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Señor, socórreme

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 20 Ee agosto Ee 2017 a las 0:20 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC



20-26 de Agosto del 2017


“¡Señor, socórreme!”


Así dice el Señor:


— «Observen el derecho, practiquen la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria.

A los extranjeros que se han unido al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».


Sal 66, 2-8: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”


El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.


Rom 11, 13-15.29-32: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel”


Hermanos:

Me dirijo ahora, a ustedes que son de origen pagano.

Precisamente porque soy apóstol de los paganos, trataré de honrar este ministerio mío, a ver si provoco celos en los de mi raza y logro salvar a alguno de ellos

Si su rechazo ha significado la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión sino un volver de la muerte a la vida?

Pues los dones y la llamada de Dios son para siempre.

Ustedes, en otro tiempo, eran rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, los judíos, ustedes han obtenido misericordia.

Así también ellos ahora son rebeldes, debido a la misericordia que Dios ha concedido a ustedes para que también ellos alcancen misericordia.

En efecto, Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia.


Mt 15, 21-28: “Mujer, qué grande es tu fe”


En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, procedente de aquellos lugares, se puso a gritarle:

— «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

— «Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

— «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió:

— «Señor, socórreme».

Él le contestó:

— «No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

Pero ella replicó:

— «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos»

Jesús le respondió 

— «Mujer, grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.



NOTA IMPORTANTE


En el Evangelio de este Domingo vemos al Señor en la región de Tiro y Sidón. Se había “retirado” allí. Tiro y Sidón eran ciudades ubicadas en la costa del mar Mediterráneo, al norte de Israel, es decir, fuera de Israel. Eran ciudades paganas, y en la tradición bíblica estas dos ciudades eran presentadas frecuentemente como símbolo de los pueblos paganos (ver Is 23,2.4.12; Jer 47,4).


Cuando está por aquellas tierras paganas, se le acerca «una mujer cananea, procedente de aquellos lugares». El gentilicio “cananea” evoca las antiguas rivalidades de Israel con los pueblos vecinos de Canaán. Los cananeos eran paganos, y los paganos eran llamados por los judíos “perros” (ver Sal 22[21],17.21).


De pronto una mujer pagana, a pesar del desprecio por parte de los judíos que la consideraban como una “perra”, tiene la gran osadía de dirigirse al Señor para gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Tengamos en cuenta que para aquel momento ya la fama del Señor había trascendido los límites de Israel, llegando «a toda Siria» (Mt 4,24), extensión geográfica al norte de Israel de la que provenía justamente esta mujer (ver Mc 7,26).


La mujer califica a Jesús de “Señor”, así como también de “Hijo de David”. “Hijo de David” le gritarán también dos ciegos que le piden poder ver (Mt 9,27; 20,30) así como la multitud que lo aclama cuando entra triunfal en Jerusalén: «¡Hosanna al hijo de David!» (Mt 21,9.15). Se consideraba que el Cristo sería “hijo de David”, es decir, su descendiente (ver Mt 22,42). Llamándolo así esta mujer pagana reconoce en Jesús al Cristo, el Mesías prometido por Dios a Israel.


A pesar de los gritos de la mujer que le suplica piedad, el Señor sigue su marcha. Nada responde. Y aunque no le hace caso, la mujer no desiste. Al contrario, insiste en sus gritos y súplicas. No le importa el “qué dirán”, lo “políticamente correcto”. Por encima de todo está el amor a su hija, su dolor al verla sufrir, su deseo intenso de verla sana y recuperada, y por supuesto, la confianza de que este enviado divino tiene el poder para curarla. Es así que superando toda vergüenza sigue al Señor sin dejar de suplicar, sin desalentarse, sin cansarse, hasta el punto de que los discípulos, al verse importunados por sus incesantes súplicas, interceden por ella ante el Señor: «Atiéndela, que viene detrás gritando».


La respuesta del Señor a sus discípulos contiene la razón por la que no ha hecho caso ni piensa hacer caso a esta mujer: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». La mujer en vez de marcharse ha apresurado el paso y, alcanzándolos, se postra ante el Señor suplicándole nuevamente que la ayude. El Señor le responde: «No está bien echar a los perritos el pan de los hijos». Con “el pan de los hijos” el Señor se refiere al don del Reino de Dios y de su salvación, reservado a los israelitas. Mas es oportuno notar que en sus palabras el Señor atenúa la dureza judía en la forma de dirigirse a esta mujer pagana, al referirse a los paganos no con el término “perros” (como aparece en la versión litúrgica que empleamos) sino “perritos”, “cachorritos” (según el original griego). Usando el diminutivo parece querer diluir todo lo que en el epíteto “perros” hay de peyorativo.


Admirable es la respuesta de la mujer: «también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». La mujer cananea reconoce y acepta con humildad que Israel es el único destinatario de los bienes mesiánicos, pero en su condición de pagana pide al menos beneficiarse de las “migajas” de esos bienes.


Si el Domingo pasado el Señor hacía notar su falta de fe a Pedro, en esta ocasión el Señor alaba la fe de esta mujer pagana. Por su humildad abre para ella y para su hija las fuentes de la salvación. A causa de su fe en el Hijo de David, alcanza lo que pide con terca insistencia: la curación de su hija.


El Señor Jesús, mientras peregrinó en nuestro suelo, se mantuvo fiel al encargo recibido del Padre: dirigirse sólo a las ovejas descarriadas de Israel. Mas dentro de los designios divinos estaba también que una vez ascendido el Señor a los cielos sus discípulos anunciasen el Evangelio y comunicasen la vida nueva por Él traída a todos los seres humanos, sin distinción alguna: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20). La mujer cananea aparece como una primicia de la misión apostólica extendida a los paganos, inaugurada luego de la Resurrección y entronización de Jesucristo como Señor (ver Mt 28,18-19). Por su fe ella llega a hacerse partícipe anticipadamente del don de la Reconciliación ofrecido por el Señor Jesús a toda la humanidad.


LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA


Decía San Bernardo: «Cada vez que hablo de la oración, me parece escuchar dentro de vuestro corazón ciertas reflexiones humanas que he escuchado a menudo, incluso en mi propio corazón. Siendo así que nunca cesamos de orar ¿cómo es que tan raramente nos parece experimentar el fruto de la oración? Tenemos la impresión de que salimos de la oración igual que hemos entrado, nadie nos responde una palabra, ni nos da lo que sea, tenemos la sensación de haber trabajado en vano».


Cuántas veces, cuando no sentimos nada en la oración, cuando por algún tiempo todo es sequedad, llegamos a cuestionarnos: “¿Es acaso nuestra oración únicamente un monólogo infructuoso y una pérdida de tiempo? ¿Verdaderamente Dios me escucha? Me experimento como hablándole a una pared… si existe, ¿por qué no me habla?” Tanta llega a ser nuestra duda y desconfianza que en ocasiones le pedimos “signos” a Dios: “Si me escuchas, si verdaderamente estás allí, ¡entonces manifiéstate de este o de tal otro modo!”


Quizá en un momento de nuestra vida, luego de una experiencia intensa de encuentro con el Señor, rezábamos con intensidad. Pasaron los días, la emoción primera se fue diluyendo, perdimos la constancia en la oración, dejamos de buscar y de meditar su palabra como antes, vinieron las pruebas, las dificultades, algunas caídas que me hicieron sentir indigno de acercarme al Señor y me alejé por un tiempo, quizá luego hice el esfuerzo de retomar nuevamente la oración hasta que vino la gran tentación de abandonarla totalmente: “¿Para qué seguir rezando, si ya no siento nada, si el Señor no me habla?”.


La sensación de ser desoídos en la oración se hace más intensa cuando, como en el caso de aquella cananea, en medio de una situación angustiante le suplicamos al Señor que nos conceda un favor urgente o un milagro: la curación de un cáncer o de una enfermedad difícil de sobrellevar, la salvación de un familiar que ha sufrido un terrible accidente y se encuentra al borde de la muerte, el éxito en esta o tal otra empresa, conseguir un empleo que me permita sostener a mi familia, encontrar un novio cuando los años se me van pasando, etc. En fin, tantas son las súplicas cuantas son nuestras necesidades, algunas muy triviales, otras de mucho peso y urgencia. Entonces, cuando no experimentamos una pronta respuesta a nuestras súplicas, es cuando se alzan nuevamente las dudas y cuestionamientos, más intensos y no pocas veces cargados de una caprichosa rebeldía: “¿Dónde estás, Dios mío? ¿Por qué no me oyes? ¿Por qué callas? ¿Por qué no actúas?”


La actitud de aquella mujer cananea, alabada por el Señor, se constituye en modelo de la oración para el creyente. Comenta San Jerónimo: «Son ensalzadas la fe, la humildad y la paciencia admirables de esta mujer. La fe, porque creía que el Señor podía curar a su hija. La paciencia, porque cuantas veces era despreciada, otras tantas persevera en sus súplicas. La humildad, porque no se compara ella sólo a los perros, sino a los cachorrillos».


Nuestra oración debe estar nutrida de fe en el Señor, de confianza plena, radical y total en Él. Ha de proceder de un corazón humilde, que no busca imponer caprichosamente a Dios su propio parecer o exigencias, sino que sabe reconocerse pequeño ante Él, indigno incluso de recibir su favor, pero que desde esa humildad confía también en su misericordia y amor. Ha de ser paciente, perseverante en el tiempo, sin ceder al desánimo o a la tentación de pensar que Dios no escucha el grito suplicante cuando no hace lo que yo quiero, según mis modos y en el momento que yo creo oportuno


Ante el silencio de Dios y su aparente indiferencia a nuestras súplicas recomendaba San Agustín: «si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”».


También San Bernardo alentaba de este modo a quien se pudiese sentir desanimado o desalentado cuando no es atendido como él quisiera en lo que pide: «Hermanos, ¡que ninguno de vosotros tenga en poco su oración! Porque, os lo aseguro, Aquel a quien ella se dirige, no la tiene en poca cosa; incluso antes de que ella haya salido de vuestra boca, Él la ha escrito en su libro. Sin la menor duda podemos estar seguros de que Dios nos concede lo que pedimos, aunque sea dándonos algo que Él sabe ser mucho más ventajoso para nosotros». Y aunque nos duela, hay que decir que a veces eso “más ventajoso” es la cruz, fuente de enorme bendición y fecundidad para aquel o aquella que sabe abrazarse a ella y asumirla en su vida con entereza, con valor, con generosidad y paciencia, con visión sobrenatural, con los ojos puestos en el Señor, con la confianza y esperanza de que Dios sabe sacar bienes innumerables de los peores males, de que Dios sabe forjar los corazones y sacar de ellos el amor mayor en las pruebas más difíciles. Es cuando la cruz aparece en nuestro horizonte cuando, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús, hemos de insistir en la oración y pedir a Dios que nos dé la fe, la gracia, la fortaleza, la firmeza, para saber asumir esa cruz en nuestra vida y hacer de ella una fuente de purificación y maduración espiritual para nosotros mismos, así como una fuente de vida y bendición para muchos otros.


LOS PADRES DE LA IGLESIA


«Los discípulos, que aún no sabían en ese tiempo los misterios de Dios, rogaban por la mujer cananea, o bien movidos a compasión, o bien porque deseaban librarse de su importunidad».


San Jerónimo


«¡Mirad la sabiduría de la mujer! No se atrevió a contradecir, ni se entristeció por las alabanzas de los otros, ni se abatió por las cosas sensibles que la echaron en cara. Por eso sigue: “Mas ella dijo: Es verdad, Señor; pero también los perros comen de las migajas que caen de las mesas de sus señores, etc.”. Había dicho Él: “No es bien” y ésta dijo: “Así es, Señor”. Él llama hijos a los judíos y ella, señores. Él llamó perro a esta mujer y ella añadió la cualidad de los perros, como si dijera: si soy perro, no soy extraña; me llamas perro, aliméntame tú como a un perro. Yo no puedo abandonar la mesa de mi Señor».


San Juan Crisóstomo


«Son ensalzadas la fe, la humildad y la paciencia admirables de esta mujer. La fe, porque creía que el Señor podía curar a su hija. La paciencia, porque cuantas veces era despreciada, otras tantas persevera en sus súplicas. La humildad, porque no se compara ella sólo a los perros, sino a los cachorrillos. Sé —dice— que no me merezco el pan de los hijos, ni puedo tomar sus alimentos enteros, ni sentarme a la mesa con el Padre; pero me contento con lo que da a los cachorrillos, a fin de llegar, mediante mi humildad, hasta la mesa donde se sirve el pan entero».


San Jerónimo


«Una mujer cananea se acerca a Jesús suplicándole a grandes gritos que curase a su hija, poseída de un demonio... Esta mujer, una extranjera, una bárbara, sin relación alguna con el pueblo judío ¿no era como una perra, indigna de alcanzar lo que ella pedía? “No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos”. Sin embargo, la perseverancia de la mujer le ha valido ser escuchada. Aquella, que no era sino una perrilla, Jesús la levanta a la nobleza de los hijos de la casa. Más aún, la colma de alabanzas. Le dice al despedirla: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides”. Cuando se oye a Cristo decir: “Tu fe es grande” no hace falta buscar otras pruebas para ver la grandeza de alma de esta mujer. Ha salido de su indignidad por la perseverancia en la petición».

San Juan Crisóstomo



EL CATECISMO DE LA IGLESIA

“¡Señor!”

446: En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés, YHWH, es traducido por «Kyrios» [«Señor»]. Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios.


448: Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7).

La insistencia en la oración de fe


2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, «todo es posible para quien cree» (Mc 9, 23), con una fe «que no duda» (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la «falta de fe» de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la «poca fe» de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la «gran fe» del centurión romano y de la cananea.


2611: La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7, 21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino.

El mandato misionero


849: «La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres»: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).


851: El motivo de la misión. Del amor de Dios por todos los hombres la Iglesia ha sacado en todo tiempo la obligación y la fuerza de su impulso misionero: «porque el amor de Cristo nos apremia...» (2 Cor 5, 14). En efecto, «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera.


CONCLUSION


«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas»


La Primera Lectura ( Isaías 56, 1. 6-7) expone la situación de los judíos deportados que después de haber convivido con pueblos paganos en el destierro babilónico – desde el 587 al 538 A.C. – vuelven a la Tierra Prometida y se encuentran que ya está habitada. En el exilio una de las más grandes exigencias fue la fidelidad a Dios y a su Alianza. Permaneciendo unidos alrededor de los profetas, sacerdotes y escribas; pero sin culto, sacrificio ni Templo; anhelaban siempre el retorno a Jerusalén. Pero ahora ven que tienen que convivir con los «pueblos extranjeros». Esto les obligará a pensar y a tomar una nueva actitud. También vamos a ver la misma temática en la Carta a Los Romanos (Romanos 11,13-15. 29-32) donde San Pablo, «Apóstol de los gentiles», no hará distinción entre judíos y gentiles.


Finalmente en el Evangelio de San Mateo (San Mateo 15, 21-28; Jesucristo realizará el milagro a la mujer cananea – considerada pagana – dejando sentado que si bien su misión es salvar a «las ovejas perdidas de Israel»; dejará en claro que su mensaje es universal. Esto lo irá revelando poco a poco a sus Apóstoles hasta claramente hacerlo explícito durante su Ascensión a los Cielos (ver Mt 28, 19-20).


La reconciliación a todos los pueblos


Esta parte final del libro de Isaías, considerada del «trito-Isaías», es decir del tercer Isaías; es anterior al fin del Destierro y coetánea a la reconstrucción del Templo hacia el año 520 A.C. En la lectura del capítulo 56 leemos una afirmación sorprendente: «porque mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).


Jesús mismo citará este versículo en circunstancias graves de su vida (ver Mt 21,13) y anunciará dos novedades: la primera es que la oración se impone sobre el sacrificio aun en el Templo – estamos hablando del contexto sacrificial del Antiguo Testamento -; y por otro lado se invita a todos los pueblos a la «Casa de oración». En otros pasajes vemos como Jesús dirá que su sangre (Jn 11, 51-52) ha derribado el muro que separaba a los judíos de los paganos (Ef 2,14), de modo que todos puede hacerse hijos de Abraham (Rm 4, 16). Esto lo vemos ejemplificado en el bautismo del centurión romano Cornelio de manos de San Pedro en la ciudad de Joppe (Hch 10).


Podemos entonces afirmar que la «caída» de Israel – es decir el no haber aceptado y reconocido a Jesús como el Mesías – se constituye el medio por el cual se hará factible que el mensaje reconciliador de Jesucristo llegue a todos los hombres (ver Rm 11, 11- 16). Por otro lado San Pablo nos señala que para los cristianos tampoco debe de existir la distinción entre judío y gentil; entre libre y esclavo, sino todos somos uno en la fe la cual obra por amor (Gal 5,6).


La región de Tiro y Sidón


El Evangelio nos narra un hecho que ocurre fuera de los confines de Israel. Es necesario tener en cuenta esta circunstancia para comprender lo ocurrido. En efecto, comienza informando: «Jesús se dirigió a las regiones de Tiro y Sidón ». Estas ciudades están ubicadas en la costa del mar Mediterráneo, al norte de Israel (Líbano en la actualidad). Es la única vez que vemos a Jesús salir del territorio de Israel (aparte de la huida a Egipto con sus padres, cuando era niño pequeño, para escapar de las manos de Herodes el Grande). Jesús es el Salvador del género humano; pero debía realizar esta misión siendo el Mesías prometido a Israel.


Una mujer cananea


«Entonces una mujer cananea de esas partes, se puso a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija es cruelmente atormentada por un demonio». El gentilicio «cananea», que se atribuye a la mujer es único en el Evangelio. En efecto, éste es un nombre arcaico que designa al principal de los pueblos que habitaban la Palestina y que Israel tuvo que exterminar para no contaminarse con sus cultos idolátricos. Más pagana no podía ser la mujer. En el Evangelio de San Marcos, escrito para un público menos sensible a la historia de Israel, la mujer es descrita como «de origen siro-fenicia» (Mc 7,24). En todo caso, no es del pueblo de Israel.


Su grito expresa total confianza; en griego, que es la lengua original del Evangelio, ese grito reproduce la misma súplica que nosotros dirigimos a Dios en el acto penitencial de la Misa: «Kyrie eleison» – «Señor ten piedad». Pero ella agrega: «Hijo de David». Y este modo de referirse a Jesús es un claro reconocimiento de que él es el Cristo, el Mesías esperado por Israel. Es el mismo grito que le dirigen los dos ciegos: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27; 20,30). Es la aclamación de la multitud y de los niños cuando Jesús entró en Jerusalén: «Hosanna al hijo de David» (Mt 21,9.15). El mismo Jesús en cierta ocasión pregunta a los fariseos: «¿Qué pensáis del Cristo, de quién es hijo?. Le respondieron: De David» (Mt 22,42). Es claro que, llamándole así, la mujer cananea hace una profesión de su fe en la identidad de Jesús


La indiferencia de Jesús


¿Cómo se explica la actitud de indiferencia que mantiene Jesús? «Él no le respondió palabra». Fue necesario que intercedieran los apóstoles. Y lo hacen, no por interés en la mujer, sino para sacársela de encima: «Escúchala, que viene detrás gritando».


Entonces Jesús mismo explica el motivo de su silencio: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Esto explica por qué Jesús se restringió a Israel y por qué allí des¬plegó su obra y todos sus milagros, salvo el que se relata aquí, obviamente. Pero a sus discípulos los formó para una misión universal, a la cual los envió antes de ascender al cielo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El motivo que Jesús da a sus discípulos para evitar hablar con la mujer cananea, le debió parecer a ella un argumento “teológico” incomprensible; y por eso insiste: «¡Señor, socórreme!». Entonces Jesús se dirige a ella y le da una razón más a su alcance: «No está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perritos».


Los judíos se referían a los paganos llamándoles «perros». Jesús se acomoda a este uso, pero lo hace de modo más afectuoso y dice el diminutivo «perritos», en atención a que la mujer había expresado admiración y absoluta confianza en Él. La mujer reacciona con prontitud y su respuesta cautiva a Jesús, que ya no se puede negar a concederle todo lo que pide: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella no discute que, siendo pagana, merece el apelativo «perritos» y que los judíos son «señores», pues de ellos viene el Mesías, el «hijo de David»; pero esto no impide que la acción del Mesías alcance a todos, incluso a los perritos, aunque sea en forma de migajas.


Jesús quedó admirado. Pocas veces expresa semejante admiración. Dice a la mujer: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te ocurra como deseas». El Evangelio agrega el desenace: «Desde aquella hora su hija quedó curada». La mujer obtuvo lo que deseaba porque demostró una fe imbatible en el poder de Jesús. Es la condición necesaria para obtener cualquier gracia de Dios. Aquí vemos en acción la declaración de Cristo: «Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Desplázate de aquí allá’, y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20). La mujer cananea tenía fe más grande que un grano de mostaza.


Ella mereció que Jesús exclamara: «¡Grande es tu fe!». Pero ella tiene otra lección que darnos. Ella no sólo demuestra fe, sino también una inmensa humildad y una confianza absoluta en la bondad de Jesús. Aunque Él le demostraba indiferencia y severidad, ella seguía insistiendo segura de que no sería rechazada. Podemos decir que ella – en ese momento – demostraba conocer el Corazón de Jesús más que sus mismos discípulos.

GLORIA A DIOS!

Por que dudaste...

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 10 Ee agosto Ee 2017 a las 11:05 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC


13-19 de Agosto del 2017

Tema.“¿Por qué dudaste?”

1Re 19, 9.11-13: “Ponte de pie en el monte ante el Señor”

En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo:

— «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!».

Vino un huracán tan violento que hacía temblar las montañas y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.

Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se quedó de pie a la entrada de la cueva.

Sal 84, 9-13: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Voy a escuchar lo que dice el Señor: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

Rom 9, 1-5: “El Mesías está por encima de todo”

Hermanos:

Les hablo con toda verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un excluido de la compañía de Cristo.

Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la Ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

Mt 14,22-33: “Mándame ir hacia ti andando sobre el agua”

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús ordenó a sus discípulos que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente.

Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.

Jesús les dijo en seguida:

— «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pedro le contestó:

— «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Él le dijo:

— «Ven».

Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

— «Señor, sálvame».

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

— «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento. Los de la barca se postraron ante Él, diciendo:

— «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

NOTA IMPORTANTE

Aquella tarde el Señor Jesús había realizado un signo asombroso al multiplicar cinco panes y dos peces para dar de comer a miles. Este signo había encendido los entusiasmos mesiánicos de la multitud, tanto que se proponían hacerle rey (ver Jn 6,14-15). ¿Acaso no serían sus mismos Apóstoles, testigos privilegiados de aquel milagro asombroso, los primeros en experimentar un intenso entusiasmo? ¿Cuál no sería su asombro, luego de este espectacular signo realizado, signo que confirmaba a todas luces que Él era el Mesías esperado? Con la multitud enfervorizada, luego de correrse la noticia como reguero de pólvora, es de suponer que el Señor Jesús quisiese en primer lugar asegurar a sus discípulos obligándoles a subir a las barcas para ir delante de Él a Cafarnaum y quedar Él solo con la multitud para “despedir” a la gente, para calmar a la multitud enfervorizada. En efecto, podemos suponer que ante el alboroto suscitado el Señor con todo el peso de su autoridad obligó (que eso significa el verbo utilizado por el evangelista: enagkrasen) a sus Apóstoles a separarse de la multitud y marchar en la barca «a la otra orilla».

Luego de obligar a sus Apóstoles a apartarse del lugar de la escena el Señor Jesús «despide» a la gente. El mismo verbo griego que se traduce por “despedir”, apolysas, lo utiliza Mateo también cuando habla de «cualquiera que despide a su mujer» (Mt 5,31; 19,9), en otras palabras, cuando “se divorcia” de ella. No necesariamente es, pues, un despedirse de buenas maneras, ni en buenos términos, sino que entraña más una separación forzosa que implica un rechazo, un firme y decidido “no” a los excitados mesianistas políticos que quieren proclamarlo rey (ver Mt 16,23).

Al caer la noche el Señor sube a solas al monte a orar. Era usual que el Señor Jesús se retirase a orar de noche, y ya en otras ocasiones el Señor había elegido un monte como lugar de oración (ver Lc 6,12; 9,28). El monte era el lugar típico en el que Dios se manifestaba a sus elegidos, como es el caso del profeta Elías (ver 1ª. lectura) o de Moisés. También el Hijo de Dios se dirige a la montaña para el diálogo íntimo con su Padre.

El Señor es un hombre de oración. Y si bien dedicaba largas horas a los momentos fuertes de oración, su oración no se interrumpía pasados esos momentos: su oración se prolongaba en la medida en que permanecía siempre en presencia de su Padre, en sintonía y profunda comunión con Él. Toda su acción era sin duda una oración incesante, un acto de alabanza ininterrumpido al Padre, en la medida en que no buscaba sino llevar a cabo su obra, cumplir fielmente sus designios reconciliadores (ver Jn 4,32).

Mientras Él rezaba, la barca con los discípulos avanzaba con dificultad en el Mar de Galilea. Aquella noche el viento era fuerte y las aguas estaban agitadas. Relata G. Ricciotti que «ya entrada la primavera, es frecuente en el lago de Tiberiades que, después de un día caluroso y sereno, hacia el declinar del sol, sobrevenga desde las montañas dominantes un viento frío y fuerte en dirección sur, viento que continúa y crece más cada vez hasta la mañana, haciendo la navegación bastante difícil».

Ya de madrugada, cuando la luz empezaba a disipar las tinieblas, una figura humana se acerca a ellos caminando sobre el mar. Los discípulos «se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma». ¿Quién en su sano juicio podría pensar que era un hombre de carne y hueso quien se acercaba caminando tranquilamente sobre las aguas? Los seres humanos, los vivos, no caminan sobre las aguas. Es comprensible que pensaran que se trataba de un fantasma, considerando además que este tipo de creencias, como en nuestros días, también eran comunes entre las gentes de entonces.

En la concepción judía de aquella época las aguas eran consideradas como el dominio de la muerte, símbolo de inestabilidad. Dios es reconocido como dueño de los cielos, aquel que «anda sobre las olas del mar» (Job 9,8). Asimismo, para la mentalidad oriental y judía, caminar sobre algo (un país, por ejemplo) o pisarlo significaba ejercer pleno dominio sobre ello. Al caminar sobre las aguas el Señor Jesús expresaba claramente su señorío y soberanía sobre el mar, símbolo del caos y del dominio de la muerte. En clave religiosa, este hecho era una afirmación de su divinidad, otra manera de decir que Él es verdaderamente Dios.

A los asustados discípulos el Señor les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». La expresión griega ego eimí, que en esta versión litúrgica se traduce por “soy yo”, debe entenderse más bien como un “Yo soy”. Al decir “Yo soy” se identifica no sólo como Jesús, sino que de este modo, como dice San Jerónimo, «podían conocer [los discípulos] que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos: “Dirás esto a los hijos de Israel: Yo soy me ha mandado a ustedes” (Ex 3,14)». La expresión del Señor Jesús puede entenderse entonces como un “no teman, soy Jesús, tengan confianza en mí, porque Yo soy Dios que está con ustedes”.

A esto Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Las palabras de Pedro traducidas como «si eres tú», en griego ei su ei, no tienen un sentido condicional, como quien pone en duda que se trate verdaderamente del Señor Jesús y por ello exige una demostración. En caso de duda, ¿quién en su sano juicio pediría poder caminar sobre el agua como señal de que verdaderamente es quien dice ser? Las palabras de Pedro, en el original griego, expresan en cambio absoluta certeza. El sentido de sus palabras es este: «ya que eres tú, puesto que eres tú, mándame ir hacia ti». Pedro no pide una señal que demuestre que Jesús es verdaderamente quien dice ser, sino que pide ir hacia Él. ¿Le atrae acaso un deseo de participar de su poder, de su señorío sobre el dominio de la muerte y los elementos del caos?

Invitado por el Señor, Pedro se puso a andar sobre las aguas. Mas al sentir la fuerza del viento se llenó de miedo y empezó a hundirse. En su angustia gritó al Señor para que lo salve. Él «extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”».

El Señor relaciona el hundimiento de Pedro con un momento de duda, de poca fe y confianza en Él. Al experimentar el ímpetu de las olas y la fuerza del viento, Pedro se deja vencer por el miedo que lo lleva a desconfiar en el Señor. Entonces, de un momento para otro, todo lo que era firme y sólido bajo sus pies deja de serlo, la seguridad que se tenía desaparece para dar paso a una experiencia de total inseguridad y “hundimiento”, de no tener dónde afirmarse, de ahogarse en medio de las aguas turbulentas. Para Pedro, llamado a hallar su consistencia en el Señor Jesús, esta duda significa hundirse en las profundidades del mar, de la muerte, a menos que acuda nuevamente al Señor implorando humildemente su auxilio. Sólo la fe y confianza en Dios le devuelven la solidez y consistencia.

Luego de rescatar el Señor a Pedro, «en cuanto subieron a la barca, se calmó el viento». Se trata de una nueva manifestación del señorío del Señor Jesús sobre las fuerzas de la naturaleza. Él somete los elementos del caos como el viento fuerte y el mar agitado.

Ante tantos signos realizados por el Señor, sobre todo por aquellos que manifestaban un dominio total sobre la naturaleza, «los de la barca se postraron ante Él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”». La acción de arrodillarse ante el Señor unida a la confesión “tú eres el Hijo de Dios” obedece indudablemente a que ven en Jesús un poder omnipotente y divino. Más que mostrar un profundo respeto a quien se reconoce como Mesías, se trata de una confesión de su divinidad.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Nuestra vida es como una pequeña barca en medio de la inmensidad del mar, pequeña, frágil, zarandeada a veces por fuertes vientos y tempestades, las pruebas de la vida que nos hacen percibir nuestra inconsistencia. Sin embargo, como no nos gusta sentirnos ni mostrarnos frágiles, y porque tenemos una como “necesidad de seguridad”, hacemos todo lo posible para olvidar esa realidad, aprendemos a ser autosuficientes y a manejarnos en la vida de tal manera que tengamos todo bajo control. Incluso llegamos a manipular situaciones y/o personas para que todo salga “como yo lo he planeado”. Así nos sentimos seguros, tranquilos, dueños de los diversos acontecimientos de la vida.

¿Y cuando las cosas escapan de mi control? ¿Cuando las cosas no suceden como yo esperaba? ¿Cuando inesperadamente muere un ser querido? ¿Cuando fracasa mi negocio o mi matrimonio? ¿Cuando tenía mis planes hechos y percibo el llamado del Señor que cambia todos mis planes? ¿Cuando me toca una durísima prueba? Entonces parece que el suelo bajo nuestros pies se abre, parece que caemos al vacío, el miedo nos invade, queremos pisar firme y no encontramos dónde. ¡Cuánta inseguridad y miedo experimentamos en esos momentos! Y aunque nos esforcemos en demostrar que todo está bien, que somos fuertes, inquebrantables, interiormente sentimos que todo se desmorona.

Es cuando experimentamos las dificultades, la inseguridad, la fragilidad, cuando debemos aprender a mantenernos firmes en la fe. Es entonces cuando hemos de decirle al Señor: “¡Ya que eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”! Que pueda yo también caminar sobre el mar embravecido de las pruebas que experimento en mi vida. Que pueda, apoyado en ti, sostenido por tu fuerza, caminar con firmeza en medio de todo lo inseguro, de todo lo inestable. Que pueda, hasta llegar a ti definitivamente, afrontar con confianza y sin miedo los vientos más fuertes y las olas más encrespadas de esta vida! Señor, ¡hazme firme en la fe, para que en ti encuentre siempre la seguridad y firmeza que tanto necesito!

En los momentos más difíciles de tu vida, eleva tu mirada al Señor, busca en Él tu fortaleza. Implora el auxilio divino, suplica a tu Padre que te libre de la prueba, pero añade siempre a tu súplica esta otra: «pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Así, manifestando tu disposición a abrazarte firmemente a la Cruz, serás fiel discípulo de Cristo. Recuerda que el Señor Jesús, en la oración insistente, encontró la fuerza para abrazarse a la Cruz con valentía y serenidad.

Y si no sabes cómo rezar en esos momentos, recuerda que los Salmos son escuela de oración. En ellos aprendemos a rezar como Dios mismo ha querido que recemos, y es que Dios ha inspirado estas bellas poesías-oraciones para enseñarnos a dirigirnos a Él en las diversas circunstancias de nuestra vida. María y Jesús también aprendieron a rezar con los Salmos. El Señor incluso en medio del tormento de la Cruz rezaba con el salmista: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Sal 22[21],2ss), y también: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46; Sal 31[30],6). Ambos salmos manifiestan en medio de la prueba una profunda confianza en Dios. Así tú también, cuando pases por momentos de prueba y tribulación, cuando te experimentes frágil y débil, pon las palabras del salmista en tu mente y en tu corazón, recitándolos incesantemente con tus labios. (ver Sal 18[17],3-7.32.47; 19[18],15; 27[26],5; 31[30],3-4; 40[39],3; 61[60], 3; 62[61], 3; 7-8; 71[70],3; 94[93],22)

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Cuando dice: “Yo soy”, no añade quién es Él; ya porque por el timbre de la voz tan conocida a ellos, podían comprender quién les hablaba en medio de las tinieblas de una noche tan oscura; o ya porque podían conocer que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos (Ex 3,14): “Dirás esto a los hijos de Israel: Yo soy, me ha mandado a vosotros”. Pedro dio pruebas en todas las ocasiones de una fe grandísima y con esta fe tan ardiente, creyó (mientras los demás se callaban) que con el poder de su Maestro podría hacer lo que no podía con sus fuerzas naturales».

San Jerónimo

«Es evidente que en el milagro de andar sobre las aguas, se ve el dominio del Señor sobre el mar».

San Juan Crisóstomo

«Pedro puso, desde luego, su esperanza en el Señor y todo lo pudo por el Señor. Como hombre tuvo miedo, pero se volvió al Señor. Por eso sigue: “Y como empezase a hundirse, dio voces.” ¿Y podía acaso el Señor abandonar al que zozobraba, oyendo sus súplicas?».

San Agustín

«No mandó el Señor a los vientos que se calmasen, sino que extendió su mano y asió a Pedro, porque era necesario que tuviese fe. Porque cuando nos falta a nosotros lo que es propiamente nuestro, lo que es de Dios jamás falta y para manifestarle que no era el furor del viento sino su poca fe lo que le hacía temer por su vida, le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” Palabras que dan a entender que, si hubiera tenido mucha fe, no hubiera temido que el viento lo dañase».

San Juan Crisóstomo

«Ved cómo el Señor va enseñando poco a poco a todos hasta en las cosas más elevadas. Antes reprende al mar y ahora demuestra más su poder andando sobre el mar, mandando a otro andar también y salvándolo cuando peligraba. Por eso decían de Él: “Verdaderamente Hijo de Dios es”, cosa que hasta entonces no habían dicho».

San Juan Crisóstomo

«En un sólo apóstol (esto es, en Pedro, el primero del colegio apostólico y su cabeza y en quien estaba representada la Iglesia), se nos significan las dos cosas, esto es, la fuerza cuando andaba sobre las aguas y la debilidad cuando dudó. Cada uno tiene su tempestad en la pasión que lo domina. ¿Amas a Dios? Andas sobre las aguas y tienes a tus pies el temor del mundo. ¿Amas al mundo? Él te sumergirá; pero cuando tu corazón esté agitado por el placer, invoca la divinidad de Cristo, a fin de vencer las pasiones».

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La fe

157: La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humana, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural». «Diez mil dificultades no hacen una sola duda».

506: María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe «no adulterada por duda alguna» y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la Madre del Salvador: «Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo».

2610: Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus dones, nos enseña esta audacia filial: «todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido» (Mc 11, 24). Tal es la fuerza de la oración, «todo es posible para quien cree» (Mc 9, 23), con una fe «que no duda» (Mt 21, 22). Tanto como Jesús se entristece por la «falta de fe» de los de Nazaret (Mc 6, 6) y la «poca fe» de sus discípulos (Mt 8, 26), así se admira ante la «gran fe» del centurión romano y de la cananea.

Las dudas de fe

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía: creen ver un espíritu. «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

2088: El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe: La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, la duda puede conducir a la ceguera del espíritu.

Otros pecados contra la fe

2089: La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento. «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos».

CONCLUSION-MEDITACION

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

Cuando la duda existe aunque estes frente a la Verdad,puede llevarte a vaciliaciones e indeciones ante varias posibilidades

En toda la Sagrada Escritura la teofanía o manifestación de Dios posee un lugar siempre importante. Dios se manifiesta con su poder y grandeza al hombre que queda cautivado por esta visión. Este Domingo veremos dos teofanías especiales. En el libro de los Reyes se nos narra el paso de Yahveh ante el profeta Elías, que se refugiaba en una cueva en el monte Horeb. A diferencia de otras manifestaciones divinas, aquí el Señor se hace presente por medio de una suave brisa (Primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a).

En el Evangelio (San Mateo 14, 22- 33) los discípulos que se encontraban en medio de la tormenta en el lago Tiberíades ven caminar por las aguas a Jesús. Esta aparición se vincula con el acto de fe de Pedro. «Si eres tú – le dice a Jesús que se acerca caminando por las aguas – mándame ir a Ti». En el corazón de Pedro hay una mezcla de fe incipiente y un poco de duda temerosa. En cuanto Jesús sube a la barca, el viento amaina y los apóstoles se postran ante Él reconociéndolo como «Hijo de Dos». Ambas manifestaciones de Dios están encaminadas a fortalecer la fe. Es la fe que descubrimos en San Pablo, a quien el Señor se le apareció como «el último de los apóstoles» ( Romanos 9, 1- 5).

Vayamos a la primera lectura...

En la primera Lectura, del primer libro de los Reyes, Dios no se va a manifestar a Elías en la violencia del huracán, ni en la fuerza del terremoto, sino en el murmullo de la brisa suave. El Señor eligió mostrar de esta forma su misteriosa presencia. Al que tiene un amor celoso por Dios, Él lo hace partícipe de su ternura de una forma diferente a la que podamos imaginar. Así, Yahveh se da a conocer en la brisa suave mejor que en la furia del huracán y del terremoto. El profeta Elías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Actuó en el reino del Norte (Reino de Israel) en el siglo IX a.C. en tiempos del impío rey Ajab y su pérfida esposa Jezabel. En sus libros trata sobre su lucha contra el dios pagano «Baal». Se le recuerda por haber derrotado a todos los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Termina su vida siendo arrebatado al cielo en un carro ardiente jalado por caballos de fuego de donde volvería cuando fuese el «tiempo mesiánico».

«Estar mucho rato a solas con Dios solo…»

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continuación inmediata del episodio de la multiplicación de los panes. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experiencia y estaban aún bajo su efecto. Después de haberles dado de comer, de mano de los apóstoles, y haberse saciado, los obliga a embarcarse «mar adentro» mientras Él despedía a la gente. El Evangelio incluye una observación que es una magnífica lección para nosotros: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Esta frase vale más que un extenso tratado sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atardecer, necesitaba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contemplativos: «Estar mucho rato a solas con Dios solo», según la expresión de la carmelita Isabel de la Trinidad.

Una teofanía

Este impresionante episodio de la vida de Jesús es clara manifestación de la divinidad de Jesús. Después de haber despedido a la multitud y mientras los discípulos combatían contra el viento y las olas, en medio de la noche; Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. «Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ‘Es una aparición’, y se pusieron a gritar de temor». El «temor» es la primera actitud del hombre ante cualquier manifestación de Dios. Es un sentido agudo de su condición de creatura ante el Creador, es decir, de su limitación ante la infinitud de Dios, de su pequeñez ante la grandeza de Dios, de su pecado ante la santidad de Dios. La fe israelita tenía una viva conciencia de la trascendencia de Dios.

Entre ellos es una verdad clara que «el hombre no puede ver a Dios y quedar vivo». En efecto, cuando Moisés pidió al Señor: «Déjame ver tu gloria», recibió de Él esta respuesta: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex 33,18.20). Pero, en realidad, según afirma el evangelista San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Lo que el hombre ha visto es una manifestación de Dios, una «teofanía» y en este caso, la reacción normal del hombre es el «temor» o miedo reverencial.

Teofanía significa manifestación, aparición o revelación de la divinidad. Deriva de la voz griega theopháneia, palabra que se compone de theós, que significa Dios, y phainō, aparecer

«¡Ánimo! Yo soy ¡No temáis!»

La respuesta de Jesús confirma lo dicho: «¡Animo! Yo soy. ¡No temáis!» La frase «No temáis» es el signo más claro de que estamos ante una manifestación de Dios. Se trata de tranquilizar al hombre. Seguramente ya hemos distinguido en la expresión «Yo soy» el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés. Cuando vio una zarza ardiendo que no se consumía y desde ella Dios lo llamó, «Moisés se cubrió el rostro porque temía ver a Dios». Es el mismo temor que sintieron los discípulos al ver a Jesús caminar sobre el mar. Y a la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?, Dios responde: «Yo soy el que soy» y añadió: «Así dirás a los israelitas: YO SOY me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14). Por tanto, la expresión «Yo soy» en labios de Jesús tiene un doble significado. El significado primero y más evidente es: «Yo soy Jesús». Pero no se puede excluir el significado «yo soy» como referencia al nombre divino . Cual¬quier alusión al «yo personal» de Jesús, debería ponernos atentos ya que nos remite a su propia identidad.

Cuando Jesús dice: «Yo soy», también él alude a su persona, pero en este caso se trata de una Persona divina, del Hijo, es decir, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es lo que afirma la conclusión del episodio: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios». Éste es un acto de adoración que se reserva sólo a Dios. El pueblo de Israel había mantenido estrictamente su fe monoteísta como signo de su identidad. El primer mandamiento del decálogo dice: «Yo, Yahveh, soy tu Dios… No te postrarás ante otros dioses ni les darás culto, porque Yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,2.5).

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC


Se transfiguró delante de ellos

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 8 Ee agosto Ee 2017 a las 9:25 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

SOLEMNIDAD DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

06-12 de Agosto del 2017

“Se transfiguró delante de ellos”

Dan 7,9-10.13-14: “A Él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”

«Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros (…) Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.»

Sal 96, 1-2. 5-6. 9: “Todos los pueblos contemplan su gloria”

2Pe 1,16-19: “Escuchamos esta voz: ‘Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco’”

«Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.»

Mt 17, 1-9: “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.”

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

— «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

— «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

— «Levántense, no teman.»

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

— «No cuenten a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

NOTA IMPORTANTE

Este Domingo, en lugar de celebrar el Domingo XVIII del tiempo ordinario, la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, que anualmente se celebra el 6 de agosto. Por ser una fiesta del Señor, su celebración prevalece sobre la del Domingo ordinario.

San Pedro, uno de los tres apóstoles que presenciaron el extraordinario suceso de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, menciona en una de sus cartas haber visto con sus propios ojos la majestad del Señor (2ª. lectura). Lo hace para desmentir a aquellos que andan diciendo que la predicación de los apóstoles no sería sino tan sólo el fruto de ingeniosas fábulas. Recordando el episodio de la transfiguración, Pedro afirma que Dios mismo señaló a Cristo, otorgándole pleno honor y gloria.

Las palabras de Pedro recuerdan la visión de Daniel (1ª. lectura), en la que el profeta vislumbra al “Hijo del Hombre” cuando es llevado a la presencia de Dios, representado por un Anciano con vestiduras blancas como la nieve y sentado en un trono de llamas de fuego: «A Él -dice el profeta- se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.»

Ahora (Evangelio) son los apóstoles Pedro, Santiago y Juan quienes ven no ya no una visión, sino que presencian un hecho real: ante sus ojos el Señor Jesús se transfigura y sus vestidos se tornan blancos y resplandecientes. La semejanza con el Anciano de la visión de Daniel es evidente. La luz y la blancura son símbolos que representan la eternidad y la trascendencia, atributos propios de Dios. En la transfiguración Jesucristo muestra la gloria de su divinidad, oculta hasta entonces por el velo de su humanidad.

En el episodio de la Transfiguración el Señor no sólo revela su completa identidad, sino también su relación con la Ley y los profetas de la antigua Alianza: «Se les apare¬cieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.» Moisés y Elías ocupan en la historia de Israel un lugar fundamental: Moisés es el hombre de la Ley (Ver Eclo 45,1.5), Elías es el profeta superior a todos, que no tiene igual en gloria (Ver Eclo 48,1.4). El primero representa la Ley, el segundo a los profetas. El Señor Jesús, resplandeciente de gloria, reuniendo a ambos, aparece claramente superior a ellos, y su superioridad es confirmada por Dios mismo quien deja oír su voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»

Lo que hoy llamamos “Antiguo Testamento”, en el Evangelio es llamado “la Ley y los profetas”. En Cristo todo el Antiguo Testamento encuentra su sentido y su cumplimiento. Todo el Antiguo Testamento es anuncio de Cristo.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántas veces en medio de duras pruebas o dificultades nos hemos preguntado: «¿Está Dios entre nosotros o no?» (Ex 17,7)? ¿Cuántas veces hemos querido o quisiéramos que Dios nos hable, cuando por ejemplo buscamos una luz para orientar nuestra vida, para tomar una decisión importante, cuando nos encontramos en una situación angustiosa? Y si nada escuchamos, pensamos que “Dios no nos habla”.

Pero, ¿es verdad que Dios no nos habla? ¿O somos nosotros quienes “teniendo oídos no oímos”, “teniendo ojos no vemos”, porque nuestro corazón está embotado y endurecido? (Ver Mt 13,14-15). ¡Cuántas veces Dios arroja su semilla en nuestros corazones, encontrando sólo una tierra estéril, endurecida! ¡Cuántas veces nos pasa lo que dice aquél aforismo: “no hay peor sordo que el que no quiere escuchar”! Dios habla, y en Cristo habla fuerte, pero no pocas veces le corremos, le cerramos los oídos porque lo que nos dice no siempre se acomoda a lo que nosotros quisiéramos escuchar. Sí, la palabra de Dios incomoda mucho porque exige cambios radicales, exige opciones radicales, exige renuncias que no siempre estamos dispuestos a realizar, exige abrazarnos a la Cruz cuando no queremos sufrir, ¡exige tantas cosas más que no necesariamente nos gustarán!

Lo cierto es que en Cristo, su Hijo, Dios ha hablado y nos sigue hablando también HOY con mucha fuerza, para quien está dispuesto a escuchar. Sus palabras son esas semillas que Dios nos pide acoger dócilmente en nuestros corazones: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.» (Mc 9,7)

Por ello, ante esta “sordera” que de una u otra forma a todos nos afecta, querámoslo admitir o no, conviene preguntarnos con toda humildad y honestidad: ¿Cómo acojo yo a Cristo, Palabra viva y eterna del Padre? ¿Cómo acojo yo sus palabras y enseñanzas? ¿Hago todo lo posible por hacer fructificar las enseñanzas de Cristo en mi vida mediante obras concretas, asumiendo cambios necesarios en mi comportamiento? ¿O ahogo el dinamismo de su Palabra en mi corazón (ver Heb 4,12), cerrándome con autosuficiencia a lo que me enseña, siendo inconstante cuando el camino se torna difícil, dejándome arrastrar por las atractivas seducciones del poder, del placer, del tener?

Como el Padre eterno, también Santa María, la Madre del Señor, nos señala a su Hijo y nos exhorta vivamente a escuchar sus enseñanzas para ponerlas en práctica: «Haced lo que Él os diga.» (Jn 2,5) Ten la certeza de que si pones por obra la Palabra divina enseñada por el Señor Jesús y no te contentas sólo con oírla, practicándola, serás feliz. (Ver Stgo 1,25)

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Transfigurado el Salvador, no perdió su sustancia corporal, sino que mostró la gloria de la futura resurrección suya o nuestra. El que así apareció a los Apóstoles, así aparecerá después del juicio a todos los elegidos.»

San Beda

«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, Él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?»

San Agustín

«Muestra Dios Padre a los discípulos que deben de oír al Verbo hecho carne, a quien Moisés predijo (Dt 18) que debía oír, todo el que quisiera salvarse cuando viniera en carne mortal.»

San Beda

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

“Este es mi Hijo amado…”

444: «Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el bautismo y la transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como “el Hijo Unico de Dios” (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su preexistencia eterna. Pide la fe en “el Nombre del Hijo Único de Dios” (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título “Hijo de Dios”.»

“¡Escuchadle!”

459: «El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...” (Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.»

102: «A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien Él se dice en plenitud: “Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados” (San Agustín).»

133: «La Iglesia “recomienda insistentemente a todos los fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3, 8), ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo’ (S. Jerónimo)”.»

La Transfiguración en el contexto de la Crucifixión

554: «A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro “comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir... y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21): Pedro rechazó este anuncio, los otros no lo comprendieron mejor. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por Él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le “hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle” (Lc 9, 35).»

555: «Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén.»

556: «La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo «el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21). Pero ella nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22).»

568: «La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un “monte alto” prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: “la esperanza de la gloria” (Col 1, 27).»

 

 

CONCLUSION

Este Domingo coincide con el día en que la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor: 6 de agosto. Tratándose de una fiesta del Señor, su celebración prevalece sobre la del Domingo ordinario. Por eso, en lugar de celebrar el Domingo XVIII del tiempo ordinario, hoy día se celebra este misterio de la vida de Cristo y se toma el Evangelio en que se relata este episodio. La transfiguración del Señor Jesús pone ante nosotros el horizonte, la meta a la que estamos llamados (San Mateo 17,1-9).

Esto es lo que nos comparte San Pedro cuando nos dice: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad» (segunda carta de San Pedro 1,16-19). Es nuestro destino glorioso el participar de aquella «transfiguración definitiva» del Señor Jesús en la gloria eterna. La paz, la serenidad, el gozo intenso, marcan esa felicidad plena a la que estamos llamados, aunque todavía haya que pasar por la cruz y es allí donde la esperanza activa y continua nos sostiene. El «hijo del hombre» bajará del cielo y el padre anciano le otorgará toda la potestad sobre los reinos, pueblos y naciones (Daniel 7,9-10.13-14).

«Alguien parecido a un hijo del hombre»

Daniel (Dios es mi juez) era un judío de la alta alcurnia que fue llevado cautivo a Babilonia probablemente cuando era solo un adolescente. En la corte del rey Nobucodonosor, se preparó a Daniel y sus tres amigos (Misac, Sidrac y Abdénago) para que fueran consejeros reales. Dios concedió a Daniel gran sabiduría y el don de interpretar los sueños, por lo cual recibió la protección del rey Baltasar (sucesor de Nabucodonosor). El libro de Daniel fue escrito en una época en el que pueblo se hallaba oprimido, quizás por la persecución de Antíoco Epifanes en el año 168 A.C. Los relatos y las visiones que figuran en el libro servían al pueblo de aliento y consuelo: Dios rescatará a su pueblo y lo restaurará.

Por el contexto de la Primera Lectura se desprende que Daniel asiste «en sueño» a una sesión del juicio de Dios que es presentado como un «anciano juez». Figura para encontramos en el Antiguo Testamento para contrarrestar la perennidad de Dios ante la caducidad de la vida del hombre (ver Sal 102,25-26; Is 41,2-4; Job 36,26). Daniel describe la apertura de la sesión del tribunal supremo indicando la apertura solemne de los libros, en los cuales están escritos todos y cada uno de los actos humanos (ver Dn 12,1; Ex 32,32-33; Sal 69,29; 139,16; 1 Sm 25,29). Cuando todos esperaban la proclamación de una sentencia, inesperadamente Daniel pasa a relatar el destino de las bestias que son destrozadas y arrojadas al fuego eterno. Seguidamente pasa a describir simbólicamente el juicio de Dios sobre el resto de las bestias; indicando como los reinos humanos, significados por las bestias, no serán destruidos sino perderán su hegemonía y poder. En cambio el poder que se levanta contra Dios será aniquilado definitivamente.

La segunda visión de este pasaje es muy importante y refiere que «alguien parecido a un hijo de hombre viene entre las nubes del cielo y se dirige hacia el anciano» que le concede un poder, una gloria y un reino eternos. La acción se desarrolla rápidamente: el origen y la actividad de este hijo de hombre es trascendente, viene de lo alto «entre las nubes del cielo» (ver Éx 13,21; 19,9; 1 Re 8,10; Is 19,1; Nah 1,3; Sal 18,10) y, presentado ante el anciano, recibe un reino eterno cuyo dominio es universal. La contraposición entre el origen de las bestias que surgen del mar y el hijo del hombre que viene del cielo es clara. En el desarrollo de las acciones del anciano se destaca la ejecución de su designio sobre las bestias y la entrega del poder y el reino a este «hijo de hombre» .

Nota: Hijo del hombre: en hebreo es a menudo sinónimo de «hombre», miembro de la raza humana (Ver Nm 23,19; Is 51,12; Job 25,6). En el pasaje de Daniel 7 se utiliza con clara connotaciones apocalípticas. En los Evangelios aparece 70 veces este término y siempre es Jesús que se autodenomina así destacando su condición humana, aunque a veces destaca también su divinidad (ver Mt 16, 27; 24,30; Mc 8,31).

«Lo que hemos visto y oído»

En la carta de San Pedro queda absolutamente claro que nuestra esperanza y actitud vigilante se funda y sustenta en el «recuerdo vivo» de los apóstoles y en la «palabra de los profetas», directa alusión a la revelación del Antiguo Testamento. Para dar mayor fuerza a su exhortación Pedro apela a su condición de apóstol y a la responsabilidad que su misión le exige de cara a los destinatarios. Esta responsabilidad se presenta más acuciante ante la perspectiva de su muerte inminente que vincula al anuncio hecho por el mismo Jesús a su persona (ver Jn 21,18-19). Precisamente esta cercanía de la muerte da a la carta el valor de auténtico «testamento espiritual del príncipe de los Apóstoles».

A su dignidad y responsabilidad de «cabeza de la Iglesia», Pedro une su condición de testigo de acontecimientos históricos para sustentar el anuncio de la parusía o segunda venida de Jesucristo. Esta venida ha sido anticipada en la Transfiguración de Jesús y no tiene nada que ver con los mitos y leyendas tan usados en los círculos gnósticos de aquella época. La sección finaliza con un principio hermenéutico de primer orden (ver 1P 1,20-21): no cabe una interpretación “particular” de la Sagrada Escritura. Si ésta ha sido inspirada por el Espíritu Santo, sólo podrá ser interpretada adecuadamente en ese mismo Espíritu, es decir sólo puede ser legítima una interpretación plenamente eclesial.

 

Aquel hombre va, vende todo lo que tiene y compra el campo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 26 Ee julio Ee 2017 a las 9:05 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

30 de Julio al 5 de Agosto del 2017

“Aquel hombre va, vende todo lo que tiene y compra el campo”

1Re 3,5.7-12: “Da a tu siervo un corazón dócil”

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:

— «Pídeme lo que quieras».

Respondió Salomón:

— «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?».

Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:

— «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te concederé lo que me has pedido: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti».

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-130: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”

Mi herencia es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.

Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias serán tu voluntad.

Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira.

Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

Rom 8,28-30: “Todo contribuye para bien de los que aman a Dios”

Hermanos:

Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios: a los que ha llamado conforme a su designio.

A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito de muchos hermanos.

A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Mt 13,44-52: “Se parece también a un comerciante que busca perlas finas”

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente:

— «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante que busca perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El Reino de los Cielos se parece también a la red que se echa el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la sacan a la orilla y, sentándose, recogen en canastos los buenos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

¿Entienden bien todo esto?»

Ellos le contestaron:

— «Sí».

Él les dijo:

— «Ya ven, un maestro de la ley que entiende del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que va sacando de sus tesoros lo nuevo y lo antiguo».

NOTA IMPORTANTE

En aquella jornada, subido en una barca y a poca distancia de la orilla, continuó hablando el Señor en parábolas a la multitud. De este modo iba instruyéndolos acerca del Reino de los Cielos, de su naturaleza, del modo como se hacía presente y actuaba en medio de ellos, así como también de los miembros que lo constituían.

El tema del Reino de los Cielos era un tema sumamente sensible para la muchedumbre. Los judíos vivían en ansiosa espera de este Reino y del Mesías que lo instauraría. Lo primero que se les venía a la mente al hablar del advenimiento del Reino de los Cielos era la llegada súbita de un rey celestial omnipotente, acompañado de falanges de hombres armados e incluso de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel al pleno dominio sobre sus enemigos y sobre los pueblos gentiles, sometiéndolos al poder de Dios.

Eran tiempos de mucha efervescencia política. Muchos, con desastrosos resultados, ya habían seguido a falsos mesías que se proclamaban los liberadores de Israel. ¿Cómo hablar a la muchedumbre del Reino de los Cielos sin encender los entusiasmos mesiánicos? El Señor quería evitar a toda costa que se le tomase por un mesías-político y por ello evitaba ser proclamado rey. Hablando en el lenguaje misterioso y escondido de las parábolas evitaba encender el fervor de la multitud y la instruía en una nueva y correcta manera de entender el Reino de los Cielos. En efecto, en palabras del Señor, el Reino de los Cielos ya había comenzado, pero no era el Reino de los Cielos que ellos se habían imaginado y esperaban, sino uno totalmente diverso.

Tres parábolas acerca del Reino de Cielos trae el Evangelio de este Domingo.

En la primera parábola habla el Señor de un hombre que se topa con un tesoro escondido en un campo. No se trata de algo ajeno a la realidad de aquel entonces, ya que el temor a las guerras hacía que fuese frecuente enterrar objetos preciosos o tesoros.

La parábola se centra en la persona que descubre un tesoro. Su primera reacción es la alegría incontenible. Surge de inmediato el deseo de poseer el tesoro para sí. Al mismo tiempo comprende que para obtenerlo debe hacer algo antes, puesto que la legislación judía determinaba que el tesoro le pertenecía no a quien lo encontraba —como estipulaba la legislación romana— sino a aquel que poseía el campo. Por tanto, de nada le servía haber encontrado el tesoro si no compraba el campo. Al no tener el suficiente dinero para comprarlo, no duda en vender todo lo que tiene para alcanzar la suma requerida, porque el valor del tesoro hallado es infinitamente mayor al valor de sus posesiones actuales. La riqueza mayor impulsa al hombre a sacrificar sin miramientos todo lo que tiene.

El deseo de poseer ya el tesoro y el temor de que otro se lo arrebate hace además que proceda con máxima premura. Dilatar la venta de sus bienes y la compra del campo aumenta el riesgo de perder el tesoro hallado. Por ello, luego de enterrar el tesoro, es de suponer que no pierde ni un instante ni escatima esfuerzos para lograr su objetivo. Actúa con máxima prontitud, astucia e inteligencia.

Con esta parábola, así como también con la siguiente, el Señor resalta la necesidad de “venderlo todo” para poder ganar el Reino de los Cielos. No es posible quedarse con el tesoro o adquirir la perla de mayor valor sin vender todo lo que se tiene, sin el desprendimiento de las antiguas riquezas, sin un sacrificio que, sin embargo, mira a alcanzar una riqueza mucho mayor. El sacrificio y desprendimiento no resultan difíciles cuando lo que gana es muchísimo más de lo que pierde. Tratándose del Reino de los Cielos, lo que se gana no tiene ni punto de comparación.

La segunda parábola habla de un comerciante que anda continuamente en búsqueda de perlas finas. En esa búsqueda encuentra una perla de inmenso valor, de modo que vende todo lo que tiene para quedarse con aquella única perla. Quizá hoy nos parece extraño que alguien pueda vender todo lo que tiene por una perla, aunque sea muy valiosa. Esto se debe a que actualmente las perlas no tienen el mismo valor monetario que en la antigüedad, pues la mayoría de las perlas hoy en día se producen por cultivo. Ello ha devenido en la devaluación mercantil de las mismas. En cambio, en la antigüedad las perlas eran las que ostentaban el precio mayor entre de todas las cosas. Debido a su extrema rareza, éstas se contaban entre las gemas más valiosas, accesibles únicamente a la nobleza y a los personajes extremadamente acaudalados. Su valor era proverbial. Aquella perla única costaría, sin duda, una fortuna a aquel mercader.

La parábola de la red que recoge todo tipo de peces está tomada nuevamente de una escena de la vida cotidiana. La red no distingue las clases de peces, sino que arrastra con todo lo que cae en ella, peces buenos o malos. En el Lago de Galilea se calculan unas treinta clases de peces distintos, todos aptos para el consumo humano. Pero había una variedad que, aunque muy apreciada por los paganos, los judíos no podían comer por considerar “impura”. Los pescadores debían, pues, seleccionar entre los peces buenos y los malos. Tal escena de la vida diaria es usada por el Señor para hablar de cómo en la etapa actual del Reino de los Cielos coexisten buenos y malos, justos y pecadores. Es como la red llena de peces de todo tipo. Sólo al final, al llegar el fin del mundo, los ángeles «separarán a los malos de los buenos».

El Señor en su parábola habla del destino eterno de los malos: «los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Estas imágenes, usualmente usadas por el Señor, describen el sufrimiento, la amargura profunda, la impotencia de los condenados, aquellos que a pesar de la paciencia de Dios no quisieron escucharlo ni convertirse de su maldad.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El tesoro y la perla simbolizan algo de enorme valor. Tras ese tesoro se va el hombre entero, pues como enseña el Señor: «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

Puede haber muchos tipos de tesoros. Unos son materiales, otros pueden ser espirituales. Según las riquezas que posea cada cual, quedará enriquecido o empobrecido él mismo. El que de cosas materiales, pasajeras, hace sus riquezas y a ellas se apega, quedará pobre espiritualmente.

Hay “tesoros” y “perlas” que no sólo empobrecen, sino peor aún, degradan al ser humano. Son tesoros falsos, perlas falsas.

Por otro lado, hay riquezas que lo elevan inmensamente en su humanidad, o incluso, más allá de su humanidad. Esa es la riqueza que encontramos en Cristo. Quien lo posee, participa de una riqueza incalculable, que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4,17). ¡Cristo es el tesoro que enriquece por sobre todos los demás! ¡Cristo es la perla valiosa que anda buscando todo ser humano! Quien lo encuentra a Él, y quien tiene el coraje de desasirse de todo para ganarlo a Él, experimenta que con Él le son dados todos los demás bienes que tanto y tan desesperadamente anda buscando. Quien encuentra a Cristo, o hay que decir más bien, quien es hallado y “alcanzado” por Él (ver Flp 3,12), ¡a sí mismo se encuentra! ¿Hay mayor riqueza que esa para el ser humano? El Señor Jesús constituye la verdadera riqueza para el hombre o para la mujer, porque en Él llegamos a ser verdaderamente humanos, porque en Él somos hechos partícipes de la misma naturaleza divina (ver 2Pe 1,4).

Al conocerlo a Él, nos conocemos a nosotros mismos, descubrimos nuestra verdadera identidad, hallamos la respuesta a las preguntas más fundamentales: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi origen? ¿Cuál es mi destino? ¿Cuál es el sentido de mi existencia, mi misión en el mundo? En la amistad con Él aprendo a vivir la auténtica amistad. Amándolo a Él experimento lo que es verdaderamente el amor, y en la escuela de su Corazón aprendo a vivir ese amor sin el cual la vida del hombre carece de sentido. Él es la respuesta a ese anhelo de plenitud y ansia de felicidad que inquieta todo corazón humano. En Él podemos saciar el hambre de comunión que experimentamos con tanta fuerza. Es decir, en Cristo, al conocerlo, al amarlo, al abrirle las puertas del propio corazón, al “hacerlo nuestro”, podemos proclamar: «¡Vale la pena ser hombre, porque Tú, Señor, te has hecho hombre!» (Beato Papa Juan Pablo II)

En Él encontrarás todas las riquezas que necesita tu corazón empobrecido por un mundo artificial, empobrecido por las opciones superficiales y fáciles, empobrecido por las opciones del anti amor. El Señor Jesús es la mayor riqueza que podrá poseer jamás hombre o mujer alguna, riqueza que nos hace descubrir la grandiosidad que entraña el ser humanos, pero riqueza tantas y tantas veces enterrada por los mediocres que temen ser hombres o mujeres de verdad.

Ser sabio y sensato es dar a cada cosa su valor real en vistas a la propia realización, a la propia y eterna felicidad y plenitud. Se trata de saber estimar el valor real de cada cosa, como un óptimo comerciante de joyas: es un buen negociante quien conoce su oficio, y por lo tanto difícilmente se le puede engañar; necio sería si, no sabiendo nada de esas cosas, quisiera negociar con los que saben, o con los que tienen malas intenciones y buscan engañarlo. ¡Pobre de él!

La realización de la persona humana pasa por la objetiva valoración que haga de los bienes que se presentan ante él y de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. El creyente, el discípulo del Señor Jesús, debe tener siempre el coraje de abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para su propia realización, para alcanzar el horizonte de mayor plenitud, para comprar la perla más valiosa y quedarse con el tesoro mayor.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Las parábolas que el Señor puso arriba de la levadura y de la mostaza, dicen relación al poder de la predicación del Evangelio, que debía someter a todo el mundo. Ahora, para manifestar la hermosura y brillo de esa predicación, se vale de la parábola del tesoro y de la piedra preciosa diciendo: “Semejante es el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo”. Porque la predicación del Evangelio está oculta en el mundo, y si no vendiereis todo no lo compraréis, y esto lo debéis hacer con alegría».

San Juan Crisóstomo

«El tesoro escondido en el campo significa el deseo del Cielo, y el campo en que se esconde el tesoro es la enseñanza del estudio de las cosas divinas: “Este tesoro, cuando lo halla el hombre, lo esconde”, es decir, a fin de conservarlo; porque no basta el guardar el deseo de las cosas celestiales y defenderlo de los espíritus malignos, sino que es preciso además el despojarlo de toda gloria humana… Compra sin duda el campo después de haber vendido todo lo que posee aquél que renunciando a los placeres de la carne echa debajo de sus pies todos sus deseos terrenales por guardar las leyes divinas».

San Gregorio

«La palabra de Dios no solamente reporta una gran ganancia como tesoro, sino que también es preciosa como una perla. Por esta razón pone el Señor a continuación de la parábola del tesoro la de la perla».

San Juan Crisóstomo

«O también se entiende por buena perla la dulzura de la vida del Cielo, por cuya posesión quien la encuentra vende todo lo que tiene. Porque el que conoció una vez perfectamente, en cuanto es posible, la dulzura de la vida del Cielo, abandona con gusto todo lo que antes había amado sobre la tierra, halla sin belleza cuanto le agradaba a sus ojos, y sólo brilla en su alma la claridad de la perla preciosa».

San Gregorio

El hombre que busca las perlas buenas, halla una sola que es preciosa. Esto es, al buscar a los hombres buenos para vivir con utilidad con ellos, halla a uno solo, que está sin pecado, a Jesucristo».

San Agustín

«Sea cualquiera el significado que se dé a la perla preciosa, el valor de esa perla somos nosotros mismos, que no podemos poseerla más que poniendo en segundo lugar, por poseerla, todo lo que tenemos sobre la tierra. Y después de haberlo vendido todo no recibimos otro precio mayor que el que hallarnos a nosotros mismos (porque no nos pertenecíamos embebidos en tales cosas), a fin de que nos podamos entregar para obtener esa perla; no porque nuestro valor iguale al suyo, sino porque no podemos dar por ella más de lo que damos».

San Agustín

«Se compara la Iglesia Santa a una red porque ha sido entregada a unos pescadores, y todos mediante ella son arrastrados de las olas de la vida presente al reino eterno, a fin de que no perezcan sumergidos en el abismo de la muerte eterna. Esta Iglesia reúne toda clase de peces, porque llama para perdonarlos a todos los hombres, a los sabios y a los insensatos, a los libres y a los esclavos, a los ricos y a los pobres, a los fuertes y a los débiles. Estará completamente llena la red, esto es, la Iglesia, cuando al fin de los tiempos esté terminado el destino del género humano. Por eso sigue: “La cual cuando está llena”, etc., porque así como el mar representa al mundo, así también la ribera del mar figura el fin del mundo, y es en este momento cuando son escogidos y guardados en vasijas los buenos, y los malos son arrojados fuera. Es decir, los elegidos serán recibidos en los tabernáculos eternos, y los malos, después de haber perdido la luz que iluminaba el interior del reino, serán llevados a las tinieblas exteriores, porque ahora contiene la red de la fe igualmente, como a mezclados peces, a todos los malos y buenos. Pero luego en la ribera se verá los que estaban dentro de la red de la Iglesia».

San Gregorio

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

“…se parece también a un comerciante que busca perlas finas”

28: De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso.

30: «Se alegre el corazón de los que buscan a Dios» (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, «un corazón recto», y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

843: La Iglesia reconoce en las otras religiones la búsqueda, «todavía en sombras y bajo imágenes», del Dios desconocido pero próximo ya que es El quien da a todos vida, el aliento y todas las cosas y quiere que todos los hombres se salven. Así, la Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que puede encontrarse en las diversas religiones, «como una preparación al Evangelio y como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida».

2566: El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a la existencia. «Coronado de gloria y esplendor» (Sal 8, 6), el hombre es, después de los ángeles, capaz de reconocer «¡qué glorioso es el Nombre del Señor por toda la tierra!» (Sal 8, 2). Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas las religiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de los hombres.

2705: La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. (...)

2710: (...) El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

CONCLUSION

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»

El hilo conductor de nuestras lecturas dominicales es la oposición que encontramos entre los criterios de Dios y los criterios del mundo. Salomón, prototipo del rey ideal de la Antigua Alianza, pide al Señor en su oración: «te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo». (Primer libro de los Reyes 3, 5-6a. 7-12). El Señor, ante aquella sensata petición, le concede un corazón dócil y sabio. Como leemos en el Salmo 118: el hombre que «pone su descanso en la ley del Señor, que ama sus mandamientos más que el oro purísimo, que estima en más sus enseñanzas que mil monedas de oro y plata».

Todas éstas actitudes encuentran su plenitud en aquellos que descubriendo el Reino de los Cielos están dispuestos a «vender cuanto tiene» para comprarlo (San Mateo 13, 44-52). El Reino que se menciona en las diversas parábolas del capítulo 13 del Evangelio según San Mateo no será sino el mismo Jesucristo. Es por eso que todos, los convocados por el mismo Jesús, estamos llamados a reproducir su imagen en nuestras vidas (Romanos 8, 28-30).

El sueño en Gabaón

Salomón después de desposarse con la hija del Faraón se dirige a la ciudad de Gabaón (que quiere decir colina) a ofrecer su ofrenda ya que todavía no había terminado de construir su palacio, el Templo y la muralla alrededor en Jerusalén. En esta ciudad, a 8 Km. al norte de Jerusalén, David colocó «en un alto lugar» (1Cro 16,39) el Tabernáculo y levantó un altar para los holocaustos. Yahveh se manifiesta a Salomón en sueños . Ante el pedido de Dios, Salomón se reconoce a sí mismo como «un niño pequeño que no sabe cómo salir ni entrar» ya que ante Él todos somos «pequeños».

El reino que Salomón había heredado de su padre David tenía un territorio enorme ya que se extendía desde el torrente de Egipto hasta el Eufrates; por eso le pide a Dios una mente dócil y comprensiva para gobernar; es decir el arte de saber escuchar y discernir entre el bien y el mal (ver Is 7,15; 5,20). La respuesta de Dios es inmediata y en ella vemos cómo la extraordinaria sabiduría de Salomón no es sino un don de Dios y como tal es reconocida por sus súbditos: «pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia» (1Re3, 28).

Las parábolas del Reino de Dios

Las parábolas de Jesús tienden a presentar el Reino de Dios, es decir el Reino de los Cielos. En el Sermón de la Montaña Jesús había hablado de los requisitos morales necesarios para entrar en aquel Reino; pero ahora era preciso dar un paso más hacia adelante y hablar de aquel Reino en sí, de su índole y naturaleza; de los miembros que lo constituían; del modo cómo sería actuado y establecido. También en este aspecto la predicación de Jesús siguió un método esencialmente gradual. La razón de esa gradación radica en la ansiosa espera en que vivían, en esa época, los judíos de un reino mesiánico político. Hablar a aquellas turbas de un Reino de Dios, sin explicaciones y aclaraciones, significaba hacerles imaginar un rey celestial omnipotente, circundado de grupos de hombres armados y, aun mejor, de legiones de ángeles combatientes, que llevarían a Israel a ser «dueño y señor» de las naciones paganas.

Y era a tales turbas delirantes a las que Jesús debía hablar del objeto del delirio que las enloquecía, y ello de tal modo que a la vez las atrajese y las desengañase: el Reino de Dios debía llegar, sin duda; es más, había empezado a realizarse; pero no era el «reino» de ellos, sino el de Jesús, totalmente diverso. De aquí que la predicación de Jesús debía a la vez mostrar y no mostrar, abrir los ojos a la verdad y cerrarlos a los sueños fantásticos. Se precisaba, por lo tanto, una extrema prudencia, porque Jesús, en este punto, se internaba en un terreno volcánico que podía entrar en erupción de un momento a otro. Esta amorosa prudencia puede haber sido una de las razones por las cuales Jesús se sirvió de las parábolas para hablar del Reino.

Encontrar el tesoro escondido

Todos hemos visto lo que sucede cuando se estaciona a un niño ante la televisión: el niño queda completamente absorto y nada logra distraerlo. La mamá puede hablarle y decirle las cosas más importantes, pero el niño contesta sin despegar su atención de la pantalla. Esta situación, que nos parece excusable porque se trata de un niño, representa sin embargo lo que ocurre con nosotros ante las preocupaciones y los bienes de esta tierra. A veces nos absorben hasta tal punto que nos impiden escuchar las palabras de vida eterna que nos dirige Dios. O, más bien, las escuchamos pero no logran incidir directamente en nuestra vida.

Todos sabemos que nuestra vida sobre esta tierra es breve, que los bienes materiales son transitorios, que «no nos sirve de nada ganar el mundo entero si perdemos la vida» y que aunque tengamos nuestra vida asegurada por «muchos años», en cualquier momento podemos recibir este aviso: «Esta noche se te pedirá el alma; ¿todos los bienes que tienes atesorados, para quién serán?». Todas estas verdades las escuchamos a menudo, las sabemos, las vemos acontecer diariamente a nuestro alrededor y nos impresionan por un instante; pero no logran atraer nuestra atención y seguimos absortos en nuestros quehaceres, lo mismo que el niño que está ensimismado ante su programa de “dibujos animados”.

Es necesario que «alguien» venga a nuestro encuentro y su llamada nos saque de esta especie de sopor en que estamos. El Evangelio nos presenta diversos episodios en que el encuentro con Jesucristo opera en las personas un cambio radical. En estos casos: «Dejándolo todo, lo siguieron».

Esto nos enseña el Evangelio de hoy, por medio de dos parábolas: las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la perla preciosa. Mientras alguien no se ha encontrado con Jesucristo y no ha hecho la experiencia de venderlo todo por adquirirlo a Él, no se puede decir que esté totalmente evangelizado. Estar evangelizado quiere decir haber recibido una noticia tal que transforme radicalmente la vida. Lo que antes era importante, incluso fundamental en la vida, pierde valor ante el encuentro con Cristo. Es como el hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. O como el mercader de perlas que, encontrada una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

Lo interesante de estas parábolas es que están dichas para explicar la conducta de los cristianos a los de fuera, a los que no han tenido la misma experiencia, a los que critican y no entienden. Ellos pueden ciertamente entender la situación presentada en las parábolas: que entiendan entonces por qué alguien puede acoger a Jesucristo como lo más importante de su vida, que entiendan por qué algunos consagran a Él sus vidas. Cuando observamos que tantos hombres anteponen a Jesús y a su enseñanza los bienes de esta tierra; a saber, el dinero, la fama, la popularidad, el placer, podemos concluir que aún no han encontrado «el tesoro escondido». Si lo hubieran encontrado, todas esas otras cosas serían secundarias en comparación con Jesús.

Ellos están todavía como el niño ante la televisión, es decir, están afanados y absortos en las cosas de este mundo. Ojalá todos pudieran vivir la experiencia que describe San Agustín en su autobiografía:«¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba… Me retenían alejado de ti tus creaturas, que serían inexistentes si no existieran en ti. Me llamaste y tu grito atravesó mi sordera; brillaste y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia y yo respiré y anhelo hacia ti; gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí del deseo de tu paz» (Confesiones X, 27, 28).

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

De dónde sale la cizaña?

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 25 Ee julio Ee 2017 a las 11:30 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

23 -29 de Julio del 2017

“¿De dónde sale la cizaña?”

Sab 12,13.16-19: “Después del pecado, das lugar al arrepentimiento”

Fuera de ti, no hay otro dios que cuide de todo,

ante quien tengas que justificar tu sentencia.

Tu poder es principio de justicia,

y tu soberanía universal te hace perdonarlos a todos.

Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu gran poder,

y confundes el atrevimiento de los que no lo conocen.

Tú, poderoso soberano, juzgas con bondad

y nos gobiernas con gran misericordia,

porque puedes hacer cuanto quieres.

Obrando así, enseñaste a tu pueblo

que el justo debe ser compasivo,

y diste a tus hijos la dulce esperanza

porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento.

 

 

Sal 85,5-6.9-10.15-16: “Tú, Señor, eres bueno y clemente”

Tú, Señor, eres bueno y clemente,

rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración,

atiende a la voz de mi súplica.

Todos los pueblos vendrán

a postrarse en tu presencia, Señor;

bendecirán tu nombre:

«Grande eres tú, y haces maravillas;

tú eres el único Dios».

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad y leal,

mírame, ten compasión de mí.

 

 

Rom 8, 26-27: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”

Hermanos:

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar con palabras.

Por su parte Dios, que examina los corazones, sabe cuál es el deseo de ese Espíritu, que intercede por los creyentes según la voluntad de Dios.

 

 

Mt 13, 24-43: “Señor, ¿quieres que vayamos a arrancar la cizaña?”

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:

— «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuado empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los trabajadores a decirle al amo:

“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.

Él les dijo:

“Un enemigo lo ha hecho”.

Los trabajadores le preguntaron:

“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.

Pero él les respondió:

“No, porque, al arrancar la cizaña, podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha y, cuando llegue la cosecha, dirá a los que han de recogerla:

“Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».

Les propuso esta otra parábola:

— «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas».

Les dijo otra parábola:

— «El Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente».

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.

Así se cumplió el oráculo del profeta:

«Abriré mi boca diciendo parábolas,

anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:

— «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo».

Él les contestó:

— «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los que recogen la cosecha los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

 

 

NOTA IMPORTANTE

 

El Evangelio de este Domingo trae tres comparaciones, relativas todas al Reino de los Cielos. ¿A qué se refiere el Señor con “el Reino de los Cielos”? Los judíos no pronunciaban el nombre de Dios, sustituyéndolo normalmente por alguna metáfora. El Señor Jesús habla en un lenguaje propio de su tiempo y cultura. La palabra “Cielos” sustituye Aquél que habita en los Cielos, es decir, Dios. La expresión “el Reino de los Cielos” por tanto equivale a decir el Reino de Dios.

El reinado de Dios sobre su pueblo es el tema central de la predicación del Señor Jesús, quien desde el inicio proclama a todos: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 4,17). Este era también el núcleo de la predicación del precursor, Juan el Bautista: «Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2; 4,17). Jesucristo es quien inaugura en la tierra el Reino de los Cielos y lo hace reuniendo a los hombres en torno a sí: «Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 547).

Luego de siglos de servidumbre Israel esperaba un Mesías, un rey que en nombre de Dios gobernaría nuevamente sobre su pueblo y a través de él sobre todas las naciones. Este reinado —así se pensaba— llegaría de un momento a otro gracias a la intervención poderosa de Dios y de su Mesías (ver Dan 2,28s). El Mesías sería un caudillo político-militar, victorioso y glorioso.

A esta concepción hace frente el Señor Jesús cuando por medio de las parábolas habla a la gente de las características y manifestación del verdadero Reino de Dios. En este Reino misterioso, que el Señor Jesús ha venido a instaurar ya en la tierra, los malos coexistirán con los buenos así como el trigo y la cizaña coexisten en un mismo campo hasta el tiempo de la cosecha. Para el judaísmo esta coexistencia del bien y del mal en el Reino que Dios instauraría en los tiempos mesiánicos era absolutamente impensable. En el concepto de los judíos el Mesías que habría de venir no sólo eliminaría a los enemigos de Israel, sino que realizaría también una purificación total de todo mal.

Sembrar semillas de cizaña en el campo ajeno era una ofensa típica entre agricultores, considerada por la ley romana. Es de notar que aquella cizaña no se distinguía claramente del trigo, hasta el momento de dar la espiga. Para el ojo poco entrenado, la cizaña se confundía con el trigo por su semejanza.

Al notar que junto al trigo ha crecido también cizaña los trabajadores fueron al dueño a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» El dueño responde que es un enemigo quien lo ha hecho.

De ese modo el Señor Jesús responde a la pregunta del mal en el mundo. Afirma que el mal que existe, que está presente y actúa en el campo del mundo y de la historia de los hombres, no viene de Dios que sólo ha sembrado la buena semilla, que lo ha hecho todo bueno (ver Gen 1,31). El mal en cambio viene de su “enemigo” y de sus secuaces: «la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo». El mal en el corazón del hombre y en el mundo es consecuencia de un mal uso de la libertad por parte del ser humano, que antes que escuchar a Dios prefirió escuchar la voz del enemigo de Dios y hacer lo que éste le sugería. Esta desobediencia y rechazo de Dios es la causa de que haya germinado la cizaña en la vida de las personas y en la historia de la humanidad.

Los siervos sugieren arrancar la cizaña para liberar de inmediato la planta buena del influjo malo de la cizaña. Mas las instrucciones del dueño del campo son otras: dejar que coexistan unas y otras hasta el tiempo de la siega. Entonces será la separación. Aunque el mal no es querido por Dios, es tolerado por Él, para no arrancar acaso el trigo también.

La primera lectura y el salmo echan luz sobre la razón misteriosa de esta tolerancia divina: Dios es «clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal» (Sal 85,15). Por esa misericordia «después del pecado, da lugar al arrepentimiento», invita a la conversión, hace todo lo posible para que la cizaña se transforme en trigo. Dios no quiere que nadie se pierda, por ello está siempre esperando al hijo arrepentido para concederle el perdón, para ofrecerle el don de la reconciliación y darle una vida nueva por su Hijo Jesucristo. En resumen, el Señor «usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2Pe 3,9).

Para la liberación definitiva del mal habrá que esperar hasta el fin del mundo, cuando los obradores de iniquidad que no se hayan arrepentido serán separados de los justos y serán arrojados al horno encendido, mientras los santos resplandecerán como el sol en el reino del Padre.

En cuanto al inicio y desarrollo del Reino de los Cielos afirma el Señor que sería humilde y silencioso, tal y como lo es el desarrollo de una pequeñísima semilla de mostaza, semilla de aproximadamente uno o dos milímetros de diámetro. También esto iba en contra de la expectativa que se habían formado en torno a la manifestación del Reino de los Cielos, que había de ser súbita y espectacular, en medio de fulgores y anunciándose con trompetas. Según el Señor, su crecimiento y difusión sería lenta, aunque habría de alcanzar todos los confines de la tierra, del mismo modo que la levadura fermenta toda la masa. Su lento crecimiento y desarrollo habría de durar hasta el fin de los tiempos, al volver Cristo glorioso a juzgar al mundo.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Aquella pregunta que los siervos dirigen a su Señor en aquella parábola no deja de resonar también en nuestros días: “Si Dios ha creado todo, ¿por qué existe el mal en el mundo? Si es bueno, ¿por qué permite el mal, el sufrimiento, el dolor?” Son preguntas lacerantes que nos lanzan tantas veces quienes habiendo experimentado la amargura del dolor no encuentran sentido a su sufrimiento, a la muerte de un ser querido, al mal que experimentan, a la enfermedad incurable, a la pobreza extrema, etc.

Por medio de la parábola del trigo y la cizaña el Hijo de Dios afirma que Dios no ha echado en el mundo semilla alguna de mal sino que éste entró en el mundo por acción de su enemigo, el diablo.

En el libro del Génesis esto es claro: al tiempo de crear Dios el mundo, todo era bueno (ver Gén 1,31). El mal entra en el mundo por el libre asentimiento y cooperación que el ser humano le prestó y le sigue prestando día a día al Maligno y a sus sugestiones (ver Gén 3,1ss; Rom 5,12). ¡Sí! ¡Cada uno de nosotros, tú y yo, por ese libre asentimiento a las sugestiones del Maligno somos también hoy responsables del mal que existe en el mundo! No soy inocente: cada vez que yo elijo libremente hacer el mal, contribuyo a que el mal en el mundo se acreciente.

Si ante esta situación Dios es indulgente, si tolera el mal en el mundo, lo hace no porque se desentienda del mal y de la maldad que tanto nos daña y nos hace sufrir, sino para dar lugar al arrepentimiento (Sab 12,19), al nuestro y al de muchos.

Esa indulgencia de Dios no es una espera desentendida, como quien tan solo mira de lejos: ¡Cristo es la respuesta comprometida de Dios al mal en el mundo! ¡Él es Dios que se encarna, Dios que se hace solidario, Dios que se hace uno como nosotros para cargar con nuestras flaquezas, Dios que por amor a nosotros se expone al mal y sufre lo indecible en la Cruz, Dios que triunfa sobre el mal con su muerte, resurrección y ascensión! En Cristo, el Hijo amado del Padre, Dios definitivamente afirma: «¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?» (Is 5,4).

Después de todo lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por mí, cabe ahora preguntarme: ¿Cómo respondo yo? ¿Qué semillas acojo yo en mi corazón? ¿Las que siembra Cristo o las que esparce el Maligno? ¿Me esfuerzo por vencer el mal con el bien (ver Rom 12,21)? ¿O contribuyo al mal del mundo consintiendo el mal en mi mente, en mi corazón y en mi acción?

Para poder abstenernos del mal y obrar el bien lo primero que debemos hacer es examinar, identificar y distinguir entre lo que es bueno y lo que es malo: «Examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1Tes 5,21-22). ¡Tarea tan difícil hoy en día, cuando tantos sumidos en un mar de relativismo «llaman al mal bien, y al bien mal»! (Is 5,20) La cizaña, para quien no tiene el ojo entrenado, se confunde fácilmente con el trigo, y así sucede con el mal: se presenta siempre con apariencia de bien, como algo que “es bueno para ti”. Más detrás de la apetecible carnada, se encuentra siempre el anzuelo que lleva a la muerte. Para no dejarnos engañar por quien es el padre de la mentira, es necesario habituarnos a examinar todo pensamiento que viene a nuestra mente y todo sentimiento que surge del corazón a la luz de las enseñanzas divinas.

Ten en cuenta que el criterio para juzgar si algo es bueno o malo nunca puede ser: “lo que a mí más me gusta”, “lo que me hace sentir mejor”, “lo que a mí me parece”, “lo que todos hacen”, u otro semejante. ¡No! No es un criterio llevado por las modas de pensamiento, por las propias opiniones, por las democracias, por los caprichos, por los sentimientos o sensaciones del momento lo que te ayudará a distinguir entre el bien y el mal. Sólo un criterio objetivo puede liberarnos del relativismo y del subjetivismo, del engaño en el que fácilmente podemos ser envueltos. Ese criterio objetivo lo encontramos en lo que Dios, profundo conocedor del corazón humano, nos enseña. Cuando el mal se te presente con apariencia de bien, aférrate a la enseñanza divina. Cristo mismo utiliza ese modo de discernimiento cuando se encuentra ante las tentaciones en el desierto (ver Lc 4,1ss).

Para saber discernir acertadamente es necesario adentrarte cada día en el conocimiento de la Escritura. De ese modo te irás nutriendo de los criterios divinos, para que discerniendo correctamente, puedas también con la gracia divina obrar correctamente.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Hay ocasiones para hacer penitencia; y se nos aconseja que no hagamos perecer en seguida a nuestros hermanos; porque puede ocurrir que alguno esté hoy manchado con algún dogma herético, mañana se arrepienta y comience a defender la verdad: “No sea que cogiendo la cizaña, arranquéis también el trigo”».

San Jerónimo

«O también se arrancan al mismo tiempo el trigo y la cizaña, porque hay muchos que al principio son cizaña y después se hacen trigo. Si a éstos no se les sufre con paciencia cuando son malos, no se consigue el que muden de costumbres; y si fuesen arrancados en ese estado, se arrancaría al mismo tiempo lo que con el tiempo y el perdón hubiera sido trigo. Por eso nos previene el Señor que no hagamos desaparecer de esta vida a esa clase de hombres, no sea que por quitar la vida a los malos se la quitemos a los que quizá hubieran sido buenos, o perjudiquemos a los buenos, a quienes, a pesar suyo, pueden ser útiles».

San Agustín

«Pero parece que esta doctrina contradice a aquel precepto: “Quitad el mal de entre vosotros” (1Cor 5,13); porque efectivamente si se prohíbe arrancar la cizaña, y se manda conservarla hasta la siega, ¿de qué modo se han de quitar de entre nosotros ciertos hombres? Pero no hay o es muy poca la diferencia entre el trigo y la cizaña, llamada vulgarmente vallico, que cuando aun está en estado de hierba y su tallo no está coronado de espiga, es muy parecida al trigo. Por esta razón nos advierte el Señor que no demos nuestro dictamen sin un examen detenido sobre cosas dudosas, sino que las dejemos a juicio de Dios, a fin de que arroje el Señor en el día del juicio de entre los santos, no a los criminales sospechosos sino a los que entonces serán bien manifiestos».

San Jerónimo

«Después que el grano fue lanzado al campo (es decir, cuando el Salvador cayó en poder del pueblo y entregado a la muerte, fue enterrado como en el campo, y como sembrado su cuerpo), creció más que el tallo de todos los frutos, y excedió a la gloria de todos los profetas. Como una suerte de hortaliza fue dada la predicación de los profetas fue al enfermo Israel. Pero ahora, las aves del cielo habitan las ramas del árbol. Es decir, entendemos por ramas del árbol a los apóstoles extendidos por el poder de Cristo, y dando sombra al mundo, volarán hacia todas las naciones para hallar la vida y, maltratados por los huracanes —esto es, por el espíritu y las tentaciones del diablo—, en las ramas de ese árbol encontrarán el descanso».

San Hilario

«“Semejante es el reino de los cielos a la levadura”, que es como si dijera: a la manera que la levadura cambia toda la harina en su sustancia, así también vosotros cambiaréis todo el mundo. Y reparad aquí la prudencia de Cristo: alega como ejemplo una cosa natural, a fin de hacernos ver que así como es imposible el que no se verifique ese cambio, así también es imposible el que no suceda lo otro. No dijo el Señor simplemente: “Que puso”, sino que “esconde”; que es como si hubiera dicho: de la misma manera vosotros, después que hubiereis estado sometidos a vuestros enemigos, triunfaréis sobre ellos. Y así como el fermento se va corrompiendo pero no se destruye, sino que poco a poco cambia toda la masa en su propia naturaleza, así sucederá en vuestra predicación. No temáis las muchas persecuciones que os he anunciado vendrán sobre vosotros. Ellas os servirán para que brilléis más y triunfaréis de todas».

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

Cristo inaugura el Reino de los Cielos

541: “Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva’” (Mc 1, 15). “Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos” (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es “elevar a los hombres a la participación de la vida divina” (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino” (LG 5).

547: Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» (Hch 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en El. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (ver Lc 7, 18-23)».

¿Por qué existe el mal en el mundo?

309: Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal.

311: Los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura, y, misteriosamente, sabe sacar de él el bien.

312: Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: «No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso» (Gen 45, 8; 50, 20). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien.

385: Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza -que aparecen como ligados a los límites propios de las criaturas-, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal? «Buscaba el origen del mal y no encontraba solución», dice S. Agustín (Conf. 7, 7. 11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo. Porque «el misterio de la iniquidad» (2 Tes 2, 7) sólo se esclarece a la luz del «Misterio de la piedad» (1 Tim 3, 16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (ver Rom 5, 20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor.

681: El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.

El diablo, enemigo de Dios

2851: En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» [«dia-bolos»] es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

2852: «Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), «Satanás, el seductor del mundo entero» (Ap 12, 9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será «liberada del pecado y de la muerte». «Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19):

El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8, 31) (135).

Trigo y cizaña en la Iglesia y en el corazón de cada uno

827: «Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación». Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.

CONCLUSION

Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre»

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 23 de julio de 2017

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13,24 -43

En su extenso discurso parabólico, Jesús nos va a proponer nuevamente las figuras agrícolas para hablar del Reino de los Cielos. Hablará de la buena y la mala semilla; del grano de mostaza; y de la levadura. Todas las imágenes que ha usado Jesús les resultan claras y directas. Sin embargo, los discípulos le piden que explique la parábola de la cizaña y del trigo ya que resulta tan reprobable la actitud del enemigo que quieren profundizar en la explicación dada por el Maestro. Todos debemos tener esa visión de eternidad y confianza en el «dueño de la mies» ( San Mateo 13,24 -43).

El libro de la Sabiduría (Sabiduría 12,13. 16-19) llega a la misma conclusión después de preguntarse por qué Yahveh se muestra tan misericordioso en relación a Egipto (Sb 11, 15-20) y Canaan (Sb 12, 1-11). «No existe Dios fuera de Ti…Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos…Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación». En la carta a los Romanos San Pablo nos muestra cómo el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a orar como debemos. A través de la acción del Espíritu Santo el cristiano poco a poco llega a comprender, en cuanto esto es posible, el actuar misericordioso y benigno de Dios Amor ( Romanos 8, 26- 27).

El Reino de los cielos

El Evangelio de este Domingo nos propone tres parábolas: la parábola de la cizaña, y las parábolas complementarias del grano de mostaza y de la levadura en la masa. Tal vez convenga explicar brevemente en qué consiste la enseñanza en parábolas. ¿Quién no sabe que gran parte de la enseñanza de Jesús fue expuesta en parábolas? El sustantivo «parábola» viene del verbo griego: «paraballo», que significa literalmente: “poner una cosa junto a otra con la cual tiene alguna semejanza”. De aquí pasó a significar: “comparar”. Y el sustantivo «parabolé», puede traducirse por “comparación, semejanza, analogía”. Eso es lo que significa literalmente el término «parábola». Pero actualmente es un término que indica un modo de enseñanza. Una parábola es un relato inventado pero de ocurrencia muy posible, o la descripción de una situación corriente de la vida cotidiana y, por tanto, familiar para los oyentes. A partir de estas “comparaciones” se busca una enseñanza.

El trigo y la cizaña

La parábola del trigo y la cizaña comienza así: «El Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo…». Pero, ya de noche, el enemigo sembró la cizaña entre el trigo y se fue. Luego al brotar la hierba aparece la planta no deseada. Ésta debe de haber sido una situación familiar para los oyentes de Jesús, propia de una sociedad campesina, en la cual solía ocurrir que para dañar al enemigo se venía de noche y en secreto sembraba en su campo en medio de la buena semilla una maleza agreste. En este caso el enemigo sembró cizaña. Ya está ganada la atención de todos los oyentes ya que ellos saben perfectamente a que se refiere, sin embargo, necesitamos una aclaración.

La cizaña es una semilla maligna que dificulta el crecimiento del trigo y, en el momento de la siega, mez¬clán-dose con el trigo, molesta. Tiene el nombre científi¬co: «lo¬lium temulentum». No puede distinguirse del trigo, en medio del cual crece, antes que haya llegado a madurez y se haya vuelto amarillento. Sería poco sabio arrancar la cizaña antes de la siega, tratando de dejar intacto el trigo. Es mejor esperar la siega cuando la operación de separación es fácil y sin riesgo para el trigo.

Sigue el relato de Jesús: «Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ El les contestó: ‘Algún enemigo malo ha hecho esto’». Hasta aquí la narra¬ción del hecho de vida. Ahora viene la interpelación a los oyen¬tes ante el pedido de los siervos por arrancar la cizaña. En este punto podemos imaginar a los oyentes que toman partido y exclaman: «¡No, no se hace así, hay que esperar que maduren ambos, no sea que junto con la cizaña se arranque también el trigo!» Y el amo les da razón, diciendo a los siervos: «No, no vayáis… Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero».

Hasta aquí el relato tiene una clara enseñanza, pero hay algo que falta para los discípulos de Jesús. ¿No tendrá que ver esta parábola con uno de los problemas más serios del judaísmo tardío: la retribución en la vida eterna? ¿Qué pasa con los justos que han sufrido en esta vida que pasa? El mismo Jesús nos dirá: «El campo es el mundo», hoy día diríamos: «El campo es la historia humana». La enseñanza que queda en los oyentes es que en la historia humana el bien y el mal están mezclados y que en su etapa actual nosotros no somos capaces de distinguirlos y separarlos sin equivocarnos y cometer injusticia. Hay que esperar hasta que ambos lleguen a madurez. No hay que impacientarse. Hay que confiar en la sabiduría de Dios.

San Agustín nos dirá que esta parábola se refiere a la paciencia del Padre que siempre espera, «porque hay muchos que antes eran pecadores y después llegan a convertirse». San Agustín debe de hablar desde su propia experiencia de vida. Por medio de esta parábola Jesús ha expuesto de manera eficaz la misma enseñanza que ya daba Dios en el Antiguo Testamento: «Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te impacientes, que es peor: pues serán extirpados los malvados, más los que esperan en el Señor poseerán la tierra. Un poco más y no hay impío, buscas su lugar y ya no está; en cambio, poseerán la tierra los humildes, y gozarán de inmensa paz» (Sal 37,8-11).

El grano de mostaza

La parábola del grano de mostaza tiene la finalidad de enseñar que, en contraste con sus humildes inicios, la enseñanza de Cristo estaba destinada a crecer y difundirse y llenar la tierra. En efecto, el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero una vez que crece, se hace un gran árbol que cobija a las aves del cielo. Nosotros leemos esta parábola ahora que la Iglesia de Cristo está establecida en todos los Continentes y en todos los rincones de tierra, es decir, cuando es un gran árbol que cobija a mil millones de hombres. Pero no debemos olvidar que fue dicha por Cristo cuando sus seguidores eran sólo un pequeño grupo en un alejado rincón del mundo. El cumplimiento de este anuncio de Jesús, que en su momento fue una magnífica profecía sobre el desarrollo de su Iglesia, constituye uno de los motivos de credibilidad de la fe cristiana. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, «la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos, motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es, en modo alguno, un movimiento ciego del espíritu» .

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 12 Ee julio Ee 2017 a las 9:00 Comments comentarios (0)


DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

16-22 de Julio del 2017

“El que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto”

Is 55, 10-11: “La palabra, que sale de mi boca, no volverá a mí vacía”

Así dice el Señor:

“Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.

Sal 64, 10-13: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales.

Riegas los surcos, igualas los terrones, la ablandas con tu lluvia, bendices sus brotes.

Coronas el año con tus bienes, tus caminos, derraman abundancia; germinan los pastos del desierto, y las colinas se engalanan de alegría.

Las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de trigales, que aclaman y cantan.

Rom 8, 18-23: “Los sufrimientos no pueden compararse con la gloria futura”

Hermanos:

Sostengo que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vea liberada de esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto.

Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Mt 13, 1-23: “Salió el sembrador a sembrar”

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas.

Les decía:

— «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.

Otras cayeron en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se marchitaron y por falta de raíz se secaron.

Otras cayeron entre espinos, que crecieron y las ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras, treinta.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

— «¿Por qué les hablas en parábolas?»

El les contestó:

— «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:

“Oirán con los oídos sin entender; mirarán con los ojos sin ver; porque está endurecido el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”.

¡Dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen! Yo les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.

Escuchen, pues, lo que significa la parábola del sembrador:

Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre espinos significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».

NOTA IMPORTANTE

El Señor se encuentra en Cafarnaúm, ciudad ubicada en la orilla noroccidental del Mar de Galilea, también llamado Mar o Lago de Tiberíades o Lago de Genesaret. Cafarnaúm era, podríamos decir, la base de operaciones del Señor. En ella realizó muchos de los milagros narrados en los evangelios, y desde ella partía a otras ciudades para anunciar la Buena Nueva (ver Mt 9,35). Mateo la designa como “su ciudad [de Jesús]” (Mt 9,1). También Pedro vivía en Cafarnaúm. En su casa acogió al Señor muchas veces (ver Mt 8,14). Asimismo vivía allí Mateo (ver Mt 9,10), que se desempeñaba como cobrador de impuestos (ver Mt 9,9).

Un día «salió Jesús de casa» y se dirigió a las orillas del lago. Refiere el evangelista que lo seguía tanta gente, que al llegar a la orilla del lago subió a una barca y se alejó un poco para poder desde allí predicar a todos sin ser impedido por la muchedumbre. Este modo de predicar ya lo había utilizado en otras ocasiones (ver Lc 5,3).

Desde la barca se puso a hablarles «mucho rato» en parábolas. Nuestro término “parábola” procede del griego parabolé, que significa yuxtaposición o comparación. Se trata de una comparación desarrollada al modo de una narración ficticia, tomada de lo que suele suceder en la vida o sociedad humana, por medio de la cual Cristo propone verdades de orden sobrenatural. Hay por tanto en toda parábola una imagen y una enseñanza espiritual fundada en alguna semejanza que se encuentra entre una y otra.

La primera parábola de aquel día fue la del sembrador. Era una imagen muy familiar en aquella región de Galilea, tierra accidentada y llena de colinas, en la que pequeñas extensiones de terreno se destinaban a la siembra. El Señor describe lo que cualquier observador atento podía ver en el proceso de la siembra, desde que el sembrador salía a sembrar hasta el momento de la cosecha. No todas las semillas llegan a dar fruto, sino sólo las que caen en tierra buena. Las que caen en suelo apisonado, son arrebatadas por los pájaros; las que caen en tierra poco profunda y pedregosa, apenas brotan se marchitan por el calor; otras que caen entre espinos logran crecer más, pero finalmente son ahogadas por éstos.

Una vez pronunciada la parábola del sembrador el Señor añadía: «¡El que tenga oídos, que oiga!» Con esta expresión invitaba a sus oyentes a abrirse al sentido profundo de la parábola, a ser como aquella tierra fértil que acoge a Cristo y su palabra.

Luego de esta primera parábola el evangelista inserta la respuesta del Señor a los discípulos, quienes le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?» (ver Mc 4,10-12; Lc 8,9-10) Al iniciarse la enseñanza por medio de parábolas, la respuesta del Señor proyecta luz sobre todas.

La respuesta a primera vista es desconcertante: «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no». ¿Es acaso la enseñanza del Señor una doctrina secreta reservada sólo para un grupo de elegidos o iniciados? ¿No tenían las parábolas más bien la finalidad pedagógica de ayudar a entender a los oyentes, de un modo sencillo y didáctico, realidades de orden sobrenatural? En el evangelio de San Marcos leemos que las parábolas del Señor tenían esta finalidad pedagógica. Por ello «les anunciaba la Palabra con muchas parábolas… según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas» (Mc 4,33-34). No hay que ver en los «secretos del Reino de los Cielos» una doctrina secreta, reservada únicamente para un grupo selecto de iniciados. Los Apóstoles tendrán la misión de «proclamar desde las azoteas» todo lo que el Señor les había explicado y enseñado en privado (ver Mt 10,27). Si a los Apóstoles se les concedía conocer y comprender los misterios del Reino de los Cielos de una forma privilegiada era para que pudiesen luego proclamar las enseñanzas de Jesús a los cuatro vientos.

Pero no todos tienen oídos para oír. La doctrina del Reino de los Cielos es incomprensible para quien endurece el corazón. Requiere por parte de quien la escucha una actitud de humilde acogida. Lamentablemente muchos carecen de tal disposición interior, cerrándose ellos mismos a la salvación y reconciliación ofrecida por Dios por medio de su propio Hijo. Jesucristo es esa Palabra del Padre que «sale de su boca», baja a la tierra como la lluvia, la fecunda y hace germinar, para volver al Padre cargada de frutos de salvación (1ª. Lectura). Tal fecundidad, que se debe a su obediencia al Plan del Padre, se ve lastimosamente comprometida por la dureza de corazón del soberbio e incrédulo.

Así como antes muchos endurecieron el corazón desoyendo la enseñanza de los profetas, ahora también muchos endurecían el corazón y rechazaban al mismo Hijo de Dios y sus enseñanzas (ver Mt 21,33-46). Las parábolas, por su lenguaje velado, se constituían en un signo de esa incomprensión. La falta de penetración, sin embargo, no se debe a la parábola misma, sino a la cerrazón de corazón. Las parábolas del Reino resultan incomprensibles tan sólo para aquellos que no acogen al Señor, para aquellos que se resisten a ver en Él al enviado divino. En cambio, son dichosos los Apóstoles y discípulos que “ven” y “oyen” lo que muchos profetas y justos desearon ver y oír, es decir, al mismo Mesías enviado por Dios y sus palabras de Vida.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántas veces en medio de duras pruebas o dificultades nos hemos preguntado: «¿Está Dios entre nosotros o no?» (Ex 17,7)? ¿Cuántas veces hemos querido o quisiéramos que Dios nos hable, cuando por ejemplo buscamos una luz para orientar nuestra vida, para tomar una decisión importante? Y si nada “escuchamos”, pensamos que Dios no nos habla, o que nos ha abandonado.

¿Pero es verdad que Dios no nos habla? ¿O somos nosotros quienes “teniendo oídos no oímos”, “teniendo ojos no vemos”, porque nuestro corazón está embotado y endurecido? (ver Mt 13,14-15). ¡Cuántas veces Dios arroja su semilla en nuestros corazones, encontrando sólo una tierra endurecida y estéril! ¡Cuántas veces nos pasa lo que dice aquel aforismo: “no hay peor sordo que el que no quiere oír”! Dios habla, y habla fuerte en su Hijo Jesucristo, pero no pocas veces le cerramos los oídos porque lo que nos dice no siempre es lo que nosotros quisiéramos escuchar. Sí, la Palabra de Dios incomoda mucho porque exige cambios radicales, porque nos desinstala diariamente, porque sacude nuestra mediocridad, porque en momentos críticos exige opciones radicales y renuncias que no siempre estamos dispuestos a realizar, porque exige abrazarnos a la cruz cuando quisiéramos que nos libre del sufrimiento, porque quisiéramos ganar la gloria eterna pero sin asumir el combate, sin seguir al Señor hasta la cruz.

Sí, en su Hijo Jesucristo Dios ha hablado a la humanidad entera con fuerte clamor y nos sigue hablando también hoy, habla a quien está dispuesto a escuchar. Sus palabras son esas semillas que Dios nos pide acoger dócilmente en nuestros corazones: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7). Por ello, ante esta “sordera” que de una u otra forma a todos nos afecta, querámoslo admitir o no, conviene preguntarnos con toda humildad y honestidad: ¿Cómo acojo yo a Cristo, Palabra viva enviada por el Padre para mi salvación y reconciliación? ¿Cómo acojo yo sus palabras y enseñanzas? ¿Hago todo lo posible por hacer fructificar las enseñanzas de Cristo en mi vida mediante obras concretas, asumiendo los cambios necesarios en mi comportamiento, perseverando en ellos? ¿O ahogo acaso el dinamismo de su Palabra en mi corazón (ver Heb 4,12), cerrándome con autosuficiencia a lo que me enseña, siendo inconstante cuando el camino se torna difícil, dejándome arrastrar por poder seductor del poder, del placer o del tener?

En el empeño por acoger en nuestras vidas al Señor y su palabra, ¡miremos a María! ¡Miremos su Inmaculado-Doloroso Corazón! ¿Quién más ejemplar que Ella? De Ella aprendemos sus mismas disposiciones para acoger al Señor y su Palabra en nuestros corazones, en nuestra vida. Con amor de hijos acerquémonos a Ella al despertar cada mañana, implorándole en oración que interceda por nosotros y nos eduque para llegar a tener un corazón como el suyo: un corazón plenamente abierto a la Palabra divina, siempre dispuesto a escuchar y a hacer lo que Dios me pida (ver Lc 1,38; Jn 2,5; Jer 15,16); un corazón constante y perseverante, para que nunca me eche atrás ante las dificultades o fatigas que experimentaré en el seguimiento del Señor (ver Jn 19,25); un corazón indiviso, para que nunca permita que los afanes de este mundo sofoquen mi amor a Cristo (ver Lc 16,13); un corazón fértil, para que alentado y fortalecido por la gracia pueda poner por obra la palabra escuchada (ver Lc 11,28; Stgo 1,22ss).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«“Salió el sembrador a sembrar.” ¿De dónde salió el que está presente en todo, que lo llena todo? ¿Cómo ha salido? No de forma material, ciertamente, sino por una disposición de su providencia en favor nuestro: se acercó a nosotros revistiendo nuestra carne. Puesto que nosotros no podíamos llegarnos a Él porque nos lo impedían nuestros pecados, es Él quien vino a nosotros. Y ¿por qué salió? Para destruir la tierra en la que pululaban las espinas? ¿Para castigar a los agricultores? De ninguna manera. Viene a cultivar esta tierra, a ocuparse de ella y sembrar la palabra de santidad. Porque la simiente de la cual habla es, en efecto, su doctrina; el campo, el alma del hombre; el sembrador, Él mismo».

San Juan Crisóstomo

«Un sembrador se fue a echar la semilla y una parte cayó al borde del camino, pero vinieron las aves y se la comieron, otra parte cayó en tierra buena. Tres partes se perdieron, una sola fructificó. Pero el sembrador no cesó de cultivar el campo. Le basta que una parte se conserve para no dejar su trabajo».

San Juan Crisóstomo

«En la parábola del sembrador Cristo nos enseña que su palabra se dirige a todos indistintamente. Del mismo modo, en efecto, que el sembrador de la parábola no hace distinción entre los terrenos sino que siembra a los cuatro vientos, así el Señor no distingue entre el rico y el pobre, el sabio y el necio, el negligente y el aplicado, el valiente y el cobarde, sino que se dirige a todos y, aunque conoce el porvenir, pone todo de su parte de manera que se puede decir: “¿Qué más puedo hacer que no haya hecho?” (ver Is 5,4)».

San Juan Crisóstomo

«Pero, me dirás, ¿a qué sirve sembrar entre espinas, en terreno pedregoso o sobre el camino? Si se tratara de una semilla terrena, de una tierra material, realmente no tendría sentido. Pero cuando se trata de las almas y de la Palabra, hay que elogiar al sembrador. Se reprocharía con razón a un agricultor de actuar de esta manera. La piedra no puede convertirse en tierra, el camino no puede dejar de ser camino y las espinas no dejan de ser espinas. Pero en el terreno espiritual las cosas no son así. La piedra puede convertirse en tierra fértil, el camino se puede convertir en un campo donde no pisan los viandantes, las espinas pueden ser arrancadas y permitir al grano fructificar libremente. Si esto no fuera posible, el sembrador no hubiera sembrado su grano como, de hecho, lo hizo».

San Juan Crisóstomo

«Fíjate bien en que hay muchas maneras de perder la semilla... Una cosa es dejar secar la semilla de la palabra de Dios sin preocuparse ni poco ni mucho; otra cosa es verla perecer bajo el choque de las tentaciones... Para que no nos ocurra cosa semejante, grabemos profundamente y con ardor la palabra en nuestra memoria. El diablo querrá arrancar el bien alrededor nuestro, pero nosotros tendremos suficiente fuerza para que no pueda arrancar nada en nosotros».

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El anuncio del Reino de Dios

543: Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:

La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

544: El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir a los que lo acogen con un corazón humilde. (…

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt 26, 28.

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino de los cielos» (Mt 13, 11). Para los que están «fuera», la enseñanza de las parábolas es algo enigmático.

Es necesario acoger la semilla mediante la meditación perseverante

2707: Los métodos de meditación son tan diversos como diversos son los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador. Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC


Vengan a Mí Todos los que Están Cansados y Agobiados, y Yo los Aliviaré

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 5 Ee julio Ee 2017 a las 14:50 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

09 -15 de Julio del 2017

“Vengan a Mí Todos los que Están Cansados y Agobiados, y Yo los Aliviaré”

Zac 9,9-10: “Mira a tu rey que humilde viene a ti”

Así dice el Señor:

«Alégrate, hija de Sión;

canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti

justo y victorioso;

humilde y cabalgando en un pollino,

cría de una burra.

Destruirá los carros de guerra de Efraín,

los caballos de Jerusalén,

romperá los arcos guerreros,

dictará la paz a las naciones;

dominará de mar a mar,

del Gran Río hasta los extremos de la tierra».

Sal 144,1-2.8-14: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey”

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;

bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día, te bendeciré

y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,

que te bendigan tus fieles;

que proclamen la gloria de tu reinado,

que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras,

bondadoso en todas sus acciones.

El Señor sostiene a los que van a caer,

endereza a los que ya se doblan.

Rom 8,9.11-13: “Si hacen morir las obras de la carne según el Espíritu, entonces vivirán”

Hermanos:

Ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará nueva vida a sus cuerpos mortales. Por el mismo Espíritu que habita en ustedes.

Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne según el Espíritu, entonces vivirán.

Mt 11,25-30: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

— «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

NOTA IMPORTANTE

Cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, Él mismo partió de allí para enseñar y predicar a otros pueblos (ver Mt 11,1). Entonces se le acercan los discípulos de Juan el Bautista, enviados por él, para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Con su respuesta el Señor Jesús da a entender que efectivamente Él es el que había de venir y añade que Juan era el mensajero enviado delante de Él a prepararle el camino (ver Mt 11,10).

El Señor Jesús aprovecha la ocasión para hablar de la dureza y el rechazo manifestado por los judíos: vino Juan y no lo escucharon, tampoco a Él lo escuchan ahora. Los fariseos han descalificado a Juan por la rigurosidad de su penitencia, y al Señor Jesús por su condescendencia con los pecadores (ver Mt 11,18-19). Aún cuando el Señor «se ha acreditado por sus obras» (Mt 11,19), por los milagros que dan testimonio de la veracidad de sus palabras, ellos no han querido creer.

El Señor emite entonces un duro juicio sobre algunas ciudades judías, las que, a pesar de haber realizado en ellas «la mayoría de sus milagros» (v.20), se cerraron a sus palabras y no creyeron en Él. Entonces, en evidente contraposición a la actitud de terca cerrazón mostrada por los fariseos ante los misterios revelados por Él, el Señor eleva al Padre una oración de gratitud: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25ss). Ante la dureza de corazón de muchos, particularmente de los cultísimos fariseos y maestros de la Ley, el Señor Jesús da gracias al Padre por la humildad de aquellos que sí creyeron y acogieron la verdad revelada por Él, y que lo acogieron a Él mismo.

La razón del rechazo del mensaje de la Buena Nueva es la dureza de corazón, la ceguera ante la evidencia de los signos realizados por el Señor, la negación a abrirse a lo objetivo y a la verdad. El problema está no en ser sabios, sino en la soberbia que lleva a asumir una actitud cerrada, intolerante e incluso hostil frente a la Verdad revelada por el Señor Jesús. Él muestra esa verdad a todos, pero no la acogen «los sabios y entendidos», sino sólo «la gente sencilla».

Dice San Juan Crisóstomo: «al decir “a los sabios”, (el Señor) no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos». Y en un sentido más amplio afirma San Agustín que «bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios».

A estos «sabios y a los prudentes —dirá San Beda— [el Señor Jesús] no les opuso “ignorantes e imbéciles”, sino “párvulos” [esto es, humildes] para demostrar que condenaba la vanidad, no la penetración». En esta misma línea San Gregorio dice que con el término “pequeñuelos” el Señor «da a entender que no condenó la penetración de espíritu, sino el orgullo». Y San Hilario afirma que se refiere «a los que son pequeños en malicia, mas no en inteligencia».

En resumen, el Señor Jesús «da gracias de haber revelado los misterios de su advenimiento a los Apóstoles, como párvulos, mientras que los escribas y fariseos, que se creían sabios y se miraban como prudentes, los ignoraron» (San Beda). Jesús da gracias al Padre por los Apóstoles y todos aquellos discípulos que con humildad se supieron abrir al misterio insondable del Padre y de su amor por todos los hombres, misterio revelado por Él: «nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Finalmente, el Señor lanza una invitación a «todos los que están cansados y agobiados». Los invita a acudir a Él, les promete que Él aliviará el peso que cargan sobre sus hombros, la fatiga que experimentan. ¿A qué peso se refiere? Es el peso de la Ley y de las observancias farisaicas que recargaban más aún el peso de la Ley (ver Mt 23,4). El “yugo de la Ley” era una metáfora frecuentemente usada entre los rabinos, y es eso a lo que hace referencia el Señor. Él ofrece ahora otro yugo, el “suyo”, un yugo que es suave y ligero. Quien del Señor aprende a cargar ese yugo, quien acude a Él, quien lo ama como es amado por Él, encontrará en Él el descanso del corazón, encontrará que la “carga” de los mandamientos divinos —que para muchos es un yugo insoportable— se hace ligera, fácil de cumplir y sobrellevar. Para quien ama, hasta lo más duro y exigente se torna suave y ligero.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántas veces nos experimentamos cansados, fatigados, agotados, no sólo física, sino también anímicamente? ¿Cuántas veces hemos experimentado situaciones en la vida que nos agobian, es decir, que se convierten como en un peso demasiado grande, difícil de cargar, un peso que parece hundirnos, aplastarnos? Una larga y dura enfermedad; el inmenso vacío y soledad interior que me produce la pérdida de un ser querido; un problema que se prolonga y parece insoluble; un fracaso duro de asimilar; la pérdida del trabajo; no encontrar otro trabajo para poder sostener a la familia; una dura prueba espiritual que se prolonga por meses o años; las continuas y repetidas caídas —“siempre en lo mismo”— que desaniman y desesperanzan; un pecado muy fuerte que no me puedo perdonar; una responsabilidad que me sobrepasa; alguien que me hace la vida imposible; etc., etc. ¡En cuántas situaciones como éstas el espíritu puede flaquear, llevándonos a experimentar ese “ya no puedo más”!

Al experimentarnos cansados y agobiados, lo primero que quisiéramos es encontrar el descanso del corazón, tener paz, hallar a alguien en quien apoyarnos, alguien cuya compañía sea un fuerte aliento para perseverar en la lucha, alguien en cuya presencia vea renacer mi vigor. ¡Qué enorme bendición y tesoro son los verdaderos amigos, en los que podemos hallar el apoyo y descanso para el espíritu agobiado! ¡Pero cuántas veces sentimos que nos hace tanta falta ese apoyo, cuántas veces buscamos consuelos de momento que luego nos dejan más vacíos y agobiados, o cuántas veces preferimos encerrarnos en nuestra soledad haciendo que nuestra carga en vez de aligerarse se torne cada vez más pesada, imposible de cargar!

«¡Ven a Mí!», te dice el Señor cuando te experimentes fatigado, agobiado, invitándote a salir de ti mismo, a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. «Sin Dios, la cruz nos aplas¬ta; con Dios, nos redime y nos salva» (Beato Papa Juan Pablo II). Si buscas al Señor, en Él encontrarás el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en tu fragilidad. Y aunque el Señor no te libere del yugo de la cruz, te promete aliviar su peso haciéndose Él mismo tu cireneo.

Y si por algún motivo un día te sientes anímicamente cansado, o si te sientes agobiado por algún peso que no puedes cargar, mira al Señor en el Huerto de Getsemaní (ver Jn 12,27). ¿Qué hizo Él cuando sintió la angustia en su alma? ¿Qué hizo Él cuando tenía que asumir la pesadísima carga de la cruz? Rezó más, insistía en su oración, la hizo más intensa, buscando la fortaleza en Dios (ver Mt 26,44). El Señor Jesús, el Maestro, nos da una enorme lección de lo que también nosotros debemos hacer: en momentos de prueba, de fatiga, de fragilidad, ¡es cuando más debemos rezar, con más intensidad, con más insistencia! ¿Y dónde mejor que en el Santísimo, ante el Sagrario, en su misma Presencia sacramentada? Sí, allí, ante el Tabernáculo, encontrarás esa paz, ese consuelo, esa fortaleza que necesitarás en los momentos más duros de tu vida.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas».

San Gregorio

«Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: “Y yo os aligeraré”. No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz».

San Juan Crisóstomo

«No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios».

San Agustín

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El Hijo ha revelado el Misterio de Dios

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

Sólo los humildes…

2779: La humildad nos hace reconocer que «nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir «a los pequeños» (Mt 11,25-27).

Cristo es nuestro modelo de santidad

459: El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí...» (Mt 11,29). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: «Escuchadle» (Mc 9,7). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

CONCLUSION

El profeta Zacarías dirige su gozoso anuncio mesiánico a los habitantes de Jerusalén, proclamando la venida de un rey humilde, que montado en un asno , restablecerá la paz y la justicia en las naciones; sintetizando de manera admirable toda la esperanza de salvación del pueblo elegido ( Zacarías 9,9-10). Profecía que se verá plenamente realizada en Jesucristo, manso y humilde de corazón, que viene a traer alivio y descanso a todo aquel que experimenta fatiga y desasosiego. Él, conociendo íntimamente al Padre, revela el verdadero rostro de Dios a todo aquel que con humildad se reconoce necesitado de su misericordia (San Mateo 11, 25-30).

En su carta a los Romanos, San Pablo nos recuerda nuestra nueva dignidad de hijos en el Hijo ya que hemos resucitado a la vida en el Espíritu y, por lo tanto, debemos vivir las obras de vida nueva y no según el desorden egoísta que nace de las apetencias de la carne (Romanos 8, 9.11-13).

¿Quién era el profeta Zacarías?

Zacarías era profeta y sacerdote nacido durante el destierro de los judíos en Babilonia. Así como el profeta Ageo, participó en la reconstrucción del templo que quedó terminado finalmente en el año 516 a.C. En aquel tiempo los judíos que habían regresado del destierro estaban desalentados y habían dejado de reedificar el templo a causa de sus adversarios: «Entonces el pueblo de la tierra se puso a desanimar al pueblo de Judá y a meterles miedo para que no siguiesen edificando» (Esd 4,4). Zacarías los animó a seguir sus trabajos prometiéndoles, en una visión profética, la victoria y la paz final sobre todos sus enemigos (ver Za 9 al 14).

El asno en la Biblia

En la Biblia se menciona por primera vez a un asno cuando Abraham estuvo en Egipto (Gn 12,16). Era el más común de los animales de montura (Ex 4,20). En un asno se podía viajar unos 30 km. en el día y era insustituible en el terreno montañoso. La riqueza de un hombre podía medirse mediante el número de asnos que tuviera (Gn 12,16) por lo que constituía un regalo apreciado (Gn 32, 13-15). El asno blanco se consideraba como un animal digno de personas importantes (Jc 5,10). Un escrito del siglo VII a.C. indica que no era propio de gente real andar a caballo sino en asno. El hecho de que Jesús haya usado un asno para la entrada triunfal en Jerusalén es a la vez símbolo de su realeza mesiánica y de su misión reconciliadora haciendo directa referencia al pasaje de Za 9,9.

«Todo me ha sido entregado por mi Padre»

El Evangelio de este Domingo está compuesto de dos partes: en la primera se nos transmite una oración espontánea de Jesús dirigida a su Padre y en la segunda Jesús se presenta como el Maestro Bueno que invita a los agobiados para darles descanso y mostrarles su propia persona como una lección de mansedumbre y humildad. Este bellísimo pasaje del Evangelio nos recuerda aquel Salmo que dice: «Bendeciré al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca… ¡que los humildes lo oigan y se alegren!» (Sal 33,2).

Profundicemos en el contenido de las palabras de Jesús: «Todo me ha sido entregado por mi Padre». Como leemos en esta frase no se excluye nada, excepto la alteridad , es decir, la propia condición del «Padre». Eso el Padre no lo puede entregar. Pero en ese «todo» se incluye la divinidad; de lo contrario esa afir¬mación no sería verdad. Jesús es el Hijo y se presenta ante el Padre como un «Yo» frente a un «Tú», como una Persona frente a otra Persona; pero ambos poseen todo en común, pues son la misma sustancia divina, ambos son el mismo y único Dios. Estamos tocando así la revelación del misterio trinitario.

Esto se ve confirmado por las siguientes afirmaciones de Jesús. «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre». Esto lo podemos aceptar sin más. En efecto, esto puede decirse de toda persona: nadie la conoce bien sino el mismo Dios. San Agustín decía que Dios era «más íntimo a mí que yo mismo». El conocimiento que Dios tiene de cada uno es mayor que el que tenemos de nosotros mismos.

Pero Jesús agrega: «Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo». Como podemos ver esta afirmación es tremenda. Si nadie puede presumir de conocer bien a una persona humana, ¿quién puede presumir de conocer bien a Dios? Pues ¡el Hijo lo conoce bien! Y no sólo esto, sino que Él puede conceder a otro este conocimiento: «A aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». En la Biblia conocer es más que una actividad intelectual: «conocer» es «conocer y amar»: ambas acciones van juntas. Por tanto, en estas afirmaciones de Jesús nos habla del Amor entre el Padre y el Hijo. Y este vínculo de Amor, que une al Padre y al Hijo es la tercera Persona divina, pues nada puede intervenir entre el Padre y el Hijo que no sea Dios mismo. La tercera Persona divina, el Espíritu Santo, que el Hijo envía a nuestros corazones, comunicándonos el amor, nos concede el conocimiento de Dios. En efecto, «el que ama… conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4,7-8).

Los sabios e inteligentes en relación a los pequeños

Vemos en el texto un problema en el contraste entre sabios e inteligentes y los «pequeños». Es que los «sabios e inteligentes» no se oponen a «pequeños», sino a los «necios y tardos». Y no es a éstos a quienes revela el Padre sus misterios, sino a los pequeños. Por otro lado, «sabiduría e inteligencia» son los más altos dones del Espíritu Santo en cuanto que nos permiten precisamente gustar y comprender las cosas divinas. ¿A quiénes pues se refiere la frase de Jesús cuando dice «sabios e inteligentes»? Son los que presumen de tales, los que piensan que con su intelecto humano pueden alcanzar toda la verdad; son los que el mundo considera grandes por razón de su ciencia e inteligencia; los que no tolerarían jamás ser llamados «pequeños». A éstos Dios no les revela sus cosas o mejor dicho ellos mismos no quieren escuchar a Dios ya que no lo necesitan…

Pero…¿quiénes son estos pequeños? «Pequeño» era Pedro y por eso recibió de Dios la revelación de quién era Jesús (ver Mt 16,17). Pedro era un humilde pescador de Galilea que ante Jesús exclama: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5,8); que reconociendo su incapacidad pregunta a Jesús: «¿Quién podrá salvarse?» (Mt 19,25), y que en la angustia clama a Él: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). «Grande» en cambio, eran Herodes, Pilato, el Sumo Sacerdote, etc., etc.; la lista podría alargarse mucho. Pero éstos nunca conocieron quién realmente era Jesús. Cada uno puede discernir en cuál grupo se encuentra según su relación con el Padre. Para unos las cosas son ocultas y para los otros son claras.

Pero… ¿cuáles son «estas cosas»?

Con el uso de su inteligencia y gracias a su esfuerzo el hombre puede alcanzar las verdades científicas y experimentales. Esas verdades son a la medida de su capacidad; son verdades naturales que el hombre puede conocer con relativa nitidez. Pero las verdades sobrenaturales, las que explican el sentido de su vida, su origen y su destino, el fundamento de su existencia y su ubicación en el universo, estas verdades son concedidas al hombre como un don gratuito que Dios se ha complacido en compartirlas con los humildes.

Estas verdades deben ser acogidas por la fe. Que Dios creó el universo y el hombre a partir de la nada, que tanto ama al hombre que envió a su Hijo único para salvarlo del pecado, que Jesucristo es el Hijo de Dios y Dios verdadero, que nació de una Virgen y que su muerte fue un sacrificio que Dios aceptó por el perdón de los pecados, que resucitó y ahora reina en el cielo, aunque está presente en su Iglesia, y que vendrá al fin de los tiempos con gloria a poner fin a la historia humana. A todo esto se refiere Jesús cuando dice «estas cosas».

Si algunas de las cosas que hemos enumerado u otras del mismo género que enseña la Iglesia (en efecto, Jesús dijo: «El que a vosotros oye a mi me oye»;) le resultan oscuras a alguien, no debe precipitarse a examinar muchos libros o consultar las opiniones de los especialistas, sino examinar la humildad y la bondad de su corazón. Es el consejo que nos da San Pedro: «Revestíos todos de humildad en vuestras relaciones mutuas, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (1P 5,5).

La humildad es una virtud que no sólo agrada a los hombres sino que entusiasma y conmueve al mismo Dios. Por eso la Virgen María halló gracia a sus ojos: «El Poderoso ha hecho en mí cosas grandes, porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48-49). El Evangelio también insiste en que ella «guardaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51).

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACIÓN RCC DRVC

 

Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 23 Ee junio Ee 2017 a las 0:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

25 -30 de Junio del 2017

“Lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea”

Jer 20,10-13: “El Señor está conmigo, mis enemigos no podrán conmigo.”

Dijo Jeremías:

“Yo oía la murmuración de la gente:

‘Hay terror por todas partes;

denunciemos a Jeremías”.

Hasta mis amigos esperan que yo dé un paso en falso:

‘A ver si se deja engañar, y entonces lo venceremos,

Nos vengaremos de él’.

Pero el Señor está conmigo,

como un guerrero poderoso;

mis enemigos caerán y no podrán conmigo.

Se avergonzarán de su fracaso

sufrirán una humillación eterna que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo

y sondeas lo íntimo del corazón,

hazme ver cómo castigas a esa gente,

porque a ti he confiado mi causa.

Canten al Señor, alaben al Señor,

que libró la vida del pobre de manos de los malvados”.

 

 

Sal 68,8-10.14 y 17.33-35: “Que me escuche tu gran bondad, Señor”

 

 

Rom 5,12-15: “Por el delito de uno murieron todos, mas por Jesucristo la gracia se ha desbordado sobre todos.”

Hermanos:

Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

Porque, antes que hubiera la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.

 

 

Mt 10,26-33: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre”

En aquél tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“No tengan miedo a los hombres, porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.

Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unas moneditas? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que el Padre de ustedes lo disponga. En cuanto a ustedes hasta los cabellos de la cabeza él los tiene contados. Por eso, no tengan miedo; no hay comparación entre ustedes y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte delante de mi Padre que está en el cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo”.

 

 

NOTA IMPORTANTE

El Evangelio de este Domingo comienza con una firme exhortación del Señor a sus apóstoles: «No tengan miedo a los hombres…». Busca afirmar su espíritu porque poco antes les había dicho: «Miren que yo os envío como ovejas en medio de lobos», anunciándoles que por su causa los entregarían a los tribunales y los azotarían en las sinagogas, que serían llevados ante gobernadores y reyes, que entregaría a la muerte «hermano a hermano y padre a hijo», en resumen, que serían odiados de todos y perseguidos por ser sus discípulos (ver Mt 10,16-25).

Si ampliamos el contexto, el fragmento que escuchamos este Domingo está enmarcado en un conjunto de instrucciones que el Señor Jesús da a sus apóstoles antes de enviarlos a anunciar el Reino a «las ovejas descarriadas de Israel» (ver Mt 10,5). Sin embargo hay que decir que varias instrucciones y advertencias trascienden esa misión inmediata y más bien apuntan a la misión univer¬sal que los apóstoles y discípulos deberán realizar una vez que el Señor Resucitado ascienda a los Cielos y envíe el Espíritu Santo sobre ellos el día de Pentecostés (ver Mt 28,19).

El Señor anuncia y advierte a sus apóstoles que en el fiel cumplimiento de su misión recibirán el mismo maltrato que Él sufrirá (ver Mt 10, 24-25). Lo que harán con el Maestro lo harán con los discípulos. Como testigos de Cristo, serán rechazados por aquel “mundo” que se opone a Dios y rechaza sus amorosos designios. ¿Cómo no temblar ante el anuncio de la oposición, del maltrato y de la muerte violenta que sufrirán muchos a manos de sus furiosos opositores y perseguidores? Evidentemente tal panorama asusta a cualquiera y por ello el Señor Jesús, viendo despertar el temor en sus corazones y sabiendo del miedo que experimentarían llegado el momento, los exhorta vivamente a no temer ni siquiera a la muerte misma pues si bien serán capaces de destrozar el cuerpo no podrán matar el “alma”.

Por alma, en griego psijé, ha de entenderse el ser en sí, la vida interior. Su vida quedará guardada por Dios, que resucitará para la vida eterna —con un cuerpo glorioso como el de Cristo— a quienes dan valiente testimonio del Señor en esta vida. Será en el día del Juicio final cuando el Señor ante su Padre se ponga de parte de aquellos que en esta vida se pusieron de su parte ante los hombres, garantizándoles de esa manera la entrada en el gozo eterno de Dios (ver Mt 25,34).

Mas a quien conociéndolo lo niega y reniega de Él, también el Señor le negará su intercesión ante el Padre. En efecto, el Señor advierte que a quien hay que temer es a aquél que puede “destruir con el fuego alma y cuerpo”. El texto griego dice literalmente: “destruir tanto el alma como el cuerpo en la Gehenna”. Gehenna era el nombre del valle que se hallaba al sur de Jerusalén, lugar donde se arrojaba la basura de la ciudad, así como los cadáveres de los animales muertos para ser incinerados. Un vertedero de desperdicios y despojos de animales es usado por el Señor como un símbolo muy fuerte para referirse a otro lugar al que sí hay que temer ir a parar en cuerpo y alma por negar al Señor ante los hombres.

El lugar del castigo es el infierno o "gehenna de fuego." Era el concepto judío del lugar y castigo de los pecados. Designaba originariamente el "valle de Hinnón" (ge-Hinnon), y en arameo con la vocalización en a, que es la que aparece en gehenna. Era un lugar de Jerusalén que se extendía por el noroeste hasta el sudoeste, y en el que se cometieron grandes idolatrías. En tiempo de Acaz (733-727) y Manases (696-641) se habían quemado niños a Moloc (2 Re 23:10; Jn 32:35; 2 Crón 33:6). Para hacer aquel lugar execrable para siempre impuro, el rey Josías (639-608) lo había hecho llenar, profanándolo, con inmundicias. Un fuego, siempre mantenido vivo, quemaba constantemente todos los detritus y basuras. Isaías muestra los cadáveres de los impíos arrojados de la nueva Jerusalén, parte descompuestos y comidos por "el gusano que nunca morirá" y parte quemados en el fuego de la gehenna, "cuyo fuego no se apagará" (Is 66:24). La literatura apocalíptica hace de él el lugar del suplicio de los malos 9. En el lenguaje evangélico, la gehenna vino a ser el símbolo del infierno de los condenados 10. (Salamanca…;)

El miedo natural a la muerte no debe detener a los apóstoles en la misión de dar testimonio del Señor y propagar sus enseñanzas y su Evangelio. El Señor los invita a superar el miedo mediante la confianza en Dios: Él, que cuida de cada uno, estará con ellos en la hora de la prueba, en el momento en que tengan que dar testimonio del Señor, incluso cuando tengan que arrostrar la muerte por su causa. Esta confianza es la que muestra Jeremías, el profeta, ante el acecho que experimenta también él por ser portador del mensaje divino para su pueblo: “el Señor está conmigo, como un guerrero poderoso; mis enemigos caerán y no podrán conmigo” (1ª. Lectura).

La misión, lo que deberán llevar a cabo enfrentando y superando todo miedo y temor, es ésta: «Lo que les digo de noche díganlo ustedes en pleno día, y lo que escuchen al oído pregónenlo desde la azotea». En los tiempos de Cristo los pueblos de Tierra Santa tenían sus pregoneros. Los techos de las casas eran planos y las órdenes de los gobiernos locales eran proclamadas desde las casas más altas, convirtiendo así la azotea en lugar de proclamas públicas. Tales proclamas se hacían por lo general por las tardes, cuando los hombres retornaban de sus labores campestres. Una llamada larga, ahogada, invitaba a los residentes a escuchar lo que el pregonero posteriormente comunicaba a todos. El Señor, que sin duda había escuchado con frecuencia las proclamas del pregonero del pueblo, hace uso de esta realidad de la vida cotidiana para dar a entender a sus apóstoles que deberán ellos proclamar a viva voz y a los cuatro vientos todo lo que Él les enseñó, incluso en la mayor intimidad o de forma velada. Su doctrina, lejos de ser una doctrina secreta reservada a un grupo de “iniciados”, es para todos y está destinada a ser conocida universalmente.

LAS LUCES DE LA VIDA CRISTIANA

¿Es posible que exista una lámpara encendida que no alumbre? ¿Puede existir un pregonero mudo? Si callase, ¡dejaría de ser pregonero! Tampoco un cristiano puede dejar de irradiar a Cristo o callar su anuncio. Un cristiano que no irradia a Cristo, un cristiano que no anuncia a Cristo y su Evangelio, ¿es verdaderamente cristiano? Aquel o aquella que en verdad se ha encontrado con Cristo, aquel o aquella que le ha abierto las puertas de su casa (ver Ap 3,20; Lc 19,9), aquel o aquella en quien Él habita y permanece (ver Jn 15,4-5), necesariamente irradia y refleja a Cristo. No puede ser de otro modo.

El que es de Cristo anuncia a Cristo. Lo hace con el testimonio de su propia vida, de una vida cristiana intensa, coherente, comprometida, que aspira a vivir la caridad de Cristo en todo lo que hace, que aspira a la santidad haciendo las cosas ordinarias de la vida de modo extraordinario, de todo corazón, como para el Señor (ver Col 3,23). Lo hace también con su palabra, hablando a otros de Cristo y de su Evangelio. ¡Nadie se sienta tranquilo si no anuncia a Cristo, si no lo da a conocer a los demás con sus labios! Pues no es suficiente “ser buenos” pero mudos cristianos: es necesario, es urgente ser también apóstoles, ser pregoneros de su mensaje. «¡Ay de mí si no evangelizare!» (1Cor 9,16), decía San Pablo, experimentando esa enorme urgencia y necesidad de comunicar a otros el don de la reconciliación, la salvación traída por el Señor Jesús. ¿Cuántos quedarán sin oír la buena Nueva si yo no le presto mis labios y mi corazón al Señor en la tarea evangelizadora que Él ha confiado a Su Iglesia, de la que todos los bautizados formamos parte? (ver Mt 28, 19-20; Rom 10,14-15)

El anuncio de Cristo y de su Evangelio, que hay que proclamar abiertamente “desde la azotea”, no siempre goza de popularidad. Cualquier cristiano al anunciar el Evangelio se encontrará con reacciones favorables como también adversas. La oposición, el rechazo, la burla, el desprecio, la calumnia, la difamación, la persecución, son experiencias que forman parte de la vida del discípulo de Cristo, como formaron y forman parte de la vida de tantos apóstoles y cristianos a lo largo de la historia, como formaron parte de la vida de Cristo mismo.

Al sobrevenir estas pruebas, ¿cómo no experimentar el temor? ¿Cuántas veces el miedo al “qué dirán”, a la burla, al rechazo, nos ha llevado a esconder y ocultar nuestra fe, nuestra condición de cristianos católicos? Si nos dejamos vencer por el miedo o la vergüenza, negamos a Cristo, abierta o encubiertamente. Por ello es tan importante vencer los miedos y temores que experimentamos en la vida cristiana: miedo de seguir al Señor, miedo de no saber adónde nos llevará, miedo a que nos pida dar más, miedo a la oposición y rechazo que encontraré en el camino, incluso en la propia familia o en el círculo de amigos más cercanos.

Ante la oposición o dificultades que encontraremos en el camino el Señor nos invita a confiar en Él, a vencer nuestros temores, a lanzarnos sin miedo: «¡No tengan miedo a los hombres!» La confianza en Dios, en su Presencia, en su providencia y acción, nos da mucha seguridad y es el mejor remedio contra el miedo que paraliza o lleva a huir. El miedo se diluye en la medida en que la confianza en Dios se hace fuerte. El Señor nos ha garantizado Él que estará siempre con nosotros en la adversidad. (ver Mt 28,20; Jn 16,33; Jer 1,8). Si Él está con nosotros, nadie podrá contra nosotros (ver Rom 8,31; Jer 20, 11).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Les aconseja que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.»

San Hilario

«“Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos”, esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.»

San Jerónimo

«Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu.»

San Hilario

«Observad que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.»

San Juan Crisóstomo

«Para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: “No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros”.»

San Hilario

«Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: “A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos”.»

San Juan Crisóstomo

«Ésta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios.»

San Hilario

«Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.»

San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).

2145: El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe sin ceder al temor (ver Mt 10, 32; 1 Tim 6, 12.). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

2471: Ante Pilato, Cristo proclama que había «venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El cristiano no debe «avergonzarse de dar testimonio del Señor» (2 Tim 1, 8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una «conciencia limpia ante Dios y ante los hombres» (Hech 24, 16).

2472: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad:

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (Ad gentes, 11).

2473: El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. «Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios» (S. Ignacio de Antioquía).

2474: Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre.

UNA REFLEXIONES MAS

No tener miedo de salir de la oscuridad,

abrir los ojos a la luz de Cristo, y anunciarlo a toda la humanidad.

Cristo hasta casi el final de su vida no se mostraba con su poder, pues no lo podían comprender. Sin embargo, sus discípulos, los que escuchaban cotidianamente sus Palabras, y a quiénes eran explicadas las parábolas que Jesús contaba a los demás, éstos sí estaban llamados a hablar abiertamente la Verdad de Cristo, pues nada permanecía oculto para ellos. Por lo tanto, no podían ser hipócritas. Es decir, por un lado creer en Cristo, y por otro, vivir y proclamar otra vida ante los hombres. Lo que parece que Cristo dice en tinieblas, hacia los judíos incrédulos, nos pide que hablemos a la luz, predicando hacia todos las verdades de Cristo, nuestro Señor. Lo que Jesús decía a sus discípulos en “tinieblas”, nos pide que lo proclamemos con más claridad.

Jesús los invita a no tener miedo a los que los persiguen (especialmente después de la muerte de Jesús), pues toda la maldad que puedan hacerles, serán clarificadas y juzgadas por Cristo mismo en el tiempo futuro. Todo lo escondido saldrá a la luz. Todo lo que está “oculto” en nuestros corazones saldrá manifiesto. Para esto, nuestra confianza debe estar muy bien puesta en nuestro Señor, que juzgará a cada uno según sus acciones en el día del juicio.

Más importante que nuestro cuerpo es nuestra alma, por ello el miedo que debemos tener, es al que mata nuestra alma... Aun así no debemos y no necesitamos temer, pues Cristo nos conoce y está siempre velando por nosotros, a nuestro costado. Sólo nos pide que lo declaremos, como verdaderos cristianos, y actuemos como tales hacia los demás. Pues no lo hará Cristo por nosotros ante el Padre, si es que no lo hacemos por Él ante los demás.

Cristo manifiesta así, que necesita nuestra cooperación. Necesita nuestra voz para proclamar. Nuestro testimonio para convertir. Mostrar su triunfo sobre la muerte y el pecado, que son oscuridad. No tener miedo ante el príncipe de las tinieblas. No tener miedo a los principados y potestades del mal, puesto que nunca nos abandonará, nunca nos dejará solos. Al decir que tiene contados nuestros cabellos, muestra la inmensa providencia que tiene con nosotros.

Una vez disipado los temores, los alienta a la predicación. Si estoy con Cristo, no debo temer a la confesión clara de la su Verdad. El confesarlo a Cristo delante de los hombres, nos da la gracia de que Cristo nos declare frente al Padre, que está en los cielos. En el fondo lo que quiere decir es que sin la confesión de boca – que hace referencia a nuestro apostolado, y por lo tanto, la certeza y fe que tenemos en el Señor – no somos dignos de la Salvación. Palabras duras, pero llenas de esperanza para los que no tienen miedo de proclamar las bondades de Jesucristo, nuestro Señor.

GLORIA A DIOS!

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 14 Ee junio Ee 2017 a las 9:20 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC

18-24 de Junio del 2017

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”

Dt 8,2-3.14-16: “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho reco¬rrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus mandamientos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios.

No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes venenosas y alacranes, que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

 

 

Sal 147,12-15.19-20: “Glorifica al Señor, Jerusalén”

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

 

 

1Cor 10,16-17: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”

Hermanos:

El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.

 

 

Jn 6,51-59: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

— «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Los judíos se pusieron a discutir entre sí:

— «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».

Entonces Jesús les dijo:

— «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no es como el maná que comieron sus padres y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre».

 

 

NOTA IMORTANTE

En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Por el contexto sabemos que hacía referencia clara y directa al maná con que Dios alimentó a su pueblo por el desierto en su camino a la tierra prometida. Es lo que leemos en la primera lectura. Moisés invita al pueblo de Israel a recordar cómo Dios había conducido a su pueblo por el desierto de la purificación, proveyéndole siempre del agua y del alimento necesario para su subsistencia. En aquel periodo hizo “llover pan del cielo” para mostrarle a su pueblo que «no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

Aquel pan no era sino una prefiguración de otro pan que Dios daría a todo aquel que quisiese alcanzar la vida eterna. El Señor Jesús anuncia que Él es ese nuevo «pan que ha bajado del cielo» (Jn 6,58) y junto con la similitud establece también una diferencia sustancial entre uno y otro pan enviado por Dios. A diferencia del maná, un alimento inerte que servía para sostener en la vida física a quienes comían de él, el Señor afirma que Él es el pan vivo o pan viviente, un pan que en sí mismo es vida. Ya en otras circunstancias el Señor afirma que Él mismo es la vida (ver Jn 14,6). Trasformándose en pan para ser comido por el hombre llega a ser pan que da vida a todo aquel que lo coma: «El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

Es claro que no se refiere el Señor a que no morirán en la vida presente quienes coman de este pan. La vida a la que se refiere el Señor es la vida eterna, la vida resucitada que Él garantiza a todo aquél que en el peregrinar de esta vida permanece en comunión con Él al comer su carne y beber su sangre: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Quien rechaza comer su carne y beber su sangre, se priva a sí mismo de esta vida que Él ofrece, vida que sólo Dios puede dar al ser humano, vida que se prolongará por toda la eternidad en la plenitud de la felicidad: «si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes».

La afirmación del Señor causó estupor entre quienes lo oían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» ¿Comer carne humana? ¿Comer la carne de Cristo? ¿Cómo es esto posible? ¿No había que entender de modo figurativo aquellas palabras? ¿Pero cómo?

Sin embargo, ni los desconcertados discípulos ni los demás estupefactos oyentes escuchan una explicación o mitigación de tal afirmación. Al contrario, el Señor reafirma vigorosamente sus palabras, dando a entender que deben ser comprendidas de manera literal: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes» (Jn 6,53).

En su respuesta el Señor añade ya no sólo la necesidad de comer su carne sino también de beber su sangre, haciendo más difícil aún para los judíos aceptar las palabras del Maestro. En efecto, para los judíos la sangre contenía la vida que sólo pertenece a Dios, y por lo mismo tenían prohibido beber cualquier sangre. El desconcierto ante las primeras palabras, que hasta ese momento acaso podían tener una interpretación simbólica, dan pie a la repugnancia total que muchos de sus discípulos y seguidores incluso experimentaron ante la dureza de tales afirmaciones: «desde entonces… se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66).

Así pues, no puede entenderse que se trate de una comida puramente espiritual, en que las expresiones «comer la carne» de Cristo y «beber su sangre», tendrían un sentido metafórico. No. Sus palabras quieren decir lo que dicen. El pan que Él dará es en verdad su carne, la bebida que Él dará es en verdad su sangre, porque «mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Él no estaba dispuesto a cambiar o matizar ninguna de sus afirmaciones. Quien quería seguir siendo su discípulo debía aceptar sus palabras por más duras que fueran. Es por ello que a sus mismos apóstoles les pregunta: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67).

Es importante tener en cuenta que la expresión “cuerpo y sangre” es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona humana. Por tanto, al decir que dará de comer su cuerpo y de beber su sangre, el Señor Jesús afirma que no es “simplemente” un pedazo de carne o un poco de sangre lo que dará, sino que se dará Él mismo, íntegramente, en toda su Persona.

Sólo la noche de la Última Cena los discípulos comprenderían que la literalidad de la afirmación del Señor no consistía en que se cortaría en pedazos para darles de comer su carne o se cortaría las venas para darles de beber su sangre, sino que eran un anuncio del gran milagro de la Eucaristía. La Eucaristía es una actualización incruenta del sacrificio cruento del Señor en la Cruz, Altar en el que Él realmente ofreció su cuerpo y derramó su sangre «para la vida del mundo», para reconciliar a los hombres con Dios.

Esa carne y sangre ofrecidas en el Altar de la Cruz se convierten en verdadera comida y bebida cada vez que un sacerdote, haciendo memoria de la Última Cena y en representación de Cristo, realiza lo que Él mismo realizó aquella memorable noche: «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”» (Mt 26,26-28).

La Eucaristía es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo verdadera y realmente presente, todo Él, bajo el velo y la apariencia del pan y del vino. Una vez consagrados el pan y el vino, se han transformado substancialmente en Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta es la comida y la bebida que transforma la vida del hombre y le abre el horizonte de la participación en la vida eterna. Al comulgar el Pan eucarístico el creyente come verdaderamente el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo, es decir, recibe a Cristo mismo y entra en comunión con Él. De ese modo Cristo, muerto y resucitado, es para el creyente Pan de Vida.

La Eucaristía, en cuanto que une íntimamente a Cristo por la recepción de su Cuerpo y Sangre, ha sido siempre considerada en la tradición de la Iglesia como sacramento por excelencia de la unidad entre los creyentes: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan» (2ª. lectura). Quien come de este Pan, se hace uno con Cristo y en Él con todos aquellos que participan de este mismo Pan.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: «si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿porqué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aún sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”... ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15,8-9)».

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?

Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar asemejarme más a El en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquél que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.

¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.

Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Y como decían que esto era imposible, esto es, que diese a comer su propia carne, les dio a entender que no sólo no era imposible, sino muy necesario; por esto sigue: “Y Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53). Como diciendo: de qué modo se da y cómo debe comerse este pan, vosotros no lo sabéis, mas si no lo comiereis, no tendréis vida en vosotros».

San Juan Crisóstomo

«Después manifiesta en qué consiste comer su Cuerpo y beber su Sangre, diciendo: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él”. Esto es, pues, comer aquella comida y beber aquella bebida, a saber: permanecer en Cristo y tener a Cristo permaneciendo en sí».

San Agustín

«Sin duda, el texto: “Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre” (Jn 6,56) encuentra su total aplicación en el Misterio Eucarístico... Cuando acudimos a los sagrados Misterios, si cae una partícula, nos inquietamos... La Carne del Señor es verdadero manjar y su Sangre verdadera bebida. Nuestro único bien consiste en comer su Cuerpo y beber su Sangre».

San Jerónimo

«No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas».San Juan Crisóstomo

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

La presencia real de Cristo en la Eucaristía

1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34), esta presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos (Ver Mt 25, 31-46), en los sacramentos de los que El es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).

1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (S. Tomas de A.). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a titulo exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente».

1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.

1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».

1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.

El culto de la Eucaristía

1378: En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión».

1379: El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomo conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

1380: Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13, 1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (Ver Gal 2, 20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (S.S. Juan Pablo II).

1381: La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22, 19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, S. Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente”».

MINISTERIO DE COMUNICACION RCC DRVC

 

Gloria a Dios!

 

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

Posted by Ministerio de Comunicaciones de la rcc-li on 13 Ee junio Ee 2017 a las 16:40 Comments comentarios (0)

DISCIPULADO DE LA RCC DRVC

11-17 de Junio del 2017


“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”


Ex 34, 4-6.8-9: “Señor, Dios compasivo y misericordioso”

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en sus manos las dos tablas de piedra.

El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés invocó el nombre del Señor.

El Señor pasó delante de él y exclamó:

— «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Moisés, al momento, se inclinó a tierra y se postró.

Y le dijo:

— «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste sea un pueblo testarudo; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu herencia».

Dn 3, 52-56: “A ti gloria y alabanza por los siglos”

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,

bendito tu nombre santo y glorioso.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria.

Bendito eres sobre el trono de tu reino.

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos.

Bendito eres en la bóveda del cielo.

2Cor 13,11-13: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes”

Hermanos:

Estén alegres, busquen la perfección, anímense; tengan un mis¬mo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.

Salúdense mutuamente con el beso santo.

Les saludan todos los hermanos en la fe.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan siempre con ustedes.

Jn 3, 16-18: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mun¬do, sino para que el mundo se salve por medio de Él.

El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hi¬jo único de Dios.

NOTA IMPORTANTE

Celebramos este Domingo el misterio de la Santísima Trinidad, «el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 234).

Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses. Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un sólo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina. Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor.

Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo misterio que, «de no haber sido divinamente revelado, no se pudiera tener noticia» (Concilio Vaticano I)? Es el Hijo, Jesucristo, quien nos lo ha revelado: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Es Él, que conoce la intimidad de Dios porque participa de ella, quien ha revelado el misterio de Dios al hombre, quien nos ha querido dar a conocer la unidad y comunión existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Uno de los pasajes en los que el Señor Jesús habla de su relación tan íntima con el Padre es el diálogo nocturno con Nicodemo (Evangelio). A él le dice: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…»

En primer lugar manifiesta el amor que Dios tiene hacia su criatura humana. “Mundo”, en este caso, ha de ser entendido como la humanidad entera y, por tanto, cada ser humano. Manifiesta también que Dios tiene un Hijo único y, por consiguiente, que Él es Padre. Es un Padre que ama tanto a los seres humanos, que para su rescate «envió a su Hijo al mundo», con una misión muy específica: «para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tenga vi¬da eterna».

De este modo el Señor manifiesta que Él, el Hijo único, posee la misma naturaleza que su Padre: Él es Dios verdadero, uno con el Dios único, aunque es al mismo tiempo una Persona divina distinta que el Padre. Los mismos Evangelios atestiguan que, al llamar a Dios su propio Padre, Jesucristo se hacía «a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Así lo entendieron también los fariseos, por lo que lo acusaban de blasfemia. Israel insistía en la existencia de un Dios único (ver Dt 6,4). Sólo a este Dios único había que adorar (ver Mt 4,10). Que alguien pretendiese ser igual a Dios era considerado una blasfemia imperdonable, digna de lapidación. Por ello los fariseos «trataban con mayor empeño de matarlo» (Jn 5,18), y es que no estaban dispuestos a comprender la profundidad y dimensión de esta tremenda afirmación del Señor. El Señor, al hacerse igual a Dios, no enseñaba que era un Dios distinto al Padre, sino que era “uno” con el Padre (ver Jn 10,30). He allí la enorme dificultad de comprender y aceptar que se hiciese «a sí mismo igual a Dios».

La reflexión cristiana ha llegado a entender que esa unidad entre el Padre y el Hijo, que es eterna, se da en el Amor, que es al mismo tiempo otra Persona divina: el Espíritu Santo. Por lo que Cristo fue revelando y por la luz del Espíritu de la verdad que llevó a los apóstoles a la verdad completa los cristianos entendemos y confesamos que el Padre es Dios, que también el Hijo es el mismo y único Dios y que también el Espíritu Santo es el mismo y único Dios, aún cuando son tres Personas distintas. Dios es Comunión de Amor, y aunque tres personas, un sólo Dios.

LAS LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que más le tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación nos inunda cuando nos falta alguien que nos ame y a quien podamos amar, cuando nos falta alguien que nos conozca y a quien podamos conocer de verdad, cuando nos falta esa presencia.

Mientras que la tristeza acompaña a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad inunda el corazón de quien experimenta la comunión, la presencia del ser amado, la comunicación de las existencias. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede ser feliz, porque no puede realizarse verdaderamente como persona humana.

Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que busca y está llamado a vivir. Quienes siguen este camino, lamentablemente, terminan frustrados y amargados en su búsqueda, concluyendo equivocadamente que la felicidad en realidad no existe, que es una bella pero inalcanzable ilusión para el ser humano. A quienes así piensan hay que decirles que la felicidad sí existe, que el ser humano está hecho para la felicidad —es por ello que la anhela tanto y la busca con intensidad—, pero que han equivocado el camino.

¿Y por qué el Señor Jesús nos habló de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿De verdad podemos comprender que Dios sea uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza». El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer el misterio de Dios, Comunión de Amor, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado por Dios-Comunión de Amor como persona humana invitada a participar de la comunión de Personas que es Él mismo, invitada a participar de la misma felicidad que Dios vive en sí mismo.

Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz muy poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. Creados a imagen y semejanza de Dios, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro sino el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).

LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Esta palabra es semejante a la que dijo de sí mismo: “No puedo hacer nada por mí mismo, sino que como oigo juzgo” (Jn 5,30); pero decimos que esto puede entenderse respecto a su naturaleza humana. Pero, como el Espíritu Santo no ha venido a ser creatura asumiendo la naturaleza humana, ¿de qué modo hemos de entender esto? Debemos entender que Él no existe por sí mismo. Pues, el Hijo es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede. Pero la diferencia entre engendrar y proceder, en este asunto, sería demasiado larga de explicar, y de dar ahora alguna definición ésta podría ser juzgada de precipitada. “Hablará todo lo que oyere”. Pues, para el Espíritu Santo oír es saber; y saber es ser. Puesto que no es por sí mismo, sino que es por quien procede y le viene la esencia. De ese mismo modo tiene la ciencia, y la capacidad de oír, que es nada menos que la ciencia que posee. El Espíritu Santo, pues, siempre oye porque la ciencia que posee es eterna. Así, pues, de quien Él procede, oyó, oye y oirá».

San Agustín

«El Espíritu Santo no es, como afirman ciertos herejes, menor que el Hijo, porque el Hijo reciba del Padre y el Espíritu Santo del Hijo, como naturaleza de diferente grado. Resolviendo, pues, la cuestión, añade: “Todo lo que tiene el Padre es mío” ».

San Agustín

«El Señor no nos dejó en la duda de si el Espíritu Paráclito procedía del Padre o del Hijo. Pues, recibe del Hijo aquel que es por Él enviado, y procede del Padre. Y preguntó: ¿es lo mismo recibir del Hijo que proceder del Padre? Ciertamente que se considerará una misma cosa recibir del Hijo como si se recibiese del Padre, porque el mismo Señor dijo que todo lo que tenía el Padre era suyo. Al afirmar esto y añadir que ha de recibir de lo suyo, enseñó que las cosas recibidas venían del Padre, y que eran dadas, sin embargo, por Él, porque todas las cosas que son de su Padre son suyas. Esta unión no admite diversidad ni diferencia alguna de origen entre lo que ha sido dado por el Padre y lo que ha sido dado por el Hijo».

San Hilario

EL CATECISMO DE LA IGLESIA

El misterio de la Santísima Trinidad

234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».

237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

238: La invocación de Dios como «Padre» es conocida en muchas religiones. (…;)

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).

242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con El. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

253: La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: «la Trinidad consubstancial». Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: «El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza». «Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina».

254: Las personas divinas son realmente distintas entre sí. «Dios es único pero no solitario». «Padre», «Hijo», «Espíritu Santo» no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: «El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo». Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: «El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede». La Unidad divina es Trina.

255: Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: «En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia». En efecto, «todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación». «A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo».

CONCLUSION

 

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Unico”

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,16-18

Ha concluido el tiempo pascual en Pentecostés con el don del Espíritu Santo. Al iniciar nuestro camino por el tiempo litúrgico que transcurre durante el año, esta fiesta de la Santísima Trinidad es una celebración gozosa y agradecida al Dios Uno y Trino por la obra de nuestra salvación. Las lecturas bíblicas nos presentan a un Dios compasivo y misericordioso (Éxodo 34, 4b – 6. 8 – 9).

Por otro lado es tan cercano que sale al encuentro para ofrecernos su amistad, amor y comunión en Cristo Jesús (segunda carta de San Pablo a los Corintios 13, 11-13). La misión por la cual se encarnó el Verbo es para que tengamos vida en abundancia; eso es justamente la vida eterna (Evangelio según San Juan 3,16-18).

«Tanto amó Dios al mundo…»

El texto del Evangelio de este Domingo pertenece al diálogo entre Jesús y Nicodemo , cuyo tema central es el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu. Su contexto es, por tanto, un relato doctrinal o catequético sobre el bautismo. Esta breve lectura tiene un contenido trascendental. Se habla directamente del Padre y del Hijo, pero no del Espíritu Santo. La frase que abre la lectura es una admirable síntesis bíblica que, podemos decir, condensa todo el cuarto Evangelio. Dice así: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El motivo de la entrega del Hijo es el amor del Padre por el hombre; y la finalidad de ese don personal, es la salvación y la vida eterna por la fe en Jesús, como leemos en el versículo 17. Jesucristo es el gran signo del amor trinitario por la humanidad, hecho evidente en su Encarnación – Pasión – Muerte y Resurrección por los hombres.

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto para la curación de aquellos heridos mortalmente por las serpientes venenosas; así también el «Hijo único» será levantado en la Cruz para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (ver Nm 21,4; Jn 3, 14-15).

La expresión evangélica de «Hijo único», dos veces repetida evoca también a la figura de Abrahán, modelo de fe y padre de los creyentes, sacrificando a su propio hijo Isaac. Queda claro que Dios no mandó a su Hijo para condenar a los hombres sino para que se salven por Él, abriéndose así a la dimensión del amor del Padre en el Hijo. ¡Ese amor, que no es el Padre ni el Hijo, es justamente el Espíritu Santo!

Dios cercano, compasivo y misericordioso

En la conclusión a su segunda carta a los Corintios , Pablo desea a los fieles de esa comunidad el bien máximo: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13). Todos reconocemos en esta fórmula el saludo que el sacerdote dirige hoy a los fieles al comienzo de las celebraciones litúrgicas, en especial, de la Santa Misa. A este saludo los fieles responden: «Y con tu Espíritu». Es una fórmula cristiana antigua, pues el escrito en que se encuentra remonta al año 57 d.C. Pero, dada su forma esquemática y la posición en que se encuentra en la carta, se deduce que ésta es una fórmula litúrgica que existía antes de ser incluida en esa carta. San Pablo estaría citando un texto de la liturgia que todos ya reconocían para esa época.

El Dios revelado por Jesucristo, imagen visible de Dios, aunque trascendente no es un Dios lejano e inaccesible, sino próximo al hombre. Como anticipo de esta plena luz evangélica la Primera Lectura nos muestra que Dios, que conduce a Moisés por el desierto; es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Por eso perdona la infidelidad de los israelitas y renueva su Alianza con su pueblo al que ha tomado como heredad suya.

Para nosotros que vivimos la plena luz de la revelación neotestamentaria, el Dios cristiano no se puede comprender ni definir sin referencia a Jesucristo que es la imagen y la revelación siempre actual del Dios Uno y Trino. La entrega de su Hijo al hombre, como ofrenda de salvación es perenne. Es decir, no queda solamente en el hecho pasado sino es constantemente repetido en el acontecer humano de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra comunidad de fe: especialmente por el anuncio del Evangelio y por los Sacramentos en los que Dios actualiza la redención humana, como afirma la liturgia constantemente.

El misterio de la Santísima Trinidad

Dios no puede ser solitario y mudo, cerrado en el círculo hermético de un eterno silencio, sino que es Trino, es amor y comunión. El amor del Padre, el «Yo», al comprometerse y reflejarse a sí mismo engendra el «Tu» que es el Hijo; y del amor mutuo de ambos, procede el «Nosotros», que es el Espíritu Santo, don y devolución de amor, comunicación y diálogo. Después, como consecuencia y porque la Trinidad ama al hombre que creó, nos permite participar de esa comunión Divina como hijos por medio de Jesús: ser hijos en el Hijo.

Jesús afirmó: «esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Comenta San Bernardo: «pretender probar el misterio trinitario es una osadía; creerlo es piedad; y penetrar en su conocimiento es vida eterna». Penetrar en su conocimiento no significa desentrañarlo, como quien resuelve un problema matemático.

Gloria a Dios!

Ministerio de Comunicacion RCC DRVC

 


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