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¿NO LE GUSTA EL ROSARIO?

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee mayo Ee 2021 a las 22:55 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA - DRVC


MES MARIANO 2021


1.¿NO LE GUSTA EL ROSARIO?


Existen muchos juicios contradictorios con respecto al Rosario, una de las prácticas de piedad mas antiguas de nuestra Iglesia. Algunos afirman que es una oración monotona, que no les llama la atencion para nada. Otros llegan a señalarla coma una oracion pagana. Un grupo muy numeroso afirma que les ha servido, en gran manera, en su vida de oración.


El Cardenal Carlos Maria Martini hace notar que, a veces, se ha querido presentar el Rosario coma una oracion "facilisima" y, que, en cambio, no es una oracion facil para todos. Seguramente son los grandes devotos del Rosario los que tienen la Ultima palabra con respecto a esta devocion tan querida por la Iglesia. Son ellos los que pueden emitir un juicio de peso, ya que han encontrado la puerta de entrada hacia esta práctica piadosa que les ha aportado multiples beneficios espirituales.


Un poco de historia


Segun el historiador Mario Stella, el rosario, en su estructura actual, cuenta unos 500 años. En el siglo XII se acostumbraba rezar el SALTERIO: los 150 salmos biblicos. Muchos monjes no sabian leer, y optaron por recitar 150 Avemarias, que distribuian en tres partes a lo largo del dia. Fue el monje cisterciense, Domingo Helion de Prusia, quien deja establecida la práctica del Rosario con su estructura de 150 avemarias, con 15 misterios de la vida de Jesus, y un Padrenuestro al iniciar cada misterio. El Papa Juan Pablo II añadio los cinco "Misterios Luminosos".


Fue Santo Domingo de Guzmán uno de los precursores de esta práctica piadosa que tantos devotos han encontrado a traves de los siglos.


Oración Biblica


Uno de los rasgos caracteristicos del Rosario es su sentido eminentemente Biblico. Bien decia el Papa Pio XII que el Rosario es "una sintesis del Evangelio". El Cardenal Newman, que de el Protestantismo se convirtió al Catolicismo, hacia notar que el Rosario es el "credo hecho oración". El Rosario esta estructurado por oraciones biblicas: El Padrenuestro es la oración más bella del mundo. La enseñó el mismo Jesus. En el Padrenuestro el Señor señalo las pautas que debe seguir toda oracion autentica.


El Avemaria consta de varias partes: la primera proviene directamente de Dios: "Dios te salve, llena de Gracia. El Señor esta contigo" (Lc 1, 28). Estas fueron las palabras que Dios Padre le envio a decir a Maria por medio de un angel.


"Bendita tu entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1, 42), fueron las palabras que Santa Isabel, inspirada por el Espiritu Santo, le dirigió a la Virgen Maria.


La tercera parte del Avemaria fue compuesta por la tradicion de la Iglesia. En el Siglo IV, en Efeso, se proclamó a Maria como Madre de Dios. La Iglesia, entonces, comienza a invocarla diciendole: "Santa Maria, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores; ahora y en la hora de nuestra muerte". Fue Santa Isabel llena de Espiritu Santo, la que llama a Maria: "Madre de mi Señor" es decir Madre de Dios.


El Rosario consta de 20 misterios en que se enuncian los principales pasajes de la vida de Jesús. Es por eso que el Rosario es una oracion con un sentido eminentemente biblico.


Una oración de contemplación


Algunos no católicos no han dudado en señalar el Rosario como una oracion de estilo pagano. Citan las palabras de Jesus: "Tu, cuando reces, entra en tu cuarto cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos, y tu Padre, que ve los secretos, te premiara. Al orar, no multipliques las palabras, como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar seran atendidos" (Mt 6, 6-7).


Es curioso constatar como los mismos que desprestigian el Rosario como una formula tediosa, aconsejan rezar el salmo 23, en situaciones de desolacion. O los salmos 91 y 46, en momentos de crisis emocionales. Tambien estos salmos son "formulas". No deja de Ilamar la atencion que Martin Lutero, el fundador del Protestantismo, rezaba todos los dias el Magnificat, que es una formula tambien de oración.


El prestigiado escritor Carlo Carretto opina que los que desprestigian el Rosario, no han caido en la cuenta, de la oracion de tipo contemplativo que han encontrado los que se han identificado con el rezo del Rosario. Tal vez sea este uno de los aspectos mas relevantes del Rosario; es una oracion que favorece la contemplación.


El que tiene el don de lenguas, facilmente puede comprender esta oración contemplativa. El don de lenguas es una oracion de tipo contemplativo. Se emiten sonidos, cuyo significado no interesa. Lo importante es saber que se está en la presencia de Dios. El niño balbucea sonidos ininteligibles; lo que le interesa es Ilamar la atencion de sus padres; que se den cuenta de que él esta frente a ellos. El que ora en lenguas, como el niño, emite sonidos. Lo unico que pretende es permanecer en la oracion ante el Señor. San Francisco de Asis se iba al campo y pasaba horas remedando el murmullo de la paloma: "Uh... uh... uh". Tambien se quedaba unicamente repitiendo: "Mi Dios y mi todo". Carlo Carretto, con acierto,afirma que los que gozan con el Rosario, seguramente, son contemplativos o van en camino hacia la oracion contemplativa.


Este es un dato de suma importancia para el que es alergico al Rosario. No se trata de "torturarse" mentalmente, repitiendo con logica cada Avemaria, y amarrandose a una estructura: "Ya llevo cinco Avemarias; me faltan dos...,Que misterio viene ahora...?" Lo que importa es la union con Dios: La contemplacion.


El cardenal Carlo Maria Martini cuenta su experiencia. Creyó que el Rosario era una oracion facil. Siempre habia escuchado que asi lo presentaban. A la hora de rezarlo, su mente se convertia en caja de resonancia de todas las preocupaciones del dia. Tuvo que optar por fabricarse su "propio" Rosario. Segun Carlo Maria Martini, muy bien podria consistir el Rosario en repetir algunas frases del Padrenuestro o del Avemaria: "Santificado sea tu nombre..."; "Venga Tu reino..."; "Perdonanos..."; "No nos dejes caer en la tentacion..."; "Dios te salve Maria...", "Ruega por nosotros pecadores". Habria que acentuar que el rosario no es una "estructura", sino un carril, no para hacer más dificil la oracion, sino para aceitarla.


Permanecer en la oracion


El escritor de espiritualidad, P. Molinie, anota: "El Rosario debe ser para nosotros, en occidente, el equivalente de La Oracion de Jesus, en oriente". Los orientales estilan repetir, centenares de veces, la frase "Jesus, Hijo de Dios, ten piedad de mi". Lo hacen al compas de la respiración. Son muchos los occidentales que han dado fe de que este estilo de oracion de los orientales los ha conducido a la oracion contemplativa.


Jesus, invito a sus amigos intimos, los apostoles, para que lo acompañaran en la oracion. No pudieron hacerlo, "No han podido velar conmigo en oración durante una hora" (Mc 14, 37), fue la amarga queja del Señor.


Permanecer en la oracion nos resulta, a veces, cuesta arriba. Solo han pasado unos minutos y se nos agotaron ya las palabras. Estamos secos. Esto nos sucede tambien en momentos de aturdimiento: ante una tragedia, ante una situacion conflictiva. Se nos tupe la mente; ya no sabemos ni que decir, ni que pensar. La estructura del Rosario, en estas circunstancias, no nos aprisiona, sino que nos libera y nos ayuda a permanecer en oración. No importan los conceptos, en esos momentos; lo que interesa es mantenerse en comunicacion con Dios por medio de sonidos y frases biblicas, que el Rosario nos va inspirando.


Junto a Maria


El Rosario -hay que recalcarlo- no es "marianocentrico". No es Maria la que está en el centro de nuestra oracion. El Rosario solo puede ser "cristocentrico". Solo Cristo puede estar en el centro de nuestra oracion.


Basta recordar lo que sucede en Cana de Galilea. Cuando se lee este pasaje en el Evangelio de San Juan, al principio, parece que Maria es la protagonista. Al finalizar el1 pasaje, nos damos cuenta de que Maria solamente es la conductora: la que lleva a todos hacia Jesus, y les dice: "Hagan lo que El les diga" (Jn 2, 5). Maria esta para tomarnos de la mano y conducirnos a su Hijo.


Lo mismo sucede con la oracion del Avemaria. No es "marianocentrica". Comenzamos diciendo. "Dios te salve, Maria, llena eres de Gracia...", todo, para llegar a: "Bendito el fruto de tu vientre". Este es el verdadero centro del Avemaria: el fruto de tu vientre, Jesus.


Santa Isabel, inspirada por el Espiritu Santo, captó, plenamente, el "cristocentrismo" al que lleva la relacion con Maria. Isabel se alegro de que su prima Maria llegara a visitarla; pero hizo resaltar que su gozo era inmenso porque su prima era "La Madre del Señor". Alli estaba la gran bendicion: Maria era el Arca que llevaba en su seno al Señor, a Dios.


Si alguien tiene una consulta que hacer sobre un tema especifico, acude a un especialista en la materia. A la Virgen Maria, en el Rosario, se la invita para que nos acompañe en nuestra meditación acerca de los principales acontecimientos de la vida de Jesus. Maria es una especialista en esta materia. San Lucas la describe, en su evangelio, como la madre que "meditaba cuidadosamente en estas cosas, y las guardaba en su corazon" (Lc 2,19). Maria acaparó en su alma todos los acontecimientos de la vida de Jesus. Los apostoles asistieron a la escuela de Jesus durante tres años. Maria bebió las palabras de Jesus durante treinta y tres años. Ella es la mejor compañera en nuestra meditación acerca de la vida de Jesus, que hacemos desfilar a traves de los misterios del Rosario.


San Lucas apunta en su Evangelio que se informó detalladamente acerca de los sucesos de la vida de Jesus. Los especialistas de la Biblia piensan que la fuente de informacion para Lucas, acerca de la infancia de Jesus fué la misma Virgen Maria. Nadie mejor que ella para comunicarle al evangelista esos detalles tan intimos de la familia de Nazaret. Nadie mejor que la Virgen Maria para estar a nuestro lado -durante el Rosario- para conducirnos, de la mano, a traves de esas etapas de misterio, de fe, que ella vivio junto a su enigmatico Hijo, Jesus.


Para los tiempos dificiles


No puede pasarse por alto el hecho de que el Rosario ha sido rezado, de manera especial, en los tiempos dificiles de la Iglesia. Santo Domingo de Guzman lo emplea como un medio poderoso para orar por la conversión de los apartados de la ortodoxia. La fiesta del Rosario está vinculada a un momento crítico en la cristiandad europea. En el ano 1571, los musulmanes avanzaban, arrasadoramente, sobre Europa. Por donde pasaban intentaban terminar con el cristianismo. Para ellos valia la "guerra santa". El Papa Pio V -hoy San Pio V- se ve forzado a pedir a los monarcas cristianos que formen un frente belico contra los musulmanes. Mientras se libraba la batalla, el Papa acompañado de muchos fieles, iba por las calles de Roma, rezando el Rosario. La victoria definitiva llegó el dia 7 de octubre en Lepanto. El Papa decretó que la fiesta del Rosario se celebrara el 7 de octubre. Esa costumbre todavia está vigente en nuestra Iglesia.


Habria tambien que relacionar el Rosario con las famosas apariciones de la Virgen Maria, que, en tiempos dificiles de la Iglesia, llega para proponer a sus hijos la conversión y el rezo el Rosario como medio para evitar grandes males a la humanidad.


En 1858, la jovencita Bernardita Soubirou se encuentra rezando el Rosario a la orilla de un rio. Se le aparece la virgen Maria. Lleva el Rosario colgando del brazo derecho. Esta es la primera de varias apariciones. Dios dió una señal para respaldar la aparicion de su Madre. Hizo brotar una fuente de agua en un lugar arido. Desde entonces son muchisimas las personas de todo el mundo que se han beneficiado con esas aguas milagrosas. En sus apariciones, la Virgen Maria le indica a Bernardita que el Rosario es un medio para permanecer en la oración por la conversión de los pecadores.


En 1917, la Virgen Maria se aparece a tres pastorcitos, que estan rezando el Rosario en Cova de Iria (Portugal). La Virgen trae un Rosario entre las manos. Tambien aqui la Virgen Maria dá una señal portentosa, 70 mil espectadores ven que durante un cuarto de hora el sol comienza a danzar vertiginosamente en el cielo. Muchos creen que ha llegado el fin del mundo. Pronto se calman, pues se comienzan a ver curaciones prodigiosas y gente que grita y llora de gozo. Reporteros de todo el mundo cubrieron este evento extraordinario. Tambien en Fatima la Virgen Maria indica que el Rosario es un medio para orar por la conversión de los pecadores.


Nuestros momentos dificiles, a nivel personal, son abundantes. Nuestra mente como que queda paralizada. Estamos asustados, consternados. No sabemos que pensar ni que decir. La oración se nos convierte en una montaña inaccesible. Para estas circunstancias de desolación, el Rosario es una oración muy apropiada. Nos ayuda a permanecer en la oracion. La repetición intermitente de determinadas frases nos fortalece para estar unidos con Jesus en el Getsemani, en la Cruz. Maria esta a nuestro lado: ella pasó por las mismas circunstancias. Tiene mucho que decirnos al oido. Nuestros enemigos -el sufrimiento, el tiempo de tentacion- buscan destruimos. Jesus y Maria nos acompañan para que tambien nosotros tengamos un Lepanto victorioso.

Son innumerables las personas que dan testimonio de que el Rosario les sirvio eficazmente en sus momentos de crisis espiritual o de tragedia.


¿Obligatorio?

No hay que cerrar los ojos ante una situación que ha desconcertado a muchas personas. Los devotos del Rosario se hacen lenguas de esta práctica piadosa; pero en sus elogios, a veces, se pasan de la medida. Llegan a presentar el Rosario como algo "indispensable" para ser catolico. El conocido autor espiritual, Jean Lafrance, apunta: "No es raro oir a hombres y mujeres, sacerdotes y religiosos, que son, por otra parte, verdaderos orantes, confesar que son incapaces de recitar el Rosario". El autor citado tambien escribe: "Teresa de Lisieux confesaba que habia encontrado siempre mucha dificultad en recitar un Rosario entero. Por eso, los que sufren por el Rosario no estan en muy mala compañia, con tal de que no desacrediten esta forma de oracion y permanezcan abiertos a la Virgen. Los

caminos que llevan a Maria son variados y, tal vez, algun dia, les sera dado saborear el Rosario". Tambien es el caso de citar unas palabras muy iluminadoras de Pablo VI en la exhortación sobre "El culto Mariano". "El Rosario -dice- es una oración excelente, respecto de la cual el fiel debe, sin embargo, sentirse SERENAMENTE LIBRE, invitado a recitarlo con toda paz, por su belleza, intrinseca". Pablo VI, claramente, afirma que hay que sentirse SERENAMENTE LIBRES con respecto al rezo del Rosario. Esto es de suma importancia, ya que muchas predicas acerca del Rosario ponen, inquietud en algunos que son muy devotos, muy amantes de la oracion, pero que no pueden afirmar que el Rosario sea para ellos su oracion "preferida".


Tambien habria que recordar lo que decia Pablo VI, con respecto a la manera de rezar el Rosario. "El rezo del Rosario -indica Pablo VI-exige que EL RITO SEA TRANQUILO Y QUE SE TOME SU TIEMPO, para que la persona, que se entrega a el, pueda meditar mejor los misterios de la vida del Señor" ("El culto mariano", No. 47). Ciertos Rosarios, con ritmo acelerado, para terminar en un tiempo estipulado, no invitan a la meditacion, ni a la contemplacion. De aqui que, se podria afirmar, que cada uno "pueda rezar el Rosario", a su manera, para responder no a una "estructura" determinada, sino para dejarse Ilevar por el Espiritu que, dentro de nosotros, ora con gemidos que no se pueden explicar" (Rm 8, 26).

Es muy halagador que sea un cardenal de tanto prestigio a nivel internacional, como Monseñor Carlo Maria Martini, quien sugiere que el Rosario podria recitarse repitiendo varias veces algunas frases, nada mas, del Padrenuestro o del Avemaria: "Hagase tu voluntad... “; "No nos dejes caer en la tentacion"; "Ruega por nosotros pecadores...; "Bendito el fruto de tu vientre" Hay que partir de algo: lo que el rosario pretende no es amarrarnos con una "estructura", sino ayudarnos para "permanecer en oración" en compañia de Jesus y de la Virgen Maria. Ellos nos ayudan a abrimos a las inspiraciones del Espiritu Santo que, en ultima instancia, nos hace exclamar: "Abba, Padre" (Rm 8, 15).


La finalidad del salterio


Segun Jean Lafrance, "asistimos hoy a un renacimiento del Rosario". Son muchos los que gozan con esta oración de tipo contemplativo. El famoso pintor Murillo se quedaba extasiado ante su cuadro del Descendimiento. Cuando el sacristan estaba por cerrar la iglesia, le rogaba: "Dejame rezar una decena mas". El musico Hayden afirmaba que mientras rezaba el rosario se agolpaban las melodias en su mente y que no le daba tiempo para escribirlas.


Los que se han encontrado con el Rosario son los que tienen la última palabra con respecto a la validez de esta práctica de piedad. El que todavia no ha podido descubrir esa fuente de bendición, no tiene por que sentirse como un "marginado" en la Iglesia; pero, con ilusión, debe pedirle al Señor que le conceda ese don que ha ayudado a muchos cristianos a encaminarse por la senda de la oración contemplativa.


A los del pueblo judio la oración del SALTERIO los Ilevaba a recordar lo que Dios habia hecho en su favor durante su larga travesia por el desierto. El salterio los conducia a renovar la ALIANZA que habian hecho con Dios en el Sinai.


Al Rosario se le ha llamado el SALTERIO DE LA VIRGEN. Esta practica de piedad, con sentido eminentemente biblico y cristocentrico, nos Ileva a meditar en lo que Jesus ha hecho por nosotros. La Virgen Maria nos acompaña mientras meditamos en los misterios de la vida de Jesus. La Virgen Maria nos conduce hacia Jesus; nos deja en sus manos, despues de habernos aconsejado: "Hagan lo que el les diga". Todo Rosario, bien rezado, debe conducimos a la renovacion de nuestra "alianza" con Jesus, a decirle, como la Virgen Maria a Dios Padre: "Hagase en mi segun tu Palabra " (Lc 1, 38).


Todo el que cree en El tiene vida eterna

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee marzo Ee 2021 a las 10:10 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO IV DE CUARESMA


14 - 20 de Marzo 2021


“Todo el que cree en Él tiene vida eterna”


El tiempo de Cuaresma, en cuanto tiempo penitencial, es un tiempo de gracia, y como tal, sólo puede comprenderse desde una clave de lectura: la misericordia de Dios. Sin esta clave, toda la praxis penitencial podría convertirse en una serie de ejercicios de una piedad escrupulosa o en la vivencia de una religiosidad voluntarista. Este IV Domingo de Cuaresma nos invita a centrar la mirada en ese Dios que históricamente “tenía compasión de su pueblo” (2 Cro 36, 15b), y por cuya gracia “hemos sido salvados” (cf. Ef 2, 5).


2Cro 36, 14-16.19-23: “Dios perdona las infidelidades y libra al pueblo de sus pecados”


En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que el Señor había consagrado en Jerusalén.

El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió sin remedio contra su pueblo.

Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías:

«Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años».

En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino:

«Así habla Ciro, rey de Persia:

“El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre ustedes pertenezca a su pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe”».


Sal 136, 1-6: “Que no me olvide de ti, Señor”


Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: “Cántennos un cantar de Sión”.

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén, en la cumbre de mis alegrías.


Ef 2, 4-10: “Dios nos ha dado una vida nueva en Cristo”


Hermanos:

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia están ustedes salvados—, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él.

Así quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, por la bondad que nos manifestó en Cristo Jesús.

Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe. Y no se debe a ustedes, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir.

Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos.


Jn 3, 14-21: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”


En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

— «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él. El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.


El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».



NOTA IMPORTANTE


La primera lectura presenta la destrucción del templo en Jerusalén y la deportación del pueblo judío a Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo, como consecuencia de la infidelidad del pueblo a Dios y a la Alianza sellada con Él. A pesar de las continuas advertencias de los profetas, Israel no quiso convertirse de su mala conducta y volverse al Señor nuevamente.


Pero no debe entenderse que se trate de un “castigo de Dios”, Dios no quiso el mal para su criatura humana. Dios «creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2, 23-24).


Creado por Dios para la vida plena, es el propio ser humano quien al pecar introduce en el mundo la ruptura, el mal, la muerte, el sufrimiento, el temor. La desobediencia a Dios, en vez de elevar al hombre a “ser como Dios”, lo hunde en la miseria y lo despoja de su dignidad de hijo de Dios. El deseo de alcanzar una “vida autónoma gloriosa” en contra de Dios termina siendo un “acto suicida”, un acto de auto destrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Poreso, en realidad no es Dios quien castiga al pecador con la muerte, sino el pecador y rebelde que al separarse de Dios y rechazar sus orientaciones trae sobre sí mismo la muerte, el daño, la destrucción y la desolación.


A pesar del rechazo de su criatura humana Dios permanece fiel a su amor. Él ama siempre, ama como sólo Él puede amar: Él «es Amor» Jn 4, 8. Por ese amor siempre fiel quiso rescatar y reconciliar nuevamente consigo a quien de Él se había apartado, a quien por su desobediencia se había hundido en el polvo de la muerte. A tanto llega su amor que el Padre envía a su propio Hijo al mundo, para que todo aquel que crea en Él tenga acceso nuevamente a la vida eterna, por la comunión con Dios.

En un diálogo con Nicodemo (Evangelio), el Señor Jesús anuncia que esta reconciliación con Dios la ha de realizar Él por su crucifixión y glorificación.

Nicodemo era un fariseo, magistrado judío, sinceramente interesado en este Maestro, abierto a su mensaje y a sus milagros, pero temeroso de manifestarse así ante los demás fariseos: «Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con Él”» (Jn 3, 2).

Para anunciar su crucifixión establece una analogía con un antiguo episodio: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre». Las serpientes venenosas mordieron a los hijos del pueblo elegido en su marcha por el desierto como consecuencia de su rebeldía: «El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés» (Núm 21, 4-5). Por intercesión de Moisés y ante el arrepentimiento de los israelitas, Dios ofreció a los mordidos por las serpientes un extraño remedio: «dijo Dios a Moisés: “Hazte una serpiente venenosa [de bronce] y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá”» Núm 21, 8.

Importante es la precisión que hace el inspirado autor del libro de la Sabiduría: «El que a ella se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos» (Sab 16, 7). De allí que el mismo autor llame a aquella serpiente de bronce «señal de salvación» (Sab 16, 6).


En aquel diálogo nocturno el Señor Jesús anuncia a Nicodemo que en Él se va a realizar plenamente lo que Dios había querido prefigurar mediante aquelepisodio. El mismo Hijo es quien, cual nuevo Moisés, intercederá ante su Padre por toda la humanidad caída, y al mismo tiempo será Él quien como aquella serpiente de bronce será “elevado” «para que todo el que cree en Él tenga vida eterna». En la Cruz reconciliadora de Jesucristo la salvación que anunciaba aquél signo se hace realidad plena: el Señor Jesús, elevado en la Cruz, es la plena y universal «señal de salvación» para todos los hombres de todos los tiempos. Por Él Dios ofrece la salvación a la humanidad entera, salvación de la muerte que es fruto de la “mordedura” de la antigua serpiente (ver Gén 3,1ss), fruto de la seducción diabólica y de la rebeldía del hombre frente a Dios.


En el pasaje del Evangelio el Señor Jesús se presenta a sí mismo como fuente de vida eterna. La calificación “eterna” indica que la vida que Dios promete al hombre va más allá de la vida temporal, una vida que luego de la muerte física se abre a la eternidad de Dios.

Para acoger el don de la vida eterna es necesaria la mirada de la fe: la alcanzará quien cree en Él. Quedará curado de la mordedura venenosa de la antigua serpiente quien mira a Cristo elevado en la Cruz. No basta, sin embargo, tan sólo posar los ojos sobre Él. Para San Juan “ver” y “creer” son sinónimos. Al Señor Jesús hay que “verle” como Hijo de Dios, como Salvador, como Dios mismo que salva y reconcilia mediante la Cruz: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,2). A la “visión” de la serpiente de bronce corresponde ahora otro modo de visión, la mirada profunda de la fe que permite ver más allá de la apariencia y reconocer en el Señor alzado en la Cruz al Mesías e Hijo de Dios.


Esta fe no exime de las obras, sino que implica actuar en consecuencia y coherencia con la fe que se profesa con los labios. La fe auténtica es una fe integral, es fe en la mente y fe en el corazón que se vuelca en la acción.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre», le dice el Señor Jesús a Nicodemo. El episodio al que hace referencia es aquel en que los israelitas en su marcha por el desierto fueron mordidos por serpientes venenosas a causa de su rebeldía frente a Dios (ver Núm 21, 4-9). El pueblo vio en ello un castigo divino. Una visión antropomorfizadora hace que muchas veces veamos como “castigo divino” lo que en realidad no essino consecuencia del mismo pecado del ser humano. En cambio, Dios no quiere el castigo ni la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva (ver Ez 18, 23), Él «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tim 2, 3-4).


En aquella ocasión Moisés intercedió a favor de su pueblo y suplicó a Dios que liberase a los israelitas del fruto de su rebeldía. Dios respondió: «Hazte una serpiente [de bronce] y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá».


El Señor Jesús da a entender que aquello no era sino una figura de lo que en Él se habría de realizar plenamente. Como aquella serpiente de bronce, también Él sería elevado en un madero. Quien lo mira es liberado del efecto mortífero del veneno del pecado: no morirá para siempre, sino que tendrá una nueva vida y tendrá la vida eterna.


Pero, ¿de qué mirada se trata? No ciertamente de una mirada superficial y retenida por la incredulidad o las dudas, sino de la mirada profunda y penetrante de la fe, aquella mirada que nos permite reconocer en el Crucificado al Reconciliador y Salvador del mundo, al Hijo de Dios mismo.


Sólo esa mirada de fe nos abre al mismo tiempo a la comprensión del amor inaudito que Dios nos tiene: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 15). ¿Es posible comprender o intuir el amor que Dios nos tiene y su magnitud? ¡Cuánto debe amarnos Dios, para habernos llamado a la vida, para invitarnos a participar de su misma comunión de amor divina! ¡Cuánto debe amarnos Dios que a pesar de nuestras rebeldías, rechazos e infidelidades, no nos trata como merecen nuestras culpas (ver Sal 103[102], 10) sino que en cambio nos ha entregado a su propio Hijo para nuestra reconciliación y salvación! En verdad, «por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo y con Él nos resucitó» (Ef 2, 4-6).


Dios nos invita hoy a mirar con fe a Aquel que por nosotros ha sido clavado y elevado en el Altar de la Reconciliación. Al mirar al Señor crucificado con la mirada penetrante de la fe, encontramos en Él el perdón de los pecados, la reconciliación, la curación de nuestras heridas más profundas, la liberación del odio, el aliento para ponernos de pie si caemos, la fuerza interior para seguir


avanzando en medio de las dificultades cotidianas así como para perseverar firmes en medio de las pruebas más duras. Al mirarlo con fe se nutre nuestra esperanza de participar con Él algún día en su misma victoria, de alcanzar la vida eterna por la participación en su misma resurrección. Al mirarlo con fe nos experimentamos inundados de su amor, despertando en nosotros el deseo y propósito de amar como Él a Dios, a Santa María su Madre y a todos los seres humanos.


Dirijamos esa mirada de fe cada día al Señor elevado y glorificado en la Cruz, glorificado y elevado a la derecha del Padre por su gloriosa resurrección, y que nuestra mirada jamás se aparte de Él. Y que esa mirada nos lleve a la obediencia de la fe, a siempre y en todo a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2, 5).


LAS PADRES DE LA IGLESIA


«Muchos morían en el desierto por las mordeduras de las serpientes. Y por ello Moisés, por orden de Dios, levantó en alto una serpiente de bronce en el desierto; cuantos miraban a ésta, quedaban curados en el acto. La serpiente levantada representa la muerte de Cristo, de la misma manera que el efecto se significa por la causa eficiente. La muerte había venido por medio de la serpiente, la que indujo al hombre al pecado por el cual había de morir; mas el Señor, aun cuando en su carne no había recibido el pecado, que era como el veneno de la serpiente, había recibido la muerte, para que hubiese pena sin culpa en la semejanza de la carne del pecado, por lo cual en esta misma carne se paga la pena y la culpa». San Agustín


«No os admiréis de que yo deba ser levantado para que vosotros os salvéis, porque así agradó esto al Padre que tanto os amó, y que por estos siervos ingratos e indiferentes dio a su mismo Hijo. Y al decir: “De tal manera amó Dios al mundo”, indicó la inmensidad de su amor, habiendo necesidad de reconocer aquí una distancia infinita. Él que es inmortal, Él que no tiene principio, Él que es la grandeza infinita, amó a los que están en el mundo, que son de tierra y ceniza, y están llenos de infinitos pecados. Lo que pone a continuación demuestra la cualidad de su amor; porque no dio un siervo, ni un ángel, ni un arcángel, sino su propio Hijo. Por esto añade: “Unigénito”». San Juan Crisóstomo


«Mas si la fe del amor había de medirse por entregar una creatura en bien de otra creatura, no sería de gran mérito el enviarle una creatura de naturaleza inferior. Las cosas de gran valor son las que dan a conocer la grandeza de amor y las cosas grandes se estiman por las cosas grandes. El Señor, amando al mundo, dio a su Unigénito y no a un hijo adoptivo. Era su Hijo propio por generación y verdad. No hay creación, no hay adopción ni falsedad. Aquí hay fe de predilección y de amor en favor de la salvación del mundo, dando a un Hijo que era suyo y que además era Unigénito». San Hilario

EL CATECISMO


Dios es amor, y ama a su criatura humana


214: Dios, “El que es”, se reveló a Israel como el que es “rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad” (Sal 138,2). Él es la Verdad, porque “Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1, 5); Él es “Amor”, como lo enseña el apóstol Juan 1Jn 4, 8.


218: A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados.


219: El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (ver Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (ver Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (ver Is 62, 4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (ver Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16).


221: Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo. Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.


Dios por amor envía a su Hijo para nuestra reconciliación


457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 10).» El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1Jn 4, 14). «Él se manifestó para quitar los pecados» (1Jn 3, 5): Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (S. Gregorio de Nisa)


458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).


PALABRAS FINALES PARA LA REFLEXION


Un Dios que ama y salva al mundo


Desde la perspectiva joánica, el mundo puede ser pensado desde dos ópticas: primero, como ámbito de la acción del mal; segundo, como espacio de salvación. La primera óptica nos invita a pensar sobre el lugar que el mal y sus formas de expresión (indiferencia, rencor, desesperanza) ocupan en nuestra vida. La segunda, nos invita a pensar sobre el lugar que la gracia y sus formas de expresión (amor, reconciliación, solidaridad) ocupan en nuestra vida. En consecuencia, el “mundo” no se hace solo, se hace con cada decisión personal y comunitaria.


Tanto el mal como la gracia iluminan la inteligencia y el corazón en orden a un compromiso, ya que estas dos realidades a las que el ser humano es permeable, pueden hacer del mundo un lugar de hostilidad o un espacio de misericordia. Objetivamente, ni la creación ni el ser humano son esencialmente malos. Toda realidad creada por Dios es amable, reconciliable y redimible. Para quienverdaderamente ama, toda realidad es una oportunidad. Quien ha sido rescatado con amor, puede ver la realidad y las personas en clave de esperanza.

Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré

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DISCIPULADO CARISMATICO


RCC - DRVC


DOMINGO III DE CUARESMA


07 - 13 de Marzo 2021


“El celo de tu casa me devora”


Ex 20, 1-17: “La Ley se dio por medio de Moisés”


En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

No tendrás otros dioses fuera de mí.

No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.

No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano, porque no dejará el Señor sin castigo a quien pronuncie su nombre en vano.

Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él».


Sal 18, 8-11: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”


La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Más preciosos que el oro, más que el oro fino;

más dulces que la miel de un panal que destila.


1Cor 1,22-25: “Predicamos a Cristo crucificado”


Hermanos:

Mientras los judíos exigen milagros, los griegos buscan sabiduría; nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero, para los que Dios ha llamado —sean judíos o griegos—, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Pues lo que en Dios parece locura es mucho más sabio que toda sabiduría humana; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que toda fuerza humana.


Jn 2,13-25: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré”


Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

— «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre».

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

— «¿Qué signos nos muestras para obrar así?».

Jesús contestó:

— «Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré».

Los judíos replicaron:

— «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que había dicho eso, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.


Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie acerca de los hombres, porque Él conocía lo que hay dentro de cada hombre.


NOTA IMPORTANTE

San Juan relata en su Evangelio que después de realizar su primer milagro en Caná el Señor se dirige a Jerusalén, porque se acercaba ya la Pascua judía (Evangelio). El Señor cumple fielmente con el precepto que mandaba que todo judío varón a partir de los trece años tenía que acudir anualmente en peregrinación al Templo de Jerusalén por motivo de esta fiesta.

Una vez en Jerusalén el Señor se dirige al Templo. Aquel Templo había sido reconstruido por Herodes el Grande. Los trabajos se habían iniciado el año 18 de su reinado, o sea el 20-19 a.C. Lo primero en ser reconstruido fue el santuario, el lugar de la presencia de Dios, el recinto al que solamente podían entrar los sacerdotes levitas. Luego se procedió a la construcción de los distintos atrios: el atrio de los sacerdotes, el atrio de Israel, el atrio de las mujeres y el atrio de los

gentiles. Todo ello demandó casi diez años, aunque por décadas se prosiguieron las obras de complemento y retoque.

Al trasponer alguna de las puertas de acceso al inmenso complejo se ingresaba al atrio o patio llamado “de los gentiles”, la explanada más amplia que rodeaba un segundo complejo interior cuadrangular formado por el santuario y los sucesivos atrios de los sacerdotes, de Israel y de las mujeres.

En la época del Señor Jesús existían normas dadas por los rabinos para cuidar la santidad del Templo, como por ejemplo la prohibición de usar el atrio de los gentiles como atajo o en forma poco digna. Sin embargo, a pesar de las restricciones existentes, los comerciantes con sus animales y los cambistas se habían instalado en la explanada, con la evidente venia de las autoridades del Templo, probablemente con la excusa de facilitar a los peregrinos la adquisición de los animales necesarios para ofrecer sus sacrificios (ver Lev 5, 7; 15, 14.29; 17, 3) así como para adquirir monedas autorizadas con las que pudiesen pagar el impuesto del Templo. Todo israelita llegado a los veinte años, incluso si vivía en el extranjero, debía pagar anualmente este impuesto equivalente a dos días de jornal (ver Mt 17, 24), y la moneda para el pago no podía tener grabada la efigie del emperador. En fin, no es difícil imaginar en lo que se había convertido esta explanada del templo con la presencia de estos personajes, especialmente en una fiesta de afluencia tan multitudinaria como lo era la Pascua judía.


Al llegar el Señor Jesús al Templo y encontrarse con este “mercado”, se puso a echar del recinto sagrado, látigo en mano, a todos los vendedores, cambistas y animales. La razón de su proceder la daba Él mismo: «no conviertan en una casa de mercancías la casa de mi Padre».


Al referirse al Templo como “la casa de mi Padre” el Señor daba a entender que Él era el Mesías pero además también el Hijo de Dios, en un sentido personal y único. En aquel tiempo los judíos esperaban que el Mesías prometido por Dios a su pueblo se manifestase en el Templo, mediante algún signo espectacular. El profeta Malaquías había anunciado que el Señor vendría a su Templo luego de que su enviado lo precediera y le allanara el camino: «enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). Su presencia sería purificadora: «Es él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero» (Mal 3,2).


Luego de haber cumplido Juan Bautista con su misión precursora, el Señor llegaba por primera vez al Templo y daba cumplimiento a las profecías.

El evangelista comenta que los discípulos, al ver actuar al Señor con tal pasión, recordaron que en la Escritura estaba escrito: «El celo de tu casa me devora». La expresión se encuentra en el Salmo 68 (v. 10), el mismo salmo del que el Señor dirá que “se cumple” cuando lo odian sin motivo (Jn 15,25; Sal 68,5), o que Juan afirma que se cumple cuando desde la Cruz Él pronuncia las palabras “tengo sed” (Jn 19, 28s; Sal 68, 22).


El término hebreo kinah usado en el Salmo 68 y que se traduce por celo, califica por lo general un ardor interior que la persona experimenta a causa de otra a la que ama apasionadamente, un como fuego o energía que le impulsa a defender, proteger o cuidar con acciones incluso violentas a quien es objeto de su amor. Kinah designa en el caso específico del salmo mencionado un celo religioso, el celo del hombre por Dios y por el lugar en el que Él mora entre los hombres, “la casa de Dios”, que también es celo por el cumplimiento de su Ley (ver Sal 118, 139). Kinah designa en otros momentos también el celo de Dios por su pueblo.


Dios se califica a Sí mismo como «Dios celoso» (Ex 20, 5). Es celoso por el ser humano, a quien creó por sobreabundancia de amor a su imagen y semejanza. Al escuchar “celoso” no hay que pensar en la connotación negativa de los celos, que llevaría a entender las cosas desde una sola interpretación. El mismo diccionario trae otras definiciones de celoso, como lo son por ejemplo: “solícito, diligente, cuidadoso, esmerado, meticuloso, entusiasta, afanoso, ardoroso”. Así hay que entender el celo de Dios por el ser humano. Es así como también hay que entender el celo del Señor Jesús por la casa de su Padre, un celo que lo devora, es decir, su amor al Padre es tan intenso que lo consume interiormente como un fuego incontenible, un fuego que le lleva a purificar la casa de su Padre de todo aquello que lo profana.


En algún momento posterior intervinieron “los judíos” para preguntarle al Señor: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Con “los judíos” San Juan se refiere normalmente a aquellos judíos que se presentan como enemigos del Señor Jesús, y en este caso concreto se refiere a las autoridades o altos funcionarios levíticos encargados del Templo. La actitud del Señor Jesús significaba una censuraimplícita que los cuestionaba y desafiaba, pues eran ellos quienes habían permitido que la casa de Dios se convirtiera en un lugar de comercio.


Quienes así le preguntan han comprendido el mensaje del Señor Jesús: al purificar el Templo y reclamar que no hagan de la casa de su Padre un mercado, Él se presenta como el Mesías e Hijo de Dios, de un modo muy atrevido. ¿Cuáles son sus “credenciales”? ¿Cómo saber si es verdaderamente quien dice ser? ¿No debía acreditarse con señales claras, con algún signo o manifestación espectacular de su poder, con una intervención sobrenatural o milagro que sirviese como garantía de que verdaderamente era quien decía ser?


El Señor ofrece ese “signo”, aunque lo anuncia de una manera velada y enigmática, como lo es toda profecía: «Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré».


El templo de Jerusalén, considerado indestructible por aquellos judíos por ser la morada que Dios mismo se había escogido, era en la mente del Señor figura y anuncio de otro Templo no construido por manos humanas: el Templo de su propio Cuerpo. Ciertamente, «la venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras» (San Cirilo de Alejandría). Su Cuerpo es y será para siempre el verdadero Templo en el que el creyente encuentra a Dios, el Templo perpetuo que lleva a plenitud la figura del antiguo templo.


Y el signo que el Señor da no es otro que el “signo de Jonás” (ver Mt 12, 38-40): «en tres días yo lo levantaré». Su Resurrección será el signo definitivo y fundamental que propone a todos para autentificar su obra, su misión y su Persona. Por su muerte y Resurrección han de saber todos que Él verdaderamente es el Mesías, el Hijo de Dios, «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Cristo muestra un celo que lo consume, que lo devora interiormente: es el “celo por la casa de su Padre”. Este celo lo impulsa a arrojar sin contemplaciones a losmercaderes que encuentra en el templo de Jerusalén que, aunque se trataba de un edificio material, era “la casa de su Padre”.


Hoy ese templo de Dios es Su Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo. Este templo lo formamos cada uno de nosotros, los bautizados, miembros del Cuerpo místico de Cristo.


A su vez hemos de entender que cada uno de nosotros somos templo vivo de Dios: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (…) vosotros sois ese santuario» (1Cor 3,16-17).


Al mirarnos y considerarnos lo que somos y estamos llamados a ser, templos vivos de Dios, la casa del Padre, con pena constatamos que a diferencia del Señor Jesús, ese mismo “celo por la casa del Padre” no nos devora precisamente: ¿cuántas veces consiento que los mercaderes de un mundo que rechaza a Dios invadan este templo que soy yo mismo, este templo que Cristo ha purificado mediante su Sangre derramada en la Cruz? ¡Con qué facilidad, ingenuidad o complicidad le abro las puertas a aquellos “mercaderes” y hábiles “vendedores” que no nos venden ovejas, bueyes o palomas, sino que continuamente nos presentan el placer y todo tipo de sensualidades, el poder y el ejercicio del dominio abusivo sobre los demás, el tener abundancia de dinero y bienes materiales como aquello que “necesitamos”, “lo que más nos conviene” para ser felices, para llegar a “ser alguien” en la vida, para ser “como dioses” desplazando a Dios mismo de nuestra vida, de nuestras familias y sociedades! ¡Con qué negligencia abro las puertas a estos vendedores y “cambistas” para hacer de mi cuerpo un mercado! En efecto, al consentir y dar cabida a estos nuevos vendedores y cambistas con sus propias monedas, bueyes y palomas, terminamos tan sucios interiormente, desordenados, llenos de bullicio y vacíos de Dios.


Como Cristo que arrojó a los mercaderes del templo, ¿lo hago yo? ¿Reacciono con celo contra todo vicio o pecado que descubro en mí, y que hace de esta “casa del Padre” que soy yo mismo un “mercado”? ¿Qué debo hacer?


No percibir a los mercaderes que hay en uno, hacerse de la vista gorda o engañarse a sí mismo pensando que lo que ellos ofrecen es lo que uno “necesita”, y “necesita ya, en este instante”, es un grave problema. Por ello conviene que esta semana hagamos un examen de conciencia más detallado para tomar conciencia justamente de cuáles son los vicios de los que tengo que purificar micorazón, y es que es muy fácil que, como las autoridades del templo, los consintamos porque creemos que son inevitables, o necesarios acaso. ¿Por qué sacarlos? ¿Por qué combatir tal o cual vicio, si “yo soy así”? Pero lo que es “normal” para nosotros, no lo es para el Señor Jesús. Él con ira santa arroja del templo lo que otros han consentido sin escrúpulos. ¿Qué arrojaría Él del templo de mi corazón? Entiende que tus vicios son como hierbas malas que ahogan en ti la buena semilla, raíces amargas que hay que extirpar para que crezca el trigo limpio. ¡Qué importante es mirarnos a nosotros mismos con honestidad, conocer con la luz del Señor y de los mandamientos que nos da (1ª. lectura) nuestros vicios, desenmascarar a los mercaderes que hemos consentido en nuestro corazón, los productos que le hemos comprado! ¡Qué importante es tomar conciencia de aquello que no está bien en nuestras actitudes, en nuestros modos de pensar e incluso en los sentimientos que consentimos y que nunca cuestionamos, dejando que esos sentimientos gobiernen nuestra vida! ¡Hay sentimientos que son muy malos consejeros! ¡No podemos conducir nuestra vida en base a esos sentimientos, sino que debemos aprender a hacerlo en base al criterio objetivo, a la enseñanza divina!


El primer paso para una mayor conversión, para hacer de este templo que soy yo una verdadera “casa de oración”, es esa toma de conciencia. El siguiente paso es pasar a la acción, a la purificación del propio templo. Una vez que identifico mis vicios, de qué pie cojeo, debo empezar a luchar no contra todos a la vez, sino contra aquel que considero es mi vicio principal. No es fácil desarraigar un vicio. ¡Es una lucha que durará toda la vida! Así que nunca te desanimes si parece que no avanzas, o si caes una y otra vez. ¡Ponte siempre de pie, con humildad y paciencia, una y otra vez, pide perdón a Dios y vuelve a la batalla! Proponte medios concretos para combatir tu vicio principal. Proponte medios para vivir la virtud contraria a tal vicio.


Es tiempo de Cuaresma, tiempo de purificarnos más, tiempo de arrojar a los “mercaderes” del templo que soy yo mismo. Implorando el auxilio y la gracia divina, viviendo de acuerdo a la sabiduría de la Cruz y de acuerdo a los diez mandamientos, esforcémonos por morir a todo lo que es muerte en nosotros para vivir a la Vida verdadera, haciendo de nuestra morada interior una casa de oración, lugar de diálogo, de encuentro y comunión con Dios Padre (ver Jn 14,23).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


« ¿Pero qué fin se propuso el Salvador al obrar con tanta vehemencia? Él que había de curar en día sábado y había de hacer muchas cosas que parecían contrarias a la Ley, hizo esto, aunque con peligro, para no aparecer como enemigo de Dios, dando a entender que aquel que en los peligros se expone por el honor que se debe a la casa de Dios, no menosprecia al Señor de ella, y por lo tanto, para demostrar su conformidad con Dios, no dijo “la casa santa”, sino “la casa de mi Padre”». San Juan Crisóstomo


« Es comido también por el celo de la casa de Dios aquel que se esfuerza por enmendar todo lo malo que en ella encuentra, y si no puede enmendarlo, lo tolera, pero se aflige. Por lo tanto, si te esfuerzas porque en tu casa nada malo se haga, en la casa de Dios, donde se encuentra la salvación, ¿deberás tolerar, en lo que de ti dependa, si algo malo encuentras? Si es un amigo, se le advierte con prudencia; si es tu mujer, repréndela con severidad; haz todo lo que puedas y según sea la persona que tengas a tu cargo». San Agustín


« Las ovejas son también todas las obras buenas y piadosas. Venden, pues, ovejas todos aquellos que dan sus limosnas al templo en calidad de préstamo, o hacen buenas obras para ganarse el afecto humano y éstos son todos aquellos que sirven a la Iglesia manifiestamente sólo por miramientos humanos. Y hacen también casa de negociación la casa del Señor, no sólo todos aquellos que ejercen las sagradas órdenes por dinero, por alabanza o por honor, sino también aquellos que no llenan en la Iglesia los deberes espirituales del cargo que recibieron por la gracia del Señor, con buena intención, sino con el fin de obtener retribución humana». San Beda


EL CATECISMO


El templo como lugar privilegiado para el encuentro con Dios


584: Jesús subió al templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21,13). Si expulsa a losmercaderes del templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,10; Jn 2,16-17).


585: Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24,1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua.


Un nuevo templo


586: Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21).


593: Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación en las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la destrucción del Templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo definitivo.


La iglesia, casa de oración


2691: La iglesia, casa de Dios, es el lugar propio de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar privilegiado para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para la verdad de la oración.


Los santos son templo de Dios


2684: “El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo” (San Basilio).


Para entrar en su gloria era necesario pasar por la cruz

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee marzo Ee 2021 a las 19:20 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO II DE CUARESMA


28 de Febrero al 6 de Marzo 2021


"Para entrar en su gloria era necesario pasar por la cruz"



Gén 22, 1-2. 9-13. 15-18: “El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe”


En aquellos días, Dios puso a prueba a Abraham, llamándole:

— «¡Abraham!»

Él respondió:

— «Aquí me tienes».

Dios le dijo:

— «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré».

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abraham levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abraham tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

— «¡Abraham, Abraham!»

Él contestó:

— «Aquí me tienes».

El ángel le ordenó:

— «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo».

Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abraham desde el cielo:

— «Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido».


Sal 115,10.15-19: “Caminaré en presencia del Señor”


Tenía fe, aún cuando dije: “¡Qué desgraciado soy!” Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor; en medio de ti, Jerusalén.


Rom 8, 31-34: “Dios no perdonó a su propio Hijo”


Hermanos:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?

¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que salva. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?


Mc 9, 2-10: “Éste es mi Hijo amado, escúchenlo”


En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió únicamente con ellos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante, como nadie en el mundo podría blanquearlos.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

— «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía, porque estaban asustados.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

— «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

— «No cuenten a nadie lo que ustedes han visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».


NOTA IMPORTANTE


En el marco de la Cuaresma, el relato de la ofrenda de Isaac por su padre Abraham (1ª. lectura) pone de relieve que más que sacrificios y ofrendas lo que Dios pide a sus siervos es la obediencia de la fe. Un corazón realmente convertido a Dios, que le cree a Él y confía en Él, hace lo que Él le pide y enseña aún cuando ello implique afrontar los sacrificios más costosos.


El Señor Jesús vive al máximo esa cordial adhesión y obediencia al Padre, quien ha querido entregarlo «por todos nosotros» (2ª. lectura) para nuestro rescate. Mas esa entrega del Padre no se produce sin el pleno y libre asentimiento del Hijo: «Heme aquí, que vengo, para hacer tu voluntad» (ver Sal 40, 8-9). Para la reconciliación de toda la humanidad con Dios Él ofrecerá el sacrificio de su propia vida en el Altar de la Cruz.


Esa entrega del Hijo está como trasfondo del relato del episodio de la transfiguración. En efecto, no podemos perder de vista que San Marcos, al introducir el relato del episodio de la transfiguración, establece un vínculo con otro episodio ocurrido seis días antes (ver Mc 9, 2; Nota: Al introducirse la lectura del Evangelio de este Domingo con las palabras “en aquel tiempo” se omite la referencia temporal hecha por el evangelista): el diálogo que el Señor sostuvo con sus discípulos, referido a su identidad y misión.


En ese diálogo que tuvo lugar seis días antes el Señor Jesús había preguntado a sus discípulos: «¿Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mc 8, 29). Pedro, tomando la palabra, había respondido: «Tú eres el Cristo», es decir, el Mesías anunciado por Dios a Israel, el Mesías largamente esperado. Luego de mandarles enérgicamente que a nadie le dijeran que Él era el Mesías, «comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8, 31). Pedro se negó a aceptar tal perspectiva y posibilidad: El Mesías de Dios —así pensaban todos los judíos— debía ser un caudillo glorioso y victorioso que con la fuerza de Dios libraría a Israel de toda dominación e instauraría el Reino de Dios de un modo inmediato, sometiendo a todas las naciones paganas bajo su dominio. En la mente de Pedro y de los hombres el Mesías no podía ser reprobado y matado por los suyos. Pero tal Mesías-liberador político no estaba en la mente ni en los planes de Dios (ver Mc 8, 33), por lo que Pedro recibió una durísima reprimenda del Señor, que además calificó de “Satanás” a quien poco antes había proclamado como “la roca” sobre la cual edificaría su Iglesia ver Mt 16,18.


Luego de llamar la atención a Pedro, el Señor advertía a todos, discípulos y gentes en general: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Quedaba claro que Él no prometía la gloria humana a quienes querían seguirlo. Quien quisiera ser su discípulo debía renunciar a buscar su propia gloria y seguir al Señor como aquellos reos condenados a la crucifixión: cargando con su propio instrumento de escarnio y ejecución. Mas para quien sigue al Señor, la cruz es el camino que conduce a la gloriosa transfiguración de su propia existencia (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 556).


“Seis días después”, con su transfiguración, el Señor Jesús manifestará a Pedro, Santiago y a Juan su identidad más profunda, oculta tras el velo de su humanidad. La luminosidad de sus vestidos manifiesta su divinidad. ¿No está Dios «vestido de esplendor y majestad, revestido de luz como de un manto» (Sal 104, 1-2)? El Mesías no es tan sólo un hombre, sino Dios mismo que se ha hecho hombre.


En ese momento «se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús»: Moisés representa “la Ley” y Elías “los Profetas”, el conjunto de las enseñanzas divinas ofrecidas por Dios a su Pueblo hasta entonces. En cuanto al contenido del diálogo San Lucas es el único que especifica que hablaban de su muerte en Jerusalén (ver Lc 9, 31).


Aquel momento que viven los tres apóstoles elegidos es muy intenso, por ello Pedro ofrece al Señor construir «tres tiendas»: una para Jesús, otra para Moisés, otra para Elías. Se consideraba que una de las características de los tiempos mesiánicos era que los justos morarían en tiendas. La manifestación de la gloria de Jesucristo en su transfiguración sería interpretada por Pedro como el signo palpable de que ha llegado el tiempo mesiánico, su manifestación. Mas en el momento en que Pedro se halla aún hablando «se formó una nube que los cubrió». La nube «es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás» (S.S. Benedicto XVI).


De esta nube salió una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado; escúchenlo». Es la voz de Dios, la voz del Padre que proclama a Jesucristo como Hijo suyo y manda escucharlo. El Señor Jesús es más que Moisés y Elías, está por encima de quienes hasta entonces habían hablado al Pueblo en nombre de Dios, Él ha venido a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas (ver Mt 5, 17), Él es la plenitud de la revelación: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos. El cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en lasalturas» (Heb 1, 1-3). Así, pues, al Hijo es a quien en adelante hay que escuchar: hay que prestar oídos a sus enseñanzas y hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Pedro, Santiago y Juan experimentan algo fascinante, maravilloso: ven al Señor transfigurarse ante sus ojos, lo ven en todo su esplendor, perciben la intensa luz que irradia todo su ser, su Gloria, y aunque esta intensísima y tremenda experiencia los asusta, más es el gozo extraordinario que inunda el corazón de los apóstoles: «Señor, ¡qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres tiendas!», es como decir: “¡Quedémonos aquí para siempre! ¡No queremos que este gozo intenso pase nunca!”


A veces sucede algo parecido en nuestro propio peregrinar de fe: Dios nos concede en un momento oportuno una experiencia espiritual intensa que quisiéramos que se prolongue para siempre, que nunca se acabe. Sin embargo, experiencias como esas no duran para siempre, y acaso duran sólo un instante. Y así, luego de “ver brillar la gloria del Señor”, como los Apóstoles debemos “bajar del monte”, volver a la vida cotidiana, a la lucha a veces tediosa, a la rutina absorbente de cada día, a soportar fatigas, tentaciones, dificultades, pruebas, adversidades, etc.


¡Cuántos, luego de experimentar momentos tan intensos se desalientan en la batalla, piensan en abandonar la lucha y arrojar lejos de sí la cruz que implica la vida cristiana porque “ya no sienten nada”, porque el camino se hace cuesta arriba y “no pensé que me costaría tanto”, porque “ya no puedo más”. Y en medio de estas cavilaciones y tentaciones, perdiendo el aguante, no dispuestos a asumir el esfuerzo y pagar así el precio necesario para conquistar la eternidad, desconfiando del Señor y del poder de su gracia, abandonaron cobardemente lalucha diciéndose a sí mismos: “¡Esto no es para mí! ¡Yo no puedo!” Pero no sólo abandonaron el camino del bien: engañados y fascinados por el vano brillo que el mundo les ofrecía, regresaron a Egipto, allí donde “todo era mejor”, allí donde todo es más fácil y más cómodo, allí donde “sí hay con qué saciar inmediatamente el hambre y la sed” de infinito que quema sus entrañas. ¡Qué ilusión y engaño!


¿Y dónde quedaron aquellas experiencias intensas que el Señor les regaló? ¿Fueron acaso tan sólo una ilusión y fantasía de momento, una autosugestión, es decir, una mentira? Así suelen autojustificarse y engañarse aquellos que abandonando la lucha y apartando sus ojos de la eternidad deciden “vivir del momento”. Quieren sustituir con fugaces “experiencias extremas”, repetidas una y otra vez hasta el cansancio y la saciedad, la profunda y duradera felicidad que sólo el Señor les puede dar. A quienes de este modo huyen de su interior y del Señor ciertamente no les queda más que lanzarse frenéticamente a buscar saciar su hambre y sed de infinito con borracheras de todo tipo, con sensaciones fuertes, intensas, a través del placer sensual, del poder, del tener, o a través de la adicción al trabajo, a la acción superficial e ininterrumpida. Así, en el día a día, son como pobres mendigos que buscan saciarse con migajas, o peor aún, con alimento para cerdos, queriendo acallar el grito incontenible de sus corazones que clama por un Pan Vivo que sacie su hambre de felicidad, de paz, de auténtica comunión en el amor.


¡Qué importante es valorar y atesorar aquellas experiencias que Dios nos regala en algún momento de la vida, experiencias a veces muy intensas, otras muy suaves y sencillas, para no sucumbir ante las pruebas y cruces que encontraremos en el camino, para no dejarnos seducir por los espejismos que en momentos de desierto espiritual nos invitan a abandonar el camino del Señor, el camino que por la cruz conduce a la gloria, sugiriéndonos “volver a Egipto”, es decir, optar por una vida más fácil, más cómoda y placentera, más “light”, más ajustada a nuestra mediocridad!


Como la transfiguración para los Apóstoles, las experiencias intensas que en un momento de nuestra vida inundan nuestro espíritu de una paz y un gozo profundo son un regalo de Dios para nuestro peregrinar, un tenue anticipo de lo que Dios nos promete si perseveramos en el camino que Jesús nos enseña, un firme aliciente para luchar día a día por lo que hemos gustado brevemente pero que aún nos falta conquistar, aquello que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2, 9). Esos momentos de luz han de permanecer siempre en nuestra cordial memoria para alentarnos en todas nuestras luchas, para alimentar nuestra esperanza y sostenernos día a día en la fiel perseverancia hasta el fin.


Así, pues, en los momentos de prueba, en los momentos en que el cielo se nos nuble, cuando la oscuridad parezca cubrirlo todo y la espesa tiniebla del dolor inunde tu mente y corazón, haz memoria de los momentos de luz, momentos en que el Señor se ha mostrado en tu vida con suma claridad. Estas experiencias son como el sol: no podemos dudar de su existencia aunque por momentos las nubes densas lo oculten, y así no lo veamos en días, semanas, meses, sabemos que está siempre allí, que está detrás de las nubes o tormentas que se interponen de momento. Cuando te toquen esos momentos duros y difíciles, no desesperes: abrázate a la Cruz del Señor, reza intensamente y espera con paciencia el nuevo nacimiento del Sol, el triunfo del Señor en tu vida.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor manifiesta su gloria delante de testigos que había escogido, y sobre su cuerpo, parecido al nuestro, se extiende un resplandor tal “que su rostro parecía brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz.” Sin duda, esta transfiguración tenía por meta quitar del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz, no hacer tambalear su fe por la humildad de la pasión voluntariamente aceptada... Pero esta revelación también infundía en su Iglesia la esperanza que tendría que sostener a lo largo del tiempo. Todos lo miembros de la Iglesia, su Cuerpo, comprenderían así la transformación que un día se realizaría en ellos, ya que los miembros van a participar de la gloria de su Cabeza. El mismo Señor habíadicho, hablando de la majestad de su venida: “Entonces, los justos brillarán como el sol en el reino de mi Padre” (Mt 13, 43). Y el Apóstol Pablo afirma: “Los sufrimientos del mundo presente no pesan lo que la gloria que se revelará en nosotros” (ver Rom 8, 1)… También exclamó: “Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él” (Col 3, 3-4)». San León Magno


«¿Y por qué hace que se presenten allí Moisés y Elías? Para que se distinguiese entre el Señor y los siervos, pues el pueblo afirmaba que el Señor era Elías o Jeremías. Además, hizo que apareciesen sirviéndole, para demostrar que Él no era adversario de Dios ni trasgresor de la ley; pues en tal caso el legislador Moisés y Elías, los dos hombres que más habían brillado en la guarda de la ley y en el celo de la gloria de Dios, no lo hubieran servido». San Juan Crisóstomo


«Ya por los profetas, sus siervos, Dios quiso hablar y hacerse oír de muchas maneras; pero mucho más es lo que nos dice el Hijo, lo que la Palabra de Dios, que estuvo en los profetas, atestigua ahora con su propia voz, pues ya no manda preparar el camino para el que ha de venir, sino que viene Él mismo, nos abre y muestra el camino, a fin de que, los que antes errábamos ciegos y a tientas en las tinieblas de la muerte, iluminados ahora por la luz de la gracia, sigamos la senda de la vida, bajo la tutela y dirección de Dios». San Cipriano


EL CATECISMO


El Padre envía a su Hijo amado para nuestra reconciliación


444: Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado».


457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). «El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1Jn 4,14). «Él se manifestó para quitar los pecados» (1Jn 3,5)

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458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1Jn 4,9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).


459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9,7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.


La cruz es el camino a la gloria


554: A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro «comenzó a mostrar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día» (Mt 16,21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús…


555: Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que “para entrar en su gloria” (Lc 24,26), es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la ley y los Profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como Siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo.


556: (…) La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3,21). Pero ella nos recuerda también que «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,22).


CONCLUSION REFLEXIVA


Cuaresma puede ser entonces un tiempo oportuno de hacer juntos un camino nuevo que nos ayude a ser más libres para amar, servir y entregar la vida como Jesús lo hizo, para destruir el egoísmo y la indiferencia. Como nos recordaba el Papa Francisco: “La vida subsiste donde hay vinculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad.” (Fratelli tutti 87).


Si quieres, puedes limpiarme

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee febrero Ee 2021 a las 13:45 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


14 - 20 de Febrero 2021


“Si quieres, puedes limpiarme“


Presentacion:


Buena parte del mundo celebra hoy dos acontecimientos disímiles: el domingo de carnaval y el día del amor y la amistad. Amor con distancia y amistad con mascarilla… toda una imagen paradojal de nuestro tiempo. El amor y la amistad son valores universales, todo corazón aspira a un amor sincero y toda existencia suspira por una auténtica amistad. El tener un día que nos lo recuerde refuerza este deseo y amarra esta esperanza. Hemos sido creados por Dios para la comunicación y el vivir en sociedad. Ahora ya losabemos: vivir en soledad impuesta, o en confinamiento obligatorio, es una verdadera desgracia.


Cuando Jesús inició su ministerio público, cuando abandonó Nazaret y su supuesta carpintería, cuando se encontró con el drama de la complejidad de la existencia humana y de las tramas de sus relaciones, se indignó por algunas de las diversas situaciones que encontró. Una de ellas fue la que se nos narra en el Evangelio de este domingo: la de aquellos que son excluidos socialmente a causa de sus enfermedades y dolencias, el drama de los que son rechazados por tener el cuerpo llagado y quebrantado y provocar por ello, con su sola presencia, repulsión.


Una de las imágenes más impactantes del Papa Francisco fue con motivo de su encuentro con un hombre con el rostro totalmente desfigurado. La expresión del Papa no fue de asco o de rechazo, al contrario, lo abrazó con ternura, sencillez y delicadeza, como para que no se quebrara más en su fragilidad. Esa es, en mi opinión, la imagen más nítida y perfecta a la que estamos llamados todos los cristianos: abrazar y acoger con misericordia a los llagados, deformes y enfermos de este mundo, a mirar a la cara, a los ojos, con compasión y fraternidad a los que viven en los márgenes de nuestras existencias cotidianas.Fray Manuel Jesús Romero Blanco


Lev 13, 1-2.44-46: “El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”


El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

— «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro, porque tiene lepra en la cabeza.

El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡impuro, impuro! Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».


Sal 31, 1-2.5.11: “Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación”


Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Alégrense, justos, y gocen con el Señor; aclámenle, los de corazón sincero.


1 Cor 10, 31-11, 1: “Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo”


Hermanos:

Cuando ustedes coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios.

No den motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios. Por mi parte, yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven.

Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo.


Mc 1,40-45: “La lepra se le quitó y quedó limpio”


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

— «Si quieres, puedes limpiarme».

Jesús sintió compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

— «Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:

— «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

Pero él salió y se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba afuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


NOTA IMPORTANTE


De acuerdo con la ley de Moisés, cualquier hebreo que tenía «en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra» (Lev 13,1-2), debía ser llevado y presentado al sacerdote. Éste debía observar al enfermo para determinar si se trataba o no de la lepra.


Si el sacerdote calificaba la enfermedad como lepra, el enfermo era declarado legalmente como un “impuro” y separado de la comunidad para evitar el contagio y la difusión de la enfermedad. Al leproso se le obligaba llevar vestidos desgarrados, así como la cabeza descubierta. Día a día su enfermedad avanzaba lentamente, y en aquel tiempo se trataba de una enfermedad incurable. No había médico que pudiese curarla. Sólo un profeta del Señor podía realizar tal curación.


Excluidos de la convivencia común, los enfermos de lepra vivían fuera de los muros de la ciudad, socialmente aislados y marginados. Para su subsistencia dependían básicamente de la caridad de los peregrinos, y si algún peregrino inadvertidamente pasaba cerca de donde se encontraba algún leproso éste tenía que avisar de su presencia proclamando a grandes gritos: «¡impuro, impuro!» (ver Lev 13, 45).


¿Podemos imaginar la terrible existencia a la que se veían condenados los leprosos por su enfermedad, la carga tremenda del dolor y sufrimiento que tenían que soportar, no sólo físico y psicológico, sino también espiritual? En efecto, además de la exclusión por parte de sus hermanos humanos, los leprosos eran declarados “impuros” como signo de una exclusión mayor: la exclusión de la amistad de Dios, por ser considerada la enfermedad como una manifestación y consecuencia de una impureza legal en la que el enfermo habría incurrido por su infidelidad a la Ley, por su infidelidad a Dios. El leproso era, para los judíos, alguien a quien Dios mismo había rechazado y castigado con esa terrible enfermedad. De ahí el nombre mismo de la lepra, en hebreo tzara’at: “golpe o azote divino”.


Había leprosos que, aunque debían vivir aislados, no eran recluidos. A estos se les permitía venir a las ciudades a pedir limosna o ayuda a los suyos, no pudiendo acercarse a nadie a menos de “cuatro codos” de distancia. Uno de estos leprosos tuvo un día la oportunidad y osadía de acercarse al Señor Jesús. No soporta más la carga de su terrible enfermedad, el oprobio que significa para él. Lleno de esperanza se acerca a Jesús, que ya por entonces era famoso por su prédica y curaciones, y se arrodilla ante Él para suplicarle: «Si quieres, puedes limpiarme». Él cree que el Señor tiene el poder para curarlo. Sabe también que no tiene derecho alguno a reclamar tal beneficio y con toda humildad se pone en las manos del Señor apelando a su benevolencia.


Los rabinos, por no correr ningún riesgo de contaminarse por el contacto con algún leproso, los evitaban al verlos o les arrojaban piedras para apartarlos de su camino. En efecto, la Ley declaraba impuro al que tocaba a un leproso (ver Lev 15,7) y los rabinos eran sumamente celosos de mantener la pureza legal. Sin embargo, el Señor no sólo permite que se le acerque aquel leproso sino que, movido por la compasión, lo toca y le dice: «Quiero: queda limpio». El contacto físico es para el Señor el modo como comunica su poder restaurador (ver Mc 7,33). Con este gesto unido a su palabra el Señor realiza el milagro esperado: su carne de inmediato quedó limpia de la lepra.


Pero no sólo cura el Señor la enfermedad física. El leproso le ha suplicado que lo limpie. La palabra griega katarizo puede ser entendida en su sentido primario de limpiar de la lepra por medio de la curación, pero también tiene un sentido moral, el de liberar de la corrupción y de la culpa del pecado, el de purificar de toda malicia. La curación de la lepra es por tanto el signo visible de otra purificación más profunda: el perdón de los pecados en los que habría incurrido, atrayendo supuestamente sobre él el castigo divino.


El pecado es ciertamente como una lepra que va despedazando no la carne sino el espíritu, una lepra que destruye la comunión con los demás y termina por hundir al pecador en la total lejanía de Dios y en la más absoluta soledad y desesperación. El Señor Jesús vino a sanar al hombre entero, con una curación que va a las raíces de todo mal y sufrimiento que experimenta el ser humano. La reconciliación con Dios, consigo mismo, con el hermano y con la creación, mediante el perdón de los pecados obtenido por el sacrificio reconciliador de Cristo en la Cruz, es la respuesta de Dios frente a la situación de ruptura en la que el ser humano ha incurrido por su rechazo de Dios.


El Señor lo despide «encargándole severamente: “No se lo digas a nadie”». No quiere que la noticia se divulgue para no encender el entusiasmo mesiánico de las multitudes, impidiendo o dificultando así el cumplimiento de su misión de predicar la Buena Nueva a todos los hijos de Israel. A pesar de la severa prohibición, el hombre curado no puede contener el anuncio, difundiendo por todo lugar lo que el Señor ha hecho con él. No podemos imaginar el gozo y la alegría que habrá experimentado aquel leproso curado. ¡Estaba sano nuevamente! ¡Dios se había mostrado compasivo con él! ¡Ahora podía nuevamente reintegrarse a la comunidad! ¿Cómo es posible contener un gozo semejante y no “hacer fiesta”, no proclamar y divulgar la extraordinaria noticia?


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Cualquiera de nosotros, luego de cometer un pecado grave, experimenta la voz de la conciencia que le remuerde, que le dice que ha hecho mal, que le quema interiormente. Mientras más grave el pecado, mayor el peso, el dolor y la vergüenza que se experimentan.

Esa experiencia universal la expresaba el salmista en estos términos: «mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco» (Sal 31 [32], 3-4). ¿Quién de nosotros, luego de haber pecado gravemente, no ha experimentado que algo le consume interiormente? Por lo menos, al principio siempre se experimenta con fuerza, aunque con la posterior repetición del pecado y la continua justificación o auto-convencimiento de que en realidad “no es tan malo” uno empiece a “anestesiar” la conciencia y acallar esa voz que le acusa “de día y de noche”. Pero incluso aunque se esfuerce en acallarla y silenciarla, irrumpirá con fuerza de vez en cuando, reprochándome mis malas acciones. Sencillamente, no me dejará en paz.


A veces me he preguntado acaso: “después de lo que he hecho, ¿quién me podrá perdonar?” Acaso en medio de la desesperación he pensado que para mí “ya no hay salida”, que “ya no merezco el perdón”. Entonces, porque pensaba que luego de mi pecado ya no había retorno posible, no hice sino seguir hundiéndome en mi pecado pensando: “si para mí ya no hay perdón, si ya no hay vuelta atrás, ¿qué más da si sigo en lo mismo?”


¡Sin embargo, Dios siempre está esperándonos para darnos una nueva oportunidad! ¿Qué tenemos que hacer? Volvamos a la experiencia del salmista: «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 31[32], 5). Sí, el Señor es capaz también de limpiar de la lepra de su pecado a quien reconociendo su miseria se arrodilla humilde ante Él y le pide perdón. Él te limpia de verdad, hasta lo más profundo, borra en ti toda culpa, crea en ti un corazón puro y te renueva interiormente (ver Sal 50,11-12; Ez 36,25-26). Su perdón siempre nos da la posibilidad de empezar de nuevo, y su amor siempre es más grande que el másgrande de tus pecados. Con su perdón el Señor traerá nuevamente la paz, el gozo y la alegría a tu corazón si humilde y arrepentido te acercas al confesionario, donde Él te espera en su sacerdote. Allí, cuando tú al confesar tus pecados le supliques al Señor: “¡si quieres, puedes limpiarme!”, Él, profundamente conmovido y compadecido ante tu sufrimiento y miseria, “tocará” tu herido corazón con su amor y con su gracia y te dirá: “quiero, ¡queda limpio! ¡Yo te absuelvo de tus pecados! ¡Anda, y procura no pecar más!”


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Él se arrodilla cayendo sobre su faz, lo que es señal de humildad y vergüenza, para que cada cual se avergüence de las manchas de su vida. Pero esta vergüenza no impide su confesión; muestra la llaga y pide el remedio. Ya la misma confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes. Esto es, puso la potestad en la voluntad del Señor». San Beda


«Aunque podía curar al leproso sólo con la palabra, lo toca, porque la ley de Moisés decía (Lev 22,4-6): “El que tocase al leproso quedará impuro hasta la noche”. Con esto quería mostrar que esta impureza era según la naturaleza. Y como no se había dictado la ley para Él, sino sólo para los hombres, y como era Él mismo propiamente el Señor de la ley, y curaba como Señor y no como siervo, tocó con razón al leproso, aunque no era necesario el tacto para que se operase la cura». San Juan Crisóstomo


«Imaginémonos en nuestro interior a un herido grave, de tal forma que está a punto de expirar. La herida del alma es el pecado del que la Escritura habla en los siguientes términos: “Todo son heridas, golpes, llagas en carne viva, que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite.” (Is 1,6) ¡Reconoce dentro de ti a tu médico, tú que estás herido, y descúbrele las heridas de tus pecados! ¡Que oiga los gemidos de tu corazón, Él para quien todo pensamiento secreto queda manifiesto! ¡Que tus lágrimas le conmuevan! ¡Incluso insiste hasta la testarudez en tu petición! ¡Que le alcancen los suspiros más hondos de tu corazón! ¡Que lleguen tus dolores a conmoverle para que te diga también a ti: “El Señor ha perdonado tu pecado.” (2 Sam 12,13) Grita con David, mira lo que dice: “Misericordia Dios mío... por tu inmensa compasión” (Sal 50,3)». San Gregorio Magno


EL CATECISMO


El enfermo ante Dios


1502: El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación. La enfermedad se convierte en camino de conversión y el perdón de Dios inaugura la curación. Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Ex 15,26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás. Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad.


1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.


Jesús escucha la oración


2616: La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras, o en silencio. La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27) o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10,48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

He venido a predicar el Evangelio

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee febrero Ee 2021 a las 10:15 Comments comentarios (1)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


07 - 13 de Febrero 2021


“He venido a predicar el Evangelio”


Job 7, 1-4.6-7: “Mis días se acercan a su fin, sin esperanza”


Habló Job diciendo:

— «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario.

Meses de desengaño son mi herencia, y noches de sufrimiento me han tocado en suerte. Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días se acercan a su fin, sin esperanza, con la rapidez de una lanza de telar.

Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha».


Sal 146, 1-6: “El Señor sostiene a los humildes”


Alaben al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.

Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados.


1 Cor 9, 16-19. 22-23: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”


Hermanos:

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi recompensa. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿Cuál es la recompensa? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo gratuitamente, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.

Porque, siendo libre como soy, me hice esclavo de todos para ganar a todos los que pueda. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.


Mc 1, 29-39: “Curó a muchos enfermos de diversos males”


En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; se

lo dijeron a Jesús y Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

— «Todo el mundo te busca».

Él les respondió:

— «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he venido».

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.


NOTA IMPORTANTE


Luego de asistir aquél sábado a la sinagoga con sus discípulos (ver Mc 1,21), el Señor se dirige a casa de Pedro y Andrés, junto con Santiago y Juan. Pedro y su hermano, naturales de Betsaida (Jn 1, 44), habían venido a residir a la importante ciudad de Cafarnaúm, acaso por razones de comercio pesquero.


En casa de Pedro estaba su suegra, con una fiebre alta (ver Lc 4,38) que la tenía postrada en cama. Los apóstoles se lo comentan al Señor, y Él la cura instantáneamente tomándola de la mano. San Lucas refiere que además «conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó» (Lc 4,39). Su palabra no sólo tiene el poder de expulsar demonios, sino también de “expulsar” enfermedades.


La curación le devuelve asimismo la energía habitual, de modo que de inmediato «se puso a servirles». De este modo se hace visible a todos su dominio no sólo sobre la enfermedad, sino también esa fuerza que sale de Él (ver Mc 5, 30) para comunicar vitalidad a quien estaba enfermo. La restitución es total, tanto que no requiere de una recuperación posterior. Su dominio sobre la creación es absoluto.


El hecho de acercarse, tomarla de la mano y levantarla de su estado de postración puede tener un valor simbólico: Él, abajándose, muriendo en la Cruz y “levantándose” de entre los muertos por su Resurrección, ha venido al mundo a levantar a la humanidad enferma y postrada por el pecado, a devolverle la salud, a devolverle su capacidad de servir a Dios, de entrar en su amistad, de darle gloria mediante una vida humana plena y plenificada por la fuerza de Dios mismo. Él, Señor de la Vida, ha comunicado a su criatura humana, por la fuerza de su Espíritu, una vida nueva. Todo hombre o mujer sanado por el Señor es asimismo invitado a servir al Señor como un gesto de gratitud, servirlo sobre todo viviendo como Cristo enseña, es decir, amando como Él ha amado.


Luego de curar a la suegra de Simón el Señor aprovecha aquella jornada de descanso sabatino para hablarles a sus apóstoles de los misterios del Reino.

Su fama de taumaturgo ya se había difundido por toda la ciudad, de modo que al atardecer de aquel sábado, cuando «ya se había puesto el sol», es decir, cuando ya el reposo sabático había concluido y era lícito transportar los enfermos (ver Jn 5, 9.10), le traen numerosos enfermos y endemoniados para que los cure. Poco a poco se va congregando a la puerta de la casa de Pedro «toda la ciudad». Esta expresión es una típica hipérbole oriental para decir lo mismo que multitud muy numerosa. Uno a uno el Señor los cura a todos.

También «expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar», es decir, les prohibía revelar su identidad mesiánica. El Señor no quería que los ánimos de la multitud se exaltasen, no quería que confundiesen su misión mesiánica con una misión política, razón por la que en otro momento también a sus apóstoles les pedirá que a nadie revelen que Él es el Mesías esperado. Sólo permitirá que lo aclamen como tal poco antes de su muerte en Cruz, al hacer su entrada triunfal en Jerusalén.

Ya de noche se retiran todos los que fueron en busca del milagro y de la enseñanza de Jesús. Jesús y sus apóstoles se retiran a dormir.

Pasada la noche refiere San Marcos que el Señor «se levantó de madrugada, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar».

Su diálogo íntimo con el Padre se ve interrumpido cuando Pedro y sus compañeros, al no hallarlo en casa, salen a buscarlo y, una vez hallado, lo instan a volver a casa arguyendo que «todo el mundo te busca». ¿Cómo no sentirse apremiado a salir al encuentro de la muchedumbre que anda en busca de Él, ya sea para escuchar su palabra o para encontrar en Él la salud? A pesar de la petición de Pedro, y consciente de que muchos lo esperan en su casa, el Señor responde: «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he venido».


Hay quienes traducen «que para eso he salido», y es que el verbo griego exerjomai se puede traducir tanto por venir como también por salir o partir. En todos los casos indica dejar un lugar para dirigirse a otro, ya sea por voluntad propia o por voluntad de otro. En un sentido inmediato podría entenderse que “para eso ha salido de la casa de Pedro”. Sin embargo, se puede percibir un sentido más profundo en las palabras del Señor: para eso “ha salido de Dios” y venido al mundo. Este sentidode la expresión del Señor Jesús es evidente en el Evangelio de San Lucas: «para eso he sido enviado» (Lc 4,43), por el Padre se entiende.


Con esta sentencia el Señor define su misión: ha sido enviado por el Padre para anunciar el Evangelio, tanto así que «todos los aspectos de su Misterio —la misma Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de sus discípulos, el envío de los Doce, la Cruz y la Resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos— forman parte de su actividad evangelizadora» (S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 6).

En obediencia al Padre el Señor Jesús, «Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena» (EN, 7).

Luego de Él los Apóstoles serán los primeros en anunciar el Evangelio de Jesucristo, enviados por Él.

También San Pablo es un Apóstol elegido por el Señor. El da testimonio de que la misión de anunciar el Evangelio la ha recibido directamente del Señor, misión dela que se experimenta responsable: «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Impulsado por ese celo y sentido del deber San Pablo se hace «todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Luego de una agotadora jornada apostólica que incluye la predicación de su Evangelio, la curación de muchos enfermos y la expulsión de muchos demonios, el Señor Jesús se levanta al siguiente día muy de madrugada, cuando todo está aún muy oscuro y todos duermen, para dirigirse Él solo a un lugar apartado: «allí se puso a hacer oración».


El Señor Jesús nos enseña la importancia que tiene para Él la oración, “robándole horas al día” para dedicarle un tiempo al diálogo íntimo con el Padre. En el cumplimiento de su misión, que consiste principalmente en predicar la Buena Nueva a las ovejas perdidas de Israel (ver Mc 1,38; Mt 15,24), la frecuente oración o diálogo íntimo con el Padre aparece como algo prioritario para Él. En otra ocasión enseñará a sus discípulos lo que Él mismo vive, la necesidad que Él mismo experimenta: «es necesario rezar siempre y sin desfallecer» (Lc 18,1).


Es a partir de su sintonía profunda con el Padre, que reclama y se nutre de ese diálogo continuo con Él, que el Señor es capaz de ordenar rectamente sus actividades según el divino Plan: a pesar de que Pedro lo urge a regresar a casa donde muchos lo esperan para ser curados de sus enfermedades, Él en cambio decide ir «a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he venido»

.

Por más duro que suene, su prioridad no es curar a los enfermos de sus males, o liberar a los endemoniados de los espíritus inmundos, o saciar la curiosidad de las multitudes que empiezan a buscarlo por la fama de gran profeta que va adquiriendo, sino la fidelidad a la misión que el Padre le ha encomendado. Él ha venido al mundo a anunciar la Buena Nueva de la reconciliación, y prioriza su acción de acuerdo a su misión principal. No podemos dejar de resaltar la importancia fundamental de dicho anuncio, pues ¿de qué hubiera servido su encarnación, su muerte y resurrección, así como su ascensión, sin esa predicación y anuncio? El don de la Reconciliación operada por el Señor Jesús (ver 2Cor 5,18-19) necesita del anuncio, de la proclamación de la Buena Nueva, de la predicación, para ser comprendido y acogido por el hombre (ver Rom 10,17).


Al rezar muy de madrugada el Señor nos enseña que con la oración se preserva del desgaste y desfondamiento que trae consigo la actividad, que sin oración y sin una continua referencia al Padre se convierte en un peligrosísimo activismo. El Señor nos enseña que el recto obrar se nutre de la oración como de su raíz, y hace de la misma acción que se orienta al cumplimiento del Plan divino una oración incesante, una alabanza o “liturgia” continua.


El que verdaderamente es discípulo de Cristo, jamás deja de rezar porque obedece al ejemplo y a la voz de su Maestro, que ha dicho: es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). La oración es para el creyente una necesidad, necesidad que responde a una sed de Dios que busca saciar en el encuentro con Él. Consiste en un tejido armonioso que se entreteje de momentos fuertes de oración y de oración continua. Los momentos fuertes de oración como el diálogo íntimo con el Señor en el Santísimo, la meditación de su Palabra en espíritu de oración, la participación atenta en la Santa Eucaristía, la celebración de la Liturgia de las horas, nutren la oración continua, oración que es vivir en continua presencia de Dios y hacerlo todo por Él. No deja de rezar quien buscando obedecer en todo a Dios hace de toda su actividad una incesante alabanza a Él (ver 1Cor 10,31).


Si el Señor Jesús se daba el tiempo para rezar, no dejando la oración “para el final del día” como tantas veces solemos hacerlo nosotros, sino rezando antes de iniciar sus exigentes y diarias actividades, ¡cuánto más debemos nosotros buscar el tiempo necesario para tener momentos fuertes de oración a lo largo del día! Si andamos en búsqueda de la reconciliación para nosotros mismos —el perdón de nuestros pecados, la curación de nuestras heridas más profundas, la armonía y paz interior, la alegría y gozo continuo, la fuerza para la lucha, etc.— y si queremos llevar a otros el don de la reconciliación, entendamos de una vez por todas que ello es imposible sin la oración perseverante. Para estar reconciliados y para poder cooperar con el Señor Jesús en la tarea de la evangelización reconciliadora de la humanidad, el trato íntimo, la oración diaria y perseverante es esencial. Organízate especialmente los días que más cosas tengas que hacer, para que nunca te falte un tiempo para rezar. Y si tienes que levantarte “muy de madrugada” para orar antes de que empiece el ritmo incesante de actividades, ¡haz ese sacrificio, que será ampliamente recompensado por el Señor!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El ocaso del sol significa místicamente la pasión y muerte de Aquel que dijo: “En tanto que estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9,4). Es al ocaso del sol cuando es curada la mayor parte de los enfermos y poseídos, porque Aquel que durante su estancia en este mundo enseñó a unos cuantos judíos, les transmitió los dones de la fe y de la salvación a todos los pueblos de la tierra». San Beda


«Al decir “para esto he venido” «manifiesta el misterio de la Encarnación y el señorío de su divinidad confirmando que había venido al mundo por su voluntad. Y San Lucas dice: “Para esto soy enviado” (Lc 4,43), manifestando la buena voluntad de Dios Padre sobre la disposición de la Encarnación del Hijo». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO


La oración de Jesús


2599; ver. 2601: El Hijo de Dios hecho hombre aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Y lo hizo de su madre que conservaba todas las “maravillas” del Omnipotente y las meditaba en su corazón. Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debía estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2,49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.


2607: Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar. El camino teologal de nuestra oración es su oración a su Padre. Pero el Evangelio nos entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración. Como un pedagogo, nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce al Padre. Dirigiéndose a las multitudes que le siguen, Jesús comienza con lo que ellas ya saben de la oración por la Antigua Alianza y las prepara para la novedad del Reino que está viniendo. Después les revela en parábolas esta novedad. Por último, a sus discípulos que deberán ser los pedagogos de la oración en su Iglesia, les hablará abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.


La misión del Señor Jesús


606: El Hijo de Dios «bajado del Cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


763: Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su «misión». «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras». Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo «presente ya en misterio».


El Señor Jesús hace partícipes de su misión a los apóstoles


1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, laIglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.


2: Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo envió a los Apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Fortalecidos con esta misión, los Apóstoles «salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20).


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Cor 4, 1).


!GLORIA A DIOS!!!


Enseñaba con autoridad

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee febrero Ee 2021 a las 16:30 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


31 de Enero al 6 de Febrero 2021


“Enseñaba con autoridad“


Introducción


El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús, rodeado de sus discípulos, en la Sinagoga de Cafarnaún. Un pueblo y una Sinagoga muy frecuentada por Jesús. Era sábado, el día más importante de la semana para los judíos, y su actividad comenzaba orando y escuchando la Palabra de Dios, dando gracias. El evangelio dice que Jesús estaba enseñando y que la gente se quedaba asombrada de cómo hablaba. Decían que hablaba con autoridad, como nadie lo había hecho antes.


Dt 18, 15-20: “Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «El Señor tu Dios hará surgir un profeta como yo, de entre los tuyos, de entre tus hermanos. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor tu Dios en el Horeb,

el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir”.

El Señor me respondió: “Tienen razón; haré surgir un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”».


Sal 94, 1-2.6-9: “Escuchemos la voz del Señor”


Vengan, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entren, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchen hoy su voz: «No endurezcan el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando sus padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

1 Cor 7, 32-35: “Quiero inducirlos al trato con el Señor sin preocupaciones”

Hermanos:

Quiero que estén libres de preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Les digo todo esto para bien de ustedes, no para ponerles una trampa, sino para inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.


Mc 1, 21-28: “Se quedaron asombrados de su doctrina”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

— «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

— «Cállate y sal de él».

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:

— «¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.


Nota importante


Dios promete a su pueblo un profeta como Moisés (1ª. lectura), es decir, suscitará de en medio de su pueblo a uno a quien le confiará la misión de hablar por Él, para que diga exactamente todo lo que Él quiere decir: «Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande».


Dios a lo largo de los siglos fue suscitando grandes profetas en medio de su pueblo para hablar en su nombre al corazón de su pueblo. Mas aquella antigua promesa se cumple de un modo particular y excepcional en su propio Hijo, a quien envió Dios «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Y si «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Es el Hijo único del Padre, nacido de Mujer, un profeta “como Moisés”. Él no hizo más que hablar en nombre de su Padre: «Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta… la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,10.24).


Por Cristo, la Palabra hecha carne (ver Jn 1,1-2.14), quiso Dios «revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad». «En esta revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2). Jesucristo es la plenitudde toda la revelación, es decir, por Él Dios ha querido decir a su criatura humana todo lo que necesita saber en orden a su salvación y reconciliación con Dios.


San Marcos relata en el Evangelio de este Domingo como el Señor Jesús, acompañado de sus primeros discípulos, llega a Cafarnaúm, una importante ciudad en Galilea en la que Él estableció su “centro de operaciones”.


El sábado siguiente Cristo asistió, como de costumbre, a la sinagoga. Todos los pueblos y pequeñas villas tenían una sinagoga. De la magnífica sinagoga de Cafarnaúm se conservan hoy ruinas importantes.


Los sábados se realizaban en las sinagogas los oficios. Estos consistían en una oración seguida de una lectura y exposición de la Sagrada Escritura lo que para nosotros es el Antiguo Testamento). Se tomaba primero un texto de “la Ley” (los cinco primeros libros llamados también “Pentateuco” y luego de algún libro de “los Profetas”. Inmediatamente venía una explicación de los textos divinos, que la podía realizar ya sea un sacerdote, el jefe de la sinagoga, o alguien a quien éste último designase por considerarlo suficientemente instruido y capacitado para ello.


La explicación de los textos divinos podía ser una exposición literal o alegórica, incluía la exposición de reglas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre y amplio, pero el método exigía dar autoridad a la exposición ya sea con la Escritura o con la “tradición de los padres”, es decir, con sentencias de rabinos importantes.


Hacia el centro de la sinagoga había una plataforma o tribuna, donde tenía su asiento el jefe y los miembros más respetables de la misma. Allí estaba también el sitio del lector y del que iba a hacer la exposición.


Aquél sábado el Señor fue invitado a hacer la exposición. Su enseñanza despertó una profunda admiración entre los oyentes: «se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad».


¿Qué clase de “autoridad” es esta, que contrasta con el modo como los fariseos y maestros enseñaban la Ley? La palabra griega ‘exousían’, utilizada por el evangelista y traducida a nuestra lengua como ‘autoridad’, significa también ‘poder’. Y es que más allá de impresionar y causar admiración en sus oyentes por la profunda sabiduría de sus palabras, por su “doctrina nueva”, su palabra tieneun poder nunca antes visto: por su palabra es capaz de sanar al hombre y curarlo de sus dolencias (ver Mt 8,8; Lc 7,7; Mc 2,10), por su palabra domina las fuerzas indomables de la naturaleza (ver Mt 8,24-26), por su palabra expulsa los espíritus inmundos y somete el poder del demonio (ver Mc 1,25s; Mt 8,16), por su palabra tiene incluso poder sobre la misma muerte (ver Lc 7,14s). Su palabra realiza aquello que pronuncia con el poder que sólo puede provenir de Dios. Su autoridad es divina.


Este enseñar “con autoridad” o “poder” es probablemente una insinuación de su divinidad. Siendo la Escritura “palabra de Dios”, ¿quién sino Él mismo podía interpretarla con autoridad? Un profeta sólo podía hablar “en nombre de Dios”, mas el Hijo de Dios hablaba de la Escritura con autoridad propia, interpretándola y exponiéndola como sólo Él puede hacerlo: desde un conocimiento pleno de lo que el Padre quiso revelar a su pueblo por medio de Moisés y los Profetas.


Esta autoridad divina tiene una inmediata confirmación: «Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo». Se trata de un endemoniado que, en medio de la asamblea, se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».


La pregunta de si ha «venido a acabar con nosotros» es una evidente referencia a la lucha de Dios contra los poderes demoníacos. En Isaías se lee que los poderes celestiales malos serían finalmente juzgados y “encerrados” por Dios (Is 24, 22s). Este “juicio” sería realizado por “el Hijo del hombre”, el Mesías. De allí la pregunta del endemoniado.


El endemoniado asimismo dice saber que Él es «el Santo de Dios». No se trataba de un título oficial del Mesías. Sin embargo, siendo Israel el pueblo santo y de los santos (ver Dan 7, 25), el Mesías habría de sobresalir en santidad, pudiendo a él aplicarse esta denominación. Así lo llamó también Pedro (Jn 6, 69). El endemoniado lo califica así por reconocer en Él al enviado de Dios para traer la victoria sobre “ellos”.

«Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”». La razón de este silencio que le impone es la de no divulgar anticipadamente que Él es el Mesías. Al ordenarle salir de él «el espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió».


Al ver esto los asistentes quedan más asombrados aún: «¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». El poder sobre el demonio es prueba de su poder y dominio absoluto sobre el reino del mal. Su enseñar con autoridad no es sólo por la manera como enseña, sino porque «hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Señor Jesús no es un gran maestro o un “gurú” más entre varios otros. Quien así piensa no ha comprendido o aceptado que Él es el Hijo mismo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. En cuanto tal, Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado que hayan pisado nuestro suelo. Nosotros afirmamos y creemos firmemente lo que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y nos ha transmitido a cada uno de nosotros: que Cristo el Señor es la Palabra eterna que desde siempre ha estado con Dios, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible ha pasado de la nada a la existencia. Él mismo es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano del misterio de Dios y del misterio del ser humano. Él es la Palabra Viva que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9).


Mas aunque el Señor Jesús por su condición divina tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene, o habría que decir mejor que se estrella ante la libertad del ser humano: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que consciente o inconscientemente desoye a Dios. Y es que Dios que nos ha creado libres —porque nos ha creado para participar de su mismo amor y porque el amor no se impone— respeta a todo aquel que le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y me digas lo que tengo que hacer o no hacer para ser feliz. Yo quiero definir por mímismo qué es lo bueno y qué es lo malo para mí. Yo quiero ser mi propio dios, dueño de mi propia vida y constructor de mi propio destino, no quiero que Tú te entrometas, no quiero que Tú me limites”. ¡Cuántas veces le decimos “no” a Dios porque lo vemos como un enemigo de nuestra felicidad, porque “no me deja hacer lo que más me place, lo que a mí me gusta, lo que me deleita o me produce algún éxtasis intenso, lo que según mi criterio me hace feliz”!


En cambio, ¡con qué prontitud, confianza total y falta de sensatez, sentido común y recto discernimiento le decimos sí a las voces, sugerencias e invitaciones de las modas del mundo, de los reclamos sensuales de nuestra propia carne o incluso de las tentaciones del demonio siempre disfrazadas de “esto es bueno y excelente para ti” —aún cuando Dios claramente te advierte que es fruto de muerte—, que nos ofrecen ser felices si nos postramos ante los ídolos del placer, del tener o del poder! Al poco tiempo, si somos honestos con nosotros mismos y dejamos de engañarnos, nos damos cuenta de que allí no encontramos más que sucedáneos, ilusiones que sólo duran lo que dura un soplo, que al pasar su mágico embrujo nos dejan humillados, destrozados, heridos profundamente, rotos interiormente, avergonzados al punto de llegar al desprecio de nosotros mismos, cargados de amarguras, resentimientos, odios que nos envenenan. ¡Aún así, cuántas veces seguimos prefiriendo esas “voces” que nos ofrecen el oro y el moro si les vendemos nuestra alma, a escuchar la voz de Dios, confiar en Él y seguir sus enseñanzas! Necios somos, un pueblo de dura cerviz y corazón endurecido, tardo y lerdo para confiar en Dios y creer en su amor.


Ante el Señor Jesús “que enseña con autoridad”, con la autoridad de Aquél que es absolutamente coherente con lo que enseña, pero con la autoridad mayor aún de Aquél que conoce lo que hay en lo más profundo de los corazones humanos, que sabe para qué ha sido creado y cuál es el camino de su propia realización, hoy se nos exige más que sólo una actitud de admiración, se nos exige una toma de posición y una reacción: o acepto vivir de acuerdo a lo que el Señor me enseña, dejándome transformar interiormente por el poder y eficacia de su Palabra, o endurezco mi corazón y rechazo su doctrina y al Maestro, viviendo de acuerdo a mis propios criterios, de acuerdo a los criterios del mundo o del mal, apartándome cada vez más de Dios, hundiéndome cada vez más en la oscuridad, en el vacío, en la soledad y la muerte que se hallan fuera de Dios. No existe untérmino medio: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6,24).


Aquél que con humildad y confianza le abre su corazón al Señor, acoge su Evangelio y se esfuerza por seguir las enseñanzas del Maestro, pronto experimenta en sí mismo la eficacia y el poder transformador de Su Palabra (ver Heb 12,3). Él trae la aurora que disipa las tinieblas que se han apoderado del corazón. Él, por su palabra, todo lo renueva en nosotros.


Si elijo escuchar la voz de Dios, si elijo confiar en Él más que en las voces del mundo, de mi propia carne o del demonio que me instigan a desconfiar de Dios, de su palabra, de su amor, incluso de su existencia misma, pronto me encontraré con algunos obstáculos que me dificultarán, en mayor o menor medida, escuchar esa voz del Señor y retener su palabra en lo íntimo del corazón, con afecto profundo, de modo que pueda —asimilados esos criterios divinos y adheridos cordialmente a ellos— vivir una vida de acuerdo a sus enseñanzas. Mencionemos algunos, que no son todos ciertamente, para buscar en nuestra vida cotidiana un remedio y solución, para no dejar de poner paciente y perseverantemente los medios necesarios para disponernos de la mejor manera para la escucha y acogida de la enseñanza divina.


Un obstáculo cada vez más frecuente en nuestra agitada y acelerada sociedad es la falta de tiempo. Tenemos o nos llenamos de una y mil cosas que hacer. Ciertamente hay mucho por hacer, horas de trabajo que realizar para ganar el pan de cada día, horas que dedicar al estudio e investigación, horas que demanda también nuestra vida social. El problema es cuando en medio de tanta actividad ya no le dejamos espacio a la oración, a la lectura y meditación de la Escritura, a una lectura espiritual, y a veces ni siquiera ya a la Misa del Domingo. El problema es cuando en medio de tanto quehacer, a la hora de plantear nuestras propiedades resulta que para el Señor “no tengo tiempo”. ¿Cómo pretendo escuchar al Señor, si ya ni siquiera me doy un tiempo y espacio de tranquilidad para encontrarme con Él? Nos quejamos tantas veces de que “el Señor no me habla” cuando Él no deja de hablarnos por medio de su Hijo principalmente, y de muchas otras maneras también, algunas muy sutiles.


No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él esos momentos y espacios de encuentro, de lectura y reflexión desu palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día, necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Si no le regalamos esos momentos, si no nos hacemos violencia y reordenamos nuestras prioridades de modo que no le demos al Señor solamente el tiempo que nos sobra —si es que nos sobra— sino un momento central de nuestra jornada, tampoco escucharemos su voz, tampoco Él nos regalará con la experiencia íntima de su presencia amorosa. En ese caso, seremos nosotros los únicos culpables de esa sordera que nos impide escuchar al Señor.


Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta.


En la que a nosotros nos toca, hagamos un serio y sostenido esfuerzo por buscar continuamente al Señor en la oración y procuremos hacer silencio en nuestro interior, para poder escuchar, acoger y dejarnos transformar por la palabra del Señor, por el Señor Jesús mismo que es la Palabra viva pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, Palabra por la que todo vino a la existencia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y al cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: “el pueblo sabrá que era Yo [el Señor] quien le hablaba” (Is 52,6)». San Jerónimo


«Cuando Pablo dice a su discípulo: Vete enseñando todo esto, reprendiendo con toda autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras, por tanto, lo que le aconseja no es un modo de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por esto hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no a la manera de los doctores que tenían ellos. El, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. Él tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad». San Gregorio Magno


NUESTRO CATECISMO


Enseñaba con autoridad


581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en El se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino suinterpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» Mc 7, 8 de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7,13).


582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.


2173: El Evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día, sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). Con compasión, Cristo proclama que «es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla» (Mc 3, 4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios. «El Hijo del hombre es Señor del sábado» Mc 2, 2.


Para la Reflexion


¿Qué nos quiere decir el Señor con todo esto?


Que el mensaje de Jesús es una Buena Noticia y que hay que vivirla como tal. Que no tengamos miedo de acercarnos a su Palabra y dejarnos transformar por ella, como a aquel hombre le pasó. Y que hagamos de nuestra vida un gran testimonio, un gran mensaje para todas las personas, de lo mucho y lo bueno que hace Dios con cada uno de nosotros. La fe es para vivirla con alegría, con esperanza y con gozo. Y la Eucaristía es el momento donde compartimos todo eso, como hermanos, como hijos todos de un mismo Padre que nos quiere. Vivámoslo así.


!Gloria a Dios!!!


Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres

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DISCIPULADO CARISMÁTICO


RCC - DRVC


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


24 - 30 de Enero 2021


“Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres"


Jon 3, 1-5.10: “Los ninivitas se convirtieron de su mala vida”


En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás:

— «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo».

Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando:

— «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!».

Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron con ropas de penitencia, grandes y pequeños.

Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.


Sal 24, 4-9: “Señor, instrúyeme en tus sendas”


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas:

haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


1 Cor 7, 29-31: “La apariencia de este mundo se termina”


Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante.

Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran;

Los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la apariencia de este mundo se termina.


Mc 1, 14-20: “Conviértanse y crean en el 20: “Conviértanse y crean en el Evangelio”Evangelio”


Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

— «Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando las redes en el mar.

Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca reparando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con él.


NOTA IMPORTANTE


Refiere Marcos que una vez arrestado Juan el Bautista, Jesús se dirige a Galilea para iniciar su predicación. Lo hace con este llamado: «Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».


La expresión “se ha cumplido el plazo” así como “está cerca el reino de Dios” eran expresiones “escatológicas”, es decir, en el ambiente judío evocaban de inmediato la llegada del Mesías enviado por Dios al final de los tiempos, y el triunfo definitivo de Israel sobre las naciones paganas.


El sentido exacto de la palabra griega egiken puede traducirse por “está cerca” o “se acerca”, pero puede significar también que “ya llegó”, es decir, que el reino de Dios ya está presente. Y así lo usa el Señor en los Evangelios, unas veces habla del reino que ya llegado en su persona y sus actos, y otras veces lo ubica temporalmente en un futuro próximo.


Ante esta cercanía o ya presencia del reino de Dios, el Señor hace un llamado al “arrepentimiento”. La palabra griega metanoeíte, “conviértanse”, literalmente se traduce por “cambien de forma de pensar”. La expresión metanoia se usa en todo el Nuevo Testamento para hablar de conversión, y es que todo cambio de conducta necesariamente debe proceder de un cambio de mentalidad. No puede haber una verdadera conversión o cambio de conducta sin una nueva forma de pensar, y esta nueva forma de pensar debe ser la de Cristo mismo. Es por eso que el Señor al llamado que hace a cambiar de mentalidad añade inmediatamente: «y crean en el Evangelio». Es decir, el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de abandonar los criterios que llevan a obrar en contra de los mandamientos divinos para «asimilar los valores evangélicos que contrastan con las tendencias dominantes en el mundo» (S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America,


28. O, en otras palabras, «la conversión (metanoia), a la que cada ser humano está llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Esto supone el abandono de la forma de pensar y actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la existencia» (S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 32). Así, pues, la verdadera conversión consiste en tener «la mente de Cristo» (1Cor 2,16) y, en consecuencia, sentir y actuar como Cristo mismo.


Del llamado que el Señor hace a la conversión y a creer en el Evangelio, el evangelista pasa a describir el llamado que el Señor hace a algunos ir con Él: «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres».


Este llamado lo dirige el Señor primero a los hermanos Simón y Andrés, que «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron». Eran pescadores de oficio. Cabe recordar que Andrés y Simón ya conocían al Señor Jesús (ver Jn 1, 35-42).


De Juan y Santiago, también pescadores que ejercían su oficio en el lago de Galilea, dice el evangelista además que «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con Él». El padre de Juan y Santiago era propietario de barcas y redes, lo cual habla de un cierto nivel económico dentro de la modestia del oficio de pescador.


Por el evangelista Lucas (5,10) sabemos también que entre Pedro, Juan y Santiago, al menos, habían establecido una cierta “sociedad” de pesca.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El mar es el hábitat propio de los peces y de toda criatura marina, mas no del ser humano. Éste se ahoga y muere si —desprovisto de cualquier dispositivo para respirar— permanece sumergido en la profundidad de las aguas por mucho tiempo. Esto es lo que figurativamente sucede con el hombre cuando decide apartarse de Dios y peca: se sumerge en la profundidad del mar, se ahoga sin poder “respirar”, se destruye a sí mismo. El pecado es un acto suicida, enseñaba el Papa Juan Pablo II. En la mentalidad hebrea el mar era el símbolo del domino del mal y de la muerte. En efecto, el hombre sin Dios, apartado de Él por el pecado, hundido en las profundidades del mar de la muerte, «tiene nombre como de quien vive, pero está muerto» (ver Ap 3,1).


En este contexto ser pescador de hombres es el oficio de arrancar al ser humano de una situación de muerte en vida para llevarlo a participar de la Vida verdadera, la vida feliz a la que está llamado. Es lo que el Señor Jesús, Dios hecho hombre, ha hecho por nosotros: rescatarnos, arrancarnos, por su encarnación, muerte, resurrección y ascensión, de las profundidades de la muerte, del dominio de las tinieblas y del pecado, para llevarnos al ámbito propio de nuestra existencia: la tierra firme, al lugar donde el hombre puede respirar ampliamente, donde la luz del Sol —que simboliza a Cristo— hace resplandecer plenamente para nosotros la hermosura de la creación, donde ese mismo Sol nos calienta y nos da Vida verdadera. El Señor Jesús es el Pesador de hombres por excelencia.


El Señor ha querido asociar a su propia misión de “pescar hombres” a todos los que por el anuncio del Evangelio y por el Bautismo han sido ya rescatados del mal y la muerte. A ti y a mí, a todo bautizado, el Señor nos dice también hoy: “ven conmigo, y te haré pescador de hombres”. En primer lugar nos invita a seguirlo, a ir con Él por el camino, andar en su presencia, a aprender de Él, observándolo, conociéndolo, escuchando sus enseñanzas, viviendo la amistad que se nutre en el diálogo, en el compartir con Él las penas y alegrías, de los triunfos y las adversidades de cada día. Es fundamental guardar como hizo la virgen María las enseñanzas de su Hijo en la mente y en el corazón, para luego ponerlas por obra en la vida cotidiana, es necesario pensar y vivir de acuerdo al Evangelio. Orar con perseverancia es fundamental, como es también encontrarnos con el Señor en la Eucaristía dominical y acudir al sacramento de la Reconciliación cada vez que necesitamos de su perdón y de la gracia divina para levantarnos de nuestras caídas y seguir avanzando hacia el horizonte de santidad que el Señor nos señala. Quien así va con el Señor de camino, quien lo toma como Maestro y Señor, se va asemejando cada vez más a Él gracias a la acción de su divino Espíritu en nuestros corazones. Así aprendemos de Cristo a ser “pescadores de hombres” y experimentamos su mismo impulso y urgencia de trabajar por la reconciliación de los hombres. El verdadero discípulo de Cristo es por naturaleza apóstol.


Mas algunos, como lo fueron los apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan, son llamados con una vocación muy particular, con un llamado más radical que implica dejarlo todo por seguir a Cristo, por estar con Él para dedicar y entregar su vida completamente al anuncio de Su Evangelio.


Este llamado nunca puede ser tomado —y esa es la perspectiva del mundo— como una maldición. Al contrario, el creyente sabe bien que se trata de signo de un amor muy especial de Dios para con el elegido (Ver Jer 31,3), una enorme bendición tanto para el elegido como también para su familia.


La tarea de rescatar al ser humano de su miseria más profunda, de ser pescador de hombres, es hermosísima. En realidad, es la misión más importante que puede existir sobre esta tierra: liberar, en dura batalla en la que la Victoria es ya nuestra por Jesucristo, a sus hermanos humanos del dominio del mal, del pecado y de la muerte para ganarlos para la Vida plena. Su tarea es la de llevarlos al encuentro con el Señor Jesús, ayudarlos a reconciliarse con Dios para que también ellos puedan participar de su misma vida divina, de su comunión en el amor, para ayudarlos a ser hombres y mujeres de verdad. ¿Puede haber misión más grande que esa, que implica participar de un modo privilegiado de la misión que Dios mismo confió a su Hijo único, el Hijo de Santa María?


Si el Señor, que conoce tu corazón, que sabe para que estás hecho, te dirige su mirada cargada de amor y te dice: “Ven conmigo, y te haré pescadores de hombres”, no dudes en responderle. Ten el valor y el coraje, así como la confianza en el Señor, para dejarlo todo por el Señor, para anunciar Su Evangelio con la radicalidad de una vida entregada totalmente a Él. Recuerda que si el Señor te pide darlo todo por Él, ¡Él te dará cien veces más, y luego la vida eterna! (ver Mc 10,29-30). Confía en el Señor y no tengas miedo. Recuerda también que de la fiel respuesta a tal llamado depende tu propia felicidad y la de muchas otras personas, especialmente de tus familiares (aunque de momento ellos no lo vean así). ¡Una vocación es siempre fuente de muchas bendiciones para una familia que sabe abrirse a tan gran regalo de Dios!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El mismo Señor Jesús comenzó así su predicación: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 4,17). Juan Bautista, su precursor, había comenzado de la misma forma: “Arrepentíos porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3,2). Ahora, el Señor recrimina a los hombres que no se convierten, estando cerca el reino de los cielos, este reino de los cielos del que él mismo dice: “no vendrá de forma espectacular”, y también “está en medio de vosotros” (Lc 17,20-21). Que cada uno, pues, sea sensato y acepte los avisos del Maestro, parano dejar escaparse el tiempo de la misericordia, este tiempo que transcurre ahora, para que se salve el género humano de la perdición. Porque si el hombre es puesto a salvo es para que se convierta y que nadie sea condenado. Sólo Dios sabe el momento del fin del mundo. Sea cuando sea, ahora es el tiempo de la fe». San Agustín


«“Jesús les dijo: Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). ¡Dichoso cambio de pesca! Simón y Andrés son la pesca de Jesús... Estos hombres son considerados “peces”, pescados por Cristo, antes de ir ellos a pescar a otros hombres. “Ellos dejaron inmediatamente las redes y los siguieron” Mc 1,18. La auténtica fe no conoce la dilación. En cuanto le oyeron, creyeron, lo siguieron y se convirtieron en pescadores de hombres. “...dejaron las redes”. Pienso que en estas redes están simbolizados los vicios de la vida de este mundo que ellos abandonaron... “Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan... Jesús los llamó también; y ellos dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él” (Mc 1,19-20).

Me diréis: la fe es atrevida. ¿Qué indicios tenían ellos, que señal sublime habían notado para seguirle así que los llamaba? Nos damos cuenta, a todas luces, que algo divino emanaba de Jesús, de su mirada, de la expresión de su rostro que incitaba a los que él miraba a volverse hacia él… ¿Por qué digo todo esto? Para mostraros que la palabra del Señor actuaba y que a través de la palabra más insignificante, el Señor actúa: “él lo ordenó y fueron creados” (Sal 148,5). Con la misma simplicidad con que él los llamó, ellos le siguieron... “Escucha, hija, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; el rey está prendado de tu belleza” (Sal 44,11-12). ¡Escucha bien, hermano, y sigue las huellas de los apóstoles! ¡Escucha la voz del Señor, ignora a tu padre por la carne, y mira el Padre verdadero de tu alma y de tu espíritu! Los apóstoles dejaron a su padre, dejaron la barca, dejaron todas sus riquezas de entonces. Abandonaron el mundo y sus innumerables riquezas, renunciaron a todo lo que poseyeron. Pero no es la cantidad de las riquezas lo que Dios considera, sino el alma de aquel que renuncia. Los que han abandonado poca cosa, sin embargo, hubieran renunciado también a grandes fortunas si sehubiera dado el caso». San Jerónimo


EL CATECISMO

«El Reino de Dios está cerca»


541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1, 15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».


El anuncio del Reino de Dios


543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.


545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» Mt 26, 28.


La conversión de los bautizados


1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vid.


¿Qué buscan?

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 17 Ee enero Ee 2021 a las 0:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO CARISMÁTICO 


RCC - DRVC


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


17 - 23 de Enero 2020


“¿Qué buscan?”


Introducción


Toda nuestra vida es buscar. Porque nunca tenemos lo que estimamos suficiente. Y si lo tuviéramos, buscaríamos cómo arreglarnos para que no llegue a faltarnos. Buscamos fundamentalmente mantener la vida, la salud, las energías. Pero hay más, como personas humanas, no buscamos sólo sobrevivir, sino que tenemos nuestros proyectos de realización personal. El sentido de nuestra vida no es puramente biológico, no se reduce a procurar existir, sino que implica procurar vivir humanamente, con lo mucho que implica nuestra condición humana, que va desde el saber hasta el sentir; pensar en el futuro, y hacer presente el pasado, siempre con la inquietud de hacia dónde nos encaminamos día a día en nuestra existencia; y no solos, sino con la imprescindible compañía de otros...


¿Qué buscamos? ¿Qué buscamos con nuestro trabajo, con nuestro dinero, con nuestras relaciones familiares sociales...etc? ¿Qué buscamos cuando nos ponemos ante Dios? Es imposible que no resuene en nuestros oídos esa pregunta. Si no nos la planteáramos, sería peor, sería como renunciar a nuestra condición humana, y convertirnos en animales inconscientes.

 


1 Sam 3, 3-10.19: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”


En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió:

— «Aquí estoy».

Fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Respondió Elí:

— «No te he llamado; vuelve a acostarte».

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy vengo porque me has llamado». Respondió Elí:

— «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte».

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:

— «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”».

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: — «¡Samuel, Samuel!»

Él respondió:

— «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

 

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de

cumplirse.


Sal 39, 2.4.7-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”


Yo esperaba con ansia al Señor;

él se inclinó y escuchó mi grito;

me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído;

no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy».

Como está escrito en mi libro: Para hacer tu voluntad».

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea;

no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.


1 Cor 6, 13-15.17-20: “¡Glorifiquen a Dios en sus cuerpos!”


Hermanos:

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo.

Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un espíritu con él.

Huyan de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo? Él habita en ustedes porque lo han recibido de Dios.

 

Ya no se pertenecen a ustedes mismos, porque han sido comprados a un precio muy caro. Por tanto, ¡glorifiquen a Dios en sus cuerpos!


Jn 1, 35-42: “¡Hemos encontrado al Mesías!”


En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:

— «Éste es el Cordero de Dios».

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió hacia ellos y, al ver que lo seguían, les pregunta:

— «¿Qué buscan?»

Ellos le contestaron:

— «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo:

— «Vengan y lo verán».

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:

— «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús mirándolo le dijo:

— «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que traducido significa Pedro)».


NOTA IMPORTANTE


Las lecturas de este Domingo plantean el tema de la vocación. Nuestro término “vocación” viene de la palabra latina vocare, que significa llamar. Así pues, cuando hablamos de vocación, hemos de entender que Dios llama a alguien invitándolo a cumplir una determinada misión en el mundo.


En la primera lectura nos encontramos ante el relato de la vocación del profeta Samuel, a quien Dios reiteradamente llama por su nombre mientras duerme. Samuel había sido entregado por su madre a Elí, para servir a Dios. En un principio el joven acude a Elí, pensando que es el anciano sacerdote quien lo llama, hasta que Elí le recomienda responder: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). Con esta respuesta Samuel responde a Dios, manifestándole estar dispuesto a hacer lo que Él le pida. Es así que «el Señor llamó a Samuel y él respondió: “Aquí estoy”» (1Sam 3, 4).


También el salmo responsorial habla de la respuesta del convocado a la voz y a los designios de Dios: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad» (Sal 39, 89). En este caso se trataría del Mesías, anunciado por Dios en los libros proféticos. Sería la respuesta de Hijo al Padre eterno, cuando le encomienda llevar a cabo sus designios reconciliadores en el mundo. Su respuesta es de una obediencia ejemplar: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas... entonces yo digo: “aquí estoy... para hacer tu voluntad”».


Es al Mesías, el Hijo de Dios hecho Hijo de Mujer (ver Gal 4,4), al que andan buscando dos jóvenes inquietos (Evangelio). Estos jóvenes encarnan la esperanzadel pueblo elegido. En efecto, Israel esperaba al Mesías prometido por Dios, y la expectativa de su pronta llegara había crecido desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». El Bautista, de quien estos dos jóvenes eran discípulos, incluso lo señaló ya presente en la persona de Jesús de Nazaret, que había acudido a él para ser bautizado en el Jordán: «Éste es el Cordero de Dios».


Cordero en arameo se dice talya y se usa tanto para designar a un cordero como también a un siervo o servidor (ver Is 53,7). Con esta designación el Bautista da a entender que Jesús es no sólo el cordero pascual cuyo sacrificio y sangre derramada librará al mundo del peso del pecado y del poder de la muerte (ver Éx 12,1 ss), sino que también es el Siervo de Dios por excelencia, tal como lo presenta Isaías en los “cánticos del siervo” (ver Is 42; 49; 50,4ss; 52,13-53).


Al escuchar a Juan hablar de Jesús de modo sobre, sus dos discípulos se fueron tras Él, siguiéndolo a cierta distancia. En un momento el Señor se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscan?» Ésta es la traducción exacta del griego, cuyo verbo zeteo significa buscar algo con intensidad. El Señor, que conoce los corazones, sabe que lo que mueve a estos dos jóvenes a seguirle es un intenso anhelo de encontrar al Mesías prometido por Dios.


Sorprendidos aquellos jóvenes parecen no responder a la pregunta del Señor y le preguntan a su vez: «¿Donde vives?». Podríamos descubrir en esta pregunta acaso una velada petición para que los lleve a su casa, es decir, para que los acoja en su intimidad, para que les hable de Él, de su doctrina, de su mensaje, de su modo de vida. Aquel «¿donde vives?» no es una manera de evadir la pregunta del Señor ni una mera curiosidad acerca del lugar físico en el que moraba el Señor, sino que equivale más bien a un “muéstranos quien eres, pues queremos conocerte, queremos saber si tú eres Aquel a quien estamos buscando intensamente”.


«Vengan y lo verán», responde el Señor. En otras palabras les dice: “vengan conmigo y les mostraré quién Soy yo”.


El encuentro de aquella tarde debió ser realmente fascinante, muy intenso, pues el impacto que causó en aquellos jóvenes fue tremendo. Por eso luego del encuentro lo primero que hacen es ir corriendo a buscar a Pedro, hermano de uno de ellos, para compartirle su importantísimo descubrimiento: «¡Hemosencontrado al Mesías!» Encontrar a Aquel a quien andaban buscando intensamente, hallar a quien era el motivo de sus esperanzas y expectativas, había llenado sus corazones de un inmenso júbilo que necesitaba difundirse y compartirse inmediatamente, llevando también a otros al encuentro con Aquel que responde a la búsqueda más profunda de todo ser humano, a sus anhelos de salvación y felicidad: «lo llevó a Jesús».


Ese fue el primer encuentro imborrable de Andrés, Juan y Pedro con el Señor.


Si mencionamos a Juan, aunque el evangelista sólo menciona a Andrés y a Pedro, lo más probable es que se trate del mismo evangelista. Son ellos, junto con los demás Apóstoles, quienes escucharán más adelante aquél llamado del Señor, aquel “ven y sígueme” al que también ellos, venciendo sus propios temores y miedos, responderán con un firme y decidido “aquí estoy, Señor; te seguiré a donde vayas; envíame a donde quieras, a anunciar tu Evangelio”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Este episodio en la vida de estos dos jóvenes nos habla de una realidad profunda que cada uno de nosotros puede descubrir también en sí mismo: soy un buscador, estoy en una búsqueda incesante. ¿Qué busco? Más allá de todas las búsquedas superficiales, más allá de buscar alcanzar mis metas, ambiciones o aspiraciones personales, busco algo más profundo, busco a quien me ayude a comprenderme, a comprender el sentido de mi existencia, mi identidad, para que respondiendo a aquello que soy pueda llegar a ser feliz. ¡Sí! ¡Quiero ser feliz! Y es por eso que ando en una continua búsqueda para saber quién soy, cuál es el sentido de mi existencia, cuál mi misión en el mundo, cuál mi destino después de mi muerte, ymi corazón estará inquieto mientras no halle la respuesta que está buscando. Cierto que en la vida diaria nos terminamos distrayendo con muchas otras búsquedas, tan superficiales, aunque en el fondo de todas aquellas búsquedas está aquella que mueve consciente o inconscientemente todas las demás.


Muchos, agobiados por sus sufrimientos, experiencias negativas y frustraciones, no esperan ya nada “de la vida” y han abandonado la búsqueda de Aquel que verdaderamente los hará felices. No creen en Dios ni esperan en Él. Procuran “pasarla bien” y “disfrutar el momento” mientras puedan y como puedan, pero en el fondo no hacen más que vivir una amargura e infelicidad creciente, aparentando por fuera que todo va bien. Son personas como éstas las que luego enseñan a sus hijos —como si fuera una verdad incuestionable— que “la felicidad no existe”. ¡Cuántos jóvenes escuchan de labios de sus propios padres que lo único que encontrarán en la vida es a lo más algún momento fugaz de gozo o placer! Son los que han fracasado en su búsqueda quienes quieren imponer a otros su frustración, matando en ellos toda esperanza de hallar la felicidad en sus vidas. Lamentablemente muchos jóvenes asumen ya esa “verdad” y piensan como aquellos que nunca tuvieron el coraje, la osadía y la fiel perseverancia para seguir al Señor para encontrar en Él esa felicidad que todo ser humano necesita encontrar.


Ante tantos que ya no creen en que el ser humano pueda ser feliz, nosotros sostenemos serenamente que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia católica, 27). Sí, en Dios y en la comunión con Él y en Él con sus seres amados el ser humano encontrará su plena realización y felicidad.


Por otro lado, frente al fracaso de tantos en esa búsqueda esencial nos alienta el ejemplo y el testimonio de aquellos que habiéndose encontrado con Cristo y siguiéndolo de cerca fielmente han encontrado en Él la fuente de la humana felicidad que tanto andaban buscando. ¡Es a quienes han triunfado, y no a quienes han fracasado, a quienes hay que escuchar y creer, cuyo ejemplo hay que seguir! ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en el impactante testimonio y exhortaciónque el gran Papa Juan Pablo II dirigió a todos, especialmente a los jóvenes, en el mismo lecho de muerte: “¡Soy feliz, séanlo también ustedes!”?


También a ti, que eres un buscador, que eres una buscadora, el Señor —que sabe de tu intensa e incesante búsqueda— te dice hoy: «ven y verás». ¿Tendrás tú la audacia de seguirlo? ¿Tendrás tú el valor de acompañarlo y de permanecer con Él, de seguirlo a donde Él te lleve? Abandonar el seguimiento de Cristo es abandonar la búsqueda de la verdadera felicidad para pasar a llenar esos anhelos de Infinito con sucedáneos que nos frustran cada vez más, con placeres que sólo engañan de momento, con vanidades que camuflan nuestros vacíos, con adrenalinas o drogas que reclaman dosis cada vez más altas. ¡Tengamos el coraje y el valor de buscar saciar los anhelos más profundos de nuestro humano corazón allí donde pocos se atreven! ¡Sigamos con firmeza y confianza al “Cordero de Dios”! ¡Pidámosle, al calor de la oración perseverante, que nos lleve a su casa, a la intimidad de su Corazón!


Que cada día sea para nosotros una ocasión para renovarnos en esa búsqueda intensa, con la plena certeza y confianza de que Él sale al encuentro y se deja hallar por aquellos que lo buscan con sincero corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Mas Jesucristo no les da señales de su casa, ni les designa lugar alguno, sino que únicamente los atrae para que le sigan, manifestándoles que ya los ha aceptado. Y no dijo: ahora no es tiempo, mañana sabréis si algo queréis aprender; sino que los trata como amigos familiares, como si hubiesen vivido con Él largo tiempo. ¿Y cómo es que San Mateo y San Lucas dicen: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Mt 8,20), y Éste dice: Venid y ved dónde vivo? Cuando dijo que no tenía dónde reclinar su cabeza dio a entender que no tenía casa propia y no que carecía de domicilio. Sigue, pues: “Ellos fueron, vieron en dónde moraba, y se quedaron con Él aquel día”. No añade el Evangelista con qué fin se quedaron, porque desde luego se comprende que fue para oír su doctrina».

San Juan Crisóstomo


«Escuchando estas palabras [del Bautista], los dos discípulos que estaban con Juan siguieron a Jesús. “Y Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó:

 

‘¿Qué buscáis?’ Ellos le contestaron: ‘Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?’” Y todavía no le siguieron de manera definitiva; sabemos que le siguieron cuando les llamó para que dejaran sus barcas..., cuando les dijo: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). Es a partir de este momento que le siguieron y ya no lo dejaron nunca más. De momento querían ver dónde vivía Jesús, y poner en práctica esta palabra de la Escritura: “Si ves un hombre prudente, madruga a seguirle, que gaste tu pie el umbral de su puerta. Medita en los preceptos del Señor, aplícate sin cesar a sus mandamientos” (Sir 6,36). Jesús, pues, les enseño donde vivía; vinieron y se quedaron con él. ¡Qué día más dichoso pasaron! ¡Qué noche más feliz! ¿Quién nos dirá lo que escucharon de la boca del Señor? También nosotros podemos construir una mansión en nuestro corazón, construyamos una casa en la que Cristo pueda venir a enseñarnos y conversar con nosotros».

San Agustín


EL CATECISMO


Hemos encontrado al Mesías


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


437: El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio Él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20)para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16).


438: La consagración mesiánica de Jesús manifiesta sumisión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción». Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que Él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).


Nota Final Quedarse con Jesús


Jesús sigue preguntándonos, ¿qué buscáis? Y sigue ofreciéndose como respuesta: venid y veréis. Porque somos llamados a seguirle. Esa es nuestra vocación de cristianos. Lo que da sentido a nuestro vivir. Para ello escuchamos, meditamos la Palabra de Dios. Dejamos que nos interrogue. Percibimos en ella que alguien nos llama, a conocerle mejor, pasar tiempo con él, a seguirle. ¿Es para nosotros una satisfacción responder positivamente a su invitación? En definitiva, ¿la convivencia, el sentir con Jesús es nuestro objetivo existencial, que da sentido a otros proyectos, a otros objetivos? Venid y veréis; fueron, vieron, ... y se quedaron con Jesús.


,Gloria a Dios!


El Bautismo del Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee enero Ee 2021 a las 20:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO CARISMÁTICO 


RCC - DRVC


Semana de Reflexion del 10 al 16 de Enero 2021


El Bautismo del Señor


Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)


Introducción

Con esta fiesta concluimos el tiempo de Navidad. El bautismo del Señor, o «teofanía del Jordán», es un misterio importante de nuestra fe, pues funda el sacramento del bautismo cristiano. Esta fiesta es una bella oportunidad para reflexionar sobre el significado de nuestro propio bautismo y renovar los compromisos que en él hemos adquirido, así como dar gracias a Dios por el gran regalo de hacernos hijos suyos. Esta oportunidad se renueva cada vez que meditamos este misterio en el rezo del rosario .


Is 42,1-4.6-7: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo”

 

Así dice el Señor:

«Miren a mi siervo, a quien sostengo;

mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu,

para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará,

no voceará por las calles.

La caña resquebrajada no la quebrará,

ni apagará la mecha que apenas arde. Promoverá fielmente el derecho,

y no se debilitará ni se cansará,

hasta implantarlo en la tierra,

los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.

Yo, el Señor, te he llamado según mi plan salvador, te he cogido de la mano,

te he formado, y te he hecho

mediador de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,

y del calabozo a los que habitan las tinieblas».


Sal 28, 1a. 2. 3ac-4. 3b y 9b-10 R. “El Señor bendice a su pueblo con la paz.”


Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. R/.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre. R/.

El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades. R/.

NOTA: En este ciclo B el calendario litúrgico indica otro salmo que puede utilizarse también: Sal: Is 12, 2-6.

 

Hech 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

—«Ahora comprendo que Dios no hace distinciones; acepta al que lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Ustedes saben lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, comenzando por Galilea. Me refie¬ro a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».


Mc 1,7-11: “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.”


En aquel tiempo, proclamaba Juan:

—«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.

Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo».

Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.

Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como

una paloma. Se oyó una voz del cielo:

—«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».


NOTA IMPORTANTE


¿Por qué se hizo bautizar el Señor?


Juan invitaba a un bautismo, distinto de las habituales abluciones religiosas destinadas a la purificación de las impurezas contraídas de diversas maneras. Su bautismo era un bautismo «de conversión para perdón de los pecados» (Mc 1,4). Debía marcar un fin y un nuevo inicio, el cambio de conductas pecaminosas en conductas virtuosas, el abandono de una vida alejada de los mandamientos divinos para asumir una vida justa, es decir, santa, conforme a las enseñanzas divinas. Su bautismo implicaba una confesión de los propios pecados y un propósito decidido de dar «frutos dignos de conversión» ver Mt 3,6-8


El simbolismo del ritual hablaba de una realidad: el penitente era sumergido completamente en el agua del Jordán (el término bautismo viene del griego baptizein y significa “sumergir”, “introducir dentro del agua” significando un sepultar a la persona que en cierto sentido ha muerto por la renuncia a la vida pasada de pecado, para resurgir luego del agua como una persona distinta, purificada. De este modo se simbolizaba su nacimiento para una vida nueva.


Con el bautismo que Juan realizaba se hacía realidad ya cercana lo que anunciaban las antiguas promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparad el camino del Señor! ¡Allanadle los caminos!”» (Is 40,3). Juan reconocía que su bautismo daría paso a uno infinitamente superior, el Bautismo del Señor Jesús: «Yo os bautizo en agua para conversión... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Un día estaba Juan bautizando en el Jordán cuando se llegó a él el Señor para pedirle que lo bautice. Pero, ¿necesitaba Jesús el bautismo de Juan?

 

¿Necesitaba renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Por ello Juan se resiste a bautizarlo (ver Mt 3,14). El Señor Jesús es el Cordero inmaculado, en Él no hay mancha de pecado alguno, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, Él no necesita morir a una realidad de pecado —inexistente en Él— para comenzar una vida nueva. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y reclama ser él quien necesita ser bautizado por el Señor Jesús. Aún así, el Señor se acerca a Juan como uno de los tantos pecadores para pedir ser bautizado y ante la negativa de Juan insiste: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (ver Mt 3,15).


«No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Joseph Ratzinger – S.S. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).


El Señor no necesita ciertamente del bautismo de Juan, sin embargo, obedeciendo a los designios amorosos de su Padre, se hace solidario con los pecadores.

«Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento... Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores... El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado”— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (ver Mc 10,38; Lc 12,50)» (allí mismo).


Éste, pues, es el sentido profundo del bautismo que recibe de Juan: «Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Una obra que cumplió sobre la cruz cuando recibió también su “bautismo”». Es entonces cuando «muriendo se sumergió en el amor del Padre y difundió el Espíritu Santo para que los que creen en Él renacieran de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna. Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarse en el Espíritu Santo para librarnos de la esclavitud de la muerte y “abrirnos el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena» (S.S. Benedicto XVI).


La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias. El Bautismo no es un mero “acto social”. Un día yo fui bautizado y mi bautismo marcó verdaderamente un antes y un después: por el don del agua y el Espíritu fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a la vida nueva, a la vida de Cristo, a la vida de la gracia. Por el Bautismo llegué a ser “una nueva criatura” (2Cor 5,16), fui verdaderamente “revestido de Cristo” (Gál 3,27). En efecto, la Iglesia enseña que «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565). Pero si mi Bautismo me ha transformado radicalmente, ¿por qué sigo experimentando en mí una inclinación al mal? ¿Por qué la incoherencia entre lo que creo y lo que vivo? ¿Por qué tantas veces termino haciendo el mal que no quería y dejo de hacer el bien que me había propuesto? (ver Rom 7,15) ¿Por qué me cuesta tanto vivir como Cristo me enseña? Enseña asimismo la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).


Dios ha permitido, pues, que luego de mi bautismo permanezcan en mí la inclinación al mal, la debilidad que me hace frágil ante las tentaciones, la inercia o dificultad para hacer el bien, con el objeto de que sean un continuo estímulo y aguijón que me lancen cada día al combate decidido por la santidad, buscando siempre en Él la fuerza necesaria para vencer el mal con el bien. Es así que Dios, luego de recibir el Bautismo, la vida nueva en Cristo, llama a todo bautizado al duro combate espiritual. ¡Nos llama a ti y a mí al combate espiritual! El combate espiritual tiene como objetivo final nuestra propia santificación, es decir, asemejarnos lo más posible al Señor Jesús, alcanzar su misma estatura humana, llegar a pensar, amar y actuar como Él. Sabemos que esa transformación, que es esencialmente interior, es obra del Espíritu en nosotros.


Es Dios mismo quien por su Espíritu nos renueva interiormente, nos transforma y conforma con su Hijo, el Señor Jesús. Sin embargo, Dios ha querido que desde nuestra fragilidad y pequeñez cooperemos activamente en la obra de nuestra propia santificación. Decía San Agustín: “quien te ha creado sin tu consentimiento, no quiere salvarte sin tu consentimiento”. Y este consentimiento implica la cooperación decidida en “despojarnos” del hombre viejo y sus obras para “revestirnos” al mismo tiempo del hombre nuevo, de Cristo (ver Ef 4,22 y siguientes). Esto no es sencillo, por eso hablamos de combate, de lucha interior. Para vencer en este combate lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra insuficiencia: sin Él NADA podemos (ver Jn 15,5). 


No podemos dejar de rezar, no podemos dejar de pedirle a Dios las fuerzas y la gracia necesaria para vencer el mal, nuestros vicios y pecados, para rechazar con firmeza toda tentación que aparezca en nuestro horizonte, para poder perseverar en el bien y en el ejercicio de las virtudes que nos enseña el Señor Jesús. Junto con la incesante oración hemos de proponer medios concretos para ir venciendo los propios vicios o malos hábitos que descubro en mí, para ir cambiándolos por modos de pensar/sentir/actuar que correspondan a las enseñanzas del Señor. Por ejemplo, si suelo ser impaciente con tal persona, respondiéndole mal siempre, procuraré hacer un esfuerzo especial por ser paciente cuando me diga algo y no responderle de mala gana. Si suelo responder mal a quien me trata mal u ofende, no le responderé mal, perdonaré interiormente su actitud, guardaré la serenidad. Si suelo mentir, buscaré estar atento a las ocasiones en las que miento, y diré la verdad si la otra persona debe saberla. De lo contrario, es mejor permanecer callado. 


Si soy tentado de actos de impureza, no me pondré en ocasión y huiré de inmediato de toda tentación. Si no rezo o voy a Misa porque la flojera me vence, me propondré crearme el hábito de la oración buscando rezar todos los días en horas fijas, cumplir con ir a Misa los Domingos por más flojera que sienta. Si alguien me hizo daño y guardo hacia esa persona pensamientos de rencor, de odio y deseos de venganza, pediré al Señor que me conceda un corazón como el suyo, capaz de perdonar el daño que me han hecho, y rezaré por esa persona como nos enseña Cristo desde la cruz: “Padre, perdónalo porque no sabe lo que hace.” Y así puedes proponerte en la vida cotidiana ir “despojándote del hombre viejo” para “revestirte del Hombre nuevo”. El Señor a todos nos pide perseverar en ese combate (ver Mt 24, 13), con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre levantarnos de nuestras caídas, pedirle perdón con humildad si caemos y volver decididos a la batalla cuantas veces sea necesario. No olvidemos que “el santo no es el que nunca ha caído, sino el que siempre se levanta”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias. El Bautismo no es un mero “acto social”. Un día yo fui bautizado y mi bautismo marcó verdaderamente un antes y un después: por el don del agua y el Espíritu fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a la vida nueva, a la vida de Cristo, a la vida de la gracia. Por el Bautismo llegué a ser “una nueva criatura” (2Cor 5,16), fui verdaderamente “revestido de Cristo” (Gál 3,27). En efecto, la Iglesia enseña que «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565).


Pero si mi Bautismo me ha transformado radicalmente, ¿por qué sigo experimentando en mí una inclinación al mal? ¿Por qué la incoherencia entre lo que creo y lo que vivo? ¿Por qué tantas veces termino haciendo el mal que no quería y dejo de hacer el bien que me había propuesto? (ver Rom 7,15) ¿Por qué me cuesta tanto vivir como Cristo me enseña? Enseña asimismo la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).


Dios ha permitido, pues, que luego de mi bautismo permanezcan en mí la inclinación al mal, la debilidad que me hace frágil ante las tentaciones, la inercia o dificultad para hacer el bien, con el objeto de que sean un continuo estímulo y aguijón que me lancen cada día al combate decididopor la santidad, buscando siempre en Él la fuerza necesaria para vencer el mal con el bien. Es así que Dios, luego de recibir el Bautismo, la vida nueva en Cristo, llama a todo bautizado al duro combate espiritual. ¡Nos llama a ti y a mí al combate espiritual!


El combate espiritual tiene como objetivo final nuestra propia santificación, es decir, asemejarnos lo más posible al Señor Jesús, alcanzar su misma estatura humana, llegar a pensar, amar y actuar como Él. Sabemos que esa transformación, que es esencialmente interior, es obra del Espíritu en nosotros. Es Dios mismo quien por su Espíritu nos renueva interiormente, nos transforma y conforma con su Hijo, el Señor Jesús. Sin embargo, Dios ha querido que desde nuestra fragilidad y pequeñez cooperemos activamente en la obra de nuestra propia santificación. Decía San Agustín: “quien te ha creado sin tu consentimiento, no quiere salvarte sin tu consentimiento”. Y este consentimiento implica la cooperación decidida en “despojarnos” del hombre viejo y sus obras para “revestirnos” al mismo tiempo del hombre nuevo, de Cristo (ver Ef 4,22 y siguientes). Esto no es sencillo, por eso hablamos de combate, de lucha interior.


Para vencer en este combate lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra insuficiencia: sin Él NADA podemos (ver Jn 15,5). No podemos dejar de rezar, no podemos dejar de pedirle a Dios las fuerzas y la gracia necesaria para vencer el mal, nuestros vicios y pecados, para rechazar con firmeza toda tentación que aparezca en nuestro horizonte, para poder perseverar en el bien y en el ejercicio de las virtudes que nos enseña el Señor Jesús.


Junto con la incesante oración hemos de proponer medios concretos para ir venciendo los propios vicios o malos hábitos que descubro en mí, para ir cambiándolos por modos de pensar/sentir/actuar que correspondan a las enseñanzas del Señor. Por ejemplo, si suelo ser impaciente con tal persona, respondiéndole mal siempre, procuraré hacer un esfuerzo especial por ser paciente cuando me diga algo y no responderle de mala gana. Si suelo responder mal a quien me trata mal u ofende, no le responderé mal, perdonaré interiormente su actitud, guardaré la serenidad. Si suelo mentir, buscaré estar atento a las ocasiones en las que miento, y diré la verdad si la otra persona debe saberla. De lo contrario, es mejor permanecer callado. Si soy tentado de actos de impureza, no me pondré en ocasión y huiré de inmediato de toda tentación. Si no rezo o voy a Misa porque la flojera me vence, me propondré crearme el hábito de la oración buscando rezar todos los días en horas fijas, cumplir con ir a Misa los Domingos por más flojera que sienta. Si alguien me hizo daño y guardo hacia esa persona pensamientos de rencor, de odio y deseos de venganza, pediré al Señor que me conceda un corazón como el suyo, capaz de perdonar el daño que me han hecho, y rezaré por esa persona como nos enseña Cristo desde la cruz: “Padre, perdónalo porque no sabe lo que hace.” Y así puedes proponerte en la vida cotidiana ir “despojándote del hombre viejo” para “revestirte del Hombre nuevo”.


El Señor a todos nos pide perseverar en ese combate (ver Mt 24, 13), con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre levantarnos de nuestras caídas, pedirle perdón con humildad si caemos y volver decididos a la batalla cuantas veces sea necesario. No olvidemos que “el santo no es el que nunca ha caído, sino el que siempre se levanta”.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vistas a obtener el perdón, no a darlo».

San Pedro Crisólogo


«Me dirijo a vosotros, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor. Os hablo con palabras del Apóstol: Revestíos de Jesucristo, el Señor, y no os entreguéis a satisfacer las pasiones de esta vida mortal, para que os revistáis de la vida que habéis revestido en el sacramento. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo».

San Agustín


«El bautismo tiene una doble finalidad: la destrucción del cuerpo de pecado, para que no fructifiquemos ya más para la muerte, y la vida en el Espíritu, que tiene por fruto la santificación; por esto el agua, al recibir nuestro cuerpo como en un sepulcro, suscita la imagen de la muerte; el Espíritu, en cambio, nos infunde una fuerza vital y renueva nuestras almas, pasándolas de la muerte del pecado a la vida original. Esto es lo que significa renacer del agua y del Espíritu, ya que en el agua se realiza nuestra muerte y el Espíritu opera nuestra vida».

San Basilio Magno


NUESTRO CATECISMO


El bautismo de Jesús


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1224: Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (ver Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.


El Bautismo cristiano


1267: El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto... somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Cor 12,13).


1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.

 

1270: Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.


NUEVO AŇO 2021, VIDA NUEVA

Cuando Jesús se sumerge en las aguas del Jordán, es toda la humanidad, el viejo Adán, quien queda sepultado en esas aguas; y cuando sale de las aguas y recibe la unción del Espíritu acompañada de la voz del Padre, es toda la humanidad la que renace a la vida divina en el Espíritu y recupera la amistad perdida.

         

,Gloria a Dios!                 




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