades completamente espirituales y accesible sólo a Dios, pero puede, con sus poderes, afectar nuestros sentidos externos como la vista, el tacto, el oído, y nuestros sentidos internos como la memoria, la fantasía y la imaginación.


Ninguna muralla, ninguna puerta blindada, ningún guardaespaldas es capaz de impedir la influencia de Satanás sobre la memoria o la fantasía de un hombre. Sin embargo, la sugestión del demonio nunca alcanzará, solamente de modo indirecto, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Es decir tener dominio y control sobre lamemoria e imaginación es guardar «la puerta y la entrada del alma» . Es tener en jaque al demonio.


Una palabra del Santo Padre:


«La Iglesia nos hace recordar ese misterio al inicio de la Cuaresma, porque nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es un tiempo de combate —en Cuaresma se debe combatir—, un tiempo de combate espiritual contra el espíritu del mal (cf. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el «desierto» cuaresmal, mantengamos la mirada dirigida a la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el Maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver a situarnos decididamente en la senda de Jesús, la senda que conduce a la vida. Mirar a Jesús, lo que hizo Jesús, e ir con Él.


Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar donde se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el rumor, en la confusión esto no se puede hacer; se oyen sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por eso es importante conocer las Escrituras, porque de otro modo no sabremos responder a las asechanzas del maligno. Y aquí quisiera volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo, un poco, diez minutos; y llevarlo incluso siempre con nosotros: en el bolsillo, en la cartera… Pero tener el Evangelio al alcance de la mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los «ídolos», nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.


Entonces entramos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos: estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como lo fue para Jesús, es precisamente el Espíritu Santo quien nos guía por el camino cuaresmal, el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús y que recibimos en el Bautismo. La Cuaresma, por ello, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar cada vez más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, obró y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia pascual, podremos renovar con mayor consciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella derivan. Que la Virgen santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una “nueva creatura”».


Papa Francisco. Ángelus 12 de febrero de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo voy a vivir lo que la Santa Madre Iglesia recomienda para este tiempo: la limosna el ayuno y la oración? Pongamos medios muy concretos.

2. ¿Cómo puedo vivir la Cuaresma en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 386 – 395. 1168-1173.


DIOS NOS AMA ETERNAMENTE


Podrá un ciego guiar a otro ciego

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee marzo Ee 2019 a las 22:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VIII ORDINARIO


3-9 de marzo del 2019


“¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?”




Eclo 27, 4-7: “No alabes a nadie antes de que razone”


Al agitar el cernidor, quedan los desechos;

cuando el hombre habla se descubren sus defectos.

El horno prueba la vasija del alfarero,

el hombre se prueba en su razonar.

El fruto muestra el cultivo de un árbol,

la palabra, la mentalidad del hombre.

No alabes a nadie antes de que razone,

porque ésa es la prueba del hombre.


Sal 91, 2-3.13-16: “Es bueno darte gracias, Señor”


1 Cor 15, 54-58: “Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por Jesucristo”


Hermanos:

Cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita:

«La muerte ha sido absorbida en la victoria.

¿Dónde está, muerte, tu victoria?

¿Dónde está, muerte, tu aguijón?».

El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecad es la Ley.

¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

Así, pues, hermanos míos queridos, manténganse firmes constantes.

Trabajen siempre por el Señor, sin reservas, convencido de que su fatiga por el Señor no quedará sin recompensa.


Lc 6, 39-45: “De la abundancia del corazón habla la boca”


En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:

—«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la astillita que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la astillita del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la astillita del ojo de tu hermano.

No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian uvas de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal. Porque de la abundancia del corazón habla la boca».



CONCLUSION


¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?»


Domingo de la Semana 8ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de marzo 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 39 – 45


Uno de los títulos que tanto los discípulos como sus enemigos solían dar a Jesús es el de Maestro . En la lectura del Evangelio (San Lucas 6, 39 – 45) veremos claramente cómo Jesús se hace merecedor de este título ya que conoce profundamente lo que está dentro del corazón del hombre. Podríamos decir que penetra en las honduras más recónditas del alma y del espíritu para explicar de manera sencilla una verdad difícil de negar: es más fácil reconocer los defectos del otro que los propios y «de lo que rebosa el corazón habla la boca». El libro del Eclesiástico (Eclesiástico 27, 4-7), en su milenaria sabiduría, nos hablará del mismo tema: la palabra manifiesta el pensamiento del hombre. La carta a los Corintios es una exhortación a mantenerse firmes en la Palabra de Dios que ha tenido pleno cumplimiento en Jesucristo: vencedor del pecado y de la muerte (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 54 – 58).


La brizna y la viga


El Evangelio de este Domingo debemos de ubicarlo en lo que se llama «el sermón de la llanura» ya que hace parte del ministerio de Jesús en Galilea. Este pasaje es eminentemente kerigmático y nos revela la agudeza, profundidad y claridad del «Maestro Bueno». Jesús conoce y observa la conducta del hombre y descubre la incoherencia cuando se trata de juzgar las acciones del prójimo en relación a las propias. Hacia el otro usamos una medida estricta y rígida; pero cuando se trata de juzgar las propias acciones sacamos un metro flexible y elástico. Y esto resulta tan evidente que a menudo raya en lo ridículo. Somos severos para juzgar a los demás y benevolentes para juzgar nuestra propia conducta. Cualquier pequeña falta del prójimo la declaramos grave e imperdonable y hasta nos horrorizamos de su maldad; pero cuando nosotros hacemos lo mismo, podemos citar inmediatamente mil disculpas de manera que nos resulta siempre explicable y comprensible.


Cambiar esta aproximación hacia nosotros y hacia el prójimo es lo que se llama «convertirse». En efecto, el Evangelio nos enseña a ser severos en juzgar nuestras propias faltas y pecados; y nos invita a reconocerlos con humildad y sin atenuantes en el sacramento de la Reconciliación. Por otro lado, nos llama a ser tolerantes y comprensivos con las faltas del prójimo. ¿Quién no recuerda la bella descripción que hace San Pablo de la caridad, como la virtud fundamental cristiana? «La caridad todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Cr 13,7).


Esta enseñanza la presenta Jesús de manera viva e imaginativa por medio de una parábola. Jesús sabe que en pocas palabras puede desnudar lo más profundo que existe en el corazón del hombre. «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’ no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo?». Antes de entrar a juzgar una pequeña falta en la conducta de nuestro prójimo -una brizna- conviene examinarse a sí mismo para corregir nuestros graves pecados -sacar la viga- que nos impiden ver la verdad. Y «el que dice que no tiene pecado -nos advierte San Juan- se engaña y la verdad no está en él» (1Jn 1,8). Precisamente el que dice que no tiene pecado, es porque la inmensa viga que tiene en su ojo le impide ver y se cree libre de culpa.


Llegado a este punto de su discurso, Jesús parece dejar la parábola para dirigirse a su auditorio y, por qué no decirlo, a nosotros mismos, para decir: «¡Hipócrita !, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano». Hipócrita es una calificación muy fuerte, pero fue usadapor Jesús con aquellos que aparentan lo que no son para usurpar la admiración y la alabanza de los hombres. A continuación, Jesús nos da un criterio para no dejarnos engañar por las apariencias y conocer el fondo de una persona. Lo hace también a través de una comparación irrefutable: «Cada árbol se conoce por su fruto». Si queremos conocer el fondo bueno o malo de una persona o de una obra hay que examinar los frutos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno». Y como si fuera poco, Jesús todavía agrega: «No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas».


El corazón del hombre


En las Sagradas Escrituras el fondo de una persona, ese núcleo íntimo de donde nacen sus decisiones y se fraguan sus proyectos y acciones, es el corazón. Allí están sus valores, sus intereses, sus motivaciones ocultas, sus tesoros. El corazón del hombre lo ve sólo Dios; ante Dios el corazón del hombre está al descubierto. Ya desde antiguo la Escritura nos enseña que «la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón» (1S 16,7). Sabemos que ante Dios no podemos aparentar, que Él nos juzga según lo que somos. Cada uno es lo que es ante Dios, por más que los hombres tengan acerca de uno un concepto distinto. La persona es buena o mala según como sea su corazón. De ahí brotan los pecados y los malos deseos.


Por eso Jesús concluye: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, del tesoro malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». La conversión del hombre será cambiar su corazón. El Espíritu Santo se derrama en el corazón y allí lo transforma. Por eso San Pablo nos propone este criterio: «Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5,22). Esta es la radiografía infalible de un corazón bueno. Con manifiesto aburrimiento San Pablo enumera también los frutos del árbol malo: «Los obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, odios, discordias, celos, iras, divisiones, embriagueces, orgías y cosas semejantes» (Ga 5,19-20). Por los frutos se conoce el árbol, sobre todo, de esta manera nos podemos conocer a nosotros mismos, que es lo más difícil.


La palabra manifiesta el pensamiento del hombre


El libro del Eclesiástico se denomina también Sirácida por su autor «Jesús, hijo de Sirá, hijo de Eleazar, de Jerusalén» (Eclo 50,27). Por la misma razón se le conoce también como el libro de Ben Sirá o del hijo de Sirá. El nombre de «Eclesiástico»deriva de la tradición latina y son las enseñanzas de un maestro de sabiduría que enseñó en Jerusalén a finales del siglo III y principios del II A.C.


Los consejos del libro del Eclesiático en relación a las habladurías, no por elementales, dejan de ser valiosos, más aún, teniendo en cuenta que todo el mundo ha prestado atención a lo que puedan haber dicho terceras personas en relación a un ser querido. Por otro lado, debemos de preguntarnos con sinceridad: «¿quién no ha pecado con su lengua?» (Eclo 19,16). Justamente la senda que nos coloca la lectura es la pedagogía del silencio y de la escucha; para así poder conocer de verdad al otro. San Juan Crisóstomo nos dice: «No juzguéis por las sospechas; no juzguéis antes de estar seguros si lo que se refiere es real; no condenéis a nadie antes de imitar a Dios, que dice ‘bajaré y veré’ (Gn 18,21)».


Una palabra del Santo Padre:


El pasaje evangélico de la liturgia (Mateo 7, 1-5), hizo notar el Pontífice, presenta precisamente a Jesús que «quiere convencernos de que no juzguemos»: un mandamiento que repite muchas veces». En efecto, «juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía». Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar. Porque, explicó el Papa, «la persona que juzga se equivoca, se confunde y se convierte en una persona derrotada».


Quien juzga «se equivoca siempre». Y se equivoca, afirmó, «porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». En práctica, cree tener «el poder de juzgar todo: las personas, la vida, todo». Y «con la capacidad de juzgar» considera que tiene «también la capacidad de condenar». El Evangelio refiere que «juzgar a los demás era una de las actitudes de esos doctores de la ley a quienes Jesús llama «hipócritas». Se trata de personas que «juzgaban todo». Pero lo más «grave» es que obrando así, «ocupan el lugar de Dios, que es el único juez». Y «Dios, para juzgar, se toma tiempo, espera». En cambio estos hombres «lo hacen inmediatamente: por eso el que juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es para él».


Pero, precisó el Papa, «no sólo se equivoca; también se confunde». Y «está tan obsesionado de eso que quiere juzgar, de esa persona —tan, tan obsesionado— que esa pajilla no le deja dormir». Y repite: «Pero yo quiero quitarte esa pajilla». Sin darse cuenta, sin embargo, de la viga que tiene él» en su propio ojo. En este sentido se «confunde» y «cree que la viga sea esa pajilla». Así que quien juzga es un hombre que «confunde la realidad», es un iluso.


No sólo. Para el Pontífice el que juzga, «se convierte en un derrotado» y no puede no terminar mal, «porque la misma medida se usará para juzgarle a él», como dice Jesús en el Evangelio de Mateo. Por lo tanto, «el juez soberbio y suficiente que se equivoca de lugar, porque toma el lugar de Dios, apuesta por una derrota». Y ¿cuál es la derrota? «La de ser juzgado con la misma medida con la que él juzga», recalcó el obispo de Roma. Porque el único que juzga es Dios y aquellos a quienes Dios les da el poder de hacerlo. Los demás no tienen derecho de juzgar: por eso hay confusión, por eso existe la derrota».


Aún más, prosiguió el Pontífice, «también la derrota va más allá, porque quien juzga acusa siempre». En el «juicio contra los demás —el ejemplo que pone el Señor es la «pajilla en tu ojo»— siempre hay una acusación». Exactamente lo opuesto de lo que «Jesús hace ante el Padre». En efecto, Jesús «jamás acusa» sino que, al contrario, defiende. Él «es el primer Paráclito. Después nos envía al segundo, que es el Espíritu». Jesús es «el defensor: está ante el Padre para defendernos de las acusaciones».


Pero si existe un defensor, hay también un acusador. «En la Biblia —explicó el Pontífice— el acusador se llama demonio, satanás». Jesús «juzgará al final de los tiempos, pero en el ínterin intercede, defiende». Juan, señaló el Papa, «lo dice muy bien en su Evangelio: no pequéis, por favor, pero si alguno peca, piense que tenemos a uno que abogue ante el Padre».


Así, afirmó, «si queremos seguir el camino de Jesús, más que acusadores debemos ser defensores de los demás ante el Padre». De aquí la invitación a defender a quien sufre «algo malo»: sin pensarlo demasiado, aconsejó, «ve a rezar y defiéndelo delante del Padre, como hace Jesús. Reza por él».


Pero sobre todo, repitió el Papa, «no juzgues, porque si lo haces, cuando tú hagas algo malo, serás juzgado». Es una verdad, sugirió, que es bueno recordar «en la vida de cada día, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los demás, de criticar a los demás, que es una forma de juzgar».En fin, reafirmó el Pontífice, «quien juzga se equivoca de lugar, se confunde y se convierte en un derrotado». Y obrando así «no imita a Jesús, que siempre defiende ante el Padre: es un abogado defensor». Quienjuzga, más bien, «es un imitador del príncipe de este mundo, que va siempre detrás de las personas para acusarlas ante el Padre».


Papa Francisco. Homilía en la Capilla de Domus Santae Marthae. 23 de junio de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Que fácil se nos hace juzgar al otro y, por otro lado, difícil juzgarnos objetivamente. Hagamos un sincero examen de conciencia sobre este punto. ¿Qué tan rápido soy para juzgar y etiquetar al prójimo?

2. Sin duda el himno de la caridad es una clara norma para vivir mi relación con el prójimo. Leamos de la primera carta a los Corintios todo el capítulo 13.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1822- 1829


!GLORIA A DIOS!


La única auténtica revolución es la revolución del amor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee marzo Ee 2019 a las 21:55 Comments comentarios (0)



DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VII ORDINARIO


24 de febrero al 2 Marzo del 2019


“La única auténtica revolución es la revolución del amor”





1 Sam 26, 2.7-9,12-13. 22-23: “No he querido alzar mi mano contra el ungido de Yahveh”


«Se levantó Saúl y bajó al desierto de Zif, con tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif… David y Abisay se dirigieron de noche hacia la tropa. Saúl dormía acostado en el centro del campamento, con su lanza, clavada en tierra, a su cabecera; Abner y el ejército estaban acostados en torno a él. Dijo entonces Abisay a David: “Hoy ha copado Dios a tu enemigo en tu mano. Déjame que ahora mismo lo clave en tierra con la lanza de un solo golpe. No tendré que repetir”. Pero David dijo a Abisay: “No lo mates. ¿Quién atentó contra el ungido de Yahveh y quedó impune?”… Tomó David la lanza y el jarro de la cabecera de Saúl y se fueron. Nadie los vio, nadie se enteró, nadie se despertó. Todos dormían porque se había abatido sobre ellos el sopor profundo de Yahveh. Pasó David al otro lado y se colocó lejos, en la cumbre del monte, quedando un gran espacio entre ellos… Respondió David: “Aquí está la lanza del rey. Que pase uno de los servidores y la tome. Yahveh devolverá a cada uno según su justicia y su fidelidad; pues hoy te ha entregado Yahveh en mis manos, pero no he querido alzar mi mano contra el ungido de Yahveh.”»


Sal 102, 1-2.3-4.8 y 10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso


1 Cor 15, 45-49: “Del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste


«En efecto, así es como dice la Escritura: Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego, lo espiritual. El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo, viene del cielo. Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celeste, así serán los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste.»


Lc 6, 27-38: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”


«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»


NOTA IMPORTANTE


Una interesante clave de lectura para aproximarnos al Evangelio de este Domingo nos la da la primera lectura. David, teniendo la ventaja y oportunidad para eliminar al rey de Israel, quien inflamado por la envidia y el odio se había convertido en su enconado perseguidor, decide guardar su vida. David expone la razón de su proceder: «¿Quién atentó contra el ungido de Yahveh y quedó impune?» ¿Puede él levantar la mano contra el ungido del Señor, por más que éste se haya apartado de sus caminos?


David supera el impulso de la venganza, de querer tomar la justicia por sus propias manos. ¿No es lo justo devolver mal por mal, ojo por ojo, diente por diente? (Ex 21,23-24; Lev 24,19-21; Dt 19,21; Mt 5,38-39) Más allá del odio que ha envenenado su espíritu, más allá de sus intentos de asesinarlo, Saúl es un ungido del Señor. David ve su dignidad más allá del pecado cometido.


El que es de Cristo debe reconocer asimismo la dignidad de toda persona humana, que estriba en el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Tal es la enorme dignidad de todo ser humano, más allá de que su rostro haya quedado desfigurado por el mal o por cualquiera sea su pecado!

 

De esta visión profunda del hombre y de su dignidad nace la actitud reverente y misericordiosa del discípulo de Cristo hacia todo ser humano. Él ha aprendido a amar en toda persona humana lo que Dios ama en ella. Porque ama al pecador pero odia el pecado, procura levantarlo de su miseria, en todo sentido: material, moral, espiritual. El creyente está invitado, en esta perspectiva, a «vencer el mal a fuerza de bien».


Es de acuerdo a esta visión que el Señor Jesús plantea a sus discípulos exigencias inesperadas, que chocan frontalmente con las actitudes y reacciones 'normales' (Evangelio): amar a los enemigos, hacer el bien a quienes los odien, bendecir a los que los maldigan, orar por quienes los difamen, etc. ¿Quién antes que Él se había atrevido a proponer algo semejante? Estas exigencias de la vida cristiana brotan de la vocación del ser humano de ser misericordioso como el Padre es misericordioso, es decir, de amar como Dios ama a los hombres.


Pero, ¿cómo es posible vivir las tremendas exigencias que plantea Cristo, si a semejanza del primer Adán todos nacemos como hombres terrenales? (2ª. lectura) Por el Bautismo cristiano el ser humano se abre a la vida del hombre nuevo porque es transformado en una nueva criatura. Habiendo recibido el Espíritu por el que Dios derrama el amor divino en su corazón (ver Rom 5,5), es capaz de amar con ese mismo amor de caridad, que aprende en la escuela del Señor Jesús. De todo bautizado en Cristo se puede afirmar con toda propiedad que habiéndose revestido de Cristo, ha adquirido una condición semejante a la del Hijo de Dios. En Él no solo recobra la semejanza perdida por el pecado original, sino que también recibe la capacidad de amar como Él mismo nos ha amado, amar con sus mismos amores: a Dios Padre en el Espíritu Santo, a Santa María su Madre, a todos sus hermanos humanos, peregrinos en esta tierra o que ya partieron a la presencia del Señor.

 Por este don, por la gracia recibida y con por su decidida cooperación, todo bautizado está llamado a "cristificar" su propia vida reproduciendo en sí mismo la imagen del hombre celeste. Es el camino de la vida cristiana, un proceso de transformación y santificación cuya meta final es la resurrección de los muertos, momento en el que transformado plenamente por y en Cristo, será hecho partícipe de la gloria eterna por la participación en la comunión divina de amor.


El Señor Jesús enseña el camino de cristificación, el camino que lleva a la plena semejanza con Él: dar, darse uno mismo, amar sin límites, amar no sólo a los amigos sino inclusive a los enemigos, a los que nos persiguen e intentan el propio daño o muerte. Se trata de ser magnánimos haciendo el bien siempre, a todos, se trata de ser generosos compartiendo los propios bienes con quienes los necesitan, se trata de no juzgar, de no condenar, sino de perdonar e invitar siempre a "volver a la Casa del Padre". En resumen, se trata de ser misericordiosos, como lo es nuestro Padre celestial, se trata de ser perfectos en la caridad como Dios es perfecto (ver Mt 5,4)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Son muchas y muy radicales las enseñanzas que este Domingo el Señor propone a aquellos que lo escuchan, es decir, a aquellos y aquellas que verdaderamente están dispuestos a acoger sus enseñanzas para ponerlas por obra, a aquellos que quieran ser verdaderamente sus discípulos, cristianos no sólo de nombre sino también de hecho.

 

Al escuchar sus enseñanzas podemos preguntarnos: ¿quién puede amar a sus enemigos? ¿Quién puede hacer bien a quien lo odia, bendecir a quien lo maldiga, rezar por quien le desea el mal? ¿Quién puede perdonar a quien le ha ofendido gravemente o le ha causado un enorme sufrimiento y un daño irreparable, sea físico, psíquico, moral o espiritual? ¿Quién puede recibir un golpe sin enfurecerse, sin devolver inmediatamente el golpe con otro golpe, el insulto con otro insulto, la ofensa con otra ofensa? ¿No es utópico pedir algo así? ¿No es pretender demasiado? ¡Cuántas veces perdemos la paciencia, agredimos, insultamos, nos es tan difícil controlar la ira incluso con aquellos a quienes amamos, con aquellos con quienes vivimos!

 

Sólo quien se abre al amor de Dios, sólo quien aspira a vivir la perfección de la caridad, sólo quien es misericordioso como misericordioso es el Padre celestial, sólo quien ama como Cristo mismo nos ha amado, es capaz de cumplir semejantes exigencias, que causan un profundo rechazo en aquellos o aquellas en quienes prima el "hombre terreno" y no el "celeste".



Nuestra vocación, recordábamos la semana pasada, es un llamado a la felicidad, a la plenitud, al gozo inacabable. Mas el camino es arduo y exigente: vivir el amor, no un amor cualquiera, sino el que viene de Dios, el amor-caridad. Dios nos ha creado por amor y para el amor. La felicidad la alcanzaremos viviendo la perfección de la caridad. Sólo nos realizaremos en la medida en que aprendemos a amar correctamente, en la medida en que amemos como Cristo mismo. No otra cosa promete el Señor cuando nos dice: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). Quien ama como Cristo, con el amor de Cristo (ver Jn 15,12), alcanzará la dicha plena, la paz del corazón y la felicidad tan anhelada.

 

¿Quieres para ti esa felicidad y dicha perpetua? Ábrete cada día al amor del Señor y ama cada día más como Cristo nos ha amado. La santidad consiste en responder a ese llamado al amor, en aspirar a vivir la perfección de la caridad, en abrirse a la gracia y al amor de Dios para dejarse "amorizar" uno mismo, en expresar ese amor en actitudes y conductas concretas de perdón, de comprensión, de solidaridad, de compasión, de paciencia, de generosidad, de donación, no sólo con quienes nos sentimos afectivamente vinculados, sino también con los extraños o incluso enemigos, que no por ello dejan de ser hijos de nuestro mismo Padre, hombres y mujeres por quienes Cristo ha derramado su Sangre en la Cruz, sujetos de redención como cada uno de nosotros.

 

Si queremos amar como Cristo, empecemos por perdonar de todo corazón a aquellos que nos han ofendido o causado algún daño, limpiemos nuestros corazones de todo resentimiento, amargura u odio que hayamos consentido y guardamos aún contra algún hermano o hermana. Si es posible, pidamos humildemente perdón a quienes nosotros hayamos ofendido o causado algún daño. Recemos por quienes no nos ven bien o nos tratan con desdeño o desprecio. Seamos pacientes y no devolvamos a nadie insulto con insulto, ofensa con ofensa, golpe con golpe, y desterremos de nuestra mente todo deseo de venganza. Avancemos, pues, cada día, nutridos del amor del Señor y fortalecidos por su gracia, hacia ese ideal de la caridad perfecta que el Señor nos señala, y seamos así verdaderamente discípulos de Cristo.



LOS PADRES DE LA IGLESIA



«Los que hieren sus propias almas son dignos de lágrimas y de suspiros, no de maldiciones, porque no hay cosa más detestable que un alma maldiciente, ni nada más inmundo que una lengua que maldice. Eres hombre, no vomites el veneno del áspid, ni te conviertas en bestia feroz. Se te ha dado una boca no para que muerdas, sino para que cures la herida de los demás. El Señor manda que trates a tus enemigos lo mismo que a tus amigos; no de cualquier modo, sino como a los más íntimos, por quienes acostumbras a orar.»

San Juan Crisóstomo


«Hay muchos que, por el contrario, mientras se postran en tierra y arrastran su frente por el suelo, hiriendo sus pechos y levantando sus manos al cielo, no piden a Dios el perdón de sus pecados, sino que piden contra sus enemigos, lo cual no es otra cosa que hincarse a sí mismos el puñal. Cuando pides al que prohibió las imprecaciones contra los enemigos que escuche tus maldiciones contra ellos, ¿cómo puedes ser oído cuando provocas al que ha de oírte, castigando a tu enemigo en presencia de su Rey, si no con las manos, al menos con las palabras? ¿Qué haces, hombre? Estás pidiendo el perdón de tus pecados, y a la vez llenas tu boca de amargura. Es el tiempo del perdón, de la oración, del llanto, no del furor.»

San Juan Crisóstomo


«Todo aquél que nos arrebata cualquier cosa nuestra, es nuestro enemigo; mas si empezamos a tenerle odio, dentro esta lo que perdemos. Por tanto, cuando suframos alguna falta en lo exterior por parte de nuestro prójimo, estemos alerta interiormente contra el ladrón oculto, el cual en ninguna ocasión es vencido mejor sino cuando amamos a nuestro ladrón exterior. La única y mejor prueba que se puede hacer de nuestra caridad es amar al que nos aborrece. De aquí que la Verdad misma sufrió el suplicio de la Cruz, y, no obstante, manifestó en amor que tenía a sus perseguidores diciendo: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. (Lc 23,34)»

San Gregorio Magno


«En lo cual más bien te favoreces a ti que a él [al cumplir el mandato de amar al enemigo]. Porque él sólo es amado por un compañero suyo, pero tú te haces semejante a Dios. Es un acto grande de virtud colmar de beneficios a los que quieren hacernos daño, por lo que sigue: “Y haced bien”. Así como el agua apaga el fuego de un horno encendido, así también la razón, con su calma, apaga los furores de los demás. Lo que es el agua respecto del fuego, esto es, la humildad y la mansedumbre respecto de la ira; y así como el fuego no se apaga por medio del fuego, así la ira no se apaga por medio de la ira.»

San Juan Crisóstomo



«Tal es la recompensa de la misericordia, que da el derecho de la adopción divina. Pues sigue: “Y seréis hijos del Altísimo”. Practica, pues, la misericordia para que merezcas la gracia. Inmensa es la benignidad de Dios: llueve sobre los ingratos; y la tierra fecunda no rehúsa sus frutos a los malos. Por lo que prosigue, “Porque Él es benigno para los ingratos y malos”.»

San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

 

«Dios misericordioso y clemente»



210: Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro, Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor. A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH» (Ex 33, 18-19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: «YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 5-6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (Ver Ex 34, 9).

 

211: El Nombre divino «Yo soy» o «El es» expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34, 7). Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2, 4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que El mismo lleva el Nombre divino: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8, 2).


Dios es amor


218: A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (Ver Dt 4, 37; 7, 8; 10, 15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (Ver Is 43, 1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (Ver Os 2).

 

219: El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Ver Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (Ver Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Ver Is 62, 4-5); este amor vencerá incluso laspeores infidelidades (Ver Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16).


220: El amor de Dios es «eterno» (Is 54) «Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará» (Is 54, 10). «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jr 31, 3).


221: Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1 Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (Ver 1 Co 2, 7-16; Ef 3, 9-12). El mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en El.

 

Llamados a ser misericordiosos, como Dios es misericordioso:


2842: ...como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 4); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (Ver Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).


CONCLUSION


«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»


Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 24 de febrero de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 27-38


El discurso de Jesús en la montaña es profundo y novedoso: invita a sus discípulos a amar a los enemigos (San Lucas 6, 27-3). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el profundo amor con el que Dios ama a los hombres. La Primera Lectura (primer libro de Samuel 26, 2.7-9,12-13. 22-23) nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo. David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte San Pablo, en la Segunda Lectura (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 45-49), nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo, una nueva criatura, en Cristo Jesús.


Perdonar a los enemigos


Samuel era hijo de Elcaná y Ana y fue el último gran juez que tuvo Israel y uno de los primeros profetas. Ya anciano nombró jueces a sus hijos y les encargó que continuaran su labor, pero el pueblo no estaba contento y quería tener un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente Rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (ver 1sam 1-4). Los dos libros de Samuel narran justamente la historia de Israel; desde el último de los jueces hasta los postreros años del rey David. El primer libro nos cuenta cómo Israel pasó a ser regido por reyes.


David, el más joven de los ocho hijos de Jesé, andaba cuidando de los rebaños cuando el profeta Samuel lo ungió como «elegido». La destreza de David en tocar el arpa lo lleva a la corte de Saúl para tranquilizar los ataques de nervios del rey. Más tarde aceptó el reto de desafiar y matar al filisteo Goliat. Desde ese momento Saúl se llenó de envidia e intentó matarlo varias veces. Jonathan, hijo de Saúl e íntimo amigo de David le advirtió que escapara. David se convierte entonces en un proscrito. Saúl lo persigue despiadadamente y David le perdonará dos veces la vida. La Primera Lectura nos narra el pasaje cuando David le perdona, por segunda vez, la vida al rey Saúl. Llama la atención, por un lado, la generosidad de David y, por otro, su profundo respeto religioso por el carácter sagrado del rey: «el ungido de Yahveh».



Un Evangelio sublime pero incómodo…casi imposible…


«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente… Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio…»


Honestamente, ¿quién ha visto a alguien cumplir lo que Señor nos pide? Desgraciadamente lo que vemos a diario en las calles, en los medios de comunicación, en los negocios, en la política, es exactamente lo contrario: combatir a los enemigos, hacer el mal a los que nos odian, maldecir a los que nos maldicen, difamar a los que nos difaman, devolver el doble al que se atreva a golpearnos en una mejilla, pelearnos con el que quiera quitarnos algo que nos pertenece, nos vengarnos ante cualquier agravio. Cuando vemos este modo de actuar no nos llama la atención; es lo que se espera. Es el comportamiento al que ya estamos acostumbrados y sabemos que “todo el mundo” va a reaccionar de esa manera. Pero si sucediera, en cambio, ver a alguien practicar alguno de aquellos preceptos de la ley de Cristo, podemos estar seguros que estaríamos ante un santo, ¡y no uno cualquiera, sino uno de los grandes!


Sin embargo, creo que todos recordamos un hecho verdaderamente singular, del cual todo el mundo fue testigo a través de los medios de comunicación. La actitud de San Juan Pablo II en amigable conversación con Ali Agca en su misma celda es un testimonio de este precepto de Cristo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Después de disparar sobre el Santo Padre a quemarropa, cuando fue detenido y debió reconocer el hecho, Ali Agca preguntó sorprendido: «¿Cómo?, ¿no lo maté?» No sabemos lo que conversaron en ese encuentro en que el Papa fue hasta su celda, pero ciertamente Juan Pablo II le habrá dicho que lo perdonaba y que lo amaba. No estaremos lejos de la verdad si suponemos que el Santo Padre habrá orado muchas veces: «Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace». Justamente es la gracia de Dios la que nos concede la fuerza para poder amar a los enemigos y practicar los preceptos que el mismo Cristo nos ha dejado.


La verdadera ley y la verdadera felicidad


Las máximas o criterios que rigen entre nosotros y que consideramos normales son muy diferentes a las que nos ha dejado Jesús: «perdonar, sí; pero olvidar, jamás»; «está bien ser humilde, pero no perder la dignidad»; «ser bueno, pero no tanto…»; etc. Comparadas con la ley de Cristo, estas máximas resultan perfectamente antievangélicas. La objeción que a todos nos asalta, se puede formular así: «Si yo vivo según la ley de Cristo, entonces todos se aprovecharán de mí» o como se dice popularmente «me agarrarán de bobo». Y eso a nadie le gusta. Ese es nuestro modo de razonar, porque no creemos suficientemente en la Palabra de Dios. Según la Palabra de Dios el resultado sería este otro: «vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo». Nadie puede negar la verdad de esta promesa, si no ha hecho la prueba de cumplir los preceptos de Cristo al pie de la letra.

 

El espectáculo normal es ver que la gente sirve por interés. Los establecimientos comerciales, las agencias de turismo, los grifos, los bancos sirven a sus clientes con exquisita y delicada atención; pero es porque esperan de ellos un beneficio comercial. Ese servicio no nos impresiona, porque no tiene nada de extraordinario. Era así también en el tiempo de Cristo: «Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente». La recompensa de ese servicio es algo cuantificable, tiene un precio de esta tierra y, por tanto, es limitado.


La ley de Cristo en cambio es: «Haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio». Y el que hace esto recibe una recompensa que no tiene precio, porque no es de esta tierra. Es lo que relata Santa Teresa del Niño Jesús en su «Historia de un Alma» (Ms. C; Cap. XI). Cuenta que cuando era aún novicia -ella entró a un convento de clausura a los quince años- se ofrecía para conducir a una hermana anciana lisiada, a la cual no era fácil contentar. Pero lo hacía con tanta caridad que Dios le dio la recompensa prometida. Un día de invierno en que cumplía esta misión, escuchó a lo lejos una música bailable y se imaginó «un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados; y en él jóvenes elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y delicadezas mundanas». El contraste con su situación era total. Pero allí Dios le hizo sentir la verdadera felicidad: «No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales superaron de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de la tierra, que no podía creer en mi felicidad. ¡Ah! No habría cambiado los diez minutos empleados en cumplir mi humilde tarea por gozar mil años de fiestas mundanas». Para gozar de esta misma felicidad en esta tierra no hay otro medio que cumplir los preceptos de Cristo.

 

La vocación del hombre


El amor que es la esencia de Dios, es también el principio de vida de la actuación de quien ha aceptado vivir las bienaventuranzas del Reino, la impronta del hombre nuevo en Cristo, del «hombre celeste» del que se habla en la Segunda Lectura. En ella San Pablo continúa el tema de la Resurrección corporal contraponiendo el orden de la creación (Adán) al nuevo orden inaugurado por Jesucristo. «Nosotros, que somos imagen del hombre terreno (Adán), seremos también imagen del hombre celestial (Cristo)».


Una palabra del Santo Padre:

 

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo, es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio el Pontífice recordó que la liturgia propone estos días reflexionar sobre los paralelismos entre «la ley antigua y la ley nueva, la ley del monte Sinaí y la ley del monte de las Bienaventuranzas». Entrando en las lecturas —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (8, 1-9) y del Evangelio de Mateo (5, 43-4)—, el Santo Padre se detuvo en la dificultad del amor a los enemigos, preguntándose cómo es posible perdonar: «También nosotros, todos nosotros, tenemos enemigos, todos. Algunos enemigos débiles, algunos fuertes. También nosotros muchas veces nos convertimos en enemigos de otros; no les queremos. Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos».



«Jesús nos dice dos cosas —expresó el Papa afrontando la cuestión de cómo amar a los enemigos—: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”». Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en «la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos», cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza.

 

«Jesús nos pide amar a los enemigos -insistió-. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos». La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, «alguna pequeña enemistad».


Es cierto: «el amor a los enemigos nos empobrece, nos hace pobres, como Jesús, quien, cuando vino, se abajó hasta hacerse pobre». Tal vez no es un «buen negocio» —agregó el Pontífice—, o al menos no lo es según la lógica del mundo. Sin embargo «es el camino que recorrió Dios, el camino que recorrió Jesús» hasta conquistarnos la gracia que nos ha hecho ricos.

 

Papa Francisco. Homilía del 18 de junio de 2014. Capilla de la Domus Sanctae Marthae.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿En qué ocasiones concretas puedo ejercitarme en la vivencia del perdón y del amor misericordioso? Hagamos una lista de esos momentos. ¡Seamos realistas!


2. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos o nietos en la vivencia del perdón, del amor y del respeto a la verdad? ¿Soy ejemplo para ellos en mi vida cotidiana?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-284




!GLORIA A DIOS!


Dichosos ustedes... porque su recompensa será grande en el Cielo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee febrero Ee 2019 a las 23:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO VI ORDINARIO


17 - 23 de febrero del 2019


“Dichosos ustedes... porque su recompensa será grande en el Cielo”






Jer 17,5-8: “Bendito quien confía en el Señor”


Así dice el Señor:

«Maldito quien pone su confianza en el hombre, y en él busca su fuerza, apartando su corazón del Señor.

Será como un cardo en el desierto, que no disfruta del agua cuando llueve; habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.

Será como un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el calor no lo sentirá, sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto».


Sal 1, 1-4 y 6: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”


Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


1Cor 15, 12.16-20: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”


Hermanos:

Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de ustedes que los muertos no resucitan?

Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen con sus pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.

¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.


Lc 6, 17.20-26: “Su recompensa será grande en el Cielo”


En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:

— «Dichosos los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.

Dichosos los que ahora lloran, porque reirán.

Dichosos ustedes, cuando los hombres los odien, y los excluyan, y los insulten, y desprecien el nombre de ustedes como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque la recompensa de ustedes será grande en el Cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo.

¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre.

¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y llorarán.

¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas».


NOTA IMPORTANTE


“Maldito” y “bendito” son categorías que definen dos maneras de vivir, ya sea en este mundo o también después de esta vida.


Es calificado como “maldito” quien marginando totalmente a Dios se fía de su propio ingenio, de su capacidad y de sus solas fuerzas, o de las de otros. Se hace “maldito” quien espera encontrar su seguridad y significación en lo pasajero, en la vanidad del mundo, quien busca en sí mismo su grandeza y su realización. Se torna en un “maldito” porque en su egocentrismo se hace a sí mismo dios cuando no lo es. La maldición que en este proceso de rechazo de Dios y de endiosamiento de sí mismo trae sobre sí es la aridez del espíritu, el sinsentido de su existencia, el corazón inhóspito y vacío, solo, roto y dividido. La negación de Dios y de sus designios, abierta en el caso del rechazo frontal, o solapada en el caso de la indiferencia o del agnosticismo funcional, lleva inexorablemente al ser humano a su propia destrucción, a su muerte.


“Bendito” en cambio es aquél o aquella que confiando en Dios entra en contacto con la fuente de su vida, de su amor y felicidad. El ser humano, porque es criatura de Dios, no puede vivir sin Dios. Sólo en Dios puede realizarse, llegar a ser quien está llamado a ser, llegar a amar como está llamado a amar. Al reconocer humildemente esta dependencia, su ser permanece en Dios, se abre a su fuerza y amor divino, y se despliega poco a poco hasta alcanzar su plenitud humana. Es entonces cuando la persona encuentra su máxima felicidad o bienaventuranza.


Quien confía en Dios se asemeja así a un árbol que permanece «plantado al borde de la acequia»: arraigado en Dios, permanece firme en los momentos más arduos y difíciles de la existencia, incluso en momentos de “sequía” «da fruto a su tiempo y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Salmo responsorial). Esta imagen del árbol plantado al borde del arroyo es clásica en la Sagrada Escritura. Expresa que el ser humano se desarrolla plenamente cuando se arraiga en Dios, en su Ley y en su Palabra. Lo que el agua es para la planta, eso es Dios y su Palabra para el ser humano. Separarse de Dios es condenarse no sólo a la esterilidad, sino a la sequedad y a la muerte lenta. En cambio, la aceptación de losdesignios divinos trae consigo el pleno despliegue de todo lo que él es y le conduce a la “bienaventuranza”, es decir, la máxima felicidad posible para el ser humano: «lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, [es] lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).


Dios, por sobreabundancia de amor, ha creado al ser humano a su imagen y semejanza, con el fin de que participe de su misma comunión divina de amor y comparta con Él la misma felicidad y gozo que Dios vive en sí mismo, por toda la eternidad. Pero el amor no puede ser impuesto, ni obligado. Por ello Dios crea al ser humano libre: cada cual debe responder a la invitación divina desde su propia libertad. Cada cual es libre para decirle “sí” o “no”. Dios respetará la respuesta libre de cada cual, pero advierte y aconseja: «te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a Él; pues en eso está tu vida» (Dt 30,19-20).


El “no” dado a Dios tiene consecuencias terribles para la criatura humana: trae sobre sí la muerte, porque Él es la vida misma y la fuente de toda vida y felicidad. Para el ser humano apartarse de Dios equivale al suicidio, es traer sobre sí mismo la muerte, la maldición, la infelicidad.


Ante el “no” dado por nuestros primeros padres y las terribles consecuencias que ese “no” trajo sobre toda la humanidad, Dios preparó en la historia el envío de su propio Hijo «para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Jesucristo, el Señor, es para todo ser humano «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Él es quien ha venido a reconciliar al ser humano y a abrir para él nuevamente el camino a la bienaventuranza, a la felicidad plena que deriva de la comunión con Dios y de la participación de su misma naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).


Es al Señor Jesús a quien escuchamos en el Evangelio de este Domingo proclamar un elenco de “bienaventuranzas” junto con un elenco de “ayes”, “bienaventuranzas” y “ayes” que equivalen a aquellos “benditos” y “malditos” de Jeremías. El pasaje invita a considerar el contraste entre dos escalas de valores completamente opuestas: la del mundo y la de Dios. Las “bienaventuranzas” y los “ayes” propuestos por el Señor chocan frontalmente con la visión del mundo, tan llevada por la apariencia y la vanidad de las cosas, y descubren la jerarquía de valores a los ojos de Dios.


¿Qué garantiza que la promesa de la bienaventuranza para el ser humano se va a realizar en quienes confían en Dios? El acontecimiento histórico e incontestable de la Resurrección de Cristo, del que nos habla el apóstol Pablo en la segunda lectura. Cristo verdaderamente ha resucitado, y en su resurrección se fundamenta la esperanza del creyente de poder participar un día de aquella plenitud de gozo y felicidad que Dios le tiene prometida, pues en Cristo resucitarán para la Vida los que en Él vivan y mueran.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Dios, que te ha creado, quiere para ti tu máximo bien, tu vida, tu felicidad. ¡Para eso te ha creado! Y te ha creado libre para que haciendo un recto uso de tu libertad puedas elegir bien y así participar ya ahora y luego de tu muerte por toda la eternidad de su misma vida y felicidad, en la comunión divina de su amor. ¿No consiste en esto la felicidad de todo ser humano: poder amar y ser amado sin límites ni medida? Es en la comunión con Dios y con todos los santos como este anhelo profundamente inscrito en el corazón humano será plenamente saciado.


El mundo, cuando opta por apartar a Dios del camino para erigirse a sí mismo como dios, trae sobre sí mismo su propia maldición. Las sociedades en las que vivimos, sociedades de raíces cristianas aunque cada vez más enemigas de Cristo y de su Iglesia, son sociedades signadas por el materialismo, el consumismo, el hedonismo, sociedades en las que se impone cada vez más el relativismo moral, ofrecen seductoras propuestas de felicidad, alternativas a la felicidad que Dios ofrece al ser humano. Así, según los criterios del mundo, será feliz aquel que pueda gozar de salud, de dinero, de bienes, de fama, éxito y reconocimiento, de poder, de placeres sin restricción o límite moral. Yendo tras esos ídolos ciertamente se experimentan intensos gozos, emociones y placeres, pero que al estar marcados por la fugacidad se parecen a lindas burbujas de jabón: nos fascinan por sus cambiantes colores pero de pronto estallan y desaparecen para no dejar sino un enorme vacío y tristeza, vacío que buscará llenarse con más experiencias similares, cada vez más intensas, para nunca jamás salir de un círculo vicioso que hunde cada vez más en el abismo del sinsentido y de la desesperanza a quien se deja esclavizar por su dinamismo. ¡Qué vacíos nos descubrimos, luego de alcanzar todo aquello que el mundo ofrece y promete que nos hará “grandes”, que nos llevará a sentirnos “como dioses”!


Dios conoce bien el camino que debes recorrer para alcanzar tu felicidad. Por el amor que te tiene, Dios envió a su propio Hijo para mostrarte en Él el Camino que has de recorrer para alcanzar tu felicidad. El Señor Jesús, que te conoce mejor quetú mismo, que tú misma, sabe bien de ese anhelo que palpita intensamente en lo profundo de tu ser. Él ha venido justamente a responder a esa ansia de felicidad y te ofrece también a ti esa «agua viva» (Jn 4,10) que apagará tu sed de infinito, regalándote una felicidad que nada ni nadie podrá arrebatarte jamás (ver Jn 16,22). Él mismo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6): Camino y Verdad sobre ti mismo que te conducirá a tu plena realización, a la felicidad y gozo que tanto buscas y anhelas. Por medio de Él el Padre te irá mostrando el Plan que Él tiene para ti, es decir, el camino que recorrido con fidelidad te llevará a la plena felicidad, a la bienaventuranza total.


Así, pues, ¿quieres ser feliz? No te dejes engañar por las seductoras pero falsas promesas de felicidad: si el mundo te ofrece riquezas, placeres, fama y poder con la condición de que te olvides de Dios, de sus promesas y de sus mandamientos, ten la certeza de que por una gloria vana y furtiva estarás trayendo sobre ti la “maldición”, la desgracia, la soledad y la muerte eterna.


Si verdaderamente quieres ser feliz confía en el Señor y sigue el camino que Él te señala, aunque a primera vista parezca contradictorio y arduo de seguir, aunque lo que aparezca ante ti sólo sea la cruz. Recorrido con el Señor, ese Camino te llevará a la alegría presente y luego a la bienaventuranza eterna. ¡Confía plenamente en Él y haz lo que Él te diga (ver Jn 2,5), hoy y siempre!


Y si por creer en Dios y mostrarte cristiano sufres pruebas o experimentas situaciones adversas y difíciles, abrázate firmemente a la Cruz del Señor y ejercítate en la virtud de la paciencia, es decir, en la vigorosa disposición de ánimo que no sucumbe ante el sufrimiento, sino que sabe esperar en el Señor y en la realización de sus promesas. Nunca permitas que las pruebas o dificultades sufridas por Cristo, experimentadas en tu esfuerzo diario de vivir según las enseñanzas de Cristo, te aparten del Señor. Tú, repite siempre como San Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó» (Rom 8,35-37).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No puede llamarse bienaventurado a todo el que es afligido por la pobreza, sino solamente al que prefiere el precepto de Jesucristo a las riquezas mundanas. Hay muchos pobres de bienes, pero que son muy avaros por el afecto; a éstos no los salva la pobreza, pero los condena su deseo. Ninguna cosa que no sea voluntaria aprovecha para la salvación, por la sencilla razón de que toda virtud está basada enel libre albedrío. Es bienaventurado el pobre que imita a Jesucristo, quien quiso sufrir la pobreza por nuestro bien; porque el mismo Señor todo lo hacía para manifestarse como nuestro modelo y podernos conducir a la eterna salvación.» San Basilio


«Sigue a la pobreza, no sólo la falta de las cosas deleitables, sino también la depresión del semblante por la tristeza. Por lo que sigue: “Bienaventurados los que lloráis”. Considera como bienaventurados, no precisamente a los que derraman lágrimas —porque esto es propio de todos, tanto fieles como infieles, cuando experimentan alguna contrariedad— sino solamente a aquellos que hacen una vida mortificada, se preservan de los vicios y de las afecciones carnales.» San Cirilo


«Es bienaventurado el que por las riquezas de la herencia celestial, por el pan de la vida eterna, por la esperanza de las alegrías celestiales, desea sufrir el llanto, el hambre y la pobreza, y aun mucho más bienaventurado aquel que no teme guardar estas virtudes en medio de la adversidad. Por ello sigue: “Seréis bienaventurados, cuando os aborreciesen los hombres”. Aun cuando aborrezcan los hombres con un corazón malvado, no pueden hacer daño al que es amado por Cristo. Prosigue: “Y cuando os apartaren de sí, apartarán también al Hijo del hombre”. Porque Él resucita para sí a los que mueren con Él, y les hace descansar en la eterna bienaventuranza. Prosigue: “Y cuando desecharen vuestro nombre como malo”. En esto se refiere al nombre de cristiano, que fue tan ultrajado por los judíos y por los gentiles, cuantas veces se acordaron de Él, y también fue despreciado por los hombres, sin que para ello hubiese otro motivo que el odio que tenían al Hijo de Dios, a saber, porque los fieles quisieron tomar su nombre de Cristo. Luego enseña que habrán de ser perseguidos por los hombres, pero que serán bienaventurados, como más que hombres. De aquí prosigue: “Gozaos en aquel día y regocijaos: porque vuestro galardón grande es en el Cielo.”» San Beda


«Los que dicen la verdad son ordinariamente perseguidos; no obstante, los antiguos profetas no dejaban de predicar la verdad por temor a la persecución.» San Beda


«Aun cuando en la abundancia de las riquezas hay muchos alicientes para pecar, también hay muchos medios para practicar la virtud. Aunque la virtud no necesita opulencia, y la largueza del pobre es más laudable que la liberalidad del rico, sin embargo la autoridad de la sentencia celeste no condena a los que tienen riquezas, sino a los que no saben usar de ellas. Porque así como el pobre es tanto máslaudable cuanto más pronto es el afecto con que da, así es tanto más culpable el rico que tarda en dar gracias a Dios por lo que ha recibido, y se reserva sin utilidad la fortuna que le ha sido dada para el uso de todos. Luego no es la fortuna, sino el afecto a la fortuna, el que es criminal; y aunque no hay mayor tormento que amontonar con inquietud lo que ha de aprovechar a los herederos, sin embargo, como los deseos de amontonar de la avaricia se alimentan de cierta complacencia, los que tienen el consuelo de la vida presente pierden el premio eterno.» San Ambrosio


«Si son bienaventurados aquellos que tienen hambre de obras justas, deben por el contrario considerarse como desgraciados aquellos que, satisfaciendo todos sus deseos, no padecen hambre del verdadero bien.» San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Dios nos ha creado para participar de su misma felicidad: nuestra vocación es a la bienaventuranza


1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.


1718: Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:

– Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín).

– ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S. Agustín).


1719: Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.


Cristo, modelo y maestro de las bienaventuranzas


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9,7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


1716: Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos…


1717: Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.


¿En qué consiste la bienaventuranza prometida?


1720: El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios, la visión de Dios: «Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), la entrada en el gozo del Señor, la entrada en el Descanso de Dios:


Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin (S. Agustín)?


1721: Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al Cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina y de la Vida eterna (ver Jn 17,3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (ver Rom 8,18) y en el gozo de la vida trinitaria.


1722: Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.


1723: La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:


El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje «instintivo» la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Card. Newman).


1724: El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios.


La “maldición”: eterna separación de Dios, fuente de la felicidad


1035: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno». La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios enquien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.


CONCLUSION


«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»


Domingo de la Semana 6ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 17 de febrero de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 6, 17.20-26


Las lecturas de este Domingo nos muestran el único y el auténtico camino para la verdadera felicidad que el hombre busca infatigablemente a lo largo de toda su vida. La ruta, que no es la que el “mundo” ofrece, sigue este itinerario: las bienaventuranzas de Jesús (San Lucas 6, 17.20-26). Ellas proclaman la dicha del Reino para aquellos que son pobres porque han puesto en Dios su única riqueza confiando plenamente en Él (Jeremías 17, 5-8) y confirman así su esperanza en Jesucristo resucitado (primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 12.16-20).


Las bienaventuranzas


Las bienaventuranzas son una de las enseñanzas más conocidas del Evangelio de Jesucristo, y también una de las más impactantes. Nadie que se ponga sinceramente ante estas sentencias puede dejar de sentirse interpelado, más aún si el que las lee es un cristiano y, por tanto, cree que el Evangelio es la misma Palabra de Dios. Hay sólo dos reacciones posibles: o se da crédito a estas palabras y se toman actitudes consecuentes que cambien nuestra vida; o se despachan con cinismo, como hicieron los oyentes de San Pablo en el areópago de Atenas: «Sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hech 17,32).


Las bienaventuranzas se encuentran en los Evangelios de Mateo y Lucas. Pero ambas versiones difieren. En Mateo las bienaventuranzas son nueve, están dichas en tercera persona (salvo la última) y tienen la finalidad de exponer un programa de vida conforme con el Reino de los cielos (ver Mt 5,3.10). En Lucas, en cambio, son sólo cuatro, están dichas en segunda persona («bienaventurados vosotros»;) y, sobre todo, Lucas transmite además las correspondientes cuatro maldiciones.


¿A quiénes se dirige Jesús con el pronombre «vosotros»?


En el episodio precedente Jesús ha elegido los doce apóstoles. Bajando con ellos, se detuvo en un paraje llano donde estaba una multitud de discípulos suyos y una gran muchedumbre del pueblo, que habían venido para oírlo y ser curados de sus enfermedades. Era cierto que la fama de Jesús y de sus milagros se había difundido como el fuego. Lo escuchaban, entonces, tres categorías de personas: los doce, los demás discípulos y el pueblo. Entre estos últimos había todo tipo de personas, rico y pobre; hambriento y satisfecho; afligido y gozador. Todos nos podemos reconocer en este heterogéneo auditorio.


¡Un mensaje paradojal!


Si en el tiempo de Jesús esta enseñanza ya tenía toda su fuerza paradojal, ¡qué decir hoy día en que estamos sumidos y agobiados por el consumismo y en que la felicidad de una persona se mide por su poder adquisitivo! Hoy día todo parece decir: «Dichosos los que pueden comprar muchos bienes y gozar mucho de los placeres que ofrece este mundo». Toda la publicidad nos quiere convencer de que en eso consiste la felicidad. Y desde pequeños vamos poco a poco cediendo a estos “falsos criterios”. Jesús, en cambio, nos advierte: «¡Ay de ellos!, porque ya han recibido su consuelo». No se nos dice qué les espera después, pero su destino será tal, que hay que compadecerse de ellos, a pesar de sus efímeras alegrías actuales: «¡Ay de ellos!».


La principal de las bienaventuranzas es la primera, con su opuesta maldición. En ellas se establece un claro contraste entre los pobres y los ricos: «Bienaventurados vosotros, los pobres… ¡Ay de vosotros, los ricos!». No se puede negar que ésta es una afirmación insólita y muy opuesta, como ya hemos dicho a los criterios que hoy rigen. Si Jesús se hubiera detenido allí, su afirmación habría sido inexplicable; pero Él sigue adelante indicando por qué unos son dichosos y otros desgraciados.


Igualmente descubrimos en la Primera Lectura del profeta Jeremías una contraposición de sabor sapiencial que plantea la antítesis entre el hombre que confía totalmente en Dios y el que se fía solamente de los hombres, apartando su corazón de Dios. El primero es árbol fecundo, plantado junto al agua, y el segundo es cardo árido en la estepa del desierto. Estas ideas también las tenemos presentes en el bello salmo responsorial: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, más se complace en la ley de Yahveh, su ley susurra día y noche! Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien» (Salmo 1, 1- 3).


¿Cuándo cambiará la situación presente?


Muchas veces, viendo el mal que va ganando espacio en el mundo, nos hemos preguntado: ¿Cuándo cambiará esta situación? ¿Es que Dios cierra su oído y su vista al mal en el mundo? La respuesta la encontramos en la última bienaventuranza: «Grande será vuestra recompensa en el cielo». La situación futura tendrá lugar después de la muerte y será eterna. Esta enseñanza es formulada aquí por medio de proposiciones universales; pero Jesús también la expuso de manera más viva y dramática por medio de una parábola: la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (ver Lc 16,19-31). Esto es exactamente lo que promete Dios a los hombres. Esta es la promesa que nosotros debemos de acoger. ¡Y no nos hagamos vanas ilusiones!


Esto queda más claro en las dos siguientes bienaventuranzas -sobre los que padecen hambre y los que lloran – que son una formulación más concreta de la primera, pues aquí resuena como un campanazo el adverbio de tiempo «ahora»: los que padecen hambre y lloran ahora, por este breve tiempo presente, serán saciados y reirán por toda la eternidad; en cambio, los que están saciados y ríen ahora, por este breve tiempo presente, padecerán hambre y llorarán por toda la eternidad ¡y sin remedio! Por eso los primeros son dichosos y los segundos desgraciados.


San Pablo estaba bien asentado en esta enseñanza de las bienaventuranzas de Jesús como lo revela esta certeza que expresa en su segunda carta a los Corintios: «No desfallecemos, aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando… En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4,16-17). La tribulación presente es leve y dura un momento; la gloria futura es un pesado caudal que supera toda medida y dura eternamente. Esta certeza se fundamenta, justamente, en la resurrección de Jesucristo ya que: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana» (1Cor 15,17).


¿La pobreza es querida por Dios?


Hay que enfrentar un problema y deshacer una crítica que muchos en la historia superficialmente han hecho al cristianismo. Se le acusa de que con esta doctrina los cristianos se evaden de la realidad histórica actual y piensan solamente en el cielo. Alguno se preguntará: ¿En qué quedan todos los esfuerzos por superar la pobreza si Cristo enseña: «bienaventurados los pobres»?


En realidad, el cristianismo es la única religión que no se evade de la historia y por lo tanto no es «escapista»; justamente porque su Dios, siendo eterno e inmutable, entró en la historia y se hizo hombre, dando a la dignidad del hombre toda sugrandeza. Y para responder a la segunda pregunta, debemos reconocer que no hay un camino más seguro para superar la pobreza que, precisamente, amar la pobreza. Éste es el único camino eficaz. Si todos, escuchando la enseñanza de Cristo, amáramos la pobreza siendo Dios nuestra única y verdadera riqueza, entonces habría, tal vez, una mejor y más justa distribución de los bienes materiales entre los hombres.


La Iglesia desde su Enseñanza Social nos enseña, nos guía y nos ilumina de manera clara y concreta sobre la postura que debemos tener ante los problemas sociales que ciertamente existen y ante los cuales hay que tener una clara postura: ser solidarios, buscar el bien común, buscar y respetar a la persona humana (desde la concepción hasta su muerte natural) y vivir la subsidiariedad. El cristiano no es el que cree en «fuerzas cósmicas», en «piedras filosofales», en «otras vidas»; no. El cristiano es el que vive el amor y caridad aquí y ahora. El que entendió esto más profundamente fue San Francisco de Asís, que en su testamento breve escribía: «Que los hermanos se amen siempre entre sí como yo los he amado y los amo; que siempre amen y observen a nuestra Señora de la Santa Pobreza y que sean siempre fieles súbditos de los prelados de la santa Madre Iglesia».


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de Mateo coloca el texto del «Padre nuestro» en un punto estratégico, en el centro del discurso de la montaña (cf. 6, 9-13). Mientras tanto, observemos la escena: Jesús sube la colina, cerca del lago, se sienta; a su alrededor tiene a su círculo de sus discípulos más íntimos y después una gran multitud de rostros anónimos. Es esta asamblea heterogénea la que recibe por primera vez la consigna del «Padre nuestro».


La colocación, como se ha mencionado, es muy significativa; porque en esta larga enseñanza, que lleva el nombre de «discurso de la montaña» (cf. Mateo 5, 1-7, 27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje. La introducción es como un arco decorado para la fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona con felicidad una serie de categorías de personas que en su tiempo, —¡pero también en el nuestro!— no fueron muy considerados. Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los humildes del corazón… Esta es la revolución del Evangelio. Donde está el Evangelio, hay revolución. El Evangelio no deja quietud, nos empuja: es revolucionario. Todas las personas capaces de amor, los operadores de paz que hasta entonces habían terminado en los márgenes de la historia, son, en cambio, los constructores del Reino de Dios. Es como si Jesúsdijera: adelante vosotros, que lleváis en el corazón el misterio de un Dios que ha revelado su omnipotencia en el amor y en el perdón.


Desde este portal de entrada, que revierte los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida, sino que necesita una nueva interpretación, lo que lo lleva de nuevo a su significado original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces entiende que cada palabra de Dios debe encarnarse hasta sus últimas consecuencias. La ley no debe abolirse, pero necesita una nueva interpretación que la reconduzca a su sentido original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces comprende que cada palabra de Dios debe estar encarnada hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene confines: se puede amar al propio cónyuge, al propio amigo y hasta al propio enemigo con una perspectiva completamente nueva. Dice Jesús: «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mateo 5, 44-45)


He aquí el gran secreto que está en la base de todo el discurso de la montaña: sed hijos del Padre vuestro que está en los cielos. Aparentemente estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ética tan exigente que parece impracticable, y, en cambio, descubrimos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no es alguien que se compromete a ser mejor que los demás: sabe que es pecador como todos. El cristiano sencillamente es el hombre que descansa frente al nuevo Arbusto Ardiente, a la revelación de un Dios que lo lleva el enigma de un nombre impronunciable, sino que pide a sus hijos que lo invoquen con el nombre de «Padre», que se dejen renovar por su poder y que reflejen un rayo de su bondad para este mundo tan sediento de bien, así en espera de buenas noticias.


He aquí, por lo tanto, cómo Jesús introduce la enseñanza de la oración del «Padre nuestro». Lo hace distanciándose de dos grupos de su tiempo. En primer lugar, los hipócritas: «No seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados, para ser vistos de los hombres» (Mateo 6, 5). Hay personas que pueden tejer oraciones ateas, sin Dios y lo hacen para ser admirados por los hombres. Y cuántas veces vemos el escándalo de aquellas personas que van a la iglesia y se quedan allí todo el día o van todos los días y luego viven odiando a los demás o hablando mal de la gente. ¡Esto es un escándalo! Mejor no ir a la Iglesia: vive así, como si fueras ateo. Pero si tú vas a la iglesia, vive como hijo de Dios, como hermano y da un verdadero testimonio, no un contratestimonio. La oración cristiana, en cambio, no tiene otro testigo máscreíble que la propia conciencia, donde se entrecruza, intenso, un diálogo continuo con el Padre: «Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu padre, que está allí en lo secreto» (Mateo 6, 6)».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 2 de enero de 2019.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo vivo el mensaje de las bienaventuranzas en mi vida cotidiana?

2. ¿Vivo realmente el espíritu de pobreza? ¿Cuáles son mis riquezas, ya que «dónde está mi tesoro ahí estará mi corazón» (ver Mt 6,21)?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716- 1724.


!GLORIA A DIOS!


No temas, desde ahora serás pescador de hombres

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee febrero Ee 2019 a las 23:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO V ORDINARIO


10 - 16 de febrero del 2019


“No temas, desde ahora serás pescador de hombres.”



Is 6, 1-2. 3-8: “Aquí estoy, envíame”


El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: el borde de su manto llenaba el templo. Y vi serafines de pie junto a él. Y se decían el uno al otro:

— «¡Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!»

Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije:

— «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos».

Y voló hacia mí uno de los serafines. Llevaba en la mano una brasa, que había tomado del altar con unas tenazas; tocó con ella mi boca y me dijo:

— «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado».

Entonces, escuché la voz del Señor, que decía:

— «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por mí?»

Contesté:

— «Aquí estoy, envíame».


Sal 137, 1-8: “Delante de los ángeles tocaré para ti, Señor”


Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tocaré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, aumentaste el valor en mi alma.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar las palabras de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


1Cor 15, 1-11: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy”


Les recuerdo, hermanos, el Evangelio que les proclamé y que ustedes aceptaron, en el que están fundados, y que los está salvando, si es que conservan el Evangelio que les proclamé; de lo contrario, habrán creído en vano.

Porque lo primero que yo les transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Pues bien; tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que ustedes han creído.


Lc 5, 1-11: “Dejándolo todo, lo siguieron”


En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando Él a orillas del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de la orilla. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

— «Rema mar adentro, y echen las redes para pescar».

Simón contestó:

— «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hun-dían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:

— «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador».

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

— «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguier


NOTA IMPORTANTE


La escena del Evangelio se desarrolla a orillas del lago de Genesaret, probablemente en las proximidades de Cafarnaúm, puesto que es allí donde residía Pedro y donde por lo mismo es de suponer que ejercía su oficio de pescador.


Se llamaba a este lago “de Genesaret” o también lago “de Tiberíades” por su proximidad a estas ciudades. Se le llamaba también “mar” de Galilea debido a sus amplias dimensiones: 21 kilómetros de norte a sur y 12 de este a oeste.


Una mañana el Señor Jesús va en busca de Pedro, que con sus compañeros se ha pasado la noche pescando. Ése era su oficio. El Señor y Pedro ya se conocían de antes. Andrés, su hermano, se lo había presentado cuando estaban en Judea. Andrés era discípulo del Bautista y un buen día se atrevió a seguir al Señor cuando Juan lo señaló como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Señor lo invitó junto con Juan a pasar una tarde inolvidable con Él, y de regreso buscaron a Pedro para compartirle su gran experiencia y descubrimiento: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1, 41). Cuando lo llevaron a conocer a Jesús Él le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» (Jn 1, 42). Es de suponer que Pedro, Andrés, Juan, Felipe y otros lo acompañaron luego a Caná, allí donde realizó su primer milagro, «manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2, 11). Por tanto, podemos suponer que Pedro era ya discípulo del Señor, aunque no de un modo muy comprometido.


Por ello, cuando el Señor se acerca aquella mañana a la orilla luego de que Pedro y sus compañeros han pasado toda la noche bregando infructuosamente, no tiene reparo en permitirle subir a su barca para predicar desde allí a la muchedumbre que había seguido al Señor. Tampoco tiene dificultad en obedecerle cuando el Señor, una vez culminada su predicación, se dirige a él para pedirle que reme mar adentro y eche nuevamente las redes. Llamándolo “Maestro”, hace lo que Jesús le dice a pesar de que su experiencia frustrante le dice que no hay pescado: «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».


Por su obediencia se produce una pesca inesperada y tan sobreabundante que reventaba la red. Al llegar a la orilla Simón Pedro no hace sino arrojarse a los pies de Jesús: el asombro se ha apoderado de él y de sus compañeros. El signo realizado por Jesús hace que de Maestro pase a llamarlo “Señor”, título que en el nuevo Testamento se emplea como reconocimiento de la divinidad de Jesucristo. Ante esta manifestación de la gloria del Señor Pedro le suplica que se aparte de él, puesto que él es un hombre impuro, pecador.


La experiencia de Pedro guarda una profunda semejanza con la del profeta Isaías, descrita en la primera lectura. En una visión Isaías se encuentra cara a cara con Dios, el Santo. Ante el Señor percibe con intensidad la realidad de su propio pecado, su impureza y su indignidad ante la elección divina: «¡Ay de mí, estoy perdido!», exclama Isaías. El temor se apodera de él. ¡La santidad de Dios denuncia su impureza, su pecado! ¿Cómo puede lo impuro mantenerse en la presencia del Santo? Mas Dios procede a retirar su culpa y purificar sus labios con una brasa ardiente. Si bien Isaías no es digno, Dios lo hace digno, lo purifica para que pueda responder al llamado y a la misión de hablar en su Nombre.


Tampoco Pedro se considera digno de estar en la presencia del Señor Jesús, de seguirlo. Pero el Señor Jesús no se detiene ante el pecado de Pedro. Él conoce bien de qué barro está hecho, conoce sus pecados, sus miserias y debilidades, sabe perfectamente que no es digno de Él, incluso sabe que lo va a negar y traicionar, pero su mirada va más allá de todo eso: el Señor Jesús mira su corazón, sabe que ha sido formado desde el seno materno para ser “pescador de hombres”, para ser apóstol de las naciones, para ser “Pedro”, la roca sobre la que va a construir su Iglesia, y teniendo todo ello en mente lo alienta a no tener miedo de mirar el horizonte y asumir la grandeza de su vocación y misión.


Vencidos sus temores por la confianza en el Señor, Pedro respondió con generosidad al llamado del Señor: dejándolo todo, lo siguió. Dejando su oficio depescadores y a sus padres lo siguieron también los demás apóstoles allí presentes. También Isaías, vencidos sus temores y obstáculos, mostró esa disponibilidad total para hacer lo que Dios le pedía: «Aquí estoy, envíame».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La respuesta que el Señor Jesús ofrece a Pedro parece no responder a su confesión y petición: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». No le dice el Señor: “tus pecados son perdonados”, como lo hará con otros, sino que le dice: «No temas».


¿Por qué le dice “no temas”, sino porque ve miedo en el corazón de Pedro? ¿Pero a qué le tiene miedo? ¿Es el temor que experimenta el hombre ante la santidad infinita de Dios? ¿O es el miedo a un seguimiento más radical? ¿Intuye acaso Pedro que el Señor “lo persigue” porque quiere pedirle una mayor entrega? ¿Es miedo a que el Señor le pida dejarlo todo por Él?


La respuesta del Señor, aquel “no tengas miedo”, busca infundir en él el coraje y la confianza necesarios para vencer ese miedo. Es como si le dijera: “¡Confía en Mí! ¡Yo he venido a mostrarte tu vocación profunda, el sentido de tu vida y tu misión en el mundo! ¡Yo estaré contigo para enseñarte y ayudarte a desplegar eso que tú estás llamado a ser: pescador de hombres! ¡No tengas miedo de responder a lo que yo te pida!”


Ese miedo que experimentó Pedro está también muy presente en nuestras vidas. El seguimiento del Señor causa temor: el temor de comprometerse hasta el fondo y de por vida con Él, el miedo de no saber por dónde nos puede llevar ese compromiso o cuánto nos va a exigir, el miedo de no ser yo quien controle mi propia vida según mis planes, el miedo enorme de dar ese “salto al vacío” que tantas veces exige la fe, de ese decirle al Señor, “aquí me tienes, hágase en mí según tu palabra”. ¡Cuántos siguen al Señor “de lejos”, y cuántos se echan atrás cuando el Señor les muestra un horizonte más grande, cuando los invita a renunciar a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, para lanzarse a la gran aventura de seguir lo que Dios les pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso, para cooperar con Él a cambiar el mundo, según su Evangelio!


También a nosotros el Señor, profundo conocedor del corazón humano, nos dice: “¡No tengas miedo! ¡No tengas miedo a la verdad sobre ti mismo, esa verdad que requiere que mires cara a cara y aceptes con humildad tu propia debilidad, tu miseria e incluso tus pecados más vergonzosos y terribles, pero verdad que va más allá de tu “soy pecador”! ¡No tengas miedo de descubrir en Mí tu propia grandezay dignidad, tu verdadera identidad, el sentido de tu vida, tu vocación y tu hermosa misión en el mundo!”


El Señor te alienta a no tener miedo de la verdad de ti mismo, pero de la verdad completa, íntegra, aquella que sólo Él puede revelarnos en toda su altura y profundidad, en toda su grandeza y plenitud. Y sí, descubrir la propia grandeza da miedo porque trae consigo una serie de exigencias, trae consigo la necesidad de responder a esa grandeza. Da miedo ser lo que uno está llamado a ser, da miedo quebrar todo límite mezquino, romper las barreras que uno mismo se ha impuesto por largo tiempo y despojarse de toda falsa seguridad para lanzarse a conquistar día a día, con entusiasmo y coraje, el horizonte de santidad y plenitud humana que el Señor Jesús nos propone a cada uno.


Ante el miedo que podemos experimentar se nos invita a confiar en Dios y lanzarnos hacia adelante para conquistar el horizonte que el Señor nos propone: el horizonte de la propia grandeza, el horizonte de ser también nosotros pescadores de hombres, según la vocación particular a la que el Señor te llame: el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. El miedo se resuelve en un profundo acto de confianza en Dios: «En la confianza estará vuestra fortaleza» (Is 30, 15). «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 40, 5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Acomodándose a las circunstancias de los hombres, así como llamó a los magos por medio de una estrella, llama ahora a los pescadores por medio del arte de pescar». San Juan Crisóstomo


«[Pedro] trayendo a la memoria todos los pecados que había cometido, tiembla y se estremece, como sucede generalmente que el que está manchado no cree que pueda ser aceptable delante del que está limpio». San Cirilo


«“…en adelante serás pescador de hombres”. Esto se refería a San Pedro de una manera especial, porque así como entonces cogía los peces por medio de sus redes, más adelante habría de coger a los hombres por medio de la palabra». San Beda


«Observa también la fe y la obediencia de los Apóstoles. Teniendo entre manos el trabajo de la apetecida pesca, no se detuvieron en cuanto oyeron la voz del Señor que les mandaba sino que, abandonadas todas las cosas, lo seguían. Una obedienciaigual exige Jesucristo de nosotros. Y debemos dejar todas las cosas cuando nos llama, aun cuando nos apremie algo muy necesario». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La vocación de María: por la gracia de Dios es lo que es.


490: Para ser la Madre del Salvador, María fue «dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante». El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como «llena de gracia» (Lc 1, 2) En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.


491: A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María «llena de gracia» por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX.


492: Esta «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción», le viene toda entera de Cristo: ella es «redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo». El Padre la ha «bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él la ha «elegido en Él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4).


La respuesta generosa de María


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 37-3). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.


CONCLUSION


«Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo lo siguieron»


Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 10 de febrero de 2019


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 5,1-11


Sin duda el mensaje de este quinto Domingo del tiempo ordinario es muy claro: la libre elección de Dios y la respuesta generosa del hombre. El profeta Isaías es elegido durante una acción litúrgica en el templo de Jerusalén: «Oí la voz del Señor que me decía: ¿A quién enviaré?» Isaías 6,1-2a.3-8. San Pedro, por su parte, percibe la elección divina después de haber obedecido al Maestro de «bregar mar adentro» y echar nuevamente las redes. «No temas – le dice Jesús a un Pedro que reconoce a su Señor- desde ahora serás pescador de hombres» (San Lucas 5,1-11). Finalmente, San Pablo evoca el llamado personal que Jesús resucitado le hace, camino de Damasco. A él, el que perseguía cristianos; «el menor de los apóstoles…pero por la gracia de Dios soy lo que soy» (Primera carta de San Pablo a los Corintios 15, 1-11).


Estremecimiento, asombro y temor reverencial


Destaquemos los elementos comunes de las tres lecturas bíblicas y veamos como el esquema vocacional en el llamado a los primeros apóstoles de Jesús, es habitual en la Biblia. La primera reacción ante el encuentro con Dios es el miedo y estremecimiento. La criatura ante una manifestación del Creador no puede sino experimentar su infinita limitación. El contraste mayor entre la criatura y el Creador es el contraste entre el pecado y la santidad. Por eso vemos a Simón Pedro que exclama: «Aléjate de mí, que soy un pecador». Sigue la palabra, dicha por Jesús, con la que el hombre es tranquilizado y habilitado para recibir la palabra de Dios: «No temas».


Igualmente, Isaías al contemplar la gloria de Dios exclama: «Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros» (Is 6,5). Sin embargo, es Dios quien escoge, llama, elige a su profeta. Es Dios quien le da los medios proporcionables y necesarios para que pueda cumplir su misión: «Yo he retirado la culpa de tus labios». Recordemos que Isaías, el gran profeta del siglo VIII a. C., fue un hombre influyente en la corte de los reyes de Judá. Su actividad profética coincide con los reyes Ozías, Jotán y Ezequías de Judá. Los cuarenta años de su ministerio profético estuvieron dominados por la constante amenaza del imperio asirio y la constante tentación de la infidelidad a la amorosa Voluntad de Dios.


Asimismo, San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, refiriéndose al encuentro con Jesús camino a Damasco no olvida nunca quien ha sido: «Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. Pues yo soy el último de losapóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 11, 8 – 9). Nuevamente vemos como la gracia (la fuerza) del Señor (semejante a lo que hemos visto del profeta Isaías) sale al encuentro y transforma completamente ese corazón.


Sabemos que Pablo nació en Tarso de Cilicia (Asia Menor). Tenía la ciudadanía romana, pero era de padres judíos. Al igual que su padre, se adhirió a la corriente farisea y fue a Jerusalén, con 15 años, para formarse a los pies del maestro Gamaliel. Cuando fue lapidado Esteban, Saulo era «joven» todavía (ver Hch 7,5) y se encaminaba a Damasco para perseguir a «los seguidores del Camino» y llevarlos presos a Jerusalén para matarlos (ver Hch 9,1ss).


La misión


Los llamados por Dios, que es quien siempre toma iniciativa, reciben siempre una misión concreta «No temas desde ahora serás pescador de hombres». Igualmente en la Primera Lectura, después que el serafín purifica los labios de Isaías, el Señor pregunta: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá de parte nuestra?». La respuesta ante el llamado del Señor es la disponibilidad total y el seguimiento incondicional: «Aquí estoy mándame». Pablo confiesa «la gracia del Señor, no se ha frustrado en mí». Él ha sido fiel a la misión de anunciar íntegro el Evangelio de Jesús. Pedro, Juan y Santiago; dejándolo todo también le siguieron. En las Sagradas Escrituras vemos cómo en el momento en que alguien es llamado por Dios tiene una experiencia marcante que transforma toda su vida. En este llamado inicial está contenido todo lo que será su misión. Ese núcleo, que se capta en el momento de la vocación, se despliega y se desarrolla durante toda su vida.


Serás pescador de hombres


Veamos ahora la vocación de Simón Pedro. Jesús se presenta a la orilla del lago de Genesaret, mientras la gente se agolpaba para escuchar la Palabra de Dios. Jesús entonces vio dos barcas cuyos tripulantes habían bajado a tierra y lavaban las redes. Una de ellas era la barca de Pedro. A ella subió Jesús y pidiéndo-le que la alejara un poco, desde ella enseñaba a la multitud. Cuando acabó de hablar, dice a Pedro: «Boga mar adentro y echa las redes para pescar». Pedro le responde: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y pescaron una gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazan con romperse. Llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.


Pedro comprendió que este resultado era un milagro y que había acontecido en virtud de la palabra de Jesús. Es la misma palabra que arroja endemoniados y cura enfermos. «Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: “¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen» (Lc 4,36). Más aún, había curado, poco antes, a la suegra de Simón Pedro (ver Lc 4, 38.39). Entonces lo invadió un temor reverencial y cayendo a los pies de Jesús exclamó: «Aléja¬te de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Lucas comen¬ta que el asombro se había apoderado de todos ellos. Estamos ante una teofanía , es decir, ante uno de esos momentos en que Jesús manifiesta su divinidad y así lo sintió Pedro.


Jesús al llamar a Pedro hace de esa pesca milagrosa un signo de lo que será la vida entera de Pedro: «Desde ahora serás pescador de hombres». Ya no será más pescador de peces, porque él deja atrás las redes, las barcas, el mar y todo, y sigue a Jesús. Lo que quiere decir Jesús es que en adelante Pedro deberá cambiar el objeto de sus preocupaciones y afanes: será pescador de hombres. Y ¿cómo ocurrirá esta nueva pesca? Esta nueva pesca deberá ser igual que aquella paradigmática: será igualmente abundante y, sobre todo, se producirá en virtud de la misma palabra. Para esta nueva pesca Pedro deberá siempre decir: «En tu palabra echaré las redes». Esta nueva pesca nunca deberá emprenderse confiando solamente en las propias fuerzas y en los propios medios humanos, pues en este nuevo género de pesca, si el hombre se fía de sus capacidades, al final el resultado será cero y deberá reconocer: «Hemos trabajado toda la noche (algunos deberán decir: toda la vida) sin pescar nada». Sin embargo, es el mismo Pablo que nos dice: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Para esta nueva pesca Jesús va siempre en la barca de Simón Pedro. Por eso cuando manda a los apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos -a pescar hombres-, les asegura: «Yo estaré con vosotros todos los días» (Mt 28,20).


Una palabra del Santo Padre:


El Pontífice, para su homilía, se inspiró en el Evangelio del día, el de Lucas (5, 1-11), donde se invita a Pedro a tirar las redes tras una noche de pesca infructuosa. «Es la primera vez que sucede eso, esa pesca milagrosa. Pero después de la resurrección habrá otra, con características semejantes», destacó. Y ante el gesto de Simón Pedro, que se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador», el Papa Francisco inició una meditación sobre cómo «Jesús encontraba a la gente y cómo la gente encontraba a Jesús».


Ante todo, Jesús iba por las calles, «la mayor parte de su tiempo lo pasaba por las calles, con la gente; luego, ya tarde, se retiraba solo para rezar». Así, pues, Él «iba al encuentro de la gente», la buscaba. Pero la gente, se preguntó el Papa, ¿cómo iba al encuentro de Jesús? Esencialmente, de «dos formas». Una es precisamente la que vemos en Pedro, y que es también la misma «que tenía el pueblo». El Evangelio, destacó el Pontífice, «usa la misma palabra para esta gente, para el pueblo, para los apóstoles, para Pedro»: o sea que ellos, al encontrarse con Jesús, «quedaron “asombrados”». Pedro, los apóstoles, el pueblo, manifiestan «este sentimiento de asombro» y dicen: «Pero este habla con autoridad».


Por otro lado, en los Evangelios se lee sobre «otro grupo que se encontraba con Jesús» pero que «no permitía que entrase el asombro en su corazón». Son los doctores de la Ley, quienes escuchaban a Jesús y hacían sus cálculos: «Es inteligente, es un hombre que dice cosas verdaderas, pero a nosotros no nos convienen esas cosas». En realidad, «tomaban distancia». Había también otros «que escuchaban a Jesús», y eran los «demonios», como se deduce del pasaje evangélico de la liturgia del miércoles 2, donde está escrito que Jesús «al imponer sus manos sobre cada uno los curaba, y de muchos salían también demonios, gritando: “Tu eres el Hijo de Dios”». Explicó el Papa: «Tanto los demonios como los doctores de la Ley o los malvados fariseos, no tenían capacidad de asombro, estaban encerrados en su suficiencia, en su soberbia».


En cambio, el pueblo y Pedro contaban con el asombro. «¿Cuál es la diferencia?», se preguntó el Papa Francisco. De hecho, explicó, Pedro «confiesa» lo que confiesan los demonios. «Cuando Jesús en Cesarea de Filipo pregunta: “¿Quién soy yo?”» y él responde «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Mesías», Pedro «hace su confesión, dice quién es Él». Y también los demonios hacen lo mismo, reconocen que Jesús es el Hijo de Dios. Pero Pedro añade «otra cosa que no dicen los demonios». Habla de sí mismo y dice: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Ni los fariseos ni los doctores de la Ley ni los demonios «pueden decir esto», no son capaces de hacerlo. «Los demonios —explicó el Papa Francisco— llegan a decir la verdad acerca de Él, pero acerca de ellos mismos no dicen nada», porque «la soberbia es tan grande que les impide decirlo».


También los doctores de la Ley reconocen: «Este es inteligente, es un rabino capaz, hace milagros». Pero no son capaces de añadir: «Nosotros somos soberbios, no somos suficientes, somos pecadores».


He aquí, entonces, la enseñanza válida para cada uno: «La incapacidad de reconocernos pecadores nos aleja de la verdadera confesión de Jesucristo». Precisamente esta «es la diferencia». Lo da a entender Jesús mismo «en esa hermosa parábola del publicano y el fariseo en el templo», donde se encuentra «la soberbia del fariseo ante el altar». El hombre habla de sí mismo, pero nunca dice: «Yo soy pecador, me he equivocado». Frente a él se contrapone «la humildad del publicano que no se atreve a levantar los ojos», y sólo dice: «Piedad, Señor, soy pecador». Y es precisamente «esta capacidad de decir que somos pecadores» la que nos abre «al asombro del encuentro de Jesús, el verdadero encuentro».


Papa Francisco. Misa en la capilla Domus Marthae. Jueves 3 de septiembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Cómo vivo mi vocación cristiana? ¿Me descubro llamado por Jesús? ¿Sé cuál es mi misión en el mundo? ¿Hago lo necesario para descubrirla?

2. Es necesario como católico rezar siempre por las vocaciones para la vida consagrada. ¿Rezo por ellas?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 294. 1533, 1962, 2566- 2567


!GLORIA A DIOS!


Ningún profeta es bien recibido en su patria

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee febrero Ee 2019 a las 20:05 Comments comentarios (0)

DICIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO IV ORDINARIO


03 - 09 de febrero del 2019


“Ningún profeta es bien recibido en su patria”




Jer 1,4-5.17-19: “Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo”


En tiempos del rey Josías, recibí esta palabra del Señor:

«Antes de formarte en el vientre materno, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de las naciones.

Y tú, ármate de valor, ponte de pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te haré temblar ante ellos. Mira; yo te convierto hoy en ciudad fortificada, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo.

Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte».

Sal 70,1-6.15.17: “Mi boca contará tu salvación, Señor”

A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina tu oído, y sálvame.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa.

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.


1Cor 12,31-13,13: “Si no tengo amor, no soy nada”


Hermanos:

Ambicionen los carismas mejores. Y aún les voy a mostrar un camino más excelente.

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.

Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada.

Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es grosero ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.

Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca.

¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará.

Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.

Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce.

En una palabra, quedan tres cosas: la fe, la esperanza, el amor, pero la más grande de todas es el amor.


Lc 4,21-30: “Lo llevaron a un barranco con intención de despeñarlo”


En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:

— «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían:

— «¿No es éste el hijo de José?»

Y Jesús les dijo:

— «Sin duda me recitarán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».

Y añadió:

— «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Les garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando no hubo lluvia del cielo tres años y seis meses, y el hambre azotó a todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y

muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo sacaron fuera del pueblo y lo llevaron a un barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad con intención de despeñarlo.

Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.


NOTA IMPORTANTE


El Domingo pasado escuchábamos cómo Jesús, como era su costumbre, acudió a la sinagoga de Nazaret un sábado. Como bien sabemos, Nazaret era el pueblo en el que el Señor se había criado. ¿Cuántas veces habría asistido a esta misma sinagoga a lo largo de su vida, desde que era un niño? En esta ocasión, sin embargo, había una diferencia fundamental: luego de acudir a Judea, para ser bautizado por Juan, luego de pasar cuarenta días en el desierto y vencer las tentaciones del diablo, el Señor «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan» (Lc 4, 14). Con esta fuerza del Espíritu con que ha iniciado su ministerio público y con esta fama que va creciendo y se va extendiendo, el Señor vuelve nuevamente a Nazaret y acude aquel sábado a la sinagoga.

Con la venia del jefe de la sinagoga se levantó para hacer la lectura y el comentario público del texto sagrado ante la asamblea reunida. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y lo desenrolló, hallando la profecía que hablaba del futuro Mesías. Entonces, teniendo todos los ojos fijos en Él, declaró con solemnidad en su comentario: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). De este modo afirmaba que la profecía tenía su cumplimiento en Él. El Mesías anunciado y prometido por Dios a su pueblo, el Ungido con la fuerza del Espíritu, estaba ya con ellos: era Jesús de Nazaret.


Sus palabras llenas de gracia y sabiduría causaron en un primer momento una gran admiración entre sus oyentes. La primera reacción era favorable y positiva. Una consideración inmediata, sin embargo, los hizo cambiar de actitud: pero, «¿no es éste el hijo de José?». ¿Cómo era posible que alguien que había vivido entre ellos desde pequeño y nunca se había distinguido especialmente entre sus paisanos pudiese de pronto alzarse entre ellos y afirmar solemnemente que Él es el Mesías enviado por Dios? Surgió la desconfianza entre ellos, y la incredulidad dio paso a la dureza de corazón. No estaban dispuestos a aceptar tan fácilmente que Él fuese el Mesías enviado por Dios mientras no fuesen ellos mismos testigos de los signosy señales con los que —según la fama que ya para entonces lo precedía— ya se había manifestado en otros pueblos vecinos de Galilea. Ni sus palabras llenas de sabiduría ni tampoco los testimonios que había escuchado sobre Él eran suficientes. Ellos necesitaban ver por sí mismos una alguna señal inequívoca.


El Señor no hace lo que le piden, no hace milagros para que le crean, sino que espera que crean en Él para hacer milagros. La fe no debe brotar de los milagros, sino que antecede a los milagros. La fe es creer en el Señor Jesús por ser quien es y porque Él es de fiar. Así, pues, lejos de ceder a sus exigencias les echa en cara su dureza de corazón. Su prédica se torna entonces hostil e insoportable a sus oídos, de modo que en vez de convertirse de su incredulidad «se pusieron furiosos» y movidos por la ira lo sacaron fuera del pueblo con intención de despeñarlo por un barranco.


Resulta curioso cómo el Señor Jesús se libera tan fácilmente de la turba virulenta que ya estaba a punto de arrojarlo por el precipicio: «pasando en medio de ellos, continuó su camino». ¿Cómo lo hizo? ¿No es acaso un milagro liberarse tan tranquilamente de una multitud enardecida? El Señor tiene el dominio absoluto sobre la situación. El mensaje parece claro: nadie tiene poder alguno para hacerle daño o para quitarle la vida si Él mismo no lo permite (ver Jn 10, 17-1). Y su hora no ha llegado aún.


En la vida del Señor Jesús se realiza también el destino de todos los profetas auténticos: ser bandera discutida, signo de contradicción. Todo profeta enviado por Dios está llamado a denunciar el mal para enderezar los senderos torcidos, por ello su prédica no puede esperar la adhesión entusiasta de las masas y multitudes. Muchos dirán acaso “qué bien habla”, pero cuando sus palabras como espada de doble filo penetren hasta las coyundas de su ser y denuncien sus tinieblas, invitándolos a abandonar las sendas torcidas y convertirse de su mala conducta para caminar a la luz de los designios divinos, lejos de escucharlo con humildad y cambiar de vida buscarán quitar de en medio a quien denuncia su maldad: «Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible… Condenémosle a una muerte afrentosa» (Sab 2, 14.20).


El Señor sabe bien que «ningún profeta es bien recibido en su tierra». La tarea del profeta no es fácil. Al mensajero divino que es fiel a su misión no le espera una multitudinaria acogida, fama, aplausos, reconocimiento de las multitudes o de los poderosos. Un profeta encontrará resistencia y oposición a veces muy dura, y la oposición más fuerte parece ser de los de su propia casa, es decir, de aquellos que viven con él y “ya lo conocen”.


Uno de aquellos profetas terriblemente maltratado por los jefes de su pueblo fue Jeremías (Primera lectura). Ante su llamado, experimenta miedo, temor profundo. Sabe o intuye que será rechazado. No resulta fácil aceptar la misión de ser profeta, pues implica tener que asumir la incomodidad de tener que denunciar el mal, de enfrentar la dureza de corazón de tantos, los fracasos en el anuncio, la oposición, la persecución y hasta muerte violenta. Ante esa perspectiva, ¿cómo no comprender el miedo que surge en el corazón del profeta? Dios comprende los temores que experimenta el joven Jeremías, por eso lo alienta y le promete asistirlo, fortalecerlo, hacerlo fuerte a la hora de proclamar todo lo que Él le mande: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Si el Señor Jesús encontró oposición, ¿no la encontraré yo también cuando anuncie al Señor y su Evangelio? Si Él fue rechazado por algunos, calumniado y perseguido, ¿no lo seré yo también como discípulo suyo? Sí, también yo, si vivo como discípulo suyo, si asumo la misión de anunciar su Evangelio, experimentaré en no pocas ocasiones la oposición y el rechazo de muchos. El Señor lo ha advertido: «El discípulo no es más que su Maestro» (Mt 10, 24).


La conciencia de esta oposición que encontraremos no sólo en el mundo, sino incluso a veces entre nuestros propios familiares o amigos, no debe llevarnos a acobardarnos, desistiendo en el empeño de llevar una vida cristiana coherente y desistiendo de anunciar el Evangelio. Más allá de la resistencia de quienes se aferran a sus propias expectativas sobre nosotros, o a sus propios criterios errados o ideologías, o incluso a sus propios vicios y pecados, muchos están esperando que les anunciemos el Evangelio como testigos veraces y valientes del Señor, para decidirse también ellos a seguirlo y emprender así el Camino que conduce a la Vida plena.


El Señor Jesús sabe bien de las dificultades que encontraremos en el camino y por eso Él mismo nos alienta en todo momento: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27), «en el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y como a su profeta Dios nos dice también a nosotros: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1, 19). Así pues, si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? (ver Rom 8, 31). ¡Qué importante es confiar en Dios en los momentos de prueba, y mantenernos siempre fieles al Señor!


Cuando confiados en el Señor vencemos nuestros miedos e inseguridades y nos lanzamos a anunciar el Evangelio dando testimonio de nuestra fe, descubrimos que verdaderamente Dios está con nosotros (ver Jer 1, 17-19), que Él nos da la fuerza necesaria para el anuncio y que incluso Él mismo pone en nuestra boca las palabras adecuadas cuando no sabemos qué decir: «el Espíritu de vuestro Padre [es] el que hablará en ustedes» (Mt 10, 20)


Como cristianos que somos no podemos quedarnos callados, no podemos escondernos ni acobardarnos, no podemos renunciar a la misión que Él nos ha confiado a todos de anunciar el Evangelio. No podemos defraudar al Señor por miedo al “qué dirán”, por evitar el conflicto o la incomodidad, por respetar lo “políticamente correcto”, por juzgar que “yo no soy capaz”, por ceder a la cobardía o al “complejo” de ser y mostrarme creyente. A los discípulos de Cristo se nos pide hoy dar razón de nuestra fe, hablar venciendo nuestros temores e inseguridades, dar testimonio valiente del Señor y defender a la Iglesia nuestra Madre con pasión.


Así pues, alentado por el Señor, no temas dar razón de tu fe. Y si sucede que alguna vez te quedas callado porque careces del conocimiento debido y no sabes qué responder, investiga luego, pregunta, infórmate mejor, para que la próxima vez que te encuentres en una situación similar no te falte el conocimiento necesario para defender la fe y anunciar al Señor y su Evangelio.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Que Cristo es llamado profeta en las Escrituras, lo atestigua Moisés, cuando dice: “Dios os suscitará un profeta de entre vuestros hermanos” (Dt 18, 15)». San Beda


«El Señor, pues (que había enseñado a los apóstoles con su ejemplo cómo debe tratarse a los demás), ni rechaza a los que quieren estar con Él, ni obliga a los que no quieren; ni hace oposición a los que le arrojan, ni desoye a los que le piden. Y no es pequeña la envidia que se levanta, cuando olvidándose todos de la caridad del Salvador, convierten los motivos de gratitud en odios acerbos». San Ambrosio


«Entiéndase también que no sufrió la pasión de su cuerpo por necesidad, sino voluntariamente. Porque cuando quiere, es prendido; y cuando quiere, se escapa». San Ambrosio


«No había venido aún la hora de su Pasión, que debía tener lugar durante la preparación de la Pascua; tampoco se encontraba en el lugar en donde debía suceder la Pasión, el cual no se figuraba en Nazaret, sino en Jerusalén, con la sangre de las víctimas; ni tampoco había elegido esta clase de muerte, puesto que todos los siglos anunciaban que sería crucificado». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los Misterios de la vida oculta de Jesús


531: Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la ley de Dios, vida en la comunidad. De todo este período se nos dice que Jesús estaba «sometido» a sus padres y que «progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2, 51-52).


Cristo es el Ungido


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión quehabían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


«Ningún profeta es bien recibido en su patria»


64: Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres, y que será grabada en los corazones. Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades, una salvación que incluirá a todas las naciones.


65: «De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Heb 1,1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre.


530: La Huida a Egipto y la matanza de los inocentes manifiestan la oposición de las tinieblas a la luz: «Vino a su Casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución. Los suyos la comparten con Él (ver Jn 15, 20). Su vuelta de Egipto recuerda el éxodo y presenta a Jesús como el liberador definitivo.


CONCLUSION


«Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó»


Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de febrero de 2019 «Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó»


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 4, 21-30


Este Domingo, «Dies Domini», las lecturas nos van a ayudar a meditar en algo que es fundamental para todo ser humano: ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Para qué he sido creado? ¿Cuál es mi misión en este pasajero mundo? Jeremías ( Jeremías1, 4-5.17-19), Pablo y el Señor Jesús nos van a mostrar, cada uno, la misión a la cual Dios nos ha convocado. Tres hombres con una única misión. El centro es sin duda Jesucristo, plenitud de la revelación. Nuestro Señor Jesús es el enviado del Padre para traernos la reconciliación a todos los hombres, sin distinción alguna entre judíos y gentiles (San Lucas 4, 21-30).


La misión profética de Jesús está prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante el primer cuarto del siglo VI a.C., de cuya vocación y misión, en tiempos de la reforma religiosa del rey Josías y luego durante el asedio y la caída de Jerusalén, trata la Primera Lectura. Pablo, antes Saulo de Tarso, lleva adelante la enorme misión evangelizadora dada a los apóstoles directamente por Jesús, compartiéndonos en esta bella lectura, lo único que debe de alimentar el corazón del hombre: el amor (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 31-13,13).


«Antes de formarte…antes que salieras del seno…te consagré»


La vocación de Jeremías nos ayuda a entender el maravilloso designio de Dios para cada uno de nosotros. Como la mayoría de las narraciones vocacionales, subraya la irrupción de Dios en la vida del hombre como algo inesperado y diferente. La palabra indica el carácter personal de esa comunicación divina; el imperativo expresa la experiencia del impulso irresistible; la objeción no es mero desahogo, sino que recoge las dificultades reales de la llamada y supone su libertad de aceptación; el signo externo, finalmente, equivale a las credenciales del enviado. Saber qué es lo que Dios quiere de mí debe ser una constante experiencia vital, pero aquí vemos ese primer momento crucial donde la persona toma conciencia de su propia dignidad y por lo tanto, de su llamado personal.


La misión de arrancar y arrasar, edificar y plantar (ver Jr 18,7; 31,28; 24,6; 31,40; 42,10 y 45,4), resume admirablemente las dos dimensiones fundamentales de la misión profética de Jeremías y, por qué no decirlo, de todo cristiano: denuncia del pecado y el error; anuncio de la salvación y la reconciliación de Dios. La misión recibida obliga al profeta a estar preparado interna y externamente. Deberá hacer acopio de fortaleza para soportar los obstáculos y enemigos; comenzando por su propia fragilidad personal. Dios sale al encuentro y le dice que no tema porque «yo estoy contigo para salvarte».

«La mayor de todas es la caridad»

La Segunda Lectura es sin duda, una de las páginas más bellas de toda la Sagrada Escritura. Alguien ha llamado a esta singular página paulina el Cantar de los Cantares de la Nueva Alianza. También se la conoce habitualmente con el título de«himno al amor» o «himno a la caridad»; no tanto por el ritmo poético, que no es evidente, cuanto por el bello contenido. Este himno no está desvinculado del contexto inmediato, pues, aunque su mensaje es eterno, cada línea, cada afirmación está orientada a iluminar a los corintios sobre el tema de los carismas.


Todo el mensaje se despliega en tres magníficas estrofas. Ante todo sin amor hasta las mejores cosas se reducen a la nada (1 Cor 13,1-3). Ni los carismas más apreciados, ni el conocimiento más sublime, ni la fe más acendrada, ni la limosna más generosa, valen algo desconectados del amor. Sólo el amor, el verdadero amor cristiano hace que tengan valor todas las realidades y comportamientos del creyente. En un segundo párrafo nos dice que el amor es el manantial de todos los bienes (1 Cor 13,4-7). En esta estrofa enumera san Pablo quince características o cualidades del verdadero amor al que presenta literariamente personificado de manera semejante a como se personifica a la sabiduría en los pasajes del Antiguo Testamento citados más arriba. Siete de estas cualidades se formulan positivamente y otras ocho de forma negativa. Y se trata de cosas sencillas y cotidianas para que nadie piense que el amor es cosa de «sabios y entendidos». Pero al mismo tiempo se insinúa que ser fieles a este amor supone un comportamiento heroico, porque el común de los hombres, los corintios en concreto, actúan justamente al revés.


Finalmente el amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente ya que por él participamos de la misma vida divina (1 Cor 13,8-13). El amor del que aquí habla San Pablo no es el amor egoísta y autosuficiente. Es el amor cristiano (ágape) que se dirige conjuntamente a Dios y a nuestros hermanos, y que ha sido derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones (ver Rom 5,5); es, en fin, un amor sin límites como el que nos ha mostrado Jesús al entregarse por cada uno de nosotros.


Nos ha dicho Benedicto XVI en Deus Caritas est: «Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un “mandamiento” externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es “divino” porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “ todo para todos” (cf. 1 Co 15, 2)» .


«¿No es éste el hijo de José?»


Cualquier persona que lea con atención el Evangelio de hoy puede percibir que se produce un cambio brusco en la multitud que escuchaba a Jesús. Después del discurso inaugural en que Jesús, explicando la profecía mesiánica de Isaías, la apropia a su persona (como se comentaba el Domingo pasado), el Evangelio observa: «Todos en la sinagoga daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca». En términos modernos se podría decir que Jesús gozaba de gran popularidad. Pero al final de la lectura la situación es exactamente la contraria ya que querían arrojarlo por despeñadero. ¿Qué pasó? ¿Por qué se produjo este cambio en el público? Lo que media entre ambas reacciones no es suficiente para explicar un cambio tan radical.


Cuando Jesús concluyó sus palabras, ganándose la admiración y el entusiasmo de todos, a alguien se le ocurrió poner en duda su credibilidad recordando la humildad de su origen. Recordemos que esto ocurría en Nazaret donde Jesús se había criado. No pueden creer que alguien a quien conocen desde pequeño pueda haberse destacado así, y se preguntan: «¿De dónde le viene esto? ¿Qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?… ¿No es éste el carpintero, el hijo de María…?» (Mc 6,2-3). La envidia, esta pasión humana tan antigua, entra en juego y los ciega, impidiéndoles admitir la realidad de Jesús. Esto da pie para que Jesús diga la famosa sentencia: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». Y les cita dos episodios de la historia sagrada en que Dios despliega su poder salvador sobre dos extranjeros. Cuando un predicador goza de prestigio y aceptación puede decir a sus oyentes esto y mucho más sin provocar por eso su ira. Es que aquí hay algo más profundo; aquí está teniendo cumplimiento lo que todos los evangelistas registran perplejos: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Estamos ante el misterio de la iniquidad humana: aquél que era «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14) iba a ser rechazado por los hombres hasta el punto de someterlo a la muerte más ignominiosa. Pero, aunque «nadie es profeta en su tierra» y la autoridad de Jesús era contestada, aunque fue sacado de la sinagoga y de la ciudad a empujones con intención de despeñarlo, sin embargo, Jesús mantiene su majestad, y queda dueño de la situación.


El pueblo de Israel, que había esperado y anhelado la venida del Mesías durante siglos y generaciones, cuando el Mesías vino, no lo reconocieron. Es que tenían otra idea de lo que debía ser el Mesías y no fueron capaces de convertirse a la idea del Mesías que tenía Dios. Un Mesías pobre que no tiene dónde reclinar su cabeza, que anuncia la Buena Noticia a los pobres y los declara «bienaventurados», que come con los publicanos y pecadores y los llama a conversión, esto no cuadraba con la idea del Mesías que se había formado Israel. La aceptación de Jesús como el Salvador, exigía un cambio radical de mentalidad; para decirlo breve, exigía unacto de profunda fe. Y este Evangelio se sigue repitiendo hoy, porque también hoy Jesús, por medio de su Iglesia, sigue diciendo las mismas cosas que provocaron el rechazo de sus contemporáneos. Y esas cosas provocan el rechazo también de muchos hombres y mujeres de hoy. También hoy es necesario un acto de confianza para aceptar a Jesús; estamos hablando del verdadero Jesús, es decir, del Jesús que no se encuentra sino en su Iglesia. Porque también hoy hay muchos que se han hecho una idea propia de Jesús, una idea de Jesús que les es simpática y que no los incomoda de ninguna manera, porque no les exige nada.


Una palabra del Santo Padre:


Dice el Papa Francisco: «transmitir la fe no es dar informaciones, sino fundar un corazón, fundar un corazón en la fe en Jesucristo». Por esa razón, «transmitir la fe no se puede hacer mecánicamente» diciendo: «toma este libro, estúdialo y después te bautizo». No, insistió Francisco, «es otro el camino para transmitir la fe: es transmitir lo que nosotros hemos recibido».


Y precisamente «este es el desafío de un cristiano: ser fecundo en la transmisión de la fe» afirmó el Papa. Pero es «también el desafío de la Iglesia: ser madre fecunda, dar a luz a los hijos en la fe» añadió, explicando que «esta no es una exageración: lo decimos en la ceremonia del bautismo». Por lo tanto, he aquí «la Iglesia que “da a luz”, que es “madre”». Y en esta perspectiva Francisco sugirió «dos pistas de la transmisión de la fe».


«La Iglesia es madre si transmite la fe en el amor, siempre con aire de amor» dijo el Pontífice, recordando que «no se puede transmitir la fe sin este aire materno». Tanto que «alguno ha escrito elegantemente» que «la fe no se da, se da a luz». Y precisamente «la Iglesia quien da a luz en nosotros la fe: es decir, la transmisión de la fe siempre se da en el aire del amor, de la madre Iglesia, se da en casa».


El mismo san Pablo, continuó el Papa, «recuerda a Timoteo, hermoso ese pasaje, “yo recuerdo la fe de tu madre y de tu abuela”». Por lo tanto, explicó Francisco, «es la fe lo que se transmite de generación en generación, como un don». Pero siempre «en el amor, en el amor de la familia: allí se transmite la fe, no solo con palabras, sino con amor, con caricias, con ternura».


El Pontífice nuevamente propuso también, a este respecto, el episodio que se cuenta en el libro de los Macabeos, «cuando aquella mujer daba fuerza a los siete hijos frente al martirio: en el texto se dice dos veces que esa mujer hablaba a los hijos en lengua materna, hablaba en lengua, les daba fuerza en la fe pero en lengua materna». Porque «la verdadera fe se transmite siempre en dialecto: eldialecto del amor, de la familia, de la casa, lo que se entiende en el aire». Y «tal vez la lengua es la misma, pero hay algo de dialecto allí y allí se transmite la fe “maternalmente”».


Sustancialmente, explicó el Papa, si la «primera actitud para la transmisión de la fe es el amor, otra actitud es el testimonio». En realidad, afirmó, «transmitir la fe no es hacer proselitismo: es otra cosa, es más grande incluso». Cierto, continuó, «no es buscar gente que apoye a este equipo de fútbol, a este club, este centro cultural: eso está bien, pero para la fe no funciona el proselitismo». Y «bien lo ha dicho Benedicto XVI: “La Iglesia crece no por proselitismo sino por atracción”». De hecho, dijo Francisco, «la fe se transmite, pero por atracción, es decir, por testimonio». Y, añadió, «hoy celebramos la fiesta de dos apóstoles, Felipe y Santiago, que dieron la vida, transmitieron la fe con testimonio». Testimoniar la fe, por lo tanto.


Papa Francisco. Misa en la Capilla Sanctae Marthae. Jueves 3 de mayo de 2018.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. ¿Nos asusta el predicar la Palabra? ¿Nos asusta denunciar el error y callarnos ante situaciones que sabemos no son correctas? Pidamos a Dios el don del coraje y seamos fieles a la verdad. Solamente la verdad nos hará libres.

2. Todos estamos llamados a conocer lo que Dios quiere de nosotros de manera particular. Veamos a María y recemos para que ella nos ayude a estar abiertos al amoroso Plan de Dios en nuestras vidas.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 494. 781. 897-913.


!GLORIA A DIOS!


Hagan lo que El les diga

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee enero Ee 2019 a las 23:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO II ORDINARIO


20 - 26 de Enero del 2019




“Hagan lo que Él les diga”


Is 62, 1-5: “Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria”

Por amor a Sión no callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que su justicia resplandezca como luz, y su salvación brille como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona preciosa en la mano del Señor y anillo real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.


Sal 95, 1-3.7-10: “Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones”


Canten al Señor un cántico nuevo, cante al Señor, toda la tierra; canten al Señor, bendigan su nombre.

Proclamen día tras día su victoria, cuenten a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Familias de los pueblos, aclamen al Señor, aclamen la gloria y el poder del Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor.

Póstrense ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Digan a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente».


1Cor 12, 4-11: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común”


Hermanos:

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Y así, uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu.

Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar. A éste le ha concedido hacer milagros, a aquél profetizar.

A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.

El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.


Jn 2,1-11: “En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos


En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:

— «No les queda vino».

Jesús le contestó:

— «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dijo a los sirvientes:

— «Hagan lo que Él les diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo:

— «Llenen las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó:

— «Saquen ahora un poco y llévenselo al mayordomo». Así lo hicieron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (sólo lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:

— «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él.


NOTA IMPORTANTE


El episodio relatado en el pasaje del evangelio de este Domingo se sitúa al inicio de la actividad pública del Señor. Se inicia así el llamado “tiempo ordinario”, en el que Domingo a Domingo se va avanzando ordenadamente (de allí el término “ordinario”   en la lectura del Evangelio con el fin de proponer a la meditación de los fieles las enseñanzas y obras del Señor Jesús desde el inicio hasta el final de su vida pública. Aunque este año se leerá el Evangelio según San Lucas, el pasaje de este Domingo esta tomado del Evangelio de San Juan, único que narra el episodio de las bodas de Caná.


El Bautismo del Señor marca el inicio de su ministerio público. Al ser bautizado por Juan en el Jordán el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma y se oye la voz del Padre presentándolo ante el pueblo de Israel como “el Hijo predilecto”, a quien hay que escuchar (ver Mt 3, 13-17). «Es la manifestación(“Epifanía”;)de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 535).


Al día siguiente, cuenta Juan en su Evangelio, el Señor atrae a sus primeros discípulos cuando el Bautista lo señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Andrés y probablemente el mismo Juan, hasta entonces discípulos del Bautista, son los primeros en seguirlo. Luego se unen al grupo Simón Pedro, Felipe y Natanael, con quienes el Señor se dirige a Caná de Galilea, distante aproximadamente unos 110 km de la parte baja del Jordán, donde se encontraba predicando y bautizando Juan.


En Caná el Señor y sus primeros discípulos asisten a una boda. Observa el evangelista que «estaba allí la madre de Jesús». Es por intercesión suya que el Señor obrará allí su primer milagro o “signo”, como llama San Juan a los milagros obrados por el Señor. La conclusión del Evangelista es muy importante: «Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él».


Las bodas en Israel y en Oriente se iniciaban al oscurecer el día. Se conducía a la novia a la casa del esposo, acompañada de un cortejo de jóvenes doncellas, familiares y amigos. A ellos se sumarían seguramente los vecinos de los villorrios, pudiendo la fiesta prolongarse hasta por una semana. No todos los invitados estaban presentes desde el inicio, iban llegando con el paso de los días, desfilando por la casa y gozando de la hospitalidad y alegría de los nuevos esposos y sus familias.

El vino en la boda era un elemento esencial. “Donde no hay vino, no hay alegría”, refiere el Talmud. En la Escritura la felicidad prometida por Dios se expresaba no pocas veces bajo la forma de la abundancia de vino. El vino era signo de prosperidad debido a las bendiciones de Dios. Por tanto, podía tomarse como un mal signo el que en la celebración de una boda llegase a faltar el vino.


Esto es lo que sucede en la celebración de la boda que se llevaba a cabo en Caná: el vino se ha acabado. María, atenta, se percata de esta ausencia y pronta acude a quien sabe que puede remediar tal situación. «No les queda vino», le dice a su Hijo, insinuándole a que haga un milagro. La respuesta de Jesús puede parecer hostil, y puede tomarse como un rechazo: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». María, en cambio, sabe comprender lo que nosotros no y le dice a los sirvientes: «hagan lo que Él les diga». Entonces, por intercesión de María y por laobediencia y cooperación de algunos siervos, el Señor realiza su primer milagro: la transformación del agua en vino.


La cantidad de vino producido por aquel milagro es más que abundante. Una tinaja de piedra contenía entre 80 y 120 litros. Siendo seis las tinajas que le trajeron, sumaban unos 600 litros en total. ¿Por qué tanto vino, y mejor al anterior? El vino superior y abundante quería ser una señal de la sobreabundancia de las bendiciones divinas que Dios ofrece a su pueblo en el tiempo mesiánico inaugurado ya por su Hijo.


Esta sobreabundancia está íntimamente vinculada a “la hora de Jesús”, que según el Evangelio de Juan, es la hora de su pasión y glorificación en la Cruz (ver Jn 12, 23; 13, 1; Catecismo de la Iglesia Católica, 730), la hora en que llevará a término la obra de la reconciliación de la humanidad. Ese es precisamente el segundo momento en que aparece nuevamente, en el Evangelio de Juan, la Madre de Jesús: «Junto a la Cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19, 25). La respuesta del Señor a su Madre, «todavía no ha llegado mi hora», permite intuir que Él quiso darle al episodio de Caná un significado simbólico de lo que realizaría al llegar “su hora”: en la transformación del agua en vino anuncia el paso de la antigua Alianza a la Nueva. En Caná el agua de las tinajas, destinada a la purificación de los judíos y al cumplimiento de las prescripciones legales (ver Mc 7, 1-15), se transforma en el vino nuevo del banquete nupcial, símbolo de la unión definitiva entre Dios y la humanidad.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Santa María, que percibe la falta de vino en una boda en Caná, ve también lo que nos hace falta en nuestras vidas, sabe de las virtudes que necesitamos para asemejarnos cada vez más a su Hijo, el Señor Jesús: más fe, más caridad, más esperanza, más paciencia, más alegría, más pureza, más humildad. Ayer como hoy, Ella intercede también ante su Hijo para que transforme el agua de nuestra insuficiencia o mediocridad en el “vino nuevo” de una vida santa, plena de caridad, rebosante de alegría.


Al aspirar a conformarnos con el Señor Jesús, el Hijo de Santa María, hemos de tener muy presente que sólo Él puede ayudarnos a cambiar nuestros vicios por virtudes. Así como Jesús transformó el agua en vino, Él puede también transformar nuestros corazones endurecidos por nuestros pecados y opciones contra Dios en corazones “de carne”, capaces de amar como Él nos ha amado (ver Ez 36, 26-27).


Para que se dé esta transformación interior en nuestras vidas Santa María intercede incesantemente por cada uno de nosotros, sus hijos e hijas, ante el Señor, al tiempo que nos urge a nosotros: «¡hagan lo que Él les diga!» (Jn 2, 5). Si bien el Señor realiza el milagro de la transformación del agua en vino gracias a la intercesión de su Madre, lo hace también en la medida en que los siervos cooperan haciendo lo que Él les indica, obedeciendo a su palabra. Del mismo modo, el Señor obrará nuestra conversión y santificación sólo en la medida en que prestemos nuestra decidida cooperación desde el recto ejercicio de nuestra propia libertad. Si cooperamos con el Señor cada día, obedeciéndole, procurando poner por obra lo que Él nos dice, Él realizará en nosotros por el don de su Espíritu el milagro de nuestra progresiva santificación, hasta que podamos también nosotros afirmar como el Apóstol Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).


¿Pero cómo me habla el Señor, de modo que pueda “hacer lo que Él me diga”, cada vez que descubra que me “falta el vino” de alguna virtud? Cuando te falte fe, escucha al Señor que te dice: «No se turbe tu corazón. Crees en Dios: cree también en mí» (Jn 14, 1); si te falta la esperanza y resistencia en las tribulaciones, Él te dice: «¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33); si te falta caridad: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12); si te falta la humildad, y pretendes dar frutos de santidad por ti mismo, Él te dice: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5); si te falta paciencia: «aprende de mí que soy manso y humilde de corazón»; si te falta capacidad de perdón y consientes resentimientos, rencores, deseos de venganza, Él te dice: perdona «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22); si te falta generosidad, te dice: «A todo el que te pida, da» (Lc 6, 30); si te falta la perseverancia en la oración, Él te dice: «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1). Ante todo lo que nos hace falta, acudamos al Señor y escuchemos reverentes aquellas enseñanzas a las que María nos invita a adherirnos de mente, corazón y acción: «¡hagan lo que Él les diga!»


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se dignó el Señor venir a las bodas (según está escrito), para confirmar la fe de los que creen bien». San Beda

«No carece de misterio, cuando se dice que las bodas se celebraron en el tercer día. Aparece el primer tiempo del mundo, antes de la Ley, por el ejemplo de los Patriarcas. El segundo, bajo el dominio de la Ley, por medio de los escritos de losprofetas. Y el tercer tiempo de la gracia brilló (como la luz del tercer día) por las predicaciones de los evangelistas, y en el cual fue cuando el Señor apareció vestido de nuestra carne. Además, como se dice que estas bodas se celebraron en Caná de Galilea, se demuestra en sentido figurado que son muy dignos de la gracia de Jesucristo aquellos que, distinguiéndose por el fervor de su piedad, pasan de los vicios a las virtudes, y saben que emigran de las cosas de la tierra a las del cielo». San Beda


«¿Por qué, pues, dijo: “Aun no es llegada mi hora”? Porque estaba en su mano el tiempo en que había de morir, pero aún no le parecía tiempo oportuno para usar de tal poder. Habían de ser llamados primeramente los discípulos; se había de anunciar el Reino de los cielos; se habían de ostentar los prodigios de su misión, para fundamentar en milagros la divinidad del Señor, y recomendarse la humildad en la misma sumisión a las leyes de nuestra mortalidad. Cuando todo esto se hizo de manera que las pruebas fuesen irrecusables, entonces fue la hora, no de la necesidad, sino de manifestar su voluntad; no de la condición, sino de su poder». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«Haced lo que Él os diga»


144: La obediencia de la fe. Obedecer («ob-audire»;) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.


148: La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» (Lc 1, 37) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 3). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.


151: Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia (Mc l, 11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (14). El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14, 1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijoúnico, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 1). Porque «ha visto al Padre» (Jn 6, 46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar.


También Cristo obedece al Padre


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 3), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


Por mediación de María…


725: …por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres «objeto del amor benevolente de Dios», y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.


1613: En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo —a petición de su Madre— con ocasión de un banquete de boda. La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.


2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho «llena de gracia» responde con la ofrenda de todo su ser: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que Él es todo nuestro.


2618: El Evangelio nos revela cómo María ora e intercede en la fe: en Caná, la madre de Jesús ruega a su hijo por las necesidades de un banquete de bodas, signo de otro banquete, el de las bodas del Cordero que da su Cuerpo y su Sangre a petición de la Iglesia, su Esposa. Y en la hora de la nueva Alianza, al pie de la Cruz, María es escuchada como la Mujer, la nueva Eva, la verdadera «madre de los que viven».


Conclusion


«Haced lo que él os diga»


Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de enero de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2,1-11


Este año litúrgico (ciclo C) corresponde leer el Evangelio de San Lucas . Sin embargo, en el segundo Domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos litúrgicos, se toma respectivamente una parte de la llamada «semana inaugural» del Evangelio de San Juan (Jn 1,19-2,12). En el ciclo C leemos el relato de la boda de Caná, que ocurrió el último día de esa semana (San Juan 2,1-11). Vemos también la figura de la boda en el relato de Isaías donde Jerusalén ya no será llamada «Abandonada» ni «Devastada», sino ahora será llamada «Desposada» y su tierra tendrá un esposo que será Dios mismo (Isaías 62,1-5). La comunidad cristiana, esposa de Jesucristo, goza de una serie de carismas, de ministerios que el Espíritu derrama sobre ella para ponerlos al servicio de todos (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 4-11).


El banquete de bodas


Según la tradición judía la boda se celebraba cuando el novio ya tenía listo el nuevo hogar. Acompañado de sus amigos, el novio se dirigía al anochecer a la casa de la novia. Que estaba esperándolo, cubierta con un velo y con un vestido de novia. La joven llevaba las joyas que el novio le había regalado. En una sencilla ceremonia, se quitaba el velo y lo depositaba en el hombro del novio. El novio, acompañado de su mejor amigo, iba con la novia a su nueva casa para celebrar las fiestas de las bodas que solían durar siete días. Los elementos importantes eran losbailes y el vino «que alegra el corazón del hombre». El Talmud dice que: «donde no hay vino no hay alegría».


El pasaje que leemos en el Evangelio de San Juan se desarrolla en la aldea de Caná. No se sabe si se trata del actual Kefr-Kenna, ubicado a unos 6 Km. noreste de Nazaret, en el camino a Tiberíades, o de lo que hoy son las ruinas de Kana-al Djelil o Kibert Kana, situada a más del doble de distancia de Nazaret hacia el norte. El Señor acude a Caná donde ya estaba su Madre y le acompañan algunos discípulos de Juan: Andrés, Simón, Felipe y Natanael. María ya se encontraba allí, y Jesús acude también como invitado. La ocasión para la manifestación del milagro y del misterio es una boda de aldea, aparentemente sin mayor trascendencia. Es la primera semana de la vida pública del Señor Jesús que es detalladamente descrita, casi día por día, por San Juan: su bautizo, manifestación clara del Espíritu Santo; la elección de los primeros discípulos; la hermosa confesión de fe de Natanael, sumada a la de Juan. Todos estos acontecimientos, reciben una magnífica culminación en el episodio de las bodas de Caná.


«En Caná de Galilea dio Jesús comienzo a sus signos»


Podríamos tener una aproximación superficial al Evangelio dominical ya que parece un hecho muy simple; pero, como todo el Evangelio de San Juan, tiene una profundidad inmensa. Allí se insinúa un misterio, se lo siente palpitar en cada palabra, se vela y se revela. San Juan no llama a este hecho un «milagro», como a menudo se traduce, sino un «signo». El episodio concluye: «En Caná de Galilea dio Jesús comienzo a sus signos». Habría que preguntarnos: ¿es un signo de qué? ¿Quiere decir que hay que buscar un sentido ulterior? Precisamente. Pero encontrarlo no es tarea fácil y tanto menos explicarlo. Orígenes (siglo III) da un criterio de interpretación que es necesario tener en cuenta: «Nadie puede comprender el significado del Evangelio de Juan si no ha apoyado la cabeza en el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como Madre». Ya hemos visto la importancia de una fiesta de boda, sin embargo el esposo es mencionado apenas de modo indirecto y la esposa no aparece en absoluto. A medida que el relato procede el que ocupa toda la escena es Jesús.


Lo que el relato quiere insinuar es que Jesús es el verdadero esposo, como lo declara el mismo Juan Bautista: «El que posee a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo que está presente y lo escucha, exulta de gozo a la voz del esposo. Ahora mi alegría ha llegado a plenitud» (Jn 3,29). Ésta es la clave de la lectura de las bodas de Caná. El que lee este Evangelio, en realidad, está escuchando la voz del esposo y como verdadero «amigo del esposo» exulta degozo. Sabemos que Jesús llamó a sus discípulos no con el nombre de «siervos» sino con el de «amigos».


Veamos ahora algunos detalles importantes del milagro. Su madre María da a los sirvientes esta instrucción: «Haced lo que Él os diga». Y Jesús formula dos órdenes: «Llenad las tinajas de agua». Después que los sirvientes las llenan hasta arriba, agrega: «Sacadlo y llevadlo al maestresala». El Evangelio dice que se trataba de seis tinajas de dos o tres medidas cada una. Es una estimación¬; supongamos que hayan sido dos y media medidas. Siendo la medida (metretés) un volumen aproximado de 40 litros, quiere decir que cada tinaja era de cien litros. Llenar las seis tinajas significaba mover 600 litros de agua que es equivalente a un gran tanque de agua.


¿Para qué tanto vino? El vino abundante y bueno, como ciertamente fue el resultado del milagro, representa el gozo de los tiempos mesiánicos. En el tiempo precedente, antes de la intervención de Jesús, el vino era escaso y de mala calidad. Dos vinos distintos indican dos tiempos marcadamente distintos. ¡El contraste es así evidente! Las órdenes dadas por Jesús están dirigidas a los sirvientes. Ante el agua que llena las tinajas no hace ningún gesto, ni pronuncia ninguna fórmula de bendición; sólo dice: «Llevadlo al maestresala». Bastó su divina presencia para que el agua se convirtiera en vino.


«Haced lo que Él os diga…»


Es fundamental en este episodio la intervención de María. En primer lugar, ella aparece interesada en todos los detalles que afectan al hombre aunque puedan parecer secundarios. Así «se manifiesta una nueva maternidad de María, según el espíritu y no sólo según la carne, es decir, la solicitud de María por los hombres, su ayuda en sus necesidades, en la vasta gama de sus carencias e indigencias» . Solamente ella advierte que la alianza nupcial estaba fracasando y solicita la intervención de Jesús: «No tienen vino». La respuesta que Jesús le da es una de las expresiones más difíciles de explicar del Evangelio: «¿Qué a mí y a ti, mujer?». Ésta es una expresión idiomática hebrea que se repite a menudo en el Antiguo Testamento. Se usa para poner en cuestión la relación entre personas. Lo que Jesús quiere decir es que, si hasta ahora su relación con su madre era de sujeción – «estaba sujeto a ellos» (Lc 2,51)-, ahora esa relación debe cambiar y en adelante es ella quien debe estar sujeta a Él en todo.


Desde esta hora Jesús, que tiene el rol del esposo, toma toda iniciativa en el establecimiento de la Nueva Alianza. Jesús termina diciendo: «Aún no ha llegadomi hora». No era aún la hora de su manifestación al mundo. Y, sin embargo, hace el milagro y «manifiesta su gloria». Es que Dios había dispuesto que su hora llegase después de esta súplica de María: «No tienen vino». Millones de años esperando la revelación del Mesías se completaron por obra de María. Su poder de intercesión es inmenso. Finalmente, María nos da un bello ejemplo de total confianza en el poder de su Amado Hijo. Se vuelve a Él porque sabe que Él puede resol¬ver el problema. Y aún después de la respuesta de Jesús sigue confiando: «Haced lo que Él os diga». La fe de María es la que obtuvo el desenlace final: «Jesús manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos».


«Se casará contigo tu Edificador»


El libro del profeta Isaías (vivió alrededor del siglo VIII a.C.) es uno de los más impresionantes libros del Antiguo Testamento. Describe, a lo largo de su extenso libro, el poder de Dios y la esperanza para su pueblo elegido. Su vocación la encontramos en el capítulo sexto y profetizará por más de 40 años. En los capítulos finales de su libro, dirigido a los judíos que estaban en Jerusalén durante el destierro, anuncia un mensaje de consolación para el pueblo: se reconstruirá la ciudad y el Templo; los extranjeros garantizarán las necesidades materiales de Israel que se convertirá en un pueblo de sacerdotes (Is 61, 5-7). Dios mismo tomará la iniciativa y establecerá una alianza eterna (Is 61, 8-9). Alianza que tendrá su ápice en la figura del desposorio con Dios: el triunfo de Jerusalén será convertirse en la esposa de Yahveh sellando así la alianza hecha.


Una palabra del Santo Padre:


«En la introducción encontramos la expresión «Jesús con sus discípulos» (v. 2). Aquellos a los que Jesús llamó a seguirlo los vinculó a Él en una comunidad y ahora, como una única familia, están todos invitados a la boda. Dando inicio a su ministerio público en las bodas de Caná, Jesús se manifiesta como el esposo del pueblo de Dios, anunciado por los profetas, y nos revela la profundidad de la relación que nos une a Él: es una nueva Alianza de amor. ¿Qué hay en el fundamento de nuestra fe? Un acto de misericordia con el cual Jesús nos unió a Él. Y la vida cristiana es la respuesta a este amor, es como la historia de dos enamorados. Dios y el hombre se encuentran, se buscan, están juntos, se celebran y se aman: precisamente como el amado y la amada en el Cantar de los cantares. Todo lo demás surge como consecuencia de esta relación. La Iglesia es la familia de Jesús en la cual se derrama su amor; es este amor que la Iglesia cuida y quiere donar a todos.


En el contexto de la Alianza se comprende también la observación de la Virgen: «No tienen vino» (v. 3). ¿Cómo es posible celebrar las bodas y festejar si falta lo que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico (cf. Am 9, 13-14; Jl 2, 24; Is 25, 6)? El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia del banquete y la alegría de la fiesta. Es una fiesta de bodas en la cual falta el vino; los recién casados pasan vergüenza por esto. Imaginad acabar una fiesta de bodas bebiendo té; sería una vergüenza. El vino es necesario para la fiesta. Convirtiendo en vino el agua de las tinajas utilizadas «para las purificaciones de los judíos» (v. 6), Jesús realiza un signo elocuente: convierte la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría. Como dice en otro pasaje Juan mismo: «La Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (1, 17).


Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el marco nupcial de Caná: «Haced lo que Él os diga» (v. 5). Es curioso, son sus últimas palabras que nos transmiten los Evangelios: es su herencia que entrega a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice a todos: «Lo que Él os diga —lo que Jesús os diga—, hacedlo». Es la herencia que nos ha dejado: ¡es hermoso! Se trata de una expresión que evoca la fórmula de fe utilizada por el pueblo de Israel en el Sinaí como respuesta a las promesas de la Alianza: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor» (Ex 19, ). Y, en efecto, en Caná los sirvientes obedecen. «Les dice Jesús: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. “Sacadlo ahora, le dice, y llevadlo al maestresala”. Ellos lo llevaron» v. 7-8. En esta boda, se estipula de verdad una Nueva Alianza y a los servidores del Señor, es decir a toda la Iglesia, se le confía la nueva misión: «Haced lo que Él os diga». Servir al Señor significa escuchar y poner en práctica su Palabra. Es la recomendación sencilla pero esencial de la Madre de Jesús y es el programa de vida del cristiano. Para cada uno de nosotros, extraer del contenido de la tinaja equivale a confiar en la Palabra de Dios para experimentar su eficacia en la vida. Entonces, junto al jefe del banquete que probó el agua que se convirtió en vino, también nosotros podemos exclamar: «Tú has guardado el vino bueno hasta ahora» (v. 10). Sí, el Señor sigue reservando ese vino bueno para nuestra salvación, así como sigue brotando del costado traspasado del Señor.


La conclusión del relato suena como una sentencia: «Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus signos. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos» (v. 11). Las bodas de Caná son mucho más que el simple relato del primer milagro de Jesús. Como en un cofre, Él custodia el secreto de su persona y la finalidad de su venida: el esperado Esposo da inicio a la boda que se realiza en el Misterio pascual. En esta boda Jesús vincula a sí a sus discípulos con una Alianza nueva y definitiva. En Caná los discípulos de Jesús se convierten en su familia y en Caná nace la fe de la Iglesia. A esa boda todos nosotros estamos invitados, porque el vino nuevo ya no faltará».


Papa Francisco. Audiencia General del 8 de junio de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Acudamos diariamente a María para que ella nos ayude y enseñe a decir en los momentos difíciles de nuestra vida: «Haced lo que Él os diga».

2. ¿Cuáles son los dones que Dios me ha dado y que debo de poner al servicio de la comunidad? ¿Los conozco?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 494- 495. 502- 511.


!GLORIA A DIOS!


EPIFANIA DEL SENOR

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 5 Ee enero Ee 2019 a las 19:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


EPIFANÍA DEL SEÑOR



06 -12 de Enero del 2019


“Venimos de oriente para adorar al Rey”


Is 60, 1-6: “La gloria del Señor amanece sobre ti”


¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira: todos se han reunido, vienen hacia ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Al ver esto, te pondrás radiante de

alegría; palpitará y se emocionará tu corazón, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.


Sal 71, 1-2.7-8.10-13: “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”


Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.


Ef 3,2-3 .5-6: “Ahora ha sido revelado que también los paganos son coherederos”


Hermanos:

Seguramente han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor de ustedes.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus apóstoles y profetas: que también los otros pueblos comparten la

misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por medio del Evangelio.


Mt 2, 1-12: “Vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron”


Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

— «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

— «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

— «Vayan y averigüen cuidadosamente acerca del niño y, cuando lo encuentren, avísenme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo sido advertidos en sueños, para que no volvieran adonde estaba Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.


NOTA IMPORTANTE


Epifanía se traduce literalmente por “manifestación”.


En el griego antiguo epifaneia y los términos afines significaban, en su sentido religioso, la aparición visible o manifestación de una divinidad que traía la salud para el pueblo. Los cristianos aplicaron este término a la manifestación salvadora del Hijo de Dios.

En Jesucristo Dios se ha manifestado al mundo para salvar a su pueblo y a la humanidad entera. Su venida había sido anunciada desde antiguo en las Sagradas Escrituras. Su nacimiento sería “proclamado” por una estrella, y Él sería Rey de Israel: «de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Núm 24, 17).

La luz que brillaría sobre Israel alcanzaría con su resplandor al orbe entero (1ª. lectura: Is 60, 1-6): al tiempo que reunirá a los hijos de Israel, atraerá también a quienes no pertenecen a este pueblo: «sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora». Este Rey traerá la salvación no sólo al pueblo de Israel, sino también al orbe entero, a toda la humanidad sumergida en tinieblas. La salvación que traerá será universal.

Isaías anuncia también que los pueblos le traerán riquezas y tesoros, tributándole honor y gloria: «vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor».

También en el Salmo responsorial encontramos el anuncio de aquél gran día de la manifestación salvadora de Dios, día en que florecerá la justicia y la paz, día en que Él ejercerá el dominio sobre toda la tierra. Entonces «los reyes de Tarsis y de las islas» le pagarán tributo, «los reyes de Saba y de Arabia» le ofrecerán sus dones, se postrarán «ante Él todos los reyes» y «todos los pueblos» le servirán. Entonces Dios librará al afligido, se apiadará del indigente, y salvará la vida de los pobres.

El lugar de su nacimiento estaba también profetizado: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”» (Evangelio).

Los antiguos oráculos encontraron su realización en Jesús, nacido de María en Belén. Él es la epifanía de Dios, su manifestación visible, salvadora.


Una brillante estrella anunció y señaló el lugar del nacimiento del Rey-Salvador. Entonces «unos magos de oriente», al ver su brillo intenso, se pusieron en marcha cargados de riquezas para ofrecerlos a este Rey. Ellos representan a los pueblos del orbe entero, son los que “inundan” la ciudad santa con «una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor» (Primera lectura).


La palabra griega “magoi” parece derivarse de la forma persa “maga”. «Los magos fueron originariamente una tribu de la Media, que en la religión persa estaba revestida de funciones sacerdotales; de allí que se aplicara el nombre de magos a los que poseían o ejercían una ciencia o un poder secreto. El origen y etimología de la palabra son inciertos. Como los sacerdotes persas se ocupaban de astronomía y astrología y eran considerados como poseedores de una ciencia oculta, en la literatura astrológica de los griegos el nombre de mago se vino a identificar con hechicero. En este sentido emplea la palabra mago Hech 8, 9-11; 13, 6-8. En Mateo se llaman magoi los sabios venidos de oriente para adorar a Jesús niño» (Haag, Diccionario de la Biblia).


En una primera época los magos, considerados sabios y doctores, aparecen como una casta sacerdotal de Media y Persia. Es sólo en una época posterior a la conquista de Babilonia cuando el término “mago” pasa a designar a nigromantes y astrólogos, en sentido peyorativo.


Los magos que presenta el Evangelio aparecen como personajes importantes, hombres sabios, dedicados al estudio de los astros, y no según «la costumbre y lenguaje popular [que] toma los magos por gente maléfica» (San Jerónimo). Para estos sabios de su tiempo la gran estrella era signo inequívoco del nacimiento «del Rey de los judíos». Pero para ellos no se trata de un rey cualquiera. En el antiguo oriente la estrella anunciaba el nacimiento de un rey divinizado, y por ello dicen a Herodes y a su cohorte: «venimos a adorarlo».


Los cristianos han representado a los magos de oriente como reyes, probablemente por influencia de la profecía de Isaías. Que sean “tres reyes magos” se debe al mismo número de regalos que le ofrecen al Niño: oro, incienso y mirra. Muchos Padres de la Iglesia han querido descubrir un valor simbólico en los regalos. En el ofrecimiento del oro se suele ver el reconocimiento a la dignidad de su realeza; en el incienso, por su carácter sutil, un reconocimiento de la divinidad de Jesús; y en el ofrecimiento de la mirra un reconocimiento de la humanidad de Cristo. Los nombres atribuidos a los tres Reyes-Magos, de Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen recién en el siglo VIII.


Es por medio de los apóstoles que la reconciliación y salvación anunciada por el brillo de aquella singular estrella y traída por el Niño Jesús será llevada hasta los confines de la tierra. San Pablo comprende esta gran novedad: que también los gentiles, es decir, todos aquellos que no participan de la Alianza primera sellada por Dios con Abraham, «comparten la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por medio del Evangelio» (2ª. lectura). Los Magos de Oriente representan a los pueblos de toda la tierra que, al adorar a Jesús, acogen el don de la salvación traído por el Hijo de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Creemos firmemente con la fe de la Iglesia que Santa María, por ser la madre de Cristo-Cabeza, lo es también de cada uno de los miembros de Su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Por tanto, María en el orden espiritual es madre de todos los que por la fe se acercan a Cristo, es Madre nuestra.


Esta maternidad espiritual, cuyo principio se remonta al momento de la concepción virginal, fue hecha explícita por Cristo mismo al pronunciar su testamento espiritual desde la Cruz, en el momento en que refiriéndose a Juan dijo a su Madre: “Mujer, he allí a tu hijo”. Y a Juan: “he allí a tu madre” (ver Jn 19, 25-27). La Iglesia ha afirmado siempre que las palabras de Cristo trascienden a la persona misma de Juan, y que en él estábamos representados todos los discípulos.


Esta maternidad espiritual la ejerce ya María cuando presenta a Cristo a unos humildes pastores, quienes avisados por un ángel se acercan con prontitud al portal a adorar al Niño que ha nacido. Posteriormente la ejerce también con la llegada de unos misteriosos personajes que atraídos por una singular estrella vienen desde muy lejos a adorar al Rey de Israel que ha nacido. Con la sorpresiva aparición de estos sabios de Oriente la reflexiva María, considerando todo a la luz de los designios divinos, comprende que su maternidad espiritual no se limita a los hijos e hijas de Israel, sino que se abre a todos los hombres y mujeres que con fe se acercan a su Hijo, así como a toda la humanidad se abre el Don de la Salvación que el Hijo de Dios ha venido a traer al mundo: es universal.


Hoy como ayer, María sigue ejerciendo activamente su maternidad espiritual sobre todos los que nos acercamos a su Hijo con fe. Madre que da a luz al Niño-Dios, Ella nos lo presenta y hace cercano también a nosotros, procurando por su intercesión y cuidado maternal que en nosotros la vida divina que hemos recibido el día de nuestro Bautismo crezca y se fortalezca cada vez más, hasta que tambiénnosotros, cooperando activamente con el don y la gracia recibidas, alcancemos “la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13; ver Gál 2, 20).


Por ello acudamos confiadamente a nuestra Madre. Miremos sin cesar el brillo de esta Estrella y poniéndonos en marcha cada día dejémonos guiar por Ella al encuentro pleno con su Hijo, el Señor Jesús, para adorarlo también nosotros y entregarle toda nuestra vida y corazón.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy los magos encuentran llorando en la cuna al que buscaban resplandeciente en las estrellas. Hoy los magos contemplan claramente entre pañales al que larga y resignadamente buscaban en los astros, en la oscuridad de las señales.

»Hoy los magos revuelven en su mente con profundo estupor lo que allí han visto: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, Dios en el hombre, y a aquel a quien no puede contener el universo encerrado en un pequeño cuerpecillo. Y, al verlo, lo aceptan sin discusión, como lo demuestran sus dones simbólicos: el incienso, con el que profesan su divinidad; el oro, expresión de la fe en su realeza; la mirra, como signo de su condición mortal.

»Así los gentiles, que eran los últimos, llegan a ser los primeros, ya que la fe de los magos inaugura la creencia de toda la gentilidad». San Pedro Crisólogo


«Levantémonos, siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se desconcierte; nosotros corramos hacia donde está el Niño. Que los reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en barrarnos el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor. Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen visto al Niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al Niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


528: La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná, la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente. En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, elEvangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para «rendir homenaje al rey de los judíos» (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David, al que será el rey de las naciones. Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento. La Epifanía manifiesta que «la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas» y adquiere la «israelitica dignitas» (la dignidad israelítica).


1171: El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.


CONCLUSION


«Se postrarán ante ti Señor, todos los pueblos de la Tierra»


Epifanía del Señor. Ciclo C – 6 de enero de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 2, 1-12


Los Sabios-Magos llegan a Jerusalén del Oriente guiados por la luz de una estrella para adorar al Rey de los Judíos y ofrecerle sus dones: oro, incienso y mirra. Tal vez nunca se expresa con mayor claridad la universalidad de la salvación aportada por Jesucristo que en este episodio. Queda también claro que Israel, el pueblo elegido al cual había sido prometido el Mesías Salvador, no lo reconoció. En cambio, estos hombres que vienen guiados por esta misteriosa estrella lo reconocen como rey y vienen a reverenciarlo con el honor y el respeto que merece (San Mateo 2, 1-12).


Ya desde su mismo nacimiento Jesús es un claro signo de contradicción. Para unos, como los Magos o el mismo San Pablo, será una «epifanía»: manifestación del misterio de Dios (Efesios 3,2 – 3ª. 5.- 6). Para otros, Herodes, será una amenaza que pondrá en riesgo su poder y su ambición terrenal. Esta «epifanía» ya es anunciada en la Primera Lectura por el profeta Isaías, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la «luz y la gloria de Yahveh» que amanecerá sobre Jerusalén (Isaías 60, 1-6).


El gran Misterio


Jesús, nació en Belén de Judá, pero existía el peligro real de que su nacimiento pasara inadvertido. Es cierto que el ángel del Señor anunció a los pastores su nacimiento y que estos reaccionaron como era de esperar. Fueron corriendo y verificaron la verdad de lo anunciado. Pero estos sencillos pastores no tenían ni voz ni poder de comunicación en Israel. Es cierto también que el anciano Simeón, a impulsos del Espíritu Santo, acudió al templo cuando sus padres presentaban a Jesús y lo reconoce como: «Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,32). También vemos a la anciana profetisa Ana que hablaba de Él a todos los que esperaban la libe¬ración de Israel (ver Lc 2,36). Pero todo esto quedaba en un círculo muy reducido de personas. Entre todas estas personas sin duda estaba sobre todo la Virgen María, quien «guardaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Nadie conoció mejor que ella el misterio profundo de Jesucristo.


Este es el Misterio del que escribe San Pablo en su carta a los Efesios: «me fue comunicado por una revelación el conocimiento del Misterio. Según esto, leyéndolo podéis entender mi conocimiento del Misterio de Cristo» (Ef 3, 4-5). ¿Cuál es este gran misterio al que se refiere San Pablo? Jesús mismo manifestará muchas veces a lo largo de su vida pública lo que ya vemos en el pasaje de la adoración de los reyes Magos. La misteriosa estrella que guía a los Magos no es sino el anticipo de aquella verdadera luz que es Jesucristo mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Porque es Jesucristo mismo el gran Misterio que el Padre quiere comunicar a todos los hombres: gentiles y judíos. «Porque tanto amó Dios al mundo que mandó a su Hijo único para que todo aquel que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Tanto el anciano Simeón, en los albores del misterio, como San Pablo, después de su pleno desarrollo; ambos iluminados por el Espíritu Santo, afirman la irradiación universal de la reconciliación iniciada por Jesucristo.


La estrella y el rey de los judíos


El Evangelio de hoy nos habla que unos Magos del Oriente son guiados por una misteriosa estrella a Jerusalén en busca del «Rey de los judíos» que acaba de nacer. Para comprender el sentido del texto evangélico debemos remontarnos a una antigua profecía que Balaam, otro vidente de Oriente, pronunció sobre Israel cuando recién salió de Egipto y recién se estaba formando como nación: «Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, uncetro surge de Israel… Israel despliega su poder, Jacob domina a sus enemigos» (Num 24,17-19). En el antiguo Oriente, la estrella era el signo de un rey divinizado. Nada más natural que entender la profecía de Balaam como referida al Mesías, el descendiente prometido a David cuyo reino no tendría fin (ver 2Sam 7,12-13). Los magos preguntan por el «Rey de los judíos» porque David era de la tribu de Judá. Se trata de un rey que es Dios; por eso su objetivo es «adorarlo» es decir reverenciarlo de acuerdo a su dignidad real. Pero ¡qué desilusión al observar que en Jerusalén nadie sabía nada! «Al oír estas palabras, Herodes y con él toda Jerusalén se sobresaltaron». ¡Ignoraban lo que estaba ocurriendo en medio de ellos! Pero no ignoraban el significado de la pregunta formulada por los Magos.


El «rey de los judíos» era un título que quería decir mucho y no podía pasar inadvertido para un hebreo. Es el mismo que fue dado por Pilato a Jesús (de manera irónica, por cierto) para expresar la causa de su muerte en la cruz. Por eso Herodes se inquieta y convoca a los entendidos en las profecías, a los sacerdotes y escribas, para interrogarlos acerca de algo que, a primera vista, parece no tener relación con la pregunta de los magos: ¿En qué lugar debía nacer el Cristo? Cristo no era todavía un nombre propio (así llamamos nosotros ahora a Jesús) y por eso en buen castellano la pregunta suena así: «¿Dónde está anunciado que tiene que nacer el Ungido del Señor?».


Herodes ha pasado a la historia como un hombre sanguinario y enfermo de celos por el poder, que no vacilaba en quitar de en medio a quienquiera pudiera disputarle el trono, aunque fuera su propio hijo. Pero al leer el relato queda la sensación de que un rey, con ejércitos a su disposición, no podía temer a un niño anónimo nacido en la minúscula aldea de Belén, aunque allí se hubiera anunciado que debía nacer el Ungido del Señor. Para comprender la matanza de todos los niños de Belén y sus alrededores, ordenada por Herodes, hay que conocer las Escrituras y captar la esperanza de salvación que había en Israel. Hay que remontarse muy atrás, más de diez siglos antes del nacimiento de Jesús. En tiempos del profeta Samuel, cuando Israel se estaba organizando como nación y dándose sus instituciones, pidieron a Dios que les diera un rey, para que los gobernara, igual que las demás naciones. La cosa podía ser grave, pues era un dogma en Israel, que «Yahveh es Rey». La petición, sin embargo, fue concedida y manda Dios a Samuel a que busque entre los hijos de Jesé, que vivía en Belén, el rey prometido.


Cuando Samuel llegó a Belén convocó a Jesé y a sus hijos y fueron desfilando uno tras otro ante el profeta. Pero quien fue elegido fue el pequeño David que estaba guardando el rebaño. Fue llamado y, por mandato de Dios, ungido por Samuel. Y apartir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahveh (ver 1Sam 16,1ss). Israel esperaba un Ungido, nacido en Belén como David y lleno del espíritu del Señor.


Por eso Herodes temía aunque el nacido en Belén fuera de origen humilde. Herodes dice a los magos cínicamente: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle». Pero ya sabemos que los estaba engañando. Lo que quiere Herodes es eliminarlo. Su lucha es contra el Ungido del Señor, el Mesías, el Cristo. Su lucha es contra Dios mismo. A él se le deben citar las palabras del sabio Gamaliel acerca del anuncio del Evangelio: «Si la obra es de Dios no podréis destruirla» (Hch 5,39). La historia ha demostrado el desenlace de esta lucha: Herodes acabó tristemente y Cristo reina en el corazón de millones de hombres y mujeres.


Los Magos del Oriente


La denominación «Magos de Oriente» que se da a los personajes que llegan a Jerusalén guiados por la estrella, indica personajes de proverbial sabiduría, sabios astrólogos de pueblos muy lejanos y considerados exóticos desde el punto de vista de Israel. Si algo se puede afirmar claramente de ellos es que están alejadísimos de Israel y de sus tradiciones. La tradición los llama «reyes», porque influye la profecía de Isaías sobre Jerusalén, que se lee en esta solemnidad en la primera lectura: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz…! Caminarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu alborada… las riquezas de las naciones vendrán a ti… todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas al Señor» (Is 60,1-6). Así queda en evidencia que el que ha nacido en el mundo es el «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap 19,16).


Ellos tuvieron noticia del nacimiento del Salvador, pues el que ha nacido es el Salvador de todo hombre. Por eso, llegando donde estaba el Niño con María su madre, «postrándose, lo adoraron». Un judío tiene prohibido estrictamente por la ley postrarse ante nadie fuera del Dios verdadero. Aquí los magos se postran y adoran a Jesús. Y el Evangelista San Mateo lejos de reprobar esta actitud la aprueba. Es que están ante el verdadero Dios. También sus regalos indican la percepción que se les ha concedido del misterio del este Niño: «Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». Un antiguo comentario aclara el sentido: «Oro, como a Rey soberano; incienso, como a Dios verdadero y mirra, como al que ha de morir». Estos Magos de Oriente tenían un conocimiento de misterio de Cristo mucho más claro que los mismos sabios de Israel. De esta manera se quiere expresar que Jesús es el Salvador de todo ser humano.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy, fiesta de la Epifanía del Señor, el Evangelio (cf. Mateo 2, 1-12) nos presenta tres actitudes con las cuales ha sido acogida la venida de Jesucristo y su manifestación al mundo. La primera actitud: búsqueda, búsqueda atenta; la segunda: indiferencia; la tercera: miedo.


Búsqueda atenta: Los Magos no dudan en ponerse en camino para buscar al Mesías. Llegados a Jerusalén preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (v. 2). Han hecho un largo viaje y ahora con gran atención tratan de identificar dónde se pueda encontrar al Rey recién nacido. En Jerusalén se dirigen al rey Herodes, el cual pide a los sumos sacerdotes y a los escribas que se informen sobre el lugar en el que debía nacer el Mesías.


A esta búsqueda atenta de los Magos, se opone la segunda actitud: la indiferencia de los sumos sacerdotes y de los escribas. Estos eran muy cómodos. Conocen las Escrituras y son capaces de dar la respuesta adecuada al lugar del nacimiento: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta»; saben, pero no se incomodan para ir a buscar al Mesías. Y Belén está a pocos kilómetros, pero ellos no se mueven. Todavía más negativa es la tercera actitud, la de Herodes: el miedo. Él tiene miedo de que ese Niño le quiete el poder. Llama a los Magos y hace que le digan cuándo había aparecido su estrella, y les envía a Belén diciendo: «Id e indagad […] sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle» (vv. 7-8). En realidad, Herodes no quería ir a adorar a Jesús; Herodes quiere saber dónde se encuentra el niño no para adorarlo, sino para eliminarlo, porque lo considera un rival. Y mirad bien: el miedo lleva siempre a la hipocresía. Los hipócritas son así porque tienen miedo en el corazón.


Estas son las tres actitudes que encontramos en el Evangelio: búsqueda atenta de los Magos, indiferencia de los sumos sacerdotes, de los escribas, de esos que conocían la teología; y miedo, de Herodes. Y también nosotros podemos pensar y elegir: ¿cuál de las tres asumir? ¿Yo quiero ir con atención donde Jesús? «Pero a mí Jesús no me dice nada… estoy tranquilo…». ¿O tengo miedo de Jesús y en mi corazón quisiera echarlo? El egoísmo puede llevar a considerar la venida de Jesús en la propia vida como una amenaza. Entonces se trata de suprimir o de callar el mensaje de Jesús. Cuando se siguen las ambiciones humanas, las prospectivas más cómodas, las inclinaciones del mal, Jesús es considerado como un obstáculo.


Por otro parte, está siempre presente también la tentación de la indiferencia. Aun sabiendo que Jesús es el Salvador —nuestro, de todos nosotros—, se prefiere vivir como si no lo fuera: en vez de comportarse con coherencia en la propia fe cristiana, se siguen los principios del mundo, que inducen a satisfacer las inclinaciones a la prepotencia, a la sed de poder, a las riquezas. Sin embargo, estamos llamados a seguir el ejemplo de los Magos: estar atentos en la búsqueda, estar preparados para incomodarnos para encontrar a Jesús en nuestra vida. Buscarlo para adorarlo, para reconocer que Él es nuestro Señor, Aquel que indica el verdadero camino para seguir. Si tenemos esta actitud, Jesús realmente nos salva, y nosotros podemos vivir una vida bella, podemos crecer en la fe, en la esperanza, en la caridad hacia Dios y hacia nuestros hermanos. Invocamos la intercesión de María Santísima, estrella de la humanidad peregrina en el tiempo. Que, con su ayuda materna, pueda cada hombre llegar a Cristo, Luz de verdad, y el mundo progrese sobre el camino de la justicia y de la paz».


Papa Francisco. Ángelus en la Solemnidad de la Epifanía del Señor. 6 de enero de 2018


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Vemos claramente dos actitudes realmente opuestas ante el recién Niño Jesús: los magos del Oriente y Herodes. Ante el misterio de Jesús Sacramentado en el altar, ¿cuál es mi actitud? ¿Cómo me aproximo ante Jesús que realmente está presente en la Santa Eucaristía?

2. Los sabios del Oriente le hacen tres ofrendas al Niño. ¿Qué le voy a ofrecer a Jesús para este año que iniciamos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 525 -526.528-530.


GLORIA A DIOS!


LA SAGRADA FAMILIA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee diciembre Ee 2018 a las 19:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


LA SAGRADA FAMILIA




30 de Diciembre del 2018, al 5 de Enero 2019


Tema “Vivía sujeto a ellos”


Eclo 3, 3-7. 14-17: «Como a tu Señor sirve a los que te engendraron»

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre sus hijos.

El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando rece, su oración será escuchada; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.

Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él, no lo desprecies mientras vivas.

La ayuda prestada al padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.


Sal 127, 1-5: «Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos»


Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


Col 3, 12-21: «La vida de familia vivida en el Señor»


Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.

Sopórtense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo perfecto.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella han sido convocados, para formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos. La palabra de Cristo habite en ustedes

con toda su riqueza; instrúyanse unos a otros con toda sabiduría; corríjanse mutuamente.

Canten a Dios, denle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicen, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Esposas, respeten a sus maridos, como creyentes en el Señor. Maridos, amen a sus esposas, y no sean duros con ellas.

Hijos, obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desalienten.


Lc 2, 41-52: «¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»


Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de la Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a celebrar la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se regresaron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en busca de él.

A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, sus padres quedaron asombrados, y le dijo su madre:

— «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Él les contestó:

— «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?»

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.

Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.


NOTA IMPORTANTE


La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres. Es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.


En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse de sentimientos de misericordia entrañable, es decir, a tener la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este empeño antecede un don: haber sido ellos mismos amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de parte del creyente una respuesta generosa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales, que han de estar regidas por la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, la paciencia y el mutuo perdón.


De este esfuerzo por revestirse de entrañas de misericordia derivan también la sumisión y obediencia de las esposas con respecto a sus maridos, así como el amor de los maridos a sus mujeres, expresado en un trato digno, amable y respetuoso. En cuanto a los hijos, ha de expresarse en la obediencia de éstos a sus padres, quienes por su parte no han de exasperar a sus hijos.


En un hogar en el que Cristo habita, en el que el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, la sumisión o la obediencia no es causa de complejos, no hay dominadores ni dominados, no hay maltratos, no hay abusos e imposición de unos sobre otros. Hay, en cambio, unidad de mente, de corazón y de acción en el amor de Cristo. Donde la caridad tiene la primacía, la relación que prima entre los miembros de la familia —empezando por los esposos de quienes los hijos han de aprender— es de respeto y mutuo servicio. Cada cual buscará en primer lugar el bien del otro antes que el propio, venciendo de este modo todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por revestirse interiormente de la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae paz y alegría a la casa.


Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la familia de Nazaret. Mas en el Evangelio de este Domingo, en el que aparecen en escena los tres miembros de esta familia, llama la atención lo que acaso podríamos juzgar como un acto de desconsideración de Jesús frente a sus padres cuando en el contexto de la anual peregrinación al Templo con ocasión de la celebración de la pascua judía, Él decide quedarse en Jerusalén sin avisar a sus padres. Sin advertir su ausencia, María y José emprenden el retorno a Nazaret en la caravana en la que iban acompañados de sus parientes y amigos, confiados en que Jesús estaría entre ellos. Ciertamente no esperaban que hiciera algo semejante sin consultarles o avisarles. Avanzada ya la caravana se percatan de su ausencia. ¿Dónde está Jesús?


De inmediato José y María se lanzan a la búsqueda, regresan presurosos a Jerusalén y lo encuentran finalmente después de tres días, tranquilo y sereno en el Templo, participando de las discusiones de los maestros de la ley, arrancando alabanzas de los mismos por su precoz sabiduría. La Madre entonces expresa una justa y comprensible queja: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así?» El niño Jesús responde algo que en ese momento les resulta difícil comprender: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Es como si les dijera: “al notar mi ausencia, el primer lugar en el que tenían que haberme buscado es en el Templo. Además, no tenían por qué pasar angustias, sabiendo que yo estaría aquí.”


Cabe destacar que si el niño Jesús ha abandonado momentáneamente a su familia humana, incluso haciéndoles pasar un mal rato por no comunicarles nada, ha sido en virtud de la única razón capaz de inducirle a tal abandono: el amor supremo a su Padre y la profunda necesidad de responder a su propia vocación y misión en el mundo. Para el Señor Jesús el amor a Dios y la obediencia a sus designios está en primer lugar, es de un grado superior a la debida sumisión a su madre y a su padreputativo. No establece el Señor una oposición, sino una prioridad y supremacía. El primer mandamiento es el de amar a Dios sobre todo, de modo que el amor a Dios está por encima de todo otro amor humano, también el amor debido a los padres humanos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.


¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?


«Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable». La voz del Apóstol les recuerda principalmente a los padres, aunque también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son elegidos de Dios, amados suyos, santificados por el Señor Jesús. Respondiendo a su altísima dignidad y a la gratuidad de su elección, don del amor de Dios, su primera y principal tarea es la de trabajar esforzadamente por ser santos (ver Lumen gentium, 40), procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Los esposos son elegidos de Dios (ver Ef 1, 5-6) para una misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de comunión que se nutre del amor que viene de Dios.


En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que ante todo es un don de Dios derramado en sus corazones (ver Rom 5, 5) y que han de vivir entre sí “como Cristo nos ha enseñado” (ver Jn 15, 12), amor por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, «que hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (lug. cit.).


La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia» (Col 3, 12),


haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (Gaudium et spes, 52) en donde los hijos aprenden a vivir el amor en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.


Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios y han de educarlos, con la palabra y el ejemplo, «en la auténtica libertad, (aquella) que se realiza en la entrega sincera de sí». De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (S.S. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 92).


Recuerden vivamente que por el ejercicio constante de su fe los esposos cristianos están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio 17). Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir «su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa» (S.S. Pablo VI). De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.


Por último, los padres cristianos tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 142-144), por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice. Son justamente lospadres quienes han de educar a sus hijos que «en primer lugar es necesario hacer la voluntad de Dios», y que «el vínculo espiritual vale más que el vínculo de la sangre» (S.S. Benedicto XVI). Así el Evangelio «revela la más auténtica y profunda vocación de la familia: la de acompañar a cada uno de sus miembros en el camino de descubrimiento de Dios y del designio que Él ha dispuesto para cada uno» (S.S. Benedicto XVI).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Obedeciendo desde su primera edad a sus padres, se sometió Jesús humilde y respetuosamente a todo trabajo corporal, porque, aunque eran honestos y justos, con todo, como pobres y sufriendo escasez hasta en lo necesario, es claro que se procuraban lo necesario para la vida con el continuo sudor de sus cuerpos. Y bien, Jesús, que obedecía a sus padres —como dice la Sagrada Escritura—, tomaba parte en sus trabajos con entera sumisión». San Basilio


«La ida del Señor con sus padres a Jerusalén todos los años por la Pascua, es una señal de humana humildad. Porque es deber del hombre acudir a ofrecer sacrificios al Señor y hacérsele propicio por medio de oraciones. Hizo, pues, el Señor entre los hombres, habiendo nacido hombre, lo mismo que Dios había mandado a los hombres por medio de sus ángeles. Por lo que dice: “Según solían en aquella solemnidad”. Sigamos, pues, el camino de su vida humana, si nos deleita la idea de ver la gloria de su divinidad». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La familia cristiana, “iglesia doméstica”


1655: Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían deseaban también que se salvase «toda su casa». Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.


1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (LG 11). En el seno de la familia, «lospadres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (LG 11).


1657: Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS 52,1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.



1658: Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están “fatigados y agobiados” Mt 11, 2».


CONCLUSION


Una familia marcada por el sufrimiento Estratégicamente situada inmediatamente después de la Navidad, esta fiesta nos invita a mirar a la familia formada por Jesús, María y José. En primer lugar, nos recuerda una vez más que el hecho de la encarnación tuvo lugar en nuestra historia. No sólo en un tiempo y lugar concretos sino también en una familia concreta. María y José fueron el matrimonio en el que Jesús nació, creció y maduró físicamente y como persona. Tenemos la tentación de pensar en aquella familia y tratar de aplicar a ella lo que hoy pensamos que es el ideal para una familia. Si a nosotros nos parece que “x” es bueno para una familia, entonces ese valor “x” estuvo presente en aquella familia de Nazaret. Nos imaginamos la vida de aquella familia llena de armonía, de amor, de paz. José trabajando en eltaller y María en la cocina, mientras que Jesús juega o está en la escuela. Todo eso no son más que proyecciones de nuestra realidad sobre una realidad de la que sabemos muy poco y de la que los Evangelios nos hablan menos todavía. En el caso de que los pocos datos que tengamos sean históricos –ya se sabe que los evangelios de la infancia tienen más de composición teológica que de historia fiel a los hechos–, la vida de aquella familia fue realmente azarosa. José tuvo que acoger a María, cuando ésta se había quedado embarazada sin su participación. No debió ser fácil ese primer momento de la relación. Luego viene el nacimiento en Belén. El texto nos habla de la pobreza en que vivían. ¡Nadie los acogió! Y la mucha pobreza no suele formar parte del ideal de la vida de una familia. No sólo eso.


La familia se vio obligada a emigrar a Egipto. ¡Refugiados políticos! Hoy sabemos lo dura que es la vida de los emigrantes. Mucho más dura sería en aquellos tiempos en los que no existían en absoluto las organizaciones y leyes que hoy, mal que bien, se destinan a acogerlos y hacerles en cierta medida la vida más fácil. Del padre no se vuelve a hablar en los Evangelios y, por más que nos empeñemos, en algunos textos se ve que hubo una cierta distancia entre Jesús y su familia debido a su misión. Lo mismo se puede decir del Evangelio de hoy, quizá una parábola de lo que ocurrió una vez Jesús se hizo mayor. Así ha sido la familia a lo largo de los siglos y las culturas. Una realidad siempre cambiante, siempre sometida a presiones diversas y dificultades. En esta fiesta quizá lo más importante no sea tratar de imponer el ideal de lo que a nosotros nos parece bueno para la familia sino comprometernos a echar una mano a todas las familias que sufren, a ser muy comprensivos con aquellos que no encajan en nuestra idea de familia, a acoger a los que están solos y abrirles las puertas de nuestro corazón, aunque no sean de nuestra familia. Porque la familia de los hijos de Dios es más grande que la familia de los lazos de la carne. Para la reflexión ¿Cómo vivo la relación con mi propia familia? ¿Me doy cuenta de que en Jesús mi familia se ha ampliado hasta abarcar a toda la humanidad?


¿Cómo practico la acogida y el amor con ellos, mis hermanos y hermanas del mundo, sobre todo los que más sufren?


!GLORIA A DIOS!



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