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Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 21 Ee julio Ee 2018 a las 21:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


22-28 de Julio del 2018


"Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas"





Jer 23, 1-6: “Pondré al frente de mis ovejas pastores que las apacienten”


¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor, Dios de Israel:

— «A los pastores que pastorean a mi pueblo: Ustedes han dispersado y ahuyentado mis ovejas, y no las han cuidado; pues yo les tomaré cuentas, por la maldad de sus acciones —oráculo del Señor—.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus praderas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá —oráculo del Señor—.

Miren que llegan días —oráculo del Señor— en que suscitaré para David un germen justo; reinará como rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días se salvará Judá e Israel habitará en paz. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia».

Sal 22, 1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu callado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Ef 2, 13-18: “Cristo es nuestra paz, Él nos ha reconciliado por medio de su Cruz”


Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estuvieron lejos, ahora están cerca.

Él es nuestra paz.

Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en sí mismo con los dos pueblos un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.


Mc 6, 30-34: “Andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles”


En aquel tiempo, los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:

— «Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en la barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.


NOTA IMPORTANTE


El profeta Jeremías (1ª lectura) habla en nom bre de Dios para lanzar una durísima invectiva contra quienes son infieles a su misión de guiar a los hijos de Israel por los caminos de Dios: «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!». Dios los acusa de no atender debidamente y de haber dispersado a los hijos de Israel. Advierte que les tomará cuentas y promete enviar a sus ovejas «pastores que las pastoreen». De este modo anuncia la restauración y la vuelta de Israel del destierro, pero anuncia también otra restauración mucho más importante.


En el Señor Jesús esta promesa hallará su pleno cumplimiento. Él es por excelencia el Buen Pastor, Dios mismo que viene a reunir y a curar sus ovejas dispersadas y heridas a causa del pecado.


El buen Pastor da la vida por sus ovejas: mediante su Cruz Cristo ha traído la verdadera paz al corazón del hombre y la reconciliación a los pueblos antes divididos (2ª lectura). El Señor Jesús no sólo vino a apacentar a las ovejas de Israel, sino a integrar también a su gran rebaño a quienes no pertenecían al pueblo de la primera Alianza, considerados hasta entonces enemigos de Dios. Cristo, porsu Cruz, ha reunido en un solo Cuerpo, Su Iglesia, a unos y a otros. Ningún ser humano está excluido de su rebaño.


Al ver a la multitud de hombres y mujeres que andan desvalidos, como ovejas sin pastor, el Señor experimenta una profunda conmoción interior, una compasión. En Él la multitud abandonada a su suerte busca el remedio a sus males así como la respuesta a sus preguntas fundamentales. Esta profunda compasión de Jesús, que brota de su inmenso amor al ser humano, lo mueve a la acción decidida y comprometida: «se puso a enseñarles muchas cosas».


Enseñarles es lo que considera más urgente y necesario en esa situación concreta. La mayor pobreza y mal que sufren las ovejas de su pueblo son la confusión, la ignorancia y la mentira en las que andan sumidas. Todo ello es una indigencia que hay que remediar, una carencia que hay que subsanar, pues impide a su criatura humana avanzar hacia el horizonte de su plena realización y alcanzar su destino último.


Para sacarlos de esta indigencia el Señor «se puso a enseñarles muchas cosas», y aunque el evangelista no refiere qué es lo que enseñó en aquella ocasión específica, sabemos que enseñó la verdad sobre Dios y sobre el hombre, la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia, la verdad que une y reconcilia, la verdad que trae la paz, la verdad que señala e ilumina el camino de retorno de todo hijo o hija a la casa del Padre. Sólo Su enseñanza llena de sentido la existencia humana, porque Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre (ver Jn 14, 6).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Para no ser confundidos y dispersados por tantas opiniones y pensamientos anti-evangélicos que circulan por doquier, quienes somos buscadores de la verdad hemos de acudir confiadamente al Señor Jesús con la plena convicción de que sólo Él tiene la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. Todo aquél «que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).


Abriendo nuestro entendimiento y corazón a las verdades fundamentales que Cristo nos ha enseñado, verdades que Él confió a Su Iglesia para su custodia, profundización y transmisión, encontramos en Él el Camino que conduce a nuestra realización y plenitud humana, a nuestra propia felicidad y a la de todo ser humano.


Por otro lado, mostrándonos su profunda conmoción ante la multitud en búsqueda, el Señor nos invita a experimentar su misma compasión ante la situación de desorientación y confusión en la que tantos viven hoy sumergidos. Movidos por esa compasión se trata de actuar decididamente, involucrándonos en la enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la “catequesis”.


Catequesis viene de la palabra griega ejo, de donde procede nuestra palabra castellana “eco”, y significa “hacer resonar”. Catequizar es “hacer resonar” mediante nuestra predicación las verdades de la fe en la mente y corazón de otras personas.


Siguiendo al divino Modelo que es Cristo, cada discípulo está llamado a transmitir y enseñar a otros las verdades que Él ha hecho resonar en nuestras mentes y corazones por la predicación de todos aquellos cristianos que nos han antecedido. ¡La transmisión de la fe es una ‘cadena’ que no se debe interrumpir conmigo! ¡Yo soy responsable de que otros reciban el inmenso don que yo, a mi vez, he recibido de aquellos hombres y mujeres que supieron trasmitirme fielmente las enseñanzas del Señor, incluso a precio de su propia vida!


No olvidemos que nadie da lo que no tiene. Para enseñar las verdades de la fe necesito yo mismo instruirme en ellas por el estudio perseverante, hacerlas mías al calor de la oración y ponerlas en práctica procurando llevar una vida concorde con las enseñanzas del Señor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«San Mateo dice que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales». San Beda


«Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu Rostro y que ofrezca los dones de tu Santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los Apóstoles». San Hipólito


«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos». San Gregorio Nacianceno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


“Sintió compasión...”


2448: Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”. “…y se puso a enseñarles”


427: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16)

.

428: El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario (…;)“conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3, 8-11)».


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


Cristo también hoy sigue apacentando a su rebaño


857: La Iglesia... sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia”: “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.


2034: El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.


CONCLUSION


«Andaban como ovejas sin pastor»


Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 22 de julio 2018 Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,30 –34


Los reyes han pastoreado mal al pueblo elegido y por eso se han dispersado. El Señor nunca se olvida de su pueblo elegido y promete reunirlos de nuevo mandando buenos pastores – como el Rey David – que siendo prudentes y justos, devolverán al pueblo el descanso en su tierra (Jeremías 23, 1-6). En el Evangelio Jesús se muestra como el Pastor Bueno que siente lástima y compasión por lasmultitudes que lo siguen ya que andan necesitadas de orientación y es por eso que se pone a enseñarles «muchas cosas» (San Marcos 6,30 –34).


El pastoreo de Jesucristo es universal y por medio de su sacrificio salvífico es capaz de derrumbar el «muro de enemistad» que existía entre judíos y paganos. Efectivamente, un muro de piedra separaba en el Templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos; el historiador Flavio Josefo relata que sobre este muro había letreros que prohibían el paso a todo extranjero bajo pena de muerte. Las legiones romanas de Tito y Vespasiano derribaron el muro físico en el año 70. Pero ya antes Jesucristo había hecho de los dos pueblos «un solo Cuerpo», un nuevo pueblo (Efesios 2, 13-1).


«El Señor es mi pastor nada me falta…»


La Primera Lectura del profeta Jeremías contiene un pliego de reclamos contra los malos pastores del pueblo de Israel; condena que viene a sumarse a la que encontramos en Ezequiel 34. El concepto de «pastor» en el Antiguo Testamento es muy amplio y se refiere fundamentalmente a los reyes siendo también aplicable a los profetas y a los sacerdotes. Era una imagen muy familiar en una cultura de pueblos nómades, cuyos antepasados fueron pastores: los Patriarcas, Moisés y el mismo rey David entre otros.


Ante el abandono del pueblo, será el mismo Señor quien ahora se convertirá en el Pastor de su rebaño y suscitará en el futuro un vástago legítimo de David; cuyo nombre será «germen -retoño- justo». Jugando con el nombre Sedecías , rey de turno que había sido impuesto por los babilonios, Jeremías evocará al rey ideal por el cual el Señor hará justicia, es decir salvará a su pueblo. El rey esperado se llamará «Yahveh nuestra justicia».


La justicia – en sentido bíblico- designa la reconciliación que Dios realiza en la historia, restituyendo al hombre la posibilidad de volver a entrar en alianza con Él. El hombre cuando peca se hace injusto; Dios, en su infinita misericordia, hace justo al hombre a través de la reconciliación, haciéndolo capaz de vivir nuevamente en relación con Él. A la «justicia-reconciliación» de Dios corresponde la respuesta del hombre, que con su fidelidad a la Ley se mantiene como «hombre justo» delante de Dios. Por lo tanto, el Plan mesiánico de justicia implica, por una parte, la acción reconciliadora, gratuita y misericordiosa de Dios; por otra, la respuesta humana de fidelidad a los mandamientos, practicando la justicia con sus semejantes. Jeremías anuncia que el Señor reunirá de nuevo a su pueblo y cuidará de él, a través de un rey ideal de justicia y a través de pastores que, ejerciendo elderecho y la justicia, devolverán al pueblo la posesión de la tierra y la felicidad de habitar en ella. El regreso deseado a la tierra prometida será tan admirable como la entrada original en la tierra y hará olvidar el antiguo Éxodo (ver Jr 16,14-15).


El Salmo responsorial de este Domingo es el bellísimo Salmo 23 (22): «El Señor es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba, me apacienta». Es tal la belleza y la riqueza de este salmo, que los Padres de la Iglesia veían en él un claro anuncio del banquete eucarístico: «Tú preparas ante mí una mesa…unges con óleo mi cabeza, rebosante está mi copa…».


«Venid a mí los cansados…»


El Evangelio del Domingo pasado nos narraba el momento en que Jesús mandó por primera vez a los Doce a predicar la Buena Nueva. Los apóstoles se reunieron con Jesús a contarle, con alegría, lo que habían hecho y enseñado. Vemos como el Señor y sus discípulos terminaban extenuados después de la misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas, no teniendo ni tiempo para comer. Entonces Jesús asume la actitud paternal del buen Pastor y les dice: «venid vosotros solos a un sitio tranquilo y descansad un poco». Él mismo se preocupa de que los apóstoles tomen un merecido descanso. Este bello gesto de Jesús tan humano y tan comprensivo, nos muestra la actitud que tiene con cada uno de nosotros. El Evangelio nos enseña que no existe para el hombre descanso verdadero, sino es en Dios.


Según leemos en la Biblia, Dios trabajó seis días, llevando a cabo la obra de la creación, y al séptimo día, Dios «descansó». San Agustín nos dice: «¡Cuánto nos ama Dios, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!». El verdadero descanso del hombre es una participación en el descanso de Dios. El descanso no puede ser entendido solamente como una reposición de las sustancias vitales desgastadas por la faena diaria ya que el ser humano es mucho más que un conglomerado de complejos procesos químicos.


El verdadero descanso tiene en cuenta que el hombre, creado a imagen y semejanza del Creador, solamente lo podrá realizar en amistad con su Creador. Este Evangelio nos muestra la realización concreta de esa invitación que Jesús dirige a todos: «Venid a mí los cansados y agobiados; yo os daré descanso» (Mt 11,2). Esto es lo que hace Jesús con sus apóstoles. En ese mismo texto Jesús indica la condición del verdadero descanso: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Por eso si no descansa en el Señor el alma y el espíritu; tampoco podrá reposarplenamente el cuerpo. Hoy en día vemos por doquier que lo que verdaderamente falta es el «descanso del alma y del espíritu». Los mismos días libres son días de agitación y hasta de compras para muchos. No hay tiempo para la oración ya que no hay tiempo para entrar en el descanso de Dios sin embargo sigue muy vigente la experiencia de San Agustín: «Nos creaste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti» (Confesiones 1,1). El peligro de quedar absorbidos en los muchos quehaceres amenazaba también a los apóstoles ya que «no les quedaba ni tiempo para comer». Y no obstante teniendo tanto que hacer, se fueron con Jesús en la barca a un lugar solitario.


GLORIA A DIOS!


Los fue enviando

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 16 Ee julio Ee 2018 a las 14:55 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


15-21 de Julio del 2018


"Los fue enviando"





Am 7, 12-15: “Dios me tomó y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo’”


En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:

— «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo principal del reino».

Respondió Amós:

— «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”».

Sal 84, 9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará lluvia, y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


Ef 1, 3-14: “Dios nos eligió en Cristo para ser santos e inmaculados en el amor”


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Por medio de Él hemos sido hechos herederos. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.

Y también ustedes, que han escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de salvación, en el que creyeron, han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es garantía de nuestra herencia, para liberación del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.


Mc 6, 7-13: “Ellos predicaron con el poder de Cristo”


En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más,

pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió:

— «Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia».

Ellos salieron a predicar la conversión, echando muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


NOTA IMPORTANTE


Luego de la muerte del rey Salomón (X a. C.) el pueblo de Israel sufre una división. Al sur las tribus de Judá y de Benjamín mantienen el templo de Jerusalén como único lugar de culto, mientras las diez restantes tribus de Israel acuden a un templo en Betel.


Un siglo después Dios elige a Amós como mensajero suyo (1ª lectura) y lo envía a Betel diciéndole: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Su anuncio no será bien recibido. Amasías, sacerdote del templo de Betel, lo conmina a volver a su tierra diciéndole: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel».


También “los Doce” son elegidos y enviados por el Señor Jesús, el Hijo de Dios. Él los reviste de autoridad antes de enviarlos. Esta autoridad divina delegada a los apóstoles por el Señor les confiere derecho de actuar con total libertad de acción, en Su Nombre y con poder para expulsar demonios y curar enfermos.


A “los Doce” los fue enviando «de dos en dos», no sólo para ayudarse y acompañarse mutuamente, sino para que el testimonio de uno estuviese avalado por otro testigo. Son enviados para «predicar la conversión» debido a la inminente llegada del “Reino de los Cielos” (ver Mc 1, 15).


El Reino de Dios sería inaugurado en la tierra por el Mesías prometido por Dios. La expulsión de demonios así como la curación milagrosa de los enfermos eran signos patentes que certificaban la llegada de los tiempos mesiánicos (ver Mt 11, 2-6; Lc 7, 18-23) y acreditaban a los apóstoles como embajadores del Mesías que venía detrás de ellos.


En las indicaciones del Señor a sus apóstoles de no llevar ninguna provisión para el camino hemos de ver una invitación a la confianza total en Dios, en su providencia y asistencia divina. Esta providencia divina habrá de manifestarse a través de la acogida y generosidad de aquellos que sabrán recibir a los apóstoles y su anuncio (ver Lc 10, 7). “Los Doce” experimentarán que en el fiel cumplimiento de su misión nada les faltará, porque Dios vela por ellos (ver Lc 22, 35). Esta instrucción era dada para aquella ocasión específica y no debe ser vista como una norma general (ver Lc 22, 36).


Este envío será un anticipo de la futura y universal misión de los apóstoles. Es parte de su formación para lo que harán toda su vida: anunciar a Jesucristo, Salvador y Reconciliador del mundo. De este modo quiso Dios asociar a hombres concretos a la realización de sus designios reconciliadores.


En la segunda lectura San Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Dios Padre, pues en Cristo «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales». Gracias al anuncio de la Palabra de la verdad, del Evangelio de salvación, los cristianos hemos recibido gratuitamente un cúmulo inmenso de bendiciones. Este anuncio es esencial para llevar a cabo el proyecto divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza», y por aquel mandato apostólico de Cristo resuena aún hoy en la Iglesia y se dirige a todos los bautizados, porque el mensaje de la salvación y reconciliación debe llegar a todos los rincones del mundo, a todos los corazones necesitados del Don de la Reconciliación.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Gracias al testimonio audaz y valiente que los apóstoles y primeros discípulos dieron de Cristo, gracias al fiel cumplimiento de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, nosotros hemos recibido el don de la fe. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero!» (Is 52, 7) ¡Y qué enorme bendición que por ellos hemos recibido! Sí, la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el mayor regalo que luego de la vida hemos podido haber recibido, es nuestro mayor tesoro. Y por ello hemos de exclamar continuamente con el Apóstol Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales… en Cristo».


Quienes hemos recibido el don de la fe, dos mil años después que la gesta evangelizadora se iniciaba cuando el Espíritu divino fue derramado en forma de lenguas de fuego en el corazón de los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés, escuchamos tambiénla invitación del Señor: «Gratis lo recibieron; denlo gratis» Mt 10, 8. En efecto, hoy todos nosotros estamos llamados a comunicar a cuantos podamos el Evangelio que gratuitamente hemos recibido y a hacer llegar sus bendiciones a muchos otros. Quien ha sido alcanzado y reconciliado por Cristo, quien ha recibido el don maravilloso de la vida nueva, se experimenta impulsado a anunciarlo y trasmitirlo a los demás.


En esta tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo no caben excusas. Nadie puede excluirse de esta responsabilidad pensando que “eso les toca sólo a sacerdotes y monjas”, “yo no puedo”, “yo soy incapaz”, “yo no sé hablar”, etc. ¡No! ¡Nada puede ni debe ser obstáculo para anunciar a Cristo y su Evangelio! Y si algún obstáculo encuentra en sí mismo o el mundo que lo rodea, en el Señor y en su Espíritu encontrarán la fuerza, el valor y el arrojo para anunciar a los demás lo que él mismo ha encontrado en el Señor Jesús: el perdón, la reconciliación, una vida nueva, el sentido pleno de la existencia humana, el gozo que nada ni nadie podrá arrebatarle jamás (ver Jn 16, 22). ¡Cuántas veces, cuando superando miedos y cobardías nos lanzamos a anunciar a Cristo y su Evangelio, experimentamos cómo Él habla a través de nuestros labios, nos inspira la palabra oportuna y ablanda los corazones más endurecidos! Sí, cuando confiamos en Él, el Señor actúa en nosotros y a través de nosotros, más allá de nuestras debilidades e insuficiencias. Nada hemos de temer, porque Él estará con nosotros.


Como a los primeros apóstoles, también Él nos acompañará con la fuerza de su Espíritu, con su gracia y con su poder. Así pues, confiemos en el Señor y proclamemos alto y fuerte nuestra fe, para que también muchos otros puedan creer y alcanzar las innumerables bendiciones que Dios nos ha regalado por medio de su Hijo.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como Él curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: “En nombre de Jesús, levántate y anda” (Hech 3, 6)». San Beda


«También vosotros, si lo queréis, podéis merecer este bello nombre de mensajero de Dios. En efecto, si cada uno de vosotros, según sus posibilidades y en la medida en que ha recibido del Cielo la inspiración, saca a su prójimo del mal, cuida de conducirlo al bien, si recuerda al extraviado el Reino o el castigo que le esperan en la eternidad, evidentemente que es un mensajero de las palabras santas de Jesús. Y que nadie venga diciendo: Soy incapaz de instruir a los otros, de exhortarles. Por lo menos debéis hacer lo que podáis, a fin de que un día no se os pida cuenta del talento recibido y mal guardado. (…)  Haced que los otros os acompañen; que sean vuestros compañeros en el camino que conduce a Dios. Cuando, yendo por la plaza (…) encontréis a uno desocupado, invitadle a acompañaros. Porque vuestras mismas acciones cotidianas sirven para uniros a los otros. ¿Vais a Dios? Procurad no llegar solos. Que aquel que en su corazón ha escuchado ya la llamada divina saque de ella una palabra de aliento para su prójimo». San Gregorio


«No vale decir: “No puedo inducir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse. No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es cosa imposible: lo contrario es imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse». San Juan Crisóstomo


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La misión de los apóstoles


858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).


859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2 Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2 Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4, 1).


Ministros elegidos por Cristo para actuar en su nombre


875: «¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10, 14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rom 10, 17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad [el «poder sagrado»] de actuar «in persona Christi Capitis». Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento». El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.


Quien conoce y ama a Cristo, anuncia a Cristo


429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de «evangelizar», y de llevar a otros al «sí» de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.


CONCLUSION


Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 15 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 7-13


El tema central de las lecturas dominicales es la misión encomendada por Dios a los hombres. El profeta Amós, en la Primera Lectura (Amós 7, 12-15), nos dice que profetiza no por voluntad o iniciativa personal, sino porque Dios sorpresivamente lo llamó de sus actividades cotidianas: «porque el Señor me agarró y me hizo dejar el rebaño diciendo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel». En el Evangelio vemos a Jesús enviando a los doce con la misión de predicar, curar y expulsar demonios (San Marcos 6, 7-13). El himno de la carta a los Efesios (Efesios 1, 3-14) canta las bendiciones espirituales de la que somos merecedores: la bendición del Padre, la elección en Jesucristo, la adopción filial, la reconciliación, el perdón de los pecados, la revelación del amoroso Plan del Padre y el bautismo en el Espíritu Santo.


«Yahveh me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”»


A la muerte del Rey Salomón (931 a.C.), que es infiel a Dios en sus últimos días; el reino de Israel queda dividido. En el sur, las tribus de Judá y de Benjamín siguieron a Roboán, hijo de Salomón; y en el norte, las diez restantes tribus quedaron bajo el cetro del rey Jeroboán, que edificó un templo en los altos de Betel (a unos 19 km. al norte de Jerusalén) para que su gente no tuviera que bajar a Jerusalén al templo erigido por Salomón. Siglo y medio después, en medio de la corrupción social y religiosa en el reinado de Jeroboán II, surge la voz del profeta Amós (s. VIII A.C.). Originario de Tecoa (una aldea situada a 19 km al sur de Jerusalén), dedicado al trabajo en el campo como cuidador de ganado y cultivador de frutos, fue enviado por Dios a predicar al Reino del Norte. El profeta recibió la llamada de Dios sin intermediarios y sin preparación alguna, en forma sorpresiva e irresistible. Su respuesta al llamado de Dios fue inmediata sin embargo su predicación no fue muy bien recibida ya que anunciaba el castigo de Yahveh y la ruina de la casa real.


Por eso es expulsado de Israel por Amasías, sacerdote del becerro que era adorado en Betel, que lo manda volver a la tierra de Judá. Las palabras que Amasías le dirige son dramáticas: «No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino». Es decir aquella región ya no pertenece a Yahveh, sino es del rey. Y, por tanto, Dios es expulsado. Su palabra, anunciada por intermedio del profeta Amós, no puede ser soportada y por lo tanto es eliminada. Dios, que no ha sido mencionado antes por el sacerdote Amasías, es presentado por Amós como el origen de su misión profética y, por tanto, como la causa de su expulsión de Betel. La decisiónque han tomado contra el profeta, la han tomado contra Dios, que lo ha enviado. Según una antigua tradición judía, se cree que el profeta murió mártir siendo fiel a su llamado.


Ser hijos en el único Hijo


Este Domingo iniciamos la lectura casi continuada de la carta de San Pablo a los Efesios, que se prolongará a lo largo de siete Domingos. La carta a los cristianos de la ciudad de Éfeso, en el Asia Menor, fue escrita por San Pablo durante su custodia militar en Roma (hacia el año 61- 63). El pasaje de este Domingo es un himno litúrgico cuya temática central es la gratuidad del Padre que nos ha bendecido y elegido desde «antes de la fundación del mundo» a ser «santos e inmaculados» e hijos adoptivos suyos. Realmente somos hijos de Dios a causa del sacrificio reconciliador del Señor Jesús por el cual recibimos el don de la reconciliación y la revelación del «misterio de su voluntad»; es decir el amoroso Plan del Padre para cada uno de nosotros. En Jesucristo hemos sido sellados con el Espíritu Santo y así hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios.


GLORIA A DIOS

No podía hacer ningún milagro, por su falta de fe

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee julio Ee 2018 a las 20:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


8 -14 de Julio del 2018



"No podía hacer ningún milagro, por su falta de fe"


Ez 2, 2-5: “Yo te envío a los israelitas; son un pueblo rebelde”


En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía:

— «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el día de hoy. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos».


Sal 122, 1-4: “Misericordia, Señor, misericordia”


A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.


2Cor 12, 7-10: “Me complazco en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo”


Hermanos:

Para que no tenga soberbia, me han clavado una espina en la carne: un ángel de Satanás que me abofetea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta mi gracia; la fuerza se manifiesta en la debilidad”.

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.

Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.


Mc 6, 1-6: “Se maravillaban de sus enseñanzas, pero no creían en Él”


En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

— «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»

Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía:

— «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.


NOTA IMPORTANTE


Ezequiel es elegido por Dios para una misión difícil: hablar en Su nombre a un pueblo rebelde, terco, obstinado y de dura cerviz (1ª lectura). Dios no dejó de enviar a sus profetas, aún cuando Israel se resistía a escuchar. Es así que «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas» (Heb 1, 1).


Finalmente, «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4, 4), Dios envió a su propio Hijo para hablar a su Pueblo por medio de Él (ver Heb 1, 2). El Señor Jesús, el Hijo de Santa María, es la Palabra misma del Padre, el Verbo divino, Dios mismo que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre para hablarle a los hombres en un lenguaje humano.


También el Hijo enviado por el Padre se encontró con la dureza de corazón de su pueblo, sufriendo el mismo destino de tantos profetas. Así sucedió cuando entró en Nazaret, el pueblo que lo vio crecer, para anunciar también allí su Evangelio como lo venía haciendo en otras ciudades desde el inicio de su ministerio público. Cuando un sábado se puso a enseñar en la sinagoga de Nazaret, los oyentes quedaron admirados de su sabiduría. ¿De dónde había sacado tales enseñanzas? A éstas se sumaban los milagros que había hecho en otros lugares, cuya noticia había ya llegado a sus oídos. Su enseñanza era muy superior a la de los fariseos y escribas, era una enseñanza portadora de una “autoridad” nunca antes vista.


Las señales o milagros certificaban que Dios estaba con Él y actuaba en Él. ¿No sería Él el Mesías? Éste era el cuestionamiento que sin duda había despertado el Señor entre sus paisanos. Sin embargo, esa posibilidad se estrella contra la creencia difundida entre los judíos que el origen del Mesías sería misterioso y desconocido: «cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7, 27). El escándalo que se produce entre los nazarenos, es decir, la falta de credulidad en Él como Mesías, se debe a que de «éste [sí] sabemos de dónde es» (Jn 7, 27). Justamente porque conocían a sus padres y parientes, porque había crecido y vivido entre ellos por treinta años, siendo conocido como el hijo del carpintero y carpintero Él mismo, es que —según sus cálculos y razonamientos— no podía tratarse del Mesías.


Llama la atención en este pasaje del Evangelio que en contra de la costumbre judía se llame al Señor Jesús «el hijo de María». Lo apropiado hubiera sido llamarlo «hijo de José», dado que a los hijos se los vinculaba con el nombre del padre. ¿Se trata acaso de una alusión a la concepción virginal de Jesús? Creemos que sí.


El pasaje evangélico de este Domingo menciona a los “hermanos” o “hermanas” de Jesús. En realidad ha de entenderse parientes y familiares que no son hijos del mismo padre y madre. Ni en hebreo ni en arameo existía una palabra específica para designar a los primos u otros parientes. Todos eran llamados igualmente “hermanos”. Ejemplos que confirman este uso son numerosos en la Escritura. Así, por ejemplo, Abraham dice que él y Lot son “hermanos” (Gén 29, 15), cuando es el mismo libro el que dice que Lot era hijo de una hermana de Abraham, por tanto, su sobrino (ver Gén 29, 13; 28, 2; Tob 8, 7; ver también Éx 2, 11; Lev 10, 4; 2Re 24, 17; Jer 37, 1; 2Sam 2, 26). La traducción literal al griego y al castellano ha dado lugar a confusión, de modo que algunos usan esta traducción imprecisa para “demostrar” que María tuvo además de Jesús otros hijos y que por lo tanto no era virgen. La Tradición confirma plenamente que Jesús era hijo único de María, y que por lo tanto al decir “hermanos” hay que entender “parientes” que no son hijos de su misma madre.


Volviendo a la actitud de los nazarenos, el Evangelio concluye que debido a su falta de fe y confianza en Él el Señor «no pudo hacer allí ningún milagro». Esta cerrazón y negativa a creer en el Señor se convierte en un obstáculo insalvable para que Dios pueda realizar señales y prodigios en medio de su pueblo. Queda de manifiesto que el Señor, aunque quiera y tenga el poder para hacerlo, no puede actuar allí donde el hombre no se lo permite. La falta de milagros o intervenciones divinas no está en la supuesta inacción de Dios, sino en la dureza del corazón del hombre que se cierra a la acción divina. La desconfianza en Dios, la incredulidad, son actitudes que esterilizan la eficacia de la Palabra divina, que entorpecen, limitan o cancelan toda acción divina en el corazón y en la vida del ser humano. Dios respeta profundamente la libertad de su criatura humana y nunca la avasalla.


En el anuncio del Evangelio también los apóstoles del Señor se encontrarán con el rechazo, la dureza de corazón, la cerrazón y rebeldía con que tantos profetas y el Señor mismo se encontraron. Uno de ellos es San Pablo (2ª lectura), que en medio de las dificultades para llevar a cabo fielmente su misión encuentra la fuerza no en sí mismo sino en Cristo.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Quien escucha el relato del Evangelio puede sorprenderse ante la actitud de los paisanos de Jesús: quedan asombrados e impactados por su sabiduría y sus enseñanzas. Sin embargo, pesa más el conocimiento que ya traían de Él: «¿No es éste el carpintero?» Se impone el “ya lo conocemos”, la desconfianza, y así se hacen incapaces de dejarse tocar y transformar por la Buena Nueva que Él anuncia.


Nosotros, “desde la tribuna” y a la distancia, podemos caer en juzgar fácilmente a aquellos oyentes escépticos: “¿cómo es posible que no le creyesen?”, y acaso añadimos también: “Si yo hubiera estado allí, ¡yo sí le habría creído!”


Pero, ¿no endurecemos acaso también nosotros tantas veces nuestros propios corazones a la Palabra divina, al anuncio del Evangelio? ¿Le creemos tanto al Señor de modo que nos afanamos en hacer de sus enseñanzas nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar? ¿O acaso reconozco que todo lo que ha enseñado Cristo es admirable, aunque no lo aplique en mi vida cotidiana? ¿Tomo en cuenta sus enseñanzas a la hora de pensar, de tomar decisiones, de orientar mi acción? ¿Es la distancia en el tiempo, o el no poder verlo o escucharlo personalmente, una excusa válida para no seguir al Señor, para no tomar suficientemente en serio sus enseñanzas?


Nuestra propia dureza y rebeldía frente a Dios se expresa muchas veces no en una incredulidad declarada sino en unas preferencias de hecho. Vivimos muchas veces en un ‘agnosticismo funcional’, es decir, decimos creer, pero actuamos como quien no cree. Y es que es en las pequeñas y grandes opciones de la vida cotidiana, en nuestras decisiones y acciones de cada día, como manifestamos si verdaderamente le creemos a Dios o sólo decimos que le creemos.


¡Cuántas veces, por mi falta de fe y confianza en Él, el Señor se ve impedido de obrar en mí el gran milagro de mi propia conversión y santificación! Pidámosle al Señor todos los días que aumente nuestra pobre fe, y pongamos nosotros los medios necesarios para hacer que esta fe sehaga cada vez más fuerte y coherente por la lectura y meditación constante de la Escritura, por el estudio asiduo del Catecismo, por la oración perseverante y la acción servicial y evangelizadora.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«“No es éste… hermano de Santiago, y de José, y de Judas y de Simón; y sus hermanas, ¿no moran aquí entre nosotros?”. Ellos atestiguan así que los hermanos de Jesús están allí con Él; pero no viendo en ellos, como los herejes, a otros hijos de José y de María, sino a parientes sólo de Él, a los cuales, según costumbre de la Escritura, se llama hermanos, como a Abraham y Lot (Gén 13), siendo Lot hijo del hermano de Abraham». San Beda


«Que haya sido llamado Profeta el Señor en la Escritura, lo confirma el mismo Moisés, quien prediciendo su futura Encarnación a los hijos de Israel, dijo: “Tu Señor Dios te suscitará un profeta de entre tus hermanos” (Dt 18, 15). No solamente Él, que es el Señor de los Profetas, sino también Elías, Jeremías y los demás profetas, han sido menos considerados en su patria que en los pueblos extranjeros; porque es casi natural la envidia entre los compatriotas, no considerando los hechos de un hombre, y recordando la fragilidad de su infancia». San Beda


«Dichosos los que sin ver han creído. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice San Pablo: van haciendo profesión de conocer a Dios, y lo van negando con sus obras. Y Santiago dice: la fe, si no va acompañada de las obras, está muerta». San Gregorio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Jesús es el Mesías anunciado


547: Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hech 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.


548: Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo” (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (ver Jn 11, 47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios.


Debemos tener fe en el Señor


2609: Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe. La fe es una adhesión filial a Dios, más allá de lo que nosotros sentimos y comprendemos. Se ha hecho posible porque el Hijo amado nos abre el acceso al Padre. Puede pedirnos que “busquemos” y que “llamemos” porque Él es la puerta y el camino.


2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9, 23), con una fe “que no duda” (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la “falta de fe” de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la “poca fe” de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la “gran fe” del centurión romano y de la cananea.


2732: La tentación más frecuente [en la oración], la más oculta, es nuestra falta de fe. Ésta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de clarificar preferencias.


CONCLUSION


«Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 14ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 8 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6 Este Domingo las lecturas están centradas en las dificultades para creer y en la actitud de los hombres ante el mensaje revelado. Los israelitas a los que Dios, a través del profeta Ezequiel dirige su palabra, dudan de la fidelidad de Dios y obstinadamente piensan que los ha abandonado a su propia suerte en el exilio de Babilonia. Ante esta situación se rebelan y su corazón se endurece para las cosas de Dios (Ezequiel 2, 2-5).


Después de los portentosos signos y milagros realizados por Jesús, los nazarenos lo ven simplemente como un conocido más, como un hombre más; y no son capaces de ir más allá de sus propias narices. «¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (San Marcos 6, 1-6). San Pablo nos comparte no solamente sus propias debilidades personales sino las diversas dificultades que ha encontrado al predicar la Palabra. Sin embargo, él se mantiene firme porque en su interior Dios le responde y le dice: «Te basta mi gracia – y San Pablo responde- pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» ( segunda carta de San Pablo a los Corintios 12, 7b -10).


«Hijos de rostro duro y de corazón obstinado»


Ezequiel, hijo de Buzo del linaje sacerdotal, fue llevado al cautiverio a Babilonia junto con el rey Jeconías de Judá (587 a.C.). Cinco años después Dios lo llamó a ser su profeta desde su ínfima condición de «hijo de hombre». Ezequiel ejerció su misión entre sus compatriotas desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 a.C.


La expresión «hijo de hombre» es característica del libro de Ezequiel que la emplea unas cien veces siempre referida al protagonista del libro. En contraste con la majestad, la gloria y el poder de Dios, tan fuertemente subrayados en este libro, evoca la fragilidad del hombre mortal. Todavía no reviste, en Ezequiel, el alcance mesiánico que encontramos en el libro de Daniel 7,13 y que alcanza su punto culminante en el Nuevo Testamento en cuanto peculiar título que Jesús de Nazaret se aplica con predilección a sí mismo.


Desde la gloria de Dios se le presenta al profeta el libro, el rollo de la Palabra de Dios, que debe comer (hacer suya) para poder anunciarla. A pesar de que sea poco agradable proclamar un mensaje tan duro (Ez 2,10), para el profeta es «dulce como la miel». De nuevo la gloria de Dios (Ez 3,12-15) «lo invade y lo transporta» como si fuera la misma fuerza del Señor actuando sobre él.


Lo esencial de la misión profética de Ezequiel está expresado en Ez 2,3-7. Cuando habla como profeta, está pronunciando un mensaje que no es suyo sino de Dios mismo. Consecuentemente, sus oráculos proféticos a lo largo de todo su libro, serán introducidos por la fórmula: «Así dice el Señor, yo recibí esta palabra del Señor», porque es de Él de quien viene el mensaje. Un mensaje para «Israel», o mejor, como se dice en Ez 3,4 y en todo el libro, para la «casa de Israel», porque Ezequiel no es enviado solamente a Judá, el reino del Sur, sino también a todos los miembros del primitivo reino del Norte, suprimido por Asiria 130 años antes.


La misión encomendada al profeta consistió, principalmente en combatir la idolatría, las malas costumbres y las ideas equivocadas acerca del retorno a la tierra prometida. Para consolarlos, el profeta habla con colores vivos y bellos sobre la esperanza mesiánica. Ezequiel tuvo un trágicofin ya que fue asesinado por otro judío en el exilio. Los reproches que leemos en la lectura de este Domingo, son frecuentes en boca de Dios para calificar a su pueblo de corazón duro e infiel. Sin embargo con esa misma severidad y firmeza muestra también su corazón de Padre adolorido que a pesar de todo les manda un profeta para que cambien de vida (ver Ez 3, 16-21). Dios siempre nos da una oportunidad más…


«¡Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte!»


Corinto era una ciudad grande y cosmopolita del mundo antiguo. San Pablo, ante el fracaso por fundar una comunidad en Atenas, fundó y apreció mucho la comunidad de Corinto (ubicada en la península del Peloponeso). En ella, se reflejaban los problemas de una gran ciudad. Fue a partir del conocimiento de los problemas concretos que pasaba la comunidad que San Pablo se motiva para escribir sus cartas. Después de haber visitado la ciudad de Corinto y un poco decepcionado por lo que encuentra, escribe su segunda carta el año 57 desde Macedonia durante su viaje de Éfeso a Corinto.


Sin duda San Pablo tuvo numerosas y excepcionales experiencias místicas. Al inicio del capítulo 12 se refiere a «un hombre en Cristo» que tuvo visiones y revelaciones. Parece ser que él mismo quien ha tenido esas mismas experiencias pero en todo momento deja claro que no quieren que lo valoren por ello. «Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, para que no me engría» (2Co 12, 7). Con las palabras el «aguijón clavado en la carne» alude San Pablo a un sufrimiento suyo especial cuya naturaleza nos es desconocida. ¿Era un sufrimiento físico o una dificultad moral? Tal vez se refiere a la dolencia física crónica que describe en Ga 4,13-14. En todo caso, lo importante es constatar que la debilidad y la impotencia humana del Apóstol forma parte del Plan divino de salvación. Así ha entendido el misterio de la pequeñez que tanto habló Jesús: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Por ello es capaz de reconocer sus propias debilidades ya que no tiene ningún problema en admitir que su fuerza proviene del Señor ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). Santa Teresa de Lisieux decía: «Amad vuestra pequeñez»; idea que parecería tanto más paradójica cuanto que aquí no se trata de la pobreza en lo material sino de la propia debilidad espiritual que nos obliga, junto con San Pablo, a reconocer que sin la gracia (vivir en comunión con Dios) no podemos hacer nada.


«¿De dónde le viene esto?»


Después de narrar los portentosos milagros que comentábamos el Domingo pasado, a saber, la curación de la mujer con flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo; el Evangelio nos relata la vuelta de Jesús a su pueblo de origen: «Partió de allí y vino a su patria y sus discípulos lo siguieron. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga». Una primera cosa que es necesario aclarar es ¿dónde fue Jesús?, es decir, ¿cuál es su patria? El Evangelio de San Marcos no lo dice, porque supone que todos lo saben. Para aclarar este punto debemos recurrir al Evangelio de Lucas en el punto en que relata el mismo hecho. Lucas dice: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu… Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró el sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,14.15). Lucas aclara,entonces, que el lugar donde esto ocurre es un pueblo de la Galilea llamado Nazaret. Por eso Jesús es llamado de «Nazareno» y el acento de su voz era la de un galileo .


El Evangelio de hoy toca un punto central de nuestra fe; quiere subrayar la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios se hizo verdadero Hombre y fue uno de los nuestros. Él también sufrió las envidias, las pequeñeces y los comentarios malévolos de nuestros pequeños pueblos. Es verdad lo que dice el himno cristológico de Filipenses 2,6ss: «Se despojó de su condición divina asumiendo la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre». Jesús se hace «siervo entre los siervos» en un oscuro pueblito de la Palestina, hace más de dos mil años. Y esto, que era un escándalo para sus vecinos y conocidos, seguirá siendo escándalo hasta el fin del mundo. Sin embargo, aceptar la Encarnación del Cristo y reconocer en Él al Hijo de Dios y confesar la fe en Él como único Reconciliador, es el único camino de salvación. «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,23).


La multitud que escuchaba a Jesús ese sábado, se queda maravillada y comentaba «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?». El Evangelio no nos dice qué cosas predicó Jesús en esta ocasión; pero podría haber sido una explicación sobre su origen divino y el cumplimiento, en Él, de todas las profecías de las Escrituras. Por eso se preguntan: «¿No es éste el carpintero , el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». De paso, en dicho pasaje hermanos, ha de leerse «parientes», según usos en la manera aramea y hebrea de hablar que sólo tenía una voz para designar a los hermanos y parientes y que traducida literalmente al griego y luego al castellano puede dar lugar a confusión.


Claro que para quienes sabían que María era Madre sólo de Jesús, no habría lugar a error alguno. La luz de la Tradición lo confirma plenamente. Sus paisanos se maravillan de dos cosas: su sabiduría y sus milagros. Jesús demostró tener la sabiduría de un escribano, pues se alza y es capaz de leer la Escritura en hebreo (recordemos que su lengua natal era el arameo). Su palabra era nueva y los que lo oían se «quedaban admirados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). No podían negar que demostraba una sabiduría inexplicable. Pero chocaban con la humildad de su origen. Se maravillaban también por sus milagros. Seguramente habrían oído las maravillosas curaciones; sin embargo, en su pueblo, solamente curó algunos enfermos. Pero no era suficiente para que se abrieran a la fe. ¿Qué estarían pensando sobre Él? ¿No estaría pesando más lo que ellos sabían que la evidencia de estos hechos maravillosos? ¿No tenía más peso sus propios prejuicios que la realidad objetiva? Esto les costaba mucho: abrirse a la realidad objetiva.


El escándalo de la cruz


Aquí justamente comienza el camino de la cruz: el escándalo de un Dios que nos ama tanto que se hace hombre y muere para darnos la vida eterna. El escándalo de la humillación de Dios. En la cruz también escuchamos decir que éste no puede ser el Mesías, el Hijo de Dios. Por eso le decían: «Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40). Pero no hay otro camino de salvación y de reconciliación. Por eso Jesús nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), que quiere decir: aceptando la Encarnación; aceptándome pero despojado; aceptándome a mí, Crucificado. Aceptando que el amor de Diospuede llegar hasta el extremo. Es lo que San Juan nos dice en su prólogo: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; más cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).


Una palabra del Santo Padre:


Y entonces, se preguntó el Papa Francisco, «¿cómo es la Palabra de Dios?». La Carta a los Hebreos, afirmó, «comienza diciendo que, en los tiempos antiguos, Dios nos habló y habló a nuestros padres por los profetas. Pero en estos tiempos, en la etapa final de este mundo, nos ha hablado en el Hijo». O sea, «la Palabra de Dios es Jesús, Jesús mismo». Es lo que predica Pablo diciendo: «Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado».


Esta es «la Palabra de Dios, la única Palabra de Dios», explicó el Papa. Y «Jesucristo es motivo de escándalo: la Cruz de Cristo escandaliza. Y ella es la fuerza de la Palabra de Dios: Jesucristo, el Señor».


Por ello es tan importante, según el Pontífice, preguntarse: «¿Cómo debemos recibir la Palabra de Dios?». La respuesta es clara: «Como se recibe a Jesucristo. La Iglesia nos dice que Jesús está presente en la Escritura, en su Palabra». Por este motivo, añadió, «yo aconsejo muchas veces que se lleve siempre un pequeño Evangelio» —además, comprarlo «cuesta poco», añadió sonriendo— para tenerlo «en la mochila, en el bolsillo, y leer durante el día un pasaje del Evangelio». Un consejo práctico, dijo, no tanto «para aprender» algo, sino «para encontrar a Jesús, porque Jesús está precisamente en su Palabra, en su Evangelio». Así, «cada vez que leo el Evangelio, encuentro a Jesús».


¿Y cuál es la actitud necesaria para recibir esta Palabra? «Se debe recibir —afirmó el obispo de Roma— como se recibe a Jesús, es decir, con el corazón abierto, con el corazón humilde, con el espíritu de las bienaventuranzas. Porque Jesús vino así, con humildad: vino pobre, vino con la unción del Espíritu Santo». Tal es así que «Él mismo comenzó su discurso en la sinagoga de Nazaret» con estas palabras: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».


En definitiva, «Él es fuerza, es Palabra de Dios, porque está ungido por el Espíritu Santo». Así, recomendó el Papa Francisco, «también nosotros, si queremos escuchar y recibir la Palabra de Dios, tenemos que rezar al Espíritu Santo y pedir esta unción del corazón, que es la unción de las bienaventuranzas». Así, pues, tener «un corazón como el corazón de las bienaventuranzas». Si «Jesús está presente en la Palabra de Dios» y «nos habla en la Palabra de Dios, nos hará bien hoy durante el día —sugirió el Pontífice— preguntarnos: ¿cómo recibo yo la Palabra de Dios?». Una pregunta esencial, concluyó el Papa Francisco, renovando el consejo de llevar siempre consigo el Evangelio para leer un pasaje cada día.


Papa Francisco. Homilía en la Domus Santae Marthae. Lunes 1 de septiembre de 2014.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. El creer y ser testigo de la fe en Jesucristo encuentra dificultades en cualquier época y lugar. ¿Cuáles son las dificultades que encuentro en mi camino de fe? ¿Qué hago ante ellas? ¿Qué medios coloco para poder superar esos obstáculos?


2. Meditemos la frase de Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». ¿Realmente confío en la gracia de Dios? ¿Tengo fe en sus palabras? Colaborando con la gracia de Dios puedo hacer maravillas…


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 156. 515. 547-548. 2089. 2732


Gloria a Dios!


Dios se abajó para elevarnos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 7 Ee julio Ee 2018 a las 20:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


1 -7 de Julio del 2018




"Dios se abajó para elevarnos"



Sab 1, 13-15; 2, 23-24: “Dios creó al hombre para la inmortalidad, le hizo imagen de su propio ser”


Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal.

Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y la experimentan quienes le pertenecen.


Sal 29, 2-13: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”


Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Toquen para el Señor, fieles suyos, den gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.


2 Cor 8, 7.9.13-15: “Siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hagan ricos con su pobreza”


Hermanos:

Ya que ustedes sobresalen en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad.

Porque ya saben lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza.

Pues no se trata de que por ayudar a otros, ustedes pasen necesidad; se trata más bien de que haya igualdad. Que la abundancia de ustedes remedie en este momento la pobreza de ellos, para que un día la abundancia de ellos remedie la pobreza de ustedes; así habrá igualdad.

Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho nada le sobraba; y al que recogía poco nada le faltaba».


Mc 5, 21-43: “Contigo hablo, niña, levántate”


En aquel tiempo, Jesús atravesó, de nuevo en barca, a la otra orilla; una gran multitud se reunió a su alrededor, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:

— «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva».

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría.

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de Él, se volvió en seguida, en medio de la gente preguntando:

— «¿Quién me ha tocado el manto?»

Los discípulos le contestaron:

— «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”»

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:

— «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:

— «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

— «No temas; basta que tengas fe».

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:

— «¿Qué alboroto y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».

Se reían de Él. Pero Él echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña, la cogió de la mano y le dijo:

— «Talitha qum» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y comenzó a caminar; tenía doce años. Y se quedaron totalmente admirados.

Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.


NOTA IMPORTANTE


«Dios creó al hombre para la inmortalidad, le hizo imagen de su propio ser», es lo que afirma el autor divinamente inspirado del libro de la Sabiduría (1ª lectura). Pero, si esto es así, si tal era el designio y deseo de Dios al crear a la humanidad, ¿de dónde procede la muerte? ¿Por qué existen la enfermedad, la injusticia, el mal en el mundo?


La respuesta la escuchamos del mismo autor sagrado: «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo». Es decir, el mal y la muerte en el mundo tienen su origen no en Dios, sino en el hombre mismo que desde su libertad eligió desobedecer a Dios, y obedecer en cambio a quien es enemigo de Dios y de su creación, el diablo. Por el pecado del hombre «el mal moral entró en el mundo» (Catecismo, 311).


¿Qué hizo Dios ante tal elección de su criatura humana? No la rechazó, tampoco se desentendió de su destino ni la abandonó al poder del pecado y de la muerte, fruto de su pecado (ver Gén 2, 17). Dios, en cambio, fue fiel a quien por sobreabundancia de amor había creado a su imagen y semejanza, para participar de su inmortalidad en la Comunión divina de Amor. La reacción de Dios no es destruir lo que ha creado, sino buscar rescatar a su criatura humana, reconciliarla, elevarla nuevamente a su verdadera grandeza y dignidad, hacerla nuevamente partícipe de su vida y comunión divina. Es por ello que llegada la plenitud de los tiempos (ver Gál 4, 4), y para llevar a su pleno cumplimiento los designios reconciliadores del Padre, el Hijo, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo y se hizo hombre como nosotros «obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2, 8). Luego de reconciliarnos en el Altar de la Cruz, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio expiatorio por nuestros pecados, «Dios le exaltó» (Flp 2, 9) resucitándolo de entre los muertos y glorificándolo a su derecha (ver Jn 17, 5). Es así como Cristo, el Hijo de Santa María, «siendo rico, se hizo pobre por ustedes para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza» (2ª lectura). Él se abajó para elevar consigo nuevamente a su criatura humana de su miseria humana, para hacerla partícipe nuevamente de la naturaleza divina (ver 2Pe 1, 4). He allí la respuesta de Dios ante el pecado de su criatura humana.


El Señor Jesús, el Hijo del Padre, se conmueve profundamente ante el sufrimiento humano. Por ello se hizo servidor de todos (ver Mc 10, 45) y «pasó [por el mundo] haciendo el bien» (Hech 10, 31). No sólo tocó y se dejó tocar por los enfermos que en Él buscaban la salud y el perdón de Dios, sino que Él mismo «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17), siendo inocente se hizo pecado por nosotros a fin de curar nuestras heridas, perdonar nuestros pecados y reconciliarnos con el Padre (ver 2Cor 5, 21). En efecto, «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados» (Is 53, 5).


En el Evangelio vemos al Señor Jesús obrar con poder, liberando al ser humano de las consecuencias del pecado, curando a una mujer que sufría flujos de sangre por doce años sin poder ser curada, devolviendo la vida a una niña muerta. ¿Quién podía realizar semejantes signos? Sólo quien venía de Dios. También los profetas enviados por Dios a su pueblo, Israel, habían realizado en nombre de Dios y con su poder señales impresionantes. Sin embargo, entre Jesús y cualquier otro profeta, existe una diferencia fundamental. Para obrar curaciones los profetas debían invocar el Nombre de Dios (ver 2Re 5, 11), en cambio, el Señor Jesús cura y devuelve la vida con autoridad propia: «Contigo hablo, niña, levántate». Si Él tiene este poder en sí mismo, quiere decir que Él es Dios.


Es importante notar que si bien el Señor en cuanto que es Dios tiene esa fuerza y poder de sanar y de vivificar, requiere por parte del hombre una acogida, una adhesión a su persona, una confianza. El Señor hace saber a la mujer que, si bien es cierto que de Él había brotado la fuerza sanante, es por su fe que ha obtenido de Él la salud que con tanta desesperación había buscadodurante doce años. En el caso de Jairo, ante la noticia trágica de la muerte de su hija y el consejo de no molestar más al Maestro, el Señor lo invita a no desistir con estas alentadoras palabras: «No temas; basta que tengas fe». La fe en Él es indispensable para liberar al ser humano de las terribles consecuencias de su pecado, del mal, de la enfermedad y de la muerte.


Los signos o milagros realizados por el Señor Jesús a lo largo de su paso por el mundo son el anuncio de «una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1505).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


El ser humano sabe que el sufrimiento humano no es un bien, sino un mal. ¿Quién, en su sano juicio, quiere el sufrimiento para sí? El masoquismo, deleitarse en el propio sufrimiento tomándolo como un placer, es propio de un espíritu enfermo. Nuestra sensibilidad trata de evadir el sufrimiento. Tampoco lo queremos para nuestros seres queridos: nos duele verlos sufrir, nos duele su dolor. El amor genera una solidaridad en el dolor.


En el esfuerzo por paliar el dolor, por calmarlo o eliminarlo, se ha inventado la anestesia, los sedantes, los calmantes. La droga, el alcohol, la búsqueda de placer, etc., se han convertido también en modos fáciles de olvidar el dolor y evadir el sufrimiento sicológico, aunque sea por un instante, aún cuando luego vuelva con peor insidia. Hay quien ante un dolor insostenible y una situación desesperada piensa incluso en acabar su sufrimiento poniendo fin a su propia vida, o a la de aquellos a quienes ve sufrir tanto y no puede ayudar. ¿Quién no ha escuchado la terrible historia de alguna madre que, desesperada y agobiada por su situación de pobreza, de hambre y abandono total, tomó la decisión de envenenar a sus hijos y suicidarse luego ella misma?


Cuando todos los medios elaborados por el ser humano fracasan en su intento de aliviar o eliminar el dolor, cuando nos descubrimos impotentes para liberarnos del sufrimiento que causa una enfermedad incurable, una situación familiar que parece insuperable, un daño recibido que deja en el alma una profunda herida que no cierra, la pérdida de ser querido que muere trágica e inesperadamente, entonces recurrimos al Único en quien en medio de nuestra desesperación esperamos encontrar un consuelo o, de preferencia, un milagro: “Dios, ¡líbrame de esta hora! ¡Líbrame de este sufrimiento! ¡Líbrame de esta pesadilla! ¡Quítame este dolor y devuelve la paz a mi corazón!”


Es natural que le pidamos a Dios que aparte de nosotros el cáliz del sufrimiento, que nos libre de la cruz, del dolor que puede llevar a extremos a veces insoportables. ¡El mismo Hijo de Dios también rezó así al Padre: «aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42)! Pero, también el Señor Jesús nosenseña que al mismo tiempo hemos de añadir a nuestra intensa súplica un acto de total confianza en Dios y adhesión a sus designios: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Si a pesar de nuestra intensa súplica la cruz permanece allí, haciéndonos sufrir lo indecible; si no somos liberados de nuestro sufrimiento en ese instante, hemos de confiar plenamente en que Dios sacará mucho más fruto del grano que al caer en tierra sufre y muere (ver Jn 12, 24). Esa esperanza nos alienta a buscar en el Señor la fortaleza interior y a abrazarnos a la cruz con fe, con paciencia y con la profunda confianza de que de ese sufrimiento que experimento Dios sabrá sacar muchos bienes que yo, por ahora, no puedo vislumbrar.


Pidámosle al Señor con fe que nos libre de la carga de la enfermedad y del mal que se hace presente en nuestras vidas. Acudamos a Él con fe en momentos de sufrimiento y desesperación, tal y como lo hicieron Jairo, la hemorroisa o tantos otros. Pero pidámosle también que, si tiene a bien permitir que pasemos por el crisol del dolor, nos haga fuertes y valientes para cargar con el peso de la cruz sin desesperar, sin desalentarnos, sin rebelarnos caprichosamente contra Dios como si Él fuese el culpable de todos nuestros males o un sádico que le gusta vernos sufrir. No es así. Dios verdaderamente nos ama, y nos pide confiar en Él, en sus promesas, en el amor que nos tiene, en su preocupación por nosotros, por nuestro destino, presente y eterno. También nosotros, como San Pablo, hemos de confiar en las promesas de Dios y estar convencidos de que «la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas» (2Cor 4, 17-18).


LAS PADRES DE LA IGLESIA


«Cuando los apóstoles decían al Señor que la turba le apretujaba, Él contestó: “Alguien me ha tocado”. Unos aprietan y la otra le toca. Muchos aprietan desagradablemente el cuerpo del Señor y pocos le tocan saludablemente. ¿Quién me ha tocado? Como si dijera el Señor: Busco a los que me tocan, no a los que me aprietan. Ahora ocurre lo mismo, porque el Cuerpo de Cristo es su Iglesia, y, mientras la toca la fe de unos pocos, la aprieta una turba inmensa... La carne empuja, la fe toca... Levantad, pues, los ojos de la fe y tocad la orla externa de su vestido, que eso basta para la salud». San Agustín


«El Señor no se contenta con actuar con su palabra que contiene el poder de Dios. Como cooperadora, por decirlo de alguna manera, toma a su propia carne para demostrar que tiene el poder de dar la vida y para manifestar la divinidad en la carne. Esto sucedió cuando curó a la hija del jefe de la sinagoga. Diciéndole: “¡Niña, levántate!” la tomó de la mano. Como Dios, le dio la vida por una orden todopoderosa, y también le dio la vida por el contacto con su propia carne, testimoniando así que en su cuerpo y en su palabra reside un mismo poder divino que obra en el mundo… Así que no sólo confiere a su palabra el poder de resucitar a los muertos sino que, para mostrar que su cuerpo es fuente de vida, toca a los muertos y por su carne les infunde nueva vida a los cadáveres. Si el sólo contacto con su carne sagrada vuelve la vida a los cuerpos en descomposición, ¡cuánto provecho no encontraremos en la Eucaristía, fuente de vida, cuando nos alimentamos de ella! El transformará en sí misma, en su inmortalidad, a los que participan en ella». San Cirilo de Alejandría


«Porque el Dios Todopoderoso... por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal». San Agustín


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


La providencia y el escándalo del mal


309: Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa, no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.


310: Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo «en estado de vía» hacia su perfección última. Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección.


311: Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.


312: Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: “No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso” (Gén 45, 8; 50,20). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.


Cristo tomó sobre sí el peso del mal y quitó el “pecado del mundo”


1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos, barro y ablución. Los enfermos tratan de tocarlo, “pues salía de Él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos.


1505: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1, 29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.


549: Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.


CONCLUSION


«” Muchacha a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al instante y se puso a andar»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 1 de julio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43


El Evangelio de hoy nos enseña que la muerte no es un error en la obra creadora de Dios, que no es inherente a la creación, y que las criaturas pueden ser salvadas de la muerte teniendo fe en Aquel que es la vida misma. Ya en el Antiguo Testamento se había llegado a esa convicción, como lo expresa el libro de la Sabiduría: «Dios no creó la muerte… En efecto, Él ha creado todo para la existencia… no está en las criaturas el veneno de la muerte… Sí, Dios ha creado al hombre para la inmortalidad… Pero la muerte entró en el mundo por envidia del diablo» (Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24). Como se ve, este texto nos remite a la historia del Génesis: por tentación de la serpiente, nuestros primeros padres pecaron y de esa manera gustaron el veneno de la muerte, que a partir de ellos se transmite a todos los hombres. Pero no fue así al principio; al principio Dios creó al hombre para la inmortalidad. Y no es así ni siquiera ahora, pues ahora Dios crea a todos los hombres para la salvación; quiere que todos los hombres se salven y gocen de la vida eterna. Es por eso que Jesucristo «se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza» (segunda carta de San Pablo a los Corintios 8, 7.9.13-15) mostrándonos que todos somos hermanos en Cristo Jesús ya que todos estamos llamados a la vida eterna. Finalmente vemos en el Evangelio (San Marcos 5, 21-43) como Jesús cura tanto a la hemorroísa como a la hija de Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga. ¿Qué hace que sucedan estos bellos milagros? La fe en aquel que es la Vida misma y que tiene poder sobre la muerte.


«No temas; sólo ten fe»


En la lectura del Evangelio de San Marcos tenemos dos episodios de salvación, es decir, dos casos en que la muerte y la enfermedad son vencidas. De ellos podemos deducir que la salvación es el encuentro de dos cosas: del poder de Cristo y de nuestra fe en Él. Ninguna de ellas bastaría por sí sola; tiene que ser el encuentro de ambas. Uno de los beneficiados fue uno de los «jefes de la sinagoga». Sin duda debió ser una persona importante, puesto que el Evangelio nos conserva su nombre: Jairo. Está en la categoría de otras personas influyentes que creyeron en Jesús, como es el caso de Nicodemo y de José de Arimatea.


Jairo «cae a los pies de Jesús y le suplica con insistencia, diciendo: ‘Mi hija está a punto de morir; ven, impón tu mano sobre ella, para que se salve y viva’». El mismo episodio narrado por San Lucas añade que la niña moribunda era unigénita y que tendría unos doce años de edad. La curiosidad de la gente, al ver la actitud humilde de este hombre, debió ser grande, pues el Evangelio observa: «Le seguía un gran gentío que lo oprimía». Jairo hace un acto de fe magnífico en el poder de Cristo. Cree que Jesús puede salvar a su hija que está enferma de muerte; que para eso basta que Jesús le imponga las manos. Jesús no puede rechazar una súplicapresentada con esa confianza y se fue con él. Pero lo detiene la multitud y lo demora el diálogo con la mujer que sufría flujo de sangre. Mientras el Evangelio transcurre en su relato de esta situación, podemos imaginar el nerviosismo de Jairo, para el cual cada minuto es importante.


Y precisamente en ese momento, llegan algunos enviados de su casa a decirle: «Tu hija ha muerto: ¿a qué molestar ya al maestro?». Queda clara la falta de fe de estos mensajeros. Aparentan preocupación por no incomodar a Jesús, pero en realidad, no creen que Jesús pueda hacer algo. Era comprensible que Jairo, angustiado por la gravedad de su hijita, quisiera intentar todo mientras la niña vivía y quedaba alguna esperanza; pero ahora no tiene sentido seguir insistiendo, porque la niña está muerta. Nos gustaría poder penetrar en el ánimo de Jairo para saber si su fe traspasaba este límite; si creía que Jesús podía hacer algo aunque su hijita hubiera muerto; si era necesario seguir suplicando a Jesús; si seguía teniendo fe. Jesús se nos adelanta y dice al padre angustiado: «No temas; sólo ten fe». Llegan a la casa de Jairo y ya está en acto todo el aparato fúnebre. Al ver este espectáculo, Jesús dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». El que ha llegado es el mismo que ha dicho: «Yo soy la vida» (Jn 14,6).


Los presentes opinan que Jesús está desubicado y se burlan de Él. Pero esa burla pronto se transformará en asombro y estupor. Cuando Jesús llega ante la niña, que yacía muerta, la toma de la mano y le ordena: «Talitá kum» (¡Muchacha, a ti te digo, levántate!). El hecho debió ser tan impresionante que los discípulos recordaban las palabras literales que Jesús había pronunciado en arameo y así nos las han transmitido. La niña se levantó y se puso a andar. Es comprensible que todos «quedaron fuera de sí, llenos de estupor». Jesús es el único que permanece sereno. Y también la niña. Mientras los demás no atinaban a nada, Jesús observa que, después de la larga enfermedad y de su consiguiente debilidad, ahora ella está tan sana que necesita alimentarse: «les dijo que le dieran de comer». ¡Hasta de esto se preocupó el Señor!


«Hija, tu fe te ha salvado»


El episodio intermedio, el que causó la demora de Jesús es igualmente hermoso. Una mujer que desde hacía doce años perdía sangre continuamente y nada había podido sanarla habiendo gastado todos sus bienes en las dolorosas curaciones de ese tiempo . Perdida toda fe en la medicina, la enferma halló su medicina en la fe: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Y de hecho se salva porque se encuentran las dos cosas que operan la salvación: el poder de Cristo y la fe de la mujer. ¿Por qué lo hace a escondidas y no le pide a Jesús abiertamente que la cure, como hacen otros? Porque su enfermedad es vergonzosa y la hacía impura, con una impureza contagiosa. Según la ley «cuando una mujer tenga flujo de sangre… quedará impura mientras dure el flujo de su impureza… Quien la toque será impuro hasta la tarde» (Lv 15,19.25).


Ella no vacila en tocar a Jesús; está segura de que Él no puede quedar impuro, porque Él es la fuente de toda pureza. Cuando lo tocó, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús percibió en ese instante «la fuerza (dynamis) que había salido de Él” y pregunta. “¿Quién me ha tocado los vestidos?”». ¡Todos le han tocado los vestidos! Por eso los apóstoles hacen notar lo absurdo de su pregunta: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?». Pero Jesús sabe lo que dice; quiere conocer a lamujer que ha demostrado tener una fe enorme en su poder sanador y reconciliador. La mujer «se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad».


Jesús al ponerla en evidencia no quiere avergonzarla, sino darle algo mayor que la salud: quiere que ella goce de una palabra suya, y no cualquier palabra sino esta palabra magnífica: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Es la única vez en todo el Evangelio en que Jesús llama a alguien «hija». Revela un profundo afecto por esta mujer, porque ella sufría y se sentía marginada por su enfermedad, y sobre todo, porque tenía una fe tan grande. Es que Jesús se deja impresionar por la fe de los hombres y cuando ve una fe grande no deja de expresar su admiración y de manifestar su poder salvador.


«Dios no hizo la muerte»


La muerte no hacía parte del amoroso Plan de Dios y es consecuencia directa del pecado que entra en el mundo «por envidia del diablo» que tienta al hombre. San Pablo nos dice que «por el pecado entró la muerte» y «así alcanzó a todos los hombres» (Rm 5,12). Dios crea todo por amor y quiere compartirnos su eternidad. «Unid vuestro corazón a la eternidad de Dios y seréis eternos como Él», nos dice bellamente San Agustín. Los desórdenes actuales no son sino manifestación de esa primera ruptura fruto del orgullo y de la autosuficiencia. «Del orgullo de la desobediencia proviene la pena de la naturaleza» (San Agustín). Los hombres que viven de espaldas al amor de Dios dirán «la vida es corta y triste, no hay remedio en la muerte del hombre, ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia…al apagarse el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente» (Sb 2, 1-3).


La maligna tentación del inmanentismo materialista. ¡Qué lamentable vigencia encontramos en estas palabras! Los que piensan de esa manera son aquellos «que los ciega su maldad, (que) no conocen los secretos de Dios, (que) no esperan recompensa por la santidad, ni creen en el premio de las almas intachables» (Sb 2, 21-22). Sin embargo, nosotros creemos y sabemos que nuestro Señor Jesucristo nos ha abierto las puertas de la eternidad y que esta vida no es sino una preparación para la vida eterna. «Aunque el tiempo rige nuestras obras, la eternidad debe, sin embargo, hallarse en nuestra intención», dirá San Gregorio.


Una palabra del Santo Padre:


El detalle más evidente es que «Jesús está siempre en medio de la muchedumbre». En el pasaje evangélico propuesto por la liturgia «la palabra muchedumbre se repite tres veces». Y no se trata, subrayó el Papa, de un ordenado «cortejo de gente», con los guardias «que le escoltan, para que la gente no le tocase»: más bien es una muchedumbre que envuelve a Jesús, que «le estrecha». Y Él se queda ahí. Y, es más, «cada vez que Jesús salía, había más que una muchedumbre. Quizás, dijo Francisco con una broma, «los especialistas de las estadísticas habrían podido publicar: “baja la popularidad del Rabino Jesús”. Pero «Él buscaba otra cosa: buscaba a la gente. Y la gente le buscaba a Él: la gente tenía los ojos fijos sobre Él y Él tenía los ojos fijos sobre la gente».


Se podría objetar: Jesús dirigía la mirada «sobre la gente, sobre la multitud». Y en cambio no, precisó el Pontífice: «sobre cada uno. Porque precisamente esta es «la peculiaridad de lamirada de Jesús. Jesús no masifica a la gente: Jesús mira a cada uno». La prueba se encuentra más veces en las narraciones evangélicas. En el Evangelio del día, por ejemplo, se lee que Jesús preguntó: «¿quién me ha tocado?» cuando «estaba en medio de esa gente, que le estrechaba». Parece extraño, tanto es así que los mismos discípulos «le decían: pero tú ves la gente que se reúne entorno a ti!». Desconcertados, dijo el Papa intentando imaginar su reacción, pensaron: «este, quizás, no ha dormido bien. Quizás se equivoca». Y sin embargo Jesús estaba seguro: «¡alguien me ha tocado!». Efectivamente, «en medio de esa muchedumbre Jesús se fijó en esa viejecita que le había tocado. Y la curó». Había «mucha gente», pero Él prestó atención precisamente a ella, «una señora, una viejecita».


La narración evangélica continúa con el episodio de Jairo, al cual le dicen que la hija está muerta. Jesús le tranquiliza: «¡no temas! ¡Solo ten fe!», así como en precedencia había dicho a la mujer: «¡tu fe te ha salvado!». También en esta situación Jesús se encuentra en medio de la muchedumbre, con «mucha gente que lloraba, gritaba en el velatorio» – en aquella época, efectivamente, explicó el Pontífice, era costumbre «“alquilar” mujeres para que llorasen y gritasen allí, en el velatorio. Para oír el dolor…» — y a ellos Jesús dice: «estad tranquilos. La niña duerme». También los presentes, dijo el Papa, quizás «habrán pensado: “¡este no ha dormido bien!”», tanto es así que «se burlaban de Él». Pero Jesús entra y «resucita a la niña». La cosa que salta a la vista, hizo notar Francisco, es que Jesús en esa confusión, con «las mujeres que gritaban y lloraban», se preocupa de decir «al papá y a la mamá “¡dadla de comer”!». Es la atención al «pequeño», es «la mirada de Jesús sobre el pequeño. ¿Pero no tenía otras cosas de las que preocuparse? No, de esto».


Según las «estadísticas que habrían podido decir: “sigue el descenso de la popularidad del Rabino Jesús”, «el Señor predicaba durante horas y la gente le escuchaba, Él hablaba a cada uno». Y «¿cómo sabemos que hablaba a cada uno? Se preguntó el Pontífice. Porque se dio cuenta, observó, que la niña «tenía hambre» y dijo: «¡dadla de comer!».


Papa Francisco. Homilía en el Domus Santhae Marthae. Martes 31 de enero de 2017.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. Nada puede detener el poder salvador de Dios revelado en Jesucristo cuando es acogido con fe. Ni siquiera la muerte es obstáculo, pues ella también es vencida por Cris¬to. ¿Qué tan sólida es mi fe en Jesucristo? ¿Confío en el poder reconciliador de Jesús?


2. San Pablo nos recuerda que la verdadera riqueza proviene del Señor Jesús que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza». ¿Creo en estas palabras? ¿Cuál es mi riqueza? ¿Dónde está mi corazón?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 295. 356. 646. 1502-1505. 1006-1011.



GLORIA ADIOS!

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

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DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA


24 -30 de Junio del 2018




"El Señor me plasmó desde el seno materno para ser siervo suyo"


Is 49, 1-6: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó”


Escúchenme, islas; atiendan, pueblos lejanos: estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:

— «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso».

Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel. Tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza.

— Él dice: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».


Sal 138, 1-3. 13-15: “Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente”.


Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma.

No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.


Hech 13, 22-26: “Ante la venida de Jesús Juan predicó como precursor un bautismo de conversión”


En aquellos días, dijo Pablo:

— «Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy el que ustedes piensan; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias”.

Hermanos, descendientes de Abraham y todos cuantos entre ustedes temen a Dios: a ustedes ha sido enviado este mensaje de salvación»

.

Lc 1, 57- 66.80: “Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo; ‘Juan es su nombre’”


A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como su padre. La madre intervino diciendo:

— «¡No! Se va a llamar Juan».

Le replicaron:

— «Ninguno de tus parientes se llama así».

Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados.

Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:

— «¿Qué va a ser este niño?»

Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.


NOTA IMPORTANTE


Este Domingo celebramos la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Su misión fue fundamental dentro de los designios reconciliadores de Dios, tanto que a decir del Señor Jesús de «entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7, 2).


Su nacimiento fue acompañado por algunas manifestaciones extraordinarias (Evangelio). Ya su misma concepción se debió a una intervención divina: Isabel era estéril y tanto ella como Zacarías, su esposo, eran ya de edad avanzada (ver Lc 1, 7).


Zacarías pertenecía a la casta sacerdotal de Israel. Un día, mientras oficiaba su servicio sacerdotal en el Templo de Jerusalén, un ángel le anunció: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan» (Lc 1, 13). Al pedir un signo para poder creer en tal noticia, el ángel le responde que dada su incredulidad quedará sin poder hablar «hasta el día en que sucedan estas cosas» (Lc 1, 20).


El Evangelio de este Domingo habla del momento en el que se cumplieron “estas cosas”, es decir, el momento del nacimiento de este niño elegido por Dios.


Cuando al octavo día de su nacimiento llegó el momento de circuncidar al niño según la Ley y costumbre de Israel, algunos parientes propusieron ponerle el mismo nombre de su padre: Zacarías (Lc 1, 59). Isabel, más bien, propone otro nombre: Juan (ver Lc 1, 13). Zacarías lo confirma, porque Juan era el nombre que Dios mismo quería para este niño, tal como se lo había manifestado el ángel.


En la Escritura leemos cómo en otras ocasiones Dios pone o cambia un nombre para manifestar la identidad y/o la misión de su elegido. El hijo de María se llamaría Jesús, es decir, “Dios salva”, porque Él es Dios-con-nosotros (ver Is 7, 14-15) que salvará a su pueblo de todos sus pecados (Mt 1, 21). Simón se llamará Pedro, porque su vocación y misión sería la de ser la piedra sobre la que Cristo edificaría su Iglesia (ver Mt 16, 1). Todo nombre puesto por Dios corresponde a la identidad y misión del elegido.


El nombre elegido por Dios mismo para este niño, Juan, significa: el Señor tuvo misericordia. Se compone del prefijo Yeho, que corresponde al nombre divino Yahweh, y del verbo janan, que significa tuvo misericordia o hizo gracia. El niño es un don del amor de Dios, una viva manifestación de la misericordia que Dios tuvo no sólo con Isabel y Zacarías (ver Lc 1, 5), sino con su pueblo Israel (ver Lc 1, 72) y a través de este pueblo con la humanidad entera: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1, 78-79). La vocación y misión de Juan será manifestar la misericordia divina mediante el llamado a la conversión y preparar el camino al Reconciliador del mundo.


Lo que el ángel dice a Zacarías sobre el futuro niño, el nombre elegido para él y su concepción milagrosa, permiten comprender lo que es el misterio de su vocación: Dios, amándolo con amor eterno (ver Jer 31, 3), formó y plasmó a Juan siervo suyo «desde el vientre… para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel» (1ª. lectura). La identidad de esta persona humana y su misión en el mundo se entrelazan. Él “está hecho” desde el seno materno (ver Jer 1, 5), Dios lo ha formado y dotado de unas características personales, dones y cualidades para ser el Precursor del Mesías, para preparar el camino al Reconciliador del mundo, para ofrecer «un bautismo de conversión» a todo el pueblo de Israel (2ª. lectura) .


Sin embargo ni la elección divina ni el haber sido formado desde el seno materno para ser el Precursor de Cristo —y aunque todo su ser de algún modo reclame llegar a ser lo que está llamado a ser— determinan la respuesta de Juan. La vocación no es un “destino inexorable” queel llamado no puede eludir y que se ve constreñido a cumplir. No. La vocación, aunque impresa en lo más profundo del ser, es un llamado de Dios al cual se responde o no desde el ejercicio de la propia libertad, un llamado que trae consigo una misión que se puede aceptar o rechazar. Del buen uso de la propia libertad dependerá el recto despliegue y la realización de la persona misma.


Es obvio que Juan, educado por unos padres que eran «justos ante Dios» (Lc 1, 6) y haciendo buen uso de su libertad, desde pequeño supo decirle sí al llamado de Dios. Es por esos “sí” libres, generosos y decididos de cada día que su espíritu fue fortaleciéndose día a día (Lc 1, 80) para finalmente llegar a ser quien estaba llamado a ser. Sólo así, desde la fidelidad a su identidad y vocación, pudo llevar a cabo fielmente la misión que Dios le encomendaba: ser el Precursor del Señor (ver Lc 7, 27; Mal 3, 1), el «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), el último pero el más grande de todos los profetas del antiguo Testamento, aquél que precedió al Señor Jesús «con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1, 17) dando testimonio de Él mediante su predicación y su martirio (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 523).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


La vocación y misión de Juan Bautista nos permite reflexionar sobre la vocación y misión de cada ser humano.


¿Por qué existo? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es mi misión en el mundo? Son preguntas apremiantes y fundamentales que todo ser humano que llega al uso de razón se hace, preguntas que tú y yo nos hemos hecho o hacemos, con mucha intensidad, en algún momento de nuestra vida. ¿Cómo podría yo realizarme si no sé quién soy, de donde vengo ni a donde voy, si no sé cuál es mi misión en el mundo? Mientras no conozca las respuestas al misterio que soy yo mismo andaré sin rumbo, desorientado, perdido, dando vueltas en círculo a lo más.


Responder a estas preguntas es pues esencial, no simplemente para satisfacer una acuciante curiosidad, sino porque de su recta respuesta depende nuestra propia realización, depende que lleguemos a ser lo que estamos llamados a ser, depende por tanto nuestra propia felicidad y la de muchos otros también. Es capaz de realizarse y aportar a la realización de otros quien en Cristo descubre su identidad más profunda, su origen, su fin, el sentido de su existencia y su misión en el mundo.


Al mirar la vocación y misión del Bautista comprendemos —desde la razón iluminada por la fe— que la vida de todo ser humano es una vocación dada por Dios para una misión concreta.


La expresión vocación viene del latín vocare, que quiere decir llamar. Al decir vocación entendemos el llamado que Dios hace a su criatura humana, a cada uno de nosotros.


Ya nuestra misma vida es una vocación, un llamado que Dios nos ha hecho a salir de la nada para pasar a la existencia. Mas Dios no nos llama a la existencia como a un mineral, a una planta o a un animal, sino que nos crea personas humanas, capaces de entrar en diálogo y comunión con Él. ¡Más aún, a nosotros nos llama a participar de su misma vida y naturaleza divina (ver

2Pe 1, 4, nos llama a «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4; ver Lev 11, 45)!


Pero junto a este llamado universal al que todos los seres humanos estamos llamados hay otro llamado particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar particular y cumplir una misión específica en el mundo. Es en vistas a nuestra propia realización como personas humanas y misión en el mundo que Dios nos ha dado a cada uno, ya desde nuestra concepción, «como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar; su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino que le ha sido propuesto por el Creador» (S.S. Pablo VI, Populorum progressio, 15).


¿Para qué me pensó y formó Dios desde el seno de mi madre? ¿Para qué he nacido? ¿Cuál es el Plan que Dios tiene para mí? ¿Cuál es mi vocación? ¿Cuál mi misión en el mundo? Descubrir mi propia vocación y misión en el mundo, saber quién soy desde la mirada amorosa del Señor y conocer qué es lo que Dios me pide en sus amorosos designios es esencial no sólo para que yo pueda llegar a ser feliz, sino también para ayudar a muchas otras personas a ser felices. Muchos dependen de mi respuesta generosa al Plan de Dios. Por ello «es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro» (S.S. Juan Pablo II, Mensaje para la XIII jornada mundial de la juventud,) y pronunciar nuestro propio «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 3)


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado». San Agustín


«Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón… Y como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor.» La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: “Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre”». San Agustín


«Todas las naciones estaban privadas del conocimiento de Dios, y los justos y los profetas evitaban el trato con ellas. Por eso aquella voz manda preparar un camino a la Palabra de Dios y enderezar las sendas, para que cuando llegue nuestro Dios pueda avanzar sin obstáculos. Preparad el camino del Señor: este camino es la proclamación de la Buena Noticia que trae a todos un nuevo consuelo, que desea ardientemente hacer llegar a todos los hombres el conocimiento de la salvación de Dios». Eusebio de Cesarea


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Juan: Precursor, Profeta y Bautista


523: S. Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. «Profeta del Altísimo» (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio, desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser «el amigo del esposo» (Jn 3, 29) a quien señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús «con el espíritu y el poder de Elías»


(Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio.


524: (… Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30).


608: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).


717: «Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). Juan fue «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1, 15.41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La «visitación» de María a Isabel se convirtió así en «visita de Dios a su pueblo» (Lc 1, 6).


718: Juan es «Elías que debe venir» (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como «precursor»] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17).


719: Juan es «más que un profeta» (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el «hablar por los profetas». Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la «voz» del Consolador que llega (Jn 1, 23). Como lo hará el Espíritu de Verdad, «vino como testigo para dar testimonio de la luz» (Jn 1, 7). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las «indagaciones de los profetas» y el ansia de los ángeles: «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo... Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios... He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36)

.

720: En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la «semejanza» divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento.


REFLEXION FINAL


«‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Natividad de San Juan Bautista – 24 de junio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 57- 66.80


Este año la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, cae en Domingo y la Iglesia la conserva en el «día del Señor» dada la importancia de este santo y por su innegable vínculo con el misterio de Jesucristo. La lectura del profeta Isaías (Isaías 49, 1-6) contiene la promesa hechaa David que su casa y su realeza será estable para siempre. Promesa que se realizó en Jesucristo pero que es aplicable a Juan Bautista, escogido ya desde el seno materno para «preparar los caminos los caminos del Señor». Hecho que resalta San Pablo en su predicación a los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (Hechos de los Apóstoles 13, 22-26). El Evangelio de esta Solemnidad nos recuerda el misterioso nacimiento del Bautista y la expectativa que se crea alrededor del hijo de Zacarías e Isabel (San Lucas 1, 57- 66.80).


«Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan»


Todo en la vida de Juan gira alrededor del misterio de Jesús. Ya desde mucho antes de la venida de Cristo, estaba anunciado en los profetas que él tendría un Precursor. Jesús mismo, refiriéndose a Juan, dice: «Este es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’» (Lc 7,27; cf. Ml 3,1). No se puede exponer el misterio de Cristo sin empezar por Juan. Cuando San Pedro predica en la casa de Cornelio, el centurión romano, dice: «Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo, cómo Dios a Jesús de Nazaret lo ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10,37-38). A menos que alguna circunstancia lo impida, la fiesta de los santos suele celebrarse en el día de su muerte. Los santos han alcanzado la perfección en el amor, y en el día de su muerte ellos nacen a la vida eterna y entran inmediatamente a la gloria celestial.


La Iglesia celebra el día de su natalicio, pero no a esta tierra, sino al cielo. ¿Por qué, entonces, la fiesta de Juan el Bautista se celebra el día de su nacimiento a esta tierra? Porque él nació del seno de su madre, Santa Isabel, ya santificado. Así lo declara el ángel Gabriel que anunció su nacimiento: «Estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (Lc 1,15). La Iglesia celebra el nacimiento solamente de tres personas: Jesucristo nuestro Señor (25 de diciembre), la Virgen María (8 de septiembre) y Juan el Bautista (24 de junio). Con razón Jesús se refirió a él, diciendo: «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7,2).


La fiesta de San Juan el 24 de junio se origina en el Occidente desde el siglo IV; y su fecha se deduce por un simple cálculo. El día que el ángel Gabriel anunció a María el nacimiento de su hijo Jesús, le dijo: «También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril» (Lc 1,36). El hijo que Isabel esperaba es Juan. Él nació seis meses antes que Jesús. Si celebramos el nacimiento de Jesús el 24 de diciembre en la noche, el de Juan hay que celebrarlo el 24 de junio. La fiesta de San Juan, que marcaba el inicio de verano en el hemisferio norte, se celebraba con una serie de costumbres populares; entre las cuales se distinguía la «fogata de San Juan», que se conserva todavía en algunos países.


!Gloria a Dios!


Dios obra el conocimiento

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 18 Ee junio Ee 2018 a las 19:45 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


17-23 de Junio del 2018



“Dios obra el conocimiento”


Ez 17, 22-24: “Humilla los árboles altos y eleva los árboles humildes”


Así dice el Señor Dios:

— «Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y llegará a ser un cedro magnífico.

Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y eleva los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos.

Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».


Sal 91, 2-3.13-16: “Es bueno darte gracias, Señor”


Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad.

El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano;

plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.


2 Cor 5, 6-10: “En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor”


Hermanos:

Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en este cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe.

Y es tal nuestra confianza, que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle.

Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.


Mc 4, 26-34: “La semilla más pequeña se hace más alta que las demás hortalizas”


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

— «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».

Dijo también:

— «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.


NOTA IMPORTANTE


Nos encontramos con dos parábolas en las que el Señor habla del crecimiento del “Reino de Dios”.


Con la primera comparación resalta su crecimiento silencioso y continuo, casi inevitable. La explicación de la parábola no fue recogida en el Evangelio, ya sea porque Cristo mismo no la explicó o porque el evangelista no consideró necesaria su transmisión, debido a su fácil o conocida interpretación.


El Señor enseña que el Reino prometido por Dios y esperado por los judíos, el Reino que sería instaurado por medio de su Mesías, tendrá un inicio muy sencillo, hasta insignificante. A partir de ese inicio, una vez que la semilla ha sido sembrada, posee un dinamismo propio, desarrollándose por sí mismo, “automáticamente” (el evangelista utiliza la palabra griega autómate). Independientemente de la acción o inacción del agricultor, ya duerma o se levante, “la tierra da el fruto por sí misma”. No será el hombre quien haga germinar o desenvolverse la simiente o el Reino, aun cuando ciertas condiciones externas sean necesarias para favorecer su germinación y crecimiento, sino la misma fuerza intrínseca que portan. San Pablo comprende bien esta realidad cuando escribe: «¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales ustedes han creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio. Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento» (1Cor 3, 5-6).


Así pues, el Reino de Dios, una vez inaugurado por el Señor Jesús con su presencia y predicación, con el tiempo llegará necesariamente a su madurez. Nada ni nadie podrá detener su desarrollo y despliegue, y con el paso del tiempo la semilla producirá una cosecha abundante. Entonces, «cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».


Para hablar del inicio “insignificante” de este Reino —insignificante a los ojos humanos—, el Señor añade otra parábola, en la que compara al Reino de Dios con una semilla de mostaza, «la semilla más pequeña» de todas las conocidas en la Palestina.


Las semillas de mostaza, en efecto, son pequeñísimas. Redondas y de consistencia dura, tienen entre uno a dos milímetros de diámetro. Al caer en tierra y desarrollarse, llega a ser «más alta que las demás hortalizas», llegando a convertirse en un árbol de entre tres y cuatro metros de altura. En esto consiste justamente la lección del Señor, la enseñanza que quiere transmitir: de lo más pequeño el Reino de Dios pasará a ser lo más grande. Aunque en sus comienzos serán pocos los que lo acepten, llegarán a ser multitudes. A ello se refiere el Señor cuando dice que «echaramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella». En efecto, la imagen de un árbol que crece y sirve de cobijo a las aves del cielo ya había sido utilizada como metáfora para referirse a los súbditos del Reino que Dios establecerá por encima de los demás (ver 1a. lectura; así también Ez 31, 6; Dan 4, 10ss;).


El Reino de Dios, en el Señor Jesús, tuvo un inicio aparentemente insignificante. Mas la fuerza y potencia que esta “semilla” (ver Jn 12, 34) escondía a los ojos humanos, manifestada en su Resurrección, han llevado al Reino de Dios a un crecimiento espectacular a lo largo de los siglos. Ese Reino es la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha cobijado en sus ramas a hombres y mujeres de toda nación, raza o cultura.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Aun cuando en nuestros días se tenga el conocimiento científico apropiado que permita comprender el proceso bio-químico que hace que una semilla brote, crezca y produzca fruto, en el fondo el dinamismo y despliegue de la vida sigue siendo un misterio para el hombre. Más aun lo es el crecimiento de la semilla divina sembrada en el campo del corazón de quien la acoge con fe. Por más que sea imperceptible, el crecimiento se lleva a cabo. Por más que uno “duerma”, el crecimiento y maduración sigue su proceso, “sin que uno sepa cómo”.


Esta realidad espiritual ciertamente no constituye una invitación al ocio, a desentenderse de acción alguna, a cruzarse de brazos en el empeño por la propia santificación. ¡De ninguna manera! A la semilla se le deben garantizar condiciones apropiadas para su crecimiento y maduración. Eso es lo que le toca al agricultor: preparar bien la tierra, abonarla, regarla, y luego, proteger los brotes y la planta de cualquier agente externo que pueda dañarla o destruirla. Si por su esforzado trabajo el agricultor proporciona las condiciones adecuadas, el crecimiento de la semilla se dará por su propia potencialidad, por la fuerza y virtud contenidas en la semilla. En la vida espiritual la acción que produce el crecimiento y transformación interior es ciertamente de Dios, obra de su gracia, pero también cooperación humana es necesaria para que esa semilla de la vida divina encuentre tierra buena en la que se pueda desplegar. La potencia del amor y de la gracia divina jamás obrará en contra de la libertad humana, requiere de nuestra generosa cooperación, aún cuando en comparación con la acción divina la acción humana sea insignificante.


Dado que el crecimiento del Reino de Dios en nosotros depende de Dios, presupuesta nuestra cooperación, en cuanto que Él es quien da el crecimiento, no podemos pretender imponer el ritmo nosotros mismos. ¿Cuántas veces nos desalentamos porque “no crecemos espiritualmente como quisiéramos”, porque “en vez de avanzar parece que retrocedo”, porque “esta debilidad ya debería haberla superado hace mucho”, porque a estas alturas “ya debería ser santo”? ¿Somos nosotros quienes marcamos el ritmo del crecimiento, o Dios? Debemos saber esperar de Dios ese crecimiento, sin impacientarnos por nuestras caídas, sin impacientarnos porque no vemos que crecemos al ritmo que deberíamos crecer. ¡Eso dejémoslo en las manos de Dios! A nosotros nos toca día a día disponer la tierra, arrancar toda mala hierba que no dejará de brotar, regarla, para que la semilla de la vida divina germine como Dios quiere que germine. Pretender imponer el ritmo de mi crecimiento espiritual es como querer acelerar el crecimiento y despliegue de una semilla. Nuestro crecimiento no está en nuestras manos, sino en las de Dios. Pretender crecer por mí mismo y en la medida de mis esfuerzos, es prescindir de Dios, es caer en soberbia. Quien espera crecer según sus propias fuerzas no tardará en desalentarse en el camino de la santificación y conformación con el Señor Jesús.


Permanezcamos humildes. Si paciente y perseverantemente hacemos lo que nos toca, Dios hará el resto. No pretendamos imponer el ritmo a Dios, dejemos eso en sus manos, confiadamente. Estemos seguros de que su fuerza y su gracia actuarán en nosotros. Y no desesperemos o nos desalentemos si acaso nos parece que “no crecemos” o retrocedemos. Aún en medio de nuestras caídas crecemos, si es que acudiendo a la misericordia divina con humildad pedimos perdón y volvemos a la lucha de cada día. Aunque a nosotros nos parezca que no crecemos, a los ojos de Dios estamos creciendo, si permanecemos fieles en la lucha. Incluso nuestras repetidas caídas nos llevan a crecer, pues no pocas veces las lecciones de humildad son tan necesarias para progresar en el camino de la vida espiritual. Lo importante es ponernos siempre de pie, acudir humildes al Señor, volver a la batalla, perseverar, y confiar mucho en Dios y su acción en nosotros.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Presentó primero la parábola de las tres semillas, perdidas de diverso modo, y otra aprovechada, en lo cual se manifiestan tres grados diferentes, según la fe y las obras. Aquí, sin embargo, trata sólo de la semilla aprovechada: “Decía asimismo: El Reino de Dios viene a ser a manera de un hombre que siembra...”». San Juan Crisóstomo


«El hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la hierba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto». San Gregorio Magno


«El mismo Señor es un grano de mostaza... Si Cristo es un grano de mostaza, ¿cómo es que es el más pequeño y cómo crece? No es en su naturaleza, sino en su apariencia que llega a ser grande. ¿Queréis saber cómo es el más pequeño? “Lo vimos sin figura ni belleza” (Is 53,2). Enteraos por qué es el más grande: “Es el más bello de los hombres” (Sal 44,3). En efecto, el que no tenía belleza ni esplendor ha llegado a ser superior a los ángeles (Heb 1,4) sobrepasando la gloria de todos los profetas de Israel... Es la más pequeña de todas las simientes, porque no vino con realeza, ni con riquezas, ni con la sabiduría de este mundo. Ahora bien, como un árbol, desarrolló de tal manera la cima elevada de su poder que decimos: “Bajo su deseada sombra me senté” (Cant 2, 3)». San Ambrosio


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


El Reino de Dios


543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (Lc 4, 18). Los declara bienaventurados porque de «ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3); a los «pequeños» es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino.

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (ver Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (ver Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (ver Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (ver Mt 21, 28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (ver Mt 25, 14-30)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (ver Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera» (ver Mc 4, 11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (ver Mt 13, 10-15).


567: El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. «Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo». La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro

.

CONCLUSION


El reino de Dios, el reinado de Dios, no es una monarquía terrenal, sino más bien la irrupción de Dios en el mundo por medio de las vidas de los que creen. Estas dos parábolas son historias de sorpresa y abundancia. Nadie le dará a ninguno de estos cultivos la posibilidad de sobrevivir. En la primera parábola el agricultor no sigue los protocolos apropiados para asegurar que la semilla se convierta en cosecha. En la segunda parábola el sembrador echa una semilla que crecerá y seconvertirá en una planta que todos los agricultores quieren erradicar. En ambas parábolas la semilla echa raíz y crece a buen término. Aun la mostaza tiene un uso beneficioso. Dios la usa como lugar donde los pájaros del cielo pueden morar en su sombra. Jesús revela a un Dios de sorpresas, un Dios que hace cosas que tú y yo nunca esperamos, pero que terminan con un buen final. «Los que tienen oídos, oigan» (Mateo 11:15). Será nuestro desafío y nuestra oración esta semanal


GLORIA A DIOS!


Satanás está perdido

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee junio Ee 2018 a las 17:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


10 -16 de Junio del 2018




“Satanás está perdido”


Gen 3,9-15: “Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer”


Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre y le dijo:

—«¿Dónde estás?»

Él contestó:

—«Oí tus pasos en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».

El Señor le replicó:

—«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?»

El Señor dijo a la mujer:

—«¿Qué es lo que has hecho?»

Ella respondió:

—«La serpiente me engañó, y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente:

—«Por haber hecho eso, serás maldita entre los animales domésticos y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú hieras su talón».


Sal 129,1-8: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”


2 Cor 4,13-5,1: “Creemos, y por eso hablamos”


Hermanos:

Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que dice la Escritura: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y junto con ustedes nos llevará a su presencia.

Todo esto es para bien de ustedes.

Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Por eso, no nos desanimamos. Aunque por fuera nos vamos deteriorando, nuestro interior se renueva día a día.

Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria.

No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.

Es cosa que ya sabemos: si se destruye ésta nuestra tienda de campaña terrena, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en el cielo.


Mc 3,20-35: “Satanás está perdido”


En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos, y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían: está fuera de sí.

También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

—«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Él los invitó a acercarse y les propuso estas parábolas:

—«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir; una familia dividida tampoco puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte para saquear sus bienes, si primero no lo ata; entonces podrá saquear la casa.

Créanme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».

Se refería a los que decían que tenían dentro un espíritu inmundo.

Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dijo:

—«Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan». Les contestó:

—«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»

Y, mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, dijo:

—«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».


REFLEXION


Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de la Semana 10ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 10 de junio de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 3, 20-35


Cumplir o no la voluntad de Dios es una de las ideas fuertes en las lecturas dominicales. Si por un lado vemos que nuestros primeros padres se escondían al oír al suave andar del Padre por el jardín del paraíso (Génesis 3, 9-15) porque tuvieron miedo; vemos en el Evangelio una de los momentos donde claramente se resalta la actitud de Santa María: «quien cumple la voluntad de mi Dios» (San Marcos 3, 20-35). San Pablo en su carta a los Corintios los hará tomar consciencia de que todo en nuestra vida debe de tener a Dios como fundamento último, sino “se desmorona todo el edificio espiritual de nuestra vida”(Segunda carta de San Pablo a los Corintios 4, 13- 5, 1).


Las reacciones ante Jesús


El Evangelio de hoy nos presenta tres reacciones diversas ante Jesucristo. Jesús se había hecho notar por su palabra que trae un mensaje nuevo e impactante. Nadie puede quedar indiferente ante Él. Frente a Jesús se verifica lo que había profetizado acerca de Él el anciano Simeón, cuando, recién nacido, fue presentado al templo: «Éste está puesto para ser signo de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).


Jesús había vuelto a su casa, al pueblo de Nazaret, donde se crió y una primera reacción ante su presencia es la del pueblo: «Se aglomera en torno a Él una muchedumbre de modo que no podían comer». Es el entusiasmo de la gente sencilla que captan la presencia de Dios y perciben su fascinación. Así es el misterio de Dios: es trasparente para los sencillos e impenetrable para los sabios de este mundo. Jesús mismo en una ocasión alabó a su Padre por este motivo: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25).


La segunda reacción es la de sus parientes: «Fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: ‘Está fuera de sí'”. Esto da ocasión a Jesús para enseñar que su misión es superior a las relaciones familiares: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre» (Jn 4,34). Y agrega una frase consoladora para nosotros: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». De manera bella y directa Jesús va a dirigir un cumplido a su Madre. Es Ella, más que nadie en la tierra, la que se hace merecedora de la sentencia pronunciada por el Maestro Bueno. Y también a nosotros se nos abre la posibilidad de hacernos acreedores del apelativos de hijos de Dios, hermanos en Cristo e hijos de Santa María.


Una importante aclaración


Sabemos que Jesucristo no tuvo hermanos ni hermanas en sentido carnal, pues su madre María es perpetuamente Virgen. Cuando se habla de «hermanos» de Jesús se trata de parientes cercanos como aclara el mismo Evangelio. El Nuevo Testamento no conoce una palabra para decir «primos» y usa la palabra «hermanos». No nos debe extrañar, porque también nosotros le damoseste uso. A nosotros no nos basta con decir «primos»; cuando el parentesco es más cercano, decimos: «primos hermanos». Y no podemos restringir el sentido de la palabra «hermano» solamente a «hermano carnal».


Cuando Jesús enseña: «Si al presentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,23-24), sería empobrecer su enseñanza entender que se refiere sólo a hermano carnal. Tampoco Pedro se refiere exclusivamente a su hermano carnal cuando pregunta: «¿Si mi hermano peca contra mí, cuántas veces tengo que perdonarlo?» (Mt 18,21). San Pablo escribe a los Corintios y los llama «hermanos»: «Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué» (1 Cor 15,1); pero obvia¬mente no son hermanos carnales suyos. «Hermano» es, entonces, una persona cercana, por motivos de parentesco o de pueblo natal. Muchos nos llamamos «hermanos o hermanas» de Cristo. La epístola a los Hebreos dice que «Él (Jesús) no se avergüenza de llamarnos hermanos» (Hebr. 2,11). Pero «madre», eso no lo ha pretendido nadie. Esto está reservado a María. Sólo Ella es la madre carnal de Jesús; y sólo ella es su madre en el sentido de la frase de Jesús que hemos citado, pues nadie ha cumplido la voluntad de Dios con mayor perfección que Ella.


Finalmente la tercera reacción


La tercera reacción ante Jesús es increíble. Es la de los escribas, que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo». Es como decir que la luz es oscura. Es negar la evidencia. El que insiste en esa postura, no puede ser perdona¬do, pues el perdón consiste en reconocer la luz. Por eso Jesús dice que eso es blasfemia contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón nunca. Para darnos una idea de la cerrazón que significa esa actitud, es como si alguien al ver el actuar a Santa Teresa de Calcuta, dijera: «Es lujuriosa, opulenta y egoísta». Cuando esto se dice del Hijo de Dios, ¡del Cordero de Dios inmaculado e inocente!, resulta una blasfemia imperdonable.


«Tuve miedo porque estaba desnudo»


Lo exactamente opuesto a «cumplir la voluntad del Padre» es el pecado. El pecado es una realidad que ha marcado toda la historia de la salvación. Más aún podemos afirmar que el acto sublime del amor del Padre por su criatura querida – la muerte de su Hijo en la Cruz- no es sino una respuesta al pecado. Justamente el drama del pecado que leemos en la Primera Lectura es el mismo que vemos hoy: la no aceptación del pecado personal y sus consecuencias sociales. «Yo no fui…fue la mujer que me diste» dirá Adán; «Yo no fui…fue la serpiente que creaste» se justificará Eva. Este comportamiento es casi una exacta radiografía del mundo hoy reflejando en lo que ya Pío XII nos decía: «el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado» . Y esta pérdida del sentido del pecado refleja una crisis más honda, la pérdida del sentido de Dios precisamente debido a la crisis de la conciencia moral: tabernáculo de la presencia de Dios en el hombre. San Pablo nos recordará esta realidad en su carta a los Corintios. Nosotros no hemos nacido para el pecado y la iniquidad, sino para la gloria eterna. El pecado justamente nos querrá envolver en su manto de mentira para así olvidarnos que «pues las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas». Y para eso hemos nacido para la «morada eterna del cielo».


Una palabra del Santo Padre:


«Jesús dice a los discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).


Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad ydel amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor.


Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio (cf. Mc 3, 20-21). Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana (cf. Hch 1, 14). Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta».


Papa Francisco. Ángelus de 18 de agosto de 2013.


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Qué tan consciente soy de la realidad del pecado en mi vida? ¿Me acerco con frecuencia al sacramento de la Reconciliación?

2. ¿Tengo la misma actitud de María de buscar conocer y cumplir lo que Dios espera de mí?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716 – 1748. 1846 – 1876.


GLORIA A DIOS!



Este es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 30 Ee mayo Ee 2018 a las 20:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


3-9 de Junio del 2018



“Este es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre”


Ex 24, 3-8: “Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”


En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandamientos; y el pueblo contestó a una voz:

— «Haremos todo lo que dice el Señor».

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce piedras conmemorativas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a

algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión.

Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar.

Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:

— «Obedeceremos y haremos todo lo que mande el Señor».

Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:

— «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes, según las disposiciones dadas».


Sal 115, 12-13. 15-18: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”


¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación,

invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor

la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;

rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos,

en presencia de todo el pueblo.


Heb 9, 11-15: “Cristo, ofreciéndose a sí mismo, es Mediador de una nueva Alianza”

Hermanos:

Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su santuario es más grande y

más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.

No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el

santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el

poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de

Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha,

podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Por esa razón, Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha

redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir

la herencia eterna que ha sido prometida.


Mc 14, 12-16. 22-26: “Tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”


El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus

discípulos:

— «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

— «Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y, en la casa

en que entre, díganle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a

comer la Pascua con mis discípulos?”.

Él les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Prepárennos allí la cena».

Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la

cena de Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

— «Tomen, esto es mi cuerpo».

Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.

Y les dijo:

— «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Les aseguro que no volveré a

beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».

Después de cantar los salmos, salieron para el monte de los Olivos.


NOTA IMPORTANTE


En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy La primera

lectura recuerda la Antigua Alianza, que Dios estableció con Israel mediante «sangre de machos

cabríos y de toros» (Heb 9, 13). Con la sangre de los novillos Moisés «roció al pueblo, diciendo:

“Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes”» Ex 24, 8.


Durante la última Cena, el Señor «tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio,

diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción

de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza,

derramada por todos”» (Mc 14, 22-24).


De este modo el Señor Jesús concluyó la tradición de aquellos sacrificios «de machos cabríos y

de novillos» (Heb 9, 12), ofreciéndose Él mismo como víctima sacrificial y su sangre

purificadora como signo de una nueva y definitiva Alianza, que llevaría a su plenitud la antigua

Alianza. En efecto, durante la primera Alianza la sangre de los machos cabríos y de los toros

significaba la reconciliación entre Dios y su pueblo, pero no podía realizarla verdaderamente. Es

por ello que el Hijo del Padre se encarnó de María Virgen, por obra del Espíritu Santo: «es

imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo,

dice (el Hijo): Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y

sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo —pues de mí está

escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Heb 10, 4-7; ver 10, 11).


El Señor Jesús llevó a su cumplimiento aquello que el antiguo sacerdocio y continuos sacrificios

no hacían sino prefigurar y preparar (ver Heb 9, 9): la Alianza eterna con Dios realizada

mediante el sacrificio redentor supremo (ver Heb 9, 12), ofrecido por el único Mediador entre

Dios y los hombres (Ver Heb 9, 15; Rom 5, 15-19; 1 Tim 2, 5). El Señor Jesús, Sumo y Eterno

Sacerdote de la Nueva Alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de reconciliación «de una

vez para siempre» (Heb 10, 10). Él ha «ofrecido por los pecados un solo sacrificio» (Heb 10, 12),

cuyo valor es infinito, que permanece inmutable y perenne en el centro de la economía de la

salvación ver Heb 7, 24-28.


Es durante la última Cena cuando el Señor Jesús preparó a los Apóstoles y discípulos para el

momento de este sacrificio redentor. Por eso habló de su cuerpo que sería entregado, de su

sangre que sellaría una Nueva Alianza, sangre derramada para el perdón de los pecados, para la

reconciliación de todos los hombres con Dios. En aquella Cena estaba ya contenida la realidad

del sacrificio que estaba próximo a ofrecer en el Altar de la Cruz.


Aquella Cena y cada Eucaristía celebrada desde entonces como memorial de la Pascua del Señor

es sacramento de aquél sacrificio cruento realizado en el Altar de la Cruz el Viernes de Pasión.

En cada Eucaristía se actualiza, de modo incruento, el mismo sacrificio que el Señor Jesús

inauguró la noche de la Última Cena y realizó en el Altar de la Cruz. En cada Misa asistimos a

un inaudito milagro del Amor divino: cuando el sacerdote “en persona de Cristo” pronuncia las

mismas palabras que Él pronunció la noche de la Última Cena, el pan en sus manos se

transforma por virtud del Espíritu Santo en su Cuerpo, y el vino, en su Sangre. Entonces, aunque

de modo invisible o imperceptible a los sentidos, el Señor Jesús se hace verdadera y realmente

presente bajo el velo de las especies eucarísticas. Es decir, la apariencia sigue siendo la de pan y

vino, mas por la fe sabemos que ahora son «verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la

Sangre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo» (Concilio de Trento, 13-1).

Gracias a este magno Sacramento es como desde entonces el Señor Jesús, en su Cuerpo y

Sangre, bajo las especies del pan y del vino, se entrega a todo hombre, como alimento y bebida

de salvación. De este modo llegó a cumplir aquello que, aun a riesgo de ser causa de escándalo

para muchos, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaúm: «Yo soy el pan vivo que ha bajado

del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).


Y aunque este milagro de Amor se realiza en cada Eucaristía, existe un día al año en el que la

Iglesia invita a celebrar la presencia real del Señor en la Eucaristía con expresa y pública

adoración y veneración. Esto sucede precisamente en la fiesta del Corpus Christi.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


¿Creo que el Señor Jesús está verdadera y realmente presente en el pan y vino consagrados por

su sacerdote en la Santa Misa? Ensayemos un cuestionamiento que bien podrían lanzarnos los

que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los que creemos en este Magno Milagro:

«si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos

mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los

hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que

Él resucitó al tercer día y subió a los Cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que

ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su

Sangre, entonces ¿porqué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de

ustedes viven como nosotros, como los que no creemos? Aunque van a Misa los Domingos y

comulgan —incluso cuando están en pecado grave, sin antes confesarse—, en la vida cotidiana

olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y las riquezas, de los placeres y las

vanidades, del poder y del dominio, se impacientan con facilidad y maltratan a sus semejantes, se

dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas

de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —

cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado

fanatismo”... ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si

con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios

reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su

corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15, 8-9)».


Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el

encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi

existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera,

pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí?

¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para

reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con

más firmeza y radicalidad el mal y la tentación que se presentan en mi camino, para anunciar al

Señor y su Evangelio?


Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que como alimento se entrega a mí

en su Cuerpo y Sangre, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo o la misma? ¿No

tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar reflejarlo en mi conducta? El

auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación

interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros

pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, la Comunión más que un verdadero

Encuentro con Cristo, es un desprecio a quien nuevamente se entrega a mí en el sacramento de la

Comunión.


Así pues, que se vea en mi conducta que estoy en comunión con el Señor, que me lleno de Él, de

su amor y de su gracia, cada vez que lo recibo en la Santa Eucaristía. De ese modo muchos más

creerán en el Señor y en su presencia real en la Eucaristía. De ese modo muchos más le abrirán

las puertas de su corazón y se dejarán tocar y transformar por su amor.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Terminadas las ceremonias de la antigua Pascua, pasó a la nueva, es decir, sustituyó la carne y

sangre del cordero con el sacramento de su Cuerpo y Sangre».

San Beda


«Dio gracias para enseñarnos el modo de recibir este sacramento, demostrando a la vez que no

iba a sufrir su pasión contra su voluntad. Nos enseñó, pues, que todo lo que sufrimos debemos

llevarlo con gusto. Y en esta ocasión nos dio motivo de buena esperanza; si, pues, la figura de

este sacrificio (a saber, la inmolación del cordero pascual), dio la libertad al pueblo de la

esclavitud de Egipto, con mucha más razón la realidad librará al mundo entero».

San Juan Crisóstomo


«Partió el pan que dio a sus discípulos para manifestar que la fracción de su cuerpo había de ser

por su voluntad o su cuidado, y le bendijo porque había llenado la naturaleza humana, que había

tomado para padecer, de una virtud divina con su Padre y el Espíritu Santo. Bendijo y partió el

pan, porque se dignó librar de la muerte la humanidad que había asumido, a fin de hacer ver que

en Él existía el poder de la inmortalidad divina, y que resucitaría rápidamente a esta humanidad».

San Beda


«Y todavía hoy está allí Cristo, quien adornó aquella mesa, y consagra también ésta, porque no

es el hombre quien convierte estas ofrendas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo

que fue crucificado por nosotros. De los labios del presbítero salen las palabras, pero son el

poder y la gracia de Dios los que las consagran. Las palabras: “Éste es mi cuerpo”, son las que

consagran las ofrendas, y como aquella voz que dice: “Creced y multiplicaos, y llenad la tierra”

(Gén 1, 22), fue dicha una sola vez y no obstante, produce su efecto en todo tiempo para la

generación en toda la naturaleza, así igualmente esta voz pronunciada una vez presta firmeza al

sacrificio en todos los altares de la Iglesia hasta hoy y hasta la venida de Cristo».

San Juan Crisóstomo



EL CATECISMO DE LA IGLESIA


«Tomad y comed todos de él»: la Comunión


1384: El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía:

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre,

no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53).


1385: Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y

santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: «Quien coma el pan o beba el cáliz del

Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y

coma entonces del Pan y beba del Cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y

bebe su propio castigo» (1 Cor 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe

recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.


1386: Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe

ardiente las palabras del Centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una

palabra tuya bastará para sanarme».


1387: Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el

ayuno prescrito por la Iglesia (Código de Derecho Canónico, can. 919*). Por la actitud corporal

(gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo

se hace nuestro huésped.

*§1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía ha de abstenerse de tomar cualquier

alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción

sólo del agua y de las medicinas.

§3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden

recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente

anterior.


1388: Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones

(Código de Derecho Canónico, can. 916**), comulguen cuando participan en la Misa: «Se

recomienda especialmente la participación más perfecta en la Misa, recibiendo los fieles, después

de la Comunión del sacerdote, del mismo Sacrificio, el Cuerpo del Señor».

** Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el

Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un

motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que

está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de

confesarse cuanto antes.


1389: La Iglesia obliga a los fieles a participar los Domingos y días de fiesta en la divina liturgia

y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual, preparados por

el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la

santa Eucaristía los Domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.


Conclusion


«Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre»


Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo B- 3 de junio de 2018


Lectura del Evangelio según San Marcos 14, 12-16. 22- 26


El tema central que nos ocupa en esta solemnidad del Corpus Christi es la Alianza de Dios con los hombres. El pacto de Dios con el pueblo

de Israel queda sellado en el Sinaí, por mediación de Moisés, con la sangre de los animales Éxodo 24, 3-8. La nueva Alianza se sella

también con la sangre de la víctima; pero aquí quien se ofrece es Jesucristo, sumo Sacerdote y Mediador (Hebreos 9,11-15). En la Última

Cena, Cristo anticipa sacramentalmente su oblación, y establece, por medio de su Cuerpo y de su Sangre, la nueva y definitiva Alianza;

aquella que nos revela el rostro misericordioso de Dios y la salvación del género humano (San Marcos 14, 12-16. 22- 26).


¿Cuándo comenzó la fiesta del Corpus?


La fiesta del Corpus Christi se celebró por primera vez en la diócesis de Lieja, Bélgica (1246); y

entró en el misal romano para la Iglesia universal en el mismo siglo XIII, con el esquema

litúrgico de Santo Tomás de Aquino. La causa inmediata que determinó a Urbano IV en 1246

establecer oficialmente esta fiesta fue un hecho extraordinario ocurrido en 1263 en Orvieto,

Italia, cerca de Bolsena, donde se encontraba el Papa ocasionalmente. Sucedió que un sacerdote,

con fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la eucaristía, mientras celebraba la Santa

Misa, vio caer de la Hostia consagrada borbotones de sangre que tiñeron de rojo el corporal que

actualmente se venera en la bellísima catedral de Orvieto que fue construida especialmente para

este fin.


La Alianza del Sinaí


El texto del Éxodo es particularmente importante porque formaliza de modo solemne la alianza

entre Dios y su pueblo. En realidad, la historia de la alianza se confunde con la historia de la

salvación. Esta alianza ya existía antes de que fuera consagrada en el Sinaí. Recordemos que ya

había sido prometida a Noé después del diluvio: «Pero contigo estableceré mi alianza» (Ver Gen

6,18; 9,9-17), y había sido concertada con Abraham de manera solemne: «Aquel día firmó

Yahveh una Alianza con Abraham» (Ver Gen 15,18; 17,2-21). Dios ya había obrado maravillas

en favor del pueblo de Israel y lo había liberado de la esclavitud de Egipto.


Sin embargo, es en el Sinaí donde el pueblo acepta la alianza y se compromete a obedecerla de

modo solemne. El Señor lo conduce al desierto y lo lleva a la montaña para concluir su pacto. La

iniciativa siempre es de Dios. Moisés, el mediador, hace lectura ante el pueblo de la ley (los

mandamientos) que son el contenido de la alianza que el Señor establece con su pueblo. El

pueblo, por su parte, se compromete a observar todo aquello que le manda el Señor.


Moisés se levanta temprano erige un altar con las doce piedras que simbolizan las doce tribus de

Israel. Se ofrecen los sacrificios y se vierte la sangre de las víctimas sobre el altar y se rocía al

pueblo. Conviene comprender bien el alcance de este rito. La inmolación de una víctima podía

ser de dos formas: el holocausto, es decir, la víctima era totalmente consumida por el fuego; y el

sacrificio pacífico o de comunión en el que la víctima sacrificada se dividía en dos, una se

ofrecía a Yahveh y la otra la consumía el oferente. En el Sinaí tienen lugar los dos sacrificios.

Con el holocausto se establecía, por una parte, la primacía de Dios sobre todo lo creado; con el

sacrificio pacífico, por otra, se establecía la comunión que el hombre tenía con Dios por medio

de la participación de la ofrenda.


Conviene indicar que el rito de la sangre, que nos puede parecer extraño y causar repulsa, tiene

un significado muy positivo. Los antiguos pensaban que en la sangre estaba la vida. Dar la

sangre equivalía a dar la vida. Así, cuando la víctima es sacrificada -se ofrece la víctima a Dios-,

Dios responde dando la vida. El sacrificio, implica ciertamente una oblación, una muerte, pero su

contenido más profundo es dar la vida. El rito de la aspersión de la sangre significa, por tanto, la

respuesta de Dios al sacrificio que se ha ofrecido y al compromiso del pueblo de observar los

mandamientos: Dios responde comunicando la vida.


La Nueva Alianza


La alianza del Sinaí encuentra su culminación y perfección en la nueva alianza que Dios

establece con los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La carta a los Hebreos, presenta a

Cristo como el sumo sacerdote, aquel que ofrece el sacrificio perfecto. Cristo ha venido como

sumo sacerdote de los bienes futuros. La alianza ha llegado a su máxima expresión. Ya no es la

sangre de animales la que ofrece el sacerdote en el «santo de los santos» , ahora es la sangre

misma de Cristo, sumo sacerdote, la que se ofrece. Jesús, el Verbo Encarnado, habiendo muerto

y resucitado ha entrado de una vez para siempre en el santuario del cielo y está a la derecha del

Padre intercediendo por nosotros, sus hermanos en adopción.


La institución de la Alianza definitiva


En la Última Cena se anticipa sacramentalmente el sacrificio de Cristo en la cruz que será el

ofrecimiento definitivo y fundará la alianza definitiva. La sangre que Cristo ofrece en el cáliz es

la sangre de la alianza que será derramada por muchos, es decir, en lenguaje semítico, por todos.

En esta cena se evoca la liberación de Egipto y la estipulación de la alianza del Sinaí. Esta

alianza no era entre «dos partes iguales». Dios mismo se comprometía en favor de su pueblo. El

pueblo, por su parte, se comprometía a observar los mandamientos. Con la sangre de Cristo se

establece la nueva y definitiva alianza. En su sangre, en el don de su vida, se manifiesta el amor

del Padre por el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que

todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).


Por medio de esta sangre los hombres son liberados de la esclavitud del pecado, absueltos de sus

culpas y reconciliados con el Padre. Dios se compromete a manifestar siempre su amor, su

«hesed» (misericordia). Ahora el hombre tiene abierto el camino de la conversión y de la vida

eterna. En el sacramento de la Eucaristía Jesús no solamente se queda con sus discípulos, sino

que funda con ellos su comunión con Dios. Esto nos recuerda un hermoso texto del famoso libro

«Imitación de Cristo» de Tomas de Kempis: «La comunión aparta del mal y reafirma en el bien;

si ahora que comulgo o celebro tus misterios con tanta frecuencia soy negligente y desanimado

¿qué pasaría si no recibiera este tónico y no acudiera a tan gran ayuda?».


Una palabra del Santo Padre:


«Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida

bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el

maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna,

porque la esencia de este pan es el Amor. En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por

nosotros: un amor tan grande que nos nutre de sí mismo; un amor gratuito, siempre a

disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas. Vivir la

experiencia de la fe significa dejarse alimentar por el Señor y construir la propia existencia no

sobre los bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra

y su Cuerpo.


Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que existen muchas ofertas de alimento

que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero,

otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre

verdaderamente y que nos sacia es sólo el que nos da el Señor. El alimento que nos ofrece el

Señor es distinto de los demás, y tal vez no nos parece tan gustoso como ciertas comidas que nos

ofrece el mundo. Entonces soñamos con otras comidas, como los judíos en el desierto, que

añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que esos alimentos los

comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero

una memoria enferma, una memoria selectiva. Una memoria esclava, no libre.


Cada uno de nosotros, hoy, puede preguntarse: ¿y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa

quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer manjares gustosos, pero en la

esclavitud? Además, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿cuál es mi memoria? ¿La del

Señor que me salva, o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio mi

alma? El Padre nos dice: «Te he alimentado con el maná que tú no conocías». Recuperemos la

memoria. Esta es la tarea, recuperar la memoria. Y aprendamos a reconocer el pan falso que

engaña y corrompe, porque es fruto del egoísmo, de la autosuficiencia y del pecado.


Dentro de poco, en la procesión, seguiremos a Jesús realmente presente en la Eucaristía. La

Hostia es nuestro maná, mediante la cual el Señor se nos da a sí mismo. A Él nos dirigimos con

confianza: Jesús, defiéndenos de las tentaciones del alimento mundano que nos hace esclavos,

alimento envenenado; purifica nuestra memoria, a fin de que no permanezca prisionera en la

selectividad egoísta y mundana, sino que sea memoria viva de tu presencia a lo largo de la

historia de tu pueblo, memoria que se hace «memorial» de tu gesto de amor redentor. Amén».

Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi. Jueves 19 de junio de 2014.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana


1. ¿Cómo vivo mi relación con el Santísimo Sacramento?¿Me doy el tiempo para visitarlo a lo

largo de la semana o me digo a mí mismo que no me alcanza el tiempo?


2. ¿Voy con mi familia a misa los Domingos? ¿Soy ejemplo para ellos?¿Soy constante?


3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1356 – 1405.


GLORIA A DIOS


Hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 27 Ee mayo Ee 2018 a las 21:10 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


27 de Mayo 1 de Junio del 2018




“Hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”


Dt 4, 32-34. 39-40: “El Señor es el único Dios; no hay otro”


Moisés habló al pueblo, diciendo:


— «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos, como todo lo que el Señor, su Dios, hizo con ustedes en Egipto, ante sus ojos?


Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú, y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre».


Sal 32, 4-9. 18-22: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor”


La palabra del Señor es sincera,

y todas sus acciones son leales;

Él ama la justicia y el derecho,

y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo;

el aliento de su boca, sus ejércitos,

porque Él lo dijo y existió,

Él lo mandó, y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:

Él es nuestro auxilio y escudo;

que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.


Rom 8, 14-17: “Hemos recibido un espíritu de hijos adoptivos”


Hermanos:

Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.

No han recibido ustedes un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de

hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).

Ese mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para juntos dar testimonio: que somos hijos de Dios;

y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que

sufrimos con Él para ser también con Él glorificados.


Mt 28, 16-20: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”


En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron y le adoraron, pero algunos dudaban.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

— «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

Vayan pues y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del

Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».


NOTA IMPORTANTE


Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses (1ª

lectura). Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres

personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos.

Son un solo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina.


Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor; el

Padre desde toda la eternidad se entrega al Hijo, el Hijo desde toda la eternidad acoge al Padre y

se entrega también a Él en un dinamismo de mutua entrega y acogida que es la tercera persona de

la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo.


Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo Misterio, imposible de ser conocido y

plenamente comprendido por la sola razón humana? Es el Hijo quien lo ha revelado: «A Dios

nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,1).

El Señor Jesús, el Hijo que por nuestra reconciliación se hizo hombre, ha revelado al Padre y al

Espíritu Santo, ha revelado la unidad y comunión existente entre ellos.


En el Evangelio de este Domingo vemos al Señor Jesús que, antes de volver definitivamente al

Padre, encarga a sus Apóstoles una misión muy específica: «Vayan y hagan discípulos de todos

los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y

enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado».

Bautizar, del griego baptizein, significa literalmente “sumergir”, “introducir dentro del agua”.

También el Señor fue bautizado por Juan, sumergido en las aguas del Jordán. El de Juan era un

“bautismo de penitencia”, ofrecido a aquellos que arrepentidos de sus pecados querían sumergir

o sepultar en el agua su vida antigua para, purificados, renacer y resurgir a una nueva vida. El

Señor insistió en ser bautizado por Juan, aún cuando en Él no había pecado alguno (ver Mt 3, 14-

15).


En aquella ocasión el Bautista anunciaba que a diferencia de él, que bautizaba con agua, el Señor

bautizaría «con Espíritu Santo» (Mc 1, 7-. En efecto, el Bautismo ofrecido por el Señor Jesús

es muy superior al bautismo de Juan, puesto que ya no es tan sólo un símbolo, sino que realiza

verdaderamente aquello que simboliza: libera al hombre de la culpa original y perdona sus

pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y marca su renacimiento espiritual, comunicándole

una vida nueva que es participación en la vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.


El Bautismo que el Señor manda conferir a los que crean en Él sumerge no sólo en agua (gesto

simplificado y sustituido en la Iglesia latina con el gesto de la triple infusión con agua en la

cabeza del candidato), sino en aquel otro “Bautismo” de Cristo, el de su Muerte y Resurrección

(ver Lc 12, 50; Mc 10, 3). Por ello su valor trasciende absolutamente al de los antiguos ritos

bautismales, tanto judíos como también paganos, que, aunque significaban una purificación

interior y un cambio de vida, no eran más que abluciones incapaces de borrar realmente los

pecados y, menos aún, de obrar una transformación radical del pecador. En cambio el Bautismo

cristiano, por el poder de Cristo Resucitado conferido por el Señor a sus Apóstoles (ver Mt 28,

18-19), es un signo eficaz que a su vez comunica realmente el perdón de los pecados y confiere

una vida nueva por el Espíritu Santo. Por una real transformación interior los «bautizados en

Cristo» (Gál 3, 27) llegan a ser verdaderamente «hijos de Dios» (ver 1 Jn 3, 2).


El Señor manda a sus Apóstoles bautizar “en el nombre de…”. Esto quiere decir no sólo “en

lugar de”, “en representación de”. En la mentalidad hebrea, el nombre de alguien sustituía a la

persona misma. Al ser pronunciado o invocado el nombre de alguien sobre una cosa, ésta

quedaba íntimamente ligada con la persona nombrada, pasaba a ser propiedad suya. Lo mismo

sucedía con el nombre de Dios. Bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

Santo» significa, por tanto, consagrar a la persona a Dios, hacerla pertenecer a Él totalmente,

incorporándola a Aquel cuyo nombre era pronunciado, incorporándola a Dios, uno y trino.

Verdaderamente el Bautismo cristiano «significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la

vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo»

(Catecismo de la Iglesia Católica, 1239).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos

como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que

tanto tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación inunda a quien

carece de alguien que lo ame y a quien pueda amar.


Mientras que la tristeza inunda a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad

rebosan del corazón de quien experimenta el amor y la comunión con sus seres amados. Sí, el

más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto

del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no

puede llegar a ser feliz, porque es imposible que se realice como persona humana.


Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino

“fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la

autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el

propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que tanto busca y está

llamado a vivir. Quienes por cualquier razón optan por cerrarse a los demás terminan frustrados

y amargados en su búsqueda de la felicidad, concluyendo equivocadamente que ésta en realidad

no existe, que es una bella aunque inalcanzable ilusión para el ser humano. El fracaso en la

búsqueda se debe no a que no exista, sino a que han equivocado el camino.


¿Y por qué el Señor Jesús quiso hablarnos de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante

que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿Dios uno,

y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la

afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi

naturaleza».


El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre

verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer a Dios, el

Misterio de la Santísima Trinidad, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo

mismo, es entender que yo he sido creado persona humana por Dios-Comunión de Amor para

participar de su misma vida y comunión, para participar de la misma felicidad que Él vive en sí

mismo.


Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz poderosa sobre

nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la

necesidad que tenemos de vivir el amor de Cristo y la comunión con otras personas semejantes a

nosotros para realizarnos plenamente. En efecto, creados a imagen y semejanza de Dios, creados

por quien es Amor y para el amor, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las

Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para

vivir eso no es otro que el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor

que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la  reverente acogida del

otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir,

que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de

fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de

poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida.

Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una

manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que

eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno,

considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he

comenzado a pensar en la unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he

comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo».

San Gregorio Nacianceno


«Has profesado —no lo olvides— tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive

conforme a lo que has hecho. (…;) Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el

Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en

otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el

Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo».

San Ambrosio


«El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de la misma sustancia y de una inseparable igualdad.

La unidad reside en la esencia, la pluralidad en las personas. El Señor indica abiertamente la

unidad de la divina esencia y la Trinidad de las personas cuando dice: “Bautizadlas en el nombre

del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No dice “en los nombres” sino “en el nombre”, por

donde nos enseña la unidad en la esencia. Pero, a renglón seguido emplea tres nombres, para

enseñarnos que hay tres personas».

San Antonio de Padua (Doctor de la Iglesia)


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


233: Los cristianos son bautizados en «el nombre» del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no

en «los nombres» de éstos, pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo

único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.


El misterio central de la fe


234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es

el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz

que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de

fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por

los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a

los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».


237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en

Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha

dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del

Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio

inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el

envío del Espíritu Santo.


240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto

Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en

relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo,

y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).


242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el

primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo

Dios con Él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó

esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios,

engendrado del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,

engendrado no creado, consubstancial al Padre».


243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu

Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos

y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu

Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.


244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a

los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona,

una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de

Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

Llamados a participar en la vida de Dios, Comunión de Amor


260: «El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta

de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la

Santísima Trinidad: “Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le

amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23)».


1997: «La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la

vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo.

Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la

vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia».


Conclusion


Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»


Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo B – 27 de mayo de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20


¿Cómo es Dios? La Iglesia nos propone, para este Domingo, la contemplación central de la fe: el

misterio trinitario. Misterio que, sin duda, va más allá de nuestras fuerzas humanas, pero al que

podemos acercarnos con humildad para ser iluminados y fortalecidos en nuestra vocación

cristiana. La Primera Lectura del libro del Deuteronomio (Deuteronomio 4, 32 – 34. 39 – 40)

expone la revelación de Dios uno. No hay Dios fuera de Él. Los ídolos de los pueblos

circunvecinos son nada. Por eso, nada más grande que ser fiel a la alianza que ese Dios único ha

pactado con su pueblo.


En la Segunda Lectura (Romanos 8, 14-17), San Pablo se detiene a considerar nuestra condición

de Hijos de Dios, de modo que verdaderamente podemos llamar a Dios de Padre. Así, el Dios

uno, se revela en su Palabra como misericordia, amor, benevolencia ante los hombres. Hemos

recibido el Espíritu de Dios que nos hace realmente «hijos de Dios». Finalmente, en el Evangelio

leemos las palabras de Jesucristo al despedirse definitivamente de sus discípulos. Éstos deberán

bautizar en el nombre de la Trinidad y enseñar todo lo que Cristo, revelación del amor del Padre,

les ha enseñado ( San Mateo 28, 16-20).


«Yahveh es el único Dios…y no hay otro


El libro del Deuteronomio es el último libro del Pentateuco. Literalmente significa «segunda ley»

y es dada en la parte central de este libro (ver Deut 12 – 25, 15). Constituye el llamado «Código

deuteronomista» y está formado por un conjunto de leyes civiles y religiosas. El autor recuerda

las grandes gestas de Israel y exhorta con vehemencia la fidelidad a Yahvé. El primer gran

discurso de Moisés es un resumen de la historia de Israel desde su instancia en el Sinaí hasta su

llegada al Jordán (1-3). El texto de este Domingo insiste particularmente en la elección divina

tomando como tema central el cuidado de Dios para con su pueblo. En retribución de la «tierra

(prometida) que Yahveh tu Dios te da para siempre», Dios exige una fidelidad en «el único Dios

allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra» que se manifiesta en el guardar los preceptos y

los mandamientos.

Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 25 Ee mayo Ee 2018 a las 18:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC-DRVC


DOMINGO DE PENTECOSTÉS


20 - 26 de Mayo del 2018




“Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”


Hech 2, 1-11: “Quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar”

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

—«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra propia lengua?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».


Sal 103,1.24.29-31.34: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”


1Cor 12,3-7.12-13:Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.


Jn 20,19-23: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Reciban el Espíritu Santo”

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en eso entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

—«Paz a ustedes».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».


NOTA IMPORTANTE


La palabra griega pentecostés traducida literalmen te quiere decir: «fiesta del día cincuenta».


Antes de ser una fiesta cristiana era una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también “fiesta de las semanas” o “fiesta de las primicias” (ver Éx 23,16; 34,22), pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha.


Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.


San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.


Análogamente podemos decir que el Don del Espíritu al hombre es “la primicia de la cosecha”, el fruto primero y precioso de la Pascua. Por medio del Espíritu Santo Dios finalmente realiza la promesa de una nueva creación: «os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.» (Ez 36,26) Por el Don del Espíritu el creyente no sólo recibe un nuevo corazón, sino que además «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). De este modo el hombre nuevo, fruto de una nueva creación realizada por el Señor Resucitado, es capaz de amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.


Asimismo, la irrupción del Espíritu Santo en forma de viento y fuego remiten al Sinaí, al momento en que Dios se manifiesta al pueblo de Israel, le concede su Ley y sella su alianza con él (ver Ex 19,3ss). Pentecostés se presenta como un nuevo Sinaí, como la fiesta de un nuevo Pacto, una Alianza que Dios extiende a partir de ese momento a todos los hombres de todos lospueblos y naciones de la tierra. La universalidad de la reconciliación y salvación traída por el Señor Jesús, de la nueva Alianza sellada por Él con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (ver Hech 2,9-11). El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura. Este pueblo es la Iglesia, que es católica (palabra de origen griego, que significa “universal”;) y evangelizadora desde su nacimiento.


Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección (Evangelio). En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos de este modo con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados con la misión específica de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de su obra reconciliadora.


Esta misión la ratificó antes de ascender al Cielo, cuando les dijo a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo» (Mc 16,15) y «hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20).


Para poder llevar a cabo esta misión evangelizadora el Señor, antes de su Ascensión a los Cielos, había dado a los Once instrucciones precisas de esperar en Jerusalén el Don de lo Alto. Les dijo: «Recibirán la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza divina prometida por el Señor los trasformará en valientes y audaces apóstoles, testigos del Señor ante todos los hombres, así como en Maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Los Apóstoles no podrían cumplir con esta misión, que excedía absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, sin esta “fuerza de lo Alto”.


Siguiendo las instrucciones del Señor los Apóstoles permanecieron en el Cenáculo orando en torno a Santa María hasta el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2, 2-4). El Espíritu Santo es, por tanto, el gran protagonista de la evangelización.


Finalmente, si en Babel todos quedaron confundidos y sin poder comprenderse los unos a los otros al empezar a hablar en distintas lenguas (ver Gén 11,1-9), en Pentecostés sucede todo lo contrario: aunque venían de diversos pueblos y hablaban distintos idiomas, de pronto todos eran capaces de comprender a Pedro, porque lo escuchaban hablar cada cual en su propia lengua. El Espíritu Santo ha transformado la confusión en comunión. Él es la Persona divina que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes son tan diversos entre sí (2ª. lectura).


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? Sí, ¡con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!


¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es acaso por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de Amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Ésa es la experiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).


Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.


En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de lenguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con ‘parresía’, con ardor y coraje, la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado cada día en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con sólo tocarlos con esas como “llamas en forma de lenguas de fuego”!


¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con nuevos métodos y medios, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!


En este empeño por evangelizar el mundo entero no olvidemos que no podemos dejar de lado una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón primero, cada día y con ardor incontenible, ¿cómo voy a comunicar ese fuego y encender otros corazones? El primer “campo de apostolado” soy yo mismo, por tanto, ocupémonos seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en nuestros corazones ese fuego que impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la perseverante lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo e implorarle allí que nos renueve y fortalezca interiormente con la fuerza divina de su Espíritu! ¡No dejemos de encontrarnos con Él cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella y dejándonos educar por su ejemplo tengamos siempre las disposiciones interiores necesarias para poder acoger al Espíritu en nosotros!


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Todo creyente recibe el oficio de pregonero, para anunciar la Buena Nueva. Pero, si no predica, ¿no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón el Espíritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido». San Gregorio Magno


«Ahora bien, (los Apóstoles) habiendo recibido el mandato y plenamente ciertos por la resurrección del Señor nuestro Jesucristo y reafirmados en la Palabra de Dios, salieron llenos de la certeza del Espíritu Santo a dar la buena nueva de que el Reino de Dios estaba por llegar. Y así, pregonando el mensaje en comarcas y ciudades, establecieron a los que eran primicias entre ellos, probándolos en el espíritu, como obispos y diáconos de los que habrían de creer». Clemente Romano


«Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros un nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo nuestro Salvador. En efecto, mientras Cristo convivió visiblemente con los suyos, éstos experimentaban —según es mi opinión— su protección continua; mas, cuando llegó el tiempo en que tenía que subir al Padre celestial, entonces fue necesario que siguiera presente, en medio de sus adeptos, por el Espíritu, y que este Espíritu habitara en nuestros corazones, para que nosotros, teniéndolo en nuestro interior, exclamáramos confiadamente: “Padre”, y nos sintiéramos con fuerza para la práctica de las virtudes y, además, poderosos e invencibles frente a las acometidas del demonio y las persecuciones de los hombres, por la posesión del Espíritu, que todo lo puede». San Cirilo de Alejandría


«¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares. Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural. Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, él es quien da, de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad; todo lo llena con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno». San Basilio Magno


EL CATECISMO DE LA IGLESIA


Los Apóstoles perseveraban en la oración junto con Santa María


965: Después de la Ascensión de su Hijo, María «estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones». Reunida con los Apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra».


2617: La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.


726: Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la «Mujer», nueva Eva «madre de los vivientes», Madre del «Cristo total». Así es como ella está presente con los Doce, que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu» (Hch 1,14), en el amanecer de los «últimos tiempos» que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.


El día de Pentecostés


731: El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.


767: «Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia» (LG 4). Es entonces cuando «la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación» (AG 4). Como ella es «convocatoria» de salvación para todos los hombres, la Iglesia es, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (ver Mt 28,19-20; AG 2,5-6).


2625: El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, «reunidos en un mismo lugar» (Hech 2,1), que lo esperaban «perseverando en la oración con un mismo espíritu» (Hech 1,14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (ver Lc 24,27.44), será también quien la instruya en la vida de oración.


El Espíritu Santo bajó en forma de lenguas de fuego


696: El fuego. […] el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que «surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha» (Si 48,1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo, figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, «que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17), anuncia a Cristo como el que «bautizará en el Espíritu Santo y el fuego» (Lc 3,16), Espíritu del cual Jesús dirá: «He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!» (Lc 12,49). En forma de lenguas «como defuego» se posó el Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hech 2,3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo. «No extingáis el Espíritu» (1Tes 5,19).


El Espíritu Santo comunicado a toda la Iglesia


1286: En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida» (Jn 3,34).


1287: Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera mas manifiesta el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar «las maravillas de Dios» (Hech 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo.


1288: «Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (Heb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (S.S. Pablo VI)


CONCLUSION


«Recibid el Espíritu Santo»


14 mayo, 2018Rafael de la Piedra Meditaciones Bíblicas, Noticias Destacadas


Domingo de Pentecostés. Ciclo B – 20 de mayo de 2018


Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20, 19- 23


El Espíritu Santo que el Señor había prometido a sus apóstoles, se derrama hoy abundantemente sobre ellos y los llena de un santo celo para anunciar la «Buena Noticia» de la Resurrección del Señor. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra el acontecimiento de Pentecostés. Los discípulos reunidos en oración con María, son iluminados por la acción del Espíritu Santificador e inician sin temor y con «parresia» su actividad evangelizadora (Hechos de los apóstoles 2, 1-11). San Pablo, en la primera carta a los Corintios, subraya que sólo gracias a la acción del Espíritu Santo podemos llamar a Cristo, el Señor; es decir proclamar su divinidad (primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13). El Evangelio (San Juan 20, 19- 23) nos presenta a Jesús Resucitado que confiere a sus apóstoles poder para perdonar los pecados por la recepción del Espíritu Santo. En la predicación, en la proclamación de la fe, en la administración de los sacramentos; es el Espíritu Santo quien obra y da fuerzas a los apóstoles.


La promesa del Padre…


El relato de lo que ocurrió el día de Pentecostés está en el segundo capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, que es la primera lectura obligada de la liturgia de este día. Poco antes de ascender a los cielos el Señor Jesús les dijo a sus discípulos: «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre» (Hch 1,4). Sin duda los discípulos se deben de haberse preguntado: ¿de qué promesa está hablando? Jesús les dice: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1), Luego ascendió a los cielos. Después de esta precisa instrucción nadie se atrevió de moverse de Jerusalén. La «promesa del Padre» habría de ser un don invalorable que nadie quería dejar de recibir. Así los apóstoles, volviendo de la Ascensión, subieron a la instancia superior, donde vivían y se pusieron a esperar. Allí estaba toda la Iglesia fundada por Jesús alrededor de la Madre. Pero no se puede decir que estaba pasiva, ya que «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14).


GLORIA A DIOS



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