Articulos


ver:  todos / resumen

SOLEMNIDAD DE LA ASCENCION DE JESUCRISTO

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 12 Ee mayo Ee 2018 a las 0:25 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO RCC-DRVC

SOLEMNIDAD DE LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR

13-19 de Mayo del 2018

“El Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios”

Hech 1, 1-11: “Lo vieron levantarse”

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando desde el principio hasta que, después de dar instrucciones por medio del Espíritu Santo a los Apóstoles, ascendió al cielo. Después de su pasión se les presentó, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les recomendó:

— «No se alejen de Jerusalén; aguarden que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo les he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días ustedes serán bautizados con Espíritu Santo».

Ellos lo rodearon preguntándole:

— «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

Jesús contestó:

— «No les toca a ustedes conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo».

Dicho esto, fue elevado, hasta que una nube lo ocultó de su vista. Mientras miraban fijamente al cielo, viendo cómo Jesús se alejaba, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que dijeron:

— «Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? Este Jesús que de entre ustedes ha sido llevado al cielo volverá de la misma manera que lo han visto marcharse».

Sal 46, 2-3.6-7.8-9: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”

Pueblos todos, batan palmas,

aclamen a Dios con gritos de júbilo;

porque el Señor es sublime y terrible,

emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones;

el Señor, al son de trompetas;

toquen para Dios, toquen,

toquen para nuestro Rey, toquen.

Porque Dios es el rey del mundo;

toquen con maestría.

Dios reina sobre las naciones,

Dios se sienta en su trono sagrado.

Ef 1, 17-23: “Lo sentó a su derecha en el Cielo”

Hermanos:

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la glo¬ria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de su corazón, para que comprendan cuál es la esperanza a la que han sido llamados, cuál es la riqueza gloriosa que da en herencia al pueblo santo, y cuál la extraordinaria gran¬deza de su poder para con nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resuci¬tándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el Cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y domi¬nación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.

Todo lo puso bajo los pies de Cristo, constituyéndolo Cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo y, por lo mismo, pleni¬tud del que llena totalmente el universo.

Mc 16, 15-20: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

— «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación.

El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.

A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán de¬monios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán ser¬pientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sen¬tó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

NOTA IMPORTANTE

Antes de ascender al Cielo, el Señor Resucitado manda a sus Apóstoles que permanezcan en Jerusalén para aguardar el Don del Espíritu, prometido por el Padre. Por Él recibirán “el poder de lo Alto” para ser sus testigos «en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo» (1ª. lectura). La reconciliación obtenida por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, sino que tiene un alcance universal: es para todos los hombres de todos los tiempos y culturas.

El mandato explícito y misión de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a todas las naciones es una tarea que no podrán realizar con sus solas fuerzas, sino sólo con la fuerza del Espíritu divino. El Espíritu del Señor es el que enciende los corazones en el fuego del divino amor y los lanza al anuncio audaz, decidido, valiente. La evangelización, en ese sentido, tendrá como protagonista al Espíritu Santo que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. Con la fuerza de lo Alto, los Apóstoles podrán encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo anima y conduce a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.

En la Ascensión misma contemplamos al Señor resucitado que victoriosamente asciende al Cielo. ¿Quién asciende al Cielo, sino Aquel que antes ha bajado del Cielo? El misterio de la Ascensión hay que verlo como la culminación de un proceso kenótico-ascensional, es decir, un proceso mediante el cual el Hijo de Dios “se abaja” al asumir nuestra naturaleza humana para luego “elevarse” nuevamente al Padre con un cuerpo resucitado y glorificado (ver Flp 2 ,6-11). Todos los misterios del Verbo Eterno que siendo Dios se hace hombre en las entrañas de María Inmaculada, están unidos entre sí, desde la kénosis o abajamiento de la Encarnación, pasando por los acontecimientos dramáticos del Viernes Santo, hasta el júbilo del Primer Día de la Semana, la Pascua del Señor, la Resurrección y finalmente la Ascensión.

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación del Verbo Encarnado en este mundo. La presencia visible del Señor Jesús «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659). La Ascensión, por la que el Señor «deja el mundo y va al Padre» (ver Jn 16, 28 se integra en el misterio de la Encarnación, y es su momento conclusivo.

Aquel que se ha abajado se eleva a los Cielos llevando consigo una multitud de redimidos. Por ello la Ascensión es una fiesta de esperanza para toda la humanidad. Celebrar la Ascensión del Señor resucitado es confesar que Él es verdaderamente el Camino, la Verdad y la Vida que conducen al Padre (ver Jn 14, 6), es repetir en el corazón alborozado que realmente vale la pena ser persona humana pues Dios, habiéndose hecho hombre, reconciliándonos por su muerte en Cruz, resucitando al tercer día y realizando una nueva Creación mediante el don de su Espíritu, por su Ascensión nos ha abierto finalmente el camino ascensional que conduce a la plena realización humana en participación de la Comunión Divina de Amor.

He allí la esperanza a la que todo ser humano ha sido llamado por Dios, la riqueza de la gloria que otorga en herencia a los santos (2ª. lectura). El Señor Jesús, como primicia, como Cabeza de la Iglesia cuyos miembros somos nosotros, ha ascendido a la derecha del Padre para prepararnos un lugar (ver Jn 14, 2-3). Hacia allí donde el Señor Resucitado ha ascendido, se dirige también todo aquel que hace de Cristo su Camino, la Verdad que ilumina sus pasos, la Vida de la que se nutre y que al mismo tiempo es la meta final de su terreno peregrinar (ver Jn 5, 24; 6, 40).

Luego de su Ascensión los Apóstoles se volvieron a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones aguardando la Promesa del Padre. En los Hechos de los Apóstoles San Lucas relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Este acontecimiento, junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés, marca el inicio del despliegue de la misión evangelizadora de la Iglesia.

San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).

Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.

Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.

Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Así como en la solemnidad de Pascua la Resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su Ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre».

San León Magno

«Cristo, el primogénito de entre los muertos, quien con su resurrección ha destruido la muerte, quien mediante la reconciliación y el soplo de su Espíritu ha hecho de nosotros nuevas criaturas, dice hoy: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza».

San Gregorio de Nisa

«El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y ningún ser creado había penetrado nunca en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose Él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: “ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne” (Heb 10, 20)».

San Cirilo de Alejandría

«El Señor arrastró cautivos cuando subió a los cielos, porque con su poder trocó en incorrupción nuestra corrupción. Repartió sus dones, porque enviando desde arriba al Espíritu Santo, a unos les dio palabras de sabiduría, a otros de ciencia, a otros la gracia de los milagros, a otros la de curar, a otros la de interpretar. En cuanto Nuestro Señor subió a los cielos, su Santa Iglesia desafió al mundo y, confortada con su Ascensión, predicó abiertamente lo que creía a ocultas».

San Gregorio Magno

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

«Jesucristo subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso»

659: «Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección, como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios. Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» 1Cor 15, 8  en una última aparición que constituye a éste en apóstol.

661: Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el Cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que «salió del Padre» puede «volver al Padre»: Cristo. «Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó del Cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre» (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, «ha querido precedernos como Cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino».

662: En el Cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. «De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Heb 7, 25).

663: «Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada».

664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías… A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del «Reino que no tendrá fin».

668: La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. Él está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación, su cumplimiento trascendente.

El mandato misionero

849-850: «“La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser ‘sacramento universal de salvación’, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres” (AG, 1): “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20)».

CONCLUSION

«Id por el mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»

Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas

La Ascensión del Señor. Ciclo B – 13 de mayo de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 16, 15-20

Este Domingo la Iglesia celebra la Ascensión del Señor Jesús a los Cielos. Pero ¿qué es la Ascensión? El Catecismo de la Iglesia Católica dice: «“Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que Él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde Él se sienta para siempre a la derecha de Dios» .

La Ascensión del Señor Jesús marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles. El Señor Resucitado ya no aparecerá más, sino que sube al Cielo para interceder por los hombres ante el Padre. Este hecho es narrado por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles subrayando el estupor y asombro de aquellos hombres (Hechos de los Apóstoles 1, 1- 11). El Evangelio insiste, de modo particular, en la misión que Jesús confía a sus apóstoles: «Id y predicad» (San Marcos 16, 15-20). En la carta a los Efesios, Pablo subraya la necesidad de responder al llamado y al don particular que Dios hace a cada uno, dando así cumplimiento al Plan amoroso del Padre (Efesios 4,1-13).

Subió a los Cielos

La Ascensión del Señor marca un punto divisorio entre el ministerio de Jesús y el ministerio de la Iglesia, que constituye respectivamente el tema del primer y del segundo libro escrito por San Lucas. En ambos se propone demostrar que entre los dos ministerios hay una perfecta continuidad, porque ambos son conducidos por el Espíritu Santo. También es el misterio de la unión del Cielo y de la tierra ya que es como la bisagra que une ambos. Cristo ascendió al Cielo y está sentado a la derecha del Padre; pero también está presente y vivo en la tierra por medio de la liturgia sacramental de la Iglesia. El estar «sentado a la derecha del Padre», que leemos en el Evangelio de san Marcos, nos remite al pasaje del Evangelio de San Juan: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13).

El hombre, herido por el pecado y viviendo en pecado no tiene acceso a la «Casa del Padre», a la comunión eterna, a la felicidad en Dios. Solamente Jesucristo ha podido abrir este acceso al hombre. Él «ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino» . En el Cielo, tenemos la absoluta certeza, que Cristo Glorioso intercede por nosotros que todavía estamos peregrinando en este mundo, ejerciendo así su sacerdocio y su mediación ante el Padre en el Espíritu Santo. «Sentarse a la derecha del Padre» significa gozar de la misma gloria y honra que el Padre, donde ahora, el que existía como Hijo consustancial al Padre, está corporalmente sentado después que se encarnó y que su carne fue glorificada. Es la inauguración del Reino que no tendrá fin y ahora aguardamos expectantes la segunda venida del Hijo del hombre: «Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.» (Hch 1,11).

«Id por el mundo y anunciad el Evangelio…»

¿Qué es lo que Jesús habló con sus apóstoles antes de abandonar la escena del mundo para subir al cielo? Jesús les dejó una misión que cumplir: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación». Llama inmediatamente la atención la extensión de este mandato. Quiere ser claro sin dejar dudas al respecto: se trata e ir a «todo el mundo» y anunciar a «toda la creación». Este mandato debió parecer a los humildes pescadores de Galilea una tarea muy superior a sus fuerzas y a sus medios. Parece ser algo humanamente imposible, por no decir nada de lo que significaría para un judío ir anunciar la salvación a un romano o a un griego.

¿Cómo pudieron cumplir esta misión? Lo dice el mismo texto: «El Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que la acompañaban» (Mc 16,20). La evangelización, y en realidad todo apostolado, si bien es una obra de Dios, exige nuestra generosa y activa colaboración. «Anunciad el Evangelio…» ¿A qué Evangelio se refiere el texto? Evidentemente aquí no se trata de un libro escrito, cómo podríamos entender nosotros cuando hablamos de «Evangelio». Aquí «Evangelio» se entiende en su sentido etimológico: noticia que, cuando alguien la comprende y la cree, transforma su vida radicalmente y lo salva. Esta «noticia» es el contenido de los escritos que llamamos «Evangelio». Por eso Marcos inicia su obra con este encabezamiento: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios».

Para que todos seamos uno

San Pablo, en su cautiverio en Roma (entre el 61 y el 62 d.C.), escribe a los cristianos que no conocía personalmente, ya que esta carta no está dirigida solamente a los fieles de Éfeso sino a los de Laodicea y a las distintas iglesias de Asia Menor ya que es posible que haya sido una carta circular. En su doctrina destaca el magnífico Plan de Dios que se lleva a cabo en Jesús y la unión de todos los redimidos. Cristo, que escogió a sus doce apóstoles como columnas de su Iglesia, nos convoca a cada uno «según la medida de Cristo», a una misma misión: la edificación del Cuerpo y la predicación de su Reino. Este reiterado llamado a la unidad del «Cuerpo en el Espíritu» no es sino trabajar incansablemente para cumplir lo que el Señor pide al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tu Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).

La unidad tiene sus exigencias, sin las cuales no puede conservarse. En primer lugar la humildad, que vence la soberbia y el egoísmo, principio divisor que anida en lo más profundo del ser humano; la amabilidad, que crea y favorece la unión; y la paciencia frente a las faltas de caridad que, dada nuestra naturaleza humana inclinada al amor propio y la diversidad de caracteres, son prácticamente inevitables. La unidad es un don de Dios, pero requiere de nuestra activa colaboración. En Ef 4,4-6 Pablo menciona los fundamentos de la unidad en la Iglesia: un bautismo, un solo Señor, un solo Cuerpo Místico, un solo Espíritu y una sola esperanza. La mención de las tres personas divinas señala la unidad de la Trinidad como la fuente última de la unidad, dentro de la pluralidad, que tiene que reinar en la Iglesia.

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús parte, asciende al cielo, es decir, regresa al Padre de quien había sido enviado al mundo. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, en una forma nueva. Con su Ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles – y también nuestra mirada – a las alturas del Cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre.

Sin embargo, Jesús permanece presente y operante en las vicisitudes de la historia humana con la potencia y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: incluso si no lo vemos con los ojos, ¡Él está! Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y mujer que sufre.

Pero Jesús también está presente mediante la Iglesia, a la que Él ha enviado a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, ¡no es facultativo! La comunidad cristiana es una comunidad “en salida”, “en partida”. Y ustedes me dirán: ¿pero y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre “en salida” con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús les dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20). Solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, aun si bien organizado, resulta ineficaz.

Y junto a Jesús nos acompaña María, nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza».

Papa Francisco. Ángelus domingo 1 de junio de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Es todo el mundo que debemos de cambiar. ¿En qué situaciones concretas transmito la «buena noticia» que Jesús nos ha dejado?

2. «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará», leemos en el Evangelio de San Marcos. ¿Soy consciente que solamente viviendo, de verdad, mi bautismo me voy a salvar? ¿Pienso que ya tengo el Cielo ganado olvidándome que también puedo condenarme?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 125-127. 659 –667

MINISTERIO DE COMUNICACIONES RCC-DRVC

GLORIA A DIOS

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 4 Ee mayo Ee 2018 a las 9:15 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

6 -12 de Mayo del 2018

Tema“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”

Hech 10, 25-26.34-35.44-48: “El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles”

Cuando iba a entrar Pedro en casa del centurión Cornelio, salió éste a su encuentro y se echó a sus pies a modo de home¬naje, pero Pedro lo alzó, diciendo:

— «Levántate, que soy un hombre como tú».

Pedro tomó la palabra y dijo:

— «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea».

Todavía estaba hablando Pedro, cuando descendió el Espíri¬tu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras.

Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pe¬dro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derra¬mara también sobre los paganos.

Pedro añadió:

— «¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han reci¬bido el Espíritu Santo igual que nosotros?»

Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo.

Le rogaron que se quedara unos días con ellos.

Sal 97, 1-4: “El Señor revela a las naciones su salvación”

Canten al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas;

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia

y su fidelidad a favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

griten, vitoreen, toquen.

1Jn 4, 7-10: “Dios es Amor: amémonos unos a otros con el amor que procede de Dios”

Queridos hermanos:

Amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.

Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Jn 15, 9-17: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; perma¬nezcan en mi amor.

Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y perma¬nezco en su amor.

Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud.

Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.

Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto dure.

De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre Él se lo concederá.

Esto les mando: que se amen unos a otros».

NOTA IMPORTANTE

El pasaje del Evangelio de este Domingo es continuación de la parábola de la vid y los sarmientos (Domingo anterior). El Señor desarrolla en esta sección algunos de los temas desarrollados en la primera parte, en la que habla de la relación que debe existir entre Él y sus discípulos: el discípulo debe permanecer en Cristo y Cristo en Él, para dar fruto abundante y con ello gloria al Padre.

Esa permanencia que el Señor pide a sus discípulos es una permanencia en su amor. ¿Cómo permanecer en su amor? ¿Cuál es la clave de esa permanencia? La obediencia: «si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Guardar su palabra o sus mandamientos es un tema crucial en la predicación del Señor, recogido por San Juan (ver Jn 8, 51; 12, 47; 14, 21.24; 1Jn 2, 3-5; 3, 24). La palabra griega que se traduce por “guardar” entraña el sentido tanto de cuidar o conservar algo para que no se deteriore o sufra daño, como también observar o cumplir aquello que la Ley manda. Así, por ejemplo, cuando en el Evangelio de San Juan leemos que los judíos acusaban a Jesús de no guardar el sábado (ver Jn 9, 16), entendemos que lo que querían decir los fariseos era que a su juicio el Señor desobedecía la Ley por incumplir alguna de las normas que según ellos debía observarse en sábado.

Los discípulos deben acoger los mandamientos del Señor con avidez, atesorarlos y custodiarlos amorosamente en sus mentes y corazones, para observarlos y ponerlos en práctica. Su enseñanza debe llegar a ser para todo discípulo la norma de vida y conducta.

Al invitarlos a guardar sus mandamientos el Señor se coloca a sí mismo por encima de la Ley de Moisés. Con el Señor Jesús la antigua Ley da paso a la nueva Ley (ver Jn 13, 34). Jesús la lleva a su plenitud: «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1, 17).

Por tanto, es guardando sus mandamientos como los discípulos permanecerán en el amor del Señor, «lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». La medida y modelo de la permanencia de los discípulos en el amor del Señor es Su permanencia en el amor del Padre a través de su obediencia filial a Él. Cristo, el Hijo, permanece en el amor de su Padre porque hace lo que el Padre le manda: «ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31). También en Él, el modelo del hombre perfecto, el amor y la obediencia están íntimamente unidos.

El Señor Jesús manifiesta que su obediencia al Padre y su permanencia en el amor del Padre por medio de esta amorosa obediencia son, para Él, la fuente de una alegría y gozo infinito. El anhelo y deseo de que también sus discípulos experimenten ese mismo gozo lo impulsa a revelarles la fuente de la felicidad humana, dónde hallarla y cómo alcanzarla: la alegría en plenitud, la anhelada felicidad, la encuentra el ser humano en la permanencia en el amor del Señor, por medio de la obediencia a Él. Lo que es causa de plena alegría para el Hijo, es también causa de alegría suprema para los discípulos, quienes por su adhesión y permanencia en el Hijo entran a participar de aquella misma comunión de amor que el Hijo vive con el Padre y es la fuente de su gozo pleno.

Inmediatamente el Señor Jesús proclama aquello que deben poner por obra para alcanzar la plenitud del gozo y alegría: amarse unos a otros «como yo los he amado». El Señor se pone a sí mismo como medida y modelo del amor que deben vivir sus discípulos. En realidad, Él es la medida del verdadero amor humano. No hay amor más perfecto que el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en el libre y total don de sí mismo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Esta definición del amor supremo refleja su mirada interior, puesta ya en su próxima Pasión, y revela el motivo de su inminente entrega en la Cruz: el amor por los discípulos y amigos, un amor llevado a su máxima expresión, un amor llevado «hasta el extremo» (Jn 13, 1).

A partir de entonces es éste el mandamiento que resume todos los demás, llevándolos a su plenitud. Quien ama como Cristo, con sus mismos amores, cumple con la Ley entera, porque amará a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (ver Mc 12, 28-31).

En la segunda lectura San Juan exhorta a vivir este mutuo amor a quienes en Jesucristo han abierto sus mentes y corazones al amor de Dios. Dios mismo, escribe el apóstol, “es amor”. Quien afirma que lo conoce, quien cree en Él, ama a sus hermanos humanos con el mismo amor que viene de Dios.

El amor de Dios no hace distinciones (1ª. lectura). Dios es Padre de todos, y quiere que todos lleguen a participar de su Comunión divina de amor (ver 1Tim 2,4). Si en la historia eligió a un pueblo, fue para que, llegada la plenitud de los tiempos, pudiese manifestar por medio de él su salvación a todas las naciones (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 781; ver Lc 2, 30-32; 24,47). El don de la reconciliación, el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 5), es un regalo para todos por igual, judíos o gentiles. Pedro y los apóstoles así lo entienden y proclaman.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hemos sido creados por el Amor, para el amor, para amar y ser amados. El amor es nuestra vocación más profunda. Por ello, como gran conocedor del corazón humano, afirmaba el querido Papa Juan Pablo II, de santa memoria: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre» (Redemptor hominis, 10).

Así, pues, en medio de tanta confusión sobre lo que es el amor verdadero, en medio de tantos egoísmos que se disfrazan de amor, en una sociedad en la que el amor parece que no pasa de ser un sentimiento o pasión de momento y que no implica ningún compromiso duradero, ¿quién puede enseñarnos a amar verdaderamente? ¿Quién puede mostrarnos el amor auténtico?

Puede enseñarnos a amar verdaderamente, con un amor plenamente humano, con un amor que nos realice, Aquel de quien nos viene la capacidad y la vocación de amar, Aquel que ha sembrado en lo más profundo de nuestro ser esa necesidad de amar y ser amados, Aquel que es Él mismo Amor: Dios, que en Jesucristo se ha hecho hombre como nosotros, amándonos hasta el extremo de dar la vida por nosotros, enseñándonos cómo se ama de verdad, enseñándonos el amor verdadero, invitándonos a amar como Él nos ha amado.

Del Señor Jesús aprendemos la donación sin reservas de nosotros mismos en el amor. Es Él —quien le muestra al hombre la verdad sobre su propia identidad— el camino para el amor verdadero que es la plenitud de nuestra vida. Él es el Maestro y la Fuente del auténtico amor humano, un amor que es exigente, comprometido, fiel, un amor que es para siempre, para toda la eternidad, un amor que es la fuente de la realización y de la felicidad del ser humano.

Así, pues, ¿quieres amar de verdad? ¿Quieres ser amado de verdad? ¿Quieres, por el amor, llegar a ser hombre o mujer de verdad? ¡Mira a Cristo! ¡Escucha a Cristo! ¡Aprende de Cristo! ¡Nútrete del amor de Cristo! ¡Ama como Cristo, a Dios y a tus hermanos humanos! ¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«El amor de Dios no es algo que pueda aprenderse con unas normas y preceptos. Así como nadie nos ha enseñado a gozar de la luz, a amar la vida, a querer a nuestros padres y educadores, así también, y con mayor razón, el amor de Dios no es algo que pueda enseñarse, sino que desde que empieza a existir este ser vivo que llamamos hombre es depositada en él una fuerza espiritual, a ma¬nera de semilla, que encierra en sí misma la facultad y la tendencia al amor. Esta fuerza seminal es cultivada dili¬gentemente y nutrida sabiamente en la escuela de los di¬vinos preceptos y así, con la ayuda de Dios, llega a su perfección».

San Basilio Magno

«Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente, no con un amor que degrada, ni con el amor con que se aman los seres humanos por ser humanos, sino con el amor con que se aman porque están deificados y son hijos del Altísimo, de manera que son hermanos de su Hijo único y se aman entre sí con el mismo amor con que Cristo los ha amado, para conducirlos hasta aquella meta final en la que encuentran su plenitud y la saciedad de todos los bienes que desean. Entonces, en efecto, todo deseo se verá colmado, cuando Dios lo será todo en todas las cosas. Este amor es don del mismo que afirma: Como yo os he amado, para que vosotros os améis mutuamente. Por esto nos amó, para que nos amemos unos a otros; con su amor nos ha otorgado el que estemos unidos por el amor mutuo y, unidos los miembros con tan dulce vínculo, seamos el cuerpo de tan excelsa cabeza».

San Agustín

«El Señor —queriendo enseñarnos la necesidad que tenemos de estar unidos a Él por el amor, y el gran provecho que nos proviene de esta unión— se da a sí mismo el nombre de vid, y llama sarmientos a los que están injertados y como introducidos en Él, y han sido hechos ya partícipes de su misma naturaleza por la comunicación del Espíritu Santo (ya que es el santo Espíritu de Cristo quien nos une a Él). (…Hemos sido regenerados por Él y en Él, en el Espíritu, para que demos frutos de vida, no de aquella vida antigua y ya caduca, sino de aquella otra que consiste en la novedad de vida y en el amor para con Él. Nuestra permanencia en este nuevo ser depende de que estemos en cierto modo injertados en Él, de que permanezcamos tenazmente adheridos al santo mandamiento nuevo que se nos ha dado, y nos toca a nosotros conservar con solicitud este título de nobleza, no permitiendo en absoluto que el Espíritu que habita en nosotros sea contristado en lo más mínimo, ya que por Él habita Dios en nosotros».

San Cirilo de Alejandría

EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El nuevo mandamiento de Cristo

2822: La voluntad de nuestro Padre es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 3-4). El «usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan» (2 P 3, 9). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que «nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado» (Jn 13, 34).

1823: Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo. Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). Y también: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).

1824: Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: «Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15, 9-10).

1825: Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos (ver Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (ver Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (ver Mc 9, 37) y a los pobres como a Él mismo (ver Mt 25, 40.45).

1826: «Si no tengo caridad —dice también el Apóstol— nada soy...». Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma... «si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1Cor 13, 1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad» (1Cor 13, 13).

De Cristo hemos de aprender a amar

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11, 29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

CONCLUSION

«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos»

Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas

Domingo de la Semana 6ª del Tiempo Pascual. Ciclo B – 6 de mayo 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 15,9 -17

¿Cuál es la clave de las tres lecturas? Es la amorosa mirada que Dios tiene a cada uno de nosotros. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). Y es por eso que nosotros debemos de amarnos unos a otros sin acepción de personas: todos somos hijos queridos de Dios.

Esto es lo que leemos en la Primera Lectura. Cornelio, centurión piadoso y simpatizante del judaísmo es el primer pagano recibido como cristiano por uno de los apóstoles. El relato del encuentro y el discurso de Pedro insisten en la supresión de las fronteras entre judíos y paganos. Dios mismo es quien las ha suprimido, enseñando a Pedro a no llamar impuro a ningún hombre (Hechos de los Apóstoles 10, 25 – 26. 34 – 35. 44 – 48.). San Juan, en la Segunda Lectura (primera carta de San Juan 4, 7- 10), nos ha dejado la más excelsa definición de Dios: «Dios es amor» y este amor ha tenido su máxima manifestación en la entrega de su propio Hijo para que podamos alcanzar la vida eterna. La respuesta a este amor divino será nuestro amor a Dios y al prójimo. El amor es la norma moral más exigente y más plena ya que exige un cumplir, por amor, lo que el Señor nos ha mandado. Para eso nos ha escogido (San Juan 15,9 -17).

«Dios no hace acepción de personas…»

El episodio que leemos en la Primera Lectura es muy importante porque es el primer pagano que es admitido a la Iglesia por el mismo Pedro. Cornelio era un centurión de la cohorte itálica que tenía su sede en Cesarea y si bien era un hombre temeroso de Dios; no era judío. Cornelio tiene una visión en la que se le pide que llame a un tal Simón, llamado Pedro, que se encuentra en Joppe . Así, envía mensajeros en busca de aquel hombre. Mientras los mensajeros van de camino, Pedro tiene también una visión en la que una voz le invita a comer alimentos que eran retenidos como impuros por los judíos. La petición se repite hasta tres veces con la subsiguiente negativa de Pedro. La visión concluye con una afirmación taxativa: lo que Dios ha purificado, no lo llames tú profano.

Después de esto, Pedro acude a Cesarea para encontrar a Cornelio y, después de escuchar la narración de éste, concluye: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». El Espíritu Santo desciende sobre los presentes, como si se tratase de un segundo Pentecostés, el Pentecostés de los gentiles, y la escena concluye con el bautismo de Cornelio y toda su familia. El pasaje es de máxima importancia para comprender el carácter universal de la salvación. Dios no hace acepción de personas en relación con su amor reconciliador. Al encarnarse el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a todos los hombres y los invita a la salvación. Éste es el descubrimiento que hace Pedro. Él no puede llamar a nadie impuro porque todos somos hijos de Dios, somos imagen de Dios creados por sobreabundancia de amor y llamados a la «vida eterna».

Dios siempre nos busca primero

En la segunda lectura, San Juan repite en dos ocasiones: «Dios envió a su Hijo». Dios envía a su Hijo único para reconciliarnos ya que por el pecado vivíamos en ruptura. El amor mutuo tiene su fundamento en el amor de Dios. ¡Dios es amor! Lo que nos dice el texto es que la característica más acusada de Dios es el amor; su actividad más específica es amar. Dios se ocupa y se preocupa del hombre. La prueba suprema de ello es la Cruz. Ella demuestra qué clase de amor es el de Dios: amor de entrega concreta, palpable, amor reconciliador. El costo de la reconciliación supera toda imaginación: el envío de su Hijo. Dios envía a su Hijo para que nos rescate del pecado y de la “segunda muerte”: la pérdida definitiva de Dios.

Por eso, podemos sostener firmemente que Dios nos amó primero. Nos dice San Agustín: «No somos, por tanto, nosotros los que primero observamos los mandamientos y después Dios venga a amarnos, sino por el contrario: si Él no nos amase, nosotros no podríamos observar sus mandamientos. Ésta es la gracia que ha sido revelada a los humildes y permanece escondida a los soberbios». Es la gracia del amor de Dios que nos precede, prepara y acompaña nuestras obras. Sin Él o al margen de Él y de su amor, no podríamos hacer nada. En el versículo siguiente a la lectura (ver 1Jn 4,1) leemos «Si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros». El pretender amar sólo a Dios, en respuesta a su amor, olvidándonos de los otros, no es cristiano.

«Nadie tiene mayor amor…»

El Evangelio dominical es la continuación del relato sobre la vid y de los sarmientos. Podemos decir que aquí saca las conclusiones de esa unión vital que sus discípulos tienen con Jesús. La primera frase nos revela que el «amor» a que se refiere es una realidad sobrenatural, es algo que nosotros hemos podido conocer porque nos fue dado (revelado) de lo alto. El amor es algo que existe en Dios y que fue revelado al mundo por Jesucristo. En Él hemos conocido, de verdad, lo que es al amor. Para poder amar hay que seguir el ejemplo de Cristo. Ese amar «como yo os he amado» es lo que caracteriza el amor cristiano.

Santo Tomás de Aquino dice que el amor es procurar el bien del otro. Sin la gracia de Dios el hombre acaba siempre por procurar su propio bien, es decir, acaba en un acto egoísta. Para poder realizar un acto de amor es necesario que sea dado de lo alto. Es lo que nos dice San Pablo en su carta a los romanos: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5,).

El Espíritu Santo nos comunica el conocimiento de Dios infundiéndonos el amor. El que no ama no tiene noción alguna de Dios. Por eso no debe de extrañarnos que tantos ambientes de nuestra sociedad no conozcan a Dios. Si los vemos más de cerca veremos como reina allí el egocentrismo y el buscar solamente el propio beneficio. Y es que no todos tienen la experiencia del amor verdadero. El que ha visto el amor, ése no lo puede olvidar nunca. El fruto de un acto de amor no pasa nunca. Tal vez un ejemplo nos pueda aclarar esta idea.

Se cuenta de la fundadora de las Hermanitas de los Pobres, Santa María de la Cruz Jugan que un día mientras pedía limosna para sus ancianos en una oficina pública, un señor irritadísimo le escupió la mano que ella le tendía esperando una limosna. Entonces sucedió algo inesperado. Ella, con sincera gratitud, se limpió el escupo en su hábito, y sin ningún reproche, le dice: «¡Gracias, señor! Esto es para mí. Por favor deme ahora algo para mis pobres». ¡Este es un acto de amor! Ante una acción semejante no hay nada que hacer. Quedó evidente la acción de Dios ya que fue más allá de lo previsto, de lo esperado. El señor quedó desarmado y en el instante no sólo dio una limosna para los pobres sino que se convirtió en uno de los mayores benefactores de la obra. Por eso, el que ha visto un acto de amor…no lo puede olvidar nunca.

«Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor»

El vocablo clave en la primera parte del texto es el verbo «permanecer». Para expresar esta relación vital entre Jesús y sus discípulos el Maestro Bueno ha utilizado la metáfora-alegoría de la vid y los sarmientos. El verbo «permanecer», del griego «meno» o «menein», aparece 118 veces en el Nuevo Testamento. En los textos juaninos de los 67 casos, aparece 43 veces en su expresión compuesta de «permanecer en» (meno en). En cuanto a las fórmulas contenidas en los discursos del Señor Jesús o en las Cartas: se trata de invitaciones a los discípulos a «permanecer en Él», «en su palabra»: quiere decir, mantenerse firme en la enseñanza recibida, especialmente frente a los que pretenden confundir a los discípulos con falsas doctrinas (ver 2 Tim 3,14; 2 Jn 9) y «en su amor»: quiere decir, «mantenerse fiel a la Alianza de Amor» que Él ha sellado con su Sangre.

Esta fidelidad exige el cumplimiento de la Nueva Ley, que se resume en «amar y amarse los unos a los otros con el mismo amor con que Él nos ha amado primero» (ver Jn 15,12.17). De este modo, por respuesta al Don recibido (ver Rom 5,5), se realiza y se mantiene viva «la comunión con Él, y en Él, con todo el Cuerpo». En la misma línea de la íntima comunión de vida San Juan usa la expresión “permanecer” en para hablar de la unión existente entre el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo.

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús, en el discurso de despedida, en los últimos días antes de subir al cielo, habló de muchas cosas», pero siempre sobre el mismo punto, representado por «tres palabras clave: paz, amor y alegría».

Sobre la primera, recordó el Papa, «hemos ya reflexionado» en la misa de anteayer, reconociendo que el Señor «no nos da una paz como la da el mundo, nos da otra paz: ¡una paz para siempre!». Respecto a la segunda palabra clave, «amor», Jesús, destacó el Papa, «había dicho muchas veces que el mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo». Y «habló de ello también en diversas ocasiones» cuando «enseñaba cómo se ama a Dios, sin los ídolos». Y también «cómo se ama al prójimo». En resumen, Jesús encierra todo este discurso en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en él se nos dice cómo seremos juzgados. Allí el Señor explica cómo «se ama al prójimo».

Pero, en el pasaje evangélico de san Juan (15, 9-11), «Jesús dice una cosa nueva sobre el amor: no sólo amad, sino permaneced en mi amor». En efecto, «la vocación cristiana es permanecer en el amor de Dios, o sea, respirar y vivir de ese oxígeno, vivir de ese aire».

Pero ¿cómo es este amor de Dios? El Papa Francisco respondió con las mismas palabras de Jesús: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». Por eso, observó, es «un amor que viene del Padre». Y la «relación de amor entre Él y el Padre» llega a ser una «relación de amor entre Él y nosotros». Así, «nos pide permanecer en ese amor que viene del Padre». Luego, «el apóstol Juan seguirá adelante —dijo el Pontífice— y nos dirá también cómo debemos dar este amor a los demás» pero lo primero es «permanecer en el amor». Y esta es, por lo tanto, también la «segunda palabra que Jesús nos deja.

Y ¿cómo se permanece en el amor? Nuevamente el Papa respondió a la pregunta con las palabras del Señor: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». Y, exclamó el Pontífice, «es algo bello esto: yo sigo los mandamientos en mi vida». Hermoso hasta el punto, explicó, que «cuando no permanecemos en el amor son los mandamientos que vienen, solos, por el amor». Y «el amor nos lleva a cumplir los mandamientos, así naturalmente» porque «la raíz del amor florece en los mandamientos» y los mandamientos son el «hilo conductor» que sujeta, en «este amor que llega», la cadena que une al Padre, a Jesús y a nosotros.

La tercera palabra que indicó el Papa es la «alegría». Al recordar la expresión de Jesús propuesta en la lectura del Evangelio —«Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud»—, el Pontífice evidenció que precisamente «la alegría es el signo del cristiano: un cristiano sin alegría o no es cristiano o está enfermo», su salud cristiana «no está bien». Y, añadió, «una vez dije que hay cristianos con la cara avinagrada: siempre con la cara roja e incluso el alma está así. ¡Y esto es feo!». Estos «no son cristianos», porque «un cristiano sin alegría no es cristiano».

Para el cristiano, en efecto, la alegría está presente «también en el dolor, en las tribulaciones, incluso en las persecuciones». Al respecto el Papa invitó a mirar a los mártires de los primeros siglos —como las santas Felicidad, Perpetua e Inés— que «iban al martirio como si fuesen a las bodas». He aquí entonces, «la gran alegría cristiana» que «es también la que custodia la paz y custodia el amor».

Papa Francisco. Misa matutina em la capilla de la Domus Santae Marthae. Jueves 22 de mayo de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger:«Cualquier amor humano se convierte en verdaderamente enriquecedor y grande cuando estoy dispuesto a renunciar a mí mismo por esa persona, a salir de mí mismo, a entregarme. Esto es válido sobre todo en la gran escala de nuestra relación con Dios, de la que, en definitiva, derivan todas las demás relaciones. Tengo que comenzar por dejar de mirarme, y preguntarme qué es lo que Él quiere. Tengo que empezar aprendiendo a amar, pues el amor consiste en apartar la mirada de mí mismo y dirigirla hacia Él» . ¿Cómo vivo mi relación de amor con el Señor?

2. ¿Cómo podemos vivir el amor a nuestros hermanos en la realidad concreta? Hagamos una lista de las situaciones diarias y concretas en las cuales podemos vivir el mandamiento del amor.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1-3.27.50-55.210-221.

GLORIA A DIOS

MINISTERIO COMUNICION DE LA RCC-DRVC


Yo soy la vid, ustedes las ramas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee abril Ee 2018 a las 9:55 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC

29 de Abril al 5 de Mayo del 2018

Yo soy la vid, ustedes las ramas

Hech 9, 26-31: “Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor”

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de jun¬tarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los Apóstoles.

Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús.

Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron ma¬tarlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y de allí lo enviaron a Tarso.

La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en fidelidad al Señor, y se multi¬plicaba, animada por el Espíritu Santo.

Sal 21, 26-32: “El Señor es mi alabanza en la gran asamblea”

Cumpliré mis votos delante de tus fieles.

Los desvalidos comerán hasta saciarse,

alabarán al Señor los que lo buscan:

viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor

hasta de los confines del orbe;

en su presencia se postrarán

las familias de los pueblos.

Ante Él se postrarán las cenizas de la tumba,

ante Él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para Él, mi descendencia le servirá,

hablarán del Señor a la generación futura,

contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:

todo lo que hizo el Señor.

1Jn 3, 18-24: “Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

En esto conoceremos que somos de la verdad y tendremos nuestra conciencia tranquila ante Él, en caso de que nos conde¬ne nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra concien¬cia y conoce todo.

Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena con¬fianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de Él, porque guar¬damos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado.

Jn 15, 1-8: “El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador.

Si alguna de mis ramas no da fruto, Él la arranca; y poda las que dan fruto, para que den más fruto.

Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes.

Como la rama no puede producir frutos por sí misma, si no permanece en la vid, así tampoco pueden ustedes producir fruto si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes las ramas; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como ramas secas; luego las recogen y las echan al fuego, y arden.

Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en uste¬des, pidan lo que quieran y se les dará.

Con esto recibe gloria mi Padre, en que ustedes den fruto abundante; así serán discípulos míos».

NOTA IMPORTANTE

Una última vez en el Evangelio de San Juan aparece el Señor pronunciando aquel solemne “Yo soy” para revelar, mediante una comparación, una verdad profunda de sí mismo. En esta ocasión dirá: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador». El momento en que pronuncia aquella enseñanza es también solemne: es la noche previa a su Pasión y Muerte, la noche de la última Cena, noche en que ofreciéndose a sí mismo como el nuevo Cordero Pascual cuya Carne debe ser comida (ver Lc 22, 19; Jn 6, 53-56), sella una Nueva Alianza con su Sangre (ver Lc 22, 20).

El Señor introduce ahora otra novedad revolucionaria. Hasta entonces Israel había sido la viña del Señor: «una viña de Egipto arrancaste, expulsaste naciones para plantarla a ella, le preparaste el suelo, y echó raíces y llenó la tierra. Su sombra cubría las montañas, sus pámpanos los cedros de Dios; extendía sus sarmientos hasta el mar, hasta el Río sus renuevos» (Sal 80, 9-12). Y así se consideraban los israelitas: «viña del Señor es la Casa de Israel» (Is 5, 7).

Sin embargo, de «cepa exquisita» (Is 5, 2) y «selecta» se tornó en «vid bastarda» (Jer 2, 21), pues en vez de dar uvas sabrosas y dulces dio agraces, frutos ácidos y amargos: «esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos» (Is 5, 7; ver Is 5, 1-3; Sal 80, 13-16; Ez 15, 1-6; 19, 10-14). Dios, por medio de su profeta, se lamenta al ver estos frutos de injusticia: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces?» (Is 5, 4).

¿Qué más hizo Dios? El Padre envió a su propio Hijo. Él es ahora la “cepa selecta” y “cimiente legítima” que Dios ha plantado en nuestro suelo. Él es la vid verdadera, legítima, la salvación viene ya no de la pertenencia al pueblo de Israel, sino de la pertenencia a Cristo. Él ha venido a realizar en sí mismo, en plenitud, aquello que Israel estaba llamado a ser: la vid fecunda de Dios, fecunda en obras de justicia y caridad. Él en sí mismo es la vid que da frutos óptimos, Él es quien glorifica al Padre con los frutos de su amorosa obediencia, llevando a cabo con perfección sus designios reconciliadores.

Ahora bien, el viñador, que el Señor Jesús identifica con su Padre, espera evidentemente que su viña produzca fruto abundante y del mejor. ¿Cuáles son los frutos que el viñador espera de los sarmientos? Son frutos de justicia y honradez (ver Is 5, 7), frutos que proceden de una vida adherida a Cristo y de la permanencia de sus palabras en el discípulo, es decir, de la obediencia a sus enseñanzas, de la obediencia a los mandamientos divinos, frutos de santidad y de caridad. Es lo que señala también San Juan en su primera carta (2ª. lectura): permanece en Dios quien guarda sus mandamientos. Y permaneciendo en Dios el ser humano se despliega y se torna fecundo, dando gloria a Dios con su vida, santidad y apostolado.

¿Cómo se asegura el viñador una buena cosecha? Para que la vid produzca buen fruto se hace necesario podarla y limpiarla regularmente. La poda adecuada vigoriza la planta, mejorando su desarrollo, floración y fecundidad. Un sarmiento caduco, dañado o enfermo, sólo resta fuerzas a la vid. Por tanto, todo sarmiento que no da fruto debe ser cortado y todo el que da fruto limpiado, «para que dé más fruto».

Por otro lado, es evidente que para dar fruto los sarmientos deben permanecer unidos a la vid. Una rama desprendida de su tronco no tiene posibilidad alguna de subsistir y menos aún de producir frutos por sí misma. Sólo se seca y se marchita. De modo análogo el discípulo debe permanecer siempre unido al Señor Jesús para dar fruto. Sin el Señor el discípulo no puede hacer nada. Ésta es la enseñanza fundamental de este pasaje: la vida y fecundidad del discípulo dependen absolutamente del Señor y de su unión vital con Él.

Para insistir en la necesidad de esta unión con Él el Señor advierte al mismo tiempo del radical fracaso que le espera a quien se separa de Él y pretende dar fruto por sí mismo: «Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden». Es, pues, imposible que el discípulo dé fruto por su cuenta y con sus solas fuerzas.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Soy cristiano y católico porque un día fui bautizado. Pero, ¿soy verdaderamente discípulo de Cristo?

Dice el Señor: «Con esto recibe gloria mi Padre, en que ustedes den fruto abundante; así serán discípulos míos» Jn 15, 8. Para quien ama a Dios y desea glorificarlo con toda su vida, ser discípulo de Cristo es fundamental.

Discípulo es aquel que tiene un maestro, porque busca aprender todo lo que él desde su sabiduría y experiencia le enseña, porque, más aún, quiere asemejarse a él, quiere ser como él. Por otro lado, el verdadero maestro es el que hace mucho más que impartir un conjunto de conocimientos: enseña una sabiduría profunda, un camino de superación y realización personal, una moral que se refleja en su propio modo de vida, etc. El discípulo descubre en tal maestro un modelo apelante, digno de ser imitado y seguido. Lo admira, encuentra en él respuestas a sus propios anhelos y búsquedas de verdad y de felicidad, su modo de vida lo atrae.

Entre el maestro y el discípulo se establece un vínculo de confianza, así como una profunda sintonía. El discípulo, porque confía en su maestro, porque sabe que lo llevará por el sendero que conduce a su máximo bien, hace lo que le dice, le presta obediencia aunque a veces implique renuncias exigentes y costosas.

Ahora puedo preguntarme: ¿Soy yo verdaderamente discípulo de Cristo? ¿Procuro conocer sus enseñanzas y vivir de acuerdo a ellas? ¿O soy cristiano sólo de nombre?

Tomemos conciencia de que no basta con decir: “yo creo en Él”. No es discípulo quien dice que cree, sino quien vive como enseña Cristo. Decía Santiago, el Apóstol: «¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan» (Stgo 2, 19) No basta, pues, con creer. Son necesarios los frutos, las obras que manifiestan la fe. Es necesario «vivir como vivió Él» (1Jn 2, 6), vivir de acuerdo a las enseñanzas que Él proclamó.

Para ser discípulo de Cristo es necesaria una adhesión afectiva a su Persona y a sus enseñanzas. ¡Qué importante es encontrarnos con Él todos los días, leer los Evangelios y hacer silencio para escuchar Su voz y procurar poner por obra sus enseñanzas!

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«El Señor, queriendo enseñarnos la necesidad que tenemos de estar unidos a Él por el amor, y el gran provecho que nos proviene de esta unión, se da a sí mismo el nombre de vid, y llama sarmientos a los que están injertados y como introducidos en Él, y han sido hechos ya partícipes de su misma naturaleza por la comunicación del Espíritu Santo (ya que es el santo Espíritu de Cristo quien nos une a Él). La adhesión de los que se allegan a la vid es una adhesión de voluntad y de propósito, la unión de la vid con nosotros es una adhesión de afecto y de naturaleza. Movidos por nuestro buen propósito, nos allegamos a Cristo por la fe y, así, nos convertimos en linaje suyo, al obtener de Él la dignidad de la adopción filial. En efecto, como dice san Pablo, quien se une al Señor es un espíritu con Él».

San Cirilo de Alejandría

«“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en Él” (Jn 6, 56). Para estar en Él, tiene Él que estar en nosotros, ya que sólo Él mantiene asumida en su persona la carne de los que reciben la suya. Ya antes había enseñado la perfecta unidad que obra este Sacramento [la Eucaristía], al decir: “Así como me envió el Padre que posee la vida y yo vivo por el Padre, de la misma manera quien me come vivirá por mí” (Jn 6, 57). Él, por tanto, vive por el Padre; y, del mismo modo que Él vive por el Padre, así también nosotros vivimos por su Carne».

San Hilario

«Hemos sido regenerados por Él y en Él, en el Espíritu, para que demos frutos de vida, no de aquella vida antigua y ya caduca, sino de aquella otra que consiste en la novedad de vida y en el amor para con Él. Nuestra permanencia en este nuevo ser depende de que estemos en cierto modo injertados en Él, de que permanezcamos tenazmente adheridos al santo mandamiento nuevo que se nos ha dado, y nos toca a nosotros conservar con solicitud este título de nobleza, no permitiendo en absoluto que el Espíritu que habita en nosotros sea contristado en lo más mínimo, ya que por Él habita Dios en nosotros».

San Cirilo de Alejandría

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

“El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto”

787: Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida; les reveló el Misterio del Reino; les dio parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos. Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permaneced en mí, como yo en vosotros... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).

755: «La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia y que sin Él no podemos hacer nada».

2074: «Jesús dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12)».

Gracias al poder del Espíritu Santo

736: «Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”».

1988: «Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, sarmientos unidos a la Vid que es Él mismo».

CONCLUSION

Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»

Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo B – 29 de abril de 2018.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 15,1-8

Todas las lecturas de este quinto Domingo de Pascua nos hablan de la necesidad de estar unidos a Jesucristo, Muerto y Resucitado para producir los frutos buenos que el Padre espera de nosotros. La Primera Lectura (Hechos de los Apóstoles 9, 26 – 31) nos muestra a San Pablo que narra su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Cristo a pesar de las amenazas de muerte de los hebreos de lengua griega. En la Segunda Lectura (primera carta de San Juan 3, 18-24), San Juan San Juan 15,1-8 continúa su exposición sobre las verdaderas exigencias del amor. No se ama solamente con bellas palabras o discursos altisonantes, como pretendían la secta de los «gnósticos» , sino en obras concretas de amor. No se puede separar la fe de la vida cotidiana. La bella parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la vid verdadera, Cristo el Señor.

De Saulo a Pablo

Leemos en el inicio del capítulo 9 del libro de los Hechos de los Apóstoles: «Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén». Este mismo Saulo , después de haber sido tocado por el Señor, va intentar juntarse con los discípulos de Jesús. Es por ello comprensible el miedo y la desconfianza que inspiraba.

Tres años después de su conversión, Saulo va por primera vez a Jerusalén. Bernabé , generoso y noble chipriota que ha vendido su campo para poner el importe a los pies de los apóstoles (ver Hc 4, 36-37), fue el instrumento providencial para introducir a Saulo en la Iglesia de Jerusalén, así como en Antioquía y luego en el mundo de los gentiles. Bernabé narra como Saulo había predicado «valientemente en el nombre del Señor». Esta reveladora frase nos habla del fervor, la valentía y la convicción que va a caracterizar todo el ministerio apostólico de San Pablo. A los romanos, Pablo les dirá que no se avergüenza del Evangelio porque es «fuerza de Dios». Esta vehemencia le costará ser perseguido hasta poner su vida en peligro por el Señor. De perseguidor a perseguido…de Saulo a Pablo.

«No amemos de palabra, ni de boca…»

La Primera Carta del apóstol San Juan pone de relieve, de modo contundente, que no se puede amar sólo de palabra, sino con obras y según la verdad. «Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»(1Jn 3,17).Jesucristo ha vivido de manera plena el amor dando su vida por nosotros; así también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1Jn 3,16). ¿Cómo podemos dar la vida por los demás? Lógicamente no todos pueden dar la vida mediante el martirio ; sin embargo todos podemos dar la vida por nuestros hermanos de muchas formas concretas; ya sea mediante el servicio constante, la paciencia, el velar por el otro, etc. El hecho de actuar movidos por este criterio es signo evidente de que somos «de la verdad».

Un principio tranquilizador de nuestra conciencia lo encontraremos solamente en Dios. Él lo conoce todo y es infinitamente comprensivo con las dificultades que debemos superar para poder «guardar los mandamientos y hacer lo que le agrada». Él se halla muy por encima de nuestras pequeñeces y se alegra con nuestra conversión que, gracias a su Hijo, es fuente de verdadera paz (Rom 5,1).

«Yo soy la vid verdadera…»

Si cualquier persona dijera: «Separados de mí no podéis hacer nada», lo consideraríamos una pretensión intolerable. Pero lo dijo Jesús y en la historia ha habido multitud de hombres y mujeres que lejos de considerarla una pretensión, están convencidos de su veracidad. El Evangelio de hoy es una de las páginas cumbres del Evangelio. «Yo soy la vid verdadera». Es una frase por la cual Jesús define su identidad. En primer lugar, nos llama la atención el adjetivo: «verdadera». ¿Es que hay una «falsa» vid con la cual Jesús quiere establecer el contraste? No exactamente. El adjetivo «verdadero» se usa en el Evangelio de Juan para cualificar una realidad que ha sido preanunciada en el Antiguo Testamento por medio de una figura y que aquí tiene su realización plena. Ese adjetivo establece una oposición entre anuncio y cumplimiento. Es, entonces, necesario buscar en el Antiguo Testamento un lugar en que aparezca la vid como imagen, pues a ella se refiere Jesús. La afirmación de Jesús quiere decir que aquí ha alcanzado la verdad lo que allá no era más que una sombra. Aquí ha sido revelado lo que allá era un anuncio.

El lugar que buscamos lo encontramos en el capítulo V de Isaías. Allí Isaías refiere la canción de amor de un propietario por su viña; destaca la solicitud con que la cultiva y cuida; pero también su pesar al obtener de ella solamente frutos amargos. Entonces concluye: «Viña del Señor, Dios de los ejércitos, es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito. Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos» (Is 5,7). La frustración de Dios por la conducta de su pueblo se ve completamente reparada por la fidelidad de Jesús. Todo lo que Dios esperaba de su viña, lo obtiene con plena satisfacción de Jesucristo. Esto es lo que quiere decir Jesús cuando declara: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador». Si en la canción de la viña de Isaías, el dueño «esperaba que diese uvas» (Is 5,2), esta esperanza se ve satisfecha en Jesús. En Él Dios encuentra frutos abundantes y deliciosos; en Él Dios se complace.

«Vosotros sois los sarmientos…»

Pero, en seguida, Jesús se extiende a nuestra relación con Él diciendo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos». Enseña así que también nosotros podemos participar de su condición de vid verdadera; que podemos ser parte de la misma vid cuyo viñador es el Padre; y que también nosotros podemos dar frutos que satisfagan al Padre. Pero esto sólo a condición de permanecer unidos a Cristo. Lo dice Él de manera categórica: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada». La unión con Cristo nos permite realizar un tipo de obras que tienen significado ante Dios. Incluso podemos así dar gloria a Dios: «La gloria de mi Padre está en que deis fruto, y que seáis mis discípulos». Esos frutos que dan gloria a Dios no los podemos dar nosotros sin Cristo, pues separados de Él somos como los sarmientos separados de la vid.

¿A qué se refiere Jesús cuando habla de «frutos»? Eso queda claro más adelante cuando dice: «Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn 15,17). Es lo mismo que decir: «Lo que os mando es que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (ver Jn 15,16). El único fruto que Dios espera de nosotros es el amor; pero a menudo obtiene sólo uvas amargas, que son nuestro egoísmo. De lo enseñado por Jesús se deduce que el hombre no puede poner un acto de amor verdadero, sin estar unido a Cristo, pues el amor es un acto sobrenatural que nos es dado.

San Pablo expone esta misma enseñanza de manera incisiva en el famoso himno al amor cristiano: «Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada soy» (1Cr 13,2). Si el hombre no tiene amor, no tiene entidad ante Dios. Esto es lo que dice Jesús: «Sin mí no podéis poner un acto de amor, sin mí no podéis hacer nada, sin mí no sois nada». Empezamos a existir ante Dios cuando nos injertamos en Cristo y gozamos de su misma vida divina. Y esto sucede por primera vez en nuestro bautismo.

Una palabra del Santo Padre:

«En la parábola de la vid, Jesús no dice: “Vosotros sois la vid”, sino: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15, 5). Y esto significa: “Así como los sarmientos están unidos a la vid, de igual modo vosotros me pertenecéis. Pero, perteneciendo a mí, pertenecéis también unos a otros”. Y este pertenecerse uno a otro y a Él, no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica, sino –casi me atrevería a decir– un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital. La Iglesia es esa comunidad de vida con Jesucristo y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía. “Yo soy la verdadera vid”; pero esto significa en realidad: “Yo soy vosotros y vosotros sois yo”; una identificación inaudita del Señor con nosotros, con su Iglesia.

Cristo mismo en aquella ocasión preguntó a Saulo, el perseguidor de la Iglesia, cerca de Damasco: “¿Por qué me persigues?” (Hch 9, 4). De ese modo, el Señor señala el destino común que se deriva de la íntima comunión de vida de su Iglesia con Él, el Resucitado. En este mundo, Él continúa viviendo en su Iglesia. Él está con nosotros, y nosotros estamos con Él. “¿Por qué me persigues?”. En definitiva, es a Jesús a quien los perseguidores de la Iglesia quieren atacar. Y, al mismo tiempo, esto significa que no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesucristo está en nosotros y con nosotros.

En la parábola, el Señor Jesús dice una vez más: “Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador” (Jn 15, 1), y explica que el viñador toma la podadera, corta los sarmientos secos y poda aquellos que dan fruto para que den más fruto. Usando la imagen del profeta Ezequiel, como hemos escuchado en la primera lectura, Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, y darnos un corazón vivo, de carne (cf. Ez 36, 26). Quiere darnos vida nueva y llena de fuerza, un corazón de amor, de bondad y de paz. Cristo ha venido a llamar a los pecadores. Son ellos los que necesitan el médico, y no los sanos (cf. Lc 5, 31s). Y así, como dice el Concilio Vaticano II, la Iglesia es el “sacramento universal de salvación” -Lumen gentium 48- que existe para los pecadores, para nosotros, para abrirnos el camino de la conversión, de la curación y de la vida. Ésta es la constante y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo.

Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la “Iglesia”. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, trigo y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y bello de la Iglesia.

Por tanto, ya no brota alegría alguna por el hecho de pertenecer a esta vid que es la “Iglesia”. La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la “Iglesia” y los “ideales sobre la Iglesia” que cada uno tiene. Entonces, cesa también el alegre canto: “Doy gracias al Señor, porque inmerecidamente me ha llamado a su Iglesia”, que generaciones de católicos han cantado con convicción.

Pero volvamos al Evangelio. El Señor prosigue: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí… porque sin mí -separados de mí, podría traducirse también- no podéis hacer nada” (Jn 15, 4. 5b). Cada uno de nosotros ha de afrontar una decisión a este respecto. El Señor nos dice de nuevo en su parábola lo seria que ésta es: “Al que no permanece en mí lo tiran fuera como el sarmiento, y se seca; luego recogen los sarmientos desechados, los echan al fuego y allí se queman” (cf. Jn 15, 6). Sobre esto, comenta san Agustín: “El sarmiento ha de estar en uno de esos dos lugares: o en la vid o en el fuego; si no está en la vid estará en el fuego. Permaneced, pues, en la vid para libraros del fuego” (In Ioan. Ev. Tract., 81, 3 [PL 35, 1842]).

La opción que se plantea nos hace comprender de forma insistente el significado fundamental de nuestra decisión de vida. Al mismo tiempo, la imagen de la vid es un signo de esperanza y confianza. Encarnándose, Cristo mismo ha venido a este mundo para ser nuestro fundamento. En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en sarmientos buenos que dan vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida. Lo importante es que “permanezcamos” en la vid, en Cristo».

Benedicto XVI. Homilía en el estadio Olímpico de Berlín. Jueves 22 de septiembre de 2011.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Busquemos, con sincero arrepentimiento, al Médico Bueno para que cure nuestras heridas y acojamos el don de la reconciliación que se nos ofrece en cada confesión.

2. Decía la Beata Madre Teresa de Calcuta: «El servicio más grande que podéis hacer a alguien es conducirlo para que conozca a Jesús, para que lo escuche y lo siga, porque sólo Jesús puede satisfacer la sed de felicidad del corazón humano, para la que hemos sido creados» ¿Cómo puedo vivir esta realidad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 736, 755, 787, 1988, 2074.

MINISTERIO DE COMUNICACIÓN RCC-DRVC

GLORIA A DIOS!

Ustedes son testigos de mi resurrección

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee abril Ee 2018 a las 0:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


15-21 de Abril del 2018


“Ustedes son testigos de mi resurrección”




Hech 3, 13-15.17-19: “Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”


En aquellos días, Pedro dijo a la gente:

— «El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.

Ustedes rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.

Sin embargo, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, de la misma manera que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados».


Sal 4, 2.4.7.9: “Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro”


Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío; tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración.

Hay muchos que dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”

En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.


1 Jn 2, 1-5: “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero”


Hijos míos, les escribo esto para que no pequen.

Pero, si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos.

Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él.

Lc 24, 35-48: “Estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día”

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:

— «Paz a ustedes».

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:

— «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría y el asombro, les dijo:

— «¿Tienen ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. El lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

— «Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

— «Así estaba escrito: el Cristo padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».


NOTA IMPORTANTE


En el Evangelio de este Domingo San Lucas relata el momento en el que el Señor resucitado se presenta en medio de sus Apóstoles y discípulos reunidos en el Cenáculo: «Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presentó en medio de ellos».


¿De qué cosas hablaban? De la resurrección del Señor. De este hecho inusitado daban testimonio Pedro y también los dos discípulos que tristes se habían marchado a Emaús. Estos habían regresado al Cenáculo llenos de entusiasmo para contar a todos cómo el Señor resucitado los había acompañado por el camino hasta que lo reconocieron en la fracción del pan. La resurrección del Señor ya no era, como habían sospechado al principio, el fruto de la imaginación o delirio de algunas mujeres “emocionalmente alteradas”, sino una realidad que dejaba atrás todo escepticismo: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24, 34)


En medio de este alborotado coloquio y estando las puertas del recinto cerradas, el Señor se presentó en medio de ellos. Tomados por sorpresa se llenaron de miedo, pues por un momento creían que se trataba de un fantasma o espíritu. ¿Cómo había podido entrar sin que nadie le abriese la puerta?


El Señor, a modo de saludo y como expresión del don obtenido para ellos por su Pascua, les dice: «Paz a ustedes», e inmediatamente añade: «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas (dialogismoi) en su interior?». El Señor percibe el miedo y conoce las dudas o “razonamientos equivocados” que se levantan en sus mentes.


El miedo no sólo es fruto de la sorpresiva aparición, sino también de los “razonamientos equivocados” o dialogismoi, palabra griega que designa los pensamientos de un hombre que delibera consigo mismo, un razonamiento interior, pero también un cuestionamiento interno de aquello que es verdadero. Por ello a veces se traduce por pensamientos y otras por dudas.


¿De qué dudaban aún los discípulos, si ya estaban convencidos de la autenticidad de su resurrección? ¿Qué pensamientos venían a sus mentes? Acaso aquellos que no habían tenido aún la experiencia de “ver y tocar” al Señor resucitado no terminaban de creer aún en la veracidad del hecho, ni siquiera por el testimonio de Pedro u otros discípulos, como sucedería con Tomás. Por otro lado, ¿era “el Señor resucitado” un espíritu o un fantasma? ¿O había resucitado con un cuerpo verdadero? ¿Cómo podía entonces hacerse presente de un momento a otro en un recinto cerrado? El Señor sabía que la mejor manera de disipar las dudas persistentes de algunos discípulos así como sus ideas equivocadas acerca de su resurrección era el contacto con la realidad objetiva, con la verdad de los hechos: «tóquenme», les dice, para que viesen que no era un espíritu o un ser inmaterial, sino que verdaderamente había resucitado en «carne y huesos». Asimismo «les mostró las manos y los pies» para que viesen que no se trataba de otro sino de Él mismo, el Crucificado. Finalmente «comió delante de ellos» para que terminasen de creer que había resucitado con un cuerpo auténtico y real. El suyo «posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 645). De allí que puede hacerse presente donde quiere y cuando quiere.


Esta y otras apariciones del Señor tienen como fin demostrar la realidad de su resurrección. Pero alguno se podría preguntar si estas apariciones fueron encuentros reales con el Señor o, más bien, visiones de tipo subjetivo. De acuerdo a la misma narración de los evangelios, se desprende que fueron encuentros reales, objetivos: el verbo griego que normalmente se emplea para describir las apariciones del Resucitado es ophzé (“se dejó ver”. El empleo de este verbo coincide con el uso que hace la traducción de los LXX para hablar de las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento.


En muchos otros casos los verbos griegos usados para hablar de las apariciones del Resucitado son de la raíz faino o faneroo que significan, literalmente, “mostrarse visiblemente” (ver Hech 10, 40; Mc 16, 9; Lc 24, 31).


En otras ocasiones se emplean verbos que tienen el significado de colocarse o situarse espacialmente: «Se colocó en medio de ellos» (Lc 24, 36; Jn 20, 19.26; Mt 28, 9; Hech 1, 3).


Es el caso que los apóstoles tienen visiones subjetivas de tipo diurno y, sobre todo, nocturno, y a estas les dan el nombre de hórama (Hech 11, 5.10.17.19), que nunca emplean para designar los encuentros con Jesús resucitado.


Por otro lado, los discípulos de Cristo dan testimonio (martyría) de la Resurrección de Cristo, algunos de ellos con el derramamiento de su propia sangre. Dicho término solo se utiliza para referirse a lo que se ha visto y oído objetivamente, no a impresiones subjetivas. Así vemos a los testigos del Resucitado decir ante el Sanedrín: «Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído» (Hech 4, 20). El testimonio obedece a reales encuentros con el Señor resucitado.


Volviendo al cenáculo, demostrada a los apóstoles y discípulo la verdad de su resurrección, el Señor procede a abrirles «el entendimiento para comprender las Escrituras», esto es, a enseñarles cómo todo lo escrito «en la ley de Moisés y en los profetas y salmos» sobre el Mesías de Dios se había cumplido en Él. En Jesús y por Él, Dios había cumplido sus promesas. La espera había llegado a su fin: Él era el Mesías que —a diferencia de la idea que se habían hecho muchos judíos— debía padecer y resucitar al tercer día para la reconciliación de todo el género humano. A ellos les correspondía ahora la tarea de divulgar esta buena nueva a todos, de invitar a la conversión y de llevar los frutos de la reconciliación a todos los pueblos mediante el perdón de los pecados. Sería su misión dar testimonio de lo que ellos estando con el Señor oyeron, vieron y tocaron: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… os lo anunciamos» (1Jn 1, 1-3).


En cumplimiento de esta misión, al iniciarse la predicación de los Apóstoles luego de recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, Pedro se presenta ante muchos israelitas como testigo del Resucitado (1ª. lectura). Su testimonio es valiente, decidido, audaz. El núcleo de su mensaje es éste: Dios resucitó de entre los muertos a quien ellos crucificaron por mano de los romanos. ¡Dios resucitó a Jesucristo! Es un testimonio desde la historia, desde el acontecimiento realizado en la historia.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El Evangelio de este Domingo nos narra una nueva aparición del Señor Resucitado a los Apóstoles y otros discípulos que estaban con ellos: “Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos”. ¿De que hablaban? De un acontecimiento impactante, absolutamente inesperado para los hasta entonces desalentados discípulos: ¡el Señor Jesús se le había presentado a Simón Pedro vivo, resucitado! La incredulidad, las dudas y escepticismos ante las primeras noticias de la resurrección quedaban atrás para dar lugar a una fuerte afirmación: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24,34). En este contexto, también los dos discípulos de Emaús compartieron su intensa y singular experiencia.


También hoy muchos católicos bautizados, haciéndose eco de un mundo que no cree y que rechaza a Dios y a su Enviado, viven sumidos en la incredulidad, en las dudas y escepticismos. Dudan que Cristo haya resucitado verdaderamente, cuestionan el testimonio de aquellos testigos de la resurrección de Jesucristo porque cuestionan la veracidad de los mismos Evangelios y la autoridad de la Iglesia, y viven de acuerdo a lo que creen, es decir, viven como si Cristo no hubiera muerto en la Cruz y no hubiera resucitado.


Ante esta dolorosa incredulidad de tantos hijos e hijas de la Iglesia nos toca a nosotros afirmar hoy con convicción y gozo profundo, como aquellos Apóstoles y discípulos: «¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!». Afirmo, por tanto, haciéndome eco de las palabras del Santo Padre, que «la resurrección [de Jesucristo] no es una teoría, sino una realidad histórica», que «no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba» (S.S. Benedicto XVI). Yo creo, pues, que la resurrección de Jesucristo es un acontecimiento auténtico, verdaderamente sucedido en la historia.


Creo hoy que Cristo ha resucitado gracias al testimonio que dieron aquellos que luego de crucificado y sepultado lo vieron nuevamente vivo y resucitado. Creo porque la Iglesia ha recogido y transmitido fielmente a lo largo de los siglos ese testimonio. Creo porque aquellos discípulos que al principio no creyeron, aquellos que ante las primeras apariciones del Señor resucitado o los primeros testimonios desconfiaron, dudaron, exigieron pruebas palpables, cambiaron radicalmente de actitud: de Apóstoles y discípulos frustrados, abatidos, descorazonados, cobardes, se transformaron en transmisores valientes y audaces de un mensaje totalmente insólito e increíble: «Dios resucitó de entre los muertos a quien ustedes crucificaron… y nosotros somos testigos de esto» (ver Hech 3, 13-15). Creo porque aquellos testigos no dudaron en derramar incluso su sangre y dar la vida para afirmar la veracidad de su testimonio.


Sí, el Señor quiso hacer «testigos de estas cosas» (Lc 24, 34) a aquel puñado de hombres y mujeres que lo siguieron y lo vieron triunfar sobre la muerte, encomendando a sus Apóstoles la misión de anunciar a toda la humanidad el don de la Reconciliación (ver 2Cor 5, 1,) enviándolos a predicar «la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones», para que nosotros hoy pudiésemos creer en este acontecimiento real, histórico, que transforma dramáticamente nuestras existencias.


Como ellos ayer, tú y yo somos hoy herederos del testimonio que dieron aquellos testigos de la Resurrección del Señor. No podemos guardarnos esta tremenda Noticia para nosotros mismos, sino que estamos llamados a dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme de tal modo que nos impulse a transmitir esta buena Nueva a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro cotidiano con el Señor Resucitado. También a ti y a mí el Señor nos pide hoy ser «testigos de estas cosas».


¿Dónde encontrar el valor para anunciarlo? ¿Cómo transmitir al Señor Jesús con toda la fuerza atractiva de su Persona? Sólo si Cristo vive en mí podré irradiar a Jesús, podré atraer a muchos otros hacia Él. Por ello, «si habéis encontrado a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21)» (S.S. Juan Pablo II).


Para poder responder a esta tarea y misión, para tener el valor, el arrojo y la fuerza interior necesaria, es preciso que yo también me encuentre cada día con Aquel que vive, con Aquel que es la fuente de mi propia vida y esperanza de mi propia resurrección. Pero, ¿cómo puedo encontrarme hoy con el Señor Resucitado? ¿Cómo podrá Él vivir en mí para que yo pueda irradiarlo? No podemos olvidar que el Señor toca y toca a la puerta de nuestros corazones, que Él nos busca y busca entrar en la intimidad de nuestra casa (ver Ap 3, 20). Sólo en la medida en que le abra, sólo en la medida en que nos afanemos en llevar una vida espiritual intensa, poniendo los medios para que esa vida espiritual sea consistente, constante y perseverante, Él entrará en nuestra casa y podremos llegar a tener esa experiencia de encuentro y comunión con el Señor, vivo y resucitado, una experiencia que nos transformará interiormente por la fuerza de su Espíritu. Dedicarle tiempo al Señor es ofrecerle esos espacios interiores tan necesarios para que Él pueda entrar también en nuestra “casa”, presentarse ante nosotros vivo y resucitado y transformar nuestra cobardía en ardor y coraje para salir a anunciar su Resurrección ante muchos que han de creer en el Señor por nuestro testimonio.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Señor queriendo probar que la muerte ha sido vencida y que su naturaleza humana ya había dejado la corrupción, les enseña en primer lugar las manos y los pies y los agujeros de los clavos». San Cirilo


«Para demostrarles la veracidad de su resurrección, no sólo quiso que le tocasen sus discípulos, sino que se dignó comer con ellos para que viesen que había aparecido de una manera real y no de un modo fantasmal. Por esto sigue: “Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio”. Comió para manifestar que podía, y no por necesidad. La tierra sedienta absorbe el agua de un modo distinto a como la absorbe el sol ardiente: La primera por necesidad, el segundo por potencia». San Beda


«Después que el Señor se dejó ver y tocar, les recordó lo que decían las Escrituras, y a continuación les abrió el entendimiento para que entendiesen lo que leían». San Beda


«Pero si todo lo que Jesús había predicho ya debía producir efecto, y ya su palabra, viva y eficaz, empezaba a verse por todo el mundo por medio de la fe, era llegado el momento en que no hubiese incrédulos respecto de Aquel que había producido esta fe. Conviene, pues, que lleve una vida muy santa aquel cuyas obras vivas deben estar conformes con sus palabras. Todo esto se cumplió por el ministerio de los Apóstoles. Por esto añade: “Y vosotros, testigos sois de estas cosas”. Esto es, de la muerte y de la resurrección del Señor». San Eusebio


EL CATECISMO


“Ustedes son testigos de esto”


642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles.


Cristo verdaderamente resucitó


643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24, 11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16, 14).



644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (ver Lc 24, 3) creen ver un espíritu (ver Lc 24, 39). «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un


Conclusión


«¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?»


9 abril, 2018Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 3ª de Pascua. Ciclo B – 15 de abril de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24, 35- 48


«Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito…acerca de mí». Sin duda uno de los temas centrales de este Domingo es el poder entender mejor el sentido reconciliador del sacrificio de Jesús en la Cruz. Ante todo, es Jesús mismo quien les hace ver a los incrédulos Apóstoles que todo aquello que había sido escrito acerca del «Mesías» tuvo pleno cumplimiento en su Muerte y Resurrección (Evangelio). En ese sentido, Pedro cabeza visible de la primera comunidad, muestra la continuidad entre el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; con el Dios que ha glorificado a nuestro Señor Jesús por el Espíritu Santo (Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19). San Juan hablará del «Justo» que aboga por nosotros ante el Padre por nuestros pecados (primera carta de San Juan 2,1-5). Allí donde se anuncie el misterio de Cristo deberá también anunciarse el perdón de los pecados y la conversión (el cambio de vida). Éste ha sido el pedido hecho por Jesús Resucitado a sus Apóstoles (San Lucas 24, 35- 4.)


«Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados»


En la Primera Lectura tenemos una parte del discurso que Pedro dirige al pueblo israelita congregado en el pórtico de Salomón después de la curación de un tullido de nacimiento. La consecuencia de esta curación, así como de la predicación realizada, fue, por un lado, la conversión de unos cinco mil hombres y por otro el primer encarcelamiento de Juan y de Pedro por predicar la «Buena Nueva» (ver Hch 4).


Pedro inicia su discurso descartando toda causa humana como principio de curación: el milagro se ha realizado por la fe en el nombre de Jesús. En el discurso vemos cómo se afirma el mensaje central del «kerigma cristiano»: la Muerte y la Resurrección de Jesús. El Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos es el mismo y único Dios que guía toda la historia de Israel desde sus orígenes. El evento de la Resurrección de Jesús, por lo tanto, no es una ruptura con la historia del pueblo de la Antigua Alianza sino su plenitud, de igual forma que la Iglesia nacida de la Pascua debe considerarse siempre en continuidad con el pueblo elegido.


Luego Pedro hace mención del famoso cántico del «Siervo de Yahveh» (Is 52,13 – 53,12) en el que los cristianos reconocen a Jesús quien es llamado de «Santo y Justo». Según la mentalidad judía la categoría de «Santo» solamente podía adjudicarse a Dios mismo (ver Is 53,11. Lc 1,35; 4,34) y la de «Justo» a aquella persona que cumple fielmente la voluntad de Dios (ver Mt 1,19). Termina Pedro su discurso, exhortando al arrepentimiento y a la conversión cuya señal sensible será el bautismo sacramental. Vemos cómo ha utilizado dos verbos griegos: metanoein: arrepentirse, es decir, tomar conciencia del pecado cometido; y epistrephein: volverse, es decir, orientar la vida hacia Dios y hacia Cristo, adhiriéndose a su voluntad en el plano moral. En el caso de los paganos la conversión supone una vuelta al verdadero Dios; pero en el caso de los judíos consiste en la aceptación de Jesús como «Señor» (ver 2 Cor 3,16. Hch 9,35).


GLORIA A DIOS!

Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a ustedes

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 11 Ee abril Ee 2018 a las 0:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


08 -14 de Abril del 2018


“Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘Paz a ustedes’”




Hech 4, 32-35: “Los creyentes pensaban y sentían lo mismo”


En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consideraba como propio nada de lo que tenía.

Con gran poder los Apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor Jesús; y todos gozaban de gran estima entre el pueblo.

Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los Apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.


Sal 117, 2-4.16-18.22-24: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.

Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.


1 Jn 5, 1-6: “El que cree que Jesús es el Hijo de Dios vence al mundo”


Queridos hermanos:

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al Padre, que da el ser, debe amar también a todo lo que ha nacido de Él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son una carga, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.


Jn 20, 19-31: “¡Señor mío y Dios mío!”


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

— «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

— «Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

— «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

— «Paz a ustedes».

Luego dijo a Tomás:

— «Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

— «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

— «Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre».


NOTA IMPORTANTE


Fijémonos en las primeras palabras que el Señor Resucitado dirige a sus discípulos al entrar en el recinto cerrado del Cenáculo: «Paz a ustedes». Esta invocación de la paz sobre sus Apóstoles es recurrente. La repite nuevamente luego de alegrarse ellos de verlo resucitado, y al aparecerse nuevamente en el Cenáculo, ocho días después, estando Tomás con ellos.


«Paz a ustedes»: más allá de ser el tradicional saludo hebreo, es el anuncio del don de la auténtica paz que Dios regala a la humanidad entera como fruto de la Cruz y Resurrección de su Hijo. En efecto, en Cristo «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5, 19), «en el misterio pascual se realizó, efectivamente, la reconciliación definitiva de la humanidad con Dios, que es la fuente de todo progreso verdadero hacia la plena pacificación de los hombres y de los pueblos entre sí y con Dios» (S.S. Juan Pablo II).


Para los judíos la paz trae consigo todos los bienes. Por tanto, la paz es sinónimo de plena felicidad. Esta paz sólo puede venir de Dios, como un don de su amor y benevolencia. ¿Por qué esa paz sólo puede ser alcanzada por un don divino, y no ser el fruto de una esforzada construcción humana? ¿De qué paz se trata? Esta paz no es mera ausencia de conflictos exteriores, sino la paz que procede de la reconciliación de las rupturas introducidas en el hombre y en sus relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación toda por el pecado.


Dicha paz sólo puede ser efecto del perdón sanante de Dios y sólo puede venir al corazón humano como un don de Su misericordia. Él, por medio de su profeta, había prometido a su pueblo que aquella paz llegaría en los tiempos mesiánicos: «Haré con ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna» (Ez 37, 26). Esta paz, fruto de aquella nueva alianza, habría de ser perpetua y definitiva: «la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino» (Is 9, 6).


En cumplimiento de aquellas antiguas promesas divinas, el Señor resucitado trae y ofrece a los hombres el don divino de la paz, fruto de la nueva y eterna Alianza sellada por Él en el Altar de la Reconciliación. La paz que el Señor Jesús trae a sus discípulos y ofrece a la humanidad entera nace de una profunda reconciliación y renovación del corazón del ser humano. No es el resultado de esfuerzos humanos, sino que es un don que debe ser acogido en la propia vida y luego ser difundido al mundo entero: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Reconciliados, los apóstoles reciben la misión de ser ministros y servidores de la reconciliación: «todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2Cor 5, 1).


La paz verdadera, la que procede de la definitiva reconciliación del pecador con Dios, consigo mismo, con los hermanos humanos y con la creación toda, ha sido introducida en la historia por la Pascua de Cristo. El Señor Jesús es el único capaz de traer la verdadera y profunda paz al corazón humano porque Él mismo, Dios que se ha hecho hombre para nuestra reconciliación, «es nuestra paz» (Ef 2, 14): con su Cruz derribó los muros del odio y la división «haciendo las paces, para crear, en Él, un solo hombre nuevo» (Ef 2, 15).


Signo elocuente de esta nueva creación realizada es el Espíritu que Él, resucitado, sopla sobre sus Apóstoles. Este soplo trae a la mente el momento en que Dios hace del ser humano un ser viviente (ver Gén 2, 7), así como también la gran promesa hecha por Dios a su pueblo: «les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo» (Ez 36, 26). El amor de Dios derramado en los corazones humanos por el Espíritu (ver Rom 5, 5), es vida, es amor que reconcilia, es amor que une en una misma comunión a quienes antes estaban dispersos o divididos por el pecado (ver 1ª. lectura).


La comunión entre los creyentes tiene en el Señor Jesús su centro indiscutible. Quien cree que Él es el enviado del Padre, «vence al mundo», la cultura de muerte que se opone a Dios y a sus designios (ver 2ª. lectura), y permanece en comunión con Dios y con los hermanos. Se trata de una fe nutrida de amor, que se expresa en una vida que guarda los mandamientos y enseñanzas divinas, una vida recta que se cimienta en el Plan divino.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Cuántos se ven afligidos día a día por experiencias de vacío, de soledad, de tristeza e infelicidad, de dolor y sufrimiento ya sea físico, psicológico o espiritual, de amarguras y resentimientos, de impaciencias, de incomprensiones y pleitos? ¿Cuántos experimentan conflictos interiores que devienen en tantas ansiedades, miedos y temores? ¿Cuántos al experimentar la falta de armonía interior anhelan intensamente la paz?


Muchos, al no saber donde encontrar esa paz del corazón que consigo trae la alegría y el gozo profundo, no hacen sino recorrer desquiciadamente los caminos de la evasión. La diversión superficial, la alegría efímera, las borracheras, el gozo o el placer de momento, parecen hacer olvidar la a veces insoportable carga de angustia y dolor que oprime el corazón. Tales “soluciones” o salidas fáciles no traen sino una falsa paz, una efímera euforia. ¿Cuántos lloran en secreto, mientras externamente fuerzan la sonrisa y la alegría, queriendo olvidar y esconder su propia carga de sufrimiento y angustia porque no saben qué hacer con ella? El remedio que ofrece la cultura de muerte termina siendo peor que la enfermedad, y aquello que parece llenar un vacío y traer el consuelo a un corazón roto y dividido interiormente, al pasar el efecto paliativo no trae sino una mayor carga de frustración, de angustia, una mayor sensación de vacío, de soledad y sinsentido en la vida. Atrapados en esa espiral desgastante, sin saber dónde o sin querer buscar la fuente de la verdadera paz, no hacen sino consumir “dosis” cada vez más elevadas de la misma “droga”.


Otros tantos se lanzan a la búsqueda de la paz y armonía interior siguiendo llamativas y “novedosas” doctrinas, terapias, filosofías, prácticas, religiones orientales o pseudo-religiones. Cada uno es libre de tomar el camino que quiera, pero lo triste y paradójico es que muchos católicos, al escuchar a los maestros y gurús de moda, explícita o implícitamente han dejado de escuchar a Cristo —fuente última de la paz verdadera— y las enseñanzas que Él confió a Su Iglesia. ¡Qué actuales son estas palabras, dirigidas por Dios a su pueblo por medio del profeta: «Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13)!


Para encontrar el remedio adecuado es necesario un buen diagnóstico. ¿De dónde viene la falta de armonía y paz interior que experimenta el ser humano? ¿Por qué yo mismo me experimento tantas veces roto y dividido interiormente? La revelación sale a nuestro encuentro: la falta de armonía y paz interior tiene su origen en el pecado, en la rebeldía del hombre frente a Dios y sus amorosos designios. Al romper con Dios el ser humano se quiebra interiormente y cae en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompe la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. El pecado, lejos de llevar al ser humano a su plenitud y a la gloria divina —como sinuosamente había sugerido la antigua serpiente (ver Gén 3,5)— se volvió contra él mismo, hundiéndolo en el abismo de la muerte. En efecto, al romper con la Fuente de su misma vida y amor la criatura humana se quebró interiormente ella misma, ingresando de este modo en un proceso de desintegración incluso psíquica, rompiendo asimismo la comunión con sus hermanos humanos y con toda la creación. Frutos amargos de esta cuádruple ruptura son la pérdida de la paz y armonía interior, que se expresan en la experiencia de vacío, soledad, tristeza, infelicidad, amargura, ansiedades, etc. De esa falta de paz y armonía en el corazón humano surgen todas las contiendas, rencillas, divisiones e incluso guerras entre los pueblos.


¿Cuál es el remedio? ¿Dónde encontramos la verdadera y profunda paz que anhelan nuestros inquietos corazones? En Cristo, recuerda San Pablo, «estaba Dios reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5,19). Porque Dios nos ama, nos ha enviado a su propio Hijo para que en Él encontremos la paz que tanto necesitamos: «¡Él es nuestra paz!» (Ef 2,14). Él, cargando sobre sí nuestros pecados, reconciliándonos con el Padre en la Cruz, nos abre el camino a una profunda reconciliación y armonía con nosotros mismos, con todos los hermanos humanos y con toda la creación.


«¡La paz contigo!», nos dice el Señor también a nosotros, invitándonos a acoger el don de la paz y reconciliación que Él nos ha obtenido por su Pasión, Muerte y Resurrección, invitándonos a acogerlo a Él mismo en nuestras vidas y convertirnos también nosotros en agentes de reconciliación en nuestra familia, en nuestros círculos de amigos y ambientes en los que trabajamos o estudiamos.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«El Espíritu Santo nos hace esta advertencia: “Busca la paz y corre tras ella” (Sal 33,12). El hijo de la paz tiene que buscar y perseguir la paz, aquel que ama y conoce el vínculo de la caridad tiene que guardar su lengua del mal de la discordia. Entre sus prescripciones divinas y sus mandamientos de salvación, el Señor, la víspera de su pasión, añadió lo siguiente: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). Ésta es la herencia que nos ha legado: todos sus dones, todas sus recompensas que nos ha prometido tienden a la conservación de la paz que nos promete. Si somos los herederos de Cristo, permanezcamos en la paz de Cristo. Si somos hijos de Dios tenemos que ser pacíficos: “Dichosos los pacíficos, se llamarán hijos de Dios” (Mt 5,9). Los hijos de Dios son pacíficos, humildes de corazón, sencillos en sus palabras, de acuerdo entre sí por el afecto sincero, unidos fielmente por los lazos de la unanimidad». San Cipriano


«Avergüéncenos el prescindir del saludo de la paz que el Señor nos dejó cuando iba a salir del mundo. La paz es un don y una cosa dulce, que sabemos proviene de Dios, según lo que el Apóstol dice a los Filipenses: “La paz de Dios” (Flp 4,7), y aquello de: “Dios de la Paz” (2Cor 13,11) y Dios mismo es la Paz, según aquello de: “Él es nuestra paz” (Ef 2,14). La paz es un bien recomendado a todos, pero observado por pocos. ¿Cuál es la causa de ello? Acaso el deseo del dominio, o la ambición, o la envidia, o el aborrecimiento del prójimo, o el desprecio, o alguna otra cosa que vemos a cada paso en los que desconocen al Señor. La paz procede de Dios, que es quien todo lo une, cuyo ser es unidad de su naturaleza y de su estado pacífico. La transmite a los ángeles y a las potestades del cielo, que están en constante paz con el Señor y consigo mismos. También se extiende por todas las creaturas que desean la paz. En nosotros subsiste, según el espíritu de cada cual, por medio de la búsqueda y ejercicio de las virtudes, y según el cuerpo, en el equilibrio de los miembros y los elementos de que se forma. Lo primero se llama belleza, lo segundo salud». San Cirilo


«Tomás, uno de los Doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos en el momento de presentarse Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese? San Gregorio Magno


»Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.


»Palpó y exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto?” Como sea que el Apóstol Pablo dice: La fe es la firme seguridad de los bienes que se esperan, la plena convicción de las realidades que no se ven, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: No has creído sino después de haberme visto? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó con todo lo que vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.


»Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: La fe, si no va acompañada de las obras, está muerta».


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Las apariciones del Resucitado


641: María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce. Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34).


642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» (ver Hech 1,22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles 1 Cor 15,4-8.


643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24,11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16,14).


644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24,41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28,17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.


El estado de la humanidad resucitada de Cristo


645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (ver Lc 24,39; Jn 20,27) y el compartir la comida (ver Lc 24,30.41-43; Jn 21,9.13-15). Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu (ver Lc 24,39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (ver Lc 24,40; Jn 20,20.27). Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (ver Mt 28,9.16-17; Lc 24,15.36; Jn 20,14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (ver Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (ver Jn 20,14-15) o «bajo otra figura» (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (ver Jn 20,14.16; 21,4.7).


La paz viene por la reconciliación


1468: «Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad». El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, «tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual». En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.


CONCLUSION


«Señor mío y Dios mío»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo B – 8 de abril de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20, 19 -31


«La multitud de los creyentes no tenían sino un solo corazón y una sola alma». El ideal del amor a Dios y al prójimo era vivido de manera plena por la primera comunidad cristiana como leemos en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Una comunidad donde la comunión de pensamientos y sentimientos se traducía en el compartir fraterno «según la necesidad de cada uno»; dando así testimonio de la Resurrección de Jesucristo (Hechos de los Apóstoles 4,32-35).


La primera carta del apóstol San Juan, escrita cuando ya la comunidad cristiana había experimentado diversas y dolorosas pruebas, hace presente que «quien ha nacido de Dios», es decir, el que tiene fe en el amor de Dios y vive de acuerdo a sus mandamientos, ha vencido al mundo. Para vencer al mundo hay que creer en el Hijo de Dios (primera carta de San Juan 5, 1-6). El Evangelio (San Juan 20, 19 -31) nos presenta la primera semana del Resucitado donde se nos otorga el don del Espíritu Santo, el perdón de los pecados; así como el mandato misionero. También vemos como la incredulidad de Tomás termina, ante la evidencia del Señor Resucitado, proclamando la divinidad de Jesús. Sin duda será la fe en «Jesús Resucitado» lo que unificará nuestras lecturas dominicales en este segundo Domingo Pascual.


"Domenica en albis»


La solemnidad de la Resurrección del Señor nos hace participar en el hecho central de nuestra fe cristiana. Así lo afirma el Catecismo: «La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz» . Dos fiestas del Año Litúrgico son celebradas durante un «día largo» que dura ocho días del calendario: La Natividad y la Resurrección del Señor. La celebración de la Resurrección del Señor dura estos ocho días y éste segundo Domingo de Pascua es el último día de la «octava de Pascua».


Tradicionalmente la noche de Pascua era el momento en que los catecúmenos (conversos que habían sido instruidos en la fe cristiana) recibían los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Ellos realizaban sacramentalmente los mismos pasos que Cristo: muerte al pecado y resurrección a una vida nueva. En esa ocasión los recién bautizados recibían una túnica blanca con estas palabras: «Recibe esta vestidura blanca, signo de la dignidad de cristiano. Consérvala sin mancha hasta la vida eterna». Y la debían llevar durante toda la octava de Pascua. Este segundo Domingo de Pascua se llama la «domenica in albis», porque los recién bautizados debían participar en la liturgia dominical revestidos de esta túnica alba que habían recibido el Domingo anterior.


«Recibid el Espíritu Santo»


Tomás se hallaba ausente durante la primera aparición de Jesús que es cuando vemos el cumplimiento de la promesa del «Espíritu Santo». Efectivamente Jesús realiza un gesto expresivo: «Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». Así como Dios, al crear al primer hombre del barro, sopló en sus narices y el hombre fue un ser viviente, de la misma manera, el soplo de Jesús, con el cual comunica el Espíritu Santo, da comienzo a una nueva creación. Con el don del Espíritu Santo comenzaron también los apóstoles su misión de prolongar en el mundo la misma obra de Jesús. Por eso, junto con darles el Espíritu, Jesús explica el sentido de este don: «Como el Padre me envió, también yo os envío».


En esto los apóstoles se asemejan a su Señor: en que poseen el mismo Espíritu. Y no sólo en esto, sino también en que poseen el poder de comunicarlo a los demás; de lo contrario, muerto el último apóstol, habría acabado la obra de Cristo. La comunicación de este don tiene lugar en todos los sacramentos de la Iglesia, pero es el efecto específico de uno de ellos: la Confirmación. Las palabras con que el Obispo acompaña el gesto de la unción son éstas: «Recibe, por esta señal, el don del Espíritu Santo».


«Dichosos los que no han visto y han creído»


Después de la aparición del Maestro, los apóstoles le dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor». Él ciertamente debió haber creído que habían tenido la aparición de algún ser trascendente, pero que éste fuera el mismo Jesús, eso era más de lo que podía aceptar. Curiosamente los apóstoles tuvieron esa misma impresión como leemos en el texto de San Lucas: «Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: “…Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”. Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies» (Lc 24,37- 40). Después de esta experiencia en que habían palpado al Señor Resucitado, habían verificado que había carne y huesos, los apóstoles podían asegurar a Tomás: «¡Hemos visto al Señor!».


Pero Tomás también necesitaba verificar por sí mismo que el aparecido era Jesús. Una vez que él mismo lo verificó hizo tal vez el más explícito acto de fe de todo el Evangelio al reconocer a Jesús como: «¡Señor mío y Dios mío!». Tomás vio a Jesús Resucitado y lo reconoció como a su Dios. Su acto de fe va más allá de lo que vio. El encuentro con Jesús Resucitado y su apertura al Espíritu Santo lleva a Tomás a la plenitud de la fe. La fe es un don gratuito de Dios, que Él concede libremente y, en este caso, Dios quiere concederla, con ocasión de algo que se ve, de un «signo visible». Es cierto que nosotros no hemos visto al Señor Resucitado; pero nuestra fe se basa en el testimonio vivo de los mismos apóstoles y de la Iglesia. Es por eso que en los discursos de Pedro es constante la frase: «A este Jesús Dios, lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (ver Hch 2,32. 3,14-15. 5,30.32). Sobre este testimonio se funda nuestra fe. Por eso nos hacemos merecedores de la bienaventuranza que Jesús le dice a Tomás: «Dichosos los que no han visto y han creído».


La nueva vida: tenían todo en común


«La nueva vida que se concede a los creyentes en virtud de la resurrección de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte del pecado y en la nueva participación en la gracia» , nos dice San Juan Pablo II. Esta vida nueva se ve claramente graficada en esta segunda descripción de la comunidad primitiva (Hech 2,42 – 44). El espíritu de unión y caridad fraterna actúa tan poderosamente, que los que poseen bienes no los consideran suyos sino que someten todo a la necesidad del prójimo regulada por la autoridad de los apóstoles. La unión fraterna, en el Señor, es tan grande que tenían «un solo corazón y una sola alma». El par de términos «corazón-alma» recuerda el vocabulario que en el libro del Deuteronomio designa la existencia entera de la persona abierta a Dios (ver Dt 6,5; 10,12; 11,13; 13,4). La fuerza de su testimonio y predicación nacía de la coherencia en la vivencia del amor que nace del amor de Dios manifestado en la Resurrección de Jesucristo: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos» (1Jn.5, 2).


ALELUYA Ha resucitado el Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 31 Ee marzo Ee 2018 a las 23:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


01-07 de Abril del 2018




“¡ALELUYA! ¡Ha resucitado el Señor!”


Hech 10, 34. 37-43: “Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”


En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:


— «Ustedes bien saben lo que sucedió en el país de los judíos, comenzando en Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.


Nosotros somos testigos de lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección.


Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


Sal 117, 1-2.16-17.22-23: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”


Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.


Col 3, 1-4: “Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo”


Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él.


Jn 20, 1-9: “Entró en el sepulcro, vio y creyó”


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando aún estaba oscuro, y vio la piedra quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

— «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo y fueron rápidamente al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.


NOTA IMPORTANTE


La tumba en la que había sido colocado el cuerpo inerte del Señor, una cueva excavada en la roca (Lc 23,53), había sido sellada con una gran piedra en forma de rueda (ver Mc 15,46), imposible de mover para un grupo de mujeres (ver Mc 16,3).


Los miembros del Sanedrín habían pedido a Pilato una guardia temiendo que los discípulos del Señor hiciesen desaparecer el cuerpo en la noche para luego decir que había resucitado, según lo anunciado por el Señor (ver Mt 27,64). Mas parece ser que los soldados no se tomaron muy en serio aquella amenaza así que la madrugada del primer día de la semana los encontró profundamente dormidos. De pronto un fuerte temblor los despertó con sobresalto. Entonces se quedaron paralizados y “como muertos” (Mt 28,4) al ver movida la piedra que sellaba la tumba y un ser resplandeciente sentado sobre ella.


En aquel mismo momento llegaban algunas piadosas mujeres con ungüentos y aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús según la costumbre judía (ver Mc 16,1). No habían podido hacerlo antes de colocarlo en el sepulcro porque “ya estaba encima” el sábado cuando descendieron de la Cruz el cuerpo inerte de Jesús. Según la costumbre judía el nuevo día empezaba no a medianoche, tampoco al amanecer, sino al atardecer o anochecer de lo que para nosotros es aún el día anterior, en el momento en que ya se hacía necesario encender luces. Al decir que “ya estaba encima el sábado” quiere decir que ya era la tarde del viernes. No había tiempo suficiente para embalsamar el cuerpo del Señor porque una vez encendidas las lámparas se debía guardar absoluto reposo (ver Lc 23,54-56).


Los cuatro evangelistas sitúan el hallazgo de la tumba vacía en las primeras horas de lo que para los judíos era “el primer día de la semana”, día que desde los tiempos apostólicos vino a llamarse en latín “Dies Domini” y que traducido significa “Día del Señor”. Es la raíz de la palabra “Domingo”, el primero y a la vez el “octavo” día de la semana, porque es considerado un “nuevo día”. El Domingo es el Día del Señor porque es el Día de su triunfo, el Día grandioso en que el Señor Jesús resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Día en el que Él hizo todo nuevo, Día por tanto consagrado al Señor.


Grande fue la sorpresa de María Magdalena, una de las mujeres que formaban la pequeña comitiva, al llegar al sepulcro del Señor, ver la piedra movida y el sepulcro vacío. Instintivamente echó a correr para comunicarles a Pedro y a Juan lo sucedido. Al encontrarlos les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto» (Jn 20,2). Pedro y a Juan fueron corriendo al sepulcro para ver por sí mismos lo sucedido. Juan, que corría más rápido, llegó primero. Al llegar «se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró» (Jn 20,5). Esperó a que llegase Pedro para que entre él primero, lo que se considera una señal de respeto y reconocimiento de la primacía que Pedro tenía entre los apóstoles. Al entrar en el sepulcro, se dice de Juan que «vio y creyó» (Jn 20,8). ¿Qué vio Juan? Que el cuerpo de su Señor no estaba allí. ¿Qué creyó? Lo que hasta entonces no habían logrado comprender, lo que el Señor había anunciado repetidas veces: que luego de morir «debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9).


Este acto de fe en la Resurrección del Señor será confirmado inmediatamente después tanto por el anuncio del ángel a las mujeres como por las mismas apariciones del Señor Resucitado a sus discípulos.


En el grupo de las mujeres que van al sepulcro muy de madrugada llama la atención una ausencia: no se encuentra entre ellas la Madre de Jesús. ¿Por qué no estaba presente? ¿No sería natural que quien más que nadie amaba a Jesús se hiciese presente para prodigarle este último cuidado, el de embalsamar el cuerpo de su amado Hijo? La razón de su ausencia hay que buscarla en el reproche que el ángel dirige a las mujeres que sí van al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5). La Madre no busca entre los muertos a quien sabe que está vivo. A diferencia de los apóstoles y discípulos, Ella sí le creyó a su Hijo, creyó que resucitaría. Luego de la muerte del Señor, Santa María es la única que mantiene viva la llama de la fe y se mantiene en espera, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección de su Hijo. Análogamente a como el sepulcro vacío se constituye en una fuerte proclamación de la Resurrección de Cristo, la ausencia de la Madre de Cristo en el lugar de su resurrección es una magnífica proclamación de su fe y confianza total en las palabras y promesa de su Hijo.


Por otro lado, aún cuando los evangelistas no hablan de esto, ¿no habría de aparecerse el Señor resucitado en primer lugar a su Madre? ¿No habría querido reservarle este privilegio y enorme alegría a Ella, que tanto había sufrido con Él al pie de la Cruz? La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro podría constituir también un indicio del hecho de que el Señor Resucitado ya se le había aparecido a ella primero. Ésta era la convicción del recordado Papa Juan Pablo II, cuya enseñanza que recoge una antiquísima tradición, aún resuena en nuestros oídos y corazones: «Ella, ciertamente, fue la primera en recibir la gran noticia. Ella fue la primera en recibir el anuncio del ángel de la Encarnación, y ella también fue la primera en recibir el anuncio de la Resurrección. La Sagrada Escritura no habla de esto, pero se trata de una convicción basada en el hecho de que María era la Madre de Cristo, madre fiel, madre predilecta, y que Cristo era el hijo fiel a su madre».

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¡CRISTO RESUCITÓ! ¡CRISTO RESUCITÓ!


¡Y resucitó por mí, para que yo encuentre en Él y por Él la vida verdadera!


Por tanto, su Resurrección es hoy un potente llamado, una fortísima invitación a todos los que en Él hemos sido bautizados, a “revestirnos” de Cristo (ver Gál 3,27), a resucitar con Él ya ahora, es decir, a participar de su mismo dinamismo de abajamiento y elevación (ver Flp 2,6ss), a morir al hombre viejo y a todas sus obras para vivir intensamente la vida nueva que Cristo nos ha traído (ver Rom 6,3-6). ¡Su resurrección es hoy una fuerte invitación a vivir desde ya una vida resucitada!


Mas en medio de nuestras tantas caídas, inconsistencias, tensiones y luchas interiores, rebeldías, incoherencias, fragilidades e inclinaciones al mal, no pocas veces nos preguntamos acaso algo desalentados: ¿De verdad es posible vivir una vida nueva, una vida cristiana con todas sus radicales exigencias? ¿Es posible ser santo, ser santa? ¿Podré yo? ¿De verdad es posible para mí llegar el momento en que pueda afirmar como San Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20)?


Al considerar el acontecimiento de la Resurrección del Señor Jesús, no cabe sino una respuesta firme y convencida, llena de esperanza: ¡Sí es posible! Y no porque sea posible por nuestras propias fuerzas humanas, tan limitadas e insuficientes, sino porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37; ver también Lc 18,27). Y si bien Dios nos llama a poner nuestro máximo empeño (ver 2Pe 1,5.10), a esforzarnos al máximo de nuestras capacidades y posibilidades, ningún esfuerzo humano podría fructificar si Dios no nos diera su fuerza, su Gracia. La potencia divina manifestada en la Resurrección del Señor es para nosotros garantía de que contamos con esa fuerza o ‘energeia’ divina, que si nos abrimos a ella y desde nuestra pequeñez colaboramos humildemente, obrará en nuestra vida un cambio real, obrará nuestra santificación y conformación con Cristo, ese “revestimiento” del que habla San Pablo y que es ante todo un revestimiento interior.


Así, pues, ya que Cristo ha resucitado, «¡despierta tú que duermes!, y ¡levántate de entre los muertos!, y te iluminará Cristo… mira atentamente cómo vives; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente» (Ef 5,14-16). ¡Deja que Cristo te resucite hoy y cada día! ¡Resucita tú con Él! ¡Que su vida resucitada se manifieste con toda su potencia y esplendor en tu propia vida, en una vida nueva, a través de todos tus actos nutridos de fe, esperanza y caridad! ¡Al Señor que sale victorioso del sepulcro ábrele tu mente y tu corazón! ¡Brilla tú con la luz y el esplendor del Resucitado! ¡Es hora de luchar! ¡Es hora de morir a todo lo que es muerte para triunfar con Cristo! ¡Deja atrás tus miedos, tus cobardías, tus mezquindades, tus vanidades y soberbias, tus sensualidades, tus odios y rencores, tus amarguras y resentimientos, tus hipocresías y tinieblas, tus envidias e indiferencias, tus perezas y avaricias! ¡Pídele al Señor que con su fuerza te ayude a liberarte de esos pecados que te atan, que con pesadas aunque invisibles cadenas te mantienen esclavizado a la muerte!


Así, quien se abre a la fuerza y potencia del Resucitado, quien se deja tocar por Él, quien no abandona la lucha, puede —contando incluso con la propia fragilidad e inclinación al mal— decir perfectamente: «Todo lo puedo hacer con la ayuda de Cristo, quien me da la fuerza que necesito» (Flp 4,13).


EL PADRES DE LA IGLESIA


«Recordemos lo que decían los judíos cuando insultaban al Hijo de Dios clavado en la Cruz: “Si es el rey de Israel, que baje de la Cruz y creeremos en Él”. Si Jesucristo hubiera bajado entonces de la Cruz, cediendo a los insultos de los judíos, no hubiera dado pruebas de paciencia; pero esperó un poco, toleró los oprobios y las burlas, conservó la paciencia y dilató la ocasión de que le admirasen; y el que no quiso bajar de la Cruz, resucitó del sepulcro. Más fue resucitar del sepulcro que bajar de la Cruz; más fue destruir la muerte resucitando que conservar su vida desobedeciendo: Pero como viesen los judíos que no bajaba de la Cruz, cediendo a sus insultos, creyeron al verle morir que le habían vencido, y se gozaron de que habían extinguido su nombre; mas he aquí que su Nombre creció en el mundo por la muerte, con la cual creía esta turba infiel que le había borrado; y el mundo se complace al contemplar muerto a Aquel a quien los judíos se gozaban de haber dado muerte, porque conoce que ha llegado por la pena al esplendor de su gloria.» San Gregorio Magno


«Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la Cruz y ha sido sepultada en el Bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras.» San Agustín


«Y [el Señor] apareció vestido de blanco, porque anunció los gozos de nuestra festividad. La blancura del vestido significa el esplendor de nuestra solemnidad. ¿De la nuestra o de la suya? Hablando con verdad, podemos decir de la suya y de la nuestra. La resurrección de nuestro Redentor fue y es nuestra fiesta, porque nos concedió la gracia de volver a la inmortalidad.» San Gregorio Magno


«Ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impiden seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de Aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan. Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe.» San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Al tercer día resucitó de entre los muertos


638: “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús” (Hch 13,32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz.


El sepulcro vacío: “vio y creyó”


640: “El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba'' (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo'' (Jn 20,6) “vio y creyó'' (Jn 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro”.


La Resurrección de Cristo, “signo” de que es quien dice ser


651: «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1Cor 15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.


652: La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.


653: La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hech 13,32-33). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.


Sentido y alcance salvífico de la Resurrección


654: Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom 6,4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia. Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28,10; Jn 20,17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.


655: Por último, la Resurrección de Cristo -y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Cor 15,20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos «saborean los prodigios del mundo futuro» (Heb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,15).


El Domingo, día del Señor


1166: «La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón “día del Señor” o Domingo» (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el «primer día de la semana», memorial del primer día de la creación, y el «octavo día» en que Cristo, tras su «reposo» del gran Sabbat, inaugura el Día «que hace el Señor», el «día que no conoce ocaso»


(Liturgia bizantina). El «banquete del Señor» es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (Ver Jn 21,12; Lc 24,30):


El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch).


1167: El Domingo es el día por excelencia de la asamblea litúrgica, en que los fieles «deben reunirse para, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recordar la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y dar gracias a Dios, que los hizo renacer a la esperanza viva por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (SC 106):


Cuando meditamos, oh Cristo, las maravillas que fueron realizadas en este día del Domingo de tu santa Resurrección, decimos: Bendito es el día del Domingo, porque en él tuvo comienzo la Creación... la salvación del mundo... la renovación del género humano... en él el cielo y la tierra se regocijaron y el universo entero quedó lleno de luz. Bendito es el día del Domingo, porque en él fueron abiertas las puertas del paraíso para que Adán y todos los desterrados entraran en él sin temor (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol 6, 1.ª parte del verano, p. 193 b).


CONCLUSION


«Vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos»

Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Resurrección del Señor. Ciclo B – 1 de abril de 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,1-9


«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Éste es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Ésta es una afirmación de fe. Quiere decir que suscita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostración empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios.


Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científicas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cualquier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiritual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verdades de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.


Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Éste es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Colosenses 3,1-4).


«Se han llevado del sepulcro al Señor…»


El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difuntos «conforme a la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día de estricto reposo: también en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdalena junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.


Esta premura de la Magdalena es expresión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abierto. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como luego será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’» (Jn 20,18).


«Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…»


Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delante, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar».


En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.


GLORIA A DIOS!!!


Procesión de Ramos, Bendito el que viene en nombre del Señor

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee marzo Ee 2018 a las 16:55 Comments comentarios (0)

DISCIPUALDO DE LA RCC-DRVC


25-31 de Marzo del 2018




Procesión de Ramos: Mc 11, 1-10: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”


Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— «Vayan al poblado de enfrente. Al entrar en él, encontrarán un burrito atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué lo hacen contéstenle: “El Señor lo necesita y lo devolverá pronto”».

Fueron y encontraron el burrito en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:

— «¿Por qué tienen que desatar el burrito?»

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.

Llevaron el burrito, le echaron encima sus mantos, y Jesús montó en él. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban:

— «Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David.

¡Hosanna en el cielo!»


Is 50, 4-7: “No me tapé el rostro ante los ultrajes”


Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me abrió el oído, y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.


Sal 21, 8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Al verme, se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere».

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alábenlo; linaje de Jacob, glorifíquenlo; témanlo, linaje de Israel.


Flp 2, 6-11: “Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo”


Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos: 14, 1-15, 47


Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte. Pero decían:

— «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».

Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:

— «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres».

Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:

— «Déjenla, ¿por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tienen siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Les aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho esta mujer».

Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

— «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

— «Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y, en la casa en que entre, díganle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Prepárennos allí la cena».

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer fue Él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo, dijo Jesús:

— «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».

Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:

— «¿Seré yo?»

Respondió:

— «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre! ¡Más le valdría no haber nacido!»

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

— «Tomen, esto es mi cuerpo».

Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo:

— «Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos. Les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:

— «Todos ustedes se van a escandalizar, como está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas”. Pero, cuando resucite, iré antes que ustedes a Galilea».

Pedro replicó:

— «Aunque todos te abandonen, yo no».

Jesús le contesto:

— «Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres».

Pero él insistía:

— «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

Y los demás decían lo mismo.

Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:

— «Siéntense aquí mientras voy a orar».

Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

— «Me muero de tristeza; quédense aquí velando».

Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de Él aquella hora; y dijo:

— «¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

— Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil».

De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo:

— ¿Todavía están dormidos y descansando? ¡Basta ya! Ha llegado la hora; miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me va a entregar.

Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

— «Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo bien custodiado».

Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:

— «¡Maestro!»

Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo arrestaron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

— «¿Han salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario estaba con ustedes enseñando en el templo, y no me detuvieron. Pero, es necesario que se cumplan las Escrituras».

Y todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, cubierto tan solo con una sábana. Lo detuvieron, pero él soltando la sábana se escapó desnudo.

Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados junto al fuego para calentarse.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra Él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose en pie, daban testimonio contra Él diciendo:

— «Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres”».

Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:

— «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»

Pero Él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:

— «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?»

Jesús contesto:

— «Sí, lo soy. Y verán que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».

El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:

— «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. Ustedes ¿qué dicen?»

Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

— «Adivina quién fue».

Y los criados le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo miró y dijo:

— «También tú andabas con Jesús, el Nazareno».

Él lo negó, diciendo:

— «Ni sé ni entiendo lo que quieres decir».

Salió fuera, a la entrada, y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:

— «Éste es uno de ellos».

Y él volvió a negar. Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:

— «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».

Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

— «No conozco a ese hombre de quien ustedes hablan».

Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y se echó a llorar.

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:

— «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Él respondió:

— «Tú lo dices».

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

— «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti».

Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.

Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

— «¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?»

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes alborotaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

— «¿Qué hago con el que ustedes llaman rey de los judíos?»

Ellos gritaron de nuevo:

— «¡Crucifícalo!»

Pilato les dijo:

— «Pues ¿qué mal ha hecho?»

Ellos gritaron más fuerte:

— «¡Crucifícalo!»

Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y reunieron a toda la tropa. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

— «¡Salve, rey de los judíos!»

Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante Él.

Terminada la burla, le quitaron el manto de color púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.

Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la calavera» y le ofrecieron vino con mirra; pero Él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartiero),n sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero estaba escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor».

Los que pasaban lo injuriaban, haciendo muecas y diciendo:

— «¡Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz!».

Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de Él, diciendo:

— «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».

También los que estaban crucificados con Él lo insultaban.

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

— «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní».

Que significa:

— «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

— «Mira, está llamando a Elías».

Y uno echo a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

— «Déjenlo, a ver si viene Elías a bajarlo».

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

— «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando Él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén.

Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.

Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José.

Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.

María Magdalena y María la madre de José observaban dónde lo ponían.


NOTA IMPORTANTE


Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2,41), junto con sus apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.


Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11,3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba al borde de la muerte. El Señor, en cambio, hace todo lo contrario: espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). Terminada su espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un hombre que yacía ya cuatro días en el sepulcro, cuyo cadáver se encontraba ya en estado de descomposición (ver Jn 11,39-40).


El desconcierto inicial daba lugar a un indescriptible estado de euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba. Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11,45). La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro. ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante el pueblo, ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado? No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder. Probablemente pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría finalmente el Reino de los Cielos en la tierra.


Algunos corrieron a toda prisa a Jerusalén llevando la noticia, comunicándosela a los fariseos, quienes reuniéndose en consejo se preguntaban: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» (Jn 11,47-48). Con tal argumento finalmente «decidieron darle muerte» (Jn 11,53).


Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12,9) los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,11). ¿Cómo podía llegar a tanto la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos? Lo cierto es que mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos endurecían más y más el corazón.


Hasta entonces el Señor había insistido en que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8,56; 9,20-21). Sin embargo, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11,4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cambia su actitud. Esta vez, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud, da instrucciones a sus discípulos para que le traigan un borrico para realizar, montado en él, el último trecho y la entrada a la Ciudad Santa. Les dice dónde encontrarán al joven animal que aún no había sido montado por nadie, y los discípulos hacen exactamente lo que el Señor les pide (Evangelio antes de iniciar la procesión de ramos).


No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22,21ss). ¿Y qué importancia tiene el que nadie lo hubiese montado aún? Los antiguos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos no era idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2; Dt 15,19; 21,3; 1Sam 6,7). Un pollino que no hubiese sido montado anteriormente era, pues, lo indicado para transportar por primera vez a una persona sagrada, al mismo Mesías enviado por Dios.


¿Y qué significado tenía esta entrada a Jerusalén montado en un asnillo? El Señor tiene en mente una antigua profecía: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna… Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10). El mensaje que quería dar el Señor era muy claro: Él era el rey de la descendencia de David, el Mesías prometido por Dios para salvar a su pueblo; en Él se cumplía la antigua profecía.


El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y los admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre el pollino algunos tendían sus mantos en el suelo como alfombras para que pasase sobre ellos, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo. Era la manera popular de proclamar que reconocían en Él al rey-Mesías que traería la victoria a su pueblo.


Mientras tanto, llevados por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!». Los términos empleados son típicos. Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David (ver Mc 11,9-10) se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David. Más ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina.


Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria, se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte. La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio). Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16,21; Lc 9,22), Él no se resiste ni se echa atrás. (1ª. lectura) Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para nuestra reconciliación. De este modo Dios exaltó y glorificó al Hijo que por amorosa obediencia, siendo de condición divina, se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (2ª. lectura). Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa. Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” con los saludos desbordantes de júbilo y el “¡crucifícalo!” con los improperios cargados de desprecio.


Acaso nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo? ¿Por qué este cambio radical de actitud? ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos” y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías)-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, golpes, burlas, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no! ¡A Barrabás!... a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?


Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre. Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa o hace. ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente “crucifíquenlo” y “crucifiquen a Su Iglesia”? En el caso de Jesús, como en muchos otros casos, la “opinión pública” es continuamente manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19,47; Jn 5,18; 7,1; Hech 9,23).


Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto a Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a la masa para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia. ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogemos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero poco después con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!”, porque preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?


También yo me dejo manipular fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe. También yo me dejo influenciar fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal. También yo me dejo seducir fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener. Y así, ¡cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito cada vez que dedico hacer el mal que se presenta como “bueno para mí”: “¡A ése NO! ¡A ése CRUCIFÍCALO! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡Elijo a Barrabás! ”!


Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras! ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles! ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él! ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante! De lo contrario, en el momento de la prueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traidor “crucifícalo”.


¿Qué elijo yo? ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte? ¿O cobarde como tantos, me conformo en señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de un mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquéllos que son de Cristo?


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Venid subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación. Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados. Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa. Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro». San Andrés de Creta


«Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado». San Ambrosio


«No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder». San Beda


«Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron». San Beda


«Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras. Además, como habían enmudecido los judíos después de la Pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La subida de Jesús a Jerusalén


557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección. Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33).

558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a Él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23,37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,41-42).


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén


Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee marzo Ee 2018 a las 9:15 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO RCC-DRVC

18-24 de Marzo del 2018

Tema“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”


Jr 31, 31-34: “Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados”

«Miren ustedes que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la descendencia de Israel y de Judá una alianza nueva.

No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—.

Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días —oráculo del Señor—:

Pondré mi ley dentro de ellos, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.

Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor”.

Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande —oráculo del Señor—, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados».

Sal 50, 3-4.12-15: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Heb 5, 7-9: “Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna”

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y suplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Jn 12, 20-33: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

— «Señor, quisiéramos ver a Jesús».

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

— «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.

Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se desprecia a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga; y donde esté yo, allí también estará mi servidor. A quien me sirva, el Padre lo premiará.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre glorifica tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo:

— «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

— «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

NOTA IMPORTANTE

Seis días antes de aquella Pascua judía el Señor Jesús pasó por Betania. Allí vivían sus amigos Marta, María y Lázaro. Muchos judíos al tener noticia de que estaba allí fueron para verlo. También iban a ver a Lázaro, a quien el Señor poco antes había revivificado de un modo impactante. Los sumos sacerdotes para entonces habían decidido dar muerte al Señor Jesús (Jn 11,53) así como también a Lázaro, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,10-11).

Luego de su estancia en Betania el Señor Jesús se encamina a Jerusalén. Estando ya cerca se monta en un pollino que había mandado traer a dos de sus discípulos (ver Mc 11,1ss). La muchedumbre por su parte organizó su entrada triunfal en la ciudad santa: «tomaron ramas de palmera y salieron a su encuentro gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel!”» (Jn 12,13).

En la ciudad de Jerusalén «había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta» (Jn 12,20). El término helenés, “griegos”, tiene un sentido amplio: se refiere no necesariamente a griegos de nacionalidad sino a cualquier persona no judía, influenciada por los usos y costumbres helénicas. Estos “griegos” practicaban el judaísmo, no especifica el evangelista si en calidad de prosélitos o tan sólo como simpatizantes de la religión judía. Acaso impresionados por su entrada triunfal en Jerusalén, o por las cosas que se decían de Él, aquellos hombres se acercan a Felipe, uno de los apóstoles del Señor, para expresarle un deseo profundo: «queremos ver a Jesús». ¿Los mueve solamente la curiosidad? ¿O hay que pensar más bien que son hombres en búsqueda de la verdad, en búsqueda de la salvación ofrecida por el Dios de Israel? En realidad, sólo así tiene sentido la respuesta que el Señor da a Felipe y Andrés que se acercan al Maestro para transmitirle el pedido de aquellos representantes de los pueblos gentiles que lo buscan, que quieren verlo, que quieren “creer” en Él: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre» (Jn 12,23ss).

“La hora” de Jesús es el momento en que Él tiene que ser elevado para atraer a todos hacia sí (ver Jn 12,32). Al ser crucificado el Señor podrá ser “visto” por todos aquellos que lo “buscan”. He allí la respuesta al pedido de aquellos gentiles: ha llegado el momento de mostrarse a todos, judíos y gentiles, el momento de ofrecer el “signo” por excelencia por el cual todos podrán creer que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, el Salvador y Reconciliador del mundo.

Es “la hora” de su muerte reconciliadora, tantas veces anunciada por el Señor (ver Jn 2,4; 7,30; 8,20; 13,1; 17,1). En efecto, por su muerte en Cruz, por su plena obediencia al Padre y a sus amorosos designios (ver Jn 19,30), el Hijo del Padre triunfa sobre el pecado y sus terribles consecuencias, abriendo de ese modo las fuentes de la redención y de la reconciliación para la humanidad entera (ver 2ª lectura).

Aquella “hora” es al mismo tiempo la hora de su “pascua”, de su “paso” o “tránsito” por la muerte hacia su victoria gloriosa: por su Resurrección será nuevamente “glorificado” por el Padre. En el Señor Jesús la muerte llevará al triunfo definitivo de la Vida, triunfo del que hace partícipes a todos aquellos que creen en Él.

Para hablar de su muerte fecunda el Señor se compara a sí mismo con un grano de trigo: es necesario que para dar fruto Él se entregue a sí mismo, que “caiga en tierra” y que “reviente” como el grano. Sólo así podrá dar paso a una nueva vida, podrá producir “fruto abundante”, fruto de redención para la humanidad entera, fruto de vida eterna para todos los que crean en Él.

Quienes quieran beneficiarse de este fruto de redención y vida eterna han de “seguirlo”, es decir, han de participar ellos mismos de este dinamismo cruciforme que implica necesariamente un “morir para vivir”: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se desprecia a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna».

Por su Hijo, por su Sangre derramada para el perdón de los pecados, Dios ha realizado ya la nueva y eterna Alianza prometida a su pueblo a través de los profetas, de manera particular por Jeremías (1ª. lectura).

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Si te pregunto: “¿Quieres ser feliz?” Me dirás: “¡claro que sí! ¡Es lo que más quiero!”

Yo si te vuelvo a preguntar: “¿Con qué fuerza anhelas esa felicidad? ¿Cuánto estás dispuesto a dar para ser feliz? ¿Qué precio estás dispuesto a pagar? ¿Estarías dispuesto a sacrificar todo lo que sea necesario con tal de alcanzar esa felicidad?”. ¿Cuál sería entonces tu respuesta?

Quizá serías un poco más cauto en tu respuesta y te preguntarías primero qué significa aquello de “Todo lo que sea necesario”. ¿Cuánto es “todo”? Cuando ese todo implica renuncias, sacrificios, dolor, sufrimiento, muerte, uno experimenta automáticamente una fuerte resistencia interior. ¿No es una locura ponerle la cruz delante a quien busca la felicidad? ¿No es un contrasentido decirle: he allí el camino que conduce a tu plena realización? Sin embargo, allí están las tremendas y exigentes palabras del Señor: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se desprecia a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna». Morir para vivir. El que gana, pierde, y el que pierde según los criterios del mundo, en realidad gana la vida eterna.

Esta exigencia choca en nosotros con una especie de “ley de la mezquindad”, de la mínima exigencia en todo lo que se refiere a la vida cristiana, al seguimiento del Señor Jesús. Nos cuesta dar más, “darlo todo”, tenemos miedo de “morir a nosotros mismos”, es decir, a todo lo que en realidad nos lleva a la muerte para de allí emprender el camino que conduce a la Vida mediante la conformación con Cristo, aspirando así al horizonte de una vida plena, auténtica, intensa, santa. Bajo el imperio de esta “ley” reducimos las exigencias de la vida cristiana al mínimo, lo suficiente como para mantener la conciencia “tranquila”, adormecida. Nos creemos lo suficientemente buenos como para no ver por qué tengo que ser mejor.

La ley de la mezquindad nos lleva a querer alcanzar el Infinito sin tener que renunciar a lo que es tan fugaz, a querer revestirnos de Gloria sin tener que presentar la dura batalla y sin tener que subir a la Cruz. Cuando en nosotros domina esta ley somos como barcos que quieren alcanzar el ansiado puerto de la felicidad pero sin tener que soltar las amarras de sus inmediatas y palpables seguridades. O también como águilas que anhelan volar muy alto, que sueñan con conquistar el infinito cielo azul pero sin tener que romper las cadenas o cortar los finos hilos de seda que le impiden alzar el vuelo. Finalmente, por la ley de la mezquindad somos como granos de trigo que querrían dar muchísimo fruto pero sin antes tener que hundirse en la tierra y reventar para dar paso a una nueva vida.

Tras las huellas de nuestro Señor, en la “sequela Christi”, entendemos que el generoso sacrificio y el don de sí mismo son ineludibles para todo aquel o aquella que quiera guardar su vida y estar con Cristo por toda la eternidad: no hay cristianismo sin cruz. Pero ojo: no es que la visión que el Señor nos presenta sea una visión negativa. El cristianismo no es una religión negadora del ser humano, de todo lo que hay en él de grandioso, de auténtico, de verdaderamente humano, ¡todo lo contrario! Se trata de la lógica del “gana-pierde”: sólo quien muere a todo lo que es muerte, conquista la vida verdadera. El creyente que muere a todo lo que en sí lo lleva a la destruirse a sí mismo, a sus vicios y pecados, al hombre viejo y a sus obras de muerte, renace y florece a una vida nueva, verdadera y plenamente humana. En cambio, quien en ese aferrarse tercamente a sus vanas seguridades se resiste o se niega a morir a sí mismo, queda solo, se vuelve estéril, no dará finalmente fruto ni para sí mismo ni para los demás.

Dios, que ha impreso ese deseo de felicidad en nuestros corazones para que lo busquemos (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 27), quiere tanto la felicidad para nosotros que Él mismo se ha hecho hombre para enseñarnos el camino. El Señor Jesús, a quienes andan en búsqueda y no se han dejado vencer aún por el desengaño y escepticismo, nos ofrece la felicidad verdadera, auténtica. Él conoce al ser humano, conoce nuestros anhelos más profundos y, lo más importante, sabe qué tenemos que hacer para saciarlos (ver Jn 4,10.14; Jn 15,9-11).

Y ahora se presenta ante cada uno de nosotros esta ineludible pregunta: ¿de verdad le creo al Señor Jesús? ¿De verdad creo que Tú, Señor, tienes para mí esa felicidad que tanto ando buscando? ¿Te creo tanto que estoy dispuesto a darlo todo para recorrer ese sendero exigente que Tú mismo seguiste, el sendero de la Cruz que lleva a la gloria, el sendero del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto abundante?

Creerle al Señor es esencial. Debemos tener absoluta certeza de que las cosas son como Él dice, de modo que toda nuestra vida, nuestras cotidianas decisiones y acciones se orienten en la dirección que Él nos señala. El creyente que en concurso con la gracia divina y en obediencia amorosa al Plan de Dios se dona continuamente a sí mismo en el servicio evangelizador y solidario a los demás, entregando generosamente su tiempo, sus energías, sus dones e incluso su vida misma, tiene la certeza y garantía de que no quedará solo jamás y de que su entrega florecerá en una cosecha abundante, tanto para esta vida como para la vida eterna.

¡Confiemos en el Señor! ¡Hagamos lo que Él nos dice! (ver Jn 2,5) ¡Vivamos una vida cristiana radical, intensa y comprometida! Y si el Señor acaso te pide alguna renuncia o sacrificio para liberarte de esas ataduras que te impiden avanzar en el camino hacia la plenitud, ¡abrázate a la cruz con fuerza, con decisión y coraje! ¡Reza intensamente! ¡Sé paciente! Aunque te cueste, aunque te duela, ofrece ese sacrificio al Señor confiado de que el fruto que de ello verás brotar en el futuro será abundante y el gozo infinito.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Porque Él (Cristo) ha sido sembrado en este mundo de la semilla de los profetas, esto es, se encarnó para que, muriendo, resucitase multiplicando. Él murió solo y resucitó acompañado de muchos».

San Beda

«Y como con las palabras no podía convencerlos suficientemente, se vale de un ejemplo, porque el trigo da mucho más fruto después que muere. Y si esto sucede en las semillas, con mayor razón en Mí. Por otra parte, como debía enviar a sus discípulos a las naciones y ve a los gentiles abrazar la fe, les manifiesta que ya es tiempo de acercarse a la Cruz. No los envió a las naciones sin que antes los judíos se estrellasen contra Él y lo crucificasen. Y como previó que sus discípulos habían de contristarse por lo que les había dicho acerca de su muerte, para mayor abundancia les dice: No solamente debéis soportar con paciencia mi muerte, sino que vosotros mismos debéis morir, si es que queréis conseguir algún fruto. Y esto es lo que quiere significar por aquellas palabras: “Quien ama su alma la perderá”».

San Juan Crisóstomo

«Ama su alma en este mundo aquel que pone por obra los deseos desordenados, y la aborrece el que resiste sus malas pasiones. Y no dijo aquel que no cede a ella, sino aquel que la aborrece. Y a la manera que nosotros no podemos ni aun soportar la voz ni la presencia de aquellos que aborrecemos, del mismo modo debemos apartar nuestra alma cuando nos induce a que hagamos cosas contrarias a Dios, y que por lo mismo le desagradan».

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Morir al pecado conduce a la verdadera libertad

Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, «para que vencieran en sí mismos, con la propia renuncia y una vida santa, al reino del pecado» (LG 36).

El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable (S. Ambrosio).

Llamados a dar fruto en el seguimiento de Cristo

2013: «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». Todos son llamados a la santidad: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48):

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).

2015: El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas.

La necesidad de morir con Cristo para resucitar con Él

1005: Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario «dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor» [2 Cor 5, 8]. En esta «partida» (Flp 1, 23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos.

1010: Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. «Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia» (Flp 1, 21). «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente «muerto con Cristo», para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este «morir con Cristo» y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor.

Dos virtudes necesarias para vencer la ley de la mezquindad

1808: La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. «Mi fuerza y mi cántico es el Señor» (Sal 118, 14). «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

1809: La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar «para seguir la pasión de su corazón» (Si 5, 2). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: «No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena» (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada «moderación» o «sobriedad». Debemos «vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente» (Tit 2, 12).

CONCLUSION

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre»

12 marzo, 2018Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas

Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo B – 18 de marzo de 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 12, 20- 33

«Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere…no da fruto» (San Juan 12, 20- 33). La respuesta de Dios al pueblo que una y otra vez se aleja de Él es una alianza nueva y definitiva. Una alianza que no pasará jamás porque está escrita en el corazón de cada uno y será conocida por todos ( Jeremías 31, 31- 34). Esta alianza se consuma en el único sacrificio Reconciliador de nuestro Señor Jesucristo: muere en la cruz para que todos tengamos vida. En la fiel obediencia al Plan del Padre, no exento de sufrimiento y dolor, el Hijo se hace «causa de salvación eterna para todos» siendo así reconocido como el Sumo y Eterno Sacerdote que intercede en favor de toda la humanidad (Hebreos 5,7- 9). Nosotros también estamos llamados a vivir la misma dinámica de la muerte para la vida, a semejanza del grano de trigo, para así ganar la vida eterna.

«Una nueva alianza»

Recordemos las palabras de la Primera Lectura del IV Domingo de Cuaresma: «Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio» (2Cr 36,16). Jeremías es considerado uno de los cuatro «profetas mayores» (con Isaías, Ezequiel y Daniel) y es uno de los profetas a los que se refiere el pasaje mencionado. Nació en Anatot, de familia sacerdotal y predicó por más de cuarenta años (desde el 627 a.C. hasta la destrucción de Jerusalén y el Templo en el año 587 a.C.). Alentó la reforma religiosa promovida por el rey Josías y, en una época de infidelidad a la Alianza, le tocó la pesada misión de anunciar el castigo de Dios.

Los falsos profetas azuzaron a los reyes Joaquín y Sedecías en contra de Jeremías, que fue maltratado e incluso se intentó matarlo. Tras el fracaso de la antigua alianza, el Plan de Dios aparece bajo un nuevo aspecto. No se trata de restablecer lo antiguo, sino de crear algo nuevo. La «nueva alianza» (31,31ss) se refiere fundamentalmente a tres puntos: la iniciativa divina del perdón de los pecados; la responsabilidad y la retribución personal; y la interiorización de la religión: la ley deja de ser un código exterior para convertirse en una inspiración que alcanza el «corazón» del hombre. En el Nuevo Testamento el libro del profeta Jeremías es citado repetidas veces. También el profeta es citado textualmente en la Carta a los Hebreos (8, 8 – 12). Jesús en la última cena, al bendecir la copa, une las palabras de Moisés (Ex 24) con las del profeta Jeremías (Jr 31,31) sobre la alianza definitiva.

Jesús, Sumo Sacerdote compasivo

«Teniendo pues tal Sumo Sacerdote…Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firmes la fe que profesamos» (Hb 5, 14) y sólo así podremos acercarnos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y la ayuda oportuna (Hb 4,16). Todo Sumo Sacerdote, tal como es presentado en la carta a los Hebreos, es escogido, de entre los hombres, por el mismo Dios para ofrecer los dones y sacrificios con los cuales pretende restablecer las relaciones con Dios eliminando así el obstáculo entre ellos: el pecado de los hombres. Estas condiciones se han realizado plenamente en Jesucristo (Hb 5,5-10).

Cristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión encomendada por Dios Padre, que lo ha proclamado solemnemente Sumo Sacerdote (ver Hb 1,5; Sal 110,4). El hecho de ser el «Hijo» da a su sacerdocio una categoría, gloria, dignidad y calidad suprema; porque lo coloca en una relación personal íntima, perfecta, plena, con Dios (Hb 2,17; 6,20). El autor ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

¡Queremos ver a Jesús!

El Evangelio de este V Domingo de Cuaresma se sitúa en el mismo día de su entrada en Jerusalén, cinco días antes de la última Pascua de Jesús. El día anterior Jesús se había detenido en Betania en la casa de Lázaro, Marta y María donde un «gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos» (Jn 12,9). Por eso, la entrada de Jesús en Jerusalén fue triunfal: «Por eso también salió la gente a su encuentro, porque habían oído que Él había realizado aquella señal» [Jn 12,18]. Entre aquellos que subieron a Jerusalén había unos griegos. Estos, no siendo judíos, se habían adherido al monoteísmo de Israel y, hasta tal punto, a las observancias mosaicas: eran los «piadosos y temerosos de Dios» (Hch 10,2), distintos a los «helenistas» (ver Hch 6,1) que eran judíos en la diáspora. El deseo de estos griegos gentiles de «ver» o conversar con Jesús debió de extrañar a los discípulos, por eso Felipe consulta con Andrés.

Jesús sabe que la gente lo busca y lo quieren «ver» porque ha hecho algo extraordinario. Pero, para Jesús, deberían de buscarlo no sólo por el hecho externo sino porque ese hecho es una «señal» de algo mucho más profundo, que se capta y entiende solamente por y desde la fe. En otra ocasión había ocurrido lo mismo. «Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre”» (Jn 6,26-27). El milagro es una señal externa que deja entrever su identidad más profunda: el ser Hijo único de Dios. Cuando Jesús sabe lo que quieren «ver», no rechaza la petición; sino que la orienta hacia el momento de su glorificación: su muerte en la cruz. Hacia allí deben de converger todas las miradas que lo buscan y lo quieren «ver».

Ministerio de Comunicación RCC-DRVC

Bendito sea Nuestro Dios!

Todo el que cree en El tiene vida eterna

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee marzo Ee 2018 a las 14:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


11-17 de Marzo del 2018




“Todo el que cree en Él tiene vida eterna”


2Cro 36, 14-16.19-23: “Dios perdona las infidelidades y libra al pueblo de sus pecados”

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que el Señor había consagrado en Jerusalén.

El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió sin remedio contra su pueblo.

Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías:


«Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años». En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre ustedes pertenezca a su pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe”».


Sal 136, 1-6: “Que no me olvide de ti, Señor”


Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: “Cántennos un cantar de Sión”. ¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!

Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén, en la cumbre de mis alegrías.


Ef 2, 4-10: “Dios nos ha dado una vida nueva en Cristo”


Hermanos:

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo —por pura gracia están ustedes salvados—, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él.

Así quiso mostrar a los siglos venideros la inmensa riqueza de su gracia, por la bondad que nos manifestó en Cristo Jesús. Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe. Y no se debe a ustedes, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir.

Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos.


Jn 3, 14-21: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”


En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: — «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él. El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».


NOTA IMPORTANTE


La primera lectura presenta la destrucción del templo en Jerusalén y la deportación del pueblo judío a Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo, como consecuencia de la infidelidad del pueblo a Dios y a la Alianza sellada con Él. A pesar de las continuas advertencias de los profetas, Israel no quiso convertirse de su mala conducta y volverse al Señor nuevamente.

Pero no debe entenderse que se trate de un “castigo de Dios”, Dios no quiso el mal para su criatura humana. Dios «creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2, 23-24). Creado por Dios para la vida plena, es el propio ser humano quien al pecar introduce en el mundo la ruptura, el mal, la muerte, el sufrimiento, el temor

. La desobediencia a Dios, en vez de elevar al hombre a “ser como Dios”, lo hunde en la miseria y lo despoja de su dignidad de hijo de Dios. El deseo de alcanzar una “vida autónoma gloriosa” en contra de Dios termina siendo un “acto suicida”, un acto de auto destrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4)

Por eso, en realidad no es Dios quien castiga al pecador con la muerte, sino el pecador y rebelde que al separarse de Dios y rechazar sus orientaciones trae sobre sí mismo la muerte, el daño, la destrucción y la desolación. A pesar del rechazo de su criatura humana Dios permanece fiel a su amor. Él ama siempre, ama como sólo Él puede amar: Él «es Amor» (Jn 4, ).

Por ese amor siempre fiel quiso rescatar y reconciliar nuevamente consigo a quien de Él se había apartado, a quien por su desobediencia se había hundido en el polvo de la muerte. A tanto llega su amor que el Padre envía a su propio Hijo al mundo, para que todo aquel que crea en Él tenga acceso nuevamente a la vida eterna, por la comunión con Dios. En un diálogo con Nicodemo (Evangelio), el Señor Jesús anuncia que esta reconciliación con Dios la ha de realizar Él por su crucifixión y glorificación.

Nicodemo era un fariseo, magistrado judío, sinceramente interesado en este Maestro, abierto a su mensaje y a sus milagros, pero temeroso de manifestarse así ante los demás fariseos: «Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con Él”» (Jn 3, 2).

Para anunciar su crucifixión establece una analogía con un antiguo episodio: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre». Las serpientes venenosas mordieron a los hijos del pueblo elegido en su marcha por el desierto como consecuencia de su rebeldía: «El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés» (Núm 21, 4-5).

Por intercesión de Moisés y ante el arrepentimiento de los israelitas, Dios ofreció a los mordidos por las serpientes un extraño remedio: «dijo Dios a Moisés: “Hazte una serpiente venenosa [de bronce] y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá”» (Núm 21).

Importante es la precisión que hace el inspirado autor del libro de la Sabiduría: «El que a ella se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos» (Sab16, 7). De allí que el mismo autor llame a aquella serpiente de bronce «señal de salvación» (Sab 16, 6). En aquel diálogo nocturno el Señor Jesús anuncia a Nicodemo que en Él se va a realizar plenamente lo que Dios había querido prefigurar mediante aquel episodio. El mismo Hijo es quien, cual nuevo Moisés, intercederá ante su Padre por toda la humanidad caída, y al mismo tiempo será Él quien como aquella serpiente de bronce será “elevado” «para que todo el que cree en Él tenga vida eterna».

En la Cruz reconciliadora de Jesucristo la salvación que anunciaba aquél signo se hace realidad plena: el Señor Jesús, elevado en la Cruz, es la plena y universal «señal de salvación» para todos los hombres de todos los tiempos. Por Él Dios ofrece la salvación a la humanidad entera, salvación de la muerte que es fruto de la “mordedura” de la antigua serpiente (ver Gén 3,1ss), fruto de la seducción diabólica y de la rebeldía del hombre frente a Dios. En el pasaje del Evangelio el Señor Jesús se presenta a sí mismo como fuente de vida eterna.

La calificación “eterna” indica que la vida que Dios promete al hombre va más allá de la vida temporal, una vida que luego de la muerte física se abre a la eternidad de Dios. Para acoger el don de la vida eterna es necesaria la mirada de la fe: la alcanzará quien cree en Él. Quedará curado de la mordedura venenosa de la antigua serpiente quien mira a Cristo elevado en la Cruz. No basta, sin embargo, tan sólo posar los ojos sobre Él. Para San Juan “ver” y “creer” son sinónimos.

l Señor Jesús hay que “verle” como Hijo de Dios, como Salvador, como Dios mismo que salva y reconcilia mediante la Cruz: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8,2).  A la “visión” de la serpiente de bronce corresponde ahora otro modo de visión, la mirada profunda de la fe que permite ver más allá de la apariencia y reconocer en el Señor alzado en la Cruz al Mesías e Hijo de Dios. Esta fe no exime de las obras, sino que implica actuar en consecuencia y coherencia con la fe que se profesa con los labios. La fe auténtica es una fe integral, es fe en la mente y fe en el corazón que se vuelca en la acción.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre», le dice el Señor Jesús a Nicodemo. El episodio al que hace referencia es aquel en que los israelitas en su marcha por el desierto fueron mordidos por serpientes venenosas a causa de su rebeldía frente a Dios (ver Núm 21, 4-9). El pueblo vio en ello un castigo divino.

Una visión antropomorfizadora hace que muchas veces veamos como “castigo divino” lo que en realidad no es sino consecuencia del mismo pecado del ser humano. En cambio, Dios no quiere el castigo ni la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva (ver Ez 18, 23), Él «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tim 2, 3-4). En aquella ocasión Moisés intercedió a favor de su pueblo y suplicó a Dios que liberase a los israelitas del fruto de su rebeldía. Dios respondió: «Hazte una serpiente [de bronce] y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá».

El Señor Jesús da a entender que aquello no era sino una figura de lo que en Él se habría de realizar plenamente. Como aquella serpiente de bronce, también Él sería elevado en un madero. Quien lo mira es liberado del efecto mortífero del veneno del pecado: no morirá para siempre, sino que tendrá una nueva vida y tendrá la vida eterna. Pero, ¿de qué mirada se trata? No ciertamente de una mirada superficial y retenida por la incredulidad o las dudas, sino de la mirada profunda y penetrante de la fe, aquella mirada que nos permite reconocer en el Crucificado al Reconciliador y Salvador del mundo, al Hijo de Dios mismo.

Sólo esa mirada de fe nos abre al mismo tiempo a la comprensión del amor inaudito que Dios nos tiene: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 15). ¿Es posible comprender o intuir el amor que Dios nos tiene y su magnitud? ¡Cuánto debe amarnos Dios, para habernos llamado a la vida, para invitarnos a participar de su misma comunión de amor divina! ¡Cuánto debe amarnos Dios que a pesar de nuestras rebeldías, rechazos e infidelidades, no nos trata como merecen nuestras culpas (ver Sal 103[102], 10) sino que en cambio nos ha entregado a su propio Hijo para nuestra reconciliación y salvación! En verdad, «por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo y con Él nos resucitó» (Ef 2, 4-6)

Dios nos invita hoy a mirar con fe a Aquel que por nosotros ha sido clavado y elevado en el Altar de la Reconciliación. Al mirar al Señor crucificado con la mirada penetrante de la fe, encontramos en Él el perdón de los pecados, la reconciliación, la curación de nuestras heridas más profundas, la liberación del odio, el aliento para ponernos de pie si caemos, la fuerza interior para seguir avanzando en medio de las dificultades cotidianas así como para perseverar firmes en medio de las pruebas más duras. Al mirarlo con fe se nutre nuestra esperanza de participar con Él algún día en su misma victoria, de alcanzar la vida eterna por la participación en su misma resurrección.

Al mirarlo con fe nos experimentamos inundados de su amor, despertando en nosotros el deseo y propósito de amar como Él a Dios, a Santa María su Madre y a todos los seres humanos. Dirijamos esa mirada de fe cada día al Señor elevado y glorificado en la Cruz, glorificado y elevado a la derecha del Padre por su gloriosa resurrección, y que nuestra mirada jamás se aparte de Él. Y que esa mirada nos lleve a la obediencia de la fe, a siempre y en todo a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2, 5).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Muchos morían en el desierto por las mordeduras de las serpientes. Y por ello Moisés, por orden de Dios, levantó en alto una serpiente de bronce en el desierto; cuantos miraban a ésta, quedaban curados en el acto. La serpiente levantada representa la muerte de Cristo, de la misma manera que el efecto se significa por la causa eficiente. La muerte había venido por medio de la serpiente, la que indujo al hombre al pecado por el cual había de morir; mas el Señor, aun cuando en su carne no había recibido el pecado, que era como el veneno de la serpiente, había recibido la muerte, para que hubiese pena sin culpa en la semejanza de la carne del pecado, por lo cual en esta misma carne se paga la pena y la culpa». San Agustín


«Así como en otro tiempo quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del Bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la resurrección». San Agustín «Hay una diferencia entre la figura y la realidad, y es que aquellos eran curados sólo de la muerte temporal volviendo a una vida material, mas éstos obtienen la vida eterna». San Agustín


«No os admiréis de que yo deba ser levantado para que vosotros os salvéis, porque así agradó esto al Padre que tanto os amó, y que por estos siervos ingratos e indiferentes dio a su mismo Hijo. Y al decir: “De tal manera amó Dios al mundo”, indicó la inmensidad de su amor, habiendo necesidad de reconocer aquí una distancia infinita. Él que es inmortal, Él que no tiene principio, Él que es la grandeza infinita, amó a los que están en el mundo, que son de tierra y ceniza, y están llenos de infinitos pecados. Lo que pone a continuación demuestra la cualidad de su amor; porque no dio un siervo, ni un ángel, ni un arcángel, sino su propio Hijo. Por esto añade: “Unigénito”». San Juan Crisóstomo


«Mas si la fe del amor había de medirse por entregar una creatura en bien de otra creatura, no sería de gran mérito el enviarle una creatura de naturaleza inferior. Las cosas de gran valor son las que dan a conocer la grandeza de amor y las cosas grandes se estiman por las cosas grandes. El Señor, amando al mundo, dio a su Unigénito y no a un hijo adoptivo. Era su Hijo propio por generación y verdad. No hay creación, no hay adopción ni falsedad. Aquí hay fe de predilección y de amor en favor de la salvación del mundo, dando a un Hijo que era suyo y que además era Unigénito». San Hilario


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Dios es amor, y ama a su criatura humana


214: Dios, “El que es”, se reveló a Israel como el que es “rico en amor y fidelidad” (Ex34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas sus obras, Dios muestra su benevolencia, su bondad, su gracia, su amor; pero también su fiabilidad, su constancia, su fidelidad, su verdad. “Doy gracias a tu nombre por tu amor y tu verdad” (Sal 138,2). Él es la Verdad, porque “Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1, 5); Él es “Amor”, como lo enseña el apóstol Juan (1Jn 4, ). 


218: A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados.


219:El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (ver Os 11, 1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (ver Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (ver Is 62, 4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (ver Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16).


221: Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: «Dios es Amor» (1Jn 4, 8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo. Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.


Dios por amor envía a su Hijo para nuestra reconciliación


457: El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 10).» El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo» (1Jn 4, 14). «Él se manifestó para quitar los pecados» (1Jn 3, 5): Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (S. Gregorio de Nisa)


458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).


CONCLUSION


«PORQUE TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE DIO A SU HIJO ÚNICO»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas,

Noticias Destacadas Domingo de la Semana 4ª de Cuaresma.

Ciclo B – 11 de marzo de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,14 – 21


«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único…»: aquí reside el mensaje central que la Iglesia nos transmite mediante los textos litúrgicos en este cuarto Domingo de Cuaresma. Ese amor infinito de Dios ha recorrido un largo camino en la Historia de la Reconciliación, antes de llegar a expresarse en forma definitiva y última en Jesucristo (San Juan 3,14 – 21).

La Primera Lectura (Segundo libro de las Crónicas 36, 14-16.19-23 ) nos muestra en acción el amor de Dios que busca suscitar en el pueblo el arrepentimiento y la conversión; sin embargo el pueblo se burla y desprecia a los mensajeros de Dios. En la carta a los Efesios, San Pablo resalta por una parte nuestra falta de amor que causa la muerte, y el amor de Dios que nos hace retornar a la vida junto con Jesucristo (Efesios 2,4-10).

En todo y por encima de todo, el amor de Dios en Cristo Jesús que se entrega en sacrifico reconciliador para que tengamos «vida eterna». La infidelidad de un pueblo


La primera lectura cierra el segundo libro de las Crónicas, escrito en el siglo IV a.C. entre el final de la dominación persa y el principio de la época helenística (333-63 A.C.). El gran interés que muestra el autor de los dos libros de Crónicas por todo lo que se refiere al culto y al templo insinúa que sea un sacerdote o levita, familiarizado con los problemas religiosos de Israel. Esdras, cuyo nombre significa

«Dios es mi auxilio» y probable autor de estos libros, fue un levita judío exiliado a Babilonia, en la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor. Luego se vuelve consejero del rey de Persia para los negocios con los judíos y es reenviado a Jerusalén al frente de 1,500 judíos con el fin de reorganizarlos. Este pasaje se da en el contexto del final de la monarquía y es un juicio general sobre la infidelidad del pueblo que es la causante de su ruina.

El pueblo israelita rechaza el aviso de los mensajeros enviados por Dios, en concreto del profeta Jeremías. El pueblo sufre las consecuencias de su infidelidad: la destrucción de Jerusalén y del templo por los caldeos, y el cautiverio israelita en Babilonia. Justamente el Salmo Responsorial (Salmo 137) canta la nostalgia del pueblo desterrado. Con los libros de las Crónicas estamos en los últimos 500 años anteriores a la venida de Jesús habiendo vivido por 70 años en el exilio en Babilonia (desde 587 a.C.).

El exilio se prolonga hasta el año 538, cuando el imperio babilónico se desmorona bajo la presión del rey Ciro de Persia. Con él, los judíos inician su retorno a Judea liderados por Zorobabel que fue nombrado gobernador de Judea por el rey de Persia y se inicia la reconstrucción del Templo. Tras la invitación al retorno se empieza a vislumbrar en el horizonte inmediato la apasionante aventura del reencuentro con la tierra perdida, de la reconstrucción de las viejas ruinas y de la restauración de la vida de un pueblo que, pese a todo, sigue siendo el verdadero Israel, el pueblo de Dios.

«¡Hemos sido salvados por la gracia mediante la fe!» La carta a los Efesios, escrita por San Pablo desde su cautiverio en Roma en el año 61 ó 62; es un mensaje dirigido no solamente a los habitantes de Éfeso sino a todos los fieles de Asia Menor. Para la edificación del cuerpo de Cristo, nos dice San Pablo, había que superar un doble obstáculo: el estado de pecado en que todos, judíos y paganos se encontraban (Ef 2,1-10) y «el muro de enemistad que tenía separados» a éstos respecto de aquéllos (Ef 2,11-21).

Tres son las ideas que aparecen en éste capítulo: todos nos encontramos bajo el dominio del pecado; Dios nos ha dado una nueva vida por la fe y esto no se debe a nosotros. «Muertos en vuestros delitos y pecados» expresa la multitud de pecados en que se encontraban los paganos.


La expresión de vivir «según el proceder de este mundo» designa aquí el mundo pecaminoso que tiene por príncipe al demonio (ver Jn 14,30; 1 Jn 5,19), que prosigue su obra entre quienes no obedecen los mandatos de Dios. Son «rebeldes» a Dios. La rebeldía es un término clásico de la teología paulina que denota desobediencia con respecto a Dios (ver Rom 11,32; Col 3,6). El texto griego presenta a Satanás como «el príncipe del imperio del aire» ya que en la concepción de los antiguos, los demonios habitaban en el aire, entre la tierra y la luna. San Pablo hace referencia al poder de Satanás bajo el cual nos encontrábamos también nosotros al seguir los dictámenes de las «apetencias de la carne».


La «carne» (sarx) tiene aquí sentido peyorativo: designa la parte inferior de nuestra naturaleza que se sustrae a la voluntad de Dios para seguir sus apetencias desordenadas. Esta conducta pecaminosa nos hacía «destinatarios naturales de la ira de Dios». Pero Dios nos ha demostrado su inmensa bondad y misericordia y llevado de un amor inmenso (Jn 3,16), que nosotros no merecíamos (Rom 5,6-9), nos ha otorgado una nueva vida, «resucitándonos y sentándonos con Cristo en el cielo».

Pablo afirma, como un hecho cierto y ya realizado, la resurrección de los cuerpos de la que es anticipo la resurrección de Cristo (1 Cor 15,20). Esta doble condición del cristiano tiene que marcar su vida en este mundo. Dos cosas concurren a nuestra salvación: la gracia de Dios (causa principal y formal) y nuestra fe (condición necesaria). De la primera sí que puede decir el apóstol que es pura gracia de Dios. Pero también la segunda es un don de Dios; no proviene de razonamientos humanos ni es debida a nuestras obras, de modo que nadie puede presumir de ellas.

«Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús»: el primer hombre fue formado por Dios al principio, infundiendo el hálito vital al polvo de la tierra (Gn 2,7). Así también ahora el hombre nuevo es una creación de Dios en y por Cristo Jesús. Pero el hombre tiene que colaborar con su libre albedrío. Dios no nos ha consultado a la hora de crearnos; pero no nos salvará sin que nosotros colaboremos a nuestra salvación. «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (San Agustín).

El celo de tu casa me devora

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 5 Ee marzo Ee 2018 a las 9:20 Comments comentarios (0)

 

DISCIPULADO CARISMATICO

 

 

 

 4 al 11 de Marzo del 2018

Ex 20, 1-17: “La Ley se dio por medio de Moisés”

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:

«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.

No tendrás otros dioses fuera de mí.

No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.

No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.

No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano, porque no dejará el Señor sin castigo a quien pronuncie su nombre en vano.

Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso contra tu prójimo.

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él».

Sal 18, 8-11: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”

La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel

e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos

y alegran el corazón;

la norma del Señor es límpida

y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura

y eternamente estable;

los mandamientos del Señor son verdaderos

y enteramente justos.

Más preciosos que el oro,

más que el oro fino;

más dulces que la miel

de un panal que destila.

1Cor 1,22-25: “Predicamos a Cristo crucificado”

Hermanos:

Mientras los judíos exigen milagros, los griegos buscan sabiduría; nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero, para los que Dios ha llamado —sean judíos o griegos—, Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Pues lo que en Dios parece locura es mucho más sabio que toda sabiduría humana; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que toda fuerza humana.

Jn 2,13-25: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré”

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

— «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre».

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

— «¿Qué signos nos muestras para obrar así?».

Jesús contestó:

— «Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré».

Los judíos replicaron:

— «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que había dicho eso, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie acerca de los hombres, porque Él conocía lo que hay dentro de cada hombre.

NOTA IMPORTANTE

San Juan relata en su Evangelio que después de realizar su primer milagro en Caná el Señor se dirige a Jerusalén, porque se acercaba ya la Pascua judía (Evangelio). El Señor cumple fielmente con el precepto que mandaba que todo judío varón a partir de los trece años tenía que acudir anualmente en peregrinación al Templo de Jerusalén por motivo de esta fiesta.

Una vez en Jerusalén el Señor se dirige al Templo. Aquel Templo había sido reconstruido por Herodes el Grande. Los trabajos se habían iniciado el año 18 de su reinado, o sea el 20-19 a.C. Lo primero en ser reconstruido fue el santuario, el lugar de la presencia de Dios, el recinto al que solamente podían entrar los sacerdotes levitas. Luego se procedió a la construcción de los distintos atrios: el atrio de los sacerdotes, el atrio de Israel, el atrio de las mujeres y el atrio de los gentiles. Todo ello demandó casi diez años, aunque por décadas se prosiguieron las obras de complemento y retoque.

Al trasponer alguna de las puertas de acceso al inmenso complejo se ingresaba al atrio o patio llamado “de los gentiles”, la explanada más amplia que rodeaba un segundo complejo interior cuadrangular formado por el santuario y los sucesivos atrios de los sacerdotes, de Israel y de las mujeres.

En la época del Señor Jesús existían normas dadas por los rabinos para cuidar la santidad del Templo, como por ejemplo la prohibición de usar el atrio de los gentiles como atajo o en forma poco digna. Sin embargo, a pesar de las restricciones existentes, los comerciantes con sus animales y los cambistas se habían instalado en la explanada, con la evidente venia de las autoridades del Templo, probablemente con la excusa de facilitar a los peregrinos la adquisición de los animales necesarios para ofrecer sus sacrificios (ver Lev 5, 7; 15, 14.29; 17, 3) así como para adquirir monedas autorizadas con las que pudiesen pagar el impuesto del Templo. Todo israelita llegado a los veinte años, incluso si vivía en el extranjero, debía pagar anualmente este impuesto equivalente a dos días de jornal (ver Mt 17, 24), y la moneda para el pago no podía tener grabada la efigie del emperador. En fin, no es difícil imaginar en lo que se había convertido esta explanada del templo con la presencia de estos personajes, especialmente en una fiesta de afluencia tan multitudinaria como lo era la Pascua judía.

Al llegar el Señor Jesús al Templo y encontrarse con este “mercado”, se puso a echar del recinto sagrado, látigo en mano, a todos los vendedores, cambistas y animales. La razón de su proceder la daba Él mismo: «no conviertan en una casa de mercancías la casa de mi Padre».

Al referirse al Templo como “la casa de mi Padre” el Señor daba a entender que Él era el Mesías pero además también el Hijo de Dios, en un sentido personal y único. En aquel tiempo los judíos esperaban que el Mesías prometido por Dios a su pueblo se manifestase en el Templo, mediante algún signo espectacular. El profeta Malaquías había anunciado que el Señor vendría a su Templo luego de que su enviado lo precediera y le allanara el camino: «enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). Su presencia sería purificadora: «Es él como fuego de fundidor y como lejía de lavandero» (Mal 3,2). Luego de haber cumplido Juan Bautista con su misión precursora, el Señor llegaba por primera vez al Templo y daba cumplimiento a las profecías.

El evangelista comenta que los discípulos, al ver actuar al Señor con tal pasión, recordaron que en la Escritura estaba escrito: «El celo de tu casa me devora». La expresión se encuentra en el Salmo 68 (v. 10), el mismo salmo del que el Señor dirá que “se cumple” cuando lo odian sin motivo (Jn 15,25; Sal 68,5), o que Juan afirma que se cumple cuando desde la Cruz Él pronuncia las palabras “tengo sed” (Jn 19, 28s; Sal 68, 22).

El término hebreo kinah usado en el Salmo 68 y que se traduce por celo, califica por lo general un ardor interior que la persona experimenta a causa de otra a la que ama apasionadamente, un como fuego o energía que le impulsa a defender, proteger o cuidar con acciones incluso violentas a quien es objeto de su amor. Kinah designa en el caso específico del salmo mencionado un celo religioso, el celo del hombre por Dios y por el lugar en el que Él mora entre los hombres, “la casa de Dios”, que también es celo por el cumplimiento de su Ley (ver Sal 118, 139). Kinah designa en otros momentos también el celo de Dios por su pueblo.

Dios se califica a Sí mismo como «Dios celoso» (Ex 20, 5). Es celoso por el ser humano, a quien creó por sobreabundancia de amor a su imagen y semejanza. Al escuchar “celoso” no hay que pensar en la connotación negativa de los celos, que llevaría a entender las cosas desde una sola interpretación. El mismo diccionario trae otras definiciones de celoso, como lo son por ejemplo: “solícito, diligente, cuidadoso, esmerado, meticuloso, entusiasta, afanoso, ardoroso”. Así hay que entender el celo de Dios por el ser humano. Es así como también hay que entender el celo del Señor Jesús por la casa de su Padre, un celo que lo devora, es decir, su amor al Padre es tan intenso que lo consume interiormente como un fuego incontenible, un fuego que le lleva a purificar la casa de su Padre de todo aquello que lo profana.

En algún momento posterior intervinieron “los judíos” para preguntarle al Señor: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Con “los judíos” San Juan se refiere normalmente a aquellos judíos que se presentan como enemigos del Señor Jesús, y en este caso concreto se refiere a las autoridades o altos funcionarios levíticos encargados del Templo. La actitud del Señor Jesús significaba una censura implícita que los cuestionaba y desafiaba, pues eran ellos quienes habían permitido que la casa de Dios se convirtiera en un lugar de comercio.

Quienes así le preguntan han comprendido el mensaje del Señor Jesús: al purificar el Templo y reclamar que no hagan de la casa de su Padre un mercado, Él se presenta como el Mesías e Hijo de Dios, de un modo muy atrevido. ¿Cuáles son sus “credenciales”? ¿Cómo saber si es verdaderamente quien dice ser? ¿No debía acreditarse con señales claras, con algún signo o manifestación espectacular de su poder, con una intervención sobrenatural o milagro que sirviese como garantía de que verdaderamente era quien decía ser?

El Señor ofrece ese “signo”, aunque lo anuncia de una manera velada y enigmática, como lo es toda profecía: «Destruyan este templo, y en tres días yo lo levantaré».

El templo de Jerusalén, considerado indestructible por aquellos judíos por ser la morada que Dios mismo se había escogido, era en la mente del Señor figura y anuncio de otro Templo no construido por manos humanas: el Templo de su propio Cuerpo. Ciertamente, «la venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras» (San Cirilo de Alejandría). Su Cuerpo es y será para siempre el verdadero Templo en el que el creyente encuentra a Dios, el Templo perpetuo que lleva a plenitud la figura del antiguo templo.

Y el signo que el Señor da no es otro que el “signo de Jonás” (ver Mt 12, 38-40): «en tres días yo lo levantaré». Su Resurrección será el signo definitivo y fundamental que propone a todos para autentificar su obra, su misión y su Persona. Por su muerte y Resurrección han de saber todos que Él verdaderamente es el Mesías, el Hijo de Dios, «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (2ª. lectura).

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Cristo muestra un celo que lo consume, que lo devora interiormente: es el “celo por la casa de su Padre”. Este celo lo impulsa a arrojar sin contemplaciones a los mercaderes que encuentra en el templo de Jerusalén que, aunque se trataba de un edificio material, era “la casa de su Padre”.

Hoy ese templo de Dios es Su Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo. Este templo lo formamos cada uno de nosotros, los bautizados, miembros del Cuerpo místico de Cristo.

A su vez hemos de entender que cada uno de nosotros somos templo vivo de Dios: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (…;) vosotros sois ese santuario» (1Cor 3,16-17).

Al mirarnos y considerarnos lo que somos y estamos llamados a ser, templos vivos de Dios, la casa del Padre, con pena constatamos que a diferencia del Señor Jesús, ese mismo “celo por la casa del Padre” no nos devora precisamente: ¿cuántas veces consiento que los mercaderes de un mundo que rechaza a Dios invadan este templo que soy yo mismo, este templo que Cristo ha purificado mediante su Sangre derramada en la Cruz? ¡Con qué facilidad, ingenuidad o complicidad le abro las puertas a aquellos “mercaderes” y hábiles “vendedores” que no nos venden ovejas, bueyes o palomas, sino que continuamente nos presentan el placer y todo tipo de sensualidades, el poder y el ejercicio del dominio abusivo sobre los demás, el tener abundancia de dinero y bienes materiales como aquello que “necesitamos”, “lo que más nos conviene” para ser felices, para llegar a “ser alguien” en la vida, para ser “como dioses” desplazando a Dios mismo de nuestra vida, de nuestras familias y sociedades! ¡Con qué negligencia abro las puertas a estos vendedores y “cambistas” para hacer de mi cuerpo un mercado! En efecto, al consentir y dar cabida a estos nuevos vendedores y cambistas con sus propias monedas, bueyes y palomas, terminamos tan sucios interiormente, desordenados, llenos de bullicio y vacíos de Dios.

Como Cristo que arrojó a los mercaderes del templo, ¿lo hago yo? ¿Reacciono con celo contra todo vicio o pecado que descubro en mí, y que hace de esta “casa del Padre” que soy yo mismo un “mercado”? ¿Qué debo hacer?

No percibir a los mercaderes que hay en uno, hacerse de la vista gorda o engañarse a sí mismo pensando que lo que ellos ofrecen es lo que uno “necesita”, y “necesita ya, en este instante”, es un grave problema. Por ello conviene que esta semana hagamos un examen de conciencia más detallado para tomar conciencia justamente de cuáles son los vicios de los que tengo que purificar mi corazón, y es que es muy fácil que, como las autoridades del templo, los consintamos porque creemos que son inevitables, o necesarios acaso. ¿Por qué sacarlos? ¿Por qué combatir tal o cual vicio, si “yo soy así”? Pero lo que es “normal” para nosotros, no lo es para el Señor Jesús. Él con ira santa arroja del templo lo que otros han consentido sin escrúpulos. ¿Qué arrojaría Él del templo de mi corazón? Entiende que tus vicios son como hierbas malas que ahogan en ti la buena semilla, raíces amargas que hay que extirpar para que crezca el trigo limpio. ¡Qué importante es mirarnos a nosotros mismos con honestidad, conocer con la luz del Señor y de los mandamientos que nos da (1ª. lectura) nuestros vicios, desenmascarar a los mercaderes que hemos consentido en nuestro corazón, los productos que le hemos comprado! ¡Qué importante es tomar conciencia de aquello que no está bien en nuestras actitudes, en nuestros modos de pensar e incluso en los sentimientos que consentimos y que nunca cuestionamos, dejando que esos sentimientos gobiernen nuestra vida! ¡Hay sentimientos que son muy malos consejeros! ¡No podemos conducir nuestra vida en base a esos sentimientos, sino que debemos aprender a hacerlo en base al criterio objetivo, a la enseñanza divina!

El primer paso para una mayor conversión, para hacer de este templo que soy yo una verdadera “casa de oración”, es esa toma de conciencia. El siguiente paso es pasar a la acción, a la purificación del propio templo. Una vez que identifico mis vicios, de qué pie cojeo, debo empezar a luchar no contra todos a la vez, sino contra aquel que considero es mi vicio principal. No es fácil desarraigar un vicio. ¡Es una lucha que durará toda la vida! Así que nunca te desanimes si parece que no avanzas, o si caes una y otra vez. ¡Ponte siempre de pie, con humildad y paciencia, una y otra vez, pide perdón a Dios y vuelve a la batalla! Proponte medios concretos para combatir tu vicio principal. Proponte medios para vivir la virtud contraria a tal vicio.

Es tiempo de Cuaresma, tiempo de purificarnos más, tiempo de arrojar a los “mercaderes” del templo que soy yo mismo. Implorando el auxilio y la gracia divina, viviendo de acuerdo a la sabiduría de la Cruz y de acuerdo a los diez mandamientos, esforcémonos por morir a todo lo que es muerte en nosotros para vivir a la Vida verdadera, haciendo de nuestra morada interior una casa de oración, lugar de diálogo, de encuentro y comunión con Dios Padre (ver Jn 14,23).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Aquel templo no era otra cosa más que una figura, y el Señor arrojó a todos los que venían allí a traficar. ¿Y qué es lo que allí vendían? Lo que los hombres necesitaban para los sacrificios de aquellos tiempos. ¿Qué hubiera dicho si allí hubiera encontrado borrachos? Si no debe hacerse negociación ninguna en la casa del Señor, ¿deberá hacerse casa de bebidas?».

San Agustín

«¿Pero qué fin se propuso el Salvador al obrar con tanta vehemencia? Él que había de curar en día sábado y había de hacer muchas cosas que parecían contrarias a la Ley, hizo esto, aunque con peligro, para no aparecer como enemigo de Dios, dando a entender que aquel que en los peligros se expone por el honor que se debe a la casa de Dios, no menosprecia al Señor de ella, y por lo tanto, para demostrar su conformidad con Dios, no dijo “la casa santa”, sino “la casa de mi Padre”».

San Juan Crisóstomo

«Mas sus discípulos, viendo en el Salvador este celo ardentísimo, se acordaron de que el Salvador había arrojado a los impíos del templo por el celo que tenía por la casa de su Padre».

San Beda

«Es comido también por el celo de la casa de Dios aquel que se esfuerza por enmendar todo lo malo que en ella encuentra, y si no puede enmendarlo, lo tolera, pero se aflige. Por lo tanto, si te esfuerzas porque en tu casa nada malo se haga, en la casa de Dios, donde se encuentra la salvación, ¿deberás tolerar, en lo que de ti dependa, si algo malo encuentras? Si es un amigo, se le advierte con prudencia; si es tu mujer, repréndela con severidad; haz todo lo que puedas y según sea la persona que tengas a tu cargo».

San Agustín

Los que venden en la Iglesia son los que buscan lo que les agrada y no lo que le agrada a Jesucristo, haciéndolo todo vendible, porque quieren ser pagados».

San Agustín

San Beda: «Las ovejas son también todas las obras buenas y piadosas. Venden, pues, ovejas todos aquellos que dan sus limosnas al templo en calidad de préstamo, o hacen buenas obras para ganarse el afecto humano y éstos son todos aquellos que sirven a la Iglesia manifiestamente sólo por miramientos humanos. Y hacen también casa de negociación la casa del Señor, no sólo todos aquellos que ejercen las sagradas órdenes por dinero, por alabanza o por honor, sino también aquellos que no llenan en la Iglesia los deberes espirituales del cargo que recibieron por la gracia del Señor, con buena intención, sino con el fin de obtener retribución humana».

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El templo como lugar privilegiado para el encuentro con Dios

584: Jesús subió al templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21,13). Si expulsa a los mercaderes del templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,10; Jn 2,16-17).

585: Jesús anunció, no obstante, en el umbral de su Pasión, la ruina de ese espléndido edificio del cual no quedará piedra sobre piedra (cf. Mt 24,1-2). Hay aquí un anuncio de una señal de los últimos tiempos que se van a abrir con su propia Pascua.

Un nuevo templo

586: Por eso su muerte corporal anuncia la destrucción del templo que señalará la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación: “Llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4,21).

593: Jesús veneró el Templo subiendo a él en peregrinación en las fiestas judías y amó con gran celo esa morada de Dios entre los hombres. El Templo prefigura su Misterio. Anunciando la destrucción del Templo anuncia su propia muerte y la entrada en una nueva edad de la historia de la salvación, donde su cuerpo será el Templo definitivo.

La iglesia, casa de oración

2691: La iglesia, casa de Dios, es el lugar propio de la oración litúrgica de la comunidad parroquial. Es también el lugar privilegiado para la adoración de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. La elección de un lugar favorable no es indiferente para la verdad de la oración.

Los santos son templo de Dios

2684: “El Espíritu es verdaderamente el lugar de los santos, y el santo es para el Espíritu un lugar propio, ya que se ofrece a habitar con Dios y es llamado su templo” (San Basilio).

CONCLUSION

Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré»

26 febrero, 2018Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas

Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo B – 4 de marzo 2018

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2,13 – 25

«Nosotros predicamos a un Cristo crucificado…fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (Primera carta de San Pablo a los Corintios 1, 22- 25). En esta frase encontramos una excelente síntesis de las lecturas en este tercer Domingo de Cuaresma. La fuerza y la sabiduría que Dios revela a través del Verbo Encarnado perfeccionan y dan plenitud a los Diez Mandamientos (Éxodo 20, 1-17). Por otro lado, se instaura un nuevo templo y un culto nuevo; situado ya no en un lugar físico (el Templo de Jerusalén) sino en una persona: Jesucristo. Cuando resucita Jesús entonces entienden los Apóstoles de qué estaba hablando al referirse sobre la destrucción del Templo (San Juan 2,13 – 25 ); inaugurando así un nuevo culto (la economía sacramental) y un nuevo templo (la Iglesia que es su Cuerpo Místico).

Las diez palabras de Dios

Como era usanza entre los reyes al hacer un pacto; vemos en este pasaje el «código» que se establece entre Dios y las personas que pertenecen a un pueblo: Israel. Como el compromiso con Dios se realiza en el seno del grupo, todas las obligaciones pasan por Él: no hay pecados contra Dios y pecados contra el prójimo; todos son contra aquel que ha establecido el «pacto», es decir Dios mismo. La absoluta gratuidad de Dios al elegir a Israel es la razón de este comportamiento; por eso si se separa la ley de la alianza, ésta se vacía y pierde su sentido.

La palabra «Decálogo» significa literalmente «diez palabras» (Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10, 4). Estas «diez palabras» Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa y las escribe «con su Dedo» (Ex 31, 18; Dt 5, 22), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente y nos enseñan al mismo tiempo las verdades fundamentales sobre el hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por lo tanto, indirectamente, los derechos inherentes a la naturaleza de la persona humana. El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la «ley natural» ya que a pesar de ser accesible (en su gran mayoría) por la sola razón ha tenido que ser explícitamente revelado por el Creador a causa de la ruptura en la que se encontraba toda la humanidad.

El Decálogo es una llamada al pueblo para que sea reflejo de la actividad del Señor, de su gloria y santidad, que se manifiestan en su bondad, misericordia y compromiso activo. El preámbulo o introducción (Éx 20,1-2) imita la forma en que se auto-presentaban los reyes; el Señor lo hace con su nombre inefable de «Yahvé», protagonista real de una historia verificable y no de una ficción producida por la imaginación humana. La salvación constituye el don radical y lleva implícita una invitación a reconocerlo. Los preceptos que siguen se convierten en actos de gratitud al Señor que concedió a los israelitas cuanto son y tienen.

«Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles»

Corinto era una grande y cosmopolita ciudad griega del mundo antiguo. Situada en el estrecho istmo que une la parte principal de Grecia con la península meridional era un lugar muy favorable para el comercio. La ciudad atraía gentes de muchas nacionalidades. Se hallaba dominada por «Acrocorinto»: la roca escarpada en que se alzaba la acrópolis y un templo dedicado a Afrodita (diosa del amor). Las prácticas libertinas del templo y una numerosa población «flotante» contribuían a la pésima fama de Corinto, harto conocida por sus excesos e inmoralidades, así como por sus numerosas religiones. San Pablo permanece en Corinto unos 18 meses y funda una comunidad durante su segundo viaje misionero. Luego de recibir malas noticias sobre la comunidad en Corinto, así como consejos sobre diversos asuntos; decide escribir esta importante carta y se ocupa en responder a los principales problemas: la división, los problemas morales y familiares, las dudas acerca de las prácticas heredadas del judaísmo, etc.

En el texto de este Domingo, San Pablo ve en Jesús crucificado la manifestación, humanamente desconcertante pero definitiva, de la fuerza salvadora de Dios y afirma que es desde esa luz que debemos leer toda la realidad histórica del hombre. Como consecuencia, en la aceptación o no aceptación de la predicación evangélica sobre la fuerza salvadora de la cruz de Cristo se hace ya presente el juicio de Dios (positivo o negativo) sobre los hombres. Por lo que se refiere al contenido del pasaje ya los profetas de Israel habían puesto en evidencia que la sabiduría simplemente humana es por sí misma incapaz de salvar a nadie (Is 5,21; 29,14; Jr 8,9). Sólo la Palabra de Dios es fuente de sabiduría, que equivale a decir de salvación. Pablo se sitúa en la misma línea y rechaza de plano la eterna tentación del hombre que ya desde los orígenes (Gn 3,1-6) pretende bastarse a sí mismo y prescindir de Dios que es la única y verdadera fuente de salvación. En la «locura de la cruz» se hace presente toda la profundidad y la angustia a la que ha llegado el amor de Dios por nosotros. Los caminos de Dios, por incomprensibles que parezcan, son siempre más «sabios», y por tanto son los únicos y verdaderos caminos por el cual el hombre debe de caminar…

BENDITO SEA NUESTRO DIOS

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 


Rss_feed