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Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee noviembre Ee 2020 a las 10:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SEMANA DEL 15 - 21 DE NOVIEMBRE 2020


XXXIII Domingo del tiempo ordinario


Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)


“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”


Introducción


El Señor nos ha creado, capacitado y quiere que seamos y actuemos como personas adultas, activas, confiables, responsables. La pasividad culpable, la parálisis ante los riesgos, la fatiga del emprender y gestionar, el miedo al fracaso, inutilizan y destruyen no solo los resultados de nuestra acción, sino también a los demás y a mí mismo y obstaculizan el desarrollo del Reino de Dios.

Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades.


Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Su marido se fía de ella, pues no le faltan riquezas.

Le trae ganancias, no pérdidas, todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público.


Sal 127, 1-2. 3. 4-5 R/. Dichoso el que teme al Señor.

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. R/.

Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sion, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida. R/.


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14--3030

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.


Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».


NOTA IMPORTATE BIBLICA


Este “penúltimo” domingo del año litúrgico nos mete de lleno en la esfera religiosa escatológica; nos instruye y nos motiva a pensar en las últimas cosas de la vida, esas sobre las que no queremos hablar casi nunca, porque nos parece que no forman parte de nosotros mismos; como si fueran de otro mundo. Sin embargo, la liturgia nos recuerda que son del nuestro, de nuestra intimidad más profunda a la que debemos asomarnos con fe y esperanza. Existen las últimas cosas, que llegan cuando nuestra vida, aquí, ya se ha agotado. Por ello, nos permitimos una reflexión de más alcance sobre el concepto bíblico de “parusía” que impregna el sentido de las lecturas de este día:


1) La palabra griega que sustenta este concepto no es directamente bíblica, sino que está tomada del helenismo donde significaba la «visita» o la «presencia» del rey en una ciudad. Si un rey o un gran mandatario visitaba una ciudad, se hacían grandes obras para el momento, se preparaban fiestas con alabanzas y sacrificios en los templos; a esto se le llamaba «parusía». E incluso viene a simbolizar una nueva era para la ciudad o para la provincia o territorio. De ahí la tomaron los cristianos, sin duda, ya que aparece muy poco en el AT (cuatro veces en la Biblia griega de los LXX). Su sentido técnico es manifiesto, pero mucho más su sentido religioso. De esa manera se aplicó a la venida de Cristo, a su vuelta al final de los tiempos, para llevar a cabo el triunfo sobre este mundo y manifestar la grandeza y el poderío del reinado de Dios. Esta vuelta, tal como creían los primeros cristianos, no estaba lejos (así en 1Tes 2,19; 3,13; 4,15; 5,23; 2Tes 2,9; 1Cor 15,23). Sin embargo, un cambio de actitud se va imponiendo poco a poco hasta ir desapareciendo paulatinamente de la visión escatológica y de las ideas del cristianismo. En los evangelios, ni el mismo Hijo del hombre conoce la fecha (Mc 13,32; Mt 24,36); y en la 2Tes se intenta justificar el retraso de la parusía por algo que escapa a los cristianos. En realidad era una forma de curar cierta fiebre apocalíptica ante dificultades y persecuciones. Ello fue beneficioso para valorar mucho más la transformación que el Reino de Dios debía tener en la historia actual, según el mensaje del mismo Jesús.


2) Sin embargo, hay que decir que el cristianismo no bebe exclusivamente en el helenismo su visión de lo que conocemos técnicamente como «parusía», sino que en el fondo es más fuerte un concepto bíblico de carácter profético que se conoce como el «día de Yahvé», el «día del Señor» y así lo usa también San Pablo 1Tes 4,18. Eso supone que los cristianos han reinterpretado un antiguo concepto bíblico de carácter escatológico y apocalíptico.


3) ¿Qué es el día del Señor? Como en casi todas las culturas religiosas, el día del Señor tiene dos aspectos: uno positivo, de salvación, de liberación, de triunfo de Dios sobre el mal y sobre los enemigos; por otra, desde la perspectiva de la predicación profética monoteísta, es el día del juicio, por ejemplo, contra todo orgullo humano (Is 2,6-22). Numerosos textos proféticos y apocalípticos apoyarían este doble sentido (cf Am 5,18-20; Jl 4,12ss; Sof 1,7-14 de donde se toman la expresión «dies irae, dies illa»; Ez 7,7-27).

 

4) ¿Qué sentido, pues, tiene la parusía? Reinterpretando todo lo que el AT y el NT nos sugieren, debemos tratar de entender que el día del Señor, el día de la parusía, no es un tiempo cronológico de un momento, o una fecha del calendario. Es una nueva situación que hay que aceptar por la fe y la esperanza en Dios. Es un concepto de excelencia en el que la salvación de Dios anunciada por los profetas y manifestada en la vida de Jesucristo es una realidad sin vuelta atrás. Por eso no es cuestión de ajustar el día de la parusía, o el día del Señor, o el día de la salvación, a un momento, a una hora, a un día, a un año. Se trata de reconocer la acción de Dios por los hombres. E incluso podemos afirmar que, desde la fe cristiana, supone reconocer la acción por la que Dios transformará la historia. De ahí que debamos entender y aceptar que la parusía ha comenzado en la Resurrección de Jesús y no terminará hasta que todos los hombres que existen y existirán serán resucitados como Jesús (así lo ve ya Pablo en 1Tes 4,13 y en 1Cor 15). Y eso será el signo definitivo, el día por excelencia, en el que la historia, es decir, la creación de Dios habrá llegado a su plenitud.


Iª Lectura: Proverbios (31,10…31): La sabiduría de las grandes decisiones


I.1.El ejemplo del libro de los Proverbios (31, 10...31) nos presenta precisamente a una mujer, la “mujer fuerte”, hija, hermana o madre en la que se puede confiar. Como la Biblia no es antifeminista, aunque su cultura esté impregnada por una mentalidad patriarcal, sí acierta en ver a la mujer como más abierta a lo escatológico, a lo espiritual, al amor por los pobres. Por eso, esta lectura, justamente, propone desde dónde se deben afrontar las últimas cosas de la vida. No conviene, de ninguna manera, hacer una lectura “contracultural”. La mujer no está reducida al hogar, a la casa, a los hijos… Lo importante en esta lectura es la gran capacidad de “decisión”.


I.2.La mujer judía, encargada de mantener el fuego en el hogar, y de encender las luces del shabat, experimentó desde muy pronto lo que significó su llamado al Reino. Ella encarnaba en Israel la sofía de Dios y, por lo tanto, debe enseñarla, iniciar a sus hijos en su camino. En el hebreo bíblico espíritu (ruah) y sabiduría, (hokma), son términos femeninos. Sofía, como una niña que danza ante Dios, (Prov 8,22ss), es el rostro humano del pensamiento divino y por lo tanto es a la madre a quien corresponde la iniciación de sus hijos en la prudencia. Israel valoró a la mujer como a una perla, desde su escondimiento e invisibilidad, pero también la apreció como profetisa, guerrera y reina. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, sus autores no callaron totalmente nombres como el de Myriam, Débora, Judith, Ester, Ana... Ellas y muchas otras mujeres encarnaron el ideal de Israel, quien llegó a identificarse como nación con la "amada" del Cantar. La amada de Yahvé a quien profetas y sabios dieron nombres y destinos femeninos, al reprender en sus desvíos la respuesta del pueblo a un amor de Alianza. Israel fue la elegida, la virgen, la esposa, la ramera... Oseas, Jeremías y Ezequiel vituperaron las infidelidades de Israel con nombres femeninos.


I.3.La mujer es más religiosa que el hombre; siempre lo ha sido. Y el elogio de la mujer en el capítulo último de los Proverbios es toda una analogía (y subrayo “analogía) para que demos importancia a lo que no queremos darle, como si eso fuera cosa de mujeres. Las cosas que merecen la pena, y especialmente las cosas de Dios, deben tener en nosotros la gran oportunidad que “la mujer”, la madre, la hija, la hermana, da a los suyos. Y todos, varones o mujeres, tenemos que tomar grandes decisiones. En realidad aquí se habla de la mujer como si se tratara de la “sabiduría”. Esa sabiduría bíblica, que es una sabiduría práctica, es la que se propone aquí en la imagen de la mujer.


II Lectura: Tesalonicenses (5,1-6): Esperar en la luz, sin miedo


II.1. La segunda lectura, en continuación con la del domingo pasado, nos muestra al Pablo primitivo al que la comunidad de Tesalónica le plantea grandes cuestiones y, concretamente, en lo que se refiere a la venida del Señor. Los primeros cristianos estuvieron obsesionados con ello. Esta es la segunda instrucción del apóstol sobre dicho acontecimiento. Para su enseñanza se vale del lenguaje profético veterotestamentario, de la literatura apocalíptica (mucho de ello lo encontramos en los textos de Qumrán): vendrá como cuando una mujer da a luz, que casi siempre es un momento inoportuno, entre la luz y las tinieblas, entre el velar y el dormir.


II.2. Pero el objetivo de Pablo es liberar la tensión que pesa sobre el momento y la hora de la venida e incidir en la actitud que hay que tener, como lo más importante: ese debe ser un instante de luz porque es evento de salvación, para lo cual se debe estar preparado. Por eso, el falso problema de cuándo, con su angustia e incerteza, se cambia por el cómo: desde la luz, desde la praxis del amor, la justicia, la solidaridad y el perdón. Así viviremos con Cristo.


Evangelio: Mateo (25,14-30): No «enterrar» el futuro


III.1. El evangelio de Mateo (25,14-30) nos muestra, tal como lo ha entendido el evangelista, una parábola de "parusía" sobre la venida del Señor. Es la continuación inmediata del evangelio que se leía el domingo pasado y debemos entenderlo en el mismo contexto sobre las cosas que forman parte de la escatología cristiana. La parábola es un tanto conflictiva en los personajes y en la reacciones. Los dos primeros están contentos porque “han ganado”; el último, que es el que debe interesar (por eso de las narraciones de tres), ¿qué ha hecho? :“enterrar”.


III.2.Los hombres que han recibido los talentos deben prepararse para esa venida. Dos los han invertido y han recibido recompensa, pero el tercero los ha cegado y la reacción del señor es casi sanguinaria. El siervo último había recibido menos que los otros y obró así por miedo, según su propia justificación. ¿Cómo entendieron estas palabras los oyentes de Jesús? ¿Pensaron en los dirigentes judíos, en los saduceos, en los fariseos que no respondieron al proyecto que Dios les había confiado? ¿Qué sentido tiene esta parábola hoy para nosotros? Es claro que el señor de esta parábola no quiere que lo entierren, ni a él, ni lo que ha dado a los siervos. El siervo que “entierra” los talentos, pues, es el que interesa.


III.3. Parece que la recompensa divina, tal como la Iglesia primitiva pudo entender esta parábola, es injusta: al que tiene se le dará, y al que tiene poco se le quitará. Pero se le quitará si no ha dado de sí lo que tiene. Y es que no vale pensar que en el planteamiento de la salvación, que es el fondo de la cuestión, se tiene más o menos; se es rico o pobre; sino que la respuesta a la gracia es algo personal que no permite excusas. La diferencia de talentos no es una diferencia de oportunidades. Cada uno, desde lo que es, debe esperar la salvación como la mujer fuerte de los Proverbios que se ha leído en primer lugar. Tampoco el señor de la parábola es una imagen de Dios, ni de Cristo, porque Dios no es así con sus hijos y Cristo es el salvador de todos. Es una parábola, pues, sobre la espera y la esperanza de nuestra propia salvación. No basta asegurarse que Dios nos va a salvar; o aunque fuera suficiente: ¿es que no tiene sentido estar comprometido con ese proyecto? La salvación llega de verdad si la esperamos y si estamos abiertos a ella.


LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Estas palabras del tercer criado de la parábola reflejan bien la actitud de muchos cristianos ante Dios y su responsabilidad en el Reino de Dios a favor de la humanidad. Para ellos, el Señor es un amo exigente y arbitrario, que exige agobiantemente y sin medida, y nos hace sentir esclavos uncidos a un yugo insoportable de mandatos y culpabilidad.


Sin embargo, según la Biblia, Dios no quiere esclavos, sino colaboradores libres y responsables que se comprometen con el plan de promoción y salvación de lo humano, con su ser y su hacer, porque, en definitiva, no se trata de un capricho suyo, sino del propio beneficio de la humanidad.


Ya desde la imagen de Adán en el Génesis (Gen 1,26.28; 2,15), este aparece como persona que cuida la tierra, su tierra. Y esto corresponde a la realidad y vocación más profunda del ser humano: se hace, haciendo –porque no nace “hecho”-. Se reconoce, tiene conciencia de su identidad, haciendo, a través de su actividad consciente y efectiva. Se encuentra pleno, útil, realizado, haciendo. Y en su hacer, “da de sí”, es decir: se descubre más grande que sus propios límites o miedos, y “se da”, porque al hacer, se entrega a sí mismo en beneficio de los demás.


Ser llamado, pues, a la colaboración con Dios en la obra de la creación y la salvación es un privilegio para el ser humano: encuentra en ello, su dignidad (colaborador de Dios), su contribución al bien de las personas y de la creación, su vocación y puesto en la vida.


Quien no vive así, en laboriosidad consciente, filial y fraterna, es, como dice la segunda lectura, un “ser durmiente”, una vida vegetativa.


Los talentos son nuestras cualidades, habilidades, experiencias… pero sobre todo, nuestra propia persona como creyentes. Por lo cual, incluso en las circunstancias de enfermedad o disminución, cuando parece que ya no podemos aportar nada práctico, nuestra manera de ser en fe, esperanza y amor, es una contribución esencial y necesaria.


Esta colaboración responsable e ilusionante, a pesar de las dificultades, no conoce el fracaso. Puede ser que no consigamos resultados visibles, pero sí frutos. El resultado es exterior al trabajador y depende mucho de las circunstancias sobre las que no tiene ningún control. El fruto, nace de dentro, tiene una eficacia misteriosa y transforma, en primer lugar, al que se ha entregado personalmente, a través de su labor, su ingenio y su tiempo. Lo ha hecho más persona y más hermano; más imagen e un Dios “que está siempre obrando” (Jn 5, 17) en favor nuestro.


E!sta llamada se dirige a todos y no solo a los que tienen grandes responsabilidades. Es en lo gris de lo cotidiano, donde hay que invertir los talentos. Incluso cuando Dios parezca estar, como el señor de la parábola, tan lejos, que nos ha dejado solos e indefensos en nuestros riesgos. Por ejemplo, en la primera lectura se nos habla de un modelo de mujer que emplea sus talentos. No se puede quedar en referente de la esposa y madre. Abarca a toda actividad realizada por mujeres (y también por varones): el rasgo más importante es que “sabe hacer hogar”, con los de dentro y los de fuera. Igualmente, el salmo nos habla de un modelo masculino (que sirve también para las mujeres), de un hombre que ha sabido hacer familia, hogar y ciudad. Necesitamos de hombres y mujeres así: contemplativos “los que “temen” a Dios”, que en la acción cotidiana van trasformando nuestro mundo en hogar con Dios en el centro, como Dios mismo lo hace, y gracias a Dios, que nos da recursos, horizontes y ganas para hacerlo.


!GLORIA A DIOS!

Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee noviembre Ee 2020 a las 21:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO CARISMATICO DRVC


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO


08 - 14 de Noviembre 2020


“Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”


 

 

Sab 6, 13-17: “Encuentran la sabiduría los que la buscan”

 

La sabiduría es radiante y no se marchita, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean.

 

Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta.

 

Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado para otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.


 

Sal 63, 2-3.5-7: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”

 

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, sedienta, sin agua.

 

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

 

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré de manjares exquisitos,

y mis labios te alabarán jubilosos.

 

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo.


 

1Tes 4, 12-18: “A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él”

 

Hermanos, no queremos que ustedes ignoren la suerte de los difuntos para que no se aflijan como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él.

 

Les decimos esto basados en la palabra del Señor. Los que quedemos vivos hasta la venida del Señor no tendremos ventaja sobre los que han muerto. Pues Él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

 

Consuélense, pues, mutuamente con estas palabras.


 

Mt 25, 1-13: “Que llega el esposo, salgan a recibirlo”.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

 

— «Se parecerá el Reino de los Cielos a diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al novio. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes.

 

Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes llevaron consigo frascos de aceite con las lámparas.

 

El novio tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: “¡Ya viene el novio, salgan a recibirlo!”.

 

Entonces se despertaron todas aquellas muchachas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”.

 

Pero las prudentes contestaron: “No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras, mejor es que vayan a la tienda y lo compren”.

 

Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y sé cerró la puerta.

 

Más tarde llegaron también las otras muchachas, diciendo: “Señor, Señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

 

Por tanto, estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


 

NOTA IMPORTANTE


 

La parábola de las cinco vírgenes necias y de las cinco vírgenes sabias está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico”, que abarca los capítulos 24 y 25. La palabra griega ésjatos significa “lo último”. La escatología es el tratado de “las cosas últimas”, es decir, lo que viene después de la muerte, el fin último del hombre y de la historia de la humanidad, tal y como la conocemos en el tiempo presente. En estos capítulos el Señor Jesús instruye a sus discípulos sobre estas “realidades últimas”.


 

Para ubicarnos en el contexto, hagamos un breve resumen de dicho discurso. En el capítulo 24 Mateo describe aquella ocasión en la que, al salir del Templo de Jerusalén, los discípulos le comentan extasiados sobre la majestuosidad y belleza del edificio. El sólido e imponente Templo parecía indestructible. El Señor Jesús aprovecha la ocasión para hacer un sorpresivo y dramático anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (v. 2).


 

El anuncio probablemente causó un impacto tremendo en los discípulos. ¿Cómo era posible que de la Casa de Dios no quedara piedra sobre piedra? De momento quedarían atónitos y sólo más tarde, estando el Señor Jesús enseñando en el Monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (v. 3).


 

Es entonces que el Señor habla de los últimos tiempos: los discípulos serán sometidos a la confusión, se desatará una terrible persecución cuando llegue aquél día; algunos signos cósmicos impactantes precederán la inminente venida del “Hijo del hombre”. Con su venida gloriosa al final de los tiempos, también conocida como la parusía del Señor, terminará la historia humana tal y como la conocemos actualmente, se dará la resurrección de los muertos y el juicio universal.


 

Sobre el cuándo sucederá todo esto el Señor no da fecha alguna y, más allá de hablar de los signos previos al final, se limita a pronunciar algunas parábolas cuya lección fundamental es una misma: lo que debe preocupar al discípulo no es el momento preciso, sino el estar preparado en todo momento, siempre en vela, ya que nadie sabe ni el día ni la hora.

 

El discípulo debe permanecer vigilante tal y como vigila un hombre para que el ladrón no robe su casa, debe velar como vela en el cumplimiento de sus deberes un administrador fiel en ausencia de su señor (24, 45ss), o como vela una virgen que se provee de suficiente aceite para su lámpara en caso tarde en llegar el esposo a recoger a la esposa, o como vela un siervo hacendoso que multiplica los talentos que le han sido confiados por su señor mientras este se ausenta.


 

Todos estos son relatos que insisten en la necesidad de la “vigilancia” en la que debe permanecer el cristiano, en espera de la parusía.


 

En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús, para elaborar su parábola, echa mano de una escena de la vida cotidiana: la boda judía. «Entre los judíos, el matrimonio legal se realizaba, después de algunas gestiones preparatorias, mediante dos procedimientos sucesivos, que eran los desposorios y las nupcias. Los desposorios no eran, como hoy entre nosotros, la simple promesa de matrimonio futuro, sino el perfecto contrato legal de matrimonio, o sea el verdadero matrimonium ratum. Por lo tanto, la mujer desposada era esposa ya, podía recibir el acta de divorcio de su desposado-marido, a la muerte de éste pasaba a ser viuda en regla, y en caso de infidelidad era castigada como verdadera adúltera conforme a las normas del Deuteronomio (22, 23-24). Esta situación jurídica es definida con exactitud por Filón cuando afirma que entre los judíos, contemporáneos de él y de Jesús, el desposorio valía tanto como el matrimonio. Cumplido este desposorio-matrimonio, los dos desposados-cónyuges permanecían algún tiempo todavía con sus respectivas familias. Semejante tiempo, habitual¬mente, se extendía hasta un año si la desposada era virgen y hasta un mes si viuda, y se empleaba en los preparativos de la nueva casa y del equipo familiar. (…) Las nupcias se celebraban una vez transcurrido el tiempo susodicho y consistían en la introducción solemne de la esposa en casa del esposo. Empezaba entonces la convivencia pública y con esto las formalidades legales del matrimonio estaban cumplidas» (G. Ricciotti).

 

Según la misma costumbre judía las nupcias comenzaban al ponerse el sol. Acompañada por sus amigas y por un cotejo de vírgenes, es decir, jóvenes aún no desposadas, la esposa esperaba en su casa la llegada del esposo. Estas iban a casa de la esposa con una lámpara encendida, no tanto para alumbrarse en el camino como para aumentar la alegría de la fiesta.


 

El esposo, acompañado por un grupo de amigos y familiares, venía a casa de la esposa para llevarla a su casa. El traslado se realizaba en medio de un cotejo festivo. La esposa, hermosamente vestida y engalanada, era llevada en una litera. Los cantos jubilosos acompañaban al cotejo a lo largo del camino. Ya en la casa de los esposos se celebraba el banquete de bodas.


 

Esta estampa de la vida cotidiana la utiliza el Señor para aplicarla a su propia venida al final de los tiempos.


 

El esposo que tarda en llegar es el mismo Señor Jesucristo (ver Ap 19, 6ss). Su venida, entrada ya la noche, es su venida al final de los tiempos, su parusía.


 

Las diez vírgenes que estaban en casa de la esposa a la espera del esposo, con sus lámparas de barro encendidas de acuerdo al uso, representan a los discípulos y la necesidad de las obras para poder entrar en el gozo de su Señor. «La espera, al prolongarse, se torna insidiosa, porque hace descuidar la preparación que eventual¬mente existía en un principio y olvidar la realidad de la “venida”. Además, el haber estado preparado sólo al principio no sirve de nada a quien no se encuentre preparado también en el último minuto, el de la “venida”» (Ricciotti).


 

De estas diez vírgenes cinco son calificadas por el Señor de “necias”. El término griego morai puede traducirse también por embotadas (de mente), estúpidas, tontas, imprevisoras, imprudentes. Estas jóvenes no esperaban que el esposo podía demorar tanto, y al hacerse larga la espera, ya no les quedaba suficiente aceite para mantener encendida la lámpara. La lámpara sin aceite es la fe muerta, una fe que no ha sabido mantenerse viva por las obras de la caridad. Las vírgenes necias representan a aquellos que no se encuentran preparados para cuando llegue el Señor.


 

En contraposición están aquellas que el Señor califica de “prudentes”, del griego fronimoi, que también puede traducirse por inteligentes, sabias, previsoras. Son las que llevaron aceite extra para rellenar sus lámparas en caso demorase el esposo. Estas vírgenes representan a aquellos que se encuentran preparados para cuando llegue el Señor, preparados porque han sabido perseverar en las obras de caridad que nutren y mantienen viva la fe y esperanza en el Señor.


 

La puerta cerrada, la súplica de las vírgenes necias para que les abran y dejen entrar, y el rechazo definitivo del esposo expresado con aquella durísima fórmula de excomunión: «Les aseguro que no las conozco», preceden a la moraleja de la parábola que concluye con la seria admonición: «estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


 

La tardanza, la demora, así como el desconocimiento del día y la hora, pero la certeza de que viene, deben alentar a una vigilancia incesante, ininterrumpida, a estar preparados en todo momento, a toda hora. El tiempo presente es «un tiempo de espera y de vigilia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 672).


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


 

«Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora». Ésta es la gran lección que el Señor nos da también a nosotros, sus discípulos, con la parábola de las vírgenes prudentes y las necias.


 

Pero, ¿a qué “día y hora” se refiere el Señor? Si bien en el Evangelio se refiere a su venida gloriosa al final de los tiempos, lo más probable es que ese momento sea para nosotros el momento de nuestra propia muerte.


 

Pensar en la propia muerte no es algo que hagamos con frecuencia. Al contrario, lo normal es procurar evadir ese pensamiento por la inseguridad, por la angustia o miedo que nos produce. Muchos preferimos vivir el día a día “protegidos” por la ilusión de que la muerte nos llegará un día demasiado lejano, acaso ya de viejos, si no lo somos aún.


 

Pero lo cierto es que no sabemos cuándo la muerte tocará a nuestra puerta, y ese cuándo puede ser hoy mismo (Ver Lc 12,20). Por más jóvenes que seamos, o saludables que estemos, un accidente inesperado puede acabar con nuestra frágil existencia de un momento para otro.


 

Steve Jobs, fundador de Apple, compartía en el 2005 su propia experiencia con un numeroso grupo de jóvenes egresados de la Universidad de Stanford. Entonces les decía: «Cuando tenía 17 años, leí una sentencia que decía algo así como “si vives cada día como si fuera tu último, algún día ciertamente acertarás”. Esta sentencia causó una fuerte impresión en mí, y desde entonces, en los últimos 33 años, me miro al espejo cada mañana y me pregunto a mí mismo: ¿si hoy fuera el último día de mi vida, querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy día? Y cada vez que la respuesta era un “no”, por muchos días consecutivos, sabía que necesitaba cambiar algo. Recordar que todos moriremos pronto, es la herramienta más importante que jamás haya encontrado para hacer las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo, todas las expectativas externas, todo orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso, todo eso desaparece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón». Steve Jobs, luego de una larga lucha contra el cáncer, falleció el 5 de octubre del 2011. Para él llegó ya aquél “ultimo día”.


 

¿Recordamos nosotros que algún día moriremos? ¿Hago yo del “recuerdo de la muerte” un instrumento poderoso para tomar decisiones importantes en mi vida con el fin de cambiar el mundo según el Evangelio? ¿Hago yo de la “memoria de la muerte” un incentivo poderoso para hacer esos cambios necesarios en mi propia vida, pequeños o grandes, para ganar el Cielo y conquistar la eternidad?


 

Quienes no vivimos como aquellos «hombres sin esperanza» (1Tes 4, 13), quienes «creemos que Jesús ha muerto y resucitado» (1Tes 4, 14), creemos también que «Dios… nos resucitará también a nosotros mediante su poder» (1Cor 6,14). Los cristianos sabemos que la muerte es una “pascua”, un paso de esta vida a la Presencia del Señor. Los cristianos creemos que luego de la muerte seremos juzgados (ver Heb 9, 27), y que ese juicio será un juicio sobre el amor: ¿cuánto he amado? ¿Cuánto me he hecho semejante a Jesús por el amor, por la caridad? Quien sea hallado “revestido de Cristo” por la caridad, pasará a esa fiesta que jamás tendrá fin (ver Mt 22,1-14). Si en cambio vamos pasando la vida “adormilados”, “dormidos”, sin aprovisionarnos del “aceite” de las buenas obras necesario para mantener encendida la lámpara de la fe, nos exponemos a nosotros mismos a escuchar aquellas terribles palabras del Señor: «En verdad te digo que no te conozco».


 

La memoria de la muerte, así como pensar en el Encuentro que viene después de ese tránsito, debe ser para todo cristiano un estímulo constante para vivir de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo, para amar más, para amar como Jesús y para, desde ese amor, ayudar a la transformación de muchos corazones y del mundo entero.


 

Así pues, recuerda que un día morirás, y que ese día puede ser hoy mismo. Un día sin duda acertarás tú también. Procura tú también hacer de ese recuerdo un fuerte estímulo para vivir con sensatez, con la lámpara de la fe encendida y nutrida por el aceite de las obras de la caridad. No dejes pasar este día para convertirte más al Amor. No te acostumbres a decir: “¡mañana!”, para mañana decir nuevamente: “¡mañana, mañana!”. ¡Hoy es el día favorable! ¡Hoy es día de misericordia! Sí, Dios te ha prometido misericordia, pero no te ha prometido el mañana.


LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

«Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias».

San Gregorio Magno


 

«Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: “No sea que falte para nosotras y para vosotras”, etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas».

San Juan Crisóstomo


 

«Mas los que estamos siempre en Cris¬to, esto es en la luz, ni de noche abando¬nemos la plegaria. Así Ana la viuda perseveraba orando a Dios siempre y vigilando sin cesar, como está escrito en el Evangelio: No se apartaba del templo, sirviendo día y noche en ayunos y oraciones (Lc 2, 37). (…) Nosotros, hermanos carísimos, que siempre estamos en la luz del Señor, que recordamos y retenemos qué es lo que hemos empezado a ser por la gracia recibida, consideremos la noche como si fuera el día, tengamos la confianza de que caminamos siempre en la Luz, no nos dejemos invadir de nuevo por las tinieblas que hemos ahuyentado».

San Cipriano


 

«El Señor hizo a sus discípulos muchas advertencias y recomendaciones para que su espíritu se liberara como del polvo todo lo que es terreno en la naturaleza y se elevara al deseo de las realidades sobrenaturales. Según una de estas advertencias, los que se vuelven hacia la vida de arriba tienen que ser más fuertes que el sueño y estar constantemente en vela. (…) Hablo de aquel sopor suscitado en aquellos que se hunden en la mentira de la vida por los sueños ilusorios, como los honores, las riquezas, el poder, el fasto, la fascinación de los placeres, la ambición, la sed de disfrute, la vanidad de todo lo que la imaginación puede presentar a los hombres superficiales para correr locamente tras ello. Todas estas cosas se desvanecen con el tiempo efímero; son de la naturaleza del aparentar; apenas existen, desaparecen como las olas del mar. (…) Por esto, nuestro espíritu se desembaraza de estas representaciones e ilusiones gracias al Verbo que nos invita a sacudir de los ojos de nuestras almas este sopor profundo para no apartarnos de las realidades auténticas, apegándonos a lo que no tiene consistencia. Por esto nos propone la vigilancia, diciendo: “Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas” (Lc 12,35). Porque la luz que ilumina nuestros ojos, aparta el sueño y la cintura ceñida impide al cuerpo caer en el sopor. (…) El que tiene ceñida la cintura por la temperancia vive en la luz de una conciencia pura. La confianza filial ilumina su vida como una lámpara».

San Gregorio de Nisa


EL CATECISMO


Es tiempo de espera y de vigilia

 

672: Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel que, según los profetas, debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tribulación» (1 Cor 7, 28) y la prueba del mal que afecta también a la Iglesia e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia (Ver Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).


 

En la oración, el discípulo espera atento

2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


 

2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» (Sal 27, 8).


 

“Velad y orad para no caer en la tentación”

2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito»


 

!GLORIA A DIOS!

Saber ser hijos de Dios como programa de santidad

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 1 Ee noviembre Ee 2020 a las 19:20 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA HOY Y SIEMPRE


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


"Saber ser hijos de Dios como programa de santidad"


Semana del 1 al 7 de Noviembre 2020


 Celebramos hoy la Fiesta de todos los Santos. Pero, ¿de qué fiesta se trata? ¿Cuál es su mensaje? ¿Qué alcance tiene para el cristiano de hoy? Estas cuestiones son eco de otras que me han dirigido muchos cristianos en un diálogo de discernimiento cristiano: ¿No es la santidad una palabra extraña en nuestro lenguaje actual?.¿A quién y a qué la podemos referir para que nos sirva en la vida de la fe? ¿No nos sitúa en un ámbito de perfectos, héroes y superdotados, de los cuales nosotros nos sentimos muy distantes? De momento, esta Fiesta nos da la oportunidad de reflexionar sobre el alcance de la Santidad en la vida, que no nos centre tanto en nuestras obras, cuanto en lo que Dios viene haciendo en nosotros.


 

La Palabra de Dios nos presenta hoy la realidad de una multitud de santos anónimos, plenos de vida evangélica, de experiencia de Dios, de sentimientos y obras de caridad. (Apoc 7,2-4-9-14). Y esto, porque el genotipo divino que marca su vida, no es otro que el ser Hijos de Dios. (1Jn 3,1-3). Haciendo esto más concreto, podemos decir con el evangelio de hoy, que la santidad vivida por Jesús, es un Camino de Bondad y Felicidad. (Bienaventuranzas y obras de Misericordia. Mt 5,1-12; 25). Esta es la Santidad: un Camino y una Meta de Bondad, Felicidad y Comunión.


 

Lo que hoy celebramos es el Amor de Dios, que ya ha acogido a los que nos han precedido y nos esperan a los que todavía estamos en camino. Santidad es “Comunión feliz entre todos los hijos de Dios.. Lo más importante de la vida cristiana es ser y no perder nunca la imagen de hijo de Dios, como hicieron y vivieron los santos.


 

 Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14


 

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar diciéndoles:

«No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que sellemos en la frente a los siervos de nuestro Dios».

Oí también el número de los sellados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel.

Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:

«¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».

Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo:

«Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén».

Y uno de los ancianos me dijo:

«Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?».

Yo le respondí:

«Señor mío, tú lo sabrás».

Él me respondió:

«Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero».


 Salmo

 

Sal 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 R/. Esta es la generación que busca tu rostro, Señor.


 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

él la fundó sobre los mares,

él la afianzó sobre los ríos. R/.

 

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿Quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos. R/.

 

Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia el Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor,

que busca tu rostro, Dios de Jacob. R/.


 

 

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 3, 1-3


 

Queridos hermanos:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

 

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


 

NOTA IMPORTANTE


 

 

Saber ser hijos de Dios como programa de santidad

 

La liturgia de este día nos brinda la celebración de una de las fiestas más populares y entrañables: la festividad de todos los Santos y , a la vez, la ocasión para reconsiderar nuestra vida cristiana mirando hacia adelante, hacia el final de la historia de cada uno y de la humanidad.


 Iª Lectura: Apocalipsis (7,2-4.9-14):El canto de los redimidos

 

I.1. En la primera lectura, en dos visiones, se nos muestra la apertura del misterio de la historia con la visión del ángel que trae el sello para guardar a aquellos que deben ser liberados de la destrucción. El libro del Apocalipsis, como sucede en la literatura de este tipo, literatura religiosa por excelencia, pero radicalmente mítica, necesita ser interpretado con la riqueza de los símbolos. Este tipo de literatura se produce en tiempos de crisis y debemos estar atentos a no confundir simbolismo con realidad. El sello sobre los siervos de Dios sella su pertenencia a El y, por lo mismo, la garantía de ser salvados.- La visión de la multitud inmensa, incontable, es un paso más en este simbolismo y probablemente propone algo que se relaciona con las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la antigua y la nueva Alianza. Por eso se dice que, si en la primera visión se habla 144.000, era para hablar del pueblo de la Antigua Alianza, mientras que el “número incontable” representa al nuevo pueblo de Dios que ha ganado Cristo, el Cordero sacrificado, con su sangre. Los ángeles, los mensajeros de Dios, realizan sus planes del juicio y de salvación. Por eso, cuatro de ellos están en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a desencadenar los vientos que destruyan el mal de la historia; pero de Oriente llega otro mensajero (donde nace el Sol: Dios), que trae la gran noticia, de que antes deben poner un señal en las puertas como sucedió a los israelitas en el momento de la Pascua de Egipto. Estamos, pues, ante una famosa liturgia Pascual, del día del Señor, en la que el autor nos ha querido situar al principio de su obra.


 

I.2. En el texto se nos quiere hablar de mártires, pero también de todos aquellos que han pasado por la tribulación de la historia, se han lavado en el bautismo, en nombre de Jesucristo, en el misterio Pascual...y están ante el trono de Dios. Las palmas, en la antigüedad, son signo de los vencedores. Y, aunque pudiera centrarse en los que han sido martirizados y han vencido por el martirio, no se puede pensar que todos son mártires. Por eso, más bien se trata de una palma para alabar a Dios y a Cristo que son los auténticos vencedores de la historia. El tema que se propone es el de la salvación (aparece aquí y en Ap 12,10 y 19,1). Se insinúa algo de los Salmos 118,25, 3,9. El sentido es que Dios ha liberado a los hombres del poder del mal, representado en el Imperio, como Satanás y como la gran prostituta en las otras dos citas que hemos mencionado. La victoria, pues, de los hombres y de los mártires pertenece muy especialmente al Cordero, quien ha dado su vida precisamente para que sea vencido el poder de los hombres que engendra el odio y la muerte.


 

I.3. Pero la “palma” se la lleva el himno que es una confesión de fe: la salvación se debe a Dios y al Cordero. La salvación, la liberación... no dependen de los hombres, sino que es una gracia de Dios que ellos han acogido y se han mantenido fieles a la fuerza salvífica del amor crucificado, de la Pascua. Por eso lo proclaman en la liturgia celeste. Y entonces, toda la asamblea celeste (ángeles, ancianos y vivientes), se prosternan ante Dios y lo adoran cantando: Amen… Bendición y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen (v. 12). Los que han muerto fieles a Dios y a Cristo, bien en el martirio, bien en su fidelidad a la fe cristiana centrada en el misterio Pascual, han pasado por la tribulación de la historia, donde reina el poder del mal. Pero ahora gozan de la fidelidad eterna, aunque hayan pasado por la muerte. Lavar sus vestiduras en la sangre del Cordero es una teología bautismal, también eucarística, inspirada en algunos textos del AT (Ex 19,10.14).


 

I.4. La muerte y la resurrección de Cristo son el punto clave de la teología del bautismo y de la eucaristía. La imagen que se ha escogido para expresar la felicidad es que están ante el trono: y Dios los cobija en su tienda, la shekiná, la presencia de Dios, como Jn 1,14 había escogido para expresar el misterio de la encarnación. Ahora es cuando se cumple la profecía del Enmanuel verdaderamente, porque Dios estará con los resucitados para siempre. No tendrán más hambre, ni tendrán más sed: expresiones de debilidad, de necesidad; ni caerá sobre ellos el sol, como si estuvieran en el desierto, porque Dios mismo es la razón de su existencia. Y Cristo, el Cordero, será el que apaciente a su pueblo, será pastor siendo Cordero, para llevarlos a las fuentes de agua viva. Efectivamente, los vv. 15-17 son las imágenes escogidas por el autor del Ap para hablar de la vida futura, escatológica, de la victoria sobre la muerte según muchas expresiones que podemos encontrar en los textos del AT (v.g. Is 25) y de la teología joánica Jn 4,14; 7,38, que son las fuentes de la revelación.


 

IIª Lectura: Iª de Juan (3,1-3): La imagen de hijos de Dios


 

II.1. Este texto es una teología sobre la vida cristiana que se representa bajo la imagen y la experiencia de “ser hijos de Dios”. Se trata de una alta teología como corresponde al círculo de las comunidades cristianas de Juan, tanto del evangelio como de las cartas. Y en este marco teológico deberíamos pensar que, precisamente el misterio de la santidad que hoy se celebra hace referencia directa a que lo más importante de la vida cristiana es ser, y no perder, la imagen de hijos de Dios.


 

II.2. Si el título cristológico más coherente de la teología joánica, justamente, es lo que afecta a la filiación divina de Jesús, también para sus seguidores debe existir una posibilidad de vivir en el ámbito de las relaciones entre el Padre y el Hijo. Por ello se dice que seremos semejantes a Él. Muchos santos ,desconocidos para nosotros, lo son porque han sabido guardar sencillamente la imagen de hijos de Dios en sus vidas. Por eso, la expresión “veremos a Dios tal cual es” viene a ser una de las afirmaciones más teológicas. El misterio de Dios se hará luz y “hijos de Dios” no tendremos miedo de contemplar el “rostro” de Dios, la intimidad de Dios, la misericordia de Dios. Para eso se nos ha creado y para eso hemos nacido. ¡Vivamos con esperanza!


 

 

Evangelio: Mateo (5,1-12): Las opciones del Reino


 

III.1. El evangelio de esta fiesta es ya proverbial; se trata de las bienaventuranzas de Mateo, cuyo texto, además, tiene la solemnidad de una proclamación, sobre un monte (de ahí el Sermón de la Montaña en que está contextualizado), y para toda la multitud, como sería la multitud incontable del texto de Apocalipsis ( primera lectura). Es la carta magna del discipulado, de la vida cristiana, del seguimiento de Jesús, de la salvación futura. Las bienaventuranzas son creativas, no cuantitativas. Son los puntos más determinantes con los cuales Jesús ha pretendido una nueva humanidad, un nuevo pueblo. No se trata de proponer algo exótico, mágico o taumatúrgico, sino algo bien humano. No obstante, es verdad que se plantea un auténtico esfuerzo por conquistar la gloria, la libertad y la paz. Se propone la pobreza que libera el corazón de muchas ataduras, la misericordia que introduce en las relaciones humanas la benevolencia y el perdón, la limpieza de corazón para juzgar y ser juzgados, la lucha por la justicia, porque Dios es justo. Se proclaman bienaventurados por haber elegido lo que el mundo no elige, simplemente porque odia; por haberse decidido por el sentido mejor de la vida. Se trata de una posibilidad de santidad que se debe vivir ya desde ahora, aquí en nuestra historia; no queda para después de que todo haya acabado.


 

III.2. Se ha insistido mucho en los aspectos literarios y exegéticos de las bienaventuranzas de Mateo (5,1-12) y de Lucas (6,20-22) sobre el tenor original, es decir, aquellas que están más cerca de las palabras de Jesús. Sin duda, todo tiene su sentido, pero quedan muchas preguntas sobre la mesa, porque se permiten diferentes interpretaciones. El texto original que se tomó del texto de Q (sea simplemente Documento o Evangelio como algunos defienden hoy) podría estar bien representado en Lucas, pero no es algo absoluto. Sabemos que las bienaventuranzas tienen un ámbito muy coherente en la literatura sapiencial, la que enseña a vivir, a comportarse, a elegir lo que da o no da sentido a la vida. La propuesta de Jesús, por lo tanto, no está lejos de este contexto sapiencial: con las bienaventuranzas Jesús quiere proclamar el Reino de Dios y quiere enseñar a vivir en ese Reino al que dedica su vida. Son expresiones que nos muestran a un Jesús “profeta escatológico” (no necesariamente apocalíptico), que quería anunciar lo que debería cambiar esta historia.


 

III.3. Algunos especialistas han hecho una traducción sobre las bienaventuranzas en las que siempre es determinante el verbo “elegir”. Considero que puede ser discutible, pero es esclarecedor. Eso significa que proclamar bienaventurado (makários) a alguien no es porque sí, por su cara bonita, porque es un desgraciado o porque es o ha nacido en esta o aquella situación. En las bienaventuranzas, por su tono sapiencial, son muy importante las opciones: elegir ser pobre y no rico en este mundo; elegir la justicia y no otra cosa; elegir la paz. Aquí están representados los valores del reino, los valores de la vida ante Dios. Esto, independientemente de las bienaventuranzas auténticas de Jesús o las añadidas por la tradición catequética de la comunidad de Mateo. Es verdad que el término “elegir” no está en el texto, pero lo implica necesariamente. ¿Por qué? Porque no se trata de una proclamación sin contar con la voluntad soberana del hombre que vive y hace la historia.


 

III.4. Un factor muy importante de lectura e interpretación sería hacer el intento de traducir a un lenguaje de hoy el texto de las bienaventuranzas; teniendo en cuenta ese sentido sapiencial del que hemos hablado y esa “opción” o “elección” que hemos planteado como necesaria. Debemos conservar las palabras del evangelio, de Mateo o de Lucas, si es posible en su tenor y en su sentido original. Pero hoy debemos enriquecer nuestra comprensión de las mismas con el “espíritu” que emana de ellas. Es como cuando hemos vivido y atravesado un puente romano durante todo la vida, pero ahora, sin destruir ese puente, porque la ciudad ha crecido, hacemos uno nuevo, con tecnología punta. Subsisten los dos, pero quizás por el romano no pueden pasar todos los vehículos pesados de hoy. Los limpios de corazón, por ejemplo, son dichosos porque están abiertos a los demás y los valoran como hijos de Dios. Es decir, seamos creativos y proféticos al interpretar las bienaventuranzas del Reino.


 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

SANTIDAD es aprender a ser Hijos felices de Dios, acogiendo su Obra en nosotros


 Sed santos (buenos), como vuestro Padre, que hacer salir el sol sobre buenos y malos(Mt, 5, 48;Lev 19,2). No es tanto lo que yo hago o tengo que hacer, sino lo que El hace, y de lo que yo me puedo hacer consciente. Pero, ¿cómo es esa Obra de Dios en mí?

 

a) Por Amor, Dios crea un ser con capacidad de ser bueno y feliz con El.El amor de Dios comienza a manifestarse en la creación. El Dios que es Amor, Comunión, y Entrega, encuentra su reflejo e imagen, en la apertura y receptividad, capacidad del ser humano. Por eso dice Santo Tomás: Por ser imagen de Dios, el hombre tiene capacidad para la gracia, o sea, para acoger el Amor de Dios, y al acogerlo, realizar el encuentro que nos transforma-


 

b) Por Amor Dios crea un ser que no puede estar sin Él, y sin los demás.Eso es santidad. Desde siempre, Dios ha creado al ser humano como ser de comunión y le ha llamado a responder al amor que le ha otorgado Desde siempre hay en el hombre una “capacidad de Dios” y un “deseo natural de ver a Dios. Fue Dios quien sembró en el corazón humano el anhelo del Infinito de amarlo y contemplarlo cara a cara. Por eso hay en el hombre un vacío que sólo se colma cuando se encuentra con Dios.


 

c) Por amor Dios va más allá de la justicia.En Dios, la bondad es lo condicionante de todo su ser y obrar. Dios manifiesta su justicia no condenando, sino salvando. Dios manifiesta su justicia, (Rm 3, 24-26) justificando, o sea, haciendo justo al pecador y teniendo misericordia de todos. Esta justicia es una buena noticia, pues no se trata de la justicia retributiva, por la que Dios premia o castiga según los merecimientos de cada uno, sino de la justicia que justifica (hace justo) al impío.


 

d) Por amor Dios perdona y no condena.“No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón” (Juan Pablo II). Mostrar misericordia significa vivir plenamente la verdad de nuestra vida”. “El Dios que nos redime es un Dios de misericordia y de perdón; “el perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón lleva a una humanidad más plena, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador.


 

f) La verdadera santidad es una gracia, es la obra que Dios hace gratuitamente en mí.Una existencia vivida con mucha fe y mucha humanidad. Una vida que expresa sentimientos y actitudes de bondad y compasión, que se concreta en obras de justicia, caridad y solidaridad. Porque así es el Dioscristiano, así actúa Dios y así quiere que sean y actúen sus hijos. Así es la santidad de Dios y así se refleja en sus santos. A estas personas están dirigidas las bienaventuranzas. Para que esta acción gratuita de Dios opere la santidad en nosotros, es preciso acogerla agradecidamente y ejercitarla responsablemente. La santidad de Dios es ser bueno con todas sus criaturas y hacerlas buenas. Nuestra santidad es el resultado de la benevolencia de Dios hacia nosotros. No hallamos gracia a sus ojos por nuestros méritos, sino por su benevolencia y mirada misericordiosa. Esta mirada es lo que pone en nosotros santidad Y. lo más que nosotros podemos hacer es dejar que esa bondad de Dios se refleje y actúe en nosotros. Pero en todo caso, la santidad es gratuita, como don de Dios, y obra del Espíritu Santo en las personas.


 

¡SANTOS, SÍ!, y por ello, “Buenos” y “Felices”


 

Podemos decir, pues, que la santidad es Un camino de Bondad, Felicidad y Comuniónque Dios realiza en nosotros. En realidad, un santo no es otra cosa que una buena persona.Porque ser santo no es más que ser lo que tenemos que ser, pero siempre con la ayuda de la gracia.

 

El Papa Francisco, en su exhortación sobre la Santidad en el momento actual,“Alegraos y regocijaos”,pone la santidad en el horizonte de la bondad (Mt 25) y la Felicidad (Mt 5, 5-15)

 

Las Bienaventuranzas son como el carnet de identidad del cristiano. ¿Cómo se hace para llegar a ser buen cristiano?'. Es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en las Bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro que estamos llamados a transparentar en la vida cotidiana. (.G.E. 63). ¡Feliz o bienaventurado es sinónimo de santo!

 

Por eso, la Santidad es un proyecto de felicidad y a la vez un programa de cómo ser lo que debemos ser. Con deficiencias y pecados, muchos han buscado la felicidad en la santidad. Estas confesiones de hombres buenos y felices pueden acercarnos a la santidad de Jesús, y hacer más humana la nuestra.

 

“En la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos”. (Leon Bloy)

 

«Ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno.»(Unamuno)

 

“En todo hombre bueno habita Dios.» (L A. Séneca)

 

«No denomino héroes a aquellos que han triunfado por sus ideas o por la fuerza. Sólo considero héroes a aquellos que fueron grandes por su bondad (Tolstoi)

 

«Sólo los que son verdaderamente buenos y santos son felices.»(Pablo VI).

 

“La bondad es el único Evangelio que muchos leerán.»(Helder Cámara)

 

“Miúnica misión en la vida era ser bueno.(C. Foucauld)


 

Conclusión

 

Ahora puedo aportar yo mi propia experiencia de Santidad por la Bondad, Felicidad y Comunión, preguntándome: ¿Cómo es la obra que Dios viene realizando en mi según su propia Santidad Bondadosa?


 

 

!GLORIA A DIOS!


LA VIRGEN MARIA, MAESTRA DE ORACION

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 24 Ee octubre Ee 2020 a las 21:55 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


4. LA VIRGEN MARÍA, MAESTRA DE ORACION


Entre el pueblo judío, a temprana edad, los padres iniciaban a sus hijos en la oración: los salmos, las

grandes oraciones del pueblo, la suplica, la alabanza, la intersección. Nos impresiona pensar que fue la

Virgen María la que le ensena a orar a Jesús. El niño Jesús tuvo que aprender algunos salmos, se quedaría

mirando la piedad con que su madre María, hablaba con Dios. La vería, acercarse a la Escritura y escrutarla.

La casita de Nazaret fue una escuela de oración.


Al ascender Jesús al cielo, la Virgen María continúo como maestra del Cuerpo de Jesús, la Iglesia. En esa

actitud la observamos en el libro de Los Hechos de Los Apóstoles, allí se encuentra congregada la Iglesia, los

apóstoles, los discípulos; allí esta ella que ya había sido llenada por el Espíritu Santo, ayudándose a abrirse

al Poder del Santo Espíritu. ‘Perseveraban unánimes en la oración”, dice el texto bíblico. En la actualidad la

Virgen María continua como maestra de oración, para los que se acercan a ella.

Contemplemos algunas facetas de la vida de oración de la Virgen María.


LA ORACION EN SILENCIO


Jesús advertía que la oración no debía caracterizarse por una “palabrería inútil”. Muchas de nuestras fallas

en la Oracion consisten en hablar más de la cuenta y en olvidarnos de que Dios quiere que lo escuchemos.

Quiere que hagamos silencio respetuoso y paciente para poderlo oír a Él. María esta en silencio humilde y se

esfuerza por escuchar lo que Dios quiere decirle. Es durante ese momento de silencio cuando por medio del

ángel, Dios le revela su misión: Dara a luz al Mesías, todo será por obra del Espíritu Santo, de una manera

anormal.


El evangelio habla de la “turbación” de la Virgen María, no está casada y ya le hablan de quedar

embarazada. Como es eso? En el mismo silencio de su oración recibe la respuesta enigmática de Dios. Ella

no comprende, pero su respuesta es definitiva. “Soy esclava del Señor, que se haga en mi según su

Palabra”. Lc 1,38.

La Virgen María es nuestra maestra en la oración del silencio, en la que buscamos la voluntad de Dios y

pedimos las fuerzas para decirle Si a Dios, en sus desconcertantes directivas, que nos turban.


LA ORACION DE ADORACION


Toda madre “adora” a su hijo en sentido figurado. La Virgen María, no en sentido figurado, sino en realidad,

“adoro” a su hijo apenas nació. Allí frente a ella, estaba el Mesías. Se le había dicho que sería EMMANUEL,

Dios con nosotros. Se le había advertido que se llamaría Jesús, es decir Salvador. Por eso Ella lo adoro, no

solo con el corazón, sino con los ojos de la Fe.


Hincados en nuestro cuarto o ante el Sagrario, o bajo el cielo azul, adoramos a Dios. Solo lo podemos hacer

con los ojos de la Fe.


La Virgen María tenía que avivar su fe, Era posible que ese niñito lloriqueante fuera Dios? En nuestra oración

le rogamos a María que nos acompañe para saber adorar a Dios en todas partes, en todas las circunstancias.

Se trata del Dios Vivo que se nos revela por medio del Espíritu Santo. Como Tomas, caemos de rodillas y

decimos: “Señor mío y Dios mío”.


LA ORACION DE LA ENTREGA


Orar no quiere decir forzar la mano de Dios para que se haga nuestra voluntad. Parece que así lo

entendemos con demasiada frecuencia. María lleva al Templo a su hijo, se lo va a ofrecer a Dios para que se

cumpla en EL, no lo que ella quiere y suena, sino lo que Dios ha determinado. El anciano Simeón le sale al

paso y le profetiza que su hijo será “signo de contradicción”; debido a ese misterioso hijo una “espada de

dolor” le atravesara el corazón. En oportunidades como estas, a las madres se les deseaba

bienaventuranzas, felicidad. A la Virgen María se le señalaba un horizonte rojo en el que se yergue una

amenazante espada.

Maria no pronuncia palabra, en lo profundo de su corazón, repitió su HAGASE. Recordó que era la esclava

del Señor.


María nos ensena a no torcer el sentido de la oración. Rezamos, no para que se cumpla nuestro sonado

plan, sino para que se haga lo que Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros. Le pedimos en nuestra

oración, no tener miedo de decir: “Hágase”.


LA ORACION CON LA BIBLIA EN LA MANO


Los niños se especializan en plantearles difíciles preguntas a sus papas. Cuando Jesús se quedo en el

Templo, le hizo a María una complicadísima pregunta: “Porque me buscaban; no sabían que yo debía estar

en la casa de mi padre?” Lc 2,49. Claramente afirma el evangelista que la Virgen no comprendió nada de

todo esto. Enseguida el evangelista describe a María, que regresa a su casa de Nazaret –su casa de oracióny

que “guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” Lc 2,51.


La Virgen María se acerca a la Palabra, a Jesús; no entiende muchas de las palabras de Jesús. Su actitud es

la de permanecer rumiando esas enigmáticas palabras. Según la afirmación de Jesús, María es la que

“guarda las palabras y las pone en práctica”. Lc 11,28.


La Virgen María nos ensena a orar con la Biblia en la mano. A saber escudriñar la palabra y esperar que esa

palabra dentro de nosotros, nos vaya guiando y se vaya convirtiendo en luz. Ella nos ensena a guardar la

palabra y luego ponerla en práctica. “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en

práctica”. Lc 11,28.


LA ORACION DE INTERSECCION


Si la Virgen María en Cana, no hubiera tenido bien abiertos los ojos y el corazón, no se hubiera dado cuenta,

de los apuros en los que se encontraba la familia. Muchos otros, en la fiesta, se preocupaban solamente de

divertirse. María, estaba atenta para servir, y por eso capto el momento, la pena que estaban por pasar los

nuevos esposos. No se pudo quedar tranquila y acudió a Jesús.


La Virgen nos ensena que para ser buenos intercesores en la oración, hay que tener bien abiertos los ojos

para ver la necesidad ajena. También nos ensena que hay que tener muy abierto el corazón para saber “reír

con los que ríen y llorar con los que lloran”. Rom 15,15.


María sabia que ella no podía remediar esta situación, y acudió a su hijo. Nos ensena a acudir a Jesús. Ella

se une a nosotros en nuestra oración de intersección ante Jesús. Jesús nos lleva hacia el Padre.

La oración de Intersección de María ante Jesús fue poderosísima en las Bodas de Cana, cuando todavía no

había sido glorificada junto a Dios. Ahora que está en el cielo, su oración de intersección por nosotros es

mucho más poderosa. Por eso en nuestras suplicas, la llamamos a nuestro lado para que nos lleve a Jesús y

ruegue por nosotros.


LA ORACION ANTE LA CRUZ


San Juan la describe “al pie de la cruz”. No le podía fallar en ese momento a su hijo. Allí estaba. Su mirada

no se apartaba del rostro de Jesús. Oraba junto a su hijo. Intercedía por su hijo Jesús, el único Intercesor

ante el Padre. 1 Tm 2,5.


La mirada de la Virgen María, se deslizaba desde la frente ensangrentada de su hijo hacia los clavos en las

manos y los pies, hacia la herida del costado…hacia su mirada enturbiada, hacia sus labios orantes.

María nos ensena como centrar nuestra oración en la pasión de Cristo. Nos ensena a ir repasando todos los

detalles de su martirio, a mover nuestros labios en agradecimiento a Dios que “tanto amo al mundo que

envió a su hijo para que todo el que crea en El, no se condene, sino que tenga vida eterna” Jn 3,16.

Abraham para obedecer a Dios, llevo un día a su hijo hasta el monte para sacrificarlo. María para que se

cumpliera el plan de Dios, acompañó a su hijo al calvario, para que fuera sacrificado. A Abraham un ángel le

detuvo la mano. Nadie detuvo la mano del mundo al crucificar a Jesús. María nos ensena que la meditación

en la pasión de Cristo, nos fortalece en la Fe y nos ayuda a aceptar mejor nuestra propia cruz.

LA ORACION DE LA NOCHE DE LA MUERTE

Jesús fue sepultado. María veía como fracasaba la fe de los apóstoles y discípulos. Ellos se encontraban

desalentados en el Aposento Alto; los de Emaus iban de regreso hacia su pueblo. Tomas se había alejado.

Las luces se habían apagado. La fe ya no brillaba en la Iglesia. Solo ella, la madre, seguía como candelita,

brillando en medio de la oscuridad. No sabía explicarse todo lo que había sucedido, pero seguía confiando en

las palabras de su hijo, que le había recomendado que supiera esperar, pues al tercer día, resucitaría. No

comprendía nada, seguía en su noche oscura, brillando con la luz de su confianza en Jesús.

La Virgen María nos ensena la oración de la Fe en medio de la oscuridad; ante la muerte de los seres

queridos, ante nuestras tragedias. Nos ensena a no cesar en la oración…a seguir esperando hasta que se

desentrañe el secreto.


LA ORACION EN LA IGLESIA


La última estampa que la Biblia nos presenta de la vida de María es en el Cenáculo. María se sentía Iglesia y

no podía faltar a aquella asamblea eclesial, en donde “unánimes perseveraban en la oración”. Hch 1,14.

Conocía perfectamente las promesas de Jesús de que donde estuvieran reunidos dos o tres en su nombre,

allí estaría El. Mt 18,20. María permaneció como la madre de la Iglesia, al pie de la cruz, había recibido ese

encargo, cuando Jesús le dijo: “Mujer, he ahí a tu hijo” Jn 19,26.


Ella ya había recibido la plenitud del Espíritu Santo el día de la anunciación. Su “protopentecostes” como lo

llama René Laurentin. Allí estaba la madre ensenando a orar a la Iglesia naciente, allí estaba ella

ensenándoles a unirse con Dios por medio del Espíritu Santo. Esa es la autentica oración.

La Virgen María no debe faltar en todo cenáculo en donde se persevere en la oración y en donde se busca la

presencia del Espíritu Santo. Por eso la llamamos a nuestro lado, por eso insistimos en que nos acompañe,

porque ella es Maestra de Oracion y nos ensena a HACER LO QUE EL DIGA.


Maria un día, enseno a rezar a su niño Jesús. Más tarde enseno a rezar al “nuevo” Jesús, la Iglesia de

Pentecostés. Ahora está junto a nosotros, para ensenarnos a escuchar la voz de Dios en la oración y a

abandonarnos a su voluntad con un HAGASE. Ella nos muestra la manera de adorar al “Emmanuel”, a Jesús

nuestro Salvador. Nos muestra como aceptar la cruz que El ha permitido para nosotros. Ella, la madre nos

ayuda a acercarnos a la Palabra y a irla devorando en el silencio del corazón. Nos da ejemplo de cómo tener

los ojos siempre abiertos para ver las necesidades de los otros e interceder por ellos. La vemos de pie, junto

a la cruz, repasando, con los ojos y el corazón cada una de las llagas de Jesús. Como veladora brillante, nos

acompaña en las noches oscuras de nuestra fe. Y como madre amorosa, persevera junto a nosotros, en

Iglesia y nos acompaña para que, nuevamente tengamos una nueva efusión del Espíritu Santo. Por eso, con

cariño, no nos desprendemos de esa admirable maestra de oración!


LA MADRE QUE NOS SIGUE MIRANDO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 20 Ee octubre Ee 2020 a las 14:25 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


LA MADRE QUE NOS SIGUE MIRANDO


Los arquitectos de la catedral de Reims, en Francia, colocaron un enorme vitral en el ábside de esa bella

Iglesia. El día de la Asunción cuando sale el sol, ilumina el vitral y luce radiante la escena de la ASUNCION

DE MARÍA AL CIELO.


De nuestros antepasados queremos conocer los datos más importantes acerca de su vida, abuelos,

bisabuelos, parientes. De María quisiéramos conocer muchos más detalles de los que encontramos en el

Evangelio. Lastimosamente, la última vez que el Nuevo Testamento se refiere a la vida de María en la tierra,

es el día de Pentecostés, cuando la presenta en el Cenáculo en compañía de los Apóstoles y discípulos.

De aquí que tenemos que acudir a urgar la tradición de nuestros escritores de los primeros siglos: de los

Padres de la Iglesia; de los que estuvieron más cerca de los Apóstoles.


San Juan Damasceno nos narra que María murió más o menos a los 72 anos, cuando la sepultaron, faltaba

el Apóstol Tomas. Cuando llego Tomas fueron al sepulcro y no encontraron el cadáver. Todos aceptaron

pacíficamente que María había sido llevada al cielo. El mismo Santo afirma que fue enterrada en el Huerto

de Getsemaní. Esto lo confirma San Dionisio, un testigo presencial en su carta a su amigo Timoteo.

La fiesta de la Asunción de María se celebra desde hace unos 1500 anos, desde el siglo V. En la tradición de

la Iglesia, se ha sostenido que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Algunas tumbas de apóstoles

fueron veneradas. Ningún lugar del mundo, reclamo tener los restos mortales de la Virgen María. La

tradición de la Iglesia ha aceptado, desde hace siglos, que la Virgen María fue llevada al cielo en cuerpo y

alma.


LA PAGA DEL PECADO


Dice la carta a los Romanos, “La muerte es la paga del pecado” Rom 6,23. Todos los que hemos pecado, un

día tendremos que morir. Nuestro cuerpo de descompondrá en el tumba. Es la ley humana.

La Virgen María a la luz de la Biblia, es la “llena de Gracia”, la “bendita entre todas las mujeres”. Es un caso

totalmente aparte. Dios decide enviar a Jesús para redimir a los hombres, entonces prepara a una mujer

para que sea el vehículo por medio del cual llegue Jesús al mundo. A la llena de Gracia, la redime

anticipadamente, caso único, irrepetible en la historia. Dios la dispuso para que fuera la guardadora en su

seno de la misma divinidad. En esto, no tuvo ningún merito la Virgen María, ella fue la agraciada de Dios. Su

merito consiste en haberle dicho SI en todo a Dios.


Por voluntad de Dios, María fue redimida anticipadamente, fue preservada del virus del pecado original. Por

eso la llamamos CONCEBIDA SIN PECADO ORIGINAL, Inmaculada Concepción. La muerte de la Virgen María

fue como la de Jesús; algo momentáneo para resucitar inmediatamente. San Juan Damasceno decía: “Como

iba a gustar la corrupción de la muerte, aquella de quien broto la vida?”.


En el Antiguo Testamento, lo mas santo que tenía el pueblo lo guardaban en el Arca de la Alianza: Las tablas

de la Ley, el Mana, la Vara de Aarón. El Arca de la Alianza por orden de Dios, estaba fabricada con madera

incorruptible. María no guardo un símbolo, sino a la misma divinidad. Fue Arca del Nuevo Testamento de

Jesús, Dios, que se encarno en su seno. No fue tocada ni un solo instante por el Espíritu del mal, porque su

cuerpo debía contener a la misma divinidad.


Esto llevo a las primeras generaciones de cristianos a no hablar propiamente de la muerte de María, sino de

su “dormición”. La fiesta de la Dormición de la Virgen María es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia.

En la Biblia se describe magníficamente el momento solemne en que Salomón preparo un trino junto al suyo

para su madre. El rey sabio, salió al encuentro de su madre y le puso sobre la cabeza una diadema,

mientras todo el pueblo la ovacionaba. Esta estampa bíblica no es sino un pálido reflejo de lo que fue la

glorificación de la Virgen María.


La que le había dado su cuerpo a Jesús, no iba a sufrir la lobreguez de una tumba. San Agustín decía: “Una

misma carne es la de Jesús y María; glorificada una, tenía que ser también glorificada la otra.”


EL DOGMA


Los padres de la Iglesia desde remotos tiempos comenzaron a referirse a la Virgen María, como la nueva

Eva. La antigua Eva colaboro con Adán para traer muerte; la raza humana fue dominada por el Espíritu del

mal. María es la nueva Eva, a la par de Jesús, a quien la Biblia llama el nuevo Adán. María es la principal

colaboradora de Jesús en la lucha contra el espíritu del mal. Jesús en su cruz vence al mal y al pecado y es

glorificado. Maria por ser la principal colaboradora, anticipadamente, es glorificada. Todos nosotros los que

estamos en Cristo, esperamos lo mismo que María, ser glorificados en cuerpo y alma, al final de los tiempos.

Esa es la promesa de Jesús para todos sus seguidores.


“La Asunción de María no se menciona en la Biblia”, alegan algunos no católicos. Tampoco en la Escritura se

hallaba lo que se debía hacer respecto a la circuncisión, en el caso de los paganos que se convertían al

cristianismo. La Iglesia tuvo que reunirse en el Concilio de Jerusalén para resolver este problema. La Iglesia

estaba segura de que Jesús la había prometido la asistencia del Espíritu Santo en los asuntos concernientes

a la Fe. Después de intensa oración y un dialogo bastante caldeado, llegaron a un acuerdo. “Le ha parecido

bien al Espíritu Santo, y a nosotros” fue la expresión que empleo la Iglesia primitiva para dar a entender que

se sentía guiada por el Espíritu Santo al definir que la circuncisión no era indispensable para la salvación.

Con relación a la Asunción, se siguió el mismo proceso. Desde un principio la Iglesia no hablo de la muerte,

sino de la dormición de María. La tradición hablo de la Asunción de María. Fue la creencia firme de la Iglesia

a través de los siglos, hasta que la Iglesia se sintió preparada para declarar el dogma, después de consultar

a teólogos, universidades, obispos, sacerdotes y laicos. Fue el Papa Pio XII a quien le toco recoger el

discernimiento de la Iglesia a través de los siglos. La declaración dogmatica afirma que María después de su

vida mortal fue llevada en cuerpo y alma al cielo. No se especifica nada acerca de la manera como María fue

Asunta al cielo.


MAS CERCA DE NOSOTROS


Las primeras comunidades cristianas cada día se fueron encontrando más y más, con María. En el Cenáculo,

María acompaño a la Iglesia que se manifestó en Pentecostés. Para los primeros cristianos María era la

representación más viva de lo que debía ser un seguidor de Jesús. Fueron descubriendo su Santidad, como

nosotros vamos descubriendo a Santos que viven entre nosotros. Asunción no indica que María ya no está

con nosotros, que se alejo de la Iglesia que Jesús le encomendó como madre. Cuando Jesús había ascendido

a los cielos, los apóstoles y discípulos, nunca en sus escritos se lamentaron de que Jesús no estuviera con

ellos. Lo sentían más presente que antes por medio del Espíritu Santo. Ahora, tenían, como nunca, poder

para predicar y hacer milagros. Expulsaban demonios y curaban enfermos, creían fielmente que Jesús

permanecía entre ellos.


María, ahora que está junto a Jesús, glorificada, se encuentra más cerca de nosotros; como la madre que ha

muerto y que desde el cielo ruega por sus hijos. Así le debemos sentir y experimentar.

Las imágenes de María, curiosamente casi nunca miran hacia el hijo que lleva en brazos. Nos miran a

nosotros. Su hijo ya esta glorificado; no necesita cuidado. Su mirada va hacia nosotros, sus hijos todavía

peregrinos. Nos mira, nos cuida.


Las imágenes de María, son testimonio del sentir popular y teológico. La madre que nos mira, cumple su

oficio de madre de La Iglesia, que le encomendó Jesús.


EL CUERPO MISTICO DE CRISTO


Pablo describe a la Iglesia como cuerpo de Jesús. Todos ocupamos un lugar; somos miembros. Todos los

que estamos en Cristo, nos intercambiamos nuestros tesoros espirituales. Nuestros difuntos están con

Cristo; oran por nosotros. Nosotros oramos por ellos.


Es inconcebible que una madre que ha pasado a la eternidad y esta con el Señor, se olvide de sus hijos de la

tierra. Más que nunca, ora por ellos. Esa es la comunión de los Santos. Maria, glorificada, ora por nosotros.

La carta a los Hebreos describe a Jesús como sacerdote que ora por nosotros ante el Padre. María siempre

está junto a Jesús. Ella se une a la oración suplicante de Jesús por nosotros. Por eso le pedimos que nos

acompañe con su oración. María está unida a la oración de la Iglesia, como en Pentecostés.


NOS ENSEÑA A IMITAR A JESÚS


El poeta Dante escribió que el rostro de María es el que más se asemeja al de Jesús. Por ser su madre, su

mejor imitadora. La Santidad consiste en que la imagen de Jesús vaya apareciendo en nosotros. María es la

que mejor imito a Jesús.


San Juan, en el Apocalipsis, cuenta una visión que tuvo. Contemplo a una mujer vestida de sol. La luna a

sus pies, doce estrellas como corona. Ap 12. Esa mujer representa a la Iglesia glorificada en el cielo. La

representante típica de la Iglesia es María, la mejor seguidora de Jesús, el miembro más eminente del

cuerpo de Jesús.


María esta vestida de sol. Ella no tiene luz propia, Toda su gloria le viene de la luz de Dios, que la lleno de

gracia y la hizo bendita entre todas las mujeres.


María tiene a sus pies la luna, símbolo de la variable, de lo pasajero. Luzbel se creyó luz, y no reconoció que

su luz venia de Dios. María no se cree la luz, ella es la esclava del Señor. Su luz viene de Dios, por eso

glorifica a Dios. Ella nos ensena a escuchar la palabra, a guardarla y vivirla, a dejarnos guiar por el Espíritu

Santo.


Invitamos a María a nuestras vidas en momentos de alegría, como en las Bodas de Cana, en nuestras

fiestas, en nuestros gozos. En los momentos de tribulación, la queremos junto a nosotros, como Cristo la

tuvo junto a su Cruz. En momentos de oración, ella esta como en el Cenáculo, en medio de nosotros,

animándonos, acompañándonos en nuestra alabanza a Dios. María que nos mira desde sus imágenes, es la

madre que desde el cielo, piensa y ruega siempre por sus hijos.

LA IGLESIA TIENE UNA MAMA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee octubre Ee 2020 a las 15:10 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020


2. LA IGLESIA TIENE UNA MAMA


 

En ambientes no católicos, causa escándalo que nosotros llamemos a María, “Madre de Dios”. Lo interpretan mal.

Como que afirmáramos que María engendra a la Divinidad o que Jesús pasara a ocupar un segundo plano con respecto

a su madre. Nada de eso. Algo muy simple: San Juan, en su evangelio, escribe: “La palabra estaba con Dios y era

Dios”...”Y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” Jn 1,1-14. Un ángel también indico el nombre del

Mesías: “Sera llamado Emmanuel, Dios con nosotros” Mt 1,23.


Jesús es la palabra que viene a vivir entre nosotros. Jesús es Dios y hombre a la vez. No deja de ser Dios al vivir

entre nosotros. María es la madre de Jesús, que es Dios y hombre. Eso entendemos cuando llamamos a María “Madre

de Dios”.


Santa Isabel inspirada por el Espíritu Santo lo comprendió muy bien cuando llamo a María, “La madre de mi

Señor” Lc 1,43, es decir la “Madre de mi Dios”, según el estilo de la Biblia.


El pueblo sencillo, antes del siglo V, ya tenía una oración muy bella a María, la más antigua que se conoce en

honor de la Virgen, que dice: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras suplicas en

nuestras necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, Oh Virgen siempre gloriosa y bendita”. El pueblo

sencillo sin complicaciones de tipo teológico, llamaba a María “Madre de Dios”.


Fue también en el Siglo V, cuando Nestorio, que era Patriarca de Constantinopla, suscito una crisis de tipo

teológico dentro de la Iglesia. Nestorio se oponía rotundamente a que se llamara Madre de Dios. La Iglesia se reunió

en concilio en Efeso. Allí se estudio este caso y se termino por declarar el dogma en que se afirmaba que María es

Madre de Dios. Desde aquellos lejanos días de Efeso, la Iglesia con sencillez, sin complejos teológicos, sigue rezando:

“Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte, Amen”.


LA MAYOR INTIMIDAD CON LA DIVINIDAD


De Moisés afirma la Biblia que tenía tanta intimidad con Dios que hablaba cara a cara con él. Ex 33,11. Sin

embargo la misma Biblia narra que Moisés le pidió a Dios ver su rostro. Se le contesto que no podía, porque era

humano. Dios accedió a darle nada más, una señal de su presencia. La Biblia simbólicamente afirma que Moisés vio a

Dios “de espaldas”. Ex 33,23.


María no vio “de espaldas” a Dios. María fue una sola carne con Jesús, el Verbo que era Dios. Cuando el Verbo se

hizo carne y puso su tienda de campaña entre nosotros, fue María esa purísima tienda Altar, en donde se poso la

Divinidad. Por eso Dios adelanto la redención de María, para que no fuera tocada en ningún instante, por el pecado de

origen. La hizo inmaculada.


La Encarnación del Verbo es la humillación de Dios, que se despoja de sus privilegios de Dios y se cubre con los

harapos del hombre. Bien lo describió San Pablo cuando escribió: “Se despojo de su categoría de Dios y se hizo como

uno de tantos”. Flp 2,7.


En su humillación Dios se sometió a tener una madre que le lavara los panales, que le ensenara a hablar, a rezar,

a leer las Escrituras, que lo reganara, que lo acompañara durante toda su vida.


A la Virgen María la encontramos en el Nuevo Testamento, en los momentos claves de la vida de Jesús. Está en la

Encarnación. Aparece cuando Jesús a los 12 anos, llega a la mayoría de edad religiosa y recibe la Tora. María interviene

en Cana, cuando Jesús realiza su primer milagro. María no se despega de la Cruz. María esta en el Cenáculo cuidando

de la Iglesia que nace.


 

Dos madres expresaron originalmente su admiración por el papel que Dios le asigno a María en la historia de la

Salvación. Una madre del pueblo le grito a Jesús: “Bienaventurado el seno que te llevo y los pechos que te

alimentaron” Lc 11,27. Santa Isabel al recibir a María en su casa, le dijo: ‘De donde a mí, que venga a visitarme la

Madre de mi Señor?”. Lc 1,43. Ambas madres externaron su admiración por María como madre del Señor, es decir de

Dios.


María no intento exponer falsas excusas. Acepto con humildad y dijo: “Me llamaran bienaventurada todas las

generaciones” Lc 1,48. Entre esas generaciones, que reconocen lo que significa ser madre de Jesús, que era Dios y

hombre, estamos nosotros que, sin complejos, la seguimos llamando Santa Madre de Dios.


MADRE DE LA IGLESIA


Fue San Pablo el que describió a la Iglesia como el “Cuerpo de Jesús”. Jesús es la cabeza, nosotros somos los

miembros. Los teólogos a la Iglesia la llaman el “Cuerpo Místico de Cristo”. María es la madre de la cabeza, es también

la madre de todo el cuerpo. Es la madre del Jesús Místico, que es la Iglesia. En el Nuevo Testamento a la Virgen María

se le encuentra constantemente en actitud de Madre de la Iglesia. En Belén, María presenta a Jesús. Lo muestra a los

Pastores y a los Magos de Oriente. A todos les ayuda a descubrir al Mesías. María en la Iglesia, esta para mostrar a

Jesús; para acercarnos a Él.


En Cana, María se muestra como la Madre que no soporta ver a sus hijos en aflicción. Inmediatamente acude con

confianza a su hijo: “No tienen vino” Jn 2,3. María continúa en la Iglesia con su papel de Auxiliadora. Siempre ruega

para que no falte el vino de la Gracia, del amor, de la confianza, del pan de cada día.

En el Cenáculo, el día de Pentecostés, María es la madre que ocupa un lugar destacado: ayuda a la Iglesia

naciente a abrirse al Espíritu Santo. Es la madre que está rodeada de sus hijos. Hch 1,14.


Todos de alguna manera, intentamos exteriorizar lo que tenemos dentro del corazón. Los hombres cavernarios,

en las rocas, comenzaron a representar, toscamente, las figuras de animales. En las catatumbas de Roma, lugares

subterráneos, en donde los primeros cristianos se reunían para celebrar la liturgia, aparecen en las paredes, los dibujos

de una Señora con el Nino en brazos. Los primeros cristianos dejaron testimonio de su descubrimiento de María, Madre

de Jesús y de la Iglesia.


Las apariciones de María a través de los siglos, han sido intervenciones de la Madre, mensajera de Dios, para

rogarles a los hijos que cambien de vida, que se conviertan. Ella propone como medio para el cambio de vida, la

oración constante. Quiere que la inviten para orar, por eso propone el Rezo del Rosario. En las apariciones de la Virgen

María siempre se deja ver el signo de Dios, su firma que da realze a su mensajera. En Lourdes, repentinamente, brota

una fuente en un lugar árido. En Fátima, el sol comienza a danzar vertiginosamente ante unas sesenta mil personas.


En Siracusa, Italia, la Virgen no habla. Únicamente se muestra llorando a través de una imagen. Se examinan las

lágrimas, tienen todos los elementos químicos propios de una lágrima humana. La Virgen María quiere que sus hijos la

vean llorar, quiere conmoverlos y llamarlos a la conversión. En Guadalupe, México, hay un mensaje directo para

América Latina. María se presenta como una joven embarazada. Tiene una mona alrededor de la cintura. Es un

momento decisivo para Latinoamérica, se están fundiendo dos razas. Esta por nacer el cristianismo. María viene

embarazada. Trae una navidad para Latinoamérica. Se presenta con su piel morena, como el hombre latinoamericano,

tostado por el sol tropical. Al indiecito Juan Diego, que se encuentra afligido por la grave enfermedad de su tío, le dice:

“Porque temes, no estoy yo aquí que soy tu madre?”. Ese es el mensaje de María para Latinoamérica: Quiere que la

encuentren como una madre que continúa rezándole a su Hijo para que no falte el vino del gozo, de la salud, de la

Gracia, del Pan cotidiano.


San Juan De Ávila le aplica a la Virgen María unos adjetivos muy atinados: “Esta piadosa Señora esta DIPUTADA

por Dios, para socorro de los Atribulados y es universal LIMOSNERA de todas las misericordias que Dios hace a los

hombres, y en lo que se ocupa es en tener las manos hacia arriba para recibir mercedes de Dios y luego volverlas

hacia abajo para darnos lo que ha recibido”.


 

Antiguamente los reyes tenían su limosnero. Era el encargado de repartir entre los pobres el dinero del Rey. María

no es la dueña de la Gracia. Ella reparte entre sus hijos – como en Cana- el vino que Jesús nos regala. El diputado es el

que ha sido nombrado para intervenir a favor de las necesidades del pueblo. María constantemente está elevando sus

manos hacia Dios, junto al intercesor Jesús, para implorar gracias para sus hijos necesitados. Por eso al pueblo le

encanta llamar a María su “Auxiliadora”. La madre con cuya oración intercesora, siempre cuenta en sus necesidades.


¿UNA IGLESIA SIN MADRE?


Jesús, la palabra hecha carne, que viene a vivir entre nosotros, quiso tener una madre a su lado que lo

acompañara siempre. Supo lo que era tener esas manos maternales que le enjugaran las lágrimas y el sudor. Dedos

finos sobre su corazón agobiado. Jesús también quiso una madre para su iglesia. “He ahí a tu hijo” Jn 19,26, le dijo a

María. En la persona de Juan, el apóstol, le encomendó a toda la Iglesia, a cada uno de nosotros.


Es inexplicable como el protestantismo se alejo de la devoción filial a María, como ha llegado a privarse de ese

regalo precioso que Jesús entrego a su Iglesia. Lutero era devoto de María. Escribió bellas páginas sobre la Virgen

María y nunca se atrevió a eliminar el culto de veneración a la Virgen.


Los reformadores Zuinglio y Calvino también retuvieron el culto a María. Lastimosamente en medio de la

acalorada polémica, el protestantismo la emprendió contra lo que era característico de los católicos: la devoción a

María. Por rechazar lo católico, rechazaron lo mariano, y se quedaron sin el calor de la Madre en su Iglesia.

En la actualidad hay hechos que nos llaman poderosamente la atención. En Alemania una religiosa protestante, ha

fundado una Congregación que ha bautizado con el nombre “Congregación de María”. Basilea Schlink se llama la

religiosa, que en su bello libro “María, el camino de la Madre del Señor” nos da fe de su encuentro con María.


El Padre Darío Betancourt, narra que después de haber predicado en una Universidad Protestante de los Estados

Unidos, se le acerco un Pastor Protestante y le pregunto: “Padre usted reza el Rosario?”. El Padre Darío creyó que le

quería gastar una broma. El Pastor saco de su bolsillo el Rosario y le dijo: “Con que sangre fuimos redimidos? con la

sangre de Jesús, María le dio esa sangre. Jesús fue concebido sin concurso de varón, por eso Padre Yo rezo el Rosario

todos los días”


También nos impresiona el bello libro que escribió sobre la Virgen María, el teólogo protestante Max Turian. Este

escritor, mas tarde, se convirtió al catolicismo. Todo nos está señalando que entre el protestantismo, muchos están

redescubriendo el valioso regalo que Jesús nos entrego, cuando nombro a María como Madre de la Iglesia.


MADRE DE NUESTROS HOGARES


Es característico de todo hogar católico que no falten allí dos imágenes. Una, es de Jesús. Otra es de María. Ambos

presiden y custodian nuestros hogares. Fue Santa Isabel la primera en experimentar lo que significa la presencia de

María en la propia casa. Dice el Evangelio que apenas puso pie María en la casa de Isabel, se sintió la invasión del

Espíritu Santo. Isabel quedo llena del Espíritu de Dios, el niño que llevaba en sus entrañas, también quedo lleno del

Espíritu Santo. A donde llega María, llega Jesús. María es como un Juan Bautista, que se adelanta para prepararle el

camino. También San Juan supo lo que significa tener a María en su casa. Del calvario bajo Juan, con un inigualable

legado: María. Se la llevo a su casa. La casa de Juan comenzó a ser lugar de encuentro para las primeras comunidades

que querían conocer más acerca de Jesús. María fue una evangelizadora inigualable para los primeros cristianos.

Donde entra María, aletea el Espíritu Santo; se hace patente la bendición de Dios.


Como en el Cenáculo el Día de Pentecostés, así esta María en la Iglesia, en el lugar de madre, que Jesús quiso

para ella. Nada de Diosa. Nada de heroína de película. Simplemente la madre que esta siempre junto a sus hijos para

ensenarles a “escuchar la palabra y ponerla en práctica”. Para rogar a Jesús, que no les falte el vino de su bendición a

sus hijos, para ser la madre firme que exija a sus hijos lo mismo que ordeno a los sirvientes en Cana: “HAGAN LO QUE

EL, LES DIGA”. Ese es el papel de María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia.

MARIA LA GRAN MISIONERA

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee octubre Ee 2020 a las 14:55 Comments comentarios (0)

RENOVACION CARISMATICA CATOLICA


DIOCESIS ROCKVILLE CENTRE


MES MARIANO OCTUBRE 2020

MARÍA LA GRAN MISIONERA


 

Para ser misioneros debemos haber tenido un encuentro personal con Cristo, a quien reconocemos como

hijo de Dios. Desear que la alegría de la Buena nueva del Reino de Dios llegue a todos los que yacen al

borde del camino (LC 10,30). La alegría del misionero es antídoto frente a un mundo atemorizado por el

futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del misionero no es un sentimiento de bienestar

egoísta sino una Certeza que brota de la fe. Conocer a Jesús es lo mejor que nos ha pasado, haberlo

encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida y darlo a conocer con nuestras palabras y

obras, es nuestro gozo.


La máxima realización de la existencia cristiana nos es dada en la Virgen Maria quien, por su fe (Lc 1,45) y

obediencia a la voluntad de Dios Lc 1,38, así como por su constante meditación de la Palabra y de las

acciones de Jesús (Lc 2,19.51) es la discípula misionera más perfecta del Señor.

La Virgen Maria con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo, y

también se hace colaboradora en el renacimiento spiritual de los discípulos. Del Evangelio, emerge su figura

de mujer libre y fuerte, ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego

de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del Proyecto del

Padre. Alcanzo así, a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el

ministerio de la alianza.


Con ella, providencialmente unida a la plenitud de los tiempos (Gálatas 4,4) llega a cumplimiento la

esperanza de los pobres y el deseo de salvación, la Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia

de la salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz,

Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de la Virgen Maria, (Jn

19,27) Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya. Coopero con el Nacimiento de la Iglesia

misionera, imprimiendo un sello mariano que la identifica hondamente (Hechos 1,13-14).


La Virgen Maria es la gran misionera, continuadora de la misión de su hijo y formadora de misioneros.

Desde entonces, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana

para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. (V CONF GEN DEL EPISCOPADO

LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE # 269).


Maria Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe, destinada a guiarnos y a

fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El pueblo cristiano

aprende de la Virgen Maria a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de

su amor. Mediante el Santo Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las

mismas manos de la Madre del Redentor.


En el proceso de formación del discípulo misionero, destacamos cinco aspectos fundamentales:

 

a) Encuentro personal con Jesucristo

b) La Conversion

c) El Discipulado

d) La Comunión

e) La Misión


Desarrollemos estos cinco pasos:

a) Encuentro personal con Jesucristo: Quienes serán sus discípulos misioneros ya lo buscan Jn 1 ,38,

pero es el Señor quien los llama (Mt 9,9) “Sígueme”. Se ha de descubrir el sentido mas hondo de la

búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo, buscándolo asiduamente en la oración

personal y anhelando estar en compañía del amado de mi alma (Cantar de los cantares 3, 1-4), no

es solo una etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo

misionero.


b) La Conversión: Es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en El

por la acción del Espiritu Santo, se decide a ser su amigo e ir tras El, cambiando su forma de pensar

y de vivir, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida y vida en abundancia (Jn 10,10).


c) El Discipulado: La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de

Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina. Para este

paso, es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental, que

fortalecen la conversión inicial y permite que los discípulos misioneros puedan perseverar en la vida

cristiana y en la misión en medio del mundo que los desafía.


d) La Comunión: No puede haber vida cristiana sino en comunidad: las comunidades de vida

consagradas, las comunidades de base, la comunidad de oración. Como los primeros cristianos, que

se reunían en comunidad (Hch 2, 42-47), viviendo el amor de Cristo en la vida fraternal solidaria.

También es acompañado y estimulado por la comunidad y sus pastores para madurar en la vida del

Espiritu.


e) La Misión: El discípulo misionero a medida que conoce y ama a su señor, experimenta la necesidad

de compartir con otros la alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y

resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una

palabra a construir el Reino de Dios aquí en la tierra.


Para terminar, la Virgen Maria como discípula misionera nos ensena el primado de la escucha de la

Palabra en la vida del discípulo y misionero.

Esta enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de

Dios. Así, se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale

y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se hace su

palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos están

en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando

íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser la madre de la Palabra

encarnada. (V CNF EPISCOPAL Y DEL CARIBE # 271)

Vas a tener tú envidia porque soy bueno

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee septiembre Ee 2020 a las 17:55 Comments comentarios (0)

 

 

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO


20 - 26 de Septiembre 2020


“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”


 

  Is 55,6-9: “Mis caminos no son los caminos de ustedes”

 

Busquen al Señor mientras se deja encontrar, invóquenlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

 

Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni mis caminos son los caminos de ustedes —Oráculo del Señor—. Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los de ustedes, mis pensamientos, de sus pensamientos.


 

 

Sal 144,2.8.17: “Cerca está el Señor de los que lo invocan”

 

 

Día tras día, te bendeciré

 

y alabaré tu nombre por siempre jamás.

 

Grande es el Señor, merece toda alabanza,

 

es incalculable su grandeza.

 

El Señor es clemente y misericordioso,

 

lento a la cólera y rico en piedad;

 

el Señor es bueno con todos,

 

es cariñoso con todas sus criaturas.

 

El Señor es justo en todos sus caminos,

 

es bondadoso en todas sus acciones.

 

Cerca está el Señor de los que lo invocan,

 

de los que lo invocan sinceramente.


 

 

Flp 1,20-24.27: “Para mí la vida es Cristo”

 

 

Hermanos:

 

Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.

 

Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, y eso es mucho mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes.

 

Lo importante es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.


 

 

Mt 20,1-16: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

 

— «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar trabajadores para su viña. Después de contratar a los trabajadores por un denario al día, los mandó a su viña.

 

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:

 

“Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido”.

 

Ellos fueron.

 

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo, y les dijo:

 

“¿Por qué están aquí el día entero sin trabajar?”

 

Le respondieron:

 

“Nadie nos ha contratado”.

 

Él les dijo:

 

“Vayan también ustedes a mi viña”.

 

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:

 

“Llama a los trabajadores y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.

 

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.

 

Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

 

“Estos últimos han trabajado tan sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.

 

Él replicó a uno de ellos:

 

“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

 

Así los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».


 

NOTA IMPORTANTE PARA MEDITACION

 

El Señor pronuncia una nueva parábola, una comparación con un ejemplo tomado de la vida cotidiana. El personaje principal de la parábola es el propietario de una viña. La viña evoca en primer lugar al pueblo de Israel, considerada como la “viña de Dios” (ver Sal 80,9-16; Is 5,1-4).

 

 

Llegado el tiempo de la cosecha el propietario requiere operarios que ayuden a sus siervos en la ardua tarea de la recolección de las uvas. Él mismo sale al amanecer a la plaza del pueblo, donde la gente necesitada de trabajo se reunía esperando a que alguien los contratase para la jornada. A horas tempranas el dueño de la viña encuentra un grupo de hombres y conviene con ellos en pagarles un denario por la jornada de trabajo.

 

 

Un denario era considerado un salario justo por un día de trabajo. El pago se realizaba al finalizar la jornada, pues en la Ley de Moisés estaba estipulado: al trabajador «dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita» (Dt 24,15; ver Lev 19,13).

 

 

El propietario de la viña vuelve nuevamente a media mañana, hacia mediodía y a media tarde a la plaza en busca de más operarios. A éstos les ofrece pagarles ya no un denario sino «lo debido».

 

 

Finalmente vuelve una vez más «al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo». Ni siquiera faltando una hora para que el sol se oculte el dueño de la viña cesa en su búsqueda. También a éstos los contrata para trabajar en su viña en lo que queda del día.

 

 

Sin duda estos últimos no esperaban recibir mucho por una hora de trabajo. Aún así, ante la necesidad de llevar algo a casa para el sustento de los suyos, poco sería mejor que nada.

 

 

Es a los últimos a los que el capataz manda pagar primero, y manda pagar no «lo debido», sino un denario. Desde el punto de vista de la justicia, aquellos hombres recibieron un pago inmerecido, fruto de la magnanimidad y generosidad del dueño de la viña.

 

 

También aquellos que habiendo soportado todo el peso de la jornada recibieron el denario, lo que en justicia les correspondía. No alabaron ni se alegraron por la generosidad y magnanimidad mostrada por el dueño de la viña con aquellos operarios contratados al final del día, sino que juzgaron como una injusticia que se les pagara lo mismo habiendo trabajado más. Llenos de amargura empezaron a hablar mal del dueño de la viña, manifestaron su queja y se pusieron a reclamar un pago mayor para ellos. El dueño de la viña, llamando a uno que acaso era el líder de aquel grupo de exaltados, le hace ver que no les hacía ninguna injusticia: se habían arreglado en un denario por la jornada.

 

 

Luego de manifestar que en justicia nos les debía más, evidencia la causa de aquel comportamiento inapropiado: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». De este modo el propietario no sólo sale al paso del terrible subjetivismo de aquellos hombres mostrándoles la verdad objetiva, sino que con mirada penetrante va a la raíz del problema, que es de tipo espiritual: es la envidia lo que les lleva a amargarse por el gesto de bondad realizado por aquel señor.

 

 

Nuestra versión castellana traduce por “envidia” lo que en el original griego dice “ojo malo”. En la mentalidad semita el ojo era considerado como el reflejo o espejo de lo que hay en el corazón del hombre. Cuando los hebreos decían de un hombre que tenía ojo bueno, querían decir que tenía un corazón generoso y benéfico. Un hombre con ojo malo en cambio era aquel que tenía un corazón lleno de envidia: «Maligno es el ojo del envidioso» Eclo 14,8. El hombre con “ojo malo” es incapaz de ver la bondad en el corazón ajeno. El hombre cuyo corazón está lleno de envidia es incapaz de alegrarse por el beneficio que recibe su prójimo. De este modo el envidioso «desprecia su misma alma» Eclo 14,8, es decir, su veneno termina volviéndose contra él mismo.

 

 

En la parábola el propietario de la viña representa al Padre eterno. Él sale una y otra vez en busca del hombre, en busca de todos aquellos que quieren trabajar en su viña y recibir el denario al final del día. Aquellos contratados al amanecer y a las diversas horas del día serían los judíos, mientras “los gentiles” serían los llamados al atardecer. Puede aplicarse también a todos los hombres que van siendo buscados por Dios en las diversas horas o etapas de la vida y se dejan encontrar por Él. El pago del denario viene a ser la incorporación de aquellos hombres en el Reino de los Cielos, su participación en la felicidad de la vida eterna.

 

 

La parábola resalta la absoluta libertad y bondad de Dios en la distribución de sus bienes. Dios es justo en su obrar cuando paga lo convenido a quienes trabajaron todo el día, y brilla por su magnanimidad, compasión y misericordia cuando da lo mismo a quien sólo ha trabajado una hora al final del día. Incluso el pago justo dado a los primeros es un don que brota de su bondad y generosidad.


 

 

LUCES PARA AMPLIAR LA VISION CRISTIANA

 

Llama la atención la reacción de los jornaleros, que protestan porque a los últimos se les paga lo mismo que a los que trabajaron desde la mañana. Se quejan porque consideran injusto que a ellos, habiendo trabajado más, se les pague igual. El dueño de la viña pone de manifiesto lo que en realidad se esconde detrás del reclamo aparentemente justo: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

 

 

La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien o prosperidad del prójimo, así como también el gozo ante el daño o mal que sufre. San Agustín calificaba la envidia como el «pecado diabólico por excelencia», y San Gregorio Magno afirmaba que «de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia». ¡Cuántos llevados de la envidia inventan historias, divulgan o exageran defectos del prójimo, se dedican a dañar o destruir su buena fama o reputación!

 

 

Las causas de la envidia son innumerables. Basta que otro tenga más dinero o belleza, más fama o fortuna en la vida, más habilidad en esto o en lo otro, mejores notas o mayores triunfos, mayor inteligencia, dones, talentos, capacidades que nosotros no poseemos, etc., para que experimentemos en el corazón un movimiento de envidia.

 

 

La envidia no sólo se da entre desconocidos, también se da entre amigos o hermanos. No pocas veces escuchamos a los niños protestar llorosos o airados ante sus padres: “¿Por qué a él sí y a mí no? ¡Qué injusto!” ¡Cuántas veces reclamamos también nosotros de la misma manera ante todo lo que juzgamos como una “injusticia” que se nos hace, o que nos hace “la vida” cuando favorece a otros con éxitos, logros, una aparente felicidad, mientras que a nosotros nos toca luchar y sufrir tanto!

 

 

La envidia produce numerosas heridas, rencores, resentimientos, que van envenenando el propio corazón y van difundiendo ese veneno por doquier. Muchas veces buscará destruir a aquellos a quienes considera más favorecido, por ejemplo, dirigiendo contra ellos o ellas una crítica incesante, cargada de amargura, que busca resaltar, exagerar o inventar defectos para destruir su buena reputación y fama e indisponer a todos los que pueda contra la persona envidiada.

 

 

El envidioso se encierra cada vez más en su propio egoísmo. El estar mirándose primero a sí mismo lo vuelve mezquino, lo hace incapaz de alegrarse cuando el otro progresa o recibe beneficios que él no. Como está siempre centrado en sí mismo y en su propio interés, percibe un beneficio hecho a otro como una afrenta e injusticia que se comete contra él, tal y como vemos en el Evangelio.

 

 

¿Cuál es el remedio a este terrible mal, a este pecado diabólico que sin duda a todos nos afecta, en mayor o menor medida? He aquí la recomendación de Fray Luis de Granada: «si quieres una muy cierta medicina contra este veneno, ama la humildad y aborrece la soberbia, que ésta es la madre de esta peste. Porque como el soberbio ni puede sufrir superior ni tener igual, fácilmente tiene envidia de aquellos que en alguna cosa le hacen ventaja, por parecerle que queda él más bajo si ve a otros en más alto lugar».

 

 

Y si quieres asemejarte más aún al Señor, pon por obra también este otro sabio consejo de aquel mismo maestro espiritual: «no te debes contentar con no tener pesar de los bienes del prójimo, sino trabaja por hacerle todo el bien que pudieres, y pide a nuestro Señor le haga lo que tú no pudieres».


 

LOS PADRES DE LA IGLESIA CATOLICA

 

«“Id también vosotros a mi viña”. Hermanos, quizás os preguntéis ¿por qué no hace venir al mismo tiempo a todos los obreros a la viña del Señor? Os responderé que el designio de Dios ha sido el de llamarlos a todos al mismo tiempo. Pero no todos quieren ir cuando son llamados a la primera hora y así se explica su rechazo. Por eso Dios mismo les llama de manera particular (…), a la hora en que piensa que irán y responderán a su invitación».

 

 

San Juan Crisóstomo

 

 

«Muchos vienen a la fe, pero son pocos los que llegan al Reino de los Cielos, porque son muchos los que siguen a Dios con los labios y huyen de Él con sus costumbres. De todo esto, podemos sacar dos consecuencias. Primera, que nadie debe presumir de sí mismo. Porque aunque uno haya sido llamado a la fe, no sabe si estará elegido para el Reino; y segunda, que nadie debe desconfiar de la salvación del prójimo, aunque lo vea entregado al vicio, porque todos ignoramos los tesoros de la misericordia de Dios».

 

 

San Gregorio Magno

 

 

«Da a todos un denario, recompensa de todos, porque a todos será igualmente dada la misma vida eterna».

 

 

San Agustín


Sobre la envidia

NUESTRO CATECISMO CATOLICO

 

2538: El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera. La envidia puede conducir a las peores fechorías. La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo.

 

 

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo).

 

 

2539: La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

 

 

S. Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia» Catech. 4, 8. «De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Gregorio Magno).

 

 

2540: La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

 

 

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado —se dirá— porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo).

 

 

2554: El bautizado combate la envidia mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.


 

 

!GLORIA A DIOS!

 


 

 

Perdona hasta setenta veces siete

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee septiembre Ee 2020 a las 20:00 Comments comentarios (0)

PAN DE VIDA DE HOY Y SIEMPRE


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO


SEMANA 13-19 de Septiembre 2020


“Perdona hasta setenta veces siete”


 

Preἁmbulo a las lecturas …

 

La primera oración de la Eucaristía es conocida como “colecta”. Colecta porque recoge y expresa los sentimientos de la asamblea que se dispone a celebrar el misterio pascual. Por eso es importante prestarle atención. Hoy esta oración pedirá a Dios que nos conceda servirle de todo corazón para que percibamos el fruto de su misericordia. Estas dos peticiones están muy relacionadas con el evangelio de este domingo, en el que el Señor nos exhorta a perdonar siempre, sin límites. El perdón al hermano que nos ha ofendido puede ser una buena manera de servir al Señor. Por otra parte, este perdón otorgado al hermano es la mejor prueba de que hemos acogido y, por tanto, percibido, el fruto de la misericordia que el Señor tiene con nosotros.

 

La liturgia de hoy habla de perdón y misericordia. Cada eucaristía comienza con una petición al Señor de las misericordias para que perdone nuestros pecados y así podamos celebrar dignamente sus misterios. El salmo, que siempre leemos o cantamos después de la primera lectura, nos recuerda que nuestro Dios es misericordioso; esa es una de sus mejores características: “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Nosotros estamos llamados a imitar este modo divino de ser.


 

 

Eclo 27, 33 - 28, 9: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”

 

 

Ira y cólera son despreciables; el pecador las posee en su interior. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.

 

 

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? ¿No tiene compasión de su semejante, y pide perdón de sus pecados? Si él, que es un simple mortal, guarda rencor, ¿quién le obtendrá el perdón de sus pecados?

 

 

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; acuérdate de la corrupción y de la muerte, y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; recuerda la alianza del Altísimo, y perdona el error.


 

 

Sal 102, 1-4.9-12: “El Señor es compasivo y misericordioso”

 

 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y todo mi ser a su santo nombre.

 

Bendice, alma mía, al Señor,

 

y no olvides sus beneficios.

 

 

Él perdona todas tus culpas

 

y cura todas tus enfermedades;

 

Él rescata tu vida de la fosa

 

y te colma de gracia y de ternura.

 

 

No está siempre acusando

 

ni guarda rencor perpetuo;

 

no nos trata como merecen nuestros pecados

 

ni nos paga según nuestras culpas.

 

 

Como se levanta el cielo sobre la tierra,

 

se levanta su bondad sobre sus fieles;

 

como dista el oriente del ocaso,

 

así aleja de nosotros nuestros delitos.


 

 

Rom 14, 7-9: “En la vida y en la muerte somos del Señor”

 

 

Hermanos:

 

 

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

 

 

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.

 

 

Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.


 

 

Mt 18, 21-35: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?”

 

 

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

 

 

— «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».

 

 

Jesús le contesta:

 

 

— «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

 

 

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

 

 

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.

 

 

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:

 

 

“Págame lo que me debes”.

 

 

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:

 

 

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”.

 

 

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

 

 

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

 

 

“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

 

 

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

 

 

Lo mismo hará con ustedes mi Padre del Cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».


 

PUNTO IMPORTANTE

 

El Señor había enseñado a sus discípulos cómo proceder en la corrección en el caso de que algún hermano cometa un pecado (Mt 18,15ss).

 

 

Pero, ¿qué hacer si un hermano pide perdón arrepentido, pero luego vuelve a pecar, y esto no una, sino repetidas veces?

 

 

En la mentalidad hebrea el número siete significaba totalidad, lo que es pleno, acabado, perfecto. Al preguntar Pedro si debe perdonar “siete veces”, quiere saber si el perdón debe tener un límite o no.

 

 

Era cuestión discutida entre los maestros de la Ley cuál debía ser el número legal para perdonar a quien reincidía en el pecado. Por lo general se consideraba que hasta cuatro veces. El perdón debía tener para los maestros de la Ley un límite, un número. Pedro propone hasta “siete veces”. Acaso los discípulos habían comprendido que la misericordia de Jesús no tenía límites. Poner un límite al perdón era convertirlo en un acto imperfecto. Era como decirle al hermano arrepentido: “está bien, te perdono, pero ojo, estoy llevando la cuenta y el perdón tiene un límite”. En el fondo, no se trataba de un perdón real, sino tan sólo condicionado a la enmienda, con la posibilidad de que por la reincidencia y recurrencia el pecador pudiese quedar definitivamente excluido del perdón, a pesar de su nuevo arrepentimiento.

 

 

El Señor responde: no sólo “siete veces”, sino “setenta veces siete”. Setenta, múltiplo de siete y diez, indica, lo mismo que siete: plenitud y totalidad. ¿Setenta veces siete? ¿Puede la perfección de lo ilimitado alcanzar una mayor perfección? El Señor no sólo pide un perdón ilimitado, sino también absoluto, un perdón que al proceder de la experiencia de haber sido perdonado uno mismo por Dios, de la experiencia de la misericordia infinita de Dios, se expresa no sólo en el número ilimitado de veces que se perdona al pecador arrepentido, sino en la actitud interior de perdonar totalmente cada pecado, de no guardar cuentas pendientes, de no decir “perdono, pero las voy contando para sacártelas en cara en algún momento”.

 

 

El perdón que el Señor pide a sus discípulos debe ser tan perfecto como el perdón que Dios ofrece al pecador que se arrepiente, un perdón que en vez de quedarse contando los pecados o la enormidad de la deuda, busca siempre y ante todo recuperar al pecador, al hijo, a la hija.

 

 

El Señor propone inmediatamente una parábola o comparación, para insistir en la necesidad de perdonar al hermano para alcanzar uno mismo el perdón de Dios. En la parábola el Señor Jesús quiere expresar que Dios se compadece y perdona al pecador que le suplica misericordia, incluso cuando la deuda es exorbitante. El Señor habla de uno que le debe diez mil talentos a su rey. Esta suma equivalía a sesenta millones de denarios, siendo en aquella época un denario el jornal de un trabajador. En otras palabras el Señor quiere decir que esta deuda era sencillamente impagable. Esa deuda le fue perdonada a aquél deudor «porque me lo pediste».

 

 

El Señor habla también de un compañero que a su vez le debía a él tan sólo cien denarios, una suma irrisoria comparada con los sesenta millones de denarios que le habían sido condonados justo antes. ¿No debía éste también tener compasión de su compañero y perdonarle esa deuda ínfima, cuando el rey le había perdonado tanto? Del mismo modo Dios espera que aquél a quien Él ha perdonado todos sus pecados sea capaz de perdonar al prójimo que le pide perdón.

 

 

La conclusión del Señor es fuerte, clara y contundente: Dios le retirará su perdón a aquél que, habiendo sido él mismo perdonado, cierre su corazón a la compasión y se niegue a practicar el perdón con sus hermanos humanos.


 

LUCES PARA VIVIR LA VIDA CTRISTIANA

 

 

¿Quién, al recibir una ofensa, no siente el inmediato impulso interior de querer resarcirse? El dolor experimentado, el orgullo herido, la ira que se enciende en nosotros, nos impulsa a querer castigar o vengar de algún modo el daño recibido, creyendo que con hacer sufrir al otro “lo que me ha hecho sufrir a mí” podremos aliviar nuestro propio dolor o encontrar la paz.

 

 

¿Es posible ir en contra toda esa corriente interior de sentimientos tan fuertes que se despiertan en nosotros cuando nos hacen daño, cuando nos ofenden? ¿Es posible deponer el odio, resistir al deseo de venganza y purificar el corazón de todo resentimiento? Eso es lo que el Señor pide a sus discípulos: perdonar siempre a quien nos hace daño o nos ofende, incluso a quien lo hace reiteradamente, cada vez que se acerque arrepentido.

 

 

Pero podemos decir que el perdón lo debemos ofrecer incluso a aquél que no está arrepentido del daño que nos puede haber ocasionado, involuntaria o voluntariamente. Esto es más difícil aún, ciertamente. Mas de ello da ejemplo y lección el mismo Señor Jesús en la Cruz cuando reza e implora el perdón para aquellos que lo están crucificando sin misericordia, y que no muestran ningún tipo de arrepentimiento sino que están llenos de odio y malicia.

 

 

Ofrecer el perdón a quien nos ha hecho daño es un acto heroico que sólo puede brotar de un amor que es más grande que el mal. Este perdón no sólo es una puerta abierta al pecador para que pueda arrepentirse, corregirse y volver al buen camino. También es el camino que trae la paz a aquél que ha sufrido el daño o la ofensa. Quien se niega a perdonar y alimenta el resentimiento, el rencor y el deseo de venganza en su propio corazón, jamás encontrará la paz del espíritu. Quien cree que puede curar su herida y mitigar su dolor dirigiendo su odio y rencor hacia la persona que le ha causado un dolor y un daño acaso irreparable, tan sólo añade al daño recibido otro peor: su rencor es un veneno que se vuelve contra él mismo, la amargura envenena y mata su propia alma y se difunde a su alrededor, haciendo dura y desdichada la vida de quienes lo rodean por la amargura que lleva en sí mismo. ¡Sólo el perdón ofrecido a quien nos ofende es capaz de curar las propias heridas! Quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón.

 

 

Quizá entendamos mejor lo dicho con una comparación: Si una serpiente venenosa te muerde, ¿irías tras ella, pensando para tus adentros: “cuando la mate, quedaré curado”? Sería de necios e insensatos pensar y actuar así, ¿verdad? Pero es exactamente lo que hacemos cuando alguien nos hace daño y damos paso al odio y al resentimiento en el corazón, buscando —aunque sólo sea en el pensamiento— devolver el daño recibido hasta quedar nosotros “resarcidos”. Puede que en el momento “te sientas bien” matando a la serpiente a palazos, pero tú también morirás por el veneno que ha sido inoculado en ti. En cambio, quien perdona de corazón es como quien sin preocuparse por perseguir a la serpiente y sin perder un segundo va corriendo a la posta médica para buscar el antídoto y salvar así su propia vida.

 

 

El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor, que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él, es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea.


PADRES DE LA IGLESIA CATOLICA

 

«Hermanos, que no haya desavenencias entre vosotros... Tal vez, en el pensamiento os decís: “Quiero hacer las paces, pero es el hermano que me ha ofendido... y no quiere pedir perdón”. ¿Qué hacer entonces?... Hace falta que se interpongan entre vosotros unos terceros, amigos de la paz... En cuanto a ti, sé pronto para perdonar, totalmente dispuesto a perdonarle su falta desde el fondo del corazón. Si estás del todo dispuesto a perdonarle la falta, de hecho, ya le has perdonado».

 

 

San Agustín

 

 

«Sabéis lo que vamos a decir a Dios en la oración antes de acercarnos a comulgar: “Perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Preparaos interiormente a perdonar, porque estas palabras las volveréis a encontrar en la oración. ¿Cómo las vais a decir? ¿No las vais a pronunciar? Porque al fin y al cabo, ésta es la cuestión: ¿diréis estas palabras o no las diréis? Detestas a tu hermano y pronuncias las palabras “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que no ofenden”? “Evito estas palabras”, me dirás. Pero entonces, ¿estás realmente orando? Poned atención, hermanos míos. En un instante pronunciaréis la oración. ¡Perdonaos de todo corazón!».

 

 

San Cesáreo de Arles

 

 

«Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria. Primeramente mereces —y es lo más importante— el perdón de tus pecados. Además te ejercitas a la paciencia y a la valentía. En tercer lugar, adquieres la dulzura y la caridad, porque el que es incapaz de enfadarse contra los que le han disgustado, será mucho más caritativo aún con los que le aman. En cuarto lugar arrancas de raíz la cólera de tu corazón, lo cual es un bien sin igual. El libera su alma de la cólera, evidentemente arranca de ella la tristeza: no gastará su vida en penas y vanas inquietudes. Así es que, odiando a los otros nos castigamos a nosotros mismos; amándolos nos hacemos el bien a nosotros mismos. Por otra parte, todos te venerarán, incluso tus enemigos, aunque sean los demonios. Mucho mejor, comportándote así ya no tendrás más enemigos».

 

 

San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA

“Perdona nuestras ofensas...

 

 

2839: Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo, y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano. Nuestra petición empieza con una «confesión» en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia.

 

 

2840: Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana a quienes vemos (ver 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.


 

 

...como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

 

 

2842: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» Mt 5, 4; «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).

 

 

2843: Así adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (ver Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Allí es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

 

 

2844: La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.

 

 

2845: No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino. Si se trata de ofensas (de «pecados» según Lc 11, 4, o de «deudas» según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor» (Rom 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación. Se vive en la oración y, sobre todo, en la Eucaristía:

 

 

Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (S. Cipriano).


 

REFLEXION FINAL

 

 

El perdón es una de las modalidades del amor. Una de sus más exigentes. Porque en la convivencia humana en general, y en las distintas formas de convivencia familiar o comunitaria, pueden surgir problemas, malentendidos, discusiones e incluso ofensas entre las personas. En este caso, un cristiano está llamado a la reconciliación. Y el camino de la reconciliación pasa por el reconocimiento del propio pecado y/o por el perdón al ofensor. San Pablo exhortaba a los cristianos al perdón mutuo, siendo Cristo la clave de este perdón: “como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros” (Col 3,13).

 

De la misma forma que el amor tiene distintas dimensiones y alcances (amor entre los esposos, amor a los familiares, a los conocidos, a los compañeros de trabajo), y el amor cristiano alcanza dimensiones universales, pues no conoce límites, encontrando en el amor al enemigo, al que no se lo merece, su alcance más universal, también el perdón cristiano tiene distintas dimensiones y un alcance universal. El perdón no tiene límites. A Jesús le formulan una pregunta sobre los límites del perdón: ¿cuántas veces hay que perdonar? Pregunta muy lógica y muy humana. Jesús responde que, para sus seguidores, el perdón no tiene límites, puesto que hay que perdonar siempre y en toda circunstancia. No es fácil el perdón, como tampoco es fácil el amor. Pero hace feliz. El auténtico amor y el auténtico perdón son gratuitos. Por eso su alcance es universal. Lo que tiene precio es siempre limitado. Y lo más interesante: el perdón no es un favor que hacemos el ofensor, es un bien que nos hacemos a nosotros. El primer beneficiario del perdón es el que perdona.

 

Una cosa sobre la parábola de hoy. Pues los títulos con los que recordamos algunas parábolas pueden desorientar. Así ocurre, por ejemplo, con la conocida como parábola del hijo pródigo. Espontáneamente nuestra mirada se dirige a este hijo. Cuando así ocurre vamos mal orientados. Porque el protagonista de la parábola del hijo pródigo no es ninguno de los dos hermanos. Ellos no son nuestro punto de referencia. Nuestra mirada debe dirigirse al Padre, que representa a un Dios que acoge a todos los que están alejados de él, a los dos hermanos que están fuera de casa, y quiere que los dos participen en el banquete que prepara para todos.

 

Lo mismo ocurre con la parábola que hoy hemos escuchado. El protagonista no es ninguno de los dos siervos. Nuestra mirada debe dirigirse al verdadero protagonista, que es el rey. Un rey que perdona “lo que no está en los papeles”, que perdona incondicionalmente al que no puede pagarle de ninguna manera. Este rey debe atraer nuestra mirada. En él podemos ver al Dios que en Jesucristo se revela, un Dios que perdona sin condiciones, que acoge a los pecadores, Dios de misericordia y de bondad. Este Dios se revela en su Hijo Jesús, que en la cruz perdona a sus enemigos. Jesús, el verdadero rey (“rey de los judíos”), en la cruz, no solo perdona, sino que se convierte en el abogado defensor de sus asesinos: “perdónales, porque no saben lo que hacen”. La parábola de hoy nos invita a identificarnos con este sorprendente rey perdonador.

 

Hay un problema. No por parte del rey que perdona sin condiciones, sino por parte del destinatario del perdón. Porque el perdón, como el amor, necesitan ser acogidos, para producir su efecto transformador. ¿Y cuando son acogidos? Cuando se transmiten. El problema del siervo llamado inicuo es que no ha sabido acoger el perdón. La prueba está en que no lo transmite, no lo comparte. Por eso, en la oración de Jesús se nos recuerda que, para ser de verdad perdonados, para que el perdón nos cambie y produzca efectos transformadores, necesitamos perdonar nosotros también a los que nos ofenden. Al hacerlo nos identificamos con el Padre celestial. A él tenemos que mirar, a este rey de la parábola que lo representa, para identificarnos con él.

El tema de la liturgia de hoy es de una sorprendente actualidad. En nuestro mundo abundan expresiones de rechazo e intolerancia. Las denuncias por delitos de odio (según datos del Ministerio del Interior español, que seguramente son extrapolables a otros países) aumentan de año en año. Abundan los delitos de xenofobia, racismo y violencia doméstica. Desde las tribunas políticas se predica la intolerancia y se lanzan falsedades sobre colectivos no deseados (por ejemplo, los inmigrantes). Los cristianos estamos llamados a “ir contra corriente”, y a contrarrestar las olas de violencia e intolerancia con hechos y palabras de acogida, comprensión, misericordia y perdón.

 

 

Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee septiembre Ee 2020 a las 19:55 Comments comentarios (0)

PAN DE HOY Y SIEMPRE


XXIII Domingo del tiempo ordinario


Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A) Septiembre 6 al 12 2020


“Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”

 

 Preparacion para las lecturas de hoy

 

Reunidos en el nombre del Señor.Cuando el “ir a misa” los domingos está más en crisis, Jesús nos sigue proponiendo “reunirnos en su nombre”. Es cierto que para muchos cristianos la Eucaristía se hace insufrible, no le encuentran sentido, ni les toca para nada su vida. Poco menos que es un acto gregario y rutinario, al que vamos por costumbre o por miedo, que es conducido por un sacerdote desde una distancia física y humana considerables. Así se va perdiendo esta práctica, ante la pasividad de unos y otros, por eso ¿no habrá llegado el momento de purificarla?, ¿no habrá otras formas de reunión en el nombre del Señor?

 

Con el Señor no nos reunimos ni por costumbre, ni por disciplina a un precepto. Es una reunión en la que o sentimos el atractivo de Jesús o se va desfigurando y vaciando de vida; o sentimos que nos anima su Espíritu y El es la razón y el motivo del encuentro o nuestras reuniones nos llevarán a la indiferencia y motivos extraevangélicos, saliendo de ellas helados y sin calor para vivir. El número tiene que dejar de ser importante (“dos o tres” valen), para que sea más importante el alimento evangélico que recibimos para vivir como verdaderos seguidores. Además escuchamos el evangelio en comunidad, recordando y celebrando, escuchando y conmemorando la vida de Jesús que actualizamos en nosotros. Esta especie de arte es lo que nos hace más discípulos y mejores seguidores de Jesús.


 Primera lectura

 

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9

 

Esto dice el Señor:

«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.

Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.

Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».

 

Salmo

 

Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos. R/.

 

Entrad, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía. R/.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.


 

Segunda lectura

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

 

A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.


 Evangelio del día

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.

Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


 NOTA IMPORTANTE


Iª Lectura: Ezequiel (33,7-9): El profeta centinela de la palabra de Dios

 

I.1. La primera lectura forma parte de un texto que se enmarca en el recuerdo del asedio de Jerusalén por los babilonios y pos­teriormente, ya Jerusalén destruida, el profeta promete un futuro mejor. No po­día ser de otra manera para una comunidad que analiza su situación y consi­dera su responsabilidad. Pero es el mismo profeta quien se convierte en centinela de esta situación y de esta llamada a la responsabilidad personal, con todas sus consecuencias. Ezequiel es un profeta que goza de esta notoriedad teológica cuando defiende en su obra el sen­tido de que ya no es todo el mundo responsable y todo el mundo culpable, sino que cada uno responde según sus obras y su actitud.

 

I.2. Un centinela, que guarda la ciudad, es la imagen hermosa de la lectura. Los demás pueden descansar, trabajar, pero cuando escuchen la voz del centinela, todos deben acudir para salvar la ciudad, y si alguien no lo hace está perdido; perdido personalmente. Dios es el guardián de Israel (según el salmo 121), pero necesita a los profetas como centinelas para llamar y alertar. Y el pueblo mismo necesita a los centinelas, a los profetas, para que su vida tenga sentido. La religión también los necesita. Por eso, una religión sin profetas está llamada a enquistarse en el pasado y a morir. Este es el sentido profundo del texto de hoy.

 

I.3.En el texto se perfila, pues, la misión del profeta, de un profeta verdadero: es el centinela de la fidelidad del pueblo de la alianza. Debe cumplir con firmeza y fe la misión de comunicar la palabra de Dios en su integridad; sea una palabra de esperanza o una palabra de juicio. Y el profeta, como cada uno de nosotros, es responsable de no haber anunciado a todos la palabra de Dios, de haber callado. Por eso es tan difícil que un verdadero profeta guarde silencio. Efectivamente se pone el acento en la respon­sabilidad de los que escuchan la palabra del profeta.


 

IIª Lectura: Romanos (13,8-10): La felicidad de todos se resuelve en el amor

 

II.1. Seguimos con la parte exhortativa de la carta a los Romanos, es decir, no es un texto doctrinal, sino parenético. Pero no se trata de cualquier norma práctica, sino de lo que puede considerarse como la “quintae­sencia” de toda la moral, de todo compromiso, de todos los mandamientos, de la ley y de los preceptos. El deber más importante que tiene todo cristiano es amar a Dios y al prójimo; en esto consiste la ley y los profetas; en esto se resuelven todos los mandamientos. Y esto se toma de uno de los decálogos del AT, concretamente de Dt 15,17-21. Y todos estos mandamientos se resumen en uno (reductio in unum), citando Lv 19,18b: amarás a tu prójimo, como te amas a ti mismo. Es muy posible que aquí se esté pensando en lo complicado de todos los preceptos de la ley mosaica, unos 613; por tanto, mejor tirar por la calle del medio: todo se reduce a amar a los otros, tal como nosotros queremos ser amados.

 

II.2. Pero también es muy importante tener en cuenta que el prójimo, en el ámbito de la Nueva Alianza, no son los que tienen la misma re­ligión o piensan como nosotros, sino todos los hombres. El amor es la única virtud que integra a los enemigos. Dios no los tiene, porque ama a todos los hombres. Esta es la norma de vida que Pablo propone para todo cristiano y que debía ser la de todos los hombres. En esta síntesis breve, Pablo nos presenta toda la praxis de los que han aprendido a ser cristianos en razón de aceptar la gracia salvadora de Dios.


 

Evangelio. Mateo (18,15-20): la comunidad como experiencia de perdón y oración

 

III.1.El evangelio de hoy forma parte de uno de los discursos más significativos del primer evangelio. Mateo se caracteriza por una narra­ción de la actuación de Jesús que viene alentada por una serie de discursos. En este caso, nos encontramos con el llamado «discurso eclesiológico» porque se contemplan en él las normas de comportamiento básicas de una comunidad cris­tiana: perdón, comprensión, solidaridad. Hoy aparece lo que se ha llamado la corrección fraterna, el tema del per­dón de los pecados en el seno de la comunidad, y el valor de la oración común.

 

III.2. La corrección fraterna es muy importante, porque todos somos pecadores, y tenemos un cierto derecho a nuestra intimidad. Pero se trata de pecados graves que afec­tan a la comunión, y para ello se debe seguir una praxis de admonición, con ne­cesidad de testigos, para que nadie sea expulsado de la comunidad sin una ver­dadera pedagogía de caridad y de comprensión. El poder de «atar y desatar», que en Mt 16 (hace dos domingos) se confería a Pedro, completa lo que allí se dijo: es en la comunidad donde tiene todo sentido el perdón de los pecados. Eso exige dar oportunidades, para que no sea el puritanismo lo específico de una comunidad, como muchas lo han pretendido a lo largo de la historia de la Iglesia. ¡No! No es el puritanismo lo esencial, aunque nuestro texto se resiente de ello, sino ofrecer a los que se han equivocado e incluso ofendido a la comunidad, la oportunidad nueva de integrarse solidaria y fraternalmente en ella. Si leemos el texto en clave disciplinar y jurídica, entonces habremos rebajado mucho el valor evangélico de la comunidad.

 

III.3. De la misma manera, la oración común enriquece sobremanera nuestra oración personal. Eso no excluye la necesidad de que tengamos experiencias de perdón y de oración personales, pero hay más sentido cuando todo ello se integra en la comunidad. La religión enriquece la dimensión social de la persona humana. Sin duda que estos aspectos tienen otros matices e interpretaciones, pero la dimen­sión comunitaria es la más rica en consecuencias.


 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

 

 La fraternidad en la base de la vida cristiana

 

Desde los orígenes, con Caín y Abel la fraternidad es una preocupación de la Palabra. La despreocupación por el otro, la falta de solidaridad, el entender la vida en soledad es no haber captado que no se puede ser feliz solo. Esa manera de vivir no está lejos de nuestras expresiones: “yo no me meto en la vida de nadie. Allá él”, “quien soy yo para meterme en la vida de nadie”, “¿qué puedo hacer yo ante esta situación a escala mundial?”, que denotan falta de compromiso. Somos capaces de juzgar a todo el mundo y ver sus males y e identificar a “los malos”, pero nos cuesta meternos en el rio de la vida, prefiriendo sentarnos en la orilla, ver pasar las aguas turbulentas, pero vivir incontaminados y que nadie nos toque.

 

Jesús, lejos de alejarnos de la comunidad o permanecer pasivos y críticos, nos atrae a la reunión y unificación; quiere restablecer relaciones hasta con los más débiles y pecadores, sin culpabilizarles, sino ayudándoles y aceptándoles como víctimas de tantas situaciones que no pueden controlar. Nadie se debe quedar excluido de la comunión con él, ni de la escucha de su evangelio que forma y reforma la comunidad.

 

Salvar al hermano y proteger la comunidad

 

Ezequiel (primera lectura) tiene el encargo de Yahvé de ser “atalaya del pueblo”. Recibe esa función, no por ser profeta, sino por ser “hijo de hombre” (hermano). Esta función consiste en cargar con las debilidades del pueblo y desenmascarar todo tipo de insolidaridades, despreocupaciones por el otro al estilo de Caín o egoísmos que destruyen al pueblo. Es el salvar al hermano de que habla el evangelio, ya que somos una familia, donde la corrección fraterna, más que una estrategia o pedagogía es una espiritualidad, un don del Espíritu para construir y alentar a la comunidad.

 

Reprender al hermano para salvarle, no es una crítica viciada, ni conformista, sino una ayuda amistosa y leal en sus momentos de desorientación y despiste. Cuando nos encontramos con alguien que ama la verdad, que se acerca de corazón sinceramente somos capaces de volver a la bondad y dejarnos contagiar por la generosidad. Los cambios en las personas no vienen por medio de grandes ideologías o de pensamientos y propuestas muy atrayentes, sino por la actitud de quien se acerca y su manera de ayudarnos a encontrar el error y de proponernos la renovación. Escuchar a Jesús es la clave.

 

Una iglesia verdaderamente reunida

 

Venir a la iglesia a encontrarnos con la comunidad de Jesús: escuchar su mensaje, recordarle, entender mejor su espíritu, alimentar y repensar constantemente nuestra fe da sentido a cualquier reunión, independientemente de la distancia que podemos ver en la práctica y vitalidad en relación con Jesús. No nos quedamos en lo que nos hace sufrir o nos falta, de brazos caídos, sino en las posibilidades creativas que nos da el encuentro verdadero con Jesús.

 

De hecho, es el encuentro con el evangelio en comunidad, sin poner coto a sus múltiples formas y no focalizándolo solo en los sacramentos, lo que nos ayuda a entender que no basta, ni es lo primero, aceptar una serie de doctrinas y unas prácticas religiosas. Es la adhesión, en comunidad a Jesús encontrándole cercano y compasivo donde podemos actualizar y recrear la verdadera iglesia. Esta es la iglesia reunida en su nombre.

 

Como cristianos y oyentes de la Palabra, este domingo nos preguntarnos por nuestras “reuniones” en el nombre de Jesús. La comunidad de Jesús será lo que seamos nosotros. Si tenemos capacidad de repensar nuestra vida a la luz del evangelio y creernos que juntos podemos ser mejores estamos haciendo camino como seguidores de Jesús. Preguntémonos: si trasmitimos resultados evangélicos ante los indiferentes, descreídos o aquellos que han abandonado la comunidad de Jesús; si nuestra madurez de acogida, corrección fraterna y acompañamiento de los débiles y necesitados es real de cara a construir la comunidad; si el miedo nos paraliza y sigue atando al pasado y sus pesadas cargas, renunciando a la creatividad y frescura del evangelio; si la alegría y la esperanza anidan en nosotros, aunque seamos minoría, creyéndonos sal y levadura capaz de fermentar la masa social.

 

 !GLORIA A DIOS!


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