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Si quieres, puedes limpiarme

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee febrero Ee 2021 a las 13:45 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


14 - 20 de Febrero 2021


“Si quieres, puedes limpiarme“


Presentacion:


Buena parte del mundo celebra hoy dos acontecimientos disímiles: el domingo de carnaval y el día del amor y la amistad. Amor con distancia y amistad con mascarilla… toda una imagen paradojal de nuestro tiempo. El amor y la amistad son valores universales, todo corazón aspira a un amor sincero y toda existencia suspira por una auténtica amistad. El tener un día que nos lo recuerde refuerza este deseo y amarra esta esperanza. Hemos sido creados por Dios para la comunicación y el vivir en sociedad. Ahora ya losabemos: vivir en soledad impuesta, o en confinamiento obligatorio, es una verdadera desgracia.


Cuando Jesús inició su ministerio público, cuando abandonó Nazaret y su supuesta carpintería, cuando se encontró con el drama de la complejidad de la existencia humana y de las tramas de sus relaciones, se indignó por algunas de las diversas situaciones que encontró. Una de ellas fue la que se nos narra en el Evangelio de este domingo: la de aquellos que son excluidos socialmente a causa de sus enfermedades y dolencias, el drama de los que son rechazados por tener el cuerpo llagado y quebrantado y provocar por ello, con su sola presencia, repulsión.


Una de las imágenes más impactantes del Papa Francisco fue con motivo de su encuentro con un hombre con el rostro totalmente desfigurado. La expresión del Papa no fue de asco o de rechazo, al contrario, lo abrazó con ternura, sencillez y delicadeza, como para que no se quebrara más en su fragilidad. Esa es, en mi opinión, la imagen más nítida y perfecta a la que estamos llamados todos los cristianos: abrazar y acoger con misericordia a los llagados, deformes y enfermos de este mundo, a mirar a la cara, a los ojos, con compasión y fraternidad a los que viven en los márgenes de nuestras existencias cotidianas.Fray Manuel Jesús Romero Blanco


Lev 13, 1-2.44-46: “El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”


El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

— «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro, porque tiene lepra en la cabeza.

El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡impuro, impuro! Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».


Sal 31, 1-2.5.11: “Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación”


Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Alégrense, justos, y gocen con el Señor; aclámenle, los de corazón sincero.


1 Cor 10, 31-11, 1: “Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo”


Hermanos:

Cuando ustedes coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios.

No den motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios. Por mi parte, yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven.

Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo.


Mc 1,40-45: “La lepra se le quitó y quedó limpio”


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

— «Si quieres, puedes limpiarme».

Jesús sintió compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

— «Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:

— «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

Pero él salió y se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba afuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


NOTA IMPORTANTE


De acuerdo con la ley de Moisés, cualquier hebreo que tenía «en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra» (Lev 13,1-2), debía ser llevado y presentado al sacerdote. Éste debía observar al enfermo para determinar si se trataba o no de la lepra.


Si el sacerdote calificaba la enfermedad como lepra, el enfermo era declarado legalmente como un “impuro” y separado de la comunidad para evitar el contagio y la difusión de la enfermedad. Al leproso se le obligaba llevar vestidos desgarrados, así como la cabeza descubierta. Día a día su enfermedad avanzaba lentamente, y en aquel tiempo se trataba de una enfermedad incurable. No había médico que pudiese curarla. Sólo un profeta del Señor podía realizar tal curación.


Excluidos de la convivencia común, los enfermos de lepra vivían fuera de los muros de la ciudad, socialmente aislados y marginados. Para su subsistencia dependían básicamente de la caridad de los peregrinos, y si algún peregrino inadvertidamente pasaba cerca de donde se encontraba algún leproso éste tenía que avisar de su presencia proclamando a grandes gritos: «¡impuro, impuro!» (ver Lev 13, 45).


¿Podemos imaginar la terrible existencia a la que se veían condenados los leprosos por su enfermedad, la carga tremenda del dolor y sufrimiento que tenían que soportar, no sólo físico y psicológico, sino también espiritual? En efecto, además de la exclusión por parte de sus hermanos humanos, los leprosos eran declarados “impuros” como signo de una exclusión mayor: la exclusión de la amistad de Dios, por ser considerada la enfermedad como una manifestación y consecuencia de una impureza legal en la que el enfermo habría incurrido por su infidelidad a la Ley, por su infidelidad a Dios. El leproso era, para los judíos, alguien a quien Dios mismo había rechazado y castigado con esa terrible enfermedad. De ahí el nombre mismo de la lepra, en hebreo tzara’at: “golpe o azote divino”.


Había leprosos que, aunque debían vivir aislados, no eran recluidos. A estos se les permitía venir a las ciudades a pedir limosna o ayuda a los suyos, no pudiendo acercarse a nadie a menos de “cuatro codos” de distancia. Uno de estos leprosos tuvo un día la oportunidad y osadía de acercarse al Señor Jesús. No soporta más la carga de su terrible enfermedad, el oprobio que significa para él. Lleno de esperanza se acerca a Jesús, que ya por entonces era famoso por su prédica y curaciones, y se arrodilla ante Él para suplicarle: «Si quieres, puedes limpiarme». Él cree que el Señor tiene el poder para curarlo. Sabe también que no tiene derecho alguno a reclamar tal beneficio y con toda humildad se pone en las manos del Señor apelando a su benevolencia.


Los rabinos, por no correr ningún riesgo de contaminarse por el contacto con algún leproso, los evitaban al verlos o les arrojaban piedras para apartarlos de su camino. En efecto, la Ley declaraba impuro al que tocaba a un leproso (ver Lev 15,7) y los rabinos eran sumamente celosos de mantener la pureza legal. Sin embargo, el Señor no sólo permite que se le acerque aquel leproso sino que, movido por la compasión, lo toca y le dice: «Quiero: queda limpio». El contacto físico es para el Señor el modo como comunica su poder restaurador (ver Mc 7,33). Con este gesto unido a su palabra el Señor realiza el milagro esperado: su carne de inmediato quedó limpia de la lepra.


Pero no sólo cura el Señor la enfermedad física. El leproso le ha suplicado que lo limpie. La palabra griega katarizo puede ser entendida en su sentido primario de limpiar de la lepra por medio de la curación, pero también tiene un sentido moral, el de liberar de la corrupción y de la culpa del pecado, el de purificar de toda malicia. La curación de la lepra es por tanto el signo visible de otra purificación más profunda: el perdón de los pecados en los que habría incurrido, atrayendo supuestamente sobre él el castigo divino.


El pecado es ciertamente como una lepra que va despedazando no la carne sino el espíritu, una lepra que destruye la comunión con los demás y termina por hundir al pecador en la total lejanía de Dios y en la más absoluta soledad y desesperación. El Señor Jesús vino a sanar al hombre entero, con una curación que va a las raíces de todo mal y sufrimiento que experimenta el ser humano. La reconciliación con Dios, consigo mismo, con el hermano y con la creación, mediante el perdón de los pecados obtenido por el sacrificio reconciliador de Cristo en la Cruz, es la respuesta de Dios frente a la situación de ruptura en la que el ser humano ha incurrido por su rechazo de Dios.


El Señor lo despide «encargándole severamente: “No se lo digas a nadie”». No quiere que la noticia se divulgue para no encender el entusiasmo mesiánico de las multitudes, impidiendo o dificultando así el cumplimiento de su misión de predicar la Buena Nueva a todos los hijos de Israel. A pesar de la severa prohibición, el hombre curado no puede contener el anuncio, difundiendo por todo lugar lo que el Señor ha hecho con él. No podemos imaginar el gozo y la alegría que habrá experimentado aquel leproso curado. ¡Estaba sano nuevamente! ¡Dios se había mostrado compasivo con él! ¡Ahora podía nuevamente reintegrarse a la comunidad! ¿Cómo es posible contener un gozo semejante y no “hacer fiesta”, no proclamar y divulgar la extraordinaria noticia?


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Cualquiera de nosotros, luego de cometer un pecado grave, experimenta la voz de la conciencia que le remuerde, que le dice que ha hecho mal, que le quema interiormente. Mientras más grave el pecado, mayor el peso, el dolor y la vergüenza que se experimentan.

Esa experiencia universal la expresaba el salmista en estos términos: «mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco» (Sal 31 [32], 3-4). ¿Quién de nosotros, luego de haber pecado gravemente, no ha experimentado que algo le consume interiormente? Por lo menos, al principio siempre se experimenta con fuerza, aunque con la posterior repetición del pecado y la continua justificación o auto-convencimiento de que en realidad “no es tan malo” uno empiece a “anestesiar” la conciencia y acallar esa voz que le acusa “de día y de noche”. Pero incluso aunque se esfuerce en acallarla y silenciarla, irrumpirá con fuerza de vez en cuando, reprochándome mis malas acciones. Sencillamente, no me dejará en paz.


A veces me he preguntado acaso: “después de lo que he hecho, ¿quién me podrá perdonar?” Acaso en medio de la desesperación he pensado que para mí “ya no hay salida”, que “ya no merezco el perdón”. Entonces, porque pensaba que luego de mi pecado ya no había retorno posible, no hice sino seguir hundiéndome en mi pecado pensando: “si para mí ya no hay perdón, si ya no hay vuelta atrás, ¿qué más da si sigo en lo mismo?”


¡Sin embargo, Dios siempre está esperándonos para darnos una nueva oportunidad! ¿Qué tenemos que hacer? Volvamos a la experiencia del salmista: «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 31[32], 5). Sí, el Señor es capaz también de limpiar de la lepra de su pecado a quien reconociendo su miseria se arrodilla humilde ante Él y le pide perdón. Él te limpia de verdad, hasta lo más profundo, borra en ti toda culpa, crea en ti un corazón puro y te renueva interiormente (ver Sal 50,11-12; Ez 36,25-26). Su perdón siempre nos da la posibilidad de empezar de nuevo, y su amor siempre es más grande que el másgrande de tus pecados. Con su perdón el Señor traerá nuevamente la paz, el gozo y la alegría a tu corazón si humilde y arrepentido te acercas al confesionario, donde Él te espera en su sacerdote. Allí, cuando tú al confesar tus pecados le supliques al Señor: “¡si quieres, puedes limpiarme!”, Él, profundamente conmovido y compadecido ante tu sufrimiento y miseria, “tocará” tu herido corazón con su amor y con su gracia y te dirá: “quiero, ¡queda limpio! ¡Yo te absuelvo de tus pecados! ¡Anda, y procura no pecar más!”


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Él se arrodilla cayendo sobre su faz, lo que es señal de humildad y vergüenza, para que cada cual se avergüence de las manchas de su vida. Pero esta vergüenza no impide su confesión; muestra la llaga y pide el remedio. Ya la misma confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes. Esto es, puso la potestad en la voluntad del Señor». San Beda


«Aunque podía curar al leproso sólo con la palabra, lo toca, porque la ley de Moisés decía (Lev 22,4-6): “El que tocase al leproso quedará impuro hasta la noche”. Con esto quería mostrar que esta impureza era según la naturaleza. Y como no se había dictado la ley para Él, sino sólo para los hombres, y como era Él mismo propiamente el Señor de la ley, y curaba como Señor y no como siervo, tocó con razón al leproso, aunque no era necesario el tacto para que se operase la cura». San Juan Crisóstomo


«Imaginémonos en nuestro interior a un herido grave, de tal forma que está a punto de expirar. La herida del alma es el pecado del que la Escritura habla en los siguientes términos: “Todo son heridas, golpes, llagas en carne viva, que no han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite.” (Is 1,6) ¡Reconoce dentro de ti a tu médico, tú que estás herido, y descúbrele las heridas de tus pecados! ¡Que oiga los gemidos de tu corazón, Él para quien todo pensamiento secreto queda manifiesto! ¡Que tus lágrimas le conmuevan! ¡Incluso insiste hasta la testarudez en tu petición! ¡Que le alcancen los suspiros más hondos de tu corazón! ¡Que lleguen tus dolores a conmoverle para que te diga también a ti: “El Señor ha perdonado tu pecado.” (2 Sam 12,13) Grita con David, mira lo que dice: “Misericordia Dios mío... por tu inmensa compasión” (Sal 50,3)». San Gregorio Magno


EL CATECISMO


El enfermo ante Dios


1502: El hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación. La enfermedad se convierte en camino de conversión y el perdón de Dios inaugura la curación. Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: «Yo, el Señor, soy el que te sana» (Ex 15,26). El profeta entrevé que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás. Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sión en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad.


1503: La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que «Dios ha visitado a su pueblo» (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, «pues salía de él una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa «tocándonos» para sanarnos.


Jesús escucha la oración


2616: La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras, o en silencio. La petición apremiante de los ciegos: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27) o «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10,48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: «Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!».

He venido a predicar el Evangelio

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee febrero Ee 2021 a las 10:15 Comments comentarios (0)

Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


07 - 13 de Febrero 2021


“He venido a predicar el Evangelio”


Job 7, 1-4.6-7: “Mis días se acercan a su fin, sin esperanza”


Habló Job diciendo:

— «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario.

Meses de desengaño son mi herencia, y noches de sufrimiento me han tocado en suerte. Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días se acercan a su fin, sin esperanza, con la rapidez de una lanza de telar.

Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha».


Sal 146, 1-6: “El Señor sostiene a los humildes”


Alaben al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.

Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados.


1 Cor 9, 16-19. 22-23: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”


Hermanos:

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi recompensa. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿Cuál es la recompensa? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo gratuitamente, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.

Porque, siendo libre como soy, me hice esclavo de todos para ganar a todos los que pueda. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.


Mc 1, 29-39: “Curó a muchos enfermos de diversos males”


En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; se

lo dijeron a Jesús y Él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

— «Todo el mundo te busca».

Él les respondió:

— «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he venido».

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.


NOTA IMPORTANTE


Luego de asistir aquél sábado a la sinagoga con sus discípulos (ver Mc 1,21), el Señor se dirige a casa de Pedro y Andrés, junto con Santiago y Juan. Pedro y su hermano, naturales de Betsaida (Jn 1, 44), habían venido a residir a la importante ciudad de Cafarnaúm, acaso por razones de comercio pesquero.


En casa de Pedro estaba su suegra, con una fiebre alta (ver Lc 4,38) que la tenía postrada en cama. Los apóstoles se lo comentan al Señor, y Él la cura instantáneamente tomándola de la mano. San Lucas refiere que además «conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó» (Lc 4,39). Su palabra no sólo tiene el poder de expulsar demonios, sino también de “expulsar” enfermedades.


La curación le devuelve asimismo la energía habitual, de modo que de inmediato «se puso a servirles». De este modo se hace visible a todos su dominio no sólo sobre la enfermedad, sino también esa fuerza que sale de Él (ver Mc 5, 30) para comunicar vitalidad a quien estaba enfermo. La restitución es total, tanto que no requiere de una recuperación posterior. Su dominio sobre la creación es absoluto.


El hecho de acercarse, tomarla de la mano y levantarla de su estado de postración puede tener un valor simbólico: Él, abajándose, muriendo en la Cruz y “levantándose” de entre los muertos por su Resurrección, ha venido al mundo a levantar a la humanidad enferma y postrada por el pecado, a devolverle la salud, a devolverle su capacidad de servir a Dios, de entrar en su amistad, de darle gloria mediante una vida humana plena y plenificada por la fuerza de Dios mismo. Él, Señor de la Vida, ha comunicado a su criatura humana, por la fuerza de su Espíritu, una vida nueva. Todo hombre o mujer sanado por el Señor es asimismo invitado a servir al Señor como un gesto de gratitud, servirlo sobre todo viviendo como Cristo enseña, es decir, amando como Él ha amado.


Luego de curar a la suegra de Simón el Señor aprovecha aquella jornada de descanso sabatino para hablarles a sus apóstoles de los misterios del Reino.

Su fama de taumaturgo ya se había difundido por toda la ciudad, de modo que al atardecer de aquel sábado, cuando «ya se había puesto el sol», es decir, cuando ya el reposo sabático había concluido y era lícito transportar los enfermos (ver Jn 5, 9.10), le traen numerosos enfermos y endemoniados para que los cure. Poco a poco se va congregando a la puerta de la casa de Pedro «toda la ciudad». Esta expresión es una típica hipérbole oriental para decir lo mismo que multitud muy numerosa. Uno a uno el Señor los cura a todos.

También «expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar», es decir, les prohibía revelar su identidad mesiánica. El Señor no quería que los ánimos de la multitud se exaltasen, no quería que confundiesen su misión mesiánica con una misión política, razón por la que en otro momento también a sus apóstoles les pedirá que a nadie revelen que Él es el Mesías esperado. Sólo permitirá que lo aclamen como tal poco antes de su muerte en Cruz, al hacer su entrada triunfal en Jerusalén.

Ya de noche se retiran todos los que fueron en busca del milagro y de la enseñanza de Jesús. Jesús y sus apóstoles se retiran a dormir.

Pasada la noche refiere San Marcos que el Señor «se levantó de madrugada, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar».

Su diálogo íntimo con el Padre se ve interrumpido cuando Pedro y sus compañeros, al no hallarlo en casa, salen a buscarlo y, una vez hallado, lo instan a volver a casa arguyendo que «todo el mundo te busca». ¿Cómo no sentirse apremiado a salir al encuentro de la muchedumbre que anda en busca de Él, ya sea para escuchar su palabra o para encontrar en Él la salud? A pesar de la petición de Pedro, y consciente de que muchos lo esperan en su casa, el Señor responde: «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he venido».


Hay quienes traducen «que para eso he salido», y es que el verbo griego exerjomai se puede traducir tanto por venir como también por salir o partir. En todos los casos indica dejar un lugar para dirigirse a otro, ya sea por voluntad propia o por voluntad de otro. En un sentido inmediato podría entenderse que “para eso ha salido de la casa de Pedro”. Sin embargo, se puede percibir un sentido más profundo en las palabras del Señor: para eso “ha salido de Dios” y venido al mundo. Este sentidode la expresión del Señor Jesús es evidente en el Evangelio de San Lucas: «para eso he sido enviado» (Lc 4,43), por el Padre se entiende.


Con esta sentencia el Señor define su misión: ha sido enviado por el Padre para anunciar el Evangelio, tanto así que «todos los aspectos de su Misterio —la misma Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de sus discípulos, el envío de los Doce, la Cruz y la Resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos— forman parte de su actividad evangelizadora» (S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 6).

En obediencia al Padre el Señor Jesús, «Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena» (EN, 7).

Luego de Él los Apóstoles serán los primeros en anunciar el Evangelio de Jesucristo, enviados por Él.

También San Pablo es un Apóstol elegido por el Señor. El da testimonio de que la misión de anunciar el Evangelio la ha recibido directamente del Señor, misión dela que se experimenta responsable: «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Impulsado por ese celo y sentido del deber San Pablo se hace «todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Luego de una agotadora jornada apostólica que incluye la predicación de su Evangelio, la curación de muchos enfermos y la expulsión de muchos demonios, el Señor Jesús se levanta al siguiente día muy de madrugada, cuando todo está aún muy oscuro y todos duermen, para dirigirse Él solo a un lugar apartado: «allí se puso a hacer oración».


El Señor Jesús nos enseña la importancia que tiene para Él la oración, “robándole horas al día” para dedicarle un tiempo al diálogo íntimo con el Padre. En el cumplimiento de su misión, que consiste principalmente en predicar la Buena Nueva a las ovejas perdidas de Israel (ver Mc 1,38; Mt 15,24), la frecuente oración o diálogo íntimo con el Padre aparece como algo prioritario para Él. En otra ocasión enseñará a sus discípulos lo que Él mismo vive, la necesidad que Él mismo experimenta: «es necesario rezar siempre y sin desfallecer» (Lc 18,1).


Es a partir de su sintonía profunda con el Padre, que reclama y se nutre de ese diálogo continuo con Él, que el Señor es capaz de ordenar rectamente sus actividades según el divino Plan: a pesar de que Pedro lo urge a regresar a casa donde muchos lo esperan para ser curados de sus enfermedades, Él en cambio decide ir «a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he venido»

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Por más duro que suene, su prioridad no es curar a los enfermos de sus males, o liberar a los endemoniados de los espíritus inmundos, o saciar la curiosidad de las multitudes que empiezan a buscarlo por la fama de gran profeta que va adquiriendo, sino la fidelidad a la misión que el Padre le ha encomendado. Él ha venido al mundo a anunciar la Buena Nueva de la reconciliación, y prioriza su acción de acuerdo a su misión principal. No podemos dejar de resaltar la importancia fundamental de dicho anuncio, pues ¿de qué hubiera servido su encarnación, su muerte y resurrección, así como su ascensión, sin esa predicación y anuncio? El don de la Reconciliación operada por el Señor Jesús (ver 2Cor 5,18-19) necesita del anuncio, de la proclamación de la Buena Nueva, de la predicación, para ser comprendido y acogido por el hombre (ver Rom 10,17).


Al rezar muy de madrugada el Señor nos enseña que con la oración se preserva del desgaste y desfondamiento que trae consigo la actividad, que sin oración y sin una continua referencia al Padre se convierte en un peligrosísimo activismo. El Señor nos enseña que el recto obrar se nutre de la oración como de su raíz, y hace de la misma acción que se orienta al cumplimiento del Plan divino una oración incesante, una alabanza o “liturgia” continua.


El que verdaderamente es discípulo de Cristo, jamás deja de rezar porque obedece al ejemplo y a la voz de su Maestro, que ha dicho: es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). La oración es para el creyente una necesidad, necesidad que responde a una sed de Dios que busca saciar en el encuentro con Él. Consiste en un tejido armonioso que se entreteje de momentos fuertes de oración y de oración continua. Los momentos fuertes de oración como el diálogo íntimo con el Señor en el Santísimo, la meditación de su Palabra en espíritu de oración, la participación atenta en la Santa Eucaristía, la celebración de la Liturgia de las horas, nutren la oración continua, oración que es vivir en continua presencia de Dios y hacerlo todo por Él. No deja de rezar quien buscando obedecer en todo a Dios hace de toda su actividad una incesante alabanza a Él (ver 1Cor 10,31).


Si el Señor Jesús se daba el tiempo para rezar, no dejando la oración “para el final del día” como tantas veces solemos hacerlo nosotros, sino rezando antes de iniciar sus exigentes y diarias actividades, ¡cuánto más debemos nosotros buscar el tiempo necesario para tener momentos fuertes de oración a lo largo del día! Si andamos en búsqueda de la reconciliación para nosotros mismos —el perdón de nuestros pecados, la curación de nuestras heridas más profundas, la armonía y paz interior, la alegría y gozo continuo, la fuerza para la lucha, etc.— y si queremos llevar a otros el don de la reconciliación, entendamos de una vez por todas que ello es imposible sin la oración perseverante. Para estar reconciliados y para poder cooperar con el Señor Jesús en la tarea de la evangelización reconciliadora de la humanidad, el trato íntimo, la oración diaria y perseverante es esencial. Organízate especialmente los días que más cosas tengas que hacer, para que nunca te falte un tiempo para rezar. Y si tienes que levantarte “muy de madrugada” para orar antes de que empiece el ritmo incesante de actividades, ¡haz ese sacrificio, que será ampliamente recompensado por el Señor!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El ocaso del sol significa místicamente la pasión y muerte de Aquel que dijo: “En tanto que estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9,4). Es al ocaso del sol cuando es curada la mayor parte de los enfermos y poseídos, porque Aquel que durante su estancia en este mundo enseñó a unos cuantos judíos, les transmitió los dones de la fe y de la salvación a todos los pueblos de la tierra». San Beda


«Al decir “para esto he venido” «manifiesta el misterio de la Encarnación y el señorío de su divinidad confirmando que había venido al mundo por su voluntad. Y San Lucas dice: “Para esto soy enviado” (Lc 4,43), manifestando la buena voluntad de Dios Padre sobre la disposición de la Encarnación del Hijo». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO


La oración de Jesús


2599; ver. 2601: El Hijo de Dios hecho hombre aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Y lo hizo de su madre que conservaba todas las “maravillas” del Omnipotente y las meditaba en su corazón. Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debía estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2,49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.


2607: Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar. El camino teologal de nuestra oración es su oración a su Padre. Pero el Evangelio nos entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración. Como un pedagogo, nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce al Padre. Dirigiéndose a las multitudes que le siguen, Jesús comienza con lo que ellas ya saben de la oración por la Antigua Alianza y las prepara para la novedad del Reino que está viniendo. Después les revela en parábolas esta novedad. Por último, a sus discípulos que deberán ser los pedagogos de la oración en su Iglesia, les hablará abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.


La misión del Señor Jesús


606: El Hijo de Dios «bajado del Cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).


763: Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su «misión». «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras». Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo «presente ya en misterio».


El Señor Jesús hace partícipes de su misión a los apóstoles


1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, laIglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.


2: Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo envió a los Apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Fortalecidos con esta misión, los Apóstoles «salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20).


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Cor 4, 1).


!GLORIA A DIOS!!!


Enseñaba con autoridad

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Discipulado Carismático


RCC - DRVC


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


31 de Enero al 6 de Febrero 2021


“Enseñaba con autoridad“


Introducción


El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús, rodeado de sus discípulos, en la Sinagoga de Cafarnaún. Un pueblo y una Sinagoga muy frecuentada por Jesús. Era sábado, el día más importante de la semana para los judíos, y su actividad comenzaba orando y escuchando la Palabra de Dios, dando gracias. El evangelio dice que Jesús estaba enseñando y que la gente se quedaba asombrada de cómo hablaba. Decían que hablaba con autoridad, como nadie lo había hecho antes.


Dt 18, 15-20: “Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca”


Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «El Señor tu Dios hará surgir un profeta como yo, de entre los tuyos, de entre tus hermanos. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor tu Dios en el Horeb,

el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir”.

El Señor me respondió: “Tienen razón; haré surgir un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”».


Sal 94, 1-2.6-9: “Escuchemos la voz del Señor”


Vengan, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entren, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchen hoy su voz: «No endurezcan el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando sus padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

1 Cor 7, 32-35: “Quiero inducirlos al trato con el Señor sin preocupaciones”

Hermanos:

Quiero que estén libres de preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Les digo todo esto para bien de ustedes, no para ponerles una trampa, sino para inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.


Mc 1, 21-28: “Se quedaron asombrados de su doctrina”


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

— «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

— «Cállate y sal de él».

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:

— «¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.


Nota importante


Dios promete a su pueblo un profeta como Moisés (1ª. lectura), es decir, suscitará de en medio de su pueblo a uno a quien le confiará la misión de hablar por Él, para que diga exactamente todo lo que Él quiere decir: «Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande».


Dios a lo largo de los siglos fue suscitando grandes profetas en medio de su pueblo para hablar en su nombre al corazón de su pueblo. Mas aquella antigua promesa se cumple de un modo particular y excepcional en su propio Hijo, a quien envió Dios «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Y si «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Es el Hijo único del Padre, nacido de Mujer, un profeta “como Moisés”. Él no hizo más que hablar en nombre de su Padre: «Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta… la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,10.24).


Por Cristo, la Palabra hecha carne (ver Jn 1,1-2.14), quiso Dios «revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad». «En esta revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2). Jesucristo es la plenitudde toda la revelación, es decir, por Él Dios ha querido decir a su criatura humana todo lo que necesita saber en orden a su salvación y reconciliación con Dios.


San Marcos relata en el Evangelio de este Domingo como el Señor Jesús, acompañado de sus primeros discípulos, llega a Cafarnaúm, una importante ciudad en Galilea en la que Él estableció su “centro de operaciones”.


El sábado siguiente Cristo asistió, como de costumbre, a la sinagoga. Todos los pueblos y pequeñas villas tenían una sinagoga. De la magnífica sinagoga de Cafarnaúm se conservan hoy ruinas importantes.


Los sábados se realizaban en las sinagogas los oficios. Estos consistían en una oración seguida de una lectura y exposición de la Sagrada Escritura lo que para nosotros es el Antiguo Testamento). Se tomaba primero un texto de “la Ley” (los cinco primeros libros llamados también “Pentateuco” y luego de algún libro de “los Profetas”. Inmediatamente venía una explicación de los textos divinos, que la podía realizar ya sea un sacerdote, el jefe de la sinagoga, o alguien a quien éste último designase por considerarlo suficientemente instruido y capacitado para ello.


La explicación de los textos divinos podía ser una exposición literal o alegórica, incluía la exposición de reglas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre y amplio, pero el método exigía dar autoridad a la exposición ya sea con la Escritura o con la “tradición de los padres”, es decir, con sentencias de rabinos importantes.


Hacia el centro de la sinagoga había una plataforma o tribuna, donde tenía su asiento el jefe y los miembros más respetables de la misma. Allí estaba también el sitio del lector y del que iba a hacer la exposición.


Aquél sábado el Señor fue invitado a hacer la exposición. Su enseñanza despertó una profunda admiración entre los oyentes: «se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad».


¿Qué clase de “autoridad” es esta, que contrasta con el modo como los fariseos y maestros enseñaban la Ley? La palabra griega ‘exousían’, utilizada por el evangelista y traducida a nuestra lengua como ‘autoridad’, significa también ‘poder’. Y es que más allá de impresionar y causar admiración en sus oyentes por la profunda sabiduría de sus palabras, por su “doctrina nueva”, su palabra tieneun poder nunca antes visto: por su palabra es capaz de sanar al hombre y curarlo de sus dolencias (ver Mt 8,8; Lc 7,7; Mc 2,10), por su palabra domina las fuerzas indomables de la naturaleza (ver Mt 8,24-26), por su palabra expulsa los espíritus inmundos y somete el poder del demonio (ver Mc 1,25s; Mt 8,16), por su palabra tiene incluso poder sobre la misma muerte (ver Lc 7,14s). Su palabra realiza aquello que pronuncia con el poder que sólo puede provenir de Dios. Su autoridad es divina.


Este enseñar “con autoridad” o “poder” es probablemente una insinuación de su divinidad. Siendo la Escritura “palabra de Dios”, ¿quién sino Él mismo podía interpretarla con autoridad? Un profeta sólo podía hablar “en nombre de Dios”, mas el Hijo de Dios hablaba de la Escritura con autoridad propia, interpretándola y exponiéndola como sólo Él puede hacerlo: desde un conocimiento pleno de lo que el Padre quiso revelar a su pueblo por medio de Moisés y los Profetas.


Esta autoridad divina tiene una inmediata confirmación: «Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo». Se trata de un endemoniado que, en medio de la asamblea, se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».


La pregunta de si ha «venido a acabar con nosotros» es una evidente referencia a la lucha de Dios contra los poderes demoníacos. En Isaías se lee que los poderes celestiales malos serían finalmente juzgados y “encerrados” por Dios (Is 24, 22s). Este “juicio” sería realizado por “el Hijo del hombre”, el Mesías. De allí la pregunta del endemoniado.


El endemoniado asimismo dice saber que Él es «el Santo de Dios». No se trataba de un título oficial del Mesías. Sin embargo, siendo Israel el pueblo santo y de los santos (ver Dan 7, 25), el Mesías habría de sobresalir en santidad, pudiendo a él aplicarse esta denominación. Así lo llamó también Pedro (Jn 6, 69). El endemoniado lo califica así por reconocer en Él al enviado de Dios para traer la victoria sobre “ellos”.

«Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”». La razón de este silencio que le impone es la de no divulgar anticipadamente que Él es el Mesías. Al ordenarle salir de él «el espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió».


Al ver esto los asistentes quedan más asombrados aún: «¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». El poder sobre el demonio es prueba de su poder y dominio absoluto sobre el reino del mal. Su enseñar con autoridad no es sólo por la manera como enseña, sino porque «hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Señor Jesús no es un gran maestro o un “gurú” más entre varios otros. Quien así piensa no ha comprendido o aceptado que Él es el Hijo mismo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. En cuanto tal, Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado que hayan pisado nuestro suelo. Nosotros afirmamos y creemos firmemente lo que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y nos ha transmitido a cada uno de nosotros: que Cristo el Señor es la Palabra eterna que desde siempre ha estado con Dios, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible ha pasado de la nada a la existencia. Él mismo es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano del misterio de Dios y del misterio del ser humano. Él es la Palabra Viva que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9).


Mas aunque el Señor Jesús por su condición divina tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene, o habría que decir mejor que se estrella ante la libertad del ser humano: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que consciente o inconscientemente desoye a Dios. Y es que Dios que nos ha creado libres —porque nos ha creado para participar de su mismo amor y porque el amor no se impone— respeta a todo aquel que le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y me digas lo que tengo que hacer o no hacer para ser feliz. Yo quiero definir por mímismo qué es lo bueno y qué es lo malo para mí. Yo quiero ser mi propio dios, dueño de mi propia vida y constructor de mi propio destino, no quiero que Tú te entrometas, no quiero que Tú me limites”. ¡Cuántas veces le decimos “no” a Dios porque lo vemos como un enemigo de nuestra felicidad, porque “no me deja hacer lo que más me place, lo que a mí me gusta, lo que me deleita o me produce algún éxtasis intenso, lo que según mi criterio me hace feliz”!


En cambio, ¡con qué prontitud, confianza total y falta de sensatez, sentido común y recto discernimiento le decimos sí a las voces, sugerencias e invitaciones de las modas del mundo, de los reclamos sensuales de nuestra propia carne o incluso de las tentaciones del demonio siempre disfrazadas de “esto es bueno y excelente para ti” —aún cuando Dios claramente te advierte que es fruto de muerte—, que nos ofrecen ser felices si nos postramos ante los ídolos del placer, del tener o del poder! Al poco tiempo, si somos honestos con nosotros mismos y dejamos de engañarnos, nos damos cuenta de que allí no encontramos más que sucedáneos, ilusiones que sólo duran lo que dura un soplo, que al pasar su mágico embrujo nos dejan humillados, destrozados, heridos profundamente, rotos interiormente, avergonzados al punto de llegar al desprecio de nosotros mismos, cargados de amarguras, resentimientos, odios que nos envenenan. ¡Aún así, cuántas veces seguimos prefiriendo esas “voces” que nos ofrecen el oro y el moro si les vendemos nuestra alma, a escuchar la voz de Dios, confiar en Él y seguir sus enseñanzas! Necios somos, un pueblo de dura cerviz y corazón endurecido, tardo y lerdo para confiar en Dios y creer en su amor.


Ante el Señor Jesús “que enseña con autoridad”, con la autoridad de Aquél que es absolutamente coherente con lo que enseña, pero con la autoridad mayor aún de Aquél que conoce lo que hay en lo más profundo de los corazones humanos, que sabe para qué ha sido creado y cuál es el camino de su propia realización, hoy se nos exige más que sólo una actitud de admiración, se nos exige una toma de posición y una reacción: o acepto vivir de acuerdo a lo que el Señor me enseña, dejándome transformar interiormente por el poder y eficacia de su Palabra, o endurezco mi corazón y rechazo su doctrina y al Maestro, viviendo de acuerdo a mis propios criterios, de acuerdo a los criterios del mundo o del mal, apartándome cada vez más de Dios, hundiéndome cada vez más en la oscuridad, en el vacío, en la soledad y la muerte que se hallan fuera de Dios. No existe untérmino medio: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6,24).


Aquél que con humildad y confianza le abre su corazón al Señor, acoge su Evangelio y se esfuerza por seguir las enseñanzas del Maestro, pronto experimenta en sí mismo la eficacia y el poder transformador de Su Palabra (ver Heb 12,3). Él trae la aurora que disipa las tinieblas que se han apoderado del corazón. Él, por su palabra, todo lo renueva en nosotros.


Si elijo escuchar la voz de Dios, si elijo confiar en Él más que en las voces del mundo, de mi propia carne o del demonio que me instigan a desconfiar de Dios, de su palabra, de su amor, incluso de su existencia misma, pronto me encontraré con algunos obstáculos que me dificultarán, en mayor o menor medida, escuchar esa voz del Señor y retener su palabra en lo íntimo del corazón, con afecto profundo, de modo que pueda —asimilados esos criterios divinos y adheridos cordialmente a ellos— vivir una vida de acuerdo a sus enseñanzas. Mencionemos algunos, que no son todos ciertamente, para buscar en nuestra vida cotidiana un remedio y solución, para no dejar de poner paciente y perseverantemente los medios necesarios para disponernos de la mejor manera para la escucha y acogida de la enseñanza divina.


Un obstáculo cada vez más frecuente en nuestra agitada y acelerada sociedad es la falta de tiempo. Tenemos o nos llenamos de una y mil cosas que hacer. Ciertamente hay mucho por hacer, horas de trabajo que realizar para ganar el pan de cada día, horas que dedicar al estudio e investigación, horas que demanda también nuestra vida social. El problema es cuando en medio de tanta actividad ya no le dejamos espacio a la oración, a la lectura y meditación de la Escritura, a una lectura espiritual, y a veces ni siquiera ya a la Misa del Domingo. El problema es cuando en medio de tanto quehacer, a la hora de plantear nuestras propiedades resulta que para el Señor “no tengo tiempo”. ¿Cómo pretendo escuchar al Señor, si ya ni siquiera me doy un tiempo y espacio de tranquilidad para encontrarme con Él? Nos quejamos tantas veces de que “el Señor no me habla” cuando Él no deja de hablarnos por medio de su Hijo principalmente, y de muchas otras maneras también, algunas muy sutiles.


No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él esos momentos y espacios de encuentro, de lectura y reflexión desu palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día, necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Si no le regalamos esos momentos, si no nos hacemos violencia y reordenamos nuestras prioridades de modo que no le demos al Señor solamente el tiempo que nos sobra —si es que nos sobra— sino un momento central de nuestra jornada, tampoco escucharemos su voz, tampoco Él nos regalará con la experiencia íntima de su presencia amorosa. En ese caso, seremos nosotros los únicos culpables de esa sordera que nos impide escuchar al Señor.


Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta.


En la que a nosotros nos toca, hagamos un serio y sostenido esfuerzo por buscar continuamente al Señor en la oración y procuremos hacer silencio en nuestro interior, para poder escuchar, acoger y dejarnos transformar por la palabra del Señor, por el Señor Jesús mismo que es la Palabra viva pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, Palabra por la que todo vino a la existencia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y al cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: “el pueblo sabrá que era Yo [el Señor] quien le hablaba” (Is 52,6)». San Jerónimo


«Cuando Pablo dice a su discípulo: Vete enseñando todo esto, reprendiendo con toda autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras, por tanto, lo que le aconseja no es un modo de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por esto hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no a la manera de los doctores que tenían ellos. El, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. Él tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad». San Gregorio Magno


NUESTRO CATECISMO


Enseñaba con autoridad


581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en El se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino suinterpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» Mc 7, 8 de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7,13).


582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.


2173: El Evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día, sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). Con compasión, Cristo proclama que «es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla» (Mc 3, 4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios. «El Hijo del hombre es Señor del sábado» Mc 2, 2.


Para la Reflexion


¿Qué nos quiere decir el Señor con todo esto?


Que el mensaje de Jesús es una Buena Noticia y que hay que vivirla como tal. Que no tengamos miedo de acercarnos a su Palabra y dejarnos transformar por ella, como a aquel hombre le pasó. Y que hagamos de nuestra vida un gran testimonio, un gran mensaje para todas las personas, de lo mucho y lo bueno que hace Dios con cada uno de nosotros. La fe es para vivirla con alegría, con esperanza y con gozo. Y la Eucaristía es el momento donde compartimos todo eso, como hermanos, como hijos todos de un mismo Padre que nos quiere. Vivámoslo así.


!Gloria a Dios!!!


Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 28 Ee enero Ee 2021 a las 10:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO CARISMÁTICO


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DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


24 - 30 de Enero 2021


“Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres"


Jon 3, 1-5.10: “Los ninivitas se convirtieron de su mala vida”


En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás:

— «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo».

Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando:

— «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!».

Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron con ropas de penitencia, grandes y pequeños.

Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.


Sal 24, 4-9: “Señor, instrúyeme en tus sendas”


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas:

haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura y misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


1 Cor 7, 29-31: “La apariencia de este mundo se termina”


Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante.

Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran;

Los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la apariencia de este mundo se termina.


Mc 1, 14-20: “Conviértanse y crean en el 20: “Conviértanse y crean en el Evangelio”Evangelio”


Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

— «Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando las redes en el mar.

Jesús les dijo:

«Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca reparando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con él.


NOTA IMPORTANTE


Refiere Marcos que una vez arrestado Juan el Bautista, Jesús se dirige a Galilea para iniciar su predicación. Lo hace con este llamado: «Se ha cumplido el plazo; está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».


La expresión “se ha cumplido el plazo” así como “está cerca el reino de Dios” eran expresiones “escatológicas”, es decir, en el ambiente judío evocaban de inmediato la llegada del Mesías enviado por Dios al final de los tiempos, y el triunfo definitivo de Israel sobre las naciones paganas.


El sentido exacto de la palabra griega egiken puede traducirse por “está cerca” o “se acerca”, pero puede significar también que “ya llegó”, es decir, que el reino de Dios ya está presente. Y así lo usa el Señor en los Evangelios, unas veces habla del reino que ya llegado en su persona y sus actos, y otras veces lo ubica temporalmente en un futuro próximo.


Ante esta cercanía o ya presencia del reino de Dios, el Señor hace un llamado al “arrepentimiento”. La palabra griega metanoeíte, “conviértanse”, literalmente se traduce por “cambien de forma de pensar”. La expresión metanoia se usa en todo el Nuevo Testamento para hablar de conversión, y es que todo cambio de conducta necesariamente debe proceder de un cambio de mentalidad. No puede haber una verdadera conversión o cambio de conducta sin una nueva forma de pensar, y esta nueva forma de pensar debe ser la de Cristo mismo. Es por eso que el Señor al llamado que hace a cambiar de mentalidad añade inmediatamente: «y crean en el Evangelio». Es decir, el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de abandonar los criterios que llevan a obrar en contra de los mandamientos divinos para «asimilar los valores evangélicos que contrastan con las tendencias dominantes en el mundo» (S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America,


28. O, en otras palabras, «la conversión (metanoia), a la que cada ser humano está llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Esto supone el abandono de la forma de pensar y actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la existencia» (S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 32). Así, pues, la verdadera conversión consiste en tener «la mente de Cristo» (1Cor 2,16) y, en consecuencia, sentir y actuar como Cristo mismo.


Del llamado que el Señor hace a la conversión y a creer en el Evangelio, el evangelista pasa a describir el llamado que el Señor hace a algunos ir con Él: «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres».


Este llamado lo dirige el Señor primero a los hermanos Simón y Andrés, que «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron». Eran pescadores de oficio. Cabe recordar que Andrés y Simón ya conocían al Señor Jesús (ver Jn 1, 35-42).


De Juan y Santiago, también pescadores que ejercían su oficio en el lago de Galilea, dice el evangelista además que «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los trabajadores y se fueron con Él». El padre de Juan y Santiago era propietario de barcas y redes, lo cual habla de un cierto nivel económico dentro de la modestia del oficio de pescador.


Por el evangelista Lucas (5,10) sabemos también que entre Pedro, Juan y Santiago, al menos, habían establecido una cierta “sociedad” de pesca.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El mar es el hábitat propio de los peces y de toda criatura marina, mas no del ser humano. Éste se ahoga y muere si —desprovisto de cualquier dispositivo para respirar— permanece sumergido en la profundidad de las aguas por mucho tiempo. Esto es lo que figurativamente sucede con el hombre cuando decide apartarse de Dios y peca: se sumerge en la profundidad del mar, se ahoga sin poder “respirar”, se destruye a sí mismo. El pecado es un acto suicida, enseñaba el Papa Juan Pablo II. En la mentalidad hebrea el mar era el símbolo del domino del mal y de la muerte. En efecto, el hombre sin Dios, apartado de Él por el pecado, hundido en las profundidades del mar de la muerte, «tiene nombre como de quien vive, pero está muerto» (ver Ap 3,1).


En este contexto ser pescador de hombres es el oficio de arrancar al ser humano de una situación de muerte en vida para llevarlo a participar de la Vida verdadera, la vida feliz a la que está llamado. Es lo que el Señor Jesús, Dios hecho hombre, ha hecho por nosotros: rescatarnos, arrancarnos, por su encarnación, muerte, resurrección y ascensión, de las profundidades de la muerte, del dominio de las tinieblas y del pecado, para llevarnos al ámbito propio de nuestra existencia: la tierra firme, al lugar donde el hombre puede respirar ampliamente, donde la luz del Sol —que simboliza a Cristo— hace resplandecer plenamente para nosotros la hermosura de la creación, donde ese mismo Sol nos calienta y nos da Vida verdadera. El Señor Jesús es el Pesador de hombres por excelencia.


El Señor ha querido asociar a su propia misión de “pescar hombres” a todos los que por el anuncio del Evangelio y por el Bautismo han sido ya rescatados del mal y la muerte. A ti y a mí, a todo bautizado, el Señor nos dice también hoy: “ven conmigo, y te haré pescador de hombres”. En primer lugar nos invita a seguirlo, a ir con Él por el camino, andar en su presencia, a aprender de Él, observándolo, conociéndolo, escuchando sus enseñanzas, viviendo la amistad que se nutre en el diálogo, en el compartir con Él las penas y alegrías, de los triunfos y las adversidades de cada día. Es fundamental guardar como hizo la virgen María las enseñanzas de su Hijo en la mente y en el corazón, para luego ponerlas por obra en la vida cotidiana, es necesario pensar y vivir de acuerdo al Evangelio. Orar con perseverancia es fundamental, como es también encontrarnos con el Señor en la Eucaristía dominical y acudir al sacramento de la Reconciliación cada vez que necesitamos de su perdón y de la gracia divina para levantarnos de nuestras caídas y seguir avanzando hacia el horizonte de santidad que el Señor nos señala. Quien así va con el Señor de camino, quien lo toma como Maestro y Señor, se va asemejando cada vez más a Él gracias a la acción de su divino Espíritu en nuestros corazones. Así aprendemos de Cristo a ser “pescadores de hombres” y experimentamos su mismo impulso y urgencia de trabajar por la reconciliación de los hombres. El verdadero discípulo de Cristo es por naturaleza apóstol.


Mas algunos, como lo fueron los apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan, son llamados con una vocación muy particular, con un llamado más radical que implica dejarlo todo por seguir a Cristo, por estar con Él para dedicar y entregar su vida completamente al anuncio de Su Evangelio.


Este llamado nunca puede ser tomado —y esa es la perspectiva del mundo— como una maldición. Al contrario, el creyente sabe bien que se trata de signo de un amor muy especial de Dios para con el elegido (Ver Jer 31,3), una enorme bendición tanto para el elegido como también para su familia.


La tarea de rescatar al ser humano de su miseria más profunda, de ser pescador de hombres, es hermosísima. En realidad, es la misión más importante que puede existir sobre esta tierra: liberar, en dura batalla en la que la Victoria es ya nuestra por Jesucristo, a sus hermanos humanos del dominio del mal, del pecado y de la muerte para ganarlos para la Vida plena. Su tarea es la de llevarlos al encuentro con el Señor Jesús, ayudarlos a reconciliarse con Dios para que también ellos puedan participar de su misma vida divina, de su comunión en el amor, para ayudarlos a ser hombres y mujeres de verdad. ¿Puede haber misión más grande que esa, que implica participar de un modo privilegiado de la misión que Dios mismo confió a su Hijo único, el Hijo de Santa María?


Si el Señor, que conoce tu corazón, que sabe para que estás hecho, te dirige su mirada cargada de amor y te dice: “Ven conmigo, y te haré pescadores de hombres”, no dudes en responderle. Ten el valor y el coraje, así como la confianza en el Señor, para dejarlo todo por el Señor, para anunciar Su Evangelio con la radicalidad de una vida entregada totalmente a Él. Recuerda que si el Señor te pide darlo todo por Él, ¡Él te dará cien veces más, y luego la vida eterna! (ver Mc 10,29-30). Confía en el Señor y no tengas miedo. Recuerda también que de la fiel respuesta a tal llamado depende tu propia felicidad y la de muchas otras personas, especialmente de tus familiares (aunque de momento ellos no lo vean así). ¡Una vocación es siempre fuente de muchas bendiciones para una familia que sabe abrirse a tan gran regalo de Dios!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El mismo Señor Jesús comenzó así su predicación: “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 4,17). Juan Bautista, su precursor, había comenzado de la misma forma: “Arrepentíos porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3,2). Ahora, el Señor recrimina a los hombres que no se convierten, estando cerca el reino de los cielos, este reino de los cielos del que él mismo dice: “no vendrá de forma espectacular”, y también “está en medio de vosotros” (Lc 17,20-21). Que cada uno, pues, sea sensato y acepte los avisos del Maestro, parano dejar escaparse el tiempo de la misericordia, este tiempo que transcurre ahora, para que se salve el género humano de la perdición. Porque si el hombre es puesto a salvo es para que se convierta y que nadie sea condenado. Sólo Dios sabe el momento del fin del mundo. Sea cuando sea, ahora es el tiempo de la fe». San Agustín


«“Jesús les dijo: Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). ¡Dichoso cambio de pesca! Simón y Andrés son la pesca de Jesús... Estos hombres son considerados “peces”, pescados por Cristo, antes de ir ellos a pescar a otros hombres. “Ellos dejaron inmediatamente las redes y los siguieron” Mc 1,18. La auténtica fe no conoce la dilación. En cuanto le oyeron, creyeron, lo siguieron y se convirtieron en pescadores de hombres. “...dejaron las redes”. Pienso que en estas redes están simbolizados los vicios de la vida de este mundo que ellos abandonaron... “Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan... Jesús los llamó también; y ellos dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él” (Mc 1,19-20).

Me diréis: la fe es atrevida. ¿Qué indicios tenían ellos, que señal sublime habían notado para seguirle así que los llamaba? Nos damos cuenta, a todas luces, que algo divino emanaba de Jesús, de su mirada, de la expresión de su rostro que incitaba a los que él miraba a volverse hacia él… ¿Por qué digo todo esto? Para mostraros que la palabra del Señor actuaba y que a través de la palabra más insignificante, el Señor actúa: “él lo ordenó y fueron creados” (Sal 148,5). Con la misma simplicidad con que él los llamó, ellos le siguieron... “Escucha, hija, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; el rey está prendado de tu belleza” (Sal 44,11-12). ¡Escucha bien, hermano, y sigue las huellas de los apóstoles! ¡Escucha la voz del Señor, ignora a tu padre por la carne, y mira el Padre verdadero de tu alma y de tu espíritu! Los apóstoles dejaron a su padre, dejaron la barca, dejaron todas sus riquezas de entonces. Abandonaron el mundo y sus innumerables riquezas, renunciaron a todo lo que poseyeron. Pero no es la cantidad de las riquezas lo que Dios considera, sino el alma de aquel que renuncia. Los que han abandonado poca cosa, sin embargo, hubieran renunciado también a grandes fortunas si sehubiera dado el caso». San Jerónimo


EL CATECISMO

«El Reino de Dios está cerca»


541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1, 15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».


El anuncio del Reino de Dios


543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.


545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» Mt 26, 28.


La conversión de los bautizados


1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vid.


¿Qué buscan?

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DISCIPULADO CARISMÁTICO 


RCC - DRVC


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


17 - 23 de Enero 2020


“¿Qué buscan?”


Introducción


Toda nuestra vida es buscar. Porque nunca tenemos lo que estimamos suficiente. Y si lo tuviéramos, buscaríamos cómo arreglarnos para que no llegue a faltarnos. Buscamos fundamentalmente mantener la vida, la salud, las energías. Pero hay más, como personas humanas, no buscamos sólo sobrevivir, sino que tenemos nuestros proyectos de realización personal. El sentido de nuestra vida no es puramente biológico, no se reduce a procurar existir, sino que implica procurar vivir humanamente, con lo mucho que implica nuestra condición humana, que va desde el saber hasta el sentir; pensar en el futuro, y hacer presente el pasado, siempre con la inquietud de hacia dónde nos encaminamos día a día en nuestra existencia; y no solos, sino con la imprescindible compañía de otros...


¿Qué buscamos? ¿Qué buscamos con nuestro trabajo, con nuestro dinero, con nuestras relaciones familiares sociales...etc? ¿Qué buscamos cuando nos ponemos ante Dios? Es imposible que no resuene en nuestros oídos esa pregunta. Si no nos la planteáramos, sería peor, sería como renunciar a nuestra condición humana, y convertirnos en animales inconscientes.

 


1 Sam 3, 3-10.19: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”


En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió:

— «Aquí estoy».

Fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Respondió Elí:

— «No te he llamado; vuelve a acostarte».

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy vengo porque me has llamado». Respondió Elí:

— «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte».

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue adonde estaba Elí y le dijo:

— «Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:

— «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”».

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: — «¡Samuel, Samuel!»

Él respondió:

— «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

 

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de

cumplirse.


Sal 39, 2.4.7-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”


Yo esperaba con ansia al Señor;

él se inclinó y escuchó mi grito;

me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído;

no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: «Aquí estoy».

Como está escrito en mi libro: Para hacer tu voluntad».

Dios mío, lo quiero,

y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea;

no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.


1 Cor 6, 13-15.17-20: “¡Glorifiquen a Dios en sus cuerpos!”


Hermanos:

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo.

Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un espíritu con él.

Huyan de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo? Él habita en ustedes porque lo han recibido de Dios.

 

Ya no se pertenecen a ustedes mismos, porque han sido comprados a un precio muy caro. Por tanto, ¡glorifiquen a Dios en sus cuerpos!


Jn 1, 35-42: “¡Hemos encontrado al Mesías!”


En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:

— «Éste es el Cordero de Dios».

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió hacia ellos y, al ver que lo seguían, les pregunta:

— «¿Qué buscan?»

Ellos le contestaron:

— «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo:

— «Vengan y lo verán».

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:

— «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús mirándolo le dijo:

— «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que traducido significa Pedro)».


NOTA IMPORTANTE


Las lecturas de este Domingo plantean el tema de la vocación. Nuestro término “vocación” viene de la palabra latina vocare, que significa llamar. Así pues, cuando hablamos de vocación, hemos de entender que Dios llama a alguien invitándolo a cumplir una determinada misión en el mundo.


En la primera lectura nos encontramos ante el relato de la vocación del profeta Samuel, a quien Dios reiteradamente llama por su nombre mientras duerme. Samuel había sido entregado por su madre a Elí, para servir a Dios. En un principio el joven acude a Elí, pensando que es el anciano sacerdote quien lo llama, hasta que Elí le recomienda responder: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). Con esta respuesta Samuel responde a Dios, manifestándole estar dispuesto a hacer lo que Él le pida. Es así que «el Señor llamó a Samuel y él respondió: “Aquí estoy”» (1Sam 3, 4).


También el salmo responsorial habla de la respuesta del convocado a la voz y a los designios de Dios: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad» (Sal 39, 89). En este caso se trataría del Mesías, anunciado por Dios en los libros proféticos. Sería la respuesta de Hijo al Padre eterno, cuando le encomienda llevar a cabo sus designios reconciliadores en el mundo. Su respuesta es de una obediencia ejemplar: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas... entonces yo digo: “aquí estoy... para hacer tu voluntad”».


Es al Mesías, el Hijo de Dios hecho Hijo de Mujer (ver Gal 4,4), al que andan buscando dos jóvenes inquietos (Evangelio). Estos jóvenes encarnan la esperanzadel pueblo elegido. En efecto, Israel esperaba al Mesías prometido por Dios, y la expectativa de su pronta llegara había crecido desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». El Bautista, de quien estos dos jóvenes eran discípulos, incluso lo señaló ya presente en la persona de Jesús de Nazaret, que había acudido a él para ser bautizado en el Jordán: «Éste es el Cordero de Dios».


Cordero en arameo se dice talya y se usa tanto para designar a un cordero como también a un siervo o servidor (ver Is 53,7). Con esta designación el Bautista da a entender que Jesús es no sólo el cordero pascual cuyo sacrificio y sangre derramada librará al mundo del peso del pecado y del poder de la muerte (ver Éx 12,1 ss), sino que también es el Siervo de Dios por excelencia, tal como lo presenta Isaías en los “cánticos del siervo” (ver Is 42; 49; 50,4ss; 52,13-53).


Al escuchar a Juan hablar de Jesús de modo sobre, sus dos discípulos se fueron tras Él, siguiéndolo a cierta distancia. En un momento el Señor se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscan?» Ésta es la traducción exacta del griego, cuyo verbo zeteo significa buscar algo con intensidad. El Señor, que conoce los corazones, sabe que lo que mueve a estos dos jóvenes a seguirle es un intenso anhelo de encontrar al Mesías prometido por Dios.


Sorprendidos aquellos jóvenes parecen no responder a la pregunta del Señor y le preguntan a su vez: «¿Donde vives?». Podríamos descubrir en esta pregunta acaso una velada petición para que los lleve a su casa, es decir, para que los acoja en su intimidad, para que les hable de Él, de su doctrina, de su mensaje, de su modo de vida. Aquel «¿donde vives?» no es una manera de evadir la pregunta del Señor ni una mera curiosidad acerca del lugar físico en el que moraba el Señor, sino que equivale más bien a un “muéstranos quien eres, pues queremos conocerte, queremos saber si tú eres Aquel a quien estamos buscando intensamente”.


«Vengan y lo verán», responde el Señor. En otras palabras les dice: “vengan conmigo y les mostraré quién Soy yo”.


El encuentro de aquella tarde debió ser realmente fascinante, muy intenso, pues el impacto que causó en aquellos jóvenes fue tremendo. Por eso luego del encuentro lo primero que hacen es ir corriendo a buscar a Pedro, hermano de uno de ellos, para compartirle su importantísimo descubrimiento: «¡Hemosencontrado al Mesías!» Encontrar a Aquel a quien andaban buscando intensamente, hallar a quien era el motivo de sus esperanzas y expectativas, había llenado sus corazones de un inmenso júbilo que necesitaba difundirse y compartirse inmediatamente, llevando también a otros al encuentro con Aquel que responde a la búsqueda más profunda de todo ser humano, a sus anhelos de salvación y felicidad: «lo llevó a Jesús».


Ese fue el primer encuentro imborrable de Andrés, Juan y Pedro con el Señor.


Si mencionamos a Juan, aunque el evangelista sólo menciona a Andrés y a Pedro, lo más probable es que se trate del mismo evangelista. Son ellos, junto con los demás Apóstoles, quienes escucharán más adelante aquél llamado del Señor, aquel “ven y sígueme” al que también ellos, venciendo sus propios temores y miedos, responderán con un firme y decidido “aquí estoy, Señor; te seguiré a donde vayas; envíame a donde quieras, a anunciar tu Evangelio”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Este episodio en la vida de estos dos jóvenes nos habla de una realidad profunda que cada uno de nosotros puede descubrir también en sí mismo: soy un buscador, estoy en una búsqueda incesante. ¿Qué busco? Más allá de todas las búsquedas superficiales, más allá de buscar alcanzar mis metas, ambiciones o aspiraciones personales, busco algo más profundo, busco a quien me ayude a comprenderme, a comprender el sentido de mi existencia, mi identidad, para que respondiendo a aquello que soy pueda llegar a ser feliz. ¡Sí! ¡Quiero ser feliz! Y es por eso que ando en una continua búsqueda para saber quién soy, cuál es el sentido de mi existencia, cuál mi misión en el mundo, cuál mi destino después de mi muerte, ymi corazón estará inquieto mientras no halle la respuesta que está buscando. Cierto que en la vida diaria nos terminamos distrayendo con muchas otras búsquedas, tan superficiales, aunque en el fondo de todas aquellas búsquedas está aquella que mueve consciente o inconscientemente todas las demás.


Muchos, agobiados por sus sufrimientos, experiencias negativas y frustraciones, no esperan ya nada “de la vida” y han abandonado la búsqueda de Aquel que verdaderamente los hará felices. No creen en Dios ni esperan en Él. Procuran “pasarla bien” y “disfrutar el momento” mientras puedan y como puedan, pero en el fondo no hacen más que vivir una amargura e infelicidad creciente, aparentando por fuera que todo va bien. Son personas como éstas las que luego enseñan a sus hijos —como si fuera una verdad incuestionable— que “la felicidad no existe”. ¡Cuántos jóvenes escuchan de labios de sus propios padres que lo único que encontrarán en la vida es a lo más algún momento fugaz de gozo o placer! Son los que han fracasado en su búsqueda quienes quieren imponer a otros su frustración, matando en ellos toda esperanza de hallar la felicidad en sus vidas. Lamentablemente muchos jóvenes asumen ya esa “verdad” y piensan como aquellos que nunca tuvieron el coraje, la osadía y la fiel perseverancia para seguir al Señor para encontrar en Él esa felicidad que todo ser humano necesita encontrar.


Ante tantos que ya no creen en que el ser humano pueda ser feliz, nosotros sostenemos serenamente que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia católica, 27). Sí, en Dios y en la comunión con Él y en Él con sus seres amados el ser humano encontrará su plena realización y felicidad.


Por otro lado, frente al fracaso de tantos en esa búsqueda esencial nos alienta el ejemplo y el testimonio de aquellos que habiéndose encontrado con Cristo y siguiéndolo de cerca fielmente han encontrado en Él la fuente de la humana felicidad que tanto andaban buscando. ¡Es a quienes han triunfado, y no a quienes han fracasado, a quienes hay que escuchar y creer, cuyo ejemplo hay que seguir! ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en el impactante testimonio y exhortaciónque el gran Papa Juan Pablo II dirigió a todos, especialmente a los jóvenes, en el mismo lecho de muerte: “¡Soy feliz, séanlo también ustedes!”?


También a ti, que eres un buscador, que eres una buscadora, el Señor —que sabe de tu intensa e incesante búsqueda— te dice hoy: «ven y verás». ¿Tendrás tú la audacia de seguirlo? ¿Tendrás tú el valor de acompañarlo y de permanecer con Él, de seguirlo a donde Él te lleve? Abandonar el seguimiento de Cristo es abandonar la búsqueda de la verdadera felicidad para pasar a llenar esos anhelos de Infinito con sucedáneos que nos frustran cada vez más, con placeres que sólo engañan de momento, con vanidades que camuflan nuestros vacíos, con adrenalinas o drogas que reclaman dosis cada vez más altas. ¡Tengamos el coraje y el valor de buscar saciar los anhelos más profundos de nuestro humano corazón allí donde pocos se atreven! ¡Sigamos con firmeza y confianza al “Cordero de Dios”! ¡Pidámosle, al calor de la oración perseverante, que nos lleve a su casa, a la intimidad de su Corazón!


Que cada día sea para nosotros una ocasión para renovarnos en esa búsqueda intensa, con la plena certeza y confianza de que Él sale al encuentro y se deja hallar por aquellos que lo buscan con sincero corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Mas Jesucristo no les da señales de su casa, ni les designa lugar alguno, sino que únicamente los atrae para que le sigan, manifestándoles que ya los ha aceptado. Y no dijo: ahora no es tiempo, mañana sabréis si algo queréis aprender; sino que los trata como amigos familiares, como si hubiesen vivido con Él largo tiempo. ¿Y cómo es que San Mateo y San Lucas dicen: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Mt 8,20), y Éste dice: Venid y ved dónde vivo? Cuando dijo que no tenía dónde reclinar su cabeza dio a entender que no tenía casa propia y no que carecía de domicilio. Sigue, pues: “Ellos fueron, vieron en dónde moraba, y se quedaron con Él aquel día”. No añade el Evangelista con qué fin se quedaron, porque desde luego se comprende que fue para oír su doctrina».

San Juan Crisóstomo


«Escuchando estas palabras [del Bautista], los dos discípulos que estaban con Juan siguieron a Jesús. “Y Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó:

 

‘¿Qué buscáis?’ Ellos le contestaron: ‘Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?’” Y todavía no le siguieron de manera definitiva; sabemos que le siguieron cuando les llamó para que dejaran sus barcas..., cuando les dijo: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). Es a partir de este momento que le siguieron y ya no lo dejaron nunca más. De momento querían ver dónde vivía Jesús, y poner en práctica esta palabra de la Escritura: “Si ves un hombre prudente, madruga a seguirle, que gaste tu pie el umbral de su puerta. Medita en los preceptos del Señor, aplícate sin cesar a sus mandamientos” (Sir 6,36). Jesús, pues, les enseño donde vivía; vinieron y se quedaron con él. ¡Qué día más dichoso pasaron! ¡Qué noche más feliz! ¿Quién nos dirá lo que escucharon de la boca del Señor? También nosotros podemos construir una mansión en nuestro corazón, construyamos una casa en la que Cristo pueda venir a enseñarnos y conversar con nosotros».

San Agustín


EL CATECISMO


Hemos encontrado al Mesías


436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.


437: El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio Él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20)para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16).


438: La consagración mesiánica de Jesús manifiesta sumisión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción». Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que Él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).


Nota Final Quedarse con Jesús


Jesús sigue preguntándonos, ¿qué buscáis? Y sigue ofreciéndose como respuesta: venid y veréis. Porque somos llamados a seguirle. Esa es nuestra vocación de cristianos. Lo que da sentido a nuestro vivir. Para ello escuchamos, meditamos la Palabra de Dios. Dejamos que nos interrogue. Percibimos en ella que alguien nos llama, a conocerle mejor, pasar tiempo con él, a seguirle. ¿Es para nosotros una satisfacción responder positivamente a su invitación? En definitiva, ¿la convivencia, el sentir con Jesús es nuestro objetivo existencial, que da sentido a otros proyectos, a otros objetivos? Venid y veréis; fueron, vieron, ... y se quedaron con Jesús.


,Gloria a Dios!


El Bautismo del Señor

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DISCIPULADO CARISMÁTICO 


RCC - DRVC


Semana de Reflexion del 10 al 16 de Enero 2021


El Bautismo del Señor


Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)


Introducción

Con esta fiesta concluimos el tiempo de Navidad. El bautismo del Señor, o «teofanía del Jordán», es un misterio importante de nuestra fe, pues funda el sacramento del bautismo cristiano. Esta fiesta es una bella oportunidad para reflexionar sobre el significado de nuestro propio bautismo y renovar los compromisos que en él hemos adquirido, así como dar gracias a Dios por el gran regalo de hacernos hijos suyos. Esta oportunidad se renueva cada vez que meditamos este misterio en el rezo del rosario .


Is 42,1-4.6-7: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo”

 

Así dice el Señor:

«Miren a mi siervo, a quien sostengo;

mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu,

para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará,

no voceará por las calles.

La caña resquebrajada no la quebrará,

ni apagará la mecha que apenas arde. Promoverá fielmente el derecho,

y no se debilitará ni se cansará,

hasta implantarlo en la tierra,

los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.

Yo, el Señor, te he llamado según mi plan salvador, te he cogido de la mano,

te he formado, y te he hecho

mediador de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,

y del calabozo a los que habitan las tinieblas».


Sal 28, 1a. 2. 3ac-4. 3b y 9b-10 R. “El Señor bendice a su pueblo con la paz.”


Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. R/.

Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.

Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre. R/.

El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades. R/.

NOTA: En este ciclo B el calendario litúrgico indica otro salmo que puede utilizarse también: Sal: Is 12, 2-6.

 

Hech 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

—«Ahora comprendo que Dios no hace distinciones; acepta al que lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Ustedes saben lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, comenzando por Galilea. Me refie¬ro a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».


Mc 1,7-11: “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.”


En aquel tiempo, proclamaba Juan:

—«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.

Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo».

Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.

Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como

una paloma. Se oyó una voz del cielo:

—«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».


NOTA IMPORTANTE


¿Por qué se hizo bautizar el Señor?


Juan invitaba a un bautismo, distinto de las habituales abluciones religiosas destinadas a la purificación de las impurezas contraídas de diversas maneras. Su bautismo era un bautismo «de conversión para perdón de los pecados» (Mc 1,4). Debía marcar un fin y un nuevo inicio, el cambio de conductas pecaminosas en conductas virtuosas, el abandono de una vida alejada de los mandamientos divinos para asumir una vida justa, es decir, santa, conforme a las enseñanzas divinas. Su bautismo implicaba una confesión de los propios pecados y un propósito decidido de dar «frutos dignos de conversión» ver Mt 3,6-8


El simbolismo del ritual hablaba de una realidad: el penitente era sumergido completamente en el agua del Jordán (el término bautismo viene del griego baptizein y significa “sumergir”, “introducir dentro del agua” significando un sepultar a la persona que en cierto sentido ha muerto por la renuncia a la vida pasada de pecado, para resurgir luego del agua como una persona distinta, purificada. De este modo se simbolizaba su nacimiento para una vida nueva.


Con el bautismo que Juan realizaba se hacía realidad ya cercana lo que anunciaban las antiguas promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparad el camino del Señor! ¡Allanadle los caminos!”» (Is 40,3). Juan reconocía que su bautismo daría paso a uno infinitamente superior, el Bautismo del Señor Jesús: «Yo os bautizo en agua para conversión... Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Un día estaba Juan bautizando en el Jordán cuando se llegó a él el Señor para pedirle que lo bautice. Pero, ¿necesitaba Jesús el bautismo de Juan?

 

¿Necesitaba renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Por ello Juan se resiste a bautizarlo (ver Mt 3,14). El Señor Jesús es el Cordero inmaculado, en Él no hay mancha de pecado alguno, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, Él no necesita morir a una realidad de pecado —inexistente en Él— para comenzar una vida nueva. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y reclama ser él quien necesita ser bautizado por el Señor Jesús. Aún así, el Señor se acerca a Juan como uno de los tantos pecadores para pedir ser bautizado y ante la negativa de Juan insiste: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (ver Mt 3,15).


«No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Joseph Ratzinger – S.S. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).


El Señor no necesita ciertamente del bautismo de Juan, sin embargo, obedeciendo a los designios amorosos de su Padre, se hace solidario con los pecadores.

«Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento... Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores... El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado”— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (ver Mc 10,38; Lc 12,50)» (allí mismo).


Éste, pues, es el sentido profundo del bautismo que recibe de Juan: «Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Una obra que cumplió sobre la cruz cuando recibió también su “bautismo”». Es entonces cuando «muriendo se sumergió en el amor del Padre y difundió el Espíritu Santo para que los que creen en Él renacieran de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna. Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarse en el Espíritu Santo para librarnos de la esclavitud de la muerte y “abrirnos el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena» (S.S. Benedicto XVI).


La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias. El Bautismo no es un mero “acto social”. Un día yo fui bautizado y mi bautismo marcó verdaderamente un antes y un después: por el don del agua y el Espíritu fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a la vida nueva, a la vida de Cristo, a la vida de la gracia. Por el Bautismo llegué a ser “una nueva criatura” (2Cor 5,16), fui verdaderamente “revestido de Cristo” (Gál 3,27). En efecto, la Iglesia enseña que «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565). Pero si mi Bautismo me ha transformado radicalmente, ¿por qué sigo experimentando en mí una inclinación al mal? ¿Por qué la incoherencia entre lo que creo y lo que vivo? ¿Por qué tantas veces termino haciendo el mal que no quería y dejo de hacer el bien que me había propuesto? (ver Rom 7,15) ¿Por qué me cuesta tanto vivir como Cristo me enseña? Enseña asimismo la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).


Dios ha permitido, pues, que luego de mi bautismo permanezcan en mí la inclinación al mal, la debilidad que me hace frágil ante las tentaciones, la inercia o dificultad para hacer el bien, con el objeto de que sean un continuo estímulo y aguijón que me lancen cada día al combate decidido por la santidad, buscando siempre en Él la fuerza necesaria para vencer el mal con el bien. Es así que Dios, luego de recibir el Bautismo, la vida nueva en Cristo, llama a todo bautizado al duro combate espiritual. ¡Nos llama a ti y a mí al combate espiritual! El combate espiritual tiene como objetivo final nuestra propia santificación, es decir, asemejarnos lo más posible al Señor Jesús, alcanzar su misma estatura humana, llegar a pensar, amar y actuar como Él. Sabemos que esa transformación, que es esencialmente interior, es obra del Espíritu en nosotros.


Es Dios mismo quien por su Espíritu nos renueva interiormente, nos transforma y conforma con su Hijo, el Señor Jesús. Sin embargo, Dios ha querido que desde nuestra fragilidad y pequeñez cooperemos activamente en la obra de nuestra propia santificación. Decía San Agustín: “quien te ha creado sin tu consentimiento, no quiere salvarte sin tu consentimiento”. Y este consentimiento implica la cooperación decidida en “despojarnos” del hombre viejo y sus obras para “revestirnos” al mismo tiempo del hombre nuevo, de Cristo (ver Ef 4,22 y siguientes). Esto no es sencillo, por eso hablamos de combate, de lucha interior. Para vencer en este combate lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra insuficiencia: sin Él NADA podemos (ver Jn 15,5). 


No podemos dejar de rezar, no podemos dejar de pedirle a Dios las fuerzas y la gracia necesaria para vencer el mal, nuestros vicios y pecados, para rechazar con firmeza toda tentación que aparezca en nuestro horizonte, para poder perseverar en el bien y en el ejercicio de las virtudes que nos enseña el Señor Jesús. Junto con la incesante oración hemos de proponer medios concretos para ir venciendo los propios vicios o malos hábitos que descubro en mí, para ir cambiándolos por modos de pensar/sentir/actuar que correspondan a las enseñanzas del Señor. Por ejemplo, si suelo ser impaciente con tal persona, respondiéndole mal siempre, procuraré hacer un esfuerzo especial por ser paciente cuando me diga algo y no responderle de mala gana. Si suelo responder mal a quien me trata mal u ofende, no le responderé mal, perdonaré interiormente su actitud, guardaré la serenidad. Si suelo mentir, buscaré estar atento a las ocasiones en las que miento, y diré la verdad si la otra persona debe saberla. De lo contrario, es mejor permanecer callado. 


Si soy tentado de actos de impureza, no me pondré en ocasión y huiré de inmediato de toda tentación. Si no rezo o voy a Misa porque la flojera me vence, me propondré crearme el hábito de la oración buscando rezar todos los días en horas fijas, cumplir con ir a Misa los Domingos por más flojera que sienta. Si alguien me hizo daño y guardo hacia esa persona pensamientos de rencor, de odio y deseos de venganza, pediré al Señor que me conceda un corazón como el suyo, capaz de perdonar el daño que me han hecho, y rezaré por esa persona como nos enseña Cristo desde la cruz: “Padre, perdónalo porque no sabe lo que hace.” Y así puedes proponerte en la vida cotidiana ir “despojándote del hombre viejo” para “revestirte del Hombre nuevo”. El Señor a todos nos pide perseverar en ese combate (ver Mt 24, 13), con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre levantarnos de nuestras caídas, pedirle perdón con humildad si caemos y volver decididos a la batalla cuantas veces sea necesario. No olvidemos que “el santo no es el que nunca ha caído, sino el que siempre se levanta”.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias. El Bautismo no es un mero “acto social”. Un día yo fui bautizado y mi bautismo marcó verdaderamente un antes y un después: por el don del agua y el Espíritu fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a la vida nueva, a la vida de Cristo, a la vida de la gracia. Por el Bautismo llegué a ser “una nueva criatura” (2Cor 5,16), fui verdaderamente “revestido de Cristo” (Gál 3,27). En efecto, la Iglesia enseña que «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565).


Pero si mi Bautismo me ha transformado radicalmente, ¿por qué sigo experimentando en mí una inclinación al mal? ¿Por qué la incoherencia entre lo que creo y lo que vivo? ¿Por qué tantas veces termino haciendo el mal que no quería y dejo de hacer el bien que me había propuesto? (ver Rom 7,15) ¿Por qué me cuesta tanto vivir como Cristo me enseña? Enseña asimismo la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).


Dios ha permitido, pues, que luego de mi bautismo permanezcan en mí la inclinación al mal, la debilidad que me hace frágil ante las tentaciones, la inercia o dificultad para hacer el bien, con el objeto de que sean un continuo estímulo y aguijón que me lancen cada día al combate decididopor la santidad, buscando siempre en Él la fuerza necesaria para vencer el mal con el bien. Es así que Dios, luego de recibir el Bautismo, la vida nueva en Cristo, llama a todo bautizado al duro combate espiritual. ¡Nos llama a ti y a mí al combate espiritual!


El combate espiritual tiene como objetivo final nuestra propia santificación, es decir, asemejarnos lo más posible al Señor Jesús, alcanzar su misma estatura humana, llegar a pensar, amar y actuar como Él. Sabemos que esa transformación, que es esencialmente interior, es obra del Espíritu en nosotros. Es Dios mismo quien por su Espíritu nos renueva interiormente, nos transforma y conforma con su Hijo, el Señor Jesús. Sin embargo, Dios ha querido que desde nuestra fragilidad y pequeñez cooperemos activamente en la obra de nuestra propia santificación. Decía San Agustín: “quien te ha creado sin tu consentimiento, no quiere salvarte sin tu consentimiento”. Y este consentimiento implica la cooperación decidida en “despojarnos” del hombre viejo y sus obras para “revestirnos” al mismo tiempo del hombre nuevo, de Cristo (ver Ef 4,22 y siguientes). Esto no es sencillo, por eso hablamos de combate, de lucha interior.


Para vencer en este combate lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra insuficiencia: sin Él NADA podemos (ver Jn 15,5). No podemos dejar de rezar, no podemos dejar de pedirle a Dios las fuerzas y la gracia necesaria para vencer el mal, nuestros vicios y pecados, para rechazar con firmeza toda tentación que aparezca en nuestro horizonte, para poder perseverar en el bien y en el ejercicio de las virtudes que nos enseña el Señor Jesús.


Junto con la incesante oración hemos de proponer medios concretos para ir venciendo los propios vicios o malos hábitos que descubro en mí, para ir cambiándolos por modos de pensar/sentir/actuar que correspondan a las enseñanzas del Señor. Por ejemplo, si suelo ser impaciente con tal persona, respondiéndole mal siempre, procuraré hacer un esfuerzo especial por ser paciente cuando me diga algo y no responderle de mala gana. Si suelo responder mal a quien me trata mal u ofende, no le responderé mal, perdonaré interiormente su actitud, guardaré la serenidad. Si suelo mentir, buscaré estar atento a las ocasiones en las que miento, y diré la verdad si la otra persona debe saberla. De lo contrario, es mejor permanecer callado. Si soy tentado de actos de impureza, no me pondré en ocasión y huiré de inmediato de toda tentación. Si no rezo o voy a Misa porque la flojera me vence, me propondré crearme el hábito de la oración buscando rezar todos los días en horas fijas, cumplir con ir a Misa los Domingos por más flojera que sienta. Si alguien me hizo daño y guardo hacia esa persona pensamientos de rencor, de odio y deseos de venganza, pediré al Señor que me conceda un corazón como el suyo, capaz de perdonar el daño que me han hecho, y rezaré por esa persona como nos enseña Cristo desde la cruz: “Padre, perdónalo porque no sabe lo que hace.” Y así puedes proponerte en la vida cotidiana ir “despojándote del hombre viejo” para “revestirte del Hombre nuevo”.


El Señor a todos nos pide perseverar en ese combate (ver Mt 24, 13), con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre levantarnos de nuestras caídas, pedirle perdón con humildad si caemos y volver decididos a la batalla cuantas veces sea necesario. No olvidemos que “el santo no es el que nunca ha caído, sino el que siempre se levanta”.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vistas a obtener el perdón, no a darlo».

San Pedro Crisólogo


«Me dirijo a vosotros, recién nacidos por el bautismo, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, complacencia del Padre, fecundidad de la Madre, germen puro, grupo recién agregado, motivo el más preciado de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor. Os hablo con palabras del Apóstol: Revestíos de Jesucristo, el Señor, y no os entreguéis a satisfacer las pasiones de esta vida mortal, para que os revistáis de la vida que habéis revestido en el sacramento. Todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo».

San Agustín


«El bautismo tiene una doble finalidad: la destrucción del cuerpo de pecado, para que no fructifiquemos ya más para la muerte, y la vida en el Espíritu, que tiene por fruto la santificación; por esto el agua, al recibir nuestro cuerpo como en un sepulcro, suscita la imagen de la muerte; el Espíritu, en cambio, nos infunde una fuerza vital y renueva nuestras almas, pasándolas de la muerte del pecado a la vida original. Esto es lo que significa renacer del agua y del Espíritu, ya que en el agua se realiza nuestra muerte y el Espíritu opera nuestra vida».

San Basilio Magno


NUESTRO CATECISMO


El bautismo de Jesús


536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.


1224: Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (ver Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).


1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.


El Bautismo cristiano


1267: El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto... somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Cor 12,13).


1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.

 

1270: Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.


NUEVO AŇO 2021, VIDA NUEVA

Cuando Jesús se sumerge en las aguas del Jordán, es toda la humanidad, el viejo Adán, quien queda sepultado en esas aguas; y cuando sale de las aguas y recibe la unción del Espíritu acompañada de la voz del Padre, es toda la humanidad la que renace a la vida divina en el Espíritu y recupera la amistad perdida.

         

,Gloria a Dios!                 



Venimos de Oriente para adorar al Rey

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee enero Ee 2021 a las 10:45 Comments comentarios (0)

EPIFANÍA DEL SEÑOR


03 - 09 de Enero 2021


“Venimos de Oriente para adorar al Rey”


Is 60,1-6: «La gloria del Señor amanece sobre ti»

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.

Levanta la vista en torno, mira: todos se han reunido, vienen hacia ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Al ver esto, te pondrás radiante de alegría; palpitará y se emocionará tu corazón, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos.

Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.


Sal 71,1-2.7-8.10-13: «Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra»

Dios mío, confía tu juicio al rey, justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan.

Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.


Ef 3,2-3.5-6: «Ahora ha sido revelado que también los paganos son coherederos»

Hermanos:

Seguramente han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor de ustedes.

Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus apóstoles y profetas: que también los otros pueblos

comparten la misma herencia, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por medio del Evangelio.


Mt 2,12,1--12:12: ««Vieron al niVieron al niñño con Maro con Maríía su madre y, posa su madre y, postrtráándose, lendose, le adoraronadoraron»»

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

— «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

— «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

— «Vayan y averigüen cuidadosamente acerca del niño y, cuando lo encuentren, avísenme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo sido advertidos en sueños, para que no volvieran adonde estaba Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.


NOTA IMPORTANTE


Epifanía se traduce literalmente por “manifestación”. En el griego profano epifaneia y los términos afines significaban, en su sentido religioso, la aparición inesperada, pero bienhechora, de una divinidad que traía consigo la salud para el pueblo. Los cristianos lo aplicaron a la manifestación o “aparición teofánica” de Dios y su presentación ante el mundo como un rey-salvador. El modo de esta manifestación fue por la encarnación y nacimiento del Verbo divino. En Cristo, Dios se ha manifestado al mundo entero, por Él ha traído la reconciliación y salvación a todos los seres humanos.


Las lecturas de este Domingo nos muestran que desde el Oriente hasta el Occidente (Sal 49,1-2) resplandece una gran luz que anuncia el nacimiento de un Rey: «de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel» (Num 24,17). Esta luz brilla sobre Israel, pero su resplandor alcanza al orbe entero (1ª. lectura: Is 60,1-6). Su brillo es un silencioso pero potente pregón que anuncia la salvación que Dios traerá no sólo a su pueblo elegido, sino también a todos los pueblos de la tierra. En efecto, esta salvación, esta luz que manifiesta la gloria de Dios y disipa la oscuridad que cubre la tierra como espesa nube, tiene un carácter universal, se abre a todos los pueblos, a todas las culturas y a todas las naciones del mundo. Nadie quedará excluido de esta salvación.


Isaías anuncia con júbilo que el brillo de esta estrella reunirá a los hijos de Israel, atraerá a muchos, las naciones caminarán a su luz y los reyes al resplandor de su alborada. Son atraídos por esta luz a la presencia de aquel cuyo nacimiento anuncia: «las riquezas de las naciones vendrán a ti». Junto con estas riquezas y regalos, oro e incienso, traen sus alabanzas a Dios.


El antiguo y sugestivo oráculo de Isaías encuentra su realización en la estrella que brilló sobre Belén (Evangelio), anunciando el nacimiento del Rey-Salvador, del Reconciliador del mundo. Al ver aquel signo luminoso en el cielo, dice el evangelista, unos “Magos” de Oriente se pusieron en marcha cargados de regalos para ofrecerlos a este Rey. Obedece a la profecía de Isaías el hecho de que la tradición considere que los magos venidos de Oriente eran tres reyes.


Por “magos” no hay que pensar en hombres que se dedican a la magia o a la prestidigitación. “Mago” era el nombre dado por los orientales a los hombres sabios de su tiempo, físicos, astrólogos, maestros, sacerdotes o también videntes. Un pequeño grupo de estos sabios orientales reconoce en la aparición de una gran estrella en el cielo el signo del nacimiento «del rey de los judíos». Pero entienden ellos que no se trata de un rey cualquiera, pues en el antiguo Oriente la estrella era el signo que anunciaba el nacimiento de un rey divinizado. De allí se entiende que decidan acudir de tan lejos “para adorarlo”.


Los Magos representan a los pueblos de toda la tierra que, a la luz de la Navidad del Señor, avanzan por el camino que lleva a Jesús y constituyen, en cierto sentido, los primeros destinatarios de la salvación inaugurada por el nacimiento del Salvador y llevada a plenitud en el misterio pascual de su muerte y resurrección.


Al llegar a Belén, los Magos adoran al divino Niño y le ofrecen dones simbólicos, convirtiéndose en precursores de los pueblos y de las naciones que, a lo largo de los siglos, no cesan de buscar y encontrar a Cristo para adorarlo también ellos.


Será por medio de los apóstoles que la reconciliación y salvación anunciada por el brillo de aquella singular estrella y traída por el Niño Jesús sea llevada hasta los confines de la tierra. Porque así le fue revelado, San Pablo comprende esta gran novedad: que también los gentiles, es decir, todos aquellos que no participan de la Alianza primera sellada por Dios con Abraham, son «coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Creemos firmemente con la fe de la Iglesia que Santa María, por ser la madre de Cristo-Cabeza, lo es también de cada uno de los miembros de Su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Por tanto, María en el orden espiritual es madre de todos los que por la fe se acercan a Cristo, es Madre nuestra.


Esta maternidad espiritual, cuyo principio se remonta al momento de la concepción virginal, fue hecha explícita por Cristo mismo al pronunciar su testamento espiritual desde la Cruz, en el momento en que refiriéndose a Juan dijo a su Madre: “Mujer, he allí a tu hijo”. Y a Juan: “he allí a tu madre” (ver Jn 19,25-27). La Iglesia ha afirmado siempre que las palabras de Cristo trascienden a la persona misma de Juan, y que en él estábamos representados todos los discípulos.


Esta maternidad espiritual la ejerce ya María cuando presenta a Cristo a unos humildes pastores, quienes avisados por un ángel se acercan con prontitud al portal a adorar al Niño que ha nacido. Posteriormente la ejerce también con la llegada de unos misteriosos personajes que atraídos por una singular estrella vienen desde muy lejos a adorar al Rey de Israel que ha nacido. Con la sorpresiva aparición de estos sabios de Oriente la reflexiva María, considerando todo a la luz de los designios divinos, comprende que su maternidad espiritual no se limita a los hijos e hijas de Israel, sino que se abre a todos los hombres y mujeres que con fe se acercan a su Hijo, así como a toda la humanidad se abre el Don de la Salvación que el Hijo de Dios ha venido a traer al mundo: es universal.


Hoy como ayer, María sigue ejerciendo activamente su maternidad espiritual sobre todos los que nos acercamos a su Hijo con fe. Madre que da a luz al Niño-Dios, Ella nos lo presenta y hace cercano también a nosotros, procurando por su intercesión y cuidado maternal que en nosotros la vida divina que hemos recibido el día de nuestro Bautismo crezca y se fortalezca cada vez más, hasta que también nosotros, cooperando activamente con el don y la gracia recibidas, alcancemos “la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13; ver Gál 2,20).


Por ello acudamos confiadamente a nuestra Madre. Miremos sin cesar el brillo de esta Estrella y poniéndonos en marcha cada día dejémonos guiar por Ella al encuentro pleno con su Hijo, el Señor Jesús, para adorarlo también nosotros y entregarle toda nuestra vida y corazón.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hoy los magos encuentran llorando en la cuna al que buscaban resplandeciente en las estrellas. Hoy los magos contemplan claramente entre pañales al que larga y resignadamente buscaban en los astros, en la oscuridad de las señales. Hoy los magos revuelven en su mente con profundo estupor lo que allí han visto: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, Dios en el hombre, y a aquel a quien no puede contener el universo encerrado en un pequeño cuerpecillo. Y, al verlo, lo aceptan sin discusión, como lo demuestran sus dones simbólicos: el incienso, con el que profesan su divinidad; el oro, expresión de la fe en su realeza; la mirra, como signo de su condición mortal. Así los gentiles, que eran los últimos, llegan a ser los primeros, ya que la fe de los magos inaugura la creencia de toda la gentilidad». San Pedro Crisólogo


«Levantémonos, siguiendo el ejemplo de los magos. Dejemos que el mundo se desconcierte; nosotros corramos hacia donde está el Niño. Que los reyes y los pueblos, que los crueles tiranos se esfuercen en barrarnos el camino, poco importa. No dejemos que se enfríe nuestro ardor. Venzamos todos los males que nos acechan. Si los magos no hubiesen visto al Niño no habrían podido escaparse de las amenazas del rey Herodes. Antes de poder contemplarlo, llenos de gozo, tuvieron que vencer el miedo, los peligros, las turbaciones. Después de adorar al Niño, la calma y la seguridad colmaron sus almas». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO


528: La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná, la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos «magos» venidos de Oriente. En estos «magos», representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para «rendir homenaje al rey de los judíos» (Mt 2,2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David, al que será el rey de las naciones. Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento. La Epifanía manifiesta que «la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas» y adquiere la «israelitica dignitas» (la dignidad israelítica).


1171: El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al Misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía) que conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.


NOTA DE NUEVO AŇO 2021


Si te encuentras entre nosotros,eso significa que estas llenos de nuevas oportunidades……Aprovechalas y dale gracias a Dios


!GLORIA A DIOS!

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee diciembre Ee 2020 a las 16:10 Comments comentarios (0)

DOMINGO IV DE ADVIENTO


20 - 26 de Diciembre, 2020


“Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”


2Sam 7, 1-5.8-11.16: “El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor”

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán:

— «Mira, yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras el arca del Señor está en una tienda de campaña».

— «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo».

Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

— «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?

Yo te saqué del redil, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.

Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo. Tu dinastía y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”».


Sal 88, 2-5.27.29: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».

«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: “Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades”».

Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora». Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.

Rom 16, 25-27: “Se ha manifestado el misterio, mantenido en secreto durante siglos”

Hermanos:

Al Dios que puede fortalecerlos según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe.

¡A Dios, el único sabio, sea la gloria para siempre por medio de Jesucristo! Amén.


Lc 1, 26-38: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”

En aquel tiempo, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El Ángel, entrando en su presencia, dijo:

— «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El Ángel le dijo:

— «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la descendencia de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al Ángel:

— «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El Ángel le contestó:

— «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

— «Aquí está la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el Ángel.


NOTA IMPORTANTE


La primera palabra de saludo del mensajero divino a María, “jaire” en griego, es una invitación a la alegría mesiánica. Su contenido podríamos expresarlo de este modo: ¡Alégrate sobremanera, alégrate con un gozo incontenible, desbordante, porque Dios viene a visitar a su pueblo y por ti quiere dar cumplimiento a su promesa de enviar al Mesías esperado a su pueblo, el Salvador!


En este saludo resuena fuerte el eco de la invitación hecha por los antiguos profetas: «alégrate y exulta de todo corazón» (Sof 3,14; ver también Zac 9,9-10), «grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti» (Zac 2,14). “Jaire” es, pues, un saludo que va abriendo el horizonte del misterio que va a tener lugar: ha llegado la plenitud de los tiempos (ver Gál 4,4) y Dios, para reconciliar y elevar a la humanidad caída, quiere hacerse Hijo de Mujer.


Aquel saludo anuncia la definitiva realización de las promesas hechas no sólo a Israel sino también a la humanidad entera. Allí está la promesa del descendiente de la misteriosa Mujer que traería consigo la victoria definitiva sobre la serpiente antigua (ver Gén 3,15), así como también la promesa del Emmanuel, Dios-con-nosotros, que habría de nacer de una virgen (ver Is 7,14; Mt 1,23).


La causa de la alegría exultante que la joven virgen de Nazaret está llamada a experimentar se debe, pues, al cumplimiento de las promesas divinas, a la ya próxima presencia salvadora y reconciliadora de Dios en medio de su pueblo, presencia que tomará de sus entrañas virginales un rostro concreto, plenamente humano: Jesucristo, el Reconciliador de la humanidad.


Pero esta alegría procede también de la singular comunión vivida con quien es en sí mismo Comunión de Amor. Y es que por su “sí” generoso, una respuesta libre al amor que Dios le manifiesta, el Verbo eterno del Padre se encarna en sus entrañas purísimas por obra del Espíritu Santo, sin intervención alguna de varón. María entra en una comunión intensa con las tres Personas de la Trinidad, y ésa es la fuente última de la alegría cristiana. Cristiana, decimos, porque por Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres, Santa María se inserta plenamente en la alegría que Dios vive en sí mismo, y es que «en el mismo Dios, todo es alegría, porque todo es un Don» (S.S. Pablo VI, Gaudete in Domino, 76).


Así pues, si hay alguien que mejor que nadie comprendió lo que significa esta presencia reconciliadora de Dios en el mundo, y si hay alguien en quien no cabe mayor gozo posible por esa cercanía de Dios, esa es la Mujer bendita que fue pensada, amada y elegida por Dios desde todos los siglos para ser la Madre del Emmanuel, Dios-con-nosotros.


La alegría inefable que la Virgen experimenta en el momento de la Anunciación-Encarnación de su Hijo, y que estalla en presencia de Isabel haciéndose intenso cántico de alabanza y gratitud a Dios, procede de la presencia real de Dios en sus entrañas maternales y de la comunión total con Aquél de quien Ella, como una nueva arca de la Alianza, se ha convertido en singular portadora.


El nombre que ha de ponerle a su Hijo ha de ser Jesús, según le comunica el mismo Arcángel. Este nombre es expresión de su identidad divina y de su misión como Salvador y Reconciliador del mundo. En efecto, Jesús quiere decir “Dios salva” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 432), «porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).


Al finalizar el diálogo con el Arcángel Gabriel, María se califica a sí misma como la doule Kyriou, la esclava del Señor, como se ha traducido comúnmente del griego. Sin embargo, el término doule admite otra traducción: sierva. Por el contexto y la situación particular de esta joven virgen, hija predilecta de Israel, y según el excelente estudio hecho por el P. Sabugal en su libro La Iglesia, Sierva de Dios, la traducción “sierva del Señor” parece ser más apropiada. Y es que el término “esclava” se aplica a una mujer no libre, sin voluntad propia, incluso sin dignidad, lo mismo que se puede decir de una cosa. En efecto, en el contexto del medio-oriente antiguo, donde Israel surgió y se desarrolló, el esclavo era considerado no más que un perro despreciable, indigno de ser considerado humano y por lo mismo, sin el más mínimo derecho a un trato humano. Era “algo”, era como una pieza más del ganado, y con él su señor podía hacer lo que caprichosamente se le antojaba, incluso disponer de su vida sin la más mínima consideración. La relación del esclavo para con su señor estaba marcada, como es de comprender, por el temor y servilismo. Una realidad tal repugna a nuestra mentalidad hodierna, en la que tanto se ha logrado en el reconocimiento de los derechos humanos de cada persona.


¿Es así como se consideraba María a sí misma en su relación con Dios? ¿Renunció María a su voluntad o hizo más bien un recto uso de ella, poniéndola libremente y movida por el amor al servicio del Plan divino? ¿Al pronunciar su “sí”, estaba María renunciando a su libertad o la estaba ejercitando plenamente para responder a la invitación que Dios le hacía? Y Dios, ¿la estaba obligando, mandando a hacer algo que no quería, o estaba pidiendo su libre consentimiento?


Por otro lado, en el Antiguo Testamento era «frecuente la designación de Israel como libre “siervo de Dios”, siendo asimismo los israelitas designados reiteradamente como libres “siervos suyos”» (Santos Sabugal), pues habían sido liberados reiteradamente de las esclavizantes servidumbres para pasar, por libre decisión y opción, al libre servicio de Dios y de su Plan. Ser siervo de Dios implicaba, por tanto, un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado, servicio que dependía de un continuo ejercicio de la propia libertad. Un servicio semejante «no es esclavizante sino liberador y libre».


El de siervos, no el de esclavos, sería asimismo el título que los cristianos asumieron desde el inicio. En efecto, una vez reconocida la divinidad de Jesús, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Rom 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6), así como los israelitas por siglos se habían calificado de siervos de Dios.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Faltando ya pocos días para la gran celebración de la Navidad, este cuarto Domingo de Adviento el Evangelio nos recuerda que el nacimiento de Cristo estuvo precedido por el “sí” libre y generoso de una Mujer. Ante el anuncio del Arcángel resuena fuerte y decidida la respuesta de aquella joven virgen, en cuyo corazón ardía intensísima la llama del amor a Dios: “¡Sí! ¡Hágase! (Lc 1,3) ¡Lo que más quiero es que tu Plan, Dios mío, se realice plenamente en mi vida! ¡Lo que tú me propones lo acojo libremente, renunciando a mis propios planes, a mis propias seguridades! Dios mío, te amo con todo mi ser, te he entregado la vida que Tú mismo me has regalado, soy tu sierva, quiero cooperar decididamente con tus designios reconciliadores porque sé que de lejos es lo mejor, para que al fin se realice en el mundo aquello que la creación entera aguardaba expectante: tu venida, la redención prometida a tu pueblo, el triunfo sobre el mal y la muerte, la llegada de tu Reino. ¡Aquí me tienes! Y aunque tenga que sufrir la incomprensión o el rechazo, aunque no sepa cómo será mi vida en adelante, aunque una espada tenga que atravesar mi propio corazón, yo confío plenamente en Ti: ¡Hágase en mí según tu palabra!”


Esta semana queremos acercarnos al Corazón de Aquella Mujer valiente que pronunció su “sí” a Dios, un “sí” fuerte, audaz, generoso, ejemplar, fecundo, consistente, fiel. En este itinerario espiritual queremos acompañar con ternura y amor de hijos a la Virgen Madre que se halla ya próxima al parto. Y mientras crece el júbilo por la celebración del nacimiento de su Hijo, el Salvador del mundo, crece también en nosotros la necesidad de expresarle desde lo más profundo de nuestros corazones una inmensa gratitud: ¡Gracias María! ¡Gracias por tu “hágase” fecundo, radical, tan pleno de amor a Dios y a todos los hombres, tan desprendido de todo egoísmo! ¡Gracias porque por tu “sí” Dios se ha acercado a nosotros de un modo inaudito! ¡Gracias por tu generosa cooperación con Dios y con sus designios reconciliadores! ¡Gracias, Madre y Virgen tierna, por traernos al Reconciliador!


Al mismo tiempo, al acercarnos a ti Madre, al contemplarte, queremos que seas el modelo y ejemplo que inspire nuestro propio proceder. De ti queremos aprender a decirle siempre “sí” al Señor, tanto en las circunstancias más sencillas y ordinarias de la vida cotidiana, como también en las circunstancias más exigentes, adversas o dolorosas, o en aquellas en las que Dios me pueda pedir incluso abandonar mis propios planes y proyectos para abrazar los suyos.


De ti, Madre tierna y Mujer fuerte, queremos aprender a jamás permitir que nuestros temores e inseguridades, nuestros apegos a propios planes o visión de las cosas, o incluso a nuestros vicios y pecados, sean más grandes que nuestro amor a Dios y nuestro deseo de cumplir su Plan.

De ti queremos aprender a decirle al Señor cada día y en cada momento de nuestra vida: “¡Hágase en mí según tu palabra!"

María, Sierva del Señor por excelencia, de ti queremos aprender a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2,5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ved la humildad de la Virgen, ved su devoción. Prosigue, pues: “Y dijo María: He aquí la sierva del Señor”. Se llama sierva la que es elegida como Madre, y no se enorgullece con una promesa tan inesperada. Porque la que había de dar a luz al manso y al humilde, debió ella misma manifestarse humilde. Llamándose también a sí misma sierva, no se apropió la prerrogativa de una gracia tan especial, porque hacía lo que se le mandaba. Por ello sigue: “Hágase en mí según tu palabra”. Tienes el obsequio, ves el voto. “He aquí la sierva del Señor”, es su disposición a cumplir con su oficio. “Hágase en mí según tu palabra”, es el deseo que concibe». San Ambrosio


«Por un misterio profundo, a causa de su concepción santa y su parto inefable, la misma Virgen fue Sierva del Señor y Madre, según la verdad de las dos naturalezas». San Gregorio


«El Verbo de Dios tomó la descendencia de Abraham, como dice el Apóstol; por eso debía ser semejante en todo a sus hermanos, asumiendo un cuerpo semejante al nuestro. Por eso María está verdaderamente presente en este misterio, porque de ella el Verbo asumió como propio aquel cuerpo que ofreció por nosotros. La Escri¬tura recuerda este nacimiento, diciendo: Lo envolvió en pañales; alaba los pechos que amamantaron al Señor y habla también del sacrificio ofrecido por el nacimiento de este primogénito. Gabriel había ya predicho esta con¬cepción con palabras muy precisas; no dijo en efecto: “Lo que nacerá en ti”, como si se tratara de algo extrín¬seco, sino de ti, para indicar que el fruto de esta concep¬ción procedía de María». San Atanasio


NUESTRO CATECISMO

Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…


484: La anunciación a María inaugura la plenitud de «los tiempos» (Gál 4,4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a Aquel en quien habitará «corporalmente la plenitud de la divinidad» (Col 2,9). La respuesta divina a su «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34) se dio mediante el poder del Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1,35).


485: La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, Él que es «el Señor que da la vida», haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.


486: El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María, es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista, a los discípulos. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará «cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hech 10,3).


…nació de santa María Virgen


487: Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.


488: «Dios envió a su Hijo» (Gál 4,4), pero para «formarle un cuerpo» quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56).


489: A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser la Madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras mujeres. María «sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación».


«Hágase en mí según tu palabra»


494: Al anuncio de que ella dará a luz al «Hijo del Altísimo» sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo. María respondió por «la obediencia de la fe» (Rom 1,5), segura de que «nada hay imposible para Dios»: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,37-3). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención: Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar: «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María».


!GLORIA A DIOS!!!


Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee diciembre Ee 2020 a las 19:00 Comments comentarios (0)

DOMINGO II DE ADVIENTO


Semana del 06 - 12 de Diciembre 2020


“¡Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos!"


Is 40, 1-5.9-11: “Preparen un camino al Señor”

«Consuelen, consuelen a mi pueblo, —dice su Dios— háblenle al corazón de Jerusalén, grítenle que se ha cumplido su condena, y que está perdonada su culpa, pues de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados».

Una voz grita: «En el desierto prepárenle un camino al Señor; tracen en la llanura una senda para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos —ha hablado la boca del Señor—».

Súbete a un monte elevado, tú que llevas buenas noticias a Sión; alza fuerte la voz, alegre mensajero de Jerusalén; álzala, no temas; di a las ciudades de Judá: «Aquí está el Dios de ustedes. El Señor Dios llega con

poder, y su brazo le asegura el dominio; viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, toma en sus brazos a los corderos y hace recostar a las madres».


Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


2Pe 3, 8-14: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”

Queridos hermanos:

No pierdan de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos serán destruidos por el fuego y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todas las cosas se van a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser la vida de ustedes, mientras esperan y apresuran la venida del día de Dios!

Ese día en que se desintegrarán los cielos consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del

Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.


Mc 1, 1-8: “Allanen los senderos del Señor”

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el profeta Isaías:

«Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Apareció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

— «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo».


NOTA IMPORTANTE


La Iglesia propone este segundo Domingo de Adviento el inicio del Evangelio según San Marcos: «Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Con este brevísimo enunciado, el evangelista nos introduce en un compendio de la persona, enseñanzas y obras realizadas por el Señor Jesús.


En primer lugar, Evangelio procede de una palabra griega que literalmente traducida significa buena nueva o mejor aún, excelente noticia, a saber, que «Dios ha visitado (y rescatado) a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; (y) lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su “Hijo amado”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 422).


Jesús en hebreo quiere decir «Dios salva» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). En el caso particular del Hijo de Santa María este nombre expresa adecuadamente su identidad y su misión: Él verdaderamente es Dios que ha venido a rescatar a su pueblo, tomando de una Mujer la naturaleza humana. Jesús es en el pleno sentido de la palabra «Dios-con-nosotros» (Is 7,14; Mt 1,23), y únicamente Él, de modo admirable e insospechado, ha realizado las promesas de salvación hechas desde antiguo a Israel y a la humanidad entera (ver Gén 3,15). La misión que Él llevó a término fue la de rescatar definitivamente a toda criatura humana del pecado y de la muerte.


Este Jesús es el «Cristo», «Mesías» en hebreo, y que traducido quiere decir «Ungido» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 727). Y si bien no consta que fuese ungido con óleo sagrado, sí consta que fue ungido con el mismo Espíritu Santo, que en forma de paloma descendió visiblemente sobre Él al ser bautizado por Juan en el Jordán (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 504). Así se cumplía lo del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» Lc 4,18. Ver Is 61,1 y Mt 12,18.


Asimismo, como sello de su origen divino, San Marcos atribuye a Jesucristo el título de Hijo de Dios. Con ello expresa que por su presencia humano-divina el Señor Jesús ha instaurado ya el Reino de Dios en la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha traído a todos el perdón de los pecados y ha abierto a todos las puertas de la vida eterna, prometida a los que en Él esperan.


Así, pues, «comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», y comienza —según el Evangelio de San Marcos— con el anuncio del Precursor, quien invita a todos a allanar el camino para la llegada de este Rey-Mesías. La voz de Juan Bautista es la voz potente del heraldo que anuncia a Israel: «Aquí está vuestro Dios... el Señor llega con poder» (1ª. lectura), viene para rescatar y reunir a las ovejas dispersas de su rebaño.


La imagen del precursor o heraldo usada por Isaías tenía indudablemente una honda resonancia para sus contemporáneos, pues evocaba la costumbre existente en el poderoso imperio babilónico de preparar el camino cuando el rey retornaba victorioso de una campaña militar. La procesión marchaba triunfal hasta llegar a la ciudad y en ella se iniciaban las jubilosas y fastuosas celebraciones. Isaías echa mano de esta realidad humana para anunciar la futura victoria de Dios: Israel, que por aquel entonces sufría el destierro babilónico a causa de su infidelidad a Dios y su Alianza, vería nuevamente la luz y la salvación. Isaías es enviado por Dios a consolar a su pueblo y a anunciarle el retorno a la tierra prometida. La gran celebración de este triunfo se daría en Jerusalén y estaría precedida por un retorno glorioso, por una marcha triunfal hasta la ciudad. Entonces un pregonero iría por delante, exhortando a todos a allanar los caminos para el paso triunfal del Señor. Ya cerca de Jerusalén, tal heraldo anunciaría la buena noticia a todos sus habitantes: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor vuestro Dios llega con poder, y su brazo manda».


El anuncio hecho por Isaías se complementa con el Salmo 84. En la primera parte de este salmo (Salmo responsorial), describe la situación de los primeros exiliados que han vuelto a su patria: el pueblo ha sido perdonado, la cautividad en Babilonia ha quedado atrás, el consuelo ha llegado para Jerusalén. Sin embargo, aún no se ven cumplidas todas las realidades anunciadas por los antiguos profetas. Si bien es cierto que Dios ha perdonado la culpa de su pueblo, la restauración aún no se ha realizado completamente. Por eso el salmista, testigo de esta salvación que se ha dado, pero que no ha llegado aún a su expresión más gloriosa, insiste en su oración: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Responde el Señor anunciando que la salvación está ya cerca, y que cuando llegue, la gloria habitará en nuestra tierra.


Todo lo dicho hasta aquí nos hace comprender mejor el contexto en el que la Iglesia se sitúa en el tiempo de Adviento: es Dios quien, en marcha triunfal, se acerca a su pueblo; por delante su heraldo y pregonero, anuncia con potente voz a toda Judea y Jerusalén la proximidad del Rey-Mesías. Él exhorta a todos a hacer transitables los caminos, pues detrás de él viene Aquel en quien todas las antiguas promesas hallan su cumplimiento, Aquel «que es más que yo». Lo que Juan anuncia se realizará a la vista de todos: su proclamación es el anuncio de una nueva realidad mesiánica que se inicia y que con incomparable vigor se proyecta hacia un nuevo futuro.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Él nos invita también con potente y penetrante voz: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!”


Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia, y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. También hoy Él nos dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).


¡Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor, impidiéndole acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra morada interior! Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en Él y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo “a una prudente distancia”.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta y acciones pecaminosas, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien, el sendero que conduce a la Vida.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “abajar los montes y colinas”, quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “rellenar los valles y abismos”, quien con sistemático trabajo se empeña en adquirir las virtudes que apresuran la venida del Señor a su corazón.


Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirte de un habla reverente, que busca la edificación de los demás! ¡Despójate de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirte de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien te ha ofendido! ¡Despójate de la mentira y revístete de la verdad! ¡Despójate del robo, del fraude, de la usura, del soborno, del mal uso del dinero para corromper a otros y revístete de honradez! ¡Despójate de las borracheras, del consumo de drogas o del vicio del cigarrillo y revístete de sobriedad y autodominio! ¡Despójate de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral —ya sea de mirada, de pensamiento o física— que hacen de la persona un mero objeto de placer y revístete de virtudes de pureza, de autodominio y castidad! ¡Despójate del vicio “de las maquinitas” y revístete de un buen uso de tu tiempo y dinero!


Quien ama de verdad no soporta esperar, quisiera “ya” la presencia del amado. ¿Quieres que el Señor venga a ti, no mañana, sino hoy y cada día? Si amas al Señor con todo tu corazón, “abaja los montes y colinas”, quita todo obstáculo, limpia tu corazón de todo pecado, vicio o mal hábito que impide que Él venga y permanezca en ti. Al mismo tiempo, “rellena los vales y abismos”, revístete de Cristo y de sus virtudes, esfuérzate en pensar, amar y vivir como Él.

No olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si no acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor mismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él hará fecundos todos tus esfuerzos, si acudes incesantemente a Él y si luchas con paciencia y terca perseverancia. Así pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Por esto se dice “en el desierto”. Manifiestamente significa en la profecía que la doctrina divina no ha de predicarse en Jerusalén, sino en el desierto. Juan Bautista lo cumplía a la letra anunciando en el desierto del Jordán la saludable aparición del Verbo de Dios. Enseña también el pasaje profético que, además del desierto que mostró Moisés, en donde abría sus senderos, había otro desierto, en el cual se halla la salvación de Cristo». San Juan Crisóstomo


«Qué clamaría, pues, se anuncia cuando dice: “Preparad el camino del Señor, haced rectos sus senderos”. Pues todo el que predica la recta fe y las buenas obras, ¿qué otra cosa prepara sino el camino del Señor, que va a los corazones de sus oyentes, para penetrarlos verdaderamente con la fuerza de su gracia e ilustrarlos con la luz de la verdad? Hace rectos los senderos, formando por la palabra de la predicación pensamientos puros en el alma». San Beda


«“Preparad el camino del Señor”, esto es, haced penitencia y predicad. “Haced rectos sus senderos”, para que, andando solemnemente el camino real, amemos a nuestros prójimos como a nosotros, y a nosotros mismos como a nuestros prójimos. Pues el que se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino por la derecha, porque muchos obran bien y no corrigen bien, como fue Heli. Y aquel que ama al prójimo pero tiene aversión de sí mismo, se sale del camino hacia la izquierda, pues muchos corrigen bien, pero no obran bien, como fueron los escribas y fariseos. Mas los senderos siguen después del camino, porque los mandatos morales se explanan después de la penitencia». San Jerónimo


EL CATECISMO


Los preparativos para la primera venida del Cristo


522: La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Heb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3,29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida. Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).


535: (…) Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él.(…)


!GLORIA A DIOS!


Estén despiertos y vigilantes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee noviembre Ee 2020 a las 15:30 Comments comentarios (0)

DOMINGO I DE ADVIENTO


29 de Noviembre al 5 de Diciembre 2020


“Estén despiertos y vigilantes”


Is 63, 16-17.19; 64, 2-7: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”

Tú, Señor, eres nuestro padre, desde siempre te invocamos como «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué permites que nos desviemos de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te respetemos? Cambia de actitud, por amor a tus siervos y a las tribus que te pertenecen.

¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia y se acuerda de tus caminos.

Estabas enojado, porque habíamos pecado: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era como paño inmundo. Todos nos marchitábamos como si fuéramos hojas: nuestras culpas nos arrastraban como el viento.

Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor; tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.


Sal 79, 2-3.15-19: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre.


I Cor 1, 3-9: “Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”

Hermanos:

A ustedes gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

En mi acción de gracias a Dios los tengo siempre presentes, por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús. Pues por medio de Él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber.

El testimonio sobre Cristo se ha confirmado en ustedes, hasta el punto de que no les falta ningún don a los que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro.


Mc 13, 33-37: “Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara. Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos.

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!»


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús, haciendo uso de una brevísima parábola, exhorta a sus discípulos a mantenerse «despiertos y vigilantes».

Velar, literalmente, significa no dormir, mantenerse despiertos, luchar contra el sueño y el adormecimiento que sobreviene al hombre cuando se hace entrada la noche y está cansado. Vigilar significa estar constantemente atento, tener todos los sentidos despiertos para no dejarse sorprender por un peligro, por un enemigo que se acerca, por un ladrón que quiera asaltar la casa, etc.


Mantenerse despierto y estar vigilante son actitudes fundamentales en las que se debe ejercitar el discípulo de Cristo ante su retorno glorioso al final de los tiempos. Espera y no se cansa de esperar aquel que cree en Él y confía en sus promesas: Él prometió volver, aunque no precisó cuando.


La exhortación a la vigilancia continua obedece justamente a la incertidumbre de aquella hora en que el Señor vendrá al final de los tiempos (ver 2ª. lectura): «pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento».


El Señor en la parábola se compara a sí mismo con el dueño de la casa que «se fue de viaje», dejando «a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara». El dueño de la casa «es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la Resurrección, dejó corporalmente la Iglesia» (San Beda). El tiempo de su ausencia es el tiempo presente, el tiempo que la humanidad vive actualmente.


El momento de su retorno permanecerá desconocido para todos: «no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». El desconocimiento del día y de la hora de su venida, así como la advertencia de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Cristo a permanecer siempre en espera, a estar preparado ahora y en todo momento.


Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que asume las responsabilidades a él encomendadas por su señor, que no descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tarda en llegar y que “habrá tiempo” para prepararse más adelante. Quien no se encuentra preparado en todo momento se parece a aquel que se queda dormido: será sorprendido por la llegada de su Señor. De este modo él mismo se pone en situación de ser despedido, lo que en términos de la parábola significa autoexcluirse por toda la eternidad de la Presencia del Señor.


El creyente, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra (ver 1ª. lectura), anhela, espera y se prepara para la segunda venida de su Señor. Quien vendrá al final de los tiempos es el Emmanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Hijo de la Virgen cuyo nombre es Jesús, Dios que salva (Ver Mt 1,21). Dios, que ya ha venido a nosotros haciéndose hijo de Mujer, volverá glorioso al fin de los tiempos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo. Ayuda ciertamente la preparación exterior: adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos navideños y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor.


Es importante recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco es solamente una ocasión para reunirse en familia. ¡Navidad es Jesús! Y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, pues, que la preocupación por comprar regalos, por preparar la cena familiar, por la cercanía de la fiesta de fin de año, la invasión de comerciales, la tristeza por la ausencia de algún o algunos miembros queridos, etc., nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias, de nuestras sociedades todavía cristianas.


Pero no bastan los símbolos externos y adornos, el armado del Nacimiento o el canto de los villancicos para prepararnos para la celebración jubilosa de la Navidad. El sentido del Adviento es llevarnos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el hoy de cada día así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada vez que alguien anuncia el año del fin del mundo. Nada tiene que ver con coincidencia de números en el calendario, o supuestas fechas indicadas en calendarios mayas. Nunca debemos prestar oídos a quienes aseguran saber la fecha del fin del mundo.


Por otro lado, lo más probable es que el día de su última venida «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida» (San Agustín). Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que de lo que se trata es de conquistar la vida eterna.


Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, “aprovechando” mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se les avecina.


Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique “para siempre” sino “mientras dure el amor”, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.


¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?


Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.


En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza para vivir de esa esperanza, siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia, así como también para saber dar razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior». San Máximo de Turín


«Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia». San Gregorio Magno


«No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido». San Agustín


NUESTRO CATECISMO


Adviento, actualización de la espera del Mesías


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.


¡Estad en vela, vigilantes!

2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


NOTA REFLEXIVA Y PROGRESIVA


La verdadera sabiduria y Valentia viene de Dios

Nota como vives,détente has una pause y enfrentate a tu realidad.

Despues has lo que lo tienes hacer antes que se termine tu turno ……Nunca se olvide tu meta es ir al cielo .


!GLORIA A DIOS!!!



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