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NO ES UN DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee noviembre Ee 2019 a las 19:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


Domingo Trigésimosegundo del Tiempo Ordinario


DEL 10 - 16 DE NOVIENBRE 2019


NO ES UN DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS




PRIMERA LECTURA

El Rey del universo nos resucitará a una vida eterna.


Lectura del segundo libro de los Macabeos 6, 1; 7, 1-2. 9-14


El rey Antíoco envió a un consejero ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las costumbres de sus padres y a no vivir conforme a las leyes de Dios.

Fueron detenidos siete hermanos, junto con su madre. El rey, flagelándolos con azotes y tendones de buey, trató de obligarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Pero uno de ellos, hablando en nombre de todos, le dijo: “¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir, antes que violar las leyes de nuestros padres”.

Una vez que el primero murió, llevaron al suplicio al segundo. Y cuando estaba por dar su último suspiro, dijo: “Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna, ya que nosotros morimos por sus leyes”.

Después de éste, fue castigado el tercero. Apenas se lo pidieron, presentó su lengua, extendió decididamente sus manos y dijo con valentía: “Yo he recibido estos miembros como un don del Cielo, pero ahora los desprecio por amor a sus leyes y espero recibirlos nuevamente de Él”. El rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del valor de aquel joven, que no hacía ningún caso de sus sufrimientos.

Una vez que murió éste, sometieron al cuarto a la misma tortura y a los mismos suplicios. Y cuando ya estaba próximo a su fin, habló así: “Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por Él. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.


SALMO RESPONSORIAL 16, 1. 5-6. 8b. 15


R/. ¡Señor, al despertar, me saciaré de tu presencia!

Escucha, Señor, mi justa demanda, atiende a mi clamor; presta oído a mi plegaria, porque en mis labios no hay falsedad.

Mis pies se mantuvieron firmes en los caminos señalados: ¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas! Yo te invoco, Dios mío, porque Tú me respondes: inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.

Escóndeme a la sombra de tus alas. Pero yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia.


SEGUNDA LECTURA


Que el Señor los fortalezca en toda obra y en toda palabra buena.

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 2, 16-3, 5


Hermanos:

Que nuestro Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena.

Finalmente, hermanos, rueguen por nosotros, para que la Palabra del Señor se propague rápidamente y sea glorificada como lo es entre ustedes. Rueguen también para que nos veamos libres de los hombres malvados y perversos, ya que no todos tienen fe.

Pero el Señor es fiel: Él los fortalecerá y los preservará del Maligno. Nosotros tenemos plena confianza en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo nuestras disposiciones.

Que el Señor los encamine hacia el amor de Dios y les dé la perseverancia de Cristo.


EVANGELIO


No es un Dios de muertos, sino de vivientes.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 20, 27-38


Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”


Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.


Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Abrahán.


REFLEXION


Los siete hermanos Macabeos, para no renunciar a la fe, afrontan severamente la muerte, con la firme esperanza que ésta no es su fin, porque están seguros de resucitar a una vida nueva y eterna.


Los saduceos eran una secta hebraica que, a diferencia de los fariseos, negaban la resurrección de los muertos. Lo que ellos le proponen a Cristo en el Evangelio es un falso problema, porque imaginan la vida del más allá como una prolongación de la vida terrena. Ellos, con esta actitud, demuestran ignorar aquello que Dios puede hacer y también ignoran las Sagradas Escrituras, en las cuales, el Señor, es el Dios de los vivos, porque todos viven por él. Si Abraham y los patriarcas hubieran muerto para siempre el Señor no habría cumplido con su promesa de ser su protector, el Dios de Abraham.


La muerte sin esperanza, constituiría una derrota para Dios y una desilusión para el hombre. En el mundo de la resurrección el hombre no está sujeto a todo aquelloque es terreno, sino que a una vida totalmente transfigurada. La omnipotencia divina ha creado un orden de cosas, en el cual el cuerpo resucitará libre de los instintos, de las necesidades y de los compromisos terrenos, para vivir definitiva y eternamente en Dios.


Pablo exhorta a los cristianos a vivir, en la tierra, en la certeza del amor de Dios y perseverando en la esperanza que Él ha abierto en nosotros. La gracia que de Él recibimos en esta tierra, y que ya nos hace sus hijos, es el inicio de la eternidad.


I. PREPARÉMONOS PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR:


Oración Inicial:


Iniciamos el encuentro con el Señor, orando con el Salmo 148

Antífona

R./ Alabad al Señor en el cielo. Aleluya.

Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles; alabadlo todos sus ejércitos.

Alabadlo, sol y luna; alabadlo, estrellas lucientes. Alabadlo, espacios celestes y aguas que cuelgan en el cielo.

Alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó, y existieron. Les dio consistencia perpetua y una ley que no pasará.

Alabad al Señor en la tierra, cetáceos y abismos del mar, rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado que cumple sus órdenes,

montes y todas las sierras, árboles frutales y cedros, fieras y animales domésticos, reptiles y pájaros que vuelan.

Reyes y pueblos del orbe, príncipes y jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños,

alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime. Su majestad sobre el cielo y la tierra; él acrece el vigor de su pueblo. Alabanza de todos sus fieles, de Israel, su pueblo escogido.


Invocación al Espíritu Santo


Ven, Espíritu Santo,

acompáñame en esta experiencia

y que se renueve la cara de mi vida

ante el espejo de tu Palabra.

Ven, Espíritu Santo.

Amén.


II. OREMOS CON LA PALABRA DE DIOS:


LECTURA (Lectio): ¿Qué dice la Palabra? Los saduceos no creían en la resurrección. Se acercan a Jesús para hacerle una pregunta que lleva al extremo un caso estipulado en la ley. Jesús les responde expresándoles que el matrimonio es una realidad temporal, la resurrección no es la prolongación de nuestra vida terrena y que Dios es un Dios de vivos que nos llama a compartir la vida plena con Él.


Texto bíblico: Lc 20, 27-38


MEDITACIÓN (Meditatio): ¿Qué me dice la Palabra? ¿Nos apegamos a nuestra vida terrena a pesar de nuestra fe en la resurrección? ¿Consideramos la muerte como el paso al encuentro de la plenitud de Dios?


ORACIÓN (Oratio): ¿Qué le digo a Dios con esta Palabra? Pidamos al Señor que nos conceda claridad para aceptar nuestra realidad temporal y la capacidad para encontrar la libertad de espíritu para no vivir pendientes de los bienes materiales.


CONTEMPLACIÓN (Contemplatio): Gusta a Dios internamente en tu corazón.

Visualicemos, como los discípulos en el monte, la plenitud de Cristo y pongamos nuestro anhelo en verlo como lo vieron sus discípulos, para quedarnos con Él para siempre.


III. PROFUNDICEMOS CON LOS PADRES DE LA IGLESIA


Comienza la Homilía de un autor del siglo segundo


CRISTO QUISO SALVAR A LOS QUE ESTABAN A PUNTO DE PERECER.


Hermanos: Debemos mirar a Jesucristo como miramos a Dios, pensando que él es el juez de vivos y muertos; y no debemos estimar en poco nuestra salvación. Porque si estimamos en poco a Cristo, poco será también lo que esperamos recibir. Aquellos que, al escuchar sus promesas, creen que se trata de dones mediocres pecan, y nosotros pecamos también si desconocemos de dónde fuimos llamados, quién nos llamó y a qué fin nos ha destinado y menospreciamos los sufrimientos que Cristo padeció por nosotros.


¿Con qué pagaremos al Señor o qué fruto le ofreceremos que sea digno de lo que él nos dio? ¿Cuántos son los dones y beneficios que le debemos? Él nos otorgó la luz, nos llama como un padre, con el nombre de hijos, y cuando estábamos en trance de perecer nos salvó. ¿Cómo pues, podremos alabarlo dignamente o cómo le pagaremos todos sus beneficios? Nuestro espíritu estaba tan ciego que adorábamos las piedras y los leños, el oro y la plata, el bronce y todas las obras salidas de las manos de los hombres; nuestra vida entera no era otra cosa que una muerte. Envueltos, pues, y rodeados de oscuridad, nuestra vida estaba recubierta de tinieblas y Cristo quiso que nuestros ojos se abrieran de nuevo y así la nube que nos rodeaba se disipó.


Él se compadeció, en efecto, de nosotros y. con entrañas de misericordia, nos salvó, pues había visto nuestro extravío y nuestra perdición y cómo no podíamos esperar nada fuera de él que nos aportara la salvación. Nos llamó cuando nosotros no existíamos aún y quiso que pasáramos de la nada al ser.


Alégrate, la estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada. Al decir: Alégrate, la estéril, se refería a nosotros, pues, estéril era nuestra Iglesia antes de que le fueran dados sus hijos. Al decir: Rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores, se significan las plegarias que debemos elevar a Dios, sin desfallecer, como desfallecen las que están de parto. Lo que finalmente se añade: Porque la abandonada tendrá más hijos que la casada, se dijo para significar que nuestro


pueblo parecía al principio estar abandonado del Señor, pero ahora, por nuestra fe, somos más numerosos que aquel pueblo que se creía posesor de Dios.


Otro pasaje de la Escritura dice también: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Esto quiere decir que hay que salvar a los que se pierden. Porque lo grande y admirable no es el afianzar los edificios sólidos sino los que amenazan ruina. De este modo Cristo quiso ayudar a los que perecían y fue la salvación de muchos, pues vino a llamarnos cuando nosotros estábamos ya a punto de perecer.


Padre nuestro


Oración


Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad.


!Gloria a Dios!

RCC-DRVC

He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee noviembre Ee 2019 a las 20:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXI ORDINARIO


03 - 09 de Noviembre del 2019



“He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”


Sab 11,23-12,2: “Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres”


Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Tú amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no la hubieses llamado?

Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.


Sal 144: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey”


Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.


2Tes 1,11-2,2: “Que Cristo sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él”


Hermanos:

Pedimos continuamente por ustedes a Dios para que los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe; de esta manera el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Les rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor fuera inminente.


Lc 19,1-10: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”


En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:

— «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».

Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:

— «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:

— «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».

Jesús le contestó:

— «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».


NOTA IMPORTANTE


En su camino a Jerusalén el Señor Jesús pasa por Jericó, la capital de la región de Cisjordania, ubicada a unos quince kilómetros del Mar Muerto. Algunos arqueólogos sostienen que Jericó ya estaba habitada hacia el año 8000 a.C. y la consideran como la ciudad más antigua hoy conocida.


En la época del Señor Jesús esta ciudad, como toda la Palestina, se encontraba bajo el dominio del Imperio romano. A los pueblos sometidos los romanos les permitían conservar sus costumbres, siempre y cuando reconociesen algunas leyes supremas del Imperio y pagaran el tributo al César. La recaudación de este tributo la realizaban habitantes nativos, a quienes se les conocía con el nombre de publicanos. Éstos, por sus cobros abusivos y por prestarse a colaborar con una nación pagana, eran aborrecidos por el pueblo y considerados como “pecadores”, hombres impuros, rechazados por Dios.


En Jericó vivía Zaqueo, «un hombre muy rico... jefe de los publicanos». Los “jefes de publicanos” eran aquellos a quienes Roma arrendaba el cobro de los impuestos, y que a su vez subcontrataban a otros publicanos para realizar la tarea específica de la recolección de impuestos. Lo más probable es que Zaqueo ya tuviese cierta riqueza antes de asumir su cargo como jefe de publicanos, y que su patrimonio se viese notablemente incrementado gracias a este cargo.


A Zaqueo nada le faltaba. Gracias a su riqueza, todo lo tenía a su alcance. Aún así abandona sus comodidades para ver al Señor Jesús que pasaba por su pueblo. Su deseo es tan fuerte que olvida su rango y jerarquía: «Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo». Un judío de cierta edad, más aún si era rico, debía asumir una actitud venerable, un caminar pausado. Correr no correspondía a su dignidad, y menos aún subirse a un árbol. A Zaqueo no le importa su imagen personal, no le importa guardar apariencias con tal de ver al Señor. Hay en él un profundo deseo de saciar una sed que las riquezas y el poder no pueden apagar.


El Señor, que conoce los corazones, sale a su encuentro, levanta la mirada y le dice: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».


Que el Señor se haga hospedar por un hombre pecador genera escándalo: ¿cómo podía un hombre santo pedir ser hospedado en casa de un hombre impuro? Más incomprensible se hacía esto cuando en la mentalidad oriental ser hospedado en casa de alguien era no sólo un gesto de cortesía, sino que significaba la acogida en la intimidad de la familia, un gesto de amistad y comunión profunda.


Mas no es el Señor quien queda impuro al ser acogido por los pecadores, sino Él quien purifica a quien se abre a su Presencia y lo acoge en su casa, en la intimidadde su corazón. En el encuentro con el Señor, Zaqueo halla a Aquel único que puede saciar su sed de Infinito, de felicidad, y se convierte a Él.


Este proceso interior de conversión permanece invisible a los ojos humanos, pero se expresa de modo visible en la resolución firme de compartir sus riquezas con los necesitados, así como de restituir cualquier injusticia cometida, mucho más allá de lo exigido por la justicia. Solemnemente se pone de pie para proclamar ante el Señor y todos los amigos y familiares presentes: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».


La conversión de Zaqueo permite al Señor dar a conocer a todos la razón de su comportamiento, que tan escandaloso había resultado para muchos: «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Zaqueo nos muestra un corazón anhelante de encuentro con el Señor. Tiene mucho dinero y poder, pero algo le falta. Él mismo no sabe qué le falta, tampoco sabe qué le puede ofrecer el Señor, pero quiere verlo aunque sea de lejos, quiere encontrarse con Él cara a cara.

Al mismo tiempo se encuentra con una limitación: era pequeño de estatura. Este detalle nos hace pensar en lo “pequeños de estatura” que somos también nosotros muchas veces: por nuestra poca estatura espiritual la turba de pensamientos anti-evangélicos, de tentaciones, de pecados, de aspiraciones egoístas y mezquinas que nos “aprieta por todos lados” es capaz de impedirnos ver al Señor Jesús cuando Él se acerca, cuando Él pasa.


Zaqueo pone los medios adecuados para superar este obstáculo. Se sube a un árbol para elevarse por encima de aquella muchedumbre que le impide ver al Señor. También nosotros hemos de “subir al árbol” de la diaria oración para poder ver al Señor. La oración hace posible ver el rostro del Señor, hace posible encontrarse con su mirada, una mirada penetrante, plena de amor. Es también en la oración cuando escuchamos al Señor que nos dice: «hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). Sí, el Señor sale a nuestro encuentro cuando lo buscamos con sincero corazón, y nos pide llevarlo a nuestra casa, acogerlo en nuestro interior. ¡Cómo resuenan entonces las palabras del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20)!


La respuesta de Zaqueo es inmediata: «bajó en seguida y lo recibió muy contento» (Lc 19,6). ¡Qué diferencia con nuestra actitud muchas veces tan lenta y desconfiada! ¡Cuántas veces tenemos miedo de abrirle al Señor la puerta de nuestro corazón y dejarlo entrar! ¡Cuántas veces, aunque nuestro corazón nos reclama un encuentro mayor, respondemos ante la invitación del Señor: “no Señor, de lejos nomás, porque dejarte entrar a mi casa ya es mucha intimidad y demasiado compromiso”!


Zaqueo no duda ni un instante, inmediatamente lo lleva a su casa y le abre las puertas de su corazón de par en par. Es allí, en su casa, donde se produce el encuentro transformante con el Señor, encuentro que lleva a la conversión profunda, radical, valiente, audaz. ¡Así es el encuentro con el Señor cuando le abrimos de par en par las puertas, cuando lo dejamos entrar a lo más íntimo de nosotros mismos! La conversión, el cambio de vida, es fruto de un encuentro real con Jesucristo: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más» Lc 19,8.


Fruto de la oración, de aquella que es encuentro auténtico con el Señor, es la conversión que se expresa en la acción decidida por cambiar todo aquello que en nosotros se aparta de las enseñanzas del Señor, todo aquello que lleva a defraudar al prójimo y atenta contra la caridad. No se mide una buena oración por la intensidad del sentimiento, sino por cuán decididos estamos a cambiar, a corregirnos, a pedir perdón a quienes hemos ofendido y a “restituir cuatro veces más” a quienes hayamos podido defraudar por nuestro egoísmo. Por una buena oración la mezquindad y el egoísmo ceden para dar paso a la caridad y generosidad multiplicada.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa». San Beda


«Aprendan los ricos que no consiste el crimen en las riquezas, sino en no saber usar de ellas; porque así como las riquezas son impedimentos para los malos, son también un medio de virtud para los buenos». San Ambrosio


«Considera la excesiva bondad del Salvador. El inocente trata con los culpables, la fuente de la justicia con la avaricia, que es fundamento de perversidad; cuando haentrado en la casa del publicano, no sufre ofensa alguna por la nebulosidad de la avaricia; antes al contrario hace desaparecer la avaricia con el brillo de su justicia. Pero los murmuradores y los amantes de censurar, empiezan a tentarle acerca de lo que hacía. Pero Él, acusado como convidado y amigo de los publicanos, despreciaba todas estas cosas, con el fin de llevar adelante su propósito; porque no cura el médico si no soporta la hediondez de las llagas de los enfermos y sigue adelante en su propósito de curarle. Esto mismo sucedió entonces: el publicano se había convertido y se hizo mejor que antes». San Juan Crisóstomo


«¿Por qué me recrimináis si encamino bien a los pecadores? Tan distante está de mí el odio a los pecadores, que si he venido al mundo ha sido por ellos; porque he venido como médico y no como juez; por esto me convido en casa de los enfermos, sufro el mal olor que despiden y les aplico los remedios. Dirá alguno: ¿cómo es que San Pablo manda que si uno de nuestros hermanos es lascivo o avaro no comamos siquiera con él, y Jesucristo se convida en casa de los publicanos? (1Cor 5,11). Pero éstos todavía no habían llegado a ser hermanos, y San Pablo mandó que no se tratase con los hermanos cuando obran mal; pero ahora todos habían cambiado». San Juan Crisóstomo


LOS CATECISMO DE LA IGLESIA


El Señor ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido


545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2,17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» Mt 26,28.


679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.


El deber de reparación


2412: En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: «Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» Lc 19,8. Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente de ese bien. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.


1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.


2487: Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.


CONCLUSION


«Hoy la salvación ha llegado a esta casa»


Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de noviembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 19, 1-10


El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos del presente Domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser y su sentido último (Sabiduría 11, 23-12,2). El amor que Dios tiene por todos, sin distinción alguna, busca salvar a aquellos que están perdidos (San Lucas 19, 1-10). El amor de Dios hacia los cristianos que exige que vivan de acuerdo a lo que son, «para queel nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-2,2).


«Zaqueo era jefe de publicanos y rico»


En el Evangelio del Domingo pasado se hablaba también de un publicano; pero era el personaje de una parábola. En el Evangelio de hoy se trata de un publicano real del cual se nos dice incluso el nombre y hasta su estatura. Zaqueo era «jefe de publicanos y rico». Y si en la parábola Jesús concluía que el publicano «bajó a su casa justificado», aquí podemos ver qué significa en concreto «ser justificado». Todos sabemos que en el tiempo de Jesús la Palestina estaba bajo el dominio de Roma. Pero Roma permitía a los pueblos sometidos bastante libertad para observar sus costumbres, con tal que reconocieran ciertas leyes supremas del Imperio y pagaran el tributo al César. Es así que la Judea, después de haber sido parte del reino de Herodes el Grande, fue gobernada por su hijo Arquelao; y sólo porque éste fue incapaz de mantener el orden, fue nombrado un procurador romano, que durante el ministerio público de Jesús era Poncio Pilato. Incluso para la recaudación del tributo, Roma daba la concesión a personajes del lugar. Tratándose de un impuesto para el Estado (la «res publica» es decir la cosa pública), el nombre griego «telones», que se daba a estos personajes, fue traducido al latín por «publicanus».


Los publicanos estaban investidos de poder para exigir este impuesto a la población. Y muchas veces abusaban exigiendo un pago superior al debido. Después de entregar a Roma el precio de la concesión, se enriquecían ellos con lo defraudado. El mismo Lucas refiere que a algunos publicanos que vinieron donde Juan el Bautista para ser bautiza¬dos con el bautismo de conversión, y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?”, él les respondió: ‘No exijáis más de los que os está fijado’» (Lc 3,12-13). Y a nadie le es agradable pagar impuestos a una potencia extranjera, ¡cuánto más si sabemos que nuestro dinero va a enriquecer a un compatriota colaboracionista que fija la cantidad arbitrariamente! Es entonces comprensible que los publicanos fueran odiados y que tuvieran fama de pecadores. Zaqueo era «jefe de publicanos» y no sólo tenía fama de pecador sino que ciertamente lo era. Lo mismo que el publicano de la parábola que reconocía ante Dios: «¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!»


La salvación: don gratuito de Dios y aceptación libre del hombre


Una de los puntos claros de este episodio es la gratuidad de la salvación. Cuando Jesús llegó a Jericó, «Zaqueo trataba de ver quién era Jesús» ya que era de baja estatura, como coloca puntualmente Lucas. Por aquí comenzó la acción de la gracia. «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verlo, pues Jesús iba a pasar por allí». ¿Quién le inspiró a Zaqueo esta curiosidad tan grande, que, a pesar de su rango, lo llevó a subirse a un sicómoro? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «la preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia» .


Un judío de cierta edad, más aún si es rico, asume una actitud venerable y no se rebaja a correr. En la parábola del hijo pródigo el padre es presentado «corriendo» al encuentro de su hijo perdido que vuelve, pero se describe así precisamente para destacar su inmensa alegría. Zaqueo no sólo corre, sino que se trepa a un árbol como un niño. Para ver a Jesús hace todo lo que puede, incluso pasando por encima de su honor. La humildad de Zaqueo no podía pasar inadvertida ante Dios. Dios premia siempre un gesto de humildad del hombre. El Evangelio continúa y Jesús, alzando la vista, dice: «Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». ¿Qué obra buena había hecho Zaqueo para que mereciera esta gracia, es decir, que Jesús se dirigiera a él y lo distinguiera alojándose en su casa? Al contrario, sus obras habían sido malas, tanto que todos comentaban: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». ¡Y esto, lamentablemente, era verdad!


Hasta aquí todo es don de Dios. Es Dios quien le está dando la posibilidad de cambiar de vida. Pero lo que sigue revela que Zaqueo ya es un hombre nuevo, es decir que está actuando siguiendo las mociones de esa vida nueva que le ha sido dada. Nadie lo obliga, es libre, y libremente dice: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien le devolveré el cuádruplo». Según la ley mosaica estaba obligado a restituir el total sustraído y un quinto más de la suma (ver Lv 5,24; Nm 5,7); si bien la ley romana imponía el cuádruplo. Pero además Zaqueo está dispuesto a repartir entre los pobres la mitad de su hacienda. Si se examina con atención las cifras en juego, veremos que no le iba a quedar nada o, en el mejor de los casos, muy poco. Esta es una obra de amor superior a sus fuerzas naturales; pero le fue posible hacerla porque fue Cristo quien lo habilitó a ella dándole la salvación como un don gratuito. Zaqueo, por su parte, se abre a este don y responde desde su libertad ya que siempre: «la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre» . Esto es lo que comenta Jesús a modo de corolario: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa… porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». La salvación es un don de Dios absolutamente inalcanzable por el propio esfuerzo del hombre «perdido»; peroDios lo da a quien pone todo lo que está de su parte, aunque siempre es mínimo en comparación con el don de Dios. En este caso, Zaqueo puso lo suyo: correr como un niño y subirse a un árbol. Si él hubiera rehusado hacer esta acción humilde, todo se habría frustrado y hoy día no estaríamos leyendo esta hermosa página del Evangelio.


«Señor, que amas la vida»


El libro de la Sabiduría de Salomón apareció en el siglo I a.C. y fue escrito probablemente en Alejandría. Puede ser considerado el libro más helenístico de todos los libros sapiensales y su fin era alejar de la idolatría a los judíos en Egipto, demostrando que la sabiduría de Dios supera ampliamente a la pagana. La omnipotencia de Dios, sola, no explica adecuadamente la creación, entra también el deseo amoroso de crear y conservar todo por amor. «Señor, que amas la vida» (Sb 11,26): ésta es quizás una de las afirmaciones más consoladoras de la Sagrada Escritura. Sabemos, en efecto, que Dios es todopoderoso, eterno y omnisciente. Pero ¿qué sería de nosotros si con todo esto fuera malo y cruel? Más San Juan nos dice que «Dios es amor» ver 1Jn 4,8 y San Pablo no se cansa de destacar el inmenso amor que nos tiene (ver Filp 3,21) y esa infinita bondad lo llevó a dar su Hijo único por nosotros (ver Jn 3,16) para hacernos hijos en el Hijo.


Santo Tomás formula el mismo pensamiento diciendo que Dios está más dispuesto a darnos que nosotros a recibir. Esta Buena Nueva de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no la hubiese revelado. En ella reside nuestra plena alegría, esperanza y reconciliación; porque el hombre que no se sabe amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo.


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús lo miró. Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo. Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselos a los romanos. Los publicanos eran mal vistos, incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados de los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar. Eran traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.


Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza,una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. Aunque no nos atrevemos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. Los invito, que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.


Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.

Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a los otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto».


Papa Francisco. Plaza de la Revolución, Holguín. Lunes 21 de septiembre de 2015.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Comentando este pasaje nos dice Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la

bendición de hospedar al Señor en su casa». ¿Qué estoy dispuesto a dejar para recibir a Jesús en mi casa?

2. Leamos y meditemos el salmo responsorial de este Domingo: Salmo 145 (144).

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1996- 2005.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


Es preciso orar siempre, sin desfallecer

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee octubre Ee 2019 a las 20:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXX ORDINARIO


27 de Octubre al 2 Noviembre del 2019


"Es preciso orar siempre, sin desfallecer"




Eclo 35,15-17.20-22: “La oración del humilde atraviesa las nubes”


El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no favorece a nadie en perjuicio del pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano ni las quejas insistentes de la viuda; sus penas consiguen su favor, y su grito llega hasta el cielo; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no desiste hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.


Sal 33,2-3.17-19. 23: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”


Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,

para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita,

el Señor lo escucha

y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,

salva a los abatidos.

El Señor redime a sus siervos,

no será castigado quien se acoge a Él.


2Tim 4,6-8.16-18: “Me aguarda la corona merecida”


Querido hermano:

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He peleado bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida gloriosa.

La primera vez que me defendí, nadie me asistió, todos me abandonaron. Que Dios los perdone.

Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar ínte¬gro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los paganos. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino celestial.

¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.



 


Lc 18,9-14: “El publicano bajó a su casa justificado; el fariseo, no”


En aquel tiempo, para algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

— «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su inte¬rior:

“¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:

“¡Oh Dios!, ten compasión de mí que soy un pecador”.

Les digo que este último bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».


NOTA IMPORTANTE


La voz fariseo proviene del hebreo parash que significa separado, segregado. Con este nombre se denominó, probablemente a fines del sigo II a.C., a una secta de origen religioso que se segregó del resto del pueblo de Israel con la finalidad de observar estrictamente la Ley de Moisés. Como se ve en el Evangelio, los fariseos estaban convencidos de que ellos alcanzaban el perdón de Dios y la salvación mediante esta minuciosa observancia de la Ley y de todas las normas y prescripciones derivadas de ella. Su piedad era muy estimada por el pueblo, y se los saludaba con mucho respeto en las plazas. A los más preparados se les llamaba Rabí, es decir, Maestro. En cuanto al estudio de la Torá ampliaban tanto el alcance de las leyes que muchas normas resultaban imposibles de cumplir para los judíos comunes. Entre otras cosas, guardaban escrupulosamente el sábado, insistían en la oración ritual, en el ayuno y el diezmo, en la conservación de la pureza ritual.


No es difícil imaginar que la gran tentación para ellos era la de despreciar a quienes no vivían las exigencias de la Ley y las numerosas normas y observancias que con el tiempo la tradición farisaica había acumulado. Es justamente a los fariseos que «teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás», que el Señor dirige la parábola de la oración del fariseo y del publicano en el Templo.


Los publicanos eran los recaudadores de impuestos y derechos aduaneros con que Roma gravaba a los pueblos sometidos a su dominio. Los tributos no los cobraban empleados romanos. El cobro se arrendaba a pobladores particulares, quienes a su vez subcontrataban a otros empleados a su servicio. Los publicanos eran lógicamente aborrecidos por el pueblo debido a la arbitrariedad y abuso con que procedían en el cobro de los impuestos. Por su oficio eran considerados, además, como hombres “impuros” (ver Mt 18,17). Como tales se les tenía como hombres despreciados y rechazados por Dios mismo. El trato con ellos debía evitarse y era causa de escándalo. A ellos sólo les quedaba rodearse de la compañía de otros “pecadores” como ellos (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1).


Ahora podemos entender mejor el remezón profundo que debió haber ocasionado la parábola del Señor entre sus oyentes. A diferencia de lo que los fariseos pensaban y enseñaban, el Señor Jesús enseña que es el arrepentimiento y la humilde súplica del pecador la que obtiene el perdón de los pecados y la justificación por parte de Dios, no así la “autosalvación” proclamada por los fariseos, la “autojustificación” alcanzada por los propios esfuerzos en el cumplimiento perfecto de las normas de la Ley. El desprecio de todos aquellos que no son “perfectos como él” no hace sino desenmascarar la soberbia que se oculta en semejante actitud y que finalmente impide que el fariseo pueda ser justificado por Dios.

El Señor concluye su parábola con una fuerte lección de humildad: «todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Señor tiene una intención muy clara cuando contrapone la oración del fariseo a la del publicano: educar a quienes se tenían por justos y despreciaban a los demás. Esta actitud la conocemos con el nombre de soberbia.


Si queremos una breve definición de la soberbia podemos decir con San Juan Clímaco que se trata del «amor desordenado de la propia excelencia». Este amor desordenado por uno mismo lleva al desprecio de los demás, y también al desprecio de Dios. El fariseo se considera justo y justificado por sus obras buenas, por cumplir con la Ley. Con su “oración” —que en realidad es un monólogo autosuficiente— se yergue ante Dios y se atribuye a sí mismo el lugar de Dios para juzgarse merecedor de la salvación. Con la intención de vivir una vida muy religiosa ha terminado desplazando a Dios y ocupando su lugar. Y como estima en demasía su propia excelencia, juzga y desprecia a quienes no son como él.


¿Cuántas veces tenemos actitudes semejantes? En efecto, de muchas maneras se manifiesta mi soberbia, por ejemplo, cuando me cuesta ver o reconocer mis propios defectos o pecados, cuando me creo justo porque “no hago mal a nadie”, o acaso porque “cumplo con el precepto dominical de ir a Misa” y rezo de vez en cuando algunas oraciones.


Por otro lado, ¡que fácil me resulta ver los defectos de los demás! Critico, juzgo, me lleno de prejuicios y amarguras contra los que no hacen las cosas como yo exijo, con tanta facilidad hablo mal de los demás condenando sus defectos y errores mientras que con mis propios defectos y equivocaciones soy tan indulgente. Y si alguien se atreve a corregirme por algo que objetivamente he hecho mal, me molesto, reacciono con cólera y rechazo su corrección con el soberbio argumento de “¿y quién eres tú para corregirme a mí?”. ¿Cuántas veces he tomado una necesaria corrección como si fuese un insulto o una grave afrenta? ¡Qué difícil se nos hace reconocer que hemos faltado, que hemos hecho mal! ¿Cuántas veces me niego a pedir perdón pues “sería como rebajarme” o “mostrar un signo de debilidad”, o porque estoy esperando a que el otro “me pida perdón primero”?


Sí, hay en cada uno de nosotros una profunda raíz de soberbia, raíz que debemos arrancar. Y no hay otro modo de vencer la soberbia sino ejercitándonos en la virtud contraria: la humildad.


La humildad es andar en verdad, es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestra absoluta dependencia de Él. La humildad es reconocerme pecador ante Dios, necesitado de su misericordia, de su perdón y de su gracia. En cuanto al prójimo, es no creerme más, ni mejor, ni superior a nadie.


¿Quieres crecer en humildad? No dejes de acudir a Dios para pedirle que perdone tus pecados. Asimismo, procura acoger toda corrección con humildad. No respondas mal a quien te haga ver un error o un defecto tuyo, no te justifiques, guarda silencio y acoge lo que de verdad tiene la corrección. Si has actuado mal, pide perdón con sencillez. Y si alguien te ha ofendido, perdónalo en tu corazón. No te resistas a perdonar a quien te pide perdón. Asimismo proponte no juzgar a nadie, pues sólo el Señor conoce lo que hay en los corazones. Examínate con frecuencia a ti mismo y fíjate en tus propios defectos, para que antes que criticar a los demás por sus defectos busques primero cambiar los tuyos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


San Agustín: «Observa sus palabras [del fariseo] y no encontrarás en ellas ruego alguno dirigido a Dios. Había subido en verdad a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino ensalzarse a sí mismo, e insultar también al que oraba. Entre tanto el publicano, a quien alejaba su propia conciencia, se aproximaba por su piedad».


San Gregorio: «De cuatro maneras suele demostrarse la hinchazón con que se da a conocer la arrogancia. Primero, cuando cada uno cree que lo bueno nace exclusivamente de sí mismo; luego cuando uno, convencido de que se le ha dado la gracia de lo Alto, cree haberla recibido por los propios méritos; en tercer lugar cuando se jacta uno de tener lo que no tiene y finalmente cuando se desprecia a los demás queriendo aparecer como que se tiene lo que aquéllos desean. Así se atribuye a sí mismo el fariseo los méritos de sus buenas obras».


San Agustín: «Porque la soberbia nos había herido, nos sana la humildad. Vino Dios humilde para curar al hombre de la tan grave herida de la soberbia, vino el Hijo de Dios en figura de hombre y se hizo humildad. Se te manda, pues, que seas humilde. No que de hombre te hagas bestia; Él, siendo Dios se hizo hombre; tú, siendo hombre, reconoce que eres hombre; toda tu humildad consiste en conocerte a ti mismo... Tú, siendo hombre, quisiste hacerte Dios para perecer; Él siendo Dios, quiso hacerse hombre para buscar lo que había perecido. A ti no se te manda ser menos de lo que eres, sino: “conoce lo que eres”; conócete débil, conócete hombre, conócete pecador; conoce que Él es quien justifica, conoce que estás mancillado. Aparezca en tu confesión la mancha de tu corazón y pertenecerás al rebaño de Cristo».


San Juan Crisóstomo: «Aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración. Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios. Por lo que señala la causa de su sentencia cuando añade (Sal 50,19): “Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado”».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Tres parábolas del Señor sobre la oración


2613: San Lucas nos ha transmitido tres parábolas principales sobre la oración:

La primera, «el amigo importuno», invita a una oración insistente: «Llamad y se os abrirá». Al que ora así, el Padre del cielo «le dará todo lo que necesite», y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

La segunda, «la viuda importuna», está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿Fechas específicas sobre la tierra?»

La tercera parábola, «el fariseo y el publicano», se refiere a la humildad del corazón que ora. «Oh Dios, diez compasión de mí que soy pecador». La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: «Kyrie eleison!».


Los actos del penitente


1450: «La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción» (Catecismo Romano).


La contrición


1451: Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es «un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar» (Concilio de Trento).


La confesión de los pecados


1455: La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.


La satisfacción


1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».

 


REFLEXION FINAL


«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»



Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 27 de octubre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9 -14


Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado (San Lucas 18, 9 -14). El Sirácida, en la primera lectura Eclesiástico 35, 12-14. 16-18, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» Timoteo 4, 6-8.16-18.


Dos actitudes ante Dios


La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado, ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».


¿Quiénes eran los «fariseos»?


Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo, la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente a fines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús.


El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros). A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.


¿Quién era un «publicano»?


Por otro lado «Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.


Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1). Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación.


¿Qué oración fue escuchada por el Señor?


En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.


El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).


«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes»


Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo.


En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace penitencia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bien, -¡observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la soberbia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los soberbios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez.


Dios, el Juez justo y bueno


Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.


Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, sino de la justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja.


Una palabra del Santo Padre:


«Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14).


Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. O sea, el fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.


No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón.


El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 1 de junio de 2016.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?

2. Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.


!GLORIA A DIOS!

RCC-DRVC



Es preciso orar siempre, sin desfallecer

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee octubre Ee 2019 a las 21:15 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC -DRVC


Domingo XXIX Ordinario



20 - 26 de octubre del 2019


"Es preciso orar siempre, sin desfallecer"


Éx 17,8-13: “Mientras Moisés tenía alzadas las manos en alto, vencía Israel”


En esos días, los amalecitas vinieron a atacar a los israelitas en Refidín.

Moisés dijo a Josué:

- «Escoge unos cuantos hombres, vete a luchar y ataca a Amalec. Mañana yo estaré de pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano ».

Hizo Josué lo que dijo Moisés, y atacó a Amalec; mientras tanto Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte.

Mientras Moisés tenía las manos en alto, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.

Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec ya su tropa, un filo de espada.


Sal 120,1-8: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”


Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

No permites que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal, Él guarda tu alma; El Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre.


2Tim 3,14-4,2: “Permanencia firme en lo que aprendió y se te confió”


Querido hermano:

Permanencia firme en lo que ha aprendido y se ha confiado, sabiendo de quién lo aprendió y qué desde niño conoce la Sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará formado y capacitado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que se manifiesta como rey vendrá a juzgar a vivos y muertos, te ruego encarecidamente: proclama la palabra, insiste al tiempo y destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.


Lc 18,1-8: "Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a Él"


En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo se debe especificar que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

- «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en la misma ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle:

"Hazme justicia frente a mi enemigo".

Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:

“Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, para que no venga continuamente a molestarme” ».

Y el Señor adecuadamente:

- «Fíjense en lo que dice el juez injusto; entonces Dios, ¿no harás justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿Los tendrán que esperar? Yo les aseguro que les haré justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿debería esa fe sobre la tierra? »»


NOTA IMPORTANTE


Camino a Jerusalén el Señor Jesús les habla a sus discípulos de aquel día en que “ el Hijo del hombre” habrá de manifestarse (ver Lc 17,22-37). El título lo usaba para hablar de sí mismo y explícitamente referencia a la visión del profeta Daniel: «Aquí está en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre ... se le dio imperio, honor y reino ... su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás »( Dan 7,13-14). Aquel " día" al que se refiere el Señor es el momento histórico en que Él volverá glorioso al final de los tiempos, el día que se llevará a cabo el juicio final (ver Mt 25,31ss).

La parábola del juez inicuo y la viuda importuna se enmarcan en este contexto. La intención del Señor es explicarles «a sus discípulos cómo se debe saber qué orar siempre sin desanimarse».


En primer lugar, el creyente ha de orar siempre . En el texto griego el adverbio “pantote” se traduce literalmente por “en todo momento”. La oración ha de ser ininterrumpida . Esto implica rezar todos los días, tener momentos fuertes de diálogo con Dios, pero también implicar de alguna manera lograr que la misma acción se convierta en oración. En este sentido, no deja de rezar quien vive en presencia de Dios, y quien se sumerge en esa presencia, busca dar gloria a Dios con sus acciones.


En segundo lugar, el creyente ha de orar sin desanimarse , sin desfallecer , sin perder la constancia en la prueba, o en el “desierto”, cuando rezar se vuelve tedioso, aburrido, cansino, cuando parece que Dios no escucha o no responde, cuando parece que la oración no es más que un monólogo. El discípulo ha de perseverar en la oración aún cuando su oración parezca no tener el resultado esperado, a pesar de las dificultades y obstáculos que pueden aparecer en el camino y que suelen desanimar y desalentar a tantos.


Luego de afirmar la necesidad de la oración continua y de la perseverancia en la misma, y en vistas a “ aquel día” , el Señor ofrece una parábola para salir al paso de aquellos que piensan que Dios no hace justicia a pesar de sus súplicas. Quien así piensa, corre el peligro de abandonar la oración y, como consecuencia, perder la fe.


La comparación es una estampa de la vida cotidiana. En la antigua sociedad judía las mujeres solían desposar a los últimos años de edad y muchos quedaban viudas muy jóvenes. Las viudas, junto con los huérfanos y los pobres, eran las personas más desprotegidas de la sociedad. La viuda de la parábola no tenía cómo "comprar" al juez corrupto, un hombre clínico que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Por más que la causa de esta viuda fuera de justa, al juez no le interesaba perder el tiempo con ella. Con un juez así ninguna viuda tenía las de ganar. Sin embargo, ante una situación tan desalentadora, ella persevera en su súplica día tras día hasta que el juez decida la justicia para la liberación de la continua molestia. Es así como por su insistencia y persistencia súplica la viuda obtuvo justicia.


De esta parábola el Señor Jesús saca la siguiente conclusión: si aquel juez inició la justicia a la viuda por su terca e insistente súplica, «Dios, ¿no harás justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?». Ante la tentación del desfallecimiento por una larga espera, ante las duras pruebas e injusticias sufridas día a día, los discípulos deben perseverar en la oración y en la audiencia, con la certeza de que Dios que en justicia les pertenece (ver Lc 16,12).


El Señor Jesús da un entendimiento de la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas están garantizados. La gran pregunta más bien es si los discípulos mantendrán la fe durante la espera y las pruebas que puedan sobrevenirles: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿tendrá esa fe sobre la tierra?»


La necesidad y eficacia de la oración quedan de manifiesto en la batalla de Israel contra los amalecitas (ver 1ª. Lectura): Mientras Moisés tenía elevadas las manos al Cielo, como símbolo elocuente de la oración que se eleva a Dios, Israel prevalecía contra sus enemigos. Pero cuando sus brazos se hacían demasiado pesados, cuando el cansancio y la fatiga tenían que la oración de Moisés se debilitara, prevalecía el enemigo. Es por la oración perseverante de Moisés, que encontró apoyo en Aarón y Jur, como Israel pudo finalmente vencer a sus enemigos. Del mismo modo, el triunfo final en el combate de la fe depende más de la oración perseverante que de la sola lucha espiritual. La lucha es necesaria, pero sin la oración perseverante no se mantiene. Las solas fuerzas humanas son absolutamente insuficientes en el combate contra las fuerzas del mal. Aunque Dios llama a la cooperación humana, a la lucha decidida, solo vence quien ora siempre y sin desfallecer.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Cuando el Hijo del hombre venga, ¿debería la fe sobre la tierra?». La pregunta que lanza el Señor a sus Apóstoles es un cuestionamiento dirigido hoy a cada uno de nosotros. Por eso, no puedo menos que preguntarme: si el Señor viniera en este momento, ¿encontraría fe en mi corazón? ¿Cómo es mi fe? ¿Es firme o es débil? ¿Se manifiesta mi fe en mi conducta cotidiana, o es que acaso digo que creo en el Señor, pero me comporto y actúo muchas veces como quien no cree? Grabar que la fe es creer en Dios y creerle a Él, es adherirme a todo lo que Él me revela (ver Catecismo de la Iglesia Católica , 142-143; 176), una adhesión de mente y de corazón que se vuelca en la acción .


También nosotros, al reconocer que nuestra fe es pequeña, frágil, débil, al ver cómo muchas veces desconfiamos del Señor y del amor que nos tiene, al ver muchas veces dudamos o prescindimos de Dios en nuestras opciones cotidianas, podemos decir: «Señor, ¡Aumenta mi fe! ». Sí, también nosotros como los Apóstoles hemos de suplicar al Señor la gracia de crecer cada día más en la fe que Él mismo nos ha regalado el día de nuestro Bautismo.


Pero si bien nos da el don de poder creer en Él y la gracia para poder crecer en esa fe, el Señor también nos enseña qué para esa fe se sostenga, crezca, madure y se fortalezca es preciso que oremos siempre, sin desfallecer : «La fe produce la oración y la oración produce una vez la firmeza de la fe», oración San Agustín. Quien cree, reza, busca dialogar con Dios. Al mismo tiempo, su fe se alimenta de la oración constante, perseverante. La fe crece en el encuentro diario con el Señor, en la escucha y meditación de su palabra, y se hace firme y se consolida cuando se traduce en obras concretas. En cambio, la fe se torna inconsistente, se marchita y muere en aquel o aquella que reza poco, mal o nunca.


Orar siempre implica , por un lado, tener momentos fuertes de oración a lo largo del día, y todos los días. Esto implica separar un tiempo adecuado para el diálogo interior con Dios, así como para la meditación, profundización y asimilación de las lecciones que el Señor Jesús nos da en los Evangelios, ya sea con sus enseñanzas o con el ejemplo de su Vida.


Orar siempre implica tener problemas con la interrupción, es decir, no dejar en ningún momento. ¿Pero es esto posible? Obviamente esto es imposible: nadie puede dedicar específicamente a la oración, y no hacer otra cosa más que rezar. Pero siempre es posible si logramos hacer de nuestras mismas actividades una oración continua . ¿Cómo puede la acción convertirse en oración? ¿No se oponen acaso oración y acción? Pues no. La oración y la acción están llamadas a integrarse y fecundarse mutuamente en un dinamismo mediante el cual la oración nutre la vida y la acción mientras que la acción y la vida cotidiana se hacen oración: «Todo lo que el justo hace o dice en conformidad con el Señor, debe afectar como oración», mencionados San Beda. Toda actividad se convierte en oración cuando ella busca cumplir el Plan de Dios, cuando busca hacer todas nuestras actividades —desde las más sencillas y ordinarias hasta las más exigentes y delicadas— para el Señor y por el Señor. Si hago eso, estaré rezando siempre .


Orar sin desfallecer es una invitación del Señor a no retirar jamás los momentos fuertes de oración, bajo ninguna circunstancia o pretexto. Y es que para la oración perseverante encontrando muchos obstáculos que nos desalientan o se cambian en “buena excusa” para abandonar la oración, primero un día, luego dos, luego definitivamente. Orar sin desfallecerimplica no dejarse vencer por falsas auto-justificaciones como pueden ser: "no tengo tiempo para rezar porque tengo tantas cosas que hacer", "no siento nada", "me da pereza", "Dios no me escucha", "rezo al final del día ”, etc., etc. Ninguna excusa es válida para relegar el encuentro cotidiano con el Señor. Organízate bien, dedícale un tiempo a la oración, no te dejes vencer por la pereza, no la dejes para el final del día cuando estés fatigado y lleno de bulla, busca el momento más adecuado para orar y de ser posible, que sea lo primero que hagas al empezar tu jornada. ¡Verás cuánto te ayuda una oración bien hecha al inicio de cada día!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


San Juan Crisóstomo: «El que te redimió y el que quiso crearte, fue quien lo dijo. No quiere que cesen tus oraciones; quiere que medites los beneficios cuando pides y quiere que por la oración recibas lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide y por su piedad alienta a los que oran a que no se pueden enviar. Admite, pues, con gusto las exhortaciones del Señor: debes querer lo que manda y debes no querer lo que el mismo Señor prohíbe. Considere, finalmente, cuánta es la gracia que se concede: tratar con Dios por la oración y pedir todo lo que desean. Y aunque el Señor calla en cuanto a la palabra, responde con los beneficios. No desde lo que le pides, no se hastía sino cuando callas ».


San Agustín: «Si algo sucede en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De él nos dio ejemplo de aquel divino mediador, el cual dijo en su pasión: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz , pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que perdió al hacerse hombre, automáticamente: Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya . Por lo cual, entendemos perfectamente que por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos ».


San Juan Crisóstomo: «Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con Él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, está iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a algunos momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche ».


San Beda: «Debes decir también que ora siempre y no falta el que no deja nunca el oficio de las horas canónicas. Y todo lo demás que el justo hace o dice en conformidad con el Señor, debe afectar como oración ».


San Agustín: «La perseverancia del que ruega debe durar hasta que se consiga lo que se pida en presencia del injusto juez. Por tanto, deben estar bien seguros los que ruegan a Dios con perseverancia, porque Él es la fuente de la justicia y de la misericordia ».


San Agustín: "Esto lo agrega el Señor" para dar a conocer que si la falta, la oración es inútil. Por tanto, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración y la oración produce una vez la firmeza de la fe ».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Tres parábolas del Señor sobre la oración


2613: San Lucas nos ha transmitido tres parábolas principales sobre la oración:

La primera, «el amigo importuno», invita a una oración insistente: «Llamad y se os abrirá». Al que ora así, el Padre del cielo «le dará todo lo que necesite», y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

La segunda, «la viuda importuna», está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. «Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿Fechas específicas sobre la tierra?»

La tercera parábola, «el fariseo y el publicano», se refiere a la humildad del corazón que ora. «Oh Dios, diez compasión de mí que soy pecador». La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: «Kyrie eleison!».


La vida de oración para el cristiano


2697: La oración es la vida del corazón nuevo. Debe animarnos en todo momento. Nosotros, sin embargo, olvidamos al que es nuestra vida y nuestro todo. Por eso, los Padres espirituales, en la tradición del Deuteronomio y de los profetas, insisten en la oración como un «recuerdo de Dios», un despertar frecuente de la «memoria del corazón»: «Es necesario acorde de Dios más a menudo que de respirar »(S. Gregorio de Nisa). Pero no se puede orar «en todo tiempo» si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración.


2698: La Tradición de la Iglesia propone los fieles unos ritmos de oración destinados a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El Domingo, centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la vida de oración de los cristianos.


2699: El Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la definición de su corazón y las expresiones personales de su oración. Sin embargo, la tradición cristiana ha conservado tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de estas tres expresiones tiempos fuertes de la vida de oración.


La oración supone siempre un esfuerzo


2725: La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre.


El «combate espiritual» de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.


Objeciones a la oración


2726: En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solo de ellos.


2728: Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la secuencia, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos «muchos bienes»; decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se resiste en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración ... La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.


CONCLUSION


«¿Encontrará fe sobre la tierra?»


Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de octubre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8


«Jesús les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar sin desfallecer». El tema central de este Domingo lo leemos en el inicio de la lectura evangélica. La perseverancia en la oración es esencial para la vida cristiana y sin duda ya lo vemos en el Antiguo Testamento. Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de elevar las manos y el corazón a Yahveh para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (Éxodo 17, 8-13). El mismo San Pablo nos recuerda la necesidad de «perseverar en lo que aprendiste y en loque creíste» (segunda carta de San Pablo a Timoteo 3, 14 – 4,2). Así la viuda importuna de la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (San Lucas 18, 1-8).


Se les cansaron las manos…pero perseveraron


El antiguo relato del libro del Éxodo, probablemente yahvista, representa una tradición de las tribus del sur. Está unido al relato anterior donde brota agua de la roca habiendo acampado en Refidim. Los amalecitas eran un pueblo nómade que habitaba en la región de Négueb y Sinaí. Amalec, presentado, por Gn 36,12 como hijo de Elifaz y nieto de Esaú , forma un pueblo muy antiguo (ver Nm 24,20). En el tiempo de los Jueces se asocian a los salteadores de Madián (ver Jue 3,13). Saúl los derrota pero desobedece el mandato del profeta Samuel de no dar muerte al rey Agar (ver 1Sam 15). David los debilita de sobremanera (ver 1Sam 27,6-9) y finalmente un remanente de ellos fue destruido en los días del rey de Judá, Ezequías (Ver 1Cr 4,42-43).


En el pasaje que leemos del Éxodo, el pueblo de Israel guiados por Josué ganan su primera victoria militar a causa de la oración perseverante de Moisés y la protección de Yahveh. Comentando este pasaje San Agustín nos dice: «Venzamos también nosotros por medio de la Cruz del Señor, que era figurada en los brazos tendidos de Moisés, a Amalec, esto es, el demonio, que enfurecido sale al camino y se nos opone negándonos el paso para la tierra de promisión».Dios revelará a Moisés que en el futuro los amalecitas sufrirán el exterminio a causa de su pecado: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (ver Ex 17, 14-16).


La justicia de Dios


Según su método habitual, Jesús propone a sus oyentes una parábola, es decir, trata de aclarar un punto de su enseñanza por medio de una comparación tomada de la vida real con el fin de enseñar la perseverancia en la oración. Se trata de un juez inicuo al cual una viuda venía con insistencia a pedir que se le hiciera justicia contra su adversario. El breve texto recalca dos veces que el juez «no temía a Dios ni respetaba a los hombres»; pero al final, para que la viuda no lo molestara más y no viniera continuamente a importunarlo, decide hacerle justicia; para «sacársela de encima», como suele popularmente decirse. Todos los oyentes están obligados a reconocer: «Es verdad que ese modo de proceder del juez se da entre los hombres». La conclusión es de la más extrema evidencia que se puede imaginar: si el juez,que es injusto y a quien ni Dios ni los hombres le importan, se ve vencido por la insistencia de la viuda; ¿cómo actuará el Justo Dios con nosotros?

Pero ¿qué quiere enseñar Jesús con esto? Aquí se produce el paso de ese hecho de la vida real a una verdad revelada. Ese paso lo explica el mismo Jesús: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto». Es una comparación audaz que actúa por contraste. En realidad, parece haber dos temas que están como entremezclados. El primero es el de «la justicia de Dios». El juez tramitaba a la viuda y no le hacía justicia porque era injusto; Dios es justo y hará pronto justicia a sus elegidos. Este es el tema que corresponde mejor al contexto. Jesús está hablando de la venida del «Hijo del hombre» y dice: «El día en que el Hijo del hombre se manifieste, sucederá como en los días de Noé» (Lc 17,26ss). Pues bien, en esos días toda la tierra estaba corrompida y el juicio de Dios actuó por medio del diluvio, haciendo perecer a todos; pero salvó por medio del arca a sus elegidos: a Noé y su familia.


«El Hijo del hombre»


El segundo tema se refiere al título de «Hijo del hombre», que Jesús usaba para hablar de sí mismo (aparece más de noventa veces en el Evangelio). Jesús toma este enigmático título de la visión del profeta Daniel: «He aquí que en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre… se le dio imperio, honor y reino… su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,13-14). Este título se lo apropia Jesús sobre todo en el contexto del juicio final, cuando Dios hará justicia. En efecto, ante el Sanedrín, el tribunal del cual Él mismo fue víctima inocente, Jesús declara: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Sin duda está aludiendo a la visión de Daniel antes mencionada. Y la conocida escena del juicio final del Evangelio de San Mateo la presenta con esas mismas imágenes: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará los unos de los otros como el pastor separa a las ovejas de los cabritos… E irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31¬ss).


Dios hará justicia a sus elegidos. El Elegido de Dios es Jesús mismo. Él fue condenado injustamente por jueces inicuos y sometido a muerte; pero Dios lo declaró justo resucitándolo de los muertos. Es lo que dice la primera predicación cristiana: «Vosotros los matasteis, clavándolo en la cruz… pero Dios lo resucitó»


(Hech 2,23-24). Los elegidos de Dios, a quienes hará justicia prontamente, son los que creen en Jesús: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).


«Cuando venga…¿encontrará fe sobre la tierra?»


Por eso la lectura de hoy concluye con la pregunta muy fuerte: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Es una pregunta que cada uno debe responder examinando su propia vida. Jesús pregunta esto porque el único obstáculo que puede frustrar la prontitud de Dios, es que no encuentre esos elegidos a quienes dar la recompensa, porque no encuentre fe sobre la tierra. Justamente este mismo criterio lo leemos en el documento de trabajo de los obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo cuando dicen: «La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que genera pobreza en nuestros países, porque la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones…» (n. 473).


Efectivamente la verdadera respuesta ante tantas situaciones de injusticias, pobreza extrema, corrupción, terrorismo, drogas, etc.; que sufren nuestros países latinoamericanos está en la falta de coherencia entre la fe que profesamos y nuestra vida cotidiana. Esa fe que es viva y que debería darse a conocer en nuestros criterios, en nuestra conducta y en nuestras decisiones diarias. ¿Dónde podemos encontrar los criterios que necesitamos para nuestro actuar? San Pablo nos responde claramente en la Segunda Lectura.


Orar sin desfallecer


El Evangelista San Lucas en la introducción a la parábola pone de relieve la lección transmitida: «… era preciso orar siempre, sin desfallecer». En efecto, en la parábola y su aplicación son llamativos los términos que tienen que ver con la perseverancia: «durante mucho tiempo… que no venga continuamente a importunarme… clamando día y noche… ¿les hará esperar?». La enseñanza de la parábola, desde este punto de vista, es la perseverancia en la oración: si el juez se dejó mover por la insistencia, ¡cuánto más Dios escuchará a sus elegidos que claman a Él día y noche! En este caso, para ser escuchados prontamente por Dios hay que cumplir dos condiciones: contarse entre los elegidos de Dios por la semejanza con su Hijo Jesucristo y clamar a Él «día y noche». Santa Teresa del Niño Jesús, en medio de las pruebas que pasaba, escribía a su hermana Inés: «Antes se cansará Dios de hacerme esperar, que yo de esperarlo» (Carta del 4 de mayo de 1890).


¿Dónde alimentar mi fe?


En la Segunda Lectura, San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la virtud». Porque la Sagrada Escritura nos da la «sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación». Esta fe se consolida, profundiza y aumenta cuando se vive de acuerdo a los criterios evangélicos que leemos en las Sagradas Escrituras. Timoteo, el «temeroso de Dios», era hijo de padre pagano y madre judía (ver Hch 6,1), fue fiel discípulo de Pablo, compañero suyo en los viajes segundo y tercero, colaborador muy estimado (ver Flp 2, 19-23) a quien encomendó misiones muy especiales en diversas Iglesias (Ver Hch 17, 14-16; 18, 5; 1 Cor 4, 17; 2 Cor 1,19; 1Tm 3,6). Estuvo junto con Pablo en la primera cautividad y fue obispo de Éfeso.


Una palabra del Santo Padre:


«En el Evangelio de hoy Jesús relata una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarnos. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que se le haga justicia en su favor. Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a ese juez, ¿pensáis que Dios no nos escucha a nosotros, si le pedimos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: «Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?» (Lc 18, 7).


«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene «insistir» con Dios?


Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia no porque no sabe lo que necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo sobre nosotros, con amor. En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda. Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia —como Moisés, que debía tener los brazos levantados para que su pueblo pudiera vencer (cf. Ex 17, 8-13). Es así: hay una lucha que conducir cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe. Por ello Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: «Cuando venga el Hijo delhombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida.


Por lo tanto, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración. ¡Un recuerdo para ellas! Rezar siempre, pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras. Él conoce mejor que nosotros aquello que necesitamos. La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien».


Papa Francisco. Ángelus. Domingo 20 de octubre de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Hay que orar «sin desfallecer», es decir hay que perseverar en la oración, aunque parezca que no obtenemos el resultado esperado. ¿Será que sabemos pedir lo que nos conviene? ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Soy constante en ella?

2. ¿Vivo de acuerdo a mi fe? ¿Soy coherente con la fe que cada domingo profeso? ¿Cuál es mi respuesta personal a la pregunta que Jesús lanza: «encontrará la fe sobre la tierra»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2566 – 2594.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 12 Ee octubre Ee 2019 a las 22:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXVIII ORDINARIO


13 - 19 de Octubre del 2019




“Postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias”




2 Re 5,14-17: “Naamán quedó limpio y se volvió a Eliseo


En aquellos días, Naamán, general del ejército del rey de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño.

 Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:

 — «Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta, te lo ruego, un regalo de tu servidor».

Eliseo contestó:

— «¡Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada!»

Y aunque Naamán insistió, Eliseo se negó a aceptar. Naamán dijo:

— «Entonces, permite que me den un poco de esta tierra que puedan cargar un par de mulas; porque en adelante tu servi­dor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor».


Sal 97,1-4: “El Señor revela a las naciones su salvación”

Canten al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

griten, vitoreen, toquen.


2Tim 2,8-13: “Si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él”


Querido hermano:

Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido de la descendencia de David.

Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar ca­denas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está en­cadenada.

Por eso lo soporto todo por los elegidos, para que ellos tam­bién alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la glo­ria eterna.

Es doctrina segura: Si con Él morimos, viviremos con Él. Si somos constantes, reinaremos con Él. Si lo negamos, también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no pue­de negarse a sí mismo.


 

Lc 17,11-19: “Quedaron limpios los diez”


Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuen­tro diez leprosos, que se detuvieron a cierta distancia y a gritos le decían:

— «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros».

Al verlos les dijo:

— «Vayan y preséntense a los sacerdotes».

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias. Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:

— «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo:

— «Levántate y vete; tu fe te ha salvado»


NOTA IMPORTANTE


En el pueblo judío toda enfermedad de la piel, incluida la lepra, era llamada castigo o “azote de Dios” (Núm 12,98; Dt 28,35) y era considerada como “impureza”. La lepra era entendida como un castigo recibido por el pecado cometido ya sea por el mismo leproso o por sus padres. Rechazado por Dios el leproso debía también ser rechazado por la comunidad. La Ley sentenciaba que todo leproso «llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: “¡Impuro, impuro!” Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lev 13,45-46).


En su marcha a Jerusalén el Señor se encuentra a diez leprosos en las afueras de un pueblo. Estos leprosos, al ver a Jesús, en vez de gritar el prescrito “impuro, impuro”, le suplican a grandes voces: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Sin duda, la fama del Señor ha llegado a sus oídos. Han escuchado hablar de Él, de sus milagros, de sus curaciones. Se dirigen a Él como “Maestro”, es decir, como a un hombre de Dios que guarda la Ley y la enseña, como un hombre justo, venido de Dios. Al verlo venir, brilla en estos diez leprosos la esperanza de poder también ellos encontrar la salud, de verse liberados de este “castigo divino”, de verse purificados de sus pecados y de ser nuevamente acogidos en la comunidad.


Como respuesta a su súplica el Señor les dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes». Los sacerdotes, que tenían la función de examinar las enfermedades de la piel y declarar “impuro” al leproso (ver Lev 13,9ss), también debían declararlo “puro” en caso de curarse y autorizar su reintegración a la comunidad.

Confiando en el Señor se pusieron en marcha. Esperaban ser curados y poder presentarse “limpios” ante los sacerdotes. En algún punto del camino «quedaron limpios», es decir, curados no sólo de la lepra sino también purificados de sus pecados. Uno de ellos, al verse curado, de inmediato «se volvió alabando a Dios a grandes gritos». Los otros nueve debieron presentarse ante los sacerdotes según la indicación del Señor Jesús y según lo establecía la Ley.


El que volvió para presentarse ante el Señor y no ante los sacerdotes era un “extranjero”, un samaritano. Podemos suponer que los nueve restantes eran judíos. A pesar del odio que dividía a judíos y samaritanos, la desgracia común los había unido. La solidaridad había brotado en medio del dolor compartido.


Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece reprochar el Señor a los que no vuelven, si Él mismo les había mandado presentarse ante los sacerdotes? ¿No estaban obedeciéndole acaso? ¿No podrían sentirse obligados por las mismas instrucciones del Señor? ¿Por qué habrían de volver a Él para dar gloria a Dios?


Podemos ensayar una respuesta: en los Evangelios los milagros del Señor Jesús son siempre signos o manifestaciones de su origen divino. El milagro obrado por Cristo revela e invita a reconocer que Él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, Dios mismo que se ha hecho hombre para salvar a su pueblo de sus pecados (ver Mt 1,21). En un primer momento los diez leprosos ven a Jesús como un Maestro, como un hombre santo. Tienen fe en Él y por eso obedecen a su mandato, hacen lo que Él les dice. Mas al verse milagrosamente curados, sólo uno se deja inundar por la experiencia sobrenatural, se abre al signo que lo lleva a reconocer en el Señor al Salvador del mundo. El samaritano reconoce la divinidad de Cristo, y por eso regresa para darle gracias como Dios que es, y se presenta ante quien es el Sumo Sacerdote por excelencia. Sólo a este samaritano, que lleno de gratitud se postra ante Él en gesto de adoración, le dice el Señor: «tu fe te ha salvado». La fe en el Señor Jesús no sólo es causa de su curación física, sino también de una curación más profunda: la del perdón de sus pecados, la de la reconciliación con Dios. Aquel samaritano creyó que la salvación venía por el Señor Jesús (ver 2ª. lectura).


La ingratitud de los otros nueve consistiría en que, siendo judíos, miembros del pueblo elegido que esperaba al Mesías, a pesar de este signo no reconocen al Señor como aquel que les ha venido a traer no sólo la salud física, sino también la liberación del pecado y la muerte, la salvación y reconciliación con Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El soberbio y autosuficiente piensa que todo lo que es y tiene le es debido, que lo tiene por derecho propio, porque él se lo ha ganado y porque se lo merece. Se muestra arrogante y altanero con todos, desprecia a los demás, no sabe dar gracias, pues piensa que a nadie tiene de qué agradecer. El humilde, en cambio, sabe que todo lo que es y tiene, por más que haya trabajado mucho por obtenerlo, es en última instancia un don recibido de Dios. Por ello, es siempre agradecido y sabe hacer de su vida un gesto de constante gratitud para con el Señor y para con los hermanos humanos. Sin el don de la vida humana, ¿qué podría tener, qué podría alcanzar, a qué podría aspirar?


¿Soy yo agradecido con Dios? Si reconozco que mi existencia es un extraordinario don que brota del amor de Dios, que por ese amor me ha llamado del no ser a participar de la vida humana e incluso de la misma vida divina; si tomo conciencia de lo que significa que Cristo, ¡Dios mismo que por mí se ha hecho hombre!, me haya amado hasta el extremo de entregar Su vida por mí en la Cruz (Ver Jn 13,1) para curarme de la “lepra” de mi pecado, para reconciliarme y hacer de mí una nueva criatura capaz de participar nuevamente en la comunión divina del Amor, ¿cómo no volver agradecido al Señor, una y otra vez? ¿Quién ha hecho tanto por mí?


Ante todo lo que Dios ha hecho por mí, no puedo sino preguntarme con el salmista: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 115,12). La respuesta de una persona agradecida no puede ser otra que la que da aquel mismo salmista: «Cumpliré mis votos al Señor, con acción de gracias. Proclamaré sus maravillas ante la gran asamblea» (Sal 115,14).


¿Cómo darle gracias al Señor? Con actos concretos de acción de gracias. Son importantes en nuestra vida cristiana las continuas oraciones de gratitud a Dios, que se elevan espontáneamente desde el corazón: al despertar, por el don de la vida y el nuevo día que el Señor nos concede; al tomar los alimentos; al recibir algún beneficio; por el fruto de algún trabajo o apostolado; por la salud; por tus padres o por tus hijos, que son un don de Dios; al terminar el día, por todas las bendiciones recibidas a lo largo del día. Quizá más difícil es darle gracias también por las pruebas y sufrimientos por los que uno pueda estar pasando, pues son ocasión para abrazarse a la Cruz del Señor, son fuente de innumerables bendiciones para quien implorando la fuerza del Señor sabe sobrellevarlas con paciencia y confianza en Dios. En fin, como recomienda San Pablo, «recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20).


Sin embargo, más allá de estas oraciones continuamente elevadas a Dios desde un corazón humilde y agradecido a quien es la fuente de todo bien y bendición, hemos de dar gracias continuamente a Dios con una vida santa, pues es ella misma un continuo acto de alabanza, una continua y perpetua acción de gracias al Padre.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


San Ambrosio: «Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo. Alabar a Dios es lo mismo que hacer votos y cumplirlos. Por eso se nos dio a todos como modelo aquel samaritano que, al verse curado de la lepra juntamente con los otros nueve leprosos que obedecieron la palabra del Señor, volvió de nuevo al encuentro de Cristo y fue el único que glorificó a Dios, dándole gracias. De él dijo Jesús: No ha vuelto ninguno a dar gloria a Dios, sino este extranjero. Levántate —le dijo— y vete; tu fe te ha salvado. Con esto el Señor Jesús en su enseñanza divina te mostró, por una parte, la bondad de Dios Padre y, por otra, te insinuó la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia: te mostró la bondad del Padre haciéndote ver cómo se complace en darnos sus bienes para que con ello aprendas a pedir bienes al que es el mismo bien; te mostró la conveniencia de orar con intensidad y frecuencia no para que tú repitas sin cesar y mecánicamente fórmulas de oración, sino para que adquieras el espíritu de orar asiduamente. Porque con frecuencia las largas oraciones van acompañadas de vanagloria y la oración continuamente interrumpida tiene como compañera la desidia».


San Gregorio Magno: «Imaginémonos en nuestro interior a un herido grave, de tal forma que está a punto de expirar. La herida del alma es el pecado del que la Escritura habla en los siguientes términos: “Todo son heridas, golpes, llagas en carne viva, que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite” (Is 1,6). ¡Reconoce dentro de ti a tu médico, tú que estás herido, y descúbrele las heridas de tus pecados! ¡Que oiga los gemidos de tu corazón, Él para quien todo pensamiento secreto queda manifiesto! ¡Que tus lágrimas le conmuevan! ¡Incluso insiste hasta la testarudez en tu petición! ¡Que le alcancen los suspiros más hondos de tu corazón! ¡Que lleguen tus dolores a conmoverle para que te diga también a ti: “El Señor ha perdonado tu pecado” (2Sam 12,13). Grita con David, mira lo que dice: “Misericordia Dios mío... por tu inmensa compasión” (Sal 50,3). Es como si dijera: estoy en peligro grave a causa de una terrible herida que ningún médico puede curar si no viene en mi ayuda el Médico todopoderoso. Para este Médico nada es incurable. Cuida gratuitamente. Con una sola palabra restituye la salud. Yo desesperaría de mi herida si no pusiera, de antemano, mi confianza en el Todopoderoso».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


224: [Creer en Dios] es vivir en acción de gracias: Si Dios es el Único, todo lo que somos y todo lo que poseemos viene de Él: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116,12).


Eucaristía: acción de gracias a Dios


1359: La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la Cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.


1360: La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. «Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias.


Visitar al Señor en el Santísimo es una prueba de gratitud


1418: Puesto que Cristo mismo está presente en el Sacramento del Altar, es preciso honrarlo con culto de adoración. «La visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor».


Oración de acción de gracias


2637: La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es. En efecto, en la obra de salvación, Cristo libera a la creación del pecado y de la muerte para consagrarla de nuevo y devolverla al Padre, para su gloria. La acción de gracias de los miembros del Cuerpo participa de la de su Cabeza.


2638: Al igual que en la oración de petición, todo acontecimiento y toda necesidad pueden convertirse en ofrenda de acción de gracias. Las cartas de S. Pablo comienzan y terminan frecuentemente con una acción de gracias, y el Señor Jesús siempre está presente en ella. «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» 1Tes 5,18. «Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4,2).


CONCLUSION


«Levántate y vete; tu fe te ha salvado»


Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 13 de octubre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19


La obediencia de la fe y la gratitud ante los dones de Dios nos ayudan a leer unitariamente los textos de este Domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de Jesús y se ponen en camino para presentarse a los sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de la lepra y sólo uno se volvió para agradecer el milagro (San Lucas 17, 11-19). Naamán, el sirio, obedece las palabras del profeta Eliseo, a instancias de sus siervos, sumergiéndose siete veces en el Jordán, con lo que quedó curado de la lepra.


En acto de gratitud promete ofrecer solamente a Yahvé holocaustos y sacrificios (segundo libro de los Reyes 5,14-17). La obediencia de la fe y su gratitud ante la salvación que proviene de Jesús hacen que San Pablo termine en cadenas y tenga que sufrir no pocos padecimientos (segunda carta de San Pablo a Timoteo 2, 8-13).


¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!


El relato evangélico de este Domingo relata un episodio real de la vida de Jesús que refleja la conducta humana en general: sólo una de cada diez personas que han recibido un beneficio lo reconoce y agradece. Y esta conducta, lamentablemente, es aún más evidente cuando se refiere a los beneficios recibidos de parte de Dios.


Mientras Jesús iba de camino a Jerusalén, salen a su encuentro diez leprosos. Dada su condición de segregados, sólo desde una prudente distancia se atreven a gritar: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» . La ley exigía que los sacerdotes certificaran la mejoría de quien había sido afecto de lepra. Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes y, por el camino, quedan curados. Viéndose curados, nueve de ellos seguramente empezaron a pensar en la restitución a sus hogares, a sus amigos, a la vida social normal, etc.; y se olvidaron que habían recibido un beneficio; no reconocieron que alguien había tenido compasión de ellos.


Uno sólo de los diez leprosos tiene la actitud justa: «Viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias». El Evangelio recalca la nacionalidad del único que volvió a dar gracias a Jesús: «Éste era un samaritano». También Jesús lo nota y pregunta: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Podemos concluir que los otros nueve leprosos eran judíos.


La gratitud y la ingratitud


¿Es real esta proporción: uno de diez? ¿Es tan común la ingratitud? La gratitud es parte de la justicia; tiene por objeto reconocer y recompensar de algún modo al bienhechor por el beneficio recibido. En este caso, el único que lo hizo, no pudiendo recompensar de otra manera, «postrándose a los pies de Jesús, le daba gracias». Conviene aquí citar un texto clásico de Santo Tomás de Aquino acerca de esta virtud: «La gratitud tiene diversos grados. El primero es que el hombre reconozca que ha recibido un beneficio; el segundo es que alabe el beneficio recibido y dé gracias por él; el tercero es que retribuya, a su debido tiempo y lugar, según sus posibilidades. Pero, dado que lo último en la ejecución es lo primero en la decisión, el primer grado de ingratitud es que el hombre no retribuya el beneficio; el segundo es que lo disimule, como restándole valor; el tercero y más grave es que no reconozca haber recibido beneficio alguno, sea por olvido o por alguna otra razón» (Suma Teológica, II-II, q. 107, a. 2 c.).


La ingratitud es entonces una injusticia, más o menos grave, según su grado. El que sufre esta injusticia siente dolor. Muchas veces es el pago de las personas que más se ama. ¡Cuántos padres hay que sufren en silencio este dolor causado por la ingratitud de sus hijos! Pues mayor es el dolor cuanto mayor es el beneficio que no se reconoce y retribuye. Este dolor también lo sintió Jesús. Jesús no se queja de la injusticia sufrida de parte de los nueve; Él es «varón de dolores y habituado a padecer» (Is 53,3), y estaba destinado a sufrir injusticias mucho mayores. Pero, para educación nuestra, expresa su incredulidad por la ingratitud de los nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?».


Este es nuestro comportamiento más frecuente con Dios. De Él lo hemos recibido absolutamente todo, comenzando por el invalorable don de la vida; pero, difícilmente lo reconocemos y tanto menos le agradecemos como es debido. Un antiguo poema citado por San Pablo, dice: «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,2). Y en otra ocasión San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Por eso resulta ejemplar y proverbial la actitud del justo Job cuando, al verse privado de sus hijos y de todos sus bienes, reconoce: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allá retornaré. El Señor dio, el Señor quitó: ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1,21).


¡Tu fe te ha salvado!


Hemos recibido de Dios la existencia y todos nuestros bienes; pero sin duda el mayor beneficio que hemos recibido es la salvación, es decir, la posibilidad de compartir su vida divina y gozar de su eternidad feliz. Este es un don tan absolutamente gratuito que se llama precisamente «gracia». Para obtenernos este don el precio que se debió pagar fue la muerte de Cristo en la cruz. «Habéis sido rescatados no con oro o plata, sino al precio de la sangre preciosa de Cristo» (ver 1Ped 1,19). A este elevado precio se nos concedió la salvación y ella llegó a nosotros a través de la predicación del Evangelio y de los sacramentos de vida. Es justo que quienes reconocemos este beneficio de valor infinito, expresemos nuestra gratitud, «glorificando a Dios en voz alta… y dando gracias a Jesús».


Jesús no se queja por la ingratitud hacia Él, como si esperara un reconocimiento o estuviera resentido, porque no se le dio. Jesús lo lamenta por ellos, por los nueve que no volvieron «a dar gloria a Dios»; lo lamenta porque de esa manera se privaron de un don infinitamente mayor que la curación de la lepra; se privaron del don de la salvación que Él quería concederles. Por eso, sólo al que volvió pudo hacerle este don: «Le dijo: ‘Levántate y vete; tu fe te ha salvado»”. Este don de la salvación, que es el único que interesa verdaderamente a Jesús, Él quería dárselo a los diez, sobre todo, a los otros nueve que eran judíos; lo pudo dar, gracias a su fe, sólo a un buen samaritano.


La curación de Naamán


La curación del sirio Naamán es un milagro que podría haberse convertido en un asunto de política internacional ya que sirios, arameos e israelitas mantenían una paz muy inestable que podía ser aprovechada por las bandas de guerrillas para sus propios fines. La enfermedad que vemos en este pasaje no debe de haber sido propiamente lepra: si lo fuera, el contagio lo apartaría de todo cargo público, así como de acompañar al rey al templo. Se trata, sin duda, de una enfermedad crónica de la piel que, a juzgar por 2Re 5, 27; podría ser leucodermia o vitíligo (ver Lev 13). El asunto comienza con una ocurrencia de una criada que habían traído de Israel: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría, él le curaría la lepra» (2Re 5, 3). De ésta sube a la señora, de ella a su marido, del marido al rey de Siria, de éste al rey de Israel, de éste al profeta.


El contrapunto lo descubrimos en el movimiento de humillación: Naamán el magnate tiene que bajar del rey al profeta, de éste a un criado, después baja al Jordán; y una vez curado y convertido, pedirá tierra para postrarse en Siria confesando a Yahveh. La curación está expresada en dos formas: una es «librar de»; es una forma precisa y es empleada por la criada, el rey de Siria, el rey de Israel y Naamán. La otra es «limpiar», fórmula típica del culto (ver Lev 13-16) y ésta es empleada por Eliseo, Naamán con desprecio, los criados y el narrador. La distinción es significativa: Naamán parece tomarla en sentido profano para lavarse y limpiarse no necesita ni Jordán ni profeta, lo que él quiere es curarse de una enfermedad. Eliseo subraya la visión sacra al mandar que se bañe siete veces: el río de Israel con la palabra profética devolverán la «verdadera limpieza». De hecho, Naamán termina proclamando admirablemente que: «Ahora conozco bien que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».


Los milagros de Jesús


La estadística narrativa de los milagros de Jesús es muy amplia: unos treinta y cinco en total, de los cuales treinta se encuentran en los tres evangelistas sinópticos y cinco en Juan: La mayor parte de los milagros de Jesús son curaciones de enfermos y endemoniados, hay también de resurrecciones de muertos como el hijo de la viuda de Naim, Lázaro y la hija de Jairo; asimismo, algunos portentos sobre la naturaleza: tempestad calmada, caminar sobre las aguas, pesca milagrosa, agua convertida en vino, multiplicación de los panes. Hacer milagros no fue algo exclusivo de Jesús, si bien Él los realiza con potestad propia y no vicaria.


Pero también los apóstoles realizaron milagros a partir de la potestad delegada por Jesús a ellos. Asimismo, en el Antiguo Testamento vemos, entre otros, los impresionantes prodigios obrados por Elías y Eliseo. Los milagros no sustituyen ni sustentan nuestra fe, sino que la hacen entrar en un orden de exigencia más elevado. En el Nuevo Testamento las circunstancias y las lecciones a partir de los milagros son tan interesantes como los milagros mismos. El Evangelio de este Domingo es un claro ejemplo de esto.


¿Somos mal agradecidos?


Nosotros tenemos una forma muy especial de poder agradecerle a Dios el don de la vida eterna. Lo podemos hacer ofreciéndole en retribución algo que Él mismo ha puesto en nuestras manos: se trata de la participación en la Eucaristía dominical, que literalmente significa «acción de gracias». Pero, precisamente en ella, no participa más o menos el 10% de los católicos. Ese 10% parece escuchar la suave queja del Señor: «¿No he muerto yo en la cruz por todos? ¿El otro 90% dónde está?» Esta vez sí le debe doler nuestra ingratitud, porque el beneficio que Él nos hizo es infinito. Por eso nuestra indiferencia es ofensiva. ¡Hagamos de la misa el corazón de nuestro Domingo «día del Señor»!


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de este domingo presenta a Jesús curando a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve para darle las gracias (Cf. Lucas 17, 11-19). El Señor le dice: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (Lucas 17, 19).


Este pasaje evangélico nos invita a una reflexión doble. Ante todo, hace pensar en dos niveles de curación: uno más superficial, afecta al cuerpo; el otro, más profundo, a lo íntimo de la persona, lo que la Biblia llama el «corazón», y de ahí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». El mismo lenguaje común, al distinguir entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud: es, de hecho, una vida nueva, plena, definitiva. Además, aquí Jesús, como en otras circunstancias, pronuncia la expresión: «tu fe te ha salvado». La fe salva al hombre, restableciéndole en su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se expresa con el reconocimiento. Quien, como el samaritano curado, sabe dar las gracias, demuestra que no lo considera todo como algo que se le debe, sino como un don que, aunque llegue a través de los hombres o de la naturaleza, en última instancia proviene de Dios. La fe comporta, entonces, la apertura del hombre a la gracia del Señor; reconocer que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!


Jesús cura diez enfermos de lepra, enfermedad que entonces era considerada como una «impureza contagiosa», que exigía un rito de purificación (Cf. Levítico 14,1–37). En realidad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado. El orgullo y el egoísmo engendran en el espíritu indiferencia, odio y violencia. Sólo Dios, que es Amor, puede curar esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad. Al abrir el corazón a Dios, la persona que se convierte es sanada interiormente del mal».


Benedicto XVI. Ángelus 14 de octubre de 2007


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. ¿Somos agradecidos con los dones que Dios diariamente nos otorga gratuitamente? Pensemos con sinceridad y elevemos diariamente una oración de «acción de gracias» por todos los dones recibidos.

2. «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él, si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él», nos dice San Pablo. ¿Soy fiel a mi fe? Pidamos al Señor el don de la fidelidad a nuestras promesas bautismales de donde proviene mi fe.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 168- 175. 547-550. 1500- 1510.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


Señor, auméntanos la fe

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXVII ORDINARIO


06-12 de Octubre 2019



"!Señor, auméntanos la fe!"


Hab 1,2-3; 2,2-4: “El justo vivirá por su fe”


¿Hasta cuándo pediré auxilio, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: «Violencia», sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción, y surgen pleitos y contiendas? El Señor me respondió así:

«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El que no tiene el alma recta sucumbirá, pero el justo por su fidelidad vivirá».


Sal 94, 1-2.6-9: “Escucharemos tu voz, Señor”


Vengan, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entren, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Ojalá escuchen hoy su voz: «No endurezcan el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando sus padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».


2Tim 1, 6-8.13-14: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”


Querido hermano: Te recuerdo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de fortaleza, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten como norma las palabras sanas que has oído de mí en la fe y el amor de Cristo Jesús. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.


Lc 17, 5Lc 17, 5--10:10: “¡Si tuvierais fe como un grano de mostaza!”“


¡Si tuvierais fe como un grano de mostaza!” En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: — «Auméntanos la fe». El Señor contestó: — «Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían ustedes a ese árbol: Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Y les obedecería. ¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: “Ven, siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú”? ¿Tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Así también ustedes: Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer”».


NOTA IMPORTANTE


San Lucas no explicita el contexto en el que los Apóstoles se dirigen al Señor para pedirle que aumente su fe. San Mateo, en cambio, sitúa la expresión del Señor «si tuvieran fe como un grano de mostaza» en el momento en que los Apóstoles le preguntan por qué ellos no han podido expulsar el demonio que tenía poseído a un hombre. El Señor responde: «Por su poca fe», añadiendo inmediatamente: «yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible”» (Mt 17,20). San Mateo en su Evangelio escribe que en otra ocasión, al ir de camino, el Señor sintió hambre. Vio una higuera llena de follaje y se acercó a ella para buscar algún fruto para comer. Como no lo encontró, le dirigió a aquel árbol estas palabras: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!» (Mt 21,19). Más tarde, al pasar nuevamente por aquel mismo lugar (ver también Mc 10,12-14.19-23), los discípulos notaron que aquella higuera se había secado de raíz. El Señor entonces les dijo: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, no sólo harán lo de la higuera, sino que si aún dicen a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, así se hará» (Mt 21,20-21).


De un modo o de otro, los Apóstoles toman conciencia de su poca fe y anhelan tener una fe más fuerte, firme, sólida. Al ver en el Señor Jesús al Hijo que confía absolutamente en el Padre, al verlo realizar obras tan maravillosas en Su Nombre, le piden con toda humildad y sencillez: «¡Auméntanos la fe!». Puede entenderse esta súplica como un: “¡enséñanos qué hacer para que nuestra fe en Dios y en sus designios crezca y se haga fuerte! ¡Ayúdanos a acrecentar nuestra fe tan pobre y frágil!”. Pero también hemos de entenderla como una humilde súplica al Señor para que Él infunda en ellos el don de la fe. Creer en Dios no es tan sólo una adhesión mental y cordial que brota de la confianza que se le pueda tener a Él y a todo lo que Él revela. La fe en Dios es ante todo un don divino, una gracia sobrenatural que antecede y sostiene todo esfuerzo humano por acrecentar y hacer fecunda esa fe. Luego de esta primera enseñanza San Lucas recoge en el Evangelio de este Domingo otra enseñanza del Señor: «¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastoreando... etc?».


La versión litúrgica traduce el término griego doulon por criado. Sin embargo, más preciso sería traducirlo como siervo. Sobre esta calificación podemos decir que en el Antiguo Testamento es frecuente la designación de Israel como “siervo de Dios”, siendo los israelitas designados como “siervos suyos”. Dios los liberó muchas veces de servidumbres esclavizantes y los invitó a pasar a su libre servicio. Obedecer a Dios implicaba un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado: «si no les parece bien servir al Señor, elijan hoy a quién han de servir» (Jos 24,15). El servicio ofrecido a Dios, a diferencia de aquel ofrecido a otros dioses o ídolos, nunca es esclavizante, sino libre y auténticamente liberador. María, miembro conspicuo de este pueblo elegido de Dios, se designó a sí misma como la doulé Kyriou, es decir, la sierva del Señor Lc 1,38. Los siervos en las parábolas son hombres de absoluta confianza. Su señor los envía a realizar misiones específicas como por ejemplo recolectar ganancias (ver Mt 21,34-36), convocar a los invitados para su boda (ver Mt 22,4.6), encargarse de la administración de su casa (ver Lc 15,22; 19,13). El de siervos fue a la vez un título que asumieron los primeros cristianos. Al reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios y Señor de todo, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Ro 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6).


¿Pero no se contradecía este título con las palabras dirigidas por el Señor a sus discípulos la noche de la última Cena: «no los llamo ya siervos… a ustedes los he llamado amigos» (Jn 15,15)? No hay contradicción alguna, pues en aquella misma ocasión también les dijo el Señor a sus discípulos: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15,14). La obediencia no es exclusiva de un siervo, lo es también de quien quiera ser amigo del Señor Jesús. Resulta extraño que aquel siervo de la parábola que ofrece el Señor en el Evangelio de este Domingo deba calificarse a sí mismo de inútil o “bueno para nada” una vez que ha cumplido fielmente con todas sus tareas. Inútil sería propiamente aquel que no cumple con sus tareas. Al calificarse a sí mismo de “inútil” el siervo de la parábola reconoce en realidad que, a pesar de haber cumplido fielmente su tarea, no tiene derecho a ponerse por encima de su señor y reclamar un trato que no le corresponde. No por cumplir bien su deber el siervo merece sentarse a la mesa del amo para ser servido por él. El siervo no debe perder de vista que su lugar es servir a su señor. Del mismo modo, el creyente debe servir al Señor, no servirse de Él o buscar que Él lo sirva y haga lo que él quiere.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«¿Hasta cuándo pediré auxilio, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: “Violencia”, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción, y surgen pleitos y contiendas?» (Hab 1,2-3). Con este grito que el profeta eleva al Cielo empieza la primera lectura del Domingo. ¿No es este el grito que muchos creyentes también hoy elevan a Dios cuando se hallan en medio del dolor, del sufrimiento, de alguna prueba que parece nunca acabar y que los lleva al borde de la desesperación? Quien sufre una terrible injusticia y daño, quien pierde el trabajo y no tiene con qué sustentar a su familia, quien padece una enfermedad difícil de sobrellevar, quien sufre la pérdida de un ser amado, eleva también al Cielo semejantes quejas: “¿Por qué a mí? ¿Dónde estás Dios? ¿Por qué no me escuchas?” ¡Cuántas veces escuchamos a estas personas decir: “he perdido mi fe, pues Dios no responde a mis ruegos, o porque Él me ha quitado a mi abuela, a mi hijo, etc.”! Pero, ¿es Dios quien no nos escucha? ¿O somos nosotros quienes por tener el corazón endurecido no escuchamos a Dios?


En la Carta a los Hebreos leemos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). A lo largo de la historia Dios ha hablado a su criatura humana de muchos modos, una y otra vez, y sobre todo ha hablado fuerte en su Hijo, el Señor Jesús: Él nos ha enseñado todo lo que tenemos que saber para ganar la Vida eterna y nos ha gritado su amor desde la Cruz. Su voz sigue resonando hoy en los Evangelios y en Su Iglesia. ¡Pero qué pocas veces escuchamos verdaderamente al Señor, porque escuchar implica necesariamente hacer lo que Él nos dice! En efecto, la verdadera fe no consiste principalmente en creer que “si se lo pido con fe” Dios me va a hacer tal milagro, o me va a liberar inmediatamente de la prueba terrible que estoy pasando, o me va a solucionar todos mis problemas y males. Sin duda puede hacerlo y lo hace si en sus amorosos designios considera que es lo mejor, pero antes que este “creo en ti para que Tú me escuches a mí y hagas lo que yo te digo”, la fe es un “creo en ti y te escucho para hacer lo que Tú me digas”. Cree y confía verdaderamente en Dios quien, como el “siervo inútil” de la parábola, “hace lo que le es mandado”. Al considerar de este modo la fe, descubro inmediatamente lo pequeña y frágil que es mi fe. ¿Qué puedo hacer para que aumente? La fe es un don de Dios, por ello lo primero que debo hacer es pedírselo al Señor cada día con mucha humildad e insistencia, con esta o semejante oración: “Señor, ¡aumenta mi fe! Que pueda creer firmemente en Ti, en tus palabras y promesas, como supieron creer Santa María y los Apóstoles”. Lo segundo es conocer cada día mejor qué es lo que enseña el Señor Jesús. Para ello es importante leer los Evangelios con frecuencia y meditar las enseñanzas de Cristo, familiarizarnos con ellas. Decía San Ambrosio: «A Dios escuchamos cuando leemos sus palabras». Al hacer esta lectura recordemos que debemos entender las enseñanzas del Señor como la Iglesia las entiende y enseña. La Escritura no puede estar librada a nuestra “libre interpretación”. Por ello también es importante instruirnos sobre las verdades fundamentales de la fe, leyendo continuamente y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica.

Finalmente es necesario esforzarme por poner en práctica lo que Él nos enseña: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). La fe crece, madura y se consolida cuando pasa a la acción, cuando se manifiesta en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


San Cirilo de Jerusalén: «La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: El que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado tiene vida eterna y no incurre en condenación; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida. (…;) »La otra clase de fe es aquella que Cristo concede a algunos como don gratuito. A unos es dado por el Espíritu el don de sabiduría; a otros el don de ciencia en conformidad con el mismo Espíritu; a unos la gracia de la fe en el mismo Espíritu; a otros la gracia de curaciones en el mismo y único Espíritu. »Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en aquella otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe puede decir a un monte: “Vete de aquí a otro sitio”, y se irá. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe. »Es de esta fe de la que se afirma: Si tuvieseis fe, como un grano de mostaza. Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño en tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas hasta tal punto que pueden cobijarse en él las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas. (…;)


»Procura, pues, llegar a aquella fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también aquella otra que actúa por encima de las fuerzas humanas». San Beda: «Somos siervos porque hemos sido comprados por precio; inútiles porque el Señor no necesita de nuestras buenas acciones, o porque no son condignos los trabajos de esta vida para merecer la gloria; así la perfección de la fe en los hombres consiste en reconocerse imperfectos después de cumplir todos los mandamientos».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Creer sólo en Dios 150: La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura (ver Jer 17,5-6; Sal 40,5; 146,3-4). Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios 151: Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que Él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia (Mc l,11). Dios nos ha dicho que les escuchemos. El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» Jn 1,1. Porque «ha visto al Padre» (Jn 6,46), Él es único en conocerlo y en poderlo revelar (ver Mt 11,27). Creer en el Espíritu Santo 152: No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1Cor 12,3). «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2,10-11).


Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios. La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fe es una gracia 153: Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. «Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos gusto en aceptar y creer la verdad”».


La fe es un acto humano 154: Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad «presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela» y entrar así en comunión íntima con Él. Por mi fe contribuyo a sostener la fe de otros 166: La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.


CONCLUSION


«AUMÉNTANOS LA FE»


Domingo de la Semana 27ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 6 de octubre de 2019


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 17,5-10


Parece evidente que el tema dominante en este Domingo es «la fe», ya que se menciona en las tres lecturas. Al final de la Primera Lectura (Habacuc 1,2-3; 2,2-4) leemos: «el justo por la fe vivirá», frase que será recogida por San Pablo en relación a la fe. Jesús en el Evangelio, ante el pedido de los apóstoles por aumentar la fe, coloca el horizonte de plenitud al que estamos llamados. La fe si bien es un don de Dios; exige de nosotros una generosa respuesta. Finalmente, San Pablo exhorta a Timoteo (segunda carta de San Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14) a dar testimonio de su fe en Cristo Jesús y a aceptar la Buena Nueva recibida y custodiada en el «depósito de la fe» (segunda carta de San Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14). «El justo por la fe vivirá» El profeta Habacuc, de la región de Judá, vivió a finales del siglo VII a.C. (625 – 612 a.C.) en la misma época en que vivió el profeta Jeremías. Su horizonte histórico está definido por la presencia de dos grandes reinos amenazantes: el imperio de Assur y el nuevo imperio babilónico o caldeo. Los caldeos se iban haciendo cada vez más poderosos y Habacuc no terminaba de entender que Dios justamente se iba a servir de esa nación para formar una vez más a su pueblo elegido. Es decir, iba a ayudar al pueblo a tomar consciencia de su situación actual. En las famosas cuevas de Qumrán se ha encontrado un rollo con un comentario al libro de Habacuc.


Las primeras líneas de su libro son una breve súplica en forma de lamentación: «¿hasta cuándo?», «¿por qué?»; que expresan el eterno clamor del hombre cuando, desde la desgracia personal, interroga a Dios por su suerte. Culminando la gran expectación, el versículo cuarto del segundo capítulo condensa lo que es la teología de la Salvación: el impío o soberbio «sucumbe» por no obrar rectamente; en cambio el justo, confiando solamente en Dios, salva su vida. Recibe así Habacuc una importante revelación sobre la fe que San Pablo comentará dos veces y que tendrá una enorme resonancia en la teología espiritual: «el justo por la fe vivirá». Contiene esta sentencia una verdad que nunca se agota, ya sea en cuanto nos enseña que nadie puede ser justo sin tener fe; ya en cuanto la fe es la vida del hombre justo, el cual desfallece si le falta esa fuerza con que sobrellevar las «cruces» de la vida. «¡Auméntanos la fe!» «Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo». Esta sentencia de Jesús antecede al Evangelio de este Domingo. Jesús nos manda perdonar y para que esto quede claro, añade: «Si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, lo perdonarás» (Lc 17,6) . Esta es la doctrina de Cristo y evidentemente exige tal vez más de lo que los apóstoles eran capaces de entender, por eso le piden al Señor: «¡Auméntanos la fe!».


La breve oración de los apóstoles nos revela por lo menos cuatro cosas. Ante todo, la fe no es algo que podamos adquirir gracias a nuestro propio esfuerzo, como se adquiere, por ejemplo, el dominio de una lengua, y que, por tanto, debe ser solicitada en la oración como un don gratuito que se nos da. Si Dios no nos da la fe como un don gratuito -y sólo Él tiene la iniciativa-, no tendríamos ni siquiera sensibilidad ante las realidades espirituales, «estaríamos en otra», como suele decirse hoy. ¡Y así viven tantos! Lo segundo es que Jesús puede darnos y aumentarnos la fe; siendo Jesús el destinatario de la oración de los apóstoles, es reconocido por ellos como el origen de este don. Esto se corrobora, porque San Lucas habla de Jesús como «el Señor» (en griego: Kyrios, es el título dado solamente a Dios). Él es el único que nos puede dar la fe. Lo tercero es que, aunque ya tengamos fe, ella es susceptible de aumento; nuestra fe no es todavía ni siquiera tan grande como un grano de mostaza. Por eso la actitud humilde de todo cristiano debe de ser: «Creo Señor pero aumenta mi fe». Finalmente, si nuestra fe fuera robusta, incluso la naturaleza nos obedecería, pues dispondríamos del poder de Dios mismo.


En otro lugar el Señor lo dice más claramente: «Os aseguro que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazaría, y nada os sería imposible» (Mt 17,20). El Catecismo recoge todo esto enseñando que «la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El» . Es una virtud por la cual confiamos absolutamente en Dios y fundamos nuestra vida en su Palabra. La fe no es sólo un conocimiento intelectual, sino una virtud que incide en toda la vida; no es sólo la recitación de ciertas fórmulas, sino que consiste en poner las verdades reveladas como base de nuestra existencia. Una virtud es un hábito adquirido, una cualidad interiorizada; que forma parte del sujeto, y determina su modo de ser. La fe cuando existe en la persona, le da vida: «El justo vivirá por su fe» (Hab 2,4). Cuando alguien confiesa determinadas verdades de fe, e incluso cree en ellas, pero su vida no es coherente con lo que confiesa; entonces se dice que la fe no está formada o que está muerta. Esto lo expresa de la manera más extrema el apóstol Santiago, afirmando que esa fe la tienen también los demonios: «La fe, si no tiene obras, está realmente muerta… ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan» (Sant 2,14s).


La respuesta de Jesús Examinemos más detalladamente la respuesta dada por Jesús: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: «Arránca¬te y plántate en el mar’, y os obedecería» (Lc 17,5-6). Es obvio que la fe, siendo una realidad espiritual, no puede medirse con algo material, como es un grano de mostaza. Se trata de una expresión analógica, para indicar la mínima cantidad. En efecto, en el concepto de Jesús el grano de mostaza es «la más pequeña de todas las semillas» (Mt 13,32). La frase de Jesús está dicha en condicional, de donde se deduce que los apóstoles tienen fe, pero es aún insuficiente, menor que «un grano de mostaza», porque ellos no pueden ordenar al sicómoro que se erradique y se plante en el mar. El sentido de la respuesta de Jesús es éste: si con una fe tan pequeña como un grano de mostaza ya se podría trasladar los montes, ¡qué no se obtendría con una fe robusta y sólida! Nosotros tendemos a considerar que una fe que traslada los montes, ya es una fe inmensa. En efecto, no nos ha tocado la suerte de conocer a nadie con una fe tan grande.


Para Jesús, en cambio, eso es lo mínimo; hay que comenzar de aquí para arriba. De aquí se concluye que, como virtud teologal que es: no tienen límiteen su intensidad. Es claro que el mensaje del Evangelio nos debe interpelar a nosotros ahora; cada uno debe examinarse a sí mismo para ver qué medida de fe tiene. ¡Somos siervos inútiles! En la segunda parte del Evangelio de hoy, se habla de un siervo que, después de una jornada de trabajo en el campo, vuelve a la casa y sirve la mesa de su amo. Jesús pregunta: «¿Acaso el amo tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?». Y agrega: «De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles ; hemos hecho lo que debíamos hacer’» (Lc 17,9-10). Esta segunda parte del Evangelio está relacionada con la anterior. Para ver esa relación, debemos comprender que el cumplimiento fiel de la ley de Dios por parte nuestra es también un don de Dios. En efecto, el resumen de todo lo que Dios nos manda es el precepto del amor, tal como lo dice San Pablo: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley… Todos los preceptos se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13,8-10). Pero el amor es otra de las virtudes sobrenaturales y teologales, más aún, es la más excelente de las virtudes. El amor es el don de Dios por excelencia. El Catecismo enseña: «El Amor, que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor ‘Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado’ (Rom 5,5)» . Por eso, cuando cumplimos lo que Dios nos manda, que siempre es alguna forma del amor, no hacemos más que lo que Él mismo nos concede. Él no nos tiene que agradecer por haber hecho lo que Él mismo nos concede hacer. Esto es lo que dice San Agustín en su famosa frase de las Confesiones: «Da el cumplir lo que mandas, y manda lo que quieras». Una palabra del Santo Padre: «Hoy, el pasaje del Evangelio comienza así: «Los apóstoles le dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”» (Lc 17, 5). Me parece que todos nosotros podemos hacer nuestra esta invocación. También nosotros, como los Apóstoles, digamos al Señor Jesús: «Auméntanos la fe». Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos así como es, para que Tú la hagas crecer.


¿Os parece bien repetir todos juntos esto: «¡Señor, auméntanos la fe!»? ¿Lo hacemos? Todos: Señor, auméntanos la fe. Señor, auméntanos la fe. Señor, auméntanos la fe. ¡Que la haga crecer! Y, ¿qué nos responde el Señor? Responde: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería» (v. 6). La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero auténtica, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad! Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe muy firme, que de verdad mueven montañas. Pensemos, por ejemplo, en algunas mamás y papás que afrontan situaciones muy difíciles; o en algunos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien va a visitarles. Estas personas, precisamente por su fe, no presumen de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, que hace tanto bien. En este mes de octubre, dedicado en especial a las misiones, pensemos en los numerosos misioneros, hombres y mujeres, que para llevar el Evangelio han superado todo tipo de obstáculos, han entregado verdaderamente la vida; como dice san Pablo a Timoteo: «No te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» 2 Tm 1, 8. Esto, sin embargo, nos atañe a todos: cada uno de nosotros, en la propia vida de cada día, puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. Con la pequeñísima fe que tenemos, pero que es fuerte. Con esta fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio. ¿Cómo conseguimos esta fuerza? La tomamos de Dios en la oración. La oración es el respiro de la fe: en una relación de confianza, en una relación de amor, no puede faltar el diálogo, y la oración es el diálogo del alma con Dios. Octubre es también el mes del Rosario, y en este primer domingo es tradición recitar la Súplica a la Virgen de Pompeya, la Bienaventurada Virgen María del Santo Rosario. Nos unimos espiritualmente a este acto de confianza en nuestra Madre, y recibamos de sus manos el Rosario: el Rosario es una escuela de oración, el Rosario es una escuela de fe».


Papa Francisco. Ángelus, 6 de octubre de 2013 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. Necesitamos tener una fe viva y operante. San Pablo nos recuerda en su segunda carta a Timoteo: «Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste…porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por Nuestro Señor». ¿Cómo vivo mi fe? ¿Es viva…? 2. «¡Creo Señor…pero aumenta mi fe!» Pidamos, con humildad, al Señor de la Vida que aumente nuestra fe y pongamos los medios concretos para vivirla a lo largo de nuestra vida cotidiana. 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 153 – 166.


!GLORIA A DIOS!


RCC-DRVC


Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú eres atormentado

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee septiembre Ee 2019 a las 13:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXVI ORDINARIO


29 de septiembre - 05 de octubre del 2019



“Recibiste bienes y Lázaro males; ahora él encuentra consuelo, mientras tú eres atormentado”


Am 6, 1.4-7: “¡Ay de los que se sienten seguros en Sión!”


Así dice el Señor todopoderoso:

«¡Ay de los que se sienten seguros en Sión y ponen su confianza en el monte de Samaria!

Ustedes duermen en camas de marfil; se recuestan en lujosos sillones, comen los corderos del rebaño y los terneros del establo; canturrean al son del arpa, inventan, como David, instrumentos musicales; beben vino en elegantes copas, se ungen con perfumes exquisitos sin apenarse por la ruina de José.

Por eso irán al destierro a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los libertinos».


Sal 145, 7-10: “Alaba alma mía, al Señor”


Él mantiene su fidelidad perpetuamente, Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


1Tim 6,11-16: “Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado”


Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza.

Pelea el buen combate de la fe.

Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste solemne confesión ante muchos testigos.

En presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio solemne testimonio ante Poncio Pilato con tan noble confesión: te insisto en que

guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que a su debido tiempo mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.

¡A Él sea el honor y el poder para siempre! Amén.


Lc 16,19-31: “Deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico”


En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

— «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado junto a la puerta, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio desde lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia ustedes, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”.

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento”.

Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.

El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”.

Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”».


NOTA IMPORTANTE


Luego de proponer a sus discípulos la parábola del administrador infiel e invitar a usar las “riquezas injustas” para ganar amigos en el Cielo, el Señor sentencia: «No pueden servir a Dios y al Dinero» (Lc 16,13). El apego a las riquezas necesariamente conduce a un desprecio de Dios, muchas veces sutil e inconsciente.


En seguida el evangelista comenta que al escuchar aquella enseñanza algunos fariseos «se burlaban de Él» (Lc 16,14). ¿Por qué reaccionan de ese modo? Porque, según explica San Lucas, ellos «eran amigos del dinero» (allí mismo). Como son “amigos del dinero” consideran que es un disparate total la oposición que el Señor establece entre Dios y el dinero. Además, como hombres dedicados al estudio de la Ley, probablemente fundamentan su amor a las riquezas con la misma Escritura: en el libro de Moisés estaba escrito que la prosperidad material era una bendición de Dios, un premio en la vida terrena a quien observaba fielmente los mandamientos divinos (ver Lev 26,3-5). Por tanto, ¿no era absurdo afirmar que el dinero era “injusto” y que la acumulación de las riquezas lo hacía a uno enemigo de Dios? Aquellos fariseos pensaban sin duda que el Señor desvariaba al enseñar semejante oposición.


La respuesta del Señor será dura: «Ustedes son los que se la dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,15). ¿Qué es estimable para los hombres? La riqueza, así como el hacerse amigo de hombres ricos. ¿Qué es abominable para Dios? La riqueza que se convierte en un ídolo para el hombre, volviéndose “injusta”.


El Señor afianza esta enseñanza con una parábola, que habla del destino final de un rico y de un pobre que está a su puerta. Ambos son hijos de Abraham, ambos son miembros de un mismo pueblo. Mientras el judío opulento no parece encontrar mejor uso para su dinero que banquetearse regaladamente todos los días con sus amigos, su hermano está echado a la puerta de su casa anhelando saciar su hambre con las sobras de la mesa del rico. Su situación de abandono y miseria absoluta no despiertan la atención ni la compasión del rico, que preocupado tan sólo de gozar de sus riquezas permanece indiferente e insensible ante el sufrimiento de Lázaro. El contraste que plantea el Señor en su parábola es muy fuerte.


Entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. Esto queda claramente indicado en la parábola ya desde el mismo nombre que el Señor le pone al pobre: Lázaro. Este “detalle” es tremendamentesignificativo, más aún cuando es la única parábola en la que el Señor pone nombre a alguno de sus personajes. En la mentalidad oriental el nombre era un elemento esencial de la personalidad del portador. El nombre expresa una realidad. Lo que no tiene nombre no existe. Un hombre sin nombre es insignificante y despreciable. El hombre es lo que su nombre significa (ver 1Sam 25,25). Lázaro es la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa “Dios es (su) auxilio”. Así el pobre Lázaro, despreciado e innominado para los hombres poderosos, es para Dios una persona que merece su amor, su compasión y su auxilio. En cambio, el rico que cierra sus entrañas a Lázaro carece para Él de nombre.


Este auxilio de Dios a favor del pobre quedará de manifiesto definitivamente a la hora de la muerte: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces». Mientras que Lázaro es acogido en el seno de Abraham porque encontró en Dios su auxilio, el rico se encuentra lejos del “seno de Abraham” por usar sus riquezas de un modo mezquino y egoísta, por negar compartir aunque sea las migajas de su mesa opulenta con quien hundido en la más absoluta miseria suplicaba un poco de alivio y auxilio echado a la puerta de su casa. Lázaro por la fe en Dios habrá ganado la vida eterna (ver 2ª. lectura), mientras que el rico epulón la habrá perdido. Por no escuchar rectamente a Moisés y a los profetas se encontrará en un lugar de eterno tormento. El abismo que existe entre ambos es símbolo de una situación o estado que no puede cambiar, que es eterno.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En la parábola vemos que se condena el hombre que en vida posee riquezas no por la posesión de las mismas, sino en cuanto que, disponiendo de medios en abundancia, los derrocha para su deleite personal sin darle siquiera las sobras al indigente que está sentado a la puerta de su casa. Totalmente cerrado en sí mismo, absorto en el disfrute de sus bienes, permanece insensible e indiferente ante las necesidades del pobre Lázaro. Su hambre no le interesa, sus heridas no despiertan su compasión, su sufrimiento no lo conmueve, su dolor no le duele. El corazón de este rico está totalmente endurecido.


Y yo, ¿soy rico? Quizá sí, quizá no. Quizá vivo ajustado, o quizá vivo con cierta holgura, o quizá sin ser muy rico tengo alguna abundancia de bienes. Sea como fuere, ¿puedo excusarme y decir: “esta parábola no se aplica a mí porque yo no soy rico”? De ninguna manera. Y es que la pregunta que debo hacerme no es si soy rico o no, sino: ¿descubro en mí las mismas actitudes de aquel rico? ¿Pienso quecada cual se las tiene que arreglar en la vida como pueda, y que no me atañe el destino del pobre? ¿Me quejo de que los pobres no hacen sino pedir y pedir?


La lección de esta parábola está dirigida ciertamente a los ricos, especialmente a aquellos que carecen de toda conciencia social, pero también va para todos aquellos que aunque no sean ricos de hecho lo son “de corazón”, pues viven tan apegados a los bienes que poseen y tan concentrados en mantener su propia “seguridad económica” o “estatus de vida” que se vuelven ciegos y sordos a las urgentes necesidades de aquellos que están sentados “a la puerta de su casa”. El Señor advierte que el egoísmo, el apego al dinero y riquezas, la avaricia, la mezquindad, la indiferencia ante las necesidades de los demás, el desinterés por el destino de los demás, el desprecio del pobre, traen consigo gravísimas consecuencias para toda la eternidad. Quien no abre su corazón al amor, a sí mismo se excluirá de la comunión de amor que Dios le ofrece más allá de esta vida, un estado de eterna soledad y ausencia de amor que se llama infierno.


El Señor nos invita a ser buenos administradores de los bienes que poseemos, sean muchos o pocos, haciéndonos sensibles al sufrimiento de los menos favorecidos, cultivando actitudes de generosidad, de caridad y de solidaridad cristiana hacia todos aquellos que en su indigencia material o espiritual tocan a la puerta de nuestros corazones. Así estaremos ganando para nosotros la vida eterna, así estaremos preparándonos a participar de la comunión de Amor con Dios y con todos los santos de Dios, por los siglos de los siglos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«A propósito de esta parábola, conviene preguntarnos por qué el rico ve a Lázaro en el seno de Abrahán y no en compañía de otro justo. Es porque Abrahán había sido hospitalario. Aparece pues, al lado de Lázaro para acusar al rico epulón de haber despreciado la hospitalidad. En efecto, el patriarca incluso invitó a unos simples peregrinos y los hizo entrar en su tienda (Gén 18,15). El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. Tenía medios, con todo el dinero que poseía, para dar seguridad al pobre. Pero él continuaba, día tras día, ignorando al pobre y privándole de su ayuda que tanto necesitaba». San Crisóstomo


«¿Qué responderás al soberano juez, tú que revistes tus muros y no cubres a tu semejante que anda desnudo, tú que luces suntuosos peinados y no tienes una mirada de compasión para el que está en la miseria, tú que entierras tu oro y noacudes a socorrer al necesitado?». San Basilio


«Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo el manto que tú guardas, celoso, en tus arcas». San Basilio


«¿Es que Dios es injusto al repartir con desigualdad los bienes necesarios para la vida? ¿Por qué tú nadas en abundancia mientras que el otro vive en la miseria? ¿No es para que un día, gracias a tu bondad y administración desinteresada, recibas la recompensa, mientras que el pobre obtendrá la corona prometida a la paciencia?». San Basilio


«¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me disteis de comer”, y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” (...). ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Todos mereceremos el destino eterno que hemos construido en esta vida


1021: La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros.


También hoy hay muchos “lázaros” a las puertas de los ricos


2463: En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: «Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25, 45).


2831: Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición [danos hoy nuestro pan de cada día]. El drama del hambre en el mundo llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro y del juicio final.


La diferencia entre pobres y ricos llama a la justa distribución de las riquezas…


1936: Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas. Los «talentos» no están distribuidos por igual.


1937: Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras.


1938: Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio:

La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional (GS 29).

…y a la solidaridad


1939: El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de «amistad» o «caridad social», es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana:


Un error, «hoy ampliamente extendido, es el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora» (S.S. Pío XII).


1940: La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.


1941: Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.


1942: La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6,33):


Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (S.S. Pío XII).


CONCLUSION


«Tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite»


Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario.

Ciclo C – 29 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,19-31


Tiempo y eternidad; recompensa y castigo: son como que dos antípodas que nos pueden servir para aproximarnos a los textos de este Domingo. Esto es evidente en el texto evangélico que sitúa a un rico en la bonanza temporal y a Lázaro sufriendo desgracias en este mundo ( San Lucas 16,19-31). También vemos en la Primera Lectura (Amós 6,1a. 4-7) a los ricos samaritanos que viven en orgías y lujo, seguros de sí mismos y olvidan así «el desastre de José». ¿Cómo ganar la vida eterna? San Pablo nos hablará de cómo la fe exige vivir el buen combate en Cristo Jesús para así ganar la vida eterna (primera carta de San Pablo a Timoteo 6,11-16).


Parábola del rico derrochador y del pobre Lázaro


En el Evangelio de este Domingo Jesús propone una parábola para enseñar de manera viva y radical algunas verdades que resultan incómodas al mundo moderno y que nuestra sociedad de consumo no quiere de ninguna manera oír. Pero, oigan o no oigan, la palabra de Jesús es la verdad: el cielo y la tierra pasarán pero sus palabras no dejarán de cumplirse. Se trata de la parábola del pobre Lázaro y del rico derrochador. Su finalidad es precisamente enseñar qué es lo que ocurrirá a quien, gozando de manera egoísta sus riquezas, no quiera escuchar la palabra que es Verdad y Vida.


La parábola presenta tres cuadros sucesivos. Primero la situación del rico y del pobre Lázaro; luego vemos la escena de ambos después de la muerte; finalmente el diálogo del rico con Abrahán pidiendo clemencia por sus cinco hermanos. El rico, sin nombre en la parábola, es conocido comúnmente con el nombre funcional de «Epulón» que proviene de la raíz latina «epulae» que quiere decir comida, banquete, festín y aplicándola al personaje podemos entenderla como comilón o sibarita. El pobre de la parábola se llama «Lázaro». Nombre que proviene del hebreo «Eleazar» o «Eliezer» que significa «Dios ayuda». Es la única vez que aparece un nombre propio en una parábola de Jesús.


La escena sobre esta tierra presenta a los actores con rasgos incisivos: «había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas; y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su puerta, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico». En esta tierra el contraste entre uno y otro es total. Esta situación se da hoy: se da entre individuos, entre grupos, entre países. ¡No es una situación irreal! El rico se divierte, goza con los gustos que le proporcionan sus riquezas, es totalmente insensible a las necesidades de los pobres, para él es como si no existieran. Vive como que encerrado en una burbuja alienado a la realidad de la pobreza. Es una descripciónde nuestra sociedad de consumo, donde la ley suprema es la comodidad, el placer y el afán de “pasarlo bien” sin preocuparse de nada más.


Pero sucede que «un día el pobre murió… y murió también el rico». Finalmente hay plena igualdad. La muerte es una ley pareja e imperturbable, afecta a todos por igual. El rico puede hacerlo todo con sus riquezas, pero no puede escapar a la muerte. Y entonces comienza la segunda escena de la parábola, que se introduce así: «el pobre fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; el rico fue sepultado». El seno de Abraham es el símbolo de la felicidad, allí podemos imaginar a Lázaro finalmente sonriendo. En cambio, el rico fue a dar al hades, lugar de tormentos. Aunque un abismo infranqueable los separa el rico puede ver al pobre. Ahora, el rico se contenta con muy poco: «Gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». La situación de ambos se ha invertido. Es lo que hace notar Abraham: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado». Esta nueva situación en que cada uno se encuentra, es eterna.


La eternidad y la libertad


La palabra «eternidad» debería darnos vértigo. Nunca acabaremos de comprender su inmensidad. La eternidad del destino del hombre pone en evidencia la dimensión de esta otra palabra: libertad. La libertad del hombre significa que tiene en sus manos la responsabilidad de su destino eterno. En esta breve vida nos jugamos la vida eterna. El diálogo entre el rico y Abraham expresa la irreversibilidad de esa situación final: «Entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros». ¡No es posible ni siquiera recibir una gota de agua en los labios resecos! Hasta aquí la parábola ha enseñado la responsabilidad en el uso de los bienes de esta tierra. La tierra con todos sus bienes, fueron creados para todos los hombres y nadie puede banquetear y consumir cosas lujosas o superfluas mientras haya quien carece de lo necesario. La parábola enseña el destino que le espera después de la muerte al que hace aquello.


Pero la parábola agrega una tercera parte, y ésta es un aviso para nosotros que toda¬vía estamos sobre esta tierra y que tal vez no pensamos en estas cosas. En un gesto imposible en un condenado, el rico suplica a Abraham: «Te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham contesta,con razón, que ya tienen quien les advierta: «Tienen a Moisés y los profetas, que los oigan».


«¡Ay de aquellos que se sienten seguros y confiados!»


Los escritos proféticos ya nos hablan sobre estas verdades. Bastaría repasar la Primera Lectura de este Domingo, tomada del profeta Amós: «Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión… acostados en camas de marfil… beben vino en anchas copas… irán al exilio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas» (Amós 6,1.4-6).La denuncia del profeta Amós se dirige contra el sibaritismo de los habitantes de Samaría que no les interesa más «el destino de José», es decir el fin eminente del Reino de Israel. Su denuncia es contundente: «se acabó la orgía de los disolutos». Iréis al destierro bajo los asirios, encabezando la caravana de cautivos.


Hecho que sucedió treinta años después de haberlo anunciado. Escuchar la Palabra de Dios y abandonar las falsas seguridades que ofrece los bienes materiales es una de las lecciones de la parábola de este Domingo. Notemos que pobreza y riqueza no son conceptos meramente cuantitativos; pesa sobretodo la actitud de apego o desapego de lo que uno tiene. El hombre que pone su confianza y seguridad en Dios es aquel que escucha y vive de acuerdo a plan espiritual que traza San Pablo en la Segunda Lectura. Es el anverso a la «orgía de los sibaritas».


La exhortación de San Pablo a su querido discípulo Timoteo es valedera para todo cristiano: «practica la justicia, la piedad, la fe. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…Guarda el mandamiento sin mancha y sin reproche». El «mandamiento» se refiere a todo el depósito de la fe confiado a Timoteo para su anuncio y testimonio. Precisamente a continuación del texto que hemos leído viene una exhortación dirigida a los cristianos ricos que hubiera casado perfectamente como comentario de nuestras lecturas dominicales: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19).


Finalmente…ni aunque resucite un muerto


Volvamos a la lectura del Evangelio. Ante la respuesta dada por Abraham, el rico sabe que, lamentablemente, esto no va a impresionar a sus hermanos y por eso insiste: «No, padre Abraham, sino que, si alguno de entre los muertos va dondeellos, se convertirán». Sigue la sentencia conclusiva de Abraham: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, no se convertirán aunque resucite un muer¬to». Nosotros no sólo tenemos a Moisés y a los profetas, que ciertamente haríamos bien en escucharlos, sino que tenemos la enseñan¬za del Hijo de Dios mismo: «en estos últimos tiempos Dios nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,2).


Por eso más eficaz que todos los proyectos -ciertamente necesarios- que se puedan desarrollar en nuestro país para «superar la pobreza» sería que cada uno, antes de hacer un gasto superfluo y lujoso, se sentara a leer antes esta parábola atentamente. Si esto no surte efecto, para inducir a una vida más fraterna, solidaria y reconciliada; no hay más que hacer ya lamentablemente «no se convencerán ni aunque resucite un muerto».


Una palabra del Santo Padre:


Se preguntó el Papa, «¿por qué es maldito el hombre que confía en el hombre, en sí mismo? Porque —fue su respuesta— esa confianza le hace mirar sólo a sí mismo; lo cierra en sí mismo, sin horizontes, sin puertas abiertas, sin ventanas».


El Pontífice hizo referencia luego al pasaje evangélico de Lucas (16, 19-31), que cuenta la historia de «un hombre rico que tenía todo, llevaba vestimenta de púrpura, comía todos los días grandes banquetes, y se daba a la buena vida». Y «estaba tan contento que no se daba cuenta de que, en la puerta de su casa, lleno de llagas, estaba un tal Lázaro: un pobrecito, un vagabundo, y como un buen vagabundo con los perros». Lázaro «estaba allí, hambriento, y comía sólo lo que caía de la mesa del rico: las migajas».

El pasaje del Evangelio, dijo el Santo Padre, propone una reflexión: «Nosotros sabemos el nombre del vagabundo: se llamaba Lázaro. Pero, ¿cómo se llamaba este hombre, el rico? ¡No tiene nombre!». Precisamente «esta es la maldición más fuerte» para la persona que «confía en sí mismo o en las fuerzas o en las posibilidades de los hombres y no en Dios: ¡perder el nombre!».


Y «mirando a estas dos personas» propuestas en el Evangelio —«el pobre que tiene nombre y confía en el Señor y el rico que ha perdido el nombre y confía en sí mismo»— «decimos: es verdad, debemos confiar en el Señor». En cambio, «todos nosotros tenemos esta debilidad, esta fragilidad de poner nuestras esperanzas en nosotros mismos o en los amigos o en las posibilidades humanas solamente. Y nos olvidamos del Señor». Es una actitud que nos lleva lejos del Señor, «por el camino de la infelicidad», como el rico del Evangelio que «al final es un infeliz porque se condenó por sí mismo».


Se trata de una meditación especialmente en consonancia con la Cuaresma, dijo el Papa. Así, «hoy nos hará bien preguntarnos: ¿dónde está mi confianza? ¿Está en el Señor o soy un pagano que confío en las cosas, en los ídolos que yo he hecho? ¿Tengo aún un nombre o he comenzado a perder el nombre y me llamo “yo”?», con todas las varias declinaciones: “mi, conmigo, para mí, sólo yo: siempre en el egoísmo, yo”». Esto, afirmó, es un modo de vivir que ciertamente «no nos da salvación».


Refiriéndose una vez más al Evangelio, el Papa Francisco indicó que, a pesar de todo, «hay una puerta de esperanza para todos los que se arraigaron en la confianza en el hombre o en sí mismos, que perdieron el nombre». Porque «al final, al final, al final siempre hay una posibilidad». Y lo testimonia precisamente el rico, que «cuando se da cuenta que ha perdido el nombre, ha perdido todo, eleva los ojos y dice una sola palabra: “¡Padre!”. La respuesta de Dios es una sola palabra: “¡Hijo!”». Y, así, es también para todos los que en la vida se inclinan por «poner la confianza en el hombre, en sí mismos, terminando por perder el nombre, por perder esta dignidad: existe aún la posibilidad de decir esta palabra que es más que mágica, es más, es fuerte: “¡Padre!”». Y sabemos que «Él siempre nos espera para abrir una puerta que nosotros no vemos. Y nos dirá: “¡Hijo!”».


Como conclusión, el Pontífice pidió «al Señor la gracia de que a todos nosotros nos dé la sabiduría de tener confianza sólo en Él y no en las cosas, en las fuerzas humanas: sólo en Él». Y a quien pierde esta confianza, que Dios conceda «al menos la luz» de reconocer y de pronunciar «esta palabra que salva, que abre una puerta y le hace escuchar la voz del Padre que lo llama: hijo».


Papa Francisco. Misa en Domus Santae Marthae. Jueves 20 de marzo de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Nos dice San Juan Crisóstomo que Abrahán aparece junto a Lázaro porque había sido hospitalario con unos simples peregrinos y hasta los hizo entrar en su tienda. Por ello recibió la bendición de Dios (ver Gn 18,15). El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. ¿Enseño a los miembros de mi familia a que sean generosos y solidarios? ¿Predico con mi ejemplo?

2. En la situación concreta en que vive nuestro país, ¿por qué no colaborar activamente en alguna campaña de solidaridad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2419- 2425. 2443-2449.


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


No pueden servir a Dios y al dinero

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee septiembre Ee 2019 a las 13:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXV ORDINARIO


22-28 de septiembre del 2019


“No pueden servir a Dios y al dinero"


Am 8, 4-7: “¡Escuchen esto, los que oprimen al pobre!”


Escuchen esto, los que oprimen al pobre, y tratan de eliminar a la gente humilde, diciendo: «¿Cuándo pasará la fiesta de la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»

Disminuyen ustedes la medida, aumentan el precio, usan balanzas con trampa, compran por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. El Señor lo ha jurado por el honor de Jacob: nunca olvidaré lo que han hecho.


Sal 112, 1-2.4-8: “Alaben al Señor, que alza de la miseria al pobre”


Alaben, siervos del Señor, alaben el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se inclina para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.


1 Tim 2, 1-8: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven.


Querido hermano: Te ruego, ante todo, que se hagan oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todas las autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica, religiosa y digna.


Eso es bueno y grato ante los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó en rescate por todos: éste es el testimonio dado a su debido tiempo, del cual he sido yo constituido mensajero y apóstol ―digo la verdad, no miento―, y maestro de las naciones en la fe y en la verdad. Por lo tanto, quiero que sean los hombres los que oren en cualquier lugar, alzando las manos limpias, sin ira ni divisiones.


Lc 16, 116, 1--13:13: “Ningún siervo puede servir a dos “Ningún siervo puede servir a dos señores”señores”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: — «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante su señor de malgastar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Es cierto lo que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. El administrador se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para trabajar la tierra no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.


Fue llamando uno a uno a los deudores de su señor y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Éste respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo; date prisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego le dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien sacos de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta”. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Y es que los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Por eso les digo: Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas. El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho; el que no es honrado en lo mínimo tampoco en lo importante es honrado. Si no fueron de confianza con el injusto dinero, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no fueron fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero».


NOTA IMPORATNTE


El Evangelio de este Domingo trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo un mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, esinstado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión. Una cosa le preocupa a quien ha vivido regaladamente a expensas de un hombre rico, aprovechándose de sus bienes para beneficio personal: ¿qué hacer para no quedar en la miseria, si no puede ya trabajar como un joven y si mendigar le da vergüenza? Una idea astuta le viene a la mente: granjearse la amistad y gratitud de los deudores de su antiguo señor, rebajándoles significativamente la cantidad de lo debido. Llamándolos uno por uno hace que escriban recibos con cantidades inferiores a las realmente debidas: cincuenta medidas de aceite en vez de cien, ochenta cargas de trigo en vez de cien, y así sucesivamente. Él calcula que la condonación de una parte significativa de la deuda será retribuida posteriormente por las personas favorecidas. Es una manera muy astuta de hacer uso de los bienes materiales para granjearse amigos que luego puedan ayudarlo cuando se encuentre desempleado. Sin hacer una evaluación moral de la acción del administrador el Señor Jesús alaba su sagacidad y alienta a los “hijos de la luz”, es decir, a sus discípulos, a imitar la astucia —no los métodos deshonestos— de “los hijos de este mundo”, aquellos que viven y luchan buscando grandezas humanas, puestos importantes, éxitos mundanos, quienes para alcanzar sus propios fines son siempre tan sagaces.


El Señor Jesús pronuncia finalmente la enseñanza central de esta parábola: «Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas». ¿Por qué califica el Señor el dinero de “injusto”? San Cirilo decía al respecto: Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados». Es decir, por “dinero injusto” no sólo hay que entender la riqueza que se obtiene o aumenta pormedios injustos (ver 1ª. lectura) sino también aquella riqueza a la que uno incluso habiéndola obtenido honestamente se aferra egoístamente, negándole su carácter social. Una excesiva abundancia de dinero o bienes se torna injusta cuando no se usa en favor de aquellos que viven de modo infrahumano por carecer de ellos. El Señor invita a un cambio de conducta cuando declara que «de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el Padre» (San Cirilo). De este modo uno tendrá amigos «cuando [el dinero] llegue a faltar», es decir, en el momento de la muerte, cuando las riquezas ya no acompañarán más al rico ni podrán salvarlo, cuando sólo lo acompañarán sus buenas obras y la caridad que haya podido hacer con aquel dinero durante su peregrinación por este mundo. Entonces los amigos que habrá ganado lo recibirán en las moradas eternas. Luego de exponer la parábola, el Señor enuncia una serie de sentencias sobre las riquezas. Entre otras dirá: «No pueden servir a Dios y a Mamón».


Normalmente el término griego mammonas se traduce por dinero. Procede del arameo mamón, que en sentido amplio significa riqueza y posesión. En la sentencia mencionada el Señor habla de Mamón casi como si fuese una persona real, opuesta a Dios. Se convierte en su servidor el hombre codicioso, aquel que permite que su corazón se apegue a las riquezas y bienes materiales, haciendo que sirvan sólo a sus intereses personales. Un hombre así se engaña a sí mismo si cree que puede al mismo tiempo amar a Dios. La verdad es que «ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro». Entre Dios y Mamón, hay que elegir a quién quiere uno servir, porque no se puede estar bien con los dos al mismo tiempo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Los bienes materiales son necesarios a todos. Son queridos por Dios mismo para el hombre, para su subsistencia, su desarrollo y pacífica convivencia. ¿Quién puede subsistir sin ellos? Por tanto, es lícito a todo hombre procurar, poseer, administrar y aumentar, para sí mismo y para sus seres queridos, los bienes materiales: dinero, bienes muebles o inmuebles. Sin embargo, hay también un enorme peligro con respecto a los bienes materiales, en sí mismos útiles y necesarios como hemos dicho. La posesión de riquezas o la aspiración a poseerlas es capaz de trastornar completamente al ser humano, de volverlo avaro, egoísta, insensible a las necesidades de sus hermanos humanos, astuto para el mal, implacable y cruel. Por dinero, por el afán de “tener”, el ser humano es capaz de robar, engañar, traicionar, cometer fraudes, ir a la guerra, asesinar. En efecto, «por amor a la ganancia han pecado muchos» (Eclo 27, 1). Pero si las riquezas no son malas en sí mismas y si su posesión es lícita al hombre, ¿en qué consiste su peligro? La ruina para el hombre está en entregarles el corazón, en hacer del dinero un ídolo ante el cual se es capaz de ofrecer cualquier sacrificio. De allí que aconseja el salmista: «A las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón» (Sal 62[61], 11). Quien es seducido por el dinero, ya no es él quien posee las riquezas, sino las riquezas que lo poseen a él. Cree que es su dueño y seño, cuando en realidad no es sino su esclavo. El apego del corazón o amor a las riquezas trae consigo al mismo tiempo un ‘aborrecimiento’ de Dios, aún cuando quien padece el yugo de esta esclavitud esté convencido de que ama a Dios. Se engaña a sí mismo quien dice amar a Dios cuando tiene el corazón apegado a los bienes materiales. El amor a las riquezas divide interiormente a la persona, la aparta de Dios y se expresa en la injusticia que vive con respecto a sus hermanos humanos,tanto a nivel personal como también social, generando estructuras injustas, sistemas en los que se explota a los demás en beneficio de unos pocos. La codicia es un acto que va contra el amor de Dios y por lo tanto es una idolatría. Por ello el desapego del dinero (ver 1 Tim 3, 3; Heb 13, 5-6), el no poner la confianza en él y más bien hacer un sabio uso de él para beneficiar a los demás es una condición fundamental en la vida cristiana. Es por lo tanto esencial que nos preguntemos con toda sinceridad: ¿Está mi corazón apegado a los bienes materiales que poseo, sean muchos o pocos? ¿Le pertenece mi corazón verdaderamente a Dios? ¿O hago del dinero un ídolo, el fin último de mi vida? ¿Comprendo que soy administrador de los bienes que poseo, aún cuando los haya conseguido con mi solo esfuerzo? ¿Soy consciente de que tengo una responsabilidad social mayor, mientras más bienes poseo? San Francisco de Sales, «para impedir que te engañe y que este cuidado de los bienes temporales degenere en avaricia», recomienda al alma amiga de Dios «practicar con mucha frecuencia la pobreza real y efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios nos haya dado». Así por ejemplo recomienda: «Despréndete siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de corazón a los pobres… Es cierto que Dios te lo devolverá, no sólo en el otro mundo, sino también en éste, porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna… Ama a los pobres y a la pobreza… complácete en hablarles; no te enfades de que se acerquen a ti en las iglesias, en las calles y en todas partes. Sé con ellos pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero sé rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que eres poseedora de riquezas».


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ya había el Señor refrenado la tiranía de la avaricia con muchas y grandes razones pero ahora añade otras más amplias. Las riquezas no nos dañan precisamente porque arman a los ladrones contra nosotros y porque oscurecen nuestra inteligencia, sino porque también nos separan de Dios. Y esto lo prueba con una razón muy fácil de comprender: “Ninguno puede servir a dos señores”. Dice dos, porque mandan cosas contrarias. Si se entendiesen no serían dos sino uno». San Juan Crisóstomo «Oiga esto el avaro y vea que no puede servir a la vez a Jesucristo y a las riquezas. Sin embargo, no dijo: quien tiene riquezas, sino el que sirve a las riquezas, porque el que está esclavizado por ellas las guarda como su siervo, y el que sacude el yugo de esta esclavitud, las distribuye como señor. Pero el que sirve a las riquezas sirve también a aquel que por su perversidad es llamado con razón dueño de las cosas terrenas y el príncipe de este siglo (Jn 12; 2 Cor 4)». San Beda «Sufre un duro dominio todo el que sirve a las riquezas. Cegado por su codicia, vive sometido al diablo, y no lo quiere. Como aquel que está unido a la sierva de otro por la concupiscencia, sufriendo una dura esclavitud, aun cuando no ame a aquel cuya sierva ama. Obsérvese que ha dicho: “Y despreciará al otro”, y no: “Le aborrecerá”, porque apenas hay conciencia que pueda aborrecer a Dios. Mas se le puede despreciar, esto es, no temerle a causa de la confianza que inspira su bondad». San Agustín Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados; pero declara también que de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el


Padre… Ten en cuenta, en primer lugar, que él no te ha ordenado hacerte de rogar o esperar a recibir una súplica, sino que tienes que buscar tú mismo a quienes son dignos de ser escuchados, en cuanto que son discípulos del Salvador. Por tanto, es bello lo que dice el Apóstol: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7), al que disfruta dando y no siembra parcamente, para no cosechar del mismo modo, Dios ama al que comparte sin lamentarse, sin distinciones ni pesar, y esto es hacer el bien auténticamente». San Clemente de Alejandría EL CATECISMO DE LA IGLESIA La idolatría 2112: El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los «ídolos, oro y plata, obra de las manos de los hombres», que «tienen boca y no hablan, ojos y no ven...» Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: «Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza» (Sal 115, 4-5.8). Dios, por el contrario, es el «Dios vivo» (Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc.), que da vida e interviene en la historia. 2113: La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. «No podéis servir a Dios y al dinero», dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a «la Bestia», negándose incluso a simular su culto.


La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina. 2114: La vida humana se unifica en la adoración del Dios Único. El mandamiento de adorar al único Señor da unidad al hombre y lo salva de una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido religioso innato en el hombre. El idólatra es el que «aplica a cualquier cosa más bien que a Dios su indestructible noción de Dios». Sobre los sistemas que tienen el lucro como fin último… 2424: Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social. Un sistema que «sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción» es contrario a la dignidad del hombre. Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios con vistas al lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24; Lc 16,


CONCLUSION


«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»«NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO» Domingo de la Semana 25ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 22 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 16,1-13 En el fondo vemos como en los textos litúrgicos se plantea la pregunta: ¿dónde está la verdadera riqueza? Ciertamente no puede coincidir con la ambición y la avaricia en perjuicio de los más pobres y necesitados, leemos en la Primera Lectura (Amós 8,4-7). Tampoco reside en la habilidad para hacerse «amigos» con las riquezas de otros. La verdadera riqueza es la riqueza de la fe, que poseen los hijos de la luz ya que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo. En el fondo lo que está en juego es el ser recibidos o rechazados en las «moradas eternas» (San Lucas 16,1-13). Esta manera de entender las cosas sólo la podremos conseguir en la medida que seamos realmente «amigos de Jesús» y esto se logra en el ámbito de la oración (primera carta de San Pablo a Timoteo 2,1-8).


Una parábola desconcertante El Domingo pasado hemos leído todo el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas y hemos visto que su finalidad es mostrar que en la actitud de Jesús se revela la misericordia de Dios, que «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva». Este Domingo comenzamos a leer el capítulo 16, que reúne sentencias de Jesús sobre el uso de los bienes materiales. Jesús ilustra su enseñanza por medio de dos parábolas: la del administrador astuto y la del rico y Lázaro. Este Domingo veremos la primera de estas parábolas y la conclusión de Jesús. Jesús expone el caso de «un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda». El señor lo llama para pedirle cuenta de su administración y le anuncia que será despedido. En ese momento el administrador comienza a sentirse en dificultad, porque su situación actual termina y el tiempo urge. Se pregunta: «¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración?» Entonces diseña un plan y convoca a los deudores de su señor, dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?’. Respondió: ‘Cien medidas de aceite’. Él le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta’. Después dijo a otro: ‘Tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: ‘Cien cargas de trigo’. Le dice: ‘Toma tu recibo y escribe ochenta’». Nadie se puede quedar sin reaccionar ante esta conducta del administrador despedido. También reacciona el señor. Pero lo hace de manera desconcertante: mientras se esperaría que lo hiciera con indignación, «el señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente ». Una interpretación de la parábola La mayor dificultad de la parábola está en la felicitación que el amo dirige a su administrador al conocer las rebajas a sus acreedores de sus propias deudas. Jesús parece sumarse a tal alabanza, pues lopone como ejemplo para los hijos de la luz. Aclaremos el malentendido.


El amo no aprueba la gestión anterior de su mayordomo , al que precisamente despide por fraude, sino que alaba su previsión del futuro, queriendo granjearse amigos para los tiempos malos que se le avecinan. En tiempo de Jesús, los administradores podían disponer de los bienes del señor y prestarlos libremente, exigiendo de los acreedores la devolución de una cantidad mayor para hacerse, en esta forma, un salario. El administrador habría prestado 50 barriles de aceite y habría exigido la devolución de 100 (un interés del 100% es usurario, y en esto consistiría su injusticia); habría prestado 80 cargas de trigo y habría exigido la devolución de 100 (25% de interés). En este sentido, su decisión consiste en no exigir más que lo prestado, es decir, en renunciar a su parte, para suscitar la gratitud de los acreedores. La conclusión es entonces comprensible cuando: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». El administrador era injusto y abusador porque en su gestión siempre había aplicado intereses usurarios; pero, en este momento, renunció a esa ganancia injusta esperando el beneficio mayor de ser acogido por los deudores favorecidos, cuando se viera privado de su cargo. Por otro lado, es difícil pensar que un propietario alabe a su propio administrador porque éste le roba y regala sus bienes para granjearse amigos. Siguiendo esta interpretación se explica mejor la conclusión de Jesús: «Haceos amigos con el dinero injusto, para que cuando llegue a faltar, os reciban en las moradas eternas». Recordemos que el dinero es llamado de «injusto» porque suele impulsar a las personas hacia la falta de honradez. Jesús, por otro lado, quiere enseñar que nuestra vida también tendrá un fin y que, en comparación con la eternidad, ese fin es inminente. Nuestra situación ante Dios es como la del administrador: poseemos «dinero injusto». Por eso, en el breve tiempo que nos queda de vida, antes de que se nos pida cuentade nuestra administración, debemos usar el dinero que poseemos para hacer el bien a los demás.


El tiempo urge. Por tanto, la decisión debe ser ahora; mañana será demasiado tarde… La parábola está dicha para fundamentar esta observación de Jesús: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz». No es algo que Jesús apruebe; es algo que Jesús lamenta. Lo dice como un reproche para interpelarnos y hacernos reaccionar. A menudo quedamos sorprendidos por la habilidad y la decisión con que actúan los obradores del mal para alcanzar sus objetivos perversos. Los hijos de la luz deberían ser más astutos, más decididos y más generosos en la promoción del bien, porque el bien es más apetecible. Esto es lo que desea Jesús; por eso, manda a sus discípulos con estas instrucciones: «Sed astutos como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). El uso adecuado de las riquezas Sigue una serie de sentencias acerca del buen uso de las riquezas. Llama la atención la triple repetición de la palabra Dinero (con mayúscula, como un nombre propio). Es que traduce la palabra «mamoná» que en el texto griego original del Evangelio se conserva sin traducir. Ésta fue ciertamente la palabra usada por el mismo Jesús en arameo. Es una palabra de origen incierto. Algunos especialistas sostienen que proviene de la raíz «amén» y, por tanto, significa: «aquello en lo cual se confía». En la lengua original de Jesús hay entonces un juego de palabras, porque la misma raíz tienen los adjetivos «fiel» y «verdadero» y también el verbo “confiar”: «Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero?». El «mamoná» es injusto, porque siempre engaña. Su mismo nombre es un engaño: se ofrece como algo en lo cual se puede confiar; pero defrauda. Así lo muestra Jesús en la parábola del hombre cuyo campo produjo mucho fruto. Pensó que podía confiar


en sus riquezas y que ellas le darían seguridad por muchos años: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años…”. Pero, esos bienes no le pudieron asegurar ni siquiera un día: “Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma’» (Lc 12,19-20). La mejor inversión… El dinero tiene que usarse con una sola finalidad: hacerse amigos en las «moradas eternas», es decir, entre los ángeles y santos del cielo. Y ¿cómo se logra esto? ¿Cómo se puede lograr que el dinero de esta tierra rinda en el cielo? Esto se logra de una sola manera: liberándonos de él. Es lo que Jesús enseña: «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos» (Lc 12, 33). Y una aplicación concreta de esta enseñanza está en la invitación que hace Jesús al joven rico: «Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos» (Lc 18,22). Pero él prefirió sus bienes de esta tierra, dejando así en evidencia lo que Jesús concluye: «No podéis servir a Dios y al Dinero”. Jesús exige que toda la confianza se ponga en Él solo. Si se confía en “mamoná”, no se puede ser discípulo suyo: “El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mio» (Lc 14,33). El dinero es una espada de dos filos, según se use para el bien o el mal, es decir para Dios y los demás o solamente para sí excluyendo a los otros. Para vivir como hijos de la luz tenemos que vivir el mandamiento del amor y servicio a los hermanos; algo imposible para aquel que vive al servicio del dinero. Si no convertimos nuestro corazón a los criterios de Jesús, no podemos ser de los suyos. De nada serviría llevar una vida piadosa y observante, como los mercaderes a quienes fustiga el profeta Amós en la Primera Lectura, que esperaban impacientes el cese del descanso sabático para seguir aprovechándose del pobre.


En cambio, San Pablo, en su carta a Timoteo, habla de hacer oración «alzando santas manos, limpias de ira y divisiones», como prueba de fiel servicio a Dios y comunión con todos los hombres por quienes rezamos en la oración de los fieles. Timoteo era un cristiano de Listra y fue amigo y colaborador de Pablo. Su madre era judeocristiana; su padre, griego. Pablo le elige como colaborador durante su segundo viaje misionero. Después que Pablo hubo partido de Tesalónica, Timoteo regresó a aquella ciudad para animar a los cristianos de allí. Más tarde, Pablo lo envió de Éfeso a Corinto para que instruyera a los cristianos de esa ciudad. Finalmente, Timoteo llegó a ser dirigente de la ciudad de Éfeso. A veces tenía poca confianza en sí mismo, y necesitaba de los alientos de su padre espiritual, Pablo, de quien fue siempre leal y fiel colaborador. Las dos cartas de San Pablo a éste joven están llenas de sabios consejos sobre cómo dirigir una comunidad cristiana. Una palabra del Santo Padre: «Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra —esta palabra solidaridad— a menudo olvidada u omitida, porque es incomoda. Casi da la impresión de una palabra rara… solidaridad. Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. No es, no es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable; no es ésta, sino la cultura de la solidaridad; la cultura de la solidaridad no es ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano. Y todos nosotros somos hermanos.


Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. No dejemos, no dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte. No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. Hambre de dignidad. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en laconvicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano». Papa Francisco. Visita a la Comunidad de Varginha. Río de Janeiro. Jueves 25 de julio de 2013. Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 1. ¿Cuál es mi actitud ante los bienes materiales? ¿Pongo en ellos mi corazón? 2. ¿Soy generoso y solidario con mis hermanos? ¿De qué manera concreta? 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2401-2418. 2443 -2449


RCC-DRVC


!GLORIA A DIOS!


Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee septiembre Ee 2019 a las 23:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXIV ORDINARIO


15 - 21 DE SEPTIEMBRE DEL 2019



“¡Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado!”


Ex 32, 7-11.13-14: “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”


En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

— «Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que yo les había señalado. Se han

hecho un becerro de metal fundido, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».

Y el Señor añadió a Moisés:

— «Veo que este pueblo es un pueblo terco. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

— «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a sus descendientes para que la posean por siempre”».

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.


Sal 50, 3-4.12-13.17.19: “Me pondré en camino, volveré a mi padre”


Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.


1 Tim 1, 12-17: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”


Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me ha fortalecido y me consideró digno de confianza al encomendarme este ministerio, a pesar de que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente.

Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.

Pueden fiarse y aceptar sin reserva lo que les digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en Él y tendrán vida eterna.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por siempre. Amén. LcLc 15, 115, 1--32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador 32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”que se convierta”

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

— «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

— «Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y va a los vecinos para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la oveja que se me había perdido”.

Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la moneda que se me había perdido”.

Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo:

— «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes.

Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer.

Entonces recapacitó y se dijo:

“¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino, e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”.

Se puso en camino hacia donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

El hijo empezó a decirle:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado”.

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba convencerlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar para él el ternero más gordo”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».


NOTA IMPORTANTE


Los fariseos se entregaban totalmente al estudio de la Ley dada por Dios a Moisés así como de las “tradiciones de los padres”. Sus miembros se daban al riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley, especialmente en lo tocante al descanso sabático, a la pureza ritual y a los diezmos. El nombre con el que conocemos a esta facción religiosa de los judíos procede del arameo “perissayya” y del hebreo “perusim”, que se traduce literalmente por “los separados”. Este calificativo, impuesto probablemente por sus adversarios, refleja el hecho de la separación radical de la muchedumbre a la que les llevó su estricta observancia de la Ley, pues consideraban “impuros” a todos aquellos que a diferencia de ellos incumplían la Ley, especialmente a quienes vivían en pecado público, como las prostitutas y los recaudadores de impuestos, también llamados “publicanos”. En resumen, los fariseos no se juntaban con “los pecadores”, y menos aún comían con ellos.


Se entiende entonces por qué se escandalizan ante la actitud del Señor Jesús: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1), murmuraban entre ellos. ¿No era Él también un maestro? ¿Cómo podía permitir que se le acercasen «los publicanos y los pecadores a escucharle»? Peor aún, ¿cómo podía compartir con ellos la mesa, signo de acogida, de comunión?


El Señor Jesús quiere hacer entender una vez más a aquellos fariseos y escribas de duro corazón que Dios es un Padre misericordioso que se preocupa por la vida y eldestino de todos sus hijos, no sólo de los fariseos. Quiere hacerles entender que Dios es un Padre clemente que, porque para Él lo más importante es recuperar cada hijo perdido, está siempre dispuesto al perdón. Y porque es Padre que ama, es capaz de abrazar y acoger al más pecador de los pecadores, cuando vuelve arrepentido a Él. Lejos del corazón de Dios Padre está tratar al hijo como merecen sus culpas, con un castigo proporcionado a sus pecados, con el rechazo, con el desprecio, despojándolo de su dignidad de hijo. Todo lo contrario, el amor del Padre es tan grande que no duda en enviar a su propio Hijo para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). Es por ese amor que «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (2ª. lectura).


Las dos primeras parábolas presentadas por San Lucas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.


El proceso de ruptura, la posterior conversión y reconciliación de un pecador es descrito magníficamente con la parábola llamada del “hijo pródigo”, aunque más propiamente debería llamarse parábola del Padre misericordioso.


En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13; ver también: Mt 12, 7; 23, 23; Lc 10, 37).


La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7, 1ss), a los samaritanos (Lc 10, 33ss;


17, 16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5, 32; 15, 1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4, 18; 6, 20; 7, 22; 14, 13; 18, 22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).


¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.


El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.


¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana eldon de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.


Por el Sacramento del Bautismo el Don de la Reconciliación alcanza a todo ser humano: «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405; ver 1263-1265). De este modo hemos sido reconciliados con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con toda la creación.


Pero además de este sacramento «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1446). En el sacramento también llamado de la reconciliación se da verdaderamente el encuentro de nuestra miseria con la misericordia del Padre, el abrazo entre el hijo pródigo y el Padre misericordioso. Allí todos nuestros pecados, incluso los más vergonzosos o graves, los que ni otros ni nosotros mismos nos perdonamos, encuentran verdaderamente el perdón de Dios. ¡El amor de Dios es siempre más grande que nuestros pecados!


¿Soy consciente del regalo inmenso que significa este sacramento? ¿O desprecio yo el modo como Dios mismo ha querido que su misericordia llegue a mí, pensando que “yo no necesito contarle mis pecados a un cura”, y que “yo me confieso directamente con Dios”? La confesión no es invento de los curas. Cristo mismo quiso que el perdón ofrecido por Dios fuese administrado por sus ministros: «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). La costumbre protestante de confesarse “directamente con Dios” despreciando el sacramento de la reconciliación, va en contra de la voluntad misma del Señor Jesús.

Y tú, ¿cargas con algún pecado vergonzoso o “imperdonable” en tu consciencia? ¿No quieres volver al Padre, humilde y arrepentido? ¿No quieres alcanzar el perdón y la paz de tu corazón? ¿Te retiene el miedo o la vergüenza? ¡Vence tu vergüenza, tu miedo o tu inercia! ¡Busca humilde y arrepentido el perdón de Dios en el Sacramento de la Misericordia del Padre, el Sacramento de la Reconciliación! Para que una vez perdonado y reconciliado, fortalecido por la gracia divina, puedas nuevamente vivir día a día conforme a tu dignidad de hijo o hija amada del Padre.


Perdonado y reconciliado, ¡haz brillar en ti, mediante una conducta santa, la Imagen de quien es el Hijo por excelencia, la Imagen de Cristo mismo!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«No carece de significado que Lucas nos haya presentado tres parábolas seguidas: La oveja perdida se había descarriado y fue recobrada, la dracma perdida fue hallada; el hijo pródigo que daban por muerto lo recobraron con vida, para que, solicitados por este triple remedio, nosotros curásemos nuestras heridas. ¿Quién es este padre, este pastor, esta mujer? ¿No es Dios Padre, Cristo, la Iglesia? Cristo que ha cargado con tus pecados te lleva en su cuerpo; la Iglesia te busca; el Padre te acoge. Como un pastor, te conduce; como una madre, te busca; como un padre te viste de gala. Primero la misericordia, después la solicitud, luego la reconciliación». San Ambrosio


«Alegrémonos, pues, que esta oveja que había perecido en Adán sea recogida en Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la cruz; aquí he clavado mis pecados, aquí, en el abrazo de este patíbulo he descansado». San Ambrosio


«El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. “He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. “Aunque culpable, yo iré donde mi padre”». San Pedro Crisólogo


«“Lo abrazó y lo cubrió de besos” (Lc 15, 20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra. “Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado”. (Sal 31, 1)» San Pedro Crisólogo


«No volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras de arrepentimiento que siguen: “Me levantaré”». San Gregorio Niceno


«Levántate, ven corriendo a la Iglesia: aquí está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo. Te sale al encuentro, pues te escucha mientras estás reflexionando dentro de ti, en el secreto del corazón. Y, cuando todavía estás lejos, te ve y se pone a correr. Ve en tu corazón, corre para que nadie te detenga, y por si fuera poco, te abraza... Se echa a tu cuello para levantarte a ti, que yacías en el suelo, y para hacer que, quien estaba oprimido por el peso de los pecados y postrado por lo terreno, vuelva a dirigir su mirada al cielo, donde debía buscar al propio Creador. Cristo se echa al cuello, pues quiere quitarte de la nuca el yugo de la esclavitud y ponerte en el cuello su dulce yugo». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


604: Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal; Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; ver Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» Rom 5, 8.


605: Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» Mt 20, 28; este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (ver Rom 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (ver 2 Cor 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc. Quiercy, año 853: DS 624).


1439: El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentarcerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.


1465: Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.


2839: Perdona nuestras ofensas... Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a El, como el hijo pródigo (ver Lc 15, 11-32), y nos reconocemos pecadores ante El como el publicano (ver Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una «confesión» en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (ver Mt 26, 28; Jn 20, 23).


CONCLUSION


«Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta»


Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 15 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 15,1-32


El corazón misericordioso del Dios resuena en el conjunto de las lecturas dominicales. En la Primera Lectura (Éxodo 32, 7-11.13-14) escuchamos la música de la misericordia de Dios para con su pueblo, gracias a la intervención intercesora

de Moisés. En la primera carta de Pablo a Timoteo sentimos una cierta conmoción al oír la confesión que Pablo hace de la misericordia de Jesucristo hacia él (primera carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17). Pero descubrimos de manera elevada el amor de Dios por nosotros en las tres parábolas que recoge el Evangelio de San Lucas que se sintetizan en la parábola del Padre bondadoso (San Lucas 15,1-32).


El corazón compasivo de Dios


La misericordia de Dios es una de las constantes bíblicas y resumen de toda la historia de la salvación. Tal es el corazón de Dios que vemos en la Primera Lectura. Moisés, solidario con su pueblo, intercede ante el Señor por el pueblo que, infiel a la Alianza recién estrenada, ya había incurrido en la idolatría del becerro de oro. Moisés anticipa la figura de Jesucristo, nuestro Reconciliador ante el Padre.


El apóstol San Pablo es testigo excepcional de esta compasión, misericordia y perdón de Dios. En Pablo, que primero fue blasfemo y perseguidor de la Iglesia, se realizó plenamente lo que él afirma: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, siendo él el primero de todos. El amor que Dios ha derramado en el corazón de Pablo a hecho de él una «nueva criatura».


«Acoge a los pecadores y come con ellos…»


Para comprender el sentido de las parábolas descritas por San Lucas, es necesario observar la situación en que fueron dichas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él (a Jesús) para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’. Entonces Jesús les dijo esta parábola». Y siguen las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la de los dos hermanos. La murmuración es una crítica malévola e insidiosa. Es lo que hacen los escribas y fariseos en este caso. Jesús simplemente hablaba y exponía el camino de Dios, como solía hacerlo, y mientras Él hablaba, se acercaban a oírlo «todos» los publicanos y los pecadores. De comer no se dice nada. Pero la murmuración objeta que Él «acoge a los pecadores y que come con ellos».


Jesús no se detiene a discutir sobre un asunto que es cierto. Al contrario, reconoce la crítica como verdadera, y propone las parábolas para explicar su conducta. Es cierto que Jesús no desdeñaba comer con publicanos. En efecto, el mismo Evangelio de Lucas ha relatado antes la vocación de Leví, que era un publicano (ver Lc 5,27). Tal vez nunca cumple Jesús su misión con más fidelidad que asumiendo justamente esa conducta.


Al ver a Jesús acoger a los publicanos y pecadores y comer con ellos, tenemos que concluir, entonces: así es Dios. Esto se ve corroborado con las palabras del mismo Cristo: «Yo no hago nada por mi cuenta, sino que, lo que el Padre me ha enseñado; eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,28-29). Por lo tanto, que Jesús coma con publicanos y pecadores para procurar su conversión, eso agrada al Padre; aunque no agrade a los fariseos y escribas. La conducta de Jesús es la conducta de Dios, que «no se complace en la muerte del malva¬do, sino en que el malvado se convierta y viva» (Ez 33,11). A los fariseos y escribas, en cambio, no les interesa la conversión del pecador, ellos se complacen en la muerte del pecador y por eso murmuran.


Entre Jesús y los fariseos hay un cambio total de mentalidad. Ambos se aproximan a los pecadores y publicanos de manera distinta. Para unos se trata de unos infractores de la ley, para Jesús sin embargo son hermanos que necesitan que alguien les dé esperanza de una vida nueva. La conversión al cristianismo consiste en pasar de la mentalidad farisaica a la mentalidad de Cristo. Según los fariseos, para alcanzar a Dios, que es santo y trascendente, había que separarse del mundo profano, ignorar las relaciones humanas, sobre todo, evitar todo contacto con los pecadores.


La palabra «fariseo» significa precisamente eso: «separado». Cristo, en cambio, instituye una santificación que se alcanza haciendo el camino opuesto: el camino de la Encarnación y de la comunión con los hombres. Este dinamismo de comunión es el que llevaba a Jesús a hacerse solidario con los pequeños, los necesita-dos, los pecadores; es el que lo llevó a abajarse y a humillarse hasta la muerte, y muerte de cruz. Un «Cristo- Mesías -Ungido crucificado» era el escándalo máximo para los fariseos (ver 1Cor 1,23).


Las parábolas de la misericordia


El extenso Evangelio de hoy nos propone tres parábolas conocidas como «las tres parábolas de la misericordia». Ellas no sólo afirman que Dios perdona al pecador arrepentido, sino que tratan de enseñarnos que, en realidad, la conversión del pecador es ante todo obra de Dios mismo, que se afana -si puede decirse esto- y hace todo lo posible para que el pecador se convierta y vuelva a Él y una vez que lo ha conseguido se alegra Él y todos los ángeles con Él. La misericordia de Dios será siempre un misterio superior a nuestra limitada capacidad de comprensión. Sólo se puede contemplar y adorar. La primera parábola nos muestra la escena familiar de un pastor que, cuando pierde una de sus cien ovejas, deja las otrasnoventa y nueve y va en busca de la perdida. Hasta aquí llega la parábola. Ahora viene la enseñanza de Jesús: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».


La segunda parábola es semejante a ésta. Tiene la finalidad de reafirmar la misma enseñanza, proponiéndola con algún matiz diverso. Nos muestra otra escena familiar: una mujer que habiendo perdido una de sus diez dracmas (la dracma es una moneda griega equivalente a un denario, el salario diario de un obrero), enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra. Jesús explica: «Del mismo modo, os digo, se produce alegría ente los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


En estas dos parábolas ni la oveja perdida ni la dracma perdida hacen nada. Es el pastor y la mujer los que hacen el esfuerzo de buscarlos hasta encontrarlos. Cuando se trata del hombre, su situación de perdición, la desgracia en que se encuentran los perdidos, suscita la preocupación y la tristeza del pastor que no descansa hasta recuperarlos. Lo hace porque son suyos y porque los ama. Y los ama hasta el extremo de dejar solos a los que están bien. Es lo que hizo Dios: «Tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él» (ver Jn 3,16-17). Todo el esfuerzo de la recuperación del hombre perdido lo hizo Cristo, pagando la deuda del pecado con su propia sangre.


La tercera parábola es la conocida parábola del hijo pródigo o el padre misericordioso. Observaremos sólo la actitud del hermano mayor. Mientras todos se alegran y hacen fiesta -más que todos se alegra el Padre-, el hijo mayor se niega a participar en la fiesta y dice al Padre: «Hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya… y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El hijo mayor se considera justo; a él no hay nada que perdonarle, porque nunca ha dejado de cumplir una orden del Padre. Por eso se irrita de que el Padre pueda perdonar y acoger a su herma¬no, y él no lo perdona. La reconciliación entre hermanos exige que todos se reconozcan peca¬dores ante el único que nos ofrece gratuitamente su gracia reconciliadora: el mismo Dios.


Por eso no hay ninguno que no se encuentre, de una u otra forma, en la situación de la oveja perdida. No hay ninguno que no deba su salvación eterna a la muerte de Jesucristo en la cruz; no hay ninguno que no haya debido ser encontrado por Cristo y no haya sido llevado sobre sus hombros con alegría. «Todos nosotros como ovejas perdidas errábamos», dice el profeta Isaías (Is 53,6). Por eso no hay ningúnjusto -tanto menos noventa y nueve- que no tenga necesidad de conversión. El que se tiene a sí mismo por justo y considera que no tiene nada de qué pedir perdón a Dios, ése se excluye de la salvación de Dios obrada en Cristo y ése rehúsa el perdón al herma¬no. Pero ése es un soberbio que dice a Dios: «No tengo necesidad de tí para salvarme y estar bien». No existe nadie que no necesite conversión; por eso, todos estamos siempre en situación de producir alegría en el cielo. Un cristiano que conduce una vida buena, regular, pero plana y sin progreso, es un cristiano mediocre. Éste no produce ninguna alegría en el cielo. La vida cristiana debe ir en permanente progreso, de conversión en conversión, tendiendo siempre a la santidad (perfección del amor), es decir, a ese límite inalcanzable fijado por Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,4).


Una palabra del Santo Padre:


«Queremos reflexionar hoy sobre la parábola del padre misericordioso. Esta habla de un padre y de sus dos hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de Dios. Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (vv. 23-24). Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…” (v. 19).


Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, la sandalias. Jesús no describe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.


La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (v. 20). Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.


Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros” (v. 19). Pero estas palabras se disuelven delante del perdón delpadre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad».


Papa Francisco. Audiencia miércoles 11 de mayo de 2016


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. A la luz de la Segunda lectura, ¿soy consciente que debo de convertirme todos los días de mi vida?

2. Leamos detenidamente y hagamos un momento de oración sobre la parábola del padre misericordioso.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2341


GLORIA A DIOS


RCC-DRVC


El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee septiembre Ee 2019 a las 22:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC - DRVC


DOMINGO XXIII ORDINARIO


08 -14 de setiembre del 2019


“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”


Sab 9, 13-19: “¿Qué hombre conoce los proyectos de Dios?”


¿Qué hombre conoce los proyectos de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?

Los pensamientos de los mortales son frágiles, e inseguras nuestras reflexiones; porque el cuerpo mortal es un peso para el alma, y esta morada terrena oprime a la mente que medita. Apenas conocemos las cosas terrenas y con trabajo encontramos lo que está a nuestro alcance, pues, ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?

Sólo así se enderezaron los caminos de quienes habitan la tierra, los hombres aprendieron lo que te agrada, y la sabiduría los salvó.


Sal 89, 3-6.12-14 y 17: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”


Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornen, hijos de Adán». Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna.

Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde se marchita y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


Fil 9-10. 12-17: “Por el Evangelio sufro la prisión”


Querido hermano:

Yo, Pablo, ya anciano y ahora también prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como si te enviara mi propio corazón.

Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad.

Quizá él te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano muy querido.

Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como si me recibieras a mí.


Lc 14, 25-33: “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”


En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo:

— «Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, una vez puestos los cimientos, no pueda acabarla y se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de terminar”.

¿O qué rey, si va a dar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, envía delegados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo ustedes: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús es acompañado por mucha gente: «grandes multitudes iban con Él», dice el texto griego, literalmente traducido.


Es de notar que el Evangelista no dice que estas multitudes «lo seguían». Este término San Lucas lo reserva exclusivamente para los discípulos, y establece una diferencia entre quienes solamente acompañan al Señor Jesús sin comprometerse radicalmente con Él y quienes “lo siguen” o “caminan detrás de Él”, es decir, quienes lo toman como guía y maestro, quienes viven de acuerdo a sus enseñanzas y ejemplo. Si los primeros son multitud, los más comprometidos suelen ser tan sólo unos pocos.


¿A qué se debe que sean tan pocos los seguidores comprometidos del Señor? Ser discípulo de Cristo es sumamente exigente. El Señor habla con claridad de las exigencias de este seguimiento y afirma que no puede ser su discípulo quien no “odia” o “aborrece” a quienes más debería amar, es decir, a «su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas». Utilizamos el término “odiar” pues es la traducción literal de la palabra griega misei, utilizada por el Evangelista.


Sin embargo, no hay que entender esta expresión en sentido literal, como si el Señor Jesús exigiese un sentimiento de odio hacia las personas más queridas. Se trata, en cambio, de un modo de expresión hebreo para significar que el amor a Él debe estar por encima de todo otro amor o afecto humano, por más fuerte que ese amor sea. Por tanto, el Señor Jesús exige hacia su persona un amor supremo por el que el discípulo debe estar dispuesto a sacrificar incluso los vínculos más sagrados.


Pero las exigencias para el discípulo no se detienen allí: el que quiera seguir al Señor Jesús debe estar dispuesto asimismo a posponerse «incluso a sí mismo», es decir, a renunciar a su propia vida antes que negar al Señor. En resumen, el discípulo debe estar dispuesto a renunciar a lo que uno más se apega por amor a Él.


¿Pero cómo puede exigir el Señor Jesús un amor semejante? ¿No es esto una arrogancia inaudita, puro fanatismo? ¿En qué se diferencian sus exigencias de las de muchos exaltados caudillos que a lo largo de la historia han exigido a sus seguidores sacrificarlo todo y sacrificarse por ellos? Ciertamente sería puro fanatismo si Jesucristo fuese un hombre más, pero no lo es si Él verdaderamente es Dios. En este caso la exigencia del Señor Jesús coincide plenamente con el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma ycon toda tu fuerza» (Dt 6, 4-5; ver Lc 10,27). Quien ama al Señor Jesús sobre todo, no hace otra cosa que amar a Dios sobre todo y sobre todos.


Este amor supremo exigido por el Señor Jesús no se opone al recto amor debido a los padres, mujer, hijos, hermanos, o hacia sí mismo, sino que al contrario reordena esos amores y los lleva a su plenitud. Quien ama al Señor sobre todo, aprende a amar como Él y con sus mismos amores. Quien ama a Dios sobre todo y se nutre de ese amor divino, llega a amar plenamente como ser humano, con un amor que viene de Dios mismo. Quien en cambio no ama a Dios sobre todo, sino que antepone cualquier amor humano o amor egoísta al amor a Dios, manifestado en Cristo Jesús, queda vaciado del amor verdadero, quedará finalmente solo, defraudado, vacío.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Como entonces, también hoy los que “van con Cristo” por el camino son una muchedumbre. ¡Los católicos somos más de mil millones en el mundo entero! ¿Pero cuántos de entre esos millones de católicos bautizados son verdaderamente discípulos de Cristo?


En su Evangelio Lucas marca una diferencia fundamental entre “seguir” al Señor e “ir con Él de camino”. El que “va de camino” con Cristo lo ve como un gran hombre, un maestro sabio, alguien que acaso tiene que resolver inmediatamente sus problemas cuando sufre, pero que no se compromete con Él a fondo. ¡Cuántos lo siguen sólo mientras todo va bien, pero dejan de acompañarlo cuando sienten cansancio y fatiga, o cuando tienen otros asuntos “más importantes” que atender (ver Mt 22, 3-5), o cuando el lenguaje del Señor se torna “demasiado duro” (ver Jn 6, 60.66), cuando las exigencias y renuncias que propone son demasiado costosas (ver Mc 10, 21-22)! Sí, son muchedumbre los que acompañan al Señor un trecho, mientras no les pida sino aquello que están dispuestos a darle, mientras no les pida cargar sino la cruz que ellos quieren elegir y están dispuestos a cargar. En realidad, lo buscan y lo acompañan mientras algo puedan obtener de Él: una milagrosa curación (ver Mc 1, 32-37), un bien material (ver Lc 12, 13), la pronta solución de un problema, etc.


El seguimiento del Señor implica, en cambio, estar con Él siempre, implica seguirlo adonde Él vaya, permanecer junto a Él en las buenas y en las malas, no sólo cuando todo resulta fácil sino también cuando la cuesta se hace empinada. Y yo, ¿abandono al Señor cuando me pide “demasiado”? ¿Lo abandono por aferrarme a mis bienes materiales? ¿Antepongo el amor humano al amor al Señor?


¿Prefiero “sentirme querida”, consintiendo una situación de pecado, en vez de vivir como Él me enseña?


El Señor Jesús amó a María tanto como ningún hijo podrá jamás amar a su madre. Sin embargo, su amor al Padre lo llevó a cumplir fielmente su misión, aunque ello significase separarse de su Madre totalmente y verla sufrir tanto al pie de la Cruz. Su inmenso amor a María no fue un obstáculo para dar la vida, para sacrificarse Él mismo en favor de la humanidad entera. Al contrario, el amor a su Madre y a cada uno de nosotros lo impulsó a entregarse totalmente al cumplimiento de su misión reconciliadora.


Seguir verdaderamente al Señor Jesús implica necesariamente hacerse su discípulo, es decir, tomarlo como Maestro, ponerse a la escucha de sus enseñanzas, aprender de su estilo de vida, asumir sus criterios de juicio, su visión de la realidad, su aproximación a las cosas y a las personas. Ser discípulo de Cristo implica por sobre todo entrar en un proceso de transformación interior, sólo posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, proceso por el que nos vamos asemejando cada vez más a Él (ver Ef 4, 13; Gál 2, 20).


A quien quiera ser cristiano no sólo de nombre sino también de hecho, el Señor le pide amarlo a Él por sobre todas las cosas y personas, por más sagrados e intensos que sean los vínculos que nos unen a ellas. Al amarlo a Él sobre todo y sobre todos, el Señor Jesús nos enseña que el amor a nuestros padres, parientes, amigos y a todos los seres humanos se purifica, se eleva, adquiere finalmente una dimensión divina. Ese amor durará por toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El alma se enardece cuando oye hablar de los premios de la gloria y quisiera encontrarse allí, en donde espera gozar eternamente. Pero los grandes premios no pueden alcanzarse sino por medio de grandes trabajos». San Gregorio


«No manda el Señor desconocer la naturaleza, ni ser cruel e inhumano, sino condescender con ella, de modo que veneremos a su autor y que no nos separemos de Dios por amor de nuestros padres». San Ambrosio


«Aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora,puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio». San Gregorio


«Hay diferencia entre renunciar a todas las cosas y dejarlas, porque es de un pequeño número de perfectos el dejarlas —esto es, posponer los cuidados del mundo— mientras que es de todos los fieles el renunciarlas —esto es, tener las cosas del mundo de tal modo que por ellas no estemos ligados al mundo—». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Llamados a ser discípulos de Cristo


520: Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (ver Rom 15, 5; Flp 2, 5): Él es el «hombre perfecto» que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (ver Mt 5, 11-12).


562: Los discípulos de Cristo deben asemejarse a Él hasta que Él crezca y se forme en ellos (ver Gál 4, 19).


618: Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Pe 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor:


Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa de Lima).


1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42).


2544: Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su Pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.


CONCLUSION


«El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío»


Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 8 de septiembre de 2019 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14,

25-33


¿Cómo ser discípulo del Señor? A lo largo de las lecturas veremos, cada vez con más claridad, cómo los pensamientos de Dios no son los pensamientos del hombre: «la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1Cor 1,25). Los pensamientos del hombre se muestran, muchas veces, tímidos e inseguros ya que provienen de «un cuerpo corruptible» abrumado por las preocupaciones y marcado, no determinado, por el pecado (Sabiduría 9, 13-18). Es la sabiduría de Dios la que lleva a Jesús a manifestar claramente las condiciones para seguirlo y así ser un «verdadero discípulo» (San Lucas 14, 25-33). Finalmente vemos en la Segunda Lectura una bella expresión del discipulado, que nace de la fe y del amor, que lleva a Pablo a interceder por Onésimo ante Filemón (Filemón 1, 9b-10.12-17).


La Sabiduría de Dios


El libro de la Sabiduría, considerado el último del Antiguo Testamento (escrito alrededor del año 50 A.C.), es de corte humanista al estilo griego, cuyo influjo se hace notar, por ejemplo, en la distinción que establece entre el cuerpo y el alma (ver Sb 9,15). No obstante la sabiduría que vemos aquí no es la gnosis de la filosofía griega, sino es el conocimiento que se adquiere como don del Espíritu Santo que nos ayuda a entender los designios de Dios. La Primera Lectura hace parte de una oración para alcanzar la Sabiduría y viene a propósito del hechocontado en 1 Re 3,4-16; el sueño en que Salomón le pide a Dios sabiduría: «Concede a tu siervo un corazón atento para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal» (1Re 3,9). La condición indispensable para adquirir la sabiduría es tener un corazón humilde y sencillo. A los que aceptan cooperar con Él, Dios les concede la rectitud, la prudencia e incluso la autoridad para dirigir al Pueblo de Dios. Abraham, Moisés y sin duda la Virgen María; fueron llamados a realizar grandes obras (ver Lc 1, 49) porque pusieron toda su confianza en las promesas de Dios.


Pablo intercede por Onésimo


Filemón era un cristiano de una buena posición social, quizá convertido por el mismo San Pablo. Su esclavo Onésimo se había escapado, por alguna culpa, y había ido a parar a Roma, donde Pablo le ofreció refugio y lo convirtió. La fuga de Onésimo era delito por el que incurría en graves penas, y Pablo podría resultar cómplice. Pablo no intenta resolver el problema por la vía legal, aunque sugiere estar dispuesto a compensar a Filemón, más bien traslada el problema y su resolución al gran principio cristiano del amor y la fraternidad, más fuertes que la relación jurídica de amo y esclavo. Si es que Filemón ha perdido un esclavo, puede ganar un hermano; y Pablo será agente de reconciliación en este delicado caso (ver 2Cor 5,17-21). La carta debió ser escrita desde la prisión de Roma alrededor del 61-63.


«Caminaba con Él mucha gente…»


El Evangelio de hoy se abre con un cambio de escena. Estábamos, en la lectura del Domingo pasado, en una comida ofrecida en sábado por uno de los jefes de los fariseos, a la cual había sido invitado también Jesús. Allí, aprovechando esa situación, Jesús había dado diversas enseñanzas que tienen relación con un banquete. El Evangelio de hoy lo presenta en el camino seguido por una multitud: «Caminaba con Él mucha gente». Es difícil hacerse una idea de cuántos eran los que caminaban con Jesús. En otra ocasión el mismo evangelista dice que se reunieron para escuchar a Jesús «miríadas de personas hasta pisarse unos a otros» (Lc 12,1).


La palabra «miríada» es una transcripción de la palabra griega «myriás» que significa diez mil. Pero también se usa para designar un número indefinido muy grande, como usamos nosotros la palabra «millones». En todo caso, la imagen que se transmite es la de un gran número de personas que iban con Jesús por el camino. Es de notar que el evangelista evita cuidadosamente decir que esas numerosaspersonas «lo seguían», porque este término se reserva a sus discípulos. Y aquí se trata precisamente de discernir quiénes de entre esa multitud pueden llamarse «discípulos» de Jesús. Justamente en el Evangelio de hoy contiene la definición de lo que Jesús entiende por un discípulo suyo. Y esa definición no es puramente teórica, sino que tiene el valor particular de surgir de un hecho concreto de vida. Tres veces repite Jesús la misma fórmula, que parece desalentar a quien piense que seguirlo es algo bien visto, cómodo y placentero: el que no cumpla con tal cosa, «no puede ser discípulo mío».


¿Y cuál es el hecho concreto de vida del cual surgen esas tres expresiones? El Evangelio dice: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío… El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío… El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío». A Jesús no le interesa tanto el número de los que lo acompañan; sino la radicalidad del seguimiento. Y por eso pone esas condiciones que son de una inmensa exigencia. Para ser discípulo de Jesús se exige una adhesión total. El que lee esas condiciones puestas por Jesús debe examinarse a sí mismo seriamente para ver si merece el nombre de cristiano.


En todo caso este nombre hay que usarlo con mucha mayor cautela. Los métodos de Jesús parecen ser diametralmente opuestos a los modernos sistemas de «marketing», donde se adopta todo tipo de técnicas y argucias para conseguir un adepto o un comprador. Jesús aparece también atentando contra la popularidad de la que necesitan los políticos para hacer prevalecer sus posturas. Sin embargo, la garantía de la verdad del mensaje de Jesucristo; es que Él mismo con su Muerte y Resurrección, la ratificó. «Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe» (1Cor 15,14). Y afortunadamente tampoco la Iglesia de Cristo tiene la preocupación de la popularidad, pues no se empeña en complacer a los hombres, sino sólo a Dios. Por eso la Iglesia, aunque parezca incómoda e impopular, lo que nos enseña es la verdad. Precisamente la garantía de que su doctrina es la verdad es que no busca complacer los oídos de los hombres y mujeres.


¿Odiar a su padre o su madre, hermanos y hermanas…?


«Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío…». Ésta es la primera condición: «odiar» a los de la propia casa y hasta la propia vida. ¿Cómo se entiende esto? En realidad, Jesús nos manda «honrar padrey madre», como se lo dijo claramente al joven rico cuando le expuso los mandamientos que eran necesarios cumplir para alcanzar la vida eterna (ver Lc 18,20). El original griego «misei», de «odiar»; tiene el sentido de posponer, descuidar o amar menos. Es decir, debe entenderse en sentido relativo; quiere decir: «en la escala de valores no tenerlos en el primer lugar», o más precisamente, en una situación de conflicto entre el amor a Cristo y el amor a esas otras personas, hay que preferir a Cristo.


«Quien no carga su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío»


Aquí Jesús pone una condición ulterior. No se trata de amar a Cristo solamente, sino amarlo en su situación de total abajamiento, es decir, en la cruz, en ese estado en que todos lo abandonaron. La fidelidad a Jesús hasta este extremo es la prueba del verdadero discípulo. Tal vez nadie ha expresado mejor que San Pablo esta centralidad de la cruz. Por eso escribe a los Corintios: «Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles» (1Cor 1,22-23). La cruz es para ellos (judíos y griegos) un obstáculo insuperable (escándalo), o bien, una demostración de insensatez. El discípulo de Cristo, en cambio, ve en Cristo crucificado la «fuerza de Dios y la sabiduría de Dios» (1Cor 1,24), y por eso, abraza su cruz con alegría y desea compartir con Cristo la ignominia de la cruz.


¿Renunciar a todos los bienes?


La fuerza de la tercera condición está en la expresión «renunciar a todos sus bienes», no sólo se trata de unos pocos bienes. Y para ilustrar esta condición, Jesús propone dos pequeñas parábolas: nadie se pone a construir una torre si no tiene con qué terminarla; nadie sale a combatir si sus tropas son insuficientes para hacer frente al enemigo. Asimismo, que nadie pretenda seguir a Cristo y ser discípulo suyo si no está dispuesto a renunciar a todos sus bienes. Tarde o temprano esos bienes le significarán un estorbo, como ocurrió con el joven rico: «se alejó de Jesús triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19,22). El Evangelio de hoy nos invita a examinar la radicalidad y la coherencia de nuestra adhesión a Jesús. El mártir San Ignacio de Antioquía en el siglo II conocía bien esta definición de discípulo de Cristo. Por eso cuando era llevado bajo custodia a Roma donde había de sufrir el martirio como pasto de las fieras, escribe a los cristianos de Roma para suplicarles que no hagan ninguna gestión que pueda evitarle el martirio, pues teme que para eso haya que transigir en algo de su adhesión a Cristo. Y agrega: «Más bien convenced a las fieras que ellas sean mi tumba y que no dejen nada de mi cuerpo…


Cuando el mundo ya no vea ni siquiera mi cuerpo, entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo».


Una palabra del Santo Padre:


Al inicio de la Cuaresma, la Iglesia «nos hace leer, nos hace escuchar este mensaje», dijo el Pontífice. Un mensaje que –afirmó– «podríamos titularlo el estilo cristiano: “Si alguien quiere seguirme, es decir, ser cristiano, ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Porque Él, Jesús, fue el primero en recorrer este camino». El obispo de Roma volvió a proponer las palabras del evangelio de Lucas: «El Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Nosotros «no podemos pensar en la vida cristiana —especificó— fuera de este camino, de este camino que Él recorrió primero». Es «el camino de la humildad, incluso de la humillación, de la negación de sí mismo», porque «el estilo cristiano sin cruz no es de ninguna manera cristiano», y «si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana».


Asumir un estilo de vida cristiano significa, pues, «tomar la cruz con Jesús e ir adelante». Cristo mismo nos mostró este estilo negándose a sí mismo. Él, aun siendo igual a Dios —observó el Pontífice—, no se glorió de ello, no lo consideró «un bien irrenunciable, sino que se humilló a sí mismo» y se hizo «siervo por todos nosotros».


Este es el estilo de vida que «nos salvará, nos dará alegría y nos hará fecundos, porque este camino que lleva a negarse a sí mismo está hecho para dar vida; es lo contrario del camino del egoísmo», es decir, «el que lleva a sentir apego a todos los bienes solo para sí». En cambio, este es un camino «abierto a los demás, porque es el mismo que recorrió Jesús». Por lo tanto, es un camino «de negación de sí para dar vida. El estilo cristiano está precisamente en este estilo de humildad, de docilidad, de mansedumbre. Quien quiera salvar su vida, la perderá. En el Evangelio, Jesús repite esta idea. Recordad cuando habla del grano de trigo: si esta semilla no muere, no puede dar fruto» (cf. Jn 12, 24).


Se trata de un camino que hay que recorrer «con alegría, porque —explicó el Papa— Él mismo nos da la alegría. Seguir a Jesús es alegría». Pero es necesario seguirlo con su estilo –insistió–, «y no con el estilo del mundo», haciendo lo que cada uno puede: lo que importa es hacerlo «para dar vida a los demás, no para dar vida a uno mismo. Es el espíritu de generosidad». Entonces, el camino a seguir es éste: «Humildad, servicio, ningún egoísmo, sin sentirse importante oadelantarse a los demás como una persona importante. ¡Soy cristiano…!». Con este propósito, el Papa Francisco citó la imitación de Cristo, subrayando que «nos da un consejo bellísimo: ama nesciri et pro nihilo reputari, “ama pasar desapercibido y ser considerado una nulidad”». Es la humildad cristiana. Es lo que Jesús hizo antes».


«Pensemos en Jesús que está delante de nosotros —prosiguió—, que nos guía por ese camino. Ésta es nuestra alegría y ésta es nuestra fecundidad: ir con Jesús. Otras alegrías no son fecundas, piensan solamente, como dice el Señor, en ganar el mundo entero, pero al final se pierde y se arruina a sí mismo».


Papa Francisco. Homilía del jueves 6 de marzo de 2014. Domus Sanctae Marthae.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Amo a Jesús realmente en primer lugar? ¿Qué me impide amarlo más? ¿A qué debo de renunciar?

2. Vivir el amor fraterno exige ver en el otro a mi hermano. ¿Hablemos en familia, cómo puedo hacer concreto mi amor solidario por mis hermanos, especialmente a los más necesitados?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 520. 562. 618.1506.1816.1823.1929-1948


GLORIA A DIOS


RCC-DRVC



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