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Este es el Pan que baja del Cielo para que el hombre coma de él y no muera

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee agosto Ee 2018 a las 0:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


12-18 de Agosto del 2018


"'Este es el Pan que baja del Cielo para que el hombre coma de él y no muera"




1Re 19, 4-8: “Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta la montaña de Dios”


En aquellos días, Elías se fue hacia el desierto, y caminó durante un día, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:

— «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»

Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo:

— «¡Levántate, come!»

Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:

— «¡Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas!».

Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, la montaña de Dios.


Sal 33, 2-9: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los hombres lo escuchen y se alegren.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contémplenlo, y quedarán radiantes, su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él.


Ef 4, 30–5,2: “Vivan en el amor como Cristo”


Hermanos:

No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con el que han sido sellados para el día de la liberación final.

Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enojos e insultos y toda clase de maldad. Sean buenos, comprensivos, perdónense unos a otros como Dios los perdonó por medio de Cristo.

Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros a Dios, como ofrenda y sacrificio de suave olor agradable a Dios.


Jn 6, 41-51: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo”


En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:

— «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo:

— «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

Les aseguro: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el Pan de la Vida. Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este Pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».


NOTA IMPORTANTE


Como la semana pasada, la primera lectura de este Domingo habla de una situación en extremo desesperada. Esta vez se trata de Elías, el más importante profeta de Israel, quien huyendo de sus perseguidores da a parar al desierto. Es allí donde, física y psicológicamente extenuado, conhambre y sin alimento alguno a la mano, solo, en medio de la terrible sequedad y del calor sofocante del desierto, experimenta su total impotencia para hacer frente a una situación que parece no tener salida. Es esta profunda experiencia de debilidad, de desolación y angustia la que le impulsa a elevar a Dios una súplica pavorosa: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo!» (1Re 19, 4)


Dios no escucha semejante súplica porque no quiere la muerte de sus elegidos: «¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere» (Ez 18, 31-32). En cambio, la respuesta que el Señor da a la súplica dramática de su siervo es ésta: «¡Levántate, come!» (1Re 19, 5). Dios no libera a Elías del sufrimiento y de las circunstancias difíciles que afronta por su fidelidad a Dios, antes bien, lo insta a sobreponerse, a levantarse de su tristeza y postración, a comer del pan que Él le ofrece y a ponerse en marcha. El alimento que Dios le da es un alimento en apariencia normal y sencillo, pero esconde en sí una singular virtualidad. Al ser comido por él le comunica una fuerza sobrenatural por la que resistirá cuarenta días y noches de caminata por el desierto hasta llegar al Horeb, la montaña de Dios. Por este alimento es Dios mismo quien sustenta y sostiene a Elías en su caminar.


En el Evangelio el Señor se revela a sí mismo como «el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera». En Él se cumple en plenitud lo que prefiguraba aquel otro pan enviado por Dios a Elías.


Frente al pan que comieron sus padres en el desierto y murieron, Él les ofrece un Pan que les comunicará la vida eterna. El Señor asegura de este modo la resurrección futura a quien coma de este Pan. “Eterna” es la vida que el Señor promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”.


Este “Pan de Vida”, Pan que contiene en sí mismo la Vida (ver Jn 1, 4) y la comunica al ser humano, es el mismo Cristo que por la encarnación “bajó del Cielo”.


Al decir que el pan que Él dará «es mi carne para la vida del mundo» expresa la relación de ese misterioso pan con su futuro sacrificio en el Altar de la Cruz. Esta “carne” (en griego sarx y en hebreo basar) que Él entregará para ser comida es la carne en cuanto entregada en la Cruz para dar la vida a los hombres.


Para entender mejor el significado de esta afirmación del Señor hay que tomar en cuenta que tanto en el ambiente cultual greco-romano como en el judío era usual ofrecer sacrificios de animales, en un caso a los dioses paganos, en Israel al Dios único. Normalmente la carne de aquellos holocaustos se comía posteriormente, y se pensaba que al comer aquella carne uno se hacía partícipe del sacrificio ofrecido. Teniendo esto en cuenta podemos pensar que la carne que ofrece el Señor es aquella que procederá de su propio sacrificio reconciliador. Su «carne (entregada) para la vida del mundo» es Él mismo, el Cordero de Dios que mediante su sacrificio quitará el pecado del mundo y por su resurrección comunicará su Vida a quienes al comerlo entrarán en comunión con Él, haciéndose partícipes de su mismo sacrificio reconciliador.


En el uso semita carne (así como también la expresión carne y sangre) designa al hombre en su totalidad, y no solamente la parte muscular de su cuerpo. Por tanto, comer su carne es más quemasticar un pedazo de músculo, es entrar en comunión con la totalidad de Cristo, muerto y resucitado.


Este misterioso pan que el Señor dará no es otro que la Eucaristía, pan que al ser consagrado se convierte en la Carne de Cristo y vino que se convierte en su Sangre, de modo que llegan a ser para nosotros Cristo mismo, muerto y resucitado.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El camino de la vida cristiana excede absolutamente a nuestras solas fuerzas y posibilidades. Y es que para ser cristiano «no se trata solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (S.S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 19). Y como «seguir a Cristo no es una imitación exterior», sino que «afecta al hombre en su interioridad más profunda» (Veritatis splendor, 21), nadie jamás sería capaz de “seguirlo” del modo dicho si este “poder” no le fuese dado de lo Alto, por el Espíritu Santo que lo transforma radicalmente y hace de él o ella una nueva criatura a imagen de Jesucristo, el Señor.


Quien olvida que el camino de la plena conformación con el Señor Jesús es muy superior a sus solas fuerzas no tardará en experimentar la rebeldía, el desaliento y la desesperanza en el momento de la dura prueba. Para quien no aprende a buscar su fuerza en el Señor, el peso de la cruz se hace demasiado grande y el camino demasiado cuesta arriba o “imposible”. El Señor en determinadas circunstancias permitirá que experimentemos nuestra radical fragilidad hasta elextremo para que aprendamos aquello de que su fuerza «se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Cor 12, 9). En esas ocasiones el Señor no nos liberará del peso de la cruz y nos invitará más bien a buscar en Él nuestra fuerza para poder abrazarnos a ella con decisión y cargarla con paciencia.


Pero si bien es cierto que por nuestras solas fuerzas y sin el Señor nada podemos (ver Jn 15, 5), es igualmente cierto que no debemos esperarlo todo de Él sin hacer nada nosotros. Nuestra cooperación es indispensable e insustituible, debiéndose dar siempre al máximo de las propias capacidades y posibilidades. En este sentido, todo don de Dios, todo talento que Él nos ha dado, es al mismo tiempo una tarea que exige de nuestra activa cooperación para su multiplicación. También a Elías Dios le invita a levantarse de su postración, a ponerse en pie y a comer del pan que Él le ofrece, para que fortalecido y sostenido por ese singular alimento, camine decidido hacia la montaña de Dios. La fuerza de Dios que se le ofrece por medio de este pan no sustituye la voluntad del elegido ni prescinde de sus propios esfuerzos, sino que los requiere. Del mismo modo, a decir de San Francisco de Sales, «Él nos despierta cuando dormimos… pero en nuestra mano está el levantarnos o no levantarnos, y si bien nos ha despertado sin nosotros, no quiere levantarnos sin nosotros».


Como en el caso de Elías, también nosotros hemos de estar preparados para recorrer el camino que excede absolutamente nuestras limitadas fuerzas y capacidades humanas. Nuestro camino, a través de la paulatina conformación con el Señor Jesús, lleva al encuentro pleno con Dios, en la participación de su misma comunión divina de Amor en la vida eterna. Por ello, para no desfallecer en medio de las pruebas y sucumbir por nuestra debilidad e insuficiencia, el Señor nos ha dado un sencillo pero muy singular alimento: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de su propio Hijo, que aparecen ante nuestros ojos como cualquier trozo de pan y un poco de vino común, pero que sin embargo es este Pan del Cielo que nos sostiene y fortalece con la fuerza divina, es Cristo mismo quien se nos entrega para ser nuestro Alimento.


Conscientes de la fuerza que recibimos en este singular Alimento también nosotros podemos afirmar que «todo lo que en nosotros es fuerte, robusto y sólido, gozoso y alegre para cumplir los mandatos de Dios, soportar el sufrimiento, practicar la obediencia, defender la justicia, todo esto es fruto de la fuerza de este Pan y de la alegría de este Vino» (Balduino de Ford). Cristo es verdaderamente el Pan de la Vida que nos asegura la fuerza de Dios mismo, y para quien lo recibe en la fe es garantía de vida eterna.


Recordemos que cada vez que en la Eucaristía se nos ofrece este Alimento ya no es un ángel el que a nosotros nos dice: «¡Levántate, come!», sino que es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo el Señor, quien nos dice: «¡Toma y come! (…;) ¡Toma y bebe!», «éste es mi cuerpo... ésta es mi sangre» (Mt 26, 26.28). ¿Comprendemos este don enorme, por el que Él mismo se nos da como Alimento, indispensable para poder realizar nuestras “jornadas por el desierto” hasta el encuentro definitivo con Dios en su “monte santo”, es decir, en la gloria y plena comunión con Él?


EL PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor quiso dar a conocer lo que Él era. Por esto dice: “En verdad, en verdad os digo, que aquel que cree en mí, tiene vida eterna”. Como diciendo: el que cree en mí, me tiene. ¿Y qué es tenerme? Tener la vida eterna. Y la vida eterna es el Verbo que en el principio estaba con Dios y la vida era la luz de los hombres. La vida asumió a la muerte, para que la muerte fuese destruida por la vida». San Agustín


«Se llama a sí mismo Pan de la Vida, porque encierra en sí nuestra vida toda, tanto la presente como la venidera». San Juan Crisóstomo


«El maná prefiguró a este pan y el altar del Señor también. Tanto en éste como en aquél se prefiguran los sacramentos». San Agustín


«El Señor concedió este pan cuando instituyó el sacramento de su Cuerpo y su Sangre y lo dio a sus discípulos y cuando se ofreció a Dios Padre en el ara de la cruz. Cuando dice: “Por la vida del mundo”, no debemos entender que por los elementos, sino por todos aquellos que se designan en el nombre del mundo». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El discurso del Pan de Vida anuncia la Eucaristia.


1338: Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo.


1339: Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre.


En la Comunión recibimos a Cristo, Pan de Vida


1355: En la Comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben «el pan del cielo» y «el cáliz de la salvación», el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó «para la vida del mundo» (Jn 6, 51).


1392: Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la Comunión Eucarística, Pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


«Tomad y comed todos de él»: la comunión


1384: El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53).



1385: Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Cor 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.


«Danos nuestro pan de cada día»


2837: «De cada día». La palabra griega, «epiousios», sólo se emplea en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de «hoy» (ver Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza «sin reserva». Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (ver 1 Tim 6, 8). Tomada al pie de la letra [epiousios: «lo más esencial»], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (S. Ignacio de Antioquía, Eph. 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (ver Jn 6, 53-56). Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este «día» es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre «cada día».


CONCLUSION


«El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 12 de agosto de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 41-51


Este domingo el acento se pone en la eficacia y el poder, de la Eucaristía. El pan eucarístico que Cristo nos da está prefigurado en el pan que un mensajero de Dios ofrece a Elías, «con la fuerza del cual caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb» (primer libro de los Reyes 19, 4-8. El pan del que Cristo habla en el Evangelio es el pan bajado del cielo, es el pan de la vida; de una vida que dura para siempre ya que es su carne ofrecida para que el mundo tenga vida eterna (Evangelio según San Juan 6, 41-51). La carne ofrecida como oblación y víctima de suave aroma da fuerza a los cristianos para «vivir en el amor como Cristo (nos) amó» (Efesios 4, 30-5,2).


La fuerza de aquella comida


Elías es una de los grandes profetas que actuó en el reino del norte en el siglo IX a.C. en el tiempo del rey Ajab. Los libros de los reyes narran los grandes milagros realizados por él y su enérgica lucha contra el culto idolátrico a Baal. La crisis de fe propia de su tiempo le alcanza respecto a la misión que Dios le ha confiado. Su celo, un tanto difícil de entender para nosotros, fue tanto que mandó matar a 450 sacerdotes del falso dios Baal en el torrente de Quisón, después que fracasaron con el fuego del sacrificio en lo alto del monte Carmelo. Por eso Elías sufre el odio a muerte del rey Ajab y de su esposa Jezabel, adoradores ambos de ídolos, como tantos israelitas en el reino del norte. El profeta tiene que huir al desierto. Allí le espera el sol, el hambre, la fatiga y la desesperación. Rechazado por todos, se ve seriamente tentado a abandonar todo. Así, al final de la jornada se sentó bajo una retama y se deseó la muerte.


En ese momento Dios interviene mandándole por medio de un ángel pan del cielo. El pan que Dios le da le saca primeramente de su angustia y de su descarrío, y luego le da fuerzas extraordinarias para marchar hasta el monte Horeb en el Sinaí; lugar donde Dios se reveló a Moisés como Yahveh y donde hizo alianza con su pueblo entregando a Moisés las Tablas de la Ley. Ese pan del cielo que fortificó a Elías es prefiguración del pan bajado del cielo, que es el mismo Jesucristo.


¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?


El Evangelio del Domingo pasado nos narra el diálogo de Jesús con los judíos que culmina con una frase reveladora acerca de Él mismo: «Yo soy el pan de la vida». El Evangelio de esta semana nos dice cuál fue la reacción de los judíos ante la afirmación hecha por Jesús: «Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”». Una persona atenta y cuidadosa notará inmediatamente que Jesús no ha dicho exactamente eso y que fácilmente podría responder diciendo: «Yo no he dicho eso». Pero Jesús no reacciona así, porque si bien los judíos no citan sus palabras textualmente, la conclusión a la que llegan es exacta. Es decir Jesús ha proclamado que el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.


Y cuando los oyentes exclaman: «Señor, danos siempre de este pan»; es claro que se refieren a ese pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Al hacer esta petición, ellos confían en que Jesús puede dar ese pan. Tendría que ser algo mucho mejor que los panes de cebada multiplicados por Jesús que ellos ya habían comido al otro lado del lago. Ciertamente pensarían: ¿quién sabe ahora qué milagro hará ahora para hacer caer ese pan del cielo que da la vida al mundo? La respuesta de Jesús «Yo soy el pan de la vida», es como la que había dado a la samaritana cuando ella aseguró que vendría el Mesías y entonces toda duda sería resuelta por Él: «Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26). Los judíos hacen un buen resumen de lo ha dicho Jesús. No han torcido sus palabras, sino que ellos entienden que Jesús es el pan que ha bajado de los cielos y por eso murmuran. Podríamos esperar que Jesús los tranquilizara, pero no hace eso, porque lo que han entendido los judíos es exactamente lo que Él ha querido decir. Jesús da un paso más y realiza una revelación más al decir: «Yo soy el pan de la vida…Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”». En el comentario de los próximos Domingos veremos cuál fue la reacción de los judíos.


«El que cree tiene vida eterna»


En este pasaje del Evangelio de San Juan, vamos encontrar una declaración solemne de Jesús, de ésas que están dichas para ser memorizadas y tenidas como fundamento de la vida: «En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna». Jesús no promete la vida eterna solamente para después de la muerte. La vida eterna se posee desde ahora, la poseen los que creen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre y fundan su existencia en su Palabra.


Sobre la base de esta declaración leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (l Co 13, 12), “tal cual es” (1 Jn 3, 2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna» . Y citando a Santo Tomás agrega: «la fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida eterna» . La fe en Jesús nace de ese conocimiento que poseemos de las cosas que Dios nos ha enseñado. Si la inteligencia del hombre experimenta el gozo en el conocimiento de la verdad natural, ¡qué decir del gozo que experimenta en el conocimiento de la Verdad eterna, que es Cristo! Este conocimiento no se adquiere por esfuerzo humano, pues lo supera infinitamente; este conocimiento lo enseña sólo Dios. La Eucaristía, el «Pan de vida eterna», es parte de la enseñanza divina.


«Sed más bien buenos entre vosotros»


En la carta a los Efesios, San Pablo exhorta a la comunidad a vivir según las mociones del Espíritu: ser buenos, compasivos…vivan en el amor como Cristo vivió. El modelo es el «Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad». Solamente en la comunión con el Señor de la Vida podremos intentar desaparecer de nosotros toda clase de maldad ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13).


Una palabra del Santo Padre:


«Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos… ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados?


Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto ¿cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.


Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia.


Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 12 de febrero 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1.El caso de Elías, salvadas las distancias, se puede repetir en nuestra propia situación personal. Cuando crece la indiferencia de la fe en el ambiente en que vivimos. Cuando crece amenazanteel desierto de la increencia, cuando se torna intratable el duro asfalto de la vida, cuando Dios se pierde en el horizonte, entonces surge fácilmente el cansancio en la fe. Sin embargo, todos podemos y estamos llamados a atravesar el desierto de la fe sin desfallecer. ¿Dónde encontrar las fuerzas que necesitamos? La Palabra de Dios y el Pan de la Vida son el alimento que nos fortalecen y nos dan vida eterna.


2. ¿Alguna vez he tomado conciencia de que así como puedo entristecer puedo también alegrar al Espíritu Santo de Dios?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1391- 1398.


Gloria a Dios



Yo soy el Pan de Vida

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 6 Ee agosto Ee 2018 a las 0:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


05-11 de Agosto del 2018


Tema "Yo soy el Pan de Vida"




Ex 16, 2-4.12-15: “Yo haré llover pan del cielo”


En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

— «¡Ojala hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Pero ustedes nos han sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad».

El Señor dijo a Moisés: «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no. He

oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comerán carne, por la mañana se saciarán de pan; para que sepan que yo soy el Señor, su Dios”».

Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha.

Al verlo, los israelitas se dijeron unos a otros:

— ¿«Maná»?, es decir, «¿Qué es esto?»

Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:

— «Es el pan que el Señor les da como alimento».


Sal 77, 3-4.23-25.54: “El Señor les dio un trigo del cielo”


Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder.

Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos un maná, les dio un trigo del cielo.

Y el hombre comió pan de ángeles, les mandó provisiones hasta la hartura. Los hizo entrar por las santas fronteras, hasta el monte que su diestra había adquirido.


Ef 4, 17.20-24: “Esto les digo: no vivan ya como los paganos”


Hermanos:

Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no vivan ya como los paganos, los cuales proceden conforme a lo vano de sus criterios.

Ustedes, en cambio, no es eso lo que han aprendido de Cristo, han oído hablar de Él y en Él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús; Él les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovarse en la mente y en el Espíritu y a revestirse de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.


Jn 6, 24-35: “El que viene a m í no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”


En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron:

— «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó:

— «Les aseguro, no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien el Padre Dios lo ha marcado con su sello».

Ellos le preguntaron:

— «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús:

— «La obra de Dios es ésta: que crean en quien Él ha enviado».

Le replicaron:

— «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”».

Jesús les replicó:

— «Les aseguro que no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:

— «Señor, danos siempre de ese pan».

Jesús les contestó:

— «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».


NOTA IMPORTANTE


Voces de protesta se alzan en el desierto. Es Israel que clama por no tener nada para comer, enfrentando una situación terriblemente angustiosa (1ª. lectura). En medio de esta experiencia límite, ¿no es acaso muy comprensible la queja? “¿Qué clase de Dios es éste, que con mano poderosa rescata a su pueblo de la opresión de Egipto para luego hacerlo morir de hambre en el desierto? ¿No es un Dios cruel, que lleva a sus hijos a un lugar inhóspito para abandonarlos luego a su suerte? Es verdad que no sólo de pan vive el hombre (ver Dt 8,3), ¿pero puede vivir sin pan? ¡Mejor estábamos en Egipto!” En medio de la desesperación, ¿cómo no elevar una voz de protesta a Dios por aquella situación desesperante y dramática? En medio de su angustia Israel se rebela frente a Dios y sus planes, desconfía, duda del amor de Dios y de sus promesas. Aún cuando el Señor asegure a su pueblo: «Los he amado», ellos responden: «¿En qué nos has amado?» (Mal 1,2).


Ante la rebeldía y desconfianza de su pueblo, Dios responde: «Yo haré llover pan del cielo». En cumplimiento de su promesa, Dios hizo aparecer «en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha». Ante el desconcierto de los israelitas que se preguntaban qué era aquello, Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor les da como alimento».


Haciendo llover sobre ellos este pan del cielo Dios no sólo respondía a sus necesidades alimenticias. Aquél maná quería prefigurar, dentro de los sabios designios divinos, otro Pan del Cielo que Dios daría en el futuro a su pueblo. Los contemporáneos de Jesús estaban convencidos de que en los tiempos mesiánicos descendería de los cielos un nuevo maná. Se pensaba que así como por intercesión de Moisés Dios había hecho descender aquél maná del cielo, también el Mesías obraría en su tiempo una señal semejante. De allí que en un primer momento, arrebatados al ver el espectacular signo que había realizado al multiplicar los pocos panes y peces para alimentar a tan inmensa multitud, concluyeron sin más: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,15). Era para ellos la señal esperada para identificar al Rey-Mesías prometido.


Cuando luego de embarcarse la multitud lo vuelve a encontrar en otro lado, el Señor les echa en cara: «no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse». Es decir, sólo les interesa el pan, sólo les interesa el beneficio, pero no han sabido interpretar realmente aquel milagro, no lo buscan por ser Él quien es, el signo no les ha llevado a creer y confiar en Él. Por ello invita a sus oyentes a trascender la materialidad del milagro para esforzarse «no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (Jn 6,26-27). El pan de cada día, aunque importante, no es finalmente lo esencial. Más importante que aquel pan material es el misterioso pan que “permanece para la vida eterna”, pan que Él dará. ¿De qué pan se trataba? ¿Qué pan sería ése?


El diálogo prosigue y le preguntan: ¿Qué tienen que hacer «para obrar las obras de Dios», de tal modo que merezcan alcanzar ese pan? La respuesta del Señor es desconcertante. No proclama un elenco de obras de justicia, de piedad o caridad que deben realizar, sino que “la obra” que deben realizar es «que crean en quien Él ha enviado». Esta “obra” antecede a todas las demás, es su fundamento y sustento. No se trata evidentemente tan sólo de un decir “creo en Jesús”, sino de una fe que porque cree y confía en Él hace todo lo que Él dice o enseña, tanto de palabra como con su ejemplo (ver Jn 2,5).


El Señor Jesús pedía una entrega y adhesión total a su persona. Ni Moisés, ni profeta alguno, habían exigido jamás semejante cosa. ¿Con qué autoridad podía requerir tal adhesión, aduciendo además que Dios mismo era quien les pedía esta “obra”? Para que no fuese tan sólo una soberbia pretensión, ¿no debía sustentar su petición con algún signo contundente que lo acreditase como un enviado divino? No bastaba ya la anterior multiplicación de panes, dado que Jesús pretendía ser más que Moisés. ¿No era prudente pedir un signo que lo acreditase? ¿Cómo creeren Él con tan sólo pedirlo? Así pues, juzgaron que era necesario que mostrase un signo proporcionado a sus demandas: ¿Qué señal o milagro haces «para que creamos en ti»? En seguida hacen referencia al pan del cielo que sus antepasados comieron a lo largo de cuarenta años en el desierto. ¿Podía Él superar aquel milagro, de modo que pudiesen aceptar que Él era más que Moisés, más que cualquier otro profeta, para “creer en Él”?


Como respuesta el Señor Jesús les ofrece un signo muy superior a una repetición del milagro del maná, les ofrece un alimento de otro tipo, les ofrece el «verdadero pan del Cielo» que Dios da «para la vida del mundo».


Ante el pedido explícito de los oyentes de que les dé siempre ese pan, el Señor no hace sino revelarse a sí mismo como ese misterioso Pan afirmando solemnemente: «Yo soy el pan de vida». Y con la misma solemnidad añade: «El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».


En adelante el Señor Jesús explica a los presentes que si el maná era el signo que Dios había dado al pueblo hambriento de Israel en medio del desierto, signo de su amor y providencia constante, éste no era sino el anticipo y figura de otro “Pan” que superaría ampliamente al primero, pan que será fuerza para el pueblo que camina en medio de las pruebas y dificultades de la vida, pan que nutre y sustentará al creyente, pan que lo hará ya partícipe de la vida eterna: «el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía, “el verdadero Pan del Cielo”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). Este Pan es Cristo mismo, Dios que ante el sufrimiento del pueblo, ante las pruebas, ante las dificultades de la vida cotidiana, no deja de recordarle: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡Cuánto protestamos contra el Cielo cuando no podemos comprender, especialmente cuando el dolor, la angustia o desesperanza invaden nuestros corazones, por qué si somos hijos de un Dios amoroso, omnipotente y todopoderoso, Él permite situaciones tan terribles e insufribles! Y es que cuando el sufrimiento, ya sea físico, moral, sicológico o espiritual se hace insoportable, cuando “no hay nada que comer” y la vida se convierte en un luchar cada día simplemente para sobrevivir, cuando la difícil situación económica o graves problemas no hacen sino inducir a la extrema desesperanza, o cuando en medio de alguna incurable enfermedad y sin poder evadir la agonía se espera ya solamente la muerte, ¿quién no se siente con el “derecho” a protestar contra Dios clamando:“por qué me has abandonado”? “Si eres un Padre amoroso, ¿por qué nos tratas así? ¿Por qué permites que el mal y la injusticia me golpeen, golpeen a mi familia, a mis seres queridos, al niño inocente? ¿Por qué callas? ¿Por qué no actúas?” Y si es cierto que Él nos ha dado la existencia, que para muchos se vuelve no sólo un desierto baldío sino incluso un infierno, ¿por qué no pedir un signo para poder aferrarse a Él y tener en Dios una esperanza cierta? ¿«Qué señal haces para que viéndola creamos en ti»? (Jn 6, 30) “¿Por qué no actúas, para poder confiar en ti y tener la seguridad de que nos amas?”


Frente a la actitud rebelde del hombre, sea la del pueblo de Israel o sea la de cada uno de nosotros, frente a esa constante necedad por la que quiere responsabilizar a Dios de toda miseria que oprime al hombre, Dios definitivamente se ha inclinado «hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (...). El hecho de que Cristo “ha resucitado al tercer día” constituye el signo final... que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal» (S.S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 

.

Así pues, en su Hijo Unigénito, Dios nos ha dado una elocuente “señal” que nos invita a confiar en su amor y misericordia. Sí, el máximo “signo” del amor eterno de Dios para con el hombre, el máximo signo de que no nos olvida ni abandona en la prueba, en el dolor o sufrimiento, es Jesucristo. Él se ha presentado ante toda criatura humana como el signo que Dios hace. Él es el mayor signo que jamás haya realizado Dios en su inefable misericordia para con el hombre, Él es la inclinación más profunda de la divinidad hacia la humanidad caída, Él quien «nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento», en cuanto que nos hace capaces de comprender la sublimidad del amor divino, siendo este Amor «la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta respuesta ha sido dada por Dios al hombre en la Cruz de Jesucristo» (S.S. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 13).


El Señor Jesús nos invita también a nosotros a confiar en Él, a confiar en su Padre que lo ha enviado, y lo ha enviado como el verdadero Pan del Cielo que ha venido a traer la vida al mundo, que ha venido a reconciliar a la humanidad entera, que ha venido a invitarnos a superar la mirada miope de aquel que sólo se preocupa por el “pan material”, que sólo busca a Cristo “por los milagros que hace”, para comprender que nuestra vida no termina acá, que nuestra vida tan pasajera en este mundo se proyecta a la eternidad con Dios, que la vida presente no es sino como un peregrinar por el desierto hasta que alcancemos —si creemos en Él y hacemos


lo que Él nos pide— la tierra prometida, y que en ese caminar por el desierto, contamos con este Pan que es Cristo mismo, con este Pan que es garantía de eternidad, con este Pan que nos nutre y fortalece con la gracia divina para poder sobrellevar los momentos más duros y difíciles de la existencia, con la esperanza de que quien permanece fiel al Señor y se sostiene en Él podrá entrar al final de sus días a la tierra prometida, podrá participar de la eterna Comunión con Dios, podrá estar con Dios y con quienes son de Dios en aquel lugar en el que ya no habrá nunca más ni llanto, ni dolor, ni luto, ni muerte.


Quienes creemos en Dios y creemos en el Señor Jesús, hemos de estar convencidos de que el maná del desierto prefiguraba “el verdadero Pan del Cielo”, que es Cristo, que es Cristo en la Eucaristía (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). En la Eucaristía se realiza aquello que el Señor reveló y prometió solemnemente: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).


¿Podrá haber un mayor signo del amor de Dios para con nosotros que este “Pan bajado del cielo” que se nos da como comida mientras avanzamos al encuentro pleno con Él? Éste es el verdadero Pan del Cielo que al ser partido en el Altar de la Cruz se multiplica con tanta abundancia que día a día alimenta en su peregrinar a la inmensa multitud de los miembros del Pueblo de Dios. Ante un amor tan insólito, cómo no exclamar también nosotros con profunda admiración y sobrecogimiento: “¿Qué es esto?” (en hebreo “man-hu”, de donde procede la palabra “maná”. ¿Puede haber un amor más grande que el de Dios nuestro Padre, quien luego de entregarnos a su Hijo amado en el Altar de la Cruz, nos lo sigue entregando en el Banquete de la Eucaristía como alimento de vida eterna?


Firmemente convencida de la verdad de las palabras de su Señor, la Iglesia nos llama e invita a nutrirnos continuamente de este admirable Sacramento, Cristo mismo que nos acompaña, Cristo mismo que en su Cuerpo y Sangre se nos da como alimento para que con la fuerza que Él nos da podamos caminar, luchar cada día con paciencia, con esperanza, perseverando en nuestra fe y haciéndola vida de modo que no vivamos ya como «viven los gentiles, según la vaciedad de su mente» (Ef 4, 17), sino que vivamos una vida nueva conforme a la verdad que Jesús nos ha enseñado.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para nuestros padres y que se hayan saciado cada día con pan del cielo. Es porque se ha dicho: “El hombre ha comido el pan de los ángeles” (Sal 77, 25). Sin embargo todos los que comieron de este pan en el desierto murieron. Y por el contrario, este alimento que recibes, este pan vivo bajado del cielo, da el alimento de la vida eterna, y quienquiera que lo coma no morirá jamás. Es el Cuerpo de Cristo...


»Aquel maná era del cielo, este de más arriba de los cielos; aquel era un don del cielo, este es del Señor de los cielos; aquel estaba sujeto a la corrupción si se guardaba hasta el día siguiente, este no conoce la corrupción. Para los hebreos el agua ha brotado de la roca, para ti la sangre brota de Cristo. El agua les ha calmado la sed por un momento, a ti la sangre te lava para siempre. Los hebreos bebieron y siguieron teniendo sed. Tú, una vez que hayas bebido, ya nunca más tendrás sed (Jn 4, 14). Aquello era la prefiguración, esta es la verdad plena...


»Era “sombra de lo venidero” (Col 2, 17). Escucha eso que se manifestó a nuestros padres: “En el desierto bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1 Cor 10, 4)... Tú has conocido la realización, has visto la plena luz, la verdad prefigurada, el Cuerpo del Creador más bien que el maná del cielo.» San Ambrosio


«Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial». San Pedro Crisólogo


«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos (…). Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación». San Agustín


«Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo”». San Justino


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El discurso del Plan de Vida anuncia la Eucaristía


1338: Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo.


1339: Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre.


En la Comunión recibimos a Cristo, Pan de Vida


1355: En la Comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben «el pan del cielo» y «el cáliz de la salvación», el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó «para la vida del mundo» (Jn 6, 51).


1392: Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la Comunión Eucarística, Pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


«Danos nuestro pan de cada día»


2835: Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: «No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para «anunciar el Evangelio a los pobres». Hay hambre sobre la tierra, «mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios» (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (ver Jn 6, 26-5).


2837: «De cada día». La palabra griega, «epiousios», sólo se emplea en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de «hoy» (ver Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza «sin reserva». Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (ver 1 Tim 6, .


Tomada al pie de la letra [epiousios: «lo más esencial»], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (S. Ignacio de Antioquía, Eph. 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (ver Jn 6,53-56). Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este «día» es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre «cada día».


CONCLUSION


Yo soy el pan de la vida»


Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 5 de agosto de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,24-35


La fe interpreta la vida de los israelitas que caminan exhaustos por el desierto y les asegura que no están abandonados, sino que Dios con su poder y su amor paterno está con ellos (Éxodo 16, 2- 4.12-15). La fe reta a los oyentes de Jesús de forma que sean capaces de ver en la multiplicación de los panes «un signo eficaz de la presencia de Dios» en medio de ellos (San Juan 6,24-35). La fe ilumina al cristiano haciéndole descubrir que ya no es hombre viejo sino nuevo, y que debe hacer resplandecer la novedad de Cristo en su vida (Efesios 4, 17.20-24).


Los milagros, los signos, las señales y la fe


El Evangelio de este domingo tiene una estrecha relación con el episodio de la multiplicación de los panes. Esa tarde «dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Los discípulos emprendieron solos la travesía por el mar de Galilea en la única barca que había. La gente pasó la noche allí haciendo guardia, pero en la noche Jesús atravesó el lago, sin que la gente se diera cuenta, «caminando sobre el mar» y así llegó con los apóstoles a Cafarnaúm. Viendo que ni Jesús ni sus discípulos estaban, fueron a buscarlo al otro lado del mar y se alegraron al verlos, pero se sorprendieron y le preguntaron a Jesús: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?».


La respuesta de Jesús es algo desconcertante: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado». Sin embargo, leemos en versículos anteriores que mucha gente lo seguía porque veía las señales que realizaba en los enfermos. Y justamente es al ver las señales que realizaba que lo quieren hacer rey. ¿Cómo ahora Jesús dice que lo buscaban, pero no porque habían visto señales? Y ¿cómo se explica que ellos mismos pregunten, más adelante, «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?»? (Jn 6, 30). Entonces, ¿qué es lo que habían visto y qué es lo que no habían visto?


La gente había visto un hecho prodigioso y se había quedado en la superficie, en el mero aspecto material: la salud recobrada, el hambre saciado, pero no habían visto la realidad oculta significada por esos hechos, es decir, la acción salvadora de Dios que actuaba en Jesús sanando los males producidos por el pecado: la enfermedad, el hambre, la muerte. Por enésima vez vemos cómo no son los milagros los que engendran la fe. A los judíos no les bastó ver a Jesús curar enfermos y multiplicar panes para creer en Él; todavía necesitan otros argumentos para creer y, por cierto, aunque les fueron concedidos, no todos creyeron.


San Pablo que era judío retrata claramente esta posición cuando dice: «los judíos piden señales… nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos» (1Co 1, 22-23). La fe en Cristo es un don gratuito de Dios y los que se cierran a este don «no se convertirán aunque resucite a un muerto» (Lc 6,31). El Catecismo nos dice: «Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los queacuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios» .


Las obras de Dios


Jesús opone dos tipos de alimento, uno que no debe absorbernos; y otro que debe de ser objeto de todo nuestro anhelo. Él nos exhorta a obrar por el alimento que permanece para la vida eterna. Al decir Jesús «Obrad por el alimento de la vida eterna», los judíos lo vinculan con un tema que les es familiar: las obras de la ley que el hombre debe hacer para merecer la salvación de Dios. Por eso preguntan «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Es claro que al decir «las obras de Dios» se refieren a las observancias codificadas en la ley, que ellos deben de cumplir, y que son muchas.


Jesús en cambio habla solamente de una obra: «La obra de Dios es que creáis en quién Él ha enviado». La fe en Cristo es un don de Dios, es una obra de Dios. Como también la reconciliación del hombre, que acontece por la fe en Cristo. A esto se refiere San Pablo, cuando escribe a los gálatas: «El hombre no se justifica por las obras de la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (Ga 2,16).


Gloria A Dios!

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee julio Ee 2018 a las 18:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


29 de Julio al 4 de Agosto del 2018


"Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió"




2Re 4, 42-44: “Comerán y sobrará”


En aquellos días, llegó un hombre de Baal-Salisá trayendo al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

— «Dáselos a la gente, que coman».

El criado replicó:

— «¿Qué hago yo con esto para cien personas?».

Elíseo insistió:

— «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará».

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.


Sal 144, 10-11.15-18: “Señor, nos sacias de favores”


Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.


Ef 4, 1-6: “Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo”


Hermanos:

Yo, el prisionero por el Señor, les ruego que vivan de una manera digna como pide la vocación a la que han sido llamados.

Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sopórtense mutuamente por amor. Esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que ustedes han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios, y Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y está en todos.


Jn 6, 1-15: “Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron”


En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

— «¿Dónde compraremos panes para dar de comer a toda esta gente?»

Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó:

— «Doscientos denarios no bastan, para que a cada uno le toque un pedazo de pan».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

— «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»

Jesús dijo:

— «Digan a la gente que se siente».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; hizo lo mismo con el pescado y les dio todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

— «Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie».

Los recogieron, y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. La gente entonces, al ver la señal milagrosa que había hecho, decía:

— «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».

Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, Él solo.


NOTA IMPORTANTE


La milagrosa multiplicación de unos panes (Evangelio) no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro similar estaba ya consignado en el Antiguo Testamento (1ª lectura). En una ocasión el profeta Eliseo, contando con tan sólo veinte panes de cebada, alimentó con milagrosa holgura a un grupo de cien hombres. Por medio del profeta Dios realizaba lo que había anunciado: «comerán y sobrará».


Pero el Señor Jesús se presenta no sólo como un gran profeta, como lo fue Eliseo. El milagro recuerda asimismo el maná, “pan del cielo” con que Dios había alimentado a su pueblo por medio de Moisés, mientras duró su marcha por el desierto.


El Señor tampoco se presenta tan solo como el nuevo Moisés, sino más aún, como el Mesías-Rey prometido por Dios a su pueblo. En efecto, la multiplicación de panes sería uno de los “signos” que permitiría identificar al Mesías anunciado. El pueblo de Israel esperaba vivamente al Mesías que debía venir del desierto y obraría grandes señales y prodigios, inaugurando así su Reino y trayendo consigo una época de sobreabundancia para su pueblo (ver Zac 1, 17). La asombrosa multiplicación de unos cuantos panes y peces, así como la cantidad abundante de las sobras, eran una “señal” tan fuerte que indujo a la muchedumbre a ver en Él al «Profeta que tenía que venir al mundo». Es por eso que, «al ver la señal milagrosa que había hecho», quisieron proclamarlo rey. Negándose a ello, el Señor se retira a la montaña, que en la Escritura aparece siempre como lugar de oración y encuentro con Dios. Si bien Él es el Mesías-Rey prometido por Dios, su misión no es política, sino eminentemente espiritual.


Realizar el milagro de la multiplicación de los panes y peces tenía diversos sentidos. El primero era evidentemente el sentido material: alimentar a la muchedumbre hambrienta. Un segundo sentido era sin duda presentarse ante el pueblo como el Mesías esperado. Pero además sería el punto de partida para introducir a sus discípulos en una realidad misteriosa: Él era el Pan Vivo bajado del Cielo, un pan que daría la vida eterna a quien comiese de Él (ver Jn 6, 55-57).


La multiplicación de aquellos panes era el anticipo y preanuncio de la multiplicación de aquel otro Pan de Vida que es Él mismo, una multiplicación que Él ha venido realizando interrumpidamente desde la noche de la última Cena y que durará hasta el final de los tiempos. Esta multiplicación se realiza por medio de sus sacerdotes en cada Eucaristía. En ella se actualizalo que el Señor Jesús hizo aquella memorable noche de pascua: «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”» (1Cor 11, 23-24).


La Eucaristía, el Milagro permanente por el que el Señor también hoy continúa multiplicando el Pan de su propio Cuerpo y Sangre para alimentarnos y fortalecernos en el camino de la vida cristiana, construye la unidad que en Cristo y por Cristo hemos alcanzado y estamos llamados a conservar (2ª lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Desde aquella primera Eucaristía celebrada por el mismo Señor antes de entregar su Cuerpo y Sangre en el Altar de la Cruz, la Iglesia, siguiendo fielmente el mandato de su Señor y siguiendo la costumbre instituida por el mismo Señor cuando se apareció en medio de sus discípulos “el primer día de la semana” y luego “al octavo día”, celebra la Eucaristía cada Domingo. En ella parte y reparte también hoy a todos sus hijos el Pan de Vida (ver 1Cor 11, 23). ¡En cada Altar, en cada Misa, en cada lugar del mundo, también hoy el Señor realiza un Milagro asombroso: no multiplica ya un pan común, pero transforma el pan y vino que presentamos en su propio Cuerpo y Sangre!


¿Será posible tomar suficiente conciencia de este magno Milagro que sucede en cada Eucaristía? ¡Cuánta fe nos falta! Si comprendiésemos verdaderamente que Dios mismo, por amor a nosotros, se hace presente y se ofrece como alimento nuestro, ¿dejaríamos de participar una sola vez de la Misa dominical?


Pero hoy tristemente hay tantos católicos que no han llegado a comprender el real significado y valor de la Misa, de modo que a ella anteponen cualquier otra actividad diciendo: “no tengo tiempo”, “de chico ya fui a Misa para toda mi vida”, “me aburre”, “igual encuentro a Dios en mi casa”, etc. Y así, ya sea por ignorancia o por mediocridad, por pereza o por no darle importancia alguna, dejan de asistir al encuentro dominical con el Señor, dejan de recibir el Pan de Vida que es la fuente de nuestra fuerza para el caminar, así como también la garantía de vida eterna.


La fe viva de muchos hermanos y hermanas en la fe denuncian nuestra propia indiferencia y desidia ante este inmenso e inefable Misterio del Amor de Dios. Ellos nos invitan con su ejemplo a hacer de la Misa el corazón del Domingo. Nos cuestionan y enseñan con su ejemplo los mártires de Abitinia, un grupo de alrededor de 50 cristianos que desobedecieron la prohibición del Emperador romano de participar de la Misa. La pena era la muerte. Al ser preguntados por su desobediencia, respondieron: «¡Sin el Domingo no podemos vivir!». Prefirieron arrostrar la muerte antes que faltar a la Misa dominical, porque comprendían que en la Eucaristía Cristo mismo se hace presente, y que Él es para el cristiano la fuente de vida, de paz, de fortaleza, de amor y plenitud. Sin Él, la vida se marchita.


Al mirar la fe heroica y ejemplar de estos y de muchos otros cristianos, podemos preguntarnos: ¿qué valor tiene la Misa dominical para mí? ¿Hago de ella “el corazón del Domingo”? ¿La pongo por encima de todo? ¿Hago de ella el fundamento de mi vida personal y familiar?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se le ofrecen, pues, cinco panes a la multitud y se le distribuyen. Pero se observa que se aumentan los pedazos en las manos de los que los distribuyen. No se hacían más pequeños porque los partían, sino que siempre los pedazos llenaban las manos de los que estaban distribuyendo. Ni los sentidos, ni la vista podían seguir la marcha de aquello que sucedía. Es lo que no era, se ve lo que no se comprende y sólo queda creer que Dios puede hacer todas las cosas». San Hilario


«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


1335: Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía.


1350: La presentación de las ofrendas: entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”…


El Sacrificio sacramental: acción de gracias, memorial, presencia


1356: Si los cristianos celebramos la Eucaristía desde los orígenes, con una forma tal que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, es porque nos sabemos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: “haced esto en memoria mía” (1Cor 11, 24-25).


1357: Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente.


1365: Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi Sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22, 19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo Cuerpo que por nosotros entregó en la Cruz, y la Sangre misma que «derramó por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).


CONCLUSION


¿qué es esto para tanta gente? (Jn 6,7) Durante cinco domingos la liturgia interrumpe la lectura del evangelio de S. Marcos. Escucharemos en estos domingos el largo capítulo sexto de S. Juan, es una catequesis de Jesús sobre la Eucaristía, que empieza con la multiplicación de los panes y de los peces (signo), que se lee en este domingo XVII. La semejanza de este texto evangélico con la primera lectura es evidente. El autor del relato nos dice que la palabra divina, a través del profeta, hace que la insuficiencia se transforme en superabundancia. Prescindiendo de la fuerza simbólica del hecho milagroso del texto evangélico, vemos que hay varias personas involucradas en el hecho: la multitud hambrienta, los apóstoles, el joven que tiene cinco panes de cebada y unos peces y el mismo Jesús. Cada uno tiene su misión. Jesús se da cuenta de que tiene delante una multitud hambrienta, pregunta a los apóstoles, para probar su fe, qué se puede hacer para saciar el hambre de tantas bocas, –alrededor de cinco mil personas según S. Lucas (Lc 9,17)–. Los apóstoles se han olvidado de los muchos milagros que ha hecho Jesús y ante su pregunta, no encuentran salida. Allí está también un muchacho que tiene cinco panes y dos pescados, pero, ¿qué es esto para tanta gente? (v.10). Jesús pide a los discípulos que les manden sentar.


A continuación tomó los panes, dio gracias, y los distribuyó a los que estaban sentados(v.11). Y lo mismo hizo con los pescados (v.11). Este versículo nos recuerda las mismas palabras de la institución de la Eucaristía. Luego los dio a los discípulos para que ellos a su vez los repartieran entre la multitud, Jesús no permite que los discípulos se queden de mirones, sino que los hace participes. Esto les exigía obediencia en medio de una situación aparentemente absurda. ¿Qué podían repartir, si ni siquiera había un pez y un poco de pan para cada uno de ellos? A pesar de todo, los discípulos obedecieron nuevamente al Señor y comenzaron a repartir los panes y los peces entre la multitud. Fue entonces cuando vieron que aquellos pocos panes y peces se multiplicaban milagrosamente, hasta que comió toda la multitud y aún sobraron doce canastas. Todos quedaron saciados y con lo que sobró recogieron doce canastas (v.13). La obediencia de los apóstoles, fruto de su fe, fue lo que permitió que el Señor obrara el milagro. Fe y obediencia trabajan juntas, unidas en nosotros nos permitirán ver grandes cosas del Señor. Es curioso que la gente, después de la multiplicación de los panes y los peces, quiere hacer rey a Jesús, pero éste se opone.


El pan, que Dios reparte es mucho más profundo y duradero que lo que pude ofrecer cualquier rey o programa político. Solamente los verdaderamente hambrientos pueden beneficiarse de este milagro; la Palabra de Dios la reciben y entienden los que la ansían. La lección fue clara: tenían que aprender, tenemos que aprender que la manera de aumentar los pocos recursos que tenemos, es ponerlos en las manos del Señor; incluso los infinitos recursos que el Señor pone en nuestras manos, tenemos que administrarlos y cuidarlos: El Señor mandó que los panes sobrantes se recogieran para que no se perdiera nada. Si leemos detenidamente la Biblia vemos cómo este es el patrón que usa el Señor, se sirve de las cosas pequeñas y de poca importancia para hacer cosas grandes. Y este debiera ser nuestro patrón. Baste recordar ejemplos y ejemplos de las muchas personas que ponen lo poco que tienen en manos de Dios para atender a tantos necesitados, como la M. Teresa de Jesús,el beato Oscar A Rmero, y tantos religiosos y religiosas que se dedican al cuidado de los enfermos y personas necesitadas. Estas comunidades son un testimonio vivo de que este milagro se hace realidad diariamente en sus vidas.


También hoy el pueblo tiene hambre, hambre de pan material, pero hambre también de la verdad. Ante tantas ofertas o movimientos filosóficos, orientales, espirituales de distintas tendencias, ¿quién o qué podrá calmar esta hambre? ¿Qué es lo que les ofrecemos? Cristo es el nuevo pan que se ofrece a los hombres (Jn. 6). Solamente su mensaje auténtico, y no nuestras opiniones, podrá calmar el hambre de estos hermanos que anhelan el milagro de la superabundancia. La fe ve cómo Dios interviene en la historia de su pueblo en socorro de sus auténticas necesidades. La obra de Dios, decía Jesús, es creer en aquel que ha enviado, el único que puede dar la vida eterna. Por eso cuando Jesús, imitando hasta en algunos detalles este milagro de Eliseo, hizo repartir cinco panes de cebada entre cinco mil hombres e hizo recoger las sobras, venía a decir que él realizaba de verdad aquello que ya significaba el milagro de Eliseo: el Padre nos da en Jesús el único pan que puede dar la vida al mundo. Acerquémonos a la Eucaristía, verdadero pan del cielo, con hambre, conscientes que de que solamente el Señor podrá saciarnos las necesidades profundas que cada uno de nosotros tenemos.


 !GLORIA A DIOS!

Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


22-28 de Julio del 2018


"Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas"





Jer 23, 1-6: “Pondré al frente de mis ovejas pastores que las apacienten”


¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor, Dios de Israel:

— «A los pastores que pastorean a mi pueblo: Ustedes han dispersado y ahuyentado mis ovejas, y no las han cuidado; pues yo les tomaré cuentas, por la maldad de sus acciones —oráculo del Señor—.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus praderas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá —oráculo del Señor—.

Miren que llegan días —oráculo del Señor— en que suscitaré para David un germen justo; reinará como rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días se salvará Judá e Israel habitará en paz. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia».

Sal 22, 1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu callado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Ef 2, 13-18: “Cristo es nuestra paz, Él nos ha reconciliado por medio de su Cruz”


Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estuvieron lejos, ahora están cerca.

Él es nuestra paz.

Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en sí mismo con los dos pueblos un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.


Mc 6, 30-34: “Andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles”


En aquel tiempo, los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:

— «Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en la barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.


NOTA IMPORTANTE


El profeta Jeremías (1ª lectura) habla en nom bre de Dios para lanzar una durísima invectiva contra quienes son infieles a su misión de guiar a los hijos de Israel por los caminos de Dios: «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!». Dios los acusa de no atender debidamente y de haber dispersado a los hijos de Israel. Advierte que les tomará cuentas y promete enviar a sus ovejas «pastores que las pastoreen». De este modo anuncia la restauración y la vuelta de Israel del destierro, pero anuncia también otra restauración mucho más importante.


En el Señor Jesús esta promesa hallará su pleno cumplimiento. Él es por excelencia el Buen Pastor, Dios mismo que viene a reunir y a curar sus ovejas dispersadas y heridas a causa del pecado.


El buen Pastor da la vida por sus ovejas: mediante su Cruz Cristo ha traído la verdadera paz al corazón del hombre y la reconciliación a los pueblos antes divididos (2ª lectura). El Señor Jesús no sólo vino a apacentar a las ovejas de Israel, sino a integrar también a su gran rebaño a quienes no pertenecían al pueblo de la primera Alianza, considerados hasta entonces enemigos de Dios. Cristo, porsu Cruz, ha reunido en un solo Cuerpo, Su Iglesia, a unos y a otros. Ningún ser humano está excluido de su rebaño.


Al ver a la multitud de hombres y mujeres que andan desvalidos, como ovejas sin pastor, el Señor experimenta una profunda conmoción interior, una compasión. En Él la multitud abandonada a su suerte busca el remedio a sus males así como la respuesta a sus preguntas fundamentales. Esta profunda compasión de Jesús, que brota de su inmenso amor al ser humano, lo mueve a la acción decidida y comprometida: «se puso a enseñarles muchas cosas».


Enseñarles es lo que considera más urgente y necesario en esa situación concreta. La mayor pobreza y mal que sufren las ovejas de su pueblo son la confusión, la ignorancia y la mentira en las que andan sumidas. Todo ello es una indigencia que hay que remediar, una carencia que hay que subsanar, pues impide a su criatura humana avanzar hacia el horizonte de su plena realización y alcanzar su destino último.


Para sacarlos de esta indigencia el Señor «se puso a enseñarles muchas cosas», y aunque el evangelista no refiere qué es lo que enseñó en aquella ocasión específica, sabemos que enseñó la verdad sobre Dios y sobre el hombre, la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia, la verdad que une y reconcilia, la verdad que trae la paz, la verdad que señala e ilumina el camino de retorno de todo hijo o hija a la casa del Padre. Sólo Su enseñanza llena de sentido la existencia humana, porque Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre (ver Jn 14, 6).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Para no ser confundidos y dispersados por tantas opiniones y pensamientos anti-evangélicos que circulan por doquier, quienes somos buscadores de la verdad hemos de acudir confiadamente al Señor Jesús con la plena convicción de que sólo Él tiene la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. Todo aquél «que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).


Abriendo nuestro entendimiento y corazón a las verdades fundamentales que Cristo nos ha enseñado, verdades que Él confió a Su Iglesia para su custodia, profundización y transmisión, encontramos en Él el Camino que conduce a nuestra realización y plenitud humana, a nuestra propia felicidad y a la de todo ser humano.


Por otro lado, mostrándonos su profunda conmoción ante la multitud en búsqueda, el Señor nos invita a experimentar su misma compasión ante la situación de desorientación y confusión en la que tantos viven hoy sumergidos. Movidos por esa compasión se trata de actuar decididamente, involucrándonos en la enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la “catequesis”.


Catequesis viene de la palabra griega ejo, de donde procede nuestra palabra castellana “eco”, y significa “hacer resonar”. Catequizar es “hacer resonar” mediante nuestra predicación las verdades de la fe en la mente y corazón de otras personas.


Siguiendo al divino Modelo que es Cristo, cada discípulo está llamado a transmitir y enseñar a otros las verdades que Él ha hecho resonar en nuestras mentes y corazones por la predicación de todos aquellos cristianos que nos han antecedido. ¡La transmisión de la fe es una ‘cadena’ que no se debe interrumpir conmigo! ¡Yo soy responsable de que otros reciban el inmenso don que yo, a mi vez, he recibido de aquellos hombres y mujeres que supieron trasmitirme fielmente las enseñanzas del Señor, incluso a precio de su propia vida!


No olvidemos que nadie da lo que no tiene. Para enseñar las verdades de la fe necesito yo mismo instruirme en ellas por el estudio perseverante, hacerlas mías al calor de la oración y ponerlas en práctica procurando llevar una vida concorde con las enseñanzas del Señor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«San Mateo dice que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales». San Beda


«Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu Rostro y que ofrezca los dones de tu Santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los Apóstoles». San Hipólito


«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos». San Gregorio Nacianceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Sintió compasión...”


2448: Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”. “…y se puso a enseñarles”


427: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16)

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428: El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario (…;)“conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 8-11)».


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


Cristo también hoy sigue apacentando a su rebaño


857: La Iglesia... sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia”: “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.


2034: El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.


CONCLUSION


«Andaban como ovejas sin pastor»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 22 de julio 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,30 –34


Los reyes han pastoreado mal al pueblo elegido y por eso se han dispersado. El Señor nunca se olvida de su pueblo elegido y promete reunirlos de nuevo mandando buenos pastores – como el Rey David – que siendo prudentes y justos, devolverán al pueblo el descanso en su tierra (Jeremías 23, 1-6). En el Evangelio Jesús se muestra como el Pastor Bueno que siente lástima y compasión por lasmultitudes que lo siguen ya que andan necesitadas de orientación y es por eso que se pone a enseñarles «muchas cosas» (San Marcos 6,30 –34).


El pastoreo de Jesucristo es universal y por medio de su sacrificio salvífico es capaz de derrumbar el «muro de enemistad» que existía entre judíos y paganos. Efectivamente, un muro de piedra separaba en el Templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos; el historiador Flavio Josefo relata que sobre este muro había letreros que prohibían el paso a todo extranjero bajo pena de muerte. Las legiones romanas de Tito y Vespasiano derribaron el muro físico en el año 70. Pero ya antes Jesucristo había hecho de los dos pueblos «un solo Cuerpo», un nuevo pueblo (Efesios 2, 13-1).


«El Señor es mi pastor nada me falta…»


La Primera Lectura del profeta Jeremías contiene un pliego de reclamos contra los malos pastores del pueblo de Israel; condena que viene a sumarse a la que encontramos en Ezequiel 34. El concepto de «pastor» en el Antiguo Testamento es muy amplio y se refiere fundamentalmente a los reyes siendo también aplicable a los profetas y a los sacerdotes. Era una imagen muy familiar en una cultura de pueblos nómades, cuyos antepasados fueron pastores: los Patriarcas, Moisés y el mismo rey David entre otros.


Ante el abandono del pueblo, será el mismo Señor quien ahora se convertirá en el Pastor de su rebaño y suscitará en el futuro un vástago legítimo de David; cuyo nombre será «germen -retoño- justo». Jugando con el nombre Sedecías , rey de turno que había sido impuesto por los babilonios, Jeremías evocará al rey ideal por el cual el Señor hará justicia, es decir salvará a su pueblo. El rey esperado se llamará «Yahveh nuestra justicia».


La justicia – en sentido bíblico- designa la reconciliación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con Él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través de la reconciliación, haciéndolo capaz de vivir nuevamente en relación con Él. A la «justicia-reconciliación» de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como «hombre justo» delante de Dios. Por lo tanto, el Plan mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción reconciliadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo elderecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella. El regreso deseado a la tierra prometida será tan admirable como la entrada original en la tierra y hará olvidar el antiguo Éxodo (ver Jr 16,14-15).


El Salmo responsorial de este Domingo es el bellísimo Salmo 23 (22): «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba, me apacienta». Es tal la belleza y la riqueza de este salmo, que los Padres de la Iglesia veían en él un claro anuncio del banquete eucarístico: «Tú preparas ante mí una mesa…unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa…».


«Venid a mí los cansados…»


El Evangelio del Domingo pasado nos narraba el momento en que Jesús mandó por primera vez a los Doce a predicar la Buena Nueva. Los apóstoles se reunieron con Jesús a contarle, con alegría, lo que habían hecho y enseñado. Vemos como el Señor y sus discípulos terminaban extenuados después de la misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas, no teniendo ni tiempo para comer. Entonces Jesús asume la actitud paternal del buen Pastor y les dice: «venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco». Él mismo se preocupa de que los apóstoles tomen un merecido descanso. Este bello gesto de Jesús tan humano y tan comprensivo, nos muestra la actitud que tiene con cada uno de nosotros. El Evangelio nos enseña que no existe para el hombre descanso verdadero, sino es en Dios.


Según leemos en la Biblia, Dios trabajó seis días, llevando a cabo la obra de la creación, y al séptimo día, Dios «descansó». San Agustín nos dice: «¡Cuánto nos ama Dios, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!». El verdadero descanso del hombre es una participación en el descanso de Dios. El descanso no puede ser entendido solamente como una reposición de las sustancias vitales desgastadas por la faena diaria ya que el ser humano es mucho más que un conglomerado de complejos procesos químicos.


El verdadero descanso tiene en cuenta que el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, solamente lo podrá realizar en amistad con su Creador. Este Evangelio nos muestra la realización concreta de esa invitación que Jesús dirige a todos: «Venid a mí los cansados y agobiados; yo os daré descanso» (Mt 11,2). Esto es lo que hace Jesús con sus apóstoles. En ese mismo texto Jesús indica la condición del verdadero descanso: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Por eso si no descansa en el Señor el alma y el espíritu; tampoco podrá reposarplenamente el cuerpo. Hoy en día vemos por doquier que lo que verdaderamente falta es el «descanso del alma y del espíritu». Los mismos días libres son días de agitación y hasta de compras para muchos. No hay tiempo para la oración ya que no hay tiempo para entrar en el descanso de Dios sin embargo sigue muy vigente la experiencia de San Agustín: «Nos creaste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones 1,1). El peligro de quedar absorbidos en los muchos quehaceres amenazaba también a los apóstoles ya que «no les quedaba ni tiempo para comer». Y no obstante teniendo tanto que hacer, se fueron con Jesús en la barca a un lugar solitario.


GLORIA A DIOS!


Los fue enviando

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee julio Ee 2018 a las 14:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


15-21 de Julio del 2018


"Los fue enviando"





Am 7, 12-15: “Dios me tomó y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo’”


En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:

— «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo principal del reino».

Respondió Amós:

— «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”».

Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará lluvia, y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


Ef 1, 3-14: “Dios nos eligió en Cristo para ser santos e inmaculados en el amor”


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Por medio de Él hemos sido hechos herederos. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Y también ustedes, que han escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de salvación, en el que creyeron, han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es garantía de nuestra herencia, para liberación del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.


Mc 6, 7-13: “Ellos predicaron con el poder de Cristo”


En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más,

pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió:

— «Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia».

Ellos salieron a predicar la conversión, echando muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


NOTA IMPORTANTE


Luego de la muerte del rey Salomón (X a. C.) el pueblo de Israel sufre una división. Al sur las tribus de Judá y de Benjamín mantienen el templo de Jerusalén como único lugar de culto, mientras las diez restantes tribus de Israel acuden a un templo en Betel.


Un siglo después Dios elige a Amós como mensajero suyo (1ª lectura) y lo envía a Betel diciéndole: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Su anuncio no será bien recibido. Amasías, sacerdote del templo de Betel, lo conmina a volver a su tierra diciéndole: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel».


También “los Doce” son elegidos y enviados por el Señor Jesús, el Hijo de Dios. Él los reviste de autoridad antes de enviarlos. Esta autoridad divina delegada a los apóstoles por el Señor les confiere derecho de actuar con total libertad de acción, en Su Nombre y con poder para expulsar demonios y curar enfermos.


A “los Doce” los fue enviando «de dos en dos», no sólo para ayudarse y acompañarse mutuamente, sino para que el testimonio de uno estuviese avalado por otro testigo. Son enviados para «predicar la conversión» debido a la inminente llegada del “Reino de los Cielos” (ver Mc 1, 15).


El Reino de Dios sería inaugurado en la tierra por el Mesías prometido por Dios. La expulsión de demonios así como la curación milagrosa de los enfermos eran signos patentes que certificaban la llegada de los tiempos mesiánicos (ver Mt 11, 2-6; Lc 7, 18-23) y acreditaban a los apóstoles como embajadores del Mesías que venía detrás de ellos.


En las indicaciones del Señor a sus apóstoles de no llevar ninguna provisión para el camino hemos de ver una invitación a la confianza total en Dios, en su providencia y asistencia divina. Esta providencia divina habrá de manifestarse a través de la acogida y generosidad de aquellos que sabrán recibir a los apóstoles y su anuncio (ver Lc 10, 7). “Los Doce” experimentarán que en el fiel cumplimiento de su misión nada les faltará, porque Dios vela por ellos (ver Lc 22, 35). Esta instrucción era dada para aquella ocasión específica y no debe ser vista como una norma general (ver Lc 22, 36).


Este envío será un anticipo de la futura y universal misión de los apóstoles. Es parte de su formación para lo que harán toda su vida: anunciar a Jesucristo, Salvador y Reconciliador del mundo. De este modo quiso Dios asociar a hombres concretos a la realización de sus designios reconciliadores.


En la segunda lectura San Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Dios Padre, pues en Cristo «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales». Gracias al anuncio de la Palabra de la verdad, del Evangelio de salvación, los cristianos hemos recibido gratuitamente un cúmulo inmenso de bendiciones. Este anuncio es esencial para llevar a cabo el proyecto divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza», y por aquel mandato apostólico de Cristo resuena aún hoy en la Iglesia y se dirige a todos los bautizados, porque el mensaje de la salvación y reconciliación debe llegar a todos los rincones del mundo, a todos los corazones necesitados del Don de la Reconciliación.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Gracias al testimonio audaz y valiente que los apóstoles y primeros discípulos dieron de Cristo, gracias al fiel cumplimiento de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, nosotros hemos recibido el don de la fe. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero!» (Is 52, 7) ¡Y qué enorme bendición que por ellos hemos recibido! Sí, la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el mayor regalo que luego de la vida hemos podido haber recibido, es nuestro mayor tesoro. Y por ello hemos de exclamar continuamente con el Apóstol Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales… en Cristo».


Quienes hemos recibido el don de la fe, dos mil años después que la gesta evangelizadora se iniciaba cuando el Espíritu divino fue derramado en forma de lenguas de fuego en el corazón de los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés, escuchamos tambiénla invitación del Señor: «Gratis lo recibieron; denlo gratis» Mt 10, 8. En efecto, hoy todos nosotros estamos llamados a comunicar a cuantos podamos el Evangelio que gratuitamente hemos recibido y a hacer llegar sus bendiciones a muchos otros. Quien ha sido alcanzado y reconciliado por Cristo, quien ha recibido el don maravilloso de la vida nueva, se experimenta impulsado a anunciarlo y trasmitirlo a los demás.


En esta tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo no caben excusas. Nadie puede excluirse de esta responsabilidad pensando que “eso les toca sólo a sacerdotes y monjas”, “yo no puedo”, “yo soy incapaz”, “yo no sé hablar”, etc. ¡No! ¡Nada puede ni debe ser obstáculo para anunciar a Cristo y su Evangelio! Y si algún obstáculo encuentra en sí mismo o el mundo que lo rodea, en el Señor y en su Espíritu encontrarán la fuerza, el valor y el arrojo para anunciar a los demás lo que él mismo ha encontrado en el Señor Jesús: el perdón, la reconciliación, una vida nueva, el sentido pleno de la existencia humana, el gozo que nada ni nadie podrá arrebatarle jamás (ver Jn 16, 22). ¡Cuántas veces, cuando superando miedos y cobardías nos lanzamos a anunciar a Cristo y su Evangelio, experimentamos cómo Él habla a través de nuestros labios, nos inspira la palabra oportuna y ablanda los corazones más endurecidos! Sí, cuando confiamos en Él, el Señor actúa en nosotros y a través de nosotros, más allá de nuestras debilidades e insuficiencias. Nada hemos de temer, porque Él estará con nosotros.


Como a los primeros apóstoles, también Él nos acompañará con la fuerza de su Espíritu, con su gracia y con su poder. Así pues, confiemos en el Señor y proclamemos alto y fuerte nuestra fe, para que también muchos otros puedan creer y alcanzar las innumerables bendiciones que Dios nos ha regalado por medio de su Hijo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como Él curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: “En nombre de Jesús, levántate y anda” (Hech 3, 6)». San Beda


«También vosotros, si lo queréis, podéis merecer este bello nombre de mensajero de Dios. En efecto, si cada uno de vosotros, según sus posibilidades y en la medida en que ha recibido del Cielo la inspiración, saca a su prójimo del mal, cuida de conducirlo al bien, si recuerda al extraviado el Reino o el castigo que le esperan en la eternidad, evidentemente que es un mensajero de las palabras santas de Jesús. Y que nadie venga diciendo: Soy incapaz de instruir a los otros, de exhortarles. Por lo menos debéis hacer lo que podáis, a fin de que un día no se os pida cuenta del talento recibido y mal guardado. (…)  Haced que los otros os acompañen; que sean vuestros compañeros en el camino que conduce a Dios. Cuando, yendo por la plaza (…) encontréis a uno desocupado, invitadle a acompañaros. Porque vuestras mismas acciones cotidianas sirven para uniros a los otros. ¿Vais a Dios? Procurad no llegar solos. Que aquel que en su corazón ha escuchado ya la llamada divina saque de ella una palabra de aliento para su prójimo». San Gregorio


«No vale decir: “No puedo inducir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse. No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es cosa imposible: lo contrario es imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La misión de los apóstoles


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2 Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1).


Ministros elegidos por Cristo para actuar en su nombre


875: «¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rom 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad [el «poder sagrado»] de actuar «in persona Christi Capitis». Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento». El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.


Quien conoce y ama a Cristo, anuncia a Cristo


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de «evangelizar», y de llevar a otros al «sí» de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


CONCLUSION


Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 15 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13


El tema central de las lecturas dominicales es la misión encomendada por Dios a los hombres. El profeta Amós, en la Primera Lectura (Amós 7, 12-15), nos dice que profetiza no por voluntad o iniciativa personal, sino porque Dios sorpresivamente lo llamó de sus actividades cotidianas: «porque el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel». En el Evangelio vemos a Jesús enviando a los doce con la misión de predicar, curar y expulsar demonios (San Marcos 6, 7-13). El himno de la carta a los Efesios (Efesios 1, 3-14) canta las bendiciones espirituales de la que somos merecedores: la bendición del Padre, la elección en Jesucristo, la adopción filial, la reconciliación, el perdón de los pecados, la revelación del amoroso Plan del Padre y el bautismo en el Espíritu Santo.


«Yahveh me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”»


A la muerte del Rey Salomón (931 a.C.), que es infiel a Dios en sus últimos días; el reino de Israel queda dividido. En el sur, las tribus de Judá y de Benjamín siguieron a Roboán, hijo de Salomón; y en el norte, las diez restantes tribus quedaron bajo el cetro del rey Jeroboán, que edificó un templo en los altos de Betel (a unos 19 km. al norte de Jerusalén) para que su gente no tuviera que bajar a Jerusalén al templo erigido por Salomón. Siglo y medio después, en medio de la corrupción social y religiosa en el reinado de Jeroboán II, surge la voz del profeta Amós (s. VIII A.C.). Originario de Tecoa (una aldea situada a 19 km al sur de Jerusalén), dedicado al trabajo en el campo como cuidador de ganado y cultivador de frutos, fue enviado por Dios a predicar al Reino del Norte. El profeta recibió la llamada de Dios sin intermediarios y sin preparación alguna, en forma sorpresiva e irresistible. Su respuesta al llamado de Dios fue inmediata sin embargo su predicación no fue muy bien recibida ya que anunciaba el castigo de Yahveh y la ruina de la casa real.


Por eso es expulsado de Israel por Amasías, sacerdote del becerro que era adorado en Betel, que lo manda volver a la tierra de Judá. Las palabras que Amasías le dirige son dramáticas: «No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino». Es decir aquella región ya no pertenece a Yahveh, sino es del rey. Y, por tanto, Dios es expulsado. Su palabra, anunciada por intermedio del profeta Amós, no puede ser soportada y por lo tanto es eliminada. Dios, que no ha sido mencionado antes por el sacerdote Amasías, es presentado por Amós como el origen de su misión profética y, por tanto, como la causa de su expulsión de Betel. La decisiónque han tomado contra el profeta, la han tomado contra Dios, que lo ha enviado. Según una antigua tradición judía, se cree que el profeta murió mártir siendo fiel a su llamado.


Ser hijos en el único Hijo


Este Domingo iniciamos la lectura casi continuada de la carta de San Pablo a los Efesios, que se prolongará a lo largo de siete Domingos. La carta a los cristianos de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, fue escrita por San Pablo durante su custodia militar en Roma (hacia el año 61- 63). El pasaje de este Domingo es un himno litúrgico cuya temática central es la gratuidad del Padre que nos ha bendecido y elegido desde «antes de la fundación del mundo» a ser «santos e inmaculados» e hijos adoptivos suyos. Realmente somos hijos de Dios a causa del sacrificio reconciliador del Señor Jesús por el cual recibimos el don de la reconciliación y la revelación del «misterio de su voluntad»; es decir el amoroso Plan del Padre para cada uno de nosotros. En Jesucristo hemos sido sellados con el Espíritu Santo y así hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios.


GLORIA A DIOS

No podía hacer ningún milagro, por su falta de fe

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee julio Ee 2018 a las 20:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


8 -14 de Julio del 2018



"No podía hacer ningún milagro, por su falta de fe"


Ez 2, 2-5: “Yo te envío a los israelitas; son un pueblo rebelde”


En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:

— «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos».


Sal 122, 1-4: “Misericordia, Señor, misericordia”


A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.


2Cor 12, 7-10: “Me complazco en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo”


Hermanos:

Para que no tenga soberbia, me han clavado una espina en la carne: un ángel de Satanás que me abofetea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta mi gracia; la fuerza se manifiesta en la debilidad”.

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.


Mc 6, 1-6: “Se maravillaban de sus enseñanzas, pero no creían en Él”


En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

— «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía:

— «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.


NOTA IMPORTANTE


Ezequiel es elegido por Dios para una misión difícil: hablar en Su nombre a un pueblo rebelde, terco, obstinado y de dura cerviz (1ª lectura). Dios no dejó de enviar a sus profetas, aún cuando Israel se resistía a escuchar. Es así que «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas» (Heb 1, 1).


Finalmente, «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4, 4), Dios envió a su propio Hijo para hablar a su Pueblo por medio de Él (ver Heb 1, 2). El Señor Jesús, el Hijo de Santa María, es la Palabra misma del Padre, el Verbo divino, Dios mismo que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre para hablarle a los hombres en un lenguaje humano.


También el Hijo enviado por el Padre se encontró con la dureza de corazón de su pueblo, sufriendo el mismo destino de tantos profetas. Así sucedió cuando entró en Nazaret, el pueblo que lo vio crecer, para anunciar también allí su Evangelio como lo venía haciendo en otras ciudades desde el inicio de su ministerio público. Cuando un sábado se puso a enseñar en la sinagoga de Nazaret, los oyentes quedaron admirados de su sabiduría. ¿De dónde había sacado tales enseñanzas? A éstas se sumaban los milagros que había hecho en otros lugares, cuya noticia había ya llegado a sus oídos. Su enseñanza era muy superior a la de los fariseos y escribas, era una enseñanza portadora de una “autoridad” nunca antes vista.


Las señales o milagros certificaban que Dios estaba con Él y actuaba en Él. ¿No sería Él el Mesías? Éste era el cuestionamiento que sin duda había despertado el Señor entre sus paisanos. Sin embargo, esa posibilidad se estrella contra la creencia difundida entre los judíos que el origen del Mesías sería misterioso y desconocido: «cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7, 27). El escándalo que se produce entre los nazarenos, es decir, la falta de credulidad en Él como Mesías, se debe a que de «éste [sí] sabemos de dónde es» (Jn 7, 27). Justamente porque conocían a sus padres y parientes, porque había crecido y vivido entre ellos por treinta años, siendo conocido como el hijo del carpintero y carpintero Él mismo, es que —según sus cálculos y razonamientos— no podía tratarse del Mesías.


Llama la atención en este pasaje del Evangelio que en contra de la costumbre judía se llame al Señor Jesús «el hijo de María». Lo apropiado hubiera sido llamarlo «hijo de José», dado que a los hijos se los vinculaba con el nombre del padre. ¿Se trata acaso de una alusión a la concepción virginal de Jesús? Creemos que sí.


El pasaje evangélico de este Domingo menciona a los “hermanos” o “hermanas” de Jesús. En realidad ha de entenderse parientes y familiares que no son hijos del mismo padre y madre. Ni en hebreo ni en arameo existía una palabra específica para designar a los primos u otros parientes. Todos eran llamados igualmente “hermanos”. Ejemplos que confirman este uso son numerosos en la Escritura. Así, por ejemplo, Abraham dice que él y Lot son “hermanos” (Gén 29, 15), cuando es el mismo libro el que dice que Lot era hijo de una hermana de Abraham, por tanto, su sobrino (ver Gén 29, 13; 28, 2; Tob 8, 7; ver también Éx 2, 11; Lev 10, 4; 2Re 24, 17; Jer 37, 1; 2Sam 2, 26). La traducción literal al griego y al castellano ha dado lugar a confusión, de modo que algunos usan esta traducción imprecisa para “demostrar” que María tuvo además de Jesús otros hijos y que por lo tanto no era virgen. La Tradición confirma plenamente que Jesús era hijo único de María, y que por lo tanto al decir “hermanos” hay que entender “parientes” que no son hijos de su misma madre.


Volviendo a la actitud de los nazarenos, el Evangelio concluye que debido a su falta de fe y confianza en Él el Señor «no pudo hacer allí ningún milagro». Esta cerrazón y negativa a creer en el Señor se convierte en un obstáculo insalvable para que Dios pueda realizar señales y prodigios en medio de su pueblo. Queda de manifiesto que el Señor, aunque quiera y tenga el poder para hacerlo, no puede actuar allí donde el hombre no se lo permite. La falta de milagros o intervenciones divinas no está en la supuesta inacción de Dios, sino en la dureza del corazón del hombre que se cierra a la acción divina. La desconfianza en Dios, la incredulidad, son actitudes que esterilizan la eficacia de la Palabra divina, que entorpecen, limitan o cancelan toda acción divina en el corazón y en la vida del ser humano. Dios respeta profundamente la libertad de su criatura humana y nunca la avasalla.


En el anuncio del Evangelio también los apóstoles del Señor se encontrarán con el rechazo, la dureza de corazón, la cerrazón y rebeldía con que tantos profetas y el Señor mismo se encontraron. Uno de ellos es San Pablo (2ª lectura), que en medio de las dificultades para llevar a cabo fielmente su misión encuentra la fuerza no en sí mismo sino en Cristo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Quien escucha el relato del Evangelio puede sorprenderse ante la actitud de los paisanos de Jesús: quedan asombrados e impactados por su sabiduría y sus enseñanzas. Sin embargo, pesa más el conocimiento que ya traían de Él: «¿No es éste el carpintero?» Se impone el “ya lo conocemos”, la desconfianza, y así se hacen incapaces de dejarse tocar y transformar por la Buena Nueva que Él anuncia.


Nosotros, “desde la tribuna” y a la distancia, podemos caer en juzgar fácilmente a aquellos oyentes escépticos: “¿cómo es posible que no le creyesen?”, y acaso añadimos también: “Si yo hubiera estado allí, ¡yo sí le habría creído!”


Pero, ¿no endurecemos acaso también nosotros tantas veces nuestros propios corazones a la Palabra divina, al anuncio del Evangelio? ¿Le creemos tanto al Señor de modo que nos afanamos en hacer de sus enseñanzas nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar? ¿O acaso reconozco que todo lo que ha enseñado Cristo es admirable, aunque no lo aplique en mi vida cotidiana? ¿Tomo en cuenta sus enseñanzas a la hora de pensar, de tomar decisiones, de orientar mi acción? ¿Es la distancia en el tiempo, o el no poder verlo o escucharlo personalmente, una excusa válida para no seguir al Señor, para no tomar suficientemente en serio sus enseñanzas?


Nuestra propia dureza y rebeldía frente a Dios se expresa muchas veces no en una incredulidad declarada sino en unas preferencias de hecho. Vivimos muchas veces en un ‘agnosticismo funcional’, es decir, decimos creer, pero actuamos como quien no cree. Y es que es en las pequeñas y grandes opciones de la vida cotidiana, en nuestras decisiones y acciones de cada día, como manifestamos si verdaderamente le creemos a Dios o sólo decimos que le creemos.


¡Cuántas veces, por mi falta de fe y confianza en Él, el Señor se ve impedido de obrar en mí el gran milagro de mi propia conversión y santificación! Pidámosle al Señor todos los días que aumente nuestra pobre fe, y pongamos nosotros los medios necesarios para hacer que esta fe sehaga cada vez más fuerte y coherente por la lectura y meditación constante de la Escritura, por el estudio asiduo del Catecismo, por la oración perseverante y la acción servicial y evangelizadora.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“No es éste… hermano de Santiago, y de José, y de Judas y de Simón; y sus hermanas, ¿no moran aquí entre nosotros?”. Ellos atestiguan así que los hermanos de Jesús están allí con Él; pero no viendo en ellos, como los herejes, a otros hijos de José y de María, sino a parientes sólo de Él, a los cuales, según costumbre de la Escritura, se llama hermanos, como a Abraham y Lot (Gén 13), siendo Lot hijo del hermano de Abraham». San Beda


«Que haya sido llamado Profeta el Señor en la Escritura, lo confirma el mismo Moisés, quien prediciendo su futura Encarnación a los hijos de Israel, dijo: “Tu Señor Dios te suscitará un profeta de entre tus hermanos” (Dt 18, 15). No solamente Él, que es el Señor de los Profetas, sino también Elías, Jeremías y los demás profetas, han sido menos considerados en su patria que en los pueblos extranjeros; porque es casi natural la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia». San Beda


«Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice San Pablo: van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: la fe, si no va acompañada de las obras, está muerta». San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús es el Mesías anunciado


547: Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hech 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.


548: Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (ver Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.


Debemos tener fe en el Señor


2609: Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino.


2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la “gran fe” del centurión romano y de la cananea.


2732: La tentación más frecuente [en la oración], la más oculta, es nuestra falta de fe. Ésta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias.


CONCLUSION


«Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 8 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6 Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Ezequiel 2, 2-5).


Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (San Marcos 6, 1-6). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo, él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» ( segunda carta de San Pablo a los Corintios 12, 7b -10).


«Hijos de rostro duro y de corazón obstinado»


Ezequiel, hijo de Buzo del linaje sacerdotal, fue llevado al cautiverio a Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá (587 a.C.). Cinco años después Dios lo llamó a ser su profeta desde su ínfima condición de «hijo de hombre». Ezequiel ejerció su misión entre sus compatriotas desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a.C.


La expresión «hijo de hombre» es característica del libro de Ezequiel que la emplea unas cien veces siempre referida al protagonista del libro. En contraste con la majestad, la gloria y el poder de Dios, tan fuertemente subrayados en este libro, evoca la fragilidad del hombre mortal. Todavía no reviste, en Ezequiel, el alcance mesiánico que encontramos en el libro de Daniel 7,13 y que alcanza su punto culminante en el Nuevo Testamento en cuanto peculiar título que Jesús de Nazaret se aplica con predilección a sí mismo.


Desde la gloria de Dios se le presenta al profeta el libro, el rollo de la Palabra de Dios, que debe comer (hacer suya) para poder anunciarla. A pesar de que sea poco agradable proclamar un mensaje tan duro (Ez 2,10), para el profeta es «dulce como la miel». De nuevo la gloria de Dios (Ez 3,12-15) «lo invade y lo transporta» como si fuera la misma fuerza del Señor actuando sobre él.


Lo esencial de la misión profética de Ezequiel está expresado en Ez 2,3-7. Cuando habla como profeta, está pronunciando un mensaje que no es suyo sino de Dios mismo. Consecuentemente, sus oráculos proféticos a lo largo de todo su libro, serán introducidos por la fórmula: «Así dice el Señor, yo recibí esta palabra del Señor», porque es de Él de quien viene el mensaje. Un mensaje para «Israel», o mejor, como se dice en Ez 3,4 y en todo el libro, para la «casa de Israel», porque Ezequiel no es enviado solamente a Judá, el reino del Sur, sino también a todos los miembros del primitivo reino del Norte, suprimido por Asiria 130 años antes.


La misión encomendada al profeta consistió, principalmente en combatir la idolatría, las malas costumbres y las ideas equivocadas acerca del retorno a la tierra prometida. Para consolarlos, el profeta habla con colores vivos y bellos sobre la esperanza mesiánica. Ezequiel tuvo un trágicofin ya que fue asesinado por otro judío en el exilio. Los reproches que leemos en la lectura de este Domingo, son frecuentes en boca de Dios para calificar a su pueblo de corazón duro e infiel. Sin embargo con esa misma severidad y firmeza muestra también su corazón de Padre adolorido que a pesar de todo les manda un profeta para que cambien de vida (ver Ez 3, 16-21). Dios siempre nos da una oportunidad más…


«¡Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte!»


Corinto era una ciudad grande y cosmopolita del mundo antiguo. San Pablo, ante el fracaso por fundar una comunidad en Atenas, fundó y apreció mucho la comunidad de Corinto (ubicada en la península del Peloponeso). En ella, se reflejaban los problemas de una gran ciudad. Fue a partir del conocimiento de los problemas concretos que pasaba la comunidad que San Pablo se motiva para escribir sus cartas. Después de haber visitado la ciudad de Corinto y un poco decepcionado por lo que encuentra, escribe su segunda carta el año 57 desde Macedonia durante su viaje de Éfeso a Corinto.


Sin duda San Pablo tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Al inicio del capítulo 12 se refiere a «un hombre en Cristo» que tuvo visiones y revelaciones. Parece ser que él mismo quien ha tenido esas mismas experiencias pero en todo momento deja claro que no quieren que lo valoren por ello. «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, para que no me engría» (2Co 12, 7). Con las palabras el «aguijón clavado en la carne» alude San Pablo a un sufrimiento suyo especial cuya naturaleza nos es desconocida. ¿Era un sufrimiento físico o una dificultad moral? Tal vez se refiere a la dolencia física crónica que describe en Ga 4,13-14. En todo caso, lo importante es constatar que la debilidad y la impotencia humana del Apóstol forma parte del Plan divino de salvación. Así ha entendido el misterio de la pequeñez que tanto habló Jesús: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Por ello es capaz de reconocer sus propias debilidades ya que no tiene ningún problema en admitir que su fuerza proviene del Señor ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Santa Teresa de Lisieux decía: «Amad vuestra pequeñez»; idea que parecería tanto más paradójica cuanto que aquí no se trata de la pobreza en lo material sino de la propia debilidad espiritual que nos obliga, junto con San Pablo, a reconocer que sin la gracia (vivir en comunión con Dios) no podemos hacer nada.


«¿De dónde le viene esto?»


Después de narrar los portentosos milagros que comentábamos el Domingo pasado, a saber, la curación de la mujer con flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo; el Evangelio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen: «Partió de allí y vino a su patria y sus discípulos lo siguieron. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga». Una primera cosa que es necesario aclarar es ¿dónde fue Jesús?, es decir, ¿cuál es su patria? El Evangelio de San Marcos no lo dice, porque supone que todos lo saben. Para aclarar este punto debemos recurrir al Evangelio de Lucas en el punto en que relata el mismo hecho. Lucas dice: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu… Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Lucas aclara,entonces, que el lugar donde esto ocurre es un pueblo de la Galilea llamado Nazaret. Por eso Jesús es llamado de «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo .


El Evangelio de hoy toca un punto central de nuestra fe; quiere subrayar la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6ss: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre». Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo, aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).


La multitud que escuchaba a Jesús ese sábado, se queda maravillada y comentaba «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?». El Evangelio no nos dice qué cosas predicó Jesús en esta ocasión; pero podría haber sido una explicación sobre su origen divino y el cumplimiento, en Él, de todas las profecías de las Escrituras. Por eso se preguntan: «¿No es éste el carpintero , el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». De paso, en dicho pasaje hermanos, ha de leerse «parientes», según usos en la manera aramea y hebrea de hablar que sólo tenía una voz para designar a los hermanos y parientes y que traducida literalmente al griego y luego al castellano puede dar lugar a confusión.


Claro que para quienes sabían que María era Madre sólo de Jesús, no habría lugar a error alguno. La luz de la Tradición lo confirma plenamente. Sus paisanos se maravillan de dos cosas: su sabiduría y sus milagros. Jesús demostró tener la sabiduría de un escribano, pues se alza y es capaz de leer la Escritura en hebreo (recordemos que su lengua natal era el arameo). Su palabra era nueva y los que lo oían se «quedaban admirados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). No podían negar que demostraba una sabiduría inexplicable. Pero chocaban con la humildad de su origen. Se maravillaban también por sus milagros. Seguramente habrían oído las maravillosas curaciones; sin embargo, en su pueblo, solamente curó algunos enfermos. Pero no era suficiente para que se abrieran a la fe. ¿Qué estarían pensando sobre Él? ¿No estaría pesando más lo que ellos sabían que la evidencia de estos hechos maravillosos? ¿No tenía más peso sus propios prejuicios que la realidad objetiva? Esto les costaba mucho: abrirse a la realidad objetiva.


El escándalo de la cruz


Aquí justamente comienza el camino de la cruz: el escándalo de un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y muere para darnos la vida eterna. El escándalo de la humillación de Dios. En la cruz también escuchamos decir que éste no puede ser el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le decían: «Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Pero no hay otro camino de salvación y de reconciliación. Por eso Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), que quiere decir: aceptando la Encarnación; aceptándome pero despojado; aceptándome a mí, Crucificado. Aceptando que el amor de Diospuede llegar hasta el extremo. Es lo que San Juan nos dice en su prólogo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; más cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).


Una palabra del Santo Padre:


Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, «¿cómo es la Palabra de Dios?». La Carta a los Hebreos, afirmó, «comienza diciendo que, en los tiempos antiguos, Dios nos habló y habló a nuestros padres por los profetas. Pero en estos tiempos, en la etapa final de este mundo, nos ha hablado en el Hijo». O sea, «la Palabra de Dios es Jesús, Jesús mismo». Es lo que predica Pablo diciendo: «Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado».


Esta es «la Palabra de Dios, la única Palabra de Dios», explicó el Papa. Y «Jesucristo es motivo de escándalo: la Cruz de Cristo escandaliza. Y ella es la fuerza de la Palabra de Dios: Jesucristo, el Señor».


Por ello es tan importante, según el Pontífice, preguntarse: «¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?». La respuesta es clara: «Como se recibe a Jesucristo. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra». Por este motivo, añadió, «yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio» —además, comprarlo «cuesta poco», añadió sonriendo— para tenerlo «en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio». Un consejo práctico, dijo, no tanto «para aprender» algo, sino «para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio». Así, «cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús».


¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? «Se debe recibir —afirmó el obispo de Roma— como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo». Tal es así que «Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret» con estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».


En definitiva, «Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo». Así, recomendó el Papa Francisco, «también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas». Así, pues, tener «un corazón como el corazón de las bienaventuranzas». Si «Jesús está presente en la Palabra de Dios» y «nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día —sugirió el Pontífice— preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?». Una pregunta esencial, concluyó el Papa Francisco, renovando el consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día.


Papa Francisco. Homilía en la Domus Santae Marthae. Lunes 1 de septiembre de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El creer y ser testigo de la fe en Jesucristo encuentra dificultades en cualquier época y lugar. ¿Cuáles son las dificultades que encuentro en mi camino de fe? ¿Qué hago ante ellas? ¿Qué medios coloco para poder superar esos obstáculos?


2. Meditemos la frase de Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». ¿Realmente confío en la gracia de Dios? ¿Tengo fe en sus palabras? Colaborando con la gracia de Dios puedo hacer maravillas…


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 156. 515. 547-548. 2089. 2732


Gloria a Dios!


Dios se abajó para elevarnos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee julio Ee 2018 a las 20:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


1 -7 de Julio del 2018




"Dios se abajó para elevarnos"



Sab 1, 13-15; 2, 23-24: “Dios creó al hombre para la inmortalidad, le hizo imagen de su propio ser”


Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal.

Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y la experimentan quienes le pertenecen.


Sal 29, 2-13: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”


Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Toquen para el Señor, fieles suyos, den gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.


2 Cor 8, 7.9.13-15: “Siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hagan ricos con su pobreza”


Hermanos:

Ya que ustedes sobresalen en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad.

Porque ya saben lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza.

Pues no se trata de que por ayudar a otros, ustedes pasen necesidad; se trata más bien de que haya igualdad. Que la abundancia de ustedes remedie en este momento la pobreza de ellos, para que un día la abundancia de ellos remedie la pobreza de ustedes; así habrá igualdad.

Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho nada le sobraba; y al que recogía poco nada le faltaba».


Mc 5, 21-43: “Contigo hablo, niña, levántate”


En aquel tiempo, Jesús atravesó, de nuevo en barca, a la otra orilla; una gran multitud se reunió a su alrededor, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:

— «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva».

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría.

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de Él, se volvió en seguida, en medio de la gente preguntando:

— «¿Quién me ha tocado el manto?»

Los discípulos le contestaron:

— «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:

— «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

— «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

— «No temas; basta que tengas fe».

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:

— «¿Qué alboroto y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».

Se reían de Él. Pero Él echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña, la cogió de la mano y le dijo:

— «Talitha qum» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y comenzó a caminar; tenía doce años. Y se quedaron totalmente admirados.

Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.


NOTA IMPORTANTE


«Dios creó al hombre para la inmortalidad, le hizo imagen de su propio ser», es lo que afirma el autor divinamente inspirado del libro de la Sabiduría (1ª lectura). Pero, si esto es así, si tal era el designio y deseo de Dios al crear a la humanidad, ¿de dónde procede la muerte? ¿Por qué existen la enfermedad, la injusticia, el mal en el mundo?


La respuesta la escuchamos del mismo autor sagrado: «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo». Es decir, el mal y la muerte en el mundo tienen su origen no en Dios, sino en el hombre mismo que desde su libertad eligió desobedecer a Dios, y obedecer en cambio a quien es enemigo de Dios y de su creación, el diablo. Por el pecado del hombre «el mal moral entró en el mundo» (Catecismo, 311).


¿Qué hizo Dios ante tal elección de su criatura humana? No la rechazó, tampoco se desentendió de su destino ni la abandonó al poder del pecado y de la muerte, fruto de su pecado (ver Gén 2, 17). Dios, en cambio, fue fiel a quien por sobreabundancia de amor había creado a su imagen y semejanza, para participar de su inmortalidad en la Comunión divina de Amor. La reacción de Dios no es destruir lo que ha creado, sino buscar rescatar a su criatura humana, reconciliarla, elevarla nuevamente a su verdadera grandeza y dignidad, hacerla nuevamente partícipe de su vida y comunión divina. Es por ello que llegada la plenitud de los tiempos (ver Gál 4, 4), y para llevar a su pleno cumplimiento los designios reconciliadores del Padre, el Hijo, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo y se hizo hombre como nosotros «obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2, 8). Luego de reconciliarnos en el Altar de la Cruz, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados, «Dios le exaltó» (Flp 2, 9) resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo a su derecha (ver Jn 17, 5). Es así como Cristo, el Hijo de Santa María, «siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza» (2ª lectura). Él se abajó para elevar consigo nuevamente a su criatura humana de su miseria humana, para hacerla partícipe nuevamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1, 4). He allí la respuesta de Dios ante el pecado de su criatura humana.


El Señor Jesús, el Hijo del Padre, se conmueve profundamente ante el sufrimiento humano. Por ello se hizo servidor de todos (ver Mc 10, 45) y «pasó [por el mundo] haciendo el bien» (Hech 10, 31). No sólo tocó y se dejó tocar por los enfermos que en Él buscaban la salud y el perdón de Dios, sino que Él mismo «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17), siendo inocente se hizo pecado por nosotros a fin de curar nuestras heridas, perdonar nuestros pecados y reconciliarnos con el Padre (ver 2Cor 5, 21). En efecto, «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 5).


En el Evangelio vemos al Señor Jesús obrar con poder, liberando al ser humano de las consecuencias del pecado, curando a una mujer que sufría flujos de sangre por doce años sin poder ser curada, devolviendo la vida a una niña muerta. ¿Quién podía realizar semejantes signos? Sólo quien venía de Dios. También los profetas enviados por Dios a su pueblo, Israel, habían realizado en nombre de Dios y con su poder señales impresionantes. Sin embargo, entre Jesús y cualquier otro profeta, existe una diferencia fundamental. Para obrar curaciones los profetas debían invocar el Nombre de Dios (ver 2Re 5, 11), en cambio, el Señor Jesús cura y devuelve la vida con autoridad propia: «Contigo hablo, niña, levántate». Si Él tiene este poder en sí mismo, quiere decir que Él es Dios.


Es importante notar que si bien el Señor en cuanto que es Dios tiene esa fuerza y poder de sanar y de vivificar, requiere por parte del hombre una acogida, una adhesión a su persona, una confianza. El Señor hace saber a la mujer que, si bien es cierto que de Él había brotado la fuerza sanante, es por su fe que ha obtenido de Él la salud que con tanta desesperación había buscadodurante doce años. En el caso de Jairo, ante la noticia trágica de la muerte de su hija y el consejo de no molestar más al Maestro, el Señor lo invita a no desistir con estas alentadoras palabras: «No temas; basta que tengas fe». La fe en Él es indispensable para liberar al ser humano de las terribles consecuencias de su pecado, del mal, de la enfermedad y de la muerte.


Los signos o milagros realizados por el Señor Jesús a lo largo de su paso por el mundo son el anuncio de «una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1505).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El ser humano sabe que el sufrimiento humano no es un bien, sino un mal. ¿Quién, en su sano juicio, quiere el sufrimiento para sí? El masoquismo, deleitarse en el propio sufrimiento tomándolo como un placer, es propio de un espíritu enfermo. Nuestra sensibilidad trata de evadir el sufrimiento. Tampoco lo queremos para nuestros seres queridos: nos duele verlos sufrir, nos duele su dolor. El amor genera una solidaridad en el dolor.


En el esfuerzo por paliar el dolor, por calmarlo o eliminarlo, se ha inventado la anestesia, los sedantes, los calmantes. La droga, el alcohol, la búsqueda de placer, etc., se han convertido también en modos fáciles de olvidar el dolor y evadir el sufrimiento sicológico, aunque sea por un instante, aún cuando luego vuelva con peor insidia. Hay quien ante un dolor insostenible y una situación desesperada piensa incluso en acabar su sufrimiento poniendo fin a su propia vida, o a la de aquellos a quienes ve sufrir tanto y no puede ayudar. ¿Quién no ha escuchado la terrible historia de alguna madre que, desesperada y agobiada por su situación de pobreza, de hambre y abandono total, tomó la decisión de envenenar a sus hijos y suicidarse luego ella misma?


Cuando todos los medios elaborados por el ser humano fracasan en su intento de aliviar o eliminar el dolor, cuando nos descubrimos impotentes para liberarnos del sufrimiento que causa una enfermedad incurable, una situación familiar que parece insuperable, un daño recibido que deja en el alma una profunda herida que no cierra, la pérdida de ser querido que muere trágica e inesperadamente, entonces recurrimos al Único en quien en medio de nuestra desesperación esperamos encontrar un consuelo o, de preferencia, un milagro: “Dios, ¡líbrame de esta hora! ¡Líbrame de este sufrimiento! ¡Líbrame de esta pesadilla! ¡Quítame este dolor y devuelve la paz a mi corazón!”


Es natural que le pidamos a Dios que aparte de nosotros el cáliz del sufrimiento, que nos libre de la cruz, del dolor que puede llevar a extremos a veces insoportables. ¡El mismo Hijo de Dios también rezó así al Padre: «aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42)! Pero, también el Señor Jesús nosenseña que al mismo tiempo hemos de añadir a nuestra intensa súplica un acto de total confianza en Dios y adhesión a sus designios: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Si a pesar de nuestra intensa súplica la cruz permanece allí, haciéndonos sufrir lo indecible; si no somos liberados de nuestro sufrimiento en ese instante, hemos de confiar plenamente en que Dios sacará mucho más fruto del grano que al caer en tierra sufre y muere (ver Jn 12, 24). Esa esperanza nos alienta a buscar en el Señor la fortaleza interior y a abrazarnos a la cruz con fe, con paciencia y con la profunda confianza de que de ese sufrimiento que experimento Dios sabrá sacar muchos bienes que yo, por ahora, no puedo vislumbrar.


Pidámosle al Señor con fe que nos libre de la carga de la enfermedad y del mal que se hace presente en nuestras vidas. Acudamos a Él con fe en momentos de sufrimiento y desesperación, tal y como lo hicieron Jairo, la hemorroisa o tantos otros. Pero pidámosle también que, si tiene a bien permitir que pasemos por el crisol del dolor, nos haga fuertes y valientes para cargar con el peso de la cruz sin desesperar, sin desalentarnos, sin rebelarnos caprichosamente contra Dios como si Él fuese el culpable de todos nuestros males o un sádico que le gusta vernos sufrir. No es así. Dios verdaderamente nos ama, y nos pide confiar en Él, en sus promesas, en el amor que nos tiene, en su preocupación por nosotros, por nuestro destino, presente y eterno. También nosotros, como San Pablo, hemos de confiar en las promesas de Dios y estar convencidos de que «la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas» (2Cor 4, 17-18).


LAS PADRES DE LA IGLESIA


«Cuando los apóstoles decían al Señor que la turba le apretujaba, Él contestó: “Alguien me ha tocado”. Unos aprietan y la otra le toca. Muchos aprietan desagradablemente el cuerpo del Señor y pocos le tocan saludablemente. ¿Quién me ha tocado? Como si dijera el Señor: Busco a los que me tocan, no a los que me aprietan. Ahora ocurre lo mismo, porque el Cuerpo de Cristo es su Iglesia, y, mientras la toca la fe de unos pocos, la aprieta una turba inmensa... La carne empuja, la fe toca... Levantad, pues, los ojos de la fe y tocad la orla externa de su vestido, que eso basta para la salud». San Agustín


«El Señor no se contenta con actuar con su palabra que contiene el poder de Dios. Como cooperadora, por decirlo de alguna manera, toma a su propia carne para demostrar que tiene el poder de dar la vida y para manifestar la divinidad en la carne. Esto sucedió cuando curó a la hija del jefe de la sinagoga. Diciéndole: “¡Niña, levántate!” la tomó de la mano. Como Dios, le dio la vida por una orden todopoderosa, y también le dio la vida por el contacto con su propia carne, testimoniando así que en su cuerpo y en su palabra reside un mismo poder divino que obra en el mundo… Así que no sólo confiere a su palabra el poder de resucitar a los muertos sino que, para mostrar que su cuerpo es fuente de vida, toca a los muertos y por su carne les infunde nueva vida a los cadáveres. Si el sólo contacto con su carne sagrada vuelve la vida a los cuerpos en descomposición, ¡cuánto provecho no encontraremos en la Eucaristía, fuente de vida, cuando nos alimentamos de ella! El transformará en sí misma, en su inmortalidad, a los que participan en ella». San Cirilo de Alejandría


«Porque el Dios Todopoderoso... por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La providencia y el escándalo del mal


309: Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.


310: Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo «en estado de vía» hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.


311: Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.


312: Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: “No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso” (Gén 45, 8; 50,20). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.


Cristo tomó sobre sí el peso del mal y quitó el “pecado del mundo”


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, “pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos.


1505: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.


549: Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.


CONCLUSION


«” Muchacha a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 1 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43


El Evangelio de hoy nos enseña que la muerte no es un error en la obra creadora de Dios, que no es inherente a la creación, y que las criaturas pueden ser salvadas de la muerte teniendo fe en Aquel que es la vida misma. Ya en el Antiguo Testamento se había llegado a esa convicción, como lo expresa el libro de la Sabiduría: «Dios no creó la muerte… En efecto, Él ha creado todo para la existencia… no está en las criaturas el veneno de la muerte… Sí, Dios ha creado al hombre para la inmortalidad… Pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo» (Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24). Como se ve, este texto nos remite a la historia del Génesis: por tentación de la serpiente, nuestros primeros padres pecaron y de esa manera gustaron el veneno de la muerte, que a partir de ellos se transmite a todos los hombres. Pero no fue así al principio; al principio Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y no es así ni siquiera ahora, pues ahora Dios crea a todos los hombres para la salvación; quiere que todos los hombres se salven y gocen de la vida eterna. Es por eso que Jesucristo «se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza» (segunda carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.9.13-15) mostrándonos que todos somos hermanos en Cristo Jesús ya que todos estamos llamados a la vida eterna. Finalmente vemos en el Evangelio (San Marcos 5, 21-43) como Jesús cura tanto a la hemorroísa como a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga. ¿Qué hace que sucedan estos bellos milagros? La fe en aquel que es la Vida misma y que tiene poder sobre la muerte.


«No temas; sólo ten fe»


En la lectura del Evangelio de San Marcos tenemos dos episodios de salvación, es decir, dos casos en que la muerte y la enfermedad son vencidas. De ellos podemos deducir que la salvación es el encuentro de dos cosas: del poder de Cristo y de nuestra fe en Él. Ninguna de ellas bastaría por sí sola; tiene que ser el encuentro de ambas. Uno de los beneficiados fue uno de los «jefes de la sinagoga». Sin duda debió ser una persona importante, puesto que el Evangelio nos conserva su nombre: Jairo. Está en la categoría de otras personas influyentes que creyeron en Jesús, como es el caso de Nicodemo y de José de Arimatea.


Jairo «cae a los pies de Jesús y le suplica con insistencia, diciendo: ‘Mi hija está a punto de morir; ven, impón tu mano sobre ella, para que se salve y viva’». El mismo episodio narrado por San Lucas añade que la niña moribunda era unigénita y que tendría unos doce años de edad. La curiosidad de la gente, al ver la actitud humilde de este hombre, debió ser grande, pues el Evangelio observa: «Le seguía un gran gentío que lo oprimía». Jairo hace un acto de fe magnífico en el poder de Cristo. Cree que Jesús puede salvar a su hija que está enferma de muerte; que para eso basta que Jesús le imponga las manos. Jesús no puede rechazar una súplicapresentada con esa confianza y se fue con él. Pero lo detiene la multitud y lo demora el diálogo con la mujer que sufría flujo de sangre. Mientras el Evangelio transcurre en su relato de esta situación, podemos imaginar el nerviosismo de Jairo, para el cual cada minuto es importante.


Y precisamente en ese momento, llegan algunos enviados de su casa a decirle: «Tu hija ha muerto: ¿a qué molestar ya al maestro?». Queda clara la falta de fe de estos mensajeros. Aparentan preocupación por no incomodar a Jesús, pero en realidad, no creen que Jesús pueda hacer algo. Era comprensible que Jairo, angustiado por la gravedad de su hijita, quisiera intentar todo mientras la niña vivía y quedaba alguna esperanza; pero ahora no tiene sentido seguir insistiendo, porque la niña está muerta. Nos gustaría poder penetrar en el ánimo de Jairo para saber si su fe traspasaba este límite; si creía que Jesús podía hacer algo aunque su hijita hubiera muerto; si era necesario seguir suplicando a Jesús; si seguía teniendo fe. Jesús se nos adelanta y dice al padre angustiado: «No temas; sólo ten fe». Llegan a la casa de Jairo y ya está en acto todo el aparato fúnebre. Al ver este espectáculo, Jesús dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». El que ha llegado es el mismo que ha dicho: «Yo soy la vida» (Jn 14,6).


Los presentes opinan que Jesús está desubicado y se burlan de Él. Pero esa burla pronto se transformará en asombro y estupor. Cuando Jesús llega ante la niña, que yacía muerta, la toma de la mano y le ordena: «Talitá kum» (¡Muchacha, a ti te digo, levántate!). El hecho debió ser tan impresionante que los discípulos recordaban las palabras literales que Jesús había pronunciado en arameo y así nos las han transmitido. La niña se levantó y se puso a andar. Es comprensible que todos «quedaron fuera de sí, llenos de estupor». Jesús es el único que permanece sereno. Y también la niña. Mientras los demás no atinaban a nada, Jesús observa que, después de la larga enfermedad y de su consiguiente debilidad, ahora ella está tan sana que necesita alimentarse: «les dijo que le dieran de comer». ¡Hasta de esto se preocupó el Señor!


«Hija, tu fe te ha salvado»


El episodio intermedio, el que causó la demora de Jesús es igualmente hermoso. Una mujer que desde hacía doce años perdía sangre continuamente y nada había podido sanarla habiendo gastado todos sus bienes en las dolorosas curaciones de ese tiempo . Perdida toda fe en la medicina, la enferma halló su medicina en la fe: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Y de hecho se salva porque se encuentran las dos cosas que operan la salvación: el poder de Cristo y la fe de la mujer. ¿Por qué lo hace a escondidas y no le pide a Jesús abiertamente que la cure, como hacen otros? Porque su enfermedad es vergonzosa y la hacía impura, con una impureza contagiosa. Según la ley «cuando una mujer tenga flujo de sangre… quedará impura mientras dure el flujo de su impureza… Quien la toque será impuro hasta la tarde» (Lv 15,19.25).


Ella no vacila en tocar a Jesús; está segura de que Él no puede quedar impuro, porque Él es la fuente de toda pureza. Cuando lo tocó, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús percibió en ese instante «la fuerza (dynamis) que había salido de Él” y pregunta. “¿Quién me ha tocado los vestidos?”». ¡Todos le han tocado los vestidos! Por eso los apóstoles hacen notar lo absurdo de su pregunta: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?». Pero Jesús sabe lo que dice; quiere conocer a lamujer que ha demostrado tener una fe enorme en su poder sanador y reconciliador. La mujer «se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad».


Jesús al ponerla en evidencia no quiere avergonzarla, sino darle algo mayor que la salud: quiere que ella goce de una palabra suya, y no cualquier palabra sino esta palabra magnífica: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única vez en todo el Evangelio en que Jesús llama a alguien «hija». Revela un profundo afecto por esta mujer, porque ella sufría y se sentía marginada por su enfermedad, y sobre todo, porque tenía una fe tan grande. Es que Jesús se deja impresionar por la fe de los hombres y cuando ve una fe grande no deja de expresar su admiración y de manifestar su poder salvador.


«Dios no hizo la muerte»


La muerte no hacía parte del amoroso Plan de Dios y es consecuencia directa del pecado que entra en el mundo «por envidia del diablo» que tienta al hombre. San Pablo nos dice que «por el pecado entró la muerte» y «así alcanzó a todos los hombres» (Rm 5,12). Dios crea todo por amor y quiere compartirnos su eternidad. «Unid vuestro corazón a la eternidad de Dios y seréis eternos como Él», nos dice bellamente San Agustín. Los desórdenes actuales no son sino manifestación de esa primera ruptura fruto del orgullo y de la autosuficiencia. «Del orgullo de la desobediencia proviene la pena de la naturaleza» (San Agustín). Los hombres que viven de espaldas al amor de Dios dirán «la vida es corta y triste, no hay remedio en la muerte del hombre, ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia…al apagarse el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente» (Sb 2, 1-3).


La maligna tentación del inmanentismo materialista. ¡Qué lamentable vigencia encontramos en estas palabras! Los que piensan de esa manera son aquellos «que los ciega su maldad, (que) no conocen los secretos de Dios, (que) no esperan recompensa por la santidad, ni creen en el premio de las almas intachables» (Sb 2, 21-22). Sin embargo, nosotros creemos y sabemos que nuestro Señor Jesucristo nos ha abierto las puertas de la eternidad y que esta vida no es sino una preparación para la vida eterna. «Aunque el tiempo rige nuestras obras, la eternidad debe, sin embargo, hallarse en nuestra intención», dirá San Gregorio.


Una palabra del Santo Padre:


El detalle más evidente es que «Jesús está siempre en medio de la muchedumbre». En el pasaje evangélico propuesto por la liturgia «la palabra muchedumbre se repite tres veces». Y no se trata, subrayó el Papa, de un ordenado «cortejo de gente», con los guardias «que le escoltan, para que la gente no le tocase»: más bien es una muchedumbre que envuelve a Jesús, que «le estrecha». Y Él se queda ahí. Y, es más, «cada vez que Jesús salía, había más que una muchedumbre. Quizás, dijo Francisco con una broma, «los especialistas de las estadísticas habrían podido publicar: “baja la popularidad del Rabino Jesús”. Pero «Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Y la gente le buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente».


Se podría objetar: Jesús dirigía la mirada «sobre la gente, sobre la multitud». Y en cambio no, precisó el Pontífice: «sobre cada uno. Porque precisamente esta es «la peculiaridad de lamirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno». La prueba se encuentra más veces en las narraciones evangélicas. En el Evangelio del día, por ejemplo, se lee que Jesús preguntó: «¿quién me ha tocado?» cuando «estaba en medio de esa gente, que le estrechaba». Parece extraño, tanto es así que los mismos discípulos «le decían: pero tú ves la gente que se reúne entorno a ti!». Desconcertados, dijo el Papa intentando imaginar su reacción, pensaron: «este, quizás, no ha dormido bien. Quizás se equivoca». Y sin embargo Jesús estaba seguro: «¡alguien me ha tocado!». Efectivamente, «en medio de esa muchedumbre Jesús se fijó en esa viejecita que le había tocado. Y la curó». Había «mucha gente», pero Él prestó atención precisamente a ella, «una señora, una viejecita».


La narración evangélica continúa con el episodio de Jairo, al cual le dicen que la hija está muerta. Jesús le tranquiliza: «¡no temas! ¡Solo ten fe!», así como en precedencia había dicho a la mujer: «¡tu fe te ha salvado!». También en esta situación Jesús se encuentra en medio de la muchedumbre, con «mucha gente que lloraba, gritaba en el velatorio» – en aquella época, efectivamente, explicó el Pontífice, era costumbre «“alquilar” mujeres para que llorasen y gritasen allí, en el velatorio. Para oír el dolor…» — y a ellos Jesús dice: «estad tranquilos. La niña duerme». También los presentes, dijo el Papa, quizás «habrán pensado: “¡este no ha dormido bien!”», tanto es así que «se burlaban de Él». Pero Jesús entra y «resucita a la niña». La cosa que salta a la vista, hizo notar Francisco, es que Jesús en esa confusión, con «las mujeres que gritaban y lloraban», se preocupa de decir «al papá y a la mamá “¡dadla de comer”!». Es la atención al «pequeño», es «la mirada de Jesús sobre el pequeño. ¿Pero no tenía otras cosas de las que preocuparse? No, de esto».


Según las «estadísticas que habrían podido decir: “sigue el descenso de la popularidad del Rabino Jesús”, «el Señor predicaba durante horas y la gente le escuchaba, Él hablaba a cada uno». Y «¿cómo sabemos que hablaba a cada uno? Se preguntó el Pontífice. Porque se dio cuenta, observó, que la niña «tenía hambre» y dijo: «¡dadla de comer!».


Papa Francisco. Homilía en el Domus Santhae Marthae. Martes 31 de enero de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Nada puede detener el poder salvador de Dios revelado en Jesucristo cuando es acogido con fe. Ni siquiera la muerte es obstáculo, pues ella también es vencida por Cris¬to. ¿Qué tan sólida es mi fe en Jesucristo? ¿Confío en el poder reconciliador de Jesús?


2. San Pablo nos recuerda que la verdadera riqueza proviene del Señor Jesús que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza». ¿Creo en estas palabras? ¿Cuál es mi riqueza? ¿Dónde está mi corazón?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 295. 356. 646. 1502-1505. 1006-1011.



GLORIA ADIOS!

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


24 -30 de Junio del 2018




"El Señor me plasmó desde el seno materno para ser siervo suyo"


Is 49, 1-6: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó”


Escúchenme, islas; atiendan, pueblos lejanos: estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:

— «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso».

Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel. Tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza.

— Él dice: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


Sal 138, 1-3. 13-15: “Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente”.


Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma.

No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.


Hech 13, 22-26: “Ante la venida de Jesús Juan predicó como precursor un bautismo de conversión”


En aquellos días, dijo Pablo:

— «Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy el que ustedes piensan; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias”.

Hermanos, descendientes de Abraham y todos cuantos entre ustedes temen a Dios: a ustedes ha sido enviado este mensaje de salvación»

.

Lc 1, 57- 66.80: “Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo; ‘Juan es su nombre’”


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como su padre. La madre intervino diciendo:

— «¡No! Se va a llamar Juan».

Le replicaron:

— «Ninguno de tus parientes se llama así».

Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados.

Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:

— «¿Qué va a ser este niño?»

Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.


NOTA IMPORTANTE


Este Domingo celebramos la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Su misión fue fundamental dentro de los designios reconciliadores de Dios, tanto que a decir del Señor Jesús de «entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7, 2).


Su nacimiento fue acompañado por algunas manifestaciones extraordinarias (Evangelio). Ya su misma concepción se debió a una intervención divina: Isabel era estéril y tanto ella como Zacarías, su esposo, eran ya de edad avanzada (ver Lc 1, 7).


Zacarías pertenecía a la casta sacerdotal de Israel. Un día, mientras oficiaba su servicio sacerdotal en el Templo de Jerusalén, un ángel le anunció: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan» (Lc 1, 13). Al pedir un signo para poder creer en tal noticia, el ángel le responde que dada su incredulidad quedará sin poder hablar «hasta el día en que sucedan estas cosas» (Lc 1, 20).


El Evangelio de este Domingo habla del momento en el que se cumplieron “estas cosas”, es decir, el momento del nacimiento de este niño elegido por Dios.


Cuando al octavo día de su nacimiento llegó el momento de circuncidar al niño según la Ley y costumbre de Israel, algunos parientes propusieron ponerle el mismo nombre de su padre: Zacarías (Lc 1, 59). Isabel, más bien, propone otro nombre: Juan (ver Lc 1, 13). Zacarías lo confirma, porque Juan era el nombre que Dios mismo quería para este niño, tal como se lo había manifestado el ángel.


En la Escritura leemos cómo en otras ocasiones Dios pone o cambia un nombre para manifestar la identidad y/o la misión de su elegido. El hijo de María se llamaría Jesús, es decir, “Dios salva”, porque Él es Dios-con-nosotros (ver Is 7, 14-15) que salvará a su pueblo de todos sus pecados (Mt 1, 21). Simón se llamará Pedro, porque su vocación y misión sería la de ser la piedra sobre la que Cristo edificaría su Iglesia (ver Mt 16, 1). Todo nombre puesto por Dios corresponde a la identidad y misión del elegido.


El nombre elegido por Dios mismo para este niño, Juan, significa: el Señor tuvo misericordia. Se compone del prefijo Yeho, que corresponde al nombre divino Yahweh, y del verbo janan, que significa tuvo misericordia o hizo gracia. El niño es un don del amor de Dios, una viva manifestación de la misericordia que Dios tuvo no sólo con Isabel y Zacarías (ver Lc 1, 5), sino con su pueblo Israel (ver Lc 1, 72) y a través de este pueblo con la humanidad entera: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1, 78-79). La vocación y misión de Juan será manifestar la misericordia divina mediante el llamado a la conversión y preparar el camino al Reconciliador del mundo.


Lo que el ángel dice a Zacarías sobre el futuro niño, el nombre elegido para él y su concepción milagrosa, permiten comprender lo que es el misterio de su vocación: Dios, amándolo con amor eterno (ver Jer 31, 3), formó y plasmó a Juan siervo suyo «desde el vientre… para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel» (1ª. lectura). La identidad de esta persona humana y su misión en el mundo se entrelazan. Él “está hecho” desde el seno materno (ver Jer 1, 5), Dios lo ha formado y dotado de unas características personales, dones y cualidades para ser el Precursor del Mesías, para preparar el camino al Reconciliador del mundo, para ofrecer «un bautismo de conversión» a todo el pueblo de Israel (2ª. lectura) .


Sin embargo ni la elección divina ni el haber sido formado desde el seno materno para ser el Precursor de Cristo —y aunque todo su ser de algún modo reclame llegar a ser lo que está llamado a ser— determinan la respuesta de Juan. La vocación no es un “destino inexorable” queel llamado no puede eludir y que se ve constreñido a cumplir. No. La vocación, aunque impresa en lo más profundo del ser, es un llamado de Dios al cual se responde o no desde el ejercicio de la propia libertad, un llamado que trae consigo una misión que se puede aceptar o rechazar. Del buen uso de la propia libertad dependerá el recto despliegue y la realización de la persona misma.


Es obvio que Juan, educado por unos padres que eran «justos ante Dios» (Lc 1, 6) y haciendo buen uso de su libertad, desde pequeño supo decirle sí al llamado de Dios. Es por esos “sí” libres, generosos y decididos de cada día que su espíritu fue fortaleciéndose día a día (Lc 1, 80) para finalmente llegar a ser quien estaba llamado a ser. Sólo así, desde la fidelidad a su identidad y vocación, pudo llevar a cabo fielmente la misión que Dios le encomendaba: ser el Precursor del Señor (ver Lc 7, 27; Mal 3, 1), el «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), el último pero el más grande de todos los profetas del antiguo Testamento, aquél que precedió al Señor Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17) dando testimonio de Él mediante su predicación y su martirio (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 523).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La vocación y misión de Juan Bautista nos permite reflexionar sobre la vocación y misión de cada ser humano.


¿Por qué existo? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es mi misión en el mundo? Son preguntas apremiantes y fundamentales que todo ser humano que llega al uso de razón se hace, preguntas que tú y yo nos hemos hecho o hacemos, con mucha intensidad, en algún momento de nuestra vida. ¿Cómo podría yo realizarme si no sé quién soy, de donde vengo ni a donde voy, si no sé cuál es mi misión en el mundo? Mientras no conozca las respuestas al misterio que soy yo mismo andaré sin rumbo, desorientado, perdido, dando vueltas en círculo a lo más.


Responder a estas preguntas es pues esencial, no simplemente para satisfacer una acuciante curiosidad, sino porque de su recta respuesta depende nuestra propia realización, depende que lleguemos a ser lo que estamos llamados a ser, depende por tanto nuestra propia felicidad y la de muchos otros también. Es capaz de realizarse y aportar a la realización de otros quien en Cristo descubre su identidad más profunda, su origen, su fin, el sentido de su existencia y su misión en el mundo.


Al mirar la vocación y misión del Bautista comprendemos —desde la razón iluminada por la fe— que la vida de todo ser humano es una vocación dada por Dios para una misión concreta.


La expresión vocación viene del latín vocare, que quiere decir llamar. Al decir vocación entendemos el llamado que Dios hace a su criatura humana, a cada uno de nosotros.


Ya nuestra misma vida es una vocación, un llamado que Dios nos ha hecho a salir de la nada para pasar a la existencia. Mas Dios no nos llama a la existencia como a un mineral, a una planta o a un animal, sino que nos crea personas humanas, capaces de entrar en diálogo y comunión con Él. ¡Más aún, a nosotros nos llama a participar de su misma vida y naturaleza divina (ver

2Pe 1, 4, nos llama a «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4; ver Lev 11, 45)!


Pero junto a este llamado universal al que todos los seres humanos estamos llamados hay otro llamado particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar particular y cumplir una misión específica en el mundo. Es en vistas a nuestra propia realización como personas humanas y misión en el mundo que Dios nos ha dado a cada uno, ya desde nuestra concepción, «como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar; su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino que le ha sido propuesto por el Creador» (S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 15).


¿Para qué me pensó y formó Dios desde el seno de mi madre? ¿Para qué he nacido? ¿Cuál es el Plan que Dios tiene para mí? ¿Cuál es mi vocación? ¿Cuál mi misión en el mundo? Descubrir mi propia vocación y misión en el mundo, saber quién soy desde la mirada amorosa del Señor y conocer qué es lo que Dios me pide en sus amorosos designios es esencial no sólo para que yo pueda llegar a ser feliz, sino también para ayudar a muchas otras personas a ser felices. Muchos dependen de mi respuesta generosa al Plan de Dios. Por ello «es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro» (S.S. Juan Pablo II, Mensaje para la XIII jornada mundial de la juventud,) y pronunciar nuestro propio «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 3)


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado». San Agustín


«Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón… Y como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor.» La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre”». San Agustín


«Todas las naciones estaban privadas del conocimiento de Dios, y los justos y los profetas evitaban el trato con ellas. Por eso aquella voz manda preparar un camino a la Palabra de Dios y enderezar las sendas, para que cuando llegue nuestro Dios pueda avanzar sin obstáculos. Preparad el camino del Señor: este camino es la proclamación de la Buena Noticia que trae a todos un nuevo consuelo, que desea ardientemente hacer llegar a todos los hombres el conocimiento de la salvación de Dios». Eusebio de Cesarea


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Juan: Precursor, Profeta y Bautista


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3, 29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías»


(Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: (… Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).


608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).


717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 6).


718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).


719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36)

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720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento.


REFLEXION FINAL


«‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Natividad de San Juan Bautista – 24 de junio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 57- 66.80


Este año la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cae en Domingo y la Iglesia la conserva en el «día del Señor» dada la importancia de este santo y por su innegable vínculo con el misterio de Jesucristo. La lectura del profeta Isaías (Isaías 49, 1-6) contiene la promesa hechaa David que su casa y su realeza será estable para siempre. Promesa que se realizó en Jesucristo pero que es aplicable a Juan Bautista, escogido ya desde el seno materno para «preparar los caminos los caminos del Señor». Hecho que resalta San Pablo en su predicación a los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (Hechos de los Apóstoles 13, 22-26). El Evangelio de esta Solemnidad nos recuerda el misterioso nacimiento del Bautista y la expectativa que se crea alrededor del hijo de Zacarías e Isabel (San Lucas 1, 57- 66.80).


«Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan»


Todo en la vida de Juan gira alrededor del misterio de Jesús. Ya desde mucho antes de la venida de Cristo, estaba anunciado en los profetas que él tendría un Precursor. Jesús mismo, refiriéndose a Juan, dice: «Este es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’» (Lc 7,27; cf. Ml 3,1). No se puede exponer el misterio de Cristo sin empezar por Juan. Cuando San Pedro predica en la casa de Cornelio, el centurión romano, dice: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo, cómo Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10,37-38). A menos que alguna circunstancia lo impida, la fiesta de los santos suele celebrarse en el día de su muerte. Los santos han alcanzado la perfección en el amor, y en el día de su muerte ellos nacen a la vida eterna y entran inmediatamente a la gloria celestial.


La Iglesia celebra el día de su natalicio, pero no a esta tierra, sino al cielo. ¿Por qué, entonces, la fiesta de Juan el Bautista se celebra el día de su nacimiento a esta tierra? Porque él nació del seno de su madre, Santa Isabel, ya santificado. Así lo declara el ángel Gabriel que anunció su nacimiento: «Estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15). La Iglesia celebra el nacimiento solamente de tres personas: Jesucristo nuestro Señor (25 de diciembre), la Virgen María (8 de septiembre) y Juan el Bautista (24 de junio). Con razón Jesús se refirió a él, diciendo: «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7,2).


La fiesta de San Juan el 24 de junio se origina en el Occidente desde el siglo IV; y su fecha se deduce por un simple cálculo. El día que el ángel Gabriel anunció a María el nacimiento de su hijo Jesús, le dijo: «También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc 1,36). El hijo que Isabel esperaba es Juan. Él nació seis meses antes que Jesús. Si celebramos el nacimiento de Jesús el 24 de diciembre en la noche, el de Juan hay que celebrarlo el 24 de junio. La fiesta de San Juan, que marcaba el inicio de verano en el hemisferio norte, se celebraba con una serie de costumbres populares; entre las cuales se distinguía la «fogata de San Juan», que se conserva todavía en algunos países.


!Gloria a Dios!


Dios obra el conocimiento

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


17-23 de Junio del 2018



“Dios obra el conocimiento”


Ez 17, 22-24: “Humilla los árboles altos y eleva los árboles humildes”


Así dice el Señor Dios:

— «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y llegará a ser un cedro magnífico.

Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y eleva los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos.

Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».


Sal 91, 2-3.13-16: “Es bueno darte gracias, Señor”


Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad.

El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano;

plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.


2 Cor 5, 6-10: “En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor”


Hermanos:

Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en este cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe.

Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.

Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.


Mc 4, 26-34: “La semilla más pequeña se hace más alta que las demás hortalizas”


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

— «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».

Dijo también:

— «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.


NOTA IMPORTANTE


Nos encontramos con dos parábolas en las que el Señor habla del crecimiento del “Reino de Dios”.


Con la primera comparación resalta su crecimiento silencioso y continuo, casi inevitable. La explicación de la parábola no fue recogida en el Evangelio, ya sea porque Cristo mismo no la explicó o porque el evangelista no consideró necesaria su transmisión, debido a su fácil o conocida interpretación.


El Señor enseña que el Reino prometido por Dios y esperado por los judíos, el Reino que sería instaurado por medio de su Mesías, tendrá un inicio muy sencillo, hasta insignificante. A partir de ese inicio, una vez que la semilla ha sido sembrada, posee un dinamismo propio, desarrollándose por sí mismo, “automáticamente” (el evangelista utiliza la palabra griega autómate). Independientemente de la acción o inacción del agricultor, ya duerma o se levante, “la tierra da el fruto por sí misma”. No será el hombre quien haga germinar o desenvolverse la simiente o el Reino, aun cuando ciertas condiciones externas sean necesarias para favorecer su germinación y crecimiento, sino la misma fuerza intrínseca que portan. San Pablo comprende bien esta realidad cuando escribe: «¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales ustedes han creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio. Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento» (1Cor 3, 5-6).


Así pues, el Reino de Dios, una vez inaugurado por el Señor Jesús con su presencia y predicación, con el tiempo llegará necesariamente a su madurez. Nada ni nadie podrá detener su desarrollo y despliegue, y con el paso del tiempo la semilla producirá una cosecha abundante. Entonces, «cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».


Para hablar del inicio “insignificante” de este Reino —insignificante a los ojos humanos—, el Señor añade otra parábola, en la que compara al Reino de Dios con una semilla de mostaza, «la semilla más pequeña» de todas las conocidas en la Palestina.


Las semillas de mostaza, en efecto, son pequeñísimas. Redondas y de consistencia dura, tienen entre uno a dos milímetros de diámetro. Al caer en tierra y desarrollarse, llega a ser «más alta que las demás hortalizas», llegando a convertirse en un árbol de entre tres y cuatro metros de altura. En esto consiste justamente la lección del Señor, la enseñanza que quiere transmitir: de lo más pequeño el Reino de Dios pasará a ser lo más grande. Aunque en sus comienzos serán pocos los que lo acepten, llegarán a ser multitudes. A ello se refiere el Señor cuando dice que «echaramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella». En efecto, la imagen de un árbol que crece y sirve de cobijo a las aves del cielo ya había sido utilizada como metáfora para referirse a los súbditos del Reino que Dios establecerá por encima de los demás (ver 1a. lectura; así también Ez 31, 6; Dan 4, 10ss;).


El Reino de Dios, en el Señor Jesús, tuvo un inicio aparentemente insignificante. Mas la fuerza y potencia que esta “semilla” (ver Jn 12, 34) escondía a los ojos humanos, manifestada en su Resurrección, han llevado al Reino de Dios a un crecimiento espectacular a lo largo de los siglos. Ese Reino es la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha cobijado en sus ramas a hombres y mujeres de toda nación, raza o cultura.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Aun cuando en nuestros días se tenga el conocimiento científico apropiado que permita comprender el proceso bio-químico que hace que una semilla brote, crezca y produzca fruto, en el fondo el dinamismo y despliegue de la vida sigue siendo un misterio para el hombre. Más aun lo es el crecimiento de la semilla divina sembrada en el campo del corazón de quien la acoge con fe. Por más que sea imperceptible, el crecimiento se lleva a cabo. Por más que uno “duerma”, el crecimiento y maduración sigue su proceso, “sin que uno sepa cómo”.


Esta realidad espiritual ciertamente no constituye una invitación al ocio, a desentenderse de acción alguna, a cruzarse de brazos en el empeño por la propia santificación. ¡De ninguna manera! A la semilla se le deben garantizar condiciones apropiadas para su crecimiento y maduración. Eso es lo que le toca al agricultor: preparar bien la tierra, abonarla, regarla, y luego, proteger los brotes y la planta de cualquier agente externo que pueda dañarla o destruirla. Si por su esforzado trabajo el agricultor proporciona las condiciones adecuadas, el crecimiento de la semilla se dará por su propia potencialidad, por la fuerza y virtud contenidas en la semilla. En la vida espiritual la acción que produce el crecimiento y transformación interior es ciertamente de Dios, obra de su gracia, pero también cooperación humana es necesaria para que esa semilla de la vida divina encuentre tierra buena en la que se pueda desplegar. La potencia del amor y de la gracia divina jamás obrará en contra de la libertad humana, requiere de nuestra generosa cooperación, aún cuando en comparación con la acción divina la acción humana sea insignificante.


Dado que el crecimiento del Reino de Dios en nosotros depende de Dios, presupuesta nuestra cooperación, en cuanto que Él es quien da el crecimiento, no podemos pretender imponer el ritmo nosotros mismos. ¿Cuántas veces nos desalentamos porque “no crecemos espiritualmente como quisiéramos”, porque “en vez de avanzar parece que retrocedo”, porque “esta debilidad ya debería haberla superado hace mucho”, porque a estas alturas “ya debería ser santo”? ¿Somos nosotros quienes marcamos el ritmo del crecimiento, o Dios? Debemos saber esperar de Dios ese crecimiento, sin impacientarnos por nuestras caídas, sin impacientarnos porque no vemos que crecemos al ritmo que deberíamos crecer. ¡Eso dejémoslo en las manos de Dios! A nosotros nos toca día a día disponer la tierra, arrancar toda mala hierba que no dejará de brotar, regarla, para que la semilla de la vida divina germine como Dios quiere que germine. Pretender imponer el ritmo de mi crecimiento espiritual es como querer acelerar el crecimiento y despliegue de una semilla. Nuestro crecimiento no está en nuestras manos, sino en las de Dios. Pretender crecer por mí mismo y en la medida de mis esfuerzos, es prescindir de Dios, es caer en soberbia. Quien espera crecer según sus propias fuerzas no tardará en desalentarse en el camino de la santificación y conformación con el Señor Jesús.


Permanezcamos humildes. Si paciente y perseverantemente hacemos lo que nos toca, Dios hará el resto. No pretendamos imponer el ritmo a Dios, dejemos eso en sus manos, confiadamente. Estemos seguros de que su fuerza y su gracia actuarán en nosotros. Y no desesperemos o nos desalentemos si acaso nos parece que “no crecemos” o retrocedemos. Aún en medio de nuestras caídas crecemos, si es que acudiendo a la misericordia divina con humildad pedimos perdón y volvemos a la lucha de cada día. Aunque a nosotros nos parezca que no crecemos, a los ojos de Dios estamos creciendo, si permanecemos fieles en la lucha. Incluso nuestras repetidas caídas nos llevan a crecer, pues no pocas veces las lecciones de humildad son tan necesarias para progresar en el camino de la vida espiritual. Lo importante es ponernos siempre de pie, acudir humildes al Señor, volver a la batalla, perseverar, y confiar mucho en Dios y su acción en nosotros.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Presentó primero la parábola de las tres semillas, perdidas de diverso modo, y otra aprovechada, en lo cual se manifiestan tres grados diferentes, según la fe y las obras. Aquí, sin embargo, trata sólo de la semilla aprovechada: “Decía asimismo: El Reino de Dios viene a ser a manera de un hombre que siembra...”». San Juan Crisóstomo


«El hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la hierba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto». San Gregorio Magno


«El mismo Señor es un grano de mostaza... Si Cristo es un grano de mostaza, ¿cómo es que es el más pequeño y cómo crece? No es en su naturaleza, sino en su apariencia que llega a ser grande. ¿Queréis saber cómo es el más pequeño? “Lo vimos sin figura ni belleza” (Is 53,2). Enteraos por qué es el más grande: “Es el más bello de los hombres” (Sal 44,3). En efecto, el que no tenía belleza ni esplendor ha llegado a ser superior a los ángeles (Heb 1,4) sobrepasando la gloria de todos los profetas de Israel... Es la más pequeña de todas las simientes, porque no vino con realeza, ni con riquezas, ni con la sabiduría de este mundo. Ahora bien, como un árbol, desarrolló de tal manera la cima elevada de su poder que decimos: “Bajo su deseada sombra me senté” (Cant 2, 3)». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El Reino de Dios


543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 18). Los declara bienaventurados porque de «ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3); a los «pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (ver Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (ver Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (ver Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (ver Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (ver Mt 25, 14-30)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (ver Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (ver Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (ver Mt 13, 10-15).


567: El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. «Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo». La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro

.

CONCLUSION


El reino de Dios, el reinado de Dios, no es una monarquía terrenal, sino más bien la irrupción de Dios en el mundo por medio de las vidas de los que creen. Estas dos parábolas son historias de sorpresa y abundancia. Nadie le dará a ninguno de estos cultivos la posibilidad de sobrevivir. En la primera parábola el agricultor no sigue los protocolos apropiados para asegurar que la semilla se convierta en cosecha. En la segunda parábola el sembrador echa una semilla que crecerá y seconvertirá en una planta que todos los agricultores quieren erradicar. En ambas parábolas la semilla echa raíz y crece a buen término. Aun la mostaza tiene un uso beneficioso. Dios la usa como lugar donde los pájaros del cielo pueden morar en su sombra. Jesús revela a un Dios de sorpresas, un Dios que hace cosas que tú y yo nunca esperamos, pero que terminan con un buen final. «Los que tienen oídos, oigan» (Mateo 11:15). Será nuestro desafío y nuestra oración esta semanal


GLORIA A DIOS!


Satanás está perdido

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee junio Ee 2018 a las 17:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


10 -16 de Junio del 2018




“Satanás está perdido”


Gen 3,9-15: “Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer”


Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre y le dijo:

—«¿Dónde estás?»

Él contestó:

—«Oí tus pasos en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor le replicó:

—«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»

El Señor dijo a la mujer:

—«¿Qué es lo que has hecho?»

Ella respondió:

—«La serpiente me engañó, y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente:

—«Por haber hecho eso, serás maldita entre los animales domésticos y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú hieras su talón».


Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”


2 Cor 4,13-5,1: “Creemos, y por eso hablamos”


Hermanos:

Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que dice la Escritura: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y junto con ustedes nos llevará a su presencia.

Todo esto es para bien de ustedes.

Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Por eso, no nos desanimamos. Aunque por fuera nos vamos deteriorando, nuestro interior se renueva día a día.

Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria.

No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.

Es cosa que ya sabemos: si se destruye ésta nuestra tienda de campaña terrena, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en el cielo.


Mc 3,20-35: “Satanás está perdido”


En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos, y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían: está fuera de sí.

También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

—«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Él los invitó a acercarse y les propuso estas parábolas:

—«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir; una familia dividida tampoco puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte para saquear sus bienes, si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.

Créanme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».

Se refería a los que decían que tenían dentro un espíritu inmundo.

Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dijo:

—«Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan». Les contestó:

—«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»

Y, mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, dijo:

—«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».


REFLEXION


Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 10 de junio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 3, 20-35


Cumplir o no la voluntad de Dios es una de las ideas fuertes en las lecturas dominicales. Si por un lado vemos que nuestros primeros padres se escondían al oír al suave andar del Padre por el jardín del paraíso (Génesis 3, 9-15) porque tuvieron miedo; vemos en el Evangelio una de los momentos donde claramente se resalta la actitud de Santa María: «quien cumple la voluntad de mi Dios» (San Marcos 3, 20-35). San Pablo en su carta a los Corintios los hará tomar consciencia de que todo en nuestra vida debe de tener a Dios como fundamento último, sino “se desmorona todo el edificio espiritual de nuestra vida”(Segunda carta de San Pablo a los Corintios 4, 13- 5, 1).


Las reacciones ante Jesús


El Evangelio de hoy nos presenta tres reacciones diversas ante Jesucristo. Jesús se había hecho notar por su palabra que trae un mensaje nuevo e impactante. Nadie puede quedar indiferente ante Él. Frente a Jesús se verifica lo que había profetizado acerca de Él el anciano Simeón, cuando, recién nacido, fue presentado al templo: «Éste está puesto para ser signo de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).


Jesús había vuelto a su casa, al pueblo de Nazaret, donde se crió y una primera reacción ante su presencia es la del pueblo: «Se aglomera en torno a Él una muchedumbre de modo que no podían comer». Es el entusiasmo de la gente sencilla que captan la presencia de Dios y perciben su fascinación. Así es el misterio de Dios: es trasparente para los sencillos e impenetrable para los sabios de este mundo. Jesús mismo en una ocasión alabó a su Padre por este motivo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).


La segunda reacción es la de sus parientes: «Fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: ‘Está fuera de sí'”. Esto da ocasión a Jesús para enseñar que su misión es superior a las relaciones familiares: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4,34). Y agrega una frase consoladora para nosotros: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». De manera bella y directa Jesús va a dirigir un cumplido a su Madre. Es Ella, más que nadie en la tierra, la que se hace merecedora de la sentencia pronunciada por el Maestro Bueno. Y también a nosotros se nos abre la posibilidad de hacernos acreedores del apelativos de hijos de Dios, hermanos en Cristo e hijos de Santa María.


Una importante aclaración


Sabemos que Jesucristo no tuvo hermanos ni hermanas en sentido carnal, pues su madre María es perpetuamente Virgen. Cuando se habla de «hermanos» de Jesús se trata de parientes cercanos como aclara el mismo Evangelio. El Nuevo Testamento no conoce una palabra para decir «primos» y usa la palabra «hermanos». No nos debe extrañar, porque también nosotros le damoseste uso. A nosotros no nos basta con decir «primos»; cuando el parentesco es más cercano, decimos: «primos hermanos». Y no podemos restringir el sentido de la palabra «hermano» solamente a «hermano carnal».


Cuando Jesús enseña: «Si al presentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24), sería empobrecer su enseñanza entender que se refiere sólo a hermano carnal. Tampoco Pedro se refiere exclusivamente a su hermano carnal cuando pregunta: «¿Si mi hermano peca contra mí, cuántas veces tengo que perdonarlo?» (Mt 18,21). San Pablo escribe a los Corintios y los llama «hermanos»: «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué» (1 Cor 15,1); pero obvia¬mente no son hermanos carnales suyos. «Hermano» es, entonces, una persona cercana, por motivos de parentesco o de pueblo natal. Muchos nos llamamos «hermanos o hermanas» de Cristo. La epístola a los Hebreos dice que «Él (Jesús) no se avergüenza de llamarnos hermanos» (Hebr. 2,11). Pero «madre», eso no lo ha pretendido nadie. Esto está reservado a María. Sólo Ella es la madre carnal de Jesús; y sólo ella es su madre en el sentido de la frase de Jesús que hemos citado, pues nadie ha cumplido la voluntad de Dios con mayor perfección que Ella.


Finalmente la tercera reacción


La tercera reacción ante Jesús es increíble. Es la de los escribas, que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo». Es como decir que la luz es oscura. Es negar la evidencia. El que insiste en esa postura, no puede ser perdona¬do, pues el perdón consiste en reconocer la luz. Por eso Jesús dice que eso es blasfemia contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón nunca. Para darnos una idea de la cerrazón que significa esa actitud, es como si alguien al ver el actuar a Santa Teresa de Calcuta, dijera: «Es lujuriosa, opulenta y egoísta». Cuando esto se dice del Hijo de Dios, ¡del Cordero de Dios inmaculado e inocente!, resulta una blasfemia imperdonable.


«Tuve miedo porque estaba desnudo»


Lo exactamente opuesto a «cumplir la voluntad del Padre» es el pecado. El pecado es una realidad que ha marcado toda la historia de la salvación. Más aún podemos afirmar que el acto sublime del amor del Padre por su criatura querida – la muerte de su Hijo en la Cruz- no es sino una respuesta al pecado. Justamente el drama del pecado que leemos en la Primera Lectura es el mismo que vemos hoy: la no aceptación del pecado personal y sus consecuencias sociales. «Yo no fui…fue la mujer que me diste» dirá Adán; «Yo no fui…fue la serpiente que creaste» se justificará Eva. Este comportamiento es casi una exacta radiografía del mundo hoy reflejando en lo que ya Pío XII nos decía: «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado» . Y esta pérdida del sentido del pecado refleja una crisis más honda, la pérdida del sentido de Dios precisamente debido a la crisis de la conciencia moral: tabernáculo de la presencia de Dios en el hombre. San Pablo nos recordará esta realidad en su carta a los Corintios. Nosotros no hemos nacido para el pecado y la iniquidad, sino para la gloria eterna. El pecado justamente nos querrá envolver en su manto de mentira para así olvidarnos que «pues las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas». Y para eso hemos nacido para la «morada eterna del cielo».


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús dice a los discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).


Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad ydel amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor.


Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio (cf. Mc 3, 20-21). Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 1, 14). Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta».


Papa Francisco. Ángelus de 18 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Qué tan consciente soy de la realidad del pecado en mi vida? ¿Me acerco con frecuencia al sacramento de la Reconciliación?

2. ¿Tengo la misma actitud de María de buscar conocer y cumplir lo que Dios espera de mí?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716 – 1748. 1846 – 1876.


GLORIA A DIOS!




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