Articulos


ver:  todos / resumen

El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 23:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


16 - 22 de Septiembre del 2018


"El quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"





Is 50, 5-9: “El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás”


El Señor me abrió el oído. Y yo no me resistí, ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.

Mi defensor está cerca: ¿quién me denunciará? Comparezcamos juntos: ¿quién me va a acusar? ¡Que venga y me lo diga!

Sepan que el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme?


Sal 114, 1-9: “Caminaré en presencia del Señor”


Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y en angustia. Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida”.

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Stgo 2, 14-18: “La fe, si no tiene obras, está muerta”

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?

Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de ustedes les dice: «Dios los ampare; abríguense y llénense el estómago», y no les da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?

Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe».


Mc 8, 27-35: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los pueblos de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos:

— «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron:

— «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».

Él les preguntó:

— «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?»

Pedro le contestó:

— «Tú eres el Mesías».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos:

— «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro:

— «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:

— «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».


NOTA IMPORTANTE


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor pregunta a los Apóstoles sobre lo que piensa la gente sobre su identidad. ¿Quién es Jesús? Los discípulos habían recogido algunas de las opiniones más comunes: «Unos [dicen que tú eres] Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas».


Los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar al común de la gente que se trataba de «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24, 19). Sin embargo, hay confusión en cuanto a su identidad, y al tratar de precisar quién es se equivocan completamente.


El Señor pregunta entonces a quienes lo conocen de cerca, a sus Apóstoles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Pedro, en nombre de todos, responde: «Tú eres el Mesías», aquel Ungido por excelencia que Dios había prometido a su pueblo Israel, el descendiente de David, esperado por siglos, que vendría a restaurar el reinado definitivo de Dios en la tierra.


Admitida la respuesta como acertada, el Señor insta a sus Apóstoles a guardar su identidad en el más absoluto secreto. ¿Por qué? Porque si bien es cierto que Él era el Mesías, no se trataba de un Mesías político nacionalista que los judíos y también ellos, los Apóstoles, se habían imaginado y esperaban. Hacer público este anuncio sólo habría entorpecido la misión del Señor. Por tanto, antes de proclamar públicamente que Él era el Mesías, debía corregir la idea equivocada que del Mesías se habían hecho todos, debía instruirlos para que pudiesen despojarse de su idea profundamente enraizada sobre aquel Mesías poderoso y triunfante para reemplazarla por el Mesías humilde, que más bien se identificaba con el Siervo sufriente de Dios anunciado por Isaías (1ª. lectura). Así, pues, una vez que el Señor confirma que Él es el Mesías, empieza a enseñarles que tendrá que «padecer mucho… ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».


Ante este inesperado y sorpresivo anuncio Pedro, llevándoselo a un lado, se puso a increparlo. También el pensaba como todos los judíos de su tiempo: el Mesías traerá consigo la victoria política y la gloria para su pueblo, ¿cómo puede ahora Jesús decir que va a morir en manos de los dirigentes religiosos de su mismo pueblo, si Dios está con Él? ¡Eso no le puede suceder a Él! ¿Por qué anuncia tal cosa? Pedro, desconcertado, se cree con el deber de reprochar semejante disparate, y así lo hace discretamente, llevando a Jesús aparte.


El Señor, en respuesta, lo llama Satanás, el gran enemigo de Dios y de su Mesías. El término Satanás proviene del término bíblico hebreo satán que significa “enemigo”, “opositor”, “adversario”. Pedro, al censurar al Señor y mostrarse contrario a la realización de semejante anuncio, se convierte en portavoz y colaborador de Satanás, se convierte él mismo en adversario y enemigo de Dios, opositor a sus designios reconciliadores. En respuesta merece el más enérgico rechazo y corrección por parte del Señor, que en frente de todos le advierte que en vez de constituirse en obstáculo en su camino, debe ponerse detrás de Él como su seguidor.


Esta última enseñanza es para todos, por eso llama también a la gente y a sus discípulos para presentarles las exigencias del discipulado: quien quiera ser su seguidor debe renunciar a sí mismo, cargar su cruz y andar detrás de Él.


La imagen de cargar la cruz evocaba en sus oyentes una escena habitual: la de los condenados y sentenciados a morir por crucifixión. Era el método preferido que aplicaban los romanos para ejecutar la pena de muerte. Sin duda los judíos veían desfilar cortejos como éste con cierta frecuencia, filas más o menos largas de hombres que marchaban a su propia muerte cargando sobre sí sus propios instrumentos de tortura y ejecución. Se cuenta, por ejemplo, que al morir Herodes el Grande, Varo había hecho crucificar a dos mil judíos. La marcha de estos condenados a muerte era, pues, una imagen conocida. El discípulo de Cristo debía considerarse no un hombre destinado a la gloria humana y mundana, sino un condenado a muerte, un hombre que con su propia cruz a cuestas va siguiendo a Cristo que va a la cabeza de aquel cotejo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En nuestra sociedad occidental se ha puesto muy de moda todo lo que es “light”. Se producen y ofrecen productos o servicios que brindan una cada vez mayor comodidad, diversión, entretenimiento, placer. Los admirables avances tecnológicos han liberado poco a poco al hombre de muchos esfuerzos y sacrificios, haciendo todo más fácil, más cómodo y menos doloroso, para quienes tienen acceso a ellos, claro está. La “cruz”, en cambio, se rechaza cada vez más: «la corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado… pensando que la Cruz no puede abrir ni perspectivas ni esperanzas» (S.S. Juan Pablo II). ¡Cuántas veces, influidos por esta mentalidad, nos tornamos evasivos al sacrificio personal, a la entrega generosa, a la renuncia costosa con la mirada puesta en un bien mayor, cuando es arduo y difícil de conquistar!


Pero, ¿puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin cargar su propia cruz, es decir, sin asumir las exigencias radicales de la vida cristiana, sin asumir la muerte personal como camino a la plenitud y gloria? «El que no carga su cruz y me sigue detrás, no puede ser mi discípulo».


Al pensar en la cruz como signo de dolor, de sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La cruz no es algo extraño a la vida del hombre o mujer, de cualquier edad, época, pueblo o condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto modo, es marcada profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita enla vida del hombre. Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de la condición humana. ¡Es así! Hemos sido creados para la vida y, sin embargo, no podemos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba» (S.S. Juan Pablo II).


Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma, cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un apostolado no resulta, cuando resulta casi imposible encontrar un puesto de trabajo, cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la soledad, cuando cometemos un mal que luego no podemos perdonarnos… ¡Cuántas y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz en nuestra vida!


Muchas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta, porque no queremos sufrir, porque nos rebelamos ante el dolor, porque tememos morir. Fugamos de muchos modos, a veces al punto de refugiamos en el alcohol, la droga, los placeres ilícitos, el juego, la pornografía, etc. Estos “refugios” nos ofrecen mitigar el dolor o cancelarlo, pero como sólo lo hacen de momento, requieren de nuevas “dosis”, cada vez más fuertes, que terminan sujetándonos a una dura esclavitud que lleva a nuestra lenta pero inexorable destrucción.


Lo cierto es que, sin Cristo, todo sufrimiento carece de sentido, se torna estéril, absurdo, aplasta, hunde en la amargura, no tiene solución. De allí que tantos no busquen sino evadirlo. En cambio, quien mira a Cristo en la Cruz, quien entiende que por su pasión Él nos estaba reconciliando, experimenta cómo su propio sufrimiento, cuando se asocia a la Cruz del Señor, adquiere un sentido tremendo, se transforma en un dolor fecundo, salvífico, en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos otros.


La actitud adecuada ante la cruz es asumirla con coraje, buscando en el Señor la fuerza necesaria para llevarla con dignidad. En los momentos de dolor y sufrimiento pidamos intensamente a Dios la gracia para aprender a vivir la mortificación, virtud entendida como un aprender a sufrir pacientemente —sobre todo ante hechos y eventos que escapan al propio control— y un ir adhiriendo explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades —todo aquello penoso o molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio— al misterio del sufrimiento de Cristo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«¿Cómo es, pues, que gozando de una revelación de Dios, cayó tan pronto San Pedro y perdió su estabilidad? Pero diremos que no es de admirar que ignorase esto, no habiendo recibido revelación sobre la pasión. Sabía por revelación que Cristo era Hijo de Dios vivo pero aún no le había sido revelado el misterio de la Cruz y de la Resurrección. Para manifestar, pues, queconvenía que Él llegase a la pasión, increpó a Pedro». San Juan Crisóstomo


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Parece duro y gravoso este precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es duro ni gravoso lo que Él manda, ya que Él mismo nos ayuda también a cumplirlo. (…;) El amor hace que sea leve lo que hay de duro en el precepto». San Agustín


«¿Qué significa: Tome su cruz? Equivale a decir: soporte todo lo molesto; así podrá seguirme. Pues así que empiece a seguirme en mis ejemplos y mandamientos, hallará muchos contradictores, muchos que querrán impedírselo, disuadirlo, y ello entre los mismos que parecen acompañar a Cristo. Iban con Cristo aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguir a Cristo, tu cruz serán las amenazas, las seducciones, los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, mantente firme». San Agustín


«Todos los miembros, cada uno según el lugar y función que tiene en el cuerpo, cada cual a su manera, han de seguir a Cristo; niéguense a sí mismos, esto es, no se busquen a sí mismos; tomen su cruz, esto es, soporten por Cristo en el mundo todo lo que les inflija el mundo. Que amen al único que no defrauda, al único que no se engaña, al único que no engaña; que lo amen, porque es verdad lo que promete. Tu fe vacila, porque sus promesas tardan. Mantente firme, persevera, aguanta, soporta la dilación, y es así como tomarás la cruz». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Tú eres el Mesías”


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.


440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en laidentidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el Pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2, 36).


El anhelo de Cristo: cumplir el Plan de Dios fielmente


606: El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


607: Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).


CONCLUSION


«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»


Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 16 de setiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8,27-35


Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo (San Marcos 8,27-35). La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).


Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Santiago 2,14-18): «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Isaías 50,5-9a).


«He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»


En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.


El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17) ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.


Los criterios buenos


La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.


Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.


«¿Quién dicen los hombres que yo soy?»


El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado… ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.


Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.


«Tú eres el Cristo»


Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo, es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido» .


El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».


Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo». En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.


«¡Quítate de mi vista, Satanás!»


Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado…ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se loesperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.


Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere decir «adversario» en hebreo, porque, así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.


Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).


Una palabra del Santo Padre:


«En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, tras verificar que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (16, 21). Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Pedro, incluso, siente el deber de reprender al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final tan infame. Entonces Jesús, a su vez, reprende duramente a Pedro, lo pone «a raya», porque no piensa «como Dios, sino como los hombres» (cf. v. 23) y sin darse cuenta hace las veces de Satanás, el tentador.


Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, quien, al escribir a los cristianos de Roma, les dice: «No os amoldéis a este mundo —no entrar en los esquemas de este mundo—, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).


En efecto, nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús (cf. Mt 5, 13), es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor ydel Espíritu Santo. En cambio, tendría que ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ella puede transformar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 19). Es triste encontrar cristianos «aguados», que se parecen al vino diluido, y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino diluido no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrar cristianos que ya no son la sal de la tierra, y sabemos que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Su sal perdió el sabor porque se entregaron al espíritu del mundo, es decir, se convirtieron en mundanos.


Por ello es necesario renovarse continuamente recurriendo a la savia del Evangelio. ¿Cómo se puede hacer esto en la práctica? Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, de modo que la Palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida. Recordadlo: os ayudará llevar siempre el Evangelio con vosotros: un pequeño Evangelio, en el bolsillo, en la cartera, y leer un pasaje durante el día. Pero siempre con el Evangelio, porque así se lleva la Palabra de Jesús y se la puede leer. Además, participando en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y además son muy importantes para la renovación espiritual las jornadas de retiro y de ejercicios espirituales. Evangelio, Eucaristía y oración. No lo olvidéis: Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos configurarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo por su camino, la senda del «perder la propia vida» para encontrarla de nuevo (v. 25). «Perderla» en el sentido de donarla, entregarla por amor y en el amor —y esto comporta sacrificio, incluso la cruz— para recibirla nuevamente purificada, libre del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.


La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella».


Papa Francisco. Ángelus domingo 31 de agosto de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.



1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?

2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 – 440. 1814-1816. 1886-1889.



!GLORIA A DIOS!


Todo lo ha hecho bien

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee septiembre Ee 2018 a las 22:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


9-15 de Septiembre del 2018


"Todo lo ha hecho bien"


Is 35, 4-7: “Dios viene en persona a salvarlos”

Esto dice el Señor:

Digan a los cobardes de corazón:

«Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que trae la venganza y el desquite, viene en persona a salvarlos.»

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la llanura; el desierto se convertirá en un estanque; la tierra reseca, en manantial.


Sal 145, 7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”


Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y transtorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Stgo 2, 1-5: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?”


Hermanos míos:

Que la fe de ustedes en nuestro glorioso Señor Jesucristo no vaya unida a favoritismos.

Por ejemplo: si entran en su asamblea dos hombres, uno con un anillo de oro y un vestido espléndido, y entra también un pobre con vestido andrajoso. Si ustedes se fijan en el que va espléndidamente vestido y dicen: «Siéntate aquí, en el lugar de honor», y al pobre le dicen: «Tú quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»; si hacen eso, ¿no son inconsecuentes y juzgan con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?


Mc 7, 31-37: “Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”


En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:

— «Effetá», que quiere decir: «Ábrete».

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuando más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

— «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

.

NOTA IMPORTANTE


En la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías, encontramos una palabra de aliento y ánimo a aquellos que aguardan ansiosos una intervención divina en favor de la restauración de Jerusalén: «Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que… viene en persona a salvarlos». Éstos son los signos acompañarán aquella prometida presencia salvadora: los ciegos verán, los cojos caminarán, los sordos escucharán, los mudos hablarán.


A este anuncio se refiere Cristo mismo para responder a los discípulos del Bautista, a quienes éste había enviado a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». El Señor responde: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 3-5). En el Señor Jesús se realiza la antigua promesa divina. Él es “Dios-con-nosotros”, el Mesías largamente anhelado, que vino al mundo para obrar la restauración no de la Jerusalén física, sino de la humanidad entera.


En el Evangelio, el Señor Jesús realiza justamente uno de los milagros anunciados por Isaías. Usando signos visibles, como lo son el meter sus dedos en los oídos y tocar la lengua con su saliva, «levantando los ojos al cielo» y pronunciando la palabra “¡ábrete!”, cura milagrosa e instantáneamente a un sordomudo. De este hecho palpable y visible debe concluirse: Jesús es el esperado, Él es Dios que ha venido a salvar a su pueblo.


Vale la pena prestar atención a la conclusión a la que llegan los testigos de este milagro: «Todo lo ha hecho bien». Inmediatamente viene a nuestra mente aquella expresión que encontramos en el Génesis, al concluir Dios su obra creadora: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gén 1, 31). En realidad, sólo de Dios, Bien supremo, se puede decir que “todo lo ha hecho bien”. Al crear “todo lo hizo bien”. Mas por el pecado del hombre entró el mal y la muerte en el mundo. Con la presencia de Jesucristo ha llegado el tiempo de restaurar la creación, de hacer nuevamente “todo bien”. Él es “Dios-con-nosotros” (Is 7, 14), Dios que “viene y salva”, Dios que al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo asume la naturaleza humana para reconciliar a la humanidad entera con Dios y realizar una nueva creación. Él, por su muerte y resurrección, y por el don del Espíritu, ha hecho todo nuevo, ha hecho todo bien, ha restaurado lo que el pecado del hombre había dañado.


Dios en Cristo ha venido a salvar y reconciliar a toda la humanidad. Todo ser humano, desde el más culto hasta el más ignorante, desde el concebido no nacido hasta el anciano o enfermo “inútil” a los ojos del mundo, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más famoso hasta el más olvidado, son igualmente amados por Él, valen exactamente el mismo precio que Cristo pagó en la Cruz por todos. Sin embargo, Dios sale al encuentro especialmente del más débil, del abatido. Quiere curar, sanar, rescatar y elevar al hombre de su miseria para hacer que participe de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Se fija especialmente en los pobres que se experimentan necesitados de Dios para enriquecerlos en la fe. Y así como Él no hace acepción de personas, tampoco debe hacerla el creyente. (2ª. lectura)


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Al milagro concreto de la curación del sordomudo se le puede dar una interpretación alegórica: el sordomudo es como un signo visible de todo ser humano afectado por el pecado. En efecto, el pecado vuelve al hombre sordo e insensible para escuchar a Dios mismo que le habla de muchas formas y maneras y lo vuelve mudo para proclamar sus maravillas.


Quizá muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperación o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: “¡Dios no me escucha! ¡Quiero que me hable ya!” ¿Es que Dios es sordo a nuestras súplicas? ¿O acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¿No nos habla Dios a través de la creación (ver Rom 1, 20)? ¿No habló a través de los profetas (ver Heb 1, 1)? ¿No habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9, 35)?


Dios también hoy nos habla de muchas maneras: a través de la Iglesia, a través de la Palabra divina leída en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, a través de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a través de una homilía o una plática, a través de una persona, a través de una “coincidencia” (o más bien habría que decir “Diosidencia”;), en la oración, en una visita al Santísimo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios está tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¡A cada uno le toca abrir sus oídos y escuchar cuando Él habla!


Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a Él para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el corazón de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario también hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que Él me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.


Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta cómo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4, 12) y experimenta también como se le suelta “la traba de la lengua” para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar». San Beda


«Abría los oídos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se había visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve sucedería que quienes no conocían la verdad iban a oír y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar auténticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hacía que hablaran las lenguas de los mudos. ¡Admirable poder! Pero en este milagro subyacía otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hacía poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabiduría». Lactancio (autor eclesiástico)


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios


1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7, 16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de Él unafuerza que los curaba a todos» (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.


1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el «pecado del mundo» (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.


CONCLUSION


«Todo lo ha hecho bien: hace oír a lo s sordos y hablar a los mudos»


Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 9 de septiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 31-37


Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (San Marcos 7, 31-37) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Isaías 35, 4 -7a). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?» (Santiago 2, 1-5).


¡Sé fuerte en el Señor!


La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.


Sin embargo, Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!


«¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»


La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX . El contenido de la carta reduce toda la Ley – Torah – al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).


En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugardel Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).


«Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»


El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).


Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave¬sando la Decápo¬lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo¬rio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.


En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaún le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hech 8,17. 9,17).


Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!”». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.


Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.


Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).


Una palabra del Santo Padre:


«Quisiera realizar con vosotros una breve reflexión a partir del tema «Testigos del Evangelio para una cultura del encuentro». Lo primero que observo es que esta expresión termina con la palabra «encuentro», pero al inicio presupone otro encuentro, el encuentro con Jesucristo. En efecto, para ser testigos del Evangelio, se necesita haberlo encontrado a Él, a Jesús. Quien le conoce de verdad, se convierte en su testigo. Como la samaritana —leímos el domingo pasado—: esa mujer encuentra a Jesús, habla con Él, y su vida cambia; regresa con su gente y dice: «Venid a ver a uno que me ha dicho todo lo que he hecho, ¡quizás es el Mesías!» (cf. Jn 4, 29).


Testigo del Evangelio es aquel que ha encontrado a Jesucristo, que lo ha conocido, o mejor, se ha sentido conocido por Él, re-conocido, respetado, amado, perdonado, y este encuentro lo ha tocado en profundidad, lo ha colmado de una alegría nueva, un nuevo significado para la vida. Y esto trasluce, se comunica, se transmite a los demás.


He recordado a la samaritana porque es un ejemplo claro del tipo de personas que Jesús amaba encontrar, para hacer de ellos testigos: personas marginadas, excluidas, despreciadas. La samaritana lo era en cuanto mujer y en cuanto samaritana, porque los samaritanos eran muy despreciados por los judíos. Pero pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro. Ejemplo típico es la figura del ciego de nacimiento, que se leerá mañana en el Evangelio de la misa (Jn 9, 1-41).


Ese hombre era ciego de nacimiento y era marginado en nombre de una falsa concepción que lo consideraba afectado por un castigo divino. Jesús rechaza radicalmente este modo de pensar —que es un modo verdaderamente blasfemo— y realiza para el ciego «la obra de Dios», donándole la vista. Pero lo significativo es que este hombre, a partir de lo que le sucedió, seconvierte en testigo de Jesús y de su obra, que es la obra de Dios, de la vida, del amor, de la misericordia. Mientras los jefes de los fariseos, desde lo alto de su seguridad, le juzgan a él y a Jesús como «pecadores», el ciego curado, con sencillez desarmante, defiende a Jesús y al final profesa su fe en Él, y comparte también su suerte: Jesús es excluido, y también él es excluido. Pero en realidad, ese hombre entró a formar parte de la nueva comunidad, basada en la fe en Jesús y en el amor fraterno.


Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad».


Papa Francisco. Discurso a los miembros del Movimiento apostólico de Ciegos y la Pequeña Misión para los Sordomudos. Aula Pablo VI. Sábado 29 de marzo de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.


1. Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado». Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?


2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.


Unidos al Padre,Hijo y Espiritu Santo….Jamas seremos vencidos


!Gloria a Dios!


Del corazón del hombre salen los malos propósitos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 1 Ee septiembre Ee 2018 a las 23:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


2 - 8 de Septiembre del 2018


"'Del corazón del hombre salen los malos propósitos"





Dt 4, 1-2.6-8: “Escucha los preceptos que te enseño, a fin de que vivas”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Ahora, Israel, escucha las leyes y decretos que yo les mando cumplir. Así vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar.

No añadan ni quiten nada a lo que yo les mande; así cumplirán los mandamientos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy. Cúmplanlos y practíquenlos, porque de esta manera los pueblos reconocerán que en ustedes hay sabiduría y entendimiento; ellos, al conocer todas estas leyes dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”.

Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca de ella como lo está el Señor, Dios nuestro, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta Ley que, en presencia de ustedes, promulgo hoy?


Sal 14, 2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”


El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará.


Stgo 1, 17-18.21-22.27: “Desecha el mal y recibe con docilidad la Palabra sembrada en ti”


Mis queridos hermanos:

Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros luminosos, en quien no hay fases ni períodos de sombra.

Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró para que seamos como las primicias de su creación.

Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Llévenla a la práctica y no se limiten a escucharla, engañándose ustedes mismos.

La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con la maldad de este mundo.


Mc 7, 1-8.14-15.21-23: “Las maldades que salen de dentro hacen al hombre impuro”


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.

Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús:

— «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó:

— «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres».

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

— «Escuchen todos y entiendan: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro»

.

NOTA IMPORTANTE


Dios, por medio de Moisés, da preceptos y normas a su pueblo elegido (1ª. lectura). Los mandamientos, lejos de ser una imposición arbitraria de Dios al hombre para limitarlo o impedirle ser feliz, son protección para que alcance la vida verdadera, señales de advertencia y claras guías en el camino que conduce al pleno desarrollo y realización del ser humano. Los mandamientos divinos son por eso mismo un inmenso regalo y bendición para el hombre y la mujer. Sabio einteligente es quien los escucha, los toma en serio y hace de ellos la norma de su conducta.


Los preceptos que Dios ha dado al ser humano, si son obedecidos, ayudan a purificar el corazón para acoger en tierra buena la Palabra sembrada por Dios (2ª. lectura). Ésta, al germinar, crece y da fruto de salvación. Quien solamente se contenta con oír la Palabra de Dios sin ponerla en práctica, se engaña a sí mismo. Si la fe no se expresa en la obediencia a Dios y a sus mandamientos, es falsa.


El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos y escribas venidos de Jerusalén. El lugar de encuentro es en Galilea. Los fariseos formaban el grupo más observante y más religioso de Israel. Los escribas, también fariseos, eran los “letrados” que sabían leer y escribir, muy instruidos en la Ley de Moisés y los profetas. Estos hombres cultos y observantes plantean al Señor la siguiente cuestión: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?». El cuestionamiento iba dirigido asimismo contra el Señor, pues era Él quien permitía a sus discípulos violar dicha tradición al no corregirlos. Para los fariseos tal trasgresión era gravísima.


Lavarse las manos para tomar los alimentos no era para los fariseos una mera recomendación higiénica. Según “la tradición de los mayores” era una purificación ritual. El fariseo debía purificarse de toda contaminación legal para que los alimentos que iba a tocar no se tornasen impuros, llevando esa impureza a su interior al consumirlos. La tradición rabínica —explica el evangelista— prohibía a todo judío comer sin realizar esta meticulosa purificación.


Para los fariseos la tradición rabínica tenía un peso y autoridad excepcional. Aquellos expertos en la Ley consideraban que, junto con la Ley escrita, Dios había comunicado a Moisés una Ley oral, transmitida ininterrumpidamente hasta entonces por personas calificadas. A esta tradición se sumaban las interpretaciones jurídicas de la Ley, ofrecidas por grandes maestros judíos o rabinos. Y aunque sus enseñanzas no siempre se inferían de los textos sagrados, se incluían en esta tradición para dar peso a ciertos usos. Estas enseñanzas rabínicas o interpretaciones de la Ley se consideraban además aprobadas por Dios mismo. Tanta fue la autoridad que llegó a tener esta Ley oral o “tradición de los mayores” que se situaba incluso por encima de la autoridad de la Ley escrita o Torá. En efecto, algunos rabinos llegarían a sostener que transgredir las prescripciones dadas por la tradición de rabinos era más grave que transgredir la misma Ley escrita.


Dentro de esta tradición, el lavado ritual de manos y objetos ocupaba un lugar destacado. Tan importante había llegado a ser para ellos la purificación de manos que algún rabino sostenía que comer “sin lavarse las manos, es como si fuese a casa de una mujer de mal vivir”. Así pues, el asunto de ver a los discípulos comer sin antes lavarse las manos resultaba no menos que escandaloso para los fariseos, que no comprendían —por decir algo benévolo— cómo su Maestro podía permitir que transgrediesen esa tradición “aprobada por Dios”. No se daban cuenta de que al conceder tal peso a sus tradiciones a veces absurdas, llegaban a desvirtuar el mismo sentido de la Ley, las verdaderas enseñanzas de Dios.


La respuesta del Señor devela su hipocresía. Afirma que el profeta Isaías hablaba de ellos al acusar un culto vacío debido a que «la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Acto seguido pronuncia una condena lapidaria: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres». Lo que los fariseos consideraban “tradición de los mayores” en realidad no era sino “tradición de los hombres”. Y no es que el Señor critique las “tradiciones de los hombres” en sí mismas, sino a los fariseos que aferrándose a ellas y concediéndoles una importancia absolutamente desproporcionada terminan transgrediendo el mandamiento de Dios y anulando su Palabra.


En un segundo momento, probablemente sin la presencia ya de aquellos fariseos, el Señor llama a la gente para instruirlos sobre este punto y dar razón de su durísima respuesta: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». La purificación ritual, exteriorista, de nada sirve, porque no puede purificar el corazón de la maldad que hay en él. Lo que hace impuro al hombre, lo que lo aparta de Dios, brota de un corazón herido por el pecado: «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad». Para cambiar eso no basta lavarse las manos, sino que se hace necesaria la obediencia a Dios, a sus normas y mandamientos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡Nos ocupamos tanto en cuidar lo exteri or, la apariencia, estar limpios, bien vestidos y peinados, perfumados, etc.! Sin embargo, ¿nos empeñamos igualmente en tener y mantener un corazón limpio y puro?


Quizá en ese empeño por purificarme de mi pecado y maldad me confieso con frecuencia, y eso está muy bien. Pero, una vez confesado, una vez purificado mi corazón por la gracia y el amor del Señor, ¿me dejo seducir y arrastrar sin oponer mayor resistencia por la corriente de esta anti-cultura de muerte en la que vivimos, que se arrodilla y ofrece el sacrificio de sus propias vidas a los ídolos del poder, del placer, del tener? ¿Permito que en mi mente y corazón vaya germinando no la palabra del Señor, sino «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad»?


La incoherencia entre lo que creo como católico y lo que vivo día a día es un gravísimo mal que nos afecta a todos. Es la misma hipocresía que denuncia el Señor ante quienes se preocupan por guardar las formas externas de la moralidad pero no purifican debidamente el propio corazón: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”».


Si me examino a mí mismo con sinceridad, veré que no todas mis acciones y reacciones concuerdan siempre con la fe que profeso. Digo que creo en Dios, ¡pero cuántas veces quebranto sus mandamientos! Predico a los demás el camino del Señor, ¡pero cuántas veces me aparto de él!


Para alcanzar la coherencia de la vida cristiana, la perfecta coincidencia entre lo que predicamos y lo que hacemos, el Señor nos invita a limpiar y purificar nuestro “corazón”, pues es de allí de donde “salen las intenciones malas”. Cabe decir que “corazón” para los hebreos significaba mucho más que la sede de los sentimientos, era asimismo la sede de los pensamientos, es decir, el “lugar” donde se dan los pensamientos y razonamientos. Es por tanto en el “corazón” donde se fragua el mal, el pecado, cuando en él se admiten los pensamientos equivocados, errados o perversos, las sugestiones o tentaciones que invitan a ir en contra de los mandamientos divinos.


Con la gracia y la ayuda del Señor, sin la cual nada podemos, Él nos invita a un serio trabajo de “purificación del corazón”, es decir, a un continuo esfuerzo por rechazar ciertos pensamientos o diálogos interiores que nos invitan a obrar en contra de los mandamientos divinos, que nos sugieren obrar el mal y pecar. Pero no sólo se trata de liberarnos de los malos pensamientos, sino que se trata de tener “la mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), de pensar como Cristo mismo, de asimilar y hacer nuestras las enseñanzas divinas o “criterios evangélicos”, para que de ese modo podamos sentir y actuar cada vez más como Cristo.


No basta, pues, con purificarnos de los malos pensamientos, no basta con rechazar las malas intenciones, tampoco podemos conformarnos con un vago “no hago daño a nadie”, sino que hay que ir más allá, hay que “cristificarnos” cada día más, hay que asemejarnos cada vez más al Señor Jesús, hasta pensar, sentir y actuar como Él. ¡Eso es ser verdaderamente discípulos suyos!


Insistimos en que sin la ayuda de Dios y sin la acción transformadora de su Espíritu en nosotros es imposible asemejarnos al Señor Jesús. Por eso debemos rezar incesantemente, sin desfallecer, y acudir a los sacramentos que Él nos ha dado para este efecto, porque todo depende de Dios. Pero, porque Dios respeta nuestra libertad, también sabemos que Él no realiza esta acción en nosotros sin nuestro consentimiento y decidida cooperación, y que por ello debemos trabajar como si todo dependiese de nosotros. Es ese esfuerzo perseverante el que el Señor sostendrá y hará fructificar con el tiempo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Habían recibido en un sentido material las palabras espirituales de los profetas, que se referían a la corrección del espíritu y del cuerpo, diciendo: “Lavaos y sed puros” (Is 1, 16); y: “Purificaos los que lleváis los vasos del Señor” (Is 52, 11), y observaban solamente estos preceptos lavándose el cuerpo. Por tanto, es necia la tradición de lavarse varias veces para comer, habiéndolo hecho ya una vez, y de no comer nada sin hacer antes estas purificaciones. Pero es necesario para los que desean participar del pan que baja del cielo, el purgar con frecuencia sus obras con limosnas, lágrimas y los demás frutos de justicia. Necesario es igualmente purificar bajo la acción incesante de los buenos pensamientos y obras las manchas que podamos contraer en los cuidados temporales de los negocios. Así, pues, inútilmente se lavan las manos los judíos y se purifican exteriormente mientras no lo hagan en la fuente del Salvador. En vano purifican sus vasos, siendo así que descuidan el lavar las verdaderas manchas de sus cuerpos, esto es, las del espíritu». San Beda


«Si tú purificas tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo, una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno». San Gregorio de Nisa


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El Señor lleva la Ley a su plenitud


581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Mc 7, 8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7, 13).


582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro… —así declaraba puros todos los alimentos—… Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba.


¡Bienaventurados los limpios de corazón!


2518: La sexta bienaventuranza proclama: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Los «corazones limpios» designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe.


2520: El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados.


2532: La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada.


CONCLUSION


«Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre»


Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 2 de septiembre 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23


¿Vivo realmente mi fe? ¿Qué es lo más importante para mí en mi relación con Dios? A estas preguntas responden las lecturas del Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. La Primera Lectura (Deuteronomio 4, 1-2.6-8 ) responde que la religión auténtica consiste en escuchar y cumplir fielmente todos los mandamientos del Decálogo. Jesucristo, en el Evangelio de San Marcos, enseña que «el mandato de Dios» está por encima de las tradiciones y leyes humanas. Por tanto, la verdadera religión está en el corazón del hombre, que escucha y pone enpráctica la Palabra de Dios (San Marcos 7, 1-8.14-15.21-23). A partir de este Domingo y, durante los seis Domingos siguientes, leeremos la carta del apóstol Santiago. En un lenguaje muy directo y concreto, nos dirá que la religión pura e intachable ante Dios consiste en poner por obra «la Palabra» que hemos recibido de Jesucristo: amar al prójimo, especialmente a los más necesitados de este mundo (Santiago 1, 17-18.21b- 22.27).


«Escucha Israel los preceptos y las normas que yo os enseño…»


El pasaje de la Primera Lectura pertenece al primer discurso de despedida de Moisés. En él hace un resumen de la historia de Israel desde la esclavitud y liberación de Egipto hasta el reparto de las tierras en Transjordania, a punto ya de cruzar el Jordán para la conquista de Palestina. El texto se centra en la Ley del Señor como sublime sabiduría que acredita, ante las demás naciones, al Dios de Israel y a su Pueblo. La ley mosaica fue complicándose después por la casuística atomizada de las escuelas rabínicas.


El libro del Deuteronomio (que en griego significa segunda ley) es el último de los cinco libros del Pentateuco y constituye una «teología» de la historia de Israel con la perspectiva que dan los siglos a los hechos relatados. Su redacción definitiva data probablemente de los tiempos del destierro babilónico, en los círculos sacerdotales (IV a.C.). Su texto permaneció desconocido durante mucho tiempo, habiendo sido localizado en el reinado del rey Josías en el 622 a.C., ofreciendo una base muy importante para la reforma religiosa y moral que se dio en Israel.


La religión pura e intachable ante Dios


El apóstol Santiago nos pone en guardia, en la Segunda Lectura, contra la permanente tentación del “formalismo” religioso y la incoherencia de vida. Éste es un escrito de carácter eminentemente práctico y moral, y su mentalidad es la de mayor cuño judío de todo el Nuevo Testamento, con muy pocas referencias directas a Jesucristo. La idea fundamental es la de dar a conocer «la religión pura e intachable a los ojos de Dios».


El concepto clave de este pasaje es «la Palabra» St 1,18. La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la Palabra, sobre todo, la Palabra de la Salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta Palabra que se identifica con la ley perfecta, la libertad (St 1,25); es el mensaje del Evangelio por el que los bautizados hemosnacido a una vida nueva. Más adelante dirá que la fe debe de traducirse a las obras, porque la fe sin obras está muerta (ver St 2,14ss.).


GLORIA A DIOS!


¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee agosto Ee 2018 a las 21:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


26 de Agosto al 1 de Septiembre del 2018


"'¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna"




Jos 24, 1-2.15-18: “Nosotros serviremos al Señor: ¡Él es Dios!”


En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquem. Convocó a los ancianos de Israel, a los jefes, jueces y oficiales, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:

— «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Éufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes habitan; mi familia y yo serviremos al Señor».

El pueblo respondió:

— «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; Él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; Él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»


Sal 33, 2-3.16-23: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”.


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los hombres lo escuchen y se alegren.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos;

pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; Él cuida de todos sus huesos, y ni uno sólo se quebrará.

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él.


Ef 5, 21-32: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.


Hermanos:

Ténganse mutuamente respeto en honor a Cristo.

Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratara del Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia que es su cuerpo. Por tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo.

Esposos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia.

Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela ante sí como una Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.


Jn 6, 60-69: “Señor, nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”


En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:

— «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

— «¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, a pesar de esto, algunos de ustedes no creen».

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.

Y dijo:

— «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con Él.

Entonces Jesús dijo a los Doce:

— «¿También ustedes quieren irse?»

Simón Pedro le contestó:

— «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».


NOTA IMPORTANTE


Luego de la muerte de Moisés y luego de cuarenta años de peregrinación en el desierto, Josué será el elegido de Dios para introducir a su pueblo a la tierra prometida. Él es quien con la ayuda divina conquista la tierra de Canaán y la distribuye entre las doce tribus de Israel. Hacia el final de sus días convoca a los israelitas en Siquem para invitarlos a tomar una posición clara y asumir un compromiso definitivo frente a Dios: «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir». Todos rechazan servir a otros dioses y afirman unánimemente: «Serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»


Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envía a su Hijo al mundo para reconciliar consigo a la humanidad entera. En Cristo Dios verdaderamente se hace hombre, asumiendo plenamente la naturaleza humana. Por tanto, servir a Cristo es servir a Dios.


Al mismo tiempo, el Hijo es paradigma de una elección radical por servir a Dios. Por esta elección que brota de su amor al Padre, toda su vida es una vida hecha obediencia y servicio del Plan divino hasta la total donación de sí mismo (ver Jn 4, 33-34).


Mirando a su Maestro y Señor, todo aquel o aquella que verdaderamente elije servir a Dios busca hacer lo mismo que Él: amar a su Iglesia y entregarse a sí mismo por ella (2ª. lectura). Quien desde el recto ejercicio de su libertad opta servir al Señor elige de este modo abrirse a un gran misterio de amor que se verifica en la donación total de sí mismo a Dios y a aquellos a quienes ama. Esta donación tiene una aplicación muy concreta en el matrimonio cristiano.


También en el Evangelio vemos cómo los seguidores del Señor son puestos en una posición extrema, en una situación de definición. Ante las enseñanzas del Señor, que aseguraba que Él les daría a comer de su Carne y beber de su Sangre para que tuviesen vida eterna, ellos seencuentran ante lo que califican como un “lenguaje duro”, una enseñanza que tomada en sentido literal era demasiado chocante, aberrante y macabra. ¿Cómo podían aceptar algo semejante? Ante la confusión y disputa generada por sus enseñanzas, el Señor Jesús no retracta, ni siquiera suaviza lo dicho, tampoco dice que haya que tomar sus palabras en sentido figurado, sino que reafirma lo dicho e insiste en la literalidad de sus palabras. Quienes entonces escuchaban al Maestro se encontraban en la situación de tomar la decisión de seguirlo o de dejarlo, de creer y confiar en Él aunque de momento no comprendiesen el alcance de sus enseñanzas y les sonasen demasiado “duras”, o de negar la fe en Él.


Al no creer en Él y debido a esto que les resultaba demasiado escandaloso, muchos de sus discípulos optaron por alejarse. Tampoco en ese momento en que muchos se marchan el Señor hace algún esfuerzo por retenerlos. ¿Cómo podía permitir que se marchen, que se aparten de quien es la Vida misma, si sus palabras tan sólo hubieran tenido un sentido figurativo? El Señor no los retiene, porque sus enseñanzas sobre el Pan de Vida no son metafóricas y deben entenderse en toda la literalidad de sus letras.


Una vez que se han marchado aquellos que no podían aceptar sus enseñanzas, el Señor se vuelve a aquellos que aún permanecen con Él, especialmente a sus Apóstoles, para preguntarles si también ellos quieren marcharse, dando a entender nuevamente que sus palabras hay que aceptarlas tal cual Él las ha pronunciado, y no de manera simbólica.


La respuesta de Pedro, en nombre de todos, expresa su fe y confianza en el Señor a pesar de que sus palabras sean tan “duras”: «Señor… Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Aunque de momento no comprendan cómo se va a realizar este anuncio tremendo, los Apóstoles creen en Él, confían en Él y en lo que dice, y optan decididamente por seguir con Él hasta que en el momento oportuno Él les revele cómo les dará de comer su carne y beber su sangre.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Con renovada actualidad resuenan también hoy, en cada Eucaristía, aquellas “duras” palabras y anuncio que fue ocasión para que muchos se alejaran del Señor: «el Pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51), «mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 55-56).


¿No son “duras” también las palabras que todo sacerdote, en Nombre de Cristo y con su poder, pronuncia en la consagración del pan y el vino: «Esto es mi Cuerpo… esto es mi Sangre»? ¡Estas palabras son palabras que, como enseña la Iglesia, transforman verdaderamente ese pan en cuerpo de Cristo y el vino en su sangre! ¡Es Cristo que se hace realmente presente, todo Él, ofreciéndose a nosotros como verdadera comida y bebida! ¡Es Dios mismo, bajo la apariencia de un trozo de pan y un poco de vino! ¡Dios! ¡Dios infinito, aunque ante los sentidos no aparezca nada sino el pan y el vino! ¿No es tremenda esta enseñanza? ¿No es para muchos algo absolutamente absurdo?


Ante lo que a los ojos del mundo aparece como un disparate sin igual, es decir, que Cristo-Dios esté realmente presente en la Hostia consagrada, ¿no se nos exige también a nosotros una opción radical, una definición clara? O creo, o no creo.


Ahora bien, si decimos que creemos, ¿no tiene que reflejarse esa convicción en nuestra vida cotidiana? ¿No tiene que ser la Eucaristía lo más importante para nosotros? ¿No se nos exige abandonar toda actitud indolente e indiferente frente al Sacramento? ¿No tienen que expresar y demostrar nuestras palabras, nuestro comportamiento y obras, que somos de Cristo porque comulgamos su Cuerpo y Sangre? Si recibimos a Cristo, ¿cómo no comprometernos con Cristo para ser sus portadores, a transmitirlo a Él con nuestro apostolado y caridad?


Ante esta “locura” que afirma que el pan y el vino consagrados son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo ningún cristiano puede permanecer impasible e indeciso. Por eso también hoy se dirigen a nosotros las palabras que Josué dirige al pueblo de Israel: Si no te parece bien servir al Señor, escoge hoy a quién quieres servir (ver Jos 24, 15). ¿Quieres tú servir al Señor, Dios único y verdadero? ¿O quieres servir a los falsos dioses, a los ídolos del poder, del placer, del tener? Estos ídolos, aunque deslumbran, aunque seducen, aunque producen seguridades y gozos pasajeros, no harán sino dejarte cada vez mas vacío, más triste, más solo. ¡Producen la muerte del espíritu! ¡Llevan a perder la vida verdadera! Sólo el Señor llena nuestros vacíos mas profundos, sólo Él es capaz de saciar nuestra sed de infinito, nuestra hambre de amor y comunión, porque sólo Él tiene y da la vida eterna!


¡Tú eliges! ¿A quien quieres servir? ¿En quien quieres poner tu confianza? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Serás de quienes deciden abandonar al Señor —o lo han abandonado ya en la práctica— por sus “duras palabras”, porque afirma que tienes que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna? ¿O serás de los que confían en el Señor y creen en sus palabras aún cuando no entiendas “cómo puede ser esto”? ¡Ante el don de la Eucaristía se nos exige también hoy una opción clara, sin medias tintas, sin componendas! O le creo al Señor y lo sigo, o no le creo y me aparto. ¡Tú eres libre, pero haz buen uso de tu libertad! Por ello, ten en cuenta que al apartarte de Él, te apartas de aquel único que tiene “palabras de vida eterna”, te apartas de aquel que el Padre ha enviado para reconciliarte y darte la vida, su misma vida, por toda la eternidad.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Diciendo esto Jesucristo, no creían que hablaba de cosas grandes y que encerraban algún misterio aquellas palabras; mas lo entendieron como quisieron (tal es la condición humana), creyendo que Jesús o podía o se disponía a distribuir la carne con que estaba vestido el Verbo, repartiéndola entre los que creyeran en Él. Por esto dice el evangelista: “Mas muchos” de los que oían, no de sus enemigos sino “de sus discípulos”, dijeron: “duro es este razonamiento”». San Agustín


«A causa de esto presenta otra solución, diciendo: “El espíritu es el que da vida: la carne nada aprovecha”. Lo que Él dice es esto: conviene oír con el espíritu las cosas que me conciernen, porque quien las entiende de una manera carnal, nada aprovecha. Equivale a entender de una manera carnal el ver sencillamente lo que el Salvador había dicho, sin elevar el pensamiento. Mas conviene no juzgar de este modo, sino ver todos los misterios con los ojos del espíritu, lo que siempre debe entenderse en sentido espiritual. Y era carnal el dudar acerca de cómo podría darnos a comer su carne. ¿Qué, no es verdadera carne? Sí, en verdad, y por esto dice: “La carne nada aprovecha”, no refiriéndose a su carne, sino a aquéllos que entendían en sentido carnal lo que Él les decía». San Juan Crisóstomo


«Nosotros también seremos dignos de estos bienes si siempre seguimos a nuestro Salvador, y, si no solamente en esta Pascua nos purificásemos, sino toda nuestra vida la juzgásemos como una solemnidad, y siempre unidos a Él y nunca apartados le dijésemos: “Tú tienes palabras de vida eterna, ¿adónde iremos?” Y si alguna vez nos hemos apartado, volvamos por la confesión de nuestras trasgresiones, no guardando rencor contra nadie, sino mortifiquemos con el espíritu los actos del cuerpo». San Atanasio


«Y esto sin duda sucedió así para nuestro consuelo, porque alguna vez ocurre que hable un hombre la verdad y no se entiende lo que dice y por esto los que lo oyen se escandalizan y se marchan, y entonces se arrepiente aquel hombre de haber dicho lo que era verdad; y dice entre sí: no he debido decir esto de esta manera. Pues así sucedió a nuestro Señor. Habló y se quedó sin muchos. Pero no por esto se turbó, porque desde el principio había conocido a los que no habrían de creer». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?»


1336: El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quien puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.


«Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.»


168: «La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor, y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también: “creo”, “creemos”. Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el Bautismo. En el Ritual Romano, el ministro del Bautismo pregunta al catecúmeno: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” Y la respuesta es: “La fe”. “¿Qué te da la fe?” “La vida eterna”».


458: «El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16)».


679: «Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor».


El Viático, último Sacramento del cristiano


1524: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre».


Conclusión


«¿Donde quién vamos a ir?»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B- 26 de agosto de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 60- 69


Una de las ideas centrales en las lecturas de este Domingo es la opción personal por seguir a Dios y recorrer sus caminos. En la Primera Lectura (Josué 24,1-2a.15-17.18b) vemos cómo todas las tribus de Israel están reunidas por Josué en Siquén para decidir si van a servir a Yahveh o a otros dioses. Es sin duda un momento importante donde deciden «servir a Yahveh, porque es nuestro Dios». Los seguidores de Jesús, también tienen que decidirse por seguir a Jesús ante el escándalo que les ha producido las duras palabras del Maestro: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Luego será a los Doce a quienes Jesús directamente les preguntará: «¿También ustedes quieren irse?». Pedro, en nombre de los Doce, abre su corazón y le dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (San Juan 6, 60- 69). En la Segunda Lectura vemos el «gran misterio» de amor y fidelidad de Jesucristo por su Iglesia, es decir por todos aquellos que por el bautismo hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios ( Efesios 5, 21-32).


¿Continuamos o lo abandonamos?


Josué , ya anciano, convocó a todas las tribus de Israel para una asamblea general en Siquén «en presencia de Dios», es decir en el santuario. Siquén era, por su posición geográfica, un lugar ideal para la reunión de las tribus (ver 1R 12); y por su pasado, era un escenario predestinado para la realización de este pacto religioso ya que había sido el lugar donde Abrahán había ofrecido el primer sacrificio en tierra cananea (Gn 12,7) y donde la familia de Jacob había enterrado los ídolos paganos (Gn 35,4). Después de su testamento espiritual (Jos 23); Josué se dirige a la asamblea reunida realizando un resumen de todas las intervenciones de Dios en favor de su pueblo amado (Jos 24,2-13).


La expresión «esto no se lo debes a tu espada ni a tu arco» (Jos 24,12) es un buen resumen de toda la historia del pueblo elegido y protegido por Dios. Una vez recordada la historia, Josuésaca la consecuencia para el presente y el futuro: temed al Señor y servidle con fidelidad; lo que supone la retirada de los dioses paganos a los que sirvieron en Mesopotamia y en Egipto. Esto es más sorprendente todavía. Habían servido a otros dioses no sólo en Mesopotamia; sino ¡también en Egipto! Más aún, puesto que habla de retirar esos dioses podemos concluir que hasta ese momento les seguían dando culto. Josué busca un compromiso bien definido, que no admita interpretaciones ni rebajas. Busca también un compromiso solemne, que se recuerde para siempre: hay que elegir entre servir al Señor, con todas las consecuencias, o servir a los dioses paganos con todas las consecuencias. Josué y su familia ya han optado por el Señor.


La respuesta del pueblo es la esperada: el compromiso de servir, no a ningún otro Dios, sino al Señor, «porque Él es nuestro Dios». No pueden ser infieles a quien ha hecho tanto por ellos. El pueblo clama que quiere servir al Señor. Josué les dice: «Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo». El pueblo responde: «¡Lo somos!» Josué les exige que retiren los dioses extranjeros. El pueblo entero concluye: «Serviremos al Señor nuestro Dios y obedeceremos su voz» (Jos 24, 21- 24). Finalmente se pactará una alianza que se pondrá por escrito (Jos 24,25-28). Luego Josué tomará una gran piedra y la coloca en la encina que había en el santuario de Yahveh.


GLORIA A DIOS!


El pan que yo daré es mi carne

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 19 Ee agosto Ee 2018 a las 22:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


19 -25 de Agosto del 2018


“El pan que yo daré es mi carne"




Prov 9, 1-6: “Coman de mi pan y beban el vino que he mezclado”


La sabiduría ha construido su casa, ha tallado sus columnas, ha preparado el banquete, ha mezclado el vino y puesto la mesa; ha mandado a sus criadas para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos, que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Vengan a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejen la inexperiencia y vivirán, sigan el camino de la prudencia”».


Sal 33, 2-3.10-15: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Todos sus santos, teman al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada.

Vengan, hijos, escúchenme: los instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.


Ef 5, 15-20: “Déjense llenar del Espíritu”


Hermanos:

Observen atentamente cómo están procediendo ustedes; no sean necios, sino sabios, aprovechando el tiempo presente, porque los días son malos. Por eso, no sean irreflexivos; antes bien, traten de descubrir cuál es la voluntad del Señor.

No se emborrachen con vino, que lleva al libertinaje, sino déjense llenar del Espíritu. Reciten, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y toquen para el Señor de todo corazón. Y den siempre gracias a Dios Padre, por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.


Jn 6, 51-58: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

— «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí:

— «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

— «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí, y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron, y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».


NOTA IMPORTANTE


Luego de haber dicho de sí mismo que Él era el verdadero Pan del Cielo, Pan vivo que da la vida a quien lo coma, el Señor añade que ese pan del que habla «es mi carne».


Esta afirmación es tremenda, suscitando el inmediato escándalo y alboroto de la multitud de judíos que lo seguían y escuchaban. «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Esta pregunta no busca comprender, sino expresar la protesta ante una afirmación que resulta inadmisible, tomada en sentido literal: ¿el Señor está proponiendo un acto de antropofagia? ¿Cómo se puede aceptar algo semejante? ¿O había que entender sus palabras de otro modo, en sentido tan sólo figurativo?


A la reacción escandalizada de sus oyentes el Señor en ningún momento responde cambiando su afirmación, tampoco suavizándola o matizándola, sino que al contrario la subraya y reafirma, exponiéndola con más fuerza y con un realismo extremo. Su respuesta no dará posibilidad alguna a que lo dicho por el Señor se deba comprender en sentido figurado. Inicia su respuesta diciendo: «amén, amén les digo que…», que la versión litúrgica traduce por «les aseguro que…» y otras versiones traducen por «en verdad, en verdad les digo que…». Se trata de una fórmula introductoria solemne utilizada por los maestros judíos cuando querían dar el peso de verdad absoluta a sus enseñanzas. Nuestro “amén” procede de la misma palabra hebrea que significa algo así como “yo afirmo solemnemente esto”. El Señor Jesús, haciendo uso de la expresión “amén, amén”, sin duda quería afirmar solemnemente ante sus oyentes la verdad absoluta de sus enseñanzas, dejando en claro que no se trataba de un lenguaje metafórico o simbólico.


En seguida reafirma lo dicho anteriormente e introduce otro elemento nuevo que hace más escandalosa aún la anterior afirmación, si todavía cabe serlo: «si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes». ¡Ya no sólo se trata de comer su carne, sino que además tienen que beber su sangre!


Para aquellos oyentes esto debía sonar espantoso, brutal, abominable. ¿Cómo podían además beber su sangre? Dios mismo, refiriéndose a la carne de los animales, había mandado a los hijos de Israel por medio de Moisés: «dejarán de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre» (Gén 9, 3-4). Según la creencia de aquel pueblo, la vida se encontraba en la sangre: «la sangre es la vida, y no debes comer la vida con la carne» (Dt 12, 23). Y aunque la prohibición se refería a la carne y sangre de animales, permite entender el espanto de muchos oyentes al escuchar estas palabras del Señor, siendo que a su entender planteaba algo tan abominable como comer carne y beber sangre humanas. ¿No se habría vuelto loco? Fuera de toda duda, esta afirmación tomada en sentido literal, resultaba absolutamente escandalosa e inaceptable para todos.


Mas al decir que debían beber también su sangre el Señor Jesús acaso quiere llevarlos a ahondar en la comprensión plena de sus tremendas afirmaciones. La expresión “carne y sangre”, al referirse al ser humano, era para los judíos lo mismo que decir el hombre, entero y vivo (ver Mt 16, 17), equivale a decir ningún ser humano. El Señor Jesús deja entrever que el Pan que Él va a dar a sus discípulos es su misma Persona, que lo que ofrecerá no es tan sólo un pedazo de carne inerte, sino que en ese Pan se entregará todo Él, vivo y viviente, a fin de comunicar su misma vida a quien crea en Él y lo coma.


Que el Señor no quiere dar pie a que se entienda que se trata tan sólo de una metáfora se deduce asimismo por el hecho de cambiar de verbo al referirse al acto de “comer su carne”. En un primer momento (vv. 48-53) utiliza la palabra griega fáguete, que significa comer en general. Una vez que los judíos protestan entre sí porque el Señor afirma que les dará de comer su carne, el Señor utiliza otro verbo para reforzar la necesidad de comer verdaderamente su carne. En el v. 54 utiliza la palabra trogó, que significa masticar, triturar la comida con los dientes. Por tanto, sus palabras no deben ser entendidas en un sentido simbólico, sino real. Verdaderamente hay que comerlo, masticarlo.


Asimismo debe entenderse la negación de cualquier valor metafórico cuando el Señor añade: «Mi carne es verdadera (gr.: alethés) comida, y mi sangre es verdadera bebida». Al decir verdadera quiere decir que no se trata, por tanto, de una comida y de una bebida metafórica, simbólica.


Si las palabras del Señor se entienden de la Eucaristía, resultan claras, evidentes y contundentes. ¿De qué otro modo podía dar a comer su carne y beber su sangre a sus discípulos? Esto quedaría claro en la noche de la última Cena, cuando el Señor tomó pan, «y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”» (Lc 22, 19-20)


La insistencia del Señor para que sus palabras no fuesen tomadas en sentido figurado o simbólico debe entenderse referida a la Eucaristía: el pan eucarístico no es un símbolo, sino que esverdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo, es el Pan Vivo que lo contiene a Él, sacrificado y resucitado. Es así como lo entendieron y transmitieron los cristianos que conocieron al Señor o a sus Apóstoles, aquellos que le creyeron al Señor y creyeron en Él.


En cuanto a la primera lectura, podemos decir brevemente que la Iglesia ha visto siempre una referencia a la Eucaristía en la personificación de la sabiduría que invita al banquete del pan y del vino, signo del banquete escatológico prometido por Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Muchos bautizados han dejado de ir a Misa los Domingos porque no le encuentran el sentido, el valor, la importancia, la trascendencia. Muchos lo consideran como una pérdida de tiempo. Algunos se justifican diciendo: “yo ya fui a Misa para toda mi vida”, o “para qué ir a la iglesia si a Dios igual lo encuentro en todos lados”, o dejan de ir porque “me aburre”. Ciertamente es muy fácil encontrar cosas “más divertidas” o “más importantes” que hacer. ¿Quién no desea los Domingos, luego de una semana agitada y cansadora, descansar hasta tarde, relajarse, divertirse un poco, “hacer algo”, pasarla en familia o con los amigos? No faltan tampoco aquellos a quienes agobian las tareas pendientes o el estudio exigente que los deja “sin tiempo” para ir a Misa.


No podemos olvidar que la Misa, antes que buscar ser una “obligación impuesta por la Iglesia”, es un espacio de encuentro con el Señor que se hace presente en medio de nosotros en el magno Milagro de la Eucaristía. ¡Es Dios que viene a nuestro encuentro en el hoy de nuestra historia! ¡Cristo que en la apariencia de un humilde pan toca a la puerta del corazón como un mendigo, que viene a mí para nutrirme, para alimentarme, para fortalecerme, para acompañarme y consolarme, para cristificarme!


¡Cuántos en los momentos difíciles se quejan de que Dios los ha abandonado, de que no se ocupa de ellos, de que permanece indiferente ante sus sufrimientos! Sin embargo, cuando Él realmente se hace presente en medio de su pueblo y los espera cada Domingo para reunirlos en torno a su altar, le dicen una y otra vez: “hoy no tengo tiempo para ti”, “hoy prefiero dedicarme a mis cosas”, “la verdad, no me interesa recibir ese pan desabrido que Tú ofreces, dizque para darme la vida eterna”.


¿Cuántos se escandalizan o dejan de creer también hoy ante las palabras mismas del Señor, “les daré de comer mi carne y beber mi sangre”, que la Iglesia enseña se cumplen radical y plenamente en la Eucaristía? En cada Misa, actuando Cristo mismo en sus sacerdotes, «el pan y el vino, (son) convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1357). Y así, es Cristo mismo, crucificado y resucitado, quien verdaderamente se hace presente entre nosotros, en medio de nuestras asambleas, para ofrecerse a nosotros como verdadera comida y bebida.


¿Creo esto? ¿O me escandalizo yo ante esta afirmación tremenda? ¿Comprendo el verdadero peso de esta afirmación? ¿Le creo de verdad al Señor? ¿Le creo a su Iglesia? ¿Faltaríamos a una sola Misa Dominical, si de verdad le creyésemos que Dios está allí, que el Señor viene a nosotrospara ser nuestro Alimento, nuestra fortaleza, para entrar en una profundísima comunión de amor con nosotros?


Para quien verdaderamente es de Cristo, para quien le cree y no se escandaliza de su duro lenguaje, la Misa se convierte en el corazón del Domingo. Nada será más importante para Él que ese encuentro semanal con el Señor de la Vida, nada más importante que recibirlo, comerlo, masticarlo, para tener en Él la vida eterna. ¿Hay algo más importante que eso? ¿La vida eterna? ¡Todo lo demás es tan pasajero, tan fugaz!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el Baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento [Bautismo], y si no vive según los preceptos de Cristo». San Justino


«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas». San Juan Crisóstomo


«Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada... La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela». San Ambrosio


«Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino... en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento... Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana». San Juan Damasceno


«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es la fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos». San Agustín


«Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “amén” (es decir, “sí”, “es verdad”;) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén”sea también verdadero». San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las palabras de Cristo se cumplen en la Eucaristía


1333: En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: “Tomó pan...”, “tomó el cáliz lleno de vino...”. Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación.


1338: Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo.


1355: En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo” (Jn 6,51).


1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.


1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).


CONCLUSION

Este es el Pan que baja del Cielo para que el hombre coma de él y no muera

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee agosto Ee 2018 a las 0:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


12-18 de Agosto del 2018


"'Este es el Pan que baja del Cielo para que el hombre coma de él y no muera"




1Re 19, 4-8: “Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta la montaña de Dios”


En aquellos días, Elías se fue hacia el desierto, y caminó durante un día, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:

— «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!»

Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo:

— «¡Levántate, come!»

Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:

— «¡Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas!».

Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, la montaña de Dios.


Sal 33, 2-9: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”


Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los hombres lo escuchen y se alegren.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contémplenlo, y quedarán radiantes, su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él.


Ef 4, 30–5,2: “Vivan en el amor como Cristo”


Hermanos:

No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con el que han sido sellados para el día de la liberación final.

Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enojos e insultos y toda clase de maldad. Sean buenos, comprensivos, perdónense unos a otros como Dios los perdonó por medio de Cristo.

Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros a Dios, como ofrenda y sacrificio de suave olor agradable a Dios.


Jn 6, 41-51: “Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo”


En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:

— «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo:

— «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

Les aseguro: el que cree, tiene vida eterna.

Yo soy el Pan de la Vida. Los padres de ustedes comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el Pan Vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este Pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».


NOTA IMPORTANTE


Como la semana pasada, la primera lectura de este Domingo habla de una situación en extremo desesperada. Esta vez se trata de Elías, el más importante profeta de Israel, quien huyendo de sus perseguidores da a parar al desierto. Es allí donde, física y psicológicamente extenuado, conhambre y sin alimento alguno a la mano, solo, en medio de la terrible sequedad y del calor sofocante del desierto, experimenta su total impotencia para hacer frente a una situación que parece no tener salida. Es esta profunda experiencia de debilidad, de desolación y angustia la que le impulsa a elevar a Dios una súplica pavorosa: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo!» (1Re 19, 4)


Dios no escucha semejante súplica porque no quiere la muerte de sus elegidos: «¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere» (Ez 18, 31-32). En cambio, la respuesta que el Señor da a la súplica dramática de su siervo es ésta: «¡Levántate, come!» (1Re 19, 5). Dios no libera a Elías del sufrimiento y de las circunstancias difíciles que afronta por su fidelidad a Dios, antes bien, lo insta a sobreponerse, a levantarse de su tristeza y postración, a comer del pan que Él le ofrece y a ponerse en marcha. El alimento que Dios le da es un alimento en apariencia normal y sencillo, pero esconde en sí una singular virtualidad. Al ser comido por él le comunica una fuerza sobrenatural por la que resistirá cuarenta días y noches de caminata por el desierto hasta llegar al Horeb, la montaña de Dios. Por este alimento es Dios mismo quien sustenta y sostiene a Elías en su caminar.


En el Evangelio el Señor se revela a sí mismo como «el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera». En Él se cumple en plenitud lo que prefiguraba aquel otro pan enviado por Dios a Elías.


Frente al pan que comieron sus padres en el desierto y murieron, Él les ofrece un Pan que les comunicará la vida eterna. El Señor asegura de este modo la resurrección futura a quien coma de este Pan. “Eterna” es la vida que el Señor promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”.


Este “Pan de Vida”, Pan que contiene en sí mismo la Vida (ver Jn 1, 4) y la comunica al ser humano, es el mismo Cristo que por la encarnación “bajó del Cielo”.


Al decir que el pan que Él dará «es mi carne para la vida del mundo» expresa la relación de ese misterioso pan con su futuro sacrificio en el Altar de la Cruz. Esta “carne” (en griego sarx y en hebreo basar) que Él entregará para ser comida es la carne en cuanto entregada en la Cruz para dar la vida a los hombres.


Para entender mejor el significado de esta afirmación del Señor hay que tomar en cuenta que tanto en el ambiente cultual greco-romano como en el judío era usual ofrecer sacrificios de animales, en un caso a los dioses paganos, en Israel al Dios único. Normalmente la carne de aquellos holocaustos se comía posteriormente, y se pensaba que al comer aquella carne uno se hacía partícipe del sacrificio ofrecido. Teniendo esto en cuenta podemos pensar que la carne que ofrece el Señor es aquella que procederá de su propio sacrificio reconciliador. Su «carne (entregada) para la vida del mundo» es Él mismo, el Cordero de Dios que mediante su sacrificio quitará el pecado del mundo y por su resurrección comunicará su Vida a quienes al comerlo entrarán en comunión con Él, haciéndose partícipes de su mismo sacrificio reconciliador.


En el uso semita carne (así como también la expresión carne y sangre) designa al hombre en su totalidad, y no solamente la parte muscular de su cuerpo. Por tanto, comer su carne es más quemasticar un pedazo de músculo, es entrar en comunión con la totalidad de Cristo, muerto y resucitado.


Este misterioso pan que el Señor dará no es otro que la Eucaristía, pan que al ser consagrado se convierte en la Carne de Cristo y vino que se convierte en su Sangre, de modo que llegan a ser para nosotros Cristo mismo, muerto y resucitado.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El camino de la vida cristiana excede absolutamente a nuestras solas fuerzas y posibilidades. Y es que para ser cristiano «no se trata solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (S.S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 19). Y como «seguir a Cristo no es una imitación exterior», sino que «afecta al hombre en su interioridad más profunda» (Veritatis splendor, 21), nadie jamás sería capaz de “seguirlo” del modo dicho si este “poder” no le fuese dado de lo Alto, por el Espíritu Santo que lo transforma radicalmente y hace de él o ella una nueva criatura a imagen de Jesucristo, el Señor.


Quien olvida que el camino de la plena conformación con el Señor Jesús es muy superior a sus solas fuerzas no tardará en experimentar la rebeldía, el desaliento y la desesperanza en el momento de la dura prueba. Para quien no aprende a buscar su fuerza en el Señor, el peso de la cruz se hace demasiado grande y el camino demasiado cuesta arriba o “imposible”. El Señor en determinadas circunstancias permitirá que experimentemos nuestra radical fragilidad hasta elextremo para que aprendamos aquello de que su fuerza «se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Cor 12, 9). En esas ocasiones el Señor no nos liberará del peso de la cruz y nos invitará más bien a buscar en Él nuestra fuerza para poder abrazarnos a ella con decisión y cargarla con paciencia.


Pero si bien es cierto que por nuestras solas fuerzas y sin el Señor nada podemos (ver Jn 15, 5), es igualmente cierto que no debemos esperarlo todo de Él sin hacer nada nosotros. Nuestra cooperación es indispensable e insustituible, debiéndose dar siempre al máximo de las propias capacidades y posibilidades. En este sentido, todo don de Dios, todo talento que Él nos ha dado, es al mismo tiempo una tarea que exige de nuestra activa cooperación para su multiplicación. También a Elías Dios le invita a levantarse de su postración, a ponerse en pie y a comer del pan que Él le ofrece, para que fortalecido y sostenido por ese singular alimento, camine decidido hacia la montaña de Dios. La fuerza de Dios que se le ofrece por medio de este pan no sustituye la voluntad del elegido ni prescinde de sus propios esfuerzos, sino que los requiere. Del mismo modo, a decir de San Francisco de Sales, «Él nos despierta cuando dormimos… pero en nuestra mano está el levantarnos o no levantarnos, y si bien nos ha despertado sin nosotros, no quiere levantarnos sin nosotros».


Como en el caso de Elías, también nosotros hemos de estar preparados para recorrer el camino que excede absolutamente nuestras limitadas fuerzas y capacidades humanas. Nuestro camino, a través de la paulatina conformación con el Señor Jesús, lleva al encuentro pleno con Dios, en la participación de su misma comunión divina de Amor en la vida eterna. Por ello, para no desfallecer en medio de las pruebas y sucumbir por nuestra debilidad e insuficiencia, el Señor nos ha dado un sencillo pero muy singular alimento: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de su propio Hijo, que aparecen ante nuestros ojos como cualquier trozo de pan y un poco de vino común, pero que sin embargo es este Pan del Cielo que nos sostiene y fortalece con la fuerza divina, es Cristo mismo quien se nos entrega para ser nuestro Alimento.


Conscientes de la fuerza que recibimos en este singular Alimento también nosotros podemos afirmar que «todo lo que en nosotros es fuerte, robusto y sólido, gozoso y alegre para cumplir los mandatos de Dios, soportar el sufrimiento, practicar la obediencia, defender la justicia, todo esto es fruto de la fuerza de este Pan y de la alegría de este Vino» (Balduino de Ford). Cristo es verdaderamente el Pan de la Vida que nos asegura la fuerza de Dios mismo, y para quien lo recibe en la fe es garantía de vida eterna.


Recordemos que cada vez que en la Eucaristía se nos ofrece este Alimento ya no es un ángel el que a nosotros nos dice: «¡Levántate, come!», sino que es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo el Señor, quien nos dice: «¡Toma y come! (…;) ¡Toma y bebe!», «éste es mi cuerpo... ésta es mi sangre» (Mt 26, 26.28). ¿Comprendemos este don enorme, por el que Él mismo se nos da como Alimento, indispensable para poder realizar nuestras “jornadas por el desierto” hasta el encuentro definitivo con Dios en su “monte santo”, es decir, en la gloria y plena comunión con Él?


EL PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor quiso dar a conocer lo que Él era. Por esto dice: “En verdad, en verdad os digo, que aquel que cree en mí, tiene vida eterna”. Como diciendo: el que cree en mí, me tiene. ¿Y qué es tenerme? Tener la vida eterna. Y la vida eterna es el Verbo que en el principio estaba con Dios y la vida era la luz de los hombres. La vida asumió a la muerte, para que la muerte fuese destruida por la vida». San Agustín


«Se llama a sí mismo Pan de la Vida, porque encierra en sí nuestra vida toda, tanto la presente como la venidera». San Juan Crisóstomo


«El maná prefiguró a este pan y el altar del Señor también. Tanto en éste como en aquél se prefiguran los sacramentos». San Agustín


«El Señor concedió este pan cuando instituyó el sacramento de su Cuerpo y su Sangre y lo dio a sus discípulos y cuando se ofreció a Dios Padre en el ara de la cruz. Cuando dice: “Por la vida del mundo”, no debemos entender que por los elementos, sino por todos aquellos que se designan en el nombre del mundo». San Beda


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El discurso del Pan de Vida anuncia la Eucaristia.


1338: Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo.


1339: Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre.


En la Comunión recibimos a Cristo, Pan de Vida


1355: En la Comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben «el pan del cielo» y «el cáliz de la salvación», el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó «para la vida del mundo» (Jn 6, 51).


1392: Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la Comunión Eucarística, Pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


«Tomad y comed todos de él»: la comunión


1384: El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53).



1385: Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo» (1 Cor 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.


«Danos nuestro pan de cada día»


2837: «De cada día». La palabra griega, «epiousios», sólo se emplea en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de «hoy» (ver Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza «sin reserva». Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (ver 1 Tim 6, 8). Tomada al pie de la letra [epiousios: «lo más esencial»], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (S. Ignacio de Antioquía, Eph. 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (ver Jn 6, 53-56). Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este «día» es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre «cada día».


CONCLUSION


«El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 12 de agosto de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 41-51


Este domingo el acento se pone en la eficacia y el poder, de la Eucaristía. El pan eucarístico que Cristo nos da está prefigurado en el pan que un mensajero de Dios ofrece a Elías, «con la fuerza del cual caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb» (primer libro de los Reyes 19, 4-8. El pan del que Cristo habla en el Evangelio es el pan bajado del cielo, es el pan de la vida; de una vida que dura para siempre ya que es su carne ofrecida para que el mundo tenga vida eterna (Evangelio según San Juan 6, 41-51). La carne ofrecida como oblación y víctima de suave aroma da fuerza a los cristianos para «vivir en el amor como Cristo (nos) amó» (Efesios 4, 30-5,2).


La fuerza de aquella comida


Elías es una de los grandes profetas que actuó en el reino del norte en el siglo IX a.C. en el tiempo del rey Ajab. Los libros de los reyes narran los grandes milagros realizados por él y su enérgica lucha contra el culto idolátrico a Baal. La crisis de fe propia de su tiempo le alcanza respecto a la misión que Dios le ha confiado. Su celo, un tanto difícil de entender para nosotros, fue tanto que mandó matar a 450 sacerdotes del falso dios Baal en el torrente de Quisón, después que fracasaron con el fuego del sacrificio en lo alto del monte Carmelo. Por eso Elías sufre el odio a muerte del rey Ajab y de su esposa Jezabel, adoradores ambos de ídolos, como tantos israelitas en el reino del norte. El profeta tiene que huir al desierto. Allí le espera el sol, el hambre, la fatiga y la desesperación. Rechazado por todos, se ve seriamente tentado a abandonar todo. Así, al final de la jornada se sentó bajo una retama y se deseó la muerte.


En ese momento Dios interviene mandándole por medio de un ángel pan del cielo. El pan que Dios le da le saca primeramente de su angustia y de su descarrío, y luego le da fuerzas extraordinarias para marchar hasta el monte Horeb en el Sinaí; lugar donde Dios se reveló a Moisés como Yahveh y donde hizo alianza con su pueblo entregando a Moisés las Tablas de la Ley. Ese pan del cielo que fortificó a Elías es prefiguración del pan bajado del cielo, que es el mismo Jesucristo.


¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?


El Evangelio del Domingo pasado nos narra el diálogo de Jesús con los judíos que culmina con una frase reveladora acerca de Él mismo: «Yo soy el pan de la vida». El Evangelio de esta semana nos dice cuál fue la reacción de los judíos ante la afirmación hecha por Jesús: «Y decían: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”». Una persona atenta y cuidadosa notará inmediatamente que Jesús no ha dicho exactamente eso y que fácilmente podría responder diciendo: «Yo no he dicho eso». Pero Jesús no reacciona así, porque si bien los judíos no citan sus palabras textualmente, la conclusión a la que llegan es exacta. Es decir Jesús ha proclamado que el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.


Y cuando los oyentes exclaman: «Señor, danos siempre de este pan»; es claro que se refieren a ese pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Al hacer esta petición, ellos confían en que Jesús puede dar ese pan. Tendría que ser algo mucho mejor que los panes de cebada multiplicados por Jesús que ellos ya habían comido al otro lado del lago. Ciertamente pensarían: ¿quién sabe ahora qué milagro hará ahora para hacer caer ese pan del cielo que da la vida al mundo? La respuesta de Jesús «Yo soy el pan de la vida», es como la que había dado a la samaritana cuando ella aseguró que vendría el Mesías y entonces toda duda sería resuelta por Él: «Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26). Los judíos hacen un buen resumen de lo ha dicho Jesús. No han torcido sus palabras, sino que ellos entienden que Jesús es el pan que ha bajado de los cielos y por eso murmuran. Podríamos esperar que Jesús los tranquilizara, pero no hace eso, porque lo que han entendido los judíos es exactamente lo que Él ha querido decir. Jesús da un paso más y realiza una revelación más al decir: «Yo soy el pan de la vida…Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”». En el comentario de los próximos Domingos veremos cuál fue la reacción de los judíos.


«El que cree tiene vida eterna»


En este pasaje del Evangelio de San Juan, vamos encontrar una declaración solemne de Jesús, de ésas que están dichas para ser memorizadas y tenidas como fundamento de la vida: «En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna». Jesús no promete la vida eterna solamente para después de la muerte. La vida eterna se posee desde ahora, la poseen los que creen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre y fundan su existencia en su Palabra.


Sobre la base de esta declaración leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (l Co 13, 12), “tal cual es” (1 Jn 3, 2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna» . Y citando a Santo Tomás agrega: «la fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida eterna» . La fe en Jesús nace de ese conocimiento que poseemos de las cosas que Dios nos ha enseñado. Si la inteligencia del hombre experimenta el gozo en el conocimiento de la verdad natural, ¡qué decir del gozo que experimenta en el conocimiento de la Verdad eterna, que es Cristo! Este conocimiento no se adquiere por esfuerzo humano, pues lo supera infinitamente; este conocimiento lo enseña sólo Dios. La Eucaristía, el «Pan de vida eterna», es parte de la enseñanza divina.


«Sed más bien buenos entre vosotros»


En la carta a los Efesios, San Pablo exhorta a la comunidad a vivir según las mociones del Espíritu: ser buenos, compasivos…vivan en el amor como Cristo vivió. El modelo es el «Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad». Solamente en la comunión con el Señor de la Vida podremos intentar desaparecer de nosotros toda clase de maldad ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13).


Una palabra del Santo Padre:


«Hay indicadores muy concretos para comprender cómo vivimos todo esto, cómo vivimos la Eucaristía; indicadores que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o no la vivimos tan bien. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre de nuevo el don de sí realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí por amor; por ello, a Él le gustaba estar con los discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. Ahora, nosotros, cuando participamos en la santa misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todo tipo: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y extranjeros; acompañados por familiares y solos… ¿Pero la Eucaristía que celebro, me lleva a sentirles a todos, verdaderamente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos nosotros vamos a misa porque amamos a Jesús y queremos compartir, en la Eucaristía, su pasión y su resurrección. ¿Pero amamos, como quiere Jesús, a aquellos hermanos y hermanas más necesitados?


Por ejemplo, en Roma en estos días hemos visto muchos malestares sociales o por la lluvia, que causó numerosos daños en barrios enteros, o por la falta de trabajo, consecuencia de la crisis económica en todo el mundo. Me pregunto, y cada uno de nosotros se pregunte: Yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo por ayudar, acercarme, rezar por quienes tienen este problema? ¿O bien, soy un poco indiferente? ¿O tal vez me preocupo de murmurar: Has visto ¿cómo está vestida aquella, o cómo está vestido aquél? A veces se hace esto después de la misa, y no se debe hacer. Debemos preocuparnos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas que pasan necesidad por una enfermedad, por un problema. Hoy, nos hará bien pensar en estos hermanos y hermanas nuestros que tienen estos problemas aquí en Roma: problemas por la tragedia provocada por la lluvia y problemas sociales y del trabajo. Pidamos a Jesús, a quien recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.


Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirse perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguien pregunta: «¿Por qué se debe ir a la iglesia, si quien participa habitualmente en la santa misa es pecador como los demás?». ¡Cuántas veces lo hemos escuchado! En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a misa. Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su perdón. El «yo confieso» que decimos al inicio no es un «pro forma», es un auténtico acto de penitencia. Yo soy pecador y lo confieso, así empieza la misa. No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar «en la noche en que iba a ser entregado» (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno a los cuales nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a misa humildemente, como pecadores, y el Señor nos reconcilia.


Un último indicio precioso nos ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No. Es precisamente una acción de Cristo. Es Cristo quien actúa allí, que está en el altar. Es un don de Cristo, quien se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos con su Palabra y su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia brotan de allí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede resultar incluso impecable desde el punto de vista exterior, bellísima, pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún sustento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista esta coherencia entre liturgia y vida».


Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 12 de febrero 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1.El caso de Elías, salvadas las distancias, se puede repetir en nuestra propia situación personal. Cuando crece la indiferencia de la fe en el ambiente en que vivimos. Cuando crece amenazanteel desierto de la increencia, cuando se torna intratable el duro asfalto de la vida, cuando Dios se pierde en el horizonte, entonces surge fácilmente el cansancio en la fe. Sin embargo, todos podemos y estamos llamados a atravesar el desierto de la fe sin desfallecer. ¿Dónde encontrar las fuerzas que necesitamos? La Palabra de Dios y el Pan de la Vida son el alimento que nos fortalecen y nos dan vida eterna.


2. ¿Alguna vez he tomado conciencia de que así como puedo entristecer puedo también alegrar al Espíritu Santo de Dios?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1391- 1398.


Gloria a Dios



Yo soy el Pan de Vida

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 6 Ee agosto Ee 2018 a las 0:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


05-11 de Agosto del 2018


Tema "Yo soy el Pan de Vida"




Ex 16, 2-4.12-15: “Yo haré llover pan del cielo”


En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo:

— «¡Ojala hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Pero ustedes nos han sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad».

El Señor dijo a Moisés: «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no. He

oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comerán carne, por la mañana se saciarán de pan; para que sepan que yo soy el Señor, su Dios”».

Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha.

Al verlo, los israelitas se dijeron unos a otros:

— ¿«Maná»?, es decir, «¿Qué es esto?»

Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo:

— «Es el pan que el Señor les da como alimento».


Sal 77, 3-4.23-25.54: “El Señor les dio un trigo del cielo”


Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder.

Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos un maná, les dio un trigo del cielo.

Y el hombre comió pan de ángeles, les mandó provisiones hasta la hartura. Los hizo entrar por las santas fronteras, hasta el monte que su diestra había adquirido.


Ef 4, 17.20-24: “Esto les digo: no vivan ya como los paganos”


Hermanos:

Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no vivan ya como los paganos, los cuales proceden conforme a lo vano de sus criterios.

Ustedes, en cambio, no es eso lo que han aprendido de Cristo, han oído hablar de Él y en Él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús; Él les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovarse en la mente y en el Espíritu y a revestirse de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.


Jn 6, 24-35: “El que viene a m í no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”


En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron:

— «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó:

— «Les aseguro, no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien el Padre Dios lo ha marcado con su sello».

Ellos le preguntaron:

— «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús:

— «La obra de Dios es ésta: que crean en quien Él ha enviado».

Le replicaron:

— «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”».

Jesús les replicó:

— «Les aseguro que no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:

— «Señor, danos siempre de ese pan».

Jesús les contestó:

— «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».


NOTA IMPORTANTE


Voces de protesta se alzan en el desierto. Es Israel que clama por no tener nada para comer, enfrentando una situación terriblemente angustiosa (1ª. lectura). En medio de esta experiencia límite, ¿no es acaso muy comprensible la queja? “¿Qué clase de Dios es éste, que con mano poderosa rescata a su pueblo de la opresión de Egipto para luego hacerlo morir de hambre en el desierto? ¿No es un Dios cruel, que lleva a sus hijos a un lugar inhóspito para abandonarlos luego a su suerte? Es verdad que no sólo de pan vive el hombre (ver Dt 8,3), ¿pero puede vivir sin pan? ¡Mejor estábamos en Egipto!” En medio de la desesperación, ¿cómo no elevar una voz de protesta a Dios por aquella situación desesperante y dramática? En medio de su angustia Israel se rebela frente a Dios y sus planes, desconfía, duda del amor de Dios y de sus promesas. Aún cuando el Señor asegure a su pueblo: «Los he amado», ellos responden: «¿En qué nos has amado?» (Mal 1,2).


Ante la rebeldía y desconfianza de su pueblo, Dios responde: «Yo haré llover pan del cielo». En cumplimiento de su promesa, Dios hizo aparecer «en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha». Ante el desconcierto de los israelitas que se preguntaban qué era aquello, Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor les da como alimento».


Haciendo llover sobre ellos este pan del cielo Dios no sólo respondía a sus necesidades alimenticias. Aquél maná quería prefigurar, dentro de los sabios designios divinos, otro Pan del Cielo que Dios daría en el futuro a su pueblo. Los contemporáneos de Jesús estaban convencidos de que en los tiempos mesiánicos descendería de los cielos un nuevo maná. Se pensaba que así como por intercesión de Moisés Dios había hecho descender aquél maná del cielo, también el Mesías obraría en su tiempo una señal semejante. De allí que en un primer momento, arrebatados al ver el espectacular signo que había realizado al multiplicar los pocos panes y peces para alimentar a tan inmensa multitud, concluyeron sin más: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,15). Era para ellos la señal esperada para identificar al Rey-Mesías prometido.


Cuando luego de embarcarse la multitud lo vuelve a encontrar en otro lado, el Señor les echa en cara: «no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse». Es decir, sólo les interesa el pan, sólo les interesa el beneficio, pero no han sabido interpretar realmente aquel milagro, no lo buscan por ser Él quien es, el signo no les ha llevado a creer y confiar en Él. Por ello invita a sus oyentes a trascender la materialidad del milagro para esforzarse «no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (Jn 6,26-27). El pan de cada día, aunque importante, no es finalmente lo esencial. Más importante que aquel pan material es el misterioso pan que “permanece para la vida eterna”, pan que Él dará. ¿De qué pan se trataba? ¿Qué pan sería ése?


El diálogo prosigue y le preguntan: ¿Qué tienen que hacer «para obrar las obras de Dios», de tal modo que merezcan alcanzar ese pan? La respuesta del Señor es desconcertante. No proclama un elenco de obras de justicia, de piedad o caridad que deben realizar, sino que “la obra” que deben realizar es «que crean en quien Él ha enviado». Esta “obra” antecede a todas las demás, es su fundamento y sustento. No se trata evidentemente tan sólo de un decir “creo en Jesús”, sino de una fe que porque cree y confía en Él hace todo lo que Él dice o enseña, tanto de palabra como con su ejemplo (ver Jn 2,5).


El Señor Jesús pedía una entrega y adhesión total a su persona. Ni Moisés, ni profeta alguno, habían exigido jamás semejante cosa. ¿Con qué autoridad podía requerir tal adhesión, aduciendo además que Dios mismo era quien les pedía esta “obra”? Para que no fuese tan sólo una soberbia pretensión, ¿no debía sustentar su petición con algún signo contundente que lo acreditase como un enviado divino? No bastaba ya la anterior multiplicación de panes, dado que Jesús pretendía ser más que Moisés. ¿No era prudente pedir un signo que lo acreditase? ¿Cómo creeren Él con tan sólo pedirlo? Así pues, juzgaron que era necesario que mostrase un signo proporcionado a sus demandas: ¿Qué señal o milagro haces «para que creamos en ti»? En seguida hacen referencia al pan del cielo que sus antepasados comieron a lo largo de cuarenta años en el desierto. ¿Podía Él superar aquel milagro, de modo que pudiesen aceptar que Él era más que Moisés, más que cualquier otro profeta, para “creer en Él”?


Como respuesta el Señor Jesús les ofrece un signo muy superior a una repetición del milagro del maná, les ofrece un alimento de otro tipo, les ofrece el «verdadero pan del Cielo» que Dios da «para la vida del mundo».


Ante el pedido explícito de los oyentes de que les dé siempre ese pan, el Señor no hace sino revelarse a sí mismo como ese misterioso Pan afirmando solemnemente: «Yo soy el pan de vida». Y con la misma solemnidad añade: «El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».


En adelante el Señor Jesús explica a los presentes que si el maná era el signo que Dios había dado al pueblo hambriento de Israel en medio del desierto, signo de su amor y providencia constante, éste no era sino el anticipo y figura de otro “Pan” que superaría ampliamente al primero, pan que será fuerza para el pueblo que camina en medio de las pruebas y dificultades de la vida, pan que nutre y sustentará al creyente, pan que lo hará ya partícipe de la vida eterna: «el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía, “el verdadero Pan del Cielo”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). Este Pan es Cristo mismo, Dios que ante el sufrimiento del pueblo, ante las pruebas, ante las dificultades de la vida cotidiana, no deja de recordarle: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡Cuánto protestamos contra el Cielo cuando no podemos comprender, especialmente cuando el dolor, la angustia o desesperanza invaden nuestros corazones, por qué si somos hijos de un Dios amoroso, omnipotente y todopoderoso, Él permite situaciones tan terribles e insufribles! Y es que cuando el sufrimiento, ya sea físico, moral, sicológico o espiritual se hace insoportable, cuando “no hay nada que comer” y la vida se convierte en un luchar cada día simplemente para sobrevivir, cuando la difícil situación económica o graves problemas no hacen sino inducir a la extrema desesperanza, o cuando en medio de alguna incurable enfermedad y sin poder evadir la agonía se espera ya solamente la muerte, ¿quién no se siente con el “derecho” a protestar contra Dios clamando:“por qué me has abandonado”? “Si eres un Padre amoroso, ¿por qué nos tratas así? ¿Por qué permites que el mal y la injusticia me golpeen, golpeen a mi familia, a mis seres queridos, al niño inocente? ¿Por qué callas? ¿Por qué no actúas?” Y si es cierto que Él nos ha dado la existencia, que para muchos se vuelve no sólo un desierto baldío sino incluso un infierno, ¿por qué no pedir un signo para poder aferrarse a Él y tener en Dios una esperanza cierta? ¿«Qué señal haces para que viéndola creamos en ti»? (Jn 6, 30) “¿Por qué no actúas, para poder confiar en ti y tener la seguridad de que nos amas?”


Frente a la actitud rebelde del hombre, sea la del pueblo de Israel o sea la de cada uno de nosotros, frente a esa constante necedad por la que quiere responsabilizar a Dios de toda miseria que oprime al hombre, Dios definitivamente se ha inclinado «hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (...). El hecho de que Cristo “ha resucitado al tercer día” constituye el signo final... que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal» (S.S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 

.

Así pues, en su Hijo Unigénito, Dios nos ha dado una elocuente “señal” que nos invita a confiar en su amor y misericordia. Sí, el máximo “signo” del amor eterno de Dios para con el hombre, el máximo signo de que no nos olvida ni abandona en la prueba, en el dolor o sufrimiento, es Jesucristo. Él se ha presentado ante toda criatura humana como el signo que Dios hace. Él es el mayor signo que jamás haya realizado Dios en su inefable misericordia para con el hombre, Él es la inclinación más profunda de la divinidad hacia la humanidad caída, Él quien «nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento», en cuanto que nos hace capaces de comprender la sublimidad del amor divino, siendo este Amor «la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta respuesta ha sido dada por Dios al hombre en la Cruz de Jesucristo» (S.S. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 13).


El Señor Jesús nos invita también a nosotros a confiar en Él, a confiar en su Padre que lo ha enviado, y lo ha enviado como el verdadero Pan del Cielo que ha venido a traer la vida al mundo, que ha venido a reconciliar a la humanidad entera, que ha venido a invitarnos a superar la mirada miope de aquel que sólo se preocupa por el “pan material”, que sólo busca a Cristo “por los milagros que hace”, para comprender que nuestra vida no termina acá, que nuestra vida tan pasajera en este mundo se proyecta a la eternidad con Dios, que la vida presente no es sino como un peregrinar por el desierto hasta que alcancemos —si creemos en Él y hacemos


lo que Él nos pide— la tierra prometida, y que en ese caminar por el desierto, contamos con este Pan que es Cristo mismo, con este Pan que es garantía de eternidad, con este Pan que nos nutre y fortalece con la gracia divina para poder sobrellevar los momentos más duros y difíciles de la existencia, con la esperanza de que quien permanece fiel al Señor y se sostiene en Él podrá entrar al final de sus días a la tierra prometida, podrá participar de la eterna Comunión con Dios, podrá estar con Dios y con quienes son de Dios en aquel lugar en el que ya no habrá nunca más ni llanto, ni dolor, ni luto, ni muerte.


Quienes creemos en Dios y creemos en el Señor Jesús, hemos de estar convencidos de que el maná del desierto prefiguraba “el verdadero Pan del Cielo”, que es Cristo, que es Cristo en la Eucaristía (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). En la Eucaristía se realiza aquello que el Señor reveló y prometió solemnemente: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).


¿Podrá haber un mayor signo del amor de Dios para con nosotros que este “Pan bajado del cielo” que se nos da como comida mientras avanzamos al encuentro pleno con Él? Éste es el verdadero Pan del Cielo que al ser partido en el Altar de la Cruz se multiplica con tanta abundancia que día a día alimenta en su peregrinar a la inmensa multitud de los miembros del Pueblo de Dios. Ante un amor tan insólito, cómo no exclamar también nosotros con profunda admiración y sobrecogimiento: “¿Qué es esto?” (en hebreo “man-hu”, de donde procede la palabra “maná”. ¿Puede haber un amor más grande que el de Dios nuestro Padre, quien luego de entregarnos a su Hijo amado en el Altar de la Cruz, nos lo sigue entregando en el Banquete de la Eucaristía como alimento de vida eterna?


Firmemente convencida de la verdad de las palabras de su Señor, la Iglesia nos llama e invita a nutrirnos continuamente de este admirable Sacramento, Cristo mismo que nos acompaña, Cristo mismo que en su Cuerpo y Sangre se nos da como alimento para que con la fuerza que Él nos da podamos caminar, luchar cada día con paciencia, con esperanza, perseverando en nuestra fe y haciéndola vida de modo que no vivamos ya como «viven los gentiles, según la vaciedad de su mente» (Ef 4, 17), sino que vivamos una vida nueva conforme a la verdad que Jesús nos ha enseñado.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Es admirable que Dios haya hecho llover el maná para nuestros padres y que se hayan saciado cada día con pan del cielo. Es porque se ha dicho: “El hombre ha comido el pan de los ángeles” (Sal 77, 25). Sin embargo todos los que comieron de este pan en el desierto murieron. Y por el contrario, este alimento que recibes, este pan vivo bajado del cielo, da el alimento de la vida eterna, y quienquiera que lo coma no morirá jamás. Es el Cuerpo de Cristo...


»Aquel maná era del cielo, este de más arriba de los cielos; aquel era un don del cielo, este es del Señor de los cielos; aquel estaba sujeto a la corrupción si se guardaba hasta el día siguiente, este no conoce la corrupción. Para los hebreos el agua ha brotado de la roca, para ti la sangre brota de Cristo. El agua les ha calmado la sed por un momento, a ti la sangre te lava para siempre. Los hebreos bebieron y siguieron teniendo sed. Tú, una vez que hayas bebido, ya nunca más tendrás sed (Jn 4, 14). Aquello era la prefiguración, esta es la verdad plena...


»Era “sombra de lo venidero” (Col 2, 17). Escucha eso que se manifestó a nuestros padres: “En el desierto bebieron de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1 Cor 10, 4)... Tú has conocido la realización, has visto la plena luz, la verdad prefigurada, el Cuerpo del Creador más bien que el maná del cielo.» San Ambrosio


«Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial». San Pedro Crisólogo


«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos (…). Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación». San Agustín


«Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo”». San Justino


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El discurso del Plan de Vida anuncia la Eucaristía


1338: Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el Pan de Vida, bajado del cielo.


1339: Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre.


En la Comunión recibimos a Cristo, Pan de Vida


1355: En la Comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben «el pan del cielo» y «el cáliz de la salvación», el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó «para la vida del mundo» (Jn 6, 51).


1392: Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la Comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la Comunión Eucarística, Pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


«Danos nuestro pan de cada día»


2835: Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: «No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para «anunciar el Evangelio a los pobres». Hay hambre sobre la tierra, «mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios» (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (ver Jn 6, 26-5).


2837: «De cada día». La palabra griega, «epiousios», sólo se emplea en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de «hoy» (ver Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza «sin reserva». Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (ver 1 Tim 6, .


Tomada al pie de la letra [epiousios: «lo más esencial»], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (S. Ignacio de Antioquía, Eph. 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (ver Jn 6,53-56). Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este «día» es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre «cada día».


CONCLUSION


Yo soy el pan de la vida»


Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 5 de agosto de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,24-35


La fe interpreta la vida de los israelitas que caminan exhaustos por el desierto y les asegura que no están abandonados, sino que Dios con su poder y su amor paterno está con ellos (Éxodo 16, 2- 4.12-15). La fe reta a los oyentes de Jesús de forma que sean capaces de ver en la multiplicación de los panes «un signo eficaz de la presencia de Dios» en medio de ellos (San Juan 6,24-35). La fe ilumina al cristiano haciéndole descubrir que ya no es hombre viejo sino nuevo, y que debe hacer resplandecer la novedad de Cristo en su vida (Efesios 4, 17.20-24).


Los milagros, los signos, las señales y la fe


El Evangelio de este domingo tiene una estrecha relación con el episodio de la multiplicación de los panes. Esa tarde «dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Los discípulos emprendieron solos la travesía por el mar de Galilea en la única barca que había. La gente pasó la noche allí haciendo guardia, pero en la noche Jesús atravesó el lago, sin que la gente se diera cuenta, «caminando sobre el mar» y así llegó con los apóstoles a Cafarnaúm. Viendo que ni Jesús ni sus discípulos estaban, fueron a buscarlo al otro lado del mar y se alegraron al verlos, pero se sorprendieron y le preguntaron a Jesús: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?».


La respuesta de Jesús es algo desconcertante: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado». Sin embargo, leemos en versículos anteriores que mucha gente lo seguía porque veía las señales que realizaba en los enfermos. Y justamente es al ver las señales que realizaba que lo quieren hacer rey. ¿Cómo ahora Jesús dice que lo buscaban, pero no porque habían visto señales? Y ¿cómo se explica que ellos mismos pregunten, más adelante, «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?»? (Jn 6, 30). Entonces, ¿qué es lo que habían visto y qué es lo que no habían visto?


La gente había visto un hecho prodigioso y se había quedado en la superficie, en el mero aspecto material: la salud recobrada, el hambre saciado, pero no habían visto la realidad oculta significada por esos hechos, es decir, la acción salvadora de Dios que actuaba en Jesús sanando los males producidos por el pecado: la enfermedad, el hambre, la muerte. Por enésima vez vemos cómo no son los milagros los que engendran la fe. A los judíos no les bastó ver a Jesús curar enfermos y multiplicar panes para creer en Él; todavía necesitan otros argumentos para creer y, por cierto, aunque les fueron concedidos, no todos creyeron.


San Pablo que era judío retrata claramente esta posición cuando dice: «los judíos piden señales… nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos» (1Co 1, 22-23). La fe en Cristo es un don gratuito de Dios y los que se cierran a este don «no se convertirán aunque resucite a un muerto» (Lc 6,31). El Catecismo nos dice: «Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los queacuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios» .


Las obras de Dios


Jesús opone dos tipos de alimento, uno que no debe absorbernos; y otro que debe de ser objeto de todo nuestro anhelo. Él nos exhorta a obrar por el alimento que permanece para la vida eterna. Al decir Jesús «Obrad por el alimento de la vida eterna», los judíos lo vinculan con un tema que les es familiar: las obras de la ley que el hombre debe hacer para merecer la salvación de Dios. Por eso preguntan «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Es claro que al decir «las obras de Dios» se refieren a las observancias codificadas en la ley, que ellos deben de cumplir, y que son muchas.


Jesús en cambio habla solamente de una obra: «La obra de Dios es que creáis en quién Él ha enviado». La fe en Cristo es un don de Dios, es una obra de Dios. Como también la reconciliación del hombre, que acontece por la fe en Cristo. A esto se refiere San Pablo, cuando escribe a los gálatas: «El hombre no se justifica por las obras de la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (Ga 2,16).


Gloria A Dios!

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee julio Ee 2018 a las 18:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


29 de Julio al 4 de Agosto del 2018


"Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió"




2Re 4, 42-44: “Comerán y sobrará”


En aquellos días, llegó un hombre de Baal-Salisá trayendo al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

— «Dáselos a la gente, que coman».

El criado replicó:

— «¿Qué hago yo con esto para cien personas?».

Elíseo insistió:

— «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará».

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.


Sal 144, 10-11.15-18: “Señor, nos sacias de favores”


Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.


Ef 4, 1-6: “Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo”


Hermanos:

Yo, el prisionero por el Señor, les ruego que vivan de una manera digna como pide la vocación a la que han sido llamados.

Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sopórtense mutuamente por amor. Esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que ustedes han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios, y Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y está en todos.


Jn 6, 1-15: “Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron”


En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:

— «¿Dónde compraremos panes para dar de comer a toda esta gente?»

Lo decía para ponerlo a prueba, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó:

— «Doscientos denarios no bastan, para que a cada uno le toque un pedazo de pan».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:

— «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»

Jesús dijo:

— «Digan a la gente que se siente».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; hizo lo mismo con el pescado y les dio todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

— «Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie».

Los recogieron, y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. La gente entonces, al ver la señal milagrosa que había hecho, decía:

— «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».

Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, Él solo.


NOTA IMPORTANTE


La milagrosa multiplicación de unos panes (Evangelio) no era una novedad para el pueblo de Israel. Un milagro similar estaba ya consignado en el Antiguo Testamento (1ª lectura). En una ocasión el profeta Eliseo, contando con tan sólo veinte panes de cebada, alimentó con milagrosa holgura a un grupo de cien hombres. Por medio del profeta Dios realizaba lo que había anunciado: «comerán y sobrará».


Pero el Señor Jesús se presenta no sólo como un gran profeta, como lo fue Eliseo. El milagro recuerda asimismo el maná, “pan del cielo” con que Dios había alimentado a su pueblo por medio de Moisés, mientras duró su marcha por el desierto.


El Señor tampoco se presenta tan solo como el nuevo Moisés, sino más aún, como el Mesías-Rey prometido por Dios a su pueblo. En efecto, la multiplicación de panes sería uno de los “signos” que permitiría identificar al Mesías anunciado. El pueblo de Israel esperaba vivamente al Mesías que debía venir del desierto y obraría grandes señales y prodigios, inaugurando así su Reino y trayendo consigo una época de sobreabundancia para su pueblo (ver Zac 1, 17). La asombrosa multiplicación de unos cuantos panes y peces, así como la cantidad abundante de las sobras, eran una “señal” tan fuerte que indujo a la muchedumbre a ver en Él al «Profeta que tenía que venir al mundo». Es por eso que, «al ver la señal milagrosa que había hecho», quisieron proclamarlo rey. Negándose a ello, el Señor se retira a la montaña, que en la Escritura aparece siempre como lugar de oración y encuentro con Dios. Si bien Él es el Mesías-Rey prometido por Dios, su misión no es política, sino eminentemente espiritual.


Realizar el milagro de la multiplicación de los panes y peces tenía diversos sentidos. El primero era evidentemente el sentido material: alimentar a la muchedumbre hambrienta. Un segundo sentido era sin duda presentarse ante el pueblo como el Mesías esperado. Pero además sería el punto de partida para introducir a sus discípulos en una realidad misteriosa: Él era el Pan Vivo bajado del Cielo, un pan que daría la vida eterna a quien comiese de Él (ver Jn 6, 55-57).


La multiplicación de aquellos panes era el anticipo y preanuncio de la multiplicación de aquel otro Pan de Vida que es Él mismo, una multiplicación que Él ha venido realizando interrumpidamente desde la noche de la última Cena y que durará hasta el final de los tiempos. Esta multiplicación se realiza por medio de sus sacerdotes en cada Eucaristía. En ella se actualizalo que el Señor Jesús hizo aquella memorable noche de pascua: «tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía”» (1Cor 11, 23-24).


La Eucaristía, el Milagro permanente por el que el Señor también hoy continúa multiplicando el Pan de su propio Cuerpo y Sangre para alimentarnos y fortalecernos en el camino de la vida cristiana, construye la unidad que en Cristo y por Cristo hemos alcanzado y estamos llamados a conservar (2ª lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Desde aquella primera Eucaristía celebrada por el mismo Señor antes de entregar su Cuerpo y Sangre en el Altar de la Cruz, la Iglesia, siguiendo fielmente el mandato de su Señor y siguiendo la costumbre instituida por el mismo Señor cuando se apareció en medio de sus discípulos “el primer día de la semana” y luego “al octavo día”, celebra la Eucaristía cada Domingo. En ella parte y reparte también hoy a todos sus hijos el Pan de Vida (ver 1Cor 11, 23). ¡En cada Altar, en cada Misa, en cada lugar del mundo, también hoy el Señor realiza un Milagro asombroso: no multiplica ya un pan común, pero transforma el pan y vino que presentamos en su propio Cuerpo y Sangre!


¿Será posible tomar suficiente conciencia de este magno Milagro que sucede en cada Eucaristía? ¡Cuánta fe nos falta! Si comprendiésemos verdaderamente que Dios mismo, por amor a nosotros, se hace presente y se ofrece como alimento nuestro, ¿dejaríamos de participar una sola vez de la Misa dominical?


Pero hoy tristemente hay tantos católicos que no han llegado a comprender el real significado y valor de la Misa, de modo que a ella anteponen cualquier otra actividad diciendo: “no tengo tiempo”, “de chico ya fui a Misa para toda mi vida”, “me aburre”, “igual encuentro a Dios en mi casa”, etc. Y así, ya sea por ignorancia o por mediocridad, por pereza o por no darle importancia alguna, dejan de asistir al encuentro dominical con el Señor, dejan de recibir el Pan de Vida que es la fuente de nuestra fuerza para el caminar, así como también la garantía de vida eterna.


La fe viva de muchos hermanos y hermanas en la fe denuncian nuestra propia indiferencia y desidia ante este inmenso e inefable Misterio del Amor de Dios. Ellos nos invitan con su ejemplo a hacer de la Misa el corazón del Domingo. Nos cuestionan y enseñan con su ejemplo los mártires de Abitinia, un grupo de alrededor de 50 cristianos que desobedecieron la prohibición del Emperador romano de participar de la Misa. La pena era la muerte. Al ser preguntados por su desobediencia, respondieron: «¡Sin el Domingo no podemos vivir!». Prefirieron arrostrar la muerte antes que faltar a la Misa dominical, porque comprendían que en la Eucaristía Cristo mismo se hace presente, y que Él es para el cristiano la fuente de vida, de paz, de fortaleza, de amor y plenitud. Sin Él, la vida se marchita.


Al mirar la fe heroica y ejemplar de estos y de muchos otros cristianos, podemos preguntarnos: ¿qué valor tiene la Misa dominical para mí? ¿Hago de ella “el corazón del Domingo”? ¿La pongo por encima de todo? ¿Hago de ella el fundamento de mi vida personal y familiar?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se le ofrecen, pues, cinco panes a la multitud y se le distribuyen. Pero se observa que se aumentan los pedazos en las manos de los que los distribuyen. No se hacían más pequeños porque los partían, sino que siempre los pedazos llenaban las manos de los que estaban distribuyendo. Ni los sentidos, ni la vista podían seguir la marcha de aquello que sucedía. Es lo que no era, se ve lo que no se comprende y sólo queda creer que Dios puede hacer todas las cosas». San Hilario


«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


1335: Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía.


1350: La presentación de las ofrendas: entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”…


El Sacrificio sacramental: acción de gracias, memorial, presencia


1356: Si los cristianos celebramos la Eucaristía desde los orígenes, con una forma tal que, en su substancia, no ha cambiado a través de la gran diversidad de épocas y de liturgias, es porque nos sabemos sujetos al mandato del Señor, dado la víspera de su pasión: “haced esto en memoria mía” (1Cor 11, 24-25).


1357: Cumplimos este mandato del Señor celebrando el memorial de su sacrificio. Al hacerlo, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente.


1365: Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros» y «Esta copa es la nueva Alianza en mi Sangre, que será derramada por vosotros» (Lc 22, 19-20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo Cuerpo que por nosotros entregó en la Cruz, y la Sangre misma que «derramó por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).


CONCLUSION


¿qué es esto para tanta gente? (Jn 6,7) Durante cinco domingos la liturgia interrumpe la lectura del evangelio de S. Marcos. Escucharemos en estos domingos el largo capítulo sexto de S. Juan, es una catequesis de Jesús sobre la Eucaristía, que empieza con la multiplicación de los panes y de los peces (signo), que se lee en este domingo XVII. La semejanza de este texto evangélico con la primera lectura es evidente. El autor del relato nos dice que la palabra divina, a través del profeta, hace que la insuficiencia se transforme en superabundancia. Prescindiendo de la fuerza simbólica del hecho milagroso del texto evangélico, vemos que hay varias personas involucradas en el hecho: la multitud hambrienta, los apóstoles, el joven que tiene cinco panes de cebada y unos peces y el mismo Jesús. Cada uno tiene su misión. Jesús se da cuenta de que tiene delante una multitud hambrienta, pregunta a los apóstoles, para probar su fe, qué se puede hacer para saciar el hambre de tantas bocas, –alrededor de cinco mil personas según S. Lucas (Lc 9,17)–. Los apóstoles se han olvidado de los muchos milagros que ha hecho Jesús y ante su pregunta, no encuentran salida. Allí está también un muchacho que tiene cinco panes y dos pescados, pero, ¿qué es esto para tanta gente? (v.10). Jesús pide a los discípulos que les manden sentar.


A continuación tomó los panes, dio gracias, y los distribuyó a los que estaban sentados(v.11). Y lo mismo hizo con los pescados (v.11). Este versículo nos recuerda las mismas palabras de la institución de la Eucaristía. Luego los dio a los discípulos para que ellos a su vez los repartieran entre la multitud, Jesús no permite que los discípulos se queden de mirones, sino que los hace participes. Esto les exigía obediencia en medio de una situación aparentemente absurda. ¿Qué podían repartir, si ni siquiera había un pez y un poco de pan para cada uno de ellos? A pesar de todo, los discípulos obedecieron nuevamente al Señor y comenzaron a repartir los panes y los peces entre la multitud. Fue entonces cuando vieron que aquellos pocos panes y peces se multiplicaban milagrosamente, hasta que comió toda la multitud y aún sobraron doce canastas. Todos quedaron saciados y con lo que sobró recogieron doce canastas (v.13). La obediencia de los apóstoles, fruto de su fe, fue lo que permitió que el Señor obrara el milagro. Fe y obediencia trabajan juntas, unidas en nosotros nos permitirán ver grandes cosas del Señor. Es curioso que la gente, después de la multiplicación de los panes y los peces, quiere hacer rey a Jesús, pero éste se opone.


El pan, que Dios reparte es mucho más profundo y duradero que lo que pude ofrecer cualquier rey o programa político. Solamente los verdaderamente hambrientos pueden beneficiarse de este milagro; la Palabra de Dios la reciben y entienden los que la ansían. La lección fue clara: tenían que aprender, tenemos que aprender que la manera de aumentar los pocos recursos que tenemos, es ponerlos en las manos del Señor; incluso los infinitos recursos que el Señor pone en nuestras manos, tenemos que administrarlos y cuidarlos: El Señor mandó que los panes sobrantes se recogieran para que no se perdiera nada. Si leemos detenidamente la Biblia vemos cómo este es el patrón que usa el Señor, se sirve de las cosas pequeñas y de poca importancia para hacer cosas grandes. Y este debiera ser nuestro patrón. Baste recordar ejemplos y ejemplos de las muchas personas que ponen lo poco que tienen en manos de Dios para atender a tantos necesitados, como la M. Teresa de Jesús,el beato Oscar A Rmero, y tantos religiosos y religiosas que se dedican al cuidado de los enfermos y personas necesitadas. Estas comunidades son un testimonio vivo de que este milagro se hace realidad diariamente en sus vidas.


También hoy el pueblo tiene hambre, hambre de pan material, pero hambre también de la verdad. Ante tantas ofertas o movimientos filosóficos, orientales, espirituales de distintas tendencias, ¿quién o qué podrá calmar esta hambre? ¿Qué es lo que les ofrecemos? Cristo es el nuevo pan que se ofrece a los hombres (Jn. 6). Solamente su mensaje auténtico, y no nuestras opiniones, podrá calmar el hambre de estos hermanos que anhelan el milagro de la superabundancia. La fe ve cómo Dios interviene en la historia de su pueblo en socorro de sus auténticas necesidades. La obra de Dios, decía Jesús, es creer en aquel que ha enviado, el único que puede dar la vida eterna. Por eso cuando Jesús, imitando hasta en algunos detalles este milagro de Eliseo, hizo repartir cinco panes de cebada entre cinco mil hombres e hizo recoger las sobras, venía a decir que él realizaba de verdad aquello que ya significaba el milagro de Eliseo: el Padre nos da en Jesús el único pan que puede dar la vida al mundo. Acerquémonos a la Eucaristía, verdadero pan del cielo, con hambre, conscientes que de que solamente el Señor podrá saciarnos las necesidades profundas que cada uno de nosotros tenemos.


 !GLORIA A DIOS!

Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee julio Ee 2018 a las 21:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


22-28 de Julio del 2018


"Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas"





Jer 23, 1-6: “Pondré al frente de mis ovejas pastores que las apacienten”


¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor, Dios de Israel:

— «A los pastores que pastorean a mi pueblo: Ustedes han dispersado y ahuyentado mis ovejas, y no las han cuidado; pues yo les tomaré cuentas, por la maldad de sus acciones —oráculo del Señor—.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus praderas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá —oráculo del Señor—.

Miren que llegan días —oráculo del Señor— en que suscitaré para David un germen justo; reinará como rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días se salvará Judá e Israel habitará en paz. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia».

Sal 22, 1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu callado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Ef 2, 13-18: “Cristo es nuestra paz, Él nos ha reconciliado por medio de su Cruz”


Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estuvieron lejos, ahora están cerca.

Él es nuestra paz.

Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en sí mismo con los dos pueblos un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.


Mc 6, 30-34: “Andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles”


En aquel tiempo, los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:

— «Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en la barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.


NOTA IMPORTANTE


El profeta Jeremías (1ª lectura) habla en nom bre de Dios para lanzar una durísima invectiva contra quienes son infieles a su misión de guiar a los hijos de Israel por los caminos de Dios: «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!». Dios los acusa de no atender debidamente y de haber dispersado a los hijos de Israel. Advierte que les tomará cuentas y promete enviar a sus ovejas «pastores que las pastoreen». De este modo anuncia la restauración y la vuelta de Israel del destierro, pero anuncia también otra restauración mucho más importante.


En el Señor Jesús esta promesa hallará su pleno cumplimiento. Él es por excelencia el Buen Pastor, Dios mismo que viene a reunir y a curar sus ovejas dispersadas y heridas a causa del pecado.


El buen Pastor da la vida por sus ovejas: mediante su Cruz Cristo ha traído la verdadera paz al corazón del hombre y la reconciliación a los pueblos antes divididos (2ª lectura). El Señor Jesús no sólo vino a apacentar a las ovejas de Israel, sino a integrar también a su gran rebaño a quienes no pertenecían al pueblo de la primera Alianza, considerados hasta entonces enemigos de Dios. Cristo, porsu Cruz, ha reunido en un solo Cuerpo, Su Iglesia, a unos y a otros. Ningún ser humano está excluido de su rebaño.


Al ver a la multitud de hombres y mujeres que andan desvalidos, como ovejas sin pastor, el Señor experimenta una profunda conmoción interior, una compasión. En Él la multitud abandonada a su suerte busca el remedio a sus males así como la respuesta a sus preguntas fundamentales. Esta profunda compasión de Jesús, que brota de su inmenso amor al ser humano, lo mueve a la acción decidida y comprometida: «se puso a enseñarles muchas cosas».


Enseñarles es lo que considera más urgente y necesario en esa situación concreta. La mayor pobreza y mal que sufren las ovejas de su pueblo son la confusión, la ignorancia y la mentira en las que andan sumidas. Todo ello es una indigencia que hay que remediar, una carencia que hay que subsanar, pues impide a su criatura humana avanzar hacia el horizonte de su plena realización y alcanzar su destino último.


Para sacarlos de esta indigencia el Señor «se puso a enseñarles muchas cosas», y aunque el evangelista no refiere qué es lo que enseñó en aquella ocasión específica, sabemos que enseñó la verdad sobre Dios y sobre el hombre, la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia, la verdad que une y reconcilia, la verdad que trae la paz, la verdad que señala e ilumina el camino de retorno de todo hijo o hija a la casa del Padre. Sólo Su enseñanza llena de sentido la existencia humana, porque Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre (ver Jn 14, 6).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Para no ser confundidos y dispersados por tantas opiniones y pensamientos anti-evangélicos que circulan por doquier, quienes somos buscadores de la verdad hemos de acudir confiadamente al Señor Jesús con la plena convicción de que sólo Él tiene la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. Todo aquél «que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).


Abriendo nuestro entendimiento y corazón a las verdades fundamentales que Cristo nos ha enseñado, verdades que Él confió a Su Iglesia para su custodia, profundización y transmisión, encontramos en Él el Camino que conduce a nuestra realización y plenitud humana, a nuestra propia felicidad y a la de todo ser humano.


Por otro lado, mostrándonos su profunda conmoción ante la multitud en búsqueda, el Señor nos invita a experimentar su misma compasión ante la situación de desorientación y confusión en la que tantos viven hoy sumergidos. Movidos por esa compasión se trata de actuar decididamente, involucrándonos en la enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la “catequesis”.


Catequesis viene de la palabra griega ejo, de donde procede nuestra palabra castellana “eco”, y significa “hacer resonar”. Catequizar es “hacer resonar” mediante nuestra predicación las verdades de la fe en la mente y corazón de otras personas.


Siguiendo al divino Modelo que es Cristo, cada discípulo está llamado a transmitir y enseñar a otros las verdades que Él ha hecho resonar en nuestras mentes y corazones por la predicación de todos aquellos cristianos que nos han antecedido. ¡La transmisión de la fe es una ‘cadena’ que no se debe interrumpir conmigo! ¡Yo soy responsable de que otros reciban el inmenso don que yo, a mi vez, he recibido de aquellos hombres y mujeres que supieron trasmitirme fielmente las enseñanzas del Señor, incluso a precio de su propia vida!


No olvidemos que nadie da lo que no tiene. Para enseñar las verdades de la fe necesito yo mismo instruirme en ellas por el estudio perseverante, hacerlas mías al calor de la oración y ponerlas en práctica procurando llevar una vida concorde con las enseñanzas del Señor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«San Mateo dice que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales». San Beda


«Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu Rostro y que ofrezca los dones de tu Santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los Apóstoles». San Hipólito


«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos». San Gregorio Nacianceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Sintió compasión...”


2448: Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”. “…y se puso a enseñarles”


427: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16)

.

428: El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario (…;)“conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 8-11)».


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


Cristo también hoy sigue apacentando a su rebaño


857: La Iglesia... sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia”: “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.


2034: El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.


CONCLUSION


«Andaban como ovejas sin pastor»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 22 de julio 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,30 –34


Los reyes han pastoreado mal al pueblo elegido y por eso se han dispersado. El Señor nunca se olvida de su pueblo elegido y promete reunirlos de nuevo mandando buenos pastores – como el Rey David – que siendo prudentes y justos, devolverán al pueblo el descanso en su tierra (Jeremías 23, 1-6). En el Evangelio Jesús se muestra como el Pastor Bueno que siente lástima y compasión por lasmultitudes que lo siguen ya que andan necesitadas de orientación y es por eso que se pone a enseñarles «muchas cosas» (San Marcos 6,30 –34).


El pastoreo de Jesucristo es universal y por medio de su sacrificio salvífico es capaz de derrumbar el «muro de enemistad» que existía entre judíos y paganos. Efectivamente, un muro de piedra separaba en el Templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos; el historiador Flavio Josefo relata que sobre este muro había letreros que prohibían el paso a todo extranjero bajo pena de muerte. Las legiones romanas de Tito y Vespasiano derribaron el muro físico en el año 70. Pero ya antes Jesucristo había hecho de los dos pueblos «un solo Cuerpo», un nuevo pueblo (Efesios 2, 13-1).


«El Señor es mi pastor nada me falta…»


La Primera Lectura del profeta Jeremías contiene un pliego de reclamos contra los malos pastores del pueblo de Israel; condena que viene a sumarse a la que encontramos en Ezequiel 34. El concepto de «pastor» en el Antiguo Testamento es muy amplio y se refiere fundamentalmente a los reyes siendo también aplicable a los profetas y a los sacerdotes. Era una imagen muy familiar en una cultura de pueblos nómades, cuyos antepasados fueron pastores: los Patriarcas, Moisés y el mismo rey David entre otros.


Ante el abandono del pueblo, será el mismo Señor quien ahora se convertirá en el Pastor de su rebaño y suscitará en el futuro un vástago legítimo de David; cuyo nombre será «germen -retoño- justo». Jugando con el nombre Sedecías , rey de turno que había sido impuesto por los babilonios, Jeremías evocará al rey ideal por el cual el Señor hará justicia, es decir salvará a su pueblo. El rey esperado se llamará «Yahveh nuestra justicia».


La justicia – en sentido bíblico- designa la reconciliación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con Él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través de la reconciliación, haciéndolo capaz de vivir nuevamente en relación con Él. A la «justicia-reconciliación» de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como «hombre justo» delante de Dios. Por lo tanto, el Plan mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción reconciliadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo elderecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella. El regreso deseado a la tierra prometida será tan admirable como la entrada original en la tierra y hará olvidar el antiguo Éxodo (ver Jr 16,14-15).


El Salmo responsorial de este Domingo es el bellísimo Salmo 23 (22): «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba, me apacienta». Es tal la belleza y la riqueza de este salmo, que los Padres de la Iglesia veían en él un claro anuncio del banquete eucarístico: «Tú preparas ante mí una mesa…unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa…».


«Venid a mí los cansados…»


El Evangelio del Domingo pasado nos narraba el momento en que Jesús mandó por primera vez a los Doce a predicar la Buena Nueva. Los apóstoles se reunieron con Jesús a contarle, con alegría, lo que habían hecho y enseñado. Vemos como el Señor y sus discípulos terminaban extenuados después de la misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas, no teniendo ni tiempo para comer. Entonces Jesús asume la actitud paternal del buen Pastor y les dice: «venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco». Él mismo se preocupa de que los apóstoles tomen un merecido descanso. Este bello gesto de Jesús tan humano y tan comprensivo, nos muestra la actitud que tiene con cada uno de nosotros. El Evangelio nos enseña que no existe para el hombre descanso verdadero, sino es en Dios.


Según leemos en la Biblia, Dios trabajó seis días, llevando a cabo la obra de la creación, y al séptimo día, Dios «descansó». San Agustín nos dice: «¡Cuánto nos ama Dios, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!». El verdadero descanso del hombre es una participación en el descanso de Dios. El descanso no puede ser entendido solamente como una reposición de las sustancias vitales desgastadas por la faena diaria ya que el ser humano es mucho más que un conglomerado de complejos procesos químicos.


El verdadero descanso tiene en cuenta que el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, solamente lo podrá realizar en amistad con su Creador. Este Evangelio nos muestra la realización concreta de esa invitación que Jesús dirige a todos: «Venid a mí los cansados y agobiados; yo os daré descanso» (Mt 11,2). Esto es lo que hace Jesús con sus apóstoles. En ese mismo texto Jesús indica la condición del verdadero descanso: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Por eso si no descansa en el Señor el alma y el espíritu; tampoco podrá reposarplenamente el cuerpo. Hoy en día vemos por doquier que lo que verdaderamente falta es el «descanso del alma y del espíritu». Los mismos días libres son días de agitación y hasta de compras para muchos. No hay tiempo para la oración ya que no hay tiempo para entrar en el descanso de Dios sin embargo sigue muy vigente la experiencia de San Agustín: «Nos creaste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones 1,1). El peligro de quedar absorbidos en los muchos quehaceres amenazaba también a los apóstoles ya que «no les quedaba ni tiempo para comer». Y no obstante teniendo tanto que hacer, se fueron con Jesús en la barca a un lugar solitario.


GLORIA A DIOS!


Los fue enviando

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee julio Ee 2018 a las 14:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


15-21 de Julio del 2018


"Los fue enviando"





Am 7, 12-15: “Dios me tomó y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo’”


En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:

— «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo principal del reino».

Respondió Amós:

— «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”».

Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará lluvia, y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


Ef 1, 3-14: “Dios nos eligió en Cristo para ser santos e inmaculados en el amor”


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Por medio de Él hemos sido hechos herederos. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Y también ustedes, que han escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de salvación, en el que creyeron, han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es garantía de nuestra herencia, para liberación del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.


Mc 6, 7-13: “Ellos predicaron con el poder de Cristo”


En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más,

pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió:

— «Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia».

Ellos salieron a predicar la conversión, echando muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


NOTA IMPORTANTE


Luego de la muerte del rey Salomón (X a. C.) el pueblo de Israel sufre una división. Al sur las tribus de Judá y de Benjamín mantienen el templo de Jerusalén como único lugar de culto, mientras las diez restantes tribus de Israel acuden a un templo en Betel.


Un siglo después Dios elige a Amós como mensajero suyo (1ª lectura) y lo envía a Betel diciéndole: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Su anuncio no será bien recibido. Amasías, sacerdote del templo de Betel, lo conmina a volver a su tierra diciéndole: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel».


También “los Doce” son elegidos y enviados por el Señor Jesús, el Hijo de Dios. Él los reviste de autoridad antes de enviarlos. Esta autoridad divina delegada a los apóstoles por el Señor les confiere derecho de actuar con total libertad de acción, en Su Nombre y con poder para expulsar demonios y curar enfermos.


A “los Doce” los fue enviando «de dos en dos», no sólo para ayudarse y acompañarse mutuamente, sino para que el testimonio de uno estuviese avalado por otro testigo. Son enviados para «predicar la conversión» debido a la inminente llegada del “Reino de los Cielos” (ver Mc 1, 15).


El Reino de Dios sería inaugurado en la tierra por el Mesías prometido por Dios. La expulsión de demonios así como la curación milagrosa de los enfermos eran signos patentes que certificaban la llegada de los tiempos mesiánicos (ver Mt 11, 2-6; Lc 7, 18-23) y acreditaban a los apóstoles como embajadores del Mesías que venía detrás de ellos.


En las indicaciones del Señor a sus apóstoles de no llevar ninguna provisión para el camino hemos de ver una invitación a la confianza total en Dios, en su providencia y asistencia divina. Esta providencia divina habrá de manifestarse a través de la acogida y generosidad de aquellos que sabrán recibir a los apóstoles y su anuncio (ver Lc 10, 7). “Los Doce” experimentarán que en el fiel cumplimiento de su misión nada les faltará, porque Dios vela por ellos (ver Lc 22, 35). Esta instrucción era dada para aquella ocasión específica y no debe ser vista como una norma general (ver Lc 22, 36).


Este envío será un anticipo de la futura y universal misión de los apóstoles. Es parte de su formación para lo que harán toda su vida: anunciar a Jesucristo, Salvador y Reconciliador del mundo. De este modo quiso Dios asociar a hombres concretos a la realización de sus designios reconciliadores.


En la segunda lectura San Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Dios Padre, pues en Cristo «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales». Gracias al anuncio de la Palabra de la verdad, del Evangelio de salvación, los cristianos hemos recibido gratuitamente un cúmulo inmenso de bendiciones. Este anuncio es esencial para llevar a cabo el proyecto divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza», y por aquel mandato apostólico de Cristo resuena aún hoy en la Iglesia y se dirige a todos los bautizados, porque el mensaje de la salvación y reconciliación debe llegar a todos los rincones del mundo, a todos los corazones necesitados del Don de la Reconciliación.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Gracias al testimonio audaz y valiente que los apóstoles y primeros discípulos dieron de Cristo, gracias al fiel cumplimiento de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, nosotros hemos recibido el don de la fe. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero!» (Is 52, 7) ¡Y qué enorme bendición que por ellos hemos recibido! Sí, la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el mayor regalo que luego de la vida hemos podido haber recibido, es nuestro mayor tesoro. Y por ello hemos de exclamar continuamente con el Apóstol Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales… en Cristo».


Quienes hemos recibido el don de la fe, dos mil años después que la gesta evangelizadora se iniciaba cuando el Espíritu divino fue derramado en forma de lenguas de fuego en el corazón de los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés, escuchamos tambiénla invitación del Señor: «Gratis lo recibieron; denlo gratis» Mt 10, 8. En efecto, hoy todos nosotros estamos llamados a comunicar a cuantos podamos el Evangelio que gratuitamente hemos recibido y a hacer llegar sus bendiciones a muchos otros. Quien ha sido alcanzado y reconciliado por Cristo, quien ha recibido el don maravilloso de la vida nueva, se experimenta impulsado a anunciarlo y trasmitirlo a los demás.


En esta tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo no caben excusas. Nadie puede excluirse de esta responsabilidad pensando que “eso les toca sólo a sacerdotes y monjas”, “yo no puedo”, “yo soy incapaz”, “yo no sé hablar”, etc. ¡No! ¡Nada puede ni debe ser obstáculo para anunciar a Cristo y su Evangelio! Y si algún obstáculo encuentra en sí mismo o el mundo que lo rodea, en el Señor y en su Espíritu encontrarán la fuerza, el valor y el arrojo para anunciar a los demás lo que él mismo ha encontrado en el Señor Jesús: el perdón, la reconciliación, una vida nueva, el sentido pleno de la existencia humana, el gozo que nada ni nadie podrá arrebatarle jamás (ver Jn 16, 22). ¡Cuántas veces, cuando superando miedos y cobardías nos lanzamos a anunciar a Cristo y su Evangelio, experimentamos cómo Él habla a través de nuestros labios, nos inspira la palabra oportuna y ablanda los corazones más endurecidos! Sí, cuando confiamos en Él, el Señor actúa en nosotros y a través de nosotros, más allá de nuestras debilidades e insuficiencias. Nada hemos de temer, porque Él estará con nosotros.


Como a los primeros apóstoles, también Él nos acompañará con la fuerza de su Espíritu, con su gracia y con su poder. Así pues, confiemos en el Señor y proclamemos alto y fuerte nuestra fe, para que también muchos otros puedan creer y alcanzar las innumerables bendiciones que Dios nos ha regalado por medio de su Hijo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como Él curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: “En nombre de Jesús, levántate y anda” (Hech 3, 6)». San Beda


«También vosotros, si lo queréis, podéis merecer este bello nombre de mensajero de Dios. En efecto, si cada uno de vosotros, según sus posibilidades y en la medida en que ha recibido del Cielo la inspiración, saca a su prójimo del mal, cuida de conducirlo al bien, si recuerda al extraviado el Reino o el castigo que le esperan en la eternidad, evidentemente que es un mensajero de las palabras santas de Jesús. Y que nadie venga diciendo: Soy incapaz de instruir a los otros, de exhortarles. Por lo menos debéis hacer lo que podáis, a fin de que un día no se os pida cuenta del talento recibido y mal guardado. (…)  Haced que los otros os acompañen; que sean vuestros compañeros en el camino que conduce a Dios. Cuando, yendo por la plaza (…) encontréis a uno desocupado, invitadle a acompañaros. Porque vuestras mismas acciones cotidianas sirven para uniros a los otros. ¿Vais a Dios? Procurad no llegar solos. Que aquel que en su corazón ha escuchado ya la llamada divina saque de ella una palabra de aliento para su prójimo». San Gregorio


«No vale decir: “No puedo inducir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse. No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es cosa imposible: lo contrario es imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La misión de los apóstoles


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2 Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1).


Ministros elegidos por Cristo para actuar en su nombre


875: «¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rom 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad [el «poder sagrado»] de actuar «in persona Christi Capitis». Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento». El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.


Quien conoce y ama a Cristo, anuncia a Cristo


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de «evangelizar», y de llevar a otros al «sí» de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


CONCLUSION


Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 15 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13


El tema central de las lecturas dominicales es la misión encomendada por Dios a los hombres. El profeta Amós, en la Primera Lectura (Amós 7, 12-15), nos dice que profetiza no por voluntad o iniciativa personal, sino porque Dios sorpresivamente lo llamó de sus actividades cotidianas: «porque el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel». En el Evangelio vemos a Jesús enviando a los doce con la misión de predicar, curar y expulsar demonios (San Marcos 6, 7-13). El himno de la carta a los Efesios (Efesios 1, 3-14) canta las bendiciones espirituales de la que somos merecedores: la bendición del Padre, la elección en Jesucristo, la adopción filial, la reconciliación, el perdón de los pecados, la revelación del amoroso Plan del Padre y el bautismo en el Espíritu Santo.


«Yahveh me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”»


A la muerte del Rey Salomón (931 a.C.), que es infiel a Dios en sus últimos días; el reino de Israel queda dividido. En el sur, las tribus de Judá y de Benjamín siguieron a Roboán, hijo de Salomón; y en el norte, las diez restantes tribus quedaron bajo el cetro del rey Jeroboán, que edificó un templo en los altos de Betel (a unos 19 km. al norte de Jerusalén) para que su gente no tuviera que bajar a Jerusalén al templo erigido por Salomón. Siglo y medio después, en medio de la corrupción social y religiosa en el reinado de Jeroboán II, surge la voz del profeta Amós (s. VIII A.C.). Originario de Tecoa (una aldea situada a 19 km al sur de Jerusalén), dedicado al trabajo en el campo como cuidador de ganado y cultivador de frutos, fue enviado por Dios a predicar al Reino del Norte. El profeta recibió la llamada de Dios sin intermediarios y sin preparación alguna, en forma sorpresiva e irresistible. Su respuesta al llamado de Dios fue inmediata sin embargo su predicación no fue muy bien recibida ya que anunciaba el castigo de Yahveh y la ruina de la casa real.


Por eso es expulsado de Israel por Amasías, sacerdote del becerro que era adorado en Betel, que lo manda volver a la tierra de Judá. Las palabras que Amasías le dirige son dramáticas: «No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino». Es decir aquella región ya no pertenece a Yahveh, sino es del rey. Y, por tanto, Dios es expulsado. Su palabra, anunciada por intermedio del profeta Amós, no puede ser soportada y por lo tanto es eliminada. Dios, que no ha sido mencionado antes por el sacerdote Amasías, es presentado por Amós como el origen de su misión profética y, por tanto, como la causa de su expulsión de Betel. La decisiónque han tomado contra el profeta, la han tomado contra Dios, que lo ha enviado. Según una antigua tradición judía, se cree que el profeta murió mártir siendo fiel a su llamado.


Ser hijos en el único Hijo


Este Domingo iniciamos la lectura casi continuada de la carta de San Pablo a los Efesios, que se prolongará a lo largo de siete Domingos. La carta a los cristianos de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, fue escrita por San Pablo durante su custodia militar en Roma (hacia el año 61- 63). El pasaje de este Domingo es un himno litúrgico cuya temática central es la gratuidad del Padre que nos ha bendecido y elegido desde «antes de la fundación del mundo» a ser «santos e inmaculados» e hijos adoptivos suyos. Realmente somos hijos de Dios a causa del sacrificio reconciliador del Señor Jesús por el cual recibimos el don de la reconciliación y la revelación del «misterio de su voluntad»; es decir el amoroso Plan del Padre para cada uno de nosotros. En Jesucristo hemos sido sellados con el Espíritu Santo y así hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios.


GLORIA A DIOS


Rss_feed