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Ha dado todo lo que tenía para vivir

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee noviembre Ee 2018 a las 22:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO XXXII ORDINARIO


11-17 de Noviembre del 2018


“Ha dado todo lo que tenía para vivir”




1Re 17, 10-16: “La viuda hizo un pan y lo llevó a Elías”

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:

— «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba».

Mientras iba a buscarla, le gritó:

— «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan».

Respondió ella:

— «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo pan cocido; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en una vasija, y ahora estaba

recogiendo un poco de leña, para ir a prepararlo para mi hijo y para mí; comeremos y luego moriremos».

Respondió Elías:

— «No temas. Prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un pan pequeño y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después.

Porque así dice el Señor, Dios de Israel:

“El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”».

Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo.

Ni el cántaro de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.


Sal 145, 7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”


Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Heb 9, 24-28: “Cristo destruyó el pecado con el sacrificio de sí mismo”


Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres —imagen del auténtico—, sino en el mismo Cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.

Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces —como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo—. De hecho, Él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.

De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

Después aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.


Mc 12, 38-44: “Esa viuda pobre ha dado todo lo que tenía para vivir”


En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la gente y les decía:

— «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y puso dos monedas de poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo:

— «Les aseguro que esa pobre viuda ha puesto en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir».


NOTA IMPORTANTE


Elías, el más grande profeta de Israel, le pid e de comer y beber a una viuda pobre de Sarepta (1ª. lectura). La mujer se encuentra en una situación en extremo desesperada, pues en medio de la carestía general no le queda más que un puñado de harina y un poco de aceite para hacer un pan para ella y para su hijo: «comeremos y luego moriremos», le dice al profeta. El profeta Elías la invita a confiar en Dios, pues Él ha dicho: «El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará». La viuda responde con un acto de enorme generosidad,desprendimiento y confianza en Dios: «hizo lo que le había dicho Elías». Dios, por su parte, no defraudó la confianza de aquella mujer y cumplió su promesa tal y como lo había dicho Elías.


Este episodio del Antiguo Testamento encuentra un paralelo en el Evangelio de este Domingo. El Señor Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén. Allí solía ir a enseñar. En una ocasión se puso a observar a la gente que iba echando sus óbolos en los cepillos.


Dentro del gran Templo, en el atrio de las mujeres, se encontraba la sala del tesoro. A la entrada de esta sala había colocados trece cepillos, llamados “trompas” por la forma de su abertura exterior. Las ofrendas se hacían más numerosas cuando los judíos acudían a Jerusalén con ocasión de alguna fiesta importante, como por ejemplo en la Pascua. Los peregrinos aprovechaban la visita a la ciudad santa para pagar también el tributo del Templo, obligatorio para los judíos.


El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos. Aquellas moneditas eran dos “leptá”. Si queremos hacernos una idea del valor aproximado de su ofrenda, dieciséis leptá equivalían a un denario, que es lo que recibía un obrero por un día de trabajo (ver Mt 20,2). Su ofrenda equivale, pues, a la octava parte de un jornal.


De las viudas en Israel sabemos que se encontraban en una situación bastante precaria, por estar jurídicamente desprotegidas. Al casarse la mujer se separaba de su propia familia. Si enviudaba, perdía el vínculo con la familia del difunto. Podía volver a la familia de sus padres, pero ésta no tenía obligación de mantenerla. Con el tiempo muchas viudas terminaban pobres y abandonadas.


El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, «ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 43-44). La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianzade que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.


La confianza en Dios y la generosidad mostrada por aquellas dos mujeres tan dignas de alabanza es mostrada también por el Señor mismo. Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios de Dios que por amor al hombre se ha hecho hombre encarnándose de María Virgen por obra del Espíritu Santo: no sólo da todo de sí, sino que Él mismo se entrega totalmente por nosotros en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). Él ha ofrecido este sacrificio «una sola vez para quitar los pecados de todos». Por el don total de sí mismo nos ha reconciliado definitivamente con Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Y yo, cuánto le doy al Señor? ¿Le doy todo de mí? ¿O le doy sólo de lo que me sobra? La generosidad con el Señor no se mide sólo en cuánta limosna doy, cuánto colaboro económicamente con el sostenimiento de la Iglesia, sino más aún en cuanto le entrego de mi tiempo, para rezar, para encontrarme con Él, para dedicarme a obras sociales en nombre del Señor. Así, por ejemplo, puedo preguntarme: ¿Cuántas veces he dejado de ir a Misa los Domingos y le he dicho al Señor “hoy no tengo tiempo para Ti”, “hoy prefiero mi descanso”? ¿Le he dado “más” cuando experimentaba que me pedía más, o le he dicho “hasta aquí no más”, “no me pidas más”? ¿Qué tan generoso he sido con Él ofreciéndole mi tiempo, dones, talentos, ofreciéndome yo mismo para lo que Él quiera?


Podemos hacernos esta otra pregunta también: ¿Es posible que ame a Dios con todo mi ser, si no estoy dispuesto a darle todo lo que Él me pide, a darle todo de mí, a darle mi propia vida incluso? Muchas veces ponemos límites a nuestro amor. Limitamos nuestro amor a Dios cuando nos dejamos vencer por el miedo y la desconfianza, cuando nos apegamos a nuestras seguridades materiales, a las personas, a los puestos de importancia, a nuestra fama, etc. Limitamos nuestro amor y lo dañamos cuando preferimos nuestros vicios y pecados como la pereza, la lujuria, la vanagloria, la ira, la soberbia, o cuando antes que buscar cumplir el Plan de Dios anteponemos nuestros propios planes.


La experiencia humana nos enseña que aquel o aquella que ama de verdad, está dispuesto a darlo todo por aquel a quien ama, está dispuesto incluso a sacrificar la propia vida por el amado. No otra cosa decía el Señor del amor pleno: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Ama a Dios verdaderamente quien no se reserva nada para sí mismo. Así, dándose, asumiendouna actitud oblativa en su vida, el ser humano experimenta aquello que enseñaba también el Señor: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hech 20, 35). Es en ese darse totalmente a Dios, en ese confiar plenamente en Él, aunque cueste, aunque duela, cuando experimenta la profunda alegría del corazón, cuando se realiza verdaderamente.


El egoísta cree que no puede haber alegría alguna en dar. Se resiste a compartir. Cree que la alegría la encontrará únicamente aferrándose a lo que tiene, recibiendo y poseyendo cada vez más. Sin embargo, al vivir de ese modo sólo crece la angustia de su corazón por la preocupación de no perder lo que tiene. Y si lo pierde, le invade una inmensa desolación, una tristeza y depresión tal que incluso su propia vida pierde sentido. ¡Qué triste y pobre es la vida de quien cierra su corazón por el egoísmo y la mezquindad! Aferrándose a sus riquezas y bienes, cae en la mayor pobreza, la pobreza de aquel a quien le falta amor.


En cambio, quien como la viuda pobre o como el Señor mismo aprende a hacer de la generosidad y magnanimidad la ley de su vida, aunque no tenga mucho o se encuentre en la indigencia, posee una riqueza enorme, una riqueza que nadie le podrá quitar, es la riqueza de poder vivir el amor verdadero, no sólo en esta vida, sino para toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Entonces convocando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros”. Porque Dios no valora la ofrenda en sí, sino la intención del que la hace. Tampoco considera tanto la cantidad que se da, sino la parte que de todo lo poseído se separa». San Beda


«Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La pobreza de corazón o el desprendimiento de riquezas


2544: Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.


2545: «Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (LG 42).


2546: «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6, 20):

El Verbo llama «pobreza en el Espíritu» a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: «Se hizo pobre por nosotros» (2 Cor 8, 9) (S. Gregorio de Nisa).


2547: El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos» (San Agustín). El abandono en la providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (ver Mt 6, 25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.


CONCLUSION


Esa pobre viuda ha echado más que nadie»


Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 11 de noviembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44


Una actitud de generosidad disponible y confianza en el Señor; es lo que nos transmiten los textos de este Domingo. Generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta , que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (primer libro de los Reyes 17, 10-16). Ésta es también la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo lo que tenía en el arca del Tesoro del Templo por más que fuera para muchos una insignificancia (San Marcos 12, 38-44). Finalmente es la misma actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de Salvación y Reconciliación por todos (primer libro de los Reyes 17, 10-16).


La generosa viuda de Sarepta


En las lecturas de este Domingo, dos mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que eso traíaya en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y en los de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta, que no era judía sino pagana, le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo. En esta situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable y hasta heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno.


La mujer accede. Ese es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su suerte en primer lugar; sino piensa sólo en obedecer la voz de Dios que la bendecirá por medio del profeta Elías: ni la tinaja de harina se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará hasta que pase la sequía. Además Elías reavivará a su hijo que, cayendo enfermo, morirá (ver 17,12ss). La viuda entonces exclamará: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh» (17,24). Es interesante destacar que lo que está en juego en este milagro es la supremacía entre el Dios de Israel y Baal (dios fenicio de las cosechas y la fertilidad, de ámbito agrícola).


El milagro en cuestión es un anticipo de la victoria de Yahveh que da el trigo (harina) y el aceite, dones atribuidos a Baal, incluso en el territorio donde éste reina y entre sus propios “súbditos” (ver Os 2,10). Más tarde, Jesús alabará la actitud de esta viuda y se referirá a este episodio como ejemplo del rechazo de Israel a sus profetas y de la gracia universal de Dios, destinada también a los gentiles (ver Lc 4,25-26).


GLORIA A DIOS


Amarás a Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 5 Ee noviembre Ee 2018 a las 10:10 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC NOV 4-10 /2018

DOMINGO XXXI ORDINARIO

“¡Amarás a Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo!


Dt 6, 2-6: “Escucha, Israel: cuida de practicar lo que te hará feliz”

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo:

— «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos los mandamientos, leyes y preceptos que te manda, a ti, a tus hijos y tus nietos, todos los días de tu vida, y así se prolongarán tus días. Escúcha¬lo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel”.

Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.

Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria».


Sal 17, 2-4.47.51: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío,

escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoco al Señor de mi alabanza

y quedo libre de mis enemigos.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,

sea ensalzado mi Dios y Salvador.

Tú diste gran victoria a tu rey,

tuviste misericordia de tu Ungido.


Heb 7, 23-28: “Cristo es el Sumo Sacerdote que nos convenía”

Durante la antigua alianza hubo muchos sacerdotes, porque la muerte les impedía perdurar. Jesús, en cambio, permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasa. De ahí que pue¬de salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.

Él es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocen¬te, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo.

Él no necesita ofrecer sacrificios cada día, como aquellos su¬mos sacerdotes, que ofrecían primero por sus propios pecados, después por los del pueblo; y esto lo realizó una vez para siem¬pre, ofreciéndose a sí mismo.

En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes lle¬nos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, pos¬terior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.


Mc 12, 28-34: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

— «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Respondió Jesús:

— «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segun¬do es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

El escriba replicó:

— «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Se¬ñor es uno solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

— «No estás lejos del reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


NOTA IMPORTANTE


Por medio de Moisés (1ª. lectura) Dios sella una Alianza con su pueblo elegido y le ofrece un código de conducta moral, «mandamientos, preceptos y normas» que ha de poner en práctica. Una y otra vez nos encontramos con la insistencia de aprender y poner en práctica estos mandamientos (Dt 4,1.5.13-14; 5,1.31; 6,1.24-25; 7,11; 11,32; 12,1; etc.). ¿Pero por qué Dios tanta insistencia en ello? ¿Para quién es el beneficio? ¿Para Dios? Pues no, lo es para su criatura humana, creada libre, pero con necesidad de una orientación para que haciendo un recto uso de su libertad, y desde el pleno ejercicio de la misma, pueda elegir el bien y llegar así a ser lo que está llamada a ser, pueda en ese despliegue orientar todo el mundo hacia Dios y pueda finalmente participar plena y definitivamente de la comunión de amor con su Creador. Los mandamientos divinos no son, pues, una limitación o imposición ajena a la naturaleza humana, todo lo contrario, son el camino que el hombre ha de seguir para llegar a ser feliz, para realizarse verdaderamente, para alcanzar su máxima y verdadera grandeza: «cuida de practicar lo que te hará feliz.» Hacer lo que Dios manda trae la felicidad al propio hombre.

El Señor Jesús jamás trasgredió los mandamientos, los cumplió todos perfectamente amando a Dios por sobre todo, con todo su ser, su mente y corazón. En Él no se halló pecado alguno. Obedeciendo fielmente a su Padre y llevando a cabo la misión reconciliadora encomendada por Él, llegó a ser el Sumo Sacerdote que nos convenía: «santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos» (2ª. lectura). Como tal no tuvo necesidad de ofrecer innumerables sacrificios, como hacían los sacerdotes de la antigua Alianza, sino que realizó un sólo sacrificio, de una vez para siempre, «ofreciéndose a sí mismo» por nosotros en el Altar de la Cruz.

En el Evangelio vemos que se acerca un escriba, supuestamente un gran estudioso y conocedor de la Ley, y le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» La pregunta se debe al hecho de que la Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos. De estos 248 eran positivos, es decir, ordenaban determinadas acciones, mientras 365 eran negativos, ya que eran prohibiciones. Unos y otros se dividían en preceptos leves y preceptos graves, según la importancia que se les atribuía. Entre estos mismos preceptos podía existir también una jerarquía. De allí la pregunta a Jesús, cuál consideraba Él como el más importante de todos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es el “Shemá Israel”, que todo israelita sabía de memoria.

Pero como si tal mandamiento no fuese por sí sólo íntegro y completo, al menos en el campo práctico, añadió este otro mandamiento que también se encontraba en la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» En esto consiste la gran novedad que aporta el Señor Jesús: Él enlaza ambos preceptos para formar uno sólo, el “máximo” mandamiento. Y aunque establece una jerarquía poniendo en primer lugar el amor a Dios, establece también un nexo inquebrantable entre este amor y los otros dos amores: al prójimo y a uno mismo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Sufre quien no es correspondido en su amor. Se queda solo quien se niega a amar o no logra ser amado. ¿Y no es espantosa y angustiante esa soledad? ¿No es a quedarnos sin nadie a lo que más le tememos y huimos? ¿No hemos sido alguna vez o somos acaso ahora infinitamente tristes cuando experimentamos la ausencia de alguien que nos ame, de alguien a quien amar? ¿Quién resiste la soledad, ese sentirse “sólo en esta vida”, no tener a nadie que se preocupe por uno? En la soledad la alegría por la vida se extingue poco a poco, el sufrimiento se hace a veces insoportable.

¡Y es que necesitamos de otros “tú” humanos, necesitamos de la comunión profunda con esos otros seres semejantes a nosotros, necesitamos amar y ser amados para ser felices! Llámese amor paternal o filial, amor fraternal, amor de enamorados o esposos, amor de amistad… necesitamos amar, y nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido cuando amamos y somos amados. Es entonces cuando descubrimos que nuestra felicidad finalmente no depende de cuánto dinero tengamos, de cuántos éxitos en la vida logremos o de cuánta fama y poder alcancemos, tampoco de cuántos placeres gocemos y disfrutemos, sino de cuánto amemos y seamos amados de verdad.

¿Pero por qué es ésta una necesidad para nosotros? Es porque hemos sido creados por Dios-Amor (Ver 1Jn 4,8.16), para el amor, que experimentamos en nosotros esa profunda “hambre” de amor y comunión. ¿Pero es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente mi corazón? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, dejándonos amar por Él, amándolo a Él sobre todo y con todo nuestro ser. De ese modo entramos en comunión con aquél “Tú” por excelencia que responde verdaderamente a nuestros profundos anhelos de amor, y nutridos de ese amor divino, nos hacemos capaces al mismo tiempo de amar como Él a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

En efecto, quien pone a Dios en el centro de sus amores, no limita su amor a sólo Dios, no ama menos a los demás, no “pierde”, sino que experimenta que su corazón se ensancha cada vez más, que su amor se purifica, crece, madura y se expresa en lazos de una verdadera amistad, de un auténtico amor y comunión que nunca pasarán, porque Dios no pasa nunca y quien lo ama a Él y en Él ama a todos, jamás perderá a quienes ama sino que los ganará en Él por toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Dice: “semejante al primero”, porque estos dos mandamientos están vinculados el uno con el otro, y pueden intercambiarse entre sí, puesto que el que ama a Dios ama sus obras, y debe por consiguiente amar a todos los hombres. Recíprocamente, el que ama al prójimo, que con frecuencia es causa de tropiezo, con mucha más razón debe amar a Aquél de quien siempre está recibiendo beneficios. Por tanto, y a causa de la correspondencia de estos mandamientos, añade: “No hay otro mandamiento que sea mayor que éstos”».

Teofilacto

«La caridad en sentido propio, es decir, en cuanto amistad del hombre, en primer lugar, para con Dios, y, como consecuencia, para con todo lo de Dios, incluye también al mismo hombre que tiene caridad. Así, entre lo que ama con caridad, en cuanto es de Dios, está que se ame a sí mismo por caridad».

Santo Tomás de Aquino

«Recordad conmigo, hermanos, cuales sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos. Éste debe ser el objeto continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la práctica el amor al prójimo. (…;) Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquél que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a Aquél con quien deseas permanecer eternamente».

San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La caridad


2055: Cuando le hacen la pregunta: «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22, 36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 37-40). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:


En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Rom 13, 9-10).

2093: La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por El y a causa de El.

2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.

La Ley nueva, ley del amor:

1972: La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), o también a la condición de hijo heredero.

Conclusion

«¿Cuál es el mandamiento más importante?»

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 4 de noviembre de 2018

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34

«Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo»: ésta es la esencia y el fundamento del mensaje que Dios mismo ha manifestado al ser humano. No existe mandamiento más importante porque éste engloba todos los demás mandamientos ya que no existe nada más exigente para el ser humano que amar (San Marcos 12, 28b-34). En la Primera Lectura (Deuteronomio 6, 2-6), el pueblo de Israel renueva su amor total y exclusivo en Yahveh. Jesucristo es el Sumo Sacerdote que nos hacía falta ya que Él mismo es quien se ofrece, en un acto sublime de amor, al Padre para la reconciliación de los hombres e intercede en el cielo por cada uno de nosotros (Hebreos 7, 23-28

«Escúchalos y cúmplelos con cuidado para que seas feliz»

El texto del Dt 6,4-9, juntamente con Dt 11,13-21 y Nm 15,38-44, integran el conocido «Shemá» denominado así por la primera palabra hebrea de Dt 6,4: «Escucha» y que desde finales del siglo I de nuestra era, no ha dejado de rezarse mañana y tarde por los judíos observantes. De todos los textos que componen el «Shemá»; Dt 6,4-9 es el más importante por contener la proclamación por excelencia de la fe judía: «El Señor es uno». Tras la palabra «Shemá», con que se invita a Israel a ponerse en actitud de escucha, se proclama solemnemente la unidad de Yahveh-el Señor, de donde se hace derivar la unión plena y total de Israel con Él. Constituye así el «mandamiento principal» de Israel.

La triple expresión de Dt 6,5 (con todo tu corazón, alma y fuerzas) insiste en el amor total y sin reservas al Señor. El corazón y el alma, generalmente considerados como sede de toda la vida interior (psíquica y espiritual) del hombre. A estas facultades interiores se han de asociar las exteriores: las manos y los ojos (Dt 6,8 Toda la persona tiene que guardar cuidadosamente todas estas palabras del Señor en su corazón .

«¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?»

El Evangelio de hoy nos presenta la tercera de las preguntas que se hacen a Jesús para ponerlo a prueba. Hay una suerte de «ir en aumento» en el grado de dificultad que alcanzará su punto máximo con la pregunta de nuestro texto. La primera tiene una dimensión política y se la hacen los fariseos y herodianos (amigos del poder de Roma) para «cazarlo en alguna palabra» que pudiera comprometerlo ante el poder temporal: «¿Es lícito pagar el tributo al César o no?» (Mc 12,14).

La segunda pregunta se la hacen los saduceos «esos que niegan la resurrección» y se refiere a una verdad acerca del destino final del hombre: ¿Una mujer que ha tenido siete maridos, «en la resurrección, cuando resuciten, de cual de los siete será la esposa»? (Mc 12, 23). La intención de esta pregunta es ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Jesús responde a cada una de estas preguntas como un auténtico «maestro». Finalmente se acerca un escriba que había estado acompañando el diálogo y aprovecha de formularle una pregunta que era una auténtica preocupación entre los doctores de la ley: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos ?».

Para un israelita la justificación ante Dios consistía en cumplir fielmente los mandamientos y preceptos de la ley de Moisés. Así había escrito Moisés: «El Señor se complacerá en tu felicidad, si tú escuchas la voz del Señor tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley» (Deut 30,9-10). Pero en la Ley de Moisés había cientos de mandamientos, preceptos y prohibiciones . ¿Cuando se produce un conflicto entre dos preceptos, cuál se debe observar; cuál es el primero de todos los mandamientos? Todos recordamos los conflictos que tuvo Jesús con los escribas y fariseos por este motivo.

Por ejemplo, respecto a la ley del reposo sabático, Jesús se vio enfrentado a este conflicto: ¿qué prevalece el sábado, observar el reposo o salvar una vida? Cuando Jesús encuentra en la sinagoga a un hombre con la mano seca y todos lo acechan para ver si lo curaba en sábado y tener de qué acusarlo, Él les pregunta: «¿En sábado, es lícito hacer el bien en vez del mal, es lícito salvar una vida en vez de destruirla?» (Mc 3,4). En el fondo se trata de tener claro, cuál es el mayor de los mandamientos y por lo tanto, prevalece sobre los otros.

GLORIA A DIOS !

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC-DRVC

Señor, haz que pueda ver

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 5 Ee noviembre Ee 2018 a las 10:10 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

28 de Octubre al 3 Noviembre del 2018

Tema “¡Señor, haz que pueda ver!”

Jer 31, 7-9: “El Señor ha salvado a su pueblo”

Así dice el Señor:

«Griten de alegría por Jacob, regocíjense por el mejor de los pueblos; proclamen, alaben y digan:

El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel.

Yo los traeré del país del norte, los reuniré desde los confines de la tierra.

Entre ellos hay ciegos y cojos, mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz:

una gran multitud retorna.

Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua,

por un camino llano en que no tropezarán.

Seré un padre para Israel, Efraím será mi primogénito».

Sal 125, 1-6: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

Hasta los paganos decían:

«El Señor ha estado grande con ellos».

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelve cantando,

trayendo sus gavillas.

Heb 5, 1-6: “Cristo, Sumo Sacerdote, fue puesto por Dios en favor de los hombres”

Hermanos:

Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.

A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón.

Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sa¬cerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engen¬drado hoy», o como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacer¬dote eterno, según el rito de Melquisedec».

Mc 10, 46-52: “Maestro, haz que pueda ver”

En aquel tiempo, cuando salía Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de mucha gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

— «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí».

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

— «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí».

Jesús se detuvo y dijo:

— «Llámenlo».

Llamaron al ciego, diciéndole:

— «Ánimo, levántate, que te llama».

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

— «¿Qué quieres que haga por ti?»

El ciego le contestó:

— «Maestro, que pueda ver».

Jesús le dijo:

— «Anda, tu fe te ha curado».

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

NOTA IMPORTANTE

Dios realiza grandes hazañas en favor de la descendencia de Jacob, liberándola de la esclavitud de Egipto y haciéndola entrar en la tierra prometida. Luego de afrontar una nueva esclavitud a causa de su infidelidad, Dios liberó nuevamente a Israel del exilio babilónico y lo volvió a guiar a la tierra de sus padres (1ª. lectura). El Salmo responsorial proclama, a causa de este gran acontecimiento liberador: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares» (Sal 125, 1 2). Es la alegría desbordante que experimentan quienes retornan a Jerusalén luego del largo exilio.

Como culmen de las antiguas liberaciones realizadas por Dios a favor de su pueblo, el Señor Jesús viene a realizar la gran y definitiva liberación, la de la esclavitud del pecado y de la muerte, que es su fruto. Jesucristo es “Dios que salva” al pueblo de sus pecados (ver Mt 1, 21). Él es el Hijo unigénito de Dios que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, asumiendo plenamente la naturaleza humana para obrar la redención. Él es el Sumo Sacerdote (2ª. lectura) elegido por Dios para reconciliar a todos los seres humanos con su Padre.

En el Evangelio vemos al Señor Jesús camino a Jerusalén, donde se ofrecerá Él mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de reconciliación para el perdón de los pecados (ver 2 Cor 5, 18-19). El camino que recorre pasa por Jericó, una ciudad que distaba unos treinta kilómetros de Jerusalén.

A la salida de Jericó se encontraba sentado a la vera del camino un ciego pidiendo limosna. El evangelista da razón de su nombre: Bartimeo, es decir, el hijo de Timeo. Él, al enterarse que era el Señor quien pasaba por el camino, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Al dirigirse al Señor con este título lo reconoce como Aquel que habría de nacer de la descendencia de David, el Mesías esperado (ver 2 Sam 7, 12.16). Evidentemente ya se había difundido entre la gente del pueblo la creencia de que Jesús era el Cristo.

Es interesante notar que en el Evangelio de Marcos diversos episodios se abren presentando a Jesús en camino a Jerusalén (ver Mc 8, 27; 9, 33-34; 10, 17; 10, 32). El evangelista parece sugerir de este modo que la vida cristiana es un ir de camino con Jesús, que ser discípulo es seguir a Jesús por el camino que, pasando por la Cruz, le llevará a participar de la gloria de su Resurrección.

Bartimeo estaba sentado a la vera del cami¬no, como simbolizando su estado de marginación de la Vida verdadera debido a su ceguera, concebida como manifestación visible de algún pecado invisible. El Señor escucha la súplica de aquel que implora piedad y le concede el milagro que le pide. Atendiendo a su súplica no sólo cura su ceguera física, liberándolo así de su estado de miseria y postración, sino que también lo libera de su pecado: «tu fe te ha salvado».

La alegría y gratitud del ciego curado se expresa en el seguimiento comprometido: «lo siguió por el camino».

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Fruto del pecado es la escotosis. ¿Qué quiere decir esta extraña palabra? Este término procede del griego skotos, que se traduce como oscuridad, tinieblas. Por escotosis nos referimos a la oscuridad en la que se ve sumergida la razón humana como consecuencia del pecado. Es por tanto una ceguera mental y espiritual que nos impide ver la realidad con objetividad, tal y como es verdaderamente, tal y como Dios la ve.

La escotosis produce en nosotros una visión equivocada y distorsionada de la propia identidad. Por esta ceguera u oscurecimiento pierdo de vista “quién soy yo”, dejo de reconocerme y de reconocer a los demás como criaturas de Dios. Asimismo pierdo de vista quién es Dios y por ello dejo de glorificarlo como es debido (ver Rom 1, 21-22).

Quien es presa de esta ceguera crea su propio mundo a base de fantasías e ilusiones, vive en el autoengaño y el subjetivismo. La escotosis nos impide también ver con claridad hacia dónde nos orientan los profundos anhelos que anidan en nuestro corazón, así como el modo adecuado de responder a ellos. En medio de esta ceguera, seducidos por las ilusiones, caemos en una lectura equivocada de esos anhelos que podemos llamar también dinamismos fundamentales. Esta errada lectura o decodificación nos lleva a creer que podemos saciar nuestra sed de Infinito y nuestra nostalgia de Dios ya sea con el placer (como le sucedió a la samaritana: Jn 4, 18), o con el tener (como le sucedió al joven rico: Mc 10, 17-22) o con el poder (como les sucedió a Santiago y Juan: Mc 10, 35-45).

¡Cuántas veces obramos movidos o seducidos por los ídolos del poseer-placer, del tener y del poder! En esas situaciones somos como ciegos sentados al borde del Camino de la Vida verdadera, ciegos que preferimos tristemente vivir de limosnas, de migajas que nunca nos saciarán, dejando que las “voces” del mundo callen el clamor del corazón en vez de “gritar más fuerte” para pedirle al Señor que nos cure de nuestra “ceguera”, que nos dé su luz y su misma mirada para poder vernos a nosotros mismos, ver a los demás y ver todas las cosas como Él las ve!

En efecto, esta ceguera sólo podemos curarla acudiendo al Señor, quien ha dicho de sí: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Sólo acogiendo al Señor y la luz que Él derrama en nuestras mentes podemos ver con claridad sin engañarnos a nosotros mismos autoconvenciéndonos de que “está bien” algo que en realidad no lo está, sin andar “razonando” y actuando bajo el impulso e imperio de las pasiones desordenadas.

El Señor Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), luz que nos ilumina a ti y a mí. Si quieres ver con la luz del Señor, si quieres comprender realmente el misterio que eres tú, así como el sentido hermosísimo de tu existencia, si quieres responder a las ansias profundas de Infinito que con fuerza experimentas palpitar en tu corazón, si quieres responder a tu hambre y nostalgia de Dios, no te canses de buscar en Él esa luz y de pedirle insistentemente como Bartimeo: «Maestro, ¡que vea!» (Mc 10, 51). Así, renovando día a día esta humilde súplica, haciendo que ese grito sea más fuerte que las “voces” de la ilusión, de la mentira y del engaño que buscan seducirte, procura nutrirte de las enseñanzas del Señor Jesús, asimilando y haciendo propios los criterios de Jesús para iluminar así todos tus pasos, tus opciones y decisiones de la vida cotidiana.

Y como Bartimeo, una vez curado o curada de tu ceguera por la luz que el Señor derrama en tu mente y corazón, no dejes de seguirlo cada día, con perseverancia y gratitud, por el camino que conduce a la Vida plena y eterna.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Habiéndose hecho famoso el nombre de Cristo, el pueblo de los gentiles trataba de unirse a Él a pesar de la oposición de muchos: primero de los judíos y luego también de los gentiles, quienes no querían que el mundo una vez iluminado invocase al Señor. Sin embargo, su furiosa oposición no podía apartar de la salvación a los que estaban destinados a la Vida. Al pasar Jesús oyó al ciego que gritaba, porque se compadecía por su humanidad, como por el poder de su divinidad disipa las tinieblas de nuestro entendimiento: por nosotros es por quienes nació y padeció Jesús, como quien está de paso porque esta acción es temporal, así como es atributo de Dios el disponerlo todo de un modo inmutable. El Señor llama al ciego que gritaba cuando manda la palabra de la fe al pueblo de las naciones por medio de sus ministros, quienes llamando al ciego le ordenan que se levante y se acerque al Señor, esto es, predicando a los ignorantes les mandan que tengan esperanza de su salvación, que se levanten del fango de los vicios y que se dispongan al estudio de las virtudes. Arrojando su manto, al instante se pone en pie, como el que liberado de los obstáculos que ofrece el mundo, se adelanta con paso ligero hacia el dador de la luz eterna».

San Beda

«Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones».

San Teófilo de Antioquia

«Y es precisamente la humanidad la que queda representada por este ciego sentado al borde del camino y mendigando, porque la Verdad dice de ella misma: “Yo soy el camino” (Jn 14, 6). El que no conoce el resplandor de la luz eterna, ciertamente es ciego, pero si comienza a creer en el Redentor, entonces “está sentado al borde del camino”. Si creyendo en Él, descuida de pedir el don de la luz eterna, si rechaza pedírselo, permanece al borde del camino; y no se cree necesitado de pedir... Que todo el que reconoce que las tinieblas hacen de él un ciego, que todo el que comprende que le falta la luz eterna, clame del fondo de su corazón, con todo su espíritu: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”».

San Gregorio Magno

«Mis parientes, vecinos y amigos comenzaron a bullir. Los que aman sigilo se me ponen enfrente. ¿Te has vuelto loco? ¡Qué extremoso eres! ¿Por ventura los demás no son cristianos? Esto es una tontería, es una locura. Y cosas tales grita la turba para que no clamemos los ciegos».

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús es Señor

448: Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).

Jesús escucha nuestra oración

2616: La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su Muerte y de su Resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras, o en silencio. La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9, 27) o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

La oración a Jesús

2665: La oración de la Iglesia, alimentada por la Palabra de Dios y por la celebración de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo al Padre, en todas las tradiciones litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a Cristo. Algunos salmos, según su actualización en la oración de la Iglesia, y el Nuevo Testamento ponen en nuestros labios y graban en nuestros corazones las invocaciones de esta oración a Cristo: Hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres.

2666: Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús. El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: «Jesús», «YHWH salva». El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir «Jesús» es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

2667: Esta invocación de fe bien sencilla ha sido desarrollada en la tradición de la oración bajo formas diversas en Oriente y en Occidente. La formulación más habitual, transmitida por los espirituales del Sinaí, de Siria y del monte Athos es la invocación: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores». Conjuga el himno cristológico de Flp 2, 6-11 con la petición del publicano y del mendigo ciego. Mediante ella, el corazón se abre a la miseria de los hombres y a la misericordia de su Salvador.

CONCLUSION

Ver para creer

Los que viven en situaciones de pobreza, de opresión e injusticia son los que saben apreciar de verdad la liberación. En eso se parecen al ciego del que hoy nos habla el Evangelio. No es un ciego como los demás. Hay una diferencia clave: es consciente de su ceguera. Por eso es capaz de gritar al paso de Jesús y pedirle que tenga compasión de él. Quizá podríamos aventurar la idea de que este ciego no lo era de nacimiento, como algún otro que aparece en los Evangelios. Sabía lo que era ver las cosas, el mundo, las personas. Cuando se quedó ciego, se dio cuenta de lo que perdió. Por eso su sufrimiento era mayor. O simplemente sus familiares le habían hablado de lo que era ver las cosas y los rostros de las personas, los atardeceres y amaneceres con todos sus colores. Por eso grita al paso de Jesús. Y cuanto más le dicen que se calle, más grita. Es su oportunidad. Con su grito, está llamando la atención sobre su limitación, sobre su pobreza. Pero el grito no es educado. Es molesto. Impide que los discípulos escuchen la voz de Jesús. Por eso le piden que se calle.

En nuestra sociedad a veces también resulta de poca educación poner al descubierto nuestras pobrezas, nuestras limitaciones. Pero los pobres, los oprimidos, los que sufren la injusticia y el dolor están siempre ahí. Por más que les echemos de nuestro barrio o miremos a otra parte cuando pasan cerca de nosotros. Pienso ahora en los jóvenes delincuentes. Viven en medio de la violencia. Hacen ruido, nos quitan la paz. Pero tengo la impresión de que todas esas cosas que hacen que tanto nos molestan y que ponen auténtica violencia en nuestros barrios no son más que una forma de gritar su miseria, su necesidad de cariño. En el fondo no son más que niños necesitados de una familia que les apoye, que les defienda, que les haga sentirse seguros.

Jesús devuelve la vista al ciego. Pero el milagro físico de devolverle la vista nos habla de otro milagro más profundo. Parece que el ciego empieza a ver no sólo con los ojos sino también con el corazón. Dice el Evangelio al final que “al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. Quizá haya pocos ciegos en el sentido físico entre nosotros. Pero es posible que haya muchas maneras de ser ciego, muchas clases de ceguera. Y que algunos de nosotros ni siquiera tengamos el privilegio, como aquel ciego, de darnos cuenta de que estamos ciegos.

Ése es el milagro que hoy le tenemos que pedir a Jesús con todas las fuerzas. Que nos cure el corazón, que nos abra los ojos, para creer, para levantarnos y caminar mano a mano con nuestros hermanos y hermanas, construyendo fraternidad, construyendo reino, trabajando para que nadie se quede a la vera del camino, marginado, abandonado, para que los gritos de los que, cerca de nosotros, nos piden ayuda no nos resulten molestos sino que sean llamadas a vivir la fraternidad tal y como Jesús quería. Jesús nos dará la fuerza y la gracia que necesitamos.

Para la reflexión

¿Qué gritos escuchamos en nuestra sociedad? ¿Cómo gritan los pobres de nuestro tiempo? ¿Qué dicen? ¿Cómo podemos ayudarles a encontrar el camino? ¿Puede ser Jesús una ayuda en ese camino? ¿Cómo?

Ministerio de Comunicación RCC-DRVC

 

El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee octubre Ee 2018 a las 17:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

21 -27de Octubre del 2018

“El que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos”

 

Is 53, 10-11: “Mi Siervo justificará a muchos; Él cargará con sus culpas”

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años, y por medio de él triunfará el plan del Señor.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimientos.

Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos.

Sal 32, 4-5.18-20.22: “El Señor es compasivo y misericordioso”

La palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:

Él es nuestro auxilio y escudo.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

Heb 4, 14-16: “Ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”

Hermanos:

Puesto que tenemos un gran Sumo Sacerdote, que ha penetrado en los Cielos, Jesús, Hijo de Dios, mantengámonos firmes en la fe que profesamos.

Pues no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.

Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Mc 10, 35-45: “El Hijo del Hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

— «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».

Les preguntó:

— «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Contestaron:

— «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».

Jesús les contestó:

— «Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?»

Ellos contestaron:

— «Sí, podemos».

Jesús les dijo:

— «El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y recibirán el bautismo que yo voy a recibir, pero el sentarse a mi derecha o mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo:

— «Ustedes saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y les hacen sentir su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así: el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».


NOTA IMPORTANTE

Por amor al Padre y por amor a cada ser humano el Hijo eterno de Dios, asumiendo plenamente nuestra naturaleza humana, aceptó entregarse a sí mismo en expiación por nuestros pecados. En su pasión y muerte, Él fue quebrantado con dolencias inmerecidas. A fin de reconciliarnos con Dios, cargó sobre sí nuestras culpas. Por su muerte, nos justificó. Ofreciéndose a sí mismo, nos ha redimido y reconciliado (1ª. lectura).

Cristo, la Víctima expiatoria, es al mismo tiempo el Sumo Sacerdote que ofrece por toda la humanidad el sacrificio de su propio cuerpo en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). En Él tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, aunque en Él no hubo pecado alguno. Él, el Cordero inmaculado, cargó sobre sí los pecados de toda la humanidad para reconciliarla con el Padre.

El Evangelio de este Domingo se ubica inmediatamente luego del renovado anuncio del cómo sucederá aquello que fue anunciado por los profetas: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará» (Mc 10, 33-34). Los discípulos siguen sin querer entender, siguen tercamente aferrados a su idea del Mesías entendido como un glorioso y poderoso liberador político. Interpretan las palabras del Señor como el anuncio de su cercana manifestación gloriosa, el anuncio de la inminente instauración del Reino de Dios en la tierra mediante la restauración del dominio de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas (ver Hech 1, 5). Ante esa perspectiva y creciente expectativa, se avivan las ambiciones de algunos Apóstoles. Dos de ellos, Santiago y Juan, se acercan al Señor para expresarle su ambición: «concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda», cuando con el poder de Dios hayas instaurado tu Reino y sometido a todas las naciones.

El Señor, lejos de escandalizarse ante la ambición mostrada por sus discípulos, se muestra comprensivo de la fragilidad humana y de las distorsiones introducidas en el corazón humano por el pecado. Ante tal petición y ante la indignación que genera entre los demás Apóstoles, Él los reúne en torno a sí y les enseña a interpretar rectamente el deseo de grandeza que mueve sus corazones: «el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Es por el servicio y la humildad como ellos están llamados a ser auténticamente grandes, a ser “los primeros” entre todos. Ése, y no el de la gloria humana y el dominio abusivo sobre los demás, es el camino por el que responderán acertadamente a sus anhelos de grandeza y gloria.

El Señor se pone a sí mismo como modelo y ejemplo a seguir: Él, siendo Dios, se ha hecho hombre, y no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la propia vida como rescate por todos. Él no se impuso mediante su poder, sino que hizo de su propia vida un don para los demás. Es bebiendo de su mismo cáliz, abajándose con Cristo por la humildad, como sus discípulos serán elevados con Él hasta lo más alto, hasta la participación en la misma gloria divina. Siguiendo sus huellas el discípulo puede responder acertadamente a su legítima aspiración a la grandeza humana.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Puede el mundo cambiar, si no se entiende la lógica del servicio, de la donación de sí mismo a los demás? ¿Puede el mundo volverse más humano, más fraternal y reconciliado, mientras la lógica que impere entre los hombres sea la de la imposición del más fuerte sobre el más débil, la violencia para someter a los demás, la explotación del otro para el propio beneficio, la utilización del otro para mis propios intereses personales?

La ambición que anida en el corazón del hombre lleva muchas veces a actitudes como: ponerse por encima de los demás, verse superiores a ellos, buscar dominar a otros, etc. Lo vemos tanto en la política, pero se da también en el trabajo o en el hogar, en nuestro trato diario con los demás.

¿Pero es mala la ambición? La ambición, si la entendemos como un fuerte anhelo de grandeza, una aspiración a la gloria, ha sido puesta por Dios mismo en el corazón humano, a fin de que aspire a alcanzar las cumbres más elevadas, a fin de que aspire incluso a querer “ser como Dios” y a realizar así su vocación a la participación de la misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Pero por el pecado esa ambición se orienta a satisfacer el propio egoísmo en una lucha despiadada con los demás para obtener los primeros puestos y buscar en ellos el poder y la vanagloria.

El Señor no se escandaliza ni rechaza la ambición que muestran sus Apóstoles, incluso se podría decir que cuenta con ella. ¿No los ha elegido, conociéndolos de antemano? ¿No ha elegido hombres ambiciosos para llevar a cabo una misión de alcances insospechados? ¿No necesita el Señor de hombres que ambicionen la gloria, para conquistar el mundo entero? Por ello el Señor no recrimina a sus Apóstoles por su ambición ni les pide que la sofoquen; al contrario, los estimula a ser los primeros, a ser grandes, pero les muestra el camino que deben seguir: «el que quiera ser grande, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10, 43-45).

Y tú, ¿quieres ser grande de verdad? ¿Quieres la auténtica gloria para ti, aquella que responderá a los anhelos de grandeza que palpitan fuertes en tu corazón? El Señor Jesús, con su propia vida, te muestra el camino: que tu ambición, el deseo de ser de los primeros, de alcanzar honor y gloria, te lleve no a servirte de los demás, a pisotearlos para ejercer sobre ellos un dominio despótico, a aprovecharte de sus debilidades, a manipularlos para tus fines, sino a servirlos, a hacer de tu propia vida un don para los demás, para que otros crezcan humana y espiritualmente. Así experimentarás un gozo profundo en esta vida y participarás de la misma gloria del Señor, una gloria que no es vana y pasajera, sino que será eterna.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«“El discípulo no es más que el maestro” (Mt 10, 24)... Y no obstante, los hijos de Zebedeo, antes de haber sufrido la humillación, en conformidad con la pasión del Señor, ya se habían escogido sus puestos, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Querían levantarse “antes de la aurora”. Por esto caminaban en vano. El Señor les recordó la humildad preguntándoles: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” Seguidme, dijo, por el camino que voy yo. Porque si queréis llegar por un camino diferente, caminaréis en vano».

San Agustín

«Es conveniente que aquellos que están establecidos en el cargo de superiores, se sacrifiquen más que los demás, tengan sentimientos aún más humildes que sus subordinados, y presenten a sus hermanos, por sus propias vidas, el mismo tipo de servicio. Que miren a los que les son confiados como depósitos pertenecientes a Dios».

San Gregorio de Nisa

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús es el Siervo sufriente, servidor de todo ser humano

440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del Cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28).

608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).

623: Por su obediencia amorosa a su Padre, “hasta la muerte de Cruz” (Flp 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria del Siervo doliente que “justifica a muchos cargando con las culpas de ellos” (Is 53, 11).

María, Sierva de Dios y de sus designios reconciliadores

494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1, 5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con Él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención.

Llamados a seguir el ejemplo de Cristo

786: El Pueblo de Dios participa, por último, en la función regia de Cristo. Cristo ejerce su realeza atrayendo a sí a todos los hombres por su muerte y su resurrección. Cristo, Rey y Señor del universo, se hizo el servidor de todos, no habiendo «venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). Para el cristiano, «servir es reinar» particularmente «en los pobres y en los que sufren» donde descubre «la imagen de su Fundador pobre y sufriente». El pueblo de Dios realiza su «dignidad regia» viviendo conforme a esta vocación de servir con Cristo.

CONCLUSION

El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 21 de octubre de 2018

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 35-45

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio (San Marcos 10, 35-45). Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Isaías 53, 2a.3a.10-11). Justamente asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Hebreos 4, 14-16).

«Despreciable y desecho de hombres»

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento.

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25) ; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24) . Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel, así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo respondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC-DRVC

GLORIA A DIOS!


QUE VIVA SAN OSCAR ARNULFO ROMERO

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

14-20 de Octubre del 2018

“Anda, vende todo lo que tienes y luego sígueme”

QUE VIVA !"SAN OSCAR ARNULFO ROMERO"

Sab 7, 7-11: “Con la sabiduría me vinieron a la vez todos los bienes”

Supliqué, y se me concedió la prudencia;

invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.

La preferí a cetros y tronos,

y, en comparación con ella,

tuve en nada la riqueza.

No le igualé la piedra más preciosa,

porque todo el oro, a su lado,

es un puñado de arena,

y, ante ella, la plata es como el barro.

La quise más que a la salud y a la belleza,

y preferí tenerla como luz,

porque su resplandor no tiene ocaso.

Con ella me vinieron todos los bienes juntos,

en sus manos había riquezas incontables.

Sal 89, 12-17: “Sácianos, Señor, de tu misericordia”

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?

Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Heb 4, 12-13: “La Palabra de Dios es viva y eficaz”

La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, articulaciones y médulas. Juzga los deseos e intenciones del corazón.

No hay criatura que escape a su mirada. Todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Mc 10, 17-30: “Vende todo lo que tienes y sígueme”

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:

— «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»

Jesús le contestó:

— «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».

Él replicó:

— «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño».

Jesús lo miró con cariño y le dijo:

— «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme».

Pero él, abatido por estas palabras, se fue entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:

— «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:

— «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Ellos se espantaron y comentaban:

— «Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Jesús, mirándolos fijamente, les dijo:

— «Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Dios lo puede todo».

Pedro entonces le dijo:

— «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús dijo:

— «Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en el mundo futuro, vida eterna».

NOTA IMPORTANTE

Salomón, hijo del Rey David, pide a Dios sabiduría en vez de riquezas (1ª. lectura). Renunciando a las riquezas por preferir el espíritu de sabiduría que viene de Dios, encuentra que finalmente con ella le vienen todos los bienes, riquezas incluidas. La renuncia inicial dio paso a una ganancia mucho mayor, en todo sentido.

La sabiduría de Dios se expresa en su Palabra, que es viva y eficaz (2ª. lectura). Cristo es la Palabra viva del Padre. Su palabra penetra hasta lo más profundo del ser. Él ve lo que hay en los corazones humanos, escruta y conoce sus sentimientos y pensamientos, todo está patente a sus ojos.

En el Evangelio escuchamos cómo al Señor «se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» Mateo y Lucas especifican que era un joven. De él dicen que «tenía muchos bienes», es decir, era rico. Pero a pesar de tenerlo todo, experimenta que algo le falta: «¿qué haré para heredar la vida eterna?». Experimenta en sí un hambre de infinito, quiere alcanzar la vida eterna, y con esta inquietud profunda se acerca al Señor Jesús. Busca la respuesta que sacie su anhelo de eternidad, busca el camino que tiene que seguir.

Aquel joven no se da por satisfecho ante la respuesta del Señor. Cuando le señala los mandamientos como camino para alcanzar la vida eterna, él responde como suplicante: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Experimenta que tampoco eso le basta, tiene necesidad de algo más: «¿Qué más me falta?» (Mt 19, 20).

Entonces la mirada del Señor penetra hasta lo más profundo de aquel inquieto corazón. Él, que ve lo profundo, conoce la respuesta, sabe que ese joven ha nacido para seguirlo. El Señor ha conducido a aquel joven a hacer explícita toda su inquietud, a que tome conciencia y exprese que necesita más, que nada de lo que tiene o ha hecho lo satisface: su corazón sigue reclamándole ese “qué más”. Es entonces cuando la mirada del Señor se carga de un amor intenso, un amor de predilección, un amor que sólo puede venir de Dios: «mirándolo lo amó», dice literalmente el texto griego. Es mucho más que mirarlo «con cariño». El Señor le permite experimentar en ese instante, a través de su mirada, todo el amor con que Él lo ama: «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jer 31, 3). Aquel joven debió experimentar cómo el amor del Señor lo inundaba, buscando despertar en él una respuesta de amor. Sólo ese amor sería capaz de saciar el hambre de infinito que experimentaba su corazón con tanta vehemencia, lanzándolo a la búsqueda.

La historia de toda vocación es una historia de amor, del encuentro con la mirada del Señor que penetra hasta lo más profundo, que inunda, que enciende el amor en uno, un amor tan fuerte e intenso que no se puede apagar, que queda prendido en los huesos: «Yo decía: “No volveré a recordarlo…”. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9). Sólo al experimentar ese amor del Señor y al experimentar encenderse el amor en su corazón, el elegido será capaz de dejarlo todo para ganarlo a Él y junto con Él la vida eterna.

Luego de mostrarle ese amor, luego de buscar seducirlo por esa mirada plena del amor de Dios, el Señor le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme». El llamado es claro, explícito. Ante las palabras del Señor aquel joven deberá tomar una decisión y realizar una opción: dejarlo todo, renunciar a las propias riquezas para ir en pos de Aquel que trae la Vida eterna, de Aquel con quien vienen al ser humano todos los bienes anhelados, o aferrarse a sus seguridades humanas, a las riquezas que posee, riquezas que jamás podrán comprarle la vida eterna.

El llamado del Señor, que sale al encuentro de los anhelos de aquel joven, ha penetrado hasta las coyundas de su alma. Al joven le toca responder desde su libertad. Mas en aquel joven pudo más el amor por la riqueza que el amor al Señor, que el amor a Dios. La riqueza se ha convertido para él en la fuente de una seguridad sicológica de la que no está dispuesto a desprenderse para encontrar en el Señor su única seguridad y felicidad.

El resultado de la negativa al llamado del Señor, que es asimismo una negativa a los reclamos vehementes de su propio corazón, es la frustración profunda que se expresa en la tristeza.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Riqueza es aquello a lo que le damos valor, aquello que es lo más importante para uno, aquello que creemos que nos hace valiosos e importantes ante los demás. El corazón se apega a lo que uno considera su riqueza, por ello dice el Señor: «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21). Cuando uno considera el dinero su riqueza, apegándose su corazón al dinero, mal puede amar a Dios: «nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6, 24).

Se suele considerar la riqueza sólo en su sentido material, pero hay riquezas que no son materiales. Hay también riquezas de otro orden. El que considera que sus riquezas son sus bienes materiales, quedará pobre y vacío interiormente. Si la riqueza en cambio la encuentra en los valores morales y espirituales, quedará enriquecido interiormente. Así pues, mientras hay riquezas que empobrecen y degradan al ser humano, hay otras riquezas que lo enriquecen y elevan inmensamente en su humanidad, o incluso “más allá” de su humanidad, lanzándolo al infinito. Cada cual quedará finalmente enriquecido o empobrecido por lo que considere sus riquezas.

Quien en Cristo encuentra su riqueza, considera todo lo demás como “basura”. No que lo desprecie, sino que aprende a darle a cada cosa su justo valor. Y la riqueza que Cristo ofrece, la riqueza que Él mismo es para todo ser humano que anhela alcanzar la vida eterna y la plenitud humana, con nada se compara, nada ni nadie más puede ofrecerla. Quien lo posee a Él, quien por Él es poseído, se hace partícipe de una riqueza incalculable, que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4, 17). ¿Quién sino Él puede ofrecernos la vida eterna? Las “riquezas” de este mundo no sólo no pueden comprar esa vida eterna, sino que pueden llevarnos a perderla.

Ser sensato es dar a cada cosa su valor real en vistas a la realización del ser humano, en vistas a su plenitud y felicidad eterna. Mientras vamos de peregrinos en este mundo tan lleno de ilusiones, es necesario aprender a estimar el valor real de cada cosa, con la misma sagacidad con que un negociante de joyas sabe distinguir entre una joya verdadera y una falsa, entre una joya de gran valor y otra de menor valor. A él no se le puede engañar. En cambio, ¡pobre de aquel tonto que toma por un diamante fino un pedazo de vidrio!

La realización de la persona humana pasa por la valoración objetiva que haga de los bienes que se presentan ante él y de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. La Palabra divina es criterio objetivo para tal discernimiento, nos da la sabiduría necesaria para hacer opciones acertadas en la vida. Prescindir de las enseñanzas divinas lleva a despreciar lo verdaderamente valioso y considerar como riqueza lo que no es sino vanidad de vanidades.

Junto con la sabiduría divina que nos ayude a discernir en el caminar debemos implorar incesantemente el coraje necesario para abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para nuestra propia realización, a fin de alcanzar en Cristo, cuando acabe nuestra peregrinación en este mundo, la vida resucitada que no tendrá fin.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Ama el Señor a los que guardan los mandamientos de la Ley aunque son menores que los que buscan la perfección. Pero no por eso deja de manifestar que no es suficiente la observancia de la Ley para los que desean ser perfectos, puesto que no vino para abolir la Ley sino para darle plenitud. “Una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo, y ven después, y sígueme”. Por tanto el que está llamado a ser así perfecto debe vender lo que tiene, no sólo parte de ello, como hicieron Ananías y Safira, sino todo».

San Beda

«Es mucha la diferencia que hay entre tener riquezas y amarlas, y es por ello que no dijo Salomón “que el que tiene las riquezas, no saca fruto de ellas, sino el que las ama” (ver Ecle 5, 9). Expone el Señor a sus asombrados discípulos el sentido de las palabras antedichas de este modo: “Pero Jesús, volviendo a hablar, les añadió: ¡Ay, hijitos míos, cuán difícil cosa es que los que ponen su confianza en las riquezas entren en el Reino de Dios!”. En donde es de notar que no dice: ¡Cuán imposible es! sino ¡cuán difícil es! Porque lo que es imposible no se puede hacer de ningún modo, mientras que lo difícil sí, aunque cueste mucho trabajo».

San Beda

«No sin motivo hizo mención del tesoro del Cielo y no de la Vida eterna, diciendo: “Que así tendrás un tesoro en el Cielo”, porque, hablando de riquezas y de la renuncia de todo, manifiesta que da a quienes ordena que renuncien a todo, tanto más, cuanto mayor es el Cielo que la tierra».

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

«Maestro, ¿qué he de hacer...?»

2052: «Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor del prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19).

2053: A esta primera respuesta se añade una segunda: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Esta respuesta no anula la primera. El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida, sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta. En los tres evangelios sinópticos la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad. Los consejos evangélicos son inseparables de los mandamientos.

2054: Jesús recogió los diez mandamientos, pero manifestó la fuerza del Espíritu operante ya en su letra. Predicó la «justicia que sobrepasa la de los escribas y fariseos» (Mt 5, 20), así como la de los paganos. Desarrolló todas las exigencias de los mandamientos: «habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás... Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal» (Mt 5, 21-22).

Los padres ante la vocación de un hijo o hija

2232: Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).

2233: Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.

CONCLUSION

«Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 14 de octubre 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 17 – 30

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pasado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (San Marcos 10, 17 – 30). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Sabiduría 7, 7-11). Por otro lado, la Palabra es viva y eficaz y es «más cortante que espada de dos filos» ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Hebreos 4,12 – 13).

«Maestro bueno…»

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola» , sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presentación todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado, todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de nosotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22). Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos…» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón… y al prójimo como a ti mismo».

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado , porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).

Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo (escándalo). Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue. ¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo. ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo? Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).

«Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo, la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».

La verdadera riqueza está en Dios

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría». Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible.

De la Sabiduría hecha carne dirá San Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino también como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios» , a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.

«Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.

Una palabra del Santo Padre:

«¡Contento, Señor, contento!»: el rostro sonriente de un santo contemporáneo, el chileno Alberto Hurtado, quien también en la dificultad y en las diferencias asegura al Señor ser «feliz», se contrapone al «entristecido» del «joven rico» evangélico en la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta, el martes 28 de febrero. Son las dos formas de responder al don y a la propuesta de vida que Dios hace al hombre y que el Pontífice sintetizó con una expresión: «Todo y nada»…

El lunes, sin embargo, «fue proclamada la historia de ese joven rico, que quería seguir al Señor pero al final era tan rico que eligió las riquezas». Un pasaje evangélico (Marcos, 10, 17-27) en el que se subraya el lema de Jesús: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja», y la reacción de los discípulos «un poco asustados: “Pero ¿quién se podrá salvar?”».

El martes la liturgia continúa proponiendo el pasaje de Marcos examinando la reacción de Pedro (10, 28-31), que dice a Jesús: «De acuerdo ¿y nosotros?». Parece casi, comentó el Papa, que Pedro con su pregunta —«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos toca a nosotros?»— presentara «las cuentas al Señor», como en una «negociación comercial». En realidad, explicó el Pontífice, probablemente no era «esa la intención de Pedro», el cual, evidentemente, «no sabía qué decir: “Sí, este se ha ido, ¿pero nosotros?”». En cualquier caso, «la respuesta de Jesús es clara: “Yo os digo: no hay ninguno que haya dejado todo sin recibir todo”». No hay término medio: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo», «recibiréis todo».

Hay sin embargo «esa medida desbordante con la que Dios da sus dones: “recibiréis todo. Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madres, padres, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, que no reciba ya ahora en este tiempo quedará sin recibir cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, campos, y la vida eterna que vendrá”. Todo».

Esta es la respuesta, dijo el Pontífice: «El Señor no sabe dar menos de todo. Cuando Él dona algo, se dona a sí mismo, que es todo». Una respuesta, sin embargo, donde emerge una palabra que «nos hace reflexionar». Jesús de hecho afirma que si «recibe ya ahora en este tiempo cien veces en casas, hermanos, junto a persecuciones». Por tanto «todo y nada». Explicó el Papa: «todo en cruz, todo en persecuciones, junto a las persecuciones». Porque se trata de «entrar en otra forma de pensar, en otra forma de actuar». De hecho, «Jesús se da todo Él mismo, porque la plenitud, la plenitud de Dios es una plenitud aniquilada en la cruz». Aquí está por tanto el «don de Dios: la plenitud aniquilada». Y aquí está entonces también «el estilo del cristiano: buscar la plenitud, recibir la plenitud aniquilada y seguir por ese camino». Ciertamente un compromiso que «no es fácil».

Pero el Papa, siguiendo su meditación, fue más allá y se preguntó: «¿cuál es el signo, cuál es la señal de que yo voy adelante en este dar todo y recibir todo?». ¿Qué hace entender que se está en el camino adecuado? La respuesta, dijo, se encuentra en la primera lectura del día (Siracida 35, 1-15), donde está escrito: «Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con ojo generoso, con arreglo a tus medios». Por tanto, «ojos generosos, rostro alegre, alegría…». Explicó el Pontífice: «El signo que nosotros vamos en este camino del todo y nada, de la plenitud aniquilada, es la alegría».

No por casualidad «al joven rico se le ensombreció el rostro y se fue entristecido». No había sido «capaz de recibir, de acoger esta plenitud aniquilada». Sin embargo, explicó el Papa, «los santos, el mismo Pedro, la han acogido. Y en medio de las pruebas, de las dificultades tenían el rostro alegre, el ojo generoso y la alegría del corazón. Este es el signo».

Y es en este punto que el Papa recurrió a un ejemplo tomado de la vida de la Iglesia contemporánea: «Me viene a la mente —dijo— una pequeña frase de un santo, san Alberto Hurtado, chileno. Trabajaba siempre, dificultad tras dificultad, tras dificultad… Trabajaba para los pobres». Es un santo que «fue perseguido» y tuvo que afrontar «muchos sufrimientos». Pero «cuando él estaba precisamente ahí, aniquilado en la cruz» decía: «Contento, Señor, contento». Que san Alberto, concluyó el Pontífice, «nos enseñe a ir sobre este camino, nos dé la gracia de ir por este camino un poco difícil del todo y nada, de la plenitud aniquilada de Jesucristo y decir siempre, sobre todo en las dificultades: “Contento, Señor, contento”».

Papa Francisco. Homilía en la capilla de la Domus Santae Marthae. Martes 28 de febrero de 2017

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cuántos jóvenes que están llamados a seguir al Maestro Bueno tienen su corazón amarrado a las riquezas de este mundo? Recemos para que más jóvenes puedan escuchar y responder el llamado del Señor a seguirlo. Recemos también por las familias de estos jóvenes para que sean generosas y desprendidas.

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965 – 1974. 2052-2055.

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC-DRVC

GLORIA A DIOS!

 

Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños que creen

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 3 Ee octubre Ee 2018 a las 23:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


30 de Septiembre al 6 DE OCTUBRE del 2018


“¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeños que creen!”




Núm 11, 25-29: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”


En aquellos días, el Señor bajó en la nube y habló con Moisés; tomó parte del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida.

Habían quedado en el campamento dos hombres del grupo, llamados Eldad y Medad, habían sido escogidos entre los setenta, pero no habían acudido a la tienda. Sin embargo, el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento.

Un muchacho corrió a contárselo a Moisés:

— «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».

Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino:

— «Señor mío, Moisés, prohíbeselo».

Moisés le respondió:

— «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»


Sal 18, 8.10.12-14: “Los mandatos del Señor alegran el corazón”


La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel

e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura

y eternamente estable;

los mandamientos del Señor

son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila

para guardarlos con cuidado,

¿quién conoce sus faltas?

Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia,

para que no me domine:

así quedaré libre e inocente

del gran pecado.


Stgo 5, 1-6: “El salario que no les dieron a los obreros está clamando contra ustedes”


Ustedes los ricos, lloren y laméntense ante las desgracias que se les avecinan.

Sus riquezas están podridas y sus vestidos están apolillados.

Su oro y su plata están enmohecidos y ese moho será una prueba contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego.

¡Han amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final!

El salario que no les dieron a los obreros que han cosechado sus campos está clamando contra ustedes; y el clamor de los que cosecharon ha llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos.

Ustedes han vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado y matado a los inocentes sin que ellos opusieran resistencia.


 

Mc 9, 38-43.45.47-48: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua no se quedará sin recompensa”


En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:

— «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros».

Jesús respondió:

— «No se lo impidan, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a nuestro favor.

Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua, por ser ustedes de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga.

Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno.

Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».


NOTA IMPORTANTE



Dios habla a su siervo Moisés (1ª. lectura) para que transmita al pueblo sus palabras. En una ocasión reúne a setenta ancianos alrededor de la Tienda. Al recibir también ellos el espíritu de Dios se ponen a profetizar. Otros dos ancianos, no presentes en aquél lugar, se ponen también a profetizar en el pueblo. Un joven escandalizado acude a Moisés para pedirle que les prohíba profetizar. Mas él le responde: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»


Una respuesta semejante es la que da el Señor a Juan, que quiere impedir que un hombre expulse demonios en nombre de Cristo porque «no es de los nuestros». El Señor responde: «No se lo impidan, porque… el que no está contra nosotros está a nuestro favor». No es por eso por lo que deben escandalizarse los discípulos, no es a quienes predican en nombre del Señor a quien hay que impedir que hable o realice milagros incluso por no pertenecer al grupo de los Apóstoles.


Es por otras cosas por las que sí hay que escandalizarse, son otras cosas las que sí hay que cambiar o impedir, por ejemplo, la injusticia cometida por quienes se enriquecen explotando a sus semejantes. En la segunda lectura el Apóstol Santiago se dirige en términos muy enérgicos a aquellos ricos que habiendo endurecido el corazón frente a sus semejantes han amasado una fortuna “podrida”, acumulada a base de injusticias. A éstos los acusa asimismo de vivir disolutamente, entregándose a los placeres. La pasan bien en esta vida, pero su destino será terrible. Las desgracias que caerán sobre ellos deberían espantarlos, deberían hacerlos llorar y dar alaridos. Un comportamiento como el de ellos sí es absolutamente escandaloso.


En el Evangelio el Señor advierte con dureza a aquellos que escandalizan «a uno de estos pequeños que creen». Afirma que sería mejor que le pongan al cuello una piedra de molino «y lo echasen al mar.» La afirmación puede sonar exagerada o excesiva. Mas el uso de esta hipérbole tiene la intención de hacer tomar conciencia a sus oyentes de la gravedad enorme que tiene el escándalo a los ojos de Dios.


La voz escándalo viene de la palabra griega skandalon, que denomina el gatillo movible de una trampa o la trampa misma. Por extensión se aplica a cualquier obstáculo situado en el camino y que es causa de tropiezo y caída para el caminante. El Señor aplica el término escándalo en su sentido moral: escandaliza al prójimo quien con su mal ejemplo, su acción pecaminosa o sus consejos u opiniones inmorales lleva al error o pecado a otra persona, apartándola del camino del bien que conduce a la vida.


Cada uno puede convertirse en causa de escándalo para los demás, pero también puede ser causa de escándalo para sí mismo en la medida en que se sirve de sus miembros para pecar, o se pone en situaciones de riesgo que son ocasión de pecado, o admite ciertas ‘amistades’ o relaciones que lo arrastran al mal. Contra este tipo de escándalo el Señor recomienda la radicalidad: apartar o arrancar de raíz, cortar con todo aquello que sin ser malo en sí mismo se constituye en causa de pecado para uno: «Si tu mano te hace caer, córtatela… si tu pie te hace caer, córtatelo… si tu ojo te hace caer, sácatelo». Evidentemente no hay que entender estas expresiones en sentido literal. El Señor nuevamente echa mano de la hipérbole para señalar la actitud interior de radicalidad y firmeza que el discípulo debe tener para apartar de su vida todo aquello o aquellas personas que nos llevan a pecar, aún cuando implique un sacrificio doloroso.


Esta radicalidad la sustenta el Señor con un argumento contundente: «más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno». El Señor habla de la existencia del infierno, y aunque Dios no lo quiere para nadie, es el destino posible para quien se obstina en rechazar a Dios para aferrarse al pecado. Quien quiera ganar la Vida eterna, debe despojarse de todo lastre o esclavitud de pecado.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Alguna vez nos hemos preguntado a cuántos escandalizamos con nuestras conductas pecaminosas, con nuestras acciones cotidianas que desdicen de nuestra condición de bautizados, de cristianos, de católicos? ¿Acaso por nuestra causa, por nuestras incoherencias, no terminan apartándose muchos de la Iglesia? ¿No me he apartado acaso alguna vez yo mismo de la Iglesia por los escándalos producidos por algún mal sacerdote, o por la incoherencia que veo entre los católicos? ¿A cuántos hemos escuchado decir: “no voy a la Iglesia porque no me junto con hipócritas”? ¿Cuántos desprecian la fe al ver a tantos “beatos” y “cucufatas” que se proclaman muy creyentes, que van a Misa los Domingos, se golpean el pecho, pero al salir de Misa ofenden y maltratan a los demás, fomentan rencillas, odios, divisiones, se emborrachan, cometen injusticias, fraudes, adulterios, fornicaciones, asesinatos, robos, calumnias y tantas otras maldades? ¿A cuántos hemos escuchado justificar su apartamiento de la Iglesia y de la fe aduciendo que “creo en Cristo pero no en la Iglesia”? Lo cierto es que al apartarse de la Iglesia, al desconfiar de ella por la conducta escandalosa de alguno o algunos de sus miembros, terminan apartándose de Dios mismo y de su enviado Jesucristo (ver Rom 2, 18-24).


Es por nuestra falta de compromiso con el Señor, por nuestras incoherencias entre lo que decimos creer y lo que hacemos, que Cristo es rechazado, que la Iglesia es despreciada. Debemos tomar conciencia de que el pecado que yo cometo, grande o “pequeño”, aunque sea escondido, abaja a todos los miembros de la Iglesia, y cuando es público, se convierte en “piedra de tropiezo” para quien nos ve o escucha. Con mi mal ejemplo o enseñanzas induzco a los más débiles a cometer el mal. Con mi pecado, con mis incoherencias, con mi mal testimonio, aparto a las personas de Dios en vez de acercarlas a Él.


Ante la responsabilidad enorme que cada cual tiene frente a los “pequeños” nadie puede repetir las palabras de Caín: «¿quién me ha hecho custodio de mi hermano?» (Gén 4, 9). “Si otro se escandaliza (justamente) por lo que yo hago, no es mi problema.” ¡No! Somos responsables de la edificación de nuestros hermanos humanos, es nuestra obligación moral ser buen ejemplo para el prójimo. Los “pequeños”, los frágiles y débiles en la fe, deben poder encontrar en nosotros un referente, personas cristianas de verdad, personas ejemplares que por su conducta irreprochable y una vida de fe coherente los acerquen al Señor Jesús y a su Iglesia.


Finalmente, no olvidemos que el primer “prójimo”, el más “próximo” a mí, soy yo mismo. Por tanto, el primero a quien debo evitar escandalizar es a mí mismo. En ese sentido, el Señor me invita a apartar radicalmente de mi vida todo aquello que es para mí causa de tropiezo, todo aquello que me lleva a pecar, pues «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Nos hemos prometido a nosotros mismos ser discípulos de Cristo; mortifiquémonos, porque la mortificación maltrata a la impureza. Ésta es la hora de la lucha. No nos retiremos, por el temor de devenir esclavos del pecado. Hemos sido constituidos luz del mundo; que nadie se escandalice por causa nuestra».

San Pacomio


«Con razón se llama pequeñito al que puede ser escandalizado, porque el que es grande aunque tenga que padecer, no abandonará su fe, mientras que el pequeño y pobre de espíritu busca ocasiones de escándalo. Por tanto debemos ocuparnos principalmente de los que son pequeños en la fe, para que por causa nuestra no se ofendan y se aparten de la fe, perdiendo la salvación».

San Beda


«Es de notar, sin embargo, que en nuestras buenas obras a veces debemos tener en cuenta el escándalo del prójimo, aunque a veces no debemos tampoco pararnos en esto, porque debemos evitar el escándalo cuando podemos hacerlo sin pecar, mas cuando el escándalo nace de la verdad, es más conveniente permitirle que abandonar ésta».

San Gregorio Magno


«Después de enseñarnos el Señor que no debemos escandalizar a los que creen en Él, nos advierte con cuánto cuidado debemos evitar a los que nos escandalizan, esto es, que nos llevan con su palabra y su ejemplo a la ruina del pecado».

San Beda


«No habla de nuestros miembros sino de los amigos íntimos, de los que nos servimos como de los miembros, no habiendo nada tan perjudicial como una mala compañía».

San Juan Crisóstomo


«Llama nuestra mano al amigo necesario, de quien nos valemos diariamente, pero si el tal quisiera dañar nuestro espíritu, deberemos excluirle de nuestra compañía, porque si queremos tener parte en esta vida con un ser perdido, juntamente con él pereceremos en la otra».

San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«El que escandalice a uno de estos pequeños…»


2284: El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave si, por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.


2285: El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen. Inspiró a nuestro Señor esta maldición: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar» (Mt 18, 6) (ver 1 Cor 8, 10-13). El escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están obligados a enseñar y educar a otros. Jesús, en efecto, lo reprocha a los escribas y fariseos: los compara a lobos disfrazados de corderos (ver Mt 7, 15).


2286: El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda o por la opinión.


Así se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a «condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente, hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos» (S.S. Pío XII). Lo mismo ha de decirse de los empresarios que imponen procedimientos que incitan al fraude, de los educadores que «exasperan» a sus alumnos (ver Ef 6, 4; Col 3, 21), o de los que, manipulando la opinión pública, la desvían de los valores morales.


2287: El que usa los poderes de que dispone en condiciones que arrastren a hacer el mal se hace culpable de escándalo y responsable del mal que directa o indirectamente ha favorecido (ver Lc 17, 1).


2326: El escándalo constituye una falta grave cuando por acción u omisión se induce deliberadamente a otro a pecar.


1789: La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: «Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo» (1 Cor 8, 12). «Lo bueno es... no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad» (Rom 14, 21).


Conclusion


«Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros»


Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 30 de setiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 38- 43.45.47- 48



Los textos de este Domingo tienen como telón de fondo la necesidad de tener un recto discernimiento cristiano. El intento de querer monopolizar el uso carismático del nombre de Jesús por parte de sus discípulos San Marcos 9, 38- 43.45.47- 4, o el espíritu de profecía por parte de Josué (Números 11, 25 -29), tiene su respuesta en las palabras de Jesús: «El que no está contra nosotros, está a nuestro favor», y en las de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!». El Apóstol Santiago (Santiago 5, 1-6) se dirige, ya en el final de su carta, a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta en relación al justo, al que han condenado y matado; y así hacerles reflexionar sobre el día del juicio final.


¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara!


La Primera Lectura hace parte de los lamentos de Moisés ante las constantes quejas del pueblo, que siente nostalgia por la abundancia de alimentos que tenían en Egipto. Moisés, que se siente abrumado con tantos problemas, clama a Dios: «No puedo cargar yo sólo con este pueblo: es demasiado pesado para mí» (Nm 11,14). Dios responde a Moisés diciendo que tomaría su Espíritu para ponerlo sobre setenta ancianos a fin de que lleven juntos la carga del pueblo. Moisés nos dice cómo «el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen alguna querella vienen a mí y yo me pronuncio entre ellos, haciéndoles saber los mandatos de Dios y sus leyes» (Ex 18,15s). Esto mismo es lo que aquellos ancianos van a realizar movidos por el Espíritu que Dios les otorgará, y que en la Biblia se denominará «profetizar». Da ahí comenzaron su actividad ayudando a Moisés en el gobierno del pueblo. La institución de «los setenta ancianos» se mantuvo hasta los tiempos de Jesús, aunque en forma modificada. En tiempos de Jesús, el Sanhedrín o Gran Concilio se componía de los «jefes principales, los escribas y los ancianos» y tiene su origen en la elección de Moisés.


En nuestro pasaje dominical vemos como el incidente de Eldad y Medad sirve para introducir en la historia a un muchacho llamado Josué, que va a ser el sucesor de Moisés, y también para sentar la tesis, que viene a ser como la culminación de todo el pasaje: «¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!» (Nm 11,29). Joel se hará portavoz de estos mismos deseos (Jl 3,1-2), y Pedro los verá cumplidos el día de Pentecostés Hch 2,16-1. Josué quisiera monopolizar el espíritu solamente en Moisés Nm 11,28 Lo mismo vemos que hará Juan en el Evangelio (Mc 9,38-40). Pero éste no es el paecer de Moisés (Nm 11,29), ni el de San Pablo (1 Tes 5,19-20), ni tampoco el de Jesús (Mc 9,38-40) ya que «el viento sopla donde quiere» (Jn 3,.


«¡Vosotros, ricos, llorad y dad alaridos!»


La carta de Santiago concluye con dos series de exhortaciones. Esta primera se centra en algunos aspectos negativos que ya han merecido anteriormente la atención del autor sagrado; destaca en especial la denuncia de la situación injusta creada por los ricos que explotan a sus hermanos los pobres. La dimensión social del mensaje de Santiago es evidente y realmente cuestionadora. Es posible y probable que en estos pasajes de la carta reflejen la situación concreta de la comunidad de Jerusalén, en la que abundaban los necesitados. Pero en la comunidad hay también ricos que no parecen prestar demasiada atención a los pobres, y por ello son denunciados con palabras que recuerdan el tono condenatorio de los antiguos profetas y del mismo Jesús (ver Lc 6,24-26).


Sin duda, el pasaje debe de ser entendido en una dimensión escatológica; las calamidades que aguardan a los ricos se sitúan en la perspectiva del Juicio Final (ver Mt 6, 19; Is 5,8-10; Am 2,6-7). Vemos cómo, en una visión profética, se contempla el final negativo de las riquezas acumuladas a costa de «condenar y matar al justo». Entonces serán el oro y la plata los que gritarán contra los ricos (St 5,3) ya que «cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,45).


«El que no está contra vosotros, está por vosotros»


El Evangelio comienza abruptamente sin introducción, ni presentaciones y habla de un extraño que expulsa demonios en nombre de Jesús pero que no anda con ellos. Según el Apóstol Juan, nadie puede invocar el nombre de Jesús, si no pertenece al círculo de los discípulos: por dos veces repite la circunstancia «no viene con nosotros». Comentando este punto, nos dice el Pseudo-Crisóstomo: «No era, pues, por envidia o celo por lo que quería San Juan impedir que lanzase aquel hombre los demonios, sino porque deseaba que todos los que invocaban el nombre del Señor siguiesen a Cristo y formasen como un solo cuerpo con sus discípulos. Pero el Señor por medio de éstos que hacen milagros, aunque sean indignos de ello, llama a otros a la fe, y por esta inefable gracia los induce a hacerse mejores. “No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús”».


Ciertamente lo que ese hombre anónimo hacía era expulsar demonios. Esto fue lo que hizo Jesús desde el primer momento de su ministerio público; y también a sus apóstoles les dio poder sobre los demonios (ver Mc 3,14-15). Para expulsar demonios era necesario poseer un poder que venía de lo alto. Por eso a la expulsión del demonio Jesús la llama: «obrar un milagro invocando mi nombre». La condición esencial para que un milagro se realice es que quien lo realiza no crea que se da por su virtud o en mérito propio sino exclusivamente por gracia (regalo, don) de Dios. Lo que el hombre consigue por su propia virtud no es un milagro; es un logro humano. Los milagros no se conceden sino por la fe, y no cualquier fe sino «aquella que mueve las montañas».


Quien tiene esta fe, y por eso obra milagros, obviamente reconoce a Cristo como Dios. Este no puede «hablar mal de Cristo». De su boca no puede salir más que alabanzas y agradecimientos hacia Jesús. Como conclusión de este episodio, notemos cómo Jesús pasa del trato que recibe Él – «no puede hablar mal de mí» – al trato que reciben los apóstoles – «no está contra vosotros», expresando una identificación con ellos. Recordemos que ya lo había dicho de manera explícita: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). No estar contra significa estar a favor. No hay opción intermedia. Respecto a Jesucristo todos tenemos que optar y esa opción es radical: en contra o a favor. Finalmente aprendemos de este episodio que la gracia de Cristo es absolutamente libre y gratuita ya que también puede actuar fuera de los cauces ordinarios.


Lo que está en juego…


La segunda idea que vemos en el Evangelio es: Jesús anuncia la recompensa o el castigo según la actitud de los discípulos. Jesús describe a sus discípulos por medio de dos expresiones «los que son de Cristo» y «estos pequeños que creen». Si el apóstol Juan parecía entender que Jesús era propiedad de los Doce, ahora Jesús dice que, en realidad, ellos son de Cristo. Y Cristo agradece incluso un vaso de agua dado a uno de ellos y promete recompensa. Vemos como Jesús considera gravísimo quien ponga un obstáculo y haga caer – que esto es lo que significa «escándalo» – a uno de sus pequeños discípulos como cariñosamente los llama. El «escándalo», en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. La responsabilidad es inmensa ya que la figura utilizada por Jesús es extrema: «mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar». La comparación puede sonar extraña en los labios de Jesús pero expresa toda la gravedad que atribuye al escándalo.


Por último, hay una tercera parte del Evangelio en que Jesús advierte a sus discípulos contra el pecado grave, el pecado que priva de la vida divina a quien lo comete. «Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela…». La frase tiene una lógica implacable. Si el pecado trae la muerte entera al hombre entero, ciertamente antes de cometer un acto de tan graves consecuencias, más vale perder una mano. Y para que se entienda claramente el mensaje el Señor lo va a repetir por tres veces. ¿Cómo describe Jesús la gehena? Es un lugar donde «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» .


Nos dice nuevamente el Pseudo – Crisóstomo: «He aquí el testimonio profético de Isaías: “Cuyo gusano no muere nunca, y cuyo fuego jamás se apagará” (Is 66,24). Pero no es del gusano material del que habla, sino del gusano de la conciencia que remuerde al que no ha obrado el bien. Cada cual será su propio acusador, recordando lo que hizo en la vida mortal, y por eso su gusano no morirá nunca». Que el fuego no se apague significa que el tormento físico causado por la sensación del calor abrasador no acaba nunca y no hay posible refresco. Así describe Jesús la pena eterna debido al pecado.


Una palabra del Santo Padre:


«Segunda palabra: Pequeñez. En el Evangelio, Jesús alaba al Padre porque ha revelado los misterios de su Reino a los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños que saben cómo acoger los secretos de Dios? Los pequeños son aquellos que necesitan a los grandes, que no son autosuficientes, que no creen que pueden bastarse a sí mismos. Pequeños son aquellos que tienen el corazón humilde y abierto, pobre y necesitado, que sienten la necesidad de orar, de confiarse y de dejarse acompañar. El corazón de estos pequeños es como una antena, capta la señal de Dios, inmediatamente, se da cuenta enseguida. Porque Dios busca el contacto con todos, pero el que se hace grande crea una interferencia enorme, no llega el deseo de Dios: Cuando uno está lleno de sí mismo, no hay lugar para Dios. Por lo tanto, Él prefiere a los pequeños, se revela a ellos, y la forma de encontrarse con Él es bajarse, encogerse dentro, reconocerse necesitado. El misterio de Jesucristo es misterio de pequeñez: Él se bajó, se aniquiló. El misterio de Jesús como vemos en la Hostia en cada misa, es un misterio de pequeñez: de amor humilde, y solo se puede comprender siendo pequeño y frecuentando a los pequeños.


Y ahora podemos preguntarnos: ¿sabemos cómo buscar a Dios allí dónde está? Aquí hay un santuario especial donde está presente, porque hay tantos de los pequeños que Él prefiere. San Pío lo llamó «templo de oración y ciencia», donde todos están llamados a ser «reservas de amor» para los demás (Discurso por el I aniversario de la inauguración, 5 de mayo de 1957): es la Casa de reposo del sufrimiento. En el enfermo se encuentra Jesús, y en el amoroso cuidado de aquellos que se inclinan sobre las heridas del prójimo, está el camino para encontrar a Jesús. Quien cuida a los niños está del lado de Dios y vence a la cultura del descarte, que, por el contrario, prefiere a los poderosos y considera inútiles a los pobres. Los que prefieren a los pequeños proclaman una profecía de vida contra los profetas de muerte de todos los tiempos, también de hoy, que descartan a la gente, descartan a los niños, a los ancianos, porque no sirven.


De pequeño, en la escuela, nos enseñaban la historia de los espartanos. A mí siempre me llamaba la atención lo que nos decía la maestra, que cuando nacía un niño o una niña con malformaciones lo llevaban a la cima del monte y lo arrojaban desde allí para que no hubiera niños como ellos. Nosotros, los niños, decíamos: «¡Pero que crueldad!». Hermanos y hermanas, nosotros hacemos lo mismo, con más crueldad, con más ciencia. Lo que no sirve, lo que no produce, se descarta. Esta es la cultura del descarte; hoy no se quiere a los pequeños. Por eso Jesús se deja de lado.


Finalmente, la tercera palabra. En la primera lectura, Dios dice: «No se alabe el sabio por su sabiduría, ni se alabe el valiente por su valentía» (Jeremías 9, 22). La verdadera sabiduría no estriba en tener grandes cualidades y la verdadera fuerza no está en la potencia. Los que se muestran fuertes y los que responden al mal con el mal no son sabios. La única arma sabia e invencible es la caridad animada por la fe, porque tiene el poder de desarmar a las fuerzas del mal. San Pío luchó contra el mal durante toda su vida y luchó con sabiduría, como el Señor: con humildad, con obediencia, con la cruz, ofreciendo el dolor por amor. Y todos están admirados; pero pocos hacen lo mismo. Todos hablan bien, pero ¿cuántos imitan? Muchos están dispuestos a poner un «me gusta» en la página de los grandes santos, pero ¿quién hace cómo ellos? Porque la vida cristiana no es un «me gusta»; es un «me consagro». La vida perfuma cuando se ofrece como un don; se vuelve insípida cuando se guarda para uno mismo.


Y en la primera lectura, Dios también explica de dónde sacar la sabiduría de la vida: «se alabe quien se alabare: en tener seso y conocerme, porque yo soy Yahveh, que hago merced, derecho y justicia sobre la tierra» (v. 23). Conocerle, es decir encontrarlo, como Dios que salva y perdona: este es el camino de la sabiduría. En el Evangelio, Jesús reafirma: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados» Mateo 11, 2. ¿Quién de nosotros puede sentirse excluido de la invitación? ¿Quién puede decir: «No lo necesito»? San Pío ofreció su vida y sus innumerables sufrimientos para hacer que los hermanos se encontrasen con el Señor. Y el medio decisivo para encontrarlo era la Confesión, el sacramento de la Reconciliación».


Papa Francisco. Homilía en San Giovanni Rotondo. Sábado 17 de marzo de 2018.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Nosotros podemos escandalizar a muchas personas con nuestra propia incoherencia o mal ejemplo. ¿Soy verdadero testimonio de mi amor a Dios y a su Iglesia? ¿En qué actitudes podría ser escándalo para los pequeños del Señor?


2. A la luz de la Carta del Apóstol Santiago, ¿soy una persona justa y generosa? ¿De qué manera concreta vivo la caridad?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2258- 2262. 2284 – 2326


!GLORIA A DIOS!



Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


23-29 de Septiembre del 2018


"Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos"




Sab 2, 12.17-20: “Lo condenaremos a muerte humillante.”


Los malvados dijeron entre sí:

— «Tendamos una trampa al justo, veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si el justo es hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a humillación y tortura, para comprobar su resistencia y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte humillante, pues, según dice, Dios lo protegerá».


Sal 53, 3-6.8: “El Señor sostiene mi vida”


Oh Dios, sálvame por tu nombre,

sal por mí con tu poder.

Oh Dios, escucha mi súplica,

atiende mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí,

y hombres violentos me persiguen a muerte,

sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio,

el Señor sostiene mi vida.

Te ofreceré un sacrificio voluntario,

dando gracias a tu nombre, que es bueno.


Stgo 3, 16-4, 3: “Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia”


Queridos hermanos:

Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva,

dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

¿De dónde proceden las guerras y las peleas entre ustedes? ¿No es precisamente de esas pasiones

que luchan en su interior? Ustedes ambicionan, y no obtienen, matan y sienten envidia pero no

pueden conseguir nada y entonces combaten y hacen la guerra.

No obtienen lo que quieren porque no se lo piden a Dios; y si se lo piden, no lo reciben porque lo

piden mal, pues lo quieren para derrocharlo en sus placeres.


Mc 9, 30-37: “Si quieres ser el primero, sé el servidor de todos”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no

quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía:

— «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de

muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaum, y, una vez en

casa, les preguntó:

— «¿De qué discutían por el camino?»

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se

sentó, llamó a los Doce y les dijo:

— «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

— «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no

me recibe a mí, sino al que me ha enviado».


NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura escuchamos un discurso confabulatorio entre hombres inicuos que, cegados

por su odio, traman el mal contra un hombre justo. Deciden someterlo al tormento y a una

muerte afrentosa, porque les incomoda que les eche en cara su maldad. Su ensañamiento contra

el justo es, además, un desafío a Dios mismo, pues dicen con sorna: «según él, Dios le salvará».

Imposible no pensar en la confabulación que llevó a la crucifixión al Señor Jesús. Él, el Justo por

excelencia, es sometido al ultraje, al tormento y a la muerte afrentosa por quienes no resisten que

repruebe su modo de obrar. También de Él dirán con sorna al pie de la Cruz: «Ha puesto su

confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de

Dios”» (Mt 27, 43).


En la raíz del odio, de todo espíritu de contienda, de los deseos de venganza, de la violencia

contra los inocentes, de las envidias y rivalidades, están «esas pasiones que luchan en el interior»

de cada uno (2ª. lectura). Las luchas externas son consecuencia y manifestación de una lucha

invisible, que se libra en el interior de la persona misma. Toda falta de armonía y reconciliación

personal se exterioriza en una actitud agresiva y conflictiva para con los demás. Ante esta

realidad, que es fruto del pecado, el apóstol invita a abandonar cualquier espíritu de contienda

abriéndose a «la sabiduría que viene de arriba». Vivir de acuerdo a los criterios del “mundo”

lleva a guerras y divisiones. En cambio, vivir de acuerdo a las enseñanzas divinas trae la paz y

lleva a una convivencia pacífica, que deviene en frutos buenos. Un cambio de mentalidad es

necesario para la conversión.


Nadie está libre de esta lucha interior, alentada por las pasiones desordenadas. También los

apóstoles experimentan las «pasiones que luchan en su interior», la ambición que lleva a querer

ser “el primero” en lo que se refiere a puestos de honor, de poder, de dignidad. La ambición de la

primacía, el deseo de querer estar por encima de los demás, entrampa a los discípulos en una

poco fraternal discusión: ¿quién de ellos es el más importante? Llegados a casa, el Señor les

pregunta sobre lo que andaban discutiendo por el camino. El Señor lo sabe, pero quiere que ellos

mismos expongan a la luz lo que pretendían discutir “entre ellos”. Ninguno responde. Todos

callan por vergüenza. Entonces el Señor convoca a sus apóstoles, une en torno a sí a quienes la

discusión por los primeros puestos ha dividido, atrae a aquellos que necesitan aprender a

dominar y encauzar rectamente aquella pasiones que, de lo contrario, servirán tan solo para

encender envidias y promover rivalidades y divisiones entre ellos.


Una vez reunidos en torno a Él, los invita a una profunda conversión mediante el “cambio de

mente”: deben despojarse de criterios que responden a pasiones desordenadas y revestirse de “la

sabiduría que viene de arriba”. Según esta sabiduría, tan opuesta a la mentalidad del mundo,

«quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». A quienes Él

llama y destina a asumir los “primeros puestos” en su Iglesia, los invita a comprender que este

puesto de gobierno es ante todo un puesto de servicio. Deben cuidarse muy bien de no tomar

estos puestos como una ocasión para alimentar su orgullo y vanidad, para sentirse superiores a

los demás, para someter a los demás. Una vez revestidos del poder de Cristo, habrán de ser

servidores de todos, imitando al Maestro que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida en

rescate por todos.

Con un gesto el Señor refuerza su enseñanza: llamando a un niño y poniéndolo en medio,

abrazándolo con ternura para luego decir: «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me

recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado».

El niño, en términos sociales, no tenía valor alguno en la sociedad judía. Mas Dios no rechaza a

los pequeños, a los insignificantes, a los que “no tienen poder alguno” ni disfrutan de primeros

puestos, honores y grandezas humanas. Recibir a un niño “sin valor” es recibir a Cristo mismo, y

con Él al Padre. Los Apóstoles no sólo deberán hacerse como niños, sino acoger y proteger a los

“niños” o pequeños como lo hace el mismo Señor.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Las pasiones son fuerzas interiores que Dios mismo puso en su criatura humana, fuerzas que le

mueven a conquistar el bien o a apartarse del mal. El pecado introduce un serio desorden en el

ser humano, por el que las pasiones son puestas a su servicio al punto que pareciera que son ellas

las que arrastran al ser humano al mal.


El ser humano buscará siempre su bien y en cambio se apartará de lo que entiende es malo para

él. Mas las pasiones ‘arrastran’ al mal cuando éste se presenta al entendimiento como un bien, en

cambio apartan del bien objetivo cuando éste aparece al entendimiento como un mal. Esta

confusión y cambio, que lleva a ver el mal objetivo como algo “bueno para mí” o el bien

objetivo como algo “malo para mí”, es posible por el “entenebrecimiento de nuestra mente” (ver

Rom 1, 21) o “escotosis” producida por el pecado.


Cuando debido a este proceso de ilusión y auto-engaño el mal aparece ante mi propio

entendimiento como “bueno para mi”, la voluntad y las fuerzas pasionales se despiertan con el

fin de obtenerlo. De este modo las pasiones son puestas muchas veces al servicio del pecado y

nos llevan a nuestra propia destrucción (Ver Eclo 19, 4), cuando Dios las ha puesto en nosotros

para servir a nuestra auténtica realización humana, servir a nuestro perfeccionamiento para llegar

a ser lo que Él nos ha llamado a ser: hijos suyos, partícipes de su misma naturaleza divina (Ver 2

Pe 1, 4).


Detrás de nuestras pasiones desordenadas que nos llevan al mal hay que buscar el criterio

equivocado. «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes?», pregunta

Santiago, y responde: de la codicia y envidia, de pensar que es un mal para mí que el otro posea

un bien que yo no tengo, y que me hará feliz si lo despojo y me apodero de lo que él tiene y yo

ambiciono. Pensar que el bien del otro es un mal para mí es un criterio equivocado, un

pensamiento errado, que lleva a la división, a las peleas, discordias, y es generador de todo tipo

de males.


También los discípulos del Señor Jesús fueron víctimas de un criterio equivocado que despertó

en ellos la pasión, que suscitó el deseo y la ambición de alcanzar los primeros puestos para “ser

superiores a los demás”. Pensaban acaso: “eres más si gozas de fama, de honor, de poder, si

alcanzas los primeros puestos, si los demás están al servicio de tus caprichos personales”. ¿No es

éste el criterio del ‘mundo’, que alienta la ambición? “Para ser ‘alguien’ en la vida tienes que

triunfar, tienes que alcanzar los primeros puestos, tienes que ejercer dominio sobre los demás…

así serás feliz.”


El Señor nos invita a cambiar este y cualquier otro criterio equivocado y sustituirlo por “la

sabiduría que viene de lo Alto”: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el

servidor de todos». No enseña a huir de los puestos de importancia, o a no buscarlos, pero invita

a purificar la motivación, a no buscar los primeros puestos con el fin de enaltecerse uno a sí

mismo. El Señor enseña la necesidad de vivir la humildad, e invita a buscar hacer de los

“primeros puestos” un puesto de servicio, a valerse de ellos para elevar a los demás.

Quien piensa como el Señor, que siendo Dios no ha venido a ser servido sino a servir, quien

descubre que el bien propio está en buscar el bien de los demás, podrá reordenar sus pasiones y

encontrará en ellas una fuerza extraordinaria para trabajar al servicio de los demás, para construir

la paz, para ser artesano de reconciliación en el mundo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Parece que la disputa de los Apóstoles sobre la primacía surgió de haber visto que Pedro,

Santiago y Juan habían sido llevados con preferencia al monte, y que allí se les había confiado

algo en secreto; y que a Pedro según refiere San Mateo (cap. 16) le habían sido prometidas las

llaves del reino de los cielos. Viendo, pues, el Señor el pensamiento de sus discípulos, cuida de

corregir con la humildad el deseo de gloria, enseñando con autoridad que no debe buscarse la

primacía sino por el ejercicio de una sencilla humildad».

San Beda


«Los discípulos ambicionaban alcanzar honores del Señor y deseaban ser enaltecidos por Cristo,

porque cuanto más elevado está el hombre, es más digno de ser honrado. Por esto el Señor no

puso obstáculo al deseo de sus discípulos, sino que los condujo a la humildad».

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El sacerdocio ministerial es para el servicio


894: «Los obispos, como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se

les han confiado no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con ejemplos, sino también con

su autoridad y potestad sagrada», que deben, no obstante, ejercer para edificar con espíritu de

servicio que es el de su Maestro.


1551: “Esta función (del sacerdocio ministerial), que el Señor confió a los pastores de su pueblo,

es un verdadero servicio” (LG 24). Está enteramente referido a Cristo y a los hombres. Depende

totalmente de Cristo y de su sacerdocio único, y fue instituido en favor de los hombres y de la

comunidad de la Iglesia. El sacramento del Orden comunica “un poder sagrado”, que no es otro

que el de Cristo. El ejercicio de esta autoridad debe, por tanto, medirse según el modelo de

Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos.


La autoridad es para el servicio


1917: Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza

en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La

participación comienza por la educación y la cultura. «Podemos pensar, con razón, que la suerte

futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las

generaciones venideras razones para vivir y para esperar» (GS 31, 3).


2235: Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. «El que quiera llegar a

ser grande entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20, 26). El ejercicio de una autoridad está

moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico. Nadie

puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.


2236: El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de

facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer

la justicia distributiva con sabiduría, teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada

uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar por que las normas y disposiciones que

establezcan no induzcan a tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad.


CONCLUSION


«El que quiera ser el primero, sea el servidor de todos»


Domingo de la Semana 25ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 23 de setiembre de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 30-37


Sin duda, Jesucristo ha traído una verdadera revolución al hombre ya sea por su persona, sus

enseñanzas y, sin duda, por su propia vida. Este auténtico cambio nace de una aproximación

diferente a la vida y es lo que leemos en los textos de las lecturas dominicales. Por un lado, el

injusto se cuestiona por el testimonio de aquel que coloca su fortaleza y su confianza en el Señor.

Leemos que nada malo le va a pasar pues Dios «le librará de las manos de sus enemigos…y le

visitará» (Sabiduría 2, 12.17-20).


Los discípulos del Maestro Bueno son constantemente educados para que entiendan que «quien

quiera ser el primero tiene que ser el último y el servidor de todos» (San Marcos 9, 30-37),

escribe Santiago, qué nos tiene ya acostumbrados a sus afirmaciones claras y directas. Ahora nos

propone un verdadero programa de renovación personal que implica un verdadero cambio de

mentalidad y de vida. Las guerras, la violencia, las contiendas y toda clase de maldad; nunca

pueden provenir de la Sabiduría que vienen de lo alto sino de las pasiones desordenadas que

encontramos en nuestro interior (Santiago 3, 16 – 4,3).


El justo perseguido


La primera lectura del libro de la Sabiduría es un fragmento del discurso de los malvados

enjuiciando y condenando al «justo». ¿Quién es ese justo perseguido? ¿A quién se refiere? A

semejanza del «Siervo de Dios» que leemos en el profeta Isaías; la situación y cualidades de este

«justo, hijo de Dios» se pueden verificar, sobre todo, en la persona de Jesús de Nazaret.


El libro de la Sabiduría debió de ser escrito por un judío familiarizado con la cultura helénica del

siglo I a.C. De modo que podemos afirmar que es, cronológicamente, el último libro del Antiguo

Testamento. Todo el libro fue escrito en griego y el autor debió haber vivido en Alejandría que

era la capital del helenismo bajo la dinastía de los Ptolomeos donde había una importante y

fuerte colonia judía. El autor se dirige en primer lugar a los judíos, sus compatriotas, cuya

fidelidad está en peligro por el prestigio de la civilización alejandrina.


La cuestión de la retribución, que tanto preocupaba a los sabios, recibe en él la solución

afirmando que Dios ha creado al hombre para la incorruptibilidad y que «el amor es la

observancia de las leyes» (Sab 6,18). Esto será lo que garantizará la incorruptibilidad que no es

sino «estar cerca de Dios» (Sab 6,19). Es interesante destacar que él no alude a una resurrección

corporal pero ya introduce la idea de una resurrección de los cuerpos en forma espiritualizada.


La sabiduría que viene de lo alto


Nadie está exento de caer en envidias, contiendas y en rivalidad. Ni siquiera los cristianos a los

que el Apóstol Santiago dirige su carta. En ella, en cadencia sapiencial y veterotestamentaria, va

exponiendo dichos, exhortaciones y normas de ética general que tienen su origen en la fe en

Jesucristo. En el texto vemos como primero se contrapone la sabiduría de arriba a la terrena, la

verdadera a la falsa. La primera genera envidia y peleas; la segunda paz, misericordia y

sinceridad.


Como hemos estado leyendo en los domingos anteriores, para Santiago la fe, la religión y la

sabiduría cristianas deben de vivirse en la vida cotidiana. La vida coherente es la que demuestra

que un cristiano es sabio, lo demás puede ser pura apariencia. Lamentablemente las apariencias

fácilmente engañan. El saber entre cristianos no se mide principalmente por la locuacidad, la

facilidad de palabra o la inteligencia, sino por vivir en concreto las actitudes que emanan del

misterio de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo (ver 1 Cor 1,24).


El segundo anuncio de la Pasión


La enseñanza acerca del destino de Jesús, que comenzó después de la confesión de Pedro: «Tú

eres el Cristo…», se reanuda ahora. El Evangelio dice que Jesús iba de camino enseñando a sus

discípulos. Vemos cómo el contenido de esa enseñanza es exactamente el mismo. Este es el

segundo anuncio de su Pasión. La insistencia revela el valor que Jesús le atribuye. Salvo la

expresión «Hijo del hombre», todas las demás palabras usadas por Jesús en esa enseñanza son

del vocabulario común y de fácil comprensión para todos. «Hijo del hombre» es una expresión

idiomática hebrea. Puede significar simplemente «hombre»; pero es evidente que, usada por

Jesús, significa algo más que eso; evoca la visión del profeta Daniel, donde se habla de un Hijo

del hombre al cual «se dio imperio, honor y reino…su imperio es un imperio que nunca pasará»

(ver Dan 7,13-14).


Lo que interesa destacar aquí es que no es una expresión oscura para los apóstoles, pues ellos

sabían que Jesús la usaba para hablar de sí mismo. La situación es ésta: Jesús, a solas con sus

discípulos les explica largamente durante el camino algo que Él considera de fundamental

importancia; lo hace en términos fáciles de entender; y ya no es la primera vez.


¿Por qué ellos no lo entienden? ¿Qué es lo que no entienden? En realidad, es un «no entender»

que significa «no aceptar», «no reconocer» y hasta podría significar «rechazar lo que decía» ver

1Cor 14,38. Ellos prefieren no seguir haciendo preguntas. No quieren aceptar eso de tener que

sufrir, no aceptan que a la vida se llegue por el camino de la cruz y la muerte. A esto se refería

Jesús cuando, en la última cena, les dice: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no

podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa»

(Jn 16,12-13). Cuando vino el Espíritu Santo, entonces lo entendieron bien y, por eso, nos

dejaron los Evangelios, que fueron escritos por quienes saben lo que dicen.


¿Qué discutían por el camino?


La continuación del relato nos muestra cómo los discípulos aún permanecían aferrados a sus

criterios «mundanos». Cuando llegan a Cafarnaúm, Jesús les pregunta sobre lo que discutían en

el camino, perciben que la preocupación de ellos contrasta con la de Jesús, y callan. En efecto,

«por el camino entre sí habían discutido quién era el mayor». Jesús aprovecha la ocasión para

presentar la misma enseñanza que les había dicho pero de otra manera. Esta vez la solemnidad de

la enseñanza está indicada por la posición que asume: «se sienta y llama a los Doce». Es la

actitud del maestro que enseña desde la cátedra (de aquí la expresión «ex cathedra» porque lo

que va a decir reviste de gran importancia. Dos condiciones se deben de cumplir quien quiera ser

el primero: «ser el último de todos y ser servidor de todos».


El Evangelio de hoy nos ofrece uno de los argumentos más claros de la historicidad del mismo.

El autor sagrado – en este caso San Marcos – escribe su Evangelio después de la Resurrección de

Cristo y bajo la inspiración del Espíritu Santo que le concedió una comprensión plena del

misterio de Cristo. Pero eso no le impidió referir con veracidad los hechos de la vida de Cristo.

Vemos cómo los únicos testigos de los hechos narrados son los apóstoles, sin embargo ¿por qué

registran aspectos tan negativos de ellos mismos? Ellos son los jefes y responsables de una

comunidad y como tales, a ellos no les favorecía aparecer ante los fieles como incapaces de

comprender, desentendidos de la misión de Cristo y ambiciosos.


La única explicación razonable de la inclusión de estos episodios en el Evangelio es la absoluta

seriedad y responsabilidad con que los apóstoles transmitieron la verdad acerca de toda la vida

de Jesús, incluso de aquellos episodios en que ellos quedaban mal. Prefirieron la verdad antes

que su propio prestigio. Esto nos garantiza a nosotros, que estamos leyendo hechos realmente

históricos, transmitidos por aquellos que tenían la verdad como máxima preocupación.


Una palabra del Santo Padre:


«En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de vida, hemos sido

totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no

se ahorró este paso. Es el misterio que contemplamos cada año en Navidad. El belén es el icono

que nos comunica esta realidad del modo más sencillo y directo. Pero es curioso: Dios no tiene

dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas para comprender

a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bonitas y fuertes de Jesús

sobre los «pequeños». Este término «pequeños» se refiere a todas las personas que dependen de

la ayuda de los demás, y en especial a los niños. Por ejemplo, Jesús dice: «Te doy gracias,

Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos,

y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25). Y dice también: «Cuidado con despreciar a

uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el

rostro de mi Padre celestial» (Mt 18, 10).


Por lo tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la

Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de

Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos

necesitamos ayuda, amor y perdón.


Los niños nos recuerdan otra cosa hermosa, nos recuerdan que somos siempre hijos: incluso

cuando se llega a la edad de adulto, o anciano, también si se convierte en padre, si ocupa un

sitio de responsabilidad, por debajo de todo esto permanece la identidad de hijo. Todos somos

hijos. Y esto nos reconduce siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado nosotros

mismos, sino que la hemos recibido. El gran don de la vida es el primer regalo que nos ha sido

dado. A veces corremos el riesgo de vivir olvidándonos de esto, como si fuésemos nosotros los

dueños de nuestra existencia y, en cambio, somos radicalmente dependientes. En realidad, es

motivo de gran alegría sentir que, en cada edad de la vida, en cada situación, en cada condición

social, somos y permanecemos hijos. Este es el principal mensaje que nos dan los niños con su

presencia misma: sólo con ella nos recuerdan que todos nosotros y cada uno de nosotros somos

hijos.

Y son numerosos los dones, muchas las riquezas que los niños traen a la humanidad. Recordaré

sólo algunos.


Portan su modo de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza

espontánea en el papá y en la mamá; y tiene una confianza natural en Dios, en Jesús, en la

Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún no está contaminada por la malicia, la

doblez, las «incrustaciones» de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los

niños tienen el pecado original, sus egoísmos, pero conservan una pureza y una sencillez

interior. Pero los niños no son diplomáticos: dicen lo que sienten, dicen lo que ven,

directamente. Y muchas veces ponen en dificultad a los padres, manifestando delante de otras

personas: «Esto no me gusta porque es feo». Pero los niños dicen lo que ven, no son personas

dobles, no han cultivado aún esa ciencia de la doblez que nosotros adultos lamentablemente

hemos aprendido.


Los niños —en su sencillez interior— llevan consigo, además, la capacidad de recibir y dar

ternura. Ternura es tener un corazón «de carne» y no «de piedra», come dice la Biblia (cf. Ez

36, 26). La ternura es también poesía: es «sentir» las cosas y los acontecimientos, no tratarlos

como meros objetos, sólo para usarlos, porque sirven…


Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar. Algunos, cuando los tomo para abrazarlos,

sonríen; otros me ven vestido de blanco y creen que soy el médico y que vengo a vacunarlos, y

lloran… pero espontáneamente. Los niños son así: sonríen y lloran, dos cosas que, en nosotros,

los grandes, a menudo «se bloquean», ya no somos capaces… Muchas veces nuestra sonrisa se

convierte en una sonrisa de cartón, algo sin vida, una sonrisa que no es alegre, incluso una

sonrisa artificial, de payaso. Los niños sonríen espontáneamente y lloran espontáneamente.

Depende siempre del corazón, y con frecuencia nuestro corazón se bloquea y pierde esta

capacidad de sonreír, de llorar. Entonces, los niños pueden enseñarnos de nuevo a sonreír y a

llorar. Pero, nosotros mismos, tenemos que preguntarnos: ¿sonrío espontáneamente, con

naturalidad, con amor, o mi sonrisa es artificial? ¿Todavía lloro o he perdido la capacidad de

llorar? Dos preguntas muy humanas que nos enseñan los niños.

Por todos estos motivos Jesús invita a sus discípulos a «hacerse como niños», porque «de los

que son como ellos es el reino de Dios» (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 14)».


Papa Francisco. Audiencia General 18 de marzo de 2015


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Para nosotros también se nos hace «difícil de entender» el mensaje de Jesús. En efecto vemos

cómo muchas veces queremos ser los primeros y difícilmente entendemos que todo puesto de

autoridad tiene que ser un puesto de servicio. ¿Cómo vivo yo esta realidad? ¿Me cuesta servir?

¿Me cuesta ser el último?


2. Leamos con calma la Segunda Lectura y hagamos un verdadero examen de conciencia a partir

de los «criterios evangélicos» que coloca Santiago.


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1817 – 1829. 2546. 2631. 2713.


GLORIA A DIOS!

El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 23:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


16 - 22 de Septiembre del 2018


"El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"





Is 50, 5-9: “El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás”


El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.

Mi defensor está cerca: ¿quién me denunciará? Comparezcamos juntos: ¿quién me va a acusar? ¡Que venga y me lo diga!

Sepan que el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme?


Sal 114, 1-9: “Caminaré en presencia del Señor”


Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y en angustia. Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida”.

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Stgo 2, 14-18: “La fe, si no tiene obras, está muerta”

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?

Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de ustedes les dice: «Dios los ampare; abríguense y llénense el estómago», y no les da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?

Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe».


Mc 8, 27-35: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pueblos de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos:

— «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron:

— «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».

Él les preguntó:

— «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?»

Pedro le contestó:

— «Tú eres el Mesías».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos:

— «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro:

— «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:

— «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».


NOTA IMPORTANTE


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor pregunta a los Apóstoles sobre lo que piensa la gente sobre su identidad. ¿Quién es Jesús? Los discípulos habían recogido algunas de las opiniones más comunes: «Unos [dicen que tú eres] Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».


Los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar al común de la gente que se trataba de «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24, 19). Sin embargo, hay confusión en cuanto a su identidad, y al tratar de precisar quién es se equivocan completamente.


El Señor pregunta entonces a quienes lo conocen de cerca, a sus Apóstoles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Pedro, en nombre de todos, responde: «Tú eres el Mesías», aquel Ungido por excelencia que Dios había prometido a su pueblo Israel, el descendiente de David, esperado por siglos, que vendría a restaurar el reinado definitivo de Dios en la tierra.


Admitida la respuesta como acertada, el Señor insta a sus Apóstoles a guardar su identidad en el más absoluto secreto. ¿Por qué? Porque si bien es cierto que Él era el Mesías, no se trataba de un Mesías político nacionalista que los judíos y también ellos, los Apóstoles, se habían imaginado y esperaban. Hacer público este anuncio sólo habría entorpecido la misión del Señor. Por tanto, antes de proclamar públicamente que Él era el Mesías, debía corregir la idea equivocada que del Mesías se habían hecho todos, debía instruirlos para que pudiesen despojarse de su idea profundamente enraizada sobre aquel Mesías poderoso y triunfante para reemplazarla por el Mesías humilde, que más bien se identificaba con el Siervo sufriente de Dios anunciado por Isaías (1ª. lectura). Así, pues, una vez que el Señor confirma que Él es el Mesías, empieza a enseñarles que tendrá que «padecer mucho… ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».


Ante este inesperado y sorpresivo anuncio Pedro, llevándoselo a un lado, se puso a increparlo. También el pensaba como todos los judíos de su tiempo: el Mesías traerá consigo la victoria política y la gloria para su pueblo, ¿cómo puede ahora Jesús decir que va a morir en manos de los dirigentes religiosos de su mismo pueblo, si Dios está con Él? ¡Eso no le puede suceder a Él! ¿Por qué anuncia tal cosa? Pedro, desconcertado, se cree con el deber de reprochar semejante disparate, y así lo hace discretamente, llevando a Jesús aparte.


El Señor, en respuesta, lo llama Satanás, el gran enemigo de Dios y de su Mesías. El término Satanás proviene del término bíblico hebreo satán que significa “enemigo”, “opositor”, “adversario”. Pedro, al censurar al Señor y mostrarse contrario a la realización de semejante anuncio, se convierte en portavoz y colaborador de Satanás, se convierte él mismo en adversario y enemigo de Dios, opositor a sus designios reconciliadores. En respuesta merece el más enérgico rechazo y corrección por parte del Señor, que en frente de todos le advierte que en vez de constituirse en obstáculo en su camino, debe ponerse detrás de Él como su seguidor.


Esta última enseñanza es para todos, por eso llama también a la gente y a sus discípulos para presentarles las exigencias del discipulado: quien quiera ser su seguidor debe renunciar a sí mismo, cargar su cruz y andar detrás de Él.


La imagen de cargar la cruz evocaba en sus oyentes una escena habitual: la de los condenados y sentenciados a morir por crucifixión. Era el método preferido que aplicaban los romanos para ejecutar la pena de muerte. Sin duda los judíos veían desfilar cortejos como éste con cierta frecuencia, filas más o menos largas de hombres que marchaban a su propia muerte cargando sobre sí sus propios instrumentos de tortura y ejecución. Se cuenta, por ejemplo, que al morir Herodes el Grande, Varo había hecho crucificar a dos mil judíos. La marcha de estos condenados a muerte era, pues, una imagen conocida. El discípulo de Cristo debía considerarse no un hombre destinado a la gloria humana y mundana, sino un condenado a muerte, un hombre que con su propia cruz a cuestas va siguiendo a Cristo que va a la cabeza de aquel cotejo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En nuestra sociedad occidental se ha puesto muy de moda todo lo que es “light”. Se producen y ofrecen productos o servicios que brindan una cada vez mayor comodidad, diversión, entretenimiento, placer. Los admirables avances tecnológicos han liberado poco a poco al hombre de muchos esfuerzos y sacrificios, haciendo todo más fácil, más cómodo y menos doloroso, para quienes tienen acceso a ellos, claro está. La “cruz”, en cambio, se rechaza cada vez más: «la corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado… pensando que la Cruz no puede abrir ni perspectivas ni esperanzas» (S.S. Juan Pablo II). ¡Cuántas veces, influidos por esta mentalidad, nos tornamos evasivos al sacrificio personal, a la entrega generosa, a la renuncia costosa con la mirada puesta en un bien mayor, cuando es arduo y difícil de conquistar!


Pero, ¿puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin cargar su propia cruz, es decir, sin asumir las exigencias radicales de la vida cristiana, sin asumir la muerte personal como camino a la plenitud y gloria? «El que no carga su cruz y me sigue detrás, no puede ser mi discípulo».


Al pensar en la cruz como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño a la vida del hombre o mujer, de cualquier edad, época, pueblo o condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita enla vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).


Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡Cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!


Muchas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir. Fugamos de muchos modos, a veces al punto de refugiamos en el alcohol, la droga, los placeres ilícitos, el juego, la pornografía, etc. Estos “refugios” nos ofrecen mitigar el dolor o cancelarlo, pero como sólo lo hacen de momento, requieren de nuevas “dosis”, cada vez más fuertes, que terminan sujetándonos a una dura esclavitud que lleva a nuestra lenta pero inexorable destrucción.


Lo cierto es que, sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, se torna estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, no tiene solución. De allí que tantos no busquen sino evadirlo. En cambio, quien mira a Cristo en la Cruz, quien entiende que por su pasión Él nos estaba reconciliando, experimenta cómo su propio sufrimiento, cuando se asocia a la Cruz del Señor, adquiere un sentido tremendo, se transforma en un dolor fecundo, salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros.


La actitud adecuada ante la cruz es asumirla con coraje, buscando en el Señor la fuerza necesaria para llevarla con dignidad. En los momentos de dolor y sufrimiento pidamos intensamente a Dios la gracia para aprender a vivir la mortificación, virtud entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«¿Cómo es, pues, que gozando de una revelación de Dios, cayó tan pronto San Pedro y perdió su estabilidad? Pero diremos que no es de admirar que ignorase esto, no habiendo recibido revelación sobre la pasión. Sabía por revelación que Cristo era Hijo de Dios vivo pero aún no le había sido revelado el misterio de la Cruz y de la Resurrección. Para manifestar, pues, queconvenía que Él llegase a la pasión, increpó a Pedro». San Juan Crisóstomo


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Parece duro y gravoso este precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es duro ni gravoso lo que Él manda, ya que Él mismo nos ayuda también a cumplirlo. (…;) El amor hace que sea leve lo que hay de duro en el precepto». San Agustín


«¿Qué significa: Tome su cruz? Equivale a decir: soporte todo lo molesto; así podrá seguirme. Pues así que empiece a seguirme en mis ejemplos y mandamientos, hallará muchos contradictores, muchos que querrán impedírselo, disuadirlo, y ello entre los mismos que parecen acompañar a Cristo. Iban con Cristo aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguir a Cristo, tu cruz serán las amenazas, las seducciones, los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, mantente firme». San Agustín


«Todos los miembros, cada uno según el lugar y función que tiene en el cuerpo, cada cual a su manera, han de seguir a Cristo; niéguense a sí mismos, esto es, no se busquen a sí mismos; tomen su cruz, esto es, soporten por Cristo en el mundo todo lo que les inflija el mundo. Que amen al único que no defrauda, al único que no se engaña, al único que no engaña; que lo amen, porque es verdad lo que promete. Tu fe vacila, porque sus promesas tardan. Mantente firme, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Tú eres el Mesías”


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en laidentidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el Pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 36).


El anhelo de Cristo: cumplir el Plan de Dios fielmente


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


607: Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).


CONCLUSION


«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»


Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 16 de setiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8,27-35


Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo (San Marcos 8,27-35). La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).


Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Santiago 2,14-18): «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Isaías 50,5-9a).


«He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»


En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.


El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17) ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.


Los criterios buenos


La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.


Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.


«¿Quién dicen los hombres que yo soy?»


El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado… ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.


Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.


«Tú eres el Cristo»


Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo, es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido» .


El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».


Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo». En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.


«¡Quítate de mi vista, Satanás!»


Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado…ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se loesperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.


Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere decir «adversario» en hebreo, porque, así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.


Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).


Una palabra del Santo Padre:


«En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, tras verificar que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (16, 21). Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Pedro, incluso, siente el deber de reprender al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final tan infame. Entonces Jesús, a su vez, reprende duramente a Pedro, lo pone «a raya», porque no piensa «como Dios, sino como los hombres» (cf. v. 23) y sin darse cuenta hace las veces de Satanás, el tentador.


Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, quien, al escribir a los cristianos de Roma, les dice: «No os amoldéis a este mundo —no entrar en los esquemas de este mundo—, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).


En efecto, nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús (cf. Mt 5, 13), es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor ydel Espíritu Santo. En cambio, tendría que ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ella puede transformar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 19). Es triste encontrar cristianos «aguados», que se parecen al vino diluido, y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino diluido no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrar cristianos que ya no son la sal de la tierra, y sabemos que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Su sal perdió el sabor porque se entregaron al espíritu del mundo, es decir, se convirtieron en mundanos.


Por ello es necesario renovarse continuamente recurriendo a la savia del Evangelio. ¿Cómo se puede hacer esto en la práctica? Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, de modo que la Palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida. Recordadlo: os ayudará llevar siempre el Evangelio con vosotros: un pequeño Evangelio, en el bolsillo, en la cartera, y leer un pasaje durante el día. Pero siempre con el Evangelio, porque así se lleva la Palabra de Jesús y se la puede leer. Además, participando en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y además son muy importantes para la renovación espiritual las jornadas de retiro y de ejercicios espirituales. Evangelio, Eucaristía y oración. No lo olvidéis: Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo (v. 25). «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.


La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella».


Papa Francisco. Ángelus domingo 31 de agosto de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.



1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?

2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 – 440. 1814-1816. 1886-1889.



!GLORIA A DIOS!


Todo lo ha hecho bien

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 22:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


9-15 de Septiembre del 2018


"Todo lo ha hecho bien"


Is 35, 4-7: “Dios viene en persona a salvarlos”

Esto dice el Señor:

Digan a los cobardes de corazón:

«Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que trae la venganza y el desquite, viene en persona a salvarlos.»

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la llanura; el desierto se convertirá en un estanque; la tierra reseca, en manantial.


Sal 145, 7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”


Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y transtorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Stgo 2, 1-5: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?”


Hermanos míos:

Que la fe de ustedes en nuestro glorioso Señor Jesucristo no vaya unida a favoritismos.

Por ejemplo: si entran en su asamblea dos hombres, uno con un anillo de oro y un vestido espléndido, y entra también un pobre con vestido andrajoso. Si ustedes se fijan en el que va espléndidamente vestido y dicen: «Siéntate aquí, en el lugar de honor», y al pobre le dicen: «Tú quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»; si hacen eso, ¿no son inconsecuentes y juzgan con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?


Mc 7, 31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”


En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:

— «Effetá», que quiere decir: «Ábrete».

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuando más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

— «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

.

NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías, encontramos una palabra de aliento y ánimo a aquellos que aguardan ansiosos una intervención divina en favor de la restauración de Jerusalén: «Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que… viene en persona a salvarlos». Éstos son los signos acompañarán aquella prometida presencia salvadora: los ciegos verán, los cojos caminarán, los sordos escucharán, los mudos hablarán.


A este anuncio se refiere Cristo mismo para responder a los discípulos del Bautista, a quienes éste había enviado a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». El Señor responde: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 3-5). En el Señor Jesús se realiza la antigua promesa divina. Él es “Dios-con-nosotros”, el Mesías largamente anhelado, que vino al mundo para obrar la restauración no de la Jerusalén física, sino de la humanidad entera.


En el Evangelio, el Señor Jesús realiza justamente uno de los milagros anunciados por Isaías. Usando signos visibles, como lo son el meter sus dedos en los oídos y tocar la lengua con su saliva, «levantando los ojos al cielo» y pronunciando la palabra “¡ábrete!”, cura milagrosa e instantáneamente a un sordomudo. De este hecho palpable y visible debe concluirse: Jesús es el esperado, Él es Dios que ha venido a salvar a su pueblo.


Vale la pena prestar atención a la conclusión a la que llegan los testigos de este milagro: «Todo lo ha hecho bien». Inmediatamente viene a nuestra mente aquella expresión que encontramos en el Génesis, al concluir Dios su obra creadora: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gén 1, 31). En realidad, sólo de Dios, Bien supremo, se puede decir que “todo lo ha hecho bien”. Al crear “todo lo hizo bien”. Mas por el pecado del hombre entró el mal y la muerte en el mundo. Con la presencia de Jesucristo ha llegado el tiempo de restaurar la creación, de hacer nuevamente “todo bien”. Él es “Dios-con-nosotros” (Is 7, 14), Dios que “viene y salva”, Dios que al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo asume la naturaleza humana para reconciliar a la humanidad entera con Dios y realizar una nueva creación. Él, por su muerte y resurrección, y por el don del Espíritu, ha hecho todo nuevo, ha hecho todo bien, ha restaurado lo que el pecado del hombre había dañado.


Dios en Cristo ha venido a salvar y reconciliar a toda la humanidad. Todo ser humano, desde el más culto hasta el más ignorante, desde el concebido no nacido hasta el anciano o enfermo “inútil” a los ojos del mundo, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más famoso hasta el más olvidado, son igualmente amados por Él, valen exactamente el mismo precio que Cristo pagó en la Cruz por todos. Sin embargo, Dios sale al encuentro especialmente del más débil, del abatido. Quiere curar, sanar, rescatar y elevar al hombre de su miseria para hacer que participe de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Se fija especialmente en los pobres que se experimentan necesitados de Dios para enriquecerlos en la fe. Y así como Él no hace acepción de personas, tampoco debe hacerla el creyente. (2ª. lectura)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Al milagro concreto de la curación del sordomudo se le puede dar una interpretación alegórica: el sordomudo es como un signo visible de todo ser humano afectado por el pecado. En efecto, el pecado vuelve al hombre sordo e insensible para escuchar a Dios mismo que le habla de muchas formas y maneras y lo vuelve mudo para proclamar sus maravillas.


Quizá muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperación o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: “¡Dios no me escucha! ¡Quiero que me hable ya!” ¿Es que Dios es sordo a nuestras súplicas? ¿O acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¿No nos habla Dios a través de la creación (ver Rom 1, 20)? ¿No habló a través de los profetas (ver Heb 1, 1)? ¿No habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9, 35)?


Dios también hoy nos habla de muchas maneras: a través de la Iglesia, a través de la Palabra divina leída en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, a través de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a través de una homilía o una plática, a través de una persona, a través de una “coincidencia” (o más bien habría que decir “Diosidencia”;), en la oración, en una visita al Santísimo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios está tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¡A cada uno le toca abrir sus oídos y escuchar cuando Él habla!


Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a Él para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el corazón de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario también hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que Él me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.


Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta cómo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4, 12) y experimenta también como se le suelta “la traba de la lengua” para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar». San Beda


«Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría». Lactancio (autor eclesiástico)


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios


1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de Él unafuerza que los curaba a todos» (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.


1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.


CONCLUSION


«Todo lo ha hecho bien: hace oír a lo s sordos y hablar a los mudos»


Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 9 de septiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37


Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (San Marcos 7, 31-37) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Isaías 35, 4 -7a). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?» (Santiago 2, 1-5).


¡Sé fuerte en el Señor!


La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.


Sin embargo, Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!


«¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»


La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX . El contenido de la carta reduce toda la Ley – Torah – al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).


En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugardel Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).


«Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»


El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).


Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave¬sando la Decápo¬lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo¬rio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.


En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaún le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hech 8,17. 9,17).


Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!”». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.


Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.


Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).


Una palabra del Santo Padre:


«Quisiera realizar con vosotros una breve reflexión a partir del tema «Testigos del Evangelio para una cultura del encuentro». Lo primero que observo es que esta expresión termina con la palabra «encuentro», pero al inicio presupone otro encuentro, el encuentro con Jesucristo. En efecto, para ser testigos del Evangelio, se necesita haberlo encontrado a Él, a Jesús. Quien le conoce de verdad, se convierte en su testigo. Como la samaritana —leímos el domingo pasado—: esa mujer encuentra a Jesús, habla con Él, y su vida cambia; regresa con su gente y dice: «Venid a ver a uno que me ha dicho todo lo que he hecho, ¡quizás es el Mesías!» (cf. Jn 4, 29).


Testigo del Evangelio es aquel que ha encontrado a Jesucristo, que lo ha conocido, o mejor, se ha sentido conocido por Él, re-conocido, respetado, amado, perdonado, y este encuentro lo ha tocado en profundidad, lo ha colmado de una alegría nueva, un nuevo significado para la vida. Y esto trasluce, se comunica, se transmite a los demás.


He recordado a la samaritana porque es un ejemplo claro del tipo de personas que Jesús amaba encontrar, para hacer de ellos testigos: personas marginadas, excluidas, despreciadas. La samaritana lo era en cuanto mujer y en cuanto samaritana, porque los samaritanos eran muy despreciados por los judíos. Pero pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro. Ejemplo típico es la figura del ciego de nacimiento, que se leerá mañana en el Evangelio de la misa (Jn 9, 1-41).


Ese hombre era ciego de nacimiento y era marginado en nombre de una falsa concepción que lo consideraba afectado por un castigo divino. Jesús rechaza radicalmente este modo de pensar —que es un modo verdaderamente blasfemo— y realiza para el ciego «la obra de Dios», donándole la vista. Pero lo significativo es que este hombre, a partir de lo que le sucedió, seconvierte en testigo de Jesús y de su obra, que es la obra de Dios, de la vida, del amor, de la misericordia. Mientras los jefes de los fariseos, desde lo alto de su seguridad, le juzgan a él y a Jesús como «pecadores», el ciego curado, con sencillez desarmante, defiende a Jesús y al final profesa su fe en Él, y comparte también su suerte: Jesús es excluido, y también él es excluido. Pero en realidad, ese hombre entró a formar parte de la nueva comunidad, basada en la fe en Jesús y en el amor fraterno.


Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad».


Papa Francisco. Discurso a los miembros del Movimiento apostólico de Ciegos y la Pequeña Misión para los Sordomudos. Aula Pablo VI. Sábado 29 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado». Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?


2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.


Unidos al Padre,Hijo y Espiritu Santo….Jamas seremos vencidos


!Gloria a Dios!


Del corazón del hombre salen los malos propósitos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 1 Ee septiembre Ee 2018 a las 23:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


2 - 8 de Septiembre del 2018


"'Del corazón del hombre salen los malos propósitos"





Dt 4, 1-2.6-8: “Escucha los preceptos que te enseño, a fin de que vivas”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Ahora, Israel, escucha las leyes y decretos que yo les mando cumplir. Así vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar.

No añadan ni quiten nada a lo que yo les mande; así cumplirán los mandamientos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy. Cúmplanlos y practíquenlos, porque de esta manera los pueblos reconocerán que en ustedes hay sabiduría y entendimiento; ellos, al conocer todas estas leyes dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”.

Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca de ella como lo está el Señor, Dios nuestro, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta Ley que, en presencia de ustedes, promulgo hoy?


Sal 14, 2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”


El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará.


Stgo 1, 17-18.21-22.27: “Desecha el mal y recibe con docilidad la Palabra sembrada en ti”


Mis queridos hermanos:

Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros luminosos, en quien no hay fases ni períodos de sombra.

Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró para que seamos como las primicias de su creación.

Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Llévenla a la práctica y no se limiten a escucharla, engañándose ustedes mismos.

La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con la maldad de este mundo.


Mc 7, 1-8.14-15.21-23: “Las maldades que salen de dentro hacen al hombre impuro”


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.

Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús:

— «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó:

— «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres».

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

— «Escuchen todos y entiendan: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro»

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NOTA IMPORTANTE


Dios, por medio de Moisés, da preceptos y normas a su pueblo elegido (1ª. lectura). Los mandamientos, lejos de ser una imposición arbitraria de Dios al hombre para limitarlo o impedirle ser feliz, son protección para que alcance la vida verdadera, señales de advertencia y claras guías en el camino que conduce al pleno desarrollo y realización del ser humano. Los mandamientos divinos son por eso mismo un inmenso regalo y bendición para el hombre y la mujer. Sabio einteligente es quien los escucha, los toma en serio y hace de ellos la norma de su conducta.


Los preceptos que Dios ha dado al ser humano, si son obedecidos, ayudan a purificar el corazón para acoger en tierra buena la Palabra sembrada por Dios (2ª. lectura). Ésta, al germinar, crece y da fruto de salvación. Quien solamente se contenta con oír la Palabra de Dios sin ponerla en práctica, se engaña a sí mismo. Si la fe no se expresa en la obediencia a Dios y a sus mandamientos, es falsa.


El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos y escribas venidos de Jerusalén. El lugar de encuentro es en Galilea. Los fariseos formaban el grupo más observante y más religioso de Israel. Los escribas, también fariseos, eran los “letrados” que sabían leer y escribir, muy instruidos en la Ley de Moisés y los profetas. Estos hombres cultos y observantes plantean al Señor la siguiente cuestión: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?». El cuestionamiento iba dirigido asimismo contra el Señor, pues era Él quien permitía a sus discípulos violar dicha tradición al no corregirlos. Para los fariseos tal trasgresión era gravísima.


Lavarse las manos para tomar los alimentos no era para los fariseos una mera recomendación higiénica. Según “la tradición de los mayores” era una purificación ritual. El fariseo debía purificarse de toda contaminación legal para que los alimentos que iba a tocar no se tornasen impuros, llevando esa impureza a su interior al consumirlos. La tradición rabínica —explica el evangelista— prohibía a todo judío comer sin realizar esta meticulosa purificación.


Para los fariseos la tradición rabínica tenía un peso y autoridad excepcional. Aquellos expertos en la Ley consideraban que, junto con la Ley escrita, Dios había comunicado a Moisés una Ley oral, transmitida ininterrumpidamente hasta entonces por personas calificadas. A esta tradición se sumaban las interpretaciones jurídicas de la Ley, ofrecidas por grandes maestros judíos o rabinos. Y aunque sus enseñanzas no siempre se inferían de los textos sagrados, se incluían en esta tradición para dar peso a ciertos usos. Estas enseñanzas rabínicas o interpretaciones de la Ley se consideraban además aprobadas por Dios mismo. Tanta fue la autoridad que llegó a tener esta Ley oral o “tradición de los mayores” que se situaba incluso por encima de la autoridad de la Ley escrita o Torá. En efecto, algunos rabinos llegarían a sostener que transgredir las prescripciones dadas por la tradición de rabinos era más grave que transgredir la misma Ley escrita.


Dentro de esta tradición, el lavado ritual de manos y objetos ocupaba un lugar destacado. Tan importante había llegado a ser para ellos la purificación de manos que algún rabino sostenía que comer “sin lavarse las manos, es como si fuese a casa de una mujer de mal vivir”. Así pues, el asunto de ver a los discípulos comer sin antes lavarse las manos resultaba no menos que escandaloso para los fariseos, que no comprendían —por decir algo benévolo— cómo su Maestro podía permitir que transgrediesen esa tradición “aprobada por Dios”. No se daban cuenta de que al conceder tal peso a sus tradiciones a veces absurdas, llegaban a desvirtuar el mismo sentido de la Ley, las verdaderas enseñanzas de Dios.


La respuesta del Señor devela su hipocresía. Afirma que el profeta Isaías hablaba de ellos al acusar un culto vacío debido a que «la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Acto seguido pronuncia una condena lapidaria: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres». Lo que los fariseos consideraban “tradición de los mayores” en realidad no era sino “tradición de los hombres”. Y no es que el Señor critique las “tradiciones de los hombres” en sí mismas, sino a los fariseos que aferrándose a ellas y concediéndoles una importancia absolutamente desproporcionada terminan transgrediendo el mandamiento de Dios y anulando su Palabra.


En un segundo momento, probablemente sin la presencia ya de aquellos fariseos, el Señor llama a la gente para instruirlos sobre este punto y dar razón de su durísima respuesta: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». La purificación ritual, exteriorista, de nada sirve, porque no puede purificar el corazón de la maldad que hay en él. Lo que hace impuro al hombre, lo que lo aparta de Dios, brota de un corazón herido por el pecado: «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad». Para cambiar eso no basta lavarse las manos, sino que se hace necesaria la obediencia a Dios, a sus normas y mandamientos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡Nos ocupamos tanto en cuidar lo exteri or, la apariencia, estar limpios, bien vestidos y peinados, perfumados, etc.! Sin embargo, ¿nos empeñamos igualmente en tener y mantener un corazón limpio y puro?


Quizá en ese empeño por purificarme de mi pecado y maldad me confieso con frecuencia, y eso está muy bien. Pero, una vez confesado, una vez purificado mi corazón por la gracia y el amor del Señor, ¿me dejo seducir y arrastrar sin oponer mayor resistencia por la corriente de esta anti-cultura de muerte en la que vivimos, que se arrodilla y ofrece el sacrificio de sus propias vidas a los ídolos del poder, del placer, del tener? ¿Permito que en mi mente y corazón vaya germinando no la palabra del Señor, sino «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad»?


La incoherencia entre lo que creo como católico y lo que vivo día a día es un gravísimo mal que nos afecta a todos. Es la misma hipocresía que denuncia el Señor ante quienes se preocupan por guardar las formas externas de la moralidad pero no purifican debidamente el propio corazón: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”».


Si me examino a mí mismo con sinceridad, veré que no todas mis acciones y reacciones concuerdan siempre con la fe que profeso. Digo que creo en Dios, ¡pero cuántas veces quebranto sus mandamientos! Predico a los demás el camino del Señor, ¡pero cuántas veces me aparto de él!


Para alcanzar la coherencia de la vida cristiana, la perfecta coincidencia entre lo que predicamos y lo que hacemos, el Señor nos invita a limpiar y purificar nuestro “corazón”, pues es de allí de donde “salen las intenciones malas”. Cabe decir que “corazón” para los hebreos significaba mucho más que la sede de los sentimientos, era asimismo la sede de los pensamientos, es decir, el “lugar” donde se dan los pensamientos y razonamientos. Es por tanto en el “corazón” donde se fragua el mal, el pecado, cuando en él se admiten los pensamientos equivocados, errados o perversos, las sugestiones o tentaciones que invitan a ir en contra de los mandamientos divinos.


Con la gracia y la ayuda del Señor, sin la cual nada podemos, Él nos invita a un serio trabajo de “purificación del corazón”, es decir, a un continuo esfuerzo por rechazar ciertos pensamientos o diálogos interiores que nos invitan a obrar en contra de los mandamientos divinos, que nos sugieren obrar el mal y pecar. Pero no sólo se trata de liberarnos de los malos pensamientos, sino que se trata de tener “la mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), de pensar como Cristo mismo, de asimilar y hacer nuestras las enseñanzas divinas o “criterios evangélicos”, para que de ese modo podamos sentir y actuar cada vez más como Cristo.


No basta, pues, con purificarnos de los malos pensamientos, no basta con rechazar las malas intenciones, tampoco podemos conformarnos con un vago “no hago daño a nadie”, sino que hay que ir más allá, hay que “cristificarnos” cada día más, hay que asemejarnos cada vez más al Señor Jesús, hasta pensar, sentir y actuar como Él. ¡Eso es ser verdaderamente discípulos suyos!


Insistimos en que sin la ayuda de Dios y sin la acción transformadora de su Espíritu en nosotros es imposible asemejarnos al Señor Jesús. Por eso debemos rezar incesantemente, sin desfallecer, y acudir a los sacramentos que Él nos ha dado para este efecto, porque todo depende de Dios. Pero, porque Dios respeta nuestra libertad, también sabemos que Él no realiza esta acción en nosotros sin nuestro consentimiento y decidida cooperación, y que por ello debemos trabajar como si todo dependiese de nosotros. Es ese esfuerzo perseverante el que el Señor sostendrá y hará fructificar con el tiempo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Habían recibido en un sentido material las palabras espirituales de los profetas, que se referían a la corrección del espíritu y del cuerpo, diciendo: “Lavaos y sed puros” (Is 1, 16); y: “Purificaos los que lleváis los vasos del Señor” (Is 52, 11), y observaban solamente estos preceptos lavándose el cuerpo. Por tanto, es necia la tradición de lavarse varias veces para comer, habiéndolo hecho ya una vez, y de no comer nada sin hacer antes estas purificaciones. Pero es necesario para los que desean participar del pan que baja del cielo, el purgar con frecuencia sus obras con limosnas, lágrimas y los demás frutos de justicia. Necesario es igualmente purificar bajo la acción incesante de los buenos pensamientos y obras las manchas que podamos contraer en los cuidados temporales de los negocios. Así, pues, inútilmente se lavan las manos los judíos y se purifican exteriormente mientras no lo hagan en la fuente del Salvador. En vano purifican sus vasos, siendo así que descuidan el lavar las verdaderas manchas de sus cuerpos, esto es, las del espíritu». San Beda


«Si tú purificas tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo, una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno». San Gregorio de Nisa


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El Señor lleva la Ley a su plenitud


581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Mc 7, 8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7, 13).


582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro… —así declaraba puros todos los alimentos—… Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba.


¡Bienaventurados los limpios de corazón!


2518: La sexta bienaventuranza proclama: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Los «corazones limpios» designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe.


2520: El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados.


2532: La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada.


CONCLUSION


«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre»


Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 2 de septiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23


¿Vivo realmente mi fe? ¿Qué es lo más importante para mí en mi relación con Dios? A estas preguntas responden las lecturas del Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. La Primera Lectura (Deuteronomio 4, 1-2.6-8 ) responde que la religión auténtica consiste en escuchar y cumplir fielmente todos los mandamientos del Decálogo. Jesucristo, en el Evangelio de San Marcos, enseña que «el mandato de Dios» está por encima de las tradiciones y leyes humanas. Por tanto, la verdadera religión está en el corazón del hombre, que escucha y pone enpráctica la Palabra de Dios (San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23). A partir de este Domingo y, durante los seis Domingos siguientes, leeremos la carta del apóstol Santiago. En un lenguaje muy directo y concreto, nos dirá que la religión pura e intachable ante Dios consiste en poner por obra «la Palabra» que hemos recibido de Jesucristo: amar al prójimo, especialmente a los más necesitados de este mundo (Santiago 1, 17-18.21b- 22.27).


«Escucha Israel los preceptos y las normas que yo os enseño…»


El pasaje de la Primera Lectura pertenece al primer discurso de despedida de Moisés. En él hace un resumen de la historia de Israel desde la esclavitud y liberación de Egipto hasta el reparto de las tierras en Transjordania, a punto ya de cruzar el Jordán para la conquista de Palestina. El texto se centra en la Ley del Señor como sublime sabiduría que acredita, ante las demás naciones, al Dios de Israel y a su Pueblo. La ley mosaica fue complicándose después por la casuística atomizada de las escuelas rabínicas.


El libro del Deuteronomio (que en griego significa segunda ley) es el último de los cinco libros del Pentateuco y constituye una «teología» de la historia de Israel con la perspectiva que dan los siglos a los hechos relatados. Su redacción definitiva data probablemente de los tiempos del destierro babilónico, en los círculos sacerdotales (IV a.C.). Su texto permaneció desconocido durante mucho tiempo, habiendo sido localizado en el reinado del rey Josías en el 622 a.C., ofreciendo una base muy importante para la reforma religiosa y moral que se dio en Israel.


La religión pura e intachable ante Dios


El apóstol Santiago nos pone en guardia, en la Segunda Lectura, contra la permanente tentación del “formalismo” religioso y la incoherencia de vida. Éste es un escrito de carácter eminentemente práctico y moral, y su mentalidad es la de mayor cuño judío de todo el Nuevo Testamento, con muy pocas referencias directas a Jesucristo. La idea fundamental es la de dar a conocer «la religión pura e intachable a los ojos de Dios».


El concepto clave de este pasaje es «la Palabra» St 1,18. La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la Palabra, sobre todo, la Palabra de la Salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta Palabra que se identifica con la ley perfecta, la libertad (St 1,25); es el mensaje del Evangelio por el que los bautizados hemosnacido a una vida nueva. Más adelante dirá que la fe debe de traducirse a las obras, porque la fe sin obras está muerta (ver St 2,14ss.).


GLORIA A DIOS!



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