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Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee junio Ee 2017 a las 16:40

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

11-17 de Junio del 2017


“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”


Ex 34, 4-6.8-9: “Señor, Dios compasivo y misericordioso”

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra.

El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés invocó el nombre del Señor.

El Señor pasó delante de él y exclamó:

— «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Moisés, al momento, se inclinó a tierra y se postró.

Y le dijo:

— «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste sea un pueblo testarudo; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu herencia».

Dn 3, 52-56: “A ti gloria y alabanza por los siglos”

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,

bendito tu nombre santo y glorioso.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria.

Bendito eres sobre el trono de tu reino.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos.

Bendito eres en la bóveda del cielo.

2Cor 13,11-13: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes”

Hermanos:

Estén alegres, busquen la perfección, anímense; tengan un mis¬mo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.

Salúdense mutuamente con el beso santo.

Les saludan todos los hermanos en la fe.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes.

Jn 3, 16-18: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mun¬do, sino para que el mundo se salve por medio de Él.

El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hi¬jo único de Dios.

NOTA IMPORTANTE

Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).

Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses. Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un sólo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina. Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor.

Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo misterio que, «de no haber sido divinamente revelado, no se pudiera tener noticia» (Concilio Vaticano I)? Es el Hijo, Jesucristo, quien nos lo ha revelado: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Es Él, que conoce la intimidad de Dios porque participa de ella, quien ha revelado el misterio de Dios al hombre, quien nos ha querido dar a conocer la unidad y comunión existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Uno de los pasajes en los que el Señor Jesús habla de su relación tan íntima con el Padre es el diálogo nocturno con Nicodemo (Evangelio). A él le dice: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…»

En primer lugar manifiesta el amor que Dios tiene hacia su criatura humana. “Mundo”, en este caso, ha de ser entendido como la humanidad entera y, por tanto, cada ser humano. Manifiesta también que Dios tiene un Hijo único y, por consiguiente, que Él es Padre. Es un Padre que ama tanto a los seres humanos, que para su rescate «envió a su Hijo al mundo», con una misión muy específica: «para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna».

De este modo el Señor manifiesta que Él, el Hijo único, posee la misma naturaleza que su Padre: Él es Dios verdadero, uno con el Dios único, aunque es al mismo tiempo una Persona divina distinta que el Padre. Los mismos Evangelios atestiguan que, al llamar a Dios su propio Padre, Jesucristo se hacía «a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Así lo entendieron también los fariseos, por lo que lo acusaban de blasfemia. Israel insistía en la existencia de un Dios único (ver Dt 6,4). Sólo a este Dios único había que adorar (ver Mt 4,10). Que alguien pretendiese ser igual a Dios era considerado una blasfemia imperdonable, digna de lapidación. Por ello los fariseos «trataban con mayor empeño de matarlo» (Jn 5,18), y es que no estaban dispuestos a comprender la profundidad y dimensión de esta tremenda afirmación del Señor. El Señor, al hacerse igual a Dios, no enseñaba que era un Dios distinto al Padre, sino que era “uno” con el Padre (ver Jn 10,30). He allí la enorme dificultad de comprender y aceptar que se hiciese «a sí mismo igual a Dios».

La reflexión cristiana ha llegado a entender que esa unidad entre el Padre y el Hijo, que es eterna, se da en el Amor, que es al mismo tiempo otra Persona divina: el Espíritu Santo. Por lo que Cristo fue revelando y por la luz del Espíritu de la verdad que llevó a los apóstoles a la verdad completa los cristianos entendemos y confesamos que el Padre es Dios, que también el Hijo es el mismo y único Dios y que también el Espíritu Santo es el mismo y único Dios, aún cuando son tres Personas distintas. Dios es Comunión de Amor, y aunque tres personas, un sólo Dios.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que más le tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación nos inunda cuando nos falta alguien que nos ame y a quien podamos amar, cuando nos falta alguien que nos conozca y a quien podamos conocer de verdad, cuando nos falta esa presencia.

Mientras que la tristeza acompaña a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad inunda el corazón de quien experimenta la comunión, la presencia del ser amado, la comunicación de las existencias. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede ser feliz, porque no puede realizarse verdaderamente como persona humana.

Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que busca y está llamado a vivir. Quienes siguen este camino, lamentablemente, terminan frustrados y amargados en su búsqueda, concluyendo equivocadamente que la felicidad en realidad no existe, que es una bella pero inalcanzable ilusión para el ser humano. A quienes así piensan hay que decirles que la felicidad sí existe, que el ser humano está hecho para la felicidad —es por ello que la anhela tanto y la busca con intensidad—, pero que han equivocado el camino.

¿Y por qué el Señor Jesús nos habló de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿De verdad podemos comprender que Dios sea uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza». El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer el misterio de Dios, Comunión de Amor, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado por Dios-Comunión de Amor como persona humana invitada a participar de la comunión de Personas que es Él mismo, invitada a participar de la misma felicidad que Dios vive en sí mismo.

Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz muy poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. Creados a imagen y semejanza de Dios, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro sino el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Esta palabra es semejante a la que dijo de sí mismo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino que como oigo juzgo” (Jn 5,30); pero decimos que esto puede entenderse respecto a su naturaleza humana. Pero, como el Espíritu Santo no ha venido a ser creatura asumiendo la naturaleza humana, ¿de qué modo hemos de entender esto? Debemos entender que Él no existe por sí mismo. Pues, el Hijo es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede. Pero la diferencia entre engendrar y proceder, en este asunto, sería demasiado larga de explicar, y de dar ahora alguna definición ésta podría ser juzgada de precipitada. “Hablará todo lo que oyere”. Pues, para el Espíritu Santo oír es saber; y saber es ser. Puesto que no es por sí mismo, sino que es por quien procede y le viene la esencia. De ese mismo modo tiene la ciencia, y la capacidad de oír, que es nada menos que la ciencia que posee. El Espíritu Santo, pues, siempre oye porque la ciencia que posee es eterna. Así, pues, de quien Él procede, oyó, oye y oirá».

San Agustín

«El Espíritu Santo no es, como afirman ciertos herejes, menor que el Hijo, porque el Hijo reciba del Padre y el Espíritu Santo del Hijo, como naturaleza de diferente grado. Resolviendo, pues, la cuestión, añade: “Todo lo que tiene el Padre es mío” ».

San Agustín

«El Señor no nos dejó en la duda de si el Espíritu Paráclito procedía del Padre o del Hijo. Pues, recibe del Hijo aquel que es por Él enviado, y procede del Padre. Y preguntó: ¿es lo mismo recibir del Hijo que proceder del Padre? Ciertamente que se considerará una misma cosa recibir del Hijo como si se recibiese del Padre, porque el mismo Señor dijo que todo lo que tenía el Padre era suyo. Al afirmar esto y añadir que ha de recibir de lo suyo, enseñó que las cosas recibidas venían del Padre, y que eran dadas, sin embargo, por Él, porque todas las cosas que son de su Padre son suyas. Esta unión no admite diversidad ni diferencia alguna de origen entre lo que ha sido dado por el Padre y lo que ha sido dado por el Hijo».

San Hilario

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El misterio de la Santísima Trinidad

234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».

237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

238: La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. (…;)

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con El. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

253: La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina».

254: Las personas divinas son realmente distintas entre sí. «Dios es único pero no solitario». «Padre», «Hijo», «Espíritu Santo» no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: «El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo». Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: «El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede». La Unidad divina es Trina.

255: Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: «En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia». En efecto, «todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación». «A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo».

CONCLUSION

 

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unico”

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,16-18

Ha concluido el tiempo pascual en Pentecostés con el don del Espíritu Santo. Al iniciar nuestro camino por el tiempo litúrgico que transcurre durante el año, esta fiesta de la Santísima Trinidad es una celebración gozosa y agradecida al Dios Uno y Trino por la obra de nuestra salvación. Las lecturas bíblicas nos presentan a un Dios compasivo y misericordioso (Éxodo 34, 4b – 6. 8 – 9).

Por otro lado es tan cercano que sale al encuentro para ofrecernos su amistad, amor y comunión en Cristo Jesús (segunda carta de San Pablo a los Corintios 13, 11-13). La misión por la cual se encarnó el Verbo es para que tengamos vida en abundancia; eso es justamente la vida eterna (Evangelio según San Juan 3,16-18).

«Tanto amó Dios al mundo…»

El texto del Evangelio de este Domingo pertenece al diálogo entre Jesús y Nicodemo , cuyo tema central es el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu. Su contexto es, por tanto, un relato doctrinal o catequético sobre el bautismo. Esta breve lectura tiene un contenido trascendental. Se habla directamente del Padre y del Hijo, pero no del Espíritu Santo. La frase que abre la lectura es una admirable síntesis bíblica que, podemos decir, condensa todo el cuarto Evangelio. Dice así: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El motivo de la entrega del Hijo es el amor del Padre por el hombre; y la finalidad de ese don personal, es la salvación y la vida eterna por la fe en Jesús, como leemos en el versículo 17. Jesucristo es el gran signo del amor trinitario por la humanidad, hecho evidente en su Encarnación – Pasión – Muerte y Resurrección por los hombres.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto para la curación de aquellos heridos mortalmente por las serpientes venenosas; así también el «Hijo único» será levantado en la Cruz para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (ver Nm 21,4; Jn 3, 14-15).

La expresión evangélica de «Hijo único», dos veces repetida evoca también a la figura de Abrahán, modelo de fe y padre de los creyentes, sacrificando a su propio hijo Isaac. Queda claro que Dios no mandó a su Hijo para condenar a los hombres sino para que se salven por Él, abriéndose así a la dimensión del amor del Padre en el Hijo. ¡Ese amor, que no es el Padre ni el Hijo, es justamente el Espíritu Santo!

Dios cercano, compasivo y misericordioso

En la conclusión a su segunda carta a los Corintios , Pablo desea a los fieles de esa comunidad el bien máximo: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13). Todos reconocemos en esta fórmula el saludo que el sacerdote dirige hoy a los fieles al comienzo de las celebraciones litúrgicas, en especial, de la Santa Misa. A este saludo los fieles responden: «Y con tu Espíritu». Es una fórmula cristiana antigua, pues el escrito en que se encuentra remonta al año 57 d.C. Pero, dada su forma esquemática y la posición en que se encuentra en la carta, se deduce que ésta es una fórmula litúrgica que existía antes de ser incluida en esa carta. San Pablo estaría citando un texto de la liturgia que todos ya reconocían para esa época.

El Dios revelado por Jesucristo, imagen visible de Dios, aunque trascendente no es un Dios lejano e inaccesible, sino próximo al hombre. Como anticipo de esta plena luz evangélica la Primera Lectura nos muestra que Dios, que conduce a Moisés por el desierto; es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Por eso perdona la infidelidad de los israelitas y renueva su Alianza con su pueblo al que ha tomado como heredad suya.

Para nosotros que vivimos la plena luz de la revelación neotestamentaria, el Dios cristiano no se puede comprender ni definir sin referencia a Jesucristo que es la imagen y la revelación siempre actual del Dios Uno y Trino. La entrega de su Hijo al hombre, como ofrenda de salvación es perenne. Es decir, no queda solamente en el hecho pasado sino es constantemente repetido en el acontecer humano de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra comunidad de fe: especialmente por el anuncio del Evangelio y por los Sacramentos en los que Dios actualiza la redención humana, como afirma la liturgia constantemente.

El misterio de la Santísima Trinidad

Dios no puede ser solitario y mudo, cerrado en el círculo hermético de un eterno silencio, sino que es Trino, es amor y comunión. El amor del Padre, el «Yo», al comprometerse y reflejarse a sí mismo engendra el «Tu» que es el Hijo; y del amor mutuo de ambos, procede el «Nosotros», que es el Espíritu Santo, don y devolución de amor, comunicación y diálogo. Después, como consecuencia y porque la Trinidad ama al hombre que creó, nos permite participar de esa comunión Divina como hijos por medio de Jesús: ser hijos en el Hijo.

Jesús afirmó: «esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Comenta San Bernardo: «pretender probar el misterio trinitario es una osadía; creerlo es piedad; y penetrar en su conocimiento es vida eterna». Penetrar en su conocimiento no significa desentrañarlo, como quien resuelve un problema matemático.

Gloria a Dios!

Ministerio de Comunicacion RCC DRVC

 

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