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Esten siempre alegres: el Senor esta cerca

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee diciembre Ee 2017 a las 14:45 Comments comentarios (0)

DISCIPUALDO RCC DRVC, III SEMANA DE ADVIENTO


17-23 de Diciembre del 2017




“Estén siempre alegres: el Señor está cerca”


Is 61, 1-2.10-11: “Desbordo de gozo con el Señor”

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor.

Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido con traje de salvación y me ha envuelto con manto de justicia, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.

Como la tierra echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todos los pueblos.


Lc 1, 46-50.53-54: “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

1Tes 5, 16-24: “Que su espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado hasta la venida del Señor”

Hermanos:

Estén siempre alegres. Oren constantemente. Den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús.

No apaguen el fuego del Espíritu; no desprecien el don de profecía; sino examínenlo todo. Y quédense con lo bueno.

Guárdense de toda clase de maldad. Que el mismo Dios de la paz los santifique totalmente, los conserve íntegros en espíritu, alma y cuerpo, y sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Él, que los ha llamado, es fiel y cumplirá sus promesas.


Jn 1, 6-8.19-28: “En medio de nosotros hay uno que no conocemos”

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:

— «¿Tú quién eres?»

Él confesó sin reservas:

— «Yo no soy el Mesías».

Le preguntaron:

— «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»

Él dijo:

— «No lo soy».

— «¿Eres tú el Profeta?»

Respondió:

— «No».

Y le dijeron:

— «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»

Él contestó:

— «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanen el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:

— «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan les respondió:

— «Yo bautizo con agua; pero en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.


NOTA IMPORTANTE


«Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres. El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5).


Con estas palabras el Apóstol San Pablo exhortaba a los cristianos de Filipo a mantener viva la alegría que se alimenta de la conciencia de que el Señor está cerca, de la esperanza de su triunfo definitivo cuando Él venga glorioso al final de los tiempos.


Es la misma invitación que hace a los cristianos de Tesalónica: «Estén siempre alegres» (Segunda lectura). Esta alegría cristiana que se nutre de la esperanza en el fiel cumplimiento de las promesas de Cristo debe ir acompañada de la oración constante, de una ininterrumpida acción de gracias a Dios, de un reverente cuidado por mantener vivo el fuego del Espíritu en los corazones, de un discernimiento continuo que lleva a rechazar el mal y hacer el bien. Manteniendo estas actitudes el cristiano es santificado por Dios, que lo conservar íntegro «hasta [el día de] la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1Tes 5, 23).


En vez del Salmo responsorial la liturgia de este Domingo nos invita a asociarnos al Cántico de María, conocido como el “Magníficat”. En este Cántico María expresa ante Isabel todo su gozo y júbilo por la presencia de Dios en medio de su pueblo: Ella misma, elegida por Dios y gracias a su “sí” generoso y valiente, se ha convertido en Arca de la Nueva Alianza, la Virgen Madre Portadora del Emmanuel, Dios-con-nosotros (ver Is 7,14).


María «desborda de gozo con el Señor» (ver Primera Lectura). Ella, la «llena de gracia» (Lc 1,2), se alegra con un gozo inefable, porque «el Señor está contigo» (Lc 1,2), y porque en Ella se cumplen las promesas mesiánicas, las promesas que Dios había hecho a su pueblo de enviar a un Mesías Salvador. A ella se dirige la invitación a una alegría desbordante, porque Dios en Ella ha tomado carne, porque Dios en Ella se ha hecho hombre para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21): «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey…» (Zac 9,9)


La alegría por la presencia del Señor es eminentemente difusiva y se torna ansia comunicativa. Isabel es receptora de aquella intensa alegría que María irradia y proclama en el momento del encuentro, y lo es también el niño que ella llevaba en sus entrañas: «en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1,41).


Aquel niño es Juan, aquél que en los designios de Dios tendrá una singular misión: «a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,15-17, ver vv. 67-76).


Juan vivió en el desierto hasta que llegó «el día de su manifestación a Israel» (Lc 1, 80): entonces «fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios”» (Lc 3, 1-6).



Juan, el mayor entre todos los profetas (ver Lc 7, 2), estaba llamado a preparar la llegada del Mesías. Por su mensaje y su porte moral llegó a ser un personaje importante e influyente. Algunos llegaron a pensar incluso que él podía ser el Mesías esperado (ver Lc 3, 15). Sin embargo, al ser preguntado, «Él confesó sin reservas: “Yo no soy el Mesías”» (Evangelio). Al continuar el cuestionamiento, negó que fuese “Elías” o “el Profeta”.


La fama y la grandeza no cegaron a Juan. Él sabía bien que detrás de él venía «el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias» (Lc 3, 16). Él sabía muy bien que él no era el Mesías, pero que el Mesías ya estaba entre ellos: «en medio de ustedes hay uno que no conocen, que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia». En Él Dios se ha acercado a su pueblo de un modo impensado: el Señor Jesús es Dios mismo que se ha hecho hombre para redimir y reconciliar a la humanidad entera. Juan tan sólo es su Precursor, el que invita a todos a convertirse del mal al bien, a enderezar las sendas y preparar los caminos para su llegada.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


En esta tercera semana de Adviento la Iglesia, haciendo eco de la exhortación del apóstol Pablo, quiere despertar en todos sus hijos e hijas sentimientos de profunda alegría: «¡Estén siempre alegres!» (1Tes 5,16; Flp 4,4).


La causa de esta alegría es la conciencia de que «el Señor está cerca» (Flp 4,5). Sí, la razón de la alegría que debe inundar hoy y cada día a los cristianos es la certeza de que el Señor “está cerca”, es decir, que se ha acercado a nosotros de una manera inaudita, que en Jesucristo se ha hecho hombre por amor a nosotros, y que el mismo que murió en la Cruz para reconciliarnos, resucitó al tercer día y subió a los Cielos, volverá con gloria y poder al final de los tiempos. Esa esperanza, la esperanza de que Cristo cumplirá sus promesas y nos hará partícipes de su mismo triunfo sobre el pecado y la muerte, es la que debe nutrir cada día nuestra alegría y gozo, aún en medio de las situaciones más duras o dolorosas por las que podamos atravesar algún día o estemos atravesando actualmente.


Mas para que esta alegría nos inunde, permanezca siempre en nosotros y se irradie a los demás no basta con tomar conciencia de que Dios se ha acercado a nosotros haciéndose uno como nosotros, y que vendrá con gloria al final de los tiempos: es necesario también que cada cual salga a su encuentro para acogerlo en “su casa”, en lo íntimo de su ser, que cada cual se deje iluminar y trasformar por Cristo en el hoy de su existencia.


¡Qué importante es dejarnos “alcanzar” e iluminar por Cristo! Es de esta Luz de la que vino a dar testimonio Juan el Bautista: Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios y hombre perfecto, es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Sólo en Cristo «se aclara verdaderamente el misterio del hombre», sólo Él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación» (Gaudium et spes, 22). Sólo iluminados por Él podemos responder plenamente a la pregunta dirigida entonces al Bautista, dirigida hoy también a cada uno de nosotros: Y tú, ¿quién eres? ¿Qué dices tú de ti mismo, de ti misma?


Sólo quien responde adecuadamente a la pregunta sobre su propia identidad puede comprender también cuál es su misión en el mundo y puede así, con la fuerza del Señor, recorrer el camino que conduce a su plena realización humana y aportar decisivamente al cambio del mundo, a la construcción de una Civilización del Amor.


Conoce su verdadera identidad quien conoce a Cristo. Se realiza verdaderamente como hombre, como mujer, quien aprende de Cristo, quien se asemeja a Él por el amor, quien modela su vida en quien es el Hombre perfecto, modelo y maestro de auténtica y plena humanidad. ¿Quieres ser feliz? ¿Quieres encontrar la alegría plena (ver Jn 15,11) que nada ni nadie pueda arrebatarte jamás (ver Jn 16,22)? Sólo en Él podemos comprender plenamente el misterio insondable que somos cada uno de nosotros, así como el camino que conduce a nuestra realización como seres humanos, como personas, como hombres o mujeres que somos. Si creces día a día en tu amoroso conocimiento del Señor Jesús, si junto con ese conocimiento de la identidad y persona de Jesucristo creces también en tu amor a Él, ten la certeza de que también crecerás en un auténtico conocimiento de ti mismo, de ti misma, y que en ese conocimiento descubrirás la inmensa grandeza de tu vida así como la grandiosa misión que Dios en su amorosa providencia te tiene reservada.


Una vez conocida tu identidad y misión, fortalecido con la gracia de Dios y perseverando siempre en la oración, esfuérzate día a día en ser lo que estás llamado a ser. Entonces, aún cuando ello signifique abrazarte a la cruz, conocerás lo que es la verdadera alegría cristiana y humana, alegría de la que tú debes dar testimonio a tantos en esta Navidad y más allá de esta Navidad, cada día de tu vida. Al irradiar la alegría que nos viene de la presencia del Señor en nosotros, muchos, que andan tan frustrados por no encontrar en el mundo una alegría que sea duradera, se dirán a sí mismos: “¡yo también quiero esa alegría para mí, esa alegría que veo en ti!” La alegría que irradies puede arrastrar a muchos al encuentro con el Señor, fuente y causa de nuestra alegría.


Así como el Bautista tú también estás llamado a preparar el camino al Señor irradiando la alegría que es fruto del encuentro con Cristo, de Él que viene a ti de diversos modos y de ti que te haces sensible a su presencia, que lo acoges, que escuchas lo que te dice y lo pones por obra. Con esa alegría que procede del encuentro cotidiano con el Señor, procura mostrarte siempre alegre en todo lo que hagas (ver 1Tes 5,16; 2Cor 6,10).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio.


Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón.


Observemos el desarrollo interior de nuestras ideas. Mientras reflexiono sobre lo que voy a decir, la palabra está dentro de mí; pero, si quiero hablar contigo, busco el modo de hacer llegar a tu corazón lo que ya está en el mío.


Al buscar cómo hacerla llegar a ti, cómo introducir en tu corazón esta palabra interior mía, recurro a la voz y con su ayuda te hablo. El sonido de la voz conduce a tu espíritu la inteligencia de una idea mía, y cuando el sonido vocal te ha llevado a la comprensión de la idea, se desvanece y pasa, pero la idea que te trasmitió permanece en ti sin haber dejado de estar en mí.


Y una vez que el sonido ha servido como puente a la palabra desde mi espíritu al tuyo ¿no parece decirte: Es preciso que él crezca y que yo disminuya? Y una vez que ha cumplido su oficio y desaparece ¿no es como si te dijera: Mi alegría ahora rebasa todo límite? Apoderémonos de la palabra, hagámosla entrar en lo más íntimo de nuestro corazón, no dejemos que se esfume.


¿Quieres ver cómo la voz pasa y la divinidad de la Palabra permanece? ¿Dónde está ahora el bautismo de Juan? Él cumplió su oficio y desapareció. Pero el bautismo de Cristo permanece. Todos creemos en Cristo y esperamos de Él la salvación; esto es lo que dijo la voz.


Y como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor». La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: «Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.»


¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Rogad insistentemente»? ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Sed humildes en vuestros pensamientos»? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen.


Si hubiera dicho: «Soy Cristo», con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló.


Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia. San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El precursor del Mesías


717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 68).


718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).


719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).


720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento.


La adoración, acto de humildad


2096: La adoración es el primer acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. «Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto» (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).


2097: Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la «nada de la criatura», que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magníficat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.


CONCLUSION REFLEXION FINAL


«Yo soy la voz del que clama en el desierto»


Domingo de la Semana 3 del Tiempo de Adviento. Ciclo B – 17 de diciembre de 2017 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1, 6-8.19-28


«¿Quién eres tú?».Ciertamente la figura de San Juan Bautista es bastante inquietante para las autoridades religiosas judías. «Si no eres el Cristo (es decir el Mesías), ni Elías, ni el profeta, por qué bautizas?» (San Juan 1, 6-8.19-2). Es que Juan viene a cumplir una misión que es la de allanar los caminos del Señor (ver Is 40,3-5). Pero él no es el Cristo y no quiere ser confundido con Él. «El espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena nueva…me ha enviado para anunciar…» (Is 61,1-2). Jesús iniciará su predicación haciendo suyo el pasaje de Isaías acerca de aquél que, ungido por el Espíritu de Dios, viene a anunciar la Buena Nueva y la liberación a los cautivos (Isaías 61,1-2a. 10-11). Finalmente, San Pablo, el apóstol enviado por el mismo Jesús, llevará a cabo su misión mediante la predicación y sus cartas. En su primera carta a los Tesalonicenses (Primera Carta a los Tesalonicenses 5,16-24) les exhorta a vivir de acuerdo al mensaje anunciado y a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo que «es fiel a sus promesas» como también leíamos en la Segunda Lectura de la Carta de San Pedro (ver 2Pe 3, 8-9) del Domingo anterior.


«¡Alégrense! el Señor está más cerca…»


El tono general de este tercer Domingo de Adviento está dado por la antífona de entrada: «Estad alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. ¡El Señor está cerca!» (Fil 4,4.5). Esa doble invitación a la alegría se expresa en latín con una sola palabra: «Gaudete». Y esta exhortación es la que ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo, ubicado en el centro del Adviento. Por este motivo hay una mitigación en la nos-talgia por la ausen¬cia del Señor, que se expresa por el color de los ornamentos del sacerdote: no ya morado, que es el propio del Adviento, sino rosado.


Una análoga invitación a la alegría había sido usada también, tiempo antes, por el ángel Gabriel, cuando, enviado por Dios, entró en la presencia de María, la Virgen de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con este saludo llegaba para ella y para todo el pueblo de Israel la definitiva invitación al júbilo mesiánico (ver Zac 9, 9-10) ya que por ella Dios mismo se disponía finalmente a dar cumplimiento a todas las promesas de salvación hechas a Israel.


Podemos decir que el tema que la Iglesia nos propone para meditar hoy es el de la alegría, pero no el de una alegría cualquiera, sino el de la alegría que se vive por la cercanía del Señor, que, en otras palabras, es la alegría que Santa María experimentó de modo eminente. Por ello, ¿qué mejor que acercarnos a la meditación a través del Corazón amoroso de la Madre Virgen? Su experiencia única y singular es la que hace madurar a los discípulos del Señor en la profunda alegría, en la silenciosa espera; que se vive cuando se experimenta la cercanía del Señor.


«Su nombre era Juan»


Las primeras palabras de hoy están tomadas del prólogo del cuarto Evangelio: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan». Este nombre es importante en el Evangelio. Aquí vemos que está destacado. El cuarto Evangelio es llamado el «Evangelio según San Juan» pero, curiosamente, en este Evangelio se reserva el nombre de Juan a un solo personaje: al «Bautista». El apóstol del Señor, que conocemos por los otros Evangelios con el nombre de Juan, se llama siempre a sí mismo «el discípulo amado». El Evangelio concluye con su discreta firma: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito» (Jn 21,24).


Ya en otro episodio evangélico ha merecido especial atención el nombre de Juan el Bautista. Al igual que Jesús, este nombre le fue dado por el ángel Gabriel, cuando anunció su nacimiento a su padre Zacarías, mientras éste estaba oficiando en el santuario en la presencia de Dios (ver Lc 1,13). Juan era hijo único de madre estéril y avanzada en años. Como es natural, cuando nació todos querían llamarlo igual que su padre: Zacarías. Su madre, para sorpresa de todos, intervino: «No; se llamará Juan» (Lc 1,60). Y cuando interroga-ron al padre, éste escribió en una tablilla: «Su nombre es Juan». El nombre dado en el nacimiento expresa ordinariamente, según la mentalidad judía, la actividad o la misión del que lo lleva. ¿Qué significa entonces Juan? En hebreo suena «Yohanan». Es un nombre teóforo (contiene la palabra Dios) que significa: «El Señor ha hecho misericordia».


«¿Quién eres…?»


Juan es la alborada que precede a la luz verdadera. Es el primer anuncio. Con su nacimiento comienza a cumplirse la promesa de salvación. Había en él muchos rasgos que anuncian a Cristo mismo y por eso es necesario aclarar: «No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz». Y cuando vienen los sacerdotes y levitas a preguntarle: «Quién eres tú», el declara lo que no es: «No soy el Cristo, no soy Elías, no soy el profeta». Juan nos deja un ejemplo admirable de modestia, de humildad y de fidelidad a su misión. El define a Cristo así: «En medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí, a quién yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».


Pero por más que quisiera decrecer para que Cristo creciera, fue Jesús mismo quien lo exaltó. El no era la luz verdadera, pero participaba de ella. Él no era la Verdad pero daba testimonio de ella. Así lo declara Jesús: «Vosotros mandasteis enviados donde Juan y él dio testimonio de la verdad… él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz» (Jn 5,33. 35). Hay motivos para asemejarlo a Jesús, que dijo sobre sí mismo ante Poncio Pilato: «Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).


Las preguntas de los enviados nos revelan la situación de expectativa que se vivía entonces en Israel. Es que se estaba cumpliendo el tiempo, en realidad, ya había llegado el tiempo de gracia y de salvación: «En medio de vosotros está uno que no conocéis». Se esperaba el Cristo, el Ungido, hijo de David que vendría a reinar y liberar al pueblo. Se esperaba a Elías que, habiendo sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, debía volver a la tierra. Se esperaba un «profeta», según la antigua promesa de Dios transmitida por Moisés: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a tí, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18,18).


Respecto de estos tres personajes Juan declaró: «No soy yo». Pero fue exaltado también en esto. No soy Elías. Pero en su anunciación el ángel Gabriel había dicho a su padre Zacarías: «Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17). Y Jesús va más allá aun: «El es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14). No soy el profeta. Pero, cuando Jesús habla a la gente, que había ido al desierto para ver a Juan el Bautista, les pregunta: «¿Qué salisteis a ver al desierto: un profeta?». Y él mismo se responde: «Sí, os digo, y más que un profeta… entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,9).


«Yo no soy el Cristo»


«Yo no soy el Cristo». Esta es la única afirmación que Juan se adelanta a hacer sin que le pregunten. Y en esta fue tajante. Él mismo después insiste ante sus discípulos: «Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él. El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Esta es pues mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,28-30). Aquí está completo el testimonio de Juan. Para este testimonio vino. Y si Jesús lo exaltó llamándolo Elías y profeta, no pudo llamarlo Cristo. A este nombre responde sólo Jesús y lo hace solemnemente, cuando en el curso de su juicio ante el Sanedrín, el Sumo Sacerdote le pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Entonces Jesús responde: «Sí, yo soy» (Mc 14,61-62).


«Estad siempre alegres. Orad sin cesar»


El apóstol Pablo sabe muy bien que los tesalonicenses, con sus solas fuerzas, no podrán poner en práctica cuanto ha venido aconsejando, pues la santificación si bien requiere nuestra colaboración, es obra principalmente de Dios. Por eso pide para ellos que Dios «los santifique plenamente». De modo que todo su ser (cuerpo, alma y espíritu) se mantengan irreprochables y así aparezcan luego, cuando llegue el momento solemne de la parusía o segunda venida de Jesucristo.


No deben jamás desconfiar de Dios, pues es Él quien los ha llamado a la fe y, consiguientemente, dará todo lo necesario para llevar a cabo su obra. «(Estoy) firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6. Ver también Rom 4, 20-21; 1Cor 1,9).


Una palabra del Santo Padre:


«Desde ya hace dos semanas el Tiempo de Adviento nos invita a la vigilancia espiritual para preparar el camino al Señor que viene. En este tercer domingo la liturgia nos propone otra actitud interior con la cual vivir esta espera del Señor, es decir, la alegría. La alegría de Jesús, como dice ese cartel: «Con Jesús la alegría está en casa». Esto es, nos propone la alegría de Jesús.


El corazón del hombre desea la alegría. Todos deseamos la alegría, cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad. ¿Pero cuál es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y testimoniar? Es la que viene de la cercanía de Dios, de su presencia en nuestra vida. Desde que Jesús entró en la historia, con su nacimiento en Belén, la humanidad recibió un brote del reino de Dios, como un terreno que recibe la semilla, promesa de la cosecha futura. ¡Ya no es necesario buscar en otro sitio! Jesús vino a traer la alegría a todos y para siempre. No se trata de una alegría que sólo se puede esperar o postergar para el momento que llegue el paraíso: aquí en la tierra estamos tristes pero en el paraíso estaremos alegres. ¡No! No es esta, sino una alegría que ya es real y posible de experimentar ahora, porque Jesús mismo es nuestra alegría, y con Jesús la alegría está en casa, como dice ese cartel vuestro: con Jesús la alegría está en casa. Todos, digámoslo: «Con Jesús la alegría está en casa». Otra vez: «Con Jesús la alegría está en casa». Y sin Jesús, ¿hay alegría? ¡No! ¡Geniales! Él está vivo, es el Resucitado, y actúa en nosotros y entre nosotros, especialmente con la Palabra y los Sacramentos.


Todos nosotros bautizados, hijos de la Iglesia, estamos llamados a acoger siempre de nuevo la presencia de Dios en medio de nosotros y ayudar a los demás a descubrirla, o a redescubrirla si la olvidaron. Se trata de una misión hermosa, semejante a la de Juan el Bautista: orientar a la gente a Cristo —¡no a nosotros mismos!— porque Él es la meta a quien tiende el corazón del hombre cuando busca la alegría y la felicidad.


También san Pablo, en la liturgia de hoy, indica las condiciones para ser «misioneros de la alegría»: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, cooperando con su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal (cf. 1 Ts 5, 17-22). Si este será nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en muchas casas y ayudar a las personas y a las familias a redescubrir que en Jesús está la salvación. En Él es posible encontrar la paz interior y la fuerza para afrontar cada día las diversas situaciones de la vida, incluso las más pesadas y difíciles. Nunca se escuchó hablar de un santo triste o de una santa con rostro fúnebre. Nunca se oyó decir esto. Sería un contrasentido. El cristiano es una persona que tiene el corazón lleno de paz porque sabe centrar su alegría en el Señor incluso cuando atraviesa momentos difíciles de la vida. Tener fe no significa no tener momentos difíciles sino tener la fuerza de afrontarlos sabiendo que no estamos solos. Y esta es la paz que Dios dona a sus hijos».


Papa Francisco. Ángelus en el tercer Domingo de Adviento. 14 de diciembre de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Pidamos a Juan Bautista su intercesión para que crezca en nosotros un verdadero amor por la verdad y la justicia.

2. ¿De qué manera concreta puedo vivir la auténtica alegría cristiana en mi familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 522- 524. 721-722


GLORIA A DIOS!!!

Preparen el camino del Senor, allanen sus senderos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee diciembre Ee 2017 a las 16:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC II DE SEMANA DE ADVIENTO


10-16 de Diciembre del 2017



“¡Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos!”


Is 40, 1-5.9-11: “Preparen un camino al Señor”

«Consuelen, consuelen a mi pueblo, —dice su Dios— háblenle al corazón de Jerusalén, grítenle que se ha cumplido su condena, y que está perdonada su culpa, pues de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados».

Una voz grita: «En el desierto prepárenle un camino al Señor; tracen en la llanura una senda para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos —ha hablado la boca del Señor—».

Súbete a un monte elevado, tú que llevas buenas noticias a Sión; alza fuerte la voz, alegre mensajero de Jerusalén; álzala, no temas; di a las ciudades de Judá: «Aquí está el Dios de ustedes. El Señor Dios llega con poder, y su brazo le asegura el dominio; viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, toma en sus brazos a los corderos y hace recostar a las madres».


Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, < span class="s1">y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


2Pe 3, 8-14: “Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”

Queridos hermanos:

No pierdan de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos serán destruidos por el fuego y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todas las cosas se van a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser la vida de ustedes, mientras esperan y apresuran la venida del día de Dios!

Ese día en que se desintegrarán los cielos consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.


Mc 1, 1-8: “Allanen los senderos del Señor”

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el profeta Isaías:

«Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Apareció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

— «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con Espíritu Santo».


NOTA IMPORTANTE


La Iglesia propone este segundo Domingo de Adviento el inicio del Evangelio según San Marcos: «Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Con este brevísimo enunciado, el evangelista nos introduce en un compendio de la persona, enseñanzas y obras realizadas por el Señor Jesús.


En primer lugar, Evangelio procede de una palabra griega que literalmente traducida significa buena nueva o mejor aún, excelente noticia, a saber, que «Dios ha visitado (y rescatado) a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; (y) lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su “Hijo amado”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 422).


Jesús en hebreo quiere decir «Dios salva» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). En el caso particular del Hijo de Santa María este nombre expresa adecuadamente su identidad y su misión: Él verdaderamente es Dios que ha venido a rescatar a su pueblo, tomando de una Mujer la naturaleza humana. Jesús es en el pleno sentido de la palabra «Dios-con-nosotros» (Is 7,14; Mt 1,23), y únicamente Él, de modo admirable e insospechado, ha realizado las promesas de salvación hechas desde antiguo a Israel y a la humanidad entera (ver Gén 3,15). La misión que Él llevó a término fue la de rescatar definitivamente a toda criatura humana del pecado y de la muerte.


Este Jesús es el «Cristo», «Mesías» en hebreo, y que traducido quiere decir «Ungido» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 727). Y si bien no consta que fuese ungido con óleo sagrado, sí consta que fue ungido con el mismo Espíritu Santo, que en forma de paloma descendió visiblemente sobre Él al ser bautizado por Juan en el Jordán (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 504). Así se cumplía lo del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4,18. Ver Is 61,1 y Mt 12,1)


Asimismo, como sello de su origen divino, San Marcos atribuye a Jesucristo el título de Hijo de Dios. Con ello expresa que por su presencia humano-divina el Señor Jesús ha instaurado ya el Reino de Dios en la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha traído a todos el perdón de los pecados y ha abierto a todos las puertas de la vida eterna, prometida a los que en Él esperan.


Así, pues, «comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», y comienza —según el Evangelio de San Marcos— con el anuncio del Precursor, quien invita a todos a allanar el camino para la llegada de este Rey-Mesías. La voz de Juan Bautista es la voz potente del heraldo que anuncia a Israel: «Aquí está vuestro Dios... el Señor llega con poder» (1ª. lectura), viene para rescatar y reunir a las ovejas dispersas de su rebaño.


La imagen del precursor o heraldo usada por Isaías tenía indudablemente una honda resonancia para sus contemporáneos, pues evocaba la costumbre existente en el poderoso imperio babilónico de preparar el camino cuando el rey retornaba victorioso de una campaña militar. La procesión marchaba triunfal hasta llegar a la ciudad y en ella se iniciaban las jubilosas y fastuosas celebraciones. Isaías echa mano de esta realidad humana para anunciar la futura victoria de Dios: Israel, que por aquel entonces sufría el destierro babilónico a causa de su infidelidad a Dios y su Alianza, vería nuevamente la luz y la salvación. Isaías es enviado por Dios a consolar a su pueblo y a anunciarle el retorno a la tierra prometida. La gran celebración de este triunfo se daría en Jerusalén y estaría precedida por un retorno glorioso, por una marcha triunfal hasta la ciudad. Entonces un pregonero iría por delante, exhortando a todos a allanar los caminos para el paso triunfal del Señor. Ya cerca de Jerusalén, tal heraldo anunciaría la buena noticia a todos sus habitantes: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor vuestro Dios llega con poder, y su brazo manda».


El anuncio hecho por Isaías se complementa con el Salmo 84. En la primera parte de este salmo (Salmo responsorial), describe la situación de los primeros exiliados que han vuelto a su patria: el pueblo ha sido perdonado, la cautividad en Babilonia ha quedado atrás, el consuelo ha llegado para Jerusalén. Sin embargo, aún no se ven cumplidas todas las realidades anunciadas por los antiguos profetas. Si bien es cierto que Dios ha perdonado la culpa de su pueblo, la restauración aún no se ha realizado completamente. Por eso el salmista, testigo de esta salvación que se ha dado, pero que no ha llegado aún a su expresión más gloriosa, insiste en su oración: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Responde el Señor anunciando que la salvación está ya cerca, y que cuando llegue, la gloria habitará en nuestra tierra.


Todo lo dicho hasta aquí nos hace comprender mejor el contexto en el que la Iglesia se sitúa en el tiempo de Adviento: es Dios quien, en marcha triunfal, se acerca a su pueblo; por delante su heraldo y pregonero, anuncia con potente voz a toda Judea y Jerusalén la proximidad del Rey-Mesías. Él exhorta a todos a hacer transitables los caminos, pues detrás de él viene Aquel en quien todas las antiguas promesas hallan su cumplimiento, Aquel «que es más que yo». Lo que Juan anuncia se realizará a la vista de todos: su proclamación es el anuncio de una nueva realidad mesiánica que se inicia y que con incomparable vigor se proyecta hacia un nuevo futuro.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Él nos invita también con potente y penetrante voz: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!”


Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia, y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. También hoy Él nos dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).


¡Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor, impidiéndole acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra morada interior! Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en Él y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo “a una prudente distancia”.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta y acciones pecaminosas, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien, el sendero que conduce a la Vida.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “abajar los montes y colinas”, quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior.


Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “rellenar los valles y abismos”, quien con sistemático trabajo se empeña en adquirir las virtudes que apresuran la venida del Señor a su corazón.


Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirte de un habla reverente, que busca la edificación de los demás! ¡Despójate de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirte de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien te ha ofendido! ¡Despójate de la mentira y revístete de la verdad! ¡Despójate del robo, del fraude, de la usura, del soborno, del mal uso del dinero para corromper a otros y revístete de honradez! ¡Despójate de las borracheras, del consumo de drogas o del vicio del cigarrillo y revístete de sobriedad y autodominio! ¡Despójate de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral —ya sea de mirada, de pensamiento o física— que hacen de la persona un mero objeto de placer y revístete de virtudes de pureza, de autodominio y castidad! ¡Despójate del vicio “de las maquinitas” y revístete de un buen uso de tu tiempo y dinero!


Quien ama de verdad no soporta esperar, quisiera “ya” la presencia del amado. ¿Quieres que el Señor venga a ti, no mañana, sino hoy y cada día? Si amas al Señor con todo tu corazón, “abaja los montes y colinas”, quita todo obstáculo, limpia tu corazón de todo pecado, vicio o mal hábito que impide que Él venga y permanezca en ti. Al mismo tiempo, “rellena los vales y abismos”, revístete de Cristo y de sus virtudes, esfuérzate en pensar, amar y vivir como Él.


No olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si no acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor mismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él hará fecundos todos tus esfuerzos, si acudes incesantemente a Él y si luchas con paciencia y terca perseverancia. Así pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Se dice voz que clama, porque el clamor llega hasta los sordos y los que están lejos, y porque suele hacerse con furor. Voz que ciertamente llegó al pueblo judío, aunque la salvación no fue recibida por los pecadores (Sal 118): “y cerraron éstos sus oídos como áspides, que se hacen los sordos” (Sal 57,5), por lo que merecieron oír de Cristo indignación, enfado y tribulación». San Jerónimo


«Por esto se dice “en el desierto”. Manifiestamente significa en la profecía que la doctrina divina no ha de predicarse en Jerusalén, sino en el desierto. Juan Bautista lo cumplía a la letra anunciando en el desierto del Jordán la saludable aparición del Verbo de Dios. Enseña también el pasaje profético que, además del desierto que mostró Moisés, en donde abría sus senderos, había otro desierto, en el cual se halla la salvación de Cristo». San Juan Crisóstomo


«Qué clamaría, pues, se anuncia cuando dice: “Preparad el camino del Señor, haced rectos sus senderos”. Pues todo el que predica la recta fe y las buenas obras, ¿qué otra cosa prepara sino el camino del Señor, que va a los corazones de sus oyentes, para penetrarlos verdaderamente con la fuerza de su gracia e ilustrarlos con la luz de la verdad? Hace rectos los senderos, formando por la palabra de la predicación pensamientos puros en el alma». San Beda


«“Preparad el camino del Señor”, esto es, haced penitencia y predicad. “Haced rectos sus senderos”, para que, andando solemnemente el camino real, amemos a nuestros prójimos como a nosotros, y a nosotros mismos como a nuestros prójimos. Pues el que se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino por la derecha, porque muchos obran bien y no corrigen bien, como fue Heli. Y aquel que ama al prójimo pero tiene aversión de sí mismo, se sale del camino hacia la izquierda, pues muchos corrigen bien, pero no obran bien, como fueron los escribas y fariseos. Mas los senderos siguen después del camino, porque los mandatos morales se explanan después de la penitencia». San Jerónimo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los preparativos para la primera venida del Cristo


522: La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la «Primera Alianza» (Heb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3,29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida. Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).


535: (…;) Juan proclamaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3). Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas


CONCLUSION


«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»


Tiempo de Adviento. Ciclo B – 10-16 de diciembre de 2017 RCC DRVC


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1,1-8


El Evangelio, en este segundo Domingo de Adviento, nos presenta la figura de «Juan el Bautista» y su fuerte predicación sobre la conversión. Juan prepara los caminos y anuncia la venida de Aquél que es más fuerte que él. La vuelta del exilio babilónico porta un mensaje consolador y lleno de esperanza para el pueblo elegido: «Preparad en el desierto un camino al Señor…Ahí viene el Señor Yahveh con poder y su brazo lo sojuzga todo» ( Isaías 40, 1-5. 9-11). El Apóstol San Pedro sale al encuentro de aquellos que están tentados a dormirse y olvidar el Día del Señor que «llegará como un ladrón» en el momento menos esperado. ¿Cómo debemos esperarlo? Esforzándonos para estar «en paz ante Él, sin mancha y sin tacha» (segunda carta de San Pedro 3,8-14).


«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios…»


Ésta es la frase con la cual se inicia el Evangelio de San Marcos. A ella se debe el hecho de que nosotros llamemos «Evangelio» a los cuatro escritos que contienen el misterio cristiano. Es interesante detenerse a analizar el término «evangelio», que tiene tanta importancia en el cristianismo. En su acepción original el término «evangelio» no designaba un libro. Este concepto encierra una inmensa riqueza de significado y su explicación es muy apropiada al tiempo de Adviento en que nos encontramos. ¿Qué significa entonces el término «evangelio» y por qué al anuncio de Jesucristo se llama «evangelizar»? «Evangelio» es una palabra griega compuesta de la partícula «eu», que significa «bueno» y del sustantivo «angelion», que significa «anuncio, noticia, mensaje». Por eso suele traducirse por «buena noticia».


Pero es más que esto. En el campo profano un «evangelio» es el anuncio o la noticia de algo que está destinado a cambiar la vida de quién lo recibe. Por ejemplo, la noticia de que se ha declarado la paz, anunciada a los soldados que están en las trincheras arriesgando sus vidas lejos de sus hogares, suscita en ellos una explosión de alegría. Esa noticia hace cambiar su estado de ánimo, hace nacer planes del regreso a casa y proyectos para el futuro, da a la vida una perspectiva nueva. Ese anuncio es un «evangelio». Para estos casos se usaba la palabra «evangelio». Cuando se anuncia a un encarcelado esta noticia: «Se ha cumplido tu condena; eres libre», eso es un «evangelio». Así vemos que se usa en el Antiguo Testamento: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que evangeliza la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!» (Is 52,7).


La imagen es la de una ciudad asediada y rodeada por ejércitos a la cual inesperadamente llega el anuncio de que el enemigo se ha retirado. Los que temían la muerte, ahora pueden gritar: «Estamos salvados”. Han recibido un “evangelio». Por otro lado, es interesante notar que en la época helenística el término recibe una connotación religiosa nueva en relación al culto imperial. La elevación de Vespasiano a la dignidad de Emperador constituye el objeto de un «evangelio». Varias inscripciones helenísticas en honor de algún rey o del emperador atestiguan que el significado religioso y salvífico del término estaba ya extendido en tiempos de Jesús.


Para que haya un «evangelio» tiene que preceder un tiempo de espera, de expectativa, de carencia de algo que se anhela o de alguien cuya venida se añora. Por eso decimos que el tiempo de Adviento es apropiado para entender el significado de este término. Estamos en la actitud de quien anhela la venida de Cristo y, con Él, la llegada de la salvación. El Evangelio es el anuncio de la salvación definitiva de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Juan Crisóstomo lo dice hermosamente: «Los que ayer eran cautivos, ahora son hombres libres y ciudadanos de la Iglesia; los que antaño estaban en la vergüenza del pecado están ahora en la santidad» (Catequesis bautismal III, 5). Éste es el anuncio que se oyó en la noche buena cuando nació el Salvador: «Os evangelizo una gran alegría: Os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Ese anuncio es un verdadero «Evangelio».


BENDICIONES!!!


GLORIA A DIOS!!!


Esten despiertos y vigilantes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 29 Ee noviembre Ee 2017 a las 9:10 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


03-09 de Diciembre del 2017




“Estén despiertos y vigilantes”


Is 63, 16-17.19; 64, 2-7: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”

Tú, Señor, eres nuestro padre, desde siempre te invocamos como «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué permites que nos desviemos de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te respetemos? Cambia de actitud, por amor a tus siervos y a las tribus que te pertenecen.


¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia y se acuerda de tus caminos.


Estabas enojado, porque habíamos pecado: aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era como paño inmundo. Todos nos marchitábamos como si fuéramos hojas: nuestras culpas nos arrastraban como el viento.


Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor; tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.


Sal 79, 2-3.15-19: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”

Pastor de Israel, escucha,

tú que te sientas sobre querubines, resplandece.

Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó,

y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tú fortaleciste.

No nos alejaremos de ti;

danos vida, para que invoquemos tu nombre.


Col 1, 3-9: “Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”

Hermanos:

A ustedes gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

En mi acción de gracias a Dios los tengo siempre presentes, por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús. Pues por medio de Él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber.

El testimonio sobre Cristo se ha confirmado en ustedes, hasta el punto de que no les falta ningún don a los que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él los mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro.


Mc 13, 33-37: “Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara. Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos.

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!»


NOTA IMPORTANTE


El Señor Jesús, haciendo uso de una brevísima parábola, exhorta a sus discípulos a mantenerse «despiertos y vigilantes».


Velar, literalmente, significa no dormir, mantenerse despiertos, luchar contra el sueño y el adormecimiento que sobreviene al hombre cuando se hace entrada la noche y está cansado. Vigilar significa estar constantemente atento, tener todos los sentidos despiertos para no dejarse sorprender por un peligro, por un enemigo que se acerca, por un ladrón que quiera asaltar la casa, etc.


Mantenerse despierto y estar vigilante son actitudes fundamentales en las que se debe ejercitar el discípulo de Cristo ante su retorno glorioso al final de los tiempos. Espera y no se cansa de esperar aquel que cree en Él y confía en sus promesas: Él prometió volver, aunque no precisó cuando.


La exhortación a la vigilancia continua obedece justamente a la incertidumbre de aquella hora en que el Señor vendrá al final de los tiempos (ver 2ª. lectura): «pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento».


El Señor en la parábola se compara a sí mismo con el dueño de la casa que «se fue de viaje», dejando «a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara». El dueño de la casa «es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la Resurrección, dejó corporalmente la Iglesia» (San Beda). El tiempo de su ausencia es el tiempo presente, el tiempo que la humanidad vive actualmente.


El momento de su retorno permanecerá desconocido para todos: «no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». El desconocimiento del día y de la hora de su venida, así como la advertencia de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Cristo a permanecer siempre en espera, a estar preparado ahora y en todo momento.


Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que asume las responsabilidades a él encomendadas por su señor, que no descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tarda en llegar y que “habrá tiempo” para prepararse más adelante. Quien no se encuentra preparado en todo momento se parece a aquel que se queda dormido: será sorprendido por la llegada de su Señor. De este modo él mismo se pone en situación de ser despedido, lo que en términos de la parábola significa autoexcluirse por toda la eternidad de la Presencia del Señor.


El creyente, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra (ver 1ª. lectura), anhela, espera y se prepara para la segunda venida de su Señor. Quien vendrá al final de los tiempos es el Emmanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Hijo de la Virgen cuyo nombre es Jesús, Dios que salva (Ver Mt 1,21). Dios, que ya ha venido a nosotros haciéndose hijo de Mujer, volverá glorioso al fin de los tiempos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo. Ayuda ciertamente la preparación exterior: adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos navideños y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor.


Es importante recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco es solamente una ocasión para reunirse en familia. ¡Navidad es Jesús! Y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, pues, que la preocupación por comprar regalos, por preparar la cena familiar, por la cercanía de la fiesta de fin de año, la invasión de comerciales, la tristeza por la ausencia de algún o algunos miembros queridos, etc., nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias, de nuestras sociedades todavía cristianas.


Pero no bastan los símbolos externos y adornos, el armado del Nacimiento o el canto de los villancicos para prepararnos para la celebración jubilosa de la Navidad. El sentido del Adviento es llevarnos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el hoy de cada día así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada vez que alguien anuncia el año del fin del mundo. Nada tiene que ver con coincidencia de números en el calendario, o supuestas fechas indicadas en calendarios mayas. Nunca debemos prestar oídos a quienes aseguran saber la fecha del fin del mundo.


Por otro lado, lo más probable es que el día de su última venida «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida» (San Agustín). Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que de lo que se trata es de conquistar la vida eterna.


Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, “aprovechando” mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se les avecina. Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique “para siempre” sino “mientras dure el amor”, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.


¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?


Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.


En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza para vivir de esa esperanza, siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia, así como también para saber dar razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor... Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior».

San Máximo de Turín


«El hombre que saliendo a un viaje largo dejó su casa es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la resurrección, dejó corporalmente la Iglesia, sin privarla por eso de la protección de la presencia divina».

San Beda

«Quiere, pues, que los discípulos siempre anden solícitos. Por esto les dice: “Velad”».

San Juan Crisóstomo


«Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia».

San Gregorio Magno


«No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido».

San Agustín


«Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla».

San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Adviento, actualización de la espera del Mesías


524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

¡Estad en vela, vigilantes!


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).


CONCLUSION


«Estad atentos y vigilad»


Domingo de la Semana 1 del Tiempo de Adviento. Ciclo B – 3 de diciembre de 2017


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 13,33-37


Con el I Domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico (ciclo B). Jesucristo es el centro de la historia humana. Su venida al mundo es el acontecimiento más importante de toda la historia, de manera que todo lo que ocurre dentro del tiempo se clasifica en «antes» o «después de Cristo». Justamente las lecturas de este Domingo se refieren a esa anhelante espera, así como a la salvación prometida por Dios. En la Primera Lectura ( Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7) tenemos una bellísima oración, en forma de salmo , que expresa los sentimientos de los israelitas que volvían alegres a la tierra prometida después del destierro, pero advertían que, extrañamente, la intervención salvífica de Dios se hacía esperar: «¡Ah si rompieses los cielos y descendieses!» Hay dolor por la realidad actual, pero esperanza serena en la promesa del Señor. En la Segunda Lectura San Pablo nos dice que ya no nos falta ningún don: todo ya ha sido dado en Jesucristo para nuestra Reconciliación ya que Dios es siempre fiel a todas sus promesas (primera carta de San Pablo a los cristianos de Corinto 1, 3-9).


El Evangelio de San Marcos (San Marcos 13,33-37) indica cuál debe de ser la actitud normal del creyente consecuente con su fe: la espera vigilante. ¡El Señor está para llegar en cualquier momento en nuestras vidas! Qué absurdo resulta entonces no vigilar y más aún quedarnos dormidos…no sea que llegue de improviso.


«Yahveh, tú eres nuestro Padre y Redentor desde siempre»


Después de recordar la actitud providente de Dios con su pueblo, Isaías invita a Yahveh a manifestar de nuevo sus cuidados y prodigios. Le pide que contemple desde el cielo (ver 63,15) y vea la situación actual de su pueblo abandonado: «¿dónde está tu celo y tu fortaleza…?¿Y tus misericordias ante mí se han contenido?». Sin embargo el profeta reconoce que Yahveh es el único que los puede rescatar y redimir de sus culpas. El profeta alza al cielo una pregunta y pregunta por qué los deja andar errantes por sus caminos o caprichos, permitiendo que se endurezca su corazón, de modo que no obren según el temor de Dios.


Esta situación de abandono hace que el profeta sienta ansias de que se «abran los cielos», el único obstáculo físico entre Dios y su pueblo. Sin embargo, después de reconocer los pecados del pueblo, el profeta apela a la misericordia de Dios: Israel es su pueblo y Yavheh no es indiferente a sus calamidades. «Pues bien, Yahveh, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros». La única razón de existir de Israel es justamente la elección de Dios. Y esto nunca está lejos del corazón de Dios.


«Estad atentos y vigilad»


El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras de Jesús: «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento”. Y luego Jesús agrega una parábola para ilustrar la necesidad de estar siempre a la espera: «Es igual que un hombre que se ausenta… y ordena al portero que vele: velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa…». En el breve Evangelio de este Domingo es claro que no sabemos el momento, pero no se nos aclara el momento de qué. Es porque ya lo ha dicho Jesús antes: «Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13,26-27).


Lo importante es fijar ahora nuestra mirada en ese momento de la venida final de Jesús. Si el momento de la primera venida de Cristo, con una ciencia más depurada, podría llegar a fijarse con precisión, el momento de su última venida es imposible predecirlo. Esto es un punto firme de la enseñanza de Cristo, tanto que llega a decir: «De aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc 13,32). «Nadie sabe nada»; y entre los que excluye el conocimiento de este día, excluye también al Hijo (se entiende en su condición humana, que es la situación en que habría podido revelarlo). Hay una sola excepción: el Padre. Es que Dios no tiene sucesión de tiempo; Él ve toda la historia presente de punta a cabo. Es como el autor de una pieza de teatro que en el momento de crearla ya sabe cuándo empieza y cuándo termina. Nadie más lo sabe por más que aparezcan los clásicos «sabedores de todas las ciencias ocultas» que quieran embaucarnos con falsas previsiones.


Alguien podría pensar que el tema de la espera vigilante es más intenso ahora que antes, pues ahora estamos más cerca del fin. En realidad, el tema de la vigilancia rige en todas las edades con igual intensidad. Este es el sentido de la ampliación de los destinatarios que leemos en el Evangelio: «Lo que a vosotros digo, lo digo a todos: ¡Velad!». Lo que Jesús mandaba a los de su tiempo lo manda también a nosotros más de 2000 años después, y su voz resuena con la misma urgencia en todas las edades intermedias. Es esencial a la condición cristiana estar en vela siempre y esperando. La advocación cristiana más antigua lo atestigua: «Marana tha: Señor, ven» (1Cor 16,22).


«No sea que los encuentre dormidos…»

San Agustín comentando sobre la vigilancia distingue el sueño del cuerpo y el sueño del alma: «Dios ha concedido al cuerpo el don del sueño, con el cual se restauran sus miembros, para que puedan sostener al alma vigilante. Lo que debemos evitar es que nuestra alma duerma. Malo es el sueño del alma. El sueño del alma es el olvido de su Dios… A éstos el apóstol dice: ‘Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo’ (Ef 5,14). Así como el que duerme corporalmente de día, aunque brille el sol y el día caliente, es como si estuviera de noche; así también algunos, ya presente Cristo y anunciada la verdad, yacen en el sueño del alma».


El que duerme tiene que despertarse ahora; no mañana, porque no sabe si el Señor viene «al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada». No hay que ser como ese hombre que tenía el vicio del juego y dijo: «Prometo que desde mañana ya no jugaré más; esta noche será la última vez». Éste está perdido, porque mañana dirá lo mismo y así sucesivamente, y el día del Señor lo sorprenderá durmiendo. Hay que ser como este otro: «Mañana no sé; pero esta noche, no». El primero se parece demasiado a los que duermen y dicen hoy, al comenzar el Adviento: «Me volveré a Dios sin falta para Navidad». Es seguro que cuando llegue la Navidad, dirán: «Lo haré sin falta en Cuaresma…, etc.». A cada uno nos manda el Señor el mismo mensaje que envió a la Iglesia de Laodicea: «Sé ferviente y arrepiéntete. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,19-20).


El tiempo de espera

El tiempo de Adviento es un tiempo de conversión, de penitencia, de sobriedad, de vigilancia, de ayuno, porque «nos ha sido quitado el Esposo» y todavía no vuelve. El entonces Cardenal Joseph Ratzinger nos explica bellamente: «Reflexionemos un poco acerca de lo que significa la palabra «adviento». Esta es una palabra latina, que en nuestro idioma, se puede traducir por «presencia» o «llegada» o «venida». En el lenguaje del Antiguo Testamento se designaba la llegada de algún personaje oficial, especialmente la de reyes o los césares a la provincia.


Pero también podía expresar la llegada de la divinidad, la cual salía de su ocultamiento y manifestaba con poder su actuación, o cuya presencia en el culto se celebraba de una manera festiva y solemne. Esta palabra la tomaron los cristianos para expresar su relación especial respecto a Jesucristo. Él es para ellos el rey que hizo su entrada en esta pobre provincia de la tierra y a la que Él regala la fiesta de su visita; Él es aquél en cuya presencia en la reunión litúrgica ellos creen. De un modo general, ellos trataban de decir con esta palabra: Dios está aquí. Él no se retiró del mundo. No nos dejó solos. Aun cuando no podamos verle y tocarle, como si se tratara de una cosa, sin embargo, está aquí y viene a nosotros de muchas maneras.


Un segundo elemento fundamental del adviento es el aguardar, lo cual, al mismo tiempo, es una esperanza. El adviento representa lo que es, en fin de cuentas, el contenido del tiempo cristiano y el contenido de la historia. Jesús dejó ver esto en muchas parábolas: en la historia de los criados que aguardan al regreso de su Señor o que se olvidan del mismo y que actúan como si ellos fueran los dueños; en la narración acerca de las vírgenes que esperan al novio o que no le quieren esperar, y en las parábolas de la semilla y de la cosecha».


Una palabra del Santo Padre:

«Comenzamos hoy, primer domingo de Adviento, un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro Pastor, que nos guía en la historia hacia la realización del Reino de Dios. Por ello este día tiene un atractivo especial, nos hace experimentar un sentimiento profundo del sentido de la historia. Redescubrimos la belleza de estar todos en camino: la Iglesia, con su vocación y misión, y toda la humanidad, los pueblos, las civilizaciones, las culturas, todos en camino a través de los senderos del tiempo.


¿En camino hacia dónde? ¿Hay una meta común? ¿Y cuál es esta meta? El Señor nos responde a través del profeta Isaías, y dice así: «En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: “Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas”» (2, 2-3). Esto es lo que dice Isaías acerca de la meta hacia la que nos dirigimos.


Es una peregrinación universal hacia una meta común, que en el Antiguo Testamento es Jerusalén, donde surge el templo del Señor, porque desde allí, de Jerusalén, ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. La revelación ha encontrado su realización en Jesucristo, y Él mismo, el Verbo hecho carne, se ha convertido en el «templo del Señor»: es Él la guía y al mismo tiempo la meta de nuestra peregrinación, de la peregrinación de todo el Pueblo de Dios; y bajo su luz también los demás pueblos pueden caminar hacia el Reino de la justicia, hacia el Reino de la paz. Dice de nuevo el profeta: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (2, 4).


Me permito repetir esto que dice el profeta, escuchad bien: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra». ¿Pero cuándo sucederá esto? Qué hermoso día será ese en el que las armas sean desmontadas, para transformarse en instrumentos de trabajo. ¡Qué hermoso día será ése! ¡Y esto es posible! Apostemos por la esperanza, la esperanza de la paz. Y será posible».


Papa Francisco. Ángelus 1 de diciembre de 2013.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Vivamos junto con la Iglesia la espera del nacimiento del Niño Jesús. Preparemos y encendamos la primera vela de la corona de adviento en familia.


2. Nuestra esperanza no se da en abstracto. ¿Cómo voy a vivir de manera concreta esa espera? ¿Qué medios voy a colocar para poder en este tiempo acercarme más a Jesús y a María?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 524. 1095.1817


GLORIA A DIOS!!!


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 22 Ee noviembre Ee 2017 a las 0:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


26 de Noviembre al 1 de Diciembre del 2017


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO





“Vengan, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes”



Ez 34,11.15-17: “Voy a juzgar entre oveja y oveja”


Así dice el Señor Dios:


«Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor a su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se dispersaron un día de oscuridad y nubarrones.

Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré reposar —dice el Señor Dios—. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido.


Y a ustedes, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

 

Sal 22, 1-3.5: El Senor es mi pastor nada me falta


El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar.

 

Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.

 

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.


Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin termino.


 

1Cor 15,20-26.28: “Devolverá el Reino de Dios Padre para que Dios sea todo en todo”


Hermanos:

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.


Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

 

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando el universo entero le sea sometido, entonces el mismo Hijo de Dios se someterá también a Aquel que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos.


Mt 25,31-46: “Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 

— «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante Él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

 

Entonces dirá el rey a los de su derecha:

 “Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me dieron hospedaje, estuve desnudo y ustedes me vistieron, enfermo y me visitaron, estuve en la cárcel y vinieron a verme”.


 Entonces los justos le contestarán:

 “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.


 Y el rey les dirá:

“Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Y entonces dirá a los de su izquierda:

“Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y ustedes no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.


Entonces éstos también contestarán:

 “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.

Y él entonces les responderá:

 “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».


 NOTA IMPORTANTE


El Evangelio y las lecturas elegidas para la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, anuncian realidades escatológicas, es decir, aquellas cosas que vendrán luego de nuestra muerte y al final de la historia de la humanidad.


 En el Evangelio, al concluir su “discurso escatológico”, el Señor anuncia un juicio final. Lo hace presentándose a sí mismo como el Rey-Mesías que al final de los tiempos vendrá en gloria, acompañado de sus ángeles, para juzgar a su rebaño. La escena hace eco del pasaje de Ezequiel (1ª. lectura), cuando Dios anuncia que luego de reunir a los miembros dispersos de su rebaño juzgará «entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío».


Está implícito que a esta convocatoria universal para presentarse ante el Rey-Mesías antecede la resurrección de todos los muertos. Otros pasajes de la Sagrada Escritura echan luz sobre este acontecimiento (ver 1Cor 15,51-57; 1Tes 4,16). San Pablo enseña que así como por Adán vino la muerte a todos los hombres, por Cristo todos los muertos volverán a la vida (2ª. lectura). Cristo, el primero en resucitar, será también modelo y principio de resurrección para todo ser humano.


La gran multitud de resucitados se presentará entonces ante el Rey-Mesías para el juicio universal. La sentencia de este juicio será pública y final.


Lo que resulta novedoso de este juicio es que lo que se presenta como materia de examen no son los males o crímenes cometidos por la persona a lo largo de su vida, sino el bien realizado u omitido, la caridad vivida o negada para con el prójimo necesitado de alimento, de agua, de cobijo, de vestido, de compañía. El juicio, en resumen, es presentado como un juicio sobre el amor, un amor a Cristo que se verifica en el amor al prójimo que sufre, especialmente a los “más pequeños”, es decir, a aquellos que son despreciados u olvidados por la gran mayoría: «cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron».


El amor al prójimo permite distinguir entre el amor genuino a Dios y el que sólo lo es en apariencia, de la boca para afuera. Quien no ama al hermano a quien ve, con un amor que se expresa en obras concretas de caridad, miente si dice que ama a Dios a quien no ve (ver 1Jn 4,20-21).


El juicio final dará lugar a una separación o división en dos grupos. Según el uso rabínico, cuando había que hacer una selección, a la derecha siempre se ponía lo mejor. Serán separados aquellos que supieron amar de aquellos que se cerraron al amor.

 

No habrá nuevas oportunidades, por medio de sucesivas reencarnaciones. Quienes en el transcurso de ésta su única vida (ver Heb 9,27) se negaron a amar, cerrando sus entrañas a las necesidades del prójimo, son calificados de “malditos”. Quizá el calificativo execratorio suene exagerado, demasiado duro; sin embargo, obedece a la realidad de un egoísmo que ha pervertido totalmente sus entrañas hasta hacerlo incapaz de amar. Incluso cuando cree que ama a otros, no ha hecho más que amarse a sí mismo.

 

La omisión, no hacer algo por remediar la necesidad o aliviar el sufrimiento del prójimo cuando está en sus manos el hacerlo, es lo mismo que obrar el mal y manifiesta una grave falta de amor que deforma el rostro humano hasta tornar maldito a quien está convencido incluso que ama a Dios porque cumple con participar de ciertos rituales religiosos externos. Lo único que ha hecho —y ante Cristo quedará patente— es tranquilizar su propia conciencia convenciéndose de que está bien con Dios mientras “no haga mal a nadie”, cuando de lo que en realidad se trata es de actuar por el amor y la caridad, de hacer el bien al prójimo, de hacerse solidario con su sufrimiento y buscar ayudarlo o acompañarlo de algún modo. El individualismo, en cerrarse en su propio mundo olvidando el sufrimiento de tantos, el pasar por la vida sin preocuparse más que de sí mismos, el egoísmo, el no hacer nada por los demás, conduce a cada cual a su autoexclusión de la comunión de Dios, que es Comunión de Amor.


Cabe resaltar que, por duro que sea, la sentencia final será irrevocable y eterna.


En efecto, el Señor anuncia que los malvados «irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». En cuanto al lugar del castigo eterno, se trata de la separación definitiva de Dios.

 

Por otro lado, «los justos irán a la vida eterna», que consiste en entrar con Cristo en la comunión eterna de amor con Dios y todos los que son de Dios.

 

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


No son pocos los cristianos que rechazan las enseñanzas de la Iglesia sobre el infierno y prefieren creer que no existe, aduciendo que fue un “invento de curas” para mantener el dominio sobre los fieles. Ellos argumentan: “¿Cómo podría un Dios que es todo amor condenar al hombre a un lugar tan terrible, y por toda la eternidad? Si Dios es amor, entonces el infierno no existe”.

 

Sin embargo, allí están las tremendas palabras del Señor en el Evangelio: «Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». ¡Y no es la única vez habla de esta terrible realidad y posibilidad para nosotros! (Ver Mt 8,12; 10,28; 13,45; 22,13; 24,51; Mc 9,47; Lc 13,26-2). La doctrina sobre el infierno no es “invención” de la Iglesia, sino una enseñanza clara del Señor Jesús.


 Pero, si esto es así, ¿cómo se conjuga con el amor infinito de Dios? Dios ciertamente es amor (1Jn 4,8.16). Nos ha creado por amor y para el amor. Por el inmenso amor que le tiene a su criatura humana, no quiere que nadie se pierda, y tanto lo quiere que Él mismo se ha hecho uno como nosotros, Él mismo asumió nuestra naturaleza humana para cargar sobre sí nuestro pecado y para reconciliarnos... ¡en la Cruz! Dios ha hecho todo, hasta lo impensable, para que su criatura humana tenga vida, la tenga en abundancia y la tenga para toda la eternidad. Por tanto el problema no está en Dios, sino en el hombre, en el rechazo que él hace de la invitación divina a participar de ese amor, en excluir a Dios de su propia vida para seguir su propio camino, lejos de Dios, sin Dios, y muchas veces en contra de Dios. Esto es lo que llamamos pecado.


A pesar de este rechazo, Dios nos sigue amando tercamente. Cristo en la Cruz perdona, reconcilia, toca y toca a la puerta del corazón de todo hombre invitándolo a abrirle. ¿Puede el amor de Dios expresarse en un grado más alto que ese? ¿Qué más pudo hacer Dios por nosotros?


Pongámoslo de un modo muy sencillo y comprensible. Si un hombre, que ama intensamente a una mujer, le propone matrimonio, le manifiesta su amor incondicional una y otra vez, pero ella una y otra vez le dice “no”, en algún momento él, aunque la siga amando, se apartará. ¿Qué más puede hacer, si ella no quiere? ¿Obligarla contra su voluntad? No sería amor, porque el amor exige libertad. No le queda más que dejarla ir. El problema no es que él no la ame, sino que ella, haciendo uso de su libertad, no quiere ese amor y lo rechaza. Ésa es su opción, es su decisión, absolutamente libre. Ante la propuesta de quien ama quien elige su destino es la amada: está en sus manos aceptarla o rechazarla. Algo análogo sucede con cada uno de nosotros: Dios nos ama, hasta el extremo, con “locura”. Por ese amor nos invita a participar de su comunión divina de amor, a ser amados por Él por toda la eternidad, a amar nosotros sin límite ni medida. Pero podemos decirle “no”, “déjame en paz”, una y otra vez, hasta que Él ya nada más pueda hacer, hasta que lo único que le quede sea dejarnos “en paz”. Y eso, justamente, es el infierno: la autoexclusión de la comunión con Dios. En el día del juicio Dios no podrá hacer otra cosa sino respetar esa opción.


Más a quien le abre las puertas a Cristo, a quien procura amar como Él y amarlo a Él en los hermanos concretos, sirviéndolos con generosidad, Dios lo recibirá en la eterna comunión de amor con Él y con todos los santos. Eso es el Cielo: amar y ser amados por siempre, viviendo una intensa y gozosa comunión de amor sin límite ni medida (ver 1Cor 2,9).


LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

«“Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, Él solo” (Jn 6,15). ¿Por qué hacerle rey? ¿No era rey, Él que se dio cuenta de que le querían hacer rey? Sí, era rey. Pero no un rey como los hacen los hombres. Era un rey que da el poder a los hombres para reinar. Quizá Jesús nos quiere dar aquí una lección, Él que suele convertir sus acciones en enseñanzas... Tal vez este “pretender proclamarlo rey” era adelantar el momento de su Reino. En efecto, Jesús no había venido para reinar en este momento, lo hará en el momento que nosotros invocamos al decir: “que venga a nosotros tu Reino”. Como Hijo de Dios, como Verbo de Dios, el Verbo por quien todo fue hecho, reina siempre con el Padre. Pero los profetas anunciaron también su reino como Cristo hecho hombre que reúne a sus fieles. Habrá, pues, un reino de cristianos, el reino que está establecido actualmente, que se prepara, que ha sido comprado con la sangre de Cristo. Más tarde este Reino se manifestará, cuando resplandecerá en sus santos, después del juicio pronunciado por Cristo».

San Agustín


«Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitaremos en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos».

San Cipriano



«Cristo, la misericordia celestial, viene cada día la puerta de tu casa: no sólo espiritualmente a la puerta de tu alma, sino materialmente a la puerta de tu casa. Porque, cada vez que un pobre se acerca a tu casa, sin duda alguna se acerca Cristo en él, porque Él dijo: “Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos pequeños, me lo hacíais a mí” (Mt 25,40). No endurezcas el corazón, da un poco de dinero a Cristo del que esperas heredar el reino. Da un trozo de pan a Aquel de quien esperas te dé la vida. Acoge al pobre en tu casa para que Él te reciba en el paraíso. Dale alguna limosna a quien te puede dar la vida eterna».

San Cesáreo de Arlés


»¡Qué audacia querer reinar en el Cielo con aquel a quien tú negaste tu limosna en este mundo! Si lo recibe durante el viaje terreno, Él te acogerá en la felicidad eterna. Si tú lo desprecias aquí en tu patria de la tierra, Él retirará su mirada sobre ti en la gloria. Un salmo dice: “cuando te alzas, desprecias su imagen” (Sal 73,20). Si despreciamos en esta vida a aquellos que son imagen de Dios (Gén 1,26) hemos de temer ser rechazados en la eternidad. ¡Tened, pues, misericordia en esta vida!... Gracias a vuestra generosidad, escucharéis aquella palabra feliz: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino” (Mt 25,34)».

 

«¡Curémonos, hermanos, corrijámonos! El Señor va a venir. Como no se manifiesta todavía, la gente se burla de Él. Con todo, no va a tardar y entonces no será ya tiempo de burlarse. Hermanos ¡corrijámonos! Llegará un tiempo mejor, aunque no para los que se comportan mal. El mundo envejece, vuelve hacia la decrepitud. Y nosotros, ¿nos volvemos jóvenes? ¿Qué esperamos, entonces? Hermanos, ¡no esperemos otros tiempos mejores sino el tiempo que nos anuncia el Evangelio! No será malo porque Cristo viene. Si nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta».

San Agustín

 

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El infierno es la autoexclusión definitiva de la comunión con Dios



1033: Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: «Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él» (1 Jn 3,15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno».



Sobre el juicio final


1038: La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores» (Hech 24,15), precederá al Juicio final. Ésta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5,28-29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles... Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31.32.46).


1039: Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (ver Jn 12,49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:



Todo el mal que hacen los malos se registra, y ellos no lo saben. El día en que «Dios no se callará» (Sal 50,3)... Se volverá hacia los malos: «Yo había colocado sobre la tierra, dirá Él, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el Cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí» (S. Agustín).


1041: El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2Cor 6,2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tit 2,13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2Tes 1,10).


CONCLUSION


¡Venid, benditos de mi Padre!»


Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo A Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,31-46


El año litúrgico se cierra siempre con la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo. Desde la reforma litúrgica la Iglesia ha reservado este último Domingo del año para contemplar a Jesucristo en la plenitud de su gloria y poder. La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, manifiesta el amor del Señor que se desvive por buscar a sus ovejas, sigue su rastro, las apacienta, venda sus heridas, cura las enfermas. El Señor, en persona, va juzgar entre oveja y oveja (Ezequiel 34,11-12.15-17). Asimismo, el Salmo Responsorial 22 destaca el amor y la misericordia del Señor que como Buen Pastor conduce, guía y conforta a sus ovejas. San Pablo, en la carta a los Corintios, nos habla del poder de Cristo que aniquilará todos los poderes hostiles al Reino de Dios. El último enemigo en ser vencido será la muerte (primera carta de San Pablo a los Corintios 15,20-26.2.



Finalmente, el Evangelio nos presenta la venida definitiva del «Hijo del Hombre» que viene para separar a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. El criterio que seguirá el Señor en este día será el criterio del amor y la caridad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… Todos los que hayan practicado el amor a Cristo y a sus hermanos irán a la vida eterna; los otros, al castigo eterno (San Mateo 25,31-46), ya que, como nos dice San Juan de la Cruz, «en la tarde de la vida seremos examinados sobre el amor».


«Yo soy el Buen Pastor»


El profeta Ezequiel nos ofrece uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. En él se repite hasta tres veces que «el Señor mismo» es quien se preocupa por cada una de sus ovejas; la busca si se han perdido, la cura si está herida, le ofrece pastos abundantes si padece hambre.


Los malos pastores, aquellos que no buscan el «bien común» de sus hermanos, han dejado que se pierdan las ovejas, se han aprovechado de ellas; por eso, el profeta anuncia que será Dios mismo quien ahora cuidará del rebaño. «Y suscitaré sobre ellos un solo pastor que las apacentará, mi siervo David, él las apacentará y será su pastor; y yo, el Señor seré su Dios, y mi siervo David, su príncipe en medio de ellos. Yo, el Señor, he hablado» (Ez 34, 23-24). Dios que es justo y ejerce esta justicia con amor juzgará a cada una de las ovejas y «vendrá a salvar a (sus) ovejas para que no estén expuestas a los peligros».


El bellísimo salmo 22 se referirá nuevamente al buen pastor para hablar del Señor. Cuánto conforta saber que «Dios mismo» es nuestro pastor, que «Dios mismo» nos conduce y repara nuestras fuerzas, nos guía por senderos de justicia. Este buen pastor será, al final de nuestra vida, quien nos juzgará. Es verdad, Cristo Jesús, que se encarnó y vino a la tierra como el Buen Pastor en busca de sus ovejas, desea que todas ellas estén en el redil, desea que todas ellas formen parte de su rebaño. No permite que le sea arrebatada ninguna.


El pastor, al final del texto de Ezequiel, separa oveja de oveja. Se trata pues de una llamada urgente para decidirse a favor o en contra del Señor. No hay lugar para términos medios. Quien no está con Él estará contra Él. Muchos, lamentablemente, no quieren oír los ruegos del Señor y no quieren «ser del rebaño de Jesús»


Cristo vence a todos los enemigos del hombre


Cristo, Rey del Universo, vence a todos los enemigos del hombre. Así, en la carta a los Corintios, San Pablo habla de todos los principados y potestades que se oponen al Reino de Dios. «Todos los enemigos deben quedar bajo el estrado de sus pies», porque al final de los tiempos se debe realizar toda justicia. Al final, el mal será definitivamente derrotado por el bien y por el amor; pero recordemos que el triunfo del Reino de Cristo no tendrá lugar sin un último asalto de las fuerzas del mal. «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12,21).

 

El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, sufrirá la última derrota de frente a Cristo resucitado, Señor de vivos y de muertos. ¡Cómo deberían incidir en nuestras vidas, verdades tan fundamentales y decisivas! Cristo tiene que reinar. Cristo reinará y vencerá el último enemigo, la muerte. En su bello libro «Memoria e Identidad» el recordado San Juan Pablo II nos dice: «He aquí la respuesta a la pregunta esencial: el sentido más hondo de la historia rebasa la historia y encuentra la plena explicación en Cristo, Dios-Hombre. La esperanza cristiana supera los límites del tiempo. El reino de Dios se inserta y se desarrolla en la historia humana pero su meta es la vida futura.


La Fidelidad tiene un precio alto, Senor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 22 Ee noviembre Ee 2017 a las 0:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


19-25 de Noviembre del 2017


La Fidelidad tiene un precio alto “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”


Prov 31, 10-13.19.30: “Alabada sea la mujer hacendosa”


Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas.

Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos para

hilar, y con sus dedos elabora el tejido. Abre sus manos al necesitado y extiende sus brazos al pobre.

Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cántenle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben todos.


Sal 127, 1.3-4: “Dichoso el que teme al Señor”


Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


1Tes 5, 1-6: “Estemos vigilantes y vivamos sobriamente”


Hermanos:

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, no necesitan que les escriba.

Ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando diga la gente: «¡Qué paz, qué seguridad!», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta, y no podrán escapar.

Pero a ustedes, hermanos, como no viven a oscuras no los sorprenderá ese día como a un ladrón, porque todos son hijos de la luz e hijos del día; no lo son de la noche ni de las tinieblas.

Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente.


Mt 25, 14-30: “Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor”


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

— «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.


El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.


Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos.


Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.


Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.


Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que cosechas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que cosecho donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».


NOTA IMPORTANTE


Como la parábola de las cinco vírgenes necias y de las cinco vírgenes sabias, también la parábola de los talentos está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico” (ver las Apuntes del Domingo anterior).


En el Evangelio de este Domingo el Señor habla de un hombre que, «al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó».


Los empleados, o más precisamente siervos según la traducción literal de la palabra griega doulos, aparecen en los Evangelios como hombres de absoluta confianza. Así, por ejemplo, sus señores los envían a realizar misiones específicas (ver Mt 21,34-36; Mt 22,4.6) o les encargan el manejo económico de la hacienda, dándoles incluso la libertad para negociar con sus bienes. Sin embargo, no dejan de ser administradores que tendrán que rendir cuentas ante sus respectivos señores.


A los siervos de la parábola que ahora nos ocupa, su señor «los dejó encargados de sus bienes». Este acto implica darles pleno poder de decisión y de acción sobre toda la hacienda. La confianza depositada en sus siervos implica por parte de ellos una responsabilidad. Los siervos saben que su señor es exigente, que llegado el momento les pedirá cuentas de su administración, específicamente, de lo que han hecho con los talentos que les confió.


En su parábola el Señor habla de tres siervos. Cada cual recibe una determinada cantidad de “talentos”. El talento (del griego tálanton, que significa balanza o peso) era una unidad de peso equivalente a unos 42 kilogramos. Algunos sostienen que el peso era mayor, de unos 60 kilogramos. Se trataría, pues, de un determinado número de monedas, probablemente de plata, que sumaban ese peso. Algunos cálculos señalan que en la época del Señor un talento equivalía a 6000 denarios (una unidad monetaria), siendo un denario el jornal de un trabajador. Así, pues, la cantidad de dinero confiada a cada siervo, para aquella época, era exorbitante, incluso para aquél que “tan solo” recibe un talento.


En la distribución de los talentos el señor manifiesta conocer a sus siervos, pues da «a cada cual según su capacidad» para trabajar esos talentos, para invertirlos, para negociarlos y multiplicarlos. Sabe lo que cada uno es capaz de dar, y de acuerdo a ese conocimiento profundo les reparte los talentos.


La tarea de los siervos no es la de estar ociosos, sino la de trabajar arduamente en la administración de la hacienda de su señor: «los dejó encargados de sus bienes». Al entregarles sus bienes les da pleno poder de decisión y de acción sobre ellos. La confianza depositada en ellos trae consigo una enorme exigencia y responsabilidad. El señor espera de cada uno una gestión eficiente, concretamente con la cantidad de dinero que le confía a cada cual. Ellos saben que su señor “es exigente”: no reciben los talentos para guardarlos, sino para invertirlos y para, a su vuelta, le devuelvan no sólo la cantidad entregada sino también las ganancias. Esto lo saben los tres, tanto los dos que de inmediato se ponen a negociar responsablemente con el dinero a ellos entregado, como también aquél que entierra su talento.


En efecto, dos de los siervos fueron «en seguida a negociar con» los talentos a ellos confiados. El adverbio griego eutheos, traducido por “en seguida”, se puede traducir también por inmediatamente, prontamente. Ellos entienden perfectamente la intención de su señor y sin perder tiempo ponen manos a la obra.


El tercero, que recibe 42 kilos en monedas, decide enterrarlas, esconderlas, para que nadie se las robe. Él mismo explicará posteriormente a su señor el motivo o excusa que le llevó a tomar esa decisión: «Señor, sabía que eres exigente… tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra». Este siervo le echa la culpa al miedo de su inacción, de su opción de enterrar el talento. Pero si tenía miedo de perderlo todo —pues es el riesgo que existe en los negocios— y recibir por eso el castigo de su señor, ¿no debía al menos haber puesto el dinero de su señor en el banco, «para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses»? El miedo se revela como una excusa inaceptable. Más bien, detrás de ese supuesto miedo, el señor pone de manifiesto la verdadera razón de su opción: «Eres un empleado negligente y holgazán». Este siervo, con su excusa, se condena a sí mismo a ser despojado de todo y ser arrojado «fuera, a las tinieblas».


Los talentos pueden interpretarse principalmente como los dones o gracias concedidas a los discípulos, según su misión en la Iglesia y en el mundo. Muchos de ellos serían nombrados “administradores” de los bienes divinos (ver 1Cor 4,1s), que Dios da a cada cual por medio de su Hijo «para edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12). En este sentido también se entiende la exhortación de Pedro a los cristianos: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1Pe 4,10).


Al pronunciar esta parábola el Señor se compara a sí mismo con el dueño de la hacienda. Él emprendería «un largo viaje» el día de su Ascensión. Desde entonces permanece “ausente”, más retornará glorioso al final de los tiempos. De aquél momento nadie sabe ni el día ni la hora, mas, cuando vuelva, cada “siervo” tendrá que dar cuenta del uso que ha hecho de los talentos confiados a él para su multiplicación. Jesucristo vendrá al final de los tiempos como Juez justo. A esta última venida se le conoce con el nombre griego de Parusía.


A quien haya sabido multiplicar los talentos “negociando” con ellos, el Señor lo calificará de siervo «fiel y cumplidor» y lo hará pasar «al banquete de tu Señor». La traducción literal del griego dice: «en el gozo (jarán) de tu Señor». Se trata de la felicidad eterna de la que gozarán los bienaventurados. La traducción litúrgica traduce “banquete”, dado que el gozo mesiánico era comparado a la alegría expresada mediante un banquete (Mt 8,11s; 22,8).


A quien haya enterrado sus talentos “guardándoselos para sí mismo”, se le despojará de todo talento y será «echado fuera, a las tinieblas». Se trata de una fórmula usual con que se designa el infierno, el estado de la ausencia absoluta y lejanía definitiva de Dios. Allí sólo habrá «llanto y rechinar de dientes», soledad y sufrimiento sin fin.


La enseñanza doctrinal fundamental es clara: Dios exige que los cristianos especialmente “multipliquen” los “talentos”, los Dones y Gracias a ellos confiados por Cristo, preparándose para dar cuenta de ellos el Día de su Parusía. El cristiano debe entender que enterrar sus talentos, esconder las riquezas inmensas que ha recibido en Cristo “por miedo”, es una omisión inexcusable que tendrá como consecuencia el despojo y la exclusión definitiva de la vida divina. Cada cual tiene en deber de hacer rendir los "talentos" que Dios le ha dado. Sólo así podrá participar también del gozo de su Señor por toda la eternidad.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Dios, junto con el don de la vida, ha dado a cada cual ciertos talentos. Entendemos por talentos dones, cualidades, capacidades que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida. Son como semillas que debemos hacer germinar y fructificar con inteligencia, con un trabajo paciente y esforzado, en cooperación con la gracia divina y según el Plan que Dios nos vaya mostrando.


Inmediatamente se nos viene esta pregunta a la mente: ¿cuáles y cuántos son mis talentos? Para ello es necesario conocerse bien uno mismo, iluminado por la luz de Cristo.


Ahora bien, muchas personas descubren sus talentos desde pequeños y aprenden a desarrollarlos. Pero, ¿los usan para el bien, y los usan para el bien común? ¿O se valen de ellos para alimentar su vanidad y su soberbia, para obtener poder, riquezas y placeres que no miran a dar gloria a Dios sino tan sólo a sí mismos?


La parábola de los talentos nos recuerda en primer lugar que los talentos nos vienen de Dios y que nosotros sólo podemos entendernos como administradores de los mismos. Por tanto no debemos buscar “apropiarnos” de ellos para buscar exclusivamente nuestro propio beneficio o para hinchar nuestro orgullo y vanidad, sino que hemos de buscar desarrollarlos según el Plan de Dios para el beneficio en primer lugar de aquellos que nos rodean y también de toda la sociedad. Los talentos que cada uno posee tienen, sin duda, una dimensión social fundamental.


Por otro lado hay muchos que se menosprecian de tal modo que terminan creyendo que nada tienen de valioso. Viven comparándose con personas exitosas, envidiando tal o cual talento, convencidos de que ellos mismos no tienen ningún talento o la capacidad para desarrollarlos. Son los que terminan enterrando sus talentos.


En realidad, nadie puede decir: “yo no tengo ningún talento”. ¿Es que acaso Dios no nos ha dado a todos la capacidad de amar? ¿Es que no te ha dado el talento del amor? Sí, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). ¡Ese es ya un “talento” inmenso, un don precioso!


Quizá has enterrado ese talento, esa capacidad de amar, porque “alguien” te hizo daño, porque alguien se aprovechó de ti o te defraudó, porque tu corazón se endureció, porque ya no eres digno o digna de ser amado, amada, o porque no sabes amar. Sin embargo, ése es un talento que todos podemos recuperar si acaso lo hemos “perdido”, o si nos hemos equivocado, porque el amor es tu vocación más profunda, porque estás hecho, hecha para amar, porque Cristo te ha reconciliado y ha derramado su Espíritu de amor en tu corazón, porque Él ha venido a enseñarnos cómo vivir el amor verdadero. Nadie tiene excusa para enterrar ese talento optando por vivir en la amargura, cerrándose al perdón, negándose a amar al prójimo. Quien cree que no tiene ese “talento”, es porque ha hecho la opción —y se mantiene tercamente aferrada a ella— de no amar, de enterrar ese talento.


Y en no otra cosa consistirá el juicio: el día que seas llamado a la presencia del Señor, se te preguntará qué hiciste con ese talento. ¿Acogiste el amor de Dios en tu corazón? ¿Te esforzaste en amar cada día como Cristo mismo nos amó? ¿Multiplicaste ese talento viviendo la caridad con tu prójimo, en lo pequeño, en lo escondido, en lo cotidiano y rutinario? ¿O lo enterraste, consintiendo el odio, el resentimiento, el egoísmo, el individualismo, la indiferencia, negando el perdón, cerrando el corazón a las necesidades del prójimo?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Uno solo no puede tener todos los carismas espirituales, sino que a cada uno fue dado alguno según el don del Espíritu Santo, en la medida de la fe (ver Rom 12,6). En la vida común, pues, los dones particulares son para todos: “El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro la fe, también en el mismo Espíritu, de hacer milagros; a uno el don de la profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a éste, el don de lenguas, a aquél, el don de interpretarlas” (1Cor 12,8-10). Cada uno de estos dones, recibe el hombre no para sí, sino para los demás. La fuerza del Espíritu Santo está en que cada uno comunique la cantidad para todos. En la vida común cada uno tiene la posibilidad de servirse de su don, compartiendo con los demás. Así entonces cada uno recoge el fruto de los ajenos dones, como si fueran suyos». San Basilio


«El que tiene, pues, talento, procure no ser mudo; el que tiene abundancia de bienes, no descuide la caridad; el que experiencia de mundo, dirija a su prójimo; el que es elocuente, interceda con el rico por los pobres; porque a cada uno se le contará como talento lo que hiciere aunque fuese por el más pequeño». San Gregorio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos?


Dimensión social de los “talentos”


1880: Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido «heredero», recibe «talentos» que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar. En verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas.


1936: Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas. Los «talentos» no están distribuidos por igual.


1937: Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras.


CONCLUSION


«¡Bien, siervo bueno y fiel!» Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,14-30


«El Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche», nos dice San Pablo, por eso, debemos de vigilar y vivir sabiamente para no ser sorprendidos (Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,1-6). En el Evangelio de este Domingo Jesús continua su catequesis sobre «las últimas realidades» y en «la parábola de los talentos» nos muestra como ya la vida misma es un don de Dios. Al crearnos, Dios ha querido compartir con nosotros algo de sí mismo y es por eso que desea que nosotros seamos generosos con lo que poseemos (San Mateo 25,14-30).


Ante los dones recibidos, lo propio es producir frutos abundantes; utilizando todas las capacidades de la inteligencia y de la voluntad que tenemos para producir aquellos frutos que Dios espera de nosotros. Y ciertamente a todos nos ha dado la posibilidad de acceder al más grande don que todos merecemos: la vida eterna. El libro de los Proverbios nos muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su vida y sus cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus brazos a los necesitados (Proverbios 31,10-13.19-20.30-31).


«Una mujer fuerte ¿quién podrá hallarla?»


El libro de los Proverbios es una colección de sentencias y proverbios sapienciales que orientan a los jóvenes sobre la manera de llevar una vida justa y piadosa. La mayor parte son buenos consejos escritos de manera popular, como era corriente también en los pueblos vecinos a Israel. Comienza el libro diciendo lo que está bien y lo que está mal. Justamente la base de la sabiduría será el «temor de Dios», es decir la reverencia que tenemos que tener a Dios sobre todas las cosas ya que Él mismo es la fuente última de toda la sabiduría. Luego iluminará, está sabiduría, todas las esferas de la vida cotidiana: matrimonio, hogar, trabajo, justicia, decisiones, actitudes, etc.; ayudándonos a conocer cómo debemos conducirnos en las diversas situaciones desde la atenta mirada de Dios. Los proverbios subrayan la necesidad de cualidades como la humildad, la paciencia, la preocupación por los pobres, la diligencia, el trabajo, la fidelidad a los amigos y el respeto en el seno familiar.


En la parte final del libro tenemos un bello poema en acróstico a la mujer ideal o «mujer fuerte» que evoca el ideal de eficacia y de virtud de la perfecta ama de casa. Este pasaje es llamado de «el alfabeto áureo (dorado)» de la mujer y es leído con frecuencia en la Santa Misa cuando recordamos en el calendario litúrgico la memoria de alguna santa. Al parecer el «ser mujer» y «ser fuerte» es un contrasentido, pues la mujer es débil y siente la necesidad de ser protegida. Sin embargo, el texto alaba la fortaleza de la mujer ya que sabe que su alma es grande y generosa. «Hace siempre el bien» (31,12), con estas sencillas palabras describe el sabio toda una vida de abnegación, de renuncia y de amor; pues entregarse siempre es renunciar a sus propios gustos y dar con alegría indica que esa renuncia es fruto del amor. Pero estas palabras también nos hablan del silencio de la mujer. Ella calla y se entrega generosamente a los demás «levantándose cuando aún es de noche» (31, 15) y permanece en vigilia ya que «no se apaga por la noche su lámpara» (31,1).  Ella, que teme al Señor, «es digna de alabanza» (31,30).


«Vosotros sois hijos de la luz e hijos del día»


Los días que permaneció en la ciudad de Tesalónica, San Pablo predicó sin mucho éxito, pero con aquellos que se convirtieron fundó una comunidad cristiana. Se cree que ésta es la más antigua de las epístolas de San Pablo y debe remontarse al año 51. Después del saludo inicial, el Apóstol agradece a los cristianos de la ciudad por el buen ejemplo que dan a las otras comunidades. Habla de su deseo de verlos nuevamente y de la ternura maternal que siente por ellos, agradeciendo las buenas noticias que le han sido dadas por Timoteo.


En la segunda parte, donde se encuentra nuestra lectura dominical, afirma que el día del Señor llegará de modo imprevisto, cuando todos se sientan seguros. Así como el padre de familia vigila para que el ladrón no robe en la noche (ver Lc 12, 39), así el cristiano no debe abandonarse al sueño negligente en esta vida. A este hombre atento y vigilante se le pueden aplicar las palabras: «yo dormía, pero mi corazón vigilaba» (Ct 5,2). En realidad la gran tentación es considerar el tiempo presente como el único, definitivo y; en consecuencia, buscar en él el máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto.


«Velad y orad…»

El Evangelio de hoy nos propone la conocida «parábola de los talentos». Ella está a continuación de la parábola de las vírgenes necias que era la lectura del Domingo anterior , y aclara otro aspecto de la venida de Jesús. Él no nos quiere dejar en la ignorancia sobre lo que ocurrirá ese día, para que seamos «sabios y sensatos» en el tiempo presente. No podremos después quejarnos: «¿Pero qué pasó; por qué nadie me avisó?» Él nos advirtió claramente con tiempo. Después de concluir la parábola de las vírgenes necias nos dice: «Velad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora». Jesús agrega una enseñanza sobre lo que debemos de hacer mientras esperarnos su regreso o mientras estemos peregrinando en esta existencia.


Y es así que comienza la parábola: «Porque así es, como un hombre, que al partirse lejos, llamó a sus siervos, y les entregó sus bienes». Sabemos que partió lejos pero que pensaba volver y es por eso que deja sus bienes a sus siervos de mayor confianza. Luego de mucho tiempo, vuelve ¿Cuánto tiempo después? Eso es exactamente lo que no sabemos y eso es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Pero era necesario aprovechar el tiempo haciendo fructificar los bienes que el Señor les confió de acuerdo a sus capacidades y posibilidades que Él conocía perfectamente.


Los talentos de cada uno


El «talento» era una medida monetaria . Se trataba de una cantidad considerable de dinero. Aquí expresa los bienes que el Señor dejó a sus siervos. A causa de esta parábola y de su interpretación, la palabra «talento» pasó a significar en nuestra lengua los dones naturales que hemos recibido gratuitamente. Se habla del talento musical, talento matemático, talento literario, etc. Los talentos que cada uno posee son un don gratuito como enseña San Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿de qué te glorías, como si fuera mérito tuyo?» (1Cor 4,7). Cada uno posee los talentos que ha recibido como propios, pero es inherente a la noción de «talento» la obligación de dar frutos y de ser puesto al servicio de los demás.


No importa que cada persona no haya recibido todos los talentos, porque el que ha recibido aunque sea «un talento», lo ha recibido para sí mismo y también para los demás. Wolfgang Amadeus Mozart, que recibió un talento musical descomunal, deleitó a sus contemporáneos y sigue deleitando a los hombres de todos los tiempos. ¿Qué hubiese pasado si ese talento nunca lo hubiese colocado al servicio de los demás? Nada…exactamente eso hubiese ocurrido…nada y no tendríamos las maravillas musicales que ha ofrecido a toda la humanidad.


Pero el conjunto de todos los talentos que Dios ha distribuido entre todos los hombres, puestos todos a servicio de los demás; es lo que realmente constituye la riqueza de una sociedad humana. Es decir son tantos los talentos cuantas personas existen y es responsabilidad descubrir y hacer fructificar su propio talento. Para eso los ha dado Dios y del uso que habremos hecho de ellos nos pedirá cuentas cuando vuelva.


El que tiene un talento…


Es importante observar la conducta de los siervos después de la partida de su Señor: «El que había recibido cinco talentos, inmediatamente se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente, el que había recibido dos ganó otros dos». No hay diferencia en la conducta de estos dos siervos, no obstante ser muy diferente la cantidad de dinero que manejan. Ambos obtienen el mismo rendimiento al dinero de su Señor. Y la aprobación cuando vuelve, indiferente de la cantidad, es idéntica para ambos: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho» También la recompensa es idéntica: «Entra en el gozo de tu señor».


El último, sin embargo, que tuvo miedo y no hizo fructificar su talento, recibirá esta sentencia: «Siervo malo y perezoso». Y seguirá la orden del Señor: «Echad a este siervo inútil a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Es una parábola. Pero no debemos perder de vista que la usa Jesús para expresar una gran verdad: nuestro destino eterno se juega aquí, se está jugando ahora. Es ahora cuando nos estamos ganando la bienaventuranza eterna o perdiéndola, también para siempre. Esta última alternativa, triste pero posible, es lo que Jesús describe como: «tinieblas, llanto y rechinar de dientes». Y ahora no digamos que no sabíamos nada…


Una palabra del Santo Padre:


«El Evangelio de este domingo es la parábola de los talentos, tomada de san Mateo (25, 14-30)… El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… en definitiva, muchas cosas, sus bienes más preciosos. Este es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para fructificar. Mientras que en el uso común el término «talento» indica una destacada cualidad individual —por ejemplo, el talento en la música, en el deporte, etc.—, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos fructificar. El hoyo cavado en la tierra por el «siervo negligente y holgazán» (v. 26) indica el miedo a arriesgar que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo a los riesgos del amor nos bloquea. Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte. Jesús no nos pide esto, sino más bien quiere que la usemos en beneficio de los demás.


Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijera: «Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ello». Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien plantearnos. Cualquier ambiente, incluso el más lejano e inaccesible, puede convertirse en lugar donde fructifiquen los talentos. No existen situaciones o sitios que sean obstáculo para la presencia y el testimonio cristiano. El testimonio que Jesús nos pide no es cerrado, es abierto, depende de nosotros.


Esta parábola nos alienta a no esconder nuestra fe y nuestra pertenencia a Cristo, a no sepultar la Palabra del Evangelio, sino a hacerla circular en nuestra vida, en las relaciones, en las situaciones concretas, como fuerza que pone en crisis, que purifica y renueva. Así también el perdón que el Señor nos da especialmente en el sacramento de la Reconciliación: no lo tengamos cerrado en nosotros mismos, sino dejemos que irradie su fuerza, que haga caer los muros que levantó nuestro egoísmo, que nos haga dar el primer paso en las relaciones bloqueadas, retomar el diálogo donde ya no hay comunicación… Y así sucesivamente. Hacer que estos talentos, estos regalos, estos dones que el Señor nos dio, sean para los demás, crezcan, produzcan fruto, con nuestro testimonio».


Papa Francisco. Ángelus domingo 16 de noviembre de 2014


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Muchas veces creemos que no tenemos «muchos» talentos. ¿No es ésta una falta de humildad y de desconfianza en el amor de Dios por cada uno de nosotros? ¿Cuáles son los talentos o dones que tengo para compartir? Haz una lista de tus talentos y recuerda que todo talento es fecundo en la medida que se pone al servicio de los demás.


2. Leamos y meditemos el Salmo Responsorial 127: «Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores…».


3.Leamosa en Catecismo de la Iglesia Catolica los numerals del 668-672



GLORIA A DIOS!

La vida del Cristiano es estar preparados, porque no saben ni el dia ni la hora

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 9 Ee noviembre Ee 2017 a las 23:35 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


12-18 de Noviembre del 2017



“La vida del Cristiano es estar preparados, porque no saben ni el día ni la hora”


Sab 6, 13-17: “Encuentran la sabiduría los que la buscan”

La sabiduría es radiante y no se marchita, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean.

Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta.

Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado para otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.


Sal 63, 2-3.5-7: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, sedienta, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré de manjares exquisitos, y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo.


1Tes 4, 12-18: “A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él”

Hermanos, no queremos que ustedes ignoren la suerte de los difuntos para que no se aflijan como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él.

Les decimos esto basados en la palabra del Señor. Los que quedemos vivos hasta la venida del Señor no tendremos ventaja sobre los que han muerto. Pues Él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Consuélense, pues, mutuamente con estas palabras.


Mt 25, 1-13: “Que llega el esposo, salgan a recibirlo”.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

— «Se parecerá el Reino de los Cielos a diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al novio. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes.

Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes llevaron consigo frascos de aceite con las lámparas.

El novio tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: “¡Ya viene el novio, salgan a recibirlo!”.

Entonces se despertaron todas aquellas muchachas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”.

Pero las prudentes contestaron: “No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras, mejor es que vayan a la tienda y lo compren”.

Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y sé cerró la puerta.

Más tarde llegaron también las otras muchachas, diciendo: “Señor, Señor, ábrenos”. Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.

Por tanto, estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


NOTA IMPORTANTE


La parábola de las cinco vírgenes necias y de las cinco vírgenes sabias está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico”, que abarca los capítulos 24 y 25. La palabra griega ésjatos significa “lo último”. La escatología es el tratado de “las cosas últimas”, es decir, lo que viene después de la muerte, el fin último del hombre y de la historia de la humanidad, tal y como la conocemos en el tiempo presente. En estos capítulos el Señor Jesús instruye a sus discípulos sobre estas “realidades últimas”.


Para ubicarnos en el contexto, hagamos un breve resumen de dicho discurso. En el capítulo 24 Mateo describe aquella ocasión en la que, al salir del Templo de Jerusalén, los discípulos le comentan extasiados sobre la majestuosidad y belleza del edificio. El sólido e imponente Templo parecía indestructible. El Señor Jesús aprovecha la ocasión para hacer un sorpresivo y dramático anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (v. 2).


El anuncio probablemente causó un impacto tremendo en los discípulos. ¿Cómo era posible que de la Casa de Dios no quedara piedra sobre piedra? De momento quedarían atónitos y sólo más tarde, estando el Señor Jesús enseñando en el Monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (v. 3).


Es entonces que el Señor habla de los últimos tiempos: los discípulos serán sometidos a la confusión, se desatará una terrible persecución cuando llegue aquél día; algunos signos cósmicos impactantes precederán la inminente venida del “Hijo del hombre”. Con su venida gloriosa al final de los tiempos, también conocida como la parusía del Señor, terminará la historia humana tal y como la conocemos actualmente, se dará la resurrección de los muertos y el juicio universal.


Sobre el cuándo sucederá todo esto el Señor no da fecha alguna y, más allá de hablar de los signos previos al final, se limita a pronunciar algunas parábolas cuya lección fundamental es una misma: lo que debe preocupar al discípulo no es el momento preciso, sino el estar preparado en todo momento, siempre en vela, ya que nadie sabe ni el día ni la hora.


El discípulo debe permanecer vigilante tal y como vigila un hombre para que el ladrón no robe su casa, debe velar como vela en el cumplimiento de sus deberes un administrador fiel en ausencia de su señor (24, 45ss), o como vela una virgen que se provee de suficiente aceite para su lámpara en caso tarde en llegar el esposo a recoger a la esposa, o como vela un siervo hacendoso que multiplica los talentos que le han sido confiados por su señor mientras este se ausenta.


Todos estos son relatos que insisten en la necesidad de la “vigilancia” en la que debe permanecer el cristiano, en espera de la parusía.

En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús, para elaborar su parábola, echa mano de una escena de la vida cotidiana: la boda judía. «Entre los judíos, el matrimonio legal se realizaba, después de algunas gestiones preparatorias, mediante dos procedimientos sucesivos, que eran los desposorios y las nupcias. Los desposorios no eran, como hoy entre nosotros, la simple promesa de matrimonio futuro, sino el perfecto contrato legal de matrimonio, o sea el verdadero matrimonium ratum. Por lo tanto, la mujer desposada era esposa ya, podía recibir el acta de divorcio de su desposado-marido, a la muerte de éste pasaba a ser viuda en regla, y en caso de infidelidad era castigada como verdadera adúltera conforme a las normas del Deuteronomio (22, 23-24). Esta situación jurídica es definida con exactitud por Filón cuando afirma que entre los judíos, contemporáneos de él y de Jesús, el desposorio valía tanto como el matrimonio. Cumplido este desposorio-matrimonio, los dos desposados-cónyuges permanecían algún tiempo todavía con sus respectivas familias. Semejante tiempo, habitualmente, se extendía hasta un año si la desposada era virgen y hasta un mes si viuda, y se empleaba en los preparativos de la nueva casa y del equipo familiar. (… Las nupcias se celebraban una vez transcurrido el tiempo susodicho y consistían en la introducción solemne de la esposa en casa del esposo. Empezaba entonces la convivencia pública y con esto las formalidades legales del matrimonio estaban cumplidas» (G. Ricciotti).


Según la misma costumbre judía las nupcias comenzaban al ponerse el sol. Acompañada por sus amigas y por un cotejo de vírgenes, es decir, jóvenes aún no desposadas, la esposa esperaba en su casa la llegada del esposo. Estas iban a casa de la esposa con una lámpara encendida, no tanto para alumbrarse en el camino como para aumentar la alegría de la fiesta.


El esposo, acompañado por un grupo de amigos y familiares, venía a casa de la esposa para llevarla a su casa. El traslado se realizaba en medio de un cotejo festivo. La esposa, hermosamente vestida y engalanada, era llevada en una litera. Los cantos jubilosos acompañaban al cotejo a lo largo del camino. Ya en la casa de los esposos se celebraba el banquete de bodas.


Esta estampa de la vida cotidiana la utiliza el Señor para aplicarla a su propia venida al final de los tiempos.


El esposo que tarda en llegar es el mismo Señor Jesucristo (ver Ap 19, 6ss). Su venida, entrada ya la noche, es su venida al final de los tiempos, su parusía.


Las diez vírgenes que estaban en casa de la esposa a la espera del esposo, con sus lámparas de barro encendidas de acuerdo al uso, representan a los discípulos y la necesidad de las obras para poder entrar en el gozo de su Señor. «La espera, al prolongarse, se torna insidiosa, porque hace descuidar la preparación que eventualmente existía en un principio y olvidar la realidad de la “venida”. Además, el haber estado preparado sólo al principio no sirve de nada a quien no se encuentre preparado también en el último minuto, el de la “venida”» (Ricciotti).


De estas diez vírgenes cinco son calificadas por el Señor de “necias”. El término griego morai puede traducirse también por embotadas (de mente), estúpidas, tontas, imprevisoras, imprudentes. Estas jóvenes no esperaban que el esposo podía demorar tanto, y al hacerse larga la espera, ya no les quedaba suficiente aceite para mantener encendida la lámpara. La lámpara sin aceite es la fe muerta, una fe que no ha sabido mantenerse viva por las obras de la caridad. Las vírgenes necias representan a aquellos que no se encuentran preparados para cuando llegue el Señor.


En contraposición están aquellas que el Señor califica de “prudentes”, del griego fronimoi, que también puede traducirse por inteligentes, sabias, previsoras. Son las que llevaron aceite extra para rellenar sus lámparas en caso demorase el esposo. Estas vírgenes representan a aquellos que se encuentran preparados para cuando llegue el Señor, preparados porque han sabido perseverar en las obras de caridad que nutren y mantienen viva la fe y esperanza en el Señor.


La puerta cerrada, la súplica de las vírgenes necias para que les abran y dejen entrar, y el rechazo definitivo del esposo expresado con aquella durísima fórmula de excomunión: «Les aseguro que no las conozco», preceden a la moraleja de la parábola que concluye con la seria admonición: «estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora».


La tardanza, la demora, así como el desconocimiento del día y la hora, pero la certeza de que viene, deben alentar a una vigilancia incesante, ininterrumpida, a estar preparados en todo momento, a toda hora. El tiempo presente es «un tiempo de espera y de vigilia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 672).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora». Ésta es la gran lección que el Señor nos da también a nosotros, sus discípulos, con la parábola de las vírgenes prudentes y las necias.


Pero, ¿a qué “día y hora” se refiere el Señor? Si bien en el Evangelio se refiere a su venida gloriosa al final de los tiempos, lo más probable es que ese momento sea para nosotros el momento de nuestra propia muerte.


Pensar en la propia muerte no es algo que hagamos con frecuencia. Al contrario, lo normal es procurar evadir ese pensamiento por la inseguridad, por la angustia o miedo que nos produce. Muchos preferimos vivir el día a día “protegidos” por la ilusión de que la muerte nos llegará un día demasiado lejano, acaso ya de viejos, si no lo somos aún.


Pero lo cierto es que no sabemos cuándo la muerte tocará a nuestra puerta, y ese cuándo puede ser hoy mismo (Ver Lc 12,20). Por más jóvenes que seamos, o saludables que estemos, un accidente inesperado puede acabar con nuestra frágil existencia de un momento para otro.


Steve Jobs, fundador de Apple, compartía en el 2005 su propia experiencia con un numeroso grupo de jóvenes egresados de la Universidad de Stanford. Entonces les decía: «Cuando tenía 17 años, leí una sentencia que decía algo así como “si vives cada día como si fuera tu último, algún día ciertamente acertarás”. Esta sentencia causó una fuerte impresión en mí, y desde entonces, en los últimos 33 años, me miro al espejo cada mañana y me pregunto a mí mismo: ¿si hoy fuera el último día de mi vida, querría hacer lo que estoy a punto de hacer hoy día? Y cada vez que la respuesta era un “no”, por muchos días consecutivos, sabía que necesitaba cambiar algo. Recordar que todos moriremos pronto, es la herramienta más importante que jamás haya encontrado para hacer las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo, todas las expectativas externas, todo orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso, todo eso desaparece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón». Steve Jobs, luego de una larga lucha contra el cáncer, falleció el 5 de octubre del 2011. Para él llegó ya aquél “ultimo día”.


¿Recordamos nosotros que algún día moriremos? ¿Hago yo del “recuerdo de la muerte” un instrumento poderoso para tomar decisiones importantes en mi vida con el fin de cambiar el mundo según el Evangelio? ¿Hago yo de la “memoria de la muerte” un incentivo poderoso para hacer esos cambios necesarios en mi propia vida, pequeños o grandes, para ganar el Cielo y conquistar la eternidad?


Quienes no vivimos como aquellos «hombres sin esperanza» (1Tes 4, 13), quienes «creemos que Jesús ha muerto y resucitado» (1Tes 4, 14), creemos también que «Dios… nos resucitará también a nosotros mediante su poder» (1Cor 6,14). Los cristianos sabemos que la muerte es una “pascua”, un paso de esta vida a la Presencia del Señor. Los cristianos creemos que luego de la muerte seremos juzgados (ver Heb 9, 27), y que ese juicio será un juicio sobre el amor: ¿cuánto he amado? ¿Cuánto me he hecho semejante a Jesús por el amor, por la caridad? Quien sea hallado “revestido de Cristo” por la caridad, pasará a esa fiesta que jamás tendrá fin (ver Mt 22,1-14). Si en cambio vamos pasando la vida “adormilados”, “dormidos”, sin aprovisionarnos del “aceite” de las buenas obras necesario para mantener encendida la lámpara de la fe, nos exponemos a nosotros mismos a escuchar aquellas terribles palabras del Señor: «En verdad te digo que no te conozco».


La memoria de la muerte, así como pensar en el Encuentro que viene después de ese tránsito, debe ser para todo cristiano un estímulo constante para vivir de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo, para amar más, para amar como Jesús y para, desde ese amor, ayudar a la transformación de muchos corazones y del mundo entero.


Así pues, recuerda que un día morirás, y que ese día puede ser hoy mismo. Un día sin duda acertarás tú también. Procura tú también hacer de ese recuerdo un fuerte estímulo para vivir con sensatez, con la lámpara de la fe encendida y nutrida por el aceite de las obras de la caridad. No dejes pasar este día para convertirte más al Amor. No te acostumbres a decir: “¡mañana!”, para mañana decir nuevamente: “¡mañana, mañana!”. ¡Hoy es el día favorable! ¡Hoy es día de misericordia! Sí, Dios te ha prometido misericordia, pero no te ha prometido el mañana.


EL PADRES DE LA IGLESIA


«Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias». San Gregorio Magno


«También las lámparas que llevan en las manos son las buenas obras; pues escrito está en San Mateo: brillen vuestras obras delante de los hombres (Mt 5,16)». San Agustín


«El aceite es el fruto de las buenas obras». San Hilario


«Aceite tienen las vírgenes, que según la fe se adornan con buenas obras. No tienen aceite los que parece que profesan la misma fe, pero descuidan la práctica de las virtudes». San Jerónimo


«A media noche, esto es, cuando nadie lo sabe ni lo espera». San Agustín


«Prepararon sus lámparas, esto es, la cuenta de sus obras». San Agustín


«Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: “No sea que falte para nosotras y para vosotras”, etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas». San Juan Crisóstomo


«Conoce, pues, el Señor a los suyos, y el que no le conoce será desconocido (2Tim 2,19). Y aunque sean vírgenes, ya por la pureza del cuerpo, o ya por la confesión de la verdadera fe, sin embargo, son desconocidas por el esposo porque no tienen aceite. De aquí se infiere aquello de “vigilad, pues, porque ignoráis el día y la hora”: esta sentencia comprende todo lo que queda dicho antes; a fin de que siéndonos desconocido el día del juicio, nos preparemos solícitamente con la luz de las buenas obras». San Jerónimo


«No sólo ignoramos en qué tiempo ha de venir el esposo, sino que también la hora de la muerte, para la que cada uno debe estar preparado». San Agustín


«Mas los que estamos siempre en Cristo, esto es en la luz, ni de noche abandonemos la plegaria. Así Ana la viuda perseveraba orando a Dios siempre y vigilando sin cesar, como está escrito en el Evangelio: No se apartaba del templo, sirviendo día y noche en ayunos y oraciones (Lc 2, 37). (… Nosotros, hermanos carísimos, que siempre estamos en la luz del Señor, que recordamos y retenemos qué es lo que hemos empezado a ser por la gracia recibida, consideremos la noche como si fuera el día, tengamos la confianza de que caminamos siempre en la Luz, no nos dejemos invadir de nuevo por las tinieblas que hemos ahuyentado». San Cipriano


«El Señor hizo a sus discípulos muchas advertencias y recomendaciones para que su espíritu se liberara como del polvo todo lo que es terreno en la naturaleza y se elevara al deseo de las realidades sobrenaturales. Según una de estas advertencias, los que se vuelven hacia la vida de arriba tienen que ser más fuertes que el sueño y estar constantemente en vela. (…) Hablo de aquel sopor suscitado en aquellos que se hunden en la mentira de la vida por los sueños ilusorios, como los honores, las riquezas, el poder, el fasto, la fascinación de los placeres, la ambición, la sed de disfrute, la vanidad de todo lo que la imaginación puede presentar a los hombres superficiales para correr locamente tras ello. Todas estas cosas se desvanecen con el tiempo efímero; son de la naturaleza del aparentar; apenas existen, desaparecen como las olas del mar. (…) Por esto, nuestro espíritu se desembaraza de estas representaciones e ilusiones gracias al Verbo que nos invita a sacudir de los ojos de nuestras almas este sopor profundo para no apartarnos de las realidades auténticas, apegándonos a lo que no tiene consistencia. Por esto nos propone la vigilancia, diciendo: “Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas” (Lc 12,35). Porque la luz que ilumina nuestros ojos, aparta el sueño y la cintura ceñida impide al cuerpo caer en el sopor. (…) El que tiene ceñida la cintura por la temperancia vive en la luz de una conciencia pura. La confianza filial ilumina su vida como una lámpara». San Gregorio de Nisa


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Es tiempo de espera y de vigilia


672: Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel que, según los profetas, debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio, pero es también un tiempo marcado todavía por la «tribulación» (1 Cor 7, 2) y la prueba del mal que afecta también a la Iglesia e inaugura los combates de los últimos días. Es un tiempo de espera y de vigilia (Ver Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).


En la oración, el discípulo espera atento


2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.


2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» Sal 27,8.


“Velad y orad para no caer en la tentación”


2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13).


2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón.


CONCLUSION


«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,1-13


Cinco mujeres sensatas y cinco imprudentes son las protagonistas de esta parábola en la cual Jesús nos enseña lo qué realmente es importante para el encuentro definitivo con el Señor. La Primera Lectura (Sabiduría 6, 12-16) hace un bello elogio de la sabiduría y subraya que «fácilmente se deja ver a los que la aman». No está, por tanto, lejos de nosotros, basta poner de nuestra parte un pequeño esfuerzo y ella estará allí sentada en nuestra puerta esperándonos. La verdadera sabiduría proviene de Dios; Él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9).


El Evangelio (San Mateo 25,1-13) también nos habla de la sabiduría de las vírgenes bien preparadas para la llegada del esposo. Se compara el Reino de los Cielos a un banquete nupcial, y se subraya la necesidad de estar preparados porque no sabemos cuándo llegará el esposo esperado. ¿Las vírgenes por qué son sabias y prudentes? Ellas han tenido juicio para prepararse adecuadamente, llevando consigo una buena cantidad de aceite para poder mantener encendidas sus lámparas. Las otras vírgenes son necias porque se lanzaron impulsivamente y no advirtieron que el esposo podía tardar; no se dieron cuenta que el tiempo podía hacer mella sobre sus ilusiones y esperanzas, y así, advirtieron con espanto que cuando ya se oye la voz del esposo, no tienen suficiente aceite en su alcuza. Esperaron toda la noche en vano porque la puerta del banquete nupcial se les cerró.


San Pablo en su carta a los Tesalonicenses (Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13 –17) nos habla de la importancia de mantener encendida la fe, e interpela a aquellos que viven abatidos y desanimados por falta de horizonte en sus vidas. Todos aquellos que creen en Cristo y pertenecen a Cristo, estarán siempre con el Señor. Por esta razón, el cristiano debe saberse peregrino esperando con «la lámpara encendida» el encuentro definitivo con el Señor de la Vida.


«Fácilmente se deja ver a los que la aman»


A mediados del siglo I a.C. probablemente ya bajo el dominio romano, la numerosa colonia judía de Alejandría, ciudad egipcia de cultura griega, había llegado a ser muy importante. Fue fundada por el mismo Alejandro Magno al conceder a los israelitas los mismos derechos que los griegos. A los que voluntariamente se establecieron en la ciudad se añadieron los prisioneros judíos que Ptolomeo I (325 -305) trajo a Egipto después de conquistar Jerusalén. Lejos quedaban ahora los años de la confrontación entre los dos mundos: el helenismo y el judaísmo. Esta nueva situación planteaba el desafío de presentar la revelación a un público de distinta cultura, pero ávido por conocer la verdad. En este contexto se escribió, en griego, el libro de la Sabiduría abordando tres temas fundamentales: la inmortalidad, la verdadera sabiduría y la acción de Dios en la historia de Israel.


La sabiduría resplandece sin marchitarse y sin perder su virtud iluminadora, de modo que señala al hombre, en todo momento y en todas las circunstancias de su vida, el camino que tiene que seguir para asegurarse la incorrupción que conduce al reino inmortal (ver Sb 6, 18-20). El camino para hallarla es sencillamente el amor, el cual induce a la inteligencia a procurarse el conocimiento de sus dictámenes e impulsa a su voluntad a ponerlos en práctica. Quienes la buscan con diligencia, la hallan sin esfuerzo.


«El Reino de los Cielos es semejante…»


Los capítulos 24 y 25 contienen el quinto discurso del Evangelio de San Mateo, que es llamado «Discurso Escatológico». En él está reunido la enseñanza de Jesús acerca de su venida gloriosa, que será el acto final de la historia. En efecto, la palabra «escatología» significa: estudio del «éschaton» que quiere decir lo último. El fin busca responder a la pregunta que todo hombre se hace acerca del sentido último hacia dónde se dirige. El Señor Jesús salía del templo de Jerusalén y sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y la belleza del templo (Mt 24,1). El hermoso e imponente templo sin duda parecería indestructible. El Señor Jesús aprovecha el momento para hacer un sorpresivo y triste anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida » (Mt 24,2). Este anuncio sin duda inquietó a los discípulos, de modo que más tarde, estando el Señor sentado (recordemos que en el oriente es la postura del maestro cuando enseña) en el monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado sus discípulos, y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (Mt 24, 3). La pregunta da pie entonces a la enseñanza del Señor sobre los últimos tiempos.

El sólo hecho de saber que la parábola «de las diez vírgenes» hace parte del discurso escatológico nos concede la clave de interpretación: Jesús nos quiere enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante la certeza del fin del mundo y de su venida gloriosa. A los apóstoles, que se habían quedado mirando al cielo cuando Cristo resucitado ascendió, los ángeles les aseguraron: «Este mismo Jesús vendrá de nuevo, tal como lo habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). El mundo se divide entre los que esperan vigilantes la vuelta de Jesús y los que están despreocupados. Asimismo, entre diez vírgenes que esperan al esposo, cinco son prudentes y cinco son necias; cinco lo aman con amor celoso y fiel y están dispuestas a esperarlo aunque tarde, y cinco son negligentes e infieles y su atención se distrae hacia otras cosas.


Para exponer esta enseñanza e invitar a la vigilancia Jesús adopta una situación familiar para sus oyentes. El matrimonio judío se realizaba en dos etapas. La primera consistía en el contrato propiamente o esponsales entre el esposo y la esposa en que se fijaban las obligaciones de cada uno y se intercambiaban el consentimiento. Esto podía ocurrir bastante tiempo antes que los esposos convivieran. La segunda etapa era más festiva; consistía en que el esposo, venía, acompañado de sus amigos, a buscar a la esposa para llevársela consigo. La esposa esperaba rodeada de sus amigas, y la llegada del esposo era ocasión de fiesta; aquí se celebraba el banquete de bodas. En este caso diez vírgenes, con sus lámparas en la mano, salieron al encuentro del esposo. A menudo Cristo se comparó con «el esposo» porque Él reclama de cada uno de nosotros -y de la Iglesia entera- un amor semejante al de la esposa: exclusivo, total, fiel, indisoluble y fecundo. En la parábola es significativo que no vemos en ningún momento a la esposa sino que solamente aparece el esposo: sólo a él espera cada una de las vírgenes. Cada una se sintió interpelada por igual cuando a media noche se oyó el grito: «¡Llega el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Pero aquí queda en evidencia la diferencia entre unas y otras.




GLORIA A DIOS!!!


Amaras al Senor tu Dios y a tu projimo como a ti mismo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee octubre Ee 2017 a las 15:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC


29 de Octubre al 4 de Noviembre del 2017


“Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo”


Ex 22,21-27: “No maltratarás al forastero; no explotarás a viudas ni a huérfanos”

Así dice el Señor:

«No oprimirás ni maltratarás al forastero, porque extranjeros fueron ustedes en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los

explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y a ustedes los haré morir a espada, sus mujeres quedarán viudas y sus hijos

huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en 

prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo. Si no ¿con qué va a

dormir? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo». 


Sal 17,2-4.47 y 51: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi defensa, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza

salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi

Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.


1Tes 1,5-10: “Abandonando los ídolos, se volvieron a Dios para servirlo”

Hermanos:

Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes buscando su propio bien. Y ustedes, por su parte, siguieron nuestro ejemplo y el del Señor,

acogiendo la Palabra en medio de tantas tribulaciones con la alegría del Espíritu Santo. Así ustedes llegaron a ser un modelo para

todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Y no sólo en Macedonia y en Acaya ustedes han difundido la Palabra del Señor, sino que en todas

partes se ha extendido la fama de su fe, de suerte que nada tenemos que añadir por nuestra parte, ya que ellos mismos cuentan los detalles del

recibimiento que nos dieron y de cómo ustedes, abandonando los ídolos, se volvieron a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir

aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el Cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.


Mt 22,34-40: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le

preguntó para ponerlo a prueba: — «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

Él le dijo:

— «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es

semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas».


NOTA IMPORTANTE


Luego de la respuesta del Señor, aquel grupo de herodianos y discípulos de fariseos que con mala intención le habían preguntado sobre la licitud

de pagarle el tributo al César se «quedaron maravillados, y dejándole, se fueron». Aquel mismo día se le acercaron también unos saduceos,

quienes negaban que hubiese resurrección de muertos. Ante la dificultad por ellos planteada, el Señor enseña que tanto hombres como mujeres

serán «como ángeles en el cielo» y que por eso mismo nadie tendrá necesidad de marido o mujer (Mt 22,30). Una vez más «la gente quedaba

maravillada de su doctrina» (Mt 22,10-33).


Los fariseos, al oír que el Señor Jesús había hecho callar a los saduceos, se reúnen entre sí. Los fariseos, a diferencia de los saduceos, sí creían

en la resurrección de los muertos (ver Hech 23,6-9). Uno de ellos, que era experto en la Ley, se acercó entonces a Jesús para ponerlo a prueba

con esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Aunque peirazo, el verbo griego utilizado por Mateo para calificar la

intención con que se acerca el maestro de la Ley a Jesús, se traduce por “poner a prueba”, su sentido preciso depende del contexto. No siempre

debe ser comprendido en el sentido malicioso de poner una trampa, sino que puede significar también “someter a examen” para que quede de

manifiesto lo que Él piensa. Es posible que la pregunta en este caso no hubiese sido motivada por la malicia, sino por un deseo auténtico de

conocer su pensamiento. En todo caso no vemos al Señor recriminarle alguna mala intención en su pregunta, como lo había hecho anteriormente

(ver Mt 22,18. En cuanto a la pregunta misma hemos de decir que las discusiones sobre la importancia de los mandamientos eran muy 

frecuentes entre los maestros de la Ley. Esto se debía a que en la Ley escrita, es decir, en la Torá —palabra hebrea que significa enseñanza,

instrucción, o más específicamente ley y en sentido restringido se refiere al texto de los cinco primeros libros de la Biblia que los cristianos

llamamos Pentateuco—, estaban contenidos 613 mandatos: 365 que prohibían y 248 que mandaban acciones referentes al culto, a los

sacrificios, a las fiestas, a la compraventa, a las relaciones familiares, al matrimonio, a las relaciones laborales, sociales y comerciales, sumados

a cuestiones higiénicas, alimenticias, funerarias, etc. A esta Ley escrita, la tradición posterior y, sobre todo, la escuela farisea, había añadido

centenares de nuevos preceptos. No todos los preceptos eran iguales en importancia. Los maestros de la Ley los dividían en preceptos “ligeros”

y “graves”. También consideraban una jerarquía entre los últimos, de modo que podía haber unos más graves porque superaban en importancia

a todos los demás. La diferencia de opinión en cuanto a esta gravedad y primacía entre los mandamientos generaba no pocas discusiones entre

los maestros, dando origen a diversas listas y clasificaciones. Por ello la pregunta a Jesús puede obedecer en este caso a un deseo sincero de

conocer cuál sería para el más importante de todos los mandamientos. Para el Señor el más “grave” o de mayor peso es el mandamiento

contenido en el Shemá Israel (que traducido del hebreo significa “Escucha Israel”;), primeras palabras y nombre de una de las principales

oraciones que todo israelita varón debía recitar dos veces al día, expresando su fe en un único Dios y su adhesión a Él : «Amarás al Señor, tu

Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» (Dt 6,4-5). Las expresiones “corazón”, “alma” y “ser”, más que expresar cosas

distintas, son formas semíticas de decir globalmente lo mismo. Evidentemente para los judíos este mandato del amor de Dios sobre todo era

fundamental. Sin embargo, una equivocada comprensión del mismo llevaba a muchos rabinos a darle una importancia excesiva a otras cosas

secundarias de la misma Ley. De este modo llegó a ser frecuente, por ejemplo, que muchos rabinos pusiesen por encima de todos los preceptos

el mandamiento de sacrificar diariamente dos corderos de un año al Señor, desvirtuando el precepto del amor a Dios por el precepto de sus ritos.

El Señor insistirá en situar por encima de todos los demás mandamientos el precepto del amor a Dios sobre todas las cosas: «Este mandamiento

es el principal y primero». Sin embargo, añade inmediatamente: «El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Este

segundo mandamiento también estaba contenido en la Torá (ver Lev 19,18 Al decir “semejante” quiere decir “de igual valor”, de igual 

importancia, de igual peso y necesidad de obediencia. Ambos preceptos, profundamente entrelazados, inseparables unidos el uno con el otro,

forman para Él el “máximo” mandamiento, el que está por encima de cualquier rito u ofrecimiento: «vale más que todos los holocaustos y

sacrificios» (Mc 12,33). Para Él «practicar la justicia y la equidad, es mejor ante Dios que el sacrificio» (Prov 21,3; ver Os 6,6; Jer 7,21-23). Él 

añade este mandamiento y lo hace «semejante al primero» dado el olvido o devaluación en que había caído el mandamiento del amor al prójimo

frente a otros preceptos ritualistas. Concluye el Señor afirmando solemnemente que «estos dos mandamientos sostienen la Ley entera

y los profetas». La Torá y la enseñanza de los Profetas “penden” o “se sostienen” de estos dos preceptos, del mismo modo que una puerta se

sostiene de sus goznes. De esta manera el Señor destaca nuevamente la suprema importancia de ambos mandamientos y manifiesta por otro

lado que estos dos principios fundamentales y vitales son los que revelan el verdadero espíritu del que está animada toda la enseñanza divina.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA 


Sufre quien no es correspondido en su amor. Se queda solo quien se niega a amar o no alcanza ser amado o amada. ¿Y no es espantosa y

angustiante esa soledad? ¿No es a quedarnos sin nadie a lo que más le tememos y huimos? ¿No hemos sido alguna vez o somos acaso ahora 

infinitamente tristes cuando experimentamos la ausencia de alguien que nos ame verdaderamente? ¿Quién resiste la soledad, ese sentirse

abandonado, sin nadie que lo valore o se preocupe por uno? En la soledad la alegría por la vida se extingue poco a poco y el sufrimiento se hace

a veces insoportable. Y es que así somos: ¡necesitamos de otros “tú” humanos, necesitamos de la comunión profunda con esos otros seres

semejantes a nosotros, necesitamos amar y ser amados para ser felices! Llámese amor paternal o filial, amor fraternal, amor de enamorados o

esposos, o amor de amistad. Necesitamos vivir el amor, y nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido cuando lo vivimos. Es

entonces cuando descubrimos que nuestra felicidad finalmente no depende de cuánto dinero tengamos, de cuántos éxitos en la vida logremos o

de cuánta fama y poder alcancemos, tampoco de cuántos placeres gocemos y disfrutemos, sino de cuánto amemos y seamos amados de

verdad. Pero, ¿por qué es ésta una necesidad para nosotros? Experimentamos en nosotros esa profunda “hambre” de amor y comunión porque

hemos sido creados por Dios, que es Amor (1Jn 4,8.16), para el amor. ¿Pero es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente el corazón

humano? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, dejándonos amar por Él, amándolo a Él sobre todo y con todo nuestro ser. De ese modo

entramos en comunión con aquel “Tú” por excelencia que responde verdaderamente a nuestros intensos anhelos de amor, para que nutridos de

ese amor divino, podamos al mismo tiempo amar como Él, con su mismo amor, a nosotros mismos y a nuestros semejantes.


En efecto, quien pone a Dios en el centro de sus amores, no limita su amor a sólo Dios, no ama menos a los demás, nada “pierde” o renuncia al

amor humano, sino que experimenta cómo su corazón se ensancha cada vez más, su amor se purifica, crece, madura, enciende su vida y se

expresa en lazos de verdadera amistad, de un auténtico amor humano que nunca pasará, porque Dios no pasa nunca, y quien lo ama a Él y en

Él ama a todos, permanecerá también en eterna comunión con todos aquellos o aquellas a quienes ama. No olvidemos que quien ama a Dios

sobre todo, ama a sus semejantes como Él los ama. Nuestra vida está llamada a transformarse en una manifestación del amor de Dios para con

todos los seres humanos sin excepción, un amor que se hace palpable en la misericordia, la caridad y la solidaridad con el prójimo. Ese, en

realidad, es el camino más seguro para crecer en el amor a Dios: amar al prójimo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Recordad conmigo, hermanos, cuáles sean estos dos preceptos. Deberíais conocerlos tan perfectamente que no sólo vinieran a vuestra mente

cuando yo os los recuerdo, sino que deberían estar siempre como impresos en vuestro corazón. Continuamente debemos pensar en amar a Dios

y al prójimo: A Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a nosotros mismos. Éste debe ser el objeto 

continuo de nuestros pensamientos, éste el tema de nuestras meditaciones, esto lo que hemos de recordar, esto lo que debemos hacer, esto lo

que debemos conseguir. El primero de los mandamientos es el amor a Dios, pero en el orden de la acción debemos comenzar por llevar a la

práctica el amor al prójimo. El que te ha dado el precepto del doble amor en manera alguna podía ordenarte amar primero al prójimo y después a

Dios, sino que necesariamente debía inculcarte primero el amor a Dios, después el amor al prójimo».

San Agustín


«Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino. Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu

Dios, hacia aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero

al prójimo lo tenemos ya con nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a aquel con

quien deseas permanecer eternamente».

San Agustín


«El primero y gran mandamiento es este: “Amarás al Señor tu Dios”. Pero nuestra naturaleza es frágil; en nosotros el primer grado del amor es

amarnos a nosotros mismos antes que a toda otra cosa, por nosotros mismos… Para impedir que nos deslicemos demasiado fácilmente por esta

pendiente, Dios nos ha dado el precepto de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos…Ahora bien, constatamos constantemente que

esto no nos es posible sin Dios, sin reconocer que todo nos viene de Él y que sin Él no podemos absolutamente nada. En este segundo grado,

pues, el hombre se gira hacia Dios, pero no le ama más que para sí mismo y no por Él».

San Bernardo


«Ámate tal cual Aquel que te ha amado te ha hecho. Despréciate tal como tú te has hecho. Sométete a Aquel que está por encima de ti.

Desprecia lo que está por debajo de ti. Ámate de la misma manera que te ha amado Aquel que se entregó por ti. Despréciate por haber

despreciado eso que Dios ha hecho y ha amado en ti… ¿Quieres tener siempre a Dios en tu espíritu? Mírate tal como Dios te ha hecho. No

busques ser otro que tú mismo, no quieras ser otro que ese que Dios te ha hecho. De esta manera tendrás siempre a Dios en tu espíritu».

San Antonio de Padua


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La caridad

2055: Cuando le hacen la pregunta: «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con

todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu

prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,37-40). El Decálogo debe ser interpretado a la

luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley: En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y

todos los demás preceptos, se resume en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es,

por tanto, la ley en su plenitud (Rom 13,9-10).


2093: La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer

mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por El y a causa de El. 


2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina;

desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La

tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La

acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el

orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas. La Ley nueva, ley del amor 1972:

La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque

confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y

jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que

ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15), o también a

la condición de hijo heredero.


Conclusion


«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

El Evangelio de este Domingo (San Mateo 22,34-40) nos presenta la enseñanza más importante que Jesús nos ha dejado: «el mandamiento del

amor». Lo que va a realizar ante la clara malicia de la pregunta, es algo realmente revolucionario: unir el amor a Dios con el amor al prójimo

diciendo que ambos son semejantes. En la lectura del Éxodo (Éxodo 22,20-26) vemos las prescripciones que debían observar los judíos en

relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y todos aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado o dejar objetos en

prenda para poder obtener lo necesario para la vida. El Señor velará siempre por estas personas ya que Él es «compasivo» y cuida de sus

creaturas más necesitadas Por otra parte, en la carta a los Tesalonicenses (Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10),

Pablo alaba la fe y el apostolado de aquella naciente comunidad y comprueba que el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la apertura

al Espíritu Santo. Los tesalonicenses han recibido la Palabra y se han convertido a Dios; viviendo ahora la sana tensión por la venida definitiva

del Reconciliador.


«Sí él me invoca, yo lo escucharé porque soy compasivo»

La lectura del libro del Éxodo hace parte de una colección de leyes y de normas que buscan explicar y aplicar de manera práctica los principios

religiosos y morales del Decálogo. Este pasaje nos enseña que no le basta a Dios que se le respete y obedezca; desea que nadie de los que

han hecho la Alianza se quede al margen de su amor y por ello impone que la obediencia a sus preceptos pase por el respeto al prójimo y, de

manera particular, a los menos favorecidos. Hacer con Dios una alianza implica el ser justo con aquellos por los cuales Él se desvive: los

desamparados. Es impresionante el lenguaje de la Ley acerca de las viudas, huérfanos y pobres; pero lo es más todavía el de los profetas:

«aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,17; ver Jr 5,28; Ez 22,7.).


Leemos en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia: «Del Decálogo deriva un compromiso que implica no sólo lo que se refiere a la

fidelidad al único Dios verdadero, sino también las relaciones sociales dentro del pueblo de la Alianza. Estas últimas están reguladas

especialmente por lo que ha sido llamado “el derecho del pobre”… El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el

Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la

solidaridad» . «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?» El Evangelio de este Domingo nos presenta el último de cuatro episodios en

que se trata de sorprender a Jesús en error. En el primero de estos episodios, después que Jesús purificó el templo expulsando a los

mercaderes, se le acercan los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle sobre su autoridad (Mt 21,23). En el segundo (lo

hemos visto el Domingo pasado), Jesús escapa de la trampa que le han tendido los fariseos y los herodianos con su pregunta acerca de la licitud

de pagar el tributo al César (Mt 22,15-22). En el episodio siguiente son los saduceos los que le presentan un caso difícil, para ridiculizar la fe en

la Resurreccion de los muertos. La fe en la resurrección era uno de los puntos en que discrepaban fariseos y saduceos: «Los saduceos dicen

que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mientras que los fariseos profesan todo eso» (Hch 23,8). Pero en la introducción del episodio hay

algo que a primera vista como que no corresponde: «Los fariseos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron

en grupo y uno de ellos le preguntó para tentarlo…» Si Jesús había tapado la boca a los saduceos y lo había hecho profesando la fe en la

resurrección, se podría pensar que los fariseos estarían contentos y darían la razón a Jesús viendo que coincidía con ellos en un punto de

doctrina. Pero no; cuando se trata de oponerse a Jesús, ellos olvidan sus discrepancias con los saduceos y están unidos buscando su ruina. Por

eso, viendo que a los saduceos no les resultó perder a Jesús, lejos de defenderlo por la doctrina que había sustentado, ellos hacen un nuevo 

intento. Le ponen una pregunta capciosa para ver si cae y les da motivo para desprestigiarlo.


Aquí se ubica el episodio de este Domingo que es el cuarto de este tipo que con toda malicia y con ánimo de ponerle a prueba, le pregunta

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?» . La intención es tentarlo, es decir, ponerle una pregunta que induzca a Jesús a dar una

res¬puesta errónea que les permita acusarlo o desprestigiarlo. Cuando se trató del tributo al César, Jesús ya había desenmascarado a los

fariseos diciéndoles: «Hipócritas, ¿por qué metentáis?» (Mt 22,18). Aquí nuevamente vuelven a tentarlo. Pero Jesús no reacciona de esa

manera, porque la pregunta, a pesar de su intención torcida, le permite dar una enseñanza fundamental.


GLORIA A DIOS!

El Reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee octubre Ee 2017 a las 15:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


08-14 de Octubre del 2017


“El Reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos”



Is 5,1-7: “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”


Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

Mi amigo tenía una viña en fértil colina. Cavó la tierra, quitó las piedras, y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar donde hacer el vino. Y esperó que diese buenas uvas; pero dio racimos amargos.

Pues bien, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sean jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera buenas uvas, dio racimos amargos?

Pues ahora les diré a ustedes lo que voy a hacer con mi viña: le quitaré su valla para que sirva de pasto, derribaré su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la desyerbarán, crecerán zarzas y espinos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.

La viña del Señor de los ejércitos es el pueblo de Israel; son los hombres de Judá su plantación preferida. Esperó de ellos cumplimiento de la ley, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos.

Sal 79,9.12-16.19-20: “La viña del Señor es el pueblo de Israel”

Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los paganos, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los transeúntes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.


Flp 4,6-9: “Todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta”


Hermanos:

Que nada los angustie; al contrario en cualquier situación presenten sus deseos a Dios, orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús.

Finalmente, hermanos, tengan en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, ténganlo en cuenta. Practiquen así mismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes.


Mt 21,33-43: “Arrendará la viña a otros labradores”


En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

— «Escuchen otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar para hacer el vino, construyó la casa del guardián, la arrendó a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los viñadores, para recoger los frutos que le correspondían. Pero los viñadores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”.

Pero los viñadores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y, ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos viñadores?».

Le contestaron:

— «Hará morir sin compasión a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo».

Y Jesús les dice:

— «¿No han leído nunca en la Escritura:

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho: ha sido un milagro patente?”.

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que produzca sus frutos».


NOTA IMPORTANTE


La parábola de los viñadores homicidas la pronuncia el Señor inmediatamente después de la parábola de los dos hijos, es decir, en el mismo contexto de la parábola anterior. Está dirigida, por tanto, a los miembros del sanedrín, a los «sumos sacerdotes y ancianos del pueblo» (Mt 21,23), a «los príncipes de los sacerdotes y los fariseos» (Mt 21,45) que se habían acercado a Él cuando enseñaba en el Templo para interrogarle sobre la autoridad con que enseñaba y realizaba sus obras.


La imagen del señor que arrienda su viña la toma el Señor de la costumbre existente en aquellos tiempos. En Galilea muchas tierras de labranza se encontraban en manos de “extranjeros” que iban “de viaje” o vivían incluso fuera de Israel. Existía hacia estos dueños un gran odio por parte de los judíos, lo que permite comprender la actitud agresiva de los viñadores hacia los enviados y finalmente el intento de apoderarse de las tierras asesinando al hijo, heredero de aquellas tierras.


¿Por qué creen que matando al hijo se quedarán con la tierra? Una cláusula normaba que una herencia sin heredero podía ser tomada por cualquiera, dándose preferencia a quien primero tomase posesión de ella. La parábola de la viña arrendada a unos labradores resume la historia de Israel, núcleo de la historia de la salvación de la humanidad. Al ver venir al hijo dan por supuesto que el padre ha muerto y que él viene a tomar posesión de su herencia. Muerto el dueño y muerto el heredero, ellos podrían tomar posesión de la viña legalmente. Este habría sido su razonamiento.


El uso de la imagen de la viña no era nuevo. Siglos antes el profeta Isaías había utilizado esta imagen aplicándola a Israel (1ª. lectura): «Mi amigo tenía una viña». El amigo representaba a Dios y su viña amada al pueblo de Israel. Dios, como un hombre enamorado de su viña, hizo todo lo que estaba a su alcance para que su viña produjese uvas de excelente calidad, dulces y sabrosas, y sin embargo su viña dio agraces, uvas muy amargas: «Esperó [Dios] de ellos cumplimiento de la ley, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos». De este modo Dios denuncia por medio de su profeta cómo Israel, en vez de dar los frutos de justicia y santidad esperados, se apartó del buen camino para obrar el mal.


Otros profetas hacen uso también de esta misma imagen: «La viña del Señor es el pueblo de Israel» (Salmo responsorial; ver Jer 2,21; 12,10; Ez 17; Os 10,1). Por ello en la mente de todo israelita la imagen de la viña estaba fuertemente vinculada al pueblo de Israel, tanto así que Herodes hizo colocar en la parte superior del santuario en el Templo de Jerusalén, rodeándolo, una enorme vid labrada en oro, con racimos del tamaño de un hombre, según Flavio Josefo. Aquella vid simbolizaba al pueblo de Israel.


En resumen, al pronunciar el Señor Jesús su parábola todos comprendieron de inmediato que la viña era Israel y que el dueño de la misma era Dios.


Los siervos maltratados o muertos que venían a buscar los frutos representaban evidentemente a los profetas, enviados por Dios para reclamar a los viñadores los frutos de justicia que debía producir su viña amada. Los viñadores homicidas representan a los jefes religiosos de Israel, responsables de trabajar y hacer fructificar la viña con frutos de justicia y santidad. Sin embargo, en vez de ofrecer a Dios estos frutos de conversión, maltrataron y asesinaron a los profetas.


Pero los viñadores homicidas representaban no sólo a los líderes religiosos del pasado, sino también a los que el Señor tenía ante sí. Éstos terminarán matando al hijo amado del Padre —como anticipa el Señor en su parábola— llevando así la obra asesina iniciada por sus padres a su máxima malicia. La realización de esta parte de la parábola mira a un futuro cercano, cuando Él sea “sacado de la viña”, es decir, fuera de las murallas de Jerusalén, para ser crucificado.


Al identificarse el Señor con el hijo del dueño de la viña establece una diferencia fundamental con los grandes profetas que lo antecedieron. El Señor da a entender veladamente que Él es de la misma naturaleza divina de su Padre (ver Jn 5,18; Flp 2,6; Col 1,15-19).


La alegoría culmina con una pregunta dirigida por el Señor a los líderes religiosos que lo escuchan: «cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos viñadores?». Sin comprender aún que los viñadores homicidas los representaban también a ellos, responden sin darse cuenta que a sí mismos se están condenando: «Hará morir sin compasión a esos malvados y arrendará la viña a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


No pocas veces en situaciones de prueba, de angustia, de sufrimiento, de vacío y soledad, se alza desde lo profundo de nuestra alma atribulada una airada queja: “Dios mío, ¿dónde estás? ¿Por qué no vienes en mi auxilio? ¿Por qué no actúas?”


A esa queja Dios responde: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?» (Is 5,4). ¿Es que de verdad Dios hace poco o nada por nosotros? ¿O es que estamos tan ciegos que no nos damos cuenta de todo lo que Dios ha hecho y hace por nosotros?


Hoy y cada día es bueno para tomar conciencia y recordar todo lo que Dios ha hecho por su viña, todo lo que Dios ha hecho por mí, que formo parte de esa viña: Dios ha creado el universo entero y este mundo hermoso, ha creado al ser humano “a su imagen y semejanza” invitándolo a realizarse plenamente en el fiel cumplimiento de su Plan y a vivir la comunión de amor con Él por toda la eternidad.


Pero, ante tal don e invitación, ¿cuál fue la respuesta de su criatura? El rechazo, la negación a corresponder al amor de Dios, la negativa a cumplir su Plan lleno de sabiduría y amor, el deseo de echar a Dios fuera de la “viña”, fuera de la propia vida y de la convivencia social para afirmarse en sí misma y “ser como dios” pero sin Dios (ver Gén 3,5). De ese modo la viña amada dio agraces, introduciendo en el mundo creado la amargura de la muerte, del dolor y del sufrimiento.


¿Qué hizo Dios ante el rechazo de su criatura? En vez de destruir, abandonar o rechazar a su amada criatura buscó preparar nuevamente el terreno: eligió y se formó un pueblo, Israel, a quien envió a los profetas. Finalmente, envió a su propio Hijo: En Cristo, ¡Dios mismo se hizo hombre!


Ante esta respuesta amorosa de Dios, que ya de por sí es inaudita, podemos preguntarnos: ¿Qué más pudo hacer Dios por mí?


Pues hizo más aún: el Señor Jesús, luego de proclamar el Evangelio a todos los hombres, llevó su amor al hombre hasta el extremo, ofreciendo en el Altar de la Cruz su propia vida por nuestra reconciliación.


¿Qué más pudo hacer Dios por mí? Hizo más aún: resucitó, nos dio su Espíritu, nos dejó su Iglesia y en ella el Sacramento de la vida nueva, el Bautismo, el Sacramento de la Reconciliación, así como también ¡el Sacramento de su Presencia real en la Eucaristía!


Sí, también hoy, en cada Eucaristía, en el pan y vino consagrados, Cristo-Dios se hace presente, real y verdaderamente presente en tu vida y en la mía. ¡Es Dios que viene a nosotros y nuevamente se entrega por nosotros para nutrirnos de su Amor, para fortalecernos, para sostenernos en las pruebas y debilidades, para llenarnos de esperanza, de fe y caridad! ¿Qué más pudo haber hecho Dios por mí?


La pregunta ya no es, pues, “por qué no actúas en mi vida”, sino cómo correspondo yo a tanto don, a tanto amor, a tanta entrega. ¿Produzco yo los frutos de santidad, de caridad y de apostolado que Dios espera de mí? (ver Jn 15,8) ¿Se los entrego a Dios? ¿O produzco agraces, obras de pecado que amargan mi vida y la de los demás?


Dice el Señor: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn 15,8). Dice asimismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). Sólo nuestra permanencia en Cristo nos garantiza la fecundidad de las buenas obras, esos frutos “dulcificados” y madurados por la caridad.


¿Cómo permanezco unido a Él? Meditando sus enseñanzas para procurar ponerlas por obra (ver 1Jn 3,6.24), rezando todos los días (ver Lc 18,1), acudiendo inmediatamente al Sacramento de la Reconciliación si me he apartado de Él. Pero además hay otro medio fundamental: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6,56). ¡La Eucaristía! Claro que comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo exige tener un corazón bien dispuesto (ver 1Cor 11,27) y por otro lado, exige la firme decisión de amar y actuar como Él: «Quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él» (1Jn 2,6). Así, pues, nutridos de Cristo, obremos en las diversas circunstancias de la vida como Cristo mismo actuaría en nuestro lugar. ¡Entonces estaremos produciendo buen fruto!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Plantó una viña, de quien dice Isaías: “la viña del Señor Sebaot es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos” (Is 5,7)». San Jerónimo


«Los arrojaron como a Jeremías (Jer 37,14-16; 38,6), los mataron como a Isaías, los apedrearon como a Nabot (1Re 21,1ss) y a Zacarías, a quien mataron entre el templo y el altar (2Cro 24,20-21)». San Jerónimo


«La venida de Nuestro Señor Jesucristo está representada por el hijo enviado. (…) Jesucristo fue llevado fuera de Jerusalén, como fuera de su viña, a sufrir la sentencia de su condenación». San Hilario


«El Señor por lo tanto les propuso esta parábola, para que ellos, sin saberlo, se sentenciaran a sí mismos, como sucedió a David, respecto de Natán. Comprendían además que lo que se había dicho se decía contra ellos, y por esto contestaron: “De ninguna manera”». San Juan Crisóstomo


«La viña es la figura del pueblo de Dios, porque, injertado sobre la vid eterna se levanta por encima de toda la tierra. Brota de un suelo ingrato, brota y florece, se reviste de verdor, pareciéndose al yugo de la cruz cuando sus pámpanos se extienden como brazos fecundos de una viña hermosa (…). Con razón se llama al pueblo de Cristo la viña del Señor, sea porque está marcado con el signo de la cruz (Ez 9,4), sea porque se recoge de él los frutos en la última estación del año, sea porque como los renglones de la viña, pobres y ricos, humildes y poderosos, siervos y amos, todos en la Iglesia tienen una igualdad perfecta». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La Iglesia, viña de Dios


755: «La Iglesia es labranza o campo de Dios. En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles. El labrador del cielo la plantó como viña selecta. La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada».


En esta viña, Cristo es la vid y nosotros los sarmientos

787: «Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: “Permaneced en mí, como yo en vosotros... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15,4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56)».


1988: «Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, sarmientos unidos a la Vid que es él mismo».


Llamados a dar fruto por la adhesión a Cristo


736: «Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gál 5,22-23). “El Espíritu es nuestra Vida”: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más “obramos también según el Espíritu” (Gál 5,25)».


2074: «El fruto evocado en estas palabras (ver Jn 15,5) es la santidad de una vida hecha fecunda por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar».


CONCLUSION


«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»


Domingo de la Semana 27 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 8 de octubre de 2017 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 33 – 43


El Evangelio de este Domingo nos presenta una parábola expuesta por Jesús para expresar las relaciones de Dios con su pueblo. Las lecturas nos muestran la imagen de la viña que simboliza a Israel; una viña que es amada y cuidada por Dios, pero que, lamentablemente, no produce los frutos que se esperaban de ella. La Primera Lectura (Isaías 5,1-7) nos muestra el poema del amigo y de su viña. Este hombre ama su viña y espera de ella que dé buenas uvas, en cambio, recibe uvas silvestres, agrazones . El hombre se lamenta con razón y se pregunta: ¿qué más podía haber hecho por mi viña que no hice? Nada; ciertamente ya lo hizo todo.


En el Evangelio (San Mateo 21, 33 – 43) se recoge el tema de la viña en una especie de alegoría: el dueño de la viña la arrienda a unos trabajadores que no solamente no producen los frutos esperados sino que matan a su hijo, el heredero. En ambos casos el tema de los frutos que Dios espera de Israel y de los hombres se subraya de modo especial: el hombre ha recibido mucho de Dios y debe ofrecer frutos de vida eterna, de conversión, de santidad y de caridad. Por su parte, San Pablo en la carta a los Filipenses, continuando su exposición, los exhorta a dar «el buen fruto» que es poner por obra todo lo que han recibido y aprendido de Dios (Filipenses 4, 6-9).


La canción de la viña


«Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por la viña…» Este hermoso poema compuesto por Isaías al comienzo de su ministerio, probablemente se basó en alguna canción popular de vendimia. El tema de la viña de Israel, elegida y luego repudiada, fue esbozado ya por Oseas (10,1), lo repetirá Jeremías (2,21; 5,10; 6,9) y Ezequiel (15,1-18). Isaías compara a Israel con la viña, que Dios había plantado y cuidado cariñosamente con la esperanza de obtener una buena y rica cosecha. «Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?». San Gregorio Magno comentando este pasaje nos dice: «¿No vemos en estas palabras la condenación de los que abusan de las gracias? ¿No somos todos “la viña del Señor”, escogidos de entre muchos otros y destinados para la vida eterna? Por eso, los que hemos recibido más gracias que muchos otros, seremos también juzgados con mayor severidad; porque a medida que aumenten las gracias, aumenta la responsabilidad en que incurrimos».


«Recurran a la oración y a la súplica»


San Pablo sale a nuestro encuentro y nos exhorta, en la carta a los Filipenses, a recurrir al Señor por medio de la oración y de la súplica. La cristiandad de Filipos, ciudad principal de Macedonia, había enviado una pequeña subvención para aliviar la vida del apóstol en Roma. Conmovido por el gran cariño de sus hijos en Cristo les manda una carta de agradecimiento que es, a la vez, un modelo y un testimonio de ternura con que abraza a cada una de las comunidades por él fundadas. La epístola fue escrita en Roma hacia el año 63.


San Francisco de Sales nos dice acerca de la angustia y de la inquietud del corazón: «Proviene la inquietud de un inmoderado deseo de librarse del mal que se padece o de alcanzar el bien que se espera, y con todo, la inquietud y el desasosiego es lo que más empeora el mal y aleja el bien, sucediendo lo que a los pájaros, que al verse entre redes y lazos, se agitan y baten las alas para salir, con lo cual se enredan cada vez más y quedan presos. Por tanto, cuando quieras librarte de algún mal o alcanzar algún bien, ante todas las cosas, tranquiliza tu espíritu y sosiega el entendimiento y la voluntad». La vida del que espera y confía en el Señor excluye todo apego (ver Tt 2,11-13), entonces «el Dios de la paz estará con vosotros».


Los viñadores homicidas


La parábola de los viñadores homicidas es una de las únicas dos parábolas que aparecen en los tres Evangelios sinópticos . La otra, es la parábola del sembrador. Y esta sola constatación indica ya su importancia. La parábola de los viñadores asesinos constituye un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la Alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesucristo como Nuevo Pueblo de Dios; pasando por los profetas y la misma persona de Cristo que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el Plan Reconciliador del Padre mediante su sacrificio pascual. Jesús presenta la imagen de un propietario que plantó una viña y la cuidó con el máximo esmero posible. «Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre». La fuerza expresiva de esta descripción está amplificada, por la evocación del texto del profeta Isaías sobre la viña (Is 5, 1-7), que los oyentes no pueden dejar de recordar.


Jesús sigue exponiendo la parábola: «El propietario arrendó la viña a unos labradores y se ausentó», pero no se olvidó de su viña. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores los golpearon y los mataron; envió otros siervos más numerosos que los primeros y los trataron de la misma forma. Hasta aquí es sorprendente la paciencia que ha tenido el dueño; pero el auditorio comienza a irritarse con la actuación de los arrendatarios. Llega entonces el punto culminante del relato donde el dueño manda a su propio hijo. Todo el auditorio está de acuerdo que lo respetarán ya que lo contrario sería excesivo, sería una provocación contra el dueño de la viña. Sin embargo el hijo es asesinado para quedarse con la viña.


GLORIA A DIOS!!!

Vas a Tener Tú Envidia Porque soy Bueno

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee septiembre Ee 2017 a las 13:50 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


24-30 de Septiembre del 2017




“¿Vas a Tener Tú Envidia Porque soy Bueno?”


Is 55,6-9: “Mis caminos no son los caminos de ustedes”


Busquen al Señor mientras se deja encontrar, invóquenlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.


Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni mis caminos son los caminos de ustedes —Oráculo del Señor—. Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los de ustedes, mis pensamientos, de sus pensamientos.


Sal 144,2.8.17: “Cerca está el Señor de los que lo invocan”

Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones. Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente.


Flp 1,20-24.27: “Para mí la vida es Cristo”

Hermanos:

Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.

Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, y eso es mucho mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes.

Lo importante es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.


Mt 20,1-16: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

— «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar trabajadores para su viña. Después de contratar a los trabajadores por un denario al día, los mandó a su viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:

“Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido”.

Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo, y les dijo:

“¿Por qué están aquí el día entero sin trabajar?”

Le respondieron:

“Nadie nos ha contratado”.

Él les dijo:

“Vayan también ustedes a mi viña”.

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:

“Llama a los trabajadores y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.

Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

“Estos últimos han trabajado tan sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.

Él replicó a uno de ellos:

“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.

Así los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».


NOTA IMPORTANTE


El Señor pronuncia una nueva parábola, una comparación con un ejemplo tomado de la vida cotidiana. El personaje principal de la parábola es el propietario de una viña. La viña evoca en primer lugar al pueblo de Israel, considerada como la “viña de Dios” (ver Sal 80,9-16; Is 5,1-4).


Llegado el tiempo de la cosecha el propietario requiere operarios que ayuden a sus siervos en la ardua tarea de la recolección de las uvas. Él mismo sale al amanecer a la plaza del pueblo, donde la gente necesitada de trabajo se reunía esperando a que alguien los contratase para la jornada. A horas tempranas el dueño de la viña encuentra un grupo de hombres y conviene con ellos en pagarles un denario por la jornada de trabajo.


Un denario era considerado un salario justo por un día de trabajo. El pago se realizaba al finalizar la jornada, pues en la Ley de Moisés estaba estipulado: al trabajador «dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita» (Dt 24,15; ver Lev 19,13).


El propietario de la viña vuelve nuevamente a media mañana, hacia mediodía y a media tarde a la plaza en busca de más operarios. A éstos les ofrece pagarles ya no un denario sino «lo debido».


Finalmente vuelve una vez más «al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo». Ni siquiera faltando una hora para que el sol se oculte el dueño de la viña cesa en su búsqueda. También a éstos los contrata para trabajar en su viña en lo que queda del día.


Sin duda estos últimos no esperaban recibir mucho por una hora de trabajo. Aún así, ante la necesidad de llevar algo a casa para el sustento de los suyos, poco sería mejor que nada.


Es a los últimos a los que el capataz manda pagar primero, y manda pagar no «lo debido», sino un denario. Desde el punto de vista de la justicia, aquellos hombres recibieron un pago inmerecido, fruto de la magnanimidad y generosidad del dueño de la viña.


También aquellos que habiendo soportado todo el peso de la jornada recibieron el denario, lo que en justicia les correspondía. No alabaron ni se alegraron por la generosidad y magnanimidad mostrada por el dueño de la viña con aquellos operarios contratados al final del día, sino que juzgaron como una injusticia que se les pagara lo mismo habiendo trabajado más. Llenos de amargura empezaron a hablar mal del dueño de la viña, manifestaron su queja y se pusieron a reclamar un pago mayor para ellos. El dueño de la viña, llamando a uno que acaso era el líder de aquel grupo de exaltados, le hace ver que no les hacía ninguna injusticia: se habían arreglado en un denario por la jornada.


Luego de manifestar que en justicia nos les debía más, evidencia la causa de aquel comportamiento inapropiado: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». De este modo el propietario no sólo sale al paso del terrible subjetivismo de aquellos hombres mostrándoles la verdad objetiva, sino que con mirada penetrante va a la raíz del problema, que es de tipo espiritual: es la envidia lo que les lleva a amargarse por el gesto de bondad realizado por aquel señor.


Nuestra versión castellana traduce por “envidia” lo que en el original griego dice “ojo malo”. En la mentalidad semita el ojo era considerado como el reflejo o espejo de lo que hay en el corazón del hombre. Cuando los hebreos decían de un hombre que tenía ojo bueno, querían decir que tenía un corazón generoso y benéfico. Un hombre con ojo malo en cambio era aquel que tenía un corazón lleno de envidia: «Maligno es el ojo del envidioso» (Eclo 14,8). El hombre con “ojo malo” es incapaz de ver la bondad en el corazón ajeno. El hombre cuyo corazón está lleno de envidia es incapaz de alegrarse por el beneficio que recibe su prójimo. De este modo el envidioso «desprecia su misma alma» (Eclo 14,8), es decir, su veneno termina volviéndose contra él mismo.


En la parábola el propietario de la viña representa al Padre eterno. Él sale una y otra vez en busca del hombre, en busca de todos aquellos que quieren trabajar en su viña y recibir el denario al final del día. Aquellos contratados al amanecer y a las diversas horas del día serían los judíos, mientras “los gentiles” serían los llamados al atardecer. Puede aplicarse también a todos los hombres que van siendo buscados por Dios en las diversas horas o etapas de la vida y se dejan encontrar por Él. El pago del denario viene a ser la incorporación de aquellos hombres en el Reino de los Cielos, su participación en la felicidad de la vida eterna.


La parábola resalta la absoluta libertad y bondad de Dios en la distribución de sus bienes. Dios es justo en su obrar cuando paga lo convenido a quienes trabajaron todo el día, y brilla por su magnanimidad, compasión y misericordia cuando da lo mismo a quien sólo ha trabajado una hora al final del día. Incluso el pago justo dado a los primeros es un don que brota de su bondad y generosidad.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Llama la atención la reacción de los jornaleros, que protestan porque a los últimos se les paga lo mismo que a los que trabajaron desde la mañana. Se quejan porque consideran injusto que a ellos, habiendo trabajado más, se les pague igual. El dueño de la viña pone de manifiesto lo que en realidad se esconde detrás del reclamo aparentemente justo: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).


La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien o prosperidad del prójimo, así como también el gozo ante el daño o mal que sufre. San Agustín calificaba la envidia como el «pecado diabólico por excelencia», y San Gregorio Magno afirmaba que «de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia». ¡Cuántos llevados de la envidia inventan historias, divulgan o exageran defectos del prójimo, se dedican a dañar o destruir su buena fama o reputación!


Las causas de la envidia son innumerables. Basta que otro tenga más dinero o belleza, más fama o fortuna en la vida, más habilidad en esto o en lo otro, mejores notas o mayores triunfos, mayor inteligencia, dones, talentos, capacidades que nosotros no poseemos, etc., para que experimentemos en el corazón un movimiento de envidia.


La envidia no sólo se da entre desconocidos, también se da entre amigos o hermanos. No pocas veces escuchamos a los niños protestar llorosos o airados ante sus padres: “¿Por qué a él sí y a mí no? ¡Qué injusto!” ¡Cuántas veces reclamamos también nosotros de la misma manera ante todo lo que juzgamos como una “injusticia” que se nos hace, o que nos hace “la vida” cuando favorece a otros con éxitos, logros, una aparente felicidad, mientras que a nosotros nos toca luchar y sufrir tanto!


La envidia produce numerosas heridas, rencores, resentimientos, que van envenenando el propio corazón y van difundiendo ese veneno por doquier. Muchas veces buscará destruir a aquellos a quienes considera más favorecido, por ejemplo, dirigiendo contra ellos o ellas una crítica incesante, cargada de amargura, que busca resaltar, exagerar o inventar defectos para destruir su buena reputación y fama e indisponer a todos los que pueda contra la persona envidiada.


El envidioso se encierra cada vez más en su propio egoísmo. El estar mirándose primero a sí mismo lo vuelve mezquino, lo hace incapaz de alegrarse cuando el otro progresa o recibe beneficios que él no. Como está siempre centrado en sí mismo y en su propio interés, percibe un beneficio hecho a otro como una afrenta e injusticia que se comete contra él, tal y como vemos en el Evangelio.


¿Cuál es el remedio a este terrible mal, a este pecado diabólico que sin duda a todos nos afecta, en mayor o menor medida? He aquí la recomendación de Fray Luis de Granada: «si quieres una muy cierta medicina contra este veneno, ama la humildad y aborrece la soberbia, que ésta es la madre de esta peste. Porque como el soberbio ni puede sufrir superior ni tener igual, fácilmente tiene envidia de aquellos que en alguna cosa le hacen ventaja, por parecerle que queda él más bajo si ve a otros en más alto lugar».


Y si quieres asemejarte más aún al Señor, pon por obra también este otro sabio consejo de aquel mismo maestro espiritual: «no te debes contentar con no tener pesar de los bienes del prójimo, sino trabaja por hacerle todo el bien que pudieres, y pide a nuestro Señor le haga lo que tú no pudieres».


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“Id también vosotros a mi viña”. Hermanos, quizás os preguntéis ¿por qué no hace venir al mismo tiempo a todos los obreros a la viña del Señor? Os responderé que el designio de Dios ha sido el de llamarlos a todos al mismo tiempo. Pero no todos quieren ir cuando son llamados a la primera hora y así se explica su rechazo. Por eso Dios mismo les llama de manera particular (…;), a la hora en que piensa que irán y responderán a su invitación». San Juan Crisóstomo


«Si los obreros de la parábola dicen que nadie les ha contratado, es para que nos acordemos de la paciencia de Dios (…;). Él nos enseña que ha hecho todo lo que ha sido de su parte a fin de que todos pudieran venir desde la primera hora del día. De esta manera la parábola de Jesús nos hace ver que los hombres se entregan a Dios a edades bien distintas. Y Dios quiere, a toda costa, evitar que los primeros llamados menosprecien a los que llegan los últimos». San Juan Crisóstomo


«Da a todos un denario, recompensa de todos, porque a todos será igualmente dada la misma vida eterna»



«Muchos vienen a la fe, pero son pocos los que llegan al Reino de los Cielos, porque son muchos los que siguen a Dios con los labios y huyen de Él con sus costumbres. De todo esto, podemos sacar dos consecuencias. Primera, que nadie debe presumir de sí mismo. Porque aunque uno haya sido llamado a la fe, no sabe si estará elegido para el Reino; y segunda, que nadie debe desconfiar de la salvación del prójimo, aunque lo vea entregado al vicio, porque todos ignoramos los tesoros de la misericordia de Dios». San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Sobre la envidia


2538: El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera. La envidia puede conducir a las peores fechorías. La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo.

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo).


2539: La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:


Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia» (Catech. 4, 8. «De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Gregorio Magno).


2540: La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:


¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado —se dirá— porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo).


2554: El bautizado combate la envidia mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.


CONCLUSION


«Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos»


Domingo de la Semana 25 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 24 de setiembre 2017 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 20, 1-16


Leemos en el Evangelio la parábola llamada «de los obreros de la viña»; sin embargo sería mejor llamarla la del dueño bondadoso o el señor generoso. El profeta Isaías parece sintetizar la idea principal de este Domingo cuando dice: «los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». La mente humana es pequeña, frágil y sujeta al error. El hombre debe ser consciente que Dios tiene un hermoso Plan para cada uno y que al ser humano le corresponde conocerlo para ser fiel a él ( Isaías 55, 6-9).


Esta misma verdad aparece claramente en el Evangelio (San Mateo 20, 1-16), que nos habla del Reino de los Cielos y nos lo presenta como el dueño de una viña que sale a contratar a los jornaleros. Un sentido de justicia muy humano, nos llevaría a pensar que los jornaleros que han soportado todo el peso de la jornada, deberían recibir más que aquellos que apenas han trabajado una hora. Pero, si examinamos con calma, veremos que aquí no hay injusticia alguna. Quien ha trabajado toda la jornada, ha recibido aquello que le había sido prometido. Entonces, el tema en cuestión pasa a ser la misericordia de Dios, que premia, superando con mucho, los méritos humanos. Puede uno pasar el día entero trabajando pero obtendrá poco, si ama poco. Por esta razón: «los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos» (Evangelio). Esto supone todo un cambio de criterios y de mentalidad (metanoia). Una vida nueva que lleva a San Pablo a exclamar en su carta a los Filipenses: «para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia» (Filipenses 1,20c-24.27a).


«Porque los pensamientos de ustedes no son los míos»


Isaías es sin duda uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento. Vivió en el siglo VII a.C. y profetizó durante la crisis causada por la expansión del Imperio Asirio. Según algunos apócrifos, murió aserrado por orden del terrible rey Manases . Este libro contiene el mayor número de profecías utilizadas en el Nuevo Testamento. La parte que estamos meditando hace parte del libro de la consolación de Israel. El capítulo 55 es una exhortación final a participar de los bienes de una nueva alianza y a convertirse, mientras haya tiempo ya que el «Señor es generoso en perdonar» pero, recuerda el profeta, Él está cerca.


«Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». He aquí la clave para poder entender muchas de las vicisitudes de nuestra vida y de la historia de la humanidad. Creemos que Dios debe de pensar como nosotros pensamos y debe de tener los mismos conceptos de amor, justicia y perdón que nosotros tenemos. Estamos tan convencidos de estar en lo cierto, que quedamos consternados, desconcertados delante de muchos acontecimientos, pues nos parecen incompatibles con el amor o la justicia, según nuestros limitados criterios. Y comenzamos a dudar, no de nuestro modo de pensar, sino de Dios. Dudamos porque en el fondo, no queremos comprender que «Dios es Amor». Que Dios es el totalmente Otro y que es capaz de «amar hasta el extremo» dando su vida para que tengamos la vida eterna.


Justamente el mensaje del Evangelio es la gratuidad de Dios ante el legalismo que patrocinaban los fariseos. Estos eran incapaces de entender conceptos como amor y perdón. Esta es la recompensa que esperaba San Pablo, uno de los llamados a trabajar en la viña del Señor en la segunda hora. Escribiendo a los cristianos de Filipos, ciudad romana en Macedonia, afirma «Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia». Pero está igualmente dispuesto a seguir viviendo mientras sea útil a los hermanos. Pero habla así porque escribe desde la cárcel en Roma (alrededor del año 63) esperando una sentencia que podía ser capital.


«El Reino de los cielos es semejante a…»


El Señor quiere que entendamos un poco más acerca del Reino futuro y su dinámica ya presente en el «ahora» de nuestra vida. Lo primero que tenemos que considerar es que Dios llama a quien quiere y cuando quiere. De esa manera nos llamó ya una vez a la existencia de la nada. De esa manera nos llama ahora para colmarnos de sus dones y hacernos partícipes de su eterna felicidad. Los apóstoles y los santos que han vivido la experiencia de la gracia no se cansan de contemplar la bondad de Dios. San Pablo escribe: «Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados» (Col 1,13-14). Esto es lo que tenemos que tener en mente para entender la parábola que nos presenta el Evangelio de este Domingo. Allí entramos en contacto con una justicia que es superior a la nuestra: es la justicia de Dios.


GLORIA A DIOS !!!


Perdona hasta setenta veces siete

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 15 Ee septiembre Ee 2017 a las 13:00 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC


17 -23 de Septiembre del 2017


“Perdona hasta setenta veces siete”



Eclo 27, 33 - 28, 9: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”

Ira y cólera son despreciables; el pecador las posee en su interior. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? ¿No tiene compasión de su semejante, y pide perdón de sus pecados? Si él, que es un simple mortal, guarda rencor, ¿quién le obtendrá el perdón de sus pecados?

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; acuérdate de la corrupción y de la muerte, y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; recuerda la alianza del Altísimo, y perdona el error.


Sal 102, 1-4.9-12: “El Señor es compasivo y misericordioso”

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.


Rom 14, 7-9: “En la vida y en la muerte somos del Señor”

Hermanos:

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.

Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.

Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.


Mt 18, 21-35: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?”

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

— «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le contesta:

— «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:

“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”.

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con ustedes mi Padre del Cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».


NOTA IMPORTANTE


El Señor había enseñado a sus discípulos cómo proceder en la corrección en el caso de que algún hermano cometa un pecado (Mt 18,15ss)

.

Pero, ¿qué hacer si un hermano pide perdón arrepentido, pero luego vuelve a pecar, y esto no una, sino repetidas veces?


En la mentalidad hebrea el número siete significaba totalidad, lo que es pleno, acabado, perfecto. Al preguntar Pedro si debe perdonar “siete veces”, quiere saber si el perdón debe tener un límite o no.


Era cuestión discutida entre los maestros de la Ley cuál debía ser el número legal para perdonar a quien reincidía en el pecado. Por lo general se consideraba que hasta cuatro veces. El perdón debía tener para los maestros de la Ley un límite, un número. Pedro propone hasta “siete veces”. Acaso los discípulos habían comprendido que la misericordia de Jesús no tenía límites. Poner un límite al perdón era convertirlo en un acto imperfecto. Era como decirle al hermano arrepentido: “está bien, te perdono, pero ojo, estoy llevando la cuenta y el perdón tiene un límite”. En el fondo, no se trataba de un perdón real, sino tan sólo condicionado a la enmienda, con la posibilidad de que por la reincidencia y recurrencia el pecador pudiese quedar definitivamente excluido del perdón, a pesar de su nuevo arrepentimiento.


El Señor responde: no sólo “siete veces”, sino “setenta veces siete”. Setenta, múltiplo de siete y diez, indica, lo mismo que siete: plenitud y totalidad. ¿Setenta veces siete? ¿Puede la perfección de lo ilimitado alcanzar una mayor perfección? El Señor no sólo pide un perdón ilimitado, sino también absoluto, un perdón que al proceder de la experiencia de haber sido perdonado uno mismo por Dios, de la experiencia de la misericordia infinita de Dios, se expresa no sólo en el número ilimitado de veces que se perdona al pecador arrepentido, sino en la actitud interior de perdonar totalmente cada pecado, de no guardar cuentas pendientes, de no decir “perdono, pero las voy contando para sacártelas en cara en algún momento”.


El perdón que el Señor pide a sus discípulos debe ser tan perfecto como el perdón que Dios ofrece al pecador que se arrepiente, un perdón que en vez de quedarse contando los pecados o la enormidad de la deuda, busca siempre y ante todo recuperar al pecador, al hijo, a la hija.


El Señor propone inmediatamente una parábola o comparación, para insistir en la necesidad de perdonar al hermano para alcanzar uno mismo el perdón de Dios. En la parábola el Señor Jesús quiere expresar que Dios se compadece y perdona al pecador que le suplica misericordia, incluso cuando la deuda es exorbitante. El Señor habla de uno que le debe diez mil talentos a su rey. Esta suma equivalía a sesenta millones de denarios, siendo en aquella época un denario el jornal de un trabajador. En otras palabras el Señor quiere decir que esta deuda era sencillamente impagable. Esa deuda le fue perdonada a aquél deudor «porque me lo pediste».


El Señor habla también de un compañero que a su vez le debía a él tan sólo cien denarios, una suma irrisoria comparada con los sesenta millones de denarios que le habían sido condonados justo antes. ¿No debía éste también tener compasión de su compañero y perdonarle esa deuda ínfima, cuando el rey le había perdonado tanto? Del mismo modo Dios espera que aquél a quien Él ha perdonado todos sus pecados sea capaz de perdonar al prójimo que le pide perdón.


La conclusión del Señor es fuerte, clara y contundente: Dios le retirará su perdón a aquél que, habiendo sido él mismo perdonado, cierre su corazón a la compasión y se niegue a practicar el perdón con sus hermanos humanos.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Quién, al recibir una ofensa, no siente el inmediato impulso interior de querer resarcirse? El dolor experimentado, el orgullo herido, la ira que se enciende en nosotros, nos impulsa a querer castigar o vengar de algún modo el daño recibido, creyendo que con hacer sufrir al otro “lo que me ha hecho sufrir a mí” podremos aliviar nuestro propio dolor o encontrar la paz.


¿Es posible ir en contra toda esa corriente interior de sentimientos tan fuertes que se despiertan en nosotros cuando nos hacen daño, cuando nos ofenden? ¿Es posible deponer el odio, resistir al deseo de venganza y purificar el corazón de todo resentimiento? Eso es lo que el Señor pide a sus discípulos: perdonar siempre a quien nos hace daño o nos ofende, incluso a quien lo hace reiteradamente, cada vez que se acerque arrepentido.


Pero podemos decir que el perdón lo debemos ofrecer incluso a aquél que no está arrepentido del daño que nos puede haber ocasionado, involuntaria o voluntariamente. Esto es más difícil aún, ciertamente. Mas de ello da ejemplo y lección el mismo Señor Jesús en la Cruz cuando reza e implora el perdón para aquellos que lo están crucificando sin misericordia, y que no muestran ningún tipo de arrepentimiento sino que están llenos de odio y malicia.


Ofrecer el perdón a quien nos ha hecho daño es un acto heroico que sólo puede brotar de un amor que es más grande que el mal. Este perdón no sólo es una puerta abierta al pecador para que pueda


arrepentirse, corregirse y volver al buen camino. También es el camino que trae la paz a aquél que ha sufrido el daño o la ofensa. Quien se niega a perdonar y alimenta el resentimiento, el rencor y el deseo de venganza en su propio corazón, jamás encontrará la paz del espíritu. Quien cree que puede curar su herida y mitigar su dolor dirigiendo su odio y rencor hacia la persona que le ha causado un dolor y un daño acaso irreparable, tan sólo añade al daño recibido otro peor: su rencor es un veneno que se vuelve contra él mismo, la amargura envenena y mata su propia alma y se difunde a su alrededor, haciendo dura y desdichada la vida de quienes lo rodean por la amargura que lleva en sí mismo. ¡Sólo el perdón ofrecido a quien nos ofende es capaz de curar las propias heridas! Quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón.


Quizá entendamos mejor lo dicho con una comparación: Si una serpiente venenosa te muerde, ¿irías tras ella, pensando para tus adentros: “cuando la mate, quedaré curado”? Sería de necios e insensatos pensar y actuar así, ¿verdad? Pero es exactamente lo que hacemos cuando alguien nos hace daño y damos paso al odio y al resentimiento en el corazón, buscando —aunque sólo sea en el pensamiento— devolver el daño recibido hasta quedar nosotros “resarcidos”. Puede que en el momento “te sientas bien” matando a la serpiente a palazos, pero tú también morirás por el veneno que ha sido inoculado en ti. En cambio, quien perdona de corazón es como quien sin preocuparse por perseguir a la serpiente y sin perder un segundo va corriendo a la posta médica para buscar el antídoto y salvar así su propia vida.


El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor, que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él, es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Hermanos, que no haya desavenencias entre vosotros... Tal vez, en el pensamiento os decís: “Quiero hacer las paces, pero es el hermano que me ha ofendido... y no quiere pedir perdón”. ¿Qué hacer entonces?... Hace falta que se interpongan entre vosotros unos terceros, amigos de la paz... En cuanto a ti, sé pronto para perdonar, totalmente dispuesto a perdonarle su falta desde el fondo del corazón. Si estás del todo dispuesto a perdonarle la falta, de hecho, ya le has perdonado». San Agustín


»Aún te falta orar: ora por él para que te pida perdón porque sabes que no es bueno para él no hacerlo... Di al Señor: “Tú sabes que yo no he ofendido al hermano... y le perjudica haberme ofendido; en cuanto a mí, te pido de corazón que le perdones”».


«Sabéis lo que vamos a decir a Dios en la oración antes de acercarnos a comulgar: “Perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Preparaos interiormente a perdonar, porque estas palabras las volveréis a encontrar en la oración. ¿Cómo las vais a decir? ¿No las vais a pronunciar? Porque al fin y al cabo, ésta es la cuestión: ¿diréis estas palabras o no las diréis? Detestas a tu hermano y pronuncias las palabras “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que no ofenden”? “Evito estas palabras”, me dirás. Pero entonces, ¿estás realmente orando? Poned atención, hermanos míos. En un instante pronunciaréis la oración.

¡Perdonaos de todo corazón!». San Cesáreo de Arles


«Cristo nos pide dos cosas: condenar nuestros pecados y perdonar los de los otros; hacer la primera cosa a causa de la segunda, que así será más fácil, porque el que se acuerda de sus pecados será menos severo hacia su compañero de miseria. Y perdonar no sólo de palabra, sino desde el fondo del corazón, para no volver contra nosotros mismos el hierro con el cual queremos perforar a los otros. ¿Qué mal puede hacerte tu enemigo que sea comparable al que tú mismo te haces con tu acritud?». San Juan Crisóstomo


»Si tú das rienda suelta a tu indignación y a tu cólera, no es la injuria que te ha hecho lo que te herirá sino el resentimiento que tú tienes contra él».


»No digas, pues: “Me ha ultrajado, me ha calumniado, me ha hecho enorme cantidad de miserias”. Cuanto más digas que te ha hecho daño, más demuestras que te ha hecho bien, pues te ha dado la ocasión de purificar tus pecados. Así, cuanto más te ofende, más te pone en condiciones de obtener de Dios el perdón de tus faltas. Porque si nosotros no queremos, nadie podrá perjudicarnos; incluso nuestros enemigos nos hacen así un gran servicio».


»Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria. Primeramente mereces —y es lo más importante— el perdón de tus pecados. Además te ejercitas a la paciencia y a la valentía. En tercer lugar, adquieres la dulzura y la caridad, porque el que es incapaz de enfadarse contra los que le han disgustado, será mucho más caritativo aún con los que le aman. En cuarto lugar arrancas de raíz la cólera de tu corazón, lo cual es un bien sin igual. El libera su alma de la cólera, evidentemente arranca de ella la tristeza: no gastará su vida en penas y vanas inquietudes. Así es que, odiando a los otros nos castigamos a nosotros mismos; amándolos nos hacemos el bien a nosotros mismos. Por otra parte, todos te venerarán, incluso tus enemigos, aunque sean los demonios. Mucho mejor, comportándote así ya no tendrás más enemigos».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA

“Perdona nuestras ofensas...


2839: Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo, y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano. Nuestra petición empieza con una «confesión» en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia.

2840: Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana a quienes vemos (ver 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.

...como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”


2842: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús. Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32).


2843: Así adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (ver Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial, acaba con esta frase: «Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Allí es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.


2844: La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí.


2845: No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino. Si se trata de ofensas (de «pecados» según Lc 11, 4, o de «deudas» según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor» (Rom 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación. Se vive en la oración y, sobre todo, en la Eucaristía:

Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (S. Cipriano).


CONCLUSION

«¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?»


Domingo de la Semana 24 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 17 de setiembre de 2017 Lectura del santo Evangelio según San Mateo 18, 21-35


El Domingo pasado veíamos el tema de la corrección fraterna; ahora veremos el tema del perdón desde una pregunta realmente inquietante por su imperecedera actualidad que Pedro le hace Jesús “¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?”. El perdón ilimitado debe ser una de las características de un discípulo de Cristo ya que él mismo experimenta la misericordia de Dios en su propia vida. El cristiano está invitado a amar y perdonar al prójimo con el mismo amor y perdón con que él es perdonado.


La Primera Lectura del libro del Eclesiástico (Eclesiástico 27, 33-28,9) nos habla de la actitud que el israelita debía tener hacia un ofensor anticipándose, de algún modo, a la petición del Padre Nuestro acerca del perdón: «perdona a tu prójimo el agravio, y…te serán perdonados tus pecados» (Eclo 28,2). La Carta a los Romanos (Romanos 14, 7-9), por su parte, nos presenta la soberanía de Cristo, «Señor de vivos y muertos. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos para el Señor morimos». Nosotros no podemos constituirnos en dueños de la vida y de la muerte, ni tampoco, por lo tanto, en jueces de nuestros hermanos.


¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?


En el contexto del llamado Discurso Eclesiástico (capítulo 18 del Evangelio de San Mateo) la pregunta que Pedro, a quien Jesús ha declarado primado de su Iglesia, tiene lógica. Pedro es quien suscita el tema del perdón mediante una pregunta que responde a la casuística judía: «¿Si mi hermano me ofende, cuántas veces lo tengo que perdonar?». Tanto en la pregunta, como en la respuesta de Jesús subyace una referencia implícita al patrón clásico de la venganza, ley sagrada en todo el Oriente. Su expresión más dura fue la del feroz Lamek: «Si Caín fue vengado siete veces, Lamek lo será setenta y siete veces» (Gn 4,24); o bien el límite “legal” que establecía la ley del talión: «Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente» (Ex 21,24), que Jesús declaró obsoleta en su discurso de las Bienaventuranzas mediante el perdón a las ofensas y el amor a los enemigos (ver Mt 5, 38-48).


Ahora, no es que el Antiguo Testamento desconociera el perdón fraterno, pues en Levítico 19, 17-18 leemos: «No odiarás de corazón a tu hermano. Corregirás a tu pariente para que no cargues con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tu pariente, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y todavía es más evidente el avance de la revelación veterotestamentaria en la Primera Lectura del libro del Eclesiástico . Su autor Jesús Ben Sirá o Sirácida aporta cuatro razones para el perdón de las ofensas: Dios no acepta al rencoroso y al vengador; nuestra propia limitación debe hacernos comprensivos ante la debilidad humana; ¿cómo pedir perdón al Señor, un perdón que nosotros negamos a los demás?; y el recuerdo de nuestro propio fin relativiza el enojo e invita a guardar los mandamientos de la Alianza.


En la Carta a los Romanos, San Pablo nos invita a la unión y a la armonía justamente de Aquel en el cual se sustenta todo y para quien todo existe, ya que «Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor». Ante la tentación de mutua intolerancia e incomprensión que había en la comunidad de Roma entre sus miembros, provenientes del paganismo unos y del judaísmo otros, sobre la licitud o ilicitud de alimentos y otras prácticas, secundarias para los primeros e importantes para los segundos, el Apóstol propone el mutuo respeto y la reconciliación: «Pero tú ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú ¿por qué lo desprecias? En efecto, todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios» (Rm 14,10).


El don de la Reconciliación


El perdón de las ofensas es un punto esencial del cristianismo. Y la razón es siempre la misma: «El Señor os ha perdonado; perdonaos también unos a otros» (Col 3,13; Ef 4,32). Para comprender el Evangelio de este Domingo es necesario comprender de qué nos ha perdonado Dios, es decir, es necesario comprender la enormidad de nuestro pecado. Uno de los mayores males del mundo de hoy es sin duda haber perdido el sentido del pecado. El pecado es esa fuerza destructiva que busca alejarnos del plan de vida y felicidad que Dios había dispuesto para nosotros. No se puede pecar «alegremente»; se peca siempre «lamentablemente», pues todo pecado, aún el más oculto, incrementa en el mundo las fuerzas de muerte y destrucción. No en vano Thomas Merton decía que el efecto de cada pecado es comparable al efecto de una bomba atómica.


Podemos captar la inmensidad del pecado observando la grandeza del remedio. Ningún esfuerzo humano, por heroico que fuera, ni nada de esta tierra habría sido suficiente para obtenernos el perdón. Fue necesaria la muerte del Hijo de Dios en la cruz. El perdón y la reconciliación con Dios nos fueron dados como un don gratuito de valor inalcanzable para el hombre. El que ha comprendido la inmensidad del perdón de Dios, puede comprender lo absurdo que resulta que guardemos rencor por las ofensas de nuestros hermanos.


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