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Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee junio Ee 2017 a las 0:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

25 -30 de Junio del 2017

“Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea”

Jer 20,10-13: “El Señor está conmigo, mis enemigos no podrán conmigo.”

Dijo Jeremías:

“Yo oía la murmuración de la gente:

‘Hay terror por todas partes;

denunciemos a Jeremías”.

Hasta mis amigos esperan que yo dé un paso en falso:

‘A ver si se deja engañar, y entonces lo venceremos,

Nos vengaremos de él’.

Pero el Señor está conmigo,

como un guerrero poderoso;

mis enemigos caerán y no podrán conmigo.

Se avergonzarán de su fracaso

sufrirán una humillación eterna que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo

y sondeas lo íntimo del corazón,

hazme ver cómo castigas a esa gente,

porque a ti he confiado mi causa.

Canten al Señor, alaben al Señor,

que libró la vida del pobre de manos de los malvados”.

 

 

Sal 68,8-10.14 y 17.33-35: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”

 

 

Rom 5,12-15: “Por el delito de uno murieron todos, mas por Jesucristo la gracia se ha desbordado sobre todos.”

Hermanos:

Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

Porque, antes que hubiera la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.

 

 

Mt 10,26-33: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre”

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“No tengan miedo a los hombres, porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unas moneditas? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que el Padre de ustedes lo disponga. En cuanto a ustedes hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre que está en el cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo”.

 

 

NOTA IMPORTANTE

El Evangelio de este Domingo comienza con una firme exhortación del Señor a sus apóstoles: «No tengan miedo a los hombres…». Busca afirmar su espíritu porque poco antes les había dicho: «Miren que yo os envío como ovejas en medio de lobos», anunciándoles que por su causa los entregarían a los tribunales y los azotarían en las sinagogas, que serían llevados ante gobernadores y reyes, que entregaría a la muerte «hermano a hermano y padre a hijo», en resumen, que serían odiados de todos y perseguidos por ser sus discípulos (ver Mt 10,16-25).

Si ampliamos el contexto, el fragmento que escuchamos este Domingo está enmarcado en un conjunto de instrucciones que el Señor Jesús da a sus apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Reino a «las ovejas descarriadas de Israel» (ver Mt 10,5). Sin embargo hay que decir que varias instrucciones y advertencias trascienden esa misión inmediata y más bien apuntan a la misión univer¬sal que los apóstoles y discípulos deberán realizar una vez que el Señor Resucitado ascienda a los Cielos y envíe el Espíritu Santo sobre ellos el día de Pentecostés (ver Mt 28,19).

El Señor anuncia y advierte a sus apóstoles que en el fiel cumplimiento de su misión recibirán el mismo maltrato que Él sufrirá (ver Mt 10, 24-25). Lo que harán con el Maestro lo harán con los discípulos. Como testigos de Cristo, serán rechazados por aquel “mundo” que se opone a Dios y rechaza sus amorosos designios. ¿Cómo no temblar ante el anuncio de la oposición, del maltrato y de la muerte violenta que sufrirán muchos a manos de sus furiosos opositores y perseguidores? Evidentemente tal panorama asusta a cualquiera y por ello el Señor Jesús, viendo despertar el temor en sus corazones y sabiendo del miedo que experimentarían llegado el momento, los exhorta vivamente a no temer ni siquiera a la muerte misma pues si bien serán capaces de destrozar el cuerpo no podrán matar el “alma”.

Por alma, en griego psijé, ha de entenderse el ser en sí, la vida interior. Su vida quedará guardada por Dios, que resucitará para la vida eterna —con un cuerpo glorioso como el de Cristo— a quienes dan valiente testimonio del Señor en esta vida. Será en el día del Juicio final cuando el Señor ante su Padre se ponga de parte de aquellos que en esta vida se pusieron de su parte ante los hombres, garantizándoles de esa manera la entrada en el gozo eterno de Dios (ver Mt 25,34).

Mas a quien conociéndolo lo niega y reniega de Él, también el Señor le negará su intercesión ante el Padre. En efecto, el Señor advierte que a quien hay que temer es a aquél que puede “destruir con el fuego alma y cuerpo”. El texto griego dice literalmente: “destruir tanto el alma como el cuerpo en la Gehenna”. Gehenna era el nombre del valle que se hallaba al sur de Jerusalén, lugar donde se arrojaba la basura de la ciudad, así como los cadáveres de los animales muertos para ser incinerados. Un vertedero de desperdicios y despojos de animales es usado por el Señor como un símbolo muy fuerte para referirse a otro lugar al que sí hay que temer ir a parar en cuerpo y alma por negar al Señor ante los hombres.

El lugar del castigo es el infierno o "gehenna de fuego." Era el concepto judío del lugar y castigo de los pecados. Designaba originariamente el "valle de Hinnón" (ge-Hinnon), y en arameo con la vocalización en a, que es la que aparece en gehenna. Era un lugar de Jerusalén que se extendía por el noroeste hasta el sudoeste, y en el que se cometieron grandes idolatrías. En tiempo de Acaz (733-727) y Manases (696-641) se habían quemado niños a Moloc (2 Re 23:10; Jn 32:35; 2 Crón 33:6). Para hacer aquel lugar execrable para siempre impuro, el rey Josías (639-608) lo había hecho llenar, profanándolo, con inmundicias. Un fuego, siempre mantenido vivo, quemaba constantemente todos los detritus y basuras. Isaías muestra los cadáveres de los impíos arrojados de la nueva Jerusalén, parte descompuestos y comidos por "el gusano que nunca morirá" y parte quemados en el fuego de la gehenna, "cuyo fuego no se apagará" (Is 66:24). La literatura apocalíptica hace de él el lugar del suplicio de los malos 9. En el lenguaje evangélico, la gehenna vino a ser el símbolo del infierno de los condenados 10. (Salamanca…;)

El miedo natural a la muerte no debe detener a los apóstoles en la misión de dar testimonio del Señor y propagar sus enseñanzas y su Evangelio. El Señor los invita a superar el miedo mediante la confianza en Dios: Él, que cuida de cada uno, estará con ellos en la hora de la prueba, en el momento en que tengan que dar testimonio del Señor, incluso cuando tengan que arrostrar la muerte por su causa. Esta confianza es la que muestra Jeremías, el profeta, ante el acecho que experimenta también él por ser portador del mensaje divino para su pueblo: “el Señor está conmigo, como un guerrero poderoso; mis enemigos caerán y no podrán conmigo” (1ª. Lectura).

La misión, lo que deberán llevar a cabo enfrentando y superando todo miedo y temor, es ésta: «Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea». En los tiempos de Cristo los pueblos de Tierra Santa tenían sus pregoneros. Los techos de las casas eran planos y las órdenes de los gobiernos locales eran proclamadas desde las casas más altas, convirtiendo así la azotea en lugar de proclamas públicas. Tales proclamas se hacían por lo general por las tardes, cuando los hombres retornaban de sus labores campestres. Una llamada larga, ahogada, invitaba a los residentes a escuchar lo que el pregonero posteriormente comunicaba a todos. El Señor, que sin duda había escuchado con frecuencia las proclamas del pregonero del pueblo, hace uso de esta realidad de la vida cotidiana para dar a entender a sus apóstoles que deberán ellos proclamar a viva voz y a los cuatro vientos todo lo que Él les enseñó, incluso en la mayor intimidad o de forma velada. Su doctrina, lejos de ser una doctrina secreta reservada a un grupo de “iniciados”, es para todos y está destinada a ser conocida universalmente.

LAS LUCES DE LA VIDA CRISTIANA

¿Es posible que exista una lámpara encendida que no alumbre? ¿Puede existir un pregonero mudo? Si callase, ¡dejaría de ser pregonero! Tampoco un cristiano puede dejar de irradiar a Cristo o callar su anuncio. Un cristiano que no irradia a Cristo, un cristiano que no anuncia a Cristo y su Evangelio, ¿es verdaderamente cristiano? Aquel o aquella que en verdad se ha encontrado con Cristo, aquel o aquella que le ha abierto las puertas de su casa (ver Ap 3,20; Lc 19,9), aquel o aquella en quien Él habita y permanece (ver Jn 15,4-5), necesariamente irradia y refleja a Cristo. No puede ser de otro modo.

El que es de Cristo anuncia a Cristo. Lo hace con el testimonio de su propia vida, de una vida cristiana intensa, coherente, comprometida, que aspira a vivir la caridad de Cristo en todo lo que hace, que aspira a la santidad haciendo las cosas ordinarias de la vida de modo extraordinario, de todo corazón, como para el Señor (ver Col 3,23). Lo hace también con su palabra, hablando a otros de Cristo y de su Evangelio. ¡Nadie se sienta tranquilo si no anuncia a Cristo, si no lo da a conocer a los demás con sus labios! Pues no es suficiente “ser buenos” pero mudos cristianos: es necesario, es urgente ser también apóstoles, ser pregoneros de su mensaje. «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16), decía San Pablo, experimentando esa enorme urgencia y necesidad de comunicar a otros el don de la reconciliación, la salvación traída por el Señor Jesús. ¿Cuántos quedarán sin oír la buena Nueva si yo no le presto mis labios y mi corazón al Señor en la tarea evangelizadora que Él ha confiado a Su Iglesia, de la que todos los bautizados formamos parte? (ver Mt 28, 19-20; Rom 10,14-15)

El anuncio de Cristo y de su Evangelio, que hay que proclamar abiertamente “desde la azotea”, no siempre goza de popularidad. Cualquier cristiano al anunciar el Evangelio se encontrará con reacciones favorables como también adversas. La oposición, el rechazo, la burla, el desprecio, la calumnia, la difamación, la persecución, son experiencias que forman parte de la vida del discípulo de Cristo, como formaron y forman parte de la vida de tantos apóstoles y cristianos a lo largo de la historia, como formaron parte de la vida de Cristo mismo.

Al sobrevenir estas pruebas, ¿cómo no experimentar el temor? ¿Cuántas veces el miedo al “qué dirán”, a la burla, al rechazo, nos ha llevado a esconder y ocultar nuestra fe, nuestra condición de cristianos católicos? Si nos dejamos vencer por el miedo o la vergüenza, negamos a Cristo, abierta o encubiertamente. Por ello es tan importante vencer los miedos y temores que experimentamos en la vida cristiana: miedo de seguir al Señor, miedo de no saber adónde nos llevará, miedo a que nos pida dar más, miedo a la oposición y rechazo que encontraré en el camino, incluso en la propia familia o en el círculo de amigos más cercanos.

Ante la oposición o dificultades que encontraremos en el camino el Señor nos invita a confiar en Él, a vencer nuestros temores, a lanzarnos sin miedo: «¡No tengan miedo a los hombres!» La confianza en Dios, en su Presencia, en su providencia y acción, nos da mucha seguridad y es el mejor remedio contra el miedo que paraliza o lleva a huir. El miedo se diluye en la medida en que la confianza en Dios se hace fuerte. El Señor nos ha garantizado Él que estará siempre con nosotros en la adversidad. (ver Mt 28,20; Jn 16,33; Jer 1,8). Si Él está con nosotros, nadie podrá contra nosotros (ver Rom 8,31; Jer 20, 11).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Les aconseja que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.»

San Hilario

«“Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos”, esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.»

San Jerónimo

«Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu.»

San Hilario

«Observad que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.»

San Juan Crisóstomo

«Para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: “No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros”.»

San Hilario

«Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”.»

San Juan Crisóstomo

«Ésta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios.»

San Hilario

«Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.»

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).

2145: El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe sin ceder al temor (ver Mt 10, 32; 1 Tim 6, 12.). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

2471: Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor» (2 Tim 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres» (Hech 24, 16).

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (Ad gentes, 11).

2473: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

2474: Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

UNA REFLEXIONES MAS

No tener miedo de salir de la oscuridad,

abrir los ojos a la luz de Cristo, y anunciarlo a toda la humanidad.

Cristo hasta casi el final de su vida no se mostraba con su poder, pues no lo podían comprender. Sin embargo, sus discípulos, los que escuchaban cotidianamente sus Palabras, y a quiénes eran explicadas las parábolas que Jesús contaba a los demás, éstos sí estaban llamados a hablar abiertamente la Verdad de Cristo, pues nada permanecía oculto para ellos. Por lo tanto, no podían ser hipócritas. Es decir, por un lado creer en Cristo, y por otro, vivir y proclamar otra vida ante los hombres. Lo que parece que Cristo dice en tinieblas, hacia los judíos incrédulos, nos pide que hablemos a la luz, predicando hacia todos las verdades de Cristo, nuestro Señor. Lo que Jesús decía a sus discípulos en “tinieblas”, nos pide que lo proclamemos con más claridad.

Jesús los invita a no tener miedo a los que los persiguen (especialmente después de la muerte de Jesús), pues toda la maldad que puedan hacerles, serán clarificadas y juzgadas por Cristo mismo en el tiempo futuro. Todo lo escondido saldrá a la luz. Todo lo que está “oculto” en nuestros corazones saldrá manifiesto. Para esto, nuestra confianza debe estar muy bien puesta en nuestro Señor, que juzgará a cada uno según sus acciones en el día del juicio.

Más importante que nuestro cuerpo es nuestra alma, por ello el miedo que debemos tener, es al que mata nuestra alma... Aun así no debemos y no necesitamos temer, pues Cristo nos conoce y está siempre velando por nosotros, a nuestro costado. Sólo nos pide que lo declaremos, como verdaderos cristianos, y actuemos como tales hacia los demás. Pues no lo hará Cristo por nosotros ante el Padre, si es que no lo hacemos por Él ante los demás.

Cristo manifiesta así, que necesita nuestra cooperación. Necesita nuestra voz para proclamar. Nuestro testimonio para convertir. Mostrar su triunfo sobre la muerte y el pecado, que son oscuridad. No tener miedo ante el príncipe de las tinieblas. No tener miedo a los principados y potestades del mal, puesto que nunca nos abandonará, nunca nos dejará solos. Al decir que tiene contados nuestros cabellos, muestra la inmensa providencia que tiene con nosotros.

Una vez disipado los temores, los alienta a la predicación. Si estoy con Cristo, no debo temer a la confesión clara de la su Verdad. El confesarlo a Cristo delante de los hombres, nos da la gracia de que Cristo nos declare frente al Padre, que está en los cielos. En el fondo lo que quiere decir es que sin la confesión de boca – que hace referencia a nuestro apostolado, y por lo tanto, la certeza y fe que tenemos en el Señor – no somos dignos de la Salvación. Palabras duras, pero llenas de esperanza para los que no tienen miedo de proclamar las bondades de Jesucristo, nuestro Señor.

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee junio Ee 2017 a las 9:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC

18-24 de Junio del 2017

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”

Dt 8,2-3.14-16: “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho reco¬rrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus mandamientos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.

No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes venenosas y alacranes, que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

 

 

Sal 147,12-15.19-20: “Glorifica al Señor, Jerusalén”

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

 

 

1Cor 10,16-17: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”

Hermanos:

El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.

 

 

Jn 6,51-59: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

— «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Los judíos se pusieron a discutir entre sí:

— «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

— «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no es como el maná que comieron sus padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre».

 

 

NOTA IMORTANTE

En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Por el contexto sabemos que hacía referencia clara y directa al maná con que Dios alimentó a su pueblo por el desierto en su camino a la tierra prometida. Es lo que leemos en la primera lectura. Moisés invita al pueblo de Israel a recordar cómo Dios había conducido a su pueblo por el desierto de la purificación, proveyéndole siempre del agua y del alimento necesario para su subsistencia. En aquel periodo hizo “llover pan del cielo” para mostrarle a su pueblo que «no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

Aquel pan no era sino una prefiguración de otro pan que Dios daría a todo aquel que quisiese alcanzar la vida eterna. El Señor Jesús anuncia que Él es ese nuevo «pan que ha bajado del cielo» (Jn 6,58) y junto con la similitud establece también una diferencia sustancial entre uno y otro pan enviado por Dios. A diferencia del maná, un alimento inerte que servía para sostener en la vida física a quienes comían de él, el Señor afirma que Él es el pan vivo o pan viviente, un pan que en sí mismo es vida. Ya en otras circunstancias el Señor afirma que Él mismo es la vida (ver Jn 14,6). Trasformándose en pan para ser comido por el hombre llega a ser pan que da vida a todo aquel que lo coma: «El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

Es claro que no se refiere el Señor a que no morirán en la vida presente quienes coman de este pan. La vida a la que se refiere el Señor es la vida eterna, la vida resucitada que Él garantiza a todo aquél que en el peregrinar de esta vida permanece en comunión con Él al comer su carne y beber su sangre: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Quien rechaza comer su carne y beber su sangre, se priva a sí mismo de esta vida que Él ofrece, vida que sólo Dios puede dar al ser humano, vida que se prolongará por toda la eternidad en la plenitud de la felicidad: «si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes».

La afirmación del Señor causó estupor entre quienes lo oían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» ¿Comer carne humana? ¿Comer la carne de Cristo? ¿Cómo es esto posible? ¿No había que entender de modo figurativo aquellas palabras? ¿Pero cómo?

Sin embargo, ni los desconcertados discípulos ni los demás estupefactos oyentes escuchan una explicación o mitigación de tal afirmación. Al contrario, el Señor reafirma vigorosamente sus palabras, dando a entender que deben ser comprendidas de manera literal: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

En su respuesta el Señor añade ya no sólo la necesidad de comer su carne sino también de beber su sangre, haciendo más difícil aún para los judíos aceptar las palabras del Maestro. En efecto, para los judíos la sangre contenía la vida que sólo pertenece a Dios, y por lo mismo tenían prohibido beber cualquier sangre. El desconcierto ante las primeras palabras, que hasta ese momento acaso podían tener una interpretación simbólica, dan pie a la repugnancia total que muchos de sus discípulos y seguidores incluso experimentaron ante la dureza de tales afirmaciones: «desde entonces… se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66).

Así pues, no puede entenderse que se trate de una comida puramente espiritual, en que las expresiones «comer la carne» de Cristo y «beber su sangre», tendrían un sentido metafórico. No. Sus palabras quieren decir lo que dicen. El pan que Él dará es en verdad su carne, la bebida que Él dará es en verdad su sangre, porque «mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Él no estaba dispuesto a cambiar o matizar ninguna de sus afirmaciones. Quien quería seguir siendo su discípulo debía aceptar sus palabras por más duras que fueran. Es por ello que a sus mismos apóstoles les pregunta: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67).

Es importante tener en cuenta que la expresión “cuerpo y sangre” es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona humana. Por tanto, al decir que dará de comer su cuerpo y de beber su sangre, el Señor Jesús afirma que no es “simplemente” un pedazo de carne o un poco de sangre lo que dará, sino que se dará Él mismo, íntegramente, en toda su Persona.

Sólo la noche de la Última Cena los discípulos comprenderían que la literalidad de la afirmación del Señor no consistía en que se cortaría en pedazos para darles de comer su carne o se cortaría las venas para darles de beber su sangre, sino que eran un anuncio del gran milagro de la Eucaristía. La Eucaristía es una actualización incruenta del sacrificio cruento del Señor en la Cruz, Altar en el que Él realmente ofreció su cuerpo y derramó su sangre «para la vida del mundo», para reconciliar a los hombres con Dios.

Esa carne y sangre ofrecidas en el Altar de la Cruz se convierten en verdadera comida y bebida cada vez que un sacerdote, haciendo memoria de la Última Cena y en representación de Cristo, realiza lo que Él mismo realizó aquella memorable noche: «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”» (Mt 26,26-28).

La Eucaristía es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo verdadera y realmente presente, todo Él, bajo el velo y la apariencia del pan y del vino. Una vez consagrados el pan y el vino, se han transformado substancialmente en Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta es la comida y la bebida que transforma la vida del hombre y le abre el horizonte de la participación en la vida eterna. Al comulgar el Pan eucarístico el creyente come verdaderamente el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo, es decir, recibe a Cristo mismo y entra en comunión con Él. De ese modo Cristo, muerto y resucitado, es para el creyente Pan de Vida.

La Eucaristía, en cuanto que une íntimamente a Cristo por la recepción de su Cuerpo y Sangre, ha sido siempre considerada en la tradición de la Iglesia como sacramento por excelencia de la unidad entre los creyentes: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan» (2ª. lectura). Quien come de este Pan, se hace uno con Cristo y en Él con todos aquellos que participan de este mismo Pan.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: «si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿porqué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aún sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”... ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15,8-9)».

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?

Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar asemejarme más a El en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquél que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.

¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.

Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53). Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros».

San Juan Crisóstomo

«Después manifiesta en qué consiste comer su Cuerpo y beber su Sangre, diciendo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí».

San Agustín

«Sin duda, el texto: “Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre” (Jn 6,56) encuentra su total aplicación en el Misterio Eucarístico... Cuando acudimos a los sagrados Misterios, si cae una partícula, nos inquietamos... La Carne del Señor es verdadero manjar y su Sangre verdadera bebida. Nuestro único bien consiste en comer su Cuerpo y beber su Sangre».

San Jerónimo

«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas».San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La presencia real de Cristo en la Eucaristía

1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34), esta presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos (Ver Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que El es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).

1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (S. Tomas de A.). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a titulo exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente».

1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.

1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».

1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.

El culto de la Eucaristía

1378: En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión».

1379: El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomo conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380: Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13, 1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (Ver Gal 2, 20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (S.S. Juan Pablo II).

1381: La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22, 19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, S. Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente”».

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

Gloria a Dios!

 

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

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DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

11-17 de Junio del 2017


“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”


Ex 34, 4-6.8-9: “Señor, Dios compasivo y misericordioso”

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra.

El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés invocó el nombre del Señor.

El Señor pasó delante de él y exclamó:

— «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Moisés, al momento, se inclinó a tierra y se postró.

Y le dijo:

— «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste sea un pueblo testarudo; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu herencia».

Dn 3, 52-56: “A ti gloria y alabanza por los siglos”

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,

bendito tu nombre santo y glorioso.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria.

Bendito eres sobre el trono de tu reino.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos.

Bendito eres en la bóveda del cielo.

2Cor 13,11-13: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes”

Hermanos:

Estén alegres, busquen la perfección, anímense; tengan un mis¬mo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.

Salúdense mutuamente con el beso santo.

Les saludan todos los hermanos en la fe.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes.

Jn 3, 16-18: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mun¬do, sino para que el mundo se salve por medio de Él.

El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hi¬jo único de Dios.

NOTA IMPORTANTE

Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).

Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses. Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un sólo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina. Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor.

Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo misterio que, «de no haber sido divinamente revelado, no se pudiera tener noticia» (Concilio Vaticano I)? Es el Hijo, Jesucristo, quien nos lo ha revelado: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Es Él, que conoce la intimidad de Dios porque participa de ella, quien ha revelado el misterio de Dios al hombre, quien nos ha querido dar a conocer la unidad y comunión existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Uno de los pasajes en los que el Señor Jesús habla de su relación tan íntima con el Padre es el diálogo nocturno con Nicodemo (Evangelio). A él le dice: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…»

En primer lugar manifiesta el amor que Dios tiene hacia su criatura humana. “Mundo”, en este caso, ha de ser entendido como la humanidad entera y, por tanto, cada ser humano. Manifiesta también que Dios tiene un Hijo único y, por consiguiente, que Él es Padre. Es un Padre que ama tanto a los seres humanos, que para su rescate «envió a su Hijo al mundo», con una misión muy específica: «para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna».

De este modo el Señor manifiesta que Él, el Hijo único, posee la misma naturaleza que su Padre: Él es Dios verdadero, uno con el Dios único, aunque es al mismo tiempo una Persona divina distinta que el Padre. Los mismos Evangelios atestiguan que, al llamar a Dios su propio Padre, Jesucristo se hacía «a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Así lo entendieron también los fariseos, por lo que lo acusaban de blasfemia. Israel insistía en la existencia de un Dios único (ver Dt 6,4). Sólo a este Dios único había que adorar (ver Mt 4,10). Que alguien pretendiese ser igual a Dios era considerado una blasfemia imperdonable, digna de lapidación. Por ello los fariseos «trataban con mayor empeño de matarlo» (Jn 5,18), y es que no estaban dispuestos a comprender la profundidad y dimensión de esta tremenda afirmación del Señor. El Señor, al hacerse igual a Dios, no enseñaba que era un Dios distinto al Padre, sino que era “uno” con el Padre (ver Jn 10,30). He allí la enorme dificultad de comprender y aceptar que se hiciese «a sí mismo igual a Dios».

La reflexión cristiana ha llegado a entender que esa unidad entre el Padre y el Hijo, que es eterna, se da en el Amor, que es al mismo tiempo otra Persona divina: el Espíritu Santo. Por lo que Cristo fue revelando y por la luz del Espíritu de la verdad que llevó a los apóstoles a la verdad completa los cristianos entendemos y confesamos que el Padre es Dios, que también el Hijo es el mismo y único Dios y que también el Espíritu Santo es el mismo y único Dios, aún cuando son tres Personas distintas. Dios es Comunión de Amor, y aunque tres personas, un sólo Dios.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que más le tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación nos inunda cuando nos falta alguien que nos ame y a quien podamos amar, cuando nos falta alguien que nos conozca y a quien podamos conocer de verdad, cuando nos falta esa presencia.

Mientras que la tristeza acompaña a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad inunda el corazón de quien experimenta la comunión, la presencia del ser amado, la comunicación de las existencias. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede ser feliz, porque no puede realizarse verdaderamente como persona humana.

Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que busca y está llamado a vivir. Quienes siguen este camino, lamentablemente, terminan frustrados y amargados en su búsqueda, concluyendo equivocadamente que la felicidad en realidad no existe, que es una bella pero inalcanzable ilusión para el ser humano. A quienes así piensan hay que decirles que la felicidad sí existe, que el ser humano está hecho para la felicidad —es por ello que la anhela tanto y la busca con intensidad—, pero que han equivocado el camino.

¿Y por qué el Señor Jesús nos habló de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿De verdad podemos comprender que Dios sea uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza». El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer el misterio de Dios, Comunión de Amor, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado por Dios-Comunión de Amor como persona humana invitada a participar de la comunión de Personas que es Él mismo, invitada a participar de la misma felicidad que Dios vive en sí mismo.

Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz muy poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. Creados a imagen y semejanza de Dios, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro sino el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Esta palabra es semejante a la que dijo de sí mismo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino que como oigo juzgo” (Jn 5,30); pero decimos que esto puede entenderse respecto a su naturaleza humana. Pero, como el Espíritu Santo no ha venido a ser creatura asumiendo la naturaleza humana, ¿de qué modo hemos de entender esto? Debemos entender que Él no existe por sí mismo. Pues, el Hijo es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede. Pero la diferencia entre engendrar y proceder, en este asunto, sería demasiado larga de explicar, y de dar ahora alguna definición ésta podría ser juzgada de precipitada. “Hablará todo lo que oyere”. Pues, para el Espíritu Santo oír es saber; y saber es ser. Puesto que no es por sí mismo, sino que es por quien procede y le viene la esencia. De ese mismo modo tiene la ciencia, y la capacidad de oír, que es nada menos que la ciencia que posee. El Espíritu Santo, pues, siempre oye porque la ciencia que posee es eterna. Así, pues, de quien Él procede, oyó, oye y oirá».

San Agustín

«El Espíritu Santo no es, como afirman ciertos herejes, menor que el Hijo, porque el Hijo reciba del Padre y el Espíritu Santo del Hijo, como naturaleza de diferente grado. Resolviendo, pues, la cuestión, añade: “Todo lo que tiene el Padre es mío” ».

San Agustín

«El Señor no nos dejó en la duda de si el Espíritu Paráclito procedía del Padre o del Hijo. Pues, recibe del Hijo aquel que es por Él enviado, y procede del Padre. Y preguntó: ¿es lo mismo recibir del Hijo que proceder del Padre? Ciertamente que se considerará una misma cosa recibir del Hijo como si se recibiese del Padre, porque el mismo Señor dijo que todo lo que tenía el Padre era suyo. Al afirmar esto y añadir que ha de recibir de lo suyo, enseñó que las cosas recibidas venían del Padre, y que eran dadas, sin embargo, por Él, porque todas las cosas que son de su Padre son suyas. Esta unión no admite diversidad ni diferencia alguna de origen entre lo que ha sido dado por el Padre y lo que ha sido dado por el Hijo».

San Hilario

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El misterio de la Santísima Trinidad

234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».

237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

238: La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. (…;)

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con El. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

253: La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina».

254: Las personas divinas son realmente distintas entre sí. «Dios es único pero no solitario». «Padre», «Hijo», «Espíritu Santo» no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: «El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo». Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: «El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede». La Unidad divina es Trina.

255: Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: «En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia». En efecto, «todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación». «A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo».

CONCLUSION

 

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unico”

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,16-18

Ha concluido el tiempo pascual en Pentecostés con el don del Espíritu Santo. Al iniciar nuestro camino por el tiempo litúrgico que transcurre durante el año, esta fiesta de la Santísima Trinidad es una celebración gozosa y agradecida al Dios Uno y Trino por la obra de nuestra salvación. Las lecturas bíblicas nos presentan a un Dios compasivo y misericordioso (Éxodo 34, 4b – 6. 8 – 9).

Por otro lado es tan cercano que sale al encuentro para ofrecernos su amistad, amor y comunión en Cristo Jesús (segunda carta de San Pablo a los Corintios 13, 11-13). La misión por la cual se encarnó el Verbo es para que tengamos vida en abundancia; eso es justamente la vida eterna (Evangelio según San Juan 3,16-18).

«Tanto amó Dios al mundo…»

El texto del Evangelio de este Domingo pertenece al diálogo entre Jesús y Nicodemo , cuyo tema central es el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu. Su contexto es, por tanto, un relato doctrinal o catequético sobre el bautismo. Esta breve lectura tiene un contenido trascendental. Se habla directamente del Padre y del Hijo, pero no del Espíritu Santo. La frase que abre la lectura es una admirable síntesis bíblica que, podemos decir, condensa todo el cuarto Evangelio. Dice así: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El motivo de la entrega del Hijo es el amor del Padre por el hombre; y la finalidad de ese don personal, es la salvación y la vida eterna por la fe en Jesús, como leemos en el versículo 17. Jesucristo es el gran signo del amor trinitario por la humanidad, hecho evidente en su Encarnación – Pasión – Muerte y Resurrección por los hombres.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto para la curación de aquellos heridos mortalmente por las serpientes venenosas; así también el «Hijo único» será levantado en la Cruz para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (ver Nm 21,4; Jn 3, 14-15).

La expresión evangélica de «Hijo único», dos veces repetida evoca también a la figura de Abrahán, modelo de fe y padre de los creyentes, sacrificando a su propio hijo Isaac. Queda claro que Dios no mandó a su Hijo para condenar a los hombres sino para que se salven por Él, abriéndose así a la dimensión del amor del Padre en el Hijo. ¡Ese amor, que no es el Padre ni el Hijo, es justamente el Espíritu Santo!

Dios cercano, compasivo y misericordioso

En la conclusión a su segunda carta a los Corintios , Pablo desea a los fieles de esa comunidad el bien máximo: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13). Todos reconocemos en esta fórmula el saludo que el sacerdote dirige hoy a los fieles al comienzo de las celebraciones litúrgicas, en especial, de la Santa Misa. A este saludo los fieles responden: «Y con tu Espíritu». Es una fórmula cristiana antigua, pues el escrito en que se encuentra remonta al año 57 d.C. Pero, dada su forma esquemática y la posición en que se encuentra en la carta, se deduce que ésta es una fórmula litúrgica que existía antes de ser incluida en esa carta. San Pablo estaría citando un texto de la liturgia que todos ya reconocían para esa época.

El Dios revelado por Jesucristo, imagen visible de Dios, aunque trascendente no es un Dios lejano e inaccesible, sino próximo al hombre. Como anticipo de esta plena luz evangélica la Primera Lectura nos muestra que Dios, que conduce a Moisés por el desierto; es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Por eso perdona la infidelidad de los israelitas y renueva su Alianza con su pueblo al que ha tomado como heredad suya.

Para nosotros que vivimos la plena luz de la revelación neotestamentaria, el Dios cristiano no se puede comprender ni definir sin referencia a Jesucristo que es la imagen y la revelación siempre actual del Dios Uno y Trino. La entrega de su Hijo al hombre, como ofrenda de salvación es perenne. Es decir, no queda solamente en el hecho pasado sino es constantemente repetido en el acontecer humano de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra comunidad de fe: especialmente por el anuncio del Evangelio y por los Sacramentos en los que Dios actualiza la redención humana, como afirma la liturgia constantemente.

El misterio de la Santísima Trinidad

Dios no puede ser solitario y mudo, cerrado en el círculo hermético de un eterno silencio, sino que es Trino, es amor y comunión. El amor del Padre, el «Yo», al comprometerse y reflejarse a sí mismo engendra el «Tu» que es el Hijo; y del amor mutuo de ambos, procede el «Nosotros», que es el Espíritu Santo, don y devolución de amor, comunicación y diálogo. Después, como consecuencia y porque la Trinidad ama al hombre que creó, nos permite participar de esa comunión Divina como hijos por medio de Jesús: ser hijos en el Hijo.

Jesús afirmó: «esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Comenta San Bernardo: «pretender probar el misterio trinitario es una osadía; creerlo es piedad; y penetrar en su conocimiento es vida eterna». Penetrar en su conocimiento no significa desentrañarlo, como quien resuelve un problema matemático.

Gloria a Dios!

Ministerio de Comunicacion RCC DRVC

 

Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 2 Ee junio Ee 2017 a las 10:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC del 04-10 de Junio del 2017

“Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”

Hech 2, 1-11: “Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

— «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra propia lengua?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».

Sal 103,1.24.29-31.34: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor, la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y renuevas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor.

1Cor 12,3-7.12-13: “Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Jn 20,19-23: “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo’”

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

NOTA IMPORTANTE

La palabra griega pentecostés traducida literalmente quiere decir fiesta del día cincuenta.

Antes de ser una fiesta cristiana era una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también fiesta de las semanas o fiesta de las primicias (ver Éx 23,16; 34,22), pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha.

Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.

San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

Análogamente podemos decir que el Don del Espíritu al hombre es “la primicia de la cosecha”, el fruto primero y precioso de la Pascua. Por medio del Espíritu Santo Dios finalmente realiza la promesa de la nueva creación: «Les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Por el Don del Espíritu el creyente no sólo recibe un nuevo corazón, sino que además el mismo amor de Dios es derramado en su corazón por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5). De este modo el hombre nuevo, fruto de una nueva creación realizada por el Señor Resucitado, es capaz de amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.

Por otro lado, la irrupción del Espíritu Santo en forma de viento y fuego remiten al momento en que Dios se manifestó al pueblo de Israel en el Sinaí, para otorgarle su Ley y sellar su alianza con él (ver Ex 19,3ss). Pentecostés se presenta como un nuevo Sinaí, como la fiesta de un nuevo Pacto, una Alianza que Dios extiende a partir de ese momento a todos los hombres de todos los pueblos y naciones de la tierra. El alcance universal de la nueva Alianza sellada por el Señor Jesús con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (ver Hech 2,9-11). El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura. Este pueblo es la Iglesia, que es católica (palabra de origen griego, que significa “universal”;) y evangelizadora desde su nacimiento.

Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección (Evangelio). En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados al mundo entero con la misión de participar a todos los hombres los frutos de su obra reconciliadora.

Esta misión la ratificó el Señor antes de ascender al Cielo, cuando les dijo a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo» (Mc 16,15) y «hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20).

Para poder llevar a cabo esta misión evangelizadora contarían con una ayuda muy particular: «recibirán la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,5.8; ver Lc 24,49). El Espíritu los trasformará en valientes y audaces apóstoles, testigos del Señor ante todos los hombres, así como en maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Es únicamente con la fuerza del Espíritu como los Apóstoles podrían cumplir con la misión evangelizadora, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades humanas.

Siguiendo las instrucciones del Señor los Apóstoles permanecieron en el Cenáculo de Jerusalén, orando en torno a Santa María, hasta el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2,2-4). El Espíritu Santo es sin lugar a duda el gran protagonista de la evangelización.

Finalmente, si en Babel todos quedaron confundidos, sin poder comprenderse los unos a los otros por hablar de pronto en distintas lenguas (ver Gén 11,1-9), en Pentecostés quienes hablaban distintas lenguas de pronto eran capaces de comprender a Pedro, escuchándolo hablar cada cual en su propia lengua. El Espíritu Santo transforma la antigua confusión en comunión. Él es la Persona divina que reconcilia, que une a quienes son tan diversos entre sí (2ª. lectura).

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? ¡Sí! ¡Con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!

¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es acaso por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de Amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Ésa es la experiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.

En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de lenguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con parresía, con ardor y coraje, la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado cada día en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con sólo tocarlos con esas como llamas en forma de lenguas de fuego!

¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con nuevos métodos y medios, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!

En este empeño por evangelizar el mundo entero no olvidemos que no podemos dejar de lado una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón primero, cada día y con ardor incontenible, ¿cómo voy a comunicar ese fuego y encender otros corazones? El primer campo de apostolado soy yo mismo, por tanto, ocupémonos seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en nuestros corazones ese fuego que impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la perseverante lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo e implorarle allí que nos renueve y fortalezca interiormente con la fuerza divina de su Espíritu! ¡No dejemos de encontrarnos con Él cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella y dejándonos educar por su ejemplo tengamos siempre las disposiciones interiores necesarias para poder acoger al Espíritu en nosotros!

EL PADRES DE LA IGLESIA

«Todo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la Buena Nueva. Pero, si no predica, ¿no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón el Espíritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido».

San Gregorio Magno

«Ahora bien, (los Apóstoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrección del Señor nuestro Jesucristo y reafirmados en la Palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Espíritu Santo a dar la buena nueva de que el Reino de Dios estaba por llegar. Y así, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, probándolos en el espíritu, como obispos y diáconos de los que habrían de creer».

Clemente Romano

«Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros un nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue necesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede».

San Cirilo de Alejandría

«¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno».

San Basilio Magno

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Los Apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María

965: Después de la Ascensión de su Hijo, María «estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones». Reunida con los Apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra».

2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

726: Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la «Mujer», nueva Eva «madre de los vivientes», Madre del «Cristo total». Así es como ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hch 1,14), en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

El día de Pentecostés

731: El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.

767: «Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia» (LG 4). Es entonces cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación» (AG 4). Como ella es «convocatoria» de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (ver Mt 28,19-20; AG 2,5-6).

2625: El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hech 2,1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1,14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (ver Lc 24,27.44), será también quien la instruya en la vida de oración.

El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego

696: El fuego. […] el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48,1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3,16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12,49). En forma de lenguas «como de fuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2,3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1Tes 5,19).

El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia

1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida» (Jn 3,34).

1287: Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera mas manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar «las maravillas de Dios» (Hech 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo.

1288: «Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (Heb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (S.S. Pablo VI)

 

CONCLUSION

 

El Espíritu Santo que el Señor había prometido reiteradamente a sus apóstoles, se derrama hoy abundantemente sobre ellos y los llena de un santo ardor para anunciar la «Buena Noticia» de la Resurrección del Señor. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra el evento de Pentecostés (Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11) donde vemos a los discípulos, que reunidos en oración, en torno a Santa María, son iluminados por la acción del Espíritu Santificador e inician su heroica actividad evangelizadora.

San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, subraya que sólo gracias a la acción del Espíritu podemos llamar a Jesús: el Señor; es decir, sólo siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo podemos reconocer y proclamar su divinidad (primera carta de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13). El Evangelio (San Juan 20,19-23) nos presenta a Jesús resucitado que envía a sus apóstoles y les confiere el poder para perdonar los pecados por la recepción del Espíritu Santo. En la predicación, en la proclamación de la fe así como en la administración de los sacramentos; es el Espíritu Santo quien obra y da fuerzas.

¿Qué estamos celebrando?

Hoy día celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. Hoy día celebramos el cumplimiento de la promesa que Jesús hiciera a sus Apóstoles antes de ascender al cielo: «Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos».

Originalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud se transmite la sentencia del Rabí Eleazar: «Pentecostés es el día en que fue dada la Torah (la ley)». Esta fiesta era celebrada anualmente en Jerusalén con gran participación del pueblo. A ella hace referencia san Lucas cuando dice: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos…» (Hch 2,1).

 

Después de haber dado instrucciones a los apóstoles, fue llevado al Cielo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee mayo Ee 2017 a las 9:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC DEL 28 MAYO AL 3 DE JUNIO 2017

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

“Después de haber dado instrucciones a los apóstoles, fue llevado al Cielo”

Hech 1, 1-11: “Lo vieron elevarse”

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los Apóstoles que había elegido. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apare¬ciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios.

Mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó:

— «No se alejen de Jerusalén; aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo les he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días ustedes serán bautizados con Espíritu Santo».

Ellos lo rodearon preguntándole:

— «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Is¬rael?»

Jesús contestó:

— «No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y se¬rán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».

Dicho esto, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de la vista de ellos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndo¬lo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

— «Galileos, ¿porqué permanecen mirando al cielo? El mis¬mo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto partir».

Sal 46, 2-3.6-9: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas”

Aplaudan pueblos todos,

aclamen a Dios con gritos de júbilo;

porque el Señor es sublime y terrible,

emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones;

el Señor, al son de trompetas;

toquen para Dios, toquen,

toquen para nuestro Rey, toquen.

Porque Dios es el rey del mundo;

toquen con maestría.

Dios reina sobre las naciones,

Dios se sienta en su trono sagrado.

Ef 1, 17-23: “Lo sentó a su derecha”Hermanos:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la glo¬ria, les conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocer¬lo plenamente. Ilumine los ojos de su corazón, para que com¬prendan ustedes cuál es la esperanza a la que los llama, la rique¬za de gloria que da en herencia a los santos, y la extraordinaria grandeza de su poder con que Él obra en nosotros, los que cree¬mos, por la eficacia de su fuerza poderosa que desplegó en Cris¬to, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su dere¬cha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Y todo lo puso bajo sus pies, constituyéndolo cabeza suprema de la Iglesia. Ella es su cuerpo, plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas.

Mt 28, 16-20:

“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, lo adoraron, pero algunos dudaban.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

— «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan discípulos de todos los pueblos, bauti¬zándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

NOTA IMPORTANTE

La Solemnidad de la Ascensión del Señor a los Cielos se celebra propiamente el jueves posterior al VI Domingo de Pascua, dado que tuvo lugar cuarenta días después de su Resurrección (ver Hech 1,3). Sin embargo, por razones pastorales, en muchos lugares se traslada al séptimo Domingo de Pascua.

La lectura de este Domingo nos trae los últimos versículos del Evangelio según San Mateo. El Señor, luego de presentarse resucitado en Jerusalén, les indica a sus Apóstoles que vayan a Galilea. Allí se encuentran nuevamente con Él en el monte que «les había indicado» y reciben el mandato de ir al mundo entero a hacer discípulos suyos de todas las gentes.

Si bien este pasaje del Evangelio de San Mateo se lee en la Solemnidad de la Ascensión no hay que concluir que es en aquel monte y en aquel momento cuando el Señor asciende a los Cielos. El acontecimiento mismo de la ascensión del Señor no es narrada ni mencionada por San Mateo. Por San Marcos es brevísimamente aludida (ver Mc 16,19) y por San Juan es tan sólo mencionada en forma de predicción: «Dícele Jesús [a María Magdalena]: “No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”» (Jn 20,17). Es San Lucas quien tanto en su Evangelio (ver Lc 24, 46-53) como en los Hechos de los Apóstoles (1ª. Lectura: Hech 1, 1-11) describe algunos detalles de este acontecimiento. Relata Lucas que luego del encuentro en aquel monte en Galilea, los Apóstoles, por indicación del Señor, volverán nuevamente a Jerusalén, donde el Señor les manda permanecer en la ciudad hasta ser «revestidos del poder de lo Alto» (Lc 24,49). Finalmente «los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al Cielo» (Lc 24,50-51).

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios vivo, consubstancial al Padre, que se hizo hombre para nuestra reconciliación. El ascenso del Señor victorioso permanece estrechamente vinculado a su “descenso” del Cielo, ocurrido en la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. La Ascensión, por la que el Señor deja el mundo y va al Padre (ver Jn 16,28), se integra en el misterio de la Encarnación y es su momento conclusivo. Aquel que se ha abajado, se eleva ahora a los Cielos, llevando consigo una inmensa multitud de redimidos.

Luego de ver al Señor ascender a los Cielos, los Apóstoles se volvieron gozosos a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1,13-14), los discípulos preparan sus corazones en espera del cumplimiento de la Promesa del Padre.

El encargo recibido por el Señor antes de su Ascensión: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todos los pueblos, bauti-zándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado», lo llevarán a cabo los Apóstoles una vez recibido el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Este don de lo Alto da un impulso irreprimible a la acción evangelizadora de la Iglesia.

San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2Pe 1,4; Ef 1,17ss).

Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1,11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1,12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.

Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3,2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.

Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus Apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al Cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre».

San León Magno

«Cristo, el primogénito de entre los muertos, quien con su resurrección ha destruido la muerte, quien mediante la reconciliación y el soplo de su Espíritu ha hecho de nosotros nuevas criaturas, dice hoy: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza».

San Gregorio de Nisa

«El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado no había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose Él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. El fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: “ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne” (Heb 10,20)».

San Cirilo de Alejandría

«El Señor arrastró cautivos cuando subió a los cielos, porque con su poder trocó en incorrupción nuestra corrupción. Repartió sus dones, porque enviando desde arriba al Espíritu Santo, a unos les dio palabras de sabiduría, a otros de ciencia, a otros de gracia de los milagros, a otros la de curar, a otros la de interpretar. En cuanto Nuestro Señor subió a los cielos, su Santa Iglesia desafió al mundo y, confortada con su Ascensión, predicó abiertamente lo que creía a ocultas».

San Gregorio Magno

NUESTRO CATECISMO

«Jesucristo subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso»

659: «Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios. Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» (1 Cor 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol.

660: El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: «Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y trascendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661: Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el Cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que «salió del Padre» puede «volver al Padre»: Cristo. «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre» (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino».

662: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al Cielo. Es su comienzo

CONCLUSION

«Este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11). Esta afirmación del relato del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece una síntesis profunda del mensaje central de la Solemnidad de la Ascensión. Jesús asciende al cielo en su cuerpo glorioso pero deja a sus apóstoles una misión clara y comprometedora: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (San Mateo 28,16-20). Se trata de anunciar sin descanso la Buena Nueva: Jesucristo ha resucitado y está sentado a la diestra del Padre en los Cielos. Esta es la verdad en la que fundamenta nuestra fe (Efesios 1,17- 23).

La Ascensión de Jesús a los cielos

En el tiempo que ha transcurrido desde la Resurrección del Señor la Iglesia recuerda las diversas apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. No sabemos exactamente cuántas veces se les apareció. La expresión usada por Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles da la impresión de un contacto diario de Jesús con sus apóstoles: «Se les presentó dándoles muchas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del Reino de Dios» (Hch 1,3). La liturgia dominical nos recuerda la última de esas apariciones. En esta ocasión Jesús no «desapareció de su lado» en un instante, como ocurrió mientras estaba a la mesa con los discípulos de Emaús (ver Lc 24,31) y también en las demás apariciones; esta vez «fue levantado en presencia de ellos hasta que una nube lo ocultó a sus ojos».

Aquella nube que esconde el cuerpo de Cristo posee un profundo significado bíblico. En múltiples ocasiones en la Sagrada Escritura, la Gloria de Dios se manifiesta en forma de nube (ver Ex 16,10; 19,9 etc.). La nube fue la que se interpuso entre el campamento de los israelitas y los ejércitos egipcios que venían en su busca por el desierto. Esa nube era la que defendía a Israel y la que indicaba el momento de alzar el campamento y reemprender la marcha. El texto del Éxodo es muy significativo: Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche. No se apartó del pueblo ni la columna de nube por el día, ni la columna de fuego por la noche (ver Ex 13, 21-22). Es pues, función de la nube «guiar» de día y «alumbrar» de noche. Pero es también la nube la que se aparece en el Sinaí y envuelve a Moisés con el misterio para recibir las tablas de la ley. La nube es símbolo de la cercanía de Dios: Dios está presente, se avecina y se deja sentir, pero al mismo Dios es trascendente, es santo, está por encima de los cielos. La nube es revelación y misterio. Es revelación y ocultamiento. Es una verdad que se revela ocultándose y se oculta revelándose.

En la Ascensión, Jesús «fue levantado en presencia de ellos». Este modo de dejarlos fue el signo de que abandonaba este mundo y ya no lo volverían a ver en su apariencia física. Se estaban cumpliendo así las palabras que Jesús había dicho a sus discípulos: «Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). Pero los discípulos sabían que tenía que cumplirse también esta otra promesa: «Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver» (Jn 16,16). Sabemos cuánto duró el primer «poco» ya que fue el tiempo que se extendió desde el momento en que Jesús pronunció esas palabras – que fue en la Última Cena, antes de su Pasión y Muerte -, hasta la Ascensión de Jesús Resucitado al cielo: cuarenta y tres días. Y ¿cuánto duró el «otro poco»?

Ese «otro poco» es el tiempo de la ausencia de Jesús. Para que la promesa de Jesús tuviera sentido debía ser realmente «poco tiempo». A este breve lapso de tiempo se refiere Jesús cuando, el día que ascendió al cielo, «mandó a sus apóstoles que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre». Y les asegura: «Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo». En ese momento los apóstoles no sabían cuántos días. Ahora nosotros sabemos que la espera fue breve: duró diez días; pues el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles el día de Pentecostés, es decir, cincuenta días después de la Resurrección. Gracias a la acción del Espíritu Santo, sintieron los apóstoles que el Señor estaba de nuevo con ellos. A esta presencia se refería Jesús cuando les dijo: «En aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). Este es el modo de presencia más real y más pleno de Jesús con nosotros; más que el de su presencia física en los días de su peregrinación por este mundo.

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC DRVC

 

Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

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DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

21-27 de Mayo del 2017

“Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor, que esté siempre con ustedes”

Hech 8,5-8.14-17: “Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. La gente escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron a Pe¬dro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre nin¬guno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. En¬tonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

 

 

Sal 65,1-7.16.20: “Aclama al Señor, tierra entera”

Aclama al Señor, tierra entera; toquen en honor de su nombre; canten himnos a su gloria; digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!».

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Vengan a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, vengan a escuchar, les contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor.

 

 

1Pe 3,15-18: “Como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida”

Queridos hermanos:

Glorifiquen en sus corazones a Cristo Señor y estén siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que les pida expli¬caciones; pero con mansedumbre y respeto, con buena conciencia, para que queden confundidos los que los calumnian y denigran su buena conducta en Cristo; pues, mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.

Porque también Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

 

 

Jn 14,15-21: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».

 

 

NOTA IMPORTANTE

Afirma el Señor a sus apóstoles en su discurso de despedida, durante la última Cena: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos». La obediencia a las enseñanzas del Señor más que condición es expresión visible y palpable del amor que se le profesa. Es falso el amor que no busca hacer lo que el Señor le dice. En cambio, para quien ama de verdad al Señor, hacer lo que Él le pide es fuente de gozo y realización. Cuando el amor es auténtico se genera una profunda comunión de las personas, de tal manera que hay entre ellas un querer lo mismo y un no querer lo mismo. De allí que a quien ama verdaderamente al Señor le sea natural guardar sus mandamientos.

Al mismo tiempo, esa amorosa obediencia a Cristo lleva a una más profunda comunión, ya no sólo con Él, sino también con Su Padre: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

Al discípulo que vive esta obediencia que es fruto del amor y que lleva a una profunda comunión con Dios, el Señor Jesús le promete: «Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor» (Jn 14,16).

El término griego para defensor es parakletos, de donde procede la voz castellana Paráclito. Proviene del verbo parakaleo, que literalmente traducido quiere decir “hablar por otro” y tiene el sentido de: “abogar por”, “defender a”, “interceder por”, así como también: “confortar a” o “aconsejar a”. Al llamar al Espíritu Santo “parakletos” el Señor Jesús expresa su función de abogado defensor de sus discípulos (ver también Jn 14, 16.26; 15, 26; 16, 7, y 1 Jn 2, 1), y es que por ser discípulos de Cristo experimentarán la oposición por parte de “mundo” y del Demonio, quien es «el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios» (Ap 12,10). El Señor, que físicamente ya no estará más con ellos, promete a sus discípulos que no los dejará solos. El Espíritu Defensor estará con ellos siempre para asistirlos y defenderlos oportunamente.

¿Pero por qué el Señor Jesús habla de “otro defensor” para referirse al Espíritu Santo? Porque el primer defensor es Él mismo: Él no ha venido para acusar al hombre ante Dios (ver Jn 5,45) sino para reconciliarlo y para interceder por él ante su Padre. Su partida a través de la Muerte y Resurrección abre el camino a este “otro defensor”, que hace posible e inaugura la nueva presencia misericordiosa de Dios entre los hombres. La presencia del Espíritu Santo garantiza en el mundo la continuidad, en unidad y plenitud, con la misión del Señor Jesús.

A este Espíritu Paráclito el Señor lo califica asimismo como «el Espíritu de la verdad». Siendo el Señor Jesús la Verdad (Jn 14, 6), este Espíritu les enseñará y recordará todo lo que Él les ha enseñado (ver Jn 14, 26). El Espíritu los guiará «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

A este Espíritu, dice el Señor, «el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». La palabra “mundo” en la Sagrada Escritura es una palabra equívoca, es decir, significados diversos: a veces significa el mundo visible creado por Dios, en cuyo caso es bueno (ver Gén 1,10.12.18.21.25.31). Otras veces significa el conjunto histórico y cultural en el cual se desarrolla la vida de los hombres. En otras ocasiones expresa una realidad que es antagónica a Dios, un conjunto de personas que rechazan a Dios y a su Cristo. A esto último se refiere acá el Señor Jesús al hablar de “mundo”.

Al decir de este “mundo” que «no puede» recibir el Espíritu indica una incapacidad radical. El motivo de esta incapacidad es el hecho de que no lo “ve” ni lo “conoce”. El verbo griego que se traduce como “ver” es theorein, actividad psíquica del ser humano que se diferencia de un ver con el ojo humano. No se trata de una visión puramente espiritual, sino una percepción del fenómeno a través de sus manifestaciones exteriores. Este “ver” se refiere a las manifestaciones del Espíritu en la persona, en el ministerio y en la palabra del Señor Jesús. Puesto que el mundo se ha mostrado incapaz de percibir el Espíritu actuando en la persona de Cristo tampoco puede conocerlo, y menos recibirlo. En este sentido, la fe en el Señor Jesús es condición indispensable para recibir este don del Padre.

A diferencia del mundo los discípulos pueden recibir al Espíritu porque ellos sí han creído en Dios y en su enviado Jesucristo. Por la fe han sido capaces de “ver” al Espíritu en la vida, palabras y obras maravillosas del Ungido de Dios (ver Jn 1, 33). Al estar en comunión con el Señor, también Su Espíritu mora en ellos.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Ante la promesa del Señor de esta Presencia continua e invisible del Espíritu Santo en mi vida, surge inmediatamente una pregunta: ¿cómo es mi relación con Él? ¿Me abro a su Presencia en mis diarias actividades, decisiones, esfuerzos por vivir una vida santa? ¿O tengo olvidado al Espíritu y descuidada mi relación con Él porque no lo veo ni lo percibo?

Si sé que el Espíritu me ha sido dado (ver Rom 5,5) en el Bautismo y en la Confirmación, si el Señor ha afirmado que su Espíritu viene en mi ayuda y defensa, ¿por qué me siento a veces abandonado de Dios? ¿Por qué me siento desprotegido? ¿Está el problema en Dios, o en mí? Dice el Señor que a su Espíritu «el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». ¿No será que si no lo veo, es porque no lo conozco, es porque quizá aún “le pertenezco” aún demasiado al mundo?

¿Cómo hacernos más sensibles a su Presencia, a sus mociones e inspiraciones? ¿Cómo prepararnos para poder recibirlo, como se prepararon los discípulos en torno a Santa María para recibirlo el día de Pentecostés? Mediante una vida espiritual perseverante, intensa. Nuestra relación con el Espíritu Santo no puede ser fría, distante, desentendida. Requiere de oración y lucha ascética. Quien no reza, quien en medio de tantas actividades y ruido en la vida cotidiana no se reserva un espacio para la oración, el íntimo coloquio con Dios, quien no aprende a hacer silencio en el corazón para escuchar su voz, ¿cómo podrá percibir la presencia del Espíritu que en su acción se asemeja a una brisa suave? Quien no se aparta del pecado y lucha por purificar su corazón con la gracia del Señor, ¿cómo puede experimentar el ardor del amor que enciende el Espíritu en el corazón? Imposible.

Perciben el Espíritu los hombres y mujeres espirituales. Los creyentes estamos llamados a abrirnos a esta Presencia, viviendo una vida espiritual intensa, que nos permita sintonizar con el Espíritu de Dios. Tan sencillo como eso. Pero mientras “no tengamos tiempo” para rezar, mientras no le demos un lugar central en nuestra vida al coloquio íntimo con el Señor, mientras no meditemos en sus enseñanzas y nos esforcemos en obedecerle por amor, ¿cómo podremos “ver” y “conocer” al Espíritu, invisible al “mundo” que se halla sometido al pecado y sus concupiscencias? Si no rezamos y obedecemos al Señor, seremos hombres y mujeres “carnales”, incapaces de ver a Dios, de percibir su Presencia y acción en nuestras vidas, hombres y mujeres vendidos al poder del pecado (ver Rom 7,14).

Quien aún en medio de tantas actividades y quehaceres de cada día se reserva un espacio para el coloquio íntimo con Dios; quien junto con los hermanos y con María persevera en la oración; quien aprende a hacer silencio en el corazón para escuchar la voz del Señor; quien se aparta del pecado y coopera con la gracia del Señor para purificar su propio corazón, quien día a día se empeña en amar al Señor sobre todo y en vivir como Él nos ha enseñado, experimentará esa Presencia y acción suave pero fuerte del Espíritu Santo en su propia vida, Presencia que como fuego enciende el ardor en el propio corazón, Presencia que nos santifica y transforma haciéndonos cada día más semejantes a Cristo.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos he¬chos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía reali¬zarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue ne¬cesario que siguiera presente, en medio de sus seguidores, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro in¬terior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sin¬tiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede».

San Cirilo de Alejandría

«Obsérvese además que cuando llama al Espíritu Santo Espíritu de Verdad, manifiesta que el Espíritu Santo es su propio Espíritu. Después, cuando promete que el Padre lo mandará, que es también el Espíritu del Padre. Por esta razón el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo».

San Beda

«No es difícil demostrar, con el testimonio de las Es¬crituras, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, que el Espíritu transforma y comunica una vida nueva a aquellos en cuyo interior habita. Samuel, en efecto, dice a Saúl: Te invadirá el Espí¬ritu del Señor, te convertirás en otro hombre. Y san Pablo afirma: Y todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es Espíritu. Porque el Señor es Espíritu. Vemos, pues, la transformación que obra el Espíritu en aquellos en cuyo corazón habita. Fácilmente los hace pasar del gusto de las cosas terrenas a la sola esperanza de las celestiales, y del temor y la pusilanimidad a una decidida y generosa fortaleza de alma. Vemos claramente que así sucedió en los discípulos, los cuales, una vez fortalecidos por el Espíritu, no se dejaron intimidar por sus perseguidores, sino que permanecieron tenazmente adheridos al amor de Cristo. Es verdad, por tanto, lo que nos dice el Salvador: Os conviene que yo vuelva al cielo, pues de su partida dependía la venida del Espíritu Santo».

San Cirilo de Alejandría

«Y si el amor de Dios se extendió en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,5), que se nos dio, ¿cómo podremos amar y guardar los mandamientos de Cristo y hacernos dignos de recibirlo? ¿Es que acaso hay en nosotros un amor precedente con el cual amamos a Cristo, y por su amor y la guarda de sus mandamientos nos hacemos acreedores a recibir el Espíritu Santo, y después se llenan nuestros corazones del amor del Padre? Reprobable es esta creencia, porque el que cree que ama al Hijo sin amar al Padre, ciertamente no ama al Hijo, sino que ama una ficción de su imaginación. Sólo nos queda una explicación, y es que el que ama tiene ya al Espíritu Santo, y teniéndolo merece tenerlo más, y teniéndole más merece amar más. Así, pues, los discípulos ya tenían el Espíritu que el Señor les prometía, pero se les había de dar de una manera más excelsa. Lo tenían en estado latente, y debían recibirlo con toda solemnidad. Por cuya razón se promete con fundamento no sólo al que no lo tiene sino también al que lo tiene: al que no lo tiene para que lo tenga, y al que lo tiene para que lo posea más».

San Agustín

NUESTRO CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra Persona divina con relación a Jesús y al Padre.

El “Paráclito” o “Defensor”

692: Los apelativos del Espíritu Santo: Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el «Paráclito», literalmente «aquel que es llamado junto a uno», «advocatus» (Jn 14, 16.26; 15, 26; 16, 7). «Paráclito» se traduce habitualmente por «Consolador», siendo Jesús el primer consolador. El mismo Señor llama al Espíritu Santo «Espíritu de Verdad» (Jn 16, 13).

693: Además de su nombre propio, que es el más empleado en el libro de los Hechos y en las cartas de los apóstoles, en S. Pablo se encuentran los siguientes apelativos: el Espíritu de la promesa, el Espíritu de adopción, el Espíritu de Cristo (Rom 8, 11), el Espíritu del Señor (2 Cor 3, 17), el Espíritu de Dios (Rom 8, 9.14; 15, 19; 1 Cor 6, 11; 7, 40), y en S. Pedro, el Espíritu de gloria (1 Pe 4, 14).

El Señor revela plenamente el Espíritu Santo y su misión

727: Toda la misión del Hijo y del Espíritu Santo en la plenitud de los tiempos se resume en que el Hijo es el Ungido del Padre desde su Encarnación: Jesús es Cristo, el Mesías.

728: Jesús no revela plenamente el Espíritu Santo hasta que Él mismo no ha sido glorificado por su Muerte y su Resurrección. Sin embargo, lo sugiere poco a poco, incluso en su enseñanza a la muchedumbre, cuando revela que su Carne será alimento para la vida del mundo. Lo sugiere también a Nicodemo, a la Samaritana y a los que participan en la fiesta de los Tabernáculos. A sus discípulos les habla de Él abiertamente a propósito de la oración y del testimonio que tendrán que dar.

729: Solamente cuando ha llegado la hora en que va a ser glorificado, Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres: El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque Él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de Él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo, lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.

730: Por fin llega la hora de Jesús: Jesús entrega su espíritu en las manos del Padre en el momento en que por su Muerte es vencedor de la muerte, de modo que, «resucitado de los muertos por la Gloria del Padre» (Rom 6, 4), en seguida da a sus discípulos el Espíritu Santo dirigiendo sobre ellos su aliento. A partir de esta hora, la misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21).

CONCLUSION

«Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito»

Yo rogaré al Padre y Él les enviará otro Paráclito que esté siempre con ustedes». Esta frase del Evangelio (San Juan 14, 15-21) unifica la liturgia de la Palabra previo a la Ascensión y a Pentecostés. La naciente Iglesia ha vivido una larga experiencia de encuentro con Jesucristo Resucitado y ahora anuncia su partida. Pero Jesucristo nunca dejará sola a su Iglesia. Revela el misterio Trinitario y promete la presencia de un Defensor: el Espíritu Santo. Este discurso de despedida del Señor nos hace crecer en la esperanza cristiana y exclamar, junto con el salmista, que el evento de Pentecostés es una «obra admirable» y que toda la tierra ha de aclamar al Señor pues ha hecho prodigios por los hombres.

Así los samaritanos, apóstatas del judaísmo, serán admitidos con alegría a la comunidad cristiana por la acción del Espíritu Santo que no hace acepción de personas, bastando sólo su conversión y aceptación de la Palabra de Dios (Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17). También, con la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús podrán los cristianos hacer el bien y así glorificar a Cristo en sus corazones; dando razón de su esperanza a todo el que se la pidiere (Primera carta de San Pedro 3,15-18).

«Yo enviaré otro Paráclito»

El Evangelio de este Domingo contiene la primera de las cinco promesas del Espíritu Santo que hace Jesús a sus apóstoles en su discurso de despedida durante la última cena: «Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito…, el Espíritu de la verdad…» (Jn 14,16.17). Lo primero que llama la atención es el nombre dado al Espíritu Santo: «Paráclito». Este término es propio de San Juan en el Nuevo Testamento. Pertenece a un contexto jurídico y designa a quien viene en ayuda de otro, sobre todo en el curso de un proceso judicial. Habrá que traducirlo, entonces, por asistente, defensor, abogado. Con este término queda insinuado el tema del conflicto de los discípulos con el mundo que vamos a leer en la Carta de San Pedro. En este conflicto ellos no tienen que temer porque el Padre les dará un Paráclito. San Juan da al Espíritu Santo el nombre de «Paráclito» destacando el rol de asistencia que tiene en la tierra.

Algo que también nos llama la atención es que Jesús no promete «un Paráclito», sino «otro Paráclito». Si éste es «otro», ¿quiere decir que hay ya uno? En efecto. El primer gran defensor, el que ha estado con los discípulos y los ha asistido hasta ese momento, es Jesús mismo. Pero Jesús está anunciando su partida; cuando él haya partido, vendrá el Espíritu Santo, que es llamado «otro Paráclito», porque continuará entre los discípulos la obra realizada por Jesús. En esta misma ocasión, dirigiéndose al Padre, Jesús destaca su rol de «defensor» en relación a sus discípulos: «Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido» (Jn 17,12). Esta es la tarea que tendrá ahora el Espíritu Santo.

GLORIA A DIOS!

 

MINISTERIO DE COMUNICACION DE LA RCC DRVC

 


 

Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida

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DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

14-20 de Mayo del 2017

“Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”

Hech 6, 1-7: “La Palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba el número de los discípulos”

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en la distribución diaria de los alimentos no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:

— «No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocu¬parnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escojan a siete de ustedes, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y les encargaremos esta tarea: nosotros nos dedicare¬mos a la oración y al ministerio de la Palabra».

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presen¬taron a los apóstoles y ellos, después de orar les impusieron las manos.

La Palabra de Dios iba extendiéndose, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes acep¬taban la fe.

 

 

Sal 32,1-2.4-5.18-19: “El Señor es compasivo y misericordioso”

Aclamen, justos, al Señor,

que merece la alabanza de los buenos.

Den gracias al Señor con la cítara,

toquen en su honor el arpa de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

 

 

1Pe 2,4-9: “Ustedes son una raza elegida un sacerdocio real”

Queridos hermanos:

Acercándose al Señor, la piedra viva desechada por los hom¬bres, pero escogida y preciosa ante Dios, también ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.

Dice la Escritura:

«Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa;

el que crea en ella no quedará defraudado».

Para ustedes, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular» y también en piedra de tropiezo y en roca donde se estrellan. Y ellos tropiezan al no creer en la Palabra: ése es su destino.

Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que los llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz admirable.

 

 

Jn 14, 1-12: “Nadie va al Padre sino por mí”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «No se angustien; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino».

Tomás le dice:

— «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde:

— «Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».

Felipe le dice:

— «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le contesta:

— «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y todavía no me cono¬ces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace sus obras. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. Les aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».

 

 

NOTA IMPORTANTE

El Evangelio comienza con unas palabras de profundo aliento que Señor dirige a sus consternados apóstoles y discípulos la noche de la última Cena: «No se angustien; crean en Dios y crean también en mí». El Señor sabe del estado de turbación en el que se encuentran sus discípulos, y por ello sus palabras buscan tranquilizar y fortalecer a quienes se ven afectados por la angustia o turbación interior.

¿Cuál es la razón de esta angustia que experimentan? ¿La produce acaso el hecho de la tensión que vivían debido a que las autoridades judías andaban buscando al Señor para matarlo? Los discípulos habían advertido el peligro que corría el Señor al decidir volver a Jerusalén a pesar de la fuerte hostilidad experimentada hacía poco en la ciudad santa: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» (Jn 11,8). Temían no sólo por la vida del Señor, sino también por sus propias vidas: «Vayamos también nosotros a morir con Él» (Jn 11,16).

Otro motivo de turbación profunda podría ser el anuncio que durante la Cena había hecho el Señor: «En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará» (Jn 13,21). La consternación ante tal anuncio había sido general. ¿Quién sería capaz de algo semejante? ¿«Seré yo acaso»?, le preguntaban uno tras otro los confundidos discípulos. Otros, consternados por el anuncio, querían saber de quién se trataba. Se lo preguntaron. La respuesta y el gesto no fueron lo suficientemente evidentes para dejar en claro de quién se trataba. El Señor, si bien develó la próxima traición, no quiso develar abiertamente al traidor.

Una vez que Judas salió del Cenáculo, otro anuncio debió perturbarlos más aún: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes. Ustedes me buscarán, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, ustedes no podrán venir, les digo también ahora a ustedes» (Jn 13,33). El Señor se refiere a su Pascua, a su partida de este mundo, a su muerte en Cruz.

En ese contexto, también a Pedro el Señor le anuncia que lo negará, no una sino tres veces.

Por todo ello podemos pensar que los discípulos se encontraban en una situación de consternación, de profunda turbación o agitación del corazón.

Para afrontar este estado de ansiedad el Señor los alienta a creer y confiar no sólo en Dios, su Padre, sino también en Él: «crean en Dios y crean también en mí». Aunque de momento no comprendan nada de lo que está sucediendo, aunque no entiendan tampoco el alcance y profundidad de lo que Él les dice, aunque se avecinen momentos turbulentos y Él sea arrebatado de su lado, deben tener puesta su confianza en Dios y también en Él. Deben confiar que si Él “los deja” para ir a un lugar al que de momento no pueden acceder, es para prepararles un lugar en la casa del Padre. Es decir, por medio de su Pascua el Señor reconciliará al hombre con Dios de modo que pueda entrar nuevamente al “lugar” de la presencia y profunda comunión de vida con Dios. Hecho esto, dice el Señor, volverá por ellos para cumplir su promesa: «los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes». En esta promesa se sustenta la esperanza de todo creyente que peregrina en esta tierra.

Luego afirma el Señor: «adonde yo voy, ya saben el camino» (Jn 14,4). Es lógica la respuesta de Tomás: si «no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). ¿Cuál es la ruta que lleva a ese lugar misterioso del que habla el Señor? El Señor Jesús responde con una declaración tremenda: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). ¿Cómo puede alguien afirmar que para llegar a Dios no hay más camino que Él mismo? Los signos y milagros que ha realizado el Señor, y sobre todo el hecho de su propia resurrección, confirman que no se trata de un embustero o un desquiciado, sino que se trata de quien verdaderamente es quien dice ser: el Hijo de Dios hecho hombre, uno con Dios-Padre, Señor de la Vida. Por tanto, Él verdaderamente es capaz de dar lo que promete: quien crea en Él, tiene la vida eterna (ver Jn 3,16; 20,30-31).

¿Qué significa que Él sea “el Camino”? Por camino los judíos entendían la norma de conducta codificada en la Ley. Hasta entonces el camino para alcanzar la vida era la Ley dada por Dios a su pueblo por medio de Moisés. Alcanzaba la salvación quien fielmente guardaba los preceptos divinos (ver Sal 119,25-33; Is 30,21). El Señor Jesús no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a plenitud (ver Mt 5,17). Al decir Yo soy el Camino afirma que guardando sus mandamientos el creyente alcanza la salvación, pues por Él entra en una profunda comunión de amor con Él y con el Padre: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,21.23). De aquí se desprende que cuando Cristo dice Yo soy el Camino no se refiere sólo a sus mandamientos, sino también a su propia Persona. En este sentido es fundamental comprender la identidad del Señor Jesús: Jesucristo no es un profeta más, un maestro superior a todos los anteriores, es mucho más que eso. Si Jesucristo puede decir con verdad que Él es el Camino, es porque Él es Dios mismo que se ha hecho hombre para que todo ser humano, entrando y permaneciendo en comunión con Él, pueda llegar a participar plenamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).

De allí que diga también de sí mismo: Yo soy la Verdad, es decir, Él es el único capaz de hablar verazmente de Dios porque «a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Él es el único que viniendo de Dios conoce a Dios y puede dar testimonio de Él. En cuanto que es el único que posee la verdad sobre Dios es también el único que posee la verdad completa sobre el ser humano: su origen, su identidad, el sentido de su existencia, su destino último. Él, que es la Verdad y ha venido a dar testimonio de la verdad (ver Jn 18,37), revela al hombre el propio hombre y le muestra la sublimidad de su altísima vocación.

Finalmente, el Señor afirma: “Yo soy la Vida”, es decir, en cuanto Señor de la Vida Él es para el ser humano la fuente de su propia existencia y el fundamento de una vida que luego de la muerte y resurrección se prolongará por toda la eternidad en la comunión con Dios.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La Iglesia navega hoy en día en medio de un turbulento mar de relativismo. Quien asume esta «actitud que está de moda no reconoce nada como definitivo y sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas» (Card. Joseph Ratzinger, Homilía en la Misa por la elección del Pontífice, 18/4/2005).

Es evidente que hoy son multitudes las que adhiriéndose sin más a esta actitud de moda sostienen y afirman como verdad incuestionable que no existe una verdad sobre Dios y sobre el hombre, que todo es relativo y que por tanto cada cual puede tener “su propia verdad”, siendo “mi verdad” tan válida o verdadera como “la verdad” de otro aunque la una y la otra se encuentren en absoluta contradicción.

Esta actitud relativista ciertamente no es nueva. También la mostró Pilato cuando se encontró ante Aquel que dijo de sí mismo: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». Pilato, al escuchar tal afirmación, sin querer indagar más y manteniéndose escéptico ante la posibilidad de poder conocer La Verdad, finalizó el diálogo con una pregunta que en realidad no buscaba respuesta alguna: «¿Y qué es la verdad?» (Jn 18,37-38).

Por ese mismo relativismo se afirma asimismo que “todas las religiones son iguales” y que mal hace el catolicismo en afirmar que posee la verdad y quiere “imponerla” a los demás. Califican esta pretensión como un intolerable atentado a la tolerancia, y con actitud intolerante buscan imponer a todos “su propia verdad”, a saber, que “la verdad” es que “no existe la verdad”, y que por tanto que todo es relativo.

Ante el relativismo imperante se alza hoy nuevamente la firme voz del Señor que nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Su afirmación es excluyente: Él no es una verdad o un camino más entre muchos; no hay otras verdades, no hay otros caminos, no hay otro modo de llegar al Padre y alcanzar la Vida. Él para esto ha sido enviado: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

En una época de tanto relativismo, resaltar esta verdad es esencial. Porque le creemos a Cristo, creemos que Él es LA VERDAD, no una más entre tantas verdades todas igualmente verdaderas entre sí, sino LA VERDAD. Por lo mismo, creemos que Él es «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9) y por eso no podemos dejar de hacer de Él nuestro Camino cada día y de anunciarlo a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, ya sea por miedo de ofender la sensibilidad de algunos o por ceder a la tiranía de lo “políticamente correcto”. Anunciamos a Cristo no porque nos creemos dueños de la verdad, sino porque la Verdad que es Cristo nos ha alcanzado, nos posee y porque somos sus servidores. Esa verdad no se la imponemos a nadie, pero tampoco podemos dejar de anunciarla, no podemos esconderla debajo de un celemín. Porque Cristo es la Verdad que nos ha iluminado, y porque Él ha venido a liberar a todo ser humano de la esclavitud del pecado y de la muerte, sentimos la urgencia de anunciarlo a cuantos podamos, a tiempo y destiempo.

PENSAMIENTOS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

«“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Con estas palabras Cristo parece decirnos: “¿Por dónde quieres tú pasar? Yo soy el Camino. ¿Dónde quieres llegar? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres residir? Yo soy la Vida.” Caminemos, pues, con toda seguridad sobre el Camino; fuera del Camino, temamos las trampas, porque en el Camino el enemigo no se atreve atacar —el Camino, es Cristo— pero fuera del Camino levanta sus trampas».

San Agustín

«Muchos son los caminos del Señor, aunque Él en per¬sona es el Camino. Y, refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de Camino, y nos muestra por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos ca¬minos e insistir en muchos de ellos para hallar, por medio de las enseñanzas de muchos, el único Camino seguro, el único que nos lleva a la vida eterna. Halla¬mos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos».

San Hilario

«Si lo amas, síguelo. “Lo amo —me respondes—, mas, ¿por dónde he de seguirlo?” Si el Señor, tu Dios, te hubiese dicho: “Yo soy la Verdad y la Vida”, tú, deseoso de esta Verdad y de esta Vida, tendrías razón de decirte a ti mismo: “Gran cosa es la Verdad, gran cosa es la Vida; ¡si hubiese un camino para llegar a ellas!” ¿Preguntas cuál es el camino? Fíjate que el Señor dice en primer lugar: Yo soy el Camino. Antes de decirte a donde, te indica por donde: Yo soy —dice— el Camino. ¿El Camino hacia dónde? La Verdad y la Vida. Primero dice por donde has de ir, luego a dónde has de ir. Yo soy el Camino, yo soy la Verdad, yo soy la Vida. Perma¬neciendo junto al Padre, es Verdad y Vida; haciéndose hombre, se hizo Camino. No se te dice: “Esfuérzate en hallar el Camino, para que puedas llegar a la Verdad y a la Vida”; no, cierta¬mente. ¡Levántate, perezoso! El Camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que ha llegado a des¬pertarte; levántate, pues, y camina».

San Agustín

LO QUE NOS DICE EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La vida del hombre: conocer y amar a Dios

«PADRE, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3). «Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 3-4). «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4, 12), sino el nombre de JESUS.

1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En El y por El, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.

Se hizo hombre… para hacerse Camino que conduce al Padre

457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).» El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1 Jn 4, 14). «El se manifestó para quitar los pecados» (1 Jn 3, 5).

458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6).

460: El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4): «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo). «Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacemos Dios» (S. Atanasio).

679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5, 22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (ver Jn 3, 17) y para dar la vida que hay en él (ver Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (ver Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (ver 1 Cor 3, 12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (ver Mt 12, 32; Heb 6, 4-6; 10, 26-31).

CONCLUSION

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

La comunidad cristiana se sustenta en «la piedra angular»: Jesucristo ha vencido a la muerte y Él es el camino que nos lleva al Padre. En la Primera Lectura (Hechos de los Apóstoles 6,1-7) vemos cómo la comunidad se organiza mediante la distribución de las diversas tareas y servicios tales como las obras de caridad, el ministerio de la palabra y del culto.

La primera carta de San Pedro (Primera carta de San Pedro 2, 4-9), que nos ha acompañado a lo largo de estos cuatro domingos de Pascua nos ofrece, al igual que los sinópticos, una interpretación cristológica del Salmo 118, 22: «la piedra que los constructores desecharon se ha convertido en piedra angular; ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos». Para los creyentes se trata de una piedra preciosa, para los incrédulos es piedra de tropiezo y de caída. En el Evangelio, Jesucristo se nos muestra como «el Camino, la Verdad y la Vida» (San Juan 14, 1-12). Es Él quien nos conduce a la casa del Padre y nos revela nuestra altísima dignidad y vocación: somos llamados a ser hijos en el único Hijo, Jesucristo.

«No se inquiete vuestro corazón»

El Evangelio de hoy comienza con una frase verdaderamente consoladora para los momentos en los cuales nuestra fe parece tambalear: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí». Fue pronunciada durante la última cena con sus discípulos en el contexto de la despedida de Jesús antes de su Pasión. Para entender el diálogo que se produce entre Jesús y sus discípulos es necesario remontarse a los versículos precedentes y saber de qué se está hablando. Jesús había anunciado su eminente partida, entonces Pedro le pregunta: «Señor, ¿a dónde vas?». Esta pregunta admite dos res¬puestas, ambas verdaderas. Una respuesta es: «Voy allá de donde vine, es decir, al Padre», y de esta meta está hablando Jesús. Y la otra respuesta es: «Voy a Jerusalén a morir en la cruz», y esto es lo que entiende Pedro. La respuesta que Jesús da a Pedro no aclara su destinación: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Sigue, por lo tanto, en el aire la pregunta hecha por Pedro.

En este contexto Jesús asegura a sus discípulos que Él se les adelantará para ir a preparar un lugar para ellos; «luego -dice Jesús- volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo esté estéis también vosotros». Entonces ya no habrá separaciones. Jesús ha insinuado a sus apóstoles su destinación, diciéndoles que en la casa de su Padre hay muchas mansiones. Y confía en que sus apóstoles, a esta altura, le han entendido y ya saben el camino.

Por eso dice: «Adonde yo voy sabéis el camino». Pero lamentablemente, los apóstoles, como algunos de nosotros, siguen sin entender sus palabras y siguen pensando que él se dirigirá a algún lugar de esta tierra. Habría sido mucho que el mismo Pedro, después de la respuesta que recibió, insistiera en preguntar. Pero ahora lo hace Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». La respuesta que Jesús da aclara todo. Es una de las frases más importantes del Evangelio; indica el camino y la meta final: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee mayo Ee 2017 a las 8:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

07 al 13 de Mayo del 2017

“Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará”

Hech 2, l4. 36-41: “Dios ha constituido Señor y Cristo a quien ustedes han crucificado”

El día de Pentecostés, Pedro, de pie junto con los otros once apóstoles, pidió atención y les dirigió la palabra:

— «Sepan con plena seguridad todos los israelitas que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pe¬dro y a los demás apóstoles:

— «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Pedro les contestó:

— «Conviértanse y bautícense todos en nombre de Jesucristo para que se les perdonen los pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos».

Con estas y otras muchas razones les animaba, y los exhortaba diciendo:

— «Pónganse a salvo de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unas tres mil personas.

Sal 22, 1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

1Pe 2, 20-25: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus huellas”

Queridos hermanos:

Si, obrando el bien, soportan ustedes el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto han sido llamados, ya que también Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.

Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas los han curado.

Pues ustedes andaban antes como ovejas descarriadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas.

Jn 10, 1-10: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”

En aquel tiempo, dijo Jesús:

— «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guardián, y las ovejas escuchan su voz, y él va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

— «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

NOTA IMPORTANTE

Pastor y rebaño son ya desde antiguo figuras que explicaban la relación de Dios con su pueblo Israel. El Salmo dice: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1). El Señor, el Pastor, es Dios. El libró a su pueblo de la opresión de Egipto, lo guió por el desierto a la tierra prometida, se reveló en el Monte Sinaí como el Dios de la Alianza: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi Alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19, 5).

En el Antiguo Testamento pastores son llamados también aquellos que Dios elige para apacentar a su pueblo. La figura de los pésimos pastores es utilizada por el profeta Ezequiel (34,1-16): en nombre de Dios fustiga duramente a aquellos pastores que en vez de cumplir con su oficio descuidan sus funciones o se aprovechan de su autoridad para apacentarse a sí mismos, abusando, maltratando o dejando desorientadas a las ovejas que han sido confiadas a su custodia. También el profeta Jeremías presta su voz a Dios para denunciar la injusticia con esta misma comparación: «¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (…) Vosotros habéis dispersado las ovejas mías, las empujasteis y no las atendisteis» (Jer 23, 1-2). Dios promete arrebatar las ovejas de sus manos y hacerse Él mismo cargo de ellas: «Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas» (Ez 34, 11-12; ver Jer 23, 3).

En el Señor Jesús Dios cumple aquella antigua promesa: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

Recurriendo Él también a la comparación del pastor y sus ovejas, el Señor establece la diferencia entre quienes entran por la puerta del redil y quienes escalan por otro lado. Se compara a sí mismo con el pastor que entra y sale por la puerta, aunque no identifica a quienes se refiere cuando habla de aquellos “ladrones y bandidos” que saltan el muro.

Hay quienes piensan que estaría haciendo referencia a los falsos mesías que por aquél entonces clamaban haber sido enviados por Dios para liberar a Israel (ver Hech 5,36s). Otros piensan que se trataría más bien de los fariseos, aquellos que acababan de expulsar de la sinagoga al ciego de nacimiento curado por Jesús (ver Jn 9), porque no querían admitir que Él fuera un enviado de Dios. Serían ellos los “ladrones y bandidos” en la medida en que rechazan a Jesús como el Mesías enviado por Dios e impiden u obstaculizan la fe de Israel en Él, apartándolos de la vida abundante que Él ha venido a traer. En el caso precedente de la curación del ciego de nacimiento el contraste es claro: mientras que el Señor Jesús busca personalmente a sus ovejas, las cura y les da una vida nueva, los celosos fariseos insultan al ciego curado, lo condenan y excluyen de la sinagoga por reconocer al Señor Jesús como un enviado de Dios.

Para entender mejor la comparación usada por el Señor, conviene describir brevemente esta realidad pastoril. Luego de pastar durante el día las ovejas eran reunidas en el corral o redil para pasar la noche. Los rediles reunían ovejas de uno o más rebaños. El cerco de cada redil estaba hecho de piedras, y una puerta permitía el tránsito de las ovejas hacia su interior o exterior. La puerta era sumamente estrecha, de modo que se podía contar fácilmente en número de ovejas que entraban o salían del redil. Por la noche un solo pastor permanecía en vela para proteger a las ovejas de los depredadores y de los ladrones. Al llegar el nuevo día cada pastor venía por sus ovejas, abría la puerta y llamaba a sus ovejas. Éstas, al reconocer la voz de su propio pastor, se agolpaban en la puerta y salían de una en una mientras su pastor las iba contando. Las ovejas nunca acuden al llamado de otra persona que no sea su propio pastor, salvo que estén enfermas. A veces el pastor llamaba a cada una por el nombre que cariñosamente le había puesto, acudiendo cada cual al llamado de su nombre. Una vez reunidas todas las ovejas el pastor las llevaba a apacentar, marchando él por delante.

Los términos de la comparación eran familiares para aquellos que escuchaban al Señor. El mensaje era claro: quienes reconocían al Señor como Pastor supremo, no debían prestar sus oídos a los “ladrones y bandidos”. El Señor advierte a sus discípulos para que se guarden de todos aquellos que con discursos engañosos terminan apartándolos de la Vida verdadera.

En un segundo momento el Señor pasa a compararse a sí mismo con la puerta del redil: «Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos». Las ovejas no pueden formar parte del redil más que pasando por esta puerta. Al identificarse a sí mismo con la puerta el Señor Jesús da a entender su función mediadora única: sólo Él abre el acceso a la participación en la vida divina.

Entra por esta “puerta” y «se salva» quien cree en Él, que Él es el enviado del Padre. La salvación que Él ofrece consiste en que en Él el creyente «tiene vida eterna y no es llamado a juicio» (Jn 5, 24-29; ver Jn 3,17; 12,47). La expresión “entrar y salir” es un semitismo que expresa el ir y venir en la vida cotidiana, asociado al buen suceso o éxito en una empresa (ver Núm 27,17; Dt 28,6; 1 Sam 29,6, etc.; Hech 1,21). En Cristo el creyente tiene garantizada la vida verdadera, puede confiar en que “encontrará pasto”. El pasto para las ovejas es una metáfora que simboliza, en el caso del creyente, una vida abundante y plena (ver Is 49,9ss; Ez 34,14; Sal 23,2). En efecto, el Señor Jesús ha venido, como dice Él mismo, para que aquellos que lo escuchan y lo siguen «tengan vida y la tengan en abundancia». Se trata de la vida eterna, que el Señor de la Vida comunica a los creyentes (ver Jn 3,16.36; 5,40; 6,33.35.38; etc.).

«Esta es la puerta del Señor, los justos entrarán por ella» (Sal 118,20). Jesucristo es la puerta de acceso a la casa del Padre. Esta entrada ha sido abierta para todo ser humano mediante su sacrificio en la Cruz: «Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas los han curado» (2ª. lectura). De este modo Dios ha hecho volver a las ovejas descarriadas «al pastor y guardián de sus vidas».

Mas no bastaba su muerte en Cruz: si Cristo no hubiera resucitado, tampoco habríamos sido rescatados. Es por su muerte y resurrección que el Señor Jesús trae la vida nueva a sus ovejas. En esta vida divina es introducido el creyente por el Bautismo (1ª. lectura). Al recibir este sacramento el creyente pasa por la puerta, que es Cristo, para formar parte del rebaño de Cristo, que es su Iglesia. El don de la vida nueva recibida por el Bautismo implica, por parte de las ovejas de Cristo, vivir no ya para el pecado sino para la justicia, siguiendo las huellas y el ejemplo de Aquél que es su supremo Pastor.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La lectura del Evangelio de este Domingo trae los versículos iniciales del capítulo diez de San Juan, que contiene la parábola llamada “del Buen Pastor” debido a que el Señor Jesús se compara a sí mismo con un pastor bueno que da la vida por sus ovejas. El pasaje completo se lee consecutivamente a lo largo de tres años, cada cuarto Domingo de Pascua. Por esta razón a este Domingo se le conoce también como el Domingo del Buen Pastor.

Debido al profundo vínculo existente entre Jesucristo, el Buen Pastor, y todo sacerdote suyo, el Papa Pablo VI decretó que en este mismo Domingo se llevara a cabo una jornada mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio. Así pues, este Domingo toda la Iglesia se une en una jornada de oración por las vocaciones al sacerdocio, extendiendo la oración también a todos aquellos que están llamados a la vida consagrada.

Hoy se habla muchas veces de crisis de vocaciones en la Iglesia aunque más propiamente habría que hablar de una crisis de respuesta. Son muchos los llamados, pocos los que responden. El Señor Jesús, que conoce a cada una de sus ovejas, no deja de pronunciar hoy el nombre de aquellos que están llamados, no deja de convocarlos a su seguimiento con aquel radical “sígueme” con el que invitó a sus Apóstoles a dejarlo todo (ver Mt 8,22; 9,9; 19,21; Lc 9,59; Jn 1,43; 21,19) para estar con Él y enviarlos al mundo entero a anunciar su Evangelio y ser ministros de la reconciliación (ver 2 Cor 5,18-19).

La vocación no es algo que aparece en el transcurso de la vida. Está grabada en la estructura de la persona desde su concepción. Amado y pensado por Dios para ser sacerdote, para ser profeta, para ser apóstol del Señor, lo ha formado así desde el seno materno (ver Jer 1,5). El llamado lleva en su interior un como sello de fuego, que le reclama llegar a ser lo que está llamado a ser. Por ello cada joven tiene la imperiosa necesidad de preguntarse seriamente sobre su vocación y la misión que Dios le ha confiado en el mundo, aquello para lo que ha nacido. El Señor, quien nos conoce hasta lo más profundo, quien nos ama entrañablemente, es quien nos mostrará también nuestra particular vocación y misión en el mundo, que es el camino de nuestra propia realización humana. Por ello en todo proceso de discernimiento vocacional es al Señor a quien hay que acudir: Señor, ¿cuál es mi vocación? ¿Cuál es mi misión en el mundo? ¿Me llamas a la vida matrimonial, o me pides una especial consagración a ti? ¿Me llamas al sacerdocio? «¡Habla, Señor, que tu siervo escucha» (ver 1Sam 3,10). De la respuesta acertada al Plan de Dios depende la propia felicidad y la de muchas otras personas, y por eso en este asunto de tanta trascendencia es tan importante que todo joven encuentro el aliento, el apoyo y la ayuda de sus mismos padres, así como de sacerdotes y personas consagradas que lo puedan guiar y orientar rectamente.

Lamentablemente, hoy como ayer, hay muchos jóvenes que por diversas razones permanecen sordos al llamado del Señor. Hay también quienes apenas ven signos de vocación o escuchan fuerte el llamado experimentan tanto miedo que huyen del Señor a como dé lugar, y antes que confiar en Dios prefieren aferrarse a sus ‘riquezas’, a todo aquello que les ofrece alguna humana seguridad, aunque sólo sea pasajera (ver Mc 10,21-22).

No es fácil escuchar la voz del Señor y menos decirle ‘sí’, pues ese ‘sí’ conlleva un cambio radical de los propios planes en la vida. Decirle al Señor «te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57) se asemeja a dar un salto al vacío. Implica renunciar a todo, ir contra corriente, afrontar a veces la incomprensión y oposición de los propios amigos, parientes y padres. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los padres que ven en la vocación a la vida sacerdotal o consagrada de uno de sus hijos no un signo de una singular predilección divina, sino un “desperdicio” o incluso una maldición para toda la familia! En una sociedad que se descristianiza cada vez más, quienes experimentan y quieren responder al llamado del Señor serán ciertamente incomprendidos y sometidos a duras pruebas.

Pero hay también de aquellos que escuchando y descubriendo el llamado del Señor, con valor y decisión, sobreponiéndose a todo temor, renunciando generosamente a sus propios planes, saben decirle “aquí me tienes, Señor, hágase en mí según tu palabra” (ver Is 6,8; Lc 1,38). Hoy hay también jóvenes audaces y heroicos que encontrando su fuerza en el Señor perseveran a pesar de múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades en el camino. Así como hay también padres generosos que abriéndose al llamado de alguno de sus hijos lo alientan y apoyan a ponerse a la escucha del Señor y responderle con generosidad. ¡También éstos recibirán del Señor el ciento por uno, por la inmensa generosidad, sacrificio y renuncia que implica entregar un hijo al Señor!

La vocación es un misterio, un asunto entre Dios y la persona llamada. Quienes creemos en el Señor, creemos que también hoy Él elige y llama a algunos a dejarlo todo para seguirlo muy de cerca invitándolos a participar de su intimidad, destinándolos desde toda la eternidad por un amor de predilección (ver Jer 31,3) para que vayan por el mundo entero anunciando el Evangelio y de ese modo den fruto y su fruto permanezca (ver Jn 15,16).

Rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en general, es una necesidad, y apoyarlas es un deber que experimenta todo católico coherente, todo aquel que verdaderamente escucha la voz del Pastor y lo sigue. ¡Este Domingo especialmente, pero también todos los días, recemos intensamente a Dios para que envíe más obreros a su mies (ver Mt 9,38) y también para que respondan todos aquellos que han sido llamados! Pero ciertamente no basta rezar por las vocaciones; en la medida que podamos, alentemos y apoyemos incondicionalmente a quienes están en el proceso de discernimiento vocacional o ya le han dicho “sí” al Señor.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«No debe extrañarnos que Él se llame a sí mismo puerta, porque se presenta a sí mismo también como pastor y como rebaño. Él se llama puerta por ser el que nos conduce al Padre, y se llama pastor por ser el que nos guía».

San Juan Crisóstomo

«¿Y quién es el que saca las ovejas sino Aquel que perdona los pecados, para que desembarazados de sus duras cadenas puedan seguirle? (…) ¿Y quién es el que va delante de las ovejas sino Aquel que resucitando de entre los muertos no muere ya más (Rom 6,9), y dijo al Padre: “Quiero que aquellos que tú me diste estén conmigo en donde yo estoy” (Jn 17,24)?».

San Agustín

«Entra por la puerta el que entra por Cristo, el que imita la pasión de Cristo, el que conoce la humildad de Cristo, que siendo Dios se ha hecho hombre por nosotros. Conozca el hombre que no es Dios, sino hombre, porque el que quiere parecer Dios siendo hombre, no imita a Aquel que siendo Dios se hizo hombre. Porque no se te ha dicho: seas algo menos de lo que eres; sino, reconoce lo que eres».

San Agustín

«El distintivo de la oveja de Cristo es su capacidad de escuchar, de obedecer, mientras que las ovejas extrañas se distinguen por su indocilidad. Comprendemos el verbo “escuchar” en el sentido de consentir a lo que se le ha dicho».

San Cirilo de Alejandría

«“Mis ovejas me siguen”, dice Cristo. En efecto, por la gracia divina, los creyentes siguen los pasos de Cristo. No obedecen a los preceptos de la Ley antigua que no era más que figura, sino que siguen por la gracia los preceptos de Cristo. Llegarán a las cumbres, conforme a la vocación de hijos de Dios. Cuando Cristo sube al cielo, ellos le seguirán».

San Cirilo de Alejandría

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La Iglesia es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo

753: Los símbolos de la Iglesia: En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la del «Pueblo de Dios». En el Nuevo Testamento, todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser «la Cabeza» de este Pueblo, el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes «tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del matrimonio».

754: La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas».

Cristo es la puerta por la que accedemos al Padre

2609: Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que «busquemos» y que «llamemos» porque El es la puerta y el camino.

El Bautismo es la puerta para entrar a la Iglesia, redil de Cristo.

1213: El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: «El Bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra».

Cristo es la puerta estrecha que lleva a la vida eterna

1036: Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran» (Mt 7, 13-14)

«Fuera de la Iglesia no hay salvación»

846: ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:

El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. El, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del Bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14).

 

 

REFLEXION S

“He venido para que tengan Vida”

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 10, 1-10

Este cuarto Domingo de Pascua es conocido en todo el orbe católico como el del «Buen Pastor» y es donde rezamos de manera particular por las vocaciones a la vida consagrada. Las lecturas dominicales nos ayudan a profundizar en la relación del Pastor con sus ovejas.

En el Evangelio, Jesús, Buen Pastor, se identifica con la Puerta de las ovejas. Él guía a las ovejas por caminos seguros para que estén a salvo y encuentren vida abundante. Será San Pedro quien explicará cómo entrar por la puerta del redil: mediante la conversión, el bautismo (Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41) y siguiendo las huellas dejadas por el Buen Pastor (Primera carta de San Pedro 2, 20b-25).

El Buen Pastor y su rebaño

Era normal en los pueblos nómades del Antiguo Testamento que se comparara la relación entre el gobernante y su pueblo con la del pastor y su rebaño. El buen pastor conoce a sus ovejas, las ama, vela en modo particular por las más débiles, las conduce a los pastos y a las fuentes de agua. El pueblo anhelaba jefes que se comportaran de esa manera. Pero, a veces, ¡qué desilusión!, los jefes trataban al pueblo de manera autoritaria y se servían de él para su propio interés. Por eso, pronto se comprendió que el único que merece el título de «pastor del pueblo» es Dios mismo pues sólo Él ama y da la vida por sus ovejas.

En el culto el pueblo cantaba: «El Señor es mi Pastor, nada me falta; por prados de fresca hierba me apacienta; hacia las agua de reposo me conduce y conforta mi alma… aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan…» (Sal 23,1-4). Y contra los malos gobernantes del pueblo Dios advierte por intermedio del profeta Ezequiel: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!… No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida: sino que las habéis dominado con violencia y dureza» (Ez 34,2.4).

Y, a través del mismo profeta, Dios promete al pueblo: «Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor» (Ez 34,23). Desde entonces el pueblo esperaba el cumplimiento de esta promesa y miraba hacia el futuro anhelando la aparición de un nuevo David. Y cuando Jesús comenzó a resaltar por sus enseñanzas y sus milagros en favor del pueblo sencillo; surgió inmediatamente la pregunta que estaba en el ambiente: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús responde afirmando: «Yo soy el buen pastor… yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

¿A quién escuchar y a quién seguir?

En la primera parte del décimo capítulo del Evangelio según San Juan, Jesús está interesado en dar un criterio claro para discernir a quién se debe escuchar y seguir así como de quien uno debe de alejarse. En todos los tiempos han existido falsos profetas y maestros que arrastran a hombres y mujeres. Nuestro tiempo es testigo de una proliferación de líderes religiosos, gurúes o jefes de sectas que seducen a muchas personas y se aprovechan de ellas con toda clase de habladurías. Contra ellos advierte Jesús diciendo: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas». Sigue indicando Jesús diversos criterios para distinguir al pastor del salteador. Al pastor le abre el portero la puerta del redil; conoce las ovejas y las llama a cada una por su nombre y ellas lo escuchan; camina delante de ellas y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. Por otro lado, no conocen la voz de los extraños y no los siguen sino que huyen de ellos.

El Evangelista San Juan comenta que «ellos» no entendían lo que les hablaba (Jn 10,6). ¿A quiénes dirige Jesús esta parábola? ¿Quiénes son «ellos»? La exposición de la parábola comienza con la fórmula: «En verdad, en verdad os digo…». En el cuarto Evangelio esta fórmula introduce siempre un tema que ya ha sido tratado y que ahora es retomado para ampliarlo o presentarlo bajo una nueva luz. Hay que volver la atención, entonces, hacia lo que precede. En el capítulo 9 se ha relata¬do la curación del ciego de nacimiento. Este hombre, después de discusiones con los fariseos, es excluido de la sinagoga: «Lo echaron fuera» (Jn 9,34). Es que «los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno reconocía a Jesús como Cristo, quedara excluido de la sinagoga» (Jn 9,22).

Y en este momento se encuentra con Jesús que lo acoge, después que ha confesado su fe en él, diciendo: «Creo, Señor» (Jn 9,38). En ese acto de fe queda, al mismo tiempo, excluido de la sinagoga y acogido entre los discípu¬los de Cristo. Este es el acto de fe que tiene que hacer todo el que es acogido en la Iglesia de Cristo por medio del Bautismo. El episodio concluye con la pregunta de los fariseos a Jesús: «¿Es que también nosotros somos ciegos?» (Jn 9,40). Es para ellos que Jesús formula esta parábola de la puerta.

El contraste entre Jesús y los fariseos queda en evidencia en el modo cómo tratan al ciego de naci¬miento: los fariseos lo echan fuera; Jesús lo sana y lo acoge respondiendo al perfil del pastor que Él mismo ha dado. Pero diciendo: «Yo soy la puerta», Jesús insinúa que también hay otros verdaderos pastores y nos ofrece un criterio que nos permita discernir el pastor del ladrón. Todo el que entra por Él, es decir, todo el que llega al rebaño en el nombre de Cristo y con un mandato suyo: ese es pastor de las ovejas y promueve la vida de las ovejas. El que no es enviado por Cristo, sino que se envía a sí mismo, es un ladrón que entra por otro lado.

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

 

 

GLORIA A DIOS

 

Lo reconocieron en la fracción del pan

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 1 Ee mayo Ee 2017 a las 10:35 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

30- de Abril al 6 del 2017

“Lo reconocieron en la fracción del pan”

Hech 2,14.22-28: “Dios resucitó a Jesús, y todos nosotros somos testigos”

El día de Pentecostés, Pedro, de pie junto con los otros once apóstoles, pidió atención y les dirigió la palabra:

— «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchen mis pala­bras y entérense bien de lo que pasa. Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante uste­des realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que ustedes conocen. Conforme al designio previsto y determinado por Dios, fue entregado, y, por mano de paganos, ustedes lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:

“Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”.

Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, vio anticipadamente la resurrección de Cristo, y dijo que no lo entregaría a la muerte ni su carne experimentaría la corrupción. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.

Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que ustedes están viendo y oyendo».

Sal 15,1-11: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es la parte de mi herencia y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

1Pe 1,17-21: “Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos”

Queridos hermanos:

Si ustedes llaman Padre al que juzga imparcialmente las acciones de cada uno, procedan con cautela durante su perma­nencia en la tierra.

Ya saben ustedes que los han rescatado de su vana conducta heredada de sus antepasados, no con oro y plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos para bien de ustedes.

Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así han puesto en Dios su fe y su esperanza.

Lc 24, 13-35: “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron”

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a un pueblo llamado Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

— «¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?».

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

— «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les preguntó:

— «¿Qué ha pasado?».

Ellos le contestaron:

— «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sa­cerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobre­saltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una apari­ción de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo:

— «¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anuncia­ron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les ex­plicó lo que se refería a Él en toda la Escritura.

Ya cerca del pueblo donde iban, Él hizo ademán de seguir ade­lante; pero ellos le insistieron, diciendo:

— «Quédate con nosotros, porque ya atardece y está anoche­ciendo».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció.

Ellos comentaron:

— «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el ca­mino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

— «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

NOTA IMPORTANTE

Al tercer día de la crucifixión del Señor, “el primer día de la semana”, dos discípulos desesperanzados emprenden el retorno a su pueblo. Emaús distaba aproximadamente once kilómetros de Jerusalén.

Al emprender el retorno ya las mujeres habían dado la noticia de que habían hallado el sepulcro vacío, asegurando además que unos ángeles se les habían aparecido y les habían dicho que Jesucristo estaba vivo (ver Mt 28,8).

Quienes las escucharon pensaban que deliraban (ver Lc 24,11). ¿Cómo podría volver a la vida un hombre que había sido tan brutalmente maltratado y crucificado? ¿No había sido todo una bella ilusión? Si Dios había permitido que muriese crucificado como un malhechor, si Dios no había venido en su auxilio enviando las huestes de sus ángeles para derrotar a sus enemigos y a los enemigos de Israel, no podía ser Él el Mesías. La muerte en Cruz había acabado con su líder y junto con Él con todas sus esperanzas e ideales de ver un Israel liberado de la mano de sus enemigos. Lo razonable, a pesar de que el Señor les había anunciado reiteradas veces que resucitaría, era pensar que todo había terminado con su muerte, que Dios no estaba con Él. El anuncio de las mujeres se debía probablemente a un estado emocional alterado, propio de personas que aman mucho a alguien y se resisten a aceptar la dura realidad: ¡Ha muerto el Señor, y con Él toda esperanza!

En el camino a Emaús, aún cuando la pena agobia sus corazones, dos discípulos comparten su abatimiento e infinita tristeza, como lo hacen los amigos cuando llevan el alma cargada de sufrimiento. Su esperanza en Dios ha sido defraudada. Se hallan hundidos en la decepción: esperaban que Jesús fuese el Mesías-liberador de Israel (ver Lc 24,21), pero luego de su dramática crucifixión no quedaba más que el sabor amargo del fracaso y desilusión. Todos sus anhelos y esperanzas, todos sus ideales habían estallado en mil pedazos con la muerte del Maestro y Amigo. Ahora, compañeros en el dolor, compartían sus penas para hacerlas más soportables. La vida debía continuar, así que no les quedaba más que volver a su pueblo, al trabajo rutinario, a ganarse el pan de cada día para continuar la vida.

Es importante resaltar que en medio de su desolación aquellos hombres no se cierran en sí mismos, no se dejan engullir por su tristeza infinita, no se traga cada uno su propia pena por temor a convertirse en una “carga para el otro”, sino que con humildad reconocen la necesidad que en un momento así tienen de abrir sus corazones. La pena compartida se hace más fácil de sobrellevar. La mutua compañía hace más llevadera la cruz. El amigo se convierte en descanso para el alma, fortaleza en la fragilidad, aliento y estímulo en la desolación.

Esa actitud de humilde apertura genera entre los caminantes un dinamismo que permite que incluso un “forastero” pueda acercarse a ellos y compartir con Él sus penas. El diálogo dispone asimismo a los discípulos para que puedan acoger las palabras que han de sanar sus heridas y enardecer nuevamente sus corazones. De este modo el Señor sale al encuentro de aquellos que le muestran sus heridas y sufrimientos y con su singular compañía torna el triste camino a Emaús en un camino de reconciliación.

En efecto, gracias a la apertura de los discípulos, el Señor establece con ellos un diálogo que en sí mismo porta un claro dinamismo reconciliador. Instruyendo primero sus entorpecidas mentes, el Señor les explica que según las Escrituras, y no según sus propias expectativas humanas, el Mesías tenía que padecer mucho y dar su vida en rescate por todo el pueblo. Mientras escuchaban con profunda atención aquello que sin duda fue una incomparable exégesis, las palabras del Señor iban encontrando una profunda resonancia en sus corazones: «El alma (de aquellos hombres) se enardecía al oír la palabra divina», comenta San Gregorio, pues las palabras del Señor, cargadas de luz, penetraban en sus mentes y en sus corazones.

Llegados a Emaús el forastero se dispone a continuar su propio camino y se despide. Luego de su instrucción primera el Señor juzga oportuno dejar que los discípulos den el siguiente paso. Él ya ha tocado a la puerta de sus corazones y ahora es tiempo de esperar su respuesta libre. Al pedirle e insistirle que se quede con ellos es evidente que su adhesión no es obligada. La invitación brota de un profundo deseo de acoger a aquél hombre cuyas enseñanzas habían abierto su entendimiento e iluminado sus embotadas mentes. Recién entonces comprendieron lo que anunciaban las antiguas Escrituras. ¡Cuánta paz, cuánta luz, cuánto consuelo habrá traído el Señor a sus corazones con sus enseñanzas! ¡Sus corazones volvían a encenderse al calor de sus enseñanzas! ¿Cómo no invitarlo a quedarse con ellos aquél día?

De este modo respondían a la iniciativa del Señor, acogiéndolo en su casa, más aún, en sus corazones. Una actitud pasiva, en cambio, habría significado el alejamiento del Señor, el no reconocerlo presente y actuante en sus vidas.

Al invitarlo a permanecer con ellos el Señor dejaba de ser un forastero, o un compañero de camino, y pasaba a ser un amigo. En la mentalidad de aquellos lugares y culturas, acoger a alguien como huésped traía consigo el compromiso de recibirle en la intimidad de la propia familia. Consiguientemente, el vínculo que se formaba entre ellos pasaba a ser sagrado. En los discípulos de Emaús hay el deseo de acoger e introducir al “forastero” en el círculo de su amistad. Con este gesto de generosa hospitalidad ellos mismos se convertirán en huéspedes del Señor, según las palabras del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

El pan que el Señor parte y comparte con ellos será finalmente el signo visible que permita a sus discípulos reconocer una realidad hasta entonces retenida a sus ojos: ¡es el Señor! Al reconocerlo en la fracción del pan y luego de desaparecer Él de su vista, se dicen el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el ca­mino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Es así como el camino de reconciliación ha llegado a su culmen: la palabra del Señor y la fracción del pan les ha abierto los embotados ojos de la mente y del corazón, los ha iluminado con un nuevo resplandor, curándolos de toda duda, ignorancia, tristeza, desaliento y miedo.

El gozo que experimentan los discípulos de Emaús, la dicha inmensa que produce la experiencia de reconocer al Señor resucitado es incontenible. Los discípulos, sin importar que sea de noche, se vuelven a Jerusalén de inmediato a anunciar la gozosa noticia a los demás. El anuncio gozoso nace del encuentro reconciliador con Jesucristo, vivo y resucitado.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Dos discípulos iban de vuelta a casa, a Emaús. Las cosas no habían salido como esperaban. Sus ilusiones se habían trocado en amarga desilusión. En vez del “éxito” se encontraron con el más rotundo fracaso. Según la idea que se habían hecho de Jesús, según su propio modo de ver las cosas, Él tenía que ser el liberador político de Israel. ¡Tantas señales había obrado! Parecía que ya llegaba el momento de ser humanamente glorificado. Sin embargo, todo cambió abruptamente cuando en vez de ser ensalzado fue crucificado como un maldito (ver Gal 3,13). ¡Todo iba tan bien, hasta que Dios hizo SILENCIO!

¿Cuántas veces experimentamos en el caminar de nuestra vida esa ausencia de Dios, porque “las cosas no salieron como yo quería”? ¿Acaso pensamos que los caminos de Dios son fáciles de seguir, que están exentos de todo sufrimiento, de toda prueba? Y cuando en vez de la gloria el Señor me pone delante la cruz, cuando el dolor se cruza en mi camino y Dios parece no escuchar mis súplicas, cuando Dios permite el mal sin intervenir como yo pienso que debería actuar, cuando en vez de intervenir portentosamente solo hace SILENCIO, ¡parece que perdemos la fe!

¿Cuántas veces, en situaciones difíciles, en medio del sufrimiento, pienso que Dios me ha abandonado y me hundo en el desaliento y la desesperanza? ¿Cuántas veces la tristeza en la que me encierro me vuelve ciego a la presencia del Señor, que sale a mi encuentro y camina a mi lado? ¿O cuántas veces reacciono con infantil rebeldía, alejándome de Dios, hundiéndome en mi pecado para buscar un poco de alivio y desahogo, haciéndose luego mis tinieblas más oscuras, más pesadas, y mis soledades más profundas?

Hoy como ayer, en medio de la tristeza o desaliento que podamos experimentar cuando el Señor no responde a nuestras expectativas, cuando parece que “ya todo se ha acabado”, el Señor resucitado sale a nuestro encuentro para preguntarnos: “¿por qué andas triste y cabizbajo?” El abrir el corazón doliente al amigo y compartirle nuestras penas, el buscar al Señor en la oración perseverante aunque a nuestros ojos nublados por la tristeza no se nos presente sino como un “forastero” o extraño, la lectura y escucha atenta de su Palabra, la súplica insistente para que se quede con nosotros, conducen finalmente a recibir el don de esa profunda mirada de fe que nos permite reconocerlo presente «en la fracción del pan» (Lc 24,35). Sí, en la Eucaristía es donde se fortalece nuestra convicción de que Él verdaderamente está con nosotros, acompañándonos todos los días en el camino de la vida de acuerdo a su promesa: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«No estaban, sin embargo, tan ciegos, que no vieran algo, pero había algún obstáculo que les impedía conocer lo que veían (lo que suele llamarse niebla, o algún otro obstáculo). No porque Dios no podía transformar su carne y aparecer diferente de como lo habían visto en otras ocasiones, ya que también se transformó en el Tabor antes de su pasión, de tal modo que su rostro brillaba como el sol. Pero ahora no sucede así, pues no recibimos este impedimento inconvenientemente, sino que el que Satanás haya impedido a sus ojos el reconocer a Jesús, también ha sido permitido por Cristo. Hasta que llegó al misterio del Pan, dando a conocer que cuando se participa de su Cuerpo desaparece el obstáculo que opone el enemigo para que no se pueda conocer a Jesucristo».

San Agustín

«Que el Señor haya hecho ademán de ir más lejos cuando acompañaba a sus discípulos, explicando las Sagradas Escrituras a quienes ignoraban que fuese Él mismo, significa que ha inculcado a los hombres el poder acercarse a su conocimiento a través de la hospitalidad; para que cuando Él mismo se haya alejado de los hombres —al cielo— sin embargo, se quede con aquellos que se muestran como sus servidores. Aquel que una vez instruido en la doctrina participa de todos los bienes con el que lo catequiza, detiene a Jesús para que no vaya más lejos. He aquí, por qué estos fueron catequizados por la palabra, cuando Jesucristo les expuso las Escrituras. Y como honraron con la hospitalidad a Aquel que no conocieron en la exposición de las Escrituras, lo conocieron en el modo de partir el Pan. No son buenos delante de Dios los que oyen su palabra, sino los que obran según ella (Rom 2,13)».

San Agustín

«Todo el que quiere entender lo que oye, apresúrese a practicar lo que ya puede comprender. El Señor no fue conocido mientras habló, pero se dejó conocer cuando fue alimentado».

San Gregorio

«Aquellos días, amadísimos hermanos, que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no fueron infructuosos, sino que en ellos fueron reafirmados grandes misterios y reveladas importantes verdades. (...) Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia a creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada».

San León Magno

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El sacramento de la Eucaristía

1328: La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

1329: (…;)

Fracción del Pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la ultima Cena. En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección, y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (ver Hech 2, 42. 46; 20, 7. 11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él.

Cristo se hace verdaderamente presente “en la Fracción del Pan”

1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34), esta presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que El es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).

1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos». En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Concilio de Trento). «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (MF 39).

1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas.

Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada... La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela.

1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».

1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.

REFLEXIONE S

«¿NO ESTABA ARDIENDO NUESTRO CORAZÓN DENTRO DE NOSOTRO

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24,13-35

Ante toda la inmensa multitud reunida en Jerusalén, Pedro en su primer discurso público dice sobre Jesús: «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio» (Hechos de los Apóstoles 2, 14.22-33). Pedro proclama clara y solemnemente que Jesús de Nazaret, que hizo prodigios y milagros a la vista de todos, fue clavado en una cruz pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ésta es la verdad sobre la cual se funda toda la fe de la Iglesia.

El relato evangélico nos muestra como los discípulos de Emaús van entendiendo poco a poco que «era necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su gloria» ( San Lucas 24,13-35). En el fondo los dos discípulos de Emaús experimentaban una enorme desazón ya que para ellos también «no era posible que la muerte retuviera a Jesús bajo su dominio». Así pues, la muerte no tendrá dominio sobre Jesús, sino que ésta será derrotada (y podemos decir “humillada”;) por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Quien se va abriendo al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús debe, necesariamente, llevar en serio su vida como nos dice San Pedro en su Primera Carta (Primera carta de San Pedro 1,17-21) ya que se da cuenta de que ha sido rescatado no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Jesucristo.

«Las cosas que han sucedido en Jerusalén estos días…»

La lectura de hoy es una de las páginas más hermosas del Evangelio. Se abre sugiriendo una gran tristeza y desilusión de los discípulos ante la crucifixión y muerte de Jesús. Dos de ellos se alejan de Jerusalén y se dirigen a un pueblo llamado Emaús que distaba unos once kilómetros de distancia. Van discutiendo «las cosas que esos días han pasado en Jerusalén». Mientras caminaban el mismo Jesús se acercó a ellos en el camino que van «con aire entristecido – semblante sombrío – de triste aspecto».

El lector sabe que este desconocido es Jesús; pero, respecto de los discípulos, el Evangelio observa: «Sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». Aunque habían sido discípulos suyos, es decir lo habían seguido y habían puesto en Él la esperanza de la liberación de Israel; ahora, después de sólo tres días, ¡ya no lo reconocen! Es interesante subrayar que el Evangelio quiere así insistir en que el reconocimiento de Jesús Resucitado no es una mera verificación empírica, sino un hecho de fe que es fruto de la lectura de la Palabra de Dios y de la «fracción del pan». El desconocido quiere saber cómo interpretaban los discípulos «las cosas que – habían – sucedido en Jerusalén». Y recibe esta respuesta: «Jesús el Nazareno fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo… Nosotros esperábamos que sería Él quien iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó…», ¡y nada de lo que ellos esperaban había sucedido!

En el fondo parecía repetirse el caso de otros falsos liberadores, tal como los describe el sabio Gamaliel: «Hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que lo seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró el pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que lo habían seguido se dispersaron» (Hch 5,36-37). Lo de Jesús el Nazareno amenazaba con acabar en lo mismo, tanto que los que lo habían seguido se estaban dispersando: sin esperanza se alejaban pesarosos de Jerusalén. Más aún, ni siquiera habían creído en el testimonio de las mujeres, ni de Pedro – ni de Juan – que «ve los lienzos y vuelve a la casa asombrado por lo sucedido» (Lc 24,12) después de haber estado en el sepulcro.

¡Oh insensatos y tardos de corazón…!

Los discípulos no estaban entendiendo el acontecimiento más extraordinario de Jesús, porque eran «insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas» y habían confiado en Él como en un caudillo humano que los liberaría del poder temporal a que estaba sometido Israel. Es decir, estaban cayendo en la tentación de verlo, con ojos humanos, como un líder carismático o quizás, como un líder político. Sin embargo, Jesús había sido presentado como «el que liberará a su pueblo del pecado» (Mt 1,21). Y, para vencer el pecado y sus secuelas de esclavitud y muerte, «¿no era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria?». Así estaba escrito y Jesús no hace sino ir explicándoles, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, lo que ellos no querían aceptar.

El Antiguo Testamento, al cual se refiere la expresión: «Moisés y los profetas», será el camino por el cual Jesús conducirá a sus seguidores a creer en Él. Ya lo había dicho antes en una severa advertencia: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, no se convertirán ni aunque resucite un muerto» (Lc 16,31). Por eso interesaba menos que los discípulos reconocieran a Jesús en el camino: lo que interesaba es que comprendieran que su muerte era parte del Plan salvífico anunciado por Dios, es decir, que «era necesario que padeciera eso y entrara así en su gloria». Y así lo estaban comprendiendo, pues sentían que «les ardía el corazón dentro del pecho cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras».

Ministerio de Comunicacion RCC DRVC

Se puso en medio y les dijo: Paz a ustedes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee abril Ee 2017 a las 10:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

23-29 de Abril del 2017

“Se puso en medio y les dijo: ‘Paz a ustedes’”

Hech 2, 42-47:

 

“Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común”

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; alababan a Dios y se ganaban el aprecio de todo el pueblo. Por su parte el Señor agregaba cada día al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación.

 

 

Sal 117, 2-4.13-15.22-24: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:

eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia.

Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

Él es mi salvación.

Escuchen: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos.

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

 

1Pe 1, 3-9: “Dios por la resurrección de Jesucristo nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, perenne, reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta a ser revelada en el momento final.

Alégrense por ello, aunque de momento tengan que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la autenticidad de su fe —más va¬liosa que el oro, el cual es perecedero a pesar de haber sido purifi¬cado en el fuego— llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. Ustedes no han visto a Jesucristo, y lo aman; sin verlo, creen en Él y se alegran con un gozo indescriptible y radiante; así recibirán la salvación que es la meta de su fe.

 

 

Jn 20, 19-31: “¡Señor mío y Dios mío!”

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los dis¬cípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

— «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

— «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

— «Paz a ustedes».

Luego dijo a Tomás:

— «Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

— «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

— «Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre».

 

 

NOTA IMPORTANTE

El Evangelio de este Domingo habla de dos apariciones del Señor Resucitado, en ambos casos, estando sus discípulos reunidos en un cuarto a puertas cerradas. La primera es al atardecer de «aquel día», es decir, el mismo día en que el Señor había resucitado.

Según la tradición judía el shabbat es el séptimo y último día de la semana, en el que el pueblo recordaba el día en que Dios había descansado luego de su obra creadora, el día que por mandato divino debía ser santificado por el pueblo de Israel mediante un descanso absoluto (ver Éx 20,9-11). El día que seguía al sábado iniciaba una nueva semana y era considerado por tanto “el primer día de la semana”. Ése fue el día en que Cristo resucitó, el día que por tanto remite al día en que Dios iniciaba la obra de la creación (ver Gén 1,1-5), el día en que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas. El simbolismo y paralelismo permite comprender que en «aquel día», el día primero de la semana, Dios iniciaba una nueva creación en Cristo, por su resurrección. Cristo resucitado, vencedor de la muerte, es la luz del mundo, el Sol de Justicia que disipa las tinieblas que el pecado del hombre había cernido sobre el mundo entero. Éste es el día en que Dios todo lo hace nuevo (ver Is 43,19s).

La siguiente aparición del Señor resucitado a sus discípulos, relatada por el evangelista San Juan, se producía «ocho días después» (Jn 20,26) en aquel mismo lugar en el que se encontraban reunidos (ver Jn 20,19.26). «Ocho días después» quiere decir, según la costumbre judía de incluir el día presente al hacer el conteo de los días, una semana después. Por tanto, aquel “octavo día” coincide nuevamente con “el primer día de la semana”.

Estas apariciones del Señor en medio de la “ekklesia” o “asamblea” de discípulos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 751) se constituyeron en el origen de la tradición de reunirse los cristianos “el primer día de la semana” para celebrar la Cena del Señor, la Eucaristía, en la que el Señor, muerto y resucitado, luego de la consagración del pan y del vino, se hace realmente presente (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1374-77). Por todo esto muy pronto a este día se le denominó Día del Señor, en latín “Dies Domini” o “Dominica dies”, de donde proviene nuestra palabra “Domingo”.

«El Domingo es el día de la fe por excelencia, día en que los creyentes, contemplando el rostro del Resucitado, están llamados a repetirle como Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28), y a revivir en la Eucaristía la experiencia de los Apóstoles, cuando el Señor se presentó en el cenáculo y les comunicó su Espíritu» (S. S. Juan Pablo II).

En cuanto a la primera aparición recuerda San Juan que «estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a ustedes”» (Jn 20,19). La paz es un don divino para el ser humano que brota de la obra reconciliadora realizada por el Señor Jesús en el Altar de la Cruz (ver 2Cor 5,19) Por su Pasión, Muerte y Resurrección, Cristo ha reconciliado al ser humano con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Esta reconciliación pasa por el perdón de los pecados, causa justamente de la cuádruple ruptura que Cristo ha venido a reconciliar.

Mediante su sacrificio reconciliador el Señor Jesús ha obtenido para el ser humano el perdón de los pecados, y soplando sobre sus Apóstoles el Espíritu les transmitió el poder de perdonar los pecados en su nombre haciéndolos ministros del don de la reconciliación: «A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedan retenidos» (Jn 20,23). Es así como «en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1441; ver también n. 1442). Aquí encontramos el fundamento del Sacramento de la Reconciliación, el perdón de los pecados que el penitente obtiene mediante la confesión de los pecados hecha ante un sacerdote, ministro del Señor. Ningún católico, salvo que quiera ir en contra de la voluntad de Cristo mismo, puede rechazar este sacramento argumentando que “yo me confieso directamente con Dios”.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, psicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos y temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?

Muchos, al no saber dónde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas fáciles no traen sino una falsa paz, una efímera euforia. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, de soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral desgastante, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.

Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste y paradójico es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo —fuente última de la paz verdadera— y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13)!

Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sinuosamente había sugerido la antigua serpiente (ver Gén 3,5)— se volvió contra él mismo, hundiéndolo en el abismo de la muerte. En efecto, al romper con la Fuente de su misma vida y amor la criatura humana se quebró interiormente ella misma, ingresando de este modo en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompiendo asimismo la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. Frutos amargos de esta cuádruple ruptura son la pérdida de la paz y armonía interior, que se expresan en la experiencia de vacío, soledad, tristeza, infelicidad, amargura, ansiedades, etc. De esa falta de paz y armonía en el corazón humano surgen todas las contiendas, rencillas, divisiones e incluso guerras entre los pueblos.

¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5,19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2,14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.

«¡La paz contigo!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su Pasión, Muerte y Resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas y convertirnos también nosotros en agentes de reconciliación en nuestra familia, en nuestros círculos de amigos y ambientes en los que trabajamos o estudiamos.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«El Espíritu Santo nos hace esta advertencia: “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33,12) El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, la víspera de su pasión, añadió lo siguiente: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Esta es la herencia que nos ha legado: todos sus dones, todas sus recompensas que nos ha prometido tienden a la conservación de la paz que nos promete. Si somos los herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios tenemos que ser pacíficos: “Dichosos los pacíficos, se llamarán hijos de Dios” (Mt 5,9). Los hijos de Dios son pacíficos, humildes de corazón, sencillos en sus palabras, de acuerdo entre sí por el afecto sincero, unidos fielmente por los lazos de la unanimidad».

San Cipriano

«Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incré¬dulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?

San Gregorio Magno

»Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había du-dado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provecho¬sa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se con¬virtió en testigo de la realidad de la resurrección.

»Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿No has creído, Tomás, sino después de haber¬me visto?» Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evi¬dente que la fe es la plena convicción de aquellas reali¬dades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo y que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que es¬capaba a su mirada.

»Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a no-sotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pa¬blo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta».

«Aquí vemos dos cosas: por una parte las obras divinas y por otra, un hombre. Si las obras divinas no pueden ser realizadas sino por Dios, ¡presta atención y mira si acaso Dios se esconde en este hombre! Sí, ¡estate atento a lo que ves y cree lo que no ves! Aquel que te ha llamado a creer no te ha abandonado a tu suerte; incluso si te pide creer lo que no ves, no te ha dejado sin ver algo que te ayuda a creer lo que no ves. La misma creación ¿no es un signo débil, una manifestación débil de creador? Además, aquí lo tienes haciendo milagros. No podías ver a Dios, pero podías ver al hombre, pues Dios se hizo hombre para que sea una sola cosa aquello que tú ves y que tú crees».

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Las apariciones del Resucitado

641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).

642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (Ver Hech 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (Ver 1 Cor 15, 4-8).

643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por El de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació -bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (Ver Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (Ver Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (Ver Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Ver Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Ver Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15.36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (Ver Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (Ver Jn 20, 14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (Ver Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

REFLEXIONES s

«Porque me has visto has creído»

res de Jesús después de los trágicos hechos de la Pasión y Muerte es de temor, desconfianza y, hasta podemos afirmar, de cobardía. Esto cambia radicalmente tras el encuentro con el Resucitado. Uno de ellos, sin embargo, Tomás, no estuvo presente. A pesar de dudar de la palabra de sus hermanos; Jesucristo es indulgente, paciente y reserva una palabra de consuelo alentándolo a vivir una fe más viva y profunda.

A partir de aquellas experiencias y fortalecidos con la acción del Espíritu Santo, los apóstoles inician un período de «conversión» que los conducirá al misterio de Pentecostés. La vida de la Iglesia naciente nos muestra hasta qué punto aquellos hombres cumplieron a plenitud la misión encomendada (Hechos de los Apóstoles 2,42- 47). En ellos había un modo nuevo de vivir que causaba admiración: la enseñanza, la unidad, la fracción del pan y la oración. Sin embargo, la Iglesia pronto tendría que enfrentar las adversidades propias de los discípulos de Cristo. La Primera carta de San Pedro es una exhortación a permanecer fieles a la fe recibida produciendo así frutos de vida eterna (Primera carta de San Pedro 1,3 – 9).

La incredulidad de los apóstoles y la fe de Tomás

La mañana del «primer día de la semana» tuvo lugar la primera aparición de Jesús resucitado. Se apareció a María Magdalena y le dijo: «Vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras». ¿Creyeron los apóstoles su testimonio? ¿Creyeron que Jesús estaba vivo? Obviamente no creyeron, porque si hubieran creído, su conducta no habría sido la de permanecer «a puertas cerradas por miedo a los judíos».

En esta situación estaban los discípulos cuando se presentó Jesús mismo en medio de ellos. Y para identificarse, «les mostró las manos y el costado» . Cualquiera que leyera este relato sin referencia a todo lo que antecede, y a lo que seguirá, consideraría que éste es un modo extraño de identificarse. ¿Por qué no les mostró más bien su rostro, como sería lo normal? Este modo de identificarse -podemos imaginar- responde a la incredulidad de los apóstoles. Ellos cierta¬mente deben de haber respondido al testimonio de María Magdalena de la misma manera que lo hace más tarde Tomás: «Si no vemos las señas de los clavos en sus manos y la herida de la lanzada en su costado, no creeremos que el hombre que tú viste sea el mismo Jesús ya que Él ha muerto crucificado». Jesús entonces se identificó de esa manera, y los apóstoles lo vieron: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor».

Cuando los apóstoles dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor», él ciertamente creyó que habían tenido una aparición de algún ser trascendente; pero que éste fuera el mismo Jesús que él vio crucificado y muerto, eso era más que lo que podía aceptar. Como anteriormente había sucedido con los otros apóstoles, también Tomás necesitaba ver para verificar la identidad del aparecido con Jesús: «Si no veo en sus manos el signo de los clavos y no meto el dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». ¿«No creeré» qué cosa? Que el mismo que estaba muerto ahora está vivo. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó. Tomás ve a Jesús vivo y verifica las señas de su Pasión y ya no niega que haya resucitado. En esto es igual que los demás apóstoles y no es más incrédulo que ellos. Pero resulta más creyente que ellos, porque cree la divinidad de Jesucristo y la profesa exclamando: «Señor mío y Dios mío» .

Tomás ve a un hombre resucitado y confiesa a su Dios. El encuentro con Jesús resucitado fue para Tomás un «signo» que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: «Porque me has visto has creído». No es que el «signo» sea causa de la fe. La fe siempre es un don de Dios que Él concede libremente; pero Dios quiere concederla con ocasión de algo que se ve, de algo que opera como signo y al cual uno se abre. La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio.

Bienaventurados los que no han visto y han creído»

Jesús llama bienaventurados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testimonio de otros. Y esta sí que es nuestra situación. Nosotros creemos en la Resurrección del Señor por el testimonio de la Iglesia y de sus apóstoles. Por eso es que en los discursos de Pedro al pueblo es constante esta frase: «A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32). Lo mismo repite en el segundo discurso: «Vosotros renegasteis del Santo y del Justo… y matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello» (Hch 3,14-15). Y lo mismo repite ante el Sanedrín: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándolo de un madero… Nosotros somos testigos de estas cosas» (Hch 5,30.32). Sobre este testimonio de los apóstoles se funda nuestra fe.

Es verdad que en la bienaventuranza de Jesús estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estuviera ausente, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. Así lo interpreta el Papa San Gregorio Magno (590-604 d.C.): «Esto no ocurrió por casualidad, sino por disposición divina. En efecto, la clemencia divina actuó de modo admirable, de manera que, habiendo dudado aquel discípulo, mientras palpaba en su maestro las heridas de la carne sanara en nosotros las heridas de la incredulidad. Es así que más aprovechó a nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles. Él palpando fue devuelto a la fe para que nuestra mente, alejada toda duda, se consolide en la fe. Dudando y palpando aquel discípulo fue un verdadero testigo de la resurrección».

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 


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